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En la Ventana

Hay siempre en la historia momentos en que la percepción que se tiene del


Universo cambia drásticamente. Creo que, de acuerdo a lo que he vivido, lo que
ocurrió fue eso: un gran replanteamiento de la realidad. Siempre estos chocantes
cambios ocurren por casualidad, creando una gran conmoción, pero jamás creí que
ocurriera de una forma tan horrorosa como se comprobará si siguen leyendo esta
narración de los hechos acontecidos.
Hace tiempo buscaba libros usados y raros a buen precio en las perdidas
galerías de Santiago centro. En grandes pilas se amontonaban interminables títulos
de las más diversas materias y autores, todo ello envuelto en el clásico aroma de
los libros viejos. Mi polola buscaba las ya clásicas historias de Arthur Conan Doyle,
especialmente aquel libro relacionado con las hadas, yo por mi parte buscaba sin
mucho interés algún titulo que me llamase la atención. Así recorrimos tienda tras
tienda, galería tras galería en esa especie de laberinto que son las calles interiores
de Santiago. Salíamos de una galería y entrábamos a otra al otro lado de calles que
apenas había oído nombrar. Todo este proceso lo realizábamos entre grandes
grupos de personas que como un mar se agolpaba por las estrechas galerías. Pero
a medida que nos alejábamos más y más de las grandes avenidas, la densidad de
la gente iba disminuyendo rápidamente.
Ya pasado un buen tiempo viendo libros, decidimos buscar un lugar para
comer, así que salimos de la galería en la que estábamos. Al salir a la calle no nos
percatamos que no había nadie, a pesar de ser un día viernes en la tarde donde
típicamente el centro esta lleno de gente. Caminamos calle abajo buscando alguno
de los clásicos cafés de Santiago, pero solo encontramos algunas galerías semi-
abandonadas y cada ves más casas cuyas fachadas dan directamente a la calle.
Curiosamente un edificio tan representativo de Santiago, especialmente del
centro y las comunas periféricas a él, nunca ha sido tomado en cuenta como
patrimonio histórico y ni hablar de los palacetes en ruinas del centro. Estas casas se
componen generalmente de un edificio rectangular o con forma de L, cuya fachada
da normalmente a la calle y tienen un patio interior. Estos edificios, o más bien
casas, generalmente están hechos en ladrillo y con los años han ido
desmoronándose de a poco. Presentan unas ventanas muy hermosas aseguradas
con rejas o celosías de hierro forjado, además presentan unos arcos y columnatas
clásicas tanto en el exterior como interior. El techo es generalmente plano o un
pequeño techo triangular. Estas casas suelen ser obscuras, frías y lóbregas, pero en
verano brindan un gran abrigo a los calores de Santiago.
Tras la desaparición de las galerías solo quedaban en ambos lados de la calle
aquellas antiguas y lóbregas casas. Habialas de diferente forma y altura, pero todas
ellas basadas en el patrón antes descrito. A muchas la pintura ya se les había ido y
otras ya se caían a pedazos. Avanzamos con mi polola varias cuadras, pero al
perder la esperanza de encontrar algún lugar donde comer decidimos regresar.
Mientras caminábamos de vuelta le hice notar a mi polola Muriel el hecho
que no hubiésemos visto a nadie en esta calle desde que salimos de la galería. Al
notar esto, ella se puso muy nerviosa y comenzó a apurar la marcha alegando que
pronto oscurecería y el centro de Santiago no es muy seguro debido a los asaltos.
Aún así, a pesar de sus excusas, notaba un gran miedo en ella; algo que jamás
había visto en ella ni siquiera cuando hemos estado en otras situaciones de peligro.
Se notaba que era un miedo profundo que rayaba en el temor viseral puro. No
queriendo ponerla más nerviosa decidí no preguntarle a que le temía y continuamos
nuestra rápida marcha rumbo a la galería. De pronto en una esquina notamos luces
saliendo de una de aquellas casas. Estaba un poco más cuidada que las otras que
habíamos visto pero aún conservaba ese aspecto decadente y de abandono que
caracteriza a ese tipo de antigua casa.
