Está en la página 1de 7

Filosofía 5ºH, 5ºB – Liceo Nº 1 Canelones

Prof. Marcelo Fernández Pavlovich

Repartido Nº 3
”El escepticismo”
Escepticismo: (del griego skeptomai, investigar atentamente, o simplemente de
skeptesthai, investigar) Concepción en teoría del conocimiento que sostiene, en
principio, que la mente humana no es capaz de justificar afirmaciones verdaderas.
Un escepticismo extremo o absoluto sostendría que no existe ningún enunciado
objetivamente verdadero para la mente humana, o la imposibilidad total de
justificar afirmaciones verdaderas; de este escepticismo se suele decir que se
refuta a sí mismo o que es imposible, puesto que se niega en su propia afirmación.
El escepticismo moderado o relativo sostiene que son pocos los enunciados
objetivamente verdaderos, o bien establece dudas razonadas sobre la capacidad de
la mente humana de poder conocer las cosas y, por lo mismo, la somete a examen.
Este relativismo propugna una actitud crítica ante el dogmatismo. Históricamente,
las afirmaciones de escepticismo moderado aparecen tanto en épocas de
decadencia cultural o cansancio intelectual, como de renovación e Ilustración, y la
historia misma de la filosofía occidental alterna épocas de escepticismo y
dogmatismo. La duda metódica y el espíritu crítico o el rigor científico son
manifestaciones prácticas de un escepticismo moderado.
Históricamente, una corriente de la filosofía helenística, el pirronismo, o escuela
escéptica que nace con Pirrón de Elis (360-272) y su discípulo Timón de Fliunte
(325/320-235/230), para quienes ni los sentidos ni la razón pueden suministrarnos
un conocimiento verdadero, por lo que lo más sabio, si queremos llegar a la
ataraxia, es permanecer indiferentes a todo absteniéndonos de hacer juicios; los
estoicos llamaron a esta suspensión de juicios epokhé. Con Arcesilao (315-ca. 240),
considerado el fundador de la Academia nueva, entra el escepticismo en la
Academia platónica; criticó la teoría del conocimiento de los estoicos, y excluyó del
escepticismo el razonamiento moral: pese a desconocer dónde está la verdad, el
sabio es capaz de actuar moralmente. Carneades (219-128), uno de sus sucesores,
desarrolló una teoría del conocimiento probable (píthanon, «lo digno de crédito»):
su escepticismo está basado en la distinción que establece entre lo objetivamente
verdadero, desconocido para el hombre, y lo subjetivamente verdadero. A partir del
s. II a.C., el escepticismo tiende a convertirse en eclecticismo, pensamiento que
invade tanto la Academia platónica como las restantes escuelas helenísticas, si bien
en menor medida. Enesidemo de Cnossos (hacia al año 50 a.C.) renueva el
pirronismo antiguo y estudia sus «tropos», o lista de contraposiciones que
fundamentan el escepticismo de la vida (Razonamientos pirrónicos). Hacia el s. II
d.C. el escepticismo se funde con el empirismo médico. En esta corriente destaca
Sexto Empírico (Alejandría, hacia la segunda mitad del s. II d.C.), el autor más
importante para el conocimiento del escepticismo antiguo, que lo entiende
