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Los Consorcistas • "Sumando fuerzas, se resta esfuerzo"
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Los Consorcistas "Sumando fuerzas, se resta esfuerzo"

Psicología Consorcial

Técnicas evasivas y de control emocional usadas en una asamblea de propietarios

Q ue en la Argentina muchos administradores de Consorcios de Propietarios son la mar de corruptos,

ya es moneda corriente. Pero también hay propietarios que dejan mucho que desear, por lo que en definitiva, y haciendo un claro reduccionismo, el universo consorcial se divide entre "los unos y los otros". En donde los unos son los pocos pero buenos (administradores y propietarios activos) y los otros son la mayoría pasiva, indiferente, comedida, miserable, oportunista y corrupta. En definitiva: es la guerra de los justos contra los injustos.

Según la filosofía planteada por el antropó- logo Carlos Castaneda a partir de su ya legendaria obra "Las Enseñanzas de Don Juan", los buenos y pocos serían los "gue- rreros naguales" y los otros los "pinches tiranos". Y en esa guerra entre los dos ban- dos, el truco consiste en desarrollar el "arte del acecho" (ver recuadro) y llegar a cultivar la "impecabilidad". Pero para prac- ticar el arte del acecho de un guerrero nagual, primero se deben identificar cuáles son algunas de las técnicas empleadas por esos pinches tiranos que lo único que hacen es "jodernos la vida".

La idea de "pinche tirano" apareció por primera vez en el libro "El fuego interior" de Carlos Castaneda.

Para ir afinando la puntería, aquí se mues- tran algunas "técnicas evasivas o de control emocional" (vulgarmente conocidas como "psicopateo") que utilizan algunos adminis- tradores francamente cuestionables, para sacarse de encima a esos molestos propie- tarios que siempre están mostrando en una asamblea todo lo malo y reprochable que ellos hacen (lo cual, obviamente, necesitan ocultar), o los recursos evasivos de algunos propietarios bastante "complicados".

La idea básica es entender que quien controla las emociones controla la perspectiva de los hechos. Inclusive, el control emocional está por encima del control intelectual, porque el otro pierde, llevado por las circunstancias, su capacidad de raciocinio.

En esta puja entre controlador y controlado, el controlador busca desestabilizar el sistema límbico (control de las emociones) de su víctima, para que el neocortex de éste no pueda controlar la situación lógicamente (zona del raciocinio); y esto se hará estimulando el cerebro reptil (instintivo) y apelando a lo reactivo de esta parte del cerebro para que viole la soberanía del límbico, convirtiendo todas sus respuestas en estímulos meramente "reactivos". Dicho de otro modo: nos transforma en manipulables animales domésticos. Nos "animaliza", y convierte en simples y vulgares "contestatarios", como el perri- to de Pavlov, que hacía aquello para lo cual se lo había condicionado, subordinando su voluntad a la voz del amo, representada en el son de la legendaria campanilla.

En definitiva (y de lo que se trata), es de una guerra entre aquellos que someten haciendo uso y abuso de poder por medio del "arte del engaño", contra una simple minoría dispuesta a echarle tinta al fan- tasma para poner en evidencia —ante la pasiva mayoría—, la verdadera finalidad que se oculta en lo que podemos llamar: el "traje de fantasma".

Las cuatro disposiciones del Arte del Acecho

(Según Carlos Castaneda):

1. No tener compasión. En especial no tener compasión de uno mismo. La compasión no es más que una de las variables de la importancia personal (lo que comúnmente se conoce como “ego”).

2. Ser astuto. Entendiendo la astucia como un ti- po de sagacidad más cercana a la intuición que a la inteligencia.

3. Tener paciencia. No querer terminar nada an- tes de tiempo, ni anticiparse a la hora de ini- ciar algo. Dar a cada cosa su momento justo. La paciencia en este caso no tiene nada que ver con la negligencia. Mientras espera, el acecha- dor no está ocioso, está activo y auto concien- te.

4. Ser simpático. Desarrollar la capacidad de reír- se de sí mismo y de las circunstancias. Dicha capacidad permite al guerrero ser encantador y al mismo tiempo estar alerta. Esto siempre des- concierta al oponente.

