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Universidad Católica de la Santísima Concepción

Facultad de Derecho.

Trabajo N°2
DERECHO CANÓNICO
PROFESOR CLAUDIO SOTO HELFMANN

Valentina Medel Ortiz


3. JULIO.2018
 Resumen N°1:
" El matrimonio: en torno a la esencia, propiedades, bienes y fines"
I. El origen del pacto conyugal
Es legítimo sostener que el IUS CONNUBI fundamenta y exige a su vez todo sistema de derecho
matrimonial, ya que este no es más que el despliegue lógico del contenido de dicho derecho de la
persona, constituyendo el primer nivel de relación entre la verdad antropológica de la persona y el
derecho.
La persona tiene derecho a ejercer su posibilidad de "amar conyugalmente", pero deben conocer
cuales con los límites de este derecho y que contenido encierra. Para resolverlo recurre al plano
antropológico, para preguntarse cuál es el itinerario y donde termina ese amor conyugal, por
consiguiente, al aceptar la existencia de este amor conyugal se derivan sus consecuencias.
La primera de ellas es que la donación al otro de todo lo que son (como varón o mujer), no puede
darse sin el consentimiento de ambos, de tal forma que los dos actos de voluntad formen un acto único
de consentimiento. La segunda consecuencia es que cada contrayente pasará a ser coposesor de la
conyugalidad del otro, es decir, que del acto de recibirse mutuamente le sigue un estado o condición de
esposos, el cual es el acto fundante de una relación permanente que nace y queda vigente a título de
deuda, lo que convierte lo que antes era "hecho"(el amor esponsal) en derecho. Es esta relación jurídica
(esencia del matrimonio) la que recibe el nombre de VINCULO.
Por otro lado, la conexión del matrimonio con la prole tiene que ver con la sociedad, ya que la
constituyen como unidad natural elemental, la desarrollan a través de los nacimientos que a ella se
siguen y la condicionan con su comportamiento y con la inserción de los hijos en el entorno social. Por
lo tanto, el matrimonio y la familia son un bien social fundamental para el bien común, y por ello es
natural que la sociedad imponga el deber de encauzar la constitución de la relación conyugal a través de
una forma determinada que garantice su existencia y el mismo IUS CONNUBII de los contrayentes,
pues garantiza la seguridad jurídica y ofrece protección y reconocimiento de efectos concretos a los que
tienen derecho.
De esta forma tenemos el triángulo formado por: la voluntad de los contrayentes, la sociedad que
la recibe, reconoce y protege, y el matrimonio mismo. Sin alguno de estos, no puede existir el
matrimonio.
Ahora deberemos hacer referencia al contenido del objeto del pacto conyugal, el cual es el origen
de la existencia de los derechos y deberes conyugales, pero no es la raíz y fuente de las situaciones
jurídicas conyugales, pues estas provienen de la dimensión de justicia y de la relación ontológica que
une a varón y mujer.
II. El vínculo, las propiedades y los fines
La primera realidad de esa particular donación, tiene una doble dimensión que deriva del vínculo
que los constituye en esposos. Por una parte, encontramos la relación propia de los cónyuges en cuanto
coposesores mutuos, y por otra, la relación potencial que hay entre ellos en cuanto principio único de
generación respecto de los hijos engendrados, y que se relaciona estrechamente con las "propiedades
esenciales", que son notas o rasgos inherentes al vínculo matrimonial. Ambas dimensiones son
inseparables ya que cada una está interrelacionada intrínsicamente con la otra, por tanto, la posibilidad
de engendrar prole no puede entenderse sin tener en cuenta el tipo de relación que hay entre los sujetos
que la encarnan, y asimismo si se habla de una donación interpersonal plena no cabe concebirla sin la
aceptación de la paternidad. De ahí que entendamos que es la misma unión por su propia naturaleza la
que tiende a ambos fines (o dimensiones), los cuales exigen cada una de las propiedades esenciales del
matrimonio y contribuyen a su realización.
Es indudable que una cierta especificación de la unión matrimonial viene dada por la prioridad
en la ordenación de la prole, por un lado, se señala que el amor recibe su especificación de "conyugal" al
querer a otro como esposo, lo cual significa la plena aceptación de la paternidad o maternidad potencial.