Extrañados por ese brillo de vida en aquella calle desolada nos acercamos al
lugar y con sorpresa notamos que tenía un cartel que decía "Café HP". Aliviado ante
aquel fortuito encuentro, quise entrar pero Muriel me retuvo del brazo. Esto me
hizo ver que ella estaba paralizada del miedo mirando fijamente por la ventana al
interior. Me puse a su lado para ver que la tenia así y observe algo o alguien que
me helo los huesos. En el interior del local estaba parado un hombre, si se le puede
llamar así a "eso" que estaba allí, con la mirada perdida en nosotros. Su piel estaba
manchada con marcas de tierra, su cabello desordenado y vestía andrajosos
harapos. Al vernos su boca retorcida sonrió mostrando la negrura del vacío de su
boca, ya que le faltaban todos los dientes. Muriel quiso salir corriendo, pero yo
seguía sujeto a ella mientras miraba fascinado y aterrorizado a aquel ser en la
ventana. Con los tirones de mi novia volví en mi y vi el terror que la invadía. El
hombre de la ventana se había ido, así que calme a mi polola argumentando que
estábamos predispuestos a asustarnos debido a la soledad de la calle y la
proximidad de la noche.
Estuve unos minutos calmándola y razonando con ella, poniendo en
duda si lo que habíamos visto realmente era así de terrorífico. Al fin se calmo y la
invite a entrar a tomar algo y calmar los temores. Tras dudar algún rato, accedió a
entrar. Dentro del local, tras abrir una vieja puerta de 2 alas, se llega a un
vestíbulo del que parte el resto de la configuración de la casa. Obviamente esta
había sido modificada para dar paso al café: Las puertas habían sido quitadas de
las habitaciones y algunos muros habían sido quitados para dar mayor abasto. Las
paredes de yeso gris tenían grandes grietas y absolutamente notorias manchas de
humedad. El mobiliario del café en su mayoría se componía de mesas viejas de
madera de forma cuadrada con viejos bancos a su alrededor. Asimismo había una
especie de mesón tras el cual nos sonreía un hombre viejo. Era un hombre moreno
ya entrado en luengos años, quizás en sus 50, de pelo cano y sonriente rostro
surcado por mil arrugas. El parecido de su piel con papel arrugado y ennegrecido al
fuego me sorprendió bastante en ese momento y creó en mi una angustia que
hasta ese entonces no había tenido. Mi polola volvió a exaltarse nerviosamente
ante este nuevo personaje y empezó a apretarme fuerte el brazo. Intento
advertirme que mejor nos fuésemos pero el hombre de la barra no la dejo terminar
la frase. Nos dio una efusiva bienvenida y nos invito a que eligiéramos una mesa
para sentarnos. Me puso bastante nervioso el hecho que al hablar el hombre no
dejara de sonreír. Mi polola, por un acto que agradecí en ese momento, eligió la
mesa más alejada de la barra de aquel extraño hombre. Dejando atrás la barra, el
grotesco hombre se acerco de nuevo a nosotros escudado en esa perturbadora
sonrisa y nos alargo 2 menús. Sin siquiera ver que ofrecía, inmediatamente le pedí
un café cortado. Muriel, mientras tanto, leía el menú y sus ojos parecían
asombrados ante lo que leía. Así, por curiosidad, la imite y me puse a leer el menú:
- "Café Bon-bon"
- "Tortillas Marie Rogêt"
- "Costillas Cuervo"
- "Tostadas Arnheim"
- "Aliado Usher"
Mi polola pidió, más aliviada ante los nombres del menú y así, tras que se
alejo el hombre, comentamos los curiosos y divertidos nombres de las obras de
Poe.
Tras un rato el hombre regreso con lo que le habíamos pedido. Al tomar mi
café sentí un gusto extraño, como a endulzante químico siendo que le había echado
solo azúcar. Muriel también me comento que su leche con plátano (Leche
Maelström) tenía un sabor extraño. De pronto, de a poco, mis parpados
comenzaron a hacerse más y más pesados y solo pensé, horrorizado, que me
habían drogado y caí dormido. No se cuantas horas habré pasado inconsciente, ni
que cosas ocurrieron conmigo o con Muriel hasta que desperté. De a poco fui
recuperando la conciencia y los sentidos. Me sentía aun atontado y no escuchaba
más que una suave respiración a mi lado, pero el sonido sonaba ahogado como si
estuviera encerrado en una caja con material acústicamente absorbente. Intente
abrir los ojos, pero no supe si lo logre, ya que continuaba en la oscuridad. Intente
mover una mano, pero esta se topo con madera arriba, con madera al lado y un
acolchado abajo. Al hacer estos movimientos escuche la voz de la persona que
respiraba a mi lado. ¡Era mi Muriel! Ella había despertado hace un rato y tras el
pánico inicial y al encontrarme a su lado se había logrado tranquilizar y esperó
hasta que yo despertara para ver como salir de allí. Esto me lo dijo en un tono
suave, de manera de no gastar el oxigeno del ataúd (que eso era donde estábamos
encerrados). Aún así el aire estaba enrarecido y costaba cada vez más pensar
coherentemente. Recuerdo haber dormido o perdido la conciencia varía veces y la
Muriel también. Nuestro único contacto eran nuestras manos tomadas.
