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Rivero Antonio LC

GPS para la santidad: Capítulo VI

El Crecimiento en la santidad: Las virtudes


teologales y cardinales
El amor de Dios es siempre nuevo, fresco y bello en cada instante.

Por: P. Antonio Rivero, L.C | Fuente: Catholic.net

Introducción
            Siempre que se comienza a hablar de virtudes teologales, quizás algunas
personas se disponen a aguantar un discurso hecho de prescripciones, un sermón
que perciben como alejado de los propios intereses. Las virtudes teologales
parecen estar reservadas a pocos, mientras que la mayoría no tiene ocasión de
practicar ni de conocer a fondo, sobre todo si está ocupada en los asuntos de este
mundo. Algo teórico, pues, para la mayor parte de los comunes mortales, que toca
muy poco el propio interés y la propia vida.
            Y no debería ser así. Porque la vida de fe, esperanza y caridad debería ser
el hábitat y la atmósfera en que respira el cristiano, so pena de asfixiarse y
ahogarse con el smog materialista de nuestro mundo.
            Es más, el crecimiento en las virtudes es ni más ni menos que el
crecimiento en la santidad, de la que venimos hablando desde el inicio.
            Hay que dejar bien claro que el crecimiento en la vida espiritual se debe a
la gracia de Dios, sin duda alguna. Es la gracia de Dios, tanto la gracia santificante
como la gracia actual –que ya explicamos antes- la que va perfilando en nosotros
la santidad, manifestándose esta santidad en el crecimiento de las virtudes.

Lo único que debe hacer el hombre es estorbar lo menos posible a Dios en esta
obra espléndida de la santidad en el alma y de colaborar lo más fielmente posible
con la gracia de Dios, pues Dios nada hará si nosotros no correspondemos con Él.
            Expliquemos las virtudes, primero las virtudes teologales y después las
virtudes cardinales o morales.
 

I.  Las virtudes en general


            Las virtudes no son una cosa que uno se pone y se quita, ni un título o
diploma de estudios. Ni siquiera la virtud es un don natural con el que nacemos,
porque si así fuera no sería virtud.

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Sin embargo, hay que aclarar que en la naturaleza humana existe una disposición
y capacidad para la virtud que facilita la adquisición de las mismas cuando se
ponen los medios adecuados para ello.
            Virtud es una disposición habitual de la persona, adquirida por el ejercicio
repetido del actuar consciente y libremente, con la ayuda de Dios, en orden a la
perfección o al bien. La virtud para que sea virtud tiene que ser habitual, y no un
acto esporádico, aislado. Debe ser como una segunda naturaleza a la hora de
actuar, pensar, reaccionar, sentir.
            Lo contrario a la virtud es el vicio, que es también un hábito adquirido por
la repetición de actos contrarios al bien.
 

II.  Virtudes teologales


            Son tres: fe, esperanza y caridad. Fueron infundidas por Dios en nuestra
alma el día de nuestro bautismo, pero como semilla, que había que hacer crecer
con nuestro esfuerzo, oración, sacrificio.
 Fin de las virtudes teologales: Dios nos dio estas virtudes para que seamos
capaces de entrar en diálogo con Él y actuar a lo divino, es decir, como hijos de
Dios, y así contrarrestar los impulsos naturales inclinados al egoísmo, comodidad,
placer. Con estas virtudes podemos ser santos. Es más, gracias a ellas podemos
entrar en comunión con Dios que es la Santidad misma.
Características de las virtudes teologales
a. Son dones de Dios, no conquista ni fruto del hombre.
b. No obstante, requieren nuestra colaboración libre y consciente para que se
perfeccionen y crezcan.
c. No son virtudes teóricas, sino un modo de ser y de vivir.
d. Van siempre juntas las tres virtudes.
 

A)  Virtud teologal de la Fe


Definición: la fe es una virtud, infundida por Dios en el bautismo; es un don, una
luz divina por la cual somos capaces de reconocer a Dios, ver su mano en cuanto
nos sucede y ver las cosas como Él las ve. Por tanto, la fe no es un conocimiento
teórico, abstracto, de doctrinas que debemos aprender. La fe es la luz para poder
entender las cosas de Dios y entrar en diálogo con Él.
Características:
a. La fe es un encuentro con Dios, con su designio de salvación. Y con la fe
el hombre responde libremente a ese encuentro con Dios entregándose a Él,
con la inteligencia y la voluntad.
b. La fe es sencilla, no está hecha de elucubraciones y discursos, sino de
verdadera adhesión a Dios, como María, como Abraham y tantos otros santos.
c. La fe es vital, es decir, debe cambiar nuestra vida, demostrarse en nuestra
vida. Por eso, hay que vivir de fe.
d. La fe es experiencial, es decir, es un conocimiento de Dios en la intimidad.
Los que tienen fe gozan de Dios. No es un sentimiento, sino un conocimiento
del espíritu que Dios nos concede para intimar con Él. Este conocimiento
experimental de Dios tiene sus momentos privilegiados para manifestarse a las
almas: en el sacrificio, el dolor, en los momentos de prueba, cuando se requiere
de humildad y de un mayor desprendimiento de sí mismos.
e. La fe es objetiva, es decir, no se queda a nivel subjetivo, intimista, sino
que creemos en un Dios que se ha revelado a través de la Palabra que hemos
recibido de la Iglesia; Palabra que es preciso conocer, aprender y hacerla vida.
Los dogmas de la Iglesia son luces en el camino de nuestra fe; lo iluminan y lo
hacen seguro.
f. La fe termina en compromiso. Compromete nuestra vida con Dios en la
fidelidad a su Ley y en la donación total a Él. Compromiso de defenderla con
nuestra palabra y testimonio, alimentarla con la continua lectura y meditación
de la Biblia y difundirla a nuestro alrededor en el apostolado.
B) Virtud teologal de la esperanza
            ¿Cómo debe reaccionar un cristiano ante el mal, los problemas, las
dificultades de la vida? Hay quienes caen en el desaliento y piensan que no hay
nada que hacer, que todo es inútil. Hay otros que dicen que nuestra esperanza es
ingenuidad e idealismo. Hay quien nos dice que la esperanza es algo egoísta.
            ¿Por qué no es propio de un cristiano el desaliento y la desesperación? ¿En
verdad Dios actúa en nuestras vidas? ¿Cuál debe ser la mayor aspiración de un
cristiano?
Definición: Es la virtud teologal, infundida por Dios en el bautismo, por la cual
deseamos a Dios como Bien Supremo y confiamos firmemente alcanzar la felicidad
eterna y los medios para ello. Gracias a esta virtud de la esperanza confiamos en
Dios, a pesar de todas las dificultades.
 

Fundamento
            La esperanza nos hacer vivir confiados porque creemos en Cristo que es
Dios omnipotente y bondadoso y no puede fallar a sus promesas. Así dice el
Eclesiástico: “Sabed que nadie esperó en el Señor que fuera confundido. ¿Quién,
que permaneciera fiel a sus mandamientos, habrá sido abandonado por Él, o
quién, que le hubiere invocado, habrá sido por Él despreciado? Porque el Señor
tiene piedad y misericordia” (2, 11-12).
Efectos
a. Pone en nuestro corazón el deseo del cielo y de la posesión de Dios,
desasiéndonos de los bienes terrenales.
b. Hace eficaces nuestras peticiones.
c. Nos da el ánimo y la constancia en la lucha, asegurándonos el triunfo.
d. Nos proyecta al apostolado, pues queremos que sean muchos los que
lleguen a la posesión de Dios.
Obstáculos
a. Presunción: esperar de Dios el cielo y las gracias necesarias para llegar a
él, sin poner por nuestra parte los medios necesarios.
b. Desaliento y desesperación: harto tentados y a veces vencidos en la
lucha, hombres y mujeres se desaniman y piensan que jamás podrán
enmendarse y comienzan a desesperar de su salvación.
 

La Eucaristía, prenda del mundo venidero


            La esperanza de la venida del Reino se realiza ya de manera misteriosa y
verdadera en la comunión eucarística. La comunión es el comenzar a gustar esa
promesa del cielo y alimentar el deseo de la posesión eterna. Es una anticipación
de la vida eterna aquí en la tierra. Y es la seguridad y la certeza de nuestra
esperanza.
 

C) Virtud teologal de la caridad


            La fe y la esperanza no tienen ningún sentido si no desembocan en el
amor sobrenatural o caridad cristiana. Por la fe tenemos el conocimiento de Dios,
por la esperanza confiamos en el cumplimiento de las promesas de Cristo y por la
caridad obramos de acuerdo a las enseñanzas del Evangelio y llegamos a la unión
íntima con Dios Amor.
Definición: Es la virtud infundida por Dios en el bautismo por la que podemos
amar a Dios y a nuestros hermanos por Dios. Por la caridad y en la caridad, Dios
nos hace partícipes de su propio ser que es Amor.
            La experiencia del amor de Dios la han vivido muchos hombres y mujeres.
San Pablo dice: “Me amó y se entregó por mí”. Y quienes han experimentado este
amor han quedado satisfechos y han dejado todas las seguridades de la vida para
corresponder a este amor de Dios.
 

Características del amor de Dios


El amor de Dios es lo más cierto y lo más seguro: existió desde siempre,
estaba antes que naciéramos. Una vez que es encontrado este amor de Dios, se
llega incluso a tener la sensación de haber perdido inútilmente el tiempo,
entretenidos y angustiados por muchas cosas por las que no merecía la pena
haber luchado y vivido.
El amor de Dios es sólido y firme, es como la roca de la que nos habla el
evangelio; mientras que el amor humano es a veces tan voluble, tan inconsistente
e inconstante. El amor humano hay que sostenerlo continuamente, alimentarlo
constantemente...so pena de apagarse. Sin embargo, el amor divino siempre está
ahí firme. Pero hay que corresponder a ese amor divino, si no, podemos perderlo.
Aún así, podemos recuperarlo, porque el amor de Dios perdona.
El amor de Dios es siempre nuevo, fresco y bello en cada instante. La
experiencia de san Agustín es muy reveladora: “¡Tarde te amé, Hermosura tan
antigua y tan nueva, tarde te amé! Y Tú estabas dentro de mí y yo fuera, y así por
fuera te buscaba; y deforme como era me lanzaba sobre las cosas hermosas que
Tú creaste. Tú estabas conmigo mas yo no estaba contigo... Me llamaste y
clamaste y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste y curaste mi
ceguera; exhalaste tu perfume y lo aspiré y ahora te anhelo; gusté de Ti, y ahora
siento hambre y sed de Ti; me tocaste y deseé con ansia la paz que procede de
Ti” (Confesiones, libro IX).
El amor de Dios es perpetuo, no se acaba, no se cansa, no tiene límites. Dios
cuando ama, ama para siempre.
 

Características del amor cristiano


La sinceridad y la pureza: debe ser un amor que nace de la interioridad de la
persona. No puede ser un amor de apariencias. Jesús mira siempre el corazón de
la gente y por eso alaba a esa pecadora arrepentida y echa en cara la hipocresía
de los fariseos.
El servicio al necesitado: socorrer al que tiene necesidad en el cuerpo o en el
alma. Cristo cura las enfermedades, da de comer, consuela a los tristes, ilumina la
mente y el corazón, ofrece el perdón. Servir al otro, porque percibimos el valor de
las almas y de su salvación.
El perdón y la misericordia: son las expresiones más exquisitas del amor que
Dios nos ofrece, a través del ejemplo de su Hijo Jesucristo. Posiblemente la faceta
del perdón que más cuesta es el olvido de las injurias y de la difamación.
Solamente la gracia de Dios puede conceder la paz, el perdón y el amor hacia el
difamador.
Universalidad y delicadeza: Universal, porque tengo que amar a todos, por ser
hijos amados de Dios. Delicada, porque busca manifestarse en las cosas pequeñas,
tiene en cuenta las características y sensibilidad de cada persona.
 

Himno a la caridad de san Pablo (1 Cor, 13, 1ss)


a. La caridad es paciente, no se irrita: paciencia no es ese encogerse de
hombros ante las contrariedades y aguantar hasta tiempos mejores, ni ese “qué
se le va hacer”. Es aguante pero positivo -cara a Dios- que se sobrepone a la
indiferencia, a las contrariedades, a los malos tiempos, a la ingratitud, porque
descansa en Dios.
b. Es benigna: engendra el bien, la dulzura, la bondad.
c. No es envidiosa, ni se hincha: porque se alegra del triunfo de los demás y
los hace propios.
d. Todo lo tolera, no es interesada.
e. Todo lo excusa, no es descortés, todo lo espera.
f. Se complace en la verdad.
g. La caridad no pasará jamás.
 

Resumen de la ley
            Jesucristo en el Evangelio predica el amor a Dios sobre todas las cosas y
el amor al prójimo como a sí mismo, como el principal mandamiento. Predica las
dos reglas como único mandamiento. Esto quiere decir que el amor de Dios y a
Dios, cuando es verdadero, hace brotar necesariamente el amor hacia los
hombres, nuestros hermanos.
            La caridad divina tiene la peculiaridad de vaciarnos del egoísmo y de vivir
en todo la entrega y la generosidad, es decir, el amor. Cuando hay discordias y
egoísmos, Dios no está en esa alma. Pero cuando hay apertura, sencillez,
disponibilidad, desapego, servicio, perdón...entonces es señal de la presencia de
Dios en esa alma.
            El amor al prójimo significa búsqueda del bien de todos los hombres que
están al alcance: nuestros familiares, amigos, compañeros de estudio o trabajo,
todos aquellos que caminan con nosotros, aún los que nos han causado algún
daño.
            En el amor de Dios se crece cada día, practicándolo y abnegándose. En el
amor se camina, se crece, con la gracia de Dios. Este amor se demuestra
cumpliendo la voluntad de Dios, observando sus mandamientos, poniendo atención
a las inspiraciones del Espíritu Santo, siendo fieles a los deberes del propio estado.
            El que tiene verdadera caridad es un apóstol entre sus hermanos y es
capaz de superar todo temor y respeto humano.
 

III.  Virtudes Cardinales


            Se llaman cardinales porque son el gozne o quicio (cardo, en latín,
significa gozne) sobre el cual gira toda la vida moral del hombre; es decir,
sostienen la vida moral del hombre. No se trata de habilidades o buenas
costumbres en un determinado aspecto, sino que requieren de muchas otras
virtudes humanas. Estas virtudes hacen al hombre cabal. Y sobre estas virtudes
Dios hará el santo, es decir, infundirá sus virtudes teologales y los dones del
Espíritu Santo.
            Al igual que en las virtudes teologales, también Dios puso como semilla en
nuestra alma estas virtudes cardinales y dejó al hombre el trabajo de
desarrollarlas a base de hábitos y voluntad, siempre, lógicamente, movido por la
gracia de Dios.
          Estas cuatro virtudes son como remedio a las cuatro heridas producidas en
la naturaleza humana por el pecado original: contra la ignorancia del
entendimiento sale al paso  la prudencia; contra la malicia de la voluntad, la
justicia; contra la debilidad del apetito irascible, la fortaleza; contra el desorden
de la concupiscencia, la templanza.
 