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Recursos habituales de "psicopateo", evasión y subestimación del oponente

Retrueque: Consiste en hacerse el ofendido y echar en cara que el interlocutor es una persona negativa que sólo busca poner palos en la rueda mostrando, y marcando, siempre todo lo malo. La idea es hacerlo quedar como el típico asambleísta "mala onda" e insolidario cuando en la realidad, es todo al revés: él es el único al que pareciera interesarle seriamente los asuntos del Consorcio.

Intimidación efusiva: Podría decirse que es la segunda instancia del retrueque, pero gritando y haciéndose el nervioso; porque una vez que el otro ha sido conmovido por nuestro enojo y gri- terío, nos levantará la voz y se dará por aludido, afectado en su importancia personal; esto lo llevará a contestar con la misma energía o más, saliéndose de su centro emocional (y ese era el plan original), pasando a ser, sin darse cuenta, de agredido a agresor.

Ese podría ser el momento de utilizar (o no) otro recurso habitual que consiste en "victimizar- nos". Es decir que el resultado buscado es desestabilizar emocionalmente al oponente y hacerle perder control no sólo sobre sus emociones sino (y es lo más importante): "sobre su capacidad de raciocinio".

Si nos topamos con un caso de intimidación efusiva, el antídoto consiste en dejarlo gritar y lue- go, con actitud benevolente, seguir con la exposición como si el otro no hubiese abierto la boca (ninguneo positivo).

Benevolencia: Consiste en tratar al otro como un ser inferior. Es un recurso muy artero porque uno se muestra como ejemplo de conducta social y guía de almas descarriadas y el otro es un pobrecito que no entiende nada y al que hay que tratar con "benevolencia". En estos casos, si uno es el benevolente, obrará como una suerte de Mesías filosófico que está más allá del bien y del mal y es arto comprensivo ante la imposible estupidez mental del interlocutor de turno. Pe- ro si bien es un recurso de control "pasivo", es tanto o más desestabilizador que los otros meca- nismos de control emocional.

El salomónico: Consiste en hacerse pasar por el centro de equilibrio entre dos partes en con- flicto o dos opiniones desencontradas. A los salomónicos les encanta ese papel, por lo cual siempre estarán buscando protagonizarlo. El asunto es que la mayoría de las veces oculta su verdadero pánico a los conflictos y termina beneficiando al más acérrimo. Otro término es el de "conciliador" de diferencias. Eso sí: si a ellos les toca algún día estar en el plato desfavora- ble ante la conciliación de un tercero, pondrán el grito en el cielo y se comerán el hígado de los presentes. "Ya lo dice el refrán: "haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago".

Satanización: Consiste en hacerles creer (y ver) a todos los presentes que Fulanita de Tal es lo peor que la naturaleza haya podido engendrar. El recurso puede ir desde satanizar a otro o hacerlo pasar por loco.

Espejito: Es el mecanismo más simple de "devolución" emocional y el que aprendemos en la es- cuela primaria: "si yo soy tonto vos también"; es una manera muy rudimentaria de poner al otro en el mismo plano de igualdad o contrastarlo contra sus propios dichos.

Ridiculización: La ridiculización tiene algo de espejito, pero busca, como su nombre lo dice, "ridiculizar" al oponente. Si alguien dice que yo hago esto mal, le respondo: "¡mirá quién habla:

la que se come las eses…!". No tiene nada que ver con lo que el otro nos dijo, pero lo pone en ridículo en cuanto marca algo que el otro ignora, trata de ocultar o sabemos que lo desestabili- za emocionalmente. Eso también se aprende en la escuela primaria y es un mecanismo primiti- vo de intercambiar pareceres (los famosos "trapitos al sol").

Victimización: Es una de los ardides más conocidos por su correspondencia con la legendaria Idishe Mame (madre judía) siempre tenida a menos y mal considerada por los suyos. Es la víc- tima familiar, la pobrecita. Este mecanismo extorsivo es conocido popularmente gracias a la frase "no te hagas el chancho rengo" alusivo a la conocida renguera del chancho o perro macho para despertar compasión. Muchas veces el victimario simula ser la víctima para evadir su res- ponsabilidad ofensiva.

Extorsión: Propiamente dicha, la extorsión es un vil recurso por el cual unos estafan a otros habida cuenta de conocer algunos puntos vulnerables que éstos tratan de disimular o que dan por ciertos, dada su incompetencia en el tema (ignorancia).

