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Dedico este libro a todos aquellos que

me han acompañado en mi camino


espiritual con su ejemplo y con sus
consejos, y a todos aquellos que, de
alguna manera, he podido guiar como
catequista.
Lo dedico también a todos aquellos que
anhelan tener la paz de Dios en su
corazón.
No cambies la paz del corazón con nada al mundo.
San Jorge Preca

La paz del corazón cuidará tu corazón y tu mente.


Filipenses 4, 7

La paz es una conversión del corazón y del alma.


Papa Francisco

Esfuérzate para mantener la paz en tu corazón; no


dejes que nada en el mundo lo disturba.
San Juan de la Cruz
Presentación

Después de leer con detenimiento “La paz del


corazón”, estas cincuenta reflexiones para disfrutar de
la paz interior, salidas más que de la pluma, del alma
del autor, me resulta complaciente expresar mi
agradecimiento a su persona por este conjunto amplio
de reflexiones espirituales que nos ofrece en esta obra,
la cual abarca un ancho espectro de temas de nuestro ser
y quehacer humano.
El autor nos invita a realizar un viaje a la intimidad
del hombre contemporáneo para preguntarnos qué es lo
que más necesita hoy. Sin lugar a dudas, lo que más se
necesita es la añorada paz: esa que se cultiva y crece en
el corazón del ser humano, esa que desgraciadamente
también puede malograrse y morir sin conocer la luz del
sol, sin vivir, ni comunicarse.
Si no se conquistan los corazones con la fuerza
seductora del amor y la razón, demos por perdida la
paz, la paz interior y la convivencia fraterna. El Papa
Juan XXII afirmó: “la paz no puede darse en la
sociedad humana si primero no se da en el interior de
cada hombre”. Conocer y educar la mente y el corazón
para el bien y para la paz, es tarea de todos los días.
En 1984, con motivo de la Jornada Mundial de
Oración por la Paz, san Juan Pablo II afirmó: “La paz
nace de un corazón nuevo… es preciso renovar el
corazón del hombre, para renovar los sistemas, las
instituciones y los métodos de convivencia”. La paz, tan
deseada y necesaria para la sociedad de hoy, no excede
nuestras posibilidades, solo basta mirar a nuestro
interior y no cerrar las escuchas a los argumentos de la
razón. Emprendamos el camino de la conquista interior.
Me gustaría poner de relieve en esta presentación,
algunos aspectos de la estructura de esta
obra, que después de su lectura, me han parecido
importantes y didácticamente bien argumentados:
a) El contenido teológico y espiritual de cada
reflexión, goza de una presentación ortodoxa de los
valores y principios de los escritos espirituales que a lo
largo de los siglos han sido expresados y aprobados por
la Iglesia, teniendo así el aval de la más genuina
tradición cristiana. Salpicado por citas bíblicas y
referencias al Concilio Vaticano II, el texto va creciendo
en profundidad, de un modo ameno, sin cansar al lector.
b) Cada tema se muestra con abundantes y acertadas
citas de personajes famosos, de santos, santas y
Pontífices, y sus afirmaciones ad hoc, en relación con
cada uno de los temas tratados.
c) Resultan interesantes y sabias, oportunas y
enriquecedoras las interrogantes que aparecen al final
de cada reflexión, como invitación al trabajo personal
de interiorización.
d) Sin lugar a dudas la oración final con que termina
cada tema es una expresión de la necesidad que
tenemos de la ayuda del Señor para vivir, ser buenos y
santos. Así, esta tarea del ser humano será fecundada
por la gracia de Dios.
Por todo ello, renuevo mi gratitud al autor, este hijo de
san Jorge Preca, y a la Sociedad de la Doctrina
Cristiana, en cuyo seno, me consta, se procura hacer
realidad todo lo que en estas páginas se nos propone
como camino de vida.
Recomiendo encarecidamente a jóvenes y adultos la
lectura de este libro. Ella nos ayudará a progresar en la
virtud como hombres y como cristianos, como personas
de paz y de bien.

Con mi gratitud, y mi bendición,


+ Arturo, Obispo de Santa Clara, Cuba

Santa Clara, 26 de julio de 2020


58 Aniversario de la muerte de san Jorge Preca
Introducción
El tesoro más grande que podemos tener en nuestra
vida es la paz del corazón, esa paz que nuestro Señor
Jesús nos prometió cuando dijo: “Les dejo la paz. Les
doy mi paz, pero no se la doy como la dan los que son
del mundo” (Jn 14, 27). Jesús tenía un deseo tan grande
de que su paz habitara en nuestros corazones, que
después de su resurrección, varias veces en sus
apariciones repitió la frase “La paz esté con ustedes”.
Afortunadamente, el camino para conseguir este
tesoro no es secreto. Muchos santos y maestros de la
espiritualidad lo han recorrido antes que nosotros, y nos
han dejado abundantes indicaciones y consejos para
seguir sus huellas. Con este libro, mi humilde objetivo
es recoger algunos de estos consejos para poder
practicarlos en mi vida personal y también poder
compartirlos con ustedes.
Admito que utilicé mucho la espiritualidad de san
Jorge Preca, un sacerdote santo y humilde, fundador de
la Sociedad a la cual pertenezco. Ahora hace más de
treinta años que leo y estudio sus profundos libros
espirituales. Uno de sus consejos preferidos era “No
cambies la paz de tu corazón por nada”. Él quería que el
saludo entre los miembros de la Sociedad que fundó, no
fuera “buenos días” sino “La paz esté contigo”, y en
una oración que rezamos diariamente decimos “Que la
paz de nuestro Señor Jesucristo habite siempre en
nuestros corazones”.
También utilicé mucho las hermosas homilías del
Papa Francisco y los documentos que nos regaló,
además de los libros de otros santos y maestros
espirituales.
De ello resultan 50 reflexiones sobre las actitudes y
disposiciones que nos permiten disfrutar de la paz
interior y vivir una vida plena. Es importante entender
que la paz no depende de la ausencia de problemas y
dificultades en la vida. Depende, más bien, de nuestra
actitud ante lo que sucede a nuestro alrededor, de tal
forma que, incluso en las situaciones más difíciles,
igualmente podemos disfrutar de la paz interior. Quizás
algunas son más difíciles de practicar que otras, pero
con la ayuda de Dios, ninguna es imposible. Para
ayudar a nuestra meditación, al final de cada reflexión
hay dos preguntas para contestar de manera sincera y
profunda. También hay una oración para concluir la
lectura. Cada una termina con las palabras “Gracias,
Señor Dios, y perdóname, Señor Dios”, una oración que
san Jorge Preca animaba a todos a que rezaran
diariamente antes de dormir.
Quisiera agradecer mucho a Monseñor Arturo
Gonzalez por la Presentación del libro, y a la profesora
María Ortega Ortega por la revisión del texto. Si algún
lector quisiera comunicarse conmigo para algún
comentario o sugerencia, lo puede hacer por medio de
este email: stephzam@yahoo.co.uk

La paz esté con ustedes


Stephen Zammit sdc
Índice

Presentación
Introducción

1. Vivir en la presencia de Dios


2. Liberarnos de pensamientos negativos e inútiles
3. Alegrarnos por los éxitos de los demás
4. Amor a la Virgen
5. No preocuparnos por lo que dicen los demás de
nosotros
6. Tener un corazón limpio
7. Saber apreciar las cosas pequeñas de la vida
8. Amigos de Jesús
9. Leer el Evangelio
10. No esperar nada de nadie
11. La Eucaristía en nuestra vida
12. Dedicar tiempo a la oración
13. Recibir el perdón de Dios en el Sacramento de la
Reconciliación
14. No juzgar a nadie
15. Bendecir siempre
16. Interceder por otros
17. Amarnos a nosotros mismos
18. Reflexionar sobre el nacimiento de Jesús
19. El Salmo 23
20. Contemplar la belleza de la creación
21. Dejarnos mirar y amar por Dios
22. La paciencia
23. Obrar con amor
24. Todo pasa
25. Confiar en las promesas de Jesús
26. Ser instrumentos de paz
27. Ser agradecidos
28. Con las manos abiertas
29. Escuchar la voz de la conciencia
30. Mirar las cosas como Dios
31. La indiferencia al reconocimiento y al éxito
32. Rezar el Santo Rosario
33. Servir a los demás
34. Ser personas de esperanza
35. Reírnos de nosotros mismos
36. Aceptar que no podemos entenderlo todo
37. El deseo de ser santos
38. Evitemos quejarnos
39. Hablar con respeto y prudencia
40. Ser nosotros mismos sin compararnos con los demás
41. Pensar en el paraíso
42. Tener sin aferrarnos
43. El silencio
44. Contemplar la cruz de Cristo
45. Contemplar a Cristo Resucitado
46. Saber perdonar
47. Ser humildes
48. La capacidad de asombrarnos
49. Morirnos a nosotros mismos
50. Besar la cruz
1
Vivir en la presencia de Dios
El autor jesuita Anthony de Mello cuenta que un pez
andaba por aquí y por allá como si estuviera buscando
algo.
“Amigo, ¿qué buscas?” le preguntó un pez más
grande.
“Estoy desesperado”, contestó el pequeño, “estoy
buscando al mar y no lo puedo encontrar en ningún
lado”.
El pez más grande le dijo: “¡Pero si estás en el mar! Si
no lo estuvieras, dejarías de vivir inmediatamente”.
Pero el pequeño no quedó convencido y dijo
amargamente: “Me estás mintiendo. No te creo”. Y
siguió buscando…
Así como el pequeño pez, muchas personas dicen que
buscan a Dios pero que no lo encuentran. Quizás nadie
les haya explicado que Dios está en cada lugar, sin tener
límites de espacio, ni de tiempo. El salmista escribió:
“¿A dónde huiría, lejos de tu presencia? Si yo subiera a
las alturas de los cielos, allí estás Tú; y si bajara a las
profundidades de la tierra, también estás allí; si
levantara el vuelo hacia el oriente, o habitara en los
límites del mar occidental, aun allí me alcanzaría tu
mano” (Sal 139, 8-10).
El padre Jorge Preca solía decir frecuentemente:
“Vivimos en Dios como un pez en el agua”.
Seguramente se inspiraba en las palabras de san Pablo:
“En verdad Dios no está lejos de cada uno de nosotros.
Porque en Dios vivimos, nos movemos y existimos”
(Hch 17, 27-28).
Es algo maravilloso pensar que Dios está siempre
presente en nuestra vida y que siempre nos acompaña.
Su presencia no es amenazante, como si fuera un policía
o una cámara vigilante, sino que transmite amor y
cariño; es la presencia de un Padre que nos indica el
camino que debemos seguir cada día para alcanzar la
felicidad. Vivir en su presencia es sentirnos amados,
queridos y bendecidos en todo lo que pensamos,
decimos y hacemos, ¡incluso cuando dormimos!
Nos corresponde a nosotros descubrir su presencia,
conservarla y deleitarnos con ella. ¿Cómo lo podemos
hacer? En varios momentos del día podemos detenernos
un poco y decirnos a nosotros mismos: “Yo no puedo
ver a Dios, pero Él me está viendo. No puedo escuchar
a Dios, pero Él me escucha”. También podemos
conversar directamente con Él, convencidos de que nos
escucha.
Si logramos vivir siempre en la presencia de Dios,
entonces nunca nos sentiremos solos y todo lo que
hagamos tendrá un significado especial. Uno de
nuestros modelos, en este sentido, es el hermano
Lorenzo, un monje sencillo que vivió hace más de tres
siglos en un monasterio en Francia. Durante toda su
vida trabajó en la cocina y en la zapatería del
monasterio. Solo escribió unas cuantas cartas que,
después de su muerte, fueron publicadas con el título
“La práctica de la presencia de Dios”. Él comentaba:
“El secreto de mi vida es que he logrado vivir como si a
la tierra la habitaran solamente dos personas: Dios y
yo”. Alguien escribió: “Juntos, Lorenzo y el Señor
cocinaban, realizaban las compras, fregaban los pisos,
limpiaban las ollas y soportaban el desprecio de otros
que se consideraban más importantes”.

Para reflexionar:
1. A lo largo del día, ¿cuántas veces pienso en Dios?
2. ¿Le pido a Dios que aumente mi fe en su presencia?

Oración: Señor, sé que siempre estás conmigo, pero no


siempre siento tu presencia. Te pido que fortalezcas mi
fe para que, así como tu amigo, el hermano Lorenzo,
todo lo que haga, lo haga contigo y por ti. Gracias,
Señor Dios, y perdóname, Señor Dios.
2
Liberarnos de pensamientos
negativos e inútiles
Un padre de familia estaba arrancando mala hierba en
el jardín. Su pequeño hijo, quien lo estaba mirando
atentamente, le preguntó: “Papá, ¿por qué estas sacando
esas plantas?”
El padre se detuvo un poco y le dijo: “Hijo, estas
plantitas consumen mucha energía de la tierra y no
dejan a las flores crecer como deben. Además, el jardín
se ve muy feo y descuidado con la mala hierba. Y,
¿sabes qué? En nuestra vida debemos hacer lo mismo:
sacar las cosas malas de nuestro corazón y de nuestra
cabeza para disfrutar de la hermosura de la vida”.
Hay una relación muy estrecha entre la mente y el
corazón, entre lo que pensamos y lo que sentimos. Por
eso, si queremos tener paz en nuestro corazón, debemos
tener mucho cuidado con lo que alberga nuestra mente.
Muchas veces, en lugar de enfocarnos en nuestro
presente, nos enfocamos en pensamientos sobre el
pasado o el futuro. Ciertamente, es útil aprender de los
errores del pasado y estar agradecidos por las
experiencias bonitas que hemos vivido; también es
bueno trazarnos metas para el futuro y preocuparnos por
las cosas necesarias. Sin embargo, si somos sinceros,
tenemos que admitir que a veces exageramos,
especialmente cuando nos atormentamos por las malas
experiencias que tuvimos en el pasado o nos
angustiamos con preocupaciones sobre nuestro futuro y
el de nuestros seres queridos.
Otras veces nos llenamos de pensamientos negativos:
si una madre no recibe una llamada de parte de su hijo
durante varios días, empieza a pensar que le pasó algo;
si tenemos un poco de dolor, pensamos que tenemos
alguna enfermedad grave; si alguien no nos saludó,
quizás porque no nos vio, pensamos que guarda algún
rencor contra nosotros.
Sin darnos cuenta, estos pensamientos amargan y
entristecen nuestro corazón y nuestra vida. Cuando nos
preocupamos, fruncimos el ceño, nuestro corazón
empieza a latir más fuerte, nos angustiamos y somos
incapaces de disfrutar lo que tenemos. ¡Nuestros
pensamientos se convierten en nuestro peor enemigo! Y
lo peor es que mientras que el cuerpo tiene la capacidad
de deshacerse automáticamente de las toxinas dañinas,
¡la mente no tiene está capacidad! Para limpiar nuestra
mente necesitamos una voluntad firme y un esfuerzo
consciente, así como un jardinero que se dedica a sacar
de raíz a la mala hierba para que las plantas puedan
florecer.
Nuestro Señor Jesucristo conocía bien esta tendencia.
En una oportunidad nos dijo: “Por lo tanto, yo les digo:
No se preocupen por lo que han de comer o beber para
vivir, ni por la ropa que necesitan para el cuerpo. ¿No
vale la vida más que la comida, y el cuerpo más que la
ropa? Miren las aves que vuelan por el aire: no
siembran, ni cosechan, ni guardan la cosecha en
graneros; sin embargo, el Padre de ustedes que está en
el cielo les da de comer. ¡Y ustedes valen más que las
aves! En todo caso, por mucho que uno se preocupe,
¿cómo podrá prolongar su vida ni siquiera una hora?”
(Mt 6, 25-27).
El padre Jorge Preca decía sabiamente: “Un
pensamiento que te preocupa no viene de Dios, porque
Él es un Dios de la paz”. Y si no viene de Dios, ¿no es
mejor darle una patada y echarlo de nuestra mente?
Algunos dicen que no logran evitar preocuparse. Es
cierto que no es fácil cambiar un hábito que, con el paso
de los años, hemos alimentado y dejado apoderarse de
nosotros y echar raíces profundas. Pero hay tres cosas
que nos pueden ayudar:
1. Convertir nuestros pensamientos en oración. Con la
preocupación no se resuelve nada, pero la oración
puede hacer maravillas. Por lo tanto, apenas nos demos
cuenta de que un pensamiento nos está atormentando,
más vale entablar un diálogo con el Señor y pedir su
ayuda y protección.
2. Recordar que muchas veces nuestros miedos y
preocupaciones han sido inútiles. Alguien escribió:
“Hoy es el día por el cual ayer me angustié, y mira, todo
está bien”.
3. Pedirle a Dios la fe y la esperanza para aceptar de
sus manos todo lo que nos quiere dar, así sean cosas que
nos alegran, como también cosas que nos entristecen,
tal y como rezamos en el Padrenuestro: “Hágase tu
voluntad en la tierra como en el cielo”.
¡Hagamos un esfuerzo porque verdaderamente vale la
pena!

Para reflexionar:
1. ¿Sobre qué me preocupo normalmente?
2. ¿Soy capaz de echar de mi mente un pensamiento que
me preocupa?

Oración: Señor, admito que muchas veces me dejo


llevar por un sinfín de pensamientos que me agobian.
Ayúdame a albergar en mi mente solamente
pensamientos buenos y positivos que alegren mi día e
inspiren confianza en tu bondad y misericordia.
Gracias, Señor Dios, y perdóname, Señor Dios.
3
Alegrarnos por los éxitos de los demás
Eran dos hermanos de una familia muy pobre. Los
dos querían aprender a tocar un instrumento musical: el
mayor, el piano y el menor, el violín. Su padre les dijo:
“Hijos, no tenemos recursos económicos suficientes
para que ambos puedan estudiar. Sugiero que uno
empiece a estudiar y todos trabajemos para que pueda
pagar sus estudios. Cuando termine, empezará a
estudiar el otro”.
Los dos estuvieron de acuerdo, así que el mayor
empezó a estudiar piano y el menor se dedicó a trabajar
duramente en el taller de carpintería de su papá. Pasaron
más de ocho años y el hijo mayor llegó a ser un pianista
de primera. Le dijo a su hermano: “Ahora tú puedes
empezar a estudiar el violín y así realizar tu sueño”.
El hermano menor se fijó en sus manos callosas y le
dijo: “Pienso que es demasiado tarde para mí. Mis
manos ya son demasiado toscas para tocar un
instrumento tan delicado como el violín”.
El hermano mayor se entristeció al ver eso, entonces
el menor le dijo: “Pero no te preocupes hermano, estoy
muy feliz por ti. Estoy orgulloso de que con el sudor de
mi frente hayas logrado alcanzar tu sueño”.
Nos cuesta admitir que probablemente, nosotros no
hubiéramos reaccionado como el hermano menor.
Muchas veces, cuando observamos que alguien tiene
éxito o comparte una buena noticia con nosotros,
nuestra reacción no es siempre positiva. A veces, si esa
persona nos cae mal, incluso nos molestamos. ¿Por qué
nos sucede esto? Muchas veces la envidia encuentra
muchas grietas en nuestro corazón.
Observamos esta realidad entre niños, jóvenes y
también entre adultos. Incluso, puede pasar en el
ambiente religioso: por ejemplo un catequista se
entristece porque otro catequista tiene más niños en su
grupo; un creyente se entristece al observar que otra
persona tiene un hermoso libro o una hermosa imagen
de la Virgen; un miembro de un grupo parroquial se
entristece porque otro miembro fue elegido para ocupar
un cargo; una madre de familia se molesta porque la
hija de su amiga fue escogida para participar en una
obra navideña; un sacerdote se entristece porque la
gente menciona las virtudes de otro sacerdote, o porque
otro es más buscado para las confesiones o para dar
charlas.
También en la Biblia encontramos muchos casos
parecidos. Quizás uno de los más famosos es el
hermano del hijo pródigo, que no quiso compartir la
alegría, ni de su padre, ni tampoco la de su hermano
menor que acababa de regresar a la casa.
En la Carta a los romanos, san Pablo escribe:
“Alégrense con los que están alegres y lloren con los
que lloran”. Sus palabras son muy sabias y apropiadas.
Alegrarnos con quien está alegre y entristecernos con
quien llora manifiesta pureza del corazón.
Debemos evitar la tentación de compararnos con los
demás y envidiar sus éxitos. Cuando alguien nos cuenta
una buena noticia debemos felicitarle de corazón y
agradecerle a Dios por haber sido tan generoso con él.
Durante ese momento, debemos olvidarnos de nosotros
mismos y, quizás, de las decepciones que hemos
sufrido, y decirle al Señor: “Señor, sigue rociando tu
alegría en su vida, porque Tú nos has creado para vivir
felices”.
Goethe escribió: “El hombre más feliz del mundo es
aquel que sepa reconocer los méritos de los demás y
pueda alegrarse del bien ajeno como si fuera propio”.
Se ha escrito también: “Me encanta ver a otras
personas felices y tener éxito. La vida es un viaje, no
una competencia”.
Personalmente, me ayuda mucho un concepto que
solía predicar con frecuencia san Jorge Preca. Él decía
que cuando nos alegramos con las buenas obras de los
demás, y rezamos para que se sigan realizando,
tendremos tanto mérito ante Dios como las personas
que las están realizando. Entonces, además de ser un
acto de generosidad y de amor verdadero, cuando nos
alegramos por los éxitos, las virtudes y las buenas obras
de los demás, estamos almacenando muchos méritos
espirituales. Y, a la vez, ¡evitamos mucha amargura en
nuestro corazón!
Para reflexionar:
1. Normalmente, ¿cómo reacciono cuando alguien me
cuenta una buena noticia que le sucedió? ¿Qué siento
verdaderamente en mi corazón?
2. Si experimento molestia o disgusto, ¿trato de buscar
el motivo de ello?

Oración: Señor, ayúdame a despojarme de mi egoísmo


y de mi soberbia, y recordar que la vida es mucho más
hermosa cuando me alegro con quien está feliz y lloro
con quien está triste. Así vivió tu hijo Jesús, y así
vivieron tus santos. Gracias, Señor Dios, y perdóname,
Señor Dios.
4
Amor a la Virgen
La admiración hacia la madre Teresa de Calcuta iba
más allá del mundo católico. En una oportunidad, un
señor protestante le confesó que admiraba la labor que
realizaba, pero que nunca podría convertirse al
catolicismo porque los católicos le daban demasiada
importancia a la Virgen María. Ella le contestó: “No
tendríamos a Jesús si no fuese por María”.
Después de algunas semanas, la santa le escribió:
“Que el amor hacia nuestra Señora brote en tu corazón.
Mantén la alegría de Jesús en el corazón para que un
día, aprendas a amarla como Él la ama. Entonces ella,
que es la fuente de nuestra alegría por habernos dado a
Jesús, será también tu alegría”.
Cuando Jesús estaba crucificado, le dijo a su Madre:
“Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Las palabras son de suma
importancia. Son unas pocas palabras dichas con gran
esfuerzo físico de su parte, que agonizaba. Clavado en
la cruz, Él ya no tenía casi nada, pero tenía todavía lo
más precioso; a su santísima madre. Y decidió
entregárnosla también.
Es por este relato que nosotros los católicos amamos
tanto a la Virgen María. ¿Cómo podríamos decirle a
Jesús: “No, gracias, no nos interesa. Tú sí, pero tu
madre no”? ¿Cómo podríamos desaprovechar una
bendición tan grande y sublime?
Como católicos creemos que María es la Theotokos
(Madre de Dios); que fue concebida sin pecado original;
que concibió y parió sin perder su virginidad y
acompañó a Jesús a lo largo de su vida, hasta los pies de
la cruz; que estuvo presente en Pentecostés y en los
primeros años de la Iglesia; que fue levantada al cielo
en cuerpo y alma; que ahora está al lado de Jesús
intercediendo por todos sus hijos necesitados.
Creemos también que María es la criatura más cercana
a Dios, que está por encima de toda alabanza y es
venerada de un modo preeminente por la misión
recibida por el Señor, por su unión con los misterios de
Jesucristo, y por la gracia y poder de los que goza junto
al Sagrado Corazón de su Hijo y junto al Padre
Celestial. Ciertamente no la adoramos, porque
adoramos solamente a Dios, pero sí la veneramos y le
expresamos toda nuestra devoción y amor filial.
Por haber sido un ser humano como nosotros, y por
ser nuestra madre celestial, estamos convencidos de que
la Virgen nos puede comprender y, como una buena
madre, nos consuela y nos alivia. Quisiera compartir
estas hermosas letras de una canción de la Hermana
Glenda, inspiradas en el relato ya mencionado:
Si no sabes cómo hacer una oración, ahí tienes a tu
Madre.
Si la cruz te pesa para caminar, ahí tienes a tu Madre.
Si no hay pentecostés en tu corazón, ahí tienes a tu
Madre.
Ahí tienes a tu Madre.
Si estás viviendo fuerte la hora del dolor, ahí tienes a
tu Madre.
Si estas padeciendo una enfermedad, ahí tienes a tu
Madre.
Si te encuentras sumido en desesperación, ahí tienes a
tu Madre.
Ahí tienes a tu Madre.
No nos olvidemos también de las hermosas palabras
que la Virgen de Guadalupe le dijo a san Juan Diego, al
verlo miedoso y preocupado: “Hijo mío, el más
pequeño, que nada te asuste y aflija. No se turbe tu
corazón, no temas… ¿Acaso no estoy aquí yo, que soy
tu madre? ¡No estás bajo mi sombra? ¿No soy tu salud?
¿Qué más te falta?”
San Bernardo de Claraval, quien amó mucho a la
Virgen, nos dijo también: “No se aparte María de tu
boca, no se aparte de tu corazón; y para conseguir su
ayuda intercesora, no te apartes de los ejemplos de su
virtud… Si ella te tiene de su mano, no caerás; si te
protege, nada tendrás que temer; no te fatigarás si es tu
guía; llegarás felizmente al puerto si ella te ampara”.