A) Prudencia         
Definición: Virtud infundida por Dios en el entendimiento para que sepamos
escoger los medios más pertinentes y necesarios, aquí y ahora,  en orden al fin
último de nuestra vida, que es Dios. Virtud que juzga lo que en cada caso
particular conviene hacer de cara a nuestro último fin. La prudencia se guía por la
razón iluminada por la fe. La prudencia es necesaria para nuestro obrar personal
de santificación y para nuestro obrar social y apostólico. Esta virtud la necesitan
sobre todo los que tienen cargos de dirección de almas: sacerdotes, maestros,
papás, catequistas, etc.
Abarca tres elementos: pensar con madurez, decidir con sabiduría y ejecutar
bien.
Medios: Los medios que tenemos para perfeccionar esta virtud son: preguntarnos
siempre si lo que vamos a hacer y escoger nos lleva al fin último; purificar
nuestras intenciones más íntimas para no confundir prudencia con dolo, fraude,
engaño; hábito de reflexión continua; docilidad al Espíritu Santo; consultar a un
buen director espiritual o confesor. El don de consejo perfecciona la virtud de la
prudencia
B)  Justicia
Definición: Virtud infundida por Dios en la voluntad para que demos a los demás
lo que les pertenece y les es debido. La justicia es necesaria para poner orden,
paz, bienestar, veracidad en todo.
¿Qué abarca? Abarca nuestras relaciones con Dios, con el prójimo y con la
sociedad.
Medios: Los medios para perfeccionar la justicia son: respetar el derecho de
propiedad en lo que concierne a los bienes temporales y respetar la fama y la
honra del prójimo. 
La virtud de la justicia regula y orienta otras virtudes:
a. La virtud de la religión inclina nuestra voluntad a dar a Dios el culto que le
es debido;
b. La virtud de la obediencia que nos inclina a someter nuestra voluntad a la
de los superiores legítimos en cuanto representantes de Dios. Estos superiores
son: los papás respecto a sus hijos; los gobernantes respecto a sus súbditos;
los patronos respecto a sus obreros; el Papa, los obispos y los sacerdotes
respecto a sus fieles; los superiores de una Congregación religiosa respecto a
sus súbditos religiosos.
 

C) La fortaleza
Definición: Es la virtud, infundida por Dios,  que da fuerza al alma para correr
tras el bien difícil, sin detenerse por miedo, ni siquiera por el temor de la muerte.
También modera la audacia para que no desemboque en temeridad.
Tiene dos elementos: atacar y resistir. Atacar para conquistar metas altas en la
vida, venciendo los obstáculos. Resistir el desaliento, la desesperanza y los
halagos del enemigo, soportando la muerte y el martirio, si fuera necesario, antes
que abandonar el bien. 
El secreto de nuestra fortaleza se halla en la desconfianza de nosotros mismos
y en la confianza absoluta en Dios. Los medios para crecer en la fortaleza son:
profundo convencimiento de las grandes verdades eternas: cuál es mi origen, mi
fin, mi felicidad en la vida, qué me impide llegar a Dios; el espíritu de sacrificio.
Virtudes compañeras de la fortaleza: magnanimidad (emprender cosas
grandes en la virtud), magnificencia (emprender cosas grandes en obras
materiales), paciencia  (soportar dificultades y
enfermedades), longanimidad (ánimo para tender al bien
distante), perseverancia (persistir en el ejercicio del bien) y  constancia (igual
que la perseverancia, de la que se distingue por el grado de dificultad).
 

D) La Templanza
Definición: Virtud que modera la inclinación a los placeres sensibles de la comida,
bebida, tacto, conteniéndola dentro de los límites de la razón iluminada por la fe.
Medios: para lo referente al placer desordenado del gusto, la templanza me dicta
la abstinencia y la sobriedad; y para lo referente al placer desordenado del tacto:
la castidad y la continencia.
Virtudes compañeras de la templanza: humildad, que modera mi apetito de
excelencia y me pone en mi lugar justo; mansedumbre, que modera mi apetito
de ira, y la castidad, que modera rectamente el uso de la sexualidad.
 
Conclusión:
            Estas virtudes morales restauran poco a poco, dentro de nuestra alma, el
orden primitivo querido por Dios, antes del pecado original, e infunden sumisión
del cuerpo al alma, de las potencias inferiores a la voluntad. La prudencia es ya
una participación de la sabiduría de Dios; la justicia, una participación de su
justicia; la fortaleza proviene de Dios y nos une con Él; la templanza nos hace
partícipes del equilibrio y de la armonía que en Él reside. Preparada de esta
manera por las virtudes morales, la unión de Dios será perfecta por medio de las
virtudes teologales.
 

            La manifestación de estas virtudes en nuestra vida es garantía de


nuestra vida de santidad. 

Las Virtudes | Curso Católico


www.cursocatolico.com › La vida del Cristiano

1.
Las Virtudes Cristianas La virtud es una disposición habitual y firme para hacer el ... Se trata,
por tanto, de evitar los excesos y defectos en las virtudes para obrar ... Por poner un
ejemplo, un exceso de humildad sería verlo todo mal y negativo, ... y practica el derecho
y la justicia, él salva su propia vida (Ezequiel 18, 26-27).

Las Virtudes Teologales: Fe, Esperanza y Caridad - Catholic.net


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1.
Siempre que se comienza a hablar de virtudes teologales, quizás algunas ... Porque la
vida de fe, esperanza y caridad debería ser el hábitat y la ... Por tanto, la fe no es un
conocimiento teórico, abstracto, de doctrinas que debo aprender. ... Dios el cielo y las gracias
necesarias para llegar a él, sin poner por nuestra parte ...
Virtudes y valores - Domus Mariae
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1.
2.
La práctica del valor desarrolla la humanidad de la persona, mientras que el contra valor ...
Por lo tanto, las virtudes son un tipo de cualidades estables, y por eso son ...
Según el Catecismo de la Iglesia Católica, la virtud es una disposición ... Por la esperanza
deseamos la vida eterna, es decir la visión de Dios en el cielo.

Catecismo de la Iglesia Católica, Tercera parte, Primera ...


www.vatican.va › archive › catechism_sp

1.
2.
Proporcionan facilidad, dominio y gozo para llevar una vida moralmente buena. El hombre
virtuoso es el que practica libremente el bien. Las virtudes morales ...
Falta(n): pones | Debe incluir lo siguiente: pones

TERCERA PARTE
LA VIDA EN CRISTO
PRIMERA SECCIÓN
LA VOCACIÓN DEL HOMBRE:
LA VIDA EN EL ESPÍRITU

CAPÍTULO PRIMERO
LA DIGNIDAD DE LA PERSONA HUMANA

ARTÍCULO 7
LAS VIRTUDES

1803 “Todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable,


todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio, todo eso tenedlo en cuenta” (Flp 4, 8).

La virtud es una disposición habitual y firme a hacer el bien. Permite a la persona no sólo
realizar actos buenos, sino dar lo mejor de sí misma. Con todas sus fuerzas sensibles y
espirituales, la persona virtuosa tiende hacia el bien, lo busca y lo elige a través de acciones
concretas.

«El objetivo de una vida virtuosa consiste en llegar a ser semejante a Dios» (San Gregorio de
Nisa, De beatitudinibus, oratio  1).

I. Las virtudes humanas

1804 Las virtudes humanas son actitudes firmes, disposiciones estables, perfecciones


habituales del entendimiento y de la voluntad que regulan nuestros actos, ordenan nuestras
pasiones y guían nuestra conducta según la razón y la fe. Proporcionan facilidad, dominio y
gozo para llevar una vida moralmente buena. El hombre virtuoso es el que practica
libremente el bien.

Las virtudes morales se adquieren mediante las fuerzas humanas. Son los frutos y los
gérmenes de los actos moralmente buenos. Disponen todas las potencias del ser humano para
armonizarse con el amor divino.

Distinción de las virtudes cardinales

1805 Cuatro virtudes desempeñan un papel fundamental. Por eso se las llama “cardinales”;
todas las demás se agrupan en torno a ellas. Estas son la prudencia, la justicia, la fortaleza y
la templanza. “¿Amas la justicia? Las virtudes son el fruto de sus esfuerzos, pues ella enseña
la templanza y la prudencia, la justicia y la fortaleza” (Sb 8, 7). Bajo otros nombres, estas
virtudes son alabadas en numerosos pasajes de la Escritura.

1806 La prudencia es la virtud que dispone la razón práctica a discernir en toda circunstancia


nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo. “El hombre cauto medita
sus pasos” (Pr 14, 15). “Sed sensatos y sobrios para daros a la oración” (1 P 4, 7). La
prudencia es la “regla recta de la acción”, escribe santo Tomás (Summa theologiae, 2-2, q.
47, a. 2, sed contra), siguiendo a Aristóteles. No se confunde ni con la timidez o el temor, ni
con la doblez o la disimulación. Es llamada auriga virtutum: conduce las otras virtudes
indicándoles regla y medida. Es la prudencia quien guía directamente el juicio de conciencia.
El hombre prudente decide y ordena su conducta según este juicio. Gracias a esta virtud
aplicamos sin error los principios morales a los casos particulares y superamos las dudas
sobre el bien que debemos hacer y el mal que debemos evitar.

1807 La justicia es la virtud moral que consiste en la constante y firme voluntad de dar a


Dios y al prójimo lo que les es debido. La justicia para con Dios es llamada “la virtud de la
religión”. Para con los hombres, la justicia dispone a respetar los derechos de cada uno y a
establecer en las relaciones humanas la armonía que promueve la equidad respecto a las
personas y al bien común. El hombre justo, evocado con frecuencia en las Sagradas
Escrituras, se distingue por la rectitud habitual de sus pensamientos y de su conducta con el
prójimo. “Siendo juez no hagas injusticia, ni por favor del pobre, ni por respeto al grande:
con justicia juzgarás a tu prójimo” (Lv 19, 15). “Amos, dad a vuestros esclavos lo que es
justo y equitativo, teniendo presente que también vosotros tenéis un Amo en el cielo” (Col 4,
1).

1808 La fortaleza es la virtud moral que asegura en las dificultades la firmeza y la constancia


en la búsqueda del bien. Reafirma la resolución de resistir a las tentaciones y de superar los
obstáculos en la vida moral. La virtud de la fortaleza hace capaz de vencer el temor, incluso a
la muerte, y de hacer frente a las pruebas y a las persecuciones. Capacita para ir hasta la
renuncia y el sacrificio de la propia vida por defender una causa justa. “Mi fuerza y mi
cántico es el Señor” (Sal 118, 14). “En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: Yo he
vencido al mundo” (Jn 16, 33).

1809 La templanza es la virtud moral que modera la atracción de los placeres y procura el


equilibrio en el uso de los bienes creados. Asegura el dominio de la voluntad sobre los
instintos y mantiene los deseos en los límites de la honestidad. La persona moderada orienta
hacia el bien sus apetitos sensibles, guarda una sana discreción y no se deja arrastrar “para
seguir la pasión de su corazón” (cf Si 5,2; 37, 27-31). La templanza es a menudo alabada en
el Antiguo Testamento: “No vayas detrás de tus pasiones, tus deseos refrena” (Si 18, 30). En
el Nuevo Testamento es llamada “moderación” o “sobriedad”. Debemos “vivir con
moderación, justicia y piedad en el siglo presente” (Tt 2, 12).

«Nada hay para el sumo bien como amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con
toda la mente. [...] lo cual preserva de la corrupción y de la impureza del amor, que es los
propio de la templanza; lo que le hace invencible a todas las incomodidades, que es lo propio
de la fortaleza; lo que le hace renunciar a todo otro vasallaje, que es lo propio de la justicia,
y, finalmente, lo que le hace estar siempre en guardia para discernir las cosas y no dejarse
engañar subrepticiamente por la mentira y la falacia, lo que es propio de la prudencia» (San
Agustín, De moribus Ecclesiae Catholicae, 1, 25, 46).

Las virtudes y la gracia

1810 Las virtudes humanas adquiridas mediante la educación, mediante actos deliberados, y


una perseverancia, mantenida siempre en el esfuerzo, son purificadas y elevadas por la gracia
divina. Con la ayuda de Dios forjan el carácter y dan soltura en la práctica del bien. El
hombre virtuoso es feliz al practicarlas.

1811 Para el hombre herido por el pecado no es fácil guardar el equilibrio moral. El don de la
salvación por Cristo nos otorga la gracia necesaria para perseverar en la búsqueda de las
virtudes. Cada cual debe pedir siempre esta gracia de luz y de fortaleza, recurrir a los
sacramentos, cooperar con el Espíritu Santo, seguir sus invitaciones a amar el bien y
guardarse del mal.

II. Las virtudes teologales

1812 Las virtudes humanas se arraigan en las virtudes teologales que adaptan las facultades
del hombre a la participación de la naturaleza divina (cf 2 P 1, 4). Las virtudes teologales se
refieren directamente a Dios. Disponen a los cristianos a vivir en relación con la Santísima
Trinidad. Tienen como origen, motivo y objeto a Dios Uno y Trino.

1813 Las virtudes teologales fundan, animan y caracterizan el obrar moral del cristiano.
Informan y vivifican todas las virtudes morales. Son infundidas por Dios en el alma de los
fieles para hacerlos capaces de obrar como hijos suyos y merecer la vida eterna. Son la
garantía de la presencia y la acción del Espíritu Santo en las facultades del ser humano. Tres
son las virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad (cf 1 Co 13, 13).

La fe

1814 La fe es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha dicho
y revelado, y que la Santa Iglesia nos propone, porque Él es la verdad misma. Por la fe “el
hombre se entrega entera y libremente a Dios” (DV 5). Por eso el creyente se esfuerza por
conocer y hacer la voluntad de Dios. “El justo [...] vivirá por la fe” (Rm 1, 17). La fe viva
“actúa por la caridad” (Ga 5, 6).

1815 El don de la fe permanece en el que no ha pecado contra ella (cf Concilio de Trento:
DS 1545). Pero, “la fe sin obras está muerta” (St 2, 26): privada de la esperanza y de la
caridad, la fe no une plenamente el fiel a Cristo ni hace de él un miembro vivo de su Cuerpo.

1816 El discípulo de Cristo no debe sólo guardar la fe y vivir de ella sino también profesarla,
testimoniarla con firmeza y difundirla: “Todos [...] vivan preparados para confesar a Cristo
ante los hombres y a seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que
nunca faltan a la Iglesia” (LG 42; cf DH 14). El servicio y el testimonio de la fe son
requeridos para la salvación: “Todo [...] aquel que se declare por mí ante los hombres, yo
también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante
los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos” (Mt 10, 32-33).

La esperanza

1817. La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la
vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y
apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo.
“Mantengamos firme la confesión de la esperanza, pues fiel es el autor de la promesa”
(Hb 10,23).  “El Espíritu Santo que Él derramó sobre nosotros con largueza por medio de
Jesucristo nuestro Salvador para que, justificados por su gracia, fuésemos constituidos
herederos, en esperanza, de vida eterna” (Tt 3, 6-7).

1818 La virtud de la esperanza corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el


corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres;
las purifica para ordenarlas al Reino de los cielos; protege del desaliento; sostiene en todo
desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna. El impulso de la
esperanza preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la caridad.

1819 La esperanza cristiana recoge y perfecciona la esperanza del pueblo elegido que tiene
su origen y su modelo en la esperanza de Abraham en las promesas de Dios; esperanza
colmada en Isaac y purificada por la prueba del sacrificio (cf Gn 17, 4-8; 22, 1-18).
“Esperando contra toda esperanza, creyó y fue hecho padre de muchas naciones” (Rm 4, 18).

