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La tarea del educador católico

Dra. Ruth Ramasco de Monzón


Col. Sgdo. Corazón, 4 de octubre de 2008

La tarea del educador católico puede ser planteada desde distintas


situaciones:
a) La del educador católico en instituciones educativas católicas;
b) la del educador católico en instituciones educativas no católicas;
c) la del educador no católico en instituciones educativas católicas.

La perspectiva que vamos a asumir es la tarea del educador en una institución


o comunidad educativa católica, pero dando prioridad a su pertenencia a una institución.
Pues de esta manera podemos considerar nuestra educación real, aquella que alberga
distintas situaciones de vida: la de quienes se encuentran comprometidos vitalmente y en
su compromiso de fe con una institución; la de quienes transitan por diversas instituciones
educativas de variada situación frente a la vida de fe; la de quienes por sus decisiones de
vida y su historia se encuentran a profunda distancia de la fe en la que han sido
educados; la de aquellos incluso, que no poseen ni han poseído nunca ninguna referencia
personal a la fe, pero se encuentran profundamente vinculados a un proyecto institucional.
Y como eso, muchas otras situaciones diferentes. Tal es la vida de nuestras comunidades
educativas católicas.

Desde esa perspectiva comunitaria e institucional, podemos decir que


pertenecen a la tarea educativa no sólo aquellos que por titulación, profesionalidad,
competencia en algún área del conocimiento y pertenencia a un nivel de la educación
formal, se desempeñan en una institución educativa, sino también todos aquellos cuya
persona, gestos, palabras y acciones, se inscriben en un proyecto educativo, cualesquiera
fuera la tarea específica que desempeñaran en el mismo. Pues sus acciones forman parte
de la oferta real que los alumnos encuentran en la institución, y quedan para siempre
entramadas con su vida. Aún nos debemos un estudio muy serio de los circuitos de
refuerzo o fuga de los proyectos que se articulan desde los lugares de los miembros de la
comunidad que no son docentes profesionales.
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Supuesto este punto de vista del horizonte institucional y comunitario de los


proyectos educativos, la propuesta de trabajo será indagar por la tarea que está hoy en
las manos de las instituciones educativas y de sus docentes. A partir de las pistas que
esta tarea presente, esbozaremos el perfil del educador católico hoy. Pues, aunque es
verdad que muchas veces son nuestras propias capacidades y proyectos las que nos
hacen hacernos cargo de tareas, a veces es al revés: es la urgencia de la tarea la que
construye a quienes pueden hacerse cargo de ella y les indica lo que deben ser. Porque
no hay una sola forma de educar y lo que debemos ser como educadores es lo que
nuestros alumnos y nuestra vida social requiere. Nada más que eso, nada menos que
eso. Propondremos entonces la tarea y derivaremos de ella y de la profundidad del
Misterio en el que creemos el perfil de nosotros como educadores. Nos hemos animado
también a proponer ciertos rasgos que nos parecen brotar del carisma peculiar del
Mensaje de Lourdes y de su itinerario histórico en Tucumán.

1. Primera tarea: la comunidad educativa como mundo de la dignidad de niños y jóvenes

Las crecientes exigencias laborales y económicas de los adultos, la


vulnerabilidad del empleo y su inestabilidad, la complejidad de la vida social, los fracasos
en nuestra vida de afecto de pareja y de familia, han desplazado con inmensa fuerza la
estabilidad del mundo de los niños y jóvenes. Situados en el interior de una tensión que a
veces no parece tener fin, nuestros dolores y dificultades han transformado el mundo de
los niños y jóvenes en una experiencia de nomadismo y carencia: las vidas de muchos de
ellos transcurre en un complicado pacto de la distribución horaria y espacial de sus
personas, de sus vínculos, de sus actividades. Son desarraigados de un espacio de
referencia y dispersadas sus pertenencias, llevados a establecer relaciones forzadas con
las personas nuevas en las vidas de sus progenitores. No estamos estableciendo un juicio
sobre las situaciones de vida de los adultos. Lo que deseamos es mostrar la relevancia de
dificultad educativa que supone sus consecuencias en la vida de los jóvenes. Aquello que
debiera ser un patrimonio debido a su condición de seres en crecimiento, poseer adultos
que se responsabilicen de ellos, pasa a ser una meta a conseguir, una complicada
geometría de las emociones de sus padres. Más aún, son ellos quienes deben servir de
soporte emocional y vital para adultos destrozados por sus problemas. En otras palabras,
muchos de nuestros alumnos son jóvenes y niños desplazados de su lugar de tales.
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Nadie guarda atención a las características psicológicas y cognitivas propias de su edad,