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Algunos administradores mal habidos suelen "extorsionar" a los propietarios diciéndoles que si lo "echan", los demandará judicialmente "por despido". El punto es que esta afirmación es una auténtica falacia dado que el administrador no es un empleado del consorcio sino un eventual servidor pasible de una buena patada en el trasero por incumplimiento de sus funciones o esta- fa. Patada habidamente reglamentada por la 13.512 y su correspondencia debidamente aclara- da en todo Reglamento de Copropiedad y Administración.

La extorsión siempre usa el recurso del beneficio secundario, es decir: el extorsivo apela a la idea de que el otro siempre espera "algo" no explícito que está más allá de lo real. Y que de obrar como corresponde dicho anhelo nunca se hará efectivo. Es decir que, según su justo obrar, el remedio al fin de cuentas será peor que la enfermedad y, en todo caso, más le vale malo conocido que bueno por conocer. Si se observa bien, en las promesas electorales hay una extorsión implícita que apela a crear ilusiones de beneficio secundario en los electores. El beneficio secundario es la madre de todos nuestros mayores problemas porque no es real, es una ilusión.

Ninguneo: Siendo éste un modo persuasivo bastante desagradable, consiste en negar la presen- cia del otro o, en caso de que éste se la ingenie para hacerse notar, de convertir su punto de vista en la cosa más nimia que existe sobre la tierra llevándola al punto tal de que se disuelve mágicamente hasta desaparecer. Algunos administradores (y propietarios también) lo eviden- cian al hablar mirando para otro lado, por sobre nuestras cabezas, utilizando términos neutros o, claramente, respondiendo (así no le queda más remedio) a Fulano lo que le preguntó Zuta- no.

Otra fase del ninguneo consiste en ignorar tajantemente lo que el otro plantea, como si jamás lo hubiese dicho.

Minimización: Los reclamos del otro nunca tienen la relevancia que éste pretende darle o que verdaderamente tienen, siempre son poca cosa, poquita cosa, poquita cosita. Por lo general se nombra a las cosas con diminutivos tales como: "cuando podamos vamos a ver cómo resolvemos el problemita del Sr. González". Pero resulta que el "problemita" del Sr. González es que se rompió un caño de la red cloacal en el piso de arriba y le llueve sobre la cama toda esa "cosi- ta".

Comparación desproporcionada: "Si vamos a comparar el problema de la Sra. Marchessi con el del Sr. Benítez, que hace cuatro años que lo viene reclamando, sería injusto hacer caso omiso a un reclamo de mayor data", dice el administrador. En principio el argumento "parece" razona- ble, pero claro: el Sr. Benítez viene reclamando que le pongan una lamparita en el pasillo (algo justo y razonable) y la Sra. Marchessi que arreglen la terraza ya que cada vez que llueve le go- tea en todas partes. Lo cierto es que, por una simple razón de poder, ni el uno ni el otro obtie- nen el beneficio necesario.

Jerarquización tipo A: Ahora resulta que porque uno es nuevo no tiene los mismos derechos que los propietarios que le anteceden. O que Fulano porque es más avanzado en edad está por sobre Merenganito que tiene 25 años y "el bulito" es un regalo de papá. Este tipo de discrimina- ción jerarquizada en algunos Reglamentos llegó tan lejos que en algunos artículos suele decirse que: "el administrador ejercerá de presidente de la asamblea, o en caso de ausencia del mis- mo, ejercerá sus funciones el propietario de mayor edad". Ambas cosas son aberrantes porque si bien por un lado el administrador no debe estar en la asamblea "de copropietarios", mucho menos puede hacer de presidente de la misma y, por el otro, no existe ninguna razón para que nuestro Merenganito presida la asamblea en lugar de don Amadeo que tiene 98 años, sufre Al- zeimer y está esperando que Dios lo jubile.

Todo esto sin ánimo de ofender a los nonagenarios ni a los enfermos de ningún tipo.

Jerarquización tipo B: Consiste en remarcar los cargos de aquellos profesionales arrimados in- teresadamente a la administración. "El Dr. Lucas Morales tiene razón…"; "como dijo la licencia- da Estefanolo…". Pero si es uno de la vereda de enfrente, la cosa cambia diametralmente y se convierte de benemérito en demérito: "Mire Petracca…", y resulta que don "Petracca" es el be- nemérito Dr. Petracca, miembro honorífico de la Academia Internacional de Ciencias con sede en Los Ángeles. ¡Bah! ¡Si no es nadie este Petracca!