(Supuestos del escepticismo pirrónico) como el arte de enfrentar todas las
contradicciones de las cosas y el pensamiento; el escéptico logra la ataraxia, o
tranquilidad interior, renunciando a decidir sobre opiniones contradictorias (ver
texto ).En general, la dificultad de resolver la cuestión epistemológica de la verdad
y la falsedad se combinó, en el escepticismo antiguo, con la adopción de certezas
de tipo práctico, que se fundamentaban en criterios éticos, estéticos, de utilidad,
etc. En cambio, en el escepticismo renacentista se acentúa sobre todo el aspecto
racional del problema, dejando de lado la actitud más vital que representaba el
escepticismo griego. Montaigne (1533-1592), Charron (1541-1603) y Francisco
Sánchez (1562-1632) son los escépticos destacados de esta época.
David Hume (1711-1776) integra el escepticismo en la misma actividad
filosófica. Distingue entre escepticismo «antecedente» y escepticismo
«consecuente». El primero es «anterior a todo estudio y filosofía», y un ejemplo
podría ser la duda metódica cartesiana, que plantea la búsqueda de un primer
principio de certeza infalible; el segundo es «posterior a la ciencia y a la
investigación». Mantener un escepticismo antecedente en forma exagerada
-pirrónica- equivale a negar cualquier posibilidad de llegar a la certeza. El
escepticismo consecuente es el que hay que adoptar después de haber sometido a
examen nuestras posibilidades cognoscitivas. Este escepticismo pone de manifiesto
la imposibilidad de conciliar lo que creemos por sentido común y lo que sostenemos
tras un examen filosófico de muchas cuestiones: por sentido común creemos que lo
que vemos es lo que existe, pero la razón filosófica rechaza identificar nuestras
representaciones con los objetos que representan; por otro lado, no disponemos de
buenos argumentos para demostrar que nuestras percepciones o representaciones
correspondan a los objetos reales. Al hombre razonable le es necesario un
escepticismo mitigado o «académico», que es el resultado de combinar un severo
examen crítico de nuestras capacidades cognoscitivas con el sentido común y la
reflexión. Y así, hay que recordar que todos nuestros conocimientos se reducen a la
relación de ideas, o lo que puede saberse por demostración, y a cuestiones de
hecho, que fundamos en la relación de causa y efecto. Este escepticismo
«académico» de Hume ha pasado a ser una de las posturas fundamentales de la
filosofía neopositivista del s. XX, pero es también una característica de todos
aquellos filósofos que, desde Kant, han tendido a someter a examen a la razón
humana. Nietzsche llamó a los escépticos «los únicos filósofos honorables».
El escepticismo toma un sesgo positivo en el moderno pragmatismo. Los
pragmatistas (William James, John Dewey, Richard Rorty en nuestros días)
abandonan también el concepto de verdad entre el pensamiento y el ser. Pero no
se detienen en esta relación, sino que remplaza el concepto abandonado por un
nuevo concepto de verdad. Según éstos, verdadero significa útil, valioso,
fomentador de la vida

