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Introducción

El trabajo que es objeto de estudio está basado en una conferencia que pronunció John
Maynard Keynes en noviembre de 1924. Empezaremos incluyendo la biografia del
autor con la intención de que, mediante en conocimiento del personaje, podamos
entender mejor el texto sujeto a tratamiento.

Biografía

John Maynard Keynes

Economista inglés (Cambridge, 1883 - Firle, Sussex, 1946). Recibió una educación de
elite en Eton y Cambridge, se orientó hacia la economía por consejo de su Profesor,
Alfred Marshall. Tras un corto periodo de tiempo trabajando en el servicio
administrativo británico para la India, en 1909 entró como profesor en el King’s College
de Cambridge, donde enseñaría economía hasta su muerte. Fue un hombre
extremadamente culto, un humanista erudito y de prosa exquisita, gran orador,
contertulio y mecenas de intelectuales y artistas; pero también fue un hombre de mundo
interesado por los asuntos políticos y por la economía práctica, dedicando parte de su
tiempo a negocios ajenos y propios con los que llegaría a hacerse millonario.

Todos sus escritos económicos fueron respuesta a problemas acuciantes de la economía


de su tiempo. Así, como fruto de su trabajo en la Administración colonial, escribió La
moneda india y las finanzas(1913). Las consecuencias económicas de la paz (1919) fue
resultado de su participación como representante del Tesoro en la delegación británica
enviada a negociar el Tratado de Versalles después de la derrota de Alemania en la
Primera Guerra Mundial (1914-18); Keynes dimitió de aquel cargo para mostrar su
desacuerdo con las duras condiciones impuestas a los vencidos y escribió este libro para
argumentar que tales condiciones, fruto de un espíritu de venganza, serían imposibles de
cumplir y conducirían a la ruina económica de Alemania, con graves consecuencias
para el resto del mundo.

Desgraciadamente, el tiempo demostró que sus previsiones eran acertadas, y Keynes


volvió sobre el tema en Una revisión del tratado (1922). Las cuestiones monetarias
siguieron atrayendo su atención en el Tratado sobre la reforma monetaria(1923) y
el Tratado sobre el dinero (1930), en donde criticó respectivamente la adhesión al
patrón oro y la teoría cuantitativa de la moneda.

Pero su obra decisiva fue la Teoría general de la ocupación, el interés y el


dinero (1936), con la que dio una respuesta definitiva a la grave depresión económica
desencadenada en todo el mundo a partir del crash de la Bolsa de Nueva York de 1929.
Retomando intuiciones olvidadas de los teóricos del subconsumo (como Malthus),
Keynes indicó que la causa de la crisis era la insuficiencia de la demanda, debida a la
creciente propensión marginal al ahorro de las sociedades desarrolladas (esto es: que a
medida que aumenta la renta, es mayor la parte de ésta que se destina al ahorro y menor
la que se dedica al consumo, con lo que una parte de la producción no encuentra
comprador).
En su opinión, el desempleo así originado no podía remediarse únicamente con medidas
monetarias. La debilidad del consumo privado sólo podía remediarse incrementando el
gasto público en periodos de recesión, haciendo que el Estado incurriera en un déficit
para crear demanda adicional. La importancia de los puntos de vista contenidos en aquel
libro fue tal que fundó toda una rama de la teoría económica moderna,
la macroeconomía, dedicada a explorar las relaciones entre los grandes agregados de la
renta nacional.

Tras vencer las resistencias conservadoras de la ortodoxia liberal, la «revolución


keynesiana» fue penetrando en el mundo académico y en las políticas económicas de los
países: influyó quizá sobre el New Deal de Franklin D. Roosevelt, pero fue sobre todo
después de la Segunda Guerra Mundial (1939-45) cuando se extendió como una nueva
ortodoxia, determinando las políticas económicas de todo el mundo occidental durante
más de tres décadas de crecimiento sostenido. Los partidos conservadores y liberales se
sumaron a esta política capaz de devolver la estabilidad al sistema capitalista después de
los sobresaltos del periodo de Entreguerras; e incluso los socialdemócratas la aceptaron
con entusiasmo, en la medida en que justificaba la intervención del Estado en la
economía y el crecimiento del sector público.

