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La venganza 3

Caía ya la tarde encendiendo las bajas lomas de Kothas en mansas


llamas y el crepúsculo corría un acaramelado velo sobre todo aquello
que a su tibia luz se postrase.

Mi corazón latía al tiempo que el soberbio navío quebraba las olas


acercándose a pocas millas de mi isla natal. El casco del barco crujía
como saludando a los brillantes arrecifes y las algas se tornaban
fluorescentes a nuestro paso.

Vino a perturbar mis melancólicos recuerdos el capitán de la nave


avisándome que ya era tiempo de soltar anclas.

Fueron botadas dos barcas de remos para llegar a puerto pues los
hechizantes corales eran afilados y desgarraban las quillas de los
barcos como si de papiro se tratase.

Ya en tierra, besé la fría arena saludando a la isla donde había pasado


mi infancia y, postreramente me encaminé a una posada donde
pudiese poner fin a la fiera batalla que en mi panza se libraba.
Tras subir por las irregulares calzadas y angostas calles entré en una
taberna a la cual me había guiado mi audaz nariz. Al entrar, me dirigí a
la barra dispuesto a dejar allí casi la mitad del tesoro que llevaba, solo
en comida.

- Saludos posadero - dije - poned patas arriba vuestra despensa y


decid a vuestros cocineros que sean prestos y generosos en su
trabajo pues mi bolsa de oro se mediara si es necesario para saciar
mi hambre.
- Si pagáis bien, comeréis bien, viajero, sentaos mientras se
condimenta el manjar.
Antes de girarme para reposar mis exhaustas piernas en una mesa,
sentí el frío acero de una hoja amenazando mi garganta.
- Apartad ese machete de mi garganta si no queréis verlo hendido en la
vuestra.
- Eso no será necesario hermano, veo que descuidas tu espalda, y en
esta isla, peregrinos filos acechan a los viajeros para desproveerles de
sus bolsas.
Al girarme del todo, vi unos cuernos altos y afilados en semejanza a
los míos, y un rostro de facciones también parecidas a las mías. Era
Ankhos, mi hermano antes mercader pero convertido al noble arte de
la piratería.
- ¡ Ah, viejo zorro marino!, que bueno encontrarse con alguien conocido
que pueda advertirte de los piratas ruines y malolientes como tu. Ven
a mi mesa y comparte mi comida, hermano.

Ambos estrechamos nuestras manos y nos sentamos a charlar


mientras yo acallaba los rugidos que aun se escuchaban en mi
estomago.
- ¿Cómo has tenido noticia de mi llegada?.
- Las voces corren cual rata acechada - dijo Ankhos -, y alguien me
advirtió que un remilgado minotauro había puesto pie en tierra y que
andaba algo despistado por estas callejuelas empinadas. No podía
creer que tus torcidos cuernos se hubiesen dignado a volver por esta
isla.
- Por kiry Jolith que me alegro de ver tu achatado hocico, creía que
algún pirata mas avispado que tu, te había dado muerte por hurtarle su
barco o su botín.
- No hay pirata en esta pestilente isla que supere en si quiera un ápice
mi audacia, razón es esa para que envidiosos competidores deseen ver
mi cabeza colgando de la proa de sus naves, y que gasten la mitad de
sus tesoros en contratar a asesinos los cuales el filo de mi hoja oxida
con su fétida sangre.

Mi arrogante hermano y yo hablamos por largo tiempo mientras la


mesa se llenaba de vacías jarras de aguamiel. Le di detallado informe
de mis correrías y contele todas las batallas que había librado estando
por costumbre mi victoria presente en todas ellas.

Llenaronse nuestras panzas, refrescaronse nuestros gaznates y


partimos de la posada con un mas que jubiloso posadero por el
homenaje al legendario arte del buen comer allí presenciado y la muy
generosa propina dejada.

Cayó la noche y nos pusimos en camino al navío de Ankhos que, como


buen pirata que se preciase, tenia su barco como morada.

Mientras caminábamos pesadamente por obra y gracia del aguamiel,


un encapuchado choco contra mi hermano pidiendo disculpas
posteriormente. Sin dar importancia al anecdótico hecho, seguí
caminando, pero pronto advertí que lo hacia solo. Me gire y vi a
Ankhos con la mirada perdida y con los ojos inundados en un fatuo
color rojo.

