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Clase y ciudadanía en los conflictos sociales y políticos en el extremo sur argentino y chileno a

principios del siglo XX* Ernesto Bohoslavsky

Entre las últimas décadas del siglo XIX y el fin de la Primera Guerra Mundial la región austral del
continente americano constituyó un área económica con gran autonomía con respecto a Buenos
Aires y Santiago. Las fronteras nacionales no eran un tabique para las actividades sociales y
productivas.
Las ovejas fueron fuente de enriquecimiento para unos pocos grandes empresarios, así como un
imán para trabajadores argentinos, chilenos y europeo. La concentración de los ingresos en pocas
manos fue una de las causas de crispación social en la región en la posguerra.
La década de 1910: cambios y amenazas en Argentina y Chile
Los sucesos aquí analizados ocurrieron durante la presidencia de Hipólito Yrigoyen (1916-22) en
Argentina y de Juan Luis Sanfuentes (1915-20) en Chile. Ambos regímenes mostraban grandes
diferencias.
El gobierno de la Unión Cívica Radical resultó el primero surgido del voto universal, secreto y
obligatorio de los varones argentinos. Su gobierno expresaba una nueva correlación de fuerzas
sociales y políticas en la que sectores medios y obreros lograban presionar al régimen político para
obtener una ampliación de sus beneficios. La presidencia de Sanfuentes, fue el último de los
gobiernos que completó su período constitucional bajo el régimen parlamentario impuesto por los
vencedores de la guerra civil de 1891. Se trataba de un régimen tan excluyente como estable, más
dedicado a gestionar intereses oligárquicos que interesado en ampliar el horizonte de intervención
estatal y participación popular.
El radicalismo en Argentina procuró no ponerse automáticamente del lado de los sindicalistas, pero
estimuló al establecimiento de negociaciones entre capital y trabajo y tendió a laudar en los conflictos
laborales, en algunos casos tomando decisiones favorables a los trabajadores, esto último
preocupaba enormemente a los latifundistas e industriales. No pocos de éstos confundieron en la
misma figura a los radicales con los anarquistas o veían en Yrigoyen al nuevo Kerenski.
Las voces del conservadurismo y de la Iglesia en Chile expresaron ideas parecidas durante la
elección presidencial de 1920 para dar cuenta de Arturo Alessandri cuando éste triunfó como
candidato de la opositora Alianza Liberal, sus llamados a la dignificación de lo que llamaba “chusma
querida” y su impugnación a la oligarquía le granjearon el rechazo de la elite.
El año 1920 indica dos caminos distintos para el movimiento obrero en Argentina y en Chile. En el
Plata se inicia el retroceso del anarquismo entre los trabajadores y su reemplazo por ideologías
reformistas y, en menor medida, por el comunismo.

En Chile, 1920 indica la apertura de un proceso de radicalización del movimiento obrero,


abandonando las vías reformistas y de colaboración con el Estado. Es el momento de auge de la
combatividad anarquista, posteriormente reemplazada por otra igualmente virulenta, liderada por el
socialismo y el comunismo.
Pero tanto en un caso como en otro, los gremios se enfrentaban a (y negociaban con) un Estado
acrecido y más decidido a intervenir en los diferendos laborales que el que se podía apreciar a inicios
del siglo.

