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Esta novela hará las delicias de los aficionados a la historia naval.

Consigue la hazaña de narrar


lo sustancial de la historia de la Marina Imperial Alemana, la Kaiserliche Marine, desde antes
de la Primera Guerra Mundial y hasta el tratado de Versalles. Todo a través de la experiencia
combinada de Rolf Wichelhausen, un joven oficial germano políglota, casado con Queralt, una
jovial catalana de (literalmente) armas tomar. En el proceso asistimos a la educada pero
inquisitiva relación entre los oficiales de la Royal Navy y la KM antes de la guerra, y a la
brillante forma en que el crucero de batalla Goeben (que articula la mayor parte de la novela) y
su hermano menor el crucero ligero Breslau se escurrieron de las poderosas armadas francesa
y británica por todo el Mediterráneo para ser entregados -con tripulación y todo- al Imperio
Otomano, respectivamente como Yavuz y Midilli. Hecho que por cierto decidió la entrada de
Turquía en la guerra junto con las Potencias Centrales. En el camino, un par de torpedos bien
dirigidos a la línea de flotación de Winston Churchill.

A través de los ojos de Queralt y sus relaciones familiares seguimos la subterránea y paralela
guerra diplomática, mientras que a través de Rolf asistimos en detalle a las batallas de
Dardanelos y Gallipoli, y la lucha contra la flota rusa en el Mar Negro, nos asomamos a la
guerra submarina, e incluso sabemos de la batalla de Skagerrak (Jutlandia para los British) y
del heroico episodio del crucero Emden y su tripulación en el Indico (para lo que la conexión
vía Estambul es tan oportuna).

Ildefonso Arenas ha hecho bien sus deberes, como lo hizo en Alava y Waterloo. De acuerdo,
puede que abuse a veces de la terminología naval (alcances de tiro en hectómetros navales y
no en metros, matalotes de popa y demás), y de la terminología alemana. Pero ¡qué diablos!,
nadie se queja en las obras de Patrick o’Brian y, pudiendo por fin escribir Schlachtkreuzer al
compás de la marcha Preuβen Gloria… ¿quién va a optar por ‘crucero de batalla’?. La dureza de
la terminología técnica queda cuidadosamente compensada con un muy irónico y pícaro
sentido del humor en las reuniones de Estado Mayor tanto como en las más personales
batallas de dormitorio entre Rolf y Queralt, que a menudo levantan la sonrisa y a veces la
carcajada.

Un oportuno traslado de destino, ya que nuestro protagonista humano tiene (por magia de los
artificios del novelista, que tampoco chirrían) la suerte de estar en casi todos los puntos
críticos de la guerra, nos lleva al postrero motín socialista de Wilhemshaven, a la hambruna en
Alemania, a la dimisión del Kaiser y al indigno traslado de la no vencida pero derrotada
Hochseeflotte (la principal Flota de superficie de la KM) a la base naval británica de Scapa Flow
y a su extraordinario final. Pero también asistimos, con tintes ominosos, y a través de oficiales
navales con un destacado papel veinte años después, al nacimiento del mito de la ‘puñalada
por la espalda’ y la preparación de un ‘nuevo asalto’ bélico, y eso mucho antes del nazismo.

Ante la llegada por de los últimos oficiales de regreso a Wilhelmshaven tras su prisión británica
este lector no pudo dejar de sentir un nudo en la garganta ante la imagen de la recepción por
la pobre flotilla de torpederos, humillada pero a la vez altiva reliquia de la antaño poderosa
Hochseeflotte, al tiempo que se partía de risa ante la visión de la recepción familiar en el
muelle, descrito en términos de impecable formación naval. Y ese sabor agridulce nos lleva al
final, a la arriada final de bandera de combate en el Goeben/Yavuz nada menos que en 1973. Y
ahora el nudo en la garganta se asoma definitivamente a los lacrimales.

Este recensionista ha disfrutado de esta novela histórica como casi de ninguna otra en varios
años. Si le gusta el mundo naval, o está interesado en la historia de la primera mitad del siglo
XX, no lo dude. A por ella.

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