- Ja… Jammmir, ayúdame.

Fugazmente cogí a mi herido hermano en brazos y le tumbe en unas


redes de pesca que en el muelle reposaban. En el abdomen tenia
hendido un cuchillo, se lo saque y vi asombrado que estaba teñido con
un pérfido color verde. Era una hoja envenenada.
- ¡Ankhos, ármate de coraje y aguanta!
- N... no hermano, a su fin ha llegado mi aventurada vida, y siento que
tus ojos tengan que presenciarlo. Si… siendo un pirata mucha gente
desea tu muerte y no puedes evitar todos los cuchillos que te buscan.
Mm… me llevo conmigo la esperanza de que tu sedienta espada dé con
el autor de esta vil infamia.

La tez de mi hermano se torno pálida y un ultimo suspiro arranco la


poca vida que le quedaba.

Una sola lagrima, la única lagrima que de mi ojo ha caído en toda mi


vida se fue con Ankhos.
Desenvaine mi machete y apreté el filo en mi mano jurando con mi
propia sangre dar muerte al percusor de tal ignominia.

Venganza, venganza. Tan solo había cabida en mi ahora cegada mente


para esa palabra.

Negras nubes encapotaron el cielo antes estrellado. Desatose la furia


en la mar golpeando los cascos de los barcos contra el muelle. Parecía
como si los elementos estuviesen dando noticia de que se había
desatado una ciega furia en busca de venganza.

Toda la noche estuvo mi atormentada persona preguntando en las


incontables posadas si por su puerta había entrado un hombre
encapuchado.

Antes de poner fin a la búsqueda, entre en la ultima posada que me


faltaba por visitar. En ella contaronme el mismo cantar que en las
anteriores había oído: “En esta posada, infinidad de encapuchados
entran”.

Atormentado y desesperado por mi poco éxito en la búsqueda, quise


poner fin a esa noche vaciando los barriles de aguamiel del lugar.
Pasadas largas horas de pesada embriaguez, vino la diosa fortuna a
darme pista sobre lo que buscaba. Estando yo tendido con los hocicos
en la mesa, unas peregrinas palabras por el silencio de la noche
transportadas llegaron a mis oídos.

-¿Acometiste con éxito tu empresa Rauros?.


- Podéis apostar vuestro navío a que lo he hecho. Ya sobre las
húmedas redes del muelle yace su cuerpo, pero había alguien mas, tan
fornido y alto como él, espero que no venga en busca de mi cabeza.
- No habrá problemas. Ven dentro de una hora al barco Esquilo, allí tu
paga se te será entregada.

Tan solo unas mesas mas allá que yo, dos hombres mantenían una
proscrita conversación, y una sonrisa se dibujo en mi cara al descubrir
que uno de ellos era el infame encapuchado. El otro era un gordo
pirata de torpes movimientos y que hedía a pútrido pescado incluso a
cincuenta pasos de el.

Levantose el encapuchado y partió de la posada. Su compañero apuró


su jarra y también salió.

Seguí a este ultimo por las oscuras y amenazantes callejuelas. Tras


unos minutos de sigilosa persecución, mi presa se detuvo en una
esquina desde la cual se divisaba ya el muelle, y saco una petaca a la
que dio un profundo trago.

Cuando terminaba de mediar la oxidada botella caí sobre él. Le tape la


boca y dije:
- Es menester que me presente, pues educada persona soy, y no suelo
matar a alguien sin antes dar noticia de mi nombre. Me llamo Jammir
Al Jammar, hermano de Ankhos Al Jammar, y la afrenta que vuestra
persona ha cometido tan solo puede saciarse con sangre, honor, y
gélida venganza. Despedios pues de vuestra vida.

Hendí mi machete hasta el mismo mango en la garganta del pestilente


pirata, y muy a mi pesar, pues soy minotauro de fino olfato, me puse
sus atavíos para así completar con éxito mi venganza.

Doble la esquina y divise al enmascarado subiendo al barco donde


habían quedado citados sendos traidores. El barco era alto y solemne,
parecía no moverse con las olas que más calmadamente ahora
azotaban el muelle.

Los barcos pesqueros levaban anclas y ultimaban sus preparativos,


pues la jornada pesquera daba comienzo un par de horas antes del
amanecer.