Por otro lado, se señala que se percibe primero el amor como el deseo del bien de la prole y
posteriormente la ordenación de la misma. Es por esto, que no cabe en la realidad la ausencia de uno de
estos fines sin que lleve consigo el deterioro esencial del otro, pues por su índole natural el matrimonio y
el amor conyugal están ordenados a la educación y procreación de la prole.
III. La ordenación a la prole, como fin del matrimonio
La ordenación de la prole y el respeto a la realidad de las cosas, genera diversos derechos y
deberes. En primer lugar, el derecho a la ordenación de la prole AB INITIO (desde el principio), que se
refiere directamente a los actos respecto al otro cónyuge a poner los medios para constituirse en causa
común de un efecto único a la posible prole, a través de la paternidad y maternidad potenciales.
En segundo lugar, el derecho y deber de permitir el proceso natural de generación al que tales
actos pueden dar lugar, es decir, asumir la propia causalidad mediante el respeto a los efectos
producidos.
En tercer lugar, siguiendo el despliegue natural del proceso generativo y sus efectos, hay que
afirmar el derecho (y deber) de recibir y educar a los hijos en el seno de la comunidad conyugal.
La ordenación a la prole mira a esta como a su fin, radical en su inicio y potencial en su logro.
Ahora bien, la prole es personal (son personas), esta consideración ilumina y concreta el ejercicio de la
ordenación a ese fin, y es por eso que la relación de la prole con sus padres no se suspende con el
nacimiento, por el contrario, la satisfacción de las necesidades básicas de los hijos se transforma en un
deber para los padres, como también la libertad de ejercicio y la protección de los intereses de la prole
queda limitado por la salvaguardia de los padres (hasta la consecución de una edad madura de la prole).
IV. El bien de los cónyuges, como fin del matrimonio
La unión personal de los esposos es la otra dimensión de la relación que constituye la estructura
jurídica del matrimonio. Existe también en ella una radical exigencia de justicia que se traduce en un
derecho-deber. La anterior dimensión de justicia expresaba la vida matrimonial como unión en las
naturalezas, en cambio esta dimensión la expresa como unión de las personas.
La comunión de las personas que surge por la relación esponsal, origina una particular
comunidad en la vida de ambos cónyuges que se trata de entender que la unión de ambos otorga un
título jurídico de coparticipación en lo conyugable, de ahí se derivan los derechos y deberes
mencionados anteriormente, y también el deber y obligación de participar en el desenvolvimiento vital
del otro cónyuge que puede entenderse en sentido de comunicación, atención y servicio. Para la
determinación del alcance jurídico de este deber las circunstancias son muy importantes, por otro lado,
es claro que el mínimo requerido son las necesidades básicas. Se señala que debe comprender en cuanto
a los bienes materiales, lo imprescindible y el deber de tener en común el uso de los bienes propios de
por si participables, y en cuanto a los bienes inmateriales (prestaciones personales) abarca el hacer
común las actividades insertas en la vida conyugal, en cuanto a compañía y apoyo, es por eso que se
dice es una obligación que consiste en poner en común lo propio, y de tomar como común lo del otro.
V. El matrimonio y la vida matrimonial
El análisis de esta cuestión se basa en el matrimonio contemplado de la perspectiva formal del
derecho, consagrado en el canon 1135. Ahora nos ocupa los derechos y deberes jurídicos que comprende
el vínculo constitutivo de la relación matrimonial.
No existe identidad entre matrimonio y vida matrimonial, la vida quasi-matrimonial puede existir
sin el matrimonio, por ejemplo, en una unión estable de hecho, y al contrario puede existir un verdadero
matrimonio sin la posibilidad de su realización, tanto por motivos voluntarios, por la separación física
(involuntaria o no) o por otro tipo de imposibilidad real. Por lo tanto, a pesar de que el matrimonio esta
ordenado a la vida matrimonial como el medio lógico y ordinario de realizar sus fines, igualmente está
dotado de una condición tal, que es capaz de subsistir aun cuando se den vicisitudes que interrumpan o
hagan imposible la vida matrimonial. Esto se debe a que el matrimonio reside en las personas que lo
constituyen, a través de la relación de esposos y la vida matrimonial en su desarrollo dinámico se refiere
a la actividad de la persona, es decir, a sus actos.