Sociedad y economía en Patagonia


La autonomía económica del extremo austral entre 1880 y de 1920 se basaba en su constitución
como enclave de exportación de lana y carne ovina con destino a los mercados metropolitanos. A
estas actividades se sumaban las comerciales, bancarias y portuarias propias de lo que, hasta la
apertura del Canal de Panamá en 1913, fue el paso obligado entre el Atlántico y el Pacífico.
El tráfico marítimo dinamizó las poblaciones sobre el Atlántico y el Pacífico. A comienzo del siglo XX
Punta Arenas ya era un poderoso enclave portuario y comercial al que se vinculaban compañías
navales, industrias y estancias.
Las casas comerciales asentadas en el territorio sudpatagónico formaban parte de una intrincada red
tejida a uno y otro lado de una frontera nacional más cartografiada que vivida como tal, en la que
Punta Arenas destacaba por los 20.000 habitantes que reunía en 1920.
Las inversiones no reconocían mayor problema en instalarse en una u otra ladera del límite
fronterizo. Para el tendido de esta red diversificada de inversiones y propiedades, los empresarios se
habían servido desde la década de 1870 de métodos que incluyeron un ejercicio brutal de
despoblamiento, etnocidio y expoliación de las sociedades indígenas. Su modus operandi fue
señalado por José María Borrero como propio de piratas y señores feudales.
La mayoría de los grandes propietarios de estancias, comercios, navíos y frigoríficos eran
extranjeros, principalmente ingleses, franceses y españoles.
Los más conocidos entre esos self-made men eran José Nogueira, José Menéndez y Mauricio Braun,
de diversos orígenes europeos: hacia 1890 aseguraron sus respectivos poderes económicos y en
1910 estos tres hombres habían unido sus negocios a través de matrimonios y sociedades
comerciales.
Estas prácticas, le permitieron a estos grupos empresariales consolidar hacia la Primera Guerra
Mundial la ganadería extensiva en propiedades rurales concentradas. Además manejaron a
discreción una porción muy significativa del poder económico y político del sur de América hasta la
Gran Guerra, manejando las condiciones de trabajo en estancias y frigoríficos gracias a un Estado
falto de capacidad –y sobre todo de voluntad- para reglamentar las relaciones laborales.

Estos sectores dominantes tenían acceso directo a la prensa “seria” de las capitales nacionales, en
ocasiones, al poder legislativo nacional, lo cual les aseguraba influencia sobre el accionar de la
policía local y les brindaba instrumentos para el sometimiento de los trabajadores en la región.
Se ha señalado que hasta la década de 1920 el Estado chileno no fue más allá del rol de “guardián
público” en Magallanes, asegurando de facto el control social de los grandes empresarios. En Santa
Cruz y Tierra del Fuego no había situaciones muy divergentes: el gobernador enviado por el Poder
Ejecutivo era una suerte de visitante ilustre, encargado sólo de promover la actividad económica.
Frente a los grandes propietarios se encontraban los trabajadores rurales y urbanos, también
procedentes de diversos puntos del planeta, que habían sido atraído hasta aquel confín del mundo
tras la desaparición de la población originaria a causa de las enfermedades y los asesinatos
ordenados por concesionarios y estancieros.
Los trabajadores por lo general realizaban tareas que requerían baja calificación y que ofrecían poca
estabilidad laboral y precarias condiciones materiales de vida.
La dependencia salarial de los trabajadores y la fortaleza de los grupos empresariales –presentes en
todas las actividades y ligados estrechamente a los poderes públicos- estimuló el proceso por el cual
los trabajadores se auto-percibieron como “una clase opuesta y anticapitalista”. Al igual que los
empresarios, los trabajadores de ambos lados de la frontera consideraban que compartían un
universo de intereses más allá del límite internacional.
En la Patagonia austral la “comunidad imaginada” de los trabajadores organizados no era de
naturaleza nacional: sus bases cotidianas y materiales eran de alcance regional y la suya era una
identidad de clase.
Harambour Ross ha considerado que la estabilidad de esta pertenencia fue posible por la débil y
tardía presencia estatal, la ausencia de mecanismos de participación en los procesos institucionales
nacionales y por el abismo social entre los grandes empresarios y los trabajadores rurales y urbanos,
ambos de múltiples orígenes nacionales.

Organizaciones sindicales

El comienzo de siglo trajo un incremento de la actividad ganadera, y con ella de los trabajadores.
En 1893 se detectan las primeras organizaciones mutualistas y étnicas en Magallanes, tres años
después se creó la Sociedad Obrera y en 1897 se conmemoró el 1° de mayo más austral del mundo.
El mismo año apareció el primer periódico gremial de la región, “El Obrero”, que se inclinaba por la
conquista del poder político por parte de la clase obrera. Para principios de siglo ya era evidente la
presencia del anarquismo en el periódico “1º de mayo” y en el uso del boicot por parte del creciente
movimiento obrero magallánico.

