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Conclusión

Como vemos, la ceniza no es un rito mágico, no nos quita nuestros pecados, para ello
tenemos el Sacramento de la Reconciliación. Es un signo de arrepentimiento, de
penitencia, pero sobre todo de conversión. Es el inicio del camino de la Cuaresma, para
acompañar a Jesús desde su desierto hasta el día de su triunfo que es el Domingo de
Resurrección.

Debe ser un tiempo de reflexión de nuestra vida, de entender a donde vamos, de


analizar como es nuestro comportamiento con nuestra familia y en general con todos
los seres que nos rodean.

En estos momentos al reflexionar sobre nuestra vida, debemos convertirla de ahora en


adelante en un seguimiento a Jesús, profundizando en su mensaje de amor y
acercándonos en esta Cuaresma al Sacramento de la Reconciliación (también llamado
confesión), que como su nombre mismo nos dice, representa reconciliarnos con Dios y
sin reconciliarnos con Dios y convertirnos internamente, no podremos seguirle
adecuadamente.

Está Reconciliación con Dios está integrada por el Arrepentimiento, la Confesión de


nuestros pecados, la Penitencia y finalmente la Conversión.

El arrepentimiento debe ser sincero, reconocer que las faltas que hemos cometido
(como decimos en el Yo Pecador: en pensamiento, palabra, obra y omisión), no las
debimos realizar y que tenemos el firme propósito de no volverlas a cometer.

La confesión de nuestros pecados.- el arrepentimiento de nuestras faltas, por sí mismo


no las borra, sino que necesitamos para ello la gracia de Dios, la cual llega a nosotros
por la absolución de nuestros pecados expresada por el sacerdote en la confesión.

La penitencia que debemos cumplir empieza desde luego por la que nos imponga el
sacerdote en el Sacramento de la Reconciliación, pero debemos continuar con la
oración, que es la comunicación íntima con Dios, con el ayuno, que además del que
manda la Iglesia en determinados días, es la renuncia voluntaria a diferentes
satisfactores con la intención de agradar a Dios y con la caridad hacia el prójimo.

Y finalmente la Conversión que como hemos dicho es ir hacia delante, es el


seguimiento a Jesús.

Es un tiempo de pedir perdón a Dios y a nuestro prójimo, pero es también un tiempo


de perdonar a todos los que de alguna forma nos han ofendido o nos han hecho algún
daño. Pero debemos perdonar antes y sin necesidad de que nadie nos pida perdón,
recordemos como decimos en el Padre Nuestro, muchas veces repitiéndolo sin meditar
en su significado, que debemos pedir perdón a nuestro Padre, pero antes tenemos que
haber perdonado sinceramente a los demás.
Y terminemos recorriendo al revés nuestra frase inicial, diciendo que debemos
escuchar y leer el Evangelio, meditarlo y Creer en él y con ello Convertir nuestra vida,
siguiendo las palabras del Evangelio y evangelizando, es decir transmitiendo su
mensaje con nuestras acciones y nuestras palabras.
Miércoles de Ceniza

Hoy empezamos la Cuaresma a través de la imposición de las cenizas, un símbolo que


es muy conocido para todos. La ceniza no es un símbolo de muerte que indica que ya
no hay vida ni posibilidad de que la haya. Nosotros la vamos a imponer sobre nuestras
cabezas pero no con un sentido negativo u oscuro de la vida, pues el cristiano debe ver
su vida positivamente. La ceniza se convierte para nosotros al mismo tiempo en un
motivo de esperanza y superación. La Cuaresma es un camino, y las cenizas sobre
nuestras cabezas son el inicio de ese camino. El momento en el cual cada uno de
nosotros empieza a entrar en su corazón y comienza a caminar hacia la Pascua, el
encuentro pleno con Cristo.

Jesucristo nos habla en el Evangelio de algunas actitudes que podemos tener ante la
vida y ante las cosas que hacemos. Cristo nos habla de cómo, cuando oramos,
hacemos limosna, hacemos el bien o ayudamos a los demás, podríamos estar
buscándonos a nosotros mismos, cuando lo que tendríamos que hacer es no buscarnos
a nosotros mismos ni buscar lo que los hombres digan, sino entrar en nuestro interior:
“Y allá tu Padre que ve en lo secreto te recompensará.”

Es Dios en nuestro corazón quien nos va a recompensar; no son los hombres, ni sus
juicios, ni sus opiniones, ni lo que puedan o dejen de pensar respecto a nosotros; es
Nuestro Padre que ve en lo secreto quien nos va a recompensar. Que difícil es esto
para nosotros que vivimos en una sociedad en la cual la apariencia es lo que cuenta y
la fama es lo que vale.
Cristo, cuando nosotros nos imponemos la ceniza en la cabeza nos dice: “Tengan
cuidado de no practicar sus obras de piedad delante de los hombres; de lo contrario no
tendrán recompensa con su Padre Celestial”. ¿Qué recompensa busco yo en la vida?