1820 La esperanza cristiana se manifiesta desde el comienzo de la predicación de Jesús en la


proclamación de las bienaventuranzas. Las bienaventuranzas elevan nuestra esperanza hacia
el cielo como hacia la nueva tierra prometida; trazan el camino hacia ella a través de las
pruebas que esperan a los discípulos de Jesús. Pero por los méritos de Jesucristo y de su
pasión, Dios nos guarda en “la esperanza que no falla” (Rm 5, 5). La esperanza es “el ancla
del alma”, segura y firme, que penetra... “a donde entró por nosotros como precursor Jesús”
(Hb 6, 19-20). Es también un arma que nos protege en el combate de la salvación:
“Revistamos la coraza de la fe y de la caridad, con el yelmo de la esperanza de salvación” (1
Ts 5, 8). Nos procura el gozo en la prueba misma: “Con la alegría de la esperanza; constantes
en la tribulación” (Rm 12, 12). Se expresa y se alimenta en la oración, particularmente en la
del Padre Nuestro, resumen de todo lo que la esperanza nos hace desear.

1821 Podemos, por tanto, esperar la gloria del cielo prometida por Dios a los que le aman
(cf Rm 8, 28-30) y hacen su voluntad (cf Mt 7, 21). En toda circunstancia, cada uno debe
esperar, con la gracia de Dios, “perseverar hasta el fin” (cf Mt 10, 22; cf Concilio de Trento:
DS 1541) y obtener el gozo del cielo, como eterna recompensa de Dios por las obras buenas
realizadas con la gracia de Cristo. En la esperanza, la Iglesia implora que “todos los hombres
[...] se salven” (1Tm 2, 4). Espera estar en la gloria del cielo unida a Cristo, su esposo:

«Espera, espera, que no sabes cuándo vendrá el día ni la hora. Vela con cuidado, que todo se
pasa con brevedad, aunque tu deseo hace lo cierto dudoso, y el tiempo breve largo. Mira que
mientras más peleares, más mostrarás el amor que tienes a tu Dios y más te gozarás con tu
Amado con gozo y deleite que no puede tener fin» (Santa Teresa de Jesús, Exclamaciones
del alma a Dios, 15, 3)

La caridad

1822 La caridad es la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas por Él
mismo y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios.

1823 Jesús hace de la caridad el mandamiento nuevo (cf Jn 13, 34). Amando a los suyos


“hasta el fin” (Jn 13, 1), manifiesta el amor del Padre que ha recibido. Amándose unos a
otros, los discípulos imitan el amor de Jesús que reciben también en ellos. Por eso Jesús dice:
“Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor”
(Jn 15, 9). Y también: “Este es el mandamiento mío: que os améis unos a otros como yo os
he amado” (Jn 15, 12).

1824 Fruto del Espíritu y plenitud de la ley, la caridad guarda los mandamientos de Dios y de


Cristo: “Permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor”
(Jn 15, 9-10; cf Mt 22, 40; Rm 13, 8-10).
1825 Cristo murió por amor a nosotros cuando éramos todavía “enemigos” (Rm 5, 10). El
Señor nos pide que amemos como Él hasta a nuestros enemigos (cf Mt 5, 44), que nos
hagamos prójimos del más lejano (cf Lc 10, 27-37), que amemos a los niños (cf Mc 9, 37) y a
los pobres como a Él mismo (cf Mt 25, 40.45).

El apóstol san Pablo ofrece una descripción incomparable de la caridad: «La caridad es
paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa;
no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se
alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta» (1
Co 13, 4-7).

1826 Si no tengo caridad —dice también el apóstol— “nada soy...”. Y todo lo que es
privilegio, servicio, virtud misma... si no tengo caridad, “nada me aprovecha” (1 Co 13, 1-4).
La caridad es superior a todas las virtudes. Es la primera de las virtudes teologales: “Ahora
subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de todas ellas es la
caridad” (1 Co 13,13).

1827 El ejercicio de todas las virtudes está animado e inspirado por la caridad. Esta es “el
vínculo de la perfección” (Col 3, 14); es la forma de las virtudes; las articula y las ordena
entre sí; es fuente y término de su práctica cristiana. La caridad asegura y purifica nuestra
facultad humana de amar. La eleva a la perfección sobrenatural del amor divino.

1828 La práctica de la vida moral animada por la caridad da al cristiano la libertad espiritual
de los hijos de Dios. Este no se halla ante Dios como un esclavo, en el temor servil, ni como
el mercenario en busca de un jornal, sino como un hijo que responde al amor del “que nos
amó primero” (1 Jn 4,19):

«O nos apartamos del mal por temor del castigo y estamos en la disposición del esclavo, o
buscamos el incentivo de la recompensa y nos parecemos a mercenarios, o finalmente
obedecemos por el bien mismo del amor del que manda [...] y entonces estamos en la
disposición de hijos» (San Basilio Magno, Regulae fusius tractatae prol. 3).

1829 La caridad tiene por frutos el gozo, la paz y la misericordia. Exige la práctica del bien y
la corrección fraterna; es benevolencia; suscita la reciprocidad; es siempre desinteresada y
generosa; es amistad y comunión:

«La culminación de todas nuestras obras es el amor. Ese es el fin; para conseguirlo,
corremos; hacia él corremos; una vez llegados, en él reposamos» (San Agustín, In epistulam
Ioannis tractatus, 10, 4).

RESPUESTA:
Educar la Prudencia

La prudencia, como ya hemos visto, es el valor que nos ayuda a reflexionar y a


considerar los efectos que pueden producir nuestras palabras y acciones, teniendo
como resultado un actuar correcto en cualquier circunstancia.

Primeramente, debemos eliminar de una vez por todas la equivocada imagen que
algunas personas tienen de la prudencia como modo de ser: una personalidad gris,
insegura y temerosa en su actuar, tímida en sus palabras, introvertida, excesivamente
cautelosa y haciendo todo lo posible por no tener problemas... No es raro que una
imagen tan poco atractiva provoque el rechazo y hasta la burla de quienes así la
entienden.

El valor de la prudencia no se forja a través de una apariencia, sino por la manera en


que nos conducimos ordinariamente. Posiblemente lo que más nos cuesta trabajo es
reflexionar y conservar la calma en toda circunstancia; la gran mayoría de nuestros
desaciertos en la toma de decisiones, en el trato con las personas o formar opinión, se
deriva de la precipitación, la emoción, el mal humor, una percepción equivocada de la
realidad o la falta de una completa y adecuada información.

La falta de prudencia siempre tendrá consecuencias en todos los niveles, personal y


colectivo, según sea el caso: como quienes se adhieren a cualquier actividad por el
simple hecho de que "todos" estarán ahí, sin conocer los motivos verdaderos y las
consecuencias que pueda traer; el asistir a lugares poco recomendables, creyendo que
estamos a salvo; participar en actividades o deportes de alto riesgo sin tener la
preparación necesaria, conducir siempre con exceso de velocidad...

Es importante tener en cuenta que todas nuestras acciones estén encaminadas a


salvaguardar la integridad de los demás en primera instancia, como símbolo del
respeto que debemos a todos los seres humanos.

La verdadera lucha y esfuerzo no está en circunstancias un tanto extraordinarias y


fuera de lo común: decimos cosas que lastiman a los demás por el simple hecho de
habernos levantado de mal humor, de tener preocupaciones y exceso de trabajo;
porque nos falta capacidad para comprender los errores de los demás o nos
empeñamos en hacer la vida imposible a todos aquellos que de alguna manera nos son
antipáticos o los vemos como rivales profesionalmente hablando.

Si nos diéramos un momento para pensar, esforzándonos por apreciar las cosas en su
justa medida, veríamos que en muchas ocasiones no existía la necesidad de reprender
tan fuertemente al subalterno, al alumno o al hijo; discutir acaloradamente por un
desacuerdo en el trabajo o en casa; evitar conflictos por comentarios de terceros.
Parece ser que tenemos un afán por hacer los problemas más grandes, actuamos y
decimos cosas de las que generalmente nos arrepentimos.

En otro sentido, debemos ser sinceros y reconocer que cuando algo no nos gusta o nos
incomoda, enarbolamos la bandera de la prudencia para cubrir nuestra pereza, dando
un sin fin de razones e inventando obstáculos para evitar comprometernos en alguna
actividad e incluso en una relación. ¡Qué fácil es ser egoísta aparentando ser prudente!
Que no es otra cosa sino el temor a actuar, a decidir, a comprometerse.

Tal vez nunca se nos ha ocurrido pensar que al trabajar con intensidad y aprovechando
el tiempo, cumplir con nuestras obligaciones y compromisos, tratar a los demás
amablemente y preocuparnos por su bienestar, es una clara manifestación de la
prudencia. Toda omisión a nuestros deberes, así como la inconstancia para cumplirlos,
denotan la falta de conciencia que tenemos sobre el papel que desempeñamos en todo
lugar y que nadie puede hacer por nosotros.

Por prudencia tenemos obligación de manejar adecuadamente nuestro presupuesto,


cuidar las cosas para que estén siempre en buenas condiciones y funcionales,
conservar un buen estado de salud física, mental y espiritual.

La experiencia es, sin lugar a dudas, un factor importante para actuar y tomar mejores
decisiones, nos hace mantenernos alerta de lo que ocurre a nuestro alrededor
haciéndonos más observadores y críticos, lo que permite adelantarnos a las
circunstancias y prever en todos sus pormenores el éxito o fracaso de cualquier acción
o proyecto.

El ser prudente no significa tener la certeza de no equivocarse, por el contrario, la


persona prudente muchas veces ha errado, pero ha tenido la habilidad de reconocer
sus fallos y limitaciones aprendiendo de ellos. Sabe rectificar, pedir perdón y solicitar
consejo.

Vivir la prudencia nos hace tener un trato justo y lleno de generosidad hacia los
demás, edifica una personalidad recia, segura, perseverante, capaz de comprometerse
en todo y con todos, generando confianza y estabilidad en quienes le rodean, seguros
de tener a un guía que los conduce por un camino seguro

Educar la prudencia, además de vivirla, también significa aconsejar a nuestros hijos


para que la apliquen en todos los aspectos de su vida cotidiana: sus estudios, sus
amistades, sus relaciones con los superiores, su trabajo, el orden en sus cosas, su
alimentación, su higiene personal… La prudencia debe regir nuestras vidas y debemos
transmitirla como un valor fundamental a las generaciones futuras.

Educar la Justicia

En sentido amplio, el justo es el hombre bueno; así usa la palabra la literatura antigua,
por ejemplo Platón y la Biblia. En sentido estricto, la justicia es una de las cuatro
virtudes cardinales. Se la define como «hábito moral, que inclina a la voluntad a dar a
cada cual lo que es suyo». Luego la justicia regula la satisfacción de deberes y
derechos. A su vez la “regla” para medir éstos no siempre es la ley de un Estado, lo es
también la ley moral natural y, en gran medida, las normas sociales y costumbres.

Educar la Fortaleza

Una de las grandes carencias de la juventud de hoy es la fuerza de voluntad, la


energía interior para afrontar las dificultades, retos y esfuerzos que la vida plantea
continuamente.

El desarrollo de la fortaleza apoya el de todas las demás virtudes: no hay virtud moral
sin el esfuerzo por adquirirla. En un ambiente social como el actual, donde el influjo
familiar es cada vez más reducido, el único modo para que los jóvenes sean capaces
de vivir con dignidad es llenarles de fuerza interior. La capacidad de esfuerzo está muy
relacionada con la madurez y la responsabilidad.

La fortaleza es «la gran Virtud: la virtud de los enamorados; la virtud de los


convencidos; la virtud de aquellos que por un ideal que vale la pena son capaces de
arrastrar los mayores riesgos; la virtud del caballero andante que por amor, a su dama
se expone a aventuras sin cuento; la virtud, en fin, del que sin desconocer lo que vale
su vida -cada vida es irrepetible- la entrega gustosamente, si fuera preciso, en aras de
un bien más alto».

Hay que entender que educar la fortaleza no es educar una fuerza física, sino educar la
capacidad de proponerse metas y luchar por lograrlas aunque cueste. O dicho de otro
modo, conseguir una fuerza interior que les haga sobreponerse al “no me apetece”.

Para que los hijos vivan la fortaleza es necesario que sepan que existen cosas en la
vida por las que merece la pena luchar, que existe el Bien y que merece la pena luchar
por conseguirlo, de ordinario a través de las cosas pequeñas.

No se trata de realizar actos sobrehumanos; de escalar el Everest, de llegar a la


luna...; más bien se trata de hacer de las pequeñas cosas de cada día una suma de
esfuerzos, de actos viriles, que pueden llegar a ser algo grande, una muestra de amor.

Se podría decir que la virtud de la fortaleza es muy de los adolescentes porque, por
naturaleza, son personas de grandes ideales que quieren cambiar el mundo. Si estos
jóvenes no encuentran cauces para estas inquietudes, si sus padres no les presentan
con fines adecuados y con criterios rectos y verdaderos, esta energía latente puede
dirigirse hacia la destrucción de lo que nosotros hemos creado. Concretamente, si
educamos a nuestros hijos a esforzarse, a dominarse pero no les enseñamos lo que es
bueno, pueden acabar buscando lo malo con una gran eficacia.

Existen muchas oportunidades en la vida cotidiana de la familia para que los niños se
ejerciten en resistir un impulso, soportar un dolor o molestia, superar un disgusto,
dominar la fatiga o el cansancio, como - por ejemplo - acabar las tareas
encomendadas en el colegio o cumplir el tiempo de estudio previsto antes de ponerse a
jugar, cumplir su encargo con constancia, etc.

Hemos de valorar positivamente y reconocer su interés y sus esfuerzos, como


"aguantar la sed" en una excursión o viaje, comer de (casi) todo o no comer entre
horas, terminar bien un trabajo, dejar la ropa preparada por la noche,... De este modo
fomentamos la motivación interna: la satisfacción de la obra bien hecha, la alegría del
deber cumplido.

Tradicionalmente se ha dividido la virtud de la fortaleza en dos partes: «resistir» y


«acometer ».

Resistir un dolor, un esfuerzo físico, soportar unas molestias para conseguir un bien
personal, como cuando les llevamos al dentista o al entrenamiento de su deporte
favorito. Cuando este bien personal es inmediato o cercano en el tiempo, y es visto así
por nuestros hijos, la capacidad de resistir se hace más fácil de educar. La dificultad
viene cuando se trata de un bien lejano en el tiempo, algo que les beneficiará a largo
plazo, cosa que los hijos (hasta pasada la adolescencia) no contemplan como algo real,
presente en sus vidas. Ahí es cuando la paciencia y la autoridad de los padres deberán
hacerse presentes, sabiendo explicarles la importancia de resistir esa molestia, ese
esfuerzo, aunque el resultado no les sea visible en su presente inmediato.