Hervada señala que, a diferencia del matrimonio mismo en que los deberes y fines son elementos
institucionales impuestos por la ley natural y por ende de carácter absoluto, el desarrollo de la vida
matrimonial no obedece a este mismo orden, lo cual conlleva que pueda darse el matrimonio sin vida
matrimonial (o muy reducida), y que dicha limitación pueda darse por causas externas o voluntarias.
Esto no significa que no exista una obligación de instaurar la vida matrimonial o que los cónyuges
puedan prescindir de ella arbitrariamente, solo reconoce que por situaciones extraordinarias puede que
los cónyuges legítimamente tomen una decisión de ese tipo. De esta forma, el derecho-deber de instaurar
de hecho la vida matrimonial puede depender de la voluntad de los cónyuges o de otras circunstancias
objetivas, esto porque no es una obligación institucional, sino que un derecho-deber intersubjetivo.
Por esta razón, el matrimonio no es "hecho bueno" por los actos que se siguen de la vida
matrimonial, sino que es un bien por sí mismo, y su ejercicio no es más que desarrollo y expansión de
esa bondad. Por lo mismo, los defectos en la vida matrimonial, aunque provoquen fracasos y sean
motivados por intenciones no tan rectas de alguno de los cónyuges, por si mismos no hacen nulo el
matrimonio, no hacen al sujeto incapaz de comprometerse en lo conyugal, ni pueden impedir el ejercicio
del IUS CONNUBII, lo cual es de especial interes tener en cuenta a la hora de valorar los dictámenes
acerca de las " Incapacidades para asumir las obligaciones del matrimonio".
Otra consecuencia derivada de la distinción entre matrimonio y vida matrimonial, es el que no
puedan entenderse como obligaciones esenciales del matrimonio todos los elementos y factores propios
de la vida matrimonial, pues solo lo serán aquellos que deriven del vínculo jurídico, es decir, aquellos
que son debidos en justicia y que se refieren a conductas externas mensurables en función de lo debido
(solo estas penetran en el ámbito del derecho).
VI. Fines y derechos y deberes esenciales
La esencia del matrimonio reside en la relación jurídica establecida entre varón y mujer en
cuanto a esposos. El principio formal de esa relación está constituido por el vínculo jurídico que
hace a los cónyuges coparticipes y coposesores en lo conyugable, y al mismo tiempo los constituye
como sujetos de dicha relación.
El contenido jurídico de esta relación, se manifiesta en derechos y deberes derivados - de la
exigencia- del ejercicio de los fines del matrimonio, que están inscritos como tendencias, y también
como tareas que para su logro es necesario que sean exigibles determinadas pautas de conducta. En
consecuencia, la ordenación de la prole y el bien común de los cónyuges son exigencias insertas en
la esencia del matrimonio, y los derechos y deberes que de ello se derivan no son más que
concreciones de esa exigencia.
De ahí que el bien de los cónyuges no se entienda como un elemento esencial del
matrimonio, sino que como un fin inseparable del otro que ordena y especifica la misión de la vida
conyugal. Por otro lado, la comunidad de vida y amor vendría a ser una concreción de conductas
derivada de ese fin. Por eso, si se excluyera esa dimensión de justicia (el mismo fin), se estaría
excluyendo el matrimonio en sí mismo, en cambio, si se excluyera la concreción de ese fin, estaría
excluyendo un elemento esencial del matrimonio, el derecho-deber a la comunidad de vida.
VII. ¿Y los "bienes" del matrimonio?
En cuanto a los tres bienes tradicionales del matrimonio, constituyen un resumen apto para el
desarrollo lógico de los procesos de nulidad, es por eso que se entiende que no se encuentre entre ellos el
bien de los cónyuges, pues podría suponerse implícito como el modo de posibilidad y desarrollo de los
otros tres bienes. Respecto de estos últimos es importante hacer una diferenciación entre el bien de la
prole y los otros dos bienes tradicionales, ya que el bien de la unidad e indisolubilidad imponen
restricciones referentes a terceros, por el contrario, el bien de la prole se ordena a una conducta positiva
y activa por parte de los esposos, es por esto que se entiende como un bien de una naturaleza algo
diversa a los otros dos.
