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Bitácora Marxista-Leninista

Epítome histórico sobre la cuestión nacional en España y sus


consecuencias en el movimiento obrero

19 de abril de 2020

Equipo de Bitácora (M-L)


EDITORES

Equipo de Redacción:
Equipo de Bitácora Marxista-Leninista

Editado el 19 de abril de 2020


Reeditado el 19 de enero de 2021

La presente edición, sin ánimo de lucro, no tiene más que un objetivo,


promover la comprensión de los fundamentos elementales del
marxismo-leninismo como fuente de las más avanzadas teorías de
emancipación proletaria:

«Henos aquí, construyendo los pilares de lo que ha de venir».


Contenido

Epítome histórico sobre la cuestión naci0nal en España y sus consecuencias en


el movimiento obrero -------------------------------------------------------------------- 1

Preámbulo -------------------------------------------------------------------------------- 1

I -------------------------------------------------------------------------------------------- 4

El auge de los nacionalismos periféricos en España --------------------------------- 4

Los conceptos de nación de los nacionalismos vs el marxismo -------------------- 4

Los dogmas del nacionalismo catalán, vasco y gallego -------------------- 5

Los dogmas del nacionalismo castellano o español ----------------------- 13

Los ideólogos pequeño burgueses y sus charlatanerías tampoco nos


pueden servir de ayuda ------------------------------------------------------- 21

El marxismo impone su visión nacional enfrentándose a los fraudes y


limitaciones de la ideología burguesa -------------------------------------- 24

Epílogo necesario ------------------------------------------------------------- 26

II ----------------------------------------------------------------------------------------- 30

La evolución de la problemática regional primero, y la cuestión nacional


después, certificaron el carácter multinacional de España ----------------------- 30

¿Cuál es el desarrollo económico de España desde la Edad


Contemporánea? ------------------------------------------------------------- 32

El caso vasco-navarro y su historia moderna ----------------------------- 36

Una cuestión siempre delegada u olvidada: la particularidad gallega - 40

¿Es verdad que el regionalismo siempre evoluciona hacia el


nacionalismo? ---------------------------------------------------------------- 50

Las armas ideológicas del nacionalismo español contemporáneo------- 51

III -----------------------------------------------------------------------------------------57

El seguidismo al nacionalismo catalán y vasco en la cuestión nacional ----------57

Para comprender el surgimiento del movimiento nacional catalán hay que


conocer la historia de España --------------------------------------------------------- 57

¿Qué fuerzas actuales lideran el proceso independentista catalán? --------------73


El proyecto nacional capitalista de la burguesía catalana --------------------------76

La cuestión nacional, los revisionistas y sus simpatías con el proyecto de la


burguesía catalana ---------------------------------------------------------------------- 91

Algunas notas sobre la «Esquerra Independentista» ----------------------------- 102

¿Qué entiende la «izquierda nacionalista» por «socialismo»? ------------------ 103

Nacionalismo y feminismo son ideologías igual de idealistas -------------------- 113

¿Quién decretaría una «paz ideológica» con la CUP sino alguien con sus mismos
defectos? --------------------------------------------------------------------------------116

El nacionalismo pequeño burgués siempre ha buscado sus alianzas en los


anarquistas y reformistas ------------------------------------------------------------- 121

El anti o pseudo marxismo siempre es por naturaleza nacionalista ------------ 149

IV --------------------------------------------------------------------------------------- 158

El fantasma del nacionalismo español en las agrupaciones revolucionarias -- 158

Los méritos y límites de Pi Margall sobre la cuestión nacional------------------ 158

¿Hegealismo de izquierda o marxismo como modelo a seguir? ----------------- 167

El PSOE y sus diferentes posturas sobre la cuestión nacional en España ------ 180

La aparición del bolchevismo y su trato de la cuestión nacional ---------------- 190

La URSS contra el chovinismo y las distorsiones históricas ---------------------200

El giro nacionalista en la evaluación soviética de las figuras históricas -------- 204

La evolución del PCE sobre la cuestión nacional (1921-1956) ------------------- 214

Los bandazos del PCE (m-l) sobre la cuestión nacional -------------------------- 260

V----------------------------------------------------------------------------------------- 284

El chovinismo español o el cosmopolitismo jamás ha solucionado nada ------ 284

El vergonzoso papel de las organizaciones reformistas en la cuestión nacional284

La postura de IU/PCE ------------------------------------------------------ 284

La postura de Podemos ----------------------------------------------------- 287

La «Línea de Reconstitución» no entiende que el revolucionario no es ni un


burdo chovinista ni tampoco un cosmopolita voluntarista ---------------------- 292

Las naciones son una entidad sociohistórica transitoria que no se


pueden borrar con deseos o discursos ------------------------------------ 293
¿A dónde conduce esta línea política sin eje científico? ---------------- 298

¿Qué debe saber el proletariado sobre la cuestión nacional? ---------- 300

RC y su giro hacia el socialchovinismo en la cuestión nacional ----------------- 302

Roberto distorsiona a Lenin y se vuelve constitucionalista ------------ 303

RC ataca a los grupos independentistas logra y el aplauso de los


fascistas ----------------------------------------------------------------------- 315

El discurso colonialista y falangista de Reconstrucción Comunista en el


«Día de la Raza» ------------------------------------------------------------- 319

¿Es la «leyenda negra» una de las prioridades de los trabajares? ----- 340

¿Qué pretenden los nacionalistas al reivindicar o manipular ciertos


personajes históricos? ------------------------------------------------------ 344

La cuestión de Gibraltar y las reivindicaciones territoriales ----------- 357

RC y sus comentarios nacionalistas sobre la inmigración -------------- 362

La posición a adoptar hacia el ejército nacional burgués --------------- 367

Los malabarismos imperialistas de la Escuela de Gustavo Bueno -------------- 368

¿En qué descansa la argumentación de la Escuela de Gustavo Bueno


sobre la cuestión nacional? ------------------------------------------------- 368

¿No podemos hablar de cuestión nacional pendiente en Europa


Occidental? ------------------------------------------------------------------- 375

¿Es cierto que la dialéctica refuta la posibilidad de la existencia y


reivindicaciones nacionales de los catalanes, vascos y gallegos? ------ 379

De nuevo la mentira de «los pueblos sin historia» ---------------------- 385

¿Qué da luz a la problemática nacional en España según la Escuela de


Gustavo Bueno? ------------------------------------------------------------- 388

Los seguidores de Gustavo Bueno en la cuestión lingüística:


¿unamunistas o leninistas? ------------------------------------------------ 393

Estos señores, antes de seguir quedando en evidencia, podrían


reconocer que no son marxistas, sino buenistas. Es decir, que no son
internacionalistas, sino nacionalistas ramplones. ----------------------- 397

¿Es el federalismo incompatible con el marxismo, como nos aseguran


los seguidores de la Escuela de Gustavo Bueno? ------------------------ 397

Los resultados de tratar de fundir luxemburgismo y leninismo en la


cuestión nacional ------------------------------------------------------------ 403
¿Falangismo o leninismo como guía para resolver la problemática
nacional? --------------------------------------------------------------------- 406

El «imperio generador»: una burda teoría supremacista para justificar


el expansionismo ------------------------------------------------------------- 411

La distorsión de la historia demuestra los delirios de grandeza de


nuestros chovinistas -------------------------------------------------------- 417

De «leyenda negra» a «leyenda blanca» sobre el colonialismo hispano422

El Imperio hispánico, un sistema ideal: «ni capitalista ni feudal ni


esclavista», ¿el «reino de los cielos»? ------------------------------------- 440

La Escuela de Gustavo Bueno y su promoción de la religión en la


filosofía y cultura de la nación --------------------------------------------- 448

¿Por qué la Escuela de Bueno desprecia la historia cultural de otros


pueblos? ---------------------------------------------------------------------- 457
Equipo de Bitácora (M-L)

Epítome histórico sobre la cuestión naci0nal en España y sus


consecuencias en el movimiento obrero

Preámbulo

La cuestión nacional en España es un tema que no ha pasado de moda, sigue de


toda actualidad como atestiguan los recientes acontecimientos políticos. Eso
bastaría para echar abajo toda teoría que niega que España tenga en su seno una
problemática nacional no resuelta. Aun así, será necesario abordar los mitos que
defienden los múltiples nacionalismos burgueses y que progresivamente se han
ido instalado en gran parte del subconsciente de la clase obrera y otras capas
trabajadoras.

Ni que decir que la mayoría de organizaciones revisionistas –caminen estas


hacia posiciones más reformistas o más anarquistas– adoptan, como en casi
todos los temas, una postura ridículamente seguidista de lo que afirman o
afirmaron sus ídolos de barro. Ninguna formación tiene una teoría sólida con
una explicación sistemática de un problema tan hondo como el que aquí se
presenta. Esto les hace caer fácilmente en contradicciones que pronto se hacen
indisolubles, causando la duda y confusión entre sus filas. Como en muchos
otros temas, a falta de un discurso racional acaban manejándose torpemente a
través del sentimentalismo y el subjetivismo más atroz. En concreto, como
saben que tienen que posicionarse, las prisas les conducen a reproducir las
propuestas y soluciones de los nacionalismos de su zona, y para más inri, desean
justificar estas monsergas a base de rescatar autores y teorías socialchovinistas
ya refutadas por la historia.

En España, la mayoría de los movimientos que se pretendían y se pretenden


marxistas ha tenido un problema de categorización muy concreto, es decir, cada
uno utiliza un significado diferente para las mismas palabras que todos usan. No
respetan el carácter objetivo de los conceptos, mucho menos desde una
tradición marxista de los mismos. No parece casualidad que el soviético I.
Derzhavin en su artículo: «El origen del pueblo ruso: gran ruso, polacos y
bielorrusos», dejaría entrever que:

«Sin trazar una línea de demarcación entre las categorías de «pueblo»,


«nacionalidad» y «nación», la historiografía burguesa introdujo aún más
confusión en esta difícil cuestión». (Cuestiones de la Historia; Nº 1, septiembre
de 1945)

El otro problema que tienen las organizaciones pseudomarxistas, es la falta de


estudio de cada cuestión que se aborda: en vez de esforzarse por hacer un
1
análisis pormenorizado, se contentan con tomar prestado un esquema con
conceptos preconcebidos para dar carpetazo a la cuestión, lo cual es lo más
mecanicista que puede haber:

«La concepción materialista de la historia también tiene ahora muchos amigos


de ésos, para los cuales no es más que un pretexto para no estudiar la historia.
(...) En general, la palabra «materialista» sirve, en Alemania, a muchos
escritores jóvenes como una simple frase para clasificar sin necesidad de más
estudio todo lo habido y por haber; se pega esta etiqueta y se cree poder dar el
asunto por concluido. Pero nuestra concepción de la historia es, sobre todo,
una guía para el estudio y no una palanca para levantar construcciones a la
manera del hegelianismo. Hay que estudiar de nuevo toda la historia,
investigar en detalle las condiciones de vida de las diversas formaciones
sociales, antes de ponerse a derivar de ellas las ideas políticas, del Derecho
privado, estéticas, filosóficas, religiosas, etc., que a ellas corresponden. Hasta
hoy, en este terreno se ha hecho poco, pues ha sido muy reducido el número de
personas que se han puesto seriamente a ello». (Friedrich Engels; Carta a
Konrad Schmidt, 5 de agosto de 1880)

De ahí se comprende mejor, que históricamente encontrásemos partidos que se


autoproclamaban «marxistas» pero mantenían posturas contrapuestas a las
organizaciones pasadas que tenían como referentes, todo, sin dar una
explicación plausible de esa incompatibilidad, sin un análisis crítico. En no
pocos casos, durante el tiempo de existencia de estas organizaciones, se
adoptarían varias posiciones distintas sobre cuestión nacional, demostrando la
confusión ideológica en la que nadaban sus direcciones. Esto, es algo que, en los
albores del incipiente movimiento obrero marxista, podría ser algo normal, pero
que décadas posteriores se vuelve algo sumamente inadmisible, era la prueba
definitiva de que no cumplieron con las tareas de su tiempo.

Siguiendo las conclusiones de Engels, Lenin ya sentenció:

«Sobre todo los jefes deberán instruirse cada vez más en todas las cuestiones
teóricas, desembarazarse cada vez más de la influencia de la fraseología
tradicional, propia de la vieja concepción del mundo, y tener siempre presente
que el socialismo, desde que se ha hecho ciencia, exige que se le trate como tal,
es decir, que se le estudie». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; ¿Qué hacer?, 1902)

Y en concreto, refiriéndose a la cuestión nacional comentó:

«No puede ni hablarse de que los marxistas de un país determinado procedan


a elaborar el programa nacional sin tener en cuenta todas las condiciones
históricas generales y estatales concretas». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El
derecho de las naciones a la autodeterminación, 1916)

2
Joan Comorera repetiría:

«La unión indisoluble del problema nacional y colonial con el problema de la


Revolución Proletaria, principio básico de la teoría nacional de Lenin y Stalin,
ha de ser aceptada y comprendida por todo verdadero comunista. La
comprensión de la teoría leninista-estalinista no tiene que ser puramente
intelectual especulativa sino dinámica. Un comunista debe querer
comprenderla y aplicarla, esencialmente, en su propio país». (Joan Comorera;
José Díaz, y el problema nacional, 1942)

Como anotación, diremos que la primera parte del documento ha sido


reelaborado a partir de la crítica que hicimos en 2017 al seguidismo de algunas
organizaciones revisionistas hacia el nacionalismo catalán, tanto del proyecto
burgués como de su comparsa que nos hablan de sus «socialismos» pequeño
burgueses. La segunda parte del documento responde a una crítica de 2019 a su
contrario, el nacionalismo español, en un momento en que varias
organizaciones revisionistas cerraron filas en torno a él; manteniendo
posiciones «constitucionalistas» e incluso viéndose infectadas de teorías y
prácticas de las escuelas filosóficas chovinistas y filofascistas.

Consideramos que el combate sin piedad hacia ambos nacionalismos, el central


y el periférico, es necesario ya que se complementan mutuamente para desviar a
la clase obrera de su camino. Durante el desglose de la cuestión se refutarán las
mentiras de las dos bancadas, pero también se explica desde una óptica
marxista cual debe de ser siempre la alternativa.

3
I

El auge de los nacionalismos periféricos en España

Para entender el abismo que separa al marxismo del nacionalismo en cuestión


nacional. Se debería exponer los conceptos de cada uno sobre el tema.

Los conceptos de nación de los nacionalismos vs el marxismo

Si el lector no está familiarizado con algunos términos como «marxismo»,


«nacionalismo», «internacionalismo», «cosmopolitismo», «chovinismo», o
«patria», lo mejor será contraponerlos unos a otros.

El «patriotismo» o también llamado a veces como «orgullo nacional» es una


percepción que varía dependiendo de la clase social y el momento histórico. En
la Edad Contemporánea es una respuesta que nace como reflejo de la
consolidación de las naciones como comunidad socio-histórica humana
claramente identificable y estable. Véase la obra de Lenin: «Sobre el orgullo
nacional de los rusos» de 1914.

Para empezar, no hay que confundir el patriotismo, esto es, el amor a la patria, a
su lengua, su gente y sus particularidades, con nacionalismo, que es una
ideología que pone por delante la nación a toda costa, incluso por encima de los
intereses de clase.

En cambio, el «nacionalismo», per se, se convierte siempre en un enemigo del


movimiento revolucionario que trata de destruir el sistema capitalista, puesto
que lo atacará en alianza con las fuerzas reaccionarias si con ello cree defender
los pilares burgueses que dan forma y dirigen la nación. El marxismo no puede
conjugable con el nacionalismo por la sencilla razón de que el primero pone el
acento en lo «social» y el segundo en lo «nacional»; uno desea la lucha de clases
para elevar al proletariado a clase nacional dirigente, y el segundo piensa que la
conciliación de clases es la fórmula para lograr la «armonía y grandeza de la
nación».

El «chovinismo» en lo ideológico supone ya asumir directamente que tu país es


superior al resto en la mayoría de campos: lengua, filosofía, política, economía,
arte y demás. El chovinista vive e inculca una desconfianza constante hacia el
resto de países y sufre de una paranoia que le hace pensar que se conspira
contra su nación.

Por su parte, el «cosmopolitismo» supone un desarraigo y desinterés sobre tu


nación. El cosmopolita es apátrida por naturaleza, o a lo sumo, reconoce su
patria, pero tiende a una infravaloración de todo lo que provenga de ella y se

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desliza hacia una admiración todo lo que huela a extranjero. De forma idealista
pretende suprimir o fundir las lenguas y naciones inmediatamente, lo cual tiene
el mismo sentido que pretender abolir el dinero al día siguiente de la revolución
–un acto voluntarista dado que no se dan las condiciones materiales para tal
acto–. Conscientemente o no, suele tender hacia la negación de la opresión
nacional.

El revolucionario, el marxista, es «internacionalista», esto es, no comulga ni con


el nacionalista-chovinista ni con el cosmopolita-apátrida. Reconoce la existencia
de las naciones, reconoce a su patria, pero antepone los intereses de su clase, el
proletariado, antes que los supuestos «intereses generales de la nación» que le
intenta vender la burguesía. Evalúa la historia nacional e internacional desde un
prisma humanista, revolucionario y científico. No se deja deslumbrar por los
mitos de su burguesía sobre la historia de su país ni tampoco por la extranjera,
que intenta infravalorar los méritos de su pueblo. No reivindica una «cultura
nacional» con sus costumbres retrógradas y anticuadas, sino que recoge de ella
solo lo popular, lo progresista, lo que lo acerca a otros pueblos y le ayuda en su
misma empresa, por eso ve con buenos ojos el acervo cultural e histórico de
otros pueblos si sirven para su noble causa.

Los dogmas del nacionalismo catalán, vasco y gallego

Una vez aclarado esto, debemos entender que esta ideología, el nacionalismo,
no es sino un precepto ideológico que responde a las necesidades que tuvo la
burguesía toma para justificar sus aspiraciones para dominar el mercado
interno y externo. Como en todo relato burgués, se suele hacer uso de las
falacias, es decir, de verdades a medias, que a su vez son mezcladas con abiertas
invenciones.

Dependiendo del nacionalismo que tengamos delante, cada uno utiliza un


argumento para justificar su historia, su racismo, sus tradiciones reaccionarias,
sus anhelos de conquista y sus imposiciones a otros pueblos. Entre los
nacionalismos siempre podemos ver teorías idealistas raciales, las cuales rozan
lo místico, y es que hablar de pureza racial de cualquier pueblo en la Edad
Contemporánea es ridículo. Es algo que solo puede hacerlo o bien un ignorante
que no conoce nada sobre la asimilación de los pueblos, o bien un fanático que
rechaza estas evidencias científicas.

Esto incluso ocurre en los movimientos nacionales oprimidos que, como


respuesta, tratan de conformar su propio arsenal teórico justificativo:

«¿No sabemos, por otra parte, por experiencia histórica, que en el seno de las
naciones oprimidas se desarrolla paralelamente al resurgimiento nacional el
chovinismo local, ese chovinismo provocado por los excesos imperialistas y por

5
la táctica de los capitalistas nacionales que en esta división, en este recelo y
odio encuentran uno de sus mejores puntos de apoyo para acrecentar su poder
y su riqueza, su dominio político?». (Joan Comorera; El problema de las
nacionalidades en España, 1942)

Así el nacionalismo catalán, en los albores de su surgimiento, nos decía:

«Desde los más remotos tiempos de la historia, una gran variedad de razas
diferentes echaron raíces en nuestra península, pero sin llegar nunca a
fusionarse. En época posterior se constituyeron dos grupos: el castellano y el
vasco-aragonés o pirenaico. Ahora bien, el carácter y los rasgos de ambos son
diametralmente opuestos. (...) El grupo central-meridional, por la influencia
de la sangre semita que se debe a la invasión árabe, se distingue por su
espíritu soñador (...) El grupo pirenaico, procede de razas primitivas, se
manifiesta como mucho más positivo. Su ingenio analítico y recio, como su
territorio, va directo al fondo de las cosas, sin pararse en las formas. (...) La
suerte o fatalidad nos llevó al descubrimiento de América. Esta conquista y
esta asimilación afirmaron más aún la preponderancia del grupo centro-
meridional. Nuestra sangre, nuestra vida entera fueron transportadas al
nuevo mundo, y mientras gastábamos allí todas nuestras fuerzas hasta
desfallecer. (...) Orgullosos de nuestra expansión colonial y de nuestras
riquezas recién adquiridas, e ignorantes al mismo tiempo de nuestra debilidad
interior, nos dejamos remolcar por el grupo castellano. (...) El grupo centro-
meridional no ha conservado de sus brillantes cualidades más que el espíritu
de absorción, de reglamentación, de dominio. (...) El grupo pirenaico ha
perdido toda su influencia sobre la marcha de los asuntos. Pero su decadencia
es de otro estilo, ya que allí imperan la rudeza, los apetitos terrenales, el
egoísmo celoso. Y es que los catalanes y los vascos son los trabajadores de
España». (Valentín Almirall; España tal y como es, 1886)

Aquí, como observaremos después, hay desde un inicio un orgullo por la


conquista catalana del Mediterráneo y también de ciertas andanzas particulares
por América junto a los castellanos. Pero el discurso se centra siempre en el
origen ario o no de la raza que reivindican frente a la no pureza de sus vecinos:

«En España, la población puede dividirse en dos razas. La aria –celta,


grecolatina, goda– o sea del Ebro al Pirineo; y la que ocupa del Ebro al
Estrecho, que, en su mayor parte, no es aria sino semita, presemita y aun
mongólica [gitana] (…) Nosotros, que somos indogermánicos, de origen y de
corazón, no podemos sufrir la preponderancia de tales elementos de razas
inferiores». (Pompeu Gener; Heregías, 1887)

6
La revista que aunaba a los principales representantes del catalanismo
separatista, recordaba sus años de gloria como todo vulgar nacionalismo, y
añadía:

«Todos los que formamos parte de la Redacción somos catalanes y amamos a


Cataluña como el que más, y como la amamos, quisiéramos que volviese a ser
lo que fue en los siglos XII, XIII y XIV, es decir, la primera de las naciones
latinas, y a veces la primera de toda Europa (…) Creemos que nuestro pueblo
es de una raza superior a la de la mayoría de los que forman España. Sabemos
por la ciencia que somos Arios; bien por los autóctonos Celtas; bien por los
Griegos, Romanos, Visigodos, Ostrogodos, Francos y otros que vinieron; y por
tanto, queremos ser dignos descendientes de razas tan nobles». («Presentació»
de la Revista Joventut, I/5, 15 de marzo de 1900)

Sigamos con las declaraciones de los referentes del nacionalismo catalán:

«El problema está entablado entre la España lemosina, aria de origen y por
tanto evolutiva, y la España castellana, cuyos elementos presemíticos y
semíticos, triunfando sobre los arios, la han paralizado, haciéndola vivir sólo
de cosas que ya pasaron (…) Conocemos que somos arios europeos y que como
hombres valemos más en el camino del Superhombre. Esto es lo que da el
análisis. En Cataluña ser muy hombre quiere decir tener mucho talento,
ingenio, voluntad, empresa. En casi todo el resto de España significa ser muy
bruto, y del hombre sólo se comprende la humana bestia y aun la cruel bestia
africana». (Pompeyo Gener; La cuestión catalana, 1903)

¿¡Nada que envidiar a los nazis cierto!?

Absolutamente todos los nacionalismos en auge repetían como dogma su


derecho de dominación en base a fantasías raciales. El nacionalismo gallego
creía absolutamente en que los gallegos eran una raza pura y diferenciada, que
otros pueblos anteriores o posteriores que habían pasado por ahí no habían
hecho mella en su «celtismo», ni en lo étnico, económico, cultural ni
psicológico:

«El día en que las tribus célticas pusieron el pie en Galicia y se apoderaron del
extenso territorio que componía la provincia gallega, a la cual dieron nombre,
lengua, religión, costumbres, en una palabra, vida entera, ese día concluyó el
poder de los hombres inferiores en nuestro país. Fuesen o no, fineses o gente
más humilde todavía, de color amarillo, lengua monosilábica y vida
intelectual rudimentaria, tuvieron que apartarse y desaparecer. Ni en la raza
ni en las costumbres y supersticiones, ni siquiera en los nombres de localidad
dejaron las huellas de su paso. (...) Nada hay en nuestra antigüedad que de

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ella no venga o con ella no empiece. El celta es nuestro único, nuestro
verdadero antepasado». (Manuel Murguía; Galicia, 1888)

Y más tarde los admiradores y continuadores de su obra dirían:

«Lo que el mundo distingue como «español» ya no es «castellano»; es


«andaluz», que tampoco es andaluz sino gitano. (...) «Estos son unos hombres
errantes y ladrones» –decía el padre Sarmiento–; y si nosotros no apoyamos
tan duro juicio, nos mostramos satisfechos de no contar con este gremio en
nuestra tierra. El caso es que los gitanos monopolizan la sal y la gracia de
España y que los españoles se vuelven locos por parecer gitanos como antes se
volvían locos por ser godos. (...) ¿Qué son la golferancia y el señoritismo sino
un remedo de la gitanería? ¿Qué es el flamenquismo sino la capa bárbara en
que se ahogaron los fondos tradicionales de España, la cáscara imperial y
austriaca, los harapos piojosos de la delincuencia gitana? Hoy el irrintzi
vasco, el renchillido montañés, el ijujú astur, el aturuxo gallego y el apupo
portugués están vencidos por el afeminado Olé. Pues bien; los gallegos
espantaremos de nuestro país la «plaga de Egipto». (Alfonso Daniel Manuel
Rodríguez Castelao; Siempre en Galicia, 1944)

El padre del nacionalismo vasco, Sabino Arana, fundador del Partido


Nacionalista Vasco (PNV), hoy en el poder, dedicaría unas ya legendarias frases
xenófobas con clichés y argumentaciones del todo ridículas sobre España:

«La fisonomía del bizkaíno es inteligente y noble; la del español, inexpresiva y


adusta. El bizkaíno es de andar apuesto y varonil; el español, o no sabe andar
–ejemplo, los quintos– o si es apuesto es tipo femenil –ejemplo, el torero–. El
bizkaíno es nervudo y ágil; el español es flojo y torpe. El bizkaíno es inteligente
y hábil para toda clase de trabajos; el español es corto de inteligencia y carece
de maña para los trabajos más sencillos. Preguntádselo a cualquier
contratista de obras y sabréis que un bizcaino hace en igual tiempo tanto como
tres maketos juntos. El bizkaíno es laborioso –ved labradas sus montañas
hasta la cumbre–; el español, perezoso y vago –contemplad sus inmensas
llanuras desprovistas en absoluto de vegetación–. El bizkaíno es emprendedor
–leed la historia y miradlo hoy ocupando elevados y considerados puestos en
todas partes... menos en su patria–; el español nada emprende, a nada se
atreve, para nada vale –examinad el estado de las colonias–. El bizkaíno no
vale para servir, ha nacido para ser señor –«etxejaun»–; el español no ha
nacido más que para ser vasallo y siervo –pulsad la empleomanía dentro de
España, y si vais fuera de ella le veréis ejerciendo los oficios más humildes–. El
bizkaíno degenera en carácter si roza con el extraño; el español necesita de
cuando en cuando una invasión extranjera que le civilice. El bizkaíno es
caritativo aun para sus enemigos –que lo digan los lisiados españoles que
atestan las romerías del interior y mendigan de caserio en caserio–; el español

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es avaro aun para sus hermanos. (...) El bizkaíno es digno, a veces con exceso,
y si cae en la indigencia, capaz de dejarse morir de hambre antes de pedir
limosna. (...) El español es bajo hasta el colmo, y aunque se encuentre sano,
prefiere vivir a cuenta del prójimo antes que trabajar –contad, si podéis, los
millares de mendigos de profesión que hay en España y sumidlos con los que
anualmente nos envía a Euskeria–. Interrogad al bizkaíno qué es lo que quiere
y os dirá «trabajo el día laborable e iglesia y tamboril el día festivo»; haced lo
mismo con los españoles y os contestarán pan y toros un día y otro también,
cubierto por el manto azul de su puro cielo y calentado al ardiente sol de
Marruecos y España. (...) Les aterra el oír que a los maestros maketos se les
debe despachar de los pueblos a pedradas. ¡Ah la gente amiga de la paz...! es la
más digna del odio de los patriotas». (Sabino Arana; ¿Qué somos?, 1888)

En esto coinciden también todos los nacionalismos, aludiendo a la inferioridad


física o mental del oponente. Si los nacionalistas castellanos decían tales
epítetos de los pueblos americanos o africanos, los nacionalistas catalanes dirían
de los primeros algo similar para justificar su chovinismo:

«Los separatistas catalanes han empezado por ejercer de verdaderos


demagogos, adulando la vanidad de los catalanes. No han cesado de insistir en
la pretendida inferioridad de los castellanos. Que formamos dos razas
distintas y aun opuestas: entre las cuales ellos, los castellanos, eran los
inferiores y nosotros los catalanes, los superiores. Que por efecto de esta
inferioridad era inútil esperar que los castellanos pudiesen seguir nunca el
impulso que nosotros, los catalanes, hemos dado al progreso de nuestra patria
común; y que en consecuencia nosotros teníamos que perder siempre,
habíamos de ser necesariamente las víctimas en este consorcio de ambos
pueblos, y por ende que la separación pura y simple era lo que procedía. Que
nada les debíamos, que nunca los castellanos han hecho por nosotros, los
catalanes, más que explotarnos». (Francisco Jaume; El separatismo en
Cataluña, 1907)

Francesc Macià, el líder de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) y


Presidente de Cataluña durante 1932-33, declaraba que era necesario cuidar a la
raza catalana de la invasión extranjera:

«Es preciso infiltrar a la mujer catalana una máxima repulsión por toda unión
que además de entregar al enemigo tierra y bienes catalanes, venga a
impurificar la raza catalana». (Francesc Macià; L’Estat Català, 1923)

Jordi Pujol, el líder de Convergència i Unió» (CIU) y Presidente de Cataluña


desde 1980 a 2003 nos diría lo siguiente reflexionando sobre el carácter de
algunos españoles:

9
«El hombre andaluz no es un hombre coherente, es un hombre anárquico. Es
un hombre destruido. (...) Es generalmente un hombre poco hecho, un hombre
que hace cientos de años que pasa hambre y que vive en un estado de
ignorancia y de miseria cultural, mental y espiritual. Es un hombre
desarraigado, incapaz de tener un sentido un poco amplio de comunidad. A
menudo da pruebas de una excelente madera humana, pero de entrada
constituye la muestra de menor valor social y espiritual de España. Ya lo he
dicho antes: es un hombre destruido y anárquico. Si por la fuerza del número
llegase a dominar, sin haber superado su propia perplejidad, destruiría
Cataluña. Introduciría en ella su mentalidad anárquica y pobrísima, es decir
su falta de mentalidad». (Jordi Pujol; La inmigración, problema y esperanza
de Cataluña, 1958)

¡El actual líder de ERC llega a reclamar mayor afinidad biológica con los vecinos
europeos que con los españoles!:

«En concreto, los catalanes tenemos más proximidad genética con los
franceses que con los «espanyols»; más con los italianos que con los
portugueses; y un poco con los suizos. Mientras que los «espanyols» presentan
más proximidad con los portugueses que con los catalanes y muy poca con los
franceses». (Oriol Junqueras; Avui, 2008)

Le diremos al señor Junqueras que una cosa son sus deseos y otra la historia, la
evidencia científica.

El marxismo ya refutó todo fundamentalismo sobre las razas:

«El materialismo histórico no descuida en absoluto la raza; por el contrario, la


convierte en un concepto claro. Así como no existen razas animales
permanentes, tampoco existen razas humanas permanentes; la diferencia está
en que las razas animales están sujetas a la ley de evolución natural, mientras
que las razas humanas están, a la ley de evolución social. A medida que el
hombre se desprende de su conexión inmediata con la naturaleza, se funden y
se mezclan más y más las razas naturales; a medida que crece el dominio del
hombre sobre la naturaleza las razas naturales se transforman de modo cabal
en clases sociales. Y allí donde domina el modo de producción capitalista de
producción ya se han disuelto las diferencias raciales o se disuelven día a día,
cada vez más, en las contradicciones de clases». (Franz Mehring; Sobre el
materialismo histórico y otros ensayos filosóficos, 1893)

Los comunistas retomarían estos temas en momentos del auge del nazismo y el
fascismo italiano, como puede verse en el artículo de Franz Willner: «La ciencia,
contra las patrañas racistas»:

10
«La leyenda de las razas «superiores» e «inferiores». El nervio de la «teoría de
las razas» de esa «peregrina teoría, tan alejada de la ciencia como el cielo de
la tierra», según las palabras del camarada Stalin en el XVIIIº Congreso del P.
C. (b) de la URSS es la afirmación de que existen razas «superiores» e
«inferiores». Esta afirmación pretende «demostrarse» haciendo extensivos, a
la humanidad los conceptos zoológicos, alegando la existencia de razas
invariables y puras y definiendo y determinando las razas con la mayor
vaguedad y la mayor arbitrariedad. (...) Es absolutamente imposible
trasplantar los conceptos de la zoología o ciencia de los animales al estudio del
hombre. Semejantes ensayos tienen necesariamente que conducir a resultados
radicalmente falsos. El hecho fundamental de la antropología –ciencia del
hombre– es aquello que hay de específico en el origen del hombre, en este
proceso, único en el mundo de los seres vivientes, de sustitución de las leyes
biológicas por leyes sociales. La afirmación de que las razas humanas son
invariables contradice también a todos los datos de la ciencia. (...) A este
propósito, podemos recordar también las palabras de Marx en su obra «La
ideología alemana»: «Hasta las diferencias naturales entre los géneros, como
las diferencias de raza, etc., pueden y deben eliminarse históricamente».
Asimismo es una fábula eso de que existan en ningún sitio ni de ningún modo
razas «puras». Las razas humanas se han mezclado y cruzado siempre y en
todas partes. Otra «teoría» en que los racistas han intentado, repetidas veces,
«apoyar» su afirmación de la existencia de razas «superiores» e «inferiores»
es la «teoría» del distinto origen de las diversas razas humanas. Esta «teoría»
racista opone al monogenismo, según el cual todos los hombres tienen un
origen común, la «teoría» del poligenismo, que pretende que cada una de las
grandes razas humanas desciende de distintas formas del mundo animal.
Jamás se ha aportado ni una sombra de prueba de esta afirmación chovinista;
lejos de ello, todas las ciencias –la anatomía, la antropología, la etnografía, la
arqueología– demuestran lo contrario». (Internacional Comunista, Nº8, 1939)

Actualmente, y aunque parezca increíble, asistimos a una deriva del


nacionalismo catalán que llega hasta episodios esperpénticos no solo sobre la
raza, sino sobre la reescritura de la historia. Desde la Asamblea Nacional
Catalana (ANC), una organización nacionalista financiada con impuestos
públicos, se pronuncian las siguientes tesis surrealistas:

«Se entusiasma cuando glosa las hazañas de los conquistadores en México. A


Víctor Cucurull le brillan los ojos y busca la complicidad del público con un
discurso que todos los presentes llevarían rato abucheando si no fuese por un
detalle: el líder de aquella expedición increíble, ese tal «Ferrán Cortés», no era
extremeño «como nos han contado». Era catalán. De hecho era «un príncipe
de la Casa Real Catalana» cuyo nombre auténtico fue Alfons d’Aragó i
Guerrea.

11
La conferencia se imparte en el Centro Comarcal de Lleida en Barcelona y los
asistentes, en torno a una treintena, han pagado entre 8 y 13 euros por
escuchar a una de las estrellas del Institut Nova Historia. La iniciativa, ligada
a la Asamblea Nacional Catalana (ANC) y apoyada por decenas alcaldes,
políticos e instituciones públicas, organiza charlas por las cuatro esquinas de
los ‘Países Catalanes’ desde su fundación en 2007.

Su objetivo es difundir la idea de que la historia oficial de España se ha


manipulado desde tiempos inmemoriales. ¿Con qué objeto? Cuál va a ser: para
robarle algo a Cataluña, en este caso prestigio y a algunas de sus figuras más
destacadas. Como 'Ferrán' Cortés, Santa Teresa de Jesús, Cristóbal Colón,
Amerigo Vespucci, Bartolome de las Casas, Leonardo Da Vinci o Miguel de
Cervantes –que se llamaba Miquel Servent–. La ‘nova historia’ sostiene que el
Quijote, en realidad, fue escrito en catalán. Y que La Gioconda era Isabel de
Aragón posando frente a un paisaje que combina las montañas de Montserrat
y el Llobregat. (...)

«Ferrán» Cortés, dice Cucurull, era de alguna manera un «demócrata y un


republicano». «En un momento dado, reunió a toda su tripulación en una
asamblea y les dijo que no tendría sentido destruir a naciones tan ricas y
complejas como las que habían encontrado. Esta es una concepción de
proyecto de un auténtico estadista y con valores propios del pensamiento
catalán: la ciudad y la república. En lugar de una concepción imperialista, del
pillaje y la esclavitud, él buscaba una solución fruto del entendimiento con los
pueblos indígenas para convencerles de abandonar el estado teocrático y
autoritario que tenían, pero desde el reconocimiento mutuo».

Nadie puede descartar que Curull se esté dejando llevar por las emociones del
momento cuando dice que la verdadera intención de Cortés fue siempre
«construir un reino independiente y separado de España, que es algo que
coincide con la cultura de los catalanes que siempre han buscado soberanías
compartidas en su expansión por el Mediterráneo». Y añade: «Toda la
empresa de Cortés era de concepción básicamente catalana y su aspiración
era algo como una república federal en la Nueva España». (El Confidencial;
En clase de 'Nova Història': «Hernán Cortés era catalán y quería un reino
independiente», 8 de noviembre de 2017)

¡Este chovinismo intransigente llega a tratar de adjudicarse básicamente todo


mérito trascendental del ser humano sin sonrojo alguno! Hasta el punto de
querer adjudicarse más méritos que Castilla en los dudosos «honores» como la
conquista, evangelización y saqueo de América.

12
Pero como ya advertían los comunistas, los pueblos que ahora se encuentran
atrasados, bien perfectamente en el pasado pudieron haber otorgado grandes
avances para la humanidad, o en su defecto, pueden hacerlo en un futuro,
careciendo de sentido hablar de pueblos y razas superiores:

«Otro «argumento» que aducen los racistas para «demostrar» la existencia de


razas «superiores» e «inferiores» es el atraso cultural de ciertos pueblos. Los
imperialistas oprimen a una gran parte de los pueblos de la humanidad, los
hacen objeto de una explotación inhumana, entorpecen por todos los medios su
progreso y procuran fomentar su atraso diciendo que se trata de «razas
inferiores». Luego, ¡se descuelgan diciendo que estos pueblos son «razas
inferiores», como lo demuestra su «atraso cultural»! A eso se reduce el
argumento de los lacayos racistas pseudoeruditos del imperialismo. Hace ya
mucho tiempo que la ciencia, sobre todo la arqueología y la etnografía, ha
demostrado que el mayor o menor atraso de ciertos grupos de la humanidad
en el terreno cultural no tiene absolutamente nada que ver con las
características raciales de estos grupos, del mismo modo que el mayor
progreso social y cultural de otros grupos no puede atribuirse tampoco a sus
características de raza. Este desarrollo responde a factores económicos y
sociales, a factores históricos. Son éstos los que hacen que unos grupos de la
humanidad se hallen más atrasados y otros más adelantados, con respecto al
desarrollo general. Y a ellos se debe también el que grupos que habían sido
siempre atrasados puedan convertirse de pronto en grupos progresivos, más
avanzados incluso que otros que lo venían siendo hasta entonces».
(Internacional Comunista, Nº8, 1939)

Se demuestra, por tanto, que el nacionalismo catalán está construido desde el


pasado hasta la actualidad con mitos y, al igual que el nacionalismo castellano,
ha tenido y tiene una legión de historiadores que eluden ciertos hechos y
magnifican otros para sus intereses.

Los dogmas del nacionalismo castellano o español

A partir de aquí aclararemos al lector que los términos castellano o español lo


utilizaremos como sinónimos ya que fue Castilla el reino que hegemonizó lo que
luego fue la nación española.

Para que nuestro lector compruebe la catadura del veneno nacionalista, veamos
la otra cara de la moneda. Comparemos ahora el nacionalismo catalán con otro
nacionalismo cavernario, su némesis, el nacionalismo español, más
concretamente el del movimiento fascista de los años 30 y 40.

«Al hablar nosotros de raza, nos referimos a la raza hispana, al genotipo


ibérico, que en el momento cronológico presente ha experimentado las más

13
variadas mezclas a causa del contacto y relación con otros pueblos. Desde
nuestro punto de vista racista, nos interesan más los valores espirituales de la
raza, que nos permitieron civilizar tierras inmensas e influir intelectualmente
sobre el mundo. De aquí que nuestro concepto de la raza se confunda casi con
el de la «hispanidad». (...) No podemos los españoles hablar de pureza del
genotipo racial, menos quizás que otros pueblos, pues las repetidas invasiones
que ha experimentado la península han dejado sedimento de variadísimos
genotipos. (...) La política racial tiene que actuar en nuestra nación sobre un
pueblo de acarreo, aplebeyado cada vez más en las características de su
personalidad psicológica, por haber sufrido la nefasta influencia de un círculo
filosófico de sectarios, de los krausistas, que se han empeñado en borrar todo
rastro de las gloriosas tradiciones españolas. (...) Signos distintivos de los
bandos en lucha serán, aristocracia en el pensamiento y sentimiento de los
caballeros de la Hispanidad; plebeyez moral en los peones del marxismo. (...)
Agradezcamos al filósofo Nietzsche la resurrección de las ideas espartanas
acerca del exterminio de los inferiores orgánicos y psíquicos, de los que llama
«parásitos de la sociedad». La civilización moderna no admite tan crueles
postulados en el orden material, pero en el moral no se arredra en llevar a la
práctica medidas incruentas que coloquen a los tarados biológicos en
condiciones que imposibiliten su reproducción y transmisión a la progenie de
las taras que los afectan». (Antonio Vallejo-Nájera; Eugenesia de la
Hispanidad y regeneración de la raza, 1937)

Aquí, hay un racismo más espiritual que biológico, el cual tampoco deja de estar
conectado con la supremacía aristocrática y con el fin a ultranza de suprimir la
lucha de clases.

Uno de los fundadores del movimiento fascista español, José Antonio Primo de
Rivera, coincidía con Nájera en que, debido a la propia historia de España, era
temerario afirmar que su fascismo tuviera un componente racial en el sentido
biológico como pretendían, por ejemplo, los nacionalistas catalanes, pero
también algunos castellanos. No obstante, consideraban al idioma castellano
como lengua universal –el «idioma providencial»–, por lo que esto iba
acompañado al desprecio y persecución constante de los falangistas hacia las
lenguas de la península ibérica. Hoy tenemos registros de que el franquismo
llegó al punto surrealista de multar a la gente por hablar catalán en las líneas
públicas de telefonía. Sea como sea, los falangistas afirmaban que pese a todo el
idioma no era tampoco decisivo como elemento diferenciador para su concepto
de nación. Entonces, atendiendo a las evidentes pruebas de la fisonomía de
España, la única salida que tenían los fascistas era proclamar que la nación
española no era cuestión de tener un idioma o raza concreta diferenciada, sino:

«Del mismo modo, un pueblo no es nación por ninguna suerte de


justificaciones físicas, colores o sabores locales, sino por ser otro en lo

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universal; es decir: Por tener un destino que no es el de las otras naciones. Así,
no todo pueblo ni todo agregado de pueblo es una nación, sino sólo aquellos
que cumplen un destino histórico diferenciado en lo universal. (…) De aquí que
sea superfluo poner en claro si en una nación se dan los requisitos de unidad
de geografía, de raza o de lengua. (…) Los nacionalismos más peligrosos, por
lo disgregadores, son los que han entendido la nación de esta manera. (…) Por
eso es torpe sobremanera oponer a los nacionalismos románticos actitudes
románticas, suscitar sentimientos contra sentimientos. (…) Lo importante es
esclarecer si existe, en lo universal, la unidad de destino histórico. Los tiempos
clásicos vieron esto con su claridad acostumbrada. Por eso no usaron nunca
las palabras «patria» y «nación» en el sentido romántico, ni clavaron las
anclas del patriotismo en el oscuro amor a la tierra. Antes bien, prefirieron las
expresiones como «Imperio» o «servicio del rey»; es decir, las expresiones
alusivas al «instrumento histórico». La palabra «España», que es por sí
misma enunciado de una empresa. (...) Claro está que esta suerte de
patriotismo es más difícil de sentir; pero en su dificultad está su grandeza».
(José Antonio Primo de Rivera; Ensayo sobre nacionalismo, 1934)

Acorralado filosóficamente, el fascismo español veía tan complicado explicar su


concepto de nación que veía necesario ligarlo a figuras e instituciones regresivas
como el rey o el imperio. Al igual que algunos pseudomarxistas de hoy, el
fascismo consideraba que el nacionalismo periférico catalán, gallego o vasco no
eran «naturales» o «verdaderos» porque nacieron en los albores del siglo XIX
bajo el auge del romanticismo, caracterizándose sus intelectuales por su
sentimentalismo, subjetivismo y voluntarismo. Esta influencia es totalmente
cierta, ¿pero acaso el concepto de nación alemana o italiana era un artificio por
las mismas razones? ¿Lo era la noción nacional de checos, eslovenos, polacos,
finlandeses, noruegos, griegos o albaneses que tardaron mucho más tiempo en
lograr su soberanía estatal, sus reclamos respondían a «un mero invento de sus
intelectuales desquiciados»? Como se puede comprobar, este argumentario tan
pobre no da respuesta a la razón de ser de estos movimientos nacionales, no
refuta su «materialidad» y razón de ser, más bien los reafirma.

El nacionalismo español con sus conceptos de nación que incluyen intentos de


integrar por la fuerza a otros pueblos, ¿no era y es ya propiamente otro
nacionalismo «sentimental» que invoca el reflejo de un «espíritu universal» –en
el sentido más hegeliano– donde se bendice la empresa conquistadora? El
fascismo, como cualquier nacionalista juega por tanto otro rol sentimental,
totalmente idealista y pseudocientífico en lo que se refiere a la definición de lo
que es o no una nación.

Como dijo Stalin, no existe esa «unidad de destino» de Otto Bauer al margen de
una comunidad de territorio, de lengua y de vida económica, igual que tampoco
puede haber una «unidad de destino» entre las clases explotadas y explotadoras
de un mismo país ya que tienen intereses opuestos. Pensar lo contrario es una
15
idea metafísica, entendiendo aquí por esta palabra lo contrario a la dialéctica: el
metafísico se caracteriza por una concepción absolutamente desconectada de los
fenómenos sociales y sus vínculos internos, lo que le aleja de la realidad que
tiene delante de sus ojos.

Aunque, bajo otros marcos, los procesos de asimilación o bifurcación de los


pueblos ya ocurrían incluso antes del capitalismo, y por supuesto,
siguió produciéndose a su llegada. Y señores, la rueda de la historia no se ha
parado: sigue sucediendo y seguirá haciéndolo. Entonces, ¿no es la dialéctica del
tiempo la que demuestra si existe en un Estado esa supuesta «unidad de destino
histórico» entre sus regiones y habitantes? En la historia reciente hemos sido
testigos de varias situaciones.

1) Hubo casos donde no hubo una completa asimilación de un pueblo sobre otro
y de dicha resistencia se consolidó una entidad reconocible. 2) En otros casos,
tras lograrse una uniformidad y estabilidad en el tiempo hubo un proceso de
bifurcación de pueblos separando dos sustancias diferentes y reconocibles.
Quienes nieguen estos procesos pueden empezar por coger un libro de historia.

En Europa tenemos la independencia de Países Bajos del dominio español en el


1713, a su vez la independencia belga del Reino Unido de los Países Bajos en
1830 y más tarde la pugna belga interna entre flamencos y valones que hoy se ha
agudizado. Podríamos retrotraernos a los infructuosos intentos de Inglaterra
para asimilar a Irlanda o Escocia desde la Edad Media y Moderna, surgiendo el
problema de Irlanda del Norte derivado de años de ocupación inglesa. Quizás el
caso más ejemplificante sea la partición y destrucción de Polonia en el siglo
XVIII y la resistencia de su pueblo hasta su reaparición como Estado en el siglo
XX, no sin problema respecto a sus fronteras y las minorías nacionales que
acaparó en su momento. Uno puede observar en América el destino de
Inglaterra y la independencia de sus trece colonias en 1776 que a la postre daría
como razón de ser la nación estadounidense. La independencia de las colonias
españolas en base a una repartición artificial herencia de la administración
colonial pero que con el tiempo ha dado pie a una identidad nacional
indiscutible. La independencia parcial de Canadá respecto al imperio británico
en 1867 y finalmente la secesión completa en 1982, que no ha borrado la tensión
entre la parte de pasado francés y la zona de vieja influencia inglesa. En Asia
tenemos al zarato ruso con la conquista del pueblo kazajo y la posterior
resistencia hasta su consolidación como nación durante el siglo XX, lo mismo
podríamos decir de las naciones caucásicas como Armenia, Azerbaiyán o
Georgia, más de nuevo sus problemas respecto a otras minorías.

Hay, pues, ejemplos muy variados con pueblos de niveles de desarrollos y líneas
históricas muy diferentes. E insistimos esto ni siquiera es característico del
capitalismo, ya que previamente, aunque no podemos hablar de naciones

16
propiamente, sí podemos hablar de entidades reconocibles dentro de los
esquemas y límites del esclavismo y feudalismo. Véase el caso del pueblo godo
hasta ver como en su emigración hacia el Sur y Este de Europa se dividen en
visigodos, ostrogodos y otros pueblos durante la Edad Antigua. También la
propia fusión entre los visigodos con la población hispano-romana. Uniones y
divisiones que no son un secreto para nadie.

Hoy, la derecha y la falsa izquierda repiten a cada paso que: «los nacionalismos
son los más peligrosos», por lo «disgregadores» que son entre pueblos con lazos
históricos, exactamente las palabras que José Antonio Primo de Rivera
pronuncia en el artículo de 1934 citado más arriba. Lo cual es aparentemente
cierto, pero es una falacia, y como siempre insistimos, toda falacia parte de
medias verdades. Igual que denuncian la enemistad entre pueblos que causa el
nacionalismo ajeno, curiosamente olvidan su propio nacionalismo, en este caso
el español, que es precisamente el que está ejerciendo una opresión y
disgregación mayor que evita cualquier posible unidad efectiva entre pueblos.

Ortega y Gasset, el intelectual del raciovitalismo y la teoría perspectivista, ante


el Estatuto de Autonomía de Cataluña de 1932 mantuvo esta clásica posición
chovinista que influenciaría a toda la reacción:

«Ortega, en el debate de 1932 sobre el estatuto catalán, utilizó dos veces, para
la nación española, la expresión «unidad de destino», se inspiraba
probablemente en el pensamiento de Otto Bauer, socialdemócrata austriaco,
teórico de la nación-comunidad de cultura. No podía prever que la fórmula –
no sé por qué razones y caminos– iba a ser recogida por José Antonio y
Falange, y figurar 40 años como ABC de una doctrina oficial». (Pierre Vilar;
Conferencia inaugural, 1980)

Cuando Euskadi empezó a reivindicar también sus derechos y solicitar un


Estatuto de Autonomía que se materializaría en 1936 –y que ni siquiera llevaba
implícito un derecho a la secesión–, ¡el líder del movimiento español fascista
profetizaba un castigo divino por romper «esa predestinación nacional junto a
España»!:

«Hoy parece que quiere desandarse la Historia. Euskadi ha votado su


Estatuto. Tal vez lo tenga pronto. Euskadi va por el camino de su libertad. ¿De
su libertad? Piensen los vascos en que la vara de la universal predestinación
no les tocó en la frente sino cuando fueron unos con los demás pueblos de
España. (...) Verán cómo les castiga el Dios de las batallas y de las
navegaciones, a quien ofende, como el suicidio, la destrucción de las fuertes y
bellas unidades». (José Antonio Primo de Rivera; ¿Euskadi libre?, 1933)

El pueblo gallego presentaría el Proyecto de Estatuto de Autonomía en junio de

17
1936, pero el proceso fue paralizado debido a la guerra civil que comenzaría en
julio de ese mismo año, cayendo rápidamente Galicia en manos del bando
fascista.

Ramiro Lesdema, uno de los principales camaradas de José Antonio Primo de


Rivera y luego su principal competidor en el campo fascista, diría en tono
amenazante:

«La tarea de disciplinar esos Estatutos y la de rechazarlos corresponde a las


Cortes Constituyentes. (...) El Gobierno provisional está en el deber de tomar
medidas para el caso probabilísimo de que las Cortes rechacen el Estatuto
separatista de los catalanes. Si no lo hace él, lo hará el pueblo, que se
encargará de su propia movilización, así como de batir las rebeldías».
(Ramiro Ledesma; España, una e indivisible, 1931)

Como se puede comprobar los jefes fascistas son antidemocráticos en esencia.


Pretenden justificar su chovinismo y fanatismo nacional por la vía de la fuerza
bruta, y dado que no atienden a razonar sobre la bestialidad que propone esto
ha de tenerse en cuenta. Por eso es una patochada afirmar que «al fascismo se le
combate estrictamente con razones». Sí y no. Desde luego estas explicaciones
racionales que damos salvarán de la deshonra a muchos engañados, pero
tampoco debemos intentar convencer a quienes no quieren ser convencidos. Las
personas que solo entienden el lenguaje y la «dialéctica de los puños y pistolas»,
como diría Primo de Rivera, no pueden ser combatida solo con tácticas hippies.
Al pan pan y al vino vino. Del mismo modo, huelga comentar que intentar
combatir al fascismo con soflamas igual de estúpidas y místicas nos haría perder
la partida antes de empezarla. Si nos creyésemos ese mito de que para combatir
la demagogia del fascismo tenemos que ser igual de «emotivos», «desaforados»
y en general buscar encender «la parte más irracional que se esconde en el
espacio más recóndito del alma humana», ya le advertimos al lector que en eso
nunca seremos mejor que el fascismo, pero además estaríamos tomando un
camino equivocado, puesto que para nuestra causa no nos vale apelar a la parte
más primitiva y ancestral de la esencia humana, eso solo nos puede condenar a
ser presos del caudillaje y hacer volver a la humanidad a la era de las cavernas,
solo que en una versión «modernizada».

El anarquismo también aportó su grano de arena a la concepción metafísica de


la nación. Federica Montseny, anarquista que llegaría a ser ministra durante
1936-37, diría que el anarquismo extranjero era comprensible que no entendiera
las características de «raza indómita» del anarquismo español:

«Ha habido casos en que el anarquista del resto del mundo apenas ha podido
comprender al anarquista español. No pretendo censurar a los anarquistas;
no puede censurarse un movimiento ni unos individuos que responden a

18
circunstancias raciales. (...) Todo eso vive en España, todo eso es consustancial
con cada español; miremos en el partido que miremos, todos en el fondo
tenemos el mismo erguimiento racial. (...) Por eso en España han sido tan
difíciles las dictaduras, y si han conseguido implantarse, han sido dictaduras
de opereta, y cuando se ha querido imponer una verdadera dictadura,
entonces el pueblo se ha rebelado y preferido la muerte a la esclavitud. (...) No
he creído nunca que podamos ser vencidos. En cierto modo, por
temperamento, quizá por condición de la raza. (...) El destino lo forjamos
nosotros, con nuestras reacciones frente a los hechos que se van encadenando.
Yo creí siempre que España era un país predestinado para convertirse en país
mesías. Lo he creído, si queréis de una manera absurda. (...) Cada vez que
salgo de España, cada vez que me asomo al mundo y veo el contraste violento
entre la vitalidad española, entre la fuerza y el empuje de España, y la
entrega, el acomodamiento a lo constituido de los demás hombres y de los
demás pueblos. (...) Unidad a establecer: la unidad racial contra el invasor».
(Federica Montseny; La Commune de Paris y La Revolución Española, 1937)

Esto ayudaba a crear la necia idea nacionalista de que «España estaba


predestinada» y, por tanto, ante un evento como el levamiento fascista nacional
y la intervención del fascismo internacional, sus habitantes eran invencibles. En
esa exaltación infantil de lo nacional, se manipula la historia hasta el punto de
despreciar los durísimos regímenes políticos instalados por las clases
explotadoras durante los últimos siglos. A su vez, se acababa menospreciando
con un refinado halo de superioridad las luchas del resto de países en
comparación con el «ímpetu» y «vitalidad» española para rebelarse ante la
injusticia. A esta anarquista romántica habría que recordarle que,
efectivamente, en el espíritu de los pueblos que hoy forman oficialmente el país
de España han tenido momentos históricos de notable rebelión contra los
gobiernos impopulares, pero en lo que hemos de fijarnos en la historia reciente
de España es que:

«Una de las peculiaridades de las revoluciones consiste en que, justamente


cuando el pueblo parece a punto de realizar un gran avance e inaugurar una
nueva era, se deja llevar por las ilusiones del pasado y entrega todo el poder e
influencia, que tan caros le han costado, a unos hombres que representan o se
supone que representan el movimiento popular de una época fenecida». (Karl
Marx; Espartero, 1854)

Estas palabras de Marx eran una verdad histórica y casi una maldición que estos
pueblos arrastrarían en años posteriores. Y salvo que seamos unos mendrugos,
ningún revolucionario acusará a otro «compatriota» de falta de «patriotismo»
por reconocer una obviedad.

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En relación a las experiencias revolucionarias de España y a la nefasta influencia
de corrientes como el anarquismo, Comorera sentenciaría con contundencia:

«La revolución plantea a la clase obrera el problema del poder político. El


Estado está en manos de las castas y de la gran burguesía. El primer paso de
la revolución es enjuagarla, aniquilar el Estado de los capitalistas. Una vez
realizada esta tarea, ¿qué debe hacer la clase obrera? ¿Alguien puede creer
que la burguesía derrocada aplicara la máxima cristiana de poner la otra
mejilla? La experiencia nos dice que una clase que tiene en manos el Estado se
defiende hasta el último extremo y que la nueva clase ascensional debe llevar
este combate también, si quiere triunfar, hasta el último extremo. Esto es lo
que en España no se ha sabido hacer nunca. (...) Conservar el poder es también
un asunto muy serio. No es una tarea fácil. Ni es tarea que se ha de confiar en
charlatanes del «idealismo» y del «humanismo» que acaban por encontrarse
como pez en el agua en compañía de los carniceros provocadores de una
Tercera Guerra Mundial. No es asunto que se pueda resolver con tartufismos
sentimentales. Es un asunto muy serio, porque justamente en el periodo de
transición es cuando la lucha de clases se agudiza al máximo y se plantea el
dilema de vida o muerte. Esta exigencia histórica, la hemos experimentado. Si
la clase obrera no toma el poder político y no organiza con severidad y rapidez
el Estado de los proletarios y las masas populares, podrá lanzarse a acciones
más o menos violentas, más o menos heroicas y gloriosas, pero así no hará
jamás la revolución». (Joan Comorera; La revolución plantea a la clase
obrera el problema del poder político; Carta abierta a un grupo de obreros
cenetistas de Barcelona, 1949)

Visto el anterior punto de vista anarquista de Montseny, se desmonta la idea de


que los anarquistas son apátridas, salvo excepciones, normalmente no solo no lo
son, sino que son francamente nacionalistas en muchos casos, ha sido así y lo
sigue siendo en muchos casos. Es normal que veamos que anarquistas y
falangistas tejiesen un hilo conductor durante los años 30 en torno a su
concepción de lo nacional. Esta afiliación entre el anarquismo y el fascismo tuvo
su máxima expresión en figuras anarquistas de la CNT como Abad de Santillán.
En su libro de memorias sobre las causas de la derrota de la Guerra Civil
Española (1936-39), defendió nada más y nada menos que al fundador de
Falange, el ya comentado José Antonio Primo de Rivera, lamentando no
entenderse con él, e incluso considerando un error su fusilamiento durante la
guerra debido a que coincidían en su concepto de patriotismo:

«A pesar de la diferencia que nos separaba, veíamos algo de ese parentesco


espiritual con José Antonio Primo de Rivera, hombre combativo, patriota, en
busca de soluciones para el porvenir del país. Hizo antes de julio de 1936
diversas tentativas para entrevistarse con nosotros. (...) Estallada la guerra,
cayó prisionero y fue condenado a muerte y ejecutado. Anarquistas argentinos

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nos pidieron que intercediésemos para que ese hombre no fuese fusilado. No
estaba en manos nuestras impedirlo, a causa de las relaciones tirantes que
manteníamos con el gobierno central, pero hemos pensado entonces y
seguimos pensando que fue un error de parte de la República el fusilamiento
de José Antonio Primo de Rivera; españoles de esa talla, patriotas como él no
son peligrosos, ni siquiera en las filas enemigas. Pertenecen a los que
reivindican a España y sostienen lo español aun desde campos opuestos,
elegidos equivocadamente como los más adecuados a sus aspiraciones
generosas. ¡Cuánto hubiera cambiado el destino de España si un acuerdo entre
nosotros hubiera sido tácticamente posible, según los deseos de Primo de
Rivera!». (Diego Abad de Santillán; ¿Por qué perdimos la guerra?, 1940)

Los ideólogos pequeño burgueses y sus charlatanerías tampoco nos


pueden servir de ayuda

La mayoría de representantes de la ideología pequeño burguesa, intentan tomar


un poco de esto y otro de aquello, contentar a propios y extraños, a la bancada
proletaria y a la bancada burguesa. Pero la mayoría de ellos suelen acabar
inclinándose hacia esta última trinchera ideológica. Por eso, en vez de repetir el
relato de un lacayo de la burguesía, pensamos que es más interesante observar
qué tiene de ofrecer aquel pequeño burgués que va de «radical».

Desde el nacionalismo pequeño burgués, con simpáticos personajes afines al


tercermundismo y el trotskismo como Iñaki Gil de San Vicente, se clama
abiertamente contra la definición de nación de Stalin:

«La de Stalin se mueve siempre dentro de lo «material» en su sentido


determinista, objetivista y economicista, lo que le permite dar una definición
cerrada e intocable de «nación». (Iñaki Gil de San Vicente; El nacionalismo
imperialista del PCE, 2008)

Para empezar, solo un idealista podría pretender que las ideas no tienen una
base material detrás y que una vez surgidas estas no influyen con cierta
autonomía sobre las cabezas de los sujetos o sus instituciones. Solo quienes
razonen de forma mecánica pensarán que toda reivindicación nacional de los
movimientos con los que no simpatizan responde a causas irreales. Pero esto
más que razonar es cuestión de filias o fobias, subjetivismo. No se puede pensar
que toda reclamación nacional es producto de un desvarío que brota en las
mentes de los intelectuales. Por eso algunos nunca logran explicar cómo es que
muchos de esos «malévolos intelectuales» consiguen que mágicamente
convencer a gran parte de la población, incluso en periodos de dura
persecución.

¿Pero acaso la definición de Stalin reduce todo a un «proceso económico


mecánico» donde los habitantes quedan sujetos por la «gran maquinaria de la
21
historia», «olvidando el factor subjetivo» y su «evidente desenvolvimiento»?
Demos voz al acusado:

«Además de lo dicho [territorio, economía, idioma], hay que tener en cuenta


también las particularidades de la fisonomía espiritual de los hombres unidos
en una nación. Las naciones no sólo se distinguen unas de otras por sus
condiciones de vida, sino también por su fisonomía espiritual, que se expresa
en las particularidades de la cultura nacional. En el hecho de que Inglaterra,
América del Norte e Irlanda, aun hablando el mismo idioma, formen, no
obstante, tres naciones distintas, desempeña un papel de bastante importancia
la psicología peculiar que se ha ido formando en cada una de estas naciones,
de generación en generación, a consecuencia de condiciones de existencia
diferentes.

Claro está que, por sí sola, la psicología, o el «carácter nacional», como otras
veces se la llama, es algo imperceptible para el observador; pero como se
expresa en las peculiaridades de la cultura común a toda la nación, es
aprehensible y no puede ser dejada de lado.

Huelga decir que el «carácter nacional» no es algo que exista de una vez para
siempre, sino que cambia con las condiciones de vida; pero, por lo mismo que
existe en cada momento dado, imprime su sello a la fisonomía de la nación».
(Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; El marxismo y la cuestión nacional,
1913)

Stalin sí tiene en cuenta el «factor subjetivo» de los movimientos nacionales y


sus reclamaciones. Por eso también subraya que «el contenido nacional no
puede ser el mismo en todas partes», sino que «está determinado íntegramente
por las distintas reivindicaciones que presenta el movimiento», las cuales
pueden ser de «carácter agrario», «girar en torno al idioma», «reclamar
igualdad de derechos civiles y libertad de cultos», o se anhela tener «sus
propios funcionarios o su propio parlamento». Entonces, queda claro que estas
aspiraciones de los movimientos nacionales y sus «diversas reivindicaciones se
traslucen, frecuentemente» en los «diversos rasgos que caracterizan a una
nación en general».

Es más, Stalin refutaría la mística idealista de señores como O. Bauer y S.


Springer aclarando que «el carácter nacional» o «psicología» que se refleja en
«la cultura de toda nación» es el único factor determinante, lo que sería
plantear el cuadro de una «no nación viva», algo «místico, imperceptible y de
ultratumba». Considera que esta noción idealista supone «separar la nación del
suelo y la convierte en una especie de fuerza invisible y que se basta a sí
misma», que son «estas «naciones» que sólo existen sobre el papel». En
cambio, el marxismo «sólo puede tener en cuenta naciones reales, que actúan y
se mueven y, por tanto, obligan a que se las tenga en cuenta»:

22
«Podemos imaginarnos hombres con comunidad de territorio y de vida
económica, y, no obstante, no formarán una nación si entre ellos no existe
comunidad de idioma y de «carácter nacional». Tal es el caso, por ejemplo, de
los alemanes y los letones en la región del Báltico. (…) Finalmente, los
noruegos y los daneses hablan un mismo idioma, pero no forman una sola
nación, por no reunir los demás rasgos distintivos. Sólo la presencia conjunta
de todos los rasgos distintivos forma la nación». (Iósif Vissariónovich
Dzhugashvili, Stalin; El marxismo y la cuestión nacional, 1913)

Es decir, se combate la famosa idea de que basta con autodenominarse nación


para serlo, aunque no haya una base material detrás, pruebas factuales, los
cuatro rasgos que enumera Stalin: comunidad de idioma, de territorio, de vida
económica y de psicología, manifestada esta última en la comunidad de cultura.
Del mismo modo esta explicación sirve para refutar a los socialchovinistas que
intentan «nacionalizar» a los pueblos vecinos, los cuales si cumplen con estos
rasgos no pueden incluirlos dentro de su nación.

Comprender esto es importante por lo que viene a continuación. ¿A dónde le


lleva a Iñaki el alejarse de los marcos bolcheviques trazados por Lenin y Stalin?
A declaraciones risibles como las que sigue:

«Además de los Països Catalans, Galiza y Euskal Herria, otros pueblos y


naciones como Andalucía, Castilla, Aragón, Asturies, etc., están sometidos a la
misma red de explotación, opresión y dominación, no están fuera sino dentro».
(Iñaki Gil de San Vicente; El nacionalismo imperialista del PCE, 2008)

Bajo esta visión subjetiva y «antieconomicista» se considera «naciones» a


regiones como Andalucía, Aragón o Asturias, pese a que en dichos territorios no
exista lo que Stalin denomina «la comunidad de psicología, reflejada en la
comunidad de cultura» como uno de los rasgos característicos de la nación entre
su población, ni mucho menos, una predisposición a autodenominarse como
nación entre su población. Graciosamente, estos territorios no encajan en la
denominación de nación ni bajo el concepto «stalinista» ni tampoco en el
nacionalista-trotskista que presentaba el señor Iñaki. De hecho, uno se puede
quedar perplejo al ver que se incluye a Castilla dentro de la categoría de «nación
oprimida». Desde luego, «Ancha es Castilla», nunca mejor dicho. ¿Quién
oprime a las zonas de Castilla, las zonas de la Castilla rica como Madrid? Lenin
ya refuto a Rosa Luxemburgo sobre sus concepciones en torno a cuestión
nacional que tan solo miraban el «mucho» o «poco» desarrollo de las fuerzas
productivas, lo cual no es lo decisivo. Véase Cataluña que lleva siendo desde
hace siglos una de las zonas más ricas económicamente de España y a la cual se
le ha negado históricamente el derecho decidir en sus cuestiones como la
lengua, economía y, por encima de todo, sobre los lazos a establecer, o no, de su
territorio y jurisdicción respecto al Estado que pertenece. ¡¿O es que quizás
nuestro extravagante Iñaki se atreve a considerar que existe la «nación

23
madrileña» y es la que oprime al resto?! Entonces, simplemente estaría
demostrando que no solo no sabe de economía y de historia, sino que es tan
ridículo como para buscar la opresión simplemente en la «capital del imperio»,
y mediante un reduccionismo burdo hace de toda su periferia «naciones
oprimidas».

El marxismo impone su visión nacional enfrentándose a los fraudes


y limitaciones de la ideología burguesa

Refutando todas las ideas erróneas sobre la cuestión nacional, Stalin


caracterizaba una nación como: «una comunidad humana estable,
históricamente formada y surgida sobre la base de la comunidad de idioma, de
territorio, de vida económica y de psicología, manifestada ésta en la comunidad
de cultura». Esta es una formulación clásica sobre la nación que todo el mundo
conoce, pero que los «marxistas» las más de las veces aplican sin haber
entender un ápice de su esencia, como si realmente no hubieran pasado de ojear
de pasada la obra.

De cualquier modo, en 1913 Stalin ya refutó esta tesis idealista anticientífica de


la nación mucho antes de que los líderes falangistas, socialdemócratas o
anarquistas presentasen sus tesis:

«De este modo, llegamos a la definición más «completa», según la expresión


de Bauer, de la nación. «Nación es el conjunto de hombres unidos en una
comunidad de carácter sobre la base de una comunidad de destinos». Así,
pues, una comunidad de carácter nacional sobre la base de una comunidad de
destinos, al margen de todo vínculo obligatorio con una comunidad de
territorio, de lengua y de vida económica. Pero, en este caso, ¿qué queda en pie
de la nación? ¿De qué comunidad nacional puede hablarse respecto a hombres
desligados económicamente unos de otros, que viven en territorios diferentes y
que hablan, de generación en generación, idiomas distintos? (...) ¿En qué se
distingue, entonces, la nación de Bauer de ese «espíritu nacional» místico y
que se basta a sí mismo de los espiritualistas? (...) Pero ¿qué es el carácter
nacional sino el reflejo de las condiciones de vida, la condensación de las
impresiones recibidas del medio circundante? ¿Cómo es posible limitarse a no
ver más que el carácter nacional, aislándolo y separándolo del terreno en que
brota? Además, ¿qué era lo que distinguía concretamente la nación inglesa de
la norteamericana, a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, cuando
América del Norte se llamaba todavía «Nueva Inglaterra»? No era, por cierto,
el carácter nacional, pues los norteamericanos eran oriundos de Inglaterra y
habían llevado consigo a América, además de la lengua inglesa, el carácter
nacional inglés y, como es lógico, no podían perderlo tan pronto, aunque, bajo
la influencia de las nuevas condiciones, se estaba formando, seguramente, en
ellos su propio carácter. Y, sin embargo, pese a la mayor o menor comunidad
de carácter, ya entonces constituían una nación distinta de Inglaterra.

24
Evidentemente, «Nueva Inglaterra», como nación, no se diferenciaba entonces
de Inglaterra, como nación, por su carácter nacional especial, o no se
diferenciaba tanto por su carácter nacional como por el medio, por las
condiciones de vida, distintas de las de Inglaterra. Está, pues, claro que no
existe, en realidad, ningún rasgo distintivo único de la nación. Existe sólo una
suma de rasgos, de los cuales, comparando unas naciones con otras, se
destacan con mayor relieve éste –el carácter nacional–, aquél –el idioma– o
aquel otro –el territorio, las condiciones económicas–. La nación es la
combinación de todos los rasgos, tomados en conjunto». (Iósif Vissariónovich
Dzhugashvili, Stalin; El marxismo y la cuestión nacional, 1913)

El fascismo coincide con muchas corrientes como el liberalismo o el


socialdemocratismo en su visión de la nación opuesta al socialismo marxista:

«El socialismo es también un movimiento incompleto. En vez de considerar a


un pueblo como una integridad, lo mira desde el punto de vista de una clase en
lucha con otras. Y lo que quiere no es mejorar la suerte de la clase menos
favorecida. (...) Frente a esos movimientos incompletos sólo el de Falange
Española de las J.O.N.S. contempla al pueblo en su integridad y quiere
vitalizarlo del todo: de una parte, implantando una justicia económica que
reparta entre todos los sacrificios, que suprima intermediarios inútiles y que
asegure a millares de familias paupérrimas una vida digna y humana. Y, de
otra parte, compaginando esa preocupación económica con la alegría y el
orgullo de la grandeza histórica de España, de su sentido religioso, católico,
universal, de sus logros magníficos, que pertenecen por igual a los españoles
de todas clases». (José Antonio Primo de Rivera; Discurso pronunciado en
Pamplona, en el centro local de Falange, 15 de agosto de 1934)

El líder fascista diría:

«Lo que sostenemos aquí es que nada de eso puede justificar un nacionalismo
[catalán], porque la nación no es una entidad física individualizada por sus
accidentes orográficos, étnicos o lingüísticos, sino una entidad histórica,
diferenciada de las demás en lo universal por una propia unidad de destino.
España es la portadora de la unidad de destino, y no ninguno de los pueblos
que la integran. España es pues, la nación, y no ninguno de los pueblos que la
integran. Cuando esos pueblos se reunieron, hallaron en lo universal la
justificación histórica de su propia existencia. Por eso España, el conjunto, fue
la nación. (...) España es irrevocable. Los españoles podrán decidir acerca de
cosas secundarias; pero acerca de la esencia misma de España no tienen nada
que decidir. España no es nuestra, como objeto patrimonial; nuestra
generación no es dueña absoluta de España; la ha recibido del esfuerzo de
Generaciones y generaciones anteriores, y ha de entregarla, como depósito
sagrado, a las que la sucedan. Si aprovechara este momento de su paso por la

25
continuidad de los siglos para dividir a España en pedazos, nuestra
generación cometería para con las siguientes el más abusivo fraude, la más
alevosa traición que es posible imaginar. Las naciones no son contratos,
rescindibles por la voluntad de quienes los otorgan: son fundaciones, con
sustantividad propia, no dependientes de la voluntad de pocos ni muchos».
(José Antonio Primo de Rivera; España es irrevocable, 19 de julio de 1934)

¿Se puede concebir concepto más místico de la nación casi como un ente con
vida, un ser superior que domina a sus ciudadanos desde su aparición? ¿Si las
naciones no son formaciones sociales, qué son entonces? ¿Cómo explica que la
nación española se forme porque sus pueblos «hallaron en lo universal la
justificación histórica de su propia existencia» –una perfecta frase
providencialista– pero luego proclame que la nación es inmutable y estática?
¿Las naciones se forman y no sufren jamás alteraciones en su seno? ¿Cómo
explica el nacimiento de nuevas naciones que se independizaron en su momento
de España y de otros imperios? ¿Salieron también de la nada, exactamente
como sus conceptos religiosos donde un Dios todopoderoso va creando a gusto y
capricho los ángeles, La Tierra o los seres humanos? El materialismo demuestra
que esto es imposible. Lamentablemente este despreciable idealismo casi
religioso, es lo que algunos entienden hoy por la «formación de naciones».

Stalin refutando las majaderías del idealismo filosófico y su compañera la


metafísica, afirmaría:

«No se puede considerar la cuestión nacional como algo que exista por sí
mismo y fijo de una vez para siempre. (...) La cuestión nacional se halla
íntegramente determinada por las condiciones del medio social, por el
carácter del poder vigente en el país, y en general, por toda la marcha del
desarrollo social». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; La revolución de
octubre y la cuestión nacional, 1918)

Una conclusión tan simple como brillante, aunque parezca mentira, hoy todavía
no ha sido comprendida por la mayoría de autodenominados «marxistas».

Epílogo necesario

Los marxista-leninistas catalanes comentarían sobre este tema:

«Cataluña, es, pues, una nación. Pero Cataluña, camaradas, no es una


«comunidad de destino». El principio de Lenin: «dentro de cada nación
moderna hay dos naciones», se adapta plenamente a Cataluña, como a
cualquiera otra nación. Importa, compañeros, que meditemos y asimilemos
este principio de Lenin. La incomprensión del principio de Lenin abre la puerta
a todas las desviaciones nacionalistas pequeño burguesas, nos conduciría a un

26
callejón en el cual nunca ha hallado ni hallaría solución nuestro problema
nacional. En cada nación hay dos clases antagónicas, irreconciliables: la
burguesía y el proletariado, los explotadores y los explotados. Hay, por tanto,
dos naciones antagónicas irreconciliables. La burguesía se vale y se valdrá del
problema nacional para resolver sus asuntos de clase, dispuesta siempre a
aliarse con la burguesía imperialista en el momento preciso en que considere
satisfecha su ambición de clase o en que vea en peligro sus intereses de clase
por el desarrollo y la ofensiva del movimiento obrero. El proletariado, quiere
resolver y resolverá definitivamente el problema nacional, pues no ignora que
si se convirtiese en opresor de otros pueblos, volvería a ser oprimido
nuevamente. La burguesía y el proletariado pueden y deben entenderse y
luchar juntos contra un enemigo provisionalmente común, en un momento
dado y por una cuestión nacional concreta. (...) Pero la burguesía y el
proletariado no han de confundirse, no pueden confundirse nunca. Su destino
no es común. El destino de la burguesía es desaparecer. El destino del
proletariado es llegar a serlo todo para construir un mundo socialista, de
igualdad, de libertad, de verdadera fraternidad entre todos los hombres y
todos los pueblos» La tesis socialdemócrata del «destino común», de la
«comunidad nacional», subordinando necesariamente los intereses de clase a
las exigencias nacionales, induce a los trabajadores a la colaboración y la paz
entre las clases, a la negación de la lucha de clases, conduce en su desarrollo
lógico a la teoría racista reaccionaria, al fascismo». (Joan Comorera; Contra
la guerra imperialista y por la liberación social y nacional de Cataluña, 1940)

Por ello nos debe quedar claro que:

«El nacionalismo es una concepción burguesa. La clase obrera no ha de ser


pues nacionalista. Nacionalismo es xenofobia, chovinismo, racismo, un
sistema pseudofilosófico que pretende justificar la agresión contra los otros
pueblos supuestamente inferiores, la opresión nacional de un pueblo
minoritario y más débil en el seno del mismo Estado. Los nacionalistas
envenenan la conciencia y la inteligencia de los ciudadanos, incluso a la clase
obrera, con el fin de movilizarlos en las guerras de agresión o de represión
nacional interna. Hitler ha sido el ejemplo más reciente y más trágico». (Joan
Comorera; Treball (Comorerista), 1 de agosto de 1952)

Pues no hay que confundir patriotismo con nacionalismo:

«El internacionalismo proletario presupone la existencia de la nación. El


cosmopolitismo presupone el menosprecio de la nación. El internacionalismo
es la mejor arma de la clase obrera. El cosmopolitismo es la mejor arma del
capitalismo monopolista, la más potente y Aspira en consecuencia, a la
dominación mundial. El patriotismo es la expresión natural del
internacionalismo proletario. El nacionalismo es la expresión natural de los

27
monopolistas. Lenin ha dicho que un mal patriota no puede ser un buen
internacionalista». (Joan Comorera; El internacionalismo proletario, 1952)

¿Cuál es la postura de los comunistas sobre el derecho de autodeterminación?:

«Los obreros están interesados en la fusión completa de todos sus camaradas


en un ejército internacional único, en su rápida y definitiva liberación de la
esclavitud moral a que la burguesía los somete, en el pleno y libre desarrollo
de las fuerzas espirituales de sus hermanos, cualquiera que sea la nación a que
pertenezcan.

Por eso, los obreros luchan y lucharán contra todas las formas de la política de
opresión de las naciones, desde las más sutiles hasta las más burdas, al igual
que contra todas las formas de la política de azuzamiento de unas naciones
contra otras.

Por eso, la socialdemocracia de todos los países proclama el derecho de las


naciones a la autodeterminación.

El derecho de autodeterminación significa que sólo la propia nación tiene


derecho a determinar sus destinos, que nadie tiene derecho a inmiscuirse por
la fuerza en la vida de una nación, a destruir sus escuelas y demás
instituciones, a atentar contra sus hábitos y costumbres, a poner trabas a su
idioma, a restringir sus derechos.

Esto no quiere decir, naturalmente, que la socialdemocracia vaya a apoyar


todas y cada una de las costumbres e instituciones de una nación. Luchando
contra la violencia ejercida sobre las naciones, sólo defenderá el derecho de la
nación a determinar por sí misma sus destinos, emprendiendo al mismo
tiempo campañas de agitación contra las costumbres y las instituciones
nocivas de esta nación, para dar a las capas trabajadoras de dicha nación la
posibilidad de liberarse de ellas.

El derecho de autodeterminación significa que la nación puede organizarse


conforme a sus deseos. Tiene derecho a organizar su vida según los principios
de la autonomía. Tiene derecho a entrar en relaciones federativas con otras
naciones. Tiene derecho a separarse por completo. La nación es soberana, y
todas las naciones son iguales en derechos.

Eso, naturalmente, no quiere decir que la socialdemocracia vaya a defender


todas las reivindicaciones de una nación, sean cuales fueren. La nación tiene
derecho incluso a volver al viejo orden de cosas, pero esto no significa que la
socialdemocracia haya de suscribir este acuerdo de tal o cual institución de
una nación dada. El deber de la socialdemocracia, que defiende los intereses

28
del proletariado, y los derechos de la nación, integrada por diversas clases,
son dos cosas distintas.

Luchando por el derecho de autodeterminación de las naciones, la


socialdemocracia se propone como objetivo poner fin a la política de opresión
de las naciones, hacer imposible esta política y, con ello, minar las bases de la
lucha entre las naciones, atenuarla, reducirla al mínimo.

En esto se distingue esencialmente la política del proletariado consciente de la


política de la burguesía, que se esfuerza por ahondar y fomentar la lucha
nacional, por prolongar y agudizar el movimiento nacional.

Por eso, precisamente, el proletariado consciente no puede colocarse bajo la


bandera «nacional» de la burguesía». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili,
Stalin; El marxismo y la cuestión nacional, 1913)

29
II
La evolución de la problemática regional primero, y la
cuestión nacional después, certificaron el carácter
multinacional de España

«Los marxistas no pueden perder de vista los poderosos factores económicos


que originan las tendencias a crear Estados nacionales». (Vladimir Ilich
Uliánov, Lenin, El derecho de las naciones a la autodeterminación, 1914)

Al igual que Marx en su momento, Vilar pese a no haber nacido en España, llegó
a ser un gran estudioso y conocedor de la historia de España y de su evolución:

«Cada país acabó por adquirir y conservar el orgullo de sus títulos y de sus
combates, la desconfianza para con sus vecinos. Señores aventureros y
municipalidades libres contribuyeron a aumentar este espíritu particularista.
(...) Por un lado la tendencia al particularismo, a, los vínculos que podríamos
llamar infranacionales; por otro lado, la tendencia al universalismo, a las
pasiones ideales supranacionales. Entre las dos, no se definirá sin dificultad la
conciencia del grupo español: y es un fenómeno que dura todavía. (...) A la
muerte de la reina, los nobles castellanos expulsaron a Fernando, que sólo
pudo ejercer de nuevo la regencia a causa de la locura de su hija. Aragón
había conservado su vieja administración; Aragón, es decir, en realidad una
federación de estados, donde Cataluña, Baleares y Valencia conservaban
preciosamente sus fueros, cortes, aduanas, monedas, tributos y medidas.
Incluso, cuando reinando Carlos I de España –el emperador Carlos V– ya no
había más que un solo soberano, fue preciso mantener virreyes en las antiguas
capitales. Jamás los antiguos reinos aceptarán con buenos ojos a los
funcionarios y soldados «extranjeros», es decir, venidos de Castilla. Para que
semejante espíritu fuese a la larga compatible con la unidad, hubiese sido
necesario que el poder central se mostrase a la vez poco exigente y de un
prestigio por encima de toda crítica. Esto se logró bajo Carlos V y,
parcialmente, bajo Felipe II, que no supieron, sin embargo, aprovecharlo para
minar las viejas instituciones, ni para asegurarse el mando efectivo. España
no tuvo a tiempo su Richelieu ni su Luis XIV. A las primeras intromisiones de
Felipe II, Aragón le recordó con dureza sus viejas prerrogativas. La primera
tentativa enérgica de centralización fue la de Olivares, en el siglo XVII, cuando
ya se agotaba la fuerza económica y militar del centro español. Era ya
demasiado tarde para ser brutal. Portugal se sublevó. Y Cataluña se ofreció a
Francia. Con este doble incidente, el año 1640 evidencia uno de los defectos de
construcción del edificio español. La unidad orgánica entre las provincias no
podrá obtenerse, cuando ya la decadencia siembra los gérmenes de
descontento. (...) En efecto, es curioso observar que el movimiento de «las
nacionalidades» ha tenido consecuencias perniciosas en un edificio tan viejo y
glorioso como el de la unidad española. Pero sabemos que la monarquía de los
Habsburgo no desempeñó la función unificadora de la monarquía francesa, ni
30
las Cortes de Cádiz la de la Revolución de 1789. El carlismo a la derecha y el
federalismo a la izquierda atestiguan el fenómeno centrífugo en el siglo XIX.
Pero hubo más: a finales de siglo, las regiones adquieren espíritu de grupo
hasta afirmarse como «naciones». (...) La Constitución de 1931 fue creada
sobre el modelo de la de Weimar, la más democrática en Europa. España fue
proclamada «República de trabajadores», no sin producir sonrisas. (…) Las
regiones podían pedir un Estatuto de autonomía, pero la palabra
«federalismo» no apareció por ninguna parte. (…) De todas formas, los
problemas fundamentales de España no han sido resueltos: ni la crisis social,
ni la crisis nacional, ni la crisis espiritual. Saber que un conflicto permanente
se oculta bajo la unidad de España oficialmente proclamada, sirve en cierto
sentido al orden establecido. Éste, tanto dentro como fuera del país, se basa, no
en vano, en el bloque instintivo de los conservadores. (...) En cuanto a las
estructuras nacionales, España debe hallar otras fórmulas de relación entre
sus regiones, distintas de la autoridad mal soportada. Espiritualmente, debe
reconocer que su genio, sin perder su originalidad, es más complejo e
innovador que como pretende definirlo un nacionalismo y una religión
puramente superficial». (Pierre Vilar; La historia de España, 1978)

Ahora se entiende la razón de que dicha obra llegarse a ser prohibida por el
franquismo, y el porqué de algunos revisionistas de la actualidad en no
reconocer el valor de su obra. El comunista catalán, Joan Comorera, haciendo
un análisis de las tesis marxista-leninistas de la cuestión nacional sobre España,
sostuvo abiertamente que:

«España es un Estado multinacional». (Joan Comorera; España no es una


nación, 1952)

Afirmar esto es correcto a la luz de ayer y hoy, pero sino lo desglosamos es


palabra vacía. Y nosotros no queremos que nadie apoye nuestras posiciones por
meras consignas que no se saben explicar. A todo, esto, ¿cuándo nacen las
naciones? Lenin exponiendo las teorías idealistas de los populistas rusos, los
refutó:

«Poniendo al desnudo la concepción idealista burguesa del populista


Mijailovski, según el cual los vínculos nacionales no eran sino la continuación
y generalización de los vínculos gentilicios, Lenin demostró que la creación de
los lazos nacionales significaba históricamente la creación de los nexos
burgueses, por ser la burguesía la que encabezaba el proceso de desarrollo de
la nación y del mercado nacional. (Véase su obra: «¿Quiénes son los amigos
del pueblo»? de 1894) Stalin, por su parte, ha evidenciado este proceso
histórico poniendo como ejemplo la formación de la nación georgiana, que no
se constituyó como tal hasta la segunda mitad del siglo XIX. A este tipo de
naciones quería referirse Lenin cuando en 1914 escribía lo siguiente: «Las

31
naciones representan el producto y la forma inevitable de la época burguesa
de desarrollo social». (Véase su obra «Karl Marx» de 1913) Y Stalin tenía en
cuenta las mismas naciones al decir que éstas surgen en la época del
capitalismo ascensional. El proceso de formación de las naciones burguesas se
presenta en distintos países, en momentos diversos y en diferentes condiciones
históricas. Los Estados nacionales son el fruto inevitable y, además, una forma
inevitable de la época burguesa de desarrollo de la sociedad. Y la clase obrera
no podía fortalecerse, alcanzar su madurez y formarse, sin «organizarse en el
marco de la nación», sin ser «nacional» –«aunque de ningún modo en el
sentido burgués»–. Pero el desarrollo del capitalismo va destruyendo cada vez
más las barreras nacionales, pone fin al aislamiento nacional y sustituye los
antagonismos nacionales por los antagonismos de clase. Por eso es una verdad
innegable que en los países capitalistas adelantados «los obreros no tienen
patria» y que la «conjunción de los esfuerzos» de los obreros, al menos de los
países civilizados, «es una de las primeras condiciones de la emancipación del
proletariado». (Academia de las Ciencias de la URSS; El materialismo
histórico, 1950)

¿Cuál es el desarrollo económico de España desde la Edad


Contemporánea?

Marx describía con asombrosa perfección el sistema económico, jurídico y


administrativo de la España del siglo XIX. Anotaba, con suma precisión, las
tendencias centrífugas históricas que arrastraba y que el propio sistema
promovía:

«Pero, ¿cómo podemos explicar el fenómeno singular de que, después de casi


tres siglos de dinastía de los Habsburgo, seguida por una dinastía borbónica –
cualquiera de ellas harto suficiente para aplastar a un pueblo–, las libertades
municipales de España sobrevivan en mayor o menor grado? ¿Cómo podemos
explicar que precisamente en el país donde la monarquía absoluta se
desarrolló en su forma más acusada, en comparación con todos los otros
Estados feudales, la centralización jamás haya conseguido arraigar? (…) A
medida que la vida comercial e industrial de las ciudades declinó, los
intercambios internos se hicieron más raros, la interrelación entre los
habitantes de diferentes provincias menos frecuente, los medios de
comunicación fueron descuidados y las grandes carreteras gradualmente
abandonadas. Así, la vida local de España, la independencia de sus provincias
y de sus municipios, la diversidad de su configuración social, basada
originalmente en la configuración física del país y desarrollada históricamente
en función de las formas diferentes en que las diversas provincias se
emanciparon de la dominación mora y crearon pequeñas comunidades
independientes, se afianzaron y acentuaron finalmente a causa de la
revolución económica que secó las fuentes de la actividad nacional. Y como la
monarquía absoluta encontró en España elementos que por su misma
32
naturaleza repugnaban a la centralización, hizo todo lo que estaba en su poder
para impedir el crecimiento de intereses comunes derivados de la división
nacional del trabajo y de la multiplicidad de los intercambios internos, única
base sobre la que se puede crear un sistema uniforme de administración y de
aplicación de leyes generales. La monarquía absoluta en España, que solo se
parece superficialmente a las monarquías absolutas europeas en general, debe
ser clasificada más bien al lado de las formas asiáticas de gobierno. España,
como Turquía, siguió siendo una aglomeración de repúblicas mal
administradas con un soberano nominal a su cabeza. El despotismo cambiaba
de carácter en las diferentes provincias según la interpretación arbitraria que
a las leyes generales daban virreyes y gobernadores; si bien el gobierno era
despótico, no impidió que subsistiesen las provincias con sus diferentes leyes y
costumbres, con diferentes monedas, con banderas militares de colores
diferentes y con sus respectivos sistemas de contribución. El despotismo
oriental sólo ataca la autonomía municipal cuando ésta se opone a sus
intereses directos, pero permite con satisfacción la supervivencia de dichas
instituciones en tanto que éstas lo descargan del deber de cumplir
determinadas tareas y le evitan la molestia de una administración regular».
(Karl Marx; La España revolucionaria, 1854)

Efectivamente, lo que Marx aquí expone sobre el carácter de la España de mitad


del siglo XIX es indiscutible. Su fisonomía fue el caldo de cultivo que haría
progresar dichas particularidades históricas que derivarían en los famosos
problemas del regionalismo, el cual años después madurarían convirtiéndose en
movimientos nacionales. Pese a algunos intentos centralizadores, con los
Habsburgo 1561-1700 y luego con los Borbones en el siglo XVIII en adelante,
estos nunca han tenido un éxito similar al de otros países. En España, debemos
tener en cuenta que cuando por fin logra deshacerse de los vestigios de los
Fueros como sinónimos de instituciones de autogobierno, libertad electiva,
independencia judicial, presupuestaria, fiscal, de reclutamiento, etc., aparecen
los Estatutos de autonomía en la contemporánea. Ambos sistemas, más toda
una serie de fórmulas intermedias que se usaron entre el siglo XIX y XX, afianzó
y afianzan ahora la supervivencia y desarrollo de estas «particularidades».
Incluso, si nos fijamos bien, cuando se suprimieron temporalmente algunas de
estas instituciones, y dichas comunidades fueron objeto de una gran represión
con sucesivos intentos de moldear esos territorios a imagen y semejanza de
Castilla, obviamente consiguió que se detuviera o retrasase el desarrollo
«autóctono» de estos pueblos, pero no impidió que para finales del siglo XIX y
sobre todo principios del siglo XX se constituyera entre ellos una identidad
nacional palpable.

Este fenómeno «centrífugo» era consecuencia de los problemas anteriores en


época feudal y de los problemas en etapa burguesa. En el siglo XIX tenemos
varios intentos fallidos de establecer un Estado Liberal al uso bajo los diferentes

33
gobiernos de los moderados y progresistas. Aquí es donde entran de lleno los
condicionantes materiales del endeble Estado español de este siglo.

Para empezar, lo cierto es que, en el campo, pese a las desamortizaciones


realizadas años atrás, primaba una propiedad de tipo rentista y absentista con la
iglesia y nobleza dominando al Sur del río Tajo. Allí debido al exceso de mano de
obra sin tierra, los grandes propietarios no veían necesario invertir en obras
como pozos, minas, canales, presas, de gran inversión para mayor
productividad a largo plazo, sino que se aprovechaban de una gran masa de
fuerza de brazos a precios bajos para cubrir sus necesidades particulares. En
líneas generales las élites españolas tenían un pensamiento pragmático y
cortoplacista. Esto se comprueba con el nulo aprovechamiento intensivo de las
aguas superficiales y subterráneas o la limitación al cultivo monocerealista, que
hacían de España un campo muy poco dinámico, con técnicas arcaicas como el
barbecho que ocupaban casi el 45% de las tierras, teniendo el dudoso «honor»
de obtener una de las tasas de producción agrarias más bajas de Europa. Lo
mismo cabe decir respecto a las tasas de urbanización.

Si miramos niveles macroeconómicos España aún tenía solamente una tasa de


alfabetización del 25% en 1850 y de 44 en 1900, datos vergonzantes respecto a
sus hermanos europeos a los cuales aspiraba a alcanzar. Su «crecimiento»
apenas lograba un ligero aumento del PIB de solo el 1,7% y sostenía un lento
crecimiento demográfico –de nuevo con datos inferiores a las medias europeas–
que no era capaz de crear un excedente suficiente para llevar mano de obra a la
industria. Este no crecimiento demográfico implicaba no poder satisfacer una
futura nueva demanda para el mercado interno, pues de desencadenarse la
modernización a marchas forzadas no podría absorber el esfuerzo de una teórica
industrialización y urbanización, el problema de la vivienda sería tema aparte.
Todo esto evitaba una tasa de acumulación y por tanto de recursos suficientes
para una acelerada industrialización. Con el fracaso de la introducción del
sistema de impuestos directos en 1845 o con un incremento del gasto público
del 2% anual por encima del PIB, literalmente no había de donde sacar recursos
para unas arcas públicas que estaban totalmente agotadas y endeudadas. Las
guerras continuas tampoco ayudaban a paliar este problema. En materia
económica los diversos gobiernos ni siquiera se tomaron un rumbo claro porque
no hubo uno lo suficientemente sólido y duradero con una política clara, sino
que dependiendo del gabinete acontecía un vaivén de recetas proteccionistas y
librecambistas sin un fin claro.

Pero hay un factor todavía más importante para no lograr la modernización, y


ese fue la falta de inversión de capitales por medio del Estado, la cual es una
condición sine qua non para la industrialización. Debido a que las reformas en
materia fiscal fracasaron, el Estado no pudo hacerse cargo de tal fin. Lejos de
eso, como ya hemos dejado caer, el Estado fue un constante emisor de deuda,
una carga más para el proyecto de modernización general.

34
Solo quedaba como posibilidad desde el punto de vista liberal que los
propietarios españoles o las grandes empresas del extranjero se hicieran cargo
de la titánica empresa. Esta última vía parecía la más posible, ya que el nivel de
acumulación de capital de la burguesía española era realmente bajo, sumamente
débil como para acometer tal empresa, mucho menos cuando la política
española general se había demostrado como contradictoria e inestable como
para que la burguesía española arriesgase sus pocas ganancias.