Algunas veces, los padres pretenden evitar a sus hijos, con un cariño mal entendido,
los esfuerzos y dificultades que ellos tuvieron que superar en su juventud: los protegen
y sustituyen, llevándoles a una vida cómoda, donde no hay proporción entre el
esfuerzo realizado y los bienes que se disfrutan. No se dan cuenta de que más que
proteger a los hijos para que no sufran, se trata de acompañarles y ayudarles para que
aprendan a superar el sufrimiento.
Por otra parte, está claro que quejarse o permitir a los hijos que se quejen es crear un
ambiente en contra del sentido de la fortaleza. Lamentarse del trabajo o de los
esfuerzos que es preciso realizar contribuye a crear un ambiente familiar contrario a la
fortaleza: hay que esforzarse porque no hay más remedio, porque la vida te obliga.

Es importante insistir a los padres en la importancia de la reciedumbre, o capacidad de


realizar esfuerzos sin quejarse.

La fortaleza supone aceptar lo que nos ocurre con deportividad, no pasivamente, con
deseos de sacar algo bueno de las situaciones más dolorosas.

En cuanto a la segunda parte de la división de la fortaleza, “acometer”, podemos decir


que hace referencia a todo lo que hay que realizar para alcanzar un bien superior, ya
sea rebatir algún mal o desarrollar algo en sí positivo. Para conseguirlo se necesita
tener iniciativa, decidir y luego llevar a cabo lo decidido, aunque cueste un esfuerzo
importante.

Ese momento de crear la iniciativa, de imaginar lo que podría ser mejor sin soñar,
supone una actitud hacia la vida que los padres pueden estimular en sus hijos desde
pequeños. No se trata de resolver los problemas que pueden resolver los hijos por su
cuenta, ni tampoco se trata de descubrirles los problemas cuando los niños mismos
deberían darse cuenta de la situación. En todo caso, se puede insinuar que existe
algún problema que convendría resolver. Por ejemplo, si los niños pierden el autobús
que les lleva al colegio varias veces, los padres pueden ocuparse directamente de
despertarles, vestirles, llevarles a la parada y meterles en el autobús. Sin embargo,
para los niños, que hasta ahora han centrado la atención en cómo llegar al colegio
cuando ya han perdido el autobús, esta actitud de los padres no les ayuda a tener
iniciativa y resolver el problema. Los padres podrían plantearles el problema. ¿Por qué
no pensáis en organizaros de tal modo que lleguéis a la parada a tiempo? Y luego
volver a preguntarles para asegurarse que han encontrado una solución.

En general, acometer cuando se trata de aprovechar una situación positiva para


mejorar supone iniciativa y luego perseverancia. Y, para que esta perseverancia sea
constante, es fundamental tener una motivación adecuada. Los hijos tienen que ver el
esfuerzo que luego van a realizar como algo necesario y conveniente.

Hay que tener en cuenta que los enemigos de la fortaleza son el temor, la osadía y la
indiferencia. Educando la capacidad de resistir una molestia, un dolor o un esfuerzo
continuado, favorecemos que nuestros hijos dejen de tener miedo a ser fuertes ante
las dificultades que la vida les presente o ante el trabajo que tienen que realizar para
mejorar como personas.

Tener decisión y empuje, de modo que los "miedos" infundados no atenacen la


personalidad y sean capaces de "dar la cara" cuando sea necesario sin acobardarse por
el "que dirán" o por vergüenzas tontas.

Templamos la osadía a base de prudencia, de la que ya hemos hablado en capítulos


anteriores. Y vencemos la indiferencia, educando la capacidad de acometer con
fortaleza y perseverancia cualquier trabajo o esfuerzo que les conduzca a mejorar
como personas.

En definitiva, la fortaleza dota a la persona de señorío sobre sí mismo, de autodominio


(vencerse a sí mismo es la batalla más importante de la vida).

Resumiendo, podemos decir que para educar la fortaleza en la familia:


1) Habrá que destacar la conveniencia de proporcionar a los hijos posibilidades no sólo
para que hagan cosas con esfuerzo, sino también para que aprendan a resistir.

2) Convendrá estimular a los hijos para que, por propia iniciativa, emprendan caminos
de mejora que supongan un esfuerzo continuado.

3) Habrá que enseñarles algunas cosas que realmente valen la pena, que les
«caldean» por su importancia.

4) Habrá que enseñarles a tomar una postura, a aceptar unos criterios, a ser personas
capaces de vivir lo que dicen y lo que piensan. Es decir, enseñarles a ser congruentes.

5) Los padres no deben olvidarse de la necesidad de la superación personal, como


ejemplo, para los hijos y por el bien propio.

Como ya hemos visto, esta virtud tiene unas consecuencias especiales para los
adolescentes. Cuando el adolescente empieza a tomar decisiones rechazando las
propias, puede caer en la indiferencia, rechazar las opiniones de sus padres pero sin
ser capaz de llegar más allá del rechazo. Así cualquier persona con intención no
siempre lícita le puede mover, porque no será fuerte. Por otra parte, si no tiene
desarrollados los hábitos en relación con la fortaleza, aunque quiera mejorar,
emprender acciones en función de algún bien reconocido, no será capaz de aguantar
las dificultades. La fuerza interior tiene que basarse en la vida pasada.

Si los adolescentes son fuertes en este sentido, es el momento de su vida en que


tienen más posibilidades de ser generosos, de ser justos, etc., aparte de otras cosas,
porque están movidos por naturaleza, por un fuerte idealismo. Es el momento de
«conquistar el mundo» o, mejor dicho, de conquistar su mundo, el de cada uno.

El desarrollo de la virtud de la fortaleza apoya el desarrollo de todas las demás


virtudes. En un mundo lleno de influencias externas a la familia, muchas de ellas
perjudiciales para la mejora personal de nuestros hijos, la única manera de
asegurarnos de que los hijos sobrevivan como personas de bien, dignas de este
nombre, es llenarles fuerza interior, de tal modo que sepan reconocer sus
posibilidades, y reconocer la situación real que los rodea para resistir y acometer,
haciendo de sus vidas algo noble, entero y viril.

“Lo suyo” es el objeto de la justicia, en sentido objetivo. No se trata de los deseos,


opciones o pretensiones de otros, sino de lo que realmente les pertenece. Por eso la
justicia supone el derecho en sentido objetivo, esto es, la existencia de otra persona y
sus propiedades. De ahí que sólo metafóricamente quepa la justicia para consigo
mismo; en propiedad, la justicia es virtud social.

La justicia y su contrario sólo se dan en las relaciones sociales. A diferencia de las


otras virtudes cardinales, sólo con otros se puede ser justo o injusto. El hombre
específicamente justo es el que se preocupa por el otro, y tiene voluntad de dar a cada
uno lo suyo y de no dañar a ninguno. El hombre justo es el que trata bien a los demás:
contribuye a su dignidad respetando sus derechos.

La justicia muestra que los derechos y deberes son correlativos; pero el primer paso es
que cada uno asuma sus deberes con respecto a los demás.

Es bueno entonces partir del conocimiento de nuestros propios derechos y nuestros


deberes como seres humanos.
Los adolescentes, por su propia naturaleza, tienden a ser muy idealistas, buscando
grandes soluciones para problemas importantes y preocupándose por la justicia como
ideal más que como un conjunto de actos con el vecino.

A nuestros hijos, desde que son pequeños, hay que formarles en lo que es su deber
como hijos, hermanos, amigos, alumnos, compañeros... para que llegue a haber una
relación adecuada entre sus preocupaciones y su actuación de todos los días.

Después de los estudios de Piaget, varios psicólogos han seguido el estudio del
concepto de justicia y de moralidad en los niños y en los jóvenes. En uno de los
estudios, llega a sugerir seis etapas en la capacidad de enjuiciamiento moral. Las
últimas dos etapas solamente pueden ser alcanzadas a partir de los diecisiete años
aproximadamente.

El desarrollo de estas etapas hace referencia a un primer estado en que el niño


aprende como consecuencia de una actitud obediente hacia los adultos. Esto se
traduce, en una segunda etapa, en la comprensión de que conviene establecer
acuerdos con los demás; que puede existir un deber y una cosa debida por ambas
partes. Pero esto sólo como un simple intercambio. A continuación, se reconoce que
para convivir con los demás hace falta actuar justamente con ellos y llega a haber un
esquema básico de colaboración entre unos y otros. Esto, luego, pasa a la cuarta etapa
en que el individuo reconoce la ley y su deber hace el orden social. Las siguientes
etapas vienen a coincidir con la adolescencia.

Estos estudios apoyan la idea de que, en la adolescencia, conviene formar a los hijos
en lo que es la ley. Pero habría que añadir que no sólo la ley civil, sino también la ley
natural. Los adolescentes necesitan criterios para ayudarles a tomar una postura
respecto al sinfín de problemas de justicia que surgen todos los días.

Tengamos en cuenta que lo que pretendemos es que nuestros hijos, futuros adultos,
adquieran el valor de la justicia no sólo para que actúen bien en el seno de la familia,
la vida académica y con sus amigos, sino también como personas de bien que van a
actuar responsablemente. Y en este sentido debemos tener en cuenta que el oponerse
y el criticar por principio, el censurar y el tachar a ciegas, sin previa consideración de
ningún género, es un acto de injusticia, un atentado contra la justicia. Buscamos la
voluntad para ser justos, la comprensión de lo que es justo en cada momento y con
cada persona.

En resumen, ser justo significa jugar siguiendo las reglas, seguir los turnos, compartir
y escuchar lo que dicen los demás. Las personas justas no se aprovechan de los otros,
no “hacen trampas” para tener ventaja sobre otras. Antes de decidir toman en
consideración a todos y no culpan a otros por algo que ellos no hicieron.

Los niños desde pequeños, se vuelven muy sensibles con respecto a asuntos de
justicia, sobre todo cuando se refiere a algo que les afecta personalmente. Para
algunos niños, justicia es simplemente tener lo que desean, y hemos de asegurarnos
de enseñarles que ser justo es importante tanto para dar como para recibir. Hacerles
ver el punto de vista del otro, desarrollar en ellos la capacidad de “empatía”, puede ser
muy útil para educar la virtud de la justicia.

Sobre todo hay que ser muy escrupuloso e intentar tratar siempre equitativamente a
los hijos y no mostrar favoritismo.
Escuchar a los hijos denota justicia y respeto. Hemos de tener mucho cuidado de no
acusar o castigar injustamente a un hijo; así como impartir un castigo demasiado
severo puede resultar también injusto, según sea la conducta que queramos corregir.

Educar la Templanza

Cuando hablamos de las virtudes -no sólo de estas cardinales, sino de todas o de
cualquiera de las virtudes-, debemos tener siempre ante los ojos al hombre real, al
hombre concreto. La virtud no es algo abstracto, distanciado de la vida, sino que, por
el contrario, tiene "raíces" profundas en la vida misma, brota de ella y la configura. La
virtud incide en la vida del hombre, en sus acciones y en su comportamiento. De lo
que se deduce que, en todas estas reflexiones nuestras, no hablamos tanto de la
virtud cuanto del hombre que vive y actúa "virtuosamente"; hablamos del hombre
prudente, justo, valiente, y por fin, ahora hablamos del hombre "moderado",
“templado”, o también "sobrio".

Todos estos atributos o, más bien, actitudes del hombre, provienen de cada una de las
virtudes cardinales y están relacionadas mutuamente. Por tanto, no se puede ser
hombre verdaderamente prudente, ni auténticamente justo, ni realmente fuerte, si no
se posee asimismo la virtud de la templanza. Se puede decir que esta virtud
condiciona indirectamente a todas las otras virtudes; pero se debe decir también que
todas las otras virtudes son indispensables para que el hombre pueda ser "moderado",
“templado” o "sobrio".

La templanza es la virtud que modera y ordena la atracción de los placeres y procura


el equilibrio en el uso de los bienes creados. Asegura el dominio de la voluntad sobre
los instintos.

La templanza implica diferentes virtudes como son: la castidad, la sobriedad, la


humildad y la mansedumbre.

Puede ser definida como el hábito recto que permite que el hombre pueda dominar sus
apetitos naturales de placeres de los sentidos de acuerdo a la norma prescrita por la
razón. En cierto sentido, la templanza puede ser considerada como una característica
de todas las virtudes morales, pues la moderación que ella trae aparejada es central
para cada una de ellas. También santo Tomás (II-II:141:2) la considera una virtud
especial.

La virtud de la templanza hace que el cuerpo y nuestros sentidos encuentren el puesto


exacto que les corresponde en nuestro ser humano. El hombre moderado es el que es
dueño de sí. Aquel en el que las pasiones no predominan sobre la razón, la voluntad e
incluso el "corazón". Si esto es así, nos damos cuenta fácilmente del valor tan
fundamental y radical que tiene la virtud de la templanza. Esta resulta nada menos
que indispensable para que el hombre "sea" plenamente hombre. Basta ver a alguien
que ha llegado a ser "víctima" de las pasiones que lo arrastran, renunciando por sí
mismo al uso de la razón (como, por ejemplo, un alcoholizado, un drogado), y
comprobamos claramente que "ser hombre" quiere decir respetar la propia dignidad y,
por ello y además de otras cosas, dejarse guiar por la virtud de la templanza.

Nuestra meta es ayudar a nuestros hijos a conseguir una virtud que les será muy útil a
lo largo de su vida, ya que vivir la templanza les ayudara a dominar sus impulsos,
pasiones, y apetitos a través de su voluntad.

También debemos lograr que se conozcan mejor a si mismos y de esta manera


aprendan a utilizar adecuadamente cada aspecto, sentimiento y deseo de su cuerpo.
Que se autodeterminen libremente hacia su fin último, que es Dios.

Nos interesa fomentar la virtud de la templanza:

- Porque las personas templadas son más libres, y por lo tanto más felices.

- Porque la falta de templanza genera vicios entre los cuales se distinguen los pecados
capitales.

- Porque se llega a ser feliz y se alcanzan metas insospechadas, cuando uno mismo es
dueño de sus actos.

- Porque la templanza se apoya en la humildad, la sobriedad, mansedumbre y la


castidad, virtudes necesarias para imitar a Jesús.

- Porque somos seres racionales que debemos ordenar nuestras pasiones hacia
nuestro fin para ser realmente felices.

- Porque toda actitud iracunda y descompuesta es claro indicio de que, en lugar de


dominar la situación, somos su víctima.

Vivir la templanza significa:

- Esforzarse diariamente por ser mejor.

- No ceder ante los gustos, deseos o caprichos que pueden dañar mi amistad con Dios.

- Estar alegre al saber que puedo dominarme y ser mejor.

- Ser dueño de sí mismo, del propio actuar.

- Congruente con lo que pienso, digo y hago.

- No justificarse ni dar falsos pretextos.

- Conocer las propias debilidades y evitar caer en circunstancias que pongan en peligro
mi voluntad.

- Vencer el deseo del placer y la comodidad por amor y con inteligencia.

- La persona moderada orienta y ordena hacia el bien sus apetitos sensibles, no se


deja arrastrar por sus pasiones

¿Qué facilita la vivencia de esta virtud?

- La humildad que le ayuda a reconocer sus propias insuficiencias y cualidades y


aprovecharlas sin llamar la atención.

- La sobriedad que le ayuda a distinguir entre lo que es razonable y lo que es


inmoderado y le ayuda a utilizar adecuadamente sus sentidos, sus esfuerzos, su
dinero, etc. de acuerdo a criterios rectos y verdaderos.

- La castidad que le ayuda a reconocer el valor de su intimidad y a respetarse a si


mismo y a los demás.

- La mansedumbre que le ayuda a vencer la ira y a soportar molestias con serenidad.

- El conocimiento de las propias debilidades.