Para reflexionar:
1. ¿Amo verdaderamente a la Virgen María? ¿Cómo le
manifiesto mi amor?
2. ¿Estoy tratando de imitar sus virtudes?
Oración: Señor, que escogiste a la Virgen María para
ser la madre de tu hijo, ayúdanos a imitar las virtudes
que se destacaron en su vida y a recordar que ella
siempre nos acompaña con su amor maternal en cada
momento de nuestra vida. Gracias, Señor Dios y
perdóname, Señor Dios.
5
Despreocuparnos por lo que dicen los
demás de nosotros
Pienso que has oído hablar sobre san Juan María
Vianney, el santo cura de Ars. Este santo recibía muchas
cartas de toda Francia. Una vez confesó a un amigo:
“Hoy recibí dos cartas. La primera me elogiaba por ser
santo y la segunda me acusaba de ser un mentiroso y un
charlatán”.
Su amigo le preguntó con curiosidad: “¿Y cómo
reaccionaste?”.
Con inmensa tranquilidad y sabiduría, el santo cura
contestó: “Con mucha calma. Es que la primera no
agregó nada y la segunda no me quitó nada. ¿Por qué
debería preocuparme?”.
Lamentablemente, tenemos que admitir que nosotros
no somos así. Muchas veces nos entristecemos mucho
cuando los demás hablan mal de nosotros; nos
preocupamos por lo que nos dicen en nuestra cara y nos
enfurecemos por lo que dicen a nuestras espaldas.
¡Dejamos que un comentario negativo nos siga
atormentando durante días, y a veces, durante semanas
o meses!
A veces, por culpa de un comentario negativo,
dejamos de hacer alguna buena obra que estábamos
realizando. Cuando un cura le dijo a un catequista que
dedicara más tiempo a preparar su encuentro de
catequesis, este se molestó y renunció; cuando un
alumno le dijo “cura” a un compañero porque
participaba en la parroquia, este dejó de asistir a la
misa; cuando un anciano le comentó a una señora, que
le llevaba el almuerzo, que “siempre era lo mismo”,
esta dejó de llevárselo.
San Jorge Preca solía predicar a menudo sobre el
“respeto humano”. ¿Qué es eso? ¡Fácilmente se puede
malinterpretar! El respeto humano significa dar
importancia a lo que dicen los demás y dejar que sus
comentarios influyan en nuestras decisiones. El respeto
humano nos impulsa a tratar de agradar siempre a los
demás, para que hablen bien de nosotros, y evitar lo que
pueda suscitar críticas y comentarios negativos. El
padre Jorge nos decía que para vivir como verdaderos
católicos, nuestro criterio no debe ser “¿Qué dirán o
pensarán de mí?”, sino “¿Qué es lo que agrada a Dios?
¿Qué es correcto?”.
Es inevitable que a veces hablen bien de nosotros, y
otras veces, mal. ¡Ni siquiera Jesús, el Hijo de Dios, que
solo se dedicó a hacer el bien, logró agradar a todos!
¡Lo tildaron de todo: loco, estafador, mentiroso,
blasfemo y mucho más!
Entonces, nunca dejemos que un comentario negativo,
quizás injusto y malintencionado, nos haga perder la
paz de nuestro corazón y nos desanime a hacer el bien
que estamos realizando. ¡Seamos sabios como el santo
cura de Ars!

Para reflexionar:
1. ¿Me doy cuenta de que al enojarme cuando alguien
me critica, me estoy dejando llevar por la soberbia?
2. ¿Cómo debo reaccionar cuando alguien habla mal de
mí?

Oración: Señor, dame tu fuerza para no dar demasiada


importancia a lo que digan de mí. Ayúdame a ofrecerte
los comentarios negativos que recibo y a no pagar con
la misma moneda. Gracias, Señor Dios, y perdóname,
Señor Dios.
6
Tener un corazón limpio
Santa María Goretti fue una niña sencilla que nació en
una familia muy pobre en Italia. Su familia tuvo que
cambiar muchas veces de hogar debido a la falta de
recursos económicos, y finalmente terminó viviendo en
unos pantanos espantosos. Su padre trabajaba mucho y
ganaba poco. Sin embargo, María vivía su realidad sin
amargura y con un amor desbordante hacia Dios y hacia
su familia. Un día, un joven llamado Alejandro quiso
tener relaciones con ella, pero María se opuso con toda
su fuerza diciéndole que era un pecado; Alejandro la
amenazó con un cuchillo y al ver que la niña seguía
luchando para que la soltase, la mató con varios golpes.
Aún cuando estaba desangrándose, María repetía: “Te
perdono… te perdono” ¡Era tan grande la pureza de su
alma, que en su corazón no era capaz de albergar odio.
En la Biblia se habla mucho del corazón. Una de las
frases más conocidas es del Salmo 51: “Crea en mí, oh
Dios, un corazón limpio” (Sal 51, 10).
Seguramente, la palabra “corazón” no se refiere “al
órgano muscular… que actúa como impulsor de la
sangre y que en el ser humano está situado en la
cavidad torácica”, como lo define la Real Academia
Española. En la Biblia el corazón es el centro de los
sentimientos, de los pensamientos y de las intenciones
de la persona humana.
El Papa Francisco nos dice: “Cada uno tiene que
aprender a descubrir lo que puede contaminar su
corazón, formarse una conciencia recta y sensible,
capaz de discernir lo que es la voluntad de Dios, lo
bueno, lo que agrada, lo perfecto” (cfr Rm 12,2). Si
hemos de estar atentos y cuidar adecuadamente la
creación, para que el aire, el agua y los alimentos no
estén contaminados, mucho más tenemos que cuidar la
pureza de lo más precioso que tenemos: nuestros
corazones y nuestras relaciones”.
¿Qué contamina nuestro corazón? Puede ser la
amargura, que intoxica nuestra vida y nuestro entorno;
el odio, que sentimos por alguna mala acción que
hemos recibido; la envidia, que nos entristece por los
bienes del prójimo; la avaricia, que nos impulsa a
querer siempre más; el egoísmo, que nos hace
preocuparnos solo por nosotros mismos; así como
también la tristeza, la depresión y el desánimo pueden
quitarle energía a nuestra vida. Estos son solo algunos
ejemplos. Lamentablemente hay muchos más.
Jesús nos aseguró que los que tienen un corazón
limpio verán a Dios. Seguramente gozarán también de
salud física y podrán disfrutar de la vida con más
plenitud. ¡Vale la pena hacer un esfuerzo para quitarle al
corazón todas las manchas, así como hacemos con la
ropa sucia!
Para reflexionar:
1. En este momento de mi vida, ¿qué está contaminando
mi corazón?
2. ¿Qué medidas estoy tomando para purificarlo?

Oración: Señor, dame tu luz para reconocer la


oscuridad que habita en mi corazón y ayúdame a
quitarla de allí, para que quede puro y limpio. Gracias,
Señor Dios, y perdóname, Señor Dios.
7
Saber apreciar las cosas
pequeñas de la vida
Uno de mis libros preferidos es “Maravillas
sencillas” de Christopher de Vinck. Este autor, padre de
familia, comparte su alegría, sus experiencias y las
“pequeñeces” que enriquecen su vida. Estas incluyen,
entre otras, una vecina anciana que se dedica a coser
medias para personas pobres; la bicicleta que le permite
ir de un lugar a otro sin gastar combustible; los tomates
que le regaló un campesino sencillo; un nido en uno de
los árboles del parque; el sol que brilla después de una
tormenta... Él confiesa que su misión como autor es
“descubrir la hermosura y lo extraordinario en las cosas
ordinarias de la vida”. Sería bueno que esta sea también
nuestra misión como seres humanos.
Si abrimos verdaderamente los ojos, nos damos
cuenta de la hermosura que nos rodea. Sin embargo,
muchas veces, por su cotidianeidad, pasa inadvertida, o
tal vez, por el sólo hecho de tenerla, creemos que estará
ahí para siempre.
Estas maravillas incluyen respirar, ver, caminar, oler y
tocar; el amor y la preocupación de nuestros familiares
y amigos, aunque quizás no siempre lo demuestren; las
maravillas de la naturaleza que pueden ser una chinchila
cantando, una hermosa flor, una mascota mansa y fiel,
una ceiba majestuosa, la bóveda celestial repleta de
estrellas o la tranquilidad del mar; también pueden ser
experiencias que vivimos como, por ejemplo, un
cumpleaños, un regalo que recibimos, un cumplido que
nos hicieron, un éxito que hemos tenido, una excursión
que hemos vivido; objetos sencillos como un buen
libro, un recuerdo de algún ser querido, un cuadro
hermoso, una imagen de la Virgen; la humanidad de la
cual formamos parte con la inocencia de los niños, la
alegría de los jóvenes, la fuerza de los trabajadores o la
fragilidad y la sabiduría de los ancianos; apreciar todo
esto nos ayuda a salir del pesimismo, del mal humor,
del aburrimiento y del cansancio.
La lista podría ser mucho más larga. Se ha escrito:
“Disfruta de las pequeñas cosas de la vida; un día te
darás cuenta de que eran las más grandes”. Otro autor
escribió: “Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde, o
más bien, todos sabían lo que tenían pero nunca
pensaron que podían perderlo”.
Empecemos desde ahora a valorar estas pequeñas
cosas. Ellas son como los rayos del sol que disipan la
neblina y nos permiten ver con claridad. ¡Dejémoslas
enriquecer nuestra vida con su luz y regar nuestro
corazón y nuestra alma con su perfume y hermosura!

Para reflexionar:
1. ¿Qué alegra más mi corazón?
2. ¿Hay algo que empecé a apreciar solamente cuando
lo perdí?
Oración: Señor, Tú llenaste el mundo y mi vida con
muchas maravillas. Te pido que abras mis ojos para
percatarme de ellas y poder disfrutarlas, porque así te
doy gloria a ti, Creador de todo el universo. Gracias,
Señor Dios, y perdóname, Señor Dios.
8
Amigos de Jesús
En una de sus homilías, el Papa Francisco mencionó a
un hombre que trabajaba en el obispado de Buenos
Aires. Era padre de ocho hijos y trabajó allí durante 30
años. Este hombre, cuenta el Papa, antes de hacer
cualquier trabajo, tenía la costumbre de decir “Jesús”.
“¿Por qué siempre dices Jesús?”, le preguntó en una
oportunidad el Pontífice, que en esa época era el
Cardenal Jorge Bergoglio.
El hombre le contestó: “Jesús es mi mejor amigo.
Cuando digo Jesús, me siento fuerte, siento que puedo
trabajar, y yo sé que Él está conmigo y que me
protege”.
El Papa comentó: “Ese hombre nunca estudió
Teología, pero me enseñó algo muy importante: en este
mundo que nos ofrece muchos salvadores, es solamente
Jesús quien salva”.
“Quien encuentra un amigo, encuentra un tesoro”. Los
amigos dan sabor a nuestra vida; nos acompañan en
momentos de alegría y de tristeza; nos ayudan a crecer
como personas; son un reflejo del cariño del Señor, de
su amor y de su presencia amable. Para los católicos, así
como descubrió ese señor humilde que menciona el
Papa Francisco, es imprescindible que nuestro mejor
amigo sea Jesús.
Ser amigos de Jesús no es difícil porque es Él mismo
quien nos ofrece su amistad. En una oportunidad dijo a
los apóstoles: “Ustedes son mis amigos, si hacen lo que
yo les mando. Ya no los llamo siervos, porque el siervo
no sabe lo que hace su amo. Los llamo mis amigos,
porque les he dado a conocer todo lo que mi Padre me
ha dicho” (Jn 15, 14-15). Lo único que debemos hacer
es decirle: “Gracias, Señor, por el regalo de tu amistad.
Es un honor ser amigo tuyo porque sé que contigo todo
es distinto. Sé que Tú eres el amigo que nunca falla”.
El Papa Francisco nos dice: “La amistad de Jesús es
inquebrantable. Él nunca se va, aunque a veces parece
que hace silencio. Cuando lo necesitamos se deja
encontrar por nosotros y está a nuestro lado por donde
vayamos. Porque Él jamás rompe una alianza”.
Así como la amistad humana crece con la
conversación, también podemos profundizar nuestra
amistad con Jesús por medio de la oración. El Papa
Francisco nos dice: “Con Jesús también conversamos.
La oración es un desafío y una aventura. ¡Y qué
aventura! Permite que lo conozcamos cada vez mejor,
entremos en su espesura y crezcamos en una unión
siempre más fuerte. La oración nos permite contarle
todo lo que nos pasa y quedarnos confiados en sus
brazos” (Christus vivit, 155).
Entre amigos se comparten las cosas más preciosas
que uno tiene. Tener una verdadera amistad con nuestro
Señor Jesús, además de permitirnos compartir con Él lo
más valioso que tenemos, le da la oportunidad de
compartir con nosotros lo más precioso que tiene. ¿Qué
es lo más precioso que tiene Jesús? La misericordia de
un Padre Celestial, el tierno cariño de una Madre
encantadora, un amor profundo hacia la humanidad y
una paz interior que solo Él puede regalar.
Tener un amigo es tener un tesoro. En el caso de
Jesús, es aún más que eso; tener a Jesús como amigo, es
tenerlo todo.

Para reflexionar:
1. ¿Soy un verdadero amigo de Jesús? ¿Cómo lo
demuestro?
2. ¿Cómo puedo profundizar esta amistad con Él?

Oración: Señor, gracias por regalarme la amistad de tu


hijo Jesús. Ayúdame a ser siempre un amigo fiel y para
que por medio de mí, llegues también a ser amigo de
muchas otras personas. Gracias, Señor Dios, y
perdóname, Señor Dios.
9
Leer el Evangelio
El diario de Ana Frank es un libro escrito por una
niña judía entre el 12 de junio de 1942 y el 1 de agosto
de 1944. En él relata su historia como adolescente y los
dos años en que permaneció, con su familia, oculta de
los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, hasta que
fue descubierta, enviada a un campo de concentración y
más tarde asesinada. Me imagino que durante su vida,
pocos conocieron a Ana Frank. Sin embargo, por medio
del diario que escribió, millones de personas en todo el
mundo pueden descubrir su experiencia, sus sueños y
pensamientos, sus angustias y tristezas. Durante muchas
décadas Ana Frank ha sido de mucha inspiración para
sus lectores, especialmente para los más jóvenes.
Algo similar, aunque de manera mucho más profunda
e impactante, sucedió con los cuatro evangelios. Estos
libros nos dan la hermosa oportunidad de conocer a
Jesús, quien vivió hace dos mil años en un lugar remoto
del imperio romano. Fueron escritos por personas que
vivieron en su época, que escucharon sus palabras
directa o indirectamente por medio de los apóstoles, y
que, impulsados por el Espíritu Santo, quisieron
compartir su hermosa experiencia. Es por eso que el
padre Jorge solía animar: “Sean amigos del Evangelio”.
Ser amigos del evangelio significa tenerlos cerca de
nosotros, leer algunos párrafos cada día y meditar lo
que nos relatan. Si queremos, podemos utilizar el
método de san Ignacio de Loyola, quien nos invita a
utilizar nuestra imaginación y a ubicarnos por medio de
ella en la época de Jesús. En verdad, este es un método
hermoso. Nos permite estar presentes en la cueva de
Belén la noche de su nacimiento; acompañar a María y
a José en su búsqueda del niño Jesús en Jerusalén;
acompañarlo en su ayuno en el desierto; recorrer la
Galilea junto a Él; verlo sanar a tantos enfermos que
acudían a Él; sentarnos a sus pies para escuchar sus
palabras; subir el monte Tabor para verlo transfigurado;
estar presentes en la última cena y verlo instituir el
sacramento de la Eucaristía; acompañarlo en su
sufrimiento; estar al pie de la cruz junto con María y
Juan, y alegrarnos por su resurrección.
San Jorge Preca también nos animaba a memorizar
algunas frases de Jesús, porque cada una de ellas es un
rayo de luz que nos alumbra, agua viva que sacia
nuestra sed de verdad, un bálsamo que cura las heridas
y una perla de valor inestimable. Él llamaba estas frases
“La voz del amado”. No deben ser frases largas. Pueden
ser: “Ámense los unos a los otros como yo les he
amado” (Jn 13, 34) o “Yo soy el camino, la verdad y la
vida. Solamente por mí se puede llegar al Padre” (Jn 14,
6). A veces, personas que están comenzando su camino
de fe, me dicen: “Quiero empezar a leer la Biblia, pero
no sé con qué libro empezar”. Yo siempre comparto con
ellos el consejo que me dieron cuando era joven:
“Empieza con uno de los cuatro evangelios porque ellos
son el corazón de la Biblia”.
Si los evangelios son el corazón de la Biblia, y Jesús
es el corazón de los evangelios, ¿por qué no les damos
un lugar privilegiado en nuestra vida?

Para reflexionar:
1. ¿Tengo la costumbre de leer un relato del evangelio
cada día?
2. ¿Me doy cuenta de que desconocer los evangelios, es
desconocer a Jesús?

Oración: Señor, por medio de tu Espíritu Santo,


inspiraste a san Mateo, a san Marcos, a san Lucas y a
san Juan para escribir sus evangelios. Ayúdame a
encontrar tiempo cada día para meditarlos y para
dejarte hablarme por medio de ellos. Gracias, Señor
Dios, y perdóname, Señor Dios.
10
No esperar nada de nadie
A un padre de familia le preguntaron: “Sabemos que
usted está muy comprometido con la fe católica, pero
que su esposa pertenece a una iglesia protestante.
¿Cómo logran vivir en armonía dentro de la casa?”
El señor contestó: “Cuando me encontré con mi
esposa, ella era líder de un grupo de jóvenes en la
iglesia protestante, y yo lo era de un grupo de jóvenes
en mi parroquia. Pero fue amor a primera vista. Al
inicio, sus padres me presionaron para cambiar mi
religión, pero yo les contesté que nunca iba a cambiar la
religión de mis abuelos y de mis padres, y que tanto me
gustaba. Yo, por mi parte, no pretendí que mi esposa
cambiara de religión, y tampoco que dejara de
participar en las actividades o en los retiros de su
iglesia. Y ella aprendió a hacer lo mismo. Este es
nuestro secreto: nos amamos, a veces rezamos y leemos
la Biblia juntos, pero no pretendemos ser y creer de la
misma manera”.
En la vida, inconscientemente, esperamos o
pretendemos mucho de los demás y muchas veces
exigimos que actúen de acuerdo a lo que pensamos de
ellos. Pretendemos que todos se acuerden de nuestro
cumpleaños y que nos den un regalo bonito; que
nuestros amigos o familiares estén siempre allí cuando
los necesitamos; que los demás aprecien lo que
hacemos y nos agradezcan o felicitan por ello; que
cuando hagamos un favor a alguien, nos lo reciproca
cuando le pedimos algo; que cuando alguien se entere
de algo, nos lo comunique inmediatamente; que todo el
mundo nos consulte antes de tomar una decisión; que
nos pongan “Me gusta” cada vez que publiquemos algo
en Facebook y que contesten inmediatamente cuando
enviamos un mensaje por Messenger o por Whatsapp.
Puede suceder también que pretendamos muchas cosas
de la vida, de Dios y de nosotros mismos.
A veces justificamos nuestras expectativas. Decimos
que tengo derecho de que mi hijo me consulte antes de
tomar una decisión; que yo nunca me olvido de un
cumpleaños, entonces, nadie debería olvidarse del mío;
que yo he criado a mis hijos con mucho sacrificio y
entonces deben quedarse conmigo para cuidarme en mi
vejez.
La experiencia nos enseña que muchas veces, al
esperar o pretender algo, terminamos frustrados y
decepcionados. Estos sentimientos negativos a veces
nos llevan a discutir o pelear con las personas que nos
“decepcionan”. Si nos ponemos a pensar, al albergar
estas pretensiones, somos injustos y manipuladores con
los demás, ¡y especialmente con nuestros seres más
queridos!
Hay mucha sabiduría en no esperar nada de nadie, y
en no tomar nada por sentado. Si necesitamos algo,
comuniquémoslo a la persona que más nos pueda
ayudar, pero dejémosla en libertad. Y si realizamos una
buena obra, no esperemos nada a cambio, ni siquiera un
“gracias”. Lo importante es haber hecho lo correcto y
que con esa buena obra, hemos dado gloria a Dios.
Si queremos tener paz en nuestro corazón, debemos
dejar caer las expectativas, como caen las hojas secas de
un árbol. Si logramos hacerlo, es muy probable que
nuestra vida se llene con pequeñas sorpresas que nos
alegrarán los días. Todos los gestos, por más pequeños
que sean, llegarán como una sorpresa a nuestra vida: un
mensaje de texto, una llamada, un te quiero, una
excursión, una amiga nueva, son mucho más increíbles
porque no eran esperados.
En este contexto podría sernos muy útil la letanía que
el Cardenal Merry del Val rezaba diariamente:
¡Oh, Jesús! Manso y Humilde de Corazón,
escúchame:
del deseo de ser reconocido, líbrame Señor
del deseo de ser estimado, líbrame Señor
del deseo de ser amado, líbrame Señor
del deseo de ser ensalzado, líbrame Señor
del deseo de ser alabado, líbrame Señor
del deseo de ser preferido, líbrame Señor
del deseo de ser consultado, líbrame Señor
del deseo de ser aprobado, líbrame Señor
del deseo de quedar bien, líbrame Señor
del deseo de recibir honores, líbrame Señor.
Para reflexionar:
1. ¿En qué circunstancias me he quedado
decepcionado?
2. ¿Cómo reacciono con las personas que me
decepcionan?

Oración: Señor, que continuamente rocías sobre mí tus


bendiciones sin pretender nada a cambio, ayúdame a
dar generosamente sin pretender nada y a no
desanimarme cuando mis buenas obras pasen
inadvertidas. Gracias, Señor Dios, y perdóname, Señor
Dios.
11
La Eucaristía en nuestra vida
John Henry Newman (1801-1890) fue un ministro de
alto rango en la Iglesia Anglicana. Percibía un muy
buen sueldo por su ministerio. Sin embargo, empezó a
estudiar la fe católica y se quedó tan impresionado por
la presencia real de Jesús en la Eucaristía, que decidió
convertirse al catolicismo. Un amigo trató de disuadirlo
diciéndole: “Piénsalo bien. Si te haces católico, pierdes
todo el dinero que estás ganando”.
Newman contestó: “¿Y qué es todo ese dinero en
comparación con una sola comunión?”. Newman
abrazó la fe católica, llegó a ser cardenal de la Iglesia
Católica y recientemente fue declarado santo por el
Papa Francisco.
Así como descubrió Newman, la Eucaristía es el
tesoro más grande que tenemos los católicos. No hay
comparación entre las asombrosas obras de arte que
abundan en nuestras iglesias y la Eucaristía. Nunca se
nos ocurriría adorar una hermosa imagen de Jesús
creada por un talentoso artista, pero sí adoramos con
mucha fe la Eucaristía, pues ella es la presencia real de
nuestro Señor Jesús.
La Eucaristía es el lugar privilegiado del encuentro
con Jesús. Podemos encontrarnos con Él en distintos
lugares, pero el más privilegiado es ahí. El Papa
Francisco nos dice: “La Eucaristía no es un mero
recuerdo de algunos dichos y hechos de Jesús. Es obra y
don de Cristo que sale a nuestro encuentro y nos
alimenta con su Palabra y su Vida”.
Fue Jesús mismo quien nos dijo: “Sigan unidos a mí,
como yo sigo unido a ustedes. Una rama no puede dar
uvas de sí misma, si no está unida a la vid; de igual
manera, ustedes no pueden dar fruto, si no permanecen
unidos a mí” (Jn 15,4). En otra parte del evangelio
según san Juan, Jesús dijo: “El que come mi carne y
bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él” (Jn 6, 56).
A través de la Eucaristía, encontramos un destello de
luz, la fortaleza que necesitamos en momentos de
flaqueza y el consuelo en momentos de tristeza. En
nuestra vida personal, pasamos por varios momentos
difíciles. ¿Qué hacer cuando nos sentimos así? No hay
mejor solución que ir frente al Sagrario o participar en
la Eucaristía, porque Jesús nos dijo: “Vengan a mí todos
ustedes que están cansados de sus trabajos y cargas, y
yo los haré descansar” (Mt 11, 28).
¡Qué tan grande era la fe de los santos en la
Eucaristía! Santa Teresa de Calcuta dijo: “La Misa es
el alimento espiritual que me sostiene, sin el cual no
podría vivir un solo día, una hora de mi vida”. San
Ignacio de Antioquía dijo: “La Eucaristía es medicina
de inmortalidad, antídoto para no morir, remedio para
vivir en Jesucristo para siempre”.
¡No dejemos pasar un domingo sin participar en la
misa y comulgar! Es más, no nos conformemos con
participar solo los domingos. Tratemos de participar,
cuando podemos, también durante la semana. San
Jorge Preca dijo: “Si logramos entender el gran valor
que tiene la misa, no dejaríamos pasar ni un solo día
sin participar en ella”.
Es también una hermosa costumbre saludar a Jesús en
el Sagrario todos los días, especialmente si vivimos en
un pueblo en el cual la iglesia abre todos los días. Esto
no requiere mucho tiempo. Incluso cinco minutos son
suficientes para saludar a nuestro Señor y rezar una
oración. Si tenemos más tiempo y podemos quedarnos
sentados o arrodillados frente la Luz que ilumina y que
calienta nuestros corazones, es mucho mejor.
Sin Eucaristía, nuestra vida es como un concierto sin
música, un arcoíris sin colores o un cielo sin sol.
¡Valoremos este gran regalo que nos dejó Jesús!
Para reflexionar:
1. ¿Qué importancia tiene la Eucaristía en mi vida?
2. ¿Cada cuándo comulgo?

