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Alcántar Casillas Diego

13 de octubre de 2021

EZLN, La alianza mestiza-Indígena, Fabiola Ezcárzaga

En el presente texto la autora realiza un análisis del surgimiento del EZLN a través
de la identificación del sujeto que sustenta esta lucha: las comunidades indígenas
del sureste mexicano. De tal suerte, nos lleva a un recorrido histórico de las
condiciones de los nativos mexicanos desde los tiempos prehispánicos, pasando
por la colonia donde se vuelve efectiva su marginación de la nación, hasta los
tiempos actuales en donde, no obstante, esta marginación no ha sido superada
sustancialmente. Al mismo tiempo da cuenta de los factores económicos, así
como de los espectros de dominación política que configuraron esta región,
relegándola en función de su carácter étnico y siendo la base clientelar de
sucesivos actores políticos y religiosos. Finalmente, analiza los procesos e
intentos organizativos encabezados principalmente por vanguardias mestizas que
se instalaron en el territorio chiapaneco e identifica cuatro principales figuras: la
iglesia progresista, los grupos maoístas, el FLN y el EZLN. Este último fue quien,
en la medida de la adecuación de su programa político y sus métodos a la realidad
específica indígena, y sobre las bases del trabajo territorial realizado por sus
antecesores, logra agrupar en su seno a una fuerte organización indígena que
irrumpirá a la vida pública en el de 1994 con una guerra al Estado mexicano.

Analicemos primeramente la Iglesia. Su impronta radica en que fue la primera


institución en defender los derechos indígenas y oponerse a su explotación,
especialmente después de la intervención lascasiana. En este momento, la autora
nos señala que la evangelización de los indios jugó un papel cohesionador,
legitimando el aparato estatal en formación, asegurando el control de la Corona
como instancia suprema y por encima de intereses de particulares
(encomenderos), estableciendo formas económicas estables, evitando la
feudalización excesiva, regulando las relaciones de trabajo y defendiendo la
sobrevivencia misma del sistema de explotación mediante la defensa jurídica y
moral de una mano de obra a punto de ser totalmente diezmada por los excesos
de quienes debían protegerla.

No obstante se adivinaban enfrentamientos entre los grupos indígenas y los


conquistadores, por una parte, pero más específicamente con el sistema de
dominación económico que se fincó en estos territorios, intensivo en mano de obra
y altamente explotador. Se inauguró así el conflicto entre los ahora peones
encasillados y sus explotadores. Esta forma de explotación se mantuvo en lo
sustancial aún después del triunfo de la revolución e incluso de la reforma agraria
de Lázaro Cárdenas y las instituciones indigenistas, creadas para solventar el
conflicto con las comunidades originarias.

Es de destacar que los conflictos en la región adquieren un carácter religioso que


en el fondo revela las contradicciones económicas y políticas. Por ejemplo, la
autora da cuenta de cómo estas se tradujeron en inconformidad con la religión
católica tradicionalista que legitimaba la dominación, pero que no obstante,
expresaba la crisis de la economía de plantación y de la reconversión económica
que enfrentó la región. Estas contradicciones encuentran su punto más álgido en
1970 cuando cambia el patrón de acumulación en el país y, consecuentemente, en
esta área. “Nuevos territorios chiapanecos fueron integrados a la explotación
capitalista en actividades como la explotación petrolera, la construcción de presas
hidroeléctricas, la ganaderización y el turismo, actividades que despojaron de sus
tierras y formas de reproducción tradicional a los campesinos, desplazándolos de
sus viejas relaciones de producción sin incorporarlos a otras nuevas”. De tal suerte
que grandes masas de campesinos indígenas fueran marginados del proceso de
acumulación. Similar proceso sufrió la producción campesina como lo hemos visto
con anterioridad y que responde en última instancia al desplazamiento de su
función productiva como productor de alimentos baratos. No obstante, en estas
zonas esta contradicción se intensifica dados el atraso del desarrollo capitalista en
el estado y la remanencia de figuras arcaicas de explotación, como los finqueros y
caciques.
En este contexto, nos señala la autora, el principal conflicto de intereses era el que
en Los Altos oponía a peones acasillados recién liberados (expulsados de la finca)
y finqueros, sus antiguos patrones. “Éstos cambiaron la vieja estrategia productiva
diversificada al interior de la finca, que utilizaba fuerza de trabajo indígena cautiva,
por la especialización en la producción de ganado o café, que requieren menos
fuerza de trabajo, deshaciéndose de la fuerza de trabajo sobrante. Ambos grupos,
indios liberados y finqueros, se trasladaron a la selva y compitieron por la tierra
disponible. Los finqueros se apropiaron de la más productiva, mientras los
indígenas obtuvieron la más improductiva”. Así surgió necesario para estas
comunidades organizarse para enfrentar a sus enemigos, con lo que contaron con
la ayuda, como veremos, de la Iglesia progresista, y de los grupos maoístas.

