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Adolfo Colombres

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Colombres, Adolfo
Esa luz que ciega / Adolfo Colombres. - 1a ed - Ciudad Autónoma de Buenos
Aires : Fundación CICCUS, 2021.
144 p. ; 23 x 16 cm.

ISBN 978-987-693-872-3

1. Narrativa Argentina. I. Título.

CDD A863

Obra de tapa: Paul Gauguin, Las enviadas de Oro (1893).


Las imágenes de las pp. 142 y 144 también corresponden a
Paul Gauguin: Eva tahitiana (ca. 1892) y Aguas misteriosas (1893).
Diseño de tapa: Andrea Hamid
Corrección: Ana María Marconi
Coordinación Alejandra Teijido - Andrea Hamid
Diseño y producción editorial: Andrea Hamid
© Ediciones CICCUS - 2021
Medrano 288 - CABA (1179)
(54 11) 4981-6318 / (54 11) 2127-0135
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Prohibida la reproducción total o parcial del contenido de este libro en cualquier
tipo de soporte o formato sin la autorización previa del editor.

Impreso en Argentina
Printed in Argentina

Ediciones CICCUS re- Ediciones CICCUS ha


cibió el Diploma de sido merecedora del re-
Honor Suramericano conocimiento Embajada
que otorga la Fundación de Paz, en el marco del
Democracia desde su Proyecto-Campaña “Des-
Programa de “Formación en Valores pertando Conciencia de Paz”, auspicia-
en el Mercosur y la Unasur”. do por la Organización de las Naciones
Círculo de Legisladores, Unidas para la Ciencia y la Cultura
Honorable Congreso de la Nación. (UNESCO).

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Índice

I. La Posada del Silencio......................................................... 9

II. Las fragancias del tiempo................................................ 31

III. Las lágrimas de Maira.................................................... 43

IV. La casa amarilla.............................................................. 63

V. Las islas lejanas................................................................ 79

VI. Sombras del paraíso........................................................ 97

VII. La hora del lobo............................................................121

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La vida no es la suma de años sino lo que realmente vivimos,
y el resto es puro pasar.

Héctor Tizón, La casa y el viento

El desierto crece; ¡ay de aquel que alberga desiertos!

Ernst Jünger, Sobre los acantilados de mármol

¿Qué es un alma perdida?


Es la que se ha desviado de su verdadera senda
y anda a tientas en la oscuridad de los caminos del recuerdo.

Malcolm Lowry, Bajo el volcán

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I

La Posada del Silencio

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uando el Capitán separó los párpados, abandonando el territo-
rio del ensueño al que se librara momentos antes, se vio bañado
por una luz intensa que lo reinstalaba en ese presente perfecto,
dispuesta a impedirle que se deslizara otra vez por las grietas del tiem-
po para seguir escarbando en sus cenizas. Lo primero que registró su
conciencia fue, más allá del jardín frontal de la posada, la blanca línea
de rompiente, donde el viento levantaba virutas de espuma, así como el
brillo del mar en aquel día de verano que se presentaba como caluroso.
Recogió del suelo el libro que se le cayera al adormilarse, y luego, al al-
zar la mirada, dio con un colibrí suspendido sobre un manojo de flores
de buganvilla color té, como un vibrante mensaje de vida. En el otro
extremo de la galería reposaba un anciano, cuyo nombre nadie hasta
ahora pronunciara en su presencia. El fulgor acerado de su mirada,
inmóvil en el fondo de sus cuencas, sostenía esa expresión absorta y
resignada de quienes saben que están próximos al fin y esperan su hora
refugiados en sí mismos, ajenos ya a los esplendores y miserias de la
existencia humana. Tenía dificultades para respirar, a juzgar por sus
ahogos y babeos, y la cabeza se le caía hacia adelante, hasta apoyar el
mentón en el pecho. Se demoró en su perfil huesudo, en sus miembros

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descarnados y encogidos, que le daban el aspecto triste de un perro de
orejas gachas bajo la lluvia. Sabía, sí, que se trataba del padre de doña
Helena, la rubia teñida y opulenta, de edad indefinida, que regenteaba
ese hostal poco concurrido, al que con tino bautizaran como La Posada
del Silencio. Se hallaba a un kilómetro al sur de un antiguo pueblo pes-
quero llamado Punta de los Lobos, y al doble de distancia, en el mismo
rumbo, de una lobería y el comienzo de los altos acantilados, donde
anidaban millares de loros barranqueros. Pero nuestro navegante an-
clado en tierra, sin barco alguno desde que muchos años atrás vendiera
su velero, a quien antes denominamos simplemente «el Capitán», no
estaba en condiciones de compadecerse de aquellos restos, pues tam-
bién había llegado a viejo y se trataba de un alma devastada por una
turba salvaje de imágenes, sensaciones, recuerdos, palabras, rumores,
gritos lejanos, y en especial por un dolor incesante, originado por una
mala conciencia a la que ni siquiera intentaba mitigar, sospechando
que de suprimirlo de cuajo no tendría otro pilar en el que afirmarse.
Por más sincera que fuese su compunción y se obstinase en no ceder
paso a una recurrente gana de llorar, sabía que su tiempo había que-
dado atrás, y que eso que antaño se conocía como «alma» había pasado
de moda, por lo que ya a nadie conmovían tribulaciones de tal naturale-
za. Además, se decía, la tristeza nunca mata de golpe, y él, al girar tanto
en torno a sí mismo, no buscaba otra cosa que tocar el fondo de lo real.
Quien se hallaba en el jardín, segando el pasto con una guadaña,
era Ludmila, la única empleada del establecimiento. Llevaba un vestido
verde descotado y de tela ligera. Canturreaba una melodía dulce pero
indescifrable, aunque no debemos tomar esto como una expresión de
euforia, pues la debilidad de su mirada daba ya a entender, como ella
misma se lo dijera en tono confidencial a doña Helena en esa semana,
que se acercaba al límite de sus fuerzas, y que de seguir decayendo su
salud en marzo dejaría de trabajar. Se trataba de una mujer de mediana
edad, no carente de atractivos, pero sus mejillas hundidas, sus labios
entreabiertos y exangües, su cuerpo consumido y la palidez oscura de
su piel eran señales evidentes de su mal estado. Si demoraba su partida
era a causa de la necesidad, pues no tenía marido ni familiar alguno al
que pudiera recurrir por ayuda económica y debía mantener a su hija
Belén, una niña de ocho años, espigada y de pelo largo y negro, a la que
conociera en la tarde anterior, y cuya forma de desenvolverse desperta-
ra de inmediato su simpatía.