Si alguien excluyera toda posibilidad de prole, esta significaría el rechazo del otro como padre-
padre potencial y se entendería como una simulación total, quien rechazara toda posibilidad de relación
conyugal estaría rechazando el matrimonio mismo y pretendiendo un tipo de unión distinto a la
comunidad conyugal. Del mismo modo quien rechazara toda relación interpersonal estaría también en
una simulación total.
VIII. A modo de conclusión
En resumen, cuando se rechaza radicalmente uno de los fines del matrimonio, se incurre en la
simulación total, cuando no se rechaza radicalmente, pero se excluye alguno de los derechos básicos a
que tales fines dan lugar, se incurre en una simulación parcial. Y finalmente, cuando se excluyen
compromisos de conducta que no impiden la instauración de la vida matrimonial, nos encontramos ante
un supuesto factico que no incide en la validez del matrimonio.
Esta es la relación entre la estructura del matrimonio, la esencia, los fines, las propiedades
esenciales y los bienes. A pesar de que muchas veces se utilicen los mismos términos para designar
realidades jurídicas diversas, es importante designar bien los contenidos y la dimensión de justicia de
cada uno para lograr un dialogo más fluido, abierto y fructífero.
Los fines, son ordenaciones de la esencia, y por tanto los que dan razón de su ser y bondad. Estos
constituyen junto al vínculo la dimensión radical de justicia inserta en la realidad.
Los elementos esenciales, constituyen los derechos y deberes que se derivan de los fines y los
concretan. A estos se añaden las propiedades esenciales, que son rasgos o notas del vínculo, pero que
igualmente vienen exigidos por los fines y su interrelación.
Sin embargo, al hablar de alguno de estos en sentido amplio podría incluir más de un concepto, a
pesar de que cada uno no tiene el mismo contenido. Por ejemplo, al hablar de comunidad de vida o
consorcio es necesario aclarar si se entiende el matrimonio mismo, su esencia o uno de sus elementos
esenciales.

 Resumen N°2:
El IN IURE de la sentencia comienza asentando que la expresión inmadurez afectiva debe
entenderse en sentido jurídico y no psiquiátrico. La nulidad del matrimonio tiene lugar no por cualquier
inmadurez psíquica sino cuando comporte el defecto de la discreción de juicio. Algunas legislaciones
modernas toman como criterio el padecer ciertas enfermedades para así declarar la incapacidad de
algunos sujetos, el legislador eclesiástico tiene un método mixto para establecerla.
Esta doctrina sobre la distinción entre la incapacidad jurídica y su causa psicopatológica debe
llevar a no atribuir significado jurídico a la expresión inmadurez afectiva o psicológica, conceptos
meramente psiquiátricos que designan anomalías susceptibles de provocar una incapacidad para
consentir matrimonialmente. La presente sentencia, rectifica los términos de la formula ya que no se
debería declarar que no consta la nulidad por el defecto de la suficiente discreción de juicio, puesto que,
si se alega la inmadurez psicológica habría que especificar que esta es capaz de obstar la validez del
matrimonio, pues no se puede descartar absolutamente que esta inmadurez coexista con la capacidad
consensual suficiente.
La línea argumental de IN JURE referida a la incapacidad consensual parece ser la siguiente:
perfilar el concepto de discreción de juicio, luego ocuparse de la causa que se aduce como origen del
defecto de la discreción de juicio: inmadurez afectiva y, por último, comprobar si la perturbación de la
personalidad es suficiente para ocasionar el grave defecto mencionado en el n°2 del c.1095.
La IUDICII DISCRETIO mira al juicio practico sobre el matrimonio que aquí y ahora se ha de
contraer. Este juicio comporta captar el valor del matrimonio mismo y además las implicaciones que
supone para quien lo contrae. La ciencia mínima del c.1096 se relaciona principalmente, con el uso de
razón. Este es el criterio que, sobre este particular, sigue explícitamente la sentencia que comentamos:
“iudicii discretio iure requisita praesupponit, praeter usum rationis necessarium ad scientiam
habendam de qua in can. 1096…”.
