BATEMAN BATEMAN

Edición Digital: Movimiento Jaime Bateman Cayón. 2009. Movimientojaimebatemancayon@gmail.com Este texto podrá ser reproducido, total ó parcialmente, sin el previo permiso del escritor o del editor.

¡No contaban con nuestra astucia!

La revolución es una fiesta
Movimiento 19 de abril, M-19 Movimiento Jaime Bateman Cayón

Prólogo
Con BATEMAN volví a vivir al Flaco. Confieso que se me había perdido y que hacía muchos días no lo recordaba. Pero de golpe, los testimonios lo pusieron sobre la mesa y el hombre se me pegó otra vez. Regresó con esa risa medio ronqueta que abría avenidas, con esa algarabía en los brazos y con esa certeza de que lo que hacía lo hacía porque tenía que hacerlo. Me he soñado con él todas estas noches. Las muchas voces que recoge el libro lo llevan a uno de aquí para allá sin consideración ni descanso, como cuando uno lo acompañaba a hacer una diligencia en la carrera Décima. El Flaco sale de esas páginas vivo porque la cadena de afectos que lo mantenía no se ha roto. Él fue hecho por la gente, su gente. Por esos miles y miles de colombianos con los que, al final, quedó enculebrado. Fue hijo de Clementina que le dio un corazón loco, pero también de Federico Arango que le dio un argumento, o de Turbay que le dio la ocasión. De Iván Marino, de Esmeralda, de Peggy. ¿Por qué, me pregunto, queríamos tanto a un tipo que se nos aparecía una tarde y se nos perdía luego, en cualquier esquina? El libro me ha hecho la pregunta y en este prólogo quiero ensayar una respuesta: creo que el hombre lo que trasmitía era una enorme, una ilimitada confianza en su destino. Por eso la gente se jugaba la vida con él. Por eso nadie se negaba a acompañarlo a cualquier cosa: desde conspirar contra Álvaro Vásquez hasta ir a comprar cucas. Uno no sabía dónde podía parar cuando le decía que sí, pero nadie le decía que no. Despertaba confianza porque tenía frescura y sobre todo, fe. No importaba si fracasaba. Sabíamos que volvería a intentarlo hasta coronar. El EME se fortalecía cuando lo acababan. Creo que al Flaco lo emocionaba más la tensión, la conmoción de tratar, que el resultado. Para un luchador de verdad la derrota sólo es un punto y coma. La gente lo seguía y llegó a convertirlo en su cabecilla. Era ante todo un rebuscador y el rebusque es el alma de este pueblo. El rebusque es la sagacidad, la picardía, la ligereza, la habilidad para sobrevivir en un mundo con pocas, poquísimas, salidas. El sistema social es un instrumento para cerrar caminos, para asfixiar. El rebusque es la filosofía de la esperanza y la manera de vivir el día de hoy. Rebuscarse es poner los pies en el asfalto por la mañana, con la decisión de no regresar vacío por la noche. Es no tener marcos ni esquemas, ni conceptos ni reglas. Es ser lo que somos: una posibilidad creándose a sí misma. El Flaco era maestro en el rebusque. De ahí que despreciara las líneas, las "claridades" políticas. Nunca tuvo nada claro. Era su virtud. Tenía la ventaja de no tener ideología. No seguía líneas y por eso no comulgaba con ruedas de molino. Buscaba, rebuscaba, incesante. Uno lo seguía porque esperaba que de tanto joder y joder, de golpe salía con algo. Y siempre salía con algo. Lo que mata nuestra rebeldía son las doctrinas. Por eso la Iglesia es tan cara a nuestros estadistas, por eso el Estado es tan grande y tan útil al orden.

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Por eso los partidos –todos— son tan pesados y lerdos. Sin el rebusque, los colombianos estaríamos muertos. No nos habrían desangrado pero nos habrían encementado. El rebusque era la locura del Bateman. Muchos esperábamos que Navarro invocara al Flaco el 4 de julio al sancionar la nueva Constitución. Nada. Nada con el pasado, puro futuro. Uno de los sueños del Flaco era entregar la espada de Bolívar acompañado de la Chiqui. "Si Turbay nos coge la caña de la amnistía –comentó— nos jode, porque yo lo que es a ese man no le entrego nada". La Constitución del 91 comenzó a gestarse contra Turbay y sus caballerizas a raíz del Cantón Norte. En el fondo todo lo que hizo el EME -craneado por Fayad y el Flaco y revisado y aprobado por Iván Marino- tenía una función: inducir al país a participar en la vida pública por una vía distinta a la electoral, viciada por el clientelismo. Desde hechos tan cuestionables como lo de José Raquel Mercado, hasta corones tan rotundos como lo de la Embajada Dominicana, las acciones del EME fueron una invitación constante al pronunciamiento popular, a la participación política masiva, a la movilización del llamado Constituyente Primario. Hay ecos de Hernando González en esa convicción del Flaco: "Que griten las paredes". Tanto la guerra como la paz eran meras ocasiones para despertar la iniciativa y la participación de la gente en el manejo del país. En el Flaco la participación no era cuento. El libro no puede ser más oportuno. Encuentro, no obstante, dos vacíos que señalo porque la tarea apenas comienza. Me quedó faltando el cobre del hombre, los lados flacos del Flaco, sus contradicciones, sus vicios, sus bajezas. Tenía también, como todos, un demonio. Los que lo conocimos quedamos debiendo ese capítulo a una biografía que colectivamente comenzamos a escribir. Me quedaron faltando también las voces anónimas, las de los que no cabemos en la radiopatrulla, las voces de la gente que lo vio y lo catió, que no era su amiga de partido, ni de parranda ni de barrio. Esa gente que constituía su obsesión. Esa gente que lo siguió, lo buscó y hoy sigue buscándolo en las selvas del Darién y del Caquetá, en las comunas de Medellín y de Bogotá, en el Magdalena Medio y en el Urabá, en las laderas del Cocuy y del Sumapaz. Mientras su gente, la chusma, lo siga buscando, el Flaco estará vivo.
Alfredo Molano Septiembre 1992

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1. LA VIEJA CLEMA
…Soltaba un largo suspiro que le salía del alma: “¡Ay, Clementina Cayón, qué será de tu vida!” Gabriel García Márquez.

“La pasión desencadena en la gente fuerzas escondidas, intuiciones certeras, poderes que se hallan agazapados” “El amor es la certeza de la vida. Es la sensación de la inmortalidad”.

JAIME BATEMAN CAYÓN

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"VINE A VERTE A TI Y AL MAR"

Clementina Cayón (Madre de Jaime Bateman Cayón. Militante del MRL. Defensora de los presos políticos).
Yo parí a Jaime Bateman Cayó n en una tarde calurosa del mes de abril de 1940, en mi casa colonial en Santa Marta, Era mi tercer hijo y ya antes de nacer le tenía su nombre: se llamaría Jaime. Era la casa de nuestros padres, donde habíamos nacido todos nuestros hermanos. Jaime nació el 23 de abril a las dos de la madrugada. Lloraba con grito fuerte. Tenía la energía de los seres que protestan por llegar a un sitio desconocido. Llegó a la vida protestando y así fue su vida; protestar por las injusticias que se cometen a diario con los seres de este planeta tierra. Era el guerrillero que había venido al mundo. Más tarde su madre sufriría por él, lucharía por él y sería solidaria con i todas sus actuaciones. Lo respaldaba, le daba ánimos; es que Jaime vino a cumplir una misión de unir a los hombres que saben sacrificarse por los demás. Cordón umbilical
Yo he dividido mis sentimientos en dos partes: una para adorara mis hijos, otra para venerarlos en el altar de mi espíritu. Fuerzas poderosas, más poderosas aún que nuestro propio destino, me han unido a mis hijos, especialmente a mi último hijo. He estado a su lado y lo he respaldado en todos sus actos. He estado unida a él en espíritu. Como dijo el doctor García Márquez, aún estábamos unidos por el cordón umbilical. Jaime quería construir algo que mejorara la situación de toda la gente; construir algo, servir de algo, dejar un grano de arena... hacer cosas, hacer cosas...

Su vientre, una universidad Yo siempre fui izquierdista. Milité con López en el MRL. Recuerdo que íbamos a Pescadito, un barrio muy grande que tiene Santa Marta, y hacíamos reuniones con mucha gente. Una vez le avisaron a la policía y vinieron muchos. Le dieron una paliza a López, que nosotros tuvimos que quitarle a la policía de encima. Quizás él no lo recuerde. Un periodista me preguntó una vez que si yo había plagiado a mi hijo en la política, y yo le contesté: "Pero oiga, yo lo parí, quizás la enseñanza la tomó del vientre mío". Yo consentí a Jaime desde chiquito. Era un niño tranquiló, de un carácter pasivo. Jaime, de jovencito, le tenía miedo alas otros para pelear. Siempre que un pelao le buscaba pleito, él llamaba a su hermano, Carlos, para que lo defendiera. El me decía que la pelea no le gustaba. Yo me imagino que era por la pierna que tenía mala a raíz de un accidente. El toda.la vida fue pacifico, nunca fue violento.

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Cambio de cuento Cambió cuando entró al bachillerato, Una vez lo iban a expulsar del colegio porque le dijo a un cura que le cambiara "el cuento". Eran los relatos de la biblia que les hadan todos los años. Y le dijo: "Padre, ¿por qué no nos cambia el cuento de todos los años?" Perdió el último año en el Liceo, pero fue por persecución, Ya en ese entonces reunía a los muchachos del colegio para hacer mítines. El rector le tenía fobia. En una ocasión, un profesor le puso cero a todos por castigarlo a él. En el Liceo, los profesores dormían la siesta. Un mediodía, Jaime sacó a este profesor en calzoncillos y lo arrastró por todo el colegio. Por eso lo expulsaron. Sin zapatos en el techo Yo me acuerdo que de pelao, él tenía amores con una muchacha que vivía al lado de mi casa. Un día fue al camellón y la encontró con otro novio, sentada. Entonces se agachó, le quitó los zapatos y se regresó a la casa de ella y los tiró al techo. La muchacha después fue a acusarlo. Esas eran las cosas de Jaime. La madre y el mar Era un nadador insigne. Soñaba con el mar. La última vez que lo vi, vino a darle el adiós a ese "monstruo", como le decía al mar. Yo le reclamé que era muy peligroso que viniera a Santa Marta y él me dijo: "Es que vine a verte a ti y al mar". Garnatón Después del accidente aéreo, Jaime duró nueve meses perdido. Un día me llamó Yamid Amat para contarme que habían encontrado la avioneta. Yo no le creí. Luego se volvió a comunicar y me puso las noticias de Panamá en las que informaban que habían encontrado el aparato. Entonces emprendí viaje a Panamá. Los del M-19 me recibieron allá. Desde que llegué, iba todos los días a la Procuraduría: Tuve que pelear con mucha gente. Los del ejército colombiano querían llevarse los restos. Un militar me dijo en una ocasión que por qué querían enterrar a un guerrillero como si fuera gente, y entonces yo me le abalancé y le pegué un garnatón. El Procurador me dio la razón a mí y le reclamó diciéndole: "¿No ve que es una madre adolorida por la muerte de su hijo?". En Panamá estuve como tres meses. El desfile de un pueblo Manuel Antonio Noriega me puso un avión expreso para regresar al país y envió un escolta de su ejército para que me acompañara. Jaime estuvo tres días en la funeraria. Pasó todo el mundo a despedirse. Acudió mucha gente al entierro. El gobierno no permitió que se enterrara en Bogotá por temor de que se alterara, el orden público. Una

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periodista expresó al pasar el desfile, que con ésto se probaba que en su pueblo nunca nadie lo hubiera delatado, por la admiración, el cariño que todos le tenían. Desde entonces, yo he cambiado mi vida, mí carácter. Ya no soy la persona alegre que bailaba. Ya no tengo ganas de diversión. Lo que tengo es un retraimiento definitivo.

2. LOS PRESAGIOS Y LA MUERTE
Hay que bailar y hay que cantar. Y no sólo a la muerte, ni cantar sólo a las derrotas. Hay, que cantar a la vida, porque si se vive en función de la muerte, uno está ya muerto. Jaime Bateman

"NO ERA EL FLACO QUE TODOS CONOCIMOS" CRISTINA CAMPOALEGRE* (Escolta de Bateman en vísperas de su último viaje) No había tenido mucho contacto con Bateman, pero cuando él fue a Santa Marta a dar una entrevista, escuché decir que no tenían sino un solo hombre responsable para su seguridad; iban a estar allí Fayad, Toledo, la Negra Nelly y otra gente, los más buscados en ese momento; entonces yo me ofrecí y en ésa ocasión tuve la oportunidad de conocerlo, de acercarme a él. Me vienen a la memoria cosas sueltas... Teníamos casas de seguridad, de las que debíamos estar saliendo permanentemente porque, según rumores, el Flaco estaba detectado. Después de esa entrevista, era de suponerse que el enemigo sabía que él estaba allá. De él se decía que era muy alegre, el prototipo del hombre caribeño, extrovertido, pero los últimos días de su vida fueron muy tristes... estaba muy triste. Mientras Toledo y yo conversábamos de las cosas de la organización, el Flaco se la pasaba por la playa caminando, sumido en una honda tristeza. En una ocasión le pregunté si quería hablar con alguien (estábamos esperando que se cuadrara lo de la avioneta); me parecía que a lo mejor era que yo no había sido lo suficientemente abierta con él y que a lo mejor él necesitaba hablar con alguien. No, él estaba ensimismado, sumido en sus pensamientos, seguramente con todo el peso enorme del momento histórico que estábamos viviendo.

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Los ojos todo el tiempo clavados en el Flaco A veces creo que Bateman tuvo la premonición de su muerte. Cuando alguien va a morirse hace antes cosas extrañas. Era un comportamiento raro, una especie de despedida o algo así: Esa fue la impresión que me dio. Yo andaba con una verraca Magnum y los ojos todo el tiempo clavados en el Flaco, pendiente de que no se le fuera a acercar nadie. Un día cualquiera me quedé dormida tan sólo por unos segundos. Pues el verraco Flaco se me escondió en la maleza y yo no lo podía encontrar, y la diarrea tan terrible y el miedo que me dio, porque yo sabía todo lo que él representaba. ¿Te imaginas? Yo era la responsable de su seguridad en ese momento y no había nadie más. Estaba encargada también de cocinar. El hombre esperó por ahí una media hora para que yo padeciera lo que tenía que padecer y se me apareció después, cagado de la risa. "Si no me cuidas bien, te jodes. Tienes que estar pilas conmigo porque me van a matar". Comenzó a decir cosas muy extrañas, Una noche tuvieron una discusión sobre la muerte. Contó que él se encontró con su mamá y se despidió de ella. Yo esperaba 'algo más de él, de un hombre que era el brujo para todos nosotros, el mago de la palabra. Pero no, esa vez estuvo insistiendo permanentemente en que se debía montar una cobertura; que se debía montar un aparato de seguridad para cuidarle la vida, porque seguro se iba a morir. Más tarde leí la entrevista que le hicieron antes, una entrevista poética, maravillosa, donde él habla también de la muerte y de la “cadena de los afectos" y otras cosas muchísimo más profundas. Eso me da a mí una clara idea de cuál era el estado de ánimo de Bateman en esos últimos días. Tuvo momentos alegres; jugando en la playa, competía con nosotros a tirarle piedras a una olla. No soportaba que nadie le ganara y el viejo Toledo le ganó. ¡Imagínate! Se portó como un niñito, se apartó de allí y estuvo como veinte minutos dándole, hasta que logró pegarle a la olla. Esa vez se metió a las profundidades y el mar estaba lleno de erizos. Nosotros estábamos alarmados porque un erizo de esos le podía clavar una espina. Y él salió con una teoría maravillosa: que dizque los erizos no lo picaban a él porque desde niño se había hecho amigo de ellos; que los erizos de su tierra, Santa Marta, no lo picaban a él.

¡Nos iban a pedir la espada! Habló también de la espada. Bateman era todo un diccionario de Bolívar. Vivía en función de la espada cada segundo, cada minuto de su vida política. Empezó a vislumbrar la posibilidad de una negociación ineludible y que en la negociación nos iban a pedir la espada y que había que entregarla. Para mí, como militante, en ese momento, eso era un golpe en la cara. Yo no podía comprender que cuando estábamos hablando de fortalecer el ejército y la guerra, Bateman estuviera hablando de la posibilidad de entregar la espada. Pero, bueno, la historia ha demostrado que él tenía razón y que además estaba elaborando la política del futuro. Un día cualquiera, lo sacamos. Hicimos una comida con la familia de él en alguna de las playas cerca a Taganga, más allá, en un lugar que se llama Playa Linda. De golpe llegó

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alguien en una lancha de motor y un negrito que estaba por ahí en la playa se acercó y nos dijo: "¡Cuiden a su comandante!" —nosotros lo teníamos camuflado con una cachucha, pero él no se podía camuflar en ninguna parte del mundo— "Cuiden a su comandante, que el hombre que viene en la lancha, es un capitán del ejército". Nosotros pensamos que podía ser un operativo contra Jaime, y lo escondimos detrás de un acantilado, al lado, en donde la montaña se corta y entonces sólo queda el mar abierto; por ese lado del risco lo escondimos. Esperábamos la lancha que se demoraba y pensé: "Cada minuto que pase puede ser un minuto que se pierda para defenderle la vida aI Flaco", Entonces agarré yo misma la canoa –en mi vida había remado-- y empecé a remar pensando que el Flaco me estaba ayudando desde atrás, ¡y dele y dele! Cruzamos ese pedazo de mar; fue violento, sobre todo si uno no sabe remar. Y yo remaba, pensando: "Ahí viene el Flaco ayudándome". Y cuando íbamos como en la mitad volteo a mirarlo para ver qué tan agotado estaba él, porque no articulaba palabra; lo volteo a mirar y el verraco estaba muerto de la risa. Pues no estaba remando. Yo llegué con las manos llenas de sangre pera lo sacamos al otro lado. El sabía que no pasaba nada grave, que nosotros estábamos alarmados por nada, y aprovechó para mamar gallo.

No quería volar Fíjense, él no quería volar en esa avioneta, porque desde la venida de: Panamá a Santa Marta tuvieron problemas. Parece que hubo un vacío y se golpearon contra el techo, y él no quería, pero temía que salir. Nos vimos en unos líos tremendos para convencer al piloto de que volviera a llevar al Flaco a Panamá; y llevamos al Flaco hasta el avión. Estaba muy preocupado, no era el hombre de siempre; no era el Flaco que todos conocimos. Le hacían resúmenes de libros Otra cosa del Flaco que me impactó mucho es que yo me había hecho a la idea de que un hombre de la talla de él tenía que ser todo un intelectual. ¡Y me encontré con cosas como que los compañeros le leían y le hacían resúmenes dé los libros porque a él daba pereza! Era muy intuitivo en la política, un hombre inspirado; había estudiado ciencias políticas en la URSS, pero yo me imagino que fue algún cursito. Tenía una inteligencia privilegiada y una capacidad increíble para ver al país, pera lejos de ser un intelectual. Tenía incluso ciertas reticencias con los intelectuales. Particularmente esa noche que conversamos y hablamos sobre la muerte, estuvo hablándome de los intelectuales casi en el tono del discurso clásico marxista sobre los intelectuales. Eso me impactó de él. ¡Pero servirles la comida no! Todo lo que pasó esa vez fue muy rápido, y yo siempre como desde un rincón, viéndolo. Un día le hicieron una entrevista en una casa unos periodistas extranjeros y yo andaba muy reacia con ese cuento de tener que ir a cocinar. ¡Qué papel ese!; hasta asumí dar la vida en un momento de conflicto por él ¿me entiendes? Yo sabía que este era mi deber y

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lo hubiera hecho con un placer infinito, pero servirles la comida no, eso a mí no me cuadraba. Y entonces me obligó. Bueno, entonces serví la; comidas y me quedé en la cocina haciendo un estrago feminista depravador, cuando el hombre entra y me dice: "Tengo un peso del caraja Con esa entrevista; ¿por qué no vienes y me ayudas?" El era eso, un hacedor de cuadras. No era un monstruo que estuviera tratando de aplastar a la compañera. Y, clara, serví las comidas. Fue muy lindo el contacto con él en esos sus últimos días. Fue algo muy importante para mi vida y pienso también que para la vida de todos los que estuvimos con él en esos momentos. Un día me liberé, [qué caraja! Y nos fuimos con él y con Nelly una tarde a jugar con unas llantas a una piscina de Santa Marta; queríamos que él se fuera con algún día de haber gozado, de haberse reído como un niño. Fue muy lindo; estuvimos jugando toda esa tarde y riéndonos a carcajadas y olvidándonos del país. El Flaco sollado De pronto volteo a mirar y el verraco llevaba quién sabe cuánto tiempo mirándome, como si yo fuera un espectáculo; cuando lo descubrí, se hizo el bobo. Fue el único momento en que pude ver al Flaco, pero a otro Flaco, el morrogoso, el mujeriego, el sollado, pero aún ese día los ojos de él estaban tristes. Dijo que la revolución era una fiesta; lo dijo con tal calidez, que para mí él es el hombre que reivindicó la cultura caribeña como la potencia cultural que se va a tragar a América Latina. El peso de todo en ese Flaco güevón Por la noche Yaneth y Fayad y Toledo se reunían y yo no me podía meter ahí. Yo tenía que estar vigilando. Yo pasaba y los miraba; por eso tal vez ellos no podían ver lo que yo veía, o tal vez' necesitaban conservar la imagen del Flaco muerto de la risa. Pero ese no fue el Flaco de los últimos días. Es que cuando vos hablás con los compañeros que están rozando los límites de la muerte, su comportamiento cambia totalmente. Entonces hablábamos de eso, de recorrer los pasos. Esa fue la razón que yo me di de la tristeza profunda del Flaco. Margot me decía que ella también sabía que el Flaco tenía una gran tristeza y sobre todo una preocupación muy grande sobre cómo era que iban a sacar adelante todo este proceso. Parecía muy agobiado por eso, como si tuviera en ese momento nadie en quién apoyarse. Sobre él recaía el peso de toda la organización, el peso de las propuestas, el peso de todo en ese Flaco güevón. Que "el paquete" no les había llegado Yo lo veo así... Pienso que dentro de su corazón, podía estar intuyendo algo. Lo dejamos en la avioneta, se fue y nos regresamos a "limpiar" las casas, porque habíamos dejado libros, camisas, etc.; que no quedara nada, por si después venía un allanamiento o algo así. De pronto en una de esas casas entró una llamada de Panamá diciendo que "el paquete" no les había llegado ¿Te podrás imaginar el dolor y la desesperación nuestra? ¡Uno consideraba que Bateman era inmortal, que podrían sucederle muchas cosas, que lo podían coger, pero morirse no, él no se podía morir! Nos fuimos en un carro, con un

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compañero, a una velocidad impresionante hasta el aeropuerto a preguntar los datos, corriendo de un lado a otro, frenéticos, tratando de probar que eso era imposible. El dolor iba ya muy hondo porque acababan de decir que en esa selva no había posibilidad de salvación. Era como sentir que se aplastaba el proceso, que desaparecía una esperanza. No nos sentíamos militantes, nos sentíamos colombianos. Era a Colombia a la que se le había muerto el papá... Un dolor muy hondo. La organización se sintió muy mal. En una conferencia públicamente se declaró el sentimiento de orfandad de la organización. Eso fue muy duro para los dirigentes que quedaron. Pero la sombra del Flaco crecerá, porque él pesa mucho sobre este país.

"ESA SABIDURIA HUMANA QUE TENIA BATEMAN FUE APRENDIDA OBSERVANDO y QUERIENDO A LA GENTE" Esther Morón (Amiga personal de Bateman. Protagonista del operativo del Cantón Norte. Compañera de Rafael Arteaga, desaparecido). Conocí a Jaime en la Juventud Comunista. Recordaba su cara, pero de entrada no fue una persona que me impactara demasiado. Bateman era encargado de "la cosa" en el monte y por eso aparecía sólo de vez en cuando. Un día que yo iba con Carlos Ruiz (Arturo Alape), el Flaco me preguntó: "¿Qué vas a hacer mañana?", y yo le respondí: "No sé, trabajar". "Te recojo después del trabajo", insistió, y le dije: "Bueno". Luego nos encontramos. Estaba con Hernando González, un guerrillero héroe de las FARC. Recuerdo a Bateman, con su nariz grandota, cara chiquita, sonrisa de conejo y tímido. Toda la vida le llevé la contraria El día anterior ellos habían estado donde mi papá y me contaron que él había echado a Bateman de la casa. "¿Cómo así?", pregunté. En mi vida había sabido jamás que mi papá fuera descortés. El no era capaz de tener esa actitud con un revolucionaría. Le pregunté a Hernando y contó lo que pasó: "Bateman se emborrachó y se puso cansón". (El, cuando se emborrachaba, se enlagunaba y se ponía muy pesado). Mi papá en un momento dado dizque le dijo: "Hágame el favor y se me va de esta casa. Déjeme aquí a Hernando bajo mi responsabilidad". Y el Flaco le respondió: "Yo no me voy porque soy el encargado de la seguridad de Hernando". Quién sabe qué más le dijo Bateman a mi papá, pero el hecho es que se agarraron y Hernando, que tenía mucha fuerza, los separó. Yo estaba aterrada porque en mi casa no había sucedido una cosa de esas jamás. Después que lograron poner a Bateman en la puerta, gritaba: "¡Gilberto Vieira es un hijueputa!" Yo le dije: "¡Ah! ¡No, mijo, tenga por seguro que nunca más va a volver a entrar a la casa!" A mí se me dio lo mismo y Bateman, cada que quería molestarme, decía: "¡Ese viejo tuyo es un retrógrado!" “¡No se meta con mi papá, no joda!" "Es un mamerto!" "¡Es problema de él!" Siempre quería hacerme hablar mal de mi papá y toda la vida le llevé la contraria. Este era un juego cariñoso.

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En esas se le sale un tiro Una vez se pusieron Hernando y El Flaco a jugar a los bandidos con un revólver y Bateman dijo: "¡Entréguese!" Cuando en esas, se le sale un tiro. Estaban en un inquilinato en una pieza, y el tiro le pasó a Hernando rozando. El Flaco siempre jodiendo. Toda la vida siguió jugando a eso, sólo que sin armas. Uno estaba en la casa cocinando y él llegaba: “¡Manos arriba!” “Yo lo vi primero”. “Déjese amarrar de un palo”. Y así encontraba a Rafaelito, mi hijo, amordazado, amarrado y haciendo que pidiera perdón porque él había ganado. No tengo voz de mando Un día llega y me dice: "¡Se me cuadra!". Yo estaba aspirando. "¡No me joda!", le dije. "¿Cómo? Yo soy el comandante. Me han nombrado jefe". Le repliqué: "Primero, no fui a esa reunión y no me pienso poner firme. Más bien ayúdeme a limpiar que tengo que irme a trabajar". A lo que respondió: “No tengo voz de marido. ¿A dónde voy a ir a ensayar?”. Luego de un tiempo, en 1979, llegó a La Habana. Ese día yo estaba cumpliendo años y comimos. Al terminar, le digo: "¡A lavar los platos!" "¿Yo? Si yo ya trabajé. Puse los platos, arreglé la mesa": '''Yo limpio después, pero usted lava los platos". "Yo no hago eso por nada". Y argumentó muchas cosas y me dijo: "El problema es que yo soy el comandante". Yo le respondí: "¡No, mijo! Eso es para el jueguito, pero no para la vida real. ¡Tiene que lavar los platos!” Se quedó callado y los lavó. Sabía cuánto quedaba La característica que más me impresionaba de él era la puntualidad. Uno tenía la idea, por lo que el Flaco era tan descomplicado y como tan abandonado, que debería ser así de informal para todo; sin embargo, era muy organizado. Llevaba una libretica pequeñita y allí anotaba todas las cuentas. Yo tenía veinte libros con claves y él en su libretica tenía todo y sabía cuánto quedaba, con las cifras exactas. Yo nunca veía al Flaco ni como al superhéroe, ni como al superdirigente; sino como a un amigo que se tomaba el trabajo de asumir responsabilidades que uno no se sentía capaz. Como era medio vago, o sea, como él no trabajaba, entonces me impresionaba su puntualidad y orden. Un día me tocó buscarle algo en la maleta y quedé impresionada con el orden tan extraordinario que tenía. Era como si la hubiera hecho un experto en armar maletas. ¡Quién sabe en qué mierdero anda!

La de Iván Marino y Jaime era una relación muy chistosa porque uno vivía escandalizando al otro. El uno puyaba al otro, pero ninguno de los dos podía vivir sin el otro. Bateman era el más tranquilo y decía, refiriéndose a Iván cuando se perdía: "¡Quién sabe en qué mierdero anda!" Iván Marino se levantaba a las cinco de la mañana, se bañaba, se ponía los zapatos brillantes y estaba listo a las siete de la mañana y el Flaco seguía durmiendo.

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"¡Este hijueputa!" Y lo trataba de levantar y el Flaco le respondía: "¡Hijueputa! Déjeme dormir". No veo cómo podían ser afines para trabajar. Sin embargo, Iván Marino era la persona que le daba más confianza a Bateman para la seguridad del trabajo, de los operativos y de todo lo que se hiciera. Bateman decía que Iván Marino había conseguido los hombres más verracos para la organización. En cambio Iván acusaba al Flaco de conseguir siempre pequeño burgueses, incluidos Pizarro y yo. Vine a traer los plátanos Una vez, estando en la casa, llegó una gente a visitarme en un Mercedes Benz. Yo estaba sentada en la sala charlando cuando aparece Jaime con un bulto a la espalda. Una de las señoras del Mercedes, tan encopetada, lo mini extrañamente: "Aquí vine a traer los plátanos y como no había nadie en la cocina, pasé derecho". Las señoras me miraron. "Sí. Por favor, déjelos allá en la cocina". Traía como quince pistolas y no sé cuántos tiros. ¿Quién era el que quería hablar? El 30 de abril de 1983 asistí a una reunión donde Pizarro le pegó un grito a Bateman. Cuando Bateman empezaba a hablar no soltaba la palabra. Pizarro estaba acostado porque tenía una clavícula rota y pidió varias veces la palabra. Bateman seguía hablando y hablando hasta que de pronto Pizarro se paró en la cama y gritó: “¡Que me dejes hablar, hijueputa, que me dejes hablar!”, y el Flaco siguió hablando y al finalizar dijo: “¿Quién era el que quería hablar?” Esa sabiduría humana que tenía Bateman fue aprendida observando y queriendo a la gente Eran muy buenas las relaciones del Flaco con la gente. No era nada conflictivo, ni nada complicado. Creo que eso le facilitó todo. Era ejemplo de trabajo, de desprendimiento, de sencillez. Esa sabiduría humana que tenía Bateman fue aprendida observando y queriendo a la gente. Le gustaba ser humano. Las mujeres no nos bajamos En una ocasión llegó a la casa: "Vístase, que nos vamos". Yo estaba con Iván y Rafa. Cuando fuimos a salir, me metieron una pistola en la cartera. Nos encontramos con un retén. Ellos, Iván y el Flaco, se bajaron y yo no. Entonces un policía me pipió que me, bajará y yo le respondí: "¡Las mujeres no nos bajamos!”. "Señora, tiene que bajarse", insistió el policía y yo le dije: “No, señor, si quiere requise usted con su linterna, yo no me voy a bajar”. Ellos me miraban pálidos y aterrados. Luego me dijeron: “¡Cómo eres de verraca! Tienes unas pistola dentro de la cartera”. ¡Qué susto tan verraco! Yo no me acordaba.

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Tengo algo más importante que lo suyo Cuando se decidió lo del Cantón, llegó Bateman a la casa y Rafa le dijo: "Hermano, tengo una cosa importante que hablar contigo". Y el Flaco le replicó: “¡Yo tengo algo más importante que lo suyo!” Se fueron a almorzar y Rafael le echó el cuento de un negocio para el cual necesitábamos un millón de pesos. El Flaco le respondió que no había problema por el millón, pero que él tenía un proyecto mejor. "Hace meses estamos tratando de conseguir unas armas y ya sabemos dónde. Son un montón y vamos a sacarlas". Rafa llegó a la casa. "¡Vengo feliz, es lo mejor que nos ha podido ocurrir!" Le pregunté: "¿Nos prestaron la plata?" "No. Tenemos una cosa mejor. Mañana viene el Flaco personalmente a hablar con usted". Ese mismo día llegó. Yo me sentía como rejuvenecida. Rafael y yo éramos la pareja más amorosa de la tierra. El Flaco se acostó con nosotros a ver televisión callado. "Bueno, Flaco -le dije- dígame qué es". Y él le preguntó a Rafa: "¿Cómo, usted no le ha dicho nada?". "No, quiero que usted mismo se lo diga". Yo sentí que tenía que ser algo muy loco porque el Flaco estaba muy suave y le había gustado la comida. Entonces me contó: "Es difícil el asunto, pero posible". "¿Cuántas armas hay?", preguntamos. "Unas quinientas". "No tenemos tantos hombres". Nos vestimos inmediatamente y nos fuimos a ver el lugar. Después de varios intentos encontramos la casa perfecta frente al Cantón. Se salía recto. "Cómprenla por el dinero que sea", dijo Bateman. Esto ocurría a finales de septiembre. Rafa fue a ver la casa. Le cayó muy bien a la dueña. Era como tener un juguete nuevo. Nos mudamos un 6 de octubre. El Flaco trajo una compañera embarazada para que se ocupara de los oficios de la casa. La gente hacía turnos de cuatro horas perforando el túnel y caían rendidos, EI trabajo de Rafa y yo consistía en la "cobertura" de la casa, Se trabajaba duro y existía la posibilidad de que el túnel saliera por otro lado. Todo se hizo con base en cálculos a ojo desde una ventana. ¡Nunca hubo una información precisa y sin embargo logramos sacar cinco mil armas! Soledades A finales del 82 fuimos al cine con el Flaco y luego a cenar. Nos pusimos a conversar de una y mil cosas personales y sobre todo de nuestros hijos. Me expresó su gran angustia por no poder estar aliado de su mujer y sus dos hijitas y le preocupaba no saber sobre cuántos problemas estarían pasando, cuántos imprevistos, cuántas soledades y él sin poder estar a su lado. También recuerdo que aquel día me insistió mucho que en el momento de la negociación y el diálogo teníamos que plantear que a las madres que perdieran sus hijos en esta guerra había que pagarles una pensión. Teníamos que incluir las pensiones a las madres y a las esposas viudas que han perdido sus esposos. No jodás, ahora no se te va a dar por morirte El 3 de abril de 1983, Bateman llegó a La Habana. Nosotros vivíamos en una casa frente al mar con Lucho Otero, Pizarro, Afranio Parra, Israel, Arjaíd... Éramos un grupo de unos diez y la casa era grande. Un día todos salieron y solamente nos quedarnos Rafael y yo.

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Subí al segundo piso, a bañarme, cuando oí que Rafael gritaba desde la ventana: Hoy no damos limosna", y pensé: "¡Qué raro que Rafael diga eso en Cuba, si aquí nadie pide limosna!" Salí rápido del baño envuelta en una toalla, miré por la ventana, vi al Flaco a través de unos cristales y escuché de nuevo a Rafael: "Hoy no damos limosna, ¡no joda!" Entró, se sentó y hablamos de muchas cosas -él andaba en lo de la paz-. Estaba alojado en una casa de protocolo del gobierno. Cuando fuimos a acostarnos, él sacó –un colchoncito y lo colocó en el piso. Al otro día nos fuimos para el cabaret Tropicana. De pronto me dijo: Si yo me muero, el comandante es Fayad". Me quedé mirándolo. "¡No jodás, ahora no se te va a dar por, morirte!" ¡Qué vanidad la tuya! Regresamos a la casa y colocó otra vez el colchoncito en el suelo. Yo pensé: "El Flaco es tan jodido que cuando se muera, va a venir a jalarnos las patas". Nos quedamos dormidos y en la mañana me despertaron con el ruido de las cucharas. No sé qué horas serían y pensé: "¡Cómo será de tarde que el Flaco ya se levantó!" Se levantaba a las 12:00 del día. Crucé hacia el baño. La disposición del baño era como en cruz. Me senté en el inodoro, mirando hacia el cuarto, cuando de pronto oí una voz: "¿Te estás echando una meadita?" Yo me asusté toda y miré, y era que él estaba ahí frente al espejo. Se me habían quitado las ganas. El vino hacia el centro del baño y yo estaba ahí toda asustada. "¿Usted qué estaba haciendo aquí?" Respondió que se estaba acomodando una muela postiza. Nunca lo había visto sacarse una muela postiza ni nada y cuando él se reía se le veían todas las muelas. ¡Es vanidoso! ¡Qué verraquera que le hubiera descubierto eso! "'¡No joda con tanta vanidad!" Lo abracé, pensando: "¿Por qué uno pasa junto tantos años y no se toca físicamente?" La vi parada con guadaña y todo Cuando me agaché, sentí unos ojos clavados. La muerte estaba ahí parada, la vi parada con guadaña y todo, y me asusté. “¡Vámonos, vámonos! que ya están tomando café". Cuando íbamos bajando las escaleras, Rafael subía, Me regresé con él: "¡Se va a morir el Flaco!" El se sentó: "Sí, aprobamos ir a pelear y nadie arranca y se va a dar ejemplo". Le conté lo que me pasó. "¡Qué vaina! ¿Crees en esas cosas?". “ Pues si”, me dijo, "con los años he aprendido que usted ha dicho cosas y resultan ciertas. Es una cosa rarísima". Esa noche esperé al Flaco hasta las dos de la madrugada. Tenía sueño. "Lucho, cuando venga el Flaco me despierta. No vaya a dejar que se marche porque necesito hablar con él una cosa urgentísima". Me acosté con la idea de que el Flaco se iba a morir y que no le iba a poder decir nada. Tenía la absoluta seguridad, pero no sabría decir por qué. Al día siguiente, cuando me levanté, pregunté: "¿Y el Flaco, vino?" "Si, vino", explicó Lucho, "entró al cuarto de ustedes, sacó el maletín y dijo que le daba pena despertarlos porque estaban muy dormidos, que después hablaban”.

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Están enfermos, pobrecitos Después soñé a los pocos días que el Flaco estaba en una selva y que yo estaba también allí. El piso era mullido en hojas; yo caminaba y había entrado en una casita que tenía dos piezas. Luego entré a un cuarto y vi a Bateman con tres personas que lo acompañaban en una cama semidoble. Eran dos hombres y una mujer en medio. El Flaco fue la única persona que identifiqué. "¡Están enfermos, pobrecitos!", pensé. Cogí al Flaco, lo levanté, lo llevé a la otra barbacoa chiquita y lo acosté. Le salía como un líquido blanco, raro... A mí me dio como pena: "No debo mirar". Me desperté asustada. Guardaba la esperanza de que estuviera a salvo El 30 de abril de 1983 en Cuba me encontré con una señora que me preguntó: "Oiga, ¿es cierto que Bateman se perdió en una avioneta?" "¿A usted quién le dijo?" Y ella me contestó: "Un chileno que acaba de llegar". ¡Es cierto! Sin embargo, guardaba la esperanza de que estuviera a salvo. Mirándonos por un huequito Fui donde Lucho Otero: "Me dijeron que Bateman se perdió en una avioneta”. Le conté a Rafael y no me creyó. Nadie lo quería aceptar. Fayad, meses después; me lo confirmó: “Oiga, parcera, te voy a dar oficialmente la noticia: Bateman murió, y se va a hacer pública la noticia. Espero que sigas con nosotros”, Le respondí que yo no estaba en la revolución por Bateman y le agradecí el detalle de venir a decírmelo. ¡Tenía mucha rabia y tanto dolor! Me fui para Panamá como en septiembre del 83. Pasan unos meses. A Toledo y a mí nos invitan a cenar y nos cuentan que encontraron los restos. Todavía guardaba la esperanza de que Bateman estuviera preso o haciendo magia en algún lugar o con una pata rota, esperando a ver qué hacíamos; mirándonos por un huequito a ver de qué éramos capaces, pero nunca que estuviera muerto, que lo hubieran matado. Compatriota Clementina y su hijo Carlos llegaron a Panamá. Yo había pasado una nota informando que era pariente de él para que me dejaran reclamar sus restos. Empezó el lío, porque el ejército colombiano también los reclamaba. "Clementina, hagamos una carta para Belisario. A usted como madre no se le niega el derecho de reclamar los restos". Belisario contestó inmediatamente aclarando que ella era quien debía reclamarlos y que no iban a entorpecer la entrega. Firmó "Compatriota y amigo, Belisario Betancur". La carta sirvió de orden. Le propuse a Clementina: "Escribámosle una nota de agradecimiento", y ella me contestó: "Sí, mija, diga todo eso, pero sólo ponga compatriota, porque yo no soy amiga de él". Fueron unos días terribles, porque el reguero de huesos... eran cuatro personas. No había pelo. Como había mucha lluvia, el pelo se había ido. Había alguna ropa pegada a los huesos. El único que tenía un hueso pegado al otro era Bateman. Tenía la cadera pegada al fémur. Ninguno tenía cráneo. Había algunos

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huesos diferentísimos. Empezamos a construir los del Flaco. Le abrí la boca; ¡cómo se reía y era él! Con tanto dolor me lo imaginaba riéndose. Separamos los restos de cada uno en bolsas de polietileno. Cuando estaba en esas, pensaba que a lo mejor no eran sus restos, sino los de otros parecidos a ellos. “Debe ser que están presos, pero no muertos”, aún cuando le vi la sonrisa, aún cuando le vi la canilla con el huequito por donde le había supurado toda la vida. Pedazos de "Cien años de soledad" Entre los objetos personales había un libro, pedazos de "Cien años de soledad". Parece que una piedra lo había protegido y quedaba esa parte buena del libro. Había restos de la máquina de escribir. De pronto vi sus zapatos: los torcidos que toda la vida usó. Veo las medias; medias de nylon como medio transparentes... las medias estaban llenas con todos los huesitos de los pies. ¿Por qué se les habían roto los cráneos y partido los pies? Me acordé que él usaba plantilla. Metí la mano al zapato y ahí estaba. En ese momento maté al Flaco. Fue el momento más terrible de todos. Nos fuimos con los restos. Eran días terribles, muchas entrevistas y la vieja muy valiente. No dejaba que por las noches se quedara sola. Me decía: "Mija, váyase que a lo mejor usted quiere dormir con un hombrecito por allá y está durmiendo conmigo". Y yo le respondía: "No, Clementina, no estoy para ir a dormir con ninguno". La vieja sufría. Se le veía en la cara. Dio una conferencia de prensa donde la gente fue muy amable y estaban muy admirados por su actitud tan valiente. Todo el mundo soltó la carcajada Otro lío fue para que nos entregaran los restos porque no había manera de comprobar que eran los de ellos. Tocó escribirle al médico en Santa Marta, que todavía vivía, para que enviara un certificado de, que el Flaco, de niño, tuvo esa fractura. ¡Al fin llegaron todos esos papeles! Luego, antes de irse, hubo otra rueda de prensa. Recuerdo mucho una pregunta por la gracia que me causó: "Doña Clementina, queremos que nos cuente cómo ha hecho para ser una mujer tan fuerte; cómo llegó a su edad así tan bien? ¿Qué consejos nos da?" y la vieja se les quedó mirando seria y les dijo: "Lo único que les puedo aconsejar es tirar todos los días". Todo el mundo soltó la carcajada. Inmediatamente se quedaron serios. Otros hicieron preguntas y entre las cosas que dijo era que "quedaba contenta porque al menos su hijo había tratado de ser útil y que menos mal que no vino a este mundo sólo a comer y a cagar... "

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“LA CONFIANZA ERA BATEMAN” RAMÓN JIMENO (Escritor y Periodista) Solamente nos vimos una vez, muy largo, en Nicaragua, para hacer la entrevista en marzo del 83, un mes antes de que se matara. Estuvimos dos días conversando. La gran diferencia de los dirigentes del Salvador y los sandinistas con el Flaco, era su capacidad para oír a la gente. Antes que ponerse él a echar discursos, le sacaba el máximo de información a las personas. Primero oía las diferentes opiniones, sobre todo si venían del otro lado: Estaba muy interesado en interpretar el proceso centroamericano, para ver cómo le podía ser útil en Colombia y cómo se veía desde Washington ese manejo. La primera vez que nos vimos, estuvimos desayunando con mucho ruido porque estaba ensayando una orquesta. Y por la noche había una fiesta, que fue muy divertida. Finalmente terminamos él y yo pidiendo canciones. Bateman era un tipo muy discutidor, discutía hasta encontrar una respuesta. Más tarde empezamos la entrevista; fue como de siete horas. No tenía la menor duda de que lo matarían en seguida Estaba muy preocupado porque no creía en la legalización del M. Ese era el punto de debate en ese momento. Una corriente decía que Bateman tenía que asumir el liderazgo en la legalidad, porque era él quien lo representaba y no se lo podía delegar a la comisión que había salido de la cárcel. El decía que no, porque lo matarían inmediatamente. No tenía la menor duda que lo matarían. Bateman tenía una gran capacidad de oír y de canalizar las cosas antes de emitir juicios o de tomar una decisión. Podía estar respaldando a alguien o defendiendo una tesis y si escuchaba un argumento contundente, cambiaba de posición sin ningún problema. Esa era una de sus grandes cualidades. La confianza era Bateman, resolvía las cosas siempre con un gran sentido común, que llevaba a todo el mundo a aceptar su autoridad. Tenía una desconfianza innata en Belisario Bateman tenía desconfianza en ese proceso de paz, aunque no lo explicara con argumentos muy contundentes. Tenía una desconfianza innata en Belisario, en el partido conservador, en los militares y en los liberales. Decía que tenía que demostrar que el gobierno estaba engañando al país y a todo el M-19. Que pretendían ponerlo en la legalidad para enterrarlo e ir aniquilándolos uno a uno. "Nosotros no somos un movimiento de masas, ni somos un partido, somos un movimiento de propaganda armada y punto. Nos hemos identificado con unos sentires y unos quereres del pueblo colombiano y eso es lo que nos da el respaldo, pero no tenemos ninguna capacidad organizativa para construir un partido y ser una alternativa. Eso lo tenía clarísimo.

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Había un infiltrado En esa entrevista se veía muy preocupado por una información reciente que le habían dado los cubanos y los sandinistas –quienes tenían un sistema de inteligencia bastante bueno– sobre la existencia de un infiltrado muy cercano dentro de la dirección del M-19, que les estaba pasando información a los servicios de inteligencia. No sabían quién era, pero estaban seguros de que estaba pasando información. Bateman andaba muy preocupado y por eso tuvimos que tomar muchas medidas de seguridad para la entrevista. Él siempre escogía los sitios más obvios, que se volvían los más descartables para los organismos de seguridad. Fue una cita frente al aeropuerto, en un hotel. Todo el que llega en escala a Managua, cruza la calle y llega a ese hotel a tomarse un trago, a bañarse en la piscina, y él escogió precisamente ese lugar. Tengo la certeza de que fue un atentado A mí no me queda la menor duda de que la muerte de Bateman fue ocasionada por un atentado. No tengo pruebas, pero son unos accidentes que no le pasan a nadie si no está alguien atrás. Una caleña de Instrucción Criminal me contó todos los detalles. A la nave se le partió un ala. Es muy difícil que se parta un avión por una tormenta, y cuando sucede, se cae en picada. Cuando se perdió la avioneta, yo conecté a la gente del M-19 con un brujo gringo, al que le consultaban todos los políticos. De ese encuentro salieron muy optimistas. Se decía que estaban vivos, que estaban tratando de salir. Ante certeza de su muerte Jaime era alguien que le hubiera podido aportar mucho a un nuevo proceso político. A mí me produjo mucha rabia su desaparición, igual a la qué sintió la gente cuando mataron a Gaitán. Daba como una rabia decir: "Este tipo, que ha podido aportar tanto, no ha debido matarse así, de manera tan estúpida..." Sigo convencido de que fue un atentado y no un accidente. Filas como las de Guadalupe Salcedo no las volverás a ver Bateman tenía mucha angustia de no tener un proyecto político claro ante la posibilidad de enfrentarse a la lucha legal con los otros partidos. En la entrevista termina afirmando: "No tengo nada que ofrecerle al país sino la lucha". No tenía una respuesta contundente. Tenía que reconocer que su lucha era básicamente por abrirle espacios democráticos al país. Frente al debate de la entrega de las armas, afirmaba que harían cualquier cosa, llevarlas para la casa, guardarlas por ahí o enterrarlas, pero que no las entregarían, ni siquiera en un Estado donde no hubiera enemigos. "Nuestras armas son la garantía de los acuerdos que hagamos". Así quedó en la entrevista. Bateman decía: "¡Filas de guerrilleros como los de Guadalupe Salcedo entregando sus armas, nunca las volverán a ver en este país o no por lo menos de parte del M-19!"

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3. El FLACO DE PELAO
"PARA MI NO ESTA MUERTO. ESTA AHI EN EL MONTE" CARLOS BATEMAN (Hermano de Jaime Bateman. Jefe técnico de comunicaciones en la Costa Atlántica y colaborador del M-19) A Jaime siempre lo vi como mi hermano. Cuenta mi mamá que vivíamos en la casa donde está el Concejo Municipal, frente a la catedral, en la plaza principal. Después vivíamos-en la Zona Bananera porque mi papá trabajaba en una cooperativa de empleados de la United Fruit Company en Guacamayal. Fue una infancia bien' bonita. Cuando hicimos la primera comunión, estudiábamos en el Gimnasio Santa Marta, que dirigía el señor Núñez, un educador muy estricto que enseñaba con golpes en la mano. A Jaime lo expulsaron del Gimnasio Santa Marta porque el viejo lo castigó y él en venganza se trajo unas matas que se llaman "desbarata-baile", de los cerros de Santa Marta, las echó en el baño y las restregó --eso da un olor terrible- y como el colegio quedaba en la misma casa del viejo, se tuvo que salir todo el mundo. Alguien acusó a Jaime y lo expulsaron. Mi mamá fue y habló y lo volvieron a recibir con matrícula condicional. Tendría como ocho años Tenía un problema en la pierna izquierda. En una ocasión nos fuimos a vivir a Barranquilla porque mi papá trabajaba en Telecom. Estudiábamos en Barranquilla en la Normal Anexa. A nosotros nos daban el dinero para el bus público, pero él, para ahorrarse lo del transporte, se iba en el bus del colegio. Un día yo llegué en mi bus cuando veo aquello: Jaime se bajó para atravesar la calle y una camioneta del Terminal le pegó y lo tiró hacia el otro lado, por donde venía un bus Delicias-Olaya que le cogió la pierna. La cabeza le quedó a una cuarta de la rueda trasera. Lo montamos en un taxi y lo llevamos para la casa. Mi mamá se lo llevó a la clínica y lo atendió el doctor William Bradford. El tipo lo enyesó y lo mandó para la casa. Fractura de la tibia y el peroné. A los pocos días comencé a sentir un olor raro, "Huele feo, mami": Nosotros dos siempre estuvimos en el mismo cuartico, y esas camas las trasladábamos para todas partes. Había un olor feo. Le dije a mi mamá: "No duermo más en ese cuarto. Huele a podrido". Ella se lo llevó a la clínica y le dijo al viejo que le quitara el yeso. El médico no quería, pero al fin se lo quitó. Cuenta mi mamá que cuando le quitó el yeso, se le vinieron todas las carnes pegadas. Era casi gangrena. Jaime no sentía la pierna. El pie no lo sentía. El

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médico Bradford dijo que le tenía que cortar la pierna. Que si no la sentía en 24 horas, tenía que cortársela. Mi mamá lo encuelló: "'¡Como le corte la pierna a mi hijo, lo mato!" Recuerdo tanto esa noche, noche larga porque mi mamá entraba cada cuarto de hora, cada media hora, con un alfiler a puyarle el dedo gordo del pie para ver si Jaime lo sentía y nada que lo sentía Jaime fue muy abnegado en eso, nunca se quejaba, nunca decía nada, aceptaba esa vaina. Lo asumió con una actitud muy estoica. Tendría como unos ocho años. ¡Al fin, por la mañana, a las 8 ó 9 de la mañana, sintió la pierna! Regresemos, a Santa Marta y duró como un año acostado.

No sabíamos quién era el de la maldad Cuando nosotros salíamos a jugar a la calle a la pelota, él llamaba la policía. Estaba prohibido jugar en la calle; nos llevaban presos y no sabíamos quién era el de la maldad. Era Jaime. Leía mucho. Yo no. Yo arrancaba a jugar y él, como no podía, leía. La curación fue terrible, muy larga y muy difícil. A los veinte años todavía tenía problemas con la pierna. Por eso practicó bastante la natación; era un pescado en el agua. Otros caminos En la época que estaba enfermo vivíamos en la Calle Tumba 4; sin pavimentar, era pura arena. Frente a nuestra casa quedaba la Tipografía Escopet y al lado vivían los Rodríguez, Lady Rodríguez y el capitán Black, que lo conocía todo el mundo en Santa Marta, y "Polilla". Mi mamá vendía mantecado y helados que hacía para pagar la cuota de la nevera. Todo el barría le compraba mantecado. Vendía leche también. Nos levantábamos a las 5:00 de la mañana cuando llegaba el camión con las dos canecas de leche y la gente empezaba a comprar. Vivía también un peluquero que se llamaba Colacho, que era guajiro. Vivía Toro Morales y en una esquina estaba la Voz de Santa Marta y el parque. Jaime no jugaba, pero se sentaba ahí a vernos. Las cosas que Jaime no podía hacer lo inducían a otros caminos. Inventaba noticias Mi papá tenía un noticiero en Santa Marta, el primer noticiero; era a las 7:00 de la mañana. Jaime le hacía el noticiero los viernes. Mi papá se tomaba sus tragos y siempre llegaba tarde… Cuando llegaba ya Jaime le tenía el noticiero hecho. Teníamos una grabadora y un radio que cogía noticias de la BBC de Londres en español y de Bogotá. Todo eso lo grababa y pasaba las noticias. De vez en cuando metía una noticia que él se inventaba. Muy niño, de ocho años, ya estaba haciendo el noticiero; por eso aprendió a escribir a máquina desde esa época, Todo eso lo fue metiendo en otros campos. Mi papá era Jorge Olarte. Lo mimaba mucho; Jorge era un tipo muy especial. Nunca nos levantó la mano, nunca, nunca; era un tipo que nos entendía a nosotros y nos quería mucho. La fuerte, la dura, era mi mamá.

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Íbamos cada rato a la Voz de Santa Marta. Esa era la época en que las emisoras tenían radioteatro y llegaban los artistas y en vivo cantaban y se hacían programas de radioaficionados. Desbarata-baile En la Calle del Río, que es la Carreta 2, al lado, vivía el viejo Salvador y unas niñas de Bucaramanga a las que les arrastrábamos el ala. ¡Jaime era muy enamorado! El viejo tenía una fábrica de paletas y Jaime tenía su novia ahí. Hicieron un baile un 24• de diciembre al que no nos invitaron. El 25 ó 26 de diciembre la mamá de las peladas llegó con la queja a donde mi mamá de que Jaime había echado el "desbarata-baile". Mi mamá se le enverracó y le dijo: "Mi hijo estaba conmigo". 'Sí, pero él fue". Jaime era, de los hijos de ella, el más querido. No quiere decir que no me quería a mí o a la Chiqui, sino que, por su enfermedad, era bien protegido. En otra ocasión nos invitaron a un baile y a él no. Pues se fue con Salvadorcito y el Pescue y cuando estábamos haciendo el sancocho en el patio le echaron una bola de jabón. Hasta ahí quedó el sancocho. “¡Mierda! ¡Se ahogó Jaime!” A Jaime se le había sanado la pierna, aunque siempre le quedó un pedazo mal. Nos íbamos al mar. Una vez a las 6:00 de la mañana estábamos cogiendo un bote para El Morro ó El Rodadero —que era la travesía más larga— a remo puro. Alquilábamos dos o tres botes donde el viejo Felicidad y regresábamos a las 7:00 u 8:00 de la noche. Nadábamos horas y horas en el mar. Esa inmensidad, el hecho de no tener nada en frente que quiebre el paisaje... ¡era la magia del mar! Si tú ves el mar de noche, echa fuego. Te da una sensación... ¿cómo describirlo? ¡Ni los poetas! Una vez Jaime se perdió y como tenia la vaina de la pierna, todos salíamos en vestido de baño y él salía en pantalón para que no le vieran la pierna. Cuando llegábamos a la playa, se quitaba el pantalón, lo enterraba en la arena y se metía al agua. Esa vez nos fuimos para El Ancón. Estaban haciendo un sancocho y Jaime se quedó con ellos y nosotros todos nos fuimos para la casa. ¿Y Jaime? ¿Dónde está Jaime? Todos pensamos que Jaime se venía con el otro, ¡y no! Se quedó. ¡Miércoles! ¿Dónde está Jaime? Mi mamá salió a buscarlo. Fuimos a la playa y encontramos el pantalón enterrado. "¡Mierda! ¡Se ahogó Jaime!", y qué lío, y esa casa se llenó de gente y empiezan a buscarlo. ¡De pronto Jaime llega con Rafael Valenzuela en una borrachera! ¡Rascado, en vestido de baño! ¡Ese día le dieron una limpia del carajo! Cuando llegó a la cama... vomitó. Se armó la de San Vicente Todos los sábados nos íbamos él y yo a buscar a mi papá; que se estaba tomando sus tragos, para que nos diera plata para ir a cine. Una vez Jaime se consiguió un paraco (un nido de avispas) y lo llevó en una bolsa a matiné en el Teatro Santa Marta, a las 3:00 de la tarde. En esa época era un teatro lindo. ¡Soltó el paraco y se armó la de San Vicente!

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Era buen deportista. Cuando estaban construyendo la carretera Ciénaga-Barranquilla nos fuimos en bicicleta desde Santa Marta hasta Barranquilla. Salimos a las 6:00 de la mañana y llegamos como a las 8:00 de la noche a Barranquilla. El mito de la campana En el Liceo Celedón se hizo una huelga que se inició con el robo de la campana. La campana era un mito en el Celedón. Con ella se daba la orden para entrar, para el recreo, para la salida; cada cosa tenía su toque especial. Cuando se robaban la campana, podían poner otra campana, lo que fuera, pero como no era <el mismo sonido, nadie le obedecía. Lo primero que hicieron fue robarse la campana, en la parrilla de una bicicleta. Jaime Bateman se llevaba la campana y así se iniciaba la huelga. Jaime ganó el año, pero no lo aceptaron por lo de la huelga. Carlós Romero llega de la Argentina de vacaciones a Santa Marta, Conoce a la Chiqui, nuestra hermana, se enamoran y empieza con su carreta. El venía de militar en el partido comunista de Argentina en la época de Perón, del justicialismo. Influyó bastante sobre nosotros, fundamentalmente en la militancia de Jaime en la Juventud. Después nos vamos los dos para Bogotá. Yo estudiaba arquitectura en la Nacional, Jaime entró a estudiar sexto de bachillerato en el Colegio Panamericano de Bogotá. Vivíamos en la casa de la Chiqui y de Carlos Romeros, que ya se habían casado. Con cadenas y todo Cuando la candidatura de López Michelsen, en la época del MRL para romper el Frente Nacional se hicieron unos carteles que decían "De La Habana viene un barco cargado de armas para asesinar colombianos". Unos carteles con un barquito y en el barquito Fidel con su barba. Nosotros salíamos todas las noches a despegarlos y se formaban unas peloteras con cadenas y todo. Jaime y Mencho López Sierra descubrieron dónde los editaban, ''Llegan con una orden y se llevan todos los carteles de la imprenta. Los meten en un camión y se los llevan para la Calle 12 con 12. Hicimos una hoguera en la mitad y bailamos alrededor. No sé cuántos miles de carteles quemamos esa noche. El taller no paró nunca Jaime Bateman se metió en un cuchitril de 3 por 3 metros con Mauricio Wasó, un samario que aprendió a trabajar en screen. El partido tenía un contrato con el MRL de mucha plata. No supimos nunca cuánto. Hicimos todos los carteles con la efigie de López en rojo. Jaime Bateman se mudó ahí y hacíamos tumos, no dormíamos nada. El taller no paró nunca. ¡Para secar esos carteles era un lío el verraco! Miles de carteles salieron de ese cuchitril. Hicimos toda esa vaina y salíamos a pegarlos. Una cosa heroica. Eso no se ve ahora. Lo hacíamos por disciplina, a pesar de que ninguno de nosotros estaba de acuerdo con López Michelsen. Morisquetas

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En la época en la que él estaba en las FARC, lo fueron a buscar donde mi mamá. Alguien dijo que estaba en Santa Marta. Sabes cómo son los pueblos. Le avisaron a mi mamá y cuando llegaron los tipos, Jaime se pasó para el patio y se asomaba a mirar por los calados. El jefe del DAS era amigo de mi mamá, samario. Jaime se asomaba' por el patio y le hacía morisquetas, y mi mamá que se quería morir. La gente del DAS se quedó de visita. Un amigo que se llamaba Slebi Fuentes, amigo de la casa, con quien mi mamá habló, fue por Jaime a las 12:00 de la noche en el carro de la Gobernación y en ese carro de un conservador lo sacaron de Santa Marta. ¡Mira esa vaina!

Cogí granadita por granadita EI gran amigo de Jaime fue Iván Marino Ospina; era su llave. Llegaban siempre a mi casa en el barrio Santafé. Recuerdo cuando salieron los avisos de los parásitos: "¿Qué es el M19?", Y mi mujer le preguntó a Jaime: "¿Y qué es eso del M-19?" "Es un vermífugo para matar gusanos", contestó. Yo tenía mi media sospecha, pero de eso nunca hablamos. Después ellos, Jaime e Iván, me visitaban siempre, en Bogotá y después en Barranquilla. Un día, de regreso a la casa, me encuentro el garaje cerrado. Me dice mi esposa: "Jaime llegó ", "¿Dónde está?" "Está encerrado en el garaje". "¡Eche! ¿Y esa vaina? ¡Pum... pum... nada! Tun... tun... "¿Quién está ahí?" “Yo”. “Espérate”. “Me abres o tiro esta hijueputa puerta”. Me abrió. Encontré, no joda, el garaje lleno de armas y de granadas y un Willys."Eso no sirve. Con la vibración, esa vaina-se sale", "No, eso no se sale". No joda, mira, hermano, vamos a sacar toda esa mierda de mi casa". Y mandé comprar cinco rollos de esparadrapo, y cogí granadita por granadita —eran como 60—. Él me mamaba gallo. Metimos primero las carabinas, después las granadas; hasta las tres de la tarde en esa vaina. Esas armas fueron las primeras automáticas que tuvo el M. Luego se las llevó Rafael Arteaga a su destino. El hermano del comandante Cuando Jaime llegó por última vez a Santa Marta, nosotros teníamos como cinco años que no nos veíamos. Me mandó la razón que quería hablar conmigo: Me recogieron y me dijeron: “Meta la cabeza entre las piernas”. Yo la metí y… ¡qué carajo! la saqué, y los tipos que meta la cabeza, y yo les dije: "Vea, hermano, usted donde me lleve aquí en el Rodadero, sé donde estoy". "Déjalo, es hermano del comandante, él verá". Me traen a una casa y los tipos se van. ¡Toco a la puerta y me abre Jaime Bateman en calzoncillos! Nos abrazamos. “¡Hombre, no seas tan irresponsable!”. Estaban allí Carlos Toledo, el Turco Fayad. Toledo era un tipo amable; inspiraba mucha confianza. Llegué a las 9:00 de la noche y me fui a las 3:00 de la mañana. Me mamó gallo, hablamos de todo el mundo y nos reímos mucho…

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Expulsaba a todo el mundo Jaime bailaba, bailaba salsa. Le decían "el fundidor" porque se agarraba a bailar y fundía a la pelada. ¡El fundidor! Llegaba a un baile y ¡a bailar! Y si le gustaba una pelada, no la soltaba ni por nada. ¡Buen bailador! Bueno para parrandear. Le gustaba tomar para parrandear. Tenía un problema: se emborrachaba y perdía el estribo. Creo que es de familia, estamos predispuestos a eso; cualquier cosa que nos toque, que nos hiera, se nos vuelve grave; por eso evitamos emborracharnos. Tenía uno que medirse porque Jaime, cuando se le iba el hilo, formaba la locura. Un día me contaba alguien que cuando se emborrachaba, expulsaba a todo el mundo del M. Al día siguiente le dicen: “¡Bueno, comandante, usted expulsó aquí a todo, el mundo!”

Está ahí, en el monte Cuando se despidió de mi mamá, que fue la última vez que nos vimos, iba a suceder algo grande. No iba a continuar la guerra de guerrillas, ¡sino una guerra grande! Pensaba tomarse ciudades. No habló de muerte. Iba a ser algo así como una guerra de territorios, de posiciones... En ese año, cuando no se sabía el paradero de Jaime, nunca hablamos, ni mi mamá, ni la Chiqui, ni yo de él. Nos ocultábamos, no éramos capaces de decir: "Jaime se perdió". Todo el mundo sabía lo que estaba pasando y nosotros no nos decíamos nada. No hablábamos de eso. Cuando encontraron la avioneta, nos fuimos para Panamá mi mamá y yo a buscarlo. ¡Era una cosa como mágica! No lo hablamos porque Jaime, para nosotros, sigue vivo como antes; como cuando duraba dos o tres o cuatro años sin aparecer. Para mí no está muerto. Está ahí, en el monte. “EN SANTA MARTA, LA VIDA TRANSCURRIA EN LOS BILLARES, EN LAS FIESTAS DE LOS SÁBADOS, ALQUILANDO BOTES EN LA BAHIA, O DONDE LAS ‘NIÑAS’ ” Salvadorcito Sánchez (Amigo de infancia de Jaime Bateman) Teníamos cinco o seis años y estudiábamos en el mismo colegio. El colegio quedaba cerquita de la casa; nos enseñaba Antonio Correa, "el profe", a contar con granos de maíz y nos repasaba el catecismo todos los días. El viejo Correa era uno de esos antiguos maestros que decía que la letra con sangre entra. Tenía dos perreros, el número uno y el número dos, y con ellos les pegaba a los alumnos que se portaban mal. El perrero número uno era una correa y el número dos era la vaina de una antorcha. Nos pegaba por la espalda. Uno veía aquel espectáculo cuando: el viejo se abalanzaba a pegarle a los alumnos. Esos fueron los primeros contactos entre Bateman y yo. Empezamos a ser amigos de verdad tal vez porque estudiábamos juntos y porque vivíamos en casas pegadas; sólo nos separaba una paredilla.

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Era medio sollao Jaime era un muchacho normal, común y corriente; un tipo tranquilo pero muy arriesgado. Cuando íbamos al mar y alquilábamos un bote, él insistía en que teníamos que llegar hasta El Morro. Yo no quería ir porque me daba miedo y los otros amigos tampoco, pero él nos decía que no fuéramos tan pendejos, hasta que un día nos convenció y llegamos hasta El Morro. A él le gustaba el peligro. De pelao tuvo amores con Alba Labastidas, una morena muy simpaticona. Después estuvo enamorado de una muchacha que le decían "la Teté", Pero no se puede decir que él fuera un tipo apasionado, que se enamorara de una pelada para casarse. Él no le paraba bolas a eso de tener novia. Yo nunca le conocí un amor en serio. Era medio sollao en eso. Lo levantó a chapa El Flaco .era un bailarín de primera categoría, era una especie de “fundidor”; así le decíamos nosotros porque "fundía" a las peladas. Íbamos mucho a los billares, al Panamerican; ahí jugábamos "buchacara" con toda la barrita y con su hermano Carlos. Un día estábamos jugando cuando Carlos, su hermano –que era un trompeador de primera– se agarró con un pelao y lo tenía en el suelo dándole trompadas y en esas llegó el papá del pelao y le zampó un taco de billar por la cabeza a Carlos y lo dejó privado. Esa vaina pasó. Otro día estábamos en el café "Red" tomándonos unos tintos con otros amigos y de pronto llegó el papá del pelao aquel. ¡Entonces Jaime se paró y lo levantó a chapa! Jaime era tambor mayor en la banda del Liceo Celedón y por eso usaba el cinturón con una chapa grande. Tuvimos que apartarlo porque, si no, hubiera matado al viejo. En Santa Marta la vida transcurría en los billares en los bailes de los sábados, alquilando botes en la bahía y) veces donde "las niñas". Íbamos donde América Pinedo, donde la Manuela Torres y donde toda esa gente. Un tipo sincero Nosotros de política no sabíamos nada. El que nos metió en la política revolucionaría fue Carlos Romero, cuando empezó sus amores con la Chiqui, la hermana de Jaime. Por la influencia de él nos metimos en la Juventud Comunista de Santa Marta. La casa del partido quedaba en "Pescaito", un barrio popular. Nosotros nos reuníamos allá con Edison López Sierra, amigo de Jaime y en la casa de la vieja Felipa. En esa época a Jaime no le gustaba ir a las reuniones, era yo el que lo convencía siempre para que fuera. Después él se fue para. Bogotá y ahí fue que se metió en firme en la militancia de la JUCO con Manuel Cepeda y con Carlos Romero. Luego sólo lo veía esporádicamente. Cuando venía a Santa Marta, siempre conversábamos mucho. Nos íbamos para el Rodadero y nos sentábamos a hablar y a hablar de política y de todo lo que pasaba en el país. Jaime era un tipo sincero, un tipo descomplicado, sin problemas; muy humano siempre. Nunca le gustó el chisme. Le gustaba mucho la lectura. El leía mucho, desde pelao leía más de literatura que de política.

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La última vez que lo vi fue en el año 75. A mí me mandaron a Riohacha a una comisión y allá me Io encontré. Yo me estaba comiendo una sierra con yuca, en la calle Ancha que llaman, y de pronto lo vi. Me embalé detrás de él y lo llamé: "¡Jaime, Jaime!", y ¡eche! nada que volteaba a mirar. Total, me tocó correr y tocarle el hombro. No quería que lo "descubrieran". Debía estar en alguna movida. Después nos encontramos y nos regresamos juntos. No quería que lo identificaran. Esa vez hablamos de todo, recordamos todo. No lo vi más, pero siempre fuimos muy amigos.

"YO TENGO QUE ESTAR EN ESTO" Matilde Bateman (Dirigente de la Unión Sindical Obrera (USO). Hermana de Jaime Bateman) Cuando niños, yo era la princesa y ellos, mis hermanos, los vasallos. Desde el accidente de Jaime, mi mamá le empezó a -tener gran consideración. Desde ese momento Jaime fue un consentido. Pero a él no le hizo daño eso. Cuando era niño se burlaba de todo. Para él no había nada serio, hasta que conoció a Carlos Romero y se volvió comunista. Cuando yo andaba ennoviada con Carlos Romero y me dijeron que era comunista ¡uy!, a mi me pareció tan trágico eso, porque la idea que yo tenía era que los comunistas comían niños. Era en 1956; cuando los libros marxistas se enterraban. Yo me acuerdo que cuando Carlos Romero mandaba libros de la Argentina, los enterrábamos. Uno tenía la idea de que si le encontraban un libro de esos a uno, iba para la cárcel. Entonces uno hacía un hueco, envolvía el libro en plástico y lo enterraba. Carlos Romero llega a Santa Marta y comienza a hacer unas reuniones con la gente del Liceo Celedón. Jaime Bateman escucha. Después llega al Liceo y se vuelve líder estudiantil. De ahí parte, pero él nunca quiso aceptar que fue por Carlos Romero que se volvió comunista. Jaime era un tipo especial. Mi mamá le decía: "Deja eso, deja el partido. Vente para acá. Yo te compro una finca. Yo vendo la casa y haces plata". Él le respondía: "Mientras haya un niño muerto de hambre en Colombia, yo tengo que estar en esto". Con Alba la Bandida En el año 57 él estaba en sexto año en el Liceo. A Rojas Pinilla lo tumba la burguesía. Él estaba en el Liceo y era el que iba adelante en las manifestaciones estudiantiles para tumbar a Rojas Pinilla. Un día, en vísperas de la caída de Rojas, mi papá nos dijo: "Hoy no salen a la calle porque va a haber muertos", y mi mamá le pidió: “Amárralo”. Se iba a levantar a las seis de la mañana a amarrarlo, pero Rojas cayó a las seis y media. No nos habíamos levantado cuando cayó. Decían que tenía amores con Alba la Bandida. Jaime prefería tener novias entre las peladas de por allá, de los barrios. Mientras su hermano, Carlos Bateman, tenía su noviecita de clase media, las novias de Jaime Bateman no se podían mostrar. No estaban en el colegio donde uno estudiaba. No vivían en la misma calle, Carlos Bateman se ponía

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su vestido elegante y se iba a hacer visitas de novio. ¡Jaime Bateman jamás, él se burlaba de esa vaina! Un Tiburón Él tenía una pandilla. Era de pandilla y de mar; sobre todo de mar. Con su pierna enferma y todo, vivía metido en el mar. Una vez le pusieron las sillas para el velorio porque encontraron el pantalón y los zapatos en la playa y no lo encontraron a él. La gente lo daba por muerto. Lo encontraron en El Ancón, más allá de los muelles. De pelao, la herida de la pierna se le abría con cualquier cosa. Entonces se inventó un cuento. A todo el que le preguntaba: “¿Qué le pasó?”, le respondía: “Pelié con un tiburón y se me comió el pie". Eso es común en los pueblitos pesqueros; por lo tanto, no era un cuento tan extravagante. Mucha gente allá ha tropezado con un tiburón. Le pareció más elegante, más poético, decir que era un tiburón y no un bus. Y él se reía Entre Jaime y yo había una gran coincidencia: era un hermano que se parece a uno en su modo de ser y en su modo de ver la vida. Nos entendíamos bien, pero estaba Romero de por medio y Jaime no gustaba de Carlos Romero. Yo intuía cuando él tenía problemas serios. Cuando lo veía llegar, yo me decía: algo le pasó, algo tiene. Empezaba a dar vueltas, vueltas y vueltas. El día que se robó la espada vino, se sentó a ver televisión conmigo y comenzaron a pasar la noticia sobre el robo de la espada. Entonces yo dije: "Estos estúpidos. Ahora dizque la pelea es con espada. ¡Uy!, pero es que si son... ¿Quiénes serían los bobos, brutos, esos que se robaron esa espada?". Y él se reía y se reía. Una manera crítica de ver Cuando lo expulsaron del partido vino y se sentó: “¡Acabo de hablar con Gilberto y me van a expulsar del partido!" Esa vaina sí que le dolió a Jaime Bateman. Nunca había visto una cosa que le doliera más. Yo pienso que de ahí en adelante él quiso ver todo desde otro lado. A mí me parece que lo mejor de Jaime Bateman es eso, una manera crítica de verlo todo. Dijo que si no se podía con el partido, había que buscar otro camino. Empezó a buscarlo por el lado de los Tupamaros; quería ensayar en este país algo... algo que moviera esto. Nunca tenía ni cinco Mientras el Eme se convirtió en, un movimiento, Jaime vivió tiempos muy duros. Robó carros, hizo de todo. Yo no entiendo cómo no se descompone. Para cualquiera hubiera podido ser un proceso de descomposición: ¡Tengo plata! ¡Tengo dinero! ¡Puedo hacer lo que quiero! ¡Qué revolución ni qué miércoles!

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En una ocasión viajé con él de Santa Marta a Bogotá. Andaba sucio, como siempre, con un maletín sucio también. Llegamos tarde, como a las once, y me dice: "Guárdame este maletín". Guardo yo el maletín y me da por abrirlo; sin exagerarte, había como dos millones de pesos. ¿Y tú crees que quiso pagar una gaseosa en el aeropuerto? Me dijo: "No tengo ni cinco, págame la gaseosa". ¡Y me pide que le guarde dos millones de pesos! Nunca tenía ni cinco centavos y andaba con millones. Su mujer pasaba trabajos; pero para él, la plata que conseguían cuándo robaban o como fuera, esa plata era sagrada. Una vez me trajo unos campesinos a la casa y me pidió prestada la máquina de coser. Yo me asomé y les estaba cosiendo las armas en el cuerpo a los tipos. ¡En mi casa! Por eso le tenía miedo, porque era de una locura increíble. Hirió el honor de los militares La acción más audaz de Jaime fue la del Cantón Norte. Una verraquera, y se le ocurrió a él. Su mujer me contó cómo había sido eso. Iban en su carro, un renolcilo verde, y pasaron frente al Cantón, cuando se le ocurrió: "Yo creo que a esa vaina se puede entrar". Y empezó a dar vueltas y a buscar qué calle era la que quedaba más cerca del lugar. Después se buscó un ingeniero y lo planeó todo. Con ese operativo Jaime hirió el honor de los militares. Cuando los militares entraron y encontraron las banderas y las consignas del M-19, casi les da un infarto. Como si uno se cuida de los ladrones y de pronto el ladrón se te lleva todo y te deja debajo de la almohada un recadito... Te mueres de la rabia... Es el hijo de ella Jaime sufría de mamitis. Jamás le escribía cartas, pero con cualquier persona le mandaba razones. Para mi mamá, para una costeña, cuando un hijo se le pierde, entonces ese es el hijo de ella. Mi mamá dice que al que ella más quiere es al que más la necesita. Vivía siempre muy pendiente de él. Sus relaciones se estrecharon mucho cuando ella adoptó una actitud de defensa política de él. "ERA UNA NIÑEZ CÁNDIDA" Franky Linero (Actor de televisión, libretista, amigo de infancia de Jaime Bateman) Yo a Jaime y a Carlos Bateman los conocí estando pequeñitos. Aparte de ser coterráneos y paisanos, concurríamos mucho a Bellavista, la playa que está ubicada al pie del río Manglares, en la desembocadura del río Magdalena. A tres cuadras se encontraba el famoso campo de los gringos de la United Fruit Company. Era un coto vedado. ¿Por qué? Porque ahí quedaban los campos de golf de los directivos de la compañía y, además, estaban las grandes antenas de comunicación que utilizaba la United Fruit Company. Circundando aquello, se encontraba la casa de ellos, de Clementina.

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Con Jaime y Carlos retozábamos en la playa o nos metíamos en el coto de los gringos a comer un fruto traído de Jamaica que llamábamos "curias", una especie de ciruela grande que cuando estaba verde tenía un sabor exquisito; era una fruta exótica que, dicho sea de paso, desapareció. En los alrededores de este "campo de los gringos", como lo llamábamos nosotros, vivían los empleados de la United Fruit Company, algunos de ellos al servicio de la clínica médica; por lo general eran jamaicanos o haitianos. En esas casitas había siembras de plátanos y nosotros teníamos por costumbre subimos a los palos. Era una niñez cándida; disfrutábamos de los horarios de clase tanto como de los extra clase. Estamos hablando de nuestra niñez, de los 7 años en adelante. La rosca del colegio Luego entramos a la pubertad, la adolescencia, que fue cuando más nos identificamos en aquel circulo gregario que se llamaba la barra, la rosca del colegio. Allí nos vinimos a conocer desde el punto de vista del carácter de cada uno. Carlos era el más echado para adelante. Eran tiempos cuando el machismo nuestro, muy andaluz por cierto, tenía que resaltarse. Si jugábamos fútbol, por ejemplo, partido que no terminara en una peleadera, no era partido. Si jugábamos béisbol, otro tanto. Capar clase significaba bañarse en el mar, coger mangos, comer jobo, hacer maldades, joder la vida. Eso era lo que disfrutábamos. En ese momento el grupo nuestro se extendía a unos diez o doce muchachos y Bateman hacía parte de él. Jaime era una persona grata y simpática. Era un niño formal en cierta forma; ya era "el mentalista" desde el punto de vista de la previsión de qué deberíamos hacer, o qué no. Lo teníamos que sancionar, bajo el término de que era un pendejo o un tonto, sólo porque meditaba, porque era precavido. Lo que me llamaba a mí la atención era que Jaime nos acompañaba siempre, sin importarle esa situación. Nosotros nos metíamos a los cotos de los gringos con el pretexto de conseguir bolas de golf, que eran un artículo de lujo para nosotros, o los capullitos o puyas que separan la bola de golf del césped. No sé si él en algún momento pudo haber servido de caddie a uno de los gringos. Se congregó toda la gente Hubo un momento histórico. Fue cuando la United ya estaba en vías de retiro del país. Sobrevinieron una serie de prohibiciones que llegaron inclusive a costarle la vida a un muchacho de apellido Alemán. Lo que no tengo muy claro es sí sucedió porque el muchacho se metió en el campo de los gringos y un celador le disparó, o fue por coger unas naranjas camino al estadio. En todo caso, fue por una de esas picardías nuestras. En aquel momento aquello se puso bastante drástico. En el entierro se congregó toda la gente. Fue un momento muy doloroso donde pudo haberse creado una retaliación de parte nuestra. No se hizo un juicio político contra los gringos, ni nada de eso, pero sí se echaron vainas. Nosotros seguimos con la idea de volvernos a meter en el coto y así se hizo.