a sus deseos, al ritmo de sus propias actividades. La carencia y la mendicidad de
atenciones, responsabilidades y afectos es su condición habitual.

Frente a esta situación, es necesario subrayar que las comunidades


educativas deben incorporar en sus procesos de autocomprensión que tratan con seres
humanos que necesitan un mundo de estabilidad compensatoria, un mundo donde sus
procesos, sus edades, sus características, su dignidad de ser en crecimiento y aún
indefenso y dependiente, sean, no sólo importantes, sino criterios de construcción de la
vida misma de la institución, de sus reglas, de sus sanciones, de sus metas. Las
comunidades educativas son, para muchos, su única referencia estable, la única memoria
de la importancia de sus problemas, el único mundo donde son cuidados. A veces, la
única organización del tiempo y del espacio que tiene algo de permanencia. Una
comunidad educativa debe hacerse cargo del hecho de que muchos de sus alumnos la
requieren para poder construir su identidad, pues una identidad necesita una
permanencia. Es imprescindible proporcionar un sentido de pertenencia y arraigo en las
comunidades educativas, una pertenencia que produzca orgullo. Pues no es posible
construir la propia identidad sin alguna pertenencia de la que podamos sentirnos
orgullosos y a la que podamos sentir nuestra.

Lo queramos o no, las instituciones educativas deben asumir las reales


situaciones de orfandad de gran parte de la población educativa, aunque no admita ser
nombrada como tal. No para transformarnos en padres o madres de nuestros alumnos,
sino para darles lo que sí podemos ofrecerles: un mundo donde hay quienes deseen
asumir la responsabilidad de educarlos. Esta tarea no puede llevarse a cabo sin el
necesario ejercicio de la autoridad. En tal sentido, y pese a los necesarios recaudos
jurídicos, y a la necesaria prudencia respecto a la vida familiar, es preciso decir que una
comunidad educativa no puede tener miedo a la necesaria autoridad que debe poseer,
porque sus límites deben ser una muralla infranqueable que protege la dignidad de sus
alumnos frente a todos los atropellos, incluso cuando éstos vinieran de su mismo medio
familiar. Una comunidad educativa pone límites, en el respeto y con atención a los
procesos, pero límites. Límites, importantísimos en la educación de varones, a todo
exceso de protección materna que signifique graves problemas en la construcción de su
independencia y responsabilidad. Es verdad que necesitamos recibir de las madres de
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nuestros alumnos la mirada que capta la vulnerabilidad y debilidad de sus hijos, el


esfuerzo que puede hacer y aquel que corre el riesgo de destruirlo; eso es verdad. Pero
ellas necesitan recibir de nosotros la franqueza de una pregunta: ¿quiere que su hijo sea
un hombre o no? ¿Lo quiere para el mundo o dependiendo de Ud. para siempre? Límites,
también, a los falsos proyectos de construcción de varones de muchos de los padres, que
identifican virilidad con prepotencia o ausencia de límites, o sustituyen con bienes
excesivos su ausencia, o destruyen en ellos toda expectativa de compañía, porque de
antemano los han educado en el absoluto desprecio y servilización de quienes pueden ser
sus amigas, sus compañeras, aquellas con las que pueden construir un mundo que les
pertenezca. No podremos escapar de las situaciones de conflicto con los padres, o con
los que dicen serlo y son sólo unos irresponsables insoportables. En este momento,
educar jóvenes y niños es un seguro conflicto con muchos de sus padres.