El prestigio alcanzado por Keynes fue tal que el rey Jorge VI le nombró barón en 1942,
ingresando en la Cámara de los Lores. Al final de su vida ejerció una influencia directa
sobre la política económica de su país como director del Banco de Inglaterra y asesor
del ministro del Tesoro. En 1944 presidió la delegación británica en la Conferencia de
Bretton Woods, donde contribuyó a dar forma al Fondo Monetario Internacional
El Final del Laissez-Faire

Keynes, nos presenta en esta primera parte del texto, como la idea del Laissez-Faire fue
calando en la sociedad de una forma tan sólida y contundente, que abarcaba todas las
esferas del individuo.

Una nueva corriente de pensamiento basada en el individualismo se hizo fuerte al final


del siglo XVIII. El derecho divino de los reyes y de la iglesia cedió su lugar a la libertad
natural, al contrato, al principio de tolerancia y a la idea de que la iglesia es “una
sociedad voluntaria de hombres” que caminan juntos de manera “absolutamente libre y
espontánea”

Se impone la idea de la nueva ética; los derechos del individuo, el egoísmo


racionalizado coloco al individuo en el centro. Estas ideas conciliaban los conceptos de
los conservadores y los letrados. Fueron capaces de proporcionar un fundamento
intelectual que satisficiera los derechos de la propiedad y la libertad del individuo para
hacer lo que le plazca consigo mismo y con aquello que le pertenece.

Benthanm y Paley, llegaron a la misma conclusión, aunque por caminos distintos: La


mayor felicidad del mayor número de personas es el único objeto racional de la
conducta.

Rousseau dedujo la igualdad del estado de la naturaleza, Paley de la voluntad de Dios,


Bentham de una ley matemática de indiferencia, Así entraron la igualdad y el altruismo
en la filosofía política, y a través de Rousseau y Bentham pasaron a la democracia y al
socialismo utilitarista.

Los primeros años del siglo XIX realizaron la milagrosa unión, Ella armonizó el
individualismo conservador de Locke, Hume, Johnson y Burke con el socialismo
y el igualitarismo democrático de Rousseau, Paley, Bentham y Godwin.

La idea de la armonía entre los intereses privados y el bien públicos ya eran mas que
evidentes para Paley, pero además, los economistas le dieron una base científica sobre
la que apoyar su teoría, ¡ ¡supone que por la acción de las leyes naturales, los individuos
que persiguen sus propios intereses con conocimiento de causa, en condiciones de
libertad, tienden siempre a promover, al propio tiempo, el interés general! Quedan
resueltas, por tanto, todas las dificultades del hombre practico que se dedica a partir de
entonces a asegurar esas condiciones de libertad.

El principio del Laissez-Faire había conseguido armonizar el el indicidualismo con el


socialismo. Conciliaba el egoísmo de Hume con el mayor bien para mayor numero.
Todo estaba resuelto. Ya no hacían falta filósofos pensadores para resolver problemas
trascendentales. Los hombres de negocios realizarían esa labor simplemente mirando
por sus propios intereses.

Fueron necesarios, no obstante, varios ingredientes mas para completar el pastel. El


primero, la corrupción e incompetencia del gobierno del siglo XVII que todavía en el
XIX sobrevivía. La extraordinaria ineptitud de los administradores públicos empujaba al
hombre práctico hacia el Lassiez-Faire como la corriente de un río hacia el mar, ya que,
casi todo lo que había hecho el gobierno en el siglo XVIII había sido o parecido
perjudicial o desafortunado.

Otro de los ingredientes, es que los progresos que había habido en la segunda parte del
siglo XVII y la primera del XVIII habían venido de la mano de la iniciativa individual
sin, prácticamente, influencia de los poderes públicos. Filósofos y economistas
corroboraron tal teoría. El hombre de negocios estaba encantado.