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Con un dedo levantó en vilo… Alguna vez en clase de literatura Jaime falló en una frase que era: "Pedro espera en el zaguán", y él escribió: "Pedro espera en el San Juan"; El profesor tenía una táctica especial para corregir, que era escribir otra vez la frase correctamente: De pronto gritó: "¡Carajo, otra vez!", y como tenía una fuerza terrible, con un dedo levantó en vilo a Jaime y lo colgó de un tabique del tablero. El Flaco era peso aire. Teníamos diez u once años. Jaime era retraído para ciertas cosas; sin embargo, en la barra nuestra mostraba su inteligencia cuando comentábamos de deportes, de juegos o de cine. En eso Jaime quedaba siempre bien porque era penetrante en sus observaciones, escuchaba a fondo y sacaba comentarios. Hasta ahí, Jaime era un muchacho con capacidades, pero no mostraba visos de ser líder o conductor. Para mí, él sufre una transformación. Yo me resistía a creer en su liderazgo. Arrancaplumas En la banca del Camellón, frente al mar, hacíamos en corrillo los comentarios ya eso le llamábamos "arrancaplumas". Nos sentábamos ahí cuatro o cinco horas a mamar gallo. Si era de día, bajo el sol, con el propósito de ver pasar las niñas del colegio de La Presentación, y si era de noche, lo hacíamos para tomar el fresco. Jaime mostraba mucha inteligencia en los apuntes, le ponía apodos a todo el mundo. Era muy de él acomodar apodos. Alguna vez nos pegó un susto tremendo cuando estábamos cogiendo mangos. Se cayó del palo y se dio un costalazo tremendo. Alguien dijo que a partir de ese momento había quedado cabezón. La caída fue terrible y Jaime lloró.

4. CONSPIRADOR
“UN CONSPIRADOR EN TODO EL SENTIDO DE LA PALABRA” María Y Álvaro Marroquín (Dirigentes estudiantiles y compañeros de Jaime Bateman en la Juventud Comunista)

María: El Flaco no le tenía miedo a la muerte. En
realidad no pensaba en eso. Vivía furioso porque no lo querían mandar a la' guerrilla. Era por lo de la pierna. ¿Decía que cómo así? Que si él podía correr en las manifestaciones, ¿por qué no iba a poder con

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la montaña? Cuando lo conocimos, debía tener unos veinte años. Era Un hombre muy colombiano: chévere, guapachoso, querido, loco, sincero, claro. Miraba de frente, a los ojos. Cuando conversaba contigo no te quitaba la mirada. Se codeaba de tú a tú con todos, con el humilde, con el político, con el intelectual. Y eso no lo aprendió ni en las universidades ni en los libros; tal vez en su Celedón, en su mar, en su Santa Marta con su papá, al que adoraba. Otra de las características de su personalidad era la lealtad. Era un hombre absolutamente generoso. Metido compulsivamente en algo Álvaro: Lo conocimos cuando estudiaba en un colegio en la Calle 8a., en la Libre. María: El sector era lleno de burdeles y de casas de citas por todos lados. Allá, en esa zona, teníamos la sede de la Juventud Comunista. El Flaco era un activista estudiantil, siempre metido compulsivamente en algo, siempre conspirando. Álvaro: Yo creo sinceramente que nunca terminó un año completo de estudio. María: Sin embargo, era muy activo, tenía que estar haciendo cosas todo el tiempo. Generaba una enorme simpatía en la gente más sofisticada y también en la más sencilla. Tenía la capacidad especial de ser bueno para los unos y para los otros. Era bien recibido en todos los medios. Desde que lo conocí, parecía que sabía con seguridad para dónde iba. La vuelve guerrillera Álvaro: El que no entendía eso era Cepeda, El siempre pensó que Bateman era un tipo clave, un tipo cerebral, brillante, que podía dirigir la Juventud Comunista. Yo creía que no, porque con él en la dirección, la Juventud Comunista hubiera tenido que convertirse en guerrillera o en un movimiento clandestino armado. Bateman, entre otras cosas, no fue secretario general de la Juventud Comunista porque en un pleno yo le dije a Cepeda: "Si usted va a meter a Bateman a dirigir la JUCO, tenga la plena seguridad que la vuelve guerrillera'. ¡El va para allá, no sea pendejo!" Álvaro: Con Bateman organizamos las famosas "adelitas", que era comandos urbanos, y la JPJ, Justicia Patriótica Juvenil. Con el Flaco no se podía hablar sino de la vaina intrépida. María: Al mismo tiempo, paradójicamente, el Flaco no era un hombre apto para la guerrilla, ya que había sufrido un accidente en una pierna; tampoco parecía apto Pizarro porque sufría de epilepsia, pero en esa época todos se peleaban por ir a la guerrilla como fuera, hasta Yira; pero el que más peleaba era Baternan. Nosotros no lo dejábamos ir y él se ponía furiosísimo... Después, de todas maneras, se fue. No paraba un minuto de conspirar Álvaro: El se va para las FARC —era mucho mejor tenerlo allá—. Ese hombre era un subversivo todo el tiempo, todo el día; no paraba un minuto de conspirar, no sólo en la

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célula, sino que volvía conspirativas todas las reuniones, las de estudio, todas. Vivía en función de eso. María: El Flaco, con el mismo entusiasmo que bailaba, hacía la guerra. Era un hombre feliz. El Che Guevara era un pobre pingo comparado con usted Álvaro: El tipo le ponía salsa a la vaina. Cuando estuvo encargado del regional de Bogotá, organizó grandes festivales culturales y competencias deportivas. Así se reclutó mucha gente. Tenía la gran capacidad creativa de inventar siempre cosas nuevas. No sólo desde el punto de vista de la subversión, sino también de cómo organizar las masas; una enorme capacidad de trabajo; nunca se cansaba y además vivía cantando. Era sincero. Lo que pensaba se lo decía a la gente. A nosotros nos quiso mucho. Éramos amigos del alma los tres, pese a que en su criterio de joven subversivo yo era un hombre de la derecha en el partido. ¿Qué tal? Claro, en comparación con él, todos éramos de derecha. Yo le decía: "El Che Guevara era un pobre pingo comparado con usted". Peleábamos mucho también. Fue esa clase de persona que más que la teoría, lo que le interesaba era conocer a la gente. Sus libros eran la gente. Nunca fue resentido; sólo, tal vez, con Romero. Pero el problema no era Carlos políticamente, sino la Chiqui (su hermana), que estaba casada con él. Era un problema: que tenía mucho de personal. Y, claro, sobre ese asunto el Flaco le hizo debates interminables a Carlos en la Juventud; sobre lo que él consideraba que debía ser el comportamiento integral de un comunista. Seducida y encantada a la pequeña burguesía Cuando regresamos, María y yo, lo que más nos asombró fue constatar cómo el Flaco, nuestro amigo y compañero, tenía completamente seducida y encantada a la pequeña burguesía de este país. Claro que también después la asustó. Yo le dije a la gente del partido que estaba asombrado de la capacidad del M-19 de incrustarse en todas partes. El Flaco era un hombre muy amplio, muy abierto. Tenía capacidad total de entrega. Por ejemplo, yo nunca lo vi pelear por un problema de dinero: ¡Jamás! Que le dieran o que no le dieran. Yo creo que él salía de la casa sin saber si tenía para el bus o no. No pedía nada, se tomaba las cosas como venían. Cuando salió del bachillerato, que yo lo conocí, era medio lumpenesco. María: El problema del Flaco era que, o se mete, a la Juventud Comunista o termina siendo jugador de billar permanente en los cafés de Bogotá, porque, en realidad, él no quería estudiar. Hay que reconocer en eso la' sabiduría de un hombre como Manuel Cepeda, que siempre entendió que ese tipo de gente habla que ganársela. En menos de un año lo hizo miembro del comité ejecutivo de la Juventud. El Flaco era muy juvenil. Nosotros establecimos relaciones muy intimas con él. En la Juventud había dos sectores: uno más fresco en el que estaba el Flaco Bateman, Yira y Marroco. Y otro, el de los duros: Cepeda, Romero, Alape y Fred Khain. Bateman era la

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frescura en sí misma. ¿Qué es lo que destaca su vida? La audacia. Todo lo que hizo Bateman fue audaz: el M-19, el robo de la espada de Bolívar, lo de las armas del Cantón, ¡todo! Pero lo más audaz fue ganarse personalmente a tanta gente. Álvaro: Era un conspirador en todo el sentido de la palabra. Nota: Álvaro Marroquín murió el 23 de abril de 1992, día del aniversario de nacimiento de Jaime Bateman Cayón. "JAIME SIEMPRE SE BURLÓ DE LA MUERTE" Carlos Romero (Dirigente durante muchos años del partido comunista y de la Unión Patriótica, concejal de Bogotá, cuñado de Jaime Bateman, fundador de Poder Democrático, Líder de la Tendencia “Polo que suma” del Polo Democrático Alternativo) Antes de conocer a Jaime, conocí a "La Chiqui", su hermana, en una fiesta, y después ella me invitó a la casa a conocer a sus hermanos, a Carlos y a Jaime Bateman, dos jóvenes que tenían entre 15 y 18 años, quizás menos. De ellos, Jaime era la persona que despertaba de entrada un sentimiento de amistad en la gente que lo conocía. Se convertía inmediatamente en amigo de uno. Era gente que tenía fácil comunicación con el recién llegado. El Flaco estudiaba bachillerato. La primera impresión que tuve fue la de que tenía dificultades grandes en el colegio. Estudiaba en el Liceo Celedón de Santa Marta y acababa de ser expulsado por un profesor liberal llamado Alfredo Linares. El Liceo había sido muy democrático, muy de izquierda. Allí habían estudiado personalidades muy destacadas; por eso el colegio gozaba de la simpatía y del respeto de quienes estudiamos allí. La expulsión de Jaime significaba un trauma muy grande para él porque implicaba que tenía que ir a estudiar a un colegio privado que no tenía el mismo prestigio. Su madre, Clementina Cayón, reclamaba en voz alta la injusticia que se había, cometido contra Jaime. Esa fue la forma como lo conocí. Hombre de mar Era un hombre de mar. Cuando digo un hombre de mar, me refiero a la tendencia que los jóvenes de esa época tenían hacia las playas. Joven de mar porque acostumbraba ir de la orilla al Morro y darle la vuelta a la bahía, un acto bastante intrépido. La mayor parte de nosotros preferíamos quedarnos nadando a mitad del camino. Él, con toda la naturalidad del caso, atravesaba la bahía con una facilidad impresionante, con una capacidad y una resistencia envidiables. Jaime siempre se burló de la muerte; se enfrentaba a las situaciones más difíciles. Tenía la característica del verdadero joven. Además de ser audaz, le gustaba la aventura, le gustaba arriesgarlo todo; un hombre de mar, intrépido, que se reía de la muerte, descomplicado, de fácil acceso a la amistad.

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Allá no hay sino dos comunistas Yo acababa de regresar de la Argentina, llevaba apenas dos años de haberme afiliado a la Juventud Comunista de allá y me sentía un filósofo. Me preocupaba que en Colombia no existiera una Juventud Comunista como la que había en la Argentina, que libraba una batalla antiimperialista en la época en que Perón representaba el fascismo. Lo primero que se me ocurrió fue organizar un grupo de jóvenes, a quienes pudiera dictarles un cursillo de materialismo histórico y explicarles cómo era y qué decía el programa del partido comunista argentino, Para organizar ese acto me puse en contacto con el único comunista que yo conocía, Fermín Montesino. Le dije: “Necesito organizar un cursillo de materialismo histórico y me gustaría contar con la aprobación del partido comunista colombiano”. Entonces el hombre me respondió: "Voy a hacer la consulta respectiva". Efectivamente, a los dos días se apareció: "Ya consulté con el partido y el partido autoriza que se haga el curso, pero piden que dos compañeros de la dirección asistan". Eran Miguel Ruso y Fermín Montesino. Hicimos el curso y posteriormente, conversando con Carlos Arias, que era un líder de las Bananeras, le expliqué que había dictado el cursillo y que había reclutado una cantidad de jóvenes para la organización y que el partido comunista de Santa Marta lo había autorizado. "¿Cuál partido comunista? Si allá no hay sino dos comunistas, Miguel Ruso y Fermín Montesino". En ese cursillo participaron Jaime Bateman, Carlos Bateman, Sony Caballó, Mauricio Wasó, Eduardo y Salvador Sánchez, Edison López Sierra, quien fue posteriormente el secretario político de la Juventud Comunista de Bogotá. Todos ingresaron a la Juventud Comunista y de ahí surgió el primer grupo de jóvenes comunistas del Magdalena. Esa fue la base de la que se partió para conformar los núcleos en algunos colegios, especialmente el Liceo Celedón, y también en algunos barrios populares. Se realizaron muchos trabajos de agitación con la presencia y la actividad de Jaime Bateman. Él le dedicaba mucho tiempo, organizaba brigadas nocturnas y reclutaba muchos jóvenes samarios. Muy activo, pero callado Luego Jaime viajó a Bogotá con nosotros, más o menos en el año 58 ó 59. Vivimos juntos. El vivía en la casa, terminando el bachillerato y buscando cómo entrar a la universidad. Apenas ingresó en la Juventud en Bogotá, se convirtió muy rápido en un activista. Yo diría que da un salto. Él no hablaba mucho en esa época, era muy activo pero callado. Ya en Bogotá se convirtió en un hombre que hablaba, que emitía un mensaje, que ganaba en sociabilidad, que hacía amigos; se convirtió .realmente en el centro de la actividad juvenil en Bogotá.

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Fue miembro del secretariado nacional de la Juventud y llegó también a ser el secretario político de la Juventud Comunista en una de sus mejores etapas. Luego se realizó el quinto pleno de la Juventud Comunista, que fue cuando un grupo de dirigentes de nuestra organización se pasó directamente al Partido Marxista-Leninista, línea maoísta, encabezado por Francisco Garnica, Uriel Barrera, Alfonso Cuéllar y otros cuyos nombres no recuerdo. Era un grupo grande. Y Bateman, que formaba parte del ala izquierda de la Juventud Comunista, por decirlo de alguna manera, no se fue con ese grupo, a pesar de que tenía afinidades con ellos en algunas concepciones de las formas de lucha. La derrota de Jaime Después me trasladaron a Santa Marta a trabajar en el partido durante casi dos años. Logramos construir nuevas bases. De pronto, un buen día Gilberto Vieira me llamó y me dijo: “Mira, Cepeda va a salir de la secretaría general y hemos pensado que tú debes ocupar ese cargo. Sería bueno que te vinieras a Bogotá nuevamente”. Me tocó hacer maletas y regresar. Cuando llegué, me enteré de que Jaime aspiraba también a la secretaría general. En el pleno del comité central se sometieron los dos nombres, el de él y el mío. Desde luego yo era el hombre del aparato y él salió derrotado en su intento de llegar a la secretaría general. La derrota de Jaime se debía más que todo a las prevenciones que existían frente a él porque formaba parte del ala "izquierdista", que en ese momento pretendía impulsar la lucha armada. Un dirigente nato, muy samario El tenía mucha acogida porque era un hombre muy popular, muy querido. Sin embargo, yo tenía una trayectoria muy larga y una influencia muy grande. Bateman no obtuvo sino un solo voto. En esa época también, como ahora, pesaba mucho lo que decía la dirección central. El comité central recomendaba que fuera fulano de tal y ese era. El asimiló muy bien la cosa y pidió cambio de frente. Después, no quiso seguir trabajando en la dirección de la Juventud y por su propia decisión se vinculó al movimiento armado. De allí en adelante todo el mundo sabe lo que sucedió. Era un dirigente nato, muy samario. Era vallenatólogo. A Jaime se le debe la adaptación musical de "La cachucha bacana" a la canción "Cuba sí, yanquis no". Esa canción recorrió el mundo entero. "NOSOTROS TOMAMOS LA DETERMINACIÓN DE EXPULSARLO" Miller Chacón (Dirigente del Partido Comunista Colombiano, compañero de Jaime Bateman en la Juventud Comunista) Cuando entre a la Juventud Comunista, Jaime Bateman ya era un joven importante que se distinguía por una gran combatividad y jovialidad. Hicimos una gran amistad y

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compartimos muchas cosas: parrandas, fiestas, todas las dificultades y todas las alegrías de esa etapa de la juventud. Tengo recuerdos muy gratos de ese entonces y que marcan la clave de la personalidad del Flaco. Me parece estarlo viendo en una manifestación que se hizo en solidaridad con la revolución cubana. En esa época el Colombo-Americano quedaba en la 23 con Carrera 7ª, y tenía unas vitrinas muy elegantes, llenas de fotografías de ciudades importantes de los Estados Unidos. Ese día agarraron esa sede a piedra y el Flaco se botó en medio de la pedrea y derribó los vidrios a patadas. Él siempre que peleaba o que entraba a golpes con alguien, usaba mucho las piernas, peleaba a patadas. Se hizo un acto de felicitación y balance de esa manifestación y recuerdo que Manuel Cepeda destacó el valor y la combatividad de Bateman. Ese era un rasgo de su personalidad: era muy arrojado, tenía audacia y capacidad para solventar las cosas. Puso “conejo” Éramos funcionarios de la Juventud Comunista, nos pagaban mal y pasábamos etapas muy difíciles. Él, cualquier día se aparecía y decía que la madre le había girado y nos invitaba a almorzar y a beber cerveza. En una oportunidad estuvimos comiendo y bebiendo y después empezó a despedir a cada uno diciendo que no tenía ni cinco, que lo esperáramos en otra parte, y cuando quedó solo salió corriendo. Puso "conejo". El ponía la gente a salvo y se quedaba al final para responder y responder bien. Es un hecho que todos sus amigos siempre han reconocido. Una nueva posibilidad En las luchas al lado de Camilo Torres, antes que éste decidiera abandonar la lucha política en la ciudad y se fuera a las montañas, una de las personas que estuvo siempre defendiéndolo fue Bateman. Recibió muchos golpes y nunca se quitó del lado de Camilo Torres; parecía como si fuera su escolta. Lo fue. Miraba a Camilo como un precursor de una nueva posibilidad de la izquierda en Colombia. Bateman tenía algo por dentro, una inquietud permanente. Se le notaba cuando hablaba; nunca estaba en una sola posición, nunca tenía las manos ni los pies quietos, siempre estaba haciendo gestos. Era sumamente expresivo cuando hablaba, lo hacía con todo su cuerpo, con toda su fuerza. Aliados como esos, ni con sotana Él dirigió el comité regional de Bogotá. Teníamos una pequeña oficina en la sede del partido. Las cosas las hacíamos de común acuerdo. Se había conformado un secretariado de tres personas y él dirigía ese organismo. Para un pleno del comité central de la JUCO, nos citó para elaborar un material y, la verdad, lo elaboró él solo. El material era bastante irreverente para esa circunstancia, sumamente radical, beligerante y crítico de la actividad del partido. Cuando Gilberto Vieira hizo el resumen, expresó que los que nosotros buscábamos como aliados no se conseguían ni con sotana:. En esa época

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teníamos a Camilo Torres de aliado; por eso Gilberto hacía mención de la sotana. Decía: “Ni siquiera con sotana se conseguirían aliados como nosotros los quisiéramos”. Desde esa época, Bateman mostraba ya tendencias de rebeldía y la necesidad de encontrar caminos diferentes, a pesar de su juventud. Estaba en pie, como si nada Bateman tenía una inmensa capacidad de trabajo y de resistencia física. A pesar de sus problemas de salud, podía trabajar todo un día, toda una noche y seguir al otro día muy campante. En el Comité de Solidaridad Sindical, que existía antes de la Confederación, era muy combativo, organizaba huelgas, paros cívicos y paros nacionales. Se trabajaba realmente con las uñas. Una vez estuvimos toda la noche imprimiendo propaganda en mimeógrafo. A las cinco de la mañana terminamos y empezamos a ordenar para salir a distribuirla. La echamos en cajas de cartón y nos fuimos con los paquetes al hombro. Nos subimos a los buses a repartir la propaganda y todo el día estuvimos en eso. A las seis o siete de la noche de ese día se hizo el balance del trabajo y yo me quedé dormido como a las nueve. Bateman permaneció en la reunión estuvo hasta el final y después se fue a celebrar con los compañeros hasta la madrugada. Al otro día estaba en pie como si no hubiera pasado nada. Era de una gran vitalidad y tenía una gran capacidad de trabajo. La juventud soviética baila twist Otro rasgo importante de su personalidad era el desprendimiento y su espíritu solidario. Sé que él por sus amigos daba todo lo que tuviera. Tenía dos camisas y entregaba una y sí tenía dos pesos daba uno o entregaba todo. Es el único compañero de la dirección de la Juventud Comunista que viajaba a Europa y cuando regresaba, de sus escasísimos viáticos, traía los dólares que le sobraban y los entregaba a la dirección. No volví a ver ese caso. Bateman estuvo como delegado de la Juventud Comunista en el decimosexto congreso del Komsomol soviético y contaba que cuando intervino todo el mundo lo miraba porque tenía puesta una camisa de manga corta. Me imagino que le quedaba estrecha y además era viejita. Todos los asistentes estaban encorbatados. A su regreso, dictó una conferencia con un afiche hecho a mano titulado "La juventud soviética baila twist". El quería explicar que allá se bailaba twist y rock and roll y mostrar ese rasgo de la juventud soviética. También viajó a Cuba y le hicieron un reportaje donde lo señalaron como un joven sonriente. Pedía consentimiento En esa época había un compañero llamado Alfredo Pardo, que pegaba durísimo; era un peleador tremendo. Cuando estábamos borrachos, para que yo pudiera hacerle las críticas, el Flaco le agarraba la mano derecha para que no me levantara de un golpe. El Flaco también tenía sus enredos con las muchachas. Sé que era un hombre muy humano con ellas. No tenía ningún tipo de machismo, ni era impositivo, era muy condescendiente, les pedía consentimiento, siendo que en esa época nosotros no lo hacíamos jamás.

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Tenía una gran amistad con mi esposa, Lola, y la quería muchísimo; le ayudaba en los trabajos de la casa, a hacer la comida, a cuidar los hijos, cosas que yo no hacía. Se comía toda la cebolla cabezona que hubiera. Hacía ensaladas con pura cebolla, sal y limón. ¡Platados terribles de eso! Cuando no estaba comiendo maní, estaba comiendo cebolla. No tenían que invertir ni un centavo Cuando se salió de la Juventud Comunista, ingresó a las FARC. Primero se había integrado Hernando González y después Bateman. El estuvo en la reunión de fundación de las FARC. Contaba que quien había puesto el nombre de las FARC había sido Marulanda, de una manera muy sencilla: "Nosotros somos una fuerza, estamos armados, somos revolucionarios y somos colombianos: FARC". El Flaco trabajó con Manuel un tiempo, después estuvo en el Quindío Con Ciro y su amigo entrañable, Iván Marino Ospina, quien había empezado el trabajo de concientización en Pijao (Quindío). Luego terminó de colaborador de Jacobo Arenas y durante mucho tiempo trabajaron juntos. La verdad es que Jacobo tenía una amistad y un sentimiento de agradecimiento por el trabajo de Bateman muy grande. Siempre lo recordaba. Contaba que cuando Bateman estuvo en el trabajo con las FARC, ellos no tenían que invertir ni un centavo, ni siquiera para las cosas grandes, y que todo les llegaba a tiempo y en la cantidad necesaria. Nosotros tomamos la determinación de expulsarlo En el año 77 ó 78, se da una ebullición en el seno de la Juventud Comunista que nosotros catalogamos como una actividad fraccionaria. Varios de los jóvenes que andaban con Bateman fueron expulsados. Al propio Flaco, nosotros tomamos la determinación de expulsarlo. Con Carlos Romero le reclamábamos al partido comunista que no hubieran sido capaces de tomar alguna determinación con las personas que estaban en esa clase de actividades. Lo importante es que estos muchachos, que no eran figuras de primera línea en la JUCO, al poco tiempo aparecieron como dirigentes nacionales del M-19, dirigentes importantes y reconocidos, como Fayad, como Lucho Otero y como el propio Pizarro. Nosotros asegurábamos que el Flaco estaba haciendo fracción, que era el que estaba dirigiendo un aparato con gente de la Juventud Comunista para formar su propia organización. Era un señor corpulento Días antes del cambio, después de que Bateman organizó el M-19, hablé varias veces con él. Tres días antes del robo de las armas del Cantón Norte nos encontramos de casualidad en la Carrera 7a. con Calle 72 las 7 de la mañana. Yo venía hacia el Sur y él hacia el norte. Tenía una chaqueta de cuero; ya no era el Flaco Bateman que conocí, ahora era un señor corpulento y diferente, pero era el mismo hombre con la misma simpatía y la misma actitud hacia los que habían sido sus compañeros y amigos. Nunca renegó de eso, nunca renunció a su pasado. El consideraba que eran etapas de la vida que por mucho

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que uno quisiera no podía borrarlas. Esa fue la última vez que lo vi. Iba muy tranquilo, caminando, protegido por tres o cuatro muchachos. Lo llamé hacia un rincón, nos saludamos y conversamos. Como siempre, acordamos que nos íbamos a hablar, que nos íbamos a llamar, pero él y yo sabíamos que eso no iba a ocurrir. Nunca más volví a saber de él. Botó la llave a la mierda Bateman estuvo en la escuela del Komsomol en Moscú en el año 1963 con Iván Marino, Edison López Sierra y Fred Khain. Al terminar, sus compañeros se regresaron y Bateman se quedó en un tratamiento de la pierna; le estaban haciendo un injerto. Cuando llegamos, estaba hospitalizado. Llegó a la escuela tres meses después con una cantidad de dinero enorme, porque todo el tiempo que estuvo hospitalizado le guardaron el salario y cuando salió le pagaron. Compramos todo el vodka y el vino que encontramos, salchichón, pan y todo lo necesario para una parranda. Nos encerramos en el cuarto de Luisa Aguilar, quien vivía con una muchacha mexicana, María Fernanda Casupc, hija de Valentín Casupc, legendario dirigente ferroviario mexicano. Recuerdo que eran unas llaves grandísimas las de las piezas, eran de esas que están en los museos. El Flaco cogió la llave de la pieza, cerró por dentro, abrió una ventana y la botó a la mierda. Nos quedamos ahí hasta que acabamos con todo. ¡Fue una borrachera impresionante! No recuerdo quién nos sacó de ahí. Se siembra en el tronco de nuestra nacionalidad Nunca creímos la leyenda esa de que Bateman se había ido, con el dinero cuando se desapareció. Los que Io conocíamos sabíamos que eso no era cierto. La esperanza que quedaba era que la avioneta hubiera tornado otro rumbo. Teníamos una gran preocupación y luego una angustia enorme cuando empezamos a saber por los propios compañeros del Eme que no sabían nada de su paradero. Uno debe reconocer que el Flaco fue un hombre que abrió una nueva perspectiva para la lucha del pueblo colombiano y que derrotó con su práctica y con su ejemplo el dogmatismo. Lo que él predicaba y hacía, hoy son banderas de todos los que se dicen revolucionarios en Colombia. Fue un precursor de un socialismo de tipo diferente, que se siembra en el tronco de nuestra nacionalidad, sin copias de ningún lado y sin renunciar a lo que somos. Esa es la gran lección que Bateman nos dio. "SI MI PLUMA VALIERA TU PISTOLA DE CAPITÁN, CONTENTO MORIRÍA" A. Machado Armando Orozco Tovar (Periodista, poeta y profesor universitario) 1959. Eran los tiempos. Cuatro años antes, mi familia se había trasladado de Cali a Bogotá. En esta ciudad ingresé a estudiar mi bachillerato. En 1956, época de lucha contra la dictadura de Rojas Pinilla, sufrí un accidente en el antiguo parque del Lago Gaitán y alguna vez el comentario acerca de ese accidente y la forma como al fin se me

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había curado la úlcera trófica del pie, untándome panela, me unió a Jaime Bateman Cayón, dirigente en ese entonces de la Juventud Comunista de Colombia. Cambio de rostro En el 59, año del triunfo de la revolución cubana, entré a cursar primero de bachillerato en el Colegio Aurelio Tobón de la Libre y allí, en el mismo pupitre, conocí a Luis Otero Cifuentes, quien al igual que el Flaco y yo, había sufrido un accidente de gravedad en la infancia, al ser atropellado por un camión del Ejército un 11 de noviembre, cerca del Palacio de San Carlos. Pero a diferencia de los dos, el Flaco nunca pudo totalmente reponerse de su herida en una pierna causada por un bus en Barranquilla. Pero no sólo fue la histona de los accidentes lo que en definitiva nos unió a los tres, sino la historia de los interesantes acontecimientos que se producían a borbotones, cambiándole el rostro al país y al continente. Historias acerca de pasadas guerras que Lucho se sabía de memoria, junto a la biografía de Vargas Vila y las más recientes lecturas revolucionarias que nos llegaban de Cuba o que nos regalaban de sobra en la embajada de ese país. A Lucho lo hice rápidamente renunciar de las Juventudes del MRL, y ya en las toldas de la JUCO nos hicimos inseparables para toda la vida intercambiado el estudio con los mítines que orientaba el querido compañero Hernando González Acosta, quien con el Flaco Bateman, que estaba responsabilizado de la propaganda, constituía el máximo polo magnético para los jóvenes que nos afiliamos a la organización comunista. Reportaje al pie de la horca Bateman fue un gran publicista por la imaginación que tenía, y lo era desde cuando en abril de 1961 lo encontré en la casa de la JUCO, esa mañana trágica de la invasión a Cuba, con un sello de caucho, poniéndole con tinta a una cinta de papel engomado a consigna que decía: "Si los yanquis invaden a Cuba, hallarán la muerte". Papeletas que fuimos a pegar en las paredes siempre húmedas de Bogotá. Otras veces el Flaco aparecía en las fiestas y nos decía a las cuatro de la mañana: “Los espero a la seis en la esquina de la Casa: del Pueblo para subir a los cerros”. Y subíamos a caminar y a leer el “Reportaje al pie de la horca”, de Fucik. Era la mejor forma de prepararnos para la lucha que estaba de moda y que sin duda vendría para liberarnos; como había ocurrido en otra parte. Nosotros los felices El Flaco, ante nuestras fallas, se portaba tolerante porque quería hacer de nosotros unos buenos combatientes y estaba presente en él el ejemplo del Che y de Camilo Cienfuegos, luchadores cubanos que sin duda pretendía imitar en su ejemplo, pero también tenía algo muy propio de él y era que, a diferencia de otros, se comportaba con un estilo nuevo. Él y Hernando conformaban un estilo nuevo, y una amistad revolucionaria que daba confianza a los que éramos sus compañeros de aventuras. Fue así como se conformó él grupo de choque de la JUCO, el cual, en octubre de 1962, el mismo día que los Beatles lanzaron su primer disco, "Let it be", fuimos a Ciudad Techo a arrojarle tomates y huevos podridos a

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Teodoro Moscoso, coordinador de la Alianza para el Progreso en América Latina. Paramos con nuestro juvenil entusiasmo en la Cárcel Modelo. El Flaco imprimió por esos días la "Guerra de guerrillas" del Che Guevara y también recuerdo que quemamos unos carteles que habían salido contra el MRL, mientras danzábamos como locos en torno del fuego purificador. Ya eran los comienzos de los años 60, que significaban para todos nosotros liberación, música y una concepción para aplicar a trechos en un mundo que se caía con gran estruendo sobre nuestras cabezas. Con Lucho en Moscú A finales de 1963 viajó a Cuba un grupo de la JUCO en el cual iba Lucho Otero. A su regreso, seis meses después, me contó con lujo de detalles sus hazañas en el Escambray y en marzo del 64 se producía la invasión a Marquetalia, donde encontraría la muerte Hernando González, el primer mártir de esta generación que irrumpió con tanto fervor en el ruido del 60. Luego Jaime Bateman también se integraría a las FARC. En la U.RSS, donde estuvo por un tiempo largo curándose la pierna, coincidió con Luis Otero, quien estaba allá realizando algunos estudios para poder ser profesional del partido. De sus visitas al hospital donde se hallaba enfermo el Flaco, se reforzó la entrañable amistad que siempre los unió, hasta el punto de que Bateman decía que "era el cerebro gris" de su organización. Cuando el Flaco salió del hospital, viajaron juntos de Moscú a Leningrado y Lucho contaba que al llegar a esa ciudad habían filmado un documental donde Bateman había quedado con sus eternos gestos de mamador de gallo. Tenía arrugado el sentimiento No puedo decir cuándo fue que el Flaco se volvió serio. Creo que él tampoco lo supo. Ni cuándo aprendió a pensar políticamente, a utilizar creativamente la teoría aprendida en los manuales. De la noche a la mañana se convirtió en un brujo y hasta engordó. Se volvió reconcentrado y a veces se le veía salir por los bolsillos la tristeza. Uno notaba que tenía arrugado: el sentimiento. Comenzó de pronto a mostrar la parte oculta del costeño, que era la que no siempre es de baile y alegría. Se había convertido en vallenato antiguo, de esos que canta, Leandro Díaz. "Pica pica" en la feria A él uno lo veía poco. Siempre fue así porque se movía demasiado. La suerte del país no lo dejaba tranquilo. Iba y venía por el mapa de Colombia como por su casa. Pensaba, hablaba, organizaba un nuevo proceso revolucionario, el cual marchara acorde con la naturaleza colombiana. De las cosas que recuerdo de él fue en febrero de 1966, en plena campaña electoral, en la Feria de Exposición Internacional, donde Carlos Lleras iba a hablar. Nos reunimos con el Flaco, Lucho, los Carvajalino, para sabotear esa reunión. Recuerdo que Bateman le cayó encima como un niño a un viejo que portaba una bandera y ambos rodaron por el suelo disputándose el estandarte. Uno liberal y el otro adolescente revolucionario. Luego trajo unas bolsitas de "pica pica" que, al arrojarlas sobre la humanidad del pueblo, todo el mundo cogía las de Villadiego. Más tarde y cuando

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ya se habían acabado los inquietos polvillos blancos, se consiguió con unos de la Anapo voladores, los cuales, al caer dentro de las instalaciones de la Feria, hacían mucho ruido. Después de esa tarde de carreras y fiesta, no lo volví a ver sino hasta 1968, cuando en una cafetería de Chapinero me contó con detalles sobre la muerte de Ciro Trujillo y al despedirse me dijo: "Trabajen por acá, que nosotros lo estamos haciendo muy bien por allá". Se refería al sitio donde estaba con la guerrilla. Con el "Ful-Fal" y Comuneros Sólo hasta finales de 1969 nos volvimos a encontrar, una tarde de septiembre, cuando subía hacia el cuarto de Lucho con los pantalones todavía cortos, por encima de los tobillos. Como yo tenía llave de ese apartamento y Luis Otero no estaba, entramos y nos pusimos a conversar. Me habló de fundar “Comuneros” y yo de la organización en la que estaba, los cuales, ante la quiebra de la misma, podíamos llegar a ser parte de sus sueños. Fue entonces cuando los ligué, a él y a Lucho, con Jaime Galarza, Germán Lozano, Germán Rojas, "El Chino" García, Pinzón y José Pérez, todos del "FUL-FAL", que dirigía desde Urabá Mario Giralda Vélez. Estas, para mí, constituyeron las huestes iniciales de lo que sería posteriormente el famoso M-19. Léanse "Cíen años de soledad" Cuando regresé a Colombia, me volví a ver con Otero y él me concertó una cita con Bateman y Ospina en "La Piñata". Allí el Flaco me propuso que trabajara en la impresión de materiales de su organización. Hasta comienzos del 78 estuve con él, porque no entendía con suficiente claridad su estilo y postulados para hacer la revolución. Creo que todo su esfuerzo se orientaba a tratar de ligarse al pueblo y a hacer que éste le respondiera, cosa que nunca ocurrió, porque mientras el aparato sí funcionaba, Anapo Socialista representaba un verdadero fracaso. Alguna vez nos dijo que los conceptos marxistas mal aprendidos nos habían enseñado a automarginarnos de la gente. A veces, cuando llegaba a visitarnos en la casa donde elaborábamos el periódico, nos decía: “¡Léanse ‘Cien años de soledad’!” Hoy, a casi diez años de su muerte, y cuando este Flaco le hace tanta falta a Colombia, lo saludo con unos versos de Machado: “Si mi pluma valiera tu pistola de Capitán, contento moriría”.

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5. AMIGOS DEL ALMA
“Los hombres que no tienen amores constantes, absolutos, inflexibles, no son amados y por lo tanto están solos. Son vulnerables, mortales. Hay que amar con verraquera y hay que despertar el amor con verraquera”. Jaime Bateman

“IVAN Y EL FLACO SE QUERÍAN MUCHO PORQUE PELEABAN TODOS LOS DÍAS DE LA VIDA” Fanny De Ospina (Militante del M-19. Esposa de Iván Marino Ospina) Conocí al Flaco en el año 62; éramos militantes de la JUCO. El trabajaba en Bogotá y yo en Pereira. Cuando había festivales o algún acto político en esta ciudad, él iba como delegado de la Juventud; allí trabajábamos juntos. En el 64, cuando me casé con Iván Marino, llegaron á ser buenísimos amigos. El Flaco llegaba siempre a la casa. En esa época vivíamos en una piecita en Pereira. Él no iba a ningún hotel ni nada, sino que se iba a dormir con nosotros. Y como no teníamos sino una sola cama; entonces dormíamos los tres juntos. Y como él era tan grande y la pieza tan chiquita, por la noche, cuando se caían las ollas, era que al Flaco le sobraban los pies y todo lo que había cerca lo tumbaba. El estuvo en las FARC con Iván Marino. Yo a él lo quise mucho Yo en alguna Oportunidad hice una marcha con ellos. Estaba en embarazo de mi segundo hijo, de Diego Hernán, pero me tuve que quedar en una finquita porque tenía ya siete meses y me sentí mal. “Bueno, compañera, ¿qué se le ofrece para arriba?”, me preguntaban los compañeros. “Dígales que estoy bien, que nada todavía, que no ha nacido el niño, que más bien en qué le podemos ayudar”. Transcurrieron los meses que faltaban. Un día, cuando menos lo esperaba, llegó el Flaco y yo casi me muero de alegría porque lo quise como si fuera mi hermano... Él llegó y yo ya tenía mi niño. “¿Qué tuvo? ¿Un niño? ¡Qué bueno! Tenemos que mandarle a decir a Iván que le ofrecemos el niño”.

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Por ahí al mes bajó Iván a conocer a su hijo y el Flaco, mientras tanto, bregando con lo poquito que tenía. Después de esa época Iván salió de las FARC y se fue a vivir a Venezuela y yo dejé de ver al Flaco muchísimo tiempo. ¡Hijueputa, me tocó este parto a mí! Me fui con Iván a Venezuela y volví a ver al Flaco cuando ya él se había salido de las FARC y empezaron los dos a construir el M-19. Entonces estrechamos mucho más la amistad porque nos visitábamos mucho. El Flaco llegaba a mí casa como si fuera la de él. Llegaba, comía, dormía. A nosotros nos daba mucha alegría que él llegara. Fue pasando el tiempo y por ahí en el 70 yo dejé de verlo. Estaban tan ocupados en sus cosas... Una vez Iván estaba haciendo un trabajo especial en Venezuela, yo estaba embarazada de mi tercer hijo y el Flaco se creía responsable de mí y me visitaba para saber qué me faltaba. Comía en mi casa y estaba pendiente de todo. Llegó un 7 de diciembre del 75 a mi casa y me encontró con los dolores del parto. Entonces se asustó: “¡Hijueputa, me tocó este parto a mí!” Estuvo ahí pendiente todo el tiempo y me llevó al médico. El médico me examinó y dijo: “Todavía no es, váyase para su casa. Tiene que caminar mucho”, Y el Flaco se puso a caminar conmigo, a caminar y a mamar gallo como siempre. “¿Cómo le vas a poner al niño?” “Iván quiere que lo ponga Camilo Ernesto”. “No, no lo vaya a poner Camilo Ernesto, hermana, a mí no me gusta ese nombre, póngale cualquier otro nombre, pero no se deje gobernar así de Iván”, “Ah, bueno, entonces no lo pongo así, pues”. Mis dos hijos mayores tenían 9 y 10 años; les encantaba que él llegara a la casa porque jugaba y se tiraba al suelo con ellos y decía que le daba un premio al que fuera capaz de subirlo a la cama. Jugaba fútbol, parqués, de todo. EI 9 de diciembre llegó Iván y el Flaco le dijo: “¡Ay!, hermano, siquiera llegó. Aquí le dejo el carro para que movilice a Fanny y yo me voy en bus”. Y se fue en bus. Estaba muy pendiente de nosotros Lo recuerdo siempre con mucho cariño porque personas como él hay poquitas en este mundo. Después vino una etapa muy difícil: el robo de las armas y tantos allanamientos. Nosotros, detenidos con tanta otra gente. No nos pudimos volver a ver. Después yo viajé a La Habana en el 81 y me Io volví a encontrar allá varias veces. Él iba a visitarnos siempre. En esa época lo pude ver con más facilidad y con más tranquilidad, sin miedo de que lo fueran a coger, de que le fueran hacer algo. Estaba muy, muy pendiente de nosotros. Iván y el Flaco se querían mucho porque peleaban todos los días de la vida. Por cualquier cosita se prendían; peto se querían mucho. Iván hacía mucho caso de lo que Pablo le decía y él en muchas oportunidades también le hacía caso a Iván. Le dio durísimo la muerte del Flaco... Jaime era un hombre muy alegre, costeño. Para todo tenía un chiste, todo lo veía con alegría. Iván era un hombre seco, muy serio. No sé cómo se entendían tan bien. Tal vez por eso mismo. Cuando la muerte de Baternan, a Iván le dio muy duro. Tan duro, tan

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duro, que tuvo parálisis facial. Estuvo en un hospital, enfermísimo. Le dio durísimo la muerte del Flaco. Prepararse para seguir Se enteró de la muerte del Flaco cuando estaba en el Caquetá, perdido con sus hombres en la selva y nadie podía encontrarlo para darle la terrible noticia. Llevaba como ocho meses perdido. Se les habían acabado las pilas y no tenían ni siquiera radio. No habían escuchado la noticia de la muerte de Jaime. Se mandaron comisiones por diferentes partes para buscarlos, hasta que los encontraron y Arjaíd les mandó una carta en la que le contaba a Iván que el Flaco había muerto y que había que prepararse para seguir adelante. Iván estuvo enfermo, mal, mal, con la cara paralizada, la boca torcida, por ahí unos quince días; ya después se fue recuperando, recuperando, pero nunca del todo. Hasta su propia muerte, Iván Marino no pudo superar la muerte de Jaime. Nunca la superó. Decía: “Dios mío, ¿por qué se tuvo que morir este tipo, por qué?” Sentía mucho dolor. ¡Se le cayó la peluca! Iván le hablaba a todo el mundo del Flaco. A todo el mundo le contaba las anécdotas de los dos. Por ejemplo, cuando estaban iniciando el M-19, cuando había tan poca gente que ellos hacían todas las cosas, iban juntos a los operativos. Una vez el Flaco se puso una peluca porque iban a “trabajar” un banco y al salir corriendo se le cayó la peluca. ¡Iván siempre contaba eso y se moría de la risa! Vine por la carta y a despedirme Lo vi muy seguido en La Habana. La última vez, a finales de marzo del 83, salió el 7 de abril exactamente. Ese día fue a despedirse. A las 3 de la mañana tocó la puerta; yo salí, lo vi y le pregunté: “¿Usted por qué está aquí a estas horas?” “Vengo a despedirme. Vuelvo dentro ele quince días”. Yo siempre tenía una carta para Iván. “Vine por la carta y a despedirme”. Le entregué la carta; se estuvo un rato, por ahí unos cuarenta minutos. Mis hijos estaban dormidos. Le recomendé que se cuidara, que de pronto lo mataban. “Tranquila, tranquila, a mí no me pasa nada”. Me di cuenta a principios de mayo de que se había muerto y me dio muy duro, tan duro... Se mentaron la madre Recuerdo que Iván y el Flaco tuvieron disgustos, pero nunca delante de mí. Se mentaban la madre. Iván me contaba por su lado y Jaime también por el otro: “Tuve un disgusto con ese marido suyo”. A mí nunca me tocó verlos. Yo quería tanto a Jaime que cada vez que peleaba con mi marido yo le contaba a Jaime y le decía: “Regáñelo, regáñelo porque él le hace caso a usted”. “Eso no se hace”, le decía. Iván se ponía después bravo conmigo. “Me hiciste quedar como un zapato delante de Jaime” y yo le contestaba: “¡Para qué aprenda, carajo!”

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Los pantalones le quedaban “alquilando” Pablo andaba nada más con lo que tenía puesto. Yo le buscaba ropa de Iván, pero los pantalones le quedaban alquilando, altísimos. A él no le gustaba que yo se los planchara, que les quitara el quiebre. Cuando él nos visitaba, para mí y para mis hijos era todo un paseo, pero para Iván era siempre una reunión. Íbamos a la orilla del rio y hacíamos la comida. Ellos se reunían y mientras tanto nosotros hacíamos el almuerzo, nos bañábamos y ellos a la reunión, a planificar. Lo queríamos mucho, mucho. “JAIME ERA UN HOMBRE QUE ENAMORABA” Margot Pizarro (Nina, Militante del M-19, hermana de Carlos Pizarro.) A la casa de Carlos llegó un hombre alto, inmensamente grande, y preguntó por Mauricio, Le digo desde la puerta: “No, no está, venga más tarde”, Cuando llega Carlos dice: “pero Si ese es el jefe del M-19”, “Yo qué iba a saber ni idea quien es ese señor. Ahí comenzó mi relación con Bateman. Jaime era un hombre que enamoraba, la gente se enamoraba de él. Había gente que trabajaba con él sin saber exactamente para qué o por qué. Yo le preguntaba: “¿Cómo puedes lograr semejante lealtad de la gente?” Tú podías discutir con él y al otro día él te llamaba a decirte: “Vamos Pa’lante". No sé como hacía, pero estaba pendiente de su gente. A nadie se le ocurrió decir nunca cuál era el paradero de Bateman Cuando el robo de las armas en el Cantón Norte, fue detenida gran parte de la organización y a nadie se le ocurrió nunca decir cuál era el paradero de Bateman. Nadie dijo tampoco donde estaba la espada de Bolívar. Eran dos símbolos de la organización. Uno sentía que no importaba estar preso, porque Jaime estaba afuera y tenía la espada. La vida sigue Una vez en Santa Marta nos fuimos a la playa con Helmer, el “ciego” Lara y Boris. Montamos en una de esas bicicletas acuáticas y en plena altamar empieza Jaime a decir: “¡Viene el barco pirata!”, y a jugar. Supuestamente íbamos a tener una reunión súper importante, cerrada, superclandestina, y Jaime jugando todo el tiempo. El “ciego” Lara estaba furioso porque la gente estaba detenida y era una irresponsabilidad de comandancia estar jugando en esos momentos. Jaime decía: “El hecho de que la gente esté detenida no quiere decir que perdamos las ganas de vivir, la vida sigue”.

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Hermana, Pa’lante Otra vez tuvimos una discusión muy violenta. Yo quedé vuelta nada. Al otro día Jaime me llamó y me dijo: “Bueno, hermana, ¡vamos pa'lante! No ha pasado nada”. O sea, para él una cosa era la discusión política y otra la cuestión humana, la posibilidad de reír. Con la historia de que “la revolución es una fiesta” Jaime intentó imprimirle al M-19 un sello: no debía ser un sacrificio estar en la lucha. El estaba allí por una decisión; además, con mucha alegría y con mucho amor. Jaime impuso un estilo nuevo en su comandancia. Te guiaba a vivir la vida con mucha alegría, no a la tragedia. Cuando estaba embarazada Jaime dejaba todo para que yo me alimentara; él dignificaba la organización. Cuando Jaime muere, comienza el vacío, un vacío violento. Le tocó sancionar a Carlos Una vez le tocó sancionar a Carlos y después de que explicó por qué había que sancionarlo me llamó, porque sabía que yo estaba confundida, y me preguntó: “¿Tú qué piensas?” Se preocupaba mucho de cómo podría afectarme la sanción. Nunca le vi tomar una decisión radical en la que no existiera la posibilidad de llegar a un acuerdo. Tenía la certeza indiscutible de ser el dirigente máximo del M-19. ¿Cómo será esta guerra? En algún momento se sintió cansado en la última época. Estaba preocupado. Era la época en que le tocó solo con la organización. Decía: “Me siento acompañado porque salió la dirigencia de la cárcel y ya no tengo que tomar las decisiones tan solo. Hemos intentado por todos los medios hacer un diálogo. ¿Nos vamos para la guerra? ¿Cómo será esta guerra? ¿Más humana?” Siempre estaba dispuesto a compartir las decisiones que tomaba; buscaba el consenso. Proponía una guerra como un último esfuerzo, el esfuerzo de convencer al país de un diálogo. Se murió en la búsqueda del diálogo Nos estaba pidiendo que lo entendiéramos. Decía que teníamos que llegar con mucha seriedad a dar el paso de la guerra para buscar otra salida. Estábamos hablando de ir a la guerra, pero como una búsqueda de diálogo. Insistía mucho en ese tema. Se murió en la búsqueda de diálogo. Andaba muy preocupado con el relevo del Eme. “¿Te preocupas por eso?”, le pregunté. “¿Qué pasa si yo no estoy? ¿Quién lo va a asumir?”, decía. Cuando te comienzas a preguntar eso es porque sientes que algo puede pasar. Eso me impresionó mucho. “¿Por qué esa preocupación?” Necesitaba que lo entendiéramos. El Eme dejaría de ser el Eme Nuestra relación no fue muy larga, pero fue muy especial. Para Carlos la imagen de Jaime fue muy importante. Él decía: “Nosotros no podemos perder la frescura que tenía Jaime.

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No podemos perder las ganas de convocar, de amar, de sentir que todo lo que hacemos lo hacemos con amor”. Carlos pensaba que a los niños había que hablarles de Jaime, mantenerlo vivo en la memoria. De lo contrario, el Eme dejaría de ser el Eme. “UNA AMISTAD QUE NO TENÍA LIMITES” Jorge Iván Ospina (Militante del M-19, médico, hijo de Iván Marino Ospina) Las imágenes que tengo del Flaco son muy vagas. Sin embargo, algunas las tengo muy presentes. Me acuerdo que el Flaco iba siempre a la casa y mi abuelita criticaba mucho a los amigos de mi papá pero el Flaco era diferente. Nosotros le decíamos Tío Flaco. Mi abuela cocinaba. Mataba gallina y preparaba todo lo mejor cuando él llegaba. Siempre se ponía a jugar con nosotros, era muy juguetón, cogía a mi hermano de un brazo y a mí del otro y como él era tan grande – o por lo menos nosotros lo veíamos altísimo–, nos levantaba. Casi que le pegaba con la cabeza a la lámpara. Nosotros éramos una familia muy pequeñita y lo veíamos a él como un supertipo. Nos reíamos mucho porque él tenía una risa muy contagiosa. ¡Siempre que jugábamos con él nos reíamos como unas pelotas! Jugábamos muy chévere. Al Flaco le gustaban mucho las novelas y a mi papá no; para él eso era algo terrible. Él, mi papá, como buen paisa, era muy machista. Al Flaco le encantaban las novelas y a nosotros nos gustaba verlas con él. Nos poníamos a ver televisión y el Flaco se reía, ¡jua! ¡jua! ¡jua!, y se burlaba de los actores y de todo lo que pasaba. Bajó viringo El Flaco era muy espontáneo, todo lo hacía con una gran locura. Esa locura era lo que hacía que todo el mundo lo quisiera tanto. Un día fuimos a un paseo –por allá como en el 76 ó 77– a un rio. Estaban mi papá y mi mamá y el Flaco se tiraba, subía un kilómetro río arriba y regresaba bajando. Y cuando llegaba, salía y le preguntaba a mi papá cuánto se había demorado. Mi papá le decía: “Se demoró tanto”. Volvía y subía: “¿Cuánto me demoré esta vez?”. “No, tanto”. Entonces el Flaco de golpe dijo: “Me voy a quitar la pantaloneta”, y bajó viringo. La llevaba en la mano y se le cayó; entonces siguió bajando derecho. Nosotros no supimos por qué, hasta que hacía señas –era un río que le daba a uno por las rodillas y el Flaco hágale señas a mi papá–. No sabíamos qué pasaba y era que el hombre estaba en pelota allá abajo. ¡Qué risa! Y entonces mi papá le dijo: “Flaco, quédese así”, y nos estuvimos mirándolo, río arriba, poquito a poco, tapándose con las piedras porque estaba en pelota. Lo teníamos como un tío La última vez que lo vi en La Habana él llegó como tres meses o cuatro meses después de nosotros, con toda su alegría. Entonces nos llevó al parque Lenin y ellos se fueron a rumbiar. El Flaco no tocaba muy bien la tumbadora, pero le encantaba cogerla y darle al ritmo. Siempre lo teníamos como un tío. Era un tío para nosotros y nosotros vivíamos

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orgullosos de decirles a nuestros amiguitos que el amigo íntimo de mi papá era el Flaco. Decíamos: “Mi papá tiene un amigo íntimo que se llama el Flaco”. Ellos se querían mucho. Incluso hubo un tiempo que vivieron él, el Flaco y mi mamá en una misma piecita, como seis meses. Tal vez eso hizo que estrecharan más los lazos que existían. Estaba muy piedro Yo nunca lo vi bravo, muy pocas veces. Sólo un día lo vi bravo, después de lo del Cantón, cuando cogieron presos a un montón de compañeros. Lo vi en Chía o en Tabio y estaba muy piedro. Fue la única vez que lo vi furioso, piedro, piedro. Nariz de pinocho Más anécdotas tengo del Flaco. Una nariz de pinocho. Le gustaban los niños verracamente. Nos adoraba. Nosotros éramos niños. Dentro de ese combo, los niños más bien grandecitos éramos Diego y yo; tendríamos diez o doce años. Catalina, Natalia y la niña de Pizarro, María José, estaban muy bebitas. Entonces con nosotros jugaba más. Jugaba fútbol, béisbol. Lo encarretaba a uno Al Flaco no le conocí novias; solamente a Esmeralda y a una periodista, nadie más. Me acuerdo mucho de la forma como él se sentaba, sin camisa. Le gustaba andar descalzo, con unas bermudas. Le gustaba hablar. Cuando hablaba, nosotros nos quedábamos oyendo porque hablaba cosas muy lindas; conocía mucha historia de la Costa y lo encarretaba a uno con esas vainas. Uno se ponía a oírle la historia de la Costa. Amplio de pensamiento La relación con mi papá era de exigencia mutua. Mi papá era un complemento para el Flaco en toda la actividad clandestina. Mi papá era un organizador, exigente, disciplinado, un tipo muy convencido de realizar algo ya. Pero lo que complementaba ese dúo eran las ideas visionarias del Flaco. El Flaco era muy amplio de pensamiento. Por ejemplo, en este momento que está viviendo Colombia, ver una lista del Eme donde hay liberales y conservadores muchas personas no lo entienden, pero si nos podemos a mirar lo que hablaba el Flaco, era el pluralismo en persona, el pluralismo en todo sentido. Una amistad que no tenía limites El pensamiento Bateman se veía cristalizado por la disciplina de Iván Marino. Trabajaban juntos, era una amistad que no tenía límites. Cuando el Flaco desapareció, fueron y nos lo contaron a la casa. La información la tenían muy callada entre varias personas. Yo no me acuerdo si fue Lucho Otero, no me acuerdo exactamente qué compañero fue, pero llegó con Pizarro.

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Faltaba el motor Llegaron a la casa y nos contaron que el Flaco ya no estaba. Nos llenamos de tristeza inmediatamente; pensamos que faltaba el motor. Nos dio mucha tristeza. Cuando desapareció Pablo, yo tenía dieciséis años. Fue en el 82, pero encontraron los restos en el 83. Yo tenía dieciséis y estaba estudiando bachillerato en La Habana. Esa vez mi mamá se quedó muy callada, muy triste. Mi papá no estaba con nosotros, él estaba en Panamá. Mi papá no podía dormir Mi mamá decía: “Eso no es verdad. El hombre debe estar por ahí en otra parte”. Sin embargo, sucedió y no sabíamos qué hacer. Cuando volví a ver a mí papá, después de la muerte del Flaco, lo vi muy mal. Estaba triste y sentía que tenía un gran peso sobre sus hombros, que como que no sabía qué hacer. Él le exigía a la gente que no vieran en él a Pablo, que él era Iván Marino, un paisa muy diferente, muy disciplinado, que él no sabía bailar, no sabía charlar igual, no podía ser tan espontáneo, pero que él estaba convencido como Pablo de ese proyecto que estaban manejando juntos. Me acuerdo que mi papá no podía dormir. Estaba muy desesperado. Tal vez fue uno de los momentos donde vi a mi papá más angustiado. No cabe duda que todos los hombres que surgieron después eran hombres que intentaron ser tan mágicos como Bateman. Por ejemplo, Pedro Pacho era así, era la copia en la ternura, en el cariño, Mucha gente ha querido ser así como él; nosotros mismos. “POR FIN CONOCER AL FLACO BATEMAN” Clara Romero (Periodista. Militante de la Juventud Comunista y luego del M19, sobrina de Jaime Bateman, miembro del Equipo de Analistas de Prensa del CINEP) La decisión de escribir este libro tiene que ver en mi caso con la necesidad de despejar una gran incógnita. Dos imágenes del Flaco que pervivían en mí parecían no tener un camino de encuentro. La primera era la de mi tío, el Flaco. Algo lo distinguía de los demás adultos. Tal vez su cercanía a nuestro mundo de los niños. Creo que nunca tuve una explicación lógica al por qué de nuestro cariño hacia él. Era una realidad en la que no tenían espacio las dudas. Yo lo veía como una especie de tío-hermano mayor, que llegaba de repente y con él los juegos y el desorden. Esta vivencia se enfrentaba con las versiones familiares que lo catalogaban como el "loco" del paseo. Algunas de estas historias me aterrorizaban, pero definitivamente no lograban tocar mis sentimientos más profundos hacia él.

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Su olor Cuando el Flaco llegaba, lo primero que percibías era su olor. No recuerdo haber conocido a nadie que tuviera un almizcle tan peculiar. Se sentía su olor mucho antes que su presencia. Me parece verlo llegar, siempre de improviso; entraba directo a la cocina a raspar el cucayo, luego, subía al cuarto de mi madre y se tendía, cuan largo era, en su cama. En seguida nos reuníamos a su alrededor, conversando hasta nunca acabar. No sé qué imán ni qué calor especial nos llevaba a sentirlo el centro de nuestros encuentros. Me identificaba mucho con él, con su costumbre de chuparse el dedo hasta viejo, costumbre que compartíamos. Su mujer Esmeralda nos contaba con aire de picardía que ella había logrado quitarle la maña, aunque no entraba en detalles sobre cuál había sido su método para conseguirlo. Interminables discusiones Una segunda etapa de nuestra relación estuvo marcada por mis primeros pasos en la Juventud Comunista. Eran las primeras “fiebres” de la política que se me habían subido en grado sumo. Como era lógico, estaba sumida en una gran confusión. Mirándolo desde ahora, me asombra que en esa época el Flaco me tomara tan en serio y se permitiera hasta sulfurarse en interminables discusiones conmigo. Por estos años, el Flaco ya había iniciado su tránsito hacia el M-19. Dos afectos En mi adolescencia y al margen de toda consideración política viví un intenso conflicto. Dos afectos importantísimos en mi vida me colocaban en una disyuntiva, que tal vez perdura hasta hoy: No podía entender que un enfrentamiento partidario pudiera distanciar a mi padre de mi tío Jaime, aquella persona ocupaba un lugar tan especial en mi corazón. Todavía en estos momentos, aunque pueda encontrar explicaciones más lógicas, sigue siendo un gran interrogante para mí. Un misterio La otra imagen empecé a percibirla en los periódicos y en la televisión. Era el Flaco mostrándose ante el país. Mis primeras reacciones eran de puro terror. Todo aquello me parecía descabellado, desde mis estrechos y desenfocados esquemas comunistas. Luego su leyenda se convirtió en casi un misterio para mí. A ratos tenía la impresión de estar hablando de una persona que no tenía nada que ver con mi tío Jaime. Mucho tiempo después, cuando ya había empezado militar en el M-19 y el Flaco ya no estaba, seguía obsesionándome la gran distancia entre las dos imágenes que sobrevivían paralelas en mí. Este libro significa un intento de salvar esas distancias y lograr por fin conocer al Flaco Bateman.

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El Flaco caminando con nosotros Cuando ingresé al M-19, dejé de verlo definitivamente. Creo que una especie de pudor político lo llevaba a no intervenir de ninguna manera en mi militancia en el Movimiento. Vivíamos una etapa de completa clandestinidad cuando me enteré de las primeras versiones sobre su desaparición. En esa ocasión monté en cólera y gritaba que todas aquellas historias no podían ser sino mentiras. En mi familia jamás se habló del tema. Durante mucho tiempo estuve convencida de que habían decidido ocultarme la verdad. Luego comprendí que, al igual que yo, ellos no se atrevían a considerar una posibilidad que no querían aceptar. Su muerte fue algo tan inverosímil, que no pude llorar por él, sino hasta después de muchos años. Yo había estado fuera del país por un período largo y me iba a encontrar con Esmeralda, su mujer. Sólo en ese momento pude expresar todo lo que significaba para mí el peso enorme de su ausencia, y pude llorar por él y por todos los que habían soñado y peleado y ya no estaban con nosotros. Este libro también es el intento de que su muerte no sea tal y de que podamos sentir al Flaco caminando con nosotros, tan vivo como sólo él merece estarlo por siempre.

6. LA RUPTURA
“Y la revolución se hace para el pueblo, por eso tenemos que nacionalizar la revolución, ponerla bajo los pies de Colombia, darle sabor a pachanga, hacerla con Bambucos, vallenatos y cumbias, hacerla cantando el Himno Nacional.” Jaime Bateman Cayón

“ERA CAPAZ DE QUITARSE LOS PANTALONES PARA DARSE LOS A OTRO” Manuel Marulanda Vélez (Tirofijo, Fundador y comandante en jefe de las FARC) Angel Beccassino: El M-19 salió de las FARC. ¿Cómo fue eso? Manuel Marulanda Vélez: Era un problema de interpretación, de que unos pueden interpretar la torna del poder de una manera, otros de otra. En determinados momentos hay cuestiones que no se compaginan con determinados criterios o concepciones militares o políticas, ¿no? No se compagina lo uno con lo otro. Entonces, cuando esas

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concepciones no prenden bien las unas y las otras, hay que abrirse paso, ¿no? Entonces se abre ese paso. Pero después de abrirse paso llega un tiempo en que tiene que volverse a ir buscando nuevamente el acercamiento, porque las concepciones comienzan siempre a coincidir, porque, ¿no ve que de todas maneras la revolución se llama la revolución? La revolución necesita muchos mecanismos para hacerse, y los mecanismos se van dando... Y en ese proceso uno ve que comienzan a encontrarse unas concepciones con otras, que coinciden en muchas cosas, y por mucho alejamiento que se presente al comienzo, tienen que irse produciendo acercamientos posteriores. Esos son fenómenos que se dan no sólo aquí, sino en todo el mundo. Eso se ha producido en todos los países donde se han hecho revoluciones. En todos se han producido desprendimientos. Quitarse los pantalones para dárselos a otro Angel Beccassino: Se cuenta que usted quería mucho a Bateman, que Bateman fue secretario suyo. Manuel Marulanda Vélez: Pues sí. Compañeros, amigos, claro. Imagínese, ¡cómo no! Pues uno recuerda de Jaime que era un hombre realmente muy carismático, por una parte, y por otra, un hombre demasiado humanitario y sencillo con todo el mundo. Eso era él. Él era capaz de quitarse los pantalones para dárselos a otro y quedarse sin pantalones. Eso era él. Usted era un fumador de cigarrillos y si se quedaba sin cigarrillos él le daba su paquete. Él era así. ÉI era humanitario. En eso lo conocí yo. Y fuera de eso, compartir algunas cuestiones de la lucha revolucionaría. “NUNCA SE ROMPIERON LAS RELACIONES” Gilberto Vieira (Ex secretario general del Partido Comunista Colombiano. Parlamentario). Jaime Bateman fue militante y luego dirigente de la Juventud Comunista Colombiana. Se distinguía por su dinamismo y su entusiasmo en todos los actos en que participaba. Él salió de la Juventud Comunista a otras actividades. En esa época se desarrolló una verdadera fiebre por la lucha armada en Colombia. Era la repercusión de la revolución cubana y la influencia del maoísmo, con tesis como “El poder nace del fusil” y “La lucha armada es la única vía”. El partido comunista tenía una política muy definida: la combinación de todas las formas de lucha de masas. Esa tesis reconocía la existencia de la lucha armada, pero agregaba que eran necesarias otras formas de lucha. Los paros cívicos comenzaron en Colombia desde mayo de 1957 con el famoso paro cívico contra la dictadura del general Rojas Pinilla, que fue capitalizado por los liberales y conservadores unidos. Después comenzaron en Colombia progresivamente los paros cívicos en distintas regiones y por diferentes motivos. En la Juventud Comunista se reflejó esa discusión con una tendencia que sostenía la necesidad de dedicarse a la lucha armada en la ciudad. Al frente de esa tendencia en la Juventud estuvo Jaime Bateman, hasta que un grupo encabezado por él planteó que querían irse para las guerrillas, para las FARC. La dirección de la Juventud consultó al partido y el partido estuvo de acuerdo. Evidentemente

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se fueron Jaime Baternan y otros. Alguna vez en ese tiempo le hice una visita a Jacobo Arenas y ahí me encontré con Jaime Bateman. Era como el secretario de Jacobo Arenas. En el momento en que llegué, estaba manejando un mimeógrafo y editaba un manifiesto de las FARC. Pasó un tiempo y este grupo de jóvenes comunistas, encabezado por Bateman, llegó a la conclusión de que la forma de lucha armada de las FARC no los entusiasmaba y volvieron a la tesis de que la lucha armada debía llevarse a la ciudad. Idearon la creación de un nuevo movimiento, que fue el M-19, y resolvieron actuar en las ciudades con el proyecto de formar un movimiento armado de carácter urbano. En la década del 70 encontraron un aliado muy importante, que fue Carlos Toledo Plata. El dirigía un grupo llamado Anapo Socialista, que había surgido de algunos sectores de la Anapo. Cambió de ideas Por muchos aspectos, el Partido Comunista no estuvo de acuerdo con lo de José Raquel Mercado y se lo hicimos saber a los amigos del Eme, los cuales mantenían cierta relación con el partido. De todas maneras, nunca se rompieron las relaciones personales entre los dirigentes del M-19 y el partido comunista. Nosotros tuvimos ocasión de cambiar ideas con ellos en distintas oportunidades. En Panamá Pasó el tiempo y se consideró que era necesario buscar puntos de acuerdo con el M-19 y aclarar las perspectivas de la lucha revolucionaria. El M-19 acogió la iniciativa y le propuso al partido comunista una reunión especial. Se realizó en Panamá y fue muy Importante. Concurrí con el camarada Manuel Cepeda y nos encontramos con Jaime Bateman, Toledo Plata y Álvaro Fayad. Los compañeros panameños nos organizaron muy bien la reunión en una casa de campo. Durante dos días hicimos un análisis general de la situación, de las experiencias y de las perspectivas. Hay que decir que en esa reunión se aclararon temas y se llegó a un acuerdo general para la actividad política unitaria entre el M-19 y el partido comunista. Desgraciadamente esa reunión fue en el año en que murió Jaime y muchas de las conclusiones que se debieron llevar a la práctica se quedaron truncas. Como un signo trágico está el hecho de que los tres representantes del M-19 que estuvieron en esa reunión desaparecieron. Bueno, “el Flaco”, como le decían, era un hombre de una gran inteligencia. Con una imaginación muy poderosa. Era un hombre dinámico y muy entusiasta en todo lo que se proponía. En Moscú Cuando estaba de dirigente de la Juventud Comunista Carlos Romero le pidió al partido que enviáramos a Moscú al Flaco a recibir un curso de ciencias socialistas. Además, se podía aprovechar el viaje para que Bateman se hiciera un tratamiento por un problema que tenía en una pierna, por un accidente. Tenía una herida que no le sanaba. Estuvo en

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Moscú por lo menos un año y criticó el método de estudio dogmático que evidentemente caracterizaba a la escuela de cuadros. Algo nuevo en Colombia El M-19 no piensa, por ejemplo, actuar contra el partido comunista. Plantea una perspectiva distinta; en ningún momento podemos decir que el M-19 hizo anticomunismo. No hay que olvidar que el tema fundamental que enfrentó al M-19 con el movimiento comunista internacional fue el tema de la paz en el mundo. Jaime era un hombre extraordinariamente simpático y extrovertido; muy abierto y lleno de vida. Luego, como dirigente del M-19, mostró una cosa nueva en la política colombiana: una imaginación extraordinaria. No hay duda de que el M-19 se distinguió por la originalidad en muchos aspectos. Realizaron muchas cosas espectaculares en las que mostraron una gran audacia. El Partido Comunista no compartía algunos de sus métodos, pero tenía que reconocer que eran algo nuevo en Colombia. Eso fue lo que dejó Jaime Bateman. “YO ERA EL JEFE DE ELLOS” Jacobo Arenas (Dirigente de la Unión Sindical Obrera, Comandante de las FARC, muerto en 1990). Angel Beccassino: Jacobo, el M-19 nace con un grupo de gente que sale de las FARC. ¿Cómo vio usted ese desprendimiento? Jacobo Arenas: Yo era el jefe de ellos... (carcajada). Yo trabajaba con ellos. Ellos venían, cuando yo estaba, a rendirme el informe. Y esto es así, y asá, y bueno, muchachos, echen para adelante. Y plata para dinamita. Tengan plata para dinamita. Porque hay que poner bombas. (Risas). Yo no tuve problemas con ellos. Yo no fui el de los problemas. Lo que pasa es que en la lucha se presentan dificultades, problemas, porque hay una parte del movimiento revolucionario que no está conforme, que no está de acuerdo con la lucha guerrillera, y esa es una parte bastante considerable, mientras otros quieren irse para el otro lado. Y eso no es problema de Colombia, sino de todo el mundo donde se presenta esta clase de lucha. El problema está en el tratamiento que se da a la gente que de todas maneras quiere empujar la lucha revolucionaria hacia adelante. A los revolucionarios hay que tratarlos bien. Hay que llegar hasta ellos, hay que discutir, hay que acordar cosas. Cuando los revolucionarios se sienten maltratados, su respuesta también es el maltrato. Eso pudo acontecer aquí con ellos. Y no sólo con ellos. Es que de nosotros se han desprendido otros. Ahora, no se puede decir que de nosotros se desprendió el M-19, porque no es exactamente así. De nosotros se desprendió fue una comisión que yo dirigía desde aquí, que era la comisión que dirigía Bateman allá. Entonces se presentaron las dificultades, los problemas en Bogotá y en otros lugares. Y llegó un momento en que ellos montaron casa aparte. Y punto.

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Angel Beccassino: ¿Con el visto bueno suyo? Jacobo Arenas: Pues... un poco. (Risa). Un poco más o menos, sí. Angel Beccassino: ¿Qué recuerdo tiene usted de Bateman? Era el brazo derecho mío Jacobo Arenas: Pues, los mejores recuerdos tengo. Porque es que... como él trabajó conmigo... El era muy joven, y además costeño... entonces él vivía cantando y bailando, y trabajando así. Era propiamente un costeño enguerrillerado, un caso muy particular. Ahora ya no, porque ahora hay muchos costeños revolucionarios, guerrilleros y cosas de esas, pero antes eso era muy difícil. Entonces nosotros éramos ante todo muy buenos amigos. Él era el brazo derecho mío. Manejábamos la escuela de formación militar. Vivíamos juntos. Bateman era un hombre muy capaz. Vivíamos por allá escondidos entre la selva, escribiendo... Todavía tengo este reloj que él me regaló cuando fue a Europa. Y bueno, estos relojes son como todas las líneas de relojes: esto dura dos o tres años y se acaba, se acaba el reloj. Pero ésta va cumpliendo 20 años. Este reloj me lo trajo él cuando fue a Europa, a hacer unas diligencias y a hacerse un tratamiento en la pierna, en la que tenía un problema... Y cuando, volvió me trajo este reloj. Y le trajo a mi mujer otro, a la que era mi mujer en esa época. Nos llevábamos muy bien, absolutamente muy bien. “NADIE LO RETIRÓ, NI LO EXPULSÓ, NI LO SANCIONÓ” Álvaro Vásquez (Secretario General del Partido Comunista, parlamentario). Bateman estaba recién incorporado a la Juventud Comunista y hacía parte de un grupo muy grande que se dedicaba al trabajo con el movimiento estudiantil. Con él estaba gente como Carlos Romero, Lucho Otero, el “turco” Fayad y una serie de compañeros. Posteriormente empezó a interesarse en el movimiento armado. Y eso se convirtió, según mi opinión, en su apasionamiento. Era una especie de obsesión, porque todo lo veía a través de ese aspecto. Y en ese momento se va para las FARC. Allá estuvo trabajando de secretario de Jacobo Arenas por mucho tiempo, elaborando materiales, sacando documentos, trabajando en general en todo lo relacionado con la elaboración de las concepciones que después dieron lugar a los documentos principales de las FARC. Me entregó el revólver Más adelante estuvo en Bogotá en labores reservadas, hasta que resolvió retirarse. De allí surgió el grupo original del M-19. El se retiró del partido, pero antes de retirarse fue donde yo vivía, me comunicó su decisión y me entregó el revólver y unos documentos. La situación conflictiva era por la lucha armada. El insistía en que el trabajo del partido debía ser la lucha armada exclusivamente. Eso hacía parte de las famosas discusiones que tuvimos en la década del 60 acerca de las vías de la revolución. Creía que la única

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vía era la lucha armada. Y como esas tesis no las aprobó el partido, decidió retirarse para dedicarse a eso. Y a eso se dedicó. El M-19 originalmente, como lo decía su lema, "Con las armas, al poder", expresaba esa concepción. La tesis del M-19 era esa, no decían "Por el movimiento popular" o "Por la lucha social" o "Por la acción de las masas"; decía "Con las armas, al poder", y esa era la concepción de Bateman. Era un hombre de acción No volví a saber de ellos hasta mucho después, cuando efectuamos una reunión en el norte de Bogotá. Del partido fuimos Cepeda y yo, y del Eme estuvieron Fayad y Carvajalino; fue después de lo de la embajada dominicana. Llegamos a algunos acuerdos y de ahí seguimos, después de muchos conflictos, más o menos con una buena relación, especialmente con Bateman, Fayad, Iván Marino Ospina y los Carvajalino. Mantuvimos una relación permanente hasta que, debido a la situación de represión contra el M-19, tuvieron que dispersarse. Bateman tenía un espíritu muy entusiasta y de mucha iniciativa. La característica especial de él era la iniciativa. Y en cierta forma eso se lo transmitió al M-19. La lucha armada para él siempre estuvo por encima de todo. Estaba siempre trabajando sobre el momento. Era un hombre de acción y tenía confianza en la acción. Practicaba la tesis de que la acción iba generando todo lo demás, que lo iba resolviendo todo. Eso es positivo a corto plazo, pero si no se tiene un panorama y no se actúa en función estratégica todos los días; es muy difícil triunfar, creo... Eso lo demostró el gaitanismo; el caso de Rojas Pinilla y ahora el M-19. Bateman tenía más fondo político que muchos de sus compañeros y por eso llegó mucho más lejos. Pero, desde luego, a Jaime le faltó, como al M-19, una línea. Ese es el gran problema que tienen ellos. Salir de la olla y volver a recuperar la presencia Cuando Bateman trabajaba en áreas reservadas, yo trabajaba con él y lo veía periódicamente. Se hacían tareas en relación con el ejército y en apoyo al movimiento armado. Estuvimos en cantidades de reuniones en el campo y en Bogotá. Tenía una gran capacidad para adaptarse a todas las condiciones. Decía: “Salir de la olla y volver a recuperar la presencia”. Eso siempre le tocó a lo largo de su vida. Pero tenía la confianza de que saldría de la olla, y eso le daba mucho optimismo. Era un hombre muy terco, caprichoso y muy obsesivo con su tesis de que la única posibilidad de luchar era la cuestión armada; no veía matices en ese sentido, no miraba los grises en las discusiones y por eso tuvimos puntos de vista diferentes, pero en general mantuve con él una buena relación personal. Bateman llegó a la conclusión de que la guerrilla no iba a poder salir del campo, que se iba a quedar allí. Después de su experiencia creía que había que crear otro movimiento en la ciudad: la guerrilla urbana, y con esa base empezó a montar el grupo que lo acompañó, primero dentro del Partido y luego eh la creación del M-19.

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Nunca se le acusó de formar fracciones El nunca hizo antipartido. No se prestó para hacer fracciones. Lo que pasa es que sostenía firmemente sus posiciones. Como en todas las organizaciones, hay tendencias, matices, opiniones y corrientes, pero, fíjense, a él nunca se le acusó de formar fracciones. El seguramente se aburrió en el trabajo reservado, que por supuesto era muy difícil y tedioso. Eso tal vez lo llevó a buscar otros aires. Era un hombre joven, con gran espíritu y mucha confianza en la acción. Un hombre de gran audacia. Esas eran sus principales características, que naturalmente lo obligaron a tomar otros caminos. A Bateman nadie lo retiró del Partido, ni se le expulsó, ni se le sancionó, ni se le hizo ninguna investigación. El se fue retirando paulatinamente. Cuando murió, estuvimos en toda esa serie de averiguaciones e investigaciones que hicieron los gobiernos de Panamá y Cuba. Me parece muy triste la muerte de Bateman; muy lamentable para un hombre como él morirse en una avioneta, en un viaje que nadie conocía... “SOY UN DIRIGENTE Y ME DEGRADARON, ME MANDARON A LA BASE” Yamel Riaño (Fundador del M-19, “amigo” de Bateman). Conocí al Flaco más o menos por el 62 en la Juventud Comunista. Era un muchacho tímido, que casi siempre dejaba que los otros hablaran. No me impresionó mucho. Nos volvimos “llaves” Cuando estaba retirado de la Juventud Comunista, me encontré con Rodolfo Prieto, posteriormente comandante del Quinto Frente de las FARC en Urabá, el famoso “Tigre Mono”, y me dijo: “¿Y usted qué?”. “Me salí de la Juventud y quiero meterme a las FARC. Tengo una estructura más o menos buena para la conspiración y una buena cobertura”. “¡Listo!” Cualquier día golpearon a la puerta, abrí y era el Flaco. Desde su llegada -año 69- empieza la historia mía con Bateman. Nos volvimos llaves. “Necesito que usted se encargue de la propaganda”, me dijo. Me fui a vivir al barrio Santafé, al pie de un puesto de policía, y el Flaco dijo: “Perfecto, magnífico. Lo que más nos sirve es que esté al lado de la policía”. Empezamos inmediatamente a ganarnos el puesto de policía. Llegábamos a cualquier hora y hacíamos lo que quisiéramos en esa casa. Consecuentes con ese discurso Me tocó vivir el proceso de convertir la red urbana de apoyo, en guerrilla urbana. Ese proceso lo lidera Jaime Bateman Cayón en las FARC. Nosotros nos encargábamos del periódico y conseguíamos botas, uniformes, cuidábamos los enfermos, conseguíamos los médicos y las drogas. Era una red de apoyo. Ahí no había acción militar. De pronto empieza a circular el discurso de Manuel Marulanda Vélez en la segunda conferencia de

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las guerrillas del Bloque Sur. Marulanda decía que teníamos que golpear al enemigo en la columna vertebral que teníamos que atacar el centro nervioso, que era la producción. Empezamos a ser consecuentes con ese discurso y a producir hechos. Una subametralladora empezó a circular y se convirtió en un instrumento de educación. Para el “Día del guerrillero heroico”, el 8 de octubre del año 71, el Flaco organiza una acción terrorista. Estábamos en los preparativos cuando un día o dos antes hubo un atentado contra el general Álvaro Valencia Tovar por el ELN y se nos puso la cosa dura; militarizaron la ciudad. Sin embargo, en la noche del aniversario, según lo planeado, se activaron cuarenta bombas. “El terrorismo se tomó a Bogotá”. Intentábamos un proceso de unidad armada. Ya en ese momento el Flaco tenía la idea de la necesidad de la unidad armada y empezaba a mostrar su personalidad revolucionaria. Soy un dirigente, con o sin la venia del partido Pablo me contó su situación con el partido comunista. “Soy un dirigente y me degradaron; me mandaron a la base. Pienso que soy un dirigente, con o sin la venia del partido, y podemos seguir en algo que de alguna manera contribuya a la unidad guerrillera”. Le dije: “Cuente conmigo”. Al poco tiempo obtuvimos del servicio de inteligencia del Ejército la información con la lista de los designados para fusilarnos. Los compañeros fueron y hablaron con el secretariado del partido comunista o no sé con quién y les dijeron: “Nosotros no estamos haciendo antipartido. El enemigo nuestro es el imperialismo y la oligarquía nacional. Contra ellos dirigimos la acción revolucionaria. Pero no nos podemos dejar matar. Tengan la seguridad que si uno de nosotros muere, mueren ustedes. No vamos a pelear con las FARC, pero, de ustedes sabemos dónde viven, qué hacen, cómo se mueven. Tenemos toda la información”. Después supe que de la comisión de dos que bajaban de las FARC a esa “misión”, uno de ellos mató al otro y después nos buscó para contarnos. Así era el asunto. Algunos planteábamos desarrollar una confrontación con el partido comunista, pero Pablo en eso fue muy claro: “La pelea no es con ellos. Simplemente tenemos que estar atentos y vigilantes, pero no más”. “Los Comuneros”, al nombre del Eme Empezamos entonces a desarrollar nuestro propio proyecto. Para nosotros el problema de la división comunista internacional era algo que no nos tocaba. Ese era un problema propio del socialismo y el socialismo lo tendría que resolver. Con eso estábamos tocando la piedra angular de la división del comunismo en Colombia. Segundo, estábamos con la liberación del pueblo latinoamericano y empezamos a introducir y recoger nuestros propios héroes, a ser bolivarianos, a hablarle al pueblo de Antonio Nariño, de Policarpa Salavarrieta, de Manuela Beltrán. Tercero, empezamos a decir que la lucha armada no solamente era para la liberación nacional, sino que tenía que servir para ayudar a las reivindicaciones de las masas. En ese momento nos llamábamos "Comuneros". En una finca del papá de Idela, por la carretera a Mesitas del Colegio, Álvaro Fayad le ganó una discusión a Jaime Baternan sobre el nombre y desde entonces nos asumimos como “Movimiento 19 de Abril - M-19”. Jaime quería continuar con "Los Comuneros", pero perdió.

