1 – LA FRUTA DEL DIABLO

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“… y así fue como Luffy “Sombrero de Paja” fue proclamado Rey de los Piratas, alcanzando riquezas, fama y poder.” – terminó Duiken con una sonrisa.

Los niños del pueblo lo miraban fascinados, y Jim no era uno menos. Se sabía la historia de cabo a rabo, pero cada vez que Dong Duiken, el autoproclamado “cuentacuentos” de la villa de Fushchia, contaba aquella historia, Jim no podía sino sentir una cálida sensación en el pecho, y una creciente ansia de partir hacia el mar para hacer historia como el héroe de su aldea. Porque si de algo podía sentirse orgulloso Jim Golden, era de haber nacido en el mismo lugar que Monkeyd Luffy, el último Rey de los Piratas. Muchos años habían pasado desde que aquel hombre se hiciera con todo aquello que los piratas ansían. Algunos comentaban que, siguiendo la estela de quien fue su predecesor, Gold Roger, el primer Rey de los Piratas, recorrió el Grand Line y dio la vuelta al mundo. Algo impensable para muchos. Para Jim, no obstante, lo impensable era algo que debía hacerse, al menos una vez en la vida. La voz de Duiken le hizo regresar a la realidad. A sus once años de edad: ¿Pero qué haces todavía aquí, Jimmy? – dijo con su potente y socarrona voz – La historia hace tiempo que ha terminado. ¡Tus amigos ya se han marchado! No son “mis amigos” – aclaró él. Y nunca lo habían sido. Eran más pequeños que él. Al mayor de ellos le sacaba dos años. Y él no quería hacerse amigo de unos mocosos. No son tus amigos, ¿eh? – sonrió el cuentacuentos - ¿Y qué me dices de Bell? – Jim se sonrojó.

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Ella… ¡Ella es diferente! – dijo hecho un tomate. Y para él así era. Bell era una niña guapa, lista y simpática. Sabía escuchar y sabía conversar. Y desde luego su sabiduría desmentía sus nueve años de edad.

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Ya, “diferente”, ¿eh? – dijo mientras le daba pequeños codazos en el hombro con picardía. Jim se sonrojó aún más. No quería hablar de Bell con el cuentacuentos.

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¿Es verdad la historia que cuentas? – preguntó para intentar salir al paso - ¿Es verdad que Monkeyd Luffy consiguió atravesar el Grand Line y proclamarse Rey?

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¡Pues claro! – asintió Duiken sin asomo de duda – Es más, mi madre lo conoció en persona. De hecho, frecuentaba su taberna cuando no era más que un crío. ¡Hasta estuvo presente el día en que partió para dar comienzo a su aventura!

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La señora Makiko… – asintió pensativo Jim, recordando a la recientemente fallecida anciana.

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Mi madre supo desde el principio que aquel hombre estaría destinado a hacer grandes cosas – sonrió Duiken - ¿Y sabes qué? Poco antes de morir, me confesó que había visto algo de él en ti.

Aquello le pilló por sorpresa. “¿Yo?”, pensó. “¿Qué yo me parezco al Rey de los Piratas?”. Era más de lo que su falsa modestia podía disimular. Decidió despedirse del cuentacuentos antes de dejarse llevar por el júbilo como un estúpido, tal y como aquellos críos con los que tanto detestaba juntarse solían hacer. Jim llevó sus pasos hasta el improvisado campo de entrenamiento que tenía montado en la colina oeste del pueblo. Allí, practicaba su puntería todas las mañanas con el tirachinas. No le parecía la mejor de las armas, pero a su edad, no le dejaban usar una pistola de verdad. Pese a todo, se consideraba un buen tirador. Rara vez

erraba un blanco. Aquel día, no obstante, estaba fallando más de la mitad de sus disparos: ¿Te preocupa algo? – Jim oyó a sus espaldas la voz de Bell. Se dio la vuelta, algo ruborizado. ¿P-Por qué lo preguntas? – quiso saber. Bell señaló los restos de harina dispersos por la hierba. Pedazos de las bolas que usaba como proyectiles, que no habían dado en el blanco. Hoy no das una – le sonrió – Llevo observándote un buen rato. Si fallo, es porque estás tú aquí – aclaró nervioso – Las cosas no le salen bien a uno cuando tiene gente a su alrededor. Ah, ¿estás insinuado que la culpa es mía? – le miró con el ceño fruncido mientras se cruzaba de brazos. Jim alzó las manos a modo de disculpa. ¡N-No, no! ¡No quería decir eso! – explicó – Es sólo que… Hoy tengo…, una sensación extraña. ¿Una sensación extraña? – preguntó ella. Sí. Como si tuviera el presentimiento…, de que algo malo va a suceder – terminó de explicar. Ni que fueras adivino – se burló la niña – Anda, déjate de presentimientos y corazonadas, y déjame enseñarte como dispara una verdadera profesional – dijo mientras sacaba otro tirachinas. ¿Que me vas a enseñar? ¿Tú a mí? – señaló burlón - ¡Eso está por ver! – dijo él con ánimo renovado, mientras agarraba con firmeza su propio tirachinas. Y ambos se pusieron a disparar al blanco a modo de competición.