Queda fertilizado el terreno, por tanto, para que a base de teorías científicas o naturales,
la acción del estado deba limitarse estrechamente, y la vida económica deba dejarse, sin
regular hasta donde pueda ser, a la habilidad y el buen sentido de los ciudadanos.

En la época en que las innovaciones de Darwin conmovían los fundamentos de la fe,


nada podía parecer más opuesto a la vieja doctrina de Paley del relojero divino que la
teoría que parecía sacar todas las cosas de la Casualidad, del Caos y de los viejos
tiempos. Las nuevas ideas apuntalaron a las viejas. Los economistas nos enseñaban que
la riqueza, el comercio y la maquinaria eran las criaturas de la libre competencia y que
la libre competencia hizo al hombre. Los Darwinianos llegaron mas lejos: La libre
competencia hizo al hombre. Las interferencias socialistas venían a ser no solo
inconvenientes, sino sacrílegas, como calculadas para retrasar el movimiento progresivo
del vigoroso proceso por medio del cual nosotros mismos habríamos salido, como
afrodita del limo primitivo del océano. Ya tenemos, pues, una teoría divina.

Todos predican lo mismo. Hume y Paley, Burke y Rousseau, Godwin y Malthus,


Cobbett y Huskisson, Bentham y Coleridge, Darwin y el obispo de Oxford, todos,
estuvieron predicando prácticamente lo mismo: individualismo y laissez faire. Ésta era
la Iglesia de Inglaterra y aquéllos sus apóstoles, mientras que el gremio de los
economistas estaba allí para probar que la menor desviación hacia la impiedad
provocaba la ruina financiera.

Por todos estos motivos y en esta atmosfera, podemos llegar a entender como la
preferencia por el individualismo y el Laissez-Faire caló tan profundamente en la
sociedad y por que la acción del Estado para regular el dinero, el curso de la inversión o
la población, provocaba tan profundas suspicacias en tantos corazones íntegros.

Los economistas facilitaron el pretexto científico para resolver la contradicción entre


socialismo y egoísmo. Es lo que llevo a creer a los utilitaristas, que admitían el
egoísmo de Hube y el igualitarismo de Bentham. El egoísmo contribuía al bien social.

La idea quedo fijada en la mente popular como conclusión práctica de la idea ortodoxa.

Finalmente, el dogma se había apropiado de la máquina educativa; había llegado a ser


una máxima para ser copiada. La filosofía política, que los siglos XVII y XVIII habían
forjado para derribar a reyes y prelados, se había convertido en leche para bebes y había
entrado literalmente en el cuarto de los niños.

Con el español Bastiat llegamos a la expresión más extravagante y poética de la religión


del economista político:

Creo que Él, que ha dispuesto el universo material, no ha apartado Su mirada


del orden' del mundo social. Creo que Él ha combinado y hecho que actúen en armonía
tanto los agentes libres como las moléculas inertes... Creo que la invencible tendencia
social es una aproximación constante de los hombres hacia un nivel moral, intelectual y
físico común, con, al mismo tiempo, una elevación progresiva e indefinida de ese nivel.
Creo que todo lo que se necesita para un desarrollo gradual y pacifico de la humanidad
es que sus tendencias no sean obstaculizadas y que la libertad de sus movimientos no
sea destruida.
En esta segunda parte, Keynes nos muestra con extraordinaria habilidad las carencias de
la doctrina del Laissez-Faire.

