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REFLEXIÓN

Federico Malpica Basurto

La soledad en la cultura docente y sus consecuencias para la calidad pedagógica*

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Diseño y desarrollo curricular

Hoy en día, prácticamente en todos los ámbitos profesionales se ha generalizado el trabajo en equipo. La mayoría de profesiones no se pueden entender sin un trabajo colegiado, altamente supervisado, que permita a los profesionales ser buenos «aplicadores» y sentirse seguros para comportarse también como estrategas, intentar prácticas nuevas y ser reconocidos por ellas.

Estoy cruzando la puerta de la escuela y me dirijo directamente a mi clase. Es una mañana como otra cualquiera, camino bajo un cúmulo de conversaciones que se convierten en sonidos de voz irreconocibles que revolotean por todo el corredor mientras me acerco a la clase. Ríos de estudiantes que van y vienen, algunos corren mientras otros se detienen a saludar a compañeros. Llevo en los brazos trabajos revisados recientemente e intento esquivar a personas mientras recorro el pasillo. Logro llegar a la clase. Hoy estoy dispuesto a poner en marcha algunas actividades nuevas para este tema que no es nuevo y que he venido impartiendo durante varios años. Los estudiantes reaccionan, algunos mejor que otros. Beatriz cuestiona la actividad, pero le explico con paciencia los resultados que espero que pueda obtener, una vez más. La clase termina con más o menos éxito. Reflexiono sobre la actividad de camino a la sala de profesores, tengo una sensación extraña. Llego a la sala y me preparo un café. Me acerco a un grupo de colegas y me in-

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tegro en la conversación acerca de las próximas vacaciones. Cada vez más nos centramos en la escuela, hablamos del nuevo profesor de física, de las reglas administrativas que no se aplican, de la indisciplina lacerante y generalizada de los alumnos, de la falta de compromiso de sus familias y hasta de Beatriz, que no sólo ha cuestionado mi práctica, sino la de los otros colegas también. Es curioso, pero no hablamos de nuestras prácticas en sí. En la reunión de mediodía, tampoco se habla de lo que hacemos en clase, se tratan temas administrativos, de gestión, de evaluación, de planes de mejora, de las evaluaciones externas... y vuelvo a tener esa sensación extraña. 17.15h. Voy de camino a casa en una ciudad inundada de personas, charlas, saludos, paseantes..., pero vuelvo a experimentar aquella sensación y entonces me doy cuenta de lo que es, estoy terminando mi día laboral y lo he hecho completamente solo. Es increíble, pero en una institución llena de personas hago mi trabajo solo, igual que en esta ciudad, donde puedes caerte en la acera y pasar desapercibido. Soy un extraño, desde el punto de vista profesional, para mis colegas y superiores. ¿Quién conoce realmente lo que sucede en mi clase?, ¿cuánto hace que he recibido una supervisión sobre mi práctica docente, sobre la metodología que aplico en mi clase? Todavía más, ¿cuándo he compartido esta metodología con otros colegas?, ¿quién me dice si lo que hago está bien o mal? ¿Realmente tengo colegas, es decir, actuando de manera colegiada o son sólo compañeros de trabajo? Uno de los pocos ámbitos profesionales que aún quedan en el aislamiento y la falta de supervisión es el educativo. Razones puede haber muchas, pero básicamente a los profesores se nos ha obviado la suficiente atención y formación como profesionales y, por otro lado, los responsables de los centros educativos no se han sentido con la autoridad moral para exigir una metodología de la institución, se han conformado con exigir sólo la impartición de los contenidos. Incluso con respecto a la evaluación, normalmente sólo se ha venido exigiendo el qué y el cuándo, pero no el cómo ni el por qué.

