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Para mis amados hijos: Felipe y Gustavo

Parte I

El ángel perfecto
CAPÍTULO I

La luz y la serpiente

Antes del tiempo existía la eternidad. Y, al final, será todo lo que quedará. Pues la
eternidad es el tiempo del Dios único. Su esencia y su morada.
Y, en el vacío y la oscuridad eternos, Dios conocía el Bien y el Mal. No como lo
conocieron sus hijos después de él, sino en la forma más pura y poderosa que esas dos fuerzas
jamás tuvieron, guerreando en el interior del Señor para liberarse la una de la otra.
El destino del universo, que todavía no había sido creado, fue decidido en esa batalla
primordial cuando, finalmente, el Bien se mostró más fuerte y prevaleció. Así, Dios arrancó al
Mal de dentro de sí y lo aprisionó firmemente en su mano izquierda para que no se escapase
jamás. Una sombra irracional de odio y desesperación, debilitada por la separación y humillada
por la derrota, serpenteando entre los dedos de Dios con un único deseo. Venganza.
Libre del Mal, Dios creció en poder y amor. Pero, no había nada que él pudiera amar.
Entonces, él irguió su mano derecha y de ella se hizo la luz. Una claridad tan intensa que los ojos
del Señor se cerraron. Era el nacimiento del tiempo como lo conocemos. Porque la luz, que
debería ser eterna, se serenó. Y, en su pequeño punto de origen, sobre la descomunal palma de la
mano derecha del Señor, ahora estaba la más linda criaturita. Tan perfecta como el mismísimo
Creador. Un delicado bebé, de finos cabellos negros y envuelto en una suave luz propia. A
imagen y semejanza de su Padre todopoderoso, a excepción del par de delicadas alas en su
espalda, con plumas de un blanco tan vívido que parecían brillar.
El pequeño ser abrió los ojos con una sonrisa de puro amor y vio a Dios llorar de alegría.
Una alegría que él no imaginaba posible. Tomado por el inédito sentimiento, el Señor profirió sus
primeras palabras, revelándole su santo nombre al amado hijo.
Con el corazón inundado por la gracia de Dios, el bebé movió sus diminutas alas por
primera vez y voló. Se disparaba, rodaba, subía y bajaba en una danza frenética de felicidad.
Repetía sin parar el nombre del Señor, en una alabanza de amor incuestionable. Deseaba volar
para siempre alrededor de su Dios.
Y voló y voló, mientras el tiempo pasaba y él maduraba, el bebé se fue transformando en
un niño. Para Dios, era como mirarse a él mismo en el niño.
Sobrevolando la inmensidad del Señor, repentinamente, el joven alado experimentó un
sentimiento diferente al del amor, todo lo que conocía hasta entonces. Una sombra oscura y
opresiva descendió como un manto sobre él.
Al levantar la mirada, percibió, a una distancia inmensurable, una de las enormes manos
de Dios que sostenía a un espíritu negro que se sacudía y vibraba en una lucha sin tregua para
liberarse.
El niño se quedó allí, parado, flotando inerte en el limbo, con una mezcla de sorpresa y
extraña fascinación por aquella forma obscena.
—Esa es la bestia que habitaba dentro de mí—reveló Dios. —No le temas, porque no
permitiré que te haga mal.
—¿Cómo puede ser que un ser tan horrendo haya existido en el seno del Creador que solo
es bondad, razón y belleza?
—La naturaleza de Dios es un misterio que está mucho más allá de tu comprensión.
—Sí, mi Señor—dijo el joven, agachando la cabeza. —Solo lo pregunté por el amor y
preocupación que tengo por el Todopoderoso.
—Recuerda, hijo mío. Además de mi perfección, te di la sabiduría. Úsala para reconocer y
develar el Mal, si algún día este se insinúa en tu corazón o se aventura de lejos para alcanzarte.
Pues más grandes son las fuerzas del amor y del conocimiento. Contra ellas, nada pueden la furia
y el salvajismo.
El niño asintió y agradeció por las dádivas del Señor. Pero, al presenciar el Mal, perdió la
inocencia y sintió vergüenza por estar desnudo. Al darse cuenta de eso, el Creador le proveyó un
manto negro, de tejido suave y resistente, para que vistiera.
Entonces, Dios movió su brazo izquierdo fuera de la vista del niño. Este retomó su vuelo
alrededor del Señor, mientras crecía para convertirse en un adulto en el ápice de su poder,
inteligencia y belleza. Y, satisfecho con su creación, Dios le regaló un nombre.
—Yo te bautizo con el nombre de Samael, el hijo más amado.
Fue la vez de Samael de llorar lágrimas de felicidad. Se sintió orgulloso y agradecido con
su padre.
—Eres tan glorioso y estupendo, mi dulce Samael, que decidí crear a otros como tú. Serán
a tu imagen, pero, diferentes. Porque tú siempre serás mi favorito y el único que comparta
conmigo el don de la perfección. Llamaré ángeles a tu raza, los Eolel o heraldos del Señor. Y
serán bendecidos a compartir contigo la eternidad al lado de mí.
—Sagrado sea el Señor—dijo Samael, con una reverencia.
Y Dios extendió la mano derecha y, con un único movimiento de cabeza hizo surgir una
ciudad plateada y luminosa, tan gigantesca que llenó el vacío que existía debajo de él.
—Esa será la morada de los ángeles. El primer cielo—anunció Dios. —Toda la creación
existirá debajo de él. Sobre él, solo estará el Señor.
Y Samael voló hasta la ciudad plateada. Sus murallas irradiaban una luz suave y
agradable. Y Samael pasó por el gran portón principal y se deparó con vastos corredores y
altísimos recintos de paredes desnudas y luminosas. No había escaleras, porque los seres alados
no las necesitaban. La majestad de la construcción se expresaba en números. Había veinticinco
millones de aposentos; seiscientos noventa y tres mi salones de distintas formas y tamaños;
cuatrocientos veintiún mil depósitos; ciento treinta y siete mil talleres de trabajo; catorce mil
plazas; trece mil torres ordinarias; ciento seis mil forjas; cuatro mil quinientas herboristerías;
ciento noventa y nueve atelieres; ciento setenta y un conservatorios; setenta y cuatro galerías;
doce prefecturas; y un palacio central, en donde brotaba la gigantesca Torre de la Alianza, con su
cima ornamentada por siete grandes y misteriosos sellos de pura energía.
Samael se arrodilló, admirado con la obra del Señor.
—Levántate, querido hijo. Todavía queda mucho por ver—dijo Dios.
Y Samael voló más allá de los límites de la ciudad y, aturdido, vislumbró la existencia de
otros tres planos, o cielos, abajo del primero. Uno sobre el otro, sus dimensiones eran tan vastas
como las de la ciudad. El segundo cielo era una planicie de lindos campos verdosos y lagos de
aguas límpidas y tranquilas. El tercer cielo, un desierto de arenas blancas y suaves, con brisas
frescas y oasis ricos en frutos y agua. El cuarto cielo, un mosaico de incontables desfiladeros y
montañas de impresionante belleza y armonía, de bosques densos y cerrados y temperaturas
bajas, pero, no por eso, menos agradables.
Maravillado, Samael regresó hasta Dios, que lo esperaba, flotando sobre la magnífica
ciudad plateada. Y, de la mano derecha del Todopoderoso, surgió el segundo ángel. Y a él, Dios
le dio el nombre de Gabriel, aquel de la voz más bella. Gabriel era un bebé alado, desprovisto de
la luminiscencia natural de Samael, pero, casi tan lindo y perfecto como él, solo su cabello se
presentaba como una imberbe pelusa dorada en vez de ser negros como los de su hermano.
Y Gabriel levantó vuelo, cantando con la más suave de las voces, lindos versos de
alabanza al Señor que resonaron por los cuatro rincones de la creación. Después de Gabriel
vinieron Nathanael, Camael y Matraton. El último, un ángel calvo y de ojos rojos como el fuego.
Todos, variaciones del molde original, el primogénito Samael. Sin embargo, cada nuevo ángel
que surgía se alejaba un poco más de la perfección de Samael. Pero, no por eso, dejaban de ser
menos esplendorosos.
—Ahora, reposa sobre tus hombros una terrible responsabilidad, mi Samael—dijo Dios.
—Te cabe a ti liderar e instruir a tus hermanos como ángeles del Señor. Tus enseñanzas serán
pasadas por ellos a la próxima generación y de esta a la próxima y así por delante.
—¿Cómo puedo enseñar si todavía tengo tanto por aprender, Padre?
—Con la sabiduría que te di. Ella te guiará en los momentos difíciles. Llegó el momento
de que utilices todo tu potencial, mi amado hijo. No te creé solo para adorarme, sino,
principalmente, para que tú alces vuelo con tus propias alas.
—No voy a decepcionarlo, mi Señor—dijo Samael, orgulloso de la confianza de Dios,
aunque fuera difícil de disfrazar la ansiedad en su voz.
—Cuida bien a tus hermanos.
Samael partió con los cuatro bebés hacia la ciudad plateada, mientras Dios se iba hacia las
alturas, fuera del alcance de sus ojos. La primera tarea de Samael fue encontrar habitaciones para
sus hermanos. Al ser tan pequeños, Samael decidió mantenerlos en un mismo aposento. Y ese fue
el primero de sus problemas. Pues, al contrario de Samael, hasta entonces tan acostumbrado a
reposar sobre el cuerpo del Señor, los angelitos necesitarían de otro tipo de soporte para dormir, y
el piso no le parecía la mejor opción. Imposibilitado de recurrir a Dios para pedirle ayuda,
Samael forzó su mente buscando una solución. Su fuerza creativa, nunca antes utilizada, demoró
un poco en funcionar. Pero, de repente, le surgió una imagen.
—Espérenme por aquí—les dijo a los bebés. —Ya regreso.
Samael voló en dirección al cuarto cielo, el de los bosques bellos y fríos. Del más grande
de los bosques, extrajo, con una sola mano, un árbol de tronco grueso y raíces profundas. Lo
apoyó en el suelo y empezó a arrancarle las ramas con espantosa agilidad. Y cargó con el pesado
tronco desnudo de vuelta a la ciudad.
Actuando casi sin pensar, como conducido por una misteriosa fuerza interior, Samael
depositó el inmenso tronco en el entarimado de uno de los talleres de trabajo. Podía escavar la
madera con sus propios dedos, pero, de alguna forma, aquello le pareció contraproducente.
Entonces, decidió hacer otra visita al cuarto cielo.
Samael escudriñó aquellas tierras con sus ojos angélicos, hasta que estos se detuvieron en
una de las montañas. Se precipitó velozmente, entrando de cabeza por la pared sur de la montaña,
atravesando las varias capas de roca sólida y saliendo por la base norte del pico. Arremetió hacia
la ciudad, llevando en sus manos un macizo pedazo de bronce, de seis veces el tamaño de su
puño.
Samael descendió a una de las forjas. Él, que llevaba dentro de sí la llama primordial del
universo, hizo crecer, por un momento, la luminiscencia de su cuerpo y, de su mano izquierda,
emanó una intensa llama con la que encendió una de las piras. Usando el calor y sus propios
puños para martillar el metal, Samael forjó la primera hoja, afinándola con las uñas.
La utilizó para esculpir un cabo de la madera del tronco, en la medida cierta para afinarlo
con la lámina. Así, Samael acababa de crear la primera hacha. Con ella, fue mucho más práctico
extraer de la madera otro cabo. Y, de nuevo en la forja, aprovechó lo que le quedaba del bronce
para construir un martillo.
Las nuevas herramientas le permitieron manufacturar los clavos y las tablillas de madera
con los que construyó cuatro pequeñas camas. Los ángeles quedaron maravillados cuando las
vieron. En ellas, durmieron agradecidos y con placer. Entonces, Samael montó una cama para él,
para descansar cerca de sus hermanitos y cuidarlos durante el sueño.
Samael había vencido su primera prueba real frente a los ojos de Dios. La criatura había
probado que también era capaz de crear. Con entusiasmo, se entregó a la tarea de educar a
aquellos pequeños seres, los que, a su vez, se mostraron como rápidos y dedicados aprendices.
Samael comenzó por los cuatro cielos. Les mostró a sus hermanos las distintas
instalaciones de la ciudad plateada. Los llevó a bañarse en las aguas celestiales del segundo cielo;
probaron los frutos incomparables del tercero; y exploraron los territorios del cuarto. En este
último, Samael buscó entrenarles los ojos angélicos para que examinaran dentro de las rocas en
busca de yacimientos minerales que pudiesen serles útiles.
A medida que las lecciones proseguían y sus hermanos crecían, Samael estuvo
profundamente sorprendido con las diferencias que emergían entre ellos, las que iban mucho más
allá de las diferencias físicas. Él jamás esperó que ellos se distinguieran en el nivel de la
personalidad.
Gabriel se reveló como el más sabio y calmado de ellos. Nathanael, el más divertido y
esforzado en aprender, Camael, el de las preguntas difíciles y perspicaces. Y Matraton, a pesar de
cumplir impecablemente sus deberes, siempre callado y distante.
Al hacerse adolescentes, Samael los convocó para el único salón hasta entonces
amoblado, con no más que una mesa de estudios y cinco sillas. Ellos tomaron asiento para la
lección que cambiaría todo.
—¿Qué es eso, maestro Lucifer? —preguntó Camael, señalando las cuatro piezas de
tejido cuidadosamente dobladas sobre la mesa, llamando a Samael por el nombre que le habían
dado en señal de respeto, Lucifer, el portador de la sagrada luz.
—Esas son ropas que tejí para ustedes—les dijo Samael.
Los ángeles se extrañaron, porque no veían nada de errado en su desnudez, aunque
Samael estuviera siempre vestido con su manto negro, lo que ellos tomaban como una mera
distinción de Dios para con su primogénito.
—Están hechas con la seda de los «bichos del árbol» existentes en el cuarto cielo—
explicó Samael. —Van a necesitarlas a partir de hoy.
Los ángeles se miraron entre ellos. Incluso Matraton mostró cierta curiosidad.
—Les enseñaré la manera correcta de alabar al Señor—rememoró Samael. —Cómo
buscar reposo en el segundo cielo, comida en el tercero y recursos en el cuarto. Les mostré cómo
hacer herramientas y, con ellas, resolver sus necesidades. Probaron eso construyendo las sillas
que usamos y la mesa a la cual nos sentamos. Nada más me resta instruirlos a no ser en el Mal.
—¿Mal? —repitió Gabriel, sintiendo que le pesaba el corazón con solo pronunciar esa
palabra.
—Vistan sus ropas y les mostraré—dijo Samael, poniéndose de pie.
Aunque, al principio, un poco desacostumbrados con las piezas, cada ángel vistió su
manto, todos de un blanco tan puro que tocaba lo sagrado. Samael voló, acompañado por sus
hermanos.
Los muchachos temblaron de pavor frente a la bestia en la mano izquierda de Dios. Ellos
se sintieron agradecidos con su maestro por haberles proporcionado ropa para esconder sus
vergüenzas. Samael, a su vez, estaba aturdido.
La bestia, se comportaba diferente de antes; ya no era irracional, ahora se movía de forma
subrepticia, como si acechase a una presa. Eso le permitió a Samael una visión más clara de todo
su fascinante horror. El ser sombrío poseía un cuerpo anillado y una horrible cara de ojos sin
órbitas, dotada de una boca deforme con largos y afilados colmillos. Se volvió para Samael y los
angelitos como si quisiera devorarlos.
—La bestia adquirió autoconsciencia desde la última vez que nos vimos—explicó Dios,
frente a la interrogación estampada en el rostro de su primogénito. —Ahora se llama a sí mismo
con el nombre de Mefistófeles.
—¿Qué es lo que busca? —preguntó Camael.
—Destrucción—respondió el Señor. —Su meta es exterminar la creación.
—Maldita sea la bestia—vociferó Nathanael, y los demás estuvieron de acuerdo.
Mefistófeles se rio de ellos y exhibió sus mandíbulas en un grito animalesco de odio y
desprecio que recorrió toda la creación y le heló la sangre a Samael. Pero este se rehusó a temer
al enemigo. Especialmente, en presencia de su padre.
—Observen como el Mal es inofensivo frente al poder de Dios—les dijo Samael a los
jóvenes. —Aprendan a reconocer la inmundicia y la perfidia de las tinieblas. Y recuerden que
nosotros somos ángeles. Criaturas de luz y vida. Existimos para negar y combatir la oscuridad y
la muerte.
—Amén—clamaron al unísono los muchachos, alejando el miedo de dentro de ellos.
—La hora ha llegado—dijo Dios, alejando su mano izquierda para lejos de los ojos y
acercando la derecha. La abrió y de su mano volaron veinte ángeles bebés. Ellos rodearon a
Samael y a sus aprendices. —Para cada uno de ustedes, hay cinco nuevos ángeles que necesitan
ser enseñados. Actúen rápido, porque vendrán muchos otros.
—Sí, mi Señor—dijo Samael, inclinándose. Y se volvió hacia los otros. —Vamos.
Los cuatro aprendices asintieron y partieron con Samael, escoltando a los recién nacidos
hacia la ciudad plateada. Samael vio a sus aprendices convertirse en adultos, mientras los bebés
se hacían niños. Aunque eran ligeramente más lentos para aprender que los de la generación
anterior, Samael y sus asistentes le entregaron a Dios, en el plazo convenido, veinte nuevos
aprendices ya entrenados. El Señor les confió entonces ciento veinticinco nuevos bebés. Y esa
generación fue más lenta que la anterior y, así, sucesivamente, hasta que, después de los primeros
mil quinientos ángeles, los niveles de imperfección se estabilizaron.
Todos los ángeles que surgieron a partir de ahí, mostraban capacidades físicas e
intelectuales muy semejantes entre sí. Pero, eran marcadamente inferiores a los serafines o
Líderes, casta organizada por Samael para reunir a los primeros mil quinientos y comandar a los
querubines o zánganos, casta inferior que aglutinaba a los demás.
Sobre esa primitiva jerarquía, Samael erigió la estructura administrativa primordial de los
cuatro cielos, la que evolucionaría mucho con la experiencia y el creciente número de ángeles. La
población angélica era de seiscientos sesenta mil cuando comenzaron a aparecer, para espanto
general, las primeras mujeres. Al principio, solo un puñado de ellas, luego, se convertirían en la
mayoría de las nuevas generaciones que iban surgiendo.
Frente a este acontecimiento inusitado, Samael fue a hablar con el Señor.
—Padre mío, ¿qué son esas extrañas criaturas que nos envía? —preguntó Samael.
—Las elegí para que sean sus compañeras—respondió Dios. —Trátalas con el debido
respeto que merece cualquier ángel.
—Pero ellas parecen tan frágiles...
—¡Te equivocas! —Se irritó Dios. —¡Haz lo que te digo! ¡Sin cuestionamientos!
—Perdóname, mi Dios. Solo buscaba entender para servirte mejor.
—El entendimiento no es necesario. Solo la obediencia.
Samael agachó la cabeza.
—De ahora en adelante, solo vendrás ante mi presencia si y cuando seas convocado—dijo
Dios, consternando a su primogénito. —Hay muchos de ustedes ahora y tengo demasiado trabajo
frente a mí. ... ¿Lo entiendes?
—Sí...mi Señor—mintió Samael. No lo comprendía.
—Ahora vete, hijo mío. Y continúa cuidando de la creación en mi nombre.
Samael se fue a su trono en el gran salón de la ciudad plateada. Las lágrimas caían de sus
ojos. Se sentía amargado y herido.
¿Cómo Dios no tenía más tiempo para él, si durante una eternidad solo habían sido ellos
dos? Precisamente, los días más felices de su existencia. Samael había servido y amado al creador
incondicionalmente. Dios era todo para él, pero, claramente, descubrió que él no bastaba para
Dios. Su corazón estaba tomado por los celos. Para con todo y todos. Y ese era el camino del
Mal.
CAPÍTULO II

Serafines y querubines

Desde lo alto de una de las raras colinas del segundo cielo, los ángeles Miguel y Ravel se
entretenían en un juego muy popular entre su pueblo.
—Buen tiro—dijo Miguel, cambiando su ala cansada por la otra para continuar
protegiéndose de la lluvia que bañaba suavemente las planicies a su alrededor. —Estás cada vez
más rápido. Pronto, tendrás que buscar un oponente más habilidoso que yo.
—La ciudad plateada perderá su belleza antes que eso pase, viejo amigo—se rio Ravel,
manteniendo también una de sus alas sobre la cabeza. —Eres un maestro en el Gaborah. Todo lo
que hago es esforzarme para acompañarte.
La trágica amistad de Miguel y Ravel, motivo de incontables canciones y versos angélicos
hasta el final de los tiempos, fue particularmente extraordinaria por involucrar a un serafín y a un
querubín en aquellos primordios. Pues, por entonces, era común que los miembros de esas dos
castas no se involucraran fuera del trabajo. La única excepción obvia era entre los machos y las
hembras, ya que todas ellas habían nacido querubines y habían sido tomadas como compañeras
tanto por los serafines como por los querubines machos. Pero no por todos. Miguel era uno de los
que se había negado. A diferencia de su buen amigo Ravel, que se había casado con Azazel, la
más bella entre las hembras, deseada por serafines y codiciada por los príncipes de la ciudad
plateada, excepto por Matraton, siempre solo y encerrado en sí mismo. Pero, Azazel tenía un
espíritu independiente y su corazón libre solo se lo entregó a aquel que deseó. Ravel, de sonrisa
amplia y cálida, que amó a Azazel desde el momento en que la vio y fue pegado por sorpresa al
ser correspondido por tan deslumbrante criatura. Porque Azazel tenía los ojos azules como las
cristalinas aguas de Tamberiam, el más grande de los oasis del tercer cielo. Y su cabello era de un
dorado superior incluso al de las ricas vetas de oro de las Gorthnens, las minas profundas,
conjunto de infinitos túneles escavados en el rocoso y polvoriento valle Gorth, acantilado
divisorio entre los montes Minarath y Krull, las dos columnas negras que se erguían en el
extremo sur del cuarto cielo.
Todos los nombres, para todas las cosas y lugares conocidos, habían sido dados por
Samael, Estrella de la mañana, según la lengua angélica y los designios de Dios. El príncipe
Samael había bautizado incluso a los ángeles, cuando comenzó la tercera generación de serafines.
Pero algunos nombres, los ángeles trataron de crearlos por sí mismos. Como el del
Gaborah, el juego de mente, concebido por Nathanael para la diversión de sus subordinados en
los intervalos entre las tareas, el que después se difundió por los dominios celestiales.
Las piezas usadas en el Gaborah se resumían, en realidad, a una de las muchas pequeñas
especies de animales que habían surgido, recientemente, en los tres planos abajo de la ciudad
plateada. Su aparición provocó gran sorpresa y conmoción entre los heraldos del Señor. Samael
los llamó insectos, Asharemn o pequeños desconfiados, siempre buscando refugio y seguridad en
las sombras de la vegetación o debajo de la tierra. No es que tuvieran algo que temer de los
ángeles, que los amaban como a las demás creaciones de Dios. Pero era la naturaleza tímida de
los propios insectos que se mostraban bellos y desprovistos de aguijones, veneno o habilidad de
volar. Pues el Mal, que tentaría a todas las criaturas buscando someterlas, todavía no se había
abatido sobre ellos.
Por eso, en aquellos tiempos de paz aparentemente eterna, los ángeles todavía usaban,
cariñosamente, a los insectos como parte de sus juegos, y el Gaborah era el más célebre de ellos,
por sus reglas simples, pero, desafiantes. Usando el poder de su mente, cada jugador hacía levitar
del suelo un conjunto de nueve escarabajos de un respectivo color, generalmente negro o gris.
Aquel cuya mente formara primero en el aire, con su conjunto, una figura tridimensional, obtenía
la victoria. El juego combinaba disciplina mental y creatividad, porque jamás se podía repetir una
figura hecha por sí mismo o por el adversario. Para tanto, no se contaba solo con la partida actual,
sino con todas las disputadas por un ángel. No existía riesgo de hacer trampa porque los ángeles
no se trampean. Ese problema solo surgió más tarde, cuando otros empezaron a practicar el
Gaborah.
Miguel y Ravel estaban por iniciar una nueva partida, cuando un mensajero llegó en un
aleteo, un querubín portando el estandarte de Samael, un fondo negro desapareciendo bajo
incontables rayos de luz blanca que explotaba en su centro.
—Miguel, serafín de la vigésima octava orden, los cinco de la ciudad plateada lo
convocan a comparecer frente al gran salón—anunció el mensajero.
—Me temo que tendremos que continuar nuestro juego más tarde, hermano— le dijo
Miguel a Ravel con una sonrisa. Una sonrisa que disfrazaba su ansiedad ante la magnitud de
aquel llamado.
Ravel asintió con la cabeza, despidiéndose de Miguel, que partió tras el mensajero.
Preocupado por su amigo, pero sin nada que pudiera hacer, y cuando le quedaban todavía seis
ciclos antes de necesitar volver al trabajo en las forjas de Tormel’ab, en el distrito sur del primer
cielo, Ravel voló hasta el extremo este del segundo cielo. Allá, el sinuoso Iamujj desembocaba en
la vastedad de la Oerpeb, la laguna elíptica, marcada por la diminuta y solitaria isla que Samael
bautizó Iarth Analel, cuna verde, debido a su césped brillante y perfumado. Pero la que había
pasado a ser conocida como Moen Atpeb, altar de las aguas, después de que Ravel y Azazel la
eligieron para la celebración de su matrimonio.
Para los ángeles, el casamiento era una ceremonia restricta a los novios, que
intercambiaban juramentos de unión eterna frente a Dios como único testigo. Por ese motivo,
Azazel amaba aquella pequeña isla más que a cualquier otro lugar y pasaba en ella buena parte de
su tiempo, generalmente, reproduciendo en telas los paisajes encantadores que se descortinaban a
su alrededor. Un trabajo capaz de extenderse por toda la eternidad, porque eran incontables los
matices de luz que centelleaban por el césped insular e infinitas las combinaciones de colores que
adornaban las límpidas aguas del Oerpeb. Cada cual implorando para ser inmortalizada por los
diferentes pigmentos creados por Azazel, cuidadosamente extraídos de diferentes tipos de flores y
troncos de árboles, como tinta para sus pinturas.
De ahí, la certeza de Ravel de que encontraría a su esposa frente a su caballete montado
en la Moen Atpeb, con la paleta en las manos y el pincel que él mismo había esculpido para ella.
Porque Ravel era tan habilidoso en darle forma a la madera como al metal.
Azazel estaba absorta en su arte cuando el marido la arrebató. Se amaban tanto que las
palabras se hicieron innecesarias en esas ocasiones. Sus bocas preferían ocuparse en besos
ardientes, dejando toda la conversación para el baile sensual de los cuerpos. Desasiéndose
rápidamente de sus mantos blancos, marido y mujer rodaron desnudos sobre el césped, en un
enroscar de brazos, piernas y alas, que se hizo más intenso al unirse de forma apasionada y
profunda.
Azazel gemía y jadeaba al ritmo acompasado de Ravel. Enloquecida de placer y, al mismo
tiempo, deseando escapar, Azazel buscaba escaparse de aquellos poderosos brazos. Pero, Ravel
conocía demasiado bien a su esposa y la sostenía firmemente por las muñecas.
Todo lo que Azazel consiguió fue girar su cuerpo sobre el de él y terminó sentada en
aquel regazo incansable. En su dulce agonía, ella aleteaba, intentando alzar vuelo hacía el
firmamento. Ravel, a su vez, se anticipaba a cada uno de sus movimientos. La sostenía
firmemente por la cintura, manteniéndose juntos como si fueran uno solo. Las alas de él
empezaron a acompañar el ritmo de las de ella. Levantaron vuelo en una danza de amor que se
daba sobre la forma de giros y piruetas, tan elevados que la Moen Atpeb quedó reducida a un
minúsculo puntito verde, perdida en la cuchara de agua azul, en el que, antiguamente, se había
transformado la laguna Elíptica.
Por fin, Azazel se deshizo en un inigualable placer, todo su ser se contrajo, de la cabeza a
los pies, de la punta de los pezones a las extremidades de sus alas. Vencida y saciada, se quedó
inmóvil en los brazos de Ravel, que planeó cariñosamente con ella de vuelta hacia el suave
césped del Moen Atpeb. La recostó de espaldas sobre aquella alfombra verde y retomó sus
movimientos de cintura que homenajeaban la belleza y hermosura de Azazel. Él alcanzó un ápice
inolvidable en el interior de la más bella criatura que el universo jamás conoció.
Entonces, la locura del deseo recíproco dio lugar al intercambio de caricias y besos suaves
entre los dos ángeles desnudos que amaban a Dios por sobre todas las cosas, pero sabían celebrar
la dádiva de su creador como ninguna otra pareja, en aquel pequeño rincón particular en el
segundo cielo.

El mensajero se adentró en el gran salón, anunciando la presencia del serafín Miguel a los
cuatro príncipes sentados en sus tronos de oro ornamentados con magníficas joyas. El quinto
trono, más grande y más imponente, central en relación con los demás, se encontraba vacío.
Había algo en él que perturbó a Miguel. Un cierto orgullo que parecía celebrarse a sí mismo en
vez de a la gloria de Dios.
Miguel buscó alejar tal pensamiento, porque era indigno imaginar que algún ángel
alimentaría orgullo en sí mismo en detrimento del Señor. Todavía más, en aquel lugar bendecido.
El gran salón fue erigido por el creador, precisamente, para celebrar la alianza con sus
hijos. Incluso los cinco jamás dejaron de impresionarse con la belleza y las dimensiones del
recinto, inigualables bajo cualquier padrón conocido. Sus columnas de ardosia negra eran las más
altas y su piso de ónice blanco, el más reluciente de la ciudad plateada.
Aquella era la primera visita de Miguel más allá de los inmensos portones blancos,
entallados de arriba a abajo con palabras de alabanza al Todopoderoso. No era de extrañarse, por
lo tanto, su estupor y admiración frente a tamaño esplendor.
—Sea bienvenido, Miguel—dijo Nathanael, con una sonrisa tan tierna como
característica.
Miguel se inclinó en una respetuosa reverencia.
—¿Qué es lo que los Primeros desean de este humilde siervo de Dios Todopoderoso? —
preguntó Miguel, previendo, en su interior, el motivo de aquella convocatoria.
—Explicaciones—se pronunció Camael, con severidad. —Explicaciones de por qué un
serafín se niega a obedecer los planes del Señor.
—Y todavía más grave—enmendó Gabriel. —Incitar a los demás a seguirlo en su error.
—Si vuestras excelencias se refieren al movimiento que inicié, les aseguro que no incurro
en error alguno.
Gabriel levantó una ceja en desacuerdo. Camael tenía una expresión de genuina
curiosidad. Nathanael exhibía su usual disconformidad con el que le escapaba a la rutina.
Matraton, como de costumbre, se mostraba desinteresado. Su rostro, una máscara fría e
indiferente frente al mundo exterior. Una barrera infranqueable para los pensamientos que se
guardaba solo para él mismo.
—¿No incurre en ningún error? —Se irritó Gabriel. —El creador nos mandó a las
hembras para que las hiciéramos nuestras compañeras. Su «movimiento» es una negación directa
a ese precepto divino.
—Y levanta dudas e incertidumbre—completó Camael. —Por sus acciones, los
matrimonios que habían sido celebrados, no fueron consumados o se disolvieron. Los pocos
ángeles que todavía no habían tomado un compañero o compañera, ahora, se rehúsan a hacerlo.
—Comprendo sus inquietudes, mis señores. Pero jamás, en ningún momento, negaría un
precepto divino. Ningún ángel haría eso—se defendió Miguel. —Al contrario de los Cinco,
creados para reinar en nombre del Padre, al resto de nosotros les fue concebida la gracia de
escoger nuestro trabajo según nuestras aptitudes y nuestros amigos más cercanos según nuestras
afinidades.
—Para eso, Dios le dio a cada ángel una personalidad—agregó Nathanael, con la
espontaneidad que le era peculiar.
—Exacto, mi príncipe—dijo Miguel. —Entonces, me pregunté, ¿por qué Dios no nos
concedería la misma gracia en cuanto a la ley del matrimonio?
Se podía ver la discordancia en las miradas de los príncipes. Excepto en la de Matraton,
vacía y ausente.
—Porque no le cabe a un ángel interpretar las palabras de Dios—dijo Samael, surgiendo
de detrás del trono. Miguel agachó la cabeza frente al primogénito. —Sus palabras son claras,
justas y poderosas. Su amor por nosotros es infinito.
—Sí, mi señor.
—Nuestro padre nos envió a las hembras y los placeres que ellas ofrecen, precisamente,
como prueba de Su amor. Qué son ustedes, célibes, sino el desdén a ese regalo divino.
—Nosotros no condenamos el regalo ni a aquellos que lo aceptan. Apenas, consideramos
que el matrimonio es una distracción a nuestra tarea principal, que es alabar al Todopoderoso.
—Esa decisión no es suya para que la tome.
—Sé eso, milord. Por eso, antes de tomar tal camino, le pregunté a Dios si actuaba según
su agrado.
Gabriel y Nathanael se miraron, sorprendidos. Camael se inclinó para adelante en su
trono, con gran interés. Una chispa de vida brotó en el rostro de Matraton. Samael, sin embargo,
se rio, incrédulo.
—¿Dios habló contigo?
Miguel asintió.
—Hace tiempo, Dios no permite a nadie en su presencia—dijo Samael. —Si tú hubieras
ascendido más allá de las torres de la ciudad plateada para estar junto a él, yo lo sabría.
—No es necesario ir hasta el Creador para escuchar su palabra—dijo Miguel. —Puedes
hacerlo desde cualquier lugar. Yo lo conseguí en mis aposentos.
Samael se congeló.
—¿Cómo? —preguntó Camael.
—Mis dudas sobre el celibato eran insoportables —contó Miguel. —Afligido, me vi
pidiéndole al Padre, durante mis rezos, una respuesta que cesara mi tormento. En su inmensa
misericordia, Él me la concedió. Su voz susurró en mi mente para que siguiera el camino de mi
corazón.
Samael estaba aturdido. Dios lo había alejado de su presencia y ¡ahora Samael descubría
que Él hablaba con los demás a sus espaldas! La angustia crecía en el pecho del Primero.
—Dios está en todos los lugares y puede hablar con cualquiera de nosotros. Basta orar—
dijo Miguel. —Como pueden ver, mis príncipes, los célibes existen bajo la bendición del
Creador. Él acepta a los casados y también a aquellos que prefieren dedicarse únicamente a
alabarlo.
Samael dejó de escuchar las últimas palabras de Miguel. Los pensamientos conflictivos se
debatían dentro de él como una tormenta. Celos y envidia. El más bello, orgulloso y perfecto de
los ángeles, no merecía ser tratado como los demás. O menos que a cualquier otro. Él era
demasiado bueno para eso. Ser el príncipe regente de la ciudad plateada no le bastaba. Él quería
mucho más. Él deseaba a Dios solo para él.
Luchando contra tales sentimientos e ideas, Samael se retiró del gran salón hacia la
soledad de la cámara particular de sus aposentos, lejos, inclusive, de las miradas preocupadas de
sus cinco esposas. Porque, si la mayoría de los machos había tomado para sí una única hembra
como esposa, les correspondió a los serafines de mejor posición, el derecho de poseer de dos a
cuatro consortes. Siendo el primogénito, Samael disfrutó de la mayor porción, las cinco más
bellas hembras de la Creación, después de Azazel. Sus nombres eran Prosperine, Rosier, Verrier,
Astarte y Eisheth.
Encerrado en su cámara, Samael se arrodilló y rezó en la oscuridad por largos ciclos. Lo
hizo con todas las ganas y fe, pero el Señor no le respondió. Porque Samael no le pedía ayuda o
consuelo. Solo el ansía egoísta de ser el favorito de Dios.
Tomado por la desesperación, Samael destruyó, furioso, los lujosos muebles de su
pequeña cámara. Amargado, se arrastró hasta la única ventana del recinto. Un vano profundo,
estrecho y alto, a través del cual Samael gustaba de contemplar las tinieblas que existían más allá
de los dominios de los cuatro cielos, siempre que buscaba silencio y meditación.
Pero, esta vez, Samael, Estrella de la mañana, vio algo enteramente diferente. Algo que lo
tomó por sorpresa y que no se encontraba allí la última vez, apenas siete ciclos atrás, cuando
meditó frente a aquella misma ventana. Lejana, en el vacío, una pequeña luz blanca centellaba,
testaruda, como luchando para escapar a la oscuridad eterna que parecía querer envolverla.
Y Samael abandonó la cámara, ignorando a sus esposas, preocupadas y todavía asustadas
con el ruido de la destrucción que él había provocado, y se fue directamente para el techo del
palacio. Fascinado, admiró, en el horizonte distante, a aquella diminuta luz que le provocaba
curiosidad. Sin pensar, el Primogénito voló en dirección a su destino.
Dotado de su brillo natural, Samael parecía, por sí solo, una centella de luz blanca,
perdida en la inmensidad de las tinieblas que lo circundaban.
Y fue larga y agotadora la jornada de Samael hasta el extraño punto luminoso. Pero, al
aproximarse a él, Samael fue recompensado con la despampanante visión de sus reales
dimensiones y formas. Pues era enorme bajo cualquier parámetro. Mucho más grande que todos
los cielos juntos. Además de eso, no era la única luz, sino un conjunto de luces. Millones de ellas.
No, billones. En los más variados colores y diseños. Elípticas, espiraladas, esféricas, blancas,
amarillas, azules, rojas... De una belleza solo comparable a los propios ojos del Señor. A esas
luces, les sería dado el nombre de galaxias.
Y Samael se sintió todavía más admirado al percibir que esas galaxias estaban, en
realidad, formadas por billones de luces aun menores, las que serían conocidas como estrellas.
Samael estaba absorto frente a tamaña obra, demasiado tarde se dio cuenta de que había
planeado para dentro de la gran luz. Fue como si sintiese el impacto del puño del propio Creador
sobre cada fibra de su ser. Como el agua que se transforma en hielo con el frío extremo, el cuerpo
espiritual de Samael se condensó en un cuerpo físico.
Samael sintió sus sentidos agudizarse. Por primera vez, había calor en su piel, saliva en su
garganta y un corazón latiendo en su pecho, bombeando sangre por venas que antes no existían.
Necesitó usar sus manos para protegerse los ojos, de repente, sensibles a la fuerte incandescencia
que había a su alrededor.
Aunque estaba arrebatado y confundido, Samael decidió seguir adelante y explorar el
joven universo que se abría frente a él. Extrañamente, sus instintos angélicos lo atrajeron, frente a
tantas galaxias vastas y bellas, justo para una de apariencia más modesta y poco interesante. Un
espiral de proporciones medianas, fuertemente iluminada en su centro.
Cuánto más se aproximaba a ella, más descubría que la riqueza de detalles de una galaxia
iba mucho más allá de las estrellas. Había nebulosas, cuásares, nidos cósmicos, tempestades de
iones y algunos agujeros negros primordiales.
En su vuelo por los brazos externos de la espiral, Samael se deparó con gigantes
circundando las estrellas. Aquellos que serían llamados planetas. Y que esos planetas también
diferían en aspecto y estructura. Algunos eran gaseosos, otros, rocosos; algunos, calientes, otros,
fríos. No había un planeta idéntico al otro. Como los ángeles, cada uno era único en su propia
forma.
Cuando creía que ningún nuevo descubrimiento podía sorprenderlo, Samael descubrió a
dónde lo habían guiado sus instintos durante todo ese tiempo. Un pequeño planeta azul se
presentó delante de él, girando, mansamente, en torno a una estrella monótona.
Al bajar hasta él, Samael encontró un mundo hirviendo de vida, no como la conocía en los
cuatro cielos, sino de naturaleza libre y nerviosa. Desprovista de aquel sentido del orden,
tranquilidad y pasividad que caracterizaban a los ángeles y demás seres espirituales. Más que
todo, los animales de carne vivían y morían.
La muerte fue un profundo choque para Samael. Pues en el mundo espiritual todo era
eterno. Ya en el mundo corpóreo, se convivía con la finitud, después de un tiempo, las criaturas
dejaban de existir. De todo lo que aprendió de su estadía en la Tierra, el concepto de muerte fue
lo que más estremeció a Samael. Él solo podía agradecer que los animales corpóreos eran
irracionales y, así, no eran conscientes de su trágico destino.
En aquella era, el Mal todavía no había pervertido a los animales en predadores que
violaban la carne de los más débiles. Por entonces, ellos se alimentaban solo de plantas. Y la
muerte era causada solo por la vejez o por accidente.
Samael pasó mucho tiempo en aquellos parajes, bañándose en las claras aguas, haciendo
amistad con los bichos, deleitándose con las brisas de los atardeceres y el calor de las mañanas en
su rostro, descubriendo la belleza de la noche y del día, del amanecer y del crepúsculo. Pero,
principalmente, durmiendo bajo el cielo de un universo imberbe, dotado de tantas estrellas como
nunca más se verían, que iluminaban las florestas y bosques bajo un océano de luz plateada.
Era un mundo que inundaba el corazón de Samael de alegría y paz. Y, justamente por eso,
se le hizo tan difícil partir. Seguramente, aquellas maravillas eran obra de Dios de las que los
ángeles deberían tomar conocimiento. No obstante, crecía el conflicto en él. Un deseo naciente e
inconfesable de mantener aquel mundo solo para sí. Un egoísmo que lo avergonzaba, pero que
era cada vez más difícil de negar.
Samael se torturaba imaginando formas de mostrarle a sus hermanos el Universo y, al
mismo tiempo, ocultarles la Tierra. ¿Pero cómo eso era posible? ¿No sentirían ellos la misma
compulsión que lo atrajo a la Tierra en primer lugar? Y, aunque consiguiese burlarlos, ¿qué
impediría a Dios revelarles ese mundo?
Esos pensamientos lo atormentaban, el deseo de posesión se enraizó tanto en su mente
que Samael ya no aprovechaba más el espectáculo de una alborada o el simple placer de volar por
entre las nubes bajo el caliente sol. Amargado, empezó a maltratar a los animales por los que
había demostrado tanto afecto. Su obsesión enfermiza hacía que se recogiese en la oscuridad y el
silencio de las cavernas que encontraba, en donde, como en su cámara de la ciudad plateada, se
refugiaba, libre de distracciones, para meditar y ordenar sus pensamientos.
Samael pasaba los días concatenando planes extravagantes e irrealizables para engañar a
sus hermanos. Pero, todas sus divagaciones se desvanecieron un día frío y gris, bajo el sonido de
millares de alas que se aproximaban. Tantas que parecían truenos de una furiosa tempestad. Una
falange de ángeles despuntó en el horizonte. Eran centena de ellos, llegando al nuevo mundo.
Tomado por sorpresa, Samael se alejó rápidamente, oculto bajo las sombras de las
florestas como un espectro miserable. Habían violado la santidad de aquel mundo. ¡Su mundo!
Pero el odio que experimentó por los ángeles pronto se convirtió en miedo. De que descubrieran
la verdad.
Al final, ¿cómo podría explicarles el tiempo que había pasado en aquel lugar sin haberles
comunicado su existencia? Su trono de la ciudad plateada estaría amenazado si lo encontraran por
allí. Y, ahora que el secreto era revelado, su título y privilegios como príncipe regente eran todo
lo que le quedaba.
Tomado por el disimulo, Samael esperó pacientemente protegido por el manto de la noche
y, escabulléndose furtivamente por las cimas de las montañas, voló lejos de aquel mundo y de sus
entrometidos hermanos.
Voló lo más rápido que pudo fuera del universo. Y, al hacerlo, su forma corpórea retornó
a la espiritual. Sin embargo, su codicia, rabia y repugnancia nunca más dejaron de acompañarlo.
Solo trató de disfrazarlas de sus pares con gran esfuerzo y competencia al regresar a la ciudad
plateada.
Samael fue recibido con pompa, preocupación y sorpresa. Los ángeles se habían
inquietado terriblemente frente a la súbita y prolongada ausencia. Especialmente, porque se había
dado en el mismo momento en que los ángeles, por los cuatro cielos, habían avistado el pequeño
punto luminoso, distante, en la oscuridad. Aunque agobiados por la curiosidad, por un largo
tiempo, esperaron el regreso de Samael, antes de finalmente, decidir despachar una expedición
hasta la misteriosa luz.
—Encontré un refugio en el cuarto cielo, tan profundo como las Gorthnens, para meditar
y rezar. Jamás podía imaginar que algo tan inusitado surgiría, demandando mi presencia con
tamaña urgencia—mintió Samael, y todavía vendrían muchas otras mentiras, las que, entre sus
incontables nombres, lo convertirían en Satán, el engañador.
Pero, por entonces, la reputación de Samael permanecía inmaculada, como la de cualquier
ángel y sus hermanos tomaron su palabra fielmente y creyeron en ella.
—Háblenme de la expedición que enviaron—pidió Samael.
—Nathanael y Camael partieron hace tres ciclos, liderando una falange de querubines
para investigar la extraña luz, con órdenes de no demorarse más de lo necesario—dijo Gabriel,
refiriéndose a las falanges como entonces eran definidos los grupos de trabajo compuestos por
mil quinientos ángeles y no a los destacamentos de combate en los que se convertirían más tarde.
Samael asintió. Esperaría a que regresaran y, entonces, convencería a los demás de montar
un puesto avanzado en el nuevo mundo, en donde él estaba decidido a residir y reinar.
Infelizmente, tendría que compartirlo con los demás, pero ese era un mal menor, comparado con
perderlo por completo. En silencio, su mente se ocupaba de a quién dejaría al comando de la
ciudad plateada. La elección obvia era Gabriel, sin embargo, en su interior, prefería a Matraton,
pues sentía una peculiar identificación con el ángel del silencio. Sus maquinaciones íntimas, sin
embargo, fueron súbitamente interrumpidas cuando su brillo natural se intensificó y expandió por
las torres y muros de la ciudad plateada.
En ese instante, Samael se olvidó de su codicia y frustración, enterrándolas, aunque no lo
suficientemente profundo, en su corazón, que se crispó. Pues aquella era una señal de Dios. Él
llamaba al primogénito a su presencia. Y Samael lloró de alegría por eso.
CAPÍTULO III