Oración: Señor, tu hijo Jesús quiso regalarnos la


Eucaristía para quedarse con nosotros. Aumenta mi fe
en este misterio asombroso, y ayúdame a acercarme
con la fe y la devoción que merece. Gracias, Señor
Dios, y perdóname, Señor Dios.
12
Dedicar tiempo a la oración
Una noche, la monja enfermera que atendía a santa
Teresa de Lisieux, gravemente enferma, la encontró con
las manos juntas en actitud de oración. “Hija, ¿por qué
no duermes?”, le dijo la monja, “necesitas descansar”.
“No puedo dormir”, le contestó la joven santa, “tengo
demasiado dolor. No me queda otra opción que orar”.
“¿Y qué le estás diciendo a Jesús?”, quiso saber la
monja.
“Nada”, contestó Teresita, “lo estoy amando”.
Santa Teresa nos enseña que la oración es, sobre todo,
amor. En otra oportunidad escribió: “Para mí la oración
es un impulso del corazón, una simple mirada dirigida
al cielo, un grito de agradecimiento y de amor, tanto en
el sufrimiento, como en la alegría. En una palabra, es
algo grande, algo sobrenatural que me dilata el alma y
me une a Jesús”. Y la madre Teresa de Calcuta dijo: “La
oración ensancha el corazón, hasta hacerlo capaz de
contener el don de Dios”.
Normalmente, en la vida cotidiana, encontramos
tiempo para las personas que queremos, pero no
encontramos tiempo para aquellas que nos desagradan.
Entonces, si no oramos, la razón principal no es porque
estamos demasiado ocupados; es porque Dios tiene el
último lugar en nuestra vida.
Así como nos muestran estas dos santas, la oración es
sobre todo una relación, una conversación íntima con
alguien que nos ama. Podemos utilizar palabras de
petición, agradecimiento, perdón, alabanza, intercesión;
podemos también utilizar oraciones que sabemos de
memoria o que leemos en los libros de los santos. Pero,
las palabras no son la parte más esencial; la oración es
sobre todo estar en la presencia de Dios, dejarnos mirar
y amar por Él, y escuchar lo que, muy suavemente,
susurra en nuestro corazón.
Para hacer eso, antes de orar, debemos buscar un lugar
silencioso y donde no haya distracción, aunque eso no
es siempre posible, especialmente si hay niños
pequeños en la casa. Después de asegurar el silencio
exterior, viene la parte más difícil: el silencio interior.
Eso significa tratar de poner a un lado los pensamientos
y las preocupaciones del día, y pensar solamente en
Dios. Puede ayudarnos, aunque no es indispensable,
alguna imagen bonita que podemos tener en casa, o la
repetición de alguna frase como, por ejemplo, “Señor,
derrama tu espíritu sobre mí” o “Señor, Tú estás aquí y
yo estoy en ti”.
Además de abrir nuestro corazón a Dios, es
fundamental escuchar. Recordemos que la oración es
una conversación, y en una conversación hay tiempo
para hablar y tiempo para escuchar. Pidámosle, de
manera especial, comunicarnos su santa voluntad,
especialmente si tenemos que tomar alguna decisión.
Ciertamente habrá veces en que no “escucharemos”
nada, pero habrá otras en que, de manera suave o de
manera fuerte, Dios “hablará” a nuestro corazón.
¡Si supiéramos la importancia que tiene la oración
para nuestra vida, incluso cuando no “sintamos nada” o
no “escuchemos nada”, no dejaríamos pasar ni un día
sin dedicarle un tiempo adecuado!

Para reflexionar:
1. ¿Tengo la costumbre de orar todos los días?
2. ¿Estoy progresando en mi vida de oración, o siempre
repito lo mismo?

Oración: Señor, Tú estás aquí y yo estoy en ti. Ayúdame


a encontrar diariamente tiempo para estar en tu
presencia y conversar contigo. Gracias, Señor Dios, y
perdóname, Señor Dios.
13
Recibir el perdón de Dios en el
Sacramento de la Reconciliación
El carisma del Papa Juan Pablo II era tan grande que
a veces se encontraba en situaciones muy extrañas. En
una oportunidad, al final de una audiencia, una mujer
le cogió la mano para llamar su atención y le imploró:
“Santo Padre, mi marido hace muchos años que no se
confiesa, dígale algo”.
El Papa pareció quedarse sin palabras, ciertamente
sorprendido por aquella petición casi desesperada.
Pero, después de unos segundos, miró al esposo de esa
mujer, y le dijo sencillamente: “Vuelve, hijo. Lejos de
Dios se está muy mal”. El hombre quedó muy
impresionado con esas palabras y decidió confesarse lo
más pronto posible.
Jesús sabía muy bien que los seres humanos somos
débiles y que si estamos tratando de vivir una vida
agradable a Dios, nuestros pecados nos pesan
tremendamente. Fue por eso que, en su divina
misericordia, instituyó el Sacramento de la Confesión
cuando dijo a los apóstoles: “Los pecados serán
perdonados a los que ustedes se los perdonen” (Jn 20,
21-23). De esta manera, estaba dando a sus apóstoles, y
a sus sucesores, el poder de perdonar en su nombre cada
vez que una persona estuviera verdaderamente
arrepentida y quisiera reconciliarse con Dios.
El Papa Francisco nos explica: “Celebrar el
Sacramento de la Reconciliación significa estar
envueltos en un abrazo afectuoso: es el abrazo de la
infinita misericordia del Padre”. El Papa muestra que
así como el padre del Hijo Pródigo lo abrazó, reemplazó
su ropa sucia con ropa nueva e hizo una fiesta para
celebrar su regreso, así también Dios nos abraza, nos
quita todo lo que pertenece al pecado y hace una fiesta.
Es importante entender que no basta pedir perdón al
Señor en la propia mente o en el propio corazón, ni
tampoco ir frente a un crucifijo y expresar nuestros
pecados, sino que es necesario confesarlos humilde y
confiadamente al sacerdote. Ciertamente esto nos cuesta
mucho, especialmente si no nos confesamos desde hace
tiempo, o si hemos cometido pecados graves. Sin
embargo, la pena que sentimos y el esfuerzo que
debemos hacer para vencerla, no son nada en
comparación con lo que experimentamos cuando el
sacerdote absuelve nuestro pecados. El Papa Francisco
nos dice: “Uno, cuando está en la fila para confesarse,
siente todas estas cosas, también la vergüenza, pero
luego, cuando termina la Confesión sale libre, grande,
bello, perdonado, limpio y feliz”.
Hoy en día, confesarse no está de moda porque la
arrogancia del ser humano lo considera innecesario. Sin
embargo, es una gracia muy grande de parte de nuestro
Señor que nos permite comenzar siempre de nuevo en
nuestra vida, realmente de nuevo: totalmente libres de
carga y con un corazón puro, acogido en el amor y
equipado con una fuerza nueva. ¡Aprovechémonos de
esta maravillosa oportunidad que nos regaló Jesús y que
inunda nuestro corazón con su paz!

Para reflexionar:
1. ¿Me acerco regularmente al Sacramento de la
Confesión?
2. ¿Qué experimentó en mi corazón después de
confesarme?

Oración: Señor, en tu infinita misericordia, nos diste la


oportunidad de recibir el perdón de nuestros pecados
cada vez que queremos, y empezar una nueva página en
nuestra vida. Ayúdanos a vencer la vergüenza y los
demás pretextos que nos impiden acercarnos a este
sacramento de sanación espiritual. Gracias, Señor
Dios, y perdóname, Señor Dios.
14
No juzgar a nadie
Un leñador perdió su hacha preferida.
Inmediatamente empezó a sospechar de que el hijo de
su vecina la había robado: su mirada, la manera como
caminaba, sus palabras, todo indicaba que era el ladrón.
Después de unos días, el leñador encontró su hacha en
la choza donde él mismo la había dejado; no era el lugar
donde normalmente la guardaba, y por eso se había
olvidado. ¡Desde ese día, la mirada y la manera de
caminar del hijo de la vecina ya no parecían las de un
ladrón! ¡Es increíble cómo nuestros juicios distorsionan
la realidad!
Quizás sin querer, muchas veces nos dedicamos a
analizar las acciones y el comportamiento de los demás,
a sacar conclusiones y a juzgarlos. Vemos a alguien
ayudando a otra persona e inmediatamente pensamos
que lo hace para obtener algún beneficio; perdemos
algo de valor y empezamos a sospechar que una u otra
persona se lo robó; vemos un joven con tatuaje y
piercing, y quedamos convencidos de que es un
drogadicto y un criminal; observamos a una muchacha
que se viste de manera no tan modesta y pensamos que
es una chica fácil y sin valores.
A veces justificamos esta actitud con argumentos que
nos parecen válidos, pero cuando la situación cambia y
nos damos cuenta de que alguien nos está juzgando, ¡no
hay argumento que rija!
Nuestro Señor Jesús recalcó muchas veces que no
debemos juzgar. Nos dijo claramente: “No juzguen a
otros, para que Dios no los juzgue a ustedes. Pues Dios
los juzgará a ustedes de la misma manera que ustedes
juzguen a otros; y con la misma medida con que ustedes
den a otros, Dios les dará a ustedes. ¿Por qué te pones a
mirar la astilla que tiene tu hermano en el ojo, y no te
fijas en el tronco que tú tienes en el tuyo?” (Mt 7, 1-3).
Pero quizás esta enseñanza resplandece más en el relato
de la mujer adúltera a quien los fariseos querían
apedrear, cuando dijo: “Aquel de ustedes que no tenga
pecado, que le tire la primera piedra” (Jn 8, 7). Y
después le dijo a la mujer: “¿Nadie te ha condenado?
Vete y no vuelves a pecar” (Jn 8, 11).
Las palabras de Jesús nos hacen entender que cuando
juzgamos estamos asumiendo, con mucha arrogancia,
un derecho que solo Dios tiene. Nadie debe juzgar
porque nosotros no podemos saber lo que pasa por la
mente y por el corazón de la otra persona; solo podemos
observar lo exterior. Solo Dios conoce nuestro interior,
y por lo tanto, solo Él puede juzgarnos justamente.
Natalino Camilleri, superior general de la Sociedad de
la Doctrina Cristiana, escribió: “¿Quién soy yo para
pretender saber lo que está pasando por el corazón o por
la mente de las personas? ¿Quién soy yo para saber por
qué experiencias pasó en su vida y qué huellas dejaron?
¿Quién soy yo para saber los esfuerzos, los desánimos y
las angustias que guarda dentro de sí? Ante este
misterio, es solamente el Señor Dios quien puede
juzgar, porque es solo Él quien, con su amor infinito,
puede conocer el interior de cada ser humano”.
Nuestra experiencia nos enseña también que muchas
veces, cuando hemos juzgado a alguien, hemos sido
injustos y nos hemos equivocado, aunque nos cuesta
mucho admitirlo. Y las veces que quizás teníamos
razón, igualmente esa actitud desagradó a Dios, porque
como seres humanos, debemos tener compasión y
ayudar a quien se equivoca, y no lanzar piedras. La
madre Teresa de Calcuta decía: “Si juzgamos a los
demás, no tendremos tiempo para amarlos”.
El filósofo Filo de Alejandría dijo: “Sean
misericordiosos, porque cada persona con la cual te
encuentres, está librando una terrible batalla”. ¡No
hagamos nuestra vida y la de los demás más difícil de lo
que ya es! Seamos, más bien, como nuestro Señor
Jesucristo quien, en vez de fijarse en los defectos, veía
la hermosura y el potencial que cada persona lleva
dentro de sí.

Para reflexionar:
1. ¿Tengo el vicio de juzgar a los demás?
2. ¿Qué hago cuando me doy cuenta de que estoy
juzgando a una persona?

Oración: Señor, Tú que eres compasivo y


misericordioso, ayúdame a controlar el impulso de
juzgar y, más bien, tratar de ponerme en el lugar de las
demás personas para entenderlas y tratar de ayudarlas.
Gracias, Señor Dios, y perdóname, Señor Dios.
15
Bendecir siempre
Nunca antes en la historia bimilenaria de la Iglesia se
vieron imágenes tan sobrecogedoras como las del 27 de
marzo del 2020, cuando el Papa Francisco, en una plaza
del Vaticano vacía y mojada por la lluvia, dio la
bendición urbi et orbi (la bendición más solemne en el
mundo católico y que solamente el Papa puede dar) al
mundo e imploró a Dios que liberara a la humanidad de
las "densas tinieblas" causadas por la pandemia del
coronavirus. Este gesto impactó a todos los católicos
del mundo; muchos se conmovieron y lloraron.
Ciertamente todos sintieron que aún en medio de la
oscuridad, Dios estaba allí con su presencia salvadora.
¿Por qué realizó el Papa Francisco este gesto? En una
oportunidad, él dijo algo que nos puede explicar la
razón: “¿Por qué bendecir? Al bendecir se crea un
escudo de luz, de protección divina sobre la persona a la
que estamos bendiciendo. Es la conexión divina”.
A veces, podemos pensar que son solamente el Papa,
el obispo y el sacerdote quienes pueden bendecir, pero
en realidad todos podemos y debemos hacerlo.
Hay que recordar que la palabra “bendecir” viene del
verbo latín “benedicere” que significa “hablar bien” de
una persona, alabar, enaltecer, y en sí la benevolencia al
desear a otro salud, vida y felicidad. Bendecir significa
desear y querer el bien ilimitado para los demás en los
sucesos de su vida.
El Papa Francisco nos dice: “Bendice tu día, tu pareja,
tus hijos, tu familia, tus amigos, todo lo que haces, tu
dinero, sea mucho o poco. Deténte un segundo y
bendice a la persona que está cerca de ti; puedes hacerlo
mentalmente, obsérvala y verás que hay un ligero
cambio en su rostro”. Nos dijo también: ‘‘Me gusta
pensar que un sinónimo, otro nombre que podemos
tener los cristianos sería este: somos hombres y
mujeres, somos gente que bendice. El cristiano con su
vida debe bendecir siempre, bendecir a Dios y a todos.
Nosotros, los cristianos somos gente que bendice, que
sabe bendecir. Es una hermosa vocación”.
A lo largo del día tenemos muchas ocasiones para
bendecir; incluso podemos decir que cada momento que
vivimos es una oportunidad para hacerlo: al despertar
podemos bendecir el día que va a comenzar; al tomar
desayuno podemos bendecir los alimentos y las manos
que lo han preparado; al salir por la calle podemos
bendecir a los vecinos; al ver los obreros yendo al
trabajo y a los alumnos rumbo a la escuela, podemos
bendecirlos también; así como tantas otras
oportunidades según el estilo de vida que llevemos.
¡Qué lástima que muchas veces no nos percatemos de
estas oportunidades!
Termino esta reflexión con una hermosa bendición
que Dios le dio a Moisés para bendecir a los integrantes
del pueblo de Dios:
“Que el Señor te bendiga y te proteja;
que el Señor te mire con agrado
y te muestre su bondad;
que el Señor te mire con amor
y te conceda la paz” (Num 6, 24-26).

¿No te animas a aprenderla de memoria y utilizarla


con cada persona con quien te encuentras? Recuerda
que cuando bendices a alguien es como abrir una
ventana en la habitación de una persona enferma; al
hacer entrar la brisa y los rayos del sol, ¡no solo
ayudamos al enfermo, sino también nuestra vida se
beneficiará!

Para reflexionar:
1. ¿A quién pudiste bendecir hoy y, por una u otra
razón, no lo hiciste?
2. ¿Qué experimentas en tu corazón al bendecir a
alguien?

Oración: Señor, quiero ser una persona que bendice.


Ayúdame a aprovechar las ocasiones que se me
presentan para hacerlo y por favor, derrama también
tus bendiciones sobre mí. Gracias, Señor Dios, y
perdóname, Señor Dios.
16
Interceder por otros
Santa Teresita de Lisieux descubrió su vocación de
rezar por las almas cuando leyó de un asesino llamado
Henri Pranzini, quien a pesar de ser condenado a morir,
no se arrepentía. La mayoría de los franceses se
alegraban de su ejecución (pues había matado
cruelmente a dos mujeres y a una niña) pero Teresa veía
algo diferente. Con sus solo catorce años, ella lo vio
como un ser humano con un destino eterno. Rezaba con
ardor por su arrepentimiento final. El día después de su
ejecución, ella buscó un periódico. En él leyó cómo, en
el último momento antes de fallecer, Pranzini abrazó y
besó tres veces un crucifijo. Esto confirmó su
convicción sobre el poder de la oración de intercesión.
Teresa vivió solamente diez años más, pero dedicó el
resto de su vida a rezar por las almas.
Muchas veces nos angustiamos por la situación difícil
que viven nuestros seres queridos: un padre de familia
que necesita operarse; un hijo que no quiere saber nada
de la misa y de la fe; una hija que tiene problemas con
su esposo; un nieto o bisnieto que no quiere estudiar,
que se reúne con malas amistades o que se dedica a
algún vicio; una hermana anciana que vive sola porque
sus hijos no se preocupan por ella...
Es normal preocuparnos por estas situaciones y por
otras parecidas. Pero, como católicos debemos recordar
que además del apoyo material y psicológico que
podemos ofrecer, hay algo muy valioso que podemos
hacer: interceder por ellos. ¿Qué significa esto?
Significa ser como un lazo entre Dios y esta persona
querida; significa presentar a esta persona ante Dios y
pedirle consuelo, protección y sanación para ella;
significa decirle a Dios: “Señor, yo confío en ti, yo amo
a esta persona. Estoy tratando de ayudarla lo más que
puedo pero sé que sin ti no puedo hacer nada. Sé
también que nada es imposible para ti. Te ruego,
otórgale tu ayuda”.
En realidad, la oración de intercesión es una hermosa
oración, porque implica fe en Dios y amor hacia el
prójimo. El autor Enzo Bianchi escribió: “La oración de
intercesión es la forma de oración que revela más
claramente la plenitud de nuestra existencia en relación
con Dios y con los demás. También revela la profunda
unión entre la responsabilidad, el amor, la justicia y la
solidaridad por una parte, y la oración por otra”.
En la Biblia encontramos muchos casos de
intercesión. En el antiguo testamento, normalmente era
el patriarca, el líder, el rey, el sacerdote o el profeta
quien intercedía por el pueblo. En el nuevo testamento,
sin duda, el ejemplo más impactante es el de nuestro
Señor Jesucristo, que siendo Dios y hombre, llegó a ser
el perfecto intercesor entre nuestro Padre Celestial y los
seres humanos; cargó con nuestros defectos y pecados,
y nos trajo la redención.
Encontramos también el ejemplo de muchos santos
quienes intercedieron por otra persona. Uno de los más
hermosos es el de san Maximiliano Kolbe, quien, en un
campo de concentración nazi, se ofreció a sí mismo
para ser ejecutado en lugar de un padre de familia que
los nazis iban a matar.
Además de orar por nuestros seres queridos, también
es bueno interceder por la conversión de los pecadores;
por los enfermos terminales y por los moribundos; por
las víctimas de maltratos e injusticias; por aquellos que
viven en extrema pobreza o en lugares donde hay
guerras. Y recordemos que además de orar por ellos, es
aconsejable realizar algún sacrificio para dar más fuerza
a nuestra oración: una misa, cinco misterios del Santo
Rosario, una obra de caridad o alguna mortificación.
Al interceder por otros, Dios nos acercará más a Él y
perfeccionará nuestro amor hacia los demás.

Para reflexionar:
1. ¿Creo verdaderamente en el poder de la oración?
2. ¿Por quién puedo interceder hoy?

Oración: Señor, te pido que ayudes a todas las personas


que están viviendo una situación difícil en estos
momentos. Infunde ánimo y sabiduría en sus corazones,
así como fortaleza para seguir adelante. Gracias, Señor
Dios, y perdóname, Señor Dios.
17
Amarnos a nosotros mismos
Nick Vujicic nació sin brazos, sin su pierna derecha y
con la izquierda muy deformada. Su vida estuvo llena
de dificultades. Sufrió acoso en el colegio y, con ocho
años, comenzó a plantearse el suicidio porque se odiaba
a sí mismo y no encontraba ningún sentido en su vida.
Sin embargo, con el paso del tiempo, aprendió a amarse
a sí mismo, aceptar sus limitaciones y a desarrollar sus
talentos. Hoy en día Nick está casado, tiene dos hijos,
viaja por todo el mundo para dar charlas sobre la
autoestima, es autor de varios libros y constituye una
inspiración para millones de personas alrededor del
mundo.
Es triste que muchas personas no se quieran a sí
mismas. Las razones pueden ser muy variadas: puede
ser que no les guste su apariencia exterior por su
estatura, peso, color de piel o tipo de cabello; puede ser
que no les agrade su personalidad o carácter por ser
demasiado tímido, torpe o “aburrido”; o, como en el
caso de Nick Vucijic, por una discapacidad física.
Esta realidad se observa especialmente en la etapa de
la adolescencia y de la juventud, cuando el ser humano
está en la búsqueda de su identidad, pero a veces
perdura a lo largo de toda la vida. Puede reaparecer con
la vejez, cuando la persona empieza a perder agilidad,
belleza exterior, creatividad y, a veces, la memoria.
Parece que muchas personas tienen una voz interior
que continuamente les dice: “No sirves para nada. Eres
feo. Todo lo que haces, lo haces mal. Los demás son
mejores que tú. Siempre has fracasado en la vida. Nadie
te quiere”.
Las consecuencias pueden ser devastadoras. En casos
extremos pueden impulsar a una persona a quitarse la
vida; en casos menos graves llevan a la amargura y a la
depresión.
Para tener paz en el corazón, no podemos caer en esta
trampa del diablo. Es cierto que tenemos defectos y
fragilidades, pero tenemos también muchas virtudes; es
cierto que a veces hemos fracasado en la vida, pero
otras veces hemos triunfado; es cierto que hay personas
que tienen más habilidad que nosotros, pero también
nosotros tenemos nuestros talentos. Por eso debemos
aceptarnos y amarnos como somos, con aquello que nos
gusta de nosotros y que deseamos conservar, y con lo
que no nos gusta y que desearíamos cambiar, sin dejar
por ello de amarnos, de reconocernos, de respetarnos y
de valorarnos. Además, debemos aceptarnos y
querernos con nuestras dudas y contradicciones, y
debemos permitirnos ser como somos, sin criticarnos, ni
maltratarnos y sin compararnos con otros.
Sobre todo, recordemos que somos obra de Dios, y
aunque no somos perfectos como nuestro Creador, Él ha
sido muy generoso con nosotros y nos ha dado muchos
dones y talentos. Nuestro valor es tan grande que
nuestro Señor Jesucristo murió por nosotros: estuvo
dispuesto a pagar con su propia vida para redimirnos y
darnos la oportunidad de ser felices.
En una oportunidad, Jesús nos dijo: “Amarás a tu
prójimo como a ti mismo” (Mc 12, 29-31). Nuestro
Señor nos estaba diciendo que solo podremos amar a
los demás, de la misma manera en que nos amemos a
nosotros mismos. Si no nos amamos, no podemos amar
a los demás. Es muy probable también que si no nos
amamos, tampoco podremos reconocer el inmenso
amor que nuestro Padre Celestial nos tiene.
Entonces, a partir de hoy, ahoguemos la voz negativa
del maligno para así poder escuchar la voz de Dios que
nos dice: “Eres mi hijo amado en quien me complazco”
(Mt 3, 17).

Para reflexionar:
1. ¿Me acepto cómo soy o busco siempre mi lado
negativo?
2. ¿Estoy agradecido con Dios por todo lo que soy?

Oración: Señor, ayúdame a amarme a mí mismo con


todos mis defectos y virtudes, y a recordar siempre que
soy obra de tus manos. Gracias, Señor Dios, y
perdóname, Señor Dios.
18
Reflexionar sobre el
nacimiento de Jesús
Conozco a alguien que tiene una costumbre un poco
extraña: a lo largo de todo el año, en la sala de espera,
tiene una hermosa imagen del niño Jesús, que compró
en la Tierra Santa. Cuando le pregunté por qué no
guarda la imagen al terminar el tiempo de la Navidad,
me dijo: “Sé que todo el mundo guarda las imágenes
navideñas cuando pasa la fiesta de los reyes, pero a mí
nunca se me ocurriría guardar a mi Jesusito.
¡Experimento tanta dulzura y tanta paz en mi corazón
cuando lo contemplo!”.
Tengo que admitir que estas palabras me
impresionaron mucho, y a menudo me acuerdo de ellas.
Al reflexionar, me di cuenta de que el padre Jorge Preca
hizo algo muy similar. Este sacerdote santo, fundador
de la Sociedad de la Doctrina Cristiana, tenía tanta
devoción hacia la fiesta de la Navidad y hacia las
palabras Verbum Dei caro factum est (El hijo de Dios se
hizo hombre), que quiso que nosotros los miembros de
su Sociedad lleváramos una insignia en nuestro pecho
con estas palabras a lo largo de todo el año.
Meditar sobre el misterio de la encarnación de nuestro
Señor engendra mucha paz y alegría en el corazón. En
un nivel puramente humano, el nacimiento de un niño
trae consigo una experiencia muy especial. El Papa
Francisco nos dice: “El nacimiento de un niño suscita
alegría y asombro, porque nos pone ante el gran
misterio de la vida. Viendo brillar los ojos de los
jóvenes esposos ante su hijo recién nacido, entendemos
los sentimientos de María y José que, mirando al niño
Jesús, percibían la presencia de Dios en sus vidas”.
En un nivel más espiritual, el nacimiento de Jesús nos
habla de un Dios cercano, un Dios tierno. Nos dice el
Papa Francisco: “En primer lugar, porque manifiesta la
ternura de Dios. Él, el Creador del universo, se abaja a
nuestra pequeñez. El don de la vida, siempre misterioso
para nosotros, nos cautiva aún más viendo que Aquel
que nació de María es la fuente y protección de cada
vida. En Jesús, el Padre nos ha dado un hermano que
viene a buscarnos cuando estamos desorientados y
perdemos el rumbo; un amigo fiel que siempre está
cerca de nosotros”.
A muchos padres de familia les encanta mirar a su
bebito y tratar de imaginar cómo será y qué hará cuando
crezca. Personalmente, me gusta mirar al niño Jesús en
la cuna y pensar que ese bebito estaba destinado a
cambiar la historia del mundo; iba a ser el camino, la
verdad y la vida; iba a realizar muchos milagros; iba a
fundar una Iglesia santa y asombraría al mundo entero
con su resurrección.
Sabemos muy bien que en la Nochebuena, los ángeles
cantaron: “Gloria a Dios en las alturas y paz a los
hombres de buena voluntad”. ¡Dejemos que el niño
Jesús nos contagie con su ternura, inocencia, bondad y
alegría, para así experimentar la paz que anunciaron los
ángeles!