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Nuestro comandante era el general Simón Bolívar Hicimos el robo de la espada de Bolívar creyendo que tendría mucho más despliegue publicitario la toma del concejo de Bogotá porque en ese momento se planeaba la Avenida de los Cerros y la administración distrital tenía que despojar de su vivienda a mucha gente. Creíamos que por eso iba a tener más fuerza la acción del concejo y esa casi pasó inadvertida. Lo que, la gente recuerda es el robo de la espada de Simón Bolívar. Estas acciones fueron el 17 de enero de 1974, y con esto nace a la vida pública el M-19. Nos presentamos como nacionalistas. Nuestro comandante era el general Simón Bolívar y La Capitana, María Eugenia Rojas. Nos diferenciábamos en ésto de la izquierda tradicional y planteábamos la guerra como la única salida válida para este país, porque se estaban cerrando las posibilidades de lucha legal. Posteriormente analizamos el problema del sindicalismo en Colombia y veíamos como máximo exponente de la política para aplastar a la clase trabajadora por parte de los partidos tradicionales, a José Raquel Mercado. Él era el símbolo de los intereses imperialistas. Y nos propusimos retenerlo y hacerle un juicio popular. Como todos los hombres, tenía la debilidad de las mujeres, y se le tendió un señuelo. Se le hizo un juicio popular y los muros de este país dijeron sí a la condena. Fue la única razón para que José Raquel Mercado fuera ejecutado. Acción de Inteligencia especializada Colombia no tenía experiencia en la lucha armada en las ciudades. No teníamos espejo. Nadie nos podía enseñar. Teníamos que aprender de nuestra propia experiencia, de nuestra habilidad y de nuestra audacia. Teníamos confrontación con un enemigo que no estaba preparado para la lucha urbana. Nosotros éramos más hábiles. El ejército colombiano estaba enseñado a enfrentar a la guerrilla rural y para eso estaba muy bien preparado, pero no para enfrentarse a una guerrilla urbana. Dábamos el golpe y siempre salíamos bien. Los servicios de inteligencia empezaron a darse cuenta de que se trataba de una cosa grande y empezaron a ejercer una acción de inteligencia especializada. Se salva de que lo fusilen En una ocasión Jaime hizo amistad con alguna gente del ELN: Ojeda Awad, Condorito y Gulliver. Y llegó a tener tan buenas relaciones con ellos, que los lleva a hablar con el partido comunista para estudiar la posibilidad de una alianza FARC-ELN-M19. Jaime resuelve entonces que compremos unas armas para obsequiárselas a la dirección del ELN. Ojeda Awad llevó el mensaje: “Tenemos 200 hombres, armas, 25 millones de pesos, una buena infraestructura urbana y estamos dispuestos a la desintegración como sigla para integramos al ELN; todo eso a cambio de que trabajemos juntos por la democracia en Colombia”. Ojeda Awad va a la reunión y se salvó de que lo fusilaran por haber cometido el “crimen” de hablar de democracia y unidad. En el ELN no querían saber nada de Jaime Bateman Cayón ni del M-19, y mucho menos del partido comunista.

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Postulados democráticos Terminó la operación Cantón Norte y empezó la del ejército de Colombia liquidando al M-19. Y casi lo logró. Nos arrasaban. No quedó piedra sobre piedra. Duplat nos había fallado a dos citas y calculábamos que ya estaba preso. Sabíamos que estaba en peligro la caleta principal. El Flaco dijo: “No se puede seguir andando en los mismos carros, ni podemos seguir moviéndonos; por los mismos sitios”. Se realiza la Séptima Conferencia Nacional y por primera vez sale un lineamiento claro del M-19 en lo estratégico: la búsqueda de la democracia. Allí se habló de la pequeña industria, de que los pequeños productores tenían intereses afines a nosotros en la lucha por la liberación nacional con los sectores populares. Almanaque diplomático En la cárcel de La Picota empezó a concentrarse toda la gente. Llegaban de todas las cárceles del país porque se iniciaba el consejo de guerra del siglo. Jaime decía: "Hay que sacar los presos". La amnistía que ofrecía Turbay era humillante y nosotros queríamos la amnistía general, sin condiciones. “Hay que sacar los presos con una operación de fuerza. Tenemos que tomarnos una embajada donde estén todos los diplomáticos. Consigan un almanaque diplomático”. El 27 de febrero era la celebración de la embajada de la República Dominicana. “¡Esa es, esa es! Vamos a trabajar en eso”, En todo este operativo estuvo Jaime Bateman al pie del cañón. Estábamos convencidos que con esa operación de fuerza íbamos a sacar a los presos, pero el desarrollo de los acontecimientos nos mostró dos cosas: una, que no iba a haber entrega de presos, y otra lo bien recibido el operativo por el pueblo. En ese momento la lucha por la defensa de los derechos humanos se generalizó. El Flaco estadista Se acordó luego la entrevista con Germán Castro Caycedo. “Flaco, ¿qué vamos a decir?” “Le tengo una ‘bomba’ a Turbay... Creo que hay que cogerle la caña. Lo que vamos a decir, al país le va a gustar", contestó. “¿Lo tienes todo resuelto?” “Sí. Tengo claro lo que voy a decir”. Se hizo la entrevista y la hicimos coincidir con el 19 de abril. Jaime dijo: “Vamos a resolver los problemas de este país por la vía de la paz. Todavía es posible salvarnos de una guerra civil. La paz es posible, pero negociada. Es posible solamente si nos ponemos de acuerdo entre colombianos. A nosotros nos disgusta la guerra. Estamos en la guerra para buscar la paz. La paz es nuestra bandera fundamental”. En ese momento descubrí al Flaco como un gran estadista. Con Fidel Posteriormente, después de la celebración del primer aniversario de la revolución nicaragüense, Jaime y otros siguen para Cuba y son recibidos personalmente por Fidel Castro. Fue la primera entrevista que tuvo Jaime Bateman con Fidel Castro. Y luego, todo el mundo lo sabe, se entabló una relación muy hermosa de amistad entre los dos.

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Días de vigilia Otra vez Jaime dijo: “Hay que hacer algo para el 19 de abril y pienso que debe ser una entrevista. Tenemos, los del Comando Superior, que ir a Colombia”. Estaba preparando el viaje y un día cualquiera: “Lo están buscando de Panamá. Que llame”. “Estamos listos. Venga por nosotros”, dijo el Flaco. Fui con Toño Escobar Bravo en su avionetica. Veníamos cuatro: El Flaco, Fayad, Toledo y yo. Llegando a Santa Marta, pasando en el río Magdalena, hubo un cúmulo muy grande y el avión se bajó mucho. Cuando el avión se niveló, dice Toño Escobar: “Mierda, se salvó la revolución” ¿Cómo les habrá ido? Yo puse a Bateman en el avioncito de regreso. Misión cumplida. Viajé a Cartagena y el avión vibró mucho. De pronto desperté y pensé: “Mierda, y esta gente con tan mal tiempo. ¿Cómo les habrá ido?” Creo que a esa hora se estaba dando el accidente. Al otro día llamé a Panamá a avisar que me esperaran en la tarde. Cuando contestaron, ¡qué gritería! “Aparecieron, aparecieron”. “¿Aparecieron quiénes?”, pregunté. “El Flaco, el Flaco no ha aparecido todavía”, respondieron. En ese momento di cuenta del accidente.

7. LOS SUEÑOS DE LOS SESENTAS
“No es posible llamar a las masas exclusivamente a la organización, no es posible llamar a las masas solo a la protesta pacífica. Las masas hay que llevarlas al combate, a la protesta y a conseguir sus reivindicaciones a las buenas y a las malas. Esa reivindicación suprema, la cual es la toma de un gobierno, esa reivindicación suprema creemos nosotros que en Colombia se consigue fundamentalmente a través de las armas” Jaime Bateman Cayón.

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“ERA UNA ESPECIE DE ARCANGEL SAN GABRIEL” Patricia Ariza (Actriz, dramaturga y poeta, fundadora del Teatro La Candelaria) Bateman fue una especie de arcángel San Gabriel que tuvo como función en la década del 60 “anunciar” a un grupo de artistas que en este país se libraba una guerra. Nos habló de Marquetalia y de Marulanda. Con él muchos intelectuales descubrimos ese otro país aldeano que buscaba ser reconocido. Logró asombrarnos. Nos lo presentaron María Arango y Álvaro Marroquín. Ellos eran una especie de “maestros de ceremonia” de la subversión de los intelectuales. Ponían en contacto a todo el mundo; nos conectaban, por un lado, con la familia de los Santos de El Tiempo y, por el otro, por ejemplo, con Bateman, el guerrillero, o con Upegui y las invasiones del barrio Policarpa, etc. Nos descubrió un país subterráneo Uno se debatía entre el país aldeano y el urbano. Yo venía del nadaísmo iconoclasta y bohemio y a la vez construíamos la Casa de la Cultura, hoy Teatro La Candelaria; estudiaba historia del arte en los Andes con Martha Traba y no sabía bien lo que quería hacer en la vida. De modo que, cuando ese hombre nos descubrió ese otro país subterráneo en las montañas, lo primero que deseé con toda el alma fue irme para allá. El contexto internacional ayudaba mucho a eso... la revolución cubana sobre todo, y después Vietnam. Santiago García influyó mucho en mí para que no me fuera con el Flaco, y se lo agradezco. Amo mucho lo que construimos aquí. De todas maneras, durante varios años Peggy, mi amiga, y yo trabajamos con Bateman para una especie de red misteriosa que él manejaba. Allí se movían muchos hilos, algunos de los cuales apenas ahora con este libro los estoy desenredando. El primer afiche del Che Hacíamos muchas cosas y corríamos muchos riesgos. Por ejemplo, con él editamos el primer afiche del Che a los pocos días de su muerte. Era algo muy peligroso. Con él también editamos una de las primeras obras gráficas de vanguardia; esa obra tenía nada menos que la cara de Manuel Marulanda: un rostro sumergido en la identidad nacional. Fue una serigrafía en la que participaron artistas muy importantes. Tenerla en casa era algo así como una “identificación cultural”. Esa imagen de Manuel estuvo en muchos de nuestros muros; era también símbolo del encuentro urbano de los intelectuales con ese otro país de la guerra. La lucha armada en ese momento era más un acto de resistencia. Muchas zonas campesinas fueron bombardeadas. Y eso legitimó la lucha armada.

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El día señalado El Flaco cada vez se volvió más amigo de nosotros. Era el novio de Peggy y, claro, ella, más que nadie, quería irse. Lo vendió todo, absolutamente todo lo que tenía y se fue a mi casa a esperar el día señalado: Subía mucho a Monserrate a “entrenar”, ¡pero el famoso día señalado nunca llegó! Mientras tanto, el Flaco venía a la casa a deshoras. Y siempre había espaguetis para él y para todos. Espaguetis Doria de 80 centavos el paquete. Él llegaba como un loco, con su gabardina tornasol desteñida de tres cuartos, y nos proponía montones de cosas a la madrugada. Yo me moría del susto y a la vez me sentía profundamente atraída. Era toda una gran aventura conspirativa. La tarjeta roja Una vez llegó a la casa con una metra. Era la primera vez que veíamos de cerca un artefacto de esos. Nos enseñó parte por parte del aparato. Lo armó allí frente a nuestros ojos. A mí se me saltaba el corazón. Me impresionó tanto eso, que propusimos después editar una tarjeta con el dibujo de un fusil y la descripción de cada una de sus partes. Esa tarjeta roja le llegó a todo el mundo. Iba firmada por Manuel Marulanda de su puño y letra. El Flaco iba a teatro, ¡le gustaba cantidades! A veces entraba a las obras ya empezadas y lo sacábamos sigilosamente antes de terminar. Y venían después las discusiones tenaces. Lo protegíamos mucho. Nuestra casa era una especie de centro de encuentro y de debate cultural y político permanente. Allí se quedaba todo el mundo a dormir. Alape nos leía sus obras durante noches enteras; allí llegaban todos y se discutía de todo: de cocina, de teatro, de filosofía. Escuchando al maestro Una vez Alejandro Obregón, el poeta del óleo, se fue a vivir con Estrellita a un apartamento contiguo al nuestro. Éramos amigos del alma. Y allí varias veces estuvo el Flaco hablando con Obregón, escuchándolo. También le presentamos a Feliza Bursztyn, la escultora, y según supe después, siguieron siendo muy amigos. Otra vez, en el famoso Cisne, cuando Bateman se iba para el monte le di una patica de conejo. Era un amuleto para Manuel Marulanda, para que le protegiera la vida, y se la ha protegido, creo...

Luego vino la expulsión de Bateman del partido comunista. Fue algo muy tenaz. Yo, como muchos otros, me desgarré. Me dolió tanto que se fuera... Estuve tentada a irme con él, pero no fui capaz. En ese momento yo creía profundamente en el partido, pero por dentro sabía que con Bateman se iba algo de aquello que, paradójicamente, fue lo que me hizo comunista.

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Y sigo a toda velocidad Se fue y armó su tolda aparte. Uno le reclamaba la falta de coherencia política pero admiraba secretamente la audacia, la capacidad de riesgo y de innovación del M-19. Pasó el tiempo y una vez lo vi por la calle huyendo despavorido. ¡Era él, estoy segura! Iba en un carro gris a toda. Yo tuve que hacerme contra una pared. Nos miramos por un instante de manera profunda y ansiosa y él siguió por la vida a toda velocidad. Siguió pasado el tiempo y un día lo encontramos García y yo en Bahía Concha (Santa Marta). Llegó en un carrazo con una', botella de whisky Chivas en la mano. Fue un 31 de diciembre del 71. El molde de Bateman Nos dimos un abrazote y nos invitó a pasar el año nuevo donde su mamá. Nosotros habíamos estado antes algunas veces de vacaciones donde Clementina, una mujer que fue el molde de Bateman: tan dulce como él pero mucho más mágica. De ella sacó la audacia y la “cadena de los afectos” y ese modo de ser tan suyo, entre la dulzura y la firmeza. Le advertí ese 31 que yo siempre lloraba en los años nuevos, así que debía prepararse para mis lágrimas. Y, claro, emocionada de verlo ya siendo comandantísimo del M-19, me emborraché antes de tiempo y me dormí como a las 11 p.m. Se fue sin despedirse ¿Sabe lo que hizo el Flaco en asocio de Santiago García? Grabaron en una emisora la carreta del año nuevo: el “brindis del bohemio” y todas esas cosas cursis que los sentimentales escuchamos en el año nuevo. Yo estaba dormida a esa hora y me pusieron la grabación a la madrugada: feliz año y tal. Yo sentí que algo raro estaba pasando y no lloré esa vez. Me sentí muy desdichada cuando supe que me habían engañado, pero no lloré. Luego, como siempre, se fue sin despedirse. ¿Quién es Pablo? Otro día, en San José de Costa Rica, yo salía de la embajada de Nicaragua –la habían trasladado hacia 24 horas y estábamos varias personas en la puerta, averiguando la nueva dirección–. Yo organizaba una gira del grupo; eso fue como en el 79, a un año de la revolución nicaragüense. De golpe, dos hombres vestidos de militares me llamaron por mi nombre: "PATRICIA ARIZA, acérquese". Yo no los reconocí, pero me acerqué creyendo que eran nicas. Uno era Iván Marino Ospina y el otro Helmer Marín. Iván tenía la cara raspada por las quemaduras del sol y el otro tenía un brazo descompuesto. “Ayúdeme, hermana. Ayúdeme, por favor; nos perdimos de Pablo”, me dijo Iván. “¿Quién es Pablo?”, le pregunté. “El Flaco, Pablo es el Flaco y está aquí, ayúdeme”. “Cálmese”, le decía Helmer, “cálmese, hermano”. Iván me agarraba las manos desesperadamente. Yo estaba con un compañero de allí que era del partido costarricense.

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Le dije a Iván: “Tranquilo, hermano, no se preocupe que yo hago lo que sea”. El amigo aquel del partido comunista ayudó muchísimo; los sacó de allí y los llevó hasta que se encontraron con Pablo. Iván decía que lo estaban siguiendo, que lo iban a matar. Estaba muy nervioso. Por la noche, de pronto, ¿qué veo en la televisión? Al Flaco Bateman de afro, a Iván de camisa limpia y a Helmer con el brazo enyesado en una rueda de prensa. Noticia del Flaco y de Iván Después, en Nicaragua, al terminar una función de “Guadalupe”, recibí una noticia del Flaco y de Iván. Nos invitaban a hablar con ellos esa misma noche. No pudimos ir porque salíamos de viaje para León; al regreso fuimos a esa casa, donde había mucha gente del Eme, pero no estaban ellos. Fue una reunión algo aburrida. No estuve de acuerdo contigo, Flaco Las lágrimas del año nuevo las vertí dando vueltas y vueltas por las calles de la zona de La Candelaria cuando tuve la certeza de la muerte de Bateman. No tenía con quién llorar y por eso salí a caminar solitaria. Ese día le perdoné lo del año nuevo y lo recordé con mucho afecto, Por eso necesité trabajar en este libro, para devolverle algo del afecto que le tenía. No estuve de acuerdo contigo, Flaco, pero sé que tú sí entendías y presupuestabas las divergencias. No fui guerrillera, pero sí teatrera y eso también vale. Si vivieras, me gustaría debatir contigo. Feliz año, hermano.

“ERA UN TRANCE POR ESTAR CAMBIANDO EL PAÍS, O POR LO MENOS POR ESTAR SOÑANDO EN ESTAR CAMBIÁNDOLO” Arturo Alape (Compañero de Jaime Bateman en la dirección de la Juventud Comunista en los años 60. Escritor y periodista). Hablar de Bateman es hablar de los sueños de los 60; los sueños en los cuales estuvimos toda una generación involucrados. La mayoría de esos hombres soñadores han muerto: Bateman fue pionero de esos sueños. Quizá uno sea como la voz de los sobrevivientes. Confluyen en la formación de ese sueño tres grandes epicentros: Cali y la violencia de los años 50, Bucaramanga con la UIS, Bogotá, la FUN y Camilo Torres. En la cultura, los nadaístas dinamitaban estatuas con sus palabras. En el contexto internacional, la revolución cubana y la guerra de Vietnam. En los 60 afloran líderes estudiantiles como Antonio Larrota, hombres de hermosa transparencia como el poeta Leonel Brand, y Federico Arango. De la piel de todos ellos surge Jaime Bateman Cayón.

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Los sueños de la montaña Remarco esta idea porque cuando se mira la historia del M-19, se da como un vacío histórico y no se piensa en los antecedentes. Los orígenes de la insurgencia urbana devienen del movimiento estudiantil de los 60, con la aparición de gigantescas manifestaciones y los enfrentamientos permanentes y directos con la policía. Gestábamos en la ciudad el sueño libertario, a pesar de los fracasos y los sacrificios de hombres como Antonio Larrota y Federico Arango. Allí están los orígenes del acercamiento entre la montaña y la ciudad, en la resistencia en Marquetalia, en el surgimiento de los Elenos. La defensa de Marquetalia se convierte en un sentimiento nacional, que moviliza el país, que define la vida de mucha gente. Era talla actitud de compromiso de esta generación, que de manera muy ilusoria se crea la utopía de las llamadas “repúblicas independientes” en las universidades, y de hecho, se decretaba a ultranza la autonomía universitaria. En la Universidad Nacional, por ejemplo, llega a decretarse en una asamblea que a sus predios no podía entrar la tropa, porque su espacio era ya una “república independiente”. En la Juventud Comunista, tanto en su dirección como en su base, estábamos dispuestos a llegar hasta las últimas consecuencias para realizar los sueños de la montaña, de la selva y la revolución. Cada uno un voto Recuerdo dos grandes momentos: una reunión del comité ejecutivo de la Juventud Comunista y mi despedida del Flaco. Bateman no hacia parte del ejecutivo, aunque era ya dirigente de la JUCO en Bogotá. Se discutía un asunto definitivo. Se discutía nada menos que quién iba a ser el cuadro de la Juco que acompañaría a Jacobo Arenas a Marquetalia. Éramos siete en la reunión y en la votación cada uno obtuvo un voto, ¡el suyo propio! Ese era el sentido de vida de esa generación. Se había creado en ese momento, como dije antes, un sentimiento de solidaridad con Marquetalia, que se expresaba en manifestaciones en los barrios, en los colegios y universidades, en las fábricas. Marquetalia era un hito que pesaba en nuestra conciencia y en nuestras decisiones. Quien definió la votación fue Manuel Cepeda. Se consideró que la persona más adecuada, incluso por su fortaleza física, era Hernando González y él fue el escogido, después de una gran discusión. Hernando influyó definitivamente en la historia personal de Bateman. Hernando era como una especie de espejo generoso que todo lo daba. De Hernando González poco se habla en la historia reciente, pero Hernando es un muerto que continúa con su mirada fija sobre nosotros. Con el Flaco Bateman estuvimos en la despedida de Hernando y Jacobo Arenas. Recuerdo que viajamos hasta Girardot, que era como la entrada a la montaña, y estuvimos en la Casa de Ester Morón. Ella era la veleidad amorosa de algunos miembros del ejecutivo de la JUCO, el prototipo de la mujer ideal. Es que uno no miraba mujer por fuera de la casa, todo debía hacerse por dentro de la JUCO y el partido. Era la novia de Hernando González.

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Todo un goce Hernando tenía una particularidad que influyó mucho en Bateman. Era un hombre que hacía la actividad revolucionaria de manera muy humana, sin amarguras, en forma festiva. Esa actitud la heredó el Flaco. Participábamos en las peleas callejeras, peleas directas con la policía. Las primeras peleas callejeras las lideraron Hernando y el Flaco contra los “gusanos” cubanos que llegaron a Bogotá. Verdaderos enfrentamientos con cadenas y palos. A Hernando nunca se le apagaba el humor. Cuando se enfrentaban él y el Flaco con la policía, era todo un goce. Para ellos, la actividad revolucionaria era como el trance en que se piensa que se está cambiando el país, o por lo menos se sueña con estar cambiándolo. Era todo una fiesta. Bateman organizaba manifestaciones, enfrentaba la lucha callejera con la policía, inventaba formas novedosas de propaganda. Era de una personalidad atrayente, en la que confluían muchos ríos: capacidad de alegría, hondura en la amistad, transparencia en la ternura. ¡Que griten las paredes! Remando representaba nuestros sueños. Yo dirigía la página de la JUCO en el periódico y, desde Marquetalia, Hernando nos hacía llegar sus artículos y sus cartas. Eran sus líneas unas veces extensas, otras rápidas como la voz de aliento de un hombre que estaba escribiendo la historia. Existía la “competencia” entre nosotros por Ester, la novia de Hernando. El Flaco favorecía esa relación con un argumento de mucho peso persuasivo: Hernando es el hombre de Marquetalia, Hernando se merece su compañera. Hernando muere en Riochiquito en septiembre de 1966, de manera dramática, en una emboscada, después de ayudar a salir de la región a los cineastas franceses Jean Pierre Sergent y Bruno Muel, quienes permanecieron un mes con los guerrilleros y filmaron un hermoso documental. Antes de morir Hernando, nos había enviado parte de su diario personal. Recuerdo que había en su escrito una consigna que se utilizó mucho: “¡Que griten las paredes!” La noticia de su muerte fue algo terrible y doloroso. Después vendría la discusión en la dirección de la JUCO: ¿quién reemplazaría a Hernando? Saldrían para la montaña Carlos Alberto y el Flaco. Los bomberos Las primeras propuestas de la guerrilla urbana comienzan en esos años. En la prensa de la época se hace referencia todo el tiempo de los llamados "bomberos". Sonaban bombas en Bogotá por doquier. Uno de los iniciadores de esa propuesta fue el Flaco Bateman. En esa etapa surgieron mujeres de una tenacidad que provocaba miedo por tanto arrojo. Recuerdo a María T. Recuerdo a Otero y a los hermanos Carvajalino. La influencia armada en las ciudades no comienza en los 70 con el M-19, comienza años atrás. Los 60 es una década en que se impone una mentalidad guerriIlerista una década de grandes luchas de masas y del surgimiento de la insurgencia estudiantil.

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Era tal la atmósfera de entrega a una causa, que en el movimiento estudiantil influido por la JUCO y la Juventud del MRL se decretó que nadie debía terminar los estudios universitarios sino que todo el mundo debía prepararse para irse al monte. Las universidades eran un hervidero de preparación para las luchas insurgentes. Casi toda la dirigencia estudiantil de Bogotá y Bucaramanga terminó por engrosar las filas de las FARC y de los Elenos. Ese es el ambiente donde comienza a calentarse y surgir Bateman como dirigente. “Hola, comemierda” Una vez nos metimos una borrachera en la casa de los Marrocos para despedir al Flaco que viajaba para Moscú, en el año 64. El Flaco tenía que llevarse al otro día 150 fotos de Marquetalia, para su divulgación y el trabajo internacional de solidaridad. Yo, como responsable de propaganda, debía entregarle las fotos en el aeropuerto. Pero fue de tal alcance la borrachera, que al día siguiente me despierta por teléfono la voz jodona del Flaco: “¡Las fotos!” Cuando llegué en el carro al aeropuerto, el avión con el Flaco había partido rumbo a Miami, La gente que le organizó el viaje al Flaco no lo mandó por la vía acostumbrada en esa época, Bogotá-Caracas-Madrid-Ámsterdam-Moscú, y el Flaco terminó con sus grandes zancadas en Miami. Y en el aeropuerto, por supuesto, lo estaba esperando la inteligencia norteamericana: un par de policías, más grandes, más altos y, lógicamente, más fornidos que él. Lo cargaron en vilo y en vilo lo desnudaron en una requisa hasta de sus huesos. Lo putiaron, le mandaron un par de cubanas que lo maltrataron con la ferocidad de su vocabulario. Claro que no le encontraron nada porque yo fui lo suficientemente irresponsable para no alcanzar a llevarle los materiales. Lo deportaron de inmediato a Panamá y de Panamá a Medellín. Estábamos en una asamblea en la Universidad Nacional, cuando de pronto oigo la voz del Flaco como golpeándome la espalda: “Hola, comemierda...” Y veo al Flaco desde su altura, muerto de la risa al contar la historia de cómo lo había salvado mi irresponsabilidad. A más de putear a la gente, tenía sentido del humor y sabía que esas cosas sucedían. Una dinámica más libertaria En la Juventud Comunista había dos tendencias la libertaria y la conventual. Eran dos concepciones de ver la vida, de ver la lucha. Algunos querían hacer de la vida revolucionaria un claustro de curas consagrados, hasta el punto de prohibir una canción, "La matica de mafafa”... por obscena. ¡Hasta yo caía en eso! Una vez, una compañera de nombre Tania se acostó con un muchacho que era dirigente de la Juventud Comunista de Caldas. Yo escuché afirmar que si “la Tania se había acostado con él, pues podía acostarse con cualquiera; que era una puta.” ¿Qué tal? En la reunión del comité central, los padres de ella plantearon que Tanía tenía que casarse por la Iglesia y que la JUCO tenía que obligar al muchacho a hacerlo. Existía la tendencia costeña contraria a que tal absurdo ocurriera, pero teníamos una mentalidad de “convento”. El caso de Tania se definió por el oscurantismo; triunfó Cepeda, ayudado por mí, de lo cual, lógicamente, me arrepiento muchísimo. Fuimos a la catedral; recuerdo tanto a Cepeda saliendo con Tania del brazo, detrás la madre con el muchacho y después el padre. Nosotros estábamos

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afuera, los derrotados costeños y los victoriosos conventuales. El muchacho, ya “marido y casado”, con patetismo le dijo al padre: “Ahí le dejo a su hija, casada... “ Le dio un abrazo a la madre besó tiernamente a Tania. Luego, muy seguro de sí, fue donde Cepeda y le dijo: “Compañero, usted perdió un miembro del comité central” ¡Pero la compañera se casó! La influencia costeña entró a cambiarnos, a darnos otra dinámica más libertaria... más alegre. Cerraba filas Dentro del comité ejecutivo de la JUCO se gesta un grupo fraccional en que estaban Uriel Barrera, Francisco Garnica, dirigente del Valle, y López Sierra, muy amigo del flaco Bateman. Es una época de expulsiones de quienes estaban metidos en actividades fracciona listas, al pretender crear un nuevo tipo de guerrilla, distinto a los llamados grupos de autodefensa, como Marquetalia y Riochiquito, según ellos. López Sierra tuvo una muerte muy triste, murió vinculado a la mafia en la Costa. El Flaco era un hombre de organización y de partido y, ante una situación de esa naturaleza, cerraba filas, inclusive frente a amigos muy personales como López Sierra, que era de su propia barriada. En ese entonces el Flaco era el responsable de la JUCO en Bogotá. Lo que menos parecía era un guerrillero En febrero del 66 se constituyen las FARC. Asisten los hombres que vienen con Marulanda y Jacobo Arenas de Riochiquito, lo mismo que los combatientes de Guayabero y el 26 de Septiembre. Cuentan que el Flaco Bateman llegó a la conferencia constitutiva con una indumentaria muy folklórica. Tan alto que era, aparece con su sombrero de gringo, binóculos de expedicionario colgados al cuello, una cámara de fotografía colgada del hombre derecho y una pistola, cuya chapuza le llegaba hasta las rodillas. Lo que menos parecía era un guerrillero. En la conferencia conoció a Ciro Trujillo, quien lo nombró su secretario. El Flaco se va con Ciro para el Quindío. En la región se encuentran con Iván Marino. El destacamento de Ciro y el Flaco fracasa por problemas de indisciplina y el ejército comienza a liquidar paulatinamente al grupo. En pocos meses es un destacamento en desbandada. Esa experiencia del Quindío debió marcar profundamente al Flaco y posibilitarle a su vez una doble visión del conflicto campo-ciudad. En los años 70 exactamente dejé de ver a Bateman. Él ya estaba dedicado al trabajo de la comisión urbana, en que, trabajaba directamente con Jacobo Arenas. “Aprisionando el tiempo en La Habana” La última vez que lo vi fue en Cuba. Esa vez duré un par de meses en La Habana, invitado por Fidel mientras él corregía la entrevista para “El Bogotazo”. Recuerdo que fuimos invitados por García Márquez a su casa en La Habana y como a la media noche del 31 de diciembre, un cubano dijo que era necesario pasar el año nuevo con los "muchachos". Cuando hablaron de los “muchachos”, García Márquez me preguntó que si yo me había visto con el Flaco. Le dije que no había sido posible. “Bueno, lo que pasa es que es difícil verse con él”, dijo el cubano. Gabo abrió la posibilidad de que me viera con el Flaco. En

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La Habana era muy complicado encontrarse con los viejos amigos, especialmente con personas como el Flaco. En todo caso, se acordó que le dirían que me buscara. La cita se hizo al día siguiente en el Hotel Habana Libre. Me paré en su espera cerca de una de las puertas del hotel que dan al malecón y como a las 7:00 de la noche se detuvo un carro negro. Vi que salió el Flaco con esa su nariz de corcho al tratar de sacar una de sus piernas por encima del auto y gritaba, como si estuviera en los años 60 en la Plaza de Bolívar. Con él se bajó Otero. Después del abrazo, le dije: “¿A dónde vamos a Conversar?” “Aquí en el hotel”, respondió. “La orden es irnos a otra parte”, repliqué, “No, aquí en el hotel”. Nos metimos al bar y conversamos de seguido hasta el día siguiente. Fue una conversación en que se trata de aprisionar el tiempo bajo las imágenes de los recuerdos. Había algo en él como de no poder hablar por una preocupación profunda. Lo sentía muy nervioso. A cada instante se golpeaba la palma de la mano con el puño de la otra. Pero no cesaba de hacer bromas y de reír a grandes carcajadas. Tres meses después de aquel encuentro, conocí la noticia de su desaparición. No quiero hablar de premoniciones, pero de todas maneras, cuando la gente se encuentra para hablar de todo lo que ha sido su vida... es como una sombra en el horizonte. Esa noche el Flaco no recordaba con rencor sus problemas con el partido. Una de sus principales características era reconocer el mérito de los demás, a pesar de sus diferencias. Su gran cualidad. Esa noche y una madrugada en La Habana de frío, con muchos tragos por todo el cuerpo... la despedida de un hombre como el Flaco. Cuando lo abrazaba a uno, uno sentía que los brazos de él lo cubrían en un abrazo total. “DECIA QUE EL TERRITORIO DE LA FIESTA ERA LA FANTASIA” Nicolás Buenaventura (Historiador, investigador y educador. Militante, por muchos años, del partido comunista). A Bateman lo conocí a fines de los años 60 en la montaña. Él llegó a una escuela que teníamos, donde venían muchos de los guerrilleros de las FARC, de los auxiliares. Lo que me impactó de Bateman era que era “antirrevolucionario” para esa época. Un personaje zafado de toda línea, de todo dogma, muy versátil y muy fabuloso. Tenía una crítica constante a la escuela nuestra, a la escuela del marxismo. Decía que eso era una mierda, porque allí se había inventado que en el mundo se resolvía todo con la ciencia. Y que eso era un absurdo, que había muchas cosas que estaban por fuera de la ciencia. Hablaba de todas las fantasías y de la magia que había en las montañas. Él se interesaba mucho por recoger esos mitos. Decía que el territorio de la fiesta era la fantasía; le importaba mucho el mundo de la magia, lo que no se explicaba científicamente. Del lado mío, no era muy difícil esa discusión porque mi acercamiento al partido comunista fue a través de la práctica artística, de la conexión con los artistas.

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Despotricaba contra el marxismo Allí en la escuela Jaime despotricaba contra el marxismo y uno se preguntaba: ¿Por qué carajo se metió a las FARC? Uno no se lo explicaba... Pizarro e Iván Marino eran explicables, pero este tipo no tenía nada que ver con el partido comunista. Creo que se metió allí porque en esa época los intelectuales lo hacían por la influencia francesa... la influencia nerudiana. Muchos intelectuales estaban metidos en el partido comunista y él tenía una vinculación con los artistas, con el teatro, con la literatura y la universidad. Entonces él tenía que meterse allí. Los otros grupos, los Elenos, y los que estaban surgiendo, no tenían artistas. Yo creo que la cultura fue el camino de entrada de él a la política, la universidad fue su conexión con la Juventud Comunista. Su afinidad fue por allí, por la cultura, y eso a mí me impactaba. "Viaja o muérete" ¿Quién era Bateman? La imagen que yo tengo es de un tipo excepcional, un hombre urbano, un tipo de ciudad. Pero no era solamente urbano; era también un tipo del monte. Bateman era las dos cosas. Andaba con los campesinos, haciendo cursos, escuelas, hablando, y se sabía la historia de los campesinos. Fue el tipo de las dos guerrillas colombianas, el puente entre la guerrilla del colono armado, radical y la guerrilla urbana enmantada. Fue el puente y dejó ese gran aporte: la posibilidad de comunicación entre las dos guerrillas. Tenía mucho que ver con su espíritu. Era un tipo de ciudad. Viajaba mucho. Bateman murió viajando por encontrarse con Belisario Betancur. Quería encontrarse con él para hablar de la paz. Sabía que se podía hablar sobre un acuerdo, sobre un arreglo, y murió en un viaje... Los árabes dicen: “Si quieres que tus amigos te estimen, viaja o muérete”. Y él hizo las dos coas, algo muy simbólico: Bateman era un viajero. Cuando viajó a buscar a Belisario, venía de Europa. Era un hombre comunicativo. También era un campesino, era un tipo metido en el campo. En esa dualidad lo recuerdo. Gozaba mucho con las comedias que yo inventaba Era maniático también. Se había empeñado en que yo no le podía ganar un partido de ping-pong porque yo no sabía jugar y él sí; decía que el ping-pong era un juego “selectivo” y que yo era una “güeva” para eso. Y como yo le ganaba a veces, él no lo podía aceptar, de puro terco. Lo recuerdo mucho en el teatro. Se moría de la risa de las obras y gozaba mucho con las comedias que yo inventaba con las hijas de Jacobo Arenas y otras muchachas en las noches en el monte, cuando hacíamos actos culturales. Yo inventaba los guiones y hacíamos comedias improvisadas. A él le gustaba mucho eso. Lo volví a ver mucho después, por los años 70, en Cali. El estaba hablando ya de que había que hacer otra cosa en Colombia, un trabajo diferente, un movimiento abierto, nacionalista, con una "onda" distinta. Una cosa distinta Fue al primer tipo al que yo le oí decir que había que hacer otra cosa distinta del partido comunista. Ahora eso es común, ya no tiene ninguna gracia porque ha pasado mucho

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tiempo. Pero Baternan lo decía con anticipación, con mucho entusiasmo, pero siempre con un gran respeto por los comunistas, por las FARC. Le tenía respeto a Jacobo, siendo tan distinto a él. En las montañas era un verraco y en la ciudad era el guerrillero que asaltaba bancos. Se movía en la ciudad como pez en el agua; muy ágil y muy hábil. Él era las dos cosas. ¿Dónde estaba Bateman? Se desaparecía siempre. Era muy urbano y se sabía guardar en la ciudad muy fácilmente. Por eso lo expulsaron; no cabía ya en la guerrilla campesina. Esa fue la causa de la ruptura definitiva; él vino a hacer su trabajo urbano y le dijeron: “hasta aquí”. Y él quería hacer más y le decían “hasta aquí”. Esas son las razones filosóficas profundas de la expulsión, de la ruptura con el partido comunista: estaba en dos cosas a la vez. “Lo que pasa es que hay un grupo de viejitos chuchumecos que no dejan avanzar”. La mitad de su vida la vivió en el partido, digamos, como militante revolucionario... Quince años en el partido y el resto en el M-19. Empezó muy joven, a los 18 años o más joven, porque a él lo echaron de la secundaria. No terminó. Lo que sí sé es que la parte de su vida en el partido fue complicada. Le tocó vivir un momento de gloria en la JUCO, cuando esta organización llegó a ser hegemónica en la universidad. Años 62 ó 63, época del teatro. Después creó un mundo, un universo. Viéndolo bien ahora, la estructura que él conformó nace de la relación entre los artistas y los políticos. Algo nuevo. “ERA UNA GENERACIÓN QUE QUERÍA JUGARSE RÁPIDAMENTE LA VIDA POR LA REVOLUCIÓN” Manuel Cepeda (Periodista, dirigente del Partido Comunista Colombiano y parlamentario) Yo no recuerdo en qué fecha conocí a Jaime Bateman. Fue en el momento en que llegaban a las filas de la Juventud Comunista, desde todo el país; multitudes de jóvenes. Se había roto la muralla de los gobiernos conservadores y militares y se había comenzado a producir un ascenso de masas muy grande en el país, un ascenso político. Y la Juventud Comunista era un punto de referencia. Comenzaron a llegar jóvenes de todo el país y teníamos una dirección de la juventud Comunista muy alerta. De esa Juventud hacía parte Carlos Romero, quien acababa de llegar de la Argentina. Hacía parte Carlos Ruiz, conocido también con el nombre de Alape, Arturo Alape. Hacía parte Yira Castro. Teníamos otra serie de compañeros como Iván Marino Ospina, en la dirección. Él venía del Viejo Caldas y se incorporó a la dirección nacional. De Santa Marta nos llegó Jaime traído por la dirección. Montó un taller de screen Comenzó a militar en Santa Marta; en eso jugó un papel importante Carlos Romero, en atraerlo. Era un momento de mucha informalidad... Nosotros creíamos que si no hacíamos las cosas ya, en el momento, no se harían nunca, y en el fondo teníamos la razón. Éramos una juventud sumamente peleadora, con una formación política y de la vida todavía muy precaria, Podíamos decir que era una dirección de provincianos

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haciéndose bogotanos, haciéndose “rolos” rápidamente. Entre todos nosotros se formó una amistad sumamente profunda. Dentro de la gente que debo mencionar estaba Hernando González, quien después murió en Riochiquito; también Francisco Garnica, uno de los fundadores del PCML (Partido Comunista Marxista Leninista). El permanecía en Cali, era de la dirección del Valle; después fue asesinado por el ejército; lo torturaron y le aplicaron la “ley de fuga”. Si me detengo a analizar quiénes eran los que más simbolizaban la temperatura que había en ese momento en la Juventud Comunista tendría que mencionar a Jaime Bateman Cayón. Quien más simbolizaba ese momento era gente como Jaime Bateman, como Hernando González, como Yira Castro, porque eran sumamente espontáneos; gente que no partía de bases ideológicas tomadas dogmáticamente, gente muy unida. En esa época se estaba librando una lucha importante en Bogotá y se produjo la movilización más grande que ha habido contra el alza del transporte. Un papel muy protagónico lo jugó la JUCO. En todas las manifestaciones participaba Bateman. Nos impactaba muchísimo la nueva situación internacional. El ascenso político que estábamos viviendo en Colombia correspondía a un ascenso general en toda América Latina. Un ascenso de la lucha contra las dictaduras militares en Venezuela, en el Perú, en Cuba... El único lugar donde una movilización amplia y beligerante triunfa es en Cuba. Cuba se convirtió en nuestra idolatría, era nuestro punto de referencia. Los cubanos abrieron una embajada. La Juventud Comunista fue quien hizo la primera edición en Colombia del libro del Che Guevara, “Guerra de guerrillas”. Nos encontramos con una generación que quería jugarse rápidamente la vida por la revolución. Una juventud sumamente auténtica, con unos ideales admirables. Jaime comienza a participar en la dirección. Tiene varias responsabilidades en sus manos. Por una parte, es designado secretario de propaganda. Yo me acuerdo cuando llegó un muchacho de Santa Marta que era pintor y Bateman montó con ese pintor un taller de “screen” en la casa de la Juventud. Nosotros en ese momento estábamos bajo el ala del partido en una casona muy grande en la 13 con 14 y allí nos “toleraron” durante largo tiempo. Era un hombre que le llegaba a la gente Conseguimos después una casa en la 12 con 8a., en un sitio que era conocido con el nombre de calle del Cartucho; quedaba en una zona sumamente deprimida, llena de cantinas, de casas de empeño, de prostíbulos. Sin embargo, ese lugar se convirtió en un punto de referencia. Fue el sitio donde se logró una implantación integral de los sectores juveniles y populares. En una ocasión, copiando las cosas que veíamos de Cuba, resolvimos izar una bandera sobre ese lugar y lo anunciamos en “Voz de la Democracia”, el periódico del partido. Declaramos ese espacio como territorio libre en Bogotá. Esto nos trajo, con justa razón, muchísimas críticas y problemas. En esa casa nosotros organizamos manifestaciones de repudio a la invasión a Cuba; eran manifestaciones grandes. En una de ellas fue herido Alejandro Gómez, cerca de la

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embajada de los Estados Unidos. Nos dispararon desde allí. En todos esos episodios, la figura de primera línea era Jaime. Tenía en sus manos la propaganda, pero no solamente la propaganda sino que asumía otra serie de actividades. Yo diría que uno de los elementos característicos de su personalidad es que vivía en permanente búsqueda de contactos con los demás. No era el dirigente de cuatro paredes de cuatro amigos. Era un hombre que le llegaba a la gente, que les preguntaba a sus compañeros de qué parte venían, qué hacían... Conversaba con la gente que venía de provincia y en su archivo mental iba conformando un arsenal de personas y de personalidades que posteriormente le sirvieron mucho. Esto no era premeditado, era sencillamente parte de su manera de ser. Posteriormente, y dentro de la situación en la que nosotros vivíamos –era una juventud sumamente perseguida, prácticamente todos pasamos por las cárceles, nos detenían una y otra vez, nos cogían y nos volvían a soltar–, a Jaime se le encomendó organizar el trabajo clandestino de la Juventud Comunista y lo hizo. Y es ese trabajo clandestino el que le va a servir como escuela para su actividad posterior y para su relación con la lucha guerrillera. Dijo que tenía contradicciones Recuerdo una conversación que tuve con él en vísperas de mi salida, cuando se preparaba el viaje que yo hice a La Habana en compañía de Yira en 1966. Tuve una larga conversación con Bateman en la cual hablamos de cómo iba a ser el trabajo de la JUCO: Entonces Jaime me dijo que él no iba a permanecer en la organización porque tenía contradicciones. La personalidad de Bateman era muy descrestadora y muy sorprendente. El tenía la capacidad de hacer multitud de amigos, de conservarlos y de no olvidarlos. Lo hacía a uno poder llegar a la idea equivocada de que se trataba simplemente de un compadrito, de un “vive la vida”, y por eso uno dejaba de ver la hondura de la personalidad de Jaime. En medio de esos ajetreos él se va capacitando día a día y va adquiriendo una cultura bastante grande. Yo lo veía como un joven muy promisorio. Para mí era la evidencia de que era una persona que respondía de cuerpo entero a lo que era la juventud en ese momento: una juventud revolucionaria. Entonces se produce la proximidad de él con el padre Camilo Torres. Jaime es uno de los hombres a quienes designan, yo no sé si fue el partido o la Juventud, en el trabajo de la protección de Camilo. En eso, muy cerca de él estuvieron Mario Upegui, Álvaro Marroquín y María Arango. A trompadas en la defensa del cura En una ocasión en que encerraron al padre Camilo en un local de San Victorino, cerca de la sede del partido en la 13 con 14, Bateman se fajó y peleó físicamente a trompadas en la defensa del cura. Recibió mucho bolillo. Y debió guardar algunos días de cama por los golpes que le dieron. La velocidad de ese tiempo el hecho de que todos los días nos

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entrevistábamos con un político, al otro día con otro, de que un día se nos exigía una cosa y al día siguiente otra... era una cátedra de capacitación política callejera dictada a una velocidad extraordinaria. Así se había capacitado uno y así Bateman va elaborando una serie de categorías y una serie de juicios sobre lo que es el mundo político colombiano, mirándolo desde adentro de la lucha. Iba elaborando una escuela Yo tuve una reunión con Jaime, no recuerdo en qué año fue. Él quería darme sus opiniones sobre el partido; opiniones muy críticas sobre la tardanza de actuar del partido, sobre su pesantez y su falta de sensibilidad. Críticas que después uno oía en otras bocas, en otros niveles, pero que revelaban su lucidez. Bateman era un hombre que no simplemente cumplía tareas, sino que elaboraba juicios, iba elaborando una escuela de lo que era la política en las filas revolucionarias. Yo diría que su disentimiento con el partido nunca fue desde el punto de vista de la jerarquía; no, era un disentimiento que nacía porque determinadas actividades que se podían cumplir no se cumplían. Él tenía ya sus experiencias en el plano de la propaganda, y luego en la actividad clandestina. Su disentimiento no implicaba que no tuviera claridad política. En la dirección de la Juventud Comunista se presentó una lucha muy grande alrededor de las posiciones maoístas. De la noche a la mañana nos encontramos con que había en el seno de la JUCO un trabajo fraccional del cual hacían parte Francisco Garnica y otros. Fue en el quinto pleno de la Juventud y recuerdo mucho la posición de Bateman, una posición enormemente afirmativa y esclarecida sobre una serie de temas que después se han debatido mucho: el imperialismo y la coexistencia pacífica entre diferentes sistemas. En ese quinto pleno tuvieron un papel muy importante Bateman y Hernando González. Yo defiendo de él su carácter de dirigente político. Si había una figura, era Bateman Viene el año 66 y yo me fui del país. Bateman salió de la dirección de la JUCO y pasó a trabajar con las FARC en el trabajo logístico. Yo lo vuelvo a ver después en Praga. Me anunciaron que llegaba; él iba a la escuela de Komsomol. Nos había llevado a Yira y a mí una garrafa de vino... Nos la tomamos toda y estuvimos hablando toda la noche de muchos recuerdos. Fue una sesión sumamente interesante. Para esa fecha habían matado a Hernando González, que fue el hombre a quien nosotros mandamos a Marquetalia, y en Bateman comenzaba a aparecer la decisión de separarse del partido. Cuando regresé a Colombia supe de su disentimiento con el partido y de la fundación del M-19. En esta nueva etapa lo vi varias veces, ya como jefe del M-19, en contactos que hicimos para intercambiar información, para intercambiar opiniones, para hablar; nos reuníamos en un restaurante que quedaba en el norte de la ciudad. Él llegaba aparentemente solo, aparentemente sin guardias. En todo este proceso las apreciaciones del partido en relación con el M-19 fueron variando; de una valoración bastante superficial que teníamos sobre el papel del M-19, comenzó a aparecer una reflexión diferente, liberada de prejuicios. Para hacer un

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análisis de las propuestas que Betancur le hacía al movimiento guerrillero, organizamos una reunión. A esta reunión acudieron por parte del partido Gilberto Vieira y el suscrito; por el M-19 asistieron Jaime Bateman, Álvaro Fayad y Carlos Toledo Plata. Los tres participantes del M-19 ya no existen. Fue una larga reunión, sumamente interesante, en la cual se intercambiaron vivencias, experiencias, apreciaciones, y se discutió sobre el gobierno de Betancur. En ese encuentro nosotros logramos que el M-19 dijera que iban a estudiar la posibilidad de un diálogo con Betancur. Pero Bateman rechazó, en cambio, la posibilidad --que nosotros propusimos— de una participación electoral conjunta; él no creía en ese momento en el voto. Nos separamos. Me acuerdo mucho que estuvimos hablando de nuestras respectivas familias. Si había una figura que se “comía” la reunión del lado del M-19 era Bateman. Las intervenciones de Toledo y Fayad fueron muy marginales. La figura protagónica indiscutible fue Bateman. Escuchábamos con mucha atención las cosas que él planteaba. Fue un reencuentro de una importancia muy grande; trazamos algunas tareas comunes. Sobre esa reunión nunca se ha hablado. Es la primera vez que hablamos de ella. Esa reunión permaneció secreta durante muchos años. Quedamos de coordinarnos Lamentablemente los actores del lado del M-19 ya no existen. Allí quedamos de coordinarnos. Súbitamente nos llega la noticia: Bateman desapareció. Esa noticia comenzó a circular poco a poco. La gente no creía. Se consideraba que era una nueva jugada que había hecho Bateman para poder pasar a un nuevo plano y reaparecer después. Durante mucho tiempo creímos eso. Hasta que finalmente se confirmó... Dio la noticia el M-19. Yo estaba en La Habana y me la informó Iván Marino, quien ya era el nuevo jefe del M-19. Para concluir esta visión tan incompleta de Bateman, quiero hablar de una imagen que se me quedó grabada. En una ocasión, en un acto de la JUCO, el orador principal era el camarada Filiberto Barrero, un hombre de malas pulgas. Bateman había llevado un tambor. En momentos en que anunciaron a Barrero como orador, empezó a tocar y Filiberto se enfureció. Yo diría que estas cosas ilustran un poco sobre las diversas temperaturas que se daban en el partido, y cómo esas diversas temperaturas, esas diversas concepciones fueron llevando, incluso, a separaciones. Durante mucho tiempo, estuvimos en la misma polémica de lado y lado, una polémica sumamente bizantina sobre si las cosas eran así o eran asá. Yo creo que ahora se está viviendo un momento distinto en el que hay que re-evaluar las personalidades. Y en ese sentido, una de las personalidades más grandes de Colombia fue Bateman Cayón.

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8. LA ORFANDAD
“… la otra sería la cobarde, la de rendirnos. Y eso si no lo vamos a hacer ¡NUNCA! Aunque quedemos uno. No nos vamos a rendir, porque eso sería traicionar la historia, traicionar a nuestro pueblo, traicionar a nuestro país. Por eso hemos insistido, señores. Ninguna medida que signifique humillación, que signifique rendición. Vamos a actuar con dignidad. La dignidad… Esa es una palabrita con la que se juega demasiado, pero nosotros hemos aprendido a saber cuál es su verdadero contenido. ¿Rendirnos? ¡Que se olviden! Jaime Bateman Cayón. ¡VOLVÉ FLACO! Nelson Osorio (Poeta, publicista, fundador del M-19) JAIME BATEMAN CAYÓN (El Flaco y/o Pablo) DONDE ESTÉS (Otraparte, Masallá. Eternidad del Infinito. Masacá) Tenés razón Flaco. Las cosas se cambian actuando en grande, protagonizando barro y cosmos a cada paso. Con intrepidez, afecto y magia. Por eso dijiste aquella noche cuando, cuchara en una mano y con la olla en la otra, devorabas el cucayo del arroz: “Si Bolívar hubiera aspirado únicamente a la presidencia, máximo hubiera alcanzado la alcaldía de Santa Marta... Y eso”. Chamán antes que revolucionario acartonado y temeroso del tramo siguiente, domador lúcido de tornados políticos y prestidigitador de sueños descomunales, dejabas la teoría para irla sembrando por el camino. Si en el momento la ruta no estaba del todo delineada, peor para la teoría porque, según vos, siempre tiene que existir la posibilidad de realizar algo con pasión desbordada, con imaginación a borbotones, sin menudencias en descomposición ni zancadillas de penumbra.

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Colombia aquí y ahora Por ello te hiciste blindar la vida con una pócima eterna de alegría, de Mar Caribe rumoroso y traga eses, de recovecos citadinos y laderas andinas. Y cuando fuiste expulsado de las FARC, ya venias calentando en tu magín un volcán diferente y tumultuoso, desabrochado y fértil, con el cráter abierto a todo aquel o aquella que no estuviese perdidamente cuadriculado. Y a medida que fueron saliendo de la guerrilla por expulsión o deserción Álvaro Fayad, Iván Marino Ospina y Carlos Pizarro, te apoyaste en su incandescencia estelar para redondear el germen de su itinerario, que sumó en su cartografía el anhelo de alguna gente de la ANAPO, el amasijo de voluntades de varios descarrilados con fatiga de “izquierda marxista-leninista” y la frescura irreverente de otros aún contagiados por grupos o partidos. Así se perfiló un no sabíamos bien qué en un sí sabíamos dónde y cuándo: Colombia aquí y ahora, guiados por tu atinado desparpajo de camisa guayabera que impulsó el compañerismo transparente y desterró la militancia sordomuda, el temor reverencial y la obsecuencia mediocre. La libertad de disentir fue la bandera, y la capacidad de proponer fue el viento que la mantendría ondeando con fogosidad. Luego... ¿te acordás?... con una tarjeta Diners, una campaña publicitaria en los periódicos de los dueños del ombligo del país y un nombre que Fayad entresacó de la fecha cuando le birlaron las elecciones debía retornar a su sitio con el pueblo en el poder. Fue un maravilloso comienzo de este bello lío llamado porvenir. El júbilo de ser amigos Pero Flaco, para qué recontar lo que te sabés de memoria. Mejor decirte que tus hijas están hermosas, Natalia de universitaria (en Quito, hace unos años, entonó en su flauta el "Himno a la alegría" en tu homenaje) y Catalina, colmando de regocijo sus catorce años. Ambas son muy vos, cada una a su modo. Porque en eso sí que eras rotundo: en cuidar que a cada quien lo dejaran con su manera de ser, con sus raíces y valores, respondiendo por aquello que supiera hacer mejor. “Sólo así las cosas salen bien, cuando uno las siente como parte propia y no como un implante”, decías, y seguíamos añadiéndole vallenato (propusiste que "La ley del embudo" fuese el himno del Eme), Sonora Matancera (de Daniel Santos preferías "El Anacobero") y whisky Sello Rojo al “Risk” (ese jueguito marca Parker traído por México, que consistía en tomarse con soldados, tanques y aviones las posiciones del enemigo... o pactar la paz, si las condiciones eran favorables). Noches de diálogos humeantes con florecimiento de fantasías en medio del único mandamiento que debía ser respetado con fe de carbonero mayor: el júbilo de ser amigos y poder estar juntos. Desenguayabes domingueros con fritanga (y arroz, mucho arroz blanco o de coco para vos) y como remate, una rica película de humor, pues “yo no le jalo a los Bergman que no hacen más que retorcerle el cráneo a uno”. Hasta en la forma de tejer tu clandestinidad fuiste informal sin llegar a fantoche. En la tribuna occidental de “El Campín” con un lleno memorable (era una final América-Millos,

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creo, y vos gritabas animando a los “Diablos Rojos”), me dijiste con esa seguridad que nace de la picardía entreverada con la certeza: “La mejor forma de guardarse es dejándose ver. A mí me paran a cada rato y me dicen que me parezco mucho a Jaime Bateman”. La verdad, Flaco, es que nunca te agarraron a pesar de las redadas que te preparaban como con agujas de acupuntura. Ni cuando el “Picotazo” pudieron con vos. A esa avioneta de mierda Pero te tenías que subir a esa avioneta de mierda. Íntimamente siempre he creído que vos sabias, presentías. Porque muy pocos días antes te había dado por recorrer sitios y amigos que hacía tiempo no veías. Inclusive pediste hablar hasta con compañeros de bachillerato del Celedón de Santa Marta. Álvaro Fayad contó que hacía apenas dos semanas habían ido juntos a un cine en Panamá... y que por primera vez en la vida vos habías hablado de la muerte. Y te trepaste a la avioneta, Flaco. Y después Iván Marino al techo de la casa en Cali. Y luego Álvaro a la sala de un apartamento en Bogotá. Y posteriormente Carlos a un avión rumbo a tu Costa. Y todavía no regresan. ¿Qué carajos pasa con ustedes que llevan tanto tiempo ausentes? ¿No saben que al país se lo está llevando el putas? Lo andan subastando a oscuras y a parcelas como el Patriarca de Gabo loteaba el mar, mientras en el escenario de la orilla aplaude una bien montada coreografía de comisionistas sin hígados, o brotan anémicas protestas –las del Eme entre ellas– que son asfixiadas por el ronquido de las olas del aparato oficial y lapidadas por esa esquizofrenia de querer repicar y andar en la procesión. Nada que soltamos la tajadita de ponqué que nos arrojaron desde la mesa los amos del festín. Empaquen huracanes y regresen Volvé Flaco. Y que Álvaro, Iván Marino y Carlos empaquen huracanes y regresen. El multitudinario y fulgurante carnaval que prendieron para danzar con una revolución querida y nuestra, se asemeja hoya unas empanadas bailables aliñadas con permiso del patrón... La Paz que parieron para agigantamos nos está enanizando, nos está volviendo ajenos, en lugar de izarla como la más deslumbrante y colosal de las conquistas, amamos el atajo del mendrugo, el pequeño apetito personal y la intransigencia caudillista, perdiendo la sintonía con un país que esperaba tanto de la magia del Eme. Por fortuna vos, Flaco, pregonabas con insistencia: “Mientras haya un Eme, el proyecto se salva”. Y en muchos compas todavía no medran la insignificancia ni la inmediatez, como tampoco la nostalgia ha logrado cariar su tizón de tercos soñadores. Volvé, Flaco. Vuelvan, así sea a través de otros: toda la vida es tiempo de cambiar los tiempos. Con mi abrazo sideral, Nelson.

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9. OTROS CAMINOS
“…trabajo con la absoluta certeza en la eficacia de la transmisión de la pasión. Yo no creo que se pueda hacer una revolución –nunca se ha hecho— sin desatar los sentimientos y afectos más profundos de la gente. Creo más en la pasión que en la ideología, o que en la teoría; es más, sólo cuando una ideología se vuelve apasionada, sentida como su propia carne, se transforma en fuerza real…” Jaime Bateman Cayón

“DESDE ESE MISMO INSTANTE SENTÍ SU MAGNETISMO” Peggy Ann Kielland (Fundadora del Teatro La Candelaria y del M-19) En una reunión en casa de Álvaro Marroquín y María Arango vi por primera vez al Flaco Bateman. Durante esa reunión llegó un joven. Recuerdo su imagen en el marco de la puerta y desde ese primer instante sentí su magnetismo. Allí hablamos largo y como lo que a mi más me conmovía e impresionaba del partido comunista eran sus luchas agrarias —la gesta Marquetalia— la conversación estuvo dedicada a ese tema. Él era muy apasionado y conocedor del asunto y desde el comienzo su amistad va acrecentando mis inquietudes por la lucha armada. Un brazo largo me agarró y arrastró Al comienzo tuvimos una amistad distante. Nos encontrábamos en los actos del padre Camilo Torres, o en la universidad, o en algún paseo; y ocasionalmente me llamaba para invitarme a algún acto o tarea. Para el entierro simbólico de Camilo Torres, se programó una marcha desde la Universidad Nacional, por toda la calle 26 hasta la iglesia de San Diego. Se iba a celebrar una misa con la asistencia de la madre de Camilo, sus parientes y amistades. Como la iglesia es tan pequeñita, no cabía toda la gente asistente y estábamos muchos afuera. De pronto la fuerzas públicas nos comienzan a cercar y en un momento dado, antes de

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recibir un bolillazo, un brazo largo me agarró y me arrastró. Cuando menos pensé, habíamos salido del cerco un grupo liderado por el Flaco. A una cuadra había un camión de gaseosas y de pronto todos comenzamos a bajar cajas ya tirar botellas a la policía, Esto rompió definitivamente el cerco. El Flaco nos hizo entrar a mí y a Celmira Yepes a El Cisne y nos recomendó que actuáramos como sí no hubiéramos tenido nada que ver con la que acababa de suceder y luego se fue. Era la primera acción en que yo me involucraba y estaba muy excitada. La policía entró al establecimiento. Pasamos de agache. Con este episodio, el Flaco se me convierte en héroe, es el héroe que me salva y guía. Era el amigo que teníamos en la guerrilla Días después, el Flaco me cuenta que se va para la guerrilla, que se va a integrar al trabajo armado del campesinado. Esto me produce tristeza, pues en ese momento ya había entrado en mi corazón. Nos despedimos de él con Patricia Ariza en El Cisne. Era el amigo que teníamos en la guerrilla. Varios meses después, María Arango citó a reunión en casa de Diana Mercuri y, al entrar allí, lo primero que siento son sus ojos, con su brillo de picardía. Fue muy agradable volverlo a ver y escucharle sus anécdotas del campo y fue esa noche cuando iniciarnos nuestros amores. Nuestro romance en su primera etapa fue muy bello. Yo recorría el país entero para encontrarme; aunque fuera por pocas horas, con él en cualquier hotelito del camino. Con él aprendí a conocer a Colombia. El Flaco era una persona muy tierna, muy respetuosa de lo que uno pensaba o hacía. Confiaba mucho en la persona que quería. Había una comunicación muy intensa. Era un romántico: le encantaba y se recreaba con un bonito paisaje, con la luna, con un atardecer o con una rosa amarilla. A su lado, eran muchas las cosas de las cuales uno se enteraba; cosas importantes. Pero los asuntos absolutamente reservados no se los decía a nadie. Tenía el problema de la pierna que realmente lo torturaba, pero él, con una fuerza de voluntad inmensa, trataba de “no pararle balas” o de “mamarle gallo”. También sufría de dolores de espalda. Recuerdo que una vez, estando en el Quindío con Ciro Trujillo en las FARC, lo tuvieron que sacar en camilla hasta Armenia. Se ejerció una gran tolerancia A raíz de mi relación con él, fui vinculada a los grupos de apoyo de las FARC y a los trabajos reservados del partido. En estas tareas, tuve contacto con los excombatientes venezolanos que iban a amnistiarse y a convertirse en un nuevo partida político, el MAS, liderado por Teodoro Petkof y Pompeyo Márquez. Por eso tuve hospedado a un personaje llamado Alejandro, quien manejaba todo lo relacionado con la desmovilización de ellos aquí en Colombia. El Flaco, como permanentemente visitaba mi casa y siempre se

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enteraba de mis tareas, hizo amistad con Alejandro y se dieron entre ellos unas discusiones muy interesantes. Nosotros en Colombia estábamos impulsando el crecimiento de la lucha armada y en Venezuela se estaba desmontando ese tipo de lucha. Las discusiones ideológicas con Alejandro fueron de no acabar pero muy respetuosas, y se logró una amistad entre todos. Se ejerció una gran tolerancia. Posteriormente se alojó Tomás Borges, quien estaba muy paranoico y no quería ver gente. Cuando lo convencí de que hablara con otras personas diferentes a las de la casa, conoció al Flaco. Allí también se gestaron unas discusiones bastante complicadas, porque si bien era cierto que estábamos identificados en la lucha armada, los sandinistas eran muy extremosos y no consideraban válido ningún aspecto de lucha legal. Nosotros en esa etapa pertenecíamos al partido comunista y defendíamos la combinación de todas las formas de lucha. Abrir muchos frentes Con el Flaco me tocó vivir de cerca ciertas situaciones bastante complejas, debido a las distintas tendencias que existían dentro del partido con respecto a lo que debía ser o no la lucha armada. Una tendencia decía que los grupos armados se debían mantener como autodefensas y la otra, que éstos debían desarrollarse como guerrilla móvil y abrir muchos frentes. El Flaco era partidario de la última posición, lo que le trajo muchas dificultades. La tendencia, donde estaba el flaco empieza a poner en práctica sus teorías y se van con Ciro Trujillo para el Quindío. En un combate les fue muy mal y esto puso en peligro toda la estructura del partido. Por lo tanto, la tendencia contraria se llenó de argumentos. Empiezan las persecuciones y las acusaciones yen 'toda esta pelea termina expulsado del partido Iván Marino Ospina, quien era el amigo entrañable del Flaco. Todo esto le dio muy duro e inclusive pensó retirarse del partido. Jacobo y Marulanda lo mandaron llamar en esa oportunidad y lo mantuvieron alejado por varios meses. De esta manera el Flaco se salvó de la expulsión. El Flaco era un hombre tan de partido que era muy difícil para él romper la regla casi sagrada del partido de que no se podía tener relación con personas expulsadas. Él tendía a creer que el partido estaba sobre todas las cosas, aún sobre los sentimientos. Por eso en esa época hubo un distanciamiento entre el Flaco e Iván Marino, aunque algunos seguíamos en contacto con Iván. Algún tiempo después, se reencontraron y se revivió la gran amistad. Brincaba y saltaba Al Flaco le gustaba mucho el cine; se veía todas las películas que exhibían en Bogotá o en el pueblo en que estuviera. Le gustaba mucho el teatro y estuvo muy al tanto del movimiento que se inicia con Santiago García en los años 60. Hizo muy buena amistad con mucha gente de ese medio. Una obra de teatro que siempre mencionó fue “Galileo Galilei”, de Bertolt Brecht, que se presentó en el Colón, dirigida por García. Colaboró con

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Eddie Armando en la obra “El abejón mono”, para la cual se utilizaron algunos cuentos que Carlos Ruiz y el Flaco habían recogido con los guerrilleros. Estoy segura que el Flaco se vio todas las exposiciones del Museo de Arte Moderno en el tiempo que yo trabajé allí. Algunas le impresionaron. “El pensador”, de Rodín. De esa escultura habló mucho. Lo hizo recapacitar. Le impactó y se identificó con el pintor español Genovés, que con pequeñas pinceladas hace una serie donde comienza con un hombre y termina con multitudes. También lo asombró una obra muy interesante de un artista venezolano, De Soto, que en el hall del segundo piso del Planetario Distrital colgó miles de cuerditas de plástico, semejando un aguacero tropical, que el visitante debía penetrar. Cuando el Flaco se enfrentó con esto, bajó a mi oficina y me dijo: “Acompáñame. No estoy entendiendo nada de lo que estoy viendo”. Realmente al uno penetrar en ese espacio, las sensaciones eran estupendas, diferentes, nuevas. El Flaco se gozó esta obra como un niño. Brincaba y saltaba. Iba todos los días a jugar. Cuando la descolgaron, estuvo triste. Otra de las exposiciones que le impresionó y que cuestionó fue una en la que se expusieron las obras de Feliza Bursztyn, llamadas “Las histéricas”. Se trataba de una serie de mecanismos móviles que se cubrían con sábanas y producían la impresión de ser parejas copulando. Al mismo tiempo se exhibía una película de Jorge Pinto en el mismo sentido. Le causó una gran sorpresa y de allí salió inmediatamente a buscar a Feliza. En esa ocasión discutieron mucho. Durante Un tiempo, él tomó el Planetario como su sede. Miles de veces entró a ver las estrellas y las constelaciones. Hablaba con el doctor Garavito, director del Planetario, porque quería profundizar en los mundos lejanos. Era la conceptualización colectiva Era un visitador permanente de sus amigos. A través de él, nos uníamos; él era el contacto permanente de todos. Adquirió la costumbre en estas visitas de casa en casa, de amigo en amigo, de buscarle el sentido a ciertas palabras, su significado profundo y nuestro. Por ejemplo, lealtad y su diferencia con la fidelidad; democracia y si realmente existían diferentes democracias. Igualmente lo hacía con las tesis que se debatían. Era la conceptualización colectiva para desentrañar la esencia. En esta forma, todos nos sentíamos partícipes. A través de este método, él se alimentaba y nos unía. Al partido crear el CEIS (Centro de Estudios e Investigaciones Sociales), muchos de nosotros ingresamos con entusiasmo a estudiar economía política y filosofía marxista. Al Flaco le dio por decir que eso no servía para nada y causó un revuelo terrible entre sus amigos y seguidores. Tuvimos fuertes discusiones con él y lo convencimos de que esa posición no era correcta. Entonces conmigo se comprometió a que estudiaríamos juntos. Fueron unas sesiones de estudio muy interesantes. Nunca fue el estudio de las teorías a secas, éstas eran confrontadas con nuestra realidad, con nuestra práctica, con nuestro país, para evaluar su validez. Estudiamos juntos El Capital de Marx y también estudiamos a Trotsky. Le traducía del inglés materiales militares que él conseguía y libros sobre las revueltas negras de esa época en los Estados Unidos.

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Los guerrilleros eran silvestres Cuando surge el planteamiento de que los grupos de apoyo a las FARC debían irse convirtiendo en grupos de conspiración armada, empezamos a palpar el interés que había por hacer parte de la lucha armada en las ciudades. Los guerrilleros nacían silvestres. Muchos compañeros militantes del partido comenzaron a tener doble militancia. El Flaco estaba a sus anchas: su trabajo estaba en ascenso y estaba apoyado por un sector Importante del Ejecutivo, entre éstos, Jacobo. Como el planteamiento del trabajo armado en las ciudades era una tendencia dentro del partido y de pronto por cualquier equivocación se enteraron los de tendencia contraria, se armo nuevamente la “vaca-loca”. Empiezan las acusaciones, las amenazas, los señalamientos, los espionajes, las expulsiones. Finalmente, varios nos retiramos del partido. Muchos de sus amigos... La salida del Flaco del partido realmente le dolió. Era una persona tan de partido, que nunca pensó que lo retiraran. El hacía parte de la tendencia que buscaba cambios dentro del partido, pero nunca se imaginó por fuera del partido. No sabía qué sería de su vida. Fuimos sus amigos, muchos de sus amigos que estuvimos a su lado en ese momento, los que lo convencimos de la posibilidad de crear otro trabajo. Nosotros de una u otra forma también podíamos aportar a la lucha. Había que buscar caminos. Una de las grandes preocupaciones del Flaco en esa crisis era la situación de los compañeros que se habían ido a trabajar en las filas de las FARC: Fayad, Pizarro y otros. Todos los contactos con la guerrilla habían quedado cerrados y se sabía que a ellos también les había caído el “agua sucia”. No hubo forma de comunicación por mucho tiempo para explicarles. Estaba “rezado” El Flaco se convierte en el líder máximo porque era el que logra unificar a todas las personas que se involucran en la nueva organización en formación, provenientes de varios sectores políticos y sociales. Era el jefe indiscutible y, como era el jefe, se resolvió q,ue había que cuidarlo y que por lo tanto no debía participar en acciones. Esto a él no lo convencía y no siempre lo acataba e inclusive argumentaba que estaba “rezado” y que Clementina, a través de unos grupos gnósticos, lo protegía. En el operativo de la espada de Bolívar, en la Quinta de Bolívar, lo único que él debía hacer era estar con un vehículo a una distancia convenida, donde algunos debíamos abordarlo a la salida de la acción. Él decidió colocarse mucho más cerca de la Quinta lo cual desorientó a algunos de los compañeros. Su angustia por los compañeros que hacían parte de la acción y que de pronto podían correr peligro y su necesidad de estar cerca a la acción, lo llevaron a incumplir esta parte del plan.

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Era como el vocero La campaña de la prensa por la expectativa del M-19 se la gozó el Flaco como un niño. Durante esos días, a todo el mundo le preguntaba, en la calle, donde fuera: “¿Sabe qué es el M-19?” El era romo el vocero, al igual que la prensa, de esa campaña y de ese nombre. El Flaco creía en el poder de la publicidad y conocía bastante al respecto. Era una de sus aficiones y marcó y guió a la organización en ese sentido. Estaba convencido de que con la publicidad, el nombre del M -19 y sus mensajes penetrarían en las masas en igual forma que los productos Colgate o Coca-Cola. Se preocupaba por que el volante, folletico, etc., tuviera un aspecto o forma agradable, distanciándose en esto de lo tradicional en la izquierda. Disponer de la vida de otro, lo cuestionaba En las etapas que viví en San Andrés; el Flaco me escribía y me mantenía al tanto de la organización. Una vez recibí una carta donde me decía que debía regresar urgentemente. Cuando llego a Bogotá, acababan de retener a José Raquel Mercado. Se resolvió mi vinculación a la gerencia de “Mayorías” y a la Anapo Socialista y me fijan sitio de vivienda. Un día cualquiera, cuando todavía no había amanecido siento que alguien entra al apartamento. Como estábamos en una situación tensa, me asusté y al saltar de la cama me encontré con el Flaco. Era extraña su presencia allí y su cara de angustia. Le pregunté: “¿Ya?”, y contestó: “Sí”. Estuvimos varias horas conversando y mirando el futuro a partir de ese hecho. La decisión de ajusticiar a Mercado ya eran palabras mayores. Dejábamos de ser los muchachos audaces y simpáticos. El hecho de haberle quitado la vida a un ser humano era su mayor angustia, su mayor preocupación. El disponer de la vida de otro, lo cuestionaba. Allí conmigo; se descargó y se fue un poco más tranquilo. Yo nunca quise saber quién disparó. Con ese hombre tenemos que hablar Desde que empezaron a salir en la prensa algunos artículos sobre Omar Torrijos, el Flaco se sintió identificado. “¡Por ahí es! Es el camino nacionalista, es la lucha contra el imperialismo. Ese es nuestro camino. Con ese hombre tenemos que hablar”. Algunos de los compañeros negaban las posibilidades de Torrijos por ser militar. El Flaco insistía en que lo importante del hombre eran sus posiciones. No aceptaba el sectarismo con el que lo querían mirar y siempre estuvo al tanto del proceso de Torrijos. Gaddafi fue otro personaje con el que se identificó y que lo impactó. El Flaco se interesó por muchísimas cosas y muchísima gente. Estaba dispuesto a entrar en contacto con muchas personalidades de las artes y la política, de igual forma que con personas sencillas y desconocidas. Era la actitud de la persona que necesita “estar en todo, porque de todo sacaba enseñanzas. Recuerdo largas horas de conversaciones con una chica que trabajaba en mi casa, que provenía de la región de dominio de Efraín González. A través de ella, conoció los mitos que se habían tejido alrededor de este

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personaje y la admiración y respeto que obtuvo de su gente, que se contraponían a la imagen de matón y bandolero con que fue tratado por la prensa. Varias veces lo acompañé a observar la casita donde “Papá Efraín” se había enfrentado a quinientos soldados y donde muere cuando trata de escapar saltando un alambrado. Sentí como un presagio La última vez que nos vimos fue en una situación muy dramática. Un día se me apareció el Flaco a la agencia de publicidad donde trabajaba. ¡Estaba en la puerta! Me extrañé de su presencia física allí. Normalmente mediaba una llamada o una cita. ¿Qué estaría pasando? Salimos a una cafetería. El Flaco me cuenta que la cosa se iba a poner dura y que yo debía viajar con Valentina, mi hija, para México. Yo, en ese momento, no estaba dispuesta a seguir corriendo por todo el país, y menos internacionalizar la locura. Tenía la responsabilidad de Valentina, que ya era una adolescente; estaba asumiendo ser madre y mi hija en ese momento me necesitaba. Él insistía en que no me podía quedar “volando”. Yo me negué. Debido a mi doble nacionalidad, él veía mi situación muy compleja y peligrosa. En medio del llanto, se tomó la decisión de que no podía volver a verlo a él ni a ninguno de la organización. En caso de cualquier cosa, yo no los iba a negar, pero la verdad es que no tenía la menor idea de dónde encontrarlos. ¡No podía negar los amigos de tantos años! Al Flaco esto le parecía una locura y temía por mí vida. Mientras lloraba, vi a mi alrededor muchísima gente vestida de negro, también llorando. Sentí como un presagio. El Flaco no pudo calmarme. Esa cafetería quedaba al lado de la Funeraria Gaviria y los deudos entraban allí a tomar café. Era la imagen de la muerte. Esperábamos que el Eme se hiciera sentir el 19 de abril Para nosotros, el mes de abril siempre tuvo una significación especial: el 23 de abril cumplía años el Flaco y adoptamos el 19 de abril como nombre de nuestro movimiento. Todos siempre esperábamos que el Eme se hiciera sentir el 19 de abril o en abril. En abril de 1983 tenía esa expectativa. Ya me encontraba en Urabá, pero empecé a sentir que el Flaco venía. Yo siempre había tenido esas premoniciones antes de que apareciera el Flaco, era como una sensación de sentirlo cerca una especie de telepatía o transmisión mental. Estaba segura de su pronta presencia y me estaba preparando para eso. Luego empecé a soñar permanentemente con dos imágenes: la primera, cuando lo conocí —allí en el marco de la puerta— y la última, en la cafetería. Estos sueños se me fueron convirtiendo en pesadillas y me despertaba gritando. De un momento a otro, desaparecieron. No mucho tiempo después, mi madre, que vivía en Cartagena, me llamó a contarme que había el rumor de que Bateman había muerto. No lo quise creer. Pensé que era una de las tantas muertes deseadas por el enemigo. Sin embargo, resolví buscar a algún compañero. Fue triste saber que esos sueños avisaban el final del ciclo de nuestro amor.