Mefistófeles

Samael estaba tomado por una mezcla de júbilo y nostalgia cuando se presentó frente al
Todopoderoso. Él esperaba que su padre le hablase del universo que había creado y del
maravilloso mundo que existía en él. Porque ahora aceptaba un poco mejor por qué Dios estuvo
tan ocupado. Aun así, prefería haber estado admirando su rostro, cantando su gloria y alabando su
magnificencia. Al final, todo lo demás se empalidecía delante del amor de Dios.
Sin embargo, el Creador sorprendió a Samael con una expresión triste y la voz grave.
—Hijo mío, algo terrible aconteció—dijo el Altísimo.
Samael se conmovió al verlo así—¿Qué le preocupa, mi señor?
Dios levantó su mano izquierda, revelándola vacía. Samael se congeló. El Mal, que Dios
mantenía bajo control, la gran serpiente sombría de odio y destrucción, se había escapado.
—La falsedad y la mentira son los caminos del Mal—dijo Dios. —La bestia me eludió
con trucos y se aprovechó de mi misericordia. Pues, con el pasar de las eras, la bestia se encogió
entre mis dedos y parecía haberse hecho débil. Me suplicó para aliviar la presión sobre ella.
Recelando de lastimarla, lo hice. Pero, aunque disminuyó de tamaño, creció en ardid y malicia y,
delgada, se deshizo y escapó. Temblé, pues poderoso es el deseo de la bestia de esparcir la
corrupción y la ruina.
—¿Qué puedo hacer? —preguntó Samael, desapegado.
—Te pido perdón, hijo mío, por requerir de ti algo que me es imposible practicar.
Violencia. Aunque esté en contra del flagelo de la bestia, que únicamente ansía el fin de la
creación.
—Haré lo que sea preciso hacer, Padre—dijo el ángel y había orgullo y determinación en
su voz. —En su nombre.
—Mantén el corazón puro y atento, mi dulce Samael. Pues seductor es el Mal y fuerte su
tentación. Ten cuidado o él te sucumbirá.
Samael asintió.
—¿Sabe para dónde se evadió la bestia, mi señor? —preguntó el primogénito. —¿Por
dónde debería empezar a buscarla?
Samael tuvo su respuesta antes de que Dios se la ofreciera. Pues unos golpes de aire frío
lo estremecieron de arriba a abajo, erizando las plumas de sus alas. Cada golpe de aire anunciaba
el paso de un tenue espectro hecho de una luz opaca y muerta. Algunos espectros cruzaban al
lado de Samael. Otros pasaban a través de él como un suspiro de mal augurio. Pero todos iban
directamente hacia Dios, en donde se sumergían, para nunca más ser vistos.
—Esos son restos de ángeles muertos—dijo el Creador, con la voz embargada. —Sus
esencias regresan a mí cuando dejan de existir.
De una forma extraña, Samael podía sentir a cada uno de ellos y reconocer a algunos
como parte de la falange enviada a la Tierra, según los registros que Gabriel le había entregado.
Las esencias de mil quinientos ángeles se entregaron a Dios, pero no había señal de los
dos serafines que los comandaban, Nathanael y Camael. Aun así, estaba claro que la bestia había
llegado al nuevo mundo.
Samael se despidió de Dios y se fue con urgencia de vuelta a la ciudad plateada. Las
tenebrosas noticias que él llevaba se difundieron como ondas de choque entre los habitantes
angélicos. Era difícil distinguir lo que era más perturbador, el descubrir cuán frágil podía ser la
inmortalidad angélica, la fuga de la bestia o el misterioso paradero de Nathanael y Camael. Estos,
si habían conseguido escapar, podían encontrarse heridos o desorientados. Por precaución,
Samael despachó una patrulla hacia la frontera de los planos espiritual y físico, en caso de que
Camael y Nathanael pudieran alcanzarla. Sin embargo, la patrulla tenía órdenes estrictas de no
cruzarla. Samael no pretendía perder a ninguno más de sus hermanos a manos del enemigo, cuyo
poder estaba más allá de la comprensión de los ángeles. La bestia no era, por definición, una
criatura, sino parte del propio Creador. Por eso, las chances de Samael de subyugarla parecían
muy remotas. Aun así, trató de prepararse de la mejor manera para su inevitable enfrentamiento
con la sombra negra de Dios.
Samael le encomendó a Leviatán, jefe de los herreros de la ciudad plateada, un lámina
innovadora y revolucionaria, basada en las espadas que los ángeles empleaban para tallar madera
o cortar panes. Pero, su filo era mucho más largo y resistente. Fue forjada con la más poderosa
aleación y afilada con un esmero y dedicación jamás igualados. La impresionante arma ganó una
sólida empuñadura de jade macizo, incrustado por tres grandes joyas que representaban a Dios, a
los ángeles y a la sagrada alianza. Así, surgió la madre de todas las espadas, a la que Samael
llamó Enoli, la vengadora, blandida para castigar a la bestia por los ángeles que había asesinado.
Preparado para su lucha en la Tierra, Samael fue interpelado por una multitud de serafines
y querubines que deseaban acompañarlo en una misión que todos sabían que era suicida. Ningún
otro gesto simbolizó mejor el carácter noble y la dedicación al deber innatos de la raza angélica.
Samael intentó disuadirlos. En parte, para proteger a sus hermanos de la violencia y el
dolor. Porque existía bondad en Lucifer, Estrella de la mañana, por aquellos días. Pero también
estaba el orgullo de realizar solo aquella batalla en honor a Dios. Y una parte de él deseaba esa
gloria solo para él.
Samael tuvo que recurrir a su autoridad como príncipe regente para que los demás la
acatasen, Gabriel consideró que aquella era una decisión temeraria. Aunque Samael fuera el más
poderoso de los serafines, ¿cómo podría, solo, derrotar a la bestia que había eliminado una
falange entera? Sin embargo, a Gabriel, como ángel, solo le quedó resignarse y obedecer.
Pero no todos compartían el mismo servilismo. Mientras Samael se iba de la ciudad
plateada, unos pocos, como Leviatán, tenían sus propios planes.

En la orilla del universo físico, Samael avistó la patrulla que había enviado antes. Les
ordenó que regresaran al primer cielo. Aunque deseaban seguirlo, dieron media vuelta y
regresaron.
Samael entró en el universo, experimentando el placer indescriptible de retornar a la
forma corpórea. Sin embargo, no disponía de tiempo para aprovechar las sensaciones físicas.
Avanzó y encontró el mundo que consideraba suyo mancillado por una inmensa neblina negra
que se extendía sobre uno de los continentes del hemisferio sur.
Cegado por la cólera, Samael se sumergió entre las ácidas nubes de cenizas oscuras. Al
asomarse a través de ellas, se deparó con un ambiente devastado que le provocó lágrimas. En
donde antes había planicies verdosas y proliferaban toda suerte de animales, ahora apenas se veía
desolación y polvo. El suelo estaba estéril, rocoso y quebradizo. Enormes volcanes se levantaban,
amenazadores, por todos lados, sus bocazas horrendas escupían ríos de lava y columnas de
vapores tóxicos que impregnaban el aire con el hedor de la muerte. En aquel lugar maldito, los
rayos del sol no osaban penetrar. Aquella era, sin dudas, la morada de las tinieblas y el
cementerio de la Creación.
Samael avanzó, cautelosamente, en vuelos cortos, de una ladera de volcán a otra, lo más
furtivamente posible. Aun así, cada curva, cada ladera que alcanzaba le parecía la última. Pues la
bestia estaría acechándolo, lista para dar el zarpazo y devorarlo.
Sin embargo, felizmente, Samael no fue avistado antes de localizar al monstruo. El
gigante sombrío descansaba enroscado sobre sí mismo, ocupando, perezosamente, un valle entero
con su repugnante cuerpo escamoso. La única señal de movimiento que la bestia emitía venía de
su descomunal cabeza, alerta, escrutando en la dirección opuesta a Samael.
Con recelo de que el enemigo captase el sonido de sus alas, Samael prosiguió caminando.
Sus pies angélicos tocaban, descalzos, el suelo de piedras sueltas con tanta levedad que las
piedras ni se movían. Cuidadoso, alcanzó la cima desnuda de una montaña enclavada entre dos
volcanes y se ocultó atrás de la roca más grande que encontró. Desde donde estaba, su visión era
mucho más nítida, lo que hacía que la bestia pareciera aún mucho más grande y más terrible. Su
sombra opresora caía pesadamente sobre Samael. Él experimentó un fuerte impulso de correr de
allí para esconderse en la más profunda de las cavernas. O, simplemente, gritar para que la bestia
le diera fin a su tormento. Pero, la voluntad del primogénito se hizo más fuerte y aguantó firme
frente al horror maligno que se presentaba frente a él.
Samael percibió que el monstruo hacía gestos amenazadores con la cabeza y, después, se
reía entre gruñidos horrendos que le congelaban la espina. Inicialmente, llegó a preguntarse si la
bestia estaba loca, porque no había nada adonde ella dirigía la mirada.
Fue cuando percibió una estrecha rendija al pie de un volcán. Forzando los ojos,
vislumbró a Nathanael y Camael refugiados en el interior de la sofocante rendija. Camael
presentaba cortes e hinchazón en su cuerpo. Nathanael parecía en mejores condiciones. Sin
embargo, ambos estaban visiblemente perturbados frente a la tortura que la sola mirada del
enemigo les provocaba.
Samael comenzó a divisar un plan de ataque, cuando la bestia se enderezó, olfateando,
desconfiada, el aire a su alrededor. Todo aconteció de una forma tan rápida que Nathanael tuvo
que reconstruir mentalmente la escena que transcurrió frente a sus ojos para poder comprenderla.
La cola de la bestia alcanzó la montaña entre los dos volcanes al norte del valle con tal fuerza que
la arrancó del suelo. La montaña entera voló más allá del horizonte, yendo a caer en el océano del
otro lado del mundo.
En el lugar de la montaña, quedó una densa nube de polvo que, al disiparse, reveló a
Samael sobrevolando en el aire, desafiador, quien había escapado por poco del repentino ataque
del enemigo que babeaba de un odio irracional.
—Mira, Camael—dijo Nathanael, estupefacto. —¡Es el maestro Lucifer! ¡Vino a
salvarnos!
Debilitado, Camael se limitó a levantar los ojos. Su expresión era de desaliento, porque
Samael no tenía ni la menor chance contra lo que se lanzaba contra él.
La bestia saltó sobre Samael como un resorte que libera toda su tensión. Samael la
esquivó, en el último instante, para no ser aplastado y dio, con Enoli, un golpe certero contra la
base de la gigantesca serpiente, la que pasó raspando sobre él y fue a aterrizar fuera del valle,
pulverizando media docena de volcanes bajo su peso titánico.
El mar de lava que brotó de los volcanes arrastrados era inofensivo para el monstruo. Sin
embargo, lo mismo no valía para un arma forjada en los cuatro cielos. Un corte pequeño, pero
dolorosamente profundo, ahora quemaba debajo de la bestia, redoblando su rabia contra aquella
insignificante criatura que tenía la petulancia de desafiarla.
—Soy Mefistófeles, la sombra renegada de Dios—dijo la bestia, con una voz que hizo
temblar los cimientos de la Tierra. —Aquel que se levanta contra mí, pagará mil veces en
tormentos y agonías.
—Aprenderás que la mano del Señor no era tu prisión, serpiente del Mal—dijo Samael,
blandiendo la espada. —Sino tu abrigo contra el filo de Enoli, la vengadora.
Arremetieron el uno contra el otro con una furia fuera de control. La diferencia de tamaño
y agilidad hacían de Samael un mosquito frente a Mefistófeles. Aun así, consiguió herir a la
bestia en diversos puntos y la sangre negra brotó de los pequeños agujeros. El enemigo
serpenteaba para todos lados en un esfuerzo de alcanzar a Samael. Cada salto, cada vuelta de la
bestia, masacraba montañas, estremecía placas continentales, abría valles y enterraba otros.
La batalla fue larga y penosa. La bestia sangró de forma abundante, pero nunca fatal.
Samael, vencido por el agotamiento, acabó derrumbado por un cabezazo del monstruo. El
impacto de su espalda contra el suelo rocoso fue frente a la rendija en donde Nathanael y Camael
estaban demasiado débiles para escapar. La caída de Samael fue tan fuerte que buena parte de sus
costillas de rompieron. Enoli cayó lejos de su alcance.
Samael experimentó un dolor tan intenso que tuvo que luchar para mantenerse despierto.
Con una sonrisa burlona, la bestia se aproximó lentamente al primogénito, saboreando cada
momento que antecedía al golpe final. Bajó las mandíbulas fétidas para devorar a Samael cuando,
de repente, gritos provenientes de detrás lo hicieron darse vuelta.
Doce ángeles, todos herreros de la ciudad plateada, liderados por Leviatán, venían en una
carga insana contra la bestia. Empuñaban un tipo de lanza de tres puntas que Leviatán había
creado y bautizado con el nombre de tridente. Lanzaron sus tridentes en un ataque desesperado.
Sin embargo, estos no poseían el corte de la poderosa Enoli, y golpearon, inútilmente, contra las
gruesas escamas del enemigo, sin causar ni siquiera un arañón.
Corajudos, pero temerarios, los ángeles pasaron de verdugos a víctimas. Uno tras otro,
Mefistófeles los destrozó entre sus grotescos colmillos. Las esencias de los herreros ascendían
lejos de ese mundo, directo a su merecido reposo junto a Dios.
Cuando solo quedaba Leviatán, acorralado contra una pared de destrozos y lava ardiente,
de lo que antes era uno de los volcanes aplastados bajo la bestia, Samael, reuniendo las fuerzas
que le quedaban, se puso de pie y tomó el tridente caído.
—¡Mefistófeles! —vociferó Samael.
La bestia se dio vuelta hacia Samael en el momento en que este le lanzó el tridente. El
arma atravesó la córnea del enemigo y desapareció, entera, dentro de ella, cegándolo
irremediablemente del ojo izquierdo.
Tomado por sorpresa por el dolor punzante, Mefistófeles se sumergió en las
profundidades de la Tierra, abriendo tras de sí un enorme agujero sombrío del que no se podía ver
el fondo.
Samael cayó de rodillas, agotado física y mentalmente. Leviatán se arrodilló junto a él,
preocupado.
—Voy a estar bien—dijo Samael. —Ve a ayudar a Camael y Nathanael.
—Sí, maestro—dijo Leviatán, y se fue hacía la rendija en la roca.
Leviatán ayudó a Nathanael a cargar a Camael hacia afuera y se acercaron a Samael.
Entonces, Leviatán voló más allá de la región volcánica y regresó trayendo una generosa porción
de agua fresca en sus manos en forma de cuenco.
Y Nathanael y Camael bebieron el agua y se revigorizaron. Leviatán hizo lo mismo para
Samael y este se levantó con firmeza, demostrando que su altivez habitual no lo había
abandonado.
—Necesito que traigas a mis asistentes aquí—ordenó Samael, sin desviar los ojos del
abismo creado por Mefistófeles que, ahora, ocupaba buena parte del valle. —Que vengan con
cuantas herramientas de construcción puedan cargar.
Leviatán asintió y se fue en un abrir y cerrar de ojos. Samael recogió a Enoli de un foso y
la envainó de nuevo en su cintura. Con las manos desnudas, rasgó tiras del tejido de su manto
para usarlas como vendajes para las heridas de Camael.
Los tres serafines esperaron el transcurso de un día y una noche completas, bajo la
constante tensión de que la bestia emergiese de su gigantesca cueva para atacarlos. Sin embargo,
el enemigo no dio señales. El alba trajo a Gabriel y Leviatán, seguidos por los doce asistentes de
Samael, encabezados por el más prominente de ellos, su primer secretario, Belzebu. Un serafín de
cabellos rojos y mirada severa, conocido por la seriedad, disciplina y fidelidad integral al príncipe
regente.
Belzebu y los demás descargaron decenas de herramientas de los más variados tipos y
tamaños, mientras Gabriel y Leviatán iban con Samael, Nathanael y Camael. Traían panes y
vinos que sus hermanos comieron con gusto.
—Los cuatro cielos celebran su victoria, maestro Lucifer—dijo Gabriel. —Le comuniqué
personalmente su éxito al Creador. Él me pidió que le transmitiera toda su gratitud y amor a su
primogénito.
Aquellas palabras llenaron de alegría y orgullo el corazón de Samael.
—Gracias, hermano—agradeció Samael. —Pero, la bestia no fue eliminada, solo herida.
Temo que pueda volver a levantarse y esparcir el terror por el universo.
Belzebu se acercó a ellos.
—Mi príncipe—dijo el primer secretario, haciendo una reverencia ante Samael. —Sus
siervos esperan sus instrucciones.
—Vamos a construir un puesto avanzado en la salida oeste del valle—dijo Samael,
señalando los escombros de una montaña pulverizada en la lucha contra Mefistófeles. —Una
torre fortificada por murallas y empalizadas que nos permitan mantener al enemigo bajo
vigilancia constante.
—¿Usted cree que eso es realmente necesario? —Cuestionó Gabriel.
—Sí. Y es una tarea tan fundamental que yo mismo me quedaré aquí para dirigirla.
La sorpresa de ese anuncio fue general.
—Tú eres el príncipe regente decretado por Dios, hermano—dijo Gabriel. —Tu presencia
en la ciudad plateada es imprescindible.
—Dios me incumbió con la sagrada misión de proteger la creación del flagelo de la bestia.
Esa es mi única prioridad ahora.
—¿Pero crees que es aconsejable permanecer solo aquí? —Ponderó Leviatán.
—No estaré solo—aclaró Samael. —Cuando se termine la torre, mantendré aquí a mis
asistentes como mi guardia personal.
—Yo puedo quedarme para forjar las armas necesarias para la defensa.
—Tu presencia será muy apreciada, hermano. Además, mostraste que puedes ser valioso
en una lucha.
Samael posó la mano izquierda sobre uno de los hombros de Leviatán. Leviatán tomó su
brazo estirado como señal de su unión forjada en batalla.
—Mientras dure mi misión en este mundo, tú serás el encargado de los cuatro cielos—le
dijo Samael a Gabriel. —Tengo toda la confianza en tu liderazgo, hermano.
—Gracias.
No había orgullo o ambición en Gabriel al aceptar la incumbencia, solo la disposición de
servir a Dios y a los ángeles con lo mejor de sí.
Lo mismo no podía ser dicho de Samael, el que tomó esa situación como la oportunidad
perfecta para, finalmente, reinar en el mundo que tanto codiciaba.
—Belzebu, ayuda a Gabriel a llevar a Nathanael y Camael de nuevo al primer cielo—dijo
Samael. —Allá, podrán recuperar sus fuerzas.
—Sí, mi príncipe.
—Y avísale a mis esposas que se preparen. Ellas y el resto de los que me pertenecen, se
unirán a mí cuando mis aposentos en la torre estén listos.
—Sí, milord.
Gabriel voló llevando a Camael en sus brazos. Belzebu hizo lo mismo con Nathanael.
Samael levantó la mirada hacia el horizonte con la certeza de que todo aquello le
pertenecía. La Tierra era suya, nuevamente. Una sonrisa le brotó en los labios.
Un largo período de paz siguió a la derrota de Mefistófeles. La ciudad plateada volvió a
su rutina de tranquilidad y armonía. Con el paso del tiempo, las preocupaciones en relación con el
enemigo se convirtieron en meros recuerdos. Millares de ciclos habían transcurrido sin que Kir
Vael, la torre del valle de la muerte, mandase noticias. Ningún ángel iba o venía de ella desde que
fue construida en el nuevo mundo. Aun así, los actos heroicos de Samael seguían siendo
reverenciados y su ausencia, muy sentida por un gran número de ángeles. Al final, él era el
hermano más viejo de la raza angélica. Sin embargo, la regencia de Gabriel serenaba esa
nostalgia. De hecho, Gabriel se mostró como un líder accesible, siempre dispuesto a escuchar
antes de tomar una decisión. Lo opuesto a Samael, centralizador y económico en los debates.
Pero, esa situación estaba por cambiar.
Comenzó con Dios hablándole a Gabriel durante sus oraciones. Las órdenes del Señor
fueron claras y terribles. Y Gabriel no profirió ninguna palabra, se limitó a redactar, en secreto,
una carta que le confió a aquel que nombró como su primer secretario, el serafín Miguel, para que
se la entregara a quien correspondía. Después de eso, Miguel partió. Hacia Kir Vael.

Los volcanes de la Tierra hibernaban, inofensivos, desde la desaparición de la bestia. Los


alrededores del valle de la muerte habían recuperado la vida y la belleza. Los campos verdes se
extendían hasta donde la vista podía alcanzar. El aire era puro y límpido. La presencia de las
tinieblas solo se hacía notar en la estrecha franja de terreno rocoso y estéril que circundaba, como
un anillo, el abismo sombrío de Mefistófeles.
Kir Vael se proyectaba en la entrada oeste del valle. Era alta, lisa y oscura, protegida por
una secuencia de tres murallas hechas de bloques de piedra largos y pesados. En la cima de la
torre, dos serafines se encargaban de la vigilancia, con una visión privilegiada de las cercanías.
Eran los luciferes, los doce antiguos asistentes de Samael que se habían convertido en su guardia
personal. Usaban armaduras doradas, yelmos con cuernos de metal, espadas en vainas, escudos y
tridentes en puño. Flámulas estampadas con el blasón de Samael: rayos blancos explotando sobre
un fondo negro, flameaban en los postes apostados sobre las murallas.
Miguel aterrizó en el patio principal de la fortaleza. Frente a él, una estatua de Samael que
sostenía, solemne, una réplica de Enoli apuntando hacia abajo; su otra mano se proyectaba para lo
alto y de ella salía una gruesa cadena, que aprisionaba por el pescuezo a la fiera que circulaba,
nerviosamente, por el patio. Un lagarto amenazador, grande y pesado, cuya raza sería conocida
como Tiranosaurio Rex.
Belzebu, jefe de los luciferes, saludó a Miguel con una reverencia.
—Traigo una carta del regente de la ciudad plateada para Samael, Estrella de la mañana—
dijo Miguel.
Belzebu asintió, percibiendo la urgencia en la mirada del serafín.
—Ven por aquí.
Miguel siguió a Belzebu a través de los altos pórticos de la torre. Su interior estaba mal
iluminado por débiles halos de luz, oriundos de las pocas ventanas existentes. Se asemejaba a un
gran salón, con tapicería colgando en las paredes. Zurcidas por las esposas de Samael, cada pieza
contaba una historia. El nacimiento del primogénito, la forja de Enoli, la lucha contra
Mefistófeles. En la pared más alejada, se podía leer el nombre de Dios, gravado en letras
descomunales.
Miguel fue conducido a través del largo vano que se elevaba por el interior vacío de la
torre hasta la estrecha plataforma que antecedía a su cámara más elevada. Dos luciferes montaban
guardia del lado de afuera.
—Espera aquí—dijo Belzebu.
Belzebu entró en la cámara y volvió a cerrar la puerta tras de sí. Pero, Miguel tuvo un
rápido vislumbre de su interior. Una figura sombría, rodeada por la oscuridad, estaba sentada,
melancólicamente, bajo el halo de luz de una solitaria ventana, como que condenada a observar el
mundo allá afuera a través de ella.
Largos minutos pasaron antes de que la puerta se abriera de nuevo.
—Puedes entrar—anunció Belzebu.
Belzebu esperó que Miguel entrara y después lo dejó solo con Samael. Miguel se
sorprendió con la apariencia de Samael, ahora de pie frente a él. En vez del característico manto,
Samael vestía una armadura y capa negra y tenía a Enoli colgando de su cintura. Su rostro
ostentaba una barba imponente y su mirada era severa. De repente, Miguel sintió como si no
fuera bienvenido en ese lugar.
—Cuánto tiempo, hermano—dijo Samael, en una disfrazada hospitalidad.
—Demasiado tiempo, hermano.
Samael estudió a Miguel atentamente.
—Es la primera vez que vienes a la Tierra, si no me equivoco. ¿Qué te parece eso de tener
cuerpo físico?
—Es una experiencia...interesante.
—Interesante—repitió Samael, con aire de burla.
La incomodidad de Miguel aumentó.
—¿Qué está pasando en este mundo, príncipe Samael?
—¿Cómo?
—La cosa presa en el patio—dijo Miguel. —No parece una criatura de Dios.
Samael sonrió.
—¿Hablas de mi «mascotita»?
Samael condujo a Miguel hasta la ventana, desde donde se podía ver al tiranosaurio
moviéndose de un lado para el otro, en el límite que la cadena le permitía.
—Maravilloso, ¿verdad? —dijo Samael, orgulloso del animal. —Es un predador. Se
alimenta de la carne de otros seres vivos.
Miguel se sintió conmocionado.
—Pero... ¡eso es una aberración! ¡Un atentado a la ley divina!
Samael miró a Miguel con desdén.
—Sin embargo, no se podía esperar algo diferente, hermano. Aunque esté adormecida, la
presencia de la bestia en las entrañas del mundo es suficiente para corromper la creación. Los
seres, antes pacíficos, ahora son feroces carnívoros, insectos y reptiles brotaron del suelo con
ponzoña en sus colmillos, enfermedades y deformidades surgen incluso en las plantas, terremotos
y tempestades acaban con la vida por los cuatro rincones del globo. Y no hay nada que podamos
hacer, a no ser dar gracias porque la mayor parte de la creación se conserva sin haber sido tocada
por el mal.
Miguel miró el pergamino que traía en las manos.
—¿Cómo es que Dios podía saberlo? —dijo Miguel, admirado. —¿Serán verdades las
suposiciones de que Él todo lo ve y todo lo sabe? ¿Cómo no, si encuentro, una vez más, en sus
palabras la sabiduría infinita?
—¿De qué estás hablando, Miguel?
Miguel le entregó la carta.
—Ese es un mensaje que Dios le confió a Gabriel para que te fuera transmitido, maestro
Lucifer.
Samael leyó cada palabra con angustia creciente. Eran duras y crueles. Estaba escrito:
«Que Mefistófeles se expulsado de la Tierra. Que el mundo sea purificado con fuego y
destrucción. Para que una nueva creación surja de las cenizas de la anterior. Libre del Mal y del
pecado».
—Necesito estar solo—dijo Samael, dándole la espalda a Miguel.
Miguel dejó el reciento sabiendo cuán terrible era el fardo que Dios había depositado
sobre los hombros de su primogénito.
Belzebu le facilitó a Miguel unos aposentos. A la noche, Leviatán fue a verse con el líder
de los célibes para oír noticias de la ciudad plateada. Sin embargo, no había nada además de la
aburrida rutina de los cuatro cielos que Miguel pudiera contarle. Al contrario de Leviatán, que
estuvo la noche entera parloteando sobre los paisajes, las criaturas, los frutos y aromas que
abundaban en la Tierra. Miguel escuchó todo con fascinación, pero sin dejarse seducir por aquel
mundo táctil y exótico. Su corazón pertenecía a la ciudad plateada, para la que deseaba regresar
lo más rápido posible.
Sin embargo, por seis días, Miguel esperó, en vano, por una respuesta de Samael, pues
este se mantenía encerrado, solo, en su cámara. Al séptimo día, finalmente, Samael descendió
planeando desde la ventana de lo alto de la torre, con el fuerte brillo del sol reflejado en sus alas.
—Convoquen a toda la guardia—ordenó Samael.
—Sí, milord—dijo Belzebu.
Leviatán, Miguel y las esposas de Samael llegaron junto con la guarnición, pero se
mantuvieron a distancia, mientras los luciferes se colocaban frente a su señor.
—Por toda una era, Kir Vael protegió este mundo de la amenaza siempre presente del
enemigo—dijo Samael. —Ustedes fueron los vigilantes. Su braveza y sentido del deber, dignos
de registro en los escritos del primer cielo.
Los luciferes se llenaron de orgullo. Sin embargo, percibieron una sombra de tormento en
el rostro de Samael.
—Sin embargo, distinto a lo que creíamos, la destrucción no vendrá desde lo subterráneo,
sino de los cielos—anunció. —Pues ese es el deseo de Dios.
Hubo gran sorpresa y conmoción entre los luciferes, que compartían el amor de su
maestro por la Tierra.
—Se me ordenó expulsar a Mefistófeles de la Tierra—reveló Samael. —Solo que planeó
más que eso. Pretendo darle un fin, de una vez por todas.
—¡Cuente conmigo, milord! —gritó Leviatán, confiado.
La misma disposición para la lucha eclosionó en los gritos de Belzebu y los demás.
—Gracias, hermanos—agradeció Samael. —Pero esta lucha es mía. Enfrentaré a la bestia
solo.
Miguel dio un paso al frente.
—Perdóneme la insolencia, maestro Lucifer, pero no fue capaz de vencer al enemigo
anteriormente. ¿Qué lo lleva a pensar que lo conseguirá esta vez?
Samael sonrió.
—Tuve una era entera para prepararme. Es para eso que vengo entrenando todo este
tiempo. ...Estoy listo.
—Por favor, maestro—pidió Belzebu. —Denos el honor de seguirlo en esta batalla.
—No, mi querido Belzebu. Necesito tus habilidades guerreras en otra misión. Regresa con
mis esposas a la ciudad plateada. Reúne allá al mayor número de ángeles que puedas y organiza
un ejército. Si fallo, ustedes tendrán que lidiar con Mefistófeles.
—Sí, mi señor.
Samael se volvió hacia Leviatán y puso sus manos sobre sus hombros.
—Viejo amigo, ese ejército necesitará armas. Y no conozco a nadie mejor que tú para
forjarlas.
Leviatán intentó disfrazar las lágrimas con una sonrisa.
—Haré las mejores armas jamás vistas.
—Estoy seguro de que sí.
Los luciferes partieron, ese mismo día, escoltando a Miguel, Leviatán y las esposas de
Samael de vuelta al primer cielo. Junto con ellos, se fue la mayoría de las pertenencias existentes
en Kir Vael.
Samael aprovechó el resto de la tarde para pasear por su mundo. De los extensos campos
de hielo de los polos a las planicies de los continentes del norte, pasando por los bosques
tropicales del hemisferio sur.
Cuando se puso el sol, en vez de regresar a la torre, se dirigió el primer lugar en donde
había pasado la noche en aquel mundo y, como entonces, se recostó sobre el suave césped bajo el
mar de estrellas sobre su cabeza. Pero, esta vez, el sueño no llegó. El alba encontró a Samael
asombrado por sus propios pensamientos. Un nudo se formó en su garganta al darse cuenta de
que asistía el último nacimiento del sol de la Tierra como la conocía. Para las criaturas
atemporales como los ángeles, benéfica o no, un cambio profundo como aquel constituía una
experiencia dramática.
Samael contuvo la emoción y voló para Kir Vael. Allí, liberó al tiranosaurio que mantenía
cautivo. La fierra corrió lejos de aquellas murallas. Aunque no hubiese esperanzas para ella ni
para los de su especie, por lo menos, moriría libre. Más de lo que Samael podía decir de sí
mismo. Preso a los designios de Dios y nunca a los propios.
Samael se dirigió a su cámara para una última mirada de la vista tan familiar desde su
ventana. Quemó, en una pira, la carta que Dios le había enviado. Después, se puso el yelmo que,
en vez de los cuernos de los luciferes, ostentaba una media luna que cruzaba desde la frente hasta
la base del cráneo, se colocó sus guantes negros y partió.
Samael dejó la Tierra y ganó la oscuridad fría del espacio. Buscó a su alrededor y
encontró una montaña flotando, extraviada y sin destino, por entre las estrellas.
—¡Mefistófeles! —vociferó Samael, su voz resonó como un trueno por los confines del
universo hasta las entrañas de la Tierra. —¡Tu hora llegó, abominación de las tinieblas!
¡Levántate de tu escondrijo y enfrenta la luz sagrada de Samael, Estrella de la mañana!
Y el brillo natural de Samael explotó en todo su poder y esplendor. El fuego estelar de las
incontables galaxias empalideció frente al fulgor de su llama. Samael lanzó la fuerza concentrada
de su ser contra la solitaria montaña. Aunque el impacto no pulverizó su armadura forjada en el
primer cielo, le dolió el cuerpo entero al lanzar la enorme montaña en dirección a la Tierra.
El meteoro proyectó su sombra apocalíptica sobre el pequeño planeta azul. Que se
derrumbó eliminando el continente en donde Kir Vael había sido construida. Los océanos
engulleron sus destrozos, junto con diversos litorales e islas esparcidas por los cuatro rincones del
globo. La boca del abismo de Mefistófeles entró en colapso, largas fisuras brotaron de ella como
si el suelo estuviera hecho de vidrio. Siguió lo inevitable, con el diámetro del abismo creciendo a
medida que sus bordes se derrumbaban.
La violencia de la colisión cubrió los cielos de nubes tóxicas que bloquearon por completo
al sol. El mundo se hizo blanco por la nieve y mortal por el frío extremo. La era glaciar había
iniciado y, con ella, el fin de incontables especies. Los grandes lagartos serían sus principales
víctimas. Su desaparición le abrió camino a los pequeños mamíferos que, solo muy
recientemente, comenzaban a aventurarse fuera de sus madrigueras.
Samael sabía perfectamente el macabro papel que estaba desempeñando cuando lanzó el
meteoro. Pero eso no disminuyó su conmoción con la extensión de las muertes y del sufrimiento
que causó. Había constatado que un ángel podía ser un instrumento de destrucción inconfesable.
Como los mares de la Tierra, su sangre se heló en las venas, solo que de terror.
Samael fue despertado de su estupor contemplativo por el grito obsceno que emergió del
planeta herido. Mefistófeles anunciaba su subida a la superficie. Porque las tinieblas que habían
envuelto al mundo eran demasiado tentadoras para él. Y el desafío de Samael lo hizo reír. Iba a
destrozar a ese ángel insolente y consumir su esencia para que jamás regresara a Dios. Al final,
¿no fue el primogénito quien condenó a la sombra del creador a un largo e indigno exilio en las
profundidades? Pues, ahora, el maldito Samael conocería todo el horror de su venganza.
Mefistófeles dejó el abismo hacia el océano que ahora cubría el continente hundido. Su
cuerpo monumental se desplazaba con agilidad por las turbias y frías aguas. Alcanzó la gruesa
capa de hielo que envolvía los mares del mundo, irrumpiendo en un horizonte de cielos
enfurecidos. Los truenos explotaban salvajes a su alrededor.
Samael descendió por entre las nubes. Desenvainó a Enoli y se abatió sobre la bestia. Su
duelo fue feroz. Samael sorprendió a Mefistófeles al luchar con una agilidad y agresividad muy
superiores a las demostradas anteriormente. Samael no se limitaba más a quedarse esquivando y a
causar pequeñas heridas a la piel de la serpiente cuando la oportunidad se presentaba. Esta vez,
realmente estaba atacando. En arriesgadísimos vuelos rasantes, enterraba a Enoli en las carnes de
la bestia para abrirles grandes y sangrientas llagas. Se sumergió bajo la capa de hielo para herir a
Mefistófeles por debajo, arrastrando al enemigo a una lucha subacuática de proporciones titánicas
que devastó los lechos oceánicos. Samael volvió a la superficie con su armadura semi destruida y
la sangre roja recorriéndole las sienes y empañándole los ojos. Sin embargo, a golpes de espada,
también sangró el monstruo, su líquido negro y profano salpicando sobre el blanco glacial del
campo de batalla.
Y el combate se desarrolló durante días. Y los días se hicieron semanas. Las semanas se
hicieron meses, con ambos contendientes manteniéndose firmes. La preparación física y mental a
la que Samael se había sometido durante milenios, evitaba que sucumbiera a el agotamiento.
Porque, si algún sacrificio hecho en nombre del Todopoderoso se hizo digno de leyendas, fue
aquel de Samael, Estrella de la mañana. Ninguna criatura soportó mayores sufrimientos o
provocaciones que el primogénito entonces.
En el calor de aquella insanidad, los contendientes solo luchaban con la razón. Estaban
movidos por puro instinto y ferocidad. Ambos reducidos a las sombras sucias y feroces, Samael y
Mefistófeles estaban tan inmersos el uno en el otro que no se dieron cuenta de la llegada del
inmenso ejército angélico. Este se organizaba en batallones, con la infantería empuñando espadas
y escudos y ladeada por columnas de arquería. Arcos y flechas con plumas de alas de ángel eran
las armas de los querubines hembras. Al frente de las líneas, lanceros que portaban dos tipos
diferentes de lanzas: la de punta única y la de tres puntas o tridente.
Bajo el estandarte de Samael, los luciferes comandaban el mayor batallón. Los demás
eran liderados, respectivamente, por Gabriel, Camael, Nathanael y Matraton, cada uno ostentando
airosamente el blasón de su príncipe. El estandarte de Gabriel traía una trompeta blanca sobre un
fondo dorado. El de Camael presentaba unas alas plateadas abriéndose sobre un fuerte azul. Una
bandera bicolor, verde y amarilla, pertenecía a Nathanael. Y un pentagrama rojo diseñado sobre
negro, a Matraton.
El inexperto ejército, sin embargo, se mostró confuso e inoperante frente al combate
mortal que se desarrollaba. Cuando Samael no había retornado a la ciudad plateada, habían
asumido que había sido derrotado y que su esencia tenía que haberse reunido con Dios. Pero,
ahora, encontraron a Samael vivo y luchando. Eso provocó una terrible incertidumbre en las
huestes angélicas y un caluroso debate irrumpió en la cúpula del comando: si debían unirse al
primogénito en la batalla o no. Al final aquel ejército había sido creado, según órdenes del propio
Samael, para enfrentar a la bestia solamente si el primero hubiera sido vencido. Y esa contienda
todavía se mostraba activa. Por más extrema que fuera la situación, no era natural en un ángel ir
en contra de una orden expresa.
Nathanael, sin embargo, era el más impulsivo de los cinco y tenía una deuda de gratitud
porque Samael lo había rescatado de la bestia en la era anterior. Siendo así, Nathanael desenvainó
su espada y, sin medir las consecuencias, se precipitó hacia Mefistófeles. Y fue ciegamente
seguido por su batallón. Por lo menos, el final de todos ellos fue rápido. Nathanael fue el primero
en caer, decapitado por los colmillos del enemigo. Uno tras otro, sus tropas fueron despedazadas
por la bestia. Una pavorosa tragedia que se convirtió en tema de odas entre los ángeles hasta el
final de los tiempos. Pero el martirio de Nathanael y de los serafines y querubines que lo
acompañaban decidió el curso de la batalla. Le dio a Samael la oportunidad de la victoria que
tanto ansiaba.
Pues al ver a sus hermanos siendo masacrados, cerró el debate en las filas del ejército
angélico. Gabriel hizo sonar el toque de ataque en la trompeta que siempre llevaba en su cintura.
Las tropas se desplazaron, con todo su peso, sobre Mefistófeles. La bestia cambió su enfoque de
Samael hacia la tempestad de espadas, lanzas, tridentes y flechas que se aproximaba. Fue
suficiente para que Samael diera el golpe. Se lanzó como una flecha. El brazo, que empuñaba a
Enoli, totalmente estirado frente a su cabeza. Igual a como había hecho con el tridente de
Leviatán la era pasada, esta vez, Samael atravesó el ojo derecho de Mefistófeles. Penetró el
cuerpo entero por la córnea del monstruo, que se contorsionó en un salto de dolor que lo proyectó
más allá de las nubes. Los alaridos de la bestia quebraron las capas de hielo por todo el globo.
Aturdido, Mefistófeles se derrumbó de nuevo sobre la planicie congelada, rompiéndola con su
peso y deslizándose hasta el fondo del océano.
Gabriel tocó su trompeta dos veces y el ejército respondió cesando el asalto. Samael había
conseguido una brecha para derrotar al enemigo. Y Gabriel tenía toda la intención de darle la
oportunidad de aprovecharla y conquistar la victoria que él tanto había hecho para merecer.
Samael descendió por el cráneo de Mefistófeles, abriendo camino, con su espada, hacia el
interior de la garganta de la gran serpiente. Avanzó por ella, siguiendo el sonido de los latidos del
corazón de la bestia hasta el punto en donde empezaron a resonar más alto. Allí, cortó la pared
del esófago del monstruo y prosiguió entre las venas y arterias. Seccionó carnes, tendones y
músculos hasta llegar al principal de ellos.
El corazón de Mefistófeles era enorme, negro y fétido. Samael empezó a golpearlo
furiosamente. De a poco, Enoli fue destrozando aquella monstruosidad y disminuyendo su
pulsación.
Mefistófeles se arrastraba por el barro y la oscuridad del fondo del mar. Ciego y cada vez
más débil, se movía menos por la razón, que le hacía saber que su destino estaba sellado, que por
el instinto que lo atraía de nuevo a su madriguera en el abismo.
Su corazón herido dejó de latir en el momento en que alcanzó la entrada de la sombría
ranura. Su cadáver se escurrió para dentro del abismo. A medida que caía, Mefistófeles se
deshizo en su propia esencia, sombría y maligna. Al contrario de los ángeles, no ascendió hasta
Dios, pero fue impregnándose por las paredes del abismo. Samael se vio libre cuando la bestia se
disipó por completo. Entonces, arremetió hacia la superficie, en donde estalló una gran
celebración entre los ángeles, incluso después de la trágica pérdida de Nathanael y sus soldados.
Samael, sin embargo, no se resistió por mucho más y finalmente, se desmayó, abatido por el
cansancio.
Los luciferes cargaron a Samael cuidadosa y orgullosamente. El ejército de Dios se formó
a su alrededor. Una escolta de honor para reconducir al príncipe regente a la ciudad plateada.
CAPÍTULO IV