Si se observa clara y detenidamente, tanto la jerarquización de tipo A como la B, coinciden en un mismo aspecto: son de tipo "discriminatorio" porque no pone en un plano de igualdad a to- dos los propietarios.

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Los Consorcistas "Sumando fuerzas, se resta esfuerzo"

Relativización: Consiste en hacerle ver a los otros que lo que plantea la Sra. Domínguez es y no es tan importante, todo depende del cristal con que se mire. Seguramente la Sra. Domínguez exagera un poco respecto a su problema pero bueno, vamos a ser considerados con ella porque es una persona mayor y prácticamente no tiene familia. Además de algo sorda, claro, por lo que no escuchó muy bien lo que se dijo en esta asamblea. ¡Qué tal! Ahora resulta que además de administrar nuestro representante es interlocutora de Zeus en la tierra. El problema es que se está relativizando la importancia del reclamo. Si es un aliado, lo exagera; pero si es un opo- nente, lo minimiza. O mejor dicho aún: si es grave, no es tan grave, o no es "tan así" como se lo expone, y probablemente la persona no se fijó bien y está confundida en sus apreciaciones o, seguramente, es relevante… pero no "tanto". ¿Quién sabe…?

Bastardeo: Es una segunda instancia de la relativización y utiliza algunos de los otros recursos evasivos. Consiste en relativizar el valor de algo concreto, como por ejemplo una ley nacional o un artículo del Reglamento de Copropiedad. Si su debida aplicación nos afecta decimos: "no es cuestión de ser ¡tan estrictos!", pero si la misma situación se aplica sobre un tercero que por su obrar nos afecta directa o indirectamente, exigimos que se cumpla la ley "a rajatabla".

De esta manera la ley se convierte en un objeto bastardo, sin identidad y fin específico, algo manipulable y relativo, perdiendo precisamente su esencia, el valor "absoluto" que la sustenta. Y si la ley no es "absoluta" y "universal", entonces es cualquier cosa menos una "ley".

Desplazamiento: (Pasar la pelota.) Esta técnica habilidosa consiste en no darse por aludido y desplazar la responsabilidad hacia terceros ausentes, la divina providencia o lo imponderable. La culpa siempre es del otro; y… (aquí incorporamos un poco de victimización) "uno es una po- bre víctima de las circunstancias".

Cosificación: Algunas personas tienen la costumbre de cosificarlo todo: el sujeto llamado Juan de los Palotes ahora resulta que se llama "el señor" ("como dijo el señor"); la ruptura de caños del 4º H ahora resulta que no es "la ruptura de caños del 4º H" sino "una ruptura". De este modo "esa ruptura" pierde identidad y nombre propio, cosificándose. De ahí a la relativización, nin- guneo o minimización hay un paso.

Reinterpretación: Técnica consistente en tomar la idea del otro y reinterpretarla dándole un sentido que no tiene y acomodándolo de acuerdo a nuestro beneficio. Puede ser para darnos la razón a nosotros mismos o para descategorizar la opinión del oponente.

Seudo erudición: Consiste en hacerles creer a los propietarios incautos que tal cosa está legis- lada en algún recóndito apartado del Código Civil o Convenio Colectivo de Trabajo. El adminis- trador (a algún copropietario) hablan con tal convicción que termina por convencer a todo el auditorio de que lo expresado tiene fuerza de ley. En la jerga popular se les llama "vendedores de Biblia", porque venden algo que por lo general se regala, en clara alusión al concepto de "timadores". Sus frases célebres son: "está escrito", "así lo dice la ley", "hay sentada jurispru- dencia", "lo establece el artículo octavo inciso "b" del "Código Civil Procesal" (¿un código nuevo tal vez…?), etc.

Negación: ¿Quién alguna vez en la vida no negó algo suficientemente comprometido como mo- do de preservarse de la acusación y el castigo? La negación es uno de los ardides más primitivos de la humanidad. Lo hacemos todo el tiempo: negamos que algo nos molesta, negamos que es- tamos insatisfechos, que algo nos inquieta, etc.