Estuvieron practicando hasta bien entrada la hora de comer. Cuando estaban a punto de dar por finalizada la competición, unos gritos que procedían colina abajo, hacia el este, les hicieron cesar en su juego: ¡¡¡PIRATAS!!! – oyó que gritaba uno de los lugareños. Por la voz supuso que se trataba de Thomas, el pescadero - ¡¡¡PIRATAS!!! ¡¡¡QUE VIENEN LOS PIRATAS!!! – siguió gritando mientras corría por las calles del pueblo como un poseso. Su voz se iba perdiendo poco a poco en la lejanía - ¡¡Es la banda de “Mediabarba”!! – fue lo último que oyó Jim. Se volvió nervioso hacia Bell. ¿La banda de “Mediabarba”? – preguntó, sobresaltado. Creo haber oído hablar de ella antes – dijo su compañera, también nerviosa – Dicen que hace tiempo, antes de asentarse de forma definitiva aquí, en el East Blue, estuvieron navegando durante cinco años por las aguas del Grand Line. ¿Por el Grand Line? – se sorprendió Jim, mitad asustado y mitad emocionado. “¿Una banda que había navegado por el “Cementerio de los Piratas” y había vuelto para contarlo?”. Aquello le parecía tan terrorífico como asombroso. Sí – asintió Bell – La cabeza de su capitán es la más cotizada por estos mares. Aunque no ha habido ningún cazarrecompensas con el valor suficiente como para intentar cobrarla – Jim seguía en medio de su particular encrucijada. Su miedo y nerviosismo eran igual de grandes que su curiosidad. ¡Tenemos que ir con los demás! – soltó Jim de repente. Bell asintió y ambos corrieron colina abajo, hasta que un muro de carne les hizo chocar y caer hacia atrás de forma dolorosa. Jim abrió los ojos dolorido. El hombre más alto que había visto en su vida se erguía ante él. La barba rala, la cicatriz en el ojo izquierdo, el abrigo raído que cubría unas ropas

que hedían a sangre y pólvora, y el sable que le colgaba del cinto. No cabía duda. Aquel hombre era un pirata de los pies a la cabeza: Vaya, vaya, ¿pero qué tenemos aquí? – dijo aquel desconocido mientras alzaba a Bell del cuello de la camisa como si de una muñeca se tratase – Sois unos mocosos desafortunados, no me cabe duda – sonrió. Jim se incorporó airado. ¡Suéltala ahora mismo, pedazo de…! – un fuerte puntapié en la cara lo hizo caer de nuevo. Notó el sabor de la sangre en la boca. ¡Jimmy! – chilló Bell. Con que la quieres, ¿eh? – rió el pirata – Hay que reconocer que tienes buen ojo. Es una monada – sacó la lengua de forma obscena, babeante, muy cerca del rostro de Bell, que se retorcía asqueada. Jim volvió a levantarse. ¡Te he dicho que la…! – el pie del pirata se apoyó en su pecho y le empujó hasta hacerlo caer, por tercera vez. Que sí, que sí, que me ha quedado claro – aclaró tajante – Mira, te propongo un trato – sonrió con malicia – Yo no tengo ningún interés en este pueblucho, pero sí en algo que, según los rumores, está custodiado aquí – su rostro reflejaba la avaricia – Chico, ¿has oído hablar de la fruta del diablo? ¿La fruta del diablo? – repitió Jim extrañado, mientras se palpaba la cara aún dolorido por el golpe. Sí – continuó el pirata – Es una fruta con poderes extraños. Hay muchas variedades de ella. Un solo bocado de esta fruta, proporciona al que la ingiere una serie de capacidades extraordinarias – señaló – Sin embargo, aquel que la coma será repudiado por el mar, siendo incapaz de nadar en sus aguas, y se hundirá de forma irremediable. Aunque es un pequeño precio a pagar por semejante poder, ¿no crees? – inquirió con una sonrisa.