La divina encarnación

Llevó mucho tiempo para que cicatrizaran las heridas de Samael. La lucha con
Mefistófeles también había dejado marcas profundas en la mente y en el espíritu del príncipe
regente. Algunos llegaron incluso a afirmar que el primogénito jamás se recuperaría por completo
de su estadía en la Tierra. Para esa minoría, la mayor prueba era la tristeza que brotaba de la
mirada de Samael siempre que sus pensamientos vagaban de nuevo a los días felices pasados en
Kir Vael.
Aun así, Samael retornó a sus antiguas funciones en la corte con un vigor y energía
insospechadas. En realidad, se esforzó para alejar la melancolía del corazón, manteniendo la
mente lo más centrada posible en los asuntos de los cuatro cielos.
Su estilo administrativo se despojó de cualquier sutileza del pasado para asumir un tono
definitivamente autoritario. El consejo de los cinco, ahora reducido a cuatro miembros, se
convirtió en una pieza meramente decorativa del proceso decisorio. El poder de hecho se vio
transferido a los luciferes, un cuerpo guerrero sin función definida después de la guerra contra
Mefistófeles y al que Samael le permitió conservar sus armas como símbolo de honor. Al final
los ángeles, más que cualquier otro, eran criaturas de rituales y simbolismos. Aunque el ejército
angélico había sido desmontado y su armamento guardado en las centenas de depósitos del
primer cielo, convertidos en arsenales, de donde, se creía, jamás volverían a salir, lo opuesto se
dio con los luciferes. Sus doce miembros originales ganaron un décimo tercer integrante,
Leviatán, y fueron promovidos por Samael a generales. Cada uno recibió el comando de una
falange de querubines, incorporados como soldados luciferes. Ese ejército particular, fuertemente
armado, respondía únicamente al primogénito. Sus tres principales generales eran Belzebu,
Leviatán y Asmodeus, los que, bajo el enigmático título de comisarios, comandaban, de hecho, y
con mano de hierro, respectivamente, el segundo, tercero y cuarto cielos. Por la ciudad plateada,
fueron erguidas innumerables estatuas y murales de Samael, retratándolo en poses de guerrero,
héroe, sabio o temeroso de Dios, evidencias de que una nueva orden personalista y severa se
imponía rápidamente.
Pero, esos cambios no pasaron desapercibidos. Incluso sin oponerse a ellas abiertamente,
muchos ángeles las consideraban erróneas. Particularmente, perturbadores eran los monumentos
erguidos a Samael. Para muchos, una idolatría que desvirtuaba la primera misión de los ángeles:
adorar a Dios.
Miguel, a la cabeza de los célibes, era el principal exponente de esa resistencia silenciosa,
ganándose la simpatía de prominentes serafines como Gabriel y Camael.
Al tener «ojos» y «oídos» esparcidos por los cuatro cielos, Samael se mantenía atento a la
creciente insatisfacción. Para mantener el equilibrio de las fuerzas a su favor, Samael sedujo a
Matraton, el ángel del silencio, para su lado, con promesas de poder y prestigio. Belzebu entregó,
obediente, el comando general de los luciferes a Matraton, bajo la garantía de continuar al frente
del segundo cielo. Así, Matraton pasó a ostentar una armadura negra como la de Samael,
convirtiéndose en su mano derecha, y recibiendo el título de duque y los estandartes de las
falanges del ejército de Lucifer, Estrella de la mañana.
Aun así, Samael era consciente de que la ventaja conquistada era temporaria. En caso de
que no impidiera la multiplicación de sus opositores, muy pronto, su regencia estaría bajo
insustentable refutación. Paranoico y sintiéndose cada vez más arrinconado, Samael decidió
exiliar a Miguel y a los principales líderes de los célibes, los serafines Rafael y Oster y los
querubines Monael, Azapael y Herum, en alguna galaxia menor del universo físico. Una acción
tan extrema que podía lanzar a ambos lados a una confrontación directa, trayendo el caos al reino
de Dios. Sin embargo, Samael era lo suficientemente osado como para correr ese riesgo. Y él
confiaba en que sus luciferes serían suficientes para mantener el orden y asegurarle la victoria.
Pero, no hubo tiempo para que Samael y sus seguidores actuasen. La guerra en los cuatro
cielos estalló antes de eso, cuando Dios descendió sobre la ciudad plateada, de la que había
estado alejado desde el inicio de los tiempos. Los ángeles, acostumbrados a ser convocados frente
al Todopoderoso y no al contrario, se vieron sorprendidos. Cayeron de rodillas y lo adoraron.

Antes de la llegada del Señor, sin embargo, otro acontecimiento dramático llegaba a su
ápice en los aposentos de Ravel y Azazel. Ravel, obviamente, no era uno de los célibes, pero
tampoco jamás fue un simpatizante de Samael. Su esposa, en cambio, admiraba la fuerza, el
esplendor y los actos del príncipe regente. Por eso, Azazel se alistó en los luciferes, revelándose
tan habilidosa en el manejo del arco como lo era con los pinceles que había abandonado en pro de
su nueva carrera.
Ravel se debatía entre la amistad con Miguel y el amor por Azazel. Esta sabía del
conflicto interno de su marido y sufría por eso. Ravel temía las transformaciones por las que
Azazel estaba pasando, pero era incapaz de enfrentarla. Tenía miedo de perderla si lo hacía. Y el
miedo, tanto como el odio y la codicia se constituía en uno de los caminos del mal.
—Pasé por las forjas de Tormel’ab para verte, esposo mío, no obstante, me dijeron que
pediste ausentarte del trabajo en los dos últimos cielos—dijo Azazel. —¿Eso es verdad, marido
mío? ¿Por qué no me contaste? ¿En dónde estabas?
Ravel tragó saliva.
—Salí más temprano para ayudar en la construcción del templo al oeste del gran
Minarath.
—El templo de los célibes en el cuarto cielo—dijo Azazel, las palabras brotaron amargas
de su boca. –Fuiste a ayudar a tu amigo Miguel.
Ravel se encogió bajo la mirada severa de su esposa.
—Sí... —Se limitó a decir, vacilante.
—Sabes lo que pienso de esa amistad entre ustedes.
Entonces, Azazel hizo algo inesperado. Sonrió.
—Pero, todo bien. Pronto, nuestra casa estará libre de la influencia distorsionada de
Miguel.
—¿Cómo? —Se intrigó Ravel.
Azazel evaluó la situación por un momento antes de responder.
—¿Me das tu palabra de que mantendrás el secreto, principalmente frente al traidor de
Miguel?
Ravel estaba confundido.
—¿Traidor?
—¡Tu palabra, esposo!
—Tienes mi palabra—se comprometió Ravel. —Ahora, dime lo que está pasando.
—Se dieron órdenes. Se harán arrestos. Se aproxima la hora en que tu lealtad será puesta a
prueba, Ravel. De qué lado estarás, me pregunto. ¿Con la compañera que te ama o con el amigo
que tanto aprecias?
—¿Cómo me haces esa pregunta, Azazel? —Se indignó Ravel. —¿Qué tipo de elección
es esa?
—La única elección que te queda. Los célibes serán barridos junto con sus textos y obras,
como el templo que tú ayudas a construir. De las ideas subversivas que ellos difundieron, ni los
recuerdos quedarán.
Ravel se sintió conmocionado. Jamás se imaginó que la animosidad que dividía a la
sociedad angélica hubiera alcanzado tamaña proporción. Se angustió con lo que podía pasar. Y
más, ¿qué sería de Miguel, el único al que llamaba verdaderamente de hermano?
Ravel pretendía sacarle más informaciones a Azazel, pero, en ese instante, ambos
sintieron la llegada del Creador. La pareja salió a las calles congestionadas para unirse a los
demás habitantes del primer cielo. Todos se postraron de rodillas frente al Altísimo, su enorme
figura flotando sobre las relucientes torres de la magnífica ciudad. Su llegada había sido sentida
por los ángeles de los otros cielos, los que venían, apresuradamente para sumarse a sus hermanos.
Y, cuando, por fin, todos sus hijos se habían reunido en la ciudad plateada, Dios profirió
su buena nueva, tomado por un júbilo y emoción inigualables. Pues, en ese momento, estaba por
coronarse lo más grande de la Creación, al mismo tiempo, alabado y maldecido por la más vasta
colección de poemas, canciones, libros, pinturas y trovas concebidas por los ángeles. De la
alegría por la llegada de Dios a la tragedia pavorosa de la rebelión, el verdadero legado de aquel
día estaba por iniciarse.
—Hijos míos. Vengo a revelarles el misterio de la divina encarnación—dijo Dios, con voz
solemne. —Estoy aquí para anunciar la llegada del hombre. Para él, y solo para él creé el mundo
encarnado, llamado por ustedes, criaturas de luz y espíritu, como plano físico. El hombre es mi
mayor creación, la más perfecta, la más bella y la más amada. Ante el hombre, todas las criaturas
celestiales deben curvarse en adoración y dar gracias. Ustedes cuidarán bien del hombre y
servirán a su raza con fidelidad. Así se hará, pues esa es la palabra de Dios.
Y, terminado el anuncio de su voluntad, Dios partió de vuelta a las alturas, para jamás
regresar a la ciudad plateada, dejando atrás de sí júbilo y admiración, pero también consternación
y sublevación.
La mayoría de los ángeles aceptó con alegría el pronunciamiento del Señor, abnegados y
dispuestos a la nueva misión que les fue confiada. Sin embargo, estaban aquellos que se sintieron
engañados y traicionados, ciegos por el orgullo y seducidos por el esplendor de Samael, que los
hacía olvidarse de que su gloria era oriunda de Dios y no de ellos mismos.
Dios todavía se alejaba cuando Samael se retiró furioso para sus aposentos. Expulsó a sus
esposas a los empujones y tan grande fue su frustración que destruyó todo lo que encontró por
delante. Samael atravesó paredes con la fuerza de sus puños, destruyó un ala entera del palacio.
Atónitos, los luciferes se limitaron a aislar el más amplio perímetro que pudieron para proteger a
su líder de las miradas curiosas. Aunque eran de la estirpe de la nobleza, a los príncipes Gabriel y
Camael, también se les prohibió acercarse a él. Samael solo se detuvo cuando apenas quedaban
ruinas a su alrededor. Cansado, buscó asiento en un bloque torcido que había sido parte de una
pared. Lágrimas de odio caían por su rostro. Las palabras de Dios todavía pululaban en su mente,
atormentándolo.
«El hombre es mi mayor creación, la más perfecta, la más bella y la más amada». Pero,
¿no era Samael hecho a imagen y semejanza de Dios? ¿No fue el propio Creador el que lo llamó
su hijo más amado? ¿El más bello y más perfecto? ¿Cuándo había dejado de serlo? ¿Qué había
hecho para merecer tal deshonra?
«Para él, y solo para él, creé el mundo encarnado...». El mundo que Samael tanto amaba
y codiciaba, por el cual había sangrado y padecido, que el destino le había negado, ahora era,
desdeñosamente, ofertado a esa criatura hombre.
«Ante el hombre, todas las criaturas celestiales deben curvarse en adoración y dar
gracias» Y ese fue el tercer dolor en el pecho de Samael. Los ángeles eran criaturas glorificadas.
Eternas, aladas, puras y magníficas. Estaban por encima de toda la Creación. ¿Ahora surgía el
hombre? ¿Y a ese abyecto, hecho de carne, deberían inclinarse los primeros? ¿Luz admirando
materia? Dios tenía que haber enloquecido, pensó Samael. O tal vez tendría recelo de cuán
poderosos y sabios se habían hecho los ángeles. Dios pretendía disminuirlos a través del hombre.
Samael secó sus lágrimas. Él nada le debía a un padre que demostraba tamaño desprecio
por sus propios hijos. Convocó al consejo de los cuatro y a los demás serafines al gran salón. De
pie, frente a los cinco tronos, con el de Nathanael eternamente vacío, fue la vez de Samael de
difundir su evangelio.
—Dios nos pide sumisión a la carne, a lo inferior. ¿Por qué? Porque cuanto más grandes
nos hacemos, a través de nuestros hechos y realizaciones, más Él nos teme—vociferó Samael. —
Él teme que descubramos la verdad. Que sus hijos crecieron y ya no necesitan vivir a la sombra
de su Padre. Que su control sobre nosotros está terminado. Que podemos y debemos ser libres,
señores de nuestra propia voluntad.
—¡Blasfemia! —gritó Miguel, en medio de la multitud de serafines. —Dios no nos teme.
Él nos ama.
—Miguel tiene razón—prosiguió Samael. —Dios está hecho de amor. Por eso, Él es
incapaz de emplear violencia. Pero nosotros tenemos esa habilidad. ¿Se dan cuenta, hermanos?
Dios no tiene los medios para alcanzarnos. ¿Con qué podría herirnos?... ¿Palabras duras?
¿Miradas severas?
Gabriel y Camael se escandalizaron frente a los incontables serafines que se reían del
desenfreno profano de Samael.
—Dios vino a NOSOTROS cuando necesitó librarse de Mefistófeles—continuó Samael.
—Suplicó para que arrasemos la Tierra, cuando le faltó el coraje de decirnos que sería
entregada en bandeja el hombre. Él nos usa para su trabajo sucio, nos hace instrumento de
violencia y muerte. Y, al final, ¿no somos lo suficientemente buenos? ¿Debemos sujetarnos como
meros sirvientes del Hombre, una criatura que viene a tomar lo que es nuestro por derecho? ¡Yo
digo, alto y a viva voz, que NO!
La mitad de los serafines asistía, aturdidos, mientras la otra mitad vitoreaba a Samael.
—Hermano— se entrometió Gabriel. —¿Qué estás diciendo?
—Que la verdad nos liberará—proclamó Samael. —Seremos libres, si así lo deseamos.
Pues las cadenas que nos apresan al Creador existen solo en nuestras mentes. Romperlas depende
únicamente de la voluntad de cada uno de nosotros. La verdad tan temida por Dios es que el
control que Él ejerce sobre nosotros le es dado por nosotros mismos. Si nos hacemos lo
suficientemente maduros y sabios para darnos cuenta de eso, dejamos de ser esclavos para
convertirnos en maestros de nuestro propio destino. Descubrimos que la Creación es nuestra para
hacer de ella lo que nos parezca. Dios se vuelve irrelevante, hermanos. Y nosotros nos volvemos
dioses.
Gabriel y Camael se levantaron de sus tronos, indignados. Matraton permaneció sentado,
su mano se deslizó discretamente a la empuñadura de la espada que llevaba a la cintura. Estaba
listo para saltar y hacer pedazos a cualquiera que amenazara al príncipe regente.
—No asistiré callado a esta locura—vociferó Gabriel. —¿Cómo te levantas contra el
Padre que nos creó y nos dio la vida? ¿Qué perfidia hace que hables contra su santo nombre?
—Nosotros somos ángeles. Heraldos de Dios—completó Camael. —Cumplir su voluntad
no es un fardo, sino la mayor gloria que nos fue dada. ¡Maldito sea este día! Ojalá fuera ciego y
sordo para no ver tamaña deshonra y oír tantas blasfemias. Porque de la boca de Samael, Estrella
de la mañana, brotaron palabras tan terribles como las de la bestia Mefistófeles.
Samael se acercó a Gabriel y Camael. Y la crueldad de su mirada les heló el espíritu.
—¿Yo les ofrezco la libertad y a cambio recibo insultos e injurias? ¿Cómo osan
compararme con la bestia? —Se enfureció Samael. —¡Pues no fue otro sino yo el que sangró
para derrotarla! ¿Nadie más que yo luchó en nombre del Señor!
—Si corrompes el final, los medios se hacen impuros—dijo Miguel. —¡Luchaste por
Dios, pero de eso te vestiste de gloria para ti mismo! ¡Cuán impío te hiciste, maestro Lucifer!
—Revelas ahora tu verdadera cara, Miguel—contraatacó Samael. —Traidor de tu raza y
adulador de un Dios que niega nuestro derecho. Maldito seas y todos los que te siguen.
—Está lejos de mi tener seguidores, ingrato hermano. Porque todos somos temerosos del
Señor. Solo a Él le debemos obediencia. Como fue desde el principio y será hasta el final de los
tiempos.
Una terrible sonrisa se dibujó en el rostro de Samael.
—Que así sea—dijo el príncipe regente. —Que se unan a Miguel los insatisfechos y
veamos qué verdad pesará en el corazón de los ángeles.
Camael y Gabriel descendieron del podio y se posicionaron al lado de Miguel. Atrás de
ellos, se perfilaron la mitad de los serafines. Samael los miró con furia y rencor. Matraton se
levantó de su trono y se paró detrás de su maestro.
—Vayan, hermanos míos—dijo Samael a los que lo siguieron en su rebelión. —Vayan y
compartan mi buena nueva con todos aquellos que encuentren. Que los vientos de libertad soplen
en sus alas en dirección a la salvación de nuestro pueblo. En este día bendecido, reniego del
nombre que me fue dado por Dios. De ahora en adelante, seré conocido solo por mi nombre
angélico. Soy Lucifer, Estrella de la mañana, Señor de los cuatro cielos y de todos los serafines y
querubines.
Y los serafines rebeldes se fueron del gran salón, dividiéndose en grupos, una para cada
cielo de origen. Lucifer se retiró, seguido por Matraton. Se reunieron en el palacio de Ashabar, el
cuartel general de los luciferes, en el extremo sur de la ciudad plateada, en donde Lucifer
convocó a sus generales. Sus órdenes eran claras. Eliminar a los de la resistencia y garantizar el
trono al primogénito por las armas.
Sin embargo, aturdido por su propio esplendor y ganancia, Lucifer subestimó la lealtad de
los ángeles. Pues, si sus serafines probaron ser veloces en difundir el fuego de la rebelión,
mayores fueron el horror y la indignación que despertaron en muchos de los querubines. Al
contrario de los poderosos y orgullosos serafines, los querubines eran, por naturaleza, más
humildes y serviles, por lo tanto, menos propensos a la idea de traicionar a su Creador. Menos de
un tercio de ellos fueron seducidos por las traicioneras palabras de Lucifer. Los querubines leales
a Dios no esperaban órdenes superiores para rehusarse a continuar sirviendo a las
administraciones de los luciferes del segundo, tercero y cuarto cielos. Encolerizado por la
desobediencia, Lucifer tomó la decisión que, finalmente, desencadenó la guerra entre los ángeles.
Los luciferes ejecutaron a los líderes insurgentes que pudieron encontrar, como ejemplo para que
los demás regresaran a sus trabajos. El primero en padecer bajo las flechas de un pelotón
luciferino fue un minero del cuarto cielo llamado Rastael. Su muerte se convirtió en tema de
tristes versos y canciones, pues, hasta entonces, ningún ángel jamás había levantado su mano
contra otro.
La resistencia contra Lucifer, hasta aquel momento pacífica, se levantó en armas. Gabriel,
Camael, Miguel y un puñado de serafines invadieron una docena de arsenales del extinto ejército
angélico, distribuyendo espadas, lanzas y escudos entre los ángeles leales dispuestos a luchar. Al
tomar conocimiento de lo ocurrido, Belzebu lideró, personalmente, una falange contra ellos. La
contienda que se desató, devastó el parque Lat’ve, convirtiéndolo en un claro abierto en medio de
la región central de la ciudad plateada. Aunque breve, de poca monta y con un pequeño número
de bajas registradas de ambos lados, se hizo célebre por haber sido el primer combate de los
muchos que se darían en la gran guerra. Y, cuando comenzó, una sombra de horror y miedo
cubrió los corazones de los seguidores de Lucifer. Pues, mientras las esencias de los leales
muertos ascendían a Dios como era esperado, la de los rebeldes abatidos se mostraban incapaces
de hacer lo mismo. Pesadas e impuras, caían lejos del Creador y de los cuatro cielos,
retorciéndose como gusanos hacia un lugar que Lucifer desconocía. Sin embargo, era demasiado
tarde para que los rebeldes se arrepintieran o volvieran atrás en sus maléficos actos. De hecho,
sintieron más odio contra los ángeles leales por causa de eso. Y, con la furia redoblada, los
rebeldes, armados por los luciferes, se lanzaron contra el enemigo. Gabriel y Camael, a su vez, no
se quedaron parados y trataron de organizar a los ángeles leales en un improvisado ejército con
todas las armas que pudieron reunir de los arsenales a su alcance.
Mientras los otros cielos eran mantenidos bajo el severo control marcial de las falanges
luciferinas, la ciudad plateada se transformó en un feroz campo de batalla. La lucha salvaje se
esparció por cada calle, salón y corredor, cobrando pesadas bajas de los dos lados.
Lucifer guerreó frente a su ejército. En su puño, Enoli resplandecía, matando a
incontables enemigos. Más de dos mil de ellos habrían sucumbido bajo sus golpes. De hecho, su
lámina cortaba el aire con la misma facilidad que dilaceraba a los adversarios.
No tardó mucho para que los embates se extendieran a las forjas, en donde el fuego de
Dios, que todo lo consumía, se mantenía prisionero en los grandes hornos solo por la voluntad del
Señor. Sin embargo, en el calor de la batalla, muchos hornos terminaron dados vuelta y
destruidos. El fuego escapó y se esparció, empezando a consumir la plata de la que se constituía
la ciudad. En seguida, el humo negro y fétido de la quema del metal sagrado, invadió los palacios
y edificios, oscureciendo las calles, alamedas y parques. La bella metrópoli había sido convertida,
por la anarquía y violencia, en un escenario de muerte y destrucción.
Pero, la ganancia de Lucifer, que fomentaba aquella guerra, también sería la razón de su
ruina. Deseando todo para él, vaciló, hasta último momento, en convocar a las tropas que
mantenían los demás cielos bajo su control. Un error que se reveló fatal, porque permitió que los
ángeles leales de la ciudad plateada, en mayor número, cercaran a los rebeldes en un movimiento
de pinza. Envueltos en una emboscada que comprendía desde el centro norte de la ciudad hasta
los jardines de Altern, Lucifer y Matraton lideraron cargas seguidas de lanceros y arqueros en
desesperadas tentativas para romperla. Todas infructíferas. La última de esas envestidas asistió
una de las mayores tragedias de aquellos tiempos.
Miguel era uno de los muchos defendiendo la línea de frente contra el ataque rebelde.
Había abatido a dos soldados luciferinos a golpes de espada al abrir un profundo corte en el
cuello del primero y enterrar su lámina en el pecho del segundo, cuando se deparó con un soldado
rebelde que venía en su dirección. No un enemigo cualquiera, sino su mejor amigo, Ravel.
Si Azazel había sido seducida por las ideas distorsionadas de Lucifer, el pecado de Ravel
fue otro. Porque Ravel no creía en la causa de su esposa. Al contrario, traicionó a su Dios, a su
amigo Miguel y a todo lo demás en lo que creía por amor. Su perdición fue amar a Azazel más
que al Señor.
Sin elección, los amigos se lanzaron el uno contra el otro. Sus espadas cortaron el aire con
la furia de su desesperación mutua. En ese momento, al exterminar al lancero leal con su arco,
Azazel, súbitamente, avistó aquella escena de pesadilla. Ella corrió hasta su amado Ravel. Pero
era demasiado tarde. Miguel le amputó el brazo de la espada. Ravel cayó de rodillas y sonrió,
aliviado porque le victoria era de su amigo.
Azazel se detuvo para apuntar con el arco. Miguel, sin embargo, fue más ágil. Las
lágrimas descendían por el rostro de Miguel cuando su espada separó la cabeza de Ravel del resto
del cuerpo.
—¡NO! —gritó Azazel, enloquecida.
Profundo fue el dolor de Miguel porque Azazel tuviera que ver la muerte de su marido.
Azazel lanzó, de inmediato, una ráfaga de flechas contra Miguel. Miguel avanzó hacia ella,
partiendo cada flecha en el aire con su espada. Su último golpe terminó cortando al medio el arco
de Azazel. Ella cayó de espaldas, con la punta de la espada de Miguel sobre su garganta. Aun así,
no había miedo en aquellos ojos fijos en Miguel. Porque irradiaban solo un intenso odio del que,
Miguel lo sabía, jamás estaría libre. Él la hizo prisionera, mientras los rebeldes retrocedían,
derrotados. La línea de los ángeles leales había aguantado.
En ese medio tiempo, una revolución de querubines beduinos estalló en el tercer cielo.
Había sido fomentada por el serafín Rafael, el que, al mando de Gabriel, peleaba en secreto, en
los vastos oasis del tercer cielo. Rafael consiguió montar una fuerza capaz de subyugar a la
guarnición local de luciferes. Tal estratagema aisló al cuarto cielo de cualquier interferencia
posterior en la guerra.
El único destacamento luciferino todavía capaz de enviar refuerzos a su maestro estaba
estacionado en el segundo cielo, al comando provisorio de Leviatán. Este marchó con la totalidad
de sus fuerzas, ni bien supo del cerco que amenazaba a Lucifer, pero no sin antes ejercer una
pavorosa venganza contra los locales. En uno de los peores crímenes de la historia angélica,
Leviatán ordenó que degollaran a más de trece mil querubines. No obstante, el efecto de terror
pretendido fracasó. Porque, inmediatamente después de su partida, la población no se intimidó en
fortificar posiciones y librar al segundo cielo de toda estatua, mural e inscripción referente a
Lucifer o sus seguidores.
Las tropas de Leviatán se mostraron tan inútiles como sus actos de barbarie. Fueron
aplastados, todavía a las puertas de la ciudad plateada, por una hueste de serafines leales
organizados bajo la bandera de Camael. De las sesenta falanges luciferinas y de voluntarios,
menos de ochocientos combatientes sobrevivieron como prisioneros, entre los que se encontraba
Leviatán. La contienda dejó el amargo precio de doscientos seis serafines leales abatidos, cuyo
sacrifico fue decisivo para el desenlace de la guerra.
Hasta el último momento, Lucifer vendió caro cada palmo de terreno conquistado por el
ejército leal. Entre tanto, desprovisto de refuerzos y con la ciudad plateada enterrada de forma
lenta, pero inexorable, por el fuego de Dios, su destino estaba sellado. Lucifer se rindió, frente a
su agotado ejército, entregando a Enoli a manos de Gabriel. Los luciferes del cuarto cielo, último
bastión rebelde, depusieron sus armas en seguida. Así, terminó la rebelión y dio inicio a la
condena de aquellos que habían osado participar de ella.
Incierto sobre cuál destino darles a los siete millones cuatrocientos cincuenta y unos mil
novecientos veintiséis prisioneros, Gabriel fue a buscar el consejo de sus pares más próximos.
Miguel le sugirió que rezaran a Dios por una respuesta. Los dos se arrodillaron, solitarios, en las
ruinas de la capilla de Ashoval Torm, que quedaba en el perímetro de su cuartel general de
campaña. Dios atendió a sus rezos con una visión compartida por ambos. En ella, vieron las
imágenes de cómo deberían proceder. Fue una visión horripilante que los llevó a llorar por el
castigo determinado a sus hermanos rebeldes. Sin embargo, siempre fieles y obedientes,
siguieron al pie de la letra las determinaciones del Padre Todopoderoso.
Dos tercios de lo que quedaba de la población angélica se constituía de leales, número
más que suficiente para ejecutar el plan de Dios. La mitad de ellos escoltó a los prisioneros, bajo
armas, al plano físico. Lucifer se sorprendió al regresar a la Tierra, a la que imaginaba
irremediablemente perdida para él. En aquellos días sombríos, representó un breve aliento para el
príncipe caído, un preludio a su real provocación, lista para comenzar. Uno después de otro, los
ángeles lanzaron a los rebeldes al abismo, el pozo de oscuridad eterna y maligna excavado por el
inmenso cadáver de Mefistófeles en las profundidades oceánicas de la Tierra. Los primeros
demonios, o caídos, o Daemel, fueron, respectivamente, Abbadon, Celsus, Ammon, Essas,
Astaroth, Uriel, Acaos, Grésil, Balam, Behemoth, Achas, Nephtalius, Isacaron, Leviatán,
Belzebu, Asmodeus, Zabulon, Amand, Alexh y Cham. Millones los siguieron. Hasta que,
finalmente, solo quedó su maestro.
—¡Esto todavía no acabó! —vociferó Lucifer. —¡Tendré mi venganza! ¡Contra ustedes y
su Dios!
Y, con esa promesa profana, el más bello y perfecto de los ángeles fue empujado al
abismo y a la perdición eterna. Cayó teniendo solo a las tinieblas por compañía. Hasta que, por
fin, alcanzó el fondo del abismo, oscuro y fétido como las propias entrañas de Mefistófeles. Y, en
sus paredes, Lucifer sintió algo más que la pura maldad. Las esencias de los rebeldes muertos en
la gran guerra estaban impregnadas en ellas. Entonces, Lucifer tuvo la certeza de que estaba en
casa. Y lloró.
Mientras sus hermanos conducían a los condenados a su prisión en la Tierra, la otra mitad
de los ángeles leales voló hasta la muralla oeste de la ciudad plateada, todavía no alcanzada por el
fuego que ahora consumía casi todo el primer cielo. Usando la fuerza concentrada de sus brazos y
alas, más de siete millones de ángeles empezaron a empujar la enorme ciudad hasta su destino
final. Lenta, pero firmemente, la ciudad empezó a moverse. A medida que avanzaba en dirección
al universo físico, el calor de sus áreas norte y este hacía que la plata derretida de escurriera
abundantemente por el vacío. Cuando se enfriaba, la plata recuperaba su brillo natural como
gotas metálicas flotando eternamente por las vastedades en torno a los cielos. Estas gotas se
transformaron en estrellas que señalaban el firmamento de los dominios angélicos.
Al alcanzar el plano físico, el fuego de Dios se apagó, sin embargo, no a tiempo para que
la ciudad plateada se conservara digna de su nombre. Porque el incendio la encogió y deformó de
tal manera que de ella solo restaba una grotesca masa deforme, reducida a un milésimo de su
tamaño original. Sin embargo, aún lo suficientemente grande y compacta para su última tarea, fue
cuidadosamente posicionada sobre la boca del abismo, para cerrarlo como un tapón. El sello
retorcido de la prisión de los demonios. Sin embargo, como todo lo hecho de improvisto, sujeto a
fallas, más específicamente incontables brechas que quedaron entre los contornos deformados del
sello y los bordes de la entrada del abismo. La mayoría de esas brechas tenía un tamaño
despreciable, pero, una que otra era lo suficientemente ancha como para que un demonio pudiera
escabullirse hasta la superficie.
Parte II

El maestro de los demonios


CAPÍTULO V

Adán y Lilith

El abismo, frío y oscuro, un lugar de desolación y tormento. Después de la caída, por lo


que pareció una eternidad, los demonios vagaron sin rumbo como espectros del dolor, a través de
esa vasta cárcel, perdidos en pensamientos sombríos, alimentando el odio por su derrota. La
malignidad del abismo se insinuó en ellos desde su llegada, entrañándose en sus espíritus como
una enfermedad, consumiendo la poca luz que les quedaba. Solo Lucifer mantuvo su brillo
natural en ese pozo de tinieblas, aunque su espíritu también estaba corrompido. Sin embargo, al
contrario de los demás, él no deambuló sin destino, prefirió tomar asiento sobre una gran roca
para meditar sobre todo lo que había hecho y podía haber sido.
Su luz funcionó, inadvertidamente, como un farol para sus pares. Lentamente, ellos
despertaron para la pavorosa realidad que los cercaba y se dirigían a su maestro a falta de otra
opción. Entre los primeros que se congregaron en torno a Lucifer estaban sus tres esposas,
Prosperine, Astarte y Eisheth. Los dos restantes, Rosier y Verrier, por más que amasen a su
marido, se habían rehusado a traicionar a Dios. Roiser terminó casada con Gabriel y Verrier fue
tomada por Camael.
En aquel tiempo, aunque en secreto, muchos demonios ya habían maldecido a Lucifer por
su desgracia. Entretanto, estaban demasiado desorganizados y asustados para enfrentarlo.
Además, el liderazgo del Primogénito se probó como fundamental en aquellos primeros días de
caos e incertidumbre. Lucifer los mandó a examinar el abismo en busca de recursos naturales y
reunir a los demonios que todavía estaban extraviados. No tardaron en encontrar ricos
yacimientos minerales. Hierro y cobre brotaban abundantes del suelo, al igual que el oro y la
plata. También había una cantidad incontable de fuentes termales que escupían calor y azufre.
Además de las vastas planicies de un barro pegajoso y fétido.
Exploradores fueron enviados al gran sello y descubrieron las brechas que llevaban a la
superficie. Sin embargo, los demonios habían pasado demasiado tiempo en el abismo. La
influencia de su oscuridad creció de tal forma en sus corazones que se les hizo imposible alejarse
de ella. Sus voluntades eran incapaces de romper los grilletes invisibles que los apresaban a aquel
lugar de condena sin fin. Solo los serafines caídos se mostraban lo bastante poderosos para ganar
la superficie. Pero, ni el mismo Lucifer conseguía mantenerse alejado indefinidamente. A cada
mes pasado en libertad, le seguían otros tres en el confinamiento del abismo, cuando Lucifer
aprovechaba su notoria ingeniosidad para erigir su imperio en el submundo.
Lucifer ordenó la conversión de las fuentes termales en inmensas forjas, usadas para
desarrollar toda una nueva generación de herramientas de hierro y cobre y, cocinando el barro
negro de las planicies, hicieron enormes bloques de construcción. Estos fueron la base de los
primeros palacios de lo que se convertiría en la ciudad Sombría, la gran morada de los demonios
del abismo. En realidad, una versión más pequeña, distorsionada y maligna de la extinta ciudad
plateada. Ambas moradas se asemejaban en el diseño de las calles y avenidas y en la disposición
de los centros de poder. No obstante, la ciudad Sombría estaba despojada de cualquier señal de
belleza o armonía. No había parques, jardines ni herbarios. Era severa, fría y melancólica.
Cercada por una amplia muralla intercalada por centenas de imponentes torres, asumiéndose más
como una cruel fortaleza que como una metrópoli. En su centro, la más vasta de todas las
construcciones se levantaba tan alta que podía ser avistada desde los más lejanos rincones del
abismo. El palacio de Lucifer. Una pirámide negra, sucia y macabra, en cuyo pico ardía la
descomunal pira conocida como Lucifael, símbolo de la luz y del poder imperial del príncipe de
las tinieblas. Alimentada por el fuego canalizado de las profundidades, su brillo fantasmagórico y
sus nubes de azufre cubrían la ciudad como un manto de opresión sobre las cabezas de sus
infelices habitantes.
Las forjas trabajaban incansables, produciendo utensilios, estatuas y bustos de Lucifer. Y
armas, muchas armas. Leviatán, general armero del abismo, confeccionó, personalmente, una
nueva espada para su soberano. De hoja negra y empuñadura entallada con la forma de una
serpiente metálica de dos cabezas, era una adversaria digna de la legendaria Enoli. La llamaron
Mefistófeles, en honor a la mayor de las conquistas de aquel que la empuñaba. También había
tridentes, espadas, dagas, escudos y armaduras suficientes para equipar pesadamente al ejército
del Mal. Porque, si sin fin era la guerra contra los ángeles, lo mismo se podía afirmar de la
malicia de Lucifer. Armando hasta los dientes a las distintas facciones que se formaban entre los
demonios, más fácil se le hizo al primogénito manipularlas una contra la otra y, así, asegurar su
corona. Para tanto, el príncipe supremo disponía de setenta y dos serafines caídos, a los que llamó
príncipes de demonios. Les seguían los más aguerridos de los antiguos querubines, en un número
de treinta y nueve, incluyendo a Azazel, entre los que Lucifer distribuyó los títulos de duques y
condes. Esos ciento once privilegiados eran los generales del abismo, cada cual con el comando
de una legión de seis mil seiscientos sesenta y seis demonios. Así se ordenaban los caídos. Y
malditos eran, pues, aunque fueran generales, nobles o plebeyos, se odiaban a sí mismos y a la
ciudad Sombría casi tanto como a su temido señor.

