Está en la página 1de 115

AMOR

DicTB
 
SUMARIOAMOR
DicTB

SUMARIO

I. El vocabulario del amor.

II. El amor natural:


1. El amor es fuente de felicidad;
2. El amor egoísta:
a) Amor a la comida, al dinero, a los placeres,
b) El amor sexual,
c) La embriaguez del amor erótico,
d) El amor desordenado a sí mismo y al mundo;
3. La amistad:
a) Modelos de amistad
b) Valor inestimable de la amistad,
c) Verdaderos y falsos amigos,
d) Cómo conquistar y cultivar la amistad,
e) El gesto de la amistad: el beso;
4. El amor en la familia:
a) El noviazgo, tiempo de amor,
b) El amor conyugal,
c) El amor a los hijos,
d) El amor dentro del clan.

III. El amor religioso o sobrenatural del hombre:


1. El amor de Dios:
a) El mandamiento fundamental,
b) Amor y temor de Dios,
c) El amor al lugar de la presencia de Dios,
d) El amor al Hijo de Dios,
e) El amor de Dios es fuente de felicidad y de gracia;
2. El amor a la sabiduría y a la "tórah":
a) La invitación al amor,
b) El amor a la ley mosaica,
c) El amor a la ley-sabiduría es fuente de felicidad y de gracia
3. El amor al prójimo:
a) ¿Quién es el prójimo al que hay que amar?,
b) El amor al forastero,
c) El amor a los enemigos,
d) El amor expía los pecados;
4. El amor cristiano:
a) ¡Amaos, como yo os amo!,
b) Amor sincero, concreto y profundo,
c) El amor fraterno es fruto del Espíritu Santo,
d) El amor de los pastores de las Iglesias,
e) El amor conyugal,
f) Koinónía" y comunidad cristiana primitiva.

IV. Dios es amor:


1. El amor de Dios a la creación y al hombre:
a) Dios crea por amor y ama a sus criaturas,
b) Dios ama a los justos;
2. El amor del Señor en la historia de la salvación:
a) El Señor ama a su pueblo,
b) Amor benévolo y alianza,
c) Los amigos de Dios
d) El Padre ama al Hijo,
e) La elección de amor,
f) Amor, castigo y perdón;
3. Dios revela plenamente su amor en el Hijo:
a) Cristo es la manifestación perfecta del amor del Padre,
b) Jesús ama a todos los hombres: los amigos y los pecadores,
c) El amor de Jesús a la Iglesia.

I. EL VOCABULARIO DEL AMOR. Los términos amor, amar son de las


palabras más comunes y más tiernas del lenguaje, accesibles a todos
los hombres. No hay nadie en la tierra que no haya realizado o no
realice la experiencia de la realidad significada por estos vocablos. En
efecto, el hombre vive para amar y para ser amado; viene a la
existencia por un acto de amor de sus padres y su vida está desde el
comienzo bajo el ritmo de los gestos de ternura y de amor. El deseo
más profundo de la persona es amar. El hombre crece, se realiza y
encuentra la felicidad en el amor; el fin de su existencia es amar.

Ciertamente, el amor es una realidad divina: ¡Dioses amor! El hombre


recibe una chispa de este fuego celestial y alcanza el objetivo de su
vida si consigue que no se apague nunca la llama del amor,
reavivándola cada vez más al desarrollar su capacidad de amar. Por
consiguiente, el amor es uno de los elementos primarios de la vida, el
aspecto dominante que caracteriza a Dios y al hombre.

Un tema tan fundamental para la existencia no podía estar ausente en


la Biblia. En realidad, el libro de Dios, que recoge y describe la
historia de la salvación, reserva un lugar de primer plano al amor,
describiéndolo con toda la gama de sus manifestaciones, desde la
vertiginosa caridad del Padre celestial hasta las expresiones del amor
humano en la amistad, en el don de sí, en el noviazgo, en el
matrimonio en la unión sexual. En efecto, la Sagrada Escritura narra
cómo amó Dios al mundo y hasta qué punto se manifestó a sí mismo
como amor; además, muestra cómo reaccionó el hombre ante tanta
caridad divina y cómo vivió el amor. Así pues, la Biblia puede definirse
justamente como el libro del amor de Dios y del hombre.

La Biblia utiliza varios términos para expresar la realidad del amor. El


grupo de voces empleadas con mayor frecuencia en la traducción
griega de los LXX y en el NT está representado por
agápé/agapán/agapétós; pero también se usan con cierta frecuencia
los sinónimos phileinlphilia/phílos. Sólo raramente encontramos en los
LXX los vocablos érós/ erásthai/erastés, que desconocen los autores
neotestamentarios, probablemente porque estos últimos términos
indican a menudo el amor erótico (cf Prov 7,18; 30,16; Os 2,5.7s,
etcétera).
La raíz verbal hebrea que está en el origen de este vocabulario del
amor es sobre todo áhab, con su derivado áhabah (amor). También
conviene mencionar el término raham, que indica el amor compasivo
y misericordioso, sobre todo del Señor con sus criaturas. Finalmente,
no hay que omitir en este examen el sustantivo hesed, que los LXX
suelen traducir por el término éleos, y que significa de hecho el amor
benévolo, especialmente entre personas ligadas por un pacto
sagrado.

II. EL AMOR NATURAL. La Biblia es un cántico al amor de Dios a sus


criaturas, y de manera especial a su pueblo; pero no ignora el amor
del hombre en sus múltiples expresiones naturales y religiosas. En la
Sagrada Escritura encontramos una interesante presentación del
amor humano, que evidentemente no está separado de Dios y de su
palabra, y que por tanto no puede ser considerado siempre como
simplemente profano; pero este amor es vivido con sus
manifestaciones de la existencia en la esfera natural, como la familia,
la amistad, la solidaridad, aun cuando estas realidades sean
consideradas como sagradas. Además, la Biblia habla también del
amor egoísta, con sus manifestaciones eróticas. Así pues por
necesidad de una mayor claridad en nuestra exposición podemos y
debemos distinguir entre el amor religioso o sobrenatural y el amor
simplemente natural.

1. EL AMOR ES FUENTE DE FELICIDAD. El Qohélet, expresión de la


sabiduría humana que ha conseguido domeñar las pasiones, presenta
el amor natural con cierto despego, considerándolo como uno de los
momentos importantes y una de las expresiones vitales de la
existencia junto con el nacimiento y la muerte (Qo 3,8), para mostrar
que todo es vanidad (Qo 1,2ss) y que en el fondo el hombre no
conoce, esto es, no realiza la experiencia profunda ni del amor ni del
odio (Qo 9,1.6). No todos los autores del AT, sin embargo, resultan
tan pesimistas; más aún, algunos sabios presentan el amor como
fuente de gozo y de felicidad. La siguiente sentencia sapiencial es
muy significativa a este propósito: "Más vale una ración de verduras
con amor que buey cebado con odio" (Prov 15,17). El secreto de la
felicidad humana radica en el amor, y no en la abundancia de bienes,
en la riqueza o en el poder; por esta razón se declara
bienaventurados a aquellos que mueren en el amor (Si 48,11).

2. EL AMOR EGOÍSTA. Pero notodas las manifestaciones concretas del


amor humano llevan consigo gozo y felicidad, puesto que no siempre
se trata de la actitud nobilísima de la apertura y del don de sí a otra
persona; algunas veces los términos examinados indican placer,
erotismo, pasión carnal, y por tanto egoísmo. La Biblia conoce,
igualmente, estas expresiones del amor humano.

a) Amor a la comida, al dinero, a los placeres. En la historia de los


patriarcas, cuando se describe la escena de la bendición de Jacob por
parte de su padre, se habla varias veces del plato sabroso de carne,
amado por Isaac (Gén 27,4.9.14). En otros pasajes bíblicos se alude
al amor al dinero. El profeta Isaías denuncia la corrupción de los jefes
de Jerusalén, puesto que aman los regalos y corren tras las
recompensas, cometiendo por ello abominaciones e injusticias (Is
1,23). Qohélet estigmatiza el hambre insaciable de dinero y de
riquezas: el que ama esas realidades, nunca se ve pagado (Qo 5,9).
El sabio anónimo del libro de los Proverbios sentencia: "Estará en la
miseria el que ama el placer, el que ama el vino y los perfumes no se
enriquecerá" (Prov 21,17). Por su parte, el Sirácida declara que el
amor al oro es fuente de injusticia, y por tando de perdición (Si 31,5).

b) El amor sexual. En el AT no sólo encontramos un lenguaje rico y


variado sobre el amor sexual, no raras veces de carácter erótico, sino
que se describen escenas de amor carnal y pasional. En estos casos el
amor indica la atracción mutua de los sexos con una muestra
evidente de su aspecto espontáneo e instintivo. No pocas veces, sin
embargo, el vocabulario erótico es utilizado por los profetas en clave
religiosa, para indicar la idolatría del pueblo de Dios.

En la historia de la familia de Jacob no sólo se nos informa de la


pasión de Rubén, que se une sexualmente a una concubina de su
padre (Gén 35,22), sino que se narra detalladamente la escena del
enamoramiento de Siquén por Dina; éste raptó y violentó a la hija de
Jacob, luego se enamoró de la joven y quiso casarse con ella; pero los
hermanos de Dina, para vengar la afrenta, mataron con una
estratagema a todos los varones de aquella ciudad cananea (Gén
34,1-29).

Si la acción de Siquén es considerada como una infamia, ya que fue


violada una doncella de Israel, la pasión de Amnón por su
hermanastra Tamar es realmente abominable. Pero la acción violenta
y carnal de Siquén dio origen a un amor profundo, mientras que en el
caso del hijo de David el acto violento contra la hermana engendró el
odio después de la satisfacción sexual, por lo que Tamar fue echada
del tálamo y de la casa después de sufrir la afrenta, a pesar de que le
suplicó al hermano criminal que no cometiera tal infamia, peor aún
que la primera (2Sam 13,1-18). El comportamiento desvergonzado de
Amnón constituye uno de los ejemplos más elocuentes de un amor
sexual pasional, sin el más mínimo elemento espiritual; se trata de un
amor no humanizado, expresión únicamente libidinosa, y por tanto
destinado a un desgraciado epílogo.

En la historia de la familia de David el autor sagrado no aprueba los


amores de Salomón por las mujeres extranjeras; no tanto por su
aspecto ético, es decir, el hecho de tener demasiadas mujeres y
concubinas (en total, mil mujeres), sino más bien por las
consecuencias religiosas de tales uniones, que fueron causa de
idolatría y de abandono del Señor, el único Dios verdadero (1Re 11,1-
13).

En este contexto de amor carnal hay que aludir a la pasión de la


mujer de Putifar; esta egipcia, enamorada locamente de José, guapo
de forma y de aspecto, le tentó varias veces, invitándole a unirse con
ella. Ante las sabias respuestas del joven esclavo, el amor libidinoso
se transformó en odio y en calumnia, por lo que fue la causa del
encarcelamiento del casto hebreo (Gén 39,6-20).

c) La embriaguez del amor erótico. Los libros sapienciales hablan en


más de una ocasión del amor libertino, presentándolo en toda su
fascinación, para invitar a mantenerse lejos de él, ya que es causa de
muerte. La descripción de la seductora, la mujer infiel; la cortesana,
astuta y bulliciosa, que invita al joven inexperto a embriagarse de
amor con ella, se presenta como un boceto pictórico de gran valor
artístico (Prov 7,6-27). Esta mujer sale de casa en medio de la noche
y, acechando en las esquinas de la calle, aguarda al incauto, lo atrae
hacia sí, lo abraza y le dirige palabras seductoras: "He ataviado mi
lecho con tapices, con finas telas de Egipto; he perfumado mi cama
con mirra, áloe y cinamomo. Ven, embriaguémonos de amor hasta la
mañana, gocemos de la alegría del placer" (Prov 7,16-18). Estas
expresiones acarameladas e insistentes embaucan al joven y lo
seducen con la lisonja de sus labios (vv. 20ss) [l Proverbios].

El l Sirácida exhorta no solamente a estar en guardia ante los celos


por la mujer amada, sino también a evitar la familiaridad con la mujer
licenciosa y con la mujer ajena; sobre todo invita calurosamente a
evitar a las prostitutas y a no dejarse seducir por la belleza de una
mujer, ya que su amor quema como el fuego (Si 9,1-9).
d) El amor desordenado así mismo y al mundo. En el NT se pueden
observar severas advertencias a ponerse en guardia ante el amor
desordenado a la gloria terrena, al egoísmo, a las ambiciones de este
mundo. Jesús condena la actitud de los hipócritas, que sólo desean el
aplauso y la vanagloria, que realizan obras de justicia con la única
finalidad de obtener la admiración de los otros (Mt 6, 2.5.16). Este
amor a la publicidad y a los primeros puestos es típico de los escribas
y de los fariseos (Mt 23,6; Lc 11,43; 20,46).

Todavía parece más severa la condenación del amor al mundo y a sus


concupiscencias, es decir, la carne, la ambición y las riquezas; esta
búsqueda ávida de las realidades mundanas para fomentar el egoísmo
impide la adhesión al Dios del amor: "No améis al mundo ni lo que
hay en él. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él.
Porque todo lo que hay en el mundo, las pasiones carnales, el ansia
de las cosas y la arrogancia, no provienen del Padre, sino del mundo"
(Un 2,15-16). El mundo ama y se deleita en esas realidades,
expresión del egoísmo y de las tinieblas (Jn 15,19). Santiago
proclama que el amor al mundo, y particularmente el adulterio, hacen
al hombre enemigo de Dios (Sant 4,4). Pablo deplora que Demas lo
haya abandonado por amor al siglo presente, o sea, al mundo (2Tim
4,10). El que se deja seducir por el mundo, expresión de la iniquidad,
se encamina hacia la perdición, ya que no ha acogido el amor a la
verdad, es decir, la palabra del evangelio (2Tes 2,10). El autor de la
segunda carta de Pedro presenta a los falsos profetas esclavos de la
carne, sucios e inmersos en el placer (2Pe 2,13). Estas personas
egoístas serán excluidas de la Jerusalén celestial, es decir, del reino
de la gloria divina (Ap 22,15).

En los evangelios Jesús invita a sus discípulos a guardarse del peligro


del amor exagerado a la propia persona: el que pone su vida en
primer lugar y la considera como el bien supremo que hay que
salvaguardar a toda costa, aunque sea en contra de Cristo y de su
palabra, ése está buscando su propia ruina: "El que ama su vida la
perderá; y el que odia su vida en este mundo la conservará para la
vida eterna" (Jn 12,25). Para salvar la propia vida hay que estar
dispuestos a perderla en esta tierra por el Hijo de Dios y por su
evangelio (Me 8,35 y par). Los mártires de Cristo han hecho esta
opción, y por eso viven en la gloria de Dios (Ap 12,1 l).

3. LA AMISTAD. La Biblia conoce la dimensión erótica del amor, pero


habla sobre todo de su aspecto verdaderamente humano, concretado
en la amistad, en el don de sí mismo, en la vida por la persona
amada. La amistad representa realmente la expresión más noble del
amor y es posible únicamente a un ser racional. Sólo entre personas
puede reinar la amistad. En la Sagrada Escritura, aunque no
encontremos tratados completos sobre la amistad humana, sí
encontrarnos frecuentes referencias a su fenomenología y se nos
presentan ejemplos poco comunes de auténtica y profunda amistad.

a) Modelos de amistad. La Biblia nos presenta ante todo ejemplos


concretos de amistad profunda entre personas que se quieren de
forma espontánea y en el sentido más real de la palabra; en estos
modelos el amor envuelve a todo el ser humano, a menudo hasta el
riesgo de la propia vida. En el AT uno de los ejemplares más célebres
y elocuentes de la auténtica amistad lo encontramos en la historia
trágica del atormentado rey Saúl; su hijo mayor quería fuertemente,
hasta estar dispuesto a dar su vida por él, a David, a pesar del odio
con que lo trataba su padre. Cuando Jonatán vio a este joven héroe
en presencia del rey con la cabeza del gigante Goliat en la mano,
"quedó prendado de David, y Jonatán comenzó a amarlo como a sí
mismo" (1Sam 18,1); por eso hizo un pacto con el hijo de José,
"porque lo amaba como a sí mismo", y le regaló "su manto, sus
vestidos y hasta su espada, su arco y su cinturón" (1Sam 18,3s).
El amor de Jonatán a David no fue sólo de orden sentimental, sino
que se manifestó muy en concreto; en efecto, cuando su padre
decidió matar a su amigo, le avisó para que estuviera atento e
intercedió en favor suyo con unas palabras tan convincentes que hizo
renunciar al rey a sus propósitos homicidas (1 Sam 19,1-7). Como
consecuencia de las persecuciones de Saúl, Jonatán tuvo que ayudar
a huir a su amigo, enfrentándose con la ira de su padre, que llegó a
lanzar contra él su lanza por haber defendido a David (1 Sam 20). En
aquella ocasión los dos amigos hicieron un nuevo pacto: "Jonatán
reiteró su juramento a David por el amor que le tenía, pues le amaba
como a sí mismo" (1 Sam 20,17). Antes de separarse, los dos amigos
se besaron y lloraron juntos, hasta que David llegó al paroxismo;
Jonatán entonces dijo a su amigo: "Vete en paz. En cuanto al
juramento que hemos hecho en nombre del Señor; que el Señor esté
siempre entre tú y yo, entre mi descendencia y la tuya" (1 Sam
20,42). El llanto, el ayuno y la lamentación de David por la muerte de
Jonatán ilustran de la forma más elocuente su tierno y profundo
afecto por el amigo (2Sam 1, 1ls): "Estoy angustiado por ti, hermano
mío, Jonatán, amigo queridísimo tu amor era para mí más dulce que
el amor de mujeres"(2Sam 1,26).

En el NT encontramos modelos de amistad no menos significativos.


Advirtamos que en él se registran varios casos de amistad humana,
no siempre profunda (cf Le 7,6;11,5ss;14,12; 15,6.9.29; He 10,24;
19,31; 27,3). No pocas veces esos amigos demuestran un amor débil
y muy quebradizo, ya que se transformarán en perseguidores (Le
21,16); en efecto, su amistad carece a menudo de raíces profundas,
como la que había entre Herodes y Pilato (Lc 23,12). De un tenor
análogo era la amistad servil de los funcionarios romanos por el
emperador, aun cuando el título que más ambicionaban era el de
"amigos del césar", mientras que la amenaza más grave para ellos
era la acusación de no ser amigos del emperador (Jn 19,12).
Pero los evangelios nos hablan además y sobre todo de la amistad
sólida de Jesús y de sus discípulos con expresiones muy elocuentes,
especialmente en el último de estos libros. En efecto, Juan presenta a
Jesús tratando de este tema en sus discursos de la última cena, y
piensa en el maestro como modelo de la amistad profunda y concreta
que llega hasta el don de la vida: "Vosotros sois mis» amigos si
hacéis lo que os mando. Ya no os llamo siervos, pues el siervo no
sabe qué hace su señor; yo os he llamado amigos porque os he dado
a conocer todas las cosas que he oído a mi Padre" (Jn 15,1315). En el
cuarto evangelio se presentan igualmente otros ejemplos de
verdadera amistad hacia Jesús: Simón Pedro amó realmente a su
maestro y pudo declarar con sinceridad que estaba dispuesto al
martirio por él, aunque presumiendo de sus fuerzas, ya quellegó a
renegar de Cristo (Jn 13,37s). Pedro, después de la resurrección de
Jesús, confesó con humildad y verdad su amor profundo y sincero por
el Señor (Jn 21,15ss). A pesar de la debilidad de su traición (Jn
18,17s.25ss), Pedro acudió inmediatamente a la tumba del Señor en
la mañana de pascua, cuando le informaron del supuesto robo de su
cuerpo (Jn 20,2ss). Pero el modelo del amigo fiel de Cristo en él
cuarto evangelio es el discípulo amado, que vivió en profunda
intimidad con el Hijo de Dios (Jn 13,23ss), siguió siempre al maestro,
incluso durante su pasión hasta el Calvario (Jn 18,15ss; 19,26s;
21,20), y corrió velozmente al sepulcro de Jesús apenas María
Magdalena llegó con la desconcertante noticia del robo del cadáver de
Jesús (Jn 20,2ss). Y no sólo ellos, sino que también los demás
discípulos fueron considerados como amigos por Jesús (Lc 12,4; Jn
15,14s); ellos perseveraron, efectivamente, en el seguimiento del
maestro durante sus correrías apostólicas (Lc 22,28).

Finalmente, a propósito del tema de la amistad, no hemos de omitir


una alusión a la exhortación de Jesús -realmente original- de hacerse
amigos con la riqueza, aunque injusta, para ser acogidos en las
moradas eternas (Lc 16,9). Con este loghion el Señor enseña que con
la limosna y el socorro a los necesitados nos hacemos amigos de los
pobres, que son quienes tienen el poder de introducir a los ricos en el
reino celestial.

b) Valor inestimable de la amistad. El afecto profundo, el amor tierno


y fuerte entre dos personas, es considerado por la Biblia como un bien
imposible de pagar, como un tesoro preciosísimo. La elegía de David
por su amigo Jonatán exalta la dulzura y el valor extraordinario de la
amistad: "Tu amor era para mí más dulce que el amor de mujeres"
(2Sam 1,26). Esta sentencia merece nuestra atención, ya que
demuestra cuán valioso y beatificante es el amor entre los amigos:
produce mayor felicidad que el amor conyugal. Generalmente, el
amor en el matrimonio es considerado como la forma más perfecta y
más completa, como la expresión más profunda del don de sí mismo
en el amor; en el matrimonio realmente se manifiesta el amor de
forma plena, en cuanto que se tiene una comunión profunda, no sólo
de los corazones, sino también de los cuerpos. Pues bien, David
proclama que su amistad con Jonatán era más dulce y maravillosa
que el amor conyugal.

En realidad, el amigo verdadero ama en todas las circunstancias, en


la prosperidad y en la desdicha (Prov 17,17): "Un amigo fiel es
escudo poderoso; el que lo encuentra halla un tesoro. Un amigo fiel
no se paga con nada, no hay precio para él. Un amigo fiel es bálsamo
de vida, los que temen al Señor lo encontrarán" (Si 6,14-16). En
tiempos de infortunio los amigos consuelan, como sucedió en el caso
de Job, probado duramente por el Señor (Job 2,11). Por esa razón no
hay que abandonar nunca al amigo (Prov 27,10; Si 9,10), ni mucho
menos engañarlo con mentiras (Si 7,12); sobre todo, hay que estar
en guardia para no traicionarlo por ningún motivo (Si 7,18). El apóstol
Judas Iscariote traicionó, por desgracia, a su amigo y maestro por
dinero (Mt 26,14ss y par).
Dado el valor inestimable de la amistad, la pérdida de los amigos no
puede menos de ser fuente de dolor y de tristeza. Job, además de las
pruebas indescriptibles, de las desgracias de todo tipo y de la'
enfermedad horrenda, saboreó la amargura del abandono de los
amigos, y por ello se lamenta: "Tienen horror de mí todos mis
íntimos, los que yo amaba se han vuelto contra mí" (Job 19,19).
Análoga es la experiencia por la que atravesó el salmista: "Mis
compañeros, mis amigos se alejan de mis llagas; hasta mis familiares
se mantienen a distancia" (Sal 38,12). "Alejaste de mí a mis amigos y
compañeros, ahora mi compañía es sólo la tiniebla" (Sal 88,19). Los
sabios enumeran algunas causas de la pérdida de la amistad: la
difamación (Prov 16,28), la promesa no cumplida (Si 20,23), la
recriminación o el insulto (Si 22,20), la traición de los secretos del
amigo (Si 22,22; 27,16-21). En la historia de los primeros reyes de
Israel encontramos la descripción del cambio de la amistad al odio
debido a la envidia por el aumento del prestigio de la persona
anteriormente querida. Saúl se aficionó a David cuando este joven
llegó a su corte; él encontró benevolencia ante los ojos del rey (1Sam
16,21ss). Pero cuando el hijo de Jesé comenzó a realizar hazañas
admirables contra los filisteos para la salvación de Israel y todo el
pueblo se puso a aplaudir al joven héroe, Saúl sintió envidia, se
enfadó profundamente e intentó varias veces matarlo (1Sam 18,5ss),
ya que lo consideraba como un rival, como un enemigo (1Sam
18,29). En realidad, el amor puede transformarse en odio y es posible
recibir mucho daño incluso de los amigos (Zac 13,6).

c) Verdaderos y falsos amigos. En realidad, no todas las amistades se


muestran profundas y auténticas; existen verdaderos y falsos amigos.
Algunos profetas no dan la impresión de querer fomentar la amistad,
ya que exhortan a no fiarse de los amigos (Miq 7,5) o hablan de sus
emboscadas y de sus engaños arteros (Jer 9,3; 20,10). El Sirácida se
muestra menos pesimista, aunque reconoce que existen amigos
falaces (Si 33,6), y exhorta a ser cautos en las amistades (Si 6,17), a
no fiarse del primero que llega y ponerlo a prueba antes de darle
confianza, ya que algunos se muestran amigos sólo por conveniencia
o por interés y pueden transformarse en enemigos con facilidad (Si
6,7-12; 37,5). El verdadero amigo no se revela en la prosperidad,
sino sólo en la adversidad (Si 12,8s); en esa ocasión mostrará su
piedad para con el amigo desgraciado (Job 6,14). En efecto, hay
amigos sólo de nombre (Si 37,1), que en el tiempo de la tribulación
se esfuman (Si 37,4), sobre todo si la amistad tenía su fundamento
en el dinero y el pode; (Prov 19,4.6). El amigo verdadero, es un
tesoro que no tiene precio (Si 6,15); por eso su pérdida es causa de
sufrimiento mortal: "¿No es una pena indecible cuando un compañero
o amigo se torna enemigo?" (Si 37,2).

Ese amargo cáliz de la traición a la amistad tuvo que saborearlo


también el Hijo de Dios hecho hombre: uno de sus discípulos más
íntimos, uno de los apóstoles, le traicionó; fue tal el dolor por este
gesto infame, que Jesús se sintió profundamente excitado en su
espíritu, cuando estaba para denunciar al traidor (Jn 13,21).

La amistad política no parece desinteresada; en efecto, aunque los


Macabeos buscaron y apreciaron la de los romanos (1 Mac 8,17; 12,1
ss; 14, 16ss; 15,15ss; 2Mac 4,11) y la de otros reyes helenistas (1
Mac 10, 15ss.59ss), este apoyo y esta simpatía estaban provocados
por el poder militar de los "amigos" (1 Mac 8, lss) y tuvieron como
epílogo la ocupación de Palestina por parte de esos aliados, que
quitaron la libertad a los judíos. Al contrario, una figura de auténtica
amistad es la que representa el amigo de bodas. La Escritura habla de
él en la historia de Sansón (Jue 14,20; 15,2.6) y en el contexto del
último testimonio de Juan Bautista (Jn 3,29). El amigo del esposo es
una figura muy importante en la celebración del matrimonio entre los
judíos; es el 1QXbim, el que tenía que preparar a la esposa,
conducirla hasta el esposo y controlar las relaciones sexuales de la
joven pareja.
d) Cómo conquistar y cultivar la amistad. El amor y la amistad tienen
un valor incalculable; pero estos tesoros no llueven del cielo, sino que
han de descubrirse, buscarse y conquistarse. Además, la flor
maravillosa de la amistad, una vez que ha brotado y despuntado,
necesita cultivarse. Los libros sapienciales contienen preciosas
advertencias en este sentido, que no han perdido absolutamente nada
de su valor en nuestros días, después de más de dos mil años. He
aquí las sentencias más significativas sobre este tema: "El que
encubre la falta cultiva la amistad" (Prov 17,9); el que se comporta
con humildad y modestia, encuentra gracia ante la mirada del Señor y
es amado por los hombres (Si 3,17s); el que visita a los enfermos se
sentirá querido por ellos (Si 7,35), lo mismo que el que ayuda al
necesitado (Si 22,23). Por consiguiente, la amistad se conquista
amando concretamente al prójimo.

El Sirácida exhorta a cultivar la amistad, haciendo bien al amigo y


comprometiéndose en su ayuda (Si 14,13). No hay que dar crédito a
las murmuraciones contra los amigos, sino que hay que buscarla
verdad, ya que a menudo se trata de calumnias (Si 19,13ss); más
aún hay que defender al amigo (Si 22,25), hay que aficionarse a él y
serle siempre fiel (Si 27,17). Finalmente, no hay que tener miedo de
perder el dinero por el amigo (Si 29,10); la amistad es un bien
inmensamente superior a las riquezas materiales.

e) El gesto de la amistad: el beso. En la Biblia se habla a menudo del


beso, el gesto que expresa amor. No sólo se besan los padres y los
hijos (Gén 27,26s; 50,1; Tob 10,13), sino también los parientes:
Jacob besó a su prima Raquel; Labán abrazó y besó a su sobrino (Gén
29,13); Esaú corrió al encuentro de su hermano Jacob, lo abrazó y lo
besó (Gén 33,4); Jacob abrazó y besó a los hijos de José (Gén
48,10); Moisés besó a su suegro Jetró (Éx 18,7), lo mismo que Edna
a su yerno Tobías (Tob 10,13). Este gesto de afecto fue también el de
Samuel con el joven Saúl, después de consagrarlo como rey de Israel
(1Sam 10,1).

Evidentemente, los besos son deseados y dados sobre todo por los
enamorados; por eso el Cantar de los Cantares se abre con esta
expresión: "¡Que me bese con los besos de su boca!" (Cant 1,2). No
existe otro gesto más dulce entre dos personas que se aman (Prov
24,26), lo mismo que no hay monstruosidad mayor que el beso del
enemigo (Prov 27,6). Judas Iscariote se precipitó en este abismo
cuando con un beso entregó a su amigo y maestro (Me 14,43-45 y
par). El beso es realmente el signo más normal de la amistad y del
amor. Por esta razón Jesús reprocha a su anfitrión Simón por no
haberle dado un beso y no haberle mostrado ningún amor, mientras
que la pecadora cubrió de besos sus pies, revelando el amor profundo
de su corazón al Señor (Lc 7,45). Entre los primeros cristianos el beso
era el gesto normal de saludo, de manera que Pablo termina algunas
de sus cartas invitando a los fieles a darse el beso santo (cf Rom
16,16; ICor 16,20; 2Cor 13,13; 1Tes 5,26). En I Pe 5,14 encontramos
la significativa expresión: "Saludaos mutuamente con el beso del
amor fraternal".