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Arrellanado en su silla de mimbre, dejó divagar la mirada por la in-
mensidad del océano. Vio volar sobre él, con sus grandes alas desple-
gadas, un albatros errante, ave de plumaje blanco y pico color salmón
que acostumbra seguir a los barcos. Contempló sus evoluciones por ese
cielo radiante hasta el momento en que por el camino de la costa, de-
trás de unas hortensias en flor, irrumpió una muchacha en bicicleta, la
que giró para ingresar en el jardín de la posada por el sendero de grava.
Saludó a Ludmila con un beso en la mejilla y se quedó un rato conver-
sando animadamente con ella. Reparó en sus hombros estrechos, en el
perfil curvilíneo de su espalda y su cadera, así como en la trenza oscura
que le caía sobre el pecho. Sus dedos largos y dúctiles ceñían el manu-
brio de la bicicleta para mantenerla en pie.
No precisó más detalles para que la imagen de Camila se apodera-
se nuevamente de él, saltando las vallas del tiempo, sin importarle que
fuese ya un viejo de setenta años y hubiesen transcurrido tres décadas
desde que él arrojara su cuerpo al océano Pacífico, en un rito solitario
solo celebrado por las gaviotas, como si les estuviera echando comida.
Esa sombra venía ahora a recordarle que no tenía otro destino que el de
sangrar por dentro en su homenaje, y que más le hubiera valido morir en
la cabaña con ella, para entrar así juntos en la eternidad. O mejor aún,
porque era lo justo, entrar él en lugar de ella. No obstante, había llevado
a esa playa austral el revólver con el que aquel ser tan terrenal matara,
al costo de su propia vida, a los dos sicarios que lo esperaban para ase-
sinarlo.
La joven se despedía ahora de Ludmila y avanzaba hacia la galería,
tras dejar la bicicleta tumbada en el pasto. Vestía un short celeste de
tela de jeans y una blusa blanca con volados de encaje. Advirtió que
sus ojos, de un color azul profundo y largas pestañas, lo escrutaban con
resolución, como debía hacer con los nuevos huéspedes que se alojaban
en la posada. Sus gestos eran lentos y precisos, aunque también colma-
dos de ausencia, como si se dirigieran a otro ser que estuvo allí alguna
vez y ahora fuese un espectro similar a él, una forma evanescente que
quizás había ido allí a morir. Ablandó al rato la expresión, en algo que
parecía un saludo, para dirigirse luego al comedor en busca de doña
Helena.
Al desaparecer ella de su vista, pensó que el deseo alimenta el fuego
en el que buscamos consumirnos, pero que también aporta una carga
de ternura, elementos que son de por sí una clarividencia, un ver claro,

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más allá de la imagen que nos cautiva. Camila lo miraba impertérrita
desde una costa ardiente e intemporal, recordándole las sabias leccio-
nes que le diera sin pedirle nada a cambio, empezando por la certeza
de que lo invisible (esfera a la que ella pertenecía desde entonces) era
más real que lo visible, que eso que registraban con avidez sus sentidos,
como la imagen fugaz de aquella muchacha aún sin nombre que recla-
maba un lugar, por mínimo que fuese, en su conciencia. A modo de
consuelo, o de asegurarse que no había vivido en vano, se reiteró que él
era un hombre de mar, por más que lo abandonara hacía mucho, para
regresar a una tierra de la que abominara al partir. Su propósito había
sido hasta entonces convertirse en un escritor, pero debió reconocer, al
volver a los días grises de su ciudad, su fracaso en este empeño, al no
poder bajar al papel, con una fuerza narrativa convincente, esa histo-
ria que tanto lo carcomía, a pesar de que dicha tarea no precisaba de
una especial imaginación, por tratarse de un relato claro y convincente,
además de sustentado en una amarga ironía, que rebelaría a todo ser
sensible. Tal vez, de lograrlo, hubiese podido conjurar la danza de las
formas que lo asediaban. Balsas cargadas de tagua y de cacao. Mulatas
de piel abrillantada por el sudor. La oscuridad perfumada y veneno-
sa de la selva, su gigantesca respiración y sus pudriciones. La platea-
da superficie del estuario de un río que penetra con fuerza en el mar,
arrastrando troncos y ramajes. Pero él no poseía más que esas remem-
branzas, y moriría tan solo como había vivido, sin que le sirviera ya de
consuelo el aserto de que quien nada posee no es poseído por nada, ni
por nadie. Camila había sido un sarcasmo del destino, que vino a en-
sañarse con sus pobres mitos, mostrándole que no hay peor esclavitud
que esa belleza que no se subsume en objetos ni actos inertes, sino en
una voluntad dispuesta a jugarse por entero en cada una de sus ex-
periencias, sin cálculos mezquinos. Ella fue como un ángel enviado a
rescatarlo del ostracismo en el que se sumiera al arrojarse a los abismos
del mar, renegando de la especie humana. «Es la libertad lo que nos
une, el dolor de la libertad», le había dicho Camila, mirándolo con sus
ojos negros de hechicera, consciente de que ambos rechazaban la mera
idea de sentirse una mosca en la telaraña, que zumba tenazmente para
escapar y no lo consigue. Su principal diferencia se cifraba en el hecho,
nada menor, de que él buscaba la soledad como un fin en sí, mientras
que para ella la soledad no era más que el duro precio que debía pagar
a diario por ser libre.

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«Me llamo Maira», dijo entonces una voz tierna que parecía venir de
uno de sus paraísos perdidos y no de allí. Y él entonces apartó sus hara-
pos del alma y se incorporó del sillón desde el que conjugaba recuerdos
y percepciones, para saludar a esa muchacha providencial con la deli-
cadeza de un caballero antiguo, pues si lo miramos bien, con sentido
crítico, no era otra cosa. Un hombre que ya acaricia a la muerte como a
un cachorro, lamentando tan solo no haber tenido un hijo y sin otra jac-
tancia que la fidelidad de su memoria, un templo seguro para los seres
que había amado y confiaron en él en algún tiempo desvanecido, y que
no deambulaban ya por la faz de la tierra. Pero esa muchacha se halla-
ba en la plenitud de la vida, irradiaba juventud y belleza en la calidez
quieta del aire, algo que celebraba en lo más profundo, sin inmiscuir
en ello al deseo, pues sentía que también este parecía haber quedado
atrás. Él le dijo su nombre. Se presentó como un caracol desmarado.
Como un escritor frustrado que, por no haber podido narrar las histo-
rias que más lo quemaban con la altura y profundidad que se merecían,
se convirtió en un malhumorado guardián de memorias perdidas, de
simples seres que no dejaron huellas en este mundo, como tampoco las
dejaría él. Le habló de la bruma de los trópicos. De las crestas blancas
de las olas que surgen de una superficie azul turquesa y se alzan hacia
un cielo refulgente como una plegaria. De la novela de Conrad que te-
nía en la mano, El descastado de las islas. Y luego, invitado por ella,
caminaron por la playa, imprimiendo sus pisadas en la arena. Le contó
también que su barco se llamaba Cormorán, que llegó a amarlo porque
lo albergó cuando era un náufrago de la vida y odiaba a la humanidad
entera por lo que le había sucedido, pero de esto último no quiso decir
nada. En definitiva, que era un montón de sombras y de ruinas, y que
no merecía el honor de estar ahora a su lado, por no tener buenas ense-
ñanzas que transmitirle, ni cuota alguna de optimismo. «No te creas»,
le replicó ella, bajo el oscuro fulgor de una mirada. «Yo también, aun-
que no parezca ni tenga edad para eso, cargo mis propias ruinas, y me
vine a vivir aquí para olvidarme de ellas».
Se acercaban ya a las restingas cuando vieron un lobo marino que, al
parecer, perseguía a un banco de peces bajo una luz ambarina y cálida.
Entonces ella, sin anuncio previo, cediendo a un impulso instantáneo,
se alejó de él con una veloz carrera, y luego se desnudó casi por com-
pleto, dándole la espalda, para entrar en el mar. Con ceño perplejo, él
contempló ese escándalo de una belleza imprudente que resplandecía

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con el fuego del poder femenino. La vio sumergirse en las olas y resur-
gir, nadando con elegante estilo en dirección al lobo como si fuese a
abrazarlo, sin temor a las mohosas y cortantes piedras cubiertas por el
agua de la restinga. Le llegó el estridente graznido de una gaviota que
luchaba contra el viento.

