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José Serrano Serrano

PADRES CON EMOCIONES


DISPLACENTERAS
Cuando la historia personal daña la parentalidad

Avda. Reina Victoria, 8 - 2a Planta- 28003 - MADRID - Telf.: 91 554 12 04 - Fax: 91 554 12 03 - www.eos.es

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COLECCIÓN: Gestión Emocional
DIRECTORA DE LA COLECCIÓN: Ana Martínez Dorado

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© José Serrano Serrano

© Editorial EOS
Avda. Reina Victoria, 8. 2ª planta. 28003 MADRID

ISBN: 978-84-9727-680-1

Preimpresión: Ubica-t Soluciones Creativas

Made in Spain

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“A mis padres,
por intentar educarme lo mejor que han sabido,
y a mis hijos,
por ayudarme a entender mejor a mis padres”.

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Índice de contenido
Prólogo
Introducción
Capítulo 1.- Luchando contra el “amor de garrafón”: para ser padre primero hay que
dejar de ser hijo
Capítulo 2.- Cuando no somos empáticos y maltratamos nuestras emociones y las de
nuestros hijos
Capítulo 3.- Cuando el niño es percibido como el “retrato” de alguien significativo
doloroso
Capítulo 4.- Cuando el corazón ama y odia al mismo tiempo
Capítulo 5.- ¿Cuando el mundo emocional de un hijo es hipotecado por los conflictos
conyugales
Capítulo 6.- Cuando la emoción y el sentimiento de culpa de los padres embuchan la
capacidad de poner límites
Capítulo 7.- Cuando nos resulta difícil contener la “basura emocional” de los hijos
Capítulo 8.- Cuando confundimos las emociones de un niño
Capítulo 9.- Cuando la preocupación se convierte en emoción improductiva: “Mi hijo no
me come, no me duerme y tampoco me hace caca”
Capítulo 10.- Cuando se intenta reescribir en el hijo la propia historia personal: padres
emocionalmente carenciados
Capítulo 11.- Cuando existe una oportunidad para, emocionalmente, crecer: “Tener una
depresión es un lujo”
Capítulo 12.- Cuando no nos hacemos responsables de nuestras emociones
Capítulo 13.- Cuando se obliga a los hijos a amar a sus padres
Capítulo 14.- Cuando existe una falta de reconocimiento de las emociones de los hijos:
¿somos realmente conscientes de que somos únicos?
Capítulo 15.- Terminando… y con la idea de seguir mirando nuestra historia personal
Referencias bibliográficas

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Prólogo

En su libro “Breaking through to teens”, el psicólogo Ron Taffel[1], un reconocido


experto en la adolescencia, hablaba de dos grandes dificultades a las que se enfrentan
aquellos especialistas de la Psicología y de la Educación que se dedican a ayudar a los
padres. Por un lado, señalaba el escepticismo de algunas personas como resultado de la
participación de los profesionales en tantos bandazos (o modas) en las ideas sobre cómo
criar a nuestros hijos. Recapitulando las tendencias que hemos vivido en los últimos 50
años, encontramos momentos en los que se ha subrayado la necesidad de escuchar y
entender a los niños, frente a otros en los que se ha demandado dureza y disciplina en su
educación; por temporadas ha primado el reforzar la autoestima de los hijos (a través del
elogio y el refuerzo o reduciendo las exigencias sobre ellos), mientras que, en otros
momentos, se ha defendido una vuelta a los valores educativos tradicionales (obediencia,
autoridad, compromiso…); finalmente, en los últimos años, ha irrumpido el entender el
comportamiento desajustado como una enfermedad, lo que está llevando a una peligrosa
medicalización de la conducta infantil. A pesar de las dudas que puede sembrar esta
diversidad de posturas, Taffel se muestra optimista y lo hace apelando a los recursos que
se encuentran a disposición de los profesionales. Y es que, detrás de cada una de esas
corrientes, se ha ido generando un importante poso de conocimiento acerca de la difícil
tarea de criar y educar a un hijo. En efecto, los especialistas en diversos ámbitos de las
ciencias humanas (Psicología, Educación, Trabajo Social…) hemos acumulado un
importante bagaje de conocimientos que podemos poner a disposición de las familias a
las que atendemos. Podemos sentirnos orgullosos de haber adquirido un conocimiento,
fundamentado en visiones científicas, del ser humano. Pero también nos enfrentamos a
un imperativo ético, porque este conocimiento conlleva la responsabilidad de ayudar a
esas personas que, en su día a día, afrontan una de las tareas centrales de la vida
humana: criar a un hijo. Creo que no existe mejor manera de enmarcar este libro que con
esta referencia a la existencia de un conocimiento profesional con base científica y a la
responsabilidad de utilizarlo para ayudar a padres y madres. Porque esto es precisamente
lo que hace esta obra, poner a disposición de los padres y los profesionales unas ideas
bien fundamentadas, que permitan a los padres crecer como tales y, con ello, favorecer la
salud de sus hijos.
El segundo obstáculo al que se enfrentan los profesionales es el propio escepticismo de
algunos colegas. Dedicarse a acompañar a los padres en las dificultades que experimentan
al cuidar de sus hijos, esa tarea de los que el autor llama “técnicos de la parentalidad”, ha

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sido visto en algunos ámbitos profesionales con cierto desdén. Ha sido considerado como
un trabajo de menor categoría que el realizado en otros ámbitos de intervención
profesional más “glamurosos” o sofisticados. Una actitud corta de miras, que olvida
cómo algunos de los grandes especialistas en la infancia (como Donald Winnicott o
Françoise Dolto) supieron conjugar tres facetas fundamentales en su ser profesional: la
consulta clínica, el trabajo teórico-académico y la labor de apoyo directo a los padres en
su desempeño como tales. Estos son precisamente los tres ejes que definen la vida
profesional de José Serrano Serrano. He tenido la fortuna de acompañarle durante parte
de este recorrido profesional, entre la clínica que desarrolla en un servicio de atención a
las familias, el trabajo académico como profesor universitario y un compromiso personal
que le ha apasionado en los últimos años: las escuelas de padres. En su empeño por crear
espacios de apoyo a las familias, uno no puede dejar de encontrar una muestra de
compromiso decidido con la prevención, con la intervención comunitaria y con la
confianza en los recursos de crecimiento personal.
En este punto es importante incluir una advertencia. Lector, no deje que el estilo
cercano del autor le lleve a engaño. El trabajo cotidiano en espacios destinados a la
formación de los padres parece haberle dado la capacidad de usar un lenguaje sencillo
para transmitir ideas complejas. Pero no confunda la sencillez en la comunicación con la
falta de soporte científico. Tras unos conceptos accesibles y ligados a la experiencia
cotidiana, existe un firme soporte teórico y metodológico sosteniendo el pensamiento del
autor. De hecho, los ojos acostumbrados a lecturas técnicas encontrarán en el texto
claros ecos de aportaciones teóricas que nos remiten a una visión científica del ser
humano, a un modelo teórico de la familia y sus disfunciones y a una orientación técnica
de la intervención psicológica. Se trata de un bagaje de conocimiento que podremos
encontrar expuesto en otras aportaciones más técnicas del autor; pero, aquí, en esta obra,
su objetivo parece ser otro, el de invitarnos a una experiencia más emocional y vivencial.
Asumiremos su reto.
En efecto, este libro nos ofrece una invitación, porque hace una apuesta arriesgada
pero necesaria. En el centro de sus planteamientos sobre la parentalidad surge una
concepción de la crianza como una experiencia básicamente emocional y relacional. La
educación de un hijo es algo más que la aplicación mecánica de unas prácticas de
cuidado. En la crianza de un niño se pone en juego nuestro ser como persona. Todo
padre, toda madre, sabe que acceder a la parentalidad trastoca algo más que los horarios
y la organización de la vida doméstica. Pone del revés los sentimientos. Aparecen
vivencias gozosas y se sufren momentos en que los niños parecen poner a uno contra las
cuerdas. Surgen recuerdos y vivencias que nos asaltan y sorprenden; a veces,
reconocemos a nuestros propios padres en nosotros, lo que nos sume en el desconcierto
o la perplejidad, a lo que puede suceder la resignada aceptación o la rebelión frente a las
figuras odiadas del pasado. En medio de esta vorágine, ¿podemos esperar una conducta
siempre racional? Y, si abordamos una intervención que busque mejorar la capacidad
para criar y educar, ¿podríamos soslayar esas vivencias tan cargadas emocionalmente? El

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autor tiene claro que no es posible y lo deja patente desde el principio. Con ello se suma
a la convicción ya defendida por algunas de las miradas más certeras sobre la infancia,
como la de Bruno Bettelheim[2]. Como él, José Serrano percibe la inutilidad de simples
explicaciones y consejos para padres que viven dificultades serias en la crianza de los
hijos. Tras los obstáculos dolorosos existen razones profundas que apelan a lo más hondo
de nuestros sentimientos. Y, para desanudar los bloqueos, resulta necesario un proceso
de indagación y de buceo en los propios sentimientos. Un trabajo arduo, a veces
doloroso, que, en ocasiones, demanda un acompañamiento profesional pero
potencialmente enriquecedor para el progenitor y para el niño.
Para ser coherentes con esta apelación del autor a la vivencia íntima de los padres,
puedo permitirme traer a este prólogo a la persona de José Serrano. En este sentido, he
tenido la suerte de conocer a la persona que sostiene al profesional. Le he disfrutado
como compañero y amigo, y he sido testigo de su ser pareja y padre. Y, por ello, puedo
afirmar que su trabajo cotidiano, reflejado en este libro, tiene una continuidad con la
honestidad y nobleza que le definen como persona.
Finalmente, quisiera hacer referencia a un concepto que, aunque poco mencionado de
forma explícita, parece sobrevolar continuamente este libro: inteligencia emocional.
Aunque es un término de moda, no se trata de un concepto nuevo. Ya en nuestro Siglo
de Oro, Baltasar Gracián[3] se refería al carácter y a la inteligencia como “los dos polos
para lucir las cualidades; uno sin otro es media buena suerte”. ¿Vino viejo en odres
nuevos? A ningún conocedor de la naturaleza humana se le ha podido escapar que la
madurez personal implica un manejo eficaz de las emociones. Pero en los últimos años
hemos profundizado en las bases biológicas de esta verdad, hemos podido sustentarla
teóricamente y nos hemos decidido a desarrollar formas de favorecerla. Ser un padre
eficaz pasa por desarrollar esa madurez emocional, esa inteligencia en el manejo de los
sentimientos. Y apelar a estas ideas no deja de ser producto del espíritu de los tiempos.
Vivimos en las ciencias sociales una pequeña revolución en forma de cambio de actitud
ante el ser humano. Un cambio que tiene como elemento central el giro, desde lo
disfuncional y patológico a lo sano y lo constructivo; del pesimismo ante el sufrimiento
humano al optimismo del potencial de crecimiento. Bajo el término de Psicología Positiva
queda recogida una actitud que orienta nuestra mirada hacia los aspectos ligados al
crecimiento y esto nos permite hablar de resiliencia, parentalidad positiva o tantos otros
términos que apuntan a la capacidad humana para hacer las cosas mejor. Hoy no
podemos mirar las cosas de otra manera. Este libro no lo hace.
El fin de un prólogo es el comienzo de una deseada lectura y, por ello, termino con una
recomendación para el viaje que ahora comienza. Lector, aproveche esta jornada para
pensar, dudar, reconsiderar y aprender. Pero sobre todo, permítase sentir.

Antonio Galán Rodríguez


Doctor en Psicología. Psicólogo clínico

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[1] Taffel, R. (2005). Breaking through to teens. New York: Guilford Press.
[2] Bettelheim, B. (1988). No hay padres perfectos. Barcelona: Crítica.
[3] Gracián, B. (1647/2007). El arte de la prudencia. Barcelona: Temas de Hoy.

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Introducción

Desde hace ya algunos años, tiempos en los que todavía no gozaba de la experiencia de
ser padre pero sí ya del ejercicio de la profesión de psicólogo, me dedico a ejercer la
labor de “técnico de la parentalidad”, como a mí me gusta llamarla, es decir, a
proporcionar pautas y directrices a madres y padres con la finalidad de que puedan
ejercer de una forma más sana la parentalidad (por favor, léase con perspectiva de
género). De una forma más sencilla, se podría decir que mi labor no es otra que la de
enseñar a los progenitores de un niño a ser padres. ¡Nada más y nada menos!
Somos muchos los que llevamos a cabo esta experiencia profesional desde diferentes
programas e instituciones, esta de ser “técnico de la parentalidad”, la cual no existe
como una profesión reglada, ni se contempla en ningún plan de estudios, sin embargo,
bien podríamos empezar a plantearnos crearla. Creo que no sorprenderá a nadie si hago
referencia a que ejercer de padre de una forma funcional, dando un amor maduro a
nuestros hijos, supone asegurar nuestro futuro, trae consigo garantizar en la sociedad
venidera una buena salud mental y, por tanto, certifica un desarrollo social ulterior.
El valor que adquiere la parentalidad no es algo novedoso, podemos encontrar
personajes célebres a lo largo de la historia de la humanidad que se han hecho eco de
esta relevancia. Así, Pitágoras, filósofo y matemático griego de finales del siglo VI y
principios del V a. C., ya avisaba de la importancia de educar bien, “educad a los niños
y no será necesario castigar a los hombres”; Rousseau, escritor y filósofo francés del
siglo XVIII, indicaba que “un buen padre vale por cien maestros” y, por último, un
español, Juan Luis Vives, humanista y filósofo del siglo XVI, señalaba “¡cuán riqueza
es, aun entre los pobres, el ser hijo de buen padre! Aún así, y teniendo en cuenta la
valía que ha recibido y sigue recibiendo hoy en día la parentalidad, opino que las políticas
que se llevan a cabo en la actualidad no están invirtiendo lo suficiente en esta cuestión.
Creo que no me equivoco si señalo que invertir en parentalidad es, a la larga,
economizar.
En este empeño de proporcionar pautas a los progenitores con la finalidad de ser
padres funcionales, hoy en día todavía sigo indicándoles, entre otras muchas cosas, por
ejemplo, cómo y cuándo proporcionar premios o refuerzos a los hijos, cómo y cuándo
retirar privilegios, cómo establecer límites, de qué forma comunicarse de una forma
funcional con un hijo adolescente, qué hacer para ignorar una conducta inadecuada de un
niño, qué es el apego seguro… constituyéndome en “técnico de la parentalidad”, tanto

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en la intervención psicológica “de despacho” como en los Grupos de Formación de
Padres (Escuelas de Padres), que en la actualidad sigo dinamizando.
Sin embargo, cierto es que una sensación de frustración e impotencia ha corrido
tradicionalmente por mi interior cuando he podido observar cómo en varias ocasiones
todo lo que pautaba a las familias que demandaban ayuda psicológica, o aquello que
explicaba en las diferentes sesiones en los Grupos de Formación de Padres, resultaba ser
tarea altamente difícil de poner en práctica por algunos padres y madres. Y todo esto a
pesar de que, por el contrario, eran conceptos fáciles de asimilar y entender por parte de
los padres y, por ende, poder guardarlos en sus respectivos bagajes teóricos en relación a
cómo educar a sus hijos.
Esta frustración e ineficacia de las que les hablo, las experimentaba sobre todo cuando
podía deleitarme solamente con la profesión de psicólogo. Ahora, y desde hace unos
años, que tengo además la oportunidad de disfrutar de ese hecho único que es la
parentalidad, percibo tal experiencia muchas más veces desde los ojos de un padre que
desde la mirada del psicólogo. Esto último, me da también la oportunidad de reflexionar
sobre el porqué es tan difícil para algunos padres y madres llegar a poner en práctica
estas pautas o conocimientos teóricos que tan bien pueden ser asimilados, tanto en una
consulta de intervención psicológica como también en una sesión de Grupos de
Formación de Padres. En la explicación y respuesta a este porqué es necesario conceder
gran relevancia a las emociones, a las nuestras, a esas que se despiertan y se generan en
los progenitores cuando son padres, y que, en ocasiones, son tan difíciles de gestionar
por estos últimos. Y es que a los padres y madres, en ocasiones, nos resulta complicado
entender o comprender lo que sentimos, incluso nos desconcertamos con algunas de
nuestras emociones. En definitiva, podríamos indicar que nos cuesta tratar con amor
algunas emociones y sentimientos que surgen en nosotros cuando hay que poner en
práctica ese proceso de ser madre o padre. De esta manera, podemos decir que una cosa
es ser progenitor de un niño y otra, muy diferente, el proceso psicológico de constituirse
en padre, es decir, la parentalidad.
Sepan ustedes que si están pensando próximamente en formar parte de este gremio tan
distinguido y florido que es “Ser Madre o Padre”, la pertenencia a esta agrupación
conlleva, como condición sine qua non, gestionar y hacernos cargo, de alguna manera,
de las emociones correspondientes. Hacer de madre, y de padre, conlleva
invariablemente emocionarse. Esta gestión emocional se puede llevar a cabo de forma
saludable, o no tan saludable, pero se debe saber que siempre y, de alguna forma, se va a
hacer algún tipo de manejo o gestión. Para ello, cada progenitor poseerá su mundo
emocional y sus emociones particulares, y unas herramientas personales para agenciarlas
o tratarlas.
Hoy en día podemos ver cómo a los padres nos martillan muy a menudo en relación a
cómo hay que hacer las cosas a la hora de educar a los hijos. Cierto es que, a pesar de
que los progenitores poseemos la categoría de padres, no tenemos el derecho de educar a

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los hijos como nos da la gana, o como creemos nosotros más oportuno. Existen unas
directrices que marcan cómo hay que educar e interaccionar con los hijos. Sin embargo,
hacen falta más cosas. No basta con que un padre o una madre sepan lo que tienen que
hacer. Desde mi experiencia considero que, para evitar proporcionar (valga la expresión)
un “amor de garrafón” a los hijos, no es suficiente con que nos digan lo que tenemos
que seguir o hacer con estos últimos. Los modelos-guías de la parentalidad son útiles,
pero se quedan cortos en lo que respecta a las herramientas que proporcionan para la
consecución del objetivo último, es decir, educar para promover hijos sanos y felices. En
mi opinión, deberían también ser complementados por otros tipos de instrumentos,
actuaciones que hagan reflexionar a los padres sobre sus emociones y su relación con la
historia de sus vínculos, una herramienta que ayude a los padres a gestionar
adecuadamente y tratar con amor sus emociones, aquellas que son despertadas durante la
parentalidad, y que son consecuentes a esa historia relacional personal. Tenemos que
ayudar a los padres a ser conscientes y comprender por qué se comportan como se
comportan con sus hijos, cómo ha podido influir su historia vincular pasada o, en su
caso, cómo puede llegar a influir en su mundo emocional y en la puesta en escena
cuando llegue el momento de la parentalidad.
Con el objetivo de clarificar esta última idea, creo que podría ser útil el caso que a
continuación les voy a exponer. De todas formas, y antes de seguir, quisiera indicar que,
en algunos momentos del desarrollo de este libro, me voy a tomar la libertad de utilizar el
término “marentalidad”, sobre todo cuando haga referencia a las madres. Es un vocablo
que hoy en día apenas se usa o, al menos, no tanto como suele utilizarse su equivalente,
la palabra “parentalidad”, que, como ya hemos apuntado, alude al proceso psicológico
de convertirse en padre o madre de un hijo, posibilitando así su desarrollo. Sin embargo,
social e históricamente, han sido las mujeres las que siguen la mayor parte de las veces
desempeñando esta función. Es por esto último, que me gustaría emplear este término
(“marentalidad”) con el fin de proporcionar a las madres un merecido reconocimiento a
esta labor.
Ahora sí, les expongo el caso:
En una entrevista mantenida con unos padres les explicaba el porqué era
conveniente que su hija de cinco años pasase ya a su propia habitación para dormir,
teniendo en cuenta las razones por las cuales la niña dormía con la madre. El padre
dormía en otra habitación. Así, les proporcioné ciertas indicaciones para hacerlo.
Tanto la madre como el padre entendieron muy bien los perjuicios que podría
conllevar para la niña el hecho de que siguiese durmiendo con la madre, también
comprendieron correctamente cómo hacerlo y cómo actuar en el caso de tener que
calmar a su hija. Toda esta información se la proporcioné a los dos, incluso por
escrito. Acordamos vernos para otra sesión, en la que obviamente les pregunté por
cómo les había ido a los tres, madre, padre e hija, en la consecución de este objetivo.
La respuesta de la madre fue contundente, “muy mal, no he sido capaz de hacer lo
que acordamos”. Aparte de llevar a cabo ciertas intervenciones con la pareja como

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tal, también era necesario preguntar a esta madre por cómo vivía su marentalidad,
indagando en sus emociones y pensamientos. De esta forma, una de las cuestiones
por las que le pregunté fue por los sentimientos, emociones y pensamientos que le
generaba el momento de tener que explicarle a su hija (y también, por tanto, ponerle
este límite que se había acordado) el porqué tenía que dormir en su cama. La madre
contestó: “me siento muy mal, pienso en cómo se va a sentir mi hija, se va a sentir
mal, tengo la sensación de que se va a sentir sola, como abandonada. Pobrecilla”.
Cuando se instó a la madre, a través de ciertas preguntas, a mirar su historia
personal, esto es, a abrir su “mochila”, salieron a relucir ciertos comportamientos
de sus propios padres que generaron ciertas emociones y sentimientos de abandono
no resueltos en esta madre. Poner este límite despertaba en la madre miedo a que su
hija se sintiese igual que ella se había sentido en un momento pasado. Se le indicó a
la madre esta cuestión y se le aclaró que el sentimiento de abandono al que se refería
se localizaba dentro de ella, más que en su propia hija, como en un primer momento
pensaba y nos refería. “Francamente, no sé si tu hija se va a sentir abandonada si
duerme en su habitación, pero sí me atrevería a asegurar que, con esta separación,
la que se va a sentir abandonada eres tú”, le señalaba a la madre.
Casos y razones como estas nos hacen considerar que para ejercer la marentalidad y
parentalidad de una forma funcional, proporcionando un amor maduro, además de que
nos digan lo que tenemos que hacer para educar bien a un niño, también es necesario
saber gestionar adecuadamente las emociones que se van a avivar durante este vínculo
con nuestros hijos. Para ello, es necesario aprender a revisar y tratar de forma amorosa
nuestro pasado, nuestra historia personal, la cual nos hace vivir la experiencia de ser
madre o padre de ciertas formas, algunas más sanas que otras. No basta entonces con
saber poner límites a los hijos, es necesario también indagar sobre los sentimientos,
emociones y afectos que custodian el momento en el cual se hace el intento de ponerlos;
debemos explorar qué pensamientos y recuerdos ligados a las emociones fluyen en un
padre cuando tiene que poner normas a su hijo.
Nuestra historia personal y de nuestros vínculos afecta a la manera que tenemos de
percibir el mundo y las relaciones. Por ende, afectará también a la forma que tenemos de
interaccionar con nuestros hijos. Por consiguiente, saber cómo es esa mochila con la que
todos vamos a cargar a la hora de educar y de la que es imposible desligarse, es
realmente necesario. En este sentido, a mí siempre me gusta mucho decirles a los padres
(y también a los maestros y educadores, en general) que en cada ocasión en que se
relacionan con su hijo/alumno, deberían considerar que, inevitablemente, sus propios
padres también se están colando en esa interacción.
A los miembros de nuestra familia de origen no los podemos elegir, nos tocan, son ellos
los que se encargarán poco a poco de llenar nuestra mochila de ciertas emociones,
afectos, sentimientos, recuerdos, representaciones, pensamientos… De esta manera, la
parentalidad no se reduce solamente a un conjunto de pautas de crianza que los padres
tengan que poner en práctica con los hijos, es una experiencia mucho más compleja, en

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la que las vivencias interpersonales, las emociones, la afectividad, los recuerdos, nuestras
cogniciones y representaciones que poseemos de la parentalidad van a desempeñar un
papel fundamental en la educación del niño. La historia personal de cada progenitor
impregnará significativamente los comportamientos parentales. En efecto, ser padre o
madre es una forma de vincularse con el hijo (Galán, 2011), una manera de acompañar
al niño en ese importante viaje para construir su yo, durante el cual siempre se cargará
con una mochila, cada uno con la suya. El interior de esta mochila es fundamentalmente
invisible a nuestros ojos, sobre todo si no tomamos la decisión de mirar dentro,
debiéndolo hacer siempre con mucho cariño. Proporcionando información a los padres,
creando espacios de reflexión, trabajando y analizando casos a través de grupos de
trabajo con padres, favoreciendo una actitud de expresión y escucha, podemos hacer que
lo invisible se transforme en perceptible.
De nada sirve, por tanto, decirle a un niño “te quiero”, si no somos conscientes de las
emociones y recuerdos que cortejan a nuestras palabras. Estériles serán las palabras
“cálmate hijo, tranquilo”, si no observamos los sentimientos y afectos que acompañan
a nuestras expresiones. Para ello, es necesario hacer una revisión de nuestra historia
personal, de tal forma que cuanto mejor la entendamos, mejor viviremos el vínculo que
establecemos con nuestros hijos, mejor entenderemos sus comportamientos y menos
probabilidades tendremos de inundarlos con ese “amor de garrafón”. Es este un tipo de
amor que aparece, muchas veces, sin quererlo, obedeciendo a algunas de nuestras
emociones, sin saberlo, sin siquiera darnos cuenta.
Las escuelas de padres son muy útiles para formar a futuros padres y a aquellos que ya
llevan tiempo desempeñando la “profesión”, sin embargo, no podemos llevar a cabo
estos grupos de formación sin que exista la adecuada coordinación, tanto con los
servicios sanitarios como con los educativos, donde profesionales de la salud y de la
educación se impliquen de forma activa. Estos grupos deberían constituirse ya desde que
los padres están “embarazados”, al estilo de los cursos de preparación al parto, donde no
solo se expliquen ciertas pautas de comportamiento a la hora de solucionar potenciales
conflictos con los hijos, sino que también se deben trabajar las emociones, sentimientos,
recuerdos, pensamientos y vivencias que se pueden remover y generar con la irrupción y
el ejercicio de la parentalidad y marentalidad. Efectivamente, no solo basta con explicar
qué tipo de alimentación necesita un bebé desde que nace, también es primordial explicar
a unos padres qué emociones y sentimientos pueden invadirles en el caso de que, por
ejemplo, su hijo pudiera vomitar reiteradamente. La intención será la de poder identificar
emociones, con el objetivo de paliar ciertas ansiedades y miedos que se generan en
algunos padres cuando sucede este hecho. Hay que tener en cuenta que estos miedos
pueden influir posteriormente en el desempeño de la parentalidad y marentalidad.
Es necesario plantearse introducir ciertas actuaciones con los futuros padres que hagan
reflexionar sobre la historia personal de cada uno. En estas actuaciones el dinamizador
también debe poseer ciertas capacidades para contener, identificar y gestionar algunas
emociones que pudieran derivarse de las reflexiones de los padres.