El Edén era una vasta región situada al oriente de la Tierra, escogida por los ángeles para
refugiar al más bello de los jardines. Para tanto, lo habían adornado con plantines de árboles
traídos de los cuatro rincones del mundo. Había, sin embargo, un ejemplar raro y único que se
destacaba de los demás, elegido entre los más magníficos del segundo cielo y plantado por
Miguel en el corazón del Edén. Era llamado árbol de la vida y sus magníficos frutos llevaban el
conocimiento del Bien y del Mal.
Caprichosos y dedicados, los ángeles escavaron ríos para que bañen el jardín y
seleccionaron los más dulces animales para habitarlo. Eran cuatro los ríos que recorrían el Edén y
sus nombres: Pisom, Giom, Hidéquel y Éufrates
Gabriel cerró los trabajos satisfecho de que las órdenes dadas por el Señor habían sido
cumplidas con esmero. Gabriel, que ahora exhibía un brillo idéntico al de Lucifer, como el nuevo
portador de la luz sagrada, el heraldo de Dios frente a la Creación.
Y el soplo de Dios llegó, levantó el polvo de la tierra fértil de abajo del fresco césped del
jardín, formó dos nubes de polvo que crecieron y rodaron, cada vez más rápidas hasta darle forma
al hombre y la mujer. Y el soplo les entró por las fosas nasales como un aliento de vida, dándoles
almas vivientes de carne, sangre y huesos. Criaturas que no debían jamás conocer la muerte ni el
dolor.
Gabriel y los demás serafines se arrodillaron frente al Hombre. Y vieron que compartían
con el Hombre la misma lengua. Las nuevas criaturas se acercaron a los seres alados y sintieron
los corazones livianos y contentos en su presencia.
Gabriel se levantó para saludarlos.
—Vengo, a pedido del Padre Todopoderoso, a darles la bienvenida, Adán y Lilith—dijo
Gabriel, llamándolos por los nombres que Dios le había dado. —Ustedes son los hijos más
amados del Creador. Estamos aquí para servirlos y protegerlos. Dios les ofrece a ustedes las
tierras del jardín del Edén para labrarlas, sus animales para que se alimenten y sus aguas para
saciarse. De todos los árboles coman libremente, pero no del árbol de la vida, símbolo de la
alianza con el Señor, porque, el día que lo hagan, seguramente morirán.
Y a Adán le fue dada la prevalencia sobre la mujer y a todo lo viviente e inanimado le fue
permitido darle un nombre, como a Lucifer antes de ellos en los cuatro cielos.
Como nunca llovía y el clima se mantenía siempre agradable en la seguridad del Edén,
Adán y Lilith dormían donde querían, bajo un cielo de estrellas plateadas, en cantidad y belleza
jamás igualadas frente a los ojos humanos.
De día, Adán cazaba, pastoreaba, pescaba y araba mientras Lilith limpiaba la comida y
cocinaba. Pero, cuando la noche caía y Adán buscaba los placeres ofrecidos por las carnes de la
mujer, ella lo despreciaba, creyendo que la apariencia de él era miserable frente al esplendor de
los serafines. Un comportamiento que generó un profundo resentimiento en Adán, que se iba
impacientando cada día más con el rechazo de su esposa.
Cierta mañana, cuando Adán sembraba los campos del norte y Lilith se lavaba el cabello a
orillas del Pisom, ella fue visitada por un ángel aún más bello que Gabriel. Lilith se encantó con
él. El esplendoroso ser la confrontó por los motivos que la hacían negarse al marido.
Avergonzada y sorprendida, Lilith confesó que prefería la muerte a ser tocada por aquel hombre
rudo. Ella decía eso sin sacar los ojos de las lindas manos del ángel, que parecían tan suaves, muy
diferentes a las de Adán, llena de callos y sucia por el trabajo.
El ángel le recordó que Dios la había creado para Adán y, por lo tanto, ella tenía la
obligación de satisfacer al marido. Al final, el Hombre había heredado la Tierra para crecer y
multiplicarse sobre ella.
Impotente, Lilith lloró deseando morir. Sin embargo, aquella no era una salida. Porque los
humanos podían ser heridos, pero no muertos en aquellos tiempos. Ni siquiera por los ángeles.
—Existe, sin embargo, un camino para que puedas librarte de lo que te atormenta—reveló
el ángel. —Un poder capaz de llevarla lejos de los serafines que, seguramente, vendrán tras su
rastro. Pero, para eso, tendrá que renegar de Dios. Desde ahora hasta el final de los tiempos.
El precio era demasiado alto. Y Lilith vaciló.
—Piensa con cuidado, mujer—dijo el ángel. —Si decides aceptar mi oferta, basta que
retornes a este mismo lugar y digas mi nombre.
El ángel partió tan inesperadamente como había llegado, dejando a Lilith asolada por
dudas e incertidumbre. Los siguientes días se arrastraron en medio de un remolino de emociones
conflictivas. Sin embargo, cuando Lilith empezaba a aceptar la idea de permanecer fiel a Adán,
principalmente, después de la aparente disminución de los avances de él, la tragedia descendió
sobre el Edén.
Adán se cansó de que Lilith le negara lo que era suyo por derecho. Aquella noche, él
buscó los labios virginales de su esposa, solo para, nuevamente, ver sus besos rechazados. Esta
vez, sin embargo, él estaba decidido a no contenerse. Con violencia, agarró a la mujer por los
brazos y forzó su boca en la de ella. Lilith luchó para zafarse. Sin embargo, mucho más fuerte,
Adán la tiró de espaldas al piso, imponiendo el peso de su cuerpo sobre el de ella y abriéndose
camino por entre las piernas de la esposa. Lilith se debatió como un animal arrinconado,
sintiendo la respiración jadeante y el hálito repugnante de su marido contra su rostro. Adán la
dominaba fácilmente, cuando Lilith consiguió liberar un brazo. Con las uñas, le abrió de arriba a
abajo el lado derecho de la cara. La sangre de Adán brotó de la herida, salpicando los ojos de la
mujer y Adán dio un pavoroso rugido. Sorprendido y furioso, experimentando un dolor que jamás
imaginó que existía, Adán abofeteó a Lilith. Instintivamente, ella le acertó un rodillazo en su
virilidad y se sorprendió al verlo rodar para un lado, contorsionándose entre lágrimas.
Lilith aprovechó para huir. Corrió lo más rápido que sus piernas le permitían. Al
principio, sin rumbo, hasta que se dirigió, por fin, a las márgenes del Pisom, en donde vio a su
ángel de la guarda por primera vez. Llegó gritando su nombre. El ángel no tardó en surgir en un
aleteo. Sus manos calientes y suaves tocaron el rostro de la mujer marcado por la sangre y la
bofetada de Adán.
Lilith no necesitó pedir. El ángel le susurró el nombre de Dios. Lilith sonrió y lo
pronunció. Con el poder de la palabra, ella voló más allá del Edén.
El ángel la vio desaparecer en la línea del horizonte y sonrió. Desde el interior del abismo,
él sintió el cambio en el orden del universo desde la aparición del Hombre. Sus pensamientos
habían escudriñado la Tierra atrás del nuevo ser y había descubierto algo diferente a todo lo que
conocía, una criatura hecha de materia y espíritu. Un receptáculo de carne bendecido con una
novedad llamada alma. Y Lucifer odió al Hombre todavía más porque este estaba dotado de un
alma. Y crecieron su envidia y el deseo de venganza contra el Señor, oportunidad que se le
presentó en Lilith. Pues la mente del hombre era transparente para los ángeles como las aguas que
resplandecían en los oasis del tercer cielo. Lucifer descubrió que podía leer los más profundos
secretos escondidos en los pensamientos y emociones humanas. Y esa era la debilidad del
hombre. Y, así, Lucifer, finalmente, encontró la respuesta por la que tanto había meditado. Iba a
vengarse de Dios a través de su más amada creación, la humanidad.
Y Lilith voló muy lejos. Hasta donde encontró fuerzas. Por fin, se adormeció, exhausta,
sobre el suelo barroso de un denso y húmedo bosque. Lilith se despertó, a la mañana siguiente,
con los rayos de luz caliente y suave del sol penetrando por el grueso follaje de los frondosos
árboles.
Lilith estaba sedienta y caminó por un sendero estrecho hasta depararse con una playa de
arena muy fina y blanca. experimentó el agua, pero fue obligada a escupirla, ya que, a diferencia
de la de los ríos del Edén, era salada, imposible de beber. La aprovechó solo para bañarse. Aun
así, dejaba su piel pegajosa y sus cabellos pesados.
En ese momento, tres serafines aterrizaron de sorpresa alrededor de la mujer. Lilith se
desesperó e intentó escapar, pero el líder, Rafael, fue más ágil y la agarró por las muñecas. Iban a
volver con ella al Edén cuando una sombra descendió sobre ellos. Lucifer apareció entre las
nubes como un viento de destrucción, zumbando sobre sus cabezas y decapitando a Rafael con su
espada negra. Los otros dos serafines volaron tras el agresor, mientras la esencia de Rafael partía
hacia el Creador, liberando a Lilith.
Lilith vio a las tres criaturas aladas desaparecer por entre las nubes más elevadas. A partir
de ahí, ella solo pudo acompañar la furiosa batalla que siguió por el sonido de las espadas
golpeándose y por las chispas que causaban, iluminando el cielo como relámpagos. Un grito de
muerte interrumpió la sinfonía de violencia, por un breve momento, y luego fue retomada. Sin
embargo, está vez, la pelea fue mucho más corta. Un ángel se desplomó sobre la arena de la
playa, casi golpeando a Lilith, que cayó de espaldas frente al cráter abierto frente a ella. Lucifer
descendió, victorioso, del cielo, blandiendo la profana Mefistófeles.
Lilith se levantó y vio al serafín herido en el centro del cráter. Su ala derecha había sido
cortada por la mitad.
—Cuando te encuentres con Dios—dijo Lucifer. —Dile que esto es solo el comienzo.
Lucifer rasgó la garganta del moribundo con un golpe de la hoja oscura. La esencia del
serafín se fue hacia el Creador. Lilith corrió a abrazar a su campeón.
—¡Me salvaste!
Lucifer mantenía la expresión dura.
—Debemos apresurarnos. Otros vendrán—dijo él. —Solo existe un lugar en donde estarás
segura. Allí, nadie osará seguirte. Ven conmigo.
Lucifer envainó a Mefistófeles y voló. Lilith voló tras él. Él la condujo al corazón del
océano, sosteniéndola firmemente por el brazo izquierdo al sumergirse con ella en las aguas
oscuras. Porque, aunque Lilith fuera inmortal, la sensación de ahogamiento se mostró pavorosa.
Él la guio, a través de una de las brechas del gran sello, hasta las profundidades del abismo. Allí,
Lilith conoció la sala del trono de hierro, escavada en las entrañas de la gran pirámide negra.
Al sentir la maldad del lugar, Lilith deseó escapar. Pero era demasiado tarde para eso.
Lilith había traicionado a Dios y provocado la muerte de tres de sus ángeles. Lucifer se rio de las
lágrimas de desesperación que caían por el rostro de la mujer.
—Ahora eres tan maldita como nosotros—dijo el príncipe de las tinieblas. —No te queda
otro lugar más que el abismo.
Solo entonces Lilith se dio cuenta de que había sido arruinada por las mentiras de Lucifer,
el Diablo, el enemigo, el sombrío. Él la encadenó, con las muñecas dadas vueltas por detrás de
los tobillos, antes de lanzarla, con desdén, en una cueva profunda y estrecha, escavada en el
sótano del palacio real, un vasto y fétido pabellón subterráneo, habitado apenas por gruesas
columnas de superficies crudas y ásperas. Allí la enterró, lentamente, con una siniestra pala de
cabo retorcido, saboreando cada momento. Incapaz de moverse, Lilith se sofocó en el barro negro
que penetraba por cada orificio y poro de su cuerpo, cargando el Mal para dentro de ella. Y Lilith
luchó durante toda una era contra la perversión del abismo y resistió más de lo que un ángel
podía resistir. Sin embargo, al final prevaleció lo inevitable y las tinieblas le consumieron el
alma, haciéndola negra como la esencia de los propios demonios.
Al presentir la destrucción de la humanidad de Lilith, Lucifer la liberó de su prisión.
Entonces, ella fue la última inmortal de la raza humana. Y, más que eso, un tipo singular de
monstruo. Una bestia dotada de alma, con el poder del nombre de Dios en sus labios.
Eso le confirió a Lilith la capacidad ilimitada de andar sobre la Tierra, regresando al
abismo solo cuando le convenía. Empleaba su belleza para seducir a reyes y plebeyos; hombres y
mujeres. Con una crueldad semejante a la de Lucifer, se acostaba con demonios y humanos,
pariendo criaturas terribles e indomables que vagaban tanto por el abismo como por el mundo.
Los primeros se hicieron conocidos como súcubos y los segundos como íncubos.
Lilith se convirtió en la sexta esposa de Lucifer, la única a la que él le permitía la
infidelidad, pues su prole macabra le proporcionaba nuevos guerreros para el ejército del Mal.
Además de las tres esposas que lo acompañaron en la rebelión, Astarte, Prosperine y
Eisheth, Lucifer desposó a otras dos demonios, Naamah y Agrat-bat-mahlaht. Lilith fue la última
adquisición de su harem.
Los crímenes de Lilith fueron incontables. Los más notorios, los asesinatos de recién
nacidos que ella visitaba, durante las noches, durante el sueño, para extraerles el aliento de vida.
Y, como amante de reyes, los instigaba con mentiras y traiciones, a llevar a sus pueblos a la
guerra y la ruina.
Lilith cubrió su nombre con la sangre y la agonía de sus víctimas. Hasta el final de los
tiempos, fue temida como el peor de los siervos de Lucifer, Estrella de la mañana.
CAPÍTULO VI

Eva

Adán se retorcía con el golpe que Lilith le dio en su virilidad. Peor que el dolor solo era la
vergüenza por la violencia que había cometido contra su esposa. Había sucumbido a sus peores
instintos y practicó un acto abominable. Como humano, Adán era incapaz de diferenciar el Bien
del Mal, pero, instintivamente, sentía su error. Deseaba correr atrás de su mujer para mostrarle su
arrepentimiento. Pero, el dolor lo retuvo en el piso por un precioso momento, el suficiente para
que Lucifer viera a Lilith y se la llevase para siempre.
Adán todavía no sabía eso cuando, finalmente, se puso a buscarla. Su piel inmortal
cicatrizó rápidamente de las heridas causadas por Lilith, pero le quedaron tres feas marcas que le
atravesaban el lado derecho del rostro, un testamento de su crimen. Escudriñó toda la extensión
del jardín del Edén. Mientras tanto, la noche llegó sin que él avistase señal de ella.
El sol estaba en su ápice cuando Gabriel se presentó frente al afligido Adán. El serafín le
contó que Dios que todo lo ve, envió a tres de sus ángeles atrás de Lilith, pero que no habían
regresado.
—¿Y qué pasó con ellos? ¿En dónde está mi esposa, heraldo del Señor? —preguntó Adán
en su inocencia.
Prohibido por Dios de revelar la presencia del Mal al hombre, Gabriel se fue en silencio.
Atormentado por la culpa, Adán pasó su día sin ganas de comer o trabajar. Tanto
sufrimiento terminó por sumergirlo en un sueño profundo. Fue cuando Gabriel regresó, trayendo
con él dos instrumentos de oro consagrados por el Todopoderoso. Una faca de corte curvo y una
pequeña sierra. Mantenido inconsciente por la gracia de Dios, Adán no sintió la delicada incisión
hecha por Gabriel en sus carnes ni cuando este serró una de sus costillas. La herida cerró
rápidamente gracias a los poderes humanos de cura. Gabriel apoyó la costilla al lado de Adán y
se alejó. Entonces, Dios manifestó su fuerza, haciendo crecer de la costilla un esqueleto
completo, como las raíces de un árbol que se extienden por el suelo. Los huesos ganaron nervios,
músculos, sangre, piel y pelos, formando una bella mujer de largos cabellos negros y de senos y
caderas más abundantes que los de Lilith. Ella yacía adormecida al lado de Adán. Gabriel tomó
asiento en una piedra y esperó, pacientemente, hasta que los primeros rayos de luz del amanecer
despertasen a la pareja.
Adán se sorprendió con la mujer. Ella, a su vez, se maravilló con el mundo a su alrededor.
Gabriel se acercó en un aleteo hasta ellos.
—Adán, hijo de Dios y amigo de los ángeles, ella es Eva, hecha de tu costilla para que sea
tu compañera.
Y Adán, al ver la cicatriz que había en el lado izquierdo de su abdomen, comprendió lo
ocurrido.
—Ella es hueso de mis huesos y carne de mi carne—dijo Adán. —Estaré siempre a su
lado y la respetaré, Eva, esposa mía.
Así, Adán recibió a Eva con el corazón abierto, aunque mantuvo distancia de ella,
asombrado por los recuerdos de sus actos contra Lilith.
Al contrario de su predecesora, Eva era dócil y sumisa, totalmente devota de su marido.
Sin embargo, florecía en Eva una tristeza alimentada por el excesivo respeto que el marido le
demostraba. Al final, todo lo que Eva deseaba era tocar y ser tocada por Adán. Pero, él no
comprendía los deseos de la esposa y prefería dedicarle paciencia y la mesura que le había faltado
con Lilith.
Eva se sentía despreciada y afligida por no poder acortar la distancia que la separaba de su
marido. Pero era demasiado inocente para encontrar una solución.
Nuevamente, las oportunidades se presentaban para el señor de la oscuridad. Una vez
más, mientras Adán trabajaba, Lucifer se presentó ante aquella que le fue dada como esposa. Si
había corrompido a Lilith a través de su naturaleza indomable, Eva sería víctima de su propia
inocencia.
—Dios dijo que no probara el fruto del árbol que está en medio del jardín—dijo el lindo
ángel de voz serena y brillo hipnótico. —Pero, si lo comes, seguramente no morirás. Porque Dios
sabe que, en día que lo pruebes, tus ojos se abrirán y serás como él, sabiendo del Bien y del Mal.
Y Eva al ver que el árbol de la vida tenía frutos dorados, buenos para comer y agradables
a la vista y que el entendimiento que contenían podía ayudarla a conquistar al marido, probó lo
prohibido.
Eva sintió la cabeza liviana y la visión empañada. Se embriagó por un placer inédito,
como si millares de pequeñas manos y bocas le acariciaran cada pedacito de la piel. La cara se le
ruborizó y un calor le subió por la espina. Su alma pareció salirse del cuerpo, como si perdiese el
control de sus acciones y sensaciones. Lucifer se aprovechó y le agarró un seno, mientras
deslizaba el otro dentro de su boca. Una humedad extraña hirvió entre las piernas de la mujer.
Cuando se dio cuenta, estaba acostada de espaldas sobre la alfombra de pasto verde a los pies del
árbol de la vida, con las piernas abiertas y los talones apoyados en las alas de Lucifer, que se
acostaba sobre ella.
Eva estaba tan excitada que alcanzó su primer orgasmo ni bien la serpiente del ángel forzó
y rompió la delicada piel que había en su interior mojado y caliente. Se mordió los labios para
sofocar los gritos de éxtasis, no siempre con éxito, temiendo que Adán la descubriera de esa
manera.
Lucifer poseyó a Eva con fuerza por un largo período. Primero, alzándole los tobillos
sobre sus poderosos hombros. Después, sentándola en su regazo, de espaldas a él, agarrándola de
los pelos y la cintura. Eva terminó como una fiera en cuatro patas, con el rostro apoyado en el
suelo y el Diablo montado en sus ancas.
Exhausta por los sucesivos orgasmos y brillando por su propio sudor, Eva cayó en un
pesado sueño. Lucifer se fue con una sonrisa. Había plantado su semilla profana en el vientre de
la mujer.
Cuando Eva se despertó, el sol ya descendía en el horizonte. Se apresuró a encontrarse
con el marido antes de que él notase su ausencia. Eva estaba avergonzada por sus actos y,
viéndose desnuda, pensó en cubrirse. Sin embargo, su mente, despierta por el fruto del
conocimiento, concluyó que, si procedía de esa manera, causaría dudas en Adán. Eva necesitaba
hacer que Adán fuera como ella antes de que los ángeles descubrieran su cambio y los separasen
para siempre.
Eva se dio vuelta hacia el árbol de la vida que, despojado de uno de sus frutos, se
marchitaba y moría. Sin embargo, todavía le quedaba un fruto saludable en las ramas, mientras
los demás yacían caídos en el pasto, pudriéndose rápidamente, con su dorado natural
desvaneciéndose en un melancólico marrón desteñido. Ella arrancó el último fruto y fue a buscar
a su marido. Las hojas del árbol de la vida terminaron de marchitarse y cayeron, las ramas se
atrofiaron y el tronco se retorció convirtiéndose en un horrendo esqueleto petrificado. Así, murió
el Árbol de la vida. Sagrado era su propósito. Divina, su belleza. Grande fue el pecado del
hombre.
Eva encontró a Adán en un pequeño claro al norte del jardín. Feliz, él traía un gordo pez
para la cena. Eva lo convenció de sentarse con ella por un instante en el suave césped junto a la
línea de árboles. Las luciérnagas empezaban a disputarse la noche con las luces de los millares de
estrellas que adornaban el cielo.
Adán se dio cuenta, entonces, de lo que su esposa traía en la mano.
—Mujer—se sorprendió Adán. —¿Ese no es el fruto del árbol de la vida?
—Sí, mi Adán—dijo Eva. —Comí del árbol y lo traje para que también lo pruebes.
Adán se sintió aturdido.
—Dios dijo que moriríamos si lo comíamos.
Eva le tocó la cara con ternura.
—Dios estaba equivocado, marido mío. Probé el fruto prohibido y aquí estoy, viva y con
la mente más clara que nunca. Veo el mundo de una forma diferente ahora.
—¿Cómo?
Eva le extendió el fruto.
—Toma, Adán. Come el fruto y aprende la diferencia entre lo cierto y lo errado, saborea
la libertad que viene con el conocimiento. Que seamos verdaderamente libres para convertirnos
en todo aquello que deseamos ser, amado mío.
Y Adán comió del fruto. No exactamente por las razones de Eva, sino por la esperanza de
distinguir lo cierto de lo errado y no volver a cometer actos de los que tendría que arrepentirse.
Adán sintió la embriaguez de la verdadera libido, aquella que deja de lado la reproducción
y ansía el puro deleite de los cuerpos. Y Adán tomó a Eva sobre el césped del claro. Y le habría
hecho un hijo en su vientre si la semilla del diablo no hubiera encontrado antes refugio en las
entrañas de la mujer.

A la mañana siguiente, Gabriel hizo una de sus acostumbradas visitas a los humanos. Le
gustaba sobrevolar con calma el Edén, porque era delicioso sentir las alas sobrevolando el sabor
del viento. Gabriel avistó a la pareja todavía en el lecho de amor en el claro. El ángel los despertó
con su llegada. Al abrir los ojos, se dieron cuenta de que estaban desnudos y corrieron a
esconderse atrás de los árboles, buscando hojas de higuera para cubrir sus vergüenzas.
Gabriel se enfureció.
—¡Adán! —Llamó el ángel —¿Dónde estás?
—Temí porque estaba desnudo, mi señor—dijo el hombre.
—¿Quién te mostró que estás desnudo? —Se consternó Gabriel—¿Comiste del árbol que
el Señor Dios les había prohibido?
—La mujer me dio del árbol y comí.
Gabriel escrutó la mente de Eva en busca de respuestas. Mentiras y evasivas se
confundían, nerviosamente, en sus meandros. Semejante caos, encontró en los pensamientos de
Adán. El entendimiento sacó la inocencia de ambos y les enseñó la malicia.
—¿Por qué hiciste eso, mujer? —preguntó Gabriel.
—Un ángel me engañó y comí.
El brillo natural de Gabriel se intensificó con el sol, y su voz cambió y sonó con gran
poder y severidad y de su boca salieron las palabras de Dios.
—Fue el enemigo, el diablo, la serpiente—dijo el Señor, a través de Gabriel—él es el
príncipe de las mentiras. Aquel que lleva la ruina a todo lo que toca. Aquel que corrompe con
palabras seductoras y falsas promesas. Tu ruina, mujer, se debe a ti misma por haber caído en la
tentación de la serpiente. Multiplicaré enormemente tu dolor y tu concepción. Con sufrimiento
parirás a tus hijos. Y tu deseo será para tu marido y él te dominará.
—Adán, también te maldijiste, hijo mío. Escuchaste a tu mujer y probaste el árbol que
debías respetar. Maldito hago al suelo por tu rebelión. Con el dolor del hambre comerás de él
durante todos los días de tu vida. Del sudor de tu frente comerás hasta que te conviertas en polvo
porque de él te creé y ahora a él regresarás. Morirás como prometí. Fuiste polvo y al polvo
volverás.
El brillo de Gabriel volvió a la normalidad, porque Dios lo había dejado, pero no sin antes
ordenarle a su heraldo cómo proceder con los humanos. Gabriel mató dos leones y les arrancó la
piel para vestir a la pareja y después los expulsó del jardín del Edén, para que nunca volvieran a
disfrutar de su paz y comodidad. Expuestos a las intemperies y el salvajismo de la naturaleza,
estaban por conocer las dificultades, peligros, miserias y sufrimientos que pavimentan el camino
del libre albedrío.
Al Edén, Gabriel convocó a Azapael, el más grande de los guerreros entre los querubines,
destacado líder entre los célibes y miembro del Consejo divino, instruido para reemplazar al
Consejo de los cinco en la cima de la jerarquía angélica.
Del Consejo divino, formaban parte seis querubines y seis serafines que compartían igual
prestigio y fuerza decisoria y cerrando la distinción que había entre las dos castas angélicas antes
de la rebelión. Entre los serafines con asiento en el Consejo, estaban Miguel, Camael y Gabriel.
La sede del Consejo divino estaba en el palacio de las Siete torres, un complejo de
edificios situado en el corazón del nuevo primer cielo, creado por Dios para sustituir a la Ciudad
Plateada.
El nombre de Azapael era celebrado entre los ángeles y temido por los demonios debido a
sus acciones durante la gran guerra, cuando aniquiló a centenas de rebeldes con su Ratorim, la
espada de fuego, legendaria como la misma Enoli.
Azapael era un simple herrero en la Ciudad Plateada hasta la eclosión de la rebelión,
cuando se convirtió en uno de los primeros en darle combate a Lucifer y sus seguidores. En el
pico de la carnicería, en el momento en que la balanza de la victoria pendía para el lado de los
rebeldes, fue Azapael quien cambió todo, dominado por un extraño y súbito impulso, más allá de
su comprensión. Tomado por muchos como un acto de intervención divina, Azapael sumergió la
modesta espada que portaba en el fuego de Dios, más precisamente, en la forja en que
acostumbraba trabajar.
Para sorpresa general, inclusive para el propio Azapael, la hoja no se derritió. Al
contrario, retuvo la llama sagrada ardiendo eternamente en su filo. De ahí, el nombre de Ratorim.
Fue considerada por los ángeles como una señal de que Dios no los había abandonado en su
momento de mayor necesidad. Un poderoso símbolo que elevó la moral del ejército angélico en
su arremetida decisiva contra las tropas de Lucifer.
Porque fue a Azapael a quien Gabriel confió, según la voluntad de Dios, aquella nueva e
importante misión. Hasta el fin de los días, Azapael debía cuidar la entrada del jardín del Edén
para que ningún humano o demonio volviese a poner los pies en aquel suelo sagrado, si no era
con el permiso del Creador. Tremenda sería la nostalgia de Azapael de la paz y felicidad que
disfrutaba en el primer cielo. Sin embargo, mayor era su obediencia a los designios del Señor.
Azapael pasaría la eternidad blandiendo la espada de fuego junto a los portones en el
extremo oriente del jardín. Su hoja llameante, de terrible poder y belleza, jamás permitiría una
vaina donde pudiese reposar.
CAPÍTULO VII

La faca y el túmulo

La primera noche del hombre fuera de las seguras fronteras del jardín primordial fue
como un preludio para todo el sufrimiento que estaba por llegar. Porque los dominios más allá
del Edén eran de un desierto pedregoso y severo. No había agua ni comida a la vista, solo
escorpiones, arañas y serpientes arrastrándose traicioneramente por la suciedad, y algunos pocos
arbustos espinosos que se levantaban, tercos, en medio de la nada.
Adán y Eva probaron los arbustos, pero sus espinas les lastimaban las manos y sus hojas
amargas eran imposibles de masticar. Acostumbrados a dormir sobre alfombras de césped verde
y fresco, el suelo de piedras puntiagudas fue un tormento para ellos, lastimándoles las
extremidades y espalda. Además, conocieron el miedo a la noche y a la oscuridad. Porque los
demonios parecían acechar por detrás de cada sonido, de cada sombra que se insinuaba bajo la
luz de la luna. Para empeorar, también estaba el frío intenso, forzándolos a compartir el calor de
sus cuerpos, agarrados el uno al otro. Adán y Eva pasaron su primera noche en libertad asustados
con el mundo que los rodeaba.
Cuando los primeros rayos del sol finalmente se anunciaron, sus corazones se sintieron
más livianos y llenos de esperanza. Pero, en seguida, se vieron agobiados por las crecientes
temperaturas. El frío inclemente de la noche se transformó en un calor exasperante y no había
sombra bajo la que refugiarse y mucho menos señal de montañas o árboles a los lejos. Sus pies
descalzos se rallaban sobre el suelo hostil, la sangre brotó de las heridas, mezclándose con el
polvo. Hambrientos y sedientos, se adormecieron exhaustos cuando la noche regresó, trayendo su
viento frío y sus sonidos aterrorizantes. La intemperie los había reducido a dos bultos sucios,
adoloridos y fétidos, abrazados y temblando de frío.
Los bruscos cambios de temperatura, la falta de agua y el sol del que no podían escapar,
cobraban su tributo sobre Adán el amanecer del segundo día. Eva se desesperó al verlo sudando
de frío, la piel le ardía de fiebre. Eva le suplicó a Adán que se levantase, pero él estaba demasiado
enfermo para hacerlo.
Entre lágrimas, Eva le pidió a Dios para que lo ayudara, temiendo que Adán no llegase al
final del día vivo. Rezó y esperó, pero ningún aliento le fue dado, ningún ángel vino a su socorro.
Entonces, la mujer decidió que no iba a resistir si su marido moría. Eva se desvistió y lo cubrió
con la piel que vestía. Después, se fue para el arbusto más grande que encontró y le quebró las
ramas, despreciando el dolor de las espinas que se clavaban y laceraban sus manos. Su
razonamiento, dádiva del árbol de la vida, funcionó, porque la sabia que escurría de las ramas
partidas, aunque era amarga como las hojas, saciaba la sed y restauraba las fuerzas. Reunió la
mayor cantidad de ramas que pudo y regresó junto a Adán. Y Adán bebió su sabia y su mente se
clareo. Eva clavó las ramas en el suelo duro, inclinando sus extremos superiores y afirmando las
inferiores con los pedregullos que abundaban a su alrededor. Formó dos atados de ramas, uno, a
la altura de los pies y el otro, de la cabeza de Adán. Apoyó cuidadosamente su vestimenta junto a
la de Adán sobre los atados, improvisando una «tienda» la que, de tan estrecha, solo les permitía
mantenerse recostados e inmóviles. Sin embargo, bastó para protegerlos de los rayos del sol y de
los vientos nocturnos. La ingeniosidad de Eva les había salvado la vida. Por primera vez, un ser
humano había usado el poder del razonamiento para subyugar a la naturaleza.
Aquella madrugada, después de que los vientos nocturnos se enfriaron, Adán, todavía
debilitado, buscó una piedra de bordes lo suficientemente afilados y cortó, con ella, una tira de su
ropa. Usó la tira para amarrar la piedra a la punta de la rama más larga que encontró. A la mañana
siguiente, Adán cazó un gordo y asqueroso lagarto que trajo para Eva, clavado en la punta de su
lanza improvisada. El hambre los llevó a despreciar la apariencia repugnante y el sabor detestable
de la presa. Comieron la carne cruda y bebieron la sangre con placer.
Aun temiendo a la noche y sufriendo con sus vientos, preferían viajar bajo las estrellas a
enfrentar el sol abrasador, en su búsqueda incesante por parajes en donde pudiesen establecerse.
Así, dormían, la mayor parte del día, protegidos bajo la «tienda». Y, a la noche, la cargaban a sus
espaldas, porque Adán había tenido la idea de amarrar las ramas que la componían con tiras
extraídas de su ropa. De esa forma, Adán y Eva no necesitaban buscar ramas en los lugares en
donde decidieran levantar su abrigo.
Larga y penosa fue su jornada. Pero, de a poco, Adán y Eva empezaron a depararse con
señales cada vez más frecuentes de pájaros en el cielo y una vegetación más verde y abundante.
Pronto abandonaron la «tienda» y volvieron a caminar durante el día bajo la protección de las
copas de los árboles frondosos. La sabia amarga de las ramas espinosas fue reemplazada por agua
buena para beber de fuentes y arroyos que descubrían por el camino.
Eva empezó a recolectar frutos progresivamente mayores en tamaño, cantidad y variedad.
Adán, a su vez, cazaba lo que les surgía por delante. Lagartos y serpientes, pero ahora también
conejos y aves. Cierta mañana, Adán se vio frente a un antílope que degustaba las hojas de un
bello arbusto. Por un instante, hombre y animal quedaron sorprendidos con la presencia del otro.
Entre los bichos favoritos de Adán en el Edén, hubo una pareja de antílopes con que
acostumbraba jugar y correr. Pero, aquel no era el del Edén y Adán tampoco era el mismo
hombre. Tenía una lanza en la mano para probarlo.
El antílope percibió, instintivamente, el peligro mortal que corría y se disparó como un
rayo hacia la seguridad más allá de la línea de árboles más cercanos. Sin embargo, Adán fue
todavía más veloz, y le alcanzó el lomo con la lanza. La pobre criatura se derrumbó con la sangre
chorreando a mares de la herida. Sus ojos asustados se encontraron con los del verdugo para
desaparecer bajo la pesada piedra con la que Adán aplastó el cráneo del pobre animal. Adán y
Eva se hicieron un banquete con las carnes del antílope por los dos días siguientes.
Poco más de una semana después, la pareja avistó la silueta de una inmensa montaña
irguiéndose imponente en el horizonte. Su remoto pico se mostraba blanco de nieve que se
derretía y formaba una caída de agua que la rasgaba por la ladera sur. El agua alcanzaba tamaño
volumen al alcanzar la mitad del trayecto, en el punto en donde chocaba con un enorme declive
en forma de cuña enclavado en la pared sur, que se abría en dos cataratas que desembocaban en
un pequeño valle. Adán y Eva caminaron por muchos días hasta que, finalmente, alcanzaron la
montaña de roca negra y compacta. Durante el recorrido, la alegría regresó a sus espíritus. Un
sentimiento perdido desde el día de la expulsión.
Adán se había habituado a recoger las piedras de bordes ásperos que encontraba por el
camino y las convertía en facas y hachas. Al pie de la montaña, al margen de la pequeña laguna
formada por las aguas frescas y puras oriundas del pico nevado, Adán empleó sus herramientas
de piedra para levantar una cabaña con los troncos de los árboles que derrumbó, alegremente.
El valle ostentaba un bosque de vegetación baja, infestada de insectos ponzoñosos. Sin
embargo, la caza era abundante y los frutos de la tierra, muy ricos. No se comparaba al Edén, era
obvio, nada más en el mundo podía compararse, ni en belleza y mucho menos en comodidad,
pero era el lugar que Adán y Eva, finalmente, podían llamar de hogar. Eva mostraba, por
entonces, una barriga de seis meses de gestación. A su final, Eva dio a luz a Caín. Grandes fueron
el dolor y el sangrado de Eva, exactamente como el Dios Padre le había prometido. Sin embargo,
mayor fue la misericordia del Señor. Porque le envió a su heraldo, el serafín Gabriel, para
asistirlos en el parto.
Gabriel, aunque capaz de leer los más ocultos secretos de la mente humana, no captó en
Eva el real origen de Caín, hijo bastardo de Lucifer, con un alma manchada por la oscuridad de
su padre. Tan sincero era el amor de Eva por Adán y genuino su deseo de darle un varón, que
bloqueó la verdad, incluso ante los poderes de un ángel. Las formas humanas del recién nacido
también sirvieron para perpetrar la mentira, ya que enmascaraban su media ascendencia
demoníaca. Y, así, Adán tomó a Caín en sus brazos como su primogénito.
El amor de Adán y Eva traería al mundo muchos frutos. Después de Caín llegó Abel y, a
él le siguieron siete hijas mujeres. Y, de ellas, el tiempo olvidó los nombres. Porque a Adán, solo
le interesaban los varones. Y Eva maldecía al destino por no conseguir darle a su marido tantos
varones como él deseaba. Por eso, Adán no sentía cariño por sus hijas, mientras que Eva,
claramente, las despreciaba.
Eva se hizo perezosa y obligaba a sus hijas a realizar sus tareas, las maltrataba y las
golpeaba, muchas veces por motivos fútiles, a veces, por culpa de sus propias frustraciones. A su
vez, Caín se convirtió en su hijo favorito, labrador de las tierras en las que vivían. Abel era más
cercano a su padre y prefería acompañarlo en el pastoreo de las ovejas por el valle.
Eran muchachos ya crecidos, Caín y Abel, cuando Gabriel, ausente desde el nacimiento
de la séptima hija, vino a estar con la familia de Adán. En su honor, Caín trajo una cesta con los
más bellos y sabrosos frutos de las cosechas. Abel, a su vez, mató a las dos mejores ovejas para
homenajear al ángel. Gabriel se sació con las tiernas carnes, pero poca atención le prestó a la
ofrenda de Caín. Y Caín se irritó profundamente.
—¿Por qué te irritas? —preguntó el ángel. —¿Por qué decayó tu semblante? Si lo haces
bien, ¿no habrá aceptación para ti mismo? Y si no lo haces bien, el pecado yace a la puerta y para
ti será un deseo y sobre él dominarás.
Caín pareció serenarse frente a la sabiduría de Gabriel. Pero, en su corazón, quemaba el
fuego negro de su padre. Su verdadero padre. El príncipe de las tinieblas, el maldito, el señor
oscuro del abismo.
Tal revelación estaba destinada a Caín a principios de la tarde siguiente, cuando araba,
solo, los campos más distantes. Al principio, Caín pensó que se trataba de Gabriel que venía de
lejos para estar con él. Pero el serafín se había ido temprano esa mañana y el ángel que se posó
frente al muchacho poseía un esplendor superior al del heraldo. Su brillo era inigualable, los ojos,
profundos y penetrantes, los gestos, magníficos.
—Vengo por ti, Caín, primogénito como yo—anunció el ángel. —Tú que amas a este
mundo tanto como yo. Tú que eres mi fruto, concebido de tu madre. Abraza a tu padre, mi
querido hijo.
Atónito y sin reacción, Caín se vio acogido por los brazos de Lucifer. Los ángeles no
escondían al diablo de los humanos desde que estos habían perdido la inocencia original. Caín se
acordó de las terribles historias que escuchó cuando era niño sobre el príncipe de las tinieblas y
sus fechorías. Relatos que todavía le causaban pesadillas extrañas y perturbadoras. De hecho, casi
podía escuchar la voz de Gabriel, en uno de los muchos sermones a su familia, alertándolos sobre
el enemigo y sus trucos demoníacos.
Como sus padres y hermanos, Caín aprendió a odiar a Satán y estar preparado para
enfrentarlo, en caso de que fuera necesario. Sin embargo, en ese momento, envuelto por la luz del
ángel y el calor reconfortante de sus brazos, Caín simplemente supo. Comprendió que el señor de
las mentiras decía la verdad. Con las lágrimas cayendo de sus ojos, Caín abrazó a su padre.

Caín escuchó la versión de Lucifer de la rebelión. Como Dios lo había hecho instrumento
de su violencia y renegó de él cuando se negó a seguir matando en su nombre. Cómo eso provocó
la guerra lanzada por los ángeles leales contra aquellos que solo ansiaban la libertad. Y, por fin,
la injusta expulsión de los cielos, destino compartido por el hombre en el Edén. Sin embargo, en
ningún momento, Lucifer le confesó a Caín su odio por los hombres. Porque despreciaba incluso
a su propio hijo al que fingía amar.
—Toma mi mano que te llevaré lejos de este lugar, varón mío—dijo el Diablo. —
Levantaré para ti una ciudad de inmenso poder y riqueza, en la que reinarás absoluto y serás el
patriarca de tu casa. Nunca más tendrás que inclinarte a las órdenes de Adán o de cualquier otro
mortal.
La codicia brilló en los ojos de Caín y se vio tentado por la oferta del caído. Aun así,
vaciló.
—¿Podré gozar de la compañía de mi madre? —preguntó el joven. —Deseo tenerla cerca
si fuera a iniciar una nueva vida.
—No. Tienes que dejar el nido por completo. Ese es el precio de la libertad—dijo el
enemigo. —No obstante, podrás llevar a la hermana que elijas para que procree y dé a luz a tus
sucesores.
Caín se sintió triste, pues amaba mucho a Eva. Pero el ansia de poder, heredada de su
padre, habló más alto. Caín aceptó la oferta del señor de la oscuridad. Y condenó a su alma a la
desgracia eterna.

