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CIENCIA Y FE CATÓLICA: DE GALILEO A

LEJEUNE

EL TESTIMONIO DE CINCO SABIOS: GALILEO


GALILEI, MARIA GAETANA AGNESI,
ALESSANDRO VOLTA, LOUIS PASTEUR Y
JÉRÔME LEJEUNE

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Créditos

Primera edición digital: julio de 2017

Ciencia y fe católica: de Galileo a Lejeune


© Ignacio Del Villar, 2017
© BibliotecaOnline, 2017
Castillo de Fuensaldaña 4
28232 Las Rozas Madrid
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ISBN: 978-84-15998-75-4

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El Señor concede la sabiduría y de su boca brotan saber y prudencia
(Prov 2, 6)
A mi mujer Sara, a mis hijos Daniel y Andrés, a mis padres, Angel Mari y
Conchita, y a mi hermano Carlos que nos espera en el cielo.
A Joseluís González por su apoyo en la elaboración de este libro.
A todos los ingenieros y científicos que trabajan cada día por el
progreso de la humanidad.

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Índice

Portada
Portadilla
Créditos
Prólogo
Introducción
1. Galileo Galilei: “el padre de la ciencia moderna”
1.1 Infancia y adolescencia
1.2 El estudiante universitario que inventó el péndulo
1.3 Brillante e irreverente catedrático en la Universidad de Pisa
1.4 Grandes inventos en Venecia: el termoscopio, la bomba de agua,
el compás y el telescopio
1.5 El debate sobre si la Tierra gira alrededor del Sol
1.6 Juicio y condena de Galileo
1.7 Reencuentro con su hija Celeste
1.8 Coronación científica de Galileo con su Diálogo sobre las dos
nuevas ciencias
1.9 Una ceguera que le ayudó a ver el Cielo
1.10 El carácter de Galileo
1.11 Después de la muerte de Galileo
2. Maria Gaetana Agnesi: “la matemática de Dios”
2.1 Entorno social y religioso
2.2 Mujeres brillantes de la época de Maria Gaetana Agnesi
2.3 Una niña prodigio educada de una forma singular
2.4 El debate académico
2.5 Su obra cumbre: Instituzioni Analitiche
2.6 Espiritualidad y renuncia a la fama por amor a la caridad
3. Alessandro Volta: “El milagro de la pila”
3.1 Comienzos difíciles para un científico vocacional
3.2 Grandes inventos y descubrimientos de un científico
experimental
3.3 Un genio también en la Química y la Física de los gases

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3.4 La obra maestra de Volta: la batería
3.5 Las virtudes de Volta
3.6 El matrimonio, pieza esencial en la vida de Volta
3.7 Un científico evangelizador
4. Louis Pasteur: “el padre de la Microbiología”
4.1 Sus padres
4.2 Le costó destacar pero, con método, logró ser genial
4.3 El descubridor del dimorfismo o quiralidad molecular
4.4 Pasteur encuentra el amor de su vida y forma una familia
4.5 Los discursos legendarios de Pasteur
4.6 Destruyendo el mito de la generación espontánea
4.7 El padre de la microbiología
4.8 Luto y dificultades que padeció Pasteur
4.9 La ciencia de la Microbiología para salvar vidas
4.10 Su gran legado: el Institut Pasteur
4.11 Sus últimos años, una preparación para la vida eterna
5. Jérôme Lejeune: “El amor a la vida”
5.1 Un difícil camino para ser médico
5.2 El padre de la Genética moderna
5.3 Un excelente embajador para Francia durante la guerra fría
5.4 El papel de Lejeune durante las revueltas mayo de 1968
5.5 El gran defensor de los no nacidos
5.6 El hombre del Papa
5.7 ¿Un nuevo santo para la Iglesia Católica?
Conclusión
Bibliografía

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Prólogo

No cabe duda del papel relevante que ha desempeñado la Iglesia en todo el


mundo, especialmente en Europa, durante sus más de dos mil años de
existencia.
Resulta lógico que en un período de tiempo tan largo se hayan cometido
aciertos y errores. Por desgracia, los medios de comunicación acostumbran a
centrarse en los fallos y, a menudo, se olvidan de la gran aportación del
catolicismo a nuestra sociedad, recogida de manera excelente en el libro del
historiador norteamericano Thomas Woods: Cómo la Iglesia católica construyó
la civilización occidental.
Los primeros cristianos fueron tejiendo, tras la muerte de Jesús, una red de
caridad que ha pervivido hasta nuestros días. Esta ya había alcanzado en el siglo
IV una eficacia y una organización tan perfectas que el emperador Flavio Claudio
Juliano se empeñó en crear, sin mucho éxito, una red asistencial de pobres y
desvalidos como la de la Iglesia, para de esta manera resucitar la religión helénica
que había perdido terreno. En una de sus cartas admiraba de los cristianos “su
ayuda a los extranjeros, su cuidado de las tumbas de los difuntos y la pretendida
santidad de sus vidas”.
Fruto del compromiso de la Iglesia con los necesitados, también surgió el
Derecho y el concepto de dignidad humana. Un hecho destacable fue que,
conforme el Imperio Romano se cristianizaba, la esclavitud se fue
paulatinamente desmoronando, mientras que en la Edad Media ya había
desaparecido. Si bien se mantenía el concepto de servidumbre, éste se alejaba
mucho del de esclavo. Más tarde, durante la colonización de América, la Iglesia
fue pionera en el Derecho Internacional y concedió a los indígenas la misma
dignidad que a los colonos, aunque por desgracia no todos los que viajaron al
nuevo continente obedecieron la exhortación eclesiástica.
Otro campo fructífero es, evidentemente, el de la Teología. Las enseñanzas
que transmiten el Papa y los obispos de todo el mundo son el fruto de siglos de
abnegado trabajo de muchos monjes, sacerdotes y laicos que han transmitido
íntegro el mensaje de Cristo de generación en generación y que lo han

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comprendido y analizado a la luz de cada época de la historia.
Lo anterior no hubiera sido posible sin una maravillosa asociación entre fe
y razón, las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la
contemplación de la verdad, tal y como expresó San Juan Pablo II en su Encíclica
Fides et Ratio. Por eso no es de extrañar que, a pesar de que la misión central de
la Iglesia no es la del avance científico, su contribución a la Ciencia haya sido
enorme, porque el progreso se encuentra ligado de manera inseparable al
ejercicio de la razón, uno de los pilares de la Iglesia católica y de todos los
cristianos en general.
Que la revolución científica se iniciara en el siglo XVI, en medio de una
Europa cristiana, no constituyó un hecho fortuito. Ya en siglos anteriores la
Iglesia había fundado los monasterios. Estos se habían dedicado a la oración, a la
reflexión y a preservar la cultura. Pero también se comprometieron con el
desarrollo: mejora de la agricultura, la ganadería y la apicultura, introducción de
técnicas para fermentación de la cerveza, o incluso la metalurgia.
Más tarde, la Iglesia fundó las primeras universidades, porque convenía
establecer lugares dedicados puramente al conocimiento. Esta fue la última pieza
que hacía falta para que, sobre la base de una red de centros de conocimiento
diseminados por todo Europa, se desencadenara una serie creciente de
descubrimientos, inventos y fundación de nuevas disciplinas gracias a los que se
ha llegado a la Era Tecnológica, como probablemente se llamará en un futuro al
período que abarcan los siglos XX y XXI.
La gran novedad del libro que ha escrito Ignacio Del Villar, Ciencia y fe
católica, es tratar de comprender, a través de cinco grandes científicos católicos
de los últimos cinco siglos, cómo la Iglesia, constituida por personas, ha
contribuido al avance que ha tenido lugar durante este período. Sus biografías
son ventanas a través de las que podemos viajar en el tiempo y descubrir que
creyentes de diversas épocas congeniaron sus raíces cristianas con el auge del
conocimiento. Galileo, Agnesi, Volta, Pasteur y Lejeune, con sus virtudes y sus
defectos, son cinco ejemplos de que, con la gracia de Dios, ciencia y fe no sólo
son compatibles, sino que se fortalecen mutuamente y, fruto de esta asociación,
se forjan figuras de renombre internacional gracias a las que nuestra sociedad
dispone de unos medios que la generaciones que nos precedieron nunca
hubieran soñado.
D. Francisco Pérez González,

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Arzobispo de la Diócesis de Pamplona-Tudela

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Introducción

Hace tiempo, un investigador de la misma universidad donde trabajo


publicó un artículo de opinión en la prensa local donde declaraba que las
creencias religiosas han supuesto una rémora para el avance de la democracia y
la ciencia.
Le respondí con otro escrito, divulgado en el mismo medio de
comunicación, en el que le indicaba, entre otras cosas, que la Universidad, la
institución que más ha aportado a la ciencia, surgió en la Edad Media en el seno
de la Iglesia católica, o que el Álgebra floreció en la época dorada del Islam.
Estos argumentos no sirvieron para que mi interlocutor cambiara de
opinión. En una nueva carta al periódico se reafirmaba en lo que había escrito
primeramente. Además incluía la leyenda extendida entre la población de que
Galileo había muerto en la hoguera, y hacía entrever que la Ilustración y el
Modernismo habían servido para superar la oscuridad de siglos anteriores. En el
fondo es la tesis que se defiende en numerosos ámbitos sociales: antes de la
Ilustración la gente era creyente e ingenua, y después llegó la luz y la
consiguiente liberación de una serie de creencias con poco sentido.
Redacté otro artículo en el que rebatía una vez más a este compañero, pero
el periódico se cansó del asunto y optó por no publicar mi réplica.
La verdad que me alegro de que fuera así. En aquella carta no incluía todo
lo que he aprendido durante el periodo en que me he dedicado a este libro. Ahora
podría responderle con muchos más datos que he recabado.
Se me ocurrió elegir varios personajes católicos que hubieran destacado por
sus logros científicos y por su religiosidad. Lo hice con el objetivo de desmitificar
la idea generalizada de que los investigadores son ateos. A modo de ejemplo, otro
colega de la universidad me confesó en cierta ocasión que se asombraba de que,
contando yo con una buena formación, me mantuviera como creyente y
practicante. No me lo dijo con mala intención. Se trataba tan solo de un reflejo de
lo que se comenta por la calle: que los eruditos no creen en Dios.
Estudié biografías de los sabios católicos más célebres y elaboré una lista
con cuatro: Galileo, Volta, Pasteur y Lejeune. Ilusionado con mi elenco de

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genios, le conté a otro amigo, el escritor y profesor de Literatura Joseluís
González, que tenía en mi mano un poker de ases. Este me preguntó: “¿Y no has
seleccionado a ninguna mujer?”
—Joseluís, eso es muy difícil. No sabes cuánto me ha costado encontrar a
un grupo tan excelente. Existen pocas científicas de renombre y menos aún
católicas.
—Inténtalo —me insistió—. Tu libro ganará mucho en calidad.
Me llevé una sorpresa al ponerme a buscar. Había varias: Dorotea Bucca,
Maria Gaetana Agnesi, Laura Bassi, Marie Celine Fasenmyer y Gerty Cori. De
ellas me decidí por Agnesi debido a que su testimonio me pareció el más
llamativo.
Así que me puse manos a la obra con mis cinco estrellas. Estas abarcan
desde el siglo XVI hasta finales del XX, es decir, toda la época en que se produjo
la gran revolución científica. Galileo pertenece a los siglos XVI-XVII, Agnesi al
XVIII, Volta al XVIII y comienzos del XIX, Pasteur al XIX y Lejeune al XX.
El carácter de cada uno resulta completamente diferente. Galileo, padre de
la ciencia moderna, llevó una vida bastante desordenada, pero siempre se
comportó como un fiel católico en cuanto a la obediencia a la autoridad. Gracias a
su perseverancia en la fe alcanzó a domar progresivamente su carácter. Agnesi
fue la primera matemática en conseguir la cátedra en una universidad y sus
creencias tuvieron tanto peso para ella que, en la cima de su carrera, lo abandonó
todo por atender a los enfermos y desamparados. Volta, el inventor de la pila,
acudía a Misa y rezaba el rosario a diario. Pasteur, creador de numerosas vacunas
y de la pasteurización, se caracterizaba por su entrega y altruismo. Aunque poco
practicante, experimentó una profunda conversión durante sus últimos meses de
vida. En cuanto a Lejeune, que descubrió que las personas con síndrome de
Down poseen un cromosoma de más en su cariotipo, fue un hombre de honda
espiritualidad y defensor en el ámbito de la ciencia de los aspectos morales de la
fe.
Este conjunto de personajes dejó una profundad huella en el devenir de
Europa y del mundo, mientras que ellos mismos también se vieron influenciados
por sus coetáneos. Gracias a esta circunstancia he podido conocer de primera
mano la evolución de la sociedad y ciencia mundiales.
Constaté que, habiendo permanecido desde mi niñez como católico,
albergaba un pobre concepto de la contribución del cristianismo y, más

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concretamente, de la Iglesia de Roma a la ciencia. Desconocía que la práctica
totalidad de los investigadores de los siglos XVI al XVIII eran cristianos
(fundamentalmente protestantes y católicos). Como soporte de esta percepción
encontré un estudio del reputado sociólogo Rodney Stark, agnóstico, que analizó
a los cincuenta y dos científicos más importantes entre los años 1543 y 1680, y
demostró que cincuenta de ellos —un 96%— eran cristianos, treinta y dos —un
62.5%— eran cristianos comprometidos (lo que llamaríamos devotos) y quince —
un 29%— eclesiásticos (sacerdotes, clérigos...) [1].
Lo anterior se explica porque las grandes potencias de este periodo eran
Francia, Inglaterra, y el territorio que actualmente ocupan Italia y Alemania,
todas ellas con un intenso ambiente cristiano. La Ilustración, que tantas veces se
presenta como opuesta a la religión, ocurrió durante este periodo. Así que
convendría aclarar que este movimiento surgió en medio de una Europa
cristiana. Todavía más: ¡Qué poco se conoce sobre la Ilustración católica! Esta se
extendió por muchos países de Europa y reformó el pensamiento de la época
sobre la base de la Antropología cristiana.
De entre los cuatro países que acabo de citar, Italia y Francia eran
profundamente católicos. Con lo que esta raíz se ha extendido, aunque
progresivamente con menor intensidad, hasta nuestros días. Por esto motivo
resultó que, sin darme cuenta, tres de las celebridades que escogí fueron
italianos y dos franceses.
También me quedé asombrado con la cantidad de sacerdotes y religiosos
que se habían dedicado a la ciencia. En los siglos XVI al XVIII había una notable
presencia de religiosos entre la comunidad científica. Ya en el XIX y el XX,
debido al cambio social, la proporción descendió en favor de los laicos.
Como ejemplos nombraré al clérigo polaco Nicolás Copérnico, padre de la
Astronomía moderna por medio de su teoría heliocéntrica, a los jesuitas
Francesco Maria Grimaldi y Giovanni Battista Riccioli —el primero descubrió la
difracción de la luz y el segundo midió la aceleración de los cuerpos en caída libre
—, a Marin Mersenne, padre de la Acústica, a Nicolas Steno, uno de los
fundadores de la Estratigrafía y la Geología moderna, a Ruder Boscovich,
perteneciente a la Compañía de Jesús, un genio que desarrolló la primera
descripción coherente de la teoría atómica, y al agustino Gregor Mendel, padre de
la Genética mediante el descubrimiento las leyes fundamentales que rigen esta
ciencia. Incluso en el siglo XX nos encontramos con otro peso pesado: el

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sacerdote belga Georges Lemâitre, que contribuyó a la Cosmología moderna con
su teoría del Big Bang.
Y qué decir de los laicos. Existe una auténtica pléyade de grandes científicos
católicos gracias a los cuales nuestro día a día es diferente.
Uno de los campos donde la contribución católica resulta especialmente
relevante es el de la Electricidad, sin la que los móviles, electrodomésticos,
bombillas y transportes no funcionarían. Las unidades básicas de Electricidad, el
amperio, el culombio y el voltio, deben sus nombres a la importancia de los
trabajos de André-Marie Ampère, Charles Augustin de Coulomb y Alessandro
Volta.
La leche pasteurizada, el vino, la cerveza... ¿Quién no saborea alguno de
estos productos a diario? Pasteur inventó la técnica con la que se obtiene la
primera bebida y las otros dos las mejoró gracias a sus estudios sobre
Microbiología, disciplina que fundó él mismo. Por no hablar del desarrollo de las
vacunas, a las que contribuyó de una manera inigualable, inventando varias y
aportando una serie de nociones que permitieron aumentar la esperanza de vida
en Europa de forma increíble.
Seguiré con referentes de las Matemáticas y de la Filosofía como René
Descartes y Blaise Pascal, con otros célebres matemáticos como Pierre de
Fermat, Jean Joseph Lagrange y Augustin Louis Cauchy, con los químicos
Antoine Laurent Lavoisier y Jean Baptiste André Dumas (el primero considerado
como el padre de la Química moderna y el segundo consiguió medir las masas
atómicas y los pesos moleculares), o con Marconi, el inventor de la radio. Y
podría enumerar muchos más.
A continuación disfrutaremos de los platos especiales de este amplio menú
de científicos católicos donde tuve la oportunidad de escoger. Y en vez de mostrar
una biografía exhaustiva de cada uno, presentaré pequeños capítulos con sus
aspectos más destacados, entre los que se incluye el papel que jugó la fe en su
carrera profesional.
No me queda más que desearte, querido lector, que disfrutes adentrándote
en el maravilloso mundo de estos colosos de la ciencia.