4. EL AMOR EN LA FAMILIA. En la gama de manifestaciones del amor


natural, la Biblia reserva un lugar de primer plano al amor dentro de
la familia. Las expresiones tiernas y cariñosas de afecto entre los
novios, el amor fuerte entre los esposos, las demostraciones
concretas de amor entre padres e hijos encuentran un largo y
profundo eco en-los libros de la Sagrada Escritura.

a) El noviazgo, tiempo de amor. La-literatura profética utiliza el


símbolo del noviazgo como tiempo de amor para evocar la experiencia
religiosa del I éxodo, cuando Israel se vio seducido por el Señor, lo
siguió espontáneamente y cantó de gozo (Os 2,16s). Aquel período
tan feliz estuvo marcado por el amor y por la adhesión total al Señor
(Jer 2,2). El lenguaje de los profetas en estos pasajes y en otros
análogos tiene un claro significado religioso; pero se basa en la
experiencia humana del noviazgo, período encantador de ternura y de
amor, tiempo de perfume y de fragancia, marcado por el despuntar
del amor, por la apertura del corazón a la persona deseada. En la
historia de algunos célebres personajes de la Biblia se hace alguna
breve alusión al período que precedió a su matrimonio, poniendo de
relieve el nacimiento del amor a la mujer con que habrían de casarse.
En el corazón de Jacob, por ejemplo, se encendió un fuerte y grande
amor a Raquel; para poder casarse con ella se puso al servicio de su
padre, su propio tío Labán, durante siete años, "que le parecieron
unos días, tan grande era el amor que le tenía" (Gén 29,17-20).
También la historia no menos aventurada de Tobías está marcada por
el amor de este joven a la que habría de ser su esposa: "Cuando
Tobías oyó lo que le dijo Rafael y que Sara era de su raza y de la casa
de sus padres, se enamoró de ella" (Tob 6,19).

El l Cantar de los Cantares se presenta sin ninguna duda como una


celebración poética del noviazgo, aunque parecen legítimas las dos
lecturas, una en clave de amor natural y la otra en perspectiva
religiosa. Más aún, quizá las dos visiones estén presentes en dicha
obra, y por tanto haya que interpretar el texto en un doble nivel, o
sea, como un poema sobre el amor humano de dos novios y como el
canto del amor del Señor y de Israel durante el período que precedió
a su matrimonio, sancionado con la alianza del Sinaí. En este libro
podemos saborear toda la frescura y la dulzura del amor de dos
corazones que viven el uno para el otro, de dos personas que desean
apasionadamente unirse de la forma más compleja y que por eso se
buscan sin descanso y no desisten hasta el encuentro beatificante y el
abrazo embriagador. Este poema de amor está ambientado en el
campo durante la primavera, la estación de las flores y de los aromas
de la vegetación, en un clima de alegría y de canto el más adecuado
para el noviazgo, el tiempo del amor fresco e impetuoso como la
irrupción de la vida (Cant 2,10ss; 6,11; 7,13s). El Cantar se abre con
el anhelo del beso, de las caricias y del encuentro con la persona
amada, para saciarse de la felicidad de amar (Cant l,l-4). Pero este
deseo tan ardiente, para poder apagarse, exige la búsqueda: "Dime
tú, amor de mi vida, dónde estás descansando, dónde llevas el
ganado al mediodía" (Cant 1,7). En el corazón de la noche la novia,
enferma de amor (Cant 2,5; 5,8), se levanta del lecho, recorre las
calles y las plazas de la ciudad en busca del amado de su corazón
(Cant 3,1-3), y no desiste ni siquiera ante los golpes y los ultrajes
(Cant 5,5-9). Los dos enamorados se aprecian y se desean, se elogian
y se admiran, viviendo en un clima de dulce ensueño (Cant 1,9-2,3.8-
14; 4,1-16; 5,10-16; 6,4-7,10). La novia salta de gozo al oír la voz
del amado, y éste a su vez invita a la que ama a que le muestre su
rostro encantador y le haga oír su voz melodiosa (Cant 2,4-14). En
realidad, los dos enamorados viven el uno para el otro: "Mi amado es
mío y yo soy suya" (Cant 2,16; 6,3). Se anhelan apasionadamente:
"Yo soy de mi amor y su deseo tiende hacia mí" (Cant 7,11). Su ardor
es fuego inextinguible: "Ponme como sello sobre tu corazón, como
sello sobre tu brazo; porque es fuerte el amor como la muerte;
inflexibles, como el se'ol, son los celos. Flechas de fuego son sus
flechas, llamas divinas son sus llamas. Aguas inmensas no podrían
apagar el amor, ni los ríos ahogarlo. Quien ofreciera toda la hacienda
de su casa a cambio del amor sería despreciado" (Cant 8,6s). Por esa
razón la felicidad de los dos novios se alcanza en el encuentro, en el
abrazo y en la unión indisoluble del matrimonio (Cant 3,4; 8,3).

b) El amor conyugal. Efectivamente, también para la Biblia el


noviazgo tiende a la unión matrimonial; el amor tierno y ardiente de
los primeros encuentros libres, la mutua búsqueda de los dos
enamorados encuentra su feliz coronación en el matrimonio, donde el
amor de los dos esposos alcanza la estabilidad y la maduracíón plena
y fecunda. El grito de''gozo de Adán por el don divino de la
compañera inseparable de su vida, carne de su carne y hueso de sus
huesos, insinúa la felicidad de la primera pareja que se deriva del
amor conyugal (Gén 2,22-24). Pero la Sagrada Escritura no siempre
pone de relieve la importancia del amor en la vida conyugal; a
menudo resalta más la relación sexual o el atractivo-pasión que el
don de sí en el amor (ef Gén 3,16; 12,10ss). Este factor del amor
destaca sobre todo en la historia de las mujeres desgraciadas o por
ser estériles o porque se sienten poco amadas por sus esposos,
enamorados de otras mujeres. Jacob amó a Raquel más que a Lía;
esta última esperó que su marido la amaría cuando le dio hijos (Gén
29,30.32.34). Ana, la futura madre de Samuel, aunque estéril, era
amada por su marido más que la otra mujer (1Sam 1,5-8). Del rey
Roboán se narra que amó a la hija de Absalón más que a sus otras
mujeres y concubinas (2Crón 11,21). La legislación mosaica considera
el caso del hombre con dos mujeres, una de las cuales es menos
amada que la otra (Dt 21,15-17). El éxito fabuloso de Ester comenzó
con el amor preferencial del rey Asuero por aquella judía, que fue
constituida reina (Est 2,15ss).

Además de estos casos de amor de predilección, en la Biblia


encontramos otras referencias al amor conyugal, y no pocas veces
para exaltarlo. La descripción del matrimonio de Isaac concluye con la
indicación de su amor por su esposa Rebeca, fuente de consuelo y de
felicidad (Gén 24,67). Las mujeres filisteas de Sansón insisten en el
amor que les tiene su marido para lograr que les revele secretos
importantes (Jue 14,16; 16,15). En la historia de David se nos
informa no sólo de que la hija del rey Saúl se enamoró de este joven
héroe (1 Sam 18,20), sino que se casó con él y que lo amaba (1Sam
18,27s). Pero Mical fue entregada como esposa a Paltiel, después de
la fuga de David; este segundo marido la amó tiernamente, la
acompañó y la siguió llorando continuamente cuando el nuevo rey de
Israel pretendió su restitución (2Sam 3,13-16). La experiencia de
Oseas, aunque reviste un profundo significado religioso para ilustrar
concretamente el amor del Señor a su esposa Israel, se resiente
ciertamente de un drama conyugal personal: el profeta tomó por
esposa y amó a una prostituta, que, desgraciadamente, no se
mantuvo fiel al marido (Os 1,2ss; 3,lss).

Los sabios de Israel exhortan a amar profunda e intensamente a la


propia mujer para experimentar gozo y felicidad: "Goza de la vida con
la mujer que amas" (Qo 9,9). El embriagador amor conyugal hará
superar las asechanzas y las seducciones de las prostitutas, más allá
del peligro de la infidelidad: "Bendita sea tu fuente, y que te regocijes
en la mujer de tu juventud: cierva amable y graciosa gacela, sus
encantos te embriaguen de continuo, siempre estés prendado de su
amor. ¿Por qué, hijo mío, desear a una extraña y abrazar el seno de
una desconocida?" (Prov 5,18-20).

c) El amor a los hijos. El matrimonio en la Biblia fue instituido por el


Señor para la fecundidad y la procreación, además de para la plenitud
y la felicidad de los esposos. La bendición de Dios a la primera pareja
humana muestra sin equívocos esta finalidad del amor conyugal (Gen
1,28). Por consiguiente, los hijos aparecen como el fruto del amor de
los padres. Pero este amor no se agota en la procreación, sino que
continúa todo el tiempo de la existencia. En la Sagrada Escritura está
documentado este sentimiento o virtud, alma de la felicidad familiar.
La conmovedora descripción dramática del sacrificio de Isaac por
medio de su padre subraya fuertemente el amor de Abrahán a la
víctima que tiene que inmolar en holocausto al Señor; se trata de su
hijo, de su único hijo, tan amado (Gen 22,2). En la familia de Isaac
encontramos una profunda divergencia entre los dos cónyuges: el
padre amaba al primogénito Esaú, mientras que la madre prefería a
Jacob (Gen 25,28). El amor preferencial de Jacob por José fue la
causa del odio profundo de los demás hijos contra el hermano (Gen
37,3ss). Un amor análogo es el que profesa este patriarca a su hijo
más pequeño, Benjamín, que le dio Raquel, su mujer predilecta (Gen
44,20). Por el contrario, David amaba mucho a su primogénito
Amnón; por esta razón se mostró débil, disimulando el delito
execrable de su hijo contra su hermana Tamar (2Sam 13,21). Quizá
por este motivo, es decir, para no verse cegados por el amor, los
sabios de Israel exhortan a los padres a un amor viril y sin
debilidades para con los hijos, a no rechazar la vara y fomentar la
disciplina, a usar la correa contra los indisciplinados, a reprochar a los
que se equivocan (Prov 3,12; 13,24; Si 30,1). El Cristo glorioso, el
testigo fiel, se inspira en esta doctrina cuando ordena escribir a la
Iglesia de Laodicea que él reprocha y castiga a los que ama (Ap
3,19).

El amor tierno y fuerte dentro de la familia es ciertamente un bien de


un valor incalculable; constituye una ayuda poderosa para superar las
crisis más profundas y también para vencer la desesperación. La
Biblia nos habla de la experiencia de Sara, una mujer tremendamente
desgraciada por la muerte de sus siete maridos, que fallecieron todos
ellos la primera noche de bodas, antes de haber podido consumar el
matrimonio. Presa de la desesperación, Sara, la futura esposa de
Tobías, estaba pensando en el suicidio, pero el pensamiento de ser la
hija única y tan querida de sus padres le dio fuerzas para superar esta
loca tentación (Tob 3,10).

Hablando del amor familiar, no podemos omitir al menos una alusión


a la conmovedora historia de Rut, la moabita, modelo de amor fuerte
y concreto a la madre de su marido, una nuera excepcional que amó
a la suegra más que sus siete hijos (Rut 4,15). Finalmente, en este
contexto vale la pena señalar también el amor del esclavo a su amo y
a la mujer que se le ha dado durante su esclavitud JÉx 21,5; Dt
15,16).

d) El amor dentro del clan. El amor familiar nos invita a recordar,


aunque sólo sea sucintamente, a la gran familia de la raza o tribu o
clan, a la que el israelita se muestra muy apegado y en la que está
profundamente arraigado. El hebreo ama sinceramente a su pueblo y
por él está dispuesto a hacer grandes sacrificios y a exponerse al
peligro. Tobías, en sus largas y detalladas instrucciones a su hijo, no
deja de exhortarle a amar a sus parientes y a su pueblo (Tob 4,13).
Se presenta a Mardoqueo como un modelo de este amor; él buscaba
el bien de su pueblo y tenía palabras de paz con todos los de su
estirpe; por eso le amaban todos los hermanos (Est 10,3). Semejante
amor del pueblo se recuerda igualmente en el caso del joven héroe
que mató al gigante Goliat y derrotó a los ejércitos filisteos: "Todos
en Israel y JudáqueríanaDavid"(1Sam 18,22).

En la redacción lucana de la curación del siervo del centurión, el


tercer evangelista pone en labios de los mensajeros judíos la frase
siguiente: "Ama a nuestra raza y .nos ha edificado una sinagoga" (Lc
7,5). Estas personas insisten en el amor del funcionario helenista al
pueblo hebreo para estimular a Jesús a que realice el milagro que se
le pide.

III. EL AMOR RELIGIOSO O SOBRENATURAL DEL HOMBRE. Si en la


Biblia encontramos una amplia y significativa presentación del amor
humano, en ella tenemos sobre todo la descripción del amor en su
dimensión religiosa. Con este concepto entendemos no solamente el
amor que tiene por objeto a Dios, sino también el amor al prójimo tal
como lo manda el Señor en la Sagrada Escritura y como está
fundamentado en su palabra, es decir, el amor anclado en la alianza
divina. Efectivamente, tanto el pacto sinaítico como el escatológico
carecen del carácter paritario entre contrayentes iguales, puesto que
brotan de la elección gratuita por parte del Señor, es decir, de su
caridad divina. Estas alianzas están reguladas no sólo por la fidelidad,
sino también por las relaciones de amor entre Dios y su pueblo, entre
el hombre y el hombre. El precepto del amor, por consiguiente, marca
el límite de la ley, ya que postula un orden moral por encima de ella,
en cuanto que indica el impulso de atracción espontánea hacia Dios y
el prójimo. Por eso el amor invita a superar la concepción jurídica de
la alianza y a considerarla como una relación de don y de entrega
total a la otra persona, bien sea Dios o bien el hombre. De esta
manera el amor, a pesar de ser un precepto divino, más aún, el
mandamiento que lleva a la perfección toda la ley del Señor, tiene
que verse en una perspectiva de superación de las prescripciones
meramente jurídicas, como el alma de unas relaciones profundas y
vitales que, aunque basadas en el precepto para ayuda de la libertad,
trascienden la imposición.

1. EL AMOR DE Dios. El primer objeto del amor religioso del hombre


no puede menos de ser Dios, su padre y su creador. Los piadosos
salmistas cantan su amor a Dios: "Yo te amo, Señor; tú eres mi
fuerza" (Sal 18,2); "Yo amo al Señor, porque escucha el grito de mi
súplica" (Sal 116,1). Invitan además a amar al Señor: "Amad al Señor
todos sus fieles" (Sal 31,24).

a) El mandamiento fundamental. En realidad, el amor a Dios es el


primer precepto de la tórah, la ley mosaica. De este modo comienza
la oración del Séma`: "Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el
único Señor. Ama al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu
alma y con todas tus fuerzas" (Dt 6,4s). En el Deuteronomio
encontramos otras exhortaciones a amar al único verdadero Dios, el
Señor (Dt 11,1; 30,16). Josué se hace eco de este mandamiento
fundamental, y por eso invita al pueblo a amar al Señor,
permaneciendo unidos a él y sirviéndole con todo el corazón y con
toda el alma (Jos 22,5; 23,11). Con este comportamiento se vive
profundamente la alianza y se permanece dentro de su fidelidad.

Los evangelios subrayan este elemento: el amor existencial y total a


Dios es el primer mandamiento. La respuesta de Jesús al escriba que
le interrogó sobre este punto es clara y explícita: el primer precepto
consiste en amar al Señor Dios con todo el corazón, y con toda el
alma, y con toda la mente, y con todas las fuerzas (Mc 12,28-30.33 y
par). Este amor se demuestra concretamente con la observancia de
los mandamientos del Señor (1Jn 5,3; 2Jn 6). Efectivamente, amor
significa comunión con Dios, y por tanto conformidad plena con su
voluntad (Jn 15,10). El que ama conoce a Dios (1Jn 4,7); pero este
conocimiento según el lenguaje bíblico indica vida de comunión
profunda, como la que reina entre el Padre y el Hijo, por una parte, y
entre el buen pastor y sus ovejas, por otra (Jn 10,14s). Mediante el
amor uno permanece profundamente unido a Dios y a su Hijo, es
decir, vive en perfecta comunión con la santísima Trinidad (Jn
14,21.23; 15,9s; 17,26; 1Jn 4,12s).

Un amor al Señor tan total y tan profundo no puede ser conquistado


por el hombre, sino que es don de Dios, fruto de la circuncisión del
corazón (Dt 30,6); podríamos decir que es obra de la gracia divina.
David obtiene este don porque amaba a su creador y le cantaba
himnos con todo su corazón (Si 47,8). Esta gracia se consigue
mediante la sabiduría, que hace al hombre amigo de Dios (Sab
7,14.27). Jesús, en la última noche de su existencia en la tierra, pidió
al Padre que concediera a sus discípulos el don de su amor (Jn
17,26).

Israel durante su juventud, en el período de set noviazgo, amó al


Señor con ternura y sinceridad. Los profetas t Oseas y /Jeremías
cantan este período idílico de la historia del pueblo de Dios, cuando
Israel se dejó seducir por el Señor y vivió en intimidad profunda con
su Dios (Os 2,16s): ` Me he acordado de ti en los tiempos de tu
juventud, de tu amor de novia, cuando me seguías en el desierto, en
una tierra sin cultivar" (Jer 2,2). Pero este amor duró muy poco
tiempo (Os 6,4; Sal 78,36), más aún, pronto se hizo adúltero, ya que
Israel se prostituyó y anduvo tras otros dioses, con los que se enredó
largamente. El Señor, por labios de Oseas, acusa a su esposa de los
adulterios perpetrados con las numerosas prostituciones cometidas
con sus amantes y la amenaza con el castigo más severo (Os 2,4-15;
3,lss). Jeremías denuncia la perversidad de esa esposa que se obstina
en seguir a sus amantes, los dioses extranjeros (Jer 2,25), buscando
el amor lejos del Señor y traicionando continuamente a su esposo (Jer
2,33; cf Is 57,8). Pero el Señor castigará a esos amantes (Jer 22,22),
junto con su esposa infiel (Ez 16,35ss). En su estado de desolación,
después del severo castigo de Dios, Jerusalén no encuentra un solo
consolador entre todos sus amantes, a nadie que venga a enjugar sus
lágrimas (Lam 1,2). En realidad, la historia de Israel es una historia
de amor creativo y tierno del Señor (Ez 16,4ss), pagado por su
esposa con la infidelidad y la prostitución idolátrica (Ez 16,15ss.25ss),
cayendo continuamente en abominaciones y desvaríos (Ez 16,20ss).

Jesús acusa sobre todo a los escribas y fariseos de amar a Dios sólo a
flor de labios, mientras que su corazón está lejos de él (Mc 7,6 y par).
Realmente no aman a Dios (Lc 11,42), es decir, no aman al Padre
celestial, no viven para él (Jn 5,42). En el sermón de la montaña (!
Bienaventuranzas) Jesús proclama que el amor al dinero excluye el
amor a Dios; por tanto, el que ama a Dios, no puede servir a
mammón, porque el amor y el servicio de Dios son de carácter
totalitario y exclusivista (Mt 6,24 y par). El autor del Apocalipsis, en la
carta a la comunidad de Éfeso, reprocha la conducta de esta Iglesia al
haber abandonado su primer amor por el Señor (Ap 2,4).

El amor a Dios es el don celestial por excelencia que puede conceder


el Padre; esta gracia divina se da por medio del Espíritu Santo (Rom
5,5); Pablo y Judas se la desean a sus fieles (2Cor 13,13; Ef 6,23;
2Tes 3,5; Jds 2 21). Efectivamente, con este don se alcanza la
felicidad suprema, ya que todas las cosas concurren al bien de los que
aman a Dios (Rom 8,28). A éstos Dios les tiene preparados bienes
inimaginables (1 Cor 2,9). Desgraciadamente, este amor a Dios se
enfría en tiempos de persecución en el corazón de muchos; sin
embargo, la salvación está reservada a quien persevere hasta el fin
(Mt 24,12s).

El amor al Señor se demuestra concretamente guardando su palabra


y amando a los hermanos. El autor de la primera carta de Juan es
muy explícito en este sentido: el amor'a Dios alcanza su perfección en
el discípulo que guarda su palabra (1Jn 2,5; 5,3); el que no ama al
hermano, a quien ve, no puede amar al Dios, a quien no ve (1Jn
4,20).

La persona que amó de forma perfecta al Padre fue Jesús; lo amó


concretamente, llevando a cabo su plan de salvación, haciendo su
alimento de la voluntad de Dios (Jn 4,34), obedeciendo hasta el fondo
a su mandamiento de beber el cáliz amargo de la pasión (Jn 14,31;
18,11), realizando su obra reveladora y salvífica (Jn 17,4), que
alcanza su expresión suprema y perfecta en la cruz (Jn 19,28.30).

b) Amor y temor de Dios. La historia de Israel, esposa amada pero


adúltera, muestra la necesidad del temor del Señor, es decir, el miedo
a caer en la infidelidad. En efecto, el amor de Dios no se agota en la
esfera sentimental, sino que afecta a todo el hombre y se concreta en
la observancia de su palabra, de sus leyes. Por consiguiente, incluye
el temor reverencia) a traspasar sus preceptos, a fallar en las
cláusulas de la alianza. Por esta razón muchas veces en la Biblia se
asocia íntimamente el amor al temor de Dios. En este sentido resulta
especialmente claro el pasaje de Dt 10, I2s. Este amor y temor del
Señor lo demostró Israel rechazando claramente la idolatría,
observando los preceptos de Dios y escuchando su voz (Dt 13,2-5;
19,9). En los libros sapienciales encontramos pasajes que ponen en
paralelismo el amor y el temor del Señor, mostrando de este modo
que se trata de dos realidades muy parecidas (Si 2,15s; 7,29s).
c) El amor al lugar de la presencia de Dios. El israelita que se adhiere
al Señor y lo ama viviendo su palabra, no se olvida de su ciudad y de
su casa, sino que las ama profundamente, ya que es allí donde
encuentra a su Dios, experimentando su presencia salvífica en su
templo santo. El piadoso hebreo desea ardientemente la visión de
Dios en su casa, lo mismo que anhela la cierva las fuentes de agua
fresca; allí es realmente donde contempla el rostro del Señor (Sal
42,2ss). El salmista siente un amor apasionado por el templo de
Jerusalén, lugar de la gloria divina (Sal 26,8). Sión es la ciudad
amada por el Creador, que ha hecho morar en ella su sabiduría (Si
24,11). Por eso el salmista augura prosperidad para todos los que
aman a Jerusalén (Sal 122,6), y el profeta invita a la alegría y a la
exultación a todos los que la aman, ya que el Señor está a punto de
inundarla de paz (Is 66,10ss). El templo suscita igualmente el amor
tierno del piadoso israelita (Sal 84,2s). En Ap 20,9 la ciudad amada es
la Iglesia, que al final de los tiempos se verá asaltada por Satanás,
pero se salvará gracias a una intervención de Dios.

d) El amor al Hijo de Dios. El NT, centrado en la persona de Cristo, no


podía menos de resaltar el amor a esta persona divina. En el pasaje
de la conversión de la pecadora pública (Lc 7,36-50), el tercer
evangelista subraya el amor de esta mujer al Señor Jesús, poniéndolo
en contraste con la fría acogida de Simeón; aquí se presentan
íntimamente unidos el amor y la fe, puestos a su vez en relación con
el perdón de los pecados. Jesús exige de su discípulo un amor
superior al amor que se tiene al padre a la madre, al hijo o la hija (Mt
10,37); el tercer evangelista inserta en esta lista a la esposa, a los
hermanos y hermanas, y hasta a la propia alma, afirmando que para
seguir a Cristo hay que odiar a estas personas, esto es, que el amor a
Jesús tiene que ocupar el primer puesto de forma indiscutible (Lc
14,26).
Este amor al Verbo encarnado no es poseído, ciertamente, por los
judíos, que se muestran más bien sus enemigos irreductibles (Jn
8,42). Realmente ama a Jesús el que guarda sus mandamientos (Jn
14,15.21), es decir, su palabra (Jn 14,23). Se permanece en el amor
de Cristo observando sus preceptos (Jn 15,9s). El maestro reconoce
que sus amigos más íntimos lo han amado (Jn 16,27) porque han
observado la palabra de Dios dada al Hijo (Jn 17,6ss). Por esta razón,
Simón Pedro, a pesar del triste paréntesis de su negativa, puede
declarar a Cristo resucitado, que lo examinaba de amor: "Sí, Señor,
tú sabes que te amo... Tú lo sabes todo: tú sabes que te amo" (Jn
21,15-17).

En las cartas apostólicas se hace mención en repetidas ocasiones del


amor a Cristo. Pablo lanza el anatema, es decir, la excomunión,
contra el que no ame al Señor (ICor 16,22). Pedro recuerda a sus
fieles que aman a Jesucristo, aunque no lo vean (1Pe 1,8). El autor de
la carta a los Efesios desea la gracia de Dios a todos los que aman al
Señor Jesús (Ef 6,24). En efecto, el que ama al Padre, ama también al
Hijo que engendró (Un 5,1), y por eso se ve colmado de los favores
divinos y se verá coronado de gloria en el último día (2Tim 4,8). El
que ama a Jesús es amado por el Padre y por el Hijo (Jn 14,21); más
aún, se convierte en templo de la santísima Trinidad (Jn 14,23). Por
consiguiente, este amor es fuente de la vida, de la verdadera felicidad
y de la salvación plena.

e) El amor de Dios es fuente de felicidad y de gracia. La Biblia, para


estimular el amor del Señor, proclama en varias ocasiones y en
diversas tonalidades los bienes salvíficos que se derivan de esa
adhesión total a Dios y a sus preceptos. En el l Decálogo, donde se
prohíbe laidolatría, el Señor recuerda que, aunque castiga la culpa de
los padres en los hijos hasta la tercera y la cuarta generación para
quienes lo odian, sin embargo otorga su gracia abundantemente a
quienes lo aman y guardan sus mandamientos (Éx 20,5ss; Dt 5,9s).
En efecto, él Señor es "el Dios fiel, que guarda la alianza y la
misericordia hasta mil generaciones a los que lo aman y cumplen sus
mandamientos" (Dt 7,9; cf Neh 1,5; Dan 9,4). Efectivamente, el
Señor guarda a todos los que lo aman, mientras que dispersa a todos
los impíos (Sal 145,20). Dios bendice a quien es fiel a su alianza.

Con el amor concreto al Señor, observando y practicando sus


decretos, Israel experimentará la bendición y el amor de Dios en la
fecundidad de sus familias y de sus rebaños, en la abundancia de los
frutos ct la tierra y en la salud (Dt 7,13-15). La fertilidad de los
campos se presenta como consecuencia de este amor a Dios en-la
observancia de sus preceptos (Dt 11,13s). Deforma análoga, la
victoria sobre todas las naciones, incluso las más numerosas y
poderosas, dependerá de la prueba de amor de Israel, concretado en
la práctica de los mandatos del Señor (Dt 11,22s).~ Este amor será
fuente de prosperidad total y de felicidad plena (Dt 30,6-10) y
producirá la vida en abundancia (Dt 30,19s). La experiencia del amor
divino, de la gracia y de la misericordia salvífica del Señor está
reservada a los fieles y a los elegidos que confían en él y viven en la
justicia (Sab 3,9). La exaltación de Israel y la destrucción de sus
enemigos está ligada al amor de Dios (Jue 5,31). Amando
sinceramente al Señor es cómo los hijos de Abrahán gozarán de
tranquilidad, de paz y de gozo en su país, Palestina (Tob 14,7). Los
que aman el nombre del Señor tendrán en herencia las ciudades de
Judá, habitarán en ellas y gozarán de su posesión (Sal 69,36s). En la
experiencia de esta felicidad, los israelitas se verán también
acompañados por los extranjeros que se adhieran al Señor para
servirle, amando su nombre (Is 56,6s).

Para los sabios de Israel, el don o la gracia más grande que puede
dispensar Dios a cuantos lo aman es la sabiduría (Si 1,7s; Qo 2,26).
Los salmistas; por su parte, invocan la misericordia y la bendición de
Dios, fuente de gozo y de gracia, sobre cuantos aman su nombre y su
salvación (Sal 5,12s; 40,17; 70,5; 119,132). El que ama al Señor
experimentará su poderosa protección (Si 34,16), como ocurrió con
Daniel cuando fue liberado de la fosa de los leones y pudo exclamar:
"¡Oh Dios, te has acordado de mí y no has desamparado a los que te
aman!" (Dan 14,38), mostrando esa adhesión al Señor con la
fidelidad a su pacto y a sus preceptos.

Pablo, en sus cartas, presenta el amor de Dios como el bien supremo


y la fuente de la, gracia y de la felicidad, de la que no puede
separarnos ninguna potencia enemiga (Rom 8,31-39). El que ama de
veras a Dios vive en profunda comunión con él (ICor 8,3), y por eso
no hay fuerza alguna que sea capaz de arrebatar este tesoro del amor
divino. Dios, Padre bueno y todopoderoso, lo predispone todo para el
bien de los que lo aman (Rom 8,28ss) y prepara la corona de justicia,
es decir, de gloria, en la parusía para el que ama la manifestación del
Señor Jesús, es decir, para el que vive orientado hacia el encuentro
final con Cristo (2Tim 4,8). Efectivamente, esta corona de gloria es la
que Dios ha prometido a cuantos lo aman y demuestran su amor,
venciendo todas las tentaciones del mal (Sant 1,12ss). Los pobres a
los ojos del mundo heredarán esa gloria que Dios tiene prometida
para quienes lo aman (Sant 2,5). Este premio, que Dios prepara para
sus hijos que lo aman, supera toda capacidad de imaginación (lCor
2,9). ¿Por qué motivo obtendrá una gloria tan grande el que ama?
Porque en el amor divino el cristiano, elegido por el Padre antes de la
creación del mundo, vive en la santidad y en la justicia perfecta
durante todos sus días (Lc 1,75; Ef 1,3ss).

