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A través de los ojos de un niño

Mi niñez comenzó con la separación de mis padres. Me crié hasta los cinco

años en una casa con muchos ambientes: en la planta baja estaba la sala de estar en

donde compartí muchos momentos lindos con mis amigos del barrio y la familia;

también estaba el garage en donde se guardaba la camioneta del negocio.

En la planta baja había una escalera construida de acrílico con forma de

caracol que desembocaba en la cocina que era el centro de la casa; una puerta daba

al patio en donde estaba el jardín, la parrilla y teníamos una especie de jaula con crías

de ñandú. Otra de las puertas de la cocina daba al cuarto de mis padres ,con una

ventana que daba a la calle; al de huéspedes, con una ventana pequeña al patio —en

esa habitación mi padre había mandado a construir una pista de autitos a motor que

se controlaban con un mando a distancia que recorría todo el cuarto— y mi habitación

la cual tenía una ventana que daba a la calle y dos puertas que se podían girar

cambiando de color: una que desembocaba en el comedor y la otra, al pasillo que

finalizaba en la cocina. Recuerdo estar al cuidado de una chica joven llamada Raquel,

también recuerdo que tenía una forma de hablar muy particular.

Según mi madre ella era la niñera, mi niñera, solo para mí, malcriándome

todo el día. Mis padres administraban una línea de supermercados llamado La

Alcancía, que contaba con varios almacenes, una quinta en donde se vendían las

verduras y las frutas frescas recién cosechadas y lavadas en ese momento, un área

de cristalería en un sector apartado al fondo de un pasillo y unas heladeras mostrador

con mucha variedad de diferentes tipos de carnes.


Después de resolver algunos problemas económicos y maritales, mi madre

tuvo que encargarse del negocio sola, apoyada por sus padres. Recuerdo que mis

tíos, Roberto y Copete, me pasaban a buscar muy temprano con mis primos, Cristina,

Sergio y Martin— mucho más grandes que yo— en su motor home, una especie de

casa rodante con una motocicleta Harley Davidson, atada en la parte de atrás.

A veces pienso qué hubiese sido de mí sin el apoyo de ellos y mis abuelos.

Me llevaban de vacaciones puntualmente a una playa privada, exclusivamente para

nosotros, lugar que me fascinó toda mi vida; ver el mar, el sonido de las olas

rompiendo sobre la arena. Recuerdo la carpa celeste marca cacique, que tenía varias

habitaciones y un comedor, y la cara de un indio con plumas de varios colores.

También veraneábamos en otras costas de Madagascar, la balandra del diablo

y los fiordos europeos, en donde después de armar el campamento preparábamos el

barco pesquero —así le decía yo al yate de dos pisos— y las cañas, agarrábamos la

valija de pesca, el típico criadero de lombrices cultivadas en el sótano del barco con

un poco de tierra —las aplaudíamos para que se quedaran quietas—; paso siguiente,

tomábamos la lombriz y la desplazábamos por el anzuelo.

Al día siguiente, mi tío nos llamaba a mis primos y a mí, bien tempranito, para

que lo ayudáramos a armar una red de varios metros con unos aros de plástico en la

parte de arriba de color amarillo que flotaban para mantener a la red o trasmallo sobre

el agua.

Otras veces, íbamos a la playa siempre todos juntos para reunir caracoles y

otras cosas que el río o el mar traía a la costa. Ellos me cuidaban debido a que siempre

me metía en problemas. Una vez me infiltré en un campamento de científicos con

edificios de color blanco y, husmeando en los laboratorios, me topé con unos frascos

de color verde, parecía moco. Lo probé y sabía dulce; entonces, escuché unos ruidos
y me fui. Al otro día, mis ojos vieron que había crecido una piel entre los dedos, algo

fantástico para nadar mejor y más rápido.

Era terrible, siempre fui muy curioso y me distraía con facilidad con los

caracoles y seguía la hilera de estos por toda la playa.

A los siete años mi madre tuvo que vender la casa junto con los negocios debido

a muchas malas inversiones y nos mudamos a un barrio lejos del centro de la ciudad.

Era como estar viviendo en la selva y el campo al mismo tiempo, era algo espantoso.

Enfrente de la casa había muchos árboles y dos vías de tren que si mal no recuerdo,

primero se escuchaba el sonido de un silbato y después un ruido metálico. Era un tren

de carga que transportaba equipo militar como tanques, carros con armas antiaviones,

jeep de guerra y lanzadores de misiles, que se desplazaba a un paso muy lento,

debido al peso supongo, no terminaba nunca de pasar y que largo que era.