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1. Galileo Galilei: “el padre de la ciencia
moderna”

El juicio y condena de Galileo Galilei por parte de la Iglesia católica con


motivo de su Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo fue un
acontecimiento complejo en el que intervinieron un gran número de personas y
circunstancias. Por este motivo se requiere de un gran rigor para separar el grano
de la paja, tal y como se demuestra en la publicación de Mariano Artigas y
William R. Shea El caso Galileo: mito y realidad [2]. Allí se analizan las obras
más relevantes que se han publicado sobre el genio que logró explicar el
movimiento de los cuerpos mediante ecuaciones matemáticas. Por un lado,
autores como el dramaturgo alemán Bertolt Brecht modifican deliberadamente el
curso de los acontecimientos con fines ideológicos [2,3], mientras que otros
incurren en errores causados por la complejidad de un caso cuya puesta en
escena conviene comprender de un modo preciso.
Por otra parte, cabe cuestionarse si el interés que suscita Galileo se debe a
su persona o al juicio al que fue sometido en el Vaticano. Como anécdota
señalaré que en la Red de Bibliotecas de Navarra, la Comunidad Autónoma
donde vivo, solo se halla una obra para niños sobre Alessandro Volta, el segundo
de los personajes que perfilo en este libro. De Louis Pasteur figuran veinticinco
porque, hay que reconocerlo, es más famoso que Volta. Lo que más me
sorprende es que se puede acceder a más de sesenta libros sobre Galileo Galilei, y
este científico italiano no brilló más que Pasteur.
Si para el químico francés existen ejemplares del tipo Louis Pasteur: una
vida singular, una obra excepcional, una biografía apasionante, o este otro:
Pasteur: vida, obra y pensamiento, en el caso de Galileo se descubren títulos tan
llamativos como Galileo anticristo: una biografía, o La verdad a la hoguera:
Galileo Galilei. Al ser humano le encanta el morbo por naturaleza. No me extraña
que, con semejantes encabezados, muchos lectores no se sientan atraídos por la
ciencia, sino por el “conflicto entre ciencia y fe”.
Los anteriores condicionantes han desembocado en que la mayoría de la

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población conozca los hechos de una forma distorsionada. Un estudio
sociológico del año 2001 demuestra que el 30% de los estudiantes de facultades
de ciencias de la Unión Europea piensan que la Iglesia quemó vivo a Galileo,
mientras que el 97% cree que lo torturaron [4]. Pero ninguna de ambas
afirmaciones es cierta.
Sin embargo, qué poca gente sabe que a Antoine Laurent Lavoisier, padre
de la Química moderna y católico como Galileo, se le guillotinó durante la
Revolución Francesa. El célebre matemático Joseph Louis Lagrange se
lamentaba: “Ha bastado un momento para cortar esa cabeza, y quizás hará falta
más de un siglo para producir otra semejante” [5].
Cabría preguntarse por qué el caso Galileo, que ni fue ejecutado ni
torturado, se conoce mucho más que el de Lavoisier.
Si Galileo estuviera a mi lado en estos momentos, me confesaría a buen
seguro su dolor por que lo que más se recuerde de él sea su conflicto con la
Iglesia católica, a la que amaba como el más ferviente fiel y a la que aportó la
novedosa propuesta de una interpretación no literal de la Sagrada Escritura
cuando se abordan cuestiones científicas. Por eso me he propuesto abordar en
este capítulo cómo se entrelazan la ciencia y la fe en la vida del sabio más
importante de final del siglo XVI y comienzo del XVII, una época en que
acontecía el nacimiento de la ciencia moderna. Galileo, a menudo orgulloso y con
un comportamiento poco esmerado en no herir a quienes opinaban de manera
diferente que él, generó la envidia y el resentimiento de un nutrido grupo de
personalidades. Con todo, quienes lo conocían bien, como su discípulo Vincenzo
Viviani, destacan su alegría y su amabilidad —especialmente durante su vejez—,
su admiración y respeto por los grandes escritores y filósofos, su facilidad para
ganarse la amistad de quienes convivían con él y su gran sabiduría [6].
Otro rasgo fundamental de su carácter, que queda patente en la
correspondencia con su hija Celeste, es que nunca estaba desocupado. Gracias a
su inagotable actividad contrarrestó su tendencia a la hipocondría, melancolía y
demás enfermedades que padeció, lo que unido a su asombrosa capacidad para
sobresalir en cualquier materia sobre la que se interesara cristalizó en el
perfeccionamiento del telescopio —equipo con el que descubrió los satélites de
Júpiter, los anillos de Saturno, las fases de Venus y un gran número de nuevas
estrellas—, la fundación de dos nuevas ciencias: la Dinámica y la Resistencia de
Materiales, y la creación de maravillosos inventos como el compás geométrico, el

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péndulo o el termoscopio, el antecesor del termómetro. Así creo que le gustaría a
Galileo que lo describieran.

Figura 1: Galileo Galilei a la edad de 72 años. Pintado en 1636 por Justus Sustermans y envíado por
Galileo a un amigo en Paris.

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1.1 Infancia y adolescencia

Los padres de Galileo engendraron siete hijos. La madre, Giulia, pertenecía


a una familia más acomodada económicamente que la del padre, Vincenzo.
Además Vincenzo se dedicaba a la música, una profesión con la que no resultaba
sencillo mantener a una prole tan numerosa. Así que Giulia se quejaba con cierta
frecuencia de los escasos medios de los que disponían [7].
Vincenzo se trasladó desde Pisa, la localidad natal de Galileo, a Florencia
para aprender más Música. Luego, toda la familia se reunió con él en esta ciudad,
la capital de la Toscana. El instrumento que predominaba entonces era el órgano,
principalmente porque la Iglesia católica lo había adoptado desde el siglo VII para
acompañar las ceremonias religiosas de su principal rito: el latino.
Pero al padre del genio italiano le apasionaba más el laúd y el estilo de la
antigua Grecia. Estas ideas las plasmó en 1581 en su Diálogo sobre la música
antigua y moderna, una conversación imaginaria en la que criticaba la tendencia
musical del momento. Al leer esta obra se puede apreciar un rasgo heredado por
Galileo; el carácter rebelde de Vincenzo contra quienes sostienen un argumento
no razonado: “Me parece que aquellos que recurren simplemente a la fuerza de
la autoridad con el fin de demostrar cualquier afirmación, sin aducir ningún otro
argumento para fundamentarla, actúan de un modo verdaderamente absurdo.
Por el contrario, yo deseo que se me permita preguntar y responder libremente
sin ninguna clase de adulación, como hacen quienes buscan la verdad” [8].
Desde niño Galileo acreditó su inteligencia. Con tan solo once años poseía
conocimientos de latín y griego, sabía tocar el órgano y se había convertido en un
virtuoso del laúd [7]. Su padre, preocupado por educarlo y sorprendido por la
capacidad intelectual del joven Galileo, decidió enviarlo al monasterio
benedictino de Vallombrosa, donde profundizó en las lenguas clásicas y aprendió
Filosofía, Matemáticas, Ciencia, Dibujo y Literatura.
Cuatro años después, en 1579, Galileo anunció que quería hacerse monje.
Vincenzo deseaba una buena formación humana y cristiana para su hijo pero
¿quedarse sin su primogénito, el que debe sustentar a la familia? Demasiado.
Vincenzo lo sacó del monasterio con la excusa de que Galileo padecía una
enfermedad en un ojo. A continuación dejó que su primo lo educara y lo
introdujera en el negocio de la lana, de gran importancia entonces en Italia. Sin

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embargo, el joven presentaba un marcado carácter intelectual. Así que Vincenzo
atendió el deseo de Galileo por acceder a la Universidad de Pisa.

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1.2 El estudiante universitario que inventó el
péndulo

Galileo recibió en la universidad una formación parecida a la del


monasterio y complementada con Medicina, lo que agradaba a su padre
Vincenzo, partidario de que su hijo se dedicara a algo que le reportara una
estabilidad económica. Una buena salida, diríamos hoy en día.
Allí conoció al profesor Ostilio Ricci, matemático de la Corte del gran duque
Francisco I de Medici. Ricci sembró en el joven Galileo un paradigma que
quedaría grabado en su mente para siempre: “Los principios matemáticos
pueden reemplazar la lógica aristotélica para explicar los planetas y las estrellas”
[7]. Conviene aclarar que, en el siglo XVI, la filosofía de Aristóteles, uno de los
más grandes sabios de la antigüedad, se consideraba casi como indiscutible a la
hora de abordar el funcionamiento del universo o de los fenómenos naturales,
mientras que las Ciencias Exactas se relegaban a un segundo plano, sin
aplicación en la Física. Por este motivo, los profesores de Matemáticas recibían
un salario poco elevado. Vincenzo, mucho más pragmático, vislumbraba un
mejor futuro para su hijo como médico. Aunque en cierta manera era culpable de
la inclinación de su vástago, pues le había demostrado a Galileo que, de acuerdo
con una fórmula, era posible afinar el laúd al acortar los intervalos entre los
trastes [8].
Ricci logró convencer a Vincenzo de que Galileo había nacido para las
Matemáticas, y se convirtió en su maestro, de quien heredó un grave defecto: la
arrogancia. Galileo solía tratar paternalmente a sus compañeros de estudios.
Hasta los propios profesores encontraban incómodo dialogar con él. Parecía que
disfrutara discutiendo y poniendo en ridículo a sus adversarios, hasta el punto de
ganarse el apodo de “el discutidor” [7].
De todas formas, sabía distinguir con quién o sobre qué aspectos debatir.
Los oponentes en sus contiendas eran precisamente los partidarios de
Aristóteles, que de forma dogmática apoyaban conclusiones científicas erróneas
y no basadas en la experimentación. Por ejemplo, de acuerdo con el filósofo
griego, se les hacía creer a los alumnos que, cuando granizaba, las bolas grandes
caían más rápido que las pequeñas. Galileo, sin llegar a despreciar a Aristóteles
[6], se rebelaba contra quienes se inclinaban hacia esta postura irracional, lo que

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algunos biógrafos e historiadores confunden con un posicionamiento en contra
de la autoridad, la fe, el dogma o la Iglesia [2].
Galileo no se comportaba del mismo modo con las autoridades civiles de su
época, los príncipes y duques, ante quienes se mantenía humilde y sumiso.
También profesaba gran admiración por los escritores y filósofos: Dante, Tasso,
Petrarca, Platón o Pitágoras, entre otros [6]. Y por supuesto mostraba un
profundo respeto por el clero, actitud lógica de un católico que mantuvo durante
toda su vida una gran devoción por la fe que recibió de sus padres.
Precisamente durante un oficio de vísperas —la oración de la tarde que
rezan algunos católicos—, Galileo concibió la idea que le llevaría a cosechar, con
tan solo diecinueve años, su primer éxito. Una lámpara se balanceaba en la
catedral de Pisa con un movimiento rítmico, como el de los latidos del corazón
[9]. En casa estudió con pequeñas bolas de plomo atadas a hilos de diferente
longitud que el tiempo requerido para completar una oscilación no dependía del
peso ni de la magnitud de la oscilación. Sólo influía la longitud de la cuerda, con
lo que desarrolló un rudimentario artilugio que podía medir el pulso de un
paciente cambiando la extensión del hilo. Sus profesores se apresuraron a
sustraerle el invento mediante un utensilio médico llamado pulsilogia. Cincuenta
años después Galileo retomó la idea para diseñar el primer reloj basado en
péndulo [10], que supuso un hito en la historia de la ingeniería, ya que permitió
reducir el error que cometían los relojes de su época de minutos a segundos por
día. Se lo encargó fabricar a su hijo Vincenzo [8], pero desafortunadamente este
no lo terminó. Hubo que esperar hasta el 1656, casi veinte años, para que el
holandés Christiaan Huygens construyera el primero [11].
Paradójicamente, a pesar de alcanzar un triunfo como el del péndulo,
Galileo abandonó Pisa sin terminar los cursos exigidos para obtener el título
universitario [8]. El motivo fue que no se le concedió una beca para costear sus
estudios, lo que imposibilitó que Vincenzo asumiera los gastos. Probablemente
la denegación se debió a las enemistades que se granjeó debido a su fama de
conflictivo [7]. No obstante, pudo influir su poco interés por la Medicina [2].

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1.3 Brillante e irreverente catedrático en la
Universidad de Pisa

Galileo regresó a la casa paterna en Florencia tras el fracaso de la


Universidad de Pisa. Vincenzo seguía dedicándose entonces a experimentar con
nociones sobre armonía, y para este fin disponía de cuerdas musicales con
diferentes longitudes, diámetros y tensiones [8]. Galileo se ofreció como
ayudante. Así aprendió el método experimental que más adelante utilizaría, por
ejemplo, para establecer las bases de una nueva ciencia: la Dinámica, o para
concebir prodigiosos inventos.
La primera máquina que perfiló Galileo fue la bilancetta. Como gran
admirador de Arquímedes, conocía la famosa historia de la bañera. El príncipe de
Siracusa le había planteado la siguiente cuestión al pensador griego: ¿Cómo
saber si una corona estaba hecha o no de oro puro? Así que en una bañera llena
de agua midió la cantidad de líquido que se evacuaba, por un lado al introducir la
corona, y por otro al meter un objeto de oro puro del mismo peso. El volumen
desalojado resultaba diferente, lo que indicaba que uno tenía más densidad
(relación entre masa y volumen). Por consiguiente, la corona no estaba hecha de
oro puro. Arquímedes, quien para Galileo era “el maestro”, dejó para la
posteridad su famoso principio: “Todo cuerpo sumergido en un líquido recibe un
empuje, de abajo arriba, igual al peso del líquido desalojado”. De ahí que las
sustancias inmersas en agua pesen menos que en aire, idea que Galileo aplicó en
su bilancetta.
El sabio italiano diseñó un instrumento que permitía calcular con precisión
el porcentaje de oro o de plata, aunque el concepto se podía extrapolar al
desarrollo de equipos que analizasen otras aleaciones. Primero colocaba en un
extremo de una balanza el objeto que pretendía medir y en el otro añadía pesas
hasta equilibrar el sistema. Luego introducía en agua el objeto, que por pesar
menos provocaba un desequilibrio en la balanza que había que contrarrestar
acercando las pesas al centro de la balanza. Dependiendo del material de que
estuviera hecho, se requería aproximar las pesas más o menos al centro. Si era de
oro puro se posicionaban las pesas en un punto más alejado del centro que si era
de plata pura, porque la plata posee una densidad menor que el oro. En función
de lo cerca que se quedara la medida del punto de la plata o del oro, el elemento

26
analizado se componía en mayor porcentaje de uno de esos metales. Asimismo,
rodeó el eje con vueltas de alambre. Al contar el número de vueltas hasta la
posición del oro o de la plata, se podía deducir la proporción exacta de cada metal.
Si la comprobación visual resultaba complicada, se utilizaba un estilete que
permitía escuchar un sonido cada vez que se sorteaba un obstáculo del
arrollamiento [12].

