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MEDIOS

El periodismo líquido
Miguel Wiñazki.

Como explica Zygmunt Bauman en su texto, “Modernidad Liquida”; “Los fluidos se desplazan con
facilidad. ‘Fluyen’, ‘se derraman’ , ‘se desbordan’, ‘salpican’ , ‘se vierten’, ‘se filtran’, ‘gotean’,
‘inundan’, ‘rocían’, ‘chorrean’, ‘manan’”, ‘exudan’, a diferencia de los sólidos no es posible
detenerlos fácilmente… La extraordinaria movilidad de los fluidos es lo que los asocia con la idea
de ‘levedad’”…

Los flujos noticiosos tienen esas mismas características y efectos análogos. Todo lo que es sólido
parece, como diría Baumán, “condenado a la licuefacción”. La velocidad de los cauces
informativos desvanece la consistencia de cualquier hecho, volviéndolo pasajero, efímero,
derrotando los hitos sólidos de la historia, sin otro poder de conmoción, que el que determina la
cultura como espectáculo.

Desde esa perspectiva, los flujos informativos, permanentes, invasivos, en perpetuo y nervioso
movimiento, caóticos, leves aunque remitan a acontecimientos terribles, pertenecen al orden
superficial de la mera información. Y no al espectro substancial de la comunicación.

Dominique Wolton propone en uno de sus últimos trabajos; “La otra mundialización”, emprender
lo que denomina “la primer revolución mental”. “Meditar sobre los desafíos geopolíticos de la
comunicación y pasar de una ideología de los sistemas de información a una problemática de la
comunicación”.

Para Wolton, “el problema principal no es la producción y difusión de un número creciente de informaciones
de toda índole, sino reconocer más bien que estas industrias (se refiere naturalmente a las que capturan,
producen y diseminan información) administran visiones del mundo…”. De tal forma que la industria de la
información no forma parte de una dimensión técnica, simplemente, sino que configura una estructura
esencial de la industria cultural.

Los flujos informativos leves, expansivos y cambiantes en sí mismos, adquieren en la medida en que se
observan y evalúan desde un contexto cultural, una dinámica fluida, sí, pero ya no leve, sino
consistentemente filosófica. Informar es “difundir” una visión del mundo.

La visión -o la dicción- del mundo está determinada por el imperio de la de la lengua o de la de la


antilengua.

Escribió Italo Calvino: “Todos los días... abogados y funcionarios, gabinetes ministeriales y concejos de
administración, redacciones de periódicos y de telediarios, escriben, hablan y piensan en la antilengua. La
característica principal de la antilengua es lo que yo definiría como ‘Terror semántico”, es decir, la huida de
todo vocablo que tenga un significado por sí mismo, como si ‘botella”, ‘estufa’ o ‘carbón’... fueran palabras
obscenas. En la antilengua los significados son continuamente eludidos... El que habla la antilengua siempre
tiene miedo de mostrar familiaridad e interés por las cosas de las que habla… La motivación psicológica de la
antilengua es la falta de un verdadero contacto con la vida… La lengua, en cambio, vive solo de una relación
con la vida que se traduce en comunicación”.

Hay un periodismo informativo, cablegráfico, que se vacía semánticamente en la antilengua, y hay otro que
se eleva a la lengua, dándole vida a las palabras. En un mismo medio, en un mismo diario, hay artículos
huecos y muertos, transidos por la antilengua como por un gusano depredador, y otros vivificados por la
lengua. Un mismo periodista puede escribir de pronto como un autómata entregado a la antilengua, y en
otras oportunidades, como un ser humano que navega en una lengua.

Lo que define la visión del mundo que se emite desde los medios, más que las ideologías que se les
adjudican o que declaman tener, es el predominio en ellos de la lengua o de la antilengua.

Esa es la cuestión.

Fuente: http://www.clarin.com/diario/2005/06/21/conexiones/t-999397.htm