El conflicto de La Brecha fue sin duda un punto de quiebre en la conciencia


indígena. Pues detonó la necesidad de organizarse para defenderse frente a los
desalojos del Estado una vez dado por acabado la colonización de la selva
lacandona y más adelante con el fin del reparto agrario y el asedio constate de los
finqueros y sus paramilitares. Para llevar a cabo este objetivo fue trascendental la
figura del obispo Samuel Ruíz, quien de la mano de la teología de la liberación,
adoptó posiciones más radicales de defensa de los pueblos indígenas frente al
hostigamiento permanente del estado y las fuerzas económicas. El congreso
indígena realizado en San Cristóbal hacia el año de 1974, organizado por la
Iglesia, logró reunir a 1250 delegados de 327 pueblos donde se discutieron y
tomaron acuerdos sobre cuatro temas: tierras, comercio, salud y educación. Y
como señala la autora, en términos prácticos y de compromiso del gobierno, con
el congreso se logró muy poco. No obstante, en términos del aprendizaje de las
comunidades y de la expresión de su voluntad de defender sus derechos frente al
mundo ladino fue la primera gran manifestación del despertar indígena y el inicio
de un intenso proceso organizativo.

El obispo, consciente de las limitaciones políticas de la Iglesia, invita a otros


grupos políticos a asesorar y a organizar a los indígenas. Grupos políticos de
filiación maoísta (Línea Proletaria y Unión del Pueblo) realizarían labores
territoriales en la región con la finalidad de organizar a las comunidades y a
asesorarlos en sus luchas. Poco a poco, estos grupos abandonarían su discurso
antisistémico para orientarse hacia la resolución de las necesidades materiales y
los problemas inmediatos de las comunidades. Posteriormente el EZLN los
criticaría fuertemente dado que el horizonte emancipador sería relegado por una
posición más pragmática de corte economicista enfocada en la obtención de
créditos y en las mejoras en las condiciones productivas. Se plantearon enfrentar
el problema de los desalojos, aumentar la productividad de los cultivos de café y
del ganado, establecer mejores condiciones de comercialización, mejorar los
términos de intercambio, mejorar los caminos y el transporte, la salud, la
educación, establecer convenios con instancias gubernamentales de
comercialización y participar en programas federales. También se tendría la
sospecha de si eran agentes contrainsurgentes del estado avocados a
desmovilizar las masas de campesinos pobres. No obstante, lo que sí es cierto es
que realizaron efectivamente una labor de compenetración en las comunidades
donde tuvieron presencia y construyeron una red de organización política que más
adelante serviría de base material, al igual que la creada por la Iglesia, para el
EZLN.

Incluso me parece que la propia concepción zapatista de la organización política y


de la autonomía tiene mucho de inspiración en la organización implantada por
estos colectivos maoístas, desde la toma de decisiones consensuada en
asambleas, hasta (y la que me parece la más importante), la manera en que estos
grupos vislumbraban la posibilidad de construir “zonas liberadas” donde se
desarrollaran otras formas de ejercicio del poder sustentadas en la mayor
participación popular en los procesos políticos. El avance en la lucha debía darse
por etapas, dando lugar a la “lucha popular prolongada ininterrumpida y por
etapas, decían. Esto es muy parecido al método de lucha de los zapatistas y su
renuncia a la toma del poder por el establecimiento de comunidades autonomistas.

Otro elemento a considerar es la experiencia de los guerrilleros y refugiados


guatemaltecas enfrentados a un exterminio por el gobierno de su país en la parte
más sangrienta de la historia guatemalteca, luego del golpe contra Jacobo Árbenz
y el establecimiento de los cruentos gobiernos militares. De igual forma, el clima
revolucionario que se vivía en la década de 1970 hizo surgir diversas
organizaciones guerrilleras tales como las Fuerzas de Liberación Nacional.