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Todos sabemos que durante el ejercicio de ser padre no existe la perfección. La
parentalidad la conforman varias dimensiones que van dirigidas al logro del desarrollo de
los hijos, las cuales llevan a cabo todos los padres y madres en mayor o menor medida.
Por este motivo, hay momentos en los que la parentalidad disfuncional hay que
concebirla desde una perspectiva más cuantitativa que cualitativa, esto es, todos
cometemos errores en mayor o menor grado. En este texto analizaremos y trabajaremos
la parentalidad desde esta perspectiva; si se me permite, hablaremos de esa “parentalidad
neurótica”, fruto del maltrato de algunas de nuestras emociones, el cual, en ocasiones,
llevamos a cabo y “practicamos” todos los padres y madres en mayor o menor grado,
unos más y otros menos. De todos es conocido lo que, a veces, nos cuesta a los seres
humanos amar lo que es nuestro. De este mal hábito tampoco escaparán algunas de
nuestras emociones, animadas durante la parentalidad, tan íntimas, tan inherentes al ser
humano.
Este libro se constituye en un intento de dotar a padres, madres, “técnicos de la
parentalidad”, maestros y educadores, en general, de ciertos instrumentos para analizar
esta mochila a la que nos estamos refiriendo. De esta manera, será a través de la
exposición y el análisis de diferentes casos reales donde se invitará a padres, madres (y
educadores) a pensar y reflexionar sobre el interior invisible de su mochila, la que cuelga
de la espalda durante la tarea de ser madre o padre (o educador). En este sentido, el libro
expone diferentes situaciones en las que una inadecuada identificación y gestión –por
parte de los progenitores– de las emociones que se están generando cuando se es madre
o padre, llega a dañar el vínculo establecido con los hijos. Así, a lo largo del libro se
describen diferentes escenarios que no favorecen el crecimiento y desarrollo psicológico
de los hijos. Asimismo, estos instrumentos de análisis de nuestra mochila son
herramientas que también favorecerán la preservación de una autoestima parental
saludable con la idea de estar preparados para lo que va a venir, o para lo que ya ha
venido, porque tener un hijo es mucho más complejo que una simple salpicadura de
espermatozoides.
Con la exposición de estos casos reales me gustaría estimular al lector a reflexionar
sobre sus emociones “parentales” y el interior de su mochila, invitándole a formar parte
de este otro tipo de “escuela de padres y madres”, esta otra manera de formar a madres
y padres.
Este libro es producto de las verbalizaciones y vivencias emocionales que me han
transmitido los muchos padres y madres atendidos, durante más de trece años en el
Servicio de Atención a Familias en el que trabajo. También es fruto de las intervenciones
y reflexiones de los muchos padres y madres participantes en los diferentes Grupos de
Formación que he dinamizado.
A todos ellos, por supuesto, debo agradecer todo lo que me han aportado y han querido
compartir conmigo. Todos son merecedores de que sus historias deban tratarse con

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respeto, comprensión, afecto y cariño. Estoy seguro de que estas historias servirán de
herramientas para ayudar a otros padres.
Muchas de las aportaciones que aquí se exponen no son producto de resultados
empíricos pero, no por ello, están exentos de interés para el fin que nos ocupa. Son
vivencias, narraciones y reflexiones en torno a la marentalidad o parentalidad, producto
de intervenciones y actuaciones con padres y madres, que han sido útiles para el buen
ejercicio de la marentalidad o parentalidad; ellos mismos así me lo han señalado.

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Capítulo 1

Luchando contra el “amor de


garrafón”: para ser padre
primero hay que dejar
de ser hijo

Todos los padres con los que he trabajado en los Grupos de Formación de Padres me
habrán escuchado decir la siguiente frase: “Lo primero que hay que hacer para ser
padre es conseguir dejar de ser hijo”. Es una idea que utilizo mucho para incidir en la
imposibilidad de adoptar el rol de padre de una forma sana si todavía tenemos
interiorizado fuertemente el rol de hijo. Esta reflexión se constituye en una herramienta
que siempre va conmigo cuando trabajo con padres, siendo una de las primeras ideas que
me gusta compartir con ellos.
“Procuremos más ser padres de nuestro porvenir que hijos de nuestro pasado”,
señalaba Miguel de Unamuno, escritor y filósofo español perteneciente a la generación
del noventa y ocho. O se interpreta la vida como un padre o se la concibe como un hijo,
pero estas dos formas de percibir la vida no tienen cabida en la misma morada.
Algunas dificultades emocionales y de conducta de los hijos vienen derivadas a causa
de que los padres todavía no tienen superada esta situación, afectando a su capacidad
empática. Nos encontraríamos con padres a los que les resulta difícil conectar con las
emociones y la subjetividad de sus hijos. Cuando un padre todavía tiene interiorizado de
forma significativa el rol de hijo, percibe las necesidades emocionales de sus padres y
también las suyas propias, de forma prioritaria, aún incluso teniendo hijos. Y es aquí
donde se manifiesta el problema. Independientemente de la edad cronológica que uno
posea, pensar como hijo supone satisfacer todavía una serie de necesidades emocionales
que, en ocasiones, entran en contradicción con aquellas que tenemos que satisfacer como
padres en nuestros hijos.
Cuando surgen problemas en la parentalidad podemos observar cómo los padres, en
ocasiones, están muy motivados a contentar a sus propios padres con el objetivo de
lograr todavía protección y apoyo emocional, y es al contrario. Es precisamente a
nuestros propios padres a los que, algunas veces, hay que decirles “no” para que

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nuestros hijos encuentren en nosotros, sus padres, figuras de protección, apoyo y
contención emocional. Es difícil que un padre pueda amar de forma madura a su hijo si
todavía sigue buscando protección emocional en sus propios padres. En este caso podrá
proporcionar a los hijos un tipo de amor más próximo a un “amor de garrafón”, pero
nunca llegará a contemplar un amor maduro y complejo, el verdadero amor.
Cuando los padres perciben la vida desde su mirada de hijo, todavía se dejan influir de
forma importante por las opiniones de sus propios padres para cumplir las expectativas
de estos, adoptando de esta manera un rol subordinado.
Susana es madre de una niña de tres meses. Había adquirido el hábito, ya de
muchos años, de visitar a su madre todos los días y siempre, aproximadamente, a la
misma hora. Lloviese, hiciese calor o tronase, Susana llevaba a cabo la
correspondiente visita a su madre. Esta última siempre esperaba ansiosa esta visita.
La gripe y los constipados se constituían en las únicas causas que impedían, en
puntuales ocasiones, que Susana no cumpliese con su tarea de todos los días, con la
“obligación” de ver a su madre. A pesar de la irrupción de la marentalidad, Susana
seguía cumpliendo con su tarea de verla, aún sin disponer del tiempo necesario.
Todo hubiese sido más fácil si no fuese porque la distancia que la separaba, a pie,
del domicilio de su familia de origen, era considerable. En algunas ocasiones,
llegaba a posponer la toma de su bebé con la idea de dar el pecho en casa de su
madre. Así también se lo pedía esta última, en alguna ocasión. Todos estos
comportamientos me hacían pensar en la sobrevaloración que hacía Susana de las
necesidades emocionales de su madre, en perjuicio de las de su hija. También en su
necesidad de búsqueda de valoración y afecto, producto de carencias sufridas en la
infancia en relación a su familia de origen. Susana aún percibía la vida desde el rol
de hija mucho más que desde el rol de madre.

Todo pasa por trabajar este proceso de autonomía emocional que tenemos que hacer
en relación a nuestros propios padres. En el momento de revisar nuestra mochila,
tendríamos que buscar en qué grado somos dependientes, emocional y afectivamente, de
nuestros progenitores. Y es que, para resolver de forma adecuada esta cuestión, en mi
opinión, a los padres habría que entenderlos pero no obedecerlos, sobre todo cuando los
intereses de la familia de origen entran en contradicción con las necesidades de un hijo y
más si este último es un bebé. Durante esta tarea de ser padres nos encontramos
momentos en los que las necesidades de nuestros hijos y las de nuestros padres pueden
entrar en conflicto y que habrá que resolver a favor de nuestros hijos, sin olvidar
entender a nuestros padres. Comprender a nuestros padres supondrá escucharlos y no
enfadarnos con ellos, implicará conocer la cultura de donde proceden y también su
historia personal, pero entenderlos no conlleva en absoluto tener que hacer lo que ellos
demanden. Que me disculpen nuestros progenitores pero, como padres que somos,
primero deben estar nuestros hijos. En su momento, y de la misma manera, nosotros

18
debimos haber ocupado ese primer puesto para nuestros padres; eso sí, siempre que el
ejercicio de la parentalidad se hubiese desarrollado dentro de los cauces “normales”.
En el caso anteriormente expuesto, Susana aún buscaba en la figura de su madre
protección, apoyo emocional, valoración y afecto de un tinte más infantil que maduro,
difícil de identificar y gestionar para ella, que le impedían, en cierta manera, ejercer una
marentalidad empática con su hija y darse cuenta de sus necesidades básicas. Susana
necesitaba una figura afectiva que pudiese identificar y contener sus emociones. Para
este propósito “buscaba” constantemente a su madre pero nunca llegaba a “encontrarla”.
En esta situación anímica de Susana jugaba un papel importante una historia personal y
familiar sellada por actitudes autoritarias, con excesivo control y frialdad afectiva que
provenían, sobre todo, precisamente de su propia madre. A pesar de no “encontrar” a
esta última, Susana no renunciaba a seguir implorando un amor maternal imposible,
intentado, de alguna manera, paliar su dolor y su emoción de tristeza. Se hacía necesario
en esta madre, en un primer lugar, el poder identificar y, por tanto, proporcionar el valor
necesario a su emoción de tristeza y entender o comprender su origen, aceptándola, con
la finalidad de no seguir “buscando” donde no iba a poder “encontrar” nunca. La
aceptación de esta situación favorecería un vínculo más funcional con su bebé. Y es que,
para ser padre, es necesario también elaborar y asumir el correspondiente duelo,
debiendo alcanzar la osadía de cortar el cordón umbilical que nos une a nuestros propios
padres; yo diría, incluso, que este hecho se hace todavía más necesario, sobre todo,
cuando estos últimos han proporcionado más un “amor de garrafón” que un amor
complejo y maduro.
Carla, madre soltera, vivía en el domicilio de sus padres. Se mostraba bastante
permisiva con su hijo de trece años, lo que producía que este último, poco a poco, se
fuese convirtiendo en un pequeño tirano. La cuestión clave se fundamentaba en el
momento en el que Carla tenía que poner límites. Sabía perfectamente cuándo y
cómo los tenía que poner, sin embargo, cuando lo hacía, aparecía en escena la
abuela del niño, la madre de Carla, manifestando lo apenada que se sentía cuando
Carla intentaba castigar a su hijo. Carla sabía que, sin establecer límites a su hijo,
no estaba actuando bien. Sin embargo, no podía apenar a su madre con sus
comportamientos, le “debía” mucho, su madre le había cedido un espacio en su casa
acogiéndola, tanto a ella como a su hijo. Esta situación, entre otras, le “obligaba” a
tener que pagar esta “deuda”, incluso sabiendo que perjudicaba a su hijo.

La dependencia e independencia emocional de los padres no debería ser abordada


como una cuestión de todo o nada, sino más bien como un continuum en el que todos
podemos situarnos en algún punto, intensidad o grado. Invitar a los padres a que
reflexionen en torno al grado de dependencia emocional que presentan hacia sus
progenitores es cuestión clave para el ejercicio de la parentalidad y marentalidad. En el
caso anterior, Carla nos manifestaba su deseo de no apenar a su madre con sus

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comportamientos. Ya en el pasado, su madre se encargó de hacerle saber lo
decepcionada que estaba con ella por haberse quedado embarazada y convertirse en
madre soltera. Este suceso generó en Carla, en su momento, emociones de culpa y
vergüenza significativas e implacables. Estas emociones, en este caso tan infructíferas
para Carla, se despertaban nuevamente y, en ocasiones, durante el ejercicio de la
marentalidad, sobre todo en los momentos que había que poner límites a su hijo. En esos
momentos su “desencantada” madre aparecía en escena, sucediéndose de nuevo en
Carla los fantasmas del pasado con la consiguiente vergüenza y culpa. La “defraudada”
madre (y también Carla) seguían resistiéndose al pasado, no aceptándolo tal como fue.
Una vez identificadas, por parte de Carla, sus emociones de culpa y vergüenza, era
necesario que las gestionara de forma adecuada. Para ello, debía mostrar una actitud
amorosa con estas emociones, atendiéndolas comprensivamente y aceptando el pasado y
su historia; en mi opinión, una buena forma de que Carla se desligase de su rol de hija y
del cumplimiento de ciertas “obligaciones” con su madre. Como apunta Simón (2003) es
como rescindir un contrato y verse liberado de toda la retahíla de obligaciones que su
cumplimiento comporta. De nuevo, unas emociones dolorosas de una madre, avivadas
durante la marentalidad y producto de una historia. En este orden de cosas, sería
oportuno, por tanto, indagar sobre la cuota de endeudamiento emocional que presentan
los padres en relación a su familia de origen y cómo actuar en este sentido cuando pueble
en ellos la parentalidad y marentalidad.
Por último, les planteo un caso en el que también se puede entrever la idea principal de
este capítulo; sin embargo, en esta ocasión el problema se presenta más escondido que
en los casos anteriores. Se trata de una madre que viene derivada por el psiquiatra, la
cual presenta ciertos síntomas “llamativos” que esconden una historia de necesidades
emocionales todavía por satisfacer y que empiezan a afectar a su bebé:
Andrea es madre de un bebé de cuarenta días. Demanda ayuda psicológica porque,
desde que irrumpió la maternidad, y no antes, ha comenzado a tener algunas
conductas repetitivas. Estos actos, sobre todo, consisten en lavarse las manos varias
veces. De esta forma, y según explica, evita contagiar a su hijo y previene que
enferme. Además, también manifiesta que no deja a nadie coger en brazos a su bebé,
y tampoco tocarlo, por miedo a que se contagie con algo peligroso y pueda llegar a
enfermar. Ningún miembro de su familia, incluidos madre, padre y hermanos, ha
cogido aún en brazos al bebé, ni lo ha acariciado. Andrea, sobre todo, ha estado
muy pendiente de que nadie toque las manos de su hijo, porque “todo se lo lleva a la
boca”. En el intento de indagar lo que puede sucederle a esta madre en torno a
sentimientos, emociones y pensamientos en relación a este hecho, Andrea verbaliza
que todo esto lo hace para que su bebé no enferme y no se contagie por algo que
pueda perjudicarle e insiste en que todo esto lo hace por su bebé. Sin embargo, se
observa cómo en otros aspectos de su vida, como por ejemplo en las relaciones
sociales o en el trabajo, siempre hace esfuerzos significativos para presentarse a los
demás como una persona perfecta e “inmaculada, sin manchas”, es decir, no quiere

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que nadie se enfade con ella, intenta satisfacer a la gente y no suele enojarse con
nadie. Sostiene que “me es difícil enojarme, me cuesta expresar mi malestar y
enfado, me sentiría mal si hago daño a la gente, me sentiría culpable”. Le indico
entonces que, efectivamente, no muestra sus emociones displacenteras, pero con la
finalidad de eliminar la probable culpa que le despertaría el hecho de expresarlas,
de hacerlas públicas. En realidad, el objetivo se centraría más en su persona (en
paliar su culpa), que en los demás (en no hacerles daño). En verdad, no obedece
tanto al hecho de que no quiera hacerle daño a nadie, sino más bien que no desea
hacerse daño a ella misma. Le señalo que, aunque le parezca sorprendente, es
probable que esto mismo le pueda ocurrir en la relación que establece con su bebé.
Todos estos rituales de limpieza no se suceden tanto para no contagiar a su hijo,
como para no sentirse culpable en el caso de que este hecho sucediese. Sería muy
doloroso para ella percibirse, o que la perciban, como una madre incompetente por
permitir que su hijo se contagiase con algo perjudicial para su salud. Cuando se
explora la historia personal de esta madre, nos detalla que siempre ha intentado
satisfacer a su propio padre, que en la actualidad sigue intentándolo y que le haría
sentirse muy mal que en algún momento hiciese algo que pudiera enfadar o
entristecer a su progenitor. De ninguna manera quiere verse como una hija indigna o
deshonrosa para su padre. Refiere que su progenitor le comenta, en muchas
ocasiones, que si ella está mal, él se pone muy triste, con lo cual, ella se siente
responsable del estado de ánimo y de las emociones de su padre. Asimismo, nos dice
que desde que nació su bebé se ha ido a vivir a casa de sus padres, ya que ellos se lo
pidieron con la idea de “ayudarla en el cuidado de su niño los primeros días”.
Comenta que ella y su marido desean marcharse y vivir en su propia casa pero que,
por un lado, no es capaz de llevarle la contraria a su padre y, consecuentemente, él
pueda ponerse triste; y por otro lado, se muestra insegura y cree que no va a ser
capaz de cuidar sola a su bebé. De esta manera, siente que necesita ayuda,
protección y seguridad emocional por parte de sus figuras parentales.

Estamos ante un caso en el que unas necesidades emocionales no satisfechas por parte
de una madre, y también por parte de su propio padre, están desembocando en una serie
de perjuicios para un bebé de poco más de un mes de vida. En efecto, la madre todavía
tiene necesidades infantiles no cubiertas de protección y seguridad emocional, que no es
capaz de gestionar, y su propio padre ha necesitado siempre que su hija lo satisfaga;
ninguno de los dos es capaz de anteponer las necesidades emocionales del bebé a las
propias. Andrea tiene que empezar a ser consciente e identificar la posición que aún
ocupa, situándose todavía en el rol de hija y posponiendo claramente su rol de madre.
Por otro lado, es necesario que comience a plantearse cómo decir no a su padre en los
momentos que sean necesarios, con la idea de poner en práctica una marentalidad
empática y poder centrarse, sobre todo, en las necesidades de su hijo en general, y en las
emocionales, en particular.

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La finalidad es la de no cometer estos errores y satisfacer de forma adecuada las
necesidades básicas de los hijos. Cuán necesitados emocional y afectivamente están los
padres de los abuelos y estos de los padres. Son preguntas necesarias antes de la
irrupción de la parentalidad o durante el desarrollo de la misma. Las respuestas a estas
cuestiones van encaminadas a satisfacer uno de los retos de la parentalidad y
marentalidad: debemos educar y vincularnos con nuestros hijos de tal forma que no nos
necesiten.

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Capítulo 2
Cuando no somos empáticos
y maltratamos nuestras emociones
y las de nuestros hijos

Si en este momento pidiese al lector que diese una definición de “empatía”, es


probable que la mayoría no tuviese excesivas dificultades para elaborar un enunciado
más o menos coherente que haga referencia a esta capacidad del ser humano. Es posible
que hablasen de “la capacidad para ponerse en el lugar del otro”, “ponerse en los
zapatos o en la piel del otro”, “saber cómo siente y piensa el otro”… Sin embargo, una
cosa es definir la empatía y otra muy diferente y más compleja es ponerse en el lugar de
los hijos. Francamente creo que a los padres, en general, nos resulta a veces complicado
“ponernos en los zapatos de nuestros hijos”. La empatía abarca saber gestionar las
emociones propias y las del otro y esto, hoy en día, me temo que son palabras mayores.
Nuestra historia personal y educativa en relación a las emociones podría constituirse en
una de las razones que pudiera explicar la adquisición de estas dificultades.
Así, si la empatía implica “estar en los zapatos del otro”, ¿por qué entonces cuando
alguien sufre, supongamos a causa del fallecimiento de un ser querido, generalmente no
dejamos que exprese su sufrimiento a través de la emoción? La persona que está
pasando por un duelo tiene esta necesidad, el deseo de expresar tristeza y pena. Sin
embargo, con nuestro comportamiento y nuestras palabras reprimimos e interrumpimos a
menudo esta expresión, “no llores”, “no te pongas triste”, “tienes que salir”, “toma
esta pastilla, te quitará la tristeza”… ¿Sabemos realmente ser empáticos, entonces?
Cuando comento estas cuestiones con padres y madres, siempre hay alguien que me
pregunta, “…entonces, ¿qué tenemos que hacer cuando nuestro hijo está triste? ¿Qué
hay que hacer para eliminar la tristeza?”. Intento responder a esta demanda de la
siguiente manera: “dejad que el agua del río corra”. Cuando broten en el niño
emociones y sentimientos, es mejor dejarlos que fluyan y no limitarlos, no podemos
atajar la tristeza bruscamente. Todo lo contrario, si dejamos que fluya, terminará por
desaparecer y si la limitamos bruscamente, se enquistará y de una forma insana seguirá
asomando la cabeza a lo largo del tiempo.

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Para mí, la expresión de las emociones es tan necesaria para la salud como lo es la
satisfacción de las necesidades fisiológicas. Así, si reprimimos o interrumpimos la
necesidad de ir al baño de una persona, le haremos un flaco favor y muy probablemente
pueda llegar a enfermar. Eso mismo sucede con las emociones. La solución no está, por
tanto, en qué hacer para eliminar la tristeza, sino más bien en qué hacer para ayudar a
expresarla de una forma saludable. En este sentido, cuando alguien está triste y necesita
expresar la tristeza de una forma sana, ¿qué podría demandar o necesitar de alguien que
está a su lado? Probablemente, todos estaremos más o menos de acuerdo en que
reclamaría escucha, seguridad, protección, acompañamiento… Entonces, ¿por qué no
proporcionamos al otro estas necesidades? ¿Por qué nos empeñamos en utilizar
herramientas encaminadas a atajar bruscamente la tristeza? Reflexionando un poco,
podemos concluir que pudiera ser debido a nuestro propio miedo, al que pudiésemos
presentar al enfrentarnos a las lágrimas del otro, porque no estamos preparados; también
por temor a nuestro propio sufrimiento, quizás porque nosotros mismos también
padecemos con el sufrimiento del otro.
Es posible que, todas las causas que puedan explicar el porqué no permitimos que el
otro pueda expresarse emocionalmente libre, se reduzcan al hecho de no tratar bien
precisamente nuestras emociones, no concediéndonos permiso para expresarlas y
sentirlas.
Considero que esta mala gestión emocional se hace todavía más infame cuando nos
tenemos que enfrentar a las emociones de los más pequeños, las de nuestros hijos. Si nos
cuesta gestionar las emociones en las relaciones que establecemos con otros adultos, mi
experiencia es que todavía más complicado nos resulta agenciar las emociones de los
niños y más aún si son nuestros hijos. Un buen ejemplo de esto último podemos
observarlo en la forma que tienen los padres de gestionar con los hijos las emociones que
se despiertan en estos últimos en los momentos que existe la rivalidad fraterna (Brett,
1988). El siguiente caso es un ejemplo adaptado de esta autora.
Supongamos que hoy mismo tu pareja y tú os encontráis después de unas horas
desempeñando las correspondientes tareas laborales. Os saludáis, os besáis, os
contáis las peripecias acaecidas ese día en vuestros respectivos trabajos. De pronto,
tu pareja te dice que te prepares para una sorpresa, mejor, “¡una gran sorpresa!”,
“¡tengo una gran noticia que darte!”, “¡te va a encantar!”, “¿sí?, ¿de qué se trata,
cariño?”, respondes tú ilusionada. Inmediatamente se pone en marcha toda tu
maquinaria imaginaria que requiere esta situación y comienzas a pensar, ¿será un
viaje?, ¿una cena romántica en un lugar único?, ¿ese regalo tan especial que
siempre he deseado y que indirectamente le he planteado en algunas ocasiones?
Verdaderamente, debe ser algo muy especial, porque él está tan contento, tan
emocionado. “Dime, cariño, por favor, me tienes totalmente intrigada”. Y él te dice:
“En pocos días vendrá otra mujer a casa y va a vivir con nosotros”. “¿Cómo dices,
cariño?, creo que no te he entendido bien”, le dices tú. “Sí, mujer, en unos días, una
o dos semanas como mucho, vivirá en nuestra casa otra mujer y se quedará con

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nosotros para siempre”. “Pero… no entiendo, ¿qué quieres decir?, le vuelves a
espetar tú (ahora ya, nótese que la expresión “cariño” deja ya de verbalizarse). “Sí,
verás, como es nueva en casa y no sabe dónde están todas las cosas, ni cómo
funcionan, tanto tú como yo le explicaremos todo, para hacerle la vida más fácil en
casa, para que se adapte bien y para que esté muy contenta y feliz”. Poco a poco vas
aterrizando, comienzas a poner los pies en tierra firme. “Es tan joven, tan tierna,
tan afable, tan fina…”, te sigue explicando. Aparte de que la expresión “cariño” ya
la dejaste de utilizar hace un rato, ahora ya te apetece más cambiarla por otro
vocablo más cercano a la emoción que sientes cada vez que va abriendo la boca y le
dices: “Pero… ¿qué me estás diciendo, malnacido?, “No te enfades, mujer”, te dice
él, “si te va a encantar, vas a compartir tus cosas con ella (no nos olvidemos que hay
que compartir), saldremos con ella y lo pasaremos muy bien todos juntos”. No sabes
dónde meterte, no hay sitio en casa para esconderte, quizás tampoco encuentres
lugar fuera. “De todos modos, tú eres mayor que ella, más madura y, en realidad, ya
no me necesitas tanto, es obvio que a partir de ahora le dedique más tiempo a ella”.
Tus emociones más “despreciables” se están revolucionando, es posible que te entren
ganas de agredirle, bien fuerte y echarlo a patadas de casa. En este momento tu
pareja coloca la guinda al pastel, es el instante en el cual te dice: “Debemos
habilitarle una habitación, pero al principio, como es tan joven, tan indefensa,
dormirá con nosotros, en nuestra habitación”, “¿a que te encanta la sorpresa…? ¿A
que sí, cariño?”