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“EL FLACO NO SE IBA A PERDER DE NADA EN LA VIDA” Gabriel Gómez (Fundador del M-19) He estado echándole cabeza: ¿Cuándo sería la primera vez que lo vi? Creo que fue en un enredo, bregando a prender un jeep... No prendía. Tuvimos que empujarlo por una calle. Tuvimos que empujar él y yo solos. Nunca lo había visto, Al cabo de dos horas de estar como a tres cuadras de donde debíamos estar, dijo: “¡Maldita sea! por eso es que yo, digo que no me den carros que no he manejado”. En todo caso, era gasolina lo que le faltaba. Por fin arrancó y nos fuimos. Ese día quedé con un susto tenaz. Yo era estudiante y era la primera vez que iba a un operativo. Bateman era uno de los poquitos guerrilleros de carne y hueso que yo conocía y no era como uno se los imaginaba: que lo sabían hacer todo, que lo manejaban todo. La cosa era para morirse de la risa. La palabra de moda para él en ese momento era imponderable. “Esos son los imponderables que hay que prever”. Esa fue la primera vez que lo vi y me pareció muy, muy gracioso. Yo antes había conocido a Iván, que era otro cuento: calmadito y callado. Y el Flaco era otro paseo: hable y joda y mame gallo... Yo duré mucho tiempo en aterrizar porque venía de esos grupos camilistas, muy ordenaditos, muy juiciosos, con mucha mentalidad cristiana. Venía acostumbrado a ese sectarismo. La pañalera El Flaco andaba armado a toda hora. Uno le preguntaba: “¿A usted no lo paran en la calle?”, y él contestaba que nunca lo paraban; o que si lo paraban, no le encontraban el arma, ni lo esculcaban. A uno sí lo paraban y le pedían papeles, y era por la actitud... Al cabo de los años uno descubre que era eso, la actitud. Yo vivía en esa época en el apartamento con el Flaco. Una vez llegó a casa con mucha piedra. Contó que iban en un jeep y se encontraron un retén; entonces él sacó la pistola y la echó en la pañalera de la niña que venía detrás. Pasaron el retén, no los pararon. ¡Y en un semáforo donde se detuvieron les robaron la pañalera con la pistola! ¡Huy!, ¡qué piedra tan hijueputa!!... “¿Por qué metí esa vaina allá?”; decía. Pero también le dio mucha risa. El censo Otro momento que para mí fue muy bonito fue durante una semana que pasamos en el apartamento Iván, el Flaco y yo, La mujer del Flaco se había ido con las niñas para Santa Marta y nos quedamos ahí. Fue por la época del censo, en el setenta y pico, y, por supuesto, nos censaron. Estuvimos toda una noche preparando el tal censo, pensando: si el pobre sardina de bachillerato preguntaba: “¿Quién vive en esta casa?”, teníamos que tener todas las respuestas bien preparaditas, Yo no me acuerdo al fin quién dio toda la información pertinente, pero lo bueno de ese cuento es que en esa semana nadie en esa casa lavó un plato. Era todo basura. Iván Marino todos los días alegaba por el desorden, pero tampoco hacía nada... y decía: “¿Por qué no lavamos los platos? No se puede vivir así… si pasa algo aquí en este desorden, ¿qué hacemos?” No había plata para hacer

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nada... y en esa casa todo el día encerrados hablando paja. Fue algo muy especial para mí, que era muy sardino en esa época, porque escuchaba un montón de experiencias; era vivir un montón de cosas a la vez. El que la cagaba, la cagaba... El Flaco creía mucho en la gente y eso para uno era muy importante. Uno se veía asumiendo responsabilidades muy grandes y ahora uno se pregunta: ¿por qué? Era simplemente que nos daba confianza y uno hacía las cosas y las hacía, mal o bien o lo que fuera, pero las hacía. Lo otro que me impresionó siempre era esa actitud de no estar haciéndole juicios a la gente. Juicios en ningún sentido, pues el que la cagaba, la cagaba y siga; nunca nadie fue “ajusticiado”. El Flaco no era un comandante en el sentido de que uno tuviera que deberle sagrado respeto. Era un tipo muy distinto a todos esos estereotipos que se habían conformado en los años 70 de lo que era un guerrillero, de lo que era un revolucionario, de lo que era un mamerto, de lo que era un ML. Había todo un mito. Y eso no encajaba para nada en la imagen que uno veía del Flaco. No sabía de todo. No daba cartilla. No estaba en plan de dar lecciones a toda hora. En esos días en la casa de Iván Marino: “Ustedes no hacen ejercicio. Vea esa barriga que tiene, Flaco”. “¿Barriga?” Esa que le salía como un corozo. “Sí, usted no hace ejercicio”. “¿Para qué?” “Cualquier día de estos nos toca volvernos a meter al monte y usted ¿qué va a hacer?” “Ah, pues vuelve y juega; corre uno y baja la barriga. Si no corre lo joden”. Así que era eso. Hay que hacer ejercicio pero no porque sí. Iván se levantaba a hacer gimnasia y se mantenía en forma y el Flaco se engordaba. Un par de locos siempre juntos Iván y el Flaco: un par de locos siempre juntos. Yo no puedo pensar en el Flaco sin pensar en Iván. No puedo pensar en el uno sin el otro; un par de personas metidas en el mismo cuento desde dos ángulos completamente distintos, desde dos estilos muy distintos, desde preocupaciones muy distintas, pero siempre vibrando en la misma onda. Un caso muy especial de dos personas que se querían, que se necesitaban, que se complementaban. Se peleaban... todo el día peleaban, alegaban, se encarretaban. La muerte del Flaco debió haber sido absolutamente despistadora para Iván. Uno no se imagina que pudieran andar solos... menos Iván que el Flaco. Iván siempre estaba organizado, aterrizando las cosas, sin que se pueda decir tampoco que eran como dos funciones distintas, el uno el político y el otro el militar; no era eso, eran dos preocupaciones que se complementaban. El no se iba a perder de nada... En una ocasión nos fuimos en tren a Medellín y el tren se descarriló. ¡El Flaco, feliz! Para él no había ningún afán. “Vamos a ver qué pasó”. Viajaban en un vagón unos caballos finísimos de unos gitanos y el Flaco, feliz, hablando con los gitanos de caballos; ¡lo mentiroso que era! Ahí estuvimos catorce horas padeciendo los zancudos; y el Flaco, dichoso con los gitanos, hablando con ellos, hasta que encarrilaron el maldito tren.

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Él no se iba a perder de nada en la vida. Tenía esa característica. Si había posibilidad de montarse en un globo, se montaba. Yo creo que por eso Pacheco y él se entendieron tanto, porque ese tipo de aventuras le encantaban. Así era. “ERA UN POLÍTICO NATO, CON LA VIRTUD INSÓLITA DE ATREVERSE A SER ÉL MISMO” Otty Patiño (Fundador del M-19. Miembro de la asamblea nacional constituyente” En el 72 andábamos buscando la conexión entre el problema de la lucha de masas y la lucha armada. Hablé con Enrique Santos Calderón sobre esto y días después recibí una llamada sobre una cita. Llegó el hombre de la cita en un yipcito de mala muerte. Yo andaba en la clandestinidad en ese tiempo, pero el hombre me inspiró tal grado de confianza que le mostré el sitio donde yo vivía, y eso en esa época era un pecado mortal. Yo no sabía quién era ni nada. Simplemente tenía el aval de alguien de confianza que me conectaba con él y que incluso no estuvo presente en la cita. Bateman empezó a chicanearme con una pistola Walter —siempre le gustaron las pistolas Walter—. Yo estaba viviendo con dos compañeros en un barrio que se llamaba Santa Rosa y allá lo llevé y los compañeros por supuesto se pegaron un susto tremendo. Ahí empezamos a conocernos con el Flaco Bateman. Después nos reunimos con Otero y con Iván Marino, que era el grupito eje de los “Los Comuneros”. Exageraciones e invenciones Daba la impresión el Flaco de ser muy liberal porque era muy audaz para entrarle a la gente. Tenía un sentido práctico de las cosas, pero a la vez mucha seguridad y mucha convicción de lo que hacía. Una de las características de Bateman era que no tenía un gran rigor teórico y por eso en ocasiones se valía de exageraciones e hipérboles para sustentar sus intuiciones políticas, que generalmente eran muy certeras. Uno le creía y después los acontecimientos probaban la certeza de sus intuiciones. Les ponía tanta fuerza a sus sustentaciones que a veces caía en exageraciones e invenciones, aún en los datos estadísticos. Con el grupo “Los Comuneros”, empezó a perfilarse la creación del Eme. Nosotros tuvimos un pequeño problema de seguridad y al poco tiempo y sin dudarlo dos veces, el Flaco nos llevó a otro lugar, donde concurrían todos los Comuneros. Era el apartamento de Luis Otero. A la vez que Bateman era muy exagerado, era muy seguro y modesto en la relación cotidiana y lo engañaba a uno; o quizás yo me engañé, porque cuando lo logré apreciar por primera vez en una reunión, entendí que estaba al frente de 'un superdotado político. Me sentí avergonzado porque yo había hablado mucha paja, había dicho cosas que eran absolutamente teóricas y especulativas...

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El planteó que escribiéramos un material para que tuviéramos un punto de partida. Escribimos el material y a nosotros nos parecía la verraquera. Y, claro, él con sus exageraciones dijo: “Yo ya me lo aprendí de memoria”. ¡Era un jodido! Desde la primera reunión empecé a sentir su calibre. Era un político nato, con la virtud insólita de atreverse a ser él mismo, de hacer un discurso propio, de ser auténtico. Dentro de un medio tan acartonado políticamente, un discurso original era un atrevimiento, una irreverencia, y sobre todo una enseñanza. El mundo era de él Después vinieron los encuentros operacionales. Planificábamos entre todos, pero generalmente la gente que ha visto películas cree que las planificaciones son milimétricas, y no. Bateman tenía muy claro que el plan era una guía para la acción, pero no una camisa de fuerza. Por eso nos fue muy bien en todas las acciones donde él estuvo. Por eso fue ganando, además del prestigio político, un prestigio militar bastante grande. Iván Marino tenía más el sentido de la improvisación en la acción. Bateman, a pesar de la dificultad que le impedía estar interviniendo en todo, por su estatura que lo hacía fácil de identificar —casi siempre se quedaba manejando el jeep— tenía un papel en la planificación definitivo. Él hizo que gente que jamás había pensado participar en operativos se metiera en cosas grandes. Otra persona distinta no los hubiera convencido jamás de participar en operativos armados. Una vez que surgió un operativo en el centro de Bogotá, él decía: “Es sencillo, no es sino entrar y salir y si hay un policía, se ‘arregla’ y listo. Todos los días a esa hora la policía se da tiros con los ladrones en la séptima; o sea, que eso ya hace parte de la ‘normalidad’”. Algo que era casi un suicidio, él lo pintaba con unos colores de “normalidad” que nos parecía una tontería no hacerlo. El otro elemento de su personalidad era sentirse legítimo en lo que estaba haciendo. Siempre estaba silbando, moviendo los brazos. Nunca se le vio en actitud clandestina de esconderse. Sentía que el mundo era de él y por eso hacía lo que creía que debía hacer con toda la tranquilidad. No era misterioso y nunca te hablaba con sobreentendidos. El Cantón se hizo a pesar de que los técnicos y los ingenieros dijeran que era imposible porque el suelo allí no permitía hacer túneles, y él le echó el cuento a la gente de que se había hecho un estudio el verraco para hacer ese túnel y que sí, ¡que se podía hacer! Y trajo un minero, que fue el que cavó el túnel, ¡un minero! Otra persona le hace caso al técnico y no se hubiera lanzado, pero la voluntad y la certeza de que había que hacerlo, biza que eso fuera posible. En los momentos malos, salen con algo nuevo La concepción misma de formar un nuevo ejército. Pensaba que si no se lograba formar, no valía la pena ser guerrillero por demasiado tiempo. Si no se lograba producir el tránsito de la guerrilla a una fuerza considerable, no valía la pena quedarse en eso toda

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la vida. Lo del avión de Aeropesca fue por eso. Se trataba de meter armas de cierta calidad para romper el esquema de ser una guerrilla que se sentía siempre en condiciones inferiores por la calidad del armamento. También le metió mucho a la radiocomunicación. Pero eso era difícil; no era simplemente llevar un radio, era crear una mentalidad distinta. Cuando llegaron las armas, el ejército supo que el Eme podía dar el salto y empezó la persecución más atroz, no sólo contra el Eme, también contra la población civil. Eso fue como una maldición. Bateman produjo en la práctica una revolución militar en la guerrilla colombiana —incompleta, desde luego—. Después, esta concepción se expandió a otros grupos guerrilleros, incluso después de su muerte. Lograr la revolución interna en el M-19 fue terrible, nada fácil. La guerrilla se nutría del campesinado y los cuadros urbanos estaban en desventaja. Bateman sí tenía autoridad porque echaba cuentos y descrestaba. Conocía la mentalidad campesina y urbana y echaba cañazos. La toma de Curillo, como primer intento de hacer una acción militar distinta para probar la nueva concepción, fue un fracaso. Después fue mejor en lo de Mocoa, a pesar de que fue un cañazo. El ejército estaba verracamente mal armado y era la primera vez que una guerrilla se atrevía a tomarse una capital. Casi nadie tenía experiencia guerrillera; tal vez un muchacho que había estado en el ELN y que pensaba que esa operación era una locura completa y no quiso participar. El Flaco, de todas maneras, se atrevió a meterse y le salió bien. ¿Qué tal? Logró controlar el sector fundamental del lugar, sacar un dinero de la Caja Agraria, neutralizar el puesto de policía y salir. La prensa habló montones de la toma de Mocoa. Le dio mucha importancia y se nos subió la moral. Era un momento muy difícil porque habían fracasado muchas cosas y nos habían agarrado con un camión lleno de armas. Él tenía ese sentido raro de que en los momentos difíciles había que salir con algo nuevo. “Las armas son lo de menos” Después de la Embajada, se le ocurre la propuesta del Diálogo y se obsesiona con la paz. Y la paz en ese momento era una pelea muy dura, porque había que convencer primero a nuestra propia gente, y en eso estuvo prácticamente casi un año por todo el país, hablando con todo el mundo, uno a uno, haciéndoles entender el sentido que tenía la paz. Que la política estaba por encima de las armas, decía. Parecía una cosa tan sencilla y tan elemental pensar que “la política es la que dirige las armas”, ¡pero vaya y convenza a la gente! Bateman decía también: “Las armas son lo de menos”, y uno no entendía un carajo. ¿Cómo así que las armas eran lo de menos? Parecía una de sus tantas exageraciones, sobre todo en ese momento, cuando estaba perfilando un núcleo guerrillero con la capacidad de convertirse en ejército. Entonces, cuando se estaba en un ascenso militar, se nos atraviesa el proceso de paz y se nos entrecruzan esas dos cosas, la guerra y la paz.

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Un iluminado político En la Octava Conferencia, que fue fundamentalmente militar, Belisario lanza la onda de un gobierno hacia la paz, propone lo de la amnistía y se abren nuevos espacios políticos. Indudablemente que eso fue muy de la política de Belisario, no de los partidos ni del Estado en su conjunto. Era la voluntad de una persona. Bateman se dio cuenta y por eso nunca le tuvo mucha confianza a ese proceso. Preveía que la guerra se iba a agudizar, pero que no era el momento de hacerla y que tampoco era el momento de la paz. Cuando Belisario lanzó la amnistía, él lanza la consigna de “La amnistía no es la paz” y las armas cobran una función política nueva. Bateman plantea tres elementos del conflicto: la tregua, el diálogo y la amnistía. La amnistía no era suficiente. Tenía una perspectiva más integral de la paz. Finalmente se abrió paso, pero eso ya lamentablemente no lo alcanzó a ver Bateman. Sin embargo, lo sabía y lo dice en un programa de Televisa: “¿Cómo le van a llamar a usted?”, y él contesta: “Voy a ser un profeta de la paz”. Tiene la intuición de ser el anunciador de que la guerra que se venía es la guerra por la paz. Decía también: “El que se quede con la bandera de la paz, gana la guerra”. El aporte histórico de Bateman es inmenso. A veces no lo citamos lo suficiente por temor a parecer sectarios, pero el aporte de Bateman fue su visión profética. Era un iluminado político. “Vengan que sí es por aquí” Otra obsesión suya era la relación con los militares, pero en eso no tuvo éxito. Como que no eran los tiempos. Desde cuando estaba en las FARC, editaba un periodiquito que se llamaba “Estrella Dorada”. Luego en el Eme seguimos insistiendo en eso. Era muy difícil estar haciendo la guerra y por otro lado buscar interlocutor en el “adversario”. Bateman sabía que dentro de las fuerzas armadas también se movía un sentimiento antioligárquico, sobre todo contra los políticos, porque ellos, los oligarcas, ponían a los militares a hacer el “trabajo sucio” y luego se lavaban las manos. “Tenemos que buscar la manera de hablar con los militares”, decía. “Hay que establecer una línea de comunicación con ellos”. No se logró. Él muere en mal momento. La paz todavía era un proceso incipiente. Él muere en un momento muy complicado porque ninguna de sus premoniciones era cierta todavía, ninguna. Desbrozó un camino y no vio los resultados, pero presintió el futuro. A nivel nuestro, había muchas dudas sobre los planteamientos de Bateman. Era el momento de la encrucijada, cuando nos empezábamos a preguntar todo de nuevo... El papel de las armas era un papel muy indefinido. Descubríamos que el país estaba en un proceso de paz, que la paz era la única salida posible. Apenas se estaba avanzando en eso. Él mismo tenía muchas dudas. Bateman era un hombre capaz de vivir la soledad... La soledad del conector, del que tiene que aventurarse por un camino incierto, subir a una colina y luego de ver que los vientos empiezan a silbar, decir: “Vengan que sí es por aquí”. Mientras tanto en esos espacios de tiempo de la aventura solitaria, nadie aparece. La gente cree que se volvió loco ó prefiere esperar que el dirigente se equivoque. Bateman tenía: mucha autoridad ganada; tanta,

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que mucha gente le creía sin mucho discernimiento; otros establecían niveles críticos, pero le reconocían la autoridad. Murió en un momento muy complicado; por eso nos hizo sentir un sentimiento de orfandad. “¿Quién podrá salvarnos?”, era nuestra pregunta. Para Fayad y para Iván, que tenían que asumir la responsabilidad, tuvo que ser muy difícil. La grandeza de su sueño Bateman fue creciendo de una manera acelerada. En el 79, cuando descubrimos que el eje de la política colombiana era la democracia y no el socialismo, encontramos el camino del cambio y, como continuamente se estaba superando, nos tomó mucha distancia. Formó un equipo contradictorio y complementario con Iván y con Fayad. A Iván le gustaban las cosas tangibles y Fayad trataba de teorizar mucho, de darle permanentemente rigor a las intuiciones de Bateman. Cuando se lograban poner de acuerdo los tres, las cosas funcionaban muy bien, y cuando no, era el despelote. Bateman era el dirigente y nos condujo hasta donde la vida le dio, cagado de la risa. Yo pienso que lo que él soñó, ahí está, que el poder está ahí. Lo veo diciendo: “¿No era lo que queríamos?” Frente a los conflictos que ahora se desatan, frente a las pequeñas competencias, él se engrandece. El sueño de Bateman se concreta en estos momentos, pero se necesita mucha grandeza para conducirlo. Alumno aventajado Bateman logra sacar a las FARC del ostracismo, a pesar de todo lo que las FARC habían hecho contra él. Desde donde estábamos, les decía todo el tiempo: “¿Qué hubo? ¡Salgan! ¡Ustedes deben salir, hacerse conocer! Díganle a la gente que ustedes tienen valores, no que solamente son guerrilleros”. Jacobo sabía que Bateman había sido un alumno de él, un alumno que lo aventajó. “PARA MI, CUANDO MURIÓ JAIME, MURIO EL EME” Carlos Duplat (Director de teatro y televisión. Militante del M-19 por muchos años. Protagonista del operativo del Cantón Norte) Yo conocí a Bateman en el 63 o 64, en la Universidad Nacional. Coincidimos allá, pero no fue por ese lado que se inició la amistad. Fue más bien por el lado de María Arango, cuando ella fue reina de la Universidad Nacional y empezaba sus amores con Marroco. Él estaba en plena militancia de la Juventud Comunista. Era un tipo chévere, alegre, impulsor del movimiento estudiantil de los años 62-63. Después lo seguí viendo periódicamente. Él se enmantó y nos encontramos otra vez en casa de María y Marroco, cuando vivían al pie de la Universidad Nacional. Lo vi en otra ocasión cuando Federico Arango, el hermano de María, se iba para el monte. Le habían organizado una despedida y estaban todos reunidos. Estaba Caycedo y otros... Era muy alegre en todas esas reuniones. Recuerdo una fiesta en Colseguros, como en el 78. Margalida Castro estaba tocando en su flauta a Bach, música clásica... y el Flaco decidió bailar. Margalida se

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indignó porque el Flaco bailaba una música que era para escuchar. Después duró perdido un montonón de tiempo, hasta que nos volvimos encontrar cuando regresé a trabajar con Fals Borda en Alternativa. Terminarán echándome Otra vez estuvimos haciendo una promoción de los planteamientos de la izquierda y él nos facilitó para la revista los documentos de las FARC. Actitudes como esta le llamaban a uno mucho la atención. Lo común en ese momento era el sectarismo. Inclusive él planteaba la importancia de promover la existencia de otros grupos armados y buscar el acercamiento con otras organizaciones, y como amigos promovíamos lo que él estaba planteando y estaba haciendo. Por ejemplo, sacamos el documento de la toma de la reunión de la Anapo, también el del robo de la espada de Bolívar. En Alternativa me veían como si fuera del Eme y por eso terminaron echándome. En ese momento me lancé definitivamente a la militancia en el M-19. El alter ego de Jaime Me fui metiendo con el M en el campo de la impresión y en los trabajos del periódico. Una cosa que a uno lo motivaba en el M-19 era la presencia humana de Bateman. Para mí eso fue algo muy importante. Él era una persona que me brindaba seguridad. En él no se asomaba el deseo de poder. Yo había sido muy escurridizo en las cuestiones de la militancia. Me le había escurrido a la JUCO, también a los Elenos, a los del ML, a los del MOIR y a todo ese sector chinista. En cambio, con el Flaco en el M-19 uno veía la necesidad de un movimiento que desarrollara la revolución colombiana por una vía que respetara las diferentes posiciones políticas que había en el país; que se apoyara en las masas y que tuviera una perspectiva democrática; que se inspirara en el pensamiento socialista. Otro que apoyaba también ese proyecto era Pizarro. Él era la otra parte de la conciencia de Bateman, el alter ego de Jaime. Él tenía que estar en la movida La relación con Bateman, a partir de ese momento, se planteó fundamentalmente en el terreno de la militancia. Eso de compartir los tragos, las fiestas y todo eso desapareció. Luego empezamos a estudiar el conflicto de Indupalma; había que garantizar que la lucha de los trabajadores se desarrollara. El planteamiento de Bateman era que había que agarrar al gerente de Indupalma y garantizar que la pelea fuera de igual a igual. Bateman estuvo todo el tiempo metido en el proyecto, en el desarrollo de la planeación y en la realización del operativo. A pesar de ser el dirigente máximo y que por lo tanto tenía prohibido acercarse a cierto tipo de acciones, estuvo a 15 metros de distancia, viendo cómo se estaba desarrollando todo el operativo. Él tenía que estar en la movida. Después a mí me tocó participar en todas las conferencias con el Flaco. Me tocó también entrar a evaluarlo cuando se planteó la creación de rangos dentro de la organización. Era indiscutible, el comandante era Bateman. Bateman era el M-19.

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En el mismo paseo También me tocó estar muy cerca de Bateman cuando lo del Cantón Norte. Se planteaba lanzar la gente hacia los campos; entonces había que conseguir las armas. Nos propusimos primero organizar un asalto a un camión que salía cargado de armas del Cantón Norte y realizaba todo un recorrido hasta el Ministerio de Defensa. Bateman mantenía muy buenas relaciones en ese sector. Para uno, que provenía de la izquierda, los militares seguían siendo militares. De todas formas uno tenía ese prejuicio: que el militar era antes que todo militar. Jaime peleaba mucho por lograr el respeto hacia ellos. Creía que eran personas con las cuales uno podía llegar a hablar, a discutir y a tratar de ganarlos. Y, además, lo hacía. Conocía gente de los altos niveles con los cuales mantenía relaciones muy buenas de respeto y camaradería. Decía que los militares y nosotros estábamos en el mismo paseo y en la misma Colombia y por lo tanto del ejército había que sacar gente. Toda la información que tenía sobre el Cantón era perfecta y muy completa. El Cantonazo El plan inicial era sobre ese camión; un operativo loco. Era un camión que cargaba cerca de doscientas armas de diferentes tipos. El camión hacía siempre el recorrido desde el Cantón hacia el Ministerio de Defensa. Eran las armas que le incautaban a la gente. Lo que se estaba planeando era un golpe de mano jodido, en la mitad de la calle, con una gente vestida de policía militar. Estuvieron incluso entrenando un grupo. Bateman supervisaba todo muy de cerca. Conseguimos cuatro muchachos altos, bien entrenados, que iban a hacer de PM para desviar y retener el camión. Era una operación tenaz. Cuando se iba a hacer el operativo, dijo Bateman: “El asunto se suspende, tenemos otro mayor. Ya no van a ser doscientas. Van a ser como cuatro mil o cinco mil armas que están en el Cantón”. Nos propuso hacer el Cantonazo. Él tenía ya toda la información. Se comenzó a preparar y él estuvo todo el tiempo muy metido en el proyecto. Ayudó personalmente a conseguir la casa y la información de lo que había por dentro; organizó el plan. A mí me tocó llevarlo a la práctica. El desarrollo del plan fue una cosa muy bonita y muy chévere, algo muy alegre. Como operativo fue algo muy limpio, muy especial. Algunos estaban enardecidos con que había que volar el lugar. ¡Se sacaban las armas y se volaba todo! Bateman se opuso en la forma más radical a ese planteamiento. Él decía que el golpe de opinión que obtuviéramos con la sacada de las armas era mucho más importante que el que hubiéramos producido con una mansalviada. Insistió mucho para que no se hiciera; Fayad, en cambio, quería que se volara el Cantón. Después del Cantón perdí contacto con el Flaco. Cuando salimos de la cárcel, después de cuatro años de presidio, me vi con su mamá, Clementina: y nos saludamos a través de ella, pero él estaba muy escondido.

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En la práctica era muy duro Yo no entendía la posición de Jaime en esa época. El hacía el planteamiento de la apertura democrática y la gente se lanzaba a trabajar en todos los niveles, político, económico, cultural. De pronto empieza a endurecerse ese planteamiento. Como a los cuatro o cinco meses comienzan a sacar la gente y a llevársela para el monte. El planteamiento de Bateman seguía siendo el de la apertura, pero en la práctica era muy duro. Con Ramiro Lucio estuvimos debatiendo mucho todo eso. Con Carlos Toledo también discutimos en Bucaramanga. Sin embargo, se quedó mucha gente en las ciudades. La muerte de Jaime sucede en la etapa de endurecimiento de la organización. Tal vez no había cuadros listos para lanzarse a la apertura. Muy pocas personas estaban capacitadas para eso. La audiencia nacional que tenía el M-19 en los primeros cuatro meses del 82 era de las más gigantescas que podía tener cualquier movimiento, cualquier organización política o revolucionaria en este país. Mucha gente estaba dispuesta a apoyar no sólo el movimiento sino a un líder carismático como Bateman. Difícilmente se encuentra un apoyo tan grande. Y con el endurecimiento y el recular hacia el monte comenzó a bajar el apoyo, a mermarse... El planteamiento era que para hacer una propuesta de apertura democrática se necesitaba presentarse con fuerza. Y para ir con fuerza se necesitaba ir con armas, para reforzar el poder de discusión del Eme. Bateman buscaba un acercamiento dentro de una apertura, pero desde una posición de fuerza. Cuando murió Jaime murió el Eme para mí. Él era quien lo aglutinaba, quien lo simbolizaba y quien mantenía su existencia. Él le daba credibilidad, mística. Era la fuerza misma del Eme. Su muerte fue un hecho absurdo. A mí me dolió terriblemente. Eso fue tenaz, tanto que después de su muerte consideré que hasta ahí habla llegado yo en el M-19.

10. EL FLACO Y LA LOCURA

“…nosotros, la izquierda, debemos despertar al idealismo. Nos hemos negado el idealismo que es el puro sabor de la utopía…”

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“ÉL INTERPRETÓ NUESTRA LOCURA Y EMPEZÓ A ENCONTRARLE SALIDAS, REIVINDICÁNDOLA” Eddie Armando (Dramaturgo y actor. Director del Teatro “La Mama”. Fundador del M-19) El mundo ha hecho un tránsito hacia la espiritualidad, desarmándose del exceso de racionalismo que nos guió durante 25 ó 30 años, y en ese momento de exceso de racionalismo es cuando aparece la figura de Pablo. El mayor reconocimiento que le puedo hacer y donde lo encuentro más universal, más eficaz y más actual, es en la interpretación de esa locura. De la locura de él yo me alimento Estamos formados en un país muy godo, un país de muchas tradiciones, muy conservador, muy amarrado a las costumbres, a los modos de pensar, a la tradición familiar, a la tradición partidista, a las conductas aprendidas de abuelos a padres. Este es un país godo y sigue siéndolo en su cotidianidad y en las cosas profundas con mayor razón: la religión, la política... De eso no se escapa la izquierda ni la derecha; tenemos el mismo modelo. Aparece el fenómeno de la violencia: año 48, muere Gaitán y eso desencadena y trastoca muchos valores. Los trastoca y pone al país en contraposición con lo que recibió como guía, como formación, con una realidad que es absolutamente despelotada, que no corresponde. El hombre nuestro se enloca. Lo que piensa no coincide con lo que está viviendo. Y eso es lo que hace justamente Pablo: interpretar nuestra locura y encontrarle salidas a esa locura, reivindicándola. Él mismo era un loco maravilloso. Bateman empieza a actuar, a trazar línea, a relacionarse con gente y a querer volver realidades los sueños; sueños que en medio de esos esquemas que teníamos, parecían imposibles y se veían como herejías, groserías, locuras. De loco no lo bajan ni nos han bajado. Es ahí donde cabemos todos. Con él, el M-19 recurre a esta parte del país, a los locos, a los que trabajamos en el campo del arte y la cultura. Ahí es donde menos formalidad se encuentra, donde hay menos rigurosidad en las conductas; ahí es donde existe la ensoñación, la fantasía, el sueño, la locura. Es una relación de locura que se retroalimenta. No es que nosotros somos los locos y él no. Es que él es un loco y yo también soy un loco. De la locura de él yo me alimento y de la locura mía él se alimenta. Cagado de la risa Me seduce la versatilidad de él. Él es un artista, un poeta, un político, un guerrero, un creador. Y es un artista porque es un creador; siempre está transformando, tomando lo que hay y de lo que hay decantando un crisol. Él es un crisol que reúne un grupo de personas: de la guerrilla, del teatro, del exterior, de televisión, u otro que pinta o canta. Bateman recoge todo eso y amalgama con esa gente un proyecto político y lo echa a andar y le imprime un espíritu alegre, dicharachero, mamagallista. Porque él, hasta

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cuando las acciones resultaban un fracaso, salía corriendo cagado de la risa, muerto de las carcajadas y, claro, uno también tiene que hacer lo mismo. Es de una gran versatilidad y está en condiciones de conectarse con cualquier tipo de gente, con cualquier nivel social, de cualquier nivel intelectual. Me parece que es, el símbolo de lo que es un colombiano; tiene todas las facetas de la locombianidad; desde la parte más seria, más trascendental, hasta la locura más inaudita. Eso es lo que le permite conectarse con la gente y armar un proyecto político para el país, no para un grupo o para una secta. Sin rencores, con mucho amor Eso es lo que hace a un artista. Correr riesgos. Apuntándole a lo posible sin tener la verdad. Buscando. Eso es lo que hace eficaz y posible el proyecto. La búsqueda. Si él nos imprime a nosotros, en los orígenes de esto, verdades absolutas, pues habríamos llegado sólo hasta donde nos hubiéramos dado en las narices. EÉl siempre dejó el campo absolutamente abierto. La capacidad creativa era su impulso vital y nos entendíamos en lo que nos entendíamos, donde encontrábamos afinidades. Donde no nos entendíamos, no había problemas; esos terrenos como que no se tocaban. Fíjate que en los momentos más difíciles, incluso de deserciones y de deserciones costosísimas, él no tenía ningún problema en reconciliarse con esas personas o en buscar la posibilidad de seguir trabajando con ellos. Es una persona sin rencores, con mucho amor, lleno de amor todo el tiempo. Además, con una sonrisa de oreja a oreja. En ese sentido creo que caracterizaba al hombre colombiano que, a pesar de los padecimientos y los dolores y la vida tan hijueputa, es un gozón. El proceso creador es un goce, es como hacer teatro. Es lo mismo que hacer teatro. Uno sufre, pero uno no exalta el sufrimiento sino el placer de hacerlo. Con todas las dificultades, con todos los factores en contra, con todos los obstáculos por delante, uno se lo goza, con él se lo gozaba. Creo que es un artista de los cambios de este país. Lo que los otros vienen haciendo son las consecuencias, los resultados de esto que el hombre se inventó. Pienso que es el personaje más importante del siglo en este país. Intenciones, deseos y búsquedas Es a través de una amiga de teatro que tengo la relación inicial con él. Sentí todo tiempo que éramos amigos. De la misma manera que estábamos en la conspiración, nos metíamos en un rumbiadero, o nos íbamos de paseo para Melgar, o estábamos craneando una picardía. Compartíamos todas las cosas de la vida. Lo conozco en un momento en que uno está predispuesto para tos grandes sacrificios. Teníamos la figura romántica del Che, el éxito en ese momento de la revolución cubana y, por otro lado, la herencia de la violencia que de alguna manera, a través de la familia, uno también ha vivido. Ya teníamos un cultivo y aparece el hombre abriendo unas ventanas que tal vez uno estaba buscando, y esto inspira respeto, miedo, pero también una gran seducción. En medio de la jodedera, en medio de la juerga, en medio del goce, se empieza a tejer una relación de amistad. Pese a que fuimos rivales, esto no influyó en haber sido grandes amigos. A mí el Flaco nunca jamás en la vida me inspiró un instante de desconfianza. Esa primera época

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está llena de esa relación, pero esa relación no es sólo ron él. Uno aprende a querer a Lucho, a Iván, a Boris, a Carlos, a Fayad y a muchos. Son relaciones de afecto las que están en la base de la organización del Eme y eso es lo que siento. Mi espíritu, mis recuerdos, mi memoria están impregnados de relaciones de afecto. Empiezo a sentir al Eme y al país desde mis sentimientos, desde mis afectos, más que desde los mismos planteamientos teóricos, o desde unas formulaciones, o desde unos programas. Por eso nunca importaban los programas, por eso nunca importaban las definiciones, porque eran más las ganas y los deseos y la decisión de búsqueda. En eso siempre hemos sido y seguiremos siendo unos artistas. Es mi sensibilidad la que ha estado en juego todo el tiempo, porque lo que yo recibo del Flaco es también la sensibilidad. Eso se vuelve un estilo y lo sentimos las personas que estuvimos cerca cuando apenas éramos un grupito de amigos que en un momento estábamos conspirando y después nos íbamos de paseo. Andábamos para arriba y para abajo, los mismos. ¿Pero, qué era lo que se movía ahí? Las buenas intenciones, los grandes deseos y la búsqueda. Insisto en la búsqueda, creo que el Flaco es un artista de la búsqueda. Los científicos son locos, los artistas son locos y las grandes transformaciones de la historia tienen que ser hechas por locos. Téngase que nos vamos a volver mierda Tengo recuerdos de momentos muy difíciles. El impacto más tenaz que he recibido, que me ha cimbroneado, es cuando con Álvaro Fayad escuchamos la primera noticia de radio de una avioneta que salió de Santa Marta hacia Panamá, desaparecida. Es la sacudida más tenaz, el terremoto interior, ¡casi de pánico! Siento que todo el cuerpo me tiembla, las piernas, la cabeza me da vueltas. Él seguía siendo el adalid de toda esa causa y cuando aparece la posibilidad de su desaparición, es el caos y el miedo a la orfandad. ¿Qué hacer? Si no hay sol, ¿cómo nos alumbramos? Y empieza uno a descubrir que su vida ha sembrado todo ese espíritu en una serie de seres que lo retoman. Es el Flaco corriendo como un loco después de haber fracasado en una acción, cagado de la risa, brincando, gritando y corriendo para volver a coger fuerza. Es el momento de más temor que he sentido en mi vida. Cuando el Flaco desaparece, estoy con Fayad y sigo con él unos dos años en la búsqueda. Recuerdo los ojos de pavor y de desconcierto de Álvaro. ¡Perdido! ¡Mierda, un mundo por delante a encarar y ni idea cómo! Las conversaciones nuestras empezaban o terminaban en Pablo. Era el hilo conductor a través del cual todas las situaciones se daban, se analizaban y se amarraban. Me imaginaba al Flaco cayendo en esa avioneta: “¡Ay jueputa! ¡Negra, téngase que nos vamos a volver mierda!” Lo imagino dando gritos. En las transformaciones y en los acontecimientos trascendentales, en la rumba que es este país, él está presente. Ojalá en las canciones, en el teatro, en la literatura y en el cine. Creo que él se levanta de donde esté a ver esa película. ¡Seguro! La verraquera del Flaco es que nunca se casó con ningún esquema en su vida, ni siquiera en su vida íntima.

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Ejerce la tolerancia sin mencionarla Nunca tuvimos un altercado. ¡Jamás! En todos los años y en todas las cosas que vivimos juntos, nunca un roce. A veces lo vi por ahí peleando, discutiendo. Lo más violento que pudo haber existido fue una vez que dijo: “Claro, como ahora escriben declaraciones mías, firmadas por mí, sin siquiera habérmelas consultado...”, y se estaba refiriendo a algo que yo había escrito y que había mandado a los medios. Él no estaba aquí, estaba en las conversaciones de la tregua y eso lo dijo suave. Era una relación bonita, porque todo era entendiéndose. Él toma la gente como es, entiende al país como es y no como alguien quiere que sea. Esa es la diferencia que enseña él. Uno viene de una relación con unos políticos muy nobles, muy respetables, pero que quieren enseñarle a uno cómo quieren que sea el mundo, y el Flaco lo que hace es aceptarlo como es y a uno tal cual es. Así uno se siente bien, aceptado. No existe el mundo de los buenos y los malos; dentro del moralismo tal vez sí. Es importante la capacidad de tolerancia. Empiezo a encontrar la existencia de la tolerancia en él y después se convierte la tolerancia en un concepto dinamizador de todo este proceso de cambio que el país está viviendo. Porque tolerancia no había por ningún lado, ni en la casa de uno, ni en la vecindad, ni en la iglesia, ni en las organizaciones políticas, y el hombre ejerce la tolerancia sin mencionarla, pero la practica. Del cansancio y de la verraquera Recuerdo cuando entramos de Ecuador a Colombia. Llegamos a una casa donde estaban enterradas unas armas y unos uniformes, los sacamos y nos dan una aguapanela. Cuando salimos de la casa, escuchamos un “¡Paremos aquí!” Eran como las 9:00 de la noche y dice el Flaco: “A partir de este momento se acabó la amistad. En adelante este es un régimen militar. De aquí en adelante este es el Ejército Libertador y vamos a liberar nuestra patria. Entonces, adelante y silencio todo el mundo”. Imagínese usted al Ejército Libertador de doce pelagatos. Creo que ni la mitad de la gente sabía manejar los aparatos, pero la carreta sí hace una mella impresionante para que cada uno se sintiera Simón Bolívar. Era la manera de estimularlo a uno para atravesar la selva durante varios días. ¿Cómo atravesarla sin un estimulante? Entre nosotros, un muchacho que venía de un curso, traía una botella de whisky y, una revista Playboy y le dijo: “¿Hermano, usted qué hace con esta revista? ¿Eso es para hacerse la paja? No, maestro, eso lo debilita. ¿Qué hacemos con esta botella?” Echamos el whisky en una cantimplora con agua y cada que teníamos sed, nos parábamos y bebíamos de la cantimplora. A las 3:00 de la mañana estábamos mamados y llovía. Nos sentamos a descansar y nos quedamos todos dormidos. Se suponía que eran diez o quince minutos. Nos sentamos y se nos fueron las luces a todos. Cuando despertamos, se veía la lucecita del día y estábamos todos alrededor de un charco. Del cansancio y de la borrachera, todos dormidos, fundidos, con las patas en un charco; o sea, que el Ejército Libertador ha podido terminar ahí no más. La gente se imaginaba una cosa como de película y la realidad era sólo eso: voluntad.

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Los mangos tenían el mismo color del sol Estoy convencido de lo que él llamaba la “cadena de los afectos”: “querer a la gente que me rodea, sentirme querido por la gente que me rodea”, esa fuerza, la magia que él practicaba. El único amuleto que le conocí en la selva fue una cebolla. Cargaba una cebolla para arriba y para abajo y decía: “Si yo me pierdo por aquí y me quedo solo, con esta cebolla puedo vivir ocho días, de a mordisquito diario”. Sería una gran falsedad intentar describir al Flaco como un brujo con prácticas ocultas. Al contrario, era el tipo más limpio, más brillante, más iluminado; lo más claro que uno pudo haber conocido como manera de ser, como manera de hacer realidad un sueño. Es la figura de él la que se rodea de esa clase de mitos. Yo, el único fetiche que le conocí fue la cebolla cabezona. La última vez que lo vi fue cuando organicé la entrevista de Santa Marta y al terminar nos fuimos a la playa a comer mangos de azúcar. Nos sentamos frente al mar a mirar el atardecer, la caída del sol. Nos pusimos a hablar del origen del sol, de los eclipses; hablamos de ese atardecer, de esa caída del sol, cómo seria para los hombres primitivos, cómo interpretarían el fenómeno de que se desapareciera el astro Dios; y empezamos a alucinar sobre las galaxias y sobre el cosmos y sobre los viajes interplanetarios y sobre la vida en otros mundos y nos sollamas comiendo mangos de azúcar con el sol al frente y haciendo fantasías con Álvaro Fayad. Ese es el último recuerdo y es bien poético. Los mangos tenían el mismo color del sol. Y esa imagen está llena de color. “ÉRAMOS COMO DOS CUCARRONES ENCERRADOS” Diego León Giraldo (Cineasta, fotógrafo, periodista) Cuando se iban a formar las FARC, que surgen de un proceso que en ese momento se clasificaba como autodefensas, se reunía la gente de Marquetalia, Riochiquito, El Pato, Guayabero, etc. Yo estaba metido con la carreta del cine y la fotografía y consideré que eso había que fotografiarlo. Entonces se lo propuse al partido comunista. Yo tenía unas pocas conexiones. Cecilia Vieira fue la persona que me abrió campo para presentar la iniciativa de fotografiar la conformación de las FARC. La propuesta les quedó sonando porque yo les hice ver que se trataba de un documento histórico en la vida del país. Mientras ellos lo resolvían, se me ocurrió que se debía hacer una película. La respuesta fue: ¡no! Que no me podían llevar porque se corrían riesgos militarmente. Insistí tanto que ese momento se debía filmar, que tuvieron que aceptar. Pero lo tendría que hacer alguno de los compañeros que fuera a participar de ese acontecimiento, y esa persona era el Flaco Bateman. Quédese quieto, Flaco Empezó entonces mi período de instrucción cinematográfica con el Flaco, que sufría de lo mismo que yo: no se podía estar quieto. Éramos como dos cucarrones encerrados. Teníamos un equipo donado por la Unión de Estudiantes Checos; una camarita muy sencilla, de un solo lente con pilas y esa cámara supuestamente la podía manejar cualquier persona que se quedara quieta. El Flaco creyó que podía aprender muy rápido,

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que eso era una vaina muy tonta, y llegó a la casa diciéndome que él ya sabía manejarla. No hicimos pruebas, que era lo que se debía haber hecho. La única recomendación en la que fui perentorio fue: “Quédese quieto, Flaco, que se muevan los personajes. Usted no va de personaje, va de informador”. Filmó todo y todo sale, pero no se ve nada “Donde hayan limpiado un poco el monte, ese es un sitio bueno, por la luz”. Le puse una sola medida de luz para que no tuviera problemas y le indiqué las horas en que podía filmar sin muchos problemas: de 8:00 a.m. a 4:00 p.m. Lo que no filmara a esas horas, no aparecería nunca. Y se fue Bateman a filmar ese documento histórico. Yo me acostaba mirando el techo, pensando si le había dado las instrucciones necesarias para filmar. Era un asunto clave para la historia y además, de esa película se podían sacar las fotografías. Yo me decía: “¡El Flaco seguro viene con algo bueno!” Yo no le eché la culpa a él Regresó por fin muchos días después con el rollo y lo mandé a revelar. Les alcancé a avisar a varias personas. Vinieron Obregón, Feliza, Estrella Nieto. El “Chuli” Martínez. “Tengo una cosa muy importante para ustedes”. Prendimos el proyector y nada. ¡No se quedó quieto el hombre! Filmó todo trabajo, sino al partido que desconfió de mí a sabiendas de que se trataba de un momento histórico que se debía registrar de un momento único e irrepetible... Y todo sale, pero no se ve nada. La cámara la movía a tal velocidad que se le pasaban los guerrilleros, se le pasaba el monte, todo... Debió ser para iniciar la filmación cuando tuvo que quedarse quieto y sólo allí se alcanza a ver al comandante Marulanda y alguien que está cocinando detrás de una estufita en una cocina provisional. Yo no le eché la culpa a él por ese error. “UN HOMBRE DE ESENCIA BOLIVARIANA” Carlos Pizarro Leongómez (Comandante del M-19. Asesinado el 26 de abril de 1990 en pleno vuelo luego de la desmovilización, siendo candidato a la presidencia de la república) ¿Cómo era Bateman? Yo creo que más que todo era un personaje mágico que lograba integrarse en la esencia de lo que es esta nación que despierta en Colombia. Un hombre por fuera completamente del modelo formal, que ha castrado a cantidades de dirigentes populares, dirigentes revolucionarios y aún dirigentes de la clase gobernante de este país. Bateman fue un hombre de esencia bolivariana, lo que le permitía asomarse a la vida nacional con mucha frescura y percibir la debilidad de la oligarquía, su falta de sentido nacionalista, su falta de voluntad de modernización, su falta de raíces con este pueblo. Concebía a la oligarquía como una casta más ligada a lo que pudiera traer de Europa o de Estados

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Unidos que interesada en la construcción de una sociedad colombiana con toda su vitalidad. Una clase dirigente con un síndrome que creo hereda desde las guerras de independencia y la lucha de los comuneros, que es ese enorme temor a un pueblo en movimiento, a un pueblo participando en la construcción de un destino nacional. Eso le da a Bateman la frescura para intentar un modelo de liderazgo distinto. Nacido del pueblo, muy cercano al pueblo, con un impulso permanente hacia las aspiraciones reales de nuestro pueblo. Un hombre que intentaba en todo momento encontrar la esencia de nuestra nación. Bateman logra su madurez política en la conducción del M-19 y muere prácticamente en su momento de mayor creatividad. Creo que Álvaro Fayad tuvo un tiempo mucho más corto de enfrentarse al conjunto de la nación. La euforia de Coronar Angel Beccassino: También aparece en la línea de acción otro desencuentro entre el Eme y los marxistas, y es que el Eme parece reivindicar la gozonería frente a esa concepción trágica del guerrillero heroico que manejan los marxistas. Bateman decía incluso que la guerra era una fiesta, y muchas de las acciones del Eme sólo se comprenden cuando uno las mira desde esa óptica. Carlos Pizarro Leongómez: Es que ésta es una revolución de vida. Entonces no puede ser más que una fiesta. No puede vivirse más que como una fiesta. Sin gozarse la vida es imposible que podamos construir un futuro sano. Ahora, yo no sé si el movimiento guerrillero marxista en Colombia sigue aún atado a aquella actitud. Creo que hay cosas que han cambiado. Cuando yo empecé, cuando no era M-19, cuando era FARC, en esa época del 70 había una tendencia a lo trágico. La primera operación a la que fui, yo fui a la muerte heroica. Pero iba con Bateman. Y con Bateman aprendí qué no había que ir a la muerte heroica. Que había que gozarse cada día, cada instante de la vida. Cuando conocí a Bateman, entendí que no había que oír a Piazzolla y mirar al Che Guevara y despedirse de la vida antes de cada operación, sino que había que ir a gozarse cada operación. Entonces cambió mi vida. Ya no era la tensión del hombre que se sacrifica, sino fundamentalmente el disfrute de una actividad que tiene sus riesgos, pero que también tiene el sabor del desafío, la excitación, la euforia de coronar.

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“UN COSTEÑO QUE SE ENAMORÓ DEL INTERIOR” Afranio Parra “El Jaguar” (Dirigente del M-19. Asesinado por la policía después de ser detenido en Bogotá, mientras se daban los diálogos de “paz”, que desarman mentalmente a los guerreros y no a los asesinos) Angel Beccassino: ¿Cómo era Bateman? Afronto Parra: Hombre, pues Bateman era un tipo, primero que todo era un gran amigo, ¿no? Un tipo muy amplio para hablar los problemas, un tipo descomplicado, fiestero. Una vez en mi casa, por allá en el 72, 71, hicimos hasta una tomata tremenda. El hombre cantó, recuerdo que cantó: esa canción que llaman “Que yo no voy a la mina”; esa noche cantó esa canción, y cantó otra que le gustaba mucho a él. “Candelillas” me parece que se llama. Y contó cuentos. Él sabía manejar mucho el factor humano de la gente, creo que esa era una vaina clave en el hombre. No se ponía mucho con la cuestión de lucidez política o la perfección en la línea (risa), sino que él manejaba lo humano de la gente. Esa era clave en él, y la flexibilidad, la amplitud política con que movía todo. El hombre con más proyección, más universal que tenía el movimiento revolucionario en ese período era él. Y prácticamente en el conocimiento de Colombia, porque yo siempre he sostenido que para conocer a Colombia hay que conocer dos regiones, que son el centro y la Costa. La Costa porque es un país muy especial, muy particular. Y el centro porque en el centro están todas las identidades, todas las cosas comunes, del Pacífico hasta los Llanos. Y él es un costeño que se enamoró del interior. Entonces llegó a conocer a perfección esos dos ejes de lo que es Colombia. Además de que era un tipo estudioso, y con cancha. Entonces el hombre llegó a empaparse del país hasta el punto de que comienza a encontrar los hilos de la identidad nacional. Ese es un gran aporte del hombre. La audacia es otro elemento muy importante. Un tipo audaz, arriesgado, lanzado como él solo. El era loco. ¡Loco! Loco en el sentido genial de la palabra. Porque hay dos clases de locura, la locura genial y la locura estúpida, ¿cierto? Él era genial. Eso te digo de Bateman, así por encima. “LE GUSTABA EL TEATRO: COSA RARA EN LOS DIRIGENTES POLITICOS” Santiago García (Dramaturgo, actor y director del Teatro La Candelaria. Arquitecto y pintor) El primer recuerdo que tengo del Flaco Bateman fue en la Casa de la Cultura, en la Carrera 13. Era una época de mucha investigación, de mucho debate y de mucho ajetreo. Me parece que en ese momento estábamos montando “Marat-Sade”. Recuerdo una fiesta que hicimos en mi apartamento con personas de teatro o muy allegadas. En esa fiesta estaban el Flaco Bateman e Iván Marino, que venían emocionados de ver una obra. Estaba presente monseñor Germán Guzmán, autor de “La violencia en Colombia” y confesor de Camilo Torres. El Flaco e Iván “aparecían” como unos muchachos universitarios de la Juventud Comunista. En esa fiesta hubo un altercado

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violento. Se puso el tema de Marquetalia, de la guerrilla y, claro, quien llevaba la voz cantante era monseñor Guzmán. El Flaco e Iván no se declararon como guerrilleros y hubo una discusión muy fuerte. Monseñor Guzmán se acaloró demasiado y como no conocía la identidad de estos dos individuos, pero si la de los demás, que éramos unos artistas... Terminó muy cómica la fiesta porque monseñor se excitó y empezó a regañar. Les dio una especie de reprimenda a Iván y al Flaco y les dijo que ellos no tenían ni idea de lo que era realmente la lucha armada, que eran unos guerrilleros de café. Era bastante chistoso para los que estábamos allí y conocíamos lo que estaba pasando. Monseñor, con toda su “autoridad”, era el único que no se daba cuenta de que ese par de tipos que él estaba llamando “guerrilleros de café” eran quienes realmente podían dar un testimonio verídico de la guerrilla, porque venían de allá, del monte. Ellos podían dar testimonio directo del problema que en el momento se discutía. Su pasión, la realidad Después me hice muy amigo de él porque le gustaba mucho el teatro, cosa rara en los dirigentes políticos. Le gustaba mucho el trabajo que estábamos haciendo en la Casa de la Cultura. Iba mucho a las obras y yo sentía que estaba muy interesado. Era un hombre inquieto, muy abierto a todo, a todas las cosas que sucedían alrededor de él, y especialmente al teatro. Después se me perdió de vista por muchos años. Cuando estábamos preparando “Golpe de suerte”, investigábamos sobre la vida de Lucho Barranquilla. Estábamos hospedados en la casa de la mamá del Flaco, Clementina, pero nuestra relación era con el cuñado del Flaco, Carlos Romero. De pronto un día, en la playa de Bahía Concha apareció Bateman. Lo raro era que estaba un poquito gordo; yo lo recordaba muy flaco y alto, con su problema en la pierna. Había cambiado, aunque conservaba la chispa y la rapidez mental de siempre, pero ya se veía como un hombre más asentado, más reposado. Él fue quien nos dio muchos datos para hacer la investigación sobre Lucho Barranquilla. Después no lo volví a ver personalmente. Lo más sorprendente de su personalidad era su avidez por saberlo todo, por conocer de todo, por estar al tanto; por ejemplo, de nosotros, de lo que estábamos haciendo en el teatro. Las experimentaciones en teatro le interesaban mucho. Él se sentía muy atraído por esos terrenos tan específicos de la investigación, mostraba mucho interés por las características del trabajo que estábamos haciendo. De todas maneras, la pasión fundamental del Flaco, por supuesto, era la política. Era un hombre de mucho humor, simpático y muy inquieto; un tipo que no podía estarse sentado, tranquilo. Estaba siempre en una actitud dinámica. La última vez que lo vi encontré que había perdido un poco de esa dinámica. Lo conocí en el 67... y lo vi por última vez en el 79. Era una persona muy viva, muy dinámica, que estaba siempre en su propio cuento y al que uno veía siempre como de paso. No tengo un recuerdo del Flaco sentado; lo recuerdo parado, corriendo, saliendo, haciendo chistes, sonriente; nunca en reposo, sino hablando con uno, despidiéndose. Tengo una visión muy fugaz de él, pero agradable. Congeniábamos mucho porque era muy simpático, eléctrico. Era un hombre divertido.

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11. 19 DE ABRIL
“Decididos a cumplir esta misión de llegar con el PUEBLO y las ARMAS al poder, adoptamos el nombre de Movimiento 19 de abril como símbolo permanente de que nuestro pueblo no permitirá otro 19 de abril, pues ese día la oligarquía le burló el poder al pueblo… El nombre M-19 cuestiona la validez de la lucha electoral y la confianza que sobre ella pueden tener las masas” Documento N° 2, M-19. “FUIMOS LOS UNICOS QUE ENTENDIMOS LA NECESIDAD DE ESTAR INSERTOS EN LA ANAPO” René García (Sacerdote diocesano hasta 1969, colaborador del periódico Frente Unido, fundador del Movimiento Cristiano “Golconda”, miembro del M-19. Mantuvo vínculos con la Anapo). A Bateman lo conocí en el año 73. Yo estaba vinculado al proceso de la Alianza Nacional Popular y algunas personas me llevaron a conocerlo. Fue una entrevista de mucha importancia porque en esa época comenzaba a plantearse la posibilidad del M-19. Posteriormente nos reunimos más a menudo y entablamos lazos estrechos de amistad. Para nosotros, la fecha del 19 de abril era central; significaba realmente la ruptura popular de los partidos tradicionales, expresada en el triunfo en las elecciones y al mismo tiempo la frustración con el fraude electoral. Era una fecha significativa para la historia popular y por eso se asumió el nombre de Movimiento 19 de Abril. Desde el punto de vista de la izquierda, fuimos los únicos que entendimos la necesidad de estar insertos en la Anapo, nadie más vio eso. Creíamos que ahí había un juego importante; por eso la dirección del M-19 se involucró al proceso de la Anapo. Generó el vínculo con lo urbano Bateman se vuelve muy importante militarmente. Al repasar las últimas tres décadas del acontecer militar revolucionario en Colombia, la persona más importante es Bateman. Me explico: el ELN había logrado una ruptura muy importante gracias a la incidencia de la revolución cubana, pero su accionar se quedó centrado en el campo. Las FARC surgen del campesinado y su presencia se proyecta fundamentalmente en las luchas agrarias. La lucha militar había sido sobre todo agraria. El único hombre que generó la ruptura y el

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vínculo con lo urbano fue Bateman. En ese momento comenzábamos a encontrarnos con una Colombia urbana; un país hasta hacía poco que era en un 70% rural, se convirtió rápidamente en un país urbano. Este fenómeno fue visto por él y por eso llevo la lucha a la ciudad. El primer proceso de paz fue fraguado por él Hoy, algunos ponen en duda la consistencia ideológica del M-19. Yo puedo decir, por el conocimiento que tengo de Bateman y de Fayad, que eran dos hombres para los que había una razón muy clara en la lucha, y era la necesidad de llegar al socialismo, y por lo tanto la lucha tenía que ser fundamentalmente contra el capitalismo. Posiblemente el M- 19, en su deseo de apertura hacia otras tendencias y otras visiones, pudo desdibujar un poco esa condición ideológica, pero para ellos era absolutamente claro. Siempre tuvieron ese horizonte. Bateman era un hombre de gran sencillez, de gran modestia, de serenidad y de una gran inventiva política. El primer proceso de paz fue fraguado por él. Se habla del proceso de paz de Belisario Betancur, pero realmente fue el proceso de paz de Jaime Bateman. Fue la iniciativa de Bateman la que Belisario recoge. Él venía buscando liberar a sus principales militantes, que estaban presos desde finales del gobierno de Turbay, presionando esta liberación, que vino a convertirse en realidad en el gobierno de Belisario Betancur. La posición de Bateman era una posición íntegra, la de un hombre que buscaba la justicia social en Colombia. Y lo que se le desviara de allí no estaba en el contexto de su lucha. Él se ubicó en el ser criollo, en el ser auténtico colombiano. Bateman representa una ruptura dentro de las ortodoxias marxistas, a pesar de haber sido formado en la Juventud Comunista. Planteó una perspectiva de lucha autóctona, propia, independiente y autónoma de los centros de poder marxista. Movería los hilos desde atrás Su vida quedó trunca en un momento crucial: la primera tregua. Tregua que él mismo había gestado, que él mismo había fraguado. Lo había hecho sobre la base de que él mismo iba a estar entre bambalinas durante ese proceso, porque era consciente de que a él lo podían matar. Varias veces conversamos el asunto; decía que él movería los hilos desde atrás. Sabía que las cosas se dirigían a la toma del poder y que ésto sólo era una tregua. Que era como repetir la historia de algo que ya se había dado con Guadalupe Salcedo. El 16 de enero de 1983 lo vi por última vez. Tenía la herida del hueso muy mal, la tenía muy fea, pero era un hombre muy tranquilo en ese aspecto. Su preocupación era sacar la gente de La Picota. Espiritualmente, era muy sereno, muy jovial. Era muy costeño. Uno en él reconoce todas esas características que García Márquez define como lo que es ser costeño.

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“ERA UN HOMBRE EN LA CARCAJADA, EN LAS COSAS NO DRAMATICAS, SINO CIERTAS DE LA VIDA” Idela Puentes (Dirigente parlamentaria de la Anapo, militante del M-19, miembro del “congresito”) La experiencia parlamentaria dentro de la Anapo fue muy especial porque era el reflejo del país. En la Anapo no solamente estaban terratenientes, sino que estaban también sectores de las capas medias, intelectuales, sectores populares y otra gente proveniente de los extremos del lumpen proletariado. Estaban prostitutas, gamines, gente descalza, descamisados, etc., Era un trabajo popular impregnado de ese medio. De alguna manera, era la respuesta que el país esperaba después del gaitanismo. El gaitanismo se había prolongado dentro de la Anapo. Éramos un movimiento de masas inmenso. Era, definitivamente, la posibilidad concreta de tomarse el poder. Así pensábamos cuatro parlamentarios: Almarales, Toledo Plata, Israel Santamaría y yo. Efectivamente nosotros marcamos una línea dentro de la Anapo y lo que realizamos fue lo que se incentivó con la Anapo Socialista. Anapo Socialista, por un socialismo a la colombiana Considerábamos que la Anapo debía dar un gran salto, cualificarse, abandonar el populismo y conformar una dirección definitiva que fuera capaz de responder a toda la ansiedad de la gente. Sin embargo, la Anapo seguía dentro de una condición populista. Una cosa era la Anapo Socialista, por un socialismo a la colombiana, y otra cosa lo que la Anapo era orgánicamente. Guardaba el mismo esquema de los partidos tradicionales. No fue capaz de innovar su organización. Era imposible pretender correr a ciento veinte kilómetros de velocidad cuando ibas en un carro que no corría sino a veinte. La Anapo vivía esa dicotomía, ese desfase entre la organización y el discurso. El discurso se quedaba en el aire porque no podía llevarse a la práctica. Allí estaba su presencia El proceso nuestro dentro de la Anapo es cocinado, observado, analizado y proyectado por el Flaco Bateman. Allí estaba su presencia. Nunca estuvimos dentro de la Anapo con el deseo de extraer de allí una cantidad de gente. Nuestra intención era empujar ese fenómeno de masas y conducirlo. Creo que desempeñamos un papel bien interesante en la Anapo. Las actuaciones de Toledo Plata, de Almarales, de Israel, eran brillantísimas dentro del parlamento ya nivel de sus regiones. En Bogotá' estábamos organizados en equipos y lográbamos dar respuestas calificadas, separados de la Anapo oficial, y eso generaba enfrentamientos. Habíamos logrado consolidar el periódico Mayorías. Entonces María Eugenia Rojas empezó a descalificamos. Expulsó a casi toda la gente de la coordinación de Bogotá. Ellos pasaron a la clandestinidad y el movimiento anapista entró en un proceso de disolución. En toda esa etapa, la participación del Flaco Bateman a la cabeza del M-19 fue muy importante.

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El General comprendió mejor lo que estaba sucediendo Hoy María Eugenia reconoce y entiende que el proceso no era contra ella ni contra el General, sino que era para impulsar y cualificar ese inmenso fenómeno de masas. María Eugenia logró golpearnos muchísimo y aislar la gente del M-19 y de la Anapo Socialista dentro de la Anapo. Inicialmente, para nosotros, María Eugenia era una posibilidad. Considerábamos que iba a ser un personaje, que iba a asumir la dirección que necesitábamos, e incentivamos su liderazgo al punto de que la consigna que teníamos era: “Con María Eugenia, con el pueblo, con las armas, ¡al poder!” A mi manera de ver, es el general Rojas, ya en los últimos años de su vida, quien comprendió mejor lo que estaba sucediendo. Consideró que nosotros teníamos la razón, que esa juventud tenía la razón, pero estaba muy enfermo para asumirlo. La Anapo se disuelve La Anapo se va disolviendo por su propia incapacidad de dar respuestas a lo que el pueblo esperaba de ella. María Eugenia hace alianzas que nunca el General hubiera aprobado jamás. El General nunca hubiera regresado a los partidos tradicionales. Él tenia un resentimiento profundo porque había sido vituperado, azotado y humillado por las oligarquías de los partidos. Cuando ya la Anapo declina, María Eugenia hace alianzas que la desperfilan. Entonces la Anapo se disuelve. Cada bala debía contener más de política que de plomo El Flaco Bateman acertó en buscar en la Anapo una respuesta histórica hacia donde se debía seguir. El 19 de abril de 1970 demostró que la lucha popular estaba separada del movimiento armado y que la lucha de masas de la Anapo no había podido hacer respetar el triunfo en las elecciones. Él repetía cosas muy interesantes, como que “cada bala debía contener más política que plomo”. El Flaco Bateman aprendía de todo. Hablaba con todos los movimientos armados y no armados que estuvieran expresando la rebeldía. Iba a conversar con personas como, por ejemplo, mi papá, Milton Puentes, que era un hombre que venía de una experiencia importantísima en el gaitanismo y en la Anapo. De allí la relación entre el viejo y el Flaquito. Asunto que todo el mundo podía hacer Bateman era un comandante macondiano, caminando sobre la realidad del país, sin tantas teorías que lo llevaran a copiar esto o lo otro. Convirtió la política en un asunto que todo el mundo podía hacer. Entonces el Flaco logró lo que él llamó “la cadena de los afectos”, el amor hacia las tareas que tenían que hacerse. Bastaba que fuera gente de los sectores populares para que fuera la gente más amada y más respetable.

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“Si usted se llega a encontrar con esa burguesa, ni me la presente” Me acuerdo una vez que tomamos un apartamento frente al mar, en un diecisieteavo piso. La dueña vivía en el último piso, un penthouse. Y Bateman me dijo: “Mire, si se llega a encontrar con esa burguesa, ni me la presente”. Ocasionalmente nos encontramos con ella en el ascensor. No habíamos terminado de subir cuando el Flaco ya había establecido una relación maravillosa con esa señora. La había invitado a tomar café en la casa y ella, a su vez, lo había invitado al penthouse a mirar el mar desde allá. Tenía una capacidad increíble de ligarse con todo el mundo. Yo no he conocido en mi vida una persona más carismática. En el momento más perseguido, estaba en Bogotá de sur a norte Otro de los aspectos del Flaco era su capacidad de ser jefe. Me acuerdo que después del Cantón, el Flaco no descansaba en su decisión de salvar la organización. En el momento en que él era el más perseguido, estaba en Bogotá de sur a norte, de oriente a occidente, saltando a Cali, llegando al amanecer a Medellín, guardando a todo el mundo y sacando gente. No abandonaba su barco. En circunstancias tan adversas, era verdaderamente heroico moverse. ¿Para qué este cordón? ¿A quién buscan? Alguna vez íbamos en un carro. Ya tenían fotografías de él y lo estaban buscando, y nos encontramos con un cordón del ejército. No había manera de escapar. Había que parar. Detuvo el carro un poco antes, y me dijo: “Bájese”. Nos bajamos. “¿Qué pasa aquí? ¿Para qué este cordón? ¿A quién buscan?” “Buscamos a este tipo”. ¡Y el tipo era él! Y el Flaco preguntándoles a ellos qué era lo que sucedía. Yo, silenciosa y aterrada. Nos subimos al carro y le pregunté: “Flaquito, ¿qué es lo que hiciste?” Y me respondió: “Es que hay que informarse bien de lo que están haciendo”. Era tal su destreza y el manejo de la condición del peligro y del miedo, que lograba superar eso. Hermana, está muerto Reconozco que quien cambió mi vida fue el Flaco Bateman. La muerte del Flaco fue algo que todos rechazamos, algo que no quisimos creer. Para nosotros iba a aparecer en cualquier momento. Cuando estudiábamos la zona dónde se había caído la avioneta, yo siempre decía: “El Flaco debe estar entre la selva y va a salir”. Todos los días recibíamos noticias porque Fayad llamaba y fue él quien me convenció: “Hermana, está muerto. No hay nada qué hacer, entiéndalo y acéptelo. Lo hemos buscado tres meses por todas partes y no está. Hemos pagado a los Kunas, hemos dejado los árboles con señas, todo lo imaginable. No está, hermana, entiéndalo, está muerto”. Luego vino el dolor terrible, pavoroso. Nosotros, mi familia y mis hijos estábamos profundamente ligados a él. Él no tuvo hijos hombres. Bateman tenía dos niñas y mi hijo, Oscar, quien más tarde murió en combate, era coma su hijo. Él lo entrenaba, llegaba por

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Osquítar a la casa y se lo llevaba desde que él estaba muy pequeñito y volvían tarde. Yo le preguntaba: “¿En qué andaban?” “Estábamos haciendo maldades por todo Bogotá”. Su desaparición es una injusticia El viejo Milton estaba muy enfermo en ese momento. Ya tenía amnesia parcial cuando yo le dije que posiblemente el Flaco había muerto. El viejo recobró la lucidez: “No puede ser posible que mataran al Largo...” Bateman estaba integrado a todos y al sentimiento de cada uno de nosotros. Su desaparición es una injusticia histórica sin precedentes. Todavía me viene su imagen con sus gestos, sus expresiones, su ternura.

12. EL COMANDANTE COSTEÑO
“Yo creo que hay un hombre colombiano: el de la arepa, el de la música, él de la mamadera de gallo, el hombre audaz, el inteligente. El hombre colombiano es un tipo muy vivo, que tiene fama en el mundo por ladrón, por traficante, por bailador, por trabajador, por todas esas cosas. Eso nos da cierta dimensión. Yo creo que cada pueblo tiene eso”. Jaime Bateman Cayón.

“HUMANIZÓ LA GUERRA PORQUE ERA COSTENO” Orlando Fals Borda (Escritor, historiador, investigador, catedrático de la Universidad Nacional, constituyente, murió el 12 de agosto de 2008 a los 83 años) En el año 70 se inicia realmente nuestra amistad, en la etapa en la que se fundó el Eme. En ese momento salíamos juntos a visitar líderes campesinos. Era la época del auge de la Anuc. Viajábamos, él como ingeniero y yo como sociólogo, a visitar campesinos, principalmente en la Costa. Trabajábamos en eso por un buen tiempo. Fue entonces cuando comenzamos a tener una amistad. El trabajo se desarrolló en dirección al campo: trabajo de formación de cuadros, los primeros cuadros del Eme. Bateman quería estar en relación política con la Anuc, organizarlos, tratar de identificar una nueva fuerza política con ellos, creando las bases para el Eme. Era el comienzo del Eme, 70 a 72. A mí y a mi señora nos cogieron en esa época en una redada. Me acusaban de ser el ideólogo del M-19.

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Una rosca bonita Nuestra amistad también está muy relacionada con el nacimiento de la revista Alternativa. Esa revista era una aventura de fuerzas nuevas. Estábamos en la junta directiva Enrique Santos Calderón, representando una parte de los que habían invertido, Gabriel García Márquez, en su primer entrada pública a la vida política, y yo que representaba la Fundación Rosca. Un bonito nombre que representa también una tradición: la rosca de alternativas, una rosca bonita, sabrosa, como todas las roscas y con la diferencia de que éste era el nombre oficial inscrito en el Ministerio de Justicia. Era la única rosca que se había inscrito como tal en la historia del país. Él fue de los que más nos animó a mantener la revista dentro de una orientación progresista, marxista. Bateman fue muy importante en los primeros pasos que se dieron con la revista Alternativa, que se convirtió en una universidad de periodismo moderno, crítico en este país. Bateman, sin decir nada, estuvo muy al tanto de esta aventura. Cuando vino el problema de la pelea interna, Bateman se puso de parte de la Alternativa del Pueblo, en contra de los Santos y de García Márquez. Él me apoyó en la crisis, especialmente cuando se vio que no se podía sostener Alternativa. Fue una discusión pública que está en todas partes, en los periódicos. Fue el escándalo del siglo en la izquierda, algo muy vergonzoso, porque empezamos a tirarnos los cabellos unos a otros y a hacernos acusaciones gratuitas. La paz con tretas El Flaco me parecía fresco. El pensaba y sentía que tenía la razón histórica y eso le daba a él mucha fuerza. Con su movimiento estaba dentro de los esquemas de construcción del país, de trabajar con la gente. Estuvo muy preocupado con los compañeros que estaban en la cárcel, pero tenía la seguridad de que iban a salir tarde o temprano. Cuando presentó esa propuesta de paz a Turbay, fue un momento muy importante en el desarrollo del M-19. En esa campaña jugué un papel central porque cuando se elaboró el mensaje, cuando se multiplicó, fue en un coctel que se dio en mi casa y al que se invitaron muchos líderes políticos. Allí se lanzó la consigna de la paz. La presión fue tan grande que Turbay tuvo que ceder cuando se empezó a hablar de diálogo y amnistías. Todo esto se hizo en contacto directo con Bateman. Él estaba orientando desde el monte, desde su escondite. Esa fue una jugada política magistral. Era la primera vez, quizás en la historia del mundo, que una guerrilla ofrecía paz de manera auténtica y no como una simple treta. Eso arrinconó al gobierno, le quitó argumentos, porque, en el fondo, ¿quién puede estar contra la paz?, Nadie quiere la guerra como tal. El gobierno perdió la iniciativa. Esa fue una genialidad de Bateman que marcó todo el futuro subsiguiente de este país. Se conformó una especie de movimiento público. Se hizo una carta firmada por todos los presentes. Eso se le llevó a Turbay. Fue la primera vez que se hizo una comisión de paz. Recuerdo que estaba Apolinar Díaz Callejas, Patricia Lara, quien jugó un papel muy

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bueno. Lo que se plasmó allí fue la búsqueda auténtica de la paz sin tretas. Estaba todo el país; fue un plebiscito. Turbay tuvo que aceptar y echar pie atrás. Fue el comienzo de muchos procesos. Un documento muy importante. ¿A quién se le ocurre meterse en una nube como los nimbos? Su muerte fue un momento bastante duro que sentí, casi como cuando mataron a Camilo Torres. Sentí una gran conmoción. Yo no creí al principio la noticia, no me convencí; sólo hasta después de que se hizo pública por parte del Eme y acepté que había sido una imprudencia el viajar en esa avioneta. ¿A quién se le ocurre meterse dentro de una nube como los nimbos? A un loco como Bateman. No tuvo miedo para poder llegar a cumplir una misión. Parece que eso fue lo que pasó. No fue la CIA que lo abatió ni nada de eso. Fue un error lamentable, pero imprevisto, un accidente. Le dio un tinte costeño a la guerrilla Entre Bateman y yo existía una especie de sintonía espiritual, pero no me consideraba como un cuadro dentro del Eme, él nunca me consideró así. Me aceptó como un colaborador, un amigo. Y él comprendió las dificultades en que me puso por esa amistad. Yo nunca negué la amistad con Bateman. Al contrario, inclusive en tino de mis libros le hago un homenaje a Baternan, en la “Historia doble de la Costa”. Allí yo expongo la idea, la tesis de que la guerrilla colombiana cambió su temple, su manera de actuar, con el liderazgo de Bateman como costeño. Era la primero vez que un costeño llegaba a una posición dominante en el mundo' de la guerrilla en Colombia. Hasta ese momento, la .guerrilla estaba en manos de cachacos, muy sanguinarios, muy duros, muy fanáticos, y entra Bateman y le da un sentido distinto, más macondiano, que me encantó. O sea, le dio un tinte costeño a la guerrilla, cosa que no se habla visto nunca, porque siempre se había pensado que la Costa había estado libre de la violencia. Por lo menos en la Costa no se dio la violencia tan dura como en el interior, en la época clásica de la violencia, años 50 al 60. Cuando surge un líder guerrillero costeño, tiene que darle un sabor distinto a la guerrilla. Humanizó la guerra, porque él era costeño y fue un exponente clásico de la manera de ser de la costeñidad. En la guerra civil, los generales costeños se distinguieron porque no dejaban morir a sus prisioneros, perdonaban a los enemigos y se presentaban borrachos a las batallas. Entonces, si ganaban, bien, y si perdían, también. Otra filosofía de la guerra. Mayor respeto a la vida, a la cultura y a la informalidad. Bateman nunca se puso charreteras.

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“EL AMOR Y LA REVOLUCIÓN SE PARECEN” J. P. Ignotus (Esta entrevista imaginaria fue escrita por dos destacados científicos que fueron amigos de Bateman y prefirieron hacerlo bajo seudónimo). Comoquiera que en los escritos de puño y letra de Jaime Bateman que hemos tenido oportunidad de conocer no se encuentra una respuesta directa a ciertos interrogantes, optamos, años después de su muerte, por hacer esta entrevista al legendario comandante. Rescatando fragmentos de conversaciones sostenidas con él en muchas ocasiones y en diversidad de situaciones, ha sido posible “reconstruir” el siguiente diálogo: J.P.I.: Comandante, ¿cómo se explica que un joven costeño, de su generación, a quien teóricamente se le podrían atribuir otros intereses, se haya decidido por la guerra revolucionaria? Comandante J. Bateman: Su tú examinas la historia de nuestros pueblos, te darás cuenta que las guerras de independencia se forjaron en el Caribe; la defensa de Cartagena, la tenaz resistencia de los nativos caribes a la conquista o la de los negros cimarrones a la esclavitud representan un antecedente muy importante, una especie de germen de libertad que encarnó en Bolívar. No en balde recuperamos su espada. Un ejemplo claro de lo que te estoy diciendo es el de la revolución cubana. No hay cosa que más tranquilice la conciencia que una creencia errónea. Nosotros somos una gente alegre y festiva, aparentemente despreocupada, pero eso no tiene nada que ver con la indiferencia. Nos gusta bailar, y ¿qué hay de negativo en eso? ¿A quién no le gusta abrazarse en público? Pero nuestro espíritu, nuestro modo de ser y nuestro sentido de la vida son incompatibles con la sujeción o el sometimiento. En la Costa, la rebeldía es una virtud regional. El despelote y la indisciplina no son más que pura rebelión contra las cosas aburridas. El desorden es otra forma de ordenamiento que no se puede comprender a partir de una visión amarga de la vida. A la hora de la lucha, es preferible un combatiente alegre. J.P.I.: Se ha dicho siempre que los costeños son los peores soldados... Cdte J. Bateman.: Esa es una típica afirmación de la oficialidad del ejército. Es que un costeño, justamente por lo que acabo de decirte, no encuadra en modo alguno en esa estructura. En los cuarteles oficiales nos aburrimos, nos morimos de tedio. Además; un costeño no se hace matar así no más por lo que no cree. J.P.I.: ¿Entonces, comandante, la revolución es una cuestión de costeños?

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Cdte J. Bateman.: No lo tomes como una especie de determinismo étnico o geográfico. Pero durante muchísimos años casi toda la vida, los costeños hemos puesto a bailar al país. Una rumba a punta de guabina no se la aguanta ni un sordo. En cambio, un vallenato, un porro, ¡No joda!, ¡coño!, ¡qué contribución original a la desinhibición colectiva! Poner la razón al servicio de la revolución J.P.I.: Esta tesis debe tener alguna explicación. Cdte J. Bateman.: Sí, claro. Pero antes de explicártela quiero hacerte un comentario. Yo no creo que por simple casualidad García Márquez sea costeño, o que Obregón, el más representativo de nuestros pintores, también sea costeño. Todo esto es una consecuencia de la pasión y nosotros somos esencialmente pasionales. En mi juventud un señor llamado Marx me enseñó que era necesario poner a Hegel patas arriba y, siguiendo esta recomendación, entendí que había que poner la razón al servicio de la pasión, cosa que la mayoría de los costeños hacemos espontáneamente sin necesidad de leer a nadie. Sin pasión no hay creación de ninguna naturaleza. Hace muchos años vi una obra de teatro “Marat-Sade” me parece, donde se formula que una revolución no es para sufrir, sino para gozar. En esa obra los personajes exclaman: “¿Para qué una revolución sin una general copulación?” J.P.I.: Luego de los cambios ocurridos en el mundo socialista, en sus nueve años de ausencia, comandante, ¿cree usted que todavía tiene vigencia la revolución en Colombia o en América Latina? Cdte J. Bateman.: Definitivamente sí. La revolución no es un problema de vigencia, sino de necesidad. Preguntarse si algo está vigente o no, me suena a moda. Este es un pueblo sometido y los sometidos algún día tendrán que liberarse. Yo no andaría tan preocupado por lo que ocurra en la Unión Soviética o en China. Lo que me tiene que preocupar es lo que pasa en mi propio país. Más vale un fin espantoso que un espanto sin fin J.P.I.: ¿El derrumbe del campo socialista no demuestra claramente el fracaso del comunismo? Cdte J. Bateman.: Toda revolución produce una serie de cambios estructurales que se convierten en hechos irreversibles. Hay huellas que no se pueden borrar. La historia no retrocede; ningún pueblo ha vuelto a la monarquía. J.P.I.: Como quien dice, los españoles, los ingleses, los holandeses, etc. ¿están todos locos? Cdte J. Bateman.: No joda, compa, no me interpretes mal. Yo me refiero a la monarquía absolutista. Esos pavos reales son apenas figuras ornamentales. Nunca se vuelve al punto

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de partida. Dentro de un par de siglos estaremos con seguridad hablando de la primera revolución socialista de octubre de 1917. Lo que se puede joder es una determinada concepción esquemática del socialismo, y si eso ocurre, bienvenido sea, pues más vale un fin espantoso que un espanto sin fin. Dejar libre la pasión J.P.I.: ¿No sería posible concebir un amor eterno? Cdte J. Bateman.: El amor eterno es una necesidad metafísica, es un imposible real. La única opción que le queda al amor es dejar libre la pasión. El amor y la revolución se parecen. J.P.I.: ¿Qué me puede decir de la amistad, comandante? Cdte J. Bateman.: Yo no soporto a la gente desleal ni a las personas carentes de espíritu solidario. Los pesimistas me parecen pájaros de mal agüero y prefiero que se mantengan alejados rumiando sus desdichas imaginarias. Las personas de optimismo desbordante me atraen; las capaces de burlarse de sí misma y de todo lo demás. J.P.I.: ¿Si tuviera la oportunidad de volver a vivir, comandante, qué haría diferente? Cdte J. Bateman.: En una palabra, vivir. En lo personal, volvería a amar. Iría, por ejemplo, al cine, al teatro, a leer, a bailar. Dejaría todo el espacio posible para el ocio, y sobre todo me bañaría un millón de veces en el mar. Volvería a ser el mismo revolucionario y tal vez emprendería las mismas acciones. “EL DEL FLACO ERA UN TROTE MUY PARECIDO AL QUE LE VI A LOS VIEJITOS CUBANOS JUBILADOS” Rafael Arteaga (Dirigente del M-19, protagonista del operativo del Cantón Norte. Desaparecido en 1980) Sólo intentaré recordar cómo era el método de trabajo de Jaime y por qué ese hombre logró tanta acogida en el país. Básicamente era un irreverente. Ese era el rasgo que más distingo de su personalidad. La primera vez que supe de él fue por un escándalo que formó en la casa de un miembro del partido. Gritaba que Gilberto Vieira era un hijueputa. En esa época pertenecía a la Juventud Comunista. Su irreverencia lo llevó a cuestionar todo, pero como hombre de acción, no se quedó sólo en lamentos y críticas al partido comunista, sino que pasó a construir una organización nueva en la que se materializaran sus ideas, nacidas de tantos fracasos y derrotas. Cuando Jaime inauguró la Octava Conferencia, dijo que había que acabar con el mito de los hombres perfectos.