La Cuaresma es una pregunta que entra en nuestro corazón para cuestionarnos


precisamente esto: ¿Estoy buscando a Dios, buscando la gloria humana, estoy
buscando la comprensión de los demás? ¿A quién estoy buscando?

La señal de penitencia que es la ceniza en la cabeza, se convierte para nosotros en una


pregunta: ¿A quién estamos buscando? Una pregunta que tenemos que atrevernos a
hacer en este camino que son los días de preparación para la Pascua; la ceniza cae
sobre nuestras cabezas, pero ¿cae sobre nuestro corazón?

Esta pregunta se convierte en un impulso, en un dinamismo, en un empuje para que


nuestra vida se atreva a encontrarse a sí misma y empiece a dar valor a lo que vale,
dar peso a lo que tiene.

Este es el tiempo, el momento de la salvación, nos decía San Pablo. Hoy empieza un
período que termina en la Pascua: La Cuaresma, el día de salvación, el día en el cual
nosotros vamos a buscar dentro de nuestro corazón y a preguntarnos ¿a quién
estamos buscando? Y la ceniza nos dice: quita todo y quédate con lo que vale, con lo
fundamental; quédate con lo único que llena la vida de sentido. Tu Padre que ve en lo
secreto, sólo Él te va a recompensar.

La Cuaresma es un camino que todo hombre y toda mujer tenemos que recorrer, no lo
podemos eludir y de una forma u otra lo tenemos que caminar. Tenemos que aprender
a entrar en nuestro corazón, purificarlo y cuestionarnos sobre a quién estamos
buscando.

Este es le sentido de la ceniza en la cabeza; no es un rito mágico, una costumbre o


una tradición. ¿De qué nos serviría manchar nuestra frente de negro si nuestro
corazón no se preguntara si realmente a quien estamos buscando es a Dios? Si busco
a Dios, esta Cuaresma es el momento para caminar, para buscarlo, para encontrarlo y
purificar nuestro corazón.

El camino de Cuaresma va a ser purificar el corazón, quitar de él todo lo que nos


aparta de Dios, todo aquello que nos hace más incomprensivos con los demás, quitar
todos nuestros miedos y todas las raíces que nos impiden apegarnos a Dios y que nos
hacen apegarnos a nosotros mismos. ¿Estamos dispuestos a purificar y cuestionar
nuestro corazón? ¿Estamos dispuestos a encontrarnos con Nuestro Padre en nuestro
interior?

Este es el significado del rito que vamos hacer dentro de unos momentos: purificar el
corazón, dar valor a lo que vale y entrar dentro de nosotros mismos. Si así lo
hacemos, entonces la Cuaresma que empezaremos hoy de una forma solemne, tan
solemne como es el hecho de que hoy guardamos ayuno y abstinencia (para que el
hambre física nos recuerde la importancia del hambre de Dios), se convertirá
verdaderamente en un camino hacia Dios.

Este ha de ser el dinamismo que nos haga caminar durante la Cuaresma: hacer de las
mortificaciones propias de la Cuaresma como son lo ayunos, las vigilias y demás
sacrificios que podamos hacer, un recuerdo de lo que tiene que tener la persona
humana, no es simplemente un hambre física sino el hambre de Dios en nuestros
corazones, la sed de la vida de Dios que tiene que haber en nuestra alma, la búsqueda
de Dios que tiene haber en cada instante de nuestra alma.

Que éste sea el fin de nuestro camino: tener hambre de Dios, buscarlo en lo profundo
de nosotros mismos con gran sencillez. Y que al mismo tiempo, esa búsqueda y esa
interiorización, se conviertan en una purificación de nuestra vida, de nuestro criterio y
de nuestros comportamientos así como en un sano cuestionamiento de nuestra
existencia. Permitamos que la Cuaresma entre en nuestra vida, que la ceniza llegue a
nuestro corazón y que la penitencia transforme nuestras almas en almas
auténticamente dispuestas a encontrarse con el Señor.
¿Qué es la Cuaresma? La Cuaresma ha sido, es y será un tiempo favorable para
convertirnos y volver a Dios Padre lleno de misericordia
El tiempo de la Cuaresma rememora los cuarenta años que el pueblo de Israel pasó en
el desierto mientras se encaminaba hacia la tierra prometida, con todo lo que implicó
de fatiga, lucha, hambre, sed y cansancio...pero al fin el pueblo elegido gozó de esa
tierra maravillosa, que destilaba miel y frutos suculentos (Éxodo 16 y siguientes).