Ahora bien, si éste es un desafío que posee todo aquel que desee educar,
mucho más lo es para quienes creen que el Misterio del Dios vivo es el Misterio de un
Dios que ha sido indefenso y necesitado de cuidado. Forma parte de la tarea de todo
educador católico abrir el misterio de la dignidad de sus alumnos y de su necesario
resguardo, al Misterio de la Vulnerabilidad del Dios Vivo, de Aquel que libremente se ha
puesto en las manos de los hombres, para que éstos fueran capaces de hacerlo crecer
como hombre. De allí puede salir una fuerza capaz de animarnos a enfrentar todas las
dificultades que fuera necesario enfrentar para ofrecer a nuestros alumnos un lugar donde
puedan crecer y hacerse hombres, no saltar desde la cuna hasta la adultez sin que nadie
o apenas algunos se den cuenta que necesitaban un mundo que los tratara como a niños
y jóvenes.

Nos animamos también a decir que este colegio de los Hermanos Lourdistas
posee para esta tarea otra razón y otra fuerza que brotan del mismo Mensaje de Lourdes
y su arraigo en la Inmaculada Concepción de María. Tan importante es el espacio donde
un niño crece, que el mismo Dios ha suscitado un “espacio humano inmaculado” para que
en él fuera concebido su propio Hijo, un espacio que amparara al mismo Dios para que
pudiera estar absolutamente al abrigo del pecado y del mal. Es en la fuente límpida de la
Inmaculada Concepción de María donde esta institución puede encontrar sus propias
razones para construir un espacio educativo que ampare a sus alumnos frente a todo
avasallamiento de su condición de niño o de joven.
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2. Segunda Tarea: la socialización en la justicia y la verdad

La vida educativa es un inmenso proceso de socialización. Es allí, además de


su casa, donde un joven necesita aprender a establecer la relación entre acción y
consecuencia, el establecimiento de los límites necesarios, la búsqueda de la justicia
posible, el valor de los errores, la necesidad de transformar su energía y su violencia en
actividad y construcción de vínculos y obras, el valor de la responsabilidad social, la
necesidad de construir una presencia pública responsable, como requisito indispensable
para la formación de líderes sociales. Es allí donde debe aprender que es posible vivir
honestamente. Las comunidades educativas deben educar para la acción de justicia, a
través de sus propias dinámicas de justicia.

Sin embargo, esto no puede ser llevado a cabo sin establecer una severa
crítica al consumismo y su ingerencia en las dinámicas internas de la vida escolar. Las
instituciones educativas deben establecer, pese a su rango de resistencia, una implacable
crítica al consumismo, incluso cuando este consumo esté sostenido por las culturas
familiares. En el mundo del consumo, los jóvenes se encuentran solos. Y esto, no
necesariamente por las irresponsabilidades de los padres, sino porque el mundo del
consumo quiere a los jóvenes solos, pues allí son más vulnerables y de este modo y a
través de ellos, se construye, un puente hacia los genuinos productores de recursos y
bienes, los adultos.

No podemos realizar ninguna tarea de sensibilización social, ni promover el


compromiso de los jóvenes con el mundo y sus problemas, sin enfrentar la tarea de
criticar al consumismo. Éste es el hueco por donde escapan todas sus buenas
intenciones, pues es transformado en el sujeto de un deseo insaciable y siempre nuevo.
La diversión juvenil se ha transformado en imposición de consumo, los vínculos están
atravesados de consumo, sus expectativas de pareja o su negativa a ella tienen que ver
con un proyecto de vida regido por el canon del alto nivel de consumo obligatorio. Las
instituciones educativas y sus docentes deben buscar estrategias para volver significativa
la austeridad social, estrategias para aprender a valorar lo que no es objeto de consumo.
No será posible devolver al servicio del bien común los grupos sociales a los que
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pertenecen sus alumnos, sin enfrentar antes una vigorosa acción de educación respecto
de sus desbordes en el consumo.