Las calles estaban iluminadas por las tenues luces que de algunas
posadas salían. Las llamadas de las campanas a los grumetes
despertaban a los múltiples borrachos que dormían su embriaguez al
calor de las redes rotas y en compañía de las fieles ratas.
Espere pues a que el enmascarado entrase en el barco y acto seguido
me dirigí con ligereza hacia el mismo.

Ya a bordo, ni siquiera una furtiva rata cruzaba la cubierta, la cual


ostentaba múltiples trampillas. El silencio ensordecedor era solo
calmado por el crujir de la madera. El palo mayor se elevaba alto, muy
por encima del resto de navíos. Las velas estaban todas recogidas con
tal precisión que a trabajo de orfebre se asemejaba. Parecía que el
maloliente pirata había sido tocado por la fortuna para conseguir tan
bien rematada nave, pues no seria por su habilidad para la palabra ni
para el plante.

Elegí pues al azar una trampilla situada al pie del palo mayor, y con
cautela y reserva abrí la misma.

Bajaban a la cubierta inferior unas oscuras escaleras que solo él más


hábil de los elfos las bajase sin trastabillar. Abajo, solo oscuridad.
No era pertinente encender una lampara pues me delataría, así pues
baje como bien pude sin tropezar pero con mucho respeto por cierto.
Ya abajo, al final de un angosto pasillo de unos quince metros, una
tímida luz iluminaba una estancia. A ambos lados del pasillo había
estancias que deduzco serian las literas. Los pavorosos ronquidos
hacían pensar que en celda de fieras estuviese preso, y cabe decir que
otros ruidos que además del oído, apelaban a las narices también
escapaban de aquellas puertas.

Tras examinar la estancia y cerciorarme de que todos aquellos piratas


dormían, puse rumbo a la ultima puerta. En mi camino, tras pisar un
incierto tablón, medio desperté a uno de aquellos monstruos de la
noche que con sus hedores, en ciénaga tornaban el bello barco. El
buen borracho, al oír mis pasos dijo:
- Thrabos viejo león marino, cuando descargues, tráeme algo de pollo
de la cocina, y si el cocinero se niega, degollale.
- De acuerdo - conteste agravando mi voz.
Cerca estuvo ese pirata de descubrirme, pero con astucia salve el
incomodo accidente.

Llegando por fin a la última puerta la cual estaba entornada


ligeramente, descubrí al falaz infame que tan traicioneramente había
dado muerte a mi buen hermano.
El maldito ya no estaba encapuchado, ahora dejaba descubrir su testa.
Era un sucio semielfo, y el vil asesino amasaba un cuero lleno de
monedas.

Tan centrado estaba en su ocupación que no me oyó entrar en la


estancia, pero cuando cerré la puerta tras mí, se volvió de refilón y me
dijo:
-¡Ah! Ya llegaste. Siéntate pues, bebamos y repartamos el botín del
minotauro.

Me acerque a su silla y violentamente le di media vuelta. El infame se


torno pálido y el terror se reflejaba en su rostro.
- Gritad, y vuestra cabeza colgara de mi cinturón por largo tiempo, lo
juro por el alma de mi hermano.

Mis palabras calaron en el sucio engendro y solo pudo tartamudear a


duras penas que no le matase.
- Y bien - dije - ¿Tiene tu reptil lengua algo que suplicar antes de que te
la tragues por el dolor que va a serte aplicado?

Callose el infiel, pero su furtiva mano, a la vista de mis avispados ojos,


se quiso encaminar a su espalda donde a buen seguro escondería una
vaina. Fue esto momentos antes de que su sigiloso brazo cállese al
suelo y más tarde acompañando a la inerte extremidad, cállese
también su cabeza.

Tiñese de sangre la cubierta completa y con objeto de celebrar la


consecuente venganza, me quede como recuerdo del mal mercenario
su bolsa de oro donde había cerca de doscientas piezas de acero.
Salí airoso pues del barco no sin antes cumplir la promesa que le había
hecho al medio dormido y completamente ebrio pirata. Pase por la
cocina, degolló al cocinero pues se negaba a darme el pollo, y le lleve
el mismo a la habitación a mi hambriento amigo.

De mi viaje de vuelta y de lo que acaeció en la isla durante la víspera


del viaje no daré explicación porque poco interés le encuentro además
de que mi traicionera memoria es seguro que no me desvelase lo que
allí pasó.

FIN
ALEJANDRO CHATAING

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