Las federaciones obreras no sólo promovían los reclamos laborales a través de demandas y
protestas que le fueron dando forma a la esfera pública sino que realizaban sistemáticamente
actividades de tinte cultural, combatiendo el analfabetismo y el alcoholismo.
En fecha cercana a la Primera Guerra Mundial, los trabajadores australes comenzaron a
reorganizarse a ambos lados de la Cordillera, principalmente a partir de la presencia de militantes
anarquistas y anarco-sindicalistas, decididos a sindicalizar a los trabajadores rurales, quienes sufrían
las peores condiciones laborales.

La Federación Obrera de Magallanes (F.O.M.), nacida en 1911 por esfuerzo de los carniceros de
frigoríficos constituyó en Magallanes el agrupamiento sindical más sostenido en el tiempo y con
mayor capacidad organizativa en las primeras décadas del siglo, inicialmente fueron socialistas los
que lideraron el esfuerzo organizativo.
Este socialismo se caracterizó por un marcado civismo y un rechazo a las acciones violentas, salvo
en situación de auto-defensa.
Después de la Primera Guerra Mundial predominó el ala más radicalizada dentro de la F.O.M
Una lectura de su periódico “El Trabajo” permite apreciar las actividades de la F.O.M., concentradas
en mejorar las condiciones de trabajo en las estancias (jornadas laborales, condiciones
habitacionales, costo de productos básicos y atraso salarial). La formación de una biblioteca y una
caja de beneficencia y la puesta en marcha del cine-teatro “Regeneración” y una escuela nocturna,
ilustran también sobre el intento de construir un espacio cultural alternativo al oficial y burgués.
El volumen de propiedades y del fondo de huelgas de la F.O.M. le permitía resistir a las presiones de
la patronal y las autoridades, y extender los conflictos hasta obtener una resolución favorable. Con su
accionar, la Federación consiguió reducir las tasas de explotación de una manera impactante.
La difusión de “El Trabajo”, su solidaridad interna y la eficacia de sus medidas de fuerza
transformaron a la Federación en objeto de repudio de la patronal y de las autoridades regionales.
Los “hombres de negocios” se quejaban del poder social y político que la F.O.M. había obtenido en
los años de la guerra y de posguerra. Denunciaban que, debido a ello habían debido reducir sus
inversiones en Magallanes.
En el movimiento obrero de Magallanes, al igual que en otras áreas de Chile, había corrientes
reformistas, que contaban con el apoyo de sectores medios y pequeños ámbitos de la dirigencia
política y que apostaban a la regulación estatal de los conflictos laborales. La F.O.M. se colocó en
sintonía con esas preocupaciones reformistas: en 1913, 1915 y 1919 pidió el dictado de legislación
laboral y la constitución de una Cámara del Trabajo.
Los reclamos involucraban también tópicos inusuales para el universo ideológico anarquista como la
exigencia de garantías legales o la redefinición de las relaciones entre el poder civil y la policía, entre
otros. En los petitorios y actividades de protesta se incluían los intereses de otros sectores sociales,
lo cual le permitía a la F.O.M. presentarse como representante del “pueblo”.
Los trabajadores del puerto de Río Gallegos se organizaron como una Federación Obrera en 1913.
En su fundación intervinieron militantes anarquistas y anarco-sindicalistas, muchos de ellos
enrolados en la F.O.M.
La constitución de la Federación en Santa Cruz surgió de la necesidad que detectaron los
trabajadores de unificar sus organizaciones más allá de la frontera: de esta manera, podrían
defender mejor sus intereses frente a los grupos dominantes, cuyas propiedades, se extendían
también a un lado y otro de la frontera.
El camino de los conflictos quedó abierto desde el momento mismo de la creación de la organización
sindical.
En Santa Cruz estalló en 1914 una huelga de esquiladores que reclamaban comida y herramientas
de trabajo.
En 1915 se paralizaron las faenas en un frigorífico.
En 1917 fracasó un paro general que peticionaba la abolición de los castigos corporales.
En 1918 se produjeron movimientos de agitación a ambos lados de la Cordillera Sur.