En algún momento en que ambos estábamos despiertos en nuestro ataúd
intentamos abrirlo, pero fue imposible moverlo. Esto, más la falta de aire me
convenció horrorizado que estábamos en nuestra tumba. Aquel sonriente camarero
nos había drogado y enterrado vivos. ¿Para que fin?
No se cuanto tiempo pasamos allá abajo, pero en un momento un ruido me
despertó de la inconciencia. Aferre con fuerza la mano de mi Muriel y ella también
lo hizo. Alguien estaba escarbando, el inconfundible ruido de una pala removiendo
tierra alegro mí aletargado espíritu. Cuando al fin aquel excavador llego al ataúd
intente gritar para que nos sacaran de allí, pero mi voz no salio. Ni siquiera hizo el
amago de ser escuchada. Mi cuerpo ya no respondía a mi voluntad. La falta de
oxigeno hacia imposible que mi mente ordenara algo más complejo que el
movimiento de mis músculos. Necesitaba ya aire, oxigeno, para recuperarme.
Estaba impaciente, pero al fin escuche como nuestros rescatadores rompían los
seguros del ataúd y levantaban su tapa. Me sentía como un transilvano vampiro
atrapado en su sueño diurno y los cazadores venían por mi y mi pareja. ¿Seria
acaso así?
Al abrir la tapa, note que tenía los ojos cerrados. Logrando un esfuerzo,
gracias al renovado aire, los abrí. Y mis pesadillas volvieron. Allí, sonriente, se
encontraba el odioso hombre de la ventana y tras él, en la altura de la tumba, veía
también el sonriente y pérfido hombre del café. Eran nuestros cazadores que
volvían por nuestras almas.
No se si debido a la falta de oxigeno o al estar inmóvil tanto tiempo, no atine
a evitar que aquel repugnante hombre me tomara de los brazos y me sentara,
separándome de mi Muriel. Tras sentarme y apoyarme metió su asqueroso dedo
índice en mi boca y procedió a abrirme la quijada. El sonriente hombre entonces
procedió a verterme un líquido en la boca. Su sabor era amargo y me recordó la
ortiga. Tras esto, el hombre sonriente se fue a donde yacía mi polola y la sentó
también. Mientras, el grotesco ser que me retenía me empujo súbitamente hacia
atrás. Al parecer repitieron la operación con mi Muriel. Tras unos minutos, mi visión
se empequeñeció y se alejo y mis oídos zumbaron. Claramente había perdido la
conciencia.
Cuando desperté, me encontraba en la parte posterior de una camioneta.
Estaba sentado con las manos sobre las piernas y a mi lado estaba mi novia. A
partir de allí todo se vuelve confuso y una muerte en vida. Mi voluntad estaba
subyugada al hombre sonriente, el cual nos llevo a un campo al sur de Santiago
donde trabajamos plantando y cultivando vides. Así estuve muchísimo tiempo,
rodeado de otros como yo. Mi vida parecía una película frente a mis perdidos ojos.
Mi cuerpo hacia cosas que yo no ordenada, ya era sino un simple espectador. Ni
siquiera podía vivir una verdadera angustia, porque todas mis emociones estaban
embotadas y solo un resquicio de conciencia aun permanecía activa.
Tras muchísimo tiempo, un día, de madrugada, tuve un acceso nervioso. Al
parecer había comido por casualidad sal la cual activo mi cerebro y tuve una crisis.
Salí corriendo por el camino hasta que unos ingenieros me encontraron vagando sin
rumbo. Me llevaron a carabineros, los cuales me llevaron a un hospital. Al fin
termine en el psiquiátrico, donde en base a una dieta especifica e hipnosis recordé
todo el macabro suceso.
Nunca más volví a ver a mi Muriel, ni tampoco pude encontrar aquel café
"HP" en una tranquila calle de Santiago.

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