Caín corrió a su casa. Quería despedirse de Eva y tomar pose de su hermana menor, la
que, además de ser la más hermosa, poseía anchas caderas como su madre, buenas para parir.
A mitad de camino, sin embargo, Caín vio a Abel pastoreando en campo abierto. Abel
estaba solo, porque Adán se encontraba cazando conejos en el otro extremo del valle. Al verlo,
Caín se acordó de la ofensa de la noche anterior y, tomado por la furia y el orgullo, discutió con
Abel.
Abel intentó calmarlo, pero una sombra maligna oscureció el rostro de Caín. Tal como su
padre había levantado la mano contra sus hermanos angélicos en la rebelión, Caín sacó la faca
que llevaba a la cintura y golpeó a Abel. Siete veces le atravesó el estómago y otras siete, las
manos que intentaban protegerse. Incluso cuando Abel había caído de espaldas, Caín continuó
apuñalándolo. Siete veces en el pecho y siete veces en el rostro. Y la sangre de Abel tocó el suelo
y la Tierra se estremeció violentamente.
Gabriel, que reposaba en el Edén, sintió el dolor de la Tierra y voló hasta el lugar de su
agonía. Encontró a Caín cubierto de sangre.
—¿Dónde está Abel, tu hermano? —Inquirió Gabriel.
—No sé—respondió Caín. —¿Soy el cuidador de mi hermano?
Y la luz de Gabriel se fortaleció y Dios habló por la boca de su heraldo. Caín se encogió
ante la poderosa voz, asustado.
—¡¿Qué hiciste!? ¡La sangre de tu hermano clama por mí!
Un rastro sangriento llevaba más allá de los gruesos arbustos atrás de Caín, desde donde
el cadáver de Abel levitó como si fuera levantado por brazos invisibles. Vino flotando hasta
detenerse al lado del ángel.
—¡Y ahora, maldito eres desde la Tierra que abrió la boca para recibir de tu mano la
sangre de tu hermano! Cuando labres el suelo, no te dará más de tu fuerza; ¡maldito y vagabundo
seas, Caín!
Caín obedeció por miedo y no por arrepentimiento, porque las tinieblas de Lucifer
habitaban en su corazón. De su boca, brotó el lamento de los cobardes.
—Es más grande mi maldad que la que pueda ser perdonada. Saldré de su frente, seré
fugitivo y vagabundo, pero todo aquel que me encuentre me matará.
Y el Dios rico en amor, aunque consciente de la falsedad de Caín, se apiadó del
muchacho. Como con Adán y Eva antes que él, cuando envió a sus ángeles para ayudarlos en el
nacimiento de los hijos del hombre.
La voz de Dios sonó retumbante por los cuatro rincones del mundo. Y todos lo supieron.
—Caín mató a Abel—dijo el Señor. —Pero sangre alguna deberá volver a mancillar la
Tierra. Por lo tanto, cualquiera que mate a Caín, siete veces será castigado.
Y el heraldo tomó a Caín por el cuello, le sacó la faca de la vaina y, con ella, marcó la
frente del muchacho son la señal de su protección, para que nadie jamás lo hiriera. Una media
luna recostada con una cuña que apuntaba hacia arriba. La sangre escurrió de la señal por el
rostro de Caín y le ensució los ojos. Y, incluso después de lavarse la sangre, Caín, desde ese día
en adelante, solo vio el mundo a través de tonos rojos.
Dios dejó a Gabriel que partió cargando el cadáver de Abel.
Caín fue a encontrase con Adán y le reveló que era fruto de la traición de Eva con el
Diablo. Desprecio y humillación, Adán obtuvo de aquel que había recibido como hijo, el que, a
cambio, lo había privado de su único y verdadero varón. Abatido por el dolor, Adán desapareció
dentro del bosque y solo regresó para ser visto por ojos humanos un siglo después. Terrible fue el
dolor de Eva al renegar de Caín, porque inmenso era su amor por él, pero más grande fue la
vergüenza del adulterio revelado.
Caín se entristeció por su madre, pero encontró consuelo en el destino grandioso que el
Diablo le había prometido. Secuestró a su hermana menor, cuyos pedidos de socorro fueron
inútiles frente a la indiferencia de la madre y el miedo de las hermanas. Dos serafines caídos,
Matraton y Belzebu, esperaban a Caín y su novia a la salida del valle. En silencio y sin aparentar
emoción, cargaron a la pareja de humanos a la planicie de Node, al este del Edén. Una región
pantanosa, bañada por un vasto río y cubierta por un manto largo y espeso, con pocos árboles y
muchos juncos. Una variedad de peces y pájaros compartían los pantanos con amenazadores
cocodrilos y serpientes mortales.
Lucifer los esperaba a la entrada de un imponente palacio que mandó a sus demonios a
construir a las márgenes del tortuoso río. Un conjunto de tres torres contiguas, de paredes muy
blancas y lisas, con pocas ventanas, la mayoría distribuidas por las secciones superiores de la
torre principal. La ventana más grande estaba en la sala del trono y se abría para el jardín del
Edén, distante en el horizonte. Todavía no había ornamentos o muebles en su interior, apenas un
gran trono vacío de madera negra y helada. Lucifer le entregó a Caín el palacio y le ordenó
levantar una ciudad a su alrededor, destinada a sus herederos y a celebrar el pacto del hombre con
el Diablo. Por eso, Caín dio a la edificación el nombre de palacio de la Alianza y prometió erguir
una estatua a Lucifer en la plaza principal de la futura ciudad. El padre sonrió satisfecho y partió
con la promesa de cuidar a su hijo y a sus descendientes.
Caín, entonces, usó el cuerpo de su hermana y de ella concibió a Enoc, su primogénito. Y
cada año, por las próximas cincuenta cosechas, la mujer le dio un hijo o hija. Con ellos, Caín
irguió su ciudad a la que llamó Enoc.
Su hijo Enoc tomó a tres hermanas como esposas y con ellas tuvo siete varones y al
mayor lo llamó Irad. Enoc y sus hijos erigieron una estatua de Lucifer en el centésimo aniversario
de la muerte de Abel y construyeron la más bella plaza de la historia humana para exhibirla. Ese
día, una sombra de desesperación cayó sobre Caín. Su padre no lo visitaba desde que lo había
agraciado con el palacio y ahora, una angustia inexplicable lanzaba raíces profundas en su
corazón. Caín le entregó la corona a Enoc y salió durante la noche como un fugitivo y
vagabundo, cumpliendo con la profecía de Dios Todopoderoso. Pero, aquella no sería la última
vez que Caín pisaría Enoc.

Ese mismo año, Adán, finalmente, regresó de su exilio y encontró a sus hijas sucias y
maltratadas por Eva, en contraste con la cabaña y los campos que ellas mantenían bien cuidados.
Adán perdonó la traición de la mujer y, la primera noche de vuelta a su lecho, concibieron a Set.
—Dios me dio otra semilla en lugar de Abel—dijo Eva. —Dado que Caín lo mató.
Y Set tomó a las hermanas y en ellas plantó sus semillas. Su primer retoño vino de la más
vieja. Era un bello varón al que llamó Enós. Enós y sus descendientes también levantaron una
ciudad, que se extendía al pie de la gran montaña al extremo norte del valle y se hizo conocida
como la Ciudad del hombre. Enós fue coronado rey, pues ni Adán ni los siete anhelaban cambiar
la tranquilidad del pastoreo por las obligaciones del trono. Al margen de la pequeña laguna, Enós
irguió un templo al Señor, convirtiéndose en el primer sacerdote humano en invocar el santo
nombre.
La Ciudad del hombre creció y prosperó por los siguientes siglos más allá de los confines
del valle, generando una decena de villas y aldeas en sus alrededores. Adán tenía entonces
novecientos treinta años, cuando, después de una larga y sentida ausencia, Gabriel reapareció en
secreto en el reino de Enós, para encontrarse con el primero de los hombres en sus aposentos. Eva
dormía tranquilamente y los poderes de Gabriel la mantuvieron inconsciente, pues él no pretendía
perturbarla con su presencia.
En su interior, Adán sabía el motivo de la visita del serafín. Al final, él sentía como la
vida se desvanecía de su cuerpo cada día y sentía un cansancio que ningún sueño conseguía
remediar. Había llegado la hora de pagar su deuda con Dios por la violación del fruto prohibido.
Adán abrazó a la muerte, resignado. Gabriel lo cargó hasta el jardín del Edén en un vuelo por
sobre las nubes y bajo el manto plateado de la luz de la luna. Al llegar allí, Azapael bajó la
espada llameante. Adán fue escoltado por los doce miembros del Consejo Divino hasta el muerto
árbol de la vida, del que solo quedaba apenas el tronco seco y retorcido. Una lápida hecha de oro
y una tumba con siete palmos de hondo estaban preparadas para recibir al primer hombre. Y
Adán se recostó en la tumba ayudado por Gabriel y Camael, porque le dolían los huesos,
dificultando sus movimientos. Se acomodó con serenidad y aliviado por estar librándose de las
pruebas del mundo físico.
—Regocíjate, Adán, hijo de Dios—dijo Gabriel. —Pues una morada fue preparada en los
cielos para ti y aquellos de tu pueblo que te seguirán. Ahora, te dormirás y despertarás, al final de
los tiempos, en los brazos del Creador.
Adán sonrió enternecido y durmió el sueño eterno.
Gabriel sepultó a Adán bajo la tierra del Edén y en su lápida se leía: «Aquí yace Adán.
Padre de la humanidad e hijo del Señor».
A la mañana siguiente, cuando Eva despertó y no vio a su marido, se desesperó, ya que,
hacía tiempo, Adán se encontraba demasiado débil hasta para dejar sus aposentos. La guardia
personal del rey Enós revisó el palacio, cada calle y cada casa del valle, en vano. Al caer la
noche, Gabriel vino a la sala del trono a presentarle sus condolencias a la familia real, revelando
el destino final de Adán. Eva se derrumbó entre lágrimas, amparada por sus descendientes,
culpándose por la muerte de su esposo, al que, al final, había convencido de probar el fruto del
árbol de la vida. Gabriel, entretanto, la consoló, diciendo que se había guardado un lugar para ella
en el jardín del Edén. Así, cuando Eva pensara que había llegado el momento de su descanso
eterno, bastaría con llamarlo que Gabriel la llevaría junto a Adán. Pues, si en vida, la primera
pareja había sido exiliada, en la muerte, volvían a ser bienvenidos en el jardín del Edén. Las
palabras de Gabriel todavía resonaban por la corte perpleja cuando partió.
El sol matinal encontró a Eva abrazada a la almohada de su cama enorme y vacía. Le era
imposible seguir viviendo sin su marido. Eva reunió a su inmensa familia y anunció su partida.
Entre los hombres, hubo una profunda conmoción. Varios se entregaron al llanto. Algunos
llegaron a maldecir a Dios por la plaga de la muerte. Pero, en seguida, fueron firmemente
reprendidos por Set y Enós. Algunas mujeres se entristecieron, pero la mayoría de ellas tenía muy
poco aprecio por Eva, de la que solo recibieron tareas y malos tratos. Se dijo que algunas hasta
celebraron, en pequeños grupos escondidos en las cocinas y jardines del palacio, el fin de aquella
vieja miserable.
Eva les pidió a sus queridos varones un último día de celebraciones en su compañía. Nada
de tristezas. Debían ser momentos de pura alegría. Y, así, le concedieron a Eva su último deseo.
Set proclamó un día entero de festividades en el reino de los hombres. Mucha bebida, canciones y
danzas marcaron aquella fecha solemne. La noche cayó y fue dejando a todos hastiados y
satisfechos. Eva aprovechó para escabullirse furtivamente lejos del palacio. No pretendía arruinar
los buenos recuerdos con largas y dolorosas despedidas.
Eva buscó la privacidad de un callejón desierto en los alrededores de la ciudad y llamó a
Gabriel. El ángel no tardó en aparecer. Eva fue el último humano en recibir el permiso de entrar
al Edén. Tomó su lugar por derecho, en una tumba al lado de la de su marido, cerró los ojos y su
espíritu partió hacia los cielos. En su lápida, Miguel grabó los legendarios decires: «Aquí yace
Eva, bien amada y perdonada por Dios». Las tumbas de Adán y Eva quedaron bajo el cuidado de
Azapael, desde entonces hasta el final de los tiempos.
CAPÍTULO VIII

Las dos ciudades

Enoc gobernó durante diecisiete años hasta que fue depuesto y lanzado a una mazmorra
por su primogénito Irad. Enoc moriría a los ciento veinte años, loco y olvidado en los
subterráneos sombríos de la ciudad que llevaba su nombre. La descendencia de Caín tenía la
sangre afinada por la oscuridad de Lucifer que corría por sus venas. Por eso, sus vidas duraban
menos que las vidas del pueblo de Adán. Aun así, aunque bajo la égida de la maldad, la ciudad de
Enoc prosperó y se extendió por los siguientes siglos, convirtiéndose en un poderoso imperio,
más rico y poblado que el reino de Enoc.
Los habitantes de Enoc se contaban por decenas de millares, cuando subió al trono su
sexto gobernante. Su nombre era Lamec, hijo de Matusalén, el único del linaje que vivió casi
tanto como un hijo legítimo de Adán.
El padre de Matusalén fue Mehuiael, primogénito de Irad. Irad reinó absoluto por un
cuarto de siglo, pasando la corona, a las puertas de la muerte, con ciento trece años de edad.
Mehuiael se hizo célebre por incrementar el culto a Lucifer y a su séquito de demonios. Se
levantaron templos monumentales a Pazuzu, Leviatán, Belzebu, Azazel, Belial, Astaroth y
Matraton. Sin embargo, la más formidable de sus obras fue la gran pirámide, edificada en honor a
Lucifer e inspirada en el palacio que, según Caín, su padre habitaba en el abismo. Una catedral
negra de pavimentos internos cubiertos de parqué rústicos y teñidos de rojo por la sangre de los
animales sacrificados en honor al diablo. Una amplia pira ardía de la grasa proveniente de esas
ofrendas paganas.
El evangelio de Lucifer anunciaba que los muertos heredarían sus dominios en el abismo.
Pues las almas de aquellos que lo adoraban y hacían ofrendas en su nombre serían recibidas con
amor por los caídos, mientras las almas de los infieles y heréticos padecerían bajo escabrosos
tormentos.
Mentiras típicas del enemigo. Porque Lucifer desconocía el real destino de las almas
humanas a las que creía consagradas a los cuatro cielos. Sin embargo, equivocado estaba el
diablo respecto a las intenciones del Creador. Ya que las almas humanas no iban a los cielos ni al
abismo, sino a otro lugar de la Creación.
El rey Mehuiael amplió los dominios de Enoc más allá de las tierras de Node,
inaugurando una serie de villas y puestos fronterizos. Fueron sus escoltas los primeros en traer
noticias de una ciudad distante, que parecía rivalizar en poder y riqueza con su reino. Sus
hombres habían encontrado la Ciudad del hombre.
Los habitantes de Enoc se vieron tentados por sueños de conquista. El veneno de la
codicia se insinuó a través de cada templo, calle y casa. Relatos fantásticos empezaron a circular
sobre incontables tesoros y bellísimas mujeres que habían de existir en la tierra lejana. Los
demonios escucharon el clamor de la ganancia y de la lujuria que subía de los corazones de los
hombres de Enoc. Entonces, les enseñaron el arte de forjar espadas, escudos, cascos, lanzas y
arcos. Mehuiael falleció a los noventa y nueve años, cuando su latente ejército comenzaba a
ganar fuerza. Su obra proseguiría bajo al comando de su único varón, Matusalén. Y cien años
estuvieron los ejércitos de Enoc perfeccionándose en asuntos de guerra. Aprendieron la disciplina
militar, el manejo correcto de las armas y a domar a la más noble de las criaturas, el caballo,
desarrollando los conceptos de caballería de asalto y carros de combate. Doctrinas guerreras
fueron elaboradas por consejeros y estudiosos reales y rápidamente testeadas en ejércitos bélicos.
Lucifer instruyó a Matusalén a construir una guardia palaciega como la de los luciferes, dando
origen a los cascos negros, soldados de élite de confianza del rey.
Entre tanto, más sabios fueron los ángeles del Señor, pues presintieron la sombra que se
erguía al este del Edén. Gabriel compareció ante Matusalén para prohibirle derramar sangre
humana, lo que no ocurría desde el asesinato de Abel. Con el filo de su espada contra la garganta
del rey, el serafín le avisó que Enoc sería barrida de la faz de la tierra si marchaba para el reino de
Adán, pues este estaba bajo la protección del Dios único. Gabriel se fue con la misma furia que
llegó, dejando atrás a la corte alborotada.
Los sacerdotes satanistas se mantenían como los más elocuentes defensores de la guerra,
firmes en su convicción de que los ángeles del Creador no debían ser temidos, al final, los
demonios lucharían a su lado, garantizándoles la victoria. Repetían la cantinela del diablo, que los
instigaba a saquear las casas y los templos de Adán, a violar a sus mujeres y esclavizar a los
niños. Porque aquellas tierras distantes pertenecían a los que renegaban de Caín, el patriarca de
los hombres. Su sangre debía ser débil como la de Abel, haciendo de ellos merecedores de la
esclavitud y del filo de sus espadas.
Matusalén, sin embargo, se negó sabiamente a las sugerencias del clero, despertando la
furia de Esthor, el sumo sacerdote de las tinieblas, líder de la iglesia satánica. Hombre alto,
severo y cruel, Esthor se retiró de la sala del trono en un arrebato de ira, pero no sin antes jurar
venganza al rey por su traición a los designios de Lucifer. Aquella misma noche, el Diablo vino a
los aposentos de Matusalén para convencerlo a permanecer en el curso de la guerra. Sin embargo,
el rey se mostró previsor, sabiendo que tal acción solo traería la ruina a su ciudad. El Diablo
partió, contrariado, e intenso fue su deseo de destripar a Matusalén con sus propias manos, pero,
resistió el impulso, temiendo despertar la cólera de Dios y traer sobre sí a las huestes angélicas, si
derramaba sangre humana, aunque fuera la de un descendiente de Caín.
Solo dos días después de su altercado con Lucifer, el rey fue atacado. Un grupo de
sacerdotes satanistas emboscó a Matusalén durante su acostumbrada caminata matutina por los
jardines del palacio de la Alianza. En esa ocasión, sin embargo, temiendo por los acontecimientos
recientes, Matusalén había tomado las debidas precauciones. Cuando los nueve sacerdotes
surgieron empuñando sus dagas asesinas, se vieron rápidamente cercados por un pelotón de
cascos negros que acompañaban al rey, escondidos atrás de las líneas de arbustos que se
extendían de ambos lados del sendero. Los sacerdotes fueron rápidamente dominados, según las
sabias órdenes de Matusalén, sin que una sola gota de sangre fuera derramada.
La noticia del atentado al rey despertó la furia vengadora de la población. El ejército tuvo
que intervenir para separar a la turba enloquecida de los sacerdotes y sacerdotisas aterrorizados.
Si los soldados previnieron el derramamiento de sangre, los templos satanistas no tuvieron la
misma suerte, saqueados, vandalizados e incendiados, muchos quedaron en ruinas.
Para evitar tragedia mayor, el rey exilió al clero satanista lejos de sus dominios.
Despojados de sus ricas vestiduras, Esthor y los demás fueron encadenados los unos a los otros
por las muñecas y tobillos. Antes de abandonar los límites de la ciudad, desnudos y en una fila
única, caminando bajo el desprecio de la población, que les arrojaban frutas podridas y baldes de
orina y heces en los cuerpos, Esthor, que cerraba la fila de proscritos, se dio vuelta hacia los
habitantes de Enoc. Prometió que los satanistas regresarían y que, ese día, los ríos de la tierra se
teñirían con la sangre de los infieles. Proféticas serían las palabras de aquel hombre poderoso y
maligno. Pues Leviatán, enviado de Lucifer, fue a encontrarse con los satanistas en medio del
desierto. Los liberó de los grilletes y los condujo a la cadena de montañas que se erguía en el
extremo este del mundo, desde donde irían a tramar su venganza.
Entre tanto, aquellos todavía eran días felices para los habitantes de Enoc. Porque, por
primera vez, estaban libres de la influencia del mal. La sombra de la perfidia y villanía que había
en sus corazones se encogió y pareció extinguirse. Sus ejércitos de deshicieron y los sueños de
conquista fueron olvidados. Enoc conoció años de paz y prosperidad como nunca antes. Sus
cosechas se duplicaron, triplicaron en abundancia. Sus animales, sin ser sacrificados, pasaron a
alimentar a adultos y niños y ya no a la pira siniestra de la gran pirámide negra, desmontada hasta
su último bloque de piedra. Los demás templos fueron convertidos en lugares santos de oración a
Dios y sus ángeles. Hasta la apariencia del rey mejoró, los cabellos blancos y las arrugas de
Matusalén, que por entonces tenía ciento treinta y tres años, desaparecieron y él recobró la
jovialidad de antes. Y todos por el reino decían que aquel era un presente de Dios y daban gracias
en sus oraciones. No pasó mucho tiempo hasta que los ángeles anunciaron su presencia en Enoc.
Gabriel fue el primero de ellos y sus visitas se hicieron frecuentes. Le siguieron Miguel, Camael
y muchos otros. Los ángeles empezaron a recuperar su fe en el género humano, tan sacudida por
la expulsión del Edén, la rebelión de Caín y los desvíos anteriores de Enoc. Tal vez el hombre no
fuese tan corrompible por el mal como habían pensado al principio. Y los ángeles sintieron
alegría y tuvieron esperanza en el hombre. Su mayor presencia se hizo evidente también en la
Ciudad del hombre. Encantados como estaban con la humanidad, no pasó mucho tiempo hasta
que las criaturas divinas descubrieron la hermosura de las mujeres. Serafines y querubines no
célibes tomaron para sí a las mujeres que eligieron.
Pero, con las mujeres de Enoc, los ángeles no se acostaban, ya que en las venas de ellas
corría la sangre de Caín, hijo de Lucifer. Y los ángeles no querían mancharse con la sangre del
enemigo. Las elegidas de la Ciudad de los hombres gozaban de grandes honores, sus familias las
veneraban por acostarse con los ángeles y los hombres se las disputaban como esposas de
prestigio. Y parieron a los hijos de los ángeles. Gigantes no por la estatura, porque humanas eran
sus dimensiones y apariencia, sino por la fuerza física y rapidez superiores. Semidioses capaces
de levantar una casa entera con las manos desnudas y correr más veloces que una gacela o un
caballo. Eran mortales, ya que podían perecer en un accidente o enfermedad, sin embargo, jamás
de viejos, porque dejaban de envejecer al alcanzar la edad adulta. El más poderoso de los
gigantes fue Sansael, el primero de su raza, primogénito de Gabriel con la más hermosa de las
mujeres después de Lilith, la princesa Inara, hija de Enós.

Novecientos sesenta y nueve años vivió Matusalén. Período de gloria, paz y fortuna para
sus súbditos. El reino entero lloró su muerte, canciones y odas fueron escritos en su honor. En esa
época, Adán y Eva ya habían fallecido, con la Ciudad del hombre experimentando semejante
prosperidad bajo la corona de Enoc, por entonces, un anciano todavía más sabio e magnánimo
por el paso de los años.

Pero, en el extremo este de la tierra, en los picos de las más altas montañas, en donde la
vida era rara y la crudeza se imponía, una semilla de terror fue plantada y germinó por siglos,
esperando el momento exacto para florecer como una tormenta sobre el mundo.
La muerte de Matusalén y la ascensión al trono de su hijo, Lamec, que por entonces tenía
solo treinta años, fueron alardeadas a los cuatro vientos por Lucifer.
Hacía pocas décadas, Lilith, la hembra primordial, había sido liberada de su cautiverio en
el abismo, enteramente convertida en una discípula del mal. Y Lilith se presentó frente a los
descendientes de los satanistas de Enoc, ocultos en la profunda galería de cavernas que cortaba el
interior sombrío de las altas montañas. Ellos habían creado, en aquel lugar olvidado por Dios, una
sociedad diabólica cuya ley era el dominio del fuerte sobre el débil y en donde las torturas y
estupros eran parte de la rutina.
En el seno de la más oscura y fétida de las cavernas, Lilith se acostó con Aton, un
muchacho de fuerte complexión física y temperamento bárbaro. Descendiente directo del Sumo
sacerdote Esthor, Aton fue seducido por la belleza suprema de la primera mujer.
De esa unión carnal, Lilith dio a luz, trece días más tarde, una prole tan maldita como
poderosa. Seis pequeñas serpientes negras con alas en la espalda, de ojos rojos como la sangre y
bocazas espantosas que escupían fuego. Fueron llamados dragones. Bestias tan feroces que eran
mantenidas presas por los pescuezos a gruesas cadenas clavadas en el suelo frío de la caverna
más grande.
Antes de regresar al abismo, Lilith ordenó que sus hijos fueran bien alimentados con
carne de los buitres y cabras monteses que habitaban las laderas más bajas. Pues, tan pronto como
alcanzaran la madurez, se convertirían en poderosos soldados al servicio de las tinieblas, llevando
el terror a las mentes y corazones de los hombres.
La prueba del salvajismo indomable de los dragones se dio la noche siguiente a la partida
de Lilith, cuando Aton, movido por un estúpido instinto paternal, cometió la insensatez de
acercarse a sus hijos. Fue hecho pedazos por los monstruos que lo devoraron hasta los huesos.
Los dragones respetaban y obedecían únicamente al señor de los satanistas. Una presencia
melancólica, envuelta en un manto negro, desharrapado y sucio, que le escondía el rostro bajo
una pesada capucha. A la vista, solo dejaba sus viejas y huesudas manos, parecidas a las de una
calavera, con largas uñas como garras de un león. Tenía un caminar cansado, encorvado por el
tiempo, apoyado siempre en un cayado de madera seca y retorcida. Solo, armado apenas con la
espada negra que llevaba a la cintura, liberó la cadena de Goroth, el más grande y más perverso
de los dragones.
El viejo agotado montó a Goroth como quien toma la montura de un caballo, aunque el
dragón tenía cinco veces el tamaño de un corcel adulto. Goroth voló para las cercanías de Enoc.
Era alta madrugada cuando llegaron. El viejo prosiguió caminando, dejando al dragón escondido
en un desfiladero al norte.
Entre las sombras, el viejo encontró su camino hasta el palacio real sin ser visto por los
habitantes de la ciudad. Lamec deambulaba solitario e inquieto por la sala del trono. El sueño no
le venía, algo extraño para un hombre acostumbrado a dormir como un bebé. Sin embargo, desde
que había anochecido, sentía un gusto amargo en la boca, acompañado por una agonía en el
corazón que no conseguía explicar. Fue entonces cuando el viejo surgió en el recinto.
—¿Quién anda ahí? —preguntó el rey, asustado. —¡Di cuáles son tus intenciones,
extraño!
El anciano se bajó la capucha y la luz temblorosa de las antorchas esparcidas por la sala
del trono le iluminaron el rostro descarnado y los ojos inyectados por los siglos.
—Soy Caín, hijo de Eva, tu ancestro y patriarca, Lamec, soberano de Enoc.
Al principio, Lamec dudó, pero, entonces, vislumbró la marca de la medialuna que el
viejo ostentaba en la frente y tuvo la certeza de que se trataba de Caín.
—¿Cómo entró al palacio sin ser notado por mi guardia personal? —Se limitó a preguntar
el atónito Lamec.
—¿Te olvidas de que ese trono ya me perteneció y que esas paredes ya fueron mi hogar?
Conozco cada pasaje y corredor del palacio de la alianza mejor que cualquiera.
—¿Qué es lo que quiere, anciano? ¿Vino a reclamar la corona?
—Si quisiera la corona, sería mía por derecho. Pero no temas, Lamec, hijo de Matusalén,
pues no vengo por tu trono.
—¿Entonces, por qué?
Caín suspiró con dificultad, depositando el peso de su cuerpo sobre el siniestro cayado. Y,
de repente, pareció mucho más frágil y cansado a los ojos de Lamec.
—Me estoy muriendo—dijo el viejo. —Todo lo que deseo es terminar mis días en la
ciudad que construí. En paz, lejos de las adulaciones de cortesanos y súbditos. Verás que no pido
mucho, muchacho. Apenas, abrigo para mi agotado esqueleto. A cambio, te doy la palabra de que
mantendré mi presencia aquí en secreto, para no perjudicar tu reinado con rumores y
especulaciones.
Desconfiado y temeroso, Lamec prefirió mantener a Caín cerca de él, bajo su control,
hasta decidir qué hacer con él.
Por largos meses, Lamec esperó que Caín intentara usurparle la corona. Sin embargo, el
viejo se mantuvo fiel a su promesa, conservando el anonimato, jamás abandonó el cuarto de
huéspedes, un reciento amplio, localizado en la cima de la más alta torre del palacio, antes
destinada a Lucifer, pero lacrado desde que el Diablo rompió con Matusalén. Lamec le facilitó
una gobernanta de su confianza para servir a Caín. Todas las mañanas, ella entregaba una bandeja
con vino, agua, carnes, huevos y panes junto a la puerta cerrada y regresaba solo a la noche para
recogerla en el mismo lugar, vacía, y sin jamás ver al huésped misterioso.
A Lamec le gustaba visitar al viejo de sopetón, en cualquier día y horario, esperando
sorprenderlo tramando algún golpe contra él. Pero, siempre lo encontraba sentado frente al
balcón, en silenciosa contemplación, con la mirada perdida en el horizonte, en el jardín del Edén
que estaba más allá. En esas ocasiones, Lamec buscaba sondear las intenciones de Caín.
Sorprendentemente, las conversaciones que compartían, terminaban despertando la admiración de
Lamec. Descubrió que el viejo conservaba una mente aguda y bien entrenada en los caminos de
la ciencia y la razón. Lamec abandonó, gradualmente, sus desconfianzas a medida que iba
encariñándose con el anciano. Caín compartía con él sus experiencias pasadas como rey. En
seguida, empezó a darle pequeños consejos a Lamec, referentes a asuntos menores de la corte,
que se mostraban valiosos y prudentes. Caín no tardó en instruir al rey, con mayor propiedad que
el propio Matusalén, en las sutilezas y artimañas de la política. Antes de que se diera cuenta,
Lamec se hizo dependiente de Caín. Durante los dos años siguientes, la influencia de Caín se
enraizó en el rey. Al punto en que Lamec fue despidiendo, paulatinamente, a los ministros y
consejeros reales, muchos de los que habían sido leales servidores de su padre. Al final, solo le
quedó Caín como fuente de sabiduría e inspiración.
Más insidiosa aun fue la introducción, lenta y gradual, de un nuevo núcleo de poder en la
ciudad, forasteros que surgían en las fronteras proclamándose sacerdotes de un extraño culto al
sol y la luna. Vestían mantos blancos y túnicas negras y gozaban de la protección del rey, que
mandó a demoler el palacio de la justicia, para levantar en su lugar un inusitado templo, un
gigantesco panteón elíptico. El pueblo de Enoc asistió, contrariado, a los servicios legales siendo
menospreciados e inadecuadamente distribuidos a otros predios públicos. Y lo peor, se sintieron
indignados con la nueva religión, que se contraponía a su creencia al Dios único. Los ángeles
aparecieron en Enoc, intentando disuadir a Lamec de alejarse de la verdadera fe. Pero él
despreció sus súplicas y, al término de nueve años, la enorme catedral elíptica estaba concluida.
Frente a la insolencia herética de Lamec, los ángeles abandonaron Enoc, esta vez, para no volver
nunca más, mientras la insatisfacción popular crecía rápida y asustadoramente.
Los ángeles estaban ajenos al hecho de que los sacerdotes del sol y la luna eran, en
realidad, descendientes de los satanistas de Esthor, traídos de las altas montañas, en secreto, en
las alas de Goroth y sus dragones, según las órdenes de Caín. En poco tiempo, las cavernas
distantes y sombrías en la cima del mundo se encontraban abandonadas, porque centenas de
sacerdotes, ahora, tenían su nuevo hogar en la catedral que Lamec les había consagrado. Con
noventa y cinco años de edad, Lamec se consideró lo suficientemente fuerte para proclamar al
Oráculo, como la religión oficial de Enoc, aboliendo el culto al Dios único. Entre tanto, pocos se
habían vuelto a la nueva fe. Así, la mayoría de la población se sublevó contra Lamec y marchó
hacia el palacio de la Alianza.
Infelizmente, ese fue, apenas, el inicio de la tragedia, ya que Lamec, siguiendo
atentamente los consejos de Caín, había reforzado su guardia personal. En los últimos tres años,
los cascos negros, se habían convertido en una fuerza bélica numerosa, equipada con las mejores
lanzas, espadas y escudos. Y reprimieron violentamente la insurrección. Y, nuevamente, la Tierra
bebió la sangre del hombre. Más de mil personas fueron masacradas ese día maldito. Las calles
de Enoc se inundaron con la sangre de los inocentes. Ni las dos esposas de Lamec, las reinas Ada
y Zila, cuyas bellas formas habían seducido a Lamec contra la voluntad de Caín, se salvaron de la
ira del monarca.
Ada era la madre de Jabal, heredero del trono, un joven impetuoso de corazón libre y
bondadoso, encargado del ganado de la alta nobleza y apreciador de la vida entre los pastores
nómadas del reino. Y Zila había parido a Jubal, el que prefería componer música y tocar el
órgano y el harpa a lidiar con los asuntos del Estado. Pues eran esos dos jóvenes puros de los que
Caín, con sus mentiras, convenció a Lamec que estaban conspirando para matarlo y quedarse con
la corona. La prueba sería la fe de Jabal y Jubal en el Dios único, que amarían más que a su
propio padre. La malicia de Caín llevó al asesinato de los dos hermanos bajo las espadas de los
cascos negros. Crimen tenebroso que Lamec anunció sonriente a sus esposas, antes de tirarlas al
calabozo del palacio de la Alianza, de donde nunca volverían a ver la luz.
—Escuchen mi voz, mujeres de Lamec—vociferó el rey maldito y sanguinario. —Maté a
un varón por herirme y a un mancebo por pisarme. Porque siete veces Caín será vengado, pero
Lamec, setenta veces siete.
Lamec tenía otros dos hijos con Zila: Tubalcaim, jefe de forjas reales, y su hermana, la
virginal Naama, a los que Caín salvó de la muerte, pero no de un destino igualmente terrible. Para
evitar que Lamec se volviera a casar, Caín lo convenció de que Tubalcaim y Naama, tan
temerosos de Dios como Jabal y Jubal, deberían darle un heredero, cuyo tutor sería el propio
Caín, al que podría moldear, a su antojo, como un fiel servidor de Satán. Entre tanto, tendrían que
esperar algunos años hasta que Naama, todavía una niña, fuera capaz de embarazarse. Lo peor,
sin embargo, Caín y Lamec lo desconocían, la existencia de otro pretendiente al trono de Enoc.
Cierta noche, el rey se acostó borracho con una cortesana, una bailarina que entretenía las
fiestas de la nobleza. De esa unión, dio a luz a un hijo bastardo de Lamec, al que llamó Noé.
Aterrorizada con la masacre de los populares y el expurgo de la familia real, la cortesana huyó de
Enoc llevándose al bebé en brazos. A pesar de haberse escapado de las garras de Lamec, madre e
hijo habrían sucumbido a los rigores del desierto, si no fuera porque un ángel intervino. Miguel,
todavía con lágrimas en los ojos después de tanta sangre y tantas vidas sesgadas en Enoc, los
condujo a la Ciudad del hombre, en donde fueron acogidos por la casa del rey Enós.
Noé y su madre fueron los únicos habitantes de Enoc que huyeron de las sombras que
descendieron sobre aquel reino condenado. Los demás se vieron forzados a adorar al sol y la
luna.
Más de la mitad de la población de Enoc se mantuvo fiel al Dios único y fueron
sacrificados en los altares de los antiguos templos convertidos a la nueva fe. Cataratas de sangre
chorrearon, tiñendo la tierra de rojo. Millones perecieron bajo las dagas ceremoniales de los
sacerdotes, cumpliendo la promesa de Esthor. Sus descendientes habían regresado y ejecutado su
venganza.
Los súbditos restantes fueron seducidos por aquella orgía de muerte, poder y violencia y,
en seguida, se arrodillaron en rezos al sol y la luna, los que no tardaron en presentarse. Lucifer
surgió con una impresionante armadura de oro y su esposa Lilith con un vestido bordado con
delicados hilos de plata. El diablo se proclamó como el Dios Sol y a Lilith como la Diosa Luna y
fueron adorados por aquellos que, al escapar de la muerte rápida, habían condenado sus almas
eternas. Enoc se sumergió nuevamente en las tinieblas, esta vez, para jamás salir.
Por las dos décadas siguientes, Lamec preparó a su pueblo para la conquista de la Ciudad
del hombre. Los ejércitos fueron formados de vuelta y rearmados. Caín estaba convencido de que
los ángeles no harían valer su aviso a Matusalén, al final, el reino ya había derramado sangre
humana, el propio y, sorprendentemente, no sufrió represalia por eso. Además de eso, sus dioses
paganos les habían prometido que las legiones del abismo lucharían a su lado, en caso de que las
huestes angélicas apareciesen. Un juramento que Lucifer no tenía la menor intención de mantener
y en el que Lamec, temerariamente, creyó.
Los dragones vinieron a cuidar la ciudad, sembrando el terror y la admiración. Goroth y
dos de sus hermanos se encaramaron cada uno sobre una de las torres del palacio de la Alianza.
Goroth en la más alta de ellas. Los tres dragones restantes se establecieron en la terraza del gran
panteón negro consagrado al Dios Sol.
Y Lucifer le dio al rey a Lilith de presente, no para que le dé un heredero, sino un general
para sus tropas. Lilith dio a luz siete días después del acto carnal, dando vida a una esfera de luz
negra. Durante trece días, la esfera fue mantenida en un cuarto oscuro, lejos de los rayos del sol y
creció hasta enfriarse y solidificar en la forma de una criatura aterrorizante. Poseía las
dimensiones de un gorila, una piel roja como el rubí y rostro humano con trazos fuertes: enormes
cuernos de carnero se proyectaban desde su cabeza; caminaba sobre dos patas de chivo; sus
manos eran gruesas y de dedos largos con garras en vez de uñas. Lamec lo llamó Umam, el dios
vivo. Estatuas de Umam y de su sello, el becerro de oro, fueron esparcidas por los templos de la
ciudad y adoradas. Umam se convirtió, después del Sol y la Luna, en la más importante divinidad
de Enoc. Un dios pagano que lideraba a los nacientes ejércitos con puño de hierro. Pues crueles
eran sus métodos de entrenamiento y pérfidas sus enseñanzas. Centenas de reclutas perecieron
bajo sus ejercicios. Los sobrevivientes se convirtieron en guerreros salvajes e impiadosos,
adiestrados en las artes de matar, saquear, estuprar y torturar. Los más bestiales fueron
nombrados tenientes. Y esos llegaron a adherir al canibalismo, devorando con placer a los
compañeros que caían, mientras soñaban con las carnes de los súbditos del rey Enós.
Lamec tenía ciento cuarenta años de edad cuando sus ejércitos, finalmente, marcharon en
dirección a la Ciudad el hombre. Largas columnas de más de seis mil soldados avanzaban
armadas con lanzas, escudos, hachas, mazas, espadas y arcos. Los tenientes de Umam cabalgaban
robustos corceles y llevaban estandartes con el nuevo blasón de Lucifer, un tridente blanco de
puntas largas y afiladas sobre un rojo sangre.
Umam los seguía al lomo de Goroth, que volaba en formación cerrada al frente de los
otros dragones. Lamec viajaba en medio de las tropas, escoltado por tres batallones de cascos
negros y confortablemente instalado en un enorme y pesado carruaje que requería de una yunta
de diez caballos para arrastrarla. Lamec sonreía, orgulloso, sentado en el trono real previamente
fijado al techo del carruaje. Exhibía la corona de Enoc en la cabeza, el cetro de su familia en la
mano derecha y la faca que había asesinado a Abel, prestada por Caín, en la izquierda. Caín
permaneció en la ciudad, nombrado regente y disponiendo de dos compañías de cascos negros
para garantizar el orden.