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Lo vimos dolido El espíritu unitario del Flaco se manifestaba permanentemente en todas y cada una de sus actuaciones. Muchas veces lo vimos dolido por una actitud innoble o incomprensiva de alguien. Nunca se quedaba allí dándole vueltas al asunto. Seguía su trato amistoso con dicha persona, lo cual le hacía mucho bien a la organización. Infinidad de ocasiones en que se presentaron impases, fueron superados por su manera de ser. Como en todo jefe, en él convergían miles de problemas. Si se detiene en cada problema, se enloquece. Un rasgo muy importante de la personalidad de Bateman era el entusiasmo. Cuando en 1975 ingresé oficialmente al Eme, lo hice a través de él. Jaime nos explicó que se trataba de hacer cosas en grande, movilizando millones de gentes y utilizando medios poderosos para hacer la guerra: bazucas, morteros, cañones, aviones y tanques. Hablaba con tal entusiasmo y nos hizo sentir que teníamos cabida en tan grandioso proyecto. Por eso empezamos a trabajar con muchos ánimos. Con un lenguaje llano y agradable Una de las cosas en las que Jaime más evolucionó y de las que nos dejó muchas enseñanzas fue en el caso del lenguaje. A través de las entrevistas vamos viendo la evolución; sus declaraciones son cada vez más claras, con lenguaje más sencillo. Sus declaraciones son un modelo en este aspecto. Logró abandonar la terminología izquierdista y explicarlo todo con un lenguaje llano y agradable. La entrevista que le dio a Molano es de lo mejor. Estaba hablando con un compañero y se expresó tan humanamente. Esa entrevista es un trozo profundo de su personalidad. A nadie en la organización se le ocurrió grabarle al Flaco nada. Era característico en el Flaco su trote, un trote suave, como si estuviera mamando gallo; iba despacito y hablando sobre cualquier tema. Era un trote muy parecido al que le vi a los viejitos cubanos jubilados en las playas y en los círculos sociales de La Habana. Nadando sí se empleaba a fondo. Tenía una brazada larga y avanzaba bastante. Nunca le pude ganar una competencia.

(Fragmento de un material inédito de Rafael Arteaga)

“ESTABA DISPUESTO A EMPUJAR CUALQUIER ACTIVIDAD PARA QUE YO LOGRARA LA LIBERTAD” Ricardo Lara Parada (Comandante del Ejército de Liberación Nacional. Asesinado en 1985) Yo de Jaime tengo recuerdos muy gratos. La relación mía con él comenzó antes de conocerlo, porque a pesar de que iniciamos el compromiso revolucionario en organizaciones diferentes, la revolución es una sola. Todos los hombres que participan de

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una u otra manera, en mayor o menor grado, en hacer cosas para desarrollar el proceso, aunque nunca nos hayamos visto, nos encontramos en una misma totalidad. La primera vez que yo oí hablar de Jaime Bateman fue debido a su interés en buscar relación directa conmigo. Yo estaba preso. Llegó un compañero y me dijo que Jaime me mandaba decir que estaba interesado en ayudarme a salir de la cárcel, costara lo que costara. Estaba dispuesto a empujar cualquier actividad para que yo lograra la libertad. En esa soledad tan verraca que es la cárcel, eso le llena a uno el alma de confianza y de una esperanza real. No hubo necesidad de ningún esfuerzo ni sacrificio por parte de los compañeros del M-19. Salí libre y ellos estuvieron dispuestos a prestarme toda la ayuda para mi seguridad. Me encontré con Jaime Bateman y con el Turco Fayad una vez en una casa cercana a la Universidad Nacional. Fue tal vez por el mes de febrero o marzo de 1978. Así conocí por primera vez al compañero Jaime y me impresionó bastante su totalidad. O sea, su forma humana y su pensamiento. Recíprocos en la identidad humana Era un hombre alto, con cara de buena gente, de hombre latino enrazado con africano, con una sonrisa permanente en los labios. Encontré que teníamos un porcentaje de negro muy similar, además de esa similitud macondiana de costeños. Yo también tengo raza costeña. Por razones que no es de explicar aquí, no logramos participar en las mismas filas en ese momento. Volví a encontrarme con él en Nicaragua más o menos en el 81. Estuvimos departiendo muchas horas y fuimos tan recíprocos en la identidad humana y en la política, que hubo gran confianza. El fusil que tenía en sus manos, me lo entregó aquel día Lo volví a ver en Trípoli, en un Congreso Mundial que hubo en la tierra de Gaddafi. Allá también hablamos sobre todos los problemas de la vida y especialmente sobre la búsqueda de un proceso unitario para nuestro país. Me invitó a la Octava Conferencia del M-19. Nos encontrarnos en las montañas del Putumayo, en nuestro medio guerrillero, donde nunca nos habíamos podido ver antes. Él creyó demasiado en mí, a tal grado que me llamó al seno del estado mayor del M-19 para que conjuntamente hiciéramos algunos proyectos de operativos mientras se desarrollaba la Octava Conferencia. El fusil que tenía en sus manos, me lo entregó aquel día. Nos tomamos fotos juntos, fotos inéditas, que por medidas de seguridad y debido al proyecto de legalización y de mi participación futura en la vida legal del país, se consideró que no se podían dar a conocer.

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Nunca pensé que Jaime iba a morir. Físicamente es de los seres que honestamente uno cree y espera que vivan siempre, al lado de los demás seres humanos. Desapareció en ese trágico accidente, pero creo que Jaime murió como mueren los grandes hombres: murió en las alturas. Estoy muy contento, muy feliz de haber compartido parte de mi vida, aunque fueron escasas horas, escasos días, con Jaime. Me satisface eso. Jaime Bateman es una síntesis histórica de la idiosincrasia de nuestro pueblo. Él era muy folklórico, era un hombre que le gustaba vivir. Amaba la vida y quería que los demás también la viviéramos con alegría. Debido a esa honestidad de él, a esa entrega por la libertad plena del hombre, llegó a convertirse en un hombre de lucha. Desde muy joven abandonó las aulas universitarias para tomar un fusil y lanzarse a transformar el mundo. Cualquier colombiano que quiera un camino, un sendero para superar el individualismo, el egoísmo, el marginamiento, podría encontrar una fuente de vida, de ejemplo, en el compañero Jaime. (Testimonio de Ricardo Lora durante un homenaje—tertulia en casa de Betty Giedelmann y Medardo Correa, 1983).

13. TRAS LA PISTA

“Para tomarse el poder hay que ganar la guerra. Y para ganar la guerra hay que llevarla a donde más les duela… Eso no me lo inventé yo. Lo dijo, en 1968, Manuel Marulanda Vélez, un campesino a quien aprecio mucho y quien, sin haber tenido acceso a la cultura, ha adquirido un grado elevadísimo de conciencia política y ha comprendido, realmente lo que es Colombia. Marulanda es un verdadero líder popular…” Jaime Bateman Cayón

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“LO BUSQUÉ MUCHO CUANDO FUI JEFE DEL DAS” Joaquín Matallana (General de la República (r), jefe del DAS en 1976, miembro de la comisión de diálogo con el M-19) Nunca tuve oportunidad de tener un contacto directo con Bateman. Lo busqué mucho cuando fui jefe del DAS, porque me correspondió la etapa bastante difícil sobre las actuaciones del Estado a raíz del secuestro y la muerte de José Raquel Mercado. Sabíamos muy poco del M-19 en ese momento; sólo conocíamos lo que se especulaba en la prensa y algunas entrevistas que para esa época Bateman daba a los medios de comunicación en forma clandestina. Ahí pude darme cuenta de la capacidad intelectual y los afanes nacionalistas que inspiraban su lucha. El M-19 siempre actuó de manera desconcertante. Yo decía en alguna ocasión que además de un claro afán publicitario y de motivación a todos los sectores de la sociedad, el M-19 tuvo acciones demasiado audaces en relación a la capacidad militar que tenía. Cuando no se tiene una conciencia clara de qué es, cómo se maneja y cómo opera el poder militar, sino sólo el afán de actuar y hacer la revolución, se hacen cosas temerarias... Como decía, era muy poco lo que se sabía del M-19 en esa época. Hablamos del año 76, cuando efectuaron el secuestro de José Raquel Mercado. El país quedó desconcertado y a mí me tocó, como jefe del DAS, asumir la investigación por encargo del presidente López y, además, porque era mi deber. Solamente tentarnos el robo de la espada y un comunicado Lo primero que se nos ocurrió fue reunir lo poco que sabíamos del M-19 y escoger a los mejores interrogadores que tenía la policía, el DAS y el Ejército, y con esa información hacer unos cursos intensivos, hasta avanzadas horas de la noche. Solamente teníamos el robo de la espada y un comunicado, pero ya el M-19 demostraba su capacidad de conmoción con el secuestro de Mercado. Abrimos 17 frentes de investigación porque al comienzo había un misterio total. ¿Quién tenía a Mercado? ¿Qué tan ciertas eran las versiones? No se sabía nada. Lo más lógico era que se trataba de algún problema laboral o de alguna pugna entre las centrales obreras, o que parlamentarios como Toledo Plata, que tenía elementos de extrema derecha convertidos al movimiento revolucionario, estuvieran involucrados. Había que investigar también todas las instituciones capaces de embarcarse en un secuestro de este tipo; a los partidos políticos, a los grupos económicos, incluso a ciertos gobiernos extranjeros que podían estar interesados en crearnos problemas. Abrimos 17 frentes, y en cada uno de ellos pusimos a la persona más capaz. Hacíamos una evaluación diaria de lo que se había logrado. Estábamos contra el tiempo porque antes del 19 de abril de ese año, el caso Mercado iba a tener algún desenlace y lo importante era impedir que fuera eliminado y rescatarlo antes del 19. El presidente López encontró muy bien concebida la investigación y le dio todo su apoyo. Estábamos con un entusiasmo pocas veces visto. Había otro aspecto a nuestro favor y era que en ese tiempo

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jurídicamente la investigación penal la asumía la justicia penal militar. Estaba el general Landazábal al frente de la brigada, con su equipo de jueces militares. Yo no tenía sino 72 horas Concluimos que Jaime Bateman estaba a la cabeza y estaba Pizarro y estaban todos. La cosa fue tan exitosa, que en menos de 50 días que duró el viacrucis de José Raquel Mercado, 96 miembros del M-19 fueron capturados. Jaime Bateman, estoy seguro, no estaba en el país en ese momento, pero a los 96 hombres los interrogamos con la máxima técnica que pudimos desarrollar en ese momento. Teníamos una especie de batería, llamémoslo así, es decir, un paquete de preguntas comunes a todos. Al desarrollarla, el investigado va dando bases para cruzar los hilos, y así van cayendo en contradicciones. Me aprecio de haber hecho esa investigación con un absoluto respeto de las normas procedimentales de ese momento. Yo no tenía sino 72 horas como DAS para poder interrogar y poner a disposición, en ese caso, de un juez militar a la persona interesada. Por ahí debo tener una carta de Toledo Plata reconociendo la gallardía con que en todo momento él y todos los demás fueron tratados en el DAS. Yo entregaba esas personas a las 72 horas. Solamente en dos ó tres casos, como el de Toledo Plata, actuamos amparados en un parágrafo de la norma procedimental de ese entonces que decía que cuando las personas sindicadas fueran más de... no sé cuántas, se podían tener 24 ó 48 harás más. Nunca les faltó alojamiento, comida, tinto. Naturalmente, estaban incomunicados. El mejor equipo: de interrogadores Me llamó mucho la atención el adoctrinamiento que habían desarrollado. Fue supremamente difícil encontrar una contradicción, teniendo, como les digo, el mejor equipo de interrogadores. A los jueces, a pesar de que eran militares, les faltó, llamémoslo así, decisión para haberlos mantenido detenidos. Desde que un juez recibe un probatorio de las diligencias preliminares que hace la policía judicial, en este caso el DAS y el equipo mixto que formamos, era a criterio del juez mantenerlos, detenerlos o no. A la mayoría se los liberó, en mi opinión, prematuramente. Vino después la muerte de Mercado. Donde menos lo van a dejar es en el monumento a Los Héroes La víspera del 19 de abril se habían tomado las medidas de segundad necesarias. Estábamos seguros de que a Mercado lo Iban a matar. Lo importante era interceptar en dónde iba a aparecer. Hicimos un plan muy especial; un estudio minucioso de la ciudad de Bogotá, de sus principales rutas, etc... Topos los servicios se desplegaron por la ciudad. No quedó un solo hombre o una mujer del DAS ni de los servicios de inteligencia que no estuviera de servicio en la calle desde el día anterior, escuchando, observando. Todos tenían que llevar un radio, teníamos claves en conexión con algunas emisoras para orientarlos por falta de radiocomunicación. En la última reunión de coordinación hablamos de cómo interceptarlos si ese día, o esa noche sobre todo, aparecía el cadáver

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de Mercado o lo trasladaban vivo a alguna parte. Se discutió si en el monumento a Los Héroes pondríamos vigilancia especial y yo dije: “Si estos señores van a asesinar a Mercado porque es un traidor del pueblo, donde menos lo van a dejar es en el monumento a Los Héroes”. Esa reunión fue muy grande, éramos unas 100 ó 200 personas, haciendo los últimos retoques del operativo. A lo mejor haya podido llegar hasta el M-19 la información. El único sitio de la ciudad que no tenía seguridad especial era precisamente el monumento de Los Héroes. Y de la forma más sencilla, ahí fue donde lo dejaron... Ese boletín dio la pista de quiénes eran Hicimos un esfuerzo muy grande, pero el resultado no se vio en ese momento. Después de mi retiro del Ejército, cuando vino lo de las armas del Cantón Norte, a alguien en el alto mando se le ocurrió decir: “¿Dónde están las investigaciones del M-19?” Pues ahí estaba todo; la vida de cada uno de los 90 y tantos individuos que capturamos en la época de Mercado. Dónde nació, familiares y todo lo que a ustedes se les ocurra. No fue sino recurrir a esa investigación y encontrarlos a todos de inmediato. Estaban libres, pero estaban registrados. Por eso fue tan rápida la respuesta cuando lo de las armas. Además de que el M-19, entre las cosas absurdas que hacía, dejó un reconocimiento al personaje que había sido el gestor del robo de las armas y que se había matado ese día o el día anterior en un accidente. El boletín decía: “Fulano de tal, artífice de la operación de las armas, etc.”. Ese boletín dio la pista .de quiénes eran. No se había perdido al fin y al cabo el trabajo. Aunque no logramos encontrar a Mercado ni impedir que fuera eliminado, hicimos una historia del M-19, que hasta ese momento era un misterio en el país. Concepción muy autoritaria El planteamiento de la posibilidad de un diálogo fue negado. La impresión que se tenía y que en parte se sigue teniendo hoy con los diálogos es que existe una concepción muy autoritaria. En el Estado y en el gobierno primó el criterio de que conversar y dialogar con los subversivos era claudicar ante ellos. Alfonso López tenía esa misma concepción, por el tipo de gente que lo rodeaba; los ministros que lo rodeaban tenían una concepción muy cerrada, enfrascada al interior del Estado, y no medían las consecuencias que un mal manejo político de un problema de estos podía ocasionarle al país. Por ejemplo, el caso Marquetalia militarmente fue una operación extraordinaria, con menos de 200 hombres en un terreno al que solamente había acceso, y casi intransitable a pie. El Batallón Colombia, a mi mando, tuvimos la suerte de tener éxito. En menos de 48 horas, con un ínfimo número de bajas. Pero miremos objetivamente qué fue Marquetalia y qué eran las Repúblicas Independientes. Eran unos reductos insignificantes en lo más profundo de la selva, al pie de los nevados. Marquetalia era un lugar donde no llegaba nadie, donde unos tipos ya influenciados por las ideas marxistas habían resuelto hacer una comunidad a su acomodo. Una zona del territorio donde un señor llamado Pedro Antonio Marín o Manuel Marulanda Vélez, mandaba y tenía un grupo armado Defensa Agraria, Autodefensa Campesina. La toma la hicimos muy bien, ¿Pero las consecuencias

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de eso cuáles fueron? Que desde ese día, 14 de junio de 1964, nació una cosa que no existía: la guerrilla móvil que hoy se llama FARC. Esa fue la consecuencia política de la toma y de las posiciones duras de los enemigos de los procesos de paz. Ni siquiera sabíamos cómo se pronunciaba el apellido Para ser franco, la primera vez que oí ese nombre, el de Jaime Bateman, fue a raíz de las informaciones fragmentarias que comenzamos a recoger. Ni siquiera sabíamos cómo se pronunciaba el apellido, ni cómo se escribía Bateman. La verdad es que había un desconocimiento tan extendido en los propios organismos de seguridad sobre el M-19, que todos esos nombres que fueron apareciendo, fue por las delaciones. Pero todos los interrogados se cuidaban mucho de hacer alusión a Jaime Bateman, “¿Usted conoce o ha oído nombrar a un señor Bateman?” “No tengo ni idea”. Se decía que había sido funcionario del Ministerio de Obras Públicas; esa era la única información que teníamos. Él comenzó a salir a la luz pública después de lo de José Raquel Mercado. Era muy difícil prever lo que estaba haciendo Un hombre admirable. Fue él, Bateman, quien le dio ese impulso, esa mentalidad lanzada a la organización que orientaba. Le imprimió la gran iniciativa de golpear en distintos frentes a la vez. Desarrolló una habilidad muy grande para moverse dentro y fuera del territorio nacional y para improvisar cosas. Levantaba recursos de donde no existían. Indudablemente era una persona con una convicción muy grande de lo que estaba haciendo. Bateman era desconcertante. Se comprometía personalmente y salía siempre adelante. Era muy difícil prever qué estaba haciendo. Yo siempre vi al M-19 como un movimiento desconcertante. Cuando uno ya tiene experiencia militar, piensa dos veces qué paso dar. Ellos siempre dieron pasos que los podían conducir a su destrucción total. Sin embargo, tuvieron la suerte de que no fueran destruidos. Hubo ocasiones en que el M-19 hubiera podido ser copado y no fue así, naturalmente por el valor de sus elementos, como en el combate de Corinto. Allí se jugó la suerte de todo el movimiento porque estaban concentrados todos allí, y la fuerza pública preparó una operación muy grande que no fue exitosa. El M-19, en mi opinión, se jugó su suerte en casi todas las actuaciones importantes que tuvo. Tuvo mucha suerte. Si no hubiera muerto Bateman, seguramente hubiera llevado el proceso de paz, en mi opinión, a muy buenos destinos. Él hizo un aporte muy grande para que el país comenzara a pensar de que quienes se alzan en armas, como el caso del M-19, con sentimientos románticos, con sentimientos patrióticos, con sentimientos nacionalistas, deben ser escuchados. Las cosas que dijo al país en los reportajes que la nación conoció marcaban un paso sin antecedentes, al menos en las últimas décadas. Mostró que era necesario dialogar con quienes políticamente se alzan contra el Estado.

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14. PABLO Y LAS MUJERES

“SE ARMÓ LA GAZAPERA PORQUE LAS MUJERES DIJIMOS: 'YA ESTAMOS AQUÍ ¿NOS VAN A ECHAR?, ¿O QUE?’” Vera Grabe (Comandante y vocera en el exterior del M-19. Parlamentaria) Empecemos recorriendo los pasos: el recuerdo más remoto que tengo de Bateman es el de una ocasión, hace muchos años, en el Colombo Soviético; entró un señor, alto, flaco; con un saquito de lana virgen, cortiquitico. Yo no conocía casi a la gente del M-19, pero lo recuerdo. Esa es la primera imagen que tengo. Después tuvimos el primer encuentro; el Flaco estaba con Eddie Armando. Quería que le prestara un vehículo para realizar un operativo. El carro estaba dañado y era un carro legal. Yo me negué. Le dije que yo no tenía noción de muchas cosas, pero el sentido común me decía que un carro dañado y legal no servía. Pensé: “¡Se me va a venir la inquisición encima!”, y me llevó a un bar, donde quedaba el teatro San Carlos: pidió una Coca-Cola con muchísimo hielo y yo pedí otra. Y Bateman lo que me dijo fue: “Tranquila, hermana, seguimos hablando”. Fue la primera vez que sentí que el Eme estaba integrado por gente distinta, no esquemática. Que allí se asumía que somos un proceso, que uno no nace revolucionario ni nace superdefinido, sino que se construye. Era una actitud muy chévere, muy fresca, eso de decir: “Bueno, esta vez no, pero no es la última vez, seguimos hablando”. Una respuesta así marcó una cosa muy clave en mi: ver que de verdad se asumía en el M-I9 a la gente como seres humanos, que llega, se forman y tienen derecho a plantear sus opiniones, sus dudas, o a negarse a hacer cosas con las que se está en desacuerdo. Pablo era un tipo muy sencillo, muy asequible, muy cercano a la gente, alguien para escuchar, a pesar de que era un carretudo tenaz.

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Usted es capaz, hermana En el Flaco y en Fayad hubo el esfuerzo consciente de promover la mujer y de exigirnos mucho. Yo era para ellos algo así como “la niña”. Hicieron un esfuerzo para que yo fuera mejor, para que creciera. Me dieron una gran confianza; la confianza de creer en uno, de decirle: “Usted es capaz, hermana”. Podía ser que uno no supiera un carajo, pero aprendía. Cuando salí de la cárcel en el 80, me dijo el Flaco: “Usted se va para el exterior y dirige el trabajo afuera”. “No, yo no sé nada, ni de diplomacia, ni de relaciones internacionales”. “No importa”, me respondió, “va aprendiendo”. Uno se sentía responsable y respaldado, sobre todo porque él nos daba confianza. Bateman tenía la facultad de saberle dar siempre a la gente el lugar que le correspondía. Hacía un esfuerzo consciente por resaltar el papel de la mujer y por rodearse de muchas de nosotras. Creía en el sentido común y la intuición que tenemos las mujeres. Tal vez aunque en ese momento no teníamos un gran nivel conceptual, ni desarrollábamos las cosas con mucha precisión, teníamos sentido de las cosas. Por eso muchas de nosotras seguimos y estamos donde estamos. Veinte mujeres emplazándolo En el 82, en la Octava Conferencia, cuando se estaba planteando la construcción de un ejército, surgió la discusión de la participación de la mujer. El Flaco argumentó: “En ese ejército no debe haber mujeres, porque eso crea demasiados problemas. Mujeres en los ejércitos no hay, ni siquiera en el ejército soviético”. Citó otros ejemplos y, por supuesto, se armó la gazapera más horrorosa porque las mujeres dijimos: “Estamos aquí; ¿nos van a echar o qué? ¿Qué van a hacer con nosotras? ¿Cómo vamos a vincularnos?” La reacción de las mujeres fue lindísima: nos agrupamos y citamos al comandante Bateman a las siete en punto de la mañana del día siguiente. El hombre llegó con Chalitas, medio asustado. Éramos veinte mujeres emplazándolo: “¿Cómo así que en el ejército no hay mujeres; entonces qué van a hacer con nosotras?” Eso sirvió para plantear los problemas específicos de las mujeres: compañeras a las que les pegaban los compañeros, otras a las que ponían a lavar la ropa, y el embarazo como una dificultad para los guerrilleros. Hablamos de las expresiones continuas de machismo que se estaban dando al interior del M-19. Entonces el Flaco se vio obligado a cambiar su posición y de allí surgió una ordenanza que escandalizó a mucha gente. Incluía: no al maltrato; sí al aborto, sí al derecho al control natal, igualdad de trato, educación para las mujeres que se vinculaban a la guerrilla. Bateman planteó a partir de allí que a las mujeres había que dedicarles un esfuerzo especial de capacitación para que entendiéramos y lográramos niveles ideológicos superiores y pudiéramos asumir papeles importantes en la guerrilla. Este tratamiento especial era una manera de enfrentar el machismo.

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La revolución o los hijos Otro asunto de debate fue la cuestión de la maternidad. Se decía que las mujeres de la organización no podían tener hijos. Esa fue una actitud muy drástica que en esa época uno aceptaba, porque era tal el nivel de incondicionalidad y de entrega de las mujeres al proyecto, que uno se decía: “Pues sí, hay que decidir, o la revolución o los hijos”. ¿Qué tal? ¡No podíamos tener hijos porque los niños traían muchos problemas! El Flaco defendía esa posición. No se entendía para nada la dimensión compleja de la mujer y su necesidad vital de tener hijos. Y nosotras no teníamos la claridad ni la suficiente irreverencia para ser capaces de decirle no a esa actitud. Sólo hasta el 86 yo fui capaz de decir: “¡Quiero tener un hijo y voy a tenerlo! Después veremos qué sucede”. Si uno no crea el hecho, las cosas nunca cambian. Permanente movimiento Una virtud muy grande en el Flaco era su capacidad de ver las cosas en permanente movimiento, ser capaz de entender que una cosa podía ser verdadera y falsa al mismo tiempo, que no existen verdades absolutas. Por eso, ante las realidades concretas, podía pensar una cosa, y de pronto admitir que lo contrario también podía ser cierto. Por eso tenía gran capacidad de, sobrase, y de generar asombro en los otros. Su formación inicial era muy marxista y comunista, y eso sin duda le dio una serie de elementos sobre los cuales actuar, criterios frente a la gente, visión de lo colectivo, etc. Esos elementos le permitieron generar respeto a algunas cosas: por ejemplo el respeto frente a la revolución cubana. Para Pablo, el reconocimiento a Cuba y su revolución era algo, intocable. Eso no quiere decir que no criticara cosas, pero tenía un respeto de principios que era muy de su esencia. Para él existían unos respetos y unas lealtades básicas que no se le perdieron por más que cambiaron las circunstancias. Una noción continental En las relaciones internacionales, algo muy especial en su vida fue la afinidad entre el Flaco y el general Torrijos. Era una afinidad muy especial en lo caribeños. Bateman llegó a Panamá precisamente el día en que Torrijos murió, y eso le dio durísimo. Me acuerdo de una borrachera suya. Estábamos en la casa de un teniente de la Guardia Nacional, tomando una especie de licor coreano, cuya botella tenía una culebra adentro. Es un trago fuertísimo y el Flaco se pegó una borrachera increíble. Se suponía que eso no se debía hacer en la clandestinidad. Empezó a gritar en esa casa: “¡Torrijos y yo somos los dos únicos verracos en este continente! Tenemos que hacerle un monumento a Torrijos”. Era una escena patética. Todos estábamos asustados. “Nos van a pillar”, pensábamos, y él gritaba como loco: “¡Torrijos y yo somos los verracos!” Era un sentimiento lleno de dolor, pero a la vez hermosísimo: una gran borrachera de la dimensión latinoamericana y colombiana de ese liderazgo. La independencia estuvo marcada por la conspiración de Bolívar en el Caribe. De nuevo, el M-19 en Panamá y en general en el exterior tuvo ese mismo inconfundible sabor, el sabor de la conspiración, la influencia de la piratería. La solidaridad que se dio en Panamá con nosotros fue algo grande: fue un acto bolivariano.

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Inició una epopeya nueva de conspiraciones en el Caribe: el “Karina” y muchas cosas... No era solamente traer las armas; era una noción de continental. Algo como una profecía Bateman también tenía a veces un talante de comandante muy tajante, capaz de no admitir discusión. Obviamente éramos parte de una estructura militar. Lo que pasó en la Embajada fue una opción para sacarnos de la cárcel. Recuerdo haber recibido un papelito en la celda que decía: “Vamos a hacer el intento de salida masiva de todos ustedes”. Ese hecho fue el comienzo del diálogo por una salida política, por la paz. Algo como una profecía que se viene a cumplir más tarde. Fueron cosas de mucha intuición de Bateman. Pensar que el Flaco se iba a morir era una cosa que a nadie le cabía en la cabeza, ¡a nadie! Él era para nosotros un tipo inmortal. Asumir eso fue durísimo porque supuestamente no iba a haber nadie después de él. ¡Pues no! Sí había, y hay. Como él decía: “Mientras exista un solo hombre Eme y demócrata, existirá el M-19”. “HERMANA, A TENER ESE HIJO COMO SEA” Eslendi Puentes (Actriz, fundadora del M-19) Me iba ir a la guerrilla de las FARC y Milton Puentes, mi papá, llamó al Flaco: “No se lleve a mi hija, devuélvamela, porque esta desahuciada y no es justo que se vaya a sufrir a la guerrilla”, El Flaco le contestó: “Le prometo que se la traigo”. Se fue entonces a casa y me dijo: “Empaque, que nos devolvemos para Bogotá”. Yo no entendí bien por qué. “Flaco, estoy embarazada. Necesito abandonarlo todo”. Y él me respondió: “Hermana, a tener ese hijo como sea”. Todo el mundo condenaba mi actitud en ese momento cuando comenzaba algo tan importante como el M-19. Bateman fue la única persona que me entendió y me defendió, argumentando que lo importante era que ese hijo mío naciera.

Le había comprado las boletas a un ladrón Una vez en una rumba de un carnaval en Barranquilla, Carmen Lidia, Humberto, el Flaco y yo nos fuimos a una caseta. El Flaco ya estaba medio tomado y cuando bebía así se perdía... Pagó las boletas y nos quedamos esperándolo. ¡Se las había comprado a un ladrón! “No puede ser”, decía. Pasó toda la noche deprimido, casi llorando, porque le parecía increíble que lo hubieran robado a él. Se la pasó buscando al ladrón. No le gustaba perder. Le gustaba muchísimo hablar con mi papa, pero el viejo tenía el temor de que siempre llegaba a llevarse a su hija. Cuando detuvieron a Esmeralda, pasó toda la noche en la casa tratando de localizarla por todas partes, hasta que la encontró.

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Hacíamos tiro al blanco todas las mañanas En la finca “Jalisco” de mi papá se hizo la histórica reunión donde, por una propuesta de Fayad, la organización “Comuneros” cambió al nombre “M-19”. Yo presté la finca a escondidas. Se lo conté a mi papá muchos años después. Estábamos allí Carlos Pizarro, Álvaro Fayad, la Negra, Esmeralda, Iván Marino, Elvencio, Peggy, Lucho Otero y muchos otros. Éramos 30 ó 40. Durante toda la reunión estuvimos llorando, porque el humo de la estufa subía. Practicábamos tiro al blanco todas las mañanas. El Flaco entrenaba personalmente a las mujeres porque decía que teníamos que llegar a ser las mejores guerrilleras urbanas. Lo vi y era el mismo, descamisado... Un día me llamó a Guayaquil y me dijo: “Hermana, voy para allá”. Hacía diez años que no lo veía. Llegó con mi mamá y con Iván Marino. Lo vi y era el mismo, descamisado... Cuando se iba, le di 10.000 sucres “para lo que necesites, hermano”. “¡Qué verraquera de vieja! Sigue siendo la misma”. ¡Imagínese toda la plata que él debía tener y yo dándole 10.000 sucres! Antes de despedirme me dijo: “Tengo que conocer a Nicolás”. Y al ver a mi hijo dijo: “Esto era lo que nosotros queríamos que naciera”. “¿DE DONDE SACARON A ESE NOVATO? ¡NOS VA A MATAR A TODOS ESTE LOCO!” María Eugenia Vásquez “La Negra” (Fundadora del M-19, protagonista de la toma de la Embajada Dominicana) La primera imagen que tengo del Flaco es una maravilla. Nos habíamos empeñado en la recuperación de las primeras armas para el Eme. Lo hicimos por una información que logré obtener de un íntimo amigo mío, Juan Manuel Ponce, con el que estudiaba antropología. Yo visitaba su casa y me di cuenta que tenía una colección de armas. Y en ese momento, como todo era para la revolución, se me ocurrió que esas armas servían y se lo comenté a Iván. Éramos Comuneros. Iván dijo: “¡listo! ¡Nos sirven!” Era nuestro primer operativo. Reuní la información. Levantamos los planos de la casa y armamos el operativo. Nos falló las dos primeras veces. Yo quería estar con Juan Manuel en el momento del operativo porque me daba cierto sentimiento de culpa. “Prefiero estar ahí, por si algo pasa. De todas maneras soy yo la que lo estoy metiendo en este lío”. Teníamos una reunión de estudio cuando llegaron. Pasaron frente al portero como amigos que iban a estudiar. Las armas estaban en la biblioteca donde estábamos estudiando. Entraron. Había dos muchachas de servicio y un celador. Los papás de Juan Manuel estaban en Europa. Entraron Iván, Ana María y el Flaco Bateman. ¿De dónde sacaron a este loco? Yo al Flaco no lo conocía. Él llegó con una pistola Walter 9 mm. montada. Iván nos había dado instrucciones del manejo de armas con una de las pocas que tenía el Eme y nos había enseñado que las pistolas no se montan sino en el momento de usarlas porque era

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peligrosísimo. Y yo veía al Flaco con esa gabardina negra, medio verdosa, con las mangas arriba de la muñeca, los zapatos Grulla cafés y la bota del pantalón como diez centímetros más arriba y gafas oscuras que parecían de ciego. Lo veía con esa pistola montada y pensaba: “¿De dónde sacaron a este novato? Nos va a matar a todos este loco”. “¡Quieto todo el mundo, esto es un asalto! ¡Somos la guerrilla urbana!” Yo entré en pánico, me posesioné del papel de víctima. Juan Manuel, muy tranquilo… El Flaco empezó a hablar con él. Yo miraba la pistola montada aterrorizada. La puerta del jardín estaba abierta y había un perro pastor peligrosísimo. Pensé: “Hay que cerrar esa puerta para que el perro no vaya a entrar, porque si entra, los asalta”. Me voy hacia la puerta a cerrarla y el Flaco, que no sabía quién era yo ni qué diablos pasaba, me dice: “¡Quieta ahí o disparo!” Yo le hago a Iván ojos de auxilio, y digo: “¡Cierren la puerta. El perro!” Por el Flaco me tuve que quedar paralizada. Cerraron la puerta y yo me tranquilicé. Echaron todas las armas en una mochila que llevaba Ana María. El Flaco le pregunta a Juan: “¿Cuál de estas armas quieres que te dejemos?” Juan le dice: “Un revólver Colt del tiempo de. los vaqueros”. ¡Y el Flaco le deja el arma! Luego coge un libro y le dice: “Préstame este libro y yo te lo devuelvo”. Yo pensaba: “¿Y a éste, de dónde diablos lo sacaron? Además de ser un novato, es un pantallero. ¿Cómo hace para hablar tanto? Ese tipo está loco. ¿De dónde se lo levantaría el Iván?” “¡Cuál policía!” Para mí, Iván era la imagen del guerrillero, seguro, pausado. Este Flaco se salía de todos los parámetros del guerrillero que yo conocía. Nos pusieron esparadrapo en la boca, nos amarraron para que no hiciéramos ningún movimiento. Yo tenía como misión tenerlos callados por un tiempo para que los otros se pudieran ir. Mientras tanto, empecé a llorar, hice la que me daba mareo. Por atenderme a mí, y mientras se desamarraban, pasó como media hora. Entonces Juan dice: “Vamos a llamar a la policía”, “¡Cuál policía!” Juan Manuel bajó donde la muchacha de servicio. “¿No se dieron cuenta del asalto?” “Nada”. Nadie se había dado cuenta. Además, le preguntan a Juan: “¿Qué más hay en la casa?”. Él estaba mucho más tranquilo que nosotros. Se dio aviso a la policía y a todos los que estábamos ahí nos montaron seguimiento e indagatorias. Un libro devuelto Nosotros dejamos pasar un mes y en una reunión con Iván Marino le pregunto: “¿Quién es ese novato que ustedes se levantaron?”. Iván se rió y dijo: “Ese no es ningún novato, lo vas a conocer después”. Pasaron los días y nos organizaron una cita clandestinísima para que los tres que habíamos estado en la acción nos reuniéramos con el Flaco. Traía la propuesta de que Juan Manuel, la víctima, colaborara. A esa reunión fui yo. El Flaco le devolvió el libro y le habló del movimiento que se estaba formando; le dijo que sentía mucho haber tenido que hacer lo de las armas.

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Oiga, señor, ¿qué hace usted en mi carro? Y lo fui encontrando después en todos los operativos, fui familiarizándome con su mamadera de gallo, con su optimismo desbordante que no daba cabida a las rabietas de Rubén cuando nos fallaba algo. Fui aprendiendo de su audacia para improvisar alternativas, para inventar coartadas. Como, por ejemplo, la ocasión aquélla cuando un pastuso dueño de una furgoneta en que esperábamos para secuestrar a alguien que llamábamos “El Maniquí”, reconoció su carro y desconoció al Flaco que estaba de chofer, y se le acercó para decirle: “Oiga, señor, ¿qué hace usted en mi carro?...” Mientras, el Flaco encontraba la manera de convencer al pastuso de que esperaba a su sobrino y de que no había problemas. Y lo convenció, a pesar de la pinta que tenía de gánster criollo, con las oscurísimas gafas. Mientras tanto, Boris y Lucho salían por la puerta de atrás, tratando de esconder las armas y las granadas entre el suéter, y el operativo se desmontaba con la rapidez de un rayo. Ese hecho dio para que se riera más de lo usual. Nada lo desanimaba. Era un reincidente de la esperanza. En los peores momentos sacaba del bolsillo un apunte de humor, una frase de aliento, una sonrisa. “Lamparillas” Las salidas de entrenamiento eran inolvidables: En el trayecto cantábamos como colegiales de paseo. La única canción que él sabía completa era “Lamparillas” , porque cuando estudió en la Unión Soviética, el grupo de latinoamericanos sólo tenía un ecuatoriano que tocaba guitarra y ésa se convirtió en la canción de presentación de todo el grupo para los eventos de integración. Las marchas se hacían con él a la vanguardia y uno se tragaba la lengua tratando de alcanzarlo; él a zancadas y yo al trote. A la hora de la comida, siempre me pareció que se quedaba con hambre, pero nunca dijo nada. Compartir con él el sleeping era un castigo, porque dormía con las piernas recogidas hasta el pecho, y el frío que se colaba no me dejaba conciliar el sueño... No había operativo donde no estuviera merodeando. Sé bien cómo le costó aceptar que el comandante general no debía estar en todos los operativos. No, hermano. ¿Cómo es eso? Era el menos machista de los hombres, por lo menos con nosotras. Supo reconocemos los méritos y apoyarse en nuestro criterio para las grandes decisiones. Ester Morón, Peggy, Esmeralda, La Mona fueron algunas de las mujeres a quienes les consultó permanentemente. A mí me arrastró el ala después de uno de esos operativos, fallidos. Me dijo: “¿Cuándo se deja ver? Vamos a cine”. “Listo. Mañana”. Había una película muy buena, “Un día bien empleado”, de humor negro, de Jean-Louis Trintignan, y nos citamos. Me estaba esperando en la esquina de la 24, con su gabardina, sus pantalones altos, sus gafas

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oscuras. En la película me fue cogiendo la mano y yo, por supuesto, como era una especie de “guardia roja” y era además amiga de Esmeralda y, conocía a su hija, Natalia, de chiquita, y fuera de eso tenía marido, cuando salimos de ahí le dije: “Hermano, ¿cómo es eso? Yo conozco a su mujer y la quiero mucho”. El Flaco soltó la carcajada y me respondió: “Yo también la quiero. ¿Quién le dijo que yo no la quería?” Detrás de la puerta Para mí tuvieron que pasar seis años, una separación, un amante y el final de mi segundo matrimonio. Fui yo la que le insinué que ya podía arrastrarme el ala. Bastó que mi mano tocara su cuello para que al día siguiente, con el pretexto de felicitarme –estaba cumpliendo 25 años—, me hiciera el amor detrás de una puerta, mientras mi mamá dormía en la otra pieza. Abandonarse en mí No puedo decir que fui su amante. Sólo que nos encontrábamos de vez en cuando a media tarde o después de las seis, a la hora menos pensada, cuando le era posible abandonarse en mí para pensar en él por un minuto: Después se perdió y cuando le pregunté por qué, me respondió: “Porque me podía encarretar y... eso… no...” Me emociona tener un jefe como él Una noche, después de la evaluación de un operativo, uno de los compañeros no se acostaba a pesar de que eran más de las doce. Yo le pregunté qué pasaba y él me dijo que lo había desconcertado el comandante Pablo. “¿Por qué?”, le insistí. “Porque es mucho más de lo que la gente dice... más sencillo... aún, más afectuoso, más amigo... Tanto, que me conmueve, me emociona tener un jefe como él”. Amigo de sus amigos En una ocasión, hablando de las relaciones afectivas entre los compañeros —porque yo había tenido una de esas crisis matrimoniales que uno tenía muy a menudo por esa época—, mandé llamar al Flaco. Ya era un hombre mucho más ocupado. Le mandé razones como si fuera una cita importantísima de urgencia y se apareció. Después de que hablamos, le dije: “Flaco, ¿vos sacaste tiempo para oírme a mí estas pendejadas?” “Si uno no es el mejor amigo de los amigos, entonces no estamos haciendo nada”. Aquí estoy, hermana El Flaco humano era el mejor amigo de sus amigos. No lograron distanciarlo las jerarquías. Supo ser amigo• aún en los momentos cuando era tan respetado como comandante, en los momentos de orden cerrado, al final de un curso, todo el mundo

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vestido de militar, en la presentación de armas, y se le acercaba a uno: “Aquí estoy, hermana. ¿Qué hay de tu mamá? ¿Dónde dejaste tu hijo?” Eran las preguntas que lo acercaban, como quien dice: “Seguimos siendo amigos”. En los bailes, las sutilezas para pellizcarlo a uno en el bracito, para decir tímidamente una coquetería. Nunca se alejó de sus amigos. Comienza a hablar de fútbol Un día yo le presenté un intelectual de muy alto nivel, y yo pensaba: este hombre tiene que conocer a alguien importante de la organización porque quiere colaborar con el Eme, y yo ya no daba más; entonces le presenté al Flaco. Fuimos a la casa de ese señor y yo esperaba que el Flaco hiciera su debut con la línea política. El Flaco llegó, se sentó y comenzó a hablar de fútbol, de comidas típicas del país, de cuanta cosa se le fue ocurriendo. Yo pensaba: “¿A qué horas empieza?” Terminó la charla al amanecer. Al otro día fui a visitar al personaje y le pregunté: “¿Cómo le pareció el Flaco?” “Ese era el hombre que yo quería conocer. ¿En qué puedo ayudar? Así es que yo quiero una organización”. “Pero, ¿qué fue lo que dijo?” “Este es el hombre que el país necesita, el hombre que está interpretando el país. Con ustedes yo sí trabajo”. Y yo me preguntaba: ¿qué fue lo que el Flaco dijo? Echó por tierra todo lo que ellos habían hecho Al Flaco nunca lo vi desesperado o angustiado; en dos o tres ocasiones nada más. La organización entraba en crisis cuando él estaba fuera. Llegaba, decía las cosas y todo volvía a quedar en la “normalidad”. Una vez el Flaco había estado fuera del país, y mientras tanto se había reunido la dirección nacional que estaba fuera de la cárcel: Navarro, Nelly Vivas, Otty Patiño, Yamel Riaño, Elvencio, Lucho, Fercho, Rosemberg y Nelson Carvajalino. Se reunieron y lanzaron la línea de acción. La gente se estaba yendo del país y ellos lanzaron unas orientaciones bien duras. Como a las dos semanas, llegó el Flaco volvió a convocar otra reunión nacional y echó por tierra todo lo que ellos habían acordado… Decía: “Este no es el momento de la línea dura, es el momento de abrirnos más, de buscar más gente”. Los compañeros se quedaron sin argumentación. Uno, veía allí la diferencia del Flaco frente al resto de la dirección. Él podía ver mucho más allá lo que estaba pasando. Los argumentos de él eran tan contundentes... Por eso fue un jefe cuyo liderazgo nunca se cuestionó, aunque se tuviera divergencias con él. Esto sigue Yo empecé a pensar en su muerte en esa reunión, en la que constaté la distancia que había entre la dirección nacional y él. Ese día pensé: el día que falte Bateman, esto se va a poner muy difícil... El gran esfuerzo para la dirección nacional es ponerse a la par con él. Me consolé pensando que estos hombres daban la estatura. Después de que se oyeron los rumores de que El Flaco se había desaparecido, sentí que el mundo se me caía encima. ¡Desaparecerse el Flaco, no! ¡Esto se acabo! Y no, ¿cuál se acabó? Si cada uno de nosotros tiene un pedazo de lo que él quería. ¡Esto no se va a acabar!

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“ADIÓS, MAMACITA DIVINA” Miriam Rodríguez (Militante del M-19. Compañera de Carlos Pizarro) Lo conocí a principios del año 74. Se paró en la puerta del apartamento de Carlos Pizarro con una sonrisa de sinvergüenza y nos saludó. Ellos tenían en común la construcción del M-19, la necesidad de reagruparse en torno a una guerrilla diferente a las FARC. Entre las personas que empezaron estaban Peggy, Álvaro Fayad, Elmer Marín, el Flaco y Carlos Pizarro. Bateman era de una alegría impresionante, muy descomplicado. Cuando se realizó lo del Cantón y empezó la persecución contra nosotros, me perdí y me desconecté de la organización. Ellos me buscaron y decidieron ir a la casa de mi mamá y allí había dos personas de la inteligencia militar esperando que llegáramos. De pronto el Flaco y Álvaro parquean el carro, se bajan y empiezan a preguntarle a mi mamá: “¿Dónde está Miriam?” Mi mamá no sabía qué hacer. Ella se pasaba la mano por el cuello como diciendo: “¡la cuchilla!” Medio entendieron y se fueron. Posteriormente regresé y busqué a Jaime Bateman. “¿Qué te habías hecho?” “Y tú tan bonita como siempre”, dijo. E inmediatamente me brindó toda la solidaridad. Cuando nació mi hija; María José, estábamos mal. Su mujer esperaba una hija también, lo mismo que la compañera de Fayad. Era como una cosecha, y a todas nos llegó una caja con pañales con todo para bebés porque nadie tenía nada. Todos sabíamos que era obra del Flaco. Una burrita en el camino “Ven, que yo te enseño a manejar”, me propuso una vez en Santa Marta. Nos fuimos para el Tairona y de pronto me dice: “Te toca a ti”. Él me explicaba y yo manejaba. Cuando de pronto se asoma por la ventana: “Adiós, mamacita divina, ¿cómo estás?” Miré por el espejo retrovisor y no vi a nadie. Entonces le pregunté: “¿Oiga, usted a quién le está echando piropos?”, y él se volteó y me miró con unos ojos muy pícaros diciéndome: “Es a la burrita que está ahí al borde del camino”. En un año nuevo, cuando andábamos compartimentados, hicimos una fiesta. Yo tenía siete meses de embarazo y el Flaco tenía igualmente barriga porque él era barrigón. De pronto resultamos bailando mapalé, yo con mi barriga y él con la suya. Brincábamos muy alegres y él me decía riéndose, en la mitad de la sala: “¡Se te va a salir el muchachito!” Mientras el Flaco esté Carlos sentía al Flaco como su hermano mayor, alguien de quien tenía mucho que aprender. Le tenía un aprecio impresionante. Sentía que era la persona que le podía dar el espacio de actuar. No tenía con él ningún tipo de rivalidad, de celo, porque el Flaco se caracterizaba siempre por permitir que la gente hiciera cosas. El decía: “¡Bueno, hagan

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vainas, aunque sea estupideces, aunque sea brutalidades, pero hagan algo, carajo! Equivóquense haciendo”. Carlos Pizarro siempre afirmaba: “Mientras el Flaco esté, me siento bien. Yo soy mucho más afín a él; porque él me permite ser lo que yo quiero. Él no me tiene miedo ni desconfianza”. Era muy afable la relación de los dos. Carlos lo quería mucho. Yo creo que las personas que Carlos más quiso en la vida fueron a su papá, al Flaco y a Álvaro Fayad. La guerra le fastidiaba Tuvieron divergencias, discusiones acaloradas, pero nunca trascendieron al plano personal. Carlos siempre lo sintió como un ejemplo a seguir. Es que el Flaco marcaba el camino. Carlos creía ciegamente en el Flaco, le tenía una fe absoluta. Yo creo que Carlos, mientras existió el Flaco, no tuvo la posibilidad de dudar, ni de sentirse solo. La situación cambió cuando desaparece el Flaco porque fue la orfandad total. Yo me entero de su desaparición en el Cauca y para mí y para todos fue un golpe terrible. Como si nos quitaran el piso. Es que había una confianza inconmensurable alrededor del Flaco. Al lado de él nos sentíamos siempre seguros. Cualquier locura que se le ocurría, la hacíamos con fe. Él fue un gran creador; intentó rescatar al hombre colombiano y sus tradiciones dándole una dimensión de lo que somos. El Eme rompe con los esquemas de la izquierda, de la guerrilla, con los dogmas, con las sectas. A él la guerra le fastidiaba, cargar armas le molestaba. Cuando las cosas no se hacían, el Flaco también era muy bravo. Fue un buen agitador y manejaba muy bien la palabra. Era de una simpatía impresionante. Caldo a las 6:00 En Los Alcázares teníamos una casa donde iba mucho el Flaco y nos ayudaba a limpiarla. Cocinaba, hacía arroz frito. ÉI fritaba el arroz y después le echaba el agua; una fórmula mágica. En esa época rumbiábamos mucho, nos íbamos a una discoteca que se llamaba El Paladium y nos daban las 6:00 bailando. Salíamos de ahí en unas rascas terribles, abrazados, a desenguayabarnos con caldo de menudencias. Éramos entrañables amigos y compañeros. Bateman organiza una reunión en Panamá con la gente que había salido de la cárcel, porque habían estado muy dispersos durante mucho tiempo. Fue la última vez que lo vi. Estaba muy bravo con Ramiro Lucio. Carlos estaba un poco entre las dos aguas, entre la indignación del Flaco y manejar el afecto que le tenía a Ramiro. No quería hablar de eso. A Carlos le dio muy duro. A veces decía: “Uno quiere tanto a las compañeras que termina deseándolas”. Era un hombre tan carismático, que atraía a mucha gente con su presencia, con su vitalidad. Era una persona de una vitalidad arrolladora. De pronto no era un hombre buen mozo, pero sí era un hombre atractivo, simpático, echado para adelante, abierto. Para él, hacer el amor era muchas veces como darse un abrazo más larguito.

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15. EL MONTE

“…Muchos compañeros se han decepcionado, muchos se han entregado. Todos sabemos las debilidades que se presentan en el combate… ¡Siguen pensando que nosotros somos pendejos!, siguen pensando en ver una línea larga de guerrilleros entregando armas. ¡No vamos a entregar armas, compañeros! Así no vamos a discutir nunca, porque nosotros no estamos derrotados. No vamos a entregar escopetas, como dicen algunos compañeros: Entreguemos diez escopeticas pa’ que crean... No señor, el que entregue una escopeta se está rindiendo y nosotros no estamos derrotamos y yo no sé ustedes qué piensan... Quién se siente con los cojones para entregar un arma aquí, compañeros, ¡que levante el arma! Nadie está dispuesto, porque las hemos conseguido con un esfuerzo inmenso, no vamos a negociar armas. Vamos a negociar la libertad que el pueblo necesita, y si no la negociamos, la conseguiremos como tiene que ser…” Jaime Bateman Cayón “¡AQUÍ NO SE PUEDE FUSILAR A NADIE!” Marco Antonio Chalitas (Dirigente campesino. Comandante del M-19 en el Caquetá. Constituyente. Diputado). A Jaime Bateman Cayón lo conocí en el Caquetá cuando preparábamos la primera escuela, por ahí en junio de 1978, en el municipio de Belén, bien arriba en la cordillera. Apareció de golpe un hombre alto y flaco y nadie sabía que él era Jaime Bateman, ¡nadie! Yo venía de trabajar en el Sindicato de Trabajadores Agrícolas del Caquetá. De 45 miembros que éramos, había unos 20 simpatizantes del M-19. Prácticamente el sindicato era una escuela semi-militar, semi-política y, semi-clandestina. Una de las grandes

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posibilidades que se daban en el Caquetá era la de hacer una guerrilla móvil; entonces la primera escuela se hace para ver cómo se sentía el ambiente. Llegó Bateman y nos echó un discurso. Me pareció un hombre muy amplio y muy abierto. Yo no había conocido comandantes guerrilleros jamás. Es más, en ese momento no había conocido ningún guerrillero personalmente. Sabía que había guerrilleros en esa escuela, pero como el M-19 era una organización, yo creía, urbana, no los conocía. Fue mucha la simpatía que logró Bateman esa vez, tanta, que propusimos que para fortalecer el movimiento campesino el M-19 nos dejara al compañero Pablo. Claro, no sabíamos que él era el máximo comandante del M-19. De verdad que era un hombre que le llegaba a la gente sencilla. Claro que cuando había que hablar en serio, era también muy enérgico, pero muy flexible. Donde cupiera el país Nos habló de un proyecto político alternativo, de los partidos tradicionales, del capitalismo, de la clase política dirigente y de las propuestas que había manejado la izquierda hasta ese momento. Nos dijo que teníamos que presentar un proyecto democrático que recogiera y vinculara a las inmensas mayorías que no habían participado dentro de la izquierda porque no cabían. Que debía ser un proyecto muy amplio, donde cupiera el país entero. Así hablaba. ¡Qué íbamos a entender! La segunda vez que lo vi fue después de que habíamos fundado las guerrillas móviles rurales a nivel nacional: la del Cauca, la de Santander, la del Tolima, la Simón Bolívar y la Camilo Torres. Y él pensaba que estaban creadas ya las condiciones en el sur para pasar a una fuerza militar con capacidad de combate. Hablaba de aniquilamiento de las estructuras del ejército colombiano, a pesar de que habían fracasado las móviles en el resto del país. Pero en el Caquetá no; allá era toda una fiesta cuando salíamos armados a las comunidades. Porque allá había nacido yo y allá habíamos trabajado con la gente. Entonces Bateman decidió concentrar el resto en el Caquetá, y lo que quedaba del fracaso de las móviles. Hacía el análisis de que el error que había cometido el M-19 era haber dispersado sus fuerzas, haberlas regado por todo el país y haber mostrado debilidades políticas y fundamentalmente militares. Entonces concentró lo poquito que nos quedaba, Allá llegaron Germán Rojas y Antonio Navarro con alguna otra gente, poca. Nos reunimos; diga usted, no éramos más de 35. De pronto, llegaron los que habían quedado regados en el país y Bateman decidió dar el salto de las móviles a la formación de una fuerza militar. Nos habló de la importancia de construir un ejército que asumiera las banderas de la lucha por un gobierno democrático, por la paz, por un gobierno de verdad nacionalista; un ejército que defendiera y enalteciera las banderas y el pensamiento bolivariano, con el objetivo de convertirnos en el ejército libertador de América Latina. ¡Nosotros que íbamos a entender!

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Bateman se escapa Me acuerdo que, póngale por mucho, nos reunimos 40 y nos decía: “La tarea de ustedes es la de enfrentar las fuerzas del Estado y aniquilar al enemigo”. Otra de las tareas que nos planteaba era la de construir una pista para recibir un gran armamento: el armamento del avión de Aeropesca que cayó en el río Orteguaza. Nos dijo: “Tienen tres meses para que recluten setenta hombres”, y nos dio la fecha exacta para que tuviéramos la pista lista. “A trabajar, y hay que pelear, a pelear; esta estructura se ha hecho para ganar, no se hizo para perder. ¡Representamos lo mejor del país! Había maestros, abogados, campesinos y hasta intelectuales. La población urbana estaba representada por distintas fuerzas… Empezamos la conformación de la fuerza militar y salimos en marcha hacia el sur. Esa concentración la hicimos al pie de Florencia; y nos fuimos a construir la famosa pista en la Bota Caucana. Empezamos la marcha y llegamos a la Bota Caucana después de veinte días. Llegamos con ciento veinte hombres porque nos fuimos convenciendo a la gente para que se integrara a la nueva fuerza militar. Íbamos echándoles el carreto que nos había dejado Bateman. Nos dejó esa tarea para tres meses y la hicimos en veinte días. Nos ordenó el reclutamiento de setenta personas, y ganarnos ciento y pico de personas en veinte días. Se nos unían muchachos de los colegios y de las veredas; era una gallada bien joven, bien dinámica. Entonces hicimos la pista de aterrizaje. Y, ¡zúas!, cayó casi toda la dirección del sur. Bateman milagrosamente se escapó. Todo un cañazo La tercera vez que lo vi fue cuando se filtró el secreto para descargar el avión en la pista que habíamos construido, Bateman dijo: “No tenemos otra alternativa, vámonos para otra pista”. Éramos 188 hombres y nos pusimos, diga usted a quince minutos de una pista que había en Solita, Caquetá, “Aquí en esta pista vamos a meter el avión y de aquí en adelante vainas a cambiar la historia de este país. Se nos va a venir el ejército y el mundo entero encima”. Ciento ochenta y pico hombres, casi doscientos. Bateman nos echa todo el carreto: “Vamos a empezar a gestar un ejército regular. Nos vamos para Florencia y de ahí nos vamos para el poder”. Eso nos daba una moral muy verraca. El hombre le sembraba a uno mucha calor, mucha confianza. No se pudo coordinar la llegada del avión. Hubo muchos tropiezos. En el año 1981 declaró: “Este año 81 es año de combate. ¡A pelear!” Y nos tomamos Curillo sin armas. Óigase bien, éramos un ejército armado sólo de voluntad, de fe, de decisión, de esperanza; pero la mayoría de nuestra gente no tenía ni tan siquiera una escopeta. Estábamos esperando el tal avión. Nos tomamos a Curillo y no pudimos hacer rendir el puesto. Pasaban camionados de ejército y no podíamos hacer nada. Sin embargo, en una pequeña operación recuperamos cuatro armas. Y como el ejército se pasó para Curillo, porque la emboscada no funcionó, Bateman le había entregado el revólver de él a los compañeros para que se fueran a ayudar a rendir el puesto, y cuando llegó el ejército algunos compañeros se lanzaron, al

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río. Se armó el despelote y Jaime Bateman se quedó con unos 35 hombres y sin ningún arma, ¡ni una! Se ubicó en una comunidad y consiguió escopetas de fisto. Mientras tanto, nosotros le enviamos armamento, poco: carabinas y escopetas; lo que se pudo. De ahí se lanzó y se tomó a Mocoa, Eso fue todo un cañazo lo hizo con metricas poquiticas, escopetas y carabinas. Casi hace rendir el puesto de policía a punta de puros cañazos, porque ni parque llevaba. En el 82 nos convocan a la Octava Conferencia en la cordillera. Nos encontramos a finales de julio y el 7 de agosto del 82 él instaló la conferencia. Ese mismo día asumió la presidencia Belisario Betancur. Bateman declaró que estábamos reunidos en el congreso de la democracia. Estuvimos unos veinte días y allí se reorganizaron las estructuras militares. Teníamos las armas del famoso avión y algunas otras y nos despedimos de Bateman a finales de agosto o a principios de septiembre. El tenía que cumplir algunos compromisos y salió a eso; pensaba que cuando estuviéramos concentrados todos, empezaríamos las grandes batallas. Nos tocó demorarnos casi un año en el Putumayo con Iván Marino, porque el enemigo descubrió las conclusiones de la Conferencia, pero luego hicimos operaciones muy grandes... Fueron muchos los combates... pero no se pudo cumplir el objetivo de la concentración de fuerza en la zona. Jugando con varas Uno lo que recuerda mucho del Flaco es la gran capacidad de ver el país tal cual. Era un hombre muy inteligente, muy capaz, con muchas cualidades humanitarias. Toda una autoridad, estaba en todo y con todo, con la gente campesina, con las comunidades, con los niños de la guerrilla —porque allá teníamos niños con las compañeras—, con todo el mundo. Jugábamos lo que llamamos esgrima. Yo jugué con él a eso porque él jugaba de todo; hacíamos recocha y él se metía a jugar con nosotros. Que si con palos, que si con varas... esas sí eran fiestas muy verracas: diga usted, ciento ochenta o ciento sesenta hombres y dos plazas públicas, todos jugando con varas por parejas, y él con nosotros. Era muy chistoso, de veras. En adelante es capitán Cuando la conformación de la fuerza militar, yo pertenecía a una móvil, era el tercero al mando. Me dejaron solo y me tocó asumir toda la responsabilidad. Yo pensaba: el M-19 tiene que traer al Caquetá dirigentes capaces de asumir esto. Y Bateman decía: “Es que esos dirigentes tenemos que cambiarlos”. Le digo a Bateman: “A mí me está quedando grande esto”. Habían llegado unos estudiantes de las universidades, y pensé: Que los compañeros se pongan al frente y asuman esa responsabilidad. Y me alce: “¡No seas güevón!” Yo no le voy a entregar esto a nadie más que a usted y tiene que ponerse al frente”; Yo no le creía, no le creía. “Usted ha sido el líder aquí; ¿yo que le vaya entregar

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las armas y los hombres a gente que nunca ha vivido aquí, a gente que no conoce el lugar, que no conoce las comunidades, ni la montaña?” Y me dio el rango de capitán. “Usted en adelante es capitán y se pone al frente”. ¡Eso era muy verraco para mí! Pero me lo decía así. “Dentro de quince días venimos a recoger las armas; son ustedes los que tienen que conformar el ejército. Ustedes van a ser los generales”. Nos hablaba así. ¿Cuál general? Pero es que yo no sé ni leer m escribir, ¿ah? Y me tocó asumir, pues me tocó. Tenía razón, Los compañeros que habían venido de la universidad no se aguantaron y se regresaron muchos. Cuando las cosas no funcionaban, uno no se ponía triste. Él nos dejaba tareas y nos dejaba entusiasmados y comprometidos. Salía y volvía a entrar. En medio de semejantes operaciones él entraba y salía como por su casa. No sé cómo hacía... Luchando por el derecho a la vida El nuestro es un proyecto democrático nacionalista, pluralista. No enfrentarse en ningún momento con la izquierda, ni con ninguna otra guerrilla, ni con el marxismo leninismo ni con el socialismo. Respetamos a los demás. No somos sus enemigos, “Tenemos otros enemigos claritos, definidos y aquí nadie va a asumir posiciones sectarias con las otras organizaciones hermanas”. Era muy claro en esto. Nos brindó muchos elementos; por ejemplo, el respeto a los prisioneros de guerra: “Esta guerrilla va a ser una guerrilla del pueblo y aquí la gente tiene que venir con conciencia. Aquí no se puede obligar a nadie, aquí no se puede fusilar a nadie porque ustedes no sean capaces de convencer política e ideológicamente a la gente. Aquí, a espaldas de nadie se puede fusilar a alguien. Tiene que haber consejos populares, porque uno de los principios más sagrados por los que estamos luchando es por el derecho a la vida. Nosotros tenemos que superar los errores que se han cometido”. A él le dio muy duro un error que cometió Capera. Imagínese: ¡cogió dos miembros infiltrados y los fusiló delante de la prensa y de la televisión! Eso salió por todos los periódicos. “Este problema es tan grave para el M-19, que nos puede hacer mucho daño y eso no se puede volver a repetir. Hay que entender al compañero; él es un indígena que no tuvo la oportunidad ni siquiera de ir a la escuela; hay que ayudarle a que entienda, pero eso no se puede repetir”. ¡Por supuesto que lloramos! Cuando llegamos al Caquetá, casi al año, tuvimos la triste y trágica noticia que nos dieron a mí y a Iván Marino: la noticia de su muerte, que nos cayó como un baldado de agua fría. Pues... la recibimos con mucha angustia, ¿cierto? Quedamos como desconcertados. No habíamos conocido un hombre tan querido, tan integral, tan sencillo. De todas maneras, había otros cuadros, pero fue muy duro perderlo. Mucha... mucha angustia sentimos, pero por supuesto que uno siente también más rebeldía. Muy duro tener que llamar y reunir la gente para pasar esa información, era muy duro para uno. Nos sentíamos como huérfanos; verdad que uno se sentía, ¿cómo decir?... no desmoralizado, claro que no...

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Nos abrazamos con Iván. Él lloró y me hizo llorar a mí. ¡Por supuesto que lloramos! Ahora nos toca seguir empujando. “ASÍ ME MATEN, YO VOY A DIALOGAR” Germán Rojas “Comandante Raúl” (Fundador y dirigente del M-19. Constituyente). Conocí a Jaime Bateman en 1967 con Luis Otero y otros compañeros. Nos reuníamos para tratar de formar una organización que pudiera superar el sectarismo. Nuestra intención era llevar la lucha a los centros urbanos fundamentales. Bateman es uno de los hombres más integrales que hemos tenido; capaz de sentir a fondo las injusticias y capaz de entender en qué radicaban sus causas. Cuando encontraba que había que hacer algo, tenía el valor de llevarlo hasta donde fuera. Era un revolucionario integral. Capaz de compartir con un conservador Recuerdo el día en que lo conocí. Era un joven de mirada dulce, una mirada distinta a la de los guerrilleros porque uno se imaginaba a un guerrillero como un hombre duro. Eso era lo que le habían metido a uno en la cabeza. La mayoría de planes que él elaboraba eran el resultado del consenso. Él abría la participación, escuchaba a los unos y a los otros, resumía las ideas y las volvía creativas. Si alguna vez se le ocurría una idea y entraba el más modesto de los guerrilleros y expresaba lo mismo, él no se ponía bravo, no decía que ya lo había pensado, sino que lo estimulaba y lo proyectaba. Era capaz de compartir con un conservador, con un comunista, con un cura, con un liberal, con una monja, con un guerrillero, con el que fuera. Era necesario superar el esquema Era un hombre que inspiraba mucha confianza. Cuando decía: “Vamos a tal vaina”, la gente se sentía confiada, tranquila. Se iban con él a lo que fuera. En la guerrilla nos imprimió la decisión de combatir permanentemente. Era necesario superar el esquema de una guerrilla que se sumergía en la montaña, de unos guerrilleros que decidían vivir como ermitaños y que no combatían. Él le imprimió una nueva voluntad de combate a la gente del M-19. Con Bateman fundamos una fuerza militar. Era un intento de crear una nueva estructura de ejército con un criterio distinto. El planteamiento era concentrar fuerzas; crear una estructura de ejército y golpear al sector oligárquico y a sus Fuerzas Armadas. Así surge el Frente Sur del Caquetá y Bateman dice que el jefe de ese frente debe ser Navarro. Él asume la jefatura, pelea y cae preso en Potosí. Entonces me tocó a mí asumir el mando hasta la Octava Conferencia. Bateman le había impreso a esa concepción de la fuerza militar una serie de principios. En primer lugar, tenía que ser una fuerza que creciera en función del aniquilamiento del

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enemigo y de la recuperación de armamento. Además, debía tener permanentemente vínculo con la población. Esperábamos, esperábamos las armas En una ocasión duramos dos años esperando unas armas y construimos un aeropuerto en medio de las montañas, en un sitio que llaman la Bota Caucana. No, se trabajaba por recuperar armamento, sino que esperábamos y esperábamos las armas. Bateman estaba permanentemente creando la expectativa de esas armas. Y me dejó a mí la misión de buscar el sitio para recibirlas. Yo, finalmente, encontré uno en Solita, cerca del río Orteguaza. Ahí construimos un campamento con 200 guerrilleros, en meses de duro trabajo (noviembre y diciembre). Ese campamento lo denominamos “Campamento Hospital”. A última hora nos llegó un telegrama donde nos hablaban de todo y en el último renglón decían secamente que las armas no podían llegar. Andaba con un chispún Con Bateman habíamos trabajado dos planes: uno con las armas y otro sin ellas. Habíamos quedado luchando en un triángulo muy peligroso, entre Curillo, Solita y Valparaíso y la actitud de combate no se logró extender por todo el Caquetá. Bateman quedó aislado del resto de la fuerza y se fue para Mocoa con treinta personas sin armas. Yo logro saber que Bateman andaba con un chispún, al que hay que meterle la pólvora. Andaba con unos quince niños y unas veinte mujeres, casi todos desarmados. Logré, como pude, reunir un poco de gente armada y se la mandé. Él confiaba siempre en lo estratégico pero no se descontrolaba si eso no le funcionaba. De pronto llegó el desembarco. El día anterior a la toma de Mocoa cae un camión con las armas. ¿Qué tal? Lo cogieron porque los compas cometen un error muy grande. Habían camuflado las armas bajo cargas de chontaduro. ¡Imagínese, traer chontaduro de la Costa a Mocoa, que es la tierra del chontaduro! No se dejaba obnubilar por las peores derrotas Sin embargo, al otro día, a pesar de todo, Bateman se toma Mocoa y se cambia el curso de la guerra. Todos los grandes golpes que nos habían dado, el desembarco, la caída del camión, quedan opacados con la acción sorpresiva de la toma de Mocoa. Bateman no se dejaba obnubilar por las peores derrotas. Ni siquiera cuando lo del Cantón. Esa vez nos dieron durísimo. Casi la mitad de la organización cayó. Yo estaba en Córdoba tratando de crear otro grupo guerrillero, y me llegó una compañera, la Negra Vásquez, y me dijo que la dirección había decidido que durante dos años mínimo teníamos que desaparecer. A los quince días llega Bateman al país, reúne a la gente y la convence de lo contrario, de que es el momento de golpear más duro. Reúne a un grupo que ni siquiera tenía trayectoria militar y gesta la toma de la embajada dominicana. No se dejaba amedrentar por las derrotas.

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No abandonaba a nadie, nunca También se las ingeniaba para salvar a la gente. En el caso de Álvaro Fayad, por ejemplo, cuando dejó las FARC, regresó vuelto una nada. Le había tocado participar en unos juicios en los cuales condenaron a fusilamiento a un genio de las matemáticas simplemente porque criticó al partido comunista y a las FARC. Fayad bajó deshecho y participó en la primera reunión de los llamados “Comuneros”. Un día Fayad envió un mensaje en un papelito todo roto, diciendo que no participaba más. Bateman lo entendió y nunca lo abandono. Durante dos largos años siguió consultándolo una y otra vez, hasta que lo hizo volver y lo elevó a la dirección. No lo dejó, no lo abandonó; no abandonaba a nadie, nunca. Después de la Octava Conferencia casi nos destrozan nuevamente. Conrado Marín estaba huyendo y le mataron a casi la mitad de la gente con la que andaba. Tenía paludismo y así y todo reunió a la gente y les preguntó quiénes querían irse. Esa vez tan solo cuatro levantaron la mano para quedarse. A Conrado le tocó aceptar la decisión de la mayoría y por eso lo acusaron de traidor. Sin embargo, Bateman lo recoge, lo incorpora y muere con él en la avioneta. Él sabía que más allá de esas debilidades había valores en la gente. No descalificaba a la gente por sus faltas. Él no se cuestionó si se trataba de una trampa Una vez a mí y a Otty nos detuvieron porque cometimos unos errores muy pendejos. Nos dieron por desaparecidos durante unos días. Sin embargo, Bateman confiaba en nosotros y siguió como si no hubiera pasado nada. Cuando nos comunicamos, con el seguimiento atrás y todo, él no se cuestionó si se trataba de una trampa, sino que organizó un grupo y a los dos días nos sacó de ahí, en medio de la policía. Confió en nosotros y arriesgó su vida. Era un tipo así. Confiaba en la gente y se arriesgaba por ella. Bateman era inteligencia con valor y calidad humana. Un campesino que ingresó al Eme me contó: “Mire, yo me metí porque estaba una vez en una finca y Bateman llegó sin conocerme y me dijo: ‘Vaya y tráigame una remesa’, y me dio 500.000 pesos. Desde ese día yo me metí con él y con ustedes, porque sentí que allí dentro podía llegar a ser alguien, que allí podía ser reconocido y valorado”. Ejerciendo la alegría Él lanzó una serie de criterios que alguna gente los tomó como folklóricos. Aseguraba que el proceso revolucionario era un “sancocho” y que esa era una verdad científica... un sancocho por la pluralidad, que era lo que le daba la riqueza. Decía que la revolución era una rumba, una fiesta, porque encontraba una serie de valores culturales en la alegría y en la convivencia. “Los pueblos se comprometen más cuando están ejerciendo la alegría”. Así me maten, voy a dialogar Decía que había que combatir todos los días. En un momento dado, dentro del proceso de paz, Bateman llega y dice: “Si a mí me dice el gobierno: ‘Vamos a hablar y vamos a

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dialogar’, yo voy, así me toque pasar por encima de los tanques; así me maten, voy a dialogar” Él cambió muchas cosas en la política colombiana. Le dio a la izquierda un manejo mucho más ágil e inteligente. Produjo la conciencia de la militancia en la paz. Él comprendía la necesidad de la alegría como una nueva verdad, como un estado creativo. La alegría, la rumba de un pueblo que construye, que se reencuentra. Por Bateman, uno era capaz de dar la vida. Esto pocas veces se produce; al menos yo por ninguno de los otros líderes he sentido eso. Cuando Bateman estaba en peligro, uno quería lanzarse a dar la vida por él. “Y EL PABLO SE PUSO FIRME” Antonio Navarro Wolff (Ingeniero, comandante y constituyente. Ministro de Salud, candidato a la presidencia de la república y Gobernador de Nariño) Yo era profesor de Ingeniería y militante del M-19, un militante por ratos, cuando me buscaban. Trabajaba con un programa de desarrollo rural en el cual tenía mucha relación con los gringos. Entonces me tenían a un ladito para que no me quemara. Una vez incluso me propusieron que me infiltrara en la CIA. ¡Imagínense! Luego me invitaron a una reunión en Cali, en un convento, arriba, por el cerro de Cristo Rey, con unos compañeros muy “importantes”. Yo fui. Éramos unos. 80, entre sindicalistas, estudiantes y una gente que yo no conocía. El segundo día apareció un hombre flaco, alto, costeño —año setenta y algo—. Era Bateman. Nos echó un carretazo tremendo, hablaba muy bien. No me acuerdo de qué habló pero me impresionó muchísimo. Después, en un descanso, nos fuimos a Jugar basquetbol. Y con todo lo alto que era, era malísimo para el básquet; no sabía jugar. Me acuerdo mucho que se cayó; quedamos desconcertados con su estilo. Ahí todavía no le decían Pablo, era “el compañero”. Yo no sabía quién era, solamente que era uno de los jefes del M-19. Pablo le metía el corazón a los análisis Luego me entrevisté con Bateman un par de veces. Después fui a otra reunión en un convento cerca de Bogotá, donde unas monjitas; lo llevaban a uno con gafas oscuras para que no viera el lugar, pero sé que era un convento. Ahí vi por primera veza todos los dirigentes del M-19; estaban Andrés Almarales, Álvaro Fayad, Pizarro, Duplat, Israel Santamaría... un montón de gente. Se discutió qué tipo de organización debíamos construir, si partido o movimiento. Finalmente se defendió con mucho ahínco la idea de que nos convirtiéramos en una Organización Política Militar (OPM); es decir, una organización de cuadros integrales que hicieran de todo. Ahí me di cuenta del peso que tenían dentro de la dirección Pablo y Álvaro Fayad.

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Se consultaban todo el tiempo. Álvaro hacía los análisis y Pablo les metía el corazón. Estaba Toledo Plata también. Se dio allí mucha discusión sobre lo que había significado el grupo de “Mayorías” dentro de la ANAPO. Pablo fue muy crítico porque esa experiencia no había producido gente que se comprometiera. Yo no sabía exactamente qué estaba pasando Bateman defendía en ese período la necesidad de “hacer”. Decía que teníamos que construir una cosa distinta de las organizaciones de izquierda, que tenían centros de estudio y grupos de análisis pero que no hacían nada en el terreno de la movilización ni en el de las armas. Se impuso la tesis de la Organización Política Militar. Yo no era nadie en ese momento, ni siquiera era un hombre de mucha reflexión. Me buscaban esporádicamente. Especialmente tenía contacto con la gente de Bogotá, por lo del Cantón Norte. Me hacían consultas pero yo no sabía exactamente qué estaba pasando. Me preguntaban cosas técnicas, logísticas, pero yo no tenía una información exacta de Io que se preparaba. Sentía que había algo pero mantenía la disciplina de la clandestinidad. Una vez me pusieron una cita en Villavicencio. Yo fui y allá apareció Bateman, y estuvimos conversando muchísimo. En esa ocasión me dijo: “¿Qué quieres hacer? ¿Te quieres ir pa'l monte o te quieres quedar en la ciudad? ¿Qué quieres?” Yo le dije: "Al monte". Y, bueno, me fui para el Cauca y allá estuve varios meses... en el Páramo de Moros. Éramos cinco blancos y cien indígenas. El general Guerrero Paz era el comandante de la Tercera Brigada y nos montaron una perseguidora tenaz. Los dirigentes históricos estaban presos Logramos conseguir algunas armas y nos reunimos después, en diciembre de 1979, a discutir. A la guerrilla del Tolima, que dirigía Helmer Marín, la golpearon, matando y desapareciendo a muchos; lo mismo pasó con la que dirigía Pizarro en Santander. Todos estaban en la Picota: Andrés Almarales y Boris (Gustavo Arias), Lucho Otero, etc. La mayoría de los dirigentes históricos estaban presos. Había sólo un puñado de gente por fuera. Decidimos juntar nuestros grupos guerrilleros porque los grupos pequeños eran muy vulnerables. Esa era la propuesta de Bateman: irnos para el Caquetá. Bateman insistía muchísimo en los grandes saltos y en ese momento intentábamos darlos. Estaba trabajando a la vez en la toma de la embajada. O sea, por un lado, la guerrilla rural concentrada en el Caquetá, y por el otro, la toma de la embajada de la República Dominicana; una gran operación de propaganda armada. Para la toma se escogió a Rosemberg. Yo me fui al Caquetá y Bateman llegó como dos o tres días antes de la toma. Estábamos a orillas del río Caraña. Nos habíamos ido desde el Cauca hasta el Caquetá en un camioncito para transportar ganado; los fusiles iban en la parte de arriba de la carpa, y debajo de una capa de aserrín metimos los equipos. Viajábamos como “ayudantes”. Yo me amarré un trapo rojo y salí sin papeles. Pablo llegó después al campamento. La mañana del día de la toma de la embajada Bateman dijo: “Necesito un campesino que escuche las noticias permanentemente”. Entonces preguntamos: “¿Va a suceder algo grande?” “De pronto”. Estábamos en formación cuando avisaron: “Compañeros, hay una

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noticia del M-19 en Bogotá”. Por la tardecita nos enteramos que se habían tomado la embajada. Hay que saber obedecer Al principio dieron mucha información, pero después no, cada vez menos. Nos enterábamos más de lo que pasaba en la embajada oyendo la BBC de Londres o la Voz de América. Recuerdo mucho una anécdota de Bateman en el Caquetá. Había una formación en medio de una placita llena de barro. Éramos unos 35 ó 40 guerrilleros en medio de un barrizal completo. Eutimio, un campesino a quien ese día le tocó por turno ser oficial, empezó a dar órdenes de formación. Por lo general los miembros del Estado Mayor no hacíamos mucho caso de las voces de mando. “¡Atención, fir!”, dijo Eutimio, “…del comandante para abajo”. Y Pablo se puso firme. Hizo todo muy obediente. Y terminó todo enredado. Nos reímos mucho. Después él decía: “Hay que hacerlo porque para aprender a mandar hay que saber obedecer, y esto es una lección que quiero que todo el mundo aprenda. Eutimio podrá ser un muchacho, pero tiene una responsabilidad y la está asumiendo”. Un diálogo nacional Seguíamos la información de la toma y una vez en un artículo que escribió Luis Carlos Galán en El Tiempo insinuó la necesidad de un diálogo más amplio. No recuerdo el texto exacto. Pablo dijo que Galán estaba insinuando o sugiriendo los elementos para ampliar el diálogo de la camioneta amarilla. “Por aquí es. Esto es lo que hay que hacer. Hay que proponer un diálogo nacional”. No teníamos la posibilidad de comunicarnos con Rosemberg para que él lo propusiera desde adentro. Entonces Bateman dijo: “Voy a aparecer públicamente por primera vez y voy a proponer un diálogo nacional”. Y se preparó la salida de Pablo. Lo primero fue la entrevista con Germán Castro Caycedo, donde proponía un diálogo en Panamá. Yo me acuerdo muy bien de ese momento. Nunca se ha dicho que de alguna manera la pre-idea inicial del diálogo surgió de un artículo de Luis Carlos Galán en El Tiempo. ¡Van a recibir un avionado de armas! Volví a ver a Pablo otra vez porque necesitábamos un plan para meter armas. Empezamos 75 y ya íbamos por 350 y eso porque no dejábamos entrar más gente. Teníamos muchísima gente desarmada. Entonces nos pusimos una cita con Pablo, tal vez por Girardot, y elaboramos el plan. “Yo les voy a mandar armas. Construyan una pista, que van a recibir un avionado de armas” Vivíamos con síndrome de avión. Todos los días mirando para arriba con un dolorcito persistente en la nuca, y nada; quince días un mes, mes y medio y el avión no llegaba; hasta que fue evidente que si nos quedábamos, el avión que iba a llegar era el del ejército. Entonces nos movimos de la pista y nos fuimos cerca del río Fragua, a un campamento lindísimo al lado de una playa con un río transparente. La noticia del avión nunca llegó.

