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EJES DE LA ESI

Con el objetivo de garantizar este enfoque integral de la educación sexual, es que se establece en la
Resolución 340/18 los cinco ejes conceptuales que pretenden abordar la sexualidad desde todos sus
aspectos, buscando el cumplimiento de la Ley ESI y el desarrollo de los lineamientos curriculares.  
Estos cincos ejes son: Cuidar el cuerpo y la salud, valorar la afectividad, reconocer la perspectiva de género,
respetar la diversidad y ejercer nuestros derechos. 
El eje cuidar el cuerpo y la salud implica entender que el cuerpo no está vinculado sólo con la
dimensión biológica sino que también está constituido por los significados y valoraciones que se le otorgan
en cada sociedad y en cada momento histórico. 
La salud no como ausencia de enfermedad, no donde se priorizan los aspectos físicos, sino como
aquella que incluye aspectos psicológicos, sociales y culturales, no es una cuestión individual, es también un
proceso social, grupal y comunitario que incluye las condiciones de vida y de trabajo, la educación, las redes
sociales y el acceso a todos aquellos recursos que hacen posible la vida humana. En este sentido, adquiere
importancia el fortalecimiento de la autoestima y la autonomía, ya que dicho eje busca el reconocimiento del
cuerpo sexuado y sus distintos cambios como parte de la identidad de las personas, con la finalidad de tomar
decisiones sobre la salud en general y la salud sexual y reproductiva en particular. Para lograr esta
autonomía y autoestima, es necesario que en los colegios se dejen de reproducir ciertas expresiones con
contenidos sexista, homofóbico, patriarcal, los cuales se interpretan como ruidos y murmullos en tanto
síntomas de configuraciones discursivas opresivas que ordenan y regular las subjetividades.
Por lo tanto, es necesario que cuando se trabaje dicho eje en la escuela se incorporen otras
dimensiones además de la biológica, como por ejemplo la historia personal, los discursos científicos, los
derechos humanos, las ofertas de la sociedad de consumo, realizando una reflexión crítica sobre los modelos
y los mensajes de belleza.  Sin embargo, podemos encontrar normas, reglas y prácticas en las escuelas que
condicionan el cuerpo, los comportamientos corporales y la sexualidad, como ser grupos de educación física
que excluyen por género o constitución física las actividades que se pueden realizar, o cuando se perciben
prejuiciosamente ciertas actitudes corporales en las mujeres como “provocativas” 
Por el contrario, si la escuela hace lugar al cuerpo y la sexualidad, sin la presencia de estereotipos,
las prácticas educativas pueden ser pensadas y vivenciadas, como lugares de placer y espacios de afectividad
y cuidado de uno mismo y del otro, de despliegue subjetivo, de encuentro con otros, de experiencia afectiva
y amorosa.
Por otra parte, el eje valorar la afectividad, implica considerar que la misma se manifiesta a través
de los vínculos, sentimientos, valores y emociones que constituyen al ser humano, de esta manera esta
dimensión nos aleja de perspectivas reduccionistas donde las personas se definen por un único y exclusivo
rasgo asociado a la razón y nos permite tener una visión integral de los seres humanos. También significa
valorar el lugar que ocupan las emociones y sentimientos en el aprendizaje y contribuir al desarrollo de la
empatía, la solidaridad y el respeto, haciendo hincapié en que las formas de comunicar dichos sentimientos
no vulneren los derechos de nadie.
Tener presente el aspecto afectivo no implica anular o invisibilizar las tensiones o los conflictos que
están presentes en todos los vínculos, por el contrario, nos permite dar cuenta de esas tensiones y abordarlas
de la mejor manera posible. La escuela puede abordarlas mediante espacios de confianza y diálogo,
brindando herramientas para que cada uno/a pueda identificar y decir lo que le sucede y lo que siente,
construyendo relaciones y vínculos más igualitarios. 
A partir de esto es que, nuestro lugar como docentes debe permitir la escucha atenta y respetuosa de todas
las opiniones y saberes, la valoración de las diferentes propuestas y modos de resolver una tarea, la
comprensión de que el error es parte del proceso de construcción de conocimientos, poniendo así en juego la
sensibilidad, el afecto, la necesidad de apertura y sobre todo, la necesidad de dejarnos transformar a nosotros
mismos en este proceso.
El eje reconocer la perspectiva de género permite analizar cómo operan las representaciones
sociales, los prejuicios y estereotipos en cada contexto social. Podemos decir que el concepto de género abre
y cuestiona “verdades absolutas” que muchas veces naturalizan las desigualdades entre varones y mujeres.