Por otra parte, esta acción de socialización en justicia exige abrir un espacio
para la recreación de un lugar social de los niños y jóvenes, lugar que no puede ser sólo
el lugar del que tiene esparcimientos o del que sólo es objeto de ofertas de consumo. Las
instituciones educativas tienen también como tarea la instalación de una crítica social, en
lo que hace a la ubicación imaginaria de los jóvenes en la vida social. Su única presencia
no puede consistir en su amontonamiento en algunas calles del centro, o la algarabía de
las semanas, o la desaparición o muerte de alguno, o la violencia. Hay que abrir un
espacio social donde puedan mostrarse en todas sus potencialidades, hay que
transformarse en una cuña que presione hasta que el mundo social se abra para
recibirlos. Es inútil entusiasmarlos para que formulen proyectos que superen el ámbito de
lo meramente individual, si no despejamos antes el terreno donde puedan desplegarlos.
No se dejen vencer por el temor a la ridiculez del bien en un mundo atravesado por un
discurso social de transgresión. El bien no es ridículo, y si nosotros debemos pasar el
ridículo por ello, bueno, pasémoslo.

La vida cristiana anuncia una Liberación que excede los cánones de la justicia,
pues es Jesucristo la justicia del Dios Viviente. Esta Justicia de sobreabundancia, que
abre el mundo y destruye los límites férreos del pecado, Justicia que se eleva desde la
altura de la Cruz, llama a toda institución y educador católico a instaurar un mundo de
justicia, por elevado que sea el costo que deba pagar por ello. Sin embargo, este
necesario impulso a la promoción de la justicia que debe imprimir en todos sus alumnos,
debe ir acompañado de aquella verdad que es la figura de toda construcción humana: la
Cruz de Jesucristo. Por eso, la educación en la instauración de la Justicia debe ir
acompañada de la donación de una verdad definitiva: quien entra en la construcción del
Reino y de su Justicia, comienza a seguir las huellas de un Crucificado. Seguir estas
huellas es aceptar la posibilidad de la Cruz, espejo real de la Justicia del Padre. Ningún
educador católico, ninguna institución, puede ocultar ni borrar de su mensaje la presencia
real de la Cruz en la instauración de la justicia.

El Mensaje de Lourdes no ha ocultado el sufrimiento humano, no se ha


presentado como una anulación del dolor y de la cruz. Por eso, muchos se acercan a él
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en espera de que su cruz desaparezca y reciben de las manos de la Virgen el milagro de


una cruz que ya no separa de Dios sino que se vuelve parte de su Misterio. Una
comunidad que brota de la cercanía con el misterio del sufrimiento es capaz de acercar a
sus alumnos a la Cruz de Jesucristo, medida real de la Justicia del Dios vivo.

Ahora bien, una institución educativa posee un talante específico de


socialización: socializa en el conocimiento y en la verdad. Abre las expectativas de una
vida en justicia, pero en una vida dinamizada por la apertura de la inteligencia hacia el
conocimiento. Ese ha sido el talante de esta congregación en nuestro medio. Para
muchos de los alumnos de su colegio, su paso por él ha significado el descubrimiento de
un horizonte imposible de pensar en su vida familiar, el descubrimiento de la vida del
intelecto como forma posible de experiencia y sentido de su propia virilidad. Las figuras
señeras de muchos de los Padres Lourdistas han significado esto: hombres que sabían,
hombres entusiasmados por saber. Creían y sabían, eran hombres que amaban el
estudio. Su cultura francesa de origen produjo en muchos alumnos una fuerte apertura de
los provincianismos y dio un rostro muy real y concreto a la interculturalidad de la que está
hecha nuestra vida social. Exhiban, sin miedo, rectificando todos los errores, con
disposición de conversión, una experiencia de escolaridad que es intercultural por su
tradición, no porque se hable en dos idiomas. No dilapiden su tradición. Es esa tradición la
que ha hecho que muchos hombres de nuestro suelo abran su vida al horizonte del
conocimiento.