También para nosotros, como fue para los israelitas aquella travesía por el desierto, la
Cuaresma es el tiempo fuerte del año que nos prepara para la Pascua o Domingo de
Resurrección del Señor, cima del año litúrgico, donde celebramos la victoria de Cristo
sobre el pecado, la muerte y el mal, y por lo mismo, la Pascua es la fiesta de alegría
porque Dios nos hizo pasar de las tinieblas a la luz, del ayuno a la comida, de la
tristeza al gozo profundo, de la muerte a la vida.

La Cuaresma ha sido, es y será un tiempo favorable para convertirnos y volver a Dios


Padre lleno de misericordia, si es que nos hubiéramos alejado de Él, como aquel hijo
pródigo (Lucas 15, 11-32) que se fue de la casa del padre y le ofendió con una vida
indigna y desenfrenada. Esta conversión se logra mediante una buena confesión de
nuestros pecados. Dios siempre tiene las puertas de casa abiertas de par en par, y su
corazón se le rompe en pedazos mientras no comparta con nosotros su amor hecho
perdón generoso. ¡Ojalá fueran muchos los pecadores que valientemente volvieran a
Dios en esta Cuaresma para que una vez más experimentaran el calor y el cariño de su
Padre Dios!

Si tenemos la gracia de seguir felices en la casa paterna como hijos y amigos de Dios,
la Cuaresma será entonces un tiempo apropiado para purificarnos de nuestras faltas y
pecados pasados y presentes que han herido el amor de ese Dios Padre; esta
purificación la lograremos mediante unas prácticas recomendadas por nuestra madre
Iglesia; así llegaremos preparados y limpios interiormente para vivir espiritualmente la
Semana Santa, con todo la profundidad, veneración y respeto que merece. Estas
prácticas son el ayuno, la oración y la limosna.

Ayuno no sólo de comida y bebida, que también será agradable a Dios, pues nos
servirá para templar nuestro cuerpo, a veces tan caprichoso y tan regalado, y hacerlo
fuerte y pueda así acompañar al alma en la lucha contra los enemigos de siempre: el
mundo, el demonio y nuestras propias pasiones desordenadas. Ayuno y abstinencia,
sobre todo, de nuestros egoísmos, vanidades, orgullos, odios, perezas,
murmuraciones, deseos malos, venganzas, impurezas, iras, envidias, rencores,
injusticias, insensibilidad ante las miserias del prójimo. Ayuno y abstinencia, incluso,
de cosas buenas y legítimas para reparar nuestros pecados y ofrecerle a Dios un
pequeño sacrificio y un acto de amor; por ejemplo, ayuno de televisión, de
diversiones, de cine, de bailes durante este tiempo de cuaresma. Ayuno y abstinencia,
también, de muchos medios de consumo, de estímulos, de satisfacción de los sentidos;
ayuno aquí significará renunciar a todo lo que alimenta nuestra tendencia a la
curiosidad, a la sensualidad, a la disipación de los sentidos, a la superficialidad de vida.
Este tipo de ayuno es más meritorio a los ojos de Dios y nos requerirá mucho más
esfuerzo, más dominio de nosotros mismos, más amor y voluntad de nuestra parte.

Limosna, dijimos. No sólo la limosna material, pecuniaria: unas cuantas monedas que
damos a un pobre mendigo en la esquina. La limosna tiene que ir más allá: prestar
ayuda a quien necesita, enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que nos lo pide,
compartir alegrías, repartir sonrisa, ofrecer nuestro perdón a quien
¿Qué es la nos ha ofendido. La limosna es esa disponibilidad a compartir todo,
Cuaresma? la prontitud a darse a sí mismos. Significa la actitud de apertura y
la caridad hacia el otro. Recordemos aquí a san Pablo: “Si
repartiese toda mi hacienda...no teniendo caridad, nada me aprovecha” (1 Corintios
13, 3). También san Agustín es muy elocuente cuando escribe: “Si extiendes la mano
para dar, pero no tienes misericordia en el corazón, no has hecho nada; en cambio, si
tienes misericordia en el corazón, aún cuando no tuvieses nada que dar con tu mano,
Dios acepta tu limosna”.

Y, finalmente, oración. Si la limosna era apertura al otro, la oración es apertura a Dios.


Sin oración, tanto el ayuno como la limosna no se sostendrían; caerían por su propio
peso. En la oración, Dios va cambiando nuestro corazón, lo hace más limpio, más
comprensivo, más generoso...en una palabra, va transformando nuestras actitudes
negativas y creando en nosotros un corazón nuevo y lleno de caridad. La oración es
generadora de amor. La oración me induce a conversión interior. La oración es
vigorosa promotora de la acción, es decir, me lleva a hacer obras buenas por Dios y
por el prójimo. En la oración recobramos la fuerza para salir victoriosos de las
asechanzas y tentaciones del mundo y del demonio. Cuaresma, pues, tiempo fuerte de
oración.