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La reunión de Tocaima En ese momento había un problema con la Coordinadora de base, Entonces me mandó llamar Pablo: “Hermano, vengan a una reunión muy importante. Traiga seis de la gente más importante que usted tenga allá”. Yo pensé: “Si nos llevamos todos los seis del Estado Mayor, esto se queda descabezado”. Entonces decidimos en la reunión ir los números 1, 2 y 3, y se quedaron los números 4, 5 y 6. Y, claro, los 4,5 Y 6 se pusieron bravísimos, Germán Rojas era el 4, el 5 Chalitas y el 6 Yuri” Nos echaron un sermón: “que a uno siempre lo dejan por fuera”, etc., etc... Me tocó imponer la autoridad. Éramos una organización jerarquizada y punto. Nos fuimos el 1, 2 y 3 a la famosa reunión de Tocaima y, preciso: nos cogieron presos. “Cabrones, yo los necesito vivos” En la cárcel hicimos una huelga de hambre de tres días porque un compañero no aparecía. Entonces Pablo me mandó una carta donde me decía: “Cabrones, yo los necesito vivos y no muertos de hambre. Hagan huelga de hambre, pero no se mueran, no sean, pendejos”. Pero nosotros andábamos enverriondados, con la dignidad muy arriba y, claro, apareció el compañero. Estaba gordo, lo tenían en un cuartel y le daban buena comida. Después salimos y nos encontramos con Bateman en Panamá, en una reunión clandestina; íbamos disfrazados de excursionistas. Esa fue la famosa reunión de la discusión con Ramiro Lucio. Él planteaba que nos desmovilizáramos de una vez, que ya existía el espacio político. La posición de Pablo era que no, porque se necesitaban tres cosas: levantamiento del estado de sitio, amnistía general sin condiciones, y tregua y diálogo nacional. ...no sabemos nada de él Después yo me fui para el Cauca a fundar otra guerrilla en una zona espantosamente malsana. De ahí, de ese lugar, bajé a esperar un contacto cerca de la Salvajina. Habíamos hecho unas claves con Fayad en unos caseticos de máquina de escribir y un día me llegó uno. Era la primera vez que Fayad me mandaba un mensaje cifrado: Comencé a desenrollar el casete detrás de una mata de café; lo amarré de una punta y empecé a estirarlo y a estirarlo. Todo estaba cifrado. Uno miraba con una lupa los numeritos y las letras de la clave; eran como cien metros de casete y nos pusimos a descifrarlo letra por letra. Recuerdo que pensé: “Para que haya un mensaje cifrado tan largo, es porque ha pasado algo”. Nos demoramos casi un día. Cuando terminarnos, decía: “Pablo está perdido y no sabemos nada de él. Salió en un avión y no aparece. Estamos buscándolo” En los cien metros de cinta cifrada estaban los detalles de la terrible noticia: “Lo estamos buscando y no aparece. Tenemos el presentimiento de que le pasó algo malo, pero todavía no nos lo han confirmado. No le diga nada a nadie, tenga la gente preparada”. Y teníamos un grupo de sesenta y pico de personas en las montañas esperando las armas,

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por allá en un rincón del mundo. Imagínese lo que yo sentí cuando leí: Pablo está desaparecido... con todo lo que él significaba para el país, para el M-19. Fue como si se me hubiera derribado el mundo. Los otros me preguntaron: “Compañero, ¿qué dice?” Cogí la cinta, la enrollé y la quemé, la metí a la candela. “Vamos a ver”. Puede que sea verdad Nos regresamos tres días pensando y pensando por el camino qué era lo que podía haber sucedido. Todo el tiempo estuvimos con la esperanza de que pudiéramos llegar primero al campamento antes que la terrible noticia. Empecé a meterle ánimo a la gente, a crear un ambiente. Alguien dijo: “En un periódico de Cartagena salió la noticia de que Jaime Bateman está desaparecido. Eso es mentira, ¿cierto?”. Yo respondí: “Puede que sea verdad”. Yo ya estaba convencido. A los dos días apareció la información oficial diciendo que Bateman estaba perdido y que lo estaban buscando. Sabíamos que por alguna razón no habían llegado las armas. Fue un momento muy duro, En ese momento Pablo era el hombre que representaba al M-19 y, además, la esperanza de mucha gente en el país. Fue un hombre adelantado Bateman fue el promotor de un nuevo tipo de percepción de la lucha armada en Colombia. Hoy mucha gente todavía no logra verlo. Fue un hombre adelantado a su tiempo, autor de un montón de cambios, los cuales lamentablemente no logró ver. Innovó el lenguaje, pero su aporte no fue solamente la traducción de las palabras, sino el contenido profundo. Tradujo la posibilidad de recuperar, por ejemplo, el nacionalismo para el pueblo, la de bajar a Bolívar del pedestal y llevarlo al escenario de la política, devolvérselo a la gente. La guerra se fue volviendo impopular Con la muerte de Pablo se ha dicho que se acabó el M-19, que no quedó nada. Para algunos se acabó en parte, para otros se acabó del todo y nunca más volvieron a conectarse con el Eme. Bateman nos enseñó que cuando el Eme está en sintonía con lo que piensa la gente, con lo que quiere la gente, le ha ido bien, y cuando ha perdido esa sintonía, le va mal. Bateman tenía una frase que le gustaba muchísimo; se la oí muchas veces y decía: “Al pueblo en este país le gusta la gente jodida, la gente que no se deja joder”. Decía también: “Nunca uno puede estar a favor de algo que no sea la justicia. Y donde haya una injusticia, allí tiene que haber alguien del M-19. Donde alguien le pegue a una anciana, tiene que haber uno de nosotros”. Esos valores retratan lo que fue el M-19 en la época de Bateman.

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Hicimos lo que teníamos que hacer Yo no diría que fui muy amigo de Bateman porque yo lo conocí tarde, pero en la última etapa de su vida estuvimos juntos en tareas muy importantes. Cuando trabajamos juntos, hicimos lo que teníamos que hacer. Por supuesto, yo discutía con él las cosas en las que no estaba de acuerdo, pero sobre todo hicimos juntos cosas que salieron muy bien. Tenía un kilometraje larguísimo Trabajamos juntos decisiones por la amnistía con Betancur. Yo estaba convencido de que la paz no podía ser el resultado mecánico de la amnistía; la paz tenía que ser el resultado de una negociación donde el país participara obligatoriamente. De todos modos, Pablo llevaba más vida, había estado en muchísimas más cosas que yo, él tenía un kilometraje larguísimo. Se parecía más a un ejecutivo: hacer cosas y conseguir resultados y hablar sobre los resultados concretos. Era un hombre anticarreta a morir. Todos los informes que le llevaban los mandaba verificar: “Que se oiga, que se vean los resultados”. Un profeta de la paz Bateman era el político más intuitivo que yo• conocí. El mejor. Fue un hombre capaz-de entender que el diálogo era la salida al conflicto armado, que la paz era posible. En su vida de guerrillero combinó de manera muy creativa las armas y la política. En una entrevista donde le pidieron que se definiera como político, una entrevista que le hizo Juan Guillermo Ríos, respondió que era un "profeta de la paz". Así se definió, un profeta de la paz. Jaime Bateman fue el político intuitivo de más calidad que yo conocí, y conste que en Colombia he conocido a todos los políticos vivos, a Alfonso López; a Álvaro Gómez, a todos ellos he tenido la oportunidad de conocerlos. Y ninguno tiene la rapidez de Jaime Bateman: Era un bárbaro, un conductor. Un político es una persona que sabe interpretar los signos de una sociedad en un momento determinado; que sabe por dónde es el camino y eso era Bateman, un conductor. Dio lora con ese aparato Su sueño dorado era aprender a manejar computador. Él llevaba una máquina de escribir muy moderna. Una vez fui recibirlos a él y a Iván Marino a Tulcán, en el Ecuador, y ahí traía el Flaco un computador. ¡Y dio lora con ese aparato!... “Vamos a aprender, tengo que hacer la relación de la gente, tengo que organizar el control de las armas, todo. Iván Marino le decía: “¡Hombre, eso no es un computador!” “Hombre, Iván, vos no sabés de eso, ¡vos qué vas a saber de esto!” Pues no era un computador, era una sumadora y después le toco rifarla. Vivía encantado con la tecnología porque tenía la convicción de que eso le ayudaba a darle solidez a sus argumentos.

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Creía que no se moriría Durante los acontecimientos del Cantón, cuando empezaron a encontrar las armas y a recuperarlas, Bateman iba personalmente en un jeep a varios sitios. A muchos lugares llegó antes que el ejército. Era de buenas, tenía muchas caletas. Con la “cadena de los afectos” creía que no se moriría, que no lo matarían.

16. ESMERALDA Y SUS HIJAS

Cati y Nati: Mis hijitas del alma, anoche estuve releyendo las carticas que habían mandado y que estaban muy pero muy lindas sobre todo la de Cati que si no viniera traducción no la hubiera entendido ni Mandrake. Pero ya Cati podrá escribir como Nati que tiene muy bonita letra y que espero haya terminado muy bien el año escolar. No se imaginan la tristeza que tengo por no poderlas ver, pero ya ustedes están creciditas y saben las dificultades que tiene papá. Pero las quiero y las adoro con todo mi corazón y no deseo sino verlas y abrazarlas. Cuiden a mamá y me le dan mil besos. Y me saludan a toda la gente amiga. Escríbanme como siempre ya que me hacen muy feliz. Papi las quiere. Besos Papá.

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Cati y Nati: les escribo un poco de prisa ya que le escribí una carta de amor a mamita y a ustedes. Me alegra mucho por la primera comunión de Nati y porque a Cati le encanta el colegio. Nati, piensa que tienes que hacerte ver los ojitos ya que sin ellos se pasa mal. Tienes que ponerle atención para curarte rápido. Su papito que las quiere con todo el corazón. Besos Papá “MAS LINDA QUE CATA NO PUEDE SER” Esmeralda Vargas (Fundadora del M-19, sicóloga, compañera de Jaime Bateman y madre de sus hijas) Pablo era todo un hombre. Un padre maravilloso. Dejaba cualquier cosa por llegar a la casa a jugar con sus hijas. Amaba su casa. Yo creo que cuando una persona vive en la incertidumbre y la zozobra, necesita más que nadie un lugar, un punto de referencia. Para él, estar allí, amanecer con nosotras en su cama, era una parte del paraíso... Una vez se enojó conmigo porque le dije que había conocido una niña preciosa: “¿Más linda que Cata?”, preguntó. “Sí, más linda”. Y me dijo: “Más linda que Cata no puede ser”. Él sentía que allí en su casa nada le iba a pasar. Y nada le pasó. Era su refugio. Una vez dejó una reunión importante para llegar a ver una telenovela que le encantaba. Se llamaba “El Caballero de Reuzán”. Pablo era un hombre normal. Otra vez, necesitábamos cambiar de casa, y nos fuimos a buscarla por toda la ciudad. A él le gustó una que no tenía cocina. “¿Cómo voy a pasarme a una casa sin cocina?” Se fue y en la despedida le pregunté: “¿Cómo me encuentras cuando regreses?” “Yo veré, no te preocupes”. Y así fue. Un día golpeó a la puerta. “¿Cómo lo hiciste?”, le pregunté. “Recorrí todos los lugares por donde pasamos bus cando casa, menos la que no tenía cocina, y donde vi las cortinas nuestras, dije: “esta es mi casa. Y aquí estoy”. Aprendía de todos Era fácil vivir con él. No gritaba. No era hacendoso, pero tampoco exigente. Era un excelente compañero, generoso, generosísimo. Todo lo daba, lo regalaba, lo ofrecía. Amaba a la gente tal como era. Cuando conocía a alguien, no le hablaba de política. Dejaba que cada uno hablara de lo que hacía, de lo que pensaba de la vida. Y él aprendía de todos.

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Yo no creo que lo hayan matado. Siempre supe que fue un accidente. Lo que más me duele es pensar que sufrió antes de morir. Jamás quise ir por allá a Panamá. Si no había vida para él, yo no tenía nada que hacer en ese lugar. Después me mostraron un zapato. Fue un momento terrible. Él y Nata habían comprado zapatos iguales y el zapato tenía un vidrio grueso incrustado en la suela. Tal vez quiso romper la ventana de la avioneta con el pie. Seguro que sintió que se iba a accidentar y trató de hacer algo. Murió luchando. Yo lo sentí, no sólo porque no me llamó cuando dijo, sino porque viví algo inexplicable. Yo no soy una persona depresiva, pero aquel día del accidente sentí una profunda y extraña pesadumbre. Yo estaba en Quito. La víspera había estado en un concierto en el que tocaron un réquiem. Al día siguiente llevé las niñas a la parada del bus y no pude irme para la casa. Caminé y caminé sin rumbo para tratar de explicarme esa sensación de dolor, de melancolía que tenía. Era el mes de abril. Me sentía morir. Desde que amanecí, tenía unas ganas incontenibles de llorar. Todo el M-19 creía que él estaba vivo. Se fueron a buscarlo a la selva. Estaban seguros que sobreviviría, pero yo tenía la sensación entrañable de que la búsqueda era inútil. Algo estaba irremediablemente roto. Yo quería creer lo que decían y a veces me aferraba a las noticias de la radio. Cuando Álvaro me llamaba, por su voz yo entendía que era una llamada de consuelo. Necesitábamos consolarnos los dos. Al fin, después de un tiempo, Álvaro llegó a Quito. Se necesitaba un comunicado oficial en donde el M-19 reconociera que Pablo estaba perdido. Nunca imaginé que yo tuviera que escribir algo así; declararlo perdido, amándolo tanto... A pesar de que no se lo dijimos, Nati, con sus diez años lo supo. Se despertaba llorando. Soñaba siempre que estaban en el mar y que su papá se perdía y ella no lograba encontrarlo. Casi nunca pudimos hablar de él. Llorábamos siempre. Yo creo que los ritos son necesarios. La gente tiene que enterrar a sus muertos. Eso ayuda al duelo. Cuando aparecieron los restos de la avioneta tampoco quise ir. Por él vivo hubiera ido al fin del mundo. Por él muerto, no quería moverme de la casa. En el apartamento de la 18 Lo conocí en la Universidad Libre. Yo estaba peladita. Cursaba sexto de bachillerato en 1964. Yo estaba en la librería cuando él entró con toda su alegría y contó que en la Unión Soviética las odontólogas eran todas unas mujeres gordas y furiosas. Él ya estaba metido en la revolución y hacía parte de las autodefensas. Álvaro Fayad y yo ingresamos y la primera tarea que nos asignaron, tal vez de prueba, fue ir a la calle 26 y esperar a un hombre que nos entregaría un paquete.

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Esperamos como una hora. Saludamos al Flaco, que estuvo mucho tiempo frente a nosotros. Tenía un paquete, pero no se nos acercó. Finalmente, tomó un bus y se fue con el paquete. Tal vez no creyó que el contacto éramos nosotros. Después lo volví a ver como en el 69 con Lucho Otero, en su apartamento de la 18. Fayad, que era intelectualísimo, andaba por esa época tratando de precisar el concepto de autodefensa de masas. Para Álvaro, todo tenía que ser preciso, y debatía con Pablo todo el tiempo. Álvaro Fayad fue mi gran amigo de la vida. Él venía del seminario y yo del internado. Tal vez por eso los dos descubrimos la necesidad de la amistad como algo profundo. Éramos íntimos amigos. Cuando empecé con Pablo, Álvaro se sintió solitario y nos reclamaba porque no lo invitábamos siempre a almorzar o al cine. Iba más mucho al cine los dos. ¡Lo amé tanto! Una vez el Flaco me llevó a su casa. Quedaba por allá por el “7 de Agosto”, como en la sesenta y pico con la veintitantos. Algún día me gustaría volver a ese lugar. Allí tenía la imprenta, el mimeógrafo donde se editaba “Resistencia” y “Estrella Dorada”, un periódico para los militares. El dueño de la casa vivía al lado y el mimeógrafo hacía un ruido increíble. Era garaje, imprenta y vivienda. Pablo salió a traer la comida y yo me quedé allí mirando todo. Mirando la vida de aquel hombre que era mi amante… el mimeógrafo, la tinta, los papeles, la cuerda con su ropa todo. ¡Lo amé tanto! Estrella Dorada Una vez Pablo creyó que podríamos “despistar mejor al enemigo” enviando los periódicos desde diferentes ciudades del país. Y nos fuimos a Cali por tierra con una cajada gigante de “Estrella Dorada” llena de sobres dirigidos a los militares. En medio de la carretera nos encontramos con un retén del ejército y pararon el bus. Bajaron a los hombres. Yo vi a Pablo allí abajo, muy pálido. Tenía mucho miedo. A las mujeres no nos hicieron bajar. Después subió un soldado y me pidió abrir la caja. Y cuando vio un sobre dirigido a un general, me dijo: “Está bien relacionada usted”. Yo le expliqué: “Es una encomienda de la familia”. El soldado sonrió y yo cerré la caja ¡Cómo sufrió Pablo esa vez! Borró las huellas Era todo un hombre. Otra vez me detuvieron. Yo estaba embarazada. Fue algo sorprendente. Siempre hablábamos de cuando lo detuvieran a él. Era a él a quien le iban a pasar las cosas peores. Nunca creímos que yo también podía caer. ¡Qué paradoja! Fue una vez que los del Eme hicieron un operativo. Había que sacar cosas de un apartamento, donde además se suponía había mucho dinero en efectivo. ¡Qué va! Solamente había diez mil pesos. Todo había salido perfecto, pero al final el Flaco borró las huellas con un

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pañuelo. Él, que en su vida había usado pañuelo, ese día, al salir de la casa, se echó uno al bolsillo. Después de borrar las huellas, tiró el pañuelo. Pero no sabía que en un borde había una marca muy fina bordada en un cuadro que decía ÁLVARO FAYAD. Álvaro Fayad se había ido hacía poco para la guerrilla. Y les habían dicho 3 sus tías monjas que se iba a un posgrado. Y ellas, de amables, le marcaron toda la ropa con su nombre en fino bordado de pelo natural. Y como Álvaro y yo éramos tan amigos, fueron a buscarlo a mi casa. Me siguieron, me encontraron y me detuvieron. Pablo sufrió muchísimo. Además de sentirse culpable, yo estaba embarazada. Estuve dos meses allí, en el Buen Pastor. La foto en la flor Esa vez, a la salida del apartamento del operativo, Pablo se encontró con Peggy, una compañera que había sido novia de él. Y ella le dijo que había recibido una llamada de la esposa de Iván, que tenía el niño muy enfermo. El Flaco le dio los diez mil pesos del operativo. Así era él: Creía en la intuición y la seguía. La oía. Una vez se quedó mirando un afiche donde habíamos puesto su foto en medio de una flor. “Voy a quitar esa vaina de ahí”, dijo. Y quitó la foto. Al día siguiente allanaron. La flor estaba vacía. Siempre supe cómo era él. Todo fue claro. Me dijo que amaba mucho tener un hijo, pero que no iba a cambiar. Yo lo sabía. Así lo conocí y así lo amé. Una vez mataron a uno que le decían “el brasilero”. Todo el mundo creyó que era Pablo. Yo sabía que no era él. Cuando lo vi, cuando nos encontramos, después de la noticia, fue hermosísimo. Era como robarle el tiempo a la vida. Había que amarse. Nunca hablaba de la muerte; sólo de las precauciones. Despedida En marzo, antes del accidente, me llamó y me pidió que lo visitara. Que era muy importante que estuviéramos solos, él y yo allí en Panamá. Hacía muy poco habíamos estado juntos; entonces no era como muy lógico que me pidiera que viajara de nuevo, pero lo hizo. Y yo fui. Casualmente ese mes era nuestro aniversario. Por eso siempre quedaré con la sensación de que esa fue la despedida. Y lo fue realmente. A él la vida de la guerrilla lo cansaba muchísimo. Detrás del guerrillero estaba el político nacional. Cada rato llegaba a Quito para vemos. Era más fácil encontrarse allí. Más cerca de Bogotá. Siempre siguió su intuición. Fíjate lo de Tocaima. Allí, en plena reunión, lo rodeó el ejército. Tuvieron que escapar. Él se tiró al río Bogotá; un río lleno de mugre y de

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contaminación; un caño prácticamente. Pudo sobrevivir, gracias a la intuición y a la ayuda de la gente. Él tenía un carnet de la Procuraduría y les dijo a los campesinos que él trabajaba allí, que necesitaba ayuda. Todos le ayudaron. Pudieron entrar a un hotel, comieron de todo y los meseros salieron a comprarles ropa. Después del operativo del Cantón Norte, nosotros vivíamos cerquita, muy cerquita de allí, como a catorce cuadras, en un edificio de apartamentos. Lo buscaban por todas partes. Cogieron centenares de compañeros. Pero él sabía que allí, en su casa, nada le pasaría. Cuando la gente estuvo presa, cuando cayó tanta gente del Eme, nadie dijo nada referente a dónde podían encontrarlo a él. Eso para mí fue un acto de amor. Yo no lo entiendo de otra manera. Así éramos. Todo era más amable en medio de las dificultades porque había mucha solidaridad, mucho amor. Así era Pablo.

17. LOS DEBATES
“Creemos que lo fundamental es causarle bajas al enemigo y esto en lo esencial no es cierto; el enemigo puede recuperar sus bajas con relativa facilidad; la guerra se gana en la medida en que nosotros tengamos mayor fuerza, mayores contingentes guerrilleros con gran experiencia y gran valentía. No se trata de un soldado muerto; se trata de cuántas armas recuperamos: cada arma recuperada significa un nuevo soldado de la revolución. De allí se derivan cuestiones de gran contenido político; porque atacamos con fuerza arrolladora, con todo nuestro potencial; pero una vez aniquilada o rendida la tropa enemiga, nos convertimos en ayuda del caído, recuperando el armamento, lo ayudamos, lo curamos, le explicamos; nada de humillaciones, nada de vejaciones, nada de insultos. Y como consecuencia de nuestra concepción lo soltamos, porque no nos interesan los hombres muertos. Necesitamos armas. Otra cosa es el que no se rinde, pero ése es otro problema. Es urgente que se riegue dentro de la tropa enemiga el respeto y consideración que se tiene por el que se rinde. Esa será para el futuro nuestra principal arma: la fuerza moral de la guerrilla…”

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“…Nosotros no necesitamos prisioneros a menos que sean oficiales y aun así, a esos oficiales hay que darles toda la atención y respeto que merece un ser humano. Eso implica que nosotros no podemos andar fusilando al que nos dé la gana. Sólo en casos extremos y cuando se demuestre que el individuo es un torturador, violador y asesino. De lo contrario la guerrilla debe tener una actitud política frente al enemigo. Repetimos: somos implacables durante el combate, lo que cae sobre el enemigo es todo el odio concentrado contra la oligarquía. Inmediatamente se compruebe que el enemigo está sin facultades morales para resistir, nosotros nos convertimos en generosos. No actuar en esta forma, es crear las condiciones para que el enemigo en el combate luche hasta morir. Cambiemos las cosas. Ellos, el Ejército, guerrillero que coge lo tortura y lo mata. ¿Somos nosotros iguales a ellos?...” Jaime Bateman Cayón “EL FLACO ES UN TIPO IDÉNTICO A ESTE PAÍS” Ramiro Lucio (Abogado. Militante del M-19. Gestionador de los Acuerdos de Paz. Concejal y Parlamentario) Para mí, hablar de Jaime Bateman, el Flaco, el Comandante Pablo, es una de las cosas más gratas, porque ahora puede uno decir, después de lo que se está viviendo en nuestro movimiento, de lo que está pasando en Colombia, que él fue el pionero, el visionario de todas estas cosas. Yo sabía de la existencia de Jaime Bateman, un hombre legendario en el partido comunista. Un hombre que por donde pasaba, por su personalidad, por su inteligencia, por su agudeza y por su compromiso con la revolución, ejercía un papel de liderazgo, siempre. Aun en las estructuras rígidas del partido comunista, el Flaco era distinto a todos. Él no cabía en los calzones, ¡qué iba a caber en el partido! Y no cabía en ninguna parte porque, en mi opinión, el Flaco era de los pocos hombres históricos que ha dado este país. Siempre he dicho que la gran tragedia colombiana es que el Flaco se murió antes de tiempo. Cuando uno mira la historia, la dimensión del Flaco, uno tiene que llegar a la conclusión de que era un tipo de la estatura de Fidel Castro. Un tipo más grande que Gaitán; de unas dimensiones tipo Che Guevara. En Colombia no ha habido un hombre con las dimensiones históricas del Flaco. Una pistola vieja y 20 pesos en el bolsillo Lo conocí en una situación muy particular. Cuando Carlos Pizarro se iba para el monte, me dice: “Te mando un contacto”. Nosotros estábamos jalándole a la cosa urbana, convencidos de que estábamos iniciando un proceso de guerrilla urbana para las FARC y con el partido. Cuando llega el Flaco —nunca se me olvida—, da el santo y seña, y para mi familia él era el señor Carvajal. Nos encontramos con el “señor Carvajal” en una cafetería en el parque de Chapinero y tengo que decir que desde que lo vi el tipo me manejó, me impregnó, me obnubiló. Me parece estarlo viendo, un tipo inmenso, descuajalingado, con unos calzones que le quedaban grandes, con una chaqueta de cuero raída que le quedaba chiquita, con unos zapatos rotos, con una pistola vieja y con 20 pesos en el bolsillo. ¡Ese

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tipo venía a tomarse el poder y a hacer la revolución! Solamente un iluminado, un hombre con una inmensa fuerza moral puede llegar a plantear semejante empresa. Plantearlo y que uno le creyera. Yo ya era abogado, javeriano, con alguna formación. Militaba en la Juventud Comunista. A partir de ése momento él es el jefe. Los Comuneros Con el Flaco montamos Los Comuneros. En la Javeriana hubo una célula de Los Comuneros e hicimos, bajo la tutela de Jaime, la primera acción subversiva: una banderita adhesible que decía: “Unidad de Acción FARC-ELN-EPL”. En ese momento no existía el M-19. Él nos orientaba hacia un proyecto gremial de la lucha armada. El señor Carvajal Mantuvimos una linda relación con el Flaco. El “señor Carvajal” se hace muy amigo de mi mamá, entre otras cosas porque la mamá de Esmeralda fue la íntima amiga de mi mamá en Florida, Valle. Entonces el Flaco le entró por ahí a mi mamá y cada que podía iba a la casa a comer suculentos sancochos vallecaucanos y a echarle carreta a mi mamá sobre el problema de la falta de creencia en Dios, en la religión. Mi mamá vivía fascinada con el señor Carvajal y decía: “Ese sí es un buen amigo, un creyente”. Mantenía a mi mamá tramada. Soy el único marxista Quiero recordar una anécdota muy linda. Ya en el M-19, cuando salí de la cárcel, establecí relaciones con Carlos Lleras —fue por la época de Turbay, en la primera Comisión de Paz—. El Flaco me mandó llamar a Cuba. Nos sentamos en el Camellón en una noche de luna muy linda y me pidió que le contara cómo estaba la cosa, qué estaba pasando, qué había de Lleras, qué había de los compañeros en la cárcel, etc. Yo le comenté que antes de salir me habían hecho una entrevista y me preguntaron si Bateman era marxista y que entonces yo contesté que no, que Bateman era nacionalista. Y lo dije con la clarísima convicción de mostrar un perfil distinto; queríamos diferenciarnos de los comunistas; queríamos que nuestro movimiento se entendiera como lo que realmente es. “Yo dije que tú no eras marxista, que tú eras nacionalista”, Nunca se me olvidará la expresión del Flaco. Se queda mirando el mar y dice: “¡No joda!... ¡si yo soy el único marxista que hay en Colombia!” Después, con el tiempo, vine a entender que era un hombre de una profunda formación filosófica, era un marxista en el mejor sentido porque era dialéctico, no solamente a nivel de la filosofía, sino en el nivel de la política. Y creo que el gran aporte que le da al M-19, a la democracia y a la política colombiana es que entendió afondo la política en términos dialécticos, cosa que la izquierda colombiana nunca entendió. Este es un país donde no digerimos todavía la dialéctica. La gente se equivoca cuando piensa que el Flaco no era un hombre estructurado. Era un hombre de una impresionante formación. No era un come libros, pero era profundamente agudo, sintonizado con la historia de este país. Por eso su idea de crear un movimiento como el

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M-19, que a pesar de todos los errores que hemos cometido, está tan metido en la coyuntura nacional. Se murió a destiempo Lo que está pasando hoy fue lo que el Flaco imaginó. Ustedes ven hoy el proceso de paz. En la entrevista a Germán Castro Caycedo durante la toma de la Embajada, el Flaco prevé lo que está pasando hoy. Fue un visionario, un líder impresionante, que desafortunadamente se murió a destiempo para desgracia de la paz en Colombia. El M-19 es lo que el Flaco fue. ¿Por qué el Eme pegó tanto? Porque el Flaco vino a decirnos que el himno del M-19 era “La ley del embudo”. Siempre traía las cosas más disparatadas del mundo y uno no podía entender cómo un jefe revolucionario fuera tan raro. Pero es que uno definitivamente se estaba moviendo en la ortodoxia y el Flaco, que era un verdadero dialéctico, había superado eso. Fíjate que después de muchos años llega uno a encontrar un nuevo “fantasma” que recorre el mundo y es la Perestroika. Creo que el primer peresrtoiko que hubo en Colombia fue Jaime Bateman. El Flaco se murió bravo conmigo Hay un inmenso dolor en la vida mía y fue que el Flaco se murió bravo conmigo. Cuando fracasó la primera gestión de paz, vino Belisario Betancur —estábamos en la Octava Conferencia— nos pusimos muy contentos cuando escuchamos el discurso de Belisario: “Ni una gota más de sangre...” Ahí mismo redactamos un documentico donde le decíamos al presidente que habíamos escuchado su discurso con mucho cuidado y que le cogíamos la flota de la paz. Ese documento lo firmaron todos los comandantes guerrilleros y yo. Fui el primer civil que frenteó el asunto. El documento se lo entregué a Augusto Ramírez Ocampo en la Universidad Javeriano. Yo comencé muy entusiasmado con el cuento de abrirle al país una perspectiva de paz. En el Movimiento había mucha prevención porque la primera comisión con Turbay había fracasado. Salí de la Octava Conferencia por el Ecuador y llegué a Bogotá. Una mañana, en mi casa, recibí una razón de Bateman. “Que vaya a la radio y denuncie a Belisario, Que diga que es un hijueputa, un viejo hijueputa”. Llamé a Luis Fernando Gaviria, compañero mío de universidad y yerno de Belisario, y lo invité a mi casa. Y a las seis de la mañana le dije: “Bateman manda decir que tu suegro es un viejo hijueputa mentiroso, que nos ofrece la paz y nos tira el ejército”. Luis Fernando me dice: “Eso no es cierto, eso es imposible. Voy para donde Belisario”. El tipo va a Palacio y le dice a Belisario lo que Bateman manda decir. Belisario no sabía que se estaban lanzando esos operativos en ese momento y llamó al general Landazábal, ministro de la Defensa, y le preguntó: “¿General qué está pasando?” Landazábal le asegura que no había operativos y Belisario golpea la mesa y le dice: “General, sé que hay operativos en esa zona”. Belisario, cuando llega a ofrecer la paz, no las tenía todas con el ejército. En ese momento Landazábal y el alto mando militar no comían lo de la paz. Mi tesis era: “No

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podemos quitarle espacios a Belisario Betancur”. Él estaba haciendo cosas jodidas, había prometido la amnistía y estaba metiendo a la cárcel a los financieros de cuello blanco, a Jaime Michelsen, entre otros. Dando papaya en Bogotá Mi contradicción con Jaime es un problema, primero, de incomunicación; segundo, tal vez algo de ligereza mía; y tercero de incomprensión del Flaco. En una reunión en Panamá resuelve el M-19 declararle nuevamente la guerra a Belisario. Yo estaba en desacuerdo con eso y me amenazaron. Recibí una carta en la cual me decían que ya no creían en mí, que esa carreta mía de la paz era una mentira, que era una farsa. A mí, indudablemente —porque después me enteré—, me iban a matar y yo no pude avisarle al Flaco lo que estaba pasando. Solicité un préstamo en el ICETEX, préstamo que todavía estoy debiendo. Como cualquier colombiano tenía derecho a un préstamo. Me hicieron el préstamo y lo respaldé con el apartamento de mí mamá. Con ese préstamo me fui a París. Eso ensoberbeció al Flaco: “Ramiro nos traicionó y se vendió por una beca. El gobierno le dio una beca”. El Flaco nunca supo la situación en que yo me encontraba. Todos estaban en el monte, se había declarado nuevamente la guerra y yo dando papaya en Bogotá. El Flaco, en un momento de rabia, dijo que yo lo había traicionado a él y a la organización por diez mil dólares. Se hubiera arreglado el “chico” Me fui a París el 21 de abril y él se muere en ese mismo mes. Casi me enloquezco cuando supe la noticia. Mi situación luego la entendieron Pizarro, Navarro y los otros compañeros. Sé que si me hubiera vuelto a encontrar con el Flaco, me habría mentado la madre, tal vez nos hubiéramos tomado unos tragos y se hubiera arreglado el “chico”. Si el Flaco hubiera vivido más, le hubiéramos ahorrado a Colombia muchos años de guerra muchos años de sangre y seguro que hubiéramos hecho la Constitución hace rato. ¿Qué quería él? Apertura democrática. En este momento hay que rendirle al comandante Bateman el honor que se merece. Si uno conoce la historia del Flaco, tiene que decir: “Gracias, Jaime Bateman, por existir” El Flaco es Higuita El Flaco es un tipo idéntico a este país. Fue exactamente el “olor de la guayaba”, el mamador de gallo por excelencia, tierno, lúcido, con un impresionante sentido de la historia. El Flaco es la Selección Colombia, es Higuita. La gran revolución democrática de Colombia tiene un papá que es Jaime Bateman. El poder no nace del fusil El primer dogma que el Flaco superó fue el de la necesidad de una revolución violenta para destruir el estado burgués y construir sobre sus cenizas la utopía socialista. Un día le escuché dos cosas que me sorprendieron. Una: la democracia es estrategia, la

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democracia no es un problema táctico y el tipo se enverracaba cuando uno decía que la democracia era burguesa. “No joda, la democracia es la democracia. Puede que se maneje con malparidos, pero la democracia es democracia. Nosotros levantamos unas banderas que son la democracia del pueblo: que el pueblo pueda hablar, que pueda expresarse”. Dos: en este país, para que lo escuchen a uno, hay que echar tiros. ¿Con esto qué estaba diciendo? Que los tiros no son para tomarse el poder. Aquí no se toma el poder a punta de tiros, pero esta democracia es tan cerrada, tan bipartidista y tan hijueputa, que hay que echar bala para que lo escuchen a uno. La tesis que saco de esto es que la lucha armada sirvió en un momento, pero en un momento de apertura; nos polariza. La lucha armada no es un principio; es un derecho de los pueblos cuando se necesita. Para el Flaco, el poder no nace del fusil; del fusil nace la posibilidad de que a uno lo escuchen. Bateman fue un visionario. “UN MAESTRO DE LA VIDA” Ever Bustamante (Abogado, parlamentaria de la Anapo y del M-19. Director Nacional de Coldeportes. Trabajador del Gobierno de Álvaro Uribe) A Bateman me lo presentó Carlos Toledo Plata en los contactos iniciales que el M-19 estaba desarrollando con la Alianza Nacional Popular. Fue un encuentro a raíz del triunfo electoral del 19 de abril. En ese momento no supe que se trataba de Jaime Bateman. Vine a saber que se llamaba Jaime Bateman después. Le decíamos “el Flaco”. Me empecé a dar cuenta de que él estaba en una tarea monumental: construir un proyecto político alternativo al bipartidismo histórico y a la experiencia de la izquierda colombiana, que en esa época estaba sumida en una crisis profunda de atomización. Era una persona que estaba en búsqueda de esa alternativa dual. Jaime Bateman era un gran visionario por intuición; intuición nacida de la experiencia que había tenido en los países en esa época socialista, en las FARC y en el acercamiento a dirigentes del partido liberal y conservador. Esto lo hacía poseedor de una visión muy especial. Era portador de elementos políticos que se derivaban de su ingenio y de su intuición política, más que de su preparación. Aunque era un hombre muy preparado de todas maneras. Tenía más olfato político que formación militar. Siempre tendió puentes Mi experiencia al lado de Jaime Bateman fue maravillosa, tanto en el acuerdo como en el desacuerdo. Me siento satisfecho de haber discrepado de Jaime Bateman. Él era un hombre del cual se podía discrepar, cosa nada común dentro de la política colombiana: el respeto por el contrario y el estímulo para profundizar la discusión. En ese sentido era un demócrata, siempre tendía puentes. El ideador de lo que ahora se está cristalizando, todavía muy débil, en la política de paz, en la reconciliación, en la negociación por la vía política, fue Jaime Bateman. Él es el gran arquitecto de la negociación, no sólo en Colombia sino en América Latina. Casi nunca, desde la insurgencia, se había planteado

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una posición así. Lo habían planteado los políticos hipócritamente, porque la paz es un bien social y nadie está en contra de la paz. La planteaban, pero hacían lo contrario. En el intento de desarrollar la unidad bolivariana de los latinoamericanos, Jaime, desde la década del 70, propone iniciativas, no sólo a las fuerzas insurgentes sino a las fuerzas democráticas; estrecha relaciones con Carlos Andrés Pérez, con Torrijos y con otra serie de dirigentes latinoamericanos. La última vez que vi a Jaime Bateman fue dos o tres días antes de su desaparición. Nos tomamos unos tragos con un amigo que venía de los Estados Unidos y ese día hicimos un compromiso. Yo había estado visitando los Estados Unidos clandestinamente y esa noche acordamos que Jaime iría también. Lo íbamos a meter clandestinamente para tomarle una foto frente a la Casa Blanca. Eso fue en abril del 83, dos o tres días antes de que viajara. El más crítico de todos sus actos era él mismo Lo que más me enseñó y me ayudó en el desarrollo de mi vida política fue un desacuerdo que tuve con él. En el año 80 a raíz de una discrepancia cuyas interioridades se las llevó él para siempre porque nunca las contó y yo tampoco las había contado. Jaime Bateman se reunía clandestinamente conmigo en medio de la discrepancia para aconsejarme que era necesario hacerlo. Él era presa de sectarismos que se originaban y se expresaban en integrantes del Movimiento que no admitían que pudiera haber discrepancias ni cuestionamientos. Lo maravilloso es que él era consciente de eso. Nos reuníamos clandestinamente y no debido a los cuerpos de inteligencia, sino al mismo Eme. Hicimos un pacto para que se estimulara y se generara la discusión. Él era consciente de que las estructuras internas generaban efectos negativos en la vida democrática de las organizaciones. Son procesos que hay que generar para que la gente aprenda la tolerancia. Era un enamorado de la práctica de la tolerancia y por eso era partidario de que se desataran estos procesos. Yo diría, incluso, que el más crítico de todos sus actos era él mismo. Sus discursos son un examen riguroso de su propia práctica. Desafortunadamente, a raíz de esa discrepancia casi terminamos con prácticas similares a las que hicieron carrera en el ELN: el intento de liquidación física para acabar con la confrontación. Fue Jaime Bateman el que intervino, preocupado siempre por evitar que en un proyecto como el nuestro se fuera a presentar esto. Fue muy riguroso y llegó incluso a sancionar con todo el peso de su autoridad a los compañeros que intentaban resolver por otras vi as la discrepancia. Llevar a la vida política la diversidad En todo esto hay un elemento muy importante: la diversidad, que ya había sido planteada en el plano filosófico y en la literatura. Por primera vez sentí con Jaime Baternan que se podía llevar a la vida política la práctica de la diversidad. Por eso logró que hombres como Carlos Toledo, que no tenía ninguna tradición en la izquierda, o como yo, o como Jaime Piedrahíta Cardona quedáramos atraídos por su personalidad. Quiso hacer un

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ensayo revolucionario con la fundación del M_19 y le faltó tiempo. Revisando la historia de las corrientes del pensamiento en el siglo XX, hay una que se expresó en la literatura y en la pintura y algunas veces en la música: el surrealismo. Si uno se pone a mirar todo el surrealismo: a André Breton, a Baudelaire, a Dalí, a Luis Buñuel, a Federico García Lorca, uno encuentra una ligazón histórica con el intento de trasladar esto a la política. Esa síntesis sólo se podía producir en un país tropical. El surrealismo en la política de un país desarrollado no encaja. A lo mejor esta es una corriente que está por desarrollarse. A raíz de las discrepancias en el 80, citamos a una reunión nacional de reconciliación. Y allí, con el ejército a cincuenta metros, Bateman condujo a la salida. Logramos atravesar el río Bogotá y luego él apareció tranquilamente en un hotel. Éramos una organización en discrepancia, que se reunía a tratar sus problemas. Él guardó especial cuidado porque quienes discrepábamos fuéramos los más protegidos; que no nos fuera a pasar nada. Eso da cuenta de su actitud democrática. Nos mandaba a conspirar internacionalmente Incorporó el elemento internacional como algo vital. Mandó a Fayad a la Argentina y a Chile en el 74, cuando todavía no éramos absolutamente nada. Desde ese momento manejaba con mucho dominio el plano internacional. Promovió reuniones con todas las fuerzas del Cono Sur y luego con los centroamericanos. Nos mandaba a conspirar internacionalmente. A mí me envió a un festival de juventudes en Cuba en el año 78-79, cuando los cubanos no tenían muy claro qué era lo que pretendía el M-19. Ante la negación de los cubanos de la presencia clandestina del M-19 en el festival, el Flaco estableció una red para hacer contactos. A mí me tocó cumplir la tarea que consistía en repartir hojitas volantes sobre el M-19 en Cuba. Hicieron unos microfilms y el grupo que él había montado en Cuba, con el apoyo de otras organizaciones, se encargó de la edición. Eso, por supuesto, casi me cuesta un carcelazo. Fue una operación rápida, entre las tres y las diez. Yo había viajado como turista y los servicios de seguridad estaban en el hotel a las doce y ya sabían mi nombre. Mientras que se aclaraba todo, estuve detenido 72 horas. Se dieron cuenta en ese momento que yo era dirigente de la Anapo Socialista, movimiento del que tenían noticias, y de “Mayorías”, periódico que les llegaba. Fue una buena oportunidad para que nos conocieran y conocieran lo que debatíamos. Una personalidad genial El primer intento de conformar la Coordinadora Guerrillera en Colombia lo hizo Jaime Bateman en el año 75 en una finca de la Sabana de Bogotá. La reunión duró tres días. Se tomaron cincuenta botellas de aguardiente, ron, whisky, de todo. Asistió gente del ELN, de las FARC, del ML y del M-19. Bateman planteó la unidad guerrillera. La intención de él era que las acciones político-militares que desarrollaba el Eme fueran producto de todas las fuerzas de insurgencia, que hubieran dado mayor capacidad de negociación. Desafortunadamente no se comprendió, pero Jaime hizo los esfuerzos

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necesarios. Sí él hubiera sobrevivido, quien hubiera firmado los acuerdos de paz en el año 90 hubiera sido el conjunto de fuerzas y la situación del país sería otra. Una pérdida para la paz Él era el hombre que reunía esas condiciones. Ningún otro las tenía. Él era el único que tenía la posibilidad real de incidir en las otras organizaciones. Por eso fue una pérdida: Una pérdida para la paz. Quienes lo conocían, inmediatamente desarrollaban con él una lealtad, incluso los adversarios. Nadie buscó o intentó poner en peligro su libertad o su vida, ni sus enemigos, porque lo respetaban. Los que lo conocieron sabía que ahí había una personalidad genial. Era un estratega. El hecho de que el M-19 haya sido en los últimos veinte años una de las fuerzas más protagónicas de la política nacional demuestra que Bateman era un hombre de largo alcance. En síntesis, para mí, Bateman fue un maestro de la vida y de la política. Era un hombre excepcional, con una enorme capacidad en el manejo de las situaciones y en la comprensión de los problemas.

20. BUSCANDO EL DIÁLOGO

“…No nos gusta la guerra. Por eso hemos hecho lo posible por evitarla. Porque sabemos lo duro que es matar gente, matar soldados que son gente del pueblo… Eso para nosotros es muy duro. Pero nos toca porque aquí la educación y la salud son privilegios. Aquí al gobierno no le da vergüenza que haya cinco millones de analfabetos, ni que haya tres millones de desnutridos, dos millones y medio de niños que se ven obligados a trabajar para ayudar a su familia, cinco millones de colombianos cuyo salario mínimo está por debajo del mínimo legal, nueve millones de compatriotas que carecen de vivienda, un millón que vive en sus chozas. Aquí tampoco les da vergüenza que cien mil niños mueran de hambre anualmente… Aquí no les da vergüenza mentir. Aquí no les importa afirmar

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que en Colombia existe democracia cuando es la propia realidad la que, con todo lo anterior, a diario los desmiente…” Jaime Bateman Cayón “HUBIERAMOS SIDO GRANDES AMIGOS” Fernando González “Pacheco” (Locutor, animador y actor de cine, teatro y televisión) El M-19 perdió con Jaime Bateman, si no un ochenta, por lo menos la mitad de lo que era —con el debido respeto, por supuesto, con los demás dirigentes a quienes más o menos conocí, y que seguro tienen grandes cualidades— o Pienso que un hombre como Pizarro indudablemente tenía mucho carisma y le ayudaba mucho la figura, claro. Navarro también es un hombre inteligente. El Turco era un hombre de grandes inquietudes, acelerado, con ganas de hacerlo todo de una vez. Pues bien, yo considero que todos esos atributos reunidos los tenía el Flaco. Era inteligente, tenía un carisma enorme y una gran cultura. Era mucho más aplacado, mucho más mental, mucho más tranquilo que el Turco. Por eso yo creo que ese tipo no solamente le hizo falta al M-19 como dirigente, sino al país. Indudablemente era el hombre. Yo creo que le hizo falta al M-19, entre otras cosas, para moderara todo el mundo. El tipo sabía cómo había que tratar a la gente y para qué servía cada uno. Mi experiencia con él fue no solamente interesante desde el punto de vista de todo lo que conversamos; sino la oportunidad de conocer a un ser humano íntegro. Con esto no quiero aparecer ahora como hablando bien de un muerto, no. Él era un ser humano realmente excepcional. ¡Siéntese, güevón! Yo fui secuestrado por él, por el Eme. Y aclaremos, fui secuestrado en la forma más cordial. A mí me trataron de la manera más fraternal. Cuando me llevaron a esa casa, yo duré dos horas esperando a que llegara el hombre. Fueron muy molestas esas dos horas. Los que me llevaron, excepción hecha tal vez de uno, eran muchachos realmente aburridos. Estaban cumpliendo estrictamente con la operación, con la orden, etc. Pero, o no interpretaban bien lo que les habían ordenado o, a lo mejor, mi poca modestia me hizo pensar que no me conocían. O no me conocían, o sabían quién era yo pero no sabían cómo era yo. El tratamiento fue bastante, no digamos duro ni violento, pero aburrido. Yo traté de entablar algún diálogo con ellos. Me acuerdo que intenté alguna broma con una de ellas que tenía un pañuelo puesto, para distensionar el ambiente: le dije que tenía unos ojos muy bonitos y también, para divertirnos, le advertí: “Si se demoran mucho yo tengo un problema, soy un enfermo sexual”. Pero por hacer esa broma, esa mujer me miró en una forma desagradabilísima. A partir de ahí, pensé: ya no voy a hacer más chistes, no tienen humor. Les preguntaba: “¿Esto a qué horas se resuelve?” “Va viene el comandante Pablo”. Llegó él y cambió todo. Me vio, y empezamos a conversar. Se pusieron firmes y todas esas cosas que hacen. Le dieron el parte correspondiente. Cantaron el himno. ¡Qué cantidad de tonterías! Él comprendía lo que yo estaba pensando

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y entonces me decía: “A ver, un momentico, no sé cuántas cosas faltan”. Cuando leyeron un parte, él se paró y yo también. Entonces me dijo: “Siéntese güevón, que esto es para mí”. Yo ya vi que había una marcada diferencia entre él y los demás... Bueno, era la diferencia entre el general y los soldados. Whisky de Cafam De ahí en adelante me di cuenta que Bateman era distinto. Me había tomado ya como cinco tintos de la jartera de verlos a ellos tan firmes: “Me tomo un tinto”. “No”, replicó, “vamos a tomar un whisky”. Yo dudé, pero acepté. Me acuerdo mucho que trajeron un whisky que tenía el sello de Cafam y ahí empezó un diálogo muy gracioso porque yo le dije: “Esto ni es guerrilla ni es nada. ¿Cómo van a traer whisky con sello de Cafam? Eso es una vaina infame, ¡un whisky de Cafam! Tenían que haberlo comprado en...” Él se reía... y empezamos a hablar, grabamos. Yo, infortunadamente, esa grabación no la tengo. Él tomaba poco, y además creo que debía de ser buen tomador porque en ningún momento perdió el control ni habló tonterías. Yo sí tomé bastante y llegué a emborracharme. Hubo un momento en que —entre las muchas cosas que conversamos— le pregunté: “Bateman, ¿usted cree que va a ser presidente de la república?” “Claro que sí, voy a ser presidente de la república”, respondió. A todas estas estaban ahí todavía los muchachos estos con las armas. Siempre estuvieron. Entonces continué retándolo: “No sea tan güevón, ¡usted qué va a ser presidente!” Entonces me dijo: “Respete, Pacheco, que el comandante aquí soy yo”. Todo era muy lindo, era una conversación muy, muy cordial, divertida. Después apostamos. Me pidió que le llevara un mensaje a Turbay. Eso me lo solicitó desde el principio y me entregó un folder. “Esto es para que se lo lleve al presidente”. Le pregunté: “¿Y si el presidente no me recibe, qué hago?” “Claro que sí, lo recibe”, “¿Pero cómo sabemos?” “Sí lo recibe”. “¿Y si no está?” “Sí está”, Y le insistí: “Pues no estoy tan seguro”. Entonces gritó que si era el caso, se lo entregara al presidente del Congreso. “¿Y si no me recibe tampoco?” “¿Cómo no lo va a recibir a usted el presidente del Congreso? Tiene obligación de recibirlo”. “¿Y si de pronto el gobierno se hace el loco y no quiere?” “Pues no pasa nada”: “Si dicen que no; ¿qué me pasa?” Me habían tomado unas fotos con ellos. Habló pausado: “Mire, Pacheco, si eso llegara a suceder, que no va a suceder, va a ser muy bueno para usted porque va a aparecer en todas las revistas del mundo como rehén. Yo mando las fotos a todas las revistas internacionales y usted va a salir en la primera página. Yo dudaba: “¿Y si no salgo en la primera?” “¿Apostamos una caja de whisky?” Acepté. “Bueno, apostemos”. A lo mejor, esté loco... pues ya había otros personajes, tres o cuatro que se los había llevado “por las buenas”, a Germán Castro, entre otros, y ya el gobierno parecía cansado. Entonces le propuse consignar la apuesta en un papel y le exigí: “Firmemos”. Entonces firmamos... “Una caja de whisky Chivas Regal a que mañana sale la noticia en la primera página de los periódicos”. Luego le pregunté que cuándo me iba a pagar la apuesta y me contestó: “No se preocupe, que yo se la llevo personalmente a la oficina”. “No sea tan güevón, a mí no se me va a aparecer usted en la oficina”. “No se preocupe, no se preocupe, que no le va a pasar nada. Yo voy y conversamos en su oficina”.

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Ésta es mi vida Le pregunté: “Óigame, Jaime, ¿usted no se aburre, no se desespera de vivir esta vida?” “Mire esto es como todo” respondió, “yo llevo no sé cuántos años en esto, entonces uno se acostumbra a vivir en esto. Es muy jarto dormir una noche en cada lado y saber que lo pueden matar a uno en cualquier momento, pero uno se acostumbra. El hombre es un animal de costumbres. Esto es un oficio, y esta es mi vida. Yo tengo que hacer esto. Mire, Pacheco, en realidad es mucho menos el riesgo que se riesgo de lo que usted cree”. “¿Cómo así? ¿Cómo viaja?” “A ver, dígame una cosa, Pacheco: si usted me viera a mí por la calle, mañana —usted ya me conoce cómo soy—, si usted me viera por la calle, le diría a la policía: “Ahí va Jaime Bateman?” “¿Usted me cree tan güevón” “No, usted no va a ser tan güevón; pues el ciudadano común y corriente tampoco es tan pendejo. Yo sé que la gente simpatiza conmigo, la mayoría de la gente. A la larga yo no corro tanto peligro como parece; es más, si quiere esta noche vamos a la Casa del Gordo”. “¿Está loco?” “Yo he estado varias veces allí y no me pasa nada. Algunas personas me pueden reconocer, pero no se van a poner a lambonearme. Mire por ejemplo los viajes en avión”. “¿Un avión privado?” “No, eso sí que es un peligro, que paradoja; nunca viajo en un avión privado porque los controlan mucho. Viajo en Avianca o en Aeropesca. Hay que tener muy buenos documentos, por supuesto. Claro, con eso no hay problema. Viajo solo, aparentemente, pero conmigo van tres o cuatro compañeros mirando. En general, va una mujer que lleva una cuna donde no hay niño, hay armas. Una vez, viajando para Santa Marta, me senté y a los diez minutos viene una cabinera y me dice: “El comandante lo solicita en la cabilla”. “Dígale que estoy dormido”. Después, volvió: “Que le manda decir que por favor vaya”. En ese momento sentí que la cosa era muy grave; entonces puse a los compañeros en alerta y fui a la cabina. El tipo era un piloto que había sido compañero mío de colegio. Entonces entré. “Jaime, ¿qué hubo, hermano?” Yo le dije: “Se equivoca, yo no me llamo Jaime”. Y el piloto, sonriente: “No sea tan pendejo, si usted fue compañero mío de colegio”. “Se equivoca”, le digo. “Yo no voy a lambonearlo ni nada, hermano. Usted es Jaime Bateman”. Entonces le respondí: “Pues si ¿y qué?” “Quiero conversar con usted. Dígame ¿usted cree que yo lo voy a lambonear? No, si usted fue compañero mío”. Llegamos a Santa Marta y el tipo se despidió. Me bajé del avión, ¡y listo! Y esos casos suceden con frecuencia. Se que cuento con la simpatía de la gente”. Humor y confianza De modo que, a ver, sintetizando, tuve una gran experiencia más por el aspecto humano del tipo que por el aspecto político; de ese tema hablamos mucho menos. Yo soy un hombre de ideas más o menos de izquierda; socialista. Y además, creo que eso no tiene ningún mérito. Todas las personas pensamos que este país necesita mil vainas que son fundamentales: que no se estén muriendo los niños en la calle, que haya educación, salud, que no haya violencia; son vainas primordiales. Eso era también lo que él pensaba, con muchas otras cosas más avanzadas. Pero mi gran experiencia fue conocer al Flaco humano. Le pregunté si él había matado a alguien y me dijo: “Sí. Esto es una guerra. Hay que matar infortunadamente; yo he matado. Y a mí si me cogen me

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matan también”. “¿Qué seguridades tenemos aquí?” “Usted, Pacheco, ¡todas! Oiga, si llega el ejército y usted es el único que está en esta casa —nosotros tenernos gente alrededor de la zona, después hay gente en la manzana—, de modo que si entra alguien del ejército o de la policía a la zona, nos a visan, y si entran a la manzana, nos avisan; entonces nos salimos todos, usted se queda solo en la casa y no Io van a matar: a Pacheco no”. “Todo eso, Jaime, todo eso es así, pero a la hora de la verdad…” “Mire, Pacheco, si yo saldo desnudo a la calle, me matan y a usted lo matan. Esto es una guerra”, me decía: “en su entrevista con el ejército, dígales que son valientes, pero que la inteligencia que tienen es la cosa más mala, que no me pongan más un doble que están tratando de infiltrar porque un día de estos Io voy a coger a... cachetadas. Ya lo he visto, es un tipo parecido a mí que están infiltrando por ahí. Dígaselo al presidente, a Camacho Leyva y a Vega Uribe. A Vega Uribe dígale que es un güevón, una mierda, dígale que es un hijueputa”. Yo se lo dije después, ya que me insistió tanto. Como a la una de la mañana me dijo: “Váyase a dormir, que usted está muy borracho, pero no lo voy a dejar dormir solo. Tiene que dormir con alguno”. “No me ponga con esos tipos”. “Hombre, es para que no se atortole usted porque de pronto se…” Había dos camas y yo me acosté en una. Siete de la mañana y Bateman me dice: “Güevón, me debe una caja de whisky”. “¿Cuándo se la llevo a la oficina?” Le respondí riéndome: “No se me vaya a aparecer a la oficina”. No lo volví a ver nunca, lastimosamente, porque me hubiera encantado volver a verlo. En resumen, lo que te digo... Creo que el M-19 perdió con Bateman no solamente un tipo que hubiera sido muy útil, sino un hombre nada comparable, —sin demeritar a ninguno—, nadie es comparable con Jaime. Era un hombre con algo que no tiene ninguno de ellos: buen humor, y el humor es la clave de todo. Es una cosa bellísima, ¿no? Los tres, cuatro políticos que hay por ahí con esas características son gente triunfadora. Samper, por ejemplo. El humor da confianza a la gente. Había que ver la seriedad, el trascendentalismo de la relación de los otros con él, pero al mismo tiempo el cariño que le tenían esos tipos. Era un hombre distensionado, humano, mucho, mucho. A la larga, si viviera, hubiéramos sido buenos amigos. Habríamos tenido seguramente muchas diferencias ideológicas que no hubieran importado para nada, porque yo no participo en política y él sí. Por eso hubiéramos sido grandes amigos. “CUANDO FUE A SANTA MARTA, FUE A RECOGER SUS PASOS” Ricardo Villa (Parlamentario y concejal. Militante del M-19. Amigo personal de Bateman) Con el Flaco empezamos a ser amigos cuando él era dirigente de la JUCO en Bogotá en 1965. Él era mucho más amplio políticamente que el resto de sus compañeros de la JUCO, Con él se podía hablar, dialogar y llegar a acuerdos. Yo en ese momento era pro Ejército de Liberación Nacional.

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Después, en 1972, apareció Jaime Bateman en un expediente. Al parecer Kemel, Camilo González y Bateman habían tenido alguna reunión por la que los vinculaban con el ELN. Yo fui donde la Chiqui a buscar al Flaco y le dije: “Te van a meter preso”. Y ese día exactamente él me planteó que un grupo estaba gestando un nuevo proyecto y que en ese proyecto había gente que venía del ELN, de las FARC, de la Anapo y de los sectores maoístas; que allí no se Iban a repetir los mismos errores de la izquierda. El expediente pasó a un segundo plano porque el Flaco empezó a contactarme a mí. Desizquierdizar el nuevo proyecto “Me interesa la revista Alternativa. Mayorías no debe ser la vocera del M-19. La vocería del M-19 debe estar en una vaina más amplia, más democrática, en donde participen otros sectores. Hay que desizquierdizar el nuevo proyecto”, decía. En la primera reunión que hicimos de Alternativa estaban Gabriel García Márquez, Enrique Santos Calderón, Daniel Samper y Antonio Caballero. Para un cuadro de la izquierda tradicional de ese momento no era muy lógico esa revista —donde había gente de la burguesía, de la pequeña, y de los intelectuales— pudiera ser la vocera de una nueva coyuntura. Sin embargo, el Flaco no solamente creía que Alternativa podía ser, sino que además Alternativa vivía de la financiación que él conseguía. Me voy pa'l mar La personalidad de Bateman nace de la pareja Clementina Cayón y Jorge Olarte. Quienes conocimos esta relación sabemos de la profunda influencia de Jorge Olarte sobre el Flaco. Era un hombre amable, periodista, tenía que ver con la cultura y con el espíritu; era un humanista. La sociedad samaria de ese entonces era muy cerrada. Todo lo que no fuera tradicional era rechazado y la relación de Jorge Olarte con Clementina era una relación de hecho, es decir, de amor, y vivirla implicaba un acto de rebeldía permanente dentro de esa sociedad. Santa Marta no permitía que una señora como Clementina, que había estado casada antes con un burgués, como era el señor Bateman padre, pudiera separarse y convivir con otra persona. Eso implicó, en la formación de Bateman niño, una concepción distinta de la vida. Y si a eso le sumas la cultura caribe, vas encontrando un hombre sin límites. La influencia de Clementina sobre él es definitiva. Ella hizo política con el MRL en esa zona manipulada por la herencia de las bananeras, de la United Fruit Company... Recuerdo que allí había un comisariato gringo donde todos teníamos que comprar. Es de allí que surge Bateman, un hombre que por supuesto, tenía que salirse del marco tradicional. Para él, el mar no era sólo una relación geográfica, era una relación poética. “Me voy pa'l mar”, decía en los momentos más difíciles. “¿Oye, pero la seguridad?” “Me voy pa'l mar”. ¡Y se iba para el mar! Su relación con el mar era existencial. El día que cumplió años Baternan, cuando llegó a Santa Marta por última vez, fue a recoger sus pasos. Estoy seguro de eso. Lo primero que me dijo fue: “Ricardo, hazme contacto con Clementina; la

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disfrazas y me la traes. Clementina se puso una pañoleta y unas gafas y cuando se encontraron le dijo: “Vieja, quiero comerme un sancocho de pescado”. Clementina le hizo su sancocho. “Quiero hablar con Carlos Bateman”. Al otro día Carlos Bateman, su hermano, viene a la casa. “Necesito hablar con Salvador Sánchez”, su amigo de siempre... Él amaba a Santa Marta. Fíjate que cuando llegó en el 74 sostenía la tesis de que esa ciudad no podía ser centro de las acciones guerrilleras. Para él, Santa Marta era como un “touché” y la gente lo sabía. Cuando murió, El Informador sacó en primera página: “Posiblemente desapareció el Flaco Bateman”, y agregaba: “La única ciudad donde nunca lo hubieran delatado era Santa Marta”. En esos días, los últimos, se había dado el lujo de recorrer Santa Marta, su ciudad, sus pasos... Esa vez cumplía años y dijo: “Quiero celebrar mi cumpleaños en Taganga”. A Bateman le metieron presa toda su dirigencia. Entonces su principal problema político era conseguir la libertad de todos. Muchos le preguntaban: “¿Y la política qué?” Pues lo principal para él en este momento era conseguir la libertad de la gente... y eso lo volvió un acontecimiento político. Solamente dos peleas Existe una anécdota hermosísima de Bateman con unos cuadros del M-19 que la embarraron. Realmente lo que hicieron era como para fusilarlos. Pues el Flaco los llamó y les dijo: “Les voy a dar su última oportunidad”. Después fueron los mejores cuadros del Eme. "La revolución es una cadena de afectos", decía. Sólo peleó públicamente con dos personas del M-19. La primera y la más fuerte, quizás porque fue la última, fue con Ramiro Lucio. Bateman denunció el compromiso de Ramiro con una beca que obtuvo del gobierno de Belisario para irse a París, y cuando el Flaco se perdió en la avioneta, Ramiro le escribía una carta al amigo que quizás ya no era su amigo. La otra contradicción fue cuando el Comité de Base, liderado por Ever Bustamante, estuvo implicado en el caso Bitterman y los medios de comunicación colocaron el sector de Ever como enemigo de la dirección del Eme, ¿Cuáles fueron las actitudes del Flaco en los dos casos?” En cuanto a Ramiro —y lo cuento porque fue conocido—, fue la primera vez que Bateman declaró públicamente contra alguien. Nunca antes lo había hecho. Frente a Ever utilizó otro procedimiento: lo envió al exterior y listo. El manejo de esas dos situaciones nos da la dimensión del hombre. Con Ramiro, el problema fue porque el Flaco planteaba en ese momento que la tarea político-militar era lo más importante y Ramiro en Panamá planteaba que había que llegar de una vez a los arreglos de paz con el gobierno de Betancur. La vieja Clementina Hablando de las mujeres, para Bateman la única mujer en su dimensión total era su mamá. La sacaba a relucir en la mayoría de las entrevistas. En la entrevista de Patricia

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Lara lo que él se preguntaba era: “¿Qué estará haciendo mi mamá? ¿Dónde estará?” Esa relación mamá e hijo nos da la calidad del hombre y, por supuesto, la de ella, la vieja Clementina. El Flaco presidente ¿Que qué quería el Flaco de mi? “Tú eres un cuadro especial que trabaja con la dirección de la organización en línea directa”. Me planteó dos tipos de trabajo: uno, el apoyo logístico encubierto, y otro, el político abierto en todo el Magdalena. Desde 1978 él planteó la necesidad de tener amigos o simpatizantes en las corporaciones públicas. En Santa Marta a un compañero y a mí nos pidió que participáramos en las elecciones, y cuando llegué al concejo de Santa Marta, el primero de noviembre, presenté una proposición: ¡nombrar presidente honorario del, Consejo del Sesquicentenario de la muerte de Simón Bolívar al Flaco Bateman! ¡y lo más increíble, los concejales votaron por unanimidad a favor de esa proposición! Fue un escándalo publicitario en su honor; además le dimos dimensión bolivariana al concejo de Santa Marta. En el período siguiente me lancé a la Asamblea y desde allí saqué un documento público, entregando mis dietas al M-19, que estaba en ese momento en la clandestinidad y con toda su dirigencia en la cárcel. Presenté también un proyecto de ordenanza donde se declaraba ciudadano emérito al joven Jaime Baternan Cayón, que había fallecido, y se ordenaba al departamento la publicación de sus obras, de sus entrevistas y de todos sus trabajos. Esto se aprobó. Pero un diputado se opuso y entonces me fui donde Clementina Cayón y le conté. Ella se lanzó al hombre y le dijo de todo; pues al otro día el diputado ese estaba a favor del proyecto. Por si acaso Una vez íbamos con el Flaco en carro por Santa Marta; yo manejaba y no pensé que hubiera nada sospechoso. Él tenía su cédula de la clandestinidad. De pronto la policía nos paró y yo de loco me puse a pelear con ellos. Era una arbitrariedad de los agentes porque no habíamos cometido ninguna infracción. Un policía nos dijo: “¡Vamos para la Inspección!”. Y cuando estábamos llegando veo que el Flaco se puso a hablar con el policía: “Hombre, vamos a arreglar esto”. Yo me la pillé y pensé: “Aquí hay alguna vaina”. Paré el carro antes de llegar a la Inspección y le dije al policía: “Sí, claro, arreglemos”. Total, arreglamos. ¿Qué pasaba? Pues que él cargaba una pistolita, por si acaso. Un revólver Magnum de cinco tiros. Nunca con el narco Tengo la firme certeza de que el Flaco Bateman nunca tuvo nada que ver con el narcotráfico. Una cosa es que tuviera contacto eventual con un narcotraficante determinado, o que uno de ellos le prestara una colaboración por simpatía en una u otra forma; pero eso es distinto a hacer negocio. Es el caso concreto de Antonio Escobar, quien era narcotraficante y el Flaco se lo había ganado. Toño quedó encarretadísimo con el M-19, independientemente de sus negocios, como cualquier colombiano. Jaime Guillot,

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por ejemplo, trajo las armas, pero esa no era una relación entre narcotraficantes, sino entre dos amigos. Muchos dirigentes hablaron Cuando la gente del Eme estaba presa, el Flaco estuvo muy interesado en saber qué información tenían los captores. Pasado el tiempo, consideró que uno de ellos habló más de la cuenta y él se interesó en saber por qué lo había hecho. Ahí es donde radicaba su humanidad. Decide entonces que a esa persona no había que fusilarla y empieza a hacer un análisis de por qué ese hombre había hablado tanto; según Baternan, era su gran Edipo. Decía que el problema de ese compañero era que tenía una mamá dominante y que el gran poder que ejercía sobre él su familia lo convertía en una persona disciplinada, meticulosa en sus tareas; pero que a pesar de esas cualidades tenía un problema profundo de afecto desde la infancia. A ese hombre no lo sancionó. “Aquí hay mala fe” Una vez en Santa Marta, cinco miembros del M-19 utilizaron las armas para robarse una motobomba, la vendieron y dividieron la plata en seis partes, cinco para ellos y una parte para el Eme. El Flaco supo la cosa, los llamó y les dijo: “Yo no los hubiera sancionado si ustedes vienen aquí y me explican cómo fueron las cosas. Yo hasta los hubiera entendido y a lo mejor hubieran podido seguir con nosotros”. Lo que le indignó a Bateman fue que, a sabiendas de que él ya conocía la cosa, le mintieran. Entonces les dijo: “Aquí hay mala fe, y como hay mala fe, vamos a resolver el problema a otro nivel”, y terminó, no expulsándolos, porque él no expulsaba a nadie, sino buscando la forma de que no siguieran en la organización. Y evidentemente, no siguieron. Sólo 3.000 pesos Al Flaco le encantaba echarle a uno historias, no de las acciones donde le había ido bien, sino donde la habían embarrado. Contaba la historia de un “operativo” que le iban a aplicar a un hombre de mucho billete. Se metieron en su apartamento y encontraron al tipo haciendo el amor. ¡Qué mierdero! La mujer gritó y se metió dentro de un closet y el pobre tipo sólo tenía $3.000. Por supuesto lo dejaron tranquilo. El país tiene que conocer Cuando el Flaco empieza a mostrarse públicamente, físicamente, tal como era, dijo: “El país tiene que conocer quiénes son sus guerrilleros, quiénes son sus dirigentes, quiénes son su cuadros”. Estaba innovando esquemas dentro de la clandestinidad. La cocina Pocos eran los mosquitos que molestaban al Flaco en cuanto a la crítica y en cuanto al rumor, o en cuanto al chisme, o en cuanto a “la cocina” de la izquierda. No era un

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hombre contestatario frente a la izquierda, o si no, no hubiera podido avanzar, porque le hubiera tocado dedicarse todos los días a los memoriales de agravios. Se le derrumbó el mundo Tuve muchas experiencias personales con él. Por ejemplo, estábamos juntos en el momento de la muerte de Jorge Olarte. Ese día lo vi derrumbado totalmente, de verdad. Ese día se le acabó el mundo. Ya era un dirigente, era el jefe, y se le derrumbó el mundo. No dependía No dependía económicamente de los países socialistas. Aquí, cuando se pensaba hacer una guerrilla, eso implicaba la financiación inmediata del bloque socialista a la cual perteneciera el aparato: el chino, el soviético, el cubano. El Flaco rompió con eso y creó una guerrilla nacionalista independiente, separada de los bloques, aunque de una u otra forma se apoyaba en ellos, pero no dependía ni ideológica ni económicamente. “A VECES INVENTABA UNAS MENTIRAS TAN INVEROSÍMILES QUE ÉL MISMO TERMINABA CONVENCIDO” Alí Humar (Actor, director de cine, radio y televisión. Fundador del Teatro La Candelaria). Sería por el 68 ó 67 más o menos cuando conocí a Jaime Arenas y por intermedio de él, al ELN. Por esa misma época conocí al Flaco Bateman. Simpaticé tanto con ambos, a pesar de que en esa etapa ya se producía un distanciamiento ideológico muy fuerte entre el partido comunista y el ELN. Bateman en esa época no sólo era militante del partido sino que además estaba vinculado con las FARC, con Jacobo, con el comandante Ciro Trujillo. No sé por qué se me antojó que se podía buscar un acercamiento entre las dos organizaciones. Me puse en esa tarea, pero fui desautorizado por el ELN. Entonces me tocaba reunirme con el Flaco a escondidas. Sin embargo, la amistad con él fue tal, que siempre, que bajaba a Bogotá buscábamos la manera de vernos. Así pasó un buen tiempo. Yo le comentaba cosas del ELN y él me contaba cosas de las FARC. Hasta cuando vino la purga interna de esa organización y salió. Después de la expulsión, estaban el Flaco e Iván en Bogotá en un despiste y en un descontrol enormes, sin saber qué hacer. Después les perdí por un tiempo la pista. Un día vino con Iván y me contó lo sucedido con las elecciones de Rojas y el proyecto que tenían de creación del Eme. Yo me interesé realmente y participé en unas cuantas reuniones. Inclusive hablé con una gente del medio para interesarla. Sin embargo, pasaron cosas que me parecieron muy alegres e irresponsables. Yo acababa de salir de la cárcel y estaba asustado de la manera como se manejaron ciertas situaciones. Entonces le dije: “Mire, Flaco, a mí me parece que yo puedo servir más como colaborador. Sinceramente, me parece que algunos compañeros están haciendo disparates”. Él lo entendió y me respondió diciendo:

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“Hermano, aquí necesitamos todo tipo de gente y en todas partes. Tranquilo”. Él sabía que podía contar conmigo, llegaba, aparecía, íbamos a desayunar, a tomar café y hablar, o a lo que fuera. Apostando sobre la vida... Cuando se supo que él era el máximo comandante del M-19, obviamente se perdió, desapareció. Dejé de verlo... pero un día me lo encontré en Unicentro. ¡Me acuerdo tanto! Sería un 22 o 23 de diciembre; muchos abrazos, tomamos café. “Bueno hermano, ¿en qué andas? ¿Cómo van tus cosas?”. Me dijo: “Preparando por ahí una pendejadita; en estos días sale en el periódico. Seguro que lo vas a leer...” Se trataba nada menos que de lo del Cantón Norte. Eso ocurrió el primero de enero. Solamente estuve con él después en dos ocasiones. Una vez me llamó no más que a saludarme. En otra ocasión se había “llevado” a Germán Castro. Yo recibí una llamada como a la una de la mañana y, click, colgaron. Me dejó aburrido la tal llamada. Al rato timbran ¿y qué veo? A Germán Castro en la puerta de mi casa y al Flaco haciéndome señas desde un carro, despidiéndose. Luego Germán me contó que el Flaco había dicho que el lugar más seguro era mi casa. Pasó el tiempo. Al otro día de los morterazos contra el Palacio de Nariño se apareció el Flaco muerto de la risa en mi casa a celebrar conmigo. ¡A mí me tembló todo! “¿Por qué se asusta, hermano, si al que están buscando es a mí y no a usted?” “Sí, pero es que si lo encuentran en mi casa, pendejo”. Sin embargo, se quedó allí esa noche. Cuando la noticia de su muerte yo estaba en Valledupar y no sé por qué estupidez, de esas que pasan, me dijo Gabo: “Parece que a nuestro amigo lo mataron”. Le dije: “No creo, tiene que ser otro”. Hicimos una apuesta. Como al cuarto de hora se me acerco Gabo y me dijo: “¿Usted se da cuenta de la imbecilidad que estamos haciendo? Estamos apostando sobre la vida de un gran amigo”. Entonces como que nos entró a los dos un gran arrepentimiento, un remordimiento. ¡Qué espanto! El Flaco y Gabo La historia de cómo Gabo y el Flaco se conocieron es supremamente curiosa. Gabo vino a Colombia cuando todavía no era Premio Nobel, y alguien, no sé porqué carajo, le dijo que la persona que había estado con Camilo Torres la última semana en Bogotá era Alí Humar. Él tenía interés en escribir una historia sobre esa última semana del cura Camilo en Bogotá antes de irse para la guerrilla. Cuando Gabo me localizó por teléfono, yo creí que se trataba de una broma y le colgué el teléfono, “Necesito hablar con usted” “Ah, ¿sí? ¡Bueno no joda tanto!” Yo no creía que era él, hasta que por fin me tocó creer y, efectivamente, cuando me contó la historia, le dije: “Pues mire, lo engañaron. Yo no conocí a Camilo Torres”. “Mierda, ¿quién entonces?” “Pero yo si sé quién lo conoció: el Flaco Baternan”. Resulta que Jaime había estado con Camilo como guardaespaldas, asignado por la JUCO. El problema en ese momento era que el Flaco estaba en las FARC y sólo bajaba muy de vez en cuando. “Hay que esperar a que él aparezca”. Gabo se quedó como mes y medio y cada tres o cuatro días me llamaba. Ya estaba como desistiendo de

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la idea y en ésas apareció. “Flaco maricón, ¿usted dónde andaba?” Llamé a Gabo y nos .encontramos en su apartamentico junto al Museo Nacional. Los presenté y Gabo se quedó mirándolo: “Yo a ti te conozcan. No creo, ¡imagínese si no lo sabría yo!” “Tú estabas en la casa de Teodoro Petkof... en Caracas una vez”. “No, no, usted me confunde”. Le echó una mirada de extrañeza y seguimos hablando de otras cosas. Cuando salimos, el Flaco me dijo: “¡Qué hijueputa memoria la de ese tipo ! Me vio con Petkoff hace siete años y nunca más lo volví a ver” ¿Por qué lo negaste?” Me dijo: “Porque se supone que nadie tenía que saber que yo estaba en esa reunión. Me dejó aterrado”. Después supe que él y Gabo se vieron muchas veces. Era tan loco Bateman, a veces inventaba unas mentiras tan inverosímiles, que él mismo terminaba convencido, como cuando dijo que iba a boicotear las elecciones y creía en serio que podía. Su manera de pensar era tan desproporcionada, tan macro... que por eso se jugaba siempre las cartas más absurdas del mundo y le salían. Si uno mira el proceso del Karina, la absoluta improvisación y la irresponsabilidad con que manejó eso, uno no entiende cómo diablos coronó. Todo era “epopeya” y todas las cosas que hacía eran tan improvisadas como geniales, respaldado por esa buena estrella que siempre lo acompañó. Era tan fresco que alguna vez en mi casa dijo: “Están presentando en “La Gata Caliente” un café concierto. ¿Vamos?” “¿Usted cree que vamos a ir?” “¿Cree que yo vaya salir con usted?” Mire, hermano, fresco; la gente, ¿sabe qué es lo que cree? Dicen: “Mire ese tipo tan parecido a Bateman, pero no pueden pensar que sea yo”. Él jugaba con eso. Entraba a Carulla y hacía mercado. La gente que lo veía decía: ¡tan parecido a Bateman ese señor que va ahí! Le fascinaba retar a la vida. Revolución con “Tres Esquinas” Yo creo que él era el gran mago. El Flaco era ilusionista. O sea, tenía carisma. Jaime Bateman era el tipo que donde llegaba encantaba a todos. Primero, por brillante; segundo, porque para él los esquemas no existían. Recuerdo cuando le pregunté por los que delataron; “¿Qué va a pasar con ellos?” “Hombre, si acaso les haremos juicios de responsabilidades, nada más, Había que entender su debilidad contra la brutalidad. Yo les he dicho a los compañeros que cuando a uno lo agarren, se aguante 24 horas mientras la gente se moviliza. Si a ellos los cogieron, nosotros tuvimos cinco días para cambiar planes; ¿qué les vamos a pedir? ¿Que se dejen matar como unos mártires del evangelio? Y nosotros afuera felices. No. Fue mucho lo que los reventaron y lo que les pegaron antes de que ellos hablaran. Se les hará una amonestación verbal, pero no más”. Imagínate, eso que en otras organizaciones era motivo de fusilamiento, de pena de muerte, pues con el Flaco no. Era humanista de verdad. Uno decía: “Esto es otra cosa. Esto es otra revolución. Esta revolución es con ron Tres Esquinas y con viejas. No es pecaminosa, no es mala, no tiene resentimientos”. Una vez a las 5:00 de la mañana salió de mi casa. Yo lo llevé a la puerta: cerré y me fui. No sentí que arrancara el carro. Miré y vi el carro parado. Estaba coqueteándole a la señora de al lado que estaba regando las matas. Le pareció lo más espléndido del mundo, coquetearle a la vieja. ¿Estará loco?