Si hacemos un análisis de todas las emociones que se te han podido alborotar con este
caso (si realmente te has puesto en el lugar) y tuviésemos que etiquetarlas, podríamos
señalar las siguientes: rabia, odio, tensión, tristeza, decepción, temor, miedo, vacío,
desconfianza, inquietud… Pues bien, es muy probable que estas mismas sean las
emociones que pueda experimentar nuestro hijo cuando tiene celos, producto del
nacimiento de su hermanito.
Pero querría añadir más con respecto a los celos, aquí no acaba todo. Imaginemos
ahora que quieres expresarle a tu pareja todas estas emociones, deseas quejarte, enojarte
con él, expresarle cómo te sientes realmente, lo dolida que estás. Le dices, por ejemplo:
“Estoy muy dolida, me has hecho mucho daño, me duele mucho saber que otra mujer
se va a quedar a vivir con nosotros, en nuestra casa, toda la vida, tener que
compartirte… dónde está la sorpresa que me decías, eres un…”. Y te responde él: “No
te enfades, no sé por qué tienes que ponerte así, no tienes razón, eres una exagerada,
¿no ves que ella es más joven que tú y más indefensa? Si sigues en esta actitud atente a
las consecuencias”. Pues bien, estos mismos podrían ser también los comentarios y
actitudes que comúnmente encuentran los niños en sus padres cuando intentan expresar
los celos; frecuentemente, reaccionamos de esta manera. Si hacemos un análisis y
etiquetamos de nuevo las emociones que se han podido despertar en ti con estas últimas
palabras que ha verbalizado tu pareja, es muy posible que hayas experimentado las

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mismas emociones que antes, pero todavía en mayor grado, con mayor intensidad,
además de surgir un nuevo sentimiento, quizás el más doloroso de todos: “no me siento
entendida, no te pones en mi lugar”. Es muy posible, también, que sea de esta manera
como se sienta un niño que, aparte de sentir celos, se encuentra con unos padres que no
están dando muestras de ser empáticos, porque no lo entienden, entre otras cosas,
porque niegan, reprimen y no dejan que el niño exprese estas emociones, no siendo
capaces de gestionarlas bien. ¿No sería más fácil para todos hacerle ver al niño que lo
entendemos cuando llegan a despertarse en él todas estas emociones? Así, ante esta
situación podríamos presentarnos al niño de esta otra manera: “¿Qué te ocurre, hijo?,
¿estás molesto?, lo estás pasando mal, ¿verdad, cariño? Te entiendo”. Quiero dejar claro
que no se trata solo de una cuestión en la que hay que emitir ciertas palabras, ya se
comentó anteriormente que son muy importantes los sentimientos, emociones y
pensamientos que acompañan a estas palabras. No consiste solo en decirle “Te
entiendo”, consiste en sintonizar con el niño. Es por esto último, precisamente, que es
importante redefinir nuestra historia vincular y personal.
De esta manera, estaríamos colocando un colchón para que la caída y el golpe que se
va a dar nuestro hijo no sean tan dolorosos. Es obvio que los celos duelen, es lógico
pensar que el niño vaya a pasarlo mal y reclame la misma atención que los padres le
proporcionaban antes del nacimiento de su hermanito, pero depende de la actitud y
respuesta que adopten los padres con esta emoción el que lastimen más o menos. El niño
necesita expresar su malestar y los padres debemos ser tolerantes y comprensivos con
estas emociones.
Podríamos señalar que, estadísticamente, es frecuente que los padres no permitan la
expresión de los celos en los hijos. ¿Por qué? Pues porque desde la sociedad y la familia
(otra vez, nuestra historia) se nos enseña desde muy pequeños la idea de que existen
emociones que se catalogan como “negativas”, son emociones que tienden a
interpretarse como cercanas a lo “peligroso” y, por tanto, no deben manifestarse.
Les indico que, a mí particularmente, no me gusta el calificativo “negativa” para
etiquetar una emoción, me atrae más el término “displacentera”, término, precisamente,
que he querido utilizar para componer el título de este libro. Creo que tiene una
connotación diferente clasificar una emoción como “negativa” a hacerlo como
“displacentera”. Igualmente, no es lo mismo sentir emociones “placenteras” que
“positivas”. El término “negativa” nos conduce a pensar en algo censurado o
desaprobado, sin embargo, lo “displacentero” hace referencia a lo insatisfactorio o no
agradable. Entiendo que no todo lo insatisfactorio deba ser censurado. Y una de esas
cosas a las que me estoy refiriendo son precisamente las emociones que nos disgustan
(vergüenza, ira, odio, tristeza, estados emocionales, decepción, culpa, vacío,
incomprensión, miedo…).
Soy de la idea de que todas las emociones son positivas y saludables, tanto las
placenteras como las displacenteras, y creo que así deberían transmitírnoslo desde muy

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pequeños, desde la familia y también desde el colegio. Así, les revelo que es maravilloso
poder observar cómo una niña perteneciente a la etapa de Educación Infantil explica en
una “asamblea” a sus compañeros de clase cómo ese día se encuentra muy triste porque
ha fallecido su pez; a la vez, sus compañeros la escuchan, sin juzgarla, sin criticarla,
planteándose todos de qué forma pueden ayudarla. Sorprendía un poco observar cómo
se generaba una situación totalmente natural y espontánea. ¿Somos capaces de
imaginarnos, nosotros, en una reunión de trabajo, con una veintena de compañeros,
expresando nuestra tristeza en público, con los demás escuchándonos, sin juzgarnos, y,
por último, planteándonos soluciones con la idea de ayudarnos? Difícil, ¿verdad?
Asimismo, si un niño expresara celos, sería saludable que los manifestase sin sentir
ningún grado de desasosiego por hacerlo, está sintiendo espontáneamente esta emoción y,
además, necesita expresarla. El cómo manifestarla es otra cuestión y es en este aspecto
donde sí tendría cabida el verbo censurar, sobre todo, cuando nos estamos refiriendo a
ciertas conductas manifiestas, ligadas a las emociones displacenteras, que hacen daño a
los demás o a sí mismo.
Dediquemos ahora algunas palabras a otra emoción displacentera, también presente en
los niños: la tristeza. Comenzaré con un ejemplo concreto y formulando una pregunta
concreta en este sentido: ¿por qué cuando a un niño se le pierde un objeto muy preciado
y valorado por él, le respondemos generalmente con un “no te preocupes” o con un “no
pasa nada”? Sucede en varias situaciones, una de ellas podría ser la siguiente:
Un niño de cinco años que juega con su pelota en la calle. De pronto, y
accidentalmente, realiza un lanzamiento desafortunado que hace que su pelota caiga
sobre un tejado. El niño llora, ha perdido su pelota, está triste. Corre hacia su padre
demandándole consuelo, le dice que su pelota se ha perdido. El padre le contesta:
“No te preocupes hombre, que no pasa nada”.

Vamos a imaginar ahora que un día, después del trabajo, nos disponemos a coger
nuestro coche para volver a casa. En un descuido chocamos accidentalmente con otro
coche y la avería producida es de tal gravedad que nuestro coche queda inutilizado. O
mejor, salimos del trabajo y nuestro coche no está, ¡nos lo han robado!, nos hemos
quedado sin coche. Da igual un ejemplo que otro, lo importante es que lo imaginemos
por un momento, pongámonos en el lugar, sintámoslo. ¿Qué sucedería en nosotros?
¿Qué sentiríamos? Es muy posible que nos abordasen sentimientos de frustración, rabia
y mucha tristeza. Tampoco estaríamos para muchas bromas, ¿verdad? Cinco minutos
después nos encontramos con un amigo y le comentamos la desgracia que nos ha
ocurrido con el coche, con la intención de compartir toda la revolución emocional que en
esos momentos tenemos, a lo cual nuestro amigo nos responde: “No te preocupes
hombre, que no pasa nada”. “¿Qué?... ¿Cómo?... ¡Venga ya, hombre!”, “¡cómo que
no me preocupe!”, “¡cómo que no pasa nada!”, “me he quedado sin coche, ¿no te
enteras?”, “parece que no le estás dando importancia a lo que me acaba de suceder”.

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Pues, posiblemente, así es como deba sentirse un niño que desgraciadamente acaba de
perder algo tan valioso para él como es su pelota y que, además, intenta compartir con su
padre su dolor y no encuentra consuelo en él.
Paso a continuación a señalar un caso que atendí hace un tiempo, para que pueda
servir igualmente como ejemplo, en el que también aparece una dificultad a la hora de
gestionar el mundo emocional de un niño. Esta vez hablamos de la emoción de desgana o
apatía, que también puede aparecer en los niños:
“Papá, hoy no tengo ganas de ir al cole”, le decía Andrés (niño de ocho años) a su
padre al levantarse una mañana de un día lectivo cualquiera. Las emociones,
afectos, vivencias, representaciones y recuerdos que en ese momento se generan en su
padre al oír esta frase de boca de su hijo no tienen desperdicio desde la perspectiva
que nos ocupa. Durante las entrevistas mantenidas con él reconoce que su repuesta
fue poco afortunada y exagerada: “¡Cómo que no quieres ir al colegio!” “¡Vas a ser
un vago toda tu vida!”, “quieras o no, te llevaré a rastras si hace falta”, le responde
su padre.

¿Quién de los adultos que está leyendo este libro no ha sentido alguna vez desgana a la
hora de ir al trabajo? Venga, me arranco yo el primero. Tengo que reconocer que algunos
días me cuesta levantarme cuando me suena el despertador temprano para cumplir con
mi quehacer profesional. He llegado a sentir rabia por ese sonido del despertador y entre
quedarme acostado e ir a trabajar, algunos días he preferido quedarme acostado. ¿Esto
quiere decir que no he ido a trabajar? Pues no, no es eso. Allí estoy, en mi trabajo y
puntual. Estaremos de acuerdo que una cosa son las emociones y los deseos y otra, muy
diferente, la conducta, ¿verdad?
Pensemos en la siguiente situación. Una mañana cualquiera nos suena el despertador.
Nos disponemos a levantarnos temprano para ir al trabajo. “¡Qué pocas ganas tengo hoy
de ir a trabajar!”, le decimos a nuestra pareja. “¿Cómo dices?, ¡eres un vago y vas a
ser un vago toda tu vida, te voy a llevar al trabajo a rastras!”, nos responde nuestra
pareja enfurecida. Es difícil de imaginar, ¿verdad?
Pues bien, ¿por qué a veces nos es tan difícil separar en nosotros mismos –como en los
demás y más concretamente en los niños– por un lado el deseo y, por el otro, la conducta
potencial que pudiera ir ligada al deseo? Está claro que desear no implica necesariamente
actuar. El padre de Andrés tenía serias dificultades para establecer dicha diferencia, lo
que me llevó a tratarlo con él con la finalidad de que lo pudiera hacer un poco más
consciente. Una vez que le expliqué esto último, me comentó: “Entonces, ¿qué hago?,
¿dejo que mi hijo se salga con la suya y no vaya a clase?” “Pues no”, le respondí, “tu
hijo tiene que ir a clase, pero bien podrías decirle que lo entiendes, prueba a decirle
que sabes muy bien lo que él puede sentir. Incluso le podrías decir que tú mismo has
sentido cosas similares y luego con todo el cariño del mundo le instas a que vaya a
clase”.

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Me relataba el padre de Andrés, hablando de su infancia, que siempre había tenido la
idea de no haber sido un buen hijo, su padre le había transmitido que no había sido lo
suficientemente bueno para él, tenía la sensación de que nunca fue capaz de cumplir y
satisfacer las expectativas que su padre había depositado en él. Buscaba constantemente,
pero nunca encontraba la aprobación de su exigente y riguroso padre. La presión que
sufría era importante y para alcanzar el visto bueno de su progenitor debía alcanzar la
perfección. Los sentimientos, emociones y deseos de su hijo Andrés, le recordaban, de
vez en cuando, sus propias emociones y deseos, esos que siempre había tenido que
reprimir y maltratar debido a que le habían trasmitido desde su infancia que la queja y la
emoción displacentera eran sinónimos de imperfección. Había tratado muy mal sus
emociones, las había gestionado mal; también las de su hijo Andrés.
Este ejemplo nos ayuda a percibir cómo las necesidades naturales de los niños, como
puede ser la de manifestar las emociones displacenteras, evocan en los padres sus propias
vivencias infantiles que, si no fueron adecuadamente contenidas o comprendidas por sus
propios padres, ocasionan la necesidad de negarlas. Además, tienden a evitarlas en los
hijos para defenderse de los eventos dolorosos de su propia historia (Mesa, Estrada,
Bahamón y Perea, 2009). Es esta una manera más de proporcionar a los hijos un amor
carente de autenticidad, esto es, un “amor de garrafón”.
Paseo tranquilamente con mi familia por una plaza, a mediodía de un día seis de
enero, observando cómo los niños juegan y exhiben los regalos que les han traído los
Reyes Magos. El día es agradable e invita a que todos los niños salgan a la calle a
disfrutar de sus regalos. En un momento determinado observo cómo a una niña de
poco más de dos años se le antoja coger el triciclo de un “amiguito” con el que se
encuentra de forma casual. El niño se resiste y dice que no, que el triciclo es suyo y
que no se lo deja, no lo comparte. La niña insiste e intenta cogerlo a la fuerza, a lo
que el niño responde gritando. El padre del niño se encuentra a unos metros hablando
con otras personas. Al escuchar las quejas y el enfado de su hijo se acerca, le echa una
bronca al niño con un “Hay que compartir” y le exige que le deje el triciclo a la niña
inmediatamente, de hecho, en un momento determinado del tira y afloja, le quita el
triciclo y se lo da a la niña para que disfrute un ratito de él. El niño llora
desconsoladamente, no solo porque le acaban de “robar” su triciclo, sino, también y
sobre todo, porque el padre retorna al lugar donde estaba, con los otros padres, sin
prestar atención a las emociones de tristeza y rabia de su hijo, sin reparar el daño.
Mientras estaba observando la escena me imaginaba lo que pudiese haber ocurrido si
a este padre adulto alguien no familiar para él pasa accidentalmente por el lugar
donde se encuentra hablando, se le acerca y le pide que le deje su coche nuevo para
desplazarse a alguna ciudad. Ese automóvil tan reluciente, tan limpio, que acaba de
comprar y tiene ahí aparcado, cerquita, exhibiéndolo a la gente; sintiéndose tan
orgulloso de su coche nuevo. Pienso que lo más probable es que este padre respondiese
con un “no”, es posible que intentara dar alguna explicación que pretendiese
convencer, o quizás no, ¿por qué acaso iba a tener que prestar su coche nuevo a

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alguien que no conoce o que apenas sabe quién es? Pero aquí no acaba todo, en un
descuido, el desconocido le quita las llaves, se monta en su coche y se lo lleva, eso sí,
le dice que prestado, porque hay que compartir y que luego se lo devuelve. Es muy
posible que este padre montase en cólera, maldecirá al que se lo ha quitado e, incluso,
cabe la posibilidad de pedir ayuda, quién sabe, a lo mejor hasta a la policía.
Paralelamente, le cuenta a alguien afectivamente significativo para él, un amigo por
ejemplo, cómo le hace sentir lo que le acaba de suceder, y este le responde enfadado
(insisto, enfadado) diciéndole lo siguiente: “Hay que compartir”. Lo mira fijamente e
inmediatamente después lo ignora… ¡se va, sigue su camino! ¿Se imaginan cómo
llegaría a sentirse este padre? Seguramente, rabia, tristeza, decepción y falta de
comprensión sería lo que predominaría en este hombre.

¿Por qué, generalmente, no proporcionamos el mismo valor a las emociones de un niño


que a las de un adulto? ¿Acaso no tienen el mismo valor? Para el adulto, en ocasiones, el
niño parece ser un extraño debido a que la sociedad ha edificado un muro entre el adulto
y el niño, situación en la que este último, me temo, es el que peor parado sale. Parece ser
que utilizamos diferentes varas de medir para las emociones, dependiendo de dónde
procedan, es decir, en función de quién se emocione. Aún así, los adultos presumimos de
ser empáticos e incluso nos atrevemos a hablar de la empatía desde el estrado, jugando a
ser “catedráticos de la empatía”, y, sin embargo, no somos capaces de entender y
gestionar la frustración de un niño.
No solo nos ocurre con el período evolutivo en el que se encuentra aquel que se
emociona, también nos sucede con el género de la persona. En efecto, los hombres lo
hemos tenido siempre un poco más complicado. Tradicionalmente, el valor que se le ha
concedido a las emociones de los varones ha sido diferente al de las mujeres. A los hijos
no se les ha permitido expresar las emociones con la misma disposición que con la que se
ha acompañado las emociones de las hijas. Hoy en día todavía se puede escuchar a
algunos progenitores (de sexo masculino) espetar a los hijos (de sexo masculino) esa losa
de “los hombres no lloran”. Al hilo de lo que se está diciendo, hace un par de años en
otro lugar (Serrano, 2013) e indagando cómo podían influir los conflictos conyugales en
los síntomas psicopatológicos de los hijos, se obtuvo entre otros resultados que los
padres se sentían más a gusto en su relación de pareja que las madres. Se entrevistaron
en un contexto clínico de demanda de ayuda psicológica a parejas heterosexuales,
progenitores de niños con síntomas psicopatológicos, obteniéndose que más del cuarenta
y tres por ciento de las madres consultadas se sentían insatisfechas con su relación de
pareja, siendo poco más del ¡dieciséis por ciento! el porcentaje que se obtuvo con los
padres. En la interpretación de los resultados cupo pensar que las madres se habían dado
mayor permiso para expresar las emociones displacenteras que el que se habían
concedido los padres, a los que les costaba más “desnudarse” emocionalmente ante la
figura del psicólogo. Es probable que para los padres existan ciertas emociones y afectos

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que “no deban” sentirse, que pudieran ser “peligrosas” y, sin ser plenamente conscientes
de ello, pudieran estar transmitiéndose también a los hijos varones.
Y es que, en general, madres y padres no tratamos bien nuestras emociones. Otra
prueba de ello podría ser la facilidad que tenemos para vigilar, en algunas ocasiones y
dependiendo de con quién nos comuniquemos, que aquello que expresemos verbalmente
no vaya acompañado de ciertos rastros emocionales. Quizás este ejemplo pueda servir
para explicarme. Si nos apetece ir al cine con alguien en especial y queremos hacérselo
saber, generalmente, se lo transmitimos de alguna manera similar a la que sigue:
“Fulanito/a, ¿quieres venir al cine?” o “¿Te apetece ir al cine?” o también quizás con
un “¿Vamos al cine?” Sin embargo, si realmente tratásemos bien nuestras emociones
deberíamos decir algo así como: “Fulanito/a, me agradaría/encantaría ir al cine
contigo, ¿quieres venir?”. Nos comunicamos mucho más desde el “pienso, luego
existo” que desde el “me emociono, luego existo”, con los perjuicios que esto puede
conllevar en relación a nuestra salud mental y física. Sabemos que produce efectos
diferentes y más beneficiosos en un hijo un “Me gustaría que hicieses la cama”, en el
que estoy expresando lo que siento, que un simple y frío “Haz la cama”.
Reconozcámoslo, no sabemos si a nuestro hijo le gustaría ver su cama hecha, pero
parece que a nosotros sí, al menos si es nuestra intención darle esa consigna.
Si la naturaleza nos ha proporcionado como herramienta el lenguaje, creo que ha sido
con la finalidad de llamar a las cosas por su nombre, incluidos los sentimientos,
emociones y afectos. Cuando se trata de emociones, el ser humano se ha convertido en
un auténtico especialista en dar rodeos. Cuando se trata del amor hacia los hijos, en
ocasiones, nos podemos encontrar progenitores que utilizan un sinfín de estrategias (voy
a denominarlas “estrategias no emocionales”) para comunicar ese amor. Es decir, ¿cómo
es posible que le podamos transmitir a un hijo que lo amamos, si utilizamos estrategias
que no contienen lo puramente emocional? O, mejor, ¿cómo es posible que un hijo se
entere de que lo amamos si utilizamos herramientas que no son emocionales? En este
sentido, y por ejemplificar la cuestión, no creo que por ponerle más comida en el plato a
un niño, este último llegue a entender que lo estemos amando más. Pienso que un hijo no
va a sentir que lo queremos más si le damos siempre el filete de carne más grande,
quedándonos nosotros (sobre todo las madres) con el más pequeño. No por hacerles a
los hijos más cosas van a considerar que los amamos más. Muchas veces nos
engañamos, pensando que los hijos van a sentir que los queremos más por hacerles la
vida más cómoda. Las madres y los padres que actúan de esta forma me van a tener que
disculpar, pero de esta manera los hijos no se enteran de que los amamos. Hay que
utilizar las emociones y el lenguaje, hay que abrazar, besar, achuchar… a los hijos, y
decirles, mirándoles a la cara, que los queremos mucho. Y no vale solamente con el
“amor formal”, ese que consiste en expresarles afecto cuando nos despedimos para
irnos al trabajo, o cuando se van a dormir, o cuando es su cumpleaños, o cuando les
damos los buenos días, o cuando regresan del colegio. No es suficiente con esto. El niño
necesita también del “amor espontáneo”; ese que le podemos expresar cuando estamos

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sentados en el sillón, viendo la televisión, y “sin venir a cuento” nos levantamos, nos
acercamos al niño, lo abrazamos y besamos, y le decimos “Te quiero mucho, hijo”. Por
cierto, en este caso da igual que el sujeto amado se trate de un niño de tres años, que de
un adolescente de quince, a pesar de que este último nos diga reiteradamente que somos
unos “pesados” por achucharlo.
En ocasiones, les pregunto a los padres cómo hacen para que su hijo se entere de que
lo quieren mucho. También, otras veces, les pregunto directamente si dan besos y
abrazos a sus hijos. En algunos momentos encuentro respuestas del tipo: “No mucho, yo
es que no soy muy besucón, ni muy sobón”, acompañando esta expresión con un
lenguaje no verbal despectivo. ¿Qué habrá podido acontecer en nuestra historia personal
para que un sentimiento tan placentero como el amor y el afecto, pueda haber llegado a
convertirse en algo displacentero o despectivo? Parece ser que, para aquel que no ha
recibido de los de arriba un amor maduro, siempre le va a ser más complicado no dar a
los de abajo un “amor de garrafón”. Nótese, por favor, que señalo “más complicado”, no
“imposible”.
Y les cuento un último ejemplo en relación al maltrato de las emociones. Les aviso que
este no es apto para menores de dieciocho años. Es que se trata de una historia de
miedo.
Estoy comiendo en un restaurante con mi mujer y mis hijos. En la mesa de al lado
lo hace también una familia. Integrante de la misma está sentada una niña de poco
más de dos años de edad, eso calculo. La niña disfruta de su comida, al igual que
sus padres. De pronto, a toda velocidad se aproxima a la niña una mosca, la cual
llega a posarse en su brazo. La niña comienza a gritar y a llorar, tira la cuchara
saliendo disparada por los aires y salpicando con comida a todo lo que encuentra en
el camino. El padre de forma impulsiva responde: “Por Dios, hija, si no es nada, es
solo una simple mosca, qué exagerada eres, hay que ver la que estás montando por
una simple mosca”. A todo esto, la dichosa mosca no deja de molestar, sigue
incordiando a la niña que no para de gritar y de llamar la atención a todos los que
estábamos allí presentes. “Deja ya de gritar, hija, que no es nada”, sigue diciendo el
padre.
Ahora vamos a imaginar que estamos en el mismo restaurante comiendo gustosa y
tranquilamente, cuando de repente observamos cómo se acerca rápidamente hacia
nosotros un “bicho” peludo, negro y feo, del tamaño de nuestro dedo pulgar
aproximadamente (no olvidemos, que la mosca para los ojos de una niña de dos años es
percibida de forma diferente a como puede ser percibida por los ojos de un adulto). Es
un “bicho” desconocido para nosotros que se posa en nuestro brazo. Seamos empáticos,
por favor, y pongámonos en la situación. Estoy seguro que la mayoría se asustaría e
incluso alguno sentiría pánico. Gritaríamos y manifestaríamos miedo. En esto que una
persona importante afectivamente para nosotros nos contesta: “Por Dios, si no es nada,
es solo un “simple bicho”, qué exagerado eres, hay que ver la que estás montando por

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un “simple bichito”. “Deja ya de gritar, que no es nada”. Aparte del miedo que
estamos sintiendo, ¿qué tipo de emociones estaríamos abrigando después de estas
palabras? Pues probablemente desprotección y rabia, además de sentirnos escasamente
comprendidos.
Se podría decir que este padre no se mostraba muy empático con su hija, aparte de que
no poseía conocimientos de Psicología del Desarrollo, tampoco es que el Estado nos
obligue a tenerlos para ejercer la “profesión” de padres. Posiblemente fuera adecuado
que todos los padres, además de saber gestionar las emociones de los menores,
conociesen que a esta edad es frecuente que los niños manifiesten miedo a los insectos.
Quizás ahora, después de analizar estos ejemplos, estemos en mejor disposición de
reconsiderar la actitud empática que tenemos con nuestros hijos, también de reflexionar
acerca de cómo nuestros padres en el pasado han gestionado la expresión de nuestras
emociones, sobre todo la de nuestras emociones displacenteras. Quizás ahora, no nos
cueste tanto reconocer que nuestra definición de empatía se aleja un poco de la actitud
empática que realmente manifestamos con nuestros hijos.

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Capítulo 3
Cuando el niño es percibido
como el “retrato” de alguien
significativo doloroso

Toni es un chico de trece años que presenta síntomas de un Trastorno Negativista


Desafiante, esto es, discusiones frecuentes con sus padres y adultos en general,
desafía las reglas constantemente, presenta conductas vengativas, rabia, bajo
rendimiento académico y problemas sociales. Durante la primera entrevista con los
padres, en mi intento de indagar sobre los comportamientos del menor, les pregunto
que desde cuándo perciben ellos este tipo de conductas en su hijo. Su madre, con
rabia y sin dudar un segundo me comenta: “¿Mi hijo? Mi hijo se comporta así desde
que estaba en mi barriga, ya en mi barriga me daba patadas”.

Debo confesar que la verbalización que me hizo la madre de Toni me sorprendió, a la


vez que me desconcertó. No fue fácil para mí, en un primer momento, comprender
cómo podía un feto de ocho meses, en lugar de moverse, proporcionar “patadas” a una
madre, a la suya. Un hecho, el movimiento de un feto en el vientre de una madre, vivido
de forma emocionalmente displacentera e, incluso, llegando a despertar rabia a quien lo
ha concebido. Para esta madre, el movimiento de su hijo en su barriga era interpretado
como una forma de manifestar agresividad, atribuyéndole una intencionalidad negativa.
Una vez escuchadas estas palabras, me planteaba qué tipos de vínculos y emociones
habían podido establecerse durante los momentos posteriores al parto, y a lo largo de los
años, entre esta madre y su hijo. De qué forma habría podido influir en las interacciones
madre-hijo posteriores, esta interpretación elaborada por esta madre, acerca de los
movimientos de su hijo en el útero. Qué papel podían haber jugado las emociones
displacenteras de esta madre durante el embarazo en la vinculación posterior con el niño.
Cómo podía ser posible que una madre atribuyese esta intencionalidad agresiva a su
bebé. Se hacía necesario buscar una explicación. En mi afán e intención de rebuscar
siempre en la mochila, procedía escrutar la que cargaba esta madre.