Para reflexionar
1. ¿Qué significa para mí la fiesta de la Navidad?
¿Cómo la celebro?
2. ¿Qué puedo aprender del nacimiento del niño Jesús?

Oración: Señor, la presencia de un bebé suscita ternura


y asombro en nuestros corazones. Ayúdame para que el
asombro por el nacimiento de tu hijo, perdure, no
solamente a lo largo del tiempo de Navidad, sino
durante todo el año, para así disfrutar de los frutos del
misterio de su encarnación. Gracias, Señor Dios, y
perdóname, Señor Dios.
19
El Salmo 23
Un campesino anciano afirmó: “Mi vida no ha sido
fácil, más bien ha sido dura. El trabajo en el campo es
agobiador, he tenido problemas de salud, he perdido
seres queridos y algunos de mis hijos se han ido lejos
buscando un futuro en otro país. Yo no sé leer la Biblia.
Pero al final del día, me siento en mi sillón, me quedo
un poco en silencio, y recito el Salmo 23, que me
hicieron aprender de memoria en la catequesis cuando
era un chiquillo. Después, cierro mis ojos y dejo que
esas palabras iluminen mi corazón y mi alma. Me faltan
palabras para describir lo que siento en estos
momentos”.
Es difícil que no hayas oído nunca el Salmo 23: “El
Señor es mi pastor; nada me falta. En verdes praderas
me hace descansar, a las aguas tranquilas me conduce,
me da nuevas fuerzas y me lleva por caminos
rectos…Aunque pase por el más oscuro de los valles,
no temeré peligro alguno, porque Tú, Señor, estás
conmigo; tu vara y tu bastón me inspiran confianza...”
Es un texto hermoso y poético, que nos habla de la
ternura de Dios y de los sentimientos que experimenta
quien se encuentra con Él: alegría, paz, seguridad,
confianza y plenitud de vida.
El rey David, autor de este salmo, que de niño fue
pastor de ovejas, conocía bien lo que necesita una oveja
para ser feliz: un pastor responsable, praderas con
hierba para comer, agua para beber, protección de los
animales feroces y un lugar donde dormir. En este
salmo, él se identifica con la oveja, y muestra cómo el
Señor Dios le da todo lo que necesita para vivir feliz,
así como el pastor brinda a las ovejas todo lo que
requieren.
Es muy aconsejable meditar este salmo
frecuentemente, pero de manera especial cuando nos
sentimos perdidos, angustiados, turbados; cuando
creemos que Dios está lejos; cuando no tenemos
fuerzas, ni ánimos, para seguir adelante; cuando
tenemos alguna decisión importante por tomar o miedo
de enfrentar alguna situación nueva en nuestra vida.
Es también una buena idea repetir a lo largo del día la
primera frase del salmo: “El Señor es mi pastor; nada
me falta”. Al recordar estas palabras, seguramente nos
llenaremos de confianza en Él. Así como un buen
pastor, Él nos conoce por nuestro nombre, nos guía y
nos acompaña, sabe lo que necesitamos y quiere que
estemos felices.
En verdad, no tenemos razón de angustiarnos.
¡Estamos en muy buenas manos!

Para reflexionar:
1. ¿Cuáles son mis necesidades en este momento de mi
vida?
2. ¿Confío en que Dios las pueda satisfacer?
Oración: Señor, así como una oveja está perdida si no
tiene un pastor bueno que la apaciente, yo también
estoy perdido sin ti. Ayúdame a seguir confiando en tu
bondad y misericordia. Gracias, Señor Dios, y
perdóname, Señor Dios.
20
Contemplar la belleza de la creación
Una pareja alemana celebró su cincuenta aniversario
de matrimonio. Cuando al esposo le preguntaron cuál
era su secreto para superar los momentos difíciles, él
contestó: “Como todas las parejas, hemos tenido
momentos difíciles. Pero yo he tenido un gran aliado: el
bosque. Cada vez que discutía con mi esposa, muchas
veces porque estaba estresado o cansado, daba una larga
caminata por el bosque que tenemos cerca de nuestra
casa. Al regresar, siempre me sentía un hombre
completamente distinto; el motivo de la discusión me
parecía una tontería y estaba determinado a empezar de
nuevo. El bosque sanaba mi alma”.
La experiencia de este esposo no es única. Todos
sabemos que la naturaleza es un hermoso regalo que
Dios nos ha otorgado para enriquecer la vida y
alimentar el alma. Hace falta contemplarla no solamente
con los ojos físicos, sino también con los ojos de
nuestro corazón y de nuestra alma.
La creación es una delicia para los cinco sentidos.
Podemos ver la hermosura de una puesta de sol; la
bóveda celestial llena de las estrellas por la noche; la
variedad de árboles, flores, animales y aves. Podemos
oler el perfume de los lirios, de la tierra después de la
lluvia, del mar salado cuando vamos a la playa y el
aroma del café. Podemos tocar la textura del tronco de
un árbol, la delicadeza del pétalo de una flor y la tierra
húmeda llena de vida. Podemos escuchar el canto de las
aves y el susurro de las hojas de los árboles moviéndose
en la brisa. Podemos saborear la dulzura del mango y de
la miel, la acidez del limón y de la naranja, y la
amargura del café y del chocolate negro.
En la creación todo es hermoso; incluso las cosas que
nuestra cultura desprecia, tienen su hermosura: las
arrugas marcadas en el rostro de una mujer anciana, el
vuelo de una lechuza en la noche, el diseño de una
telaraña, el canto de las ranas después de la lluvia y las
pequeñas flores silvestres.
Dejemos que la creación nos tome de la mano, como
una madre a un hijo pequeño, y nos enseñe que la
paciencia es indispensable en la vida porque todo tiene
su tiempo; que en la vida, todo está conectado y tiene su
importancia, incluso las criaturas más pequeñas; y que
la vida es asombrosa y siempre triunfa sobre la muerte.
Sobre todo, dejemos que la creación nos hable del
Creador. San Jorge Preca solía decir que de las cosas
concretas, podemos visualizar el abstracto. Así pasa con
la naturaleza. ¡El Creador dejó sus huellas por todas
partes! La inmensidad del universo nos habla de la
grandeza de Dios; la hermosura de las flores nos habla
de su belleza; la fuerza de los truenos y de los ciclones
nos hablan de su poder; la lealtad de un perrito nos
habla de su fidelidad; el amor de una madre nos habla
de su ternura; la variedad de especies nos habla de su
creatividad.
La naturaleza es un regalo que debemos valorar,
cuidar, disfrutar y contemplar.

Para reflexionar:
1. ¿Tengo todavía la capacidad de asombrarme ante la
creación?
2. ¿Cómo puedo dejar que la naturaleza alimente mi
alma?

Oración: Señor, muchos salmos alaban tu creación. Yo


también te alabo y te agradezco, aunque
lamentablemente no siempre la valoro debidamente.
Gracias, Señor Dios, y perdóname, Señor Dios.
21
Dejarnos mirar y amar por Dios
Un joven sufrió un accidente de tránsito y terminó en
el hospital en un estado muy grave. Su novia pasó
varios días a su lado, aunque él no se podía comunicar
con ella. Cuando empezó a mejorar y por fin pudo
hablar, le dijo: “Gracias por quedarte a mi lado. Tu
presencia y tu mirada me dieron mucha fuerza para
luchar. Sin ti, no sé qué hubiera hecho”.
Es muy bello recordar que también nosotros tenemos
a alguien que nos mira con amor y con una ternura
sobrenatural. Es nuestro Padre Celestial quien no deja
de mirarnos con amor. Quizás para entender este
fenómeno, podemos pensar en la mirada de una mamá
hacia su bebito que duerme tranquilo; la de una
muchacha que mira a los ojos de su enamorado; la de
un alumno pequeño que mira atentamente a su
profesora preferida; y la de un cachorro fiel que mira
con sus ojos grandes a su dueño. ¡Qué triste que muchas
veces no nos demos cuenta de este amor divino y más
bien pensamos que Dios es una energía abstracta, que
está distante, que no se interesa por nosotros, o peor,
que es un tirano que continuamente nos vigila!
San John Henry Newman, uno de los santos más
recientes de la Iglesia, en uno de sus sermones, salió
con esta hermosa reflexión basada en las palabras de la
Biblia: “Dios te llama por tu nombre. Te ve y te
comprende tal como te hizo. Sabe lo que hay en ti,
conoce todos los pensamientos y sentimientos que te
son propios, todas tus disposiciones y gustos, tu fuerza
y tu debilidad. Te ve en tus días de alegría y también en
los de tristeza. Se solidariza con tus esperanzas y tus
tentaciones. Se interesa por todas tus ansiedades y
recuerdos, por todos los altibajos de tu espíritu. Ha
contado hasta los cabellos de tu cabeza y ha medido los
codos de tu estatura. Te rodea con sus cuidados y te
lleva en sus brazos; te alza y te deposita en el suelo. Ve
tu auténtico semblante, ya estés sonriente o cubierto de
lágrimas, sano o enfermo. Vigila con ternura tus manos
y tus pies; oye tu voz, el latido de tu corazón y hasta tu
respiración. Tú no te amas a ti mismo más de lo que Él
te ama”.
Es fundamental dejarnos mirar y amar por este Dios
Padre. Su mirada saca lo mejor de nosotros. Al dejarnos
mirar con amor, lograremos reconocer que tenemos un
valor y una dignidad inmensa; experimentaremos
seguridad y paz interior; nos atreveremos a llegar más
allá de lo que jamás hemos imaginado; nos liberaremos
de nuestra baja autoestima y fortaleceremos los dones
que Él nos ha otorgado; nos animaremos a buscarlo
siempre más profundamente y renovaremos nuestro
amor hacia Él y hacia el prójimo, imagen suya, cada
día.
Su mirada amorosa es incondicional; no importa si le
hemos fallado, si hemos pecado, si durante muchos
años lo hemos olvidado y si hemos creído ser
autosuficientes. Quizás podamos pensar que no tenemos
valor y que no somos dignos de su amor, pero, en
realidad, “Él grabó nuestro nombre en la palma de sus
manos” (Is 49, 16). Si nos convencemos de esto,
estaríamos realizando el mayor descubrimiento de
nuestra vida.
San Jorge Preca solía decir: “Si quieres saber lo que
Dios está haciendo en este momento, te digo que Él está
amando”. Y Dios no ama en lo abstracto: su amor es
personal; te está amando a ti, a mí, y a todo el mundo
con un amor único e irrepetible.
Ojalá que la frase “Dios te ama” deje de ser un cliché
y llegue a ser una realidad que mueva nuestros
corazones.

Para reflexionar:
1. ¿Estoy verdaderamente convencido de que Dios me
ama?
2. ¿Me percato de las pruebas de su amor hacia mí en la
vida cotidiana?

Oración: Señor, tu hijo Jesús nos enseñó a llamarte


“Padre Nuestro” por amarnos con un amor
incondicional. Ayúdame a reciprocar este amor porque
Tú me creaste para conocerte, amarte y servirte.
Gracias, Señor Dios, y perdóname, Señor Dios.
22
La paciencia
El nombre de Thomas Alva Edison, ¿te suena
conocido? Gracias a él, podemos aprovechar las horas
nocturnas. Este científico norteamericano diseñó la
bombilla eléctrica tal como la conocemos hoy. Es
imposible negar que tenía una mente brillante; sin
embargo hay algo más que eso en el logro: mucha
paciencia. El mismo Edison confesó que lo intentó
alrededor de mil veces. Durante el proceso resultaba
muy difícil encontrar el filamento adecuado para la
bombilla. Edison probó cientos de materiales diferentes.
Algunos de sus ayudantes se desanimaban cada vez que
un experimento fracasaba pero él decía: “Bien, hemos
aprendido que este material, tampoco funciona”. Al
final, declaró: “No fueron mil intentos fallidos, fue un
invento de mil pasos”.
Vivimos en un mundo en el cual muchas personas ya
no tienen paciencia y no saben esperar; lo quieren todo
rápida e instantáneamente. La tecnología ha influido
mucho en eso. Por ejemplo, cuando enviamos una carta
a alguien, no necesitamos esperar varias semanas o
meses para recibir la respuesta: basta un email o un
mensaje por celular y dentro de pocos minutos ya la
tenemos. En muchos países, no es necesario hacer
largas filas para pagar la luz, el agua u otros servicios:
las personas se conectan al internet y pagan utilizando
una tarjeta de crédito sin tener que salir de su casa. Así
podemos mencionar un sinfín de ejemplos.
Este estilo de vida, que supuestamente ha facilitado
nuestra vida, en realidad ha traído mucho estrés y
ansiedad. Y, además, la vida ha dejado de ser una
escuela donde se aprende la paciencia.
Si queremos tener paz en nuestro corazón, tenemos
que redescubrir esta hermosa virtud. ¿Qué es la
paciencia? La paciencia es la virtud por la cual sufrimos
los infortunios y adversidades con fortaleza, sin
lamentarnos. También significa ser capaces de esperar
con serenidad lo que tarda en llegar. Un arzobispo
estadounidense, monseñor Fulton Sheen, un gran
comunicador, escribió: “Muy pocas virtudes son tan
necesarias para tener paz en el alma, como la paciencia,
porque se tiene que practicar continuamente en nuestra
vida”. San Jorge Preca seguramente hubiera estado de
acuerdo con él. De hecho, en una oportunidad aconsejó
a alguien: “Si quieres vivir feliz, escribe la palabra
paciencia en cada pared de tu habitación”.
¿En qué circunstancias tenemos que ser pacientes?
Tenemos que ser pacientes con los defectos de otras
personas, especialmente con los de nuestros familiares y
de nuestros compañeros de trabajo; con las decepciones
que sufrimos al tener que cambiar nuestros planes por
causa de la lluvia, de alguna enfermedad u otras
circunstancias; con los pequeños percances diarios
como perder una llave, el trasporte que demora en
llegar, la lluvia cuando acabamos de tender la ropa y la
falta de electricidad cuando necesitamos cocinar; con
las ofensas o malas acciones que recibimos por parte de
algún ser querido o, incluso, por alguien con quien nos
hemos encontrado en la calle y que ni conocemos.
Si nos ponemos a reflexionar, cada vez que perdemos
la paciencia, terminamos actuando de manera tonta y
muchas veces, después, nos arrepentimos de lo dicho o
hecho. Además, nos perjudicamos a nosotros mismos.
Al ser tentados de perder la paciencia, digamos a
Dios: “Señor, ayúdame a mantener la calma”. Además,
¡reconozcamos que hay cosas que no podemos
controlar, ni podemos pretender que todos actúen como
nos agrada a nosotros y que todo salga como lo hemos
planeado!
En un nivel espiritual recordemos también qué tan
paciente es Dios con nosotros, que muchas veces
actuamos de manera muy diferente de lo que le gustaría
a Él, y de la paciencia de nuestro Señor Jesús durante su
vida terrenal. Y no nos olvidemos tampoco de que tener
paciencia es una de las catorce obras de misericordia:
“Tener paciencia con los defectos de los demás”.
Lo sé, lo sé, es mucho más fácil hablar o escribir
sobre esta virtud que practicarla. Pero esta hermosa
frase de santa Teresa de Ávila puede ser de gran
inspiración para nosotros: “Nada te turbe. Nada te
espante. Todo se pasa. Dios no se muda. La paciencia,
todo lo alcanza. Quien a Dios tiene, nada le falta: solo
Dios basta”.
Para reflexionar:
1. ¿Qué suele hacerme perder la paciencia?
2. ¿Qué beneficios experimento cuando logró mantener
la calma?

Oración: Señor, ayúdame a recordar que una persona


sabia nunca pierde la paciencia y que las situaciones
que se me presentan para practicar esta virtud son
oportunidades para asemejarme más a ti. Gracias,
Señor Dios, y perdóname, Señor Dios.
23
Obrar con amor
En una oportunidad, cuando el Papa san Pío X era
todavía cardenal de Venecia, se encontró con un anciano
que lloraba porque la policía le había quitado el burro
que tenía para tirar un carrito y ganarse la vida llevando
bultos. El cardenal le dijo que él le pagaría la multa,
pero el pobre anciano le contó que en la comisaría no le
entregarían el burro si no iba una persona de confianza
a firmar por él.
“Yo iré”, le dijo el cardenal.
“¡Oh no, eso le costará tiempo y trabajo!”, respondió
el anciano.
“Si no me cuesta, ¿qué clase de caridad sería?”, le dijo
el prelado, así que fue con él y rescató el burro.
Ciertamente la madre Teresa hubiera estado muy de
acuerdo con su actitud porque uno de sus lemas era:
“Hay que amar hasta que duela”.
Los seres humanos fuimos creados con la capacidad y
el deber de amar; es aquí que nuestra vida encuentra
sentido y plenitud.
San Francisco de Sales decía: “Es el amor lo que da
precio a todas nuestras obras; no es por la grandeza y
multiplicidad de nuestras obras por lo que agradamos a
Dios, sino por el amor con que las hacemos”. Esta
hermosa frase nos muestra que no debemos realizar
nuestras obras, incluso las más pequeñas y cotidianas,
por costumbre u obligación, sino por amor a Dios y a
nuestro prójimo.
Si estamos pelando verduras o lavando platos,
hagámoslo con amor; si estamos conversando con
alguien, aunque no nos caiga muy bien, hagámoslo con
amor; si salimos de compras, aunque tengamos que
esperar en la fila, hagámoslo con amor; si estamos
cosiendo o haciendo cualquier otro trabajo, hagámoslo
con amor.
El amor convierte las pequeñas obras que realizamos
en algo grande para Dios. Santa Teresa de Lisieux le
dijo a Dios: “No tengo medios para mostrarte mi amor,
sino a través de pequeños sacrificios, con alguna
palabra, aprovechando las cosas pequeñas, y haciéndolo
todo con gran amor”.
El amor nos da mucha fuerza para seguir adelante y
nos impulsa a asemejarnos siempre más a nuestro Señor
Jesús. El padre Jorge escribió: “Quien ama vuela, corre,
goza, está liberado de todo y no lo detiene nada. Da
todo y encuentra todo en todo, porque encuentra su
descanso en Dios, quien es el mayor de todos los
bienes. El amor no sabe, muchas veces, lo que es
medida, porque va más allá de lo que debe. Está
cargado y no padece, sufre y no le importa, más bien
hace más de lo que puede; nada lo desanima o le da
miedo porque se siente capaz de todo y convencido de
que todo le saldrá bien. Se enfrenta a todo, y con su
entusiasmo cumple muchas cosas que, quien no ama, no
es capaz de realizar” (El Año del Señor, 13 de octubre).

Para reflexionar:
1. ¿Cómo realizo los quehaceres cotidianos? ¿Con amor
o por obligación?
2. ¿Me doy cuenta de que cuando realizo alguna acción
con amor, ya no me cuesta mucho sacrificio?

Oración: Señor, que nos amas a todos con un amor


infinito, ayúdame para reflejar un poco de tu amor, y
hazme recordar que Tú no mides mis obras por su
magnitud, sino por el amor con que las realizo.
Gracias, Señor Dios, y perdóname, Señor Dios.
24
Todo pasa
Un joven le preguntó a un padre del desierto: “Abba,
quiero que me des un consejo que me sea siempre útil
en mi vida, tanto en los momentos difíciles como en los
alegres”. El padre se fijó en él y le dijo: “Hijo, en cada
situación en la cual te encuentres, recuerda que esa
también pasará”.
El consejo del padre del desierto es muy sabio. En la
vida pasamos por momentos difíciles y otros alegres.
En los momentos difíciles normalmente nos
deprimimos y perdemos la esperanza de que la situación
cambie y que, algún día, nos sentiremos mejor. Esto le
suele pasar mucho a los adolescentes y a los jóvenes,
especialmente cuando sufren alguna decepción
amorosa. Pero también nos pasa a los adultos cuando,
por ejemplo, perdemos un trabajo o a un familiar, o
cuando encontramos mucha incomprensión por parte de
nuestros seres queridos.
En los momentos alegres, fácilmente empezamos a
pensar que durarán para siempre; nos ilusionamos, nos
aferramos a las personas o a las circunstancias que nos
están regalando ese momento increíble, y tomamos
decisiones muy apuradas de acuerdo a lo que estamos
experimentando. A veces son sentimientos tan
extasiados que nos olvidamos de nuestros deberes, y
actuamos de manera ilógica e irresponsable.
Si queremos tener paz en nuestro corazón, debemos
recordar el consejo del sabio: “Todo pasa”. Este
pensamiento nos permite mantener un cierto equilibrio
personal.
La Biblia también nos dice: “En este mundo todo
tiene su hora. Hay un momento para todo cuanto ocurre:
Un momento para nacer, y un momento para morir. Un
momento para plantar, y un momento para arrancar lo
plantado…Un momento para llorar, y un momento para
reír. Un momento para estar de luto, y un momento para
estar de fiesta” (Eclesiastés 3, 1-4).
Es muy aconsejable aprovechar todos los momentos
para aprender algo nuevo, porque aunque pasan, lo que
nos enseñan perdura por toda nuestra vida. Y
normalmente, ¡más aprendemos de los momentos
difíciles que de los felices! Seamos pacientes y no
tratemos de comprender el porqué de todo lo que nos
sucede o de angustiarnos con preguntas inútiles como:
“¿Por qué me pasó eso a mí?”
Sobre todo, no nos olvidemos de que mientras que en
la vida todo cambia, hay alguien que nunca cambia. Él
está más allá de los cambios. Nos ama con un amor
eterno y nos acompaña siempre en cada momento. Si
nos aferramos a Él, nunca quedaremos decepcionados.
Es por eso que san Jorge Preca afirmaba: “Lo que no es
eterno, no es nada”.
Para reflexionar:
1. ¿Cómo puedo aplicar el consejo del sabio a mi vida?
2. ¿Qué momentos difíciles he logrado superar en mi
vida?

Oración: Señor, solo Tú eres eterno e inmutable.


Ayúdame a vivir con la serenidad que viene del
pensamiento de que todo pasa, para así disfrutar más
de mi vida. Gracias, Señor Dios, y perdóname, Señor
Dios.
25
Confiar en las promesas de Jesús
Un señor había sido ateo toda su vida y nunca pisó el
umbral de la iglesia. Debido a eso, el párroco se
sorprendió mucho cuando alguien le dijo que el señor se
estaba muriendo y quería confesarse. Así que fue
rápidamente a su casa, lo confesó y le administró la
unción de los enfermos. Sin embargo, no pudo resistirse
a preguntarle: “¿Cómo te animaste a acercarte a Dios?”.
El señor le contestó con voz débil: “Mi madre era
muy creyente y amaba mucho a la Virgen. Antes de
fallecer me hizo prometer que rezaría un Ave María
cada noche. Aunque no encontraba sentido, yo he sido
fiel a mi promesa, porque considero que una promesa es
sagrada. Ayer fue la primera vez que hice caso a las
palabras ‘ruega por nosotros ahora y en la hora de
nuestra muerte’. De repente me percaté de que esa hora
había llegado. Y decidí llamarle”.
Hay personas que hacen promesas que en ningún
momento tienen la intención de honrar. Hay otras, como
el señor de la anécdota, para quienes una promesa es un
asunto muy serio. La Biblia está llena de promesas. En
el Antiguo Testamento, desde el Génesis hasta el último
libro, Dios promete cuidar, proteger, guiar y salvar a su
pueblo, y además promete, por medio de los profetas,
enviar al Mesías. Al venir al mundo, Jesús cumplió
estas promesas divinas, y nos regaló muchas promesas
nuevas. Lo bueno es que Jesús nunca pronunció
ninguna promesa de manera ligera y, además, Él es la
plenitud de la verdad; por eso podemos confiar con toda
seguridad en que sus promesas se realizarán.
Las promesas de Jesús son demasiado numerosas para
mencionarlas todas aquí. Me limitaré a mencionar
nueve que son verdaderamente inspiradoras y que, al
meditar sobre ellas, pueden inundar nuestros corazones
con luz y esperanza. No las voy a comentar. ¡Son tan
claras que no necesitan ninguna explicación!
 Descanso en nuestras angustias: “Vengan a mí todos
ustedes que están cansados de sus trabajos y cargas, y
yo los haré descansar” (Mt 11, 28).
 Encontrar paz: “Les digo todo esto para que
encuentren paz en su unión conmigo. En el mundo,
ustedes habrán de sufrir; pero tengan valor: yo he
vencido al mundo” (Jn 16, 33).
 Recompensa por cada buena obra: “Y cualquiera que
le dé siquiera un vaso de agua fresca a uno de estos
pequeños por ser seguidor mío, les aseguro que tendrá
su premio” (Mt 10, 42).
 Unión con Él por medio de la Eucaristía: “El que
come mi carne y bebe mi sangre, vive unido a mí, y
yo vivo unido a él” (Jn 6, 56).
 Guía segura en nuestra vida: “Yo soy la luz del
mundo; el que me sigue, tendrá la luz que le da vida,
y nunca andará en la oscuridad” (Jn 8, 12).
 Enviar al Espíritu Santo: “Si ustedes me aman,
obedecerán mis mandamientos. Y yo le pediré al
Padre que les mande otro Defensor, el Espíritu de la
verdad, para que esté siempre con ustedes” (Jn 14,
15).
 Familiaridad con Dios: “El que me ama, hace caso de
mi palabra; y mi Padre lo amará, y mi Padre y yo
vendremos a vivir con él” (Jn 14, 23).
 La vida eterna: “No se angustien ustedes. Crean en
Dios y crean también en mí. En la casa de mi Padre
hay muchos lugares donde vivir; si no fuera así, yo no
les hubiera dicho que voy a prepararles un lugar. Y
después de irme y de prepararles un lugar, vendré otra
vez para llevarlos conmigo, para que ustedes estén en
el mismo lugar en donde yo voy a estar” (Jn 14, 1-3).
 Saciar nuestra sed de verdad: “Pero el que beba del
agua que yo le daré, nunca volverá a tener sed.
Porque el agua que yo le daré se convertirá en
manantial de agua que brotará dándole vida eterna”
(Jn 4, 14).
¡Y estás son solo algunas!