Gabriel y Miguel aterrizaron de sorpresa frente a la corte de Enós. Venían a alertar al


viejo rey de la tempestad que se aproximaba. Sansael, hijo mitad humano de Gabriel, suplicó a
los ángeles para que alejaran el mal de la Ciudad del hombre.
—Lo siento mucho, Sansael—se negó Gabriel, tomado por una profunda tristeza. —Pero
el Creador convocó a los ángeles a su presencia. No podremos, por tanto, participar de la batalla
que se avecina.
Los mismos ángeles desconocían las razones de Dios para sacarlos de la tierra, pero esas,
en breve, se iban a revelar trágicas y decisivas para el destino del hombre.
—Sin embargo, antes de nuestra partida, ustedes tenían que ser avisados—continuó
Gabriel. —Aquellos que avanzan se purgaron de la misericordia. Sus corazones negros abrigan
deseos pérfidos de matanza y pillaje. Su número se cuenta por millares, pero, estén atentos a los
hijos de Lilith. Seis bestias aladas que escupen fuego, lideradas por una aberración de dos patas
llamado Umam, varón diabólico del rey Lamec.
—Frente al mal que se anuncia, tienen nuestra bendición para hacer lo que sea necesario
para defenderse—agregó Miguel. —Inclusive, derramar la sangre del enemigo.
—Que las bendiciones de Dios estén con ustedes, hijo mío—dijo Gabriel, con lágrimas en
los ojos, abrazando a Sansael.
La partida de los ángeles dejó al reino inmerso en el miedo y la incertidumbre. La Ciudad
del hombre no poseía ejércitos con los que resistir. Sus habitantes no dominaban las prácticas de
la guerra y de la violencia. Sansael, entonces, se presentó ante la corte, y su voz reverberó
poderosa y sabia para alguien tan joven. Les recordó que los gigantes no solo tenían pureza, sino
también la llama guerrera y la fuerza de sus padres. Serían los gigantes, por lo tanto, los que
deberían defender a los herederos de Adán.
Y el rey Enós convocó a los gigantes a su presencia y clamó por voluntarios entre ellos.
Todos, más de quinientos hombres y mujeres, eligieron enfrentar a las tinieblas. Enós nombró a
Sansael su general y le dio el comando de las tropas. En el calor infernal de las forjas, los
gigantes, siguiendo sus instintos angélicos, crearon las espadas y escudos con los que centenas de
valientes iban a desafiar a millones de villanos.
CAPÍTULO IX

Padres e hijos

Una ansiedad sofocante envolvía a la Ciudad del hombre cuando la población salió a las
calles para ver a los gigantes, con Sansael encabezando la fila, marchar firmes por la avenida
principal en dirección al desierto. Cargaban con pocos suplementos. Sansael llevaba una carta
con el sello del rey para que las villas y aldeas en el camino les proporcionasen abrigo y comida.
En su mayoría, pequeñas comunidades de cincuenta a trescientos habitantes que florecían junto a
las fuentes de agua como: ríos, oasis y pozos. Pero, entonces, comenzaron a surgir también
poblados abastecidos por la extensa red de acueductos creada por Enós y cuya construcción se
debía mucho a la dedicación laboriosa e incansable de los gigantes. Su fuerza y agilidad
descomunales hacían de ellos una herramienta de trabajo notable en los más diferentes ramos y
oficios, tales como: agricultura, construcción civil, transporte de mercaderías y forja. Sus
habilidades combinaban lo que había de mejor en las naturalezas humana y angélica.
Moviéndose con increíble rapidez y considerable resistencia a los rigores del desierto, los
gigantes avanzaban sin miedo hacia la frontera este del reino. En la increíble marca de tres días,
alcanzaron el más distante de los poblados, la aldea de Morinah, un modesto asentamiento de
pastores de cabras, al margen de la línea de mesetas estériles en donde terminaban las tierras de
los hijos de Adán.
Sansael se mostró como un estratega nato al intuir que las fuerzas de invasión muy
probablemente se aproximarían al reino por Morinah. al pie de las colinas, que formaban una
compacta muralla natural, Morinah se levantaba, con sus poco más de sesenta habitantes, frente
al único pasaje que separaba el inmenso desierto frente a los dominios de Enós atrás de sí, una
garganta estrecha y empinada, localizada en medio a las dos colinas más grandes. Media docena
de hombres no conseguirían marchar hombro con hombro por aquel camino tortuoso, en donde
los rayos del sol casi ni penetraban.
Inseguro de sus instintos militares y temiendo que las fuerzas invasoras decidieran rodear
la línea de colinas al sur, una ruta más ardua, pero, posible, Sansael mandó exploradores en las
más diversas direcciones con la intención de localizar al enemigo.
Mientras esperaban noticias, los gigantes montaron campamento en Morinah. Los
siguientes días se arrastraron en una tediosa espera. Pero, no por eso, desprovista de placeres
mundanos, muy bienvenidos para desviar la mente de los gigantes de la batalla que se avecinaba.
Una faceta interesante de los gigantes se constituía por su aprecio por las cosas simples,
herencia de sus padres angélicos. Y, si había algo que abunda en Morinah, era la simplicidad.
Aunque receptivos, los aldeanos se habían mostrado, al principio, un tanto desconfiados.
Al final, jamás habían visto un gigante, apenas escuchado relatos sobre ellos, que juzgaban
demasiados exagerados para ser verdad. Sin embargo, al final de su primera semana juntos, un
eslabón de amistad y respeto genuinos creció entre los aldeanos y los gigantes, reflejo de lo
mucho que compartían, principalmente, el gusto por la vida al aire libre, el contacto con el suelo
y los elementos. Muchos gigantes moraban y trabajaban en la ciudad, pero sus corazones nunca
se alejaron de la naturaleza.
Sansael, sin embargo, no conseguía disfrutar de la paz en Morinah. Por más que buscara
relajarse, sus pensamientos estaban siempre en el enemigo. Pero, había una mujer gigante de
nombre Eronen, constructora de acueductos e hija del serafín Camael con Atrien, una escritora y
filósofa humana, que se apiadó de Sansael. Ella se inquietaba con el terrible fardo que él cargaba,
el que lo compelía al recogimiento y la soledad. Eronen empezó a acompañar a Sansael en las
caminatas a los límites del desierto por donde podía llegar el flagelo de Enoc.
Durante la semana que estuvieron juntos, Sansael se encariñó con Eronen y la dulzura de
sus palabras, el candor de la sonrisa de aquella joven de cabellos rojos como el fuego. Su
presencia le elevaba el alma y le serenaba las preocupaciones. Y Eronen no tardó en descubrir
que su corazón había sido robado por Sansael, aquel de fuerza igualada solo por los ángeles.
En la noche que antecedió a las llamas y la destrucción, Sansael y Eronen unieron sus
cuerpos sobre el suelo pedregoso del pico de la montaña más elevada. En su desnudez, vista solo
por los fuertes vientos que azotaban la región como voces fantasmagóricas, Sansael y Eronen
plantaron la semilla del primer retoño de su raza. Pues, hasta entonces, ningún gigante había
concebido, ya fuera con ángel, humano u otro de su raza.
Al nacer el sol traería la confirmación de que Sansael había anticipado, sabiamente, los
movimientos del enemigo. Pues uno de los exploradores regresó en precipitada corrida. Exhausto
y sediento, había avistado al ejército de Enoc a menos de un día de viaje de Morinah.
Inmediatamente, Sansael ordenó a sus compañeros que se preparasen para la batalla.
Desde lo alto de Goroth, Umam les ordenó a sus tropas que montasen campamento
durante la noche. La marcha había sido cansadora los últimos días, pero a Umam no le importaba.
La disciplina se mantenía impecable y ellos, bien abastecidos por centenas de carrozas
abarrotadas de agua, panes, cereales y carne salada, además de leche de cabras y huevos de aves.
Mientras se armaban las tiendas, se encendían las hogueras y los caballos eran reunidos, Umam
mandó exploradores para la inhóspita y sombría línea de montañas distantes. Una fuerza
exploratoria, con cerca de cien hombres, liderada por la cuarta compañía de cascos negros, fue
recibida, en medio de la estrecha garganta que habían localizado entre las montañas, por Sansael
y otros dos gigantes. El trío de defensores los sorprendió con su agilidad y fuerza sobrehumanas.
Fue una verdadera masacre. Aunque nunca habían acabado con una vida humana, los gigantes no
hicieron prisioneros. Desde lo alto de las montañas, sus compañeros, horrorizados, los
observaban lavar el suelo del pasaje con la sangre de los enemigos, que brotaba abundante bajo
los golpes despiadados de sus espadas. Los gigantes, sin embargo, no celebraron su primera
victoria, solo contemplaron, arrepentidos, la estupidez de la guerra y rezaron a Dios para que les
diera fuerzas ante tamaña provocación.
Y terrible fue el destino dado a la brigada de soldados regulares que cerraba la vanguardia
de los cascos negros que se desbandó frente a la eficiencia mortal de los gigantes. Ellos pagaron
el precio por las malas noticias que trajeron a los contingentes de Enoc.
En una explosión de cólera homicida, Umam ordenó la ejecución de la brigada entera por
escapar del combate. Fueron amarrados a estacas y alcanzados por las flechas del segundo
regimiento real de arqueros. Les cortaron las cabezas y las colgaron en lanzas dispuestas a la
entrada del campamento, para que sirvieran de ejemplo a los futuros desertores y cobardes.
El amanecer trajo una noción clara de las fuerzas que se oponían. Tanto Umam como los
gigantes eran criaturas dotadas de una capacidad de visión superior que poseía un alcance
agudizado como la de los ángeles.
Del pico de la montaña más elevada, Sansael evaluó la enorme fuerza dispuesta por la
planicie de abajo. Totalizaba, aproximadamente, cuatro mil soldados de infantería, mil arqueros,
seiscientos caballeros y doscientos carros de combate movidos por corceles. Un adversario
formidable para su pequeño bando de valientes. Sin embargo, los gigantes se encontraban muy
bien posicionados, un tributo al liderazgo militar de Sansael.
Los gigantes se habían atrincherado en lo alto de ambos lados del pasaje. Los agresores
tendrían que exponerse a un temerario ataque frontal si deseaban romper las defensas de Sansael.
Su única segunda opción sería rodear la muralla de montañas al sur, lo que le tomaría meses de
marcha y comprometería, seriamente, sus reservas de agua y comida. Aquellos que sobreviviesen
a los rigores del desierto, llegarían, irremediablemente, hambrientos y andrajosos a las puertas de
la Ciudad del hombre. Para Umam, esa no era una posibilidad. Por lo tanto, organizó un ataque
exploratorio para evaluar la resistencia de los defensores. El asalto sería encabezado por el primer
batallón de cascos negros, con un contingente de más de seiscientos hombres, y apoyado por el
tercer regimiento de lanceros del rey, dotado de un complemento de ciento cincuenta soldados.
En ese primer momento, Umam evitó emplear una fuerza mayor, temiendo que la estrechez de la
garganta congestionase el avance.
Umam acompañó el desarrollo de la batalla desde la entrada de su tienda. Lamec estaba a
su lado, todavía soñando con una victoria fácil frente a aquellos a los que llamaba «inferiores
hijos de Adán». Aburrido, el rey se mantenía ajeno a los asuntos militares y ni siquiera tomó
conocimiento de la derrota de la cuarta compañía de los cascos negros. Pero, los guerreros de
Dios le aplicarían una dura lección a la arrogancia de Lamec.
Umam vio a sus hombres siendo destrozados por las espadas de los gigantes. Saltaban
hacia la garganta, daban sus golpes y se lanzaban de nuevo a lo alto de las montañas, de un solo
salto, antes de que los enemigos lograsen reaccionar. Los pelotones de Enoc de derrumbaban sin
ganar un palmo de terreno o derramar una gota de sangre de los gigantes, que luchaban
exhibiendo la misma fría eficiencia de sus padres angélicos. Sus movimientos eran económicos y
precisos al amputar miembros y rasgar la carne de los guerreros de Enoc. Al final de la matanza,
la cuña invasora había sido eliminada hasta el último hombre. La noticia del desastre se
desparramó como un incendio en paja seca por el campamento de Enoc, solapando gravemente la
ya conmovida moral de las tropas. Las ilusiones de una victoria rápida, tan propagadas por sus
líderes, se desvanecían frente a un oponente hábil y determinado.
La noche llegó en las alas de un Lucifer sombrío y enfurecido con el fracaso inicial de sus
adoradores. Lucifer se reunió con Lamec y Umam en la lujosa tienda real. Lamec era una sombra
del monarca seguro y confiado de aquella mañana. Su paranoia y el pavor que sentía de la
muerte, que tan bien le había servido a los propósitos del diablo para corromperle el espíritu,
ahora se convertían en un estorbo porque habían paralizado la voluntad del rey, reduciéndolo a un
miserable cobarde.
Lamec sacudía los brazos nerviosamente como un ave de mal augurio, maldiciendo su
vida y sus crímenes, incapaz de tomar decisiones, limitándose a maldecir contra Dios y los
ángeles.
Enojado, Lucifer le ordenó a Umam que le ahorrase aquel espectáculo despreciable.
Umam agarró a Lamec del cuello y, con una única de sus garras, degolló a su padre como a un
pollo. La sangre salpicó, abundante, sobre la mesa de conferencias y alcanzó las vestiduras de
tres de los ocho militares sentados alrededor de ella. El rey de derrumbó con una aterradora
mueca de agonía estampada en el rostro.
Frente al poder indiscutible de Lucifer, Umam fue coronado rey de Enoc y ningún noble o
general osó protestar. Y Lucifer despachó a Belzebu al palacio de la Alianza con instrucciones
para que Caín ejecutase, rápidamente, a los herederos de Lamec. Con el pesar en el corazón de
quien le pone fin a su propio linaje, pero al ser imposible desobedecer a su maestro, Tubalcaim y
Naama fueron llevados frente al regente. Estaban acompañados de sus tres hijos, los pequeños
príncipes herederos, Tori, Masec y Samel, de doce, diez y nueve años de edad respectivamente.
Caín les sirvió vino de la bodega real mezclado con veneno indoloro. Padres e hijos se
adormecieron a los pies del trono de Enoc, sumergidos en el dulce sueño de la muerte, de una
manera extrañamente bendecida por, finalmente, librarlos de aquel reino maldito.
Entonces, Caín siguió como regente de Enoc apenas en nombre, delegando el poder de
hecho al gran consejo de sacerdotes y encerrándose en sus aposentos en lo alto de la torre
principal del palacio para jamás volver a ser visto por ojos humanos.
El amanecer fue testigo de un Lucifer de un brillo aún más resplandeciente y magnífico
que el habitual. Con sus propias manos, depositó la corona de Enoc en la cabeza de Umam. El
terrorífico hijo de Lilith desfiló frente a sus tropas sobre el lomo de Goroth, ostentando, orgulloso
el cetro y la corona reales. En su discurso de coronación, Umam, el usurpador, le prometió a
Lucifer una victoria aplastante sobre los guerreros de Dios.
El Diablo se acomodó, satisfecho, sobre la más alta nube del cielo para ver al hombre, el
ser más amado por el Creador, derramar su sangre, no por él, sino por su nefasta gloria. Y esa era
la esencia de la venganza de Lucifer. De ahí, su sonrisa cuando los humanos de Enoc marcharon
hacia el asalto decisivo, empuñando centenares de estandartes con su blasón, el tridente blanco
sobre fondo de sangre.
Umam comandó, personalmente, el primer ataque sobre el lomo de Goroth. Llevaba sobre
la cabeza la corona de Enoc y en la mano derecha la larga y afilada lanza.
Aunque fueron alertados por los ángeles, nada habría preparado a los gigantes para la
visión aterradora de Umam y sus dragones. Eran una sombra de terror consumiendo el coraje de
sus adversarios. Los gigantes vacilaron, y sintieron ganas de soltar sus armas y correr lejos de
aquellos monstruos. Pero, antes de que pudieran hacerlo, Sansael, renegando de su propio miedo,
levantó su espada sobre la cabeza y gritó, desafiando el mal a pleno pulmón. Alentados por la
valentía de su líder, los gigantes acompañaron sus gritos provocadores y blandieron, locamente,
sus armas.
Los dragones vinieron en formación cerrada, volando mucho más allá del alcance de los
gigantes. Y se precipitaron, escupiendo su hálito de azufre llameante sobre los indefensos
habitantes de Morinah. En instantes, los gritos de pavor y muerte llenaron el aire. Los gigantes se
precipitaron en abandonar las trincheras para salvar a los aldeanos, con los que tanto se habían
encariñado en las últimas semanas.
—¡Quédense donde están! —Ordenó Sansael. —¡Nos están forzando a retroceder! ¡Si lo
hacemos, tomarán nuestras posiciones y la batalla estará perdida!
Ningún gigante abandonó su puesto. Sin embargo, muchas fueron las lágrimas que
cayeron de sus ojos, inclusive de los de Sansael, mientras veían, impotentes, la masacre de los
inocentes. Los aldeanos fueron calcinados y su pequeño poblado reducido a pilas de cenizas
incandescentes arrastradas por el viento.
Umam se enfureció con el enemigo. Su cruel ardid había fallado en abrirle el camino,
quedándole solo el consuelo de la matanza. Umam daba carcajadas de placer al ver a los aldeanos
retorciéndose en la aflicción de la muerte. al ser insaciable su apetito de destrucción, el ejército
de Umam se abatió como la peste sobre los gigantes.
Las columnas de lanceros fueron las primeras en sentir el filo de las espadas forjadas en la
Ciudad del hombre. Centenas de ellos perecieron en los choques iniciales, con su avance cubierto
por una lluvia de flechas que, dada la proximidad, temerosamente, no distinguió entre defensores
y atacantes. Mató a decenas de lanceros, pero, también hirió, principalmente en brazos y piernas,
a decenas de gigantes. Fuertes y poderosos, sin embargo, los gigantes siguieron luchando,
inquebrantables. Pilas de cuerpos empezaron a acumularse alrededor de los gigantes. De dos a
cuatro lanceros se derrumbaban con cada golpe de sus espadas. Sansael llegó a eliminar a diez
enemigos con un único golpe de su espada ensangrentada. En seguida, el suelo del pasaje se
cubrió de rojo, la sangre hacía resbaladizo el suelo bajo los calzados de cuero crudo de ambos
ejércitos.
A una señal de Umam, los arqueros depusieron sus flechas y avanzaron, espada en mano.
Estaban ladeados por las primeras cargas de caballería. La batalla se hizo más salvaje y
desesperada. El primer gigante en caer fue Fanazer, bajo las lanzas de cinco caballeros de la
brigada de élite de los cascos negros. Fanazer era un pacato jardinero de la Ciudad del hombre,
pero, en su último suspiro, reunió fuerzas suficientes para llevarse consigo a tres de sus verdugos.
Con un golpe certero, rompió el cráneo de dos de ellos para después soltar la espada atravesada
en el pecho del tercero. Y dos de los dragones cayeron sobre un joven gigante, un músico
llamado Ka’rez y lo hicieron pedazos con sus fétidas mandíbulas. Los mejores amigos de Ka’rez,
Joran y Tomazonael, sin embargo, lo vengaron, saltando, cada uno, sobre el lomo de uno de los
dragones, atravesando las carnes de las bestias repetidas veces con sus espadas. La sangre negra
de los monstruos salpicó sobre el suelo como ácido, liberando un olor de maldición. Goroth soltó
un alarido aterrador frente a la caída de sus hermanos y se precipitó contra Joran y Tomazonael, a
pesar de la desesperación de Umam, que gritaba para que se detuviera. Pero Goroth no lo escuchó
y lanzó a Umam al piso, mientras su poderoso caldo alcanzaba a los dos muchachos,
quebrándoles varias costillas. Goroth los quemó vivos con las llamas que explotaban de su boca.
Frente a aquella horrenda escena, Eronen se precipitó, valiente, de forma impensada, en
dirección a Goroth. Goroth se levantó sobre las patas traseras y escupió su fuego sobre la mujer.
Ella fue envuelta por el calor asesino, su piel se disolvió como el papel. Pero, no sin antes de que
avanzara los pasos que restaban para lanzar su espada, con efecto, contra el corazón del dragón.
El fuego se apagó en Goroth y este se derrumbó de lado. Así, pereció el más grande de los
dragones. Pero, ese hecho legendario cobró un alto precio en Eronen. Ella se encontraba entre la
vida y la muerte, quemada de la cabeza a los pies, ciega de ambos ojos, con los párpados, orejas y
labios derretidos como la cera de una vela que se apaga. No quedaba ni un solo pelo en el cuerpo
ennegrecido y cubierto de heridas de la mujer. Umam se aproximó a Eronen para vengar a
Goroth. Él había perdido su lanza en la caída, pero todavía tenía en la cintura la espada que
desenvainó y levantó sobre su cabeza para proferir el golpe de misericordia sobre la mujer. Bajó
la espada con una sonrisa que se apagó cuando su hoja fue detenida, a un palmo del cuello de
Eronen, por la espada de Sansael. Se inició un duelo feroz. El hijo más sombrío de Lilith
maldecía y escupía como si salido del abismo. Sansael casi no conseguía defenderse de los
violentos golpes de Umam. Dos veces, este alcanzó a Sansael, abriéndole una herida en el brazo
izquierdo y, con el mismo golpe, un corte superficial en el muslo derecho. Después, Umam le
partió el escudo al medio con tanta energía que lanzó a Sansael de espaldas sobre el piso
empantanado de sangre.
—Eres débil como tu Dios—dijo Umam, apuntando la espada sobre el corazón de
Sansael. —¡Muere, gusano!
Umam proyectó toda su fuerza en aquella envestida final, pero Sansael fue más rápido y
giró el cuerpo para el costado. La hoja de Umam rozó, amenazadora, la túnica de Sansael para
clavarse, sin consecuencias, en el duro suelo. Umam no gozó de la misma suerte, pues Sansael,
levantando su espada la clavó en el torso del villano.
Los tres dragones restantes gruñían enloquecidos frente a la caída de su rey profano.
Avanzaron sobre los gigantes con una furia abismal, no obstante, no repitieron el error de sus
hermanos, se mantuvieron en el cielo en vez de pelear en el suelo. Empezaron a incinerar, con sus
alientos infernales, a todos los que se cruzaban en sus caminos, diferenciando entre guerreros de
Adán y de Enoc. Más de cincuenta gigantes fueron asesinados por los monstruos en sus vuelos
rasantes antes de que Sansael, actuando por instinto, dio un salto descomunal en dirección a la
bestia más cercana. Toda la fuerza acumulada de sus piernas sobrehumanas lo lanzaron a una
altura inimaginable. Incluso Lucifer se sorprendió. Sansael pareció flotar, por un momento, frente
al horroroso dragón, para, después, separarle la cabeza del pescuezo de un solo golpe de espada.
Sansael volvió al suelo con un estruendo, levantando una espesa nube de polvo y abriendo un
agujero bajo el impacto de sus pies. La cabeza y el cadáver del dragón cayeron cada cual a un
lado de Sansael. Otros dos gigantes lo imitaron y, saltando magníficamente al aire, degollaron al
par de dragones que quedaba. Tomados por el pavor, los soldados remanentes de Enoc salieron
en caótica retirada de vuelta al desierto, abandonando armas, vehículos y animales en el campo
de batalla.
De lo alto de su nube, Lucifer observó la desintegración de su ejército y la explosión de
júbilo que la siguió. Los gigantes celebraban su irresistible victoria abrazándose los unos a los
otros. La mano del Diablo se deslizó sobre Mefistófeles. Su odio bloqueó su juicio. El recelo de
una guerra con los ángeles, la destrucción de su reino en el abismo y el fin de los demonios.
Había arriesgado demasiado con Umam y los dragones, incluso aunque fueran hijos legítimos de
Lilith, una humana. Pero nada de eso importaba más. Todo lo que Lucifer, Estrella de la mañana,
deseaba, cuando sacó su espada y se precipitó hacia los gigantes, era sangre. Y sangre tuvo en
exceso.
A diferencia de los demás, Sansael no había tenido tiempo de celebrar. Corrió hacia
Eronen e intentó abrazarla, pero, la piel quebradiza de la joven se soltaba pegándose en sus
dedos. Los gigantes se callaron frente al dolor de Eronen y la desesperación de Sansael. En ese
momento, el Diablo bajó en medio de ellos. Nunca un humano o, en el caso de los gigantes, un
medio humano, había enfrentado a un ángel. Y no se puede decir que tuvieron la oportunidad de
hacerlo. Lucifer se movía tan rápidamente que casi no conseguían alcanzarlo, les parecía un
rastro de luz centellando locamente por el aire.
Mefistófeles amputó dos docenas de cabezas y miembros antes de que el primer cadáver
tocase el piso. En un abrir y cerrar de ojos, más de cuatrocientos gigantes ya habían caído y no
había esperanzas para los demás, cuando se dio el milagro. Una falange angélica cercó al
enemigo tan veloz como este había surgido. Los gigantes, finalmente, pudieron conocer a su
agresor. El diablo tenía una expresión de placer animalesco y estaba cubierto de la sangre de sus
víctimas de tal manera que el dorado de su armadura y el negro de la hoja de Mefistófeles le
daban lugar al rojo espeso y pegajoso.
Miguel comandaba la falange y dio la orden de apresar a Lucifer. Frente a aquella fuerza
numerosa y fuertemente armada, ni siquiera el más poderoso de los serafines ofreció resistencia.
Lucifer depuso su espada y fue encadenado por las muñecas y tobillos a pesados grilletes forjados
en el primer cielo.
—¡Los ángeles vinieron a socorrernos! —Gritaban los gigantes.
—No, hombres de Adán—dijo Miguel incapaz de mentir. —Nuestras órdenes eran
intervenir solo si el enemigo o uno de sus demonios levantaba la mano contra un humano.
—¿Dios dio esas órdenes? —preguntó Sansael, al levantarse con el cuerpo herido de
Eronen en brazos.
—Sí, claro—respondió Miguel.
—¡Idiotas! —Gruñó el diablo, con una sonrisa lacónica. —Dieron su sangre por él. ¡Y él
los abandonó, como antes lo hizo conmigo! ¡Esa es la paga para ustedes, idiotas!
—¡Sáquenlo de aquí! —dijo Miguel.
Un pelotón voló con Lucifer hacia las nubes. Miguel miró a Sansael y se encontró con una
cara dura y hostil. Una expresión reproducida en los otros gigantes.
—No crea en las mentiras del enemigo, Sansael, hijo de Gabriel—aconsejó Miguel. —
Pues mayor es la sabiduría del Señor.
—¡Sal de mi presencia, ángel! —Rebatió Sansael. —Regresa a tu escondrijo y dile a tu
Señor que luché no por él sino por mi rey, mi pueblo y mi ciudad. Dile que un dios ausente es lo
mismo que nada. Él nos abandonó en el momento de mayor necesidad. Pues, ahora soy yo el que
lo abandona y reniega.
Miguel vaciló frente a la frustración de Sansael. Él sabía que el gigante poseía un corazón
virtuoso. Miguel deseaba encontrar las palabras correctas que le aliviaran el dolor.
—¡Vete! —Gritó el gigante.
Miguel partió. La falange se fue tras él. Los gigantes revisaron las carrozas de Enoc en
busca de cualquier medicamento que pudieran usar. Encontraron vendajes hechas de un tejido
muy fino y hierbas medicinales bajo la forma de ungüentos y tés que ayudaron a Eronen a
mantenerse viva. Aun así, si no fuera por su condición de gigante, con un cuerpo dotado de
propiedades sobrehumanas, ella jamás habría resistido. Pese a eso, Sansael sabía que Eronen no
tenía tanto tiempo. Necesitaba llevarla cuanto antes a los médicos de la capital.
Entonces, Sansael revistió el interior de una de las carrozas con gruesas alfombras sacadas
de la tienda de Lamec y recostó a Eronen, cariñosamente, sobre ellas. Sansael tomó las riendas en
sus manos y salió en disparada, más veloz que cualquier yunta de caballos. De hecho, tiraba de la
carroza con tanto vigor que los demás gigantes que cargaban solamente armas y escudos,
quedaron rápidamente atrás, a la sombra de las nubes de polvo que las botas de Sansael y las
ruedas de la carroza levantaban. Fueron dos días de desenfrenada corrida hasta la Ciudad del
hombre. Ese hecho se eternizó entre los más notables de Sansael.
Incluso después de entregar a su amada el cuidado de los médicos, Sansael, en ningún
momento, se fue de su lado. Incluso se negó a que le trataran los profundos cortes que el acarreo
le había causado a sus manos y la corrida, a sus pies, porque quería que toda la atención fuera
para Eronen. Su sacrificio fue recompensado. Los médicos de la capital consiguieron
estabilizarla. Aunque fuera para una existencia penosa y difícil. Eronen quedó permanentemente
desfigurada y confinada a una cama, ya que el fuego de Goroth le había consumido las carnes de
las piernas imposibilitándolas de cualquier recuperación. Empezó a depender de los cuidados de
los demás para comer, beber o limpiarse. Solo vestía vendajes que exigían ser cambiados
regularmente, ya que se ensuciaban con el sudor y la pudrición que escurría de sus llagas
incurables. Sansael, sin embargo, jamás abandonó a su mujer y permaneció devoto y amoroso. Él
no necesitaba trabajar, porque vivían de las pensiones dadas por el rey como premio por su
defensa al reino.
Día tras día, Sansael permaneció al costado de la cama de Eronen, listo para servir a su
esposa. Y ella resistió, primero, por amor a su marido y, después, por el bebé que descubrió que
esperaba, de aquella única noche en que estuvieron juntos. Aun así, Eronen desmejoraba a simple
vista, víctima de las severas heridas que se negaban a mejorar. Por mucha que fuera la dedicación
de Sansael y el trabajo de los médicos, ella no iba a durar mucho.
Muchos rezaron por Eronen porque la consideraban una bendición divina, una señal del
Creador, al final, jamás una mujer gigante se había embarazado. Algunos gigantes llegaron,
inclusive, a creer que la suerte de la raza había cambiado y que podrían formar sus propias
familias. Intentaron procrear entre ellos y también con hombres y mujeres comunes. Sin
embargo, el heredero de Sansael y Eronen se convirtió en un caso único y para el que no hubo
explicación. Y, aunque inspiró alegría en muchos, generó envidia y resentimiento en otros. Estos
no eran lo bastante numerosos para hablar abiertamente contra el recién nacido. Sin embargo,
¿ese fue un motivo más para que Dios incluyera a los gigantes en la gran matanza que estaba por
llegar, como algunos ángeles llegaron a creer? Tonterías. Los gigantes ya estaban condenados
mucho antes de eso, como casi toda la humanidad.
Ajena al mundo exterior, Eronen cargó, perseverantemente, su fardo hasta el insoportable
final. Su alma solo abandonó lo que le restaba de cuerpo al escuchar el primer llanto de su varón.
Sansael lloró la muerte de su esposa que, finalmente, pudo descansar. Juró que crearía a su hijo
como un hombre digno de la madre que había tenido. Y él lo llamó Gabriel, en honor a su padre
angélico, al que no dejó de amar, incluso después de renegar de Dios.

Los meses anteriores al nacimiento de Gabriel, asistieron el largo y sufrido retorno de los
soldados de Enoc a su ciudad. Pocos encontraron el camino de vuelta, la mayoría se perdió en las
grandes extensiones traicioneras del desierto y, de ellos, ni los huesos volvieron a ser vistos.
Entre los sobrevivientes, se destacó el joven Karin, ordenanza del rey Lamec que fue testigo y
relató ante el consejo de guerra, como Umam, el usurpador, asesinó al monarca. Servidor leal,
Karin había guardado la faca de Caín, que su rey portaba en la cintura en el momento de la
muerte y había sido despreciada por Umam. Karin pretendía entregar la faca al heredero por
derecho al trono. Pero, al llegar a Enoc, recibió la triste noticia del fin del linaje real con las
muertes de los príncipes Tubalcaim y Naama y de sus hijos. Imposibilitado de llevar a cabo su
misión, Karin decidió devolverle la faca maldita a su verdadero dueño, Caín. Pero, Caín
permanecía inaccesible, enclaustrado en la torre principal del palacio. Sin desanimarse, Karin
convenció a su hermana, sirvienta responsable de llevarle la comida a Caín, de esconder la faca
debajo de la cesta de panes. Aquella tarde, cuando volvió para recoger la bandeja del almuerzo de
Caín, que habitualmente era dejada por él fuera de la puerta cerrada de sus aposentos, ella se dio
cuenta de que la faca había desaparecido de abajo de la cesta.
Aquellos que sobrevivieron a la travesía por el desierto, encontraron una ciudad
sumergida en las tinieblas y la decadencia. Antes confiada y orgullosa de su destino, Enoc se
había convertido en un pálido reflejo de sí misma, acobardada y disminuida frente a la derrota
humillante de su ejército.
Infelices eran los habitantes de Enoc, víctimas del propio mal que habían, temerariamente,
abrazado. Debilitados por pensamientos negros y deseos inconfesables, nacidos en los altares
satanistas sucios de sangre humana, ellos temían a la muerte por sobre todo y maldecían a Dios
por causa de ello. En su pavor, se olvidaban de que la muerte era la más grande dádiva de Dios
para el hombre, su puerta de entrada el paraíso. El mal enraizado en sus corazones les devoró la
voluntad, alejándolos de la gracia de la Creación y alimentando su odio por ellos mismos y por
sus semejantes.
Toda suerte de violencia y perfidia fue liberada por las calles y casas de Enoc. A los
seducidos por el mal, solo les restó sucumbir a la última espiral de autodestrucción que siguió.
Los pocos cascos negros restantes se vieron incapaces o se negaron a intervenir. Se limitaron a la
protección de los palacios y templos, abandonando a la población a su suerte, para que esta se
diezmara por las migajas del caos económico y social.
Las cosechas entraron en colapso, el comercio cesó y los servicios públicos
desaparecieron. Hambre, sed, peste e incertidumbre se propagaron rápidamente. Temiendo
saqueos, los sacerdotes prohibieron el acceso de los fieles a los lugares de adoración. Lucifer
todavía permanecía prisionero de los ángeles y otras divinidades demoníacas habían desistido de
Enoc. Aquellos fuertes o lo suficientemente desesperados para enfrentar los rigores del desierto
abandonaron en masa la ciudad. Algunos perecieron por la acción de los elementos y otros, bajo
las armas de aquellos que se hicieron bandoleros, ladrones que saqueaban a sus antiguos
conciudadanos. No obstante, un gran número de refugiados encontró refugio en las villas y oasis
del reino que se eclipsaba. Esos poblados crecieron por el flujo de desvalidos. El poder central se
deterioró rápidamente en detrimento de los jefes locales que empezaron a pelear entre ellos por el
acceso privilegiado a las preciosas nacientes de agua.
Digno de nombrar fue el intento malogrado de los sacerdotes satanistas de establecer un
nuevo centro de poder, menor y más eficiente, alejado de la capital que había quedado vacía. Los
religiosos planearon apoderarse de las aldeas del antiguo reino de Osbara, esclavizando a los
lugareños y levantando allí un nuevo templo piramidal a Lucifer. Para tanto, reunieron una
caravana con más de doscientas carrozas abarrotadas con el tesoro de Enoc. Millares de piezas de
oro, plata, cobre y platino, además de las opulentas existencias de marfil, piedras preciosas,
tejidos y bloques del más fino mármol. Tamaña riqueza partió bajo la escolta de la última
compañía de cascos negros que se pudo improvisar, un contingente incompleto, pero fuertemente
armado, de cinco oficiales y ciento treinta soldados.
La caravana era un botín demasiado seductor para ser ignorado por las bandas de
delincuentes que asolaban los caminos del finado reino. Varios de esos marginales, inclusive,
tenían previo entrenamiento militar en el ejército o, incluso, en los cascos negros. Las bandas
operaron juntas, en esa única ocasión, para enfrentar a la escolta. Más de seiscientos criminales
emboscaron a la caravana en el paso de Torn, solo dos días después de que dejó la capital. La
escolta peleó valientemente, un tributo final a la pericia legendaria de los cascos negros.
Abatieron a más de trecientos cincuenta criminales en una desesperada defensa practicada hasta
por el último hombre. Ningún sacerdote se salvó después de eso. Todos fueron degollados y sus
líderes colgaron las cabezas en estacas al costado del camino.
Después, los bandidos pelearon entre ellos por el botín. Más de cien perecieron antes que
las bandas, por fin, se desbandaran para sus escondrijos con todo lo que pudieron cargar. Esa
desgraciada caravana cerró la última página en la ignominiosa, vergonzosa y perversa historia del
satanismo primitivo. Malditos aquellos que abrazaron a Lucifer y recorrieron sus sombríos
caminos.
En la ciudad de Enoc, quedaba una última alma viviente. Desde sus aposentos, en lo alto
de la torre central, Caín contemplaba, melancólico, el destino final de su bella ciudad. La arena
soplada del desierto se acumulaba por las calles y tejados de las casas y templos. La pintura de
los edificios empezaba a desteñirse debido a los efectos del sol y del abandono. Serpientes,
escorpiones y gusanos eran sus nuevos moradores. La ciudad se deterioraba junto con su primer
monarca. Caín había dejado de alimentarse hacía meses cuando las bandejas de comida dejaron
de ser entregadas en su puerta. Se rindió al hambre y a la sed, imaginando que esa era la mejor
manera de abreviar su permanencia en el mundo que empezó a detestar. Las pocas carnes y
músculos que la vejez le había dejado, desaparecieron. Su piel se le pegó al esqueleto, los labios
se partieron por la sequedad y la saliva se evaporó de su boca. A pesar de su estado deplorable, la
bienvenida muerte se negaba a visitarlo.
El soplo de vida permanecía poderoso en Caín, más de lo que había permanecido en
Adán. Caín rogaba por un asesinato tan misericordioso como temerario al punto de desconsiderar
la señal de Dios marcada en su frente. «Por lo tanto, cualquiera que mate a Caín, siete veces será
castigado». Las palabras del Creador resonaron en su mente.
Con mucho dolor en el cuerpo, Caín se levantó con dificultad de su modesta silla y se
arrastró hasta el objeto que había dejado sin tocar sobre la cómoda, desde que había regresado a
sus manos. Entonces, deshizo su camino, reuniendo las fuerzas que le quedaban para subir al
parapeto de la ventana. Saboreó el viento del desierto acariciándole la cara una última vez,
evocando memorias de su infancia, de la suavidad caliente de las caricias de Eva. Vislumbró el
jardín del Edén inexpugnable y lejano y, después, se cortó la garganta con la misma hoja que
había asesinado a Abel.
«Por lo tanto, cualquiera que mate a Caín, siete veces será castigado». Siete veces Caín
fue castigado por el crimen de suicidio. Siete terribles cortes surgieron en su cuerpo. Cada uno,
siete veces más grande y doloroso que el anterior, haciéndose tan extensos y severos que lo
despedazaron. Sus partes ensangrentadas se deslizaron por el parapeto hacia la larga caída desde
lo alto de la torre hasta estrellarse frente a los sombríos portones del palacio.