2. EL AMOR A LA SABIDURÍA Y A LA "TÓRAH". Un aspecto particular


del amor religioso, que se subraya sobre todo en los escritos
sapienciales, es el amor a la I sabiduría, encarnada en la ley de
Moisés. Se trata de un tema afín al anterior, ya que la sabiduría es
una realidad divina; es la hija primogénita del Señor, creada antes del
mundo y enviada por Dios a Israel para que plante su tienda en
medio de su pueblo a fin de instruirle, de adoctrinarle y de revelar su
palabra concretada en la tórah (Prov 8,22s; Si 24,3-32):

a) La invitación al amor. Los sabios de Israel no se cansan de


exhortar, con diversas expresiones y de diferentes maneras, a .amar
a la sabiduría, mostrando los efectos benéficos de ese amor (Sab
l,lss): "Adquiere la sabiduría...; no la abandones y ella te guardará,
ámala y ella te custodiará" (Prov 4,5-6). La sabiduría no es una
realidad imposible de encontrar ni impenetrable, sino que se deja
conocer fácilmente en su esplendor incorruptible por cuantos la aman
(Sab 6,12). En realidad, el sabio la ha buscado, porque la ha amado y
escogido por esposa: "Yo la amé y la busqué desde mi juventud traté
de hacerla mi esposa y quedé prendado de su hermosura" (Sab 8,2).

Este amor a la sabiduría se concreta en el amor a la verdad y a la


paz; por eso el profeta exhorta: "Amad la lealtad y la paz" (Zac 8,19).
Tan sólo los necios desdeñan este amor a la sabiduría (Prov 18,2),
mientras que "el que ama la instrucción ama la ciencia" (Prov 12,1).
Con este amor a la sabiduría el hijo alegra el corazón del padre (Prov
29,3).

b) El amor a la ley mosaica. La sabiduría divina se ha encarnado en la


tórah, la ley dada por Dios a través de Moisés (Si 24,22ss; Bar 4,1);
por eso el amor a la sabiduría se demuestra con la adhesión a los
preceptos del Señor. El sabio sentencia de este modo: "Amar la
sabiduría es guardar sus leyes" (Sab 6,18). El Sal 119 puede
considerarse como una exaltación del amor a la ley mosaica, a la
palabra de Dios. El autor confiesa que ama esta realidad divina (vv.
159. 163.167), proclama que encuentra su gozo y su salvación en el
gran anior a los preceptos del Señor (vv. 47s. 113) y exclama'¡Cuánto
amo tu ley!, todo el día estoy pensando en ella" (v. 97). Los
mandamientos de Dios son más preciosos que el oro más puro; por
esa razón los ama el salmista (v. 127). La palabra del Señor es
purísima y por eso la ama el justo (v. 140).

c) El amor a la ley-sabiduría es fuente de felicidad y de gracia. Con


esta adhesión a la palabra de Dios se alcanza la vida verdadera y el
gozo. En efecto, el que ama la ley del Señor obtiene una palabra
profunda (Sal 119,165). A1 que ama, la sabiduría le concede riqueza
y gloria, bienes imperecederos mejores que el oro fino y que la plata
pura, tesoros divinos (Prov 8,17ss). De este amor se derivan bienes
inconmensurables: esplendor que no conoce ocaso, inmortalidad y
riquezas innumerables (Sab 7,10s; 8,17s). Los frutos del amor de la
justicia son las virtudes (Sab 8,7). El amor a la sabiduría no sólo vale
más que el vino y que la música (Si 40,20), sino que es fuente de
vida, de gozo y de gloria (Si 4,11-14). El que muestra tal amor por la
sabiduría será amado a su vez por ella y obtendrá la verdadera
riqueza y la gloria inmarcesible.

3. EL AMOR AL PRÓJIMO. En la Biblia encontramos expresiones de


filantropía; sin embargo, el amor al prójimo tiene prevalentemente
motivaciones religiosas; más aún, algunas veces se inserta en la
experiencia salvífica del éxodo o se fundamenta en el amor del Hijo
de Dios a todos los hombres. Tiene más bien un sabor filantrópico la
sentencia sapiencial de Si 13,15ss, en donde el amor al prójimo se
considera como un fenómeno natural. Un tenor análogo conserva la
exhortación a amar a los esclavos juiciosos y a los siervos fieles (Si
7,20s). Sin embargo, en otros pasajes la motivación del amor al
prójimo es ciertamente de carácter sobrenatural, ya que esta actitud
se presenta como un precepto del Señor (cf Lev 19,18; Mt 5,43;
22,39), e incluso a veces el amor al hermano se fundamenta en el
amor a Dios, por lo que este segundo mandamiento es considerado
como semejante al primero sobre el amor al Señor (Mt 22,39). A este
propósito, Juan se expresa así en su primera carta: "Si alguno dice
que ama a Dios y odia a su hermano, es un mentiroso. El que no ama
a su hermano, al que ve, no puede amar a Dios, al que no ve. Éste es
el mandamiento que hemos recibido de él: que el que ame a Dios
ame también a su hermano" (1Jn 4,20-21). Más aún, el amor
auténtico al prójimo depende del amor a Dios: "En esto conocemos
que amamos a los hijos de Dios: en que amamos a Dios y guardamos
sus mandamientos" (1Jn 5,2).

En realidad, desde los textos más antiguos de la Sagrada Escritura la


relación religiosa con Dios está íntimamente vinculada al
comportamiento con el prójimo. El decálogo une los deberes para con
el Señor y para con los hermanos (Éx 20,1-17; Dt 5,6-21). Además,
muchas veces el amor al prójimo en la Biblia se fundamenta en la
conducta de Dios: hay que portarse con amor, porque el Señor ha
amado a esas personas (cf Dt 10,18s; Mt 5,44s.48; Lc 6,35s; 1Jn
4,l0s). No se trata, por consiguiente, de mera solidaridad humana o
de filantropía, ya que la razón del amor al prójimo es de carácter
históricosalvífico o sobrenatural. Por tanto, en la Sagrada Escritura el
hecho natural e instintivo del amor ha sido elevado a la esfera
religiosa o sobrenatural e insertado en la alianza divina.

a) ¿Quién es el prójimo al que hay que amar? El primer problema por


resolver, cuando se habla del amor al "prójimo", concierne al
significado de este término. La cuestión dista mucho de resultar
ociosa, ya que semejante pregunta se la dirigió también a Jesús nada
menos que un doctor de la ley (Lc 10,29). Para el AT, el prójimo es el
israelita, muy distinto del pagano y del forastero. En la tórah
encontramos el famoso precepto divino de amar al prójimo como a sí
mismo, en paralelismo con la prohibición de vengarse contra los hijos
del pueblo israelita (Lev 19,18). El prójimo, en realidad, indica al
hebreo (cf Éx 2,13; Lev 19,15.17).
En los evangelios, cuando se habla del amor al prójimo, se cita a
menudo el precepto de la ley mosaica (cf Mt 19,19; 22,39; Me
12,31.33) y se presupone, al menos en el nivel del Jesús histórico,
que el prójimo es el israelita. Pero en la parábola del buen samaritano
queda superada esta posición, ya que en ella el prójimo indica con
toda claridad a un miembro de un pueblo enemigo (Lc 10,29-36).
Jesús revolucionó el mandamiento de la ley mosaica que ordenaba el
amor al prójimo y permitía el odio al enemigo (cf Mt 5,43). En las
cartas de los apóstoles no pocas veces se apela a la Sagrada Escritura
para inculcar el amor al prójimo (Sant 2,8). En este precepto del
amor fraterno se ve el cumplimiento pleno de la ley (Gál 5,14; Rom
13,8ss).

b) El amor al forastero. La ley de Moisés no ignora a los emigrados, a


los que se establecen en medio de los israelitas, pero sin ser
israelitas. Éstos tienen que ser amados, porque también los hijos de
Jacob pasaron por la experiencia de la emigración en Egipto (Lev
19,33s). En efecto, Dios ama al forastero y le procura lo necesario
para vivir; por eso también los israelitas, que fueron forasteros
entierras de Egipto, tienen que amar al forastero por orden del Señor
(Dt 10,18s). El autor de la tercera carta de Juan se congratula con
Gayo por la caritativa acogida a los forasteros (3Jn 5s).

c) El amor a los enemigos. El Señor en el AT no manda amar a los


enemigos; más aún, en estos libros encontramos expresiones y
actitudes realmente desconcertantes para los cristianos. Así, las
órdenes de exterminar a los paganos y a los enemigos de Israel nos
dejan muy desorientados y hasta escandalizados [/.Guerra III].
Efectivamente, la historia del pueblo hebreo está caracterizada por
guerras santas, en las que los adversarios fueron aniquilados en un
auténtico holocausto, sin que quedara ningún superviviente ni entre
los hombres ni entré los animales (cf Éx 17,8ss; Núm 21,21ss;
31,1ss; Dt 2,34; 3,3-7; Jos 6,21.24; 8,24s). Más aún, la Biblia refiere
cómo Dios ordenó a veces destinar al anatema, es decir, al
exterminio, a todas las poblaciones paganas, sin excluir siquiera a los
niños o a las mujeres encinta (cf Jos 11,20; 1Sam 15,1-3). Además,
el Sal 109 contiene fuertes implicaciones contra los acusadores del
salmista que han devuelto mal por bien y odio por amor (vv. 4ss). En
otros lugares del AT se invoca la venganza divina contra los inicuos
(cf Sal 5,11; 28,4s; 137,7ss; Jer 11,20; 20,12, etc.). Sin embargo,
incluso antes de la venida de Jesús se prescriben en la tórah actitudes
que suponen la superación del odio a los enemigos, puesto que se
exige\la ayuda a esas personas (cf Éx 23,4s; Prov 25,21). Además,
en el AT algunos justos supieron perdonar y amar a las personas que
los habían odiado y perseguido. Los modelos más claros y
conmovedores de esta caridad los tenemos en el hebreo José y en
David. El comportamiento del joven hijo de Jacob resulta
verdaderamente evangélico y ejemplar. Fue odiado por sus
hermanos, hasta el punto de que tramaron su muerte; en vez de ello
fue vendido como esclavo a los madianitas (Gén 37,4ss. 28ss).
Cuando las peripecias de la vida lo llevaron al ápice de la gloria, hasta
ser nombrado gobernador y virrey de todo el Egipto, pudo haberse
vengado con enorme facilidad de sus hermanos. Por el contrario,
después de haber puesto a prueba su amor a Benjamín, el otro hijo
de su madre Raquel, se les dio a conocer, les perdonó, intentando
incluso excusar su pecado, y les ayudó generosamente (Gén 45,1 ss;
50,19ss).

También la historia de David parece muy edificante en esta cuestión


del amor a los enemigos. En efecto, el joven pastor, después de haber
realizado empresas heroicas en favor de su pueblo, fue odiado por
Saúl por su prestigio en aumento; más aún, este rey intentó varias
veces acabar con su vida y disparó contra él su lanza (1Sam 18,6-11;
19,Bss), le persiguió y lo acorraló (1Sam 23, 6ss.19ss; 26,1ss). En
una ocasión, mientras Saúl le perseguía, se le presentó a David la
ocasión de eliminar al rey de una simple lanzada. Pero el hijo de Jesé
le respetó la vida, a pesar de que sus hombres le invitaban a
vengarse de su rival (ISam 24,4-16; 26,6-20). Otro espléndido
ejemplo de amor a los perseguidores nos lo ofreció igualmente David
al final de su vida, con ocasión de la rebelión de su hijo Absalón; éste
quería destronar a su padre, y para ello sublevó a todo el pueblo,
obligando a David a huir de Jerusalén (2Sam 15,7ss); persiguió luego
al pequeño grupo que había permanecido fiel al rey y les atacó en la
selva de Efraín. Allí el rebelde se quedó enredado con su cabellera en
las ramas de una encina, y Joab, faltando a las órdenes dadas por
David, lo mató clavándole tres dardos en el corazón (2Sam 18,1-15).
Cuando el rey tuvo noticias de la muerte de su hijo tembló de
emoción, explotó en lágrimas y lloró, gritando amargamente: "¡Quién
me diera haber muerto yo en tu lugar, Absalón, hijo mío, hijo mío!"
(2Sam 19,1). Este comportamiento desconcertante irritó
profundamente a Joab, que reprochó a David amar a quienes lo
odiaban (2Sam 19,7).

En el sermón de la montaña no sólo se anuncia la regla de oro (Mt


7,12 y par), viviendo la cual se destruye toda enemistad, sino que se
prohíbe formalmente el odio a los enemigos; más aún, Jesús ordena
expresamente amar a esas personas, precepto realmente inaudito
para un pueblo acostumbrado a lanzar maldiciones contra sus
opresores y perseguidores (cf también los Himnos de Qumrán). El
pasaje de Mt 5,43-48 forma el último de los seis mil paralelismos o
antítesis de la amplia sección del sermón de la montaña, en donde se
recoge la nueva ley del reino de los cielos (Mt 5,21-48). Jesús, al
exigir el amor a los enemigos, se enfrenta con la praxis dominante y
se inspira en la conducta del Padre celestial, que no excluye a nadie
de su corazón y por eso concede a todos sus favores (Mt 5,44s; cf Lc
6,27-35). El modelo perfecto de este amor a los enemigos y los
perseguidores lo encontramos en la persona de Jesús, que no sólo no
devolvía los insultos recibidos y no amenazaba a nadie durante su
pasión (1Pe 2,21ss), sino que desde la cruz suplicaba al Padre por sus
verdugos, implorando para ellos el perdón (Lc 23,34). El primer
mártir cristiano, el diácono Esteban, imitará a su maestro y Señor,
orando por quienes lo lapidaban (He 7,59s).

d) El amor expía los pecados. En este contexto hemos de hacer al


menos una alusión al efecto purificador de la caridad. El pasaje de
Prov 10,12 contrapone el odio al amor, proclamando que, mientras
que el primero sólo origina disensiones y luchas, el amor cubre todas
las culpas. Esta sentencia es recogida por Pedro, el cual para
estimular al amor fraterno recuerda que con el amor se obtiene el
perdón de los pecados (1Pe 4,8).

4. EL AMOR CRISTIANO. En el NT el amor cristiano se presenta como


el ideal y el signo distintivo de los discípulos de Jesús. Éstos son
cristianos sobre la base del amor: el que ama al hermano y vive para
él demuestra que es un seguidor auténtico de aquel maestro que amó
a los suyos hasta el signo supremo de dar su vida por ellos. El que no
ama permanece en la muerte y no puede ser considerado de ningún
modo discípulo de Cristo.

a) ¡Amaos como yo os amo! Jesús invitó a los discípulos a una vida de


amor fuerte y concreto, semejante a la suya. En sus discursos de la
última cena encontramos interesantes y vibrantes exhortaciones
sobre este tema. En el primero de estos grandes sermones, ya desde
el principio, Jesús se preocupa del comportamiento de sus amigos en
su comunidad durante su ausencia; por eso les dice: "Os doy un
mandamiento nuevo: que os améis unos a otros. Que como yo os he
amado, así también os améis unos a otros. En esto reconocerán todos
que sois mis discípulos, en que os amáis unos a otros" (Jn 13,34s).
Este precepto del amor es llamado "mandamiento nuevo", ya que
nunca se había exigido nada semejante antes de la venida de Cristo.
En efecto, Jesús exige de sus discípulos que se amen hasta el signo
supremo del don de la vida, como lo hizo él (Jn 13,1ss); realmente,
nadie tiene un amor más grande que el que ofrece su vida por el
amigo (Jn 15,13). En el segundo discurso de la última cena el Maestro
reanuda este tema en uno de sus trozos iniciales, centrados
precisamente en el amor fraterno: "Éste es mi mandamiento: amaos
unos a otros como yo os he amado... Esto os mando: amaos unos a
otros" (Jn 15,12.17). Son diversos los preceptos que dio Jesús a sus
amigos, pero el mandamiento específicamente "suyo" esuno solo: el
amor mutuo entre los miembros de su familia.

Juan, en su primera carta, se hace eco de esta enseñanza de Cristo:


"Éste es el mensaje que habéis oído desde el principio: que nos
amemos los unos a los otros" (Un 3,11; ef Un 5s) hasta el don de la
vida siguiendo el ejemplo del Hijo de Dios (1Jn 3,16). Los cristianos
deben amarse los unos a los otros, concretamente, según el
mandamiento del Padre (Un 3,23). A imitación de Dios, que manifestó
su amor inmenso a la humanidad, enviando a la tierra a su Hijo
unigénito, los miembros de la Iglesia tienen que amarse los unos a los
otros: "Nosotros amamos porque él nos amó primero" (1 Jn 4,19). En
realidad, los cristianos tienen que inspirarse en su comportamiento en
el amor del Señor Jesús, que llegó a ofrecer su vida por su Iglesia (Ef
5,2).

El último día serán juzgados sobre la base del amor concreto a los
hermanos: el que haya ayudado a los necesitados tomará posesión
del reino; pero el que se haya cerrado en su egoísmo será enviado al
fuego eterno (Mt 25,31-46).

b) Amor sincero, concreto y profundo. En los primeros escritos


cristianos encontramos continuamente el eco de esta enseñanza de
Jesús. Efectivamente, Pablo en sus cartas inculca en diversas
ocasiones y en diferentes tonos el amor fraterno: el amor debe ser
sincero y cordial (Rom 12,9s), a imitación del suyo (2Cor 6,6). Los
cristianos de Tesalónica demuestran que son modelos perfectos de
ese amor sincero (1Tes 1,3; 3,6; 4,9). Entre los creyentes todo tiene
que hacerse en el amor (1 Cor 16,14), e incluso en los castigos hay
que tomar decisiones conformes con el amor (2Cor 2,6-8; 1Tim 1,5).
Efectivamente, lo que cuenta en la vida cristiana es la fe que actúa
mediante el amor (Gál 5,6); por eso hay que servir con amor (Gál
5,13). En particular, Pablo enseña que por amor para con el hermano
débil hay que renunciar incluso a las comidas lícitas y a la libertad, si
ello fuera ocasión para su caída (Rom 14,15; ICor 8,1 ss).

La generosidad a la hora de ofrecer a los necesitados bienes


materiales es signo de amor auténtico (2Cor 8,7s). Efectivamente, el
amor cristiano no se agota en el sentimiento, sino que ha de
concretarse en la ayuda, en el socorro, en el compartir; por eso el rico
que cierra su corazón al pobre no está animado por el amor (Un
3,17s). En realidad, el que sostiene que ama a un Dios que no ve y no
ama al hermano a quien ve es un mentiroso, porque es incapaz de
amar verdaderamente a Dios (Un 4,20). Pero también es verdad lo
contrario: la prueba del auténtico amor a los hermanos la constituye
el amor a Dios (Un 5,2).

Los padres y los pastores de las Iglesias se alegran y dan gracias a


Dios cuando constatan que el amor fraterno se vive entre los
cristianos (cf 2Tes 1,3; Ef 1,15; Col 1,3s.8; Flm 5,7; Ap 2,19); ruegan
además por el aumento del amor dentro de sus familias (1Tes 3,12;
Ef 3,16s; Flp 1,9; Col 2,lss) y amonestan a sus hijos para que
profundicen cada vez más en el amor (I Tes 5,12s; Heb 10,24; 2Pe
1,7), caminando en el amor según el ejemplo de Cristo (Ef 5,2),
soportando humilde y dulcemente las contrariedades, preocupados
por conservar la unidad del espíritu en el vínculo de la paz (Ef 4,1-6;
Flp 2, lss), viviendo la palabra de la verdad en el amor y creciendo en
Cristo, del que recibe su incremento el cuerpo de la Iglesia,
edificándose en el amor (Ef 4,15 s): "Por encima de todo, tened amor,
que es el lazo de la perfección" (Col 3,14); "Con el fin de llegar a una
fraternidad sincera, amaos entrañablemente unos a otros" (1Pe 1,22).
Todos los cristianos tienen que estar animados por el amor fraterno,
pero de manera especial los ancianos (Tit 2 2). Este amor, aunque
tiene como objetó específico a los miembros de la Iglesia incluye el
respeto para con todos (1Pe 2,17; 4,8).

El que está poseído por este amor fraterno permanece en la luz (Un
2,10), vive en comunión con Dios; que es luz (Un 1,5) ha pasado de
la muerte a la vida divina (Un 3,14). Efectivamente, Dios mora en el
corazón del que ama (Un 4,11 s). El amor se identifica realmente con
Dios; es una realidad divina, una chispa del corazón del Padre
comunicada a sus hijos, ante la cual uno se queda admirao, lleno de
asombro. Pablo exalta hasta tal punto esta virtud del amor que llega a
colocarla por encima de la fe y de la esperanza, puesto que nunca
podrá fallar: en la gloria del reino ya no se creará ni será ya necesario
esperar, puesto que se poseerán las realidades divinas, pero se
seguirá amando; más aún, la vida bienaventurada consistirá en
contemplar y en amar (1Cor 13). Por consiguiente, el que ama posee
ya la felicidad del reino, puesto que vive en Dios, que es amor. La
salvación eterna depende de la perseverancia en el amor (1Tim 2,15).
Dios, en su justicia, no se olvida del amor de los creyentes,
concretado en el servicio (Heb 6,10). Por eso los cristianos animados
por el amor aguardan con confianza el juicio de Dios (Un 4,17s).

c) El amor fraterno es fruto del Espíritu Santo. Esta caridad cristiana,


tan concreta y profunda, deriva de la acción del Espíritu Santo en el
corazón de los creyentes. En efecto, sólo el Espíritu de Dios puede
hacer que se obtenga la victoria sobre la carne, es decir, sobre el
egoísmo; y por tanto sólo él puede hacer que triunfe el amor. El
fragmento de Gál 5,16-26 se presenta en este sentido como muy
elocuente y convincente: mientras que las obras de la carne son el
libertinaje y el vicio "los frutos del Espíritu son: amor, alegría, paz,
generosidad, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, continencia" (v.
22).

Así pues, la caridad cristiana es obra del Espíritu Santo, que anima la
vida de fe; por esta razón Pablo puede atribuir el amor a esta persona
divina y expresarse de este modo: "Por el amor del Espíritu Santo, os
pido..." (Rom 15,30); "El Señor no nos ha dado Espíritu de temor,
sino de fortaleza, de amor" (2Tim 1,7). Efectivamente, "el amor de
Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu
Santo que nos ha dado" (Rom 5,5).

d) El amor de los pastores de las Iglesias. Los grandes apóstoles y


padres de las comunidades cristianas primitivas están animados de
una caridad muy profunda a sus discípulos e hijos; por eso se dirigen
a ellos con el apelativo queridos o amados (agapétói) (cf Rom 12,19;
I Cor 10,14; Sant 1,16; lPe 2,11; 1Jn 2,7; etc.). Pablo ama
tiernamente a sus hijos espirituales (Rom 16,5.8; 1Cor 4,17), porque
los ha engendrado ala fe. Por eso les amonesta con amor (1Cor
4,14s; 2Cor ll,1l): "En nuestra ternura hacia vosotros, hubiéramos
querido entregaros, al mismo tiempo que el evangelio de Dios nuestra
propia vida" (ITes 2,8). Alberga idénticos sentimientos hacia sus
colaboradores, especialmente por Timoteo (ICor 4,17; 2Tim 1,2; Ef
6,21; Col 1,7; 4,7). Los apóstoles y los presbíteros de Jerusalén
presentan a los dos misioneros Bernabé y Pablo como hermanos
queridos (He 15,25). Pablo desea ejercer su ministerio con amor y
con dulzura; por eso no quiere verse obligado a usar la vara (1 Cor
4,21). Escribiendo a Filemón, le suplica con amor por su hijo
Onésimo, sin querer apelar a su derecho de mandar libremente (Flm
9). En general, los apóstoles y los misioneros reciben también como
recompensa el amor de sus fieles (Tit 3,15), aunque Pablo observa en
algunas de sus comunidades cierta frialdad, a pesar de su fuerte amor
(2Cor 12,15). Para este gran apóstol de Cristo, el que es guía o
pastor de la comunidad debe buscar la piedad, la justicia, la fe y el
amor (1Tim 6,11); debe hacerse el modelo de los fieles en el amor (1
Tim 4,12), debe buscar el amor (2Tim 2,22). Pablo presenta su
conducta. y sus palabras sobre la fe y sobre el amor fundado en
Cristo Jesús como elemento de inspiración para la vida de Timoteo
(2Tim 1,13; 3,10).

e) El amor conyugal. Un aspecto muy interesante del amor cristiano,


tratado especialmente en la carta a los Efesios, tiene por objeto el
comportamiento de los esposos, es decir, la vida de la pareja,
consagrada con el sacramento del l matrimonio. El autor de la carta a
los Colosenses se limita a exhortar a los maridos: "Maridos, amad a
vuestras esposas y no os irritéis contra ellas" (Col 3,19). Al contrario,
en la carta a los Efesios se pone el amor conyugal en relación con la
entrega amorosa de Cristo a la Iglesia: el marido tiene que
compórtarse con su esposa de la misma manera que el Señor Jesús,
que entregó y sacrificó su vida por su esposa, la comunidad mesiánica
(Ef 5,25ss).

f) "Koinónía" y comunidad cristiana primitiva. Al hablar del amor


fraterno en el NT no se puede omitir una alusión a la vida de la Iglesia
apostólica. Tomando como base la descripción que de ella nos hace
Lucas en los Hechos de los Apóstoles, queda uno asombrado de la
perfecta comunión (koinónía) de corazón y de bienes dentro de la
comunidad de los orígenes: los primeros creyentes participaban
asiduamente de la vida común, además de las instrucciones de los
apóstoles de la eucaristía y de las oraciones (He 2,42). En aquella
Iglesia reinaba la comunión plena, vivían juntos y todo era común
entre todos los miembros (He 2,44s). En el segundo sumario de la
primera sección de los Hechos encontramos otro cuadro idílico de la
comunión perfecta entre los cristianos: "Todos los creyentes tenían un
solo corazón y una sola alma, y nadie llamaba propia cosa alguna de
cuantas poseían, sino que tenían en común todas las cosas" (He 4,32;
cf vv. 34s). Por consiguiente, se vivía el amor de forma perfecta.
IV. DIOS ES AMOR. El amor humano se presenta como un bien
inconmensurable, la fuente de la vida y de la felicidad, porque es una
chispa divina, un átomo de la vida de la santísima Trinidad. En efecto,
Dios es presentado y descrito como amor: el origen y la manifestación
plena del amor. Dios vive en el amor y de amor; actúa porque ama;
la creación y la historia encuentran su razón última en su amor. ¿Por
qué razón existe el universo? ¿Cuál es la causa última del origen de la
humanidad? ¿Por qué ha intervenido Dios en la historia del hombre,
formándose un pueblo al que hacer unas promesas de salvación y de
redención? ¿Por qué motivo, en la plenitud de los tiempos, envió el
Padre a su único Hijo a la tierra? La respuesta a estos y otros
interrogantes por el estilo se encuentra en el amor de Dios. El Señor
se portó así, actuó de esta manera, porque es amor (1Jn 4,8). La
historia atormentada de la humanidad, con tantos momentos
tenebrosos, llena de tantas atrocidades y fechorías, siempre resulta
iluminada por este faro poderoso de luz: el amor de Dios. La historia
de la salvación encuentra su explicación plena en el Dios-amor; la
economía de la redención tiene su primer origen en el amor del Padre,
es realizada por el amor de Dios y de su Hijo, es completada por el
Espíritu Santo, el amor personificado en el seno de la Trinidad, y
tiende a la consumación del amor en el reino celestial, el lugar o el
estado de la felicidad perfecta y del amor pleno.

1. EL AMOR DE DIOS A LA CREACIÓN Y AL HOMBRE. Todo cuanto


existe en el cosmos es obra de Dios; el universo es una criatura del
Señor. Éste es el primer artículo del "credo" israelita; la Biblia se abre
con la página de la creación del mundo: Dios dijo, y todo vino a la
existencia (Gén 1). Los cielos, la tierra, el hombre, los animales, las
plantas y las flores todo ha sido hecho por la palabra de Dios (cf Jdt
16,14; Is 48,13; Sal 33,6; Si 42,15). El cuarto evangelista proclama
que todo ha llegado a la existencia por medio del Verbo de Dios (Jn
1,3).
a) Dios crea por amor y ama a sus criaturas. Si todo cuanto existe ha
sido hecho por Dios, ¿por qué razón crea el Señor? ¿Por qué quiere
comunicar la existencia? En particular, ¿por qué hace Dios al hombre
partícipe de su vida inmortal? La respuesta última a estas preguntas y
otras semejantes se encuentra en el amor de Dios. El Señor crea
porque ama. En efecto, amor significa comunicación y don de los
propios bienes y del propio ser a los demás.

El AT no ofrece esta explicación de una forma explícita, pero la


presupone; por esta razón en los relatos de la creación (Gén 1-3) no
aparecen nunca los términos de amor: Allí no se afirma nunca que el
Señor cree por amor, porque desee entablar un diálogo de amor con
el hombre. Esta refle dón se hará luego, en las etapas máb recientes
de la revelación. Efectivamente, en el libro de la sabiduría se
proclama sin equívocos que Dios ama atodas sus criaturas (Sab
11,2326): "Tú amas todo lo que existe y no aborreces nada de lo que
hiciste pues si algo aborrecieras no lo hubieses creado" (v. 24). Este
pasaje insinúa por una parte que el Señor crea por amor, en cuanto
que afirma que si Dios odiase alguna cosa no la habría creado; luego,
por antítesis, se dice que toda criatura es fruto del amor del Señor.
Sobre todo se proclama aquí que Dios ama a todas las cosas que
existen y las conserva en su existencia porque las ama. Debido a este
amor divino, el creador tiene compasión de todos los hombres, incluso
de los pecadores.

El pasaje de Dt 10,18 contiene una afirmación interesante sobre el


amor de Dios incluso con los qué no son israelitas: el Señor ama al
forastero y le proporciona alimento y vestido. En el libro de l Jonás se
representa de forma viva y atrayente el amor inmenso del Señor a los
paganos. La cicatería y mezquindad del profeta que no quiere
colaborar en la salvación de los ninivitas y se entristece cuando, a su
pesar, Dios muestra su amor misericordioso a este pueblo, ponen
bien de relieve el interés amoroso y salvífico del Señor también por
los no judíos (Jon 1,1ss; 3,1ss; 4,1 ss. 10s).