Pirrón de Elis (c.360 - 272 a.C.)

Filósofo griego, natural de Elis, fundador de la corriente escéptica conocida como


pirronismo. Al parecer recibió influencias de los filósofos megáricos ya que
posiblemente fue discípulo de Euclides de Megara o de su discípulo Brisón, y
conoció a los seguidores de Demócrito a través de Anaxarco de Abdera. Junto con
éste participó, entre los años 334-324, en la campaña militar de Alejandro Magno
en Oriente. Vivió en la pobreza y no dejó escritos. En su estancia en Oriente
conoció a los ascetas hindúes llamados gimnosofistas que posiblemente también
influyeron sobre su concepción ética. Dado que Pirrón no escribió nada, la mayor
parte de cuanto se sabe de él procede de su discípulo Timón de Fliunte, del
doxógrafo Diógenes Laercio y de algunos comentarios de Cicerón y de Sexto
Empírico. Además de Timón de Fliunte, también fueron discípulos suyos Filón de
Atenas y Nausífanes de Teo (quien a su vez fue maestro de Epicuro). Otros
pirrónicos posteriores fueron Enesidemo y el mencionado Sexto Empírico, que
escribió los Bosquejos pirrónicos.

Las motivaciones iniciales del pensamiento de Pirrón fueron de índole moral, y se


centraron en cómo conseguir la felicidad. Para ello Pirrón intentó establecer qué
criterios deben dirigir el pensamiento pero, según él, esto chocaba con la
constatación de la imposibilidad de conocer la verdadera naturaleza de las cosas ya
que todo nuestro conocimiento procede de la sensación, y ésta no nos da un
conocimiento de las cosas mismas sino que, por ser cambiante, sólo nos
proporciona meras apariencias. Las sensaciones no penetran realmente en el ser de
las cosas, por lo que éstas nos son realmente desconocidas. De ahí concluía que ni
tiene fundamento la creencia de que podemos conocer las cosas tal como
realmente son, ni se puede creer que ninguna opinión sea realmente verdadera. Por
ello, no hay ninguna seguridad en nuestros juicios, por lo que es de sabios no
pronunciarse y practicar una epokhé o suspensión del juicio, o una aphasía: un no
pronunciamiento acerca de lo real. Las consecuencias éticas de esta posición le
condujeron a sustentar la necesidad de la imperturbabilidad del sabio o ataraxia, a
la que consideraba el único criterio para la consecución de la felicidad. En el terreno
práctico, Pirrón pensaba que era mejor seguir las normas de conducta establecidas,
no porque sean mejores o peores que otras, cosa que no podemos saber, sino por
mero pragmatismo, pero en su conducta el sabio no debe dejarse impresionar por
las cosas externas, ya que la felicidad sólo se consigue por la ataraxia.

Sexto Empírico (fines s.II, comienzos s.III)

Médico y filósofo griego de finales del siglo II y comienzos del siglo III de nuestra
era, uno de los más importantes representantes del escepticismo pirroniano y
fuente de la mayoría de datos referentes a esta corriente filosófica. No se sabe de
dónde era originario, aunque vivió en Atenas, Alejandría y Roma. Recibió el
sobrenombre de Empírico por sus concepciones filosóficas pero, especialmente, por
su práctica médica. Sus escritos, muy influenciados por los de Pirrón y Enesidemo,
están dirigidos en contra de la defensa dogmática de la pretensión de conocer la
verdad absoluta, tanto en la moral como en las ciencias.

“Bosquejos pirrónicos” (selección)

1. EL ESCEPTlCISMO
I, 1. Los que buscan algo, probablemente llegan a descubrirlo, o declaran que no
pueden descubrirlo y que es incomprensible, o continúan buscándolo. Por ello en las
investigaciones filosóficas unos han pretendido haber hallado la verdad, otros han
declarado que no es posible alcanzarla, y otros la buscan aún. Los llamados
propiamente dogmáticos parecen haberla hallado, por ejemplo, Aristóteles, Epicuro,
los estoicos y otros; los que han probado que es imposible alcanzarla son
Clitómaco, Carneades y otros académicos; los que aún buscan son los escépticos.
Por ello parece que hay tres filosofías principales: el dogmatismo, la academia y el
escepticismo. Convendrá a otros tratar de las dos primeras. Por nuestra parte,
trazaremos un esbozo de la orientación escéptica, después de advertir que sobre
ninguno de los puntos que tratamos tenemos la seguridad de que sea enteramente
como lo afirmamos, sino que informamos históricamente sobre cada cuestión tal
como nos parece por el momento.

I, 3. La orientación escéptica se llama zetética por su preocupación por buscar y


examinar; eféctica por la disposición del escéptico después de la búsqueda;
aporética, o porque duda de todo y lo investiga todo, como dicen algunos, o porque
queda en suspenso entre la afirmación y la negación; pirrónica, porque nos parece
que Pirrón se entregó al escepticismo de un modo más completo y manifiesto que
sus predecesores.

I, 4. El escepticismo es la facultad de oponer de todas las maneras posibles los


fenómenos y los noúmenos; y de ahí llegamos, por el equilibrio de las cosas y de
las razones opuestas (isostenía), primero a la suspensión del juicio (epokhé) y
después a la indiferencia (ataraxia).