De carácter urbano y clase mediero en su fundación, el FLN fue una organización


política de corte socialista cuya estrategia de toma de poder se basaba en la lucha
armada a través de la instauración de un foco guerrillero. En el seno de esta
organización se desprendió el EZLN como su grupo presente en comunidades
rurales e indígenas. Su primera incursión en la región fue en la década de 1970
donde, no obstante, fueron neutralizados por las fuerzas represivas estatales.

El EZLN, nos dice la autora, cumplió las funciones de vincular a las FLN con las
masas de trabajadores del campo, combatir frontalmente a las fuerzas represivas
del Estado, liberar el territorio donde actuó instalando autoridades revolucionarias
populares, dictar medidas y normas locales para beneficiar a la población de la
zona, sobre todo a los trabajadores, extender su zona de influencia hasta unirse
con otro frente de combate o con zonas urbanas. No obstante, tanto sus objetivos
como sus métodos se modificarían en función de las necesidades reales de la
población indígena. Aprendieron de la dinámica comunitaria, y asumieron el
proceso de formación de una vanguardia indígena y de ganar a la base social
indígena.

Posteriormente la autora nos habla del método usado por el EZLN, la lucha
armada. Según la autora, los propios indígenas eran quienes querían hacer la
guerra, por lo que propiciaron las condiciones para ello. “En las comunidades, la
idea de la autodefensa armada como necesidad comunitaria surge de la
conciencia de la amenaza permanente del desalojo por el conflicto de La Brecha
en 1973”. Es así que comienzan un período de reclutamiento y formación militar
encabezado por el EZLN y en 1983 se crea formalmente el Ejército Zapatista de
Liberación, que marca la consolidación de la prolongada etapa previa y no el inicio
de su trabajo en el estado de Chiapas o en la selva.
Finalmente las contradicciones exacerbadas por la entrada en vigor del TLCAN
llevaron a que el 1 de diciembre de 1994 el EZLN hiciera su aparición pública
declarándole la guerra al Estado mexicano. A partir de este momento devienen un
periodo de, primero negociación con el gobierno el cual se rompe frente al
incumplimiento de los Acuerdos de San Andrés, y luego de organización política,
en donde el polo se desplaza del carácter militar a la construcción de sujetos
políticos asentados en una base autonomista que le permiten reproducir
relaciones de producción y de convivencia no capitalistas. Asumirán a partir de
este momento este método como lucha.
Los Zapatistas y la Otra: los peatones de la historia. Subcomandante Marcos

En este comunicado el Subcomandante Marcos, de la dirigencia del EZLN, explica


la toma de posición del movimiento frente a la situación política desprendida del
clima poselectoral del año 2006, mismo año en donde participaron con La Otra
Campaña en donde se declararon anti PRD, anti Cárdenas y anti AMLO, el
candidato de izquierdas quien tenía altas posibilidades de ganar la elección,
arguyendo la traición de la clase política. Esta posición sorprendió a la izquierda
partidista la cual configuraba igualmente buena parte de los simpatizantes y
adherentes del EZLN. Marcos llama a los adherentes y simpatizantes a sumar la
causa de la Otra Campaña y a refrendar su apoyo al movimiento, lo que
finalmente constituyó una posición sectaria que habría qué analizar en qué medida
fue funcional a las fuerzas de la derecha.

Comenzará con un recuento del proceso previo a la Sexta Declaración de la selva


Lacandona. Recordará en el 2001 la traición de los partidos políticos y será crítico
especialmente de Cuauhtémoc Cárdenas y del PRD, pues en algún momento
fueron fuerzas políticas que simpatizaron y “apoyaron” la lucha del EZLN. Acá el
EZLN reconoce que no existen ni izquierdas ni derechas ni centros, sino toda la
clase política es avara, ruin y vil. El siguiente paso sería, consecuentemente, ir
contra todos los políticos.

La segunda cuestión que se plantean es que frente a la disyuntiva de “los de


arriba” en donde dejan al EZLN entre negociar con el gobierno o levantarse en
armas, responden que ni la una ni la otra. En cambio obtarán por una iniciativa
civil y pacífica.

La siguiente iniciativa tiene que ver con generar espacios de diálogo con “los de
abajo”, y crear redes de apoyo mutuo. Reconocerán que en sus salidas se
acompañan por las clases medias ilustradas, artistas, estudiantes, etc., y que es
necesario articular con la gente humilde y explotada que se acerca a ellos, no
pidiendo la salvación, digamos, mesiánica, sino que los acompañen en sus dignas
luchas.