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Reflexionando en el caso venían a mi memoria recuerdos de una conferencia dictada
por el profesor Juan Luis Linares, psicoterapeuta familiar de Barcelona, que tuve la
oportunidad de escuchar en su momento. Aquel día, nos explicaba cómo la percepción
del comportamiento de los primeros años de vida de un hijo, por parte de sus padres,
podía llegar a influenciar de alguna manera el devenir del niño. Nos ponía como ejemplo
una entrevista mantenida con los padres de un chico con un historial de conductas
delictivas y asociales y cómo, ya desde muy pequeño, estos padres percibían indicios de
la “futura infausta personalidad” de su hijo: “No vea usted cómo ya siendo un bebé se
agarraba a los barrotes de la cuna, llamando con rabia nuestra atención”.
Así es, podemos observar cómo existen padres que ya conjeturan de una forma
negativa en relación al niño, teniendo este último solo algunos meses de vida, basándose
en ciertos comportamientos y emociones que se manifiestan, incluso de forma puntual.
En este sentido, no hará mucho tiempo que atendía a una madre que me expresaba su
miedo a un posible diagnóstico de “hiperactividad” en su hijo de… ¡cuatro meses! “Se
mueve muchísimo, es muy nervioso, ¡madre mía, seguro que tengo un niño
hiperactivo!”
Pero comencemos con la inspección de la mochila de la madre de Toni, “agredida”
por él ya muy tempranamente. La infancia y adolescencia de esta mujer había estado
sellada por un padre amenazador, controlador, con tendencia a los chantajes emocionales
y a los comportamientos agresivos que había ejercido hacia su madre y hacia ella misma.
Me comentaba las emociones que, en el pasado, se despertaban en ella cada vez que su
padre entraba en casa. Había vivido con mucho miedo y todavía contenía rabia producto
de estas situaciones pasadas. Escuchando todo esto me ponía a pensar en el embarazo de
Toni, en el miedo y la rabia que todavía alojaba esta madre y en el modelo interno de
percepción de la vida que esta había ido forjando poco a poco y que teñiría todas sus
relaciones o vínculos, incluida la que tendría que mantener con su hijo. Durante el
embarazo, y a través de los movimientos de su hijo, este y su madre iniciaban ya una
relación, en la que su madre ya fraguaba ciertas expectativas, producto de sus
emociones. Era ya durante el embarazo, que se removían una serie de emociones
displacenteras en la madre de Toni.
Me preguntaba a quién realmente percibía esta madre cuando su hijo se movía e
interaccionaba con ella en su “barriga”, si a su futuro bebé o a un futuro adulto agresor.
Su excesivo miedo no le dejaba percibir una realidad más objetiva, me cuestionaba cuáles
eran realmente los miedos de esta madre durante esa época y cuáles eran los que tenía en
la actualidad. Toni se había convertido, a los ojos de su madre, en el “retrato” de su
propio padre, no siendo consciente de tal situación. Esta madre nos reconocía su miedo
constante al hecho de que su hijo llegara a ser y a comportarse como su propio padre. Su
“mochila” había albergado una historia de dolor no resuelta que había despertado
emociones displacenteras de miedo y rabia con el inicio de la marentalidad, preparándose
ya un vínculo madre-hijo disfuncional y con unas consecuencias igualmente dolorosas
para este niño. Al hilo de lo comentado con este caso, creo oportuno indicar que la

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educación emocional de un hijo no debería iniciarse cuando nace, sino desde que se
encuentra en el útero. Las emociones y sentimientos de una madre durante el embarazo
son primordiales en el posterior desarrollo psicológico de un niño. En este sentido, y
dentro de la gestión de las emociones que va a llevar a cabo una madre durante el
período de gestación, se deben incluir también las emociones que van ligadas al proceso
psicológico de ser madre, es decir, nos estamos refiriendo al modo en que una mujer (y
también su pareja) está viviendo emocionalmente la marentalidad. Sabemos que el
proceso psicológico de ser madre no comienza justamente con el nacimiento del niño,
sino mucho antes, desde el mismo momento en que una mujer (o una pareja) sabe y es
consciente de su embarazo; en otros casos, incluso, desde el momento en que existe el
deseo de tener un hijo. En todo caso, durante los nueve meses de embarazo la mujer
pasa por muchos controles médicos encaminados, sobre todo, a examinar su estado de
salud y el del futuro bebé. Sin embargo, ¿qué interés se presta, generalmente, a las
emociones de una futura madre durante el embarazo?, ¿cuántas veces se le pregunta a
esta mujer sobre qué tipos de emociones y sentimientos está albergando, por el hecho de
saber que en pocos meses va a ser madre?, ¿cómo son sus miedos, su alegría, su tristeza,
sus ilusiones, sus expectativas?, ¿cómo se percibe y se siente como madre?, ¿qué
emociones y sentimientos acoge en relación al padre del niño y/o su pareja? Cuestiones
como estas deberían trabajarse con los futuros padres, antes de nacer el niño. Es muy
posible que la madre de Toni hubiese agradecido haber trabajado estas y otras preguntas
similares, encaminadas a descubrir e indagar sus emociones durante la marentalidad. En
muchos casos, no bastará solo con buscar y explorar emociones en situaciones en las que
ya se lleva tiempo sintiéndose la marentalidad; considero que hay que analizar emociones
y sentimientos en los padres cuanto antes, si se puede hacer durante el embarazo, mucho
mejor. Hay que saber que, en ocasiones, y al igual que sucedía con la madre de Toni, la
historia personal y el material que existe en el interior de algunas “mochilas” puede ser
bastante complejo y espinoso. No vale la pena esperar, estamos hablando de nuestros
futuros hijos.
Es razonable pensar que en este tipo de vínculos padres-hijos no siempre se
representan en los niños “retratos” de los abuelos, como sucedía en el caso anterior. La
experiencia nos hace concluir también cómo los progenitores pueden ver en sus hijos
“retratos” pertenecientes a cualquier otro familiar. A continuación se expone el caso de
una madre que percibe en el niño el “retrato” de su ex pareja. El problema surge a raíz
de la historia relacional que han establecido ambos progenitores, también teñida de dolor.
Maribel es madre de una chica de veinte años que estudia fuera, en otra ciudad.
La relación con su hija la cataloga de fría, distante y de falta de confianza, lo cual la
entristece de forma significativa, manifestando llanto cada vez que hace referencia a
esta relación. “Creo que las cosas están empezando a cambiar un poco, veo que si yo
cambio mi mundo también cambia. Después de mucho tiempo he hablado con mi
hija por teléfono, ¿por qué me da tanto miedo hablar con ella? A menudo pienso que
no estoy a la altura como madre, tengo miedo al desprecio, a que se burle de mí, no

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sé, tendré que acercarme un poco más a ella para quitarme estos miedos. Lo cierto
es que ya no se me parece tanto a su padre, la veo más responsable, más madura…me
siento muy orgullosa de mi niña”. Cuando, en un momento anterior, se indagó en la
relación que había establecido Maribel con su hija, nos comenta que desde que
nació era “un poco tiesa, poco cariñosa, no se dejaba tocar, siempre ha sido como
muy independiente, muy egoísta, se parece mucho al padre”. Por otro lado, la
relación entre Maribel y su ex pareja ha estado marcada por episodios de Violencia
de Género, más concretamente, por el excesivo control psicológico que este último ha
ejercido sobre Maribel.

Maribel ha visto en su hija, desde muy temprana edad, el “retrato” de su ex marido,


con el que mantuvo una relación afectiva tormentosa, caracterizada por la frialdad
emocional y el control psicológico. Esta historia ha influido en el vínculo mantenido con
su hija, marcado principalmente por el miedo y la rabia.
Creo que ningún padre, ni ninguna madre, está libre de elaborar estos “retratos”.
Considero que no es tan difícil confeccionar en nuestros hijos “retratos” de historias
emocionalmente dolorosas no bien resueltas (no olvidemos que algunos ya se pueden ir
forjando durante el embarazo) Hay que tener en cuenta que la elaboración de este tipo
“retratos” es una forma más que tienen nuestros miedos de hacerse escuchar. Se
constituye en otra manera de expresar nuestros miedos, a veces tan automáticos, que
llegan a escapar de nuestra conciencia y razón. Que estos miedos a veces sean
automáticos, maquinales e inconscientes trae como consecuencia limitaciones en la
parentalidad y en el abordaje emocional de los hijos. Esto no implica, por otro lado, que
no tengamos la posibilidad de paliarlos o debilitarlos con el diálogo, el análisis y la
reflexión, que nos lleve a tomar distancia y a separar nuestra historia personal de la de
nuestros hijos.

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Capítulo 4
Cuando el corazón ama
y odia al mismo tiempo

En muchas ocasiones, al ser humano le resulta muy difícil saber con total exactitud lo
profundo y complejo que el corazón puede llegar a ser. Hasta tal punto es así que pueden
albergarse en él sentimientos extremos totalmente opuestos y convivir en natural
armonía. Podemos decir que el corazón puede mostrarse de esta guisa,
independientemente del tipo de relación humana del que estemos hablando. En este
sentido, cabría también indicar que en el tipo de relación que aquí nos ocupa, la relación
padres-hijo, es probable también observar esta mezcla de sentimientos y emociones tan
extraña y sorprendente, sobre todo para aquel o aquella que ampara ese corazón.
Esto mismo sucede con algunos padres que no son capaces de entender esta
ambivalencia afectiva que en ciertos momentos experimentan con sus hijos. Cuando esto
sucede, algunos padres llegan a asustarse en gran medida, otros llegan a pensar que van a
perder el control y como consecuencia afectar a sus funciones parentales e, incluso,
algunos especulan sobre su juicio y valoran si se están volviendo locos. Nada más lejos
de la realidad. En este sentido, podemos señalar que nadie duda del amor tan intenso y
profundo que una madre puede sentir por su hijo, sin embargo, conjuntamente con este
amor y al mismo tiempo “…también es verdad importante y real que la madre alberga en
su seno un resentimiento insistente y profundo contra su propio hijo…” (González Vallés,
1997, p. 14).
Efectivamente, el nacimiento de un hijo llena un hogar de felicidad, proporcionando
muchas cosas positivas, pero también quita algunos privilegios, debido a que reduce
nuestro tiempo, también nuestras horas de sueño, el ocio, la libertad de movimientos,
envolviéndonos en ocasiones una sensación de atadura, a veces, complicada de manejar.
Así, supongo que no me equivoco si digo que nadie se siente excesivamente feliz y
contento cuando interrumpe un sueño placentero, despertándose y levantándose a las
cuatro de la madrugada debido a que tiene que atender a su hijo porque este se ha
despertado llorando. El instinto maternal hará que nos levantemos y atendamos al niño,
calmándolo, sin embargo, también nos invadirá a la vez una perturbadora desazón. Del
mismo modo, nadie experimentará una desmesurada liberación de endorfinas si,
habiendo planificado un viaje especial, un día antes de coger el avión y partir hacia el

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paraíso, el niño enferma con fiebre de cuarenta y nos obliga a cancelar las vacaciones.
Somos sus padres y cuidaremos de él con todo el cariño existente, pero a la vez correrá
por nosotros una animosidad latente que deberíamos saber identificar y gestionar si no
queremos que en un momento posterior suenen tambores rencorosos.
Toda relación humana, y en consecuencia también el binomio padres-hijo, se
constituye en mayor o menor medida en una relación de amor-odio, dicotomía
angustiante y difícil de explicar para el propio ser humano. La clave para solucionar tal
angustia se situará en la capacidad para entender por qué nos sucede esta ambivalencia
emocional en ciertos momentos, debiendo ser permisivos y comprensivos con esta
confluencia de afectos opuestos. Una falta de higiene emocional producto de nuestra
historia personal, esto es, una mala gestión y el maltrato de esta mezcla de afectos, puede
llegar a inquietar seriamente la reciprocidad padres-hijos, coartando y estancando la
madurez de esta relación.
En principio, sentir y emocionarnos son procesos espontáneos, no planificados, con lo
que no deberíamos considerarnos culpables por experimentarlos, independientemente de
la emoción que nos irrumpa. El problema radicaría en la rigidez con la que tratamos
algunas emociones displacenteras. A veces, estas emociones son etiquetadas por nosotros
mismos como “comprometidas”, “prohibidas” y/o “peligrosas”, y es esto lo que nos
hace sentirnos angustiados en algunas ocasiones. En este sentido, y haciendo alusión a
los sentimientos y emociones, a mí me gusta mucho decir que “Lo que es, es; de un
limonero solo pueden salir limones, pretender que de un limonero salgan naranjas es
absurdo”. Por tanto, es absurdo pensar y/o decir que “hay cosas que no se pueden
sentir o no deben sentirse” hacia los seres humanos, y por ende, también hacia los hijos.
Al contrario, tendremos que ser comprensivos y amorosos con lo que sentimos para
llegar a entender el porqué. Esto nos ayudará a seguir creciendo en y con esta relación.
La tendencia a prohibir o censurar los sentimientos y emociones puede traernos
consecuencias perniciosas relevantes a la hora de relacionarnos con los demás y,
también, en la relación que mantenemos con nuestros hijos. De esta manera, si
censuramos nuestras emociones y sentimientos, los seres humanos podemos llegar a
edificar o crear verdaderas “armaduras” o “corazas”, con la finalidad de evitar lo
“emocionalmente peligroso”, presentándonos a los demás con una constante actitud
defensiva. Es tal a veces la armadura que podemos llegar a construir, que algunos,
incluso, dan una imagen a la gente muy diferente y alejada de lo que realmente son. Así,
nos podemos topar con muchos tipos de armaduras y máscaras: la altivez o
endiosamiento, la frialdad, la presuntuosidad, el perfeccionismo y exceso de
responsabilidad, la vanidad, el autoritarismo, la agresividad, la permisividad, la
indiferencia, la arrogancia… Y todo, producto de nuestro insano propósito de ocultar las
verdaderas intenciones del yo. Entra dentro de la lógica pensar que, si en las relaciones
sociales existen este tipo de máscaras, también en la relación con los hijos nos
encontraremos padres que se muestran altivos o endiosados, fríos, presuntuosos,
perfeccionistas y excesivamente responsables, vanidosos, autoritarios, agresivos,

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permisivos, indiferentes, arrogantes… Si me permiten, yo diría que, si no somos
comprensivos y amorosos con lo que sentimos en nuestras relaciones con los demás,
comenzaremos a secuestrar nuestro yo, sirviéndonos como zulo las diferentes caretas y
máscaras que generamos. Antes de ejemplificar esta última idea, aplicándola al tema
principal de este libro, esto es, a la relación padres-hijo, creo que sería más oportuno, en
primer lugar, ilustrarlo en otro contexto de interacción con la finalidad de poder
explicarme mejor:
Hace ya unos años, al finalizar una clase, un grupito de alumnos me “asaltó” para
solicitarme algunas herramientas o técnicas que pudieran serles útiles para no
ponerse nerviosos durante una exposición de un trabajo, que tenían que llevar a
cabo para otra asignatura. Estaban bastante preocupados, imaginaban y anticipaban
los sentimientos de vergüenza y miedo que iban a experimentar durante la
exposición. “Yo soy siempre de la idea de que uno debería ser sincero con sus
emociones y sentimientos, así que creo que lo mejor que podéis hacer es intentar no
engañar a la gente”, les comenté. “¿Cómo?, ¿qué quieres decir?, ¿cómo que no
engañemos a la gente?”, contestaron sorprendidos. “Sí, lo que quiero decir es que,
durante la exposición, quizás deberíais quitaros la máscara. Cuando comencéis la
exposición, si estáis nerviosos, lo mejor es que se lo expreséis a la gente que os esté
escuchando en ese momento. Considero que es la mejor solución. Así, seréis sinceros
con vosotros mismos y con los demás, aparte de que se os va a quitar un gran peso
de encima. Una vez que le digáis a la gente cómo os sentís, todo irá sobre ruedas”.

Así lo pienso, creo que la mejor forma de reducir una emoción displacentera, como
puede ser la ansiedad que uno puede presentar a la hora de exponerse a un público, es
aceptarla, no pretender ocultarla a los demás, sobre todo no procurar ocultárnosla a
nosotros mismos, ni negárnosla. Por ejemplo, podríamos empezar diciendo
“Discúlpenme, pero estoy un poco nervioso”, y, posteriormente, comenzar con la
exposición. En efecto, ser uno mismo es una buena forma de tratar amorosamente
nuestras emociones. Tratemos de hacer lo mismo en las relaciones con nuestros hijos. El
que sigue es un ejemplo en el que, en una madre, se presentan una mezcla de
sentimientos opuestos en relación a su hija y que intenta “resolver” poniendo en marcha
la censura o prohibición, en vez de la aceptación:
Isabel tiene diecisiete años y acaba de ser madre de una niña. Su experiencia
como madre apenas supera los tres meses. Asustada y presentando crisis de
ansiedad, decide pedir ayuda psicológica. Su ansiedad la relaciona con el
nacimiento de su hija y con la irrupción de la maternidad. El embarazo no ha sido
planificado, los primeros momentos no fueron fáciles en relación a la aceptación y
asimilación de su nueva situación pero, a medida que han pasado los meses, todo ha
vuelto a la normalidad. Comenta que desde que su hija vino al mundo, tiene la
sensación de que no la quiere. Tiene miedo a no cuidarla como es preceptivo e,

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incluso, en algún momento, tiene pánico a perder el control y llegar a abandonar a
su hija. Sin embargo, responde siempre y adecuadamente a las directrices de su
instinto materno, levantándose por las noches y calmando a su hija cuando llora,
dándole de comer cuando lo demanda y, en líneas generales, satisfaciendo las
necesidades básicas de su bebé. No puede llegar a entender qué le puede estar
ocurriendo, su corazón alberga muchas contradicciones que, finalmente, desembocan
en crisis de ansiedad.
Existen muchos factores que podrían ayudarnos a dar una explicación de la ocurrencia
de una crisis de ansiedad. Uno de ellos podría ser un conflicto o lucha entre dos deseos
incompatibles que se encuentran presentes al mismo tiempo en el ser humano. Por un
lado, nos encontramos con un deseo personal y, por otro, uno de naturaleza
sociofamiliar.
En este caso nos encontramos con una madre adolescente, con necesidades propias de
la etapa evolutiva en la que se encuentra, las cuales todavía no están del todo satisfechas
y son, a veces, incompatibles con las responsabilidades propias que “exige” la
maternidad. Isabel, por tanto, se ve privada de muchas cosas que le gustaría llevar a
cabo. A todo esto le tenemos que sumar las características de los padres de Isabel,
figuras parentales que constantemente han transmitido a su hija el carácter “peligroso” de
ciertos sentimientos, emociones y deseos, sobre todo, si se sienten y se expresan en el
“consagrado y venerable” contexto familiar. Ya los padres de Isabel se han encargado, en
su momento, de que tanto su deseo de independencia, como sus sentimientos de enfado,
malestar e ira, se hayan catalogado en el contexto familiar de no naturales, que deben
hacer sentir culpable a aquel que los sienta o exprese. Es por ello, que Isabel ha
aprendido desde muy pequeña a ocultar toda esta clase de afectos, deseos, emociones y
sentimientos. Al igual que en muchos momentos de su vida infantil y adolescente se llegó
a percibir como “mala” hija, debido a que su corazón amparaba sentimientos de rabia e
ira hacia sus padres por coartar éstos sus deseos de independencia, ahora también, por la
misma razón, se percibe como “mala” madre. Su personalidad más auténtica alberga de
nuevo estos deseos de independencia que, en esta ocasión, son limitados por la
emergencia de la maternidad, activándose de nuevo fantasmas del pasado.
Si se me permite, podríamos indicar que teníamos enfrente a una madre que había
“perdido” las emociones que van ligadas a la frustración. Producto de su historia, había
aprendido a ocultar y reprimir el enfado que todos sentimos cuando nos restringen
nuestra autonomía y deseo de independencia. La situación pasaba por el hecho de que
ella misma fuese capaz de proporcionar un buen trato a estas emociones;
identificándolas, en un primer momento, y dejándoles paso, posteriormente, a medida
que iban “asomando la cabeza”. Las emociones que había “encerrado” en su momento,
volvieron a empujar el portón con fuerza, coincidiendo con la irrupción de la maternidad.
Eran momentos para abrir el portón con amor, entendiendo y comprendiendo sus
emociones y no para seguir tapando y encerrando aquello que siempre había sido suyo y

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que le habían arrebatado sus padres con sus mensajes y consignas. ¡Claro que se podía
sentir ternura e ira a la vez! Había permiso y sigue habiéndolo.
Soledad es una madre de treinta y dos años, madre de tres hijos, que ha sufrido
varias crisis de ansiedad, refiere que tiene miedo a “perder el control y volverse
loca”. Se le pide que explique un poco más qué quiere decir con esta última
expresión. Soledad responde con explicaciones que se relacionan siempre con
conductas que lleva a cabo con sus hijos, más concretamente con el cuidado de estos
últimos. Para Soledad, “volverse loca” implicaría, según nos explica, “no llegar de
forma puntual a recoger a mis hijos del colegio, no vestirlos para ir al colegio,
hacer que mis hijos no lleguen puntual al colegio, que un día deje a mis hijos con
algún familiar porque me apetezca ir de compras y pasarme de la hora que he
acordado con mi madre o mi suegra para ir a recogerlos, pasar de mis hijos y pensar
que no los quiero…”. Verdaderamente, esta madre tenía mucho miedo a no cumplir
con ciertos compromisos que se hubiesen podido establecer o acordarse. Es como si
no se fiase de ella misma. Esta desconfianza que tiene en ella hace que, en
numerosas ocasiones, sea la primera madre que llegue al colegio para recoger a sus
hijos llegando, a veces, hasta media hora antes (“…me sentiría muy mal y culpable
si llegase tarde”). Parece ser que, para Soledad, “volverse loca” se aproxima mucho
al hecho de “no cumplir” con lo acordado familiar o socialmente. También nos
refiere que tiene miedo a que, si no cumple, sus hijos y los demás la perciban como
“mala madre o mala persona”. La historia infantil y parte de la historia adolescente
de Soledad ha sido bastante dolorosa, así nos lo comenta ella. Cuando tenía once
años, su padre la obligaba a cuidar de su abuela, que se había quedado viuda, y su
función era la de acompañar y cuidar de ella. La lavaba, la vestía y, en general,
velaba porque todas las necesidades básicas de su abuela estuviesen satisfechas; y
todo esto tan solo a la edad de once años. Esta etapa la recuerda con mucha tristeza
y con un sentimiento de miedo a deso-bedecer y no cumplir la misión que le había
encomendado su padre. Tenía pánico a que su familia, especialmente su padre, la
considerase “mala hija, mala nieta y mala persona”. No era de extrañar que, en la
actualidad, tuviese el mismo miedo aunque en esta ocasión en relación al cuidado de
sus hijos; sentía recelo a que la considerasen “mala madre”. Tampoco debería
sorprender que a Soledad le invadiesen de vez en cuando ciertos pensamientos, deseo
y necesidad de “volverse loca y perder el control”. Todo iría bien, si no fuese porque
esto último, para ella, era “prohibitivo y muy peligroso”.

A Soledad le costaba aceptar esos deseos y emociones, ya que se posicionaban en


contra de las expectativas de su padre. Su corazón sufría una constante lucha interior
donde lo personal y lo familiar/paternal libraban batalla. Intentábamos transmitirle que
“volverse loca” no era tan peligroso; de vez en cuando, de hecho, la animábamos a que
“perdiese un poco el control”. El objetivo último no era otro que el poder comunicar a
sus padres que ya no era una niña de once años, ahora ya tenía sus propios deseos,

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sentimientos y emociones; es más, podríamos decir que siempre los había tenido. A
Soledad, en general, le costaba reconocer lo cansada que estaba de seguir siendo lo que
sus padres deseaban que ella fuese. En ella se sucedía un conflicto de intereses. En este
sentido, Soledad se encontraba, por una parte, con el deseo de cumplir con todas las
responsabilidades, satisfaciendo así lo inculcado desde lo familiar, y, por otro lado, el
deseo personal de desligarse de responsabilidades. Ambos deseos ya estaban presentes
desde la adolescencia temprana, cuando cuidaba a su abuela. La responsabilidad del
cuidado de sus tres hijos volvió a despertar el conflicto, generándole sentimientos
ambivalentes en relación a los hijos, al igual que le sucedía en su momento con su
abuela.
Se han presentado y analizado una serie de ejemplos en los que el corazón ha abrigado
una mezcla de emociones placenteras y displacenteras en relación a los hijos. Podemos
actuar con comprensión y amor hacia lo que sentimos, aceptando que somos seres
humanos, concediéndonos permiso y siendo nosotros mismos o, por el contrario,
poniéndonos caretas vedando y maltratando así nuestras emociones. Depende de
nosotros, de nuestra actitud, nuestra disposición y apertura hacia el análisis y reflexión de
nuestra historia personal, la historia de nuestros vínculos.