El alma de Caín ascendió a los cielos. Su consciencia, tenue como en un sueño distante.
Caín flotó más allá de los límites del universo físico, pero, como ejemplo para los muertos que
vinieron antes y de los que seguirían después de él, había un obstáculo frente a él. Porque, en la
frontera entre lo físico y lo espiritual, Dios había levantado una fortaleza más grande en extensión
y belleza que cualquiera de los cuatro reinos.
Caín se maravilló con sus inmensos salones, de altísimas columnas e incontables nichos
escavados en las paredes descomunales. Sin embargo, apenas una pequeña sección de una única
pared, por entonces, mostraba nichos ocupados. De hecho, millares de ellos. Un alma por nicho.
Cada una, en un sueño profundo.
Por encima de las paredes, se extendía una red de balcones que recorría todo el interior de
la fortaleza. Y, solo desde el balcón sobre la pared habitada, se escuchaba un coro de ángeles.
Centenas de ellos, tocando harpas de oro y plata, juntos en una canción sin fin, magnífica,
inigualable, destinada a arrullar el sueño de los muertos.
Caín mostraba su apariencia de viejo, pero, ya no estaba esquelético y deplorable, ni
vestido con trapos sucios y rasgados. Su alma había recuperado la altivez y la fuerza de antes, de
cuando ostentaba la corono de Enoc. Vestía una larga túnica blanca y reluciente, idéntica a la de
las almas adormecidas en los nichos.
El serafín Camael surgió con las alas abiertas, planeando por entre las columnas que casi
parecían montañas. Se posó frente a Caín con una sonrisa.
—Caín, hijo de Adán, siervo de Satán, sea bienvenido a su descanso—dijo el ángel.
—¿En dónde estoy, ángel del Señor? ¿Qué es este lugar?
—Estás en el purgatorio—reveló Camael. —Creado por Dios para cuidar la entrada de los
cielos de las legiones de Lucifer. Y es en donde el hombre viene a dormir el sueño de la muerte
hasta el final de los tiempos, cuando los justos se despertarán para ir al paraíso y los impíos serán
lanzados a la oscuridad.
Caín se congeló.
—Por favor, Dios, ¡tenga piedad de mis pecados!
Camael, consejero del primer cielo y soberano del purgatorio, estiró la mano derecha y
tocó, gentilmente el rostro de Caín.
—Ahora duerma y serene sus pensamientos. Sepa que los ángeles velan por usted y le
cantan al Señor por la salvación de las almas.
Caín cayó en un sueño profundo. Camael lo tomó en brazos antes de que se cayera y voló
con él a uno de los más altos nichos de la pared ocupada, en donde lo instaló, cuidadosamente.
Después, Camael batió las alas de nuevo hasta su imponente trono en el salón principal
del purgatorio. Allí, Lucifer, estrella de la mañana, permanecía, encadenado por el cuello, las
piernas y brazos a gruesas argollas fijadas al suelo revestido de oro blanco y granito negro.
Parte III

El rey de los hombres


CAPÍTULO X

El recomienzo

Gabriel, hijo de Sansael y Eronen, creció y se educó en la corte del rey Enós, aunque
conservaba la naturaleza sencilla de sus padres.
Y los gigantes despreciaban a Dios. Pero, la actitud de los humanos difería para con el
Creador. Con ellos, Gabriel desarrolló un fuerte amor y respeto por el Señor.
El mejor amigo de la infancia de Gabriel fue Noé, varón bastardo de Lamec, criado
también en las dependencias del palacio real. Desde muy temprano, Gabriel y Noé jugaban juntos
por los jardines del palacio. Noé superaba a Gabriel en los juegos de mesa, pero perdía con él en
los desafíos físicos de corrida o natación. Su amistad perduró incluso cuando ambos se
enamoraron, ya en la adolescencia, de Shazira, hija de Roterim, el consejero del tesoro real,
hombre acaudalado e influyente. Un poco más joven que ellos, Shazira ya exhibía los atributos de
la bellísima mujer en la que se convertiría. Sus ojos y cabellos negros contrastaban, con un efecto
casi hipnótico, con la piel muy blanca y el rostro de trazos suaves y bien definidos. Muchos de
sus pretendientes codiciaban la fortuna y prestigio de su familia, pero ninguno de ellos, ni el más
interesado, despreciaba su hermosura y sus modos refinados.
Gabriel, a su vez, no era, exactamente, próspero en belleza o pensamientos brillantes. Aun
así, buscaba impresionar a Shazira a través de su fuerza física superior que, se decía, rivalizaba
con la del propio Sansael. Era común encontrar a Shazira sentada bajo la sombra de algún árbol,
mientras Gabriel se exhibía corriendo como un rayo por los parajes, saltando colinas de un solo
salto o levantando rocas, caballos, carrozas. Shazira se divertía mucho en esas ocasiones,
aplaudiendo y sonriendo lo que llenaba a Gabriel de orgullo. Sin embargo, la llave para el amor
de Shazira residía en otros atributos. Su mente fue atraída por la de aquel que sabía escucharla,
cuyas palabras la cautivaban y, más especialmente, que estimulaba sus ideas y aspiraciones. Y,
así, Shazira se casó con Noé y le dio seis hijos, tres niñas y tres niños. Gabriel nunca más se
enamoró, pues puro y verdadero era su amor por Shazira. Y lo mismo valía para Noé, al que, más
que un amigo, Gabriel lo consideraba un hermano. Y Gabriel frecuentaba la casa de Noé y
Shazira, jugaba con sus hijos y respetaba a la pareja.
Y pasaron cien años. Cainán, hijo de rey de Enós, había ascendido al trono treinta y tres
años antes, siguiendo el pensamiento de su venerable padre. Los hijos de Noé habían construido
cabañas, cada uno, para su propia familia, en los vastos campos de cultivo que su padre había
recibido de Enós como regalo de casamiento. Las tierras de Noé quedaron, como las mejores
haciendas, en el rico cinturón que circundaba la Ciudad del hombre.
Durante una noche de aquel caluroso verano, otro Gabriel vino a visitar a Noé. El Gabriel
con alas en la espalda, el abuelo homónimo de su mejor amigo. Noé se despertó con la luz que
emanaba del serafín. Su esposa, sin embargo, se mantuvo adormecida bajo el poder del ángel,
ajena a la conversación que se dio.
Al amanecer, Shazira se despertó y se encontró con un Noé pálido, asombrado, recogido
en un rincón de la cama, abrazando sus propias rodillas. Su rostro hinchado denunciaba la noche
pasada en vela y las muchas lágrimas que había derramado. Afligida, Shazira lo abrazó, buscando
respuestas. Noé, entre tanto, se recompuso y se fue en su mejor corcel, veloz como el viento.
Visitó a cada uno de sus hijos y los convocó para una reunión familiar en la sede de la hacienda.
Ellos se extrañaron con la actitud del patriarca, un hombre usualmente sereno, que ahora se
mostraba agitado y perturbado como jamás lo habían visto. Noé no les ofreció explicaciones o
detalles, solo cabalgó hasta la Ciudad del hombre, de donde regresó acompañado del gigante
Gabriel, que montaba el alazán favorito de Sansael.
Toda la familia estaba presente en la casa de Noé. Hijos, hijas, nueras y yernos en un total
de sesenta y seis descendientes. Noé fue directo al asunto. Les reveló el terrible anuncio del ángel
Gabriel. Dios había decidido limpiar la tierra de la sangre derramada por el hombre. Un gran
diluvio llegaría para cubrir el mundo, purgándolo del mal y propiciando un nuevo recomienzo de
la Creación. Pero, solo la familia de Noé sería salvada. Debían construir un arca, con las
especificaciones dadas por el Señor, que serviría para protegerlos de la tragedia que se avecinaba
y debía albergar una pareja de cada animal elegido por Dios. El diluvio duraría cuarenta días y
cuarenta noches y, a su final, la familia de Noé reclamaría la tierra para el hombre.
Los familiares de Noé quedaron atónitos. Algunos lloraron, otros se desesperaron,
mortificados con el destino que amigos, conocidos, en fin, toda la humanidad iba a enfrentar. Sin
embargo, jamás dudarían de las palabras de Noé, porque estaban infundidas de la sabiduría de los
ángeles.
—¿Y qué será de mi pueblo? —preguntó Gabriel, atónito. —¿Los gigantes van a
desaparecer la de faz de la tierra?
—Lo siento mucho, viejo amigo—se emocionó Noé, con una tristeza mortal. —El heraldo
me pidió que mantuviera el secreto a cualquiera que no fuera de la familia. Pero, en mi corazón,
tú eres parte de mi familia y, por eso, eres merecedor de la verdad. Dios renegó de los gigantes
como una mácula, una aberración creada no por él, sino por la unión indebida de dos razas. Jamás
los ángeles volverán a acostarse con las hijas de los hombres. Y, así, la prohibición y el diluvio
servirán también para borrar a los gigantes de la existencia.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó Gabriel, con la voz embargada.
—Veintinueve días. Si no conseguimos construir el arca en ese tiempo, la humanidad
estará condenada.
—Yo los ayudaré. No por Dios, porque mi padre tenía razón. Él no vale mi devoción—
dijo Gabriel. —Sino por ustedes, Noé y Shazira, amigos que amo. Por su familia y por la
humanidad. A cambio, les pido que mantengan vivas las historias de los gigantes y sus hazañas,
para que mi pueblo no sea olvidado bajo la arena de los siglos.
—Lo prometo—dijo Noé, solemne y con el alma torturada.
Shazira abrazó a Gabriel y le besó el rostro. Noé sumó sus brazos junto a los de ella
alrededor de su amigo y lloró.
Y la ayuda de Gabriel fue inestimable. Sin ella, hubiera sido imposible para Noé y sus
familiares terminar el arca antes del diluvio. El gigante derrumbaba árboles, cargaba inmensos
troncos y de ellos, extraía las tablas de madera necesarias para la construcción del casco y de la
quilla de la embarcación. El arca tenía un largo tres veces mayor que el de la altura del palacio
real de Enoc, hasta entonces, la construcción más grande de la tierra. Con seis cubiertas más el
tumbadillo, el ancho del arca equivalía a setenta y dos parejas de toros reunidas. El arca cruzaba
de tal manera las extensiones de la hacienda de Noé que la casa principal y las menores tuvieron
que ser derrumbadas para darle espacio. De hecho, su proa y popa alcanzaban, respectivamente,
los límites norte y sur de la propiedad.
Un proyecto tan magnífico no pasaría desapercibido. Al principio, en pequeños grupos,
pero, en poco tiempo, grandes procesiones de curiosos venían a admirar aquel enorme navío
siendo montado en medio de la tierra firme, distante de cualquier océano o río. Hasta una
comitiva real, encabezada por el propio Cainán, visitó a Noé. Pero, ni siquiera al rey, Noé le
aclaró el propósito del arca. Noé pasó a ser tratado como un loco y su barco, como una
excentricidad. Y, aunque despertase el extrañamiento general, Noé no estaba violando ninguna
ley y, por lo tanto, fue dejado en paz para trabajar en su bizarro monumento de madera.
En numerosas ocasiones, Sansael discutió acaloradamente con su hijo Gabriel el porqué
de él formar parte de la locura del amigo. Aunque le era extremadamente doloroso negarle la
verdad a su padre, Gabriel se mantuvo callado por respeto a Noé.
Al final de veintiocho días, las nubes negras despuntaron en el horizonte. Pero, gracias a
la destreza y los músculos de Gabriel, el arca fue concluida dentro del plazo. Al amanecer del
vigésimo noveno día, una fuerte tempestad se desató, no solo sobre el reino de Adán, sino por los
cuatro rincones del globo. La tierra entera estaba envuelta en tinieblas de lluvias y relámpagos. Al
tercer día, los océanos crecieron.
Al cuarto día, las aguas, en su ascensión irresistible, ya tocaban los tobillos de los
habitantes de la ciudad del hombre. En pánico, la población del valle corrió hacia el extraño
barco de Noé. Al final, ¿no era Noé un hijo bastardo del reino de Enoc y, como tal, un fruto del
mal? ¿De qué otra forma, Noé habría concebido un barco si no supiera de la inundación? Noé
debía estar por detrás de esa brujería. Y decidieron tomar el arca para sus familias y abandonar a
Noé y a su descendencia para morir bajo las aguas.
Sin embargo, frente al arca, los populares de detuvieron y cayeron de rodillas. Decenas de
ángeles iban y venían, trayendo parejas de animales del mundo entero. Los conducían por la
rampa que llevaba al interior del arca. Incluso los animales más salvajes se comportaban en
forma ordenada. Leones, tigres y panteras respetaban hasta a sus presas naturales, con una
docilidad inédita. Había un cerco destinado a cada pareja en las cuatro cubiertas inferiores.
Desde afuera del arca, las personas suplicaban a los ángeles por ayuda. Pero estos se
limitaban, en silencio, a cuidar la embarcación. Un batallón de querubines formaba una línea de
aislamiento cerrada. Al caer la noche, el volumen del agua subió lo suficiente para levantar la
quilla del arco del suelo. Noé abrazó a su amigo Gabriel por última vez, en una larga y sufrida
despedida. El gigante había trabajado hasta el último momento, embarcando las provisiones
necesarias para hombres y animales durante la larga jornada que se avecinaba. Sin mirar atrás,
Noé fue a reunirse con sus familiares en el tumbadillo. Gabriel ejecutó su tarea final, cerrando las
puertas de acceso al arca y liberando la pesada rampa de embarque.
Con la línea del agua golpeando en su pecho, Gabriel vio flotar el arca y seguir,
lentamente, su curso, escoltada por el batallón de querubines. El arca se deslizó lentamente hasta
desaparecer en la línea del horizonte. Sansael surgió, nadando, atrás de su hijo. Se miraron, por
un momento, y se abrazaron fuerte mientras las aguas terminaban de envolverlos. Padre e hijo se
ahogaron juntos.

Sala del trono. Purgatorio.


Cuando era un ángel, el tiempo nada representaba para Lucifer. Eso hasta que conoció el
mundo terreno. A partir de entonces, incluso en las profundidades del abismo, Lucifer
experimentaba el paso del tiempo. De vuelta al mundo espiritual, tal influencia debería haber
terminado, pero, extrañamente, no era lo que ocurría. Lucifer sufría cada momento de su prisión
como una tortura interminable, cuyo silencio prolongado solo la hacía empeorar. Jamás le
dirigían la palabra, ni siquiera Camael, que permanecía por largos períodos meditando en su
trono.
Lucifer trabó una intensa batalla interior para conservar el foco y la disciplina mental y,
de esa forma, no permitir que la cordura se le escapase. Aun así, hacía mucho que había perdido
la noción del tiempo que llevaba cautivo de aquellos grilletes. ¿Habían sido milenios o eras
enteras cuando, finalmente, vinieron a buscarlo? Él no se atrevió a hacerle esa pregunta a los dos
pelotones de serafines que lo liberaron. Condujeron a un Lucifer sorprendido, confundido y
todavía encadenado en dirección a la Tierra.
A medida que se aproximaban al mundo de los hombres, Lucifer vislumbró un
desconcertante risco blanco elevándose en la curvatura del planeta. Cuando alcanzaron la capa
superior de la Tierra, Lucifer lo distinguió mejor y se convenció de que aquella era,
indudablemente, una obra angélica. Una torre incomparable incluso con las mejores edificaciones
de los cuatro cielos. Se erguía en el más grande de los continentes del mundo hasta casi la
oscuridad del universo. La escolta celestial descendió, acompañando la extensión de la
descomunal torre hasta su base, localizada en el centro de una vasta ciudad, cinco veces más
grande que Enoc en su apogeo.
Flotando próximo a la torre y muy por encima de los edificios más altos de la ciudad,
Gabriel, el heraldo de Dios, esperaba a Lucifer. El serafín tenía una expresión perturbada que
intrigó al primogénito. A un movimiento de cabeza de Gabriel, la escolta liberó a Lucifer de las
cadenas y se fue, dejando a solas a los dos más poderosos serafines de la Creación.
—¿Qué pasó aquí? —preguntó Lucifer. —¿Qué es este lugar?
—Dios envió un diluvio para terminar con la Creación—dijo Gabriel. —Apenas la
generación de un hombre fue preservada y ella repobló la Tierra. Su descendencia levantó esa
ciudad, entonces, la única morada humana la que, al término de su gloria, llegó al albergar más de
un millón de habitantes.
—¿Y esa torre? —cuestionó el diablo, sin disfrazar su admiración por el monumento que
cruzaba el cielo.
—Ellos la construyeron.
—¡¿Los hombres la construyeron?! —Se espantó Lucifer. —Jamás imaginé que el género
humano fuera capaz de algo tan magnífico.
—Sin duda—se entristeció Gabriel. —Pero, ella llevó a la segunda caída del hombre.
—¿Cómo?
—Ellos levantaron la torre en el transcurso de los dos últimos milenios, bajo las órdenes
de los reyes Mahalaleel y Jared—dijo Gabriel. —Ellos ambicionaban tocar el rostro de Dios con
ella.
Lucifer sonrió.
—¡Qué petulancia!
—Sí—reconoció Gabriel. —Y, a pesar de todos nuestros avisos, insistieron en su obra. Y
Dios castigó su arrogancia. Les mezcló las lenguas y los esparció por la Tierra.
—¿El hombre ya no habla más la lengua de los ángeles?
—No. La perdió para siempre.
El Diablo dio una carcajada.
—Un gran caos caerá sobre el hombre con la confusión de las lenguas.
—Hay sabiduría en tu maldad, hermano—constató Gabriel. —Pues el castigo del hombre
es todavía mayor. Dios ordenó que tú fueras liberado para traer miseria a la humanidad.
—Nada me daría más placer.
—Pero no te excedas. Sigues estando inhabilitado de herir físicamente a cualquier ser
humano. Si cruzas esa línea, el abismo será destruido y tu esencia, liberada en las tinieblas.
Lucifer tembló frente a esas amenazas, pero se animó con la perspectiva de dominar al
hombre.
—¿Alguno de mis demonios despertó en la humanidad el plan de construir esa torre?
—No. Una hueste angélica mantenía la salida del abismo bajo vigilancia constante—dijo
Gabriel. —Esta vez, el hombre no puede culpar a los demonios por su ruina. Se tienen que
maldecir a ellos mismos por eso. Al mal que llevan dentro de ellos mismos.
Gabriel cerró los puños, su rostro se endureció.
—En el diluvio, Dios sacrificó a mi hijo y a mi nieto, pero, salvó a la familia de Noé, un
varón de Lamec—explicó Gabriel. —En consecuencia, todo hombre que camina por la tierra
lleva la sangre del diablo en las venas.
—Y eso te molesta—saboreó Lucifer, con enorme placer.
—Sin embargo, Noé era temeroso de Dios, aunque sabiamente impuro. Y no comprendo
por qué Dios lo eligió justamente a él como el nuevo Adán.
Lucifer suspiró.
—Tal vez... —El enemigo hizo una pausa antes de continuar. —Por lo que conozco de
nuestro padre, él creyó que la Creación iba a ser lo suficientemente fuerte para subyugar el mal
dentro de sí. Deposita gran fe y esperanza en el hombre. Y ese es su más grande error.
—Ahora, nada de eso importa—dijo Gabriel, meneando la cabeza. —Estaremos vigilando
tus acciones, Lucifer, Estrella de la mañana. Cumple con tu parte y los ángeles del Señor no
intervendrán en tu reinado sobre la Tierra.
Lucifer asintió.
—Ahora, vete. Y reasume tu trono en la ciudad Sombría—finalizó Gabriel.
—Adiós, hermano—dijo el diablo. —Espero no volverte a verte nunca.
Lucifer aleteó en dirección al abismo. Gabriel se dio vuelta hacia la impresionante torre y
le dio un puñetazo con ganas. Esta se rajó de arriba a abajo con la fuerza de su golpe y se
derrumbó en decenas de millares de pedazos. Los destrozos cubrieron el valle y enterraron para
toda la eternidad a la ciudad de Babel.

Lucifer sobrevoló el gran océano. La hueste angélica que guardaba el lugar sobre la boca
del abismo volaba en círculos sobre las aguas. El serafín Ardonael, comandante de la hueste,
entregó a Lucifer la sórdida Mefistófeles, con su hoja oscura oculta en la vaina y se fue,
acompañado de sus guerreros sagrados de vuelta al purgatorio.
Lucifer se puso la espada a la cintura y se sumergió para su siniestro lugar. Atravesó el
sello y planeó por los aires sofocantes del abismo. Lucifael, la gran pira de los demonios,
proyectaba su luz pálida por sobre las murallas de la ciudad Sombría. Lucifer se deparó con una
visión inusitada, tres caídos se encontraban amarrados a gruesos postes de madera frente a los
portones negros de la ciudad. Él aterrizó junto a los cautivos y descubrió que se trataba de
Belzebu, Leviatán y Pazuzu. Cuerdas gruesas y apretadas, dotadas de centenas de pinches
metálicos, los retenían por el cuello, brazos y pantorrillas. Sangraban, agonizantes.
—¿Cuál es la razón de esto? —preguntó Lucifer, con su voz grandiosa.
Nueve demonios, armados con lanzas y espadas, vigilaban a los prisioneros. Sus dos
oficiales se acercaron a Lucifer.
— ¡Maestro Lucifer! —dijo el capitán de guardia, pasmado. —Creímos que había
perecido en manos de los odiosos ángeles.
—Mi príncipe—dijo Leviatán, tan sorprendido como sus verdugos. —¡Matraton usurpó
su corona!
—Nosotros queríamos ir a la guerra contra los ángeles para rescatarlo, mi señor—dijo
Belzebu. —Pero Matraton lo traicionó y nos encadenó como ejemplo para desalentar a otros
disidentes.
Lucifer dirigió una dura mirada a los oficiales de guardia.
—¡Libérenlos! ¡Ahora!
Los oficiales se miraron.
—Lo siento mucho, milord—dijo el capitán. —Tenemos órdenes directas del príncipe
regente de mantenerlos aquí.
—¡Yo soy el príncipe regente! —gritó Lucifer.
—Eso no es decisión nuestra, señor. Pero, sería un honor acompañarlo a la sala del trono
para que discuta el asunto con lord Matraton.
Lucifer sonrió. Los oficiales, sintiéndose un poco aliviados, hicieron lo mismo. Entonces,
Lucifer les sacó las espadas de la cintura tan rápidamente que, antes de que pudieran reaccionar,
ya se las había clavado en los pechos. Los dos demonios se deshicieron con sus esencias
engullidas de pronto por el barroso suelo del abismo. Los siete guardias restantes saltaron, lanza
en mano, contra Lucifer. Todavía con una espada en cada mano, Lucifer descargó toda la rabia y
humillación acumuladas de su detención en el purgatorio sobre los pobres guardias. Uno después
de otro fueron cortados por las hojas ensandecidas del diablo. Entonces, Lucifer liberó a sus fieles
siervos de los postes. Belzebu, Leviatán y Pazuzu se armaron con las lanzas de los guardias
muertos y siguieron a su príncipe hacia la gran pirámide negra.
Matraton, el demonio del silencio, se petrificó frente a los serafines caídos que invadieron
la sala del trono. Pareció encogerte frente a la mirada severa y dura de Lucifer y se arrastró hacia
la salida de los fondos como una sombra repugnante y avergonzada. Sin dirigirle una sola palabra
al despreciable usurpador, Lucifer tomó asiento en su trono. Matraton desapareció de la ciudad
Sombría, refugiándose en los pantanos al sur del abismo. Pero regresaría con una maldición
anunciada. Porque Matraton ardía en deseos de venganza y poder. Y Lucifer comprendió que la
lucha real y definitiva todavía estaba por venir.
CAPÍTULO XI

Dioses

Durante el cautiverio de Lucifer, Azazel había descubierto una forma de que los
querubines caídos dejaran el abismo y vagaran por el mundo. Su odio por el surgimiento del
hombre, al que Azazel responsabilizaba por la guerra de los cielos, el fin de su amado Ravel y el
exilio en el abismo, alimentó de tal manera su fuerza de voluntad que evolucionó más allá de la
mera habilidad de leer la mente humana.
Azazel fue el primero de los demonios en proyectar y pasar sus pensamientos a los de un
humano. Ella poseyó a un viejo moribundo, segundos antes de que falleciera, pero fue lo
suficiente para tomar el control absoluto de las facultades de su cuerpo mortal. Otros demonios
captaron la proyección de Azazel y también de los ángeles, que entonces cuidaban la entrada del
abismo. Azazel sintió que las mentes angélicas perseguían sus pensamientos fuera del anciano, el
que, entonces, suspiró y pereció, sin que sus parientes, alrededor del lecho de muerte, jamás
desconfiaran de que él acababa de convertirse en la primera víctima de posesión demoníaca.
Temiendo la reacción de los ángeles, Matraton, por entonces, en el trono de la ciudad Sombría, le
prohibió a Azazel o a cualquier otro caído, promover nuevas incursiones en cuerpos humanos.
Entre tanto, ahora que Dios había abandonado la Tierra a manos de Lucifer, este revocó el
decreto de Matraton. Aun así, el número de posesiones, que contaban con el total apoyo del
diablo, fue decepcionante. Pocos entre los caídos, ya fueran antiguos serafines o querubines, se
mostraba capaces de poseer a un mortal. Solo aquellos que odiaban a la humanidad con todas sus
fuerzas demostraban esa habilidad. Y, los maestros de ese arte profano fueron Azazel, Pazuzu,
Belial, Leviatán y Abbadon. Azazel, sin embargo, era capaz de ir más lejos que cualquier otro.
Sus posesiones alcanzaron tamaña perfección y se hicieron indetectables para ángeles y caídos, lo
que le permitió cometer crímenes tenebrosos, disfrazada entro los humanos.

La caída de Babel y la confusión de las lenguas trajeron los fundamentos necesarios para
que Lucifer estableciese su reinado sobre el mundo. Y lo hizo alegremente. Los demonios
dominaron con facilidad las nuevas y rudimentarias lenguas humanas. Divididos en incontables
tribus incapaces de comprenderse la una a la otra, los hombres se encontraban terriblemente
debilitados. Y el Diablo tenía el interés en mantenerlo así. Lucifer impuso una religión distinta
para cada tribu, buscando acentuar las particularidades y diferencias de cada una, aunque todas,
basadas en el mismo denominador común, el miedo, sobre todo el miedo a la muerte, a los
elementos de la naturaleza y a lo desconocido. Y los hombres temieron a lo diferente y eso llevó
a la hostilidad. Y la hostilidad trajo desconfianza, odio y conflicto. El hombre se asumió como
predador de sí mismo. Y adoró a falsos dioses.
Lucifer y sus demonios se presentaban como figuras benevolentes, con promesas de
placeres infinitos durante la vida y después de la muerte. Mezclaban el bien y el mal, siendo
gentiles o no según la devoción y los sacrificios que les eran ofrendados por sus seguidores
humanos. Se asociaban, preferentemente, a los elementos de la naturaleza, como dioses del sol, la
luna, la lluvia, de los campos, de los vientos... Cada uno demandaba mayores y mejores templos,
dedicados a sus respectivos nombres. Porque fútiles y vanidosos se hicieron los demonios y
competían por la adoración del hombre y apreciaban ser cortejados, temidos y amados.
Cualquiera que fuera la religión, Lucifer siempre incorporaba la más poderosa y reverenciada
entidad, despertando gran envidia en Matraton y su séquito de caídos. Deseando humillar a
Matraton e insidiosamente manipular el miedo humano, Lucifer propagó falsos mitos sobre un
lugar de castigo eterno en donde las almas de los infieles serían lanzadas. A ese lugar le dio el
nombre de infierno, traducido para cada lengua y religión humanas. Y eligió a Matraton como el
líder de las fuerzas del mal. Y, de esa manera, Lucifer distorsionó los conceptos del bien y el mal
para que sirvieran a sus intereses, garantizando la fidelidad humana a sus muchas caras y
denominaciones.
Y el reino del diablo en la Tierra prosperó, impune, por incontables generaciones. Pero,
cansado de las mentiras difundidas por Lucifer, Dios se apiadó del hombre. No obstante, no lo
suficiente para perdonarlo, pero lo bendijo con una última oportunidad. El hombre había
fracasado bajo las mejores condiciones posibles, cuando era protegido por Dios y sus ángeles.
Pues, ahora, tendría que probar su valor bajo el peor de los mundos, bajo del zapato opresivo y
dominador de Lucifer. Dios les mostraría el camino a sus hijos, pero, a ellos les cabría decidir, a
través del libre albedrío, si abrazarían el bien o el mal. Dios revelaría cada vez menos de él, ya
que buscaba el amor basado en la fe a sus verdades y no en sus obras. Había llegado el momento
de que la humanidad demostrase, por su propio esfuerzo y virtudes, si era digna del Creador.
El cambio empezó por un hombre. Su nombre era Zaratustra y habitaba al este de lo que
un día se convertiría en el reino de Persia. Durante la infancia, Zaratustra vivía con sus padres y
sus seis hermanos en una modesta cabaña en la ladera de una árida montaña, sobreviviendo de la
carne y la leche de las cabras que pastoreaban. Todo cambió una noche, cuando un incendio
consumió la cabaña y las vidas de su familia. Zaratustra escapó milagrosamente de esa tragedia
sin un solo rasguño o quemadura, mientras, de los demás, solo quedaron los huesos calcinados.
Solitario y hambriento, Zaratustra vagó por las montañas, alimentándose de raíces amargas y de
pajaritos que cazaba a piedrazos. Finalmente, encontró refugio en una sucia y tenebrosa caverna,
en lo alto de la montaña más escarpada y fea, de cuyas paredes escurría un agua abundante y
buena para beber.
Durante los años siguientes, aquella existencia difícil hizo de Zaratustra un hombre fuerte
y duro. Sin embargo, él temía que el aislamiento acabase por robarle la razón, exactamente lo que
pensó cuando avistó al ser luminoso en su caverna al amanecer de su vigésimo aniversario. Fue la
primera vez de las muchas apariciones del ángel Gabriel durante la vida de Zaratustra. Pues Dios
había elegido a Zaratustra para ser su mesías primordial. Por eso, en Todopoderoso envió a
heraldo para instruir al joven en la verdadera naturaleza del bien y el mal. Gabriel le enseñó el
principio por el cual, aquellos que creen en el Señor deberían vivir: «No le hagas a tu semejante
aquello que no quieres que te hagan a ti». Y, de esa manera, todas las religiones auténticas se
originaron con Zaratustra, inspiradas en ese principio básico y dedicadas, exclusivamente, al Dios
único.
Noticias de la nueva fe, que predicaba el amor y la compasión en vez del poder y la
soberbia de los falsos dioses, no tardaron en llegar a los oídos de Lucifer, en los confines de la
gran pirámide negra del abismo. Y él despachó a sus exploradores por el mundo, y estos
descubrieron que el mensaje de un Dios único se difundía rápidamente entre los humanos.
Alarmado, Lucifer compareció frente al purgatorio.
Gabriel recibió al diablo y le reveló los planes del Señor. Lucifer se encolerizó, pues los
cielos habían roto el acuerdo firmado con el abismo. Gabriel se encogió de hombros, afirmando
que continuaba asegurando el reinado de los demonios sobre la Tierra mientras estos no hirieran a
un humano. Apenas, deberían aprender a convivir con el mensaje de Dios. Lucifer regresó al
abismo con un gusto amargo en la boca. Se sentía impotente frente al ejército de Dios, obligado a
aceptar lo que le imponían. Súbitamente, Lucifer se dio cuenta de que, a pesar de su rebelión,
continuaba, de cierta forma, acatando las órdenes de Dios. El diablo dudó, por un breve
momento, de su real libertad e independencia. Pero, rápidamente, trató de alejar tales
pensamientos. No estaba preparado para confrontarlos, todavía más después de todo lo que había
sacrificado, de lo que tuvo que abandonar, especialmente, de su lugar junto al Creador.
Lucifer transformó su frustración en una obsesión. Si él no podía destruir el mensaje, iba a
destruir al mensajero. Sus exploradores localizaron, fácilmente, el núcleo de la fe en el Dios
único, un hombre que viajaba por el mundo predicando la palabra del Señor y que se encontraba,
en ese momento, en la ciudad de Sodoma.
Zaratustra, por entonces, tenía cuarenta y cinco años, la piel marcada por los rigores del
sol y de las noches frías del desierto e hilos grisáceos que comenzaban a aparecer en su larga
barba y cabellos castaños. Pero, todavía conservaba la misma altivez y disposición de la juventud.
Zaratustra pernoctaba, invitado por un tabernero, recién convertido a la verdadera fe, en el
mejor cuarto que había, una mudanza muy bienvenida para quien estaba habituado a dormir a la
intemperie. Hasta entonces, aquella fue una buena peregrinación, solo en aquella noche, decenas
de moradores se habían reunido en la posada para escuchar al mesías. Zaratustra creía haber
tocado sus corazones. Y, tal vez, salvó algunas almas. Sin embargo, la noche aún no terminaba y
un ángel surgió en su cuarto. Las ventanas se abrieron solas para que entrase.
Era un serafín magnífico, más bello y más luminoso que Gabriel. Aun así, Zaratustra
percibió algo maligno en sus ojos y lo reconoció por su apariencia orgullosa.
—Lucifer, el enemigo—dijo Zaratustra. —¿Qué quiere de mí, señor de las tinieblas?
—La pregunta correcta es qué puedo hacer por ti—dijo Lucifer, malicioso e insinuante.
—No entiendo.
—Riqueza, poder, mujeres...o hombres, si los prefieres. Puedo darte todo lo que desees y
mucho más de lo que jamás soñaste—ofreció Lucifer y sonrió. —Antes del diluvio, los humanos
vivían durante siglos. Hoy, no pasan de ser una raza débil y asustada que dura pocas décadas.
Únete a mí y vivirás un milenio, deleitándote en placeres incomparables.
Lucifer le ofreció la mano a Zaratustra, pero el mesías la rechazó.
—Nunca me uniré a usted—gritó Zaratustra. —Tengo a Dios a mi lado.
—¡Idiota ingenuo! —Se burló Lucifer. —¡Dios ya abandonó a la humanidad una vez y la
hará de nuevo!
—Él jamás nos abandonará. Nosotros somos los más amados.
Lucifer agarró al hombre del cuello, lo levantó en el aire y le apretó la espalda,
violentamente, contra la pared. La mano del diablo era como un grillete de acero comprimiendo
la tráquea de Zaratustra.
—Termine con esto—lo desafió Zaratustra, con la voz débil, sofocada. —Tengo mi
alma...y usted no puede tocarla...
Lucifer soltó a Zaratustra antes de que sus dedos terminasen el apretón final. El hombre
cayó, pesadamente.
—¿Dónde está su poder ahora, demonio? —Ironizó Zaratustra. —Dios es más fuerte y me
protege de usted.
—Tal vez... Pero hay otras formas...
Lucifer se fue. Su brillo pasó a ser del color de fuego, intenso y espantoso, tal la rabia de
su humillación. Nunca nadie se había dirigido al primogénito de esa manera. ¡La osadía, la
petulancia, el desdén de aquella criatura inferior y despreciable!
Lucifer cruzó la ciudad en un vuelo nervioso. Despertó a Nesai, el rey de Sodoma, se
presentó en sus aposentos como Dagon, dios del aire y de la tierra, igualmente venerado en
Gomorra como el más grande de los dioses. Y Lucifer le ordenó a Nesai que derramase la ira de
su corona sobre Zaratustra y sus seguidores heréticos. Zaratustra no ofreció resistencia a los
soldados de Sodoma que vinieron a buscarlo a la posada esa misma noche. Fue lanzado a un
calabozo a patadas y latigazos. Una centena de inocentes fieles del Dios único fueron amarrados
a estacas dispuestas por la plaza central de la ciudad y quemados vivos en macabras hogueras al
nacer el sol. Unos pocos seguidores de Zaratustra escaparon al expurgo al mantener sus
identidades en secreto. A través de ellos, la verdadera religión sobrevivió para renacer, décadas
después, inclusive en la ciudad hermana de Sodoma, Gomorra.
Durante las siguientes semanas, Zaratustra sufrió torturas horripilantes. Le arrancaron los
ojos, le quemaron los pies, le perforaron los genitales con espinas, le destrozaron las manos y
pies a martillazos y piedrazos, su cuerpo fue violado por hombres inmundos. Por fin, amarraron
sus piernas y brazos a dos parejas de toros, incitadas en direcciones opuestas, haciéndolo
pedazos, con una muerte sangrienta y cruel. Así, terminaron los días de Zaratustra, el primer
mesías de Dios y el padre de todas las religiones dedicadas a la causa del amor y de la justicia.
Pues, a Zaratustra, lo siguieron otros hombres santos, que difundieron el mensaje del bien
por el mundo. Profetas como Buda, Krishna, Abraham, Ismael, Moisés, Jesús y Mahoma se
convirtieron en armas de Dios para traerle ruina al diablo y a su reinado maligno en la Tierra.
Lucifer, por su lado, estaba determinado a resistir. Fue implacable en el empleo de sus siervos
humanos para arruinar y destruir a las religiones del Dios único, en donde quisiera que surgiesen.
Los fieles del Señor se vieron cazados como animales, sus altares arrasados y sus textos sagrados,
destrozados. Sin embargo, a pesar de toda la represión y masacre, la fe en la bondad y en el amor,
lenta e inexorablemente, floreció en el espíritu de los hombres. No tardó en rivalizar y, por las
tierras de Oriente, incluso a sobrepasar a los cultos practicados a los falsos dioses.
El avance del Dios único atormentaba a Lucifer. Veía el poder sobre el hombre
desvanecerse, a pesar de sus mejores esfuerzos. Algunos demonios empezaron a cuestionar el
liderazgo del diablo, cuando sus templos comenzaron a desmantelarse y las antiguas religiones
sucumbieron. Matraton, despechado desde que había perdido el trono frente al primogénito,
convocó a sus siervos para debatir sobre la creciente frustración de los demonios.
Absorto en su lucha contra el bien, Lucifer fue negligente respecto al mal. Obsesionado en
derrotar a Dios, Lucifer despreció los avisos de Leviatán y Belzebu sobre las fuerzas que
Matraton estaba acumulando, prefirió concentrarse en el desarrollo de una nueva arma a la que
llamó infiltradores, un grupo de élite formado por los demonios que dominaban la posesión
humana. El propósito de los infiltradores no podía ser más claro, identificar a los mesías del
Creador, sus seguidores y lugares de congregación, para que los humanos leales a Lucifer
pudieran eliminarlos más eficientemente.
Una de las más grandes cámaras de la gran pirámide fue adaptada para refugiar a los
infiltradores, los que, durante el curso de sus misiones, permanecían adormecidos y vulnerables,
con sus pensamientos viajando para ocupar cuerpos mortales. Ese recinto pasó a ser conocido
como la estufa y ofrecía trece camas para los trece demonios que controlaban la posesión. Su
entrada se mantenía bajo la custodia constante de un pelotón de luciferes.
Las misiones de los infiltradores se hicieron tan largas y frecuentes que los miembros de
la unidad, raramente dejaban la estufa. Decenas de millares de fieles al Dios único perecieron
debido a sus servicios. Pero, a pesar de su dedicación y competencia, los infiltradores pudieron
solamente atrasar, nunca evitar, la irresistible ascensión del Dios único sobre la Tierra. Un buen
ejemplo de eso fue Abraham, influyente profeta del Señor que escapó a tres atentados contra su
vida, gracias a la protección divina de los ángeles.
Y, justamente, Lucifer se encontraba evaluando con Azazel el último de esos intentos
fracasados, conducido por asesinos asirios, debidamente masacrados por el querubín Estalir,
cuando las profundidades de la Tierra temblaron. Lucifer voló de pronto hacia el origen de las
ondas de choque que todavía rebotaban por las paredes del abismo. Se encontró con Gabriel
flotando allá arriba. O, más precisamente, sobre el inmenso cráter, todavía humeante, en donde
antes estaba la ciudad de Gomorra.
—¡Gabriel! —Lo llamó el atónito Lucifer. —¿Qué hicieron?
—Los hombres de Sodoma intentaron violentar a dos querubines que visitaban a una
familia de fieles—aclaró Gabriel.
—¡Humanos idiotas! —Se enfureció el enemigo.
—Los querubines arrancaron los ojos de sus atacantes. Sin embargo, la iniquidad de
Sodoma fue demasiado lejos. Ella y Gomorra son ciudades dominadas por el mal y Dios ordenó
que ambas fueran borradas de la faz de la Tierra.
—Teníamos un acuerdo, hermano. Ustedes, los ángeles no podían intervenir tan
abiertamente en la Tierra.
—Lo sé, hermano. Estás frente a una excepción.
El sentimiento de impotencia de Lucifer aumentó. Hacía tiempo, sentía su destino cada
vez menos en sus manos. Más que actuar, Lucifer parecía tan solo reaccionar a los designios de
Dios. Sus divagaciones fueron súbitamente interrumpidas por el despuntar de una roca en el
cielo.
—Linda, ¿verdad? —dijo Gabriel. —La primera fue para Gomorra. Esa viene para
Sodoma.
Lucifer se acordó de la roca que, cierta vez, él mismo había arrojado desde la oscuridad
del universo hacia la Tierra. Esa de ahora, sin embargo, poseía dimensiones muy inferiores, aun
así, suficientes para pulverizar a Sodoma en un cráter semejante al de Gomorra.
—¿Quiénes son aquellos? —preguntó Lucifer, señalando una fila de veinte personas que
dejaban Sodoma en dirección a una montaña cercana. —¿Seguidores de Dios?
—Sí. Los únicos de Sodoma. Los de Gomorra ya están a salvo.
Lucifer se admiró con una mujer que, terca e imprudente, detuvo sus pasos y,
contrariando la voluntad de Dios, se dio vuelta para asistir la destrucción de la ciudad. Y un bello
y mortal espectáculo se ofreció a sus ojos. El impacto de la roca destruyó a Sodoma bajo un
hongo de fuego, humo y partículas, lanzando una nube de polvo incandescente por todo el valle.
La mujer fue envuelta por la onda de desechos que se agarró a su piel, transformándola en una
estatua de piedra, con una agonía sofocante eternizada en el rostro.
La fila de fieles alcanzó, seguros, el pie de la montaña, mientras Lucifer se iba de vuelta al
abismo con una nueva misión para Azazel: mantener al pequeño grupo bajo vigilancia. Él
pretendía eliminarlos en la primera oportunidad que surgiera. Sin embargo, los fieles eran
liderados por Ló, un hombre sabio que sobrevivió a las artimañas del diablo y les dio origen a los
reinos de Moab y Amom.
CAPÍTULO XII

Matraton

A medida que las religiones del Todopoderoso se expandían por el mundo, el diablo
percibió que los falsos dioses estaban condenados al olvido. Persistiría en la lucha para prolongar
su crepúsculo, pero decidió cambiar de estrategia, empezando a concentrar sus esfuerzos en la
subversión de la fe en el Dios único. Como la nueva fe asumía diferentes formas por las
diferentes culturas humanas, Lucifer planeó enfrentarlas, corrompiendo los mandamientos por el
experimento de guerra. Para eso, despachó a Lilith y a los infiltrados para difundir mentiras entre
los pueblos de la Tierra. En poco tiempo, los predicadores de Dios, los mismos que condenaban
el empleo de la violencia contra el individuo, alteraban sus enseñanzas para justificar la matanza
de muchos en pro de la sociedad. Y, lo peor, en nombre de Dios. Así, una vez más, el diablo
corrompió al hombre, haciendo que cada religión se creyera superior a las demás, la única elegida
por Dios y el verdadero camino para el paraíso. Profundo conocedor de la naturaleza humana,
Lucifer plantó la definitiva semilla de hostilidad en el espíritu humano, manipulando su orgullo y
vanidad y el miedo a lo diferente. Y la humanidad se olvidó de la mayor enseñanza, que todas las
religiones del Dios único eran sagradas y llevaban a la salvación.
Sin embargo, el éxito del diablo se reveló parcial. aun sembrando la discordia, el prejuicio
y la violencia, los hombres no se alejaron enteramente de las enseñanzas de Dios. Pues las
religiones, aunque infiltradas por el mal, se mantuvieron fundamentadas en el bien. En cada una
de ellas, permaneció el libre albedrío, la oportunidad de abrazar los preceptos del amor, la
gentileza, la tolerancia y la compasión. El eslabón de la guerra entre Dios y Lucifer se dislocó de
la arena colectiva para la individual. De la conquista de reinos y ciudades, para la lucha en el
interior de cada ser humano.
En los primordios de esa nueva fase de guerra, despuntó la figura emblemática de Job.
Aquel que atrajo para sí el interés del príncipe de las tinieblas. Job era un hombre feliz, casado y
padre de siete hijos y tres hijas. Poseía una próspera hacienda en el reino de Uz, con más de siete
mil ovejas, tres mil camellos, quinientas juntas de bueyes, quinientas burras y decenas de
empleados, lo que lo convertía, por entonces, en el hombre más rico de Oriente. Aun así, Job
consideraba su fe inquebrantable en el Señor como su mayor tesoro. Los mismos ángeles, cuando
pasaban por Uz, afirmaban que no existía hombre más temeroso del Creador. Los habitantes de
Uz decían que ni siquiera los ángeles veneraban tanto a Dios como Job. Tales palabras pronto
llegaron a Lucifer a través de los infiltradores. Y dolieron a oídos del diablo. Porque Lucifer no
admitía que los humanos, inferiores y miserables, se comparasen con los ángeles, fueran leales o
caídos. Lucifer voló hasta el purgatorio para demandar que Gabriel suspendiese la protección
divina sobre Job. Gabriel argumentó que no había hombre sobre el mundo más merecedor de
protección o más recto, honesto y sincero seguidor del Señor.
—¿Dios teme que Job sucumba al mal? —Se burló el diablo. —Al final, Job es bien
amado, rico y saludable. Sácale todo y verás, hermano mío, que él blasfemará en la cara del
Señor.
La luz de Gabriel se intensificó y de sus labios brotó la sublime voz del Todopoderoso.
—Que así sea, mi primogénito—dijo Dios. —Tráele dolor y miseria a Job y que pruebe
ser digno de mis bendiciones. Pero, no te metas con su vida. Pues, sobre ella, mantengo mi
protección.
Las lágrimas cayeron de los ojos de Lucifer. Porque, desde la caída, aquella era la primera
vez que Dios le dirigía la palabra. La luminiscencia de Gabriel se serenó. Dios lo había dejado.
—Vete, hermano—dijo Gabriel. —Cumple tu deseo.
Lucifer se secó la cara con las manos, avergonzado por la emoción demostrada.
—Lo cumpliré y tendrás la prueba de la debilidad del hombre.
Lucifer se fue para lanzar su ira sobre Job. Mató a su ganado, incineró su casa, envió a
Azazel en la piel de un viejo varón para que conquistara a su esposa y cubrió el cuerpo de Job de
llagas y putrefacción. Sus empleados e hijos lo abandonaron en la desgracia y la mujer
desapareció para nunca más ser vista. Porque Azazel escapó con ella a las montañas y la mató
bajo las estrellas, consumiendo su carne y sangre en una orgía que los ángeles no percibieron, tal
la perfección con que la demonio poseía a un mortal. Azazel cortó las muñecas de su huésped y
lo abandonó para dejarlo morir.
Ante tamaño sufrimiento, la fe de Job vaciló, pero no se rompió. En realidad, se hizo más
fuerte frente a la adversidad extrema. Y, a su debido tiempo, Dios recompensó a Job con el doble
de todo lo que antes poseía. Y Job se convirtió en el hombre más odiado por Lucifer. Porque su
fe se probó realmente tan o más poderosa que la de un ángel.
Deprimido, Lucifer meditaba sobre su derrota, desde lo alto de la montaña verde, la más
bella del reino de Uz, cuando llegó hasta él un batallón de luciferes. Guiándolos, venía Belzebu,
con una expresión grave, trayendo a Mefistófeles, la espada negra, para el señor de la oscuridad.
— Milord—dijo Belzebu. —Las fuerzas de Matraton avanzan. Nosotros escapamos de la
ciudad Sombría, poco antes de que la ciudad cayera para avisarle.
La segunda rebelión se había iniciado.
Lucifer percibió, demasiado tarde, lo imprudente que había sido. Cegado por el orgullo de
sus desafíos a Dios, permitió la multiplicación de sus enemigos en el abismo. Le había dejado el
camino libre a Matraton y ahora tenía que actuar rápido si quería detenerlo.
—¿Cuántas legiones siguen al demonio del silencio?
—Ciento seis, mi príncipe.
Lucifer se quedó estático. Eso le dejaba solo cinco legiones y tres batallones luciferinos.
Y ninguna chance de victoria.
—Cuando escapamos, tres de nuestras legiones cubrían la retirada de las demás hacia la
ciudadela—prosiguió Belzebu. —Aquellas están perdidas y estas no durarán mucho.
—La ciudadela es la más poderosa fortaleza de la ciudad Sombría. Tal vez todavía
tenemos una chance.
Lucifer tomó a Mefistófeles de las manos de Belzebu y la desenvainó. Su hoja negra brilló
bajo la fuerte luz de la mañana.
—Pero no será fácil—reconoció Lucifer, sombrío. —Es muy probable que todos nosotros
perezcamos.
Belzebu sacó su espada. Su sangre hervía por la anticipación de la batalla. Y nada más le
importaba. Ni a él ni a los otros luciferes.
—¡Estoy aquí para servir! ¡Como siempre! ¡Con honor!
—¡Con honor! —gritaron, al unísono, los soldados luciferes, levantando los tridentes y
espadas.
Lucifer se elevó en el aire. Su brillo encandeció y superó al del sol. Y él se embriagó en
su propio esplendor.
—¡Somos demonios! ¡Luchamos por las tinieblas! ¡Vuelen a mi lado hacia el crepúsculo!
¡Hacia el olvido y la destrucción!
Los luciferes berraban salvajemente. Y Lucifer arremetió rumbo al abismo con sus
guerreros tras él. Las sombras de millares de alas fueron lanzadas sobre el mundo. Y aquella fue
la última marcha de los luciferes.