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Que tiene todo eso que ver con… ¡Ahí es a donde quiero llegar! – le cortó el pirata – Mira, chico, yo ando detrás de una fruta del diablo muy especial. La “fruta Goma-Goma”. Has dicho que suelte a tu amiga. Muy bien. Tráeme esa fruta, y te la devolveré intacta – sonrió – Te estaré esperando en el embarcadero situado al norte de aquí durante unas horas. Si veo que no vienes, – sacó un cuchillo y apoyó el frío canto de la hoja en la mejilla de la niña – mataré a tu amiguita.

Jim salió corriendo colina abajo, con lágrimas en los ojos, mientras oía a su espalda la risa de aquel pirata. “Va a matar a Bell”, se dijo mientras corría. “Si no hago algo, ¡va a matarla!”. El muchacho aligeró aún más el paso, y decidió acudir al puerto este, de donde había provenido el griterío que anunciaba el avistamiento de piratas. Al llegar, se encontró con una multitud que contemplaba el mar en la lejanía: Ahí está – oyó que comentaba uno de los lugareños. No hay duda – dijo otro. Ese barco… - siguió un tercero. ¡…lleva la marca de “Mediabarba”! – terminó Duiken, mientras bajaba el catalejo. Jim se alegró de escuchar una voz amiga: ¡Duiken, Duiken! – le apremió al cuentacuentos. ¿Jimmy? – se extraño él, volviéndose hacia el muchacho - ¿¡Otra vez por aquí!? ¡Deberías buscar un lugar en el que esconderte! ¡Se acerca un bajel pirata! – Jim miró a la lejanía y lo vio. Una sombra negra que avanzaba en la distancia, cubierta por la bruma, cortando las olas del mar. Sin embargo, había algo más apremiante en aquel momento.

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¡Tienen a Bell! – dijo, hecho un manojo de nervios. ¿Cómo dices? – preguntó el cuentacuentos. ¡El pirata! ¡Tiene a Bell! ¡La fruta! – las palabras brotaban de su boca de forma atropellada – ¡Si no se la llevo, Bell…! ¡¡El pirata!! ¡¡Quiere la fruta!! ¡¡¡LA FRUTA DEL DIABLO!!!

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¡Alto, alto, alto! – le tranquilizó Duiken – Un momento. ¿Quién dices que tiene a Bell?

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¡El pirata! – repitió – ¡Bell y yo nos encontramos con uno en la colina oeste, y el pirata se la llevó! ¡¡Q-Quiere la fruta del diablo!!

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¿¡La fruta del diablo!? – se alarmó Duiken - ¿¡Qué sabes tú de la fruta del diablo!? – le dijo mientras le sostenía de los hombros. Jim nunca había visto a Duiken tan alterado.

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¡Dice que quiere la “Goma-Goma”! – explicó - ¡Que está oculta en el pueblo! ¡¡Si no se la llevo matará a Bell!! – la gente del pueblo se miró alarmada. Varios soltaron un murmullo de exclamación – ¡¡Tenemos que ayudarla!! – Duiken se cubrió la mano con la cara, hundido.

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Dioses. La “Goma-Goma”, nada menos. Así que por eso han venido… – se paró un instante, y volvió a agarrar a Jim, sobresaltado – ¡Espera un momento! ¿¡El pirata!? ¡Jimmy! ¿Cuántos eran? – preguntó.

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Pues… Sólo uno – aclaró él. El barco pirata ni siquiera ha tomado puerto… – meditó un instante el cuentacuentos.

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¿Un desertor? – comentó el carnicero del pueblo. Eso mismo estaba pensando – asintió Duiken – Puede que escapara del barco, y que su tripulación le haya seguido hasta aquí para ajusticiarlo. En ese caso…

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No podemos darle la fruta – comentó de nuevo el carnicero – Es un legado del pueblo. ¡Y ya sabes lo mucho que te costó encontrarla durante tu travesía por el Grand Line, Duiken! – “¿Cómo?”, se sorprendió Jim. “¿Duiken había navegado por el Grand Line?”.

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Eso es lo de menos – el cuentacuentos hizo un gesto modesto con la mano – Pero los poderes de la “Goma-Goma”… ¡Estamos hablando del poder del último Rey de los Piratas!