La presión sindical se hizo más fuerte en los años de la posguerra, cuando terminaba la etapa
dorada de la banca, la ganadería y el comercio en la Patagonia. La madurez gremial implicó sostener
nuevas estrategias para enfrentar la acción conjunta de la patronal y el Estado.
Con huelgas y boicots, la F.O.M. y la Federación Obrera de Río Gallegos propugnaban la obligación
de contratar personal federado y la firma de convenios colectivos. Los grandes empresarios
reconocían a las organizaciones sindicales como sus principales adversarios sociales, pero además
se enfrentaban a las críticas y planteos provenientes de sectores políticos reformistas.

En Santa Cruz los propietarios de estancias, frigoríficos y navieros se enfrentaban simultáneamente


con figuras ligadas al gobernante partido radical, como el juez Ismael Viñas, enviado al sur en 1918.
Viñas rompió el cerco que la policía y el gobernador Edelmiro Correa Falcón ejercían sobre la
Federación en Río Gallegos.
Así, libertad de prensa, de reunión y derecho a la huelga fueron algunos de los derechos
garantizados por el juez.
En consecuencia, los trabajadores de Santa Cruz establecieron una alianza táctica con el juez y
otras personalidades radicales en aras de oponerse al gobernador Correa Falcón y la Sociedad
Rural. La influencia de la organización obrera de Santa Cruz iba en el sentido de “ciudadanizar” los
reclamos de los trabajadores rurales y urbanos, procurando legitimar la intervención estatal en los
conflictos sindicales. A pesar de que en Santa Cruz los habitantes no tenían derecho a elegir a sus
autoridades ni a representantes para el parlamento nacional, la existencia de locales de reunión de
simpatizantes del partido radical contribuyó a afianzar la dimensión cívica e integradora de la
participación gremial, pues ofrecía utilidad para reducir el poder de facto de los latifundistas.

Conflictos sociales
Los conflictos más violentos entre los trabajadores y la patronal en Magallanes y Santa Cruz se
concentraron entre 1918 y 1921.
El período en cuestión se caracteriza por una serie de procesos económicos que dan cuenta de la
crisis del modelo latifundista de exportación de productos ganaderos y de economía de servicios
ligados al puerto.
La apertura de aduanas en Magallanes y la decisión del gobierno argentino de reinstalarlas en el sur
elevaron los costos de los productos básicos –importados en su gran mayoría de Europa- y
disminuyeron los salarios reales. Paralelamente, cuando Yrigoyen incorporó la Patagonia al sistema
impositivo nacional eliminando los privilegios de que gozaba, se acortaron más los márgenes de
ganancia del capital.
El incipiente proceso liderado por la Casa Rosada y La Moneda, tendiente a centralizar y nacionalizar
los circuitos comerciales y financieros, comenzó a amenazar el modus operandi de las inversiones
centradas en Punta Arenas. De esta manera, se contrajo el espacio de autonomía empresarial para
distribuir inversiones a ambos lados de la frontera. A esto se le sumó la caída de la demanda mundial
y del precio de la lana tras la finalización de la Primera Guerra Mundial y la temporada
extraordinariamente favorable para los abastecedores de los países beligerantes.
La reducción de las ganancias produjo una retracción general de la actividad en 1920 que se tradujo
en una caída del ya precario nivel de vida de los asalariados.
La crisis condujo a que se incrementara la explotación de los trabajadores rurales, debilitados por la
concentración de la propiedad, el monopolio comercial, la estacionalidad de la faena, las distancias
entre los centros urbano-portuarios y, en el caso de Santa Cruz, la fragilidad organizativa.