Bajo el resplandor cárdeno de las nubes al anochecer, Maira se pasea-


ba por el jardín de la casa que heredara de su padre, hechizada por la
luz que irradiaban las flores, como si la hubieran acumulado durante
el día para liberarla en esa hora mágica. El sol acababa de hundirse,
con un brillo opaco y sombrío, carente de reflejos. En el frondoso go-
mero que dominaba ese espacio de verdor, los pájaros ensordecían
con sus gorjeos llenos de zozobra. En el callejón que marcaba el linde
posterior del terreno, una ventisca juguetona arremolinaba el polvo.
Para ella era el momento de la melancolía, de volver a los recuerdos
que el tiempo corroía, aunque no amansaba. Meneó la cabeza, como
si hablara con sus fantasmas, pidiéndoles que respetaran su infortu-
nio. Una niña de mejillas sonrosadas que parecía regresar de la pla-
ya la miró con grandes ojos inquisidores, deseando acaso saber qué
hacía en este mundo. No le respondió, porque debía ser ella misma,
muchos años atrás, cuando sus padres se sentaban al atardecer en
aquel jardín, o lo regaban pacientemente con una manguera, al final
de esas largas y esplendorosas jornadas de verano, ya irrepetibles. La
mesa de metal con un parasol plegable, en la que solían almorzar los
tres, se había herrumbrado y ya no estaba bajo la sombra generosa del
gomero, sino arrumbada en el galpón. Evoca a su madre en un ataúd,
su cara gris, el cuerpo consumido por un cáncer de pulmón, y ella, que
un mes atrás había celebrado sus quince años con una fiesta, llorando
junto a la cabecera, como si esperara que un ángel descendiera del
cielo para resucitarla, o al menos para sacarla a ella de ese mal sueño
que acontecía en la sala de una funeraria, con un aire embalsamado de
fragancias dulces e intensas, de jazmines del Cabo que ya entraban en
descomposición. Hasta su padre, siempre tan duro, se había quebra-
do, porque esa noche, ya sin la mujer con la que no había sido justo ni
amoroso, desató un llanto incontenible, tumbado en la cama que tan-
to compartiera con ella y en la que probablemente la engendraran, sin

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quitarse sus zapatos negros ni la ropa que usara en el sepelio. Nueve
años dormiría allí solo, pues ninguna otra mujer vino a ocupar el sitio
de su madre. Y ella, en aquel tiempo, solía mirarse en el espejo de la
cómoda antigua de su cuarto, observando sus mejillas flacas y opacas,
sus ojos inexpresivos, como si fuera el rostro de su madre muerta.
Aunque una noche su madre se escabulló de la eternidad y vino a re-
flejarse en sus azogues, para decirle que ya era hora de que hiciese su
vida, pero sin abandonar sus estudios, para no depender en lo econó-
mico, como ella, de ningún hombre, y eligiera sin prisa un novio entre
los muchachos de buen corazón y con un proyecto claro de vida que
se le acercaran, cuidándose siempre de no asustarlos con sus extrava-
gancias, las que eran ciertas y no escasas, pues se trataba en verdad de
eso que llaman «una chica desenfadada». Reprochaba a sus padres de
tomar tan en serio sus ocurrentes jugarretas, como si de verdad habi-
tara otro mundo, inaccesible para quienes se mostraban incapaces de
bucear en aguas profundas. A ella le parecía exagerada esa fama que
le tejieran entre sus familiares y allegados para divertirse a sus expen-
sas, pues tal como lo había escrito en un cuaderno con tapa de cuero
color carmín, el que no alcanzó a convertirse en un diario por la falta
de continuidad y el carácter heterogéneo de sus notas, solo se cuidaba
de no privar a las cosas de sus encantos y misterios. Esta era su única
divisa, y todo lo demás, como ponerse de pronto un vaporoso vestido
blanco y un sombrero de rafia, atarse una cadena de odalisca justo
encima de la pelvis o andar descalza en verano para sentir los latidos
de la tierra, no obedecían a una predisposición mórbida, desde que
no pasaban de ser simples desplantes dirigidos, aunque no siempre, a
desestabilizar por un momento a esas mentes muy estructuradas, que
se pasan las horas hablando de naderías y criticando a los transgreso-
res de sus ridículos breviarios. Ella se presentaba como un salvaje y
misterioso canto a la vida, y apelaba a su temperamento esquivo para
inhibir a cuanto pelmazo alimentase la peregrina idea de echar mano
a sus modestas curvas y suaves concavidades, intentando seducirla
con una retahíla de lugares comunes.
Caminaba ahora por la playa, contemplando el resplandor de las es-
trellas. El pueblo se reducía a dispersos racimos de haces luminosos en
la distancia, con formas apenas insinuadas. A lo lejos, el mar atronaba
contra los arrecifes. La sobresaltó un chapoteo repentino, que atribuyó
a un gran pez persiguiendo a una presa. Alguien le había dicho que no

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es lo mismo la pena que la memoria de la pena, pero ella no alcanzaba
a establecer la diferencia. Las imágenes no tardaban en desvanecerse,
pero quedaba el dolor, como una herida difícil de suturar. Porque la re-
signación, escribió, era una forma del olvido, y la rebelión, en cambio,
una cara de la eternidad que ensancha el alma. La cercanía de la posada
la llevó a pensar en ese hombre viejo y moralmente vencido, que se le
presentara como un «caracol desmarado». Le hubiera gustado conocerlo
de joven, pues por lo poco que hablaron, era evidente que solo acarreaba
ruinas, como si su pecho fuera un refugio de todas las tormentas y mi-
serias, tanto propias como ajenas. Aunque él no se abrió del todo a ella,
como si no tuviera más lugar para la desesperación. No obstante, era ágil
para su edad, resabio de juventud que impedía considerarlo un anciano.
Su edad se hacía más patente en las hondas arrugas que le surcaban la
cara.
Piensa ahora, con preocupación, en el estado de salud de Ludmila,
pues por más que ella eludiera hablar del tema, padecía un mal cardía-
co de cierta gravedad. Bien podía morirse de pronto, dejando a Belén
desamparada. La niña se había encariñado con ella. Durante los tres
últimos años la vio crecer, mientras jugaban y paseaban juntas. Si no
venían parientes lejanos dispuestos a llevársela, se mostraba dispuesta
a adoptarla legalmente, lo que le exigiría un dominio más frío y respon-
sable de sí misma, a menos que ambas se fugaran a una isla encantada
e intemporal, donde aún existiese la fraternidad en estado puro, o sea,
sin cálculos, rostro, ni nombre.
Del comedor de la posada llegaba una música de piano, pero des-
cartó el impulso de acercarse. Prefería continuar con sus recuerdos,
pues ahora regresaba el fantasma de su padre, quejándose de su muer-
te violenta y aún no esclarecida, y que bien podía relacionarse con un
lado turbio y desconocido de sus negocios, pues los dos hombres que
entraron en la casa no eran ladrones, sino sicarios. Quizás su padre
esperaba algo así, pues en el último mes se lo veía inquieto y preocu-
pado, aunque evitaba revelarle la causa. Pero en el cajón de su velador
guardaba su viejo Smith Wesson, bien aceitado y cargado. Al parecer,
cuando escuchó que alguien abría la puerta de calle sin forzarla, como
si tuviera la llave, él empuñó el revólver y salió a su encuentro. Alcanzó
a herir a uno, pero el otro le descargó tres balazos en el pecho. También
la hubiera matado a ella de encontrarse entonces en su dormitorio,
próximo al de su padre, pero quiso la suerte que estuviera entonces en