En un contexto social dinámico, como es una asamblea de propietarios, a veces uno se ve com- pelido a decir algo que no estaba en sus haberes y comprende que metió la pata, negando, ac- to seguido ante una acusación de haberlo dicho. Sin embargo ésta no es la única manera de "esquivar el bulto" como mecanismo de negación, ya que existe matices que hacen a la diferen- cia:

o

Negación directa: Es la negación propiamente dicha. El "yo no fui".

o

Malentendido: El sujeto trata de arreglar el asunto dando a entender que en realidad no dijo lo que dijo sino otra cosa; que:

O se expresó mal (recurso a);

O fue malentendido (recurso b).

o

Doble negación: El sujeto niega lo negado para confundir: "yo no dije que no, dije que podríamos hacerlo pero que no estaba de acuerdo". ¿En qué quedamos?

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En definitiva, al utilizar dos negaciones en una misma oración o concepto se construye una afirmación; la negación vuelve hacia sí misma y deja de ser negación para conver- tirse en una afirmación paradójica.

Acontece el mismo principio utilizado en matemáticas en una de las leyes de los signos en la multiplicación:

Menos por menos es igual a más (– × – = +).

o

Desplazamiento verbal: El tiempo verbal modifica el concepto: "yo no dije 'echémoslo', dije 'debería ser echado'…"; lo que —obviamente— al no ser lo mismo, cambia el valor de compromiso del sujeto en el discurso.

o

Camuflaje: El sujeto trata de disimular lo expresado, pero lo trata de hacer de la si- guiente manera:

Grotesque: (En francés, género de lo grotesco.) Haciéndolo pasar por gracioso y extravagante;

Elíptica: Haciéndolo pasar por un giro elíptico ("era una manera de decir", se justifica);

Traslape: (Cubrir parcialmente una cosa con otra.) Cambiando los planos de realidad: "Se cayó el vaso", dice; pretendiendo que alguien crea que el sujeto no está involucrado en el suceso como si el vaso, de antemano, tenía claras in- tenciones suicidas. Es decir que, indirectamente, el vaso adquiere propiedades humanas.

Inatención selectiva: Esta táctica es similar a la negación por lo que a veces se la cofunde con ella. Hace referencia a los momentos en que el sujeto "se hace el distraído", el tonto, o igno- rante. Es una técnica de disimulo y es tan primitiva que hasta los animales lo hacen ("hacerse el tonto como los perros" se suele afirmar; ya que éstos, como todo animal social, tiene una primitiva noción de lo correcto e incorrecto).

Cuando emplea esta táctica, el sujeto ignora activamente las advertencias, pedidos o súplicas de los demás, y en general, se rehúsa a prestar atención a cualquier cosa que lo desvíe de sus objetivos o que lo comprometa contra su voluntad. Con frecuencia, éste sabe muy bien lo que se espera de él pero adopta la actitud de "¡no quiero escucharlo!". Al usar esta táctica, el suje- to se resiste activamente a someterse a la tarea de enfocarse (prestar atención). Es muy co- mún en los niños cuando se los recrimina. En estas instancias el ego produce una suerte de pa- rálisis de conciencia por lo que el foco de atención se ubica en otro lado y la persona directa- mente no registra nada de lo que se le está diciendo. Luego podrá afirmar, con total desparpa- jo que jamás le dijeron lo que le dijeron.

Racionalización: Es un mecanismo de negación basado en la intelectualización. El sujeto trata de justificarse racionalizando el conflicto y dándole una interpretación pueril con apariencias de máxima racional. Si alguien le pregunta porqué votó en contra de lo que proclamaba éste dirá: "porque son tiempos de sumar" o cualquier concepto que él cree el otro espera escuchar.

Supeditación temporal: Si el sujeto se está quejando de dolor de muelas y alguien le dice que vaya al dentista, éste responde: "sí, debería". De modo que resuelve el conflicto reemplazando el infinitivo del acto ("ir") por el condicional ("debería"). Como el "debería" es precisamente un condicional, el sujeto se saca de encima el deber que le impone el mandato y le da carácter de "cosa juzgada".