Entre otras razones, esta opción de industrialización «extranjerizante» viene del


hecho de que las desamortizaciones habían sido acaparadas mayormente por
parte de la vieja nobleza, tampoco no se había producido una tasa de
urbanización para su desarrollo, ni existía una tasa de densidad de población ni
de avances técnicos notables que permitiesen un avance en el agro para derivar
a trabajadores a la industria. Para más inri, el comercio interno era altamente
costoso ya que el transporte terrestre carecía de infraestructuras adecuadas en
una geografía accidentada como la orografía de la Península Ibérica.

Por su parte, la burguesía extranjera veía en España otro panorama distinto:


tenía la posibilidad de exportar los excedentes de capitales que poseía
invirtiendo en los recursos naturales de España, jugada que, si bien no era
segura, por los constantes cambios de gobierno, guerras civiles y
pronunciamientos, de tener éxitos le reportaría grandísimos beneficios.
Además, países como Francia o Gran Bretaña contaban una marina y unas
fuerzas terrestres mucho más potentes que España como para que, en el peor de
los casos, la fuerza de las armas disipase dudas o hiciese cumplir por la fuerza
incumplimientos graves, como haría varias veces frente a los puertos
latinoamericanos. Y finalmente así fue, España decidió recurrir al extranjero
para sacar adelante su industrialización.

El gran nivel de deuda externa contraída por España con las grandes
superpotencias europeas hizo que en una maniobra arriesgada se llevase a cabo
la reconversión forzosa del interés de las deudas, con la consiguiente sanción de
varios países como Gran Bretaña que no decidió tomar represarías militares,
pero sí decidió castigar al país y no invertir durante décadas, dañando su
economía y los proyectos en curso. Tan solo cuando la deuda se mantuvo
estancada, los emprendedores españoles pudieron empezar a fraguar una
inversión hacia la industria, pero esto no sería hasta finales del siglo XIX y antes
de la crisis del 90, ya con una mentalidad diferente sobre la inversión.
Tengamos en cuenta que hasta entonces la vieja nobleza no había aceptado que
la antigua mentalidad de ahorro y rentismo, nociones inservibles en los tiempos
modernos donde en todo país moderno la burguesía aspiraba a dominar las
riendas del país y la cultura nacional. A todo ello añádase el problema ya
comentado de la Hacienda, con un déficit presupuestario crónico que impedía
desarrollar servicios de educación, sanidad y cualquier tipo de infraestructura

35
para un país puntero. Véase los datos que aporta Francisco Comín y Enrique
Llopís en su obra: «Historia económica de España, siglos X-XX» de 2007.

Cuando finalmente la burguesía centralista española logra por fin ir


estableciendo un Estado liberal basado en consolidar un sistema financiero, un
cierto tejido industrial, desarrollar las vías de ferrocarril, una fuerte expansión
del correo y todo tipo de vías de comunicaciones. Estas condiciones económicas
que los otros países habían ido necesitando en Europa para solidificar su Estado
y su nación, sucede en España cuando el nacionalismo catalán, vasco, y en
mucha menor medida el gallego, ya han irrumpido o están irrumpiendo con
fuerza en lo político-cultural, siendo su avance ya imparable. En lo económico
los dos primeros son una pieza clave de la economía global del Estado Español,
lo que les dará un empujón extra para constituirse en lo político con más fuerza,
pero todos ellos irán logrando a lo largo del siglo XX sus mayores cuotas de
autogobierno, sin ignorar el notable auge cultural propio. Es imposible hablar
de una única nación española y sin fisuras en todo el Estado, porque el
desarrollo histórico así lo niega. Idea, que solo puede estar en la mente de un
nacionalista español, de un falangista, bien de camisa azul, que sostiene una
rosa o que se engalana con una hoz y martillo.

El caso vasco-navarro y su historia moderna

El filósofo e historiador, Pi y Margall, haciendo un repaso de España y sus


desarrollos desde la Edad Media a la Edad Moderna, y su eco en la Edad
Contemporánea, resumió la cuestión que estamos estudiando como sigue:

«No cambiaban los pueblos sino de dueño. (…) Miraban con cierta indiferencia
aquellas uniones y separaciones de reinos en que ordinariamente no tenían
intervención de ningún género. (…) Los navarros [tras ser anexionados por
Castilla] juraban ser fieles al rey y prestarle sus servicios con arreglo a lo que
disponían los fueros y ordenanzas del reino. El mismo Felipe II, al ser
reconocido en Tomar rey de Portugal, hubo de jurar de rodillas y con la mano
puesta en los Evangelios que le conservaría los fuegos. (…) Si cuando la unión
era hija de la fuerza continuaban autónomos los dos reinos, no hay por qué
decir si continuarían siéndolo cuando procedía de pactos o entronques. Lo
eran hasta el punto que algunos reyes de dos o más Estados debían convocar
en cada uno Cortes para la decisión de los grandes negocios. (…) Consintieron
los pueblos la obra de sus reyes; pero nótelo el lector, bajo la condición de que
se les conservasen sus leyes, su régimen municipal, su autonomía». (Francisco
Pi y Margall; Las nacionalidades, 1877)

El caso más paradigmático sería el de las sucesivas guerras de rapiña del Reino
de Castilla sobre el Reino de Navarra, que tuvo como consecuencia la paulatina
incorporación de Álava en el siglo XVIII, Guipúzcoa en el XIII, Vizcaya en el
XIV, donde sus respectivos fueros se respetaron y se fueron renovando con el

36
paso del tiempo. Ya a inicios del siglo XVI tenemos la propia anexión castellana
de Navarra en las condiciones que ha descrito Pi y Margall. Durante la Guerra
de Sucesión del siglo XVIII, los territorios vasco-navarros mantuvieron intactos
sus fueros debido a que apoyaron la causa borbónica, véase por ejemplo los
llamados «Cuadernos de las leyes y agravios reparados por los tres estados del
Reino de Navarra» vigentes del 1724 al 1829. En el siglo XIX, ambos territorios
participarían activamente del lado del bando monárquico carlista –que
prometía la defensa de los fueros– contra el liberalismo gubernamental –que
pretendía una uniformidad de todas las regiones–. En las tres guerras civiles
que asolaron a España en 1833-1840, 1846-1849 y 1872-1876, el bando carlista
sufriría tres severas derrotas, con lo que los derechos de los territorios vasco-
navarros fueron recortados, aunque algunos derechos especiales fueron
preservados y después reaparecerían nuevamente, como veremos después. Para
1876, aunque ciertamente el nivel de autogobierno era mucho menor que
antaño, el regionalismo era un fenómeno imparable, que pronto mutaría en
nacionalismo a finales de siglo. Por lo que el particularismo vasco-navarro
siguió estando presente en la política durante las próximas décadas.

Como apunta Pi y Margall, pese a los intentos centralizadores del liberalismo


español, los particularismos se habían asentado, e incluso algunos se estaban
acrecentando:

«En Vizcaya he dicho ya que admiten sólo como supletorio el derecho de


Castilla. En Navarra, Aragón y Mallorca ni como supletorio le aceptan: a falta
de leyes forales acuden al Código y al Digesto de Justiniano. En Cataluña
suplen el silencio de sus instituciones municipales por las canónicas, el de las
canónicas por las romanas, las oscuridades de las romanas por las
aclaraciones de las leyes de Partidas. (…) ¿Serán acaso leves las diferencias
entre la ley de Castilla y los fueros de esas provincias? Versan en primer lugar
sobre lo más sustancial del derecho: sobre las sucesiones, sobre la constitución
y disolución de la sociedad entre cónyuges, sobre los pactos y contratos acerca
del uso y la enajenación de la tierra. (…) Son algunas, además, tan grandes,
que relevan la existencia de sistemas jurídicos diametralmente opuestos. (…)
Subsiste en España no sólo la diversidad de leyes, sino también la de lenguas.
(…) Lejos de borrarse, pasan hace años por una especie de renacimiento. (…)
No hablaré ahora de las costumbres. Su variedad es infinita. (…) Continúa la
variedad a pesar del unitarismo de la Iglesia y el Estado. (…) En una que otra
provincia se conservan todavía restos de antiguos sistemas monetarios. (…)
No digamos de las medidas agrarias». (Francisco Pi y Margall; Las
nacionalidades, 1877)

Como curiosidad, Pi y Margall contestando a los enemigos del federalismo,


señalaba que él como federalista declarado, jamás hubiera permitido los
privilegios que el unitarismo español consintió por causas oportunistas hacia los

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fueros de algunas regiones, pues pensaba que, si bien la autonomía de las
regiones siempre debía ser tomada en cuenta, ella debía de ser en base de una
aportación real que se fijase evaluando su riqueza y población:

«¿Ha desaparecido por esto la autonomía? Por las últimas reformas ni


siquiera se la ha menoscabado; no se ha hecho sino purgarla de injustos
privilegios que ha respetado por más de tres siglos el principio unitario y no
habría tolerado el federativo en ningún momento. Es esencial que en las
confederaciones que los Estados que las formen contribuyan a las cargas
nacionales según su población y riqueza». (Francisco Pi y Margall; Las
nacionalidades, 1877)

En definitiva, el pensador barcelonés denunciaba las prebendas que las élites de


dichas regiones particulares lograban arrancar a la élite centralista de Madrid a
condición de no promover tendencias separatistas, pactos que indirectamente
iban en perjuicio de otras regiones del Estado. Con la evolución de ese
regionalismo en nacionalismo en las próximas décadas, el propio nacionalismo
vasco, y en concreto el Partido Nacionalista Vasco (PNV), ha reactivado dicha
fórmula, también con total aplauso de la «izquierda abertzale». Una prueba bien
palpable es como siempre ha virado su apoyo o retirada a los diversos
Presidentes del Gobierno Español siempre bajo las mismas demandas: obtener
pactos favorables en materia fiscal o presupuestaria.

En dicha obra de Pi y Margall hace un estudio sobre los límites de las regiones
respecto a la federación en base a otras federaciones europeas y americanas,
donde da su opinión sobre cuál cree que serían las fórmulas más propicias, así
que el lector puede consultar dichas reflexiones de Pi y Margall que son
sumamente interesantes.

Pi y Margall tachó el caso navarro y vasco y su evolución como el ejemplo


evidente del fracaso de la política unitaria del uso de la fuerza que «no ha
podido establecer para todos los pueblos de España un mismo régimen
político», y no le faltaba razón. Stalin explicaría este tipo de fenómenos años
después:

«Los Estados nacionales, que se organizan sobre la base del dominio de una
nación –más exactamente de su clase dominante– sobre las demás naciones,
constituyen la cuna y el escenario básico de la opresión nacional y de los
movimientos nacionales. Las contradicciones entre los intereses de la nación
dominante y los de las naciones subyugadas son contradicciones sin cuya
solución es imposible la existencia perdurable de un Estado multinacional. La
tragedia del Estado multinacional burgués reside en su impotencia para
resolver dichas contradicciones, reside en que cada uno de sus intentos de
«igualar» las naciones y de «proteger» a las minorías nacionales»

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manteniendo al mismo tiempo, la propiedad privada y la desigualdad de
clases, termina, generalmente por un nuevo fracaso, por una agudización de
los choques nacionales. (…) El chovinismo y la lucha nacional son forzosos e
inevitables mientras el campesinado –y en general la pequeña burguesía–
lleno de prejuicios nacionalistas, siga a la burguesía». (Iósif Vissariónovich
Dzhugashvili, Stalin; Las tareas inmediatas del partido en la cuestión
nacional, 1921)

La Ley Paccionada de 1841 suprimía el estatus de reino para los navarros, así
como la administración municipal, de justicia y las aduanas, pero conservará la
potestad de recaudación de impuestos y un régimen económico propio en varias
cuestiones. Los vascos solamente participaron en la contribución de los gastos
del Estado tardíamente, tras la derrota de la última guerra carlista fueron
forzados a pactar un nuevo acuerdo menos ventajoso pero que mantenía parte
de su independencia. Así, en 1878, crearon su propio «Concordato económico»,
incluso estuvieron exentos de constituir con hombres para el ejército nacional
hasta la Guerra de África de 1859. Véase la obra de Tomás de Montagut
Estragués e Isabel Sánchez de Movellán Torent: «Historia del pensamiento
jurídico» de 2013.

Durante la II República (1931-39) los vascos ampliarían ciertos derechos con el


llamado Estatuto Vasco de Autonomía de 1936 activado durante la guerra. Tras
el franquismo, fue derogado dicho estatuto. Sin embargo, la región de Navarra y
la provincia vasca de Álava, territorios fieles al alzamiento fascista desde un
principio, obtuvieron el mantenimiento de un régimen económico especial. Tras
el fin del franquismo con el nuevo régimen autonómico construido en la
Constitución de 1978, ambas zonas no solo recuperaron parte de los derechos
perdidos, sino que ampliaron su autonomía mucho más notablemente que
durante la II República. Pero a causa del carácter de la propia constitución estos
territorios tienen absolutamente prohibido el derecho de secesión, lo que ha
hecho que dicha cuestión nunca se apague. El Estado mantiene un «Concierto
económico» especial con la Comunidad Autónoma del País Vasco, que se puede
considerar como una herencia de los viejos fueros y del acuerdo de 1878.
Anótese otra concesión curiosa hacia estas zonas: la actual constitución
reconoce los pactos entre el Estado y Navarra de 1841. Incluso existe una
cláusula constitucional que permite la unificación entre la Comunidad
Autónoma del País Vasco y la Comunidad Foral de Navarra, la llamada
«Disposición transitoria cuarta», única fórmula contemplada en la constitución
de fusión entre dos comunidades autónomas.

Con estos datos estamos seguros de que el lector habrá podido resolver algunas
dudas sobre la llamada cuestión nacional vasca. Datos históricos que
normalmente se ocultan de uno y otro lado.

39
Una cuestión siempre delegada u olvidada: la particularidad gallega

Joan Comorera a mediados del siglo XX concebía ya a Cataluña no como una


nación en formación, sino como una nación de pleno derecho como reflejaban
los hechos. En su obra: «El problema de las nacionalidades en España» de 1942,
explica hondamente los cuatro rasgos por los que hay que considerar a:

«Cataluña, Euskadi y Galicia son naciones, porque tienen un idioma propio,


un territorio común, una economía suya, una psicología característica
manifestada en una comunidad de cultura, porque son comunidades estables,
históricamente formadas». (Joan Comorera; El problema de las
nacionalidades en España, 1942)

Esto, como decía Comorera, hoy parece más indiscutible que nunca para el caso
catalán y vasco, pero también insistía en tener en cuenta la cuestión gallega de
la siguiente forma:

«En general existe una comprensión satisfactoria referente a Cataluña y


Euskadi. (…) No sucede lo mismo con Galicia. Son muchos los que creen que el
caso de Galicia, es artificial, que no existe semejante nación gallega, que no
existe un problema nacional gallego. Entre estos muchos, no hay pocos
compañeros y no pocos gallegos. Este criterio no es justo. De las tres naciones
oprimidas Galicia es la menos avanzada. Eso es todo. (…) Esta existe, estaba
en marcha, plebiscitada ya su primer proyecto de Estatuto [1936] y es seguro
que cuando sea liquidado el régimen franquista resurgirá». (Joan Comorera;
El problema de las nacionalidades en España, 1942)

Sobre la vida económica y cultura, se subrayaba:

«Existen los idiomas catalán y gallego, de mayor pureza greco-latina que el


castellano, por haber sido de menor duración e intensidad la ocupación e
influencia árabe en sus respectivos territorios. Y tienen una vida secular y se
formaron en un período histórico durante el cual la expansión castellana, para
producirse, habría de tardar unos siglos, hasta el punto que en catalán se
escribieron las primeras poesías y novelas, las primeras recopilaciones de usos
y costumbres, esto es, de leyes, en el mundo mediterráneo y en el ciclo de
formación y uso de las lenguas vulgares. Existen las economías catalana,
gallega y vasca, una vida económica propia, formada históricamente en cada
una de estas nacionalidades. El minifundio gallego en oposición al latifundio
castellano; las normas contractuales agrarias para la explotación de pequeños
trozos, en oposición al campesino asalariado en el conjunto castellano y
también de gabellas propias y en cuyo origen radica su antigua existencia
independiente; la industrialización de los productos del mar en contraste con
la vida a espaldas del mar llevada por Castilla: son los rasgos característicos

40
de la vida económica gallega. (…) Existen las culturas catalana, vasca y
gallega. Sus canciones y danzas, cuyo origen se confunde con los primeros
vestigios de civilización y de historia oral y escrita... su poesía, su cultura, su
música, su filosofía, sus predilecciones científicas, su manera de hacer y de
reaccionar frente a los hechos y los problemas, su propia mística religiosa
saturada de sensualismo pagano». (Joan Comorera; El problema de las
nacionalidades en España, 1942)

Respecto a la historia de Galicia en la Edad Media y después, conviene refrescar


la memoria:

«Por lo expuesto hemos podido comprobar la existencia de una lucha secular


de los nobles, y a veces de los magnates eclesiásticos de la región, por lograr
prorrogativas, por influir en la monarquía de Asturias o León o por tener su
propio rey. Fenómeno este último que tiene –como sabemos– una base real.
Pero a la vez se comprueba que en todos los siglos medievales que hasta el
presente hemos hablado, Galicia no ha sido sino un asociado de las distintas
monarquías del noroeste peninsular. Un asociado al que en ocasiones se le
hacen concesiones, se le designan reyes, que, en otras, se le niegan, pero que en
ningún momento hasta la época que nos ocupa, llega a constituirse
definitivamente como reino con su propia personalidad. Las causas obedecen a
factores histórico –sociales de la época– algunos de ellos ya señalados que
influyen en el cuadro del conjunto peninsular. Pero además de eso, las
derrotas de la nobleza gallega, sus fracasos, se deben también a que frente a
sus rivales no presentaba casi nunca una batalla unida; a que raramente
contó con el apoyo de la nobleza eclesiástica de la región; a que ambas y cada
uno de sus componentes ponía por encima de todo sus propios y sórdidos
intereses feudales; a que ni en la nobleza clerical ni en la seglar existía un ideal
de nacionalidad». (Santiago Álvarez; Origen y formación de la nacionalidad
gallega, 1961)

Al respecto de esto debemos hacer unos apuntes. Sin duda existe una falta de
estudio y profundización del caso gallego y sus particularidades.

Primero veamos qué fue el movimiento conocido como «Rexurdimiento»:

«Las élites del dinero habían abandonado desde los siglos anteriores la
práctica de la lengua gallega, patrimonio, sin embargo, del campesinado.
Como corolario, la decadencia de la producción literaria gallega desde hacía
siglos era evidente. Las dificultades de la integración de la economía gallega
en un espacio coherente, la falta de cohesión social, y la propia dispersión del
hábitat, fueron valores añadidos de corte negativo que retrasaron el
renacimiento cultural particular, cuantitativamente y cualitativamente, con
respeto a Cataluña y el País Vasco. El rechazo de las élites de las élites urbanas
hacia la enseñanza en gallego en las escuelas primarias goza de múltiples
41
testimonios en los que se concibe la lengua gallega como subsidiaria de la
castellana. El uso del gallego en la escuela quedaba reservada a una mera
función asimilista, para asegurar la penetración del castellano en los medios
rurales. Entre 1850 y 1890 el galleguismo cultural alcanzó sus rasgos
definitorios, sin que ello se concretara a medio plazo en un proyecto político
nacionalista mayoritariamente asumido. (…) Se situó en el centro la
recuperación, sistematización y divulgación, a través de una doble dimensión,
historiográfica y literaria. (…) Alfredo Brañas ofrecería el primer contenido
político al regionalismo gallego. (…) Basado en la idea de las dos patrias, la
patria española común y la patria gallega, sistematizó una noción regionalista
más apoyada en la descentralización administrativa del Estado que en el
nacionalismo. (…) Con una fuerte carga católica y tradicionalista». (Ángel
Bahamonde Magro y Jesús A. Martínez; Historia de España siglo XIX, 2005)

Este «Rexurdimiento» no solo se formó como una reacción tardía del


romanticismo o a imitación snobista de lo que ocurría en Cataluña con la
«Renaixença» catalana, como creen algunos, sino fundamentalmente porque es
una época en que el Estado pretende instalar una uniformidad político-
administrativa, lingüística y económica que, por supuesto, también es
combinada con una mayor propagación de los mitos del nacionalismo
castellano. A tal desafío, las élites en Galicia responden por un lado
contraponiendo sus propios mitos, pero también con reivindicaciones
históricas, lingüísticas, administrativas, económicas y jurídicas con cierto
respaldo pasado o presente:

«Este movimiento trató, con el paso del tiempo, de dotar a la cultura gallega
de su propio perímetro político; esto es, conseguir la autonomía y el
autogobierno. Se intentaba romper el proceso de centralización, de
uniformidad y de cultura homogénea que la revolución liberal había
provocado en España en el siglo XIX con la aparición de una identidad
nacional propia que, desde el Estado, se cuidó de resaltar mediante la
imposición –entre otras medidas– de un sistema educativo único con una
lengua primordial: el castellano, y la recreación, por parte de los
historiadores, de los mitos –Numancia, Sagunto, Covadonga, Guerra de la
Independencia, etc– propios y necesarios para dar sustento a la nacionalidad.
(…) Se favoreció, pues, la interpretación castellanista de la historia y la
creación del mito castellano como fundamental de la nacionalidad española.
La generación del 98 coadyuvó al crecimiento y expansión de estos
principios». (Carlos A. Antuña Souto; El nacionalismo gallego (1916-1936).
Una madurez inconclusa, 2000)

Como ya vimos en otro capítulo anterior, la mayoría de autores de la generación


modernista como Juan Ramón Jiménez, Valle-Inclán, o de la generación del 98
como Azorín, Ortega y Gasset, Unamuno, etc. eran una suma ecléctica de

42
distintos autores con corrientes ideológicas dispares. La mayoría estaban
influenciados por personajes nefastos: desde el existencialismo de Kierkegaard,
el vitalismo espiritualista de Bergson, la presuntuosidad intelectual de
Schopenhauer, el chovinismo expansionista e irracional de Nietzsche hasta el
decadentismo y misoginia de Oscar Wilde. El sincretismo de estos modelos a la
española, daría como resultado que políticamente se presentasen como liberales
aristócratas, mañana como señoritos anarquistas, después como carlistas y
pasado como fascistas, por lo que sus ideas para «renegar España» salvo raras
excepciones, dudosamente podían ser útiles desde un punto de vista progresista.
Entre sus ideas y reivindicaciones estaba la vuelta a unas «tradiciones» en
muchas ocasiones del todo retrógradas como el respaldo de la superioridad del
hombre sobre la mujer, la tauromaquia, el lenguaje elitista, el militarismo o el
misticismo religioso. Sabiendo esto, es normal que la mayoría no pudieran tener
tacto ni sensibilidad alguna con estos movimientos nacionales de la periferia.
Incluso los más progresistas, como Antonio Machado, no solo favorecieron los
mitos del nacionalismo castellano cayendo presos de esta idea de España y sus
pueblos con varios prejuicios. Pero esa es ya otra historia. Tampoco pensamos
que valga la pena volver a repasar los argumentos de los teóricos del
galleguismo; teorías raciales y nociones culturales que en muchas ocasiones
proponían pensamientos ultrarreacionarios, como fue el caso de Alfredo Brañas
o Vicente Risco.

Cabe destacar que ambos procesos de renovación cultural e ideológica se dieron


a la par tanto en el nacionalismo gallego como en el nacionalismo castellano:

«En «La novela de España. Los intelectuales y el problema español», Javier


Várela nos sumerge en las ideas e ideales de los intelectuales españoles que
actuaron a modo de «levadura» en la recuperación del ideal colectivo de la
nación española y que desempeñaron una misión esencial: la de redimir a
España de su incultura y del atraso económico. Pensamos que esta labor no
está alejada de la que desempeñó la minoría dirigente galleguista. (...) La
minoría dirigente galleguista intentó crear en el pueblo la conciencia de que
Galicia constituía una nación». (Carlos A. Antuña Souto; El nacionalismo
gallego (1916-1936). Una madurez inconclusa, 2000)

La maraña de contradicciones ideológicas entre las propias figuras del


galleguismo derivó a un fraccionalismo extremo donde se han dinamitado toda
posibilidad de articular un proyecto serio. Precisamente una de las razones por
las que el nacionalismo gallego no ha podido avanzar y consolidarse es
ciertamente por la debilidad histórica de las clases explotadoras gallegas, pero
no es el único factor y sería simplista reducirlo a eso. Nos gustaría destacar algo
que normalmente se olvida. A falta de un partido proletario y marxista con
influencia, las masas gallegas siempre han estado expuestas a todo tipo de
teorías nacionalistas pseudohistóricas de un lado y del otro, eso ya ha quedado

43
claro. El galleguismo con algo de influencia, bien en su versión regionalista o
nacionalista, jamás ha salido de corrientes idealistas, reaccionarias y
pseudocientíficas, lo que ha dificultado una explicación racional de la cuestión
nacional en Galicia, a eso súmese que en muchos otros casos ha adoptado –
como todo nacionalismo–, posiciones xenófobas que tampoco eran aceptadas ni
comprendidas por las masas gallegas. ¿Significa eso que el galleguismo hubiera
tenido otro desarrollo si no hubiera sido un nacionalismo tan conservador?
Tampoco podemos afirmar categóricamente eso: sabemos que el nacionalismo
de izquierda también cae de igual manera en subjetivismos, irracionalismos y
relatos carentes de veracidad histórica, el nacionalismo catalán es buena prueba
de ello.

La xenofobia desaforada lo mismo que a veces es un ingrediente para convencer


a los más crédulos y pasionales, muy fácilmente se puede volver en contra de sus
instigadores cuando tiene que dar explicaciones profundas sobre los problemas
sociales de la región. He ahí que depende mucho de la audacia de los líderes del
nacionalismo para poder despistar eficazmente a las masas de la cuestión social
aludiendo solamente a la cuestión nacional, por lo que se trata de acompañar
del opio de la religión, el pan y circo, el modismo juvenil de turno o lo que sea
menester. En otros casos, cuando la reivindicación de una cuestión es ciega y
adolece de suficientes respaldos, aunque se puedan afirmar cosas ciertas, no se
convence a los más inteligentes, que a la postre son los más válidos para un
movimiento. Por eso, la falta de teóricos marxistas que destaquen dentro del
galleguismo puede ser un factor a tener en cuenta, como ocurre en otros lugares.

Sea como fuere, los hechos demuestran que, pese a la nula influencia de
movimientos nacionalistas de gran poder, la mayoría de gallegos se sienten más
gallegos que españoles, o directamente solo gallegos:

«Pregunta 23: ¿Con cuál de las siguientes frases se identifica Ud. en mayor
medida?
Se siente únicamente español/a 5,6
Se siente más español/a que gallego/a 4,0
Se siente tan español/a como gallego/a 68,2
Se siente más gallego/a que español/a 16,3
Se siente únicamente gallego/a 4,6
N.S. 0,6
N.C. 0,8
(N) (3.454)». (Centro de Investigaciones Sociales; Preelectoral de Galicia.
Elecciones autónomas de 2016)

Hay que recordar como curiosidad que en algunas de las provincias de Galicia el
referéndum de Constitución del 6 de diciembre de 1978 fue recibido de forma
muy peculiar. La abstención se expresó en ocasiones con más vehemencia que

44
en algunas provincias de Cataluña o Euskadi. En la provincia de Lugo hubo un
41% de participación, en A Coruña un 54,4%, en Ourense un 39,4% y en
Pontevedra un 55,2%. En Euskadi tenemos a provincias como Álava con un
59,2% y a Vizcaya un 42,5%. En Cataluña tenemos a la provincia de Barcelona
con 67,6% y a Tarragona con 67% como ejemplos.

En cuanto a participación total de toda Galicia hubo un 50,2%, en Euskadi en


total un 44,7% y en Cataluña un 67,9%. Dentro de dicha participación Galicia
dijo NO a la constitución con un 5%, Euskadi con un 23,5 %, Cataluña con un
4,6%. Los motivos de la abstención o del NO son variados. En algunos casos
como Madrid la participación fue del 72,2%, la mayoría de organizaciones no
pedían la abstención, pero sí un voto por el NO, con lo que se logró un 10,1% de
votos negativos. Tengamos en cuenta que en Euskadi un partido hegemónico
como el nacionalista el PNV pidió a abstención mientras que otros secundarios
como Herri Batasuna pidieron el voto por el NO. Mientras en Galicia los
regionalistas y nacionalistas gallegos no tenían dicha capacidad de convocatoria
ni para una cosa ni para otra, pero igualmente, Galicia dejaría datos muy
significativos dignos de un estudio más profundo.

Algunos analistas afirman que de estos datos no podemos concluir nada ni


siquiera aproximado, porque en las elecciones regionales de 1979 hubo una
participación más baja aún, y que ello no deslegitima nada. Así lo expresan
Pedro Fernández Barbadillo y Carlos Ruíz Miguel en su trabajo: «¿Aprobaron
los vascos la constitución?» de 2003. Lo primero que habría que decir es que
para los pueblos no supone un evento de misma trascendencia el voto en
referéndum sobre una constitución tras cuarenta años de fascismo que unas
elecciones municipales. Segundo, se ha visto que cualquier referéndum en
España ha tenido un porcentaje de participación mayor a cualquier elección
municipal o nacional. Tercero, como ya explicamos, hablar de elecciones
«libres» y «legítimas» bajo el sistema electoral burgués supone una broma de
mal gusto, pero mucho más en el contexto de aquel entonces como ya
explicamos:

«Algunos ponen el foco en la idea de que la Constitución de 1978 fue elaborada


sin participación de las masas, como efectivamente es una evidencia que
denunciaron los marxista-leninistas de aquel entonces. (...) ¿Cuál fue su
proceso si tuviéramos que explicarlo de forma resumida? En un principio el
gobierno de Suárez intentó llevar a cabo su propio proyecto constitucional,
pero la oposición externa burguesa y pequeño burguesa le obligó a crear una
ponencia conjunta con algunos de los partidos de mayor influencia de la
época. (...) La constitución que salió de aquellas reuniones fue posteriormente
sometida a referéndum como en efecto se hizo el 6 de diciembre de 1978. Esto
indica que la oposición revolucionaria no tuvo la suficiente fuerza para
boicotear la Constitución y luchar por imponer una constitución popular o al

45
menos para influir y presionar para que se introdujesen términos más
progresistas y beneficiosos para las masas trabajadoras en dicha
Constitución. Ahora: si los métodos que hubo en la elaboración de la
Constitución de 1978 se toman como una muestra para tipificar que España es
un Estado autoritario o fascista, es que el que dice eso desconoce
absolutamente todo lo relacionado con el constitucionalismo democrático-
burgués, pues la mayoría de constituciones burguesas se han establecido de
modos similares: bien sin participación alguna de las masas, o, en el caso en
que estas han podido participar en su elaboración, sus organizaciones y sus
peticiones ha tenido un papel meramente secundario, casi testimonial,
llegando a lo sumo a lograr establecer artículos que en la práctica no se
cumplen». (Equipo de Bitácora (M-L); Estudio histórico sobre los bandazos
políticos oportunistas del PCE (r) y las prácticas terroristas de los GRAPO,
2017)

Volviendo a la cuestión gallega. En cuestiones como el idioma, la evidencia de su


particularidad es mucho mayor. El gallego es la lengua mayoritaria, y como
sabemos esto tiene mucha transcendencia puesto que, el marxismo siempre ha
subrayado la importancia del idioma común de la nación –que no siempre
coincide con la lengua predominante del Estado al que pertenece–:

«¿Qué es lo que distingue a una comunidad nacional de una comunidad


estatal? Entre otras cosas, que una comunidad nacional es inconcebible sin un
idioma común, mientras que para un Estado no es obligatorio que haya un
idioma común. La nación checa, en Austria, y la polaca, en Rusia, no serían
posibles sin un idioma común para cada una de ellas, mientras que para la
integridad de Rusia y de Austria no es un obstáculo el que dentro de sus
fronteras existan varios idiomas. Y al decir esto, nos referimos, naturalmente,
a los idiomas que habla el pueblo y no al idioma oficial de cancillería.». (Iósif
Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; El marxismo y la cuestión nacional, 1913)

Según el Consello Da Cultura Galega, en 2003 el 44,4% de los gallegos solo


hablaban gallego; el 19% hablaban más gallego que castellano; el 18,2%
hablaban más castellano que gallego; y finalmente en torno a un 18,5% solo
hablaban castellano. Se destacaba que los jóvenes cada vez estaban más en las
últimas dos franjas y que en las ciudades el castellano es más habitual por los
parlantes.

En un estudio sociológico de alto rango más reciente los resultaron también


fueron los siguientes

«Pregunta 27: Podría Ud. decirme, ¿cuál es su lengua materna?


El español (castellano) 30,7
El gallego 44,7

46
Ambas por igual 23,6
Otra 0,9
N.C. 0,2
(N) (3.454)». (Centro de Investigaciones Sociales; Preelectoral de Galicia.
Elecciones autónomas de 2016)

Según esta encuesta del CIS, el 97% de gallegos declararon entender el gallego,
el 84% hablarlo con fluidez, el 88% lo sabe leer, el 63% lo escribe
correctamente. Esto no podemos encontrarlo ni siquiera en Cataluña o Euskadi.
Esto se puede explicar ya que Cataluña y Euskadi han sido zonas con ciudades
que han recibido oleadas de inmigración, mientras Galicia ha sido en los últimos
siglos una región de emigrantes. El gallego es un idioma que deriva del latín
como el castellano o el catalán, por lo que el castellano o el gallego es hasta
cierto punto fácil de aprender para sus habitantes. En cambio, en Euskadi el
idioma vasco no tiene ligazón con el latín, y los únicos lazos que ha establecido
con el castellano a lo largo de los siglos han sido ciertos préstamos o influencias,
pero sin tener una raíz común lingüística, lo que dificulta el aprendizaje del
bilingüismo castellano/vasco o viceversa.

En 2019 los datos sobre el gallego eran de corte similar:

«La población que habla siempre gallego se situó en 2018 en el 30,57 por
ciento, lo que supone 0,63 puntos menos que hace cinco años. Por contra, la
ciudadanía que habla más la lengua gallega que el castellano aumentó 1,43
puntos con respecto a 2013, hasta situarse en el 21,72%. Así lo refleja la
encuesta «Conocimiento y uso del gallego» publicada este viernes por el
Instituto Galego de Estatística (IGE), recogida por Europa Press, en la que se
indica que aumentó el porcentaje de los que hablan más castellano que gallego
–22,26% en 2013 y 23,32% en 2018–». (La Vanguardia; Disminuye la
población que habla siempre gallego, pero aumenta la que lo usa más que el
castellano, 27 de septiembre de 2019)

Stalin expone como del tronco común lejano de las lenguas eslavas, pronto
existió una bifurcación entre la lengua rusa y ucraniana:

«Los dialectos locales –«territoriales»– sirven, por el contrario, a las masas


populares y tienen su propia estructura gramatical y su propio caudal de
voces básico. A ello se debe que algunos dialectos locales, en el proceso de
formación de las naciones, puedan servir de base a las lenguas nacionales y
desarrollarse hasta llegar a ser lenguas nacionales independientes. Ese fue el
caso, por ejemplo, del dialecto de Kursk-Orel –el «habla» de Kursk-Orel– de la
lengua rusa, que constituyó la base de la lengua nacional rusa. Lo mismo cabe
decir del dialecto de Poltava-Kíev de la lengua ucraniana, que fue la base de la
lengua nacional ucraniana. En cuanto a los demás dialectos de esas lenguas,

47
pierden su originalidad, se funden con esas lenguas y se diluyen en ellas».
(Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Acerca del marxismo y la
lingüística, 1950)

Tomando el ejemplo de los diversos pueblos balcánicos –con lenguas diferentes


entre sí: el búlgaro, el albanés, el serbo-croata, el macedonio–, se aclaraba por
qué la lengua nacional de esos pueblos resultaba tan difícil de suprimir para el
ocupante otomano, la razón de su resistencia:

«A diferencia de la superestructura, que no está ligada a la producción


directamente, sino a través de la economía, la lengua está directamente ligada
a la actividad productora del hombre, lo mismo que a todas sus demás
actividades en todas las esferas de su trabajo, sin excepción. A ello se debe que
el vocabulario, por ser lo más susceptible de cambiar, se encuentra en un
estado de transformación casi incesante; al mismo tiempo, la lengua, a
diferencia de la superestructura, no tiene que esperar a que la base sea
liquidada e introduce modificaciones en su vocabulario antes de la liquidación
de la base e independientemente del estado de la base.

Sin embargo, el vocabulario de una lengua no cambia como la


superestructura, es decir, aboliendo lo viejo y construyendo lo nuevo, sino
enriqueciendo el vocabulario existente con nuevas palabras, surgidas en
relación con los cambios en el régimen social, con el desarrollo de la
producción, el progreso de la cultura, de la ciencia, etc. Además, aunque cierto
número de palabras anticuadas desaparece habitualmente del vocabulario, a
él se suma un número mucho mayor de palabras nuevas. Por lo que respecta al
caudal básico, se conserva en todo lo que tiene de esencial y es usado como
base del vocabulario de la lengua.

Eso es comprensible. No hay ninguna necesidad de destruir el léxico básico


cuando puede ser utilizado eficazmente en el transcurso de varios períodos
históricos, sin hablar ya de que la destrucción del caudal básico, acumulado
durante siglos, vista la imposibilidad de crear un nuevo vocabulario básico en
plazo breve, conduciría a la parálisis de la lengua, a la desorganización total
de las relaciones entre los hombres.

La estructura gramatical de una lengua cambia aún más lentamente que su


caudal de voces básico. La estructura gramatical, elaborada a lo largo de
varias épocas, y siendo como es carne de la carne y sangre de la sangre de la
lengua, cambia más lentamente todavía que el caudal básico. Naturalmente,
sufre cambios con el curso del tiempo, se perfecciona, mejora y precisa sus
reglas, se enriquece con nuevas reglas, pero las bases de la estructura
gramatical subsisten durante un período muy largo, ya que, como lo

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demuestra la historia, pueden servir eficazmente a la sociedad en el transcurso
de muchas épocas.

Por lo tanto, la estructura gramatical y el caudal básico constituyen la base de


la lengua y la esencia de su carácter específico.

La historia demuestra que la lengua posee gran estabilidad y una colosal


capacidad de resistencia a la asimilación forzosa. Algunos historiadores, en
lugar de explicar este fenómeno, se limitan a manifestar su asombro. Pero
aquí no hay ninguna razón para asombrarse. La lengua debe su estabilidad a
la estabilidad de su estructura gramatical y de su caudal básico. Los
asimiladores turcos se esforzaron durante siglos por mutilar, destruir y
aniquilar las lenguas de los pueblos balcánicos. En este período, el vocabulario
de las lenguas balcánicas sufrió cambios considerables, fueron adoptadas no
pocas palabras y expresiones turcas, hubo «convergencias» y «divergencias»,
pero las lenguas balcánicas resistieron y han perdurado. ¿Por qué? Porque la
estructura gramatical y el léxico básico de estas lenguas se han mantenido en
lo fundamental». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Acerca del
marxismo y la lingüística, 1950)

En conclusión, el paso de las décadas ha demostrado que, pese a sus


particularidades innegables, el llamado movimiento nacional gallego no logró
desarrollar un potente movimiento político, lo que en parte ha lastrado esa
identidad nacional entre su pueblo como sí ha hecho efectivo el movimiento
nacional vasco o catalán, de aspiraciones mucho más profundas. Se puede decir
que el galleguismo es bastante inmaduro aún, pero no puede descartarse que en
un futuro cobre peso y posibilite la forja de un poderoso movimiento nacional
que arrastre a las masas. Así lo advirtió Stalin analizando la cuestión yugoslava:

«Partiendo del hecho de que en el movimiento presente no existe un serio


movimiento popular por la independencia entre los croatas y eslovenos, Semic
llega a la conclusión de que el problema del derecho de las naciones a la
separación es una cuestión académica. Naturalmente, eso es erróneo. Aun
admitiendo que ese problema no sea de actualidad en el momento presente, sin
embargo, puede convertirse en un problema de mucha actualidad. (…) En
1912, cuando nosotros, los marxistas rusos estábamos trazando el primer
proyecto de programa nacional, todavía no teníamos en ninguna de las
regiones periféricas del imperio ruso un movimiento importante en favor de la
independencia. (…) Nosotros no teníamos solo en cuenta en aquel entonces lo
presente, sino también lo futuro. Y sabíamos que, si cualquier nacionalidad
exigía la separación, los marxistas rusos lucharían por conseguir que se le
asegurase el derecho a la separación. (…) En determinadas condiciones, como
resultado del triunfo de la revolución soviética en Yugoslavia, es bien posible
que ciertas nacionalidades, como ha ocurrido aquí en Rusia, no deseen

49
separarse. Se comprende que, en previsión de tales casos, es preciso tener en el
programa un punto referente a la autonomía, con vistas a la transformación
del Estado yugoslavo en una federación de Estados nacionales autónomos,
sobre la base del régimen soviético». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili,
Stalin; En torno a la cuestión nacional en Yugoslavia, 1925)

Este escrito echaba abajo a todos los que durante años reclamaban que la
cuestión catalana no era seria ya que la mayoría del catalanismo reclamaba
mayor autonomía, pero no la demanda de la completa independencia. ¡Cómo si
que un pueblo pida o no la independencia constituye su fisonomía o no como
nación! En esta línea también están aquellos que aún se ponen a hacer números
para calcular si se debe tomar en cuenta o no la problemática nacional o si es
«legítima», cuando la realidad muestra que es algo pendiente que cubre toda la
política española. Esta cita, a su vez, sirve para condenar a todos aquellos que
hoy tachan el estudio pormenorizado de la cuestión nacional como algo
«académico» o «escolástico».

¿Es verdad que el regionalismo siempre evoluciona hacia el


nacionalismo?

Otra cuestión compleja de estudio ha sido la del movimiento canario con


particularidades reseñables, movimiento con relativa repercusión todavía que
actualmente son de tendencia regionalista y no independentista en su mayoría.

Existen otros movimientos que se postulaban como nacionalistas, pero jamás


llegaron a madurar como tal, o que han tenido más éxito político en su versión
regionalista, hablamos del caso andaluz o cántabro. Como se puede ver,
históricamente los problemas relacionados con el regionalismo y el
nacionalismo son consecuencia de la división del trabajo manifestada también
entre regiones, creándose diferentes desigualdades y problemas derivados. Los
movimientos nacionales, en sus inicios, cuando son embrionarios y faltos de
apoyos, objetivamente hablando débiles en influencia, tienden a
reivindicaciones clásicas del regionalismo. Es decir, se inclinan a reivindicar
cierta identidad, a reclamar mayor atención, ayudas, autonomía o
competencias, pero sin entrar en confrontaciones que impliquen reivindicar su
zona como una nación de facto y su inmediato derecho a disponer de su estatus
–aunque siempre existirán intelectuales idealistas que denominan a cualquier
región con particularidades como nación–.

Este proceso final de conformación de nación y consciencia y reivindicación


para el pueblo, solamente ocurre cuando el movimiento evoluciona –lo cual
responde a factores políticos, económicos y culturales siempre en desarrollo–.
El movimiento nacional –incluido el proletariado y el resto de los trabajadores–
toma conciencia de sí mismo, de su fuerza y de los cambios producidos en la
fisonomía de su región, y es en ese punto cuando normalmente el movimiento –
50
si es dirigido por los explotadores– torna de regionalista a nacionalista, y de ahí
puede que a independentista. Pero no hay que engañarse: mientras estos
movimientos sean liderados por la burguesía –la pequeña burguesía como
mucho se dispone a ser un actor secundario de la escena– la cuestión nacional
será una mercancía con la que traficar, sus movimientos llevarán a la palestra
indiscriminadamente reivindicaciones y propuestas de carácter autonómico,
federalista o independentista según sus intereses de clase, pero lo que es seguro
es que traicionarán a su nación si su bolsillo así lo demanda. De igual forma,
huelga decir que el proletariado de estas regiones, cuando es pertrechado por el
marxismo, sabe que nunca se debe ser separatista per se en la problemática
nacional. Es conocedor que la reivindicación a abanderar puede pasar por una
federación igualitaria con otros pueblos o la completa separación para
solucionar sus demandas nacionales, pero esto es algo que depende del contexto
nacional e internacional, situación en la cual siempre debe primar la cuestión
social a la nacional. He ahí la gran diferencia. En todo caso, intentará que la
unión entre pueblos sea lo más amplia y estrecha posible, sobre todo, en vistas a
que cuando él tome el poder será atacado por las potencias imperialistas.

Lenin nos legó unas palabras que son la base para encarar correctamente la
cuestión nacional:

«La teoría marxista exige de un modo absoluto que, para analizar cualquier
problema social, se le encuadre en un marco histórico determinado, y después,
si se trata de un solo país –por ejemplo, de un programa nacional para un país
determinado–, que se tenga en cuenta las particularidades concretas que
distinguen a este país de los otros en una misma época histórica». (Vladimir
Ilich Uliánov, Lenin; El derecho de las naciones a la autodeterminación, 1914)

Las armas ideológicas del nacionalismo español contemporáneo

Pierre Vilar, en su nueva edición de 1978 de un clásico suyo como «La historia
de España», nos dice:

«Unamuno pide para su patria el primer puesto en esa reacción contra el


cientificismo y contra la fe en el progreso, que se dibuja un poco en todas
partes por la misma época. Se complace en pulverizar las fórmulas rutinarias,
en proponer la hispanización de Europa y en presentar al Quijote como
modelo. (…) El «nacionalismo» del campo adverso fue muy diferente: unitario
ante todo, también se proclamaba expansivo. Falange y las JONS confiesan
tomar del fascismo la mística de la unidad. Pero la unidad se entiende sobre
todo, en España, contra los nacionalismos locales. «Todo separatismo es un
crimen que no perdonaremos», dijo la Falange, esperando cristalizar así el
único temor verdadero del cuerpo español: la disociación. Sin embargo, para
condenar a catalanes y vascos, hace falta eliminar de la palabra «nación» el

51
sentido romántico, el sentido mistraliano de comunidad espontáneamente
sentida. Como la grandeza de España reside en la historia, la nación será,
pues, una «unidad histórica». A condición –puesto que «histórica» podría
significar «cambiante»– de atribuirle una «finalidad», una «unidad de
destino», «permanente, trascendente, suprema». Su garantía será el orgullo
de casta, equivalente español al orgullo de raza nazi. El español hidalgo y
caballero cristiano vale por su «estilo de vida», que dicta el «imperativo
poético». He aquí otra de las conclusiones de las corrientes literarias de
rehabilitación del Quijote, y del «casticismo» místico y guerrero». (Pierre
Vilar; La historia de España, 1947)

Varios historiadores apuntan correctamente que la conformación del discurso


nacionalista español en el siglo XIX se basó en cuestiones muy concretas que le
diferenciaban de otros nacionalismos europeos:

«Si la idea de España como unidad administrativa es una creación del siglo
XVIII y de la política uniformadora de los Borbones, la legitimización de la
idea de España y de la nación española, es un producto intelectual del siglo
XIX, que corre paralelo a la construcción del Estado liberal, pero que alcanza
sus frutos más logrados, sobre todo en el plano historiográfico, a mediados de
siglo, es decir, pasado el esfuerzo uniformizador, centralista y reformista que a
lo largo de los años 30 y 40 las élites políticas llevan adelante con respecto al
Estado. El grueso del discurso nacionalista es, pues, posterior, a los momentos
cenitales de la construcción del Estado liberal. La construcción del discurso
nacional español estaría ubicada en el grupo de países ya unificados
territorialmente a principios del siglo XIX y por tanto sin una difusión
explícita y emocional encaminada a la agitación popular para la constitución
de su Estado-nación. Mientras intelectuales alemanes e italianos en sus más
diversas formas de difusión –filósofos, historiadores, literatos o músicos– se
lanzar a articular un discurso nacionalista apoyándose en ingredientes étnicos
o lingüísticos que desemboquen en la creación de sus Estados, en España la
articulación coherente de un discurso nacionalista se enfoca a la legitimación
de la organización del Estado. Sus soportes eran la unidad territorial, la
uniformación legislativa y política y la unidad religiosa». (Ángel Bahamonde
Magro y Jesús A. Martínez; Historia de España siglo XIX, 2005)

Y nos explicaba cuáles fueron los puntos de referencia para articular su discurso
nacionalista, pero también sus obvias limitaciones dadas las condiciones del
país:

«El campo de interés en la búsqueda del pasado nacional se centró en la Edad


Media, y temáticamente en la historia jurídico-institucional, ya que el derecho
era la expresión de la constitución de la nación española. (…) El discurso
nacionalista destaca, pues, el papel de Castilla como aglutinante del conjunto y

52
se expresa en lengua castellana. (…) El Estado liberal intentó culminar el
proceso utilizando entre otros elementos, la escuela como punto nodal para la
difusión del castellano y de las primeras nociones de España. (…) El problema
reside en que la difusión de la conciencia nacional a partir de la escuela no
tuvo la misma intensidad que en otros países europeos sencillamente por el
fracaso de la política educativa a lo largo del siglo XIX. La escuela no pudo
cumplir enteramente este papel porque los niveles de escolarización siempre
fueron muy débiles. (…) Los doce millones de analfabetos que poblaban la
España de la segunda mitad del siglo XIX no tuvieron ocasión de aprender a
leer y escribir en castellano ni en ninguna otra lengua, ni tampoco conocer los
rudimentos de la historia nacional que los planes de enseñanza habían
asignado a la educación primaria». (Ángel Bahamonde Magro y Jesús A.
Martínez; Historia de España siglo XIX, 2005)

Con este panorama y circunstancias se entiende perfectamente el surgimiento


de choques regionales respecto al centro, la resistencia al unitarismo a ultranza
que Castilla quiso llevar bajo la marca España en el resto de territorios.

Por todo esto, Pierre Vilar consideraba que los políticos castellanos habían
errado estrepitosamente a la hora de analizar Cataluña y entender la cuestión
nacional:

«En realidad, los políticos castellanos juzgan mucho a Catalunya a través de


los políticos catalanes; y imaginan que el catalanismo es un producto de los
políticos catalanes. Pero cuando uno ha vivido años entre los intelectuales
catalanes, entre los estudiantes, entre los jóvenes; cuando uno ha recorrido el
campo catalán, ha leído los diarios, escuchado los coros, etc, etc, uno se siente
obligado a admitir que hay no obstante alguna cosa más profunda, y que
probablemente los políticos catalanes son un producto del catalanismo, y no al
revés». (Rosa Congost; El joven Pierre Vilar, 1924-1939: Las lecciones de
historia, 2018)

De forma magnífica, Vilar comenta, como atizar la catalanofobia ha sido una


válvula de escape de la burguesía castellana ante el desafió del problema
nacional:

«Le confesaré que una de las razones que me hacen considerar a Catalunya
como una nación es el hecho de que sea detestada como nación por sus
vecinos; basta con tomar el tren entre Barcelona y Madrid para oír a los
castellanos hablar de los catalanes como los franceses hablan de los alemanes
durante la guerra». (Rosa Congost; El joven Pierre Vilar, 1924-1939: Las
lecciones de historia, 2018)

53
De hecho, hace no muchos años con la cuestión nacional vasca y el
recrudecimiento del conflicto con el terrorismo de ETA, la vascofobia estaba a la
orden del día entre los gobiernos y aparatos de comunicación españoles, en un
nivel mucho mayor que el odio al catalán que en comparación por entonces no
tenía tanto peso. Por supuesto, eso no quita que el nacionalismo catalán o vasco
no haya promovido la castellanofobia, la cual la tienen sus raíces en sus
creadores –Sabino Arana o Valentín Almirall–. Hoy día ambas burguesías
reproducen este discurso exaltado, chovinista e incluso racista, pero esto entre
clases opresoras constituye un clásico.

Vilar nos habla de la visión general entre nación oprimida versus nación
opresora, y de cómo afecta en este caso a la población española el crear un
«sentimiento de grandeza», creyendo que se tiene derecho a retener y forzar a
otros territorios a ser y sentirse de forma distinta a la que se sienten realmente.
Pero este falso «sentimiento de grandeza» es algo en lo que las clases
trabajadoras no deben de estar interesadas, y en caso de los crédulos que sigan
ese discurso, deben saber que eso no elimina la cuestión nacional de fondo: que
un pueblo no puede ser libre si oprime a otro. Ni se puede ser un heroico
liberador fuera de casa cuando en la misma te comportas como un vulgar tirano.

Vilar acabaría dando golpe demoledor a todos aquellos nacionalistas españoles,


de izquierda o derecha, que de una manera u otra seguían teniendo la fe y la
ilusión en la ilusa unidad innegociable e indestructible de España:

«Queda por explicar el catalanismo. (…) Desde que llegué a Cataluña me he


planteado tratar de explicar –y no de justificar o de criticar– el movimiento
catalán. Porque si no existe separatismo bretón o marsellés, tampoco existe
catalanismo francés, pese a que se hable catalán en todos los Pirineos
Orientales; por tanto, cabe que haya, entre ambos lados de los Pirineos,
diferencias en la evolución histórica que expliquen el surgimiento de un
particularismo en España, y su no-existencia en Francia. Ahora bien, Ud.
mismo aporta la solución del problema: la estupidez de los gobernantes
españoles desde el siglo XVI a nuestros días, y la debilidad de España. Sin
embargo, permítame que sea menos severo que usted, en primer lugar la
«estupidez» no ha sido continua, y en segundo lugar no puedo admitir que una
estupidez de tres siglos sea un fenómeno fortuito. Solo podría explicarse por
una incapacidad fundamental de los castellanos para gobernar; esta es la
explicación de los patriotas catalanes, y hay que reconocer que la fórmula que
Ud. utiliza les proporcionaría una fantástica ocasión para alegrarse. A mi
juicio, cabe buscar la explicación al margen del valor mayor o menor de los
hombres; en este sentido, el materialismo histórico es útil y muy consolador:
permite mirar a los hechos –incluidos los desagradables– de frente, sin
sentirse vejado en los sentimientos personales o en las susceptibilidades
nacionales. Creo, sinceramente, que solo el retraso económico del conjunto

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español –debido sin duda a la decadencia que siguió a las conquistas
coloniales– ha impedido que España evolucione como la mayoría de las otras
naciones europeas, es decir, hacia una unidad nacional en el sentido del siglo
XIX. Y los intereses castellanos-catalanes se han visto confrontados. Al cabo de
cincuenta años de discusiones muy ásperas –en las que los castellanos han
solido ser más violentos en sus expresiones despreciativas que los catalanes–
no puede hablarse ya de unidad española, y en consecuencia –para aquellos
que no tengan miedo de las palabras– los problemas ya no son «regionales»,
sino «nacionales». (Rosa Congost; El joven Pierre Vilar, 1924-1939: Las
lecciones de historia, 2018)

Pierre Vilar fue reconocido por alabar las medidas en la URSS y la concepción
nacional de Lenin y Stalin. De éste último diría que:

«En 1962, yo dediqué tres volúmenes, gordos, demasiado gordos, a ciertos


aspectos de la historia de Cataluña. En el prefacio, resumiendo las teorías, los
análisis que se habían hecho, a través de la historia, sobre naciones y
nacionalidades, yo señalaba que las obras de Stalin, en este dominio, eran, al
mismo tiempo, las más claras y las más profundas para elucidar el valor de
estas palabras y los hechos que podían designar. Mucha gente, desde entonces,
ha interpretado mi posición, sea como si yo, partiendo de las frases de Stalin,
las hubiera aplicado al caso catalán, como si fuesen un dogma; sea como si yo
las hubiera citado porque, en los años en que preparaba mi libro, la referencia
a Stalin «era de moda». Interpretación disparatada. ¿Podía yo, tratándose de
un problema de «nacionalidad», ignorar las obras del que Lenin, en 1917,
había designado como «Comisario para las Nacionalidades», y que, desde ese
puesto, había construido una federación de nacionalidades de tipo
absolutamente nuevo? ¿Cómo no me hubiera interesado el pensamiento que le
había permitido llegar a semejante construcción? Y como encontré en la
expresión de este pensamiento, líneas teóricas fundamentales, las cité. Fue una
sencilla manifestación de honradez intelectual. Muy recientemente, acabo de
leer un librito, de lo más superficial sobre el tema catalán, que se atreve a
escribir: «El bolchevique georgiano no había hecho en 1913 sino una poco
brillante abstracción de los elementos comunes de las grandes naciones-
Estados europeos, formadas en los siglos XVIII y XIX bajo hegemonía
burguesa». Es exactamente como si el autor de un manual de tercera fila para
principiantes en Física, se permitiera escribir que Newton, o Einstein, no
habían hecho sino una «poco brillante abstracción» de los conocimientos en
Física de su tiempo. (...) Es precisamente porque el georgiano Stalin fue el
especialista reconocido de la cuestión nacional en el pensamiento leninista y
bolchevique, que la historiografía especializada, allí, en el antibolchevismo, le
quiere quitar importancia y no duda, para hacerlo, en deformar la realidad».
(Pierre Vilar; Palabras de presentación a la edición en España de las obras de
Stalin; Club Internacional de Prensa, Madrid, 17 de diciembre de 1984)

55
56
III
El seguidismo al nacionalismo catalán y vasco en la
cuestión nacional

En este apartado seremos testigos cómo valiéndose de la problemática nacional


varios de los grupos de la llamada «izquierda» han acabado legitimando el
discurso de la burguesía nacional de la nación oprimida. Para ello comencemos
haciendo unas breves anotaciones sobre el actual proceso soberanista de
Cataluña, conocido en Cataluña como «procés», de esta manera certificaremos
que lo que hoy ocurre es lo mismo que ocurrió y sigue ocurriendo con el
seguidismo al nacionalismo vasco.

Para comprender el surgimiento del movimiento nacional catalán


hay que conocer la historia de España

Los nacionalistas españoles niegan las características intrínsecas de Cataluña:


desprecian su cultura y sus costumbres, desconocen la antigüedad de su idioma
y las pruebas antiquísimas de sus primeros escritos formales del siglo XI,
negando su época de auge y esplendor en el siglo XV, y su renacimiento en el
siglo XIX, atreviéndose a calificarlo algunos como un «dialecto vulgar y
exagerado» del castellano; desconocen las claras diferencias histórico-
económicas de Cataluña respecto al desarrollo de Castilla en la conformación de
la propiedad de la tierra, las sucesivas luchas campesinas que crearon una
Cataluña casi libre del latifundio con un mar de pequeños propietarios, algo que
contrasta con zonas del resto de España con grandes extensiones de latifundio y
terratenientes como Extremadura o Andalucía; y niegan su zona territorial
histórica la cual gran parte ha sido usada como moneda de cambio para pagar a
los países extranjeros como fue el caso del Rosellón o han sido integradas en
Aragón y Valencia sin tener en cuenta la opinión de la población.

Efectivamente, como tantos otros nacionalismos forjados durante largo tiempo


y consolidados al albor del siglo XIX, el nacionalismo catalán nació bajo una
idea romántica de una larga tradición e historia heroica, con el concepto de
nación como una «comunidad de destinos» de todos sus ciudadanos. Con el fin
de hacer cuadrar los sueños del chovinismo nacional, hay autores que afirman
que la nación catalana existe desde épocas medievales, lo cual no solo es
antimarxista por hablar de naciones en la Edad Media, sino que todo discurso
similar es sumamente tendencioso. Hay que entender de una vez que la historia
medieval –y sus formaciones políticas– solo ayuda a entender el desarrollo y
encaje posterior, pero no es algo lineal ni determinante para entender todo lo
que pasó siglos después, pues sobre todo, este tipo de teorías carecen de sentido
cuanto más ignoran lo que ocurrió en siglos posteriores de la Edad Moderna y
por encima de ella la Edad Contemporánea, por ser los siglos decisivos en la
conformación del capitalismo y por tanto, del concepto de nación moderna.

57
Ciertamente, en el caso de España, si miramos la Edad Media, veremos cómo al
final de ella es la hegemonía de Castilla la que lidera los procesos de conquista y
los intentos de unificación del resto de reinos en lo que hoy se conoce como
España, intentando poco a poco establecer una homogeneidad, aunque no
tendría el éxito esperado, como sabemos. No se puede anticipar ni ligar
demasiado el surgimiento posterior del nacionalismo catalán mirando a una
época como la medieval o su final, ya que la propia Cataluña entró en un
periodo de decadencia económica que precisamente le impediría defenderse de
forma eficaz ante sus competidores económicos y políticos: castellanos y
genoveses. Lo que en cambio contrasta con el florecer económico y el despertar
nacional posterior que veremos en Cataluña sobre todo en el siglo XIX. Véase
como ejemplo complementario el caso italiano: donde el Reino de Piamonte
lleva a cabo la unificación de Italia que se certifica finalmente en 1871, pero,
¿qué tiene que ver el panorama de dicho reino hegemónico con lo que ocurría en
la época medieval e inmediatamente posterior, siendo Italia un conjunto de
pujantes repúblicas como la de Florencia, Milán o Venecia, que fueron
pereciendo ante el empuje de nuevos reinos italianos bajo dominio francés o
español? Es absolutamente un paralelismo mecánico, que demuestra los límites
de las comparativas entre edades diversas con fenómenos totalmente diferentes.

Hagamos un repaso algo pormenorizado de la historia reciente de Cataluña que


echará abajo las ilusiones de nacionalistas catalanes y españoles sobre algunas
cuestiones.

La zona de Cataluña y sus instituciones de los llamados Condados Catalanes –


dentro del cual el más importante fue el Condado de Barcelona– surgen en el
siglo IX dependiendo de la llamada «Marca Hispánica»: territorios fronterizos
con los árabes dependientes del imperio carolingio. De aquí podemos entender
de donde salen las actuales banderas de Cataluña, tanto la oficial –la señera–
como las independentistas –la estelada– que son derivaciones, tenemos que
retrotraernos hasta la leyenda de las cuatro barras de sangre, recogida en la
obra de Beuter en 1551. Según este relato, se supone que Wilfredo el Velloso
conde de Barcelona después de ser herido en una batalla contra los normandos,
el rey Carlos «el Calvo» de los francos, posando sus manos llenas de sangre
sobre el escudo del conde dijo: «Estas serán vuestras armas, conde», lo que
indica la dependencia catalana de otro reino.

Cuando los distintos Condados Catalanes se independizan de la tutela franca,


pronto se ligaron voluntariamente a la Corona de Aragón por medio de vínculos
matrimoniales en el siglo XII llamándose su primer rey: «Rey de Aragón y del
condado de Barcelona», aunque cada zona mantuvo una autonomía y propias
instituciones dentro de la llamada «monarquía pactista», monarquía donde la
nobleza obtenía grandes privilegios sobre los monarcas, a diferencia de la

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castellana donde pronto el monarca se erigió sobre la nobleza y el tránsito al
absolutismo fue mucho más rápido.

Muchos de los Condados Catalanes serían absorbidos a la postre por la zona


administrativa-política del Reino de Aragón durante las conquistas y
reconquistas aprovechando los reyes aragoneses las guerras con los
musulmanes o tratos matrimoniales –como ocurriría con el Condado de Urgel o
el Condado de Ampurias–. La «Corona de Aragón-Cataluña» se unió de forma
pacífica por vía matrimonial a la Corona de Castilla en el siglo XIV contra la cual
había batallado al igual que el resto de reinos cristianos –lo que desmonta el
mito de la llamada «Reconquista» creado después–. En esta unión Cataluña
mantenía, al igual que Valencia o Aragón, sus respectivas leyes y cortes, así
como otros privilegios.

La zona de Cataluña se beneficiaría desde el principio de las riquezas de otros


pueblos siendo partícipe de la colonización en África, Cerdeña, Italia, América,
Grecia y demás zonas, primero bajo la marca de la «Corona de Aragón» y
después bajo la marca «España». Debido a su posición geográfica y al
beneplácito de las élites locales, su industria y su comercio acabarían teniendo
una posición privilegiada dentro del imperio español colonial, dicha región
tendría un desarrollo económico envidiable. Por citar uno solo ejemplo
significativo, la primera obra que recoge el derecho mercantil sería el Libro del
Consulado del Mar, redactado por mercaderes barceloneses, una ley que se
aplicó no solo en la Corona de Aragón, sino en toda la cuenca del Mediterráneo,
e incluso en la zona del Atlántico, fue de hecho, un «derecho común del mar» y
estuvo vigente hasta 1829 cuando fue relevado con la aprobación del Código de
Comercio español. Véase la obra de Tomás de Montagut Estragués e Isabel
Sánchez de Movellán Torent: «Historia del sistema jurídico» de 2013.

En el siglo XV podemos ser testigos de una crisis mediterránea de la Corona de


Aragón a causa de las constantes guerras comerciales, endeudamiento y
depreciación de la moneda, algo que afectó profundamente a Cataluña por lo
menos hasta inicios del XVI, siendo a partir de entonces el Reino de Valencia la
cabeza del activismo comercial de la Corona de Aragón. Ya en la Edad Moderna
hubo una recuperación general económica, sobre todo en la zona del Norte y el
Levante. Para el siglo XVIII, Cataluña estaría no solo recuperada sino de nuevo
a la cabeza.

Durante estos siglos, el Reino de Castilla no cesaría en sus intentos de


hegemonizar un Estado moderno castellanizando al resto de zonas de la
península, para ello trataría de aplicar un paulatino centralismo y una
uniformidad a todos los reinos a las leyes y deberes de Castilla, nos referimos a
cuestiones como la carga de impuestos y la aportación de hombres al ejército.
Sirva como ejemplo el Memorial secreto del Conde Duque de Olivares donde se

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propone a Felipe IV en 1624: «Tenga Vuestra Majestad por el negocio más
importante de su Monarquía, el hacerse Rey de España: quiero decir, Señor, que
no se contente Vuestra Majestad con ser Rey de Portugal, de Aragón, de
Valencia, Conde de Barcelona, sino que trabaje y piense, con consejo mudado y
secreto, por reducir estos reinos de que se compone España al estilo y leyes de
Castilla, sin ninguna diferencia».

Esta política tuvo éxito en ciertas partes, pero en algunas zonas como por
ejemplo Cataluña no se lograría tal propósito, viéndose tiranteces sucesivas
como la de 1632 y rebeliones como la de 1640 –donde Cataluña pidió la ayuda
de Francia para separarse de España–. Cataluña no logró finalmente la
independencia estatal pero tampoco perdió sus fueros y privilegios una vez
reintegrada dentro de España.

Hay que decir que el nacionalismo catalán ha distorsionando la propia historia


catalana llegando al punto de hacer suyo como símbolo identitario, la «Guerra
de Sucesión» monárquica de 1701-1715, en la cual los catalanes apoyaron al
pretendiente de la dinastía de los Habsburgo la cual había gobernado España
desde el siglo XIV y cuyo origen no era ni castellano ni catalán. Finalmente
triunfó la dinastía de los Borbones en la guerra y tomaría por la fuerza
Barcelona el 11 de septiembre de 1714, junto el resto de las zonas colindantes.
Como represalia, los Borbones implantaron los Decretos de Nueva Planta contra
aquellas zonas que habían apoyado a los Habsburgo. A Cataluña se le castigó
retirándose los privilegios fiscales, así como la autonomía política y lingüística
que hasta entonces mantenía –siendo algunas de las mismas cuestiones que
propiciaron la revuelta catalana de 1640–, aunque se le permitió mantener el
derecho civil y seguir exenta del servicio militar, obligatorio a diferencia de los
otros territorios represaliados que no tuvieron tanta suerte. En cambio, otras
zonas que habían apoyado a los Borbones como el Reino de Navarra
mantuvieron sus fueros como recompensa por su lealtad. Estos sucesos se
toman en la época moderna desde los independentistas catalanes como un
símbolo soberanista y hasta de republicanismo en lo que se conoce como
la «Díada» o Día de Cataluña, que recuerda este hecho, aunque la verdad dista
bastante de ser como la pintan. En el resto del siglo XVIII la dos mayores
tendencias catalanas reivindicarían una república federal –como se declararía
luego en Cataluña durante la Primera República de 1873–, o la vuelta de los
fueros y el estatus anterior a 1715. Pese a la represión, nada impidió que fuese
un siglo de gran expansión demográfica y económica para Cataluña.

Durante el siglo XIX, las fuerzas políticas de Cataluña fueron presa de la


demagogia y los movimientos retrógrados, ya que la ideología reaccionaria se
ligaba muchas veces al catalanismo mediante la vuelta de los fueros, apoyando
cualquier tendencia que se decidiese cumplir tal empresa. En 1827 Cataluña fue
el foco de apoyo de los absolutistas en la Guerra de los Agraviados que entre

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otras cosas reclamaban la vuelta de la Inquisición y destacaban por ir en contra
de todo conato liberal. De igual forma Cataluña fue uno de los centros de apoyo
al carlismo en las tres guerras oficiales: la de 1833-1840, 1846-1849 y 1872-
1876, por su promesa de restaurar el fuero de Cataluña, pero además en
Cataluña hubo un apoyo al carlismo en otros levantamientos específicos como el
de 1855 y 1900, totalmente fallidos; el carlismo era una corriente monárquica
absolutista de marcado carácter católico y ultrarreacionarios, que en general
combatía tanto a liberales-monárquicos, marxistas, como a liberales-
republicanos. La prueba de que la burguesía catalana hegemonizaba estos
movimientos fue por ejemplo la insurrección de 1842 en contra de las políticas
liberales comerciales, que suponían a la postre una reducción de las ganancias
de la industria algodonera catalana. No olvidemos que antes y después de este
evento, la principal reivindicación de las élites catalanes había sido el
proteccionismo hacia su industria, petición que el gobierno central había
aceptado gustoso por su rentabilidad. Esto indica que la burguesía y la iglesia
catalana siempre han mirado por sus intereses; por un lado, han clamado por
las reivindicaciones catalanistas mientras, por otro lado, ha sido una de las más
reaccionarias en las diversas cuestiones políticas y sociales. Esta contradicción
regional-social o nacional-social es del todo normal cuando son las clases
explotadoras quienes abanderan la cuestión regional o nacional que surge en el
capitalismo.

Llegamos a este punto, un inciso económico… porque como dijo Lenin la


cuestión nacional no puede explicarse sin los datos de las transformaciones
económicas:

«Es natural que esta cuestión se plantee ante todo cuando se intenta examinar
de un modo marxista la llamada auodeterminación. ¿Qué debe entenderse por
ella? ¿Deberemos buscar la respuesta en definiciones jurídicas, deducidas de
toda clase de «conceptos generales» de derecho? ¿O bien hay que buscar la
respuesta en el estudio histórico-económico de los movimientos nacionales?
(...) Los marxistas no pueden perder de vista los poderosos factores
económicos que originan las tendencias a crear Estados nacionales».
(Vladimir Ilich Uliánov, Lenin, El derecho de las naciones a la
autodeterminación, 1914)

Aunque no siempre es estrictamente para explicar la irrupción de las naciones,


ni en este caso para comprender los diversos nacionalismos en la España del
siglo XIX, retrotraigámonos a siglos antes para entender por dónde caminaban
económicamente los diversos reinos de la península ibérica.

El reino de Castilla había tenido su época dorada en el siglo XIV y a principios


del siglo XV con el eje comercial Sevilla-Burgos-Bilbao que conectaba con otras
ciudades comerciales de la corona en Flandes, pero con el paso de las décadas,

61
las constantes guerras en el ámbito exterior, el endeudamiento progresivo o la
asfixiante carga de hombres e impuestos, el reino adoleció de graves tensiones
internas. Durante estos primeros años el problema más significativo sería la
rebelión comunera de 1520, la cual entre otras cuestiones reclamaba mayor
reparto del peso fiscal entre todos los reinos de la monarquía hispana y mayor
atención económica a la vieja Castilla; la decadencia se haría notar. La derrota
de los comuneros y las indemnizaciones a pagar por las villas frustró
indirectamente la extensión de la pequeña y mediana industria en la zona
central peninsular, y por ende, de la expansión comercial durante un tiempo.
Castilla demostraría tener en ocasiones un atraso en cuanto a comprensión de
las técnicas de gestión y representación comercial en el mercado mundial, así
como una producción de peor calidad para competir fuera del mercado exterior
europeo. En cuanto a ingresos, que gran parte fuesen recaudados a través del
cobro del impuesto de «servicio y montazgo» de la trashumancia, es decir, de
una actividad parasitaria y no productiva, muestra muy bien la inoperancia de
las clases dominantes, donde ser parte de la «nobleza de sangre» que vivía del
rentismo era el mayor estatus social, aunque esto es algo que era análogo a otros
reinos de la época. Véase la obra de Fermín Miranda García y Yolanda Guerrero
Navarrete: «Medieval. Territorios, sociedades y culturas» de 2008.

Con el fiasco de las empresas comerciales y financieras durante el siglo XVI,


Castilla acabaría perdiendo mucho de su antiguo peso comercial en Europa –
sobre todo con el auge de la competencia holandesa e inglesa–, por lo que la
monarquía de los Habsburgo en España tardaría bastante más que el resto de
Europa en amoldarse al mercantilismo, en ensamblar una burguesía potente.
Véase la obra de Ernst Hinrichs: «Introducción a la historia de la Edad
Moderna» de 2012.

Los arbitristas, una especie de especialistas económicos, ya advirtieron a la


corona de las consecuencias de no revertir dicho camino, pero en la mayoría de
casos los arbitrios para paliar la situación jamás fueron puestos en práctica, por
lo que Castilla siguió caminando en un modelo desfasado. Si bien es cierto que
durante el siglo XVIII hubo una fuerte inversión para abrir nuevas fábricas en
zonas como Guadalajara o Segovia, la mayoría de empresas castellanas
cerrarían con grandes pérdidas debido a la ineficacia en la gestión. Donde si
podremos ver un auge industrial es en Madrid, aunque ya en la época tardía de
la primera y segunda revolución industrial, que se dieron sucesivamente en el
siglo XIX y XX. Madrid alcanzaría una relevancia notable, de hecho, ese núcleo
financiero, comercial e industrial, sería la razón por la que Madrid sería
separada de Castilla administrativamente.

La idea de industrialización de España, sobre todo a partir del siglo XIX, se


programó para que el tejido industrial se fijase en torno a zonas portuarias
comerciales o de cercanos minerales y materias necesarias, de ahí que tanto la

62
industria algodonera y textil en Cataluña –como luego con la siderurgia en
Euskadi– se beneficiasen de tal régimen de industrialización por condiciones de
localización –algo comprensible dentro de una orografía accidentada como es la
Península Ibérica que encarecía en sobremanera el transporte–. Debe
mencionarse también las pequeñas y medianas empresas industriales de la
harina en Aragón, la industria vitivinícola en La Mancha o la industria de
madera y química en Valencia. Hubo intentos y pequeños logros de
implantaciones en Asturias. Hay que destacar dos hechos que ahondarían más
las diferencias económicas entre las regiones conforme pasaba el tiempo.
Primero: los intentos fallidos de industrialización en zonas como Andalucía.
Segundo, el hecho de que la industria catalana acabase absorbiendo a las
empresas de lana de Castilla, textiles en Aragón y de seda en Valencia y Murcia.
Véase la obra de Ángel Bahamonde Magro y Jesús A. Martínez: «Historia de
España siglo XIX» de 2005.

Cataluña se alzaría en España como la región más industrializada del siglo XIX:

«A la altura de 1860 la estructura de la población activa en la provincia de


Barcelona refleja a la perfección a la extensión de una cultura industrial: la
industria ocupa el 41,4%, mientras que la agricultura un 37,5% y los servicios
un 21,1%. El origen se ha situado en los últimos decenios del siglo XVIII en que
se cristalizó una larga tradición artesanal y comercial anterior. (...)
Independientemente de la importancia que se le dé al mercado colonial, lo
cierto es que Cataluña, con centro en el puerto de Barcelona, estaba inscrita en
una trama comercial muy desarrollada desde etapas anteriores. Una
actividad comercial que supo rentabilizar al máximo las transformaciones
agrarias del siglo XVIII en el terreno de la vid. La exportación de aguardientes
generó unos beneficios óptimos y lubricó los canales de la acumulación. (...) A
ello se añadió desde principios del siglo XIX el azúcar y el tráfico de eslavos
con Cuba. (...) Entre 1800 y 1913 el consumo per cápita del textil catalán se
duplicó. (...) El algodón más que la lana permitió acoplar diferentes realidades
que desembocan en la industrialización. A la altura de los años 60 Cataluña
era la principal región industrial de España, a la que abastecía en la mayor
parte de sus necesidades. El problema residía en el raquitismo del mercado
interior español. (...) La defensa más acusada de las tesis proteccionistas
marcará la respuesta política de la burguesía industrial catalana». (Ángel
Bahamonde Magro y Jesús A. Martínez; Historia de España siglo XIX, 2005)

Debe anotarse también que debido a dicho desarrollo industrial, Cataluña sería
testigo de la primera huelga general de obreros en 1855. En las próximas
décadas presenciaría un auge del sindicalismo y los movimientos obreros,
siendo la zona obrera más conflictiva de toda España como Engels registró en
sus escritos de 1873-74.

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La pérdida de las últimas colonias del imperio español en 1898 como Cuba,
Filipinas, Puerto Rico o Guam coincide con la crisis industrial y comercial que
golpeó a la burguesía española. Crisis que indirectamente agravó el temor de la
burguesía catalana de verse afectada, con lo vio propicio acelerar la
consolidación de su nacionalismo en lo ideológico con una aglutinación de
fuerzas en lo político que pudieran plantear una férrea defensa de sus intereses
económicos. Ya incluso antes, en Cataluña se había desarrollado todo un
movimiento cultural conocido como la Renaixença.

Dicho movimiento regionalista pronto se convierte en un proceso político


catalanista que no tarda en triunfar, y que trata de ampliar sus ideales y sus
bases sociales más allá de los intereses de la burguesía o de los intelectuales
idealistas:

«Así se explica la evolución del propio catalanismo: del regionalismo


intelectual pasa al autonomismo –1892: Bases de Manresa–. Después de 1898,
habla de «nacionalidad». En 1906, una Solidaridad Catalana obtiene, por
encima de los partidos, un gran triunfo electoral. Hacia la misma fecha se
sitúa otro cambio: como el primer partido catalán, la Lliga Regionalista,
reunía sobre todo a elementos moderados –eruditos acomodados, «fuerzas
vivas» industriales, campesinos y tenderos católicos–. (...) En 1906 se presentó
a las elecciones la «Solidaridad Catalana». En 1909, una movilización de
tropas para Marruecos hizo que estallase en Barcelona «la semana trágica».
(...) [Canalejas ofreció] a los catalanes la «Mancomunitat», órgano
de autonomía parcial». (Pierre Vilar; La historia de España, 1978)

La educación en las escuelas constituye otro punto clave en el desarrollo del


nacionalismo. Como sabemos, que el nacionalismo español no fuese capaz de
consolidar en el siglo XIX su idea de nación española en la totalidad del
territorio, no se debió únicamente a razones económicas como hemos visto
detalladamente, sino también en base a sus derivaciones. El evidente
subdesarrollo económico de España impidió que adquiriera la fisonomía de un
Estado moderno, o mejor dicho, que lo adquiriera tardíamente. En
consecuencia, y a diferencia de otros Estados europeos que estaban tratando de
formar uniformemente su territorio, España albergaba una escasa tasa de
escolarización y un gran número de analfabetismo, lo que imposibilitó que la
escuela, uno de los principales medios de transmisión de la idea nacional,
cumpliera su función correctamente. Esto, a su vez, fue un gran caldo de cultivo
para que los intelectuales y burgueses de las regiones periféricas desarrollasen
sus propios nacionalismos como barreras de defensa.

Otra cuestión a tener en cuenta es la del código civil, considerado hoy como «ley
fundamental del derecho español». Hay que entender que la España actual

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cuenta con un único código civil desde 1889. Hasta entonces, las diversas
regiones se habían regido por sus propios códigos civiles. En el artículo 149.1.8.
de la actual Constitución de 1978, se reconoce el código civil unificado de 1889,
pero la cuestión tiene trampa, ya que en realidad no se aplica en todo el Estado,
pues al igual que en su momento, se aplica a excepción de que exista un propio
código civil en la región concreta. La razón de que esto se formulase así fueron
las críticas al proyecto inicial por parte de los juristas vascos, navarros,
catalanes, gallegos y otros, los cuales no deseaban perder sus códigos civiles que
llevaban vigentes durante siglos. En resumen, hoy como ayer, ciertas regiones
mantienen un código civil totalmente distinto al castellano. Por poner un
ejemplo breve, en Cataluña, el matrimonio comúnmente se ha sancionado a
través de una separación de bienes, mientras que en Castilla en base a
gananciales.

Ya desde la época de Primo de Rivera (1923-1930), pese a la disolución de la


Mancomunitat y la represión lingüística, política y cultural, el catalanismo llega
a consolidarse con una buena base social. Normalmente todas las
organizaciones catalanistas abogaban por mayor autonomía pero siempre
reclamándose dentro de los límites de España, o al menos así lo representaban
en la praxis; por lo que el catalanismo de entonces no era una receta basada en
el separatismo como se vende ahora por el nacionalismo catalán, a ejemplo de
esto está la declaración del gobierno catalán de 1931 con Macià y la de 1934 con
Companys de declarar independiente el Estado de Cataluña pero dentro de la
República Española. El nacionalismo catalán ya consolidado, pese a su éxito
inicial entre las masas y sus triunfos electorales durante la II República (1931-
1936), fue perdiendo peso durante la Guerra Civil (1936-1939) ante el empuje de
los anarquistas y muy poco después ante el auge de los comunistas, quedando el
nacionalismo y anarquismo catalán totalmente desfasado frente al activismo y
compromiso heroico de los comunistas, lo que no evitó después la proliferación
de diversos grupos nacionalistas en el exilio, así como el propio Gobierno de la
Generalitat Catalana con gran influencia de los nacionalistas.

Todo esto es lo que Stalin comentaría de la formación de algunos Estados


multinacionales y la posición en la que quedaban estas naciones en ascensión:

«Este modo peculiar de formación de Estados sólo podía tener lugar en las
condiciones de un feudalismo todavía sin liquidar, en las condiciones de un
capitalismo débilmente desarrollado, en que las nacionalidades relegadas a
segundo plano no habían conseguido aún consolidarse económicamente como
naciones integrales. (...) Se desarrollan el comercio y las vías de comunicación.
Surgen grandes ciudades. Las naciones se consolidan económicamente.
Irrumpiendo en la vida apacible de las nacionalidades postergadas, el
capitalismo las hace agitarse y las pone en movimiento. El desarrollo de la
prensa y el teatro, la actuación del Reichsrat –en Austria– y de la Duma –en

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Rusia– contribuyen a reforzar los «sentimientos nacionales». Los intelectuales
que surgen en las nacionalidades postergadas se penetran de la «idea
nacional» y actúan en la misma dirección. Pero las naciones postergadas que
despiertan a una vida propia, ya no se constituyen en Estados nacionales
independientes: tropiezan con la poderosísima resistencia que les oponen las
capas dirigentes de las naciones dominantes, las cuales se hallan desde hace
largo tiempo a la cabeza del Estado. ¡Han llegado tarde!». (Iósif
Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; El marxismo y la cuestión nacional, 1913)

Otra prueba del peso de Cataluña en la economía española está también en el


gran éxodo rural precisamente hacia zonas industriales como Barcelona, Bilbao
y por supuesto Madrid durante el siglo XX. Viéndose una despoblación y
empobrecimiento de grandes partes del interior, en especial de lo que ahora es
Andalucía y Extremadura, así como las provincias de la vieja y nueva Castilla
que rodeaban a la propia Madrid. El franquismo con sus famosos Planes de
Desarrollo, intentaron conservar el tejido industrial y de paso arreglar las
descompensaciones entre regiones, promoviendo más impulso en zonas ya
industrializadas y creando otras nuevas, con dudoso acierto final, lo que
demuestra una vez más la imposibilidad del capitalismo de regular eficazmente
sus fuerzas productivas, de establecer una ley armónica de desarrollo en todo el
territorio que controla.

Por todo eso, cuando el nacionalismo español logró equipararse al resto de


países europeos en su desarrollo en diversas cuestiones, simplemente era
demasiado tarde: el viejo regional-foral ahora había echado raíces firmes bajo el
incipiente nacionalismo periférico.

Del mismo modo, si bien el franquismo incidió reprimiendo y prohibiendo las


lenguas, leyes y culturas de estas regiones retrasando su madurez nacional, el
postfranquismo y la apertura hacia una cierta autonomía, permitió a los
nacionalistas fomentar su lengua, sus costumbres, sus leyes y también sus mitos
nacionales en lo cultural, afianzando así su identidad nacional.

Por supuesto, todo este recorrido histórico no significa que el nacionalismo


catalán sea un problema artificial de la burguesía catalana, como argumentan
los nacionalistas españoles, sino que precisamente estamos demostrando que el
desarrollo social es la prueba de que la nación catalana se ha forjado, como
todas, en base a una burguesía que lucha para hacerse un hueco entre pugnas
nacionales e internacionales con el fin de consolidar y expandir su propio
mercado, y que para que tal fin tenga éxito depende también, de la ampliación
de su fuerza política, de poder irradiar sus concepciones culturales, incluyendo
la conciencia nacional a la mayoría del conjunto de habitantes. El catalanismo,
se vincula con esto porque ve en el movimiento político en su versión
regionalista y luego nacionalista, un vehículo perfecto para hacer avanzar sus

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posiciones económicas y culturales, y esto llevado a la praxis significa
irremediablemente el trascendental paso de articular una identidad nacional:

«Si bien el «catalanismo» ha podido parecernos, efectivamente, ligado a veces


a las aspiraciones concretas de reducidos círculos dirigentes y, otras veces,
lugar de convergencia de oposiciones, conjugadas pero de carácter distinto,
queda en pie el hecho de que su influencia sobre muchos espíritus ha sido
suficientemente intensa para que la masa de la población, aunque dividida en
torno a otros temas, no halle mejor manera de increparse que la de
intercambiar recíprocas acusaciones de «traición nacional». De hecho, sin un
conjunto de datos estables, el arsenal intelectual de un «nacionalismo»
permanecería vacío. El problema consiste en saber por qué, cómo y por quién,
en tal o cual momento de la historia, dicho arsenal es eficazmente montado y
utilizado». (Pierre Vilar; Cataluña en la España moderna. Tomo I, 1978)

Otro tema muy diferente es cómo concibe el proletariado, en la etapa


contemporánea, esa identidad nacional, las diferencias que tiene con la
burguesía a la hora de entender el concepto de patria o de soberanía nacional:

«Los herederos de la revolución francesa también han traicionado la nación.


La traicionaron antes, entregando la soberanía nacional a la oligarquía
financiera. La han traicionado definitivamente al comenzar la Segunda
Guerra Mundial al entregar la nación al opresor, colaborando con el invasor
para reformar la servidumbre de la nación y de los nacionales. Como los
aristócratas y los clérigos del siglo XVIII libraron la defensa de sus intereses y
privilegios de clase con el extranjero, con los enemigos mortales de la nación.
Como los aristócratas y los clérigos del siglo XVIII han ahogado en sangre a
patriotas y, yendo más lejos aún, han profundizado su traición, han
pretendido la colonización definitiva de su país a cambio de una limosna
llamada «coparticipación» en el poder de los colonizadores. Como los
aristócratas y clérigos del siglo XVIII, la alta burguesía y las capas que le
apoyaban en el poder y que la han acompañado en la traición, han perdido
históricamente, la hegemonía, la dirección política de la nación. (...) Cuando
las clases y capas dirigentes de una nación llegan a una degeneración
colectiva, un capítulo de la historia humana se cierra, otro se abre. La
aristocracia y el clero podridos fueron lanzados del poder por una burguesía
triunfante y que predicaba la virtud y el amor al género humano. La podrida
oligarquía financiera será lanzada del poder por la masa popular dirigida por
la clase obrera triunfante que no predica, sino que practica la virtud y el amor
fraternal entre los hombres y los pueblos. (...) La soberanía nacional y el
capitalismo monopolista son incompatibles y su consecuencia lógica. (...) No
estamos ante una política de reformas, sino de transformación socio-
económica». (Joan Comorera; La nación en una nueva etapa histórica, 15 de
junio de 1944)

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Pero este tema será abordado más adelante. Con la existencia temporal de un
movimiento político catalán menos activo durante los años del franquismo,
duramente golpeado por el mismo, se podían sacar conclusiones aventuradas,
pero tenían los precedentes de todo el siglo XX, donde el catalanismo se alzó
victorioso desplazando a los partidos tradicionales. Por ejemplo, pese a la férrea
represión sufrida durante la dictadura de Primo de Rivera, el catalanismo
recobró sus posiciones durante la II República. A finales de los 70, con el
catalanismo de nuevo al galope, era difícil no entender la conclusión de
Comorera de que Cataluña era de facto una nación con conciencia nacional
entre la mayoría de sus ciudadanos. Hoy, con el «despertar» del movimiento
nacional catalán en el postfranquismo y a inicios del siglo XXI, con su poderío y
ligazón con las masas, resulta innegable. El catalanismo como cultura y
movimiento político no es una ficción como lo presentaban algunos. En la
actualidad el catalanismo no solo se ha ganado la hegemonía frente a los
partidos tradicionales del resto de España, sino que además se ha vuelto
independentista en todas sus variantes de importancia. Pero esto es solo un
factor, de hecho, el error en 1969 fue no fijarse más que en ese factor político-
cultural y no prestar la necesaria atención al desarrollo histórico-económico.

El comunista catalán Joan Comorera, en una de sus mejores obras: «Carta


abierta a Reyes Bertal» de 1948, proponía que se ejerciera la libertad de decidir
su futuro a estas naciones, incluyendo el derecho a separarse como Estado
independiente si así lo decidían, lo cual no significa que fuera la postura por la
que abogaba él ya que «Cataluña tiene derecho a la separación. El
reconocimiento del derecho, sin embargo, no supone la aplicación automática,
obligatoria». Resaltando que «el ejercicio mecánico del derecho de separación
no resolvería el problema nacional, pues no lo podemos ni debemos desatarlo
del problema general de la revolución». Dejando claro que «la separación por la
separación es una idea reaccionaria ya que, en nuestro caso concreto, Cataluña,
constituyéndose en Estado independiente, saldría de una órbita de explotación
nacional para caer dentro de otra igual o peor». Pues «una tal «genial solución»
ya ha asomado la oreja varias veces».

El pensador oriundo de Cervera defendería que Cataluña era una nación y que
por ende debía respetarse su idiosincrasia, su soberanía nacional, pero en cada
ocasión declaraba que la mejor solución para Cataluña era pasar a formar parte
libre y voluntariamente de una República Federal de Pueblos Hispánicos:

«Cataluña es una nación. Pero Cataluña no puede aislarse. La tesis de que


Cataluña puede resolver su problema nacional como un caso particular,
desentendiéndose y hasta en oposición al problema general del imperialismo y
de la lucha del proletariado, es reaccionaria. Por este camino se va a la
exageración negativa de las peculiaridades nacionales, a un nacionalismo

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local obtuso. ¡Por este camino no se va hacia la liberación social y nacional,
sino a una mayor opresión y vejación! (...) Por tanto, camaradas, el camino a
seguir para Cataluña no ofrece dudas. Únicamente la República Popular de
España dirigida por la clase obrera permitirá a Cataluña el pleno y libre
ejercicio de su derecho de autodeterminación. Únicamente la República
Popular de España dirigida por la clase obrera, garantizará el respeto estricto
y absoluto a la expresión de su voluntad soberana. (…) Y esta República
Popular dirigida por la clase obrera, sólo la podrá conseguir Cataluña
luchando en fraternal unión con los otros pueblos hispánicos». (Joan
Comorera; Contra la guerra imperialista y por la liberación social y nacional
de Cataluña, 1940)

Este artículo apareció en «Nuestra Bandera» Nº4 de 1940, que era el periódico
del PCE liderado por José Díaz, por lo tanto, se da a entender, que al menos
buena parte del PCE coincidía con las tesis de Comorera sobre Cataluña.

Lejos de ser, como presentarían a Comorera luego el binomio revisionista


Ibárruri y Carrillo, un vulgar nacionalista, el político catalán fue un crítico
abierto del titoísmo, pero también del nacionalismo catalán burgués y pequeño
burgués, al cual dedicó ríos de tinta por jugar con la cuestión nacional:

«El interés de clase prima por encima de cualquier otro interés. Y todos los
elementos que intervienen en la vida colectiva son utilizados con el objetivo
único de asegurar el dominio de clase, el monopolio del Estado, instrumento de
la clase dominante. Para la burguesía el problema nacional, allí donde éste
existe, es materia especulativa; se sirve de ella si así conviene
momentáneamente a su interés de clase o se reniega de ella cuando lo pone en
peligro. Y como el interés de clase capitalista es incompatible con el interés
nacional la burguesía termina siempre por traicionar a la nación. (…) Como
clase y castas gobernantes que continúan la tradición de la guerra: para
mantener sus privilegios han convertido en moneda de cambio la
independencia y la soberanía nacional. Y como políticos e «ideólogos»
inventan filosofías y teorías, cuyo único objetivo es sembrar la confusión en las
masas populares, dividir la clase obrera y movilizar a la opinión contra los
partidos comunistas. (...) Con las patrañas hipócritas de las terceras fuerzas y
principios puros y conductas impuras no se va más que al deshonor y a nuevas
derrotas». (Joan Comorera; Carta abierta a Reyes Bertal, 1948)

Advirtió siempre al proletariado catalán sobre aquellas posturas «marxistas»


que anteponen la cuestión nacional a la cuestión de clase:

«No siempre la defensa de la nación imperialista o no soberana coincide con


los intereses fundamentales de la clase obrera. En este caso, compañeros, y
esto debe quedar bien claro, prima siempre el derecho de la clase obrera. Para

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Marx no ofrecía ninguna duda esta subordinación del problema nacional al
problema obrero. Olvidar esto nos llevaría fácilmente al campo del
nacionalismo pequeño burgués, a la aceptación de la tesis de la «comunidad de
destino», tesis apreciada por los nacionalistas y por muchos sectores
socialdemócratas. No existe una «comunidad de destino» en la nación, ya sea
esta soberana o dependiente. Puede existir una coincidencia momentánea para
la consecución de un objetivo común. Pero, nada más, pues «en cada nación
moderna hay dos naciones», nos ha dicho Lenin. La nación burguesa que
históricamente desaparecerá y la nación proletaria que históricamente debe
ascender al poder político y económico, el ejercicio de su propia dictadura
para forjar el mundo nuevo en el que sí que habrá una «comunidad de
destino». La burguesía de cada país se basó en el problema nacional con el fin
de engañar a los obreros, para embrutecer a los campesinos, para envenenar
a la pequeña burguesía. La clase obrera de cada país se basa en el problema
nacional para llevar adelante la revolución, para resolver conjuntamente con
el problema nacional el de su dictadura. (…) Es natural y necesario, pues, que
el derecho de la clase obrera tenga preferencia sobre el derecho nacional,
cuando la opción nos sea planteada de manera objetiva y concreta». (Joan
Comorera; Carta abierta a Reyes Bertal, 1948)

Reconocer esto no excluye que olvidemos los límites de la II República de 1931-


1936 ni los diversos gobiernos de coalición antifascista que hubo durante la
guerra de 1936-1939, donde pese a que hubo un avance, como advertía
Comorera, no se solucionaron los problemas de la cuestión nacional:

«¿Hay que esperar un retorno puro y simple del Estatuto? La experiencia


histórica nos demuestra que no. (…) El Estatuto suprimido por los fascistas,
está superado, como lo está la Mancomunidad, disuelta por Primo de Rivera.
La experiencia del Estatuto ha sido, además, negativa. Un año de enorme
apasionamiento político acabó con un estatuto inferior al convenido en el
Pacto de San Sebastián. Aprobado en el año 1932, el estatuto no podía todavía
aplicarse íntegramente hasta el año 1939. La burocracia centralista con la
benevolencia más o menos disimulada de todos los gobiernos centrales,
saboteó con éxito el traspaso de los servicios y la financiación. Servicios
fundamentales ya traspasados que fueron retomados por el Estado Central
con pretexto o sin él. Y en contraste manifiesto, durante la guerra, las
cláusulas lingüísticas, culturales y económicas del Estatuto iban a ser
ampliadas por iniciativa de la clase obrera y por imposición del conjunto de
las masas catalana. El Estatuto va a ser la expresión de un periodo de
hegemonía republicano-socialista en España, y republicano-anarquista en
Cataluña». (Joan Comorera; La línea nacional del PSUC; Ponencia
presentada en el Comité Central del PSUC, que se aprobó en la reunión de
finales de abril de 1939. En junio era también aprobada por el Secretariado de
la Internacional Comunista, 1939)

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¿Cuál debe de ser la postura de los comunistas catalanes y de los comunistas
castellanos? La misma que ya expuso Comorera y aprobó la Internacional
Comunista:

«Es justo que el PCE defienda de manera resuelta y pública el derecho de


Cataluña a separarse totalmente de España. Es justo que el PSUC diga que en
la reivindicación y ejecución de sus derechos nacionales, Cataluña ha de
reafirmar su unión con los otros pueblos de España. (… ) La madurez se dará
ahora, pues las etapas del movimiento nacional catalán son bien
claras. Solidaritat Catalana, Mancomunidad, Estatuto, República catalana. El
PSUC por consiguiente, opina que su línea nacional será formulada de este
modo: Cataluña lucha por una República Catalana, por una República
Española creada por la unión libre de las Repúblicas, iguales en
derechos». (Joan Comorera. La línea nacional del PSUC; Ponencia presentada
en el Comité Central del PSUC, que se aprobó en la reunión de finales de abril
de 1939. En junio era también aprobada por el Secretariado de la
Internacional Comunista, 1939)

Esta postura es singularmente cómica para aquellos «comunistas» que siempre


necesitan el «sello de aprobación» con el argumento de autoridad de alguna
figura o institución para posicionarse, defecto que demuestra que no saben
pensar solos y que deben recurrir a otros que ya trataron de resolver el
problema antes que ellos.