I, 10. Los que pretenden que los escépticos niegan los fenómenos me parece que
no oyen lo que decimos. No negamos las impresiones que recibe pasivamente la
representación y que nos conducen involuntariamente al asentimiento, es decir, los
fenómenos. Siempre que buscamos si el objeto es tal como nos aparece,
concedemos que aparece. No ponemos en duda el fenómeno, sino lo que se dice
del fenómeno: y esto es diferente del fenómeno mismo. Así la miel nos parece
dulce; lo admitimos, porque tenemos la sensación de dulzor. Investigamos si la
miel es dulce por esencia, porque esto no es un fenómeno, sino un juicio sobre el
fenómeno. Si proponemos argumentos contra los fenómenos, los exponemos sin
querer negar los fenómenos, para mostrar la precipitación de juicio de los
dogmáticos. Pues si la razón es tan engañosa que casi sustrae a nuestros ojos los
fenómenos, ¿cómo no la consideraremos sospechosa respecto de lo que es obscuro,
si no queremos precipitarnos al seguirla?

I, 19. Empleamos unas veces la expresión «no más», y otras «nada más». Algunos
escépticos, en lugar de decir «no más», dicen evocando la causa, «¿por qué esto
más que aquello?», ya que es habitual usar preguntas en vez de proposiciones, así:
«¿Cuál de los mortales no conoce a la esposa de Zeus?», y usar proposiciones en
lugar de preguntas, así: «Me pregunto por qué hay que admirar a un poeta.» La
expresión «no más esto que aquello» señala la disposición en que estamos, según
la que, por la fuerza igual de las razones opuestas, nos vemos llevados a una
actitud de equilibrio. Entendemos por fuerza igual la que existe para nosotros en lo
que nos parece probable; por razones opuestas, las que están en pugna entre sí, y
por equilibrio, la negación a dar un asentimiento en un sentido o en el otro. Aunque
la expresión «nada más» señala una afirmación o una negación, no la empleamos
así, sino indiferentemente, en un sentido abusivo, en vez de una interrogación, o en
vez de decir: «No sé a qué dar y a qué no dar el asentimiento.» Nos proponemos
mostrar lo que nos parece. Poco importa la expresión que sirve para mostrarlo. Es
necesario saber también que empleamos la expresión «no más» sin afirmar
absolutamente la verdad o la certeza de la cosa, sino que decimos lo que nos
parece.

1, 28. Respecto a todas las expresiones de los escépticos, es preciso saber que no
aseguramos que sean verdaderas, ya que afirmamos por el contrario que pueden
destruirse a sí mismas, puesto que están comprendidas entre las cosas a cuyo
respecto se emplean, igual que los purgantes no sólo expulsan los humores
corporales, sino que se ven arrastrados con ellos. Decimos que nos servimos de
ellas indiferentemente, o si se quiere impropiamente, aunque no nos den a conocer
propiamente las cosas respecto de las que las empleamos. Al escéptico no le
conviene discutir sobre las palabras, y en particular nos resulta ventajoso que estas
palabras no tengan una significación propia, sino relativo a alguna cosa. a saber, al
escéptico. Además, debemos recordar que no las usamos para todas las cosas en
general, sino para lo que está oscuro y para las cuestiones dogmáticas, y que
decimos lo que nos parece, sin afirmar nada de la naturaleza de los objetos. Así
creo poder destruir cualquier sofisma que se haga contra el vocabulario escéptico.

Friedrich Nietzsche: historia de un error

1. El mundo verdadero, asequible al sabio, al piadoso, al virtuoso, -él vive en ese


mundo, es ese mundo.
(La forma más antigua de la Idea, relativamente inteligente, simple, convincente.
Transcripción de la tesis «yo, Platón, soy la verdad»).

2. El mundo verdadero, inasequible por ahora, pero prometido al sabio, al


piadoso, al virtuoso («al pecador que hace penitencia»).
(Progreso de la Idea: ésta se vuelve más sutil, más capciosa, más inaprensible, -se
convierte en una mujer, se hace cristiana...).

3. El mundo verdadero, inasequible, indemostrable, imprometible, pero ya en


cuanto pensado, un consuelo, una obligación, un imperativo.
(En el fondo, el viejo sol, pero visto a través de la niebla y el escepticismo; la Idea,
sublimizada, pálida, nórdica, königsburguense).
4. El mundo verdadero -¿inasequible ? En todo caso, inalcanzado. Y en cuanto
inalcanzado, también desconocido. Por consiguiente, tampoco consolador, redentor,
obligante: ¿a qué podría obligarnos algo desconocido? ...
(Mañana gris.Primer bostezo de la razón. Canto del gallo del positivismo).