Era hasta el momento lo más fascinante y raro que había visto. La casa era muy

linda, tenía un jardín adelante con un sendero de cerámico rustico en el medio y a los

costados unos jardines de distintas especies de flores y rosales de distintos colores y

aromas y en el centro de los rosales un cantero con muchos jazmines que al rozarlos

podía sentirse su exquisito perfume y muchos colibrís.

Al costado había una puerta de hierro forjado que daba a un pasillo que

comunicaba al patio trasero, por dentro la casa era bastante cómoda con; tres

habitaciones, dos baños: uno en el medio de la casa y otro al costado del patio trasero,

una sala de estar, la cocina— comedor y un pequeño lavadero.

Al principio me sentía bastante solitario y aburrido, pero con el tiempo fui

haciendo algunos amigos con los que realizábamos bastantes fechorías infantiles,

como dibujar con tiza una pista para los autitos, a los que le atábamos algo pesado
como una piedra pequeña y los hacíamos andar por toda la pista hasta la meta. Los

días de lluvia hacíamos lo mismo, pero en las zanjas de la calle.

Cuando cumplí los nueve años me habían regalado mi primer libro de

aventuras, Moby Dick, era bastante grande de tapa dura de color verde con el dibujo

del capitán Ahab atado a la ballena blanca. Para esa edad yo tenía muy buena lectura,

porque, mi bisabuelo, que era un comisario retirado de la policía, era un hombre muy

creyente y me pedía que le leyera las oraciones detrás de las estampitas de los santos.

Pero la principal actividad era jugar partiditos de futbol entre las vías.

Cuando llegó la época de clases no fue un impedimento para seguir jugando,

por suerte todos íbamos de mañana, entonces después de comer, se escuchaban las

palmas llamándome para ir a jugar a la pelota, tragaba como un avestruz la merienda

y salía como meteoro hacia la calle para encontrarme con mis amigos para jugarnos

unos partiditos de futbol. Eso sucedía en invierno y primavera, pero en verano nos

poníamos los shorts, nuestras mamas nos preparaban un bolsito y montábamos las

bicicletas para ir a la pileta del club que estaba cerca del bosque.

Siendo adolescente, las tardes en el barrio, las alternaba con las escapadas a

la casa de mis abuelos maternos, que eran los que llenaban ese vacío, de ser único

hijo y no tener un padre que me guiara. De mi abuelo traté de aprender todo lo que

pude retener a esa edad, siempre lo sentí como mi padre, nos pasábamos las tardes

hablando de futbol, boxeo y me contaba historias de cuando él era chico y por las

noches antes de dormir me relataba las historias más tenebrosas como, Drácula,

Frankenstein y el hombre lobo.

Mi abuela, una mujer que había trabajado como capataz en el frigorífico Swift,

me enseño a ser cariñoso, leal y humilde y siempre me ayudaba con las matemáticas

que no eran mi fuerte. Fueron como dos ángeles guardianes que siempre velaron por
mi bienestar. Parece que fue ayer que estaban conmigo y me hace recordar una frase

de Marshall Berman: “Todo lo solido se desvanece en el aire”.

Recuerdo que cuando teníamos 12 años formamos un equipo de fútbol

cinco, al que apodamos “los pumas”, nuestro uniforme el cual se componía de blanco,

azul y blanco con el pantalón de color negro con franjas blancas a ambos lados.

Recuerdo también cuando estaba en la primaria, me había enamorado o eso

creía de una chica de mi grado, ella se llamaba Karina Cortez, era hija de un comisario

que había sido asesinado durante el proceso y vivía con su madre en el recién

inaugurado Barrio Jardín.

Solamente iba a los cumpleaños para verla a ella, pero Karina, solo me veía

como un amigo, en uno de los cumpleaños los chicos que asistieron se la disputaban

como su novia y ella delante de todos les dijo que solamente salía conmigo, entonces

los demás compañeros me corrieron para ajusticiarme por mi atrevimiento y al entrar

a la casa me resbalé y me golpee la cabeza con el equipo de tocadiscos y se me

hinchó la frente a la altura de la cejas y entre la madre y Karina me pusieron una crema

blanca y mis compañeros se reían diciéndome que mi cara parecía la de un boxeador.

Así transcurrió mi feliz infancia hasta la muerte de mis abuelos. A pesar de

haber crecido, haberme casado y tener unos hermosos hijos, de vez en cuando

regresan los recuerdos y es cuando trato de recordar las voces de mis abuelos, pero

no consigo hacerlo, entonces cuando la casa está en silencio me invade una

melancolía y pongo una canción de Serrat que me gusta mucho: “aquellas pequeñas

cosas”, eso dura hasta que llega la familia como un circo ambulante y vuelvo a ser el

de siempre.

J. A. Bureau