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Partimos de la base de que una sola persona no podrá producir el cambio, la mejora ni la calidad

ralmente con protocolos claros que todos los docentes podamos seguir con seguridad en nuestro centro, estudiarlos y mejorarlos continuamente.
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El resultado es el que todos podemos observar: ansiedad en el ejercicio de nuestra labor dentro de las aulas, instituciones arcaicas, pobres resultados educativos de manera general, frustración por parte de docentes, directivos, estudiantes, familias y sociedad. Parece que esto de «cada maestrillo con su librillo» nos ha hecho mucho más daño del que nos podíamos imaginar. La razón es muy sencilla: ¿qué docente (formador, maestro, educador, catedrático o profesor) puede garantizar por sí mismo los resultados totales del proceso de aprendizaje de un estudiante con respecto de un programa formativo donde intervenga más de un docente? O lo que es lo mismo, ¿por qué los docentes cargamos con más responsabilidad de la que nos corresponde? En organizaciones donde cada profesional puede seguir la metodología que quiera (lo cual sería inadmisible en prácticamente cualquier ámbito laboral), la ansiedad, los «marrones», las injusticias laborales se suceden un día sí y otro también; los sistemas de calidad se han quedado en la superficie y sólo garantizan que la gestión y lo administrativo se registre, se evalúe y se mejore constantemente: documentación válida, entradas, salidas, planes, programas, entregas a tiempo, formatos bien rellenados, incidencias organizativas detectadas y mejoradas... Pero se ha dejado de lado el proceso clave de toda institución educativa: el proceso de enseñanza-aprendizaje. Un proceso que más bien son dos interrelacionados: el proceso de enseñanza o lo que hace el docente en el aula, y el proceso de aprendizaje, es decir, lo que produce el estudiante en su cabeza. Ninguno de estos procesos cuenta gene67 | Aula de Innovación Educativa. Núm. 165

Comunidades de investigación e innovación sobre la práctica educativa: potenciando la cultura de la mejora continua
Partimos de la base de que una sola persona no podrá producir el cambio, la mejora ni la calidad. Nos necesitamos unos a otros y necesitamos trabajar juntos de formas nuevas. Aprender juntos es una de ellas. Los comités y reuniones actuales en la mayoría de las instituciones educativas no son de ayuda porque normalmente están diseñados (de manera explícita o tácita) para tratar problemas administrativos o de gestión, más que aquellos sustanciales de la gestión pedagógica, algo como lo que pasa en las reuniones de equipo docente, que muchas veces se utilizan para realizar anuncios en vez de para discusiones relacionadas con la mejora de la enseñanza y el aprendizaje. De esta manera, se ha de reconocer que el trabajo en educación a todos los niveles queda altamente aislado, compartimentado y enfocado al «arreglo» de situaciones de gestión, sea del aula o de la organización. Por otro lado, podemos constatar que uno de los problemas centrales de las instituciones educativas es que el liderazgo de la gestión pedagógica ha sido más bien mediocre. Los docentes, junto con los responsables de los centros, debemos mejorarlo si queremos influir de manera sistemática y rigurosa en los resultados de los alumnos. A esto hay que sumarle que la mayor parte de profesores y profesoras nunca nos hemos sentido realmente parte de una comunidad dedicada a la investigación y mejora continua de la enseñanza y el aprendi-

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zaje y, por otro lado, la mayoría no hemos experimentado lo que es una impartición modelo o «buena impartición» según los planteamientos institucionales de cada organización educativa. De hecho, por lo regular acabamos enseñando de acuerdo a modelos que observamos y aprendimos cuando nosotros mismos éramos estudiantes. Sin abandonar el día a día, los docentes merecemos que se reagrupen las diversas reuniones, comisiones y equipos que sufrimos durante el curso escolar, en grupos enfocados a crear nuevas capacidades individuales y organizacionales (no simplemente aplicar las mismas capacidades a nuevas tareas), y, por tanto, se necesitará un espacio donde puedan reflejarlas como comunidad en prácticas y comunidad de aprendizaje. Si observamos otras profesiones y cómo se han transformado en el último cuarto de siglo (llámese abogacía, medicina, negocios, arquitectura, etc.), encontramos una creciente necesidad de trabajar en equipos para resolver problemas, mejorar los servicios y crear nuevo conocimiento de manera colaborativa. Es parte de la cultura popular. Sólo basta repasar por un momento las series de televisión de los últimos años para darnos cuenta de que no existe una sola que hable de las peripecias de un médico que actúa solo. Todas las series son de médicos que trabajan en equipo. En cambio, si volteamos la mirada hacia la educación, volvemos a encontrar un agravio comparativo en pelícu68 | Aula de Innovación Educativa. Núm. 165