El único límite al incremento de la explotación de los trabajadores provenía de las organizaciones


sindicales, especialmente de la F.O.M.
A fines de 1918 comenzó una huelga general en Punta Arenas y en los frigoríficos reclamando una
jornada laboral de 8 horas y mejoras salariales.
El gobernador intervino para mediar en el conflicto, la detención de dirigentes de la F.O.M. y el
rechazo de sus reclamos por parte de los empresarios provocaron la interrupción de las
negociaciones. La F.O.M. continuó movilizando a sus afiliados para enfrentar la reacción patronal y
de las tropas armadas.
El 30 de diciembre efectuó un acto en Punta Arenas para solicitar la jornada de 8 horas de trabajo y
protestar por el incremento de los precios de los artículos de consumo. Esta situación derivó en
tumultos y enfrentamientos con los carabineros, que terminaron con la muerte de un obrero. La
situación se tornó más tensa y las partes volvieron a la negociación, que llegó a buen puerto el último
día del año.

Sin embargo, el choque social entre los trabajadores y los representantes del Estado y la patronal no
se redujo.

Los primeros días de 1919 el foco de disputa se trasladó a Puerto Bories.


Una discusión entre el administrador inglés del frigorífico y un dirigente sindical condujo a un tiroteo
en el que murieron tres carabineros y algunos obreros en las instalaciones. Los trabajadores coparon
el tren que los devolvía a Puerto Natales y una vez allí asaltaron varias casas comerciales en
búsqueda de armas. A lo largo de varios días los obreros del frigorífico fueron la autoridad de facto
en la localidad (el episodio fue posteriormente conocido como “la Comuna de Natales”).
El orden fue restaurado después de que la F.O.M. interviniera para mediar con el gobernador y que
la Cruz Roja asumiera interinamente el gobierno de Puerto Natales.
A mediados de enero de 1919 se accedió a las peticiones de la F.O.M., ofreciendo rebajas en los
precios de los artículos de consumo y alquileres. En la oportunidad fueron enviadas tropas del lado
argentino para sofocar el alzamiento en Natales
En julio de 1920 se desato el más grave de los sucesos del lado chileno.
La elección presidencial generaba por entonces una fuerte polarización política y social, la
incertidumbre sobre los guarismos electorales finales y, posteriormente, sobre si se reconocería la
victoria de Alessandri, generó una fuerte tirantez.
A la supuesta conspiración que patrocinaban los comunistas, los estudiantes universitarios, la
masonería y la F.O.CH., a partir de mediados de 1920 se le sumó un nuevo intrigante: el oro
proveniente de Lima.
Poco antes de las elecciones, el ministro de Guerra, Ladislao Errázuriz, ordenó la movilización de
tropas hacia el norte. En la mirada desplegada por el gobierno y la prensa conservadora de Santiago
y Punta Arenas, estudiantes, empleados públicos, politiqueros y miembros de las sociedades
secretas deseaban participar de honores y placeres organizada por Perú, Alessandri y los
anarquistas. Más allá de haber sido un ejercicio de distracción política tendiente a aglutinar a la
población detrás del gobierno y su derrotado candidato presidencial, el episodio generó una fuerte
corriente de exaltación nacionalista y chauvinista.
Esta convocatoria fue retomada en un sentido menos retórico en Santiago, donde fueron asaltadas
sedes sindicales y de la Federación estudiantil, considerados cómplices de la acción conspirativa
peruana. La ola represiva de 1920 logró silenciar a las voces más estridentes, obligó a Alessandri a
deshacerse de sus alianzas con estudiantes y obreros y redujo la oleada de huelgas. El clima
chauvinista encontró oídos receptivos en el extremo sur.
En Punta Arenas se produjeron manifestaciones nacionalistas de apoyo al gobierno y a la
movilización de tropas. En el acto de respaldo al gobierno organizado por la Liga Patriótica el 24 de
julio, se organizó una Guardia Blanca, destinada a “reprimir o suprimir las propagandas subversivas o
antipatrióticas” que limitaban la acción del gobierno.
Su convocatoria a resistir a la movilización de tropas al norte fue muy criticada por la prensa
conservadora, que expresaba que los “inmigrantes” no podían negarle al gobierno su derecho a
convocar a las fuerzas armadas. Los enfrentamientos se sucedieron de allí en adelante.
Manifestantes desfilaron por el frente de la F.O.M., vivando a Chile y amenazando a los obreros allí
reunidos. El 27 de julio por la madrugada un grupo de carabineros y oficiales de civil, junto con una
guardia blanca, asaltó el local de la F.O.M., allí asesinaron a tres obreros e incendiaron el local
gremial. La guardia blanca impidió a los bomberos extinguir el fuego hasta que quedara consumido
todo el edificio, en la misma noche fueron encarcelados casi todos los dirigentes gremiales y se
destruyeron las imprentas en las que se editaban las publicaciones sindicales.
El panorama del otro lado de la frontera mostraba algunas diferencias. Como se dijo, el arribo del
juez federal Ismael Viñas en 1919 rompió el acoso de la Federación y deshizo el mimetismo
automático entre los intereses de la administración pública y de los estancieros en Santa Cruz.
Contando tal apoyo, la Federación declaró una huelga rural en septiembre de 1920, luego secundada
por trabajadores portuarios y comerciales. Se trató de un movimiento reivindicativo tendiente a
obtener mejoras en las condiciones materiales de vida de los trabajadores.
Los propietarios, sin embargo, se mostraron remisos a conceder esas mejoras y el enfrentamiento se
profundizó hacia el final de 1920. Los estancieros reclamaron en Buenos Aires el envío de tropas de
línea para frenar los asaltos, preocupados porque el gobierno no había reprimido huelgas rurales en
otras regiones del país. Yrigoyen no deseaba sumar más descontentos entre los sectores
dominantes y comisionó a un viejo militar radical, el teniente coronel Héctor Varela, para que viajara
a Santa Cruz con el Regimiento 10 de Caballería a “pacificar” la región. Las tropas fueron bien
recibidas por los huelguistas, pues las consideraban garantía de que se respetarían sus derechos
ciudadanos, vulnerados por la patronal. En lugar de reprimir, Varela procuró retrotraer la situación al
estado anterior a la huelga, ofreciendo una suerte de amnistía para los que habían participado de las
tomas de estancias y avalando la firma de un acuerdo que fijó nuevas condiciones laborales, lo cual
fue vivido por los trabajadores como un triunfo. Fue la primera vez que una huelga en Santa Cruz no
terminaba con la cárcel o la expulsión de los implicados. Entre los estancieros, por el contrario, el
sentimiento fue el contrario, percibiendo que la autoridad máxima había respaldado a la “agitación
anarquista” antes que a los pioneers australes.