Y puesto que ambos subyacen bajo un régimen capitalista, no debemos olvidar


tanto entre los obreros de la nación oprimida como entre los obreros de la
nación opresora que:

«Como decía Comorera hay que barrer esta psicología de la aristocracia


obrera de venderse a la oligarquía nacionalista por unas migajas y
conformarse con un par de cambios superficiales que pretendan decir que
luchan por la soberanía nacional, hay que apartar a los monaguillos
revisionistas que van haciendo publicidad de las asociaciones oportunistas,
pseudopatrióticas y proimperialistas». (Equipo de Bitácora (M-L); Estudio
histórico sobre los bandazos políticos oportunistas del PCE (r) y las prácticas
terroristas de los GRAPO, 2017)

Tras el fin del franquismo se llegó a la aprobación del Estatuto de Cataluña de


1979 que venía a ser la restitución del Estatuto obtenido durante de la II
República en 1932, aunque éste fue adquiriendo mayores poderes de
autonomía. Durante el gobierno tripartito 2003-2010 del PSOE-ERC-ICV-
EUiA, el Parlament de Cataluña aprobó en 2005 un nuevo Estatuto, refrendado
por Madrid. En 2006 CIU y PSOE encabezaron una nueva reforma del Estatuto
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de Autonomía, de nuevo con la aprobación masiva del Parlament. En 2010 a
propuesta del PP y con el apoyo de otros grupos, el Tribunal Constitucional
sentenciaba que el Estatuto de Autonomía de Cataluña de 2006 era
inconstitucional, anulándolo. Como respuesta, los grupos independentistas
celebraron consultas no oficiales sobre la independencia de Cataluña. A partir
de entonces en Cataluña se lucha por ver quién lleva la batuta del
independentismo. En 2017 el Presidente Puigdemont ha anunciado que el 1 de
octubre de 2017 tiene intención de que se celebre el referéndum bajo la
pregunta de si se desea un Estado catalán independiente y republicano,
mientras el gobierno central ha prometido la suspensión del gobierno catalán
por el art. 155 de la constitución actual, y paralelamente desatar una feroz
represión contra todo representante del nacionalismo.

Queda claro que, pese a la dominación castellana y los intentos de asimilación,


Cataluña ha logrado su propia consolidación identitaria pese a siglos de
represión. Por ende, ha sufrido una opresión nacional pero no colonial.
Opresión que se ha visto más agudizada en periodos históricos con la irrupción
de la dinastía de los Borbones, con Primo de Rivera o con Franco, pero jamás ha
sido nada parecido a una colonia, es más, la burguesía catalana ha colaborado
en estrecha coordinación con la española para sacar tajada del sudor de los
explotados incluso en estos periodos de mayor represión hacia Cataluña. Las
pugnas entre la burguesía catalana y española han versado más sobre cuestiones
económicas y fiscales que de otra índole. La diferencia entre una opresión
nacional y colonial no es un asunto baladí a la hora de plantear la cuestión.
Confundir una opresión colonial con una opresión nacional, siempre lleva a
fallar en las conclusiones del tema a tratar.

No podemos evitar esbozar una sonrisa cuando algunos pretenden negar la


opresión nacional de Cataluña aludiendo precisamente a su riqueza económica.
Lenin ya refutó este argumento cuando algunos pseudomarxistas le exponían
que Polonia no podía considerarse una nación oprimida dentro del imperio
zarista porque tenía un mayor desarrollo de fuerzas productivas que muchas
partes de la propia Rusia:

«Alzándose contra la consigna de independencia de Polonia, Rosa


Luxemburgo se refiere a un trabajo suyo de 1898 que demostraba el rápido
«desarrollo industrial de Polonia» con la salida de los productos
manufacturados a Rusia. Ni que decir tiene que de esto no se deduce
absolutamente nada sobre el problema del derecho a la autodeterminación».
(Vladimir Ilich Uliánov, Lenin, El derecho de las naciones a la
autodeterminación, 1914)

Los Estados multinacionales todavía son comunes en Europa, solo hay que ver
el caso del surgimiento de Gran Bretaña o Bélgica; como se ve en la

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actualidad, en el primer caso, la cuestión nacional después de mucha presión
popular se logró celebrar un referéndum de autodeterminación para Escocia en
2014, donde el «no» ganó por un breve margen, pero en el segundo caso la
cuestión nacional sigue de candente actualidad, y las tendencias separatistas de
los flamencos no han cesado. También podríamos hablar en América del caso de
Quebec en Canadá, donde la cuestión nacional ha seguido teniendo mucha de la
atención de la actualidad política.

Actualmente el nacionalismo catalán busca el derecho de autodeterminación,


pero a diferencia del de antaño se define mayoritariamente como
independentista a ultranza. ¿Beneficia realmente a los trabajadores catalanes y
españoles? Lo cierto es que ni a unos ni a otros por varias razones que
explicaremos.

Los marxista-leninistas respetamos el derecho a decidir de las naciones, que


implica la secesión, pero no transigimos con el discurso nacionalista y burgués
de la nación oprimida ni mucho menos con el de la nación opresora. Por tanto,
defendemos que los catalanes tienen derecho a pronunciarse sobre su destino, y
si así lo deciden, independizarse incluso bajo mandato burgués –algo que como
dice Lenin sucede pacíficamente como excepción y no como regla–, pero los
marxista-leninistas defendemos que lo que beneficia a catalanes y españoles, es
una unión libre y voluntaria, así como un ulterior desarrollo de cada nación sin
menoscabar sus derechos, pero por supuesto, no creemos que eso sea posible
bajo el capitalismo y sus contradicciones. Quizás deberíamos preguntarnos
otras cuestiones para entender esta cuestión tan delicada para algunos.

¿Qué fuerzas actuales lideran el proceso independentista catalán?

Dentro del catalanismo independentista, su principal fuerza es la antigua


Convergència i Unió (CIU) una fuerza que se fundó siendo soberanista pero no
independentista, dirigida desde la «Transición» por el nacionalista liberal Jordi
Pujol, quién jugó un papel determinante en el mantenimiento de la estabilidad
de la joven democracia burguesa española posfranquista. Sería solamente ya en
los recientes sucesos y bajo el liderazgo del también famoso corrupto Artur Mas
que CIU empezaría a hablar de independencia. El cambio repentino de CIU de
apoyar un regionalismo a un independentismo corresponde al oportunismo
puro y duro, un as en la manga para desviar las atenciones de las gestiones
gubernamentales de CIU y la burguesía catalana. Los casos de corrupción son
incontables: Banca Catalana, Caso ITV, Caso Palau, Caso 3%, Operación
Clotilde, etc. Tras los fiascos electorales y estos sonados casos de corrupción de
Pujol-Mas el partido se refundó en 2016 bajo la denominación Partido
Demócrata Europeo Catalán (PDeCAT), siendo aun oficialmente Artur Mas el
líder de la formación, mientras que el Presidente de Cataluña era otro jefe:

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Carles Puigdemont. Eso indica que el PDeCAT no quiere deshacerse de sus
cadáveres ni siquiera, aunque esto le suponga autoperjudicarse.

La aliada –pero a su vez rival– del PDeCAT a la hora de liderar el proceso


independentista es Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), que ha sido
siempre una fuerza nacionalista y pequeño burguesa que reivindicaba el derecho
de autodeterminación y que contó con algunos méritos históricos progresistas
durante los años 30 y 40, pero que en lo sucesivo de la posguerra demostró
verse nucleado y liderado ya totalmente por elementos de la propia burguesía
catalana. En las últimas décadas la ERC del oportunista Josep-Lluís Carod-
Rovira ha sido la mejor muleta tanto para el PSOE como para CIU en los
diversos gobiernos catalanes en coalición, responsable directo, pues, de la
política capitalista catalana y de sus fraudes. Desde 2015 ERC se agrupa con CIU
–actualmente PDeCAT– y otras organizaciones en la coalición nacionalista e
independentista «Junts pel Sí», obteniendo un 39,9% en las elecciones al
Parlament de 2015. Su actual líder es Oriol Junqueras famoso por sus vínculos
con el Vaticano, figura que no desmerece nada a la política oportunista de sus
predecesores como Rovira. Otro líder de relevancia es Gabriel Rufián que se
hizo conocido por su discurso chulesco y aparentemente radical que bien parece
sacado del peronismo, un sujeto que ha tornado a un lenguaje más moderado y
conservador que ha despertado a ciertos trabajadores del hechizo de este
encantador de serpientes, como se pudo ver en los abucheos que sufrió en 2019
por los propios catalanistas que antes le veían como uno de los suyos.

¿Y qué hay fuera de este bipartidismo tradicional del? Desde los 80 contamos
con la Candidatura de Unidad Popular (CUP) dirigida por David Fernández; en
verdad esta ha venido a ocupar la bandera pequeño burguesa abandonada por
ERC, con la diferencia de que desde el comienzo ha mantenido fuertes rasgos
nacionalistas apostando por un separatismo a ultranza. En los últimos años ha
tenido mayor presencia electoral obteniendo un 8,21% en las elecciones al
Parlament de 2015. La CUP rechazó ir en coalición con «Junts pel Sí». Más
tarde cedió dos de sus votos para que la coalición Junts pel Sí aprobase sus
presupuestos, aunque en palabras de sus dirigentes «Es un sí condicionado. Es
un sí al referéndum».

El proceso capitaneado por el PDeCAT/ERC-CUP aspira a dos objetivos según el


escenario: por un lado, en caso de éxito, a la independencia y a la estructuración
de su propio Estado burgués; por el otro, el caso de fracaso, a la no
independencia, pero conquistando mayores competencias para el gobierno
autonómico, especialmente en materia fiscal, pudiendo así vivir del rédito
político de la «victoria soberanista» ante el Estado español y calmar a la
ciudadanía con las nuevas prebendas económicas obtenidas. Dadas las
actuaciones de los principales actores aun creemos que este último pensamiento

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es el mayoritario, aunque los futuros acontecimientos pueden modificar la
tendencia.

El nacionalismo español actúa impidiendo a toda costa la consulta sobre la


independencia o no de Cataluña, su objetivo es que no se lleve a cabo porque en
caso del triunfo del «SÍ» se podría ver obligado a elegir entre tres escenarios
nada deseables: a) o bien tener que ofrecer nuevas y humillantes concesiones
hacia el gobierno autonómico como último «soborno» para evitar su separación;
b) o bien tener que llamar a una consulta vinculante para decidir la
independencia o no de Cataluña a toda España, volteando el «Sí» en «No»; c) o
como última opción emular a Espartero, Maura y a Franco entrando a sangre y
fuego en Barcelona.

El nacionalismo español no quiere tal independencia de Cataluña por motivos


económicos obvios pues es una región altamente productiva y de alto valor
industrial, turístico y comercial. Para ello el nacionalismo español piensa no
permitir nunca la celebración del referéndum independentista… o a lo sumo
hacerlo como hemos mencionado anteriormente: de forma global consultando a
todo el conjunto de la población española, no solo a la catalana, intentando así
asegurarse mediante una propaganda un mayoritario «NO» a la independencia.
Esto supondría un fraude evidente hacia el derecho de autodeterminación, no
existiendo ningún caso histórico que avale dicha propuesta. Lo cual sería como
preguntar al esposo para decidir si una mujer puede separarse y rescindir su
contrato de matrimonio –algo aún más absurdo cuando dicho matrimonio ha
sido concertado de forma forzosa–.

De todos modos, no hay que olvidar que ambos nacionalismos son responsables
directos del deterioro en materia de derechos civiles, laborales y sociales
sufridos por la clase obrera catalana y española. En el caso catalán, la policía
autonómica fue enviada por los independentistas de derecha burguesa en la
Generalitat a reprimir a los independentistas pequeño burgueses de «izquierda»
que ocupaban las plazas en los últimos años, también está el caso de los
suicidados en los CIE's catalanes, además del vaciamiento de contenido de la
Seguridad Social por los entes autonómicos.

En materia de relaciones internacionales cada uno se ha aproximado a los


diversos Estados imperialistas para respaldar sus intereses y objetivos: los
nacionalistas españoles se aproximaron a los EE. UU. y los nacionalistas
catalanes se han aproximado a Israel con quién han firmado convenios de
cooperación en materia militar y educativa pretendiendo obtener el apoyo
estadounidense vía sionismo, y por ende han hecho el esfuerzo de «taparse la
nariz y los ojos» ante los apestosos y horribles crímenes que sufren los
palestinos. Tampoco podemos pasar por alto que uno de los factores y marcas
de los nacionalistas catalanes de cara al exterior: el Fútbol Club Barcelona

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(FCB), ha tenido relación comercial publicitaria con la monarquía árabe
absolutista teocrática de Qatar, involucrada en el origen y expansión de la
guerra en Oriente Medio. Esta ha sido tristemente célebre por sus ataques
contra los llamados «derechos humanos» que tanto gustan traer a colación a la
burguesía liberal, con especial saña hacia los obreros foráneos que emigran
hacia allí con una explotación casi esclava. La escandalosa adjudicación del
mundial de fútbol en 2002 en medio de escándalos de corrupción, represión y
accidentes laborales para lograr tal fin, demuestran de nuevo que aquello de la
«libertad de expresión», «la solidaridad», los «derechos laborales» y otras
lindezas abstractas que acostumbran a citar en sus discursos los respetadísimos
gobernantes europeos no son palabrejas vacías que no significan.

El nacionalismo catalán tiene un comportamiento que de tan frecuente es un


cliché, según sus intereses borra toda contradicción, y es así como vemos a CIU
hablando de su exquisito «democratismo» a la par que no tiene problemas en
entablar alianzas en Europa con el nacionalismo flamenco de tintes
ultraderechistas y xenófobos; a ERC establecer pactos de cara a los comicios
catalanes con la presumible enemiga, la derecha burguesa de CIU; o a la CUP,
estableciendo las mismas alianzas con la «burguesía traidora, claudicadora y
reformista» de ERC. En ese sentido no podemos olvidar que, como se ha dicho,
que el pasado nacionalismo catalán, sobre todo de derecha, jugó un papel
determinante en la construcción del Estado español posfranquista, y en tales
hechos fue determinante en la aceptación de parte de la herencia de la
jurisprudencia y legislación franquista en todo lo concerniente al Estado,
incluyendo por supuesto la aceptación de la imposición de la monarquía
parlamentaria designada por Franco y su Constitución de 1978 –que incluía la
negación del derecho de autodeterminación–. Dicho de otro modo: el Estado
español actual es una construcción de todos los nacionalistas españoles incluido
el nacionalismo catalán y vasco. «De casta le viene al galgo». No por casualidad
el nacionalismo catalán de la Lliga Regionalista liderada por Cambó fue
repudiado por el pueblo catalán en 1923 tras aceptar la dictadura de Primo de
Rivera. Los restos del PNV y ERC tras la Guerra Civil (1936-39) fueron
conocidos por sus amoríos con EE.UU. y Gran Bretaña, siendo acusados con
toda justicia de agentes del imperialismo por los comunistas de aquel entonces,
reduciéndose cada vez en el duro exilio como reductos marginales totalmente
alejados de las masas, algo que solo pudieron recuperar a duras penas varias
décadas después. Estos son los vínculos históricos del nacionalismo periférico,
que, aunque se quiera vestir de demócrata y progresista, jamás puede serlo
mientras la bandera de la nación sea enarbolada por explotadores, demagogos y
chovinistas.

El proyecto nacional capitalista de la burguesía catalana

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Observamos además como sectores que se pretenden de «izquierda» e incluso
marxistas, sin ninguna idea clara de lo que estas fuerzas nacionalistas
persiguen, mostrando unas posturas de concesión y dejadez de análisis propio
ante estas fuerzas políticas. Aunque muchos no lo sepan, apuestan por
mostrarse como aliados y defensores de un proyecto burgués capitaneado en
2017 por la burguesía catalana «Junts pel Sí» – Partit Demòcrata Europeu
Català (PeDCAT) más Esquerra Republicana de Catalunya (ERC)– y la pequeña
burguesía catalana –la Candidatura d'Unitat Popular (CUP)– que anhelan un
Estado igual o más capitalista y represivo que el español, algo que se puede
identificar en los actuales rasgos de la Generalitat en lo siguiente: 1) la
brutalidad represiva de la policía autonómica –«Mossos d'Esquadra»–, y la
protección de esos cuerpos por la justicia autonómica catalana; 2) los muertos
sistemáticos en los Centro de Internamiento de Extranjeros en los últimos años;
3) los centros de vigilancia electrónica y ciudadana; 4) los convenios firmados
con el Estado de Israel, especialmente en materia de educación y militar; 5) el
vaciamiento de contenido de la Seguridad Social; 6) la privatización de servicios
públicos como el agua, así como de las redes viales; 7) la destinación formal de
40.000 euros que el gobierno catalán destina al aranés, una lengua cooficial,
mientras sus representantes se ríen de las reivindicaciones del Valle de Arán y
niegan su derecho a decidir en un hipotético caso de con quién desea formar
lazos político-administrativos; 8) los elevadísimos salarios de los funcionarios
electos y camarilla cooptada, incluso superior a la del Estado español, etc.

Actualmente, debido a las fuerzas que lideran el proceso soberanista, y a las que
lo niegan, asistimos a una lucha de dos formas de nacionalismo, ambas
expresiones del nacionalismo burgués. O lo que es lo mismo, contradicciones no
antagónicas; obsérvese que mientras mantienen diferencias sobre la idea de una
Cataluña independientemente o no, ambas expresiones gubernamentales
mantienen una estrecha colaboración en el vaciamiento de contenido de los
derechos laborales, sociales, políticos. En ambos casos se apela al amarillismo
político para manipular la conciencia colectiva, e incluso se hace una lectura
interesada y sesgada de la historia respecto a Cataluña.

Hay que dejar claro que ante el hipotético caso de la independencia de Cataluña
ésta hoy sería indudablemente hegemonizada por la burguesía catalana
concentrada en Junts Pel Sí, y, en segundo lugar, a bastante distancia, por la
pequeña burguesía de la CUP. Cuando las fuerzas hegemónicas del «procés» son
Junts Pel Sí/CUP, no hay nada positivo para la clase obrera catalana en la
creación de un nuevo Estado que estará gobernado por los mismos que
gobiernan en la Generalitat. Pues, salvo detalles, dotarán a Cataluña de la
misma forma política, económica y cultural burguesa que tiene el actual
gobierno autonómico catalán. No habrá una emancipación social ni nacional
real de la que algunos cacarean. Quien apuesta por defender este proceso en

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estas circunstancias no entiende nada de lucha de clases, y lo quiera o no,
comete un error ciertamente muy común entre los pseudomarxistas:

«Los conceptos «antiimperialismo», «independencia nacional»,


«autodeterminación de las naciones», «movimientos de liberación nacional» y
otros similares, surgen en las cabezas de estos pseudomarxistas cada vez que
hay una gran potencia involucrada en algún evento trascendente en alguna
parte del mundo, sin importarles las características y las condiciones que se
presentan. Ahora se encuentran con que esa «parte del mundo» es
precisamente una de las grandes potencias, con larga historia de agresión y
sojuzgamiento de pueblos, y baten palmas de emoción porque casi sin darse
cuenta ha tomado cuerpo un «movimiento de liberación nacional» en Escocia,
que no puede menos que debilitar a su vecina Inglaterra, el socio principal del
imperialismo más agresivo y rapaz del mundo, Estados Unidos. El escenario
está pintado para darle un carácter progresivo a la «lucha» de Escocia contra
el imperialismo inglés, que supuestamente la tiene sometida y oprimida. Y si a
esto se le añade el aura de la lucha de William Wallace, mucho mejor, sobre
todo si tenemos en mente las épicas escenas de «Braveheart». Mas la historia
es otra. Escocia no es Irlanda que ha sufrido hasta tiempos actuales la
opresión del imperialismo inglés. El capitalismo se estableció en Escocia antes
de que entrara a formar parte de la Unión –de la que quieren
«independizarla»– y entró en calidad de socio para beneficiarse de la
expansión colonial e imperialista de Inglaterra, donde las huestes bajo la
bandera de San Andrés, jugaron un papel fundamental, de la mano de las
huestes de San Jorge. La economía escocesa y su burguesía monopolista se
encuentran completamente integradas con la economía y la burguesía
monopolista inglesas, están entrelazadas por miles de vínculos históricos,
sociales, económicos y políticos, desde hace siglos Por otro lado, en Escocia se
encuentra una sección combativa del proletariado británico, el sector más
golpeado por la explotación capitalista y por la actual crisis que el capital
monopólico está haciendo pagar a los obreros». (José Gabriel Roldán; Apuntes
sobre Lenin y la autodeterminación de las naciones, 2014)

En los años 70, el Partido Comunista de España (reconstituido) intentó


adueñarse de la figura del marxista-leninista catalán Joan Comorera. Esto
también lo internaron otras corrientes revisionistas que empezaban a
reivindicarlo de nuevo tras haber escupido sobre su legado, como los
jruschovistas, catalanistas y eurocomunistas. Sus escritos sobre materia política,
económica y cultural contradicen el pensamiento maoísta de este partido, por lo
que nada tienen que ver. Salta a la vista que el PCE (r) y el resto de falsos
aduladores de Comorera jamás leyeron ni comprendieron sus escritos al
respecto de la cuestión nacional, yendo en contra de lo que promulgaba.

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En honor a la verdad, dentro del vacío ideológico marxista y las nulas
perspectivas de clase por parte de los actuales partidos catalanes y españoles,
los revolucionarios harían bien en repasar a Comorera para comprender mejor
la todavía pendiente «cuestión nacional», pues gracias a sus escritos uno puede
entender parte del panorama actual y contraargumentar fácilmente los
discursos nacionalistas que se disparan desde Madrid a Barcelona y viceversa.

La cuestión nacional en la era de los monopolios

Primero de todo hay que entender que la cuestión nacional está insertada en la
actual época capitalista de los monopolios, en su etapa imperialista:

«De manera general, los marxistas establecen una diferencia cuando hablan
de la cuestión nacional según si corresponde a la época del capitalismo
ascensional, cuando la burguesía todavía cumplía un papel revolucionario, o
si corresponde a la época del imperialismo, cuando la burguesía es
reaccionaria. En la época del capitalismo ascensional, los clásicos enseñaron a
establecer una diferencia entre «naciones reaccionarias» y «naciones
progresistas»; en la época del imperialismo, entre naciones opresoras y
oprimidas. El objetivo al resolver de la cuestión nacional es la «paz nacional»,
según el término empleado por Lenin y Stalin, es decir, la convivencia basada
en la igualdad de las naciones en el marco de un Estado único –y en caso de no
ser posible esto, la separación de las naciones en Estados independientes–.
Esta «paz nacional» fue alcanzada durante el capitalismo ascensional por los
principales países capitalistas desarrollados, que formaron su Estado nacional
independiente». (José Gabriel Roldán; Apuntes sobre Lenin y la
autodeterminación de las naciones, 2014)

Por supuesto, se ha de contar con el hecho de que, en la España imperialista, de


continuar instalada la burguesía en los poderes del Estado, es bastante
improbable que esta permita un proceso de autodeterminación:

«El problema nacional y colonial ha sido resuelto en la práctica y


constitucionalmente en la Unión Soviética. Esta solución no ha sido debida a
un pacto con la burguesía. Ha sido la consecuencia obligada del triunfo de la
Revolución Socialista de Octubre. Sin la victoria y consolidación de la
Revolución de Octubre, el problema nacional y colonial no habría sido
resuelto. (...) El imperialismo, forma superior del capitalismo, no puede
resolver los problemas nacionales y coloniales, como el capitalismo no puede
suprimir la explotación del hombre por el hombre. El imperialismo
necesariamente debe alimentarse con el sometimiento y la opresión de los
pueblos y naciones coloniales y dependientes, que la libertad de esta sería su
fin; lo mismo que el capitalismo necesariamente se nutre del dolor, de la
miseria y de la esclavitud de las masas trabajadoras, porque su emancipación

79
sería su fin. (...) Nos dice Lenin que la separación de una nación oprimida, es
decir, el libre ejercicio del derecho de autodeterminación, sin excluir la decisión
de constituirse en Estado independiente, no puede «darse» y «realizarse»
antes del socialismo más que en el uno por mil de los casos. En la historia
contemporánea, que es la historia de los Estados y naciones existentes hoy, con
su cortejo de pueblos y naciones dependientes y coloniales, sólo conocemos un
caso de separación voluntaria antes del socialismo: el de Noruega. El caso de
Irlanda no es igual, toda vez que su autonomía política de hoy fue
consecuencia de un largo y cruento periodo de lucha armada». (Joan
Comorera; El problema de las nacionalidades de España, 1942)

La burguesía nacional jamás es un aliado confiable

Hay que entender el rol de la burguesía nacional en dicho conflicto, siendo una
cuestión especulativa, ora a favor frente a la burguesía opresora ora en contra,
sin llegar hasta el final en la búsqueda del ejercicio soberanista:

«El problema nacional no es una abstracción, no es una entidad aislada. El


problema nacional es parte indisoluble del problema general de la revolución.
Hemos, pues, de verlo a la luz de la lucha de clases, de su desarrollo y de su
objetivo histórico. Estamos ahora en la fase superior y última del capitalismo,
la fase imperialista. La lucha de clases se agudiza y la burguesía se convierte
en extra y antinacional. El interés de clase prima por encima de cualquier otro
interés. Y todos los elementos que intervienen en la vida colectiva son
utilizados con el objetivo único de asegurar el dominio de clase, el monopolio
del Estado, instrumento de la clase dominante. Para la burguesía el problema
nacional, allí donde éste existe, es materia especulativa; se sirve de ella si así
conviene momentáneamente a su interés de clase o se reniega de ella cuando lo
pone en peligro. Y como el interés de clase capitalista es incompatible con el
interés nacional la burguesía termina siempre por traicionar a la nación».
(Joan Comorera; Carta abierta a Reyes Bertal, 1948)

En el caso catalán, el tándem «Junts per Sí» de PeDCAT-ERC, que es la marca


por excelencia de la burguesía catalana, el PeDCAT se ha incorporado a la fiesta
independentista desde hace relativamente poco, antes solo buscaba ventajas
políticas, económicas y culturales autónomas. ERC hace largo tiempo que está
corrompida por la misma burguesía catalana que ha especulado con la cuestión
nacional aliándose con nacionalistas españoles y catalanes en la época del
«Tripartito catalán» entre 2003 y 2006, y ha sido cómplice en los diversos
gobiernos de PeDCAT, quienes han hundido a las masas trabajadoras en la
miseria y la progresiva pauperización de su nivel de vida, primando, por
supuesto, enriquecerse a mantener una postura a favor de los trabajadores, por
no hablar de las experiencias de ERC gobernando a nivel municipal o regional,
que ya nos da una idea de lo que sería su «república catalana». La CUP como

80
representante de la pequeña burguesía, es altamente inestable y cobarde como
para que hegemonice un proceso real de soberanía nacional –en lo político-
económico–, de momento no ha sido capaz de enfrentarse abiertamente a
PeDCAT-ERC y denunciarlos abiertamente como traidores a la causa social y
nacional catalana. Eleva el tono cuando se desatienden sus migajas, jura y
amenaza con abandonar la tregua ideológica, pero es un perro que ladra mucho
y muerde poco.

Las teorías nacionalistas con las que se arropa la burguesía catalana son un
arma arrojadiza con la que movilizar a los catalanes, una baza con la que
negociar ante España. Pero por encima de todo las ideas nacionalistas están
fabricadas por cada burguesía para reforzar su mercado, su economía, instan a
desviar a las clases explotadas de su emancipación social. Su lema se podría
resumir, primero, la patria, luego, todo lo demás, pero la burguesía misma
arroja la bandera nacional cuando sus intereses económicos así lo dictan. Por
eso nuestra insistencia en que los caminos intermedios y las ideas timoratas de
no sirven para los fines perseguidos por la clase obrera en la cuestión nacional y
social:

«¿Y cómo reaccionan la gran burguesía y las castas tradicionales en estos


países? Como clase y castas gobernantes que continúan la tradición de la
guerra: para mantener sus privilegios han convertido en moneda de cambio la
independencia y la soberanía nacional. Y como políticos e «ideólogos»
inventan filosofías y teorías, cuyo único objetivo es sembrar la confusión en las
masas populares, dividir la clase obrera y movilizar a la opinión contra los
partidos comunistas. (...) Con las patrañas hipócritas de las terceras fuerzas y
principios puros y conductas impuras no se va más que al deshonor y a nuevas
derrotas». (Joan Comorera; Carta abierta a Reyes Bertal, 1948)

La independencia bajo la burguesía no resolverá nada en lo


fundamental

El proletariado de la nación oprimida debe luchar por sus derechos nacionales,


pero sin olvidar que el objetivo de la burguesía nacional es aprovecharse de sus
sentimientos para arrastrar al proletariado y otras capas trabajadoras, sin las
cuales no puede imprimir al movimiento nacional su carácter masivo y triunfar.
Podemos añadir más. Se logre o no adquirir la soberanía estatal, mientras no
desaparezca la burguesía esta intentará engañar a los trabajadores para que
lleguen a una consonancia de intereses comunes con ella, es decir, tratará de
hacer que se olvide de la cuestión de clase y buscará que se haga un ente pasivo
gracias al opiáceo del nacionalismo:

«Por lo expuesto se ve claramente que, bajo el capitalismo ascensional, la


lucha nacional es una lucha entre las clases burguesas. A veces, la burguesía

81
consigue arrastrar al proletariado al movimiento nacional, y entonces
exteriormente parece que en la lucha nacional participa «todo el pueblo», pero
eso sólo exteriormente. En su esencia, esta lucha sigue siendo siempre una
lucha burguesa, conveniente y grata principalmente para la burguesía. Pero
de aquí no se desprende, ni mucho menos, que el proletariado no deba luchar
contra la política de opresión de las nacionalidades. La restricción de la
libertad de movimiento, la privación de derechos electorales, las trabas al
idioma, la reducción de las escuelas y otras medidas represivas afectan a los
obreros en grado no menor, si no es mayor, que a la burguesía. Esta situación
no puede por menos de frenar el libre desarrollo de las fuerzas espirituales del
proletariado de las naciones sometidas. No se puede hablar seriamente del
pleno desarrollo de las facultades espirituales del obrero tártaro o judío,
cuando no se le permite servirse de su lengua materna en las asambleas o en
las conferencias y cuando se le cierran las escuelas. La política de represión
nacionalista es también peligrosa en otro aspecto para la causa del
proletariado. Esta política desvía la atención de extensas capas del mismo de
las cuestiones sociales, de las cuestiones de la lucha de clases hacia las
cuestiones nacionales, hacia las cuestiones «comunes» al proletariado y a la
burguesía. Y esto crea un terreno favorable para las prédicas mentirosas sobre
la «armonía de intereses», para velar los intereses de clase del proletariado,
para esclavizar moralmente a los obreros». (Iósif Vissariónovich
Dzhugashvili, Stalin; El marxismo y la cuestión nacional, 1913)

La separación por la separación no es revolucionaria

La idea a ultranza de apoyar cualquier separación de una nación oprimida sin


analizar más cuestiones no es marxista:

«Los marxistas no están a favor de la autodeterminación de las naciones, a su


separación y formación de un Estado nacional independiente, de manera
incondicional. La cuestión nacional debe ser abordada considerando no solo
las características particulares de las naciones bajo estudio sino también
atendiendo a que las condiciones y las relaciones entre esas naciones cambian
con el tiempo, al igual que cambia también el contexto internacional en el que
se desenvuelven. Cuando el marxismo dice que la cuestión nacional debe ser
analizada tomando en cuenta las condiciones histórico-concretas está diciendo
que la cuestión nacional no es inmutable, porque las relaciones entre las
naciones cambian, la correlación de fuerzas cambia, las condiciones
socioeconómicas sobre las que se desenvuelven cambian, y, en consecuencia, la
actitud y las tareas del proletariado al respecto deben cambiar». (José Gabriel
Roldán; Apuntes sobre Lenin y la autodeterminación de las naciones, 2014)

Lenin fustigó enormemente las pretendidas posiciones marxistas que abogaban


por un mayor practicismo en la cuestión nacional:

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«En el problema nacional, toda burguesía desea o privilegios para su nación o
ventajas exclusivas para ésta; precisamente eso es lo que se llama «práctico».
El proletariado está en contra de toda clase de privilegios, en contra de todo
exclusivismo. Exigirle «practicismo» significa ir a remolque de la burguesía,
caer en el oportunismo. (...) En aras del «practicismo» de sus reivindicaciones,
la burguesía de las naciones oprimidas llamará al proletariado a apoyar
incondicionalmente sus aspiraciones. ¡Lo más práctico es decir un «sí»
categórico a la separación de tal o cual nación, y no al derecho de todas las
naciones, cualesquiera que sean, a la separación! El proletariado se opone a
semejante practicismo: al reconocer la igualdad de derechos y el derecho igual
a formar un Estado nacional, aprecia y coloca por encima de todo la unión de
los proletarios de todas las naciones, evalúa toda reivindicación nacional y
toda separación nacional con la mira puesta en la lucha de clase de los
obreros. La consigna de practicismo no es, en realidad, sino la de adoptar sin
crítica las aspiraciones burguesas. (...) Sería apartarse de las tareas de la
política proletaria y someter a los obreros a la política de la burguesía, tanto el
que los socialdemócratas se pusieran a negar el derecho a la
autodeterminación, es decir, el derecho de las naciones oprimidas a separarse,
como el que se pusieran a apoyar todas las reivindicaciones nacionales de la
burguesía de las naciones oprimidas». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Las
naciones y el derecho de autodeterminación, 1914)

Stalin habló de forma similar, apelando que los comunistas deben mantener un
plan concreto e independiente de las clases explotadoras sobre esta cuestión:

«La nación tiene derecho a organizarse sobre la base de la autonomía. Tiene


derecho incluso a separarse. Pero eso no significa que deba hacerlo bajo
cualesquier condiciones, que la autonomía o la separación sean siempre y en
todas partes ventajosas para la nación, es decir, para la mayoría de ella, es
decir, para las capas trabajadoras. Los tártaros de la Transcaucasia, como
nación, pueden reunirse, supongamos, en su Dieta, y, sometiéndose a la
influencia de sus beys y mulhas, restaurar en su país el viejo orden de cosas,
decidir su separación del Estado. Conforme al punto de la autodeterminación,
tienen perfecto derecho a hacerlo. Pero ¿iría esto en interés de las capas
trabajadoras de la nación tártara? ¿Podrían los socialdemócratas contemplar
indiferentes como los beys y los mulhas arrastraban consigo a las masas en la
solución de la cuestión nacional? ¿No debería la socialdemocracia inmiscuirse
en el asunto e influir sobre la voluntad de la nación en un determinado
sentido? ¿No debería presentar un plan concreto para resolver la cuestión, el
plan más ventajoso para las masas tártaras?». (Iósif Vissariónovich
Dzhugashvili, Stalin; El marxismo y la cuestión nacional, 1913)

83
De igual forma y a iguales conclusiones llegó Comorera en su excelente trabajo
sobre la cuestión nacional en España:

«No siempre la defensa de la nación imperialista o no soberana coincide con


los intereses fundamentales de la clase obrera. En este caso, compañeros, y
esto debe quedar bien claro, prima siempre el derecho de la clase obrera. Para
Marx no ofrecía ninguna duda esta subordinación del problema nacional al
problema obrero. Olvidar esto nos llevaría fácilmente al campo del
nacionalismo pequeño burgués, a la aceptación de la tesis de la «comunidad de
destino», tesis apreciada por los nacionalistas y por muchos sectores
socialdemócratas. No existe una «comunidad de destino» en la nación, ya sea
esta soberana o dependiente. Puede existir una coincidencia momentánea para
la consecución de un objetivo común. Pero, nada más, pues «en cada nación
moderna hay dos naciones», nos ha dicho Lenin. La nación burguesa que
históricamente desaparecerá y la nación proletaria que históricamente debe
ascender al poder político y económico, el ejercicio de su propia dictadura
para forjar el mundo nuevo en el que sí que habrá una «comunidad de
destino». La burguesía de cada país se basó en el problema nacional con el fin
de engañar a los obreros, para embrutecer a los campesinos, para envenenar
a la pequeña burguesía. La clase obrera de cada país se basa en el problema
nacional para llevar adelante la revolución, para resolver conjuntamente con
el problema nacional el de su dictadura. (…) Es natural y necesario, pues, que
el derecho de la clase obrera tenga preferencia sobre el derecho nacional,
cuando la opción nos sea planteada de manera objetiva y concreta». (Joan
Comorera; El problema de las nacionalidades en España, 1942)

Cataluña saldría de una opresión para meterse en otra

En las condiciones actuales hay que entender que, bajo la burguesía, en el


hipotético caso de que la burguesía catalana llegase a lograr la independencia,
dicho suceso no resolvería el problema de la soberanía nacional ni la
emancipación social de Cataluña. Esto último porque seguiría siendo un
régimen burgués, y porque lo que los independentistas entienden por
«soberanía nacional» es una pantomima, pues ella no incluye ni siquiera un
programa antimonopólico ni antiimperialista, ni un desarrollo de la industria
pesada para asegurar la independencia económica. Lejos de ello, estos partidos
buscan la atención de los diversos imperialismos. Es por tanto claro que:

«Cataluña tiene derecho a la separación. El reconocimiento del derecho, sin


embargo, no supone la aplicación automática, obligatoria. En nuestra
situación, el ejercicio mecánico del derecho de separación no resolvería el
problema nacional, pues no lo podemos ni debemos desatarlo del problema
general de la revolución democrática española. Además, la separación por la

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separación es una idea reaccionaria ya que, en nuestro caso concreto,
Cataluña, constituyéndose en Estado independiente, saldría de una órbita de
explotación nacional para caer dentro de otra igual o peor. Una tal «genial
solución» ya ha asomado la oreja varias veces». (Joan Comorera; Carta
abierta a Reyes Bertal, 1948)

Sobre este panorama, resalta una cuestión por la cual se preguntaban de manera
retórica los comunistas catalanes desde hace décadas:

«¿Dónde está la soberanía, cuando los órganos elegidos del pueblo,


representantes de la soberanía nacional, realizan, no una política nacional, de
respeto a la voluntad popular, sino una política dictada por la oligarquía
financiera, por un núcleo de oligarquías que tiene en sus manos la riqueza
nacional e imperial? (…) La soberanía nacional y el capitalismo monopolista
son incompatibles». (Joan Comorera; La nación en la nueva etapa histórica,
15 de junio de 1944)

Efectivamente la actual Cataluña saldría de una opresión nacional para caer en


otra dependencia económica neocolonialista, muy seguramente, como la
mayoría de nuevos Estados de Europa del siglo XXI, se endeudarían hasta las
cejas para financiar el proyecto y adecuar sus estructuras, vendiéndole a las
masas trabajadoras el cuento de que «deben apretarse el cinturón» porque
«debe hacerse este sacrificio por la libertad de Cataluña». La idea de un futuro
boicot de los empresarios españoles a una Cataluña independiente es un bluf
proveniente del nacionalismo español y su propaganda altisonante, pues, no
tiene que ser así como tal. Hemos visto a empresas españolas colocar sus
organismos empresariales en países con los que mantienen pretendidas malas
relaciones con el gobierno español en Latinoamérica. La burguesía suele atender
a las «razones de su bolsillo» pese a su perorata patriótica, solo retira sus
activos financieros y empresas en caso de que detecten un peligro para sus
intereses por inestabilidad política o económica del país en que desarrollan
dichas actividades.

En cambio, es cierto que, ante el caso de una independencia, el gobierno español


desataría al menos inicialmente cierto bloqueo y sabotaje a la nueva república
catalana, por lo que habría ciertas pérdidas de capital y para compensar alguna
falta de diversidad económica. Cataluña muy seguramente tendría que buscar,
según la lógica de su burguesía, una fuerte inyección de capital extranjero. Las
multinacionales tendrían a proveer de la necesaria tecnología y dejarían –
aunque fuese– las migajas a la burguesía catalana por explotar los recursos y a
su clase obrera. Inclusive, no estaría descartada la idea de una Cataluña
independiente en lo estatal pero dependiente en lo económico de España, un
paradójico panorama geopolítico que no sería descartable, y mostraría el
cinismo burgués. Pero esto es descartable, pues, seguramente, a Cataluña no le

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faltarán los pretendientes para reemplazar la dependencia española. En
realidad, si así lo quisieran los imperialismos, España ciertamente no podría
mantener su dominación económica en una futura Cataluña independiente si
otras potencias más fuertes se interesan en ella, como ya están haciendo
frotándose las manos, salivando solo de imaginarse tal nuevo escenario
europeo. La mejor carta de España sería forzar diplomáticamente a que los
señores imperialistas retiren sus zarpas de Cataluña, pidiéndoles respetar su
«derecho histórico» y su correspondiente «zona de influencia» sobre la nueva
república, pero es dudoso que los imperialistas se retirasen ante tal petición,
¿desde cuándo los piratas respetan cualquier derecho?

En caso de lograrse la independencia estatal de Cataluña existiría otro nuevo


problema. Aunque puede que debilitada por los tiras y aflojas con España,
debido al alto grado de desarrollo de la burguesía catalana, a todas luces sería
una burguesía en el poder de corte imperialista, aunque inferior al potencial de
la española. En este hipotético, pero posible caso futuro, mientras en España y
Cataluña dominasen sus respectivas élites económicas, ambas burguesías
nacionalistas e imperialistas, rivalizarían por reivindicar políticamente diversos
territorios y pugnar por mercados económicos cercanos. No por casualidad el
nacionalismo catalán viene desde hace décadas buscando expandir su ideología
en partes de Valencia, Baleares y Aragón, todavía con pocos frutos, misma
política que ya se ve también en sus intentos de introducirse en otras zonas
reivindicadas como el Rosellón en los Pirineos Occidentales de Francia, Carche
en Murcia, o Alguer en Cerdeña, Andorra, sin mejores resultados.

Esta nueva cuestión sería una mercancía más con la que traficar y hacer
demagogia entre todas estas burguesías en pugna. Dándose el caso de ver muy
seguramente como la burguesía catalana intenta penetrar política y económica o
incluso militarmente en territorios en los que al menos actualmente no se
sienten parte de su proyecto nacionalista de los «Països Catalans» –Países
Catalanes–. Hablamos incluso de lugares donde incluso existen pequeños
movimientos regionalistas autónomos de otra índole que chocarían de forma
cada vez más agria contra las pretensiones de los nacionalistas catalanes y
sus reivindicaciones. Por supuesto, la burguesía catalana tendrá que medirse
con otras burguesías más veteranas y más potentes como la española, francesa o
italiana si desease adquirir estos territorios. La riña y la cizaña estará
garantizada. También cobraría peso las posibles alianzas de la burguesía
catalana con otras burguesías imperialistas más potentes militarmente como la
estadounidense o israelí –contactos y pactos algunos de ellos ya materializados–
que sería una de sus mejores bazas para competir y negociar.

Que nos digan los «anarco-comunistas» de la CUP o los señores Pablo Hasél y
Valtónyc cuál de estas situaciones será la que beneficie al proletariado catalán y
español porque nosotros no vemos ventaja alguna. Este tipo de especímenes

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extravagantes ponen todo su empeño en seguir proyectos burgueses y no en
construir un partido revolucionario que se haga respetar, para ellos, esta
urgente necesidad no parece ser una prioridad ni un objetivo del proletariado
catalán y español, o peor, creen que ese partido ya existe bajo el decrépito y
fracasado PCE (r).

La cuestión cultural tampoco tendrá un florecimiento bajo égida


burguesa

Los pequeño burgueses catalanes se atreven a decir que gracias a este proyecto
independentista burgués, la cultura catalana podrá «florecer», que la identidad
catalana se reforzará hasta límites insospechados. Pero esto es un espejismo.

Primero. La cultura catalana, sea en los regímenes históricos más censores de


España o en otros más permisivos, como el actual sistema de las autonomías,
nunca ha cesado su desarrollo. En recientes décadas hemos visto cómo la
ampliación de la difusión de la cultura catalana ha sido cada vez más amplia, en
comparación con los años del oscurantismo franquista, pero la cuestión hoy
versa más bien sobre si la burguesía catalana ha desarrollado o no casi todo lo
que podía desarrollar de progresivo para la nación en materia artística, literaria
y lingüística bajo mandato burgués. Estamos seguros de lo que respondería un
marxista viendo los desarrollos de la burguesía catalana en todos los campos
con los estudios sobre pseudohistoria, su chovinismo ideológico, la cultura
consumista y totalmente alienante que produce y difunde como un narcótico
entre la juventud.

Nosotros ya demostramos que la burguesía catalana, pese a tener grandes


medios a su disposición, con su política cultural es la culpable principal de la
disminución del catalán en algunas zonas. Véase el capítulo: «La ley Celaá:
pequeñas medidas para grandes problemas» de 2020.

Segundo. Mientras sea la burguesía catalana o española la que detente el Estado


y domine los territorios catalanes, la cultura que se irradiará, el modelo
económico que se seguirá perpetuando, y la forma política que habrá, será más o
menos «puramente catalana», pero reaccionaria al fin y al cabo, por lo que no
supondrá nunca ni una tercera parte de lo que el proletariado catalán podría
desarrollar en cuanto a progreso nacional y social si controlase el poder político
–en conjunto con otros pueblos bajo el mismo Estado o bajo uno propio–,
teniendo la completa posibilidad de controlar la economía –libre de explotación
del hombre por el hombre y sobre otras naciones– y capaz de producir así su
propia cultura que sería patriótica a la par que internacionalista –y la
hegemónica dentro de la nación, no un reducto a contracorriente–.

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Tercero. En el caso milagroso de que los utópicos pequeño burgueses de la CUP
u otros parecidos llegasen al poder, tampoco cambiaría nada de lo anterior. Sus
constantes contradicciones ideológicas, que se reflejan en su filosofía idealista-
metafísica, la inhabilitan para superar el marco cultural del nacionalismo
burgués. Por eso son los promotores de entelequias como los «Paisös Catalans».

Por tanto, ni la CUP, ni ninguna otra organización similar, está en disposición


de superar el capitalismo; sino que se encuentran en disposición de perpetuarlo
y disimularlo bajo un «aura nacional». No por casualidad la CUP refuerza a las
agrupaciones de la burguesía catalana, repitiendo todos los mitos reaccionarios
del nacionalismo ramplón en cuanto a cuestión cultural, aceptando sus medidas
económicas a regañadientes, y pactando políticamente todo lo anterior.

¿Pero qué tipo de cultura representa la de los líderes actuales del


catalanismo? ¿Qué referentes tienen los actuales líderes actuales del
catalanismo? ¿Los principios y valores del progresismo catalanista? ¡Difunden
la adoración a la cultura de la reacción, la cultura de la burguesía decadente,
incluso al fascismo patrio! Para muestra un botón:

«Este domingo, 78 años después, se ha repetido el acto que los últimos años
organiza el Memorial hermanos Badia para rendir homenaje a Miquel Badia,
quien fue Jefe de Servicios de la Comisaría General de Orden Público de la
Generalitat republicana y su hermano, un acto que ha contado con la
participación del presidente de ERC, Oriol Junqueras, junto con Quim Torra y
Lluís Duran y al que ha asistido, entre un centenar largo de personas, el
eurodiputado por PeDCAT Ramon Tremosa». (Naciódigital; Oriol Junqueras
reivindica la figura de Miquel Badia, 2013)

¿Y quiénes son estas figuras? Como vemos en diversos actos, los principales
líderes del catalanismo contemporáneo PeDCAT-ERC homenajean y toman
como ejemplo a seguir a los líderes del nacionalismo catalán más peculiar de los
años 30, como Josep Dencàs, líder de Estat Català, partido que operaba de
forma minoritaria dentro de ese gran ensamblado de partidos catalanistas que
era ERC. Dicho grupo era conocido por sus tesis abiertamente separatistas y
expansionistas, justificándolas con teorías raciales y tesis chovinistas. Fueron el
primer grupo político en configurar un mapa de los «Països Catalans», a partir
de los relatos de Bienvenido Oliver en el siglo XIX, y de Joan Fuster en el siglo
XX. Estat Català destacaba, también, por su admiración por el movimiento
fascista italiano, de hecho, Dencàs se exilió en su admirada Italia fascista de
Mussolini. Los actuales nacionalistas catalanes también rinden pleitesía a otras
figuras de dicha agrupación, como Miquel Badía, el cual, siendo secretario de
Orden Público de la Generalidad, además de operar como un conocido represor
al servicio de la patronal catalana, creó el grupo paramilitar «Escamots», copia
estética y pose de las camisas negras del fascio italiano.

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Por esa motivación, en vez de buscar figuras que se puedan vincular con las
luchas populares de nuestros días, reivindican a figuras del medievo, fascistas o
bohemios existencialistas como paradigmas nacionales que reverenciar. Aquí no
van menos atrasados que los chovinistas de Madrid. Véase el capítulo: «¿Qué
pretenden los nacionalistas al reivindicar o manipular ciertos personajes
históricos?» de 2021.

Los revolucionarios catalanes no deben aislarse del resto de pueblos

Los catalanes no deberían aislar su lucha nacional y social de la del resto de


pueblos hispánicos, pues eso le hará más débiles como les ha pasado a los
movimientos nacionalistas que han promovido el odio entre pueblos y el desdén
sobre lo que ocurría socio-políticamente en otras zonas colindantes del Estado.
La cuestión nacional en España tendrá real solución cuando haya un verdadero
poder dirigido por la clase obrera. En este escenario Cataluña y España
establecerán una relación productiva y amistosa: bien juntas en una república
federal, o separadas si así lo decide el pueblo catalán, pero confraternizando
bajo el ejercicio común del internacionalismo proletario. La dialéctica podría
dar la posibilidad de que por factores internos y externos, objetivos y subjetivos
dicha revolución ocurra solamente en Cataluña, en cuyo caso sí cabría la
posibilidad de que la secesión fuese un gran paso para la soberanía nacional y
social catalana, pero seguiría dependiendo de la solidaridad del proletariado de
España, precisamente para parar los pies a la burguesía española que trataría
con ansias de reprimir como siempre a sangre y fuego una revolución nacional y
social en Cataluña.

Joan Comorera comentaría sobre esto que si la clase obrera catalana olvida sus
intereses de clase y se centra solamente en la cuestión nacional caerá en la
misma desviación que cuando los obreros españoles no comprenden la
fisonomía nacional de la propia Cataluña y hacen piña con la burguesía:

«Cataluña es una nación. Pero Cataluña no puede aislarse. La tesis de que


Cataluña puede resolver su problema nacional como un caso particular,
desentendiéndose y en oposición al problema general del imperialismo y de la
lucha del proletariado, es una tesis reaccionaria. Por este camino, se llega a la
exageración negativa de las peculiaridades nacionales, un nacionalismo local
estrecho. Por este camino se va, no hacia la liberación social y nacional, sino
hacia una mayor opresión y vejación. De la misma manera que los
trabajadores del país opresor caen en la desviación colonizadora, chovinista,
en cuanto no comprenden o no tienen en cuenta suficientemente las
peculiaridades de estratificación de las clases, la cultura, la vida diaria, el
pasado histórico y la psicología propia de un pueblo sometido, así mismo los
trabajadores del país oprimido caen en la desviación chovinista, localista,

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particularista, de confundir sus intereses peculiares con los «intereses
nacionales en general», de prestar más atención y esfuerzo a los problemas
accidentales que a los propios intereses fundamentales de clase, en cuanto
olvidan o no comprenden el problema general del imperialismo y de la lucha
de clases del proletariado. (...) Por tanto, camaradas, el camino a seguir para
Cataluña no ofrece dudas. Únicamente la República Popular de España
dirigida por la clase obrera permitirá a Cataluña el pleno y libre ejercicio de
su derecho de autodeterminación. Únicamente la República Popular de
España dirigida por la clase obrera, garantizará el respeto estricto y absoluto
a la expresión de su voluntad soberana. (…) Y esta República Popular dirigida
por la clase obrera, sólo la podrá conseguir Cataluña luchando en fraternal
unión con los otros pueblos hispánicos». (Joan Comorera; Contra la guerra
imperialista y por la liberación social y nacional de Cataluña, 1940)

La cuestión nacional, debe de tomarse de forma dialéctica no mecánica,


atendiendo a las fuerzas y clases sociales que se alzan como protagonistas
sociales:

«¿Es, sin embargo, la separación la solución posible, conveniente, justa?


Ateniéndonos a los principios de la teoría nacional leninista-estalinista, no hay
nada que discutir: los catalanes tenemos el derecho de hacer de Cataluña un
Estado independiente. Por tanto, la clase obrera de Cataluña no puede ser
antiseparatista, ni puede opinar que la separación, en cualquier circunstancia,
sería una aspiración o realización reaccionarias. ¿Se deduce de esto que la
clase obrera de Cataluña es o tiene que ser separatista? ¡En absoluto! Quiere
decir que la clase obrera de Cataluña, dada una situación histórica concreta,
podría ser e incluso debería ser separatista, sin deformación nacionalista y
contra la burguesía nacional. El desarrollo del capitalismo es desigual, nos ha
dicho Lenin. Cada país es característico, cada país capitalista es dirigido por
una burguesía característica. (...) Por tanto, cada clase obrera nacional debe
aprovechar toda coyuntura nacional o internacional para realizar su
revolución, independientemente de la situación o de las perspectivas o
posibilidades revolucionarias de la clase obrera de un país vecino o lejano. Por
tanto, si un conjunto de hechos peninsulares o determinados por una realidad
internacional concreta hicieran posible la victoria proletaria en Cataluña,
aunque no en los demás países hispánicos, la clase obrera catalana tendría el
derecho y el deber de construir un Estado independiente y dispuesto a unirse, a
federarse con otros estados populares o socialistas. Y lo mismo ha de decirse
de Euskadi, de Galicia y de Castilla. Porque la comunidad de destino de los
proletarios es internacional y no estatal, cuando un Estado multinacional
practica el genocidio, el aniquilamiento sistemático de las nacionalidades más
débiles. Es el caso de España. Y no admitirlo se filisteísmo, como diría Lenin.
Lo que no debe ser la clase obrera de Cataluña es separatista por anti-
castellanismo. Ciertamente, el pueblo castellano es proclive a maniobras

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genocidas. Sin embargo, también es la víctima. Porque, de las naciones
hispánicas, fue la primera en perder sus libertades y ha sido después y es
ahora carne de cañón de un enemigo común y al que, hermanados, tenemos
que combatir y vencer. La separación por anti-castellanismo es una
concepción burguesa totalmente opuesta a la concepción proletaria del
problema nacional. Para la clase obrera de Cataluña, pues, el problema de la
separación o no separación no es de principio, si no dialéctico. (Joan
Comorera; ¿Es, sin embargo, la separación la solución posible, conveniente,
justa?, 1953)

Esta sola cita bastaría para hacer sonrojar a muchos que todavía no logran
comprender como debe plantearse la cuestión.

Por si alguien tiene dudas de las posiciones de Comorera, le ofreceremos la


posibilidad de compararlo de nuevo con el leninismo, el cual no deja lugar a
dudas sobre la posición de los obreros de uno y el otro lado, de la nación
oprimida y opresora:

«Los intereses de la clase obrera y de su lucha contra el capitalismo exigen una


completa solidaridad y la más estrecha unión de los obreros de todas las
naciones, exigen que se rechace la política nacionalista de la burguesía de
cualquier nación. Por ello sería apartarse de las tareas de la política proletaria
y someter a los obreros a la política de la burguesía, tanto el que los
socialdemócratas se pusieran a negar el derecho a la autodeterminación, es
decir, el derecho de las naciones oprimidas a separarse, como el que se
pusieran a apoyar todas las reivindicaciones nacionales de la burguesía de las
naciones oprimidas». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Las naciones y el derecho
de autodeterminación, 1914)

La cuestión nacional, los revisionistas y sus simpatías con el


proyecto de la burguesía catalana

Efectivamente, como decía el marxista-leninista catalán Joan Comorera: «No se


puede ser demócrata en el interior y neofascista en el exterior», no se puede
resolver ni el problema nacional ni resolver las tareas democrático-burguesas ni
socialistas «si se está a su vez al servicio de los imperialismos» que «pretenden
dominar y esclavizar al mundo entero», esto es… no se pueden conseguir estas
tareas de la revolución en el ámbito nacional «si no se lucha a muerte contra la
fuerza que sostiene y prolonga su vida miserable: el imperialismo». La línea en
la política exterior es el reflejo de la política interior, estas tienen una
interconexión innegable, por tanto, un partido que en su línea exterior apoya a
los imperialismos no tiene capacidad teórica –porque no entiende el carácter del
imperialismo ni cómo combatirlo– y tampoco cuenta con una práctica
coherente en aras de recuperar la soberanía del país –y mucho menos de

91
construir el socialismo–; siendo breves, dicha fuerza política seguirá sometida a
los imperialismos o tendrá un proyecto imperialista propio.

La Candidatura d’Unitat Popular (CUP), como otros colectivos, se presenta bajo


el esquema «independencia, socialismo, feminismo» y a veces hasta reivindican
el marxismo junto al anarquismo y todo lo que se precie. No obstante, aquí hay
dos palabras de su eslogan que evidencian que no estamos ante una
organización marxista. El separatismo a ultranza jamás ha comulgado con el
internacionalismo marxista, mientras que el feminismo siempre ha sido un
movimiento de las mujeres burguesas que ha despreciado a las mujeres
trabajadoras. Por último, en el concepto que aciertan, el socialismo no
corresponde a lo que los marxistas entienden por tal concepto, sino que en el
mejor de los casos son recetas premarxistas, utópicas.

Centrándonos en la cuestión que aquí nos atañe, la nacional, anteponer la


independencia a toda costa y bajo cualquier tipo de condiciones y alianzas,
incluso por encima de los intereses de clase y la emancipación social, sin
salvaguardar además su independencia política y el derecho a crítica sobre el
resto de organizaciones, es una desviación clásica de todo movimiento
desesperado de carácter nacionalista y pequeño burgués. Y este es el mismo que
cuenta con cero revoluciones en su bagaje histórico. En la mayoría de
escenarios, su movimiento no ayuda al proletariado indígena en su
emancipación nacional y social, mucho menos cumple con su deber
internacionalista, más bien lo pervierte, haciendo creer que internacionalismo
es sinónimo de consentir sus manipulaciones históricas y su chovinismo
cultural. Simplemente se convierte en el tonto útil del nacionalismo burgués.

Los marxistas, como internacionalistas, no abogan en sus programas por la


visión nacionalista de buscar la secesión de su nación sin más, como hace la
CUP, sino que siempre han buscado establecer el derecho de igualdad entre las
naciones, en contra de los privilegios de cualquier nación y buscan ejercer el
derecho de autodeterminación, que no olvidemos, bien puede incluir la secesión
o la integración voluntaria con otras naciones en un Estado. Alejarse de esto es
incurrir en errores que hacen el juego al nacionalismo burgués, que en este caso
es «Junts pel Sí» o como quiera llamarse de tanto en tanto la unión de las
burguesías catalanistas. Del mismo modo, que lo contrario, negar el derecho a la
autodeterminación, como hacen los nacionalistas españoles, es directamente ser
cómplice de la injusticia más inmunda.

¿Cuál es la posición marxista en la cuestión?:

«Es progresiva su lucha contra toda opresión nacional, su lucha por la


soberanía del pueblo, por la soberanía nacional. (…) El proletariado no puede
apoyar el nacionalismo más allá de ese límite, pues más allá empieza la

92
actividad «positiva» de la burguesía en su empeño por consolidar el
nacionalismo. Una obligación indiscutible del proletariado como fuerza
democrática es poner fin (…) a toda opresión de las naciones y a todo
privilegio para una de las naciones o para uno de los idiomas; en ello están los
intereses indiscutibles de la lucha de clase del proletariado, lucha
ensombrecida y entorpecida por las discordias nacionales. Pero apoyar el
nacionalismo burgués más allá de estas fronteras, firmemente delimitadas y
encuadradas en un determinado marco histórico, significa traicionar al
proletariado y pasarse al lado de la burguesía. Aquí hay un límite, a menudo
muy sutil, del que se olvidan por completo los socialnacionalistas». (Vladimir
Ilich Uliánov, Lenin; Notas críticas sobre el problema nacional, 1913)

Como se ve, el leninismo presupone, ante todo, la unión de los proletarios de


todas las naciones –de un mismo Estado–. Dentro de esta posición, reconoce el
derecho de las naciones a la autodeterminación, pero no descarta que pueda
estar en contra del acto mismo de la separación de una nación para formar su
Estado independiente:

«El hecho de que los marxistas de toda Rusia y, en primer término, los rusos,
reconozcan el derecho de las naciones a la separación no descarta en lo más
mínimo la agitación contra la separación por parte de los marxistas de esta o
la otra nación oprimida, del mismo modo que el reconocer el derecho al
divorcio no descarta la agitación contra el divorcio en este o el otro caso. (…)
Aprecia y coloca por encima de todo la unión de los proletarios de todas las
naciones, evalúa toda reivindicación nacional y toda separación nacional con
la mira puesta en la lucha de clase de los obreros». (Vladimir Ilich Uliánov,
Lenin; Las naciones y el derecho de autodeterminación, 1914)

Por si no ha quedado claro, lo repetiremos una vez más, puesto que esto ya ha
sido expuesto varias veces al criticar a los nacionalistas de uno y otro lado del
Ebro:

«Negar el auge de la conciencia nacional de los pueblos, pero a la vez querer


adjudicar a tu partido el mérito de ser «la única organización consecuente a la
hora de defender el derecho de autodeterminación», es una broma, sobre todo
mientras se trata de imponer un federalismo acompañado de campañas que
hieren el orgullo nacional de otros pueblos, como justamente hace RC. Ello
supone tratar de imponer un federalismo unitario, forzoso, que nunca calará
en los pueblos.

De la misma forma que negar la federación como posible respuesta de los


pueblos en la ejecución del derecho de autodeterminación como hace
Armesilla, es negar tal derecho de autodeterminación en sí. No digamos ya, de
aquellos que, como él, directamente se niegan a celebrar un futuro referéndum

93
donde los pueblos elijan la libre federación, secesión o la fórmula que crean
precisa. No existe mayor chovinismo.

Por último, el revolucionario catalán, gallego o vasco que se niega a hacer


propaganda para estrechar los lazos y luchas de su pueblo con los otros del
Estado, aquel que simplemente combate el chovinismo castellano y aboga
mecánicamente por la separación de su territorio, muy seguramente estará
combatiendo la opresión nacional desde otro nacionalismo, pero no como un
internacionalista, por tanto, no puede autodenominarse seriamente como
comunista. Es más, si dicha situación se prolonga cuando ya la clase obrera
tome el poder y el régimen socialista ha suprimido la vieja opresión nacional
que impedía a su nación desarrollarse, dicha demanda separatista estará
fuera de lugar y será objetivamente hablando contrarrevolucionaria».
(Equipo de Bitácora (M-L); Antología sobre Reconstrucción Comunista y su
podredumbre oportunista, 2020)

¿Pero qué posición mantienen los revisionistas que simpatizan con el


nacionalismo catalán?

El Partido Comunista de España (reconstituido) y sus representantes públicos,


vuelven a demostrar un desconocimiento sobre marxismo, y en este caso, sobre
la cuestión nacional, cuando realizan ese seguidismo característico al proyecto
independentista burgués que hoy acontece en Cataluña. ¿Por qué razón hacen
esto? En algunas ocasiones, porque sus miembros jamás se han desligado de la
influencia nacionalista, en otros casos porque organizaciones como la CUP
compran su relato de que «España sigue siendo un gobierno fascista» y su
visión semianarquista de la revolución, por lo que se arriman a estos grupos
para ver si pescan algo en río revuelto. Así, desde el PCE (r) abogan por la
independencia de Cataluña, es decir, por la separación sin más, como hace la
CUP separatista. Esto como veremos luego es solo un resabio actualizado, de
cuando en los 70 apoyaban el separatismo de grupos como ETA pese a
autodenominarse como partido marxista e internacionalista.

Un viejo miembro del PCE (r) diría en 2015:

«Ante la posibilidad de poder celebrar en Cataluña, o cualquier otra


nacionalidad, un referéndum de autodeterminación, los comunistas deben
llamar al voto por la independencia y la formación de un Estado propio».
(Lucio García Blanco; El derecho a la autodeterminación de Cataluña, 27 de
septiembre de 2015)

Olarieta comentaría sobre esta cuestión:

«La clase obrera dentro y fuera de Catalunya debe defender la lucha por la

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independencia». (Juan Manuel Olarieta; La lucha contra la opresión nacional
es una parte de la lucha contra el imperialismo, 1 de septiembre de 2015)

Para ver hasta qué punto estos simpatizantes del PCE (r) están carcomidos por
el veneno del nacionalismo pequeño burgués catalán, repasemos un par de
declaraciones públicas de sus máximos exponentes actuales de su línea política.
Durante una entrevista, el Sr. Valtónyc fue preguntado por sus simpatías hacia
Carles Puigdemont, a lo que él contestó:

«Puigdemont es un revolucionario del siglo XXI y una persona muy


inteligente. Otra cosa es su partido, aunque él ya no tiene partido. (…) Vive
como una persona normal». (Entrevista a Valtònyc en la Sexta, 16 de
septiembre de 2018)

Así exaltaba al líder del partido más corrupto de su país, el burgués responsable
no solo de la pobreza infantil, desahucios y recortes en Cataluña, sino el líder
que engañó a su pueblo prometiéndole, si le votaban, que más pronto que tarde
conseguiría llevar a cabo la autodeterminación de la nación, por las buenas –en
un acuerdo con Madrid– o por las malas –unilateralmente–. Sin embargo,
después de que los grupos catalanistas convocaran a las masas para la protesta
en fechas señaladas, volvieron a dejar desamparado al pueblo catalán.

Muchos de los cabecillas que durante semanas y meses habían anunciado al


mundo la «próxima secesión de Cataluña» ahora matizaban que los eventos del
Parlamento Catalán del 27 de octubre de 2017 donde votaron la «Declaración
Unilateral de Independencia» en realidad «no fue una declaración de
independencia de verdad sino simbólica» y que «nunca hubo una intención
contraria». ¡Vaya! ¡Qué amarga confusión! Ahora resulta que «el gran plan» era
conseguir la soberanía nacional a través de una «performance simbólica» en el
Parlament. ¿Entonces, para qué tantas molestias? ¿Para qué se encargaron los
estudios para una futura moneda catalana? ¿Por qué hubo tanta tensión y
contradicciones entre los jefes del nacionalismo catalán durante las semanas
previas? ¿Para qué convocaron con dinero público el Referéndum el 1 de
octubre 2017, quieren decirnos que las familias recibieron golpes y
humillaciones por parte de la policía española para nada? Suponiendo que estos
líderes estaban «jugando a la independencia» con plena conciencia, significa
que usaron la problemática nacional sin resolver con el único fin de seguir
calentando la poltrona, lo cual sería demagogia pura y dura. Tirar la piedra y
esconder la mano. En el mejor de los casos, si su actuación fue honesta pero que
en el último momento se echaron atrás por cobardía, solo habrían mostrado su
piromanía política. ¿Pero acaso dimitieron por incumplir su programa? ¡No!
Curiosamente, los jefes del catalanismo, como Oriol Junqueras, aunque se
consideran más cercanos a los europeos que a los españoles, sin embargo, son

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más castellanos que nadie para algunas cosas, ¡y es que para ellos la dimisión
política por dignidad nunca es una opción plausible!

Pero para Valtónyc, que nunca tuvo muchas luces, toda esta estafa no le
quedaba clara. Tras exiliarse preventivamente en Bélgica para eludir la
sentencia sobre su música –suponemos que para estar cerca de su ídolo
Puigdemont–, desde allí tuitearía:

«@Valtónyc: Podremos volver a casa cuando exista una república catalana


con unas garantías democráticas. De tribunales españoles no espero nada. Os
veo muy preocupados con lo que pasa en el país vecino». (Twitter; Váltonyc, 4
de agosto de 2020)

¡Mare de deu! Lo quiera o no, su querida Cataluña de momento está dentro del
Estado de España, por lo que es normal que a los catalanes le interese lo que
pase en España. Pero, es más, si no fuese así, ¿qué tipo de comunista se quejaría
de que sus camaradas estén «muy interesados en lo que pasa en el país vecino»?
¿Qué tiene de malo? Es el clásico comentario de un sujeto nacionalista
totalmente alienado. Ese palurdismo tan egoísta y corto de miras al que
desafortunadamente estamos tan acostumbrados por ambas partes. Respira ese
odio tan rancio e irracional que nunca ve más allá de «su» terruño y «sus»
costumbres, enterrando inmediatamente toda confraternización de clase, algo
que las élites económicas de Madrid y Barcelona celebran, estimulan y de lo cual
llevan siglos aprovechándose. ¡Divide et impera!

¿A qué se refiere Valtònyc con la consecución de una «República Catalana» en


abstracto? ¿A la república que Puigdemont y los suyos «escenificaron
simbólicamente» pero nunca ejecutaron en octubre de 2017? ¿Piensa que la
«República Catalana» puede llegar sin una confrontación o entendimiento con
el poder de España? Es decir, pareciese que el Sr. Valtònyc se cree tan «genio y
figura» que «poéticamente» se puede elevar por encima de las condiciones
existentes. ¿No está de acuerdo con que el pueblo catalán tendría mucho más
fácil su autodeterminación con la ayuda del pueblo español y otros? ¡¿No
significa eso que la revolución social y nacional tendrá más posibilidades cuanta
más conciencia revolucionaria exista en ambos lados del Ebro?! Es más, ¿cree
Valtonyc que en una «República Catalana» burguesa el señor Puigdemont y sus
secuaces no le encerrarían por razones similares por las que fue perseguido por
la policía española? ¿Todavía no se han dado cuenta estos mequetrefes que los
Mossos d' Esquadra, la policía autonómica que el catalinismo alaba por su
«patriotismo», es la misma formación que reprime al pueblo cuando acude a
una legítima protesta social?

96
Sin duda Valtònyc está en la sintonía de la burguesía catalana, no en la onda del
marxismo revolucionario. Joan Comorera, que ya explicó esta cuestión de forma
tajante:

«Cataluña es una nación. Pero Cataluña no puede aislarse. La tesis de que


Cataluña puede resolver su problema nacional como un caso particular,
desentendiéndose y en oposición al problema general del imperialismo y de la
lucha del proletariado, es una tesis reaccionaria. (…) El derecho a la
separación no quiere decir que la misma tenga la obligación de separarse. El
ejercicio del derecho a la autodeterminación debe tener en cuenta las
condiciones objetivas de una situación dada y la absoluta legitimidad del
derecho de la clase obrera a la dictadura del proletariado. En el momento
presente el problema que se nos plantea no es el de separar o no a Cataluña de
España, sino el de crear las condiciones que aseguren a Cataluña de manera
indudable el ejercicio pleno y libre del derecho a la autodeterminación, y el
respeto absoluto a la expresión de su voluntad soberana. La primera condición
es liberarnos de Franco. La segunda condición es instaurar un régimen, en
sustitución del franquismo liquidado, que sea para Cataluña una garantía
indiscutible. ¿Podemos plantearnos el problema de una Cataluña aislada en la
península y en el mundo, librándose de Franco por su propio esfuerzo?, No.
¿Podemos plantearnos el problema de una Cataluña bastante fuerte para
arrojar a Franco de su seno, sin que Franco dejase de ser el dictador de
España? No. ¿Podemos plantearnos el problema de una monarquía
restaurada que garantizara a Cataluña el derecho de la autodeterminación?
La experiencia histórica nos dice que no. ¿Podemos plantearnos el problema de
que, en una Europa colonizada por Hitler o Mussolini, Cataluña recobraría su
personalidad? Por absurdo, no. ¿Podemos plantearnos el problema de que una
restauración de la República del 31 resolvería la cuestión? No. Hemos hecho ya
la experiencia y no queremos repetirla. Bajo la República del 31, Cataluña no
pudo ejercer el derecho a la autodeterminación. El Estatuto no fue la expresión
de la voluntad de los catalanes sino del precario buen deseo de las Cortes
Constituyentes Españolas. ¿Podemos plantearnos el problema de que
Cataluña, por su solo esfuerzo, puede derrotar a Franco en Cataluña y en
España e imponer a los pueblos hispánicos el régimen político que asegure sus
derechos a la autodeterminación? No. Entonces, sólo un camino se abre ante
Cataluña: ligarse estrechamente con todos los pueblos hispánicos para hundir
a Franco y proclamar juntos, una República Popular, dirigida por la clase
obrera. La experiencia histórica nos demuestra que las clases feudales
aristocráticas no resuelven los problemas nacionales. La experiencia histórica
nos demuestra que una República dirigida por la burguesía, no resuelve los
problemas nacionales. La experiencia de nuestra guerra nos demuestra que la
burguesía del país agresor suprime las débiles concesiones hechas, en cuanto
ven en ellas un peligro para sus intereses de clase. La experiencia de nuestra
guerra nos demuestra que la burguesía catalana, la grande y mediana, con los

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líderes de los partidos nacionalistas pequeño burgueses, se pasan en masa al
enemigo antes de admitir una Cataluña libre social y nacionalmente». (Joan
Comorera; Contra la Guerra Imperialista y por la Liberación social y nacional
de Cataluña, 1940)

Aquí hay que anotar que a los nacionalismos no le podemos pedir raciocinio
porque solo tratan de «arrimar la ascua a su sardina». Comorera, que fue
superando el nacionalismo simplón de sus inicios, acabó dedicando sus últimas
décadas a refutar en profundidad los mitos y debilidades del nacionalismo
catalán, siendo un internacionalista consecuente –como se ve en esta cita–. No
obstante, hoy en día es acusado por los chovinistas castellanos de haber sido un
«rabioso nacionalista catalán», incluso aplauden que fuese purgado por el dueto
revisionista Ibárruri-Carrillo. A su vez, los catalanistas le acusan de «traidor
españolista» y prefieren revivir como máximos referentes ideológicos a
Tarradellas, Companys e incluso Dencás. ¡En fin! Como decimos siempre, cada
uno elige sus referentes. El pobre Comorera debe de estar revolviéndose en su
tumba.

Volviendo al tema, el rapero Valtónyc insistía:

«Yo soy de las Islas Baleares, me considero independentista. Históricamente


somos Països Catalans y en un futuro seguiremos el camino, y Euskal Herria
también, y Galicia también». (Entrevista a Valtónyc en la Sexta, 16 de
septiembre de 2018)

Valtónyc reproduce aquí los esquemas de la CUP sobre los Països Catalans, uno
que inauguró el grupo supremacista y fascista de los años 30 Estat Catalá. Estos
también pensaban que las Islas Baleares son parte irrenunciable de los «Països
Catalans» y que sus regiones seguirán a Cataluña cuando los dirigentes
catalanes la eleven a su empresa de lograr una independencia:

«La república en Cataluña, el referéndum ya está hecho, por lo que ahora la


república debe hacerse efectiva». (Entrevista a Valtónyc en la Sexta, 16 de
septiembre de 2018)

Pobre iluso. Suponemos que seguirá esperando al igual que tantos otros
catalanes que fueron estafados por confiar en los politicastros burgueses.

La prueba definitiva de que todos estos individuos están tomados por el


nacionalismo catalán y no le oponen resistencia alguna, es que hemos visto a
Pablo Hasél, ni más ni menos que al apologista por excelencia de la abstención
electoral, ¡pidiendo el voto por la CUP en las elecciones de 2015! ¿Cómo será
esto posible?:

«No son un partido absorbido por el régimen como Podemos o IU». (Pablo
Hasél; ¿Por qué nos interesa la independencia?, 16 de septiembre de 2015)

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¡Por supuesto! Tan solo hay que ver el apoyo «crítico» dado durante estos dos
años a varios de las medidas de PeDCAT-ERC, tragadas muchas de ellas para
«no interrumpir y quebrar la unidad del proceso soberanista». Tampoco parece
conocer o importarle a Hasél que la CUP sea un partido infecto de trotskistas,
hippies, feministas y anarquistas. Con teorías chovinistas y un «socialismo»
pequeño burgués que lejos de favorecer la concienciación en base al marxismo
desvía a la clase obrera en teorías nacionalistas bañadas en conceptos utópicos
anarquistas. Esto hace que nos preguntemos, ¿por qué Hasél se queja de que
Podemos crea falsa conciencia, desorganiza a la clase obrera y crea ilusiones
reformistas y no habla del mismo rol reformista y nacionalista de la CUP?
¿Quizás porque su bajo nivel de formación no le permite ver esto, porque no se
ha molestado en leer o escuchar a la CUP, o porque simplemente los
planteamientos de la CUP y los suyos son casi iguales? Quizás en vista de que el
movimiento independentista ha ganado fuerza y popularidad, piensa que, si lo
apoya públicamente, las masas catalanas van a fijar la mirada en el PCE (r) y
captará un poco de atención y podrá atraer a algún que otro despistado gracias a
su fraseología folclórica, igual piensa que así podrá esconder un poco mejor el
estado residual de su movimiento. ¿Qué podemos esperar de Hasél si el mismo
se autodenominaba «anarco-comunista» en sus entrevistas? Pues tonterías y
contradicciones como estas.

Uno de los sofismas utilizados por Hasél para apoyar a la CUP y su «proyecto
soberanista» fue que:

«Apoyamos lo que puede beneficiar a la clase trabajadora y la independencia


de Catalunya en este contexto, sería positiva por varios motivos. A la clase
obrera de Catalunya nos conviene porque a la burguesía catalana se le
acabaría la excusa de echar toda la culpa al Estado español cuando ellos
también son culpables directos de la dramática situación que vivimos. En caso
de conseguir la independencia, mucha clase trabajadora que va a votar a
representantes de la burguesía catalana –Convergència y ERC– se daría
cuenta de que con ellos seguiremos sufriendo recortes, paro, explotación,
represión, etc. Entonces se posicionarían en su contra y con un trabajo de
lucha comunista detrás, los sumaríamos a nuestra causa». (Pablo Hasél; ¿Por
qué nos interesa la independencia?, 16 de septiembre de 2015)

Visto el factor subjetivo de los marxista-leninistas en Cataluña, ¿qué ocurriría


realmente en la mente de las capas populares con la independencia y la
consiguiente decepción de la población en los primeros meses de gobierno?
Ilusos como Hasél creen que será el escenario perfecto para que la clase obrera
vaya a despertar automáticamente de su largo letargo de alienación y que vea,
por fin, que el problema no es estar dentro o fuera de España sino el capitalismo
en sí. Solamente un pobre necio como Hasél creería eso sin tomar en cuenta el

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nivel de fuerzas real de los «marxistas» para pelear por hegemonizar ese
descontento.

¿Por qué eso no pasará en el estado actual de las cosas? Porque no existen
organizaciones sindicales ni mucho menos un partido de características
bolcheviques –sino no cincuenta caricaturas del mismo compitiendo entre sí–;
porque los falsos marxistas como Hasél apoyan a la CUP sin criticar todas y
cada una de las desviaciones que albergan; porque aspiran a ser el aliado
«crítico» de estos chavistas catalanes mientras refuerzan sostener y alimentar
las ideas nacionalistas, reformistas, feministas y anarquistas entre las masas. En
consecuencia, bajo este panorama no hay posibilidad de un cambio de
mentalidad posible, no habrá ningún grado de revolucionarización en el
pensamiento de las masas por más que se desee. El problema es que la gente del
PCE (r) nunca aprendió a diferenciar fantasías de objetividad.

Aunque nos duela no existe ninguna labor marxista de peso que realice un
trabajo entre las masas catalanas, de otra forma no nos encontraríamos con una
población robotizada que confía en «Junts Pel Sí», Ciudadanos, PSOE y la CUP,
en ese orden, donde la burguesía ha logrado polarizar a la población y reducir
los problemas a independencia sí o independencia no, mientras ha asistido a
unos recortes y niveles de corrupción que rivalizaron con los del PP-PSOE.

Sin reunir a los elementos teóricos más conscientes no se podrá armar jamás
una organización que difunda y popularice los fundamentos del marxismo sobre
los temas clave, no habrá una diferenciación entre marxismo y las imitaciones
baratas que se asemejan al mismo tanto como la medicina puede parecerse a la
homeopatía. Y como sabemos, sin una organización pertrechada de una
verdadera doctrina científica, que dote de un análisis de la situación, y dé unas
directrices claras y autónomas, el movimiento catalán solo repetirá una y otra
vez sus fallos y dramas históricos, yendo a remolque de una u otra facción de la
burguesía –más españolista o más catalanista–. Solo un partido que logre
consolidarse en lo ideológico y en lo organizativo estaría en capacidad de
realizar un trabajo masas real como para tener suficiente eco entre la población
para aclarar las cuestiones candentes como el derecho de autodeterminación, la
lucha de clases, la engañifa feminista y, en resumen, sobre cómo luchar por sus
intereses inmediatos y ulteriores. Y en caso de que dicha agrupación realizase
con el tiempo un trabajo productivo, podría llegar hasta los sectores más
atrasados y ayudarles a comprender los defectos y limitaciones que adolecen las
tradicionales organizaciones capitalistas, para dejar de ser así una fuerza
marginal en el organigrama de la política catalana.

Sin todo lo anterior, lograr la hipotética independencia y el descontento de un


futuro gobierno nacionalista catalán que hubiera logrado establecer su propio
Estado catalán, no llevaría a nada nuevo. Rápidamente sería hegemonizado por

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las fuerzas que ya tienen presencia y medios, es decir por alguna de las diversas
fuerzas burguesas, muy seguramente por aquellos que dirán para entonces que
«con España no estábamos así» y los catalanes depositarán su confianza, como
ya lo están haciendo, en los demagogos de turno llámese estos «Junts Pel Sí»,
en Ciudadanos, PP, PSOE, cuando no a otras nuevas fuerzas nacionalistas que
saldrán como hongos para disputarle el liderazgo a «Junts Pel Sí» y la CUP. Es
más, también está la posibilidad de que se extienda la idea de que Cataluña no
se puede mantener económicamente de forma autónoma y que la independencia
ha sido una aventura que no puede volver a suceder, sin que haya una fuerza
política con suficiente influencia y credibilidad para demostrar lo contrario –y
esta no es sino la tesis que ha defendido cualquiera fatalista a lo largo de la
historia–.

Pensar que sucederá otra cosa, como que los autodenominados


«revolucionarios» como el PCE (r) o el PCOE recibirán automáticamente la
confianza de las masas después de haber estado lamiendo las botas a la CUP y a
sus conceptos sobre la cuestión nacional y social es hacerse ilusiones en base a
deseos idealistas. Lejos de eso, los verdaderos marxista-leninistas catalanes
deberían empezar por realizar un análisis concreto, y un trabajo básico que
tumbe la demagogia de la burguesía catalana y española, así como las utopías
conciliadoras pequeño burguesas, no pretendiendo ser el furgón de cola de la
CUP, ni de nadie, como hacen los revisionistas en tierras catalanas y para ser
francos en cualquier parte del mundo. De otra forma seguir esa fórmula
oportunista conduce, como hemos podido ser testigos, a que en Venezuela,
Argentina, Brasil y otros países aquellos partidos «comunistas» que han dado su
«apoyo crítico» a los gobiernos del «socialismo del siglo XXI» terminen en la
indigencia política, a que dichas organizaciones se conviertan finalmente en
organizaciones seguidistas, muletas del enfermo régimen populista, que
forzados a apoyar medidas impopulares acaban borrando a ojos de las masas las
pocas líneas diferenciadoras entre los que gobiernan y los que apoyan a los que
gobiernan, acabando aún más aislados y despreciados por los trabajadores. La
tarea apremiante de los revolucionarios catalanes es reajustarse en lo ideológico
y organizativo, no entrar en teorías «thälmannianas» y fatalistas de «cuanta
más crisis mejor», cuando ni siquiera existe una fuerza política independiente
que guíe, organice y explique a las masas los acontecimientos para que sea
recolector de los productos del descontento de los trabajadores.

¿Acaso al resto de España que sufre la misma ausencia de un partido


revolucionario le beneficiaría una crisis del gobierno a causa de la
independencia de Cataluña? Tampoco se cumple con esa premisa actualmente.
En caso de producirse, el gobierno de Mariano Rajoy, Pedro Sánchez o el
gobierno de turno que estuviese al frente aplicaría un reajuste basado en una
subida de impuestos que, la clase obrera, lejos de poder rechazar, al verse
vendida ante los sindicatos y sin un partido de referencia, bajo la traición de la

101
aristocracia obrera que hoy domina, se vería obligada a aceptar a aceptar todo
esto a regañadientes. Cierto es que los análisis de Hasél son fantasiosos, y nos
resultarían hasta graciosos si no fuera porque se autodenomina marxista,
manchando la reputación de la doctrina con su constante verborrea mientras
apuesta por la conciliación con el nacionalismo pequeño burgués y juega a la
adulación de los héroes anarquistas. Como decía el bueno de Comorera: «Hay
que barrer esta psicología de la aristocracia obrera de venderse a la oligarquía
nacionalista por unas migajas y conformarse con un par de cambios
superficiales para que puedan decir que luchan por la soberanía nacional, hay
que apartar a los monaguillos revisionistas que van haciendo publicidad de las
asociaciones oportunistas, pseudopatrióticas y proimperialistas».

Algunas notas sobre la «Esquerra Independentista»

Llegados a este punto, consideramos pertinente hacer una breve radiografía de


las organizaciones que componen la llamada «Esquerra Independentista» (EI)
–Izquierda Independentista–, pues, como ocurre con el resto de partidos
revisionistas del Estado, está conformada por una mezcolanza de siglas y
fracciones que rara vez coinciden en nada que no sea su profundo eclecticismo.

Es preciso que el lector comprenda, primero, que la EI, en su conjunto, no es


más que el proyecto político de la pequeña burguesía catalana radicalizada. Con
esto no queremos decir que la mayoría de sus integrantes pertenezcan a esta
clase social, sino que, recordemos, son los marcos teóricos y las posiciones
políticas que sostienen las que determinan el carácter de clase de una
organización, y no su militancia, ya que, al final del día, las clases trabajadoras
constituyen la mayoría de la población y es inevitable que éstas terminen por
engrosar las filas de aquellos partidos y organizaciones que se oponen a sus
intereses de clase. Este, y no otro, es el origen de sus múltiples desviaciones, de
su «reciente» viraje a una posición aún más electoralista y socialdemócrata y de
su profunda incapacidad para conectar con las masas, a pesar de ser un
movimiento que arroja ingentes cantidades de capital humano en numerosos
frentes de masas.

Estructura organizativa

A grandes rasgos podemos decir que la EI se conforma alrededor de dos líneas


teóricas definidas, si bien es cierto que las diferencias entre ambas no son
especialmente notables, siendo que, además, el cantonalismo y las divergencias
entre asambleas o células de una misma organización son muchas veces
mayores que las existentes entre las dos grandes líneas. Pero, simplificando,
está la línea oficial e institucional, aquella que se ampara bajo el órgano rector –
arbitral, más bien– llamado «Taula de l’Esquerra Independentista (TEI)» –
Mesa de la Izquierda Independentista– que, se supone, tiene una vertiente más

102
bien «social», con mayor presencia en los grandes núcleos urbanos; y la línea
más «nacionalista» –chovinista, más bien–, que se encuentra en confrontación
directa con la primera y goza de una posición más desfavorable, con mayor
presencia en el ámbito rural. Es necesario entender la divergencia que origina
este cisma, que es bien sencilla: mientras que la primera línea, aquella que
converge bajo la TEI, comprende que la independencia de los «Países
catalanes» debe ir de la mano de una –suerte de– «revolución social», la
segunda, la chovinista, es proclive a realizar la independencia, primero, y luego
«la revolución social».

A partir de aquí, la sopa de letras se complica, aunque ambas líneas mantienen


división organizativa exactamente igual: organización adulta, organización
juvenil, organización sindical. Ambas organizaciones confluyen en la
Candidatura d’Unitat Popular (CUP) –el órgano más similar a un partido que
existe dentro de la EI–, y el Sindicat d’Estudiants del Països Catalans (SEPC),
que, como el nombre indica, no es otra cosa que el sindicato de estudiantes de la
EI. La victoria del ala «social» es evidente cuando vemos que en ambas
organizaciones de confluencia –la CUP y el SEPC– no solo predomina el
discurso de la TEI, sino que ambas están integradas de forma orgánica en este
organismo –cosa que, a priori, deja fuera de la ecuación al ala más chovinista–.

Con tal de hacer más digerible esta amalgama de letras, consideramos que la
siguiente tabla facilitará la visualización de la composición organizativa al
lector. En rosa figuran los organismos que componen la TEI, en amarillo, los
que componen el ala chovinista.

Candidatura d’Unitat Popular (CUP)


Endavant - OSAN Poble Lliure
Arran La Forja
Coordinadora Obrera Sindical (COS) Intersindical (CSC)
Sindicat d’Estudiants del Països Catalans

¿Qué entiende la «izquierda nacionalista» por «socialismo»?

Vayamos a ejemplos concretos de su concepción político-económica, sus


modelos de referencia.

Economía mixta como economía democrática

Entre los grupos independentistas, la «combativa» Candidatura d’Unitat


Popular (CUP) habla de «socialismo», pero sabemos que esta es una palabra tan
prostituida que ya no significa nada. ¿Por qué aboga exactamente?:

103
«–Entrevistador ¿Qué es el socialismo para la CUP?

–D. F.: Una, la definición histórica de la izquierda independentista. Dos la


CUP viene de toda la tradición obrera de este el país de la CNT, de Seguí, de
Federica Montseny. (...) Hablemos del modelo poscapitalista. (...) La
democracia cooperativista, que combina sector público, cooperativista y
privado.

–Entrevistador: ¿Dejarían espacio para el sector privado?

–Sí, pero con marca social.

–Entrevistador: Mare de deu (Risas).

–D.F.: Marca social es la primera función de la economía. Saltar de la


economía financiera a la economía productiva.

–Entrevistador: ¿Pero todo eso sería controlado desde el Estado? Porque el


marxismo apuesta por eso.

–D.F.: No, cuando he dicho intencionado venidos de la tradición obrera de la


CNT. Aquí hablamos de la economía ecológica, economía libertaria.

–Entrevistador: A ver si van a tener una amalgama que ni vosotros la


entendéis vuestro ideario.

–D.F.: No, no, no. (...) Es el socialismo que yo veo, eh. La cooperación del
trabajo. Gestionar democráticamente el trabajo, gestionar democráticamente
la riqueza que trabajamos, y trasladarla del territorio a nuestras personas.

–Entrevistador: Pero eso es socialismo utópico no es socialismo marxista,


donde al final el Estado controla todas las líneas de producción.

–D.F.: Nosotros somos desde una óptica liberal, estatistas, apostamos por el
sector público, apostamos por los sectores estratégicos: salud, educación y
cultura no los tocamos. (...) No hacer negocios con ellos.

–Entrevistador: ¿Y quién decide si se promueve el sector público o el sector


privado? ¿El Estado también?

–D.F. La lógica democrática de la sociedad». (David Fernández; David


Fernández al programa «Al cap del dia», 12 de diciembre de 2012)

104
David Fernández mezcla anarco-sindicalismo, socialdemocracia, chavismo,
ecologismo y lo que se quiera meter en su «coctelera». Las declaraciones de este
tipo son comunes. Y demuestran bien su catadura.

Concluyendo su oda al eclecticismo, el Sr. Fernández afirmaba:

«–D.F. Yo reivindico el comunismo, el socialismo, el anarquismo.

–Entrevistador: No son movimientos compatibles». (David Fernández; David


Fernàndez al programa «Al cap del dia», 12 de diciembre de 2012)

¿Puede haber algo más nefasto para el movimiento marxista-leninista


internacional que propagar estas ilusiones cuando estamos hartos de que
cualquier nacionalista de turno etiquete su régimen de «socialista» a ojos de las
masas trabajadoras? ¿No es acaso nuestro deber difundir las ideas de lo que es
una verdadera revolución socialista –en el sentido mayúsculo de estas palabras–
contra el concepto de pseudorevolución de los nacionalistas y revisionistas?:

«La claridad en esta cuestión y el establecimiento de una neta línea de


demarcación entre el socialismo auténtico y el pseudosocialismo, revisten una
importancia capital para el desarrollo con éxito de la lucha de la clase obrera
y de las masas trabajadoras. Sin tener una clara imagen de la sociedad
socialista y sin atenerse a sus principios y leyes generales, la revolución se
queda a mitad de camino. Es posible llevar a cabo la revolución, pero cuando
falta la verdadera perspectiva socialista, puede desviarse y resultar inútiles la
lucha y los sacrificios realizados por su triunfo. (…) La liberación de la
conciencia del proletariado y de los pueblos de las influencias paralizantes del
revisionismo, la difusión del marxismo-leninismo, que señala el único camino
correcto para la lucha y la victoria, es hoy una tarea primordial para
impulsar el proceso revolucionario en cada país y a escala mundial». (Enver
Hoxha; Informe en el VIIIº Congreso del Partido del Trabajo de Albania, 1 de
noviembre de 1981)

La «reorganización de la riqueza»

Karl Marx ya dejó patente lo baldío de las ideas que nuclean el pensamiento del
militante medio de estas organizaciones de la «Esquerra Independentista» (EI):

«La reducción de los impuestos, su distribución más equitativa, etcétera, es


una banal reforma burguesa. La abolición de los impuestos es socialismo
burgués. Este socialismo burgués apela especialmente a las secciones medias
industriales y comerciales y a los campesinos. (…) Desde los primeros filisteos
medievales hasta los modernos librecambistas de Inglaterra, la lucha

105
principal ha girado en torno a los impuestos. La reforma de los impuestos
tiene como objetivo la eliminación de los impuestos tradicionales que impiden
el progreso de la industria, o presupuestos estatales menos extravagantes, o
una distribución más igualitaria. (…) Las relaciones de distribución, que
descansan directamente en la producción burguesa, las relaciones entre
salarios y beneficios, entre beneficios, interés y renta, pueden, a lo sumo, ser
modificadas en aspectos no esenciales por la tributación, pero esta última
nunca puede amenazar sus fundamentos. Todas las investigaciones y
discusiones acerca de los impuestos presuponen la continuidad de esas
relaciones burguesas. Incluso la abolición de impuestos solo puede acelerar el
desarrollo de la propiedad burguesa y sus contradicciones». (Karl Marx;
Socialismo y fiscalidad de Émile de Giradin, 1850)

Querer «abolir los impuestos» o buscar una mejor «distribución de la riqueza»


sin haber acabado con la médula del sistema es una ensoñación pequeño
burguesa. Por ese mismo motivo:

«En una revolución, la tributación, hinchada hasta una proporción colosal,


puede ser usada contra la propiedad privada; pero aun en ese caso debe ser un
incentivo para nuevas medidas revolucionarias o eventualmente traería una
vuelta a las viejas relaciones burguesa». (Karl Marx; Socialismo y fiscalidad
de Émile de Giradin, 1850)

Pero estos «neomarxistas» de la EI no parecen diferir demasiado del socialismo


pequeño burgués:

«Defensa de los derechos de las clases populares y la igualdad: redistribución


de la riqueza, lucha contra el paro y la precariedad, la defensa de los servicios
públicos, el establecimiento de mecanismos de control popular de la economía
y el despliegue de políticas efectivas que garanticen la equidad y la igualdad
de oportunidades». (Candidatura de Unidad Popular; ¿Qué es la CUP?, 2021)

Además de la «autogestión» de inspiración titoísta, se cita como medidas


alternativas al socialismo la siguiente receta reformista:

«Isabel Vallet: Es obvio que cuando hablamos de redistribución de la riqueza


lo hablamos a todos los efectos. Y si tu cambias el arco impositivo e intentas
controlar al máximo el fraude fiscal y sobre todo tomas propiedad de aquello
que ya es posesión tuya porque la has pagado con tu dinero, como por ejemplo
buena parte de la banca». (TV3; Tertulia, 7 de noviembre de 2014)

Es decir, el antiguo lenguaje de cualquier líder keynesiano o tercermundista de


un «mayor reparto de la riqueza» y «promover la intervención estatal para
corregir los desajustes del mercado». Insistimos, los marxistas ya explicaron

106
que eran estas reformas que se presentaban como sinónimo de socialización de
los medios de producción:

«El marxismo-leninismo nos enseña que el contenido del sector del Estado en
la economía depende directamente de la naturaleza del poder político. Este
sector sirve a los intereses de las fuerzas de clase en el poder. En los países
dónde domina la burguesía nacional, el sector del Estado representa una
forma de ejercicio de la propiedad capitalista sobre los medios de producción.
Vemos actuar allí todas las leyes y todas las relaciones capitalistas de
producción y de reparto de los bienes materiales, la opresión y de explotación
de las masas trabajadoras. No puede aportar ningún cambio al lugar que
ocupan las clases en el sistema de la producción social. Al contrario, tiene por
objetivo el fortalecimiento de las posiciones de clase políticas y económicas de
la burguesía. El Estado burgués (…) en sus condiciones de profundo retraso, y
de debilidad de la burguesía local, interviene en tanto como factor que ayuda a
acumular y concentrar los medios financieros necesarios y las reservas
materiales útiles para el desarrollo de las ramas de la economía que claman de
un porcentaje de capitales mayor, ramas que no pueden ser abastecidas por
capitalistas particulares. Ayuda a aumentar las inversiones, a intensificar la
explotación de la mano de obra y obtener más beneficios. Esto también
aparece en el hecho de que el Estado efectúa inversiones en determinados
sectores, susceptibles de sostener y estimular el desarrollo del capital privado,
por ejemplo, en el ámbito energético, los productos químicos que sirven de
materias primas, de la metalurgia, los transportes, así como el dominio
bancario y el comercio exterior. De hecho, en todos los países dónde existe el
sector del Estado vemos crecer las empresas y reforzarse el sector capitalista
privado que goza de derechos ilimitados. (…) Con su demagogia sobre el sector
del Estado, los revisionistas y los partidos políticos burgueses locales tienen
como objetivo disimular y ocultar la opresión y la explotación de las masas
trabajadoras, queriendo crear ilusiones sobre la supuesta creación de una
«nueva sociedad» a través de la integración pacífica al «socialismo». Estas
proclamas tienen el fin de ahogar el espíritu combatiente de la clase proletaria
e intentar que renuncie a la lucha revolucionarias». (Llambro Filo; La «vía no
capitalista de desarrollo» y la «orientación socialista», «teorías», que
sabotean la revolución y abren las vías a la expansión neocolonialista, 1985)

Esto aclara la concepción de socialismo que alberga la CUP, el cual no es sino un


«socialismo pequeño burgués», algo de lo que se hubieran dado cuenta si
hubieran leído las obras básicas del «socialismo científico», esto es, el
marxismo:

«En los países donde se ha desarrollado la civilización moderna, se ha


formado –y, como parte complementaria de la sociedad burguesa, sigue
formándose sin cesar – una nueva clase de pequeños burgueses que oscila

107
entre el proletariado y la burguesía. (...) Aplicasen a su crítica del régimen
burgués el rasero del pequeño burgués y del pequeño campesino, y defendiesen
la causa obrera desde el punto de vista de la pequeña burguesía. Así se formó
el socialismo pequeño burgués. (...) Este socialismo analizó con mucha
sagacidad las contradicciones a las modernas relaciones de producción. Puso
al desnudo las hipócritas apologías de los economistas. Demostró de una
manera irrefutable los efectos destructores del maquinismo y de la división del
trabajo, la concentración de los capitales y de la propiedad territorial, la
superproducción, las crisis, la inevitable ruina de los pequeños burgueses y de
los campesinos, la miseria del proletariado, la anarquía en la producción, la
escandalosa desigualdad en la distribución de las riquezas, la exterminadora
guerra industrial de las naciones entre sí, la disolución de las viejas
costumbres, de las antiguas relaciones familiares, de las viejas nacionalidades.
Sin embargo, el contenido positivo de ese socialismo consiste, bien en su anhelo
de restablecer los antiguos medios de producción y de cambio, y con ellos las
antiguas relaciones de propiedad y toda la sociedad antigua, bien en querer
encajar por la fuerza los medios modernos de producción y de cambio en el
marco estrecho de las antiguas relaciones de propiedad, que ya fueron rotas,
que fatalmente debían ser rotas por ellos. En uno y otro caso, este socialismo
es a la vez reaccionario y utópico». (Karl Marx y Friedrich Engels; Manifiesto
Comunista, 1848)

¿Quién en su sano juicio rescataría el modelo titoísta yugoslavo?