las memorables como El club de los poetas muertos, Al maestro con cariño o Mentes maravillosas, donde el protagonista siempre es un «superprofesor» que trabaja solo. La razón para organizarse de manera colegiada no es otra que dichos grupos disciplinares son más proclives a generar mejores resultados de lo que pueden hacerlo los individuos trabajando por su cuenta. Dichas comunidades se utilizan cada vez más en diversos campos del mundo laboral porque permiten a sus personas y organizaciones aprender nuevas habilidades y procesos, así como identificar y enfocarse en los problemas actuales de la práctica. Dichas comunidades ayudan a: a) enfocar la estrategia; b) emprender nuevos proyectos; c) resolver problemas rápidamente; d) transferir buenas prácticas; e) desarrollar habilidades profesionales; f) generar investigación + desarrollo + innovación; y g) reclutar y entrenar el talento de las personas. Las comunidades de investigación-innovación sobre la práctica educativa (CIPE1) son, por lo tanto, grupos de profesionales de la educación que se desarrollan juntos compartiendo sus experiencias sobre el desempeño y su pasión por un objetivo común. Por tanto, no son grupos de voluntarios ni están enfocados en su propio aprendizaje como resultado en sí mismo. Estas comunidades existen para transformar un sistema superior a ellas mismas, que es la institución educativa. Pueden requerir aprendizaje individual y cambio, pero estará siempre relacionado con su encargo de hacer que algo valioso pase en la escuela donde son concebidas. Estas comunidades deben reflejar los componentes de los equipos de alto rendimiento en cuanto al cambio transformacional —que tiene que ver con una mejora continua de la ejecución—, así como los componentes del ciclo de la investigación-acción (Lewin, 1946; Carr y Kemmis, 1988, y otros), logrando altos estándares de rigor científico en la investigación y efectividad en las acciones realizadas para mejorar la práctica educativa. Wilfred Carr y Stephen Kemmis (1988, p. 176)2 describen estas comunidades de apren-

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dizaje como «comunidades de estudiosos comprometidos a aprender de los problemas y efectos de su propia acción estratégica y entenderlos, así como a mejorar tal acción en la práctica». Si la cultura de la mejora continua es el sustento de cualquier sistema de calidad, entonces la única forma de garantizar la calidad en la gestión pedagógica de lo que sucede en el aula y en la relación entre el proceso de enseñanza y el proceso de aprendizaje es generar y mantener una comunidad de profesionales del aula, que se ponga de acuerdo en una metodología pedagógica común según las finalidades educativas de la institución y en coherencia con los contenidos educativos y su evaluación. A partir de aquí, dicha comunidad debe registrar la aplicación de la metodología en las diferentes aulas, ponerla en común para analizarla, estudiarla y, si es posible, mejorarla a través de protocolos científicos de investigación-acción, apoyando y reconociendo a cada profesional por su práctica docente, e incluso poniendo la organización a disposición de dichas comunidades para apoyar el cambio y la mejora educativa, dignificando, de esta manera, la profesión de educar a las generaciones presentes y futuras, base y fundamento de nuestras sociedades modernas.

HEMOS HABLADO DE:

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Diseño y desarrollo curricular. Trabajo en equipo del profesorado.

Notas * Este artículo forma parte de una trilogía que se irá publicando en esta misma sección de forma consecutiva. 1. Término acuñado como parte de la metodología del Sistema de Gestión de la Calidad Pedagógica ESCALAE, del Instituto de Recursos e Investigación de la Formación (IRIF). 2. Citado por López Hernández, A. (2007): El trabajo en equipo del profesorado. Barcelona. Graó.

Federico Malpica Basurto Instituto de Recursos e Investigación para la Formación
fmalpica@irif.es

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