- La formación de una conciencia recta y delicada.

- El avance de la capacidad moral que ayuda a distinguir entre lo realmente necesario


y los caprichos.

- El diálogo en familia que le ayude a comprender mejor la forma en que se debe


actuar ante las diferentes situaciones.

- El conocimiento de los propios dones y capacidades.

- El hacer sacrificios y mortificaciones por Dios y los demás.

- Carácter reflexivo que le invita a pensar antes de dejarse llevar pos sus emociones
deseos o pasiones.

¿Qué dificulta la vivencia de esta virtud?

- La sociedad materialista y utilitaria que nos lleva a conseguir todo lo que deseamos.

- El egoísmo.

- El permisivismo que nos deja actuar pasando sobre los derechos de los demás.

- El deseo de comodidad que nos lleva a buscar una vida fácil y sin compromiso.

- Falta de conocimiento de las propias debilidades.

- No encontrar a Dios como Fin ultimo de nuestra vida.

- No contar con la virtud de la Fortaleza. Fuerza de voluntad.

- Egoísmo que lleva a querer tener y hacer de todo, sin pensar que eso no es lo mejor
para la propia naturaleza.

- El desorden que me impide distinguir entre lo realmente necesario y lo superficial y


evita que ordenemos rectamente las pasiones a la voluntad.

- Clima de nerviosismo que lleva a desahogar la tensión a través del exceso en ciertos
aspectos.

- Conciencia laxa, permisiva, o mal formada

Cómo educar la virtud de la templanza a nuestros hijos en casa.

1. Ayudarlos a reconocer sus sentimientos y a reflexionar en las razones por las cuales
se siente así.

2. No sobreprotegerlos, no darles todo lo que piden, ni consentirlos en exceso.

3. Que ofrezcan pequeñas mortificaciones o sacrificios por el bien de alguno de la


familia, por un amigo, por Dios.

4. Establecer horarios para comer, dormir, etc. y respetarlos, si no se cumplen


imponer un castigo que implique sacrificio o renuncia.

5. Ayudarles a dar las gracias por todo lo que tienen y a aprovechar sus cualidades
para ser mejores cada día.

6. No permitir justificaciones o pretextos al incumplir con sus responsabilidades.


7. Evitar el exceso de comodidades en la casa.

8. Enseñarles a expresarse correctamente de los demás y a moderar su vocabulario.


No permitir malas palabras o frases insultantes o burlonas hacia los demás.

9. Enseñarles a vestirse adecuadamente, respetándose a si mismos y a los demás.


Enseñarles el significado de la verdadera elegancia.

10. Enseñarles desde pequeños a moderarse en la comida y en la bebida, no


permitirles excesos.

Educar la Fe

Educar no es fácil y cuando nos planteamos educar en la fe, el asunto todavía se


complica más. Pero también depende de la perspectiva que adoptemos.

Cuando los padres queremos educar a nuestros hijos en el seguimiento de Jesús,


quizás tengamos una cierta ventaja porque partimos de una orientación de fondo que
nos permite hacer un planteamiento educativo sobre qué queremos transmitir a
nuestros hijos. Pero los padres sabemos por experiencia que, a menudo, aquello que
hacemos y vivimos es más referencia para nuestros hijos que aquello que les decimos
y, por lo tanto, es importante mirar cómo vivimos: aquí tiene un gran peso la
coherencia. En definitiva, educamos por lo que somos, no por lo que decimos. Por ello,
tenemos que procurar que se vaya poniendo de manifiesto nuestra orientación de
fondo. Aunque a veces tengamos que reconocer que las situaciones en que nos
hallamos parecen frágiles o contradictorias.

Esto también significa que todo lo que vive el niño en casa está impregnado de un
estilo y de una manera de hacer, lo que incluye unos valores que favorecen el propio
crecimiento personal, el respeto a los demás y la apertura a lo trascendente.

Es cierto que una cosa es una declaración de principios y otra cómo se va haciendo
todo esto en el día a día. No podemos caer en la tentación de buscar recetas que
funcionen de manera mágica. Las referencias y la experiencia tienen que estar dentro
de cada uno, porque las referencias externas en el ámbito religioso son cada vez más
escasas y, seguramente, menos susceptibles de generalización. Se está produciendo
un cambio profundo y la iglesia de nuestros hijos, cuando sean adultos, será fruto de
la iglesia que hayamos sido capaces de construir.

El gran reto que tenemos como padres es plantearnos seriamente qué queremos
transmitir a nuestros hijos, qué es lo que consideramos irrenunciable para que lleguen
a ser personas en el sentido pleno de la palabra, personas que sean portadoras de
amor, del amor que Jesús nos enseñó.

Si decimos que queremos educar en el seguimiento de Jesús, seguimiento personal y


creativo y no una simple imitación o repetición de la vida de Jesús, significa que, por
un lado, nuestra vida como padres también quiere estar orientada y ser vivida desde
esta perspectiva y que quiere responder a una voluntad de transformación
humanizadora de nuestra realidad concreta y cercana. Significa que nosotros, los
padres, somos un referente cristiano para nuestros hijos.

La fe es un don. No podemos tener garantías de que nuestros hijos tendrán fe, ni


forzarlos a tenerla. Lo que sí podemos hacer es favorecer un entorno que sea propicio
para que puedan recibir este don y educar en ellos la sensibilidad para que lo puedan
acoger. Existen una serie de aspectos que favorecen la apertura a lo trascendente. Es
difícil vivir la experiencia de un Dios amoroso para quien no ha vivido en su vida
personal este amor. Es difícil abrirse a la vida del Espíritu si uno vive sólo en un
contexto materialista o racionalista: una persona no dará importancia al sentido que
tienen las cosas que hace, si no la han educado en la capacidad de reflexión y de
interiorización. Es difícil sentirse atraído por los valores del Evangelio si uno no vive en
un contexto que los haga naturales para la persona, etc. Por ello, todo lo que se haga
para asegurar estos elementos previos facilitará que la semilla de la fe crezca y se
desarrolle.

Ante la equivocada creencia de que educar a los hijos en la fe es algo que coarta su
libertad, que les “obliga” a tener unos principios religiosos y morales que quizás no
quieran continuar en su vida adulta, podemos afirmar que no educar a los hijos en la
fe es condenarlos al ateísmo, es obligarles a vivir en la falta de esos valores religiosos
y morales sin darles opción a elegir libremente. Sólo si conocen lo que es vivir una vida
de piedad y de fe, podrán en un futuro decidir libre y responsablemente si quieren
asumir esos valores en su vida personal o no.

La vida familiar está llena de momentos significativos que pueden estimular y hacer
presente la experiencia cristiana. Situaciones que nos permiten trabajar:

• La confianza en Dios y en los otros.

• La honestidad.

• La verdad.

• El perdón.

• No hacer trampas.

• Ponerse en el lugar del otro.

Los padres de familia, antes que nadie, son los verdaderos protagonistas de la
educación cristiana de sus hijos. Por lo tanto, es necesario que las primeras prácticas
religiosas que se enseñan a los hijos reúnan dos condiciones: que sean fruto de una
piedad sincera por parte de los padres y que estén adecuadas a la capacidad y edad
del niño.

Una de las primeras actitudes que hay que despertar en el niño es la confianza en
Dios. Esto se logrará cuando los padres reflejan en los hijos su confianza en el Todo
Poderoso ante los pequeños y grandes sucesos de la vida ordinaria.

Algunas pautas que nos pueden orientar en la educación en la fe de nuestros hijos


pueden ser:

1. Mostrar a Dios como padre amoroso.

2. Cuidar que las devociones y actos de piedad, desde pequeños, tengan un contenido
teológico que van entendiendo poco a poco.

3. Enseñar a rezar, pero explicar también a quién se reza y por qué se reza.

4. No abandonar nunca el "seguimiento" de los niños en las oraciones diarias, tales


como las plegarias al acostarse y al despertarse.

5. Que el rezo en familia se haga con respeto. Cuidar las posturas. No es lo mismo
rezar que jugar o ver la tele. La actitud debe ser otra.
6. Explicarles desde pequeños el significado de las distintas fiestas litúrgicas.

7. Ayudarles cuando llegan a los 11-13 años a superar los respetos humanos, la
vergüenza a que les vean rezar.

8. Hacerles notar que la piedad se debe mostrar en la conducta de todo el día. Rezar y
mal comportamiento no deben ir juntos.

9. Animar a ofrecer a Dios las clases y las tareas. Es otra forma de hacer oración.

10. Enseñarles a encomendarse a su Ángel de la Guarda y tenerlo por compañero de


vida en todo momento.

11. Aprender a dar gracias por lo que hemos recibido y por lo que recibimos cada día.

12. Aprender a pensar en los demás antes que en uno mismo y a tratar a los demás
como queremos que nos traten a nosotros.

Un paso más es encontrar momentos de oración personal y en familia, momentos


como el de bendecir la mesa, guardar un momento del día para rezar el rosario en
familia, leer y comentar la Palabra de Dios para cada día… etc. El hecho de ir a Misa y
participar en las celebraciones de la comunidad, seguir los ciclos litúrgicos con todo su
simbolismo, especialmente Navidad y Pascua, nos ayuda a encontrar el sentido de
celebrar y compartir. Tenemos que encontrar espacios eclesiales a la medida de los
niños, donde se sientan a gusto.

En concreto, dos momentos esenciales para educar en la fe a nuestros hijos pueden


ser la Eucaristía del domingo y el rezo del rosario en familia.

La Misa Dominical, una ocasión especial

Acudir en familia a la Santa Misa debe convertirse en una de las ocasiones más
importantes de la semana. Debemos hacer de este momento algo especial; es la
oportunidad para darle gracias a Dios por la semana que ha pasado y pedirle por la
que vendrá. Es una ocasión tan importante, que merece vestirse bien para alabar a
nuestro Padre por todas sus bondades.

Si los hijos son pequeños, es bueno ir explicándoles, poco a poco, los fines y las partes
de la liturgia de la Misa para que se acostumbren y aprendan a valorarla. Si no
llevamos a nuestros hijos pequeños a la Eucaristía del domingo, por temor a que
enreden o hagan ruido, cuando vayan creciendo nos será mucho más difícil pretender
que nos acompañen. Hay que intentar controlar su comportamiento en la Iglesia, pero
no apartarlos de ella porque su edad les impida participar como es debido. La Gracia
de Dios está presente en cada Eucaristía y siempre tiene efecto sobre el alma de
nuestros hijos, por pequeños que sean.

Debemos cuidar especialmente la compostura en la Iglesia. Hay que hacer notar a los
hijos que el Señor está real y verdaderamente presente. Es importante también
preocuparse de que los niños guarden el ayuno eucarístico.

Cuando ya han hecho la Primera Comunión, es importante enseñarles a prepararse


para ir a comulgar, con actos de contrición y de amor de Dios, y a dar gracias después
de la comunión. Permanecer dando gracias un rato, ya que el Señor está todavía
dentro de nosotros realmente. Como siempre, el ejemplo es fundamental.

El Rosario en familia
El rezo del Santo Rosario en familia es una forma eficaz de fomentar la piedad en los
niños. Es esa media hora del día en la que toda la familia deja a un lado sus labores
cotidianas y se recoge en torno a la oración.

Se debe buscar la manera, sin ahorrarse sacrificios, de rezar el Rosario en familia. Para
encontrar el momento apropiado es bueno organizar horas para el estudio, para el
descanso y la tertulia, para comer y por supuesto, para el rezo del Rosario.

Una forma de hacer de este momento algo atractivo para los más pequeños, es
invitarlos a rezar algunos misterios, de acuerdo con su edad y contarles brevemente la
historia de cada misterio, invitándoles a que lo ofrezcan por alguna intención
particular.

Podemos compartir la formación religiosa de la catequesis o de la escuela. Pero no


podemos pretender que nadie nos sustituya en lo que se refiere a la experiencia
religiosa y la expresión litúrgica. Nuestros hijos han de ver en nosotros signos de esta
voluntad de seguimiento de Jesús, de esta voluntad de formar comunidad, han de
vernos rezar, han de vernos participar en las celebraciones, han de vernos
comprometidos.

Por otro lado, los niños, a medida que crecen, van exigiendo más respuestas y más
explicaciones que, a menudo, nos resultan difíciles. El diálogo con otros padres, la
asistencia a charlas y la lectura de algún libro, además del propio camino de fe, nos
puede ayudar a encontrar las respuestas adecuadas para nuestro hijo.

Debemos buscar ayudas en la educación en la fe de nuestros hijos, como pertenecer a


una Asociación o Movimiento de Apostolado Familiar que haga que nuestros hijos
compartan con otros niños y adolescentes, con otras familias, la fe que vivimos y
queremos educar. Cuando la influencia que los padres podemos ejercer en vida de
nuestros hijos se reduce o se minimiza, sobre todo en la adolescencia, es el momento
de favorecer entornos juveniles donde se continúe la vivencia de la fe que hemos
iniciado en la familia.

Educar sobre la fe, en la fe y con fe

Para concretar lo dicho distingamos los siguientes tres aspectos de la educación.


Importa comprender bien la relación entre ellos para cultivarlos armónicamente, ya
que los niños perciben con gran lucidez la coherencia de vida en el educador.

● Educar sobre la fe: quiere decir enseñar los rudimentos del dogma y la moral,
haciéndolo de modo acomodado a la edad y circunstancias. Se requiere, como
sabemos, buena dosis de imaginación, paciencia, sentido del humor, etc, pero también
—no lo olvidemos— el hábito escuchar a los pequeños y tomarlos rigurosamente en
serio.

● Educar en la fe significa vivir lo que creemos, encarnar lo que profesamos, demostrar


que recurrimos a la Gracia de Dios habitualmente y que la celebramos con gozo. Las
manifestaciones son muy diversas: asistir a Misa juntos, confesarnos, rezar en familia
alguna oración, por ejemplo el ángelus, decorar las habitaciones con imágenes de
Nuestra Señora, etc. La fe debe ser ambiente que se respira y nunca formalidad
muerta.

● Educar con fe significa creer en las personas: en primer lugar en Nuestro Señor,
lógicamente, pero también en aquellos a quienes queremos educar. Necesitamos creer
que ese niño al que hablamos madurará, entenderá, se superará, se sacará de dentro
a esa persona maravillosa que promete ser, llegará a ser el que Dios quiere, es decir
santo. Y también hemos de creer en nosotros mismos, en que Dios obrará a través de
nosotros si le somos dóciles, que hará milagros a pesar de nuestros pecados, que
seremos instrumento e imagen de su Hijo si nos fiamos de Él.

Educar la Esperanza

La virtud teologal de la esperanza se define como "hábito sobrenatural infundido por


Dios en la voluntad, por el cual confiamos con plena certeza alcanzar la vida eterna y
los medios necesarios para llegar a ella, apoyados en el auxilio omnipotente de Dios".

De la definición se deducen las propiedades de esta virtud:

a) Es sobrenatural, por ser infundida en el alma por Dios (cfr. Rom 15,v.13; 1v.Cor
v.13,v.13), y porque su objeto es Dios que trasciende cualquier exigencia o fuerza
natural. El Concilio de Trento afirma que en la justificación viene infundida la
esperanza, junto con la fe y la caridad.

b) Se ordena primariamente a Dios, bien supremo, y secundariamente a otros bienes


necesarios o convenientes para llegar a El (cfr. Mt 6,33);

c) Es una disposición activa y eficaz, que lleva a poner los medios para alcanzar el fin;
no es mera pasividad;

d) Es actitud firme, inquebrantable, porque se funda en la promesa divina de salvación


(cfr. Rom 8,35; Philp 4,13); ni siquiera la pérdida de la gracia santificante puede quitar
la esperanza (Santo Tomás).

