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INTERNET CON GAS

Joaquín Córdova Rivas

Las píldoras substituyen a los alimentos, las tarjetas al dinero, las pantallas al viaje,
Facebook a las cafeterías, la televisión por cable a los estadios de futbol, la pornografía al
sexo, los sondeos de opinión a las elecciones democráticas. Estos empobrecimientos de la
experiencia sensorial son presentados como fantásticos éxitos del desarrollo y vividos
como cómodos “ahorros de tiempo” para el ciudadano. Fabrizio Andreella en La Jornada
Semanal 27 de marzo 2011.

En el espacio de un instante caben cada vez más cosas, el problema es que no estamos
acostumbrados, todavía, para aprovecharlas. El límite no es la tecnología, es nuestro
cerebro, nuestras posibilidades de disfrute y de asimilación de información se asombran
con la velocidad de conexión a muchas cosas caóticas por diferentes, pero necesitamos de
tiempo para reflexionar y jerarquizar lo que recibimos. Quizás en esa espera, en ese
remasticar y combinar lo que somos y sabemos, con lo nuevo que se nos presenta, esté la
capacidad de gozo, lo demás es adicción.

El italiano Andreella, con quien comenzamos este texto, llama la atención sobre la
“gasificación” del tiempo, sobre esa multitud de pequeñas esperas que padecemos cada que
nos conectamos a la red global y estamos al pendiente de que se procesen nuestras
peticiones y se nos presente el resultado en la pantalla. Multitud de pequeñas esperas que
impiden hacer casi cualquier cosa, hasta pensar, porque esos saltos entre un sitio y otro,
entre un pedazo de información y otra carecen de continuidad. Es como el zapping
televisivo, cambiar continuamente de canal da la falsa impresión de que aprovechamos
mejor el tiempo, como si este fuera líquido y se escapara entre las manos. De lo líquido
pasamos al igualmente metafórico gas, muchas moléculas flotando sin aparente relación
entre sí. Curioso, teniendo tantas posibilidades sensoriales nos limitamos voluntariamente.

“El tiempo de la cotidianidad contemporánea es entonces como uno de esos quesos


punteados por minúsculos agujeros, imperceptibles y claustrofóbicas salas de espera en las
cuales nos acomodamos mil veces durante el día. Adentro no hay revistas que leer o
desconocidos con quienes hablar. Todo es demasiado rápido para empezar algo nuevo, y
demasiado lento para no percibir la discontinuidad. No hay más que esperar.” Instalados en
el cinismo, los mexicanos podemos presumir que eso apenas le sucede a menos del diez por
ciento de la población. Según el reporte titulado Libertad en la Red 2011, emitido por la
organización Random House y publicado por el diario El Universal apenas el 19 de este
mes: “El ingreso de México a la era global de internet se ha producido de forma desigual a
los países que conforman la OCDE, con un régimen “parcial” de libertades y con
problemas de acceso derivados de una falta de competencia en el sector de
telecomunicaciones, posiciones de dominio en las redes de telefonía, tarifas caras y falta de
infraestructura.” Esos problemitas, que a nuestros gobernantes parecen no importarles, ha
provocado que el índice de suscriptores a internet de nuestro país sea la mitad del promedio
del resto de la OCDE, un 9.5 contra 20 por cada 100 habitantes.
Pero hay otro tema que involucra a las redes sociales, esa aparente capacidad que se le
atribuye de provocar o al menos potencializar las inconformidades sociales. Pero no es lo
mismo el medio que las causas. Los levantamientos populares en la costa sur del
Mediterráneo tienen como antecedentes gobiernos autoritarios muy longevos, pero su
permanencia se debe más a la tolerancia de las democracias occidentales que no dudan en
fustigar a otros, como los hermanos Castro en Cuba, y hacerse los occisos en casos como
los de Hosni Mubarak en Egipto, Muammar el Gadafi en Libia o cualquiera de los emiratos
árabes. Las redes sociales no producen ni instigan los levantamientos, no reproducen las
inconformidades, sólo reflejan algo de lo que existe hace mucho tiempo. La organización
ciudadana existe desde mucho antes de la era de internet.

El periodista e investigador bielorruso Evgeny Morozov tiene una visión más pesimista que
se refleja en su libro “El engaño de la red. El lado oscuro de la libertad en Internet”, que en
una breve reseña Andrés Hex resume así: “asociar las tecnologías de las comunicaciones en
red a una nueva chance para los oprimidos del mundo es un argumento infantil e incorrecto,
pues no tiene en cuenta que los mismos líderes que son los blancos de estas revueltas hacen
un uso de Internet con fines políticos sumamente sofisticado. Los usan —justamente— para
controlar, perseguir, encarcelar y reprimir. Puede ser que por un infinitésimo momento el
pueblo tome el poder en Twitter. Pero ese momento es efímero. Participar en las redes
sociales no es resistir, no es organizar, no es liberarse; es lo opuesto, es entregarse al
sistema de una manera orwelliana. La Red es un panóptico digital. Y nosotros no somos los
vigilantes, somos los vigilados.”

Habrá que acostumbrarnos a la idea de que no somos solo clientes de un servicio, sino que
somos los que le damos un valor que de otra forma no tendría, que nuestra dependencia a
internet y a las redes sociales es mutua, que ellas existen porque las usamos y por tanto
podemos ponerles condiciones, que podemos resistirnos a la manipulación, al espionaje.
Tener en claro que en ese “gas” de las múltiples esperas seguimos existiendo.