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la pieza del fondo de la casa, cruzando el jardín, que ella usaba como
estudio, por lo que apagó la luz, y con un miedo cerval fue a ocultarse
en el copioso follaje de una enredadera y unos altos papiros que crecían
junto a ella. De todas maneras, el asesino de su padre prefirió huir de
inmediato, llevándose a su compañero herido para tratar de salvarlo, el
que dejó un reguero de sangre hasta llegar al automóvil que los espe-
raba en la esquina, como se pudo determinar por esas manchas. Cuan-
do advirtió que se habían marchado, abandonó su refugio y entró a la
casa por la cocina, para encontrar a su padre en el pasillo, tendido de
espaldas y ya sin vida. En su desesperación, tardó en avisar a la policía.
Al día siguiente empezaron a volar las hipótesis por la prensa, y temía
que viniesen por ella. Para soportar esa tormenta emocional, se drogó
con psicofármacos, al principio recetados por un psiquiatra y luego por
su propia cuenta, en dosis excesivas que la sumieron en un estado de
confusión general, atravesado por convulsiones, alucinaciones, altera-
ciones del ritmo cardíaco, bajas de presión arterial y reacciones para-
noicas que la pusieron al borde del suicidio, pues poco faltó para que se
pegara un tiro con el mismo revólver de su padre, el que le devolvieron
luego de las pericias, por tratarse de un arma registrada, puesta ahora
a su nombre, para su defensa personal. Por suerte, ya cerca del fin, una
voz interior le sugirió partir hacia el mar, a esa casa de veraneo que
ahora habitaba de un modo casi permanente, y que su padre compra-
ra al regresar de una peligrosa aventura que cuando ella tenía apenas
tres años realizó con unos amigos por los hielos antárticos, decidido a
jugarse por una vez la vida en algo especial. En la carta que le enviara
a su madre, y que ella conservaba, le hablaba de la oscuridad blanca de
la nieve, del aullido de bestia herida del viento, un monstruo en celo
cuyas ráfagas furiosas eran verdaderos latigazos; del resplandor de las
olas que arremetían contra el casco de la embarcación, y que ellos de-
bían amarrarse a su litera para no salir despedidos. También de una
cascada que amaneció convertida en cristal de roca por el frío. Cuando
su madre supo que faltó poco para que naufragaran en el Cabo de Hor-
nos, le apercibió que si repetía este tipo de viajes se separaría. Habían
pasado dos años de su muerte, y aún temía que viniesen por ella, pues
el crimen estaba esclarecido. Además de haber perdido a sus padres,
era hija única, sin hermanos que la acompañasen en el duelo. Pero en
esa costa fue rehaciendo su vida, recuperando de a poco los recuerdos
de su infancia en ella, las incursiones que hacían en auto a la península

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para ver elefantes marinos, ballenas, orcas, pingüinos, y también, en la
ruta, guanacos, maras y avestruces.
Aunque era consciente de que vivía en el momento más pleno de
su juventud, la soledad la empujaba hacia el río turbulento de su me-
moria. Mirando la luna llena, evocó la última vez que vino a esa casa
con Eric, meses antes de la muerte de su padre, a pasar una semana
los dos solos. Era ya noviembre, y les tocaron al llegar días lluviosos,
que colgaban nieblas de los árboles, y hasta una tormenta eléctrica con
granizo, que resonó en el techo con estruendo. Eric no era más alto
que ella, pero sí fornido, y se paseaba orgulloso de su estampa, con
el atuendo fantasioso de los rockeros. Con sus ojos relampagueantes
de ave de rapiña desnudaba a los seres y las cosas, y por momentos
también a ella. Su moderada desfachatez la embelesaba, y se sentía a la
deriva de su humor atrabiliario, en el que no faltaban momentos de ter-
nura. Estos últimos solían llegar después de sus violentas explosiones,
provocadas tanto por el carácter exaltado y febril de Eric como por sus
cíclicos intentos de romper la telaraña pasional en la que él la apresa-
ba, tejida con habilidad y una buena cuota de fascinación. En esos días
lluviosos se dedicaron a hacer el amor salvajemente, escuchando los
discos de vinilo que él trajera de los grupos que más le gustaban, como
Sumo, Soda Stereo y Los Abuelos de la Nada. Y también de buen jazz.
De noche encendían velas para jugar con las sombras gigantescas que
ambos proyectaban en la pared, interactuando con ellas y acusándolas
de ajenas, de no pertenecerles, actos en los que desplegaba sus ínfulas
poéticas, mientras la atravesaba con esa mirada ardiente del hambrien-
to. Cuando mejoró el tiempo salieron a pasear. Se ve junto a él trepando
las dunas en una tarde desapacible, por el aire caliginoso de las lluvias.
También recogiendo moluscos en los charcos dejados por la bajamar.
Cada tanto él sacaba del bolsillo de su chaleco un reloj niquelado, muy
antiguo, como un exótico toque de distinción que le permitía ser de
pronto, y por escasos minutos, otra persona, afable y distendida, a la
que le gustaba jugar con sus posturas estatuarias. Ella lo miraba enton-
ces con ojos calmos, pues tales lapsos de humor de su parte pretendían
diluir su actitud cada vez más taciturna, como si se hubiera quebrado ya
algún resorte y aquella relación tan intensa se deslizara pausadamente
hacia el fin. Y eso ocurrió, sin ritual alguno de despedida, conforme a su
estilo. En la última noche, cuando salió del cuarto de baño, aún mojada
y cubierta por su albornoz con capucha, él la miró embelesado, como