5. El «mundo verdadero» -una Idea que ya no sirve para nada, que ya ni siquiera
obliga, -una Idea que se ha vuelto inútil, superflua, por consiguiente una Idea
refutada: ¡eliminémosla! [...]

6. Hemos eliminado el mundo verdadero: ¿qué mundo ha quedado?, ¿Acaso el


aparente?... ¡No !, ¡al eliminar el mundo verdadero hemos eliminado también el
aparente !
(Mediodía; instante de la sombra más corta; final del error más largo; punto
culminante de la humanidad; INCIPIT ZARATHUSTRA [comienza Zaratustra]).
_____________________________________________
Crepúsculo de los ídolos, Alianza, Madrid 1973, p. 51-52

Richard Rorty (1931)

Filósofo norteamericano contemporáneo. Nació en Nueva York, en 1931. Fue


profesor de filosofía en la universidad de Princeton hasta que en 1983 renunció a su
cátedra de filosofía para ocupar el puesto de profesor de Humanidades en la
universidad de Virginia. Dicho cambio profesional no es ajeno a sus tesis sobre el
papel de la filosofía, que él combate en la medida en que pueda ser entendida
como búsqueda privilegiada de fundamentos. En este sentido se sitúa, por una
parte, en la línea que entronca con el pragmatismo americano, especialmente en la
tradición de Dewey; por otra parte, en la línea de la filosofía postnietzscheana de
Wittgenstein y
Heidegger que retoman el impulso poético como camino de reflexión.

”Consecuencias del pragmatismo” (selección)

Williams James: “… las ideas se convierten en verdades sólo cuando nos ayudan a
establecer una relación satisfactoria con otras partes de nuestra experiencia”; “una
creencia es verdadera si se muestra útil para quien la cree”.