En realidad, el Padre celestial ama a todos sus hijos de cualquier raza


y color, tal como se proclama expresamente en el NT. Dios quiere que
todos los hombres consigan la salvación (1Tim 2,4), puesto que los
ama y por esa razón envió a su Hijo unigénito a la tierra: "Porque
tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que quien crea
en él no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn 3,16). La muerte de
Cristo en la cruz por la humanidad pecadora constituye la prueba más
concreta y elocuente del amor de Dios a los hombres (Roan 5,8).

b) Dios ama a los justos. El Señor siente una caridad fuerte y'
creadora por todo cuanto existe, y en particular por todos los
hombres; pero ama especialmente a los que viven su palabra. Él, que
ama la sabiduría (Sab 8,3), la rectitud y la equidad (cf 1Crón 29,17;
Sal 11,7; 33,5; 37,28; Is 61,8), tiene un amor particular por las
personas justas. El que se porta como padre con los huérfanos y
como marido con las viudas, será amado más que una madre por el
Altísimo (Si 4,10). Por tanto, el misericordioso es amado tiernamente
como hijo de Dios. En realidad, el Señor ama a los justos y trastorna
los caminos de los impíos (Sal 146,Bs); ama a todos los que odian el
mal y guarda la vida de sus fieles (Sal 97,10). El camino del pecador
es detestado por ese Dios que ama la justicia (Prov 15,9). El justo es
amado por el Señor, aun cuando muera en edad joven (Sab 4,10); él
realmente poseyó la sabiduría, y por eso fue amigo de Dios y profeta;
pues bien, Dios ama al que convive con la sabiduría (Sab 7,27s).

De manera muy especial Dios ama a los discípulos auténticos de su


Hijo: los creyentes (Rom 1,7; ITim 6,2), aunque los corrige y los pone
a prueba (Heb 12,5s). Son objeto de este amor todos los que ayudan
generosa y gozosamente a los pobres (2Cor 9,7). Jesús puede
asegurar a sus amigos esta maravillosa verdad: son amados por el
Padre (Jn 16,27); pero él siente la necesidad de orar a Dios, para que
inunde a sus amigos de su amor (Jn 17,26).

2. EL AMOR DEL SEÑOR EN LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN. ¡Dioses


amor! Él ama siempre. Su amor no se limita al acto de crear, sino que
se manifiesta continuamente en la existencia de la humanidad. La
historia de la salvación es la revelación más elocuente y concreta del
amor del Señor; más aún, constituye el diálogo más fascinante de
amor entre Dios y el hombre.

a) El Señor ama a su pueblo. Dios ama a todas las criaturas y a todos


los hombres, pero sintió un amor especial por Israel y por Jerusalén,
su ciudad. El cántico de amor de la viña ilustra con imágenes
concretas y elocuentes todas las atenciones y solicitudes del Señor
por la casa de Israel (Is 5,1-7). Realmente, Dios amó a Jacob (Mal
1,2); por esta razón el Señor puede declarar a su esposa: "Con amor
eterno te he amado, por eso te trato con lealtad" (Jer 31,3). Efraín es
para Dios un hijo querido; un niño que hace sus delicias, ante el que
se conmueve con cariño (Jer 31,20). Israel fue amado por el Señor
desde su infancia, cuando vivía en Egipto, siendo educado por él con
ternura y atraído con lazos amorosos (Os 11,1-4). Este pueblo es muy
precioso para él; tiene un gran valor a los ojos de Dios, porque es
amado por él (Is 43,4). Jacob es el siervo del Señor, el elegido al que
ama (Is 44,2); por este motivo Dios, en su gran amor y en su
clemencia, lo rescató (Is 63,9). En efecto, tras el castigo por su
infidelidad al pacto de amor con el Señor, Israel será amado de nuevo
por su esposo divino (Os 2,25); y por eso será atendido, curado e
inundado de gozo, de paz y de bendición (Jer 31,3-14; 33,6ss). Dios
renovará a Sión por su amor y se alegrará de la salvación de su
pueblo (Sof 3,16s). El salmista celebra el amor del Señor a su pueblo
proclamando que ha sometido todas las naciones a Israel, porque lo
ha amado (Sal 47,5). Debido a este amor el Señor no quisolescuchar
las maldiciones de Balaán contra su pueblo, cambiándolas más bien
en bendiciones (Dt 23,6). Este amor divino se encuentra en el origen
del prodigio del maná, con el que el Señor alimentó a su pueblo
durante el éxodo (Sab 16,24ss). Este amor de Dios a Isratl fue
reconocido también por el pagano rey de Tiro (2Crón 2,10), mientras
que Pablo proclama que los judíos, incluso después de haber
rechazado a su mesías y salvador, son amados por Dios por causa de
los padres, puesto que los dones y la elección son irrevocables (Rom
11,28s).

Este amor del Señor a su pueblo tuvo una concreción especial en la


historia de Israel: la fundación de la ciudad del mesías.
Efectivamente, Jerusalén fue objeto de un amor especial de Dios. Los
salmistas y los profetas cantan este amor. El Señor ha escogido el
monte Sión porque lo ha amado (Sal 76,68); ama las puertas de Sión
más que cualquiera otra de las moradas de Jacob (Sal 87,2). Este
amor es fuente de esperanza y de gozo; por eso el profeta anima a
Jerusalén, asegurándole que el Señor la renovará por medio de su
amor (Sof 3,16s).

En efecto, el amor de Dios triunfará y obtendrá la victoria sobre el


pecado, la idolatría y la infidelidad de su pueblo, haciéndolo de nuevo
capaz de amar; el Señor lo unirá consigo para siempre en el amor y la
fidelidad (Os 2,21-25), transformará su corazón de piedra y le dará
un corazón nuevo, con el que conocerá espontánea y vitalmente a su
Dios (Jer 31,33s; Ez 36,26s): "Con amor eterno te he amado, por eso
te trato con lealtad" (Jer 31,3). Efectivamente, el amor del Señor a su
pueblo es más tierno y más fuerte que el de una madre a su hijo (Is
49,15).

Si Dios amó de forma tan concreta y eficaz a Israel, no ha


demostrado menos amor a su nuevo pueblo, la Iglesia (cf 2Tes 2,16).
Más aún; en la última fase de la historia de la salvación, con la
llegada del mesías y la creación de 1'a comunidad escatológica, el
amor del Señor ha alcanzado la expresión y la concreción suprema.
Dios amó al mundo hasta tal punto que le dio a su único Hijo, el cual
salva a la humanidad mediante la Iglesia (Jn 3,16s), recogiendo en la
unidad a los hijos dispersos de Dios, es decir, dando vida al nuevo
pueblo de Dios con su muerte redentora (Jn 11,51s). En efecto, los
miembros de la Iglesia, amigos de Cristo, son amados por el Padre
(Jn 14,21; 16,27; ¡Tes 1,4); este amor se concreta en la inhabitación
de la santísima Trinidad en el corazón de los fieles (Jn 14,23). La
prueba suprema del amor de Dios a su pueblo está constituida por el
envío del Hijo al mundo (Un 4, 9s:19), para que llevase a cabo la
redención de la humanidad con su muerte en la cruz (Rom 5,8). Este
amor de Dios por los miembros de la Iglesia se concretó en el don de
la filiación divina: "Mirad qué gran amor nos ha dado el Padre al hacer
que nos llamemos hijos de Dios y lo seamos de verdad" (Un 3,1). En
la oración de su "hora" Jesús pide para su pueblo el don de la unidad
perfecta, para que el mundo reconozca que el Padre amó a la Iglesia
como amó a su Hijo (Jn 17,23). El maestro pide que ese amor reine
siempre y se manifieste continuamente dentro de su comunidad (Jn
17,26).

Este amor divino es acogido con la fe (Un 4 16) y constituye el


secreto de las victorias de la Iglesia contra el mal y la muerte en
todos los tiempos, pero sobre todo bajo el peso de las pruebas y de
las tribulaciones (Rom 8,35ss). El pueblo de Dios realiza la
experiencia del amor divino mediante el don del Espíritu, que se
derrama en el corazón de los creyentes (Rom 5,5). Este amor
constituye el bien supremo de la Iglesia, del que no puede separarla
jamás ninguna fuerza o poderío adverso (Rom 8,38s). En realidad, el
Señor es el Dios del amor (2Cor 13,11); más aún, el amor tiene su
origen en él (1Jn 4,7), porque él es el amor (Un 4,8.16).
b) Amor benévolo y alianza. En el AT se le reserva un puesto muy
importante al aspecto del amor ligado a la alianza, pero
trascendiéndola, en cuanto que ese amor indica la misericordia del
Señor con su pueblo debido a su fidelidad al pacto sinaítico. No
solamente muestra Dios su amor tierno y benévolo a su esposa por
ser fiel a la alianza, sino que perdona las infidelidades de Israel y
sigue concediéndole su asistencia salvífica, ya que ama a su criatura
de un modo espontáneo, casi irracional, al menos según la lógica
humana. Pues bien, esta actitud divina de amor fiel y misericordioso
se expresa mediante el término hesed, imposible de traducir a las
lenguas modernas, y que se indica con varios sustantivos: gracia,
amor, misericordia, benevolencia. El Señor, por labios del profeta
Oseas, le promete a su esposa unirla consigo para siempre en la
justicia en la santidad, en el amor o benevolencia y en la misericordia
cariñosa (Os 2,21). En realidad, este Dios amó a Israel con un amor
tierno y lo condujo con benevolencia y amor (Jex 31,3). Él es el Dios
fiel, que mantiene la alianza y la benevolencia o amor a quienes lo
aman (Dt 7,9), pero de manera especial a su pueblo, debido al pacto
y al amor benévolo que juró a los padres (Dt 7,12). En estos últimos
pasajes se subraya la relación del hesed con la alianza; pero a este
propósito hay que recordar que el pacto sancionado por el Señor con
Israel no es de carácter paritario y prevalentemente jurídico, sino que
expresa el amor salvífico, la gracia, la benevolencia de Dios, aunque
con la connotación de su fidelidad a la alianza.

En el salterio se invoca o se exalta continuamente este amor benévolo


del Señor. El hombre piadoso que sufre suplica a Dios que lo salve y
le socorra con su benevolencia (Sal 6,5), que se acuerde de él según
su amor misericordioso (Sal 25,7). El Señor es verdaderamente el
Dios de la benevolencia (Sal 59,11.18); todos sus senderos son amor
benévolo y fidelidad (Sal 25,10), que superan los cielos (Sal 36,6). El
israelita, confiando en la gracia benévola de Dios (Sal 13,6), a
semejanza del rey (Sal 21,8), se verá siempre acompañado de este
amor misericordioso (Sal 23,6). En el Sal 89 se canta este amor
benévolo del Señor a David y su descendencia (vv. lss), que jamás
fallará, a pesar de la infidelidad del hombre (vv. 2938). El Señor
corona con este amor misericordioso incluso al pecador, renovándolo
con su perdón (Sal 103, 3ss). El amor benévolo del Señor es eterno;
por eso los salmistas invitan a todos a alabar y a dar gracias a este
Dios bueno por ese amor misericordioso tan grande (Sal 106,1;
107,1.8. 15; 117,1s; 118 1ss, etc.). Las intervenciones salvíficas del
Señor en la historia de Israel encuentran su fuente y su explicación en
este amor benévolo de Dios; más aún, la misma creación es fruto de
este hesed divino; el Sal 136 presenta poéticamente a Dios creador y
salvador, caracterizado por este amor benévolo: la frase "porque es
eterno su amor" forma el estribillo y la aclamación de cada versículo.

En este contexto no podemos dejar de llamar la atención sobre la


famosa endíadis hesed we'emet, que significa el amor fiel a las
personas con las que uno está ligado mediante un pacto por el vínculo
de la sangre. En el AT se apela frecuentemente a este amor fiel del
Señor para implorar su misericordia y su ayuda. Moisés en el Sinaí
apela en su oración a esta bondad benigna o amor misericordioso del
Señor, como fruto de su fidelidad al pacto (Éx 34,6s). El salmista
celebra y exalta este amor benévolo y fiel del Señor (Sal 40,11) y lo
invoca con ardor en las situaciones desesperadas de la existencia para
ser salvado (Sal 57,4). Con la protección de este amor fuerte y
misericordioso no hay por qué temer ninguna adversidad; por eso
mismo se apela a él (Sal 40,12; 61,8).

c) Los amigos de Dios. En el pueblo de Dios algunas personas en


particular son amadas por el Señor porque desempeñan una misión
salvífica y han amado con todo el corazón a su Dios, adhiriéndose a él
por completo, escuchando su voz y viviendo su palabra: tales son los
padres de Israel, Moisés, los justos, el rey David; se les llama amigos
de Dios. j Abrahán es el primer padre de Israel, presentado como
amigo del Señor (2Crón 20,7; Is 41,8; Dan 3,35; Sant 2,23). Dios
conversó afablemente con este siervo suyo y le manifestó sus
proyectos, lo mismo que se hace con un amigo íntimo (Gén 18 17ss).
También Benjamín fue considerado de tal modo porque fue amado
por el Señor (Dt 33,12). l Moisés es otro gran amigo de Dios: hablaba
con él cara a cara, lo mismo que habla un hombre con su amigo (Ex
33,11). Moisés fue amado por Dios y por los hombres; su memoria
será bendita (Si 45,1); en efecto, él fue el gran mediador de la
revelación del amor misericordioso del Señor (Éx 34,6s; Núm 14,18s;
Dt 5,9s). También l Samuel fue amado por el Señor (Si 46,13), lo
mismo que l David y Salomón (2Sam 12 24;1 Crón 17,16 [LXX]; Si
47,22; Neh 13,26), y lo mismo el siervo del Señor (Is 48,14).
Finalmente, todos los hombres fieles y piadosos son amigos de Dios
(Sal 127,2).

En el NT los amigos de Dios y de su Hijo son los creyentes (cf 1Tes


1,4; 2Tes 2,13; Col 3,12), y de manera especial los apóstoles y los
primeros discípulos, que son amados por el Padre y por Jesús (Jn
14,21; 17,23). Pero es preciso merecer esta amistad divina,
observando y guardando la palabra del Hijo de Dios (Jn 14,23s), es
decir, creyendo vitalmente en él (Jn 17,26). En el grupo de los
primeros seguidores de Cristo hay uno que es designado
especialmente por el cuarto evangelista como "el discípulo amado", es
decir, el amigo de Jesús (Jn 21,7.20), que se reclinó sobre el pecho
del maestro (Jn 13,23), es decir, vivió en profunda intimidad con el
Hijo de Dios, lo siguió hasta el Calvario (Jn 18,15; 19,26s) y lo amó
intensamente (Jn 20,2-5).

d) El Padre ama al Hijo. Dios ama las cosas creadas, a los hombres, a
su pueblo, y de manera especial a los justos y a los discípulos de
Cristo; pero el objeto primero y principal de su amor es su Hijo
unigénito,-el Verbo hecho carne. El Padre en persona proclama a
Jesús, su Hijo predilecto y amado; a la orilla del Jordán, durante el
bautismo de Cristo, hizo oír su voz: "Tú eres mi Hijo amado (ho
agapétós)"(Mc 1,11 y par). Análoga proclamación se oye en la cima
del Tabor, durante la transfiguración de Jesús (Mc 9,7 y par.; 2Pe
1,17). En la parábola de los viñadores homicidas se presenta al
heredero como hijo amado, con evidente alusión a Jesús (Mc 12,6 y
par.). El primer evangelista recoge también el oráculo profético de Is
42,1ss, en donde se presenta al mesías como el siervo amado por el
Señor (Mt 12,18).

En realidad, el Padre ama al Hijo ya desde la eternidad (Jn 17,24);


por eso lo ha puesto todo bajo su poder (Jn 3,35). Este amor único
explica la razón de por qué el Padre muestra al Hijo todo lo que hace
(Jn 5,20). Por otro lado, Jesús es Hijo obediente, dispuesto a ofrecer
su vida para cumplir la voluntad del Padre; por eso lo ama el Padre
(Jn 10,17). Este amor tan fuerte y profundo es análogo al que siente
Jesús por sus amigos (Jn 15,9). Por consiguiente, Cristo es el amado
por excelencia, el predilecto del Padre (Ef 1,6), que ha arrancado a los
creyentes del dominio de las tinieblas para trasladarlos al reino del
Hijo de su amor (Col 1,13).

e) La elección de amor. El Deuteronomio en particular presenta la


historia de Israel como una elección de amor: Dios escogió a este
pueblo, no porque fuera mayor y mejor que las demás naciones, sino
porque lo amó con un amor de predilección. El Señor escogió para sí a
este pueblo y lo hizo suyo con pruebas, signos, portentos, luchas, con
mano fuerte y brazo extendido, aplastando a naciones más
poderosas, para hacerlo entrar en posesión de la tierra prometida,
sólo porque amó a sus padres (Dt 4,34-38). Por amor a los padres, el
Señor se unió con los israelitas, escogiéndolos entre todos los pueblos
(Dt 10,15). La razón última de la elección y de la liberación de Israel
reside, por tanto, únicamente en el amor especial de Dios a este
pueblo (Dt 7,7s). El Señor escogió a Jacob porque lo amó más que a
Esaú (Mal 1,2s; Rom 9,13.25).
f) Amor, castigo y perdón. El Señor amó a Israel con un amor tan
apasionado y fuerte, que unió a esta comunidad consigo como a una
esposa. La liberación de la esclavitud de Egipto y la alianza del Sinaí
son consideradas por los profetas como realidades nupciales; la
epopeya del éxodo representa la celebración del matrimonio entre el
Señor e Israel. Desgraciadamente, esta esposa se mostró muy pronto
infiel; se prostituyó a los dioses extranjeros, abandonando al único
verdadero Dios. ¿Qué hará este esposo celoso después de las
traiciones y adulterios de su esposa? La castigará con dureza y
severidad (Os 9,15), la obligará a abandonar a sus amantes, la
llevará a una conversión radical y profunda, y luego le concederá su
perdón y la rehabilitará, destruyendo sus abominables pecados (Os
2,4-25; 3,1-5; 14,5-9): "Yo los curaré de su apostasia,, los amaré de
todo corazón, pues mi ira se ha apartado ya de ellos" (Os 14,5).

El Señor por boca de los profetas denuncia la maldad de su pueblo y


su escaso amor, amenazándole con desventuras y castigos (Jer
11,15ss). Dios repudia a la que era la delicia de su alma,
abandonándola en manos de sus enemigos (Jer 4,27ss; 12,7),
golpeándola con un castigo despiadado por su gran iniquidad (Jer
30,14s). Sin embargo, tras el castigo vendrá el perdón: el Señor
curará las heridas de su esposa y volverá a conducirla a la patria,
mostrándole su compasión y su amor creador (Jer 30,16ss; 31,3-
14.23-28). El profeta Ezequiel, en dos párrafos muy extensos y
cargados de pathos, presenta la historia de Israel en clave de amor
nupcial, traicionado por la esposa del Señor con sus adulterios y
prostituciones. Este pueblo está simbolizado en dos hermanas,
Jerusalén y Samaría, infieles a Dios desde su juventud, y por eso
mismo castigadas severamente. Después del tremendo castigo
reservado a las adúlteras, el Señor volverá a acordarse del pacto
sinaítico y establecerá con su esposa perdonada una alianza perenne,
renovándola y purificándola de todas sus inmundicias y suciedad (Ez
16; 23; 36,16-36).
Jerusalén, bajo los golpes del castigo divino que la aniquilaron y la
dejaron hecha una desolación (Lam l,lss), reconoce la justicia de Dios
(Lam 1,18ss) porque se ha convertido. Tobit en su cántico invita a
Israel a convertirse, ya que el castigo del destierro fue merecido
justamente por sus iniquidades (Tob 13,3ss). Este cambio radical
atrae el amor y la misericordia de Dios (Tob 13,8). Por lo demás, el
Señor asegura a su pueblo que lo hará resurgir, puesto que lo ama
como si no lo hubiera rechazado nunca (Zac 10,6).

En realidad, también el castigo es signo de amor; la prueba y la


corrección muestran el interés de Dios por su pueblo, para que se
convierta (Heb 12,4ss). El testigo fiel y verdadero reprocha con
severidad a la Iglesia de Laodicea su frialdad y sus miserias porque la
ama, y por eso la invita urgente y calurosamente a la conversión (Ap
3,19).

3. DIOS REVELA PLENAMENTE SU AMOR EN EL HIJO. El Señor se


manifestó concretamente en la historia de Israel como un Dios de
amor y de bondad, como un padre benévolo y piadoso que perdona
todas las culpas de su pueblo y lo cura de todas sus enfermedades (cf
Sal 85,2ss; 103, 3.13); pero la plenitud de. esta revelación del amor
la experimentamos en la fase final de la economía de la salvación, con
la venida a la tierra del Hijo unigénito de Dios.

a) Cristo es la manifestación perfecta del amor del Padre. El NT


proclama en varias ocasiones y sin equívoco alguno que la prueba
suprema del amor de Dios a la humanidad se nos ofreció en el don de
su Hijo, el unigénito. Por eso Jesús, con su persona y con su obra,
constituye la revelación plena del amor del Padre al mundo y a su
pueblo. Dios no habría podido imaginarse ni ofrecer un signo más
elocuente y más fuerte de su amor ardiente a los hombres pecadores:
"Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo único" (Jn
3,16). El Verbo encarnado constituye realmente la manifestación
suprema de la caridad inconcebible del Padre a la humanidad
dispersa, necesitada de redención y de salvación. Toda la persona de
Cristo es don del amor de Dios; en él el Padre revela perfectamente
los latidos de su corazón solícito por el mundo sumergido en las
tinieblas del pecado.

El cuarto evangelista no menciona expresamente en este pasaje la


muerte en la cruz del Hijo de Dios, aun cuando esté insinuada en el
contexto próximo, ya que poco antes quedó proclamada la necesidad
de que fuera levantado el Hijo del hombre a semejanza de la
serpiente de bronce en el desierto (Jn 3,14). Pablo, por el contrario,
declara deforma explícita que el signo supremo del amor de Dios para
con nosotros, pecadores, se encuentra en la muerte del Señor Jesús:
"Dios mostró su amor para con nosotros en que, siendo aún
pecadores, Cristo murió por nosotros" (Rom 5,8). El Padre nos ha
amado tanto que no perdonó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó
en sacrificio por todos nosotros (Rom 8,32). Cristo crucificado,
sabiduría de Dios (1Cor 1,30; 2,1-7), es, por consiguiente, la
concreción plena y perfecta del amor que el Padre tiene a su Iglesia
(Rom 8,39).

Juan en su primera carta sintetiza los dos aspectos de la revelación


del amor del Padre en el envío del Hijo y en el sacrificio del Calvario:
"En esto se ha manifestado el amor de Dios por nosotros: en que ha
mandado a su Hijo único al mundo para que nosotros vivamos por él.
En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios,
sino en que Dios nos ha amado a nosotros y ha enviado a su Hijo
como víctima expiatoria por nuestros pecados" (Un 4,9s). En efecto,
la presentación de Jesús como propiciación o propiciatorio o víctima
de expiación recuerda los pasajes en donde Jesucristo es proclamado
propiciación por nuestros pecados y por los de todo el mundo (Un
2,2), ya que el Hijo de Dios nos purifica de todo pecado con su sangre
(Un 1,7; cf Rom 3,25). En estos textos es bastante transparente la
alusión a la muerte redentora de Cristo. Por consiguiente, la
revelación o prueba suprema del amor del Padre a la humanidad
pecadora está constituida por el Hijo, que muere en la cruz por haber
amado a su Iglesia hasta el límite supremo (Jn 13,11ss). No puede
concebirse un amor más grande y más fuerte de Dios y de su Hijo.

b) Jesús ama a todos los hombres: los amigos y los pecadores. Cristo
es la manifestación perfecta de la caridad divina del Padre; en
realidad él amó de forma profunda y concreta, como solamente un
hombre de corazón puro y un verdadero Dios podía amar. Jesús amó
sinceramente a todos los hombres, a los justos y a los pecadores.
Observemos en primer lugar que él quiso profundamente a sus
amigos. Al ser verdadero hombre, sintió necesidad de la amistad, del
calor de una familia a la que amar. El grupo de los primeros discípulos
formó su familia espiritual, a la que estuvo siempre muy apegado y
cuyos miembros constituían sus amigos. En su segundo discurso de la
última cena les hace esta declaración de amor: "Vosotros sois mis
amigos... Ya no os llamo siervos...; yo os he llamado amigos..." (Jn
15,14s). Baste con este recuerdo, pues al hablar de los amigos de
Dios tocamos ya el presente tema.

El Verbo encarnado amó de verdad con corazón humano. El segundo


evangelio, en la relación de la vocación del joven rico, indica que
Jesús lo amó apenas su interlocutor le aseguró que había guardado
todos los mandamientos de Dios desde su niñez (Me 10,17-21 a).
Este amor se transformó pronto en conmiseración, ya que el joven no
acogió la invitación del maestro bueno, debido a las muchas riquezas
que poseía (Me 10,21b;25). Por el contrario, en el caso de Lázaro y
de sus hermanas, Jesús demostró una amistad sólida y profunda.
Marta y María pueden contar con el apoyo de Jesús; por eso, con
ocasión de la enfermedad mortal de su hermano, le envían este
recado: "Tu amigo está enfermo" (Jn 11,3). La indicación del
evangelista sobre el amor del maestro por la familia de Lázaro (Jn
11,5) insiste en que Jesús se había encariñado mucho con aquellos
hermanos. Pero la observación que pone más de manifiesto el
profundo amor de Cristo por el amigo muerto radica en sus lágrimas,
expresión de amor profundo, hasta el punto de que los judíos
comentan: "Mirad cuánto lo quería" (Jn 11,35s).

Jesús quiso sincera y profundamente a sus amigos, pero es el


salvador de todos los hombres (Jn 4,42); por consiguiente, no excluye
a nadie de su corazón; más aún, los pobres y los pecadores son el
objeto privilegiado de su caridad divina. Los sinópticos están de
acuerdo en señalar la familiaridad del maestro con los publicanos y los
pecadores; en la descripción de la vocación de Leví se mostró
vivamente este comportamiento de Jesús, que para los escribas y
fariseos se convierte en motivo de escándalo y ocasión de reproche y
contestación, ya que el maestro compartió su mesa y comió con los
pecadores, personas aborrecibles para los ` justos" (Me 2,13-16 y
par). La respuesta de Jesús resulta muy luminosa sobre su misión
salvífica, y por tanto sobre su conducta: "No tienen necesidad de
médico los sanos, sino los enfermos; no he venido a llamar a los
justos, sino a los pecadores" (Me 2,17 y par). El tercer evangelista
añade la expresión "para que se conviertan" (Lc 5,32), indicando que
el maestro con su amor intenta favorecer el cambio radical de vida de
los pecadores. Jesús es el médico divino, que ha venido a curar a la
humanidad herida mortalmente por el pecado; por eso, para poder
cumplir con su misión, es decir, para devolver la salud y salvar a los
pecadores, tiene que amarlos, tiene que interesarse por ellos, tiene
que visitarlos y estar cerca de ellos. Era tan evidente el interés, el
amor, la familiaridad de Jesús con los pecadores, que sus
calumniadores lo definían como "amigo de los publicanos y de los
pecadores" (Mt 11,19 = Lc 7,34).
El evangelista que describe con especial esmero la amistad de Jesús
con los pecadores es Lucas. Se deleita refiriendo palabras y
representando escenas de conversión, en las que resulta conmovedor
el cariño de Jesús por esas personas, que los ` justos" evitan y
desprecian. La descripción de la unción de los pies del maestro Por
parte de la prostituta en la casa del fariseo Simón constituye una
escena defino arte dramático y de profunda soteriología. La
confrontación de los dos personajes, el ` justo" y la pecadora, hace
resaltar por oposición no sólo la Se y el amor de la mujer, sino
también la compasión y la misericordia del Señor. En efecto, Jesús
defiende a la pecadora, y muestra al fariseo que la ha salvado su fe.
Jesús la ha acogido, se ha dejado tocar, lavar y ungir los pies por ella
(con grave escándalo del ` justo" Simón), porque la ama, ya que es
el salvador de todos los hombres (Lc 7,36-50). En el episodio de la
conversión de Zaqueo, que es una copia del relato de la vocación de
Leví, se subraya la finalidad salvífica de la amistad de Jesús con este
"archipublicano" (jefe de los publicanos). También aquí se recogen las
murmuraciones de .los justos por haberse autoinvitado el maestro a
la casa de ese pecador público: Jesús, después de proclamar que su
visita ha traído la salvación, declara que ha venido a buscar y a salvar
lo que estaba perdido (Lc 19,110). Cristo es realmente el buen
pastor, que va en busca de la oveja perdida y no desiste en su
empeño hasta haberla encontrado; cuando finalmente la encuentra, la
pone sobre sus hombros, lleno de gozo, y celebra una gran fiesta con
los amigos y los vecinos para hacerlos partícipes de su felicidad;
¡tanto ama el buen pastor a sus ovejas! (Lc 15,4ss). Obsérvese que
las tres maravillosas parábolas de la misericordia divina (Lc 15,3-32)
brotaron del corazón de Cristo para justificar su comportamiento
amoroso y familiar con los publicanos y pecadores frente a las
murmuraciones de los fariseos y de los escribas, los ` justos" (Lc
15,1-3). Pablo es uno de esos pecadores conquistados por el amor del
buen pastor; la gracia misericordiosa del Señor Jesús sobreabundó en
él con la fe y el amor que hay en Cristo (1Tim 1,14).
c) El amor de Jesús a la Iglesia. El Hijo de Dios amó a todos los
hombres y murió efectivamente para salvar a todos; pero siente un
amor único, un amor esponsal, por su Iglesia, formada por las
personas que acogen su palabra. En realidad, esa porción de la
humanidad es la esposa de Cristo, amada por el esposo mesiáiaico (cf
Mc 2,18ss y par; Mt 22,2ss; 25, lss; Jn 3,29) hasta el signo supremo:
"Antes de la fiesta de la pascua, sabiendo que le había llegado la hora
.... Jesús, que había amado a los suyos que estaban en el mundo, los
amó hasta el fin" (Jn 13,1). Cristo amó en serio a su Iglesia (cf 2Tes
2,13; Ef 2,4; Ap 3,9) y con un amor semejante al que el Padre tiene
por el Hijo (Jn 15,9), ofreciéndole la prueba suprema del amor: el
sacrificio de su vida por su salvación (Jn 15,13; 1Jn 3, I6); a
Jesucristo, "a aquel que nos ama y nos ha lavado de nuestros
pecados con su propia sangre y nos ha hecho un reino de sacerdotes
para su Dios y Padre, a él la gloria y el poder por los siglos de los
siglos" (Ap 1,5).

Jesús amó concretamente a su esposa, ofreciéndose a sí mismo por


ella como oblación y sacrificio de suave olor a Dios (Ef 5,2)). La
Iglesia es realmente la esposa de Cristo, objeto de su caridad divina;
ha sido salvada con su muerte redentora, actualizada y hecha eficaz
en los sacramentos: "Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo
por ella, a fin de santificarla por medio del agua del bautismo y de la
palabra" (Ef 5,25s).