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si viniera de un cuento de hadas, y saltó sobre ella, convertido en un
leopardo hambriento de carne tierna. Esa fue su forma de decir adiós,
pues en la mañana, al despertar de un sueño muy profundo, comprobó
que él ya no estaba. Quedaría fijado en su recuerdo el acto de sacar del
chaleco ese reloj antiguo, como un refinado gangster. Si bien en la se-
mana siguiente hablaron por teléfono, no volvió a verlo. La imagen de
esos días finales que guardaba de él no tenía la fijeza de una fotografía,
pues su imaginación, junto al poder de la nostalgia, la habían ido enri-
queciendo en los dos años que pasaran desde entonces, acomodándola
a los meandros de su deseo. Aunque es sabido que las formas se cansan
y se resquebrajan, en el ansia de volver a su radiante origen.
Seguía deseando otra oportunidad, que él reapareciera de golpe en
un recodo del tiempo, por el mismo callejón que se lo había llevado.
Esa mañana lloró, pegó un puñetazo a la pared pintada a la cal, con
manchas sanguinolentas de los mosquitos aplastados, lastimándose los
nudillos, y más tarde, con el corazón redoblándole como un tambor,
entró en el mar frío deseando que este la tragase, o al menos que la
tumbara una pulmonía, para hundirse así en las redes arácnidas de la
fiebre. Pero contra esa realidad de plomo nada podía el refugio de la
locura. El día era además esplendoroso, de una luz diáfana que parecía
reírse de sus sueños de papel, al igual que los gritos lanzados por las
gaviotas que la circunvolaban. El sol palidecía ya detrás de las nubes
cuando fue a caminar sobre las dunas, arrastrando blandamente por
ellas los pies desnudos, enrojecidos y sucios de arena, apesadumbrada
pero con el sentimiento de que su cuerpo de mujer joven irradiaba un
aura muy especial. En ese cuaderno, que nunca llegaría a ser un diario,
había escrito que también los fulgores de la ausencia habían pasado de
moda, que ya todos querían imponer su fugaz y lamentable presencia
en los medios de comunicación, apurados en demostrar que existen y
conseguir así su minuto de eternidad.

Diego llegó a La Posada del Silencio llevado por el único taxista que
esperaba un pasajero en la desierta estación de autobuses. Luego de
pagarle y apearse, caminó arrastrando su gran valija a ruedas por el
sendero de grava hacia la galería, donde se hallaba doña Helena, con-
versando con el Capitán. La mujer descendió la escalinata para recibir

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a ese hombre maduro, enjuto y de aspecto introvertido, con un pelo
castaño oscuro de reflejos plateados que le caía sobre la frente. Lucía
una camisa azul de lino, un pantalón blanco de buen corte y mocasines
de gamuza. Tras saludarla y presentarse, le dijo que venía del norte del
país a pasar unos días de descanso en esa costa, y que si disponía de una
habitación se quedaría allí una semana, o tal vez dos. Ella le respondió
que le restaba una pieza amplia aunque sin vista a la playa, como la del
Capitán, sino hacia el bosque de pinos de atrás, y él la aceptó antes de
mirarla. El Capitán no tomó del todo bien su arribo, advirtiendo que,
al igual que él, debía ser otro fugitivo de la vida, y que le disputaría ese
apacible y mínimo escenario, donde posaba como un viejo lobo de mar.
Tras acomodar sus cosas en la habitación, salió al jardín posterior,
donde se topó con una niña que lo observó detenidamente con sus ojos
de un verde claro, recelosa y llena de asombro. Reparó en su cabellera
larga y lacia. La sonrisa que apenas esbozaban sus labios era una clara
invitación a conversar con ella. Tras presentarse con un tono amable, él
le dijo que, antes de recorrer la playa, como hacen todos, prefería incur-
sionar por ese bosque. Con un buen dominio de sí misma ella se lo des-
aconsejó, argumentando que en él había fantasmas, y que en la prima-
vera encontraron allí un hombre muerto. «Me llamo Belén —añadió—, y
mi mamá trabaja aquí, aunque está enferma y parece que se va a morir».
Se trataba, por cierto, de una conversación extraña, pues no se revelan
estos detalles a una persona desconocida, pero a él le bastaron esas pocas
palabras para sentir que aquella vida frágil quedaba de algún modo liga-
da a la suya. Se abrió entonces la puerta de la cocina y apareció Ludmila,
quien reprendió a su hija por molestarlo. Él aclaró que no se trataba de
una molestia, y estiró su brazo derecho para apresar la mano fláccida y
ósea que le ofrecía esa mujer, cuya ostensible debilidad, al igual que su
piel cerosa y seca, venían a confirmar el juicio de su hija. Esas imágenes
tan humanas lo atravesaron como una nueva cara del dolor, de una so-
ledad que venía a sumarse a la suya, de un hombre de sesenta y cinco
años que no se había casado ni tenido hijos. Su mayor consolación era la
filosofía, disciplina que enseñaba en la universidad pública de su ciudad,
aunque nunca se había esforzado en asumir la esquemática dureza de los
académicos ni en competir por los ascensos.
Se despidió entonces de ellas y se dirigió hacia el bosque, donde
seguramente encontraría espectros, aunque más propios que ajenos,
pues ellos lo asediaban en cuanto entraba en un espacio de silencio

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propicio, obrando como si todo lo perdido fuera allí recuperable. Y en
efecto, no bien penetró en aquel follaje, siguiendo un angosto sende-
ro, sombras ligeras y furtivas empezaron a agitarse en su memoria.
Barrieron las luces radiantes de aquel día para instalar de pronto en
ella el estruendo de una lluvia sobre las chapas de zinc de un techo,
mientras un ligero manto de niebla imaginaria velaba el parque. Pero
se trataba ya de otro parque más entrañable, en el que irrumpió una
mujer con un bolso de tela colgado al hombro y cubriéndose la cabeza
con papel de diario. Sus ojos lo miraron con el fulgor arisco y enérgico
de una gitana. Cuando el grupo guerrillero al que pertenecía tomó su
finca como base para un operativo, ella fue dejada allí para cuidar de
que él no huyera del cuarto en que lo encerraran, orden que ella cum-
plió con el máximo escrúpulo, sin concesiones a su pasado. A causa
de esto no pudo participar en el operativo, algo que en aquel enton-
ces, hallándose plena de ínfulas bélicas, la disgustó sobremanera. Se
abrazaron como dos náufragos de la vida, lejos ya de las pasiones que
ardieran en su juventud. Comprendía ahora que más que a pagar una
vieja deuda, a pedir que la perdonara por haberle hecho lo que le hizo,
venía empujada por las cenizas de aquel tiempo, por imágenes suyas
que habían superado ya la prueba del olvido, mostrándolo como a un
pobre pajarraco inquieto y despistado, siempre a la búsqueda de una
felicidad que nunca se le brindaría. Ella lo había arrastrado hacia las
luchas estudiantiles, lo que le valió ser apaleado y detenido por revol-
toso, pero pronto se marchó de su lado, dejándolo en el limbo de la
indefinición. Esa mujer que vino bajo la lluvia, llamada Ana, no quiso
contarle con su voz ya ronca dónde vivía, si se había casado y tenido
hijos, ni a qué se dedicaba, aunque se inclinaba a creer que sí, que
algo semejante a un marido o una familia la esperaban en algún lugar
lejano. En definitiva, no era más que un fantasma de sangre caliente
que lo visitaba solo por algunas horas, y que así como vino se mar-
charía. La lluvia tamborileaba en las chapas de zinc del techo cuando
él le desprendió con suavidad el primer botón de su blusa. Sintió su
respiración agitada, la tibieza animal de su piel y, sobre todo, la fiebre
que se apoderó de ella cuando le acarició los pechos con la lentitud
y suavidad de quien reconoce territorios perdidos, ya sin ánimo de
recuperarlos. Aunque ella intentó entonces fugarse, sustraerse a ese
juego erótico, terminó rindiéndose a la corriente de ternura que si-
guió al afán lúdico inicial. El deseo era real, aunque ya nada tenían