Figura 2: Bilancetta de Galileo para determinar la composición de un material.

Por desgracia, este invento no le servía a Galileo para sobrevivir, ni


tampoco sus progresos en Matemáticas, que divulgaba en artículos y
conferencias. De manera que impartía clases particulares a la vez que aspiraba a
una cátedra. Primero lo intentó en la Universidad de Bolonia, donde fracasó
porque no disponía de buenos contactos. Después repitió suerte con la de
Florencia. Y finalmente tuvo éxito con la de Pisa. Para alcanzar este logro le
ayudó un mecenas y matemático que le apoyaría durante dieciocho años, el
marqués Guidobaldo del Monte, y también influyó el cardenal del Monte.
Con todo, debido al poco aprecio de la sociedad renacentista por las
Matemáticas, la plaza que ocupó Galileo no fue la mejor pagada del mundo. Lo
que se valoraba era más bien la Filosofía. No obstante, según su primer biógrafo,
su discípulo Vincenzo Viviani, se hizo notar con un llamativo experimento que
desarrolló en la mismísima Torre de Pisa. Desde lo alto del edificio arrojó bolas

27
de diferente tamaño y peso. Todas cayeron casi a la vez. Los defensores de la
teoría aristotélica de que los cuerpos de distinta masa no bajan a la misma
velocidad habían quedado en evidencia:
—¿Veis? —exclamó Galileo [7].
Este experimento lo presentaría más adelante en el Diálogo sobre las dos
nuevas ciencias: “Aristóteles dice que una bola de hierro de cien libras, que cae
de una altura de cien braccia (brazas), llega al suelo antes de que una bola de una
libra haya descendido un solo braccio. Yo, por mi parte, afirmo que las dos
llegarán al mismo tiempo”.
Pero los detractores sostenían que en el experimento había una pequeña
diferencia de tiempo entre la llegada de los dos objetos. A lo que objetaba:
“Destacáis mi pequeño error y olvidáis el gran error de noventa y nueve braccia
de Aristóteles” [8]. De hecho, Galileo sabía que esta discrepancia se debía al
rozamiento del aire, lo que constataría, casi cuatro siglos más tarde, el astronauta
Neil Amstrong en la Luna, donde en ausencia de atmósfera arrojó a la vez un
martillo y una pluma, y comprobó que ambos llegaban la superficie lunar a la vez
[7]. De igual manera, un experimento de 2014 en una enorme cámara de vacío de
la NASA’s Space Power Facility en Ohio (Estados Unidos), demostró que una
pluma y una pesada bola de bowling (bolos) descendían simultáneamente.
Galileo Galilei incluyó sus estudios sobre caída de cuerpos, unidos a los del
movimiento parabólico de los proyectiles, en su primera obra sobre Mecánica, De
motu, que no publicó en vida debido a que su teoría era entonces bastante
rudimentaria.
El científico toscano poseía una mente prodigiosa, pero debido a su
comportamiento no atrajo las simpatías de la Universidad de Pisa ni de la Corte
de Florencia, de la que dependía este centro. Tenía un aspecto bohemio y no
usaba larga toga, como era habitual en los profesores. Además profería
declaraciones provocativas, casi obscenas: “Con la toga no se puede ir al
prostíbulo” o “Es un disfraz para las cabezas huecas” [7]. Esta actitud no
agradaba al profesorado de su universidad, dentro del que se contaba con
muchos religiosos. Debía haber pensado antes en las consecuencias de esta
conducta. En 1591 murió su padre, con lo que la responsabilidad económica de la
familia recayó, según la costumbre de la época, en el primogénito, es decir, en
Galileo. De modo que se vio obligado a costear la dote de su hermana Virginia,
que contrajo matrimonio aquel mismo año, los gastos derivados del ingreso de

28
su otra hermana Livia en el convento de San Giuliano, y mantener a su madre y a
su joven hermano Michelagnolo (sus otros tres hermanos habían fallecido
prematuramente) [8]. El mecenas de Galileo, Guidobaldo del Monte, acudió al
rescate de su protegido y le aconsejó intentar ocupar la cátedra vacante de
Matemáticas en Padua, mucho mejor pagada que la de Pisa.
La unificación de Italia sucedió en 1861. Sin embargo, en tiempos de
Galileo la península itálica estaba compuesta por diversos estados. Pisa y
Florencia formaban parte de Toscana. Pero Padua pertenecía a Venecia. Es decir,
se hallaba en el extranjero. Por este motivo el sabio pidió permiso a la máxima
autoridad de la Toscana, el duque Ferdinando I de Medici, quien no puso
ninguna traba al asunto. Así Venecia recibió al brillante matemático toscano con
una plaza en la Universidad de Padua. Cuánto se arrepentirían de haber dejado
escapar a este cerebro privilegiado.

29
1.4 Grandes inventos en Venecia: el termoscopio, la
bomba de agua, el compás y el telescopio

A finales de 1592 Galileo impresionó al auditorio que acudió a escuchar su


discurso con motivo de la toma de posesión de la cátedra de Matemáticas en la
Universidad de Padua, y la noticia se extendió por Europa. Padua se situaba cerca
de Venecia, capital de la República donde ahora vivía y conocida popularmente
por sus numerosas celebraciones, en especial por el carnaval. Se trataba de una
localidad con poca nivelación social. Esta circunstancia agradaba a Galileo, a
quien siempre le gustó vivir modestamente [6]. Según reconocería él mismo
años después, su estancia en Padua, con frecuentes escapadas a Venecia, fue la
mejor de su vida [8].
En el terreno científico, el periodo veneciano también resultó muy
fructífero. La inagotable imaginación de Galileo, unida a la necesidad de aliviar
sus problemas económicos derivados de la muerte de su padre, cristalizó en el
desarrollo de grandes inventos con los que ayudar a su familia. El primero, del
año 1596, fue el termoscopio, un aparato con aspecto exterior similar a la varilla
rellena de mercurio que se ha venido utilizando para medir temperatura hasta el
final del siglo XX, cuando acapararon el mercado los termómetros digitales. La
diferencia es que se orientaba de manera inversa, con el ensanchamiento o bulbo
en la parte superior. Asimismo, el recipiente estaba abierto por su extremo
inferior, y se introducía en una cubeta llena de agua o de mezcla de este líquido
con alcohol. La disolución ascendía por el tubo sin que llegara a cubrir el bulbo.
Al tocar esta última cavidad con la mano, el nivel del fluido descendía, mientras
que al retirarla se elevaba por el tubo. Esto se explica porque el aumento de
temperatura provoca una expansión del gas, que empuja el líquido hacia abajo.
En cambio, cuando el calor disminuye, el gas se contrae y el líquido sube. Para
llamarlo termómetro hubiera requerido de una escala que mostrase la variación
de temperatura. Por el contrario, el invento de Galileo solo indicaba que existían
diferencias de temperatura; no las medía.
Más tarde Galileo creó una máquina hidráulica con la que extraer agua del
subsuelo. No se dispone de la información exacta sobre cómo funcionaba [13],
pero se sabe que el aparato se accionaba a través del movimiento de un caballo
que desplazaba un pesado péndulo. Este actuaba como palanca para impulsar un

30
sistema con el que se conseguía elevar el agua [7,14]. En el Museo Galileo se
conserva un modelo basado en la patente del sabio en el que dos caballos activan
cuatro bombas hidráulicas. Los equinos se mueven en una plataforma circular a
la vez que desplazan una leva rotatoria que transmite la fuerza a cuatro
cigüeñales unidos a unos brazos mecánicos que actúan sobre las cuatro bombas.
La leva induce un movimiento hacia arriba y hacia abajo de los brazos, lo que
permite la elevación del agua hasta un máximo de entre nueve y diez metros.
Aunque Galileo no resolvió el motivo de esta limitación, Evangelista Torricelli,
discípulo suyo, dio con la solución tras la muerte de su maestro. Descubrió que el
peso del aire impedía la ascensión del líquido a partir de un límite, concepto que
le serviría para idear el barómetro.
Galileo logró un mayor éxito con su compás geométrico y militar, de 1597,
conocido como “compás de proporciones”. Su estructura básica, compuesta por
dos brazos unidos por una bisagra en forma de disco redondo llamada nocella,
hace pensar que se trata del instrumento que se emplea hoy en día para trazar
círculos [15]. No obstante, en cada brazo se inscriben siete escalas
proporcionales con las que se resuelven múltiples operaciones matemáticas
basadas en la aplicación del teorema de Thales. Si el ángulo de apertura de los
dos brazos del compás se mantiene fijo, se forman triángulos isósceles cuyos
lados son proporcionales entre sí. Con lo que se puede emplear el principio de
proporcionalidad:

donde a y b son los lados del primer triángulo, mientras que c y x los del
segundo. De modo que si x es desconocido, se puede extraer su valor a partir de
los demás.
Como muestra del funcionamiento del artilugio, si se desea calcular la
mitad de una distancia dada (20 centímetros), se tomaran puntos de referencia
idénticos en cada brazo en una de sus escalas: por ejemplo el 100 (a en la
expresión 1). Luego se abrirá el compás hasta que entre dichos puntos haya 20
centímetros (b en la ecuación 1). Manteniendo el compás con la misma apertura,
nos desplazaremos en la escala de cada brazo hasta el 50 (la mitad de 100 y c en
la expresión 1). De manera que la distancia entre los puntos de los brazos donde
se indica el valor 50 será la mitad de la medida del segmento original. Es decir, x

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será 10 centímetros.

Figura 3: Compás militar o geométrico de Galileo: a) Descripción de sus partes; b) Ejemplo de su


utilización para determinar distancias con el teorema de Thales.

Siguiendo esta regla se solucionaban con facilidad todo tipo de operaciones


aritméticas (sumas, restas, multiplicaciones, divisiones, raíces cuadradas y
cúbicas), geométricas (cálculo de volúmenes y de áreas de superficies regulares e
irregulares), se deducía la altura de los cañones o el calibre de los misiles (una
escala indicaba el diámetro de esferas hechas de un metal diferente pero del
mismo peso) o se efectuaban conversiones de moneda [15]. Incluso se utilizaba
para navegación mediante el acoplo del cuadrante, una de cuyas escalas se
dividía en noventa partes con las que se determinaba la altura sobre el horizonte
de una estrella o del Sol. Se trataba de mucho más que una calculadora. Era un
equipo multidisciplinar, que servía para militares, comerciantes, matemáticos,
astrónomos o para quienes desearan conocer con exactitud el área de sus
posesiones. Me atrevo a decir que para superar a un elemento tan versátil se ha
requerido esperar cuatrocientos años. Estoy hablando de los ordenadores y de
los smartphones, que con sus variadas aplicaciones satisfacen las necesidades de
usuarios interesados en materias muy diferentes. El antecedente mecánico fue el
compás de Galileo, que con pequeñas variaciones se empleó con asiduidad hasta

32
el siglo XIX, periodo en que se popularizaron las reglas deslizantes refinadas, que
ampliaban el abanico de operaciones del compás [15].
El sabio italiano vendió muchas unidades y provocó la envidia en Padua.
Por este motivo sufrió la acusación de plagio. Un tal Baldassare Capra encabezó
una campaña en contra de Galileo, aunque se borró la difamación cuando se
demostró que el acusador había aprendido del propio Galileo la utilización del
compás [7].
En torno a final de siglo el inventor italiano poseía un huerto, un taller y
hospedaba en su casa a viente personas. Debido a este éxito, se animó a publicar,
en 1606, Le operazioni del compasso geometrico e militare, iniciativa que
encendió un debate sobre la autoría del ingenio. Los adversarios de Galileo
aseguraban que el matemático holandés Michel Coignet era el creador [15].
También el matemático y físico inglés Thomas Hood desarrolló por su cuenta un
instrumento similar en 1598 [16]. Pero, entre los candidatos a recibir este
reconocimiento, Galileo es el más famoso y fue quien lo fabricó con un mayor
nivel de perfección; aparte de que aprovechó sus dotes como profesor para
enseñar a sus clientes a extraer el máximo rendimiento de esta poderosa
herramienta y sus habilidades como divulgador para difundirlo por toda Europa.
Venecia se felicitaba con la presencia de un genio en la Corte y se le renovó
el contrato como profesor. Sin embargo, la buena marcha de los acontecimientos
se trastocó debido a una serie dificultades familiares que le sobrevinieron a
Galileo. En 1600 tuvo que costear grandes sumas de su hermana Livia, que ya no
quería ser monja sino casarse, y de su hermano Michelagnolo, que se dedicaba a
la música y despilfarraba el dinero. El carácter humano de Galileo quedó patente
en que no le guardó resentimiento y durante toda su vida se carteó y prestó
ayuda al irresponsable de Michelagnolo [6].
Al mismo tiempo, fruto de su relación con Marina Gamba, Galileo se
convirtió en padre de tres hijos. Las fiestas de Venecia no le salían gratis. Y, para
colmo, Marina no se llevaba bien con la madre del científico. El trato con la
suegra resulta en ocasiones difícil. No digamos en el caso de una relación
extramatrimonial, y en un marco histórico en que estos enlaces se contemplaban
mucho más severamente que hoy.
Al final Galileo y Marina no se casaron por varios motivos. El primero,
porque los profesores universitarios solían quedarse solteros. La segunda causa
fue que Marina y Galileo pertenecían a dos países diferentes —Venecia y Toscana

33
—, y Galileo anhelaba vivir en su tierra. Por otra parte, la familia de Marina
disponía de un mayor patrimonio que la de Galileo, más noble aunque con pocos
recursos económicos [8].
La nueva situación del inventor italiano, con tres hijos a su cargo, provocó
que ni siquiera con las ventas del compás le bastara para mantener sus enormes
dispendios. Así que, ayudado por la propicia circunstancia de que la duquesa de
Toscana solicitó los servicios de Galileo para enseñar a su hijo a manejar el
compás, pudo iniciar el asalto al puesto de matemático de la Corte florentina, lo
que le permitiría regresar a su tierra y solventar sus problemas de financiación.
Este proceso se alargó, de modo que para sobrevivir se lanzó en 1609 hacia
la conquista de un reto todavía mayor que el compás: el telescopio.
La autoría del maravilloso invento es un misterio. El holandés Hans
Lippershey fue el primero en solicitar una patente, pero existen razones para
creer que otros compatriotas suyos —como Jacobus Metius y Zacharias Janssen
— pudieron ser los auténticos creadores del instrumento. Por otra parte, Galileo
atribuye el mérito a otro italiano: Giambattista della Porta [7].
Resulta evidente que Galileo no lo concibió, si bien sus brillantes dotes
como ingeniero quedan plasmadas en una anécdota. En uno de sus viajes de
Padua a Venecia se enteró de que Hans Lippershey había presentado al conde
Mauricio de Nassau un artilugio que permitía divisar objetos a la lejanía con un
tamaño tres veces superior al real: el catalejo. El holandés no disponía de la
misma red de contactos que Galileo, con lo que el italiano, conocedor de algunos
datos sobre el aparato, lo reprodujo en poco tiempo. Años después Galileo
aseguraba en su libro El ensayador que lo fabricó en veinticuatro horas pero,
teniendo en cuenta lo fanfarrón que solía ser, puede que tardara algo más. El
caso es que Galileo se las arregló para engatusar al duque de Venecia Leonardo
Donà con el regalo de un telescopio. Con esta maniobra aumentó su prestigio en
la región donde vivía.
Galileo utilizó un telescopio refractor, que se basa en dos lentes. La primera
es convexa y se llama lente objetivo. Recibe los rayos paralelos procedentes de un
cuerpo lejano y, por el fenómeno de refracción, permite que la luz converja en
una posición posterior a dicha lente: el foco. Tras este punto se encuentra la
lente ocular, que amplía la imagen del objetivo.