Esta categoría de género introduce dos dimensiones que son de gran importancia en estas
desigualdades. Por un lado, propone que la identidad de género es una construcción social y no un rasgo que
deriva de la anatomía y aporta una perspectiva en cuanto a las relaciones de género, donde los varones (y/o
otras identidades de género) también hacen parte de ese sistema, y que son relaciones de poder, donde unos
ocupan posiciones aventajadas y otros/as menos valoradas.
Los estereotipos de género son las representaciones simplificadas, incompletas y generalizadas que
se realizan teniendo como base al sexo biológico. Estos estereotipos funcionan a partir de asociar una pauta
cultural con un hecho biológico, por ejemplo, inhibir el dolor o sufrimiento de los varones, ya que
culturalmente se los considera fuertes y llorar los representa como débiles, donde es considerado que las
sensibles son las mujeres. Los hombres jóvenes aprenden que la adopción de formas “femeninas” de
comportamiento pueden llevarlos al ridículo o a ser estigmatizados, y a veces desarrollan comportamientos
riesgosos con el fin de evitar ser considerados femeninos o afeminados. 
El concepto de igualdad de género permite mirar las relaciones y acciones, reconociendo que
históricamente las mujeres fueron discriminadas y/o no reconocidas de forma igualitaria en relación a los
varones, y que nuestras acciones en la escuela deben apuntar a tratar de disminuir esas desigualdades. El
trabajo en la escuela implica revisar, reflexionar y cuestionar muchas de las ideas y concepciones que
tenemos sobre cómo nos relacionamos varones y mujeres, sobre lo que esperamos de unos y de otras, sobre
las expectativas distintas que tenemos según sea una alumna o un alumno, etc.
En el eje respetar la diversidad implica el reconocimiento y la valoración de las diferencias que
tenemos los seres humanos, por ejemplo: origen étnico, nacionalidad, creencias religiosas, políticas, edad,
condición social, orientación sexual e identidad de género, entre otras. Es decir, el respeto por la diversidad
implica asumir que todas las personas somos distintas e iguales en derechos. 
Existen otras maneras de sentir y amar en nuestra cultura, que han sido invisibilizadas como
consecuencia de la presunción de heterosexualidad, donde se cree que todas las personas con las cuales se
interactuan son o deben ser heterosexuales. Esto parte de la “heteronormatividad” ya que la misma refiere a
una regla social que presenta a la heterosexualidad como la verdadera y única forma posible de desear y
amar. 
Abordar la diversidad sexual desde la educación implica estar atentos/as a aspectos concretos como,
respetar el nombre con que se presentan las personas, más allá del sexo asignado al nacer. Por lo que, llevar
adelante la educación sexual desde una mirada integral, supone hacer de las escuelas espacios inclusivos y
respetuosos en los cuales todas las personas tengan la libertad de poder expresar su orientación sexual y su
identidad de género sin temor a ser discriminadas o estigmatizadas. 
El eje ejercer nuestros derechos evidencia que los niños, niñas y adolescentes son sujetos de
derecho con plena capacidad para participar, ser escuchados/as y no discriminados/as por ningún motivo y
considera a los/as adultos/as y al Estado como garante de sus derechos. Se trata de reconocer a niños/as y
adolescentes/jóvenes como ciudadanos/as que tienen algo para decir y hacer en las instituciones escolares, y
que es la escuela la que debe garantizar el derecho social a una educación que construya ciudadanía desde el
nivel inicial. 
La perspectiva de derecho sostiene que los/as adultos tienen la responsabilidad y el deber de proteger
y garantizar los derechos de los más chicos, lo que no elimina la asimetría en los vínculos entre adultos y
niños, niñas y adolescentes, sino que promueve otra manera de que estos se vinculen. 
La ESI reconoce a los niños, niñas y adolescentes como sujetos de derecho, esto implica que tienen
derecho, por ejemplo, a recibir información científicamente validada, a vivir sin violencia y sin
discriminación de género y por orientación sexual, derecho a decir “no” frente a situaciones de presión de
pares o de adultos, así como también, derecho a la identidad, al buen trato, al acceso a la educación de
calidad para todos/as, a servicios de salud también de calidad, a expresar las opiniones, a elegir libremente, a
ser respetados/as en las elecciones que realizamos, a la integridad física, psíquica y moral, etc.

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