Según Keynes, los economistas han escogido las hipótesis de las que parten, que
ofrecen a los principiantes, por ser estas más simples y no porque sean lo mas poximo a
los hechos. Han empezado presuponiendo que el estado de las cosas es el de la
distribución ideal de los recursos productivos y que este, puede producirse a través de
la actuación independiente de los recursos productivos, mediante el método de prueba y
error, de tal modo que aquellos individuos que actúan correctamente eliminaran por
competencia a aquellos que lo hagan de forma equivocada. Desgraciadamente, esto
conlleva que no debe haber piedad ni protección para las personas que invierten su
capital y su trabajo en la dirección equivocada. Podríamos estar hablando de una
autocorrección del sistema. El método permite el ascenso de los que tienen más éxito en
la persecución del beneficio, a través de la lucha despiadada por la supervivencia, que
selecciona al más eficiente mediante la ruina del menos eficiente.

Solo cuentan los resultados. Las girafas con el cuello mas largo dejaran morir de
hambre a aquellas que tienen el cuello mas corto. Pero, si dejamos que las jirafas actúen
libremente:

- Se cortará la máxima cantidad de hojas, porque las jirafas con el cuello más largo, a
fuerza de matar de hambre a las otras, se colocarán más cerca de los árboles.
- Cada jirafa tratará de tomar las hojas que le parezcan más suculentas entre las que
estén a su alcance.
- Las jirafas a las que apetezca una hoja dada más que cualquier otra, se estirarán al
máximo para alcanzarla. De esta manera, más y más jugosas hojas serán engullidas,
y cada hoja alcanzará la garganta que ella crea que ha acreditado un mayor
esfuerzo.

La eficacia y la necesidad de la oportunidad para hacer dinero privado ilimitadamente,


como un incentivo al máximo esfuerzo, aumenta en beneficio de aquel que se haya con
sus recursos productivos en lugar correcto y en tiempo adecuado. De esta forma, Uno de
los motivos humanos mas poderosos, el amor por el dinero, toma especial protagonismo
en la tarea de distribuir los recursos económicos del modo mejor para aumentar la
riqueza.

Darwin invoco el amor sexual como ayuda de la selección natural mediante la


competencia, así, el individualista invoca el amor por el dinero actuando a través de la
persecución del beneficio, como ayuda de la selección natural. Esto nos conduce a una
serie de complicaciones que los economistas suelen dejar para su posterior
argumentación:

- Cuando las unidades eficientes de producción son grandes en relación con las
unidades de consumo.
- Cuando los gastos generales o costes comunes están presentes.
- Cuando las economías internas tienden a la agregación de la producción.
- Cuando el tiempo necesario para el ajuste es largo.
- Cuando la ignorancia prevalece sobre el conocimiento.
- Cuando los monopolios y las concentraciones interfieren en la igualdad en la
negociación

Debemos analizar, además, cuestiones que gran importancia; el calculo del coste y del
carácter de la propia lucha competitiva y la tendencia a que la riqueza se distribuya
donde no es muy apreciada. Si nos preocupa el bienestar de las jirafas, no debemos
pasar por alto los sufrimientos de aquellas que tienen los cuellos mas cortos y se están
muriendo de hambre frente el hartazgo de aquellas de cuello largo.

Todos estos elementos han contribuido a la tendencia intelectual corriente. La fuerza de


muchas de las razones originales ha desaparecido, pero, como de costumbre, la
vitalidad de las conclusiones las sobrevive. Sugerir una acción social en favor del bien
público de la ciudad de Londres es como discutir el Origen de las especies con un
obispo de hace sesenta años, explica Keynes. El individualismo ha arraigado tanto en
la sociedad que ya no responde a la razón, sino a la moralidad. La primera reacción no
es intelectual, sino moral.

Keynes concluye con las siguientes conclusiones:

1) No es verdad que los individuos tengan una libertad sancionada por la costumbre de
sus actividades económicas. No es una deducción correcta de los principios de la
economía que interés propio produzca siempre el interés publico. Tampoco es verdad
que el interés propio sea generalmente el mas ilustrado, al contrario, los que actúan por
separado persiguiendo sus propios fines suelen ser los mas ignorantes o demasiado
débiles para alcanzar estos.