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ellos que ver con los jóvenes arrebatados de otrora. Resultaba eviden-
te en Ana que los excesos de la Razón habían acabado con su inocente
impudicia de aquel tiempo original. Recuerda que ella le dijo que la
vida dura demasiado, pues al final quedan muchos años tan solo para
evocar el esplendor, los momentos luminosos que la justificaron. Le
pidió que se quedara unos días con él, pero no aceptó, tomando inclu-
so a mal su propuesta. Dijo que se había convertido en una marginal,
a la que le faltaba casi todo lo que posee la gente común al llegar a la
madurez. «Como las pastoras descalzas de los cuentos», dijo él. «Pero
una pastora digna —replicó ella— capaz de desdeñar a un príncipe
simpático por una pura cuestión de principios, o de clase». Él la besó
entonces de un modo distinto, lleno de exaltación y piedad, tal como
se despide a los que se van para siempre, o a quienes el destino marcó
injustamente. Antes de que los venciera el sueño, Ana le dijo que ella
no era una pastora descalza, por más cosas tristes que le hubieran su-
cedido, y que él tampoco era un príncipe, pues no bastaba para serlo
haber heredado esa quinta en la que se ocultaba del mundo.
Cuando despertó, con las primeras luces del amanecer, supo que
ella no dormía a su lado antes de estirar el brazo para comprobarlo.
Se vistió rápidamente y, tras buscarla en los alrededores de la casa,
salió al camino, con la esperanza de hallarla aún esperando el ómni-
bus. Pero no había nadie en esa huella barrosa, aunque al rato apa-
reció en la curva un viejo carro tirado por cuatro mulas, que se bam-
boleaba con su carga de cañas de azúcar, rumbo al ingenio. Nunca
más supo de ella, como si se la hubiera tragado la tierra. Al partir,
no se había llevado nada de su pobre reino, un objeto cualquiera en
el que se pudiera anclar aquella secuencia residual en su memoria.
Tampoco había dejado nada, salvo otro puñado de imágenes tristes,
y un papel que encontró en el comedor al regresar, y que decía tan
solo «Adiós, mi ángel». Pero él nada tenía ya de ángel, y esa triste
evocación de un pasado reseco, fósil, no hacía más que reproducir
un estado del alma.

Diego se encontraba ahora sentado en una piedra, junto a una vertiente


que daba nacimiento a un arroyo. La luz del sol, ya cenital, se quebraba
en mil reflejos sobre el bosque. De la fronda de los pinos y cipreses le

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llegaban sordos aleteos de palomas, y también sus zureos. Un halcón
volaba sobre ellas, buscando una presa desprevenida. Se mojó la cara
y el pelo para refrescarse, y luego bebió esa agua cristalina, usando el
cuenco de sus manos. Se disponía a seguir explorando el tiempo en
busca de otras huellas de Ana, cuando un ruido de pasos lo sacó de sus
remembranzas, indicándole que alguien se acercaba. Quien venía era
Maira, esa muchacha que ya conocemos, aunque él todavía no. Vestía
ahora una larga falda beige con bolsillos laterales, anteojos oscuros y
un pañuelo se seda al cuello. También ella amaba la intimidad de ese
bosque, su olor a resina, y en especial aquel pozo surgente, donde siem-
pre hacía un alto para refrescarse y descansar. Al encontrarse se mira-
ron con apatía, pues no andaban con ganas de improvisar esos diálogos
fútiles propios de las situaciones forzadas. Ella bajó la cabeza, en una
actitud que delataba zozobra. Él ocultó su perplejidad tras una sonrisa
complaciente. Tras presentarse, le contó que había llegado a la posada
esa mañana. Ella le refirió que vivía a unos trescientos metros de esta, y
que la visitaba casi a diario. Le extrañó que una mujer joven y tan atrac-
tiva se entregara a esos paseos solitarios, pero no le hizo comentario
alguno al respecto. «Hoy arde el sol», dijo ella, y se acercó a la vertiente
para beber y mojarse la cabeza. «¿De dónde es usted?», le preguntó
luego, manteniendo la distancia que él imponía con su frialdad. «Del
norte», se limitó a responder. Y añadió que era profesor universitario,
pensando que eso disiparía sus temores. «Para no cocinar en mi casa
—dijo ella—, llamé esta mañana a la posada para avisar que almorzaría
allí. Y como ya es casi la hora, le propongo que vayamos juntos. A ver
si todavía se pierde. Este bosque es engañoso, como todos, pero yo me
crie jugando en él. Venía con mis padres todos los veranos». Entonces
ella se puso en marcha y él la siguió unos pasos atrás por el sendero,
que en realidad no era uno, pues se cruzaba con otros, lo que exigía
conocer el correcto para no extraviarse.
Nada hablaron durante el trayecto, lo que le permitió a él prestar
atención a los pájaros que cantaban en los altos ramajes, procurando
reconocer su especie. Cuando llegaron, Ludmila estaba ya por servir el
almuerzo, por lo que fue a su habitación a lavarse las manos y peinarse.
Al volver al comedor, Maira se encontraba ya sentada a una mesa con
el Capitán, por lo que él, por discreción, lo hizo en otra. Pero ella lo
invitó a sumarse a la suya, pedido que el Capitán apoyó con franqueza.
Doña Helena había viajado a una ciudad cercana a realizar trámites y

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abastecerse de alimentos, por lo que no almorzaría allí. Una pared del
comedor se hallaba tapizada con una gran fotografía de un paisaje oto-
ñal suizo, algo tan reiterado en los hostales modestos, y en el centro de
las cuatro mesas había un pequeño florero de cerámica con margaritas,
zinnias y otras flores que cortaban del jardín. En ese almuerzo no abun-
daron las palabras, pues ninguno de los tres quería aludir a las causas
que los juntaran en aquel sitio olvidado. Aunque en algún momento,
dirigiéndose a Maira, quien tejía planes para un futuro cercano, en el
que volvería a Buenos Aires, Diego le dijo, con una sonrisa, que él ya
había dejado su futuro atrás, como los pueblos andinos, pensamiento
con el que se identificaba. Se mostró inapetente, pues comió apenas la
mitad del plato de tallarines con pollo que les cocinara y sirviera Lud-
mila. Se entretuvo un largo rato con Belén, quien entró de improviso,
cautivado por su forma de ser, a la vez espontánea y recatada, y le rega-
ló un gran chocolate con almendras que le sobrara del viaje.
Después del postre se fue a recorrer la playa, aunque no a bañarse ni
a tomar sol, lo que dejaba para el día siguiente. Maira lo hubiera acom-
pañado de buen grado en ese reconocimiento, como una guía privile-
giada, pero él la relevó de dicha tarea. Prefería en verdad hacerlo solo
para no distraerse en el minucioso escrutinio que se proponía realizar,
empeñando en ello todo el poder de sus sentidos. No se lo dijo en estos
términos, pero lo pensó así. Además, el Capitán había dado a entender
que deseaba pasear con ella esa tarde.
La caminata le insumió tres horas, pues se entretuvo en los acanti-
lados con el bullicioso revoloteo de los loros, y también de las gaviotas
que pescaban en la restinga. Como caminaba a pocos metros de esa alta
pared rocosa, por la reducida franja de arena que dejaba el mar, debía
estar atento a la marea, para evitar que ella, en su rápido avance, no
lo sorprendiera lejos de la única escalera de salida que había. Regresó
a la posada muy cansado, por lo que durmió hasta el atardecer, justo
cuando las turbulencias del aire agitaban los ramajes del bosque, arras-
trando algunas aves por un cielo deslucido.
Algo debió sacudir el espejo rojo de su memoria, pues un tumul-
to de imágenes antiguas se derramó en su conciencia. Los desiertos
de altura, barridos por un viento negro y gélido. Y él andaba por ahí,
arrastrando su pesadumbre por los ríos muertos, dibujando el mapa
de la sed. Una aldea colmada de casas vacías. Un viejo llamado Me-
dardo Quispe, que se murió muy descansado, sin suspiros ni penas.