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Figura 4: Telescopio refractor o catalejo: a) reproducción real; b) esquema descriptivo de su
funcionamiento.

Galileo mejoró el aparato de tres a treinta aumentos mediante el pulido de


las lentes y la variación de su tamaño y separación [17]. Asimismo, la ciencia
moderna ha demostrado que la óptica de los telescopios que confeccionó es casi
perfecta [18]. No obstante, los aparatos que fabricó presentaban la limitación de
que la zona que se podía visualizar era menor que el tamaño de la Luna. Habría
que esperar al diseño de telescopios más modernos, como los reflectores,
basados en la utilización de espejos curvos en vez de lentes.
A pesar del éxito cosechado, Galileo anhelaba regresar a su tierra: “Me
encuentro atado aquí para siempre” [7], se quejaba en una de sus cartas. Y el
mejor telescopio que fabricó lo reservó para el duque de Toscana. A esta
nostalgia se puede añadir el alejamiento de sus dos mejores amigos en Venecia,
el matemático Giovanni Francesco Sagredo y el clérigo Paolo Sarpi. El primero
emigró a Siria para ocupar un puesto de diplomático. Y el segundo se involucró
de lleno en las desavenencias entre Roma y Venecia, motivadas por la
discrepancia entre ambos estados en lo referente a las prerrogativas que el Papa
debía tener en la república del norte de Italia. Hasta tal punto llegó el conflicto,
que Sarpi fue objeto de un atentado. Así que Galileo, a quien no solían interesar
las cuestiones políticas, veía peligroso seguir acompañando a Sarpi.
Probablemente influido por estas circunstancias y por los problemas
económicos derivados de tener que afrontar grandes gastos familiares, se enfadó
cuando los senadores venecianos, al enterarse de que el telescopio ya existía y se
vendía, limitaron la subida de sueldo de Galileo [7]. Él no pretendía ser el
inventor del telescopio, pero había mejorado sus aumentos por un factor de diez.

35
Este parámetro se relaciona con el incremento en una dimensión de los
elementos visualizados, lo que en 2D se traduce por un incremento del área de
los astros observados de 10x10=100 veces su valor original. De un catalejo para
divisar a los enemigos había extraído un telescopio con el que surcar los cielos.
Con esta poderosa herramienta descubrió que la Luna albergaba cráteres
en su superficie, que en torno a Júpiter rotaban cuatro satélites, que Venus
presentaba fases como la Luna y que Saturno presentaba unas orejas a ambos
lados: los famosos anillos. Exploró la Vía Láctea y divisó muchísimas nuevas
estrellas en constelaciones conocidas como Orión, Tauro o Cáncer. A modo de
ejemplo, percibió en la Nebulosa Pesebre, de la que los eruditos de la época
creían que era una sola estrella, más de cuarenta compañeras.
Galileo se comportó también vanidosamente y declaraba sobre sí mismo:
“No tengo duda de que en el curso del tiempo las observaciones posteriores
perfeccionarán esta nueva ciencia. Pero esto no debería ir en menoscabo de la
gloria del primer observador. Mi respeto por el inventor del arpa no es menor por
el hecho de saber que el instrumento era muy tosco y era aún más tosca la forma
en que lo tocaban. Muy al contrario lo admiro más que a los muchos artesanos
que han llevado este arte a su máxima perfección [...] No es tarea de mentes
ordinarias dedicarse a los grandes inventos partiendo de las cosas más nimias”
[7]. Se le había subido el ego, y no era para menos, pues le apodaban el Colón de
los cielos y su libro, Sidereus Nuncius, es decir, El mensajero sideral, fue uno de
los más vendidos del siglo XVII.

36
1.5 El debate sobre si la Tierra gira alrededor del Sol

Galileo culminó, gracias a la fama que adquirió en Venecia, su anhelado


sueño: convertirse en filósofo y matemático del gran duque de Toscana, un fin
para el que contribuyó que ya no gobernara Ferdinando I sino su hijo Cosimo. El
nuevo monarca se mostró más partidario de apoyar la ciencia que su padre, que
había dejado escapar durante casi una veintena de años al genio. Galileo trajo
con él a sus dos hijas, a las que consiguió meter en el convento de Arcetri,
localidad donde pasó los últimos años de su existencia. Considerando que no
habían nacido de un matrimonio legítimo, casarlas resultaba muy complicado,
por lo que la vida religiosa en compañía la una de la otra es lo mejor que pudo
ofrecerles su padre. Vincenzo se quedó en Venecia, donde su madre, Marina,
moriría más tarde.
Con su llegada a la Corte de Florencia se produjo un giro en los intereses de
Galileo. Aparte de los números deseaba dedicarse a la Teología. Concretamente,
quería averiguar el lugar que ocupa el hombre en el universo [7]. ¿A qué se debía
este cambio de actitud?
Durante el recién entrado siglo XVII habían sucedido varios
acontecimientos significativos. En 1604, el mundo había sido testigo de un hecho
memorable: la visión de una supernova, es decir, una explosión estelar con un
brillo superior al de cualquier otra estrella o planeta del firmamento, salvo Venus
y el Sol. Además llovía sobre mojado, pues en 1572 había acaecido un fenómeno
astronómico similar. Se caía, por tanto, una de las tesis de Aristóteles: la
inmutabilidad del universo.
Poco después, en 1610, Galileo rompía, con su avistamiento de los cráteres
de la Luna, el postulado que el sabio griego refleja en su libro Sobre el cielo de
que los objetos celestes son realidades perfectas hechas de un material puro
llamado quintaesencia. Asimismo, Galileo comprobó que Júpiter y sus satélites
constituían un sistema solar en pequeño, lo que tampoco encajaba con la
afirmación aristotélica de que todos los astros giran alrededor de la Tierra.
El pensamiento griego como fuente fiable para comprender el universo se
desmoronaba. Ya incluso desde antes de que naciera Galileo se estaban
produciendo un punto de inflexión en el devenir de la ciencia, y ahora el sabio
italiano era uno de los principales protagonistas de un cambio que no se

37
coronaría sin oposición.
Por ejemplo, en su etapa veneciana había mantenido una acalorada disputa
con Cesare Cremonini, defensor de Aristóteles, quien abogaba por la Filosofía
frente a las Matemáticas a la hora de explicar el universo. Galileo defendía,
basándose en sus observaciones, lo contrario. Con todo, no se atrevía aún a
implicarse en el debate más candente de la época: las tres hipótesis que dividían
la comunidad científica a la hora del explicar el movimiento del Sol, la Tierra y los
demás planetas.
La primera corriente era la geocéntrica (todo gira alrededor de la Tierra), y
la sostenían las más antiguas civilizaciones, con ilustres pensadores como
Aristóteles y Ptolomeo. La segunda era la heliocéntrica (todo gira alrededor del
Sol). Esta última había contado con menos partidarios debido a la dificultad de
concebir que la tierra firme que pisamos se esté moviendo en torno a otro cuerpo
celeste. Sin embargo, en 1543 se produjo un giro de ciento ochenta grados con la
publicación, por parte del clérigo polaco Nicolás Copérnico, de su célebre libro,
De Revolutionibus Orbium Coelestium. Este demostraba, con un modelo
matemático, que el giro de nuestro planeta alrededor del astro rey resultaba
posible. Por último, existía una tercera teoría, la del astrónomo danés Tycho
Brahe, según la cual el Sol y la Luna rotaban alrededor de la Tierra, mientras que
Marte, Mercurio, Venus, Júpiter y Saturno lo hacían en torno al Sol.
Tres hipótesis pero solo una podía ser cierta como mucho. ¿Quién tenía
razón?
En Florencia, con más conocimientos acumulados, Galileo se decidió por
apoyar a Copérnico, actitud en la que coincidió con Johannes Kepler [8], el otro
gran astrónomo de la primera mitad siglo XVII.
Ya desde los primeros años de la cristiandad, la Ciudad Eterna era el lugar
de referencia para la Iglesia [19], de manera que Galileo planificó una visita a
Roma, donde expondría sus descubrimientos y buscaría obtener el visto bueno
de la máxima autoridad, el Papa, sobre la teoría copernicana.

38
Figura 5: Modelos del Sistema Solar en tiempos de Galileo

39
Galileo emprendió su viaje en marzo de 1611. Primeramente se reunió con
el padre Clavio, un reputado astrónomo jesuita, famoso por diseñar el método
basado en años bisiestos que utilizamos hoy para ajustar el calendario oficial y el
solar sin que se produzca un desfase entre ambos. Clavio, aunque no admitía la
teoría copernicana en su conjunto, aceptaba algunos de los argumentos a su
favor y se maravillaba cuando visualizaba a través del telescopio de Galileo los
satélites de Júpiter. Así que se ofreció como mediador para que el Papa Pablo V
recibiera a Galileo [7].
La acogida resultó muy cordial. Incluso se le concedió al inventor italiano
una visita al Colegio Romano, el prestigioso centro de formación de los jesuitas
en Roma, donde se le hizo un homenaje público [2,7]. Cardenales, prelados y
científicos pudieron contemplar, dirigidos por Galileo y su telescopio, un paraíso
de planetas, estrellas y constelaciones [2]. De modo que se puede calificar el viaje
de un éxito total, con la salvedad de que se inició una contienda entre dos
grupos: la Academia de los Linces, partidaria de Galileo y apadrinada por el
italiano Federico Cesi, y la Liga de los Pichones, adversaria. El nombre con que
se bautizó a este último grupo encuentra su origen en uno de sus miembros,
Ludovico delle Colombe, quien había elogiado a Clavio por defender que la Luna
no poseía montañas. Galileo, en una réplica, alteró el nombre de Colombe (que
significa palomas) por el de pichón, y así surgió el apodo de los pichones.
La rivalidad entre estas dos sociedades se plasmó en un debate sobre los
cuerpos flotantes entre Galileo y el propio delle Colombe en el florentino palacio
Pitti. El miembro de los pichones sostenía, de acuerdo con Aristóteles, que la
materia se hundía o flotaba en el agua en función de su geometría, mientras que
Galileo aseguraba que esto dependía de la densidad del objeto, lo que demostró
al colocar ébano y hielo sobre el agua. El primero se hundió y el segundo flotó.
Entre los asistentes se hallaba un asombrado cardenal Barberini —a la postre el
Papa Urbano VIII—, quien se hizo gran amigo de Galileo. Este triunfo le dio pie
para escribir su Tratado sobre los cuerpos flotantes.
Posteriormente, en 1613, Galileo descubrió, ayudado por su amigo Filipo
Salviati, que las manchas solares, unas perturbaciones en la superficie del Sol
que el genio italiano había divisado en 1610, variaban de ángulo de inclinación
según la época del año. Entonces entró en juego el jesuita alemán Christof
Scheider, que reclamaba el hallazgo de las manchas solares y las explicaba como

40
estrellas que se desplazaban por delante del Sol. Galileo se esforzó por ganarle la
partida y publicó Cartas sobre las manchas solares. Así que se originó un
conflicto por la autoría, aunque algunos historiadores —como Stillman Drake—
argumentan que el inglés Thomas Harriot y el holandés Johann Fabricius se les
adelantaron [20].
Galileo acumulaba una peligrosa red de detractores deseosos de
aprovecharse de cualquier fallo suyo. Y precisamente el error se produjo en la
Corte florentina, donde el sabio gozaba de un mayor aprecio [2]. La madre del
duque Cosimo II era una ferviente católica que conocía bien la Sagrada Escritura.
Le incomodó un discurso sobre los planetas del padre Castelli, colaborador de
Galileo que le había ayudado a distinguir las fases de Venus. La noble dama le
citó el pasaje del libro de Josué en contraposición a las teorías de Galileo: “El
mismo día en que el Señor entregó a los amorreos en poder de los israelitas,
Josué se dirigió al Señor y dijo: «¡Sol, detente sobre Gabaón! ¡Y tú, Luna, sobre el
valle de Ayalón!» Y el Sol se detuvo y la Luna se paró hasta que el pueblo se
vengó de sus enemigos. Todo esto está escrito en el Libro del Justo. El Sol se
detuvo en medio del cielo y tardó un día entero en ponerse” (Jos 10,12-13).
Una interpretación literal del texto probaba que el Sol y la Luna giraban
alrededor de la Tierra. La Biblia no se podía equivocar.
Castelli le escribió en privado a Galileo comentándole el asunto, a lo que
este respondió en primer lugar con argumentos científicos con los que
descartaba que existiera contradicción alguna entre la Biblia y sus
descubrimientos. Por ejemplo, se fijó en que en el texto del libro de Josué se
decía que el Sol se detuvo en el “medio del cielo”. Esta era la posición que debía
ocupar según el sistema heliocéntrico y no podía referirse a que se hallaba en su
cénit, porque esto sucede al mediodía. A esa hora no tenía sentido que Josué
clamara para que el Sol se detuviera. Aún le quedaban muchas horas de luz por
delante. Luego Galileo se introdujo en aspectos teológicos: “Creo que la
intención de la Sagrada Escritura era persuadir a los hombres de las verdades
para la salvación de un modo tal que ni la ciencia ni ningún otro instrumento
podría hacerlas verosímiles, sino solamente la voz del Espíritu Santo. Pero no
creo que el mismo Dios que nos dio nuestros sentidos, el habla y el intelecto nos
haya apartado de su uso para aprender cosas por nosotros mismos con ayuda de
aquellos. Y menos aún en el caso particular de estas ciencias, de las cuales no hay
ni la más mínima mención en las Escrituras y, sobre todo, de Astronomía, de la