Para reflexionar:
1. ¿Cuáles de estas promesas me inspiran más?
2. ¿Cómo me pueden ayudar a cambiar mi actitud hacia
la vida?

Oración: Señor, por medio de tu hijo Jesús, quisiste


alimentarnos espiritualmente e iluminar nuestra
existencia con muchas palabras y promesas hermosas.
Dame tu espíritu de sabiduría para meditarlas y llenar
mi corazón de esperanza por medio de ellas. Gracias,
Señor Dios, y perdóname, Señor Dios.
26
Ser instrumentos de paz
Hay una enorme imagen de Cristo en los Andes, en la
frontera entre Argentina y Chile. Esta imagen fue hecha
para marcar un acuerdo histórico entre las dos naciones.
En una oportunidad, hubo una discusión por unas tierras
y los gobernadores de los dos países decidieron
declararse la guerra. Sin embargo, un domingo de
Pascua, los obispos de las dos naciones comenzaron una
campaña en favor de la paz, inmediatamente respaldada
por la población. Este movimiento llegó a ser tan fuerte
que la guerra nunca comenzó y los cañones fueron
derretidos para realizar una imagen de Cristo, símbolo
de paz entre las dos naciones.
Es triste observar que en muchas personas, familias,
comunidades y en el mundo en general, haya falta de
paz. Este no es un fenómeno del mundo moderno.
Lamentablemente, la historia del ser humano siempre
ha estado marcada por conflictos, violencia, maltratos y
guerras.
¿Por qué existen los conflictos? Se deben a la avaricia
del ser humano que siempre quiere más de lo que tiene;
a la envidia que lo impulsa a conseguir de cualquier
manera lo que tienen los otros; a la ambición de los que
pisotean a los débiles y buscan eliminar a los rivales; a
las sospechas y prejuicios y a la falta de comunicación;
al deseo de venganza, que no quiere saber nada de
perdón. Esto se puede manifestar a nivel de país y
también a nivel personal.
Nuestro Señor Jesucristo nos anima a tener una
actitud diferente y a ser hombres y mujeres de paz:
“Dichosos los que buscan la paz, porque heredarán la
tierra” (Mt 5, 9). También san Francisco de Asís nos
anima a orar: “Oh, Señor, hazme un instrumento de tu
paz. Donde hay odio, que lleve yo el amor. Donde haya
ofensa, que lleve yo el perdón. Donde haya discordia,
que lleve yo la Unión”.
¿Cómo podemos ser instrumentos de paz? En primer
lugar, debemos esforzarnos para tener paz en nuestros
corazones. Nadie puede dar lo que no tiene. ¡Entonces,
debemos cortar todas las raíces que ocasionan los
conflictos con la misma determinación con la cual
eliminamos los criaderos de mosquitos para evitar el
dengue y el zika! Si observamos algo que puede
ocasionar algún conflicto en nuestros corazones,
digámosle: “Oye, tú, te has equivocado de lugar. Aquí
no cabes” y arranquémoslo enseguida.
En segundo lugar, tenemos que cuidar mucho nuestro
hablar y actuar con los demás. Tenemos que evitar que
nuestras palabras sean piedras que lastiman o chispas
que se conviertan en un gran fuego; además, nuestra
actitud debe ser humilde y mansa al punto que sea
capaz de soportar una humillación para no echar leña al
fuego.
Ciertamente habrá situaciones que no lograremos
resolver y corazones que no lograremos suavizar. En
tales circunstancias, debemos rogarle al Señor que actúe
y también para que con su ayuda, poder sembrar
semillas de paz, así como hicieron los obispos de
Argentina y Chile.
Para reflexionar:
1. ¿Tengo paz en mi corazón en este momento de mi
vida?
2. ¿En cuáles situaciones puedo ser un instrumento de
paz?

Oración: Señor, Tú quieres que toda la humanidad sepa


vivir en paz. Lamentablemente, en muchos lugares, la
paz es pisoteada como si fuera la peste. Ayúdame a
derramar ternura y paz donde broten los conflictos
familiares, profesionales y comunitarios para ser así
instrumento tuyo. Gracias, Señor Dios, y perdóname,
Señor Dios.
27
Ser agradecidos
Un abuelo dijo a su nietecito: “Tengo un chocolate y
una bolsa de caramelos: ¿cuál escoges?”.
El niño se fijó bien en ambos y después escogió el
chocolate. Abrió la envoltura e iba a dar un mordisco
cuando su mamá le dijo: “¡Armando! ¿Qué debes
decirle a tu abuelo?”
El niño se detuvo y le dijo al abuelo: “Abuelo, no seas
malo. ¡Dame los caramelitos también!”. ¡Es evidente
que la gratitud no es una virtud con la cual nacemos!
En nuestra vida, es fundamental abrir bien los ojos,
reconocer las cosas buenas que tenemos y estar
agradecidos por ellas. ¿Parece fácil, verdad? Sin
embargo, para muchos de nosotros, no lo es. Muchas
veces parece que tenemos los ojos tapados, o peor,
tenemos un filtro ante ellos que nos deja ver solamente
las cosas feas y negativas. Además, estar agradecidos es
una actitud que supone mucha humildad, porque
implica que no podemos hacer todo solos y que muchas
cosas buenas que tenemos, no son producto de nuestros
esfuerzos, sino son un regalo de otras personas o de
parte de nuestro Creador.
Es importante estar agradecidos a las personas que
hacen nuestra vida más fácil, incluso con gestos muy
pequeños o que involucren poco esfuerzo. Eso no
significa solamente decir “gracias”. La gratitud no es
solo educación o cortesía, es mucho más. Al agradecer a
alguien le estamos diciendo que es una bendición para
nosotros y que nuestra vida no sería igual sin él.
Aunque parezca raro, también debemos estar
agradecidos por aquellos que hacen nuestra vida difícil,
porque nos impulsan a dar lo mejor de nosotros y nos
dan la oportunidad de practicar varias virtudes.
Sobre todo, debemos vivir con una actitud constante
de agradecimiento a Dios. Él es nuestro Creador y si no
fuera por Él, ni siquiera existiríamos. Él nos cuida, nos
provee, nos protege y se reveló por medio de la Biblia;
envió a su hijo Jesús al mundo para ser nuestra luz y
alcanzar la salvación; y nos regaló la santa Iglesia
Católica para guiarnos y brindarnos los medios para
llegar a ella. Debemos agradecerle también por su amor
infinito hacia la humanidad; por seguir confiando en
nosotros aunque le seamos infieles; por las
oportunidades que nos otorga para hacer el bien y ser
instrumentos de paz en el mundo; por las situaciones
malas y las dificultades de las cuales nos liberó; por los
alimentos que nos brinda y por los seres queridos que
nos rodean.
En el milagro de los diez leprosos, nuestro Señor
Jesucristo nos mostró que la ingratitud entristece su
corazón. Cuando solamente un leproso regresó para
agradecerle, le preguntó: “¿Acaso no eran diez los que
quedaron limpios de su enfermedad? ¿Dónde están los
otros nueve?” (Lc 17, 17).
Seamos siempre agradecidos; el corazón de una
persona agradecida estará siempre lleno de luz y calor.
Y recordemos que la mejor forma de estar agradecidos
por las bendiciones que recibimos, es convertirnos en
bendición para los demás.

Para reflexionar:
1. ¿Soy una persona agradecida con los demás?
2. ¿Agradezco a Dios por las bendiciones que me
otorga?

Oración: Señor, manantial de toda bondad, ayúdame a


ser una persona agradecida, contigo y con los demás.
Gracias, Señor Dios, y perdóname, Señor Dios.
28
Con las manos abiertas
Una pareja estaba esperando un hijo, pero después de
un ultrasonido, el médico les dijo: “Lamento decirles
que hay un problema con el bebito. Tiene síndrome de
Down. ¿Qué eligen, quieren seguir con el embarazo o
abortar? Entiendo que no es una decisión fácil. Si
quieren, pueden tomar algunos días para pensarlo bien”.
La pareja quedó muy confundida, y la muchacha
empezó a llorar. Conversaron un poco entre ellos, y,
después de algunos minutos, ella dijo al médico:
“Doctor, no hace falta esperar unos días. Ya tomamos
nuestra decisión: Aceptamos de corazón todo lo que
Dios quiere regalarnos”.
Uno de los gestos más hermosos durante la oración es
rezar con las palmas de las manos abiertas, así como
muchos de nosotros rezamos el Padrenuestro durante la
misa. Podemos utilizar este gesto a menudo en nuestra
oración. Pero hay que entender bien lo que significa.
Este gesto no es solamente una posición física o un
ritual. Va mucho más allá. Representa una hermosa
actitud de un ser humano que acepta de corazón la
voluntad de Dios en su vida, así como hizo la joven
pareja de esta anécdota.
Trataré de explicar de manera más sencilla. Cuando
nosotros mantenemos las manos abiertas, cualquier
persona puede quitarnos lo que tenemos y también
puede colocar en ellas lo que quiere. Normalmente esto
no nos gusta porque queremos tener el control sobre
nuestra vida, y por eso cerramos los puños, nos
aferramos a lo que tenemos y defendemos, incluso con
las uñas, nuestras posesiones.
Cuando oramos con las palmas de las manos abiertas,
estamos diciendo a Dios: “Señor, te ofrezco todo lo que
tengo en este momento de mi vida. Todo lo mío es tuyo.
Si quieres, puedes quitarme lo que tengo, porque todo
viene de ti. Lo único que quiero es que se haga tu santa
voluntad. Y también estoy dispuesto a recibir todo lo
que quieras colocar en ellas, incluso lo que no me
agrada o lo que me causa sufrimiento”.
Necesitamos mucha fe y valentía para tener esta
actitud. Por razones que solo Él sabe, Dios puede
quitarnos algo que valoramos mucho en nuestra vida.
Dios puede pedir a un párroco que se encuentra muy
feliz con sus feligreses, cambiar de parroquia y empezar
de nuevo en otra; a un joven que vive con su familia y
que tiene un buen trabajo, que vaya a otro país para
evangelizar; a unos padres de familia que le entreguen a
su único hijo o hija para ser sacerdote o religiosa en una
ciudad o un país lejano.
También necesitamos mucha fe y valentía porque a
veces, Dios nos coloca cosas nuevas que no nos agradan
mucho. Pueden ser un jefe que no nos aprecia, una
nueva vecina que tiene un carácter muy arrogante, una
enfermedad a nuestra persona o a un ser querido, o un
fracaso que perjudique algún sueño de infancia.
Sin embargo, esta actitud, llamada también “santo
abandono” en los libros de espiritualidad, es una
muestra sublime de dar prioridad a la voluntad de Dios
y no resistirnos a lo que viene de Él. Es una actitud que
inunda nuestro corazón con la paz del Señor porque ya
no deseamos nada; solamente que se haga Su voluntad
en el cielo, en la tierra y en nuestra vida. Y podemos
estar seguros de que nuestro Dios, que es un Dios de
sorpresas, termina colmándonos de bendiciones y de
oportunidades para ser instrumentos dignos en sus
manos.
Para reflexionar:
1. ¿Tengo la valentía de orar con las palmas de las
manos abiertas?
2. ¿Deseo verdaderamente cumplir la voluntad de Dios
en mi vida?

Oración: Señor, todos los días rezo: “Hágase tu


voluntad en la tierra como en el cielo”. Pero muchas
veces, en realidad, quiero que se haga la mía. Ayúdame
a confiar plenamente en ti y así tener la disposición de
cumplir siempre tu santa voluntad. Gracias, Señor
Dios, y perdóname, Señor Dios.
29
Escuchar la voz de la conciencia
Muchos pasaron por la incómoda situación de querer
llegar a un destino definido pero, al no tener
indicaciones claras, mapa o GPS, se equivocaron de
camino y terminaron en un lugar distinto.
Normalmente, este error se puede rectificar con una
simple pregunta a un transeúnte, consultando un mapa o
utilizando alguna aplicación del celular.
En la vida moral y espiritual, también podemos perder
el camino y las consecuencias pueden ser mucho más
serias que las del ejemplo mencionado. Para ayudarnos,
Dios nos ha regalado una magnífica herramienta:
nuestra conciencia. El Papa Francisco nos enseña: “La
conciencia es el espacio interior de la escucha de la
verdad, del bien, de la escucha de Dios; es el lugar
interior de mi relación con Él, que habla a mi corazón y
me ayuda a discernir, a comprender el camino que debo
recorrer, y una vez tomada la decisión, a ir adelante, a
permanecer fiel”.
El Papa nos sigue diciendo que debemos aprender a
escuchar más a nuestra conciencia. Sin embargo, para
que nuestra conciencia sea la voz de Dios, debemos
tomar interés en formarla por medio de la lectura de su
Palabra y de la participación en cursos de formación o
catequesis, si no, puede deformarse y dejar de ser una
guía segura hacia la verdad y hacia la paz interior.
¡Incluso podemos asfixiarla completamente! ¿Cómo
podemos saber si nuestra conciencia está deformada o
asfixiada? Hay muchos indicadores. Uno de ellos es no
estar de acuerdo con lo que nos enseñan la Iglesia, el
Papa y nuestros obispos. Por ejemplo, si en mi
conciencia siento que una mujer tiene el derecho de
abortar porque “puede hacer lo que quiere con su
cuerpo”, entonces, es evidente que mi conciencia está
deformada, dado que la Iglesia nos enseña con fuerza
que se debe respetar la dignidad de la persona desde el
momento de la concepción.
Si nuestra conciencia está bien formada y la
escuchamos atentamente, tendremos que enfrentar
desafíos fuertes en nuestra vida. En muchas situaciones,
tomar las decisiones correctas es difícil; ¡es mucho más
fácil hacer el mal, evadir las responsabilidades y actuar
de manera egoísta! Muchas veces actuar de manera
honrada y correcta significa ir contra la corriente,
soportar burlas y persecuciones, perder oportunidades
de “ganancia fácil” y tomar decisiones que involucran
sacrificio y negación.
Sin embargo, nunca debemos olvidar que la escucha
de la voz de la conciencia y el cumplimiento de lo que
ella nos dice, es el camino más seguro para disfrutar de
la paz. Un hermoso refrán afirma que “Una buena
conciencia es la mejor almohada”. Es cierto. Al finalizar
el día, si hemos actuado correctamente,
experimentamos esa sensación de paz que nos permitirá
descansar en cuerpo y alma. San Jorge Preca decía:
“Cumplir la voluntad de Dios nos permite vivir en un
reino de paz”.

Para reflexionar:
1. ¿Qué he experimentado en mi corazón cada vez que
no he obrado según lo que me dijo mi conciencia?
2. ¿Qué me está diciendo mi conciencia en este
momento de mi vida?

Oración: Señor, la conciencia fue una guía segura en la


vida de muchos santos. Para obedecer su voz, algunos
estaban dispuestos incluso a sacrificar su vida. Dame
la sabiduría para seguir formándola y dame la valentía
para cumplir lo que me dicta sin reparar en el precio.
Gracias, Señor Dios, y perdóname, Señor Dios.
30
Mirar las cosas como Dios
En una oportunidad, preguntaron al escultor Miguel
Ángel Buonarroti cuál era el secreto de su asombrosa
habilidad y de su gran éxito. El escultor contestó:
“Cuando una persona está frente a un bloque de
mármol, ve un bloque de mármol. Yo, sin embargo, veo
una imagen que tengo que liberar con mi martillo y mi
cincel”.
Se dice que todos los grandes artistas tienen esta
capacidad de verlo todo de manera diferente. Y si esto
es verdad para los seres humanos, ¡cuánto más para el
más grande de todos los artistas! No hay duda de que
Dios también ve las cosas de manera muy distinta a
nosotros.
En las diferentes circunstancias de nuestras vidas,
haríamos bien al tratar de ver las cosas desde “la mirada
celestial”. Evidentemente, no nos será siempre fácil
hacer esto. Dios es infinitamente más grande y sus
caminos son misteriosos e insondables. Sin embargo,
este ejercicio puede ser muy inspirador.
Muchas veces, donde vemos dificultades, Dios ve una
oportunidad para luchar y ser más fuertes; donde vemos
a una persona malvada o malcriada, Dios ve a una
persona que necesita ser amada para superar los traumas
que experimentó en su vida; donde vemos una
enfermedad, Dios ve una ocasión para santificarnos y
para interceder por la conversión de los pecadores;
donde vemos necesidad y pobreza, Dios ve una ocasión
para confiar más en Él y practicar las obras de
misericordia; donde vemos nubes grises en el cielo,
Dios ve el sol que brilla encima de ellas; donde vemos
situaciones de pecado, Dios ve una ocasión para
derramar sus gracias y ejercer su misericordia; donde
vemos confusión, Dios ve un plan perfecto que se está
desarrollando; y donde vemos líneas torcidas, Dios ve
la forma de escribir derecho.
Podemos mencionar más ejemplos pero sería mejor
que cada uno de nosotros llegara a sus propias
conclusiones analizando las varias circunstancias de su
vida.
El Papa Francisco, en la Jornada Mundial Juvenil que
se realizó en Panamá en 2019, nos presentó con un
modelo en nuestra búsqueda de mirar las cosas desde la
perspectiva de Dios: San Juan Bosco, el santo que se
dedicó a trabajar a favor de los jóvenes. El Papa nos
dijo: “Don Bosco no se fue a buscar a los jóvenes a
ninguna parte lejana o especial, simplemente aprendió a
mirar, a ver todo lo que pasaba a su alrededor en la
ciudad, con los ojos de Dios y, así su corazón fue
golpeado por cientos de niños, de jóvenes abandonados
sin estudio, sin trabajo, sin la mano amiga de una
comunidad. Muchos vivían en la misma ciudad, muchos
criticaban a esos jóvenes, pero no sabían mirarlos con
los ojos de Dios. A los jóvenes hay que mirarlos con los
ojos de Dios.”
Esforcémonos para que, así como Miguel Ángel
frente a un bloque frío de mármol, y como san Juan
Bosco ante la realidad social de su época, aprendamos a
ver las cosas de manera distinta.

Para reflexionar:
1. ¿Trato de mirar las circunstancias de mi vida desde la
perspectiva de Dios?
2. ¿Me doy cuenta de que todo sucede por algo y que es
Dios quien gobierna todo?

Oración: Señor, danos la gracia de mirar al mundo a


través de tus ojos. De esta manera lograremos vivir de
manera muy distinta y mucho más agradable a ti.
Gracias, Señor Dios, y perdóname, Señor Dios.
31
La indiferencia al reconocimiento
y al éxito
Vincent van Gogh (1853-1890) es indudablemente
uno de los artistas más admirados e influyentes del siglo
XIX. Sin embargo, durante su vida, fue objeto de burlas
y sus cuadros eran considerados obras de un loco. Su
nuevo estilo no era apreciado y de los 900 cuadros que
pintó, solo logró vender tres y a un precio muy barato.
Vivió pobre, y solo podía comprar pinceles, lienzos y
colores porque su hermano Theo continuamente le
enviaba dinero. Pero van Gogh nunca desistió. Sentía
dentro de él una fuerza creadora y una visión que tenía
que plasmar en sus cuadros. Sentía que Dios le había
dado un talento y estaba determinado a ejercerlo. Hoy
en día, los cuadros de van Gogh valen muchísimo; uno
de ellos fue vendido en 1990 al precio de 82,5 millones
de dólares. Qué suerte que haya seguido pintando a
pesar de su corta vida y de la falta de apreciación y
éxito.
Ser indiferente es una actitud muy negativa. Implica
falta de interés, de esfuerzo y de amor fraterno. Sin
embargo, muchos maestros de la espiritualidad, entre
ellos el padre Jorge Preca, nos hablan de una clase de
indiferencia que es muy necesaria en nuestra vida
espiritual y que Van Gogh representa muy bien: la
indiferencia al éxito.
Normalmente, cuando realizamos una obra o un
proyecto, deseamos que salga de la mejor forma
posible; puede ser un cake u otro postre que preparamos
en casa, una camisa que cosemos, una obra de caridad
que realizamos, unas plantas que sembramos en un
nuestro jardín o en una maceta, un dibujo que pintamos,
un poema que escribimos, un intento para animar a un
familiar a participar en la misa o en un grupo de
formación, estar al frente de un grupo de catequesis o
de un grupo parroquial. Queremos que nuestra labor sea
apreciada por los demás y que nos feliciten por ella; nos
alegramos si logramos conseguir nuestros propósitos y
al ver sus frutos. Si todo esto no pasa, o, por el
contrario, recibimos críticas, nos sentimos
decepcionados y, probablemente, perdemos el
entusiasmo para volver a hacerlo o para perseverar en
nuestro trabajo.
Tener la “indiferencia al éxito” significa que cuando
hagamos algo, especialmente si sentimos que Dios nos
lo está pidiendo, tratemos de dar lo mejor de nosotros y
lo hagamos para darle gloria, incluso si es algo muy
pequeño y sencillo. Después, ¡qué pase lo que pase!
Aunque lo que hagamos no salga tan bien, aunque
pocos se den cuenta, aunque algunos lo critiquen,
aunque nos cierren las puertas, experimentaremos
dentro de nosotros esa paz que emana del hecho de que
cumplimos con la voluntad de Dios y que hicimos todo
lo posible. Esto no es fácil porque vivimos en un mundo
muy competitivo, que nos impulsa a producir y a tener
éxito; un mundo al que le encantan las estadísticas, la
eficiencia y las ganancias.
Tener “la indiferencia al éxito” implica ir contra
corriente, y también contra los impulsos de nuestra
naturaleza humana. Sin embargo, recordemos que a
Dios no le interesan las estadísticas y no premia el éxito
de nuestras obras. Él premia la intención con la cual las
realizamos y el esfuerzo que invertimos. Santa Teresa
de Calcuta decía: “Dios no quiere nuestros éxitos, sino
nuestra fidelidad”. Y el padre Jorge Preca escribió:
“Cuando una persona obra con intención recta, no debe
preocuparse por el éxito de la obra, más bien debe
quedarse tranquila porque sabe que aunque sea un éxito,
o un fracaso, igualmente recibirá su recompensa de
parte de Dios, pues obró por su gloria. Dios no otorga
sus méritos según nuestras obras, sino según las
intenciones al cumplirlas”.
Recordemos también que lo que percibimos como un
fracaso, quizás ante los ojos de Dios no sea así. A Él no
le interesa tanto la cantidad. Por ejemplo, si
organizamos un retiro parroquial y solo participaron
diez personas porque era un día de mucha lluvia,
podemos sentirnos decepcionados, ¡pero quizás ese
retiro dejó más frutos que cuando hubo ciento cincuenta
personas! ¡Solo Dios sabe! ¡Dejémoslo todo en sus
manos!
Para reflexionar:
1. ¿En qué situaciones experimento decepción?
2. ¿Siento indiferencia ante el éxito cuando realizo una
obra?