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Capítulo 5
¿Cuando el mundo emocional
de un hijo es hipotecado por
los conflictos conyugales

Nadie duda de que si queremos gestionar de una forma funcional las emociones que se
despiertan o se conciben en la relación padre-hijo, debemos hacer también un examen o
revisión de nuestra relación de pareja. Al menos, tendríamos que dedicar algún tiempo
para reflexionar en qué medida nuestra relación de pareja está condicionando nuestra
forma de llevar a cabo la parentalidad.
Nos podemos encontrar la situación en la que, en un primer momento, vivamos la
parentalidad de una forma placentera, vinculándonos emocionalmente de una forma
saludable con nuestros hijos durante el embarazo y desde el nacimiento. Sin embargo,
unas relaciones conyugales conflictivas posteriores pueden acabar por deteriorar nuestra
forma de relacionarnos emocionalmente con los hijos, dañando así la parentalidad
(Linares, 2006). En efecto, es lo que ocurre cuando se introduce a los hijos en los
conflictos conyugales de tal manera que la pareja acaba convirtiéndose en una relación de
tres miembros y no de dos, como cabría esperar. A esta forma de transacción familiar se
le ha denominado “triangulación” y podríamos definirla como el intento y/o el
establecimiento de una alianza entre generaciones, es decir, entre uno de los progenitores
y el hijo con la finalidad de buscar apoyo en este último e ir en contra del otro progenitor.
Se trata de una situación en la que madres y padres no son capaces de resolver sus
conflictos conyugales directamente entre ellos y envuelven a sus hijos en el conflicto de
forma voluntaria, o también sin ser plenamente conscientes de ello. En este sentido, se
puede decir que los padres pierden los papeles parentales en el fragor del combate
conyugal. Establecen una alianza con el infante ofreciéndole beneficios para ganarlo, se
transmite al niño el mensaje “yo te puedo dar más que el otro”. Los padres se empeñan
en difamarse el uno al otro en presencia de los hijos, dando lugar a que estos últimos
formen parte activa del conflicto e hipotecando así el mundo emocional de los niños. Se
crea una situación en la que se le exige al infante mostrar una lealtad incondicional hacia
uno de los progenitores en detrimento del otro (“o estás conmigo o estás con el otro”),

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generándose, en ambos padres, emociones displacenteras en su relación con el niño; en
este caso, lo que predominaría sería la emoción de rabia y los chantajes emocionales.
Todo comienza con ambos miembros de la díada pretendiendo salir victoriosos en sus
disputas, cada uno de ellos intenta llevar la razón a toda costa y les cuesta mucho ceder.
A mí, particularmente, en esta situación me seduce mucho preguntarles a los dos
miembros de este tipo de pareja qué implica para cada uno de ellos eso de ceder, qué
significado concreto puede tener para ellos dos. A medida que vas “metiendo y metiendo
la cuchara” las respuestas proporcionadas, generalmente, te hacen concluir que ambos
miembros de la díada están estableciendo una especie de juego patológico, similar a algo
así como “quién queda por encima” y “quién queda por debajo”, estableciéndose una
especie de escalada tensa y simétrica. Llega a producirse una situación en la que,
finalmente, ambos padres tienden a pensar erróneamente que el que “gana y queda por
encima” adquiere más valía que el que “pierde y se sitúa por debajo”. En este momento,
yo entiendo que la autoestima de ambos miembros de la pareja debe sufrir un menoscabo
importante.
Ante esta tesitura conyugal no es de extrañar que existan tentativas de asociación con
algún otro miembro del sistema familiar (generalmente los hijos) con la finalidad de ganar
la “batalla”. Se observa cómo la temática de conflictos y desencuentros más comunes en
este tipo de parejas es la relacionada con las respectivas familias de origen, aún no siendo
éstos actores principales de esta función.
Otra característica a destacar de los componentes de esta pareja es que ninguno de los
dos es capaz de percibir al otro desde la independencia emocional, lo cual te hace
considerar que cada uno de ellos tiene miedo a que el otro sea diferente. De esta forma,
y con la finalidad de eliminar este sentimiento displacentero, se producirá un intento
constante de controlar emocionalmente al otro que, a su vez, provocará que emerjan
emociones displacenteras hacia la pareja, como la tensión, la irritabilidad y la frialdad
afectiva.
Una vez más, se aprecia cómo la historia vincular que han establecido estos padres con
sus propias figuras parentales está influenciando en gran medida el hecho de que se
genere esta situación con los hijos. Se trata de una historia impregnada de poca
valoración y reconocimiento, que conlleva un daño en la autoestima de cada progenitor, y
caracterizada también por una dificultad importante para percibirse de una forma
emocionalmente autónoma e independiente. Estos padres no son conscientes de que sus
hijos poseen necesidades emocionales propias, los conciben más como una prolongación
de ellos mismos, llegándose un momento en que el progenitor aliado y el hijo se
convierten en una unidad funcionalmente indivisible ante el conflicto de pareja.
Cuando los padres se vinculan emocionalmente de una forma sana con los hijos son
conscientes de que, en esa relación, se debe producir un proceso de diferenciación con
estos últimos, sabiendo también cómo hacerlo. Así, por ejemplo, una madre puede
relacionarse con su hijo estableciendo un binomio madre-hijo pero, a la vez, sabe

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mantener unas interacciones adecuadas con el padre. En esta relación con el padre, la
madre es capaz también de transmitir al hijo que hay momentos en los que este último no
tiene cabida. En este contexto, el padre también es consciente de esa interacción madre-
hijo, no viviendo este binomio como una amenaza a la relación padre-madre y
comprometiéndose fácilmente con el hijo. Sin embargo, el problema aparece cuando se
establece una coalición de dos miembros que poseen diferente jerarquía (madre-hijo, por
ejemplo), dirigiéndose esta coalición contra el otro miembro, el padre en este caso.
Algunos autores, como Haley (1998) o Bowen (1960), han considerado que el proceso
de triangulación hay que percibirlo de una forma más cuantitativa y no tanto
cualitativamente. Así, todas las relaciones que establecemos los seres humanos estarían
más o menos sumidas en procesos de triangulación, la diferencia estribaría en la
intensidad o el grado en el que estamos inmersos. Por tanto, la relación que aquí nos
interesa, el binomio padres-hijos, no estaría tampoco libre de interacciones de esta
naturaleza. Así, los padres triangularíamos también a nuestros hijos, sobre todo, en
momentos o situaciones de ansiedad y tensión entre los miembros de la pareja, debido a
que este proceso tiene la función de disminuir la tensión de la díada.
Se puede observar cómo, para disminuir la tensión conyugal, no solo se establecen
dinámicas consistentes en introducir al niño en el conflicto. Otra de las herramientas que
utilizan los padres y que está muy relacionada con la anterior, es la desviación del
conflicto hacia uno o más de los hijos. En algunas ocasiones podemos percibir cómo se
produce esta situación relacional. Una de estas veces la pude encontrar en el caso que a
continuación se expone, el de una pareja a la que atendí hace unos años:
Ángeles y Eduardo llevan nueve años casados. Son padres de una niña de siete
años y un niño de cinco, el cual, según refieren, muestra conductas disruptivas, es
muy desobediente y no son capaces de controlar su comportamiento. Desde que
nació su hijo, aproximadamente, refieren tener frecuentes conflictos en su relación.
Eduardo trabaja fuera de casa y pasa muchas horas en el trabajo. Ángeles trabaja en
casa y es la que dedica más tiempo de los dos a los niños. Apenas hablan, y no
comparten prácticamente ninguna actividad. Ángeles lleva unos años refugiándose
en sus hijos. Cuando les pregunto cuánto tiempo hace que no comparten alguna
actividad de ocio ellos dos solos, sin niños y sin amigos que los acompañen,
contestan que es muy posible que no compartan nada de ocio desde que nació su
primer hijo, ¡hace siete años! En un momento posterior, producto de algunas
prescripciones durante la intervención que se lleva a cabo con ellos, se plantean
salir una noche a cenar, ellos dos solos, para hablar, para mirarse a la cara y para
disfrutar, en definitiva, de su relación de pareja. En una sesión posterior les
pregunto sobre cómo les ha ido, si se han mirado a la cara y de qué han charlado.
“Nos ha ido bien, hemos estado a gusto, hemos charlado…”. “Y… ¿de qué habéis
hablado?”, les pregunto. “Pues… hemos hablado… de los niños”, responden.

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Parece que la relación tensa que mantienen Ángeles y Eduardo la “resuelven”
centrando toda la atención en los niños, sobre todo en el comportamiento del pequeño,
permaneciendo en este escenario durante mucho tiempo, sin que esta situación sea
consciente para los miembros de la pareja. De esta forma, se estaría lastimando, en cierta
manera, el mundo emocional de ambos hijos, sobre todo el del más pequeño. Ambos
padres focalizan su atención en el niño, percibiéndolo como fuente principal de los
problemas familiares, expresándole emociones displacenteras y etiquetándolo como “el
niño malo”.
Sería oportuno reflexionar y preguntarnos en qué grado somos capaces de resolver las
situaciones sociales problemáticas y los conflictos con los demás, incluidos los que se
puedan mantener con la pareja, de una forma autónoma, sin inmiscuir a nadie en la
resolución de los problemas relacionales. Es por esta razón que me atrevería a indicar
que, para ser padre, primero hay que ser capaz de percibirse a uno mismo como alguien
emocionalmente independiente. Los hijos no deben constituirse en herramientas o
instrumentos de utilización de los padres; incluso antes de tener un hijo estaría bien
plantearnos si queremos y deseamos que venga al mundo o, por el contrario,
necesitamos tenerlo y, en este caso, preguntarnos entonces por qué y para qué. No es
descabellado pensar que ciertas parejas “emocional y afectivamente vacías” hayan
necesitado tener un hijo para paliar estas carencias.

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Capítulo 6
Cuando la emoción y el
sentimiento de culpa de los padres
embuchan la capacidad
de poner límites

Se trata de un tema que ha sido analizado en múltiples sitios y ocasiones, lo cual no


impide, ni mucho menos, que podamos dedicar unas líneas y un momento para volver a
pensar y detenernos en la culpa como un sentimiento que está relacionado con nuestra
historia personal.
La culpa es uno de los afectos que más seriamente deberíamos considerar a la hora de
ejercer la “profesión” parental, sobre todo, por la frecuencia con la que puede florecer
durante la práctica de la misma. Se constituye en un sentimiento, por otro lado, muy
ligado a esos momentos en los cuales los padres tienen que poner límites a sus hijos.
Precisamente, una de las cuestiones problemáticas de la parentalidad disfuncional en la
que más se interviene es la permisividad de los padres. En los últimos años ha acontecido
una proliferación importante de esta temática a través de los medios de comunicación.
Parece ser que en muchas ocasiones decir “no” a los hijos se constituye en un verdadero
problema para los padres y, a pesar de que desde la perspectiva del psicólogo observador
pueda parecer fácil “parar los pies” a los hijos, cuando estás dentro del sistema y te
posicionas como uno de los actores principales de la situación, se complica más de lo que
uno, a priori, pudiera pensar. De esta manera, es relativamente frecuente encontrarte a
padres y madres que comentan y explicitan emociones y sentimientos de pena y culpa
importantes inmediatamente después de la puesta en escena del límite correspondiente,
como consecuencia de la apreciación de la cara de tristeza de su hijo, la escucha del
correspondiente llanto o las diferentes verbalizaciones de este último.
Particularmente, yo les hablo con frecuencia a los padres del “ejemplo del
matarratas”, con la idea de que estos puedan conceder la importancia necesaria a los
límites y también puedan, en cierta manera, analizar el sentimiento de culpa que pudiera
surgir. Es prácticamente imposible, y también inimaginable, encontrarse a un padre o una
madre que te comente lo siguiente:

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“Ayer mi hijo me pidió el bote de matarratas para probarlo, le dije que no, él
insistía e insistía, yo le replicaba que no, que era peligroso para él, pero mi hijo no
entraba en razones, ¡hay que ver este niño mío! Yo le expliqué hasta la saciedad que
comer matarratas no lo ayudaría a crecer, le indiqué los peligros que tenía pero nada
de nada, él se empeñaba, empezó a llorar y a llorar, me dijo que la madre de su
amigo Pablito era mejor madre que yo, que su amigo sí comía matarratas porque su
madre lo dejaba, que ojalá él pudiera cambiar algún día de madre porque la que
tenía no le gustaba. Yo no sabía dónde meterme, me lo dijo con tanta aflicción…, la
verdad es que era tal el llanto que tenía y lo que me dijo, que me entró tanta pena,
tanta culpa que, finalmente, cedí y se lo tuve que dar, ¡es que es súper cabezón este
niño!

Suena hasta gracioso, ¿verdad? Ningún padre ni ninguna madre en su sano juicio
procedería de esta manera. Da lo mismo el grado de pena y/o culpa que pudiese
invadirnos, da igual lo que nos dijese nuestro hijo, en este caso, el “no” es “NO” y será
“NO” por los siglos de los siglos. Muchas veces he utilizado este ejemplo para que los
padres se pongan en el lugar y puedan actuar de la misma forma (para que el “no” sea
“NO”) en estas situaciones más cotidianas en las que también es necesario poner límites.
Es cierto que, por lo general, son escenarios menos amenazantes para la vida del niño
que el señalado anteriormente del matarratas. Sin embargo, parémonos a pensar un poco.
Estas situaciones en las que es preciso poner límites a los hijos y a las que los padres nos
tenemos que enfrentar diariamente son escenarios que, a corto o largo plazo, también
harán daño a los niños, tampoco los dejarán crecer y, finalmente, ocasionarán muy
probablemente una inadaptación social en el infante. Si no ponemos límites a los hijos,
estos llegarán a convertirse algún día en individuos que fácilmente también pondrán en
peligro su vida. Pensemos por un momento en la cantidad de chicos y adultos con una
vida social desorganizada y con comportamientos, en numerosas ocasiones,
extremadamente osados o cuasi suicidas.
Aún así y conociendo los riesgos, muchos padres y madres no son capaces de poner en
marcha ciertos límites, a no ser que la vida del niño se vea seriamente comprometida.
¿Qué puede estar ocurriendo en este caso? ¿Cómo es posible que un simple “no” sea tan
complicado, no ya solo de expresar, sino también de aplicar y mantenerse de manera
constante? ¿Qué ha podido suceder para que unos padres lleguen a convertirse en
víctimas de sus propios hijos a causa de una incapacidad para poner límites en los
momentos que era necesario hacerlo? Algunos casos en los que he intervenido me han
hecho pensar en el hecho de que, entre los muchos factores que pueden estar influyendo
en esta situación, también pueden existir variables que se relacionan con la historia
personal de los padres, las cuales generan ciertas emociones y sentimientos
“desafortunados” que restringen la capacidad de poner normas y, por tanto, limitan el
buen desarrollo de la parentalidad.

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Víctor es padre de una chica adolescente de quince años. Desde hace ya algún
tiempo, tanto a su mujer como a él se les han agotado todos los recursos para
controlar el comportamiento de su hija. Con quince años ha tenido varios episodios
de fuga, tanto del domicilio paterno, como del instituto. Además, en algún que otro
momento, también la chica les ha robado dinero, en cierta ocasión el robo ascendió
a doscientos euros. Víctor y su mujer han comunicado a la Guardia Civil tal
situación pero no se atreven a poner denuncia contra su hija. Desde que empezó sus
estudios en el instituto su rendimiento ha bajado notablemente, manteniendo
relaciones sociales conflictivas. Sus padres están desesperados.

La historia de Víctor es de enorme interés para el caso que nos ocupa. La vivencia que
tiene este padre en relación a sus propios progenitores está cargada de emociones
displacenteras. En él emanan una mezcla de sentimientos de vacío, tristeza, vergüenza y,
sobre todo, rabia, mucha rabia. Emoción, esta última, que nunca ha llegado a verbalizar
abiertamente a sus padres y que, por otro lado, siempre ha deseado hacerlo. Cuando
Víctor habla de sus padres, se refiere a ellos como “malos padres”, excesivamente
autoritarios y progenitores que él nunca ha debido merecer. Verdaderamente, la rabia que
emana de Víctor cuando piensa en el comportamiento de sus padres es digna de
considerar. Cuando se indaga en los sentimientos que se despertaban en Víctor, y los que
se despiertan cuando en el pasado tenía, y ahora en el presente tiene, que poner límites a
su hija, nos cuenta la irrupción de una culpa significativa acompañada de un miedo muy
concreto, “pánico a que mi hija llegue a sentir hacia mí lo mismo que yo he sentido y
siento hacia mis padres”, lo cual le ha hecho vivir esta situación con una permanente
culpa. A toda costa Víctor, en su rol de padre, siempre ha intentado evitar acercarse a esa
imagen de padre malo o autoritario que había erigido de sus propios padres. Como llegan
a apuntar Manzano, Palacio-Espasa y Zilkha (1999), la sombra de los “padres indignos”
llega a acosar y a atormentar de tal manera, que el progenitor “víctima” llega a mostrar
una dependencia extrema, no solo a sus propios padres sino también a sus hijos,
convirtiéndose estos últimos en auténticos tiranos. En realidad, este tipo de padre es
constantemente “torturado” por su propia emoción de miedo. Consiste en intentar, de
forma tenaz, no ser un padre excesivamente “duro”, no vaya a ser que tu propio hijo
pueda considerarte un mal padre o un progenitor vergonzoso y deshonroso
(pensamientos, por otro lado, que tú mismo has tenido en un momento pasado y/o tienes
en la actualidad hacia tu/s padre/s). Por ello, tienes miedo, miedo que quieres evitar por
todos los medios. De esta forma, se iría forjando una figura parental que proporcionaría
constante satisfacción al niño, lo que, finalmente, creará una dependencia hacia el menor
por parte del progenitor. El niño aprovechará esta tesitura para hacer lo que le venga en
gana.
De este último caso se puede derivar una de las conclusiones a las que quería llegar y a
la que deberíamos proporcionar una considerable relevancia: los límites sirven para
proteger a los niños y no a los padres. Si queremos salir de dudas en relación a la

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naturaleza normativa o no de nuestras consignas, aquellas que damos a nuestros hijos,
tendremos que pensar si lo que en realidad se le está demandando cumplir al niño tiene la
finalidad de protegerlo o no, es decir, si nuestra intención última es el bien y la protección
del niño o, por el contrario, tenemos el objetivo de protegernos a nosotros mismos de
alguna manera. Tenemos que poner límites y esto es responsabilidad nuestra, de los
padres, y siempre pensando en nuestro hijo, en el interés del menor y no en el nuestro.
En el caso de Víctor, este llega a convertirse, final y paradójicamente, en “víctima” de
su propia hija cuando su infausta intencionalidad primera, producto de sus emociones,
era la de protegerse de ella. El propósito de este padre era precisamente salvaguardarse
de los potenciales pensamientos, emociones y afectos que su hija pudiera tener hacia él,
es decir, de la imagen de padre vergonzoso y el sentimiento de rabia. Víctor no podía
soportar la idea de que su hija lo pudiera considerar de esta manera, le podría despertar
una culpa limitadora de la cual había que librarse y protegerse. Para Víctor, no poner
límites a su hija tenía un beneficio secundario, pero acompañado de un fatídico destino
producto, entre otras cosas, de seguir las directrices de su historia personal.
Un trabajo previo con los padres y con aquellos que aspiran a serlo, que reflexione
sobre las potenciales y diferentes emociones displacenteras que van ligadas al proceso de
poner límites a los hijos, es preciso, con el objetivo de potenciar una parentalidad
funcional. Una vez más, revisar nuestra mochila se hace necesario.

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Capítulo 7
Cuando nos resulta
difícil contener la “basura
emocional” de los hijos

Los futuros padres y madres deberían saber que, en ocasiones, les va a resultar difícil
contener ciertas emociones procedentes de sus hijos. Concretamente nos estamos
refiriendo, sobre todo, a aquellas emociones que no son agradables para el que las
ampara, aquellas a las que hemos llamado displacenteras. En efecto, el miedo, la envidia,
la ira, el dolor, la tristeza, los celos, la vergüenza… que a veces sienten los hijos, son
estados emocionales que pueden verse lastimados por el material que se ha depositado en
nuestra “mochila”. Es de esta manera como los padres manifestamos nuestra incapacidad
para convertirnos en unos óptimos contenedores.
Estos sentimientos displacenteros, que aparecerán inevitablemente en los hijos, suelen
presentarse lastimados cuando se desperdigan sin ninguna dirección y sin control alguno.
Somos los padres los que debemos darle un sentido concreto a estos sentimientos y
emociones desagradables para el niño. En condiciones normales, nuestros hijos necesitan
que estemos disponibles y también dispuestos a proporcionar una interpretación funcional
a estas emociones. Como padres, debemos explicarle al niño qué está sintiendo, con la
finalidad de hacerle comprender sus emociones. Sin embargo, los componentes de
nuestra mochila pueden ser uno de los causantes, a veces, de que todo este material
emocional del niño se desparrame, no encontrando un lugar donde depositarse. Nuestra
incapacidad para identificar, en un primer momento, y gestionar, en un momento
posterior, nuestras propias emociones, se constituirán en algunos de los factores
responsables de no llevar a cabo una interpretación adecuada que pueda calmar las
revoluciones emocionales puntuales de nuestros hijos.
Es la misma función que puede tener un contenedor con la basura, lugar donde esta se
deposita, se encierra y, de alguna manera, también se modera. La basura no puede estar
por ahí desperdigada. Si confiamos la basura que generamos durante el día en un
contenedor y observamos incrédulos que este está roto, tiene grietas o agujeros, nuestra
basura no va a poder depositarse de forma funcional. Esta basura estaría por ahí,
esparcida por la calle y oliendo mal.

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Como hemos indicado más arriba, en ocasiones, y debido a los ingredientes de nuestra
mochila, la necesidad espontánea de los niños de expresar las emociones displacenteras
hará que se despierten en nosotros, los padres, nuestras propias vivencias infantiles que,
si todavía siguen por ahí esparcidas porque no fueron sobrellevadas y contenidas
adecuadamente por nuestros propios padres, ocasionarán agujeros en nuestro depósito o
contenedor y, finalmente, harán daño a los hijos. A continuación se indica una
experiencia contenedora no funcional de un padre con una de estas emociones
desagradables para el niño: el miedo.
Juan es padre de un niño de cuatro años, Moisés. Moisés siempre se ha
caracterizado por ser un niño que ha dormido bien, “nunca nos había dado una
mala noche, ha dormido siempre como un lirón” expresaba su padre, hasta que,
coincidiendo con unas fiestas de su pueblo, el niño había comenzado a experimentar
cierto miedo por las noches que le producía dificultad para conciliar el sueño. El
niño subió un día al “tren de la escoba”, atracción en la que pudo observar cómo
alguien con un disfraz de lobo simulaba dar escobazos a los niños. A partir de ese
día, antes de dormir y cuando los padres apagaban la luz de su habitación, Moisés
comenzaba a llorar manifestando y verbalizando miedo a esa figura “monstruosa”
que “agredía” a los niños con una escoba. Ese disfraz poco afortunado y esa actitud
“persecutoria” con los niños se habían inmiscuido en los pensamientos de Moisés.
Los miedos del niño hicieron que se despertasen en Juan una serie de vivencias
ansiosas y pensamientos negativos en relación a su hijo, en palabras de Juan, “me
angustia ver a mi hijo con estos miedos, me preocupa mucho que no se le quiten y
que perduren mucho tiempo, veo que mi hijo sufre mucho”. Estas vivencias y
pensamientos de Juan provocaban en él, ante la imposibilidad de calmar al niño en
los primeros intentos, enfado e ira, llegando incluso a dar voces y hablar mal a su
hijo; en algunos momentos hasta “llego a desesperarme”. “Juan, lo estás pasando
peor tú que tu hijo”, le comento.

Durante las entrevistas con Juan, este me manifestaba la escasa confianza que siempre
había mantenido en sus padres a la hora de expresar sus emociones más “débiles” como
era, por ejemplo, la emoción de miedo, de tal forma que, en muchas ocasiones, llegaba a
ocultárselo a sus padres e, incluso, a los demás haciéndose “el fuerte”. Juan había
aprendido a ocultar sus emociones, había asimilado que expresarlas no servía de nada.
De esta manera, la mochila de Juan sujetaba un contenedor con agujeros, en el que el
miedo de su hijo Moisés nunca podía llegar a depositarse de forma adecuada,
dispersándose sin gobierno alguno y, por consiguiente, no encontrando tranquilidad
alguna en su padre. El miedo de Moisés iba en aumento, se hacía cada vez más grande.
El miedo de Juan engrandecía el que presentaba su hijo y viceversa. Juan no era capaz
de administrar bien toda su turbulencia emocional, lo que causaba actitudes y conductas
poco funcionales para contener las emociones de su hijo. Con esta reacción
desmesurada, Juan intentaba eliminar el miedo de su hijo, con la finalidad de defenderse

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de los acaecimientos dolorosos de su propia historia, afectando a la forma que tenía de
poner en funcionamiento la parentalidad.
Es idóneo, me atrevería a indicar imprescindible, que los futuros padres hagan un
ejercicio de reflexión en torno a las reacciones que pudieran tener ante la inevitable
emergencia de las diferentes emociones displacenteras de los futuros hijos. Es muy
probable que, ante esta demanda que los hijos hacen a sus padres, la de proporcionar una
interpretación adecuada a sus emociones (un contenedor sin agujeros), se reaccione de
varias formas diferentes, dependiendo de las emociones concretas que estén presentes en
ese momento en el niño. Hemos expuesto el caso de un padre que lleva a cabo un intento
frustrado de eliminar y gestionar la emoción de miedo en su hijo, pero también nos
podemos encontrar padres que confunden las emociones presentes en el niño dando
síntomas de nuevo de la falta de capacidad para constituirse en figuras de contención de
emociones. En el siguiente capítulo se comenta el caso de una madre que no se muestra
competente para identificar, y por tanto gestionar, la emoción de tristeza presente en su
hijo, confundiéndola con la rabia.

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Capítulo 8
Cuando confundimos las
emociones de un niño

Estefanía es madre de un niño de quince meses. Consulta porque le preocupa


mucho la reacción que manifiesta con su hijo en ocasiones. Le inquieta el
comportamiento que a veces tiene con él, nos dice que su conducta “no es normal” y
que podría estar haciéndole daño. Todas las mañanas antes de llevarlo a la
guardería, y mientras se está vistiendo para ir al trabajo, Estefanía deja a su hijo un
tiempo en el parque para poder vestirse. Cuando la madre deja de estar en el campo
visual del niño, este llora ante la separación. Estefanía escucha el llanto de su hijo
mientras se viste y una vez que ha terminado, se enfurece con él, se enfada y le grita.
Cuando se le pregunta a la madre las razones por las que cree comportarse así, nos
comenta que su hijo “es un niño que no se conforma, que es dominante, no se baja
del burro y es muy cabezón. Le digo que espere hasta que termine de vestirme, pero
no se conforma”. Se le consulta en relación a las emociones y sentimientos que tiene
cuando escucha llorar a su hijo y nos dice que siente rabia e irritación.

Particularmente, me parece interesante este caso por los pensamientos que manifiesta
tener esta madre y las emociones de rabia e irritación que expresa ante el llanto de su
hijo. ¿Cómo es posible que el llanto de un niño pueda generar rabia en su madre? En más
de una ocasión y durante los diálogos que mantenía con esta madre, venía a mi cabeza
un cuento del psicoterapeuta y escritor argentino Jorge Bucay (1997), donde se nos
muestra cómo podemos encontrar dolor donde existe rabia. Creo que esta fábula puede
ofrecer a los padres la oportunidad de reinterpretar el enfado y la rabia que en ocasiones
surge y es expresada con los hijos. Dice así:
En un reino encantado donde los hombres no pueden llegar o, quizás, donde los
hombres transitan eternamente sin darse cuenta. En un reino donde las cosas
tangibles se vuelven concretas, había una vez un estanque maravilloso. Era una
largura de agua cristalina y pura donde nadaban peces de todos los colores
existentes y donde todas las tonalidades del verde se reflejaban permanentemente...
Hasta este estanque mágico y transparente llegaron la furia y la tristeza a bañarse y

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disfrutar de mutua compañía. Las dos se quitaron sus vestimentas y entraron al
estanque, la furia, apurada y urgida como es su costumbre, sin saber por qué, se
bañó rápidamente y más rápidamente aún se salió del agua. Pero la furia es ciega o
por lo menos no distingue claramente la realidad, así que, apurada, se puso al salir
la primera ropa que encontró y sucedió que no era la suya, sino de la tristeza y así,
vestida de tristeza, la furia se fue. Con calma y muy serena, dispuesta a quedarse
donde estaba, la tristeza terminó su baño y sin apuros, o mejor dicho sin conciencia
del paso del tiempo, como es su costumbre, con pereza y lentamente salió del agua.
En la orilla se encontró con que su ropa no estaba. Como todos sabemos, si hay algo
que a la tristeza no le gusta es quedar al desnudo, así que se puso la única ropa que
había junto al estanque, la ropa de la furia. Cuentan que desde entonces, en muchas
ocasiones, uno se encuentra con la furia, ciega, cruel, terrible y enfadada, pero si
nos damos el tiempo de mirar bien, encontramos que esta furia que vemos es solo un
disfraz. Y que detrás del disfraz de la furia, en realidad, está escondida la tristeza.