“¿¡Cómo!?”, Jim cada vez estaba más perdido con todo aquello. “¿Aquel pirata quería los poderes del último Rey de los Piratas? ¿¡Y aquella fruta había estado en posesión de su pueblo durante años!?”. Las preguntas no dejaban de aflorar en la mente de Jim, pero el tiempo avanzaba con rapidez, y la vida de Bell pendía de un hilo: Entonces..., ¿tenéis la fruta? – preguntó. Sí – asintió Duiken. ¡Pues dádmela, deprisa! – les gritó esperanzado – ¡Cada segundo cuenta! – Duiken agachó la cabeza. No es tan fácil, Jimmy – comentó el cuentacuentos apenado. La esperanza desapareció del rostro de Jim – La “Goma-Goma” no es algo que podamos entregar así como así – dijo – Con el poder de esa fruta, Monkeyd Luffy logró coronarse como Rey de los Piratas – explicó – Y estamos hablando de alguien que fue un joven muy querido por este pueblo. Imagínate que sucedería si semejante poder cayera en malas manos – terminó. ¡Pero…! ¡¡Si no se la doy, Bell va a…!! – se quejó con lágrimas en los ojos. Lo siento, chico – comentó el carnicero.

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No podemos hacer nada – corroboró la señora Penthim, la misma que le estuvo ayudando a elegir un ramo de flores como regalo para el noveno cumpleaños de Bell.

Jim no podía creer como la gente de la aldea era capaz de dar de lado a Bell de esa manera. Dejarla morir, así, sin más: ¡Pero…! ¡Ella es una de los nuestros! – chilló - ¡¡Es mi amiga!! – las lágrimas no paraban de brotar de sus ojos. Bell iba a morir. ¿Y por qué? Porque su gente no iba a dar la cara por ella, por miedo. ¿Miedo a qué? ¿¡A lo desconocido!? “¡¡No!!”. Jim no iba a dejar que eso pasase. No podía imaginarse un mundo sin ella. La rabia y la desesperación acompañaban sus palabras - ¡¡¡BELL ES MI NAKAMA!!! – gritó a pleno pulmón. Todo el pueblo calló en un profundo silencio. Algunos de los habitantes se solidarizaron con el chaval, y se llevaron la mano a la cara para cubrir las lágrimas derramadas por la niña. Sólo Duiken se movió. Apoyó su mano en el hombro de Jim, y se agachó hasta ponerse a su altura. Jim lo miró, con los ojos aún anegados en lágrimas. Por fin, el cuentacuentos rompió el incómodo silencio: Jim, – era la primera vez que no lo llamaba Jimmy – he de decirte que me acabas de dar una lección de coraje – suspiró con cansancio – ¡Está bien! ¡Te entregaré la fruta! – los habitantes del pueblo irrumpieron en protestas. Pero un nuevo rayo de esperanza iluminó el rostro de Jim. Duiken había respondido a sus súplicas - ¡¡¡SILENCIO!!! – el cuentacuentos acalló de forma tajante los murmullos del populacho – Escúchame con atención, porque sólo lo repetiré una vez. Te voy a dar la fruta, y te dejaré realizar el intercambio con ese pirata por tu cuenta.

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¡Pero si sólo es un niño! – comentó el panadero de la villa. ¿¡Y si lo captura a él también!? – soltó el carnicero. Te dejaré marchar con la fruta, – prosiguió Duiken, sin hacer caso de las quejas de los demás – pero tendrás que actuar tal y como te diga. ¿Me entiendes? ¡Tal y como te diga! ¡Sin improvisaciones! – remarcó. Jim asintió, mientras se secaba las lágrimas con el dorso de la mano – Muy bien, escucha con atención – empezó. Y el chico escuchó. Escuchó como si aquellas palabras vinieran del mismísimo Rey de los Piratas.

***

El embarcadero de la zona norte del pueblo estaba completamente abandonado. Era una zona ruinosa, y bien oculta por los acantilados de los alrededores. Si no fuera por los tablones de madera carcomida que se adentraban en la costa, y por el bote de vela que flotaba anclado allí, nadie hubiera dicho que aquello era lo que era. Jim avanzó por el tablón. El pirata aguardaba al final de este, junto a la embarcación. Llevaba a Bell férreamente sujeta del brazo: Así me gusta, muchacho – dijo el corsario, mientras sacaba una pistola del cinturón y le apuntaba con ella. Jim alzó la mano instándole a detenerse. Un momento – el pirata lo miró divertido – Primero tendrás que asegurarte de que esto es real, ¿no? – dijo palmeando el cofre que llevaba consigo – Si me matas y la fruta es falsa, estarás en la misma situación que antes – terminó con una sonrisa forzada. El pirata lo miró con seriedad, y luego estalló en carcajadas.