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Con López Me llamó un día Fabio Echeverry Correa: “Quiero hablar con usted. Supe que usted es amigo de Bateman y que habló con él hace poco. Tengo mucho interés en saber quién es ese personaje”. Le aclaré: “No soy vocero del M-19, pero si usted quiere, pregúnteme”. Conversando con Alfonso López Michelsen, me dijo: “Me interesa que hablemos. El M-19 es un fantasma. No tengo claridad sobre eso. Usted me puede clarificar un poco de cosas”. “Pregúnteme y yo le voy a contestar”. Empezamos a hablar y conversamos muchas veces de ese tema. Y en la campaña, López hacía discursos sacados de conversaciones que habíamos tenido. “Le caló, le caló”, decía el Flaco. Diálogo y Constituyente Fabio Echeverry dijo: “Mire, si lo que propone Bateman es verdad, que si Bavaria se gana 900 millones al año, pues, que ceda 1OO de esos 900 millones, ¡800 es muy buena ganancia! Entonces, ¿qué pasa? Que los trabajadores de Bavaria solucionan una serie de problemas elementales y si eso lo hacen todos, se puede vivir en Colombia”. Fabio Echeverry decía: “No sólo es cierto eso, sino que yo, como presidente de la ANDI, puedo asegurar que 400 empresas le jalan, si yo me propongo y les despierto esa conciencia. Eso es lo más sensato, o si no, un día se va a reventar la cuerda porque la gente no aguanta más”.

19. BATEMAN BOLIVARIANO
“Interpretamos al pueblo cuando recuperamos la espada de Bolívar... Ella constituye un símbolo que vale más de cien mil fusiles. Por eso nuestra primera acción consistió en ponerla en manos del pueblo que lucha por la libertad de su Patria. Y hasta que esa libertad no esté asegurada, su espada, como lo quiso el Libertador, nunca regresará del combate... Jamás será envainada”. Jaime Bateman Cayón “TORRIJOS LE TENÍA UN CARIÑO Y UN APRECIO MUY GRANDE AL FLACO” Roberto Montoya (Apoyo logístico del Comandante Pablo en Panamá). Conocí a Jaime Bateman y a Toledo Plata en México cuando estaban en una gira estableciendo relaciones del M-19 con otras organizaciones. Tuvimos la primera reunión de dos horas sobre el proyecto. De ahí surgió un programa de actividades; montamos algunas

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entrevistas con medios noticiosos y, claro, de Jaime solamente aparecía su silueta en la televisión. No convenía todavía que el ejército conociera la figura de Bateman. Eso fue en 1979. Lo importante fue el impacto que me produjo la personalidad de Bateman. Me di cuenta de que él era un tipo con una idea clara del poder. Esa actitud fue lo que hizo que nuestra amistad creciera rápidamente. Formas de llegar a entendimientos Nos volvimos a encontrar en Panamá, donde él tenía relaciones con gente muy cercana al alto gobierno. El M-19 había despertado gran simpatía en Torrijos. Yo comencé a trabajar con ellos, ya que el General no manejaba directamente el tema del M-19. Torrijas, en relación a lo que pasaba en Colombia, estaba siempre buscando fórmulas que permitieran el entendimiento entre las fuerzas emergentes y el gobierno. Consideraba que siempre había formas de llegar a entendimientos. Fue dentro de ese marco que se produjo la relación mía con el M-19, de manera totalmente extraoficial, porque las relaciones con movimientos irregulares no podían ser oficiales. Lo recogía en la selva, en la playa, en el mar... Me tocaba buscar a Bateman cada vez que llegaba a Panamá. Yo tenía que ver con la logística y con la seguridad de él. Unas veces lo recogía en la selva, otras en una playa, en el mar; llegaba siempre de la forma más impredecible. A veces llegaba en un cañiquito, en una canoíta o en una avionetica que parecía de juguete. Me tocó estar con él en actividades de cierta envergadura que se coordinaron desde Panamá y en ese quehacer vi la dimensión del comandante Pablo. Cuando estaba en Panamá, llevaba una vida sumamente sencilla, cambiando de lugares y tomando todas las medidas de seguridad. Le encantaba el cine, había veces que veía dos o tres películas en el día. Una vez, de regreso de Nicaragua, me regaló un libro del Quijote y una manta que le había regalado el comandante Ortega. Todavía tengo el libro con la dedicatoria original. Dice algo como: “Regalo de un amigo de la inquisición”. Ese libro se lo habían quitado a un somocista y tenía el nombre del dueño Parecía una máquina de producir ideas La revolución sandinista fue algo muy valioso para él. Los planes que desarrolló Pablo y que complementó después Carlos Pizarro surgen de esa experiencia. Él creía en la necesidad de concentrar fuerzas y en provocar impactos significativos en cada golpe. Ese hombre parecía una máquina de producir ideas y en esa práctica desarrollaba métodos que se salían de la ortodoxia. Sumaba mucha gente sin tantas complicaciones de filtros y de segundos y terceros. Había oficiales que eran informantes de los gringos A veces llegaba a Panamá con Iván Marino, o con la Chiqui, o con el Cholo Helmer. A mí me tocaba garantizar que en Panamá no se dieran cuenta de su presencia. No eran

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operativos oficiales. Eran actividades clandestinas. Yo arreglaba la documentación sin que las fuerzas de defensa se enteraran. Dentro de las fuerzas de defensa había de todo, y Torrijos lo sabía; había incluso oficiales que eran informantes de los gringos. La tarea mía era hacer esas actividades clandestinamente, con un marco de seguridad total. Desde que Bateman llegaba, la responsabilidad de su seguridad era de Panamá. Cuando veían un sospechoso, le buscaban la pierna Alguna vez me tocó ver a Bateman caminando por plena Vía España con una compañera, como Pedro por su casa. No se le veía arma. Caminaba por las calles de Panamá sin ninguna seguridad. Todavía los retratos de él no habían aparecido. Después apareció públicamente con un afro inmenso y, claro, ahí sí ya no podía andar caminando por las calles. Ya le tocaba tomar medidas. Para ese tiempo el ejército tenía la información de que él tenía algún problema en una pierna. En las requisas que hacían, cuando veían un sospechoso, le buscaban la pierna izquierda. Yo tenía que ir a buscarlo al aeropuerto Cuando ocurrió el accidente, Pedro Pacho había montado un operativo muy bueno para recibirlo. Tenía todo preparado. Pedro Pacho tenía que avisarme cuando ya el avión hubiera llegado. Tenía que decirme: “¡Vamos ya para el aeropuerto!” Pedro Pacho se quedó esperando y al día siguiente llegó desesperado: “Mira, no llegó. Compañero, estoy realmente en una situación muy difícil, Ayer debió llegar Pablo y no llegó”. La fecha del accidente de Jaime fue el 28 de abril. En Panamá comienzan las lluvias el 15 de abril. Había un frente tremendo sobre Panamá el día que la avioneta se cayó. Ese día no pudo aterrizar en el aeropuerto de Tucumen un avión grande. Chuchú Martínez, un piloto, escritor, escolta de Torrijos, decía sin embargo que estaba totalmente convencido que había sido un atentado contra Pablo. Volaban en una cascarita Yo, de todos modos, creo que ellos tuvieron una desorientación en el aire y cayeron justo sobre la cordillera en San BIas, relativamente cerca al mar. Realmente ese día había un frente salvaje sobre la cordillera y ellos volaban en una cascarita. Además, el piloto tenía más de 500 horas de vuelo. El último reporte fue: “Vamos ascendiendo a 10.000 pies”. Estaban buscando altura para salirse de la tempestad. La tesis de Chuchú también tiene sentido porque de todas maneras existen antecedentes, entre otros el caso Torrijos, que supuestamente fue otro “accidente”. Se puede pensar cualquier cosa. Con variar el altímetro, se altera el rumbo En el libro de Gutiérrez sobre la guerra sucia de la CIA, se señala cómo ellos comienzan en esa época a utilizar métodos sofisticados para alterar los instrumentos de vuelo,

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incluso para crear hologramas en el aire. Cuando tú ves esos niveles de sofisticación, narrados oficialmente por testigos, no te extraña que al avión de Torrijos le hayan alterado los instrumentos. Sólo con variar el altímetro, se altera el rumbo y la frecuencia. Y no puedes descartar que le hayan alterado los instrumentos Pablo. de vuelo a la avioneta de

Lo salvó una vez más el general Torrijos Pablo iba hacia Panamá cuando murió Torrijos. Viajaba a una entrevista con López Michelsen que había montado Torrijos. Cuando se movilizaban por una carretera a recogerla avioneta para volar a Panamá, Bateman estaba oyendo la radio. De pronto dan la noticia de Torrijos y casualmente en seguida se encuentran con un retén. Esa vez no le funcionó la “mosca”, que es la avanzada para detectar los retenes y avisar. Preciso: lo pararon. Entonces Pablo le dice al teniente del retén: “Oiga, teniente, se acaba de estrellar el general Torrijos. Están dando la noticia”. Todos empezaron a escuchar. Con disimulo, Pablo y los otros pasaron el retén. Lo hubieran podido agarrar si no hubiera sido porque lo salvó una vez más el general Torrijos. ¡Aún después de muerto, lo salvó! El arrojo y el desprendimiento El impacto para Bateman de la muerte del General fue demasiado grande. Torrijos le tenía un cariño y un aprecio muy grande al Flaco. Le admiraba a Bateman el arrojo y el desprendimiento. Como era muy amigo de López Michelsen, buscaba que los liberales entendieran que con el M-19 se podía llegar a un acuerdo. Estaba convencido de eso. Torrijos muere justamente el día de la llegada a Panamá del Flaco y de López Michelsen. El General iba a jugar un papel de mediador. Se dañó esa reunión y a mí me tocó manejar la seguridad del Flaco en Panamá en medio de la cantidad de jefes de Estado que llegaron al sepelio del general Torrijos. Fíjate delante de quién estamos pasando Cuando el Flaco iba a salir de Panamá, estaban saliendo las delegaciones de los distintos países. Me tocó moverlo por el aeropuerto internacional en medio de la seguridad colombiana. Los militares colombianos estaban ahí. Lo pasé por la pista para treparlo sigilosamente en un avión, cuando dice el Flaco: “Fíjate delante de quién estamos pasando en este momento”. Estábamos frente a Camacho Leyva y toda la delegación del gobierno colombiano. El Flaco se los gozaba: “¡Mira qué cerca estamos de ese tipo!” El hecho concreto fue que la muerte de Torrijos dañó la entrevista que estaba montada y los sucesores del General no tenían la estatura para montar ese tipo de relaciones.

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Todavía se rompen la cabeza Bateman tenía su centro de operaciones en el barrio San Francisco, durante el operativo del Karina. Estaba pendiente de todos los detallitos. Eso se hizo con grandes limitaciones de fondos. Lo más complicado, por lo que todavía se rompen la cabeza, es cómo diablos pasó ese barco con todas las armas por el Canal. ¿Cómo fue que los gringos no se dieron cuenta? ¡Eso fue lo más grande! Cuando el barco pasó por el Canal de Panamá, iba con 30 toneladas camufladas tan bien, tan bien, que logró pasar la inspección. Los gringos y oficiales registraron el barco y no encontraron nada. Cuando se dio la batalla con la fragata y torpedearon el Karina, en la versión oficial aparece el dato de que eran 600 toneladas. Los gringos no salían del asombro. ¿Cómo era que les hablan pasado por sus narices 600 toneladas? Ese operativo fue hecho sobre la marcha con mucha inventiva, creatividad, y con el apoyo de especialistas. Muchos pusieron plata de su bolsillo para financiar ese proyecto. Echaba candela y criticaba todo La última vez que vi a Bateman fue en México y lo vi muy acelerado. Echaba candela y criticaba todo. Estaba ácido. Había estado más de un año en la montaña y estaba revisando el trabajo internacional. Me hospedaba en su casa, en donde justamente tenían una reunión de balance. El Flaco echaba candela, a tal punto que al día siguiente un compañero me pidió disculpas por los gritos. Esta fue la última vez que lo vi. “CON UNA FRASE O UNA PALABRA LOS CONVENCÍA” Amparo Erazo “Micaela” (Vocera del M-19 de Nicaragua) La primera vez que me vi con él fue en el 76 o 77. Estaban inaugurando Unicentro. Era alto y flaco; iba con Esmeralda, su compañera. Me llamó la atención porque me pareció un hombre muy seguro. Yo no sabía quién era y en esa época no se hacían preguntas: un compañero, y listo. El que me había invitado a conocer Unicentro dijo: “En este lugar de la oligarquía tenemos que poner una bomba”. Pablo le replicó: “¿Cuál bomba, hombre? Lo que tenemos que hacer es que esto en el futuro se vuelva un colegio para los niños”. Yo pensé: “una mentalidad diferente, aprovechar las cosas sin destruirlas”, y eso me gustó. La segunda vez fue cuando lo del Cantón. Nos mandaron a los Llanos mientras bajaba la persecución. Cuando llegamos a Villavicencio nos recogió “Pablo”, el Flaco. Era el hombre más buscado del país. Nosotros estábamos siendo buscados, pero no tanto como él, y sin embargo, él fue a rescatarnos personalmente, por miedo de que nos fueran a detener. Nos trajo a Bogotá y nos dejó en un apartamento. Cuando salí de la cárcel me ordenó viajar a México con la Mona Vera. Nunca había pensado salir del país. Estaba con la idea muy aferrada de quedarme aquí. Cuando llegué a México me propuso que me quedara en Nicaragua. De ahí en adelante comencé una relación de trabajo estrecha con él, empecé a conocer su inmensidad. Si hubo un hombre

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integral, fue Pablo. Conocí su capacidad militar y conspirativa. A veces el Flaco era un desastre: llegaba a Panamá muy elegante, pero con las botas sucias. Cuidaba a su gente. A mí me tocó hacer relaciones con las organizaciones de izquierda a nivel mundial, sobre todo con las de América Latina, y la parte más emocionante era cuando me tocaba ir con él. Con una frase o una palabra los convencía. Eso lo dicen los que lo conocieron... Nos convencía a todos. Lo veía tratar temas de mucha importancia con jefes de Estado. La propaganda en Nicaragua la hice con base en los videos de Pablo. Yo me iba por ejemplo adonde los chilenos y mi trabajo consistía en ponerles los videos y echarles una “carretica”, pues prácticamente Pablo hacía el resto con sus palabras. ¿Por qué se afana? A mí me ayudó muchísimo la cercanía con él. Salí supremamente acelerada de la cárcel. Uno quería hacerlo todo y aprovechar el tiempo. Me levantaba a las cinco a trotar y me quedaba hasta las dos o tres de la mañana haciendo cosas. Él de pronto tomaba las cosas con más calma. Le encantaba ver películas y películas. “Vámonos al cine”, decía, y yo con ese afán de hacer las cosas. “¿Por qué se afana?”, me decía, y nos sentábamos a ver películas. Él me ayudó a quitarme el acelere de encima y a disfrutar de nuevo en el cine, en una playa. Empecé a conocer Nicaragua. Son de las cosas que le aprendí: siempre con calma, seguro. Yo me enteré el mismo día del accidente porque vivía con unos peruanos y ellos me dijeron que la avioneta donde iba Pablo se había perdido. “No puede ser”, pensé. Cuando uno conoce a Bateman uno piensa que no se va a morir nunca. Era secreta la preocupación. La organización envió una comisión a buscarlo a Panamá. Todos los días me preguntaban y yo insistía en que no, pero interiormente sabía que era posible. Fue algo como mágico. Los que teníamos alguna relación con él manteníamos la esperanza de que no diciéndolo era posible que nos estuviera tomando el pelo. Creímos que iba a aparecer de un momento a otro. Tuve muchos sueños... Uno muy hermoso donde había un tubo muy grande y de pronto él salía de ahí. Era como si volviera a nacer, y como tengo sueños que se cumplen .. él vuelve a renacer. Casi al año, en febrero, se encuentran sus restos. En ese momento supe que estaba muerto. Fue supremamente doloroso porque a pesar de la certeza, la mayoría guardábamos la esperanza... Muy tenaz porque para nosotros él representó muchísimo. Uno se siente afortunado de haber compartido vida con él. Valoraba a la gente. Les daba la oportunidad a los demás. Lo aventaba a uno. Siempre más Cuando murió, yo trabajé en Nicaragua una propaganda en su memoria. Con los poemas de Afranio Parra hicimos un disco para él: “La certeza del amor”. Lo hice en Nicaragua con los conjuntos y artistas que había de toda América Latina. Fue un trabajo muy hermoso, porque la gente sintió a Pablo de nuevo, aun la gente que no lo conocía. La gente se sentía muy orgullosa de trabajar en un disco para él.

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Los poemas de Afranio Un día estaba yo hablando con un muchacho de Costa Rica y me contó que los salvadoreños integraban muy bien la propaganda y la música, y que eso era muy nuevo, muy bueno y muy masivo. Le pregunté: “¿Es muy complicado hacer un disco?” “No, no es tan complicado”. “Quiero hacer un disco en homenaje a Jaime Bateman Cayón”. Yo estaba un poquito sentida porque había intentado hacer un homenaje muy grande a Pablo con todas las organizaciones de Nicaragua y a última hora el Frente me lo impidió porque dizque no convenía; estaba Turbay, después Belisario. Yo pasé una carta de protesta. Al otro día me propusieron que hiciera el acto pero restringido, con organizaciones de base. Les dije: “Jaime Bateman se merece lo mejor. Para hacer una cosa pobre, mejor no la hagamos”. Entonces no hicimos nada. Yo quedé picadita y decidí hacer algo importante. Yo conocía a un muchacho de la Casa de la Cultura de Nicaragua y él fue francamente el alma de ese disco. Se llamaba Diego; era un venezolano de una organización revolucionaria, un músico extraordinario, un muchacho joven, que le hacía muchas canciones al Frente Sandinista. Yo empecé a encarretarlo con Pablo y el tipo quedó super encantado con él. Lo que hice fue fotocopiar todos los poemas de Afranio y empecé a distribuírselos a los artistas. Uno a un nicaragüense, un tipo bien loco, pero chévere; otro a un colombiano que estaba en el ejército sandinista, que era compositor; al sobrino de Cardenal, a Catia, a Alejandra la chilena. A punta de ron Empecé a visitar a uno por uno en sus casas; les dejaba las copias, encarretándolos con los videos. Todos se comprometieron: “Vamos a hacer el disco en solidaridad con Colombia y por lo que significa Pablo para América Latina”. Fue muy lindo. El disco de Pablo se hizo a punta de ron. Con un carrito que me había conseguido, salía y ponía tres botellas de ron en mi mochila y empezaba a recoger a todos los cantantes y músicos y nos íbamos para el estudio. Mientras grababan, yo les iba sirviendo café y ron. Así lo hicimos. Cada uno de los compositores escogió el tema que le gustó: “La certeza del amor” se la di al colombiano y él le puso son guajiro. Quedó muy hermoso. No me acuerdo cuánto tiempo pasamos garantía. Me volví medio musicóloga. No lo soy, pero todos los días escuchaba y opinaba. Ese disco es latinoamericano; participaron costarricenses venezolanos, bolivianos, nicaragüenses, salvadoreños, chilenos, de todas partes. Fue muy lindo. Una vez hecha la matriz, me fui a México y se imprimió. Los compañeros vivieron bastante tiempo con lo que les producía el disco. Entré a Colombia por fin en el 84. Llegué cuando lo de Los Robles y me fui para allá con el disco. El que se pilló la cosa fue Álvaro Fayad, Me dijo: “Ese disco es tan bueno que usted se va ya para Bogotá a imprimirlo allá”. Me mandó a Bogotá y lo imprimimos.

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Caballo viejo Una canción que me recuerda mucho a Pablo, hablando de discos... “Caballo viejo”. Le gustaba mucho... sonaba cada rato. Le gustaba... Sí, antes de su muerte estaba de moda ese disco, “Caballo viejo”. “NOS HEMOS UNTADO LOS PIES DE BARRO” Rafael Vergara (Dirigente del M-19. Representante internacional del Movimiento) La desaparición prematura del Flaco Bateman posibilitó que algunos buscaran dejarlo para la historia tan sólo como una consigna. Generó la lucha por el poder en el M-19, El Flaco era el único que podía aglutinar y controlar esa expresión compleja de personalidades tan maravillosas y diversas que componían la dirección del M-19. Muerto él, comienza la orfandad, una orfandad que persiste. Con su muerte comenzamos a pelearnos entre nosotros y el resultado de eso fue la gran matazón, matazón que arranca después de la reunión de Los Robles. Comenzaron a morir los grandes hombres, uno a uno, y en eso tiene que ver la orfandad en que nos dejó la desaparición física del Flaco Bateman. La modestia de la sabiduría Conocí al Flaco —como todos los colombianos— después de la toma de la Embajada Dominicana, cuando apareció por primera vez en público en la entrevista de Germán Castro Caycedo. Apenas lo vi quedé impactado con su irreverencia frente al dogmatismo de las organizaciones de izquierda. Esa entrevista sigue siendo absolutamente válida hoy en día. Descubrí que era posible tener otra óptica de la realidad. Esa entrevista se hizo en un momento político que partió la historia de este país en dos. Quienes piensan que no era un hombre estudioso se equivocan. Era estudioso y muy profundo: sólo que tenía la sencillez y la modestia que da la sabiduría. El intelectual en general no tiene esa sencillez, se enreda, porque carece del sentimiento de pertenencia al pueblo. Él decía: “Nosotros nos hemos untado los pies de barro”. Sentí que yo tenía un espacio allí Cuando leí la entrevista de Castro Caycedo quedé atado al M-19 y comencé mi transformación. Yo era militante del EPL pero reivindicaba a Simón Bolívar. En el momento de leer esa entrevista, sentí que yo tenía un espacio allí. El Flaco decía, por ejemplo: “¡Eche, no joda! Si tú quieres tener un carrito o un apartamentico, eso no riñe con ser revolucionario”. Bateman planteaba que la contradicción principal no era entre la burguesía y el proletariado, sino entre la oligarquía y el pueblo. Y eso significó un paso adelante en la mentalidad de izquierda del país.

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Lo protegían mucho Lo conocí en México. Aún no teníamos una estructura muy sólida. El Flaco iba en un Volkswagen que se varaba todo el tiempo y se bajaba a empujar. Allí opté por ser el representante público del M-19. Éramos la organización más buscada, más perseguida de América La tina porque rescató la guerrilla urbana; que estaba prácticamente derrotada, Las compañeras que rodeaban al Flaco lo protegían mucho. No le protegían la vida solamente, lo protegían para que nadie lo “tocara”, para que nadie “le cayera del lodo bien”, para que él no se “encantara” con otra persona, para no perder peso a su lado. Eran verdaderas cortes. Le prohibían, por ejemplo, que fuera a mi casa; pero él siempre se escapaba y se presentaba solito. Hay que dejarlo libre... No hablábamos siempre de cosas trascendentales; no, ¡qué va! De pronto se emputaba porque el hijo que estaba en la barriga de Lucrecia, mi mujer, se iba a llamar Pablo, como él. Decía: “Deja de joder con eso, que después lo comprometemos. Eso no le da libertad al pelao, sino que va a tener encima a un tipo que tiene que imitar siempre. Hay que dejarlo libre…” No puedo permanecer demasiado tiempo Voy a contar un episodio que nadie conoce. Estábamos hablando de Cuba y de pronto le dije: “Oye, Flaco, esa vaina de un tipo treinta años en el poder se la aguantarán los cubanos, pero eso no lo aguantan los colombianos”. Se ríe y me dice: “¿Qué estás tratando de decir?” “Tú sabes lo que te estoy tratando de decir; mañana triunfa la revolución colombiana y entramos al Palacio bailando cumbia contigo en frente”. Se reía, el maldito. “¿Tú cuántos años vas a quedarte ahí? 'Te insisto, treinta años no se los aguanta nadie”. Se puso la mano en la cara, con ese gesto suyo tan característico cuando estaba inseguro de algo, y se me quedó viendo: “¡Mierda, compa, es que cuatro años son muy poquito! ¡No puedo hacer nada!” “Bueno, está bien, de acuerdo, cuatro años es muy poquito, pero ¿cuántos entonces?”. “¡Necesito ocho años para cambiar el país!”. Total, hacemos el acuerdo de que van a ser sólo ocho años. Esto te muestra que él tenía la convicción de que nunca se iba a morir. Luego pasamos a otro tema. Después de mucho hablar, me dice: “¡No joda!, y después de esos ocho años ¿qué me vas a poner a hacer a mí'? ¿Qué me vaya quedar haciendo?” “Te ponemos como asesor, un tipo al cual se le consulta. Vas hasta ahí, ocho años, y luego te vas a recorrer el mundo, como los grandes protagonistas de la historia”. Se me queda viendo y dice: “Es cierto, no puedo permanecer demasiado tiempo”. La tiranía de las mujeres Si alguien tuvo influencia sobre Jaime Bateman fue Torrijos. Cuando miro al Flaco y miro a Torrijos, siento que son de la misma familia. Son parecidos en las concepciones, en la táctica y en la audacia intelectual. Los veo como a un Don Juan preparando su ataque de manera impecable. El episodio de los ocho años lo recuerdo con mucho cariño porque me

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daba la dimensión del personaje, un personaje al que podías tocar. Una vez le mandé decir: “¡Flaco, estoy aburrido de la tiranía de las mujeres!” Porque la jefa internacional era Vera Grabe y en la estructura organizativa de México, arriba de mí, estaba otra compañera, luego otra compañera y luego otra. Eso me tenía enloquecido; era “la tiranía del feminismo”. Un día, ya aburrido de las maricadas de las peladas, le mandé decir que “se comiera un cerro de mierda”. Me habían envolatado la participación en la Octava Conferencia. Me mandó decir. de vuelta ¡que me lo comiera yo! Así era. Igual a Torrijos. Por ejemplo, había un borrachito que pasaba siempre frente a la casa de Riohato, en Panamá, y le gritaba: “¡Tú eres un hijueputa!” Torrijos salía y le respondía: “¡Más hijueputa eres tú!” Un hombre al que le podía llegar Aunque no tuvimos una permanente posibilidad de vernos, teníamos comunicación. Yo era el editor de la revista Vainas de Macondo y escribía en la revista Colombia; además, trabajaba en el sueño del Flaco de crear el frente internacional del M-J9. “Ahí está otra vez la influencia de Torrijos y la influencia sandinista. El recuerdo que tengo de Bateman cuando lo vi por primera vez fue como conocer el antihéroe, un larguirucho, narigón, un hombre al que podías llegar. Me puso a escribir en serio Yo venía del ML ¡Imagínate, orinaba rojo!, y el hombre me hace una jugada: decide que quien tiene que establecer las relaciones con la Internacional Socialista era yo. Y con eso me obligó a crecer, porque para mí los de la Internacional Socialista no eran revolucionarios. Me escogió a mí y me obligó a dejar el lenguaje retórico del marxismo esclerótica y me puso a escribir en serio. Le debo al Flaco que me haya puesto a escribir. Me forzaba la cabeza para que yo entendiera que el mundo era más ancho. Me pidió que escribiera el primer documento para la Socialdemocracia. Se lo entregué y ni lo leyó. Le puso la firma. Algo grandioso, creía en la gente, en las mujeres sobre todo. Era la influencia de la vieja Clema. Siempre lo veías rodeado de mujeres y muy enamorado. Da pena decir esas vainas porque Esmeralda seguro piensa que él era un santo y de pronto se molesta. Era un santo con ella. La quería, o sea, era leal. Podía tener una relación con otra mujer, pero Esmeralda era Esmeralda. La quería mucho. Por un problema de plata tantas truñuñeces Una vez cincuenta pintores mexicanos hicieron una agenda del Eme. ¡Otra vez las compañeras! ¡Coño, si eran difíciles! Me retrasaron tanto los dineros que hubo que demorar la edición, ¡y yo con los negativos hechos! Imagínate, por un problema de plata tantas “truñuñeces”. Estábamos en una cafetería hablando con la Mona Vera, otras compañeras, el Flaco y yo; de pronto, en la charla, yo le estaba poniendo las quejas de que me estaban negando el dinero, y de pronto siento la mano de él en la rodilla: Pensé: “¡Mierda! ¡Se mariquió el Flaco!” Y lo que pasaba es que me había puesto a escondidas mil dólares.

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Cuando ellas se despidieron, me dijo: “No vayas a decir un carajo o si no después me matan esas mujeres”. Leía lo que necesitaba Cosas del Flaco para su biografía: nace aliado del mar, en la primera ciudad que fundan los españoles y que sobrevive a la Conquista: Santa Marta. En la misma ciudad muere Bolívar y allí se hace hombre Gaitán. Esos fenómenos tuvieron en él gran influencia. Clementina decía que el Flaco leía mucho a Bolívar y a Gaitán desde pelao. Aunque la tendencia de muchos era ver al Flaco como un hombre que no leía, que era de la “socialbacanería”. No podían entender que supiera tanto. Leía lo que necesitaba leer y punto. Se la pasaban en la conspiradera El hombre inaugura la insurgencia negociadora. Bateman es un hito, una marea en el tiempo. El significa el antes y el después: Te hablo del hombre que viene del marxismo, y lo desdogmatiza, del que siempre está dispuesto a la solución de lo posible. El logró poner en la práctica la flexibilidad de la insurgencia armada. En eso tuvo mucha influencia de Torrijas. De las pocas cosas que el Flaco escribió, es el comunicado cuando Torrijos se muere; ese es de la propia pluma del Flaco y refleja el valor tan enorme que le daba al General. Eran hermanos. Eso te explica por qué se la pasaba en Panamá. No solamente por razones de seguridad, sino porque se la pasaban en la conspiradera siempre y mamando gallo. Mar, devuélveme a mí hijo Era mágico todo en él; incluso hasta la manera corno desaparece, el misterio que rodea su muerte. Si me preguntas si fue un accidente o fue que le bajaron el avión no te lo podría asegurar, como tampoco sé si fue verdad que él había visto cuando vendieron la espada del coronel Aureliano Buendía. Tampoco sé si eso es mentira. Su vida fue eso. El hecho mismo de que lo encuentren los indígenas en la selva y de Clementina gritándole al mar: “¡Marrrr... devuélveme a mi hijooo!... ¡devuélveme a mi hijooo!...” lo escucharon los Cunas. Ese grito va por el viento y cuando le cuentan a Fidel, el hombre se puso a llorar y dijo: “Se perdió un gran hombre, un gran héroe de América”. La nutriente sustancial es la cultura Bateman nos marcó la ruta. Él planteó por primera vez la necesidad del Diálogo Nacional como salida negociada al conflicto armado. Se adelantó a la guerrilla latinoamericana. Rompió la lógica de la guerra entre aparatos militares. El gran error es seguir pensando con la lógica política, creyendo que la nutriente sustancial de los pueblos es la política y no la cultura; la política lo único que puede hacer es posibilitar el espacio para que la cultura florezca.

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La fuerza irresistible del amor Bateman planteaba la “cadena de los afectos” como enlace político-poético: Decía que el poder de los seres humanos residía en “la fuerza irresistible del amor” y que esa tenía que ser la motivación del M-19. Eso no es del Flaco, es de Bolívar. En Colombia, en vez de haber estado jodiendo tanto con lo del odio de clase, si hubiéramos explotado más ese concepto del amor; seguro que las cosas hubieran sido distintas. El Flaco encarna la transformación de la actividad política porque le mete la nutriente del amor, y eso era difícil esperarlo de un guerrillero. Un guerrillero que comenzó a creer que la alegría era el elemento más activo en la lucha. Sobre todo, sabía de la gente Sabía de la guerra muchísimo. De veras que sabía de eso, pero sobre todo sabía de la gente. Un periodista terminó escribiendo que el Eme tenía hasta rockets y todo eso fue por el encarrete que le metió el Flaco. He valorado tanto el hecho de que Bateman con un puñadito de hombres —éramos un puñadito fuera de la cárcel— lograra elevar el nivel de lucha armada en el momento más difícil... La fuerza material era mínima. El ataque al palacio presidencial con el mortero. “Voy a liquidar la amnistía”, dijo, y le quitó la iniciativa al gobierno. Le lanzó un mortero al Palacio a las 6:00 de la mañana, cuando no había nadie. Éramos una guerrilla “antiséptica”, con el menor número de muertos posible. Estaba ahí, constatando la pasión desbordada del pueblo La experiencia del Flaco con los sandinistas fue enorme. Conoció a Tomás Borge en Colombia y tenía una gran amistad con él. El impacto sandinista en él es determinante en la formación de su pensamiento político. Viajó inmediatamente se dio el triunfo en Nicaragua. Él estaba ahí en ese momento, constatando la pasión desbordada de ese pueblo. Si le quedaba un pedacito de dogmatismo comunista, se le acabó en Nicaragua. Extrajo de la experiencia nicaragüense que si tú quieres ganar, tienes que romper la columna vertebral que es el ejército. Hay quienes dicen que el Flaco se equivocó en eso, cuando dijo que ¡ni por el putas!, que no era el tiempo todavía de salir a la calle, sino que había que darle duro al ejército, ablandarlo para que también se ablandara el sistema político. Decía que el ejército era el tronco. Si tú tumbas el tronco, se caen las ramas. El proceso político parece no haberle dado la razón en eso. No lo sabemos todavía con seguridad. Los troncos no se derrumban sólo con estallidos. El ejército colombiano ha tenido algún cambio en estos años, o si no, no estarían tolerando el proceso actual.

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Viene la orfandad El Flaco se muere y viene la orfandad y la lucha intestina en el Eme por el poder. La destitución de Iván es la infamia más grande que se ha cometido. Eso rompió la “cadena de los afectos”. Comenzaron los odios y la debacle. Comenzamos a equivocarnos. “El Turco” proyecta vainas sin debate porque ya no existían las grandes amistades que movieron al Eme como para decirle: “Turco, no joda, te equivocas, no vayas tan rápido”. No hay que echarle toda la culpa al Turco; la culpa fue de todos los que creíamos que seguíamos en lo cierto; la culpa fue de la orfandad. Si Jaime Bateman hubiera estado vivo durante el 84, o sea, en el gobierno de Betancur, otro hubiera sido el resultado. Bateman planteaba que no era posible encontrar la salida negociada si los militares no se sentaban a la mesa de las negociaciones. “El Diálogo Nacional no puede ser completo si los actores, los protagonistas, no se sientan a hablar”. Hay gente que está diciendo eso ahora. Era un visionario. El pensamiento de Jaime es un pensamiento vivo. Yo, por ejemplo, ahorita mismo estoy en deuda con él. Tengo que ir a Santa Marta a visitarlo y contarle qué ha sido de mi vida. Tengo que contarle cuáles son los pasos que estamos dando; contarle lo que está pasando.

20. UN PROFETA DE LA PAZ
“¿Qué es la paz? En primer lugar. ¿La paz es que se acaben los combates guerrilleros? ¿O la paz es que dejen de morirse cuatrocientos niños al día? ¿Qué es la paz? ¿La paz es que sigan deambulando por las capitales del país dos millones de personas?, ¿¡Dos millones de personas!, hambrientas, desesperadas? ¿La paz es que la gente tenga que hacer ranchos como los que se hacen en las grandes ciudades de Colombia? ¿La paz es que el setenta por ciento de la población colombiana siga desnutrida? ¿Esa es la paz? ¿O la paz es darle la seguridad y tranquilidad a cinco o seis mil guerrilleros? No, no. La paz pasa por la JUSTICIA SOCIAL, ¡por ahí es donde pasa la paz!” “…Ese es el problema, mire, el problema no es del M-19 y nosotros hemos estado insistiendo en eso, si el problema fuera del M-19 eso sería facilísimo… Decía creo que el presidente de la CTC hace poco una palabra muy buena que decía: ‘la paz es el salario’. Eso mismo dicen los indígenas: ¡La paz es que le devuelvan la tierra de los indígenas!, la paz es que le den el 30, el 40, el 50 por ciento de aumento salarial a los trabajadores” Jaime Bateman Cayón

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“HACIENDO LA GUERRA, PERO QUERIENDO LA PAZ” Antonio Caballero (Escritor y periodista) Conocí a Bateman en tiempos de la revista Alternativa en casa de Jorge Restrepo, a finales del 74. Justo en el momento en que estaba secuestrado José Raquel Mercado. Estaban haciendo toda esa consulta sobre si era culpable o inocente. No recuerdo bien qué era lo que escribían en los muros, sí o no. Discutí mucho con él porque yo era enemigo del secuestro como método. Me parecía que si secuestraban a un tipo como José Raquel, tenían que ejecutarlo, o la cosa no era seria y me parecía muy grave que no tuvieran una salida distinta a eso. Pero, en fin, lo conocí en eso y me pareció un tipo muy simpático, como le pareció a todo el mundo, lleno de energía. Era la primera vez que yo conocía un tipo que estuviera haciendo la guerra, pero queriendo la paz. Bateman no buscaba exactamente la victoria militar, ya que la veía como una cosa inalcanzable. Quería una victoria política, y eso fue lo que me pareció más interesante de él. En ese momento no estaba proponiendo diálogo ni cosas semejantes. Lo que estaba buscando era una acción política por medio de la acción militar. De ahí en adelante nos vimos varias veces en distintas circunstancias, no sólo para hablar de política; ni para hablar de lo que estaba pasando con el M-19, sino, por ejemplo, para jugar Risk. Jugábamos Risk con el Turco Fayad y con un amigo Montonero de ellos y mío que estaba exiliado aquí. Insensatez Después volvimos a vernos varias veces en un momento muy duro, que fue cuando lo de las armas del Cantón Norte. Habían detenido a Fayad, a la Mona, como a 50, no sé a cuántos más. Y un día me lo encontré casualmente en la esquina de la séptima con la Avenida Chile. Yo iba en un carrito y, de pronto, un jeep por detrás comenzó a golpearme el bomper... tan, tan; y entonces me voltié y el Flaco estaba exactamente como era. Se había dejado el bigote para disfrazarse. Estábamos en un semáforo. Él se bajó del jeep y me dijo: “Nos vemos en el Cream Helado de allí, en la 70 con séptima”. Bateman en ese momento era el tipo más buscado de Colombia y a mí me parecía completamente insensato lo qué estaba haciendo él y lo que estaba haciendo yo, porque él estaba en la guerra, pero yo no. ¡Estaba en un Cream Helado a la luz del día con el tipo más buscado del país! Me parecía una insensatez, pero en fin, así eran las cosas con Bateman. Arrollador Baternan nunca pretendió ni reclutarme, ni darme instrucciones, ni tirar línea. En realidad nunca pretendía eso, sino que discutía y convencía. Primero porque hablaba muy bien; pero sobre todo porque tenía muy pensadas las cosas y tenía mucha razón en lo que decía. No eran improvisaciones tácticas. Él tenía una idea de fondo sobre qué era lo que había que hacer en este país. Convencerme a mí no era muy difícil porque yo estaba bastante de acuerdo con él en algunos temas. En fin, el Flaco me pareció un tipo

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absolutamente arrollador. Arrollador, de simpatía y de inteligencia. Un tipo que tenía razón. ...el sancocho nacional Yo no sé cómo era Bateman echando un discurso en la guerrilla, pero hablando personalmente era muy bueno. En una reunión de cinco o seis personas era un tipo de un poder de convicción impresionante, entre otras cosas a causa del entusiasmo con que hablaba y de su propia convicción. Discutíamos mucho pero estábamos muy de acuerdo sobre las insensateces de este país. En la época del Cantón Norte, ya Bateman empezaba a hablar del Sancocho Nacional. Una idea que a mí me llamó muchísimo la atención y que finalmente acabó haciéndose. En la medida en que no se ha hecho por completo el Sancocho Nacional, es que no se ha logrado la paz en este país. Cinco años más... Yo me enteré de la muerte de Bateman en Madrid. Me enteré por un amigo del M-19, una especie de diplomático que estaba realizando tareas en Europa y que era muy amigo del Flaco. Me enteré también por García Márquez, porque me llamó a contarme. Una de las cosas graves que pasaron en este país fue la muerte de Bateman. Hubiera sido muy importante que viviera unos cinco años más... Digo, cinco años más porque aquí no se sabe cuánto vive la gente. Me parecía un tipo con una claridad de ideas dentro de la izquierda colombiana, que es un masacote de organizaciones sin ninguna claridad de ideas en general, totalmente ortodoxa, sectaria y dogmática, y eso era lo que no era Bateman. Él estaba mirando lo que pasaba en el país y lo que pasaba en el mundo. Sabía lo que ocurría en Washington, lo que pasaba en Trípoli y lo que pasaba en Cuba. Una cosa que me parecía fundamental en Bateman era que ninguno de sus análisis políticos estaba imbuido por el odio o por razones de venganza estratégica. Buscaba lo que fuera de verdad bueno para la pacificación de este país. Una pacificación que evidentemente pasara a través de la justicia. Ya desde esa época se veía que se iban a morir de viejos todos los guerrilleros en Colombia. Bateman entendía que la guerrilla sólo tenía sentido si era para lograr algo en un plazo humano pero no un plazo de siglos. "ME ALEGRO MUCHO DE QUE AL FÍN UN HOMBRE DE MI PAÍS ENTIENDA QUE CONVERSAR CON BATEMAN NO ES NINGÚN DELITO” Germán Bula Hoyos (Dirigente del partido liberal, senador de la república, ponente de proyecto de amnistía en el gobierno de Belisario Betancur). Con motivo de la determinación del Senado de nombrarme ponente del proyecto de ley sobre amnistía, dije que no solamente hablaría con el gobierno y con los partidos políticos; sino que también lo haría con la propia guerrilla, porque la paz dependía también de su determinación.

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El M-19 tenía gente en todas partes. Jaime me contó que tenían gente incluso en Palacio. Una noche llamaron a mí casa a preguntarme que si era cierto que yo quería hablar con la guerrilla, y yo les dije que sí, y les advertí que no hablaría sino con Jaime Bateman, jefe máximo del Movimiento M-19. Era una conversación muy importante y necesitaba que participara quien tuviera la posibilidad de tomar compromisos. En algún lugar del mundo Me pidieron tres días para localizar a Bateman y concertar la entrevista. A los tres días me llamó Ramiro Lucio. Bateman me mandó preguntar: “¿Dónde quiere que nos reunamos?” “No tengo sitio, ni quiero saber. Le propongo lo siguiente: dígame dónde y usted me recoge y me lleva”. Acordamos la fecha, el sitio y la hora y así se cumplió nuestra histórica entrevista, en algún lugar del mundo... Llegué a un hotel y me estaba registrando cuando entró una llamada preguntando por mí. La niña de la recepción respondió: “Acaba de llegar y se está registrando…” Fui conducido a una residencia donde me atendieron amablemente. Al cuarto de hora, sonó el timbre de la casa y el dueño dijo: “Es el comandante” ¿Saldrías a regar llores por las calles de Bogotá? Entró Jaime. Yo no lo conocía personalmente y él abrió los brazos, que parecían un par de aspas. “Señor senador Bula, me alegro mucho de que al fin un hombre importante de mi país entienda que conversar con Bateman no es ningún delito”. “Si así lo creyera, no estaría aquí”. Se sentó a mi lado, hizo un gesto y los demás se retiraron. “Tú fuiste ministro de Turbay y a nosotros nos dio muy duro; por eso esta entrevista casi no se hace”. “Un momentico, para que la conversación sea grata y sincera, comienzo por decirte que uno de mis orgullos es haber sido ministro de gobierno de Turbay”. “Bueno —dijo—, es que después supimos que habías sido ministro del área económica y no del área del orden público”, “Pues yo me solidarizo con todo y te pregunto: si tú eres el presidente de la república y la guerrilla de ese momento asalta un Cantón y se roba cinco mil armas y después se toman la embajada dominicana y hay muertos y luego matan a José Raquel Mercado, ¿saldrías a regar flores por las calles de Bogotá?” “Usted tiene razón. No hablemos de estas vainas”. Hicimos una charla muy larga y muy interesante. Después conocí a Julia, que es Vera Grabe. Al fin y al cabo los dos éramos caribeños Le mostré mi ponencia. “Mira, te dejo el trabajo para que lo leas y con base en él me digas si crees que se puede hacer un convenio de paz con el M-19”. La recibió y aceptó la presencia de Gamboa, un periodista. Al filo de las dos de la madrugada me dijo: “¿Por qué no te quedas para que almorcemos?” “Listo. Vine a charlar contigo todo lo que se pueda”. “Tú tienes un hijo en Bogotá, ¿por qué no vino?”, me preguntó. “¿Por qué no lo llamas para que venga?”. Germán Alberto Bula Escobar fue fundador del Camilismo. Lo llamé, pero no podía ir. Bateman se interesó por ver a mi hijo, no sé por qué, me imagino que para saber cómo pensaba.

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Yo había llevado una gorrita roja con la que hacía todas mis campañas políticas y se la regalé de recuerdo. Fue sumamente cariñosa la reunión porque al fin y al cabo los dos éramos caribeños. Nos estábamos tuteando a los diez minutos. ¿Te atreves a firmar conmigo? En el almuerzo de despedida, sorpresivamente Bateman escribió en una servilleta algo y lo firmó. Me preguntó: “¿Te atreves a firmar conmigo esto?” Y le respondí en seguida: “Si tú, que estás haciendo la guerra, firmas una proclama de paz, yo, que estoy buscando la paz, con más razón”. La firmé. Ese es el origen del compromiso que se publicó. Podríamos instalar una emisora En esa ocasión se habló mucho del futuro. Jaime me dijo que era factible el proceso de paz. “Me encantan los términos de tu ponencia y los comparto. Podríamos instalar una emisora, una vez que estemos en la legalidad. ¿Te comprometes a ayudarnos? "Pues claro es lógico que en un acuerdo de estos haya una herramienta de esa importancia en manos de los que van a ser un nuevo partido político originado en la guerrilla” “Yo ya la tengo, la tengo en un barco”. “Yo te ayudo”. ¿Por qué no hacemos política juntos? De pronto preguntó: “¿Por qué no hacernos política juntos?” “Es posible. Todo es posible. Si has leído mi ponencia verás que ahí digo que la paz en Colombia con los grupos guerrilleros ofrece la oportunidad para que todas las fuerzas que se orientan hacia la izquierda extrema o moderada puedan emprender un proceso de unión que lleve al poder” ¡Carajo, me tienes bien chequeado! “Tú tienes una finca, yo sé”, afirmó. “¡Carajo, me tienes bien chequeado!” “Una finca cerca de Sahagún, en Córdoba. “¿Por qué no hacemos algo bien grande?” “¿Qué sería?” “Yo llego allá y respondo por mí hasta el aeropuerto de Montería; de ahí para allá tú respondes por mi vida”. “No hay ningún inconveniente, allá no tengo ningún problema para responder por tu vida”; “'Vamos a tu finca, tú tratas de ir con alguien importante del gobierno, llevamos un medio de comunicación y desde allá yo doy la orden nacional de suspender la acciones bélicas”. “Hombre, eso sería de una trascendencia tal, que ojala lo logremos”. “En nuestra próxima entrevista, que esperemos sea pronto, lo organizamos”, “Pero te quiero contar que tú no tienes amigos en Córdoba. ¡Deja de estar haciendo alardes!” “No, no, yo los consigo”. Reímos. A mí, Bateman me dejó la más grata impresión. Me vine muy contento de ese encuentro.

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Fiel a sus palabras, a sus compromisos Pensando en el momento que vive el país, si Bateman hubiera estado vivo, el curso de la paz habría tomado un camino muy distinto. Era un hombre sumamente serio, que decía las cosas y las hacía como las decía. Era fiel a sus palabras y, a sus compromisos. Tenía autoridad y era acatado porque tenía mucha claridad sobre el país. Estaba convencido de que el país ya no aguantaba más. “La paz debe hacerse ahora porque es el momento oportuno. El país la necesita y clama por ella. Si el gobierno desperdicia esta oportunidad y no hace los cambios sociales, económicos y políticos que tú planteas ahora, no habrá paz nunca; El M-19 de ahora puede deponer las armas y desparece; después vendrá el M-20, el M-2l, el M-22, otros movimientos, hasta cuando el país encuentre la paz”. Era la primera vez, según dijo Bateman, que se entrevistaba con una personalidad de la política. Yo no fui a nombre del gobierno, ni siquiera a nombre del Congreso. Fui como ponente del proyecto de amnistía. Desde luego, el Congreso le dio el respaldo a esa entrevista. Una guerra estúpida Hay una diferencia muy grande entre Bateman y Tirofijo. En tiempos de Bateman, existía una potencia igual a los Estados Unidos que era la Unión Soviética, en donde se contaba con la ayuda marxista para algunos movimientos guerrilleros. Tenían respaldo. Hoy día, cuando eso ha desaparecido, cuando no es posible una ayuda y cuando ha desaparecido la ideología comunista, no tienen ya la prestancia de aquel momento. Como Bateman no era comunista, según su propia afirmación, para él era mucho más fácil entender la violencia y el problema colombiano. Esa guerra era una guerra estúpida. Un alto en el camino de la violencia Bateman era de una formación humana, muy distinto a Tirofijo. Era un tipo con un pensamiento impregnado de humanismo. Entendía el problema que estaba viviendo el país y veía la posibilidad de hacer un alto en el camino de la violencia. Veía muy claro que se podía y se debía hacer la paz. Entendía que las reacciones del gobierno eran obvias porque toda acción tiene una reacción. Siempre hablaba en forma positiva y afirmativa. Se sentía la autoridad, que yo la veo ahora muy diluida, porque mientras, por ejemplo, en Tlaxcala, México, se hablaba de pacto, aquí se seguían volando refinerías y torres de energía eléctrica y matando y muriendo en el monte a nombre de unos ideales que yo no sé cuáles son. Bateman era un caribeño integral en su léxico y en su modo abierto de hablar, muy costeño. Y como yo soy más o menos igual, por eso nos entendimos muy rápido.

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...una guerra es una derrota En mi ponencia expresé: “La amnistía no es la paz, es la puerta de oro que puede permitirles a los colombianos empezar a recorrer un largo camino de rectificaciones, de reformas, de cambios sustanciales que conduzcan a la remoción de todos aquellos obstáculos que han frenado al país en la conquista de una democracia integral sin recortes acomodaticios, sin limitaciones que obliguen a la población colombiana a recurrir a métodos distintos del ejercicio político para lograr esos cambios, la guerrilla”, En eso estuvimos de acuerdo con Bateman. “El señor Bateman insiste en su posición públicamente expresada de que el M-19 depondrá las armas y se reintegrará a la vida civil del país para participar inclusive en las justas electorales del futuro”. Siempre me inspiró a mí en mi afán por la paz la frase de un profesor de origen árabe, Anwar Hatem, cuando dijo: “En el siglo veinte no debe haber más victorias militares. Sólo por el hecho de estallar una guerra es una derrota”.

21. ANEXOS

“OBLIGADO A PREGUNTAR” Germán Castro Caycedo revela su diálogo con Bateman Bajo el titulo “Obligado a preguntar”, Germán Castro Caycedo escribió para El Siglo una serie de crónicas en las que narra su insólita e interesantísima experiencia de 36 horas dentro del M-19. Castro fue secuestrado por el M-19 en la tarde del 17 de abril de 1980. Allí conversó con Bateman día y medio. El 19 de abril apareció libre en Bogotá, con una propuesta del M-19 dirigida al presidente para celebrar una cumbre política.

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Reproducimos en seguida pasajes de esa entrevista. Bateman es un costeño, casi tan alto como la puerta. Lleva parte del “afro” embutido en una gorra negra de beisbolista, que tiene engarzado al frente un escudo de Colombia. “Era de la gorra de un oficial del Ejército”, anota. “Yo soy el comandante general del M-19”. Habla la madre de Bateman “Que haga su vida. Que sea un hombre de bien y que no vaya a caer en manos de ninguna autoridad”. “Comandante”, le dije, “¿qué cree que le suceda el día que caiga en manos de las autoridades?” “El enemigo ha dicho con mucha claridad que yo seré ajusticiado y a mí no me cabe la menor duda de que si les doy oportunidad, me matan”. Se inicia la operación del Cantón Norte “¿Cuánto duran estudiando el asalto?” “Unos siete u ocho meses. Comenzamos comprando una casa para iniciar el túnel. El dueño de la casa, al ver nuestra prisa, cobró más de lo que valía. En la construcción del túnel hubo muchos problemas. En primer lugar, la orientación del túnel, que solucionamos dándole de frente. Sin problemas, Segundo, ¿cómo salir a donde había que salir? Usted sabe que el Cantón tenía no sé cuántas toneladas de hierro sobre el piso. Esto lógicamente es y será un secreto durante muchos años: cómo logramos salir de allí. Llegará el día que lo digamos, pero todavía no. Tercer problema: la tierra. Cómo sacar diariamente dos o tres metros cúbicos de tierra. La gente no podía respirar, se asfixiaba. Y otra cosa más: agua. Había mucha agua. Hay quienes dicen que allí tuvimos gente superespecializada. ¡No! Nuevo problema: una Cosa es construir un túnel y otra cómo sacar las armas del arsenal”. Nuestros errores en la operación “La prensa de esos días dijo que ese fue el primer error de ustedes: dar a la publicidad el nombre de Rodríguez, porque por ahí comenzaron los servicios secretos del Ejército a desenrollar la madeja”. “Hoy nosotros creemos que lo que recibimos después del Cantón fue una lección. Sencillamente así lo entendemos. Aprendimos que al enemigo hay que valorarlo suficientemente, porque a nosotros realmente se nos subieron los humos a la cabeza y pensamos que éramos más fuertes de lo que realmente éramos”. El M-19 defiende la industria colombiana “Bueno, a propósito de industria, ustedes piensan subir al poder y entregárselo al obrero que opera bien una máquina, pero que no tiene la visión de producción, ni de administración, ni de expansión”. “¿No cree usted que eso en su gobierno sería un caos?” “Nosotros estamos planteando la democratización de la economía. Y cuando nosotros hablamos de democratización, sencillamente les estamos diciendo a los

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capitalistas colombianos —colombianos con capital nacional—, en primer lugar, que sean nacionales. En segundo lugar, que luchen para que no sean asfixiados. Usted sabe que en este país cada día hay menos capitalistas. Parece mentira, pero es así. ¿Por qué? Porque el que no está dentro de la producción monopolística no tiene posibilidades de sobrevivir”. Cómo es el M-19. Por qué mataron a Mercado. Los errores del general Matallana Conflicto con Anapo “A Mercado no lo mató el M-19, sino la burguesía colombiana, que no quiso reconocer que él había sido su mejor sirviente. Nosotros contamos con un abogado muy prestigioso y lo enviamos como emisario para que dialogara con el doctor López, pero la respuesta fue categórica: “nada. No negociamos. El general Matallana nos persiguió y nos buscó bastante y estaba sobre la pista. No estaba desenfocado sobre lo de Mercado. Pero hubo una polémica con López y el que tenía la razón era Matallana. El general Matallana cayó en las trampas que le tendimos y cometió gravísimos errores. El primero de ellos fue creer que éramos un aparato de la CIA, y el segundo, no haber detenido a Carlos Toledo Plata” “Me preocupa pensar en un pequeño apartamento que tengo y en un auto que me he ganado con mi trabajo. Yo partí de ceros y si ustedes llegaran al gobierno me lo quitarían. ¿Qué harían? Me obligarían a dárselo a un vago que no ha trabajado como yo”. “Esa es la labor de esta gran burguesía colombiana: hacerle creer al pueblo que la revolución en este, país será el caos y que aquí se van a repartir no sólo los apartamentos y el Renault 4, sino también su mujer y sus hijos”. Un país manejado por el clientelismo Ahora que se me vino a la cabeza, ¿usted sabe cómo se distribuye el presupuesto nacional de Colombia? El cincuenta por ciento en represión. Y cuando hablo de represión no hablo solo del Ejército, sino de la Policía, de los servicios secretos, de la Defensa Civil. La burocracia se come el resto. Gómez Hurtado decía hace poco que el que manejara el millón de burócratas, mandaba en el país: es un millón de votos casi que seguro. Eso es lo mas antidemocrático que puede haber. Ahí está otra parte del dinero que necesitamos... Mire, las grandes partidas que manejan los parlamentarios son lo más irracional dentro de la dirección de un Estado. Yo doy veinte mil para una escuela. Yo doy cuarenta mil para un puente. Yo doy un millón no se para que cosa. y ninguna obra se termina. En esta forma nadie puede dirigir un Estado”.

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Obligado a preguntar Quién es Jaime Bateman A penas unas horas antes, Bateman había dicho unas pocas palabras sobre su vida personal. Son estas: “Nací en Santa Marta en 1940, clase media, hogar modesto. A mí me crió mi padrastro, Jorge Olarte, que ya está muerto. En mi familia fuimos tres: una mujer y dos hombres, aunque tengo otros hermanos del primer matrimonio de mi padre. Soy soltero y me vine a Bogotá luego de terminar quinto de bachillerato en Santa Marta. Pero no pude hacer sexto y viajé al exterior, pues me dediqué desde muy joven a las actividades políticas. Estuve en la Unión Soviética, Checoslovaquia y Francia recibiendo más que todo formación ideológica: principios revolucionarios, marxismo. Volví a Bogotá por, allá en 1962 cuando se estaban librando luchas muy fuertes, especialmente contra el alza de transportes. “El Moec, la Juventud Comunista, las Juventudes del MRL, eran las organizaciones que más funcionaban con la juventud. Las inquietudes políticas y la influencia de la revolución cubana contribuyeron a que se formara una generación de jóvenes que en estos momentos están trabajando con el Estado, o dentro de los partidos tradicionales, o se mantíenendéntro.de las organizaciones revolucionarias. Desde 1966 he sido un perseguido político. En 1963 estuve preso por primera vez, pues me capturaron repartiendo propaganda subversiva y en Colombia ya sabemos cuál es esa propaganda; estuve preso un mes. La segunda vez caí en una manifestación de protesta por el alto costo de la vida: otro mes de cárcel. Luego participé en movimientos guerrilleros, como buena parte de mi generación que tuvo que ver con el ELN, con el EPL o con las FARC. Yo estuve en las FARC durante cinco años”. Tres días después, en Santa Marta, doña Clementina Cayón se recostó en su silla perezosa y dejando que la mirada se perdiera arriba en la enredadera de parra que cubre el patio de su casa, comenzó a recordar: “Mire, debía ser 1943. Jaime tendría tres años y nos fuimos a vivir a Guacamayal, en la zona bananera que era de la United Fruit Company. Y nos fuimos a Guacamayal porque nosotros los colombianos no podíamos vivir en Sevilla, que era el barrio de los americanos. Ellos tenían cine, club y neveras. Nosotros vivíamos en tambos con el agua y las culebras debajo. Los tambos estaban trepados sobre zancos de mangle. Y había mucha malaria. Yo recuerdo que había mucha malaria y que los americanos ponían a los trabajadores colombianos en filas muy largas y les hacían bajar los pantalones. Luego pasaban ya uno por uno le inyectaban un centímetro de quinina en las nalgas. Así, sin cambiar aguja ni jeringa. Y unos años después en Santa Marta pasó lo mismo, porque nos vinimos a vivir en el barrio El Prado, que también era de la United Fruit Company. El Prado era un barrio amurallado y allí no podían entrar sino los americanos y algunos colombianos que vivíamos dentro... Bueno, no era muralla sino un muro bajito que hoy podemos ver en algunos tramos, porque aún no se ha caído. Encima de los muros templaron bien una malla de acero grueso para que nadie los molestara. Los americanos vivían de lo que hoy es la Avenida Hernando Pardo para arriba y los colombianos sobre el lado del mar en la peor zona. Los americanos

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tenían en El Prado canchas de golf, piscinas, unas casas muy bellas que si usted quiere, vamos ahora mismo y yo se las muestro”. El imperio norteamericano Durante el diálogo, le había preguntado a Bateman qué sentía por los Estados Unidos, y sin pensarlo anotó algunas cosas: “Los Estados Unidos”, dijo, “han construido en cien años lo que la humanidad logró en dos mil. Con eso le digo la mayoría de la respuesta. Nosotros admiramos a los Estados Unidos aunque desgraciadamente se trata de un pueblo que cayó bajo las garras de una ideología reaccionaria que quiso dominar al mundo por la fuerza. Y los Estados Unidos no viven solamente de la explotación del obrero norteamericano sino de la explotación de la humanidad entera... Sin embargo, la guerra de Vietnam ha cambiado mucho la mentalidad de ese pueblo y lo ha obligado a aterrizar y por eso ellos a la larga tienen que estar con nosotros. Usted ha visto todas las demostraciones de solidaridad en los Estados Unidos durante la toma de la Embajada Dominicana en Bogotá. Eso no había sucedido nunca”. La mamá de Bateman es gnóstica

Cuando Germán Castro terminó el diálogo con la mamá de Bateman, ésta le dijo: “¿Por qué no me preguntó la edad?”, Él le contó que no lo acostumbraba a hacer por cortesía y ella respondió: “Yo tengo 65 años” Castro la describe como una mujer menuda pero de gran dinamismo, que “apenas sí revela cincuenta”.
“La señora de Bateman hace diariamente una hora y media de yoga antes de dedicarse a la meditación, pues pertenece a la secta de los gnósticos. Ella se refiere así al gnosticismo: “No es una religión, es una ciencia. Nosotros tratamos de averiguar los misterios que hay en la naturaleza, los misterios del cosmos, y utilizamos mucho la fuerza mental para todas las cosas. No rezamos sino meditamos, como lo hizo Cristo. Todos mis hijos son cristianos y los gnósticos somos una familia de gente noble. No somos capaces de hacerle mal a nadie y, por el contrario, intentamos hacerle el bien a toda la gente. Vivo en función de servicio a la humanidad y me parece que cuando se hace eso Dios le ampara los hijos. Por eso soy cada día más gnóstica y medito más, no de rodillas, porque uno no pide de rodillas. Nosotros creemos que el altar no son mesas de madera talladas con relieves churriguerescos. El altar está en el corazón. Y usamos el yoga, es decir, el relax para preparar el cuerpo antes de meditar, porque con este cuerpo no se puede pedir nada”. “Yo fui compañero de Tirofijo” Las guerrillas colombianas “Antes de fundar el M-19, Bateman fue un guerrillero de las FARC, que operan en las montañas colombianas al mando de Manuel Marulanda Vélez, “Tirofijo”. Aunque su

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memoria parece intacta, no quiso aportar al diálogo recuerdos detenidos sobre esa época de su vida y prefirió solamente describir algunos rasgos de quienes fueron sus últimos jefes revolucionarios. “Tirofijo, Jacobo Arenas, Ciro Trujillo, fueron personas de las cuales aprendí mucho. Bastante. Estuve con ellos en la selva desde 1966 hasta 1970, cinco años”. “¿Tuvo un nivel alto dentro de la guerrilla?” “No, mi misión era más de comisario político que de combatiente, o sea que me dedicaba a la labor ideológica, labor de preparación política, de organización” Creo que “Tirofijo” no necesita secretario porque es un hombre muy capaz Es un campesino, pero ha adquirido una cultura muy grande Yo lo aprecio mucho “¿Qué recuerdos tiene de Tirofijo?” “A mí lo que más me llama la atención de Marulanda es el alto nivel de conciencia que ha adquirido, un hombre que no tuvo posibilidad de acceso a la cultura, ni a las universidades, ni a los colegios. Como le digo, está a muy alto nivel en la comprensión de lo que es este país. Lástima que no sea más conocido públicamente, porque puede dar mucho. Es realmente un líder de este país. Actualmente debe estar llegando a los cincuenta años”. “¿Cuánto hace que lo vio por última vez?” “En 1971, en la selva. Él nunca ha sido del monte y por eso ahí está lo negativo y lo positivo de una figura como esa: que teniendo tantas capacidades y tantas posibilidades de liderazgo no sólo en movimientos guerrilleros, sino de masas, se mantenga tan incógnito... como desconocido por el pueblo. Es que a Marulanda lo conoce un sector revolucionario, pero yo creo que antes que eso, que revolucionario, él es un líder popular. Tal vez de lo mejor que existe en este país. Independientemente de que sea miembro del partido comunista. Al lado de él participa un hombre que, guardando las proporciones, es una figura también muy importante y también muy desconocida: Jacobo Arenas”. La guerrilla rural “Como observador, tengo la impresión de que la experiencia de las guerrillas rurales ha sido casi que un fracaso en Colombia”. “Yo no diría un fracaso, sino que en Colombia esa misma experiencia guerrillera ha sido una trampa y se nos han subido los humos a la cabeza y hemos creído que somos los artífices, porque estamos luchando desde el año 48 en guerra de guerrillas. Entonces somos los de la guerrilla en América Latina y yo no creo que eso sea cierto. Aquí ha persistido la guerrilla, se ha mantenido, pero su desarrollo no es el que necesita este pueblo, Mire una cosa: aquí han existido grupos y grupos y grupos guerrilleros y realmente todos han partido de una copia mecánica de las experiencias de otros países o de una sobreestimación de la capacidad militar del enemigo, han subestimado esa capacidad en el caso más reciente de las guerrillas del EPL o del ELN, que han caído en una lucha ideológica profunda que los ha llevado a divisiones y a contradicciones. Lamentablemente, porque para nosotros es una pérdida que sentimos

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como nuestra. Nosotros no nos alegramos por eso. Todo lo contrario. Sabemos que el que pierde en eso es el pueblo”. ¿La guerrilla rural no es peligrosa? “Hablando de todo esto”, continúa Bateman, “el mismo Ejército colombiano lo dice en sus materiales. Sí existen bandas, sí existen guerrillas, sí existe un montón de cosas, pero eso no representa un peligro para el Estado. ¿Por qué? Porque el Estado tiene sus fuentes fundamentales de desarrollo y de crecimiento en las grandes ciudades. Ahora, tenga en cuenta lo siguiente: yo no estoy dando cátedra. Este problema que estamos analizando se solucionó hace siglos. Lo que quiero decir es que nosotros, el M-19, no está exenta de errores. El M-19 ha cometido en estos dos años muchos errores en el desarrollo políticomilitar-rural. Nuestro desarrollo urbano es mucho más público pero falta la correspondencia entre el campo y la ciudad...” Gaitán Bateman había mencionado a Gaitán muchas veces durante la charla y algunos días después, hablando con su madre, le pregunté por eso. Me dijo que sí, que él hablaba mucho de Jorge Eliécer Gaitán desde muy joven. “El Tuerto”, que fue uno de sus profesores —señaló— parece que les habló en alguna clase de lo de la matanza de las bananeras y entonces él se interesó mucho por el tema. Leía mucho. Parece que el pasado de Bateman se haya esfumado. En su casa materna me dicen que no hay fotos de la infancia, ni de la juventud. Ni cuadernos de su época de estudiante. Sin embargo, la señora se quedó pensando un segundo y dijo: “Un momento, por algún lado debe haber lo único que dejó Jaime hace tiempos. Es un librito. Déjeme se lo busco”. La señora apareció diez minutos después con una edición pequeña y amarillenta de “La masacre de las Bananeras”. Es el discurso de Gaitán en el parlamento colombiano el de septiembre de 1903. “Mírenlo bien”, dijo la señora, “porque hay algunas páginas con subrayados que hizo el mismo Jaime. Él leía todo lo de Gaitán”. Apenas abrí el librito, lo primero que vi, encerrado entre líneas, fue esto: “El Decreto número 4 del jefe civil y militar de la Provincia, Carlos Cortés Vargas…” “En tres artículos de ochenta palabras declaraba a los huelguistas cuadrilla de malhechores y facultaba al Ejército para matarlos a bala”. La revolución “Mire cuando le hablen de revolución, no le tenga miedo a una cosa que es muy sencilla. Es que la oligarquía le ha enseñado a estos pueblos que la revolución es un desastre y que la revolución es una hecatombe. Pero el pueblo piensa lo contrario porque para él la revolución es una gran fiesta… Para nosotros las armas no son un asunto de principios”.

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BATEMAN HABLA DE SU MUERTE Alfredo Molano (Sociólogo, periodista e historiador). El “Flaco” ya no era flaco, pero seguía alto, altísimo. Había dejado ese aire de muchacho de provincia en la capital, erizado de frío y fastidio. Había dejado la vieja gabardina negra que cada día era más verdosa. Ahora tenía aspecto de profesor en derecho penal; lo esperábamos con ese afro que le distraía la nariz; llegó peinado hacia atrás, engominado, más narigón que nunca. Nos abrazó calurosamente con sus largos brazos. Se sacó de la cintura una pistola inmensa y entregándonosla nos dijo: “¡Guarden esa joda por ahí!, algún día habrá que dejarlas porque son incomodísimas”. Dio algunas vueltas por el cuarto y se sentó al lado de la ventana. Enfrente, soldados de la brigada ensayaban un desfile militar. El “Flaco” sonrió. Era el momento de comenzar a preguntarle. Alfredo Molano: “Flaco”, no te da miedo verte a media cuadra de ellos? ¿No te impresiona pensar la ironía que significa encontrarte a tan corta distancia de esos hombres que te buscan? Jaime Bateman: No, hombre. ¿Acaso no sabes que yo soy invisible para ellos?, ¿para qué crees que sirve la cadena mental?... A.M.: ¿La cadena mental? ¿Qué es esa vaina? J.B.: Mira, lo que pasa en el fondo es que mi mamá es gnóstica, mi mamá fue responsable de la organización de la gnosis en Santa Marta. Y ellos hacen todos los sábados una cadena para protegernos a nosotros, a la organización. A.M.: ¿Y crees por fortuna que estará funcionando hoy? Claro hermano, de lo contrario no estaríamos aquí hablando y menos frente a ellos. A.M.: Te sientes, pues, protegido. Pero ¿qué es eso de la cadena mental, en serio qué es? ¿Crees realmente en ese rollo? J.B.: Pues eso es simplemente creer que la mente tiene poder. Mira, yo creo básicamente en mi mamá. Yo no sé si la cadena es o no eficaz. Pero a mí me ha funcionado muy bien. No sé si porque creo en mi mamá y ella en la cadena, pero ahí hay algo raro. Yo me siento seguro. Yo he estado en situaciones muy difíciles, desesperadas. He estado muchas veces prácticamente preso. En otras me he dado por muerto. Y nada, hermano, ahí sigo. A.M.: ¿Ahora de grande? ¿Ahora como jefe del M 19, o cuando eras estudiante? J.B.: No, ahora. Por ejemplo, una vez yo llegaba en una Wartburg a un apartamento que teníamos en el centro. De repente veo a una vecina en la acera; la miro y caigo en cuenta de que habían allanado. Fue sólo una mirada, un rayo, e inmediatamente volví a acelerar

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y seguí derecho. Me volé. Me tenían preparada una celada de la que no hubiera salido vivo. La mirada de esa pelada me dijo todo. Era una fuerza... inexplicable. Una fuerza que me hizo cambiar de rumbo. En Tocaima la cosa fue más jodida. Nos volamos como pudimos, a la de Dios, nos botamos al río de noche a un agua hedionda y negra. Al kilómetro salimos corriendo mierda por los cuatro costados. Nos lanzamos a campo traviesa, pero de golpe nos vimos acorralados: el Ejército venía por todos lados, por todas partes, convergía sobre nosotros. Hicimos un acotejado y nos parapetamos. Ellos llegaron justo a nuestro lado, los oíamos respirar, más que respirar, resollar. Nosotros éramos cuatro, los soldados diez, veinte, cincuenta... se arremolinaron encima de nosotros. Los oíamos: tap tap tap. Pasaban, volvían, maldecían, y ¿qué nos protegía? Dígame, compa ¿qué era lo que nos protegía? ¿Por qué no nos veían? ¡Si estábamos de bulto!... Ellos pasaban y nosotros invisibles. Al rato pati pati pati, los tiros. Yo no me asusté, créame hermano, yo no me asusté. Lo digo con toda honestidad. No me asusté a pesar de saber que estábamos más cercados que unos ratones blancos en un laboratorio. Pero yo tenía confianza, más que confianza seguridad de que saldríamos bien librados. Les dije a los compañeros: filémonos, despacito, como si fuéramos la misma noche. Y salimos. Salimos a pesar de los faroles y los reflectores que nos corrían por la espalda. A.M.: Pero también fue tu experiencia guerrillera la que te ayudaba. Tu experiencia con las FARC. Saber ya sobre las tácticas de los campesinos en la violencia... J.B.: Claro, eso también juega su papel. A la gnosis hay que ayudarla, la cadena hay que fortalecerla. Otra vez me cogieron en un carro robado. Me pararon, me requisaron, me pusieron preso. Estaba preso... y de buenas a primeras me soltaron sin saber por qué. ¿Y cuando lo de Lucho? A Lucho lo andaban siguiendo hacía días, un mes o más. Nos encontramos, charlamos, nos reímos, nos separamos. Cuando volteo la espalda lo interceptan y le preguntan: ¿quién es ese tipo alto con quien usted estaba hablando? Hombre, es inexplicable. Si yo estoy buscando un tipo que es el jefe de una organización y sé que es alto, yo le echo mano aunque sea para investigarlo. Pero no, me dejan ir. Ni siquiera tuve que apresurar el paso. ¡Inexplicable! A.M.: ¿O explicable por la cadena mental? Bueno, yo creo un poquito de todo. Por lo menos la cadenita esa me da mucha frescura, mucha seguridad. Sin que ello signifique que yo sea un irresponsable que ande dando papaya. J.B.: No, yo me cuido, me cuidan y desde luego nos cuidamos. Yo creo que hay algo ahí, yo hablo con mi mamá continuamente. Necesito hablar con ella, me da fuerza. Entre cosa y cosa me pierdo para hablar con ella. La organización se asusta cada rato, pero cuando vuelvo a aparecer siguen respirando tranquilos. Hace poquito conversé mucho con ella. Me contó que cuando salió la noticia de que me habían matado en Tocaima dijo: “No lo han cogido, no lo cogen”. Estaba absolutamente segura que a mí no me cogían. Cuando mataron a un tipo González, dijeron que me habían matado; fueron donde mi mamá y le dijeron: “Señora, acaba de morir su hijo”. Ella les contestó: “No, no es cierto, estoy

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absolutamente segura que está vivo”. Le preguntaban cómo sabía, y ella dijo: “Porque está escrito”. Pero cómo, me dirás tú, cómo es posible que tú creas en eso, pues sí hermano, lo que pasa es lo siguiente: a los tipos que les hacen cadena los vuelven inmortales. Te voy a decir cómo. Si una persona es absolutamente sentida, constantemente querida, si en ella se dan cita una cantidad de afectos fuertes, el afecto de la mamá, de las hermanas, de la amante, de los amigos, esa cadena de afectos lo defiende de la muerte, del peligro, lo vuelve casi inmortal. Por lo menos impide que lo maten a uno así no más. Puede que uno se muera, pero esa cadena de afectos absolutos impide que a uno lo maten. No que uno no se muera, contra eso no han inventado remedio. A cada uno le llega su hora y a esa hora no se le puede mamar gallo, pero, la cadena de afectos es una especie de inmunidad contra el azar. Cuando a uno le toca, le toca. La cadena lo preserva a uno y lo ayuda a no caer cuando no le toca; es la fuerza del afecto. Del amor de un poco de gente que lo ama a uno y que uno ama. Esa es la cadena. Los hombres que no tienen amores constantes, absolutos, inflexibles, no son amados y por tanto están solos. Son vulnerables, mortales. Hay que amar con verraquera y hay que despertar el amor con verraquera. Esa es una vaina clave en este paseo. Es una vaina clave para los líderes, es una vaina que siempre olvidan. En un momento azaroso, imprevisible, sólo la fuerza que sobre uno han puesto y que uno ha despertado puede salvarlo. Porque el amor es la certeza de la vida. Es la sensación de la inmortalidad. A.M.: “Flaco”, te has vuelto místico. No te conocía esa debilidad, siempre te había creído un marxista. J.B.: ¿Marxista? ¡Bah! Místico o no, hermano, estoy persuadido que eso funciona. En este paseo de la revolución, la pasión es la gran palabra, es verbo, y tú sabrás qué es eso...

A.M.: ...Pero Camilo Torres era un hombre apasionado, y sin embargo... J.B.: Sí. Apasionado, sí, un gran apasionado. Pero ¿sabes cuál era el problema? Que a Camilo lo acompañaba una contrapasión. Siniestra. Terrible. Fabio Vásquez deseaba que Camilo muriera y eso equivalía a matarlo en realidad. A Camilo no lo protegieron. A mí no me dejan hacer ni siquiera una guardia, y no porque yo sea más bonito que los compañeros. Allí hay un problema de concepción. A.M.: Pero Jaime, de verdad verdad, ¿tu actúas diariamente con esa lógica? J.B.: Aún más, trabajo con la absoluta certeza en la eficacia de la transmisión de la pasión. Yo no creo que se pueda hacer una revolución —nunca se ha hecho— sin desatar los sentimientos y afectos más profundos de la gente. Creo más en la pasión que en la ideología, o que en la teoría; es más, sólo cuando una ideología se vuelve apasionada, sentida como su propia carne, se transforma en fuerza real. De lo contrario las ideologías son meros divertimientos de academia. Creo que ésta es una desgracia

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tremenda pero es así. Yo toda la vida he dado cursillos, cursos de cuanta pendejada se le puede a uno ocurrir. Y los resultados son siempre los mismos, siempre lánguidos. En cambio cuando recurro a la pasión, la respuesta es inmediata, tangible, irrefutable. A.M.: Eso te compromete como mago... J.B.: No; no es un problema de magia. Es un problema práctico. No es que yo esté contra lo que se llama la capacitación ideológica, política, de la gente o de los cuadros. No. Pero creo que en el momento actual el trabajo necesita más pasión que razón, más agitación que formación. La gente cuando razona se vuelve lamentablemente lenta, medrosa, pasiva, así discuta acaloradamente. ¿Acaso el razonamiento, el cultivo de la razón, no supone como condición el sosiego? A.M.: ¿No matizas? J.B.: No. Estoy hablando pragmáticamente. Si una persona discurre lógica y desapasionadamente sobre lo del Cantón del Norte, colige —como se diría en ese lenguaje— que es imposible hacerlo. Porque una persona razonable nunca hubiera intentado hacer tal cosa. A sus ojos sería un disparate, y lo era. Pero los disparates son necesarios. Lo mismo lo de la Embajada. Si uno se sienta a pensar en hacer una locura de ésas, nunca se para a hacerla. Se necesita mucha locura, locura apasionada, para llevar a cabo con éxito una operación de ésas. Porque la pasión desencadena en la gente fuerzas escondidas. Intuiciones certeras, poderes que se hallan agazapados. Eso lo hemos probado con campesinos analfabetos, “brutos” que llaman. Cuando en ellos se siembra la pasión les nace el sentido del poder, se les abre el camino. Adquieren confianza en sí mismos, valor, destreza, desparpajo, conciencia si quieres, conciencia en la posibilidad del poder. A.M.: Muy mágico, “Flaco”, muy mágico... J.B.: Llámalo como quieras, idealismo, por ejemplo. Estoy de acuerdo. Sobre todo porque nosotros, la izquierda, debemos despertar al idealismo. Nos hemos negado el idealismo que es el puro sabor de la utopía, la fuerza de la crítica. Claro que despertar ese idealismo en nosotros mismos y en la gente, no lo puede hacer cualquiera. Ese es el problema. Los gnósticos llaman a los tipos que tienen esa capacidad de transmitir la pasión y despertar el ideal, “comunicadores”. Porque al fin y al cabo se trata de un ideal. Si uno llega donde los campesinos, donde los obreros y les dice: Compañeros, la patria está perdida, la patria está sufriendo, etc, etc... Pues la gente comienza a llorar. Hay que decir las cosas positivamente con ganas de hacerlas: queremos comer bien, queremos vivir bien. Eso cala, eso despierta, eso anima. En este punto sí hay una diferencia con los gnósticos porque ellos tienen una concepción errada de la acción. Ellos tienen una carreta complicadísima sobre el amor y el placer; dicen que el amor no se puede echar adentro sino afuera para que el placer no se lleve la fuerza. En eso están equivocados. Mi mamá les dijo: “Déjense de pendejadas que polvo es polvo, esto es Macondo y no el Himalaya”. Como si dijéramos, la vieja le aplicó al gnosticismo el desarrollo del

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marxismo. Sin embargo ellos están superando eso poco a poco. Porque de todas las corrientes orientalistas, la más reaccionaria era el gnosticismo. Había que oír las posiciones sobre Vietnam y la era de Acuario. Pero han cambiado. A nosotros nos manda felicitaciones cada rato el comité ejecutivo o como se llame la dirección de ellos. A.M.: Entonces los gnósticos te quieren. J.B.: Sí, hermano, ¿por qué crees que me hacen cadena? Van a la cárcel a visitar a nuestros presos, nos ayudan de un modo o de otro. Y no solamente los gnósticos, también los protestantes. Las mil sectas protestantes que hay en Colombia. Porque Colombia dejó de ser un país exclusivamente católico. Esos son cuentos de la Constitución del 86. A la gente hay que tratarla, hay que oírla, hay que sentirla. La izquierda tradicional con la posición pendeja y racionalista del marxismo, que supone que la única manera de mirar el mundo es a través de la ciencia, se ha negado a ver la riqueza y las potencialidades de las manifestaciones mágicas, religiosas, culturales, y de sus cambios rapidísimos, ligerísimos. La ciencia anquilosa el mundo y anquilosa el pensamiento. Cuando a un marxista se le aparece un brujo con barbas y cucharas, con yerbas y sonajeros no sabe qué hacer, se caga del susto, no lo mira, no lo respeta, porque el brujo no es científico, no es marxista... Olvida que este país está lleno de brujos y de brujerías. La izquierda tradicional se niega a ver la importancia que tienen las sectas, el pensamiento mágico, las manifestaciones religiosas. Se niega a ver la pasión del pueblo. La gente de izquierda la única posibilidad idealista que se permite es el marxismo leninismo y la teoría de la plusvalía. A.M.: Parte de la crítica que le haces a la izquierda tradicional, me parece que plantea indirectamente un problema vital: el pluralismo en la revolución. Y no me refiero al pluralismo de ideologías orgánicas sino a algo más sencillo, al pluralismo de las ideas cotidianas que tiene la gente sobre uno u otro tópico, religioso, político, etc. ¿Cómo enfocas esto? J.B.: El Estado tiene que respetar, y sobre todo garantizar la posibilidad de que puedas organizarte como mago con otros magos, que los gnósticos puedan organizarse como gnósticos y los protestantes como tales. Esta es la libertad religiosa, pero fundamentalmente la verdadera democracia; el derecho a la asociación y a la acción asociada y de todas sus expresiones: su culto, su literatura, su liturgia, su música. A la izquierda hay que hacerle ver la riqueza y la potencialidad que encierra la cultura del pueblo, pero no la que le atribuyen los folcloristas, sino la cultura del pueblo, así, sencillamente. A la izquierda hay que hacerle ver que la música popular es muy superior a la Internacional, que por lo demás es un himno pasado de moda. Un bambuco, por ejemplo, claro, un bambuco, un vallenato, una rumba de la Sonora, un corrido, una cueca.