Como nos señala el cuento, si nos tomábamos el tiempo necesario para mirar bien en
Estefanía y en su discurso, podíamos darnos cuenta de la presencia disimulada de una
emoción todavía más auténtica que el sentimiento de rabia que exteriorizaba: su dolor y
tristeza. Las verbalizaciones que elaboraba nos llevaban a pensar en una situación en la
que el llanto de su hijo era interpretado por ella como una expresión o manifestación de
agresividad hacia su persona, como si su propio niño tuviese la intención de controlarla o
someterla. El llanto de su hijo era catalogado por Estefanía como “desobediencia,
inconformismo, cabezonería y dominancia”, calificativos que suelen usarse más para
referirnos a los adultos y no tanto a los bebés. Nos encontrábamos ante uno de los
contextos propios de parentalidad disfuncional, en este caso, ante uno caracterizado por
que los niños no son percibidos como niños, sino como adultos. En este caso concreto,
teníamos un niño de quince meses tratado, en momentos puntuales, por su madre como
alguien adulto. Una madre que no interpretaba correctamente una emoción de su hijo, su
tristeza, catalogándola como rabia.
Se insta a Estefanía a que reflexione sobre su reacción de enfado y se le pide, además,
que piense cómo sería un posible comportamiento por su parte en el caso de que
reinterpretase el llanto de su hijo de forma distinta, “…si tu hijo llorase como una
manifestación de estar triste, producto de que no te ve, de que en ese momento no estás
junto a él, ¿cómo sería tu comportamiento?” “Me comportaría de forma diferente, me
pondría triste, no creo que me enfadase con él”, nos contesta.
Cuando un bebé llora por la ausencia de la madre, se despiertan en él sentimientos de
malestar, tristeza y dolor, nunca cabría la posibilidad de pensar en una intencionalidad
agresiva y controladora. Cuando el ser humano percibe en el ambiente actitudes y
conductas encaminadas a dominarlo, someterlo o controlarlo, suele reaccionar con
comportamientos defensivos, esto era precisamente lo que le estaba sucediendo a esta

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madre. ¿Por qué esta interpretación? ¿Qué sucesos habían acontecido en la historia
personal de Estefanía? ¿Cómo habían sido los vínculos relacionales con sus figuras
parentales y de qué forma habían influido en su forma de ser madre?
En el caso de Estefanía comprobamos cómo la descripción que hacía de su propia
madre era la de una persona “fría, controladora, dominante y chantajista”, con la que
se había sentido “sometida, controlada y poco querida”, además de que nunca había
favorecido su independencia emocional y autonomía. Estefanía había adquirido un
modelo interno de percepción del mundo y de las relaciones basado en el control y en el
chantaje, de tal manera que “el otro”, en relación con ella, siempre le demandaría algo de
forma autoritaria y le limitaría su autonomía y libertad. En este caso, en la relación con
su bebé, le ocurría lo mismo, desembocando finalmente en una situación en la que
Estefanía agredía, fruto de su miedo a ser agredida. Durante los momentos en los que se
intervenía con Estefanía, todavía su madre seguía requiriendo su presencia, haciéndole
chantajes emocionales. Estos últimos seguían siendo vividos por Estefanía “de forma
asfixiante”, ante los cuales seguía cediendo en muchas ocasiones.
Sería también importante en la formación a padres (y a futuros padres) realizar un
trabajo en esta dirección, con la finalidad de poder identificar posibles sesgos en la
identificación de emociones de los hijos. Hay que tener en cuenta que los niños, muchas
veces, comunican sus emociones, sentimientos y su experiencia interna a través de actos
y conductas, no saben hacerlo a través de las palabras (y no digamos ya los bebés). Los
niños comunican síntomas y conductas, debiendo los padres descifrar qué necesidades
emocionales y deseos hay debajo de esos síntomas y conductas. En ocasiones, nuestra
historia personal, en vez de descifrar lo que consigue es codificar aún más las
necesidades emocionales de un niño. En esta ocasión, un caso de “ansiedad de
separación”, un proceso habitual del desarrollo evolutivo “normal” de un niño, cuya
finalidad adaptativa es la de mantener cerca a los padres y asegurarse de esta forma la
protección ante los potenciales peligros, se había convertido en un proceso que había
generado un sufrimiento no funcional e innecesario para el niño. De esta manera, sería
necesario crear espacios de formación para los padres donde se expongan ejemplos de
esta naturaleza, con el objeto de poder analizar estos afectos y emociones y reflexionar
en torno a ellos. Estos contextos deben invitar y favorecer en cierta manera a que los
padres puedan traer a su memoria esa historia personal, para evitar el hecho de que nos
pueda jugar en algún momento una mala pasada, como sucedió con el caso de Estefanía.

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Capítulo 9
Cuando la preocupación se
convierte en emoción
improductiva: “Mi hijo no me
come, no me duerme
y tampoco me hace caca”

“Mire, estoy muy preocupada por mi hija, cada dos por tres vomita, ya no sé qué
hacer con ella, mi niña no me come y estoy desesperada”. “La entiendo, señora. No
se preocupe usted, si hace falta, yo la como ahora mismo”.

Hace ya unos cuantos años que escuchaba decir estas palabras en una clase a un
antiguo profesor que tuve en la Universidad. He querido comenzar este capítulo con este
ejemplo, con cierto sentido del humor, para que podamos reflexionar sobre algunos
temas que creo de interés. Así, me gustaría formular algunas preguntas. Cuando un niño
se nutre de alimentos, ¿para quién está comiendo realmente? ¿Los come para su madre?,
¿quizás para su padre?, ¿o más bien para él mismo? A priori, puede parecer obvia la
respuesta. Sin embargo, mi experiencia me hace concluir que algunos niños no lo tienen
tan claro. Y por tanto, en estos casos, yo recomiendo a los padres que se planteen estas
cuestiones.
Lo sano y funcional sería que un niño cuando se alimentase, lo hiciese él mismo y para
él mismo. Pero a veces, son tales las vivencias y emociones de los padres y maneras de
percibir que tienen en relación a la alimentación y otras necesidades básicas del niño que,
en algunas ocasiones, podemos encontrar cómo algunos infantes encuentran en estas
necesidades básicas herramientas para contentar o disgustar a sus figuras significativas.
En efecto, los niños tienen, en mi opinión, algunos instrumentos como la comida, el pipí,
la caca y el sueño que les sirven para “comunicarse emocionalmente”, de alguna manera,
con los padres. La preocupación excesiva de los padres, como reacción emocional ante la
satisfacción de estas necesidades básicas, puede finalmente hacer que los niños
proporcionen mucha importancia a estas últimas, buscando cumplir las expectativas de

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los padres. En este sentido, si los progenitores manifiestan actitudes exigentes con el niño
en relación al cumplimiento de estas necesidades, el vínculo que se establece entre ellos
puede llegar a deteriorarse. Yo soy muy dado a señalar que “si en algún momento
llegamos a meterle el dedo en el ojo al niño, este último, tarde o temprano, hará lo
mismo con nosotros”. Al final, con estas exigencias a los niños, los padres acaban
comportándose como “el perro del hortelano”, es decir, ni se comportan de manera
emocionalmente independiente con los hijos ni tampoco favorecen que estos últimos
actúen de esta forma.
Es muy importante que los padres hagan un esfuerzo y reflexionen con la finalidad de
poder darse cuenta si están inmersos conjuntamente con el hijo en este “juego” de
“meterse el dedo en el ojo”. No son pocas las ocasiones en que los padres, de forma
inconsciente, “juegan” con los niños a esta clase de “fechorías”. Como hemos
comentado anteriormente, la comida puede constituirse en uno de los contenidos de este
“juego”. A continuación se muestra un ejemplo típico:
Un niño de etapa de primaria que llega a casa del colegio, una vez abre la puerta,
incluso antes de saludar a su progenitor, le pregunta: “Mamá (o papá), ¿qué hay de
comer hoy?”. La madre, que tampoco hace intento de saludar a su hijo, le responde
de forma fría y con vehemencia: “lentejas”. A lo que el niño contesta con actitud
despectiva: “¡Uf, vaya rollo! No me gustan nada”. “Pues te aguantas y si no, haces
tú la comida, que ya está bien”, responde la madre. Por supuesto, el hijo seguirá
quejándose, a lo cual la madre continuará respondiendo y así seguirán entrando en
un círculo que acabará por enfadar a ambos, reñir, darse voces mutuamente e,
inclusive, en algunos casos, llegar a retirarse el habla.

Si procediésemos a hacer un análisis un poco más profundo de esta situación,


podríamos indicar que, debajo de este diálogo entre madre e hijo, existe otro con
emociones más auténticas, pero no tan visible, en el que se dan otras intenciones ocultas.
Así, nos encontramos con una madre que ha tendido a proteger mucho al niño y al que
no le ha fomentado adecuadamente su independencia. Fruto de esta situación, tanto
madre como hijo tienen miedo y dificultades para ser emocionalmente independientes y
autónomos; cualquier atisbo de independencia que se manifieste por cualquiera de ambas
partes se vivirá por estos con peligro y de forma desestabilizadora. Concretamente, en el
caso que acabamos de exponer, es el niño el que comienza el “juego”, invitando a la
madre a “jugar” (“Mamá, ¿qué hay de comer hoy?”). Si prestásemos atención a los
mensajes emocionales, invisibles u ocultos, que se establecen entre ambos, es decir, si
ambos fueran sinceros emocionalmente el uno con el otro, podríamos plasmar este
diálogo de esta otra manera:
El niño llega a casa: “Mamá, hoy tengo ganas de jugar a meternos el dedo en el
ojo. Estoy enfadado. Tengo ganas porque en otros momentos me obligas a comer,
mamá, a satisfacer tus expectativas con la comida y no quiero, yo deseo comer para

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mí y no para ti, mamá. Quiero ser independiente pero no me dejas, nunca me has
dejado y tengo miedo. Cuando tú me fuerzas a comer me duele, me hace daño”.

Producto de la pregunta anterior, la madre comienza a angustiarse porque tiene miedo a


que su hijo no la satisfaga, a ser criticada o rechazada emocionalmente por este y a que
sus expectativas sobre la comida se vengan completamente abajo. Es por ello que esta
madre le responde enfadada (“lentejas”). En este caso, el mensaje oculto,
emocionalmente más auténtico, que la madre querría transmitir a su hijo sería más o
menos así:
“Ya empiezas otra vez. Siempre me estás preguntando qué hay de comer y me
asfixias con tus preguntas, lo vivo como si me estuvieses exigiendo, porque no todo
lo que te hago te gusta y tengo miedo a que seas diferente a mí, a que te separes de
mí, a que no me valores. Me gustaría que fueses lo que yo quiero que tú seas y si te
separas de mí me dolería mucho; me da pánico quedarme sola y por eso me enfado”.
La respuesta de enfado de la madre provoca otra procedente del niño (“¡Uf, vaya
rollo! No me gustan nada”). En este caso, podríamos indicar que lo que habría debajo
sería algo así como:
“Mamá, no quiero ser lo que tú me digas, no quiero que me obligues a comer, tú
también me asfixias, me enfada que me controles, quiero ser emocionalmente
independiente a pesar de que esta autonomía e independencia me asustan. A mí
también me aterra quedarme sin ti”.

La contestación del hijo hace enfadar todavía más a la madre (“Pues te aguantas y si
no, haces tú la comida, que ya está bien”). Y el mensaje invisible, cargado de
emociones más auténticas, podría ser algo así como:
“Me haces mucho daño diciéndome esto, no quiero quedarme sin ti, te digo que
hagas tú la comida porque estoy cansada y asfixiada; sin embargo, por otro lado, no
quiero que aprendas. Aprender a cocinar te ayudaría un poquito más a distanciarte
de mí, ya no sería tan imprescindible para ti, me hace mucho daño saber que quieres
ser independiente”.

Efectivamente, ya en el pasado esta madre se comportaba como “el perro del


hortelano”, acabando el hijo por comportarse de la misma manera. Finalmente, todo esto
facilitaría el mismo efecto que el que puede tener la situación en la que lanzas una bola
de nieve por una ladera, es decir, cuanto más avanza más grande se hace.
Fruto de este “juego” o situación se puede observar, entre otras cosas, a padres (más
madres que padres) que están más pendientes de la comida del niño que de la suya

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propia. A mí me gusta animar a estas madres a que disfruten de su comida, a que la
saboreen y mastiquen tranquilamente con la finalidad de que los hijos también puedan
disfrutar de la suya.
Parece obvio que, para acabar con esta situación, habría que “cortar el juego”. Para
ello, los padres deberíamos estar pendientes de nuestra historia personal, reflexionar en
qué grado necesitamos que nuestros hijos nos satisfagan y deliberar sobre el porqué. Para
ser padre o madre, primero es necesario tener claro que nuestros futuros hijos no están
obligados a satisfacernos. En este sentido, ¿no podría gestionarse mejor esta situación de
la siguiente manera?:
– “Mamá, ¿qué hay de comer hoy?
– Lentejas, cariño.
– ¡Uf, vaya rollo! ¡No me gustan nada!.
– Te entiendo hijo, a mí también me pasa lo mismo. Hay comidas que me gustan
más y otras que no me gustan tanto. Pero hoy he pensado cocinar lentejas.

De nuevo, vuelvo a insistir, no se trata solo de palabras sino, sobre todo, de emociones
y sentimientos. Se trata de tener claro, y sentir, que nuestro hijo es una persona diferente
a nosotros, al cual hay que fomentarle su independencia emocional y (muy importante)
que no está obligado a cubrir nuestras expectativas.
Existen ciertos padres y madres que manifiestan excesiva angustia con estas cuestiones,
transmitiendo a los hijos mensajes desestabilizadores que, en vez de apuntalar la
identidad de un niño, lo que hacen es provocar inseguridades emocionales en el menor.
En este sentido, hace un tiempo atendía un caso en el que el vínculo madre-hijo no
estaba exento de singularidad:
Álex es un niño de cuatro años que presenta problemas relacionados con el control de
esfínteres. Su madre consulta por qué el niño muestra retención de las heces,
mostrando gran preocupación y angustia por las posibles consecuencias derivadas de
la retención. Vienen derivados de la pediatra, profesional que detecta el problema. La
pediatra ha descartado la presencia de etiología orgánica, como podrían ser dolores al
defecar, problemas de estreñimiento o dolores de barriga, recomendando a la madre
atención psicológica. Se decide explorar el vínculo emocional que mantiene esta
madre con su hijo, además de estudiar la forma que tiene de funcionar como madre. Se
observa una madre de personalidad excesivamente ansiosa que lleva a cabo, en
general, conductas controladoras y sobreprotectoras con el niño y muy preocupada
desde muy temprana edad por el hijo, por sus evacuaciones y su alimentación.
Presentaba también marcadas dificultades para gestionar las conductas de oposición
de su hijo y deseo de independencia. Sorprendía cómo se desarrollaban los momentos
de evacuación del niño, sentado este en el váter con la madre enfrente “exigiéndole”

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hacer las deposiciones correspondientes. “Haz caca, hijo, por favor, haz caca”, “No
puedo, mamá, no puedo”, “Haz caca, hijo, que te vas a poner malito”, “Mamá, no
puedo”. La madre cada vez más angustiada y el niño, llorando, impotente y
desesperado.

Volvemos de nuevo a las cuestiones anteriores: ¿para quién realmente hacía caca este
niño? Esta era la pregunta que le formulaba a la madre. Este niño percibía a su madre
excesivamente angustiada por algo que él no le podía dar. La madre, demandándole que
la satisfaga y el niño, frustrado ante su incapacidad de contentar a la madre. Si me
permiten, podríamos indicar que, en este caso, la felicidad y el estado de ánimo de una
madre dependían de la caca de su hijo. La fantasía de enfermedad y pérdida del hijo por
parte de esta madre se presentaba de forma muy aguda e intrusiva, con un miedo muy
intenso a quedarse sin él.
Álex fue un niño muy deseado y su madre se veía siempre en la necesidad de
proporcionarle o nutrirle de muchas cosas, al igual que a ella le había sucedido a lo largo
de su historia con su propia madre. La madre de Álex recordaba cómo se sentía culpable
cuando no era capaz de satisfacer a su propia madre, cuando no se sentía competente
para paliar la angustia de esta última. En su momento, no había sido capaz de hacer un
proceso de diferenciación emocional adecuado con su progenitora, y en la actualidad,
tampoco lo hacía con su propio hijo, ni tampoco lo favorecía. Todavía en el presente se
vislumbraban sentimientos de culpa por no satisfacer adecuada y plenamente a su hijo.
Verdaderamente, así las cosas, debe ser muy angustioso para un hijo responsabilizarse
del estado de ánimo y de las emociones de su madre.
Estos casos en los que nos encontramos cómo una madre, que a causa de su historia
personal, pretende eliminar su sentimiento de culpa sobreprotegiendo y satisfaciendo a su
hijo, no favoreciéndole, por tanto, su autonomía e independencia emocional, podemos
observarlos también con niños de edades más avanzadas:
Alicia, de 16 años de edad, se dispone a arreglarse y a ponerse guapa como todos
los fines de semana para “salir de fiesta”. Está en su habitación, abre su armario y
comienza a angustiarse porque “no hay nada que me siente bien”. Alicia reclama
ayuda urgente a su madre, la cual, muy diligentemente, se apresura a ayudarla.
Observa la angustia de su hija, revisa la ropa del armario y señalando un vestido le
dice: “Ponte este, cariño, este vestido es bonito y te queda muy bien”. La respuesta
de Alicia no se hace esperar, de forma vehemente le contesta: “Mamá, tú estás tonta,
¿cómo me voy a poner esto? Pareces lela”. La madre se siente culpable por no
resolverle el problema, se angustia, se enfada con la hija, discuten esa noche las dos,
se faltan al respeto…

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Nuevamente habría que hacer hincapié en la falta de diferenciación emocional entre
madre e hija. Una madre con cierta personalidad ansiosa, con miedo a quedarse sola, sin
su hija, que ejerce excesivo control y sobreprotección. Además necesita resolver a toda
costa el problema que tiene “su niña” para eliminar su propia angustia. Por otro lado, una
hija adolescente con falta de autonomía e independencia emocional, que exige a la madre
que le solucione hasta el más mínimo problema. Un vínculo en el que ambas “juegan” a
“meterse el dedo en el ojo” constantemente, fruto del miedo que presentan a la
diferenciación e independencia emocional.

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Capítulo 10
Cuando se intenta reescribir
en el hijo la propia historia
personal: padres
emocionalmente carenciados

Otro de los resbalones emocionales que pueden asomar durante el ejercicio de la


parentalidad es la situación en la cual los padres intentan modificar su historia personal a
través de sus propios hijos. Queda claro que, si el intento es el de cambiar la historia, es
debido a las carencias afectivas y emocionales sufridas por estos padres, en su relación
con sus propias figuras paternas, durante la infancia y/o adolescencia. En efecto, nos
podemos encontrar a madres y padres que en el pasado han sufrido ciertas actitudes
autoritarias y negligentes por parte de sus propios padres, llegando a percibirlos como
fríos emocional y afectivamente, excesivamente normativos, poco o nada lúdicos; en
otros casos se les divisa como amenazantes e, incluso, en algunos casos, como figuras
periféricas o ausentes de la vida familiar.
El deseo de estos padres y madres es el de reescribir su propia historia infantil dolorosa
intentando, a toda costa, no parecerse en absoluto a sus progenitores y haciendo todo lo
contrario a lo que los propios padres pusieron en práctica con ellos en la infancia. De esta
forma, fantasean con una relación ideal con sus hijos, con la intención de paliar o
“salvar” ese pasado. Se trata de una “pseudo-resolución” ya que, en ese intento de
reescribir su propia historia personal infantil, lo que se produce más bien es el hecho de
escribir una nueva historia en la que uno de los protagonistas es ahora su propio hijo, el
cual tiene sus propias necesidades emocionales, su peculiar identidad y, en definitiva, su
propia vida y autonomía, características que pueden verse fácilmente hipotecadas por ese
deseo paterno de solucionar un pasado emocional conflictivo.
Como padres deberíamos ser conscientes de que nuestros hijos no nos necesitan como
salvadores, sino más bien como figuras que guían su desarrollo, su proceso de
crecimiento y autonomía. En este sentido, estos padres y madres “salvadores” lo que
verdaderamente están demostrando con sus comportamientos es la excesiva dependencia
emocional que todavía presentan de su pasado y, por consiguiente, de sus propios

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padres. Ese intento de no parecerse en absoluto a sus figuras paternas se constituye en
un condicionamiento y no es más que una renuncia, en cierta medida, a la propia
identidad. Surge, por tanto, el miedo a considerarse igual que el progenitor y,
consecuentemente, la necesidad de ser lo contrario. Si se me permite, yo diría que son
padres y madres que están tan pendientes de lo que no deben ser, que llegan a olvidarse
de lo que realmente son.
Cuando el ejercicio de la parentalidad se impregna con este factor (también susceptible
de acompañarnos en la mochila), los progenitores conciben la parentalidad desde una
perspectiva cualitativa, y no tanto cuantitativa, en la que existen solo dos tipos de padres:
los muy buenos (el ideal) y los muy malos (los que hay que evitar). Se produciría una
constante lucha entre lo que se debe ser como padre y lo que se debe evitar o no se debe
ser, esto es, lo acaecido en el pasado.
Clemen es madre de una adolescente de quince años. Se describe como una madre
que ha estado siempre muy pendiente de su hija, en el deseo de que esta pueda
confiarle todo con la finalidad de establecerse como su mejor amiga. La hija, por el
contrario, ha empezado a quejarse de esta actitud de la madre, siendo este uno de los
motivos por el que demandan ayuda psicológica. La madre, sorprendida, no llega a
entender qué es lo que pueda estar ocurriendo, ella siempre ha intentado “vaciarse”
con su hija. En la exploración que se lleva a cabo con la madre se indaga en los
riesgos imaginarios que pudiera conllevar para esta última el hecho de que, a partir
de este momento, no estuviese tan “encima” de su hija. A priori, alguien podría
pensar que la respuesta de esta madre iría encaminada a que le pudiese suceder algo
a su hija, me estoy refiriendo al hecho de que se expusiese a algún peligro social
potencial. Sin embargo, la respuesta de Clemen fue la siguiente: “Tengo miedo a que
mi hija piense que soy una mala madre, alguien que no se preocupa por ella, me
sentiría verdaderamente mal si mi hija considerase eso de mí. Me sentiría culpable”.
Cuando se indaga en los vínculos emocionales que ha establecido con sus propios
padres, Clemen describe al padre como una persona muy exigente y emocionalmente
frío con todos los miembros de la familia, con su madre, sus hermanos y, por
supuesto, con ella. “He sentido miedo a mi padre, también a que le pueda hacer
daño a mi madre. Solo con su mirada conseguía que todos le obedeciésemos, no era
nada cariñoso y sí súper perfeccionista”.

Esta madre es un ejemplo de esa necesidad de volver a escribir la historia infantil,


producto del dolor. Se constituía en una madre sobreprotectora, incluso a veces
“asfixiante” para la chica. Presentaba miedo a que su hija, emocionalmente, la rechazase.
La intención no visible de estas conductas sobreprotectoras hacía que el comportamiento
de esta madre se convirtiese más en una falsa protección hacia su hija, que en unos
comportamientos verdaderamente preservadores de peligros para la menor. Y es que la
madre llevaba a cabo estos comportamientos, más pensando en ella misma, que en la

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hija. Con estos comportamientos intentaba eliminar el miedo a la “sombra que siempre la
acompañaba de su padre” y la angustia consiguiente que le podía generar el hecho de
percibirse de esta manera.
Volvemos de nuevo a la necesidad de plantearnos como padres cómo ha podido influir
y cómo está mediando nuestra historia infantil y/o adolescente en los vínculos
emocionales que establecemos con nuestros hijos. En este caso, sería oportuno que
reflexionásemos en qué grado necesitamos reescribir nuestro pasado y, si es el caso, con
qué frecuencia utilizamos a nuestros hijos como herramientas para esta finalidad,
llegando a comprometer seriamente el desarrollo emocional, psicológico y social de estos
últimos. Siguiendo esta línea, también sería oportuno hacer un ejercicio de introspección
para ver hasta qué grado los comportamientos “bienhechores o preventivos”, que van
dirigidos “pensando” en el bienestar de nuestros hijos, poseen realmente esta
intencionalidad o, por el contrario, tienen una finalidad no visible de protegernos más a
nosotros mismos que a nuestros propios hijos.

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Capítulo 11
Cuando existe una oportunidad
para, emocionalmente, crecer:
“Tener una depresión
es un lujo”

Posiblemente esta es una de las ideas que más me han ayudado a reinterpretar el
sufrimiento del ser humano. Esta frase se la escuché decir a una maestra de Educación
Primaria que había pasado por malos momentos, entre ellos, algunos episodios de
Violencia de Género. Para mí una referencia y ejemplo de superación personal. ¡Qué
maravilla supuso para mí escucharla! “Si no me hubiesen sobrevenido estos momentos
de depresión y tristeza, quizás nunca me hubiese dado cuenta de la necesidad que
tengo de crecer. Tener una depresión es un lujo”, apostillaba.
Y es que las crisis se constituyen en oportunidades para conocer qué es lo prioritario en
la vida y, por tanto, crecer. En el idioma chino, la palabra “crisis” se compone de dos
significados, por un lado, peligro, y por el otro, oportunidad, esto es, en un mismo
vocablo, dos significados. En nuestro idioma, como también sucede en otros muchos,
tenemos dos vocablos diferentes que poseen dos significados diferentes. En este sentido,
a lo largo de nuestra labor de padres, es probable que experimentemos algunas que otras
crisis, el sufrimiento será inevitable, sucediéndose momentos y situaciones más difíciles
de pasar. Las crisis aparecerán sobre todo cuando, sin ser en la mayoría de las veces
conscientes, hayamos abandonado lo prioritario en esta relación con los niños. Por
consiguiente, en este vínculo que establecemos con nuestros hijos habrá situaciones o
momentos de peligro, emociones displacenteras más difíciles de gestionar, pero también
momentos ligados a la oportunidad, no lo olvidemos.
Las crisis, en el ejercicio de la parentalidad, podríamos interpretarlas como una
pequeña bombilla que se enciende en nuestro organismo, a modo de emociones
displacenteras, con la finalidad de que podamos darnos cuenta de que hay algo en
nosotros que no funciona bien, una oportunidad de poder trabajar algo en nuestro interior
que puede estar afectando al vínculo o relación con nuestros hijos y de lo que, hasta ese
momento, no hemos querido darnos cuenta. De esta manera, existen cuestiones en la

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relación padre-hijo que son prioritarias, importantes y vitales, y que, si por alguna razón
las abandonamos, la naturaleza humana, en algún momento, se encargará de avisarnos
con el encendido de la bombilla.
Las crisis son algo intrínseco a la naturaleza del ser humano y las emociones
displacenteras que acompañan a estas crisis van a cumplir también una función
adaptativa, eliminar un peligro o resolver una pérdida, por ejemplo. Los momentos de
dificultad nos obligan a actuar, a movernos y a cambiar.
Aquellos padres para los que las crisis solo se constituyen en situaciones de peligro y
amenaza, corren el riesgo de anclarse, acomodarse y les será más difícil crecer como
personas, a la vez que dificultarán las relaciones con los hijos.
Debemos tener claro que las crisis en el ejercicio de la parentalidad son situaciones que,
en principio, son temporales, donde surgirá malestar, angustia, ansiedad y tristeza, entre
otras emociones.
Ya comentamos en su momento que ser padres es una forma de vincularnos con los
hijos. Esta forma de relacionarnos provocará, en muchas ocasiones, conflictos de deseos,
situaciones que demandarán inevitablemente decisiones y compromisos, que si no se
adoptan se correrá el riesgo de seguir viviendo en la situación incómoda de crisis durante
largos períodos. Un vínculo disfuncional entre padres e hijos puede llegar a enquistarse y
tornarse hacia la cronicidad si lo dejamos pasar, si lo abandonamos en el transcurso del
tiempo, con el riesgo incluso de enfermar seriamente. Una crisis parental no es más que
una oportunidad para darse cuenta de que algo no va bien en la relación que se mantiene
con los hijos, debido a que, de alguna manera, como padres, nos hemos alejado de las
cuestiones primordiales de esa relación.
Hace algún tiempo llegó a mis manos un cuento en el que se refleja bien cómo en
determinadas ocasiones, consciente o inconscientemente, nos separamos de lo realmente
importante, dando lugar a una crisis en la forma de vincularnos con los hijos:
Un hombre vino a casa tarde del trabajo, cansado e irritado, y encontró a su hijo
de cinco años esperando en la puerta.
– “¿Papá, puedo hacerte una pregunta?”
– “Claro que sí, hijo. ¿Qué quieres saber?”, contestó el padre.
– “Papá, ¿cuánto dinero ganas en una hora?”
– “Eso no es asunto tuyo. ¿Por qué preguntas eso?” dijo el padre enojado.
– “Sólo quiero saberlo. Por favor, dime, ¿cuánto dinero ganas en una hora?”,
repitió el pequeño.
– “Está bien, si quieres saberlo… en una hora gano treinta euros”.
– “¡Oh, vaya!”, contestó el niño cabizbajo. Volvió a mirar al padre y le dijo:
– “Papá, ¿puedo pedirte prestados diez euros?”.
El padre lo miró fijamente y se puso furioso:

68
– “Si la única razón por la que me has preguntado eso es para poder pedirme
prestado dinero para comprar un juguete tonto o alguna otra cosa sin sentido,
entonces vete directamente a tu cuarto y acuéstate. Piensa sobre por qué estás siendo
tan egoísta. Yo trabajo muy duro, durante muchas horas todos los días y no tengo
tiempo para estas tonterías infantiles”.
El chico fue calladamente a su cuarto y cerró la puerta. El hombre se sentó y
empezó a ponerse aún más enfadado pensando en la pregunta del muchacho.
– “¿Cómo se atreve a preguntar cosas así solo para conseguir algo de dinero?”,
reflexionaba en voz alta el padre.
Después de aproximadamente una hora o así, el hombre se había tranquilizado y
empezó a pensar que, quizás, había sido un poco duro con su hijo. Quizás había algo
que realmente necesitara comprar con los diez euros y, realmente, no pedía dinero
muy a menudo. El hombre fue a ver a su hijo a su cuarto y abriendo la puerta le
pregunta:
– “¿Estás dormido, hijo?”.
– “No papá, estoy despierto”, contestó el niño.
– “He estado pensando, quizás haya sido demasiado duro contigo antes”, dijo el
padre. “Ha sido un día muy largo y he pagado mi agresividad y frustración contigo.
Aquí están los diez euros que me pediste.”.
El pequeño se sentó y sonrió. “¡Oh, gracias, papá!”, gritó.
Entonces, buscando bajo su almohada, sacó algunos billetes arrugados. El hombre,
viendo que el hijo ya tenía dinero, empezó a ponerse enfadado de nuevo. El pequeño
contó despacio su dinero y después miró a su padre.
– “¿Por qué pides más dinero si ya tienes?”, refunfuñó el padre.
– “Porque antes no tenía bastante, pero ahora sí”, contestó el hijo.
– “Papá, ahora ya tengo treinta euros… ¿puedo comprar una hora de tu tiempo? Por
favor, ven a casa temprano mañana. Me gustaría cenar contigo”.