Isabel Vallet afirmaba que el modelo «alternativo al capitalismo» de la


Candidatura d’Unitat Popular (CUP) –y no solo se refiere al castrismo o el
chavismo al que tanto adoran, sino que va más allá– se retrotrae a revisionismos
aún más añejos:

«Isabel Vallet: Este apriorismo de: una alternativo al capitalismo sería


reeditar Cuba, Venezuela, es muy simple. Primero porque de sociedades
alternativas no solo ha habido estas, sino el ejemplo autogestionario
yugoslavo y otros». (TV3; Tertulia, 7 de noviembre de 2014)

Vemos, de hecho, que los líderes de la CUP insisten mucho en sus


intervenciones en conceptos económicos como la «autogestión», algo muy
cacareado precisamente entre los líderes del revisionismo yugoslavo,
nicaragüense, cubano o también del actual «socialismo del siglo XXI» que está
de capa caída. Pero este no es sino un clásico concepto anarquista que ha sido
refutado por el marxismo-leninismo en la teoría y la práctica:

«También se recurre a tesis del revisionismo yugoslavo, quién a su vez copió


en su día las tesis del anarco-sindicalismo para convencer a las masas que la
propiedad estatal es una forma «indirecta de la propiedad colectiva», ergo

108
dicen que la forma directa sería la autogestión empresarial, la cual reniega
abiertamente de cualquier plan centralizado a escala nacional y no hace
distinción entre las capas trabajadoras, negando una vez más el papel
protagónico a la clase obrera. (...) La autogestión puede definirse como la
evasión de la propiedad estatal en las empresas y la búsqueda de auto regirse,
por tanto, niega el poner dicha empresa en propiedad y a disposición del
bienestar general de todas las clases trabajadoras, es decir, es la perpetuación
de la propiedad privada. Estas empresas no dependían ni se organizaban bajo
ninguna pauta lógica, sino que estaban a merced del «libre arbitrio» de sus
nuevos propietarios y del mercado anárquico no planificado. En lo referente a
la planificación y organización, significaba una descentralización de las
empresas que, sumado al tema anterior de la propiedad, conducía a la
competencia entre las diferentes empresas, ya que no tenían ningún
impedimento en decidir a qué productos dedicar la fábrica, cuando y cuanto
vender, y a qué precio, ya que no se regían bajo un mismo plan nacional
estatal y centralizado». (Equipo de Bitácora (M-L); El revisionismo del
«socialismo del siglo XXI», 2013)

¿Qué consecuencias trajo la aplicación de ideas anarco-sindicalistas a


Yugoslavia? Veamos algunos datos de los últimos años de vida de Tito y del
moribundo régimen que son contrastables por cualquier fuente favorable o
desfavorable. En 1978 había más de un millón de personas sin trabajo con una
tasa de desempleo de cerca del 12%, una que en 1984 ascendía ya al 15%. Para
1980 había una deuda respecto a los imperialismos occidentales de cerca de
20.000 millones con un 21% de los ingresos destinados a la deuda, siempre
siguiendo fielmente los consejos y las reformas pedidas por el FMI. Al llegar el
año 1984 el nivel de inflación alcanzado fue del 64%, que en 1989 alcanzaría la
insoportable cifra de más de 350%. El número de huelgas que en 1980 asoló el
país fue de 247, afectando a unos 13.000 trabajadores, para 1988 ascenderían a
1.851 afectando aproximadamente a unos 386.000 trabajadores. El nivel de
emigración sobre todo destinada a países occidentales llegó en 1978 a 1,3
millones de personas, siendo más del 50% de ellos menores de 30 años. En la
cuestión nacional, la piedra angular de la propaganda titoísta, estaba lejos de
solucionarse, existiendo un desequilibrio brutal entre regiones como Serbia y
Eslovenia respecto a Macedonia, Bosnia o Kosovo en materia de desempleo,
industrialización, analfabetismo, etc., fue un modelo basado en una
competencia feroz entre repúblicas sazonadas de un nacionalismo rampante,
todo este cóctel fue lo que derivó en la famosa Guerra de los Balcanes de los 90.

En los «hitos» sociales y políticos de resistencia al titoísmo estuvieron las


protestas, huelgas y absentismo laboral como métodos de resistencia al
titoísmo. En las protestas iniciales de 1948-50 también tuvo que ver la reacción
de la población a las Resoluciones de los Partidos Comunistas de la Kominform
de 1948 y 1949, las cuales se oponían y denunciaban el camino antimarxista de

109
la dirección de Tito, siendo también secundadas por parte de algunos elementos
históricos del partido yugoslavo hasta que fueron purgados por significarse de
ellas. Después estuvieron las famosas protestas estudiantiles de 1968 por la
situación económica y educativa. No menos relevantes fueron las variadas
revueltas de los albaneses en Kosovo, entre las que cabe mencionar la de 1981 y
1989 debido a la fuerte opresión nacional y miseria económica que sufrían. Toda
esta resistencia al titoísmo, y muchas otras no tan famosas, acabaría con la
intervención de las fuerzas represivas, con castigos como la reducción del
salario, las vacaciones, la cartilla de racionamiento a los trabajadores, pero
también en el encarcelamiento y asesinato de infinidad de estos patriotas y
comunistas yugoslavos. Véase la obra de James Klugmann: «De Trotsky a Tito
de 1951

Este es el modelo exitoso que pretenden adoptar los pequeño burgueses


catalanes y con el cual pretender «seducir a las masas» hablándolas sobre un
«futuro mejor». Aunque todavía no sabemos bien exactamente que desean
emular. ¿Desean convertir a Cataluña en la zona más endeudada con EE.UU. de
Europa? ¿El apoyo a las aventuras del Tío Sam como hizo siempre la Yugoslavia
«no alineada» de Tito? ¿Estimular el regionalismo entre las regiones de habla
catalana? ¿Qué la burguesía de Tarragona, Lleida, Barcelona y Badalona
compitan en un regionalismo feroz hasta que cada una forme sus grupos
paramilitares y se maten unas a otras?

¿El chavismo como plan B?

Veamos lo que dice la Sra. Vallet sobre cómo debe construirse su idea de
«socialismo» y en qué modelos debemos fijarnos para evitar errores:

«A mí me gusta recordar uno de los discursos que Chávez dio en el último


Consejo de Ministros donde decía que el socialismo no se decreta». (Isabel
Vallet; Independencia y socialismo en los Països Catalans, 2015)

Aquí nos habla de que no se puede «decretar el socialismo» y cita a Chávez


como ejemplo a seguir para no caer en este error. Precisamente, el chavismo es
un ejemplo de pseudosocialismo basado en decretazos para proclamar que
existe socialismo donde no lo hay. ¿Ejemplo clarificativo? Llaman a sus
productos producidos en las empresas públicas «productos socialistas», pero lo
cierto es que las empresas públicas –o estatales, como se prefiera– no han
cambiado sus relaciones de producción, siguen basándose en las leyes de
producción capitalistas, de hecho, en las empresas públicas chavistas la ley del
valor sigue operando como eje central, la rentabilidad, por tanto, rige los
salarios, los fondos de inversión y el destino de esos productos –de ahí la
especulación y el mercado negro en Venezuela–. Estas empresas operan bajo un
capitalismo de Estado como el que se puede desarrollar en las empresas

110
públicas de España, Alemania, Francia, China o Cuba. El mismo que ha
imperado siempre en los países capitalistas desde su nacimiento. Este sector es
la burguesía dominando a través de una forma colectiva. Véase la obra de
Friedrich Engels: «Anti-Dühring» de 1878.

No hablemos ya de la promoción de Chávez y Maduro de la abierta propiedad


privada nacional y extranjera, que en sus discursos saluda como beneficiosas y
necesarias. El chavismo no es ejemplo de lucha de clases sino de conciliación
entre clases, no es un ejemplo de una «alternativa económica al capitalismo» –
como dice la CUP–, sino de capitalismo disfrazado de ropajes socialistas. Es un
modelo productivo que todos los países del «socialismo del siglo XXI» ya
practican con los resultados de que su incapacidad, cobardía y debilidad en la
comandancia de los asuntos económicos, refuerzan el descontento del pueblo, y
el fortalecimiento de la derecha tradicional de esos países. Véase el capítulo:
«Las causas reales de la permanente crisis político-económica venezolana» de
2018

¿El sector turístico para ricos es bueno en Cuba, pero criminal en


Cataluña?

«Internacionalismo como forma de relación igualitaria, anticolonial y


fraternal entre pueblos, por la gestión común de los asuntos generales y por la
superación de los conflictos internacionales. La solidaridad internacional es
imprescindible para la lucha anticolonial para poner fin al capitalismo
imperialista». (Candidatura de Unidad Popular; ¿Qué es la CUP?, 2021)

Si los jefes de la CUP entendiesen una décima parte de sus soflamas desde luego
no apoyaría el modelo cubano. ¿Pero cómo luchar contra el «mito castrista»
cuando una organización no se atreve a derribar sus propios mitos nacionales?
¡Imposible! Línea nacional e internacional van de la mano, salvo que, como
veremos ahora, haya que pecar de oportunismo. Así, en la cuestión del turismo
en Cataluña, se tiene una política muy clara:

«Serra ha presentado en el Ayuntamiento la campaña «Los mitos del


turismo», con la que el partido quiere «desmitificar las principales falacias del
sector». Falacias, dicen, como que el turismo crea empleo, que no tiene nada
que ver con la subida de los alquileres, que el decrecimiento es una utopía, que
deja mucho dinero en la ciudad o que no se puede regular». (El País; La CUP
propone tomar el control de los hoteles y los salarios del turismo, 20 de julio de
2017)

¿Entonces denunciará los negocios del castrismo en la isla caribeña, verdad?

111
«Como referentes políticos a Cuba, que la hemos visto siempre, y ahora a
Venezuela». (Isabel Vallet; Independencia y socialismo en los Països Catalans,
2015)

Esto choca directamente con el hecho de que luego afirmar ver. ¿La subida de
precios, el turismo de ricos, la explotación de menores o el encarecimiento del
sueldo? ¿Son fenómenos que se ven distintos a cientos de kilómetros? ¿Ese es el
«internacionalismo» y lucha contra el «colonialismo»? ¿Sabrá la CUP de los
altos niveles de capital extranjero español en el régimen cubano? Lo dudamos
muchísimo.

Si Venezuela no es ejemplo de «antiimperialismo» sino de modelo neocolonial


subyugado a otras potencias imperialistas, lo mismo cabe decir para Cuba. Si
Cataluña en el futuro siguiese este modelo del revisionismo cubano que tantas
simpatías despierta en agrupaciones revisionistas como el PCE (r), PCE (m-l) o
PCOE, le esperaría la economía del monocultivo recomendado por sus amos
externos, el turismo de lujo como pilar para intentar equilibrar una balanza
comercial negativa, el incremento de la deuda sin que ni siquiera la población
vea una mejora sustancial, mendigar inversiones extranjeras rebajando las
condiciones en su legislación, vender la soberanía cada vez más, etc. Defectos
que en parte ya tiene la economía española y catalana en su totalidad. Véase la
obra: «Reflexiones sobre el VIIº Congreso del Partido «Comunista» de Cuba y
su línea económica» de 2016.

No hace falta hablar mucho más sobre las palabras de Vallet, el «socialismo» del
que ella habla ambiguamente en el resto de su discurso es un socialismo
abstracto, de corte pequeño burgués, que no analiza las cosas desde un ángulo
de clase valiente, proletario. En lo político deja todo a merced de una estrategia
togliattista o chavista de «lucha dentro de las instituciones» –que es como ella
llama a las herramientas de dominación política de la burguesía como el
parlamento–, mientras que a veces azuza la llamada a las calles, las cuales solo
consideran como la «última medida» de presión para intentar que se cumplan
las medidas del poder burgués, pero el tiempo ha demostrado que la CUP no
tiene suficiente capacidad ni en las calles ni en los municipios como para hacer
su «revolución» violento-pacífica, transgresora-constitucional.

Sea como sea, en el hipotético caso de poder llegar al poder nacional e


implementar un modelo económico de «economía mixta» basada en los viejos
lineamientos titoístas y bujarinistas, nos encontraríamos con una economía que
ya se ha demostrado en otras experiencias que no acaba con la división manual
e intelectual, con la competencia entre empresas, el desequilibrio entre
regiones, ni tampoco con la precariedad. Todo esto, por supuesto, bajo una
visión particular del problema nacional y la cultura catalana bajo mentiras

112
históricas clásicas del nacionalismo que causan el rechazo de catalanes y no
catalanes.

Nacionalismo y feminismo son ideologías igual de idealistas

El engañabobos de que la «independencia permitirá a Cataluña salvarse de sus


problemas actuales», como si desde 1977 no gobernasen las fuerzas del
catalanismo –con la breve y dudosa excepción del gobierno del tripartito
encabezado por un Partido de los Socialistas de Cataluña (PSC) acompañado
por Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) entre 2003 y 2006–, se combina
con otra cuestión de moda entre la juventud: el feminismo, la idea de que «si la
mujer se libera del patriarcado, no habrán paro, guerras, racismo, etcétera» –
como si las mujeres no fuesen cómplices o responsables directas de todo esto–.
Curiosamente, el que el feminismo sea igualmente promocionado desde el
gobierno de la «negra España centralista» que saludado por la «patriota y
bienaventurada Generalitat», no les dice nada de relevancia a los nacionalistas
catalanes.

La Candidatura d’Unitat Popular (CUP) utiliza el término feminismo sin ni


siquiera intentar disimular el carácter interclasista intrínseco de dicha
concepción. Hay que decir que el término «feminismo» es ampliamente
reivindicado por el feminismo burgués del siglo XIX y XX, pues los marxistas
jamás utilizaron ese término, refiriéndose a la cuestión de la mujer como
«cuestión de género» o «cuestión femenina». Por el contrario, existen críticas
de autores como Eleonor Marx, Clara Zetkin, Alejandra Kollontai o August
Bebel donde se habla de las feministas con infinito desprecio por su egoísmo
sexista.

Cuando la CUP habla de «referentes» en esta cuestión de la mujer, no acude a


las luchadoras marxistas, acude a famosas representantes del feminismo, a
mujeres de ideología burguesa. Así, en su artículo «Genealogía», citan como
referentes a Clara Campoamor o Simone de Beauvoir, demostrando que no les
importa mezclar conservadurismo católico con existencialismo.

«Lucha feminista y para la liberación sexual y de género, superación del


actual modelo heteropatriarcal y de discriminación por motivos de género u
opción sexual. Corresponsabilidad de los trabajos reproductivos y de cuidados
y lucha por la igualdad de derechos y de salarios». (Candidatura de Unidad
Popular; ¿Qué es la CUP?, 2021)

¿Cómo conciben este temible «sistema patriarcal» o «hetero-patriarcal»? En


realidad, a veces parece que hablen de forma mística, como si se tratase de un
ente que domina toda la sociedad contra el cual las feministas pretenden luchar,
pero, a la vez, reclaman que es imposible no sucumbir de algún modo ante su

113
omnipotencia. Por tanto, «todos, de alguna forma u otra, somos machistas». ¡Y
se acabó! El concepto de «sistema patriarcal» podría equipararse al concepto
falangista de «nación española» que tanto usan los chovinistas de nuestro país,
quienes no tratan de analizar España a través de su fisionomía actual, sino de su
idealización, de forma romántica, como si fuese algo por encima de las
condiciones materiales. De este modo, para ellos, la «nación española» se
presenta casi como un ente vivo y espiritual que domina la vida y destinos de los
ciudadanos del Estado, por lo que todos, sin excepción, serían españoles a la
fuerza. Por eso a los chovinistas les es irrelevante la economía, la historia o que,
desde hace décadas, gran parte de los movimientos del Estado no se consideren
ni se desempeñen como tal. ¿Y cómo justifican tanto el feminismo como el
nacionalismo que existan voces discordantes? ¡Son alienadas o agentes del
extranjero! Genial. Si, en el siglo XVI, la explicación que la Iglesia daba a «las
herejías» de los científicos era que estas eran «obra del maligno», los idealistas
del siglo XXI solo conciben como posibilidad la locura o la actuación de fuerzas
ocultas enemigas como explicación para entender por qué el gran público les
rechaza o se desilusiona con sus majaderías.

Pese a los datos que indican que hombres y mujeres tienen problemas que
afectan de forma particular a cada uno, el feminismo ha construido un discurso
donde la mujer sería la sierva del hombre por culpa del sistema político, la
economía, la justicia y la «cultura heteropatriarcal», exigiendo que los hombres
cediesen tales privilegios y abandonaran su esencia masculina actual. No nos
extenderemos en esta cuestión ya que el lector dispone de otros documentos
sobre se desmonta el relato sobre el «patriarcado» y otros dogmas del
feminismo hegemónico. Véase el capítulo: «¿Vivimos en un patriarcado?» de
2021.

Si el lector no está familiarizado con algunos términos como «marxismo»,


«nacionalismo», «internacionalismo», «chovinismo», «feminismo», o «patria»,
lo mejor será contraponerlos unos a otros. No hay que confundir el patriotismo,
esto es, el amor a la patria, a su lengua, su gente y sus particularidades, con
nacionalismo, que es una ideología que pone por delante la nación a toda costa,
incluso por encima de los intereses de clase. El nacionalista, pues, es un
enemigo del movimiento revolucionario, puesto que lo atacará en alianza con las
fuerzas reaccionarias si con ello cree defender los pilares burgueses que dan
forma y dirigen la nación. El chovinismo es ya asumir que su país es superior al
resto en la mayoría de campos, presupone una desconfianza hacia el resto de
países y una paranoia de que se conspira contra su nación. Del mismo modo, el
cosmopolita es apátrida por naturaleza, o a lo sumo, reconoce su patria, pero
tiende a una infravaloración de todo lo que provenga de ella y se desliza hacia
una admiración todo lo que huela a extranjero, de forma voluntarista pretende
suprimir o fundir las lenguas y naciones, lo cual tiene el mismo sentido que
pretender abolir el dinero al día siguiente de la revolución –un acto voluntarista
dado que no se dan las condiciones materiales para tal acto–. El revolucionario,
114
marxista, es per se internacionalista, esto es, no comulga ni con el nacionalista-
chovinista ni con el cosmopolita-apátrida. Reconoce la existencia de las
naciones, reconoce su patria, pero antepone los intereses de su clase, el
proletariado, antes que los supuestos «intereses generales de la nación» que le
intenta vender la burguesía. Evalúa la historia nacional e internacional desde un
prisma humanista, revolucionario y científico. No se deja deslumbrar por los
mitos de su burguesía sobre la historia de su país ni tampoco por la extranjera,
que intenta infravalorar los méritos de su pueblo. No reivindica una «cultura
nacional» con sus costumbres retrógradas y anticuadas, sino que recoge de ella
solo lo popular, lo progresista, lo que lo acerca a otros pueblos y le ayuda en su
misma empresa, por eso ve con buenos ojos el acervo cultural e histórico de
otros pueblos si sirven para su causa.

El nacionalismo, al igual que el feminismo es un movimiento unilateral e


idealista. Santifica que lo importante es a qué nación perteneces o de qué sexo
eres. El nacionalismo, en su defensa, esgrimirá que más bien le importa la
«defensa de la cultura y esencia de su nación», pero, para él, la «cultura
nacional» de la cual hace apología, siempre redunda en rescatar las costumbres
y tradiciones más reaccionarias, los rasgos que para cualquier humanista son
inaceptables en pleno siglo XXI con el desarrollo de las ciencias y el progreso. El
motor de la historia no es la de los «grandes imperios» y «reyes», dado que
estos se han creado y en ocasiones han desaparecido sin que las relaciones de
producción sufriesen cambios sustanciales.

¿Dónde reside la piedra filosofal? Para el feminismo el motor de la historia y del


progreso ha solido la contraposición entre hombre y mujer. ¿Y bien? El
feminismo exclamará que su movimiento antepone la ideología al concepto
abstracto de mujer, porque de hecho reconoce la existencia de «mujeres
alienadas» –a las cuales rechazan con desprecio–. Pero aquí entiéndase por
«alienada» como el sujeto que simplemente discrepa de sus fantasías que
plantean la historia en clave de lucha de sexos; pero, como se sabe, esta jamás
ha transcurrido principalmente por una «lucha de sexos», sino por una lucha de
clases, puesto que las mujeres bien han podido –y bien pueden ser hoy– parte
de las clases explotadoras.

Por reconocer esto mismo, al marxismo se le ha acusado desde el nacionalismo


y el feminismo de «misticismo religioso», de hacer de la clase obrera «el nuevo
mesías» y perdonarle todo lo habido y por haber. Lo cierto es que el marxismo o
también llamado socialismo científico –y si no es tal no es sino una adulteración
del mismo– es suficientemente conocedor de que la clase obrera, antes de tomar
el poder y emprender la senda del comunismo, todavía opera dentro de las
fuerzas de una sociedad de clases, en un sistema económico y cultural como es
el capitalismo. Por tanto, es consciente de que no puede idealizar a esta clase
social ni considerarla como un todo homogéneo –aquí depende la llegada de

115
pequeños burgueses arruinados a sus filas, el nivel ideológico de las
asociaciones obreras, etcétera–. Simplemente hay que reconocer que, por sus
condiciones materiales, la clase obrera es la clase más revolucionaria de nuestro
tiempo, ya que, por su propio trabajo, no explota ni se aprovecha de otras clases
sociales, está acostumbrada en cierta medida a la disciplina, suele tender a la
solidaridad con sus homólogos y siente una repulsa –aunque sea a veces
primitiva o muy tenue– hacia el patrón y las injusticias sociales. Los pioneros
del socialismo científico llegaron a estas conclusiones estudiando el pasado y el
devenir histórico, analizando a fondo las condiciones de vida de esta clase social
y anotando sus fortalezas –y también debilidades–, véase la obra de Engels: «La
situación de la clase obrera en Inglaterra» de 1845 o la obra de Marx: «El
Capital» de 1867.

Nosotros no tenemos problema en reconocer que, en ocasiones también la clase


obrera puede arrastrar una ideología y vicios ajenos al progreso colectivo –
nacionalismo, sexismo, religiosidad, egoísmo, superstición, etc–. Razón por la
que jamás se congraciará políticamente con un reaccionario por ser obrero, en
todo caso, le explicará su fatal equivocación. No sin razón el «obrerismo» barato
ha sido históricamente y es hoy una tendencia «populista» –en el sentido más
peyorativo del término–. Siempre comulga con las corrientes políticas que
aplauden el embrutecimiento y la ignorancia de las huestes obreras, sabiendora
de que de esa forma no irá ni a la vuelta de la esquina, todo, para aprovecharse
de estos infelices y manipularlos con ensoñaciones reformistas o nihilistas. Ello
es similar a la tendencia «lumpen» que idealiza el vivir entre ratas como
sinónimo de superioridad moral, creyendo que esto le otorga un cheque en
blanco para ejercer la criminalidad sin reparos morales. Aquí, se plantea que el
aplastar al vecino para «salir adelante» como «heroísmo» e incluso como
«germen revolucionario», como si el ser carne del mercenariazgo fuese un rasgo
positivo para la causa, como si estos ejércitos de «buscavidas» no hubieran sido
utilizados siempre por las élites para acallar las voces de protesta del pueblo
encolerizado por las injusticias. La clase obrera no puede permitirse el lujo de
no tener moral, como la burguesía y el lumpen, necesita de conciencia y
honradez para que después de volar por los aires su mundo, construya uno
nuevo con sólidos cimientos.

La clase obrera, si no quiere ser vapuleada por los de siempre, no puede caer en
trampas zafias como el chovinismo nacional o el supremacismo sexual. Así de
simple.

¿Quién decretaría una «paz ideológica» con la CUP sino alguien con
sus mismos defectos?

Por supuesto, los jefes de la Candidatura d’Unitat Popular (CUP) y los


personajes públicos externos que la apoyan, como el señor Hasél, suelen ser

116
existencialistas o vitalistas, copian un modo de vida y pensamiento
aburguesado, elementos subidos al carro del feminismo por moda o gentes que
no han salido de los métodos primitivos y absurdos del anarquismo.

«El pequeño burgués «enfurecido» por los horrores del capitalismo es, como el
anarquismo, son un fenómeno social propio de todos los países capitalistas.
(...) Son del dominio público la inconstancia de estas veleidades
revolucionarias, su esterilidad y la facilidad con que se transforman
rápidamente en sumisión, en apatía, en fantasías, incluso en un
entusiasmo «furioso» por tal o cual corriente burguesa «de moda». (Vladimir
Ilich Uliánov, Lenin; La enfermedad infantil del izquierdismo en el
comunismo, 1920)

¿Qué hay que resguardar precisamente en estos momentos de dispersión


organizativa y de desorientación ideológica?

«A juicio nuestro, la crisis del socialismo obliga a los socialistas más o menos
serios a redoblar precisamente la atención por la teoría, a adaptar de modo
más resuelto y con rigor una posición determinada, deslindarse con mayor
decisión de los elementos vacilantes e inseguros». (Vladimir Ilich Uliánov,
Lenin; Aventurerismo revolucionario, 1902)

Hoy, está claro que nosotros debemos hacer lo mismo. Por eso, cuando
analizamos la CUP y sus diversas ramas, corroboramos que estamos ante una
serie de organizaciones pequeño burguesas, pero yendo en contra de toda lógica
de principios, Hasél sigue alzando la bandera de la «unidad» en abstracto:

«Más allá de las diferencias, es hora de que Arran, La Forja, Endavant, Poble
Lliure, PCE (r) i todas las organizaciones que estamos contra el régimen, nos
unamos para tumbarlo. Solamente con unidad revolucionaria lo haremos.
Basta de sectarismos, es el momento de unirnos para golpearlo más fuerte».
(Twitter; @PabloHasél, 7 de agosto de 2020)

¡¿Quién puede proclamar algo así?!:

«¡La unidad es una gran cosa y una gran consigna! Pero la clase obrera
necesita la unidad de los marxistas y no la unidad de los marxistas con los
enemigos y los falseadores del marxismo». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin;
Unidad, 1914)

Hasél solo repite lo que su partido fetiche, el PCE (r), y muchos otros ha venido
proclamando desde hace años, esta es una característica de albergar un
maoísmo no superado. Véase el capítulo: «¿No se ha aprendido nada del

117
desastre de las alianzas oportunistas y de los intentos de fusionarse con otros
revisionistas?» de 2020.

Pareciendo vivir en el día de la marmota, el PCPE-PCOE anunciaron su fusión


en el 2000 para al poco tiempo divorciarse, veinte años después recuperaron la
pasión y anunciaron nupcias:

«En este Acuerdo, aparte de introducir elementos y mecanismos para


desarrollar el Programa de Unidad de Acción de los comunistas, también
establecemos pautas para dar pasos hacia la homogeneidad ideológica y, de
este modo, avanzar en el proceso estratégico hacia la deseada unidad orgánica
entre ambos partidos». (El PCPE y el PCOE suscriben un programa para la
unidad de acción de los comunistas y un protocolo conjunto, 2020)

¿Qué el lector de fuera de España no sabe quiénes son el PCPE-PCOE?


Tranquilos el proletariado hispano tampoco, así que sigamos.

En efecto, Hasél como «anarco-comunista» cercano a estos grupos, puede


reclamar la unidad dentro de una gran mezcolanza ideológica y hacerlo pasar
como una «unidad revolucionaria», pero tal cosa no la podrá aceptar jamás los
marxistas serios, porque con ese eclecticismo a cuestas no se puede derribar
nada, es una losa que tarde o temprano cansará a quien la porta. En resumen,
con tal unidad ficticia entre grupos pintorescos no se puede ir ni a la vuelta de la
esquina. Esto no es «sectarismo», como ya adelantarán algunos «haselistas»
que nos replicarán con las palabras de su ídolo de adolescencia, es saber extraer
lecciones que nos brinda la propia historia de las revoluciones proletarias, por
eso a esta gente le haría gran falta repasar la historia de los bolcheviques y su
revolución antes de hablar con ligereza de «unidades revolucionarias» con unos
y otros:

«Toda la historia de la lucha contra los «economistas», los mencheviques, los


trotskistas y los liquidadores ha sido la historia de la creación y el
fortalecimiento de este partido, que preparó al proletariado para batallas
decisivas contra el zarismo y la burguesía. Este partido resultó lo bastante
audaz, experto y flexible para llevar al proletariado a la lucha por el poder,
para orientarse en las complejas condiciones de la situación revolucionaria y
burlar todos y cada uno de los escollos en el camino hacia el objetivo. Este
partido organizó la victoria de la revolución proletaria, la victoria del
socialismo en nuestro país». (Édourd Burdzhalov; La importancia
internacional de la experiencia histórica del partido de los bolcheviques, 1948)

En particular, los que se dicen «marxistas» pero a la vez partidarios del PCE (r)
o la CUP, son unos grandes ignorantes de la historia del bolchevismo:

118
«En el extranjero se sabe todavía de un modo muy insuficiente que el
bolchevismo ha crecido, se ha formado y se ha templado en largos años de
lucha contra el revolucionarismo pequeño burgués, parecido al anarquismo o
que ha tomado algo de él y que se aparta en todo lo esencial de las condiciones
y exigencias de una consecuente lucha de clase del proletariado. (...) El
anarquismo ha sido a menudo una especie de expiación de los pecados
oportunistas del movimiento obrero». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; La
enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo, 1920)

¿Qué es lo que precisamente caracterizaba y caracteriza hoy al oportunismo de


tipos como Hasél?:

«Cuando se habla de lucha contra el oportunismo, no hay que olvidar nunca


un rasgo característico de todo el oportunismo contemporáneo en todos los
terrenos: su carácter indefinido, difuso, inaprehensible. El oportunista, por su
misma naturaleza, esquiva siempre plantear los problemas de un modo
preciso y definido, busca la resultante, se arrastra como una culebra entre
puntos de vista que se excluyen mutuamente, esforzándose por «estar de
acuerdo» con uno y otro, reduciendo sus discrepancias a pequeñas enmiendas,
a dudas, a buenos deseos inocentes, etc». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Un
paso adelante, dos pasos atrás, 1904)

Efectivamente, Hasél y todos los líderes históricos del PCE (r) encajan en esta
descripción. De hecho, él que tanto utiliza la palabra «trotskista» como insulto,
debería saber que:

«Trotski no entiende el significado histórico de las discrepancias ideológicas


entre los grupos y tendencias marxistas». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin;
Rompimiento de la unidad, 1914)

Visto lo visto, los Hasél y compañía tampoco entienden la gran diferencia


ideológica que separa a marxistas de socialdemócratas, anarquistas, feministas
o nacionalistas, es más, minimizan tales diferencias en aras de una supuesta
«unidad antifascista» dejando de lado las divergencias que puedan separarles.
¿Pero es esto combatible con sus presuntos referentes como José Díaz? Bien,
este en un periodo de reflujo revolucionario y ofensiva reaccionaria, dejaba bien
claro que hasta para una alianza antifascista urgente no dejaba de ser necesario
delimitar los principios y programas, apelar a las bases de las otras
organizaciones para garantizar el cumplimiento de cualquier pacto:

«¿Cuáles son las fuerzas que hoy pueden luchar unidas contra la reacción y el
fascismo? Para nosotros, no es dudoso: estas fuerzas son el Partido Comunista
y el Partido Socialista, las Juventudes Comunistas y Socialistas, los

119
anarquistas, los sindicalistas y los republicanos de izquierda, todas las
organizaciones populares de masas que estén dispuestas a luchar en contra del
fascismo. Pero esta unión no puede ser un conglomerado sin principios, sin
programa, y nosotros decimos que la unión requiere formas de organización y
un programa común de lucha. Todo muy sencillo, capaz de ser comprendido
en seguida por todos los trabajadores y por todos los antifascistas. Pero esta
unión no puede ser un conglomerado sin principios, sin programa, y nosotros
decimos que la unión requiere formas de organización y un programa común
de lucha. Todo muy sencillo, capaz de ser comprendido en seguida por todos
los trabajadores y por todos los antifascistas». (José Díaz; La unidad en plena
reacción, 1935)

Las pequeñas sectas revisionistas nos contestarán: «¡Nosotros ya hemos


conseguido esa unidad sobre la base del marxismo-leninismo!». Si eso fuese así
no coincidiríais en tener como referentes a regímenes donde la desigualdad de
clases es evidente, sometidos a otras potencias imperialistas o donde se
promueve la religión con total normalidad. Del mismo modo, no tendríais otras
cincuenta mil divergencias sobre cómo organizaros, cómo operar, vuestro
concepto de «socialismo» a implantar, etc.

Es más, observando el desarrollo de esa táctica condescendiente del


revisionismo A hacia el revisionismo B, ¿qué resultados le ha dado
históricamente a estas agrupaciones oportunistas?:

«Los revisionistas normalmente hablan de unidad y acercamientos con «otros


grupos comunistas» –que son igual de oportunistas y no tienen intención de
revaluar nada de su línea política–. Cada cierto tiempo realizan encuentros
conjuntos, a veces se intercambian ciertos mensajes con dureza cuando
discuten sobre sus desavenencias tácticas o entran en juego intereses
personales, pero no suelen llegar a grandes acuerdos. En cambio, si uno pone
atención, sí que llegan al mismo acuerdo en sus intervenciones: siempre se
ponen de acuerdo en denigrar los principios marxistas.

¿Para qué sirven entonces los encuentros, debates y conferencias que los
grupos revisionistas que anuncian como solución a los males del movimiento
obrero? Desde luego no para poner fin a la falta de la unidad obrera porque
nunca llegan ni llegaran al acuerdo pleno y a la unificación de todas las
organizaciones bajo un acuerdo de principios. Existe y seguirá existiendo toda
una ristra de siglas insignificantes en el mundo revisionista, eso por
descontando. Estos encuentros públicos como ya dijimos en una ocasión,
«sirven para darse a conocer y convencer a algún incauto que todavía no les
conoce», sirven «para que vendan sus libros revisionistas y todo tipo de
artículos de mercadotecnia del partido, intentando de paso equilibrar el
precario estado de las cuentas financieras del partido» y por encima de todo

120
para que los jefes de cada partido hagan su discurso y se puedan poner la
medalla delante de su militancia de que «luchan por la causa», acordando un
pacto de no agresión respecto al resto de partidos asistentes; para que los
cabecillas amplíen entre bastidores sus alianzas y acuerden coordinarse en
proyectos más ambiciosos».

Estos deseos piadosos de unidad en general y a cualquier precio nunca se han


consumado ni se podrán consumar, no solamente porque los marxistas tengan
contradicciones antagónicas con los revisionistas y su unidad sea imposible,
sino porque entre los propios revisionistas tampoco es posible, pese a
mantener contradicciones no antagónicas, no son capaces de establecer dentro
de su esfera una línea clara, ya que sufren de un eclecticismo crónico, por
tanto, los acuerdos a los que llegan son siempre escuetos y endebles, al poco
tiempo surgen nuevas riñas y el mismo caos ideológico lo domina todo».
(Equipo de Bitácora (M-L); Ensayo sobre el auge y caída del Partido
Comunista de España (marxista-leninista), 2020)

En resumen, ¿qué debemos hacer, que no debemos olvidar jamás sobre la


verdadera unidad revolucionaria?:

«En la actualidad es imposible campar las tareas del socialismo, es imposible


aglutinar efectivamente a los obreros en escala internacional sin romper de
modo resuelto con el oportunismo y sin explicar a las masas que el fracaso de
este último es inevitable». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El imperialismo y la
escisión del socialismo, 1916)

Mientras no se entienda todo esto, las caricaturas del «anarco-comunismo»


como Hasél seguirán abundando, y entre tanto, el nacionalismo o el feminismo
seguirán ganando adeptos, mientras el comunismo se quedará cada vez más,
como un recuerdo lejano.

El nacionalismo pequeño burgués siempre ha buscado sus alianzas


en los anarquistas y reformistas

El tema de «Euskadi Ta Askatasuna» (ETA) es un tema en el que muchos


autodenominados marxista-leninistas han fallado en analizar por
sentimentalismo, seguidismo o cobardía a las posibles represalias. ¿Cómo trata
la cuestión grupos revisionistas como Reconstrucción Comunista (RC)? Vuelven
a no diferenciarse del resto, y aunque como muchos otros, se presenta como
«críticos» de ETA y la deriva de la izquierda abertzale, no pasa de ser en
realidad un «criticismo» que esconde resabios de la propia propaganda del
entorno etarra, como siempre ha hecho el Partido Comunista de España
(reconstituido). De hecho, su último artículo ha sido aplaudido entre todos los
círculos conocidos por su postura nacionalista y proetarra, porque alimenta los

121
mitos en torno a ETA, apoya la continuación de la lucha armada enfocada en su
visión terrorista y elude criticar la esencia nacionalista, ecléctica y oportunista
que ha portado la organización desde sus inicios. Veámoslo todo sin más
dilación.

Un resumen preliminar sobre el carácter de ETA

Antes que nada, mostremos un breve pero verdadero análisis sobre ETA que
todo marxista-leninista debe conocer.

a) Sobre el carácter ideológico de ETA: sin un partido bajo una unidad


ideológica y de acción monolítica. En sus primeros manifiestos de 1962 se
declaraba «en contra de las dictaduras» como «el fascismo o el comunismo», su
aspiración era «armonizar el capital y el trabajo». Años después, pese a la
parafernalia lingüística para aparentar ser revolucionarios y tener influencia
marxista, no existía una cohesión ideológica, algo normal en este tipo de grupos;
el extremo faccionalismo y las escisiones eran el pan de cada día, ya que ni
siquiera oficialmente se seguía una línea ideológica clara ni se regían por el
centralismo democrático para garantizarlo. En el caso ideológico de ETA, si
observamos su progreso ideológico desde sus inicios: tanto el nacionalismo
burgués, el trotskismo, el maoísmo, el anarquismo, el tercermundismo y el
socialdemocratismo –ahora especialmente– han estado presentes en toda su
teoría y actuar, y esto lo corrobora no solo sus estrategias y tácticas, ni siquiera
todas las corrientes oficiales expulsadas a lo largo de su historia que evidencian
tal existencia interna, sino la deriva actual tanto de ETA como de la izquierda
abertzale que en algún momento ha sido afín a ETA. Como en el caso de otras
bandas armadas análogas de su época como podrían ser las Brigadas Rojas
italianas, en ETA tenemos un caso similar de extremo fraccionalismo a causa de
una mezcolanza ideológica no definida, facilitando la infiltración de elementos
de todo tipo, tanto de antimarxistas como provocadores. Esta debilidad en el
ámbito ideológico, hacía muy común las pugnas arribistas por intereses
fraccionales y personales, como hacía muy fácil que los servicios secretos de los
países donde operaban se infiltraran en la organización –véase casos en ETA
como el de Mikel Lejarza alias Lobo– logrando o bien vender a sus dirigentes a
la policía o utilizar a los elementos más volubles para azuzar desde dentro a que
se cometieran actos aventureros para interés de los gobiernos de turno o de
otras fuerzas burguesas. Recordemos que el terrorismo ha jugado una baza
fundamental en los gobiernos de Italia, España, Alemania para desviar la
atención pública de los problemas del capitalismo, criminalizar a los verdaderos
marxista-leninistas y fortalecer la unidad de las fuerzas políticas burguesas y el
uso de la fuerza y leyes represivas.

b) Sobre la estructura sin partido de ETA: como en casi todos los casos de las
bandas armadas y agrupaciones guevaristas o filoguevaristas europeas, no

122
existía un partido y un centralismo democrático que dirigiera a estas «guerrillas
urbanas», algunos decían que estaban pensando en la creación del partido
comunista, o en el mejor de los casos si existían estos partidos pero no
mandaban realmente a sus brazos armados, siendo estos autónomos o
mandaban estos directamente al partido; pero como decíamos, lo normal en
estas organizaciones como el caso de ETA era que las «guerrillas urbanas»
dirigieran la política del resto de organizaciones con las que estaban conectadas,
incluyendo organizaciones de masas y partidos que eran partidarios de estas
organizaciones armadas o simplemente simpatizantes de ellas. En estos casos, el
eclecticismo ideológico se reflejaba también en el terreno de las ramas
organizativas –la rama política, sindical, asociaciones juveniles, etc.–, dándose
una rivalidad y cada vez una mayor independencia de pensamiento y acción en
sus diferentes estructuras, por ejemplo, en ETA fue el caso de la división
primero y separación después entre ETA (militar) y ETA (político-militar).

c) El carácter terrorista de sus acciones: ETA se manejaba bajo: 1) es una


repetición de la tesis anarquista de que «la historia la hacen los héroes», es
decir, un grupo reducido y conspirativo, no las masas; 2) no toma en cuenta las
condiciones objetivas ni subjetivas para el desencadenamiento de la violencia, ni
siquiera se tiene una perspectiva clara de cómo se tomará el poder; 3), se incita
a la pasividad de las masas, que deben esperar a las prácticas terroristas de estos
«grupos de héroes» para cambiar la situación política, y solo se concibe esta
forma de lucha para que la masa, la «muchedumbre» no sufra las consecuencias
de la represión; 4) se niega al proletariado como clase de vanguardia,
fundiéndolo con la llamada masa nacional, e incluso se incluye a la burguesía
nacional como parte del pueblo. Esta forma de pensar se reflejaba en una
metodología de: secuestros, bombas en embajadas, asesinatos selectivos o
coches-bomba, incluso en ocasiones con el resultado de la muerte de más civiles
que de sus «objetivos» en sus atentados, esto fue un clásico en la historia de
ETA y chocaban con la incomprensión de las masas y su rechazo.

La equidistancia de los revisionistas frente al mito de ETA

Cuánto gasto innecesario de juventud y energías se podrían haber ahorrado en


mejores cosas si algunos aventureros hubiesen leído y reflexionado sobre estas
palabras referidas al terrorismo a baja o a gran escala sin conexión con las
masas y sobre el gran defecto que supone en general el espontaneísmo sin
perspectivas:

«Nosotros, en cambio, creemos que tales movimientos de masas, ligados al


crecimiento, evidente para todos, de la conciencia política y de la actividad
revolucionaria de la clase obrera, son los únicos que merecen el nombre de
actos auténticamente revolucionarios y los únicos capaces de infundir
verdadero aliento a quienes luchan por la revolución rusa. No vemos aquí la
famosa «acción individual», cuyo nexo con las masas consiste tan solo en
123
declaraciones verbales, en anónimos condenando a muerte a tal o cual
verdugo, etc. Vemos una acción efectiva de la multitud, y la falta de
organización, la impreparación, la espontaneidad de esta acción nos
recuerdan cuán torpe es exagerar nuestras fuerzas revolucionarias, cuán
criminal es despreciar la tarea de llevar a esta multitud, que lucha de verdad
ante nuestros ojos, una organización y una preparación cada vez mayores. La
única tarea digna de un revolucionario no consiste en dar, por medio de unos
disparos, motivo para la excitación, elementos para la agitación y el
pensamiento político; consiste en aprender a elaborar, utilizar y tomar en sus
manos el material que proporciona en cantidad más que suficiente la vida
rusa. (...) Nosotros consideramos, por el contrario, que solo pueden tener
influencia real y seriamente «agitadora» –excitante–, y no solo excitante, sino
también –y esto es mucho más importante– educativa, los acontecimientos en
los que el protagonista es la propia masa y que son originados por su estado
de ánimo, y no escenificados «con fines especiales» por una u otra
organización. Opinamos que un centenar de regicidios jamás producirán la
influencia excitante y educativa que ejerce la sola participación de decenas de
miles de obreros en asambleas en las que se examinan sus intereses vitales y el
nexo entre la política y estos intereses». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Nuevos
acontecimientos y viejos problemas, 1902)

Algunos aún están a tiempo actualmente de desengañarse de esos grupos y


figuras seducidos por romanticismo terrorista.

¿Es que acaso que un grupo ejerza la violencia es algo beneficioso y


revolucionario per se?:

«Para los marxista-leninistas, es evidente que la violencia revolucionaria y la


lucha armada solo cumplen su función revolucionaria cuando está inserta en
el conjunto de una política basada en el desarrollo de la lucha de clases y no al
margen de ella y uniendo los objetivos tácticos y estratégicos a los de los
hermanos de clase de todo el país. De otro modo, se frena el desarrollo y la
elevación a más altos niveles de la lucha de clases y de la lucha política en
general, y se fragmenta la unidad imprescindible del conjunto de los pueblos
de España contra el poder reaccionario, contra el enemigo común. La
concepción nacionalista y separatista de la violencia y de la lucha armada,
practicada por ETA –todas sus ramas– y otros grupos nacionalistas,
corresponden, sin duda alguna, a intereses pequeño burgueses de las fuerzas
que la practican hoy en España, y ello pese a las propias declaraciones
superrevolucionarias y la propia imagen que de ellos mismos intentan darse
sus cabecillas nacionalistas. Tal ha sido y es, objetivamente, el papel
desempeñado por las acciones armadas llevadas a cabo por nacionalistas de
ETA –en sus distintas ramas–. Es un hecho que en ellas no participan directa
ni indirectamente ni la clase obrera, en tanto que tal, ni otros sectores

124
antifascistas y populares, y ello entre otras razones porque los mismos
objetivos estratégicos, incluso tácticos, planteados por esos grupos y por sus
acciones armadas, que son el separatismo y el independentismo a ultranza,
por encima de todo, no solo no coinciden con los intereses de clase del
proletariado y de otros sectores populares vascos que aspiran al socialismo,
sino que, en el fondo, se contraponen, no solo en el plano estratégico, sino
también en muchos casos, en el táctico ». (Elena Ódena; El marxismo, la lucha
armada y la violencia revolucionaria y las guerras, 1979)

Pero a Reconstrucción Comunista (RC) les da igual estas famosas palabras de la


marxista-leninista Elena Ódena de hace más de 30 años, ellos solamente la
reivindican por moda de forma transitoria, por postureo, no porque
comprendan y admiren sus principios. Justamente como antaño en los años 70
los eurocomunistas o el PCE (r) hicieran al reivindicar de modo «fariseo» a Joan
Comorera para parecer revolucionarios, mientras traicionaban sus principios.

Hasél mucho menos comparte estas conclusiones posturas ya que el PCE (m-l)
era enemigo directo de su querido PCE (r). Sea como sea, él en su artículo sobre
el desarme de ETA nos advertía que su labor no era explicarnos la historia de la
banda o sus desviaciones sobre el concepto de lucha armada, en cambio, eso sí,
nos regalaba una monserga defendiendo su trayectoria y lamentando su
disolución:

«Este artículo no pretende ser una crítica sobre el fin de su lucha armada».
(Pablo Hasél; ¿De qué paz nos hablan? –Sobre el desarme de ETA–, 11 de abril
de 2017)

Desde Universidad Obrera (UO) también se disculpan porque no veremos ni


una sola palabra que denuncie las prácticas terroristas desarrolladas, sobre su
eclecticismo, sobre la cuestión nacional o sobre su concepto de «organización
revolucionaria» que tenía ETA:

«Este artículo no se centrará en analizar el recorrido del grupo armado ETA


ni del Movimiento de Liberación Nacional Vasco, con sus aciertos y sus
desviaciones ideológicas y errores tácticos». (Universidad Obrera; Sobre el
desarme de ETA: El proceso de paz vasco y los artesanos de la paz, 2017)

Vamos, nos vienen a decir que les disculpemos porque en sus explicaciones solo
se va a ver un seguidismo a la propaganda etarra que identifica a ETA –sin nula
influencia– con el pueblo vasco. ¡Menuda crítica para unos autodenominados
marxista-leninistas! ¡He aquí la cobardía clásica de Roberto Vaquero y
compañía que temen perder amigos en colectivos ajenos al marxismo-leninismo
por decir las cosas como son!

125
Sobre el desarme de ETA

En torno a la cuestión del desarme definitivo de ETA, desde plataforma


Universidad Obrera se afirmaba:

«El pueblo vasco no ha diseñado ni ha sido partícipe del desarme, ni siquiera


ha tenido la oportunidad de elegir cómo tendría que ser ese supuesto proceso
de paz». (Universidad Obrera; Sobre el desarme de ETA: El proceso de paz
vasco y los artesanos de la paz, 2017)

¿Cómo va el pueblo vasco a participar y dirigir en las decisiones políticas de una


organización como ETA y todo lo relacionado con ella –como su desarme–
cuando ha sido y es una organización de tipo conspirativa y militarista? ¡¿A qué
necio se le ha ocurrido escribir tal cosa?! Considerar a siempre ETA como el
«movimiento de liberación nacional» de Euskadi por la sencilla razón de que
sus miembros han cogido las armas, es algo que solo puede salir de la pluma de
un revisionista carcomido por la propaganda y lógica de este movimiento.

Cuando estos grupos hablan del apoyo durante décadas a ETA: recordemos que
sus partidos legales de referencia, como Herri Batasuna, jamás han alcanzado ni
siquiera un 20% de apoyo en las elecciones, un apoyo muy escaso sobre todo si
tenemos en cuenta que varios partidos más o menos afines, como el PCE (r) o
incluso el PCE (m-l) pidieron el voto por ella en diversas elecciones regionales o
europeas. Y ya no eso si no que cualquier organización de la «izquierda
abertzale» de aquel entonces o actual ha sido incapaz de revertir la conciencia
conservadora de los trabajadores vascos, los cuales siempre ha tenido como
referente al Partido Nacionalista Vasco (PNV). Este último siempre ha llevado la
voz cantante en la política de Euskadi –salvo breves excepciones en
determinados territorios–, algo que hoy no ha cambiado demasiado. Por tanto,
el grupo pequeño burgués de ETA nunca ha sido referente nacional ni en sus
momentos álgidos, sino que ha sido hegemonizado por la burguesía vasca del
PNV, como ha ocurrido siempre. Así que ni, por un lado –por el mero hecho de
tomar las armas– ni por otro –la representación en las elecciones legales–, ni
por su apoyo social –minoritario en comparación con el del PNV y PSOE– se
puede demostrar que ETA haya sido nunca la «vanguardia del pueblo vasco».

En nuestros días causó mucho revuelo el veinte aniversario del secuestro y


asesinato del concejal Miguel Ángel Blanco, miembro del Partido Popular (PP)
en el pequeño pueblo de Ermua, acto que movilizó en diferentes calles varias
manifestaciones contra ETA. Esa acción es muy significativa, porque en su
momento llegó a conseguir que en San Sebastián se movilizaran 50.000
personas contra la sede de Herri Batasuna, el partido legal afín a ETA; allí los
miembros de la Ertzaintza, la policía autonómica, por primera vez se quitaron
los pasamontañas en señal de que no tenían miedo a las represarías de los

126
etarras, a lo que el público respondió con vítores. Esto viene a mostrar
nítidamente lo que ETA consiguió tras más de 30 años de existencia: ponerse a
la población nativa en contra y lograr la glorificación de los cuerpos de
seguridad, a los cuales la burguesía podía presentar delante del pueblo
trabajador como «héroes» que les protegían de su terrorismo indiscriminado.
Pese a esto, todavía existen idiotas que niegan que ETA benefició a apuntalar el
Estado burgués con su estrategia política suicida; la cual indirectamente
también contribuyó a la criminalización de los verdaderos revolucionarios.

Volviendo al artículo de Universidad Obrera. En otro lugar respecto al desarme


se lee:

«Los intereses de clase que esconde este desarme no hay que buscarlos en si lo
apoya un partido político concreto, sino en qué circunstancias se da, qué
consecuencias tiene y a dónde está dirigido, que como ya hemos mencionado
anteriormente lo está a reforzar el aparato estatal burgués y el monopolio de
la violencia por parte de este». (Universidad Obrera; Sobre el desarme de
ETA: El proceso de paz vasco y los artesanos de la paz, 2017)

Vaya, casualmente una vez más RC coincide con el argumento de eclécticos


seguidistas como Hasél, seguidor de las ideas del Partido Comunista de España
(reconstituido):

«En estos términos habla también la izquierda domesticada que festeja el


monopolio de la violencia del Estado hablando de paz en abstracto, como si
pudiera haber paz con desahucios, con represión, con explotación, con paro
masivo, con miseria. Hablar en esos términos es hacerle un favor al Estado
opresor como si la paz fuera compatible con sus brutales injusticias. Que les
digan a las familias de los más de 600 trabajadores que cada año son
asesinados por el terrorismo patronal, obligados a trabajar sin seguridad, que
hay paz sin ETA». (Pablo Hasél; ¿De qué paz nos hablan? –Sobre el desarme
de ETA–, 11 de abril de 2017)

Para empezar el Sr. Hasél debería explicarnos qué Estado no es opresor, pero
dejando de lado matices teóricos, nuestra crítica se aleja bastante de los motivos
de los reformistas y pacifistas que celebran el fin de la banda nacionalista y
terrorista ETA. Ya que los marxistas-leninistas realizan su propio análisis
independiente, lejos tanto de los aventureristas y filoterroristas como de los
reformistas y pacifistas.

Primero. El destino de ETA no podía ser otro que éste:

«Bajo una línea ideológica pequeño burguesa, ecléctica y vacilante, su destino


no podía más que: 1) acabar liquidada por sus propios referentes, programas

127
y estrategias militares erradas como fue el caso del PRT-ERP en Argentina, las
RAF en Alemania o las Brigadas Rojas en Italia... o; 2) abandonar la lucha en
un compromiso deshonroso para integrarse en el aspecto político de la
democracia parlamentaria democrático-burguesa como partido político, como
los casos del FMLN en El Salvador, Sendero Luminoso en Perú, Tupamaros en
Uruguay, el MIR en Chile o ETA en España. Así es la historia». (Equipo de
Bitácora (M-L); Una reflexión necesaria sobre las FARC-EP, los acuerdos de
paz y la historia de las guerrillas en Colombia, 2016)

La línea que ha adoptado ETA desde hace décadas ha ido hacia la claudicación
política de sus objetivos en pro de un viraje total hacia el socialdemocratismo.
Para ser honestos, el mismo siempre ha estado presente entre sus filas, puesto
que su estrategia se basó en todo momento en planes utópicos y reformistas
como la famosa Alternativa KAS. Pero no solo eso: ETA ha combinado su
estrategia de «poner muertos sobre la mesa» junto a constantes treguas y
negociaciones que tenían como el fin del acercamiento de presos, posibles
amnistías políticas, la búsqueda de garantías para la no ilegalización de sus
organizaciones sindicales y partidarias, todo, a cambio de promesas sobre el
desarme y la próxima disolución de la «estructura militar». En los últimos años,
incluso se han atrevido incluso a sacrificar la reivindicación central por la que
recalaban apoyos desde el exterior y daban cierta legitimidad a ojos del
espectador interno: el «derecho de autodeterminación» de Euskadi, aceptando
que ahora la democracia burguesa española sí es una herramienta que puede
proporcionar medios «legales» y «democráticos» para conseguirla, aunque así
se niegue en la propia Constitución de 1978. Este es un final tan patético como
predecible.

Segundo. Si el legalismo y el pacifismo es una desviación derechista a evitar por


los marxista-leninistas, el aventurerismo y el terrorismo son unas desviaciones
de izquierda igualmente rechazables, ¿en que perjudica a las masas trabajadoras
que una organización de este tipo no siga ejerciendo unas desviaciones u otras
disolviéndose? Lejos de perjudicar beneficia al pueblo. ¿Por qué se ha de
lamentarse el final de una banda que con su nacionalismo y terrorismo ha
retrasado la concienciación y organización de los trabajadores? ¿No era esta
banda la misma que amenazaba de muerte a los marxista-leninistas que
criticaban sus desviaciones?

Veamos otro ejemplo sobre este debate sobre «a quién beneficia» una
disolución de X movimiento político. Si un partido que practica el cretinismo
parlamentario y peca de legalismo burgués, llega a gobernar en diversos
municipios y provincias, tiene ciertas cuotas de poder como ocurre hoy con
Bildu o Sortu –donde han ido a parar los restos de ETA–, pero un día dichas
organizaciones, abiertamente socialdemócratas, decidiesen disolverse tras
demostrar que no resuelven los problemas de los trabajadores y no pueden
granjearse su confianza: ¿en qué iba a perjudicar esta decisión a los marxista-
128
leninistas y a la clase obrera? En nada. En todo caso su defensa se basa en el
conocido dogma conformista de que son «el mal menor» –misma
argumentación que se daba cuando existía ETA–. Pero el propósito de un
revolucionario no es vegetar en esta o aquella organización reformista o
terrorista, sino colaborar o hacer posible la militancia en una organización
acorde a su metodología e intereses.

Si por otro lado un movimiento como ETA, famoso por el uso inconsciente de la
violencia y por atentar contra la propia clase obrera, por haber tenido infiltrado
a varios agentes de los servicios de seguridad y ser a la vez la excusa preferida
del Estado para agudizar la represión, ha sido una organización que contaba y
cuenta actualmente con el sólido rechazo de la mayoría de la clase obrera: ¿en
qué puede perjudicar su disolución a los intereses de los revolucionarios?
Claramente, en nada. Al revés, hoy, cabe preguntarse qué precio han pagado los
verdaderos marxistas en Euskal Herria por haber sufrido la carga de que por la
propaganda sean identificados con el terrorismo y el nacionalismo etarra.

Hasél y sus mezquinas para justificar el atentado de Hipercor

Todavía nos salen al paso los mismos elementos proetarras, los liberales-
castristas de los farianos, los maoístas senderistas, los nostálgicos de las RAF o
los maoístas lumpenizados del PCE (r)/GRAPO replicando que el actuar de
estos grupos no fue terrorista sino «autodefensa». Para sus apologetas, sus
miembros fueron apresados por ser «verdaderos revolucionarios» e incluso más
de uno se atreve a decir que fueron perseguidor por ser bandas de inspiración
«marxista», por lo que serían «presos políticos» ¡y que no entendemos nada!
Porque, claro, el ser apresado siempre es sinónimo de ser un revolucionario,
¿verdad? Basta ya de aceptar y seguir la propaganda de autoengaño de estos
grupos, más cuando todas estas han practicado una estrategia terrorista contra
la que lucharon los bolcheviques:

«El camino que los populistas habían elegido para luchar contra el zarismo, el
camino de los asesinatos individuales, el camino del terror individual, era
falso y perjudicial para la revolución. La política del terror individual
respondía a la falsa teoría populista de los «héroes» activos y la «multitud»
pasiva, que aguarda las hazañas de los «héroes». Esta falsa teoría
preconizaba que solo unos cuantos individuos destacados hacen la historia y
que la masa, el pueblo, la clase, la «multitud», como la llamaban
despectivamente los escritores populistas, es incapaz de realizar acciones
conscientes y organizadas y no puede hacer más que seguir ciegamente a los
«héroes». Por eso, los populistas renunciaron a realizar un trabajo
revolucionario de masa entre los campesinos y la clase obrera, y
emprendieron el camino del terror individual. Los populistas obligaron a uno
de los mejores revolucionarios de aquel tiempo, Stepán Jalturin, a abandonar
su labor de organización de una Liga obrera revolucionaria para entregarse
129
por entero al terrorismo. Los populistas desviaban la atención de los
trabajadores de la lucha contra la clase opresora con el asesinato, inútil para
la revolución, de unos cuantos representantes individuales de dicha clase. Con
esto, frenaban el desarrollo de la iniciativa y las actividades revolucionarias
de la clase obrera y de los campesinos. Impedían a la clase obrera comprender
su papel dirigente en la revolución y entorpecían la creación de un partido de
la clase obrera independiente. (...) Los populistas profesaban ideas falsas y
nocivas en cuanto a la marcha de la historia humana en general. No conocían
ni comprendían las leyes que rigen el desarrollo económico y político de la
sociedad. Eran, en este respecto, gente completamente atrasada. Según ellos,
la historia no la hacen las clases ni la lucha de clases, sino unas cuantas
personalidades ilustres, los «héroes», detrás de los cuales marchan a ciegas las
masas, las «multitudes», el pueblo, las clases». (Partido Comunista
(bolchevique) de la Unión Soviética; Historia del PC (b) de la URSS, 1938)

Hace poco se cumplían 30 años del atentado de ETA en el Hipercor en


Barcelona con un saldo de 21 fallecidos y 45 heridos. Y lamentablemente todavía
hay muchos payasos como Hasél que en sus redes sociales repiten como
papagayos la propaganda de esta banda: «ETA aviso en una llamada, y los
dueños o la policía no quisieron desalojar el supermercado». Cuando «la
cuestión fundamental» no es si el dueño, el gerente o los cuerpos de seguridad
del Estado deciden o no desalojar un lugar amenazado de bomba: sino a que ser
demente o a que comando de majaras se les ocurre colocar una bomba en un
supermercado lleno de civiles, de trabajadores. Solo a ETA, RAF, FARC,
Sendero Luminoso y otras bandas armadas similares se les ocurriría que colocar
bombas en discotecas, periódicos, cadenas de televisión o cafeterías «ayuda a la
causa». El leninismo estipuló claramente que estos métodos reflejan la
desesperación del intelectual pequeño burgués ante su incapacidad de organizar
y granjearse la confianza de los trabajadores.

El etarra Manuel Soares Gamboa diría: «En el año 86 nos impusimos la


consigna de hacer lo que fuera, pero hacer algo. Había que perpetrar el mayor
número de atentados». Y es que en ETA lo que primaba era la tendencia
anarcoide; como si por ello el gobierno les fuese a conceder algo o se fuese a
solventar la falta de conexión y rechazo que sufrían de la gente. Y pensar que
algunos etarras se autodenominaban «marxistas»: cuando han sido el ejemplo
de antimarxismo y antileninismo de manual con sus prácticas terroristas y
nacionalistas.

Como sabemos el entorno de ETA al igual que otras organizaciones similares


han hecho como su bandera el tema de los presos. Nosotros ya explicamos esta
postura con una banda análoga:

130
«Apostarlo todo a la solidaridad antirrepresiva, como demuestran en la
práctica, cuando la mayoría de trabajadores mantienen una actitud pasiva –
cuando no degenerada– sobre la política, carece de sentido, es una utopía. Tal
movimiento de solidaridad de masas solo se puede activar de forma efectiva
con un movimiento popular en auge o, al menos estable, el cual no nace del
cielo, sino que es consecuencia del trabajo de masas prolongado en el tiempo
de un partido revolucionario, algo que este tipo de organizaciones jamás ha
logrado –ni logrará–. En el hipotético caso de lograrse tal solidaridad, ¿sería
capaz de canalizarla un grupo como el PCE (r) [o ETA]? ¿Le serviría para
llevar a las masas a la revolución? No. Viendo su desorientación ideológica, se
volvería a aislar de las masas y pronto volvería a la casilla de salida.

La cuestión de los presos en un partido jamás puede ser el eje principal de la


propaganda, y menos para tratar de legitimar la organización entre los
trabajadores. Menos aún presentar tal cuestión para intentar reivindicar el
puesto de vanguardia, como patéticamente hizo en su momento el PCE (r) [o
ETA] y como intentan hacer otras organizaciones con el tema recurrente de
«¡hemos sido reprimidos, ergo nuestra línea es correcta, y, por lo tanto, debes,
como revolucionario, militar con nosotros!». Esto es ridículo. Aunque
encarcelen, por una injusticia o no, a tus militantes, si ellos son de una
organización que no ha realizado un análisis justo y de interés para el
movimiento revolucionario y que tampoco tiene conexión con el proletariado,
la cuestión antirrepresiva no interesará lo más mínimo, menos aún en la
actualidad, cuando se ha perdido esa solidaridad antirrepresiva de antaño.

Seguro que entre los círculos antifascistas y antirrepresivos eres bienvenido –


porque las primeras son plataformas sin mucho nivel ideológico ni criticismo,
y las segundas, a priori, son organizaciones a las que acudir para tal fin–,
pero la amplia mayoría de la clase obrera, sobre todo la idiotizada –o digamos
«alienada», para ser correctos– no quiere ni oír hablar de esto. Es de necios
creer que una clase obrera que durante los últimos años ha demostrado no
estar interesada en movilizarse por sus propios derechos va a moverse, en
cambio, como por arte de magia, por una organización que le resulta
indiferente o le causa la peor repulsa.

Una organización como el PCE (r) [o ETA] no puede esperar un amplio


movimiento de respuesta y solidaridad cuando previamente no ha hecho nada
relevante para que sus militantes luchen codo a codo con las masas en temas
básicos para su porvenir; mucho más en casos extremos como el PCE (r) que
ha rechazado participar en las organizaciones de masas, como los sindicatos
reformistas, o ejercer una denuncia pública del sistema desde la tribuna
parlamentaria –ambos dos requisitos básicos del bolchevismo– dejando a las
masas a merced de sus tradicionales enemigos de clase.

131
Un partido marxista-leninista que aspira a organizar la revolución, que es
obra de las masas y no de un pequeño grupo conspiratorio, no basa su
estrategia en tratar de sacar rédito político de sus mártires para ganarse a las
masas, sino que se dedica a denunciar los hechos, seguir el trabajo y tomar
estos episodios como consecuencia lógica de la lucha. Pero en ningún caso se
dedica, como otras bandas semianarquistas, a mirarse el ombligo con
victimismo, esperando una respuesta masiva de la población que jamás
sucederá, y mucho menos poner en tela de juicio a la clase obrera por su
negativa a seguirles, que es el colmo del sectarismo ultraizquierdista. Incluso
cuando la causa es justa, en muchas ocasiones, para pedir la solidaridad en
contra de la represión y en favor de los militantes, este llamamiento solo será
efectivo si va acompañado de un trabajo previo de la organización entre las
masas, si ellas sienten que el partido defiende sus intereses cotidianos y
ulteriores, porque es entonces cuando entienden que están siendo reprimidos
aunque esta represión no les afecte directamente, pues lo consideran ya
«su» movimiento de clase, incluso aunque no militen en él. Obviamente,
cuando se suceden casos de tortura y asesinato, el círculo de apoyos se puede
ampliar con relativa facilidad. El pueblo, por compasión y empatía, puede
sumar sus apoyos a dicha organización, aunque sea como excepción. Pero esto
es un espejismo que no implica una influencia sobre las masas, como creen
algunos, ni mucho menos que comulguen con la línea de la organización
afectada.

Si una organización logra movilizar a las masas y presionar a las instancias


gubernamentales para mejorar las condiciones de sus presos e incluso llegar a
liberarlos gracias al apoyo popular –esto último algo casi imposible para una
organización sin influencia entre las masas–, estos serán actos que, a la
postre, no servirán de nada si luego descuida participar de las luchas
cotidianas y se dedica a hacer llamamientos para que todos los trabajadores
se rindan a su fama como organización que ha sufrido una feroz represión. Si
se comete este error las simpatías obtenidas en un momento se desvanecerán
en un abrir y cerrar de ojos, se volverán efímeras.

No hablemos ya de casos surrealistas de bandas armadas que no han logrado


nada reseñable en sus campañas antirrepresivas y todavía hoy no se explican
la razón tal fenómeno. Es tan fácil como reflexionar en que plantear la
revolución como el juego de los «héroes» y la «muchedumbre» nunca da
buenos resultados en ningún campo, mucho menos cuando acometen acciones
armadas en nombre de las masas y estas son tratadas de forma paternalista
por los conspiradores, hasta el punto de creerse con derecho a atentar contra
ellas por «ingratas», momento en el que ya no solo no los acompañan en su
empresa aventurera, sino que se oponen abiertamente a sus métodos.

132
Como se ve, el revisionismo no solo ha distorsionado los pilares básicos de la
doctrina, sino también en los secundarios o auxiliares». (Equipo de Bitácora
(M-L); Estudio histórico sobre los bandazos oportunistas del PCE (r) y las
prácticas terroristas de los GRAPO, 30 de junio de 2017)

El perfil medio del etarra

Hagamos una radiografía de uno de los elementos que se hicieron famosos en


ETA. El perfil de cualquier miembro de este tipo de bandas terroristas es muy
parecido, sus defectos, por tanto, también. Por ejemplo, echemos un vistazo a
unas recientes declaraciones sobre el Comando Madrid de ETA de los 80, allí
veremos que el perfil de personajes que anidaban en estas filas no dista de lo
que vemos en los GRAPO o el del actual grupo lumpen conocido como RC:

a) Individualismo por delante del colectivo:

«El «yo» se anteponía al objetivo conjunto. «Idoia jamás contempló una


mínima regla disciplinaria dentro de ETA», remarcaba Soares Gamboa, para
dejar constancia de que su «falta de seguridad» y «su nula formalidad con la
organización» pusieron en más de una ocasión en riesgo al comando Madrid.
Y lo ilustraba con una anécdota gráfica. El «talde» se movilizó un día para
comprobar que el objetivo se mantenía en su ruta habitual y para conocer el
terreno y posibles vías de escape. Ya de regreso en el piso franco, todos habían
visto al objetivo menos la Tigresa, que en el momento de su paso «se hallaba
mirando un escaparate de ropa femenina». «Idoia nunca fue capaz de
respetar una sola regla de seguridad en ningún sitio», incidía en su denuncia,
harto de que sus «muestras de cansancio y dejadez truncaran la actividad del
comando». (El Confidencial; «Era esclava de su cuerpo y su cabello»: el etarra
Soares Gamboa habla de la Tigresa, 13 de junio de 2017)

b) Falta de disciplina y seriedad en la cuestión de la seguridad de la


organización y sus miembros:

«Porque ella «realzaba» sus «espectaculares» ojos azules con «unos atractivos
peinados voluminosos y una vestimenta que entendía acorde con sus
características físicas» a pesar de ser alertada de que «así no podría moverse
en Madrid porque llamaría la atención hasta cuando se sonara la nariz».
«Costó 20 días de deliberaciones, 1.000 francos franceses para unas lentes de
contacto marrones e innumerables reuniones para convencerla de que debería
alterar su apariencia física; debíamos pasar desapercibidos», señalaba.
«Cuando se va con la Tigresa no se viaja solo con ella sino con sus 500 formas
y maneras de llamar la atención». Lo dice quien fue desterrado por la
dirección de ETA a Argelia junto a la Tigresa tras ser identificados por las
Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. «Las desgracias nunca llegan
solas», protestaba por este exilio conjunto». (El Confidencial; «Era esclava de
133
su cuerpo y su cabello»: el etarra Soares Gamboa habla de la Tigresa, 13 de
junio de 2017)

c) Gustos ideo-estéticos que varían según las modas y una concepción


promiscua de la sexualidad:

«Cada vez que Idoia salía de casa con su chupa de cuero, sus ceñidos
pantalones y sus treinta mil maneras de llamar la atención, arrastraba tras de
sí a cerca de veinte argelinos cuya principal preocupación era reivindicar su
poderío sexual, sobre todo con las europeas. ¡Así era ella, todo un prodigio de
clandestinidad!», exponía en el libro el exetarra, que no ocultaba su
animadversión hacia su compañera de armas. (...) Soares Gamboa detallaba
algunas de las «numerosas» actitudes de la Tigresa que ponían en riesgo no
solo al comando sino «a toda la infraestructura» por su dejadez y su insensato
carácter. Así, por ejemplo, en una actuación en la que intervenían ambos, se
dejó la pistola en casa –«¿Qué quieres que le haga? Se me ha olvidado y
punto», respondió a sus reproches–. En otra ocasión, estuvo a punto de
arruinar una operación por la alerta de un posible embarazo que no fue tal».
(El Confidencial; «Era esclava de su cuerpo y su cabello»: el etarra Soares
Gamboa habla de la Tigresa, 13 de junio de 2017)

d) La desesperación se torna en atentados indiscriminados:

«En el año 86 nos impusimos la consigna de hacer lo que fuera, pero hacer
algo». (El Confidencial; «Era esclava de su cuerpo y su cabello»: el etarra
Soares Gamboa habla de la Tigresa, 13 de junio de 2017)

Queda claro cristalino para todos los revolucionarios de Euskal Herria –País
Vasco, Navarra y las provincias del País Vasco Francés– que mientras no se
desliguen de los mitos del nacionalismo –incluyendo los propagados por los
movimientos eclécticos de la izquierda abertzale– no se podrá triunfar en la
liberación social ni nacional que anhelan:

«Todos los países tienen en la mentalidad colectiva de los trabajadores muchos


mitos arraigados, inclusive de grupos y figuras pseudocomunistas nacionales,
es necesario desmontar estos mitos ya que de otro modo se quedan incrustados
en la mente de los trabajadores e identifican erradamente conceptos como:
lucha de clases, libertad, democracia, violencia, revolución, socialismo,
marxismo, o comunismo y otros con experiencias erradas de grupos
antimarxistas y el concepto que estos le daban. Es decir, que si es importante
explicar las mentiras de la llamada «derecha» de que «no existe alternativa al
capitalismo», o desmontar teorías falsas sobre las causas de la crisis, no es
menos importante desmontar las mentiras y mitos de la falsa «izquierda», que
hace que los trabajadores adopten posiciones erradas creyendo que ciertos

134
conceptos y poses son las correctas por desconocimiento o bajo la resignación
que es a lo máximo que pueden aspirar según les enseñan estos embusteros.

La refutación de los programas, proclamas y mitos de las organizaciones


políticas que sean: desde los de la derecha filofascista y más rancia, hasta la de
los grupos semianarquistas aventureros y terroristas, no suponen un gran
trabajo para los marxista-leninistas, que gracias a su método científico saben
analizar correctamente sus fenómenos, su origen y causas. Es menester
ponerse a sacar conclusiones de todo esto, pero también es menester que una
vez sacadas las conclusiones se pase a explicar y desmontar con paciencia, en
un lenguaje entendible, todo esto a las masas trabajadoras.

Es de ellos –los marxista-leninistas– de quienes depende por cuánto tiempo


perdurará mitos como el de las FARC-EP en Colombia [o ETA en Euskal
Herria]. Si realizan bien su trabajo de explicación y agitación será
relativamente fácil de desmontar en pocos años». (Equipo de Bitácora (M-
L); Estudio histórico sobre los bandazos oportunistas del PCE (r) y las
prácticas terroristas de los GRAPO, 30 de junio de 2017)

Las calumnias de los miembros de la V Asamblea de ETA hacia la URSS de


Stalin, y sus modelos de referencia –el tercermundismo en general y hasta
ramas como el repugnante sionismo en Israel–, desde luego son cosas para
hacérselo mirar:

«Incluso casos en que, existiendo esa frontera, o bien proximidad geográfica,


el movimiento no recibe ayuda de sus correligionarios: así vimos a Rusia no
apoyar a Mao Zedong. (...) La sociedad popular que va creando un pueblo en
lucha, no sólo permite, sino que necesita vitalmente que cada uno de sus
miembros demuestre y ejercite todas sus capacidades. Del pueblo surgen
dirigentes militares, recordemos en 1936 el caso de Belderrain y de decenas de
otros hombres como él; recordemos en Vietnam a Giap, el vencedor de Dien-
Bien-Fu; recordemos en Israel a Beguin; políticos como Fanon que era
médico; Lumunba que era maestro; Dolores Ibarruri, esposa de un minero;
Ben Eurióm, agricultor y luego empleado; Khider –asesinado en Madrid– era
tranviario, etc.; ecónomos –recordemos a un médico, Che Guevara, dirigiendo
el Banco Nacional de Cuba–. (...) Nosotros somos los kurdos de Europa, con el
inmenso lastre de la industria y la Banca capitalistas, y sin la inmensa ayuda
de sus montañas. O, por poner otro ejemplo, somos los israelitas de Europa».
(José Antonio Etxebarrieta; Publicado en Zutik, Nº48, 1968)

El lector puede comprobar con los archivos oficiales la ayuda de la URSS de


Stalin a los comunistas chinos.

Véase la obra de la Yale University Press: «Diary of Dimitrov 1933-49» de 2008.

135
Véase la obra de la Yale University Press: «Dimitrov and Stalin, 1934-43; Letters
from Soviet Archives» de 2000.

Que hoy todavía algunos reivindiquen a estas figuras como marxistas, o


justifiquen las alianzas sin principios de sus organizaciones con estos grupos,
indican que son unos ignorantes, unos ilusos o un antimarxistas sin escrúpulos.

El PCE (r) siempre ha pedido el voto por Herri Batasuna y Cía.

El revisionismo español de corte anarcoide, jamás ha dedicado un solo minuto a


analizar la fisonomía de los nacionalismos periféricos, ni mucho menos a refutar
todas estas teorías de ETA o ahora de las CUP, no ha dedicado un solo artículo
en sus medios para desmontar todo esto, eso sí, mientras tanto, varios de sus
representantes llaman a votar por ella como hizo y hace el PCE (r). ¡Magnífico
trabajo de concienciación realizáis señores charlatanes!

El Partido Comunista de España (marxista-leninista), al menos hasta su


degeneración a finales de los 80, señalaba estos defectos y otros:

«Con la muerte de Txomin Iturbe Abasolo, considerado máximo dirigente de


ETA (militar), se ha vuelto a poner de actualidad, por enésima vez, la
especulación sobre las dos supuestas tendencias presentes en dicha
organización: la nacionalista y la marxista-leninista.

La primera, a la que pertenecería el fallecido, estaría más inclinada al diálogo


y a la negociación y en la segunda estarían los «más malos», los que sólo
desearían seguir pegando tiros.

De entrada, el planteamiento es claramente manipulador al querer situar a los


presuntos marxista-leninistas como fanáticos amigos del gatillo y de la goma-
2 y, de paso, descalificar la ideología de la clase obrera.

Pero las cosas no son así. Por supuesto que en Euskadi Ta Askatasuna (ETA)
puede haber diversos matices y tendencias; de hecho, su historial de escisiones
así lo demuestra, pero decir que entre esas tendencias existe la marxista-
leninista es francamente excesivo.

Está claro que desde su V Asamblea –diciembre de 1966-marzo de 1967– la


organización fue haciéndose, de manera confusa y francamente mal digeridas,
con algunas tesis marxistas y con un vocabulario tomado de prestado de las
mismas. Posteriormente, ya bajo la monarquía, tanto ETA como Herri
Batasuna (HB) y sobre todo Herri Alderdi Sozialista Iraultzailea (HASI), han
cultivado un discurso que, siendo básicamente nacionalista, aparece

136
entreverado de posiciones y argumentaciones en las que se mezclan de manera
oportunista tesis socialdemócratas y tesis marxistas.

Pero insistimos, las ideas, la actividad y los objetivos de ETA y de las diversas
organizaciones del bloque KAS o de HB, nunca han superado los rígidos y
estrechos límites del nacionalismo, de la ideología nacionalista que les une,
como un cordón umbilical, a las fuerzas más tradicionales, clericales y
reaccionarias de la gran burguesía vasca, léase el Partido Nacionalista Vasco
(PNV).

El propio «Argala» escribía en 1978 sobre la necesidad de arrebatar el poder


«a la burguesía española y francesa», sin mencionar casualmente la vasca. En
1982 «Eraki», órgano de HASI afirmaba con claridad que «el objetivo último
–de la unidad popular– es la independencia de Euskal Herria». No se trataba
pues del socialismo, que es el objetivo de los marxista-leninistas. Y añadía, de
manera idealista, que «partiendo del presupuesto mínimo de la lucha por la
independencia, el resto vendrá por añadidura».

Más recientemente, el discurso de ETA se ha inclinado por hablar de


autodeterminación, tomando el concepto del marxismo. Bien, en eso podemos
estar de acuerdo. Los marxista-leninistas estamos por la autodeterminación
de Euskadi desde mucho antes de la existencia de ETA. Pero mientras para el
nacionalismo no hay otra salida a la autodeterminación que la separación y la
independencia, los marxista-leninistas propugnamos la solución federativa y
republicana como más conveniente a los intereses del proletariado de todo el
Estado. Sin embargo, si el pueblo vasco opta por la independencia,
respetaríamos tal decisión.

El nacionalismo de ETA no ve otra salida que la independencia a través del


enfrentamiento entre pueblos; los marxista-leninistas nos atenemos a la
autodeterminación.

De ahí que, pese a este supuesto punto en común del nacionalismo radical con
el marxismo-leninismo –que desearíamos fuese realmente común–, las
diversas organizaciones del KAS o HB, no hayan buscado nunca confluir con
los marxista-leninistas, con nuestro partido, y sin embargo, no se cansen de
tender puentes a la burguesía y gran burguesía industrial y financiera del
PNV. Ejemplo reciente ha sido durante los pasado enero y febrero, ofreciendo
a Arzallus y Garaikoetxea un «acuerdo de reconstrucción nacional».

En efecto, no hay tendencias marxista-leninistas en ETA por mucho que, en


algunas declaraciones y artículos hablen de socialismo o marxismo.

137
La amalgama de vocabulario marxista con teología de la liberación,
clericalismo, historicismo falsamente científico y conceptos étnicos de raíz
racista son componentes claros de un nacionalismo exaltado no de marxismo-
leninismo.

Mucho menos, además, si tenemos en cuenta que, para esta organización,


socialismo es la URSS y los países bajo su órbita.

El II Congreso de HASI, en 1982, llegó incluso a afirmar que «hoy, la


comunidad socialista, la forman la URSS, la RDA, Bulgaria, Checoslovaquia,
Hungría, Rumanía, Polonia, Cuba, Laos, Mongolia y Vietnam».

Es decir, la comunidad de países revisionistas bajo control del


socialimperialismo soviético y de las diversas burguesías burocráticas.

Pero una cosa es ser marxista-leninista y otra ser prosoviético. La diferencia


es abismal. No luchamos contra la OTAN y el imperialismo yanqui para hacer
el juego al Pacto de Varsovia y la URSS.

Sí estamos de acuerdo con Txomin cuando afirmaba que la «cuestión vasca es


un problema político y no policial», y también pensamos, desde mucho antes
de la muerte de Franco en 1975, que la ruptura con el franquismo es un
problema clave todavía pendiente que impide todo tipo de soluciones
favorables a los pueblos del Estado.

Pero mejor que cada cual se defina como lo que realmente es, y ETA es
nacionalista, así nació y así permanece, pese al manejo teórico de algunas tesis
y cierto vocabulario más o menos marxista». (Vanguardia Obrera, Nº 581,
1987)

En cambio, aquí el PCE (r) también mantuvo una postura basada en el


seguidismo total, incluso llegando a pedir el voto por sus organizaciones legales:

«A raíz de la detención de la Mesa Nacional de Herri Batasuna, surgió entre


nosotros la propuesta de apoyar en las próximas elecciones a dicha coalición a
fin de mostrar la solidaridad activa de la clase obrera respecto al MLNV y
poder contrarrestar al mismo tiempo, en la medida de nuestras posibilidades,
la nueva ofensiva terrorista emprendida por el Estado español contra el
pueblo vasco. Pues bien, de todos es conocida cuál es la posición del PCE (r)
respecto a las elecciones organizadas por el régimen, nuestra táctica
boicoteísta, encaminada a aislarlo todavía más; ahora bien, en unas
circunstancias como las que acabo de describir, el voto favorable a H. B.
contribuiría a ese aislamiento y a una mayor confluencia de las fuerzas
populares. (...) Ateniéndonos, además, al hecho de que el MLNV no suele hacer

138
una utilización oportunista de su participación en las instituciones, nosotros
deberíamos apoyarles, y hacerlo, además, de manera consecuente, sin poner
por nuestra parte ninguna condición». (Informe Político presentado por el
camarada M.P.M. (Arenas) al Pleno del Comité Central, junio de 1997,
publicado en Resistencia núm. 36, junio de 1997)

¡Por supuesto Herri Batasuna no utilizaba las elecciones con propósitos


oportunistas, claro que no! Un grupo infecto de ideas tercermundistas,
nacionalistas, chovinistas, y socialdemócratas solo intentaba concertar
mezquinas alianzas con la derecha nacionalista y católica del Partido
Nacionalista Vasco (PNV) el cual había demostrado ser un traidor a los intereses
del proletariado vasco desde hacía décadas:

«El que Herri Batasuna esté promoviendo una alianza o algo semejante con el
PNV y otras fuerzas políticas de la gran burguesía vasca, no ha de llevarnos a
regatearle ningún apoyo». (Informe Político presentado por el camarada
M.P.M. (Arenas) al Pleno del Comité Central, junio de 1997, publicado en
Resistencia núm. 36, junio de 1997)

La postura del PCE (r) sobre ETA no es sino el resultado de su incapacidad de


aunar fuerzas y apoyos en Euskadi, por lo cual creyeron que no podían hacer
otra cosa que actuar como comparsa para ganar simpatías. Por supuesto para el
PCE (r) hubiera sido una labor muy tenaz y angustiosa realizar su propio
análisis respecto a ETA y tomar una postura marxista al respecto, pero
comprendedles, ellos son más de seguidismo a ultranza, por eso no son
marxista-leninistas sino sujetos que creen serlo. Los desarrollos de ETA y su
partido afín, Herri Batasuna, son bien conocidos yendo a la deriva en programas
irreales y sin una conexión real con las masas. Finalmente, los restos de estas
organizaciones derrotadas se han ido integrando en partidos como Bildu y
Sortu, de aún mayor calado oportunista que las de entonces, y que andan lejos
de haber logrado la hegemonía en Euskadi pese al mayor número de
concesiones realizadas.

¿No es esta la misma situación que se ve hoy repetida en Cataluña donde el PCE
(r) y sus apologistas apoyan públicamente a la Candidatura d'Unitat Popular
(CUP) y al proceso en que resulta de aliado con los restos de Convergència i
Unió (CiU), partido corrupto de la burguesía catalana nacionalista conocido por
sus medidas antipopulares y por traficar con los intereses nacionales? Claro que
es lo mismo. Repiten el mismo error que cometieron en los 80 con Herri
Batasuna.

Por su parte, los neomaoístas de la «Línea de Reconstitución» (LR), aunque


ponían muchos peros al «terrorismo individual» de ETA y criticaban su
chovinismo nacional, también reivindicaban como el PCE (r) al «Movimiento de

139
Liberación Nacional Vasco» (MLNV), es decir, a la «izquierda» y la «derecha»
nacionalista de Euskadi. Los «reconstitucionalistas», pese a presentarse como
inquisidores que persiguen cualquier connato de espontaneidad como herejía,
resulta que ahora justificaban su apoyo político al MLNV porque, según siempre
su visión, era el único «fenómeno de masas» que «no habían cedido en sus
principios» (sic):

«El MLNV ha constituido el único movimiento de masas que consiguió resistir


la transición política sin el abandono de los principios y objetivos que lo
conformaron históricamente, favoreciendo que en Euskadi no pudiera
aplicarse, como en el resto del Estado, la política de pacto y consenso que llevó
al olvido y el perdón para la etapa sangrienta que el capitalismo quería
supemr lo más suavemente posible. (…) La actuación de resistencia y lucha del
MLNV ha sido positiva al mantener un elevado nivel de politización y
combatividad en amplias masas de Euskadi. (…) Su carácter de lucha no sólo
por la independencia sino también por un Estado socialista vasco, habiéndose
afirmado muchas de las organizaciones que lo componen abiertamente
marxistas-leninista». (Partido Comunista Revolucionario (Estado Español);
La Forja, Nº23, 2000)

Ya ha quedado más que demostrado que tanto el «MLNV» en general como la


«izquierda abertzale» en particular estaban muy lejos de «no haber cedido ni un
palmo» en sus principios, tanto en los racionales como irracionales, que, viendo
sus referentes y planteamientos, nunca hubo entre sus filas nada de «marxismo-
leninismo» que se pueda considerar en serio. Con los inicios del siglo XX
hablamos de un periodo en que el «MLNV» entra en barrena todavía más si
cabe, metiéndose de lleno en las componendas reformistas y los pactos
deshonrosos con el gobierno central, y lo peor es que la propia LR lo habúa
documentado en más de una ocasión. Así, pues, la LR no solo no estaba
evaluando bien la realidad, sino que además infravaloraba el daño ideológico
que estaba causando este tipo de «movimientos combativos», que priorizaban la
cuestión nacional a la cuestión social, la reflexión frente a lo sentimental. Los
análisis de la LR sobre ETA eran, pues, una de cal y otra de arena.

El reformismo y el terrorismo siempre han vivido en una simbiosis

Es más, ¿históricamente los reformistas o su ala más a la «izquierda» no han


contraído alianzas, tesis y han comprado parte del guion propagandístico de los
grupos los terroristas y viceversa? ¿No han hecho esto siempre mutuamente
para pescar entre un público ecléctico e inmaduro? ¿No realizaban toda esta
pantomima de «unidad» para hacer un frente común contra los verdaderos
revolucionarios que no plantean ni lo uno ni lo otro? Ejemplos los hay a patadas
señores.

140
No hace mucho, antes de adaptarse al «guion constitucional» y a la poltrona
parlamentaria, los actuales líderes trotskistas-posmodernos de Podemos, en una
época en que eran más «contestatarios» y «camaradas» de Hasél y sus ideas
filoterroristas, Monedero o Iglesias podían ser vistos a menudo siguiendo los
argumentos de la «izquierda abertzale»: justificando o relativizando la actividad
terrorista de ETA, así como el de las demás bandas y figuras históricas del
terrorismo. Para ello se utilizaban los sofismas de siempre como que el nivel de
represión en Euskadi justificaba la violencia terrorista de ETA:

«Juan Carlos Monedero: Cuando uno piensa que en el País Vasco la represión
ha tenido un espacio muy alto, uno puede a lo mejor empezar a entender la
violencia de ETA». (Fort Apache; ETA: Cuando las pistolas hablaban de
política, 2013)

O anunciando que lo que ETA perdía dejando la «guerra armada» no lo podría


ganar sus sucesores en la actividad parlamentaria:

«Pablo Iglesias: Hay otra forma de entender la política entenderla como


boxeo. Entender que la paz no es más que el resultado de una guerra. Así lo
entendieron en ETA la política, e hicieron una guerra que apenas ha
terminado. (...) Hoy cabría preguntarse si lo que ha perdido ETA en su guerra
contra el Estado lo podrá recuperar la izquierda abertzale ganando elecciones
y poder institucional. Hay quienes pensamos que lo que se pierde en los
campos de batalla no se gana en los parlamentos». (Fort Apache; ETA:
Cuando las pistolas hablaban de política, 2013)

Estos argumentos siguen siendo utilizados por la «izquierda abertzale» aun


simpatizante de ETA para justificar sus atentados, inclusive los dirigidos hacia
objetivos civiles como Hipercor en 1987 como vimos en declaraciones de Hasél y
otros especímenes que no han cejado en reproducir la propaganda filoetarra.

«Siempre hay que recordar que avisaron varias veces para que desalojaran,
que sólo querían daños materiales y el Estado no desalojó». (Twitter; Pablo
Hasél, 19 de junio de 2017)

En esos años Hasél y otros ensalzaban sus figuras, describían a sus programas y
artículos de «medios alternativos» contra el sistema, es más, como recocerían
públicamente más tarde, estos artistas recibían encargos para escribir canciones
para ellos y estos últimos, sus mecenas, a su vez promocionaban su música entre
los jóvenes de su círculo. Para el haselismo, los Iglesias, Monedero o Errejón
eran «intelectuales populares» y como mínimo debían ser considerados como
«aliados tácticos de la causa». En realidad, de «contrahegemónicos» no tenían
nada, no eran más que el ser el clásico intelectualismo pedante con ese barniz de
«radicalidad», producto de la experiencia universitaria y alguna que otra

141
militancia fugaz en grupos reformistas como Izquierda Unida (IU), algo que por
entonces fue suficiente para deslumbrar a artistas adolescentes como Hasél o
Váltonyc. Pero cualquiera que tuviera un poco de conocimiento sobre la filosofía
posmoderna de universidad habría sabido antes de la propia fundación de
Podemos en 2014, que de contracultural estos pájaros tenían poco. Véase el
capítulo: «Instituciones, ciencia y posmodernismo» de 2021.

Pero la historia es la que es. En 2011 Hasél decía en público: «Que bien habla
Errejón en la Tuerka, da gusto escucharlo» [*]. Los futuros líderes de Podemos
no hacían ascos a estos personajes como Hasél, Váltonyc o Aitor Cuervo, tejían
amistad con ellos y los promocionaban en sus ambientes políticos. Pero aquí
surgirá la duda: ¿por qué los líderes de Podemos buscaban acercarse a este tipo
de público? Aunque muchos, preparando su ascenso a la «realpolitik» juraban
haber superado el «magnetismo» que produce a veces estudiar la «heroica»
pero estéril trayectoria de las bandas terroristas, inconscientemente no era así,
algunos seguían rindiendo pleitesía a su historia y mitos. Y esto era normal:
todos habían estado inmersos en los mundos eclécticos de la llamada «izquierda
universitaria» –que incluye ese halo de reverencia hacia las bandas armadas
más icónicas–, además de que una parte de ellos se veía reflejado en este
«idealismo de juventud» de estos nuevos artistas, lo cual causaba nostalgia y un
equilibrio del cual se podrían beneficiar en un futuro. Nos explicaremos: con
total consciencia deseaban asegurarse esta lista de contactos «alternativa» a
sabiendas de que no existiendo ya esos referentes armados –puesto que las
bandas se habían disuelto o estaban en horas bajas– tarde o temprano alguien
tendría que rellenar ese vacía. Entonces, este público más «enérgico» acabaría
apoyando y dando publicidad a otra «nueva política», y ahí es donde entraban
ellos; el objetivo sería, pues, hacer que esta audiencia más «radical» fuese
identificándose con los propios medios televisivos, estudiantiles y periodísticos
que ya empezaban a tener estos intelectuales y que luego serían el eje
propagandístico de Podemos. Evidentemente, no todos picarían el anzuelo, pero
más de uno caería en la red.

En resumidas cuentas, intentaban aunarlos dentro de su proyecto político sin


que se diesen cuenta, dándoles la sensación de que sus ideas, aunque no eran
iguales a la línea oficial también tenían cabida, e intentando que, una vez dentro
de los círculos de Podemos, también lograsen «calmasen» con el tiempo. Pero
tiempo después, pese a sus peroratas iniciales de que Podemos no eran «un
partido al uso ni pretendían serlo», que «las cosas se cambian luchando en la
calle y no en las instituciones», que «no aceptaban el régimen del 78 y su
herencia», resultó, que tras presentarse a elecciones de 2014, los diputados
empezaron a cobrar de ese mismo y a sentirse cómodos en el nuevo ambiente de
la alta esfera política, empezaron a aceptar lo que antes decían no aceptar o para
ellos era discutible, hasta que finalmente, ¡oh sorpresa!, aceptaron sin peros el

142
sistema político tal cual era, declarando que no había alternativa al sistema
capitalista y autocalificándose como socialdemócratas.