Un elemento de la esperanza es la confianza: en el auxilio divino, seguro de que Dios


da los medios para alcanzar la vida eterna.

No basta la fe ni basta la caridad; es necesario que Dios nos dé también la seguridad


de alcanzarle. Esta virtud lleva a buscar efectivamente los medios de salvación y a
superar los obstáculos. Además, nadie se salva sin la gracia.

La fe y la esperanza están unidas entre sí a través de la común actividad de la


inteligencia y de la voluntad: las dos se apoyan en la Palabra de Dios, las dos tienden
al bien particular del hombre, las dos se viven en el tiempo; pero se distinguen
esencialmente:

1) Por su actividad: la fe es formalmente acto del entendimiento, la esperanza lo es de


la voluntad.

2) Por su objeto: la fe se fija en Dios en cuanto Verdad, la esperanza en Dios en


cuanto Bondad no poseída (cfr. S.Th. II-II, q. 17, a. 6).

3) Por la certeza del acto, que aunque en las dos es absoluta (en cuanto entrega
incondicionada a la Verdad y Fidelidad divinas), sin embargo, en la esperanza no se
tiene "infalibilidad" de conseguir la salvación. Precisamente el error de Lutero fue ver,
en esa certeza infalible de la salvación personal, la esencia de la fe justificante,
identificando ambas virtudes. Por eso Trento definió que "acerca del don de la
perseverancia... nadie se prometa nada cierto con absoluta certeza, aunque todos
deben colocar y poner en el auxilio de Dios la más firme esperanza" (Dz-Sch 1541).
Por lo demás ésa es la enseñanza de la Sagrada Escritura que afirma la voluntad
salvífica universal de Dios, pero pone condiciones morales para la eficacia de la
redención y habla también de la posibilidad del pecado y de la condenación (cfr. Philp
2,v.12; 1v.Cor 4,v.4; 10,v.12; etc.).
La virtud de la esperanza se opone a las concepciones materialistas (marxismo,
teología de la liberación) que ponen la esperanza en una perfección intramundana o en
un progreso material. La esperanza cristiana corresponde al anhelo de felicidad del
hombre (asume la esperanza humana y la eleva). Se trata de una esperanza
escatológica (la gloria futura en el cielo) que no merma la importancia de lo temporal,
sino que le da su pleno sentido y perfección (este mundo se ordena a los "nuevos
cielos y a la tierra nueva", al Reino de Dios; cfr LG 48).

Pecados contra la esperanza pueden ser:

DESESPERACIÓN: alejamiento voluntario de la felicidad eterna, que se juzga


imposible de alcanzar. La desesperación quita el freno al vicio, cierra las puertas al
arrepentimiento y a la gracia, rechazando o desconfiando de la misericordia divina. La
Sagrada Escritura lo llama "pecado grave contra el Espíritu Santo". Por la
desesperación, el hombre deja de esperar de Dios su salvación personal, el auxilio para
llegar a ella o el perdón de sus pecados. Se opone a la Bondad de Dios, a su Justicia y
a su Misericordia.

PRESUNCIÓN: esperar de Dios cosas que no ha prometido o medios que no ha


previsto para nuestra salvación. Hay dos clases de presunción: O bien el hombre
presume de sus capacidades (esperando poder salvarse sin la ayuda de lo alto), o bien
presume de la omnipotencia o de la misericordia divina, (esperando obtener su perdón
sin conversión y la gloria sin mérito).

El Catecismo de la Iglesia nos enseña en el numeral 2090: “Cuando Dios se revela y


llama al hombre, éste no puede responder plenamente al amor divino por sus propias
fuerzas. Debe esperar que Dios le dé la capacidad de devolverle el amor y de obrar
conforme a los mandamientos de la caridad. La esperanza es aguardar confiadamente
la bendición divina y la bienaventurada visión de Dios; es también el temor de ofender
el amor de Dios y de provocar su castigo”.

La virtud de la esperanza protege del desaliento, sostiene en todo desfallecimiento,


dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza
preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la caridad. Es también un arma que nos
protege en el combate de la salvación: "Revistamos la coraza de la fe y de la caridad,
con el yelmo de la esperanza de salvación" (1 Tesalonicenses 5, 8). Nos procura el
gozo en la prueba misma: "Con la alegría de la esperanza; constantes en la
tribulación" (Romanos 12,12). Se expresa y se alimenta en la oración, particularmente
en la del Padre Nuestro, resumen de todo lo que la esperanza nos hace desear.

Santa Teresa de Jesús decía: "Espera, espera, que no sabes cuándo vendrá el día ni la
hora. Vela con cuidado, que todo se pasa con brevedad, aunque tu deseo hace lo cierto
dudoso, y el tiempo breve, largo. Mira que mientras mas peleares, mas mostrarás el
amor que tienes a tu Dios y mas te gozarás con tu Amado con gozo y deleite que no
puede tener fin" (S. Teresa de Jesús, excl. 15, 3).

Podemos, por tanto, esperar la gloria del cielo prometida por Dios a los que le aman
(cf Rm 8, 28-30) y hacen su voluntad (cf Mt 7, 21). En toda circunstancia, cada uno
debe esperar, con la gracia de Dios, ‘perseverar hasta el fin’ (cf Mt 10, 22; cf Cc.
Trento: DS 1541) y obtener el gozo del cielo, como eterna recompensa de Dios por las
obras buenas realizadas con la gracia de Cristo. En la esperanza, la Iglesia implora que
‘todos los hombres se salven’ (1Tm 2, 4). Espera estar en la gloria del cielo unida a
Cristo, su esposo.

Cómo educar la Esperanza:


Para educar cristianamente a nuestros hijos, los padres debemos ser educadores
esperanzados, es decir educar con esperanza y educar la virtud de la esperanza en
nuestros hijos. Y esto de varias maneras:

1. Estando atentos a "los signos de los tiempos", para responder con una postura
activa desde el Evangelio a los retos de la educación. El Concilio Vaticano II, en la
Gaudium et Spes, nos recuerda que: "es deber permanente de la Iglesia escrutar a
fondo los signos de la época e interpretarlos a la luz del evangelio, de forma que,
acomodándose a cada generación, pueda responder a los perennes interrogantes de la
humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura" (nº 4). Esa es
misión también de los padres como educadores cristianos.

2. Siendo realistas y comprometidos. A los padres se nos pide realismo porque la


educación de nuestros hijos no acontece en el vacío. Los valores siempre se transmiten
en una familia, en una sociedad, con un entramado de experiencias ambientales,
históricas y culturales que hacen de filtro y rémora o de trampolín e impulso para la
tarea de educar. El realismo así, lejos de ser pesimismo, debe de ser el resorte
necesario para implicarse y vivir la tarea cotidiana sin evasión, con vocación, como
misión.

3. Esperanzados y perseverantes. Los padres y educadores cristianos caminamos


"entre el realismo y el ideal". Entre el "ya" y el "todavía no". Tras todo ideal de
existencia late un deseo de conversión y renovación personal y social que aguarda y
procura la coyuntura propicia para hacerse realidad. Tras el ideal del educador
cristiano están la esperanza en el Reino de Dios, que no defrauda, que camina hacia su
plenitud y un día alumbrará un mundo nuevo y una humanidad nueva victoriosa sobre
el pecado y sobre la muerte; está la propuesta de las bienaventuranzas como promesa
de felicidad y forma eminente y fecunda de compromiso moral y social; está la persona
de Jesús, su mensaje, su vida, su muerte y su Resurrección: realización plena del plan
salvador de Dios sobre el hombre; fuente, norma y paradigma último de toda
educación.

4. Con la esperanza que nace de la fe. La juventud hoy pide razones para creer y
razones para esperar; pero necesita sobre todo ver en sus padres y educadores signos
y testigos de esperanza. Un educador con esperanza es un indicador fiable para el
camino y el sentido de la vida; un educador sin esperanza deja de ser educador.
Educar con esperanza, desde la esperanza y para la esperanza es, en los tiempos que
corren, una inestimable aportación. Esta esperanza se aviva mirando al mundo y a la
humanidad con los ojos limpios de la fe y el gozo teologal del amor cristiano, que es el
que nace de la certeza de que Dios ama al ser humano y de que nuestra historia es
una historia de salvación. Y se proyecta en ser "luz del mundo", "sal de la tierra",
"fermento en la masa", "ciudad sobre el monte"...; basta haber descubierto y acogido
el don del Reino de Cristo para que la vida toda del creyente comience a iluminar, a
irradiar, a sazonar y a transformar el mundo en que le toca vivir.

Educar la Caridad

Qué es la Caridad

Caridad es la virtud sobrenatural infusa por la que la persona puede amar a Dios sobre
todas las cosas, por El mismo, y amar al prójimo por amor a Dios. Es una virtud
basada en fe divina o en creer en la verdad de la revelación de Dios. Es conferida solo
por gracia divina. No es adquirida por el mero esfuerzo humano. Porque es infundida
con la gracia santificante, frecuentemente se identifica con el estado de gracia. Por lo
tanto, quien ha perdido la virtud sobrenatural de la caridad ha perdido el estado de
gracia, aunque aun posea las virtudes de esperanza y caridad.

Caridad - no significa ante todo el acto o el sentimiento benéfico, sino el don espiritual,
el amor de Dios que el Espíritu Santo infunde en el corazón humano y que lleva a
entregarse a su vez al mismo Dios y al prójimo (Benedicto XVI).

Caridad es nuestra respuesta al amor de Dios. Dios nos amó primero y reveló su
gloria. El primer mandamiento nos ordena amar a Dios sobre todas las cosas y a las
criaturas por Él y a causa de É - Jesús. La caridad es la virtud más excelente de todas
por ser la primera de las teologales, que son las virtudes supremas. Cuando se viven
de verdad, todas las virtudes están animadas e inspiradas por la caridad. Como dice
San Pablo, la caridad es "vínculo de perfección" (Colosenses 3,14), la forma de todas
las virtudes. enseña que en esto se resume toda la ley.

Es una virtud en la que su objeto material está dividido (Dios, nosotros, prójimo) y el
objeto formal es único: la Bondad de Dios.

Si el motivo del amor no es Dios nos salimos del ámbito de la caridad (entramos en
filantropía...). Esta infundida por Dios y no puede ser alcanzada por las propias fuerzas
naturales.

El amor a Dios ha de ser el motivo de todos los demás amores, y ha de prevalecer


sobre ellos, a Dios se le ama por sí mismo por ser nuestro último fin. A nosotros y a
los demás deberá ser por Dios para que haya autentica Caridad.

La caridad vivifica y da forma a todas las demás virtudes y actos de la vida cristiana.

La Caridad le da vida a todas las demás virtudes, pues es necesaria para que éstas se
dirijan a Dios, por ejemplo, y Yo puedo ser amable, sólo con el fin de obtener una
recompensa, sin embargo, con la caridad, la amabilidad, se convierten en virtudes que
se practican desinteresadamente por amor a los demás. Sin la caridad, las demás
virtudes están como muertas. La caridad no termina con nuestra vida terrena, en la
vida eterna viviremos continuamente la caridad. San Pablo nos lo menciona en 1 Cor.
13, 13; y 13, 87.

Al hablar de la caridad, hay que hablar del amor. El amor “no es un sentimiento
bonito” o la carga romántica de la vida. El amor es buscar el bien del otro.

Existen dos tipos de amor:

- Amor desinteresado (o de benevolencia): desear y hacer el bien del otro aunque no


proporcione ningún beneficio, porque se desea lo mejor para el otro.

- Interesado: amar al otro por los beneficios que esperamos obtener.

¿Qué es, pues, la caridad? La caridad es más que el amor. El amor es natural. La
caridad es sobrenatural, algo del mundo divino. La caridad es poseer en nosotros el
amor de Dios. Es amar como Dios ama, con su intensidad y con sus características. La
caridad es un don de Dios que nos permite amar en medida superior a nuestras
posibilidades humanas. La caridad es amar como Dios, no con la perfección que Él lo
hace, pero sí con el estilo que Él tiene. A eso nos referimos cuando decimos que
estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, a que tenemos la capacidad de amar
como Dios.

Pecados contra el amor a Dios:


El odio a Dios, que es el pecado de Satanás y de los demonios. Y se manifiesta en las
blasfemias, las maldiciones, los sacrilegios, etc.

La pereza espiritual, que es cuando el hombre no le encuentra el gusto a las cosas de


Dios, es más las consideran aburridas y tristes. Aquí se encuentra la tibieza y la
frivolidad o superficialidad.

El amor desordenado a las criaturas, que es cuando primero que Dios y su Voluntad
están personas o cosas. En todo pecado grave se pierde la caridad.

El amor al prójimo

El amor al prójimo es parte de la virtud de la caridad que nos hace buscar el bien de
los demás por amor a Dios.

Las características del amor al prójimo son:

- Sobrenatural: se ama a Cristo en el prójimo, por su dignidad especial como hijo de


Dios.

- Universal: comprende a todos los hombres porque todos son creaturas de Dios.
Como Cristo, incluso a pecadores y a los que hacen el mal.

- Ordenado: es decir, se debe amar más al que está más cerca o al que lo necesite
más. Ej. A el esposo, que al hermano, al hijo enfermo que a los demás.

- Interna y externa: para que sea auténtica tiene que abarcar todos los aspectos,
pensamiento, palabra y obras.

Las obras de misericordia:

La caridad si no es concreta de nada sirve, sería una falsedad. Esta caridad concreta
puede ser interna, con la voluntad que nos lleva a colaborar con los demás de muchas
maneras. También puede ser con la inteligencia, a través de la estima y el perdón.
Otra forma concreta de caridad es la de palabra, es decir, hablar siempre bien de los
demás. Y la caridad de obra que se resumen en las obras de misericordia, ya sean
espirituales o materiales. Siendo las más importantes las espirituales, sin omitir las
materiales. De ahí la necesidad de la corrección fraterna, el apostolado y la oración.

La corrección fraterna nos obliga a apartar al otro de lo ilícito o perjudicial. Siempre


haciéndola en privado para no poner en peligro la fama del otro. El no hacerlo por
cobardía, por falso respeto humano, sería una ofensa grave. Pero, siempre hay que
tomar en cuenta la gravedad de la falta y la posibilidad de apartar al prójimo de su
pecado.

Estamos obligados al apostolado porque cualquier bautizado debe de promover la vida


cristiana y extender el Reino de Dios, llevando el Evangelio a los demás. Si yo amo a
Dios, es lógico querer que los demás lo hagan también. El apostolado se desarrolla
según las circunstancias de cada quien. Puede ser que en algunos casos el cambiar los
pañales de un hijo sea una forma de apostolado o el escribir, o el predicar, etc.