La medida ideal para la unidad de control y organización esta situada en algún punto
entre el individuo y el Estado moderno. Keynes sugiere que el progreso radica en el
aumento de reconocimiento de cuerpos semi-autonomos dentro del Estado. Cuerpos
cuyo criterio de acción dentro de este campo quede3 reducido exclusivamente al interés
publico.

Keynes nos propone una vuelta hacia las concepciones medievales de autonomías
separadas. En Inglaterra, las corporaciones son un modo de gobierno que jamás ha
dejado de ser importante y es consustancial a sus instituciones. Las universidades, el
banco de Inglaterra, el puerto de Londres.

Uno de los desarrollos más interesantes e inadvertidos de las épocas fuero las
tendencias de las grandes empresas a socializarse. En los casos de un gran ferrocarril,
un gran banco o una gran compañía de seguros los propietarios del capital están
totalmente disociados de la dirección. Estas buscan más la estabilidad general y el
prestigio de la institución. No se trata de ganancia pura.

2) A Keynes le parece especialmente relevante en establecer un criterio de agenda en


relación con lo que es urgente y relevante en el futuro próximo. Hay que tender a
separar aquellos servicios que son técnicamente individuales de aquellos que son
técnicamente sociales. La agenda del estado no debe referirse a aquellas actividades
que ya están desarrollando los individuos privados, sino a aquellas funciones que caen
fuera de la esfera del individuo, aquellas decisiones que nadie toma si el estado no lo
hace.

Muchos de los males de nuestro tiempo son la consecuencia del riesgo, la


incertidumbre y la ignorancia. Los individuos particulares, afortunados en situación o
capacidad, suelen aprovecharse de la incertidumbre y la ignorancia. La solución a estos
problemas no esta al alcance de estos individuos, todo lo contrario, lo que a estos les
conviene es agravar la enfermedad. Es por esto por lo que Keynes propone una control
deliberado del crédito por medio de una institución central y una publicación completa
de los datos relativos a la situación económica.

También nos sugiere una reflexión inteligente de lo que es deseable que la comunidad
como un todo ahorre, y si la organización actual del mercado distribuye los ahorros por
los canales mas productivos para el país.

Keynes, por otra parte, entiende que ya ha llegado el momento de que el país se
plantee una política nacional meditada sobre el tamaño de la población. Habiendo
Desarrollado esa política, deberá tomar las providencias necesarias para desarrollarla.

Keynes, hace una reflexión acerca del papel que ocupa el motivo monetario en nuestras
vidas y propone un profunda reflexión acerca de cual seria el espacio que este debería
abarcar. La mayoría de las discusiones mas vehementes sobre economía, no se
producirán en torno a cuestiones técnicas, con argumentos meramente económicos,
sino a aquellas meramente psicologicas o, tal vez, morales. Sugiera organizar nuestros
asuntos de forma que el motivo monetario ocupara el espacio mas pequeño posible, en
lugar del mayor posible. El hombre medio desvía su atención del problema y no tiene
una idea clara de lo que realmente piensa y siente sobre esta confusa y difícil cuestión.
La confusión de pensamiento y del sentimiento lleva a la confusión del lenguaje.
Mucha gente, y esto ocurre todavía en pleno año 2011, que esta criticando el
capitalismo como modo de vida, argumenta como si lo estuviera haciendo sobre la base
de su ineficiencia para alcanzar sus objetivos. Por el contrario, los devotos del
capitalismo son indebidamente conservadores, y rechazan las reformas que podrían
reforzar el propio capitalismo. Nuestro problema es construir una organización social
que sea lo mas eficiente posible sin contrariar nuestra idea de un modo de vista
satisfactorio.

En el campo de la acción, los reformadores no tendrán éxito hasta que puedan perseguir
firmemente un objetivo claro y definido, con sus inteligencias y sentimientos en
sintonías.

La pobreza material proporciona el incentivo para cambiar precisamente en situaciones


en las que existe muy poco margen para la experimentación. La prosperidad material
suprime el incentivo, precisamente por que seria arriesgado probar suerte.