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Vaya, vaya, pero que mocoso más divertido – dijo mientras guardaba el arma – Está bien, pequeño rufián. Acércate a por tu amiguita. Pero más te vale no hacer nada raro – le indicó.

Jim avanzó despacio, temeroso por su seguridad y la de Bell. “Antes de hacer nada, tienes que hacerle creer que de tu pellejo depende el que obtenga o no lo que quiere”. Jim recordó, según caminaba por los tablones de madera, las primeras palabras de Duiken antes de partir al embarcadero. El pirata estaba frente a él. El chico le acercó el cofre con la mano derecha, mientras que el corsario le ofrecía a Bell con la suya. La niña le lanzó una mirada implorante. Tenía los ojos rojos de haber llorado, y un nuevo par de lágrimas comenzaban a nacer entre sus párpados: A la de tres – anunció el pirata. Jim asintió, con el corazón en un puño – Una… ¡Dos…! ¡¡Tres!! – la mano del corsario se lanzó como una víbora hacia el cofre, mientras que Jim, casi con mayor rapidez, aferraba con ambos brazos a Bell y se lanzaba junto a ella al mar. La zambullida le sacudió el cuerpo con fuerza, y el agua salada le acarició la piel con manos frías: ¡Jimmy! – gritó la muchacha al salir del agua, entre toses. Jim la agarró de los hombros, mientras pataleaba para mantenerse a flote, y la miró con decisión. Bell, sigue el camino de la costa y escóndete entre los acantilados – le dijo entre susurros – Hoy la mar está en calma, así que no habrá peligro de ir a nado. Yo cogeré su barca y haré que se aleje de la costa. Cuando veas una oportunidad, vuelve al pueblo y cuenta lo sucedido – terminó. Pero…

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¡Haz lo que te digo! – la instó. La niña obedeció y se alejo a nado, mientras él se sumergía bajo el muelle en dirección a la embarcación del pirata.

“Después tienes que encontrar lo más rápido posible una vía segura de escape y…”, recordó las palabras de Duiken mientras salía a la superficie y trataba de subirse a la barcaza: Vaya, ¡no me lo puedo creer! – oyó reír al pirata encima suya - ¡La “GomaGoma”! – Jim subió a la barca y cortó con una navaja las cuerdas que la unían al embarcadero. Se dispuso a desplegar las velas – ¡¡Ahora sí que nadie podrá detenerme!! – siguió el corsario - ¡¡Un momento…!! “Después tienes que encontrar lo más rápido posible una vía segura de escape y…”, Jim se palpó el bulto bajo la camisa. La “Goma-Goma” aún seguía en su sitio. “…asegurarte de que aún conservas un as bajo la manga”, escuchó las palabras del cuentacuentos en su cabeza. ¡¡¡ES FALSA!!! – oyó gritar al pirata. La embarcación se alejaba del muelle. Jim alcanzó a ver la crispada mirada del corsario - ¡Tú! – el pirata desenvainó su espada y saltó hasta la embarcación. La caída hizo que la barcaza se balanceara, y a punto estuvo de volcarse. Jim avanzó a gatas por la embarcación, pero el corsario lo cogió con fuerza por el hombro. El chico se llevó la mano al pantalón. “Y pase lo que pase. ¡Bajo ningún concepto has de entregarle la fruta!”, recordó a Duiken de nuevo. “Si va a hacerse con ella o va a tomar tu vida, ¡cómetela tú! ¡¡Un solo bocado hará que el resto de la fruta pierda su poder!! ¡¡Poder que se perderá contigo si te matan!!”, Jim cogió el tirachinas de su bolsillo y el “proyectil especial” que había