41
que se hace tan pocas referencias que ni siquiera se indican los nombres de los
planetas. Verdaderamente si la intención de los autores sagrados hubiera sido
enseñar Astronomía a las gentes, no habrían pasado por alto esta cuestión de un
modo tan absoluto” [8].
La carta estaba correctamente escrita para la mentalidad de hoy. También
para personajes de la época como el cardenal Cessare Baronio, a quien se
atribuye esta cita: «El propósito del Espíritu Santo fue enseñarnos cómo ir al
Cielo, no cómo es el cielo».
Pero el razonamiento de Galileo no resultaba tan fácil de asimilar para otros
sectores de la Iglesia, algo que se realimentaba con una cosmovisión aceptada
desde hacía miles de años en la que el Sol giraba alrededor de la Tierra.
La epístola salió de la Corte, y la Liga de los Pichones la utilizó para
propagar la acusación de que los descubrimientos de Galileo contradecían las
Escrituras. Un dominico, Caccini, lanzó desde el púlpito de la iglesia de Santa
María Novella de Florencia unos versículos en contra de Galileo. El anterior texto
del libro de Josué lo unió al de “Galileos, qué hacéis mirando al cielo” (Hch 1, 11);
ingenioso juego de palabras con el nombre del científico italiano. Si bien Caccini
recibió una reprimenda de parte del general de los dominicos, el padre Maraffi, y
se disculpó ante Galileo, el debate ciencia-religión estaba servido y los pichones
se envalentonaron [7].
Más tarde, Lorini, otro dominico, envió a la Inquisición la carta que había
escrito Galileo a Castelli. Galileo, para limpiar su propia imagen, puso rumbo a
Roma el 3 de diciembre de 1615, cuatro años después de su anterior viaje, para lo
cual medió el duque Cosimo II. Quería defender su honor de católico y que se
castigara a sus acusadores. Pero lo que más le importaba a Galileo era que el
sistema heliocéntrico se aprobara en la península itálica, para fortalecer el
prestigio de la región y en especial el de la Iglesia católica, en consonancia con la
línea abierta por su hermano en la fe Nicolás Copérnico.
Por el contrario, la curia romana no parecía mostrarse a favor de
reinterpretar los pasajes bíblicos sobre la posición central del hombre y del
planeta Tierra sin que fuera absolutamente necesario.
Asimismo, más que una cuestión teológica, se trataba de un tema
científico: demostrar que el modelo heliocéntrico era verdadero. De modo que el
Papa Pablo V encargó la gestión al cardenal Bellarmino, aficionado a la
Astronomía y admirador de Galileo, pues había divisado con él las lunas de

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Júpiter en su anterior visita a Roma. Sin embargo, de ahí a aceptar la teoría
copernicana mediaba un gran trecho. Aunque Galileo disponía de muchas
pruebas, no resultaban concluyentes. Es más: uno de sus argumentos a favor del
movimiento alrededor del Sol se basaba en las mareas. Galileo pensaba que la
subida y bajada del mar se debía al desplazamiento de la Tierra, noción que
recogió en su Tratado sobre las mareas. En realidad, a Galileo le faltaba contar
con la gravedad, fenómeno que descubriría una celebridad que nació un año
después de morir el italiano: Isaac Newton. Kepler, sin conocer esta ley, se acercó
mucho más a la verdad, pues opinaba que el flujo de las mareas obedecía a la
fuerza de atracción de la Luna. Con todo, esta explicación no convenció a Galileo
porque el investigador alemán incluía alusiones místicas en su razonamiento
sobre la afinidad del satélite con el agua.
Ya en Roma, Galileo contactó con algunos cardenales y les expuso sus
argumentos procopernicanos. Pero el cardenal Bellarmino, en nombre del Papa,
le dijo el 26 de febrero 1616 que “debía abandonar la tesis de que el Sol
permanecía inmóvil en el centro del universo y que la Tierra se movía”. Más aún:
le prohibían a Galileo “sostenerla, enseñarla o defenderla de ninguna forma, ni
de palabra ni por escrito” [7]. De lo contrario, el Santo Oficio incoaría un proceso
oficial. Galileo se sometió al dictado y por ese motivo no se firmó ningún
documento sino que solo se archivó su contenido. No obstante, el científico
manifestó su mal humor al embajador de Toscana, quien vaticinaba malos
tiempos para su compatriota: “Se toma muy a pecho estas ideas suyas y tiene un
carácter muy apasionado, muy poca paciencia y escasa prudencia para
controlarlo. Ciertamente, esa irritabilidad suya hace que los cielos de Roma sean
muy peligrosos para él” [7].
Luego, el 5 de marzo del mismo año, se publicó un decreto en el que se
hacía referencia a Copérnico y no a Galileo. La Astronomía copernicana era “falsa
y contraria a las Escrituras” [8]. Se la definía como temeraria pero no como
herética [2]. Al mismo tiempo se prohibió y destruyó una obra de Foscarini sobre
Copérnico, mientras que el famoso libro del clérigo polaco De Revolutionibus
Orbium Coelestium se vetó hasta ser corregido (en la nueva edición se aclaraba
que la teoría heliocéntrica no servía para describir la realidad).
Galileo olvidó rápidamente la reprimenda recibida unos días antes y parece
que su memoria solamente grabó los datos del documento público, donde no se
aludía a su persona, hecho que comunicó por carta al hombre de confianza del

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gran duque Cosimo II [7].
Más tarde, el Papa Pablo V se reunió con Galileo y subrayó: “Que le tenían
en gran estima tanto él mismo como toda la congregación de cardenales. Nunca
prestaría oídos a informes calumniosos hechos a la ligera sobre Galileo. Mientras
Su Santidad viviera, estaría seguro siempre que se mantuviera sumiso” [7].
Incluso Bellarmino escribió, a petición de Galileo, que no se le había hecho
abjurar ni hacer penitencia, en respuesta a la leyenda que había empezado a
circular de que le habían obligado a renunciar a sus creencias [8].
Consiguientemente, el sabio quedó contento con el resultado de su visita a la
Urbe y marchó con la impresión de que no había sido todo tan grave. Años
después este aspecto influiría en su reincidencia.
Con todo, este conflicto le sirvió de una primera cura de humildad. Por
ejemplo, en una carta al archiduque Leopoldo de Austria reconoce, al enviarle su
Tratado sobre las causas del flujo y reflujo de la mar, que no tiene sólido
fundamento: “Ahora, sabiendo como sé que nos incumbe obedecer las
decisiones de las autoridades y creer en ellas, puesto que están guiadas por una
revelación más alta de lo que mi humilde intelecto puede por sí mismo,
considero este opúsculo que os envío como un fruto de la vanidad poética o un
sueño [...] como una ilusión mía [...] esta quimera” [8].
De todas formas, el impulso creativo de Galileo no se agotaría por esta
circunstancia. Entonces inventó el jovilabio, un instrumento con el que se podía
determinar la posición de los satélites de Júpiter con respecto a este planeta. El
aparato incluía un sistema para compensar el efecto producido por la variación
de la posición relativa de la Tierra y Júpiter en relación al Sol [21]. Su nuevo
ingenio funcionaba perfectamente gracias a esta corrección, lo que demostraba
que el modelo copernicano basado en el giro de los planetas alrededor del Sol
¡encajaba de modo correcto!
Posteriormente, Galileo completó una tabla con los datos que obtenía
mediante el jovilabio y, como el movimiento se repite a lo largo del año, era capaz
de determinar, con una precisión de cuatro grados, la longitud a la que se
encuentra un barco [7], un soporte que hubiera soñado disponer Cristóbal Colón
durante su viaje a América más de cien años atrás. A continuación ideó el
celatone, un casco que incluía un telescopio con el que los navegantes podían
manejar la embarcación a la vez que visualizaban los satélites de Júpiter. En el
fondo el inventor italiano tenía como horizonte un GPS para orientar el recorrido

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de las naves basado, como el modelo actual, en una serie de satélites (el sistema
moderno utiliza satélites de tipo artificial que giran alrededor de la Tierra,
mientras que en tiempos de Galileo se requería emplear los de Júpiter). Por esto,
por el telescopio y por el compás militar, se le ha concedido el honor de que el
sistema global de navegación por satélite, la versión europea del GPS, sea
bautizado con el nombre de Galileo.
La imparable carrera del sabio se vio interrumpida por un problema que se
recoge a menudo en su correspondencia: las frecuentes alusiones a
enfermedades que sufría: hernia, insomnio, molestias en la vista, dolor en el
pecho y punzadas en diferentes partes del cuerpo [8]. Algunos autores declaran
que su tendencia a la hipocondría ampliaba esta realidad [7]. No obstante, las
molestias aparecían de forma cíclica, por lo que podría padecer gota. De hecho,
su hija más querida, Celeste, le aconsejaba que no bebiera alcohol y le preparaba
tónicos y pastillas en la botica de su convento.
Uno de los peores periodos sucedió precisamente tras el invento del
jovilabio, entre 1617 y 1618, hasta el punto de anularle científicamente.
Una vez recuperado, peregrinó al santuario de Nuestra Señora de Loreto,
situado en la provincia italiana de Ancona. La piedad católica venera allí la Santa
Casa, el lugar donde nació la Virgen María y donde vivió con San José y su hijo
Jesús (fue trasladada en 1291 desde Nazaret para salvaguardarla de los
mamelucos, que habían invadido Palestina). Galileo contaba con cincuenta y
cuatro años, y la distancia rondaba los doscientos kilómetros. Pero le asistían dos
grandes motivos que agradecer a Dios: su curación y haber salido bien parado del
conflicto sobre la heliocentricidad.
Posteriormente Galileo amplió el club de sus detractores. El sucesor del
célebre Clavio en la cátedra de Matemáticas del Colegio Romano, el jesuita
Horacio Grassi, impartió una conferencia titulada: Disputa astronómica sobre
los tres planetas del año, en la que planteaba la posibilidad de que tres cometas
que se habían localizado entonces no se encontraran cerca de las estrellas ni
tampoco debajo de la Luna, sino entre el Sol y nuestro satélite. Además, sostenía
que no poseían luz propia sino que reflejaban la del Sol. Todas estas afirmaciones
resultan bastante sensatas a la luz de la ciencia actual. Pero Galileo entendió que
el jesuita pretendía apoyar la cosmovisión de Tycho Brahe, la tercera teoría para
explicar el sistema solar, de la que los jesuitas eran tradicionalmente defensores.
Así que respondió a través de un discípulo de Galileo, Mario Guiducci, quien

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firmó el Discurso sobre los cometas, una obra en la que se mofaba de Grassi
cuando en realidad este tenía razón. Al mismo tiempo Galileo alimentaba un
argumento falso: que los cometas eran fenómenos atmosféricos.
Este afán de Galileo por ridiculizar a su adversario se debía a su profundo
anhelo por que se impusiera la corriente copernicana. La concepción geocéntrica
se desmoronaba con los últimos hallazgos de la ciencia, aunque la de Tycho
Brahe todavía conservaba cierto vigor. Y si bien los jesuitas no se posicionaran en
grupo contra Galileo [2], sí que logró que dos figuras tan relevantes como Grassi
y Scheider —con el segundo había disputado anteriormente la autoría del
descubrimiento de las manchas solares— se declararan abiertamente en su
contra.
Grassi respondió a la afrenta de Galileo con su libro Balanza astronómica y
filosófica con la que se examinan las opiniones sobre los cometas de Galileo
Galilei, expuestas en la Academia de Florencia por Mario Guiducci, mientras que
el inventor del termómetro contraatacó a su vez en 1623 con El ensayador,
asesorado por el príncipe Cesi, fundador de la Academia de los Linces, y con la
aprobación del padre Riccardi, quien en 1629 se convertiría en el maestro del
Sagrado Palacio del Vaticano, es decir, el teólogo del Vaticano. Le dio el visto
bueno también el cardenal Barberini, futuro Papa Urbano VIII, a quien se lo
dedicó. Este se mostró partidario de Galileo, pues eran amigos desde que había
asistido a su debate con Delle Colombe en Florencia, donde había mostrado sus
grandes conocimientos sobre los cuerpos flotantes. Más tarde, Galileo le había
mandado sus Cartas sobre las manchas solares, que le habían encantado. Hasta
tal grado llegaba la admiración de Barberini, que lo ensalzó en la parte final de un
poema suyo [7]:

No siempre se hace la claridad.


Más allá del resplandor que brilla
observamos los oscuros defectos solares,
(¿quién lo creería?)
gracias a vuestro arte, Galileo

Siendo Barberini ya Sumo Pontífice (adoptó el nombre de Urbano VIII),


recibió de Galileo El ensayador, con cuya lectura disfrutó. Celeste, la hija del
sabio, escribió a su padre en una carta: “el Papa os admira” [8]. Pero se les

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olvidaba a ambos que Urbano VIII había participado en la amonestación de 1616
a Galileo.
El genio italiano vislumbra, por el contrario, un terreno allanado y proclive
para proceder al nuevo asalto de Roma, apoyado por la Academia de los Linces.
En 1624, marcha a la Ciudad Eterna y visita al Papa, quien le concede hasta seis
audiencias y tiene detalles con Galileo como agasajarle con regalos y con una
pensión para Vincenzo, el benjamín del científico, que después este rechazó. El
Papa trataba a Galileo como a un hijo. Incluso escribió una carta de
recomendación al duque de Toscana en la que alababa las virtudes del sabio y su
amor a la piedad [22]. Pero no dio su visto bueno a la teoría copernicana, ante lo
que Galileo se mostró decepcionado. Ni siquiera recurriendo a intermediarios
como el cardenal Zollern logró su propósito.
A su regreso del Vaticano, Urbano dirigió una carta a Ferdinando II, que
había sucedido a Cosimo II como duque de Florencia, en la que confesaba:
“Acogemos con amor paterno a ese gran hombre cuya fama brilla en los cielos”
[8], lo que animó a Galileo a pensar que el Papa podría flexibilizar su postura.
Una manera de comprobarlo fue dirigir al Santo Padre, para su valoración,
una carta con argumentos en favor del copernicamismo, en la que rebatía los
razonamientos de Francesco Ingoli, un sacerdote contrario a este movimiento
[2,6]. Giovanni Ciampoli, confidente del Papa y amigo de Galileo, se la leyó a
Urbano VIII. Pero este último apenas prestó atención, pues tenía en su agenda
asuntos más importantes que ese. Galileo, en cambio, solo recibió la información
de que Urbano VIII había leído su respuesta a Ingoli y de que no le había
desagradado, así que se lo tomó como un visto bueno definitivo del Vaticano para
redactar, con tranquilidad, su gran obra a favor de la teoría copernicana: el
Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo [6,7].
En este volumen intervenían tres personajes. El primero de ellos se
llamaba Salviati, un gran amigo de la Academia de los Linces que había fallecido
en 1614, y que encarnaba a Galileo. El segundo era Sagredo, otra excelente
amistad de su época veneciana, que también había muerto. Este apoyaba a
Salviati en las discusiones. Y el último protagonista se apodaba Simplicio, para
hacer alusión con el nombre a un tonto que defendía las teorías aristotélicas.
Galileo introdujo en el libro argumentos muy interesantes como las
manchas solares (de las que había descubierto que cambiaban de posición en
función de la estación del año), el movimiento extraño de los planetas (si todo