El uso de razón es facultad que se ordena y capacita prevalentemente, para el conocimiento
intelectual, en este caso el del matrimonio y por eso se requiere aquel que es suficiente para conocer el
matrimonio. Bien entendido que el uso de razón se refiere al elemento volitivo del acto.
Dos cuestiones aparecen aquí implicadas, primero si el suficiente uso de razón guarda relación
específicamente con el matrimonio; y segundo cuál es la distinción entre uso de razón y discreción de
juicio. Referente a la primera, el uso de la razón, en su acepción común es una capacidad media y un
hábito que se alcanza en torno a los siete años (aunque por debajo de esa edad también se posea un
cierto uso de razón), sin embargo, el haber alcanzado los siete años y el consiguiente uso de razón puede
no ser bastante para que una acción sea considerada como humana e imputable según su objeto propio.
Según la doctrina de Santo Tomas de Aquino, la verdad del entendimiento consiste en que la
cosa sea entendida tal como es, pero en el entender hay grados. Aristóteles decía que el entendimiento,
al principio " tabula rasa", por lo cual es necesario que el hombre llegue al conocimiento de la verdad
mediante el discurrir. Es así que quien carece de todo uso de razón, obviamente, es incapaz para
consentir matrimonialmente; pero quien posee cierto uso de razón no siempre poseerá el suficiente en
relación con el matrimonio. Por lo tanto, el acto del consentimiento, en relación con el uso de razón,
debe ser:
1) Un acto humano, según la estructura esencial de cualquier acto humano, de él será incapaz
quien este destituido de todo uso de razón,
2) Un acto humano según su objeto propio, es decir, el matrimonio: de él será incapaz quien no
tiene el suficiente uso de razón para conocer o darse cuenta de lo que es el matrimonio.
Además, el consentimiento debe ser realizado con cierta madurez o prudencia, puesto que, el
consentimiento matrimonial exige una determinada capacidad de valoración que hace a ese acto no solo
humano según su objeto propio, sino, además, proporcionado y suficiente para alumbrar un matrimonio.
Puede afirmarse que el uso de razón se refiere a otro orden de juicios, puesto que también guarda
relación con el obrar y no con un conocimiento meramente teórico o abstracto. Respecto al actuar, lo
decisivo no es solo que pueda considerarse humano sino hacerlo con cierto tino, es decir, cosas que
exceden al simple uso de razón. A la discreción de juicio deben concurrir las partes integrales de la
prudencia, es decir, la memoria, inteligencia, docilidad, sagacidad, razón, previsión, circunspección y
precaución, deben concurrir en cierta medida y la precisión es importante, ya que no podemos decir que
la capacidad para contraer matrimonio esta solo alcance de los prudentes, sino que a ella debe concurrir
la prudencia.
La discreción de juicio y uso de razón deberán entenderse como conceptos correlativos si es que
la discreción de juicio es tomada como consecuencia de la debida madurez de entendimiento, pero esto
no implica que la discreción de juicio sea una evolución del uso de razón. También debemos incluir dos
nuevos conceptos, el de entendimiento y voluntad, que en cierto grado afectaran a la capacidad para
consentir el matrimonio que se funda en la discreción de juicio.
Otra razón que muestra que la discreción de juicio es más que la capacidad para adquirir el
conocimiento, es que, el objeto de esa discreción de juicio son los derechos y deberes esenciales del
matrimonio y no el conocimiento mínimo que ha de concurrir para que se estime que la voluntad quiso
la mutua entrega y aceptación de aquellos derechos y deberes con sentido. La capacidad de estimar y
valorar adecuadamente el matrimonio que se ha de contraer y el vínculo que de él nacerá se relaciona
con el matrimonio mismo.
La discreción de juicio se refiere a la capacidad para conocer y para valorar y ponderar lo que es
el matrimonio, su expresión en forma de derechos y deberes, y quererlo comprometidamente entregando
y aceptando esos derechos y deberes, lo cual está en el orden de la madurez de la persona, de su
capacidad valorativa y de respuesta a esos valores.