Ninguna adversidad ni ninguna fuerza enemiga podrán separar a la


Iglesia del amor de su esposo: "¿Quién podrá separarnos del amor de
Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la
desnudez, el peligro, la espada?... Pero en todas estas cosas salimos
triunfadores por medio de aquel que nos amó" (Rom 8,35.37). Más
aún, este amor tan fuerte y tan ardiente del Señor Jesús, concretado
en el sacrificio de la cruz, tiene que constituir la fuerza dinámica, la
energía de la vida de la comunidad cristiana: "Porque el amor de
Cristo nos apremia pensando que si uno murió por todos, todos
murieron con él; y murió por todos para que los que viven no vivan
para sí, sino para quien murió y resucitó por ellos" (2Cor 5,14s).
Pablo experimentó en primera persona este amor del Señor Jesús, y
lo vive de forma profunda para corresponder al don de la caridad
divina, concretada en la muerte del Calvario: "Ya no vivo yo, pues es
Cristo el que vive en mí. Mi vida presente la vivo en la fe en el Hijo de
Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí" (Gál 2,20). Este
amor de Cristo trasciende y supera todo conocimiento humano; su
experiencia, tan divina y embriagadora, es un don del Padre, y por
eso hay que pedirlo en la oración (Ef 3,14-19); aquí el autor sagrado
pide por sus fieles, para que, arraigados y fundamentados en el amor,
consigan entender "cuál es la anchura, la longitud, la altura y la
profundidad y conocer el amor de Cristo, que sobrepasa todo
conocimiento" (vV. 18S).

BIBL.: BULTMANN R., El mandamiento cristiano del amor al prójimo


en Creer y comprender 1, Studium, Madrid 1974, 199-211; DE Gum1
S., Amistad y amor, en Diccionario Teológico Interdisciplinar I,
Salamanca 1982, 370-399; NYGREN, A., Eros y agape, Sagitario,
Barcelona 1969; SpicQ C., Agapé en el Nuevo Testamento; análisis de
textos Cares, Madrid 1977;

S.A. Panimolle
Autor: C. Morales Fuentes

¿Qué es el amor?

Para realmente amar hay que conocer qué es el amor. En tanto descubramos su profundidad,
creceremos más en la capacidad de amar

Partimos de la importancia de la familia como célula vital de la sociedad. Y la familia es una


comunidad de amor, pues es éste el motor vital de la misma. El amor, no en un sentido poético, sino en
una función unitiva y dinámica entre seres humanos.

Si hay algo que pueda explicar las acciones del hombre, su unión con otras personas, y por
consiguiente, todo el ciclo familiar que se inicia desde el matrimonio, ese algo es el amor.

El amor es el principio y fuente creadora, porque el hombre fue creado por amor y para el amor. Todas
las manifestaciones del ser humano hacen patente esta tendencia: el amor es lo que identifica a la
persona, la capacidad de amar es exclusiva del ser humano.

El vínculo entre las personas debe ser el amor, el principio interior, la fuerza permanente y la meta
última para vivir, crecer y perfeccionarse.

Esta podría parecer una postura ideal o muy utópica en los convulsionados tiempos en los que
vivimos; sin embargo es muy importante recordar también que aunque el amor es el motor que impulsa
la unión del hombre y la mujer en el matrimonio, y por ende, el nacimiento de una familia, es la
voluntad, el mutuo consentimiento del varón y mujer, sobre lo que se funda el matrimonio,
estableciendo un vínculo.

Para realmente amar hay que conocer qué es el amor. En tanto descubramos su profundidad,
creceremos más en la capacidad de amar.

EL AMOR ES LA DINÁMICA ESENCIAL DEL SER HUMANO.


Es dinámica, pues abarca diferentes etapas, se expresa en todos los ámbitos de la personalidad
humana y a lo largo de toda nuestra vida.

Es esencial, pues constituye el principio, la idea por la cual el hombre fue creado y el fin para el cual
existe. Esta será la actividad del hombre por toda la eternidad (“Ahora están presentes la fe y la
esperanza, pero al final sólo existirá el amor”).

El amor es la única razón que justifica la existencia de todos y cada uno. El universo entero se creó
por amor.

El amor es el acto supremo de la libertad, la actividad reciamente humana por la que una persona
elige y realiza el bien del otro.

REQUISITOS PARA EL AMOR AUTENTICO:

1.Querer amar, como un acto de voluntad humana. No por conveniencia o porque me gusta, me
apetece o me interesa.

2.Buscar el bien de la otra persona, lo que la hace feliz y la perfecciona. Buscar el bien del otro
precisamente en cuanto al otro, no por mí, sino desde mí para el otro, tal cómo es.

ELEMENTOS QUE SE DAN EN EL AMOR:

a)Corrobar en el ser.

Es el principio de todo amor de amistad, del amor verdadero. El amor tiene la virtud de “hacer real”
a la persona que amamos, no nos es indiferente, nos importa por encima de todas las cosas; es más, su
realidad llega a ser nuestra propia realidad. (“Deseo con todas las fuerzas de mi alma que existas”.
“¡Qué maravilla que hayas sido creado!”).

b)Deseo de plenitud.
El amor no sólo aspira a que el ser querido viva, sino que viva bien, que llegue a su plenitud, que
alcance su perfección, lo cual corresponde exactamente a uno de los fines del amor conyugal. ¡Qué
compromiso tan grande, como pareja, el lograrlo!

Únicamente el amor nos hace capaces de penetrar en una persona, admirar la grandeza y los matices
que encierra, y potenciarlos por el amor. ¿No es esto lo que hacemos con ese bebé que se nos da en el
hospital, incluso desde que sabemos que viene en camino? Qué bueno sería pensar lo mismo para
nuestra pareja, anticipando un proyecto de perfeccionarnos para todo lo espléndido que podemos
llegar a ser. (“No sabrás todo lo que valgo hasta que no pueda ser, junto a ti, todo lo que soy “, es
decir, “ te quiero por lo que eres y por lo que llegarás a ser”).

Esto incluye amarlo con sus defectos, poniendo los medios para que las imperfecciones vayan siendo
superadas.

Amar significa admiración, crecimiento para no decepcionar las esperanzas que otro puso en mí,
desde su amor. ¿Cómo? Saliendo de mi propio apego, sin absorber al otro, evitando dominar.

c)Entrega.

Es la culminación del amor; el que verdaderamente ama se da en la donación total de sí mismo con y
desde nuestro propio ser. Esto implica superar nuestros propios instintos y conquistar así la propia
plenitud como persona. El hombre es la única criatura que Dios ha amado por sí misma y no puede
encontrar su propia plenitud sino en la entrega de sí mismo a los demás.

El egoísta es incapaz de amar. La madurez afectiva amplía la capacidad de amar, de salir del “vivir
para mí” y alcanzar un “vivir para ti”.

Dicho de otra manera, “la primacía de ti, no para mí, sino en cuanto a ti”.
(“Cuando te conocí, se realizó un proceso intelectual de fuera, hacia dentro de mí. Hoy te amo y ese
amor sale de dentro”).

LA RECIPROCIDAD EN EL AMOR
Lo primero que siente quien ama que es la aprobación de sí mismo. Sabe que es alguien que tiene una
misión insustituible y lo mismo pasa con el que se sabe querido, ya que comprueba que existe, que su
existencia no es vana. (“Tu me haces ser, te necesito para ser yo”).

Requerimos de las personas para que refrenden nuestra existencia. Al sentirme amado, soy capaz de
dar vida a mis capacidades. Empujado por el amor del que me quiere, lograré ser quien soy. (“Por
esto te quiero y necesito ser amado”).

En este instante entra en juego la libertad para corresponder o no al amor, y aceptar las exigencias de
sentirse querido.

NECESIDAD DE CORRESPONDENCIA

No está pues, en la condición del ser humano, amar sin desear ser amado. El amor es cosa de dos,
sólo así se establece un equilibrio. El que ama merece la correspondencia del otro, porque
generosamente se dona y porque al mismo tiempo, se vuelve necesitado del otro.

¿Cómo compaginar el amor desinteresado con la idea de ser correspondido?


Cuando buscamos que el otro nos ame, buscamos su plenitud, que desarrolle su capacidad de amar y,
por lo tanto, su bien y su perfeccionamiento. Sólo se llega a la plenitud, cuando se da y se recibe en
ambas direcciones. (“ Donde no hay amor, pon amor y recibirás amor”).

FUERZA UNITIVA DEL AMOR

El amor genuino lleva a la unidad con el ser querido, en todos los campos, físico afectivo y espiritual.
Aún siendo completamente diferentes, somos complementarios. “Somos uno y busco tu bien como el
mío; lo que te sucede me afecta, como si me hubiese ocurrido a mí”.
Dos se funden en uno, conservando su propia identidad.

“Este es el síntoma supremo del amor: estar al lado del otro, en un contacto y proximidad profundos”.
(Ortega y Gasset)

ESTABILIDAD AFECTIVA Y EMOCIONAL DE LA PAREJA


El amor afecta toda nuestra dinámica física, psíquica y espiritual. Es dec ir, compromete todo nuestro
ser, cuerpo y alma.

Analicemos, entonces dos puntos:

1.Cómo se constituye el amor en la pareja.


2.Qué fundamentos tenemos que trabajar.

1.Cómo se constituye el amor en la pareja.


Dice Paul E. Charbonneau en su libro “Curso de Preparación para el Matrimonio” que inicialmente
una pareja se atrae, existe cierto interés y que por supuesto un sentimiento inicial por el otro, parte del
querer al otro. Pero que existen muchos factores que van a formar parte del cimiento sobre el que se
construya esta pareja, de su estructura interior, factores inherentes a nuestra propia existencia tales
como:

A) Dos Psicologías. El matrimonio es la unión de estas dos psicologías. Hombres y mujeres tenemos
dos maneras diferentes de sentir, de actuar, de reaccionar, pero además cada uno tiene su propio
temperamento, su propio carácter. Armonizar las psicologías de ambos requiere de todo nuestro
esfuerzo, nuestra atención para entender al otro, de nuestra empatía, pero además de una constante
comunicación.

B)Dos Personalidades. Mi carácter se refuerza con el tiempo, con la educación que recibí y con las
circunstancias por las que pasa. Normalmente no existe un proyecto consciente de educación en el
dominio de sentimientos, uso de la inteligencia o ejercicio de nuestra voluntad.

C) Dos Egoísmos. Me caso para ser feliz o para hacerte feliz. Miremos un poco hacia atrás, los
últimos cinco años antes de nuestro matrimonio en los que se da una progresiva independencia. Los
hombres empiezan a trabajar, a no ser dependientes económicamente, a establecer sus propios
horarios, rutinas, amistades y prioridades, y lo mismo pasa con las mujeres, su tiempo es menos
restringido, sus horarios, sus amistades, ya no pide permiso, y en el mejor de los casos, avisa dónde
estará; tiene cierta independencia económica, de gustos, elige su look personal, sin influencia de
nadie. En resumen empieza a ser independiente.
Y qué sucede al casarnos: existe una restricción de horarios, de actividades, incluso de amistades o
relaciones familiares. Es como un tráiler que va cuesta abajo a toda velocidad e intenta frenar, la
inercia opone resistencia.

D) Dos Educaciones diferentes que conviven.


Si nuestra relación se basa exclusivamente en ese sentimiento inicial, de dos estructuras que coinciden,
no va a resistir. ¿Por qué?

1.Puede empezar un proceso de enfrentamiento que nos lleva a tomar una distancia (Charbonneau, lo
llama “el abismo disfrazado”); esta distancia nos lleva a una total divergencia, cada cual tiene su
vida, sus gustos, sus propias actividades. Nos duele al principio, pero a todo nos acostumbramos,
incluso le tomamos gusto.

2.La soledad compartida. Si las circunstancias de vida son divergentes, si de las 24 hrs. del día,
pasamos de 12 a 15 horas solos, nos va a costar establecer una relación humana real con nuestra
pareja. El h ombre por un lado está acostumbrado a tratar relaciones mercantiles, transaccionales,
proyectando una relación más de “función” con la pareja, sin llegar a la esencia de la persona. La
mujer por su lado, vive en un mundo de niños, sus diálogos son en este sentido, con niños y en el mejor
de los casos, con las amigas sobre niños y de algún otro tema poco trascendente. Su desarrollo mental
en la etapa de crianza se encuentra en estado latente, frenado por sus propias circunstancias. Cuántas
veces tenemos la necesidad de hablar con adultos de lo que pasa en el mundo sin que ello aporte en
muchas ocasiones oportunidades para un verdadero desarrollo personal. Se vuelve una relación
marcada por la superficialidad. No hay un diálogo real, o la televisión suple este estar y platicar
contigo.

2.Qué fundamentos tenemos que trabajar.

Vimos que la estructura personal y vital es complicada. ¿Cómo salir de ello?


Nuestro compromiso debe ser real, libre, que genere esper anza, exigencia, sacrificio, alegría y
finalmente paz y para ello hay que preguntarnos, ¿qué es entonces el amor?
El amor va más allá de un “me gustas, siento lindo a tu lado, me atraes, te deseo”.
En mí debe existir la decisión de poner mi vida en tu vida para ser una sola cosa, sacrificando lo
necesario. El amor no necesariamente implica placer, que lo digan si no las mamás que despiertan 3 o
4 veces por la noche a dar de comer o cuidar a un hijo enfermo, no podemos hablar de que sea un
gozo que nos produzca placer inmediato, sin embargo, lo hacemos por amor y a la larga este produce
muchas satisfacciones.
Eso, aunado al tipo de “amor” que nos ofrecen lo medios, ya no digamos de felicidad cimentada en el
placer, sino también en lo modelos físicos que se nos presentan, belleza física de él y ella que generan
expectativas en el inconsciente, el músculo marcado, el pelo precioso, la figura perfecta, no son el
amor.

Dónde esta entonces la base del amor, ¿qué significa el “te quiero”?

El amor es una decisión, es un acto de voluntad, lo que podemos llamar Ley de la Convergencia: para
salvar el amor es necesario que la pareja se imponga por encima de las divergencias, que se vuelvan
uno al otro, aceptar la unidad, rechazando el alejamiento.
Porque cada momento de nuestra vida es una decisión. Elegir es renunciar. Qué prefiero, clavarme en
el trabajo o salir temprano para ver a mi familia. Salir con mis amigos o dedicarle esta noche a mi
esposa. Llegar a ver la televisión o sentarnos a platicar.

El cómo estableces el amor, dónde y cómo lo manejas, éstas deberían ser las interrogantes que nos
hiciéramos día a día y la respuesta se encuentra en nuestra propia esencia. El ser humano tiene tres
dimensiones: física, psicológica y espiritual.

Una relación no puede cimentarse en lo físico, el físico se deteriora, esto es obvio, pero también lo
psicológico empieza a fracturarse, disminuye la tolerancia hacia esos “ peq ueños defectos” y hábitos.
Los conflictos van dejando pequeños surcos en nuestra afectividad. Entonces podemos decir que la
esencia radica en esa dimensión espiritual.
Para permanecer para siempre, el cimiento de nuestra familia se debe encontrar en esa estructura
espiritual que se manifiesta en la afectividad, en nuestra sexualidad, en la formación de nuestros hijos

Es el cimiento, el espiritual, el que sostendrá el edificio que estamos construyendo hoy en nuestra
familia. Una vez puesta la cimentación podremos construir habitaciones, decorarlas, planear ventanas
que dejen entrar la luz y que nos dejen ver al exterior, puertas para recibir y para salir de nosotros a
los demás.
AMOR (AGÁPÉ, ÉROS, PHILíA)
F. Marín Heredia
DicPC

Todo el mundo sabe lo que es amor, y al mismo tiempo muy pocos saben lo que es el amor. Ocurre con
esto algo parecido a lo que escribía en otro tiempo Agustín de Sagaste refiriéndose al tiempo: <Si
nadie me pregunta por él, sé lo que es; pero, si quiero explicárselo a quien me lo pregunte, ya no sé lo
que es>'.

El amor lo penetra todo, cosa que se encargó de subrayar con maestría Cicerón: < No otra cosa es la
amistad que una total armonía de lo divino y lo humano en clima de benevolencia y afecto; y nada
mejor que ella, a excepción de la sabiduría, han regalado los dioses al hombre»2. Cierto que no es lo
mismo amor que amistad; pero, por su dinamismo interno, no pueden ignorarse ni lógicamente
separarse. Así pues, en el amor, lo mismo que en la amistad, entran lo divino y lo humano, si bien es
verdad que se mueven en niveles distintos; y puesto que se da el encuentro de la analogía así en el ser
como en el obrar, podemos razonablemente suponer que el tener a la vista sin prejuicios ni complejos
la diversidad de seres -respetando, por supuesto, sus respectivos niveles- nos dará un conocimiento
más completo del tema.

I. ASPECTO NEGATIVO. La visión de Empédocles, para quien el amor (philótés) y el odio (néikos)
son los principios cósmicos de atracción y repulsión de los elementos que componen el universo, nos
hace comprender que el amor, además del acto más envolvente y radical del hombre que expresa su
capacidad de existir como ,"persona, constituye la fuerza universal de integración que se derrama a
todos los seres desde la cúspide, donde Dios aparece creando ante la mirada complacida y festiva de
la Sabiduría (Prov 8,27-31), dando a entender con ello que todo nace del amor, sin el cual padece
violencia; de ahí la reflexión, tan justa como real, de que < las creaturas todas quedaron sometidas al
desorden, no porque a ello tendiesen por sí mismas, sino por culpa del hombre que las sometió; y
abrigan la esperanza de quedar ellas, a su vez, libres de la esclavitud de la corrupción, para participar
de la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rom 8,20s).

Si ahora queremos centrar la imagen y definir el amor, debemos empezar por lo que este no es, ya que
esa fuerza radical aflora en una cantidad de sentimientos que podrían deformar u ocultar su verdadero
rostro en vez de revelarlo. Lo primero que hemos de aclarar es que el amor no es un >'sentimiento. El
sentimiento es algo adjetivo, adventicio; el amor en cambio es algo sustantivo. El hombre tiene
sentimientos amorosos que habitan en él, pero él habita en su amor3. Si no es un sentimiento, tampoco
es el amor un deseo: se desean manjares, drogas, actos de venganza, cosas que en sí mismas no
implican amor. Por lo demás, deseo y amor caminan en direcciones opuestas: el deseo tiende a
absorber al objeto -de ahí la figura platónica del cazador y la buberiana del coleccionista-, al paso
que el amor impele hacia fuera -es centrífugo- y mueve a hacer del otro el verdadero centro de
gravedad del amante. Tampoco se puede identificar con la pasión, la cual, aunque personificada por
Otelo o Werther, está más cerca de un estado patológico y obsesivo que, en vez de plenificar, lleva al
descalabro.

El amor, concebido como hijo de la pobreza (penía) y de la riqueza (póros), esto es, como búsqueda
-por indigencia- de lo que no se posee sin estar completamente desposeído de ello, es excluido por
Aristóteles de su dios, concebido como Motor inmóvil, pues eso implicaría una imperfección. Por otra
parte, de la indigencia brota sin duda el deseo, pero no necesariamente el amor.

Resumiendo, podemos decir que el amor no es algo esporádico, adjetivo, que brote del desequilibrio o
de la penuria, ni una fuerza tan mediocre que deba estar ausente del Absoluto. Dada su centralidad,
hemos de abordarlo desde un ángulo de positividad que entrañe la solidez de unos buenos cimientos.

II. ASPECTO POSITIVO. Hay algo de capital importancia, que ensancha notablemente el horizonte y
puede servirnos de punto de partida. Me refiero a la idea de que el amor es plenitud, llenura. Por eso,
mientras la suma Razón aristotélica no ama, la Biblia no sale de su asombro al proclamar que < Dios
es amor» (Un 4,8), plenitud de la que todos hemos recibido (Jn 1,18). No brota, pues, de la indigencia
del fruto por madurar, sino de la riqueza del fruto ya maduro que se ofrece en alimento. Qué clase de
plenitud sea el amor se desprende del hecho de mostrársenos, como indica santo Tomás de Aquino,
como pulsión unificante', que hace de amado y amante una sola carne. Este estar el uno en el otro en
que consiste el amor, implica estar cada uno fuera de sí -esto significa precisamente éxstasis-, que es
la mejor manera de estar en sí. Además, esa pulsión hacia la unidad es un manar constante, una
instalación (J. Marías) desde la que se afirma al otro por sí mismo, deseándole todo bien. Por tanto, es
un impulso unificante, continuo y desinteresado -benevolente, no concupiscente-; y tiene carácter de
respuesta, motivada por un burbujeo perenne de fascinación.

Por otra parte, este impulso radical, que en absoluto responde a la atracción con que el Creador lo
llama todo a la existencia, se extiende a la totalidad de los seres. De modo que, así como en el conocer
hay conocimiento de personas y de cosas, así también en el amar hay amor de personas y de cosas. Y
no se pueden mezclar ni confundir: a una persona no se la debe amar asimilándola a una cosa, como
hacen frecuentemente los padres con los hijos, los maridos con sus esposas o los jefes con sus
subalternos. Debe, pues, primar lo personal, ya por una parte, ya por ambas; así, debe uno amar algo
como persona -sin violentarlo ni maltratarlo-, y a alguien como a persona, sin pretender dominarla.

III. PROYECCIÓN DE AMISTAD. El amor va de dentro a fuera: es un don que necesita ser aceptado,
unos ojos que buscan otros ojos, una mano al encuentro de otra mano, una pregunta en demanda de
respuesta. Pero puede ocurrir que el don no sea aceptado, que no se crucen las miradas ni se
estrechen las manos ni se obtenga una respuesta. Quiero decir con esto que el amor, como el ser todo
de la persona, es dialógico; se lanza imperiosamente en busca de un tú con quien plenificarse. Por eso
afirma Buber que el hombre se torna un Yo a través del Tús: en el nosotros encuentra su justa
dimensión.

Esto significa que el amor es un comienzo que tiende a consumarse en la amistad y que, por lo mismo,
no es igual amor que amistad. Toda amistad supone amor, a no ser que se la quiera convertir en vano
pasatiempo; por el contrario, no todo amor supone amistad. A esto me refería al afirmar que el don
puede no ser aceptado, que pueden no cruzarse las miradas o estrecharse las manos y obtener una
respuesta. Por tanto, no todo amor supone amistad, porque puede no ser correspondido, dando paso
con ello a los que llamamos amores desgraciados.

Si queremos saber lo que es la amistad, siguiendo las imágenes aludidas, esta es don aceptado, cruce
efectivo de miradas, apretón real de manos, respuesta puntual a una pregunta. Con otras palabras,
amistad es amor en 'diálogo, en virtud del cual cada una de las partes da y recibe.

Comoquiera que el amor se extiende a todo, parece lógico pensar que la amistad debe ser universal.
Pero universalidad no es igualitarismo: hay una serie de circunstancias por las que el amigo de todos
no puede serlo de igual manera con todos. Supuesto que el amor no es cuantificable -se debe amar
totalmente a cualquiera-, tenemos que admitir, sin embargo, que este se verifica de modos diversos y
con cualidades diversas. Por tanto, en torno al núcleo de un amor total giran en círculos concéntricos
diferentes tipos de amistad: amiga con amiga, amigo con amigo, amiga con amigo... Y el círculo más
representativo, en el que el diálogo de amor se entabla de manera única e irrepetible, que es el que
ocupan esposo y esposa en el éxtasis permanente del uno en el otro en una sola carne.

Llegamos con esto al punto más interesante de nuestra reflexión. Me refiero a la necesidad ineludible
de alcanzar el equilibrio entre lo uno y lo múltiple, entre el amor siempre total y su verificación en los
diferentes círculos y niveles de amistad. Ahí no puede haber mezcla ni confusión. Como en una
composición musical se produce armonía cuando las notas son y se mantienen distintas, así también en
la amistad, cuando los diversos niveles se mantienen distintos, se produce el salto a lo universal:
amigos de todos desde la propia e indestructible identidad; como sucede en Dios, cuya unidad se
expresa y revela en el abrazo de las tres personas distintas.

IV EROS, AGÁPÉ, PHILÍA. En griego philéó es el término más utilizado para designar el afecto entre
personas. Eráó y érós expresan el amor como un bien codiciado y deseado. El eros tiene algo de
demoníaco, en tanto que, en la búsqueda del éxtasis, es arrinconada la razónb. Por su parte, el verbo
agapáó y el sustantivo agápé se usan con significados más bien vagos, entre los cuales el más
característico es el de predilección. Este verbo es utilizado ya desde Homero, pero no así el sustantivo,
que corresponde al griego tardío y fuera de la Biblia es muy difícil encontrarlo'. En el lenguaje
neotestamentario ha adquirido un significado riquísimo, expresando la plenitud de relación entre Dios
y el hombre y la nueva relación que el cristianismo establece entre un hombre y otro.

No basta con afirmar que para Platón el éros es la fuerza central que mueve el alma de los hombres a
buscar lo bueno, hermoso y verdaderos. El mismo Platón admite que el éros es como una locura o
manía', coincidiendo con Hesíodo, que ve en él una pasión ciega'°.

Debemos admitir que en el éros hay una innegable ambigüedad. Naturalmente, no es ambigüedad en
lo pensado, sino en el pensante, o mejor, en el amante. Dicho de otro modo: esas distintas facetas
-ponen de manifiesto una tendencia fáctica a identificar y confundir el impulso de amor con el instinto,
lo sexuado con lo sexual, lo universal con la promiscuidad.

El éros, como bien observa Zubiri, no es que excluya la agápe, es que la pone en peligro de traición.
Lo que caracteriza al éros, que camina por cumbres bordeando abismos, es la falta de equilibrio;
siendo un impulso sublime, se halla en riesgo constante de despeñarse. El éros descubre, en término
bíblicos, la condición propia del que ha nacido fuera del Paraíso y necesita todo el poder creador de
Dios para recuperar el equilibrio original. Es aquí donde se produce la gran revelación del amor en
perfecto equilibrio, que define la esencia misma de Dios, el cual, en expresión del apóstol Juan, «es
agápe» (Un 4,8). Y no es esta una afirmación gratuita, sino que brota de una experiencia humana
impresionante. En efecto, según el propio Juan, «a Dios no lo ha visto jamás nadie, pero el Hijo
unigénito nos lo ha dado a conocer» (Jn 1,18). Por tanto, mirando a Jesús, ver al cual es ver al Padre
(Jn 14,9), observando su amor nunca desmentido, llegó a la conclusión de que Dios es agápe: el
impulso más genial continuo y desinteresado hacia la unión, ya sea en el dentro como en el fuera de la
Trinidad.

Jesús encarna y verifica como nadie lo de que «no hay mayor amor que el de quien da la vida por sus
amigos» (Jn 15,13). Por eso en la cruz se revela el amor total, que no desiste o cede ni ante la muerte,
con ser muerte de cruz (Flp 2,8).

De todo esto se deduce que el éros no puede ser pista de despegue hacia la philía, hacia la amistad, a
no ser que, equilibrado por la agápe, se transforme en lo que Orígenes llamaba érós ouránios, amor
celeste. Pero un celeste que implica, no una realidad diluida o aparente -doceta, al fin-, sino una
realidad recreada, capaz de alcanzar las más altas cotas humanas, precisamente por beber en el
manantial más alto: en Dios.
Digamos para acabar que la agápe divina, por la cual y para la cual somos, tiene también carácter de
respuesta a la fascinación del ser por parte de quien con razón es llamado amante de la vida (Sab
11,26). Esta es lar razón metafísica que postula de la agápe una actitud decidida de amistad universal,
capaz de cambiarle la cara al mundo mediante el abrazo del nosotros.

VER: Amor (agápé, éros, philía), Caridad, Diálogo, Donación, Relación y persona.

BIBL.: BOYLAN E., El amor supremo, Rialp, Madrid 19633; BUBER M., Yo y Tú, Nueva Visión,
Buenos Aires 1974; BUSCAGLIA L., Amor. Ser persona, Plaza & Janés, Barcelona 1995; CASPER B.,
Amor, en H. KRINGS ET ALIA, Conceptos Fundamentales de Filosofía I, Herder, Barcelona 1977, 70-
78; LAíN ENTRALGo P, Sobre la amistad, Espasa-Calpe, Madrid 1986; MARÍAS J., Antropología
metafsica, Revista de Occidente, Madrid 1970; MARION J. L., Prolegómenos a la Caridad, Caparrós,
Madrid 1993; ORTEGA Y GASSET J., Estudios sobre el amor, Salvat, Estella 1985; ZUBIRI X.,
Naturaleza, Historia, Dios, Editora Nacional, Madrid 1959.

F. Marín Heredia
¿CUAL AMOR?

Se presentan aquí algunos puntos principales de la encíclica Deus caritas est del Papa Benedicto XVI.

¿Qué piensa las personas acerca del amor?

- Virgilio justamente afirma en Las Bucólicas: "El amor vence todo («omnia vincit amor»), y agrega:
«Et nos cedamus amori » cedamos también nosotros al amor".

- Dante, en su "Divina Commedia", afirma es el "amor que mueve el sol y las demás estrellas"
(Paraìso, XXXIII, v. 145). En Dante, luz y amor son una sola cosa: son la potencia creadora
primordial que mueve el universo.

- El término amor se ha convertido hoy en una de las palabras más usadas y abusadas, a la que le
atribuimos significados totalmente diferentes: se habla de amor de la patria, del amor por la profesión,
del amor entre amigos, del amor por el trabajo, del amor entre padres e hijos, entre hermanos y
familiares, del amor por el prójimo y del amor a Dios.

- Aún teniendo múltiples y diversos significados e interpretaciones:

· la palabra amor es "una palabra primordial, expresión de la realidad primordial; simplemente no se


puede abandonarla, sino que debe retomarla, purificarla y llevarla a su esplendor originario, para que
pueda iluminar la vida humana y llevarla por la recta vía".

· el amor entre el hombre y la mujer emerge como arquetipo del amor por excelencia, en relación al
cual, a primera vista, todos los otros tipos de amor palidecen. Alma y cuerpo participan
indisolublemente en la realización de este amor y se le abre al ser humano una promesa de felicidad
que parece irresistible.

¿Cuáles son las objeciones que acerca del amor se le ponen a la iglesia?
- Hay quien objeta: La Iglesia

· no hace amarga con sus mandamientos y prohibiciones la cosa más bella de la vida, es decir, el
amor?