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giraba alrededor de la Tierra, los cuerpos celestes debían seguir trayectorias
uniformes, pero por ejemplo los planetas experimentan en algunos periodos lo
que se denomina como movimiento retrógrado), o las fases de Venus (un
fenómeno que no se podía producir en la teoría geocéntrica). Pero erraba al
explicar que las mareas se debían al movimiento de rotación y traslación de la
Tierra. De hecho, le dedicaba un espacio muy amplio a esta idea equivocada: una
cuarta parte del libro.
Galileo terminó en 1629 y recibió el visto bueno del príncipe Cesi, su
valedor, para ir a Roma a que lo aprobaran. Además recogió informaciones
favorables como la de que el Papa no había albergado como propósito la
amonestación a Galileo en 1616. En todo esto medió Castelli, el sacerdote y buen
amigo de Galileo en la Corte de Florencia. Pero el genio italiano no las tenía todas
consigo. Desconfiaba del teólogo del Vaticano, el padre Riccardi, porque, aun
teniendo en cuenta que había aprobado años antes El ensayador, según Galileo
era anticopernicano. Así que, como quería que su libro se publicara a toda costa,
no escatimó en emplear todas las formas de presión posibles para que Riccardi
admitiera su obra [2].
En 1630 Galileo se encaminó a Roma para presentar su volumen. Pese a los
muchos enemigos que hablaban mal del inventor toscano, Riccardi aceptó el
manuscrito con correcciones y le entregó el imprimatur, es decir, una
declaración de la Iglesia católica referente a que un escrito está libre de error en
materia de fe y de moral. El Papa, aunque se había comportado cordialmente, no
había dado su consentimiento porque ni siquiera lo había leído. Se encontraba
demasiado enfrascado en la Guerra de los Treinta años, que asoló Centro Europa
entre 1618 y 1648. Con todo, continuaban sus buenas relaciones con Urbano
VIII, que le había concedido a Galileo una canonjía en Pisa y Brescia, por su
“probada honradez, moral y demás notas de virtud y recta vida dignas de
alabanza”, aun cuando no tuviera que llevar hábito ni cambiar sus costumbres
[8]. Todo esto le animaba a Galileo a seguir con su empresa, aun a pesar de que
el embajador de Toscana en Roma, Niccolini, albergaba una opinión menos
favorable. Sabía que los detractores de Galileo ya veían con malos ojos su
anterior trabajo: El ensayador.
Galileo regresó a su tierra para hacer los cambios que solicitaba Riccardi
para el Diálogo. Mas tarde llegó la peste y las regiones se aislaron. Murió también
el príncipe Cesi, uno de sus grandes apoyos. Sin embargo, gracias a Castelli, pudo

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mandar el manuscrito original directamente a Florencia, ya que Riccardi se
conformaba con que se enviara a Roma la introducción y la conclusión para que
las revisaran.
La publicación se retrasó mucho y esto irritó a Galileo [7]. Para calmarse se
puso a escribir otra obra y a continuar con sus investigaciones en la Corte.
Asimismo, se estaba haciendo mayor y pensaba cada vez más en su hija Celeste.
Siempre había ayudado a mantener su convento con donaciones y se carteaba a
menudo con ella, que había elegido su nombre de religiosa en clara alusión a su
padre, el astrónomo que exploraba los cielos. Celeste le había ayudado a escribir
con buena letra el Diálogo y le interesaba la ciencia hasta el punto de pedirle que
le enviara uno de sus telescopios. Se daban consejos mutuamente: él, que se
cuidara (de sobra sabemos que las monjas suelen llevar una vida de constantes
privaciones), y ella, que no lo absorbieran demasiado sus estudios. Incluso
Celeste le preparaba pociones para protegerle de la peste o de otras
enfermedades:
“Os ruego que tengáis fe en este remedio porque, si creéis en mis humildes
oraciones tan fielmente como habéis manifestado, con más razón debéis confiar
plenamente en un alma tan pura que con sus virtudes os promete escapar de
todos los peligros” [8].
Ahora Galileo deseaba vivir cerca de ella, pues con la edad le resultaba más
difícil desplazarse. Su hijo Vincenzo, quien en 1630 había escapado con su mujer
a causa de una epidemia de peste y había dejado al sabio a cargo de su nieto
Galileino, regresó en cuanto la epidemia decayó. Entonces le ayudó a buscar casa
en Arcetri, junto al convento donde vivían sus hijas Celeste y Virginia.
Pasó el tiempo y finalmente Riccardi mandó al inquisidor de Florencia la
corrección de la introducción y de la conclusión del Diálogo. El libro se publicó y
Galileo se trasladó a Arcetri. Sus dos sueños se habían cumplido: culminar su
obra y hallarse cerca de su hija. Pero todo era una falsa calma antes de que se
desencadenara la gran tormenta.
El volumen lo valoraron bien en Venecia, y una figura ilustre como el
famoso científico Evangelista Torricelli afirmó que conforme lo estudiaba se
había convertido al copernicanismo.
Pero la reacción fue muy diferente en Roma. Scheider estalló de ira
mientras lo leía: había alusiones insultantes hacia él. Lo llamaba vanidoso [7].
Riccardi se dio cuenta de la gravedad del asunto y solicitó que se devolvieran los

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ejemplares de Florencia. Demasiado tarde, porque el libro había salido de
Toscana.
Se alude en ocasiones a que Scheider fue el instigador del juicio contra
Galileo o que se produjo un complot, pero más bien existía una pléyade de
adversarios entre los que no faltaban algunos dominicos y jesuitas, la Liga de los
Pichones y buena parte de los asesores del Papa Urbano VIII [2,8]. Llegaban a
los oídos del Papa continuos rumores que le indicaban que Simplicio, el
personaje que hacía de tonto en el Diálogo, era el Sumo Pontífice, cuando en
realidad Galileo se refería a Ludovico delle Colombe, el presidente de la Liga de
los Pichones [7,8].
—¡Se ha burlado de mí! —probablemente diría Urbano VIII.
El malentendido ocurría en el momento de más baja popularidad del Papa:
la Guerra de los Treinta Años estaba acarreando unas terribles deudas, y el
cardenal pro-hispánico Borgia acusó al Papa de apoyar a los protestantes, pues
su apoyo a Francia favorecía a los intereses de Suecia, aliada de Francia [23].
Urbano VIII necesitaba dar impresión de hombre fuerte, y la cabeza de turco
sería Galileo, así que convocó una comisión de tres personas para examinar el
Diálogo. Después llamó a Niccolini, el embajador de Toscana, y descargó sobre él
su ira. Niccolini salió abatido. El procedimiento consistiría primero en censurar
el libro y posteriormente en que Galileo se retractase [7].
El Santo Oficio llamó a juicio al sabio, si bien su desplazamiento a Roma se
retrasó a causa de su precario estado de salud: ataques de vértigo, melancolía,
indigestión, insomnio y hernia crónica. El duque de Florencia, Ferdinando II,
abogó en su defensa, aunque al final no le quedó más remedio que ceder.

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1.6 Juicio y condena de Galileo

Galileo llegó a Roma en 1633, tras un penoso viaje interrumpido por una
cuarentena de peste. Fue recibido por el sobrino del Papa, el cardenal Francesco
Barberini, ante el que se comportó de forma sumisa. Esto facilitó que se quedara
en el palacio de Firenze, la residencia de Niccolini, embajador de Toscana, en vez
de en la cárcel.
Según Niccolini, el Vaticano aseveraba que en 1616 se le ordenó a Galileo
que no analizara el asunto del movimiento de la Tierra ni hablara de él. Su
huésped, por el contrario, aseguraba que no eran esos los términos de la orden,
sino que esa teoría no debía sostenerse ni defenderse, lo cual no excluía el
estudiar o tratar la materia [7]. Galileo aludía al documento que publicó el
Vaticano y se olvidaba de la amonestación que recibió del cardenal Bellarmino,
que se había archivado como un documento interno. En ese manuscrito sí que se
indicaba explícitamente que debía evitar de cualquier modo referirse al giro de la
Tierra alrededor del Sol.
Niccolini siguió intercediendo, pero el Papa ordenó trasladar a Galileo del
palacio de Firenze al Vaticano. Allí se encontraron con un Galileo deprimido, que
por las noches gritaba aquejado de artritis en las piernas, aunque todo indica que
su estado se debía a que se había enterado de la gravedad de su situación y de las
consecuencias que se podían derivar de su comparecencia [7]. Este sufrimiento
se refleja en una carta escrita por Celeste tras la primera sesión ante el Santo
Oficio: “Quién sabe, señor, si mientras estoy aquí escribiendo no habréis sido ya
aliviado de vuestra situación y estaréis por completo libre de preocupaciones. Así
lo quiera el Señor, que debe ser el único que os consuele y bajo cuya protección
os dejo” [8].
De todas formas, cabe aclarar que el trato a Galileo fue impecable, pues
residía en uno de los aposentos del Vaticano, de tres habitaciones, y no en un
calabozo [7].
Celeste también le mandó a su padre una carta donde indicaba que el Señor
Geri, el secretario particular del gran duque Ferdinando II, se había llevado de
casa de Galileo, por orden de ella, los escritos que le pudieran comprometer en
un hipotético proceso de inspección por parte de la Inquisición. El cariño que le
profesaba era tan grande que se arriesgaba a que le acusaran de cómplice [24].

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Citaron a Galileo para el primer interrogatorio tres meses después de llegar
a Roma. Estaban presentes el comisario del Santo Oficio, Vincenzo Maculano; el
padre Sincero, fiscal, y una monja escribana.
En el primer interrogatorio Galileo salió bastante bien parado y Niccolini
pensaba incluso en su salvación. Sin embargo, el Diálogo seguía despidiendo un
nítido olor a herejía, aún a pesar de que exhibiera el imprimatur. Así que el
comisario Maculano conversó en privado con Galileo durante unas horas y
consiguió convencerlo de que se había equivocado en la redacción del libro.
Por consiguiente, en el segundo interrogatorio Galileo confesó: “Mi error
ha sido, por tanto, el de la vanidosa ambición, ignorancia pura e imprudencia”.
No obstante, el científico no se retractaba del todo como deseaba el tribunal,
pues ilusamente pensaba que el conflicto quedaría resuelto con añadir, como
corrección, dos jornadas más al Diálogo.
En la tercera comparecencia Galileo argumentó que en 1616 no se le indicó
que no podía de ningún modo enseñar la doctrina copernicana, y mostró el papel
que refrendaba esa explicación. Pero el tribunal disponía de la amonestación de
Bellarmino, clara y tajante.
Luego Galileo pidió misericordia, sobre todo por su difícil estado físico y por
las calumnias que proferirían sus opositores.
Al terminar le permitieron ir al palacio de Firenze, donde esperó a que el
tribunal emitiera el informe definitivo. De sus amistades falló el duque
Ferdinando II, quien dejó de sustentarle económicamente a partir de ese
momento. Ante esta contrariedad, el embajador toscano Niccolini asumió los
gastos, un gesto loable porque ponía en juego su reputación al apoyar a una
persona caída en desgracia.
A continuación, el sabio se presentó por cuarta vez ante el Santo Oficio y
oyó la sentencia: “Sois declarado altamente sospechoso de herejía,
principalmente por haber sostenido y creído en la doctrina, que es falsa y
contraria a la Sagrada Escritura, de que el Sol es el centro del mundo y no se
mueve de Oriente a Occidente, y que la Tierra se mueve y no es el centro del
mundo” [8].
A Copérnico no lo habían considerado hereje, mientras que a Galileo le
dijeron que era altamente sospechoso de herejía. Le pidieron que quedara
recluido en el Santo Oficio y que leyera cada semana los siete salmos
penitenciales que aparecen en la Biblia, tarea que tres meses más tarde se ofreció

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a asumir su hija para liberar a su padre de esta pequeña carga, que para alguien
instruido como Galileo resultaba de sencillo cumplimiento.
Solamente no estuvo de acuerdo Galileo con dos apartados del texto que
debía leer como abjuración: que había obrado con engaño para obtener el
imprimatur del Diálogo y que había cometido un desliz en su conducta de buen
católico al escribir un volumen en el que se presentaban argumentos a favor de la
doctrina copernicana, condenada desde hace años por la Iglesia.
A continuación, en la Basílica de los dominicos de Roma, de rodillas, con
hábito blanco, abjuró del credo copernicano.
La leyenda de que al salir del templo Galileo pronunció las siguientes
palabras refiriéndose a la Tierra: Eppur si muove —Sin embargo, se mueve—,
apareció por primera vez un siglo después de su muerte [25]. Por otra parte,
parece poco creíble que, con el grado de abatimiento y humillación en que se
encontraba inmerso, se le ocurriera proferir una expresión como esa.
El Diálogo entró a formar parte en 1664 del Índice de libros prohibidos por
la Iglesia, aunque no se pudo frenar su expansión en el extranjero. En 1835, un
siglo y medio más adelante, se quitó de la lista negra [8], aunque ya en 1758 se
había dado un primer paso con la retirada el Índice de todas las obras
procopernicanas menos las de Copérnico, Kepler y Galileo [2]. Este cambio de
posicionamiento tan tardío no es extraño si se tiene en cuenta que hubo que
esperar hasta el año 1729 para que el astrónomo inglés James Bradley ofreciera,
con una publicación en la Royal Society de Londres, una prueba evidente del giro
de la Tierra alrededor del Sol. Había descubierto la aberración de la luz, un
fenómeno que provoca una variación de la posición aparente de las estrellas en el
firmamento, al sumar la velocidad finita de la luz a la de nuestro planeta en torno
al Sol. El cómputo de esta adición varía porque la magnitud y la dirección del
vector velocidad de la Tierra cambian conforme el globo terráqueo gira alrededor
del astro rey. Así que la localización de las estrellas experimenta un
desplazamiento que se repite cíclicamente con periodo de un año.
Por otra parte, el movimiento de la Tierra en torno a sí misma se selló
principalmente mediante dos experimentos. En 1791 el sacerdote Giovanni
Battista Guglielmini constató que los cuerpos en caída vertical asumen un
pequeño desplazamiento horizontal con una demostración que realizó en la
Torre de los Asinelli en Bolonia. Y en 1851 se aportó otra prueba contundente de
que la Tierra gira en torno a sí misma con el péndulo de Foucault, que se

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balancea libremente durante horas y que va cambiando su plano de oscilación
debido al movimiento de nuestro planeta.
Galileo avanzó un amplio terreno en el camino hacia la verificación de los
dos movimientos terrestres, traslación y rotación, pero se precipitó al incluir su
teoría de las mareas como prueba de que la Tierra se movía. Por eso la comisión
que le juzgó adoptó una postura conforme al método experimental que
empleamos hoy: la posición copernicana no poseía una base sólida y un cambio
de la visión científica era injusticado [26]. Curiosamente acertaron en el campo
de la Ciencia y se equivocaron en la Teología, mientras que Galileo hizo lo
contrario: su idea de interpretar la Biblia no literalmente era correcta y su
método experimental fallaba [27].
Por otra parte, ¿qué habría pasado si la Iglesia se hubiera precipitado en
aceptar el sistema copernicano y luego hubiera sucedido que era falso? De hecho,
hoy sabemos que el Sol tampoco es el centro del Universo, pues gira alrededor
del centro de la Vía Láctea, y ésta a su vez se mueve. Por eso afirma Luigi Negri,
arzobispo de Ferrara (Italia): “La Iglesia, cuando se posiciona sobre un tema,
parte del gran principio fundamental de que la última verdad no es toda la
verdad, evitando así cualquier forma de histeria intelectual” [26].
Cabe añadir que la condena fue del Santo Oficio, no de la Iglesia. Ni
siquiera firmó el Papa el documento, sino solo siete de los diez cardenales que
supervisaron el asunto. Por eso no se rompió la infalibilidad papal, que por cierto
fue promulgada mucho después, en 1870, y que se considera cuando el Papa
habla ex cathedra sobre materia de fe o de moral, algo que no pasó en el caso
Galileo.
Tras la abjuración, que tuvo lugar el 22 de junio de 1633, el sabio
permaneció en la embajada toscana en condición de arresto domiciliario —no lo
metieron finalmente en la cárcel— y Niccolini pidió al Papa que Galileo volviese a
Florencia. No se le concedió ese permiso pero sí se le permitió partir hacia Siena,
donde permaneció hasta 1634 en los aposentos del arzobispo Piccolomini.
Niccolini relata que, al partir de su palacio, veía al genio más muerto que vivo. Se
le escuchó gritar, murmurar y divagar absorto.
El arzobispo de Siena, que apreciaba a Galileo, lo recuperó mediante la
asignación de trabajos que lo hicieran sentirse útil. Le pidió, por ejemplo, ayuda
para resolver el enigma de un fallo en la fundición de una gran campana. Los
operarios habían utilizado dos moldes de arcilla: uno para dar forma a la parte

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interior de la campana, y otro para la parte exterior. Al verter el líquido entre los
dos moldes, uno de ellos se había elevado por arte de magia y el grosor de la
campana no había resultado el deseado. Galileo atribuyó el fenómeno a la
flotación de los cuerpos, y enseñó a los paisanos que sobre el mercurio, de una
gran densidad, pueden flotar objetos pesadísimos. Galileo aconsejó en un nuevo
intento sujetar mejor los moldes de arcilla, y la segunda campana se construyó
perfectamente. Galileo comenzaba a sentirse de nuevo como un erudito lejos del
debate del giro de la Tierra alrededor del Sol. Solo le faltaba volver a ver a su hija.