El Objeto de la discreción de juicio es un punto esencial para poder delimitar la capacidad
necesaria para consentir matrimonialmente para lo que es necesario conocer que es el matrimonio, es
decir, para que hay que ser capaz.
Al tratar de las incapacidades tipificadas en el c.1095 hay, una inflación de descripciones de las
diversas anomalías psíquicas, de criterios de valoración, presunciones, etc., cuyo punto de referencia es
la conducta humana en general, la ciencia jurídica aún no ha sido capaz de identificar acabadamente
cuales son los derechos y deberes esenciales del matrimonio y sus límites. En el momento prudencial de
fallar sobre la validez o invalidez de un determinado matrimonio, solo se podrá alcanzar la certeza moral
sobre la incapacidad de contraer matrimonio de una persona por medio de su comportamiento general,
infiriendo de este su capacidad o incapacidad.
En la actualidad los diversos criterios que se propusieron para precisar la discreción de juicio
necesaria para contraer matrimonio deben ser rechazados, ya que el matrimonio en cuanto a realidad
especifica reclama también una capacidad especifica; esta capacidad no coincide con la que se requiere
para pecar mortalmente, ni con la necesidad para asumir el estado religioso. Esta capacidad es la
adecuada para dar origen al matrimonio según su ser íntimo.
La sentencia que comentamos distingue, entre, objeto especifico de la capacidad y lo que
constituye un criterio de presunción sobre la posesión de dicha capacidad, desconocer esta distinción
podría inducir al error de creer que la capacidad psicológica requerida para el matrimonio es la
capacidad general que se alcanza en torno a la pubertad. Más bien la capacidad especifica exigida para el
matrimonio es un aspecto que integra y acompaña a la capacidad general que normalmente se logra con
la pubertad.
Estimar que la pubertad marca con propiedad la capacidad necesaria para consentir en
matrimonio supondría haber encontrado ya cual es esa capacidad, por ello señalarla como criterio de
capacidad consensual no es determinar ninguna capacidad especifica: quien tenga la capacidad para
contraer matrimonio, pero esto no es decir nada sobre cuál es esa capacidad. Esto es lo que se pone de
relieve si se considera que quien ha sobrepasado la edad en la que se llega a la pubertad sin haber
logrado la correlativa capacidad general, quizá no se pueda decir que no la ha alcanzado de ningún modo
o bajo ningún aspecto.
Probablemente el origen de confundir lo que no es sino un criterio de presunción con la
capacidad para contraer propiamente, venga de concebir la capacidad que se alcanza con la pubertad
como una capacidad de mero razonamiento, de actividad mental, cuando en realidad más bien hay que
considerarla como capacidad que si bien está constituida por un cierto desarrollo mental también deben
concurrir en ella otros factores. Es en realidad una capacidad espiritual, que radica en las potencias
espirituales del hombre, el entendimiento y la voluntad; por esto mismo tal capacidad puede venir
afectada, en un sentido propiamente humano, por el previo ejercicio de la libertad, dando lugar, en
definitiva, a una determinada madurez. Ello no supone incrementar abusivamente la capacidad debida
para contraer matrimonio; solo hacemos hincapié en su carácter de capacidad propiamente humana, que,
sin embargo, basta con que sea mínima, esta visión más integral de la capacidad permite estimar que
existe moralmente capacidad en quien padece una anomalía, que sin embargo no obsta a una libertad
fundamental.
El Romano Pontífice ha insistido, en la visión integral de la persona como punto de referencia de
la capacidad que se debe exigir para contraer valido matrimonio, puesto que no es algo puramente
factico que resulte solo o se identifique con una medida de capacidad psíquica.
Capacidad, por tanto, según una evaluación global de los elementos que completan la persona
humana- que no puede determinar nunca unilateralmente el psiquiatra desde la exclusiva formalidad de
su ciencia- pero, a la vez, capacidad mínima, pues la generalidad de los hombres- sin una cualificada
capacidad- han de ser aptos para el matrimonio. Solo la incapacidad en relación con lo que pertenece a
la esencia del matrimonio puede privar a alguien del ejercicio del ius connubi.