Hace algunos años escuchaba en un programa de radio cómo algunos padres (no
madres) preferían quedarse unas horas más en la oficina, trabajando, antes que llegar a
casa y bañar a sus hijos pequeños. Es decir, a algunos padres (no madres) parece ser que
les estresa más bañar a su hijo que trabajar en la oficina. ¿Qué es realmente lo
importante y prioritario cuando uno es padre? Si nos alejamos de las cuestiones
relevantes de este vínculo parento-filial, los componentes emocionales implicados en esta
relación reaccionarán de alguna manera, seguro, constituyéndose una crisis. ¡Y menos
mal que hay reacción con crisis! ¡Menos mal que se suceden crisis con emociones
displacenteras para avisarnos y advertirnos de que algo no funciona bien!
Es una crisis porque hay que tomar decisiones, como demandaba el niño del cuento a
su padre, conllevando una dificultad significativa y un esfuerzo. En efecto, las decisiones

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van a conllevar también, inevitablemente, ciertas pérdidas, tendremos que elegir entre lo
prioritario y lo que no lo es tanto, ya que, en la mayoría de los casos en los que la
parentalidad está en juego, ambas cosas son incompatibles. Y es difícil, porque en
ocasiones lo queremos todo. A veces, no queremos desechar nada y ser padre o madre
implica desligarse de ciertas cosas, las cuales comienzan a ser secundarias desde que
irrumpe la parentalidad y marentalidad.
En una situación de crisis parental, nuestras máscaras, corazas y defensas psicológicas
se vuelven más vulnerables, con lo que es posible que el mundo fantasioso en el que
hemos estado refugiados hasta ese momento comience a desmoronarse. Cuando las
emociones displacenteras de tristeza, angustia y/o crisis de ansiedad se manifiestan, las
corazas y máscaras psicológicas ya no sirven. A partir de este momento toca pensar y
empezar a plantearnos qué nos está pasando en la relación con nuestro/s hijo/s. A partir
de este instante surge la oportunidad de crecer con y en esta relación. Como ya hemos
comentado, la parentalidad funcional supone la existencia de pérdidas, hay que tomar
decisiones y tendremos que apartar algunos apetitos sociales, esos que han servido para
alimentar nuestra armadura, nuestra coraza. La imagen que hemos dado hasta ahora a los
demás, las altas expectativas que los demás han tenido de nosotros (porque así también
nosotros mismos lo hemos querido), nuestra condición inmaculada, producto de que
nadie hasta ahora se haya sentido dañado con nuestras decisiones, nuestra honorable
fachada… podrían ser algunas de las avideces sociales tan deseadas que han dado de
comer a nuestras máscaras. Estas mismas son también a las que tendremos que
proporcionarles, en este momento, un papel secundario, siempre y cuando queramos
crecer siendo padres o madres, siempre y cuando queramos ejercer sanamente la
parentalidad o marentalidad.
Es nuestra historia personal, uno de los factores que pueden explicar el porqué
elegimos durante la parentalidad abandonar, en ocasiones, lo prioritario en la vida, y
refugiarnos en aspectos secundarios, como por ejemplo pudieran ser la noble fachada o
imagen pulcra que deseamos dar a los demás, no importándonos hipotecar la
parentalidad.
Cuando somos padres, y en aquellos momentos en que, consciente o
inconscientemente nos distraemos, la sabiduría de la naturaleza nos ofrece situaciones
que nos invitan a reflexionar. Porque ser padre o madre requiere estar siempre atentos.
No tengamos miedo a las crisis, no nos asustemos de las emociones displacenteras,
aprovechemos esos momentos; tenemos la oportunidad de ser buenos padres, mejores
personas y no estancarnos.

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Capítulo 12
Cuando no nos hacemos
responsables de nuestras
emociones

Me encuentro en casa de unos amigos. La pequeña de la casa, de un año de edad,


se dispone a coger una pelota que el papá ha tirado ligeramente con el propósito de
que su hija se disponga a recogerla. Todo esto con la finalidad última de que todos
los que estamos este día en su casa podamos observar los grandes logros que esta
pequeña ha obtenido en pocos días en lo que respecta a la marcha y desarrollo
psicomotor. La niña, entusiasmada, se dispone a andar con un caminar “torpe”,
producto de la etapa evolutiva en la que se encuentra, con tan mala suerte que
cuando avanza unos pocos pasitos tropieza con la mesa de la cocina y se cae. La
niña llora, no sabemos bien si por el dolor o por la expresión sobresaltada de todos
los que estamos presentes. En ese momento, el papá corre hacia ella, la levanta e,
inmediatamente, pega con su mano unos golpes en la mesa diciendo “tonta, mesa,
tonta”. La niña mira a su padre y repite este gesto hacia la mesa, animada, eso sí,
por su propio progenitor a repetir este acto. Después de unos segundos, todo vuelve a
la normalidad.

Seguramente, para todos aquellos adultos que estábamos presenciando la escena no


pasó nada anormal, pensaríamos que esos manotazos en la mesa son una herramienta
más que tiene un padre con el objetivo de calmar a su hija. Sin embargo, cabe
preguntarse qué interpretación podría haber hecho la niña de esta reacción paterna.
Probablemente, la percepción que erigiese la niña fuese muy diferente a la que hemos
elaborado los adultos. Paremos un poco para pensar. ¿Qué tipo de mensaje puede estar
transmitiendo este padre a su hija con esta reacción? Tenemos una “pobre” mesa que,
lógicamente, sin ningún tipo de intencionalidad, se ha visto inmiscuida en lo sucedido con
la menor. El comportamiento de este padre muy bien podría llevar a esta niña a pensar
que la culpa de su caminar “torpe” y, por tanto, de su caída, la tiene ¡la mesa!, y que ella
no tiene nada que ver en lo que le ha sucedido. Así se lo ha indicado el padre, con sus
manotazos a la mesa y descalificándola.

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Podríamos pensar que es una situación puntual que no tiene la menor importancia, sin
embargo, es un ejemplo que bien me sirve para señalar la idea que quiero exponer. Y es
que los padres podemos caer en el error, cuando se trata de nuestros hijos, de echar
balones fuera y responsabilizar a otros de lo que emocionalmente les está sucediendo.
Todo esto se suele poner en marcha desde que los hijos son muy pequeños, pudiendo
tener como consecuencia, y a largo plazo, un menoscabo interesante en la autoestima de
los menores. ¿No será mejor ayudar a los hijos a plantearse, siempre que
emocionalmente les ocurra algo, el papel que están jugando en lo que les está sucediendo
y experimentando? Que nadie me malinterprete, que no es culpabilizar, sino
responsabilizar. Con esto no quiero decir que no haya factores externos al niño que
puedan estar influyendo en lo que emocionalmente pueda estar sucediéndole; todo lo
contrario, lo que ocurre es que si queremos preservar la autoestima del niño, tendremos
que ayudarle a que modifique lo que puede controlar, es decir, lo que depende de él y
solo de él. ¿Qué sentido tendría para un niño fomentarle el que modifique aquello que no
depende de él?
Pero deberíamos empezar por nosotros mismos, los padres, al igual que hacemos con
muchas otras conductas, para que el niño las aprenda e imite. Con la idea de clarificar
mejor esta idea, me viene bien traer a la memoria un cuento de origen hindú que leí ya
hace bastante tiempo:
En una ocasión un hombre se acercó a un maestro y le escupió en la cara. Sus
discípulos, por supuesto, se enfurecieron. Ananda, el discípulo más cercano,
dirigiéndose al maestro dijo: ¡Esto pasa de la raya! Rojo de la ira, prosiguió:
“¡Dame permiso, maestro, para que le enseñe a este hombre lo que acaba de hacer!”
El maestro se limpió la cara, se dirigió al hombre y le dijo: “Gracias, gracias, mil
gracias. Has creado una situación, un contexto, en el que he podido comprobar si
todavía puede invadirme la ira o no, y no puede, y te estoy tremendamente
agradecido, y también has creado un contexto para mis discípulos, principalmente
para Ananda, mi discípulo más cercano. Esto le permite ver que todavía puede
invadirle la ira. ¡Muchas gracias! ¡Te estamos muy agradecidos! Y siempre estás
invitado a venir. Por favor, siempre que sientas el imperioso deseo de escupirle a
alguien, puedes venir con nosotros”. Supuso una conmoción absoluta para aquel
hombre. No podía dar crédito a sus oídos, no podía creer lo que estaba sucediendo,
había venido a provocar la ira de este Maestro y había fracasado. Aquella noche no
pudo dormir, estuvo dando vueltas en la cama, los pensamientos le perseguían
continuamente: el escupir a un Maestro, una de las cosas más insultantes y que este
último permaneciese tan sereno, tan en calma como lo había estado antes, como si
no hubiese pasado nada, era un acto verdaderamente asombroso. El hecho de que el
Maestro se limpiase la cara y dijera: “Gracias, gracias, mil gracias, cuando sientas
ganas de escupir a alguien, por favor, ven a nosotros”, venía a su mente una y otra
vez. Aquella cara tranquila, serena, aquellos ojos compasivos y, sobre todo, cuando
el Maestro le dio las gracias, no fue una formalidad, le estaba verdaderamente

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agradecido, todo su ser le decía que estaba agradecido. Verdaderamente, el Maestro
desprendía una atmósfera de agradecimiento. A la mañana siguiente, muy temprano,
volvió precipitado, se postró a los pies del Maestro y dijo: “Por favor perdóname, no
he podido dormir en toda la noche”. El Maestro respondió, “no tiene la menor
importancia, no pidas perdón por algo que ya no tiene existencia. ¡Ha pasado tanta
agua por el río Ganges! Mira, ¡discurre tanta agua a cada momento! Han pasado
veinticuatro horas, por qué cargas con algo que ya no existe, ¡no pienses más en
ello! Y además, yo no te puedo perdonar, porque, en primer lugar, nunca llegué a
enojarme contigo, si me hubiera enfadado te podría perdonar, guarda la experiencia
y aprende profundamente de estos hechos y del agradecimiento. Sé agradecido con
todos, agradece, agradece, agradece con aquellos que te han ayudado, con aquellos
que te han puesto obstáculos, ellos son verdaderos Maestros, todo lo que te disgusta
refleja tu ego. Con todos los que han sido indiferentes contigo. Sé agradecido con
todos, porque todos juntos están creando el contexto en el que te van a ayudar a
crecer, en el que tú puedes convertirte en un verdadero Maestro. El mundo está
contribuyendo a crear la situación para que tú te transformes, tus amigos, tus
enemigos, la buena y la mala gente, las circunstancias desfavorables o favorables.
Todo este camino o enseñanza está creando el contexto en el que puedes iluminarte y
convertirte en Maestro. Sé agradecido con todo”.

Una vez leída esta fábula me gustaría espetar ciertas preguntas para reflexionar: ¿Quién
es el responsable de la emoción de enfado de Ananda, el discípulo? ¿Quién es el
responsable de que el Maestro no se enojara, de que no sintiese rabia? En el caso de que
el Maestro se hubiese enfurecido, ¿quién tendría la culpa? ¿Quién es el que se hace cargo
del sentimiento de gratitud, de ese estado emocional de serenidad y tranquilidad del
Maestro? ¿Quién, por tanto, se debe hacer cargo finalmente de nuestro enfado, nuestra
alegría, nuestra tristeza, nuestra vergüenza, nuestros celos…, en definitiva, de nuestros
estados emocionales? Efectivamente, el responsable final no es otro que aquel que los
experimenta, sufre o siente, y no otro.
De la misma forma en que el Maestro se hace cargo de sus emociones, conductas y
sentimientos ante el escupitajo de aquel hombre, también nosotros, potencialmente,
podríamos hacernos responsables de lo que, sentimental y emocionalmente, nos está
sucediendo en cada momento de nuestras vidas. Igualmente, también podríamos
concienciarnos en educar en este sentido a los más pequeños, a nuestros hijos. Considero
que responsabilizar a nuestros hijos de lo que emocionalmente están experimentando en
cada momento e intentar que se ocupen de lo que depende de ellos y no tanto de lo que
obedece a factores externos, ayudará a que estos identifiquen y gestionen de forma
funcional sus emociones, preservando enormemente su autoestima.
¿Acaso alguien podría haber controlado las intenciones y deseos de aquel hombre que
escupió al Maestro? Quizás podrían haber controlado la conducta de escupir, pero nunca

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el deseo y la intencionalidad.
Algunos padres intentan “lavarse las manos” ante los problemas de sus hijos. Cuando
intervengo con los padres que demandan ayuda psicológica, porque su hijo presenta
problemas emocionales y/o de conducta, algunos suelen sorprenderse porque les planteo
siempre, de alguna forma, el papel que pueden estar jugando en lo que está sucediendo.
No nos olvidemos que los hijos, finalmente, se convertirán en espejos donde padres y
madres puedan llegar a mirarse. Los hijos proporcionan numerosísima información sobre
qué son y cómo actúan las figuras parentales. Con ello no estoy culpabilizando a los
padres, entre otras cosas, porque existen muchos factores que ellos no han podido
controlar; entre estos, el haber tenido cada cual su propia historia personal, esto es, han
sido hijos de un padre y una madre correspondiente. Los responsabilizo y les invito a que
reelaboren su historia personal. En esta línea, Liaudet (2002) nos señala como referencia
a Françoise Dolto, famosa psicoanalista infantil francesa del siglo XX:
Dolto no arroja la primera piedra a los padres, no les acusa. En ocasiones recurre a la
imagen de las colisiones múltiples de vehículos en la autopista. Si uno embiste el coche
que le precede, porque el que le sigue ha embestido el suyo, es responsable, pero no
culpable. Un niño que sufre constituye el producto de una colisión múltiple de al menos
tres generaciones; ninguna de ellas es culpable, sin que por ello deje de ser responsable
(p.130).
Y en este punto nos podemos encontrar padres y madres cuyas historias les dan
permiso para responsabilizarse de lo que emocionalmente pueda estar sucediendo en el
vínculo que establecen con su hijo, lo que les hace actuar y moverse; y por otro lado,
también “tropezamos” con padres y madres cuyas historias son más rígidas, más
autoritarias, concediendo poca tregua a los progenitores para plantearse sus
responsabilidades en este asunto. Con estos padres va a costar mucho más “meter la
cuchara”. En este orden de cosas, siempre me ha gustado decir que cuando toca “meter
la cuchara” a los padres, en algunas ocasiones, esta entra bien y es posible sacarla llena,
en otros casos, se dobla y no se puede sacar lo que a uno le gustaría sacar; y por último,
también podemos encontrar otras ocasiones, las menos, en las que la cuchara, además de
salir vacía, también sale disparada… hacia la cara de aquellos que hacemos el intento de
“meter la cuchara”.
Todo esto es parecido a lo que les sucede a algunas personas cuando dan una
explicación meteorológica a sus cambios de humor y emocionales. Y parte de razón sí
que tienen. Hay que reconocer que existen las “depresiones estacionales”, que coinciden
con los cambios de estación. Sin embargo, cuando alguna persona ha intentado darme
una explicación estacional de sus alteraciones emocionales y cambios de humor,
irónicamente (y con mucho cariño también) le digo que se vaya de la consulta, pero que
cuando salga por la puerta no se olvide de llamar al “Sr. Tiempo”, ese “monstruillo” que
no le deja en paz, para poder sentarlo delante de mí y poder “cantarle las cuarenta”: “Sr.
Tiempo, a ver si usted es bueno y deja ya de molestar a mi paciente”, le digo. En este

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momento este último ríe y los dos pensamos en lo absurdo e ilógico de esta situación.
Inmediatamente planteamos que lo importante no es si el cambio de estación está
jugando un papel en las emociones (que a lo mejor sí), sino que el que tiene que
moverse, actuar, cambiar de pensamiento, interpretar las cosas de forma diferente, tiene
que ser el que está sentado enfrente de mí; es, sencillamente, la persona que está
sintiendo lo que está sintiendo, porque somos cada uno de nosotros los que nos tenemos
que hacer cargo de nuestras emociones, afectos, recuerdos, pensamientos, sentimientos y
conductas para llegar a ser buenos Maestros.

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Capítulo 13
Cuando se obliga a los hijos
a amar a sus padres

Cuando nuestros hijos salgan a la calle, hagamos que estos no nos lleven a cuestas. No
puede ser que, cuando los niños expresen esa necesidad básica universal que es el deseo
de ser emocionalmente independiente, los padres, ya sea de forma consciente o
inconsciente, pongan en marcha estrategias para coartar dicha necesidad. Tengamos
presente que el deseo de independencia es tan funcional y adaptativo, como pueden serlo
cualquiera de las necesidades básicas de naturaleza fisiológica, la alimentación, por poner
un ejemplo. En condiciones normales, los seres humanos tendemos constantemente a
manifestar nuestro deseo de independencia; se constituye en el motor de nuestro
crecimiento biológico, psicológico y social, a no ser que, de alguna forma, este deseo se
vea interferido, sobre todo, por lo acaecido en nuestra historia personal. Así, el niño
comienza desde una edad muy temprana a expresar esta necesidad de ser independiente.
Concretamente, en el mismo momento de nacer, ya el feto demanda a su madre, de
alguna manera, salir de su cuerpo. El bebé nace y pide crecer e interaccionar con
estímulos nuevos, no solo con aquellos que se encuentran más estrechamente
relacionados con el cuerpo de la madre.
Uno de los factores principales que limitan el deseo de independencia emocional de los
niños es la concepción que tienen los padres del amor. Sucede que, para algunos padres,
el problema del amor reside fundamentalmente en ser amados por los hijos, lo que les
hace buscar constantemente –de forma inadecuada y con ansiedad– su cariño y afecto.
Buscan a los niños, los ponen muchas veces a prueba y, en ocasiones, llegan incluso a
chantajearlos emocionalmente. Hasta tal punto hay que tener en cuenta este pensamiento
que si un niño le expresase en algún momento a su padre que no lo quiere, este no
debería darle la más mínima importancia, respondiendo con el mayor de los sosiegos.
Sabemos que encontrarnos a progenitores que reaccionen de esta manera es, muchas
veces, complicado, ya que muchos padres suelen percibir en los hijos lugares o territorios
donde buscar aquellas cosas relevantes que no han encontrado en el pasado.
Por tanto, no son los hijos los que están obligados a querer a sus padres; es al revés,
son los padres los que deben amar a los hijos. Entender esta cuestión se hace harto
complicado para algunos progenitores, los cuales “exigen” a sus hijos que se constituyan

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en sus figuras de afecto o apego, incluso cuando los niños son todavía muy pequeños. Se
trata de padres que buscan en sus propios hijos figuras que puedan protegerlos. Es tal la
necesidad que tienen estos padres de encontrar una base afectiva segura que, finalmente,
esta búsqueda acaba convirtiéndose en una verdadera exigencia para los hijos. Algunos
niños acaban convirtiéndose en auténticos “paños de lágrimas” de sus padres, fruto de
diversos chantajes emocionales y afectivos, acabándose por dañar el proceso de
autonomía emocional de los menores.
Estas “ocultas solicitudes de afecto” que se realizan a los hijos, harán que estos no se
sientan emocionalmente libres e independientes. Las consecuencias las podemos
observar, sobre todo, cuando un niño no sabe bien qué hacer o cómo gestionar sus
emociones ante ciertas peticiones de sus padres. Así, si el niño se niega ante la demanda
paterna, se siente mal y culpable porque no satisface a los padres o percibe que los daña;
y si acepta también se queda molesto, esta vez porque no hace lo que él realmente desea,
sintiéndose contrariado con los padres y con él mismo, acumulándose, cada vez más, el
resentimiento.
Silvia es una niña de ocho años que cursa tercero de primaria. Como cualquier
niño de su edad, precisa satisfacer un buen número de necesidades infantiles para su
adecuado desarrollo biopsicosocial. Entre ellas, ciertas necesidades mentales y
culturales como es la necesidad de estimulación sensorial, exploración y
conocimiento de la realidad física y social (López, 2008). Una de las herramientas
que muy bien pueden ayudar a satisfacer estas necesidades podría ser, por ejemplo,
la que demandaba Silvia a sus padres: un viaje cultural organizado por el colegio a
una ciudad. Como sucede en estos casos, el colegio requería la correspondiente
autorización de los padres. Silvia demandó a sus padres la ansiada firma,
acompañada de la alegría característica de una niña ilusionada por conocer un
ambiente nuevo para ella y experimentar sensaciones nuevas. En medio de un
contexto de dudas por parte de ambos padres sobre quién asumiría la
responsabilidad de firmar el papel, es, finalmente, la madre la que se adjudicaría
dicho compromiso, no sin antes establecer un diálogo poco afortunado con su hija.
“Hija, ¿de verdad que tienes muchas ganas de ir a esta ciudad?” “Claro, mamá, van
todos mis compañeros de clase, mis amigas… me apetece mucho ir”. “Vale, bueno,
pues… te firmo, pero… ¡ya sabes los accidentes que hay en la carretera!, yo, desde
luego, no me voy a quedar tranquila”, contesta la madre.

Si se indaga en la historia personal de estos padres, se puede encontrar un pasado


carenciado de afecto, lo que hace que estas figuras parentales, sobre todo de manera
inconsciente, demanden abajo el cariño que no han encontrado arriba. La madre de Silvia
nos narraba una historia sellada por la falta de afecto y por el intento constante de
mantener contenta a su propia madre. Además, recordaba cómo de niña y adolescente

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tenía mucho temor a perder el cariño de sus amigas y, en general, el de toda la gente que
le rodeaba por miedo a quedarse sola.
En este caso cabría pensar con qué estado emocional y de ánimo se dispondría a viajar
esta niña, teniendo en cuenta el “regalito” que le deja su madre antes de iniciar el viaje.
¿Qué mensajes, tanto verbales como no verbales, se “regalan” a los hijos cuando estos se
disponen a satisfacer necesidades que están ligadas a su propia independencia emocional?
¿Cómo vive y gestiona un padre el deseo de independencia emocional de un hijo, para
que, finalmente, manipule, consciente e inconscientemente, a través de estos mensajes?
Estos mensajes tienen una intención manipuladora. Silvia captaba muy bien el recado
oculto que su madre quería dejarle: “Si no satisfaces mi deseo, vas a sufrir”, “si no
haces lo que quiero, me haces sufrir a mí”, “eres una egoísta, no piensas en los demás,
solo piensas en ti”.
Finalmente, esta niña pudo disfrutar de los beneficios de esta excursión cultural, sin
embargo, y de forma imaginaria, también se llevó a su madre a cuestas. Fue capaz de
establecer una distancia física entre ella y su madre, pero no de construir una distancia
emocional. Es innegable que lo más saludable hubiese sido que Silvia disfrutase del viaje
sin llevar ningún tipo de cargas, con un pensamiento libre de miedos imaginarios. Resulta
que, a veces, la dificultad que presentan los padres para gestionar sus propios miedos
juegan una mala pasada a los hijos. Podemos mirar en la mochila, una vez más, para
encontrar una posible explicación a estos miedos, gestionándolos de forma funcional;
quizás así, no contagiemos a los hijos.

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Capítulo 14
Cuando existe una falta de
reconocimiento de las
emociones de los hijos:
¿somos realmente conscientes
de que somos únicos?