Miremos mucho a Cristo en esta Cuaresma. Antes de comenzar su misión salvadora se


retira al desierto cuarenta días y cuarenta noches. Allí vivió su propia Cuaresma,
orando a su Padre, ayunando...y después, salió por nuestro mundo repartiendo su
amor, su compasión, su ternura, su perdón. Que Su ejemplo nos estimule y nos lleve a
imitarle en esta cuaresma. Consigna: oración, ayuno y limosna.
La Iglesia inicia el tiempo de Cuaresma, cuarenta días que culminan en la
gran fiesta de la Resurrección de Cristo

No hay Cuaresma sin Pascua, ni Pascua sin Cuaresma. Así resumía el diácono
permanente Josep Urdeix el año pasado, en una intervención radiofónica, el itinerario
central del calendario cristiano: la Cuaresma, la Semana Santa y la Pascua de
Resurrección. Este año el tiempo de Cuaresma empieza el 17 de febrero de 2010,
miércoles de ceniza, un día en que el mensaje del texto evangélico (Mateo 6, 1-18) se
refiere a la limosna, al ayuno y la plegaria que son, por otra parte, los tres pilares de
estos cuarenta días. Pero el llamamiento a los cristianos es, sobre todo, no hacer las
cosas para que nos vean, sino obrar con discreción, vida interior e intimidad. El primer
día del tiempo cuaresmal, al final de las celebraciones eucarísticas, el sacerdote
impone a cada persona un poco de ceniza haciendo la señal de la cruz sobre la frente,
y recuerda normalmente esta frase: “¡Conviértete y cree en el Evangelio!”.

Y es que la Cuaresma es el tiempo en que la Iglesia de Jesucristo intensifica su


llamamiento a la conversión personal de todos los creyentes. Recuerda los cuarenta
días que Jesús, antes de sufrir la crucifixión, pasó ayunando en el desierto superando
tentaciones y llenándose con mucha vida interior y reflexión. Actualmente, existe un
precepto de ayuno, con una única comida fuerte y sin comida entre horas, para el
miércoles de ceniza y también el viernes Santo. Por otra parte, se establece una
abstinencia de carne el mismo miércoles de ceniza y todos los viernes hasta el viernes
Santo. Estos gestos, sin embargo, no se piden para que los cristianos los sigan como
una obligación, sino como un signo de comunión y de unión con la persona de Jesús.
Más allá de eso, la Iglesia no quiere tampoco que nos quedemos con estas formas de
vivir la Cuaresma. Quiere que vayamos más allá, con propósitos de rogar más y hacer
mejores obras. Por ejemplo, sustituir la abstinencia de carne por una buena mariscada
en un restaurante de lujo, como se hacía institucionalmente en tiempos del franquismo
en España, no es vivir cristianamente este tiempo.

La Cuaresma, que se acaba el domingo de Ramos (este año el 28 de marzo de 2010),


es también preparación para el gozo de la Pascua. Por lo tanto, no es un tiempo de
tristeza, sino de contemplación. Una buena opción para vivir estos días es participar
regularmente en plegarias comunitarias y atender también la individual, así como leer
textos bíblicos y especialmente el evangelio. Ciertamente, es una lástima que, en
nuestro país, quiera olvidarse la Cuaresma mientras se anuncia de manera reiterada el
inicio del Ramadán de los musulmanes, cada año más presente en casa nuestra.
Respeto por otras confesiones no cristianas, sí; pero sin dejar que se olvide la nuestra,
la católica.

La penitencia es la otra gran palabra que suena durante la Cuaresma. Es simplemente


el llamamiento que todos los creyentes recibimos de reencontrarnos con Dios,
mediante el sacramento de la reconciliación, la celebración comunitaria de la
penitencia y también gestos de hermandad con los demás, entre ellos también la
petición de perdón y la purificación de la memoria que tantas veces ha pedido el Papa
Juan Pablo II. Todo da paso a la Semana Santa, que empieza el domingo de Ramos,
con el recuerdo y la vivencia de la entrada triunfante de Jesús en Jerusalén antes de la
pasión, y se acaba el domingo de Pascua, la fiesta más importante para los cristianos.
Es tan importante que no se celebra sólo un día, sino cincuenta. Durante la Semana
Santa, también celebramos la institución de la Eucaristía y el amor fraterno, el jueves
Santo, y la pasión y muerte de Jesús en la cruz con una intensa plegaria universal, en
este caso el viernes Santo. En definitiva, nos encontramos un año más ante la mejor
oportunidad de conocer las raíces y el sentido de nuestra fe.

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