guardado para aquella ocasión. Tensó la cuerda y apuntó al rostro del pirata según este le daba la vuelta: ¿¡¡DÓNDE ESTÁ LA “GOMA-GOMA”, MOCOSO!!? – gritó el corsario hecho una furia. Muy a su pesar, Jim lamentaba el tener que desobedecer a Duiken. “¡No he venido aquí para morir!”, se dijo. “¡¡He venido para luchar…!!”, miró furioso al corsario y se preparó para disparar: ¡¡¡… COMO UN AUTÉNTICO PIRATA!!! – Jim soltó la cuerda del tirachinas. El proyectil entró por la boca berreante del corsario, y este soltó al muchacho entre toses. El chico cayó con fuerza y se golpeó con la madera de la embarcación de forma dolorosa. ¡¡Mal…!! ¡¡…di…!! ¡¡…to mocoso!! – dijo el pirata aún tosiendo - ¿¡Qué demonios me has hecho!? ¡¡La boca me sabe a rayos!! – se volvió al muchacho jadeando, y se quedó petrificado en el sitio. ¿Quieres la “Goma-Goma”? – dijo Jim, con la auténtica fruta en la mano izquierda. La embarcación se alejaba cada vez más de la costa. El pirata lo miraba con codicia. El chico palpó el tajo en el relieve de la fruta, allí donde había cortado un pedazo – Si la quieres, ¡¡ve por ella!! – gritó, mientras lanzaba con todas sus fuerzas la fruta al mar. ¡¡¡NO!!! – gritó el corsario - ¡¡¡MALDITO MOCOSO!!!

Jim lo vio venir con unos segundos de retraso. El brazo del pirata se movió como una centella con la espada en la mano, y el pedazo de acero descendió hacia él con fuerza. El muchacho trató de echarse a un lado para esquivar el tajo, pero se quedó a medio camino y notó el corte del metal en la mejilla izquierda, pasando dolorosamente por su

oreja. Jim sintió un latigazo de dolor en torno al oído, y cayó al suelo entre gritos. Con el sonido del metal aún resonando en su cabeza, oyó el chapoteó del agua cuando el pirata se lanzó al mar a recuperar la fruta que había tirado. “He ganado”, pensó, mientras le sobrevenía otro espasmo de dolor. A duras penas, logró asomarse por la cubierta de la embarcación. La suerte estaba de su lado (en cierta manera). No había ni rastro del bucanero. “Así que el efecto de la fruta es inmediato”, pensó. Si aquel engaño no hubiera funcionado, ahora él estaría muerto, y aquel pirata poseería el temido poder del diablo. Sin embargo, todo había salido según lo planeado. Él conservaba el pellejo a duras penas, y aquel corsario había muerto ahogado por culpa del mismo poder que ambicionaba. Jim habría sonreído si el dolor que sentía en el lado izquierdo de la cara se lo hubiera permitido. En su lugar, notaba la humedad de la sangre que manaba de la herida. De pronto recordó donde se encontraba y se incorporó con rapidez. Fue una mala idea por dos razones. La primera de ellas, por la punzada de dolor que sintió en el rostro nada más incorporarse. La segunda, el ver la enorme distancia que lo separaba de la costa. “Estoy mar adentro”, se dijo así mismo, asustado. Por si aquello no fuera poco, no tardó en percatarse en la masa de agua que se movía hacía él, veloz y ruidosa. “Eso no puede ser nada bueno”, pensó. La superficie del mar tuvo a bien de responder a sus pensamientos, y la cabeza de un colosal monstruo marino surgió de entre las aguas con las fauces abiertas, dispuesto a engullirle. “Casi que prefería al pirata”, fue lo primero que le vino a la mente al ver a aquella monstruosidad. La bestia se lanzó contra su embarcación, y Jim cerró los ojos aterrado, dispuesto a morir...

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¡¡¡FUEGO!!! – un grito ronco y potente perforó el aire, y fue rápidamente acallado por una salva de cañonazos.

Jim notó las explosiones muy cerca de él y abrió los ojos. La bestia se retorcía de dolor ante el bombardeo enemigo. El fuego de artillería se repetía con un ritmo característico, hasta que la bestia no pudo soportarlo más, y se hundió en el agua, abatida. La adrenalina provocada por el terror, se fue desvaneciendo poco a poco del cuerpo de Jim. El dolor volvió de forma perniciosa, y las fuerzas comenzaron a flaquearle. El muchacho cayó agotado con suavidad en la barca. Antes de perder el conocimiento, alcanzó a ver una bandera negra en medio de la niebla. Una calavera de tonos dispares, con una sonrisa remarcada por una barba poblada, aunque sólo en uno de sus lados.

“One Place”, una obra de Andrés Jesús Jiménez Atahonero. Fanfic original basado en la obra “One Piece” del mangaka Eiichiro Oda. Hecho por fan para fans.

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