Juan Pablo II, en los discursos a la Rota Romana, se detuvo en la consideración del matrimonio
mismo y ha procedido con exquisito orden, antes de referirse a la mencionada incapacidad lo había
hecho sobre el objeto de esta. Los discursos de más rico contenido tal vez sean los de 1980, 1982 y
1986. Primero se habla del vínculo matrimonial como “realta dinámica e coinvolgente tutta la
personalita di due esseri”. La expresión realta dinámica no apunta aquí a una concepción historicista
del matrimonio, sino a afirmar que el compromiso que supone el vínculo matrimonial no produce como
resultado, de una vez, aquello a lo que tiende el matrimonio; y también significa que esa tensión es
constitutiva de su esencia misma.
Se desprende de estas palabras que el matrimonio no consiste solamente en la mutua entrega y
aceptación del derecho a los actos que se ordenan a la procreación.
En su discurso de 1982 el Papa vuelve sobre esta doctrina y añade que el matrimonio es
participación y signo misterioso del amor de Dios. El amor es esencial al matrimonio, así lo perfila el
Romano Pontífice, el matrimonio es eso: el compromiso de todo el amor conyugal posible entre un
varón y una mujer. Sin embargo, es en su discurso de 1986 donde el Papa se refiere con más amplitud a
la naturaleza del matrimonio. Esta es mostrada en relación con el ser íntimo de Dios y con la vocación y
verdad ultima del hombre, imagen de Dios, creado por amor y para amar, y que no puede quedar al
margen de la naturaleza misma del matrimonio.
Los profundos significados ab initio del matrimonio, que configuran su naturaleza, han sido
asumidos y renovados con la introducción del matrimonio en el orden de la redención, de esta forma el
matrimonio cristiano se constituye como un sacramento, de estas consideraciones, aunque no son
formulaciones técnicamente jurídicas, tienen una dimensión jurídica.
Lógicamente, lo relevante es la tendencia del matrimonio a sus fines. El reflejo de esa relevancia
consiste en que dicha tendencia venga incluida junto a los demás elementos y propiedades esenciales
como objeto del acto del consentimiento: inclusión que basta que sea implícita, como sucede con los
demás elementos y propiedades esenciales.
El mismo Romano Pontífice alumbraba una vía para captar la incidencia jurídica de la naturaleza
del matrimonio, según él, la capacidad para el matrimonio, para el ese, vendrá determinada por la
posibilidad de instaurar una unión que se oriente a la unidad de los cónyuges como esposo y esposa y a
la procreación y educación de la prole con los caracteres de exclusividad e indisolubilidad.
Referente a la discreción de juicio es capacidad para el acto psicológico en que consiste contraer
matrimonio o también capacidad proporcionada a aquel acto por el que se entiende y quiere el
matrimonio con un mínimo de madurez.
Ahora bien, una y otra capacidad como lo ha dicho Juan Pablo II han de venir referidas a un
mínimo. La capacidad para asumir, si nos fijamos en el aspecto de esta capacidad que mira a la unidad a
la que deben tender los cónyuges, de posibilidad de orientarse a dicha unidad no es válida cuando quien
sea incapaz de un verdadero amor conyugal que contenga potencialmente los rasgos indicados.
La incapacidad corresponde a la imposibilidad, la idea de capacidad para el matrimonio que
manejan algunos psicólogos y psiquiatras es contradictoria con la noción misma de matrimonio: se
trataría de capacidad para una autorrealización en la unión matrimonial sin dificultad alguna- pues toda
dificultad seria para ellos señal de incapacidad-, sin el esfuerzo que es inherente a la donación del uno al
otro en que consiste el matrimonio. Igualmente, en el caso de la capacidad para prestar el consentimiento
tomado como acto psicológico se trata también de una capacidad mínima: la suficiente para realizar un
acto por el que, una persona se determina, se compromete a querer conyugalmente a la otra persona, a
una unión exclusiva y perpetua que se orienta a la unidad y a la procreación y educación de la prole.