3. Tercera tarea: La apertura del hombre al Misterio de Dios

A nadie puede escapársele la progresiva distancia, insignificancia y


ridiculización de lo cristiano en la vida pública. Los criterios que brotan del Evangelio
parecen pertenecer a un catálogo de antigüedades que ya casi nadie tiene ganas de
conocer. La descristianización de la vida es un fenómeno accesible a todo aquel que
quiera mirarlo. Si atendemos a los medios de comunicación, el abandono práctico efectivo
del cristianismo parece atravesar grandes capas de nuestra sociedad, sobre todo en los
medios urbanos. Las afirmaciones más elementales de la vida cristiana son desconocidas
por quienes afirman practicarlo. De manera que la lejanía práctica se encuentra
acompañada de una muy fuerte ignorancia religiosa. Esta situación configura una tarea
muy fuertemente sentida por quienes educan y creen.
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La catequesis debe estar acompañada de una fortísima vida total cristiana de


la comunidad, pues gran parte de los alumnos (y de los jóvenes en general) desarrollan
su vida en el interior de un mundo religioso confuso y de escasa o nula repercusión en su
vida cotidiana. La cultura pública y la familiar no constituyen ningún refuerzo para la
acción educativa de los colegios, la mayor parte de las veces. Ello implica la necesidad de
un fortalecimiento de la catequesis, porque se trata de una educación a quien nadie más
sostiene. Es necesario ahondar en las propuestas de contenido y fortalecer la
construcción de actitudes y virtudes humanas. Fortaleza, templanza, prudencia, justicia:
nuestros alumnos muchas veces tiran su cristianismo porque no tienen fuerzas humanas
para enfrentar los problemas, los conflictos, los errores de su propia vida; tiran el
cristianismo porque su humanidad no les permite sostenerlo. Sin embargo, su carisma
cuenta con un gran mensaje de salud. La concurrencia y significado que tiene la gruta en
San Pedro habla a sus oídos institucionales de la fe del pueblo en que el Misterio del Dios
Vivo se ha abierto para siempre en su Madre. Propongan, animen, entusiasmen. Este
sentido de milagro y aparición puede convertirse en una instancia metodológica que
oriente el sentido puramente lourdista de la catequesis. Pues no hay mayor milagro que
nuestra redención, y el colegio podría convertirse, metodológicamente, en una experiencia
de aparición o irrupción de la acción de Dios en nuestra vida. Es necesario transformarlo,
tanto dentro como fuera de las instituciones, en un gran mensaje de salud para Tucumán.

Esto implica la necesidad de un acompañamiento más intenso y más extenso,


pero de un acompañamiento que debe buscar la forma de salir al camino de sus vidas y
de sus tiempos, por ejemplo, como propuestas de proyectos de acompañamientos de ex –
alumnos en la vida de fe.

Queremos hacer aquí un señalamiento del que a veces las instituciones


católicas no son conscientes. Y es curioso, porque es no tomar conciencia de su riqueza.
Estamos acostumbrados a la denuncia constante de cualquier error que cometemos como
institución, a la mirada perspicaz sobre todos nuestros límites, al escándalo público de
todos y cada uno de nuestros errores. A veces esa mirada y ese escándalo tienen razón.
Pero también hay que decir que nuestra vida cotidiana, tan llena de mil actitudes de
respeto y cuidado de quienes no son nuestros hijos, del enfrentamiento con el conflicto
cotidiano y la posibilidad de juicio con sus consecuencias económicas, tan llena de miles
de responsabilidades en un mundo que no quiere asumir ninguna responsabilidad; eso,
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nuestra vida cotidiana, sin desconocer nuestros límites, sin dejar de avergonzarnos de
ellos, dispuestos a la conversión, es altamente valiosa, estable e inspirada en criterios
evangélicos, que han sido los únicos capaces de contener a una innumerable multitud de
seres humanos. Podemos estar dispuestos a convertirnos en lo que tenemos de injusto,
pero debemos sentir orgullo por lo que hacemos bien. La pregunta sería: ¿qué pasaría en
Tucumán, si las congregaciones religiosas o la Iglesia tucumana ya no quisieran educar?
¿Qué pasaría en Tucumán, si los católicos se apartaran de toda tarea educativa? Bueno,
no lo sabemos, pero debemos animarnos a imaginar su resultado. La Iglesia estaría más
tranquila (no tengo duda); los religiosos y religiosas estarían más tranquilos, por supuesto;
pero algo inconmensurablemente grande faltaría. Eso inconmensurablemente grande es
el hecho de que la presencia de Dios en nuestra vida y en nuestra mente vaya
manifestándose progresivamente en nuestros procesos de educación.