A partir de entonces, para ellos la prioridad fue no perder la lograda


«institucionalización» del partido lograda tras las elecciones europeas de 2014,
querían evitar a toda costa acusaciones de la derecha de dar cabida a tesis,
movimientos y figuras «radicales» porque eso podría restarles votos, por tanto,
se buscó desde un comienzo la «centralidad del tablero», hasta acabar
adoptando durante un tiempo el eslogan «ni izquierda ni derechas». Desde la
cúpula se decidió que debía determinar definitivamente la publicidad que
anteriormente se había dado hacia ese tipo de movimientos y representantes
puesto que podía perjudicar la imagen de un Podemos ahora oficialmente
socialdemócrata y constitucional. Consecuentemente, se decidió no solo
condenar la «violencia terrorista de ETA» sino todo tipo de violencia. Así, de
pasar a apoyar cualquier tipo de violencia como un anarcoide se pasó a adoptar
el guion socialdemócrata de que toda violencia es perjudicial para los pueblos y
de paso dejando caer que hay que confiar en las instituciones para resolver los
problemas sociales. Por eso, en otro ámbito menor y personal, se consumó el fin
a la amistad entre Hasél con Iglesias, Monedero y otros jefes de Podemos. Pero
hemos de preguntarnos una cosa. ¿Acaso no eran igual de «asquerosos
trotskistas» y «traidores reformistas» las figuras de Podemos antes de 2014?
¿Debíamos darles «una oportunidad» o ya eran igual de fariseas sus ideas? Lo
eran, otra cosa es que el público simpatizante de grupos como el PCE (r) y ETA,
como el Sr. Hasél, ignoraban todo esto por propia ignorancia, o quizás lo
hicieron adrede por sentimentalismo, amiguismo o porque coqueteaban y
todavía creían en dichos grupos políticos por falta de formación ideológica. Sea
como fuere, el propio Hasél reconocía implícitamente que no tenía suficiente
formación política para detectar lo que era Podemos, habiendo sido embaucado:

«Nosotros al principio también fuimos embaucados por los Pablo Iglesias,


Monederos, etc». (Pablo Hasél; Entrevista, 17 de febrero de 2015)

¡Ánimo Pablo! Seguramente de aquí a diez años más te des cuenta que también
has sido embaucado por el PCE (r)/GRAPO, solo un pequeño esfuerzo más.

La cuestión de la «kale borroka»

Reconstrucción Comunista al igual que el Partido Comunista de España


(reconstituido), intentan distanciarse de ETA y presentarse como «críticos»,
pero es un vano intento pues siempre han hecho una apología y un repugnante
seguidismo a su organización comprando las justificaciones de su propaganda.

Esto no pude ser de otra forma, pues, como los trotskistas equidistantes o los
viejos pistoleros románticos del anarquismo, debido a su eclecticismo rampante
no pueden evitar excitarse ante fenómenos como el terrorismo descontrolado o
143
con el saqueo de una tienda, por lo que siempre acaban defendiendo a capa y
espada cualquier cosa que huela a pólvora y caos. Esto es gracioso ya que a su
vez tampoco tienen problema en apoyar a los grupos más reformistas y
defensores del orden burgués tanto a nivel nacional como internacional.
Curioso, ¿no?

«Las vacilaciones sin principios a la «izquierda» y la derecha, la unidad a


veces con los oportunistas de extrema derecha y en otras ocasiones con los
elementos extremistas y aventureros de «izquierda», es también un rasgo
característico de los conceptos y actitudes de los trotskistas. (...) Por un lado
los trotskistas ponen por los cielos el uso de la violencia al azar, apoyan e
incitan a los anarquistas y los movimientos de «izquierda» que carecen de
perspectiva y de un programa revolucionario claro, trayendo una gran
confusión y desilusión en el movimiento revolucionario, como las revueltas
caóticas de los grupos armados o la guerra de guerrillas no basadas en un
amplio movimiento de masas organizado». (Agim Popa; El movimiento
revolucionario actual y el trotskismo, 1972)

También es normal esta admiración por la violencia sin contenido


revolucionario, pues RC como ya hemos visto y demostrado en innumerables
ocasiones, está plagado de elementos skinheads y hooligans, que el único uso de
la violencia que conocen es con fines pandilleros y personales. Por eso, durante
años, RC, como su mentor, el PCE (r), se ha preocupado más de apoyar y
promover los actos de kale borroka al lado de los sectores «borrokas» y
proetarras –creyendo que así ganan influencia–, que de organizar y educar a las
masas –en especial la juventud– en el marxismo-leninismo y derribar los mitos
sobre ETA. Algo que sí es una necesidad apremiante.

Pongamos el caso de la famosa «kale borroka» –lucha callejera en vasco–. Esta


fue una fórmula promovida históricamente por ETA entre sus organizaciones
juveniles satélite, una táctica que se hizo notar, sobre todo, en los años 90. Su
finalidad era la de «mantener el ambiente caliente» para presionar al gobierno.
En realidad, la «kale borroka» era una estrategia de «estado de sitio
permanente contra el Estado» sin participación real de las amplias masas y
alejada de fines políticos concretos. De hecho, los actos como quema de
contenedores, pintadas a favor de los presos etarras, destrozo de papeleras,
locales, bancos, lanzamientos de cócteles molotov hacia entidades bancarias y
demás acciones, eran concebidos para muchos según el ideario anarquista,
considerando que estas actuaciones de «acción directa» eran únicas que
verdaderamente «debilitan al sistema». Se ejecutaban ciegamente sin tener en
cuenta el ánimo de la población ni el estado de seguridad de la propia
organización, por lo que, en el acto o poco después, siempre acababan con la
detención de los autores. Inmerso en sus análisis quijotescos, ETA mantenía
férreamente siempre la misma directriz, la de que cada fin de semana debía

144
haber el mayor «ruido» posible, para así «mantener al Estado en jaque» y dar
fuerza tanto a los comandos militares como las organizaciones legales.

¿Servía de algo esta «acción directa» realizada de esta forma mecánica?


Obviamente, esto no iba a hundir el sistema económico capitalista ni iba a ganar
la «guerra contra el Estado» o forzar una negociación cómoda para ETA. La
realidad demuestra que esos bancos y locales que atacaron gozaban seguros
capaces de cubrir tales desperfectos sin problema alguno, cuando no los locales
afectados eran de humildes pequeño burgueses aquejados por la crisis. Es
entendible que en estas situaciones los periodistas burgueses señalen
preocupados la molestia que el desperfecto del mobiliario urbano puede
producir. Históricamente cuando esto ha ocurrido para la población no hay un
debate económico sino político, la aceptación de esto como un acto descabellado
o un sacrificio depende del contexto en el que se llegue al acto, pues ha habido
ocasiones en que ha sido tolerado por los propios vecinos de la zona y sus
simpatizantes si previamente han visto reivindicados sus derechos y
preocupaciones reales en las consignas de los autores, si hay una dirección
programática mínima en los actos y, sobre todo, si ellos mismos fuesen
partícipes de las protestas y luchas, es decir, si han sido persuadidos de la
necesidad de formar parte en las movilizaciones –bien sea de forma pacífica
o «menos pacífica»– por una causa que –conscientemente– consideraran justa.
Esto ocurrió no hace tanto en las luchas obreras de Reinosa en 1987, de Linares,
en 1994, los disturbios de Gamonal, en 2014, o las luchas vecinales contra el
soterramiento del AVE en Murcia, más recientemente. Ejemplos de luchas
masivas y exitosas las hay en todo el territorio peninsular. De otro modo, solo se
conseguía el desgaste, desmoralización, incomprensión y finalmente, oposición
de los barrios populares.

Aunque dentro de la izquierda abertzale hubo algunas épocas en que se tuvo


simpatías por este proceder, a la fuerza hicieron que la población trabajadora
considerase esas acciones como actos sin conexión con su causa, como un
edulcorante que ETA utilizaba para mantener bajo presión al gobierno y obtener
una negociación para sus intereses propios –que cada vez distaban más de los
problemas reales de las masas trabajadoras–. Para la propia juventud
combativa, fue duro comprobar que esas formas de lucha aisladas, sin conexión
con las amplias masas, no suponían un avance real en sus aspiraciones, que no
servían para nada, que estaban siendo utilizados como peones en una partida de
ajedrez entre ETA y el gobierno, por lo que se decepcionaban pronto.

Lejos de «calentar el espíritu de combate» lo que acabó consiguiendo la «kale


borroka» fue un «enfriamiento» y confusión mayor sobre el uso de la violencia y
las luchas callejeras, tan necesarias para qué las masas trabajadoras ganen
experiencia y preparen la futura revolución.

145
Otro tema no baladí, es que estas acciones eran protagonizadas por la juventud,
la cual, pese a tener nexos innegables con el resto de capas de la población, no
todos sus intereses son igual al del resto de capas de la población, por tanto,
ante un movimiento protagonizado por jóvenes casi en exclusiva, con
organizaciones juveniles sin un programa claro que se preocupase del resto de la
población, sin una perspectiva política seria, y totalmente manipulado por ETA
para sus intereses, hizo que la mayoría de la población no se sintiera
identificada con todo esto, siendo vista la kale borroka de los jóvenes como
«pecados de la juventud», con toda razón.

Lenin aconsejó a los revolucionarios suizos que, según la experiencia de los


bolcheviques, la lucha por el socialismo debía emitirse en una propaganda que
combatiera sistemáticamente tanto el pacifismo de los oportunistas como el
terrorismo de los aventureros anarquistas. Lo que era imperativo era educar a
las masas en el uso de la violencia revolucionaria, pero siempre involucrando al
pueblo en ese desempeño, para que, llegado el momento, visto que los
explotadores seguramente no iban a entregar el poder, las masas, ya
concienciadas y experimentadas, realizasen una revolución popular para
imponer justicia y cumplir sus anhelos, algo que es muy diferente a los
pequeños comandos terroristas que actúan a su libre albedrío fuera de la lucha
de las masas y que ignoran el grado de concienciación de estas:

«Permítanme decir algunas palabras sobre otro punto que se discute mucho en
estos días y respecto del cual, nosotros, los socialdemócratas rusos, poseemos
una experiencia especialmente rica: el problema del terror. (...) Estamos
convencidos de que la experiencia de la revolución y contrarrevolución en
Rusia confirmó lo acertad de la lucha de más de veinte años de nuestro partido
contra el terrorismo como táctica. No debemos olvidar, sin embargo, que esta
lucha estuvo estrechamente vinculada con una lucha despiadada contra el
oportunismo, que se inclinaba a repudiar el empleo de toda violencia por parte
de las clases oprimidas contra sus opresores. Nosotros siempre estuvimos por
el empleo de la violencia en la lucha de masas y con respecto a ella. En
segundo lugar, hemos vinculado la lucha contra el terrorismo con muchos
años de propaganda, iniciada mucho antes de diciembre de 1905, en favor de
una insurrección armada. Considerábamos la insurrección armada no sólo la
mejor respuesta del proletariado a la política del gobierno, sino también el
resultado inevitable del desarrollo de la lucha de clases por el socialismo y la
democracia. En tercer lugar, no nos hemos limitado a aceptar la violencia
como principio ni a hacer propaganda en favor de la insurrección armada.
Así, por ejemplo, cuatro años, antes de la revolución, apoyamos el empleo de la
violencia por las masas contra sus opresores, especialmente en las
manifestaciones callejeras. Hemos tratado de que la lección dada por cada
manifestación de este tipo fuera asimilada por todo el país. Comenzamos a
prestar cada vez mayor atención a la organización de una resistencia
sistemáticamente y sostenida de las masas contra la policía y el ejército, a
146
traer, mediante esa resistencia, la mayor parte posible del ejército al lado del
proletariado en su lucha contra el gobierno, a inducir al campesinado y al
ejército a que participasen con conciencia de esa lucha. Esta es la táctica que
hemos aplicado en la lucha contra el terrorismo y estamos profundamente
convencidos de que fue coronada con éxito». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin;
Discurso en el Congreso del Partido Socialdemócrata Suizo, 4 de noviembre de
1916)

Los bolcheviques señalaban que, en su concepción de la violencia


revolucionaria, era imprescindible la participación de las masas, no actuar en
nombre de ellas:

«Exigimos que se trabajara en la preparación de formas de violencia que


previesen y asegurasen la participación directa de las masas». (Vladimir Ilich
Uliánov, Lenin; Aventurerismo revolucionario, 1902)

Estrategia y táctica revolucionaria

Por supuesto, un movimiento político que nada en el fraccionalismo y que muda


de posición como las serpientes cambian de piel no es garantía de nada ni puede
convencer a nadie serio para sumarse a su proyecto, del mismo modo que un
partido que no ostente la hegemonía en las organizaciones fabriles, agrarias,
estudiantiles, vecinales y sociales carece de toda influencia para realizar
cualquier acción seria, sea pequeña o de gran envergadura, armada o pacífica,
sea una manifestación, una huelga o una insurrección, porque si no ha sido
capaz de organizar su «corral», no puede pretender desarrollar un trabajo de
masas fuera de él compitiendo con otros «gallos».

Sin esta consciencia y disciplina, primero en lo interno, nadie nuevo les seguirá
salvo algún pequeño puñado de despistados inocentes que no durarán mucho o
que no servirán más que de comparsa en una marcha fúnebre hacia la nada. ¿Y
por qué optan quienes no han logrado aun solucionar ni lo primero ni lo
segundo? Para empezar, lo raro es que reconozcan tales carencias. La mayoría
de los que sí reconocen tales problemas optan por resolver su debilidad no
tomando cartas en el asunto sobre su evidente fragilidad ideológica, ni tratando
de aclarar y deslindar lo que les separa de otras formaciones, ni siquiera
reforzando su trabajo de agitación y propaganda en diversos sitios. Ellos, simple
y llanamente, piensan que la opción más rápida y factible para solventar su falta
de transcendencia es realizar concesiones inaceptables y pactos oportunistas en
los que, además, no llevan la voz cantante. De esta manera, nunca lograrán salir
del pozo, o peor, si lo hacen será a efecto de ser un actor secundario de una
tragicomedia burguesa.

Los marxistas han de saber que, sin lo segundo –un trabajo de organización de
masas efectivo–, jamás se logrará organizar la revolución, pero sin lo primero, –

147
un esclarecimiento ideológico absoluto sobre a dónde se quiere ir y de qué
forma–, directamente no se logrará ni ese trabajo de masas efectivo, ni mucho
menos, claro está, la ansiada revolución. Esto no lo decimos nosotros, lo dice la
historia. Los revolucionarios no han llegado a nada transcendente intentando
ocultar sus posturas o regalándole a la pequeña burguesía los debates y
terminología que se deben dar.

¿Y qué hay de la cuestión estratégica y táctica? Como en todo, se trata de


mantener un equilibrio sobrio. Si en las líneas anteriores estamos criticando el
«practicismo ciego» y la «debilidad ideológica», esto no quiere decir, claro está,
que para diferenciarnos del resto debamos ponernos a jugar a la «futurología»
anticipando las tareas que enfrentaremos de aquí a dos años, dado que el trazar
planes y perspectivas debe hacerse no «sobre el papel» y las fantasías de cada
uno, sino solamente sobre la base de la situación concreta, la cual debe de haber
sido bien reflexionada. Por mucho que sepamos o intuyamos «cuál será el
siguiente paso», la dialéctica del tiempo puede modificarlas dándonos muchas
sorpresas. Ergo, la planificación revolucionaria debe partir de atender las
demandas, fortalezas y deficiencias del grupo y el entorno en que se mueve, sin
resolver esto en un «hoy» no se podrá ir concatenando un escalafón con el
siguiente, es decir, no habrá «mañana». Como igual de claro que está que si en
cada momento, sean tareas humildes o transcendentes, se prescinde de una
brújula, de un plan de ruta a seguir, de una crítica y autocrítica sobre cada paso
dado, el viaje a emprender acabará siendo una Odisea donde las circunstancias
moverán nuestra nave a su antojo, solo que a diferencia de Ulises no será por
culpa de los «caprichos de los Dioses» sino de nuestra propia falta de previsión.
A diferencia del él nosotros no retornaremos a Ítaca, sino a la casilla de salida. Y
estos «imprevistos» continuos terminarán, como les ocurrió a los marineros del
héroe griego, con la desmoralización o locura de nuestras tropas.

Entonces, por favor, señores revisionistas, ahorraos el ridículo hablando de


«resistencia armada» cuando no tenéis capacidad ni para salir indemnes de una
manifestación. No deis lecciones de «clandestinidad» cuando retrasmitís en
redes sociales toda la actuación de vuestra célula a cara descubierta –cenas y
fiestas incluidas–. No habléis de «trabajo de masas» cuando vuestra
organización no mueve a nadie salvo su parroquia y sois unos completos
desconocidos para millones de personas. Se presume de algo cuando se tiene, no
cuando se está igual o peor que el resto.

En el mismo tono, instamos a los pusilánimes reformistas a que dejen de


vendernos caminos mágicos para superar el capitalismo que no se han dado
jamás y no se darán mientras el capital nacional y sus aliados internacionales
tengan suficiente aliento y fuerzas –pues no existe experiencia histórica donde
la burguesía se haya rendido ni en la que no haya intentado retomar el poder
por formas coercitivas–, así que parad de darnos la monserga sobre la necesidad
de luchar para que el sistema respete los «derechos eternos del hombre», como
148
la «libertad», la «democracia» y todo tipo de pamplinas. El pueblo tendrá todo
eso –y más– de forma materializada cuando sea consciente de sus condiciones y
de su fuerza, cuando conozca su propia historia y la mire sin temor a distinguir
la gloria de los errores. Solo entonces sabrá poner los puntos sobre las íes, pues
nada de provecho sacará escuchando a una panda de posibilistas que siempre le
conduce a la indefensión, la derrota y la humillación.

El anti o pseudo marxismo siempre es por naturaleza nacionalista

«El nacionalismo burgués y el internacionalismo proletario son dos consignas


irreconciliables y enemigas que corresponden a los dos grandes campos de
clase del mundo capitalista y que expresan dos políticas –aun más: dos
concepciones del mundo–». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Notas críticas
sobre la cuestión nacional, 1913)

«La desviación hacia el nacionalismo es una acomodación de la política


internacionalista de la clase obrera a la política nacionalista de la burguesía.
La desviación hacia el nacionalismo refleja las tentativas de la «propia»
burguesía nacional para restablecer el capitalismo». (Iósif Vissariónovich
Dzhugashvili, Stalin; Informe al XVIIº Congreso del Partido Comunista
(bolchevique) de la Unión Soviética, 1934)

¿Cómo trataron los revisionistas los conceptos marxistas de la cuestión


nacional? Pisoteándolos. ¿Qué actitud tuvieron frente a los pensamientos
nacionalistas? Su adhesión más completa.

a) El titoísmo

«En la esfera de la política exterior, el nacionalismo del grupo de Tito lleva a la


ruptura con el frente único del movimiento revolucionario mundial de los
trabajadores, a la pérdida por Yugoslavia de sus aliados más fieles, al
aislamiento de Yugoslavia. El nacionalismo del grupo de Tito desarma a
Yugoslavia ante sus enemigos del exterior. En la esfera de la política interior,
el nacionalismo del grupo de Tito lleva al pacto entre los explotadores y los
explotados, hacia una política de «unión» de los explotadores y de los
explotados, en un frente «nacional», hacia una política de abandono de la
lucha de clases, hacia la preconización embustera de la posibilidad de edificar
el socialismo sin lucha de clases, de la posibilidad de una integración pacífica
de los explotadores en el socialismo, hacia la desmovilización del espíritu de
combate de los trabajadores yugoslavos». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili,
Stalin; A dónde conduce el nacionalismo del grupo de Tito en Yugoslavia,
1948)

«En sus discursos Tito, Đilas, Tempo, Kulishevsky, y Vlahov escupieron su


veneno chovinista contra Bulgaria apuntando siempre concretamente y para
que no hubiera dudas contra nuestro partido, cuyo defecto, según les parece,

149
es nuestro rechazo de dejarles que se apoderen del distrito Pirin y que
condenemos su traición. (...) Para nosotros estaba claro que tales difamaciones
pueden tener sólo un objetivo: enojar a los pueblos yugoslavos contra el pueblo
búlgaro, crear un abismo entre los dos pueblos vecinos y proporcionar
propaganda gratuita a los imperialistas que se usaría como arma para
amontonar un nuevo cúmulo de mentiras y difamaciones sobre Bulgaria. (...)
La política nacionalista y chovinista de Tito y Kulishevsky, que no es sino el
otro lado de la moneda de su ya vista alineación antisoviética, no sólo es
dirigida contra Bulgaria y los búlgaros, sino también contra los macedonios.
Esta política ha tomado prestado los métodos de los nacionalistas búlgaros y
serbios, la cual siembra el odio entre los macedonios, incitando a una parte
contra la otra, recurriendo al terror y la persecución contra los que
desaprueban del curso oficial de los presentes líderes yugoslavos. De este modo
la realización del sueño histórico de los macedonios –su unificación nacional–,
está siendo artificialmente retrasada. La gente del distrito Pirin, sin embargo,
rechaza enamorarse de esta propaganda antibúlgara que pretende
quebrantar la unidad entre macedonios. Ellos se oponen a la inclusión de su
tierra en Yugoslavia antes de la realización de una federación entre
Yugoslavia y Bulgaria, porque a partir de tiempos inmemoriales ellos se han
considerado económicamente, políticamente y culturalmente atados a los
búlgaros y no desean por el momento que esto cambie. Además, entre ellos
están todavía vivas las tradiciones del movimiento macedonio revolucionario
y, en particular, de su ala en Serres, encabezada por Yane Sandansky, que
siempre abogaba por la federación como la única solución correcta a la
famosa cuestión macedonia». (Georgi Dimitrov; Informe al Vº Congreso del
Partido Obrero (comunista) Búlgaro, 1948)

Este no fue un pronóstico aventurado, ya en los 80 se había confirmado de


sobra a dónde llevó a Yugoslavia el camino del titoísmo:

«La «autogestión obrera», cuyos fundamentos están en la ideología anarco-


sindicalista, ha engendrado el nacionalismo republicano, que ha elaborado
hasta leyes y reglamentos concretos para defender sus mezquinos intereses. El
monopolio económico de las repúblicas, constituido sobre la base del
monopolio de sus empresas y de sus trusts, se ha transformado de hecho en
una potencia política y en un nacionalismo republicano, que se manifiesta no
sólo en cada república, sino también en cada región, en cada comuna y en
cada empresa. Cada uno como individuo, como grupo o como república, se
esfuerza por enriquecerse más y más rápidamente a costa de los demás. El
nacionalismo burgués está instalado a sus anchas en Yugoslavia y el lema
«unidad-fraternidad», que era justo durante la lucha de liberación nacional
cuando se combatía contra los ocupantes y la reacción interna por una
sociedad nueva basada en el marxismo-leninismo, ha pasado a ser en el actual
sistema yugoslavo, que lo escinde y lo disuelve todo, un lema huero y sin

150
ningún efecto. La «unidad-fraternidad» de los pueblos, de las naciones y las
nacionalidades, de las repúblicas y las regiones, sólo puede realizarse en un
verdadero sistema socialista guiado por la ideología marxista-leninista. La
unión federativa yugoslava no fue creada sobre bases marxista-leninistas, por
ello, inevitablemente, debían surgir, como de hecho surgieron, los
antagonismos nacionales. El propio sistema lleva consigo estas
contradicciones, alimenta el separatismo de las naciones y las nacionalidades,
de las repúblicas y las regiones. Los numerosos créditos concedidos por el
capitalismo mundial actuaron también en este sentido. Su empleo para la
satisfacción de los gustos y los caprichos burgueses y megalómanos de la casta
en el poder, su distribución desigual y sin sanos criterios entre las diversas
repúblicas, creó desniveles económicos y sociales en las repúblicas y regiones,
lo que profundiza aún más los antagonismos nacionales. El sistema de
«autogestión» no habría podido sobrevivir por mucho tiempo si no le hubiesen
ayudado dos factores: el antisovietismo de la dirección yugoslava, que no era
otra cosa sino su antimarxismo y su antileninismo, con el que se granjeó el
respaldo político de toda la reacción mundial, y el apoyo económico prestado
por los países capitalistas a través de grandes y múltiples créditos. No
obstante, estos dos factores no lograron salvar este sistema antisocialista. Por
el contrario, lo debilitaron en mayor grado y lo empujaron hacia la
bancarrota económica y política. Kardelj y Tito le echaron la culpa del fracaso
del sistema y de todos los males que se derivaron de el al insuficiente
«perfeccionamiento» del propio sistema, a la conciencia de los trabajadores
«que no había alcanzado todavía el nivel necesario», a la existencia de la
burocracia, etc. Vieron la bancarrota de su sistema antisocialista, más no
podían volverse atrás. Por eso las medidas adoptadas por Tito, cuando aún
estaba en vida, relativas a la dirección de la Federación y de las repúblicas
después de su muerte, no pasan de ser paliativos. Junto con Tito y Kardelj
desapareció la euforia en torno al sistema «autogestionario». Los sucesores de
Tito se encuentran en una gran confusión y desorientación y no saben a que
aferrarse para dar salida a las difíciles situaciones en que se encuentra el país.
Ahora la Yugoslavia titoista ha entrado en una crisis profunda y general de
sus estructuras y superestructuras, en una crisis económica y político-moral».
(Enver Hoxha; La lucha contra el revisionismo, y el movimiento
revolucionario y de liberación en la etapa actual; VIº capítulo del Informe en
el VIIIº Congreso del Partido del Trabajo de Albania, 1 de noviembre de 1981)

Véase la obra de la Kominform: Resolución: «Sobre la situación en el Partido


Comunista de Yugoslavia» de 1948.

b) El jruschovismo

La restauración del capitalismo en la URSS no podía dejar de tener incidencias


en un país que era una república federal, con tantas particularidades nacionales.

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Dejaremos un importante extracto sobre estas relaciones entre repúblicas en el
interior de la extinta URSS revisionista-capitalista:

«Las contradicciones nacionales que existen en la Unión Soviética hoy tienen


su origen en la línea seguida por el revisionista Nikita Jruschov, y fueron
acentuadas después por sus sucesores, línea que no solo es la de la
restauración del capitalismo, sino que ha traído consigo muchas heridas
específicas de la sociedad capitalista como el desarrollo desigual y la opresión
nacional en un Estado multinacional. Con el fin de lograr su objetivo
estratégico los jruschovistas criticaron los principios fundamentales del
marxismo-leninismo en la producción de mercancías y la acción de la ley del
valor en el socialismo, sobre esta base, se han elaborado todos los mecanismos
económicos que dieron lugar a la abolición del desarrollo centralizado,
planificado y proporcionado de la economía. Los jruschovistas, viejos y
nuevos, están luchando para dar la imagen de una dirección planificada de la
economía, mientras que en la práctica dieron rienda suelta a todas las leyes y
categorías económicas del modo de producción capitalista y la ley del
desarrollo desigual de países o regiones de un país capitalista. La conversión
de las relaciones socialistas en relaciones capitalistas se convirtió en la
principal fuente del nacimiento y del ahondamiento de las desproporciones
manifestadas en el desarrollo económico de las repúblicas, entre ellas y
particularmente con la República de Rusia. La dominación de la nación rusa
en toda la vida política y económica de la Unión Soviética la ha hecho
distinguirse y distanciarse claramente de las otras repúblicas. Para enfatizar
que el desarrollo capitalista desigual se especuló sobre la teoría de la «división
internacional del trabajo». Ocultando sus verdaderas intenciones y el
desarrollo económico basado en las leyes del capitalismo, los revisionistas
soviéticos imprimieron a las repúblicas no rusas una gestión unilateral
incompleta, transformándolas en una fuente de materias primas para la
metrópoli rusa, y que desarrollaban sobre su territorio un número limitado de
ramas esencialmente de la industria ligera así como algunos cultivos que
crecían bien en estos países a causa de «sus condiciones climáticas
adecuadas». (…) La crisis económica ha agravado aún más la situación de las
repúblicas no rusas. De acuerdo con las declaraciones de «Pravda» en 1982,
los ritmos de declive de la producción en las repúblicas no rusas son más
rápidos que en el pasado. El ingreso per cápita en algunas repúblicas de la
Unión son entre un 16 y un 50% inferiores a los de la República de Rusia».
(Natasha Iliriani; Fenómenos de la opresión nacional en la Unión Soviética,
1986)

Y esto solo es en lo económico; ya que en lo social, político, militar y cultural


podríamos citar otros detalles importantes que el lector debería saber aunque
sea de pasada:

152
«La política revisionista y capitalista que se aplica en la Unión Soviética ha
resucitado los viejos demonios del imperio zarista, como la opresión nacional,
el antisemitismo, el racismo eslavo, el misticismo religioso ortodoxo, el culto a
las castas militares, el aristocratismo de la intelectualidad, el chovinismo, el
burocratismo, etc. Las teorías de los revisionistas soviéticos sobre la supuesta
creación de una «nueva comunidad histórica», del «pueblo soviético único»,
han sido inventadas precisamente para ocultar esta realidad llena de
profundas contradicciones sociales, nacionales y de clase. Quien domina hoy
en la Unión Soviética es la fuerza del ejército soviético. La militarización
forzada de la vida del país, el agobiante peso de los gastos militares, que han
alcanzado cifras astronómicas y estremecen cada vez más la economía
soviética, deforman su desarrollo, empobrecen al pueblo». (Enver Hoxha;
Informe en el VIIIº Congreso del Partido del Trabajo de Albania, 1 de
noviembre de 1981)

El fortalecimiento del nacionalismo no podía dejar de tener su reflejo en las


teorías e intenciones que la URSS socialimperialista tenía de cara al exterior:

«La restauración del capitalismo en el interior del país no podía sino conducir
también a un cambio radical en la esfera de las relaciones internacionales y en
la política exterior del partido comunista y del Estado soviéticos. El
revisionismo jruschovista se fue transformando gradualmente en la ideología
y la política de una nueva superpotencia imperialista que justifica y defiende el
expansionismo, la agresión y las guerras para establecer la dominación
mundial. Son engendro de esta ideología y esta política las nefastas teorías de
la «soberanía limitada», la «división internacional del trabajo», la
«integración económica, política y militar» de los países de la llamada
comunidad socialista, a los que han atado de pies y manos y transformado en
países vasallos. (…) Toda la política exterior expansionista, hegemonista y
agresiva de la Unión Soviética socialimperialista constituye otra prueba, otro
testimonio de que el régimen soviético es un régimen capitalista, porque sólo
un régimen así puede practicar tal política en la arena internacional. Como
afirmaba Lenin, la política exterior es la prolongación de la política interior y
las dos juntas la expresión concentrada de las relaciones económicas existentes
en un país. Las máscaras socialistas y comunistas que aún pretenden
conservar los revisionistas soviéticos, se van cayendo ante su realidad
capitalista y ante la política socialimperialista que aplican». (Enver Hoxha;
Informe en el VIIIº Congreso del Partido del Trabajo de Albania, 1 de
noviembre de 1981)

Véase nuestra obra: «Algunas cuestiones económicas sobre la restauración del


capitalismo en la Unión Soviética y su carácter socialimperialista» de 2016.

c) El maoísmo

153
Desde España, la OMLE nos decía por entonces, que Mao era un genio
indiscutible a la hora de tratar la cuestión nacional, cumpliendo con su deber
internacionalista:

«El camarada Mao Zedong, que su obra es la más rica de todas las obras de
los clásicos del marxismo-leninismo sobre el problema nacional».
(Organización Marxista-Leninista de España; Bandera Roja, Nº3, 1969)

Es más, ¿qué postura mantuvo la URSS frente a las peticiones territoriales de


los líderes chinos? Como sabemos, el maoísmo sufría de un chovinismo atroz,
queriendo imponer la incorporación de Mongolia, un Estado independiente:

«Cuando la revolución popular» haya salido victoriosa en China, la República


de Mongolia Exterior pasará a ser automáticamente una parte de la
Federación China por voluntad propia. Los pueblos mahometano y tibetano
también formarán repúblicas autónomas unidas a la federación china».
(Edgar Snow: Red Star Over China, 1937)

En el libro de Mao «La Revolución China y el Partido Comunista de China» en


la edición de 1939. Citemos a uno de los autores de mayor confianza del
maoísmo: Stuart Schram:

«Aunque estaba perfectamente claro que los mongoles no querían formar


parte de ningún protectorado chino o soviético, esto fue un trago amargo
[reconocer a la RPM como un Estado soberano] para un hombre que había
estado obsesionado desde la más temprana infancia con acabar con el imperio
chino y que siempre había definido ese imperio en los términos más amplios
posibles. En 1936 había expresado su creencia de que en cuanto la revolución
saliera victoriosa en China, Mongolia Exterior se uniría por sí misma a la
federación china, y en 1939 delimitó las fronteras de China de modo que se
incluyera tanto a Mongolia Exterior, como a Mongolia Interior. No hay
ninguna razón para creer que posteriormente modificó sus puntos de vista,
pero en esto, como en muchos otros aspectos, se vio obligado a ceder ante la
realidad de los hechos». (Stuart Schram; Mao Zedong, 1967)

En una nota a pie de página, Stuart Schram escribe:

«En La Revolución China y el Partido Comunista de China escribió: «Las


fronteras actuales de China y contiguas en el noreste, el noroeste y, en parte,
en el oeste con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas». Después sigue
una enumeración de los países limítrofes en el oeste, sur y este. En la edición
actual, se insertó una frase adicional inmediatamente después de la que se
acaba de citar: «La frontera norte limita con la República Popular de

154
Mongolia» (Obras Seleccionadas, Pekín, vol. II, p. 305). No hay ninguna
mención, ni de Mongolia, ni de una frontera norte en la versión original
publicada en 1939 por el oficial Chieh-fang She en Yenan. Si se trataba de una
«omisión», esta no había sido rectificada aún ni en una edición publicada en
enero de 1949 en Peiping por la agencia Hsinhua, ni en otra publicada en junio
de 1949 en Hong Kong. Como poco, la versión de 1939 deja el asunto
notablemente abierto. No hay ningún otro lapsus en la meticulosa
enumeración país por país hecha por Mao de todas las tierras vecinas. Sin
embargo, lo más probable es que con la alusión a la frontera del «noreste y
noroeste» se quisiera hacer referencia al recorrido semicircular del límite de
China con la Unión Soviética, considerando a Mongolia como parte del lado
chino». (Stuart Schram; Mao Zedong, 1967)

Pero lejos de ceder ante las presiones nacionalistas de Mao, Stalin defendió la
soberanía nacional de Mongolia:

«Inmediatamente después de la Revolución China, Mao fue a Moscú en


diciembre de 1949 con el fin de formalizar un pacto de amistad y de asistencia
mutua sino-soviético, y permaneció allí hasta mediados de febrero de 1950.
Inmediatamente después del regreso de Mao a China, el Partido Comunista de
China a través de su New China Daily –el predecesor de Peoples’ Daily
Peking– de Naking, el diario oficial, hizo pública una declaración sobre la
situación de la República Popular de Mongolia el 5 de marzo de 1950. Esta fue
la declaración:

«Durante el período en el que se firmó el tratado y el acuerdo sino-soviético,


los ministros de relaciones exteriores de China y de la Unión Soviética
intercambiaron notas en virtud de las cuales ambos gobiernos ratificaron que
el carácter independiente de la MPR quedó plenamente garantizado gracias al
plebiscito de 1945 y al establecimiento de relaciones diplomáticas por parte de
la República Popular China.

Para todos y cada uno de los chinos verdaderamente patriotas nuestro


reconocimiento de Mongolia como un Estado independiente fue un acto justo y
correcto, pero para el bloque reaccionario del Kuomitang, que se vio más bien
obligado a hacer dicho reconocimiento, siempre ha sido un recuerdo amargo.
Fueron ellos quienes, después de hacer el reconocimiento, difundieron rumores
que lanzaban calumnias sobre el pueblo mongol y la Unión Soviética. «La
independencia de Mongolia es la pérdida de territorio chino», se decía. Entre
nuestra gente hay algunos que desconocen estos hechos y que se han visto
contaminados con sentimientos pro-«señorío», que piensan que el mapa de
China parece que está en baja forma y que es irreal sin Mongolia. Hay
personas que se han visto intoxicadas por el veneno del «Hanismo»,
propagado por el bloque reaccionario del Kuomintang... Cuando los diversos

155
grupos étnicos de China estaban todavía bajo el yugo del imperialismo y del
feudalismo, a pesar de que su liberación estaba todavía muy lejana en el
tiempo, Mongolia consiguió encontrar el apoyo legítimo de un país socialista,
la Unión Soviética, y mediante una difícil lucha logró su emancipación e
independencia. Los chinos debemos recibir positivamente su emancipación e
independencia, y tenemos que manifestar todo nuestro respeto al pueblo
mongol. Tenemos aprender de ellos, y no debemos oponernos a su
independencia; no deberíamos arrastrarlos para que compartan nuestro
sufrimiento. Ellos consiguieron emanciparse hace veintiocho años y ahora
avanzan hacia el socialismo, mientras que nosotros nos acabamos
emancipar... Por lo tanto, nuestra postura debe ser de la de reconocer su
independencia, no la de traerlos de vuelta a nuestro redil y obligarlos a que
nos sigan de nuevo.

Con respecto a Mongolia Interior, el Tíbet y otros grupos étnicos, la pregunta


que debemos hacernos no es cómo tenemos que dividirnos y tratar de ser
independientes, sino cómo debemos unir nuestros esfuerzos para construir una
China fuerte, nueva y democrática, ya que todos nos hemos conseguido liberar
más o menos al mismo tiempo». (Partido Comunista de China; Declaración, 5
de marzo de 1950)

Solicitamos encarecidamente a los lectores que lean los pasajes anteriores no


una, sino varias veces, en especial las partes enfatizadas, y que reflexionen
profundamente sobre las siguientes cuestiones:

1) ¿Por qué inmediatamente después de la firma del Pacto Sino-Soviético de


Amistad y Asistencia Mutua fue necesaria tal declaración pública?

2) ¿Por qué, en todo caso, fue necesario un «intercambio de notas» para que se
ratificara la independencia de la RPM?

3) ¿Por qué, en todo caso, fue necesario el compromiso por escrito de


establecer relaciones diplomáticas de la RPC con la RPM?

4) Entre los comunistas, ¿quiénes querían arrastrar a Mongolia a compartir


los sufrimientos de China y quiénes querían traer de vuelta a Mongolia al redil
de China?

5) ¿Quiénes pensaban que el mapa de China parecía que estaba en baja forma
y que era irreal sin Mongolia?

6) Después de firmar el Tratado y el acuerdo sobre la situación de Mongolia,


¿por qué fue necesario volver a declarar públicamente que «no debemos
oponernos a su independencia»?

156
También cabe señalar que cuando las negociaciones entre Stalin y Mao
llegaron a un impás, fue Chou-En-Lai quien tuvo que volar a Moscú el 7 de
febrero de 1950 para que, finalmente, se pudieran firmar el acuerdo y el
tratado, los cuales debían ser ratificados más adelante ese mismo año. ¿Por
qué? (…) Mao consideraba a Mongolia como parte de China. En 1943, Mao le
declaró a Edgar Snow que el gobierno de la nueva China iba a reconocer a
Mongolia Exterior como una «región nacional» –provincia– de China, ¡como
una región autónoma! Esta vez no como miembro de la Federación China, ya
que el PCCh, bajo el liderazgo de Mao por aquella época, ya había renunciado
a la teoría leninista de la federación de Estados en un país multinacional con
derecho a autodeterminación, incluida la secesión. Compare esta actitud de
Mao con la declaración pública del 5 de marzo de 1950 de que algunas
personas entre nosotros se han visto «contaminadas con el venenoso
pensamiento» «del bloque reaccionario del Kuomintang» «de que el mapa de
China parecía que estaba en baja forma y era irreal sin Mongolia». Mao,
durante las negociaciones con la URSS, exigió la derogación del tratado de
amistad hecho por la Unión Soviética con el régimen de Chiang. Ese tratado
incluía el reconocimiento de la RPM como un Estado independiente y soberano
entre otras cosas, de lo cual hablaremos en la próxima sección. En ese
momento, la derogación del Tratado de Amistad de 1945 con el régimen de
Chiang significaba la derogación del reconocimiento de la RPM como un
Estado independiente y soberano. Stalin acordó derogar –y de hecho derogó–
el tratado de amistad de 1945 con el régimen de Chiang, a condición de que la
RPC reconociera el estatus independiente y soberano de la RPM, y de que
establecieran relaciones democráticas normales con la RPM de nuevo. Esta
propuesta de Stalin quizás supuso una «fuerte presión» sobre Mao, contra la
cual Mao tuvo que «librar otra batalla». Chou-En-Lai tuvo que volar a Moscú
desde China y, finalmente, después de «librar batallas», Mao se vio obligado a
abandonar la «batalla». En realidad, esto supuso lo que supuso fue una
«presión» para un Mao nacionalista burgués. Fue una «batalla» entre el
internacionalismo proletario representado por Stalin y el nacionalismo
burgués representado por Mao». (Moni Guha; ¿Por qué se denigró a Stalin y
se le convirtió en una figura controvertida?, 1981)

La prueba definitiva de este nacionalismo se condensaría en la elaboración


teórica y la puesta en práctica de la teoría de los tres mundos.

Véase nuestro capítulo: «La teoría de los «tres mundos» y la política exterior
contrarrevolucionaria de Mao» de 2017.

157
IV
El fantasma del nacionalismo español en las agrupaciones
revolucionarias

En otros documentos hemos criticado especialmente las teorías y mitos del


nacionalismo catalán, vasco y gallego. Véase nuestra sección anterior. Pero esta
vez será lo contrario: hacer un repaso y criticar el chovinismo de la nación
opresora, en este caso del español, castellano, o como quiera denominarse.

Los méritos y límites de Pi Margall sobre la cuestión nacional

En España encontramos a Francisco Pi y Margall (1824-1901), que desarrolló su


trabajo político durante la segunda mitad del siglo XIX y que se postula como
una de las figuras de mayor estudio y sensibilidad sobre la cuestión nacional en
cuanto a entender la variada idiosincrasia que existe en lo que hoy se conoce
como España. Pero Pi y Margall, pese a su honradez, humanismo y alto
pensamiento progresista para su tiempo –preocupado incluso, como decía
Engels por la cuestión obrera y social–, no podemos decir que fuese un
socialista de tipo materialista-dialéctico. Pi y Margall inició su pensamiento
como un liberal, y pese a que después tomase la autodenominación de
«socialista» –como se ve en algunos de sus últimos trabajos–, la realidad es que
nunca pasó de ser un socialista utópico a lo sumo. Su obra es totalmente
desconocida en la actualidad, pero su pensamiento sin duda se sitúa en la
historia como el de uno de los exponentes más brillantes del socialismo utópico
español. Los pensadores de las numerosas escuelas utópicas que poblaban
España desde la década de 1840 habían dejado de lado la cuestión nacional,
haciéndose eco del nacionalismo español, de ideas semireligiosas, legalistas, de
conciliación entre clases, etc. Entre los socialistas utópicos más destacados
antes de la obra de Pi i Margall encontramos a Joaquín de Abreu, liberal-
fourierista, Sixto Cámara, proudhoniano defensor del «iberismo» –la unión
nacional entre Portugal y España–, los «icarianos» –como Abdón Terradas y
Narciso Monturiol–, que tenían una predisposición mesiánica y hablaban de
entablar un viaje al estilo del «arca de Noé» hacia la «tierra prometida, Icaria»
para librar al pueblo de sus males y, por último, Fernando Garrido, cuyo
pensamiento es el más similar de entre todos los utópicos a aquél de Pi i
Margall, pero sin desarrollarlo con la misma claridad, fuerza y espíritu
revolucionario. En el pensamiento de Pi i Margall encontramos las limitaciones
filosóficas y políticas que conllevaba haber sido de los primeros en romper con
algunas de las tradiciones reaccionarias de entonces, es decir, avanzar sobre un
territorio inexplorado, y pese a ello, nos legó infinidad de reflexiones que vale la
pena repasar en la actualidad, esencialmente en torno a la referida cuestión
nacional. Para él las naciones:

158
«Constituyen, por una parte, procesos históricos y cambian con el tiempo y,
por otra, son colectividades heterogéneas en su interior. En un pasaje decisivo
de su artículo «Las naciones», recogido en Lecciones de federalismo, se
afirma: «Todas las naciones son unidades orgánicas. Si no lo fueran dejarían
de ser naciones. Más esto no significa que tengan ni obligados órganos, ni
obligados organismos… [En cuanto] Seres colectivos y libres, tienen todas
distinta organización, y la cambian según las evoluciones de las ideas y las
necesidades de los tiempos. Se quiere hacer hoy a las naciones poco menos que
ídolos. Se las supone eternas, santas, inviolables; se las presenta como algo
superior a la voluntad, como esas formaciones que vemos en la naturaleza,
obra de los siglos». En pocos lugares se muestra tan a las claras el dual
concepto de nación de Pi, en cuanto realidad simultáneamente socio-histórica
y político-voluntarista». (Ramón Máiz; Federalismo, republicanismo y
socialismo en Pi i Margall, 2009)

El barcelonés diría sobre las naciones, más detalladamente:

«Esto es, constituyen, por una parte, procesos históricos y cambian con el
tiempo y, por otra, son No vaya V. a creer que yo sea enemigo de la
nacionalidad... pero cuan insensato es decir que no cabe tocarla ni siquiera
para reconstituirla sobre estas o las otras bases. Está, como todo, sujeta a
mudanzas y al progreso de los siglos; y hoy, época de libertad, por la libertad
es indispensable que se organice y viva. Es ahora hija de la fuerza, y queremos
que lo sea mañana de la libre voluntad de los pueblos que la componen.
Oprime ahora y violenta a los pueblos y las regiones, y queremos que respete
la autonomía de los unos y las otras sin perder un ápice de la suya dentro del
círculo de los intereses nacionales». (Francisco Pi y Margall; Las luchas de
nuestros días, 1890)

Pi y Margall supo ver, al igual que Marx y Engels, que tras el llamado «principio
de las nacionalidades» que abanderaban las potencias europeas, se escondía un
eslogan demagógico para justificar sus mezquinos intereses:

«Se reproduce hoy la teoría de las nacionalidades, y ¡ay! no se ve que sólo se


busca en ella medios de superioridad y de engrandecimiento. (...) Si Italia y
Prusia estuvieran con sinceridad por la reconstitución de las naciones, si lo
estuviera sobre todo Prusia, ¿habíamos de ver aun sin reparación y sin castigo
uno de los más grandes crímenes que registra la historia de los pueblos? Hace
un siglo que está descuartizada Polonia y repartida entre las naciones del
Norte. Por tres veces se la dividieron Rusia, Austria y Prusia con escándalo del
orbe. Vanas fueron las protestas de los infelices polacos: Europa los abandonó
y se hizo sorda a la voz del derecho y la justicia. No les tendió la mano ni
cuando los vio alzarse en armas contra los opresores y pelear como héroes a la
sombra de Poniatowski o de Kosciusko. (...) Prusia, que es hoy la primera en

159
invocar la teoría de las nacionalidades, ¿por qué no empieza por desprenderse
del ducado de Póssen? Póssen, ¿es acaso alemán? ¿Hablan alemán sus hijos?
Ya que no le sea posible arrancar el resto de Polonia a Rusia y Austria, ¿no
podría por lo menos Prusia entablar en el terreno diplomático la cuestión de
reorganizar aquel pueblo, y, en tanto que se la resolviese, declarar autónomo a
Póssen? ¡Ah! No lo hará, que harto dejó conocer su ambición y su pensamiento.
No renunciará ni a Póssen, ni a Lituania, ni a metro alguno de tierra que haya
bien o mal adquirido, y usurpará en cambio lo que pueda». (Francisco Pi y
Margall; Las nacionalidades, 1877)

Demostró con ejemplos precisos de su época que cuanto más restringida es la


libertad para las minorías nacionales, con más ahínco se rebelan estos pueblos y
más difícil es la convivencia dentro del Estado, y que en cambio, cuantos más
derechos y libertades se otorgaban, más normalizada estaba la convivencia entre
la mayoría y minoría nacional:

«La libertad es en todo la animación, la vida, el desarrollo de la ciencia y el del


trabajo. La libertad suaviza y consolida aún las obras de la fuerza. De los
polacos, como el lector no ignora, parte pertenece a Rusia, parte a Prusia,
parte al Austria. Los de Austria son los más pacíficos, porque son los más
autónomos». (Francisco Pi y Margall; Las nacionalidades y la federación,
1893)

Al igual que posteriormente harían otros revolucionarios como Lenin, sacó a la


palestra el caso suizo, donde era evidente que no existía una uniformidad de
leyes, ni de lenguas, ni de etnias, donde se había dado un proceso de unificación
tanto pacífico como violento durante siglos, pero que debido a una
reformulación de las relaciones, hacía tiempo que sus habitantes habían podido
convivir sin excesivos problemas nacionales:

«Dentro de la misma Europa hay una nación que corrobora lo que estoy
diciendo. Me refiero a Suiza, compuesta de veintidós cantones o Estados. De
estos cantones, unos son por su origen alemanes, otros franceses, otro
italiano; unos son protestantes, otros católicos; unos entraron libremente en la
Confederación, otros por la fuerza; unos empezaron por ser meros aliados de
la república, otros meros súbditos. Viven, sin embargo, formando todos
tranquilamente». (Francisco Pi y Margall; Las nacionalidades, 1877)

Otro de los argumentos de Pi y Margall que hoy sigue siendo irrefutable, es que
si la fuerza no es el único lazo que une a los territorios, los unitaristas no
deberían temer al principio del federalismo, ya que los pueblos optarían a su
colaboración en pro de lo que les une y no de lo que les diferencia:

«Yerran los que ponen por encima del pacto la autoridad y el derecho. Ni la
autoridad surge espontáneamente y fatalmente, como afirman, ni el derecho

160
obliga mientras no gana el entendimiento. (…) Imposible parece que tal digan
hombre que blasonan de revolucionarios y se titulan de demócratas. (…) Poder
de la propiedad, mayorazgos, derechos reales de la Iglesia, señoríos,
autoridad absoluta de los reyes, catolicismo, toda era obra de los siglos, y por
seculares códigos venía sancionado y prescrito. En todo, sin embargo, pusimos
osadamente la mano, unas veces invocando la conveniencia, y otras la justicia.
Y ¿hemos de creer ahora santas las naciones? (…) Se hicieron y deshicieron, se
rehicieron y se volvieron a deshacer muchas veces en el dilatado curso de la
historia. (…) Pero ¿a qué cansarme? Si la fuerza es medio legítimo para la
formación de las naciones, preciso es confesar que tan legítimas eran la
España visigoda y la España árabe como la de nuestros días. Legítimo fue el
imperio de Alejandro Magno, el de Carlomagno, el de Napoleón Bonaparte.
Legítimos ha sido el reparto de Polonia. (…) ¿Admiten esto los demócratas? No
lo creo, por más que, prescindiendo de sus antiguos principios, abogan hoy por
el servicio obligatorio y los numerosos ejércitos y hablan de llevar la guerra al
África». (Francisco Pi y Margall; El pacto, 1882)

Estos axiomas tan básicos, que ni siquiera son principios del marxismo sino de
todo hombre coherente que se considere comprometido con la lógica, todavía no
han sido comprendidos por algunos chovinistas.

Anticipándose a los argumentos del marxismo, demostró que cuestiones


aisladas como la raza o la lengua, en sí, no demostraban un derecho, porque
pese a ello era claro que muchos pueblos de similares características elegían
caminos dispares:

«Ni tampoco es cierto que sean las naciones obra de la naturaleza. Se unen
pueblos de diferente raza y diferente lengua, y se dividen los de una misma
lengua, y una misma raza. Viven pueblos que se rigen por diversas leyes; y
separados, pueblos que obedecen unos mismos códigos. (…) El verdadero lazo
jurídico de las naciones, hay que desengañarse, está en el pacto. (…) Temer que
por el pacto se disgreguen en España las provincias es, por fin, abrigar la idea
de que permanecen unidas por el solo vínculo de la fuerza. ¿No lo están por
otros lazos?». (Francisco Pi y Margall; El pacto, 1882)

Pi y Margall pensaba que la política de la monarquía española había sido


desastrosa, y era evidente el particularismo entre los diversos pueblos, como
citaba constantemente al hablar de los vascos, pero como se ve en esta parte
final, tenía el convencimiento de que los demócratas encontrarían en la
federación la fórmula para estrechar libremente los vínculos incluso con pueblos
de distintas costumbres, leyes y lenguas. De ahí su arenga a la unidad con los
portugueses, de innegables diferencias, pero también similitudes.

Partiendo siempre de la base de que:

161
«Los pueblos deben ser dueños de sí mismos». (Francisco Pi y Margall; Las
nacionalidades, 1877)

Así veía él las relaciones que debían establecerse entre los pueblos:

«¿A qué, pues, empeñarnos en reconstituir las naciones por ninguno de los
criterios que he examinado y combatido? ¿Qué conviene más: que
acuartelemos, por decirlo así, las razas, o las mezclemos y confundamos? ¿qué
separemos a los hombres por las lenguas que hablen, o los unamos y por este
medio enriquezcamos todos los idiomas? ¿qué dividamos a los pueblos por las
leyes que los rijan, o los agrupemos, y por los conflictos que de la diversidad
surjan hagamos sentir la necesidad de un solo derecho? ¿que nos
acostumbremos a ver en las cordilleras, los mares y los ríos, muros
insuperables, o no veamos en ellos sino accidentes de la naturaleza sin influjo
alguno en la distribución de nuestro linaje? ¿qué disgreguemos al fin a los
hombres por la religión que profesen, medio el más a propósito para que se
establezca y afirme en todas partes la intolerancia, o hacinemos a los sectarios
de todos los dogmas para que mutuamente se respeten y comprendan que la
moral tiene su más firme asientos en la conciencia? ¿A qué, pues, empeñarnos
en reconstituir las naciones por ninguno de los criterios que he examinado y
combatido? ¿Qué conviene más: que acuartelemos, por decirlo así, las razas, o
las mezclemos y confundamos? ¿qué separemos a los hombres por las lenguas
que hablen, o los unamos y por este medio enriquezcamos todos los idiomas?
¿qué dividamos a los pueblos por las leyes que los rijan, o los agrupemos, y por
los conflictos que de la diversidad surjan hagamos sentir la necesidad de un
solo derecho? ¿que nos acostumbremos a ver en las cordilleras, los mares y los
ríos, muros insuperables, o no veamos en ellos sino accidentes de la naturaleza
sin influjo alguno en la distribución de nuestro linaje? ¿qué disgreguemos al
fin a los hombres por la religión que profesen, medio el más a propósito para
que se establezca y afirme en todas partes la intolerancia, o hacinemos a los
sectarios de todos los dogmas para que mutuamente se respeten y
comprendan que la moral tiene su más firme asientos en la conciencia? (...)
Derribar, y no levantar vallas, debe ser el fin de la política». (Francisco Pi y
Margall; Las nacionalidades, 1877)

Esto echa abajo las acusaciones que hoy algunos socialchovinistas vierten sobre
Pi y Margall acusándole de querer disgregar a los pueblos. Por el contrario, Pi y
Margall reconocía los problemas en el tipo de relaciones que existían, y creía
que la única solución era un entendimiento democrático, no forzado.

¿Significa eso que para los marxista-leninistas Pi y Margall debe de ser el hilo
conductor en la cuestión nacional? Ni mucho menos pretendemos eso. Hay que
rescatar sus aspectos positivos y condenar sus equivocaciones, empezando por

162
entender que en su pensamiento vemos condensadas las grandes ambigüedades
y contradicciones del «federalismo» de la época como se puede ver en la
recopilación de obras hecha por Ramón Máiz: «Las nacionalidades. Escritos y
discursos sobre federalismo de Pi y Margall» de 2009.

Allí podemos encontrar tramos brillantes junto a otros muy oscuros, algunos
ambiguos y otros directamente poco acertados.

Por un lado, Pi consideraba que existía la «nación española» desde 1580, pero al
mismo tiempo en los inicios del siglo XIX cita hasta «trece naciones» contra las
que se tuvo que enfrentar Napoleón, en otros casos se retrotrae hasta la
antigüedad para hablar de «naciones». Una afirmación extraña, que no sería la
única, ya que igual que con los términos «federación» o «confederación»,
utilizaba indistintamente «nación» y «nacionalidad» en varias ocasiones sin
hacer una distinción precisa, contradiciéndose durante su extensa obra. Una
irresponsabilidad terminológica que heredarían la mayoría de marxistas,
haciendo más confusa la aclaración sobre la cuestión nacional.

Reconocía que «al Norte de España hay un pueblo que difiere totalmente de
nosotros por su raza, por su lengua, y por la índole y el desarrollo de sus
instituciones, el vasco», que veía factible que «un día se propusiese construir
una nación» pero ponía el condicionante de que «Francia y España estuvieran
conformes en disgregarlo de su respectivo territorio, obvio que, por el
disentimiento de las dos naciones, sería posible establecer una nueva nación».
Esto es contradictorio para alguien como Pi y Margall, favorable a las «libres
asociaciones entre pueblos», partiendo de que «entre soberanos solo caben
pactos», que denunciaba el fracaso de la «unidad en el despotismo» en España,
con la invasión, conquista y los intentos de asimilación forzosa de Castilla sobre
los territorios vascos y navarros. Desde el punto de vista marxista-leninista,
dejar la autodeterminación de los pueblos al «consenso» entre la nación
oprimida y opresora, dirigidas ambas por clases explotadoras, es evadirse de la
realidad histórica y presente, pues: 1) la mayoría de países opresores no están
dispuestos a permitir esa emancipación del país oprimido; 2) la mayoría de
casos, dicha unión ha sido por la fuerza, y en caso de no ser así, un pueblo tiene
el derecho de cambiar el status contraído libremente.

Del mismo modo, Pi hace gala del enredo teórico que sufría el federalismo, ya
que se queja de la división administrativa de 1833 por dividir las antiguas 14
regiones históricas en 49 provincias: «quiero la reconstitución de las antiguas
provincias» porque «casi todas fueron naciones durante siglos». Aquí, de nuevo,
Pi demuestra lo alejado que está del marxismo, pues las naciones no se forman
sino en los albores del capitalismo, por tanto, es imposible que alguna de esas 14
regiones históricas fueran «naciones» según el concepto marxista, que luego
volveremos a desglosar extensamente. De igual modo entre esas «regiones

163
históricas» figuran Sevilla y Granada, las cuales según Pi serían «naciones»,
pero en otras obras nos habla indistintamente de ambos como parte de la región
de los «andaluces». En su ideario considera que «la patria-nación cambia, pero
la patria-región permanece», concluyendo «que para los hombres todos la
región es la verdadera patria». Por lo que el barcelonés pese a sus grandes
aciertos en varios temas, no tenía una visión clara del problema.

Otro aspecto a comentar, es que inicialmente, Pi veía en el movimiento político


catalán una corriente meramente regionalista, y por tanto, no veía diferencia
significativa a las proclamas de los federalistas. Esto era cierto, pero en verdad
dentro de ese regionalismo se estaban dando los primeros gérmenes para un
movimiento nacional catalán que reclamaría años después el derecho de
secesión o libre asociación. De hecho, como sabemos hoy, el nacionalismo
catalán proviene en gran parte de los antiguos regionalistas catalanes, y estos a
su vez de una evolución del federalismo catalán como se ve en personajes como
Valentí Almirall. En sus últimos años Pi cambiaría de opinión, tuvo la gran
perspicacia como para darse cuenta de que las políticas del gobierno central
español, así como las ideas y proclamas de su prensa e ideólogos contra este
emergente regionalismo catalán, estaban avivando allí un resentimiento y
dando razones para reclamar unas ampliaciones de la autonomía cada vez
mayores:

«Hoy seguimos con Cataluña la misma conducta que con Filipinas y Cuba, lo
cual significa de evidente modo que no somos capaces de escarmentar. No
diremos que no haya, sobre todo en la juventud culta, ciertas aspiraciones a
constituir una nación que figure libre y sola entre las demás naciones de
Europa. (…) Si los gobiernos fueran previsores, lejos de combatir a esos
partidos los favorecerían tomándolos por valladar contra toda aspiración de
independencia. No podemos hoy asegurar que estas aspiraciones un día no
prevalezcan. (…) Si los gobiernos y partidos unitarios tuviesen más previsión
de la que tienen y rectificasen los absurdos principios que profesan sobre la
unidad de las naciones, lejos de dar oídos a los que presentan a los catalanistas
como separatistas, habrían de ser los primeros en defenderles contra tan
injustas acusaciones y manifestar con ellos espíritu de amistad y de concordia.
Aplacarían así las pasiones y no hallaríamos en Barcelona un motín a la
vuelta de cada esquina». (Francisco Pi y Margall; Las elecciones municipales
en Barcelona, 1901)

Esto bien le recordaban a la nefasta gestión en las colonias que se acaban de


independizar, por lo que no negaba que ese catalanismo llegase a reclamar en
un futuro la independencia. Por ello instaba a que cualquier gobierno que se
considerase suficientemente inteligente, si deseaba la unión entre los pueblos
debía abstenerse de cometer cualquier agravio y atender las reivindicaciones de
dicha región, o por el contrario, avivaría sus reclamaciones hasta llegar a las

164
mismas consecuencias ya vistas en otros episodios de la historia de España. Algo
que los zotes en historia todavía tienen como asignatura pendiente repasar. En
la polémica sobre la cuestión lingüística, Pi se destacó por defender el derecho
de los pueblos a utilizar su propia lengua y desmontar los mitos sobre ella,
aclarando que el catalán es una lengua romance, que, como el castellano deriva
del latín y con su propia idiosincrasia:

«¿Ha visto usted locura semejante? Dicen los unitarios; pues ¿no pretenden los
catalanistas que sea oficial su lengua? Un mal dialecto, no un idioma como el
de Castilla. En primer lugar, señores unitarios, conviene que sepan ustedes que
tan dialéctica es el habla de Castilla como la de Cataluña, ya que las dos, la
portuguesa, la italiana, la francesa, la rumana, tienen todas por madre la
lengua del Lacio, la lengua en que hablaron Cicerón, Tácito, Salustio, Virgilio y
el nunca viejo Horacio. De que el catalán sea un mal dialéctico no son ustedes
los que pueden juzgarlo, ya que por el desprecio con que lo tratan dan claras
muestras de no conocerlo. El catalán tiene fonéticamente y gramaticalmente
más puntos en contacto con el francés que con el castellano, es enérgico,
abundante en voces, apto para la poesía, flexible, de fácil expresión para los
más difíciles conceptos. (…) ¿Quién no ama la lengua que aprendió de labios de
su madre? (…) Aconseja el buen gobierno el uso oficial de las lenguas
regionales». (Francisco Pi y Margall; La lengua catalana, 1901)

He aquí a Pi y Margall adelantando lo que iba a ser un quebradero de cabeza


constante en la política de España en el siglo XX: la cuestión nacional:

«Los catalanistas son hoy poderosos. Bien claramente lo han demostrado en


las últimas elecciones. Han obtenido en Barcelona más votos que los
republicanos y liberales. (…) Cuentan con personas de saber y arraigo. Tienen
a su lado a una juventud inteligente y con entusiasmo. Publican 42 periódicos
semanales y cuatro diarios. (…) Este partido, señores ministros, conviene que
sepáis que lo que más lo acrecienta es vuestra desacertada y corrompida
administración, los desafueros que allí cometéis sin esperanza de remedio y la
indiferencia con que habéis mirado y miráis los desastres del reino. (…) Aún a
la independencia podríais llevarlo como no cambiéis de rumbo y contra él os
atrevieseis a dictar leyes excepcionales». (Francisco Pi y Margall; Los
catalanistas, 1901)

Como nota final, Pi y Margall también se atrevió a denunciar las elucubraciones


subjetivistas que el incipiente movimiento nacional catalán manejaba por
entonces; configurando toda una serie de reivindicaciones territoriales para su
proyecto nacional –los llamados «Países Catalanes»–, territorios que la realidad
mostraba que nada tenía que ver ya con los antiguos estrechos vínculos
políticos, económicos y culturales que mantuvieron siglos atrás, por lo que el

165
barcelonés acusaba a estos líderes del catalanismo de albergar un chovinismo y
una ceguera similar a la de los unitaristas españoles:

«Los hay que hasta sueñan con organizar un reino en que entren Cataluña,
Valencia, las Islas Baleares y las tierras que un día poseímos al otro lado de los
Pirineos de Oriente; mas éstas son elucubraciones vagas y sin realidad alguna,
lucubraciones propias de hombres que no ven cuánto alteran y destruyen las
viejas instituciones y la guerra, los descuartizamientos de las antiguas
monarquías y sobre todo las evoluciones políticas por las que van pasando los
pueblos». (Francisco Pi y Margall; Los catalanistas, 1901)

¡El tiempo daría la razón a Pi y Margall: ni Cataluña quiere ser española, ni


Valencia, ni Baleares ni el Rosellón quieren ser catalanas!

Todo esto demuestra la gran trascendencia de Pi y su pensamiento, su gran


lectura de los acontecimientos.

Es más, estos escritos certifica lo que Lenin ya dijo de los pensadores de siglos
anteriores:

«Tanto la reivindicación de la autodeterminación de las naciones como todos


los puntos de nuestro programa mínimo democrático fueron planteados ya
antes, en los siglos XVII y XVIII, por la pequeña burguesía. Y la pequeña
burguesía sigue planteando utópicamente todos esos puntos, sin ver la lucha:
de clases y su intensificación con la democracia, confiando en el capitalismo
«pacifico». Así es, precisamente, la utopía de la alianza pacífica de las
naciones iguales en derechos bajo el imperialismo, utopía que defienden los
kautskianos y que engaña al pueblo. En contraposición a esta utopía pequeño
burguesa, oportunista, el programa de la socialdemocracia debe presentar
como fundamental, como lo más esencial e inevitable bajo el imperialismo, la
división de las naciones en opresoras y oprimidas. (…) El proletariado sólo
puede conservar su independencia si subordina su lucha por todas las
reivindicaciones democráticas –sin excluir de la república– a su lucha
revolucionaria por el derrocamiento de la burguesía». (Vladimir Ilich Uliánov,
Lenin; La revolución socialista y el derecho de las naciones a la
autodeterminación, 1915)

Lo realmente triste, es que hoy, los supuestos intelectuales del proletariado en el


siglo XXI, sean más retrógrados que los intelectuales pequeño burgueses de
siglos pasados, unos porque creen en esa unión fraternal de pueblos de forma
ajena a la lucha de clases –como los reformistas–; o bien, porque bajo frases de
internacionalismo revolucionario niegan –con argumentos socialchovinistas– la
opresión de las naciones y el derecho de autodeterminación en general.

166
¿Hegealismo de izquierda o marxismo como modelo a seguir?

Aunque hoy conozcamos la enorme transcendencia del marxismo en lo tocante


a la cuestión nacional, éste tampoco estuvo exento de errores iniciales a la hora
de formular la cuestión. Las conclusiones que hoy conocemos son fruto de la
superación de contradicciones iniciales en el propio movimiento. En su
juventud, Marx y Engels estuvieron influenciados por la teoría de los «pueblos
sin historia». ¿Acaso debemos olvidar que la tesis de los «pueblos sin historia»
fue cocinada para satisfacer al nacionalismo alemán emergente con el fin de
justificar su expansión en detrimento de los pueblos eslavos y otros como el
magiar? ¿No es cierto que nació para justificar las conquistas coloniales
europeas?:

«China y la India se hallan todavía, por decirlo así, fuera de la historia


universal; son la suposición de los momentos cuya conjunción determina el
progreso viviente de la historia universal». (G. W. Friedrich Hegel; Lecciones
sobre la filosofía de la historia universal, 1830)

Pongamos otro ejemplo:

«El que quiera conocer manifestaciones terribles de la naturaleza humana, las


hallará en África. Lo mismo nos dicen las noticias más antiguas que poseemos
acerca de esta parte del mundo; la cual no tiene en realidad historia. Por eso
abandonamos África para no mencionarla ya más. No es una parte del mundo
histórica; no presenta un movimiento ni una evolución, y lo que ha acontecido
en ella, en su parte septentrional, pertenece al mundo asiático y europeo. (...)
Lo que entendemos propiamente por África es algo aislado y sin historia,
sumido todavía por completo en el espíritu natural, y que solo puede
mencionarse aquí, en el umbral de la historia universal». (G. W. Friedrich
Hegel; Lecciones sobre la filosofía de la historia universal, 1830)

Esto, por desgracia, era una nota común en la mayoría de pensadores avanzados
de esta época. En España, pensadores como Larra promulgaban barbaridades
análogas:

«Razón han tenido los que han atribuido al clima influencia directa en las
acciones de los hombres; duros guerreros ha producido siempre el norte,
tiernos amadores el mediodía, hombres crueles, fanáticos y holgazanes en
Asia, héroes la Grecia, esclavos el África. (…) Cada país tiene sus producciones
particulares». (Mariano José de Larra; La planta nueva o el faccioso. Historia
natural, 1833)

Marx y Engels fueron muy claros en sus juicios hacia el filisteísmo del filósofo
alemán, que lejos de ser una crítica en sentido derrotista y apátrida, era una
crítica constructiva con el fin de que Alemania se modernizase y jugase un papel
revolucionario de una vez por todas:

167
«Sí, la historia alemana se lisonjea de haber realizado un movimiento que
ningún pueblo ha hecho nunca ni hará jamás después de él en el horizonte de
la historia. Precisamente, nosotros hemos participado de las restauraciones de
los pueblos modernos sin haber compartido sus revoluciones. En primer
término, tenemos la restauración porque otros pueblos osaron una revolución,
y en segundo lugar, porque otros pueblos padecieron una contrarrevolución.
(...) Al contrario, entusiastas ingenuos, alemanes de sangre y liberales por
reflexión, buscan nuestra historia de la libertad más allá de nuestra historia en
las primitivas selvas teutónicas. Pero, ¿en qué se distingue nuestra historia de
la libertad de la historia de la libertad del jabalí, si se debe ir a encontrarla
sólo en las selvas? (...) Como los pueblos antiguos vivieron su prehistoria en la
imaginación, en la mitología, nosotros, alemanes, hemos vivido nuestra
historia póstuma en el pensamiento, en la filosofía. Somos filósofos
contemporáneos del presente sin ser contemporáneos históricos. La filosofía
alemana es la prolongación ideal de la historia alemana. (...) En Alemania
falta a cada clase particular no sólo el espíritu de consecuencia, la severidad,
el coraje, la irreflexión que podría imprimirle el carácter de representante
negativo de la sociedad; falta, igualmente, a cada estado social aquella
amplitud de alma que la identifique, siquiera sea momentáneamente con el
alma del pueblo; falta la genialidad que hace de la fuerza material un poder
político; falta el empuje revolucionario que arroja a la cara del adversario la
insolente expresión: Yo no soy nada y debería ser todo. El fundamento
principal de la moral y de la honorabilidad alemana, no sólo de los individuos
sino también de las clases, está formado por aquel modesto egoísmo que hace
valer su mediocridad y deja que los demás la hagan valer enfrente de sí. (…)
Más bien, la conciencia moral del amor propio de la clase media alemana se
apoya sobre la conciencia de ser la representante general de la mediocridad
filistea de todas las otras clases. Por eso, no son sólo los reyes alemanes los que
logran su trono mal á propos; es cada esfera de la sociedad burguesa la que
sufre su derrota antes de haber festejado su victoria». (Karl Marx;
Introducción para la crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel, 1844)

Si uno quiere más ejemplos, puede consultar varios documentos históricos.


Véase la obra de Franz Mehring: «Marx, la historia de su vida», de 1918.

Eso no excluye que, en muchos escritos, se hallen influenciados por el


hegealismo de izquierda -o resquicios del mismo-, con comentarios desmedidos
sobre otros pueblos y que, en ocasiones, se tuvieran que retractar de lo dicho
años atrás. Esto nos indica que el estudio de la cuestión nacional fue para Marx
y Engels un tema donde también sufrieron una particular e interesante
evolución.

Hoy algunos revisionistas, como los maoístas reconstitucionalistas, que


justifican que los revolucionarios cayesen en este tipo de teorías idealistas de los
«pueblos sin historia»:

168
«Las durísimas palabras que Engels dedica en varios artículos de esta época a
las «naciones sin historia» podrían sorprender e incluso contrariar a más de
un comunista educado en la corrección política de nuestros días; no obstante,
analizados estos escritos desde la perspectiva de clase del proletariado y
atendiendo al contexto histórico del momento, la justeza de tales palabras cae
por su propio peso». (Línea Proletaria; ¡Abajo el chovinismo español de gran
nación!, Nº1. Julio de 2017)

No se trata solo de «durísimas palabras» sino, a veces, de juicios ridículos y


equivocados que cualquier marxista contemporáneo reconocerá a poco que
tenga un ápice más de honestidad que estos señores. Estos maoístas exoneran a
Marx y Engels cuando fueron presos de esta trampa hegeliana y, bien por
desconocimiento, bien por vergüenza, ocultan los textos donde incurren en
estos errores –como acostumbran a hacer con su ídolo revisionista Mao, aunque
perdónenos el lector por hacer tal comparativa, que resulta hasta ofensiva–.
Esto nos demuestra que los reconstitucionalistas maoístas únicamente pueden
reconstituir la mística idealista del maoísmo, la cual trata a sus figuras de
referencia como a dioses infalibles que, como decían los guardias rojos: «Sus
instrucciones son clarividentes y grandes previsiones científicas. Al principio,
con frecuencia no entendemos plenamente muchas de estas instrucciones o
incluso estamos muy lejos de entenderlas».

Pero el marxismo prescinde de esta forma de proceder. Por supuesto, a los


nacionalistas vestidos de rojo –como los seguidores de Santiago Armesilla– les
hará feliz saber que existen grupos que apoyan algunas de sus conclusiones más
polémicas; se enorgullecerán de que otros revisionistas resuciten la teoría
nacionalista de los «pueblos sin historia» y otras ideas derivadas.

Estos grupos predican gustosamente este tipo de frases:

«Es cierto que para los franceses es una idea fija que el Rin es de su propiedad,
pero a esta demanda arrogante la única respuesta digna de la nación alemana
es la de Arndt: «Devuelvan Alsacia y Lorena». (…) La reconquista de la orilla
izquierda del Rin de habla alemana es una cuestión de honor nacional, y que la
germanización de una Holanda desleal y una Bélgica es una necesidad política
para nosotros. ¿Permitiremos que la nacionalidad alemana sea
completamente reprimida en estos países, mientras que los eslavos están
aumentando cada vez más poderosamente en el Este?». (Friedrich Engels;
Ernst Moritz Arndt, 1841)

Esto podría haber sido firmado por cualquier hegeliano de la época y, años
después, por cualquier nietzscheano o por cualquier nazi, pues es un comentario
chovinista como otro cualquiera. Hoy, los nacionalistas de cada zona pretenden
hacer de este tipo de frases una lógica racional y revolucionaria, pero más
adelante veremos por qué están errados e incluso contrapuestos a las
afirmaciones posteriores de Marx y Engels. Esto resulta cómico, pues suelen ser

169
los grupos que más acusan a los verdaderos marxistas de «doctrinarios» y
«dogmáticos», de «no ser capaces de pensar más allá de las citas de sus ídolos».
Pero, con tal actitud demuestran, primero, que no han hecho un estudio
completo de la cuestión nacional; segundo, que si lo han hecho prefieren
quedarse con el pensamiento hegeliano y reaccionario que con el pensamiento
progresista del marxismo sobre esta cuestión; y tercero, que cuando optan por el
marxismo, son incapaces de aplicarlo aun cuando tienen la realidad delante de
sus narices.

En Marx y Engels, los padres del socialismo científico, se presenta la idea de


naciones progresistas en contraposición con las naciones reaccionarias desde la
óptica del desarrollo humano y de la revolución. Esto no es incorrecto. Dicho
fenómeno es usual, y ocurre en todas las épocas debido al desarrollo desigual de
las fuerzas materiales y de la conciencia. La Rusia de Nicolás II estaba a la
cabeza de la reacción en 1917, pero pocos meses después la Rusia de Lenin
estaba a la cabeza del progresismo. Esta obviedad no justifica que debamos
aceptar ideas equivocadas que en algún momento u otro presentaron Marx y
Engels, como:

1) Dar por válidos los clichés nacionales que se han ido forjando, o el atraso
objetivo de ciertas naciones para tacharlas de incapaces de autogobernarse.

2) Aceptar y animar, a base de clichés nacionales de otros países, la anexión


forzosa de pueblos en beneficio de la nación propia.

3) Que los gobiernos reaccionarios y sus acciones eran reflejo de pueblos


reaccionarios sin remedio.

4) Que los pueblos sin Estado son residuos de la evolución que no tenían ya
posibilidad de formular su propio Estado ni de sumarse al progreso
revolucionario.

5) Que las naciones pequeñas formaban un obstáculo y, generalmente, una


reserva de la reacción.

Veamos algunos ejemplos y su posterior evolución.

Engels, en su artículo: «El armisticio danés-prusiano», de 1848, retrata a los


escandinavos bajo los clichés nacionalistas de que son gente: «Entusiasmada
por los rasgos brutales, sórdidos, piratescos, los antiguos rasgos nacionales
nórdicos, por esa profunda vida interior que no puede expresar sus ideas y
sentimientos exuberantes en palabras, sino que solo puede expresarlas en
hechos, es decir, en groserías hacia las mujeres, ebriedad perpetua y en el
frenesí salvaje de los berserkers alternado con el sentimentalismo lloroso».

Engels en su artículo: «Carta de Alemania. La guerra en Schleswig Holstein» de


1850, tacha a los «holandeses, belgas, suizos» de: «naciones tan míseramente

170
impotentes», y a Dinamarca de «pequeña, impotente y semicivilizada». Los
mismos comentarios podemos ver de otras naciones, en especial de las eslavas.

¡¿Acaso son estos artículos un modelo a seguir para los marxistas de hoy?! Solo
un retrogrado podría pensar así. Estos son comentarios que no deben ser
incluidos nunca en una selección de obras de dichos autores, salvo para ser
criticados. Esto demuestra, como no nos hemos cansado de repetir, que no
existe figura en el marxismo libre de errores; algo que es cuestión de
probabilidad, ya que, en una larga obra revolucionaria, como la de Marx y
Engels, es imposible que no incurrieran en el error, por mucho que poseyeran
unas mentes brillantes. No afirmamos esto por formalismo, para no parecer
dogmáticos, mientras defendemos lo indefendible -como hacen los revisionistas
con sus ídolos-, sino que lo estamos demostrando con un ejercicio crítico de
figuras que nos infunden un profundo respeto, de las cuales difundimos sus
obras con asiduidad. Un ejercicio que, consideramos, es imprescindible realizar.

Años después, rectificando estas viejas posturas chovinistas, veríamos a un


Engels mucho más cabal adelantando el principio del internacionalismo
proletario y del derecho de autodeterminación:

«No podríamos tomar ni conservar el poder sin resarcir por los crímenes
cometidos por nuestros predecesores para con otras nacionalidades, y por ello
sin: 1) facilitar la reconstitución de Polonia, y 2) poner a la población del norte
de Schleswig y a la de Alsacia-Lorena en situación de decidir libremente a
quién ha de pertenecer. Entre una Francia socialista y una Alemania socialista
no existiría el problema de Alsacia-Lorena. Por lo tanto, no hay razón para
una guerra por causa de Alsacia-Lorena». (Friedrich Engels; Carta a A. Bebel,
24 de octubre de 1891)

Pongamos otro ejemplo. En su momento, Engels celebró la victoria de Estados


Unidos sobre México:

«En América hemos presenciado la conquista de México, la que nos ha


complacido. Constituye un progreso, también, que un país ocupado hasta el
presente exclusivamente de sí mismo, desgarrado por perpetuas guerras
civiles e impedido de todo desarrollo, un país que en el mejor de los casos
estaba a punto de caer en el vasallaje industrial de Inglaterra, que un país
semejante sea lanzado por la violencia al movimiento histórico. Es en interés
de su propio desarrollo que México estará en el futuro bajo la tutela de los
Estados Unidos. Es en interés del desarrollo de toda América que los Estados
Unidos, mediante la ocupación de California, obtienen el predominio sobre el
Océano Pacífico». (Friedrich Engels; Los movimientos de 1847, 1848)

Dicha victoria se justificaba bajo diversos clichés sobre los pueblos latinos:

«¿O acaso es una desgracia que la magnífica California haya sido arrancada a
los perezosos mexicanos, que no sabían qué hacer con ella?; ¿lo es que los

171
enérgicos yanquis, mediante la rápida explotación de las minas de oro que
existen allí, aumenten los medios de circulación, concentren en la costa más
apropiada de ese apacible océano, en pocos años, una densa población y un
activo comercio, creen grandes ciudades, establezcan líneas de barcos de
vapor, tiendan un ferrocarril desde Nueva York a San Francisco, abran en
realidad por primera vez el océano Pacífico a la civilización y, por tercera vez
en la historia, impriman una nueva orientación al comercio mundial? La
«independencia» de algunos españoles en California y Tejas sufrirá con ello,
tal vez; la «justicia» y otros principios morales quizás sean vulnerados aquí y
allá, ¿pero, qué importa esto frente a tales hechos histórico-universales?».
(Friedrich Engels; Democratísimo paneslavista, 15 de febrero de 1849)

Más tarde, hablando de nuevo sobre los latinos, se diría de españoles y


mexicanos en peor sentido:

«Los españoles están completamente degenerados. Pero, con todo, un español


degenerado, un mexicano, constituye un ideal. Todos los vicios, la
fanfarronería, bravuconería y donquijotismo de los españoles a la tercera
potencia, pero de ninguna manera lo sólido que éstos poseen. La guerra
mexicana de guerrillas, una caricatura de la española, y aun las huidas de los
regular armies infinitamente superiores. En esto, empero, los españoles no
han producido ningún talento como el de Santa Anna». (Karl Marx; Carta a
Friedrich Engels, 2 de diciembre de 1854)

Estos son clichés similares a los que existen hoy entre diversas naciones. En
España se tiene el concepto del rumano ladrón, del francés sucio, del italiano
mujeriego, del marroquí traicionero, del argentino egocéntrico, del
estadounidense prepotente. Por no hablar de la idea del holgazán andaluz o
extremeño, el codicioso y usurero catalán, el bruto aragonés o navarro, el
indescifrable y desconfiado gallego, el rudo a la par que soso vasco, el chulo y
presuntuoso madrileño, etc. Estos clichés no pueden ser la línea de presentación
de un movimiento progresista e internacionalista.

Sobre España, cuando poco después estalló la revolución de 1854, se dijo:

«Todavía más interesante y quizá igualmente valioso como fuente de


enseñanza presente es el gran movimiento nacional que acompañó a la
expulsión de los Bonaparte. (…) Ese movimiento, con sus episodios heroicos y
memorable exhibición de vitalidad en un pueblo supuestamente moribundo».
(Karl Marx; La España revolucionaria II, 1854)

Concluyendo que:

«No hay cosa en Europa, ni siquiera en Turquía, ni la guerra en Rusia, que


ofrezca al observador reflexivo un interés tan profundo como España en el
presente momento». (Karl Marx; La España revolucionaria, 1854)

172
Analizando la intervención imperialista conjunta sobre México, esta vez no se
saludaría como un «progreso» civilizador, y denunciarían los intereses rapaces
de las viejas potencias europeas:

«La contemplada intervención en México por parte de Inglaterra, Francia y


España es, en mi opinión, una de las empresas más monstruosas jamás
descritas en los anales de la historia internacional». (Karl Marx; La
intervención en México, 1861)

Es bastante gracioso ver a autores como Gustavo Bueno, Pedro Ínsua o Santiago
Armesilla intentando justificar su chovinismo «hispano» moderno con las
primeras citas de Marx y Engels sobre la cuestión nacional, buceando en sus
errores, pero renegando tanto de las rectificaciones posteriores en muchos de
los temas como, por supuesto, de su evaluación inicial negativa hacia lo que era
toda la hispanidad. Simplemente cogen lo que les interesa. Más que
continuadores de la obra de Marx, son los discípulos de los sofistas y eclécticos
de la Grecia Antigua.

Sobre la India, Marx repetiría como Hegel que «no tiene historia conocida»
(sic):

«Aunque no conociésemos nada de la historia pasada del Indostán, ¿no


bastaría acaso el gran hecho indiscutible de que, incluso ahora, Inglaterra
mantiene esclavizada a la India con ayuda de un ejército hindú sostenido a
costa de la misma India? Así pues, la India no podía escapar a su destino de
ser conquistada, y toda su historia pasada, en el supuesto de que haya habido
tal historia, es la sucesión de las conquistas sufridas por ella. La sociedad
hindú carece por completo de historia, o por lo menos de historia conocida. Lo
que llamamos historia de la India no es más que la historia de los sucesivos
invasores que fundaron sus imperios sobre la base pasiva de esa sociedad
inmutable que no les ofrecía ninguna resistencia. No se trata, por tanto, de si
Inglaterra tenía o no tenía derecho a conquistar la India, sino de si preferimos
una India conquistada por los turcos, los persas o los rusos a una India
conquistada por los británicos». (Karl Marx; Futuros resultados de la
dominación británica en la India, 1853)

Sobra responder en profundidad a estos comentarios, impropios del talento y


conocimiento de estos personajes, pero no por ello infalibles, como creen
algunos.

El desarrollo de las sociedades humanas es desigual, y varía en función del


tiempo.

Es sumamente curioso que los revolucionarios alemanes del siglo XIX hablasen
de los pueblos asiáticos como «pueblos sin historia» mientras los arqueólogos

173
europeos descubrían hallazgos sumamente importantes de toda una serie de
civilizaciones como la sumeria, hitita, asiria, babilónica, persa, etc.

Habría sido interesante ver la reacción de los marxistas europeos si hubieran


estudiado el nivel de desarrollo escrito, político, jurídico, arquitectónico,
urbano, comercial, militar y artístico de estas civilizaciones orientales en la
Edad Antigua. Civilizaciones que, como ya se podía intuir a tenor de las fuentes
antiguas greco-romanas, se encontraban en un estado de desarrollo social más
avanzado ya no solo en comparación con los pueblos indoeuropeos que
poblaban la actual Alemania, sino también con respecto a sus coetáneos en casi
cualquier zona del mundo.

Uno debe darse cuenta de lo extravagante que es ordenar la historia sin tener en
cuenta el desarrollo social, el cual se puede comprender conociendo la economía
política y la lucha de clases que le es propia, siempre subyacente en ella. Cuando
uno se desvía de tal camino, todo se reduce a afirmar, bien por deseo, bien por
una realidad temporal, que un pueblo es y será siempre «superior» al resto por
su civilización, cuando en realidad no siempre ha sido así, ni lo será
eternamente. En algunos casos, objetivamente ni siquiera lo es en el presente
salvo por los delirios chovinistas. De otro modo, el estudio de la historia sería
más bien el estudio de los pueblos elegidos por la providencia, donde su
hegemonía siempre prevalecen universalmente contra sus competidores, como
precisamente creyeron desde los sumerios hasta los hegelianos. Pero esto ya no
sería historia simplemente, sino el estudio de la teología y sus presuntas
manifestaciones terrenales.

Volviendo al siglo XIX, Engels diría de la conquista de Argelia:

«La conquista de Argelia es un hecho importante y afortunado para el


progreso de la civilización». (Friedrich Engels; Revelaciones extraordinarias.
Abd-El-Kader. Política exterior de Guizot, 1848)

En cambio, Engels pasaría a denunciar en 1857 que:

«Los Franceses persisten, contra todos los dictados de la humanidad, la


civilización y la cristiandad, en aplicar este bárbaro sistema de hacer la
guerra. (…) Cabe poner en tela de juicio la política de un Gobierno civilizado
que recurre a la lex tadionis. Y si se juzga el árbol por sus frutos, tras de
gastar, probablemente, unos 100 millones de dólares y sacrificar centenares de
miles de vidas, todo lo que se puede decir de Argelia es que constituye una
escuela de guerra para los generales y soldados franceses. (…) Grado de
crueldad y despotismo ejercen ordinariamente el poder los funcionarios
franceses, incluso los de categorías inferiores, lo que ha llamado, con pleno
fundamento, la atención del mundo entero». (Friedrich Engels; Argelia, 1857)

174
El propio Marx reconocería que se hallaba equivocado en sus evaluaciones sobre
Irlanda:

«Antes creía imposible la separación de Irlanda de Inglaterra. Ahora la creo


inevitable, aunque después de la separación se pueda llegar a una federación».
(Karl Marx; Carta a Friedrich Engels, 2 de noviembre de 1867)

Años después Engels opinaría radicalmente distinto sobre estos países en


comparación a sus escritos de juventud:

«Me pregunta usted qué piensan los obreros ingleses de la política colonial.
Pues lo mismo que de la política en general; lo mismo que piensan los
burgueses. Aquí no hay partido obrero, no hay más que el partido conservador
y el partido liberal-radical, y los obreros se benefician tranquilamente con
ellos del monopolio colonial de Inglaterra y del monopolio de ésta en el
mercado mundial. A juicio mío, las colonias propiamente dichas, es decir, los
países ocupados por una población europea: el Canadá, El Cabo, Australia, se
harán todos independientes; por el contrario, los países sometidos nada más,
poblados por indígenas, como la India, Argelia y las posesiones holandesas,
portuguesas y españolas, tendrán que quedar confiadas provisionalmente al
proletariado, que las conducirá lo más rápidamente posible a la
independencia. Es difícil decir cómo se desarrollará este proceso. La India
quizás haga una revolución, es incluso probable, y, como el proletariado que se
emancipa no puede mantener guerras coloniales, habrá que resignarse a ello;
eso no sucederá, evidentemente sin destrucciones, pero son inherentes a toda
revolución. Lo mismo puede ocurrir en otros sitios, en Argelia y Egipto, por
ejemplo, lo que sería, por cierto, para nosotros, lo mejor. Tendremos bastante
que hacer en nuestro país. Una cosa es segura; el proletariado victorioso no
puede imponer la felicidad a ningún pueblo extranjero sin comprometer su
propia victoria. Bien entendido, esto no excluye, en absoluto, las guerras
defensivas de diverso género». (Friedrich Engels; Carta a Karl Kautsky, 12 de
septiembre de 1882)

Rusia, uno de los países ante los cuales habían demostrado más inquina, fue
estudiada en profundidad:

«He estudiado las condiciones allí desde las fuentes rusas originales, no
oficiales y oficiales –esta última solo está disponible para unas pocas personas
pero me llegó a través de amigos en Petersburgo–. (...) Esta vez la revolución
comenzará en el Este, hasta ahora el baluarte ininterrumpido y el ejército de
reserva de la contrarrevolución». (Karl Marx; Carta a Friedrich Adolph Sorge,
27 de septiembre de 1877)

Con clara contundencia, Marx reprendía a los alemanes por la poca atención del
movimiento revolucionario ruso:

175
«La cuestión de Oriente –que terminará con la revolución en Rusia, cualquiera
que sea la salida de la guerra contra Turquía– y la revista de las fuerzas de
combate de la socialdemocracia deberían bastar para convencer al filisteo
alemán culto de que hay cosas más importantes en el mundo que Richard
Wagner y su música del porvenir». (Karl Marx; Carta al profesor Freund, 21
de enero de 1877)

Al poco tiempo ambos declararon:

«Rusia está en la vanguardia del movimiento revolucionario de Europa».


(Karl Marx y Friedrich Engels; Prefacio a la segunda edición Rusia del
Manifiesto Comunista, 1882)

Engels incluso advirtió a los marxistas ante las falsedades sobre las
comunidades primitivas:

«La historia de la decadencia de las comunidades primitivas –sería erróneo


colocarlas todas en un mismo plano; al igual que en las formaciones
geológicas, en las históricas existe toda una serie de tipos primarios,
secundarios, terciarios, etc.– está todavía por escribirse. Hasta ahora no
hemos tenido más que unos pobres esbozos. En todo caso, la exploración ha
avanzado bastante para que podamos afirmar: 1) la vitalidad de las
comunidades primitivas era incomparablemente superior a la de las
sociedades semitas, griegas, romanas, etc. y tanto más a la de las sociedades
capitalistas modernas; 2) las causas de su decadencia se desprenden de datos
económicos que les impedían pasar por un cierto grado de desarrollo, del
ambiente histórico. (…) Al leer la historia de las comunidades primitivas,
escritas por burgueses, hay que andar sobre aviso. Esos autores no se paran
siquiera ante la falsedad. Por ejemplo, sir Henry Maine, que fue colaborador
celoso del Gobierno inglés en la destrucción violenta de las comunidades
indias, nos asegura hipócritamente que todos los nobles esfuerzos del gobierno
hechos con vistas a sostener esas comunidades se estrellaron contra la fuerza
espontánea de las leyes económicas». (Friedrich Engels; Proyecto de respuesta
a la carta de V. I. Zasulich, 1881)

En la URSS se hizo común reproducir todo artículo de Engels por el prestigio de


su figura, incluyendo aquellos relacionados con cuestión nacional que no
siempre eran del todo correctos. Allí, frente a las personas que reproducían toda
palabra del marxista alemán sin filtro alguno, Stalin expondría varios
postulados erróneos que Engels seguía reproduciendo sobre Rusia en 1891, en
este caso, exagerando su papel y transcendencia en la política europea. Véase la
carta de Stalin: «Sobre un artículo de Engels» de 1934.

Esto no significa que Stalin quisiera exonerar al zarismo de su rol


contrarrevolucionario como dirán algunos malintencionados, de hecho, en ese
mismo tiempo, también criticaría a los historiadores que por el contrario,

176
intentaban escribir manuales de historia sobre Rusia sin presentar el papel
contrarrevolucionario del zarismo, sin mostrar la opresión nacional que ejercía
sobre otros pueblos. Véase la carta de Stalin: «Notas sobre la sinopsis del
Manual de historia de la URSS» de 1934.

Se concluye entonces, que las correcciones de Stalin, eran un intento de evaluar


la historia objetivamente, sin filias ni fobias.

Los cobardes ocultan algunas de las citas expuestas por miedo a la verdad
histórica, los chovinistas otras muchas por miedo a lo mismo. Ninguno sabe
enfrentar lo que son las cosas con un espíritu crítico, ni comprender la evolución
critica del pensamiento del marxismo.

Como ya hemos observado, las consideraciones o rectificaciones que hubo sobre


temas como India, Irlanda o Polonia evidencian una evolución de Marx y Engels
sobre la problemática nacional. Existen toda una serie de denuncias sobre las
actuaciones del imperialismo británico en China, Persia o la India, del impero
francés en Argelia, etc. Tras estudiar la historia y el idioma de España o Rusia,
emitieron juicios muy positivos sobre el potencial revolucionario que había en
aquellas zonas, por lo que es ciertamente innegable que hubo una evolución
revolucionaria en el pensamiento de estas dos figuras.

En su edad madura como revolucionario, Marx, como gran internacionalista,


alabaría la acción de los revolucionarios franceses y condenaría la postura
pasiva de sus compatriotas:

«¡Qué flexibilidad, qué iniciativa histórica y qué capacidad de sacrificio tienen


estos parisienses! Después de seis meses de hambre y de ruina, originadas más
bien por la traición interior que por el enemigo exterior, se rebelan bajo las
bayonetas prusianas. (…) Que se compare a estos parisienses, prestos a asaltar
el cielo, con los siervos del cielo del Sacro Imperio Romano Germánico-
prusiano, con sus mascaradas antediluvianas, que huelen a cuartel, a iglesia, a
junkers y, sobre todo, a filisteísmo». (Karl Marx; Carta a Ludwig Kugelman,
12 de abril de 1871)

Engels tampoco tendría miramientos en condenar la actitud de los


revolucionarios alemanes al declarar que:

«Año 1885. Al dar su opinión sobre toda la historia de la Dampfersubvention,


Engels escribe que «las cosas llegaron casi a la escisión». El «filisteísmo» de
los diputados socialdemócratas era «colosal». «Una fracción socialista
pequeñoburguesa es inevitable en un país como Alemania», dice Engels (Véase
la carta de F. Engels a F. Sorge fechada el 3 de junio de 1885)». (Vladimir Ilich
Uliánov, Lenin; Prefacio a la traducción rusa de un libro: «Correspondencia
de J.F. Becker, J. Dietzgen, F. Engels, K. Marx y otros con F. A. Sorge y otros»,
1907)

177
Hoy, muchos reniegan de este espíritu revolucionario e internacionalista
mientras intentan hacer pasar como progresista los juicios hegelianos que los
marxistas condenaron como pecados de juventud, o se agarran a reminiscencias
nacionalistas que deberían de estar superadas en el movimiento obrero.