Podemos decir que un hijo se siente reconocido cuando sus padres lo perciben como
un ser diferente a ellos. De esta forma, los progenitores confirman las características y
cualidades personales del niño como aspectos diferentes a las suyas propias y aprueban la
personalidad del menor como una forma de ser singular e independiente. Hacer un
reconocimiento de las emociones de un hijo, supone, por tanto, validar y confirmar su
mundo emocional, aceptando y gestionando adecuadamente las diferencias. La falta de
reconocimiento, entonces, vendría dada por la negación de la personalidad y el mundo
emocional del infante o por la utilización de estos constructos psicológicos como
herramientas en beneficio de los padres.
Nuria es una niña de dos años. Después de la visita a la pediatra, esta le indica a
su madre que sería oportuno que su hija ya se lavase los dientes. Nuria,
entusiasmada, va con su madre a la farmacia con la idea de comprarse el
correspondiente cepillo de dientes. La farmacéutica le muestra a Nuria cepillos de
distintos colores y su madre le insta a elegir alguno. “Elige uno, hija”. Nuria,
ilusionada por una parte, y mostrando cierta inseguridad, por otra, comenta: “El
amarillo, mamá, me gusta el amarillo”. “Por Dios, hija, ¿el amarillo?”, responde la
madre con cara de desaprobación.

Este es un ejemplo que, a priori, no tendría mucha importancia si se percibiese de


forma aislada, sin embargo, y desafortunadamente para Nuria, este comportamiento de
su madre se constituía en una conducta más de una compleja situación de falta de
reconocimiento hacia la niña. Su hija hacía intentos de mostrar su singularidad, sin
embargo, la madre la limitaba con su conducta. Algunos padres no son completamente

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conscientes del daño emocional que pueden generar a sus hijos con este tipo de
comportamientos, a la vez que tampoco saben de las dificultades que tienen para
reconocer la unicidad de las personas, incluida también la suya propia.
Es importante aceptar esta condición del ser humano en general, y de los hijos en
particular, para encontrar un camino que alimente y favorezca la espontaneidad de las
emociones y afectos, favoreciendo una autoestima saludable. Efectivamente, cuando
somos padres, debemos tener muy claro que no existe nadie igual a nosotros (tampoco
los hijos), ni tampoco nadie que esté obligado a serlo ni a parecerlo. Creo que es una
cuestión que si se resuelve bien tenemos mucho ganado en lo que respecta a la tarea de
educar a los niños.
En el intento de proporcionar una explicación a esta dificultad, presente en padres y
madres, les cuento que, en mi opinión, es posible que la mayor parte de nuestros enfados
tengan relación con esta cuestión. Si reflexionamos sobre la última vez que nos hemos
molestado o enfadado, es muy posible que sea debido a la necesidad o el deseo de que el
otro cambie y, por tanto, piense, se emocione y actúe de la misma manera que piense, se
emocione o actúe uno mismo. Pero, por mucho que nos empeñemos, el otro (incluidos
los hijos) no está obligado a pensar, ni a emocionarse, ni a actuar como uno mismo. Es
nuestro miedo a ser únicos lo que nos hace actuar de esta forma tan poco saludable. En
este sentido, soy muy dado a decir que, cuando el otro no quiere, intentar cambiarlo
puede ser tan difícil como pretender que mañana no salga el sol y se haga de día.
A veces nos podemos encontrar figuras parentales que expresan, de alguna manera, el
deseo de llevar al lado a alguien pegado. Como padres sería bueno que reflexionásemos
acerca de si nos atrevemos a ser únicos y a vivir sin nadie pegado, o por el contrario,
obligamos a los hijos a constituirse en apéndices nuestros. En esta línea, Lope de Vega,
uno de los escritores más importantes del Siglo de Oro español, en su momento ya
señalaba: “A mis soledades voy, de mis soledades vengo, porque para andar conmigo
me bastan solo mis pensamientos” (también mis emociones, diría yo). ¿Cómo ha debido
de ser, en este sentido, nuestra historia personal, para necesitar vivir siempre con alguien
emocionalmente pegado? ¿Nos han transmitido que poseemos la capacidad de vivir de
forma emocional o psicológicamente independiente o, sin embargo, nos han comunicado
que somos lo más parecido a una herramienta que puede ser usada con la finalidad de
que el otro no se sienta solo y así eliminar su miedo a una verdad: el ser único y
diferente?
Una de las dimensiones que caracteriza el vínculo padre-hijo es, precisamente, aquella
en la que uno de sus extremos está formado por el amor que se tiene el padre hacia él
mismo, pero que deposita en el hijo, y el extremo opuesto, formado por otra clase de
amor, mucho más saludable que el anterior, el amor que el padre tiene hacia el hijo como
un ser diferente a él (Palacio Espasa, 2009). Esto es, existen padres que necesitan al hijo
para ser valorados y alimentar de esta forma su egolatría; y otros padres, que quieren a
sus hijos (no los necesitan) como seres diferentes a ellos y, por tanto, también tienen

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claro que ellos pueden ser queridos por ser quienes son. En efecto, es completamente
diferente tener un hijo para quererse (a uno mismo), que tener un hijo para quererlo. Por
mucho que algunos padres se empeñen, los hijos no pueden ser prolongaciones de ellos.
Desde esta perspectiva, un padre funcional sabría gestionar bien su unicidad, no
obligaría a nadie a quererlo ni a satisfacerlo y sería consciente de la tarea de hacerse
cargo de su existencia y devenir. Efectivamente, aunque a los padres nos cueste
asimilarlo, nadie está obligado a querernos, ni a satisfacernos, tampoco nuestros hijos,
como ya se expuso en el capítulo anterior.
Son muchas las ocasiones en las que, de forma inconsciente, damos muestras de las
limitaciones que tenemos para llevar a cabo un reconocimiento adecuado del mundo
emocional de los hijos. Así, me gusta hablar de algunas situaciones, creo que muy
comunes, con las que es probable que todos nos sintamos un poco identificados:
Una madre o un padre cualquiera coge de la mano a su hijo, de un año de edad
aproximadamente, disfrutando ambos de un paseo por la calle. De pronto se cruzan
con alguien que también saborea una buena andanza. Se trata de alguien conocido
para el padre, quizás no tanto para el niño. En algún momento, progenitor y
desconocido entablan algún tipo de conversación, dialogan, se dan los buenos días,
hablan del tiempo… De repente, el desconocido se dirige al niño para hacerle
alguna carantoña o dirigirle algún halago: “¡Qué niño más bonito!, ¡qué guapo vas!
¿Cuántos años tienes?… ¿Me das un besito, guapo?” En este momento el niño deja
de poner cara angelical, su cara se transforma producto de una mezcla de
emociones, quizás miedo, enfado y vergüenza, que, finalmente, se traducen en un
rotundo “NO” como verbalización o en un rechazo girando la cara ante la atenta
mirada del padre o de la madre. Es este el momento en el que se despiertan una serie
de emociones en los padres interesantes de analizar y que pueden explicar el porqué
la norma deja de ser norma y se convierte en consigna para alimentar el narcisismo
de las figuras parentales. Estos sentimientos paternos podrían resumirse en
vergüenza por la reacción del niño o, quizás, también miedo al “qué va a pensar
este, seguro que ha pensado que mi niño es un arisco y lo estoy educando mal”. En
este instante de la escena y para paliar estas emociones desagradables que imperan
en el interior de estos padres, sin pensarlo dos veces le dan el siguiente mandato al
niño: “Hijo, dale un besito, venga, anda”.

Consideremos el caso en el que vamos por la calle paseando con alguien importante
afectivamente para nosotros. De pronto, se nos acerca un adulto desconocido. La
persona que nos acompaña y el desconocido (para nosotros) entablan conversación. De
pronto, el desconocido (sin mediar antes palabra alguna) nos dice que vamos muy guapos
(y guapas); se dispone a acercarnos su cara, su enorme cara, diría yo (no lo digo por su
desfachatez, que también, sino por las diferencias de percepción del tamaño que puede
existir entre un niño de un año y un adulto como nosotros). Inmediatamente después y

81
sin preguntarnos ni pedirnos permiso, nos acaricia la cara y encima ¡nos pide que le
demos un beso! Venga, seamos sinceros, ¿cuál es nuestra reacción emocional? Miedo,
vergüenza, rabia… La persona que nos acompaña (la que es afectivamente importante
para nosotros, no lo olvidemos) está pendiente de todo lo que sucede. De repente nos
dice: “Venga, hombre (o mujer), dale un besito, anda, no te cortes”. No quiero ni
pensar qué revolución emocional estaría viajando por todo nuestro ser. Solo me gustaría
decir dos cosas: una, seguro que nos sentiríamos poco reconocidos, también
emocionalmente hablando; y otra: “¡Dale el besito tú, persona afectivamente
importante!, ¿no te fastidia?”
Teresa es madre de un chico de trece años de edad. Es decir, su hijo se encuentra
en plena “adolescencia temprana”. El chico está experimentado muchos cambios
físicos, psicológicos y sociales. Está comenzando a tomar más decisiones por él
mismo, a interesarse por salir con chicas y, cada vez más, demandando mayor
independencia. Entre las muchas cuestiones que compartimos y debatimos con
Teresa, una de ellas es el “valor del orden” en casa, por el que parece mostrar
mucho interés. Esta madre nos refiere lo siguiente: “estoy harta de recoger la ropa
interior de mi hijo, acumula calzoncillos en su habitación y estoy bastante cansada
de recogerlos y llevarlos al cesto de la ropa sucia”. Le planteo qué peligro
imaginario pudiera darse en el caso de que ella se “plantase”, se quedara quieta y
dejara de recogerle la ropa a su hijo. “Imagino una montaña de calzoncillos en su
habitación, no podría soportarlo”, nos contesta. Con mucho cariño y comprensión,
sigo insistiéndole sobre cuál pudiera ser el peligro imaginario que se presentaría en
el caso de que esa “montaña” de calzoncillos permaneciese en la habitación de su
hijo, qué pensamientos y emociones se sucederían en ella, en el caso de seguir
tomando la decisión de no moverse, de quedarse quieta. “No lo soportaría, me
sentiría muy mal, me daría mucha vergüenza si tuviese visita en casa, miedo a lo que
pudieran pensar o decir”, responde Teresa. “¿Qué podrían, en concreto, pensar o
decir esas visitas?”, sigo indagando. “Pues… que soy una madre desordenada,
dejada, poco limpia o nada aseada”, contesta. “Pues yo pienso, Teresa, que la
persona desordenada, dejada, poco limpia y nada aseada es tu hijo, no tú. Habrá
que aprender a separar lo que eres tú, de lo que es tu hijo; tus cosas y las que no son
tus cosas, es decir, las de tu hijo; qué eres tú y qué es tu hijo”, le indicaba.

Es cierto que contextos de este tipo y naturaleza nos exigirían, en cierta medida,
contemplarlos desde una medida de género, esto es, tendríamos que indagar sobre qué
factores socioculturales estarían influyendo y discriminando por cuestiones de sexo. Sin
embargo en Teresa también se percibía de una manera importante la dificultad para
separarse emocionalmente de su hijo, esa dificultad que tienen, yo diría, muchos padres
y madres para no considerar a los hijos como añadidos suyos. Todos los padres y madres
deberíamos reflexionar tranquilamente sobre esta cuestión, tomándonos nuestro tiempo.
En el caso anterior, finalmente, Teresa consiguió “plantarse”, lo que obligó a su hijo

82
pensar. Este chico adolescente “temprano” tuvo al final que decidir entre salir de fiesta
sin calzoncillos o llevar su ropa interior al “cesto de la ropa sucia” para poder ser lavada.
Optó por la segunda alternativa.
Será mejor para nosotros, y también para el niño, que seamos capaces de identificar y
gestionar bien estas emociones de vergüenza y miedo para que la norma se convierta en
algo que sirva para proteger a los niños y no para proteger a los propios padres. Cuando,
a través de las normas y límites que ponemos a los hijos, nos protegemos a nosotros
mismos, estamos desprotegiendo al niño, y nos estaríamos acercando a ese extremo de
esa dimensión de la parentalidad al que nos referíamos anteriormente, el de querernos a
nosotros mismos a través de nuestros hijos y que, sin darnos del todo cuenta, quizás
forme parte del material que llena esa mochila que llevamos a cuestas. El siguiente,
forma parte del material de la mochila de la madre de Nuria, la niña de dos años con la
que comencé este capítulo y con la que también me gustaría terminarlo:
La madre de Nuria no tiene muchos recuerdos de su infancia. Cuando se le
pregunta sobre esta etapa de su vida, no produce casi ningún recuerdo, solamente un
suceso que le ocurrió aproximadamente cuando tenía cuatro años, en el que aparecen
su madre y su padre. Su padre había llegado a casa del trabajo. Recuerda cómo
había traído muy emocionado para su madre y para ella una cesta de fresas. Cuando
se las acercó y se las ofreció, ella, con la espontaneidad típica de una niña en la
etapa infantil, las rechazó y apostilló un claro “No quiero, no me gustan”. En ese
momento, las emociones de la madre se revolucionan dándole la siguiente consigna a
la hija: “Hija, prueba las fresas que te ha traído tu padre, mujer, que te las ha traído
con mucho cariño. Pobrecillo, que papá se va a poner muy triste”.

83
Capítulo 14
Terminando… y con la idea
de seguir mirando nuestra
historia personal

María Montessori, primera mujer italiana que se graduó como doctora en medicina,
también educadora, pedagoga, psiquiatra y psicóloga, entre otras muchas cosas, mujer
que revolucionó los métodos pedagógicos de principios del siglo XX, señalaba que el
niño es el padre del hombre, es decir, que todo adulto será producto de un niño, de ese
niño que fue en su momento. De esta forma, también podríamos señalar que todo padre
o toda madre será producto de un hijo o una hija, de ese hijo o hija que aconteció en su
momento. No podemos, entonces, concebir la forma en que nos desempeñamos como
padres, sin tener en cuenta nuestra historia personal, los avatares de nuestra infancia y
adolescencia en relación a los vínculos que hemos establecido con nuestros propios
padres.
En aras del buen ejercicio de la parentalidad y también con la finalidad de llevar a cabo
una adecuada identificación y gestión de las emociones en el vínculo que establecemos
con nuestros hijos, es preciso que padres y madres nos preguntemos qué hacer con
nuestra historia personal, cómo asumirla sin repetirla y cómo cuestionarla sin negarla u
ocultarla. Efectivamente, es este el gran problema que acarrea tener una historia,
olvidarla o no querer saber nada de ella, pretendiendo creer que no ha afectado de
ninguna manera. O también enfadarnos con ella, otra complicación, fruto de no haber
querido o podido entenderla. Olvidar, ignorar y enfadarse con el pasado es lo mismo que
olvidar, ignorar y enfadarse con uno mismo, porque nuestra historia personal forma parte
de nuestra identidad y nuestro ser.
Esto no quiere decir que debamos seguir las directrices que nos ha marcado nuestra
historia, no tenemos por qué dejarnos convencer por ella, ni utilizarla como modo de
existencia, estamos hablando de entenderla; escuchar y entender nuestra historia no
implica necesariamente tener que obedecerla. De esta manera, la historia personal no
puede convertirse en una arenga que no pueda discutirse con la intención de
defendernos, ni tampoco debe aparecer como una repetición acrítica.

84
Poseer una historia no implica poseer un dogma, ni tampoco un credo. A veces nos
empeñamos en aplicar con nuestros hijos herramientas educativas antiguas porque
sirvieron en un momento pasado, sin embargo, puede resultar que en la actualidad ya no
sean tan útiles ni tampoco tan efectivas. Todavía escucho a algunos padres de hoy
exponer que la disciplina autoritaria que antes se llevaba a la práctica con los hijos
(basada en normas, altas exigencias y frialdad afectiva) fue efectiva en su momento y
que, por esta razón, esto mismo es lo que haría falta en la actualidad (“…solamente me
tenía que mirar mi padre para saber qué era lo que tenía que hacer; con una simple
mirada nos tenía a todos más derechos que una vela”). Efectivamente, pudo ser útil en
su momento, pero ahora este tipo de disciplina ya no es funcional, ya no nos sirve.
Diversos estudios concluyen que, a día de hoy, esta forma de interaccionar con los hijos
traería, desde el punto de vista emocional, más perjuicios que beneficios para estos
últimos. Las características de la cultura y la sociedad donde crecían los niños de antes
son muy diferentes a las que caracterizan a la cultura y sociedad en las que crecen
actualmente nuestros hijos. Si antes era funcional no cuestionar a la autoridad y reprimir
emociones, ahora, hacer lo mismo es sinónimo de dependencia, falta de crecimiento y
carencia de autonomía. Es probable que estos padres, los que todavía abogan por la
antigua usanza, tengan parte de razón cuando manifiestan que hemos pasado de un
extremo a otro, esto es, del autoritarismo a la permisividad (emplazo al lector a recordar
el capítulo siete para encontrar uno de los factores que pueden explicar este hecho); sin
embargo, no deberíamos engañarnos. En este sentido, permítanme el siguiente ejemplo:
si hace tres o cuatro décadas nos podía servir remitir una carta desde Badajoz a Madrid,
por correo postal, con la finalidad de comunicar algo importante a otra persona, ahora ya,
parece que esta forma de proceder no nos es tan útil. Es cierto que la carta llegará a
Madrid y el destinatario la leerá; sin embargo, las características de la sociedad en la que
vivimos actualmente no nos van a permitir el “lujo” de demorar dos o tres días una
noticia relevante, con lo que muy probablemente utilizaremos otros medios más rápidos
de comunicación. Antes, esta herramienta servía, pero ahora ya no tanto. La cultura va
cambiando y evolucionando, la sociedad va cambiando y evolucionando, los niños van
cambiando y evolucionando, y los padres debemos también ir cambiando y
evolucionando. Asimismo, esta evolución es igualmente aplicable a las emociones y su
expresión. Por tanto, la “categoría” de padre nos exige también otra cualidad, ser
humildes y modestos. Esta condición es la que nos va a permitir cuestionar nuestro credo
y nuestros dogmas educativos, estos que se han ido forjando a lo largo de nuestra historia
personal, con la finalidad de ir prosperando, perfeccionándonos y evolucionando. Ser
padre exige adaptarte a la sociedad y a la cultura en la que están creciendo tus hijos.
Los hijos felices necesitan padres conscientes, siendo este un requisito imprescindible
para educar niños emocionalmente sanos. Para formar a este tipo de hijos, se necesitan,
por tanto, padres que estén dispuestos a escuchar. Es sumamente importante escuchar lo
que nos dice nuestra historia personal, al igual que es muy relevante estar predispuesto a
escuchar nuestras emociones, con la finalidad de identificarlas bien y, posteriormente,
poder gestionarlas de forma funcional. En este sentido, a mí me gusta comentar mucho

85
cómo una de las mayores amenazas que tiene educar, en general, y educar las
emociones, en particular, es poseer una historia personal inconsciente. En este caso, los
hijos podrían estar expuestos a innumerables emociones, deseos, afectos e impulsos
paternos sin ningún rumbo.
Ya hemos apuntado más arriba que los padres no se eligen, los padres nos tocan;
cuando el niño nace, aparece unido a unos adultos que vienen “impuestos”. En muchos
casos, el niño tiene que enfrentarse a una vinculación con estos adultos que no es
perfecta ya que son padres con necesidades emocionales no satisfechas y con
limitaciones; no se va a dar por tanto una relación ideal, que, a su vez, va a generar una
historia personal que el menor tiene que transportar. Es preciso tomar conciencia de esta
historia, para abordar las dificultades en los vínculos que se establecen con los hijos,
elaborarlos y modificarlos hacia formas más saludables de relación (Morales y Santelices,
2007).
Reflexionar y analizar nuestro pasado supone un esfuerzo emocional importante,
porque cuestionar nuestra historia personal es cuestionarse a uno mismo. Posiblemente,
sea esta una de las razones por las que hoy en día no se lleva a la práctica este proceso
de forma frecuente. Sin embargo, llevar a cabo este análisis supone una verdadera
oportunidad para identificar y gestionar bien las emociones “disarmónicas” que pueden
despertarse durante la parentalidad y, poder así, vincularnos de una forma más funcional
y sana con nuestros hijos.
Por otro lado, no olvidemos que una madre, por ejemplo, puede buscar mucha
información sobre la lactancia (materna o no), puede buscar todo el apoyo existente, leer
mucho sobre la lactancia y la alimentación de un bebé, hacer cursos y formarse sobre
esto, saber qué tipo de alimentos debe proporcionarle a su bebé en cada momento
concreto. Sin embargo, cuando llega el momento de la verdad, el instante de vincularse
emocionalmente con su hijo, todo el bagaje teórico que ha aprendido puede
desmoronarse a causa de sus emociones, pensamientos, recuerdos y vivencias que en
esos momentos pueden despertarse. De igual manera, un padre puede saber
perfectamente cómo premiar y castigar a su hijo, qué refuerzos utilizar, pero todo esto
venirse abajo fruto de la inadecuada gestión de sus emociones más incómodas.
Permítanme que finalice este libro señalando cuatro ideas importantes de cuatro
autores relevantes, las cuales podrían resumir perfectamente las reflexiones plasmadas en
este libro. En primer lugar, me gustaría hacer referencia de nuevo a un autor al que ya
aludí en la introducción de este libro, al filósofo y escritor del siglo XVIII, Jacques
Rousseau, que expone que “El hombre es bueno por naturaleza”. Por otro lado, quisiera
citar también al biólogo y escritor chileno, Humberto Maturana, el cual nos señala que
“Somos criaturas amorosas y enfermamos cuando el amor se nos interfiere”. La
siguiente reflexión relevante que me gustaría apuntar procede del psicoanalista, neurólogo
y psiquiatra francés, Boris Cyrulnik, que afirma que “Los recién nacidos no pueden ir a
parar a ningún otro sitio que no sea la historia de sus padres”. Y por último, resaltar al

86
psiquiatra y psicoterapeuta de la Escuela de Terapia Familiar de Barcelona, Juan Luis
Linares, ya citado anteriormente, que, matizando a Maturana, apostilla que “Somos
criaturas primariamente amorosas y secundariamente maltratantes, cuando el poder
nos bloquea el amor”. Pues bien, así es como este libro quiere concebir a todos los
padres y madres del planeta, seres humanos buenos y amorosos por naturaleza,
generadores de emociones positivas, porque emocionarse (ya sea experimentar
emociones placenteras o displacenteras) siempre es positivo. Este libro quiere pensar, y
también plasmar, que no hay progenitores que en su interior alberguen maldad cuando se
relacionan con sus hijos; al contrario, es la historia personal disfuncional de cada padre y
de cada madre, un pasado desamparado y enfrascado en sufrimiento emocional, lo que
llegará a viciar la bondad y las fuentes de donde emana el amor del ser humano. Este
libro considera que padres y madres están predispuestos a amar a sus hijos, de forma
madura y compleja, desde que estos se encuentran en el vientre materno. Cuando en las
relaciones padres-hijos existe daño y sufrimiento emocional, no concurre la maldad o la
perversidad, sino más bien la enfermedad, el conflicto y grandes dosis de “amor de
garrafón”. Este libro afirma que, de alguna manera, a los hijos siempre les va a
acompañar la historia personal de sus padres… y la de sus abuelos, maternos y paternos.
Por todo lo anterior, los padres, aparte de la información que podamos recibir de
diversos profesionales, tanto del ámbito educativo, como de la Psicología y de la
Psiquiatría Infantil, en relación a cómo educar a nuestros hijos, necesitamos también una
formación que llegue a lo interno, de esa que tenga que ver con el escudriñamiento de
nuestro mundo emocional y afectivo derivado de nuestra historia personal. Necesitamos
un trabajo del bueno, de aquel que a veces duele, pero que llega a las tripas. Nuestros
hijos y nuestros nietos lo agradecerán.

87
Referencias bibliográficas

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Simón, V. (2003). La deuda emocional. Psicothema, 2 (15), 328-334.

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90
La Emoción decide y la Razón justifica
Aguado Romo, Roberto
9788497276825
366 Páginas

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Este libro es quizás la forma más precisa de sintetizar los conocimientos científicos sobre
los motores que intervienen en nuestro comportamiento. Con esta afirmación se
manifiesta sin complejos que nuestra esencia está más cerca del sentir que del pensar.

Se sitúa a la persona como elemento esencial de la motivación científica y lo ofrecemos


novelando historias reales como espejo que muestra todos los ángulos que nos arrastran
al sufrimiento o nos elevan a la satisfacción.

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91
92
Conduces Tú. Coaching Educativo: Respirando
el cambio
Martín Pérez, Pilar
9788497276832
377 Páginas

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En este libro encontraremos una doble mirada sobre un solo objetivo: el cambio
educativo. Estas dos autoras (profesora y alumna), estudiosas inconformistas del proceso
enseñanza/aprendizaje nos cuentan su visión de la educación de la educación desde un
aspecto que ambas consideran abandonado sistemáticamente por todos los sistemas
educativos que se han sucedido hasta nuestros días: la emoción.
Para ello se basan en técnicas y herramientas de Coaching

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94
Es emocionante saber emocionarse
Aguado Romo, Roberto
9788497276818
368 Páginas

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Todos sabemos que lo ideal es que hagamos un uso de las emociones regulándolas desde
la racionalidad. Este libro pretende transmitir un método de y trabajo eficaz para que las
personas tengan una adecuado gestión emocional. Hay que pasar de las palabras a los
hechos, ya que lo importante no es solo saber lo que hay que hacer, sino sobre todo ser
capaz de hacerlo. Hoy sabemos que un porcentaje que llega al 40%, no pueden gestionar
sus emociones desde la razón o con cambios de pensamiento. En este libro encontrarás el
primer modelo científico de Inteligencia Emocional, Vinculación Emocional Consciente,
que diferencia cuándo podemos gestionar desde la razón (cerebro tipo I) y cuándo es
necesario hacerlo desde la propia emoción (cerebro tipo II).

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95
Índice
Prólogo 6
Introducción 10
Capítulo 1.- Luchando contra el “amor de garrafón”: para ser padre
17
primero hay que dejar de ser hijo
Capítulo 2.- Cuando no somos empáticos y maltratamos nuestras
23
emociones y las de nuestros hijos
Capítulo 3.- Cuando el niño es percibido como el “retrato” de
34
alguien significativo doloroso
Capítulo 4.- Cuando el corazón ama y odia al mismo tiempo 38
Capítulo 5.- ¿Cuando el mundo emocional de un hijo es hipotecado
44
por los conflictos conyugales
Capítulo 6.- Cuando la emoción y el sentimiento de culpa de los
48
padres embuchan la capacidad de poner límites
Capítulo 7.- Cuando nos resulta difícil contener la “basura
52
emocional” de los hijos
Capítulo 8.- Cuando confundimos las emociones de un niño 55
Capítulo 9.- Cuando la preocupación se convierte en emoción
improductiva: “Mi hijo no me come, no me duerme y tampoco me 58
hace caca”
Capítulo 10.- Cuando se intenta reescribir en el hijo la propia historia
64
personal: padres emocionalmente carenciados
Capítulo 11.- Cuando existe una oportunidad para, emocionalmente,
67
crecer: “Tener una depresión es un lujo”
Capítulo 12.- Cuando no nos hacemos responsables de nuestras
71
emociones
Capítulo 13.- Cuando se obliga a los hijos a amar a sus padres 76
Capítulo 14.- Cuando existe una falta de reconocimiento de las
emociones de los hijos: ¿somos realmente conscientes de que somos 79
únicos?

96
Capítulo 15.- Terminando… y con la idea de seguir mirando nuestra 84
historia personal
Referencias bibliográficas 88

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