Como puede observarse, existe un extenso rosario de complejas conductas "sociales" a través de las cuales "unos" pisotean los intereses de "otros" o asumen comportamientos claramente pueriles en esta suerte de palomar humano o gallinero llamado de común acuerdo: "Consorcio de Propietarios" en la Argentina o "Junta de Condóminos" en otras partes del mundo. Ya sea en beneficio propio como en el caso de esos administradores indeseables, o en detrimento propio en el de la mayoría de los copropie- tarios irresponsables e inescrupulosos.

En cuanto a estos últimos, resulta doloroso ver en las asambleas cómo algunos de ellos mandan inclusi- ve a decapitar algunas veces a quienes tratan —a capa y espada— de defender los intereses del grupo. Muchas veces poniendo dinero de su bolsillo, y un tiempo físico que gustosamente podrían disponer para otras cosas, que los propios indiferentes consideran más relevantes. Y todo ello sin que estos ac-

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cidentales beneficiarios siquiera lleguen a sospecharlo y, llegado el caso, vislumbrar para dar las gra- cias por su beneficio primario y secundario.

Pero así es la vida: se trata de "sobrevivir" en un Universo particularmente "predatorio" y en donde "los unos" y "los otros" estamos todos en la misma bolsa.

Gustavo Karcher/.

[31/10/08]

Psicosis contaminante

La "psicosis contaminante" es aquello de lo cual todos debiéramos cuidarnos, porque es un desajuste energético producto del desborde emocional sustentado por la clara convicción de que se tiene ra- zón y que se está reclamando algo justo pero no se es tenido en cuenta; con el agravante de que esa "desatención" genera un trastorno real en la vida del sujeto como puede ser ruidos molestos, daños edilicios, discriminación, etc.

Y por lo general, es cierto que el reclamo es justo, pero la persona afectada no ve que en base a la no satisfacción de ese deseo, todo su aparato emocional se pone en juego negativamente.

¿Y por qué ocurre esto? Sencillamente por la "importancia personal". La importancia personal es lo que conocemos como nuestro "ego". Es lo que hace a la conciencia de "sí mismo".

El problema reside en que, desbordado por las circunstancias, es tanta la conciencia de sí mismo de

la que padece el sujeto, que se olvida de la existencia de los demás (egoísmo), pasando a constituir-

se él en el centro de un sistema en donde pretende que los otros simplemente orbiten alrededor de sus reclamos, lo acepten, lo entiendan, y lo ayuden a resolver sus problemas. Pero por lo general la importancia personal trabaja en espejo: esto quiere decir que la persona se siente disminuida ante las circunstancias y trata de compensar esa situación reactivamente, buscando involucrar emocio- nalmente a los demás.

Es decir que el sujeto se toma tan en serio a sí mismo (y el administrado contribuye a ello minimi- zando sus reclamos o ninguneándolo), que éste se ubica en el centro de los acontecimientos, y todo pasa por él, llevándolo todo al plano personal y no pudiendo salirse del centro de sus circunstancias.

En tal situación, se esfuerza para convencer al otro respecto a sus razones (y lo hace poniendo todo el cuerpo), pero en lugar de tratar de lograr "empatía" (sintonizar con el otro), de calibrar la res- puesta que está recibiendo de acuerdo con su necesidad, genera el efecto contrario. Es decir que el sujeto no apuesta a una comunicación fluida desde una posición más relajada sino que corta toda vía de comunicación, toda la receptividad de sus eventuales aliados.

Dado que la convicción respecto a la verdad es muy fuerte, el razonamiento está "emocionalizado", perdiendo entonces toda su racionalidad. Es, por lo tanto, una situación paradójica y se crea un cír- culo vicioso en donde lo emocional se racionaliza y retroalimenta lo racional emocionalizado. Y co- mo conclusión, la persona se desborda mental y emocionalmente.

Si partimos de la base de que "todo en el Universo es energía", vemos que el sujeto desbordado no puede controlar la suya al punto que pronto como comienza a expresarse termina contaminando al medio ambiente, provocando dolores de estómago, de cabeza, náuseas, contracciones musculares y rechazo de grupo, aún cuando otros mismos estuviesen en la misma situación de desprotección y re- clamo que éste. Es lo que se conoce como "persona cargada".

Por lo general estos individuos adhieren al reclamo original toda una serie de reclamos adyacentes que, por un lado, le producen una enorme sobrecarga emocional y, por el otro, debilitan la autenti- cidad del reclamo verdadero.

En síntesis: en su afán de buscar aliados, terminan por generar enemigos.

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