Ahora bien, la causa y el fin de la caridad está en Dios no en la filantropía (amor a los
hombres). La caridad tiene que ser siempre desinteresada, cuando hay interés siempre
se cobra la factura, “hoy por ti, mañana por mí”. Obviamente tiene que ser activa y
eficaz, no bastan los buenos deseos. Tiene que ser sincera, es una actitud interior.
Debe ser superior a todo. En caso de que haya conflicto, primero está Dios y luego los
hombres.
Pecados contra el amor al prójimo:

El odio: desearle el mal al prójimo, ya sea porque es nuestro enemigo (odio de


enemistad) o porque no nos es simpático (odio por antipatía). La antipatía natural no
es pecado, salvo cuando la fomentamos, es decir es voluntaria y la manifestamos en
acciones concretas.

La maldición: cuando expresamos el deseo de un mal para el otro que nace de la ira o
del odio.

La envidia: entristecerse o enfadarse por el bien que le sucede al otro o alegrarse del
mal del otro. Es un pecado capital porque de él se derivan muchos otros: chismes,
murmuraciones, odio, resentimientos, etc.

El escándalo: acción, palabra u omisión que lleva al prójimo a ocasión de pecado. Y


puede ser directo cuando la intención es hacer que el otro peque o indirecto cuando no
hay la intención, pero de todos modos se lleva al otro al pecado.

La cooperación en un acto malo que es participar en el pecado de otro.

Otros pecados: los altercados, riñas, vandalismo, etc.

No olvidemos que es mucho más importante la parte activa de esta virtud. Hay que
aplicarse a hacer cosas concretas, no tanto en los pecados en contra. Las casas se
construyen “haciendo” y no dejando de destruir. Al final seremos juzgados por lo que
hicimos, por lo que amamos, no por lo que dejamos de hacer. Mt 25, 31-46

Para educar la Caridad en la familia:

El fin último es lograr que el amor sea el motor y el sentido de los actos, pensamientos
y actitudes de nuestros hijos, entendiendo que la fidelidad al nuevo mandamiento de
Jesús dará verdadera coherencia a nuestra vida.

Formar el corazón de nuestros niños y transformarlo de tal manera que funcione en


sintonía con el Corazón de Cristo. De nada nos servirá todo lo que hagamos por ellos
en otros aspectos de su desarrollo si éste no se sustenta en la capacidad de amar, vivir
el bien de manera habitual y firme y atender las necesidades de los demás.

Que nuestros hijos aprendan de nuestro ejemplo la necesidad de vivir la caridad de


manera efectiva y constante en cada momento de nuestra vida y sin excepciones,
tratando a los demás como quisiéramos que nos trataran a nosotros. En muchas
ocasiones la caridad se expresa de un modo sencillo, con gestos aparentemente
triviales e intrascendentes, pero nacidos de la bondad del corazón.

Transmitir a nuestros hijos la esperanza que surge de la caridad, conscientes de que la


vivencia de esta virtud es exigente porque no busca la propia satisfacción, sino ante
todo el bien de las otras personas. La caridad no es una utopía, sino una posibilidad
real de cambio personal y de la sociedad en general.

Ayudar a nuestros hijos a descubrir en la Eucaristía la mejor manera de fortalecer la


caridad y a reconocer que nos ayuda a vivir esta virtud de manera heroica.

Ofrecerles a nuestros hijos un mundo mejor y más humano, en el que la regla de oro
sea la caridad.

¿Por qué es importante fomentar la virtud de la caridad en nuestros hijos?


- Porque la caridad se vive amando. No debe ser sólo un buen deseo. “Obras son
amores y no buenas razones…”

- Porque no se debe esperar a que se presenten situaciones para vivir actos


espectaculares de caridad, sino vivirla de manera heroica en cada momento del día
como una actitud habitual y firme. No hacer actos de caridad, sino vivir la caridad y en
la caridad.

- Porque la caridad es una gran fuerza, nuestra principal arma para mejorar la
sociedad, y el amor debe ser el motor de transformación, comenzando por la
transformación del propio corazón.

- Porque la caridad debe dar sentido al desarrollo de los talentos, al trabajo, esfuerzo y
mejoramiento personal en nuestros hijos, atendiendo a saber no tanto cuánto los
desarrolla, sino porqué lo hace.

- Porque es el único mandamiento nuevo que nos da Jesucristo, y todas sus


enseñanzas se derivan de él.

- Porque el amor es lo que nos debe distinguir. Seremos discípulos de Cristo en la


medida del amor que nos tengamos los unos a los otros, cumpliendo la voluntad de
Dios por encima de gustos, caprichos y preferencias personales.

- Porque es la gran novedad del mensaje de Jesucristo contra la antigua ley del talión y
vivir cada día de acuerdo a la caridad marcará la diferencia en el mundo.

- Porque la caridad debe vivirse siempre y con todos, independientemente del grado de
simpatía o amistad que tengamos con ellos.

- Porque del amor surgen el perdón y la paz.

- Porque el niño comprenderá y experimentará la capacidad de desprenderse de lo que


tiene, y será capaz de sacrificarse para aliviar las penas de la gente que sufre.

- Porque el niño experimentará que el corazón que acostumbra dar amor se suaviza,
purifica y crece en la capacidad de amar.

Vivir la caridad significa:

- Dar un saludo amable y trato bondadoso a los demás aunque estemos cansados o de
mal humor.

- Ayudar a quien lo necesite. Estar pendiente de las necesidades de los demás antes
que de las propias. Tener más tiempo para los demás que para sí mismo.

- Ser constructivo, optimista y alegre.

- Superar el propio cansancio o mal humor en el trato con los demás para no
contagiárselo.

- Ser generoso con nuestro tiempo y persona ante las necesidades de los demás.

- Hablar siempre bien de los demás.

- Descubrir las cosas buenas de los demás: virtudes, cualidades y aciertos, y no


fijarnos en las cosas malas o defectos.
- Nunca hablar mal ni hacer notar a otras personas lo malo de una persona. Si no
tengo algo bueno que decir, mejor quedarme callado.

- Disculpar siempre y con paciencia los errores ajenos, recordando que nadie es
perfecto y que nosotros también fallaremos muchas veces.

- Nunca juzgar y menos condenar a una persona, aunque objetivamente se pueda


tener razón para hacerlo. Saber condenar el hecho, pero no a la persona.

- Analizar en el examen de conciencia y en la confesión si vivimos la caridad en


concreto y poner los medios para vivirla o reparar el mal cometido por faltar a ella.

- Vivir el bien de manera constante; no únicamente hacer actos buenos


ocasionalmente.

- Tener pensamientos, proyectos y deseos positivos que sean fuente de unidad y paz.
Pensar de manera constante en cómo hacer mejor el bien.

- Ser tolerante, saber escuchar con interés lo que los demás tienen que decir. Dedicar
tiempo a los otros, a pesar de restar tiempo a mi persona.

- Ser comprensivos, saber ponernos en el lugar de los demás.

- Hacer sacrificios en favor de los otros.

- Responder con amor al odio y con paz a la violencia. Actuar de manera pacífica,
solucionar los problemas con actitudes positivas.

- Visitar a un enfermo o consolar a alguien que está triste.

- Rezar por los demás.

- Enseñar a los que no saben.

- Llevar el mensaje de Jesucristo a los demás.

- Corregir caritativamente al que está equivocado y cuyo error puede causarle daño a
sí mismo o a otros.

- Contribuir a crear un ambiente alegre para los demás, evitando quejas y críticas.

- Tratar a los demás como quiero que me traten a mí.

- Respetar y aceptar a los otros como son, y no cómo yo quisiera que fueran.

- Perdonar de corazón y de buena manera a los que me ofenden.

- Ayudar a los demás en sus necesidades materiales. Estar pendientes de los más
necesitados.

Qué facilita la vivencia de esta virtud:

- La propia naturaleza humana pues estamos hechos para amar y buscar la paz.

- El ambiente cordial, tranquilo, en donde el diálogo sea fundamental y los puntos de


los demás sean respetados.

- El amor de la familia, ya que en ella se ama y se acepta de manera desinteresada a


la persona como es.
- El ejemplo de amor que los padres den a sus hijos.

- Corregir con amor, buscando siempre el bien de la persona.

- La reflexión, examen de conciencia y confesión frecuente.

- La paciencia, el respeto, la comprensión.

- La sencillez.

- El ser y saberse aceptado y amado como uno es, porque permite amar a los demás
como a uno mismo.

- La práctica del servicio a los demás, porque otorga satisfacciones personales que
llevan a desear repetirlo.

- El esfuerzo de ponerse en el lugar del otro

- El trato siempre amable e igual con todos sin favoritismos.

- El compartir trabajos y actividades, metas y luchas porque une en torno a un


objetivo común.

Qué dificulta la vivencia de esta virtud:

- El egoísmo, origen de todas las faltas a la caridad.

- Actitudes de rencor, poca capacidad de perdonar y temperamentos violentos.

- Esconder la soberbia en actitudes de caridad cuando en realidad solamente estamos


pensando en nosotros mismos, nuestro bien, auto alabanza, etc.

- El afán egoísta de desarrollar al máximo nuestras cualidades pero pensando en


nosotros mismos.

- El ruido tanto externo como interno que no me permite reflexionar sobre mi


conducta.

- Pereza, apatía.

- Los prejuicios sociales. Actuar por el qué dirán, más que por convicción.

- Mal humor, venganza, discusión, envidia, dureza de corazón, individualismo.

- Discriminación, odio, racismo y rechazo social.

- La omisión. No ser capaces de sacrificarnos por los demás.

- El “espíritu del mundo” que hace de las demás personas meros objetos al servicio de
los propios intereses.

Para promover la virtud de la caridad en casa:

1. Ayudarnos a vivir la virtud de la caridad hablando de cosas positivas y no


permitiendo la crítica bajo ninguna circunstancia. Si se llega a decir algo malo de una
persona, obligarse a decir tres cosas buenas de ella.

2. Acostumbrarnos a ver por las necesidades de los demás fomentando y facilitando


las actitudes de servicio. Buscar maneras de servir en familia participando activa y
comprometidamente en actividades de participación social o evangelización a través de
las misiones, visitas a familiares enfermos, apoyo a la comunidad, etc.

3. Dedicar en familia tiempo y bienes para obras de misericordia y ayuda material a los
más necesitados: hacer una alcancía familiar, privarse en familia de alguna diversión y
destinar ese dinero a ayudar a otros, etc.

4. Evitar pleitos en casa, y si se dan, buscar que se disculpen y se perdonen el mismo


día en que surjan. Fomentar que las dificultades se arreglen mediante el diálogo y el
respeto.

5. Rezar en familia por las necesidades específicas de los demás.

6. Fomentar la alegría, que es fuente de caridad. Evitar insultos, gritos o malos modos
al pedir las cosas. Cuidar los detalles de educación y amabilidad con todos los
miembros de la familia o personas que vivan o trabajen con nosotros.

7. Animar a cada miembro de la familia a desarrollar al máximo sus talentos, pero


siempre con la conciencia de que no debe hacerlo solamente por su bien personal, sino
como una manera de vivir la caridad al poner estos dones al servicio de los demás.

8. Hacer ver y sentir a todos que se les acepta como son y que tienen muchas
cualidades, nunca permitir comparaciones entre hermanos.

9. Recibir siempre con alegría a todos los que vienen a casa. Hacer que se sientan bien
en ella.

10. Hacer como familia y con frecuencia un examen de conciencia para analizar cómo
se vive la caridad y qué medios concretos se pueden poner para crecer en ella.

http://blogs.paxtv.org/toques/archivo/1924-purifica-primero-el-interior-de-tu-alma