El propio Engels se acabaría mofando de los revolucionarios rusos que


albergaban las viejas concepciones hegelianas-mesiánicas sobre el destino de
ciertos pueblos como elegidos y abanderados del progreso:

«No tenemos por qué compartir con ellos su ilusión. El tiempo de los pueblos
elegidos ha pasado para siempre». (Friedrich Engels; Acerca de la cuestión
social en Rusia, 1894)

Por si a alguien le queda dudas de la posición de Marx y Engels sobre si ponían


por delante la nación o la clase:

«Desde un principio hemos combatido siempre despiadadamente contra la


tendencia pequeñoburguesa y filistea dentro del partido, porque esta actitud,
desarrollada desde los tiempos de la Guerra de los Treinta Años, ha infectado
a todas las clases de Alemania y se ha convertido en un mal alemán
hereditario, hermano del servilismo, de la abyecta subordinación y de todos
los vicios hereditarios alemanes. Esto es lo que nos hace ridículos y
despreciables en el extranjero. Es la causa principal de la debilidad de carácter
predominante entre nosotros; reina en el trono con la misma frecuencia que en
la cueva del zapatero remendón. Recién a partir de la formación de un
proletariado moderno en Alemania se ha desarrollado allí una clase que
apenas conserva algo de esta enfermedad hereditaria alemana, una clase que
ha dado pruebas de visión libre, de energía, de humor y de tenacidad en la
lucha. Y ¿no habremos de luchar contra toda tentativa de inocular
artificialmente a esta clase sana –la única clase sana de Alemania– el viejo
veneno hereditario de la flojedad filistea y de la limitación mental del
filisteo?». (Friedrich Engels; Carta a Eduard Bernstein, 1 de marzo de 1883)

El marxismo, aunque sin implantación de peso en España, ya había hecho sus


proclamas oficiales sobre materia nacional y política exterior, unas con hondas
repercusiones en el movimiento revolucionario internacional. En la I
Internacional, se decía:

«La clase obrera posee ya un elemento de triunfo: el número. Pero el número


no pesa en la balanza si no está unido por la asociación y guiado por el saber.
La experiencia del pasado nos enseña cómo el olvido de los lazos fraternales
que deben existir entre los trabajadores de los diferentes países y que deben
incitarles a sostenerse unos a otros en todas sus luchas por la emancipación, es
castigado con la derrota común de sus esfuerzos aislados. (...) Si la
emancipación de la clase obrera exige su fraternal unión y colaboración,
¿cómo van a poder cumplir esta gran misión con una política exterior que

178
persigue designios criminales, que pone en juego prejuicios nacionales y
dilapida en guerras de piratería la sangre y las riquezas del pueblo? (...) Han
enseñado a los trabajadores el deber de iniciarse en los misterios de la política
internacional, de vigilar la actividad diplomática de sus gobiernos respectivos,
de combatirla, en caso necesario, por todos los medios de que dispongan; y
cuando no se pueda impedir, unirse para lanzar una protesta común y
reivindicar que las sencillas leyes de la moral y de la justicia, que deben
presidir las relaciones entre los individuos, sean las leyes supremas de las
relaciones entre las naciones. La lucha por una política exterior de este género
forma parte de la lucha general por la emancipación de la clase obrera».
(Manifiesto Inaugural de la Asociación Internacional de los Trabajadores,
1864)

El marxismo no desdeñaba la cuestión nacional, al contrario, resaltaba la


importancia de comprenderla y ayudar a la liberación nacional de los pueblos
para fortalecer el internacionalismo:

«Mientras Polonia siga dividida y sojuzgada no podrá desarrollarse un fuerte


partido socialista en el país, no podrá haber verdadero intercambio
internacional entre los partidos proletarios de Alemania, etc., más que con
polacos emigrados. (...) Los socialistas polacos que no entienden la liberación
de su país como la primera parte de su programa, se me aparecen como los
socialistas alemanes que no piden, como lo primero y principal, la derogación
de las leyes antisocialistas, la libertad de prensa, de asociación y de reunión.
Para pelear hace falta tierra donde pararse, aire, luz y espacio. De otra
manera es charlar inútilmente. (...) Carece de importancia saber si es posible
reconstituir Polonia antes de la próxima revolución. Nosotros no tenemos, de
todas maneras, la obligación de desanimar a los polacos en su esfuerzo por las
condiciones vitales de su evolución futura, o de persuadirlos de que la
independencia nacional es una cuestión muy secundaria desde el punto de
vista internacional. Al contrario, la independencia es la base de cualquier
acción internacional común». (Friedrich Engels; Carta a Karl Kautsky, 7 de
febrero de 1882)

Eso incluía que el proletariado debiese aceptar la liberación de la opresión


nacional y colonial de los pueblos, ayudar a tal fin:

«¿Qué consejo debemos dar nosotros a los obreros ingleses? A juicio mío,
deben hacer de la ruptura de la Unión, un punto de su declaración. (...) Esta es
la única forma legal y, por consiguiente, la única posible, de emancipación de
los irlandeses que puede entrar en el programa de un partido inglés. La
experiencia habrá de mostrar más tarde si la simple unión personal puede
seguir existiendo entre los dos países. Lo creo a medias, si se hace a tiempo».
(Karl Marx; Carta a Friedrich Engels, 30 de noviembre de 1867)

179
Marx insistió muchísimo en que en la I Internacional se hiciese eco de esta
postura sobre la cuestión irlandesa:

«Las resoluciones del Consejo General sobre la amnistía irlandesa no sirven


más que para introducir otras resoluciones que afirmen que, abstrayéndose de
toda justicia internacional, es condición preliminar de la emancipación de la
clase obrera inglesa transformar la presente Unión forzosa, es decir, la
esclavitud de Irlanda, en una Confederación igual y libre, si es posible, o en
separación completa, si hace falta». (Karl Marx; Nota confidencial, 1 de enero
de 1870)

Pese a estas directrices claras, el marxismo y sus representantes siempre


advirtieron que a la hora de elegir entre la cuestión nacional y la social, existía
una primacía de la segunda por razones obvias, y que en caso de que los
movimientos de liberación nacional que se opusiesen por las razones que fuesen
a emergentes movimientos proletarios de otras zonas, estos movimientos
sociales del proletariado no tenían por qué apoyar en ese momento sus
reivindicaciones si obstaculizaban la revolución que estaban llevando a cabo -o
estaban por desarrollar-:

«Nosotros debemos colaborar en la liberación del proletariado de Europa


occidental, y todo debe subordinarse a este objetivo. Por más interesantes que
puedan ser los eslavos de los Balcanes, etc., pueden irse al diablo si su esfuerzo
de liberación entre en conflicto con el interés del proletariado. También los
alsacianos están oprimidos, y me alegraría si pudiésemos poder
desembarazarnos del problema. Pero si en vísperas de una revolución
claramente inminente intentaran provocar una guerra entre Francia y
Alemania, excitando de nuevo las pasiones de estos dos pueblos, y retrasar así
la revolución, les diría: ¡Alto! No toleraremos que pongáis palos en las ruedas
del proletariado en lucha. Lo mismo vale para los eslavos». (Friedrich Engels;
Carta a Eduard Bernstein, 22 de febrero de 1882)

Estas conclusiones serían ocultadas o manipuladas por sus discípulos. Serían


Lenin y Stalin quienes recogerían más tarde el testigo de esa postura
revolucionaria e internacionalista.

El PSOE y sus diferentes posturas sobre la cuestión nacional en


España

Inicialmente, el marxismo no prendió en España entre las masas obreras, sí lo


hizo en cambio el anarquismo:

«Las discrepancias entre marxistas y bakuninistas resultaron insalvables. (…)


En el congreso de Zaragoza de la Federación Regional Española reafirmo,
apoyado por todas las federaciones, la tesis bakuninistas, y el grupo
madrileño de La Emancipacion fue expulsado. (…) En el Congreso de la

180
Internacional de la Haya de 1872, se produjo la escisión definitiva. (…) Esto
significaba apartarse de los partidos políticos, y de la vida parlamentaria,
incluso de la formación de un partido político estrictamente obrero». (Ángel
Bahamonde Magro y Jesús A. Martínez; Historia de España siglo XIX, 2005)

En una carta de Marx confesaba esta predominancia del anarquismo en España,


una doctrina que a sus ojos:

«Todo suena a algo muy radical, y es tan sencillo que puede ser aprendido de
memoria en cinco minutos. He aquí la razón de que la teoría bakuninista haya
encontrado tan pronto una acogida favorable en Italia y en España entre los
jóvenes abogados, doctores y otros doctrinarios». (Karl Marx; Carta a
Theodor Cuno, 24 de enero de 1872)

Con la fundación del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) en 1879 bajo la
dirección del por entonces marxista Pablo Iglesias Posse (1850-1925), se creía
que la problemática de las diferentes regiones y sus reivindicaciones iba a
tenerse en cuenta, que el pretendido partido proletario y marxista resolvería de
forma científica esta cuestión, para que al menos sobre el papel, se trabajase
sobre un futuro mejor sobre dicha cuestión. Pero esto distaba de la realidad.

Inicialmente hubo en el discurso de Iglesias una postura internacionalista en la


cuestión colonial:

«En febrero de 1898 [cuando la separación [de Cuba] es ya un hecho] afirma


que la misma depende de los intereses económicos de las burguesías española
y norteamericana, y adelanta que en caso de que no se conceda, se impondrá
por sí misma, «porque la burguesía española carece de dinero para continuar
la guerra, y porque el proletariado español ni se opondrá a dicha
independencia, ni se halla dispuesto a dar más hombres para que sean
sacrificados estérilmente». Manteniendo el análisis economicista, Iglesias
incluso la agradecerá «para que en Cuba se plantee abiertamente lo que ya
existe en los demás países: la lucha entre asalariantes y asalariados» (El
Socialista, 1.1.1897: «Venga la paz»; 18.2.1898: «La cuestión cubana».
También El Socialista, 27.5.1898: «Culpa del régimen»; 17.8.1898: «Nuestra
burguesía», y 22.4.1898: «Los causantes de la guerra). Así lo apoya en el
Congreso de la Internacional de 1896 en Londres, como despachando el tema
ante la realidad del movimiento nacionalista y diciendo de la burguesía
española «que debía concederles la autonomía y si esto no satisfacía a sus
habitantes, y querían la independencia, dársela igualmente». (Carta enviada
en 1896 a Juan B. Justo, socialista argentino y primer traductor del
Manifiesto Comunista al castellano). (...) La oposición testimonial de los
socialistas ante la guerra de Cuba implica ahora a más sectores de la
izquierda. Sin embargo, los republicanos no se escapan de las críticas

181
socialistas a su seguidismo del chovinismo colonialista abanderado por los
sectores reaccionarios del país». (Daniel Serra Semas; Socialismo y cuestión
nacional en España, 1873-1939, 2008)

Pero en el interior de España, su interpretación fue ver los conatos de


regionalismo que pronto se convertirían en grandes movimientos nacionales
como el catalán o vasco, como algo simplemente reaccionario, muy seguramente
como reminiscencias del carlismo. Esto demostraba una clara falta de
perspectiva, un retraso respecto a las posturas de Pi, pero también una falta de
atención de los textos marxistas sobre la opresión nacional. Al final era una
desviación premarxista del todo normal dentro de las estructuras del PSOE,
como muchas otras que sufriría. Como ejemplo podríamos citar como el propio
Iglesias, iría amenazando en las tribunas parlamentarias a Maura con el
atentado personal para no permitirle llegar al poder, por lo que el marxismo
español estaba lejos de estar maduro.

Tiempo después, bajo un pretendido halo internacionalista, se proponía un vago


modelo federalista:

«Si, aprovechando los elementos históricos, eso que llaman fueros los
bárbaros, y cierta tenaz independencia que hay en el carácter vascongado, se
llevara juiciosamente un movimiento autonómico, federalista,
descentralizador, podía hacerse mucho para destruir ese régimen hidrocéfalo,
de cabeza gorda, el centralismo, que tan locamente rige la vida nacional». (La
lucha de clases, núm. 167, 18 de diciembre de 1897)

Pero un federalismo donde las regiones integradas lo serían no por el ejercicio


de su soberanía, sino bajo una federación impuesta, lo que Pi y Margall llamaba
desde hace años un «federalismo unitario», algo que Marx, Engels, Lenin y
Stalin también consideraron una broma de mal gusto:

«El socialismo español evolucionó hacia el autonomismo sin una reflexión


ideológica elaborada sobre la cuestión nacional, como consecuencia de una
serie de pronunciamientos puntuales a los que estuvo obligado por la acción de
los nacionalismos. Inicialmente, y bajo una retórica internacionalista, se les
contrapone un federalismo retórico y escasamente desarrollado, generalista e
igualitario. El federalismo citado en algunos artículos, discursos y documentos
no supone la reconstitución original de España a través de pactos territoriales
soberanos, sino su reorganización interna desde el reconocimiento a la
autonomía tanto del individuo como de las regiones y demás organismos, pero
respetando la soberanía nacional como único poder originario y la igualdad
de derechos de los ciudadanos». (Daniel Guerra Sesmas; Socialismo y cuestión
nacional en la España de la restauración (1875-1931), 2007)

182
Pese al acercamiento inicial entre federalistas y marxistas. Las ideas de los
primeros eran ampliamente criticadas desde los segundos, pues se centran más
en un cambio de modelo de estructura del Estado que en la cuestión social. En
esto llevaban razón los marxistas del incipiente PSOE:

«Yerro es también afirmar, como afirma el Sr. Pi y Arsuaga, que «sólo dentro
de un régimen republicano y federalista caben los mismos sistemas socialistas
que con tanto encono se pretende presentar como adversarios nuestros». Si las
Repúblicas federales tienen por base, lo mismo que las Monarquías, la
propiedad individual de los medios de producción y de cambio, ¿cómo es
posible que sin destruir esa base pueda establecerse un sistema social que tiene
por fundamento la propiedad colectiva o común?». (El Socialista, 13 de julio de
1894)

Téngase en cuenta que, para los marxistas, también estaba reciente la


experiencia de la insurrección cantonalista de 1873-74, que era producto del
federalismo más extremo llevado hasta las últimas consecuencias, y en gran
parte bajo una visión anarquista. Véase los comentarios de Engels en su obra:
«Los bakuninistas en acción» de 1873. Allí se denuncia que los bakuninistas
habían renunciado a organizar un partido proletario que asumiese la revolución,
lejos de mantener su independencia hacían un seguidismo a los jefes burgueses
del federalismo intransigente con el fin de repartirse cargos de poder
secundarios y efímeros. Los cantones, lejos de aunar esfuerzos comunes,
proponían cada uno un aislacionismo económico y militar que era el preludio de
toda derrota insurreccional como tantas veces se había visto. Se implementaban
medidas utópicas que desorganizaban la revolución. Tampoco se reprimió con
contundencia a la contrarrevolución como se debería. Ni se estrecharon lazos
con los aliados temporales de la revolución. En definitiva Engels sentenció la
experiencia cantonal como un «ejemplo de cómo no debe hacerse una
revolución».

El marxismo en España se empezó a extender después, justo en un momento en


que el reformismo estaba empezando a asomar la cabeza en todos los partidos
obreros europeos y dividiéndolos en su seno entre el ala revolucionaria y el
reformista. Y como sabemos, en estas trifulcas, el sector revolucionario no sale
indemne, y en este caso, no variaría la historia: lo que vendría a ser el PSOE no
consiguió depurarse de las influencias de los reformistas o de otro tipo de
desviaciones comunes a su época como el chovinismo.

En el marco internacional, la II Internacional todavía proclamaba:

«El congreso declara que está a favor del derecho completo a la


autodeterminación de todas las naciones y expresa sus simpatías a los obreros
de todo país que sufra actualmente bajo el yugo del absolutismo militar,

183
nacional o de otro género; el congreso exhorta a los obreros de todos estos
países a ingresar en las filas de los obreros conscientes de todo el mundo, a fin
de luchar al lado de ellos para vencer al capitalismo internacional y alcanzar
los objetivos de la socialdemocracia internacional». (Acuerdo del Congreso
Internacional de Londres, 1896)

El PSOE frente a la cuestión colonial, ciertamente criticaría en sus primeros


años las manifestaciones de chovinismo en las diversas corrientes políticas de
entonces:

«La oposición testimonial de los socialistas ante la guerra de Cuba implica


ahora a más sectores de la izquierda. Sin embargo, los republicanos no se
escapan de las críticas socialistas a su seguidismo del chovinismo colonialista
abanderado por los sectores reaccionarios del país. Carlos Serrano (Vilar,
1984: 20) recuerda que los partidos republicanos, a excepción de los
federalistas, «son colonialistas y se muestran particularmente protectores en
el capítulo del honor nacional», iniciando en 1896 una campaña con la que
bajo el lema Cuba por la patria, «animan las manifestaciones patrióticas
destinadas a exaltar el sentimiento nacional ofendido por las presiones
norteamericanas, cara a una supuesta debilidad de los gobiernos y del propio
régimen; de hecho, ellos no serán los últimos en reclamar la guerra contra los
Estados Unidos». (Daniel Guerra Sesmas; Socialismo y cuestión nacional en
España (1873-1939), 2008)

La cuestión nacional también empezaba a tomar formas concretas en la


península con la cuestión vasca y catalana, pero aquí el PSOE muy pronto se
dejaría arrastrar por ese mismo sentimiento chovinista que había denunciado
en los republicanos y la cuestión cubana:

«El PSOE apoya la vía central defendida por Kautsky y considera que el tema
de las nacionalidades, si no se controla, se convierte en un pretexto burgués
para provocar la división entre los trabajadores. El Socialista reproduce estas
palabras de Guesde que se asumen como dogma: «Para los socialistas, las
cuestiones de nacionalidad no existen, no pueden existir. No comprenden y no
practican, por serles impuestas por la sociedad antagónica actual, sino la
lucha de clases de los proletarios de todas las razas contra los capitalistas de
todas las razas». (El Socialista, 11 de febrero de 1898) En 1901, los socialistas
reconocen que la cuestión catalanista era «poco o nada estudiada entre
nosotros» y que «no la conocemos lo suficiente para arriesgar opinión, que
pecaría de ligera». (La Nueva Era, 1901) (Daniel Guerra Sesmas; Socialismo y
cuestión nacional en España (1873-1939), 2008)

184
Pese a que el PSOE no entendió la irrupción de los sentimientos nacionales de la
periferia, cabe rescatar las acertadas críticas a los representantes del
nacionalismo burgués de estas zonas:

«Aún no habéis presentado programa alguno respecto de la cuestión social. ¡Y


lleváis ya diez u once años de vida política, y la cuestión social es cuestión
inaplazable! ¿Qué ha hecho el bizkaitarrismo en tanto tiempo? Pues ocuparse
en historia y ortografía vascas, en conmemorar batallas con misas y en visitar
a un arbolito enfermo y a un tronco pintado de galipot mientras los
desheredados sucumben al rudo choque del infortunio». (La lucha de clases;
Nº402, 26 de julio de 1902)

Así como la exposición de su rancio anticastellanismo:

«Vociferan esos ilusos contra Castilla, o contra España, y a nadie exceptúan de


su anatema. Por el hecho solo de haber nacido más allá de los lindes de
Cataluña o de las Provincias, arrojarían a cualquiera al fuego, como si los
pobres braceros de los campos de Castilla o de Andalucía tuviesen la culpa de
lo que a los señores separatistas se les antoja que han hecho los gobiernos en
contra de las regiones. De la catástrofe nacional son tan responsables los
catalanes como los vascos». (La lucha de clases; Nº 264, 28 de octubre de
1898)

Especialmente curiosa es la defensa en 1921 de la independencia del Rif, cuando


los nacionalistas catalanes defendían al gobierno central en su acción
colonialista mientras reclamaban su soberanía para Cataluña.

En la historia del PSOE hay bandazos constantes sobre la cuestión nacional. A


veces vemos una defensa intransigente de la idea de una nación española única
e indivisible, como una evidencia indiscutible:

«Nuestro partido lucha en todos los países por la mayor libertad de los
pueblos, no favoreciendo la disgregación de naciones que por su constitución,
idiomas y costumbres son homogéneas, sino reclamando de los poderes
públicos la autonomía más completa para los municipios y las regiones, que
dentro de su esfera de acción deben ser libres completamente en cuanto no
perjudiquen a las demás regiones y municipios» (La lucha de clases; Nº258, 16
de septiembre de 1899)

Y la idea de que la autonomía y la federación era una solución necesaria en


España, debido a que esa pretendida única nación nunca acabó de soldar bien
como aseguraban los monárquicos:

185
«La autonomía, téngase en cuenta este detalle, no hiere los intereses del
proletariado. Es una cuestión política que no quiso resolver la monarquía,
empeñada en disfrazar la diversidad política española con una unidad que
nunca existió más que en el capricho del monarca y sus serviles consejeros. A
la monarquía acaso le conviniera prolongar el antiguo estado de cosas. La
República, régimen democrático, tiene que obrar de modo opuesto. La unidad
compacta, férrea, autoritaria, no puede existir en España. Así como tampoco
puede separarse una región del resto del país». (El Socialista, 1 de julio de
1932)

Para aquel entonces el PSOE se había convertido en un partido de varias


tendencias, socialdemócrata en el sentido de un partido con libertad de
facciones e ideologías, por lo que hubo posturas a favor y en contra del Estatuto
de Autonomía de Cataluña de 1932 como veremos.

Ya durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918), el PSOE adoptó en principio


y teóricamente una posición neutral ante la guerra imperialista internacional,
pero la postura aliadófila se acabó imponiendo, razón por la que el PSOE no
participaría en la famosa Conferencia de Zimmerwald de 1915 donde los
partidos revolucionarios como el bolchevique de Lenin condenarían dicha
guerra como un enfrentamiento imperialista.

Es innegable la labor de propaganda y agitación de Pablo Iglesias Posse en favor


del marxismo y durante el siglo XIX e inicios del siglo XX, dirigiendo gran parte
de sus dardos contra las deformaciones reformistas, pero no podemos olvidar su
postura sobre la cuestión nacional ni su posterior recorrido político que también
forma parte de su biografía.

Pablo Iglesias Posse saludó favorablemente la Revolución Bolchevique de 1917,


pero criticó desde una óptica liberal ciertas de las medidas del gobierno
bolchevique, críticas muy similares a las de Rosa Luxemburgo en su momento.
Poco después, en el Congreso Extraordinario de 1920, la militancia del PSOE
demandaba abandonar la desacreditada II Internacional e ingresar en la nueva
Internacional Comunista; y de hecho así se decidió en un principio, con más de
8.000 votos a favor y tan sólo 5.000 en contra. Pero los líderes del PSOE, como
el propio Pablo Iglesias, Indalecio Prieto, Julián Besteiro o Largo Caballero, se
negaron a aceptar las 21 condiciones que la Internacional Comunista exigía a
cualquier partido para ingresar en ella. Esto era normal, ya que suponía tener
que purgar las desviaciones y personalidades reformistas del PSOE arrastraban
desde tiempo atrás. Poco después, estos líderes forzaron la situación en el
Congreso Extraordinario de 1921 para que se repitiese la votación anterior,
saldándose esta vez con unos resultados en favor del reformismo con 8.269
frente a 5.016 de los partidarios de adherirse a la Internacional Comunista. En
este último congreso solo estaban presentes el 27% de los afiliados del partido,

186
lo que indica que las decisiones eran tomadas por la cúpula. A la postre, el PSOE
acabaría reintegrándose en la II Internacional. Esto causaría las sucesivas
escisiones en el PSOE que darían pie a la fundación del Partido Comunista de
España (PCE) ese mismo año.

Ante el golpe de Estado de Primo de Rivera de 1923, el PSOE volvió a mantener


una postura de ambigüedad: por un lado se condenaba el golpe pero se instaba a
la pasividad pidiendo calma. No se tardó en plantear una política de
colaboración –encabezada por Largo Caballero– que le permitiría mantenerse
en la legalidad mientras los revolucionarios como anarquistas y comunistas eran
duramente reprimidos.

Esto demuestra una vez más que los otrora jefes revolucionarios no deben ser
venerados como seres infalibles, ya que pueden degenerar y convertirse en
aquello contra lo que luchaban antaño.

Este contexto nos demuestra que el PSOE estaba terminando de mutar en un


partido reaccionario durante la infancia del siglo XX. Esto no podía sino tener
repercusiones en el planteamiento de la cuestión nacional. Con los años, lejos de
desarrollarse o incluso tenerse en cuenta aquél «federalismo desde arriba», el
PSOE se convertiría poco a poco en un partido interesado por mantener el
poder central, con posturas, por así decirlo, procastellanas. No superaron su
anterior postura de «federalismo desde arriba», forzado, sino que la
sustituyeron por otra igualmente reaccionaria: ahora el PSOE directamente
negaba prestar cualquier atención requerida a la cuestión nacional, la cual
estaba en auge en zonas como Euskadi o Cataluña. Adoptó con ello, posiciones
francamente nacionalistas:

«Nosotros lo decimos como lo sentimos, dadas las circunstancias actuales,


quisiéramos un Gobierno que prohibiese los Juegos Florales, donde se ensalzan
las costumbres de una región en detrimento de otras, que no permitiera la
literatura regionalista y que acabara con todos los dialectos y todas las
lenguas diferentes de la nacional, que son causa de que hombres de un país se
miren como enemigos y no como hermanos». (La lucha de Clases; Periódico
del PSOE, Bilbao, 1899)

Negando de lleno el derecho a usar su idioma y adoptando con ello, posiciones


francamente chovinistas:

«Para el reforzamiento de los lazos entre el País Vasco y España, el Euskera


debe obligatoriamente desaparecer; para los socialistas españoles la lengua
vasca no tiene lugar en la sociedad moderna». (La lucha de Clases; Periódico
del PSOE, Bilbao, 1911)

187
Poco tiempo después, el PSOE iba a formular unas recetas político-
administrativas que marcarían hasta la línea política e ideológica hasta nuestros
días. Un concepto de España muy similar a la posterior teoría de «nación de
naciones», con un modelo territorial muy similar al actual sistema de
autonomías, una especie de federalismo, donde además los municipios y
provincias se pueden formar y reformar, siempre que no se incluya la secesión:

«Sánchez-Rivera pronuncia en la Casa del Pueblo de Madrid una conferencia


titulada Autonomía integral político-administrativa. En ella defiende «la
acertada concesión de autonomía a las regiones, en lo que les es peculiar, y a
los Ayuntamientos, en su esfera privativa de acción», con el fin de evitar lo que
considera dos grandes riesgos «que han sido llagas políticas dañosísimas
desde la Restauración de 1874 acá: la exacerbación de sentimientos
regionalistas convertidos en anhelos de separatismo en algunas regiones, y el
caciquismo semifeudal que hizo presa en casi todos los Municipios españoles»
(...) Por su parte, en octubre de 1929, José Madinabeitia, defiende la
consideración de España como «Estado federal» y como «Estado de Estados»
señalando que «igual que el hombre tiene perfecto derecho a su autonomía, es
decir, a su libertad, a poder hacer lo que tenga por conveniente, mientras no
perjudique a los demás, lo tienen el Municipio y la región». (Daniel Guerra
Sesmas; Socialismo y cuestión nacional en la España de la restauración (1875-
1931), 2007)

Estaba claro que el PSOE no comprendía la cuestión nacional. Entre las razones
de esto se resumen en lo siguiente:

«El socialismo llegó a España tarde desde el primer instante transido de


burocratismo y herido ya de reformismo sin entusiasmo, sin vigor
revolucionario, mostrando el germen de lo que ahora ha llegado a ser: como el
criado servil de la burguesía para el momento de peligro». (Fernández
Armesto; La misión de la literatura proletaria revolucionara en España;
Publicado en «Bolchevismo», revista teórica del Partido Comunista de España,
sección de la Internacional Comunista, 1932)

Debemos hacer una mención especial a figuras que tuvieron un carisma que le
convirtieron en verdaderos mitos entre las masas progresistas y revolucionarias
de aquel entonces. Así fue el caso del ya mencionado Largo Caballero. Pero en
honor a la verdad, su idea de socialismo era más cercana al anarco-sindicalismo
reformista que al socialismo marxista, la retórica revolucionaria que empleaba,
sobre todo a partir de 1934 por el inminente ascenso del fascismo en todo el
mundo, no borra el hecho de que en muchos temas se comportarse como un
reaccionario sin comillas. Solo habría que recordar su actuación durante el
período del primer gobierno republicano-socialista de 1931-1933, con aquellos
discursos en favor de la represión a las huelgas y manifestaciones
revolucionarias. Vemos aquí reflejada la misma actitud de colaboracionismo con

188
la burguesía que años antes el propio Pablo Iglesias Posse había denunciado
señalando a los socialistas que habían llegado al poder en Europa en su artículo:
«Socialistas ministeriales» de 1906:

«Pablo Iglesias era contrario a la presencia de socialistas en los Gobiernos,


algo muy distinto era la entrada en municipios y parlamentos. La llegada de
un ministro socialista a un Gobierno no garantizaba la aprobación de leyes
favorables para los obreros. (...) Pablo Iglesias se demoró en ahondar sobre
esta cuestión con el ejemplo del Gobierno francés con Millerand, que envió
soldados para reprimir huelgas, se persiguió a los socialistas rusos para
complacer al Gobierno zarista, y se pusieron muchas dificultades al Congreso
de la Internacional de 1900. También aludió al Gobierno de Clemenceau, con
Aristide Briand como ministro del mismo, cuando la capital francesa se llenó
de soldados en la celebración del Primero de Mayo». (Eduardo Montagut;
Pablo Iglesias y los «socialistas ministeriales» en 1906, 2017)

El tratamiento que hacía el PSOE de la cuestión nacional como uno de los


partidos de poder durante la II República, se caracterizó por una desconfianza
hacia los Estatutos de Autonomía como el catalán de 1932, hablando de los
mismos con la misma desconfianza que los partidos de centro o derechistas,
como ya denunció Joan Comorera:

«Dijo Largo Caballero: «No queremos que se otorgue nada que pueda ser una
merma para la unidad nacional. (...) Habrá, en definitiva Estatuto, sin
desmembración».

¿Ha hablado el español o el socialista? El español. Sólo un español del siglo


XIX, antisocialista, puede hablar de unidad nacional, puede ver en el Estatuto
una «desmembración». Un socialista, no.

Un socialista sabe que el concepto de soberanía ha sido superado por el de


coordinación internacional de principios y de intereses.

Un socialista sabe que el concepto de patria no es ya lo que podía tener un


príncipe de sangre, ni un príncipe de alcoba, o los desgraciados «héroes» de
Cavite.

Un socialista sabe que el concepto de unidad no significa ya absorción,


centralización, ni sometimiento a un centro más o menos artificial, de
parasitismo más o menos acentuado.

Un socialista sabe que todos estos conceptos, como tantos otros que regulan y
dirigen la vida de los hombres y de los pueblos, han sufrido una revisión

189
profunda justamente bajo la luz poderosa de los principios y de los métodos
socialistas.

Y, también, un socialista sabe que únicamente una mentalidad imperialista


debe oponer la unidad patria al principio de autodeterminación, de ver un
peligro de desmembración en una redistribución de servicios y de facultades
dentro de un cercado estatal.

¿Qué es, pues, Largo Caballero?». (Joan Comorera; Patriota cien por ciento;
Artículo publicado en «Justicia Social», Nº45, 14 de junio de 1932)

No olvidar tampoco que el llamado sector de los «caballeristas» tomaría partido


junto a los anarquistas de Mera, el ala más derechista del PSOE como eran los
seguidores de Besteiro, los restos del trotskismo, más los militares favorables a
una rendición pactada con Franco como Casado, Menéndez o Menant. Un
bloque anticomunista que desataría el conocido «Golpe de Casado» de en
Madrid en 1939 contra el Gobierno de Negrín y los comunistas del PCE, que dio
lugar al llamado «Consejo Nacional de Defensa», el cual desató una verdadera
represión en el bando republicano, contra los comunistas principalmente, a
todo esto sumémosle el obvio derrumbe del frente republicano que provocó.

Si alguien quiere ver las posiciones de Caballero, de franca oposición a los


comunistas durante 1921-1934, y más disimuladamente aunque muchas veces
igual de contundente durante 1939-1946. Véase la biografía de Julio Arostegui:
«Largo Caballero: el tesón y la quimera» de 2013. O las propias memorias de
Largo Caballero: «Recuerdos» de 1954.

El PSOE incluso empezó a dejar de reivindicar en sus documentos la liberación


de las colonias. Sobra decir que la incapacidad de comprender a estas regiones
de la península causaría que el PSOE perdiera la hegemonía en estas zonas en
favor de los nacionalistas durante la II República 1931-1936, y ante los
comunistas, durante la Guerra Civil 1936-1939

Como veremos luego, durante la Guerra Civil de 1936-1939, cualquier de las


tendencias del PSOE demostraría no haber superado el chovinismo. Los
informes soviéticos y los comunistas nativos reportaran una y otra vez los
problemas de los ministros del PSOE en el trato de la cuestión nacional.

La aparición del bolchevismo y su trato de la cuestión nacional

Los bolcheviques ya habían esgrimido toda una línea científica, clara y


comprensible para los revolucionarios. Lenin sintetizó así la cuestión:

190
«Sí, indiscutiblemente debemos luchar contra toda opresión nacional. No,
indiscutiblemente no debemos luchar por cualquier desarrollo nacional, por la
«cultura nacional» en general. El desarrollo económico de la sociedad
capitalista nos muestra en todo el mundo ejemplos de movimientos nacionales
que no han llegado a desarrollarse plenamente, ejemplos de grandes naciones
formadas a partir de varias pequeñas o en detrimento de algunas pequeñas
naciones, ejemplos de asimilación de naciones. El principio por que se rige el
nacionalismo burgués es el desarrollo de la nacionalidad en general; de aquí el
carácter exclusivo del nacionalismo burgués, de aquí las estériles querellas
nacionales. El proletariado, en cambio, no sólo no asume la defensa del
desarrollo nacional de cada nación, sino que, por el contrario, pone en guardia
a las masas contra semejantes ilusiones, defiende la libertad más completa del
intercambio económico capitalista y celebra cualquier asimilación de las
naciones, excepto la que se realiza por la fuerza o se basa en privilegios».
(Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Notas críticas sobre la cuestión nacional, 1913)

Con la revolución a las puertas, proclamaba el líder del bolchevismo:

«Queremos unión libre y debemos por tanto reconocer la libertad de


separación –sin libertad de separarse, la unión no puede ser llamada libre–. Y
estamos tanto más obligados a reconocer el derecho a la separación, por
cuanto el zarismo y la burguesía rusa, con su opresión, han suscitado en las
naciones vecinas multitud de rencores y una gran desconfianza hacia los rusos
en general; esta desconfianza hay que disiparla con hechos y no con palabras.

Pero nosotros queremos la unión, y eso hay que decirlo. Decir esto en el
programa del partido de un Estado nacional heterogéneo es importante en un
grado tal que obliga a apartarse de la línea habitual para dar lugar a una
declaración. Nosotros queremos que la república del pueblo ruso –me inclino
incluso a decir pueblo gran ruso, pues es más exacto– atraiga a otras
naciones, pero ¿cómo? No mediante la violencia, sino sólo mediante un
acuerdo voluntario. De otro modo se romperían la unidad y la fraternal
alianza de los obreros de todos los países. A diferencia de los demócratas
burgueses, nosotros no planteamos como consigna la fraternidad de los
pueblos, sino la fraternidad de los obreros de todas las nacionalidades, pues no
confiamos en la burguesía de ningún país, la consideramos enemiga».
(Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Revisión del programa del partido, 1917)

Como se puede ver en las obras de Lenin comprendidas entre 1913-1916, la


temática sobre la cuestión nacional es muy recurrente. Se dedicó buena parte de
su tiempo a refutar los artículos y teorías concretas de varias figuras que se
destacaban por alimentar de una manera u otra el socialchovinismo.

191
A Piatakov que escribía bajo el pseudónimo de Kievsky, le replicaría no saber
ver que:

«Los obreros de una nación opresora son en cierta medida cómplices de su


burguesía, en el saqueo de los obreros –y de la masa de la población– de la
nación oprimida. (…) En el aspecto político, la diferencia consiste en que los
obreros de las naciones opresoras ocupan una situación privilegiada, en
comparación con los obreros de la nación oprimida, en toda una serie de
esferas de la vida política. (…) En el aspecto ideológico o espiritual, la
diferencia consiste en que los obreros de las naciones opresoras son educados
siempre, por la escuela y por la vida, en un espíritu de desprecio o desdén
hacia los obreros de las naciones oprimidas. Por ejemplo, cualquier ruso que se
haya educado o vivido entre rusos lo ha experimentad». (Vladimir Ilich
Uliánov, Lenin; Una caricatura del marxismo y el «economicismo
imperialista», 1916)

Y una vez más, sentenciaría hacia él:

«Es el mismo modo de pensar, el mismo error teórico y político-práctico que


no percibe P. Kíevski, cometiéndolo literalmente a cada paso en sµ artículo.
Piensa que discute únicamente contra la autodeterminación, quiere discutir
únicamente contra ella, pero resulta ir contra de su voluntad y de su
conciencia, ¡y eso es lo curioso! que no aporta ni un solo argumento que no
pueda ser esgrimido con el mismo fundamento contra la democracia en
general!». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Respuesta a P. Kievski [Y. Piatakov],
1916)

También respondiendo a Bujarin y su obra: «El eslogan del derecho de


autodeterminación» de 1915, Lenin diría:

«Los partidos socialistas que no demuestren con toda su actividad tanto hoy
como durante la revolución y después de triunfar ésta que liberarán a las
naciones oprimidas y establecerán con ellas relaciones basadas en la libre
alianza -y la libre alianza no es más que una frase embustera sin la libertad de
separación-, esos partidos cometerán una traición al socialismo». (Vladimir
Ilich Uliánov, Lenin; La revolución socialista y el derecho de las naciones a la
autodeterminación, 1915)

A Rosa Luxemburgo que escribía bajo el pseudónimo Junius, Lenin le


reclamaba por las tesis de su folleto «La crisis de la socialdemocracia alemana»
de 1916:

«En tercer lugar, ni siquiera en Europa se pueden considerar imposibles las


guerras nacionales en la época del imperialismo. (...) esta «época» no excluye
en lo más mínimo las guerras nacionales, por ejemplo, por parte de los

192
pequeños Estados –supongamos anexionados u oprimidos nacionalmente–
contra las potencias imperialistas, de la misma manera que no excluye los
movimientos nacionales en gran escala en el Este de Europa. (…) Mas esa
equivocación es muy perjudicial también en el sentido político práctico: de ella
se deduce la estúpida propaganda del «desarme», como si no pudiera haber
más guerras que las reaccionarias; de ella se deduce asimismo la indiferencia,
más estúpida todavía y claramente reaccionaria, ante los movimientos
nacionales. Esa indiferencia se convierte en chovinismo cuando los miembros
de las «grandes» naciones europeas, es decir, de las naciones que oprimen a
una masa de pueblos pequeños y coloniales, declaran con aire de sabihondos: ¡
«no puede haber ya ninguna guerra nacional»! Las guerras nacionales contra
las potencias imperialistas. No sólo son posibles y probables, sino también
inevitables y progresistas, revolucionaria». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El
folleto de Junius, 1916)

Sobre Trotsky y sus ideas expresaría:

«¿Y Trotski? Está en cuerpo y alma en pro de la autodeterminación, pero


también en sus labios ésta es una frase vacía, puesto que no exige la libertad de
separación para las naciones oprimidas por «la patria» de ese socialista
nacional; calla sobre la hipocresía de Kautsky y los kautskianos». (Vladimir
Ilich Uliánov, Lenin; Acerca del «programa de paz», 1916)

Contestando al artículo de Trotsky: «La nación y la economía» de 1916, se decía:

«Trotsky y Mártov. De palabra, ambos están a favor de la autodeterminación,


como Kautsky. ¿Y de hecho? (…) Nos muestra su eclecticismo habitual: de una
parte, la economía fusiona las naciones; de otra, la opresión nacional las
desune. ¿Conclusión? La conclusión consiste en que la hipocresía reinante
sigue sin ser desenmascarada, la agitación resulta exánime, no aborda lo
principal, lo cardinal, lo esencial, lo cercano a la práctica: la actitud ante la
nación oprimida por «mi» nación». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Balance de
la discusión sobre la autodeterminación, 1916)

Curiosamente, años después, los revisionistas modernos aunque de jure


rechazan a mucho de estos autores y se reivindican como leninistas, de facto
recuperan sus ideas socialchovinistas.

En otras ocasiones, el revisionismo moderno, en cualquiera de sus expresiones:


el trotskismo, el titoísmo, el jruschovismo o el maoísmo han pintado una
imagen de Stalin como un chovinista ruso. Por otro lado, existen corrientes
nacionalistas que se autodenominan «marxistas», las cuales defienden
orgullosamente posturas chovinistas aludiendo, extrañamente, que toman como
modelo la política de la URSS de Lenin y Stalin sobre la cuestión nacional.

193
Pero no existe nada más lejos de la realidad.

Para empezar, hay que señalar la trascendencia de Stalin en la configuración de


la futura URSS:

«Fue Stalin quien, en abril de 1917, informó sobre la cuestión nacional en la


Conferencia del Partido Bolchevique. (...) Stalin propuso la adopción de la
concepción [bolchevique] recomendada durante el régimen zarista. La teoría
fue aceptada, aunque no sin lucha; una bastante poderosa oposición vino por
parte de Pyatakov, y cierto número de delegados, en contra de la cláusula que
establecía el derecho de las naciones a la independencia; incluso hasta el punto
de la separación; temían las posibles consecuencias de esta cláusula. (…) La
actitud adoptada por los bolcheviques con respecto a los problemas de las
nacionalidades les trajo la simpatía de todos, sin provocar las secesiones
nacionales que algunas personas esperaban. Y allí, una vez más, triunfó por
completo la sabiduría lejana, en su intrépida minuciosidad. «Si Kolchak y
Denikin fueron golpeados», escribió Stalin, «es porque hemos tenido la
simpatía de las naciones oprimidas». (…) En 1925, en circunstancias muy
solemnes, Stalin observó que aunque la base principal de la República
Soviética era la alianza de los obreros y los campesinos, la base subsidiaria de
la República era la alianza de todas las diferentes nacionalidades existentes en
Rusia. (…) Los hombres de Octubre de 1917, lograron llevar a cabo su
Revolución en medio de una yuxtaposición extremadamente diversificada de
razas y países, en la que, además, existían largas tradiciones de opresión que
en muchos casos habían inculcado una idea exagerada del nacionalismo. Estos
hombres, por primera vez en la historia, presentan una solución razonable y
seria de este antiguo antagonismo común en todo el planeta, una fórmula
lógica que combina los dos elementos esenciales irreducibles, la individualidad
nacional y la federación práctica. (…) Sin embargo, cuando los soviéticos
llegaron al poder por primera vez, había una concepción «asiática» algo
especial sobre el problema de las nacionalidades. Se manifestó por fuertes
«tendencias colonialistas», es decir, el sometimiento del país lejano y una
preponderancia del elemento ruso en su administración y en el desarrollo de
su asimilación soviética. Los obreros rusos y los propagandistas rusos
entraron en Asia, dirigieron todo y arreglaron todo ellos mismos, la población
nativa fue «descuidada por el socialismo», según la propia expresión de Stalin.
Esto no estaba de acuerdo con uno de los principios del marxismo-leninismo,
que era particularmente querido por Stalin, a saber, la participación sin
trabas, directa y consciente de todos en el trabajo común. Entonces Stalin
luchó amargamente contra estas erupciones de exclusivismo moscovita».
(Henri Barbusse; Stalin. Un nuevo mundo visto a través de un hombre, 1935)

Como reflejo de estas palabras de Barbusse, podemos en las obras de Stalin se


puede ver su esfuerzo por hacer entender a los marxistas la necesidad de un

194
repaso histórico desvinculado de la tradicional historiografía burguesa-
nacionalista. Esta era una tarea importante para una mejor comprensión de las
relaciones históricas entre la nación dominante del Estado –Rusia– y el resto de
naciones y nacionalidades, ¿con qué trasfondo político final? Establecer una
nueva y armoniosa relación entre los pueblos, teniendo esta materialización en
1922, con la creación de la URSS:

«Ahora bien, hallar la clave para la solución acertada de la cuestión nacional


no significa todavía resolverla total y definitivamente, ni aplicar íntegramente
esta solución en el terreno práctico concreto. Para aplicar con acierto el
programa nacional planteado por la Revolución de Octubre, es preciso,
además, vencer los obstáculos heredados de la etapa ya pasada de opresión
nacional y que no pueden ser eliminados en poco tiempo, de golpe. Esta
herencia consiste, en primer lugar, en las supervivencias del chovinismo de
Gran Potencia, que es un reflejo de la pasada situación de privilegio de los
grandes rusos. (...) Esta herencia consiste, en segundo lugar, en la desigualdad
de hecho, es decir, en la desigualdad económico-cultural de las nacionalidades
de la Unión de Repúblicas. La igualdad de derecho de las naciones, conseguida
por la Revolución de Octubre, es una gran conquista de los pueblos; pero por sí
sola no resuelve toda la cuestión nacional. Una serie de repúblicas y de pueblos
que no han pasado o casi no han pasado por el desarrollo capitalista,
que carecen o casi carecen de un proletariado propio y que, como resultado de
esto, han quedado rezagados en los terrenos económico y cultural, no se hallan
en condiciones de aprovechar íntegramente los derechos y las posibilidades
que se les ofrecen con la igualdad de derechos de las naciones, y sin una ayuda
exterior efectiva y prolongada no están en condiciones de elevarse al grado
superior de desarrollo y alcanzar de este modo a las nacionalidades que se les
han adelantado. Las causas de esta desigualdad existente de hecho no sólo
residen en la historia de estos pueblos, sino también en la política del zarismo
y de la burguesía rusa, que aspiraban a convertir las regiones de la periferia
en regiones dedicadas exclusivamente a la obtención de materias primas y
explotadas por las regiones centrales, desarrolladas en el sentido industrial.
(…) Es un proceso prolongado, que requiere una lucha tenaz e insistente contra
todas las supervivencias de la opresión nacional y de la esclavitud colonial.
Pero tiene que ser superada a toda costa. Y sólo puedo ser superada mediante
una ayuda efectiva y prolongada del proletariado ruso a los pueblos atrasados
de la Unión, para conseguir su prosperidad económica y cultural. De otra
manera, no se puede contar con el establecimiento de una colaboración firme y
acertada entre los pueblos dentro del marco de un solo Estado federal. Por eso,
la segunda tarea inmediata de nuestro Partido consiste en luchar para poner
fin a la desigualdad existente de hecho entre las nacionalidades, y elevar el
nivel cultural y económico de los pueblos atrasados. Esta herencia consiste,
por último, en las supervivencias nacionalistas en toda una serie de pueblos
que han sufrido el pesado yugo de la opresión nacional y que no han podido

195
librarse todavía del recuerdo de los viejos agravios nacionales, En la práctica,
estas supervivencias hallan su expresión en cierto apartamiento nacional y en
la falta de una confianza plena de los pueblos antes oprimidos hacia las
medidas que emanan de los rusos. Sin embargo, en ciertas repúblicas
integradas por varias nacionalidades, este nacionalismo defensivo se
convierte no pocas veces en nacionalismo ofensivo, en un chovinismo rabioso
de la nacionalidad más fuerte, dirigido contra las nacionalidades más débiles
de dichas repúblicas. El chovinismo georgiano –en Georgia–, contra los
armenios, osainos, adzharianos y abjasianos; el chovinismo azerbaidzhano –
en el Azerbaidzhán– contra los armenios, y el chovinismo uzbeko –en Bujará y
Joresm– contra los turcomanos y los kirguíses». (Iósif Vissariónovich
Dzhugashvili, Stalin; Los factores nacionales en la edificación del partido y del
Estado, 1921)

Esto era ir en contra del saludo que el leninismo hacía de la libre y voluntaria
asimilación y unión entre pueblos:

«El capitalismo en desarrollo conoce dos tendencias históricas en el problema


nacional. La primera es el despertar de la vida nacional y de los movimientos
nacionales, la lucha contra toda opresión nacional y la creación de Estados
nacionales. La segunda es el desarrollo y multiplicación de las relaciones de
todo tipo entre las naciones, el derrumbamiento de las barreras nacionales, la
formación de la unidad internacional del capital, de la vida económica en
general, de la política, de la ciencia, etc. Ambas tendencias son una ley
universal del capitalismo. La primera predomina en los albores del desarrollo
capitalista; la segunda es característica del capitalismo maduro, que marcha
hacia su transformación en sociedad socialista. El programa nacional de los
marxistas tiene presentes ambas tendencias: primero, defiende la igualdad de
derechos de las naciones y de los idiomas –y también el derecho de las
naciones a la autodeterminación, de lo cual hablaremos más adelante– y
considera inadmisible la existencia de cualesquiera privilegios en este aspecto;
segundo, propugna el principio del internacionalismo y la lucha implacable
por evitar que el proletariado se contamine de nacionalismo burgués, aun del
más sutil. Y cabe preguntar: ¿a qué se refiere nuestro bundista cuando clama
al cielo contra la «asimilación»? No ha podido referirse a la violencia ejercida
contra las naciones ni a los privilegios de una de ellas, porque aquí nada tiene
que ver la palabra «asimilación»; porque todos los marxistas, tanto por
separado como juntos, formando un todo único oficial, han condenado con
firmeza, sin dejar lugar a equívocos, la menor manifestación de violencia,
opresión o desigualdad nacionales. (...) El señor Libman condena la
«asimilación» sin entender por ella ni la violencia, ni la desigualdad, ni los
privilegios. Pero, ¿queda algo real en el concepto de «asimilación» si se
excluyen toda violencia y toda desigualdad? Sí, desde luego. Queda la
tendencia histórica universal del capitalismo a romper las barreras

196
nacionales, a borrar las diferencias nacionales, a llevar las naciones a la
asimilación, tendencia que cada decenio se manifiesta con mayor pujanza y
constituye uno de los más poderosos motores de la transformación del
capitalismo en socialismo. No es marxista, ni siquiera demócrata, quien no
acepta ni defiende la igualdad de derechos de las naciones y los idiomas, quien
no lucha contra toda opresión o desigualdad nacionales. Esto es indudable.
Pero es igualmente indudable que el pseudomarxista que pone de vuelta y
media a .los marxistas de otra nación, acusándolos de «asimilistas», es de
hecho un simple pequeño burgués nacionalista». (Vladimir Ilich Uliánov,
Lenin; Notas críticas sobre la cuestión nacional, 1914)

En la URSS las manifestaciones nacionalistas hacia uno u otro lado estaban


severamente penadas. Veamos un documento secreto sobre Kazajistán:

«El golpe principal de la represión judicial de las autoridades de justicia de


Zapsibkray en el campo de la lucha contra el chovinismo de gran potencia se
dirigió principalmente con las manifestaciones en relación con los nacionales-
kazajos. (...) Los enemigos de clase, aprovechando la situación creada,
comenzaron a difundir rumores salvajes e infundados, como que los kazajos
comiendo niños rusos [sic], etc. Elementos criminales, en particular ladrones
de caballos, reviviendo sus actividades criminales, al mismo tiempo
difundieron intensamente rumores de que todos los robos fueron cometidos
por kazajos. En el contexto de esta situación, desde finales de 1931 y casi todo
1932, tuvimos un aumento en la manifestación del chovinismo de gran
potencia con respecto a los kazajos. (...) La política punitiva en estos casos se
caracteriza por los siguientes datos: prisión 135; trabajo forzados 98; otras
medidas de protección social 40». (Informe de las autoridades de justicia del
Territorio de Siberia Occidental sobre la lucha contra las manifestaciones del
chovinismo de gran potencia contra los inmigrantes kazajos, 25 de marzo de
1933)

Ilustremos con otro caso en Bielorrusia:

«Recientemente, entre los grupos sociales más diversos –obreros, oficinistas,


intelectuales, estudiantes, etc. –de la República Socialista Soviética de
Bielorrusia, se han observado manifestaciones significativas de chovinismo de
gran potencia y un antagonismo nacional causado, principalmente, por la
activación de elementos contrarrevolucionarios. La lucha contra los
sentimientos chovinistas nacionales es insuficiente, y el trabajo cultural de
masas sobre la educación internacionalista y la implementación de la política
nacional del gobierno soviético es débil. (...) En varias instituciones de
educación superior, se observa la introducción forzosa del idioma ruso. (...) El
idioma bielorruso se considera «inventado». (...) Debido a la debilidad del
trabajo masivo en educación, hay casos de antisemitismo, detectados

197
principalmente entre estudiantes». (Informe especial del GPU sobre las
manifestaciones chovinistas y nacionalistas en la República Socialista
Soviética de Bielorrusia, 16 de marzo de 1932)

En años 20 y 30 Stalin tuvo un rol determinante a la hora de clarificar las ideas


que circulaban entre varios líderes en el movimiento comunista sobre la
cuestión nacional.

Primero. Criticó las ilusiones liberales de que las naciones oprimidas podían
encontrar perfectamente solución dentro de los regímenes democrático-
burgueses, cuando la historia mostraba, y aún muestra, que esto no es sino la
excepción que confirma la regla:

«Semic quería decir con ello que Lenin consideraba la cuestión nacional un
problema constitucional, es decir, no un problema de la revolución, sino un
problema que debía ser resuelto con una reforma. Esto es completamente
falso. Lenin no padeció nunca, ni podía padecer, ilusiones constitucionales.
Basta examinar sus obras para convencerse de ello. (...) En la URSS también
tenemos una Constitución, que refleja una determinada solución del problema
nacional. Sin embargo, esta Constitución no ha nacido como fruto de un
acuerdo con la burguesía, sino como fruto de la revolución triunfante.
(...) Acerca del programa nacional. El punto de partida del programa nacional
debe ser la tesis relativa a la revolución soviética en Yugoslavia, la tesis de que,
sin el derrocamiento de la burguesía y la victoria de la revolución, el problema
nacional no puede ser resuelto de un modo más o menos satisfactorio.
Naturalmente, puede haber excepciones. Una excepción de éstas se dio, por
ejemplo, antes de la guerra, cuando Noruega se separó de Suecia, cosa de la
que Lenin habla detalladamente en uno de sus artículos. Pero esto sucedió
antes de la guerra y con una coincidencia excepcional de circunstancias
favorables. Después de la guerra, y sobre todo después del triunfo de la
revolución soviética en Rusia, difícilmente pueden darse casos como ése. De
todas formas, las probabilidades para ello son ahora tan pocas, que pueden
considerarse nulas. Pero, si es así, está claro que no podemos trazar el
programa basándolo en magnitudes de valor nulo. Por eso, la tesis de la
revolución debe ser el punto de partida del programa nacional». (Iósif
Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; En torno a la cuestión nacional en
Yugoslavia, 1925)

En segundo lugar, criticó a aquellos que consideraba la postura a adoptar en la


cuestión nacional como mera charlatanería de intelectuales de salón, incluso se
explicaba porque el partido revolucionario debía tener una línea clara en esta
cuestión, aunque las naciones oprimidas no tuviesen un movimiento nacional
muy activo por el momento:

198
«Partiendo del hecho de que en el momento presente no existe un serio
movimiento popular por la independencia entre los croatas y los eslovenos,
Semic llega a la conclusión de que el problema del derecho de las naciones a la
separación es una cuestión académica y, en todo caso, no de actualidad.
Naturalmente, eso es erróneo. Aun admitiendo que este problema no sea de
actualidad en el momento presente, sin embargo, puede convertirse en un
problema de mucha actualidad si comienza la guerra o cuando ésta comience,
si la revolución se desencadena en Europa o cuando se desencadene. (...) En
1912, cuando nosotros, los marxistas rusos, estábamos trazando el primer
proyecto de programa nacional; todavía no teníamos en ninguna de las
regiones periféricas del Imperio Ruso un movimiento importante en favor de
la independencia. Sin embargo, consideramos preciso incluir en nuestro
programa el punto referente al derecho de las naciones a la
autodeterminación, es decir, al derecho de cada nacionalidad a separarse y a
llevar una vida estatal independiente. ¿Por qué? Porque no sólo partíamos de
lo que existía ya plasmado a la sazón, sino de lo que se estaba desarrollando
dentro del sistema general de las relaciones internacionales y se avecinaba; es
decir, nosotros no teníamos sólo en cuenta en aquel entonces lo presente, sino
también lo futuro. Y sabíamos que si cualquier nacionalidad exigía la
separación, los marxistas rusos lucharían por conseguir que se le asegurase el
derecho a la separación». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; En torno
a la cuestión nacional en Yugoslavia, 1925)

En último lugar, fustigó la noción reaccionaria de que las naciones oprimidas


tenían siempre que optar por una separación incluso después de una revolución,
mientras los bolcheviques respetaban la decisión de los pueblos, bien fuese
quedarse con otros pueblos u organizarse por separado:

«El programa nacional debe incluir sin falta un punto especial acerca del
derecho de las naciones a la autodeterminación, llegando incluso a la
separación para formar su propio Estado. Ya he indicado más arriba por qué
en las actuales circunstancias interiores e internacionales no podemos
prescindir de este punto. Por último, en el programa debe figurar asimismo un
punto especial sobre la autonomía nacional territorial para las nacionalidades
de Yugoslavia que no estimen necesario separarse. No tienen razón quienes
piensan que tal combinación debe considerarse excluida. Esto es erróneo. En
determinadas condiciones, como resultado del triunfo de la revolución
soviética en Yugoslavia, es bien posible que ciertas nacionalidades, como ha
ocurrido aquí, en Rusia, no deseen separarse. Se comprende que, en previsión
de tales casos, es preciso tener en el programa un punto referente a la
autonomía, con vistas a la transformación del Estado yugoslavo en una
federación de Estados nacionales autónomos, sobre la base del régimen
soviético. Así, pues, derecho a la separación para las nacionalidades que
quieran separarse y derecho a la autonomía para las nacionalidades que

199
prefieran permanecer dentro del Estado yugoslavo. Para evitar equívocos, he
de decir que el derecho a la separación no debe interpretarse como el deber,
como la obligación de separarse. Una nación puede ejercer el derecho a la
separación, pero puede también no ejercerlo, si lo desea así; eso es cosa suya y
debe ser tomado en consideración. Algunos camaradas convierten el derecho a
la separación en, una obligación, exigiendo, por ejemplo, que los croatas se
separen a toda costa. Esa posición es errónea y debe ser desechada. No se debe
confundir un derecho con una obligación». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili,
Stalin; En torno a la cuestión nacional en Yugoslavia, 1925)

La URSS contra el chovinismo y las distorsiones históricas

Hoy, elementos pretendidamente subversivos en la corriente filosófica de


Gustavo Bueno –materialismo filosófico–, intentan relativizar todo esto con
fines determinados, hasta el punto de considerar «progresista» el imperio
colonial del zarato ruso, poniendo, de paso, en tela de juicio la brutal opresión
nacional que este imperio ejerció:

«Con Pedro el Grande empezó el Imperio Ruso, obsesionado con occidentalizar


a marcha martillo a toda Rusia, modernizando el país, creando instituciones
de cultura y socializando los impuestos. Con Catalina la Grande se intensificó
el ortograma Generador del Imperio Ruso. (...) El epíteto a Rusia como «cárcel
de pueblos» no fue tan justificado como se decía». (Santiago Armesilla;
Reescritos de la disidencia, 2012)

V. E. Illeritsky, en su artículo: «Opiniones históricas de Alexander Ivanovich


Herzen», demostraba lo equivocado que estaba Armesilla, ya que, como Roberto
Vaquero –¡quien se queja de «no poder reivindicar con orgullo» a El Cid o
Alfonso VIII!–, en ningún momento realiza un análisis de clases sobre la
historia pasada, cayendo preso de los mitos de los explotadores:

«Al evaluar los resultados de la política interior y exterior de Catalina II,


Herzen escribió que ella, al igual que Pedro el Grande, sacrificó «todo y, sobre
todo, la felicidad del pueblo para crear un imperio ruso, organizar un Estado
fuerte y hacerlo europeo». El fuerte imperio se sostuvo sobre los sufrimientos
de millones de las masas del pueblo, entregado a la servidumbre desesperada
de la nobleza, un confiable pilar del poder imperial. Como resultado, se
desarrolló un contraste entre las dos Rusias; la Rusia terrateniente
autocrática dominante, por un lado, y la Rusia del pueblo, campesina y
oprimida, por el otro. «Estas son dos Rusias», escribió Herzen en 1860, «de las
cuales una no es el pueblo, sino sólo el gobierno, y la otra es el pueblo, pero
empujada fuera de la ley y entregada a la fuerza de trabajo». No había nada
en común entre la noble Rusia y la Rusia campesina, declaró Herzen, «por un
lado el robo y el desprecio, por otro, el sufrimiento y la desconfianza». (V. E.
Illeritsky; Opiniones históricas de Alexander Ivanovich Herzen, 1952)

200
En la URSS de Lenin y Stalin, lo normal era que todo chovinismo histórico o
presente fue visto como una señal de alarma, al menos esto fue así hasta el giro
de mediado de los años 30. He aquí una muestra:

«Una revisión de las transcripciones de los discursos públicos de algunos


historiadores y otros materiales muestra que las conferencias y los discursos
públicos, así como los manuscritos de artículos de varios historiadores,
especialmente Yakovlev y Tarle, muestran el estado de ánimo del chovinismo
de gran poder, se intenta reconsiderar la comprensión marxista-leninista de la
historia rusa, para justificar y embellecer a los reaccionarios. (…) Tarle está
tratando de demostrar que la monarquía de Alejandro I y Nicolás I se llevó a
cabo en el período 1814-1859 una política progresista en Europa. (…)
Adzhemyan propone abandonar la consideración de los acontecimientos
históricos desde la perspectiva de la lucha de clases, considerando este enfoque
como una «enfermedad infantil del izquierdismo». Sugiere además revisar la
actitud sobre el tema de la lucha revolucionaria de los pueblos de Rusia.
Adzhemyan define los levantamientos revolucionarios como reaccionarios,
debido a que, en su opinión, estos levantamientos socavaron el poder del poder
autocrático en Rusia. Entonces, para los levantamientos reaccionarios,
Adzhemyan incluye los levantamientos campesinos de Bolotnikov, Razin,
Pugachev, así como el movimiento decembrista. (...) La atención se centró en
las críticas de quienes justificaron la política colonial agresiva del zarismo,
quienes no estuvieron de acuerdo con la evaluación de la Rusia zarista como el
gendarme de la reacción en Europa, negaron la doctrina de la lucha de clases
como la fuerza impulsora de la historia y, por lo tanto, se solidificaron con
representantes de la «escuela de historia burguesa-monárquica» de
Milyukov». (…) Por lo tanto, en los discursos de algunos historiadores, se
revive una ideología nacionalista que es hostil a la política leninista-estalinista
de fortalecer la amistad de los pueblos, la política reaccionaria de la
autocracia zarista se toma bajo protección y se hacen intentos para idealizar el
orden burgués». (G. Aleksandrov, P. Pospelov, P. Fedoseev; Sobre los estados
de ánimo chovinistas de gran potencia entre algunos historiadores, 1944)

Aquí, como se ve, se condenan sin piedad los intentos de hacer pasar como
análisis marxistas propuestas y teorías sacadas del historiador del Partido
Kadete, Pavel Milyukov, el cual era el clásico chovinista ruso.

Se concluye que el punto de vista nacionalista está íntimamente relacionado con


la restauración del orden burgués en la URSS, por lo que era inadmisible para
un bolchevique:

«Un cierto resurgimiento de la ideología nacionalista entre varios


historiadores es aún más peligroso porque está asociado con la idealización
del sistema democrático burgués y la esperanza de la evolución del Estado
soviético a una república burguesa ordinaria. No es casualidad que el profesor
A. Yakovlev, en su manuscrito «Un manual para estudiar las órdenes y

201
discursos del camarada Stalin», escriba sobre Inglaterra: «Gran Bretaña es
un país clásico de libertad política». (…) Sazonov describe la cooperación
económica de la URSS y los países capitalistas como la inclusión de la URSS en
el sistema de los Estados capitalistas. Sazonov propone abolir el monopolio del
comercio exterior, abrir ampliamente el acceso al capital extranjero en
nuestro país, transferir el 80% de todas las empresas de la industria socialista
a sociedades anónimas con la venta de acciones principalmente a capitalistas
extranjeros, etc. Las principales proposiciones teóricas desarrolladas en el
manuscrito se reducen a probar que las mismas leyes económicas se aplican en
la economía soviética como en los países capitalistas». (G. Aleksandrov, P.
Pospelov, P. Fedoseev; Sobre los estados de ánimo chovinistas de gran
potencia entre algunos historiadores, 1944)

V. E. Illeritsky, en su artículo: «Opiniones históricas de Alexander Ivanovich


Herzen», demostraba que el chovinismo y el racismo eran nociones
incompatibles para un revolucionario progresista:

«En los años 50-60 del siglo XIX. Herzen, enojado, se alzó en armas contra las
«teorías» racistas de los alemanes y otros chovinistas. «No hay nación que
haya pasado a la historia, que pueda considerarse una manada de animales»,
señaló en 1851, «así como no hay nación que merezca ser llamada asamblea de
los elegidos». Revelando sus propias opiniones sobre la cuestión nacional,
Herzen escribió: «Estamos por encima de la sensibilidad zoológica y somos
muy indiferentes a la cuestión de la pureza racial, lo que no nos impide ser
plenamente eslavos». El gran demócrata ruso siempre se ha opuesto
resueltamente a la persecución de los eslavos como raza «inferior». «Nunca
hemos sido nacionalistas ni panslavistas», dijo, «pero la injusticia hacia los
eslavos siempre nos ha parecido atroz». Al mismo tiempo, Herzen criticó las
distorsiones cosmopolitas en el campo de la historia, enfatizó la necesidad del
desarrollo integral de una cultura nacional independiente de cada pueblo.
Herzen era partidario de la amistad entre los pueblos. Hizo un llamado a los
pueblos a la ayuda mutua fraternal en la lucha contra la opresión social y
nacional. Una viva expresión de estas convicciones de Herzen fue su
llamamiento al pueblo ruso para que apoyara la lucha del pueblo polaco
contra el zarismo en 1863. Al prestar sincera asistencia a la causa de la
liberación nacional polaca, Herzen, en palabras de V. I. Lenin, «salvó el honor
de la democracia rusa». (V. E. Illeritsky; Opiniones históricas de Alexander
Ivanovich Herzen, 1952)

Y nos comentaba su cada vez mayor acercamiento al materialismo histórico:

«Adquirió una comprensión más profunda del papel de las masas en la


historia, realizando un estudio crítico de la historiografía noble-burguesa, que
se distinguía por exageraciones extremas del papel del individuo en la historia,
llevando a Herzen a una solución más correcta de este problema. Pensaba que

202
«la personalidad es una fuerza viva, un fermento poderoso, cuyo efecto no
siempre se destruye ni siquiera con la muerte», pero al mismo tiempo
enfatizaba cada vez más definitivamente la dependencia de las actividades de
los grandes personajes de las condiciones históricas. «La personalidad»,
escribió Herzen, «es creada por el entorno y los eventos». Precisamente señaló
que «los genios casi siempre se encuentran cuando se los necesita». (V. E.
Illeritsky; Opiniones históricas de Alexander Ivanovich Herzen, 1952)

Tras la muerte de Stalin en 1953, las propuestas económicas que proponían


personas como Sazonov y muchos otros se acabaron llevando a cabo en su
totalidad. El propio Stalin, que bien había frenado al nacionalismo ruso en los
años inicialse, posteriormente fue culpable a la hora de que el gobierno diese
manga ancha al nacionalismo ruso desde finales de los años 30. Pero eso lo
veremos en otro documento.

Al poco tiempo, la restauración del capitalismo en la URSS fue una realidad, que
se manifestaría en diversos campos. Es imposible comprender el desarrollo de la
URSS de aquellos años en sus relaciones internas y externas sin estudiar y
analizar la trascendencia de las reformas económicas. Véase nuestra obra:
«Algunas cuestiones económicas sobre la restauración del capitalismo en la
URSS y su carácter socialimperialista» de 2016.

En el ámbito internacional, bajo un barniz marxista, los jruschovistas


intentaron aplicar el esquema económico del imperialismo clásico.

Véase la obra de Kiço Kapetani y Veniamin Toçi: «El COMECON revisionista:


un instrumento al servicio del socialimperialismo soviético» de 1974

Véase la obra de Fatos Nano: «La completa integración de la economía soviética


en la economía capitalista mundial» de 1981

Véase la obra de Hasan Banja y Lulëzim Hana: «La degeneración del


COMECOM en una organización capitalista» de 1984

Jruschov, Brézhnev y sus sucesores aplicaron una política chovinista interna y


externa. Pero ese nacionalismo que se creía «superior» y con derecho de
pisotear al resto de pueblos no evitó conducir a la URSS hacia la pérdida de su
propia soberanía nacional. En un lapso breve de tiempo, la integración de la
URSS en el bloque capitalista mundial era un hecho y, en concreto, se podía
constatar una progresiva dependencia con el imperialismo estadounidense. Para
1991, cuando la URSS se desintegra formalmente como unión de repúblicas, la
deuda alcanzaba los 81.000 millones de dólares.

En el ámbito interno se promovió un auge cultural del chovinismo ruso


acompañado de una asimilación forzosa. La idea de los revisionistas fue
reestructurar la URSS y promover una división del trabajo en favor de Rusia y
en detrimento de las repúblicas no rusas. Este programa acrecentó las

203
diferencias entre regiones y, como era de esperar, afloraron los viejos rencores,
explosionando el problema nacional a finales de los 80. Para estudiar la
cuestión nacional interna del revisionismo soviético véase:

Véase la obra de Bujar Hoxha: «La cuestión nacional y el revisionismo» de 1974

Véase la obra de Natasha Iliriani: «Algunas manifestaciones de la opresión


nacional en la URSS de hoy» de 1987

La historia ya ha demostrado a dónde conduce el nacionalismo, sea promovido


por quien sea.

El giro nacionalista en la evaluación soviética de las figuras


históricas

Las anotaciones anteriores de Stalin, Zhdánov y Kirov emitidas en 1934 sobre el


campo de la historia advertían del peligro de ignorar el pasado colonialista del
zarismo ruso y la opresión que ejerció sobre otros pueblos. Véase el capítulo:
«La aparición del bolchevismo y su trato de la cuestión nacional» de 2020.

Sin embargo, en 1937 hubo un cambio, e inexplicablemente se pasó al extremo


contrario, ahora se pasó a revisar la historia con una profunda condescendencia
hacia las aventuras del zarismo:

«Los autores no ven ningún papel positivo en las acciones de Bogdán


Jmelnitski en el siglo XVII, en su lucha contra la ocupación de Ucrania por
parte de los señores de Polonia y la Turquía del Sultán. El hecho de la
transición de Georgia, digamos, a finales del siglo XVIII al protectorado de
Rusia, así como el hecho de la transición de Ucrania al dominio ruso, son
vistos por los autores como un mal absoluto, sin ninguna conexión con las
condiciones históricas específicas de la época. Los autores no ven que Georgia
tenía entonces la alternativa de ser engullida por la Persia del Sha y la
Turquía del Sultán o convertirse en un protectorado ruso, al igual que Ucrania
tenía la alternativa de ser engullida por el dominio de los señores de Polonia y
la Turquía del Sultán, o caer bajo el dominio ruso. No ven que la segunda
perspectiva era, sin embargo, el mal menor». (Enseñanza de la historia.
Resolución del jurado de la comisión gubernamental para el concurso del
mejor libro de texto para los grados 3 y 4 de la Historia de la URSS, 1937)

Es decir, para una comisión del gobierno, el levantamiento de 1668 del cosaco
Jmelnitski era algo a celebrar porque fue contra el dominio de la
Mancomunidad de Polonia-Lituania. Al mismo tiempo, la absorción de
ucranianos y georgianos por Rusia en los siglos XVIII y XIX, fue una «buena
noticia» para los pobladores. ¡Debían elegir por cuál de los lobos querían ser
despiezados! Lo cierto es que las Guerra del Cáucaso (1817-1864) indicaron lo

204
contrario: hubo una feroz resistencia georgiana, armenia y azerí al nuevo
mandato ruso, esos pueblos no deseaban ser absorbidos.

No nos detendremos con la teoría del «mal menor», ya que más adelante
volverá a salir. Pero a partir de aquí debemos prestar atención, pues todos los
pasos en falso que se darían en materia histórico-nacional no serían casuales,
sino que una y otra vez volverían sobre esta visión. Gracias a la válvula de
oxígeno del gobierno, nos encontraremos con que un «revivido» nacionalismo
ruso utilizaría esta fórmula del «mal menor» para camuflar la rusificación
histórica del resto de pueblos, intentando, de paso, repetirlo ahora, como
quedaría reflejado en las violentas discusiones que hubo en campos como la
historia o la filosofía sobre la transcendencia de Rusia en el mundo y celebrando
la «fortuna» y el «progreso» alcanzado por estos pueblos al haber sido
anexionados por el zarismo.

Esto nos lleva a la siguiente cuestión que deseábamos abordar: los nacionalistas
–algunos travestidos de «rojo»– como el Sr. Armesilla o el Sr. Roberto Vaquero,
quienes intentan acreditar su filia por personajes pasados que nada tienen que
ver con las aspiraciones del pueblo trabajador y sus mejores tradiciones
revolucionarias. Estos, haciéndose eco de los fallos y posiciones falsas de otros
comunistas, los cuales, en algún momento de su vida, incurrieron en
desviaciones nacionalistas, intentan justificar lo injustificable ¡Pero ellos son los
que luego juran a todas horas que a diferencia del resto no se mueven por otros
intereses que no sea la verdad objetiva! ¡Que la crítica hacia sus ídolos y la
autocrítica está presente en las sectas que lideran! ¿Cómo no íbamos a creer las
soflamas de tan honestos muchachos? Véase el capítulo: «¿Qué pretenden los
nacionalistas al reivindicar o manipular ciertos personajes históricos?» de 2021.

Por ejemplo, intentan fundamentar su enfermiza admiración por los


explotadores nacionales aludiendo a que la propaganda soviética de finales de
los años 30 empleó como protagonistas o referentes a diversos reyes y nobles.
En la URSS encontramos como regla de esta tendencia a Alejandro Nevski,
príncipe de Nóvgorod, que expulsó a los teutones en 1242. Este «renovado
interés» quedó plasmado en la película homónima de Serguéi Eisenstein de
1938. Lo mismo cabe decir sobre su película Iván el Terrible, de 1947.
Casualmente:

«Durante casi 30 años de existencia del cine soviético, nunca se volvió hacia la
personalidad de Iván el Terrible». (Fédor Razzakov; La muerte del cine
soviético. Intriga y controversia. 1918-1972, 2019)

¿Qué interés podría tener en 1938 la URSS para recuperar este tipo de episodios
históricos? «Tomar como ejemplo una lucha de liberación nacional», dirán
algunos. ¡Perfecto! Aunque un poco lejana en el tiempo. ¿No sería mejor sacar a
la palestra algo más cercano temporalmente y más correcto ideológicamente –

205
en aras de reforzar el internacionalismo proletario–? Por ejemplo, rescatar las
luchas de liberación nacional de los pueblos asiáticos contra el imperialismo
europeo –incluyendo el ruso– durante los siglos XIX y XX. El problema viene
cuando, como ocurre hoy en día en Europa, hablar de la Guerra de Cuba (1895-
98) o la Guerra de Argelia (1954-63) supone que algunos frunzan el ceño. Puesto
que a los imperialistas españoles y franceses esto simplemente les disgusta,
¡ellos prefieren hablar y enorgullecerse de las victorias en las guerras de
conquista! No pasa nada. ¡Cada uno elige a sus referentes!

Lo más parecido a una excusa que alguien podría emitir para maquillar esta
desviación nacionalista en la URSS sería alegar que la dirección pretendía
instigar entre los rusos un sentimiento de «orgullo» y «seguridad» nacional,
logrando hacer que se sintiesen identificados con los «ancestros rusos» en sus
victorias militares y, así, que tratar de «emular la historia» –si es que esto tiene
algún sentido–. Pero la cuestión de clase queda a un lado. ¿Mejoraron
sustancialmente las condiciones de vida de las clases explotadas del Imperio
Ruso con las campañas militares de Nevski contra suecos, tártaros o teutones?
¿Benefició a las clases explotadas de los pueblos derrotados las victorias rusas?
¿Puede acaso plantearse el «internacionalismo» entre los pueblos en un
contexto tan pretérito? Si todas las respuestas a estas preguntas son negativas,
entonces es absurdo reclamar como pauta a seguir semejante acontecimiento.
Las masas proletarias actuales sólo se benefician directamente del recuerdo de
las luchas pretéritas cuando estas fueron dirigidas por las clases explotadas –
como, por ejemplo, la rebelión de Espartaco en el siglo I a.C.–, o cuando estas
participan activamente en el conflicto y obtienen de su lucha, al menos, un
mínimo progreso social –como es el caso de la Guerra de la Independencia
(1808-1814) en España que, además, propició el primer intento de establecer un
liberalismo constitucional que limitase el absolutismo–.

Pero seamos benévolos. Quizás, pese a todo, se trató de un afán «historicista»


de los propagandistas soviéticos de recuperar su propio pasado. Entonces, ¿era
pertinente recurrir a la figura de Nevski o Iván IV? Pues, si la intención era la de
recuperar figuras históricas que fortaleciesen la moral de los soviéticos para la
cercana Segunda Guerra Mundial, el caso de Nevski es, precisamente, poco
razonable, dado que la historiografía soviética ya había tirado abajo su mito
heredado del zarismo.

«Ya a finales del siglo XIII, fue canonizado por la Iglesia Ortodoxa Rusa.
Como cualquier santo reconocido oficialmente, se suponía que debía «vivir»
con una serie de los milagros más edificantes; en la «vida» Alexander Nevsky
se deducirá como un príncipe guerrero ideal, un ejemplo del defensor de Rusia
de los enemigos. (...) [Pero] El científico polaco Uminsky y el historiador
alemán Amman lo acusaron directamente de traicionar los intereses
nacionales, y el historiador inglés moderno John Fennell calificó la alianza de
Alexander Nevsky con la Horda de «vergonzosa» y «sin sentido». Y la ciencia
206
histórica rusa fue bastante cautelosa y seca con respecto al príncipe Alejandro
Yaroslavich. Es cierto que nadie se atrevió a acusarlo públicamente, pero
también escribieron brevemente sobre sus méritos: rara vez se lo menciona en
las obras de Solovyov y Klyuchevsky. En la Pequeña Enciclopedia Soviética de
1930, se afirma lo siguiente sobre el Príncipe Alejandro: «... En 1252,
Alejandro obtiene un título del gran reinado de la Horda. (...) Reprimió los
disturbios de la población rusa, que protestaban contra el pesado tributo a los
tártaros». (...) Sin embargo, tanto en la película [1938] como en la literatura
histórica de esa época, solo se cubrieron los méritos de Alexander Nevsky en el
campo militar, en cuanto a su relación con la Horda, solo se mencionaron
parcial y sucintamente». (Rudycheva Irina Anatolyevna; Grandes
conquistadores, 2013)

Para quien no conozca su historia, Nevski consiguió mantener la independencia


de sus territorios ante los suecos y los teutones, pero lo hizo a costa de rendir
pleitesía –junto a los demás ducados de la zona, ubicados en las actuales Rusia y
Ucrania– a la Horda de Oro de Batú Kan. En 1251, recibiría el trono de su
hermano Andréi, y en 1252 sería nombrado Gran Príncipe de Vladimir como
consecuencia de sus buenas relaciones con los mongoles. No fue un «defensor a
ultranza de los pueblos eslavos», sino uno de los principales colaboradores con
el que entonces era el principal invasor que «asolaba el mundo conocido».
Nevski también reprimió con ahínco las revueltas protagonizadas por su propio
pueblo, que entre 1257 y 1259 se negaba a pagar los tributos al invasor mongol,
algo que, hasta 1937, la Enciclopedia soviética recogía. ¿Qué lección se quería
dar con su ejemplo al pueblo soviético de 1941? Porque, realizando un
paralelismo rígido y absurdo con el de su historia, sólo podemos concluir que, o
bien hay que luchar contra unos imperialistas para ser vasallos de otros, o bien
hay que luchar contra los «nazis/teutones» para, luego, someterse a los
«Estados Unidos/Mongolia» y demás «aliados». Realmente absurdo.

Consideramos que no existe justificación alguna que dé razón de ser al


revisionismo histórico que supone intentar armonizar la historia de Nevski con
los intereses del proletariado internacional del siglo XX y su lucha contra el
fascismo. ¿No existió ningún héroe popular que ejemplificara mejor la
resistencia del pueblo a la invasión teutona o mongola del siglo XIII? Lo mismo
puede decirse de la película Iván el Terrible, monarca del siglo XVI. ¿Fue Iván
IV tan solo un «defensor de las fronteras»? Esto es algo bastante dudoso. Y, si
no, que se lo pregunten a los pueblos siberianos, entre otros.

En este viraje, como demuestra la documentación soviética, Stalin intervino


directamente en diversas conversaciones con el director, instándole a que
reevaluase mejor el personaje central:

«Stalin. ¿Has estudiado Historia?

Eisenstein. Más o menos.


207
Stalin. ¿Más o menos? También estoy poco familiarizado con la historia. Has
mostrado la oprichnina incorrectamente. La oprichnina era el ejército del rey.
Era diferente del ejército feudal que podía quitar su estandarte y abandonar el
campo de batalla en cualquier momento: se formó el ejército regular, el
ejército progresista. Has demostrado que esta oprichnina era como el Ku-
Klux-Klan.

Eisenstein dijo que usan capuchas blancas pero nosotros tenemos negras.

Molotov. Esto no supone una gran diferencia.

Stalin. Su zar ha salido indeciso, se parece a Hamlet. Todo el mundo le


pregunta qué hacer, y él mismo no toma ninguna decisión. El zar Iván fue un
gobernante grande y sabio, y si lo comparan con Luis XI –habéis leído sobre
Luis XI que preparó el absolutismo para Luis XIV–, entonces Iván el Terrible
estaría en el décimo cielo. La sabiduría de Iván el Terrible se refleja en lo
siguiente: miraba las cosas desde el punto de vista nacional y no permitía la
entrada de extranjeros a su país, barrió al país de la entrada de influencias
extranjeras. Al mostrar a Iván el Terrible de esta manera, ha cometido una
desviación y un error. Pedro el Grande también fue un gran gobernante, pero
fue extremadamente liberal con los extranjeros, les abrió la puerta de par en
par y permitió la influencia extranjera en el país y la consiguiente
germanización de Rusia. Catalina lo permitió aún más. Y además. ¿Fue la
corte de Alejandro I realmente una corte rusa? ¿Fue la corte de Nicolás I una
corte rusa? No, eran tribunales alemanes.

La contribución más destacada de Iván el Terrible fue que fue el primero en


introducir el monopolio gubernamental del comercio exterior. Iván el Terrible
fue el primero y Lenin el segundo.

Zhdánov. El Iván el Terrible de Eisenstein resultó ser un neurótico.

Molotov. En general, se hizo hincapié en el psicologismo, se puso un énfasis


excesivo en las contradicciones psicológicas internas y las emociones
personales». (Discusión entre Stalin y Sergei Eisenstein sobre la película Iván
el Terrible, 1947)

El único criterio de esta conversación era ver si los reyes fueron muy o poco
nacionales. Nótese que se llega a comparar a Iván IV con Lenin, ¡algo que en
1931 Stalin calificaba como aventurera y fuera de contexto! Se critica a Pedro I
por permitir la «extranjerización» de Rusia. ¿Pero acaso hubiera sido posible
importar los avances tecnológicos, filosóficos o educativos de Europa sin sufrir
un poco de esa «extranjerización» cultural? ¿No recuerdan a las objeciones de
los «patriotas» españoles que presos de su conservadurismo calificaban
despectivamente de «afrancesados» a quienes pretendían traer del país vecino
la sabiduría de la Ilustración? Si el propio Stalin reconocía no estar demasiado
versado en historia, ¿qué sentido entonces que un director tomase notas en base

208
a sus cavilaciones históricas? ¿No es esto una consecuencia directa del culto a la
personalidad, que convirtió a Stalin en un ser infalible? Ni siquiera necesitamos
reflexionar sobre esto, haremos una pregunta mucho más sencilla de responder,
¿no suponía abandonar las posturas internacionalistas que había emitido
anteriormente? Véase la entrevista de Stalin: «Entrevista con el autor alemán
Emil Ludwig» de 1931.

Karl Marx y Friedrich Engels, dada su herencia ideológica proveniente del


nacionalismo hegeliano, no estuvieron exentos de una rusofobia inicial. Cuando
esta fue desechada junto con los ropajes del nacionalismo alemán, la
desconfianza se tornó en franca admiración hacia el pueblo ruso y sus
capacidades. Incluso en sus escritos tempranos sobre Rusia, Marx emitió una
evaluación sobre la política de sus reyes y príncipes medievales y modernos que,
en líneas generales, no eran nada descabelladas:

«Una simple substitución de nombres y de fechas nos proporciona la prueba


evidente de que entre la política de Iván III y la de la Rusia moderna existe no
solamente una similitud sino también una identidad. Iván III, por su parte, no
hizo otra cosa que perfeccionar la política tradicional de Moscovia, que le
había legado Iván Kalita. Ivan Kalita, esclavo de los mongoles, logró su
poderío dirigiendo la fuerza de su mayor enemigo, el tártaro, contra sus
enemigos más pequeños, los príncipes rusos. No pudo utilizar esta fuerza sino
bajo falsos pretextos. Obligado a disimular a sus dueños el poderío que había
realmente adquirido, tuvo que deslumbrar a sus súbditos, esclavos como él,
mediante una fuerza que no tenía. Para resolver este problema, tuvo que
elevar a la categoría de sistema todas las astucias de la servidumbre más
repugnante y realizar este sistema con la laboriosa paciencia del esclavo.
Incluso la violencia abierta no pudo emplearla más que en tanto intriga en
todo un sistema de intrigas, de corrupciones y de usurpaciones secretas. No
pudo golpear sin haber, previamente, envenenado. La unidad del objetivo se
juntaba en él a la duplicidad de la acción. Ganar en poderío mediante el
empleo fraudulento de la fuerza enemiga, debilitar esta fuerza al propio
tiempo que se servía de ella y, finalmente, destruirla después de haberla
utilizado como instrumento, tal fue la política inspirada a Iván Kalita por el
carácter particular de la raza dominante, así como por el de la raza sometida.
Su política fue también la de Iván III. Y fue asimismo la de Pedro el Grande y
es la de la Rusia moderna, aunque el nombre, el país y el carácter de la
potencia enemiga engañada hayan cambiado». (Karl Marx; Revelaciones
sobre la historia de la diplomacia en el siglo XVIII, 1857)

Pese a que la información no falta, los socialchovinistas de la actualidad se


empeñan en seguir distorsionando la historia para dar rienda suelta a sus
delirios de grandeza. Para ello recurren a las manifestaciones de la deriva
nacionalista soviética, como la propaganda bélica contra el nazismo que, de
forma recurrente, trazaba paralelismos entre el rechazo a la invasión de los
209
teutones en 1242 y la «Gran Guerra Patria» de 1941-45. Pero los obreros rusos,
los Yuris, Dimitris, Antons, Alexeis, pese a tener nombres rusos, pese a haber
nacido en la misma parcela de tierra, difícilmente podían saber si sus ancestros
de hace uno, cinco o siete siglos eran rusos o eslavos, incluso. Quizá eran
descendientes de polacos, mongoles, lituanos, alemanes o una mezcla de alguna
–o todas– las anteriores. Es más, sus antepasados bien podrían haber
colaborado en alguna de las múltiples «invasiones de la Madre Patria». Lo que
sí es seguro es que el proletariado revolucionario ruso de 1942, en lo tocante a
sus objetivos y aspiraciones como clase, tenía más en común con un proletario
alemán revolucionario que con un campesino del Reino de Nóvgorod o el
posterior Zarato Ruso. El resto es palabrería nacionalista y, quienes la
defienden, unos pusilánimes. No hay nada más bochornoso que un
pseudocomunista justificando sus desviaciones presentes en base a otras
desviaciones pasadas, conjugando todo esto en una lamentable falacia de
autoridad: «¡Es que lo hicieron los soviéticos!». Este es su nivel.

Si el pueblo ruso deseaba «inspirarse» en las «epopeyas nacionales» no debería


haberse remontado tanto en el tiempo, pues de seguro que habría encontrado
referentes más recientes en su memoria y ajustados a sus principios entre los
millones de «compatriotas» que lucharon contra la intervención imperialista
durante la Guerra Civil Rusa (1918-1922). En esta guerra revolucionaria
podemos encontrar cantidades ingentes de episodios que destilan drama y
heroicidad a raudales. Y si lo que buscaban eran «grandes figuras», ahí estaban
militares como Chapáyev, Frunze, Voroshilov, Shchors o Dzerzhinski, u
organizadores como el propio Lenin, Stalin, Kalinin o Sverdlov. O, en su defecto,
podrían haberse remontado –por ejemplo– a los referentes revolucionarios del
siglo XIX, como los decembristas.

Dimitrov, explicaría muy acertadamente la actitud que deben tomar los


comunistas respecto a las tergiversaciones históricas y el peligro de estas en
fomentar el chovinismo y el fascismo:

«Los fascistas resuelven la historia de cada pueblo, para presentarse como


herederos y continuadores de todo lo que hay de elevado y heroico en su
pasado, y explotan todo lo que humilla y ofende a los sentimientos nacionales
del pueblo, como arma contra los enemigos del fascismo. En Alemania se
publican centenares de libros que no persiguen otro fin que el de falsear la
historia del pueblo alemán sobre una pauta fascista.

Los flamantes historiadores nacionalsocialistas se esfuerzan en presentar la


historia de Alemania, como si, bajo el imperativo de una «ley histórica», un
hilo conductor marcara, a lo largo de 2.000 años, la trayectoria del desarrollo
que ha determinado la aparición en la escena de la historia del «salvador
nacional», del «Mesías» del pueblo alemán, el célebre cabo de progenie
austriaca. Todos los grandes hombres del pueblo alemán en épocas pasadas se

210
presentan en estos libros como fascistas, y todos los grandes movimientos
campesinos, como precursores directos del movimiento fascista.

Benito Mussolini se esfuerza obstinadamente en sacar partido de la figura


heroica de Giuseppe Garibaldi. Los fascistas franceses tremolan a Juana de
Arco como su heroína. Los fascistas estadounidenses apelan a las tradiciones
de la guerra de la independencia americana, a las tradiciones de George
Washington y de Abraham Lincoln. Los fascistas búlgaros explotan el
movimiento de liberación nacional de la década del 70 del siglo pasado y a los
héroes populares tan queridos de este movimiento, como Vasil Levski, Stefan
Karadsha, etc.

Los comunistas que creen que todo esto no tiene nada que ver con la causa
obrera y no hacen nada, ni lo más mínimo, para esclarecer ante las masas
trabajadoras el pasado de su propio pueblo con toda fidelidad histórica y el
verdadero sentido marxista-leninista-stalinista para entroncar la lucha actual
con las tradiciones revolucionarias de su pasado, esos comunistas entregan
voluntariamente a los falsificadores fascistas todo lo que hay de valioso en el
pasado histórico de la nación, para que engañen a las masas del pueblo».
(Georgi Dimitrov; La clase obrera contra el fascismo; Informe en el VIIº
Congreso de la Internacional Comunista, 2 de agosto de 1935)

Advertencias como esta sobre las desastrosas consecuencias ideológicas que


puede traer la vanagloria o simplificación de estos referentes históricos
nacionales, hace que sea todavía menos comprensible el viraje chovinista que
tomaría la URSS en los siguientes años.

Compárese la deriva nacionalista de finales de los años 30, que puso el foco
sobre individualidades medievales, con las anteriores obras de los directores
soviéticos a principios de la misma década, como por ejemplo la obra de los
hermanos Georgi y Sergei Vasíliev: «Chapáyev» (1934), un film basado en la
figura homónima, Vasili Chapáyev, el famoso estratega militar bolchevique
salido de las filas del campesinado. ¡Es tan parecido como la noche y el día!

Los chovinistas también suelen aludir al famoso discurso de Stalin en la Plaza


Roja de Moscú del 7 noviembre de 1941, ese en el que anima al pueblo a ser
«dignos de vuestros ancestros». Y no, no hablamos de Lenin, sino de personajes
variopintos que participaron tanto en guerras de liberación nacional como
interimperialistas y colonialistas. Para 1941, la recuperación de Dmitri Donskói,
Príncipe de Moscú, ya se llevaba produciendo unos años. ¿La excusa? Que
expulsó a los tártaros en el siglo XIV. ¿Acaso existía una amenaza mongola-
tártara en Oriente? No. En Mongolia, un gobierno socialista amigo y aliado bajo
la dirección del pueblo mongol ostentaba el poder. Y los tártaros trabajaban,
estudiaban, comían y jugaban junto al resto de habitantes de al menos cuatro
repúblicas soviéticas. ¿Cómo se tomarían los camaradas mongoles y tártaros
211
este tipo de recordatorios del todo innecesarios y que, de repente, se volvieron
tan recurrentes en la propaganda soviética?

Consideramos que podemos realizar un ejercicio extremadamente rápido e


ilustrativo sobre cuál sería el equivalente actual en lo referido a la transigencia
con este tipo de desviaciones. Imaginemos que, en pleno siglo XXI, los
comunistas franceses que rememoran la lucha contra la ocupación alemana de
1940-44, en lugar reivindicar a héroes populares y comunistas, como Guy
Môquet o los luchadores antifascistas españoles participando en la liberación de
Paris, reivindicaran al «honorabilísimo» De Gaulle y los ejércitos que danzaban
bajo su Cruz de Lorena. Señores, ¿a qué puede aspirar quien hace algo así?
Desde luego, no a una nueva Francia socialista, libre de la clásica falsedad de la
burguesía, que prostituye día y noche las palabras «libertad, igualdad y
fraternidad». Estamos seguros que si algunos socialchovinistas pudieran,
restaurarían la Francia de Luis XIV, la hipocresía del imperio napoleónico, el
Régimen de Vichy, la demagogia «nacional-socialista» de Doriot y, si aún
pudieran hacer más, hasta desatarían una nueva Matanza de San Bartolomé.
Por eso es tan importante combatir al chovinismo dentro y fuera de las filas
comunistas.

En este discurso, Stalin también reverenciaba al Conde Alexandr Suvorov,


quien, a las órdenes de Catalina II, lideró la Guerra ruso-turca (1787-1791) y
también reprimió el levantamiento polaco de 1794 –con la consiguiente tercera
repartición de Polonia–; y a Mijaíl Kutúzov, que también participó en las
campañas polacas y frenó la invasión napoleónica de 1812 en la batalla de
Borodinó junto a Pyotr Bagration –noble georgiano en honor del que
nombraron la decisiva ofensiva soviética de 1944–.

¿Y bien? ¿Esto es algo correcto «porque lo dijo Stalin»? Es gracioso, dado que
los socialchovinistas intentan utilizar el «argumento de autoridad» de esta
figura cuando refuerza su chovinismo, pero lo descartan cuando alguien recurre
a él en defensa de la «autodeterminación de todos los pueblos» o apuesta por la
federación como «solución política para la unión voluntaria de pueblos». De la
boca de Stalin también tenemos discursos rotundamente explícitos que hablan
sobre castigar todo chovinismo ruso que se ejerza hacia naciones históricamente
despreciadas, como la ucraniana y bielorrusa –lo que en España podrían ser las
naciones catalana o vasca–. ¿Y qué ocurre? Cuando un revolucionario recuerda
y reivindica a «este Stalin» más «clásico», más «bolchevique», califican el
argumento como una «infantil» y «traidora» incitación al «separatismo». Véase
el

En suma, unas veces quieren que «no nos salgamos de la letra ni lo más
mínimo» –castigando el pensamiento autónomo–; otras, huyen como de la
peste de la propia lógica contenida en los textos y discursos de estas figuras

212
clave, todo porque su esencia internacionalista no conjuga con los intereses
identitarios provincianos de estos pobres palurdos.