La sustancial libertad de este acto ha de calibrarse desde una visión verdaderamente integral de la
persona que considera su dimensión terrena, natural y eterna y su vocación para los valores
trascendentes de naturaleza religiosa y moral, y en la que la persona, pese a la dificultad que
experimenta, al estar interiormente herido por el pecado- y pese a las limitaciones provenientes de leves
patologías, no está “privada de su efectiva libertad de aspirar al bien elegido”.
Mientras la persona, no obstante, esas dificultades y limitaciones, pueda a su esfuerzo” incluso
en medio de las tribulaciones y acosta de renuncia y sacrificios”, querer conyugalmente a la otra persona
y orientar ese amor a la fecundidad, con los caracteres de exclusividad y perpetuidad – capacidad de
asumir – y para el compromiso que lo funda como deber-discreción de juicio-, poseerá capacidad
suficiente para contraer matrimonio.
El in iure de la sentencia había comenzado por reclamar un concepto jurídico de incapacidad, y
por lo que se refiere al grave defecto de la discreción de juicio que puede impedirla la había distinguido
del suficiente uso de razón, de la ignorancia a la que se refiere el c.1096 , y había señalado que la
naturaleza de la discreción de juicio se refiere al juicio practico-practico sobre el matrimonio, cuyo
objeto son los derechos y deberes esenciales del matrimonio.
Aquella discretio iudicii para consentir en matrimonio consiste en la “capacidad para estimar y
ponderar el valor e importancia de las obligaciones esenciales del matrimonio”, acertadamente la
relaciona con el desarrollo que se alcanza normalmente con la pubertad. Se añade que en el acto del
consentimiento deben intervenir los siguientes elementos: elementos físico sexual, afectivo sensible y el
elemento espiritual intelectivo–volitivo, la perturbación de alguno de esos elementos hace invalido el
matrimonio por defecto de la discreción de juicio.
La sentencia señala con acierto los criterios que determinan la capacidad; sin embargo, el estado
actual de conocimiento de la ciencia canónico-matrimonial sobre los elementos esenciales del
matrimonio, no permite delimitar más precisamente el mínimo imprescindible en que han de concurrir
los factores sustentadores de aquellos criterios. En ella también, se aduce que la perturbación en el
elemento afectivo sensible puede producir una inmadurez afectiva, que conlleve un fuerte egocentrismo
y de lugar a una relación rígida y atrófica, esta inmadurez impedirá la capacidad mínima para contraer
un matrimonio cuando comporte un trastorno antisocial de la personalidad, una de cuyas características
es la amoralidad constitucional de quien la padece.
La discreción de juicio presupone “la capacidad de estimar y ponderar el valor o importancia que
las obligaciones esenciales del matrimonio tienen tanto en sí mismas como para el nupturiente, bajo los
aspectos ético, social, jurídico y otros sustanciales”.
Es interesante matizar, que los aspectos sustanciales que integran el matrimonio, han de tener su
reflejo y forman parte de la esencia del matrimonio, como realidad jurídica. Solo tendrán relevancia en
orden a la validez en la medida en que integran la esencia del matrimonio. La sentencia viene a
argumentar, que quien padece una perturbación antisocial de la personalidad, con la consiguiente
amoralidad constitucional, es incapaz de percibir el valor ético del matrimonio porque, quien es incapaz
de orientarse hacia los valores en general, tampoco será capaz de orientarse hacia aquel bien que es el
matrimonio.
Se concluye que pese a la declaración de varios testigos que manifiestan la falta de principios
morales de la demanda, si bien mantuvo de diversos modos una conducta desarreglada, esta nunca
revistió la gravedad pareja a una perturbación antisocial de la personalidad. Si es legítimo proceder así
en el caso concreto, se debe evitar caer en la posible confusión a la que esto podría dar lugar: retener
como causa de nulidad la incapacidad para captar el valor ético del matrimonio o cualesquiera otros,
debido a una amoralidad constitucional, siendo el jurídico uno más entre ellos. La incapacidad para
percibir la dimensión ética del matrimonio es relevante para la validez del matrimonio cuando comporte
bien la imposibilidad de asumir las obligaciones esenciales de carácter jurídico.

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