· no condena el "eros" (el amor de atracción) y acepta únicamente el "agape" (el amor de entrega
desinteresada)?;

· no es adversaria de la corporeidad, de la sexualidad humana?;

· no presenta un mensaje, el del amor, que resulta hoy desactualizado e ineficaz?

·- De hecho vivimos en una época en la que:

· la hostilidad y la avidez parecen superpotencias;

· se asiste a la apoteosis del odio y de la venganza, llegando a asociarles incluso el nombre mismo de
Dios.

- A tales objeciones, el Papa responde a través de las páginas de la encíclica, desarrollando el tema
del amor.

¿De dónde brota el amor?

En la concepción cristiana, el amor proviene de Dios, aún más Dios mismo es el Amor: "Dios es amor;
quien está en el amor vive en Dios y Dios en él" (1Jn 4, 16). Decir que "Dios es amor" equivale a
afirmar que Dios ama.
¿Cuáles son las dimensiones del amor?

"El amor tiene tres dimensiones, manifestaciones: eros, philia, ágape (caritas)..

¿Cuáles son las características del eros ?

- El eros tienen estas principales características:

· significa el amor "mundano" ;

· se encuentra como enraizado en la misma naturaleza del hombre

· en la Biblia, tiene su origen en la bondad del Creador ;

· quiere elevarse "en éxtasis" hacia Dios, llevarnos más allá de nosotros mismos ;

· puede ser degradado a puro "sexo", mercancía, una simple "cosa" que se puede comprar y vender. En
tal caso:

* se da una degradación del cuerpo humano, el cual no está más integrado en la totalidad de la
libertad de nuestra existencia, no es más expresión viva de la totalidad de nuestro ser, sino que viene
como rechazado en el campo puramente biológico;

* el hombre mismo se convierte en mercancía, está privado de su dignidad, deshumanizado.

- El eros requiere un camino de ascenso, de renuncia, de purificación y de curación. Tiene necesidad


de disciplina para donar al hombre, no el placer de un instante, sino un cierto saborear del vértice de
la existencia, de aquella felicidad a la que tiende todo nuestro ser.
- Sólo así el eros se puede transformar en agape: de esta manera el amor por el otro no se busca más a
sí mismo, sino que se traduce en preocupación por el otro, disposición al sacrificio por él y también
apertura al don de una nueva vida humana.

¿Qué se entiende por philia?

Por philia se entiende el amor de amistad. Este viene retomado y profundizado en el Evangelio de
Juan para expresar la relación entre Jesús y sus discípulos.

¿Qué características tiene el amor entendido como agape (caritas)?

El amor entendido como agape:

· es un amor oblativo: el amor se convierte en atención del otro y por el otro. No se busca más a sí
mismo, la inmersión en la exaltación de la felicidad; busca en cambio el bien del amado: se hace
renuncia, está listo para al sacrificio, aún más, lo busca. La felicidad del otro se vuelve más
importante que la propia felicidad. No se quiere sólo recibir, sino dar, y es en esta liberación del yo
que el hombre se encuentra a sí mismo y se llena de gozo;

· es "éxtasis", no en el sentido de un momento de exaltación, sino estasi como camino, como éxodo
permanente del yo cerrado en sí mismo hacia su liberación en el don de sí, y de esta manera el
reencuentro de sí, mejor dicho, el descubrimiento de Dios: "Quien busque salvar su propia vida la
perderá, quien en cambio la pierda la salvará" (Lc 17, 33), dice Jesús;

· no es solamente un sentimiento. Los sentimientos van y vienen. Es también un sentimiento, pero no


sólo eso: implica todas las dimensiones y las manifestaciones de la persona. El amor compromete
también la voluntad y la inteligencia. Con su palabra, Dios se dirige a nuestra inteligencia, a nuestra
voluntad y a nuestro sentimiento de manera que podamos aprender a amarlo "con todo el corazón y
con toda el alma";

· busca lo definitivo, en el doble sentido: de la exclusividad ("sólo a esta única persona"), y en el


sentido del "para siempre". El amor comprende la totalidad de la existencia en cada una de sus
dimensiones, incluso la del tiempo. No podría se de otro modo, porque la promesa mira hacia lo
definitivo: el amor mira a la eternidad;

· no es algo extraño, puesto a un lado o incluso contra el eros, sino que eros y agape están unidos entre
ellos.

¿Cómo están unidos el eros y el agape entre sí?

- El "amor" es una única realidad, aunque con diferentes dimensiones. Una u otra dimensión puede
emerger mayormente. En realidad eros y agape no permiten que se les separe completamente el uno
del otro. Eros y ágape no se oponen, sino que se armonizan entre ellos. Quando encuentran su justo
equilibrio, se realiza la verdadera naturaleza del amor.

- El eros inicialmente es ansioso, ascendente -fascinación por la gran promesa de felicidad-


acercándose al otro, buscará cada vez más la felicidad del otro, se preocupará más por él, se donará y
deseará "ser para" el otro. Así el momento del ágape se inserta en el eros; de otra manera el eros
decae y pierde también su misma naturaleza. Por otra parte, el hombre no puede tampoco vivir
exclusivamente en el amor oblativo, descendente. No puede solamente donar, debe también recibir.
Quien quiere donar amor, debe él mismo recibirlo.

- Los Padres de la Iglesia han visto significada, en la narración de la escala de Jacob, esta
inseparable conexión entre ascenso y descenso, entre el agape que busca a Dios y el ágape que
transmite el don recibido (cfr. Gn 28, 12; Gv 1, 51).

- El amor por tanto, que inicialmente aparece sobretodo como eros entre hombre y mujer, debe
transformarse interiormente en agape, en don de sí al otro, y esto precisamente para responder a la
verdadera naturaleza del eros.

- En el matrimonio monogámico, que corresponde a la imagen del Dios monoteísta, resplandece el


encuentro del eros con el ágape. El matrimonio basado sobre un amor exclusivo y definitivo se
transforma en imagen de la relación de Dios con su pueblo y viceversa: el modo de amar de Dios se
convierte en la medida del amor humano. Este estrecho nexo entre eros, ágape y matrimonio en la
Biblia no encuentra casi paralelo fuera de ella.

¿Qué lugar ocupa el agape en el cristianismo?

Es el fundamento y el centro de la fe cristiana. De hecho:

- Dios crea todo por amor.

- El hombre es creado por Dios-Amor para amar y con la capacidad de amar. Decir que se ha sido
creado a imagen de Dios, quiere decir que nos asemejamos a Dios en el amor.

- Dios ama gratuitamente al hombre, y lo ama de modo infinito. En Enfecto:

· es más íntimo a mí de cuanto yo lo sea mí, me conoce mejor de lo que puedo conocerme ;

· perdona el pecado del hombre ;

· se hace Él mismo hombre en Jesucristo, para que el hombre llegue a ser hijo de Dios.

- Jesucristo:

· en Él Dios ha asumido un rostro y un corazón humano ;

· es el Amor que se dona hasta la muerte: muere y resucita, para salvar al hombre ;

· incluso se hace nuestro alimento en la Eucaristía: lo que significaba estar de frente a Dios se
convierte ahora, mediante la participación en la donación de Jesús, en participación en su cuerpo y en
su sangre, llegando a ser unión íntima y profunda con Él ;
· mientras nos une a Él nos une entre nosotros, constituyéndonos en una sola grande familia: la
Iglesia: "Porque hay un solo pan, nosotros, aún siendo muchos, somos un solo cuerpo: todos de hecho
participamos del único pan", dice San Pablo (1Cor 10, 17).

- El agape en el cristianismo:

· es la realidad más grande: "Pero más grande de todas es la caridad" (1Cor13, 13);

· "se encuentra al inicio del ser cristiano. De hecho en la base del ser cristiano no hay una decisión
ética o gran idea abstracta, sino más bien el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, con
el Amor, que da a la vida un nuevo horizonte y la justa, definitiva dirección ;

· incide a nivel personal, social, cultural proponiendo un estilo de vida que rompe el círculo de lo
efímero y del egoísmo ;

· lleva a considerar al hombre siempre como ser uni-dual, en el que espíritu y materia se compenetran
el uno al otro ;

· no anula las legítimas diferencias, sino que las armoniza en una unidad superior, que no es impuesta
desde el externo, sino que, desde el interno, da forma, por así decirlo, al conjunto ;

· funde juntos el Amor de Dios y el amor del prójimo: en los más pequeños encontramos a Jesús mismo
y en Jesús encontramos a Dios. Yo amo, en Dios y con Dios, incluso la persona que no me cae bien o
que no conozco. Él quiere que nosotros lleguemos a ser sus amigos. En el "culto" mismo, en la
comunión eucarística está contenido el ser amados y el amar, a su vez, a los demás. Una Eucaristía
que no se traduzca en amor concretamente practicado está en sí misma fragmentada".

- El hombre puede actuar el agape, en cuanto:

· es creado a imagen de Dios-Amor y es amado por Dios, y por lo tanto ama en la totalidad de sus
potencialidades ;

· recibe como don junto con el Bautismo y la Confirmación, al Espíritu Santo.


- "El agape implica un camino de crecimiento que no está jamás concluido y completado; se
transforma en el curso de la vida, madura y por eso resta fiel a sí mismo. El amor, de hecho, no se
encuentra bello y listo, sino que crece; por así decirlo nosotros podemos aprenderlo lentamente de
manera que, cada vez más, abrace todas nuestras fuerzas y nos abra el camino para una vida recta".

- A la pregunta de Dostoevskij: ¿Cuál belleza salvará al mundo? la respuesta es: la impresionante


belleza del Amor de Dios.

¿El amor puede ser impuesto?

"Siendo que Dios nos amó primero (cfr. 1Gv 4, 10), el amor ya no es solamente un «mandato», sino
que es una respuesta al don del amor con el que Dios viene a nuestro encuentro.El «mandamiento» del
amor se hace posible sólo porque no es puramente exigencia: el amor puede ser «mandado», porque
primero es donado.
El amor no se puede "exigir". Dios no nos ordena un sentimiento, sino que nos hace experimentar su
amor. Y de aquí, como respuesta, puede brotar también en nosotros el amor. En el cristianismo el amor
no es una imposición, sino una propuesta, un ejemplo. Un don se puede aceptar o rechazar. La
grandeza de Cristo es: yo soy para quien me quiere.
El dar supone por tanto el adquirir: lo que nos permite amar es el hecho de que hemos sido amados.
Nuestro amor es la respuesta al don del amor con el que Dios viene a nuestro encuentro. Así como un
niño cuando sea adulto sabrá amar si de pequeño ha sido amado por su madre y su padre, así el ser
humano sabe donar porque primero ha recibido, ha experimentado el amor de Dios".

¿Es verdaderamente posible amar a dios aún no viéndolo?

- "En efecto, ninguno jamás ha visto a Dios tal como El es en sí mismo. Y sin embargo Dios no es para
nosotros totalmente invisible, no ha permanecido para nosotros simplemente inaccesible. Dios nos ha
amado primero, dice la Primera Carta de Juan (cfr. 4, 10) ) y este amor de Dios ha aparecido en
medio de nosotros, se ha hecho visible en cuanto Él «ha mandado a su Hijo unigénito en el mundo,
para que tuviésemos la vida por él» (1 Jn 4, 9). Dios se ha hecho visible: en Jesús nosotros podemos
ver al Padre (cfr. Jn 14, 9).

- Podemos amar a Dios, visto que Él no ha permanecido a una distancia inaccesible, sino que ha
entrado y entra en nuestra vida. Viene hacia nosotros, hacia cada uno de nosotros:

· con su Palabra, contenida en la Sagrada Escritura;

· en los Sacramentos, mediante los cuales obra en nuestra existencia, especialmente en la Eucaristía;

· en la liturgia de la Iglesia, en su oración;

· en la comunidad viva de los creyentes: en ella nosotros experimentamos el amor de Dios, percibimos
su presencia y aprendemos así también a reconocerla en las cosas de cada día;

· en el encuentro con nuestro prójimo, en particular con personas tocadas por Él y transmiten su luz;

· en los acontecimientos mediante los cuales Él interviene en nuestra vida;

· en los signos de la creación que nos ha donado.

- Dios no sólo nos ha ofrecido el amor, sino que lo ha vivido primero y plenamente, y toca de tantas
maneras a nuestro corazón para suscitar nuestro amor como respuesta".

¿Acaso la Fe disminuye la capacidad de amar del ser humano?

En ningún caso. Antes más bien: la fe nos educa para amar más allá de los límites que la historia, la
cultura, la política, el carácter. Gracias a la fe se aprende a mirar a las otras personas, no sólo con los
ojos y los sentimientos propios y con los propios sentimientos, sino según la perspectiva de Jesucristo.
Todo creyente en Cristo puede amar más y mejor. Quien va hacia Dios no se aleja de los hombres, sino
que, en cambio, se acerca más a ellos.

¿Qué modelo tenemos de agape?

- Jesucristo es el modelo por excelencia.


"El de hecho es el Amor encarnado de Dios. En El el eros-ágape alcanza su forma más radical. En su
muerte en cruz, Jesús, donándose para elevar y salvar al hombre, expresa el amor en la forma más
sublime. Él se dona para levantar al hombre y salvarlo.

- Con este acto de ofrecimiento Jesús ha asegurado una presencia duradera a través de la institución
de la Eucaristía, en la que bajo las especies del pan y del vino, se dona como nuevo maná que nos une
a Él. Participando en la eucaristía, también nosotros somos implicados en la dinámica de su donación.
Nos unimos a Él y al mismo tiempo nos unimos a todos a los que Él se dona; llegamos a ser de este
modo todos "un solo cuerpo". De este modo amor por Dios y amor por el prójimo se funden
verdaderamente".

¿Por qué la iglesia realiza el servicio de la caridad?

"El servicio de caridad pertenece a la esencia de la Iglesia, como la administracion de los


sacramentos y el servicio del anuncio del Evangelio. Estos tres servicios se presuponen recíprocamente
y no pueden ser separados.

- La Iglesia nunca puede sentirse dispensada del ejercicio de la caridad como actividad organizada de
los creyentes y, por otro lado, nunca habrá situaciones en las que no haga falta la caridad de cada
cristiano individualmente, porque el hombre, más allá de la justicia, tiene y tendrá siempre necesidad
de amor.

- La organización eclesial de la caridad no es una forma de asistencia social que se agrega


casualmente a la realidad de la Iglesia, una iniciativa que se podría dejar también a otros. Esa forma
parte de la naturaleza de la Iglesia. Como el Logos divino corresponde al anuncio humano, la palabra
de la fe, así al Agape, que es Dios, debe corresponder el agape de la Iglesia, su actividad caritativa.
- El amor al prójimo es tarea de cada fiel, como también de toda la comunidad eclesial a todos los
niveles: comunidad local (parroquia), Iglesia particular (diócesis), Iglesia universal. El acto
totalmente personal del agape no puede jamás quedarse en una cosa meramente individual, sino que
debe en cambio llegar a ser un acto esencial de la Iglesia como comunidad: necesita por tanto de la
forma institucional que se expresa en el actuar comunitario de la Iglesia.

- La conciencia de tal tarea caritativa ha tenido relevancia constitutiva en la Iglesia desde sus inicios
(cfr. Hch 2, 44-45) ) y muy pronto se manifestó la necesidad de una cierta organización como
presupuesto para su mejor puesta en práctica. Así, en la estructura fundamental de la Iglesia surgió la
"diaconía" como servicio del amor al prójimo, ejercitado comunitariamente y en modo ordenado, un
servicio concreto, mas al mismo tiempo también espiritual (cfr. Hch 6, 1-6). CCon la progresiva
difusión de la Iglesia, este ejercicio de la caridad se confirmó como uno de sus ámbitos esenciales".

La actividad caritativa de la iglesia ¿es contraria a la justicia?

- "Desde el siglo XIX se ha planteado una objeción contra la actividad caritativa de la Iglesia: ésa
estaría en contraposición con la justicia e terminaría por actuar como sistema de conservación del
status quo. Con el cumplimiento de obras de caridad individuales la Iglesia favorecería el
mantenimiento de un sistema injusto, rindiéndolo en algo soportable y frenando así la rebelión y el
potencial cambio hacia un mundo mejor".

- Queriendo responder a tal objeción, es necesario afirmar que:

· se necesita obrar constantemente para que cada uno tenga lo necesario y ninguna sufra miseria ;

· el egoísmo de personas individuales, de grupos y de estados está siempre al acecho, y por tanto es
necesario luchar contra ello ;

· más allá de la justicia, el hombre tendrá siempre del amor, que es lo único que da alma a la justicia.
¿No puede la iglesia dejar este servicio a la otras organizaciones filantrópicas?

La respuesta es: no, la Iglesia no lo puede hacer. "Esa debe practicar el amor por el prójimo también
como comunidad, de otro modo anunciaría al Dios del amor en modo incompleto e insuficiente. El
empeño caritativo tiene un sentido que va más mucho más allá de la simple filantropía. Así, en
definitiva, es El mismo a quien nosotros llevamos en el mundo que sufre. Cuanto más consciente y
claramente lo llevamos como don, tanto más eficazmente nuestro amor cambiará al mundo y
despertará la esperanza que va más allá de la muerte". (Benedicto XVI, Carta a los lectores de
Familia cristiana , febrero 2006).

¿Cuáles características tiene la actividad caritativa de la iglesia?

La actividad característica de la Iglesia, para ser auténtica y eficaz:

· salvaguarda su propia identidad: esa, de hecho, "además del primer significado concreto de ayudar
al prójimo, posee esencialmente también aquel de comunicar a los otros el amor de Dios, que nosotros
mismos hemos recibido. Esa debe hacer en algún modo visible al Dios viviente. (...) Dios y Cristo en la
organización caritativa no deben ser palabras extrañas; esas en realidad indican la fuente originaria
de la caridad eclesial. La fuerza de la Caritas depende de la fuerza de la fe de todos los miembros y
colaboradores" ;

· se basa, más que sobre la competencia profesional, "sobre la experiencia de un encuentro personal
con Cristo, cuyo amor ha tocado el corazón del creyente suscitando en él el amor por el prójimo. El
programa del cristiano es el programa de Jesús: un corazón que ve. Este corazón ve dónde hay
necesidad de amor y actúa en manera consecuente";

· tiene como Magna Carta el himno a la caridad de San Pablo (cfr. 1Cor 13s), que hace evitar el
riesgo de degradar en puro activismo;

· se acompaña necesariamente de la oración. "El contacto vivo con Cristo evita que la experiencia de
la desproporción de la necesidad y de los límites del propio obrar puedan, por un lado, empujar al
agente de la caridad a la ideología que pretende hacer ahora aquello que Dios, según parece, no logra
o, del otro lado, convertirse en una tentación a la inercia ante la impresión de que, en cualquier caso,
no se puede hacer nada. Quien ora no desperdicia su tiempo, incluso si la situación parece empujar
solamente a la acción, ni pretende corregir los planes de Dios, sino que busca -siguiendo el ejemplo de
María y de los Santos- sacar la fuerza del amor que vence toda oscuridad y egoísmo presente en el
mundo".

· se realiza en comunión con los Obispos: sin este vínculo, las grandes acciones eclesiales de caridad
podrían estar amenazadas, en práctica, de disociarse de la Iglesia e identificarse como organismos no
gubernativos, como una común organización asistencial: en tales casos, su filosofía no se distinguiría
de la Cruz Roja o de las agencias de la ONU ;

· es independiente de partidos e ideologías. La actividad caritativa de la Iglesia "no es un medio para


cambiar el mundo en modo ideológico y no está al servicio de estrategias mundanas, sino que es
actualización aquí y ahora del amor, del cual el ser humano tiene siempre necesidad".

· cultiva una colaboración fecunda con la múltiples organizaciones caritativas y filantrópicas, con las
estructuras del Estado e las asociaciones humanitarias que secundan de varios modos la solidaridad
expresa de la sociedad civil ;

· evita hacer proselitismo. "El amor es gratuito; no se ejerce para alcanzar otros fines. Sin embargo no
significa que la acción caritativa deba, por decirlo así, dejar a Dios y a Cristo aparte. El cristiano
sabe cuándo es tiempo de hablar de Dios y cuándo es justo callar de El y dejar hablar solamente al
amor. El sabe que Dios es Amor y se hace presente precisamente en los momentos en que ninguna otra
cosa se hace sino amar".

El Primicerio
De la Basílica de los Santos Ambrosio y Carlos en Roma
Monsignor Raffaello Martinelli

http://www.sancarlo.pcn.net/argomenti_spagnolo/MAR_0018.jpg

NB: Para profundizar el argumento, se puede leer Benedicto XVI, Deus Caritas est, LEV, 2006.
AMOR
DC
 
SUMARIO: I. Eros y Agape: amor griego, amor cristiano.—II. Amor y
compasión: cristianismo y budismo.—III. Amor y Trinidad: la comunión
divina.—IV. El Espíritu Santo como amor personal.—V. Trinidad y
metafísica de amor. Sentido de Cristo
Como indica el sumario, hemos trazado algunos rasgos importantes
del amor para entenderlos luego en clave trinitaria. Comenzamos
situando el tema en un nivel de historia de las religiones: comparamos
el amor cristiano y griego (agape y eros). Después lo interpretamos
desde el fondo del budismo (compasión y caridad). Sólo entonces
trataremos del amor cristiano visto en clave trinitaria. Para culminar el
tema ofreceremos una breve visión de las personas trinitarias
(especialmente el Espíritu Santo) desde el fondo de una teología del
amor.

I. Eros y Agape: amor griego, amor cristiano


La religión griega del eros aparece como praxis salvadora que se
funda en el orfismo y la piedad de los misterios. Ella quiere liberar la
luz divina de los hombres, conquistando y recreando su verdad
originaria, cautivada en una cárcel de dolor, sombra y materia.
Lógicamente, el alma debe aprender a liberarse por la acción
centemplativa o religiosa que le lleva a descubrir su realidad original y
retornar de esa manera a lo divino.
Platón ha elaborado los principios que le ofrece la tradición anterior y
edifica desde el eros un expléndido sistema de verdad, de salvación y
pensamiento. La visión del eros, que Platón ha presentado desde el
mito anterior, presupone en realidad que el hombre es ahora esclavo:
está cautivo sobre el mundo pero guarda las semillas del recuerdo de
su vida originaria. Ese recuerdo, reflejado germinalmente en el eros,
le conduce a partir de los valores sensibles de este mundo (cuerpos,
ideales...), hacia el bien de lo supremo como meta donde puede
sosegar y realizarse su existencia. El amor es, por tanto, una potente
fuerza de atracción que, al inquietarnos en el mundo, nos inmerge en
la ansiedad y nos conduce hacia la idea y la bondad de lo divino.
Según esto, no hay eros en Dios, pues a Dios nada le falta en su
existencia. Tampoco puede hallarse entre los hombres que se
encuentran perdidos en los bienes de la tierra. El eros es la fuerza
ascensional, aquel impulso que constantemente lleva desde el mundo
sensible y limitado, a la verdad de lo que somos en lo eterno. Por eso
tienen eros o son eros solamente aquellos hombres que partiendo de
los bienes de este mundo, se elevan y dirigen en camino de amor
hacia el sentido y bondad de lo divino. El eros de la carne (amor
corporal) se supera y se transciende haciendo que surja de ese modo
el proceso del «eras espiritual».
A. Nygren, sistematizador protestante del tema, ha distinguido en la
visión del eros estos momentos. a) Es amor-deseo que nos lleva a
superar la privación en que ahora estamos, caminando hacia un
estado de existencia más dichoso. b) Es anhelo que conduce desde
el mundo a lo divino. Por eso, Dios no ama ni tampoco aquellos que
prefieren contentarse con la tierra, c) Es amor egocéntrico: es
nostalgia de conquista, un gran deseo por lograr y disfrutar lo que nos
falta. Sólo en el momento en que, inmergidos en Dios, hayamos
colmado la ansiedad y realizado nuestro anhelo, cesaremos en la
marcha: se habrá cumplido el eros, no seremos más cautivos de la
tierra; la historia habrá cerrado su camino, quedará la eternidad.
Por encima de este anhelo, el cristianismo ofrece la presencia
salvadora de Dios en Jesucristo. Lo que importa no es que el hombre
haya querido subir hacia los cielos. El misterio está en que Dios ha
descendido de manera salvadora hasta la tierra. Esto lo expresa el NT
al acuñar de un modo nuevo la palabra antigua agape.
El agape es un amor espontáneo y no egoísta. Su principio está en el
Dios que de manera gratuita ha decidido entregar su vida por los
hombres. Por eso el agape no depende del valor de los objetos. Dios
no se ocupa sólo de los buenos: ama con fuerza especial a los
pequeños y perdidos, ama a todos los que sufren, inaugura de esa
forma un modo nuevo de existencia. Por eso, en el principio del amor
no hay un ascenso hacia la altura, ni tampoco una justicia que
sanciona a los perfectos. El amor se manifiesta y triunfa en la vida que
se entrega, en el misterio de Dios que nos ofrece su asistencia.
Esto supone que el agape es creador. El eros nada crea, simplemente
tiende hacia la fuente de la vida verdadera. Por el contrario, el agape
recrea a las personas: amar implica hacer que surja, que se extienda
la existencia, que haya esperanza en la desesperación, perdónen el
pecado, interés donde existía sólo indiferencia, vida en medio de la
muerte.
Finalmente, el agape es comunión. Mientras que el eros busca la
fusión del hombre con su raíz originaria, el agape le capacita para
amar a las personas: invita a realizar la comunión entre los hombres,
conduciendo hacia el encuentro interhumano o dirigiendo hacia el
misterio de la unión de Dios con nuestra historia.
El eros es la tensión de los hombres que pretenden ascender hacia su
centro en lo divino. El agape es, al contrario, la expresión de la
presencia salvadora de Dios sobre la tierra: por eso ofrece unos
matices creadores, se refleja de manera preferente en el abismo de la
cruz de Jesucristo y se explicita en el amor al enemigo. Para el eros,
carece de sentido hablar de entrega de la vida «por los malos»: el
amor al enemigo resulta inconcebible. En el agape eso es primario:
sólo existe amor auténtico y perfecto donde el hombre se dispone,
como Cristo, a realizarse en apertura hacia los otros. Amar es dar la
vida. Y es hacerlo en gratuidad, porque merece la pena conseguir que
el otro sea. Amar es darse, hacer posible que haya vida entre los
hombres, en gesto de absoluta limpidez, sin intereses, en camino que
culmina allí donde se ayuda al enemigo.
Los cristianos protestantes acentúan, de una forma general, la
oposición del eros y el agape: frente a la búsqueda idolátrica del
hombre está la gracia salvadora de Dios; frente al amor como deseo y
como mérito (eros) el misterio de Dios que nos regala en Jesucristo su
existencia (agape).
Pues bien, matizando esa postura debemos afirmar que el eros y el
agape se penetran, se enriquecen y completan. El eros representa el
ser del mundo, es la tendencia natural de los vivientes que se
expanden y realizan. Sin eso que llamamos el «deseo físico» del eros
nuestro ser de humanos quiebra y se deshace.
Sólo porque hay eros (porque el ser humano busca su propia plenitud)
puede hablarse de agape (gesto de salida, de entrega hacia los
otros). Pues bien, esta unión de eros y agape sólo la podemos
entender de una manera original en lo divino. El NT (1 Jn 4, 16) ha
confesado de forma lapidaria que Dios mismo es agape, donación de
amor gratuito. Los cristianos lo interpretan ciertamente en nivel de
economía salvadora: Dios es ágape entregándose de forma gratuita
hacia los hombres. Pero resulta necesario dar un paso más diciendo:
Dios nos puede regalar su amor porque él mismo es misterio de amor
inmanente.
Ésta es la mejor definición de la Trinidad: es el agape de Dios, la
comunión personal en que Padre e Hijo en el Espíritu se ofrecen y
regalan de manera gratuita la existencia. Pero siendo agape (amor
como regalo), Dios mismo es eros: es gozo de sí mismo, plenitud ya
realizada a modo de comunión entre personas. Al darse al Hijo
(agape) el Padre encuentra su gozo y plenitud en ese Hijo (eros); por
su parte, el Hijo halla y plenifica su propio ser (eros) cuando devuelve
su misma realidad y plenitud al Padre (agape). Dando un paso más,
podemos añadir que el mismo Espíritu Santo es a la vez agape y
eros: es gratuidad y gozo de amor compartido.
Presentemos de otro modo el tema. El Padre se ha entregado en
manos de su Hijo: no retiene absolutamente nada; nada deja en su
reserva. Éste es el principio del agape. Pues bien, en un milagro de
absoluta comunión, el Hijo ha retornado nuevamente al Padre todo
aquello que del Padre ha recibido. De esa forma, por medio del
agape, encuentra el eros, el gozo más perfecto. En el juego de don y
de respuesta, de gracia que se entrega y vida que retorna y
se devuelve a modo de regalo, eros y agape se fecundan y
completan. Aquí se ha desvelado el amor como divino. ¿Quién es
Dios? Aquel que, poseyéndose a sí mismo plenamente (Padre), se
entrega plenamente suscitando al Hijo. De esa forma se define como
encuentro. Es eros: gozo de sí mismo. Es agape: donación perfecta'.
II. Amor y compasión: cristianismo y budismo
Venimos de esta forma hacia el oriente, tal como aparece reflejado en
el budismo. En esta perspectiva el mundo se desvela como abismo de
dolor que nos tritura, un gran molino que destroza año tras año,
reencarnación tras reencarnación, nuestra existencia. Sobre ese
presupuesto se edifica la palabra y el mensaje original de Buda,
resumido en las cuatro «nobles verdades».
Primera verdad: todo es dolor; dolor el nacimiento y la muerte, la
unión y desunión; la vida entera sobre el mundo es un destino de
separación, impotencia y sufrimiento. Segunda verdad: el origen del
dolor es el deseo, la sed de la existencia que nos tiene atadosa la
rueda de una vida en la que estamos cautivados. Tercera
verdad: para librarse del dolor es necesario extinguir los apetitos,
desarraigando la raíz de los deseos. Cuarta verdad: en este mundo
de deseos destructores es posible hallar un camino salvador, la
famosa vía media que conduce a la superación de los dolores, a
través de una disciplina mental, una concentración intensa y una
conducta ética adecuada.
Lógicamente, a partir de ese transfondo, Buda ha prescindido de los
dioses. ¿Qué ventaja puede haber en Dios si Dios se encuentra
también dentro de esta rueda sufriente del destino? Sobre un mundo
destructor como el nuestro no se puede hablar de lo divino. Es
preferible hacer silencio y sobre el hueco de todas las imágenes
sagradas buscar y recorrer aquel camino de ser y libertad que nos
permita llegar hasta la meta de una vida liberada, no mundana (lo
nirvana).
Esto supone que los hombres son capaces de librarse del destino,
desatarse de esta vida de dolor que en realidad es muerte. ¿Cómo?
Por medio de un retorno al interior, por una vida desligada de apetitos,
transformada, sin deseos. Este es el punto de partida y centro de toda
la experiencia religiosa. A partir de aquí, el budismo ha elaborado un
programa de amor impresionante, concibiendo la vida como
solidaridad en el sufrimiento y compasión liberadora. Su primer rasgo
se llama maitri o benevolencia. Quien ha sido iluminado y sabe cómo
puede superarse la cadena del destino y de la muerte se comporta de
un modo dulce y discreto. Es cordial y es afectuoso. Nada puede
perturbarle, nunca debe airarse. En medio deuna tierra dura y mala,
destrozada por el odio, las pasiones y deseos, el auténtico budista
sabe ser y comportarse de manera amable. Todo lo comprende, pero
nada llega a perturbarle.
En un segundo momento es necesario el dana: regalo o donación. Su
base es clara: todo sufre, se retuerce y gime en una tierra calcinada.
El budista iluminado ya conoce su final de salvación, pero igualmente
sabe que el dolor es destructor y quiere, en lo posible, remediarlo o,
por lo menos, no aumentarlo. Por eso actúa bien e intenta ayudar al
que está necesitado.
Todo eso lleva a la karuna: compasión piadosa. En el fondo de ese
gesto hallamos la intuición de que el dolor, siendo muy fuerte, puede
superarse. En un primer momento, cada humano ha de asumir a solas
su camino y alcanzar la libertad por medio de su propia actitud de
desapego. Sin embargo, el verdadero iluminado sabe que no puede
separarse de los otros, sufre su dolor, se compadece de ellos, y
procura abrirles el camino de la libertad definitiva. Ese fue el gesto de
Buda: una vez iluminado, descubierta su verdad e inmerso en una
vida sin dolor y sin deseos, dejó a un lado su propia plenitud
transfigurada y ofreció su mensaje salvador a los necesitados.
Esta experiencia del budismo representa una de las máximas conquistas de la
historia humana. Quizá nunca se había llegado tan arriba. Sin embargo,
debemos añadir que eso resulta a nuestro juicio insuficiente. Aquí falta el gozo
de la gratuidad como amor positivo que lleva hacia los otros; falta la vivencia de
la comunión, el encuentro interhumano como signo primigenio del
misterio;y falta, sobre todo, un Dios activo y personal que nos ofrece amor
desde su hondura efusiva, trinitaria. Llegamos en busca de eso al cristianismo.
Según el cristianismo, más allá del sufrimiento y el dolor del hombre
se halla la fuerza creadora de Dios. El mundo es positivo; Dios mismo
lo ha creado. Por eso, superando los dolores se puede llegar a la
confianza originaria: es la actitud del que se pone en brazos de la vida
descubriendo en ella los signos de presencia de Dios.
Antes que la compasión del hombre está la compasión de Dios. Hay
en la Biblia una palabra audaz, aventurada, milagrosamente fuerte:
Dios tiene piedad de los hombres, amándoles desde el fondo de su
mismo sufrimiento. Sobre esa base, se puede trazar luego una
distinción. a) El Dios de Israel se compadece de los hombres pero
queda fuera: sufre su dolor, le duele su miseria..., pero siempre se
halla encima, está como guardado en su propia transcendencia. b) El
Dios de Cristo ha dado un paso en adelante: penetra en la miseria de
la historia, la padece en su interior y de ese modo la transforma.
Verdadero compasivo en esta línea cristiana no es aquel que saca al
otro de la muerte o quiere hacerle desligarse de la vida. Compasivo es
el que crea —el que hace ser—, el que acompaña en el dolor, el que
transforma así la vida de los otros. Para el budismo, la compasión era
elemento negativo: se debe acompañar a los hermanos para que ellos
mismos se puedan desligar del sufrimiento y riesgo de la historia.
El cristianismo, en cambio, sabe que sólo es verdadera aquella
compasión que nos convierte en creadores. Sólo es digno de crear
quien introduce su existencia en lo creado, quien se arriesga con sus
obras, quien padece en ellas y las lleva en el regazo de su propio
sufrimiento. ¡Así ha creado Dios! Lo hace arriesgándose, queriendo
que seamos escandalosamente libres, para solidarizarse después con
nuestra libertad y realizar nuestro destino. Por eso, la compasión es
un gesto expansional de fuerza creadora: implica un movimiento de
creatividad intensa, libre. Sobre la cruz del dolor de su Hijo, Dios ha
decidido que este mundo permanezca y llegue a ser, creándolo de un
modo personal, comprometido.
Pues bien, esta compasión creadora sólo es posible allí donde se
aume el valor de las personas. Conforme a la vivencia del budismo, lo
sagrado (Dios, Nirvana) ha de entenderse en forma negativa: es la
libertad plena del pleno silencio, allí donde no existe la multiplicidad ni
las personas; por eso, el amor compasivo de los budistas consiste, en
el fondo, en acompañar a los demás en el camino que lleva hacia la
muerte o deshacimiento. Por el contrario, el cristianismo ha resaltado
el valor de las personas: lógicamente, la verdadera compasión
consistirá en amar a los demás como distintos, ayudándoles a ser
independientes, creadores de sí mismos.
Esta actitud cristiana sólo puede interpretarse y valorarse en perspectiva
trinitaria: amar consiste en hacer que el otro sea. Por eso decimos que el
Padre entrega su propia realidad (sustancia) al Hijo, haciendo de esa forma que
se vuelva independiente (persona). Hijo y Padre se regalan y comparten la
sustancia (divinidad) en gesto de amor compartido (en el Espíritu). Los hombres
de este mundo son imagen trinitaria: por eso han de ayudarse en gesto de
compasión creadora, ofreciendo y compartiendo la existencia.
En ese fondo debe interpretarse ahora la maitri o benevolencia, lo
mismo que la lona o donación y la karuna o compasión piadosa. El
verdadero amor consiste en dar la vida al otro, haciendo así que el
otro sea. Amor es igualmente el gesto de acogida: recibir lo que ofrece
el otro, agradecer a Dios (y a los demás) el gran regalo de la vida.
Amar es, finalmente, compartir. Por eso decimos que el amor es
trinitario.
Ésta es la diferencia fundamental. El budismo no cree en la Trinidad: no ha
sabido penetrar más allá del silencio de Dios, descubriendo en el principio del
Nirvana el gran misterio de la personalidad divina (amor del Padre y el Hijo en
el Espíritu); por eso no ha podido aceptar la encarnación, no descubre la
presencia de Dios en el mundo ni valora a las personas. Ciertamente, es buena
la compasión budista; quizá es la forma suprema de amor que los hombres
pueden descubrir sobre la tierra. Pero más allá de esa compasión y su nirvana
está el amor trinitario de Dios, encarnado en la vida y pascua de Jesús, el
Cristo.
La visión del amor une en gran medida a cristianos y budistas, de
manera que les hace compañeros de camino en el esfuerzo por
vencer la violencia de este mundo. Pero ese mismo amor separa
luego a cristianos y budistas. Más allá de la negatividad del amor, los
cristianos han descubierto el misterio activo de un Dios que siendo
comunión personal eterna nos lleva al encuentrointerhumano (de
ayuda dirigida hacia los otros) en camino sostenido por la Cruz y
Pascua de Jesús, el Cristo'.