55
1.7 Reencuentro con su hija Celeste

La hija de Galileo, Celeste, que había sufrido mucho con el juicio, se


alegraba de que su anciano padre se dedicase a la ciencia, aunque le prevenía
sobre volverse a meter en problemas [8].
Ambos anhelaban el reencuentro, pero la estancia en Siena se prolongó por
espacio de un año. Para aliviar esta espera sucedieron dos alegres noticias. La
primera es que la epidemia de peste se terminó —este era uno de los motivos que
impedía el regreso de Galileo a Arcetri—. Según Ferdinando II, el duque de
Toscana, fue gracias a la Virgen de Impruneta, a la que los toscanos se
encomendaron. La llegaron a meter en el convento de Arcetri, donde vivían las
hijas de Galileo. La segunda buena nueva fue que las religiosas del convento
recibieron una herencia que les permitió prescindir de la ayuda económica de
Galileo.
El genio italiano, que solía sufrir ataques de melancolía, se sentía a veces
desdichado por haber mancillado su reputación. Su hija lo consolaba: nadie es
profeta en su tierra, venía a decirle. Este comentario se confirmaba con el hecho
de que contaba con admiradores franceses de la talla de Descartes y Fermat, que
entonces tenían de treinta y dos y treinta y siete años de edad respectivamente.
No digamos hoy, pues el sistema de navegación de Europa se llama Galileo y una
de las sondas más importantes que se han enviado al espacio ha recibido su
nombre. ¿Hubiera podido imaginar el genio de Pisa un futuro así?
Mientras tanto, Piccolini informaba a Roma sobre su inquilino. Lo
describía como un recluso modélico y comentaba que despreciar a Galileo, una
mente tan brillante, tendría malas consecuencias, un vaticinio que terminó
cumpliéndose. Por desgracia, Urbano VIII no atendió sus sagaces consejos y se
obstinó en perseguir a Galileo. Su visto bueno para que quedara recluido en
Arcetri no se debió al anhelo del sabio por situarse cerca de Celeste, sino al deseo
del Sumo Pontífice por trasladarlo a un lugar donde ejerciera una menor
influencia sobre la sociedad italiana. Posteriormente, el Papa publicó una
advertencia de que no se reimprimieran las obras anteriores al Diálogo, lo que
suponía enterrar científicamente a Galileo, que sufrió mucho por aquella
decisión. Pero su fama era imparable y sus escritos se seguían difundiendo [8].
Al llegar a Arcetri, en 1634, el anciano padre pudo materializar el ansiado

56
sueño de reencontrarse con su querida hija. Desafortunadamente la alegría duró
poco. Celeste murió de disentería —las infecciones debido a la mala calidad del
agua y de la comida eran frecuentes—, lo que afectó muchísimo a Galileo, que
por otra parte se hallaba en condición de arresto domiciliario perpetuo a
excepción de un permiso para visitar el convento donde ahora ya solo vivía su
otra hija Livia. Además, incomprensiblemente el hijo del inventor italiano se
marchó en peregrinación a Loreto y abandonó a su padre en un momento tan
delicado.
Con todo, Galileo recibió la recompensa por tantos esfuerzos económicos
en favor de sus hermanos en el pasado. Anna Chiara Galilei, su cuñada viuda, se
llevó a sus hijos para vivir en su casa. Después se quedó con Alberto, uno de los
hijos Anna Chiara. Y más tarde, en solitario, Galileo se entregó de lleno a trabajar
en su obra maestra.

57
1.8 Coronación científica de Galileo con su Diálogo
sobre las dos nuevas ciencias

A pesar del fracaso que supuso para Galileo ser condenado por el Santo
Oficio, a la postre salió ganando porque se le aplacó el orgullo, un rasgo
incompatible con un cristiano que desee entrar en el cielo, mientras que en el
terreno científico se dedicó en especial a un tema que ya había abordado en
diversas ocasiones a lo largo de su vida: el movimiento de los cuerpos —
recordemos por ejemplo la anécdota de su lanzamiento de bolas de diferente
peso desde la torre de Pisa—.
Aunque las unidades de medida en Italia eran muy imprecisas, ya en su
etapa de finales del siglo XVI como profesor en la Universidad de Pisa se las
había arreglado para crear su propio sistema con el que rebatir a quienes echaban
en cara a Galileo que había pequeñas diferencias en la velocidad de caída de los
objetos.
Diseñó un plano inclinado por el que hacía deslizar una bola. Calculaba el
tiempo vertiendo agua en un recipiente a la vez que caía la bola. Pulió la rampa
para reducir al máximo el rozamiento, un efecto que se producía durante la caída
vertical por culpa del aire. Sobre esta base pudo demostrar de manera definitiva
que los cuerpos adquieren la misma velocidad independientemente de su peso,
porque la aceleración que experimentan es constante. Newton recogería esta
noción en su ley de la gravitación universal, donde la aceleración es la de la
gravedad de la Tierra: 9.8 m/s2 (metros por segundo al cuadrado). Por otro lado,
dedujo que la distancia que recorre un objeto durante su caída es proporcional al
cuadrado del tiempo que transcurre desde su lanzamiento hasta su impacto. Por
ejemplo, si tarda el doble en alcanzar su objetivo la distancia recorrida por el
mismo se cuadruplica, porque la velocidad instantánea es proporcional al tiempo
transcurrido. Galileo representa esta idea de forma geométrica en la Figura 6.

58
Figura 6: Descripción geométrica de la evolución de la velocidad instantánea con el tiempo. La línea
vertical AO es el tiempo, y las horizontales que cortan la diagonal AP representan el tiempo en cada
instante. Publicado en el “Diálogo sobre las dos nuevas ciencias”.

59
Sobre esta ley conviene apuntar que ya había sido formulada en el siglo
XIV por Nicolás Oresme y la escuela de Oxford [28]. Sin embargo, a Galileo
corresponde también el gran mérito de demostrarlo combinando teoría con
experimentos, a la vez que lo presentó con rigor y claridad en sus inigualables
explicaciones.
Galileo regresó también durante su arresto domiciliario a sus estudios
sobre proyectiles, un tema donde su contribución más importante fue el
descubrimiento de que la ruta seguida por un proyectil se puede describir
mediante una parábola y que la trayectoria se divide en una componente
uniforme de propulsión y una acelerada de caída. Para llegar a esta conclusión
desarrolló las ecuaciones matemáticas que describen dicho movimiento, lo que le
permitió deducir que el ángulo de disparo con el que el se obtiene un alcance
máximo es 45º [29].
Mientras los partidarios de la filosofía aristotélica negaban que existiera
una relación entre la Física y las Matemáticas, Galileo les contradecía con toda
clase de pruebas evidentes, porque se basaba en el estudio de entidades
cuantificables como el tiempo, la distancia o la aceleración. Así certificaba la idea
que propone en El Ensayador: que el universo está escrito en el lenguaje de las
Matemáticas. Y afirmaba con razón: “Se abrirá una puerta y un largo camino para
la ciencia, vasta y magnífica en la que las mentes más penetrantes que la mía
desvelarán secretos aún más profundos” [8].
Con todos estos avances estaba fundando la Dinámica [10], una disciplina
que, junto con la Resistencia de Materiales, presentaría en 1638 en su obra
maestra: Consideraciones y demostraciones matemáticas sobre dos nuevas
ciencias, conocido como Diálogo sobre las dos nuevas ciencias.
Todo esto lo logró sin un reloj, así como su admirado Nicolás Copérnico
intuyó el sistema solar sin telescopio.
En cuanto a la segunda ciencia recogida en este libro, la Resistencia de
Materiales, su mayor contribución fue la ley cuadrático cúbica, basada en que
cuando un objeto crece en tamaño, su volumen se incrementa al cubo del factor
de crecimiento mientras que la resistencia lo hace al cuadrado, lo que tiene
importantes consecuencias en Ingeniería y Biomecánica. Por ejemplo, cuando
un objeto aumenta su tamaño por dos, el volumen se multiplica por ocho y la
resistencia por cuatro. Siguiendo esta progresión se comprende por qué los
castillos de arena no pueden alcanzar un tamaño ilimitado.

60
Asimismo, introdujo el concepto de infinitesimal, del que se le considera
precursor junto con otros autores como su discípulo Bonaventura Cavalieri
[10,30]. La importancia de los infinitesimales estriba en que abrieron las puertas
al cálculo diferencial (relacionado con la velocidad de cambio de las curvas y su
pendientes) y al integral (asociado a la acumulación de cantidades y las áreas que
hay entre las curvas).
En este nuevo Diálogo aparecían los mismos personajes de su anterior
libro con un carácter mucho más moderado. Además, parte del texto estaba
escrito en latín, tal y como solía ser la forma ortodoxa de proceder entonces (sus
anteriores volúmenes los había escrito, de acuerdo con su carácter poco
disciplinado, en italiano).
Galileo se las arregló para, por mediación de Fulgencio Micanzio, discípulo
del viejo amigo veneciano de Galileo Paolo Sarpi, enviar el Diálogo sobre las dos
nuevas ciencias a un país protestante como Holanda, en el que este manuscrito,
lejos de la censura, se publicó en 1638 [8].

61
1.9 Una ceguera que le ayudó a ver el Cielo

Poco a poco se fue apagando la energía vital del Galileo. Ya en 1637 se había
quedado ciego de un ojo, pero aún pudo calcular el diámetro de determinadas
estrellas y la distancia entre algunos cuerpos celestes. También descubrió la
libración de la Luna [6,8], una serie de movimientos oscilatorios que presenta el
disco lunar con respecto a un observador ubicado en la Tierra. Y luego, en 1638,
quedó completamente ciego. Este hecho, unido a su frágil salud, motivó que
Galileo suplicara al Santo Oficio acudir a Florencia para que lo atendiera un
médico. Durante su estancia en la capital de la Toscana todavía se le sometió a
Galileo a un estricto control que le impedía salir de la casa donde se alojaba. El
inquisidor Fanano, quien supervisó la estancia de Galileo, escribió por carta al
cardenal Barberini que el estado del científico era tan precario, debido a su
ceguera y demás dolencias, que no había que temer nada por él [6]. No obstante,
a pesar de su invalidez, no dudó en suplicar a la Inquisición un permiso para que
lo llevaran a Misa, una petición que se le concedió [22]. ¡Qué prueba de fidelidad
a Cristo, con quien quería encontrarse en el Sacramento de la Eucaristía!
Más tarde, Galileo regresó a Arcetri, donde le visitaba un sacerdote una vez
al mes. Si bien inicialmente se había lamentado por su ceguera: “ese cielo, esa
tierra, ese universo que con mis descubrimientos y demostraciones he
agrandado cien mil veces [...] se reduce al pequeño espacio que alcanzan mis
sensaciones corporales”, al hacerse consciente de lo irreversible de su condición
mudó este acceso de orgullo por una humilde petición a sus amigos de oraciones
por él [6]. Así se preparaba para surcar el otro universo; el que aún no habían
divisado sus ojos.
A finales de 1638, recibió a un fiel escudero: Vincenzo Viviani, quien le
acompañó hasta su muerte. Después lo visitaron, entre otras personalidades, el
célebre Evangelista Torricelli, inventor del barómetro, y el padre Castelli, con
quien vivió en la Corte de Florencia años atrás. Este último se encargó de decir
Misa por Galileo todas las mañanas hasta que falleció [8].

62
1.10 El carácter de Galileo

Su hijo Vincenzo, que a su vez lo acompañó en sus últimos días, describe a


Galileo “como jovial, que odiaba la mentira porque con la matemática había
llegado a la verdad. Se enfadaba aunque se recuperaba rápido” [8]. Este último
rasgo lo conocía muy bien, pues durante su vida había disgustado en varias
ocasiones a su querido padre: había malgastado su dinero durante sus años de
estudiante en Pisa y, durante la epidemia de peste que acaeció hacia 1630, le
había abandonado al dejarle la responsabilidad de cuidar de su nieto, un
comportamiento que había disgustado a Celeste. Pero Galileo había perdonado a
su hijo por todo esto.
También Vincenzo Viviani lo describe de forma similar, y añade su amor
por la naturaleza, lo que no significaba una huida para aislarse del mundo. Todo
lo contrario. No comía nunca en solitario. Le gustaba conversar. Y destaca su
afán por explicar las materias a sus alumnos hasta que lo entendieran todo bien,
motivo por el que sus estudiantes lo consideraban más un amigo que un
profesor, y su sociabilidad, una virtud que hacía que se le echara en falta cuando
no se contaba con su presencia y gracias a la que cosechó un gran número de
amistades.
Por último, resaltaba su gran sabiduría. Marsili, profesor de la universidad
de Pisa confiesa que en tres meses con Galileo aprendió más que en años de
otros hombres, y Ciampoli, el confidente del Papa, escuchaba a su maestro como
un oráculo [6].
Sin embargo, bastantes biógrafos coinciden en que Galileo era conflictivo y
engreído. ¿Cómo conciliar estas dos descripciones tan diferentes?
Lo cierto es que, a pesar de que sostuvo acaloradas disputas con
investigadores como Grassi o Scheider, Galileo cosechó excelentes amistades en
la Corte de Florencia —Castelli, Ferdinando II y Cesi— y en Venecia —Sarpi y
Sagredo—. Por no hablar de Urbano VIII, con quien mantuvo una relación de
amistad como la de un hijo con su padre hasta que el Papa sucumbió influido por
los rumores y habladurías, y pasó a convertirse en su enemigo.
La raíz de los conflictos de Galileo se sitúa en su progenitor. Vincenzo
Galilei fue un compositor e instrumentista que sufrió mucho en una sociedad
que defendía la música de corte religioso y basada en el órgano, mientras que él

63
prefería el laúd y los clásicos griegos. Así que sembró en su hijo una obsesión: la
de luchar contra quienes apoyaban posturas sin razonamiento lógico. Su hijo
reprodujo este comportamiento en el campo de la ciencia, y en especial en la
Astronomía, donde Galileo estaba convencido de que la teoría correcta era la
copernicana. De ahí se explica que se enfrentara a los jesuitas Grassi y Scheider,
defensores de la teoría de Tycho Brahe, a la vez que se llevó bien con los famosos
Kepler y Clavio. El primero era procopernicano y el segundo, no estando de
acuerdo con todo, veía correctos algunos de sus argumentos.
Los dos reveses que experimentó Galileo, la amonestación de 1616 y el
juicio y condena de 1633, le sirvieron para modelar su carácter, mucho más
brusco durante su juventud. El primer golpe no lo logró del todo, y el segundo le
tumbó. En ambas ocasiones podía haber apostatado, pero Galileo mostraba una
fe filial y firme en la Iglesia como institución divina y, a pesar de toda la
humillación que sufrió, aceptó como un cordero el destino de su arresto
domiciliario durante sus últimos años de vida. Su ardiente adhesión a la fe
católica queda patente en una carta del 21 de febrero de 1636, dirigida al
astrónomo y botánico francés Fabri de Peiresc, una de sus numerosas amistades
[6]:
“Dos cosas me reconfortan en todo momento. Una es que leyendo todas
mis obras no hay quien pueda encontrar la más mínima sombra de alguna cosa
que se aparte de la piedad y de la reverencia a la santa Iglesia; la otra es el
testimonio de mi propia conciencia, que solo Dios en el Cielo y yo en la Tierra
conocemos a fondo. Él sabe, además, que en la causa que sufro muchos han
podido precederme hablando más sabiamente que yo, pero nadie, ni siquiera los
santos padres, han hablado con más piedad y mayor celo hacia la Iglesia que yo”
[8].