Oración: Señor, otórgame la gracia de obrar sin


pretender ver los resultados o recibir aplausos por lo
que hago. Gracias, Señor Dios, y perdóname, Señor
Dios.
32
Rezar el Santo Rosario
Desde el 13 de mayo de 1917, la Santísima Virgen
María se apareció en seis ocasiones en Fátima
(Portugal) a tres pastorcitos: Lucía, Francisco y Jacinta.
Lucía, en su libro "Memorias de Lucía" cuenta que
cuando ellos preguntaron a la Virgen: “¿De dónde es su
merced?”, ella contestó: “Mi patria es el cielo”.
Y cuando se atrevieron a preguntarle: “¿Y nosotros
también iremos al cielo?”, la Virgen les contestó:
“Lucía y Jacinta sí”.
“¿Y Francisco?” le preguntaron preocupadas las niñas.
Los ojos de la Virgen se volvieron hacia el jovencito y
lo miraron con expresión de bondad y de maternal
reproche mientras dijo: “Él también irá al cielo, pero
tendrá que rezar muchos rosarios”.
En Lourdes y en Fátima, así como también en otros
lugares donde se apareció la Virgen María, la Madre de
Dios siempre recalcó la importancia de rezar el Santo
Rosario y ofrecerlo por la paz: paz en los corazones,
paz en las familias y paz en el mundo. Este detalle es
suficiente para que nosotros, hijos de esta tierna madre
celestial, nos comprometamos a dedicar veinte minutos
cada día para orar esta hermosa y sagrada oración.
Muchos santos y también Pontífices, nos alientan y
animan a hacerlo. El Papa León XIII, gran impulsor de
la doctrina social de la Iglesia, dijo: “El Rosario es la
más agradable de las oraciones, resumen del culto que
se debe tributar a la Virgen, una manera fácil de hacer
recordar los dogmas principales de la fe cristiana a las
almas sencillas, un modo eficaz de curar el demasiado
apego a lo material y un remedio para acostumbrarse a
pensar en lo eterno que nos espera”.
El Papa san Juan Pablo II, gran devoto de la Virgen,
admitió: “El Rosario es mi oración predilecta. ¡Plegaria
maravillosa en su sencillez y en su profundidad! En esa
plegaria repetimos muchas veces las palabras que la
Virgen oyó del Arcángel y de su prima Isabel. Y en el
trasfondo de los Avemarías, pasan ante los ojos del alma
los episodios principales de la vida de Jesucristo”.
Algunos de los santos, incluso, expresaron deseos
imposibles, como hizo san Pío de Pietralcina quien
afirmó: “Quisiera que los días tuvieran 48 horas para
poder redoblar los rosarios".
En el pasado, muchas familias católicas tenían la bella
costumbre de rezar el Santo Rosario en familia. Hoy, el
ritmo de vida, la creciente dispersión y el extendido
enfriamiento religioso de muchas de ellas, ha hecho que
esta santa costumbre haya desaparecido de muchos
hogares casi por completo. Sin embargo, las
características de esta oración la hacen muy
recomendable y provechosa precisamente para estos
tiempos.
Si no es posible rezar el Santo Rosario en familia, por
lo menos debemos rezarlo a solas, porque además de
meditar la vida de nuestro Señor, así como nos dice el
obispo Mons. D. Fernando Sebastián Aguilar, C.M.F.:
“Sus características la hacen una oración suave,
sosegada, tranquilizadora. Poco a poco, con la
repetición de las avemarías, como con el romper rítmico
de las olas a la orilla del mar, nuestro corazón se
sosiega, se centra en lo que estamos considerando, se
siente confortado y fortalecido…es una oración
especialmente apta para compensar el ritmo agitado de
nuestra vida”.
Personalmente, me gusta rezar cinco misterios del
Santo Rosario de noche, en el techo de nuestra casa,
mirando la bóveda celestial. En ese silencio,
experimento esa paz que brota de esta oración santa. Me
gusta también ofrecer cada misterio por algún ser
querido, alguien que conozco o para las personas que
sufren. Sin embargo, cada uno puede encontrar su
método, su horario y su lugar preferido. Y recordemos
que así como decía san Jorge Preca: “La Virgen María
queda esperándonos hasta medianoche para rezar el
Santo Rosario”.

Para reflexionar:
1. ¿Tengo la costumbre de orar cinco misterios del
Santo Rosario cada día?
2. Si no la tengo, ¿qué me está impidiendo hacerlo?

Oración: Señor, que otorgaste tantas bendiciones a la


Virgen María, rocía tu gracia sobre mí para aprovechar
la oración del Santo Rosario, verdadero instrumento de
paz en el mundo de hoy. Gracias, Señor Dios, y
perdóname, Señor Dios.
33
Servir a los demás
Cuando san Damián Veuster, misionero en Hawái, se
enteró de que los leprosos desterrados a la isla de
Molokai vivían en una situación física y espiritual
deplorable, dijo a su obispo: “Monseñor, he venido aquí
para que me autorice ir a la isla de Molokai y atender a
los enfermos que se encuentran completamente
abandonados”.
El obispo le advirtió del peligro de contagio y que si
así sucedía, nunca podría regresar a Bélgica, su país
natal. El santo le contestó: “Ningún sacrificio es
demasiado grande por Cristo”.
El padre Damián pasó muchos años en la isla y
finalmente se enfermó. Al percatarse de su enfermedad
declaró: “Hasta este momento me siento feliz y
contento, y si me dieran a escoger la posibilidad de salir
de aquí curado, respondería sin dudarlo: Me quedo para
toda la vida con mis leprosos”.
Víctor Frankl, el psiquiatra judío que sobrevivió tres
años en los campos de concentración de Auschwitz y
Dachau, autor del libro El hombre en busca de sentido,
escribió: “La puerta de la felicidad se abre hacia fuera;
cuanto más se quiere abrir hacia adentro, más se cierra”.
Si nos ponemos a pensar, seguramente le daríamos
razón.
Muchas personas viven encerradas en su pequeño
mundo que consiste en sus intereses, ambiciones,
deseos y vanidades; se estresan por lograrlos y se
enojan cuando sufren alguna decepción; viven una vida
egoísta y son incapaces de ver lo que sucede a su
alrededor. Así como el rico de los banquetes en la
parábola de nuestro Señor, si en algún momento se
percatan de alguna necesidad, dicen: “No es mi
problema. ¿Qué tiene que ver esto conmigo?”, “¿Qué
voy a conseguir si ayudo?”.
Ciertamente nosotros no debemos ser así. Jesús estuvo
siempre con los ojos atentos para brindar servicio a
todos y nos animó continuamente a tener esta misma
actitud. En la última cena, nos hizo una prédica
maestral por medio de un pequeño gesto: lavar los pies
a sus apóstoles. Me atrevo a decir que los apóstoles
nunca en su vida olvidaron ese gesto. Y tampoco lo
podemos olvidar nosotros, seguidores suyos en el siglo
veintiuno.
Tener una actitud de servicio significa estar
pendientes de las necesidades de los demás. Para tener
esta disposición, necesitamos mucha humildad, amor,
solidaridad y comprensión. Muchas veces nos exige
cambiar nuestros planes y salir de nuestro camino, así
como sucedió al buen samaritano y a un sinfín de
personas santas. A veces involucra muchos sacrificios,
tiempo e inversión económica; otras veces no cuesta
casi nada. La madre Teresa de Calcuta dijo: “Muchas
veces basta una palabra, una mirada o un gesto para
llenar el corazón de los que amamos”.
Esta disposición nos impulsa a salir de nuestro estado
de comodidad en el cual nos encontramos y a abrirnos a
un mundo rico en experiencias nuevas. Ponernos al
servicio de otras personas, nos engrandece y da pleno
sentido a nuestra vida.
Solo seremos verdaderos católicos si servimos a los
demás. Cuando el Papa Francisco estuvo en La Habana,
dijo sabiamente: “Un cristiano que no vive para servir,
no sirve para vivir”. Por lo tanto, así como nos dijo san
Pablo: “No nos cansemos, pues, de hacer el bien” (Gál,
6,9). Es por eso que fuimos creados y solo así
tendremos una vida que verdaderamente valga la pena.
Sobre todo, Dios, a quien nadie puede sobrepasar en
generosidad, seguramente inundará nuestros corazones
con su paz y bendiciones en esta tierra, y nos
recompensará con la vida eterna.

Para reflexionar:
1. ¿Cuándo fue la última vez que serví a alguien?
2. ¿Por qué a veces me cuesta aprovechar una
oportunidad para servir?

Oración: Señor, que nos creaste para amar y para


servir, ayúdanos a recordar que en cada persona
necesitada está tu hijo Jesús, para así brindarle el
mejor servicio con amor y alegría. Gracias, Señor
Dios, y perdóname, Señor Dios.
34
Ser artesanos de esperanza
Sucedió en Milán, el día de la pascua del 2020, en
plena pandemia del coronavirus que tuvo efectos
devastadores en dicha ciudad: el tenor Andrea Bocelli
dio un concierto llamado “Música para la Esperanza” en
el Duomo, la magnífica catedral gótica de la ciudad,
vacía por las medidas de seguridad. En una breve
introducción, Bocelli afirmó: “Creo en la pascua
cristiana, símbolo universal de un renacimiento que
todos necesitamos en este momento… Gracias a la
música, millones de corazones en todo el mundo
abrazarán este corazón pulsante de un mundo herido
que, impulsados por la esperanza, sabemos que
renacerá”. Alguien comentó que durante esos minutos
del concierto, con la espléndida voz del tenor italiano,
la esperanza tomó forma palpable.
La esperanza es una hermosa virtud. El Papa
Francisco dijo que la esperanza es un “milagro” y “un
don del Espíritu Santo”. En una oportunidad, predicó:
“La esperanza es un milagro continuo… El milagro de
hacer nuevas todas las cosas: lo que Dios hace en mi
vida, en tu vida, en nuestra vida. Él construye y
reconstruye. Esa es la razón de nuestra esperanza”.
Las palabras del Papa nos muestran claramente que la
esperanza no es igual al optimismo. Muchas veces si
preguntas al optimista el porqué de su actitud, no te
sabrá dar una respuesta lógica. Quizás te diga que ser
optimista le hace sentir mejor, o que al ser optimista es
más fácil lograr sus metas, y que es mejor ver la taza
medio llena, que medio vacía.
Por otro lado, nuestra esperanza tiene raíces muy
profundas. Si alguien nos pregunta el porqué de ella,
podemos contestar: “Porque creemos en un Dios que es
mucho más grande que nuestros problemas; porque
nuestro Señor Jesús venció la muerte, nos prometió
estar con nosotros hasta el final de los tiempos y nos
dijo que no temiéramos; porque creemos que el Espíritu
Santo nos impulsa con sus dones a superar todos los
obstáculos que encontremos en nuestro camino”.
Si estamos convencidos de estas verdades, nuestra
vida tendrá una fuerza interior que echa fuera cualquier
miedo y depresión. También los médicos saben que la
esperanza interviene en nuestra capacidad para
sanarnos: los pacientes que tienen esperanza tienen
mayores niveles de dopamina, endorfinas y otras
sustancias neuroquímicas que promueven el bienestar y
la energía para vivir.
Al tener esperanza tendremos el combustible
necesario para avanzar en nuestra vida. La esperanza
nos impulsa a seguir adelante, incluso cuando todo
parezca estar perdido; nos abre puertas cuando parezca
que chocamos con una pared; nos da fuerza cuando nos
sintamos decepcionados y cansados; nos anima a
prender una luz en lugar de maldecir la oscuridad; nos
ayuda a aceptar con serenidad una batalla perdida,
porque nos da la convicción de que ganaremos la guerra
final; nos anima a considerar los problemas como
oportunidades para crecer; llena nuestro corazón con
paz, entusiasmo, alegría y amor; y nos convierte en
inspiración para otras personas que se encuentran
abatidas y deprimidas.
¡Nunca permitamos que la esperanza se aparte de
nuestros corazones!

Para reflexionar:
1. ¿Habita la esperanza en mi corazón?
2. ¿Qué diferencia hace la virtud de la esperanza en mi
vida?

Oración: Señor, ayúdame a cultivar la virtud de la


esperanza que es tan necesaria en la vida y a sembrarla
en los corazones de aquellas personas que están a mi
alrededor. Gracias, Señor Dios, y perdóname, Señor
Dios.
35
Reírnos de nosotros mismos
El autor G.K. Chesterton cuenta la anécdota de una
mujer con varias libras de más que entró en un taxi. Al
llegar a su destino, intentó salir pero no pudo. El chofer
bajó y trató de ayudarla, pero en vano. Después de
varios minutos, le dijo: “Señora, intente ponerse de
perfil”. La buena señora, sin mostrar la más mínima
molestia, le dijo: “Lo siento, señor, ¡yo no tengo perfil!”
A todos nos gusta reír: al ver una comedia, escuchar
un chiste u observar algo gracioso. Si somos sinceros,
tenemos que admitir que nos gusta reír, especialmente
cuando a una persona que nos cae antipática le sucede
algo chistoso, aunque quizás ni se haya dado cuenta.
Los psicólogos nos dicen que reír hace mucho bien a
la salud. Cuando reímos, nos sentimos mejor física y
emocionalmente. Esto sucede porque liberamos
endorfinas, ejercitamos músculos y oxigenamos
nuestros pulmones, además de que mejoramos el
sistema inmunológico. Los psicólogos nos dicen
también que, así como la señora de la anécdota,
debemos aprender a reírnos de nosotros mismos.
Muchos nos tomamos demasiado en serio. Quizás esto
se deba a nuestro carácter, al deseo de que los demás
nos tomen en serio o de aparentar ser personas que
inspiran confianza. A raíz de esta actitud buscamos
ocultar nuestros defectos y tomamos a pecho lo que
pueda amenazar a nuestra reputación. Esta actitud trae
consigo mucho estrés, ansiedad e, incluso, problemas
cardiovasculares, y además nos hace perder creatividad,
razonamiento práctico y satisfacción.
Es muy aconsejable volver a programar nuestro
sistema mental y aprender a reírnos de nosotros
mismos. Este es un camino más sencillo hacia la paz
interior. No es tan fácil como parece, ni se trata de una
capacidad que nazca de la noche a la mañana.
Para hacerlo necesitamos aceptar los que
consideremos defectos físicos tales como la baja
estatura, la miopía o algunos kilos de más; también
algún defecto al hablar o al caminar, en la personalidad
o en el carácter. Necesitamos aceptar todas las tonterías
que decimos y hacemos, y también las cosas que nos
salen mal como, por ejemplo, cuando por descuido
quemamos la comida; cuando con torpeza rompemos un
objeto de cristal; cuando perdemos algún número de
celular o cuando olvidamos dónde hemos dejado algún
objeto. Además necesitamos mucha humildad para
mostrar que no somos perfectos y que también nosotros
nos equivocamos.
Esta sería la mejor manera de superar las dificultades
y de sobrellevar todas las cosas “imperfectas” que
tenemos. Al reírnos de nosotros mismos quedamos a los
ojos de terceros como personas accesibles, que saben
reconocer y aceptar sus errores; perdemos el miedo a
hacer el ridículo y a enfrentar situaciones nuevas;
ayudamos a los demás con nuestra actitud porque es
contagiosa; facilitamos la comunicación; y no sentimos
la necesidad de ocultar nuestros “defectos”, como la
muchacha bajita que se pone unos aterradores tacones
para disimular su estatura, o el hombre que se pone una
peluca para ocultar su calvicie.
Tenemos hermosos ejemplos de santos que supieron
reírse de sí mismos. Por ejemplo, san Juan María
Vianney no tenía problemas en llamarse a sí mismo
“burro”. Cuando en el seminario le dijeron que no tenía
suficiente inteligencia para ser sacerdote, dijo: “Si
Sansón pudo vencer a los filisteos con una quijada de
burro, ¡cuánto más puede hacer Dios con un burro
entero!”
Les dejo con esta simpática frase de santo Tomás
Moro: “Felices los que saben reírse de sí mismos,
porque nunca terminarán de divertirse”.
Para reflexionar:
1. ¿Cómo reacciono cuando algo me sale mal?
2. ¿Acepto mis defectos? ¿Soy capaz de bromear con
ellos?

Oración: Señor Dios, ¡cuánto me cuesta reírme de mí


mismo! Te pido que me des la humildad y la sencillez
que necesito para no tomarme demasiado en serio y
saber sobrellevar mis defectos con una pizca de humor.
Gracias, Señor Dios, y perdóname, Señor Dios.
36
Aceptar que no podemos
entenderlo todo
Una de las historias bíblicas más profundas que
encontramos en el Antiguo Testamento es la de Job. En
la primera parte del libro, Job, un hombre santo y
honrado, vivía muy feliz con su familia y con todos sus
bienes. Sin embargo, llegó a perderlo todo; incluso se
enfermó gravemente y estuvo al borde de la muerte. Él
no entendía por qué le sucedía todo esto, y las
explicaciones que le daban con insistencia algunos
amigos suyos, no lo convencían. El autor del libro nos
muestra que la angustia que Job experimentaba era tan
grande que se dirigió directamente a Dios y le exigió
una explicación. Dios le contestó, pero no para darle
una explicación, sino para ayudarlo a entender que la
mente humana no es nada en comparación con la
sabiduría divina, y, por tanto, debe despojarse de todo
orgullo y vestirse de humildad ante los acontecimientos
que van más allá de su entendimiento.
Nosotros los seres humanos tenemos una
característica única: una inteligencia que nos permite
analizar lo que existe y sucede. Esta característica se
destaca más en los científicos, pero de una forma u otra,
está en cada uno de nosotros, hasta en el niño pequeño
que apenas empieza a caminar y a hablar, quiere
conocer lo que le rodea y saber el porqué de las cosas,
¡como los padres de familia saben muy bien! Esta
característica está más marcada en el mundo moderno,
en el cual la mayoría cree que la ciencia y la psicología
tienen una explicación o una solución para todos los
problemas del mundo.
Sin embargo, el deseo de conocer y entender lo que
sucede a nuestro alrededor y la búsqueda para darle un
sentido, muchas veces ocasiona frustración y
exasperación en nuestra vida cotidiana. Diariamente nos
suceden cosas y nos encontramos con personas que no
logramos comprender. No entendemos por qué un
vecino tiene una actitud negativa hacia nosotros, por
qué un hijo nos dijo tal cosa, por qué no recibimos la
llamada que estábamos esperando, o por qué un
proyecto fracasó después de dar lo mejor de nosotros.
¡A veces incluso no logramos comprendernos ni a
nosotros mismos!
Si queremos tener paz en nuestro corazón, después de
tratar en vano de encontrar una razón o una explicación,
debemos tener la humildad de admitir que no somos
pequeños genios que pueden comprenderlo y
controlarlo todo. Necesitamos especialmente esta
humildad ante los grandes misterios de la vida. Como
descubrió Job, hay muchas preguntas que quedarán sin
una respuesta que nos convenza: ¿Por qué mi padre
tuvo que morir con cáncer? ¿Por qué una persona nació
ciega y, por tanto, nunca logrará disfrutar de la
hermosura de la creación? ¿Por qué hay tanta maldad en
los corazones de algunas personas? ¿Por qué algunos
países ya pobres, son azotados por inundaciones o
terremotos? ¿Por qué la gente buena sufre y la gente
mala prospera? ¿Por qué una muchacha joven, que
estaba a punto de graduarse, se enfermó de leucemia?
Estos son solo unos ejemplos. Seguramente, podemos
agregar muchos más.
Cuando en ocasiones no logramos comprender y dar
respuestas, debemos reconocer nuestra pequeñez ante el
gran misterio de la vida, y especialmente ante su Autor,
que, como dice san Pablo: “Nadie puede explicar sus
decisiones, ni llegar a comprender sus caminos. Pues,
¿quién conoce la mente del Señor?” (Rom 11, 33).
Seríamos muy sabios si lográramos convertir nuestra
incapacidad de entender en confianza en el plan de Dios
que todo lo sabe, y que algún día, cuando estemos cara
a cara con Él, nos dará las respuestas a todas nuestras
preguntas. Por el momento, es suficiente saber que
somos gotas pequeñas en el gran río de la vida y que
algún día desembocará en el inmenso mar de la bondad
de Dios. Paradójicamente, esta actitud normalmente
abre nuevos caminos de comprensión profunda, aunque
muchas veces nos costará encontrar palabras adecuadas
para explicarlos.

Para reflexionar:
1. ¿A qué preguntas no he logrado encontrar una
respuesta?
2. ¿Cómo me he sentido cada vez que una pregunta
quedó sin respuesta?

Oración: Señor, que gobiernas todo con tu sabiduría y


omnipotencia, así como descubrió Job, nosotros
sabemos que tus caminos van mucho más allá de
nuestro intelecto. Ayúdanos a entender que es inútil
angustiarnos y que es mucho mejor llenarnos de
confianza en tu bondad y providencia. Gracias, Señor
Dios, y perdóname, Señor Dios.
37
El deseo de ser santos
Santo Tomás de Aquino fue un gran teólogo, y a la
vez, un hombre muy santo y sencillo. En una
oportunidad, su hermana religiosa le escribió
preguntándole qué era necesario para llegar a la
santidad. Probablemente, ella esperaba un pequeño
tratado sobre este tema, pero él le respondió con una
sola palabra: “¡Querer!”.
Me imagino que la hermana haya quedado muy
decepcionada con esta respuesta. Quizás haya pensado:
“Mi hermano escribió miles de páginas en sus libros,
¿no pudo dedicarme por lo menos algunas para
contestar mi pregunta?” Sin embargo, la respuesta del
santo es muy interesante, porque en nuestra vida,
cuando verdaderamente queremos algo, estamos
dispuestos a superar todos los obstáculos que se nos
presentan y a realizar cualquier sacrificio para alcanzar
nuestro sueño. Como nos enseña la filosofía, cuando
nos decidimos a alcanzar un objetivo, ponemos en
marcha toda la serie de medios necesarios para llegar a
él.
¿Por qué es imprescindible albergar en nuestro
corazón un fuerte deseo de ser santos? Si queremos
tener paz en nuestro corazón, y vivir de manera plena,
es primordial que, encabezando nuestra lista de deseos,
esté el de ser santos, así como lo estuvo en la vida de
muchas personas, como santo Domingo Savio y santa
Teresita de Lisieux. El Papa san Juan Pablo II nos dijo:
“La verdad es que todos estamos llamados – no
tengamos miedo de la palabra – a la santidad (¡y el
mundo tiene hoy mucha necesidad de santos!), una
santidad cultivada por todos, en los diversos géneros de
vida y en las diferentes profesiones, vivida según los
dones y las funciones que cada uno ha recibido”. El
Papa Benedicto XVI agregó: “La santidad no es un lujo,
no es un privilegio de unos pocos, una meta imposible
para un hombre normal; en realidad, es el destino
común de todos los hombres llamados a ser hijos de
Dios, la vocación universal de todos los bautizados”.
Por lo tanto, si queremos vivir como verdaderos
católicos, no podemos conformarnos con decir “Yo no
hago mal a nadie” o “Yo soy una buena persona”.
Estamos llamados a mucho más que eso. Así como el
águila fue creada para adueñarse del cielo y deslizarse
con elegancia por las alturas, así como la semilla fue
creada para germinar y convertirse en un árbol que da
frutas sabrosas, nosotros los seres humanos fuimos
creados para ser santos y reflejar el amor incondicional
de nuestro Creador.
En una hermosa Exhortación Apostólica sobre la
santidad, el Papa Francisco nos explica: “Para ser
santos no es necesario ser obispos, sacerdotes,
religiosas o religiosos… No es así. Todos estamos
llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el
propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí
donde cada uno se encuentra. ¿Eres consagrada o
consagrado? Sé santo viviendo con alegría tu entrega.
¿Estás casado? Sé santo amando y ocupándote de tu
marido o de tu esposa, como Cristo lo hizo con la
Iglesia. ¿Eres un trabajador? Sé santo cumpliendo con
honradez y competencia tu trabajo al servicio de los
hermanos. ¿Eres padre, abuela o abuelo? Sé santo
enseñando con paciencia a los niños a seguir a Jesús.
¿Tienes autoridad? Sé santo luchando por el bien
común y renunciando a tus intereses personales”.
Para reflexionar:
1. ¿Albergo verdaderamente el deseo de ser santo?
2. ¿Qué significa la santidad para mí?
Oración: Señor, Tú eres santo y quieres que seamos
santos como Tú. Derrama el rocío de tu gracia sobre
nosotros para desearlo y danos el don de la
perseverancia porque, así como decía san Jorge Preca,
“No se logra la santidad en unos pocos días”. Gracias,
Señor Dios, y perdóname, Señor Dios.
38
Evitemos quejarnos
Parece que el gran científico Charles Darwin tenía la
mala costumbre de quejarse continuamente. En una
oportunidad, llevó a su esposa a un restaurante. Desde
que entraron, comenzó a criticar y a quejarse: había
muy poca luz, hacía demasiado calor, demoraban
mucho para ser atendidos, no le gustó la ubicación de la
mesa adonde fueron dirigidos, la música era demasiado
alta, la comida no era de su agrado y el vino no estaba
lo suficientemente frío. Mientras estaban comiendo, se
les acercó el dueño del restaurante, muy complacido por
tener la visita de una persona tan ilustre, y le preguntó:
“¿Está contento el doctor Darwin?”.
Irritada con la actitud de su marido, su esposa le
contestó inmediatamente: “El doctor Darwin está
contentísimo. No ha dejado de practicar su pasatiempo
preferido desde que entramos”.
Sí, tenemos que admitirlo: el vicio de quejarnos es
demasiado común. ¿Por qué se quejan las personas?
Algunos, por estar insatisfechos con su vida y con sí
mismos y, por consecuencia, todo lo que tienen y lo que
sucede a su alrededor, les parece mal. Otros, para llamar
la atención, porque no saben platicar sobre ningún tema,
o como una manera de descargar tensiones ante una
situación difícil. A veces las quejas se deben a la
soberbia de aquellos que se creen superiores a los
demás, e incluso, en ocasiones, se deben al egoísmo de
aquellos que no quieren asumir responsabilidad por sus
acciones.
Con frecuencia, las personas que se quejan
constantemente no están conscientes de ello y si alguien
se los dice, se sienten incomprendidas y atacadas.
Justifican su actitud diciendo que no tienen miedo de
decir cómo están las cosas, que si nadie habla todo
seguirá igual y que es imposible no quejarse.
Tristemente, este vicio tiene consecuencias muy feas.
Al quejarnos constantemente, no sólo perdemos el
tiempo, sino que demostramos qué tan negativos y
desagradecidos somos. Cuando quejarnos se convierte
en un hábito, abrimos la puerta de nuestro corazón a la
amargura y a la insatisfacción general. Además, nos
convertimos en personas tóxicas, que contaminan el aire
adondequiera que estemos, así como aquellas que
fuman continuamente. Natalino Camilleri, superior
general de la Sociedad de la Doctrina Cristiana, escribe:
“Las quejas matan al espíritu, apagan cada entusiasmo,
enfrían cada iniciativa, echan afuera la felicidad del
corazón, anonadan la esperanza y crean un clima de
desánimo”.
Si este vicio se ha apoderado de nosotros,
esforcémonos para liberarnos de él. Ciertamente, no
lograremos erradicarlo en un par de días, pero si
tratamos conscientemente de quejarnos siempre un poco
menos, con el paso del tiempo, mejoraríamos mucho la
actitud negativa que nos impulsa a alimentarlo. Cada
vez que vayamos a quejarnos, digámonos: “¿Para qué
sirve esta queja? ¿Acaso voy a mejorar la situación con
ella? Sería mejor enfocarme en otro asunto más positivo
y alentador”.
Además, como creyentes, sabemos que de una manera
misteriosa, todo sucede porque Dios lo permite. Por lo
tanto, en vez de quejarnos, pidámosle la gracia de
agradecerle a Él, tanto por las cosas buenas, como
también por lo que nos molesta o desagrada. San Jorge
Preca nos enseñó a orar: “Señor Dios, yo necesito de ti,
dame la gracia de agradecerte por todo lo que me pasa,
sea agradable o desagradable, porque todo viene de ti”.
Muchos santos nos sugieren también sufrir las
molestias de la vida con amor y paciencia, pues este es
el mejor sacrificio que podemos ofrecerle a Dios. A
veces, especialmente durante el tiempo de cuaresma,
realizamos sacrificios para expresarle nuestro amor al
Creador: no ver alguna película, no comer carne o algo
por el estilo. Sin embargo, hay sacrificios que son
superiores a estos: son aquellos que no escogemos
nosotros, sino que se nos presentan en la vida sin
quererlo. Cuando aparecen, tenemos dos opciones:
ponernos de mal humor y quejarnos, o decirle a Dios:
“Señor, te ofrezco este sacrificio como muestra de mi
amor”.