III. Amor y Trinidad. La comunión divina


Precisamos los supuestos del tema. Dios no es cosmos: no es el todo que se
impone a cada una de las partes, ni es el juego de las partes que entrechocan,
nacen, mueren en el todo. Dios no es sexo, no es la unión originaria de los dos
grandes principios de la vida que se expanden y despliegan de manera
hierogámica; no es potencia masculina, ni es hondura femenina, ni la unión
engendradora de ambos sexos. Dios no es eros separado: no es poder de
ascenso-anhelo que nos lleva desde el mundo bajo, oscuro, hacia la luz
originaria o amor pleno; no es lo de arriba como opuesto a nuestro abajo, ni
tampoco el movimiento donde todo se vincula. Dios no es pura compasión, el
gesto negativo del que deja los valores de este mundo mientras busca el
verdadero ser en el rechazo de todos los dolores y deseos.
¿Qué es entonces? Con palabra de 1 Jn 4, 16 diremos de nuevo
que es agape, el amor que se autoofrece y se regala a manos llenas
para dar así la vida. Dios es la comunión originaria y
transcendente que funda los caminos de los hombres y se asienta en
su principio sin principio. Pues bien, por un misterio de apertura
generosa que no podemos ni siquiera barruntar, el mismo Dios ha
decidido expandir su comunión a nuestra historia, a través del
nacimiento y de la muerte de Jesús, el Cristo. Por esodecimos que es
regalo de vida y de gracia.
Dando un paso más podemos afirmar que esa comunión de Dios
(misterio trinitario) ha de expresarse como metafisica del amor donde
encontramos estos dos, planos. a) Por un lado el amor de Dios es
fundamento de la historia: es la verdad, sentido y fuerza de la entrega
de Jesús entre los hombres. b) Pero el amor es, a la vez, la hondura y
la verdad eterna del encuentro primigenio que vincula al Padre con el
Hijo en el Espíritu.
Nuestra fe se asienta en Jesús crucificado, Hijo de Dios, que nos
ofrece su vida por la muerte. Arraigados en Jesús, hemos creído en el
Padre que le envía y resucita y aceptamos la fuerza de su Espíritu.
Por eso, la palabra trinitaria, como fe en el Padre, el Hijo y el Espíritu,
resulta inseparable de la muerte de Jesús y viceversa. Una Trinidad
sin el misterio de la cruz resultaría idolatría; y una cruz sin el
transfondo trinitario, sin abrirse al Padre en el Espíritu, termina
destruyéndose en la tierra, convertida simplemente en muerte de la
vida humana.
A partir de aquí podemos llegar a una visión más honda del misterio. A lo largo
de la historia hallamos varias formas de entender la Trinidad. Unos, sobre todo
entre los viejos Padres griegos, toman como base el proceso de génesis de la
realidad que se explicita y completa como ousía, dynamis y energueia, es decir,
en tres momentos. Los autores de occidente se han fijado más en la
experiencia de una mente que, al saberse y al quererse, se disocia y distingue
personalmente, desde dentro. Hegel ha empleado una dialéctica de ideas... Yo
he querido situarme en una línea que está cerca de Ricardo de san Víctor.
Su argumento es como sigue: Dios es amistad activa, caridad y, por lo
tanto, necesita dar y recibir, hacerse encuentro. No existe amor sin
comunión, sin desprenderse de sí mismo, darse al otro y encontrarse
nuevamente a partir de su respuesta. Por eso, siendo amor originario,
el Padre —que es principio divino sin principio— hace surgir
gratuitamente al Hijo, para darle todo su misterio y realizar así el
encuentro. Actuando de esa forma, el Padre aguarda: deja que a su
vez el Hijo le responda. De ese modo surge la amistad en comunión:
Hijo y Padre sólo tienen ser en la medida en que lo entregan y
comparten.
A partir de aquí debemos dar un paso más. Sólo surge comunión
definitiva si el amante y el amado concretizan su amor en un tercero,
de tal forma que al mirarse y regalarse el uno al otro llevan su amor
hasta la cumbre. Ese «tercero», como signo de unidad del Hijo con el
Padre, ha recibido en la experiencia de la Iglesia un nombre: es el
Espíritu Santo.
Evidentemente, al emplear este modelo, Ricardo de san Víctor se ha
basado en la familia. Pero en este mundo, los esposos y los hijos
nunca llegan a ser amor eterno, ya perfecto. En eso se refleja la
riqueza y tragedia de su historia. Dios, por el contrario, concretiza el
amor de un modo pleno en el encuentro del Padre con el Hijo, tal
como se expresa y plenifica en el Espíritu.
Éste es el esquema de Ricardo de san Víctor. a) Dios es
creatividad: vida que se expande de manera gratuita y total, sin
recelos ni egoísmos. Así lo descubrimos en todo su proceso y de un
modo especial en su principio, el Padre. b) Dios es amistad: la fuerza
de la vida no se pierde de una forma arbitraria: al contrario, lo divino
se realiza como encuentro entre personas. Sólo quien comprenda y
vea unidos estos dos aspectos puede barruntar lo que supone el ser
divino, como vida en comunión para expandir la vida. c) Ese misterio
de unidad de Padre e Hijo ha de tomarse y entenderse como gracia
o como amor hecho persona: es la santidad del mismo amor, la
dualidad de aquel «nosotros» personal y personalizante del Padre con
el Hijo en el Espíritu. Por eso, el Espíritu no es un simple ámbito
divino, un «ello» que no tiene caracteres de persona; el Espíritu es la
misma comunión del encuentro intradivino, la unidad donde, llevando
a plenitud el mío y tuyo, como sujetos contrapuestos, surge el
nosotros personal de la gracia compartida, el Espíritu de culminación
de lo divino.
De esta forma se vinculan y de algún modo se vinculan en clave de
amor los dos principios fundamentales del cristianismo: la Trinidad de
Dios y la encarnación-pascua del Hijo. El mismo amor eterno de Dios
(Trinidad inmanente) se despliega y revela en el amor histórico del
Hijo Jesucristo, que muere en favor de los hombres, por fidelidad al
reino (Trinidad económica). En esta perspectiva, desde la revelación
pascual del amor del Hijo debe completarse la visión en principio un
poco inmanentista de la Trinidad que tiene Ricardo de san Víctor.
Desligado del mensaje y de la muerte, de la Pascua y vida de Jesús,
el amor trinitario correría el riesgo de convertirse en una especie de
especulación gnóstica.

IV. El Espíritu Santo como amor personal


Tres son, a mi juicio, las formas de entender la relación entre el
Espíritu Santo y el amor como indicaremos brevemente en lo que
sigue. Recordemos que la persona o personalidad del Espíritu se
encuentra velada en el misterio: podemos esbozar un poco su verdad,
pero nunca llegaremos a entenderla plenamente.
1. La primera perspectiva entiende la persona del Espíritu en la línea
de realización del ser que culmina su proceso amándose a sí
mismo. Más que persona (en el sentido moderno), el Espíritu
es modo final de la personalización de un sujeto que,
conociéndose, se ama, es decir, descansa en sí mismo, ratificando y
fijando su propia realidad. Así puede llamarse «culminación de Dios»:
su proceso personal queda completado y clausurado en el amor pleno
del Espíritu. Dios no es una línea siempre abierta que jamás llega al
descanso, no es un círculo que vuelve sin cesar sobre sí mismo: es
línea o círculo cumplido y la meta o realización de su proceso es el
Espíritu Santo. Por eso se le llama amor, porque en amor culmina el
encuentro del ser (de Dios) consigo mismo. En esta perspectiva se
pone de relieve el movimiento de la naturaleza divina que se sabe,
dualizándose en Padre e Hijo, y se ama, trinitarizándose en el
Espíritu. Los comentaristas suelen discutir sobre la forma en que
Tomásde Aquino ha concebido este proceso final de espiración de
amor en que surge el Espíritu Santo. Pero casi todos tienden a pensar
que en esta línea el Espíritu Santo no aparece como amor dual (de
Padre e Hijo) sino como amor de esencia: es la naturaleza divina que,
sabiéndose (siendo Padre-Hijo) se ama a sí misma.
Padre e Hijo, separados entre sí en el conocer, no se distinguen ya al
amar. Por eso aman los dos como uno sólo, con el amor de la esencia
divina que vuelve hacia sí y en sí reposa. De esta forma se completa
el proceso personal del Dios que es divino, persona, siendo dueño de
sí mismo, conociéndose y amándose. Situados ante esta solución, los
teólogos orientales ortodoxos han protestado enérgicamente. Ellos
suponen que esta forma de entender la unión de Padre e Hijo en el
origen del Espíritu supone un triunfo de la pura esencia: no serían ya
las personas las que actúan como tales sino la misma naturaleza de
Dios que al amarse suscita (espira) el amor pleno y final del Espíritu
Santo.
2. La segunda perspectiva entiende la persona del Espíritu partiendo
de la unión dual de Padre e Hijo como personas distintas que se
aman. Hemos citado ya a Ricardo de san Víctor. Conforme a su
visión, el Espíritu Santo no es amor de esencia sino amor de
personas que, ratificando su propia distinción, la sellan en gesto de
entrega compartida. Los amantes son por tanto dos y su amor
es recíproco y sólo puede mantenerse en la medida en que los dos
son diferentes. Hay, un doble acto de amor, pero el amor con que se
aman es el mismo, porque uno y otro se entregan de manera total, sin
reservarse nada. Por eso, en esta línea, el Espíritu Santo se puede
interpretar como el amor de comunión hecho persona: no es amor
de uno o de otro, es de los dos y de esa forma es «medio» que les
une.
Hasta aquí la reflexión de los diversos autores parece concordante.
Las dificultades comienzan cuando se pretende precisar lo que
supone esa Persona de Amor que es el Espíritu. Para algunos, ella
aparece como persona ambital, campo de amor en que se encuentran
Dios y Cristo: es la fuerza de Dios de la que Cristo nace (y resucita);
es el amor que Cristo ofrece al Padre para que nosotros podamos
realizarnos.
Para otros, el Espíritu se entiende mejor como un nosotros de amor
compartido. El yo y tú (del Padre y el Hijo) se encuentran
originariamente unidos y sólo existen en la medida (y a medida) que
se relacionan. Pero aquí debemos descubrir el tercer elemento: en el
fondo del yo-tú se halla el nosotros, no como algo externo o posterior,
que les adviene desde fuera, sino como la misma hondura de su
encuentro; ésta es la analogía más honda del Espíritu Santo.
3. La última perspectiva ha interpretado el Espíritu como un Tercero
común que surge del amor de Padre e Hijo. Esta es la línea que ha
desarrollado de manera clásica Ricardo de san Víctor, al hablar del
«condilectus». El Espíritu desborda el nivel de amor común (plano
ambital); es más que la unidad de amor dual o «condilectio» (co-
amor) que constituye el sentido del nosotros; el Espíritu es aquel a
quien Padre e Hijo aman en común, es decir el Amigo de Dos
o condilecto.
En otras palabras, Hijo y Padre no se limitan a mirarse uno al otro, en
amor compartido o común. Ambos se unen y «miran juntos» (en
mirada que es de los dos) hacia un tercero, que es como fruto del
amor que ambos se tienen. Este amor de dos, convertido en nueva
persona, como nuevo centro de vida y conciencia es el Espíritu Santo.
El nosotros del amor sólo culmina y encuentra su sentido pleno allí
donde suscita un tercero a quien los dos aman unidos. Ya no se
limitan a mirarse uno hacia el otro, en transparencia recíproca: ambos
unifican su mirar y miran juntos hacia aquel que es fruto de su amor
compartido. Ese tercero, a quien podemos llamar amado de los dos
no es propiedad de uno o de otro: es gracia y don que surge de la
vida compartida. Por eso es el tercero, está en el fin, como culmen del
proceso trinitario. Pero, al mismo tiempo, debemos concebirle
como centro o medio en que se implican Hijo y Padre (cf. Santo
Tomás, S. Th. 1, 37, 1 ad 3): ellos (Padre e Hijo) sólo pueden
vincularse y son distintos cuando están amando juntos a un tercero
(Espíritu) que les sirve de centro y les vincula. Por eso, mostrándose
en el fin, el Espíritu es garantía del principio: sostiene y culmina todo
el proceso trinitario.
Estas observaciones pueden parecer un poco abstractas, separadas
de la vida. Sin embago, bien miradas, ellas constituyen el centro y
culmen de toda la filosofía personalista de los últimos decenios. En
otro tiempo, en la línea de una definición que proviene de Boecio, se
solía definir a la persona en clave de «sustancia» (rationalis naturae
individua substantia). Es persona el ser racional que existe por sí
mismo, en forma individual. Pues bien, de esa manera resultaba muy
difícil entender la Trinidad: la que importa es la unión del ser consigo
mismo (la autosuficiencia individual); el amor viene a entenderse
como algo posterior o secundario.
Pues bien, conforme a la visión que aquí he esbozado, visión que
culmina en la teología trinitaria del Espíritu Santo, no se puede hablar
de ser (sustancia) para referirse sólo luego al amor, como si fuera algo
ulterior o derivado. Conforme a la postura que defiendo, apoyado en
la teología trinitaria más representativa de occidente, la misma
realidad de las personas viene a definirse como amor, es decir, como
relación de generosidad y acogida, como entrega mutua y vida que
surge de la comunión dual (del Padre y el Hijo).

V. Trinidad y metafísica de amor. Sentido de Cristo


La metafísica de occidente se ha elaborado en forma pretrinitaria, a
partir del análisis del ser o de los entes, conforme a una visión que ha
sido precisada y criticada en los últimos decenios por M. Heidegger.
Pero Heidegger parece empeñado en volver a la «fuente griega», tal
como estaría reflejada en los primeros pensadores (los presocráticos).
Sólo de esa forma se podría superar la división (o escisión)
establecida ya tras Platón entre el ser y los entes.
Pienso que esa crítica de Heidegger resulta en el fondo muy parcial y
limitada. El problema no está en el «olvidodel ser», en la cosificación
de la realidad, tal como ha venido a culminar en la visión
instrumentalista y técnica de la cultura de occidente. El problema está
en el olvido de las personas o, mejor dicho, en el eclipse del amor
cristiano.
Existe cosificación en la cultura de occidente, existe el riesgo de
manipular la realidad y destruir al ser humano. Pero ese riesgo no
viene del olvido del ser (entendido en forma filosófica) sino de la falta
de amor o, mejor dicho, de la destrucción del valor de la persona, tal
como ella viene a revelarse en Jesucristo.
Hemos definido a la persona como forma del amor. Cada persona es
un momento de amor y únicamente existe en gesto de relación
gratificante. El ser sólo es persona en la medida en que se da y se
acoge, en la medida en que se ofrece y se comporte. Por eso, las
personas trinitarias son las formas fundantes del amor. Son eso que
pudiéramos llamar el amor originario, más allá del puro nirvana
(budismo) y de la eternidad del bien que todo lo atrae, sin entregarse
a sí mismo (platonismo)
Dios es amor o, mejor dicho, las tres formas del amor fundante: es el
amor como donación, acogida y encuentro personal. Es don eterno de
sí (Padre) y es eterna receptividad (Hijo) y es comunión eterna del
Padre y el Hijo que suscitan juntos al Espíritu, como verdad y plenitud
del amor compartido. Más allá de este encuentro de amor no existe
nada: no hay «ser» ni existen entes. Este es el misterio, es el punto
de partida de todo lo que pueda darse sobre el mundo.
Este «discurso del amor trinitario», esta metafísica que habla de las
tres formas fundantes de la personalidad, nos sitúa en el límite de
todas las palabras: allí donde el silencio es pleno es también pleno el
misterio. En el principio no está el ser ni están los entes; en el
principio se encuentran las personas, el Padre que genera al Hijo, el
Hijo engendrado, la comunión del Espíritu.
Ésta es la fe más honda: es la experiencia fundante de los fieles. Por
eso no podemos demostrarla ni probarla con razones. Esta es la
verdad que la Iglesia proclama en su Credo cuando dice que «cree»
en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu. Pues bien, a partir de esta
experiencia fundante puede y debe darse el pensamiento, conforme a
la sentencia famosa de san Anselmo: «fides quaerens intellectum»; la
fe da que pensar, nos capacita para formular y conocer de forma
nueva todas las realidades, especialmente la realidad del amor en las
personas.
Comenzó Hegel a pensar en el amor, para convertirlo en principio de
su sistema de filosofía. Pero luego prefirió dejarlo a un lado,
construyendo un sistema de dialéctica lógica (racional). Juzgo que su
opción resultó, en su más honda raíz, equivocada. Necesitamos un
nuevo Hegel, pero un Hegel distinto, que sea capaz de pensar la
realidad desde el amor, pero no como discurso lógico sino en forma
de camino comprometido de entrega mutua. Porque el amor no se
puede pensar en forma abstracta sino en clave de entrega
compartida, de compromiso por los otros.
Pensar el amor significa vivirlo, convertirlo en principio de existencia. Esto es lo
que ha hecho el Cristo. En fórmula muy bella, la teología ha concebido a Jesús
como representante de Dios (mediador, revelador del Padre): representa y
realiza en el mundo, en forma plena (homoousios), la hondura y verdad del
amor trinitario. En otras palabras, Jesús se atreve a «representar a Dios sobre
el mundo», en gesto de entrega por el reino, en actitud de amor comprometido,
fuerte, intenso. Este amor por los otros (por el reino) ha puesto a Jesús en
manos de los hombres; en favor de ellos se ha entregado, padeciendo la
violencia de ellos ha muerto.
De este modo ha revelado (ha representado y realizado) sobre el
mundo todo el misterio del amor trinitario. Por eso, la metafísica del
amor, interpretada en clave trinitaria en forma de don-acogida-
encuentro personal (Padre, Hijo y Espíritu) viene a expresarse de un
modo concreto en el mensaje y vida, en la entrega y muerte de Jesús.
Por eso, conocer a Jesús y recibirle es recibir y conocer el amor de
Dios, en actitud de amor responsable.
Nadie conoce el amor desde fuera, como un espectador que mira
hacia las cosas que pasan en la calle. Sólo puede conocerlo el que lo
vive, identificándose a sí mismo con el proceso de acogida y entrega,
de pasividad, de comunicación y comunión que es la vida trinitaria. Así
lo ha mostrado Jesús, en gesto fuerte de acción (su mensaje de reino)
y de pasión (se deja en manos del Padre Dios, poniéndose en manos
de los hombres). Por eso dice la revelación cristiana que Jesús ha
desplegado sobre el mundo el misterio pleno del amor que es el
Espíritu Santo.
De esta forma debemos recordar que el amor no suplanta a Dios
(como quería Feuerbach) sino que lo revela yactualiza. Allí donde el
amor es pleno no se puede ya afirmar que resulta innecesaria la
presencia de Dios. Al contrario, si el amor es pleno se supone que
Dios está presente, como indica Mt 25, 31-46. Está presente Dios en
los pobres y pequeños de este mundo; y está también en aquellos
que ayudan a los pobres, haciendo así posible el surgimiento de la
solidaridad gratuita y creadora sobre el mundo.
La pascua de Jesús, esto es la revelación plena del amor trinitario.
Por eso, la metafísica del amor que aquí estamos esbozando carece
de sentido si no lleva a la exigencia del gesto liberador, a la entrega
en favor de los pobres, a la transformación de esta sociedad injusta.
Los que emplean métodos de fuerza violenta y de opresión injusta
para cambiar a los demás muestran así que no creen en el amor, no
creen en la Trinidad de Dios ni en la pasión-pascua de Cristo. Pero
aquellos que confiesan con la boca la Trinidad pero no liberan a los
otros, ni se entregan gratuitamente por ellos creen de mentira. Para
ellos, la Trinidad se ha convertido en una especie de especulación
gnóstica que sirve para sacralizar el orden establecido; la Trinidad se
diluye en una mala metafísica. Sólo aquellos que expresan la Trinidad
en hermenéutica de cruz-pascua, sólo aquellos que explicitan el
encuentro personal divino en categorías de reino de Jesús, de entrega
liberadora por los otros, han creído de verdad en la Trinidad tal como
ella viene a revelarse en Cristo.
Llegamos de esa forma al centro y culmen de toda nuestra
exposición: el amor de Dios es Cristo, entregado por los hombres, en
camino de liberaciónpascual. Por eso, el sentido del amor trinitario
(inmanencia de Dios) sólo se comprende y vive en la fidelidad al
camino de Jesús (Trinidad económica). Por otra parte, el amor de
Jesús sólo alcanza su plenitud y sólo se desvela en verdad como
divino (originario, fuente y cima de todo lo que existe) allí donde viene
a expresarse desde el misterio trinitario como revelación plena y
representación total de la Trinidad.
[ —> Budismo; Comunión; Helenismo; Persona y personificación;
Ricardo de san Víctor; Trinidad.]
BIBLIOGRAFIA: F. ALBERONI, L'amicizia, Garzanti, Milano 1984; E.
BRUNNER, Pros und Liebe, Berlin 1937; M. C. D'ARcY, La Double nature ele
l'amour, Aubier, Paris 1947; J. DELASALLE y T. VAN TOAN, Quand l'amour
écllpse Dieu, Cerf, Paris 1984; G. GARGAM, LAmour et la mort, Seuil, Paris
1959; E. JONGEL, Gott als Geheimnis der Welt, Mohr, Tübingen 1977, 409-
543; C.S. LEWIS, TITe Four Leves, Collins, Clasgow 1960; H. MÜHLEN, Der
Heilige Geist al Person, Aschendorff, Münster 1969; A. NYGREN, Erós et
Agape, I/II, Aubier, Paris 1962; X. PIKAZA, Palabra de amor, Sígueme,
Salamanca 1983; D. DE ROUGEMONT, L'amour et l'Occident, Plon, París
1939; S. SrtcQ, Agape dans le N. T., I/III, Gabalda, Paris 1960; V. WARNACH,
Agape. Der Líebe alt Grundmotiv der nt. Theologie, Patmos, Düsseldorf
1951; F.D. WILHELMSEN, La metafísica del amor, Rialp, Madrid 1964.
Xabier Pikaza
Capítulo 6

EL AMOR COMO REALIZACIÓN DE LA FE

Durante su Ascensión, Cristo aseguró que estaría con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo
(cf Mt 28, 20). En la Iglesia permanece en los sacramentos, en particular en la Eucaristía, la cual nos
hace presente su obra salvífica. También permanece en la Palabra, la cual dirige incesantemente a
cada uno de nosotros. Así mismo, en nuestros semejantes, con quienes El se identifica: «Cuanto
hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25, 40). Gracias a la
presencia de nuestro prójimo, la vida cotidiana se convierte en un reto para nuestra fe, porque es la fe
la que nos permite ver a Dios en el prójimo.

La fe «actúa por la caridad» (Ga 5, 6), y en el amor encuentra su plena vida e invita a la convivencia,
a la «comunión» con Dios y con los hermanos, Dios te revela su amor (ágape), que recibes a través de
la fe, para luego derramarlo sobre los demás. El abandono en Dios por medio de la fe, adquiere en el
amor el carácter correcto y la dimensión de un don recíproco (Juan Pablo II).