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Doña Candelaria, mujer sin edad, de gris fisonomía y rezadora de ofi-
cio, mascullando arcaísmos incomprensibles. Un asno llamado Belindo
ramonea los pastos secos vecinos, sin percatarse de que se ha quedado
sin dueño en esa soledad. Jaculatorias de difuntos, bisbiseos de un ro-
sario. En una esquina del cuarto hay un fogón encendido. Las llamas se
encrespan de pronto, iluminan la habitación. El olor a cera de las velas,
que según dicen apacigua a las almas caseras, las que se duermen así
en los rincones, acurrucadas y trémulas. Tales visiones ambiguas y bru-
mosas se parecen a un sueño que se alza de lo profundo, como hechura
del Diablo. Esa noche, o en la siguiente, empezó a nevar, y el frío le caló
los huesos. Se preguntó entonces si estaba vivo o era un fantasma más,
una de esas almas ateridas que deambulan buscando un techo cual-
quiera donde cobijarse, por más cuarteado que esté. Se ve sentado en
un poyo donde armó su yacija, muy cerca del fogón y la olla tiznada
en que se cocina charque de cordero con papas y habas. Quien la vigila,
sentada en una silla de chañar con asiento de suela, atizando las llamas
con un palo seco, se llama Georgelina. No usa otra cosa que un vestido
de percal floreado y un descolorido abrigo de lana. Cada tanto reacomo-
da las piedras del fogón, lo alimenta con raíces de tola y se defiende del
humo con una pantalla de junco. Observa el arco espeso de sus cejas,
sus ojos amarillos y apacibles, aunque uno de ellos tiene su esclerótica
inyectada en sangre. «¿Qué cosa dice, señora?», pregunta él, mirando
el rojo fulgor de las brasas como si se trataran de ascuas del infierno.
«Que perdí el sosiego cuando me quedé viuda —responde ella con su
voz áspera—. Justo Segura se llamaba mi finado marido, era un hombre
bueno y muy trabajador, como los de antes. En el Valle sabía tener un
molino para moler los granos que le traían los vecinos en el tiempo de
la cosecha, quedándose nomás con unos puñaditos como paga». Mien-
tras oía esto, el viento andaba por el techo, llevándose la paja brava
en sus remolinos. El ocre oscuro de los jumes. Pensó que esa tierra lo
aplastaba más que el recuerdo de las mujeres que amó sin que ellas lo
amaran de verdad, como si fuera un engendro de la desdicha. Y debía
serlo, pues de lo contrario no andaría mirándose en los espejos de esa
desolación, entre paredes de adobe sin encalar, rajadas por la incuria
de los años. ¿No daba cuenta esto de sus ganas de morir? «No —se
respondió con firmeza—. Todavía no. Por eso andando los días bajé esa
vez al Valle a respirar el verde de las sementeras y ver si quedaba algo
del molino de don Justo. En el descenso me uní en esas sendas lunares

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a tres arrieros de rostro plomizo y sellado por el silencio, que traían
panes de sal en una recua de burros. Durante tres jornadas los acom-
pañé bajo esos cielos tan altos y claros, viendo brillar la luz de la luna
en sus pómulos, como si fueran almas en pena y no arrieros. “Las viejas
historias”, me dijo uno de ellos, plantados ya los tres ante las ruinas del
molino de don Justo, cubiertas por un tejado roto, “son siempre ciertas,
sin importar quién las cuente, ni cómo”. Anochecía. Los murciélagos,
ebrios de insectos, volaban a ras del agua en una laguna vecina. ¿Y por
qué ahora el mar? ¿Qué espero de esta inmensidad ondulante y tan
extraña? Acaso otra forma de morir, en lo lejano y ajeno».

Maira, deseando conocer los motivos que habían llevado al Capitán y


a Diego a un pueblo tan poco frecuentado por viajeros y turistas como
Punta de los Lobos, resolvió invitarlos a cenar en su casa, preparando
un arroz con los moluscos que recogía de la playa durante la bajamar,
sazonado con azafrán y otras especias. Mas, a pesar de tratarse de dos
veteranos a los que no les faltaban experiencias que contar, no le reve-
laron esa noche gran cosa de sus vidas, por lo que terminó siendo ella
el centro de la conversación. El Capitán vestía un pantalón arrugado,
una chaqueta abrigada y zapatillas náuticas. Diego, más formal, lle-
vaba un saco de pana marrón oscuro, con un pantalón beige. Ambos
bebían un cóctel preparado con vodka y jugo de naranja. Al referirse a
las razones por las que se había confinado en esa costa, ella les relató,
sin abundar en detalles, la muerte violenta de su padre, y les mostró
el viejo Smith Wesson con el que él logró herir a uno de los sicarios,
salvándole así la vida a ella, pues de no ser por esto la hubieran final-
mente encontrado y matado, para no dejar un testigo del hecho. El
Capitán se detuvo en el brillo azulado del arma, como quien acaricia
a la muerte. Diego rehusó esgrimirla, simulando una completa falta
de interés. Un sudor frío parecía recorrerlo, pues finas gotas perlaban
su frente. Maira se preguntó qué clase de congoja, o de recuerdo, lo
abatía. Era en verdad un hombre raro, que debía pasar de los sesenta
años, a juzgar por su pelo blanco. El Capitán la observaba demasiado,
buscando seguramente en sus formas y gestos huellas de esa mucha-
cha disuelta en el tiempo de la que le hablara, muy al pasar, el día en
que lo conoció, mientras caminaban por la playa. Lo poco que dijo de