Los estancieros pretendieron recobrar el control de la situación y se mostraron reacios a cumplir el


convenio laboral firmado. La Sociedad Rural procuró obtener nuevos aliados para enfrentar el
desafío obrero, desplazado de la gobernación Correa Falcón, vigorizó sus lazos con las derechistas
Liga Patriótica Argentina y Asociación del Trabajo Libre. Los trabajadores respondieron con boicots a
los empresarios que incumplían el laudo, e intentaron lograr adhesiones de otros sectores sociales.
Pero los dirigentes de la Federación no pudieron ni supieron evitar las provocaciones lanzadas por
los estancieros y la policía. Tras la presión de los propietarios, el gobernador interino de Santa Cruz
ordenó la detención preventiva y la remisión a Buenos Aires de militantes sindicales en la primavera
de 1921.

La Federación Obrera de Río Gallegos volvió a declarar la huelga exigiendo la libertad de esos
detenidos. Las formas de movilización usadas en la ocasión fueron las mismas de la huelga anterior:
asalto a estancias, violencia contra los rompehuelgas, toma de rehenes, secuestro de ganado, etc.
Los diarios de Punta Arenas le reclamaban a “La Moneda” el envío de refuerzos, previendo que la
F.O.M. se sumase a la “revuelta”. La acción de los trabajadores pasó de los puertos a las zonas
rurales, donde la policía no podía controlar los movimientos de los dirigentes: confiaban en que el
retorno del Ejército sería la garantía de un nuevo acuerdo justo y de resguardo frente a las
arbitrariedades patronales.
Al gobierno de Yrigoyen se le presentaba la disyuntiva de elegir entre los propietarios ganaderos a
los que estaba enfrentado políticamente y un movimiento obrero al que no podía controlar.