El educador católico
.
Ahora sí podemos hablar del educador católico: el educador de este momento
es aquel que puede asumir estos desafíos, movido por un inmenso amor a los jóvenes y
hacia Dios.

El educador católico es quien tiene la humildad de la idoneidad profesional: la


idoneidad, el duro sometimiento a sus exigencias y titulaciones, al aprendizaje de
metodologías, el cumplimiento de sus obligaciones laborales, sean éstas cuales fueren.
La construcción de su idoneidad y el cumplimiento fiel de su trabajo es su identificación
con la kénosis de Jesucristo. Se ha hecho hombre entre los hombres. De otra manera,
tendrían razón sus colegas, cuando, frente al espectáculo de sus insuficiencias en el
saber y los incumplimientos de sus deberes, rechazan su pseudo identidad cristiana
porque, a sus ojos, es sólo una fachada de su deshonestidad laboral.

El educador católico es aquel que sabe que la educación de un ser humano,


efectuada institucionalmente, es un complejo proceso donde se dan cita las exigencias y
lineamientos que provienen de la propuesta educativa de la sociedad y sus instituciones
(más allá o más acá de la permeabilidad que posea una sociedad para recibir, interactuar
o simplemente copiar los proyectos de otras sociedades), las decisiones de la propia
institución (con su lucidez, su ceguera, sus recursos, su pobreza) y la tradición
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institucional, el complicado mundo humano de la comunidad educativa, que incluye las


homogeneidades y desniveles de su personal, la variedad de sus situaciones laborales,
las culturas familiares a las que pertenecen los alumnos, y, por supuesto, estos mismos,
integrantes de un mundo sociocultural que los solicita, reclama, censura, avasalla, etc. Un
educador sabe que la educación institucional es un mundo múltiple y, por ende, sabe que
no puede desarrollar su tarea sin contribuir a la formación de un mundo, de criterios, de
actitudes, de reglas de juego, de propuestas de acción. Otros tiempos permitían que gran
parte de la acción educadora se desarrollara en el interior del aula. Estos tiempos no. O
se construyen instituciones, o no se educa; o las instituciones contribuyen con la
construcción del mundo social, o no se educa. Un educador católico es quien sabe que su
tarea forma parte de su vocación de mundo y construye instituciones como aporte
insustituible a la vida social de su medio.

El educador católico es aquel que está dispuesto a conducir su saber, su


experiencia didáctica, su tarea de conducción, o de administración, o de consejo legal, o
de conserjería, o de portería, al Misterio de la configuración con Jesucristo y su
acontecimiento pascual. Esto quiere decir que sabe, y que se esfuerza diariamente en
invitar a los otros a saber. Pero no le basta saber: está llevado a hacer sea una invitación
a penetrar en el Misterio del Dios Vivo. Y eso, no porque habla de Dios en cada clase,
sino por lo que sabe, por sí mismo, por una decisión que abarca cada uno de sus actos y
compromisos. El educador católico es quien anima a enfrentar las dificultades y fracasos
hasta depositarlos en el Misterio de la Cruz. No importa cuán difícil resulte ello, porque se
sostiene en las manos de María, quien ha permanecido al lado de Jesús.