PURIFICACION DEL ALMA

El proceso de nuestra purificación


San Juan de la Cruz habla de la noche de los cincos sentidos, donde el olfato,
el oído, la vista, el tacto y el gusto están involucrados. Y también habla de la
noche, pero en el sentido que supone estar de cara a Dios, percibiendo la
realidad de una manera nueva. Explica nuestro amigo: “Y así, la una noche o
purgación será sensitiva, con que se purga el alma según el sentido,
acomodándolo al espíritu; y la otra es noche o purgación espiritual, con que
se purga y desnuda el alma según el espíritu, acomodándole y disponiéndole
para la unión de amor con Dios”. (1) El hombre entra en un proceso de
purificación cuando se decide a caminar hacia Dios, quien lo atrae con su
llama de amor vivo, con ese amor que lo saca de sí mismo hacia el encuentro
con Él. Dios lleva al converso por un territorio desconocido, le hace percibir la realidad
de una forma distinta, a través de los sentidos. También es noche cuando se produce
una desafección, ya que “pone Dios al alma en esta oscura noche a fin de enjugarle y
purgarle el apetito sensitivo, en ninguna cosa le deja engolosinar ni hallar sabor”.(2)
Nuestra sensibilidad -en todos y cada uno de los aspectos en los que se manifiesta a
través de los sentidos- tiende a apegarse al objeto de su percepción. La vista se apega
a la luz, el gusto a lo que degusta, el oído a lo que escucha, el tacto a las texturas, el
olfato a lo que huele. Pero si la persona queda prendada a esta dimensión, no puede
trascender. Cuando se está muy atado a las sensaciones que ofrecen los sentidos, no
se puede dar un paso para avanzar en el camino. En este mundo hedonista en el
que vivimos, donde se valora la realidad en función de cuánto ésta despierta en lo
emocional de las personas, donde se postula la ausencia de Dios y la declaración de la
no trascendencia, pareciera que todo acontece alrededor de los sentidos.
Entonces, no valoramos la realidad mas allá de lo que aparenta ser, por lo que
está detrás o lo que esconde en realidad. Hay una cierta dificultad para trascender. En
este contexto es donde se entiende la necesidad de una purificación de la
sensibilidad y del modo de vincularnos con los otros desde lo afectivo.
San Juan de la Cruz dice que también hay una noche de la fe. La fe puede ser
entendida como una adhesión a lo que Dios nos dice desde la autoridad del Magisterio
de la Iglesia o desde su Palabra. La fe puede ser razonada por la capacidad de análisis,
por la capacidad deductiva e inductiva, de discriminación, de separar y unir, de juntar
y de armar. Si bien el modo natural a través del cual encontramos las luces para
caminar es por la razón, para acceder al Dios vivo solo podemos hacerlo a través de la
fe, impulsados por la caridad. Cuando la razón no alcanza, entonces nos damos cuenta
de que tenemos que efectuar un salto desde la fe para poder avanzar. Este salto no lo
da la razón en sí misma, sino que lo da la fe por la confianza en puesta en Dios, que
nos invita a dar el paso. Por ejemplo, cuando un hijo está parado sobre una mesa y el
padre, que está frente a él, le dice“tírate”, el pequeño se lanza hacia su progenitor
solamente porque él está allí y se lo ha pedido; de lo contrario, no se tiraría. Es un
acto de confianza, de entrega, impulsado por el amor que existe entre el padre y el
hijo. Así también nosotros, caminando en la fe, tenemos que dar un paso hacia
el Dios que nos llama, pero no como resultado de un proceso racional, sino
por un acto creyente. Asimismo, Juan de la Cruz habla de una noche oscura que
tiene que ver con el misterio que implica la divinidad para el hombre. Es la oscuridad
de la noche en la que el alma sale al encuentro con Dios, inflamado por el amor que lo
lleva en ascenso hacia la cima.
Adentrándonos en el proceso de purificación, hay que decir que es Dios quien
invita al hombre a dar un paso, a ordenar algún aspecto de su vida, a
vincularse con la realidad de una forma distinta, a ordenar su modo de orar;
como también ordenar la afectividad, los vínculos, las relaciones o los
tiempos. Cada vez que Dios invita a la conversión, lo primero que pide es
orden. Como dice San Pablo en su Carta a los Gálatas (capítulo 5, v. 16 al 25): “Yo
los exhorto a que se dejen conducir por el Espíritu de Dios y así no serán
arrastrados por los deseos de la carne. Porque la carne desea contra el espíritu y
el espíritu contra la carne. Ambos luchan entre sí y, por eso, ustedes no pueden hacer
todo el bien que quieren. Pero si están animados por el Espíritu, ya no están sometidos
a la Ley. Se sabe muy bien cuáles son las obras de la carne: fornicación, impureza y
libertinaje, idolatría y superstición, enemistades y peleas, rivalidades y violencias,
ambiciones y discordias, sectarismos, disensiones y envidias, ebriedades y orgías, y
todos los excesos de esta naturaleza. Les vuelvo a repetir que los que hacen estas
cosas no poseerán el Reino de Dios. Por el contrario, el fruto del Espíritu es: amor,
alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, mansedumbre y
temperancia. Frente a estas cosas, la Ley está de más, porque los que pertenecen a
Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y sus malos deseos. Si vivimos
animados por el Espíritu, dejémonos conducir también por él”.
El proceso de purificación por donde se introduce a la persona en los
comienzos de su camino de ascenso hacia el encuentro con Dios, supone un
vacío total por parte de quien se decide a ir hacia Él. El hombre, para alcanzar
su plenitud, debe llenar su interioridad del amor puro y luminoso de Dios. Y
para eso, como explica Moliner, “es necesario que jerarquice y ordene sus
sentimientos y afectos, para que todos estén enderezados a Dios (Neoplatonismo del
Pseudo Dionisio). Para llenarse de Dios tiene que vaciarse de todo lo que no es Dios,
pues ningún sujeto puede contener dentro de sí, simultáneamente, dos seres
contrarios. Nadie puede albergar, al mismo tiempo, la luz y la oscuridad, la belleza y la
fealdad, la limpieza y la suciedad, el amor y el egoísmo, porque se repelen”.(3) Es lo
que Jesús dice en el Evangelio de Lucas (capítulo 15, v. 13): “No se puede servir a
Dios y al dinero”. Y por eso es necesario, mientras vamos yendo hacia donde Dios nos
llama -que son lugares de pureza, de luz y de presencia- que vayamos sacando de
nosotros las sombras que enturbian el alma.
Explica San Juan de la Cruz: “Por tanto, es suma ignorancia del alma pensar podrá
pasar a este alto estado de unión con Dios si primero no vacía el apetito de todas las
cosas naturales y sobrenaturales que le pueden impedir, según que adelante
declararemos; pues es suma la distancia que hay de ellas a lo que en este estado se
da, que es puramente transformación en Dios. Que, por eso, Nuestro Señor,
enseñándonos este camino, dijo por san Lucas: ´Qui non renuntiat omnibus, quae
possidet, non potest meus esse discipulus`. Quiere decir: ´El que no renuncia todas
las cosas que con la voluntad posee, no puede ser mi discípulo`. (Lucas 14, 33) Y esto
está claro, porque la doctrina que el Hijo de Dios vino a enseñar fue el menosprecio de
todas las cosas, para poder recibir el precio del espíritu de Dios en sí; porque, en tanto
que de ellas no se deshiciere el alma, no tiene capacidad para recibir el espíritu de
Dios en pura transformación”.(4)
Para llenarnos del amor de Dios, Él mismo nos impulsa a salir de nosotros. Y
para esto hay que vaciarse de todo amor desordenado, de todo apego a las
cosas que nos atan y que no nos dejan vivir de manera adecuada, de todas las
afecciones que tenemos y que nos impiden ser libres interiormente. “Hay que
dejar el interior totalmente limpio, para que Dios lo pueda invadir todo, con la
impetuosidad de su infinitud”.(5) 
En el proceso de purificación del corazón hay que “ordenar la casa”. Si yo me
valoro  saludablemente, el hábitat donde estoy, es decir, mi persona, tiene
que estar acorde a lo que soy. Hay que ordenar, hay que limpiar y purificar. Si
uno sabe que va a recibir en su casa una visita importante, entonces ordena
donde vive para recibir al que viene. En este proceso, hay que tener en cuenta
que el que viene a poner morada en nosotros no llega como un huésped
pasajero, sino que quiere instalarse en medio nuestro. El Señor merece de
nuestra parte los mayores cuidados y atenciones a Su presencia. De allí surge
la necesidad de ordenar. Éste no puede ser un proceso histérico, ni nacer de un
proceso compulsivo. Se trata de ponernos en orden por el valor de quien viene.
Allí se inicia el proceso de purificación, que San Juan de la Cruz
llama “vacío”. A veces, vaciarnos es comenzar a darle importancia a lo que hay que
darle importancia; establecer un orden de prioridades en el uso del tiempo, en los
vínculos que establecemos, en la administración del recurso económico, en el modo de
hacer nuestro esparcimiento saludable, en la forma de descansar, en el modo y en el
método para trabajar. La necesidad de vaciarse no es para quedar en el
nihilismo, para entrar en "om”, como dicen las pseudo espiritualidades orientales. Eso
sería como desentenderse de todo por un vacío sin sentido. El vacío que plantea
Juan de la Cruz está en relación a que el Huésped merece que rehagamos un
lugar importante para Él. Por eso hablamos de purificación desde el
vacío. “Para realizar esta labor hay que hacerla con un orden y un método,
hay que llevarla a cabo mediante unas operaciones sistemáticas y radicales.
Si esto no se hace así, si quedan hilos sin romper, el alma no podrá volar”. (6)
Es decir, si no ponemos la casa en su lugar; si no ponemos en orden los afectos, los
sentimientos; si no jerarquizamos los valores que impulsan nuestras vidas, no
podremos avanzar.

RESPUESTA 2 PARTE B GUIA 1 ESCUELA SANTIAGO

No puede haber proceso de conversión que excluya el ordenamiento de la vida


en todas sus dimensiones: físicas, psíquicas, espirituales, vinculares,
laborales, de descanso, de compromiso con lo social, etcétera. Todo requiere
un orden para que, en armonía y en paz, Dios pueda ser realmente nuestro
huésped de manera permanente. “Lo mismo es estar atado a una cadena que
atado a un hilo de seda”, dice Juan de la Cruz, indicando que si no ordenamos la
vida propia, estamos atados y nuestra alma no puede volar en libertad. A
veces esta falta de purificación en el vínculo de lo sensorial con la realidad, además de
que no nos permite trascender, nos mantiene intrascendentes. En algún momento, la
persona siente que está necesitando salir de ese lugar. Y para que pueda desligarse
de todo lo creado y que a nada quede apegado, debe mirar hacia delante, sin
volver la vista hacia atrás, llevando a cabo lo decidido en un sano
discernimiento. Juan de la Cruz propone lo que Jesús define como “camino” en el
Evangelio de Mateo (capítulo 16, v. 24): “El que quiera seguirme, que renuncie a sí
mismo, que cargue con su cruz y me siga”. Es decir, hay que saber sobrellevar con
grandeza de alma el peso de lo que somos y de lo que tenemos, como también el
modo como nos vinculamos a los demás.
Cuando la persona ha recibido una gracia de Dios, piensa para sus adentros: “¡Qué
gracia tan inmensa, no quiero soltar más esto que me trae paz, alegría, gozo, armonía,
luz, orden, fortaleza, decisión; mi alma está toda templada, decidida, con amor, con
fuego!”. Pero Juan de la Cruz dice que “para poder tener esto, para poder gustar
de esto, no quieras tener gusto en nada” y también afirma: “Ya se sabe bien por
experiencia que cuando una voluntad se aficiona a una cosa, la tiene en más que otra
cualquiera, aunque sea muy mejor que ella, si no gusta tanto de la otra. Y si de una y
de otra quiere gustar, a la más principal por fuerza ha de hacer agravio, pues hace
entre ellas igualdad. Y por cuanto no hay cosa que iguale con Dios, mucho agravio
hace a Dios el alma que con Él ama otra cosa o se ase a ella. Y pues esto es así, ¿qué
sería si la amase más que a Dios?”.(9)
Lo que expresa el santo es que no se puede compartir este gusto de Dios en nosotros
con otros gustos. No es que uno no se pueda dar un gusto, sino que hay que hacerlo
de tal manera que la persona tenga la capacidad interior de darse cuenta de que
ningún gusto y ninguna de las cosas disfrutadas se parece a “Aquel Gusto”. Por lo
tanto, cuando uno se quiera dar un gran gusto, nada mejor que buscar estar con Aquél
que nos llena el alma, más que buscar satisfacer algún aspecto de nuestras vidas.

La fórmula para evitar discusiones


En aquella región del norte de África donde las personas eran sumamente
agresivas, las demás esposas le preguntaban a Mónica porqué su esposo era uno
de los hombres de peor genio en toda la ciudad, pero que nunca la golpeaba, y en
cambio los esposos de ellas las golpeaban sin compasión. Mónica les respondió:
"Es que, cuando mi esposo está de mal genio, yo me esfuerzo por estar de buen
genio. Cuando él grita, yo me callo, para pelear se necesitan dos y yo no acepto
entrar en pelea, pues....no peleamos".

Viuda, y con un hijo rebelde

Patricio no era católico, y aunque criticaba el mucho rezar de su esposa y su


generosidad tan grande hacia los pobres, nunca se opuso a que dedique de su
tiempo a estos buenos oficios. Y quizás, el ejemplo de vida de su esposa logro su
conversión. Mónica rezaba y ofrecía sacrificios por su esposo y al fin alcanzó de
Dios la gracia de que en el año de 371 Patricio se hiciera bautizar, y que lo mismo
hiciera su suegra, mujer terriblemente colérica que por meterse demasiado en el
hogar de su nuera le había amargado grandemente la vida a la pobre Mónica. Un
año después de su bautizo, Patricio murió, dejando a la pobre viuda con el
problema de su hijo mayor.

Y Mónica, que era bondadosa pero no cobarde, ni débil de carácter, al volver su hijo de
vacaciones y escucharle argumentar falsedades contra la verdadera religión, lo echó sin
más de la casa y cerró las puertas, porque bajo su techo no albergaba a enemigos de
Dios.

La visión esperanzadora

Sucedió que en esos días Mónica tuvo un sueño en el que se vio en un bosque llorando
por la pérdida espiritual de su hijo, Se le acercó un personaje muy resplandeciente y le
dijo "tu hijo volverá contigo", y enseguida vio a Agustín junto a ella. Le narró a su hijo el
sueño y él le dijo lleno de orgullo, que eso significaba que ello significaba que se iba a
volver maniquea, como él. A eso ella respondió: "En el sueño no me dijeron, la madre irá
a donde el hijo, sino el hijo volverá a la madre". Su respuesta tan hábil impresionó mucho
a su hijo Agustín, quien más tarde consideró la visión como una inspiración del cielo. Esto
sucedió en el año 437. Aún faltaban 9 años para que Agustín se convirtiera.

La célebre respuesta de un Obispo

En cierta ocasión Mónica contó a un Obispo que llevaba años y años rezando, ofreciendo
sacrificios y haciendo rezar a sacerdotes y amigos por la conversión de Agustín. El obispo
le respondió: "Esté tranquila, es imposible que se pierda el hijo de tantas lágrimas". Esta
admirable respuesta y lo que oyó decir en el sueño, le daban consuelo y llenaban de
esperanza, a pesar de que Agustín no daba la más mínima señal de arrepentimiento.

n personaje influyente

En Milán; Mónica conoce al santo más famoso de la época en Italia, el célebre San
Ambrosio, Arzobispo de la ciudad. En él encontró un verdadero padre, lleno de bondad y
sabiduría que le impartió sabios. Además de Mónica, San Ambrosio también tuvo un gran
impacto sobre Agustín, a quien atrajo inicialmente por su gran conocimiento y poderosa
personalidad. Poco a poco comenzó a operarse un cambio notable en Agustín, escuchaba
con gran atención y respeto a San Ambrosio, desarrolló por él un profundo cariño y abrió
finalmente su mente y corazón a las verdades de la fe católica.

Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)

Concédeme Señor, descubrir el verdadero significado que has dado para mi vida al
cumplimiento ley y experimentar la fuerza del amor.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según san Mateo 23, 23-26

En aquel tiempo, Jesús dijo a los escribas y fariseos: "¡Ay de ustedes, escribas y fariseos
hipócritas, porque pagan el diezmo de la menta, del anís y del comino, pero descuidan lo
más importante de la ley, que son la justicia, la misericordia y la fidelidad! Esto es lo que
tenían que practicar, sin descuidar aquello. ¡Guías ciegos, que cuelan el mosquito, pero
se tragan el camello!

¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que limpian por fuera los vasos y los platos,
mientras que por dentro siguen sucios con su rapacidad y codicia! ¡Fariseo ciego!, limpia
primero por dentro el vaso y así quedará también limpio por fuera".

Palabra del Señor.

Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

Existe en nosotros una realidad que no podemos negar: el pecado. Nuestra condición
humana está herida por el pecado y éste toca lo más profundo de nuestro ser. El pecado
ha herido nuestro corazón, el centro y la fuerza de existencia. En el corazón nacen los
deseos y anhelos más profundos y elevados que el hombre experimenta en su vida. En él
se encuentra el deseo por la verdad, por el bien, por trascender su existencia y dar un
sentido a su vida cotidiana. Es ahí donde el pecado toca y confunde las aspiraciones del
hombre.

En el Evangelio de hoy, podemos ver como el Señor conoce nuestro corazón. Conoce
cuáles son sus deseos e inquietudes, sabe que es lo que busca, pero también sabe que
muchas estos son impulsados por el pecado de modo negativo.

Él quiere sanarnos del pecado, quiere liberar nuestro corazón que muchas veces nos
hace «descuidar lo más grave de la ley... y limpiar la copa y el plato por fuera». Quiere
que nuestro corazón anhele los valores y verdades más profundos e íntimos de nuestra
vida, los cuales impulsen y orienten el cumplimiento de nuestros deberes y obligaciones.
Quiere que descubramos que no se trata de vivir una ley, de cumplirla, sino que vivamos
movidos por el amor, por la verdad, pues esto es lo que da sentido al cumplimiento de la
ley. En ellos abrazamos y aceptamos la ley, como un bien.

«Dios está cerca de cada uno de nosotros con su amor, para llevarnos de la mano a la
salvación. ¡Cuánto amor hay detrás de todo ello! Así, rezando “hágase tu voluntad”, no
estamos invitados a bajar servilmente la cabeza, como si fuéramos esclavos. ¡No! Dios
nos quiere libres; y es su amor el que nos libera. El Padre Nuestro es, de hecho, la
oración de los hijos, no de los esclavos; sino de los hijos que conocen el corazón de su
padre y están seguros de su plan de amor. ¡Ay de nosotros sí, al pronunciar estas
palabras, nos encogiéramos de hombros y nos rindiéramos ante un destino que nos
repugna y que no conseguimos cambiar! Al contrario, es una oración llena de ardiente
confianza en Dios que quiere el bien para nosotros, la vida, la salvación. Una oración
valiente, incluso combativa, porque en el mundo hay muchas, demasiadas realidades que
no obedecen al plan de Dios».

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