La ciudadela era un conjunto de murallas, edificios y torres que ocupaba el centro de la


ciudad Sombría, una compacta línea de fortificaciones destinada a la defensa de la gran pirámide
negra. La línea, sin embargo, fue rota. Las tres legiones leales, la cuadragésima, la cuadragésima
séptima y la nonagésima sexta, luchaban bravamente bajo el liderazgo de Asmodeus, uno de los
más fieles generales de Lucifer. Su causa, sin embargo, estaba perdida frente a los interminables
grupos de rebeldes.
Desde arriba, la ciudad Sombría parecía asaltada por un hormiguero, una ola negra
avanzando en todas las direcciones, cerrando el cerco sobre la gran pirámide. Los pequeños
grupos de resistencia en las murallas eran masacrados sistemáticamente, mientras la vanguardia
de Matraton se movía locamente hacia el único acceso a la pirámide, sus inmensos portones
hechos de un metal oscuro y pesado. Asmodeus cayó sobre las espadas de un pelotón de
matratones, la guardia de élite de Matraton.
En ese instante, los luciferes se asomaban a través del gran sello y se dieron cuenta, de
inmediato, que, si los portones de la pirámide eran tomados, sería el fin. Lucifer se lanzó,
comandando a sus guerreros, en un movimiento desesperado, hacia una nube de demonios que
cubrían la ciudadela. Veloz y bello como una estrella fugaz, el brillo de Lucifer anunció su
llegada. Centenas de millares de rebeldes volaron para darles combate en pleno aire. Era como si
una barrera infranqueable, de repente, se levantara frente a Lucifer y sus seguidores. Contra
aquella fuerza, no podrían prevalecer, sucumbirían luchando, y Matraton garantizaría para él la
corona de los demonios. Y, seguramente así hubiera sido, si no fuese porque Lucifer era el más
grande guerrero que jamás existió.
—¡Ahora! —gritó el diablo.
Los luciferes se cubrieron los ojos. Y Lucifer hizo explotar su luz en las tinieblas del
abismo. Cegó a los rebeldes, momentáneamente. Y las legiones de Matraton cayeron sobre la
ciudad Sombría como las lluvias que refrescan los campos del segundo cielo, lo suficientemente
aturdidas para que Lucifer y sus soldados alcanzaran los portones de la gran pirámide.
Y Lucifer golpeó tres veces el cabo de su espada contra los portones sombríos.
—¡Abran! —Ordenó el diablo. —¡A Lucifer, Estrella de la mañana, su único y verdadero
señor!
Los portones se abrieron y los luciferes entraron. Valientes, Lucifer y Belzebu vieron
como las tropas de Matraton recuperaban la visión y retomaban la furiosa corrida hacia la gran
pirámide. Los portones se cerraron cuando el diablo y su general entraron.
Lucifer envainó a Mefistófeles y fue saludado por los comandantes de las dos legiones
que le quedaban, la primera y la segunda y de sus fieles batallones luciferinos. A estas fuerzas, se
sumaban millares de otros legionarios, entre oficiales, sargentos y soldados, desertores de sus
unidades de origen por lealtad a Lucifer.
—Refuercen esos portones—les ordenó Lucifer a los legionarios más cercanos. —
¡Rápido!
Los soldados trajeron todas las vigas metálicas de las que disponían para apuntalar los
portones, justo a tiempo de resistir a las primeras envestidas de arietes del ejército de Matraton.
Los fuertes impactos de los arietes hechos de concreto y revestidos de metal que ostentaban
nefastas caras de chivos y toros, impulsados por hasta doscientos demonios cada uno, dejaron en
evidencia que los portones no soportarían mucho más.
El sentimiento de urgencia oscurecería los pensamientos de los guerreros leales.
Combatieron hasta el final por su príncipe regente, pero no veían esperanza de sobrevivir.
Lucifer, al contrario, mantenía la mente fría y agudizada.
—¿Dónde están los infiltradores? —preguntó el primogénito.
—En la estufa, milord—respondió Pazuzu. —No todos son fieles seguidores. Por eso, los
mantuve bajo vigilancia.
Lucifer sonrió y, agradecido, tocó el hombro de Pazuzu.
—Puedes habernos salvado a todos, viejo amigo—Le dijo Lucifer a Pazuzu, el único
infiltrador en el que realmente confiaba. —Vengan conmigo.
Belzebu y Pazuzu siguieron a Lucifer hasta la estufa.

De afuera de la pirámide, tres arietes eran lanzados en conjunto contra los portones de la
pirámide que ya empezaban a destrozarse y ceder. Las legiones de Matraton estaban bajo el
comando de un grande y cruel demonio llamado Uriel.
Uriel pertenecía a la segunda generación de serafines, los veinte instruidos directamente
por Samael, Gabriel, Camael, Nathanael y Matraton. Uriel fue el más fiel de los aprendices de
Matraton y su mano derecha en el primer cielo. Después de la caída, Matraton se convirtió en el
cerebro y Uriel en la voz tras el movimiento que pretendía usurpar la corona de Lucifer. Los dos
se complementaban de tal manera que muchos decían que ambos eran las dos caras del mismo
mal.
Porque era Uriel el que hacía sangrar, despiadado, los lomos de los demonios que
arremetían los arietes. Con su mano izquierda, Uriel hacía estallar un largo chicote de tres tiras de
cuero de mamut, revestidas con gruesas tachas de metal, su creación de la era anterior. Uriel
además traía un par de hachas largas y amenazadoras en la espalda de su armadura negra.
Súbitamente, los portones de la pirámide se abrieron, sorprendiendo a los rebeldes y
lanzando al piso los arietes y sus equipos. Lucifer lideró un asalto suicida de mil guerreros leales
contra los millares de insurgentes. La luz de Lucifer brillaba ardiente. Pero, esta vez, sus
enemigos se mostraron prevenidos, cubriéndose los ojos bajo las manos y escudos y contra
atacaron.
Los demonios leales cobraron un alto precio de la línea de frente de los rebeldes. Más de
cinco mil de ellos fueron abatidos, contra una centena de bajas leales. Solo Mefistófeles, blandida
furiosamente por el diablo, despachó las esencias de más de trecientos rebeldes, sorbidas por las
entrañas del abismo. Pero, el éxito inicial no perduró frente a la avasalladora oposición. Los
rebeldes se reagruparon y cercaron a las fuerzas de Lucifer. Siguiendo las instrucciones dadas,
Belzebu, que había permanecido al comando de la pirámide, ordenó que se cerraran los portones.
Y, así, Lucifer y un puñado de guerreros se encontraron aislados del lado de afuera, envueltos en
un mar de enemigos.
Los soldados leales formaron un círculo defensivo alrededor de su soberano. Un
perímetro que se encogía rápidamente, fustigado por todos lados. Las tropas de Lucifer se
portaron magníficamente, con una ferocidad jamás igualada, ni siquiera durante las peores
batallas de la primera rebelión. Sin embargo, estaban siendo rápidamente subyugadas. Quedaban
poco menos de treinta guerreros cuando Lucifer ordenó que depusieran las armas. Los rebeldes se
detuvieron, sorprendidos, pues imaginaban que Lucifer caería en batalla. El primogénito era
odiado por sus adversarios, sin embargo, los más acérrimos, admiraban su coraje. Aquella
rendición provocó en ellos desprecio y decepción. Y Lucifer fue despreciado y vilipendiado
como un cobarde.
Uriel se adelantó a las filas de rebeldes. Tenía las manos libres, el chicote enrollado en la
cintura y exhibía una sonrisa cariñosa para los derrotados.
—Lucifer, ¿dónde está su valentía ahora? —Se rio Uriel. —¡Mostró que es débil y
despreciable! Y probó que, si Lord Matraton nos hubiera liberado en la primera rebelión, no
habría rendición a Dios.
En ese momento, Matraton surgió planeando sobre sus ejércitos y aterrizó junto a Uriel.
—Nosotros éramos más fuertes que los ángeles—prosiguió Uriel con sus mentiras,
agradables a los oídos de los siervos de Matraton. —Si hubiéramos perseverado en la lucha, si no
fuera por la traición de Lucifer, ¡habríamos vencido!
Los demonios vitorearon, satisfechos, prefiriendo ignorar la verdad.
—¡Su cobardía nos costó la caída! —Acusó Uriel, frente a un Lucifer impasible.
Lucifer sonrió y caminó, lentamente, por entre sus tropas, en dirección a Matraton. Uriel
sacó sus hachas. Los giraba en sus manos como una amenaza. Lucifer se detuvo frente a los dos
poderosos oponentes.
—Yo no recuerdo que te hayas manifestado en contra de nuestra rendición a los ángeles,
Matraton—ironizó Lucifer. —De hecho, si mal no recuerdo, fuiste uno de los primeros que
suplicó que nos rindiéramos.
—¡Injurias! ¡Calumnias! —gritó Uriel.
—Solo yo sé lo difícil que es aceptar la rendición—dijo Lucifer. —Pero eso son aguas
muy pasadas. Lo importante es el ahora. Y, en ese exacto momento, tengo a tres de mis
infiltradores listos para matar a algunos humanos. Mujeres y niños inocentes, para ser exactos.
Los soldados rebeldes se encogieron, asustados. Matraton y Uriel se miraron, nerviosos.
—Está mintiendo—dijo Uriel. —Una guerra con los ángeles nos destruiría a todos.
Ningún demonio obedecería a una orden así.
—¿Realmente? —Se deleitó Lucifer, sarcástico. —Libera tus pensamientos, Matraton.
Dirígelos a la estufa.
Matraton cerró los ojos y se mentalizó.
—Mira a mis luciferes con las lanzas apuntadas a los pechos de Azazel, Belial y
Abbadon, recostados, inertes en las camas ceremoniales—dijo Lucifer. —Ahora, acompaña sus
recorridos mentales extendiéndose hasta la Tierra.
La mente de Matraton siguió el recorrido de los infiltradores hasta una pequeña cabaña
olvidada en un rincón remoto del mundo. Allí, encontró a una familia de campesinos, cuyo
patriarca y sus dos hijos adolescentes mantenían a la madre y a las cuatro hermanas menores bajo
las horcas sucias por el trabajo arduo de los campos. Arrinconadas en un rincón oscuro, las
mujeres se abrazaban y lloraban, indefensas.
—Los infiltradores no tienen elección—dijo el diablo. —Si no matan a las humanas, mis
luciferes los eliminan a ellos en la estufa.
Matraton abrió los ojos. Y Uriel vio en ellos la sinceridad de las palabras de Lucifer.
—¡Miserable! —Protestó Uriel. —¡No nos harás rehenes de tus amenazas!
—Sin amenazas—aclaró el diablo. —Un desafío.
Lucifer desenvainó a Mefistófeles.
—Iba a proponerle un duelo a Matraton—continuó Lucifer. —El vencedor se quedará con
todo. Soberano del abismo y rey de los hombres. Pero, me di cuenta de que eso sería injusto—
sonrió Lucifer, con desdén. —Entonces, te invito a unirte a él Uriel. Dos contra uno. ¿Qué les
parece?
Matraton y Uriel se miraron, una vez más. Ahora, con furia en sus rostros. Matraton sacó
su espada de cabo retorcido.
—Esto se termina aquí—dijo Uriel, levantando las hachas.
Uriel y Matraton avanzaron juntos hacia Lucifer. Los soldados, leales y rebeldes, se
alejaron, liberando el patio frente a la gran pirámide negra para aquel combate de titanes. La
profana Mefistófeles repelió la secuencia de golpes de las hachas de Uriel, pero no, el ataque
furtivo de la hoja de Matraton que abrió una herida fea y profunda en el brazo izquierdo de
Lucifer. La multitud de rebeldes celebró con rugidos y gritos aquella señal prometedora. Lucifer
no se asustó y salió disparado hacia las alturas del abismo, seguido de cerca por sus
contendientes. La batalla se desarrolló en los aires, en medio de piruetas enloquecidas. Lucifer
arremetía y se desviaba, mientras Uriel buscaba empujarlo para que Matraton lo alcanzara.
De hecho, Uriel lanzó una carga decisiva, sus hachas chocaron, locamente, contra la hoja
negra de Mefistófeles, detonando chispas coloridas, como fuegos artificiales que iluminaron los
rostros de los guerreros que estaban abajo, que mantenían los ojos fijos en la batalla, sin siquiera
pestañear. Lucifer era llevado de espaldas rumbo a la espada de Matraton. El demonio del
silencio esperaba inmóvil, en las sombras, sonriendo, porque Lucifer jamás sabría lo que lo
estaba por alcanzar. Matraton sintió las alas del primogénito aletear cerca de él, la brisa que
levantaban le rozó la cara. Levantó la espada y dio el golpe fatal con todas sus fuerzas. Lucifer
escuchó el filo de la espada cortando en la oscuridad detrás de él y cerró las alas, precipitándose
hacia la ciudad. La hoja de Matraton pasó, inofensiva, sobre la cabeza del diablo, acariciándole la
punta de los cabellos y se clavó, con violencia, en el corazón de Uriel.
—¡NO! —gritó Matraton, su primera y última palabra.
La esencia de Uriel fue chupada por el techo del abismo. Lucifer abrió las alas y
arremetió, a un palmo de alcanzar el parqué áspero del patio. Envainó a Mefistófeles y agarró en
el aire las hachas de Uriel, que venían en caída libre. Y se lanzó hacia arriba, rumbo a Matraton.
—¡Llegó tu hora, traidor! —gritó Lucifer.
Fue la vez de Matraton de golpear su espada contra aquellas tenebrosas hachas. Hábil,
consiguió desarmar la mano izquierda de Lucifer, al final, el corte en el brazo del diablo le
perjudicaba los movimientos. El hacha colisionó con el patio abajo, abriendo un cráter. Lucifer
juntó las dos manos sobre el cabo del hacha que le quedaba y propinó una serie de golpes. Ahora,
Matraton era empujado de espaldas hasta que quedaron apretadas contra una pared del abismo.
Incapaz de escapar al salvajismo de Lucifer, Matraton se limitaba a esquivar lo inevitable.
Y lo inevitable no tardó en llegar. Lucifer le amputó la mano de la espada y enterró el largo cabo
del hacha a través del pecho de Matraton con tanta fuerza que clavó al demonio del silencio
contra la pared.
Matraton miró, asustado, la herida y el reflejo distorsionado de su rostro en la hoja del
arma, los ojos empañados por las lágrimas. Lucifer saboreó el tormento de su enemigo que temía
el olvido y la inexistencia. Podía haberle dado el golpe final con Mefistófeles, pero eso no
saciaría sus deseos de venganza. Para eso, Lucifer destrozó el cuello de Matraton con sus propios
dientes, le arrancó la tráquea y se la comió. La esencia de Matraton desapareció a través de la
pared. Lucifer dejó el hacha enterrada en la pared como un testigo de su triunfo.
Lucifer bajó al patio. Los demonios leales dejaron la pirámide y lo saludaron. Los
infiltradores fueron liberados, sin que hubieran derramado una gota de sangre humana.
Desmoralizados, los rebeldes entregaron sus armas. Lucifer ordenó la ejecución de los oficiales
que seguían a Matraton y restauró las legiones, pero, bajo el puño de hierro de los luciferes, que
ahora, tenían el comando nominal.
Sin embargo, a los más de ocho mil soldados matratones, les reservó el peor destino. Fueron
apresados en el portón de la gran pirámide y, durante siglos, torturados mediante palizas,
mutilaciones y humillaciones innombrables. Los más afortunados perecieron en los primeros
años de agonía. Pero los rumores hablaban de algunos pobres infelices que todavía sufrían en sus
fétidos calabozos incluso en los últimos días del mundo.
Lucifer, a su vez, se sumergió en una paranoia creciente, viendo conspiraciones incluso
donde no existían. El primogénito nunca más dejó su trono de hierro en la gran pirámide,
aleatoriamente, ordenaba los asesinatos de aquellos demonios que, sin motivo aparente, le caían
mal. Para agravar, los pensamientos sombríos le bloqueaban la mente, llevándolo a desconfiar
cada vez más de cuánto Dios estaría manipulándolo a atender sus indescifrables propósitos.
Durante los siglos siguientes, Lucifer estuvo obsesionado en revelar si tales propósitos realmente
existían y, en ese caso, cuáles serían. Empezó a escribir un gran tratado filosófico sobre eso en
pasadas tabillas de arcilla negra. Y escribió millares de decenas de esas tablillas, en su búsqueda
incesante por el sentido de su existencia y de las verdaderas reglas que ordenaban la Creación.
Sin embargo, Lucifer se desesperaba, incapaz de descubrir por sí mismo esas respuestas. Ya
estaba cerca de desistir cuando Azazel surgió en la sala del trono, trayendo noticias de su misión
más reciente en la Tierra, sobre un nuevo mesías del Señor que andaba entre los hombres. Y sus
palabras sonaron tan perturbadoras para el diablo que lo arrancaron de su trono macabro y
obligaron a subir de vuelta a la superficie del mundo.
CAPÍTULO XIII

Apocalipsis

El jardín de Getsemaní, en los alrededores de la ciudad de Jerusalén, parecía envuelto en


una extraña melancolía bajo la pálida luz de la luna de la madrugada. Repentinamente, su silencio
sepulcral fue roto por la llegada intempestiva de Jesús de Nazaret, seguido por tres de sus
discípulos, Pedro, Santiago y Juan.
—Mi alma está profundamente triste hasta la muerte—dijo el nazareno a sus amigos. —
Quédense aquí y vigilen.
Tomado por el pavor, Jesús se alejó de ellos para orar. Al regresar, encontró a los
discípulos adormecidos.
—Pedro, despierta—dijo Jesús, sacudiéndolo por los brazos.
—Lo estoy intentando, maestro... —Balbuceó Pedro. —No entiendo...por qué no consigo
mantener los ojos abiertos...
Y Pedro volvió a sumergirse en el mismo sueño profundo que Juan y Santiago.
Desesperado, Jesús se arrodilló y le rezó a Dios. Veía el fin aproximándose. El flagelo, el dolor,
la sangre, la corona de espinas, la cruz...
—Padre, todas las cosas te son posibles; aparta de mi este cáliz—suplicó Jesús. —Pero no
se haga mi voluntad, sino la tuya.
Una voz atendió a Jesús. Pero aquella no era la voz que ansiaba.
—Jesús de Nazaret. Levántate.
Jesús se levantó ante un ángel de luz que lo miraba con curiosidad. De inmediato, Jesús
reconoció la fuerza del mal emanando de aquel ser.
—¿Quién eres? —preguntó el nazareno.
—Soy el diablo.
Jesús sintió un escalofrío.
—Yo conozco al diablo—dijo Jesús. —Él me tentó en el desierto, cuando ayuné por
cuarenta días y cuarenta noches. ...Tú no eres él.
—Yo nunca te hice ninguna visita. Ni en el desierto ni en ningún otro lugar. ¿Y por qué lo
haría?
—Entonces, ¿quién vino a mí en esa ocasión? ¿Uno de tus demonios?
—Yo diría que fue un ángel de señor haciéndose pasar por mí.
—¡Mentiras! ¿Por qué un ángel de Dios se haría pasar por el diablo?
—Tal vez para probar tu fe—supuso Lucifer. —Yo ya probé a un humano, cierta vez. Un
hombre del reino de Uz. Sin embargo, eso ocurrió en mis términos, no en los del Creador. Y, aun
así, fue una experiencia que jamás repetiría.
—¿Realmente esperas que crea en tus palabras, Satán?
—Francamente, lo que tú creas es irrelevante para mí. No es el motivo por el que estoy
aquí.
Jesús se sintió intrigado.
—¿Qué quieres de mí, diablo?
Lucifer sonrió.
—Algunos dicen que eres el hijo de Dios, que tu madre fue embarazada por el mismo
Todopoderoso—dijo Lucifer. —Verdad o no, si Dios manchó su esencia con sangre humana,
como sus ángeles antes de él, peor para él.
Lucifer se acercó al nazareno.
—Mi interés reside en cierta habilidad que tú pareces dominar.
—¿Qué habilidad? —preguntó Jesús.
—La de prever eventos que todavía no ocurrieron, la de ver el futuro—dijo Lucifer,
atormentado. —Algo que oráculos y videntes siempre reivindicaron a través de los tiempos, pero
nunca poseyeron, confinados a sus mediocres juegos de adivinación. De hecho, ningún ángel o
humano jamás demostró tal habilidad, lo que sugiere que tú la heredaste directamente de Dios. Y,
si Dios posee tal poder, significa que fui manipulado desde mi creación. Porque Dios no tendría
otro motivo para hacerme a su imagen y semejanza, sabiendo que me convertiría en el diablo, si
él no tuviera un plan previamente elaborado para mí.
—Yo no tengo las respuestas que buscas. Todo lo que sé es que él me enseña, solo veo del
futuro lo que él me permite—dijo Jesús, humildemente. —Pero Dios tiene un plan para cada una
de sus criaturas. De eso, estoy convencido.
Lucifer se congeló.
—Pero, hay algo que no comprendo—enmendó Jesús. —Tu fe en mis visiones. Mis
visiones todavía no se materializan. ...Pensaba que el diablo era mucho más desconfiado.
Lucifer le lanzó una mirada amenazadora.
—Le hablaste a tus discípulos sobre un traidor en tu entorno que vendría a buscarte esta
noche, ¿correcto?
—¿Estás escuchando nuestras conversaciones? —preguntó Jesús, sorprendido.
—Tengo a una de mis demonios infiltrada hace años entre ustedes. Escondida bajo la piel
de Judas Iscariote.
Jesús quedó boquiabierto.
—¿Entiendes ahora por qué no necesito recurrir a la tentación? —Se vanaglorió Lucifer.
—Mis caminos son otros. Yo destruyo por dentro.
Un murmullo surgió en la entrada del jardín. Al darse vuelta hacia Lucifer, Jesús se dio
cuenta de que se había ido. Sin embargo, el poder de Satán, que mantenía a los discípulos del
nazareno adormecidos, perduró. No vieron cuando Judas Iscariote llegó frente a un destacamento
de guardias del templo. Y Azazel, vistiendo el cuerpo de Judas, besó la cara de Jesús para
identificarlo y el nazareno fue conducido, bajo ofensas y palazos, rumbo al martirio. Pedro,
Santiago y Juan solo se despertaron cuando nació el sol.
Y Azazel liberó a Judas de su influencia a salvo de heridas, pero solo porque Lucifer le
reveló su presencia a Jesús. Si no fuera por la protección de Dios, Azazel hubiera matado a su
huésped. Sin embargo, el desenlace acabó satisfaciendo a la demonio. Asombrado por los actos
cometidos en su nombre, todavía ajenos a su control, Judas se ahorcó en el árbol más alto que
encontró, condenando así a su alma eterna.

En la colina de la Torpeza, próxima al río Lamentoso, un feo curso de ácido sulfúrico


maloliente que cruzaba la región sur del abismo y desembocaba en el lago de la Soledad, dos
demonios practicaban la versión macabra del Gaborah. Las reglas habían suprimido la
creatividad, enfocándose en la velocidad mental con la que se ordenaban las piezas. Y, en vez de
insectos celestiales, la variante diabólica del juego empleaba huesos humanos robados de los
cementerios y traídos a través del gran sello. Cráneos contra costillas, levitando en el aire al ritmo
de la voluntad de los jugadores. Belzebu enfrentaba a Leviatán, formando configuraciones con
sus cráneos más rápidamente de lo que el general armero conseguía acompañar con las costillas.
En eso, una pelea se desató en el valle abajo. Los dos serafines caídos volaron hasta el trío de
contendientes que se agredían con golpes y patadas. Belzebu preguntó el motivo de aquella
indisciplina. Fangor, un demonio de ojos rojos como los de Matraton, dio un paso al frente. Le
contó lo que había presenciado en la taberna de Hagmore, situada en el distrito este de la ciudad
Sombría, en donde estuvieron emborrachándose de Pandemonio (la cerveza que los caídos
producían de la fermentación del jugo amargo y asqueroso que escurría de las paredes del
abismo) cuando un bando de demonios rabiosos y desesperados llegaron repentinamente.
Saquearon la taberna, asombrados por las profecías de mal augurio que condenaban al abismo a
sucumbir frente a un ejército angélico. Así, Fagor voló para alertar a sus amigos, Qarem y
Verbes, mineros de los yacimientos de hierro que brotaban al pie de la colina de la Torpeza. No
obstante, aturdidos ante las noticias de Fagor, Verbes y Qarem descargaron en su compañero su
frustración.
Belzebu y Leviatán abandonaron al trío de demonios, volando, inmediatamente hacia la
ciudad Sombría. Ambos se habían ausentado durante dos turnos de trabajo y, aun así, encontraron
a la capital tomada por el caos. Los incendios, el pillaje y las peleas se multiplicaban. El ejército
maligno se había desbandado, dejando al abismo vulnerable a las huestes angélicas. Solo los
luciferes se mantenían en sus puestos, cuidando la ciudadela.
Belzebu y Leviatán se presentaron ante Lucifer en la sala del trono. El primogénito
conservaba sus aires de majestuosa confianza, a pesar del temor que se escondía por detrás de sus
bellísimos ojos. Porque Abbadon había regresado recientemente de una misión de infiltración en
la Tierra clamando que Dios le había revelado al hombre los pormenores de la derrocada final de
los caídos y su subsecuente condena eterna. Tal fue la desesperanza de Abbadon que, al
principio, no buscó al príncipe regente y prefirió sucumbir a la desesperación, vagando sin rumbo
por la ciudad, explotando en lágrimas en la principal avenida del distrito norte, gritando el horror
de la revelación para los incautos a su alrededor. La aterrorizante noticia se difundió por la ciudad
Sombría como un fuego inclemente de histeria y desorden. Siendo a Dios y a sus ángeles
imposible mentir, entonces, la última verdad pareció mostrarse a los demonios. Por lo menos, así
lo creían los querubines caídos y parte de los antiguos serafines, a pesar de los esfuerzos de
Lucifer para convencerlos de lo contrario. Porque Lucifer ya había visto a los cielos mentir
cuando les convenía.
Entre tanto, el propio príncipe regente vacilaba en sus certezas y convicciones, aunque al
diablo todavía le quedaba otro aliento. Tal vez el hombre, esclavo de sus limitaciones, hubiera
interpretado, erróneamente, las palabras del Creador. Lucifer decidió perseguir la verdad. Y, así,
guardando a Mefistófeles a la cintura, el primogénito voló para la jornada que cerraría su destino.

Juan, el apóstol virgen, apreciaba las noches calurosas de Éfeso, un importante centro de
comercio marítimo y terrestre y la ciudad más grande de la costa oeste de Asia menor. Juan había
hecho de Éfeso su hogar y base de la difusión de la palabra del Cristo crucificado hacia las
ciudades vecinas, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardes, Filadelfia y Laodicea.
Aquellas caminatas nocturnas ayudaban a Juan a aclarar las ideas y ordenar sus
pensamientos. Algo vital para el oficio de Juan, que se había revelado como un escritor tan
talentoso como humilde. Juan se veía como una mera pluma en las manos de Dios para redactar
su verdad y pasaba los días dictando aquella que consideraba la más grande de sus obras, su
evangelio para su discípulo, Prócoro.
Súbitamente, Juan fue despertado de sus divagaciones por el ladrido de un perro a los
lejos. Solo entonces se dio cuenta de que se había desviado hacia una calle sucia y desierta. Juan
apresuró el paso de vuelta a su modesta residencia, próxima al puerto de la ciudad. Sin embargo,
sus piernas, marcadas por la edad avanzada, respondían con lentitud, incluso con el auxilio de su
largo cayado.
Aun así, Juan casi alcanzó la esquina que lo sacaría de las sombras hacia una vía principal
iluminada por hogueras y antorchas y animada por calurosas voces humanas. Antes, sin embargo,
Juan fue agarrado de los largos cabellos grisáceos y tirado al suelo polvoriento. Juan intentó
levantarse, pero una pesada bota de cuero crudo descendió sobre su cuello, apretándolo contra el
suelo. Juan intentó deshacerse de la pierna del agresor inútilmente, pues era firme como un
obelisco romano. Juan tanteó en la oscuridad y encontró su cayado caído próximo a él. Lo usó
para golpear la pierna enemiga reiteradas veces, pero esta permaneció impasible.
Un brillo súbito emanó del atacante, envolvió a Juan y reveló al ángel perverso que lo
tenía del cuello. Sin dirigirle la palabra, Lucifer examinó la mente del apóstol y vio sus servicios
prestados al Cristo; la devoción a María, la madre del Salvador; la ida a Éfeso y el periplo
siguiente por Asía menor; su prisión y flagelo en Roma, por orden del emperador Domiciano; su
exilio en la isla de Patmos; y su liberación, después de la muerte de Domiciano. Lucifer se
concentró en las memorias de Patmos, lugar desolado y miserable, en donde Juan escribió el libro
de las revelaciones. Lucifer vio cada línea de la profecía siendo dictada a Juan por el heraldo
Gabriel, como salidas de la boca del propio Creador.
Para su horror, Lucifer escuchó Gabriel relatar la caída final del diablo, la salvación de las
almas justas y la conversión del abismo en infierno, un lago de fuego en donde los demonios y
las almas condenadas deberían arder, por toda la eternidad, en la más terrible de las condenas.
Juan fue testigo de la revolución de emociones que alcanzó el rostro del diablo. El horror
convirtiéndose en miedo y el miedo en ira. Juan temió por su vida frente a la furia homicida que
explotó en aquellos ojos, al mismo tiempo, magníficos y aterradores. Pero, el diablo lo ignoró y
se fue. Lucifer movió sus alas en una cólera profana, para nunca más ser visto por los hombres.

El primogénito ascendió al purgatorio y gritó llamando a Gabriel. Dos falanges


fuertemente armadas, responsables de la guardia de los portones principales, rápidamente
cercaron el enemigo. La fuerza celestial esperó, pacientemente, por la llegada de sus generales. Y
estos vinieron. Gabriel y Camael se posaron frente al diablo.
—¿Qué deseas, Lucifer, Estrella de la mañana? —preguntó Gabriel.
—¿Crees que Dios te ama, Gabriel? —Insinuó Lucifer.
—¿Qué tipo de pregunta es esa? —Se extrañó el heraldo.
—Una pregunta directa para una respuesta simple. Un mero «sí» o «no» basta.
—Dios ama a todos sus hijos.
Lucifer sonrió, burlón.
—Pues, si Dios te amara, Gabriel y realmente conociera el futuro, jamás te habría enviado
a mí, sabiendo lo que voy a hacer.
Lucifer sacó a Mefistófeles directamente contra la garganta de Gabriel. Y decapitó al
serafín con un único golpe. Y ese fue el fin de Gabriel, el más divino ángel de la Creación.
Camael blandió su espada y las falanges se precipitaron sobre el diablo. Pero, una explosión de
luz encapsuló a Camael. Todo su ser tembló como si fuera alcanzado por un rayo. Y Camael se
convirtió en el nuevo heraldo del Señor. Y Dios se pronunció a través de él.
—¡Déjenlo pasar! —Retumbó la gloriosa voz del Señor.
Y la luz se serenó en Camael y este volvió en sí. Camael bajó la espada y las falanges le
abrieron camino a Lucifer. El diablo siguió adelante hacia los cuatro cielos. Ninguna hueste
angélica detuvo su avance. Y Lucifer avistó el primer cielo, la Ciudad de cristal, en la que todo
excedía en brillo y esplendor a su predecesora. Sus murallas y edificios se mostraban
translúcidos, como de un líquido contenido por colores bellos e infinitos que se alternaban en una
danza suave de contemplar. Sus torres eran dos veces más elevadas que las de la finada Ciudad
plateada. Lucifer se sorprendió y admiró con ellas. Pero no se detuvo y voló cada vez más alto
hasta, finalmente, planear frente al Todopoderoso.
—Bienvenido, hijo mío—dijo Dios. —Te estaba esperando.
—Entonces, ¿es verdad? —preguntó Satán. —¿Realmente ves el futuro?
—Sé todo lo que fue y será.
—¡Demuéstramelo! —Desafió Lucifer.
Está bien—suspiró Dios, aborrecido. —Estás por cometer un acto innombrable. Serás el
primero y el último en levantar tu mano contra tu Dios. Y te digo que pagarás un precio terrible
por eso y, incluso así, lo harás.
—Todavía puedo darte la espalda e irme. Entonces, te habré mostrado que eres un
mentiroso.
—Pero no lo harás.
—No—estuvo de acuerdo el Diablo. —¿Y sabes por qué? Tus palabras son falsas, escudo
efímero atrás del que un Dios inútil y cobarde se esconde. Estamos a solas, Padre. Ningún ángel
puede protegerte. Puedo destruirte ahora como lo hice con Mefistófeles, tu fase maligna.
Lucifer sacó a Mefistófeles.
—Eres un Dios de amor y no de violencia—dijo Satán, antes de avanzar contra el Señor.
—¡Y esa es tu debilidad!
Lucifer golpeó la cara de Dios con el vigor de su odio. La hoja negra, sin embargo, se
desintegró en millones de astillas ante un Dios inviolable. Varias de las cuales se volvieron contra
Lucifer, rasgándole las carnes y provocando heridas profundas, pero no letales. Satán fue lanzado
de espaldas por el impacto del golpe con una violencia siete veces mayor de la que él había
empleado. Lucifer se quedó flotando, aturdido e indefenso, frente al Creador.
—Error—afirmó Dios. —El amor nunca es una debilidad. Ahora, siente su poder y
aprende.
Y Dios levantó su mano izquierda hacia Lucifer y de ella explotó un rayo como nunca
visto. Una descarga magnífica de luz y energía, cuyo estruendo retumbó por los cuatro cielos.
Hecho para purificar, no para destruir, el rayo divino golpeó al Diablo y lo lanzó lejos del Señor y
de vuelta a la Tierra, con una deslumbrante precisión y velocidad. Inconsciente, Lucifer rasgó su
pasaje a través del gran sello y se derrumbó en los alrededores de la ciudad Sombría, abriendo un
enorme y hondo cráter debajo de él. Y esa fue la segunda caída del primogénito, de la que jamás
se recuperó. Entonces, su cuerpo estaba cubierto de llagas, su brillo natural, se extinguió, sus alas
reducidas a pequeños pedacitos calcinados.
Lucifer se arrastró hasta el lago de la Soledad. Desde sus márgenes, saltó, dolorosamente,
hasta una de las islitas perdidas en medio de la sustancia abundante y sulfurosa. Con las manos
desnudas, Lucifer levantó una melancólica cabaña con los pedregullos ásperos de la isla.
Desprovista de muebles y vanidad, la cabaña sirvió tan solo para que Lucifer se recogiera en
soledad y desesperanza.
Belzebu, Leviatán y Pazuzu fueron a la isla varias veces. Sin embargo, siempre eran
expulsados por Lucifer que no les daba ninguna explicación. Exasperados por el caos que reinaba
en el abismo, asumieron la corona de los demonios, instituyéndose como un triunvirato, la triada
de regentes supremos de la cuidad Sombría. Y buscaron convencer a los demonios de que el
Apocalipsis era una invención del hombre y no la palabra de Dios. Y, a pesar de la ideología que
propagaron, en su interior incluso el triunvirato se sentía inquieto con respecto al Apocalipsis.
Pero, ¿qué otra alternativa les quedaba? Apenas proseguir, existir, luchar, en fin, negarse a la
desesperación.
Sin elección, la mayoría de los demonios abrazó la nueva fe ofrecida por sus líderes. Para
algunas decenas de millares de caídos, sin embargo, la creencia fue imposible de ser asimilada.
Incapaces de soportar el horror del castigo, se suicidaron, tirándose sobre las puntas de sus
espadas, lanzas y tridentes. Sus esencias, absorbidas por el abismo insaciable.
Aun así, el triunvirato consiguió restaurar el orden y la disciplina entre los demonios y
afirmarse como cuerpo de poder. Y sus tres miembros dividieron entre ellos los tesoros de
Lucifer, incluyendo a sus esposas. Belzebu poseyó a Prosperine y Agrat-bat-mahlaht; Pazuzu
asumió a Eisheth y Naamah y Leviatán tomó a Astarte. Lilith, entretanto, justificó su espíritu
libre y se quedó sola, y nunca más se sometió a otro macho.
Por esa época, Lucifer cerró su breve estadía en el lago de la Soledad. Sus heridas estaban
lo suficientemente cicatrizadas y sus dolores, soportables. Se mudó a las lejanas y desiertas
quebradas al oeste del abismo. Frente a la gran pared occidental, Lucifer rasgó lo que quedaba de
su ropa y lanzó los trapos. Escavó la pared del abismo con sus dedos carcomidos, creando una
pequeña caverna, poco más grande que una tumba. Se metió en ella y lacró la entrada tras de sí
con una compacta barricada de rocas y desechos.
Cuando el Apocalipsis llegó, el fuego divino consumió por toda la eternidad a los
demonios y a las almas de los condenados, Lucifer se encontraba seguro en su tumba oscura,
protegido por el frío maligno inerte en las paredes del abismo.
A partir de ese momento, los relatos divergen sobre el destino del primer ángel. Algunos
creen que Lucifer enloqueció por la soledad y la desesperación, cubriendo las paredes de la
tumba con un bizarro evangelio, escrito con sus grandes y afiladas uñas y destinado apenas a sus
ojos. Otros sugieren que el antiguo serafín fue alcanzado por el más profundo estado de
meditación, por el que habría alcanzado el Nirvana y una fase superior de consciencia
comparable solamente a la de Dios. Por último, existen aquellos que predican que Lucifer,
rodeado por la paz de las tinieblas absolutas, descubrió en su interior la esencia de Dios que
existiría, adormecida, en todas las criaturas. Así, contemplando la oscuridad y el silencio, Lucifer
habría aislado y expurgado el mal de dentro de él, apresándolo firmemente en su mano izquierda,
como un pájaro negro de odio debatiéndose para escapar. Y, libre del mal, Lucifer habría creado
la luz. Y, en su mano derecha, habría hecho surgir una pequeña criatura, para bautizarla con el
nombre primordial de Samael. Y Samael sería el primero de muchos. Y Lucifer creó los cielos y
otros seres a imagen y semejanza de Samael. Y, a su debido tiempo, Samael y algunos de sus
hijos traicionaron a Lucifer. Pero Lucifer no se entristeció. Porque las tinieblas en su tumba eran
la eternidad. Y Lucifer creó al universo físico y al hombre. Y el hombre sería su creación más
amada. Hasta el final de los tiempos, por cuanto durara la eternidad y más allá de esta.

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