El eros y el ágape

Existen dos tipos de lazos entre los seres humanos, que dan dos tipos de grupos, o dos tipos de
comunidades; los cuales nacen de dos concepciones diferentes del amor. La primera, la concepción
antigua, que nos transmitió Platón, define el amor con la palabra eros, mientras que la segunda
concepción, la que es presentada por el cristianismo, define el amor con la palabra griega ágape.
Existen, pues, el eros y el ágape, dos formas de amor, que sirven de base a dos clases de vínculos entre
los humanos; dos formas de hacer comunidad. El eros de Platón es el amor que ama lo que considera
digno de ser amado. Se trata del amor emocional. Si alguien o algo te gusta, por ejemplo, por su
apariencia bonita y estética, o porque se trata de alguien simpático, o porque es para ti algo
placentero; si te sientes a gusto con alguien o con algo, o te complace poseer algo, estás sintiendo los
efectos del eros platónico, es decir, de algo que sale de tus sentimientos naturales. Amas algo que te
produce placer, algo que te hace sentir bien. Ese amor es egocéntrico, porque siempre se trata de ti, de
que tú sientas algo agradable.
Es muy fácil desorientarse y confundir ese eros platónico con el amor verdadero, que es el que debería
existir entre las personas. Y es por esa razón que la Iglesia predica, de manera tan insistente y
decidida, otro amor. E1 amor cristiano se proclama en el célebre himno del amor de San Pablo, quien
escribió: «La caridad es paciente, es servicial; (...) no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta
el mal; (...). Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta» (1 Co 13, 4-7). Ese amor,
en la lengua original griega, es definido con la palabra ágape. En la concepción cristiana, Dios es el
Agape; es el Amor que desciende hasta el hombre y ama lo que no es digno de recibir amor. Se trata de
un amor espontáneo, que por sí mismo se da, porque es amor. El ágape es el amor desinteresado que
arrebata al hombre. A nosotros, a veces, nos parece que hay que agradar a Dios, que debemos hacer
méritos para conseguir su amor. Pero El te ama, porque tú eres su hijo, y no por que seas digno. El
ágape es el amor creador; un amor que te ama no porque seas digno de ser amado, sino para que
llegues a ser digno de ese amor. El ágape desea crear en ti el bien, un bien cada vez mayor. Cuando
alguien recibe gracias especiales de Dios, se asombra de haberlas obtenido; sin embargo, el amor-
ágape desciende a los indignos, desciende a todos nosotros, porque todos somos indignos, y todos
necesitamos ese amor creador que genera el bien. E1 drama de Dios, que es Amor, consiste en que no
puede derramar su amor plenamente; en que no puede inundar el alma humana, a la que ama sin
medida. Dios busca constantemente ese corazón en el que pueda derramar su amor inconmensurable.
Para una madre que ama a su hijo, por feo que sea, éste siempre será el más bonito de los niños,
porque es su hijito. No es, pues, importante cuántos defectos puedas tener, es posible que tengas
muchos, es posible que te sientas abrumado por ellos, y es posible que ya no puedas soportarlo. Pero
Dios quiere llenarte con su amor, quiere ir creando en ti el amor, quiere descender hasta ti, para hacer
de ti, de un pecador indigno, una obra maestra de su amor.

El amor-ágape que desciende hasta ti desde las alturas, desde Dios, y que recibes a través de la fe, no
puede quedar encerrado en ti. El amor, siendo un bien, tiene que derramarse, tiene que difundirse. El
Agape es Cristo, quien vive en ti, y quien a través de ti y en ti, quiere amar a los demás. El hombre
obsequiado con el amor-ágape, con el amor desinteresado, empieza a amar, o mejor dicho, Cristo, que
está en él, empieza a amar a los demás. El ágape, es el amor que surge de la voluntad deseosa de dar
el bien a los demás, y no el que nace de las emociones. Los vínculos humanos que nacen de ese amor
son tan fuertes, que perduran más allá de la muerte. No importa cómo pueda ser el otro, feo o guapo;
desagradable o simpático; lleno de defectos y pecados, o sin ellos; lo importante es que el amor quiera
amarlo para que pueda irse convirtiendo. Ese amor, el ágape, que crece en ti como resultado de que
Cristo descendió a tu corazón, se manifiesta con frecuencia en pequeños detalles, en gestos, en
miradas. Es muy importante que repartas ese amor con el calor de tu mirada, con tu aceptación, con
tu admiración y con tu acogida afectuosa a tu prójimo.

El papel de los sentimientos


El ágape no es solamente un amor creador, es también un amor que une y crea la comunión, la
comunidad humana. El contacto entre las personas sucede, con frecuencia, en la esfera de los
sentimientos, es decir, en la esfera del eros, del amor emocional. Básicamente hay tres variantes en las
relaciones emocionales: en la primera, las relaciones son regidas por sentimientos positivos, como
cuando alguien es para ti entrañable, te sientes a gusto con él, le tienes afecto y quieres estar con él.
Esos sentimientos positivos podemos experimentarlos tanto en la relación con Dios, como con otras
personas. Puedes sentirte, por ejemplo, bien con Dios . A veces alguien se apasiona por el contacto
con Dios durante horas, durante días, e incluso durante meses. Los sentimientos positivos están en
condiciones de inundar el alma humana. En la segunda variante, los sentimientos positivos
desaparecen, y surge una especie de vacío emocional, nada te atrae en una determinada persona. Eso
puede producirse de manera repentina, o manifestarse progresivamente. Desde el punto de vista
psicológico, se puede hablar de una cierta desintegración emocional. Y puede existir una tercera
variante, la más difícil, cuando aparecen los sentimientos negativos. Por ejemplo, en forma de
aversión, la cual puede sentirse tanto en la relación con los demás como con Dios. El sentimiento de
aversión hacia Dios, tiene lugar con frecuencia durante los períodos de purificación. Puede ser que
algo te «expulse» en esos momentos de la Iglesia, puedes sentir aversión por la Reconciliación o por
la Santa Comunión, y puedes tener dificultades para orar. De la misma manera, pueden aparecer los
sentimientos negativos hacia otras personas. De pronto, alguien que fue para ti entrañable, o que fue
tu amigo, empieza a irritarte y sientes rechazo hacia él.

Los vínculos humanos basados en los sentimientos positivos son algo natural. Ese tipo de sentimientos
y de lazos, pueden nacer en cualquier grupo humano, incluso entre los delincuentes. Puede tratarse,
por ejemplo de, una banda que se une solidariamente para lograr sus fines. Puede tratarse, asimismo,
de grupos de amigos. Cuando con frecuencia optas por la compañía de aquéllos con los que te gusta
hablar, y los demás no te interesan, te estás dejando llevar por el eros platónico, por el amor
egocéntrico. A veces, podemos encontrar personas que se entienden perfectamente sobre la base de los
vínculos naturales, de intereses comunes, sin embargo, los sentimientos positivos naturales son algo
muy inestable. Pueden manifestarse, por ejemplo, en los comienzos del matrimonio, y posteriormente
desaparecer. ¿Y qué sucede cuando desaparecen? Surge la crisis provocada por un creciente vacío
emocional, lo cual es muy difícil de soportar. En lo que concierne a tu actitud frente a Dios, eso se
manifiesta en una especie de aridez, no sientes nada en el contacto con Dios; nada te atrae a la
oración, a la Reconciliación, a la Eucaristía. La misma situación surge cuando desaparece el
sentimiento que se tenía por otra persona, cuando de pronto algo deja de atraerte en la persona que
antes era para ti entrañable. En esos casos surge un cierto vacío hacia los amigos y conocidos. Y por
último, puede suceder la situación más difícil, cuando se siente aversión hacia Dios, o hacia otra
persona. En esos casos hace falta, a veces, una actitud incluso heroica para sobreponerse. Cuando
desaparece, se quebranta, o, al menos disminuye el vínculo natural, precisamente entonces surge la
oportunidad de que aparezca el vínculo sobrenatural.
En el matrimonio puede darse la situación de que la pareja es tan armoniosa, que se asemeja a dos
mitades de un todo, que cuando se juntan encajan a la perfección. Desde el punto de vista de la fe, ese
no es el ideal. Se trata únicamente de una armonía puramente natural, de sentimientos positivos. No es
ese el amor cristiano, el ágape. En tal relación puede no haber ni pizca de amor, ni de relación
sobrenatural. Lo mismo ocurre en el caso de los niños en la familia. Los niños no tienen por qué
encajar con plena armonía, y no se trata de que no haya problemas con ellos. De lo que se trata es de
que intenten amarse a pesar de sus defectos y de sus diferencias, y no de que encajen perfectamente
unos con otros.

La crisis de los vínculos naturales

Toda comunidad, tanto la matrimonial, como las de amigos, o cualquiera otra, si se basa
exclusivamente en los vínculos naturales no tiene mayores probabilidades de subsistir, y algún día,
tarde o temprano, tiene que desintegrarse, o pasar a un nivel superior en su existencia. Desde el punto
de vista de la fe, se puede decir que es bueno que en nuestra vida se manifiesten crisis de esa
naturaleza. Es bueno que de pronto alguien nos sea menos simpático, menos agradable, porque en esto
hay una gracia extraordinaria. El llamado de Cristo a vivir el Evangelio, adquiere en esos momentos
una especial actualidad. Eso sucede, asimismo, en la relación con Dios durante la purificación, que a
veces es muy violenta. Y es entonces cuando no sientes afecto por Dios, cuando te parece que no lo
amas, cuando hay algo que hace que sientas rechazo por El; pero tú, a pesar de todo. tratas de seguir
siéndole fiel. Cuán valiosa es entonces la Reconciliación, precisamente cuando no tienes ganas de
hacerla; cuán valiosa es entonces la Eucaristía, porque nada te empuja hacia ella, pero tú vas; porque
sabes que El, Cristo, que te ama, está allí y te espera Tu ofrenda crece en la misma medida en que te
faltan los vínculos naturales, porque es mayor el esfuerzo que pones en ello. Que bueno es que por no
encajar bien entre las personas aparezcan las crisis, o haya malentendidos entre los cónyuges, o los
niños se peleen a veces; porque precisamente por esas grietas, por esas hendiduras, puede nacer el
vínculo y el amor sobrenatural. Ese amor es obra de Cristo, y si, se desarrolla, garantiza la
subsistencia del vínculo por siempre. Solamente ese amor es fuerte, porque tiene la fuerza de Cristo. El
matrimonio con la fuerza de Dios, es el que ya ha sufrido la fase de la desintegración, y ha sabido
reintegrarse en un nivel superior. Bienaventurado sea todo aquél que ha vivido momentos difíciles con
Dios, y no lo ha traicionado, sino que ha seguido siéndole fiel, porque ha sido entonces cuando su
amor, «en verdad», ha echado raíces.

En todo esto hay una gran esperanza, sobre todo para aquéllos que se afligen porque sienten que a
veces la pasan muy mal. El prójimo a menudo o es fácil, parece hacer todo lo posible para que nos
apartemos de él. Pero es precisamente entonces, cuando este prójimo te está ofreciendo una gracia
especial, porque trae consigo el llamado a que superes los vínculos naturales y establezcas los
vínculos sobrenaturales; sólo entonces llegarás al ágape. Desde el punto de vista de la fe, las personas
que menos nos agradan son para nosotros las más valiosas. Ellas son las que te ofrecen la mayor
oportunidad para que definas tus actitudes, y para que puedas convencerte de que amar no significa lo
mismo que sentir afecto.

Permitir que Cristo ame en nosotros

Un rasgo específico del amor cristiano es su Cristocentrismo, en el doble sentido de la palabra. En el


primer sentido, Cristo es el modelo supremo y único del amor. Haz de amar como El: « Os doy un
mandamiento nuevo... Que, como Yo os he amado, así os améis también vosotros, los tinos a los otros»
( Jn 13, 34 ). Pero para que puedas amar como Cristo, tienes que ir descubriendo su imagen a través
de la fe, esa imagen que se manifiesta en la Palabra revelada. No basta con conocer teóricamente la
figura de Cristo. A medida que vaya creciendo en ti la fe, irá creciendo el amor, irá creciendo el
vínculo existencial con Jesucristo, el ideal del amor. Conocerás al modelo del amor que es Cristo, y
desearás amar como El amó, hasta el extremo. Lo desearás a través de la fe, porque la fe te permite
escuchar con atención la Palabra revelada, y adherirte a la persona de Cristo. Así mismo, a través de
la fe, irás asimilando sus ideas y deseos; pensarás como El; desearás como El; y como El amarás.

En el segundo sentido, el amor cristiano es el amor de Cristo en nosotros. El es nuestro Camino,


Verdad y Vida. Es Aquél que piensa, ora, vive y ama en nosotros con su amor. Del grado de fe que
tengas, y que te permita participar en la vida de Dios, depende el nivel de tu amor. La imitación de
Cristo, no es tanto la imitación superficial de sus actos, cuanto adherirse a su persona a través de la
fe; de manera que su voluntad sea nuestra voluntad; y su vida en nosotros, se manifieste
continuamente en nuestra vida. Abandonarse a Cristo a través de la fe, significa recibir el amor de El,
que desciende hasta nosotros; significa permitir que El nos ame, y que pueda amar a los demás en
nosotros y a través de nosotros.

La fe permite adherirse a Cristo, permite abandonarse a El , de manera que esa fe se convierta en un


todo con la confianza y con el amor. La fe, que penetra la totalidad de la existencia cristiana, contiene
en sí la esperanza y el amor, como dos formas de realización de la propia fe.

Amar a alguien por quien sentimos aversión no es fácil. Por eso debemos abrirnos a Cristo, y, ante la
ola abrumadora de sentimientos negativos, sentirnos impotentes como los niños. En nosotros tiene que
aparecer la actitud del niño, del niño impotente ante los asuntos que se relacionan con Dios y con los
hombres, con el ambiente y con la realidad que nos rodea. Lo que nos permitirá pasar al amor-ágape
es solamente la actitud de fe confiada, que espera el milagro de que Jesús vendrá, y amará en nosotros
a los demás; incluso a aquellos por los que no sentimos simpatía.

A fin de cuentas, en las situaciones en las que nacen y crecen en nosotros los sentimientos negativos, o,
al menos, desaparecen los sentimientos positivos, es cuando nos damos cuenta de que solamente Cristo
es capaz de amar en nosotros. Nuestra voluntad debe sentirse libre de los sentimientos, o, al menos,
debería tender a alcanzar esa libertad. Nuestra libertad es precisamente Cristo. Su Presencia en
nosotros nos aporta la conversión, nos libera, nos obsequia la gracia, y, por consiguiente, también la
libertad. Pero esa Presencia se realiza sólo en la medida en que somos pequeños e impotentes, porque
solamente así estamos en condiciones de recibir y de dar el amor de Jesús a través de la fe. En este
sentido, la dificultad en nuestras relaciones con los demás, es una oportunidad de recibir la gracia y el
amor especial de Jesús, quien viendo lo impotentes que somos ante nuestros sentimientos, desciende
hasta nosotros como el Agape Divino.

Cristo al descender hasta tu corazón quiere amar, quiere darse a los demás y desear su bien. Quiere
amar cada vez más, y , en ti, desear para los demás el mayor bien; lo que a la luz de la fe significa
desear su santidad. Cuando amas a alguien de manera que solamente te preocupas por sus asuntos
materiales, por sus asuntos temporales, debes ser conciente de que, en realidad, te falta el auténtico
amor. No basta la atención a los problemas de la vida temporal: de la educación, de la salud, y del
bienestar; sólo puedes amar auténticamente, cuando tú mismo anheles la santidad, y cuando anheles ir
inculcando ese deseo a los demás.

No se puede amar al hombre sin amar a Dios

De esa verdad que dice que Cristo ama en nosotros al prójimo, resulta que no se puede amar al
hombre sin amar a Dios. Tú solo no eres capaz de amar, es Cristo quien ama en ti. A1 amar a Cristo
abriéndote a El, abriéndote a la venida del Agape Divino, permites que El te ame y que en ti ame a
otras personas. Tu proceso de apertura a que Cristo venga a ti, tanto en los Sagrados Sacramentos
como en la oración, te permite amar a los demás. En la medida en que aceptas a Cristo, en la medida
en que le permites abarcarte, puedes darlo a los demás. Amar a otro hombre significa darle a Cristo.
Pero no se puede dar lo que no se tiene. Cuanto más amas a Dios, y lo recibes en este amor; cuanto
más le permites vivir en ti, y actuar en ti, tanto mayor es tu capacidad de amar a los demás.
Amar significa darse, dar el bien a los demás. Pero no basta con dar bienes materiales. A la luz de la
fe son más importantes los bienes espirituales. Si no se los das a tus seres queridos se produce un
cierto « robo » espiritual, un cierto « perjuicio » espiritual. Ellos tienen derecho a esos bienes. Los que
te rodean tienen derecho a que tú, creciendo en la gracia santificante y en la aspiración a la santidad,
te conviertas para ellos en un canal puro de gracias. Tu crecimiento en la santidad, a la luz de la fe, se
convierte en el don más precioso que puedes ofrecer a tus seres queridos . Tienes que cuestionar tu
amor, tienes que colocarte en la verdad y preguntarte si de verdad amas. Con seguridad estás
absolutamente convencido de que amas a tu hijo, porque no te preocupas solamente de sus asuntos
temporales, sino que también oras por él. Pero el valor y la eficacia de tu oración dependen, no de los
sentimientos, sino del grado de la gracia santificante, del grado de tu fe y amor a Dios. Si no hay en tí
vida interior, si no hay en tí crecimiento de la fe y del amor Divino, te conviertes para quienes te
rodean en un « ladrón » en el sentido espiritual.

Una madre que practica un cristianismo « tibio », y por tanto no se adhiere a Cristo a través de la fe,
debe ser concierte, de que al no amar a Cristo, tampoco ama a su hijo. Al no recibir ella la Sagrada
Comunión, priva también a su propio hijo de gracias especiales. Aunque ese hijo sea para ella un
tesoro, de manera inconsciente le roba las gracias que fluirían hasta él, a través de las Comuniones de
ella. Cada participación en la Eucaristía, cada participación en el Sacramento de la Reconciliación,
cada recepción de otros sacramentos y cada oración basada en el « el sistema de vasos
comunicantes», es decir, en nuestra estrecha y múltiple vinculación con el Cuerpo Místico de Cristo,
siempre es un donar el bien a los demás. Amas a tu cónyuge, a tu hijo o hija, a tus padres y a otras
personas, más o menos entrañables, en la medida en la que te vuelves hacia Dios; en la medida en que
aspiras a la santidad y permites que ya no seas tú el que vive, sino que sea Cristo quien viva en ti.

El, el único amor y el único bien, desea amarnos sin límites, y busca continuamente a las almas sobre
las cuales pueda derramar su inconmensurable amor. No se puede amar al hombre sin amar a Dios.
Únicamente los santos, aquellos que se abrieron plenamente a Cristo, y en los que Cristo puede vivir y
amar a plenitud, aman de verdad al prójimo.

Encontrar la autorrealización en Cristo

Si te vas abriendo a Cristo a través de la fe, El se vuelve tu « Camino, Verdad y Vida» (cf. Jn 14, 6 ) ;
El empieza a mostrarte tu « yo » ideal, al mismo tiempo que lo va realizando. El mismo va llevando a
cabo tu autorrealización.
La psicología habla del « yo» ideal y del « yo» real. Cada uno de nosotros lleva adentro una imagen
de lo que quisiera ser , de la persona cuya imagen y semejanza quisiera realizar en su interior. Estos
deseos reflejan un «yo» ideal. En cambio, el « yo» real, a veces puede resultar tan repulsivo que
provoca enojo y hasta rabia. Esta actitud no es correcta. Sin embargo, demuestra que el hombre no
quiere ser tal como es, sino que tiene un «yo» ideal, desea ser diferente, desea autorrealizarse más.

En un hombre creyente la imagen del « yo» ideal, irá perfeccionándose en la misma medida en que
vaya desarrollándose su vida interior, es decir, su identificación con Cristo. El proceso de conocer a
Cristo y de adherirse a El suscita el deseo de identificarse con El; así Cristo se convierte en tu ideal
como persona, en tu «yo» ideal. Tu crecimiento en la fe y en la gracia, es el resultado de que Cristo te
concede una luz cada vez mayor y se te revela cada vez más plenamente; permitiendo que tu « yo»
ideal sea cada vez más claro. También, El mismo fortalece tu voluntad para que puedas ir formando tu
«yo» real, según el « yo» ideal.

Ya que todos estamos predestinados a « reproducir la imagen de su Hijo» ( Rm 8, 29), en verdad sólo
Cristo puede ser nuestro ideal. Por eso, en la medida en que la imagen de tu « yo » ideal, se va
acercando a la imagen de Cristo, tú te vas acercando a la verdad; Cristo mismo se vuelve tu camino y
verdad.

Viviendo en la verdad y respondiendo al llamado de Dios al amor, se va efectuando nuestra


autorrealización. No se puede hablar de amor sobrenatural fuera de la vida en la verdad, porque este
amor es el amor del mismo Cristo en nosotros. El vive en mí, en la medida en que yo, viéndome en la
verdad, es decir, conociendo mi debilidad, lo llamo y quiero que El mismo sea mi vida.

El hombre por sí mismo no es capaz de ningún bien sobrenatural. La Iglesia no dice que la naturaleza
humana sea corrupta, pero deberíamos aceptar que por nosotros mismos no somos capaces de hacer
el bien; que no somos capaces de amar; que no somos capaces de responder a este llamado de Dios,
tan extraordinariamente difícil; sobre todo el llamado a amar al prójimo, que en algunos casos
requiere hasta del heroísmo. Cristo hablando con el joven rico dijo: « ¿ Por qué me llamas bueno ?
Nadie es bueno sino sólo Dios» (Mc.l0, 18 ). Todo lo que hay de bueno en nosotros proviene de Dios.
«¿Qué tienes que no lo hayas recibido?» (1 Cor 4, 7).

Cuando en nuestra relación con los demás todo va bien, no vemos la necesidad del heroísmo. Pero, en
ocasiones la relación con el prójimo es tal, que sin heroísmo nos quedaría sólo la negación del amor.
Amar al enemigo requiere de un amor heróico. Esta es una situación extraordinaria, pero también, en
condiciones menos dramáticas. Dios varias veces nos llamará a un amor que nos puede costar mucho.
Entonces, entenderemos que no somos capaces de amar, y nos será más fácil comprender el profundo
sentido que tienen las palabras de Cristo : «Yo soy la vid ; vosotros los sarmientos. El que permanece
en mi y yo en él, ese da mucho fruto; porque separados de mí izo podéis hacer nada» (Jn I S, S ). Sin
Cristo no podemos hacer nada; nuestra vida es Cristo. Sin E1, somos como el sarmiento, que se seca
cuando es separado de la vid . El hombre no puede realizarse sin Cristo.

Nuestra autorrealización se va haciendo en la medida en que nos vamos abriendo a Cristo, en la


medida en que dejamos que sea El mismo quien ame en nosotros, El mismo quien viva en nosotros . Si
te abrieras plenamente a Cristo, podrías repetir lo que dijo San Pablo :« no vivo yo, sino que es Cristo
quien vive en mí » (Ga 2, 20 ) . Y Cristo realmente tiene este deseo tan extraordinario: quiere amar
con el amor apropiado a cada uno de nosotros; quiere tener tantos rostros, cuanta gente hay en la
tierra.

La Iglesia enseña que sin la Cruz no hay amor; para que yo pueda amar al prójimo, mi « yo» tiene que
ser crucificado. Pero yo no puedo aceptar esto sin la gracia. Solamente la gracia puede hacerme
capaz de ello. La gracia actúa de tal manera, que el mismo Cristo se incorpora a mi «quiero», a mi
decisión humana: « quiero amar, quiero elegir el bien». «Pues Dios es quien obra en vosotros el
querer y el obrar, como bien le parece» ( Flp 2, 13 ).

Nuestra voluntad, gracias a la cual podemos escoger el bien y el amor, es débil. La voluntad del
hombre es demasiado débil para elegir lo que es difícil, aquello que requiere renunciar al egoísmo. Si
alguien no lo ha experimentado todavía, seguramente algún día verá que de verdad no es capaz de
amar, no es capaz de morir a sí mismo. Y la verdad es que se llega a ser hombre pleno sólo a través del
amor.

El amor es un acto de la voluntad, es nuestro deseo (Ir obsequiar con el bien a los demás. Pero este
deseo en cada uno de nosotros tiene diferentes grados. Por ejemplo, mi «quiero" amar es sólo de un
«10 por ciento», esto es poro, esto no es suficiente para crear armonía entre los hombres; ni para el
proceso de la integración de las personas. Esto no basta para amar como Cristo amó. Sin embargo,
mi, «quiero» puede ser intensificado cada vez más por la gracia de Cristo, hasta tal punto de querer
realizar el « mandamiento nuevo»: « Que, como yo os he amado así os améis también vosotros los
unos a los otros» (Jn. 13, 34). Ya no en un «10%», sino en un 70% o incluso en más. Si es así, la
misma vida de Cristo se revela en nosotros.

Cristo, al incorporarse en mi < quiero», y de este modo en mi «yo», no obra alienación de mi


personalidad. Al contrario, precisamente gracias a eso se va efectuando mi autorrealización, la
autorrealización en Cristo. Cada quien se realiza a sí mismo sólo cuando ama. Yo puedo realizarme
sólo gracias a los que amo. Así es la economía Divina, y tal es mi estructura psíquica. Nadie puede
realizarse a sí mismo sin que haya en él una referencia a otra persona. Sin esta referencia nunca puede
llegarse a la plena autorrealización.
Cristo no nos aliena. Descubrir a Cristo en los demás no disminuye en nada el valor del prójimo.
Amando a Cristo, al mismo tiempo amamos al prójimo. Es gracias a Cristo que el prójimo empieza a
atraernos, puesto que lo vemos cada vez mejor, cada vez más digno. Cristo, al incorporarse en nuestra
voluntad, hace que deseemos cada vez, más el bien, y que este bien vaya aumentando en nosotros, sin
que deje de ser Suyo. Aunque el responder a la gracia se volvió nuestro bien, al mismo tiempo sigue
siendo el bien de Cristo. Cristo se incorpora en nuestra vida de una manera tan perfecta, que es El
quien ama al prójimo con nuestro amor, y nosotros amamos con su amor. Aquí no existe ninguna
separación, ni alienación; al contrario, gracias a que Cristo está en mi, me autorrealizo, amo y crezco
en el amor.

Si Cristo llega a ser mi « yo» ideal, entonces se está efectuando mi autorrealización, y al contrario,
cuando peco, cuando digo «no» a Cristo, estoy robando a mi propio « yo» , disminuyo la posibilidad
de autorrealizarme. E1 pecado y el estar cerrado a Cristo me alienan. El cerrarme a Cristo me
produce tristeza, depresión, enfado; y sin embargo no quiero estar así, no es así mi «yo» ideal. Cristo
es el «yo» ideal, mío, tuyo, de todos nosotros; porque El quiere tener todos los rostros. Al mismo
tiempo es El quien realiza este «yo» en cada uno de nosotros. Esta realidad maravillosa confirma las
palabras de Cristo: « Yo soy el camino, la verdad y la vida». (Jn 14, 6). Tenemos que volver
continuamente a estas palabras, puesto que no se puede hablar de la autorrealización en Cristo sin
vivir en la verdad.

Cristo dijo sobre sí mismo: « Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar
testimonio de la verdad» (Jn 18, 37). Dios es sensible a la verdad de una manera muy especial.
Viéndolo humanamente se puede decir que la verdad es « el punto débil» de Dios. Si quieres
asemejarte a Cristo, no debe haber en ti hipocresía. Cristo, quien es la misma verdad, es inflexible
ante la falsedad, y también ante el orgullo, el cual nos hace apropiarnos de lo que El mismo obra en
nosotros. Cuanto más grandes son las gracias que nos apropiamos, tanto mayor resulta nuestra
estupidez. Dios para defendernos de esto, tiene que limitar sus gracias.

La humildad es el fundamento de nuestra autorrealización; ella es tan importante porque Dios está
dispuesto a darlo todo al hombre que no se apropia de nada. Si vives, en la verdad y reconoces que sin
Cristo no puedes nada, es como si lo llamaras: ven y vive en mí... sólo entonces Cristo viene.

Para no apropiarte de lo que Cristo obra en ti, procura decir con frecuencia: Jesús, gracias a Ti me
autorrealizo; gracias a Tí, mi cónyuge es tan atrayente; gracias a Tí , las personas que trato son tan
buenas. Esta será la expresión de la humildad. Todo lo que admiro en el prójimo pertenece a Cristo, y
al mismo tiempo al prójimo. Sería una ilusión considerar que el bien sobrenatural de alguien, por sí
mismo, sea digno de admiración. Algún día, cada quien se dará cuenta de lo débil y pecaminoso que
es. No obstante, Cristo quiere hacer de tí una obra maestra, que provocará la admiración de los
demás, y entonces, te irás autorrealizando, y, a la vez, Cristo estará realizándose en ti.

En cada uno de los santos se realizó la imagen de Cristo de una manera diferente. Es algo
extraordinario que tengamos santos tan diferentes. Por ejemplo, Santa Eduwiges, reina de Polonia era
modelo de elegancia, fascinaba no sólo por su gusto estético y delicado, sino también por su nivel
intelectual y espiritual. En cambio, San Benito José Labre murió en la miseria como un mendigo. San
Camilo de Lelis en su juventud fue jugador de naipes y bandolero; y llevó una vida quizás peor que la
de los soldados de la Legión Francesa. Un día, siendo ya alcohólico, vio a un monje, y de repente
surgió para él un rayo de esperanza - también yo puedo ser diferente -pensó. Mas tarde, a causa de un
partido de naipes que perdió, se vio obligado a mendigar. Esto era tan humillante, que cubrió su cara
con un pañuelo; sintió que era una caricatura de hombre y que no estaba realizado. A raíz de esto
nació en él el deseo de cambiar, empezó a soñar en ser un hombre normal, y fue entonces cuando
Cristo obró en él su autorrealización; no solo hizo de él un hombre normal, sino una obra maestra.

Así procede Cristo con nosotros, porque quiere llegar a ser todo para nosotros: nuestro amor; nuestro
camino, verdad y vida.

También podría gustarte