Posteriormente habla del costo político del EZLN frente a la crítica, primero a
Cárdenas y el PRD, y luego hacia Andrés Manuel López Obrador. Esto se da en la
medida que una buena cantidad de los simpatizantes del movimiento son también
defensores acríticos del partido y de AMLO, por lo que es de esperarse que los
dejen solos. Así se hace necesario separar entonces la organización polítiico-
militar que es el EZLN, de la estructura civil de las comunidades a fin de que estas
últimas no se vieran afectadas.

Por otro lado remarcan el carácter antisistémico de su lucha, identificando al


sistema capitalista como el origen de sus males. En consecuencias dejarán de
actuar bajos los causes “sistémicos” que implica, entre otras cosas, no reconocer
al Estado como un actor de interlocución válido. Esto implica también unir su lucha
con la de los otros grupos desfavorecidos.

Finalmente analiza la figura y la política de AMLO, en donde destaca que esta es


de carácter servil a la clase empresarial y articulada en función del capital,
solamente que revestida de legitimidad y, en apariencia, de políticas de izquierda,
lo cual lo hace más peligroso. De tal suerte que la lucha zapatista continúe,
caminar con todo en contra, con una iniciativa anticapitalista civil y pacífica que no
sólo no buscara la interlocución del Estado y los políticos, sino que los criticara.

No cabe duda que el movimiento neozapatista es de gran envergadura y su


impronta política radica en la visibilización de las capas más desprotegidas y
marginadas: el campesinado indígena y pobre. Como hemos visto la dirección
política del EZLN ha adaptado los contenidos programáticos de su propuesta
organizativa así como los métodos a las realidades de los pueblos indígenas. Eso
es valioso: funciona para ellos. El autonomismo es el caso. Reconocemos sin
duda influencias marxistas en la dirección del movimiento. No obstante, el aplicar
un derivacionismo de la estancia económica hacia su expresión en la política los
lleva a asumir que efectivamente en el Estado no se encuentra un interlocutor y
que este asume funciones coercitivas o de maquinaria en función de la clase
burguesa y que por lo tanto no se puede disputar, es un caso perdido. Así,
asumen la idea de “tomar el poder sin tomar el Estado”, propio de marxistas
derivacionistas arrepentidos como Holloway o Zibechi.

Insisto en que esta estrategia puede ser útil, como lo ha sido, en espacios como
los de influencia neozapatista, con sus actores específicos como las comunidades
indígenas cuya experiencia histórica y un proceso de exclusión no sólo económico
sino incluso nacional, los lleve a determinar que el autonomismo es la estrategia
adecuada. Sin embargo el problema reviste mayores complicaciones cuando estas
mismas formas de organización quieren llevarse contextos más amplios o son
idealizados como la forma más adecuada de organización, propio de las nuevas
academias de izquierdas posmodernas. E incluso llegan a ser contraproducentes
en la medida en que abandonan la centralidad del trabajo como eje esencial de
análisis, así como la lucha de clases y, por supuesto, la toma del poder del
Estado. No obstante los zapatistas han sido claros y honestos: estas formas nos
sirven a nosotros, dicen, busquen las suyas. Tienen razón, hay que aprender de
ello.

Finalmente, me parece que caracterizar al “sistema capitalista” como el origen de


las distintas opresiones y generalizar a la política en torno a un mismo juicio, es
reificante. El “sistema capitalista” no nos dice nada por sí mismo, no obstante es
una posición muy cómoda que esconde en su seno las contradicciones políticas y
económicas que le dan fisionomía ese sistema capitalista y que en nuestro país
asume formas, nombres, mediaciones, partidos, institutos, etc., específicos. Eso,
aunado a la renuncia de la toma de poder, deja intacto al bloque de poder que
efectivamente realiza la opresión. Por otro lado, el olvidar que en el seno mismo
de los partidos políticos, y de actores políticos en general, existen disputas entre
distintas posiciones, las cuales pueden ser o más progresistas o más
conservadoras, e incluso revolucionarias, es borrar de un solo golpe la lucha por la
representación política que tanto ha costado a la clase trabajadora. Esta posición
es consecuente con el abandono de la lucha por el poder del Estado.

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