Para reflexionar:
1. ¿De qué me quejo más?
2. ¿Qué siento en mi corazón cuando me encuentro con
una persona que se queja todo el tiempo?

Oración: Señor, a veces me comporto como un necio


desagradecido al fijarme solamente en las cosas
negativas y quejarme de ellas. Ayúdame a entender que
la vida rebosa de tu bondad, y que si las pongo en
perspectiva, nada logrará amargarme el día. Gracias,
Señor Dios, y perdóname, Señor Dios.
39
Hablar con respeto y prudencia
En la antigua Grecia, la sabiduría de Sócrates era
proverbial. Un día se le acercó un amigo y le dijo:
“Sócrates, ¿sabes lo que acabo de escuchar?”.
“Un minuto”, le dijo Sócrates. “Antes de contarme, te
pido que me contestes estas tres preguntas. En primer
lugar, ¿has averiguado si es verdad lo que me vas a
contar?”.
Su amigo se mostró confundido. “Bien, no sé
exactamente si es verdad. Es lo que me dijeron…”.
“En segundo lugar”, continuó Sócrates, “lo que me
vas a decir, ¿es algo bueno?”.
“No”, admitió su amigo. “Más bien es algo malo”.
“En tercer lugar”, siguió Sócrates, “lo que me vas a
decir, ¿es algo útil?”.
“Bien, no sabría decirte”, titubeó su amigo.
“Entonces”, dijo Sócrates, “si lo que quieres decirme
no sabes con seguridad si es verdad, si es algo malo y si
tienes dudas de que me sea útil, entonces ¿para qué
decírmelo? Prefiero no escuchar nada”.
¡Cuántas palabras inútiles evitaríamos si supiéramos
utilizar los criterios de Sócrates! Varios psicólogos y
estudiosos se preocuparon por analizar cuántas palabras
dicen los hombres y las mujeres cada día. Por supuesto,
el resultado de las investigaciones varía. Según la
neuropsiquiatra Louann Brizendine, de la Universidad
de California, los hombres pronuncian 7.000 palabras al
día frente a las 20.000 de las mujeres. Según otros
estudios, la cantidad de palabras que pronunciamos
diariamente es aún más. ¿Cuántas de ellas son
verdaderamente útiles?
La mayoría de nosotros tenemos un hermoso don que
prácticamente nunca apreciamos: comunicarnos con las
palabras. Por medio de ellas podemos expresar nuestras
necesidades, consolar a quien está afligido, aconsejar a
quien está confundido, enseñar lo que hemos aprendido,
alegrar el día a otros con algún chiste, animar a alguien
que necesita más confianza para perseverar en algún
proyecto, y más. Pero, si no estamos atentos y las
utilizamos mal, podemos amargar el día a los demás
con nuestras quejas, bajar la autoestima de otros con
nuestras críticas, desanimar a quien emprendió un
nuevo proyecto, ocasionar tensión al tratar de imponer
nuestro punto de vista, causar malestar en los ambientes
de trabajo, lastimar los sentimientos de una persona, dar
escándalos a los pequeños con palabras inapropiadas,
destruir la reputación de otros con calumnias, engañar
con nuestras mentiras, y la lista puede continuar. El
libro de los Proverbios nos dice: “La lengua que brinda
consuelo es árbol de vida; la lengua insidiosa deprime
el espíritu” (Prov 15, 4).
Si queremos ser personas de bien, y albergar paz en
nuestro corazón, debemos tener mucho cuidado con lo
que decimos. En primer lugar, las palabras que
pronunciamos descubren lo que tenemos en nuestro
corazón: si son duras como piedras, revelan que nuestro
corazón apesta de odio y amargura. Si, por el contrario,
iluminan, revelan que en nuestro corazón hay amor y
luz. Es por eso que nuestras palabras nos definen como
personas. Un refrán maltés afirma que al ver a una
persona, la conocemos a medias, mientras que cuando
la escuchamos hablar, la conocemos en su totalidad.
En segundo lugar, al hablar con prudencia y respeto,
ponemos nuestro granito de arena para que en nuestra
vida, en nuestra familia, en nuestro país y en el mundo
haya más paz, comprensión, misericordia y fraternidad.
Con nuestras palabras podemos dar comienzo al mundo
que anhelamos.

En tercer lugar, recordemos que nunca lograremos


borrar las palabras que decimos. Un popular refrán
afirma: “Somos dueños de nuestros silencios y esclavos
de nuestras palabras”. Probablemente varias veces
hemos experimentado tristeza y angustia por haber
dicho palabras demasiado fuertes en un momento de ira
o impaciencia.
San Jorge Preca escribió: “Que nuestras palabras sean
pocas y buenas, pocas y dulces, pocas y sencillas, pocas
y llenas de amor”. Un consejo muy sabio, ¿verdad?

Para reflexionar:
1. ¿Me doy cuenta del poder de las palabras?
2. ¿En alguna oportunidad, he dicho palabras de las
cuales me he arrepentido?

Oración: Señor, te agradezco infinitamente por el


hermoso don de poder comunicarme con los demás.
Ilumina mi mente para utilizarlo de manera positiva, y
nunca para lastimar a otros. Gracias, Señor Dios, y
perdóname, Señor Dios.
40
Ser nosotros mismos sin
compararnos con los demás
Cuenta una leyenda que en la India hubo un aguador
que diariamente cargaba sobre sus hombros dos vasijas
grandes colgadas a los extremos de un palo. Sin
embargo, una de ellas tenía una grieta por donde se
derramaba el agua a todo lo largo del camino. Un día, la
vasija defectuosa dijo avergonzada a su dueño: “Ya no
soy como la otra vasija. Yo no sirvo para nada. Debido a
mis grietas, pierdo mucha agua y usted pierde mucho
dinero”.
El aguador sonrió y le dijo: “Cuando mañana vayamos
una vez más a la casa del patrón, observa las bellísimas
flores que crecen a lo largo del camino”. Así lo hizo y,
en efecto, vio que las orillas del camino estaban
adornadas con bellísimas flores. Al volver a la casa, le
dijo el aguador: “¿Te diste cuenta de que las flores sólo
crecen en tu lado del camino? Siempre supe de tus
grietas y quise aprovecharlas. Sembré flores por donde
ibas a pasar y todos los días, las has ido regando.
Durante estos dos años, yo he podido recoger esas
flores para adornar la casa de mi patrón. Si tú no fueras
como eres, él no habría podido disfrutar de su belleza”.
Todos sabemos que las comparaciones son odiosas,
sin embargo, muchos tenemos la mala costumbre, como
la vasija de la anécdota, de compararnos con los demás.
Cuando nos comparamos, normalmente nos ponemos
orgullosos al sentirnos mejor, o nos deprimimos por
sentirnos inferiores. Ninguno de estos dos sentimientos
tiene consecuencias buenas para nosotros mismos.
Los psicólogos nos dicen que esta tendencia empieza
en la niñez, cuando nuestros familiares nos comparan
con nuestros padres (“Tiene los ojos de su padre”), con
nuestros hermanos (“Tu hermano se porta mejor que
tú”) y con nuestros compañeros de clase (“Mira, tu
compañerita obtiene mejores notas que tú). Al crecer un
poco más, nos convencemos de que la comparación con
los demás forma parte de la vida, y en la adolescencia,
con la influencia de las películas y de las redes sociales,
¡esta tendencia llega a ser una obsesión! ¿En qué
aspectos solemos hacer comparaciones? Por lo general,
sobre cualquier posesión o atributo que consideramos
de valor como la inteligencia, la belleza, la riqueza o la
forma de vestir.
Si queremos tener paz en nuestro corazón, debemos
romper esta trampa. Nuestro valor y nuestras
habilidades no dependen de los demás. Al percatarnos
de que, inconscientemente, nos estamos comparando
con alguien, debemos decirnos a nosotros mismos: “Ya
basta de comparaciones. No necesito medirme con los
demás; puedo seguir adelante sin problemas siendo yo,
con los talentos y habilidades que Dios me ha dado”.
Recordemos que aunque no somos perfectos, tenemos
muchas buenas cualidades y hemos conseguido mucho
en nuestras vidas. Y quizás, como sucedió a la vasija de
la anécdota, tenemos habilidades que ni siquiera hemos
descubierto. Cada uno de nosotros es único e
irrepetible, obra de un Creador asombroso. Y este
Creador, nunca nos compara con otros. Nunca nos dirá:
“Oye tú, ¿por qué no eres tan valiente como san Oscar
Romero?”; o “¿Por qué no haces sacrificios como santa
Rosa de Lima?” No, lo único que Él quiere de nosotros
es que utilicemos lo que Él nos ha regalado, que demos
lo mejor y amemos al prójimo de manera incondicional.
Y si, aún así, no logramos evitar compararnos,
¡comparémonos con nosotros mismos! El psicoanalista
Sigmund Freud dijo: “La única persona con la que
deberías compararte es con la persona que eras ayer.
Esa es la persona a la que debes superar y en la que
debes fijarte para ser mejor”.

Para reflexionar:
1. ¿Tengo la costumbre de compararme con los demás?
2. ¿Me doy cuenta de las consecuencias que emanan de
ella?

Oración: Señor, ayúdame a recordar que la vida no es


una competencia y que la felicidad se encuentra en mí,
y no depende de los demás. Gracias, Señor Dios, y
perdóname, Señor Dios.
41
Pensar en el paraíso
Una niña estaba paseando por la playa de noche con
su abuelo. Había un cielo despejado y repleto de
estrellas. El abuelo le explicaba sobre las fases de la
luna, las estrellas y las constelaciones. De repente, la
niña exclamó: “Abuelo, si este lado del cielo es tan
hermoso, ¡cuánto más hermoso debe ser el otro!”. ¡La
sabiduría de los pequeños!
La belleza de la creación nos da una indicación de la
hermosura de la vida eterna, especialmente del paraíso.
Es de mucho consuelo que, de vez en cuando, pensemos
en la realidad que nos espera, en el hogar que Dios ha
preparado para aquellos que se dedican a hacer el bien.
El Papa Francisco nos dice: “No vivimos sin rumbo ni
destino. Se nos espera, somos valiosos. Dios está
enamorado de la belleza de sus hijos. Y para nosotros ha
preparado el lugar más digno y hermoso: el Paraíso. No
olvidemos: la morada que nos espera es el Paraíso. Aquí
estamos de paso. Estamos hechos para el Cielo, para la
vida eterna, para vivir para siempre. Para siempre: es
algo que ni siquiera podemos imaginar ahora”.
Esto no significa que debemos cerrar los ojos a la
realidad que nos rodea. Tampoco que debemos
quedarnos con los brazos cruzados esperando pisar el
umbral de la eternidad. El mensaje de nuestro Señor
Jesucristo, reiterado de diferentes formas por la Iglesia
Católica a lo largo de los siglos, es que debemos estar
con los pies bien plantados en la tierra y trabajar
incansablemente para aliviar el dolor de los que sufren,
para traer justicia a aquellos que son discriminados y
para formar intelectuales y trabajadores que puedan
contribuir a alcanzar un mundo mejor.
Sin embargo, a veces, si estamos tratando de vivir de
manera correcta y honrada, es muy alentador pensar en
lo que nos espera, así como un atleta piensa en levantar
un trofeo o ganar una medalla de oro para encontrar el
estímulo que necesita, o como el obrero piensa en el
sueldo que recibirá al final del mes y con el cual podrá
alimentar y educar a sus hijos.
Por supuesto, nos resulta imposible saber exactamente
lo que nos espera, pues va mucho más allá de nuestra
capacidad humana, así como es imposible para un ciego
de nacimiento imaginar la hermosura del mundo con
todas sus formas y colores. Pero, con la ayuda de la
Biblia, sabemos que en el paraíso ya no hay lágrimas,
sufrimiento y muerte; es donde nos encontraremos con
los seres queridos que nos han precedido; es un reino de
paz, alegría y amor; sobre todo es donde seremos
recibidos por nuestro Padre Celestial y donde veremos
los rostros tan queridos de Jesús y de su madre María.
Teniendo en mente esta visión, todo el esfuerzo que
nos toca hacer, todos los problemas que tenemos que
enfrentar y todas las angustias que experimentamos en
nuestro corazón, ya no nos agobiarán tanto, porque en
comparación con un premio tan asombroso, nos
parecerán muy poca cosa. Además, así como los
mártires que derramaron su sangre por Jesús, ya no
tendremos miedo a la muerte.

Para reflexionar:
1. ¿Cómo me imagino el paraíso?
2. ¿Ha habido algún acontecimiento en mi vida en el
cual he encontrado mucho consuelo al saber que
existe el paraíso?

Oración: Señor, tu hijo Jesús dijo claramente a sus


apóstoles en la Última Cena que Él nos prepararía un
lugar en el cielo. Ilumina nuestras almas para recordar
que nuestra vida ha tenido un comienzo, pero no tendrá
fin, porque le espera la eternidad. Gracias, Señor Dios,
y perdóname, Señor Dios.
42
Tener sin aferrarnos
El Abad Anastasio tenía un libro escrito en un
pergamino fino que valía dieciocho piezas. Este libro
especial contenía todo el Antiguo y Nuevo Testamento.
Un día, uno de los hermanos vino a visitarlo, y, al ver el
precioso libro, lo cogió y se lo llevó. El ladrón fue a la
ciudad para venderlo y empezó a pedir dieciséis piezas
por él. Un hombre interesado en comprarlo, dijo al
monje: “Préstame el libro para ver si vale cuanto estás
pidiendo.”
Al tomarlo prestado, fue a la celda de Anastasio y le
dijo: “Abad, ¿vale este libro dieciséis piezas?”
Al ver el libro robado, Anastasio contestó: “Sí, este
libro es muy fino y vale fácilmente ese precio”.
Por tanto, el hombre fue a buscar al ladrón y le dijo:
“Aquí está el dinero. Yo fui a buscar al Abad Anastasio,
se lo enseñé y me dijo que el precio era justo por un
libro tan especial”.
El monje, asustado, le preguntó: “¿Solamente eso te
dijo? ¿No te dijo nada más?”.
“No,” contestó el hombre, “no me dijo nada más.”
Entonces el monje le dijo que el libro ya no estaba en
venta. Inmediatamente fue a buscar a Anastasio y con
lágrimas en sus ojos le pidió que aceptara el libro
robado. Pero el Abad no quiso recibir el libro y le dijo:
“Hermano, anda en paz y tómalo como un regalo de
parte mía”.
Esta anécdota resalta la impresionante sabiduría de un
hombre que no estaba apegado a sus posesiones, ni
siquiera a lo más valioso que tenía. Lamentablemente,
nosotros no somos así porque nos aferramos mucho a lo
que tenemos en nuestra vida: a nuestros seres queridos,
a las cosas materiales que tanto trabajo nos costó
obtenerlas, a la salud que nos permite disfrutar de la
vida, a nuestra apariencia exterior, al pasado y a las
experiencias vividas, a las ideas y a las opiniones que
tenemos sobre un sinfín de temas. Incluso, hay algunos
que se aferran a una adicción o a las experiencias
negativas que les ha tocado vivir.
Esta clase de comportamiento trae consigo mucho
estrés, angustia y decepción y, por tanto, seríamos muy
sabios si logramos resistir a la tentación de aferrarnos.
¿Por qué no debemos aferrarnos? No debemos
aferrarnos a la salud y a lo material porque no son
eternos y fácilmente se pueden perder; no debemos
aferrarnos a las ideas, porque nos convierten en
personas conflictivas y, además, nos cerramos a ideas
nuevas que quizás son mejores a las nuestras; no
debemos aferrarnos a nuestra apariencia exterior,
porque el tiempo no deja nada igual: no debemos
aferrarnos al pasado, ni tampoco al presente, porque el
mundo está en un proceso continuo de cambios; no
debemos aferrarnos a nuestros seres queridos porque
podemos quedar atrapados en relaciones, sentimientos y
momentos dolorosos, que nos impiden seguir
avanzando y disfrutar de la vida; no debemos aferrarnos
a ninguna adición o experiencia negativa, porque nos
priva de la libertad.
La actitud de no aferrarnos está muy relacionada con
lo que Jesús llama “pobreza del espíritu”. Ser “pobre en
espíritu” no significa no tener nada, o vivir en la
miseria; significa apreciar lo que tenemos sin dejar que
nuestra felicidad dependa de ello. Como consecuencia,
si es necesario, estaremos dispuestos al
desprendimiento, así como lo hizo el padre del desierto
de la anécdota. Además de otorgarnos inmensa libertad
interior, esta actitud nos permite también abrir nuestro
corazón de par en par a Dios, que debe ser el único a
quien debemos aferrarnos con todas nuestras fuerzas.

Para reflexionar:
1. ¿A qué me estoy aferrando en este momento de mi
vida?
2. ¿Qué consecuencias tiene sobre mí?

Oración: Señor, nosotros hemos venido al mundo sin


nada y no llevaremos nada con nosotros. Ayúdame a
recordar siempre esta verdad y así poder tener la
libertad interior ante todo lo que tengo. Gracias, Señor
Dios, y perdóname, Señor Dios.
43
El silencio
Florence Nightingale es considerada precursora de la
enfermería moderna. Escritora y estadista británica,
transformó la enfermería (en su época una profesión
devaluada), utilizando el método científico, la higiene y
el cuidado humanitario como guías; aplicó sus
conocimientos de matemáticas a la epidemiología y a la
estadística sanitaria; y defendió la igualdad de las
mujeres y su derecho a trabajar. Para ella, la clave de la
sanación era el silencio. Así afirmó: “El ruido
innecesario es la falta de atención más cruel que se le
puede infligir a una persona, ya esté sana o enferma”.
Además de ser fundamental para la sanación corporal,
el silencio es también una maravillosa herramienta para
la salud mental y espiritual. ¡Qué lástima que hoy en
día, en el mundo y en nuestras vidas, haya tanto ruido!
A veces no es culpa nuestra, porque el ruido es producto
de nuestro entorno, pero a veces somos nosotros
mismos quienes lo buscamos, al dejar la tele o la radio
prendidas todo el tiempo mientras realizamos los
quehaceres, estudiamos o hacemos cualquier otro
trabajo.
Para tener paz interior, los momentos de silencio son
indispensables. Los seres humanos los necesitamos para
desconectar y descansar. Investigadores de prestigiosas
universidades han descubierto que mientras el ruido
causa tensión y estrés, el silencio tiene un efecto
sanador y relajante. Según ellos, el silencio disminuye
el estrés al reducir los niveles de cortisol en la sangre;
beneficia la química del cerebro, porque incluso es
capaz de crear nuevas células en la región del
hipocampo (un área del cerebro relacionada con el
aprendizaje, el recuerdo y las emociones); mejora el
sueño y disminuye el riesgo de enfermedades cardíacas.
Debido a estos descubrimientos, hoy en día, el silencio
es muy valorado. Por ejemplo hay muchas compañías
ferroviarias, en especial en Europa, ofrecen la
posibilidad de viajar en “vagones silenciosos”, en los
que el uso de los celulares y otros aparatos que emitan
ruido está terminantemente prohibido, y los pasajeros
deben hablar en voz baja e intentar hacer el menor ruido
posible para lograr como un oasis de silencio.
El silencio es también una magnífica oportunidad para
encontrarnos con nosotros mismos, evaluar lo que
hacemos y trazar nuevas metas. A veces vivimos tan
apurados, y nos preocupamos tanto con producir, que
nos olvidamos de dónde venimos y adónde queremos ir,
y como consecuencia, tenemos una vida muy activa
pero vacía y sin sentido transcendental. La falta de
reflexión también fomenta la repetición de los mismos
errores, y nos hace vivir en la mediocridad. Por otro
lado, el silencio nos ayuda a tener las motivaciones
correctas, hacer los cambios que son necesarios e
impulsa la creatividad para encontrar soluciones o
estrategias nuevas.
Sobre todo, el silencio facilita la oración porque,
como dice san Bernardo, “permite al alma pensar mejor
en Dios y en las realidades del cielo”. También Jesús,
aunque vivió en una época no tan ruidosa como la
nuestra, buscaba momentos de silencio en lugares
apartados para comunicarse con su padre celestial. En la
historia de la Iglesia, hubo también muchos hombres y
mujeres que se retiraron al desierto o a un monasterio
para vivir una vida de silencio y apertura al Creador.
Madre Teresa de Calcuta dijo: “El fruto del silencio es
la oración; el fruto de la oración es la fe; el fruto de la fe
es el amor; el fruto del amor es el servicio; el fruto del
servicio es la Paz”.
Por lo tanto, dejemos que el silencio se adueñe de
nuestra vida, por lo menos durante algunos minutos
cada día: nuestro cerebro, nuestro cuerpo y nuestra
alma, lo agradecerá.

Para reflexionar:
1. ¿Busco momentos de silencio en mi vida cotidiana?
2. Cuando estoy en silencio, ¿me siento a mi gusto o
incómodo?

Oración: Señor, Tú quisiste que nosotros los seres


humanos pasáramos los primeros nueve meses de
nuestra existencia en el silencio más profundo.
Ayúdanos a entender que es solamente en el silencio
que logramos desarrollarnos como seres humanos
auténticos y recuérdanos que donde no hay silencio, no
hay vida interior. Gracias, Señor Dios, y perdóname,
Señor Dios.
44
Contemplar la cruz de Cristo
El cardenal vietnamés Francisco Javier Van Thuam
pasó 13 años encarcelado en su país por ser católico. Le
quitaron todos los artículos religiosos; la Biblia, el
Santo Rosario, la imagen de la Virgen… Sentía un gran
deseo de tener por lo menos un crucifijo. En una
oportunidad, cuando estaba cortando árboles con otros
prisioneros, rogó a un soldado dejarle guardar una rama
pequeña para esculpir una cruz. El soldado le dijo que
eso estaba prohibido, pero por el respeto que le tenía al
cardenal, se hizo de la vista gorda. El cardenal llevó el
pequeño pedazo de madera, esculpió una pequeña cruz
y la escondió dentro de un jabón. Cuando terminó su
cautiverio, utilizó esa pequeña cruz ruda como su cruz
pectoral por todo el consuelo que le brindó durante los
años oscuros en una celda.
Nosotros los católicos tenemos una devoción muy
grande hacia la cruz de Jesús, que, como dice san Pablo,
para las personas que no tienen fe, es una “locura” y un
“absurdo”. En nuestras iglesias y en nuestras casas,
siempre tenemos un crucifijo para nuestra
contemplación. ¡Qué pena que al estar tan
acostumbrados a esta imagen, muchas veces nos
olvidemos de su riqueza espiritual y su profundidad.
Ciertamente no era así para el padre Jorge Preca, que
llamaba a Jesús crucificado “El gran libro” por ser un
manantial de paz, bendición, sabiduría y salvación para
todos aquellos que lo contemplan.
“La cruz de Jesús”, señaló el Papa Francisco tras su
primer Vía Crucis en el Coliseo Romano, “es la Palabra
con la que Dios ha respondido al mal del mundo. A
veces nos parece que Dios no responde al mal, que
permanece en silencio. En realidad Dios ha hablado, ha
respondido, y su respuesta es la cruz de Cristo: una
palabra que es amor, misericordia, perdón”.
Al contemplar la cruz del Señor se nos abre un
horizonte lleno de esperanza, porque nos habla de una
salvación que no viene de nuestras obras, sino de la
fuerza redentora de la muerte y resurrección del Señor.
Además, mirando la cruz de Cristo, podemos ser
curados del egoísmo que nos encierra en nosotros
mismos y nos aleja de Dios y de los demás; mirando la
cruz de Cristo, somos elevados a otro nivel en el que
aprendemos a dar la vida, como hizo Él; mirando la
cruz de Cristo, nos sentimos movidos a compartir el
sufrimiento de quienes tienen más necesidad que
nosotros.
No esperemos al Viernes Santo para contemplar y
adorar la cruz de nuestro Señor; tampoco debemos
recurrir a Él solamente cuando sentimos que nuestra
cruz nos aplasta y que ya no tenemos fuerzas para
seguir adelante; la cruz debe estar frente a nuestros ojos
todos los días de nuestra vida. El padre Jorge Preca
quiso que los jóvenes que deseaban incorporarse a su
Sociedad, hicieran una ceremonia pública en la cual
declararan, frente a un crucifijo: “Me comprometo a
fijarme solo en Él todos los días de mi vida”. Además,
en una hermosa oración, el padre Jorge nos dijo: “En
cualquier estado espiritual en que te encuentres, siempre
encontrarás consuelo en Cristo Crucificado”.
Por lo tanto, si no tienes un crucifijo, o una imagen de
Jesús Crucificado, consigue uno, porque tener algo
visual ayudará mucho tu meditación y contemplación.