1. Platónicos, positivistas y pragmatistas

La teoría pragmatista nos dice que la verdad no es la clase de cosa sobre la que
quepa esperar una teoría de interés filosófico. Para ellos, “verdad” es simplemente
el nombre de una propiedad que todos los enunciados verdaderos comparten, lo
que tienen en común “Bacon no escribió las obras de Shakespeare”, “Ayer llovió”,
“E= mc2”, “Es mejor hacer el amor que la guerra” (…)
Los pragmatistas dudan que haya mucho que decir sobre este rasgo común, al
igual que dudan que haya mucho que decir sobre el rasgo común que comparten
acciones moralmente encomiables, como que Susan deje a su marido, que América
intervenga en la guerra contra los nazis y se retire de Vietnam, que Sócrates no
escape de la cárcel (…). Creen que ciertas acciones son buenas y que, bajo
determinadas circunstancias, merece la pena realizarlas, pero dudan que haya algo
general y útil que decir sobre lo que las hace buenas. Aseverar cierta oración – o
adoptar la disposición a aseverarla, adquirir concientemente una creencia – son
acciones justificables y dignas de elogio en determinadas circunstancias. Con todo,
a fortiori, no es probable que haya algo general y útil que decir en torno a lo que
las hace buenas, en torno al rasgo común de todas las oraciones que uno debiera
estar dispuesto a aseverar.
(…) La historia de estos intentos y de sus críticas viene a ser la historia del género
literario que llamamos filosofía, el género que Platón fundara. De modo que los
pragmatistas consideran que la tradición platónica ha dejado de tener utilidad. Ello
no significa que dispongan de una nueva serie de respuestas no-platónicas a las
respuestas platónicas; lo que más bien creen es que deberíamos dejar de formular
esas preguntas de una vez por todas. Pero al sugerir que no formulemos preguntas
acerca de la Verdad o de la Bondad no apelan a una teoría de la naturaleza de la
realidad o del conocimiento por la cual “no existen cosas tales” como la Verdad o la
Bondad. Ni tampoco defienden una teoría “relativista” o “subjetivista” de la Verdad
o de la Bondad. Les gustaría cambiar de tema, eso es todo. Su posición es análoga
a la de los laicos que insisten en que la investigación en torno a la Naturaleza o la
Voluntad de Dios no nos lleva a ninguna parte. Dichos laicos, no afirman
exactamente que Dios no exista; no tienen claro lo que significaría Su existencia y
por consiguiente tampoco ven por qué negarla. Tampoco tienen una visión
particularmente herética y estrambótica de Dios. Se contentan con dudar que
tengamos que usar el vocabulario de la teología. De igual manera, los pragmatistas
intentan una y otra vez la manera de formular observaciones antifilosóficas en un
lenguaje no-filosófico. Pues se enfrentan a un dilema: si su lenguaje es demasiado
ajeno a la filosofía, demasiado “literario” se les acusará de estar hablando de otra
cosa; si es demasiado filosófico, encarnará presupuestos platónicos que
imposibilitarán que el pragmatismo formule la conclusión que desea.
(…) Dentro de la Filosofía ha habido una tradicional diferencia de opinión sobre la
Naturaleza de la Verdad, una batalla entre (en palabras de Platón) dioses y titanes.
Por un lado estaban los Filósofos transmundanos, como el mismo Platón,
alimentados de esperanzas últimas. Estos insistían en que los seres humanos eran
únicamente dignos de autorrespeto porque tenían un pie más allá del espacio y el
tiempo. Del otro lado – sobre todo después de que Galileo mostrase cómo los
hechos espacio-temporales podían subsumirse bajo el tipo de elegantes leyes
matemáticas cuya aplicación Platón sospechaba limitada al otro mundo – estaban
los Filósofos (Hobbes y Marx, por ejemplo) que insistían en que el espacio y el
tiempo constituyen la única Realidad que hay, y que la Verdad es la
Correspondencia con esa realidad. En el siglo XIX, esta oposición cristalizó en una
oposición entre la “filosofía trascendental” y la “filosofía empírica”, entre
“platónicos” y “positivistas”. Términos tales eran ya entonces irremediablemente
vagos, aunque todo intelectual sabía aproximadamente donde estaba situado en
relación a ambos movimientos. Estar del lado trascendental significaba pensar que
la ciencia natural no era la última palabra, que podía encontrarse una Verdad
mayor. Estar del lado empírico significaba pensar que no había más Verdad que la
ciencia natural, los hechos relativos al funcionamiento espacio-temporal de las
cosas.
(…) El pragmatismo borra la distinción trascendental/empírico poniendo en duda la
presuposición común por la que puede establecerse una odiosa comparación entre
ambos tipos de verdades. Para el pragmatista, las oraciones verdaderas no lo son
porque correspondan a la realidad, de modo que no hay por qué preocuparse de
qué tipo de realidad, de haber alguna, corresponde a determinada oración; no hay
por qué preocuparse de lo que la hace “verdadera”.
Así pues, al pragmatista le trae sin cuidado si Platón o Kant estaban en lo cierto
cuando pensaban que alguna cosa no espacio-temporal hacía verdaderos a los
juicios o si la ausencia de tal cosa significaba que dichos juicios eran “meramente
expresiones de emoción” o “meramente convencionales”.
(…) esta despreocupación ambienta elo desprecio que ambas clases de filósofos
sienten hacia el pragmatista. El platónico ve al pragmatista como un mero
positivista de ideas vagas. El positivista lo ve como alguien que presta ayuda y
consuelo al platonismo al minimizar la distinción entre la Verdad Objetiva – el tipo
de oración verdadera obtenida mediante el “método científico – y las oraciones que
carecen de la preciada “correspondencia con la realidad” que sólo ese método
puede ocasionar. Ambos piensan que el pragmatista no es verdaderamente un
filósofo, alegando que no es un “Filósofo”.