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A.M.: Las cuecas me suenan a nostalgia de exiliado... J.B.: Usted no puede decir eso. La música de los chilenos es una música que encierra una historia de luchas, que habla de gestas obreras. Ahí está la Cantata de Iquique para contarlo. Eso fue tan verraco como lo de las Bananeras. A.M.: Pero lo de las Bananeras, ustedes los costeños no lo cantan... J.B.: Lo bailamos, que es mucho mejor. Hay que bailar, hermano, hay que bailar. Hay que bailar y hay que cantar, y no sólo a la muerte, ni cantar sólo las derrotas. Hay que cantar a la vida, porque si se vive en función de la muerte, uno ya está muerto. Las personas que viven sólo de los recuerdos están muertas, el recuerdo sin porvenir lo único que trae es tristeza, y la tristeza no genera lucha nunca, nunca. “NO LE GUSTABA HACER LA GUERRA” Antonio Caballero (Periodista) Jaime Bateman era un jefe guerrillero: andaba por el monte echando tiros. Pero por lo que de él se decía, y por lo que decía él mismo, daba la impresión de no ser un jefe guerrillero común y corriente. Para empezar, no le gustaba hacer la guerra. En una admirable entrevista que le hizo poco antes de su muerte el sociólogo Alfredo Molano, y que publicó en estos días la revista Semana, Bateman, de entrada, tiraba lejos la pistola: “'Guarden esa joda por ahí. Algún día habrá que dejarlas, porque son incomodísimas”. ¿Incomodísimas las pistolas? Con las guerras suele suceder —y eso es lo peor que tienen— que las hacen aquellos a quienes les gusta hacerlas, aquellos a quienes les encantan las pistolas. Los guerrilleros son por lo general tan militaristas como los militares que hacen contraguerrilla desde enfrente. Entonces pasa que, cuando ganan —como cuando ganan los de enfrente—, toda la vida del país que ha sufrido la guerra queda militarizada. Y la militarización puede ser útil para hacer las guerras, pero es catastrófica para vivir en paz. Hay que cantar a la vida A Jaime Bateman no le gustaba hacer la guerra, sino hacer In rumba: lo más contrario a la vida militar que queda imaginar. “Hay que bailar —le decía a Alfredo Molano— y hay que cantar. Y no sólo a la muerte, ni cantar sólo a las derrotas. Hay que cantar a la vida, porque si se vive en función de la muerte uno está ya muerto”. A Bateman no le gustaba la muerte, ni matar, ni estar muerto. Si hacía la guerra, era sólo porque le parecía indispensable para poder después hacer la rumba en paz. Es eso lo que piden los manifiestos del M-19, tan poco radicales, tan moderados, tan despojados de pretensiones ex-tremas, extremistas; simplemente una democracia honrada, y un poco de justicia y paz. Y es trágico que la situación de Colombia sea tal que un hombre que por otro lado desplegaba tanta imaginación como Jaime Bateman, tanta inteligencia y apertura de

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espíritu, tan poco fanatismo, tanta moderación y talento político, hubiera llegado a la convicción de que en Colombia la guerra es necesaria para poder vivir en paz. Para rumbear. Y en eso Baternan era un reflejo de Colombia, que es un país fundamentalmente rumbero, de arriba a abajo, de los Andes a la Costa. Pero que, por el ansia de ser tomado en serio, se avergüenza de serlo. Un ejemplo de esta doble actitud es el que dio durante cuatro años el ex presidente Turbay, a quien le fascinaba el baile y que no pensaba más que en armar la fiesta pero que se sentía obligado a disfrazar sus ansias frenéticas de rumba con pretextos de Estado. Y esa hipocresía no es sino el síntoma de una enfermedad del carácter que aqueja a muchos colombianos, y que consiste en que quieren ser lo que no son, y pretenden parecer algo distinto. Para empezar, no parecen colombianos. Es un síntoma de colonización espiritual: quieren aparentar ser algo que por ser extranjero es mejor que lo propio, y su máxima aspiración consiste en aparentado tan bien que la perfección del disfraz les sea reconocida oficialmente mediante un cargo de funcionario colonial: gerente para Colombia de una empresa multinacional, con sueldo en dólares, o comisario político de un partí do internacionalista con viáticos en rublos. Pero no quieren ser colombianos: qué horror. Es más: no quieren que los extranjeros los tomen por colombianos, porque les da vergüenza. Este país está lleno de brujos y de brujería Bateman, al contrario, no quería ser funcionario colonial: prefería ser colombiano. No le parecía un horror serlo; ni se avergonzaba de sus compatriotas porque lo fueran. La patria, antes que una tierra, es una gente. Y a ser patriota se empieza siendo compatriota. En una entrevista publicada por Semana decía, hablando de la izquierda colombiana tradicional: “Cuando a un marxista se te aparece un brujo con barbas y cucharas, con yerbas y sonajeros, no sabe qué hacer, se caga de susto, no lo mira, no lo respeta, porque el brujo no es científico, no es marxista... Olvida que este país está lleno de brujos y de brujerías”. Y citaba a su mamá, que les decía a sus compañeros de la secta gnóstica: “Déjense de pendejadas, que polvo es polvo y esto es Macando y no el Himalaya”. Porque la mamá de Bateman es gnóstica. En un país de brujos con cucharas y de teóricos marxistasleninistas, y de gramáticos defensores de la pureza del idioma, y de adoradores de José Gregorio Hernández, y de coqueros que hacen fiestas con los Rolling Stones, y de atracadores de bancos que huyen con su botín en un bus amarillo, y de curas de buena familia que se van a la guerrilla, y de bobos amarrados a un papayo, y de hechiceras que se presentan a elecciones, y de banqueros presos, y de asesinos de la moto y de premios Nobel de literatura, y de reinas de belleza, y de mafiosos que defienden la soberanía nacional, y de ministros de guerra que escriben poesía, y de magnates que van a visitar a Fidel Castro, y de presidentes que a veces son hijos de un arriero y a veces hijos de otro presidente, y de cardenales que son brigadieres generales, es apenas natural que la madre de un jefe guerrillero sea por lo menos gnóstica. (Un hermano de Jaime Bateman,

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por lo demás, era el acordeonista favorito del ex presidente Turbay, que como ya se dijo, es un gran bailarín). Desvergonzadamente colombiano Jaime Bateman había entendido que Colombia era así, y que eso no era motivo de vergüenza. Por eso había sido capaz de dirigir un grupo guerrillero tan desvergonzadamente colombiano que se anunciaba en la prensa en avisos limitados como si fuera un vermífugo contra los parásitos, para gran escándalo de la izquierda colonial, sin el menor respeto por la teoría y la praxis correctas del marxismo. Y que como primera acción política, para escándalo de la derecha colonizada, se robó de un museo la espada de Bolívar, sin el menor respeto. No por Bolívar, sino por el museo. A Jaime Bateman le importaba más Colombia que el marxismo, y más los colombianos que los museos. Era un patriota, y por eso mismo un compatriota del cual se podía sentir verdadero orgullo. Porque luchaba justamente para que Colombia fuera de verdad colombiana, y orgullosa de serlo, y no un país colonizado y colonial del cual, por serlo, hubiera que sentirse avergonzado. Todo esto suena un poco pomposo. Pero es que los colombianos también tendemos a ser algo pomposos cuando hablamos de la patria y de cosas así. “UN MES ANTES DE SU MUERTE” Ramón Jimeno Ramón Jimeno: ¿En qué términos se puede dar esa alianza de las FARC y el M-19? Jaime Bateman: Hombre, en términos estratégicos. Estratégicos porque todos queremos hacer una revolución democrática, popular y nacionalista. Todos. Hay matices: unos quieren que sea socialista, otros quieren que eso sea un proceso, otros que sea pluralista, pero esos son matices. Estratégica porque todos queremos que el pueblo sea el fundamental actor de este proceso. Estratégica porque todos sabemos que hay que destruir esa columna vertebral que se llama ejército colombiano. Táctica porque creemos que es posible presentar al gobierno una propuesta única del movimiento guerrillero: cese del fuego, tregua y diálogo directo con el gobierno. Nosotros como M-19 creernos que deben participar otras fuerzas, las organizaciones campesinas, el clero, los militares. Proponernos que nos sentemos una tomadera de trago, un sancocho para discutir cómo se arregla el país. El diálogo elemental entre seres humanos. Ver si es posible evitar la guerra civil. La verdad absoluta R. J.: ¿Entonces el planteamiento del M-19 se resume en que toman las armas para pelear y llegar finalmente a una mesa de negociaciones?

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J.B.: Estamos hablando de coyuntura, no estamos hablando de estrategia. El M-19 sigue pensando que la solución de la democracia colombiana son las armas. Nosotros no hemos cambiado ese criterio, hasta que nos demuestren lo contrario, porque nosotros no tenemos la verdad absoluta. Tú sabes que la verdad absoluta no existe. Pero si alguien en este país, Dios, Jesucristo, la Virgen Santísima, nos demuestra que si es posible conquistar la democracia con otros criterios, nosotros le jalamos a eso. R. J.: ¿Qué persigue la guerrilla con ese diálogo? J.B.: Encontrar Fórmulas de arreglo para la situación económica, política y social que se vive en el país. La negociación es consecuencia R. J.: ¿No es una contradicción tomar las armas para luchar por el poder y que de un momento a otro se plantee es una solución negociada en una mesa? J.B.: No, no es contradicción, la negociación es consecuencia. La lucha revolucionaria no es una línea, da vuelticas, y a veces tú tienes que sentarte con el enemigo a discutir cómo están las rosas. Eso lo ha hecho todo el mundo; desde Adán con Eva, hasta hoy, todo el mundo negocia y discute. Nosotros siempre tenemos el deber de hacer propuestas de paz, propuestas concretas de solución, porque si no, caemos en el esquema, en el subjetivismo y en el radicalismo... Nosotros hemos hecho cuatro propuestas de paz y eso no nos ha quitado entereza revolucionaria, ni ha afectado el proyecto estratégico. Al contrario, lo que ha demostrado es que en este país los únicos que han: tenido voluntad de pacificación son los guerrilleros. Si el proyecto estratégico se encuentra con un río anchísimo y se puede cruzar de una forma que signifique menor sangría para el pueblo, nosotros preferimos atravesarlo de esta otra forma. Las soluciones del país R. J.: En el caso de que el gobierno o el ejército aceptara sentarse a negociar con la guerrilla, ¿qué se negociaría? J.B.: Nosotros hemos planteado negociación a varios niveles. Primero, la discusión de un programa político, a nivel económico, social, etc. Porque ¿cuáles son las condiciones para que un movimiento guerrillero se pueda legalizar en Colombia? Si no hay las reformas necesarias para su incorporación, no tiene objeto. El problema, siempre lo hemos dicho, no es la guerrilla. El problema son las masas. Nosotros estamos en esto es por el pueblo, no por nosotros: Nosotros hemos planteado unos veinte puntos: el control de los monopolios una actitud agresiva frente al sector financiero; que el Estado asuma la crisis financiera; mejor dicha; la nacionalización de la banca una política de salarios que favorezca a la clase obrera y al campesino; la protección de los pequeños y medianos industriales: una política agraria más agresiva que implique entregar la tierra a los campesinos, salud, eliminación del bipartidismo, libre participación política en igualdad de condiciones; un gran control del Estado sobre la participación de los grandes capitales

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en las elecciones, que es un problema serísimo; igualdad de condiciones en la radio, en la televisión; la transformación de la Constitución para que el estado de sitio deje de ser un mecanismo de represión constante; las reformas sociales a través del diálogo. Lo que estamos buscando son las soluciones del país, no las soluciones de la guerrilla. El hombre nuevo R. J.: ¿Qué le va a aportar el M-19 al hombre colombiano? J.B.: La lucha revolucionaria, por su dinámica, por sus aspiraciones, va creando un hombre diferente al normal-que genera una sociedad burguesa que es individualista, que es solitario, sin perspectivas, que vive agobiado, que vive frustrado, que vive del idealismo, de las cosas sanas de la vida. Eso no se da en toda la sociedad, hasta que no cambie en su estructura. El hombre nuevo, hablando en términos sociales, sólo se dará en la medida, primero, en que tomemos el poder, y segundo, que les empecemos a dar soluciones a los problemas centrales del pueblo y que sea éste en su dinámica, en su trabajo, en su lucha, el que logre cambiar los criterios que la burguesía le ha implementado. El hombre colombiano R. J.: El M-19 siempre ha utilizado banderas populares, pero ¿expresan éstas una identidad cultural nacional? ¿Hay sentimientos y valores marcados en el hombre colombiano, como los tiene el argentino del brasileño? J.B.: Yo sí creo que hay un hombre colombiano, el de la arepa, el de la música, el de la mamadera de gallo, el hombre audaz, el inteligente. El hombre colombiano es un tipo muy vivo, que tiene fama-en el mundo, por ladrón por traficante, por bailador, por trabajador, por todas estas cosas. Eso nos da cierta dimensión, yo creo que cada pueblo tiene eso. Una imagen falsa de la paz R. J.: ¿Por qué el M-19 no asumió el reto que le planteó Belisario Betancur al abrir relativamente el espacio legal, cuando unos meses antes el Eme justamente pedía espacio legal para participar? ¿Por qué no lo utilizó siendo que Betancur dijo que lo ofrecía? J.B.: A menos que haya una apertura democrática, el M-19 no puede salir a las calles; las masas nos despreciarían. Nosotros hicimos un comando legal, salimos a las calles, la gente iba a donde tenía que ir. Pero ya en la mecánica diaria de la actividad política, los compañeros dicen: “No, eso es imposible, no podemos, nos vemos todo el día perseguidos, vigilados, nos damos cuenta que están vigilando a nuestros amigos, están recogiendo las direcciones de nuestra gente, están preparando las condiciones para darnos un golpe mucho más fuerte que el que nos dieron en otras épocas y vamos a perjudicar a montones de personas que a lo mejor de buena fe quieren vincularse a un proyecto democrático, amplio. Le estamos dando herramientas a la inteligencia militar para que recojan mayor y mejor información de la que tiene el M-19. Nosotros tenemos

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cerrado el camino de la participación democrática”. Nosotros le pedimos a Belisario Betancur que nos diera una emisora. Betancur dice: “¡Ustedes están locos!” Entonces fíjate que la guerrilla tiene razón: ni se van a desmontar los sistemas represivos, ni hay tal apertura, ni hay seguridad para los dirigentes guerrilleros, ni garantías políticas para el ejercicio de la oposición. No hay, Entonces ¿cuál es la apertura?, preguntamos nosotros. ¿Una imagen falsa de paz? Continúan los allanamientos, las operaciones militares. Oiga las denuncias del Comité de Derechos Humanos: 67 muertos en dos meses (enero-febrero del 83) por los grupos paramilitares. Nos acaban de matar el dirigente más importante que teníamos en Girón, asesinado. Cinco tiros. Al ELN le acaban de matar a uno que se amnistié. A las FARC le acaban de matar otro comandante que se amnistió, muerto en las calles de Bogotá, en un teléfono, con la mujer. ¿Quién se le va a medir a esto? R. J.: ¿Entonces cómo va a desarrollar el M-19 un movimiento de masas? ¿Desde el monte, desde el Caquetá? J.B.: Si no hay condiciones para hacerlo en la legalidad, tenemos que hacerlo desde la clandestinidad. Será más reducido, pero siempre y cuando la fuerza militar nuestra ejecute las operaciones como hay que hacerlas... Fíjese que en el año 81-82 no hicimos operaciones de masas; sin embargo, tenemos más prestigio que todos los partidos de oposición juntos, gracias a las operaciones militares. Eso lo que hay es que profundizarlo, ampliarlo y convertirlo en alma y corazón de todo el mundo”. Estamos en una guerra civil R. J.: ¿Qué posibilidades hay de que la situación colombiana desemboque rápidamente en una confrontación armada, en una guerra civil? ¿Cómo ves el futuro de la lucha política en los próximos años? J.B.: El general Landazábal, el ministro de Defensa, piensa que sí. Su último artículo en la Revista de las Fuerzas Armadas plantea claramente que esa perspectiva está abierta. Yo creo que la respuesta la da es él, no nosotros. Nosotros creemos que la solución es política, negociada, que hay que sentarse a buscar soluciones políticas, pacíficas. Pero ya el general Landazábal dio 'esa respuesta. Dice: “En Colombia estamos en una guerra civil”. No dice que va a haber una guerra civil, dice que estamos en una guerra civil y llama a todos los estamentos para que se coloquen al lado del ejército, para que la opinión pública se coloque al lado del ejército para combatir al movimiento popular y revolucionario. Esa respuesta la dio él, no nosotros. Esa declaración tiene un peso muy grande. Nosotros lo único que podernos hacer es ser consecuentes con esas palabras del general, porque sabemos que cargan una estrategia de liquidación de la rebeldía de nuestro pueblo, del cual nosotros somos parte, representantes. Nosotros entonces tenernos es que estimular esa rebeldía, porque ya sabemos que sólo con la lucha se consiguen las cosas, si no se consiguen a las buenas: lucha política, social, armada, reivindicativa.

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Doble moral R. J.: ¿Cómo se afectó la sociedad colombiana con el narcotráfico y cómo afecta a los movimientos políticos y guerrilleros? J.B.: Los burgueses son de doble moral. Hablan que la coca, que el M-19, que Jaime Guillot, pero Betancur está creando una amnistía para los capitales obtenidos gracias a la cocaína y la marihuana. Son unos bandidos. El Estado colombiano se ha favorecido con los miles de millones de dólares que han ingresado a la economía por ese negocio. Por eso había una reserva de 5.000 millones de dólares. En Latinoamérica hay una producción expansiva porque hay 27 millones de norteamericanos que lo consumen. Entonces los que tienen que controlar el consumo son ellos. Nosotros no tenemos por qué controlarlo. Nosotros no tenemos por qué ser gendarmes de los gringos para defender esa mierda. Porque así como ellos defienden su economía, nosotros también tenemos derecho a defender la nuestra. ¿Por qué no se preocupan de la deuda externa de Colombia, que vale huevo frente al negocio de coca? Son apenas 5.000 millones de dólares lo que le debe Colombia a los Estados Unidos. ¿Por qué los Estados Unidos no paga la deuda externa de Colombia y ahí si les ayudamos a exterminar el problema de la droga? ¿Por qué más bien no hacemos ese negocie? Porque en Colombia el pueblo no se favorece con el negocio de la droga. Son nuevos sectores oligárquicos, las mafias, las que se benefician. Todos saben R. J.: ¿Qué relación tiene el ejército con el tráfico? J.B.: El ejército es un favorecedor de la exportación de la cocaína. Si el ejército fuera tan eficaz combatiendo a la cocaína como lo es con la guerrilla, ya la cocaína se hubiera acabado. Todo el mundo sabe en Colombia y el ejército norteamericano y la CIA y la DEA y hasta la madre de Reagan, todo el mundo sabe quiénes son los exportadores de coca para los Estados Unidos. Todos saben. ¡Se hacen los pendejos! Porque una acción militar hoy en contra de la droga significa una acción militar contra la oligarquía colombiana. ¿Qué es lo que les preocupa a los gringos? Yo no creo que les preocupe la salud de su pueblo, lo que les preocupa es que esos dólares se vayan para América Latina, que ese capital no pague impuestos, que no esté integrado a su sistema. Fragmento de la entrevista original Marzo. 1983

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“BATEMAN, UN MISTERIO SIN FIN” Gabriel García Márquez (Periodista y escritor colombiano. Premio Nobel de Literatura 1982. La siguiente crónica fue escrita en 1983) Este primer gran reportaje de Gabriel García Márquez después de haber ganado el Nobel de Literatura, tiene su origen en una reunión informal con la redacción de esta revista. Durante una discusión sobre la desaparición de Bateman, García Márquez manifestó su extrañeza ante el hecho de que semanas después del accidente, los medios de comunicación no hubieran realizado la obvia investigación que imponía un suceso de esta naturaleza. Criticó el “síndrome de la chiva” que, según él, vive el periodismo colombiano y apostó que podía demostrar que un tema bien investigado podía ser más interesante que cualquier "chiva", aun cuando apareciera con retraso. La apuesta, como verán nuestros lectores, la ganó García Márquez y aquí está el resultado. La avioneta monomotor Piper PA 28 con matrícula colombiana HK 2139P y piloteada por el político conservador Antonio Escobar Bravo, salió del aeropuerto "Simón Bolívar" de Santa Marta a las 7:45 de la mañana del pasado 28 de abril con un plan de vuelo visual cuyo destino final era el aeropuerto civil de Paitilla en la ciudad de Panamá. Sin embargo, 7 minutos después aterrizó a pocos kilómetros de la población de Ciénaga, en una antigua pista comercial fuera de servicio, donde la esperaba un grupo de 10 personas. Tres subieron a bordo: dos hombres y una mujer. El más alto de ellos, flaco y un poco escuálido, con una camisa de mezclilla azul y una gorra de capitán de barco, era el hombre más buscado de Colombia desde hacía 5 años: Jaime Bateman Cayón comandante máximo del M-19. Sólo ellos y unos pocos miembros de la organización sabían que la avioneta debía hacer una escala clandestina en otro aeropuerto fuera de servicio cerca de Montería, donde estaba prevista una reunión con delegados del Ejército Popular de Liberación (EPL), para discutir los pormenores de un programa de acciones conjuntas. Después debía proseguir hacía Panamá, donde se suponía que iba a llegar un emisario personal del presidente Belisario Betancur, para entablar conversaciones de paz. La avioneta hizo un último contacto con el control aéreo de Panamá 2 horas y 17 minutos después de decolar de Santa Marta, y cuando se encontraba a 55 millas náuticas del aeropuerto de Paitilla, pero no aterrizó nunca. Esto es todo cuanto se sabe con seguridad absoluta cuatro meses después de la desaparición de Jaime Bateman, y al cabo de una búsqueda intensa por tierra, mar y aire durante 70 días. Todo lo demás son suposiciones. Recogiendo sus pasos La suposición más arraigada --contra toda evidencia- es que no ha muerto. Cada quien tiene un argumento propio y una esperanza distinta para seguir en el engaño, como ocurre con Emiliano Zapata en México, como ocurrió durante tantos años en el mundo con Adolfo Hitler, y como ha ocurrido desde siempre con otros tantos que han sido

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devorados por la leyenda. En cambio, los únicos que creen que en efecto está muerto sin ninguna duda son algunos amigos de la infancia de Bateman que estuvieron con él en Santa Marta en los días previos a su desaparición. Pero su certidumbre tampoco se funda en ningún análisis racional, sino todo lo contrario, en la creencia caribe de que hay seres con el privilegio sobrenatural de volver a los sitios de sus afectos y repetir los mismos actos de sus mejores recuerdos en los días anteriores a su muerte. Se dice entonces que esa persona está “recogiendo sus pasos”. Bateman, en efecto, se comportó en la última semana de su vida como si lo estuviera haciendo. Había llegado a la costa caribe el 19 de abril, cuando concedió la que había de ser su penúltima conferencia de prensa en algún lugar cercano a Cartagena, con motivo del decimotercer aniversario de su movimiento. Si bien trataba siempre de darle algún contenido histórico a aquella fecha, nunca fue muy cuidadoso con su propio cumpleaños -cinco días después--, y muchas veces, inclusive, lo olvidaba. Este 24 de abril sería diferente. A pesar de los riesgos enormes que corría permaneciendo en una región donde todos los servicios oficiales de seguridad debían saber que se encontraba, se empeñó en celebrar su cumpleaños en la ciudad de su nacimiento --Santa Marta--, a donde no iba por razones de prudencia elemental desde hacía 7 años. Allí estaban las querencias de su juventud: nombres y lugares que le revolvían la nostalgia. Las relaciones con su padre eran más bien inciertas, y las que mantuvo con sus hermanos eran buenas pero ocasionales. En cambio, las que mantuvo con su madre --la brava Clementina Cayón-- tenían la misma esencia pasional de las que tuvieron con las suyas el padre Camilo Torres y el Che Guevara, que parecían condicionadas por una dependencia umbilical al mismo tiempo entrañable y conflictiva. Algunos compañeros cercanos de Bateman han contado que en las noches de peligro de la clandestinidad, o en las erráticas y solitarias de la selva, soltaba un largo suspiro que le salía del alma: “¡Ay, Clementina Cayón, qué será de tu vida!”. Se veían con frecuencia, siempre en lugares distintos y secretos, porque la casa de ella estuvo sometida durante mucho tiempo a una vigilancia constante. Una vigilancia que tenía la misma carga de humanidad de quien la soportaba y de la ciudad donde se ejercía, que es tal vez la más doméstica del país. Clementina Cayón --no se sabe si por indulgencia o por astucia- veía al pobre vigilante parado en la esquina bajo el tremendo sol de las doce, y le ofrecía una silla para sentarse, le mandaba un jugo de guanábana, o un plato de sancocho, o un cigarrillo, y al poco tiempo tenían que cambiarlo porque ya se había vuelto como si fuera de la familia. Con todo, el riesgo del cumpleaños en Santa Marta era enorme, pero Bateman lo decidió de un modo tan terminante, que hasta sus servicios de seguridad, tan contrarios a esta clase de complacencias sentimentales, tuvieron que doblegarse. El grupo completo que había asistido a la conferencia de prensa viajó de Cartagena a Santa Marta por carretera al amanecer del 20 de abril. La costa Caribe estaba en tiempo de sequía y el olor de la guayaba era más intenso en el aire ardiente. Bateman se convirtió en un guía nostálgico, en especial de los dos compañeros del comando superior

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--Álvaro Fayad y Carlos Toledo Plata--, que viajaban en el mismo automóvil, y que eran de otros mundos de nostalgias distintas. En cada sitio del camino hizo una evocación. Después del estrecho puente que separa el mar y la Ciénaga Grande --muy cerca de donde había de abordar una semana después la avioneta de su mal destino-- ordenó una parada para desayunar con mojarras fritas y tajadas de plátano en una de las fondas de la carretera. Luego no pudo resistir la tentación de volver a su tierra cómo había vuelto tantas veces en su juventud, y le quitó el volante al conductor y siguió manejando él hasta Santa Marta, con una parada más para tomarse una cerveza matinal en el Rodadero. Días antes, Bateman había visto en Panamá la película española Volver a empezar", que este año obtuvo el Oscar de la mejor película extranjera, y que cuenta la historia de un hombre que vuelve, ya maduro y famoso, a su pueblo natal de Oviedo. Aquella mañana tuvo de pronto la revelación --y así lo dijo a sus compañeros- de estar protagonizando una versión viva de aquella película. Ni en ese momento, ni en ninguno de los días siguientes, Bateman hizo nada por ocultarse ni por disimular su identidad. Visitó en Santa Marta todos los lugares que habían dejado algún rastro en su memoria, y tal vez lo único que no volvió a hacer como en su juventud fue jugar fútbol con bolas de trapo en la playa. Se vio varias veces con su madre, por supuesto, pero nunca en la casa de ella, y le pidió noticias de los amigos más remotos y de varias novias olvidadas. Recordaba de un modo especial a sus condiscípulos del Liceo Celedón, donde no pudo terminar el bachillerato por su conducta revoltosa. Todos, hasta donde fue posible, recibieron una invitación verbal para la fiesta de sus 44 años. Tiempo de mangos Cómo no fue descubierto en una ciudad donde todo el mundo se conoce y donde andan por todas partes los agentes secretos de la guarnición militar, de la policía y de la Dirección Administrativa de Seguridad, es algo que cuesta trabajo creer. Una razón, sin duda, es que Bateman era muy popular en su tierra, y había muy pocas probabilidades de encontrar a alguien que quisiera denunciarlo, aun si estuviera en desacuerdo con él. Pero había otra razón real y además divertida. Uno de los varios hermanos de Bateman se parecía a él como si fuera su gemelo, y al igual que él era un mamador de gallo de los grandes. Desde que aparecieron en la prensa las primeras fotografías del comandante clandestino, el hermano hizo todo lo posible por aumentar el parecido: un peinado afro, un escuálido bigote de lampiño, una camisa azul, unas botas de monte. Durante un tiempo se burló de los policías amigos, sembró el desconcierto en los lugares públicos de Santa Marta, se divirtió y divirtió cuanto quiso, hasta que todo el mundo se acostumbró a la suplantación. Pero cuando el que apareció fue el Jaime Bateman de verdad, muchos que lo vieron en los mismos sitios de siempre debieron pensar que no era él sino el otro, que había resuelto seguir mamando gallo con una gorra de lobo de mar. En todo caso, ni el detective más perspicaz se hubiera atrevido a creer que el Bateman real fuera capaz de andar por la calle con su propia cara.

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No es posible concebir una fiesta más rara que la de aquel cumpleaños. Bateman había alquilado una casa en una de las tantas playas cercanas a Santa Marta, cuyo acceso en automóvil era posible pero difícil. Abril es tiempo de mangos, que era su fruta favorita, y no sólo se hizo llevar varias cajas para él y sus invitados, sino que algunos de ellos le llevaron otras de regalo. Había ron blanco a pasto, y whisky para quien quisiera, pero la bebida oficial era la favorita de Bateman desde mucho antes de que se pusiera de moda: piña colada. Las rígidas normas de seguridad enrarecieron mucho más la fiesta. Por lo menos cien invitados estuvieron en ella a lo largo del día, pero nunca hubo más de 10 al mismo tiempo. En efecto, el único modo de llegar eran los botes del alquiler al otro lado de la bahía, y sólo cabían ocho personas en cada viaje. Un bote iba y otro venía para evitar aglomeraciones en la fiesta. De todos modos, cerca de la casa había dos lanchas rápidas, dos automóviles, y toda una columna guerrillera de seguridad que hubiera podido enfrentarse a cualquier ataque sorpresivo. Bateman era un hombre de parranda, pero a su modo. Bailaba bien la salsa y el vallenato, y le gustaba hacerlo, pero era un bebedor moderado. Como buen caribe, era tímido y triste, pero disimulaba esa doble condición con su simpatía natural explosiva. Su comportamiento de cumpleaños fue lo menos convencional que pueda imaginarse. Recibía a sus invitados en pantalón de baño, brindaba con ellos, conversaba entre grandes carcajadas, bailaba un poco con un conjunto de vallenatos contratado, y comía mangos. De pronto se echaba al agua y nadaba por un largo rato mientras sus invitados seguían la fiesta, y tal vez era ese su momento más feliz, pues desde niño era un nadador rápido y ágil. Clementina Cayón llegó hacia el medio día con un cargamento de refuerzo de piña colada, y su presencia alborotó la parranda. Alguien grito, en la pausa de un vallenato: "Clementina Cayón: tienes una matriz de oro". Los servicios de seguridad, en todo caso, estuvieron pendientes de que a nadie se le fuera la mano con la piña colada.

Mensaje intempestivo Hasta ese momento, Bateman no pensaba ir a Panamá. Su proyecto era atravesar por tierra todo el país para entrevistarse con el segundo comandante del M-19, Iván Marino Ospina, quien dirigía las guerrillas del Caquetá. Por su parte, Álvaro Fayad iría a Bogotá y Toledo Plata a Cali, y todos volverían a encontrarse tres meses más tarde en las selvas del Putumayo para una reunión plenaria del comando superior. Estos planes cambiaron de pronto porque Bateman recibió un mensaje intempestivo de Panamá, según el cual se esperaba allí un emisario personal del presidente Betancur que deseaba entrevistarse con él. Al parecer, el mensaje no era muy explícito, pero hacía suponer que se trataba de una personalidad de alto rango y Bateman esperaba una ocasión como esa desde que se frustró la posibilidad de entrevistarse con el presidente de Colombia en Nueva Delhi durante la conferencia de los No Alineados. De modo que en menos de 24 horas cambió todos sus planes inmediatos y decidió el viaje imprevisto que lo condujo al desastre.

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El interés que tenía Bateman de entrevistarse con Betancur para entablar un diálogo de paz sin intermediarios se había convertido en una obsesión. Pero en aquel momento estaba convencido, por numerosos indicios, de que el gobierno no quería dialogar con él. El último de esos indicios --el 3 de abril- parecía demasiado evidente. De regreso de Cancún, donde se entrevistó con los otros presidentes del grupo de Contadora, Betancur había hecho una escala breve en Panamá. Bateman lo había esperado ahí con la ilusión de verlo, y durante todo el día se mantuvo a la expectativa a muy pocas cuadras del lugar en que Betancur conversó por más de una hora con el entonces coronel Manuel Antonio Noriega, jefe de los servicios de seguridad de la Guardia Nacional de Panamá, y su comandante actual. Betancur y Noriega trataron entre otras muchas cosas sobre las actividades del M-19 en Panamá, pero en ningún momento se planteó la posibilidad de una entrevista con Bateman. Desilusionado una vez más, éste le escribió al presidente una carta en la cual insistía en la urgencia de una tregua para entablar un diálogo de paz. La carta fue entregada al presidente de Panamá, Ricardo de la Espriella, quien se la leyó por teléfono a Betancur el 21 de abril, cuando Bateman estaba en Santa Marta. Tal vez éste pensó que el envío de un emisario presidencial a Panamá fuera el resultado de esa carta, y por eso resolvió viajar a Panamá con tanta urgencia. Sin embargo, ninguna fuente colombiana ha podido confirmar que en realidad existiera la disposición presidencial de mandar un emisario a Panamá por aquellos días. Lo único que ocurrió fue una diligencia de sondeo que hizo el presidente de la Comisión de Paz, Otto Morales Benítez, --poco antes de su renuncia-- pero era una tentativa tan vaga que el presidente Betancur no estaba enterado de ella ni merecía un viaje tan apresurado de Bateman a Panamá. Piloto de confianza Durante su semana en Santa Marta, Bateman se vio varias veces con un viejo amigo: el político conservador Antonio Escobar Bravo a quien había conocido muy joven, y con quien había vuelto a hacer contacto a través de Toledo Plata, cuando ambos eran representantes a la Cámara. Muy pocos sabían entonces que Escobar era un piloto con la experiencia necesaria para andar por cualquier parte del país en su avioneta monomotor. Había hecho su curso completo en el Aeroclub del Atlántico, en Barranquilla, donde había obtenido la licencia de piloto privado número 767 por resolución número 3550 de la Dirección Aeronáutica Civil en 1976. Esa licencia le permitía pilotear una nave con un peso máximo de 5.670 kilos, y su avioneta sólo pesaba 1.156. De acuerdo con su hoja de vida, su conducta como aprendiz había sido buena, su aptitud también buena, y además entusiasta y constante. Su chequeo de vuelo el 15 de febrero de 1983 --dos meses antes del accidente-- había sido satisfactorio, y su examen médico fue calificado como perfecto para volar. Sin embargo, en términos profesionales estrictos, no podía considerarse un piloto experto, pues esta calificación requiere entre 3 mil y 4 mil horas de vuelo, y Escobar sólo tenía 800, incluidas las de la escuela. Su avioneta estaba bien equipada con un sistema doble de radio VHF, un sistema doble de navegación VOR que permite determinar desde tierra la posición de la nave, un sistema

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de radioayuda (ADF) y un sistema ILS para aterrizar por instrumentos. Sin embargo, por su nivel de experiencia, Escobar no estaba autorizado para servirse de este último sistema. La única falla grande de ese equipo era la falta de un radar, que hubiera sido lo más útil de todo en la emergencia de Panamá. Pero muy pocas avionetas como la de Escobar lo tienen instalado de origen, y su instalación posterior es de un costo muy elevado. En todo caso, Bateman le tenía confianza. De modo que cuando se planteó en Santa Marta la urgencia de viajar a Panamá lo llamó a la playa donde vivía, y se pusieron de acuerdo para irse al día siguiente. La diez personas que esperaban la avioneta en el aeropuerto fuera de servicio cerca de Ciénaga, eran las siguientes: Bateman, Toledo Plata, Nelly Vivas, Conrado Marín, dos miembros de la dirección nacional y cuatro miembros de la seguridad del movimiento. Llegaron en varios automóviles antes del amanecer, y esperaron la avioneta en un rincón discreto. Aterrizó a las 7:52, que era más o menos la hora prevista. Los tres que la abordaron de inmediato eran Jaime Bateman, Nelly Vivas y Conrado Marín, que iban hacia el frente del Caquetá por la vía de Panamá. Nelly Vivas era una bióloga caleña, especializada en París durante ocho años, y profesora en el colegio Santiago de Cali. Había ingresado al M-19 unos 6 años antes, formaba parte en la actualidad del comando superior, y había sido la encargada de hacer los primeros contactos con el ex presidente Carlos Lleras Restrepo, cuando éste dirigía la Comisión de Paz bajo el gobierno de Turbay Ayala. Conrado Marín era un campesino de Florencia que había ganado el grado de mayor en las guerrillas del Caquetá. Fue uno de los primeros que se acogieron a la ley de amnistía del presidente Betancur, pero cuatro compañeros suyos amnistiados junto con él fueron asesinados por desconocidos en el curso de pocos meses en las calles de Florencia. Temiendo correr igual suerte, Marín se reincorporó al movimiento después de entrevistarse con Bateman en Santa Marta. Fayad no estaba en el aeropuerto porque había viajado a Bogotá por carretera la noche anterior. Entre el aterrizaje y el decolaje de la avioneta no debían transcurrir tres minutos, pero hubo un retraso imprevisto, cuando Bateman apareció en la puerta y pidió una cajetilla de cigarrillos a los compañeros que se quedaban. Estaba satisfaciendo sin duda un deseo de última hora de alguno de los pasajeros, o tal vez del piloto, porque él había dejado de fumar desde hacía 8 años. Fue una demora suplementaria de 4 minutos. Bateman ocupó el asiento en que viajaba siempre: el del copiloto. Había viajado tanto allí, que estaba seguro de poder improvisar un aterrizaje de emergencia, sólo por lo que había visto en tantas horas de vuelo. Viajaba tranquilo, con su buen humor de siempre, pero había declarado alguna vez que era capaz de todo en la vida menos de lanzarse en paracaídas. Cuando se movía en automóvil llevaba una pistola Browning metida en el cinturón debajo de la camisa, una metralleta, y por lo menos una granada al alcance de la mano. Pero antes de aquel último vuelo le había dejado la metralleta a Álvaro Fayad, y llevaba sólo la pistola y dos granadas.

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Su único equipaje era un maletín de mano con una muda de ropa, dos mil dólares en efectivo, un cassette con las canciones de Celina y Reutilio, y la edición en español de "Doña Flor y sus dos maridos", del brasilero George Amado, que había querido leer después de ver la película. Llevaba un walky talky VHF con un alcance de 18 kilómetros, con el cual solía comunicarse desde el aire con algunos comandos de tierra del M-19, como pensaba hacerlo antes de aterrizar cerca de Montería para estar seguro de que no lo esperaba ninguna sorpresa en el aeropuerto secreto. Llevaba también un pasaporte colombiano con una foto auténtica pero con un nombre distinto. Pero el objeto más insólito que llevaba era un equipo emisor de señales luminosas, capaz de lanzar bengalas rojas y azules a grandes alturas. Estaba diseñado para casos de pérdidas en el mar o en la selva, y Bateman lo había comprado en su último viaje a Panamá. No era extraño, pues su afición por los juguetes electrónicos fue siempre objeto de burlas cordiales de sus compañeros, pero sus amigos caribes lo habrían interpretado sin duda como un acto premonitorio. Más tarde, durante las búsquedas inútiles en la selva, la certidumbre de que Bateman llevaba aquella máquina de salvación fue una de las esperanzas más firmes de las comisiones de rescate. Pero cuando la avioneta partió del viejo aeropuerto de Ciénaga nadie debió pensar en eso. El cielo era diáfano y sin una sola nube, como para un viaje feliz. Sin embargo, a esa hora exacta, el satélite meteorológico de los Estados Unidos estaba fotografiando la vasta extensión desde Urabá hasta Nicaragua, que empezaba a cubrirse de espesas nubes e malos presagios. Otro tipo de contrabando Álvaro Fayad llegó a Bogotá esa misma tarde, después de una larga noche de carretera, y pensó que a esa hora Bateman debía estar tranquilo en Panamá. Se alegró de que no lo hubiera acompañado en el largo viaje por tierra, como estaba previsto, porque su automóvil había sido detenido seis veces por patrullas del ejército, de la policía de aduanas y del control de tráfico de drogas. En todos los casos, los ocupantes habían tenido que identificarse, por lo menos en tres les iluminaron las caras para compararlas con los retratos de las cédulas de identidad, y los sometieron a rápidos cacheos. Tal vez Bateman no hubiera podido pasar por tantos filtros, no sólo por su estatura inconfundible y porque ya había sido visto muchas veces en la televisión, sino porque tenía una seña de identidad más reveladora que las mismas huellas digitales: su pierna derecha. En efecto, a los 9 años de edad, Bateman fue atropellado por un camión cuando jugaba fútbol con una bola de trapo en una calle de Santa Marta. La pierna le fue enyesada sobre la herida y con el hueso astillado, y aquella chapucería le causó una gangrena cuyos estragos no sanaron jamás. Fueron inútiles incontables tratamientos y varios injertos de hueso. Su tibia sin carne estaba apenas cubierta por una piel tensa y apergaminada que volvía a ulcerarse al menor tropiezo. Las largas marchas en la selva eran un martirio perpetuo, y en muchas ocasiones tuvo que retirarse de la lucha para someterse a nuevos tratamientos. Era una marca imborrable que todos los servicios secretos conocían, y siempre que encontraban a alguien que pudiera ser Bateman le levantaban la bota del

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pantalón para ver el estado de su pierna. En la única ocasión en que era él en realidad, tuvo la suerte inconcebible de que el soldado le levantó la bota de la pierna sana, y lo dejó seguir. Fayad durmió aquella noche sin recibir ninguna noticia de Bateman. Al día siguiente muy temprano, dos miembros del equipo de comunicación de Bogotá le avisaron que la avioneta de Escobar no había llegado a su destino, pero él pensó que tal vez había aplazado el vuelo. Sin embargo, poco después le confirmaron que en efecto la avioneta había salido de Santa Marta a la hora prevista, pero no había hecho la escala en Montería ni había llegado a Panamá. Entonces llamó a Toledo Plata, que aún estaba en Santa Marta, y éste le confirmó la verdad: la avioneta había sido declarada en emergencia el día anterior a las 12.28 por la Aeronáutica Civil de Panamá, y la búsqueda aérea había empezado de inmediato. Hasta el momento, 24 horas después, no se había encontrado el menor rastro. Fayad sólo dijo una palabra cuando colgó el teléfono: “¡Mierda!”. Días después, hablando con unos amigos, resumió el impacto de aquel día con una frase: “Se me apagó la luz”. El 30 de abril, “El Tiempo” publicó en su página 9 una foto de Escobar, con la noticia de que se había perdido en su avioneta sobre territorio panameño. No eran más de 20 personas que sabían, al leer aquella noticia, que detrás de ella había otra mucho más espectacular. Lo sabían, por supuesto, Fayad y Toledo Plata, los miembros de la seguridad que estaban en el aeropuerto de Santa Marta, y los dos miembros del equipo de comunicaciones que habían manejado la noticia en Bogotá. Lo sabían además otros seis miembros del equipo de seguridad, los dos miembros de la dirección nacional que seguían con Toledo Plata, el representante del M-19 en Panamá y el encargado de la seguridad de Bateman en ese país que se habían quedado esperando en el aeropuerto, y por último los seis que se quedaron esperando en Montería. Aunque Santa Marta es una ciudad donde resulta casi imposible guardar un secreto tan grande, lo cierto es que éste logro controlarse durante 22 días, hasta que el jefe de redacción de "El Universal" de Cartagena, Angel Romero, lo descubrió por una casualidad que parece inverosímil. Poco antes, sin embargo, la base Howard del Canal de Panamá --a la que la Aeronáutica Civil de Colombia había pedido ayuda para buscar la avioneta de Escobar-- contestó con un cable que hace pensar sin ninguna duda que allí sabían quiénes iban en ese vuelo. “Esa nave no llevaba droga --decía el cable--sino otro tipo de contrabando”. Los minutos que faltan Lo que ocurrió en realidad desde que la avioneta salió del aeropuerto de Ciénaga, sólo ha sido posible vislumbrarlo por la grabación de los distintos contactos que hizo Escobar con el control aéreo de Panamá. Gracias a la Dirección de Aeronáutica Civil de Colombia, y de sus técnicos mejor calificados, que nos ayudaron a descifrarla, se puede decir que el primer contacto fue hecho a las 9:52. Después de identificarse, le preguntaron a qué hora había salido de Santa Marta, y Escobar contestó que a las 7:51. El dato era falso: en realidad había salido 6 minutos antes, pero el piloto acumuló los seis que había necesitado para recoger a sus pasajeros en el aeropuerto secreto, de modo que no

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quedara ninguna pista de ese aterrizaje clandestino. Fue su único dato falso. Nunca dijo que viajaba solo --como se publicaría más tarde--, aunque es probable que lo hubiera dicho si se lo hubieran preguntado, para no entrar en contradicción con su plan de vuelo de Santa Marta. En cuanto a la escala en Montería, no se sabrá nunca por qué no la hizo ni cómo la habría justificado si la hubiera hecho, pero la foto del satélite demuestra que las condiciones del tiempo no eran propicias para un aterrizaje visual. En su primer contacto informó que estaba ascendiendo de 6 mil pies --que era la altura autorizada sobre el mar- para alcanzar la de 9 mil pies. La maniobra era normal, porque en frente debía estar viendo la serranía de El Darién, que es la más alta de Panamá. El rumbo que llevaba era correcto para llegar al aeropuerto de Paitilla. A las 9.57, volando ya a 9 mil pies, volvió a hacer contacto para decir que tenia mal tiempo en frente. El controlador de vuelo le sugirió que subiera a 10.500 pies, donde el tiempo era mejor, y que se mantuviera allí mientras consultaba con el control de radar cuál era la ruta con mejor tiempo. El controlador de radar se la comunicó a través del controlador de radio. El problema en ese momento era que la avioneta de Escobar no podía ser identificada en el radar, porque no disponía del equipo adecuado para darse a conocer. En cambio, era posible localizarla en el DF (Direction Finder), mediante una señal de radio emitida desde la avioneta. Escobar hizo un nuevo contacto a las 10.04 para informar que volaba a 10.500 pies de altura, y que tenia mal tiempo adelante, pero que veía algunos huecos en las nubes por donde podía pasar. Su voz era tranquila, y sus cálculos y decisiones eran las de un buen navegante. Entonces el control de radio le pidió que oprimiera el botón de radio para localizarlo en el DF, y Escobar lo hizo por un instante, antes de que su señal se interrumpiera para siempre. En ese momento se encontraba a 55 millas al noroeste del cerro de Ancón, que está en el límite de la ciudad de Panamá con la zona del Canal. Esto quiere decir que aún tenía combustible para volar 2 horas y 40 minutos más, pero aún estaba sobre el Atlántico y a 30 millas de distancia de la serranía del Darién. Si el percance ocurrió en el momento en que se interrumpió la señal de radio, no hay ninguna duda de que cayó en el mar. Pero no hay ninguna prueba de esto. Pudo haber volado todavía todo el trayecto marino sin hacer un nuevo contacto radial --que tal vez ya no fuera necesario-- y encontrarse con el mal tiempo insalvable cuando ya volaba sobre la serranía del Darién. Entonces no es probable que hubiera podido intentar un nuevo contacto, pues cuando una nave como esa penetra en una mala turbulencia es como si atravesara una batidora inmensa: el piloto más experto tiene que concentrar sus cinco sentidos en mantener a toda costa la estabilidad del avión, y no tiene ni manos ni alma para ocuparse del radio. Una sacudida demasiado violenta puede arrancarle un ala de cuajo. Pero si penetra por error en un cumulo nimbus, se destroza en pedazos, y sus escombros pueden dispersarse a muchas millas a la redonda.

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Palmo a palmo La Aeronáutica Civil de Panamá hizo la exploración aérea de rutina durante 8 días. La familia de Escobar, con toda clase de colaboraciones oficiales y privadas, insistió varias semanas más. Las patrullas del M-19 cuadricularon un inmenso territorio de casi 50 mil kilómetros cuadrados durante 70 días. Exploraron palmo a palmo el universo deshabitado de la selva de Urabá, desde Montería hasta el Tapón del Darién, por el lado de Colombia. Y del otro lado, desde la frontera con el Chocó hasta la misma capital de Panamá. Sólo en esta última zona --según dato de las comisiones de rescate-- han caído entre 20 y 30 aviones desde la Segunda Guerra Mundial, de los cuales se han encontrado cuatro. Una de las patrullas que buscaban la avioneta de Escobar encontró los escombros de un avión desaparecido en 1963, y estaban enredados entre la maleza, a sólo 20 metros de un camino muy transitado. Otras encontraron equipos de comunicaciones de la defensa de los Estados Unidos, perdidos desde quién sabe cuánto tiempo. Es un reino sin límites de frondas y pantanos donde apenas si penetran unas gotas de sol, y que se cierran de inmediato tan pronto como alguna nave cae en el fondo de sus entrañas. La única manera de orientarse, cuando no se tiene una brújula, es observar la dirección de las hojas, que se inclinan siempre hacia el oriente. No es probable que Escobar hubiera podido salir solo, pero Bateman y Marín sabían como hacerlo. Este último era campesino del Caquetá y lo sabía desde la infancia. Bateman lo había aprendido, y había demostrado saberlo cuando se perdió con seis de sus hombres en la selva del Caquetá, el año pasado. Lo curioso es que el M-19 no supo en aquella ocasión que estaba perdido, hasta que no aparecieron todos sanos y salvos al cabo de un mes y medio. En los métodos de orientación hay discrepancias entre los guerrilleros urbanos y los campesinos. Aquellos se sienten perdidos si no tiene una brújula. Los campesinos, en cambio, se orientan más por el instinto, y creen que las brújulas pueden ser alteradas por distintos fenómenos. Los cálculos que hizo el M-19 desde el principio indicaban que si Bateman o Marín estaban sanos después del accidente, podían salir por sus propios medios al cabo de 15 días, que es el tiempo en que podían cruzar completa la selva de Panamá. Si quedaban vivos, pero heridos como para no poder moverse, hubieran podido hacer campamento y esperar hasta un mes y medio. Después de ese tiempo, aun un hombre con la fuerza física y psicológica de Bateman no hubiera podido sobrevivir. La circunstancia de que Escobar fuera un político conocido facilitó al M-19 la consecución de medios para la búsqueda. Trazaron dos planes: uno para la exploración aérea y otro para la terrestre. Para la primera alquilaron, a precios desorbitados, helicópteros y aviones particulares que sobrevolaron las selvas durante 25 días continuos. Un piloto colombiano que participó en aquella empresa descomunal ha dicho que habría sido imposible practicar una exploración más técnica y meticulosa en condiciones tan adversas. Para la búsqueda por tierra, que se inició a los 10 días del accidente, se organizaron cuadrillas de 15 hombres al mando de un jefe. Sólo éste sabía

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a quién buscaban, no sólo para impedir una posible desmoralización, sino para mantener al máximo la reserva de la noticia. Fue una búsqueda clandestina, con sistemas guerrilleros, que consisten en dejar señales que sólo ellos saben interpretar, y en golpear las raíces de los árboles más altos. Este es un sistema de comunicación más eficaz que un tiro al aire o que las bengalas azules y rojas del equipo de Bateman, que no se vieron nunca. A distancias determinadas dejaban signos convencionales para que los perdidos conocieran su rumbo, dejaban campamentos con equipos de comunicación, leña seca, comida para los tres primeros días y botiquines de primeros auxilios. Al cabo del primer mes, la búsqueda continuaba con la misma pasión que el primer día. Los brujos Por esa época —el 20 de mayo— el jefe de redacción de El Universal de Cartagena, Ángel Romero, descolgó el teléfono de su jaula de vidrio para hacer una llamada de rutina a las 7 de la noche, y su línea se cruzó con la conversación de una mujer y un hombre. Hablaban sin reservas de la angustia que sentían por la desaparición de Bateman, que según ellos había sido víctima de un accidente de una avioneta en Panamá. Romero voló a Bogotá al día siguiente y trató de establecer algún contacto con el M-19, pero no logró la información. Sin embargo, una fuente militar le contó que, en efecto, Bateman estaba desaparecido, pero que la historia de la avioneta era una simple cortina de humo del M-19 para ocultar la verdad. Al parecer el servicio de inteligencia de las Fuerzas Armadas estaba convencido en ese tiempo de que Bateman había muerto en el asalto a la población de Paujil (Caquetá), el 9 de mayo, y que el movimiento había inventado la patraña de la avioneta para no admitir su pérdida en combate. Tal vez esta sea la razón por la cual, aún hoy, las Fuerzas Armadas siguen observando en este taso una discreción que se parece mucho a la incredulidad. Sin embargo, con un criterio certero, Angel Romero prefirió la hipótesis de la casualidad telefónica, y dio por primera vez la noticia de la muerte de Bateman en la primera página del periódico el 30 de mayo. A pesar de la indiferencia con que fue recibida por los otros medios del país —sobretodo por los más grandes—, aquella información fue sin duda la primicia más importante y bien concebida en lo que va del año. Nadie la creyó. Sin embargo, los mismos periódicos que la rechazaron como una simple especulación, cayeron meses después en la trampa de una noticia sin origen, según la cual Bateman se había fugado del país con los fondos de su movimiento. Mucho tiempo después de que la noticia era ya de dominio público, en el interior del M-19 continuaba la discrepancia de cómo emitir la confirmación oficial. Los partidarios de salir al paso de las especulaciones inevitables opinaban que debía darse después de la primera semana de búsqueda infructuosa. Sin embargo prevaleció el criterio de continuarla dentro del secreto más estricto, entre otras cosas para impedir que detrás de las patrullas de exploración aparecieran en la selva las patrullas del ejército. De modo que la búsqueda continuó, aún más allá de toda esperanza, y cuando ya empezaba a invadir las arenas movedizas de la magia.

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En efecto, las últimas ilusiones se fundaron en las visiones de dos brujos. El primero fue uno de Panamá, cuya revelación espontánea nadie le dio ningún crédito. Pero cuando otro brujo de Colombia, que no tenía ningún contacto con el primero reveló haber tenido una visión idéntica, el racionalismo de los revolucionarios, aún el de lo más duros, sufrió el estremecimiento, de que tres personas estaban en el corazón de la selva: Dos eran muy débiles y la otra era muy fuerte, pero ésta no se atrevía a caminar por el temor de ser descubierta. Aquella coincidencia inexplicable por medio de la razón occidental hizo reverdecer las esperanzas en los corazones menos crédulos, y la búsqueda continuó, sin pausas ni fatiga, hasta que aún los más temerarios tuvieron que mirar de frente a la realidad. Solo entonces, nueve semanas después del accidente, tomaron la determinación unánime de hacer el anuncio oficial de la muerte de Bateman. Lo único que faltaba era la opinión de su sucesor, Iván Marino Ospina, que fue uno de los últimos en conocer la noticia en el corazón de la selva del Caquetá. Esa opinión llegó en el último instante, en un papel escrito de su puño y letra y macerado por el sudor,, que alguien llevó hasta Bogotá escondido dentro de un zapato. Marino Ospina aprobaba la divulgación de la noticia, y mandaba su primera orden: “Insistan en el diálogo”.

FRAGMENTOS DE INTERVENCIONES EN LA OCTAVA CONFERENCIA Y OTRAS ENTREVISTAS

El enfrentamiento de las dificultades EI M-19 es una organización política, que debe llevar hasta sus últimas consecuencias lo que dice, con toda la seriedad del caso. Porque yo sí creo en la voluntad de los hombres para transformar el mundo. La historia del M-19 ha sido la historia del enfrentamiento de las dificultades.

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Un movimiento significa mucha gente Vamos a la mesa de conversaciones a hablar del país, a hablar de la miseria, a hablar de la desocupación, de las libertades democráticas, de la desnutrición. Yo creo que cualquier actitud de diálogo debe sostenerse sobre la base de un accionar político-militar del M-19. Creemos una organización político-militar que enfrente las necesidades del pueblo, que esté con el pueblo. ¡Y no nos dé susto de que la organización se convierta en una organización del pueblo! Y si perdemos el control, ¡bienvenida sea la pérdida de ese control! Porque significa que el pueblo Io va a hacer mejor que nosotros. Compañeros, la revolución es el acto más desorganizado que ha creado la sociedad. ¡Eso es un mierdero y el que quiera una revolución ordenada, compañero, que se olvide! Porque se aprovecharán las putas, los bandidos y los atracadores, y tendremos que fusilarlos. Si queremos que esto sea parte del pueblo, entreguémoselo, incítenoslos a la subversión, a la protesta. Construyamos un movimiento. ¡Un movimiento significa mucha gente!

De la legalidad o la ilegalidad Yo creo que si nos cogió de sorpresa el triunfo del señor Belisario Betancur. Y yo creo que se avecina un gobierno al cual no sólo hay que enfrentarlo con la fuerza, sino también con la inteligencia, porque nos va a atacar con la fuerza y con la inteligencia. El señor Turbay nunca en los cuatro años tuvo una actitud inteligente, nunca. En cierto modo era más fácil combatir al señor Turbay; por eso lo jodimos tanto, por su estupidez. Pero este tipo sale con un nuevo estilo, este tipo nos está diciendo: “Ojo, les tiendo la mano de la paz”: Por primera vez un presidente de este país pronuncia frente a los militares esas palabras.

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Nosotros debemos ir a la mesa de negociación con Belisario Betancur. Lo único que salvó el prestigio del M-19 en el período entre las dos elecciones fue la discusión que hicieron los compañeros en la cárcel con la Comisión de Paz. No fue la acción militar. Por fin alguien dijo: “Yo soy del M-19 y vamos a hablar aquí en lo público”. La legalidad o la ilegalidad del movimiento no la determinamos nosotros y si hay condiciones tenemos que utilizar todo lo que se nos presente. No podemos seguir alargando esta guerra Si vamos a organizar un ejército, ese ejército se organiza fundamentalmente para pelear, para derrotar al enemigo, para recuperar armamento. Tiene que haber una fuerza estratégica regular, donde estén nuestros mejores hombres, nuestras mejores armas, ¡porque la pelea en este país, la fundamental pelea en este país en este momento, es demostrar que eso es posible! El ejército colombiano se adaptó a la existencia de un movimiento guerrillero. El ejército colombiano tiene clara esa estrategia y sabe que mientras el partido comunista sea legal, esas guerrillas (las de las FARC) no pasarán de ahí. Y que hagan lo que nosotros hacemos, a ver qué pasa con el partido comunista. La confrontación militar es esa: usted golpea y el enemigo lo golpea. La concepción militar hay que discutirla. No podemos seguir alargando esta guerra interminablemente, porque eso le hace más daño al pueblo. Hagámosla lo más corta posible.

Un estilo que mandó pal’carajo los esquemas El M-19 ha renacido siete veces. Una forma figurada, compañeros, de mostrar que el enemigo nos ha dado donde es. ¡Los golpes han sido gravísimos! Y el M-19 siguió existiendo y el M-19 siguió desarrollándose, y el M-19 siguió ese proceso. Lo mejor de este país es la rebeldía.

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El M-19 ha renacido siete veces. Una forma figurada, estilo que significa, en primer lugar, los fierritos; un estilo que significa que junto con los fierritos, las propuestas, las salidas y un estilo, compañeros, que mandó pal'carajo todos los esquemas que nos tenían atados durante décadas de años a falsas políticas revolucionarias. Bomberos apagando incendios populares Uno a veces oye hablar a compañeros y le da la impresión de que son bomberos apagando candelas, compañeros apagando incendios populares, revolucionarios... Nosotros asumimos la responsabilidad, compañeros, de las cosas que están sucediendo en este país.... Nosotros asumimos porque revolucionario de verdad-verdad es aquél que nunca hace las cosas igual: Revolucionario de verdad-verdad es aquel que si hoy hace dos, mañana hace veinte y tiene ese espíritu ofensivo, ese espíritu ambicioso. La pasión revolucionaria Si mantenemos un criterio estratégico claro, lo demás no importa. Compañeros, mientras no suenen los tiros no nos tienen en cuenta. Es el valor militar que tiene la política, y en este país con mayor razón. ¡En este país sólo se le paran bolas al que tiene fuerza, sí, y en que no chilla no mama, hermano! La pasión revolucionaria nosotros no la podemos esconder con una falsa decencia. ¡Yo creo que los compañeros que hemos vivido estas etapas, las hemos vivido es con el corazón!

El dogmatismo -¿Usted es marxista? -Yo no soy marxista... Ser marxista hoy en el mundo es ser dogmático. Yo no soy dogmático.

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-¿Su movimiento es comunista? -No, en absoluto. No somos comunistas y la inmensa mayoría son católicos, como es la inmensa mayoría de nuestro pueblo, y un hombre católico no puede ser marxista. APARTES DE OTRAS ENTREVISTAS CONCEDIDAS POR JAIME BATEMAN Rebeldía ¿Qué le ofrece al pueblo el M-19? Rebeldía, rebeldía, rebeldía. En eso está el M-19. Nosotros no nos vamos a dejar humillar, nosotros creemos que este pueblo tiene todo el derecho de protestar, tiene todo el derecho a rebelarse, porque se está muriendo de hambre y son millones de personas. Esa es nuestra posición, rebelar a la gente. (Fragmento de lo entrevista concedida por Jaime Bateman a Juan Guillermo Ríos. 1982). Frente común latinoamericano Nosotros tenemos un problema concreto con los Estados Unidos de Norteamérica, un problema de economía, un problema de política, y ese problema de economía y ese problema de política coincide con otras situaciones en otras áreas, no sólo en Centroamérica, en Suramérica y en el mundo... Nosotros creemos que hay que armarle un frente común al imperialismo norteamericano para resolver los problemas concretos de América Latina. Si el señor Reagan quiere resolver los problemas de América Latina, que comience por crear las condiciones para que nuestros pueblos puedan exportar sus productos, encuentren mercados, se resuelva el problema de los 300.000 millones de dólares que América Latina le debe a los Estados Unidos. ¿Quién va a pagar? Esa deuda no la va pagar nunca nadie. Entonces vamos a vivir toda la vida prestando y pagando, prestando y pagando, pero siempre a un precio mayor; casi la tercera parte del presupuesto colombiano se destina a pagar su deuda externa. Eso se llama desangre de un pueblo... (Fragmento de la entrevista concedida por Jaime Bateman 1982). a R. Ganen, diciembre,

Cambiar a los vagabundos de este país ¿Qué propone-el M-19 para hacer la moralización del país? Mire, moralizar el país es tal vez de las campañas más importantes que hay que desarrollar. Proponer medidas de moralización es cambiar el estilo de trabajo de la sociedad, es cambiar a los vagabundos de esta sociedad. Hay que cambiarlos. Hay que cambiar las instituciones que se han creado para manejar las elecciones. Es lo que se ha llamado clientelismo. Es toda una institución nacional, la cual hay que derrotar. Nosotros

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creemos que la campaña de moralización tiene que comenzar por arriba, no por abajo... (Fragmento de fa entrevista concedida a Juan Guillermo Ríos. 1982). Queremos hechos El pueblo no es el movimiento guerrillero; no es, absolutamente. Yo estoy de acuerdo con que las soluciones económicas no son a corto plazo, son a largo plazo, pero que se vean. Y nosotros no las vemos. Nosotros lo que vemos es el fortalecimiento del sistema, lo que vemos es el fortalecimiento de un estado clientelista, lo que vemos es el fortalecimiento de la próxima campaña electoral, lo que vemos es el fortalecimiento de quién va a ser el próximo presidente de la República, ya eso está escogido, porque son los mismos, con las mismas, han cambiado el estilo, ha cambiado la sonrisa, han cambiado las buenas intenciones, pero este país no vive ni de la sonrisita de un presidente, ni de las buenas intenciones de un presidente… Propuestas de paz Nosotros hicimos una propuesta de paz y si nosotros somos serios, consecuentes, revolucionarios convencidos de que vamos a ganar, no le debemos tener miedo a ningún tipo de propuesta. Debemos tener claros nuestros propósitos estratégicos para no tenerle miedo a que la propuesta de paz sea una realidad. No nos de miedo ir a hablar con estos oligarcas. Estos tipos son igual que nosotros, con la diferencia de que nosotros debemos tener una moral mucho más alta que ellos. No importa que no sepamos leer ni escribir, porque este no es un problema de intelectuales, compañeros, ¡esto es un problema de fuerza! (Fragmento de fa intervención de Jaime Bateman en la Octava Conferencia del M-19, agosto de 1982) El desorden de la paz El M-19 desordenó todo. El M-19 acabó con la paz social de este país. El M-19 se volvió un monstruo que desordenó todo. Como decía Turbay Ayala, “en 150 años las instituciones no habían padecido tanta angustia, ni se habían sentido en tanto peligro” Desordenó la paz que imperaba. Esa paz en que todo el mundo hablaba de guerra pero nadie echaba un tiro... todo el mundo hablaba de la lucha de clases; pero nadie se atrevía a golpear a un latifundista... todo el mundo hablaba de guerra y todo era paz... (Jaime Bateman, en la Octava Conferencia, agosto, 1982). La mentalidad de poder ¡Queremos tomarnos el poder! Y sabemos que esa palabrita de tomamos el poder tiene una significación muy profunda y llene unas consecuencias muy graves.

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Ojalá no tuviéramos que recurrir a la guerra. El M-19 impuso un estilo, porque le hemos dado salidas al momento, porque hemos puesto la lucha política en un plano de realidades, en el plano de lo concreto. EI M-19 no puede seguir siendo la organización que somos. Se trata de adquirir una mentalidad de poder. Las propuestas que se hacen a nivel nacional hay que hacerlas a nivel regional; las salidas que se proponen a la industria nacional hay que proponerlas a la industria aquí en Florencia. La gente cree que la política de la organización es sólo esa gran política. No, es la pequeña política, la que se hace con el pueblo. (Jaime Bateman, en la Octava Conferencia, agosto 1982). Tres puntos fundamentales para la paz La historia de la amnistía surge de la toma de la embajada de la República Dominicana. Nosotros le hicimos una propuesta al gobierno, al señor Turbay Ayala en ese momento, para que dialogáramos y resolviéramos pacíficamente el problema de la embajada. Allí fue cuando el M-19 planteó por primera vez la necesidad, la posibilidad de que los colombianos resolvieran sus problemas de una forma civilizada, y citamos una reunión en un país vecino, en Panamá; reunión que desgraciadamente no se pudo hacer porque los políticos colombianos no estuvieron de acuerdo con esta cita, la consideraron absurda, la consideraron imposible de realizar. Sin embargo, nosotros en este proceso fuimos haciendo propuestas concretas. Una de esas propuestas la concretamos en lo que nosotros llamamos la propuesta de paz, que hicimos el 20 de julio del año pasado. Le dijimos al señor. Turbay Ayala: “Mire, todavía es tiempo de evitar que Colombia se convierta en un Salvador”. Nosotros queremos evitar eso y propusimos tres puntos fundamentales para que la paz fuera un camino real para Colombia. Esos puntos se reducían al levantamiento del estado de sitio, que imperó en Colombia durante 30 años, acompañado de un Estatuto de Seguridad, unas medidas represivas inventadas en el Cono Sur. Planteamos una amnistía general incondicional para los miles de detenidos políticos que hay en Colombia, y por último, planteamos el diálogo entre los colombianos, porque, ese es un punto fundamental. Si usted revisa la prensa, se dará cuenta que no es nuevo el planeamiento nuestro del diálogo nacional. El problema está ubicado en las desigualdades grandísimas que existen en Colombia, en la miseria... Creo que lo que dignifica a un presidente es su voluntad de hablar con el enemigo —si es que se nos considera el enemigo—. Yo no creo que nadie se humille porque se dialogue, ¿cierto?. No, nosotros lo que estamos haciendo es una propuesta que pensamos honestamente refleja la realidad del país. Mire, la amnistía así como está, no va a dar ningún resultado. A la amnistía hay que darle nuevas argumentaciones, nuevas propuestas. Hay que avanzar. Porque en Colombia hay muchos guerrilleros. En Colombia hay muchas organizaciones guerrilleras. Y todo el mundo quiere conversar. Todo el mundo quiere protestar. Quiere decir cosas, porque este país no es posible decir muchas Cosas. Hay que cambiar el sistema político colombiano. Hay que cambiar la estructura de algunas cosas. Hay que dar la libertad para que ni gente opine. Nosotros tenemos el derecho de opinar. Pero, fíjese, el señor Marulanda, compañero Manuel Marulanda, comandante de las FARC,

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aparece en televisión y El Tiempo arma un escándalo porque se deja que un campesino que lleva 30 años luchando aparezca en televisión. Oiga, ¿cuál es la democracia que queremos? Si este es un hombre que tiene todo el derecho de opinar en este país... ¿Qué democracia queremos? ¿Cuál democracia? ¿La democracia pa’ los ricos? ¿O la democracia pa’ el pueblo? Nosotros lo que queremos es un Estado para el pueblo. (Entrevista R. Ganen, diciembre, 1982). No queremos una paz artificial Nosotros no reaparecemos. Bueno, estamos hablando de algunos dirigentes y algunos guerrilleros, porque nosotros tenemos un frente amplio del M-19 que actúa públicamente; es decir, no es cierto que nosotros no aparezcamos. Sí aparecemos. Vamos a tener en esta semana una casa pública del M-19 en las ciudades, pero no hay las suficientes garantías para que los dirigentes se presenten, porque nadie sabe lo que va a suceder, en primer lugar. En segundo lugar, Porque nosotros queremos resolver el problema profundo del país. Nosotros no queremos hacer una paz artificial, para que dentro de tres meses nos estén mandando balas otra vez. Nosotros queremos que se dialogue y que se haga un trato. Nosotros pensamos que eso no humilla absolutamente a nadie. Hagamos un trato con el país. Mejor dicho. No hagamos el trato con la guerrilla incluso. El trato no es con la guerrilla, es con el pueblo, con las clases obreras, con los campesinos, con los intelectuales, con los artistas, con ustedes los periodistas, con todo el mundo; a ver cómo resolvernos los problemas del país. El presidente de la república ¿qué es lo que necesita? Un apoyo político para que esas reformas necesarias sean profundas. Si es que se está actuando honestamente. A nosotros a veces nos asalta la duda de que todo este show, todas estas fiestas y todas estas cosas no ayudan al proceso de la paz porque se está humillando a la guerrilla o se pretende humillar a la guerrilla y eso no está bien. Hagamos la fiesta de todo el pueblo, de los necesitados, de los que se están muriendo en los hospitales de Colombia, la gente que necesita educación, la gente que necesita salud, la gente que necesita salir. (Entrevista a R. Ganen) La paz es el salario Mire, el problema no es del M-19 y nosotros hemos estado insistiendo en eso, si el problema fuera del M-19 eso sería facilísimo. Por eso nosotros, y yo se lo dije al senador Bula, le dije: ‘mire, no se hagan ilusiones de que con esta ley de amnistía van a lograr pacificar al país’. Decía creo que el presidente de la CTC hace poco una palabra muy buena que decía: ‘la paz es el salario’. Eso mismo dicen los indígenas: ¡La paz es que le devuelvan la tierra de los indígenas!, la paz es que le den el 30, el 40, el 50 por ciento de aumento salarial a los trabajadores de este país. La guerra es que el Congreso de la República se aumente de $1OO.OOO a $150.000. Esa es la guerra, ¿cierto?... Nosotros no nos acogemos a la amnistía. Aceptamos la amnistía como un triunfo del pueblo, como un triunfo del presidente, como un triunfo de la democracia. Ese es un primer paso. Dejemos de echar tiros. Nosotros le proponemos al presidente de la república: hagamos un cese al fuego. Porque hay otras fuerzas guerrilleras, hay otras fuerzas sindicales, hay

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otras fuerzas campesinas que no están de acuerdo con las cosas que están pasando. Hagamos un alto al fuego... Que no sigan los tiros, por dios, por acá, en todas partes... Que la gente deje de disparar, pero fundamentalmente el ejército, porque es el que está a la ofensiva... Que se deje de allanar a la gente en las casas, que se deje de detener a la gente, que se deje de perseguir a la gente, que se deje de torturar a la gente. Y entremos a hablar... (Entrevista a Juan Guillermo Ríos, 1982). La campaña por la paz ¿Usted iría a Palacio a hablar con el presidente? -Claro que iría. Yo estoy dispuesto a ir a donde sea necesario, pero yo para eso no necesito acogerme a nada. Si el presidente me invita a mí, yo voy por encima del ejército y por encima de todas las personas. Yo no necesito acogerme a nada. Pero además, porque acuérdese que yo represento a un movimiento y yo no vaya traicionar al movimiento. Mientras haya un preso político en este país, mientras haya un guerrillero dispuesto a defender su país, yo voy a estar ahí. Nosotros pensábamos, no porque lo quisiéramos, pero creíamos que iba a ganar López. Además, López tenía un programa mucho más abierto en la cuestión de la paz, mucho más concreto. A nosotros en el fondo —ese fondo que usted dice— nos interesaba que ganara López. ¿Le seducía un, poco ese programa a usted? No, no tanto como seducción, pero sí nos atraía. Es que de todos modos el gobierno López tampoco fue una belleza. Entonces tampoco es que se pueda decir que nosotros pensábamos que López iba a arreglar el país. Habíamos pensado que había un compás, pero parece que el señor Belisario Betancur resultó mucho más consecuente. Aunque no lo hubiera planteado. La realidad política del país lo ha llevado a plantear con mucha más honestidad, digámoslo así, porque él es un hombre honesto, sincero. ¿Y lo apoyan en ese impulso? -Totalmente. Y no de ahora, sino desde el primer día que llegó al gobierno. La primera organización política en este país, incluidos los partidos tradicionales, la primera organización política que apoyó a Belisario Betancur fue el M-19 en esta campaña por la paz. ¿Y lo seguirá apoyando? -Lo seguiremos apoyando si sigue este rumbo de apertura. Se está haciendo show publicitario con la amnistía y eso no está bien. Eso le hace mucho daño al país, porque van a venir las frustraciones posteriormente y esas frustraciones no son beneficiosas para el país, ni son beneficiosas para el proceso que se ha abierto en el país. No le digamos mentiras al pueblo. Se le está haciendo juego a un factor reaccionario militarista del país. La amnistía es un paso para la paz. La amnistía es la apertura para la paz, pero nadie ha firmado aquí la paz. En este país hay una guerra. Por Dios, entremos a negociar. Entremos a discutir. Pero no el M-19 y el gobierno. El pueblo y el gobierno, porque el

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gobierno tiene responsabilidades en la miseria, en la falta de educación, en la falta de salud. Tiene responsabilidades en la crisis económica profunda que vive la nación... el Estado... (Entrevista a Juan Guillermo Ríos). La paz es la justicia social. La paz no es la amnistía -Desde que asumió la presidencia Belisario Betancur, nosotros le dijimos desde la selva del Caquetá, con la periodista Ligia Riveros, le dijimos al país cuál era nuestra posición. Estábamos a la expectativa. Hoy estamos convencidos de que el señor presidente de la república está enredado, está presionado; está cercado, está emboscado por las fuerzas reaccionarias de este país, que no permiten que la paz sea una realidad porque la paz no es la amnistía, la amnistía es un primer paso hacia la paz. Nosotros creemos personalmente en el presidente de la república, creemos que es un tipo de buenas intenciones. Sin embargo, vemos con mucha preocupación y hemos hecho la crítica pública, que el señor presidente comenzó a conciliar. El señor presidente comenzó a ceder. El señor presidente comenzó a darle fuerza al sector culpable de la suerte de este país. (Entrevista a Juan Guillermo Ríos). La tregua -Ahora, ¿si el presidente aceptara ese espació, ese cese del fuego, para no hablar de tregua?... -Bueno, primero lo de la tregua; nosotros proponemos la tregua, a nosotros nos gusta hablar de la tregua, lo que no nos gusta es que nos propongan treguas unilaterales. Eso sí no nos gusta, porque eso no está bien. Las treguas tienen que ser entre dos personas, entre dos fuegos; si no, no es tregua. En segundo lugar; yo pienso que el señor presidente de la república tiene en sus manos el poder político y tiene el prestigio. Ayer leía con mucho entretenimiento la intervención del presidente de la república y me preocupa que el presidente entre en el plano de las posiciones radicales. Yo creo que si no hay negociación con la guerrilla, no habrá paz en Colombia. (Entrevista a Juan Guillermo Ríos). El diálogo Queremos hechos y nosotros los guerrilleros tenemos la autoridad moral para exigir hechos, y si no hay hechos, entonces tendremos que decirle al pueblo que se levante, que proteste, que se rebele, que no se deje explotar como lo están haciendo. Es nuestro deber. -¿Cuáles son los hechos que va a presentar el M-19 en el futuro inmediato del país? No, es que nosotros estamos amenazando. Nosotros preferimos en estos momentos hablar de propuestas. Preferimos hablar en este momento de la última oportunidad. Siempre habrá una última oportunidad. Y nosotros creemos que es tiempo de echar a atrás y de enrutarnos por el verdadero camino de la paz, que es el de la tregua y es el del

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diálogo, y eso no es nuevo. Eso está manipulado, eso es deshonestidad, nosotros siempre hemos sostenido que el diálogo es una razón fundamental para que en este país haya paz. -¿El diálogo entre quiénes y para qué? -Entre todas las personas interesadas en la paz. Yo no sé quiénes son. Yo creo que el presidente está interesado en eso. Entonces el presidente tiene que dialogar con nosotros y tiene que dialogar con las centrales obreras, y tas decisiones políticas y las decisiones económicas y todas las decisiones de este país hay que tomadas con los gremios económicos, de acuerdo, con los capitalistas, pero también hay que tomarlas con los obreros. ¿Por qué a las multipartidarias no se invitan a los obreros? Artífices del proceso de paz El comando Jorge Marcos Zambrano del Movimiento 19 de Abril se toma la embajada de la República Dominicana y exige la liberación de más de 800 presos políticos. La petición es rechazada por el gobierno colombiano y se inicia un proceso de negociación entre el gobierno y la insurgencia que dura 62 días. El 19 de abril, el comandante general del M-19 aparece por primera vez ante los ojos del país y propone. Porque nosotros somos los artífices de este proceso de paz. No se le olvide, porque el país tiene una memoria muy pequeña. Como un hecho histórico fue el M-19. (Entrevista a Juan Guillermo Ríos) La bandera de la paz -Ya hemos comprobado que la gente nos apoya, con las banderas estas reformistas, porque la propuesta de la paz es una bandera reformista, que nosotros la hemos transformado en revolucionaria, por sus perspectivas de poder, que es diferente, pero si nos quedáramos en la propuesta de paz. ¡Seríamos unos vulgares y cretinos reformistas! Yo propongo, compañeros, que vayamos sin temores a las discusiones con el gobierno del señor Belisario Betancur, porque estamos convencidos de nuestro proyecto estratégico. Que hagamos realidad la propuesta de paz. Si el M-19 se tiene que legalizar, ¡se tendrá que legalizar el M-19 y tendremos que tener las mismas ganas y los mismos cojones con que hemos cogido las armas! (De la intervención de Jaime Bateman en la Octava Conferencia Nacional del M-19, agosto 1982), ¿Cómo define usted a esta altura de la vida a Jaime Bateman Cayón? -Un profeta de la paz.

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“Colombia es una patria para engrandecer, no un botín para repartir”
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