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ella la intrigó sobremanera, pero él se arrepintió de haberla nombra-
do y cambió de tema. En cuanto a Diego, se percató de que evitaba
mirarla a los ojos. Hablaba aun menos que el Capitán, y sus palabras
eran sabias y suaves, sin ese énfasis de quienes se sienten dueños de
la verdad. Ella los escuchaba con atención, explorando la sensibilidad
de ambos, hasta que en cierto momento creyó tocar el fondo de sus
tristezas y se sintió elegida por eso que mal llaman «la Providencia»
para ayudarlos a mitigarlas, como un modo de devolverles, hasta don-
de fuera posible, el sentido pleno de la existencia. Aunque no tardó en
comprender que esto se trataba de un ridículo y banal intento de re-
dención, algo propio de misioneros, porque sus almas eran pozos os-
curos, y quien se sumiera en ellos no saldría indemne. Al servirles la
comida, el silencio se tornó más denso, por lo que, en vez de brindarle
esa noche una distracción pasajera, se sintió acorralada de nuevo en
su soledad. Supo entonces, con la nitidez de las certezas, que no debía
seguir el mismo camino que ellos, cocinándose en su propia salsa has-
ta que su densidad la inmovilizara, sino buscar una salida ancha, la
que en su caso debía empezar con su regreso a la casa en que agonizó
su madre y mataron a su padre. Había pasado ya bastante tiempo, y si
los asesinos de su padre hubieran querido acabar con ella ya habrían
venido a buscarla a ese pueblo, incluso antes de que testimoniara en
la causa criminal. Debía incluso pasar a la ofensiva, investigar por su
parte el motivo de aquel crimen, aunque ello implicase explorar las
zonas ocultas de la actividad profesional de su padre. Después del
postre helado que les sirvió, ambos retornaron a la posada, a seguir
dialogando con sus fantasmas.
En la mañana siguiente, bajo un sol radiante que infundía ganas de
vivir, salió con Belén a recorrer la playa. Ambas iban descalzas, para
sentir en la planta de los pies la caricia fría de las olas que se desvane-
cían entre manchas de espuma. Corrían felices por la arena, excitando
a las gaviotas y otras aves marinas, cuando sucedió algo inverosímil,
pues más que una realidad parecía una construcción de sus fantasías
eróticas. Frente a su casa había estacionado un Mercedes-Benz blanco.
Su conductor tocó el claxon, llamándola. Al no obtener respuesta, se
apeó del vehículo, y tras oprimir el botón del timbre, pronunció dos ve-
ces su nombre con gritos broncos. Entonces, de súbito, lo que se había
convertido ya en un ardiente recuerdo trepó la cuesta del deseo. Se des-
pidió a Belén, diciéndole que la buscaría más tarde en la posada, y se

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dirigió a su casa, sin prisa pero con resolución, aún atónita, a pesar de
no estar muy segura de que fuese él. Como le daba la espalda, atento a
la puerta, no la vio acercarse. «¿Eric?», lo llamó con un tono de duda y
ansiedad reprimida, y su respuesta fue girar sobre sí mismo y contem-
plarla con sus expresivos ojos negros. Aún estupefacta, ella le cruzó la
mirada, fijándose en la punta de su camisa anudada en la cintura, en su
jean desteñido, en el sombrero de lona tipo safari con el que protegía del
sol a una incipiente calva en la coronilla. Él se percató de que Maira lo
observaba con aprensión, perturbada por su inesperada visita, por ese
escalofrío que produce enfrentarse a la verdad. Ella pensó al principio
decirle con toda firmeza que siguiese su camino, en ese auto lujoso que
no debía ser suyo, pero se fue deslizando de a poco hacia la tentación
de entregarse a otro de sus éxtasis, tan exasperantes como perversos.
Su expresión la desafiaba, dándole a entender que sabía poco del amor,
pero mucho de sexo, y que en sus misas rojas siempre la habían pasado
bien, como si cada uno fuera un invento de los sueños más desaforados
del otro. Lo que él dijo fue: «Vengo de muy lejos a buscarte porque
ya me cansé de frecuentar coños rústicos en los bajos fondos, con los
consabidos peligros de contagio de las pestes rosas de la modernidad, y
albergo el santo propósito de convertirme en un ciudadano útil, acep-
tando tus principios pedagógicos y el primer trabajo honesto y digno
de mi estirpe que se me presente. Incluso mejoraron mis relaciones
con el alcohol, no lo dejo ya arrastrarme al cieno primigenio, y mucho
menos succionar por él». Entonces se le acercó y la besó en la frente
con una delicadeza inusual, aunque algo fingida, como sugiriendo que
había cambiado, que era otra persona. Sin responder a este gesto, ella
abrió la puerta y entró, seguida por él. Fue a la refrigeradora y sacó una
cerveza helada, la destapó y llenó dos vasos, extendiéndole uno con la
tácita propuesta de brindar. «Bueno —dijo él con su altanería irónica y
los músculos de la cara muy relajados—, aquí estoy, con tiempo dispo-
nible como para contribuir a tu felicidad y consolarte en tu condición
de huérfana». Se abrió la camisa, mostrando su vientre blanco y de
pocos vellos, como un preludio de lo que llegaría cuando terminase de
apagar la sed. Ella empezó a temblar, sabiendo que no tenía escapa-
toria, que estaba hipnotizada por ese seductor profesional, al que a la
vez deseaba y repudiaba. «¿Por qué viniste?», le dijo, desabotonándose
la camisa con la resignación de quien se somete a un destino inevita-
ble. Le hubiera gustado decirle que aún lo amaba, pero bien sabía que

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eso no tenía que ver con el amor, sino con la soledad que la carcomía.
Y él avanzó, desnudándola con esa morosidad propia de los verdaderos
sentimientos. Entonces ella lo abrazó, le clavó las uñas hasta lastimar-
lo, y de a poco fueron deslizándose fuera del tiempo, como si ese cami-
no tan oscuro se pareciera a la eternidad.
Aquella comunión salvaje duró largas horas. En un rayo de sol que
entraba por la ventana del dormitorio vieron brillar motas, como un
polvo cósmico quieto y pleno de energía. Por la tarde salieron a dar un
paseo por la playa, pero antes de llegar a la plaza del pueblo empren-
dieron el regreso, pues nubes sombrías procedentes del mar invadían
un cielo hasta entonces diáfano, como grandes manchas de tinta. En
escasos minutos el sol se redujo a un resplandor pardo, agonizante, sin
rayos, lo que marcaba la inminencia de una fuerte tormenta. Entonces
todo se inmovilizó de pronto, y las aves marinas dejaron de chillar. Se
acercaban ya a la casa cuando las nubes se desgarraron, soltando sus
torrentes de agua.
A tono con la tempestad, el cuerpo de Eric despedía ese halo exci-
tante y atractivo del que tanto le costara despegarse en otro tiempo, al
igual que de sus frases tan ocurrentes como malévolas. «¿De qué lugar
del pasado vienes?», le preguntó ella. «No vengo del pasado, sino del
futuro», le contestó con una voz resuelta. «¿Quiere decir eso que te vas
a quedar un tiempo cultivando la vida doméstica?», preguntó ella fal-
samente enternecida, pero él no respondió con palabras, sino con una
leve caricia en sus senos livianos, de la que no se desprendía compro-
miso alguno. Como que se marchó al día siguiente, cuando ella fue a la
tienda por provisiones, aunque tuvo esta vez la deferencia de apelar al
artificio de la palabra escrita para dejarle un cartel, en el que le prome-
tía regresar, sin falta, la próxima semana y quedarse a su lado hasta que
ambos se hartaran del cuerpo y el alma del otro.

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