Para reflexionar:
1. ¿Tienes la costumbre de contemplar a Jesús
crucificado?
2. ¿Qué inspira Jesús crucificado en tu mente y en tu
corazón?

Oración: Señor , Tú amaste tanto al mundo que


entregaste a tu hijo único. Haz que el sacrificio de este
hijo tuyo, que nos trajo la salvación, sea de mucha
inspiración a todos aquellos que lo contemplen.
Gracias, Señor Dios, y perdóname, Señor Dios.
45
Contemplar a Cristo Resucitado
Quizás las tumbas más majestuosas en el mundo
antiguo fueron las pirámides egipcias. Estas eran
monumentos funerarios donde se enterraban a los
faraones para facilitar su viaje al otro mundo y con ellos
se enterraban muchas riquezas, alimentos y hasta seres
humanos para que también en la vida eterna, no les
faltara nada. Sin embargo, la tumba más importante no
se encuentra en Egipto: se encuentra en Jerusalén. Su
importancia no radica en las riquezas que se
encontraron dentro, sino, porque está vacía; tampoco se
debe a la majestuosidad de la tumba, sino a que en ella
sucedió un acontecimiento único en la historia de la
humanidad: el que fue enterrado allí, resucitó.
En el capitulo anterior, hemos reflexionado sobre los
beneficios que trae consigo la contemplación de Cristo
Crucificado. Son beneficios reales y profundos. Sin
embargo, la historia de Jesús no termina con la cruz; y
tampoco nuestra historia termina ahí. Del leño de la
cruz brota la resurrección gloriosa de nuestro Señor, y
este acontecimiento único en la historia de la
humanidad es el corazón de nuestra fe católica.
La resurrección de Jesús tiene consecuencias
transcendentales en nuestra vida. Además de traernos la
salvación, es una prueba contundente de que Él es el
Hijo de Dios, de que Él cumple con sus promesas y de
que nada es imposible para nuestro Señor. Con su
resurrección, Jesús mostró que puede llevar la vida
donde hay muerte, sanación donde hay enfermedad,
fortaleza donde hay debilidad, luz donde hay tinieblas,
libertad donde hay esclavitud del pecado, esperanza
donde hay desesperación, alegría donde hay tristeza y
paz donde hay agitación.
Además, así como quitó la roca de la entrada de la
tumba, puede remover las rocas que nos impiden salir
adelante en nuestra vida: las rocas que están asfixiando
nuestro corazón. En una homilía pascual el Papa
Francisco, nos dijo: “Por eso, no cedamos a la
resignación, no depositemos la esperanza bajo una
piedra. Podemos y debemos esperar, porque Dios es
fiel, no nos ha dejado solos, nos ha visitado y ha venido
en cada situación: en el dolor, en la angustia y en la
muerte. Su luz iluminó la oscuridad del sepulcro, y hoy
quiere llegar a los rincones más oscuros de la vida”.
Su resurrección es una prueba de que Jesús está vivo.
Jesús no es un héroe que realizó obras asombrosas, que
murió y terminó en los libros de historia. Cuando el
domingo de resurrección, temprano en la mañana, las
mujeres fueron a la tumba, un ángel les preguntó: “¿Por
qué buscan entre los muertos al que está vivo?” (Lc 24,
6). Él mismo nos dijo: “Yo estaré con ustedes hasta el
final de los tiempos” (Mt 28, 20). Es hermoso recordar
que Jesús resucitado nos acompaña continuamente,
camina a nuestro lado, sabe lo que pensamos o
sentimos, ilumina nuestro sendero y nos da la fuerza
para enfrentar las dificultades.
Dejemos que su paz y amor nos conmuevan; dejemos
que el latir de su corazón vivo transforme nuestro débil
palpitar; dejemos que su aliento renueve nuestras
fuerzas. Aleluya, el Señor ha resucitado.

Para reflexionar:
1. ¿Qué implicaciones tiene la resurrección de Jesús en
mi vida?
2. ¿Por qué será que nosotros los católicos meditamos
más en Jesús crucificado que en Jesús resucitado?

Oración: Señor, con tu hijo Jesús la muerte ha sido


vencida. Llena mi corazón con la fe y la alegría que
conlleva este asombroso acontecimiento, y ayúdame a
ser un testigo fiel de su resurrección. Gracias, Señor
Dios, y perdóname, Señor Dios.
46
Saber perdonar
En una oportunidad, Alexander Dumas, autor de Los
tres mosqueteros y también de varias obras más, tuvo
una fuerte discusión con su padre. Para mostrar su
disgusto con él, no le regaló un ticket para asistir a su
nueva obra que iba a estrenar en uno de los teatros más
famosos de París, como siempre hacía. Sin embargo, su
padre compró un ticket, fue a verla y después le escribió
una pequeña carta que decía: “Señor Dumas, fui a ver tu
obra. Me gustó mucho. Felicitaciones”. Al recibir la
carta, Alexander se sintió muy avergonzado, se acercó a
su padre, le pidió disculpas y todo marchó como antes.
Sin duda, una de las cosas más difíciles que nos exige
Jesús es perdonar las ofensas que hemos recibido, lo
que supone no pagar con la misma moneda el mal que
nos hacen y, más bien, rezar por aquellos que nos
maltratan y bendecirlos. Él nos dijo: “También han oído
que se dijo: Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. Pero
yo les digo: Amen a sus enemigos, y oren por quienes
los persiguen” (Mt 5, 43-44). Pero, ¿por qué nos exige
Jesús algo tan difícil?
En primer lugar, Jesús nos exige ser un reflejo de la
inmensa misericordia del Padre que “hace que su sol
salga sobre malos y buenos, y mande la lluvia sobre
justos e injustos” (Mt, 5, 45).
En segundo lugar, para ser sembradores de paz. Si
aplicamos lo que se llama “la ley del talión”, es decir
“ojo por ojo, diente por diente”, ¡todo el mundo
terminaría ciego y sin dientes!
En tercer lugar, porque Él conoce bien nuestra
naturaleza humana. Sabe bien que cuando albergamos
odio o rencor en nuestro corazón hacia alguien por
habernos lastimado, insultado, abandonado o
decepcionado, entonces nunca disfrutaremos de la paz
del corazón. Nuestro corazón fue creado para amar y no
para odiar, y cuando albergamos fuertes sentimientos de
odio, terminamos envenenándolo. Sin embargo, cuando
con la gracia de Dios, logramos perdonar, nos liberamos
de esa gran carga emocional que nos impide disfrutar de
la vida. Tenía mucha razón aquel que dijo: “¿Quieres
ser feliz por un instante? Véngate; ¿quieres ser feliz
para siempre? Perdona”.
El Papa Francisco nos asegura: “Dios le da a cada
cristiano la gracia de escribir una historia de bien en la
vida de sus hermanos, especialmente de aquellos que
han hecho algo desagradable e incorrecto. Con una
palabra, un abrazo, una sonrisa, podemos transmitir a
los demás lo más precioso que hemos recibido. ¿Qué es
lo más precioso que hemos recibido? El perdón que
debemos ser capaces de dar a los demás”.
El padre Jorge Preca enseñaba mucho sobre la
necesitad de practicar la virtud de la mansedumbre, es
decir, la capacidad de ser amable con todos, incluso con
aquellos que nos lastiman. Él escribió: “El manso
obtiene el perdón de sus pecados, tiene paz en el
corazón, es llamado hijo de Dios, es escuchado en sus
oraciones y es objeto de la complacencia del
Todopoderoso”.
Seamos mansos también nosotros; esta es la
característica principal de los discípulos de Jesús.

Para reflexionar:
1. ¿Qué me cuesta más perdonar?
2. ¿Hubo alguna circunstancia en mi vida en que logré
perdonar de corazón? ¿Cómo me sentí?

Oración: Señor, aprender a perdonar no es fácil,


porque va contra nuestra naturaleza humana que nos
impulsa a reaccionar de forma agresiva. Pero sé que
con tu ayuda, lograré imitar el ejemplo de tu querido
hijo, quien perdonó a quienes lo habían crucificado.
Gracias, Señor Dios, y perdóname, Señor Dios.
47
Ser humildes
El siglo veinte ha sido bendecido con varios
Pontífices santos y carismáticos. Uno de ellos fue el
Papa san Juan XXIII, un hombre sencillo, hijo de
campesinos y que tenía un fino sentido de humor. Él
logró dar inicio al acontecimiento más importante de la
Iglesia Católica en ese siglo, el Concilio Vaticano II,
para que la Iglesia pudiera reflexionar sobre las señales
de los tiempos y renovarse. Sin embargo, este gran
hombre, que incluso jugó un papel importante para
evitar el comienzo de la Tercera Guerra Mundial, fue
muy humilde. Quizás su secreto está en lo que confesó
en una oportunidad: “El sentimiento de mi pequeñez y
de mi nada siempre me han hecho buena compañía en
mi vida”.
La humildad es una hermosa virtud que Jesús nos
invitó a imitar cuando nos dijo: “Imítenme a mí que
tengo un corazón manso y humilde” (Mt 11, 29). El
gran sabio san Agustín escribió: “Jesús no dijo aprendan
de mí a fabricar los cielos y la tierra, aprendan de mí a
hacer maravillas y milagros, a sanar enfermos, echar
demonios y resucitar muertos, sino aprendan de mí a ser
mansos y humildes de corazón”.
Al hablar Jesús de manera tan clara sobre la humildad,
no podemos esperar paz en nuestros corazones si no la
cultivamos; al brillar tan claramente en la vida de la
Virgen María, quien afirmó que Dios “derribó a los
soberbios de sus tronos y puso en alto a los humildes”
(Lc 1, 52), no podemos ignorarla; al resplandecer en la
vida de tantos santos, y también en la vida de muchos
hombres y mujeres en el mundo de hoy, no podemos
quedar insensibles ante su encanto.
El autor Enzo Bianchi, fundador de una comunidad de
monjes, escribió: “La humildad nos convierte en un
terreno en el cual la gracia de Dios puede brotar y dar
frutos. Al reconocer nuestras limitaciones como seres
humanos, nuestros pecados, y, a la vez, al hecho de que
todo lo que tenemos lo hemos recibido de parte de Él,
quien nos ama a pesar de nuestra debilidad, la humildad
se convierte en una alegre sumisión a Dios”.
Cuando somos movidos por un espíritu de humildad
no nos sentimos mejores que otros, aunque quizás
tengamos más experiencia y conocimiento; no
publicamos en Facebook las buenas obras que
realizamos y tampoco hablamos de ellas; nunca
pretendemos tener el derecho de juzgar a quien cometió
un error, porque somos conscientes de que nosotros
también somos pecadores; nunca nos cansamos de leer
y aprender, porque sabemos que todavía hay mucho por
aprender; nos alegramos, pero no nos dejamos llevar
por la vanagloria cuando alguien nos felicita y nos hace
un cumplido; estamos dispuestos a realizar, incluso,
obras humildes que no llaman la atención y que pueden
ser pesadas y desagradables; no pretendemos entender
todo lo que nos sucede y exigir una explicación a todo
el mundo y a Dios; no nos enojamos cuando alguien nos
trata mal, actúa sin consultarnos y rechaza nuestros
consejos o corrección; sobre todo, así como nos dice
Jesús, cuando nos hacemos pequeños, el Señor nos
revelará los misterios de la salvación, es decir, nos
otorgará una sabiduría que no viene de los libros, sino
directamente de Él.
La humildad es también indispensable para vivir en
familia y en comunidad. En las cartas que encontramos
en el Nuevo Testamento, escritas por san Pablo y otros
apóstoles a las primeras comunidades cristianas, se
menciona mucho esta virtud. Por ejemplo san Pedro
escribe: “Todos deben someterse unos a otros con
humildad, porque Dios se opone a los orgullosos, pero
ayuda con su bondad a los humildes” (1 Ped 5, 5). La
humildad nos permite sobrellevar los defectos de los
demás: es solo por medio de ella que se puede construir
una comunidad.

Para reflexionar:
1. ¿Sé distinguir entre la humildad y la baja autoestima?
2. ¿Cómo puedo acrecentar en mí esta hermosa virtud?

Oración: Señor, ayúdame a recordar que todo lo que


tengo, lo he recibido gratis de ti y, por lo tanto, en todo
lo que hago, eres solamente Tú quien mereces todo
honor y toda gloria. Gracias, Señor Dios, y perdóname,
Señor Dios.
48
La capacidad de asombrarnos
Ciertamente has oído hablar de El principito, un libro
escrito por el aviador francés Antoine de Saint-Exupery.
Narra un cuento ficticio sobre un niño que viene de un
planeta muy pequeño y que, de alguna forma, logra
llegar a nuestro mundo. Este librito ha cautivado por
igual a millones de niños y mayores por la sencillez, la
inocencia, la curiosidad y la capacidad de asombro que
tiene el principito, su protagonista. Él confiesa: “He
aquí mi secreto, que no puede ser más simple: solo con
el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a
los ojos”. También declara que “solo los niños saben lo
que buscan”.
En una oportunidad, nuestro Señor Jesús nos invitó a
ser como niños pequeños. Una de las características de
un niño pequeño, y que ciertamente nos haría mucho
bien recuperar, es la capacidad de asombrarse. Un autor
escribió: “A los ojos de un niño, no hay siete maravillas
en el mundo; hay siete millones”.
Cuando somos pequeños y empezamos a descubrir el
mundo a nuestro alrededor, todo nos resulta interesante
y sorprendente. El padre José Kentenich escribió: “¡Qué
hermoso y encantador es estar delante de un niño
sencillo y contemplar sus ojos llenos de asombro! ¡Qué
grande es la capacidad de asombro de un niño! El
primer acto consciente del niño es un asombro
respetuoso ante todo lo que percibe”.
Con el paso del tiempo empezamos a perder esta
característica. ¿Por qué? En primer lugar la pérdida del
asombro es debida al hábito: nos acostumbramos a las
cosas que tenemos y ya nada nos sorprende porque la
hemos visto antes. Además, nos parece infantil fijarnos
en las cosas pequeñas, porque vivimos en un mundo
vertiginoso y en el que tenemos tantas cosas para hacer.
Solo tenemos la capacidad de asombrarnos cuando
vemos algo por primera vez, especialmente si hemos
invertido mucho dinero y tiempo para verlo.
¡Qué bueno sería si volviéramos a recuperar esta
actitud y ver al mundo con el corazón y con los ojos de
un niño pequeño! ¡Cuánto más disfrutaríamos de la vida
y de las maravillas que nos rodean! Recordemos que el
asombro no depende de las cosas que hay a nuestro
alrededor; depende de nuestra actitud y de nuestra
mirada, de nuestra capacidad de admirar lo que ya
conocemos y ver en ello la novedad y la belleza. Los
que creen que lo saben todo, que pretenden tener todas
las respuestas, los que se ocupan solo de “cosas
importantes” no pueden disfrutar de las maravillas de la
vida.
El asombro ante la belleza que siempre es nueva, ante
la vida llena de secretos y ante las potencialidades
humanas, agrega otra dimensión a nuestra vida
rutinaria: nos pone en disposición de aprender, porque
algo nuevo llega a nuestra vida y no lo controlamos.
Sobre todo nos permite entrar en una relación íntima
con el Gran Artista, que con una creatividad
deslumbrante, creó todo lo que podemos vislumbrar. El
Papa Francisco dijo: “La capacidad de asombrarnos de
las cosas que nos rodean promueve la experiencia
religiosa y hace que el encuentro con el Señor sea
fructífero”. Por el contrario, “la incapacidad de
sorprendernos nos hace indiferentes y amplía las
distancias entre el viaje de la fe y la vida cotidiana”.
La capacidad de asombro mide si el corazón es puro e
inocente. ¿Y nosotros, somos capaces de asombrarnos?

Para reflexionar:
1. ¿De qué me asombro en el camino de la vida?
2. ¿Estoy perdiendo o recuperando la capacidad de
asombrarme?

Oración: Señor, que creaste todo el universo, con sus


milagros y maravillas, dame el corazón y los ojos de un
niño pequeño para poder disfrutar de las obras de tus
manos. Ayúdame también a ver la belleza de otros seres
humanos, su humanidad y sus virtudes, porque allí
puedo ver también tus huellas. Gracias, Señor Dios, y
perdóname, Señor Dios.
49
Morirnos a nosotros mismos
San Juan Crisóstomo era un excelente orador y
arzobispo de Constantinopla. Predicaba la verdad con
gran valentía, y esto no le gustó nada al emperador, que
decidió capturarlo. Al enterarse de tal noticia, un
inmenso gentío se reunió en la catedral, preocupado por
su obispo querido, pero Juan Crisóstomo les dijo con
mucha calma: “No se preocupen por mí. ¿Qué pueden
hacerme mis enemigos? ¿Qué me destierren? ¿A qué
sitio me podrán enviar, que no esté mi Dios allí
cuidando de mí? ¿Qué me quiten mis bienes? ¿Qué me
pueden quitar si ya los he repartido todos? ¿Qué me
maten? Así me vuelvo más semejante a mi Maestro
Jesús, y como Él, daré mi vida por mis ovejas”. Esta
anécdota real es el mejor ejemplo que encontré de un
hombre que se había “muerto a sí mismo”.
Hay una frase de Jesús que es muy fuerte: “Les
aseguro que si el grano de trigo al caer en tierra no
muere, queda él solo; pero si muere, da abundante
cosecha” (Jn 12, 24). ¿Qué nos está diciendo Jesús?
Nos está invitando a “morirnos a nosotros mismos”. Sé
que este concepto nos incomoda pues las palabras
“morir” y “muerte” nos desagradan mucho. Sin
embargo, lo que Jesús está diciendo es muy profundo, y,
más que algo negativo, es una invitación para tener
libertad interior.
Así como dice Jesús, cuando una semilla cae en la
tierra, pueden suceder dos cosas: la primera es quedar
existiendo como semilla en la oscuridad, la humedad y
la soledad de la tierra, sin que nadie se entere de que
esté allí; la segunda es brotar y convertirse en una
planta o un árbol; si eso pasa, la semilla como tal, deja
de existir; si la buscas no la encuentras, pues ahora se
ha convertido en una planta hermosa, o en un árbol que
da sabrosas frutas. En la naturaleza encontramos
muchos otros ejemplos de “muerte” de la cual brota la
vida.
En un nivel espiritual, también encontramos este
concepto. Decimos que la muerte de Jesús nos trajo la
vida y que en nuestro bautismo morimos con Jesús para
renacer con Él.
Morirnos a nosotros mismos significa rechazar los
impulsos malos y desordenados de nuestra naturaleza
humana herida por el pecado. Sin querer, en nuestros
corazones abundan el egoísmo, la ambición, la envidia,
la soberbia, la gula, la lujuria; abundan también los
deseos y proyectos que con el paso del tiempo se hacen
más exigentes; abundan también las ideologías, las
opiniones, las filosofías de vida, lo que “hemos
aprendido en nuestra experiencia”. Como consecuencia,
nuestra vida termina siendo muy complicada, agotadora
y estresada.
Jesús nos está diciendo: “No te dejes dominar por los
impulsos de tu naturaleza humana. No dejes que tu
corazón y tu vida se conviertan en un jardín en el cual
crezca cualquier clase de hierba y espinos. Dios te creó
para ser libre y para ser feliz. Esto lo conseguirás si, con
la ayuda de nuestro Padre Celestial, arrancas de raíz
todo lo que esclaviza tu corazón; en otras palabras, lo
conseguirás muriéndote a ti mismo”.
“Morirnos a nosotros mismos” no es nada fácil porque
tenemos que enfrentarnos a nuestro propio yo, ese
adversario formidable a quien hemos engreído y
alimentado a lo largo de toda nuestra vida. Pero es una
lucha que vale la pena, y además, tenemos un aliado
que es más fuerte aún: el Espíritu de Dios, quien rompe
las cadenas que nos atan y nos da la oportunidad de
disfrutar de la libertad como hijos del Padre.
Así como la semilla, al morir, da muchos frutos,
nosotros, y todos aquellos con quienes vivimos,
podremos degustar de una abundancia de sabrosos
frutos si logramos “morirnos a nosotros mismos”.

Para reflexionar:
1. ¿Qué significa para mí “morirme a mí mismo”?
2. ¿Cómo puedo ver esta actitud reflejada en la vida de
Jesús y de los santos?

Oración: Señor, muchos santos nos dieron un


impresionante testimonio de qué significa “morirnos a
nosotros mismos”. Ayúdanos a tener la misma actitud
que tenían ellos. Gracias, Señor Dios, y perdóname,
Señor Dios.
50
Besar la cruz
Enzo Caracciolo es un italiano que cuando era joven
estudiaba para ser ingeniero, pero de repente, una
enfermedad lo dejó ciego. Decidió cambiar su carrera y
estudiar para ser abogado. Logró alcanzar su meta y
terminados sus estudios, llegó a ser presidente de una
organización de ciegos. Fue de gran dedicación e
inspiración. En una oportunidad visitó Lourdes y
escribió: “Durante la procesión con la Eucaristía, sentía
una gran fe dentro de mí. Se me ocurrió pedirles a Jesús
y a la Virgen María hacer un milagro conmigo para que
recobrara milagrosamente la vista, pero algo dentro de
mí, me impulsó a rezar: ‘Jesús, haga que no recobre la
vista’. La verdad es que desde que no puedo ver con los
ojos de mi rostro, puedo ver con los ojos de mi alma, y
estos me permiten ver muchas maravillas que antes no
veía. Y no quiero perder lo que estoy disfrutando
ahora”. Este joven aprendió, no solo a cargar, sino a
amar su cruz.
El padre Jorge Preca nos exigió a los miembros de su
Sociedad realizar un pequeño y hermoso ritual
inmediatamente después de despertarnos en la mañana:
coger una pequeña cruz de madera, pronunciar las
palabras de Jesús: “Si alguno quiere ser discípulo mío,
olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame” (Mt
16, 24) y posteriormente besarla. Es interesante que no
es un crucifijo con la imagen de Jesús, sino una cruz
muy sencilla. ¿Por qué? Porque esa no es la cruz de
Jesús: es nuestra cruz. Pienso que este hermoso gesto lo
pueden realizar todos aquellos que lo desean hacer.
Todos los santos tenían su cruz: san Pablo habla
simbólicamente de una “espina” que le atormentaba
continuamente, pero que nunca especifica en qué
consistía; san Francisco de Asís tenía una tremenda
repugnancia a los leprosos; santa Teresa de Calcuta,
durante más de 40 años, sufrió una inmensa aridez
espiritual porque sentía que Dios estaba lejos; santa
Bernardita Soubirous tenía una madre superiora que la
despreciaba y la hacía sufrir muchas humillaciones; san
Martín de Porres era despreciado por ser mulato; san
Juan Bosco sufrió mucho por parte de las autoridades
políticas de su época.
Nosotros también tenemos nuestra cruz; algunos
padecen de una enfermedad que limita sus vidas; otros
tienen un ser querido con alguna discapacidad física o
mental; hay quienes viven solos porque sus hijos
viajaron a otros países y otros sufren la pobreza, la
injusticia, las humillaciones y los maltratos.
A veces nos rebelamos contra Dios por permitir una
cruz en nuestra vida; otras veces le rogamos con mucha
fe que nos libere de ella. Sin embargo, si hemos hecho
todo lo posible para liberarnos de ella y no sirvió nada,
la verdadera sabiduría se encuentra en aceptar y amar la
cruz; abrazarla con amor y darnos cuenta de que, así
como Jesús, con su cruz, nos trajo la salvación, también
nosotros, con ella, podemos conseguir la nuestra y
también la de otras personas queridas por quienes
intercedemos. Además, cargar la cruz muestra
profundamente que somos verdaderos discípulos de
nuestro Señor Jesús: Él tuvo muchos seguidores durante
su vida pública, pero durante la pasión, ¡muy pocos
estuvieron dispuestos a sufrir con Él!
Dios nunca va a permitir que tengamos una cruz
demasiado pesada para cargarla. Nuestro Dios no es
injusto; más bien, Él está siempre acompañándonos y
dándonos fuerzas diariamente, aunque a veces no lo
sentimos y pensamos que está lejos.
Quizás, con la ayuda de Dios, algún día lograremos
decir como el joven Enzo Caracciolo: “Señor, mi cruz
es el regalo más hermoso que me has dado. Gracias. No
la cambio por nada”. Si logramos tener esta actitud,
aunque la cruz no desaparezca, indudablemente
tendremos mucha paz en nuestro corazón a pesar de los
sufrimientos que nos ocasiona.

Para reflexionar:
1. ¿Cuál es la cruz más grande que me toca cargar en
este momento de mi vida?
2. ¿Qué actitud tengo hacia mi cruz?

Oración: Señor, como todas las personas, yo también


tengo mi cruz. Me cuesta cargarla. A veces deseo que
Tú me la quites para no sufrir tanto. Pero que no se
haga mi voluntad. Y si es tu voluntad que yo la cargue,
la acepto con mucho amor, así como hizo mi señor
Jesús. Gracias, Señor Dios, y perdóname, Señor Dios.

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