Pero, volvamos a estas manifestaciones concretas en la URSS para entender el


enorme giro que hubo:

«Los orígenes del nuevo enfoque de la propaganda se remontan a 1928,


cuando Maxim Gorky y su gente de ideas afines, preocupados por movilizar a
la sociedad, decidieron que sería mejor usar ejemplos de heroísmo tomados de
la vida cotidiana para popularizar una forma de propaganda masiva y
públicamente disponible. (...) Los nombres de Abel Yenukidze, Georgy
Pyatakov, Nikolai Antipov, Alexander Kosarev, Alexander Egorov, Mikhail
Tukhachevsky, Stanislav Kosior, Faizulla Khodzhaev, Henrikh Yagoda, Yakov
Peters y otros ganaron rápidamente una gran popularidad. Este énfasis en
el «heroísmo cotidiano» de individuos específicos fue el tema central del
Primer Congreso de la Unión de Escritores Soviéticos, celebrado en 1934,
inmediatamente después de que el XVIIº Congreso del Partido Bolchevique de
los «ganadores» anunciara la finalización exitosa de la primera fase de
industrialización y colectivización. Ahora bien, este tipo de propaganda de
movilización tenía que cambiar las actitudes esquemáticas de la década de
1920 y la glorificación de la lucha de clases abierta del primer plan
quinquenal; su producto fue la corriente de la literatura que desarrolló y
enriqueció el panteón de los héroes soviéticos. Sin decir una palabra sobre el
tema del «rusismo» –las excepciones estaban relacionadas sólo con la atención
que a veces se prestaba a los «demócratas radicales» del siglo XIX: Alexander
Pushkin, Nikolai Chernyshevsky y Nikolai Dobrolyubov–, esta campaña de
propaganda construyó una línea que, en retrospectiva, podría
llamarse «multinacional»: se trataba de la popularización de numerosos
miembros del partido no rusos y trabajadores de choque, cuyo valor era de
forma nacional al tiempo que encajaba perfectamente en las tareas de la
creación socialista. Al mismo tiempo, diferentes nacionalidades soviéticas
fueron dotadas de nuevas narrativas históricas. En estas historias populares,
los levantamientos regionales contra el colonialismo zarista –por ejemplo, los
movimientos liderados por Imam Shamil o Amangeldy Imanov– se
equipararon con los disturbios campesinos de Yemelyan Pugachev y Stepan
Razin. Asimismo, los disturbios laborales en Bakú y Tiflis fueron vistos como
parte de la misma tradición revolucionaria «de barricadas» que paralizaron
Moscú y San Petersburgo en 1905». (David Brandenberge; El populismo
estalinista y la creación involuntaria de la identidad nacional rusa, 2016)

Mas tarde, en cambio, la perspectiva cambió radicalmente:

«Pero el triunfo completo de esta nueva propaganda populista nunca se logró,


ya que el yezhovismo, que comenzó en la segunda mitad de 1936, se llevó no
solo a la mayoría del personal militar y del partido más experimentado, sino

213
también a los representantes más destacados del nuevo panteón del heroísmo
soviético. La campaña para glorificar la «amistad de los pueblos» también se
derrumbó. Durante este período, que absorbió a Yenukidze, Antipov,
Pyatakov, Kosarev, Tukhachevsky, Kosior y muchos otros, lo que se había
promovido en las repúblicas en años anteriores como una práctica
de «indigenización» se ha convertido ahora en la base de las acusaciones
de «nacionalismo burgués». Es curioso que, al mismo tiempo, las maldiciones
de la prensa soviética contra el «chovinismo de gran potencia» que había
estado de servicio hasta entonces, fueron silenciosamente reemplazadas por la
rehabilitación gradual de mitos, leyendas e imágenes extraídas del pasado
nacional ruso. Nuevos nombres, desde Alexander Nevsky y Pedro el Grande
hasta Alexander Suvorov y Mikhail Kutuzov, se han unido al cada vez más
reducido panteón de héroes, reemplazando a las celebridades soviéticas que
han sido víctimas de la represión. En 1938, esta exaltación de lo «ruso» se
convirtió en indicaciones uniformes del pueblo ruso como primus inter pares
en el más histórico, heroico y revolucionario de los pueblos soviéticos. El
cambio hacia el «pasado útil» de la Rusia prerrevolucionaria, que se hizo
evidente en el período anterior a la guerra, se hizo aún más notable en las
primeras semanas de la guerra que comenzó en 1941, cuando los ideólogos
soviéticos intentaron levantar a la sociedad para luchar contra el enemigo por
cualquier medio. Luego, los propagandistas del partido hicieron una serie de
concesiones pragmáticas, en particular con respecto a la Iglesia Ortodoxa
Rusa, los pueblos de las repúblicas nacionales y los aliados capitalistas en el
extranjero, pero todos estos gestos parecían pálidos en el contexto de los
enormes recursos invertidos en el pasado nacional ruso». (David
Brandenberge; El populismo estalinista y la creación involuntaria de la
identidad nacional rusa, 2016)

La evolución del PCE sobre la cuestión nacional (1921-1956)

«La opresión de los rusos blancos y ucranianos en Polonia es el ejemplo más


vivo de la espantosa ilegalidad y burla a la que la burguesía de cualquier país
capitalista somete a sus nacionalidades menores. En Francia, la burguesía
persigue a los alsacianos y los priva de su identidad nacional; lo mismo puede
decirse del sur del Tirol y de los eslavos en Italia; de los flamencos y los
alemanes en Bélgica; de los catalanes y vascos en España». (A. Rysakoff; La
política nacional de la URSS, 1931)

Con el nacimiento del Partido Comunista de España (PCE) en 1921 como una
escisión del ala izquierda del PSOE, es cuando los marxistas pensarían que se
iba a restablecer una mayor atención al tema. Pero de nuevo una mezcla de
inexperiencia, falta de conocimientos y la herencia socialdemócrata hicieron
repetir los mismos errores. Esto daría pie a posturas de todo tipo. Heredando

214
parte de los errores terminológicos de otros marxistas, se habla confusamente
de nación y nacionalidad. A veces se denominaban a unas zonas con la primera
concepción, y al tiempo con la segunda.

Inicialmente en el momento de la proclamación de la II República en 1931, sus


declaraciones permutaron desde posiciones que defendían una reivindicación
absurda y antimarxista como la inmediata independencia de las regiones con
movimientos nacionalistas, hasta poco después deslizarse hacia una
subestimación de las reivindicaciones y al propio trabajo en estas zonas,
dejando a las masas en mano de las direcciones nacionalistas. Esta última
postura, por ejemplo, sería criticada en lo sucesivo por la Internacional
Comunista con términos muy duros:

«Como conviene a verdaderos revolucionarios proletarios, aclarar y seguir


revelando ulteriormente las causas del retraso del Partido y los errores
cometidos, así como tomar medidas enérgicas para poner remedio todo lo más
rápida y completamente posible. Hay que asimilar y utilizar cuidadosamente
la rica experiencia de la lucha revolucionaria de clases y de la lucha,
indisolublemente ligada con ella, del Partido Comunista y sus
organizaciones. La causa principal de las faltas del Partido, de la
incomprensión del carácter de la revolución, de la incomprensión del papel y
de las tareas del proletariado en tanto que dirigente supremo durante la
revolución democrático-burguesa, de la incomprensión del papel del Partido
Comunista, de la incapacidad de lanzar oportunamente consignas políticas
justas para la acción de masas y de llevar hasta las masas las consignas
políticas justas, así como de los errores manifestados por la pasividad
relativamente grande del Partido, es que el Partido Comunista se hallaba, y
desgraciadamente se halla aun, presa del sectarismo y de las tradiciones
anarquistas. (...) Estas tendencias y métodos han entorpecido y entorpecen
todavía el trabajo de masas del Partido Comunista, su contacto con las masas.
(...) El Partido, en su totalidad, y su dirección en particular, no tenían, ni
desgraciadamente, aun una línea política justa, pues habían apreciado de un
modo inexacto la situación objetiva, el carácter y las particularidades de las
contradicciones de clase, el carácter de la revolución en España. Las
situaciones políticas concretas eran y son aun apreciadas de un modo
inexacto. (...) El Partido Comunista ha manifestado, y sigue en cierta medida
manifestando una actitud análoga de desdén, de pasividad sectaria con
respecto a los movimientos de emancipación nacional de los catalanes, vascos
y gallegos, y un olvido casi total de los marroquíes, cuando ese movimiento, a
causa de la traición de los jefes y de su paso al campo del bloque de la
burguesía y de los grandes terratenientes, se diferencia, y cuando los
elementos obreros y campesinos se convierten en su seno en un factor de
considerable importancia. De tal suerte que este movimiento constituye una
fuerza que el Partido Comunista debe incorporar al frente general de la lucha

215
por el triunfo de la revolución española». (Internacional Comunista; Una
carta desde el Buró del Oeste Europeo de la Internacional Comunista al
Partido Comunista de España, 15 de enero de 1932)

En el artículo: «Las tareas que debe resolver la revolución española; Hacia el


IVº Congreso del PCE» se decía de nuevo desde la Internacional Comunista
(IC):

«La conquista por el partido de la mayoría de la clase obrera exige, en primer


lugar, concentrar la atención en el trabajo en Cataluña. El partido no puede
conquistar la mayoría de la clase obrera española, sin conquistar esa región,
donde existen las ramas más importantes y más concentradas de la industria.
Sin embargo, la falsa posición del partido en lo que concierne a la cuestión
nacional le impide conquistar la mayoría de la clase obrera en Cataluña,
impide el paso de los campesinos al lado del proletariado, impide aislar a los
partidos nacionalistas e impide, por consiguiente, encauzar el movimiento
revolucionario de las nacionalidades por la senda general de la lucha contra el
gobierno burgués-latifundista español. El partido subestima indiscutiblemente
la importancia del problema nacional para el desarrollo de la revolución
burguesa-democrática. Hasta los anarquistas han rectificado su posición.
«Solidaridad Obrera», por primera vez desde su fundación –antes era
adversaria de la independencia de Cataluña y hasta habló de la necesidad de
declarar una huelga para impedirla–, preconiza la independencia nacional,
afirmando que «los más destacados representantes del anarquismo y de la
CNT han predicado siempre la plena autonomía». («Solidaridad Obrera», de
19-12-31) Nuestro Partido mantiene aún su viejo punto de vista sectario en la
cuestión nacional, y, en vez de efectuar un enérgico trabajo entre las masas
obreras y campesinas de Cataluña, en vez de defender abnegadamente el
derecho de las nacionalidades a disponer de, sí mismas basta la separación del
Estado central y la formación de Estados independientes, nuestro partido
opone a la autonomía burguesa la Constitución soviética, declarando que la
independencia de Cataluña sólo será posible en un régimen soviético. Adopta
en la cuestión nacional la antigua posición sectaria de los «ultraizquierdistas».
Pero ¿puede conquistarse el puesto de director en el movimiento
revolucionario de Cataluña y demás nacionalidades si se continúa
permaneciendo en posiciones antileninistas en la cuestión nacional,
contribuyendo así a robustecer la influencia de la burguesía catalana sobre el
proletariado y las masas trabajadoras campesinas? Naturalmente, es
imposible». (La Internacional Comunista; Nº1, 1932)

Como se puede ver en dicha revista, la IC criticaba correctamente a la dirección


española sus puntos de vista errados en varias cuestiones. Viendo esto,
injustificable que hiciesen repetidamente la vista gorda ante errores semejantes
o incluso más graves cometidos por el PC alemán del líder revisionista Ernst

216
Thälmann. Simplemente se prefirió elevar su figura por los cielos al ser
encarcelado por Hitler en 1933, evitándose atacarle directamente como autor de
dichas tesis de consecuencias nefastas, incluso cuando dichas tesis fueron
rectificadas a partir del VIIº Congreso de la IC de 1935. Si el lector no está
familiarizado con estos defectos «thämannianos», para resumirse, serían los
siguientes:

«Ernst Thälmann, líder del Partido Comunista Alemán de los años treinta
quién heredaría la vena espontaneísta, idealista y anarquista de Rosa
Luxemburgo a la hora de analizar los fenómenos sociológicos. Ernst
Thälmann sería de aquellos líderes que en los años treinta serían conocidos
por sus variadas tesis absurdas sobre el carácter del fascismo y como
combatirlo, sus tácticas antifascistas fueron desastrosas para el proletariado
alemán, entre ellas encontramos que según sus miras: a) no había diferencia
cualitativa entre la democracia burguesa y la abierta dictadura terrorista
fascista; b) que el advenimiento del fascismo solo significaba que la revolución
proletaria estaba a las puertas; c) que el gobierno de democracia burguesa
como el de Brüning, Papen o Schleicher era ya gobiernos fascistas creando
confusión en el proletariado sobre lo que es y no es fascismo; d) que en pleno
proceso de fascistización del Estado la socialdemocracia suponía el mayor
peligro para el proletariado alemán; e) que era un error crear un contraste
entre los fascistas y los socialfascistas –como denominaban a la mayoría de
socialdemócratas– y que los socialfascistas eran los principales causantes del
fascismo y a quienes había que dirigir el principal golpe; f) que con la
decadencia de los masivos sindicatos amarillos, era una necedad apoyar y
luchar por campañas como las de mantener la libertad de asociación sindical
en la democracia burguesa, dando libertad al fascismo a atacar los derechos y
libertades de asociación sindical, etc». (Equipo de Bitácora (M-L); Las
invenciones del thälmanniano Wolfgang Eggers sobre el VIIº Congreso de la
Internacional Comunista, 2015)

En España las consecuencias que para el PCE tuvo la línea miope y sectaria
liderada principalmente por José Bullejos, Gabriel León Trilla, Manuel Adame y
Etelvino Vega, son ya conocidas. Semejante línea sectaria ralentizó el ritmo al
que pudo crecer el PCE durante la dirección marxista-leninista de José Díaz,
siendo de este modo un factor determinante en la derrota ante el fascismo en
1939. Del mismo modo ya vimos lo que supuso para los comunistas de otros
países como Bulgaria, la propia Alemania, Albania, etc. la hegemonía de estas
tesis durante un tiempo. Véase nuestra obra: «Las invenciones del
thälmanniano Wolfgang Eggers sobre el VIIº Congreso de la Internacional
Comunista» de 2015.

Por tanto, los defectos de Thälmann no eran específicos de él y los líderes del PC
alemán, sino que empezaron a hacerse generalizados en varias direcciones de

217
las secciones de la Internacional Comunista, y entre los propios jefes de la
misma.

Con la expulsión de Bullejos del PCE en octubre de 1932 y el reciente ascenso de


los nazis y la nula resistencia de los comunistas alemanes en enero de 1933,
entre parte de la militancia del PCE hubo un impulso autocrítico, con voces que
llegaron a criticar al PCA, a la IC y a pedir responsabilidades por estos hechos y
por este tipo de defectos:

«Hernández informó que un grupo en el PC español tomó la línea trotskista


sobre Alemania, argumentando que la Internacional Comunista y el PC
Alemán compartían la responsabilidad de la severa derrota, pero no tuvo
apoyo». (Internacional Comunista; Extractos de las tesis del XIIIº Pleno del
Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista sobre el fascismo, el peligro de
la guerra y las tareas de los partidos comunistas, diciembre de 1933)

El hecho de tacharlos sin más de «trotskistas», indicaba que el partido pese a


todo, no estaba exento todavía de jefes miopes, seguidistas, autoritarios y
sectarios. Y que para muchos pesaba más la popularidad de figuras carismáticas
y de prestigio internacional como Thälmann o el miedo a contradecir la posición
todavía oficial dentro de la Internacional Comunista, que decir lo obvio: que el
PCA y la Internacional Comunista habían tenido parte de culpa en el ascenso de
los nazis por su miopía de los acontecimientos; por su sectarismo engreído y
triunfalista.

Por otro lado, como hemos señalado en más de una ocasión, cabe destacar que
por entonces ya se utilizaba indiscriminadamente el término «trotskista» como
un insulto sin argumentación política, como legitimador contra cualquier
oposición a la línea oficial, distorsionando así la esencia del trotskismo y
convirtiéndose en algo peligroso precisamente para combatirlo a la hora de la
verdad. Los antitrotskistas de ayer resultaron los más trotskistas en un futuro
no muy lejano. Hoy ocurre algo similar, y es que las organizaciones que más
utilizan banalmente esa palabra como insulto suelen ser los más trotskistas en
sus métodos, análisis o en el apoyo a corrientes trotskistas o filotrotskistas.

Curiosamente el principal crítico en la Internacional Comunista (IC) de la línea


del Partido Comunista de España (PCE) y de la línea abanderada por José
Bullejos durante el periodo de 1931-1932 fue el ucraniano Dmitri Manuilski,
quién por entonces abanderaba junto con el finlandés Otto Kuusinen, el
lituano Ósip Piátnitski, el letón Wilhelm Knorin y el alemán Ernst Thälmann, la
línea de la IC, y con ello también sus visiones más sectarias, las cuales se
rechazarían oficialmente a partir de 1934 gracias al giro en la línea política
impulsado por Dimitrov tras consultar y consensuar con Stalin varias
cuestiones, como muestran los documentos históricos ahora salidos a la luz.

218
Véase el documento de la Yale University Press: «Dimitrov and Stalin, 1934-
1943; Letters from Soviet Archives» de 2000.

En estas figuras hubo muy poco apego a los principios ideológicos poco tiempo
después –Manuilski, Kuusinen, Thälmann… así como muchos otros que
también serían severamente criticados por Stalin en años sucesivos. Véase la
obra de la Yale Univerity Press: «Diary of Dimitrov 1933-1949» de 2008.

Algunos de ellos se convertirían en famosos jruschovistas. Esto es una prueba de


que la aparición de oportunistas no ocurre de la noche a la mañana, que cuando
son criticados, se ven en peligro, y maniobran hábilmente para aparentar
comprender sus errores y realizan autocríticas mientras solapadamente
intentan continuar con su actividad y línea desviacionista, o esperan una
oportunidad mejor para tratar de imponerla en el partido. Todo esto muestra
del gran número de arribistas y oportunistas que existieron en el seno del
movimiento comunista, y de la dificultad que supone para un partido comunista
pertrechar a su núcleo de dirigentes fiables.

Sabiendo ahora esto, no podemos dejar de descartar que el cisma público contra
el PCE de 1932 correspondiese también a divergencias personales sobre un
trasfondo político entre Manuilski-Bullejos, aunque eso no invalida que las
críticas de Manuilski, en su mayoría fueron del todo correctas y necesarias, pues
sirvieron de gran ayuda para los comunistas españoles.

Gracias, en parte, a las fuertes críticas desde la IC, ya desde 1932 hubo fuertes
críticas internas en el PCE que apuntaban el peligro que significaba no
comprender correctamente la situación de ciertas regiones y el adoptar
posiciones negacionistas sobre la problemática nacional. José Silva Martínez,
destacado dirigente gallego de gran popularidad entre las masas, que moriría en
el exilio en 1949, diría en aquella época con notable dureza:

«Si el proletariado se pone contra las reivindicaciones nacionales de los


catalanes, vascos y gallegos, además de reforzar el imperialismo español
permite a los dirigentes del movimiento nacionalista movilizar a las masas que
les siguen contra sus propios intereses de clase, arrastrándolos a movimientos
contrarrevolucionarios, como en Vasconia, o a luchar en beneficio exclusivo de
los jefes, como en Cataluña. Además, es una de las formas de dividir las
fuerzas revolucionarias de los trabajadores, facilitando la tarea de los jefes
nacionalistas, que presentarían ante sus partidarios al resto de los
trabajadores españoles como enemigos de sus aspiraciones y aliados del
imperialismo.

Tampoco la revolución española adelanta nada desconociendo el movimiento


nacionalista y abandonándolo a sus propias fuerzas. Esto permite a los
representantes del Poder central concertar compromisos con los jefes,
219
nacionalistas –como hemos visto en Cataluña– y quebrantar así el
movimiento revolucionario de las masas nacionalistas por la independencia,
que es un factor importante para la revolución. Por el contrario, la misión del
proletariado revolucionario es unir la aspiración nacionalista de las masas de
estos pueblos oprimidos a las reivindicaciones generales de la clase obrera y
fundir en uno solo el movimiento revolucionario para derrumbar el
capitalismo opresor y acabar con la explotación de los trabajadores.

Dejando la dirección del movimiento nacionalista en manos de los jefes


traidores sin intentar atraernos a las masas nacionalistas, supone un
desconocimiento absoluto de las fuerzas revolucionarías y de su desarrollo.
Por eso el Partido Comunista inscribe en su bandera de lucha la reivindicación
de Cataluña, Vasconia y Galicia y proclama el derecho de estas nacionalidades
a disponer libremente de sus destinos, comprendido el derecho a proclamar su
independencia.

Sólo tomando posición al lado de las minorías nacionales que luchan por su
independencia, apoyándolas contra el Estado imperialista, hacemos labor
revolucionaria y trabajamos por la unificación de los trabajadores. Y no se
oponga a esta concepción de los comunistas el argumento de que el
proletariado es internacionalista. La solidaridad internacional del
proletariado sería negada por nosotros si nos opusiéramos a la liberación de
las minorías oprimidas, cayendo, en cambio, en un estrecho patrioterismo,
contrario al internacionalismo revolucionario. La aspiración internacional del
proletariado ha de realizarse en la unión libre de las naciones, en las
relaciones fraternales de todos los pueblos. «Un pueblo que oprime a otros no
puede ser libre», ha dicho Marx.

A pesar de ser tan claro, existe entre algunos militantes una incomprensión
grande sobre el problema nacionalista. Últimamente se manifestó
francamente en oposición a la política del Partido sobre las nacionalidades el
camarada Milla, que afirmaba que el movimiento nacionalista de Cataluña
era artificial. Y Milla es el representante de una tendencia que debemos
combatir implacablemente, haciendo comprender a todos los camaradas la
necesidad de luchar al lado de las masas nacionalistas de Vasconia, Galicia y
Cataluña por su independencia. Ponerse frente a la política del Partido
negando la existencia de un movimiento nacionalista en España es volver la
espalda a la realidad. La débil argumentación de Milla afirmando que el
problema es artificial ya indica toda su falsa posición.

¿Cómo explica el camarada Milla la enorme movilización de masas llevada a


cabo en Cataluña en torno al Estatuto? ¿Sería posible si el movimiento
nacionalista fuera artificial? ¿Cómo podrían cotizarse los jefes del «Estat
Catalá» si no existiera un sentimiento nacionalista profundo en Cataluña?

220
Ignorar el movimiento nacionalista no excluye su existencia, y argumentar
sobre los privilegios y la prosperidad de la región catalana para negarlo es
tan absurdo como pretender demostrar que no hay parados en España porque
el presidente de la República disfruta la asignación de dos millones de pesetas.
El movimiento nacionalista es un movimiento real, que arrastra grandes
masas de trabajadores, a las que no debemos dejar abandonadas bajo la
dirección de los jefes que las engañan y traicionan. El Partido Comunista debe
tener una política clara sobre las nacionalidades oprimidas y todos los
militantes han de comprenderla y aplicarla con decisión y entusiasmo,
combatiendo las desviaciones que se inician y que pueden ser un peligro para
la marcha de la revolución». (José Silva Martínez; La revolución y el
movimiento nacionalista, 1932)

Estas palabras suenan muy actuales justo cuando algunos nacionalistas vestidos
de marxistas intentan presentar la cuestión nacional como algo artificial, o
como los estertores de «antiguas naciones ya en descomposición», que no se
dejan asimilar por la «gran nación española». Recordando a Kautsky instando a
los checos a abandonar su fisonomía y aceptar de una vez por todas las
«ventajas de la germanización» de su pueblo.

La IC seguiría insistiendo en este sentido. A. Brones en su artículo: «La


acentuación de la crisis revolucionaria en España y las tareas del PCE» diría:

«Los puntos fundamentales de este programa, que indudablemente, animará


la actividad del Partido y lo unirá más con las masas, son. (...) 8) Liberación
nacional de todos los pueblos oprimidos –Cataluña, Vasconia, Galicia–, sobre
la base del derecho de los pueblos a la autodeterminación hasta la separación
de España. 9) Inmediata y completa liberación de las colonias». (Internacional
Comunista; Nº12, 1933)

El programa electoral del PCE para 1933 recogía claramente esta visión:

«Liberación nacional de todos los pueblos oprimidos. El gobierno obrero y


campesino reconocerá a Cataluña, Vasconia, Galicia, el pleno derecho a
disponer de sí mismas hasta la separación de España y la formación de
Estados independientes. Liberación inmediata y completa sin restricción, ni
limitación de Marruecos y demás colonias». (Partido Comunista de España;
Programa, 30 de enero de 1933)

Desde la IC en abril de 1936, con el artículo «La victoria del frente popular en
España» se volvió a hacer eco de la importancia de la cuestión nacional:

221
«Los catalanes, vascos y gallegos esperan el cumplimiento inmediato de su
libertad nacional y el derecho de autodeterminación». (Internacional
Comunista; Nº4, 1936)

Estos sucesivos mensajes tuvieron un profundo calado en la nueva dirección del


PCE. Y efectivamente hubo un cambio notablemente en el PCE sobre las
posturas referentes a la cuestión nacional como se ha comprobado. Pese a no
decir abiertamente que eran consideradas naciones, se pedía para Cataluña,
Euskadi y Galicia «disponer libremente de sus destinos» al estar oprimidas
dentro del imperialismo español:

«Queremos que las nacionalidades de nuestro país, Cataluña, Euskadi y


Galicia, puedan disponer libremente de sus destinos, ¿por qué no?, y que
tengan relaciones cordiales y amistosas con toda la España popular. Si ellas
quieren librarse del yugo del imperialismo español, representado por el poder
central, tendrán nuestra ayuda. Un pueblo que oprime a otros pueblos no se
puede considerar libre. Y nosotros queremos una España libre». (José Díaz; La
España revolucionaria: Discurso pronunciado en el «Salón Guerrero» de
Madrid, 9 de febrero de 1936)

Hipócritamente todos los revisionistas que dicen reivindicar el legado de José


Díaz miran ignoran tales palabras del comunista sevillano.

Esto ya era un paso mayúsculo ante el histórico desdén de las autodenominadas


organizaciones marxistas sobre la cuestión nacional, un tema cada vez más
candente, que no dejaría de tener resonancia en décadas posteriores hasta llegar
a la actualidad.

Esta línea sobre la cuestión nacional también sería genialmente expuesta en


años sucesivos desde Euskadi por Jesús Larrañaga Churruca –fusilado por el
franquismo en 1942–:

«El Congreso Nacional del Partido Comunista de Euskadi reconoce


plenamente la existencia de la nacionalidad vasca, expresada en la comunidad
de idioma, territorio, homogeneidad étnica, cultura y, sobre todo en la
voluntad decidida de la mayoría del país, que lucha por sus derechos
nacionales frente al imperialismo español que lo sojuzga en combinación con
la burguesía vasca y los grandes propietarios de Euskadi.(...) El Partido
Nacionalista Vasco, cuya dirección reaccionaria representa los intereses de los
banqueros, de la Iglesia, de los grandes propietarios de la tierra y de los
grandes industriales, que siempre ha tenido una colaboración, más o menos
disimulada, con los representantes del imperialismo español. (...) El Partido
Socialista jamás ha sabido comprender el valor revolucionario de la lucha por
el derecho de autodeterminación de Euskadi y establecer la debida diferencia

222
entre movimiento nacionalista y la dirección reaccionaria del mismo.
Siguiendo las líneas de la Segunda Internacional, su posición frente a este
problema se ha reducido a meras declaraciones platónicas sobre la autonomía
cultural de los pueblos oprimidos. A él incumbe una parte de la
responsabilidad por la creación de la artificial barrera de prejuicios que la
burguesía vasca ha conseguido levantar entre algunos núcleos de masas
laboriosas del país y fuera de este, la social democracia, en su larga historia y
durante su estancia en el Gobierno, no fue nunca capaz de interpretar, de
manera revolucionaria, los anhelos y aspiraciones nacionales del pueblo
vasco. Su posición adversa al derecho de autodeterminación favoreció, de
hecho, las maniobras y chantajes de la burguesía y propietarios vascos y los
esfuerzos de éstos por dividir al proletariado vasco. El Partido Comunista de
Euskadi lucha, con todas sus fuerzas, por conquistar el derecho de
autodeterminación para nuestro pueblo. Este derecho no podrá ser jamás
alcanzado más que en el combate contra el imperialismo y los enemigos de del
pueblo dentro del país. (...) Hasta el momento presente, ha sido el Partido
Comunista de España el único que con su programa de liberación nacional y
social, ha luchado por el derecho de autodeterminación de las nacionalidades
oprimidas, incluso hasta su separación del Estado Español». (Partido
Comunista de Euskadi; Acta fundacional, 1935)

Y en Cataluña por Joan Comorera –fallecido en las cárceles franquistas en


1958–:

«Los problemas nacionales de España no son una ficción, son una realidad
viva. Las monarquías austríaca y borbónica, las dos de origen extranjero y
antiespañolas, quisieron crear a sangre y fuego, una España falsa,
«unificada». (...) Si algunos republicanos españoles, algunos pseudosocialistas
españoles, pretendiesen, después de la inevitable victoria sobre el nazifascismo
y su apéndice falangista, con palabras nuevas y propósitos y métodos viejos,
continuar una política de asimilación violenta que la experiencia de siglos ha
demostrado cuan absurda y criminal es. (...) Ortega y Gasset, hizo un daño
atroz a la República, a España, cuando afirmó que los pueblos hispanos
estaban, condenados a «conllevarse». Efectivamente, los pueblos hispanos se
han «conllevado» bajo las corrompidas monarquías austríaca y borbónica.
Volverían a «conllevarse», quizás, si ciertos políticos, que nada han aprendido
antes y en el curso de la guerra, que no se han corregido en la excesiva
comodidad de su emigración, sí esos discípulos de Ortega y Gasset, filósofo
traductor al servicio de Franco y de Falange, tuvieran campo libre para
repetir errores conocidos y agravarlos con nuevos ensañamientos. A la
«conllevancia» de parásitos y aventureros, de demócratas aparentes y
reaccionarios verdaderos, nuestros pueblos oponen su vehemente voluntad de
«convivencia». Los pueblos de España han «convivido» cuando la República
promulgó la Constitución de 1931, cuando los admirables obreros madrileños

223
dieron la gran paliza a los «isidristas» catalanes que fueron a Madrid a pedir
el guillotinamiento de la Generalidad de Cataluña, cuando el 6 de octubre de
1934 los catalanes se levantaron contra los filo-fascistas, cuando las
juventudes catalanas corrieron a defender Madrid en las jornadas de gloria
imperecedera de noviembre de 1936, cuando las juventudes castellanas
vinieron al Ebro a defender a Cataluña y con ella a la República y la
independencia de España. (...) Nuestros separatistas –nos referimos a los
auténticos, no a los provocadores–, están también en la pendiente
reaccionaria. No planteamos con relación a ellos ninguna cuestión de
principio. La idea separatistas es tan legítima como cualquier otra, en un
régimen democrático y para los demócratas verdaderos. Los republicanos
españoles están en su derecho al combatir la idea separatista, como lo estamos
nosotros al proclamarnos no separatistas. Pero la idea separatista no se
combate con anatemas ni excomuniones, con reacciones a lo Poyo Villanova o
con la pistola del falangista. No se combate oponiendo la voluntad del más
fuerte a la voluntad del más débil. Se combate con el ejercicio pleno y sin
reservas de la democracia. Cataluña, Euskadi y Galicia, tienen el derecho
indiscutible a ejercer su derecho de autodeterminación. Los demócratas
españoles deben admitir este ejercicio libre del derecho de autodeterminación,
no desconociendo que ello implica el derecho a separarse, a constituirse en
Estados independientes. Es así como, rompiendo con un pasado de oprobio,
siendo demócratas consecuentes, forjaremos una España unida, liquidaremos
el separatismo de ambos lados del Ebro. Es así como ha surgido, desde el
punto de vista nacional, la invencible y gloriosa Unión de Repúblicas
Socialistas Soviéticas». (Joan Comorera; Los separatistas de uno y el otro lado
del Ebro; Conferencia pronunciada en México, 1943)

El PCE solo comenzó a despertar de sus defectos, como el aislacionismo de las


masas o la mala comprensión de la cuestión nacional, con la línea trazada por el
IVº Congreso de marzo de 1932, donde Bullejos, Vega, Trilla y Adame
mantendrían brevemente sus cargos tras un fuerte descrédito ante la
Internacional Comunista, teniendo que adaptarse a un cambio en la teoría y
sobre todo en la práctica, condiciones exigidas tanto de parte de la Internacional
Comunista como de la mayoría de la militancia, que no confiaba en sus líderes.
En una reunión el 5 de agosto de 1932, el Politburó del PCE decidió expulsar a
Bullejos, Vega, Trilla y Adame por negarse reiteradamente a aplicar las nuevas
directivas del congreso. Poco a poco emergería un nuevo liderazgo, decimos
nuevo, no porque apareciesen de la nada, sino porque eran partidarios de la
nueva línea –en algunos casos haciendo autocrítica de sus antiguas posiciones
como Manuel Hurtado o, momentáneamente, la propia Dolores Ibárruri–. Se
formó pues un claro nuevo núcleo de dirigentes entre los que destacamos por su
adhesión bolchevique hasta el final a: Pedro Checa –fallecido en el exilio
mexicano en 1942–, Trifón Medrano Elurba –fallecido durante la guerra en
1937–, Cristóbal Valenzuela Ortega –fusilado por los franquistas en 1939–,

224
Hilario Arlandis –fusilado por los franquistas en 1939–, Saturnino Barneto
Atienza –fallecido en el exilio soviético en 1940–, Daniel Ortega Martínez –
fusilado por los franquistas en 1941–, José Silva Martínez –fallecido en el exilio
venezolano en 1949– y sobre todo José Díaz –fallecido en el exilio soviético en
1942–. A esto se le podría sumar la caída de otros valiosos cuadros de mayor o
menor altura como Isidoro Diéguez Dueñas –fusilado por el franquismo en
1942– o Puig Pidemunt –fusilado por el franquismo en 1949–. Con esta
verdadera sangría de militantes sufrida entre 1932-1942, se puede observar que
los comunistas sufrieron total descabezamiento de sus piezas claves, lo que
brindó una buena ocasión para que los oportunistas como Dolores Ibárruri,
Santiago Carrillo, Francisco Antón, Enrique Líster, Antonio Mije, y más tarde
también los Fernando Claudín, Jorge Semprún o Ignacio Gallego se afianzasen
cada vez más en las altas esferas del PCE.

Aunque para ser justos, ese ascenso meteórico de diversas figuras no hubiera
sido posible sin la implementación de maquiavélicas técnicas desde la nueva
dirección del PCE, las cuales desataron, contra los que dudaban o se oponían a
sus aberraciones, unos métodos brutales de supresión para afianzarse en el
poder, promoviendo infames juegos como: calumniar de «provocadores» a
grandes y probados dirigentes –Heriberto Quiñones en 1942 y Jesús Monzón en
1947–, delatar o ajusticiar a quienes eran sospechosos de «no ser leales» a la
nueva dirección –como a José San José alias Aldeano en 1944, León Trilla en
1945, Alberto Pérez alias César en 1945, Cristino García Granda en 1945, Víctor
García en 1948, Luis Montero Álvarez en 1950–.

Durante aquellos primeros años del siglo XX veremos consolidarse a una figura
clave en la cultura española: Antonio Machado, la cual sería referente para
muchos. De él hemos evaluado cuestiones positivas y negativas en nuestro
anterior capítulo: «Conatos de indiferencia en la posición sobre la cultura y la
necesidad de imprimirse un sello de clase».

En cuanto a la cuestión nacional, Machado confesaba su acuerdo con


reaccionarios como Unamuno en el no apoyo a la promulgación del Estatuto
Catalán de 1932:

«La cuestión de Cataluña sobre todo, es muy desagradable. En esto no me doy


por sorprendido, porque el mismo día que supe el golpe de mano de los
catalanes lo dije: «los catalanes no nos han ayudado a traer la República, pero
ellos serán, los que se la lleven». Y en efecto, contra esta República, donde no
faltan hombres de buena fe, milita Cataluña. Creo con Don Miguel de
Unamuno que el Estatuto es, en lo referente a Hacienda, un verdadero atraco,
y en lo tocante a enseñanza algo verdaderamente intolerable. Creo, sin
embargo, que todavía cabe una reacción a favor de España, que no conceda a

225
Cataluña sino lo justo: una moderada autonomía, y nada más». (Antonio
Machado; Carta a Guiomar, 2 de junio de 1932)

Joan Comorera ya se encargó de refutar estos argumentos frívolos:

«Otros cuando mucho, admiten la existencia de minúsculas diferencias


«regionales», folklóricas, coloreadas por «dialectos» en decadencia y que en
virtud de este nuevo esfuerzo intelectual no se oponen a cierto grado de
autonomías administrativas bien entendidas que ni de cerca ni de lejos
amenacen la integridad de la Patria. Otros, menos sinceros, simulan la
aceptación del hecho nacional, no se oponen a una solución práctica del
mismo, siempre, es claro, que no se llegue al absurdo de fabricar españoles de
1ª y de 2ª clase, como ocurre ahora, por ejemplo, con los mal andados
estatutos. La constitución otorga un derecho igual a las nacionalidades y
regiones de España, para organizarse en régimen estatutario. Los hipócritas
saben bien que el ejercicio de un derecho otorgado a todos, por una
nacionalidad o por una región, no crea privilegio de ninguna clase. Pero, por
ahí van removiendo a fondo el lodo de los prejuicios para conducir de nuevo el
carro hacia el camino de la España única e indivisible». (Joan Comorera; José
Díaz y el problema nacional, 1942)

Como sabemos, en la obra de Machado encontramos tramos profundamente


progresistas, una muestra de internacionalismo reluciente. En su artículo
«Sigue hablando Mairena a sus alumnos», comenta:

«La patria –decía Juan de Mairena– es, en España, un sentimiento


esencialmente popular, del cual suelen jactarse los señoritos. En los trances
más duros, los señoritos la invocan y la venden, el pueblo la compra con su
sangre y no la mienta siquiera. Si algún día tuviereis que tomar parte en una
lucha de clases, no vaciléis en poneros del lado del pueblo, que es el lado de
España, aunque las banderas populares ostenten los lemas más abstractos. Si
el pueblo canta la Marsellesa, la canta en español; si algún día grita: ¡Viva
Rusia! Pensad que la Rusia de ese grito del pueblo, si es en guerra civil, puede
ser mucho más española que la España de sus adversarios. (…) En España, el
prejuicio aristocrático, el de escribir exclusivamente para los mejores, puede
aceptarse y aun convertirse en norma literaria, sólo con esta advertencia: la
aristocracia española está en el pueblo; escribiendo para el pueblo se escribe
para los mejores». (Hora de España; Nº3, marzo, 1937)

En cambio, en la figura del andaluz las limitaciones son hasta cierto punto
producto de su época, ya que nació y se desarrolló en el ambiente nacionalista
de la generación del 98, y si bien en algunas cuestiones, como vemos, se
separaba de su círculo de influencia, en otro, nunca saldría de él. Esto último se
ve cuando ensalza la conquista de América celebrando el «día de la raza». En

226
sus escritos, Antonio Machado también daba de comer al mito del Cid como
«patriota» consecuente, cuando la historia muestra que, como todos los
reyezuelos cristianos y musulmanes de la península, el Cid fue un guerrero
mercenario vendido al mejor postor. El PCE reproduciría estos escritos suyos en
su periódico «España popular» Nº73 de 1941, que lejos de alimentar un sano
patriotismo, alimentaba el viejo chovinismo de gran nación totalmente
despreciable. Esto indicaba, que el PCE había cambiado profundamente desde
1932 su forma de abordar la cuestión nacional, existía una condescendencia
hacia los chovinistas castellanos.

Por todo ello no es de extrañar lo que Machado proclamaba sobre los


movimientos nacionalistas en boga:

«De aquellos de quienes se dicen ser gallegos, catalanes, vascos, extremeños,


castellanos, etc., antes que españoles, desconfiad siempre. Suelen ser españoles
incompletos, insuficientes, de quienes nada grande puede esperarse». (Hora de
España; Nº6, junio de 1937)

Machado no entendía que el movimiento catalán no era una mezcla de


arrogancia y provincianismo, sino más bien que la España de su imaginario:
«íntegra, gloriosa e inseparable», esa «comunidad de destino» hispánica, en la
que le habían educado, no existía. O mejor dicho, que dicha comunidad
hispánica debía ser construida por los pueblos mediante la voluntad, y no por la
fuerza, como él precisamente reconocía como positivo con lo sucedido en Rusia
con los comunistas. Pero Machado no era capaz de desligarse de sus dogmas
nacionalistas:

«Se nos ha calumniado, dentro y fuera de España, diciendo que nosotros


también servimos una causa extranjera; que trabajamos por cuenta de Rusia.
La calumnia es doblemente pérfida, pero tan grosera, que no ha podido
engañar a nadie que no sea perfectamente imbécil. Porque todos saben –están
hartos de saber– que Rusia, ese pueblo admirable, que renunció a su imperio
para libertar a sus pueblos, no atentó nunca a la libertad de los ajenos y que
no tuvo jamás la más leve ambición territorial en España. Esto lo saben todos,
aunque muchos disimulen ignorarlo». (La voz de España, Discurso, 11 de
noviembre de 1938)

En su artículo «Sobre la Rusia» actual repetía:

«La fuerza incontrastable de la Rusia actual radica en esto. Rusia no es ya una


entidad polémica, como lo fue la Rusia de los zares, cuya misión era imponer
un dominio, conquistar por la fuerza una hegemonía entre naciones. De esa
vanidad, que todavía calienta los sesos de Mussolini, ese faquín endiosado, se
curaron los rusos hace ya veinte años. La Rusia actual nace con la renuncia a

227
todas las ambiciones del Imperio, rompiendo todas las cadenas, reconociendo
la libre personalidad de todos los pueblos que la integran. (…) El marxismo
contiene las visiones más profundas y certeras de los problemas que plantea la
economía de todos los pueblos occidentales. A nadie debe extrañar que Rusia
haya pretendido utilizar el marxismo en su mayor pureza, al ensayar la nueva
forma de convivencia humana, de comunión cordial y fraterna, para
enfrentarse con todos los problemas de índole económica que necesariamente
habrían de salirle al paso. Tal vez sea éste uno de los grandes aciertos de sus
gobernantes». (Hora de España; Nº9, septiembre, 1937)

¿Cómo era posible que para él, el modelo de autodeterminación que había
«liberado a los pueblos» –llegando incluso a aplicarse la separación– era
aplicable para Rusia pero no para España? Como observamos, Machado caía en
grandísimas contradicciones.

Este nacionalismo castellano intransigente, celoso de sus mitos, miedoso de su


integridad territorial ante todo, era incapaz en principio de simpatizar con las
aspiraciones nacionales de los pueblos de la península y sus justas luchas, pero
bien era capaz de sentir y guardarle «lazos fraternales» a los fascistas patrios
que habían conspirado con los fascistas extranjeros de los países imperialistas.

Antonio Machado diría:

«No creo que haya nadie en España que diste más que yo del ideario fascista.
Siempre he creído, sin embargo, que, desde un punto de vista teórico, cabe ser
fascista sin por ello dejar de ser español. Mas siempre he afirmado que no se
puede ser español y entregar el territorio y los destinos de España a la codicia
imperialista del fascio italiano o del racismo alemán. No creo que nadie, hoy,
en España, pueda pretender honradamente que esto sea posible. (…) Con todo
ello, y convencido de la ceguera, de los errores, de la injusticia de nuestros
adversarios, de cuya índole facciosa no dudé un momento, confieso que nunca
pude aborrecerlos; con todos sus yerros, con todos sus pecados, eran
españoles; y el lazo fraterno, hondamente fraterno de la patria común, no
podía romperse ni con la más enconada guerra civil». (La voz de España,
Discurso, 11 de noviembre de 1938)

Antes de morir, en una carta en la que ensalza a varios escritores catalanes, se


retracta de la idea de que los catalanes serían los causantes del fin de la
república, y reconoce la valentía en su defensa:

«¡Si la guerra nos dejara pensar! ¡Si la guerra nos dejara sentir! ¡Bah!
Lamentaciones son éstas de pobre diablo. Porque la guerra es un tema de
meditación como otro cualquiera, y un tema cordial esencialísimo. Y hay cosas
que solo la guerra nos hace ver claras. Por ejemplo: Que bien nos entendemos

228
en lenguas maternas diferentes, cuantos decimos, de este lado del Ebro, bajo
un diluvio de iniquidades: ¡Nosotros no hemos vendido nuestra España!, y el
que esto se diga en catalán o en castellano en nada mengua ni acrecienta su
verdad». (Antonio Machado; Desde el mirador de la guerra, 6 de octubre de
1938)

Este tipo de cuestiones como los errores de las grandes figuras de la cultura en
la cuestión nacional, son las que no comentan los actuales capitostes de la
«izquierda» cuando reivindican a una figura de la talla de Machado, con
grandísimas luces pero también con notables sombras. El deber de los
comunistas es calibrar a cada figura en su lugar correspondiente, y anotar los
aciertos y errores, y jamás tapar los defectos de dichas figuras, ni siquiera
cuando realmente son portadoras de una verdadera esencia progresista, como el
propio Machado, cuyo compromiso antifascista es indudable. Tapar la historia
solo crea mitos, pero no hace avanzar a los pueblos.

No sin razón el historiador francés Pierre Vilar, testigo de la Guerra Civil


Española, comentaría en sus años de juventud a un amigo castellano:

«Totalmente de acuerdo con esto que usted dice: españoles de izquierda y


derecha concuerdan hoy en su anticatalanismo; yo había esperado otro
resultado de la guerra; pero no niego los hechos; veo desde hace seis meses
tanto españoles como si viviera en España y de todas las categorías. De hecho
incluso los partidarios de la autonomía y del Estatuto hoy son unitarios. Es
una consecuencia muy natural de una derrota, en la que cada uno intenta
cargar sobre el vecino la responsabilidad de los errores –yo creo
personalmente, que se hallan en otro lado, e incluso más alejados–». (Rosa
Congost; El joven Pierre Vilar, 1924-1939: Las lecciones de historia, 2018)

Pero algunos se empeñan en negar esta obviedad. Los monigotes del nuevo PCE
(m-l) refundado en 2006, toman como ejemplo de la línea a seguir sobre la
cuestión nacional la postura del Presidente del Consejo de Ministros de la II
República, Juan Negrín López, jefe del ala centro del PSOE. Los actuales
dirigentes del PCE (m-l) –que en su ridiculez continua no le hacen honor a sus
siglas– proclaman:

«Se puede hablar de un patriotismo popular, ligado a las luchas de las clases
dominadas frente a las clases dominantes, o a las luchas a favor de la
soberanía nacional. En el caso de España, hay un patriotismo republicano que
defendieron José Díaz, Dolores Ibárruri, Juan Negrín, Azaña, y tantos otros,
frente al fascismo». (Carlos Hermida; El ascenso del fascismo y las tareas de
los comunistas, 2019)

229
Para ser un supuesto historiador marxista, Hermida desconoce bastantes
cuestiones clave, o por el contrario, conoce todo a la perfección, pero como buen
ecléctico no supone un impedimento para su cóctel ideológico. Aquí como
vemos, se reivindica a Ibárruri, que como hemos visto en capítulos anteriores
era la cabeza visible del chovinismo español dentro del PCE, negando el derecho
de autodeterminación, además, Hermida oculta o ignora adrede el rol de
Ibárruri a la hora de atacar y difamar a los marxista-leninistas como Joan
Comorera –hasta el punto de tildarle de «titoísta»… cuando ella como
«stalinista» en menos de una década iría a Belgrado a rendir pleitesía al nuevo
barrabás: Tito–. Hermida oculta o ignora que el viejo PCE (m-l), que condenaba
las traiciones de Ibárruri, en su artículo: «La guerra nacional revolucionaria del
pueblo español contra el fascismo» de 1975, denunciaba el tono derrotista de
Ibárruri que mantuvo durante los últimos meses de la guerra. Incluso
constatamos como en sus memorias la propia Ibárruri confiesa que su intención
era que el PCE en la cuestión del mantenimiento de la guerra o la búsqueda de
la paz, obrase según lo que Negrín dictase, poniéndose a la zaga de Negrín, que
como se demostraría, fue sumamente timorato por ejemplo a la hora de
responder al Golpe de Casado de 1939.

También reivindica a Azaña, que como vimos en los informes de los agentes de
la Internacional Comunista en España –como el de Gëro–, su grupo suponía
dentro del republicanismo el principal foco de los claudicadores.

Por último, este nuevo PCE (m-l) desprovisto de todo sentido de coherencia
ideológica, reivindica al propio Negrín en relación al patriotismo (sic). ¿Sí?
¿Este es vuestro modelo idílico? Adelante, valientes caballeros, repasemos a
vuestro héroe… En una ocasión Negrín diría:

«Zugaragoitia, de nuevo, pone en boca de Negrín unas frases pronunciadas a


finales de julio de 1938, recién iniciada la Batalla del Ebro, que representan
una auténtica declaración de principios sobre el hecho nacional catalán:
«Negrín: No estoy haciendo la guerra contra Franco para que nos retoñe en
Barcelona un separatismo estúpido y pueblerino. De ninguna manera. Estoy
haciendo la guerra por España y para España. Por su grandeza y para su
grandeza. Se equivocan gravemente los que otra cosa supongan. No hay más
que una nación: ¡España!». (Pelai Pagés y Blanch; Cataluña en guerra y en
revolución (1936-1939), 2007)

Togliatti, que como sabemos no era sospechoso de simpatizar con las


organizaciones catalanas, ni siquiera con el PSUC, en un informe confidencial,
reportaba a Moscú:

«Negrín estaba dominado por los prejuicios y los errores de la


socialdemocracia. No comprendía el problema nacional, e incluso cuando

230
tomaba medidas acertadas e indispensables –centralización de la industria de
guerra y la hacienda nacional en manos del gobierno de la República, etc.– su
falta de táctica y en ocasiones su brutalidad, unidas a la falta de tacto y a la
brutalidad de sus funcionarios, herían el sentimiento nacional de los
catalanes». (Palmiro Togliatti; Informe, 21 de mayo de 1939)

Manuel Azaña, Presidente de la II República, un republicano de izquierdas


burgués, recogía sobre el pensamiento del Dr. Negrín en sus memorias:

«Negrín: Aguirre no puede resistir que se hable de España. En Barcelona


afectan no pronunciar siquiera su nombre. Yo no he sido nunca lo que llaman
españolista ni patriotero. Pero ante estas cosas, me indigno. Y si esas gentes
van a descuartizar a España, prefiero a Franco. Con él ya nos entenderíamos
nosotros, o nuestros hijos o quien fuere. Pero esos hombres son inaguantables.
Acabarían por dar la razón a Franco. Y mientras, venga a pedir dinero, y más
dinero». (Manuel Azaña; Memorias, 1939)

¡¿Esto es para el actual PCE (m-l) el ejemplo a seguir?! ¿El preferir el triunfo del
fascismo a que la «patria se descuartice»? ¿Este es el patriotismo de esta gente?
Más bien es el paradigma a imitar para los nacionalistas castellanos, para los
republicanos unitarios que denunciaba Pi y Margall. No para los comunistas…
que son profundamente internacionalistas y jamás proclamarían tales infamias.
Incluso Engels ya comprendía que en una tesitura de ese tipo: «El proletariado
victorioso no puede imponer su felicidad sobre otro pueblo extranjero sin
comprometer su propia victoria». Esto se aplica tanto en los casos de opresión
nacional como en la dominación colonial. ¿Y no demostraron los bolcheviques
con su revolución, que la aplicación del derecho de autodeterminación no hunde
la revolución en el caos? ¿No es cierto que con ese gesto se ganó la adhesión de
las masas trabajadoras de esas naciones y nacionalidades para luchar contra la
contrarrevolución? ¿No provocó también la unión libre de muchos de los
antiguos pueblos sometidos por el zarismo ruso? Quien hoy tenga miedo a la
democracia de los pueblos, es como dijo Lenin, alguien no marxista, un
silencioso pequeño burgués que tarde o temprano acabará en puntos de vista
totalmente burgueses.

Para más desvergüenza, Negrín tuvo el valor de pedir a los españoles que se
enrolasen en el ejército francés, algo que los comunistas denunciaron en su
artículo: «La socialdemocracia y la actual guerra imperialista»:

«La posición oportunista y contraria a los intereses de España, adoptada por


Negrín y el PSOE, ofreciéndose al Gobierno francés e invitando a nuestros
soldados a ingresar en el Ejército francés, para defender los intereses de la
burguesía francesa y del imperialismo inglés». (España Popular; Nº1, 1940)

231
Recordemos que esto se hacía después de que el gobierno francés: a) no solo se
negase a ayudar a la España antifascista, sino que sabotease la ayuda soviética a
la República en la frontera; b) traicionase al pueblo francés e incumpliese sus
promesas y cargase la crisis sobre sus espaldas; c) participase en el pacto de
Múnich de 1938 que entregaba los Suedetes a los nazis; d) reconociese a Franco
sin ni siquiera haber acabado la guerra; e) encerrase a los antifascistas
españoles en campos de concentración en condiciones infrahumanas; f)
colaborase en la campaña para aislar internacionalmente a la URSS y provocar
así un ataque de la Alemania nazi; g) ilegalizase al Partido Comunista Francés
(PCF).

Esa postura del actual PCE (m-l) de Raúl Marco no es sino otra prueba más de
que hace años que él y sus palmeros se convirtieron en vulgares republicanos
burgueses que lo mismo reivindican a Elena Ódena y José Díaz, que igual te
reivindican también a Negrín, Azaña, Ibárruri o Líster… un eclecticismo atroz
que rompe con la herencia más revolucionaria del viejo PCE (m-l) de 1964-1985.

Comorera comentaría del papel de la socialdemocracia en cuanto a no


comprender la cuestión nacional y lo que supuso durante la guerra:

«El Partido Socialista Obrero Español, ha sido un instrumento del


imperialismo español, debido a la acción del cual, tanto escrita como práctica,
grandes núcleos de obreros, nunca comprendieron que la cuestión nacional y
colonial, es parte integrante de la revolución proletaria internacional. En el
curso de nuestra guerra, las incomprensiones y los exabruptos del Partido
Socialista Obrero Español y de sus líderes en función de gobierno Largo
Caballero, Prieto y Negrín, respecto a Cataluña y a nuestras instituciones
autónomas, fueron uno de los principales factores que contribuyeron a la
derrota de Cataluña y de la república». (Joan Comorera; Contra la guerra
imperialista y por la liberación social y nacional de Cataluña, 1940)

Está claro que esta gente –republicanos de izquierda, socialdemócratas y


liberales– no eran marxista –ni tampoco algunos de los dirigentes del PCE, que
en mayor o menor medida permitían esto, y por ello, tampoco habían
comprendido la posición del mismo sobre la cuestión nacional–. Hoy, aquellos
que apoyan argumentos similares a los expuestos, tampoco lo son, por mucho
que se vistan de ropajes rojos, por mucho que en la sede de sus partidos desfilen
los cuadros de Lenin o las hoces y martillo adornen las entradas:

«En nuestros días, sólo el proletariado defiende la verdadera libertad de las


naciones y la unidad de los obreros de todas las nacionalidades. Para que las
distintas naciones convivan en paz y libertad o se separen –si es más
conveniente para ellas– y formen diferentes Estados, es indispensable la plena
democracia, defendida por la clase obrera. ¡Nada de privilegios para ninguna

232
nación, para ningún idioma! ¡Ni la menor opresión, ni la más mínima
injusticia respecto de una minoría nacional!: tales son los principios de la
democracia de la clase obrera (…) Los obreros con conciencia de clase son
partidarios de la total unidad entre los obreros de todas las naciones en todas
las organizaciones obreras de cualquier tipo: culturales, sindicales, políticas,
etc. (…) Los obreros no permitirán que se los divida mediante discursos
empalagosos sobre la cultura nacional o «autonomía cultural». Los obreros de
todas las naciones defienden juntos, unánimes, la total libertad y la total
igualdad de derechos, en organizaciones comunes a todos, y esa la garantía de
una auténtica cultura (…) Al viejo mundo, al mundo de la opresión nacional,
los obreros oponen un nuevo mundo, un mundo de unidad de los trabajadores
de todas las naciones, un mundo en el que no hay lugar para privilegio alguno
ni para la menor opresión del hombre por el hombre». (Vladimir Ilich Uliánov,
Lenin; La clase obrera y el problema nacional, 1913)

Por tanto:

«Si el marxista ucraniano se deja arrastrar por su odio, absolutamente


legítimo y natural, a los opresores gran rusos, hasta el extremo de hacer
extensiva aunque sólo sea una partícula de ese odio, aunque sólo sea su
apartamiento, a la cultura proletaria y a la causa proletaria de los obreros
gran rusos, ese marxista se habrá deslizado a la charca del nacionalismo
burgués. Del mismo modo el marxista gran ruso se deslizará a la charca del
nacionalismo no sólo burgués, sino también ultrarreaccionario, si olvida,
aunque sea por un instante, la reivindicación de la plena igualdad de derechos
para los ucranianos o el derecho de éstos a constituir un Estado
independiente». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Notas críticas sobre la
cuestión nacional, 1913)

Si se sustituye aquí: gran ruso por castellano, y ucraniano por catalán, el lector
no verá ninguna diferencia con lo que ocurre hoy.

En resumidas cuentas: los obreros quieren la unidad de toda su clase, y esto es


únicamente concebible si se encuentran en pie de igualdad. Esto se aplica a
todas las cuestiones que atañen al movimiento obrero, pero en tanto a la
cuestión que nos trae a colación, quiere significar lo siguiente: ninguna nación
puede denegarle derechos de ningún tipo a otra nación; ninguna nación puede
inmiscuirse en los asuntos de otra y, si esto ocurre, la defensa de la nación
agraviada se convertirá en parte fundamentalmente activa del derecho de
autodeterminación intrínseco a todas las naciones.

Efectivamente durante el transcurso de la guerra, algunos comunistas parecían


ignorar o desconocer, como hacen otros ahora, la existencia y pervivencia del
viejo nacionalismo castellano, español, o dígase como quiera, el cual hizo

233
aparición en el campo republicano, en el seno de la socialdemocracia, en el seno
del anarquismo, y también del PCE.

Durante la Guerra Civil Española (1936-1939) ya se vislumbran artículos de


sospechosas teorizaciones y conclusiones dispares; por ejemplo, la línea
combativa de José Díaz versus la línea derrotista y conciliadora de Dolores
Ibárruri como bien expuso el PCE (m-l) en su obra: «La Guerra Nacional
Revolucionaria del Pueblo Español» de 1966.

En la cuestión nacional, la mayoría del PCE realizaba esfuerzos por limitar los
agravios sobre el Gobierno Autonómico de Cataluña y el sentimiento
anticatalanista, así como contener las posibles tendencias al separatismo y a la
paz por separado con Franco:

«La tensión en las relaciones que existe entre el Gobierno de la República y la


Generalidad de Cataluña es uno de los obstáculos que se oponen hoy a la
centralización y explotación racional de todos los recursos del país y
representa una amenaza muy seria para la unidad del Frente Popular y para
la unidad nacional del pueblo entero contra los invasores fascistas. Esta
tensión de relaciones es fomentada y explotada por los enemigos del pueblo
español, por los trotskistas y otros agentes fascistas, por el grupo de amigos de
Largo Caballero y por todos aquellos que son favorables a una capitulación,
así como por los conservadores ingleses y por la burguesía reaccionaria
francesa, con el fin de intrigar contra el Gobierno, debilitarlo y sembrando la
discordia entre los diferentes Partidos, romper el Frente Popular, romper la
resistencia de la República. (...) La necesidad de luchar sin vacilaciones de
ningún género contra las tendencias de capitulación que se manifiestan entre
ciertos elementos de los Partidos catalanes y la necesidad de luchar en
particular contra el separatismo catalán no debe hacer olvidar a los Partidos y
hombres políticos de España, ni al Gobierno de la República, que existe un
problema nacional de Cataluña y un sentimiento nacional catalán y que no es
a través de medidas administrativas ni hiriendo ese sentimiento como se
logrará llevar a los Partidos, a la Generalidad y al pueblo de Cataluña por el
camino de la colaboración para dar solución a todos los problemas de la
guerra. (...) Combatir y evitar toda manifestación de espíritu anticatalán, así
como el planteamiento de las cuestiones referentes a Cataluña de una manera
formal, olvidando la existencia de un problema nacional. (...) Ser en el seno del
Gobierno, en los contactos con los demás Partidos políticos y en su actividad
cotidiana, el defensor obstinado de los derechos de Cataluña, el enemigo
encarnizado de toda tendencia a desconocer o limitar estos derechos y a
resolver los problemas catalanes con una presida administrativa. En todos los
casos en que los miembros u órganos del aparato del Estado ofendan el
sentimiento nacional catalán, el Partido debe denunciar estos casos como
dirigidos contra la unidad del pueblo español y hacer lo necesario para que

234
hechos de este género no se repitan». (Partido Comunista de España; Tareas
actuales del PCE, del Frente Popular y del Pueblo de España; Resolución del
Comité Central del PCE, 1937)

Por otro lado, sorprende en demasía la exposición que Vicente Uribe, por
entonces Ministro de Agricultura del PCE, hace sobre la cuestión nacional:

«Incluso en la República del 14 de abril, la desigualdad nacional seguía


existiendo de hecho. (...) Es un fenómeno que se puede explicar con relativa
facilidad. Quedaron algunos elementos de la opresión y desigualdad nacional,
puesto que la República no mermó, más que muy débilmente, la potencia
económica de los terratenientes, del Capital Financiero y de la Iglesia. La
República no se atrevió a quebrantar en forma sensible la fuerza económica, la
base material de la reacción y del fascismo del país. Tampoco fueron
importantes las transformaciones realizadas por la República en el aparato
estatal; el Ejército, la Policía, la Guardia civil, la Burocracia parasitaria,
conservaron casi completamente, hasta julio del 36, su antigua composición,
su vieja estructura, sus antiguas funciones; el espíritu de odio contra el pueblo
y los métodos bárbaros de caciquismo. (…) Es preciso que todos los partidos
democráticos, y en primer término los partidos y organizaciones obreras,
efectúen un gran trabajo sistemático de educación política entre las masas
populares para librarlas completamente de los restos de influencias de ideas
reaccionaras, de falta de suficiente respeto y sensibilidad en relación con las
nacionalidades no castellanas del pueblo español. Subrayemos que en la zona
ocupada por los fascistas italoalemanes han sido abolidas todas las libertades
y derechos democráticos, inclusive las libertades y derechos de las pequeñas
nacionalidades. La primera medida de las fuerzas fascistas ocupantes, en
cuanto pusieron su garra sangrienta en territorio vasco o terreno catalán, fue
la abolición de los Estatutos de Euskadi y Cataluña. (...) También es fácil
encontrar gentes que, con el pretexto de una supuesta salvaguardia de la
inviolabilidad de las normas jurídicas constitucionales de las regiones
autónomas, con sus actos no defienden los intereses nacionales efectivos de
estas regiones ni los derechos y libertades democráticas, sino los restos y
residuos del aislamiento medieval del provincialismo. (...) Podemos estar
completamente seguros que, después del triunfo definitivo de la República
sobre los conquistadores fascistas italoalemanes y sus agentes, los últimos
restos del feudalismo y de la reacción serán rápida y fácilmente superados. Se
ampliará y fortalecerá el régimen democrático. Una gran España,
republicana, democrática; todos los pueblos unidos; todas las nacionalidades
movidas por el mismo impulso, se lanzarán en una cordial emulación, sobre la
base de la confianza mutua, conjugando fraternalmente todos los esfuerzos en
una dirección: ayudar al máximo desarrollo y florecimiento de cada
nacionalidad; ayudar en grado superlativo al ascenso general y al progreso
de todo el país; fortalecer, por encima de todo, la patria española. Pero todo

235
esto dejémoslo a los pueblos mismos. Ellos lo harán mejor que las mejores de
nuestras aspiraciones». (Vicente Uribe; El problema de las nacionalidades en
España a la luz de la guerra popular por la independencia de la República
Española, 1938)

Para empezar Uribe utiliza el término partidos «democráticos», lo cual es una


concesión a los partidos burgueses o pequeño burgueses inadmisible para los
comunistas, incluso en un contexto de guerra y alianza con algunos de ellos,
pues como sabemos estos partidos funcionan por el caciquismo y el nepotismo
más descarado, siendo partidarios, en cuanto a régimen político se refiere, de la
democracia para los explotadores y la dictadura para los explotados. En el mejor
de los casos, algunas formaciones burguesas y pequeñoburguesas formulan una
utópica «república democrática» donde explotados y explotadores compiten, en
teórica igualdad de condiciones, sin alterar en lo fundamental la base económica
–así estaba, de hecho, formulado en la Constitución de la II República de 1931–.
Calificar de partidos «obreros» a partidos con gran militancia obrera es una más
que generosa calificación pero no es una exposición acertada, como dijo Lenin
en referencia al carácter del Partido Laborista Británico, solo se puede calificar
como partido obrero a un partido que defiende los intereses de la clase obrera,
jamás un partido que en la praxis ha demostrado implementar políticas
antiobreras y antipopulares como en España el PSOE. Este tipo de partido que
cuenta con amplia militancia obrera engañada, es el partido de «izquierda» de
la patronal. Como vemos, el informe de Uribe, adolece seriamente de un análisis
de clase, marxista.

Sobre la cuestión nacional hay cosas correctas: se denunciaba el hecho de que la


II República de 1931-1936 no había golpeado las raíces que daban luz a la
opresión nacional y daban alas al propio ascenso del fascismo, lo cual es
correcto. Por otro lado, criticaba tanto el histórico chovinismo castellano que
pisoteaban los sentimientos de las regiones, como las tendencias de los
nacionalistas catalanes de buscar la famosa paz por separado en 1938, como un
año atrás hicieran los nacionalistas del Partido Nacionalista Vasco (PNV) con
los fascistas italianos en el infame Pacto de Santoña, de consecuencias trágicas.
En esto no hay un pero que poner, es una exposición correctísima.

Pero hay ciertos detalles que chirrían. Uribe hablando del futuro de la república,
no considera en ningún momento la posibilidad de que estos pueblos tengan
derecho a ejercer la autodeterminación y determinar si quieren formar parte de
España o no, da por hecho que todos los pueblos querrán seguir el mismo
camino:

Supone un error que se repetiría años después, como se verá en las tesis del
revisionista Vº Congreso del PCE de 1954. Incluso el Partido Comunista de

236
España (marxista-leninista), fundado en 1964 como escisión del PCE, nacería en
un inicio arrastrando estas tesis.

Esto no quiere decir que los comunistas deban forzar el ejercer el derecho de
autodeterminación en mitad de una guerra, más aún dentro de un gobierno que
ni siquiera controlaban. Lenin ya lo expresó claramente que el partido de
vanguardia del proletariado tiene que dar su propia apreciación:

«El reconocimiento por el partido socialdemócrata del derecho de todas las


nacionalidades a la autodeterminación no significa en modo alguno que los
socialdemócratas renuncien a una apreciación independiente de la
conveniencia de la separación estatal de una u otra nación en cada caso
concreto». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Tesis sobre el problema nacional,
1913)

Es más, celebrar un referéndum en mitad de la contienda no solo era complejo,


sino que celebrarlo sin que la clase obrera tuviese el poder podía llegar a ser
contraproducente para todos los pueblos que luchaban en ese momento contra
un peligro común como era el fascismo, pues se había demostrado que los
dirigentes del nacionalismo burgués de los catalanes y vascos, que en muchos de
sus territorios era hegemónico, no se habían mostrado capaz de ejercer una
lucha adecuada contra el fascismo, y que tanto el gobierno central español como
el autonómico, no hacían más que pelearse continuamente cada uno
defendiendo su nacionalismo, por lo que la solución completa de la cuestión
nacional parecía imposible sin el triunfo de la clase obrera.

¿Cuál hubiera sido una fórmula adecuada para el PCE en el gobierno del frente
popular que agrupaba a tantísimos grupos? El PCE hizo bien en querer crear un
frente antifascista de todos los pueblos hispánicos, hizo bien en impulsar en
Euskadi el Estatuto de Autonomía de 1936 que demandaba el pueblo vasco para
demostrar que luchaba por sus derechos nacionales, e hizo bien explicando que
tras el triunfo de la guerra se podrían resolver más profundamente las
cuestiones nacionales, pero dicho frente antifascista hubiera sido mejor recibido
en zonas como Cataluña o Euskadi si el PCE hubiera mantenido claramente su
eslogan marxista-leninista de antes de la guerra, el cual dejaba la puerta abierta
al completo derecho de autodeterminación de las naciones –que incluye el
derecho a la secesión–. Quizás esto hubiera conseguido como efecto contrario
levantar el grito chovinista de los republicanos, socialistas y algunos
anarquistas, pero esto era la única forma de ser consecuentes, pues se debe:

«Exigir la liberación de las naciones oprimidas, no con nebulosas frases


generales, no con declamaciones hueras, no «postergando» el problema hasta
que se conquiste el socialismo, sino con un programa político clara y
precisamente formulado, que tenga en cuenta muy en especial la hipocresía y

237
cobardía de los socialistas en las naciones opresoras. Del mismo modo que la
humanidad puede llegar a la supresión de las clases sólo a través de un
período de transición de dictadura de la clase oprimida, también puede llegar
a la inevitable unión de las naciones sólo a través de un período de transición
de total emancipación de todas las naciones oprimidas, es decir, de su libertad
de separación». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El proletariado revolucionario
y el derecho de las naciones a la autodeterminación, 1915)

Como ya vimos, para inicios del año 1938 la crisis para el bando antifascista era
evidente: la Internacional Comunista (IC) debatía si era propicio que el PCE
continuase en el gobierno, las dudas venían debido a la amplia alianza
anticomunista que se estaba forjando y a las posibles consecuencias para su
imagen, ya que no se sabía si era idóneo formar parte de un gobierno donde los
comunistas realmente no tenían suficiente influencia ni capacidad de maniobra
para contrarrestar las tendencias de sus aliados. El PCE y el PSUC,
argumentaron que si los comunistas abandonaban el gobierno, los intentos de
claudicar de sus aliados temporales serían más acusados mientras que la
desmoralización del pueblo crecería exponencialmente, por lo que se decidió
seguir formando parte del gobierno en contra del consejo de la IC.

En aquellos momentos el fascismo nacional estaba ganando la guerra, contaba


con todo el apoyo del fascismo internacional así como la complicidad de las
democracias burguesas como Francia, EEUU o Inglaterra.

Que el PCE pasase a firmar en abril 1938 los llamados «trece puntos» del
gobierno de Negrín le metía de lleno en el cenagal que había querido evitar: el
descrédito ante las masas. Inmiscuirse en declaraciones conjuntas que trataban
de buscar la paz con los rebeldes, prometiendo la «libertad regional sin
menoscabar la unidad de España», era una oferta ridícula del gobierno del
frente popular, pues todo el mundo sabía que en esa situación favorable Franco
jamás aceptaría nada que no fuese la rendición incondicional.

Ser partícipe de la propuesta suponía un desprestigio para el PCE, que


sacrificaba innecesariamente su propia postura en la cuestión nacional en aras
de un gobierno débil y una alianza antifascista que brillaba por su ausencia. No
era un compromiso que beneficiase al PCE de alguna forma notoria, salvo la
vaga promesa de republicanos, socialistas y otros de mantener la unidad
antifascistas, aunque pronto se demostraron de nuevo que no eran promesas
honestas sino de cara a la galería.

De manera indirecta esto ponía en un serio compromiso a los comunistas


catalanes, pues daba argumentos a los anarquistas y trotskistas para verter la
acusación de que su «partido hermano de España había traicionado sus propios
postulados sobre la cuestión nacional».

238
Indirectamente ponía en peligro la moral combativa de los patriotas vascos,
gallegos y catalanes que seguían combatiendo, sobre todo, en el caso concreto de
los militantes nacionalistas, ya que el programa de los trece puntos de Negrín
daba argumentos a los jefes nacionalistas para declarar que el gobierno no tenía
en cuenta sus derechos nacionales, agudizando sus tendencias claudicadoras,
dando órdenes en breve para que se fuesen preparando para el exilio. Esto como
es normal, supuso la reacción de Comorera:

«El caso más paradigmático en este sentido se produjo con la reprobación de


los Trece puntos de Negrín por parte de Comorera. El secretario general del
PSUC elaboró sus propios trece puntos como respuesta a la política de Negrín,
considerada anticatalana y que aplicaba sobre el Gobierno de la Generalidad
y el propio PSUC». (José Puigsech Farrás; El peso de la hoz y el martillo: La
Komintern y el PCE frente al PSUC, 1936-1943, 2009)

Pese a esto, hoy algunos muy folclóricos y nostálgicos de la guerra civil que no
comprenden ideológicamente hablando nada de sus sucesos, celebran la postura
de apoyo del PCE sobre los «trece puntos de Negrín»:

«Incluso en los agónicos estertores de la defensa republicana el PCE logró


incluir en la última oferta de pacificación del país hecha por el Presidente del
Gobierno, Juan Negrín, en sus famosos «Trece Puntos» publicados el 30 de
abril de 1938 las «Libertades regionales sin menoscabo de la unidad española»
–punto 5– pero como sabemos, esas esperanzas eran vanas y el funesto golpe
Casado vino a terminar con cualquier posibilidad de resistencia republicana
frente al fascismo]». (J.P Galindo y Clemen A.; Analfabetismo teórico del
socialchovinismo, 2019)

Esto es curioso porque el PCE (m-l) revolucionario de antaño reconocía que:

«Los «13 Puntos» [30 de abril de 1938], por ejemplo, si bien tienen aspectos
positivos y revolucionarios, también tienen aspectos negativos y de
claudicación, pues son el reconocimiento en sí de la igualdad entre lo justo y lo
injusto, y niega en parte las conquistas revolucionarias del pueblo, ya que
olvidan la naturaleza del enemigo». (Partido Comunista de España (marxista-
leninista); La guerra nacional revolucionaria del pueblo español contra el
fascismo, 1975)

Claramente el punto referente sobre la cuestión nacional suponía una total


concesión a la reacción. Pero hoy, los que llevan las mismas siglas del antaño
PCE (m-l), creen que era un punto genial. Vivir para ver.

239
Pese a los desvaríos de unos y otros, lo que debe de quedar claro, es que ni
siquiera durante una guerra los comunistas del país opresor tienen derecho a
negar teóricamente el derecho a los comunistas y patriotas de la nación
oprimida, derecho que aplicarán en base a una libre unión, separación, o como
guste el pueblo implicado:

«Para no convertir la lucha contra las anexiones en una frase hueca o una
repugnante hipocresía. (…) Deben desarrollar inmediatamente y con la
máxima amplitud una propaganda y una agitación contra el chovinismo y el
anexionismo encubiertos de los partidos socialistas oficiales, sobre todo en las
«grandes» potencias. Los socialistas deben explicar a las masas que un
socialista inglés que no lucha ahora mismo por la libertad de separación de
Irlanda, la India, etc., sólo es socialista e internacionalista de palabra, es de
hecho un chovinista y un anexionista; que lo mismo puede decirse del socialista
francés que no lucha por la libertad de las colonias francesas, contra la guerra
por la anexión de Alsacia-Lorena, etc.; del socialista alemán que no lucha por
la libertad de separación para Alsacia-Lorena, los daneses, los polacos, los
belgas, los serbios, etc.; del socialista ruso que no lucha por la libertad de
separación para Ucrania, Finlandia, etc., y contra la guerra por Polonia; del
socialista italiano que no lucha por la libertad de separación para Trípoli,
Albania, etc.; del socialista holandés que no lucha por la libertad de separación
y la independencia para las Indias Holandesas; del socialista polaco que no
lucha por la total libertad é igualdad de derechos de los judíos y los ucranios
oprimidos de los polacos, etc». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Primera
variante de la proposición del Comité Central del Partido Obrero
Socialdemócrata de Rusia a la segunda Conferencia socialista, 1916)

Los bolcheviques dirían más adelante:

«Debe reconocerse a todas las naciones enclavadas dentro de Rusia el derecho


a separarse libremente y a formar Estados independientes. La negación de
este derecho y la negativa a tomar las medidas encaminadas a garantizar su
realización práctica, equivale a apoyar la política de conquistas o anexiones.
El reconocimiento por el proletariado del derecho de las naciones a su
separación es lo único que garantiza la plena solidaridad de los obreros de
distintas naciones y permite un acercamiento verdaderamente democrático
entre éstas... El problema del derecho de las naciones a separase libremente,
no debe confundirse con el problema de la conveniencia de que se separe tal o
cual nación y de que esta separación se lleve a cabo en tal o cual momento.
Este problema deberá resolverlo el Partido del proletariado de un modo
absolutamente independiente en cada caso concreto, desde el punto de vista de
los intereses del desarrollo de toda la sociedad y de la lucha de clases del
proletariado por el socialismo». (Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia

240
(bolchevique); Resolución sobre la cuestión nacional aprobado en la
conferencia de abril, 1917)

Entre los delegados de la Internacionales Comunista, como Codovilla [Luis],


Minev [Moreno] o Togliatti [Ercoli], en sus respectivos informes y memorias
hablan de diversos temas. En algunos casos pecan de exceso de fraseología o
explicaciones muy simplistas e infantiles, pero en otros casos son muy certeros y
útiles en cuestiones que tiempo después se han demostrado contrastables con
diversa documentación oficial, siendo un verdadero cuadro para reconocer los
evidentes aciertos y sobre todo los no tan evidentes errores de los comunistas –
paternalismos de los propios delegados de la IC con los cuadros españoles, falta
de autocrítica de los miembros del PCE, desorganización en el trabajo, falta de
influencia y trabajo en los sindicatos, tendencia a los acuerdos con los socialistas
desde arriba no tanto desde la base, credibilidad excesiva en la capacidad de
Negrín, la inacción por el miedo a quebrar el frente popular etc–. Pero yendo a
la cuestión nacional, también adolecen de dudosa objetividad sobre el tema,
cayendo en favor del relato del «nacionalismo castellano» sobre las difíciles
relaciones entre el gobierno central y el gobierno catalán, así como entre el PCE
y el PSUC. Aun así no podían dejar de reconocer ciertos aspectos. El delegado
italiano, Plamiro Togliatti, padre del eurocomunismo en años posteriores, decía:

«En teoría, [el PSUC] en los informes, en las resoluciones y en los artículos, la
cuestión nacional es planteada correctamente. En la práctica se tiene la
tendencia a deslizarse hacia una posición separatista. (…) Mientras la
dirección del PCE se esfuerza por cumplir su tarea, interviniendo para que no
se hiera el sentimiento nacional de los catalanes, el PSUC no cumple
completamente la suya, no lucha contra el nacionalismo pequeño burgués. (…)
Los camaradas del PSUC, que llevan adelante furibundas campañas contra
algunos ministros de la república –Prieto, v. cuestión «Negus»–, no luchan con
el mismo empeño contra los elementos separatistas del gobierno de la
Generalitat, ni contra los actos del gobierno de la Generalitat dictados
únicamente por la desconfianza respecto al Gobierno de la República. (…) Los
camaradas del PSUC repiten, en proporciones menores, el error cometido por
los camaradas del partido vasco, que fueron a remolque de los nacionalistas».
(Palmiro Togliatti; Informe, 28 de enero de 1938)

Es loable que desde la dirección del PSUC se viesen desviaciones nacionalistas


pequeño burguesas en algunas tendencias inconscientes, en comentarios de
conversaciones privadas o incluso públicas, era algo normal dada la precocidad
del partido. Esto no dudamos que pueda ser verdad, pues entra dentro de lo
posible, pero en el PSUC de aquellos días hay abundante documentación contra
el propio nacionalismo catalán, empezando por los discursos del mismo como el
propio Togliatti reconoce. Da dura crítica hacia los ministros socialistas como
Prieto no era un error, sino que se demostró más certera con el tiempo, y el PCE

241
realizaba el mismo intento de cesar a un derrotista como Prieto del Ministro de
Guerra, el PSUC fue siempre el primero en denunciar a los ministros traidores
del nacionalismo y alentar la colaboración entre gobierno central y regional en
sendas ocasiones –véase como ejemplo la Carta de Comorera a Companys del 1
de mayo de 1939–. Alegar que la culpa de las tiranteces entre las relaciones
PCE-PSUC era solamente de éste último, y que el PCE no sufría en su seno
vacilaciones nacionalistas, es una acusación ridícula, porque es cierto que
combatía el chovinismo español –sobre todo José Díaz y Pedro Checa–, pero
por otro lado contradictoriamente se permitía en sus medios publicaciones que
exaltaban el discurso del nacionalismo español –como hemos visto con la
publicación de Antonio Machado, y con declaraciones como la de Uribe, que
negaban el futuro derecho a la autodeterminación–. Esto sin duda era mucho
más grave por ser el partido de la nación opresora, el de mayor experiencia, y
por ser reincidente, ya que en el pasado fue criticado por la IC por la falta de
tacto en estas cuestiones nacionales, algo que se seguiría comentando en los
informes del final de la guerra por parte de Gëro, Stepanov.

En el propio pleno del PCE de agosto de 1937, tuvo que frenar la acusación de
algunos socialistas sobre que Cataluña no estaba en pie de guerra, que había un
movimiento mayoritario secesionista entre las organizaciones catalanistas que
intentaba hacer la guerra por su lado, o que buscaba hacer la paz con Franco por
separado:

«En estos últimos tiempos hemos leído artículos no muy justos de los
socialistas de Madrid, de nuestro querido «Frente Rojo». No se plantea
justamente el problema cuando se dice ¿qué hace Cataluña?, y cuando directa
o indirectamente se quiere cargar sobre Cataluña, la responsabilidad que
hubiere sobre el año transcurrido. (…) Cataluña al contrario, ha luchado
ferozmente para superar un periodo negativo [en referencia a la insurrección
fallida anarquista-trotskista de mayo de 1937], lo han conseguido, con
nosotros, por esa es la Cataluña en la que vosotros debéis creer. No hay
movimiento separatista ninguno. Puede haber, algún grupo de intrigantes de
quinta columna, en relación más o menos directa con los agentes del fascismo
internacional, pero no tienen en Cataluña en cuanto a organización ni
influencia, ni prestigio, ni representan un peligro alguno, los verdaderos
separatistas. (…) Los peligrosos separatistas son los anarquistas, porque
durante diez meses de hegemonía sindical, política, militar y económica en
Cataluña, han hecho más por el separatismo que los viejos nacionalistas. (...) Y
aún ahora son los que más especulan con el tópico nacionalista
aprovechándose de circunstancias temporales. (...) Podéis leer su prensa, y
sobre todo su prensa clandestina que es muy frondosa, y veréis como allí
excitan de forma sistemática los sentimientos nacionalistas de Cataluña, no
para extraer de ellos un mayor vigor en la lucha común contra el fascismo,
sino para provocar un acto de rebeldía contra el gobierno del Frente Popular

242
de la República, y para desprestigio y destrucción de las fuerzas marxistas de
Cataluña, que son garantía de la victoria. (...) Pese a todo, yo os digo
camaradas: ellos son pocos, en este sentido de corriente de opinión, porque los
catalanes han comprendido cuál es su deber. Nosotros les hemos dicho:
Cataluña no puede ser libre si en España vence el fascismo, España no puede
ser libre sin la ayuda abnegada y desinteresada de Cataluña». (Joan
Comorera; Discurso en el Pleno del Partido Comunista de España, agosto de
1937)

Comorera replicó, pues, que quienes principalmente habían adoptado posturas


secesionistas que desconectaban y descoordinaban la lucha antifascista del
frente catalán con el resto de los pueblos de España habían sido los anarquistas
o los agentes de quinta columna, pero jamás los comunistas del PSUC ni la
mayoría de los verdaderos patriotas catalanes.

Togliatti pese a ello, insistía en sus informes para tratar de convencer a los
dirigentes de la IC de que:

«El error fundamental del PSUC respecto a la cuestión nacional fue el de no


haber entendido que precisamente a él como partido catalán le correspondía
la tarea de luchar contra el obtuso nacionalismo de los catalanistas pequeño
burgueses, contra el derrotismo y la traición que se incubaban en el seno de
esos partidos. (…) La dirección del PSCU no se decidió a hacerlo. La dirección
del PSUC, y en particular Comorera, no quiso nunca luchar abiertamente
contra el derrotismo y las intrigas de los partidos catalanistas. (…) A propósito
de las numerosas cuestiones planteadas entre el gobierno de la República y la
Generalitat, nuestro papel de intermediarios, de partidarios del respeto de los
derechos de Cataluña y de la colaboración cordial entre ambos gobiernos,
Comorera mantuvo una posición equívoca». (Palmito Togliatti; Informe, 12 de
mayo de 1939)

Repasemos un discurso de Comorera que echa abajo todo esto, desmontando


rápidamente este tipo de acusaciones:

«En el curso del primer año de guerra y de revolución, se ha reforzado la


unidad de acción de los pueblos hispánicos: hemos superado el primer periodo
cargado de peligros. Había al principio corrientes de hostilidades y maniobras
de un separatismo equívoco, que fuimos los primeros en descubrir, a
denunciar y a combatir de una manera implacable. Esto se ha superado. Es
posible que aún queden algunos vestigios, y aunque, por algún rincón más o
menos suntuoso de Barcelona posiblemente encontraríamos alguien que
piensa que puede estar en condiciones de conspirar en este sentido. Pero
debemos afirmar de una manera categórica que este no es un problema que
pueda hacernos perder el tiempo para hacer la higienización de estos pequeños

243
focos que aún quedan. Por encima de eso está la voluntad manifiesta de
unidad de acción cordial, leal, y sistemática, de todos los pueblos hispánicos.
Cataluña se encuentra en primera fila por haber comprendido que su suerte
está ligada de una manera íntima, de una manera indisoluble a la suerte de los
otros pueblos hispánicos». (Joan Comorera; Informe en la Primera
Conferencia Nacional del PSUC, 25 de julio de 1937)

Sobre su política al respecto de los grupos catalanistas diría:

«La línea general del partido ha sido. (...) Neutralización reiterada de


componendas políticas, que en el plano general de los claudicadores de la
República realizaban los partidos nacionalistas pequeño burgueses: petición
pública de una mayor participación de los partidos catalanes en el Gobierno
de la República y de los catalanes de más solvencia antifascista y de mayor
prestigio popular en los cargos políticos y militares; popularización hasta el
último momento del presidente Companys, con la finalidad múltiple de ligarlo
a Negrín, de apartarlo de las filas de los claudicadores, de inmunizarlo el
contra las maniobras y las intrigas constantes de los elementos más turbios de
Esquerra Republicana de Cataluña (ERC) que ocupaban altos cargos políticos
y gubernamentales; esfuerzos continuados, con poca fortuna, pero, con el fin
de vigorizar el Frente Popular de Cataluña, y anulación política de los grupos
más incontrolados y más sectarios de la FAI que pretendieron muy
reiteradamente en convertir el Gobierno de la Generalidad en instrumento de
lucha contra el Gobierno de la República». (Joan Comorera. La línea nacional
del PSUC; Ponencia presentada en el Comité Central del PSUC, que se aprobó
en la reunión de finales de abril de 1939. En junio era también aprobada por el
Secretariado de la Internacional Comunista, 1939)

El delegado búlgaro de la IC, Minev, también insistía bajo la misma línea que
Togliatti, de que el gobierno de los socialdemócratas no comprendía la cuestión
nacional pero que el PSUC tampoco la entendía cómo debía ser:

«Los tres gobiernos del frente popular –los de Caballero, Negrín y Prieto–
defendieron la línea errónea del Partido Socialista sobre la cuestión nacional.
No supieron manifiestar suficiente clarividencia política, valentía, sensibilidad
y agilidad para concluir de modo verdadero a vascos y catalanes y sus
grandes recursos económicos en un frente panespañol contra el enemigo
común. Los problemas más difíciles y delicados de las nacionalidades se
intentaron resolver mediante órdenes y medidas administrativas. (…) Los
nacionalistas vascos y catalanes intentaron frecuentemente durante la guerra
resolver la cuestión de la salida de la guerra mediante conversaciones y
compromisos separados con Franco. (…) Tuvo no poca culpabilidad el Partido
Socialista Unificado de Cataluña, su dirección, y personalmente el camarada
Comorera. La crítica de las deficiencias y errores de la política de Negrín sobre

244
la cuestión nacional fue realizada por la dirección del PSUC desde posiciones
del nacional-separatismo catalán pequeño burgués». (Stoyán Minev; Las
causas de la derrota política de la República Española, 1939)

No comentaremos esta cita, ya que ha quedado demostrado de sobra que


algunas de sus acusaciones hacia el PSUC eran falaces, ciertas en algunos
aspectos, como en la debilidad inicial de su origen social e ideológico de sus
componentes y dirección, pero no en la conclusión de que no comprendían la
cuestión nacional ni de que hicieron un correcto trabajo. Seguramente la
inquina de ciertos delegados de la IC contra el PSUC no solamente respondiese
al desconocimiento sobre España y la cuestión nacional, sino al hecho de que
ellos tenían asignada la tarea de fortalecer el PCE en la zona Centro-Levante,
mientras otros delgados como Gerö tenían ese mismo propósito sobre el PSUC
en Cataluña. El arribismo como motivación no debe descartarse viendo la
evolución de dichas figuras como ocurre con Togliatti y su oportunismo más que
demostrado. Por tanto, las acusaciones mutuas eran una forma de justificar sus
resultados echando las culpas al otro del trabajo deficiente propio. A punto de
terminar la guerra, se intercambió una serie de reclamaciones:

«El Secretariado del Comité Ejecutivo de la IC abordó la situación de la


República española el 3 de septiembre de 1938, en un marco de guerra en que
era consciente de la inevitable derrota republicana. Por ello, el devenir de la
retaguardia fue uno de sus objetos de análisis. Y aquí el PSUC jugó un papel
importante. Moscú manifestó su preocupación por los efectos negativos que
estaba causando en las relaciones entre el Gobierno de la República y la
Generalidad los enfrentamientos que acabamos de reproducir. Por ello exigió
su finalización. El PCE recibió las exigencias de acabar con el sentimiento
anticatalanista que estaba presente en sus filas y aceptar la realidad nacional
catalana. El PSUC, por su parte, debía acabar con sus desconfianzas y
reticencias de naturaleza pequeño-burguesa a la hora de intensificar su
relación con el PCE, tenía que aceptar la colaboración del Buró Político del
PCE para preparar el futuro congreso del partido catalán y, finalmente, debía
trabajar disciplinadamente con los militantes del PCE establecidos en
Cataluña. La tensión y enfrentamiento entre las dos líneas de conversión
continuó a pesar de esas órdenes y provocó numerosos enfrentamientos entre
los delegados de la IC en España. Togliatti, Minev y la dirección del PCE
acusaron al PSUC de ser víctima de su sentimiento independentista, de
boicotear el Gobierno de la República y de llevar a cabo un trabajo fraccional
y discriminatorio entre los militantes del partido catalán según su procedencia
política. La dirección del PCE incluso se atrevió a confeccionar un listado sobre
las hipotecas ideológicas y personales de los miembros de la dirección del
PSUC que no eran afines a sus tesis. En cambio, Gerö atribuyó el mérito del
inicio de la conversión del PSUC en un partido comunista al sector comandado
por Comorera, ya que éste había aplicado la autocrítica, potenciado la

245
militancia de extracción obrera y mejorado el funcionamiento del Secretariado
Común PSUC-PCE. La ofensiva final de las fuerzas sublevadas sobre Cataluña
entre diciembre de 1938 y enero de 1939 se convirtió en un nuevo factor de
conflicto». (José Puigsech Farrás; El peso de la hoz y el martillo: La Komintern
y el PCE frente al PSUC, 1936-1943, 2009)

En 1949, el PCE de Carrillo-Ibárruri tendría en los informes de Togliatti-Minev


una base aunque falsa, para justificar su política de acoso y derribo hacia
Comorera, creando el mito de que era un nacionalista, un saboteador, poco
menos que la versión catalana de Tito. Esto era ridículo viendo que durante la
guerra Comorera se comportó como un ferviente internacionalista, y
posteriormente, fue uno de los que primeros líderes comunistas que en 1948 se
opuso a la deriva del titoísmo y difundió amplia propaganda contra tal
corriente.

El historiador Vilar atestigua que durante la guerra la desconfianza entre


España y Cataluña se acentuó. Pero opina que no se perdió la guerra por
Cataluña como pretendieron imputar algunos, sino que la guerra precisamente
fue entorpecida por los sentimientos nacionalistas del gobierno republicano
español hacia los catalanes:

«En el caso de los catalanes ella se corresponde con un posición que ya no es


autonomista, sino separatista: ahora se hallan convencidos, duros como el
hierro, de que sus desgracias vienen de los errores castellanos, que, sin los
militares castellanos, ellos aún estarían en sus casas, en una buena república
democrática de izquierdas –de hecho, son los que la estuvieron manteniendo
mejor desde 1931–; y sobre todo que Negrín ha perdido la guerra porque se
enfrentó violentamente al alma catalana; y es necesario confesar que él ha
cometido numerosos errores, mostrándose intransigente en las cuestiones de
amor propio y ceremoniales, y en cambio dejando cosas esenciales en manos
de los políticos que lo traicionarían». (Rosa Congost; El joven Pierre Vilar,
1924-1939: Las lecciones de historia, 2018)

Por supuesto, ahora hay evidencias aún mayores de la posición imperialista de


Negrín sobre la cuestión nacional, sus amagos de capitulación, así como una
tendencia nacionalista en el propio PCE, que se desbordaría años después. Pero
en aquel entonces el único delegado de la IC que defendió un relato contrario,
entonando la denuncia de los desmanes de Negrín en la cuestión nacional, su
derrotismo, y de las dudas sobre algunas de las figuras del PCE en las relaciones
con el PSUC, sería Gerö [alias Pedro]. Él creía que los comunistas catalanes lejos
de haber hecho una concesión al nacionalismo catalán, lejos de haber seguido
una línea de separatismo y claudicación, habían llevado una lucha abierta contra
él, siendo los republicanos de Azaña los principales capituladores ante el
fascismo:

246
«Así los partidos republicanos en todo el país y sobre todo en Cataluña, que
eran antes de la guerra los más fuertes, desarrollan una actividad
considerable y muchas veces plantean la cuestión de la necesidad de la
hegemonía de los republicanos en la dirección de la guerra y del país [ilegible]
mucho más peligrosa puesto que entre los elementos republicanos [ilegible]
una corriente bastante considerable que es favorable a un compromiso con los
enemigos, o lo que prácticamente significa lo mismo, favorable a una política
más o menos abiertamente separatista de Cataluña respecto a la República
Española. El PSUC conduce una lucha enconada contra estas tendencias».
(Carta de «Pedro» [Erno Gerö] a «Queridos amigos», Barcelona, enero 1938)

De paso, el comunista húngaro echaba sobre las espaldas del PCE, y no sobre el
PSUC, la falta de comunicación entre ambos para coordinarse durante la guerra:
en concreto advierte sobre la actitud poco amistosa de Dolores Ibárruri con los
comunistas catalanes:

«Ahora, un miembro del Buró Político del PCE participa, en cada reunión del
CE del PSUC y viceversa. Además de esto, a veces, hay una participación
recíproca en las reuniones de los secretariados. Sin embargo esta colaboración
es todavía algo formal. Desearía someteros algunos hechos para apoyar mi
afirmación: los dos miembros elegidos en el CC del PSUC –Dolores [Ibárruri] y
Pepe [Díaz]– no han participado hasta ahora en ninguna reunión del CC (y
han habido cinco desde el mes de junio de 1937. Dolores, que ha tomado la
palabra en los rincones más alejados del país, no ha hablado en Barcelona en
los últimos dieciocho meses de guerra, salvo una vez –la última fue hace un
año–, a pesar de la insistencia por parte de los camaradas del PSUC. Todos
estos hechos, como muchos otros, no son fruto del azar, sino que lo queramos o
no tienen una significación política. Naturalmente todo esto hace muy difícil
conseguir que la línea política del PSUC esté en perfecta coordinación con la
línea política del PCE. Está muy claro que los camaradas del PSUC, su
dirección, deben hacer por su parte un gran esfuerzo para reforzar esta
adecuación cotidiana, y hay que decir que la mayoría de ellos están bien
dispuestos a ello, pero sería necesario que algunas de las dificultades que
todavía existen, fueran superadas. No quisiera que pensarais que
hay conflictos o tensiones en las relaciones entre los dos partidos. No, eso no
existe. Las relaciones se han reforzado y mejorado, pero me parece que como
el Buró Político del PCE se encuentra en Barcelona la ayuda dada al PSUC
debería ser mucho más eficaz». (Carta de «Pedro» [Erno Gerö] a «Queridos
amigos», Barcelona, enero 1938)

Era por tanto claro que a diferencia de delegados de la IC como Togliatti o


Minev, el representante húngaro Erno Gerö valoraba altamente el trabajo de
Comorera. Como hemos dicho en esto influiría que Gerö fue uno de los propios

247
consejeros del PSUC y es normal que pretendiera defender sus resultados, pero
los hechos del partido le otorgan la razón.

El conflicto entre ambas visiones [Togliatti-Minev y cia.] vs [Gerö] sería


permanente, exacerbando la cuestión no el PCE o el PSUC, sino al parecer los
propios delegados de la IC, recrudeciendo las luchas fraccionales entre los
partidos:

«La retirada del PCE y del PSUC de Barcelona ciudad estuvo acompañada de
acusaciones mutuas de cobardía y falta de resistencia. Minev, con el apoyo de
la cúpula directiva del PCE y de destacados cuadros dirigentes del PSUC
identificados con sus tesis como Vidiella o Pere Ardiaca, intentaron organizar
un congreso del PSUC para colocar a Pere Aznar en la secretaría general del
partido. Comorera consiguió abortarlo. Pero, como era de esperar, acrecentó
su enfrentamiento político y personal con Togliatti y Minev. El secretario
general del PSUC apoyó indirectamente la aparición de una nueva revista
teórica de la dirección del partido catalán, titulada Catalunya, que fue
censurada por Togliatti». (José Puigsech Farrás; El peso de la hoz y el
martillo: La Komintern y el PCE frente al PSUC, 1936-1943, 2009)

El propio Togliatti, pese a su inquina hacia Comorera, reconocía que era:

«Imposible trabajar para echar a Comorera, a causa entre otras cosas de su


popularidad». (Palmito Togliatti; Informe, 12 de mayo de 1939)

¿De dónde podía nacer la popularidad de Comorera? ¿De adoptar un


nacionalismo catalán? El nacionalismo pequeño burgués a mediados de 1936 se
mostró pusilánime a la hora de controlar y suprimir a tiempo la subversión
fascista, ante el alzamiento fascista no supo reaccionar, fue totalmente
desbordado por la iniciativa de las masas, así, reconociéndose incapaz de liderar
al pueblo contra el fascismo, se vio obligado a dejar su puesto a las
organizaciones obreras. ¿Acaso la popularidad de Comorera nació de imitar el
aventurerismo anarquista? En la Cataluña de mediados de 1937, el anarquismo
que había sido el dueño de Cataluña durante un año, se mostró incapaz de
organizar la economía para la guerra, de crear un ejército eficaz, se había
dedicado a implementar por la fuerza el «comunismo libertario» en varios
pueblos y comarcas con los consiguientes enfrentamientos armados de la
población y las disculpas formales de las asociaciones anarquistas, por ende, el
anarquismo había sido rechazado por las masas, tras su levantamiento fallido
junto a los trotskistas en contra el frente popular durante mayo de 1937, jamás
volvieron a tener la importancia de antaño. La popularidad de Comorera y el
PSUC procedía de tener en todas y cada una de las cuestiones una postura
propia y coherente; en concreto, sobre la cuestión nacional destacó su solución
internacionalista y revolucionaria, diferentes al separatismo y capitulacionismo

248
del anarquismo y el nacionalismo. Si al lector le quedan dudas, sigamos con la
documentación histórica.