La gravedad de la situación y las presiones de la Sociedad Rural de Río Gallegos y de las


legaciones extranjeras motivaron a Yrigoyen a enviar nuevamente al teniente coronel Varela. Éste y
trescientos hombres fueron embarcados a fines de 1921 con rumbo a Santa Cruz. La Federación de
Río Gallegos había quedado políticamente aislada, acosada simultáneamente por las autoridades
políticas y la patronal.
Al llegar a Santa Cruz, Varela, inició una guerra sin cuartel contra los trabajadores y su organización
gremial. La Sociedad Rural de Río Gallegos, la Liga Patriótica Argentina, hacendados y comerciantes
locales aportaron caballada, automóviles, alimentos, combustibles y logística. Confiando en que iba a
producirse un acuerdo como en la huelga anterior, los trabajadores se entregaron sin resistirse, salvo
un enfrentamiento con tropas que se desplazaban en el tren a Puerto Deseado. Tres columnas
armadas aplicaron de facto la ley marcial para acabar con la huelga: a lo largo de dos meses fueron
ejecutados entre 300 y 400 trabajadores y detenidos otros cientos de huelguistas a un lado y otro de
la frontera.
Conclusiones
Los conflictos sociales desatados en la posguerra en la Patagonia austral terminaron con un claro
triunfo de los grandes empresarios sobre las organizaciones de trabajadores.
Con el incendio del local de la F.O.M. en julio de 1920 los capitalistas australes vivieron una
sensación de liberación, mientras que para los sindicatos resultó un durísimo golpe que abrió las
puertas para un “saneamiento” del Territorio, acorde a las necesidades de las grandes casas
comerciales.
Se eliminó cualquier vestigio de organización gremial y se silenció tanto a la prensa sindical como a
la moderada. Listas negras, detenciones y deportaciones completan el panorama social de
Magallanes.
Del otro lado de la frontera, los fusilamientos en el verano de 1921 le permitieron a la Sociedad Rural
fijar un nuevo escalafón salarial 50% menor al acordado en el laudo del año anterior.
Las consecuencias sociales a largo plazo fueron evidentes: no se reorganizó una agrupación sindical
sino hasta 1932 y no volvieron a firmarse convenios laborales en Santa Cruz hasta los tiempos
peronistas. Este triunfo obedecía a una correlación de fuerzas que terminó aislando a las
organizaciones sindicales de otros sectores sociales y políticos.
Así, la feroz represión dirigida por el teniente coronel Varela en Santa Cruz fue posible gracias a que
autoridades y figuras de origen radical estaban ausentes del Territorio y que desapareció la
contención y moderación que habían mostrado Viñas y Borrero.
En el caso de Magallanes, la intensidad represiva se hizo posible en una coyuntura en la que el
movimiento obrero a nivel nacional fue recortado, acordonado y perseguido como supuesto cómplice
de una invasión peruana. En ese contexto, la “guerra de don Ladislao” permitió efectuar una
coercitiva llamada al orden social, que incluía especialmente a los seguidores de Alessandri.
La F.O.M. exigió la formación de una Cámara del Trabajo local, en la que participó, a pesar de que el
liderazgo sindical estaba en manos anarquistas. Lo propio hizo la Federación santacruceña con la
serie de garantías que les ofreció la llegada del juez Ismael Viñas desde 1918.
Es claro que del lado argentino las vinculaciones entre la organización sindical y el aparato estatal se
basaban en lazos y simpatías personales y en el común deseo de dejar de lado al socialismo,
mientras que en el flanco chileno predominaban las relaciones institucionales.
En un marco de colaboración estratégica, las organizaciones sindicales se presentaban a sí mismas
como defensoras no sólo de los intereses de la clase trabajadora, sino de la ciudadanía toda.
Lo que también aparece como conclusión es que este proceso de aprendizaje social y político, fue
abortado violentamente por la reacción combinada de los grandes empresarios y las cúpulas políticas
en un momento de marcada tensión social.