El propio Secretario General de la IC: Georgi Dimitrov, suponemos que


asombrado por los informes de sus delegados de la IC sobre la desorganización
en el trabajo en el PCE, recomendó que ante la incapacidad de los mandos del
partido y ante el estado crítico de la guerra, sería recomendable que varios
camaradas probados, entre ellos el líder del PSUC Joan Comorera, entrasen en
la máxima dirección del PCE, a fin de ayudar a estabilizar el trabajo:

«Por lo tanto, solo tres de los siete miembros del Buró Político del PCE son
capaces de llevar a cabo sus deberes de liderazgo. (…) Esto requiere el
fortalecimiento del Buró Político. Los camaradas español [el camarada José
Díaz] prevea la cooptación dentro del Buró Político de los siguientes
camaradas: Girola [miembro del CC], Manco (miembro del CC), Dieguez
[secretario del comité del partido en Madrid, miembro del CC], Palau
[secretario del comité del partido en Valencia, no miembro del CC], y
Comorera [miembro del CC y Secretario General del PSUC]». (Carta de Georgi
Dimitrov a Stalin; Sobre la situación actual y las tareas en España, 4 de
diciembre de 1938)

Comorera demostraría que a diferencia de muchos oportunistas como el propio


Togliatti o Manuilski que trataban de ascender en el escalafón de los partidos
comunistas y la IC a base de adulaciones, él era un hombre que tenía valentía
para decir lo que pensaba en cada momento, aunque fuese contradiciendo los
consejos de las grandes figuras soviéticas [Stalin] y la propia IC [Dimitrov], lo
que le granjeó la confianza de éstos durante aquellos momentos:

«El dirigente catalán también manifestó su identificación con el comunismo


soviético y aseguró que su partido era una organización comunista. Comorera
hizo uso de unas buenas dotes como orador y político, que le otorgaron la
confianza personal y política de Dimitrov y Manuilski. La participación del
catalán en el debate sobre la retirada comunista del Gobierno de la República
fue la constatación más evidente. Comorera expuso unas tesis contrarias a las
de Stalin y Dimitrov, pero coincidentes con las del PCE. El secretario general
del PSUC argumentó que la retirada sólo serviría para debilitar la presencia
comunista –en la que incluía el PSUC– en el aparato político y militar de la
República Española, daría alas a las críticas anarquistas y poumistas sobre el
derrotismo del PCE y el PSUC, no evitaría las acusaciones de Francisco Franco
sobre el control comunista de la República Española y, además, no serviría
para facilitar una entente entre el Gobierno soviético y británico, ni tampoco
ayudaría a un mejor entendimiento entre el Gobierno de la República y la
Generalidad. (...) La IC se sintió relativamente satisfecha con la evolución
ideológica que realizó el PSUC. (...) Así, la estructura interna del partido

249
catalán inició los primeros pasos de la unificación ideológica, ejemplificada
con un proceso de expulsiones por actos de indisciplina, inmoralidad y
cobardía entre abril y junio de 1938. Además, la vertiente organizativa del
centralismo democrático fue potenciada, sobre todo entre las organizaciones
de base. El componente nacionalista fue atenuado y el número de militantes de
procedencia obrera aumentó». (José Puigsech Farrás; El peso de la hoz y el
martillo: La Komintern y el PCE frente al PSUC, 1936-1943, 2009)

Esto desmonta el mito de que los comunistas eran marionetas de Moscú.


Comorera incluso denunciaría el burocratismo que existía entre algunas de las
cabezas visibles del comunismo internacional:

«La aparición de una serie de críticas por parte de Comorera y sus seguidores.
Estos últimos replicaron, criticaron y exigieron a la dirección del organismo
internacional una serie de preceptos que cuestionaban el buen funcionamiento
interno del organismo internacional. (...) 1) Descalificaron la sección nacional
de la IC en Francia. El PCF fue acusado de no dedicar suficiente atención a los
exiliados catalanes en el exilio y, sobretodo, de no reconocer el PSUC como un
partido comunista. El propio Manuilski fue recriminado por no haber
fomentado la difusión de los acuerdos adoptados entre Comorera y la
dirección de la IC entre las secciones nacionales del organismo internacional;
2) exigieron el reconocimiento del PSUC como sección oficial de la IC y el
establecimiento de un delegado permanente de Moscú en las filas del partido
catalán; 3) presentaron la llegada de los militantes del PSUC a la URSS como
un ejemplo de su voluntad para llevar a cabo la reeducación ideológica según
los parámetros establecidos por la IC; 4) difundieron las manifestaciones de
un pequeño sector de la dirección del PCE, concretamente Pedro Checa y
Vicente Uribe, favorables a mantener coyunturalmente la independencia del
PSUC respecto al PCE, para así garantizar la plena conversión del primero en
una organización comunista». (Jose Puigsech Farrás; El peso de la hoz y el
martillo: La Komintern y el PCE frente al PSUC, 1936-1943, 2009)

Aquí solo comentar que es dudoso que Uribe compartiera esa sensibilidad
viendo sus actuaciones posteriores, y que el autor seguramente se equivoque.

Esto que denunciaba Comorera sobre algunos líderes de la IC no era ninguna


novedad, ya años antes Dimitrov habría denunciado al propio Stalin el estado de
descomposición, rutina y burocratismo que observaba entre las instituciones de
la IC y algunos de sus más famosos líderes:

«Habiéndome familiarizado mejor con la situación en la Internacional


Comunista (IC), llegué a la conclusión de que algunos cambios deben tomar
lugar en el movimiento obrero internacional. (…) Requiere urgente revisión y
cambios en los métodos de trabajo en los órganos de liderazgo de la IC. (…)

250
Después de un intercambio de opiniones con los camaradas y líderes de la IC
me convencí de que un cambio es imposible sin la intervención directa y
asistencia del Buró Político del Partido Comunista (bolchevique) de la URSS.
Todo esto es lo más esencial como solución a estos problemas es complicado
por cierto conservadurismo y rutina burocrática incrustada en el liderazgo de
la IC, así como por las relaciones poco saludables entre los camaradas que
directamente participan en el liderazgo de la IC. (…) La necesidad del
fortalecimiento político-ideológico en general del liderazgo del movimiento
comunista». (Carta de Georgi Dimitrov a Stalin, 6 de octubre de 1934)

A lo que Stalin respondió:

«Estoy completamente de acuerdo contigo con respecto a la revisión de los


métodos de trabajo en los órganos de la IC, su reorganización y el cambio en
su composición. (…) Ahora la cuestión es concretizar las ideas [resumidas] en
tu carta». (Carta de Stalin a Georgi Dimitrov, 25 de octubre de 1934)

Es sabido que antes, durante y después de la guerra civil en España, el


Secretario General del PSUC Joan Comorera valoraría abiertamente lo que en
sus palabras significó –una «estimable ayuda» proporcionada por el Secretario
General del PCE, José Díaz, en especial su sensibilidad sobre la cuestión
nacional. Véase la obra de Joan Comorera: «José Díaz y la cuestión nacional» de
1942. En cambio, como vemos en su alegato de defensa contra la deriva de la
dirección del PCE en su obra: «Declaración» de 1949, criticaba duramente a
Dolores Ibárruri y otros miembros por su deshonestidad y su chovinismo
respecto al mismo tema.

Todavía en 1940, se decía desde el PCE que los vascos, catalanes y gallegos eran
una minoría nacional que habían resuelto solo parcialmente sus problemas
nacionales durante la II República:

«De los veinticuatro millones y medio de habitantes, siete millones pertenecían


a las minorías nacionales de Cataluña, el País Vasco y Galicia. El problema
nacional fue únicamente resuelto en parte por la República. Su solución
definitiva seguía todavía en pie». (España Popular; Nº11, 1940)

Ya en la posguerra, en 1946, un «nuevo» PCE ya sacaba a relucir una única


posibilidad para los pueblos en el futuro régimen postfranquista:

«Satisfacción a las legítimas aspiraciones nacionales de Cataluña, Euskadi,


Galicia, en el marco de una Federación Democrática de Pueblos Hispánicos».
(Nuestra Bandera; Nº6, 1946)

251
Esto era volver a las desviaciones del PCE previas a 1932, al camino del
nacionalismo y centralismo del PSOE, donde se negaba el derecho de
autodeterminación real y completa, que incluye el derecho a secesión o el
derecho a una federación con otros pueblos. Solución que debe de ser elegida y
no impuesta. Y como dijo Lenin polemizando con Rosa Luxemburgo:

«Si no lanzamos ni propugnamos en la agitación la consigna del derecho a la


separación, favorecemos no sólo a la burguesía, sino a los feudales y el
absolutismo de la nación opresora. Hace tiempo que Kautsky empleó este
argumento contra Rosa Luxemburgo, y el argumento es irrefutable. En su
temor de «ayudar» a la burguesía nacionalista de Polonia, Rosa Luxemburgo
niega el derecho a la separación en el programa de los marxistas de Rusia, y a
quien ayuda, en realidad, es a los rusos ultrarreaccionarios. (…) Formar un
Estado nacional autónomo e independiente sigue siendo por ahora, en Rusia,
tan sólo privilegio de la nación rusa. Nosotros, los proletarios rusos, no
defendemos privilegios de ningún género y tampoco defendemos este
privilegio. (...) No se puede ir hacia este objetivo sin luchar contra todos los
nacionalismos y sin propugnar la igualdad de todas las naciones. Así, por
ejemplo, depende de mil factores, desconocidos de antemano, si a Ucrania le
cabrá en suerte formar un Estado independiente». (Vladimir Ilich Uliánov,
Lenin; El derecho de las naciones a la autodeterminación, 1914)

Sin embargo, este PCE, ya liderado firmemente por Ibárruri [Pasionaria] y


Carrillo, no tardó mucho en comenzar a dejar de lado la postura de
«independencia forzada» y navegaba ya en las aguas del nacionalismo español
más rancio y descarado. Habían seguido el propio sendero de degeneración que
acabó por hacer del PSOE un partido chovinista español. El Caso de Comorera
en 1949 es una prueba fehaciente de esto. Las acciones del PCE incluyeron
artículos públicos para delatar su estancia y varios intentos de asesinato tanto
contra Joan Comorera así como contra sus seguidores dentro del PSUC en
Cataluña y en el exilio, según confesaron ex militantes del partido años después.

Esto no eran invenciones de Comorera. Las manipulaciones del equipo de


Ibárruri-Carrillo de los clásicos de la revolución sobre la cuestión nacional son
detectables en esta época. En la revista «Nuestro Tiempo» Nº4 de 1951, se
publica una serie de artículos de Stalin bajo el título «Stalin y la cultura
nacional». Uno de los extractos hace referencia al informe del líder soviético en
el XVIº Congreso del PC (b) de la URSS de 1930. Casualmente solo se citan las
referencias contra el «nacionalismo local» pero se suprimieron las partes que
declaraban que:

«¿Qué es, en el fondo, la desviación hacia el chovinismo gran ruso en la


situación actual? (...) Pasar por alto las diferencias nacionales de lengua, de
cultura, de modo de vida; es la tendencia a preparar la supresión de las

252
repúblicas y regiones nacionales; es la tendencia a vulnerar el principio de
igualdad de derechos de las nacionalidades y a desacreditar la política del
partido en lo que se refiere a dar un carácter nacional al aparato
administrativo, la prensa, las escuelas y otras instituciones estatales y
sociales. (...) La desgracia de nuestros desviacionistas consiste en que no
comprenden ni quieren comprender la dialéctica de Marx. (...) De ahí el peligro
del chovinismo gran ruso como el más importante en el partido en el terreno
de la cuestión nacional». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Informe
político del Comité Central en el XVIº Congreso del Partido Comunista
(bolchevique) de la URSS, 27 de junio de 1930)

Esto refleja un chovinismo español de la dirección del PCE, presentando a Stalin


como un chovinista ruso que solo combate el nacionalismo periférico.

En un artículo-suplemento titulado: «El Internacionalismo del Buró Político del


Partido Comunista de España», el PSUC de Comorera denunciaba el nuevo
carácter chovinista que estaba tomando el PCE, ya que para criticar los recientes
pactos hispano-estadounidenses de 1953, recordaba, distorsionaba y glorificaba
la lucha de España contra EEUU como cualquier chovinista simplón y rabioso
por la pérdida de las colonias de Cuba, Guam, Puerto Rico y Filipinas en 1898,
demostrando que el PCE pretendía mostrar una suerte de antiimperialismo en
1953, promocionando y defendiendo la estela del viejo imperialismo colonial
español, que por entonces albergaba varias colonias en África. Además, en el
mismo periódico se aprovechaba para denunciar la corruptela financiera de la
camarilla carrillista:

«La dirección del Partido Comunista de España (PCE), de manera patológica,


ha reiterado la glorificación de «los héroes de Santiago y de Cavite», ha vuelto
a hablar del «despojo inicuo del poderío colonial español», ha denunciado «el
inicuo tratado de París de 1899», y todo eso lo ha dicho el pasado 22 de
septiembre, a la luz del pacto Franco-Eisenhower, que ha venido a consumar
una venta que los pueblos hispánicos consideran una ignominia y a la cual
combatirán.

Compromisos, ciertamente, para denunciar, para los cuales nuestros pueblos


no tendrán necesidad de valerse de claudicaciones teóricas ni del filisteísmo de
una dirección política que hace escarnio de Marx cuando aboga por la
independencia de Irlanda o Polonia, de Lenin cuando afirma que «el centro de
gravedad de la educación internacionalista de los obreros de los países
opresores hace falta fijarlo necesariamente en la propaganda y en la defensa
de la libertad de separación de los países oprimidos», de Lenin que proclama
«el derecho y el deber de menospreciar y de calificar de imperialista y canalla
a todo socialdemócrata de una nación opresora que no desarrollase una
propaganda de este tipo».

253
Para el Buró Político del Partido Comunista de España no cuenta el ejemplo de
otros Burós Políticos de otros partidos comunistas que no sólo no se lamentan
por la pérdida de las colonias de sus respectivos países –o de la proximidad de
perderlas–, que, por el contrario, trabajan y luchan en el sentido de que los
cuerpos expedicionarios armados que practican una guerra colonial sean
devueltos a la metrópolis, pese al peligro de que sus colonias pasen a otras
manos imperialistas. De acuerdo con el principio de Marx y Lenin, de acuerdo
con el internacionalismo proletario, según indiquen las circunstancias, el
deber de todo comunista es defender los derechos de los pueblos a su libertad e
independencia, luchar consecuentemente contra todo poderío colonial, contra
todo tipo de imperialismo, comenzando por el de su propio país.

El Buró Político del Partido Comunista de España entiende las cosas de otra
manera: confunde internacionalismo proletario con el cosmopolitismo
imperialista que hace que todo sea supeditado –los derechos y la vida de las
naciones– a las ambiciones e intereses del país hegemónico, dominante,
opresor de los hombres y los pueblos que lo forman.

Es por eso que el Buró Político del PCE, para oponerse al pacto de ignominia
de Franco con Eisenhower, no puede estar insultando la memoria de los
patriotas cubanos y filipinos que fueron los únicos héroes de una guerra tan
justa para ellos como injusta por parte de los colonialistas españoles, resultado
plagado de todo un complejo nacionalista que se halla en las antípodas de la
educación marxista y que, cuanto más tiempo pasa, constituye la única razón
que explica por qué el Buró Político ha intentado destruir al Partido Socialista
Unificado de Cataluña (PSUC), por qué hizo quemar la edición catalana del
«Manifiesto Comunista», por qué ha insultado y calumniado al compañero
Joan Comorera, por qué ha hecho y dicho muchas otras cosas que harían
inacabable este Suplemento.

El Buró Político del Partido Comunista de España pretende borrar un crimen


con otro crimen y no puede comprender a Pi y Margall cuando éste considera
un gran bien para España el perder todas sus colonias. No encuentra otra
manera de combatir a los imperialistas de los Estados Unidos de
Norteamérica más que con los alaridos de los derrotados imperialistas
españoles del año 1898.

¿Es que no es bien explícito el hecho de que el Buró Político del PCE aunque en
documentos oficiales haga constar su respeto y su defensa a los derechos y a la
libertad de las nacionalidades hispánicas, en cambio, en conversaciones
privadas sus miembros puedan decir que «en esto de la nacionalidad catalana
hay mucha novela»?

254
¿Es que esta convicción, expresada por los ***** [borrado o ilegible] miembros
del Buró Político, no explica sobradamente todos los ataques, todas las
provocaciones, todas las agresiones contra el PSUC y sus militantes y
dirigentes, todos los insultos a la memoria de los verdaderos héroes de Cuba y
Filipinas, todas sus coincidencias con los colonialistas españoles?

¡Nosotros afirmamos que sí!

Y, por consiguiente, afirmamos que la actual dirección del Partido Comunista


de España es una dirección incapacitada para dirigir a la clase obrera
española. Porque una de las principales condiciones que se necesitan para una
tan alta misión es la de ser fiel al internacionalismo proletario, comenzando
por practicarlo en el propio país.

Y está probado que el Buró Político del PCE ha traicionado a este principio.

Unas preguntas inocentes al Buró Político del PCE. ¿Podría explicar a sus
militantes por qué aún no se ha expulsado al máximo dirigente de una
vuestras delegaciones más importantes del exterior al cual se le ha descubierto
una malversación de capitales equivalente a UN MILLÓN DE PESETAS,
cantidad que hay quien dice que si se averigua a fondo llegaría a DOS
MILLONES DE PESETAS?». (Treball (Comorerista); Nº126, 1953)

Comorera recordaba la postura de Pi y Margall frente al llamado desastre del


98:

«Es injusta, Carlos, toda conquista; imprudente y peligrosa la de apartadas


tierras. Debes conservarlas por la fuerza, regirlas por gobernadores más
absolutos que los mismos reyes y por mucho que te esfuerces en que
moderadamente se las trate no logras nunca sustraerlas a la expoliación ni a
la tiranía. (...) No nos debe pesar la pérdida de las colonias de América: casi,
casi debe alegrarnos. Lo que hemos de sentir es que no se las haya sabido
abandonar á tiempo y evitar guerras que nos han costado el sacrificio de más
de cien mil hombres, la ruina de una costosa armada y gastos que no
lograremos cubrir en muchos años. Nos ha sido fatal la impericia y la flojedad
de nuestros gobernantes, que sólo después de las derrotas de Cavite y de
Santiago han sabido desoír la voz de un falso patriotismo». (Francisco Pi i
Margall; Eusebio á Carlos, XCII, 14 de Septiembre de 1898)

La postura podrida del PCE sobre el antiimperialismo, se reflejaría sin duda en


el nuevo trato hacia la cuestión nacional dentro de la península, negando
finalmente el derecho de autodeterminación no sólo en la práctica sino también
en la teoría.

255
A estas alturas todo marxista-leninista sabe lo que supuso para el PSUC que
Joan Comorera polemizara en 1949 contra los carrillistas en torno a diversas
cuestiones centrales de la lucha de clases a nivel nacional e internacional. Los
resultados pueden ser condensados en dos partes.

Primero. La injusta expulsión de Comorera del PSUC y el posterior vergonzoso y


criminal vilipendio público acusándolo de agente del franquismo-titoísmo-
imperialismo, mientras Comorera consumía sus últimos días en las cárceles
franquistas.

«Todas las detenciones de comunistas realizadas en los últimos tiempos en


Cataluña son obra de Juan Comorera, al que denunciamos ante la clase obrera
catalana como agente policíaco. Obreros de Cataluña: Juan Comorera es un
provocador que durante nuestra guerra conspiró contra el Gobierno de
Negrín: Juan Comorera es un provocador cuyas actuales actividades es
entregar comunistas a la policía. Juan Comorera es un enemigo de la clase
obrera y como tal hay que tratarlo allá donde se encuentre» (Santiago Carrillo
en Mundo Obrero, 15 de septiembre de 1951)

«Los Juan Comorera son tipos de conciencia podrida, cuyos dientes ratoneros
se han mellado en el acerado tejido muscular del PCE. Engargantados como
capones en cebadero cantando las glorias del imperialismo, de cuyos
desperdicios se alimenta». (Dolores Ibárruri; Discurso en el V Congreso del
PCE, 1954)

«Carrillo y Antón propusieron al Secretariado la liquidación física de


Comorera. La propuesta fue aceptada y Carrillo encargado de la liquidación.
Carrillo envió a sus hombres para liquidarle al ir a cruzar la frontera. Pero
este, a última hora, cambió el lugar de paso». (Enrique Líster; Así destruyó
Carrillo el PCE, 1983)

Segundo. Con ello decapitaron al PSUC despojándolo de un excelente


organizador y el mayor experto teórico –de lo que el partido no se recuperaría
nunca–, con el objeto de promocionar a los carrillistas dentro del PSUC y
rehabilitar a los expulsados años antes, consolidando con ello un poder
suficiente que permitiría formalizar la absorción mecánica del PSUC oficializada
en 1954 –pese a que el PSUC había sido reconocido como partido independiente
por la Internacional Comunista–. Asegurándose con ello que el PSUC fuera en
adelante una sucursal catalana de la política del PCE, un seguidor-validador de
la teoría política revisionista de la «reconciliación nacional» defendida por el
binomio Carrillo-Ibárruri, una teoría que es un crimen histórico contra la lucha
de clases y especialmente un insulto para todos los combatientes tanto
españoles como no españoles que lucharon en la Guerra Civil Española contra el
fascismo nacional y extranjero.

256
Los revisionistas españoles y catalanes utilizaron años después la baza de que el
leninismo recomendaba no dividir a los obreros en varios partidos autónomos si
los obreros de momento convivían en el mismo Estado. Esto es cierto. Pero el
PSUC no era un partido «normal al uso», había sido aceptado por la
Internacional Comunista (IC), pese a que la IC no aceptaba dos partidos de un
mismo Estado. La razón fue su carácter específico: la unificación en un único
partido del proletariado, barriendo en la práctica al anarquismo y al
nacionalismo que dominaba Cataluña, y suprimiendo a las filiales
socialdemócratas que bajo los estatutos del PSUC basados en el centralismo
democrático impedían la formación de fracciones y divulgar sus teorías
reformistas –condición sine qua non que Dimitrov exigió para que los principios
comunistas prevalecieran en cualquier fusión u absorción–. Pero para empezar
no es cierto como también se ha vendido que Comorera «no promulgaba la
colaboración del PSUC con el PCE» o que negaba «una próxima unificación de
los partidos proletarios hispanos» en el futuro. Estas son unas acusaciones
falsas. Comorera veía que ya en un futuro, cuando los comunistas españoles
fueran capaces de crear el partido único del proletariado en España, como los
comunistas catalanes habían hecho en Cataluña con el PSUC, y cuando las
condiciones lo requirieran, y siempre bajo la permisión y voluntad no forzada de
cada partido, se podría hablar de iniciar la unificación de todos los partidos de
España en un único partido marxista-leninista de todos los pueblos hispanos:

«Hoy somos dos partidos, orgánicamente independientes, que dirigimos la


lucha cada uno en su territorio y con nuestra plena responsabilidad. Aunque
somos dos partidos tenemos la misma teoría, la misma línea política que
refuerza en común, el mismo Estado que hemos de conquistar y estructurar
juntos, el mismo enemigo que hemos de aniquilar juntos y una clase obrera
unidad por los mismos intereses y la misma línea histórica. Esta unidad
inquebrantable entre los dos partidos hermanos ha sido seguramente el mejor
instrumento que hemos tenido a lo largo de toda la historia de nuestra
durísima historia del partido en el proceso de bolchevización. Hemos de velar
por ella, por impedir que nada nos estorbe, que nada nos afecte, que nada
retarde indebidamente la futura unidad orgánica. Y hemos de comprender que
el día en el cual, de acuerdo con las exigencias de la lucha, el Congreso de
nuestro partido acuerde la fusión orgánica, la formación del Partido Único
Marxista-Leninista-Stalinista de toda España, será el día más glorioso de
nuestra vida y de nuestra historia: habremos creado las condiciones que nos
permitirán marchar hacia la solución de nuestros problemas básicos, de
clase y nacionales». (Joan Comorera; El camino de la victoria: Discurso
pronunciado en Perpiñán en ocasión del aniversario de la fundación del PSUC,
1947)

257
Pero claro, para empezar el PCE todavía no había logrado agrupar al
proletariado en torno a sí para crear un partido único del proletariado como
hizo el PSUC en Cataluña. Lo más cercano que estuvo fue en 1937. El líder del
PSOE de máximo renombre en aquel entonces, Largo Caballero, confesaría en
sus memorias que estuvo tentado de aceptar la idea de una unificación pese a
los estatutos y exigencias ideológico-organizativas que el PCE proponía, ya que
creía tener fuerza suficiente para hacerse con el control del nuevo partido y
marginar después a los comunistas sin necesidad de cumplir lo acordado. El
proletariado español estaba disperso entre agrupaciones de distinto tipo:
anarquistas, republicanas y socialdemócratas, las cuales pese a estar
desacreditadas, en su conjunto contaban todavía con suficiente influencia como
para hacer un bloque compacto contra el PCE en muchas cuestiones como se
demostró al final de la guerra. Si a eso se le suma el hecho no menos grave de
que el PCE había sido capturado paulatinamente desde 1942 por elementos
antimarxistas, el nuevo PCE trataba de absorber al PSUC sin ni siquiera
permitir que el PSUC tomara tal decisión en un congreso suyo, de hecho los
carrillistas al tomar el PSUC en 1949, ¡tardaron hasta 1956 en celebrar un
congreso formal de adhesión hacia el PCE! El objetivo del revisionismo
carrillista e ibarrurista era suprimir el carácter autónomo y revolucionario del
PSUC de Comorera y sus fieles, un acción que iba en contra de la misión
histórica de los comunistas hispanos y sus intereses, algo que los verdaderos
revolucionarios irían descubriendo y ante lo que no se doblegarían pese a las
amenazas y agresiones. Por tanto, la cuestión no versaba ya ni siquiera sobre si
el PSUC debía en un futuro unificarse con el futuro partido único del
proletariado de España, sino en defenderse de la absorción planeada por unos
revisionistas que habían caído en el chovinismo, el reformismo y el
gangsterismo.

Leyendo a los revisionistas modernos, hay una devoción hacia las siglas del PCE
absoluta, no distinguen entre el periodo de José Díaz y el siguiente:

«El PCE tardó 15 años en reorganizarse tras la derrota republicana alrededor


de un Congreso reunido en el exilio. No obstante el PCE seguía entonces
enarbolando la bandera de la autodeterminación nacional para los pueblos de
España [se cita el informe de Vicente Uribe al Vº Congreso de 1954]». (J.P
Galindo y Clemen A.; Analfabetismo teórico del socialchovinismo, 2019)

Esto certifica que estos dos señores, seguramente añejos revisionistas que se
esconden bajo estos pseudónimos, son verdaderos zotes en cuanto a
comprender la política real del PCE, o que como gente que ha caído en el
republicanismo pequeño burgués y el socialchovinismo, no ve problema en
dicho informe, incluso en tomar como ejemplo a Negrín, quién abanderaba pese
a todos sus innegables méritos una posición socialchovinista durante toda su
vida. Pero repasemos en extensión dicho informe de Uribe:

258
«¿Dónde está la fuerza que derrocará al fascismo? En primer término, la clase
obrera, los obreros de la ciudad y del campo, los campesinos, los pequeños
comerciantes e industriales, los grupos de la burguesía liberal y patriótica, los
empleados y funcionarios del Estado, los intelectuales y estudiantes, los
militares que sienten la vergüenza de verse obligados a servir a un régimen
maldito y desean, como la inmensa mayoría del país, vivir en una patria libre
y servir a una España democrática e independiente. (...) Somos republicanos
por principio, porque fieles y consecuentes partidarios y defensores de la
democracia, el régimen republicano-democrático asegura el poder soberano al
pueblo y al servicio del pueblo. Por eso propugnamos y defenderemos el
establecimiento en España de la República democrática parlamentaria. Y la
Constitución que defenderemos será la más democrática posible. (…) Un
ejemplo brillante de esto lo tenemos en Italia. El Partido Comunista y él
Partido Socialista tienen establecido un pacto de unidad de acción que ha
reportado grandes beneficios al pueblo italiano. (…) El Partido Comunista de
España es un defensor consecuente de los derechos nacionales de los pueblos. A
tenor con esto, defendemos los derechos nacionales de Cataluña, Euskadi y
Galicia, que deberán ser establecidos en la Constitución Republicana de
acuerdo con los intereses de los pueblos catalán, vasco y gallego, en el espíritu
de la amplia solidaridad y fraterna amistad de todos los pueblos hispánicos».
(Vicente Uribe; Informe sobre el 2º punto del día: el programa del partido,
1954)

Uribe pensaba que junto a la clase obrera y la pequeña burguesía, «los grupos
de la burguesía liberal y patriótica, los empleados y funcionarios del Estado, los
intelectuales y estudiantes, los militares que sienten la vergüenza de verse
obligados a servir a un régimen» podían ser las fuerzas que derrocasen al
fascismo y formasen parte del nuevo régimen. Los dirigentes del PCE se
consideraban ya entonces como los «defensores de la democracia, el régimen
republicano-democrático asegura el poder soberano al pueblo y al servicio del
pueblo. Por eso propugnamos y defenderemos el establecimiento en España de
la República democrática parlamentaria», es decir, aspiraban a una república
burguesa al uso, mientras prometían optar por una nueva Constitución, que
sería «lo más democrática posible». En el ámbito de alianzas, declaraban que se
fijaban en Italia donde veían un «ejemplo brillante» de «unidad de
acción» entre el «Partido Comunista y él Partido Socialista», es decir, tenían
como modelo a seguir las tácticas de frente basadas en un entendimiento entre
dirigencias y sin exigencias ideológicas de peso. Por último en la cuestión
nacional, declaraba que «El Partido Comunista de España es un defensor
consecuente de los derechos nacionales de los pueblos», y que defendían los
«derechos nacionales de Cataluña, Euskadi y Galicia», pero que éstos deberían
«ser establecidos en la Constitución Republicana», por lo que no se hablaba del
derecho a la autodeterminación, que incluye la separación de las naciones

259
oprimidas, sino de nuevo volver a la autonomía limitada de la antigua república
burguesa.

La línea reaccionaria sobre la cuestión nacional solo era, por tanto, uno de los
varios campos donde el revisionismo había hecho mella, pero no el único.

El artículo sobre la cuestión nacional de Uribe en 1938 no parece casual, ya que


serviría para presentar la visión de la cuestión nacional que abanderaba
Ibárruri-Carrillo. Uribe, debido a su debilidad en el carácter, sería usado en
1956 de cabeza de turco como «stalinista», como presunto responsable de los
excesos derivados del «culto a la personalidad».

Los bandazos del PCE (m-l) sobre la cuestión nacional

En los años 60 nacería el Partido Comunista de España (marxista-leninista)


precisamente como reacción a la traición de la dirección del PCE Carrillo-
Ibárruri a las ideas más básicas del comunismo. Para este nuevo partido la
postura inicial sobre la cuestión nacional sería la siguiente:

«España constituye actualmente UNA nación, y no una pluralidad de naciones


unidas tan solo por la existencia de un aparato estatal único y centralizado,
como equivocadamente creen algunos. Eso no excluye en modo alguno la
existencia de una serie de regiones con ciertas particularidades nacionales
más o menos acusadas, a las que se denomina nacionalidades». (Partido
Comunista de España (marxista-leninista); Acerca del problema de las
nacionalidades en España, 1969)

En este documento no se expresa en ningún momento el tono y estilo de la


Internacional Comunista, ni del PC de España de José Díaz, ni mucho menos el
de las tesis de Comorera y el PSU de Cataluña o Jesús Larrañaga y el PC de
Euskadi. En ese documento, no se habla del derecho de estos pueblos a optar
por la independencia estatal. Por ello, le pese a quien le pese, el análisis de la
cuestión nacional realizado por el PCE (m-l) durante sus tiempos de infancia
suponía un atraso evidente para el movimiento obrero. Esto lo decimos por
muchos de los viejos dinosaurios del actual PCE (m-l), que pretenderán
defender a capa y espada el honor del partido, aunque ellos hayan sido los
encargados de defenestrado en mil cuestiones.

Este triste trabajo del PCE (m-l) sobre la cuestión nacional corrió a cargo de
Lorenzo Peña como él mismo reconoce:

«El folleto Acerca del problema de las nacionalidades en España, escrito por
mí en 1968 –en su primera versión–, fue publicado después –en 1968 o 1969–
por las Ediciones Vanguardia Obrera –como un Cuaderno Marxista-

260
Leninista: Suplemento a Revolución Española, Nº 1–. El comité ejecutivo
aceptó publicarlo habiéndolo podado y expurgado. Varios fragmentos se
eliminaron». (Lorenzo Peña; Amarga juventud: Un ensayo de egohistoria,
2010)

Debe decirse que las concepciones políticas de Lorenzo Peña eran desviaciones
que en la mayoría de casos estaban bastante más a la derecha que la línea oficial
del partido. Dado que no podía imponer su visión en diversos campos, las
desavenencias y la frustración hicieron que abandonase el partido en 1972. De
hecho, pronto él mismo navegaría en aguas abiertamente socialdemócratas, y
desde entonces se ha dedicado a especulaciones filosóficas, declarándose como
un «socialismo no marxista» y profesar un «republicanismo republicano» (sic),
como veremos en otro capítulo.

Merece la pena repasar este texto porque hoy existen líneas políticas de partidos
revisionistas que han adoptado líneas similares.

Todo el texto está destinado a argumentar directa o indirectamente que España


era una nación compacta, que no existían otras naciones contenidas en el
Estado, y que por tanto, indirectamente se daba a entender que no se debía
hablar del derecho a separación de estos pueblos, derecho que como ya se ha
dicho, no se contempla en ningún momento.

Para argumentar tal idea se dejaban caer diversos argumentos altamente


confusos. Por ejemplo, se dice:

«Los habitantes de la mayor parte de las regiones españolas son de habla


exclusivamente castellana. E incluso en las regiones con particularidades
nacionales sólo un número ínfimo de personas del medio rural y, en general,
de aldeas apartadas no hablan el castellano. En cambio en algunas regiones,
particularmente en Euskadi, las lenguas vernáculas no son utilizadas, ni
siquiera conocidas, más que por una minoría de la población regional,
minoría, además, en descenso». (Partido Comunista de España (marxista-
leninista); Acerca del problema de las nacionalidades en España, 1969)

¿Lorenzo Peña consideraba acaso que estas zonas no eran naciones ya que en las
regiones con particularidades nacionales el idioma castellano no era
desconocido? Sí, eso es cierto. ¡Vaya sorpresa! ¿Quizás por el hecho de que
Castilla, como reino predominante intentó asimilar al resto de zonas de los otros
reinos cristianos o musulmanes que fueron unificando pacíficamente o por la
fuerza desde el siglo XII? ¿Quizás por decretos contra las lenguas no castellanas
como las que firmaron los «reyes y ministros ilustrados»? ¿Quizás por la
represión reciente en aquellos años 60 después de pasar la terrible dictadura de
Primo de Rivera y estar inmersos en la de Franco? Después el señor Peña cita

261
que el gallego, catalán y sobre todo el euskera eran idiomas en descenso.
Insistimos. ¿Acaso es lícito considerar que tras treinta años de fascismo, la
reducción del euskera supone el fin de una nación? Tampoco valdría como
argumento. Es más, como se vería después con el fin del franquismo y gracias a
las libertades del régimen posterior de índole democrático-burgués, y en
concreto con la instalación del Estatuto Vasco de Autonomía de 1979, en cuanto
el euskera tuvo una cooficialidad se fue extendiendo notablemente, sobra decir
del catalán como reconoce en el texto el propio Peña, ya era hablado
perfectamente por la mayoría de catalanes, mismo ocurría con el gallego.

Los ecuatorianos y españoles hablan el castellano, pero no son una misma


nación, en cambio los catalanes pueden conocer el castellano, pero suelen
hablar en catalán y no son parte de la nación castellana o española. Extrapolado
a otro ejemplo: un ucraniano en la época de Lenin o un polaco, podía saber ruso,
hoy pasa igual por la influencia de la URSS y las relaciones políticas, económicas
y culturales de Rusia con sus vecinos adyacentes, pero la mayoría sabe mejor o
directamente solo conoce su idioma original: el ucraniano o polaco, ninguno
forma parte de la nación rusa por conocer el ruso. De hecho, el sistema actual de
autonomías demuestra que en cuanto hay una leve prebenda en la cuestión
lingüística, los ciudadanos de las minorías nacionales del Estado –catalanes–,
eligen a sus representantes, que toman una política proactiva de defensa y
promoción de su lengua –el catalán–, que pone al idioma oficial del Estado –el
castellano– como cooficial, pero su estatus social acaba por detrás de la lengua
materna en instituciones y calle. Lo que indica la plena identificación con su
lengua de estos pueblos.

«Dentro de España, las tres regiones con particularidades nacionales más


destacadas –Cataluña, Euskadi y Galicia– suman –censo de 1960– unos ocho
millones de habitantes. Valencia y Baleares suman cerca de tres millones de
habitantes. En total, unos once millones, el 35'7 por ciento de la población
española según el censo –30 millones y medio de habitantes–». (Partido
Comunista de España (marxista-leninista); Acerca del problema de las
nacionalidades en España, 1969)

Bajo esta teoría Lorenzo Peña nos quiere vender sin decirlo abiertamente, que a
base de recuentos demográficos, podríamos tipificar que Cataluña, Euskadi y
Galicia no serían constituyentes como naciones, porque tendrían poca población
respecto al resto de España. Como si el número de habitantes fuese decisivo
¿Acaso no existen naciones de pleno derecho con poblaciones de poco más de
un millón de personas? El señor Peña parece que negaba esta evidencia:

«En la actualidad se puede calcular que la población española se aproxima a


los treinta y tres millones y que la población de Cataluña, Euskadi y Galicia
tomadas en su conjunto es de unos nueve millones, un 28 por ciento de la

262
nacional. Sin embargo, hay que tener en cuenta que ya antes de nuestra
guerra nacional revolucionaria contra el fascismo, el proletariado de Cataluña
no estaba formado exclusivamente por catalanes sino también, aunque
entonces muy minoritariamente, por inmigrados de otras regiones. (…) Por su
lado, el proletariado de Euskadi estaba formado en buena parte, ya antes de la
guerra, por castellanos, gallegos, etc. Y desde 1941 se ha visto engrosado con
unos 200.000 inmigrados de otras regiones». (Partido Comunista de España
(marxista-leninista); Acerca del problema de las nacionalidades en España,
1969)

Aquí tenemos otro argumento ajeno a todo sentido marxista. ¿Los emigrantes
del resto de España hacia estas regiones seguirían siendo «extranjeros»? Si
creemos esto, tendríamos que aceptar que todos los proletarios andaluces,
murcianos, mozambiqueños, sirios o franceses, siguieran siendo de estas
regiones o naciones, aunque transcurran décadas y generaciones completas,
como si mágicamente, en Cataluña a diferencia del resto de territorios, este
proletariado emigrante y sus generaciones venideras no sufrieran una
transformación y asimilación de la zona donde residen. No puede existir una
argumentación más metafísica.

Para entender los argumentos tan disparatados que aquí se anuncian,


podríamos hablar de los desconocimientos históricos y económicos del autor,
del chovinismo castellano que rezuman ciertos comentarios, así como la
influencia directa del maoísmo en sus textos, con el déficit que eso significaba a
la hora de aplicar el materialismo dialéctico a la cuestión nacional. Pero además
de todo ello, se evidencia introdujo en el partido la nefasta teoría metafísica de
que la burguesía del Estado no podría mutar del fascismo hacia el
democratismo-burgués. Esto repercutía en adelantar erróneamente lo que
podría ocurrir a estos pueblos bajo un régimen postfranquista. Si la asimilación
cultural hubiese durado más siglos, de forma continuada, los rasgos nacionales
de estos pueblos quedarían ocultos de la superficie, de forma que la conciencia
nacional de estos pueblos podría ser dañada severamente. Pero ni si quiera esto
elimina la existencia de los factores que hacen nación a una nación. El ejemplo
más claro es Galicia, donde existen rasgos nacionales pero no una conciencia
nacional, no por casualidad es una de las regiones donde las fuerzas más
tenebrosas del país tienen un gran apoyo político, donde los partidos
«constitucionalistas» y «españolistas» de derecha tienen un fuerte apoyo
político, y donde el nacionalismo gallego es residual todavía pese a que según las
encuestas oficiales la mayoría de gallegos se definen como más gallegos que
españoles, o gallegos y en segundo lugar españoles.

Al no considerar posible la idea de que la burguesía pudiera evolucionar hacia


una monarquía parlamentaria y otorgar ciertos derechos de importancia a estos

263
pueblos oprimidos nacionalmente, se quedaron desfasados ante los
acontecimientos que se sucedieron a no mucho tardar:

«En primer lugar, podría pensarse en una continuación de la dictadura de la


oligarquía, pero con modificación de sus formas de poder. (...) Es evidente que
un régimen neofranquista, regido por el borbónico parásito Juan Carlos. (...)
Un régimen de ese tipo no concedería más que, en el mejor de los casos, un
restablecimiento de la mancomunidad de diputaciones provinciales, o algo
muy parecido y totalmente insulso». (Partido Comunista de España
(marxista-leninista); Acerca del problema de las nacionalidades en España,
1969)

Efectivamente: estos pueblos con la monarquía parlamentaria juancarlista no


han obtenido completamente sus derechos nacionales, pero tampoco se puede
negar que ha habido una ampliación de sus derechos y libertades. Comparar el
actual Estatuto de Cataluña de 1979 con la Mancomunidad de Cataluña de 1914-
1924 como anunciaba Lorenzo Peña es por completo absurdo. Nadie en su sano
juicio podría comparar tampoco la situación actual de Cataluña y los catalanes
con la de la época fascista que España padeció bajo la bota del franquismo. En la
actualidad sólo los palmeros de la propaganda del nacionalismo catalán podrían
proponer contra toda evidencia que existe algo así. Claro es que pese a las
limitaciones democrático-burguesas que en la actualidad existen para que
Cataluña ejerza su libertad, su situación es exponencialmente distinta a la de
otras épocas. Vale decir que la limitación de las libertades es algo común dentro
de cualquier régimen democrático-burgués y más aún en aquellos estados que
contienen más de una identidad nacional. Como muestra un detalle. Solo hay
que recordar que la afamada II República Española (1931-1936). En el artículo 4
de su Constitución de 1931, si bien no prohibía la enseñanza de las «lenguas
regionales», no reconocía al gallego, catalán o vasco como cooficiales junto al
castellano, a diferencia de lo que ocurre en la Constitución de 1978 en el artículo
3 que incluso las considera «patrimonio cultural» que será objeto de especial
«respeto y protección».

La exposición de Lorenzo Peña en este panfleto sobre la cuestión nacional


expresa unas ideas sobre la cuestión nacional ligados a resabios de un viejo
pensamiento socialdemócrata, con las limitaciones que eso implica:

«Los problemas nacionales de Europa han sido y son un factor revolucionario


de lucha contra el imperialismo. En la medida en que los partidos de la II
Internacional degeneraron en partidos de «reformas sociales», se apartaban
de la lucha de clases, renegaban de la dictadura del proletariado, pasaban a
las filas de la contrarrevolución, la cuestión nacional que en un principio
anunciaban vagamente, se transformó en instrumento «ideológico» de
subordinación nacional al Imperialismo. (…) Nuestra experiencia es suficiente

264
para conocer a fondo la posición práctica de los socialdemócratas en la
cuestión nacional. El Partido Socialista Obrero Español, ha combatido a
sangre y fuego a Cataluña y Euskadi, las dos nacionalidades históricas
oprimidas y que han llegado a la madurez nacional». (Joan Comorera; Contra
la guerra imperialista y por la liberación social y nacional de Cataluña, 1940)

A consecuencia de estas concepciones pseudomarxistas de Lorenzo Peña sobre


la cuestión nacional, diversos grupos criticarían las posiciones del PCE (m-l).
Tomemos el ejemplo de la crítica que la Organización Marxista-Leninista de
España (OMLE), futuro núcleo del Partido Comunista de España
(reconstituido), realizaría en su artículo: «La cuestión nacional: Euskadi» y
«Vanguardia Obrera» de 1969.

Allí encontramos comentarios esperpénticos como:

«Ello sigue con una cita del camarada Mao Zedong que, pese a que su obra es
la más rica de todas las obras de los clásicos del marxismo-leninismo sobre el
problema nacional». (Organización Marxista-Leninista de España; Bandera
Roja, Nº3, 1969)

Esta sola frase constata el fanatismo maoísta de las agrupaciones de aquel


entonces, ¡que postulaban a Mao como una figura que había desarrollado en la
teoría y la praxis una obra sobre la cuestión nacional superior a la de Marx,
Lenin o Stalin!

Si el lector quiere leer sobre las posturas chovinistas de Mao en la cuestión


nacional, véase:

Véase la obra de Moni Guha: «Revisionismo contra revisionismo» de 1978.

Véase la obra de Enver Hoxha: «Reflexiones sobre China, Tomos I y II» de 1979

Pero hay que tener en cuenta que la OMLE también criticaría al PCE (m-l) por
no reconocer que:

«Euskadi como nación tiene el mismo derecho que no importa que otro pueblo
del mundo a su autodeterminación». (Organización Marxista-Leninista de
España; Bandera Roja, Nº3, 1969)

Poco después, citando al PCE (m-l), realizaría las siguientes anotaciones:

«No obstante la E.T.A. tiene muchos defectos. El más importante es su carácter


nacionalista-burgués separatista... [OMLE: Se dan cuenta ustedes que
«crimen»: nacionalista-burgués y 1 separatista! diríamos que habla Franco]...

265
Nosotros estamos por la permanencia de Euskadi en el seno de una república
democrático-popular y federativa de toda España [OMLE: Con lo cual no
estáis en contradicción más que con vosotros mismos, pues E.T.A. no considera
Euskadi como parte de España ni de Francia, sino como una nación al margen
de ambas]». (Organización Marxista-Leninista de España; Bandera Roja,
Nº3, 1969)

¿Qué conclusiones podemos extraer? En los documentos del PCE (m-l) al no


presentar por ningún lado el concepto del derecho de autodeterminación de las
naciones, ni considerar propiamente a Euskadi una nación, ni tampoco
considerar la posibilidad del derecho de formar un Estado propio, se estaba
equivocando claramente, estaba dando argumentos para que otros grupos que
cometían un oportunismo de izquierda en la cuestión nacional como la OMLE le
acusasen con razón de «derechismo», de chovinismo. Los errores propios daban
oxígeno a las organizaciones oportunistas. Esto también se vería cuando el PCE
(m-l) caía en errores izquierdistas sobre la cuestión sindical o militar,
aprovechándose de dichos fallos los grupos como PCE, ORT y PTE que
mantenían sonoras posturas derechistas en esas cuestiones para justificar su
posición. He aquí la importancia de tener una línea sólida y congruente con la
realidad, para no dar munición al enemigo.

Aunque en este punto concreto la OMLE tenía razón, sus líderes al tener un
nivel ideológico inferior no serían capaces de obtener ventaja de las debilidades
del PCE (m-l) para exponer una postura sobre la cuestión nacional correcta y
convincente. En ese texto, a la hora de explicar por qué Euskadi era una nación
solo se limitaba a hacer como la mayoría de organizaciones de la época: citar la
famosa cita de Stalin extraída de su obra «El marxismo y la cuestión nacional»
sobre los rasgos componen una nación, y afirmar, sin más explicación, que tales
rasgos se cumplían en Euskadi. Dicha fórmula vulgar y mecanicista también era
practicada por sus adversarios que no consideraban a Euskadi una nación, sino
parte de la nación española.

Pero la OMLE cometía un error mucho más grave: no entendía que los
marxistas respetan la libre elección de una nación a constituirse como Estado,
pero el marxismo jamás es separatista per se. De hecho en la cuestión de la
autodeterminación mantener un separatismo a ultranza en cualquier situación
es una miopía metafísica y nacionalista como denunciaba el PCE (m-l). Esto ya
lo explicamos extensamente en capítulos anteriores, e indica lo poco que habían
estudiado a Marx, Engels, Lenin, Stalin o al propio Comorera.

Stalin, refutando a los separatistas y diversos oportunistas que distorsionaban el


programa bolchevique sobre el derecho de las naciones a la autodeterminación,
diría lo siguiente:

266
«El referido punto del programa –el punto 9– habla de la libertad de las
nacionalidades, del derecho de las nacionalidades a desarrollarse libremente,
de la obligación del Partido de combatir toda violencia contra ellas. Hablando
en términos generales, el derecho de las nacionalidades, según el sentido de
este punto, no debe ser limitado, y puede llegar tanto a la autonomía y la
federación como hasta la separación. ¿Quiere esto decir que para el Partido
sea indiferente y por igual aceptable que una nacionalidad dada resuelva sus
destinos en cualquier forma, en favor del centralismo o del separatismo?
¿Quiere esto decir que solamente sobre la base del derecho abstracto de las
nacionalidades, «sin pronunciarse acerca del fondo de esta reivindicación»,
cabe recomendar, aunque sea indirectamente, a unas la autonomía, a otras la
federación y a otras la separación? La nacionalidad, decide sus destinos, pero
¿quiere decir eso que el Partido no deba influir sobre la voluntad de la
nacionalidad en el sentido de que ésta adopte la decisión que mejor
corresponda a los intereses del proletariado? El Partido está por la libertad de
conciencia, por el derecho de los hombres a profesar cualquier religión. ¿Se
puede deducir de aquí, que el Partido deba estar a favor del catolicismo en
Polonia, a favor de la religión ortodoxa en Georgia, a favor de la religión
gregoriana en Armenia, y que no deba luchar contra estas concepciones del
mundo?». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Hacia el nacionalismo,
1913)

Y en el campo organizativo, el separatismo nacionalista siempre ha reivindicado


que cada organización debía separarse en diferentes ramas según su
nacionalidad, lo cual va en contra del marxismo por razones obvias:

«Ved lo que ocurre en Rusia, ved cómo se portan los gran rusos con los
ucranianos. Como es natural, cualquier demócrata, sin hablar ya de los
marxistas, luchará resueltamente contra la terrible humillación del pueblo
ucraniano y reivindicará para él la plena igualdad de derechos. Pero debilitar
los vínculos y la alianza existentes hoy día, en el marco de un mismo Estado,
entre el proletariado ucraniano y el gran ruso sería traicionar abiertamente al
socialismo y equivaldría a seguir una política estúpida, incluso desde el punto
de vista de los «objetivos nacionales» burgueses de los ucranianos. (...) Si los
proletarios gran rusos y ucranianos actúan unidos, la libertad de Ucrania es
posible; sin esa unión no se puede hablar siquiera de libertad. (...) Los obreros
gran rusos y ucranianos deben defender juntos, estrechamente unidos y
fundidos –mientras vivan en el mismo Estado– en una sola organización, la
cultura general o internacional del movimiento proletario, mostrando
absoluta tolerancia en cuanto a la cuestión del idioma en que ha de realizarse
la propaganda y en cuanto a la necesidad de tener presentes en esta
propaganda las particularidades puramente locales o puramente nacionales.
Tal es la exigencia incondicional del marxismo. Cualquier prédica a favor de la
separación de los obreros de una nación con respecto a los de otra, cualquier

267
ataque contra la «asimilación» marxista, cualquier intento de oponer en las
cuestiones relativas al proletariado una cultura nacional en conjunto a otra
cultura nacional supuestamente única, etc., es nacionalismo burgués, contra el
que se debe llevar a cabo una lucha implacable». (Vladimir Ilich Uliánov,
Lenin; Notas críticas sobre la cuestión nacional, 1913)

Es por ello que:

«Los obreros no permitirán que se los divida mediante discursos empalagosos


sobre la cultura nacional o «autonomía cultural» Los obreros de todas las
naciones defienden juntos, unánimes, la total libertad y la total igualdad de
derechos, en organizaciones comunes a todos, y esa la garantía de una
auténtica cultura. (…) Al viejo mundo, al mundo de la opresión nacional, los
obreros oponen un nuevo mundo, un mundo de unidad de los trabajadores de
todas las naciones, un mundo en el que no hay lugar para privilegio alguno ni
para la menor opresión del hombre por el hombre». (Vladimir Ilich Uliánov,
Lenin; La clase obrera y el problema nacional, 1913)

Que unos presuntos «marxistas» proclamaran un separatismo intransigente


incluso cuando el proletariado estuviese en el poder, no solo era contrario al
internacionalismo proletario y al acercamiento entre los pueblos, sino que solo
era un reflejo de otras desviaciones que sufrían en otros campos:

«El viraje de los liquidadores caucasianos hacia el nacionalismo no es casual.


Hace mucho que comenzaron a liquidar las tradiciones del Partido. La
supresión de la «parte social» del programa mínimo, la eliminación de la
«hegemonía del proletariado» (v. «Diskussionni Listok», núm. 2127), la
proclamación del Partido clandestino organización auxiliar adjunta a las
organizaciones legales (v. «Dnievnik», núm. 9128); todo eso son cosas harto
conocidas». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Hacia el nacionalismo,
1913)

Con el tiempo, estas organizaciones separatistas suelen acabar haciendo piña


con su propia burguesía bajo tal pretexto u otro:

«Había, pues, razones para temer que el separatismo en el seno del partido
llevase al separatismo dentro de los sindicatos, que éstos se fraccionasen
también. Y así ha ocurrido, en efecto: los sindicatos se han dividido también
por nacionalidades. Y ahora las cosas llegan no pocas veces al extremo de que
los obreros checos rompan una huelga sostenida por los obreros alemanes o
luchen en las elecciones municipales junto a la burguesía checa contra los
obreros de nacionalidad alemana». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin;
El marxismo y la cuestión nacional, 1913)

268
Queda demostrado que en el punto concreto sobre cómo enfrentarse
regularmente a las ideas separatistas, el PCE (m-l) actuó correctamente al
combatir el nacionalismo separatista de una organización pequeño burguesa
como ETA (V Asamblea), ¡la cual se definía ideológicamente así misma en sus
comunicados como «nacionalista revolucionaria»! Como sabemos... tanto por
su teoría como su práctica, era vidente el desdén de los etarras por las luchas
obreras del resto del Estado. En varias ocasiones confesaron de forma
pragmática que siempre que creyesen que no tenían conexión directa con la
cuestión nacional vasca, dichos procesos les eran indiferentes. Pese a esto, la
OMLE y luego la PCE (r) pecaron de un extremo seguidismo hacia estas
organizaciones, la prueba está en que a diferencia del PCE (m-l), jamás le
dedicaron una crítica ideológica seria y extensa, siempre buscaron las simpatías
de los nacionalistas vascos, incluso pedirían el voto por sus agrupaciones como
vimos en el documento del PCE (r)/GRAPO. Hoy, sus restos, repiten la
tragicomedia de su incapacidad para influir sobre la población de aquellas
zonas, pidiendo el voto por la CUP y el nacionalismo catalán.

Tras la salida de Peña en 1972, la postura del PCE (m-l) en la cuestión nacional
fue evolucionando, y solo en parte, distanciándose de sus errores tempraneros
más burdos. Él lo reconocía así:

«Años después el PCEml publicará otro folleto titulado «El problema de las
nacionalidades en el marco de la revolución en España» Ediciones
«Vanguardia Obrera» de 1977, donde se han refundido párrafos y hasta
páginas enteras de mi texto de 1968; pero esas partes, escritas por mí, han
sido troceadas para ser insertadas en un contexto que les es ajeno y que resulta
incompatible». (Lorenzo Peña; Amarga juventud: Un ensayo de egohistoria,
2010)

Ya incluso en 1971 se rectificaron las posturas del folleto de Lorenzo Peña de


1969. En una publicación del FRAP, el frente promovido por el PCE (m-l),
podemos leer:

«El FRAP considera que son los propios pueblos de las nacionalidades quienes
deben elegir libremente y sin intervención exterior alguna su propio destino;
que el pueblo de cada nacionalidad debe tener la libertad de unirse o separarse
del resto de los pueblos de España». (¡Acción!; Comité Pro-Frente
Revolucionario Antifascista y Patriota, Nº5, mayo, 1972)

También en las publicaciones de los Comités Antiimperialistas Revolucionarios


(CAR), se comentaba sobre la cuestión nacional:

«Es cierto que a los obreros nos interesa estar unidos, unirnos todos en la
lucha. Y es precisamente para que esta unidad sea real, por lo que no podemos

269
imponerla por la fuerza. Precisamente porque las minorías nacionales han
sido oprimidas en lo que constituye su manera de ser, porque se les han
impuesto lengua, cultura, costumbres y leyes que no son las suyas, no podemos
nosotros emplear la violencia en este terreno. Nosotros queremos la unidad, sí;
pero que no la imponga por la fuerza una nación sobre otra; queremos una
unidad en que sean respetadas las diferencias que hay entre pueblos. El primer
derecho de un pueblo es el de disponer libremente de sí mismo». (Comités
Antiimperialistas Revolucionarios, Nº35, mayo-junio, 1971)

Sobre estos CAR, debido a la falta de información hay dudas sobre si era una
organización independiente o una organización satélite del PCE (m-l) –como las
ramificaciones juvenil, femenina y sindical, o los frentes creados del FRAP y la
Convención Republicana–, aunque los testigos directos reclaman que
efectivamente así era. De hecho los CAR tiempo después se integraron en el
FRAP. Leyendo sus publicaciones se puede detectar un lenguaje calcado al
utilizado por el partido, por lo que hay pocas dudas de que se trata de lo
segundo, siendo así esta posición de los CAR sobre la cuestión nacional
extensible al propio PCE (m-l), o al menos a un sector importante que llegaba a
extender sus ideas en los frentes que manejaba el partido.

La propuesta del PCE (m-l) destacaba en aquellos años por apelar a la directa
independencia de territorios colonizados, mientras que para el resto de los
territorios con «particularidades» proponía el derecho a secesión, aunque
deseaba –retomando como los republicanos y progresistas del siglo XIX– la idea
de la integración voluntaria en un modelo federalista para las regiones
peninsulares:

«Derecho para los pueblos de las distintas nacionalidades de España, de


decidir sus propios destinos. El partido teniendo en cuenta los intereses de
todos los pueblos de España, propugna para las distintas nacionalidades un
régimen de auténtica y real igualdad de derechos y deberes, en el marco de la
República Democrática Popular y Federativa. (…) Evacuación de las tropas
españolas y del aparato administrativo colonial que la dictadura tiene
establecido en los territorios de África que hoy ocupa. Devolución a sus
respectivos pueblos, de estos territorios». (Partido Comunista de España
(marxista-leninista); Línea política y programa, 1973)

Por aquellos tiempos el PCE (m-l) reconocía que:

«En Euskadi, un gran número de luchadores se han incorporado al combate


contra el franquismo y el imperialismo yankee sobre la base del legítimo
sentimiento nacional atropellado por ambos. Esta incorporación se ha hecho,
fundamentalmente, bajo la dirección de la pequeña y mediana burguesía
nacionalista, ya que los revisionistas abandonaron la bandera revolucionaria

270
de las luchas de las minorías nacionales por su autodeterminación, y porque
nuestro partido, durante toda una etapa no ha sido lo suficientemente fuerte,
en el terreno organizativo, para canalizar y dirigir de manera directa al grupo
del inmenso potencial antifascista y antiimperialista de esta lucha –aunque la
contribución ideológica y política ha sido fundamental para encauzarla–».
(Partido Comunista de España (marxista-leninista); Formas y variedades del
revisionismo moderno en España: «Komunistak» –actualmente Movimiento
Comunista de España–», 1972)

En la declaración fundacional de la Convención Republicana de los Pueblos de


España (CRPE), otro frente creado por el PCE (m-l), se pasa calificar a España
como un Estado multinacional:

«La convención reafirma el hecho histórico del carácter multinacional del


Estado Español». (¡Acción!; Frente Revolucionarios Antifascista y Patriota,
Nº34, 1976)

En las publicaciones de la Convención Republicana podemos ver como se


conmemoraba el 25 de julio como «Día de la Patria Gallega» pidiendo «por el
derecho de la autodeterminación».

El PCE (m-l) oficialmente nunca dejó de considerar en sus siguientes


publicaciones que España era una sola nación:

«Resulta innegable para cualquier persona mínimamente conocedora de la


historia de España y de su realidad actual, que las distintas regiones y pueblos
de España constituyen indiscutiblemente un Estado y una nación llamada
España». (Elena Ódena; ¿Autonomías o reinos de taifas?, 1979)

Esto mostraba una indudable confusión sobre la cuestión nacional, diciendo


una cosa bajo tu frente y otra bajo tu denominación oficial.

Si en el folleto sobre la cuestión nacional escrito en 1969 por Lorenzo Peña


existían varios argumentos burdos e imperdonables para un partido marxista-
leninista, en el nuevo folleto de 1977 también dejaba muchísimo que desear en
cuestiones clave.

Una de las razones metafísicas que se daban para determinar si estas regiones
constituían o no naciones, era el hecho de que:

«Los rasgos de España como nación y no tan sólo como un Estado formado
por varias naciones, se han venido formando en los últimos siglos, y
principalmente los últimos 100 años. (…) Sin que ninguna clase social de
ninguna de las nacionalidades haya optado por levantar su propio Estado. (…)

271
Conviene puntualizar, que en esta lucha, ni la burguesía catalana, ni la vasca,
ni tampoco gallega, han expresado, a través de los movimientos nacionales, el
interés de construir un Estado propio». (Partido Comunista de España
(marxista-leninista); El problema de las nacionalidades en la perspectiva de la
revolución en España, 1977)

En primer lugar, aquí el PCE (m-l) usaba el vago argumento de que España es
una nación simple y llanamente porque en los últimos cien años no había
surgido otro Estado independiente de sus entrañas, lo cual sería lo mismo que
proclamar que la nación ucraniana o polaca no existían en 1917 porque nunca se
habían constituido como Estado o hacía largos siglos desde tal hecho. Stalin
critica tal propuesta en su obra: «La cuestión nacional y el leninismo» de 1929.

El segundo argumento era que las burguesías de esas regiones no habrían


reclamado posiciones separatistas, algo que no era cierto como vimos en los
anteriores capítulos, ya que tales reclamaciones existían desde mucho antes de
1977 y cada vez eran más mayoritarias, pero si existía alguna duda de la
tendencia que está tomando, hoy la realidad ha disipado toda duda, al menos en
el caso catalán y vasco. De todos modos, la existencia de un separatismo o de un
federalismo en la tendencia nacional no cambia la existencia de la nación, por lo
que el separatismo no puede ser una prueba definitiva ni mucho menos.

«A lo largo de las luchas políticas y con el desarrollo de la burguesía se han


reforzado los vínculos de todo tipo –comerciales, económicos, culturales,
políticos, etc.– entre las diversas nacionalidades de España, se ha unificado el
mercado en gran medida y han desaparecido gran parte de los obstáculos
nacionales. (...) La oligarquía financiera e industrial vasca y catalana, así
como los clanes oligárquicos de Galicia. (...) Han acelerado el proceso mutuo
de entrelazamiento y fusión con el resto de la oligarquía financiera». (Partido
Comunista de España (marxista-leninista); El problema de las nacionalidades
en la perspectiva de la revolución en España, 1977)

El tercer argumento era aún más falaz y mostraba un desconocimiento


histórico-económico. Se habla que la burguesía catalana, vasca y gallega estaría
conectada con la del resto de España hasta el punto que el desarrollo ha hecho
que ya sean lo mismo o prácticamente lo mismo, que habrían formado una
misma oligarquía. Un entresijo más o menos pronunciado de vinculación
económica interregional se ha dado siempre. Esto también ocurre cuando
hablamos de la cuestión nacional: dicha conexión se da irremediablemente
entre la nación opresora con la nación oprimida, solo hace falta echar una
rápida ojeada a los hechos históricos tanto modernos como contemporáneos:
véase los lazos de las clases explotadoras austriacas con las húngaras, las
otomanas con las albanesas, las rusas con las polacas, las inglesas con las
escocesas, galesas o irlandesas, etc. Es decir, se ha dado tanto en casos donde la

272
nación oprimida tiene ciertos núcleos de importancia económico –Cataluña,
Escocia– como en zonas donde la nación oprimida tiene un evidente atraso de
las fuerzas productivas –Irlanda, Albania–.

Stalin ya explicó con la cuestión georgiana que esta deriva histórica de las clases
explotadoras es del todo normal:

«Existió, por ejemplo, en nuestro país, la llamada «cuestión nacional» de la


nobleza, cuando –después de la «incorporación de Georgia a Rusia»– la
nobleza georgiana sintió lo desventajoso que era para ella perder los viejos
privilegios y el poderío que tenía bajo los reyes georgianos, y, considerando
que la condición de «simples súbditos» era afrentosa para su dignidad, anheló
la «liberación de Georgia». (...) En efecto: el desarrollo de la producción
mercantil, la abolición del régimen de la servidumbre, la fundación del Banco
de la nobleza, la agudización de los antagonismos de clase en la ciudad y en el
campo, el movimiento creciente de los campesinos pobres, etc. asestaron un
golpe mortal a la nobleza georgiana y, junto con ella, al «nacionalismo
monarco-feudal». La nobleza georgiana se escindió en dos grupos. Uno de
ellos renunció a todo «nacionalismo» y tendió la mano a la autocracia rusa,
para, a cambio, recibir de ella puestos lucrativos, crédito barato y aperos de
labranza, para que el gobierno la defendiese de los «revoltosos» del campo,
etc. El otro grupo de la nobleza georgiana, más débil, se alió con los obispos y
archimandritas georgianos y, de este modo, cobijó su «nacionalismo»,
desechado por la vida, bajo el ala del clericalismo. Ese grupo se dedica con
gran entusiasmo a restaurar las iglesias georgianas derruidas, «monumentos
de la pasada grandeza» –¡ése es el punto principal de su «programa»!–.
(...) La burguesía georgiana quería proteger el mercado georgiano con una
barrera aduanera, expulsar de este mercado por la fuerza a la burguesía
«extranjera», elevar artificialmente los precios de las mercancías y
enriquecerse por medio de semejantes manejos «patrióticos». (...) Sólo el
proletariado podía infundir vida al castrado «patriotismo» de la burguesía.
Había que ganarse al proletariado: y aquí aparecieron en escena los
«nacionaldemócratas». Mucha fue la pólvora que gastaron en rebatir el
socialismo científico, mucho lo que injuriaron a los socialdemócratas;
aconsejaban a los proletarios georgianos que se apartaran de ellos,
ensalzaban al proletariado georgiano y procuraban convencerlo de que, «en
interés de los propios obreros», fortaleciese de alguna manera a la burguesía
georgiana. Suplicaban insistentemente a los proletarios georgianos: no
arruinéis a «Georgia» –¿o a la burguesía georgiana?–, olvidad las
«discrepancias internas», haced amistad con la burguesía georgiana, etc.
(...) ¡Pero fue en vano! Los cuentos zalameros de los publicistas burgueses no
lograron adormecer al proletariado georgiano. Los ataques implacables de los
marxistas georgianos –y, sobre todo, las potentes acciones de clase, que
fundieron en un solo destacamento socialista a los proletarios rusos, armenios,

273
georgianos y de otras nacionalidades–, asestaron a nuestros nacionalistas
burgueses un golpe demoledor y los expulsaron del campo de la lucha. «Para
rehabilitar su desprestigiado nombre», nuestros patriotas fugitivos tuvieron
que «cambiar, por lo menos, de color», que disfrazarse, por lo menos, de
socialistas, ya que no podían asimilar las ideas socialistas. (...) La autocracia
persigue de una manera bandidesca la cultura nacional, la lengua, las
costumbres y las instituciones de las nacionalidades «alógenas» de Rusia.
(...) ¿Cómo deberá proceder entonces nuestro Partido? Precisamente para
estos posibles casos ha sido incluido en nuestro programa el artículo 9;
previendo precisamente la posibilidad de tales circunstancias, se concede a las
nacionalidades el derecho de procurar resolver sus asuntos nacionales de
acuerdo con sus deseos –como, por ejemplo, «liberarse» completamente,
separarse–». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Cómo entiende la
socialdemocracia la cuestión nacional, 1904)

En los escritos de la Internacional Comunista existe toda una serie de textos


hablando de dicha cuestión.

En España el proceso de interrelación de las noblezas y burguesías se puede


rastrear desde mucho antes, tanto a nivel regional como a nivel de lo que luego
van a ser las regiones con reivindicaciones de tipo nacional:

«Vinculación de esta burguesía en sus lugares de origen. Se trata de una


vinculación resuelta en varias dimensiones. En lo que respecta al plano
inmobiliario con la adquisición de tierras, en el plano simbólico con la
construcción de residencias y el papel de mecenazgo de la vida local, que
incluye actividades benéfico-caritativas bajo el rótulo de la cultura o de la
estabilidad social. Pero el rasgo más interesante son las vinculaciones de tipo
moderno. (…) Las élites del dinero en la España del siglo XIX tienen un
denominador común: su tendencia a ubicarse en Madrid en tanto que capital y
al cobijo del Estado. (…) Poseer un patrimonio próximo a los 50 millones de
reales es un rasgo que caracteriza a esa gran burguesía con residencia en
Madrid, que no rompe sus marras con sus lugares de origen. (…) Para la
fachada cantábrica, Andalucía o incluso Cataluña, resulta extraño que un
gran patrimonio supere la barrera de los 10 millones de reales; en cambio en
Madrid es habitual. (…) Gozan, pues, de una situación económica inalcanzable
para otros miembros de la burguesías españolas, ni tan siquiera la vasca o
catalana. (…) Se producen asociaciones complejas que ligan a su vez zonas
geográficas del país. (…) Francisco de las Rivas, marqués de Mudela. Sus
inversiones vinícolas en La Mancha, sirvieron de palanca para sus inversiones
siderúrgicas en la cuenca del Nervión. (…) Esta burguesía genera pues una
doble cultura económica: el rentismo y la inversión productiva. (…) Es
observable una mayor presencia de la élite económica catalana en los centros

274
de poder de la capital del Estado a finales de siglo». (Ángel Bahamonde Magro
y Jesús A. Martínez; Historia de España siglo XIX, 2005)

Hay que anotar que pese a que es cierto que la burguesía catalana o vasca
cosechó un notable éxito y prestigio económico que reforzó los inicios de sus
movimientos nacionales, por razones obvias, la burguesía castellana con sede en
Madrid gozaba de una posición mucho mayor.

La clase obrera catalana solo ha tenido fugazmente el liderazgo de la mayoría de


catalanes bajo la dirección del Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC)
dirigido por Joan Comorera durante 1937-1949. Después de ese periodo
ninguna otra organización ha tenido suficiente influencia y autoridad como para
plantar cara al nacionalismo catalán burgués o pequeño burgués. Es más,
gracias a la irrupción del revisionismo de Ibárruri-Carrillo en el PSUC en 1949 y
su posterior proceso de decadencia, se revivió al nacionalismo catalán en el
exilio, el cual estaba desacreditado y desorganizado. Tras el franquismo y la
reorganización del nacionalismo catalán burgués, hoy sigue existiendo esa
bifurcación de las clases explotadoras entre un campo favorable a la integración
con la nación opresora y otro que defiende la libertad e identidad de la nación
oprimida, la diferencia fundamental es que la burguesía catalana nunca ha
tenido tanta fuerza ni sido tan favorable a la secesión como hoy por razones ya
explicadas. ¿Ha impedido esa división entre la burguesía catalana para que
dentro del sistema de las autonomías se desarrolle económicamente, imprima
su cultura entre la población, y sea hoy dentro de las reivindicaciones
nacionalistas, y en particular de las independentistas, la clase social con más
poder de convocatoria? Solo un miope político negaría tal obviedad. ¿Es un
movimiento «vendepatrias» que realmente no lucha por la soberanía nacional y
que ha dejado tirado al pueblo catalán en sus demandas tanto nacionales como
sociales? ¡Por supuesto!, ¿Y qué esperar de la burguesía en materia nacional
bajo la era del imperialismo? Pero el denominado movimiento consecuente que
algunos chovinistas españoles exigen a Cataluña no existe actualmente ni en el
movimiento político nacional catalán ni en ninguna parte de España. La
hegemonía burguesa y el falso patriotismo son exactamente igual de
predominantes en ambos lados del Ebro.

Este tipo de planteamientos absurdos para negar el carácter de Cataluña son el


resultado de no entender la cuestión económica en la cuestión nacional.
Pretender que es necesario que se consolide sin trabas el mercado interno de
una nación, y que para ello es necesario tener un Estado propio es un error
metafísico que Stalin ya condenó. La historia demostró que los polacos,
ucranianos o kazajos no necesitaron tal cosa para desarrollar su fisonomía
nacional tras ser absorbidos por el zarato ruso –ponemos estos tres ejemplos ya
que cada nación tenía una economía predominantemente industrial, agrícola y
ganadera respectivamente–. ¿Acaso Cataluña no ha desarrollado durante siglos

275
sus propias formas de propiedad de la tierra, su famosa industria y comercio
dentro de España y en cambio no se parece en nada a ninguna otra zona de
Castilla? ¿Tenía algo que ver el paisaje económico de los 70 de la industria
catalana con el paisaje eminentemente agrícola manchego o extremeño? ¿Acaso
históricamente los catalanes no han enfocado su mercado hacia el Mediterráneo
mientras Castilla lo hizo hacia el Atlántico? ¿Acaso un proceso normal como la
emigración internas proveniente de zonas atrasadas como Murcia, Extremadura
o Andalucía ha hecho mella en la identidad catalana, o más bien estos se han
asimilado al catalanismo? Son debates estériles a estas alturas.

Pese a no considerar a España un Estado multinacional, a finales de los 70


desde el PCE (m-l) se tenía en cuenta ya el derecho a la independencia de las
regiones con innegables movimientos nacionalistas:

«El pueblo vasco, al igual que los demás pueblos de España carecen todavía de
los derechos y las libertades necesarias para poder pronunciarse libremente en
relación con el derecho a la autodeterminación, e incluido el derecho a la
independencia, preconizada por algunos sectores vasquistas». (Elena Ódena;
El estatuto de Guernica o el consenso con salsa vasca, 1979)

En líneas generales se mantiene estático el concepto de que estas regiones no


son naciones como tales, pero extrañamente se evoluciona hasta contemplarse
que estos pueblos tenían en el ejercicio del derecho de autodeterminación, y
como tal, incluían el derecho a la independencia. Un nuevo bandazo
incomprensible para muchos, pero que ciertamente suponía un avance frente a
las viejas concepciones que en nada ayudaban a acercarse a las masas de
aquellas zonas. Es aquí cuando vemos nacer los mejores artículos del partido
sobre la cuestión nacional:

«Estamos por el derecho democrático a la autodeterminación hasta sus


últimas consecuencias, la independencia, siempre que el pueblo, libremente así
lo exprese. Pero como toda fuerza política, defendemos y luchamos por una
opción propia. Nuestra opción, la opción de los comunistas marxista-
leninistas, la opción que más interesa a la clase obrera y al pueblo es la
República Popular y Federativa. (…) Denunciamos y combatimos el actual
centralismo, heredado directamente del franquismo, que se ha disfrazado de
tómbola autonómica, en que, sólo se han visto beneficiados los intereses
oligárquicos y burgueses del PNV. (…) Denunciamos y combatimos también el
separatismo a ultranza, base política y objetivo confeso de ETA, así como sus
métodos y actividades terroristas». (Vanguardia Obrera; Nº436, 1983)

Por supuesto eso no significaba que el PCE (m-l) pasase a apoyar la idea de que
lo mejor para estos pueblos era la secesión como hacían algunas agrupaciones
nacionalistas y revisionistas, sino que ella era una opción que respetarían si los

276
pueblos libremente tomaban dicho camino, pero que su objetivo era en cambio,
trabajar, comprender y respetar la idiosincrasia de dichos pueblos para poder
lograr una unidad efectiva y armoniosa entre ellos. Por ejemplo, en el artículo:
«El separatismo de ETA hace el juego a la reacción». O en el artículo: «La
muerte de Txomin. El nacionalismo, única ideología de ETA», donde se
reiteraba:

«Más recientemente, el discurso de ETA se ha inclinado por hablar de


autodeterminación, tomando el concepto del marxismo. Bien, en eso podemos
estar de acuerdo. Los marxista-leninistas estamos por la autodeterminación
de Euskadi desde mucho antes de la existencia de ETA. Pero mientras para el
nacionalismo no hay otra salida a la autodeterminación que la separación y la
independencia, los marxista-leninistas propugnamos la solución federativa y
republicana como más conveniente a los intereses del proletariado de todo el
Estado. Sin embargo, si el pueblo vasco opta por la independencia,
respetaríamos tal decisión». (Vanguardia Obrera, Nº 581, 1987)

En el artículo: «Combatir el nacionalismo, fortalecer las posiciones de clase del


partido» de 1984 se escribía claramente para no dejar atisbo de duda de la
diferencia entre el PCE (m-l) y el resto de organizaciones sobre la cuestión
nacional:

«Nuestro partido tiene su ideología propia y diferenciada, la del proletariado,


y sus posiciones políticas y tácticas de lucha adecuadas. Insistir en la lucha,
pelear con uñas y dientes por arrebatar al nacionalismo y a la
socialdemocracia su influencia en la clase obrera y el pueblo». (Vanguardia
Obrera; Nº452, 1984)

Así se explicaba la interrelación entre la cuestión nacional y la lucha por los


derechos democráticos dentro del régimen democrático-burgués:

«Uno de los objetivos que podemos plantear también, junto a la cuestión de las
nacionalidades, es el derecho a la autodeterminación, que es también otro
aspecto en el que podemos confluir parcialmente y quizá, transitoriamente,
con algunas fuerzas de tipo nacionalista, y que supone un aspecto
importantísimo, concretamente en Galicia, Cataluña y Euskadi. Creemos que
nosotros debemos de ser los que encabecemos a nivel de todo el Estado, en toda
España, el principio de que este derecho de autodeterminación no solamente
incumbe a esos pueblos y constituye un hecho democratizante para esos
pueblos, sino que es un hecho democratizante y progresista para el conjunto de
los pueblos de España. El defender estos derechos, el defender, por ejemplo, la
cultura de esos pueblos, la lengua y todos sus derechos, también constituye un
elemento progresista y democratizante para todos los pueblos de España, y
también constituye un elemento para ir forjando en el pueblo la idea de la

277
unidad del pueblo y no de la división de los pueblos de España». (Elena Ódena;
Sobre la táctica unitaria del partido; Intervención en el IIº Pleno del Comité
Central del IVº Congreso del PCE (m-l), 1985)

Por tanto:

«Dados los estrechos lazos históricos, geográficos, económicos, culturales y


sociales existentes desde hace ya siglos entre los pueblos de Cataluña, Euskadi,
Galicia y los del resto de España, y los intereses comunes así creados, resulta
evidente que en el momento en que, después de derrocada la dictadura y
expulsado el ocupante yanqui, esos pueblos puedan libremente decidir de sus
propios destinos, lo harán permaneciendo unidos de manera autónoma en el
Estado español, popular y federativo». (Elena Ódena; ¿Qué fuerzas deben
formar el frente?; Serie de artículos publicados desde el número 43 al 54 de
Vanguardia Obrera, mayo de 1969 a febrero de 1971)

Paradójicamente, tiempo después, a finales de los 80 y con la muerte de Elena


Ódena, el PCE (m-l) pasó a hacerle el juego a formaciones nacionalistas
pequeñoburguesas como Herri Batasuna, incluso pedir el voto por ella, sin
realizar ninguna crítica ideológica como veremos más adelante. Así se cerraba
un círculo que iba desde la negación de la esencia del problema nacional, hasta
acabar transigiendo con sus ideas.

El PCE (m-l) seguía negándose a reconocer que España no estaba compuesta


únicamente por una nación y varias nacionalidades, sino por más de una
nación. Como anota en sus memorias, Lorenzo Peña conocía la figura de Joan
Comorera, y no sabemos si él y el resto de dirigentes del PCE (m-l) desconocían
o boicotearon su pensamiento adrede, porque desde luego no comulgaban al
100% con su pensamiento en su trato hacia la cuestión nacional.

Otra duda que nos asalta es la del historiador francés Pierre Vilar. Es por todos
conocidos que el PCE (m-l) mantenía una estrecha relación con él, llegando a
escribir una introducción a sus obras como se ve en «Vanguardia Obrera». ¿Por
qué entonces el partido no adoptó sus tesis sobre la cuestión nacional en
España? Sin duda su concepción era mucho más acertada que la de
Ódena/Marco e infinitamente más que las de Lorenzo Peña. Oiremos cosas
chovinistas como que Vilar no era español sino francés, por lo que «no podía
entender la idiosincrasia de aquí», pero la realidad es que Vilar ha sido un
historiador hispanista con un grado de investigación y conocimiento de España
mucho más profundo que la mayoría de «eruditos» historiadores españoles, ni
que decir ya en comparación con los «patriotas españoles» que desconocen la
historia básica de su país.

278
Lo cierto es que el PCE (m-l) con dicha intransigencia jamás tuvo una postura
científica sobre el problema nacional en España, a falta de mejores teóricos dejó
todo su entramado en un pseudomarxista con ínfulas de experto como Lorenzo
Peña. Sus principales dirigentes posteriores no comprendieron tampoco que los
cambios que se habían dado como consecuencia de la cristalización de
particularidades mucho mayores de las que se creían a priori; la evidente
consolidación de la identidad nacional como podía ser más evidentes en el caso
de Euskadi o Cataluña, no eran exageraciones de políticos e intelectuales, sino
una evidencia viva visto en: el desarrollo e influencia política del nacionalismo
de esas zonas, el auge cultural, la expansión del idioma. Incluso a consecuencia
de la consolidación del nacionalismo en los núcleos originarios, se volvería más
agresivo reivindicando antiguas zonas territoriales de influencia. Véase el
nacionalismo catalán con la idea de los «Països Catalans» y el nacionalismo
vasco con «Euskal Herria». Los panfletos del PCE (m-l) sobre la cuestión
nacional al no tener en cuenta todos estos cambios, muchas veces negaba lo
obvio, eso implicaba no poder granjearse nunca en estas zonas al proletariado,
que siempre cayó preso de las asociaciones nacionalistas, ya que no entendían el
discurso del PCE (m-l), y entre algunos trabajadores de hondos sentimientos
nacionales veían negados las opciones de sus derechos nacionales, como era por
ejemplo el derecho a constituirse libremente como Estado. Esto, lejos de unirlos
con el PCE (m-l), los hacía continuar siendo presos de la demagogia
nacionalista.

Actualmente es imposible negar que:

«Queda claro que, pese a la dominación castellana y los intentos de


asimilación, Cataluña ha logrado su propia consolidación identitaria pese a
siglos de represión. Por ende, ha sufrido una opresión nacional pero no
colonial. Opresión que se ha visto más agudizada en periodos históricos con la
irrupción de la dinastía de los Borbones, con Primo de Rivera o con Franco,
pero jamás ha sido nada parecido a una colonia, es más, la burguesía catalana
ha colaborado en estrecha coordinación con la española para sacar tajada del
sudor de los explotados incluso en estos periodos de mayor represión hacia
Cataluña. Las pugnas entre la burguesía catalana y española han versado
más sobre cuestiones económicas y fiscales que de otra índole. La diferencia
entre una opresión nacional y colonial no es un asunto baladí a la hora de
plantear la cuestión. Confundir una opresión colonial con una opresión
nacional, siempre lleva a fallar en las conclusiones del tema a tratar». (Equipo
de Bitácora (M-L); Estudio histórico sobre los bandazos políticos oportunistas
del PCE (r) y las prácticas terroristas de los GRAPO, 2017)

Este triste personaje que es Lorenzo Peña, en la actualidad niega el principio


federal como solución para los pueblos hispánicos argumentando que:

279
«El modelo federal sería una agravación de esa desigualdad que ya está
establecida y además introduciría de soslayo esas entidades puramente
artificiales salidas de la nada. (…) Yo prefiero el modelo jacobino francés, que
es centralista». (Crónica Popular; Entrevista de Sergio Camarasa a Lorenzo
Peña, 8 diciembre de 2014)

Lorenzo Peña, sumándose al revisionismo histórico de otros intelectuales de


izquierda, se ha apuntado a la moda de deformar el marxismo y su evolución
afirmando que está restaurando la verdad histórica del marxismo sobre la
cuestión nacional. Pero solo cuenta una parte de la película.

Se presupone que el modelo autonómico español actual de organización del


territorio es algo intermedio entre el federalismo y el unitarismo.

«Hay dos puntos que distinguen a un Estado federal de un Estado unitario, a


saber: que cada Estado integrante de la federación tiene su propia legislación
civil y criminal y su propia organización judicial, y que, además de la Cámara
popular, existe una Cámara federal en la que vota como tal cada cantón, sea
grande o pequeño». (Friedrich Engels; Contribución a la crítica del proyecto
de programa socialdemócrata, 1891)

Algunos podrían no ver muchas diferencias entre el modelo autonómico y el


federalismo. Pero hay una diferencia fundamental entre el modelo territorial
organizativo federalista y el de las autonomías. El modelo autonómico español
otorga autonomía para las regiones, pero niega la soberanía y libertad de como
se quieren articular desde el principio. Es decir, es una autonomía otorgada
desde el Estado central, no debatida: impuesta. Exactamente como el modelo
unitario que se suele caracterizar por imponer una uniformidad no por
consenso sino por coacción. El modelo federal que han defendido las
organizaciones revolucionarias históricamente es todo lo contrario, presupone
simplemente: un libre ejercicio de los destinos de los pueblos.

Sobre los errores producidos con el modelo autonómico como la desigualdad


territorial debemos decir que ello no es producto en sí del modelo sino del
sistema de relaciones de producción capitalista, ya que esto ocurre sin distinción
en todos los países más allá del modelo que adopten, es una ley inherente al
sistema económico, si la división internacional del trabajo conlleva una
desigualdad entre países, a menor escala sucede lo mismo en las regiones
internas de un Estado capitalista. El hecho de que Lorenzo Peña achaque este
fenómeno al modelo territorial de las autonomías solo puede ser una
confirmación más de que ya hace mucho tiempo desertó de las filas marxistas.

También es correcto que el actual modelo tiene errores de base como la división
territorial artificiosa, pero precisamente los principales valedores del

280
federalismo español como Pi y Margall ya denunciaban esto. Véase la denuncia
sobre la división territorial administrativa de 1833, de la cual han partido una
mayor fragmentación de territorios en provincias por motivos meramente
administrativos, por contentar o equilibrar desfases en otras regiones, etc.

Por otro lado, aquello que comenta aquí Lorenzo Peña de que es mejor la
implantación de una república centralista unitaria para España, de aplicarse
actualmente equivaldría a estimular más las voces independentistas en las
distintas zonas de la península y fuera de ella. Una idea suicida. Inicialmente los
bolcheviques eran los más acérrimos enemigos del federalismo ya que
consideraban que ello lastraba la unificación del proletariado, desconectaría
económicamente las regiones y podría hacer proliferar la mentalidad
regionalista y nacionalista. Este fue el pensamiento general del marxismo
viendo los resultados históricos del federalismo burgués y de los movimientos
federalistas pequeño burgueses como el anarquismo. Pero fue así hasta que los
bolcheviques, antiguos antifederalistas, reconsideraron dicha postura en 1917
como nos explica Stalin, entendiendo que no se podía ignorar la cuestión
nacional, ya que era una cuestión social real que no se podía saltar sin más, y
que para lograr una unificación futura de todo el proletariado, el federalismo era
un principio válido para el marxismo, un puente para amortiguar las diferencias
nacionales, tejer lazos de amistad y unión:

«En el libro de Lenin «El Estado y la revolución» de agosto de 1917, el partido,


en la persona de Lenin, da el primer paso serio hacia el reconocimiento de la
admisibilidad de la federación como forma transitoria «hacia una república
centralizada». (…) Esta evolución del punto de vista de nuestro partido en
cuanto a la federación estatal obedece a tres causas. Primera causa: al estallar
la Revolución de Octubre, muchas nacionalidades de Rusia se encontraban, de
hecho, completamente separadas y aisladas unas de otras, y por ello la
federación resultó ser un paso adelante para acercar, para unir a las aisladas
masas trabajadoras de esas nacionalidades. Segunda causa: las formas
mismas de federación que se perfilaron en el proceso de la construcción del
régimen soviético no resultaron ser, ni mucho menos, tan contradictorias a los
objetivos del acercamiento económico de las masas trabajadoras de las
nacionalidades de Rusia como lo pareciera en un principio; más aún, resultó
que no contradecían en absoluto a estos objetivos, como lo ha demostrado
posteriormente la práctica. Tercera causa: el peso específico del movimiento
nacional resultó ser mucho mayor y el camino hacia la unión de las naciones
mucho más complejo de lo que pareciera antes, en el período anterior a la
guerra o en el período precedente a la Revolución de Octubre». (Iósif
Vissariónovich Dzhugashvili, Stalin; Notas a la obra: Contra el federalismo de
1917, 1924)

El citado artículo de Lenin de 1918 es el siguiente:

281
«La República Soviética de Rusia se instituye sobre la base de la unión libre de
naciones libres, como Federación de Repúblicas Soviéticas nacionales. (...) Al
mismo tiempo, en su propósito de crear una alianza efectivamente libre y
voluntaria y, por consiguiente, más estrecha y duradera entre las clases
trabajadoras de todas las naciones de Rusia, la Asamblea Constituyente limita
su misión a estipular las bases fundamentales de la Federación de Repúblicas
Soviéticas de Rusia, concediendo a los obreros y campesinos de cada nación la
libertad de decidir con toda independencia, en su propio Congreso de los
Soviets investido de plenos poderes, si desean, y en qué condiciones, participar
en el gobierno federal y en las demás instituciones soviéticas federales».
(Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Declaración de los derechos del pueblo
trabajador y explotado, 1918)

Algo, por tanto, lógico:

«Nuestros adversarios, aun los que menos parecen distar de nosotros, han
llegado a creernos enemigos de la unidad; y conviene que entiendan que, si no
admitimos la que nace de la fuerza, estamos decididamente por la que es hija
del libre consentimiento, a nuestro entender el sólo vínculo racional entre los
hombres». (Francisco Pi y Margall; Las regiones de España, 12 de diciembre
de 1891)

En fin… para los anales de la historia quedarían las palabras de Pi y Margall


contra los enemigos del federalismo:

«Es la federación el mejor de los sistemas, ya que une y es capaz de unir todos
los pueblos de la tierra, sin que ninguno sufra quebranto de su libertad. Es la
federación corona y remate de la obra liberal, ya que emancipa a la par de la
nación las regiones y los municipios, hoy aún sujetos a la bárbara
servidumbre. Es la federación la que mejor resuelve el problema colonial, ya
que convierte las colonias en Estados autónomos sin disgregarlas de la
metrópoli. La aconsejan en todas las partes la política, la razón, humanidad, el
hombre; la aconsejan aquí, además, la índole y la constitución del reino.
¿Habrá pueblo más indicado para la federación que nuestra España, mezcla
de razas, de idiomas, de leyes, de aptitudes y de tendencias? El establecimiento
de la federación, se dice, podrá traer complicaciones. ¿Qué cambio político no
las trajo? Unitaria, ¿dejaría la república de traerlas? La federación no es
nueva en el mundo. Para establecerla no se ha de recorrer nuevas sendas.
¿Qué revolucionarios son además esos que se espantan ante las contingencias
de la revolución?». (Francisco Pi y Margall; Lecciones de controversia
federalista, [publicado post morten por su hijo Joaquín Pi i Arsuaga en 1931])

Estas palabras todavía resuenan.

282
¿Por qué el federalismo podría ser una opción viable para España? En esa línea
Lenin comenta sobre el federalismo, que existiendo un claro caso de cuestión
nacional, el federalismo no solo se puede contemplar, sino que es necesario:

«Engels, como Marx, defiende, desde el punto de vista del proletariado y de la


revolución proletaria, el centralismo democrático, la república única e
indivisa. Considera la república federativa, bien como excepción y como
obstáculo para el desarrollo, o bien como transición de la monarquía a la
república centralizada, como «un paso adelante» en determinadas
circunstancias especiales. Y entre esas circunstancias especiales se destaca la
cuestión nacional. (…) Hasta en Inglaterra, donde las condiciones geográficas,
la comunidad de idioma y la historia de muchos siglos parece que debían
haber «liquidado» la cuestión nacional en las distintas pequeñas divisiones
territoriales del país, incluso aquí tiene en cuenta Engels el hecho evidente de
que la cuestión nacional no ha sido superada aún, razón por la cual reconoce
que la república federativa representa «un paso adelante». Se sobreentiende
que en esto no hay ni sombra de renuncia a la crítica de los defectos de la
república federativa, ni a la propaganda, ni a la lucha más decididas en pro de
una república unitaria, de una república democrática centralizada».
(Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El Estado y la revolución, 1917)

¡¿Y acaso no se ve que en España tampoco se ha liquidado la cuestión nacional,


que no ha sido superada aún?! Solo el mayor de los zotes políticos podría
declarar eso cuando la cuestión nacional sigue ocupando una gran parte, la
mayor parte de las noticias políticas relacionadas con España junto al tema de la
corrupción.

283
V
El chovinismo español o el cosmopolitismo jamás ha
solucionado nada

La siguiente sección se verá como de no superar la enfermedad burguesa del


nacionalismo, los presuntos vectores «progresistas» hoy arrastran este mismo
lastre, cayendo en posiciones exactamente iguales a las de los reaccionarios,
razón por la que concretan alianzas vergonzantes.

El vergonzoso papel de las organizaciones reformistas en la cuestión


nacional

Aquí se comprobará una vez más que quien suele tener carencias ideológicas en
su nivel de formación estas suelen salir a flote más si cabe en la cuestión
nacional, y aquí nuestros reformistas no nos decepcionan.

La postura de IU/PCE

Tampoco haría falta detallar mucho cual ha sido el papel jugado por las otras
organizaciones reformistas en los últimos años, pero citaremos algunos casos
paradigmáticos:

«El PCE vuelve a plantear que un problema político qué lleva años enquistado
no puede tener otra salida que el acuerdo negociado, consensuado y
refrendado por el pueblo catalán. Por ello, la actual situación de confrontación
sin perspectiva de solución tiene que terminar de manera que se respete el
derecho de manifestación pacífica y de expresión de una parte considerable del
pueblo de Cataluña y desaparezcan las actuaciones desestabilizadoras, a la
vez que debe imponerse una respuesta política democrática que abra la puerta
al diálogo y a la negociación. Nada de ello será posible si no vuelve la
normalidad a las calles y plazas de las ciudades catalanas, evitando que la
actual anormalidad pueda beneficiar claramente a las opciones políticas de la
derecha en toda España en las próximas elecciones generales». (Partido
Comunista de España; Comunicado, 20 de octubre de 2019)

Ángeles Maestre, pese a ser militante de una pequeña organización ecléctica,


resume perfectamente el papel jugado por IU/PCE en su artículo publicado en
«El Público»:

«Están contando con el impagable, o no, apoyo de Alberto Garzón,


coordinador de IU y Paco Frutos, ex secretario general del PCE, reeditando el
papel de apagafuegos desempeñado por ambas organizaciones desde la
Transición ante situaciones que dificultaran el control por parte de las clases
dominantes. Esa función fue perfectamente identificada, ni más ni menos que

284
por un editorial de ABC que reflexionaba sobre los peligros de desaparición de
IU tras su fracaso electoral en 2004. Reconocía perfectamente este diario sus
intereses de clase y decía así: «El paisaje democrático español ofrece
históricamente un espacio claro a la izquierda del PSOE, donde debe asentarse
una formación que refuerce la centralidad política de la socialdemocracia y al
tiempo sirva como dique de contención para las tentaciones antisistema. IU ha
ejercido, desde su refundación a partir del viejo PCE, como factor de
estabilidad que ha cargado a sus espaldas con los distintos impulsos de
izquierda alternativa que se han ido configurando tras la crisis del marxismo
tradicional, evitando que se produzcan tentaciones escapistas y rupturistas al
margen de los cauces de la democracia. (ABC; IU bajo mínimos, 17 de marzo
de 2004). La obsesión de las clases dominantes, desde Franco hasta ahora, es
tratar de evitar que la clase obrera vuelva a descubrir la íntima vinculación en
el Estado de español entre la lucha contra la explotación y la de los pueblos por
sus derechos nacionales. (...) Las declaraciones de Cayo Lara, ex coordinador
general de IU negando el derecho del pueblo catalán a decidir su futuro
«unilateralmente porque forma parte del Estado y el resto de españoles
también tienen que opinar»