64
1.11 Después de la muerte de Galileo

Tras el fallecimiento de Galileo, el 8 de enero de 1642, Urbano VIII siguió


con su enemistad. No autorizó al gran duque Ferdinando II a erigir un mausoleo
al genio, aunque sí conviene aclarar que tuvo cierta piedad y antes de su muerte
envió sus bendiciones al hombre agonizante, quien fue finalmente enterrado en
suelo bendecido en Florencia, en la iglesia de Santa Croce [10].
Viviani, el más fiel discípulo de Galileo, se convirtió más tarde en el
matemático de Ferdinando II y en 1656 publicó las obras completas de Galilei sin
el Diálogo. Luchó mucho por defender la memoria de Galileo. Pero no pudo ver
construido un monumento para su mentor. Hubo que esperar a 1737. Cuando
decidieron trasladar los restos se halló una sorpresa. Había dos ataúdes con
huesos. Unos pertenecían a un anciano. Otros a una persona joven. Así que en la
Santa Croce de Florencia están enterrados Celeste y Galileo, como lo deseó
Vincenzo Viviani.
El paso de los años ha hecho justicia a la figura de Galileo Galilei,
considerado como uno de los grandes de la historia. Dos de los científicos más
famosos del siglo XX y XXI le rinden homenaje. Stephen Hawking reconoce que
“los eruditos han sostenido durante mucho tiempo que con su libro Diálogo
sobre las dos nuevas ciencias anticipó las leyes del movimiento de Isaac
Newton”, mientras que Albert Einstein opina que Galileo es el padre de la Física
moderna, o de la ciencia moderna [31].
También la Iglesia ha querido reparar la memoria de esta celebridad. El
sábado 31 de octubre de 1992, el Papa Juan Pablo II recibió en la sala regia del
Palacio Apostólico del Vaticano a la Academia Pontificia de las Ciencias para
resolver el caso Galileo. Inicialmente habló el cardenal Paul Poupard de Francia,
director de la Comisión de Absolución de Galileo. Poupard afirmó que, “por un
lado, la actuación del cardenal Bellarmino resultó correcta en cuanto a que
Galileo no disponía de pruebas concluyentes en favor del movimiento de la
Tierra. Cuando se dispuso de ellas se autorizó a publicar las obras completas del
sabio italiano. Sin embargo reconoció que, en una coyuntura histórico-cultural
muy alejada a la nuestra, los jueces de Galileo, incapaces de disociar la fe de una
cosmología milenaria, creyeron, muy equivocadamente, que la adopción de la
revolución copernicana, que por lo demás no había sido probada

65
definitivamente, podía quebrar la tradición católica, y que era su deber prohibir
su enseñanza. Este error subjetivo de juicio, tan claro para nosotros hoy día, les
condujo a una medida disciplinaria a causa de la cual Galileo debió sufrir mucho.
Es preciso reconocer lealmente estos errores.”
A continuación, el entonces Papa Juan Pablo II pronunció un discurso que
completó la introducción del cardenal Poupard y en el que animó a una
convivencia armoniosa entre la dimensión vertical y la horizontal del hombre, en
otras palabras, su relación con Dios y el avance científico-tecnológico. En estas
dos dimensiones, la horizontal y la vertical, el hombre se realiza plenamente
como ser espiritual y como homo sapiens [32].

66
67
2. Maria Gaetana Agnesi: “la matemática de
Dios”

El papel de algunas mujeres resultó fundamental en las vidas de los genios


que describo en esta obra. En el caso de Galileo, contó con el constante apoyo de
su hija Celeste. En cuanto a Volta, Pasteur y Lejeune, se casaron con virtuosas
esposas.
Sin embargo, también se pueden hallar insignes figuras de mujeres que
han participado en el mundo de la ciencia como actrices principales.
Maria Gaetana Agnesi se sitúa como una de ellas. Es una matemática del
siglo XVIII que logró la cátedra en la prestigiosa Universidad de Bolonia, la más
antigua de mundo.
¿Cómo? ¿Es posible que hace unos trescientos años, en una Europa
dominada por los hombres, pueda existir una científica célebre? ¿Se tratará de
una excepción?
Qué sorpresa será comprobar que el de Gaetana no constituye un caso
aislado en aquel siglo. En esa época, y más concretamente en Italia, se hallan
figuras femeninas, entre las que cabe mencionar a una brillante física, Laura
Bassi, a una literata, Francesca Manzoni, y a una virtuosa música, Maria Teresa
Agnesi —hermana de Maria Gaetana—.
Este hecho singular se debe a que en la Italia de aquella época, bajo el
papado de Benedicto XIV y el amparo de un movimiento reformador
denominado Ilustración católica, se apostó con claridad por las mujeres [33]. Fue
un caso único en Europa, una prueba de que en el marco de la Iglesia, hace ya
varios siglos, se dieron los primeros pasos decisivos hacia la integración de la
mujer en todos ámbitos del saber, algo para cuya culminación habría que esperar
al siglo XX, donde encontramos a un gran número de mujeres célebres: Marie
Curie, ganadora del Premio Nobel de Química y de Física, Rosalind Franklin, que
captó la primera imagen del ADN obtenida mediante difracción de rayos X, lo que
sirvió para descubrir posteriormente la estructura helicoidal del ADN, o la
conversa católica Gerty Cori, Premio Nobel por descubrir el ciclo que lleva su

68
apellido, consistente en la circulación de glucosa y lactato entre el hígado y los
músculos.
El mayor mérito de Gaetana fue su obra maestra Instituzioni Analitiche, el
primer libro completo de cálculo, que arrancó aplausos en toda Europa. A modo
de ejemplo, la Real Academia de Ciencias de París afirmó: “Es el tratado más
completo, el mejor que se ha hecho en este género” [34].
Uno de sus biógrafos, el profesor de Historia en la Universidad de Berkeley
Massimo Mazzotti, sabe destacar lo que a mi juicio es su mayor singularidad: la
preciosa unidad que estableció entre las Matemáticas y Dios creador. Por este
motivo eligió como título para su libro: The World of Maria Gaetana Agnesi:
Mathematician of God, El mundo de Maria Gaetana Agnesi, matemática de Dios.
Me pareció tan hermoso que decidí adoptarlo como encabezado para este
capítulo.
Con respecto a la relación entre Dios y la ciencia, nunca se me olvidará una
clase de un profesor de mi colegio en la que explicaba las ecuaciones que rigen el
movimiento de los planetas. En concreto describía la ley de la gravitación
universal de Newton. Se detuvo a reflexionar sobre el curioso hecho de que la
gravedad es inversamente proporcional al cuadrado de la distancia.
—¡Depende de la distancia elevada a dos! —exclamó—. No es 2.2, ni 2.7, ni
1.8. ¡Es 2! Desde entonces, me he enfrentado a numerosos problemas físicos y de
ingeniería que se describen mediante sencillas o complejas ecuaciones y me
fascina esa prodigiosa relación entre el mundo real y el de las matemáticas.
También me maravilla la belleza de algunas expresiones, como la famosa
serie de Leibniz:

Asombroso ¿De dónde sale el número π


Gaetana llegó aún más lejos. Habiendo nacido con un don privilegiado para
entender la más perfecta de las ciencias, aportó un enfoque místico a las
Matemáticas. Por ejemplo, indicaba que potencia determinadas aptitudes como
la capacidad de concentración, cualidad esencial para poder contemplar a Dios y
dialogar con Él de una manera más sencilla.

69
Figura 7: Retrato de Maria Gaetana Agnesi, por Bianca Milesi Mojon (1836).

Unos problemas de salud que la aquejaron cuando estaba en la cima de su


carrera, unido a una serie de circunstancias familiares y el hecho de que ya desde
hacía años le apasionaba el ejercicio de la caridad, hicieron que se decantara por
entregar su vida completamente a la asistencia de sus hermanos desheredados y
a la oración. Así, descubrió el rostro de Dios a través de un objeto diferente a las
Matemáticas, en las personas que acompañaba en su sufrimiento. Tras muchos
años de sacrificios, Gaetana se encaminó al cielo. Como prueba de sus virtudes, a
finales del siglo XX un movimiento en Milán ha promocionado su proceso de

70
canonización sin que este haya llegado a término [35,36].
Actualmente se recuerda la figura de esta matemática por una famosa curva
que lleva su apellido: “la bruja de Agnesi”. ¿Por qué motivo se eligió este extraño
nombre?
La curva apareció por primera vez en un trabajo de matemático francés
Fermat, y más adelante el monje y matemático italiano Guido Grandi la
construyó y bautizó en latín como versoria (proveniente del verbo vertere, “virar,
girar”), y en italiano como versiera, coincidiendo con el término naval que
identifica la cuerda que hace girar la vela. Agnesi utilizó la curva en su obra
cumbre Instituzioni Analitiche, y aclaró que no era suya. Como su libro estaba
escrito en italiano, le añadió el artículo femenino y la convirtió en “la versiera”.
Sin embargo, años mas tarde, el matemático inglés John Colson confundió la
versiera con l’avversiera, que en italiano significa “diablesa o bruja”, y por tanto le
dio el nombre l’avversiera di Agnesi (la bruja de Agnesi). De ahí que al inglés
pasó como “the witch of Agnesi” [37]. Sorprendentemente, una mujer que se
comportó durante su existencia como un ángel viene acompañada por el término
bruja en una curva dedicada a su memoria. Alguien que desconozca el tema
puede llegar a pensar que se trata de un personaje maléfico, que practicaba
conjuros secretos, cuando fue precisamente de lo contrario.
Recorramos ahora los aspectos más sobresalientes de la apasionante vida
de la matemática de Dios.

71
2.1 Entorno social y religioso

Maria Gaetana Agnesi nació el 16 de mayo de 1718 en Milán, la capital de


Lombardía, una región cuyo motor económico a mediados del siglo XVIII era la
agricultura, la industria de la seda y el comercio [38]. Milán albergaba, para una
población de ciento veinte mil habitantes, doscientos templos, numerosos pia
loca (lugares piadosos como instituciones religiosas y de caridad), trescientos
conventos, cincuenta monasterios para mujeres y casas de casi cuarenta órdenes
religiosas [33]. En definitiva, aquella localidad respiraba catolicismo por los
cuatro costados como prácticamente ninguna población de nuestros tiempos, de
ahí que la familia de Gaetana se impregnara de este ambiente de entrega a Dios
(al menos cuatro de sus hermanas ingresaron en un monasterio).
Su padre, Pietro Agnesi, y su madre, Anna Brivia, contrajeron matrimonio
en la parroquia de San Nazaro, donde, aún hoy en día, el turista que visite el
interior de la iglesia puede encontrar una biografía de Maria Gaetana Agnesi
[33]. Como es de suponer, la descripción de nuestra protagonista en dicho
escrito se centra más en sus virtudes humanas y espirituales que en sus méritos
científicos. Al fin y al cabo, la Iglesia no selecciona a sus héroes por los logros
terrenales, como a menudo hacen otras instituciones.
Los Agnesi, además de buenos parroquianos, entablaron una estrecha
relación con la orden de los Clérigos Regulares, conocidos como teatinos. Prueba
de ello es que Pietro eligió, como guía espiritual para su hija de siete años, al
Padre Giuseppe Maria Reina, miembro de esta orden, quien acompañaría a
Gaetana durante veinticinco años.
La orden de los Clérigos Regulares la había fundado dos siglos antes san
Gaetano Thiene (en español san Cayetano de Thiene), un sacerdote del siglo XVI
muy vinculado a la reforma de la Iglesia, que pasaba por una profunda crisis y
que acababa de sufrir la escisión protestante bajo el liderazgo de Martín Lutero.
La solución que propuso Gaetano fue regresar a la pureza espiritual de los
primeros cristianos. Para este fin los teatinos tendrían especial cuidado de las
almas, de la administración de los Sacramentos, de la predicación y de la vida
litúrgica. También cumplirían con los tres votos clásicos de pobreza, castidad y
obediencia [39].
La Iglesia católica se apoyó en la labor de los teatinos para recuperarse

72
durante los años siguientes. Con todo, aún en la época de los Agnesi eran
necesarios los servicios de estos frailes y de otras órdenes religiosas para
mantener vivos los ideales reformadores. Aunque la sociedad italiana era
profundamente religiosa, la práctica se había vuelto sobrecargada, con
demasiados adornos que en ocasiones desdibujaban la esencia cristiana y
desembocaban en devociones que rayaban la superstición. Conviene recordar
que son tan solo medios para orar, no fines en sí mismos. Por eso los teatinos,
los somascos, piaristas, dominicos, benedictinos y algunos jesuitas respaldaban
una espiritualidad más sencilla y fundamentada en la razón y el intelecto como
medios para guiar la voluntad hacia una vida espiritual perfecta [33]. Para ello
fomentaban el estudio de sabios modernos: Descartes, Malebranche y Newton, y
dejaban en un puesto secundario a la metafísica aristotélica, cuyos errores en
materia científica se iban demostrando a través del método experimental.
Este cambio no significaba que creyeran que la tradición fuera un obstáculo
para el avance del mundo. Aspiraban más bien a una reforma de los medios en
que se producía el conocimiento: volver la mirada a la ciencia moderna sin que
ese acercamiento suponga dejar de creer en los dogmas de la fe católica.
Los anteriores principios encontraron eco en muchos laicos influyentes de
diversas profesiones: pintores, músicos, escritores, y científicos se contagiaron
de esta ansia por reformar la Iglesia en una época de la historia en la que se
estaba desencadenando en Europa una revolución del saber conocida como
Ilustración. Desafortunadamente se ha extendido la percepción de que la religión
se opone a este movimiento. No obstante, varios autores demuestran que en el
Viejo Continente, durante todo el siglo XVIII y los comienzos del XIX, se podía
conciliar la fe con las nuevas nociones, lo que ha recibido el nombre de
Ilustración católica [33,40,41].
Cabe señalar que, al contrario que otro movimiento de la época, el
jansenismo, los ilustrados católicos siempre estuvieron en comunión con el Papa
y no emprendieron debates teológicos. Deseaban transformar la Iglesia sin
socavar los fundamentos que la sostienen, y les caracterizaba un humanitarismo
cristiano basado en conjugar el ascetismo espiritual con la acción caritativa,
convirtiendo el cristianismo en una fuerza que transforme la sociedad, en el
sentido más puramente evangélico [33], muy en línea con los postulados del
futuro Concilio Vaticano II.
Nuestra protagonista, que tuvo un guía espiritual alineado con la

73
Ilustración católica, fue absorbiendo durante años los aires frescos de esta
reforma eclesial. Ese espíritu innovador marcó profundamente su carácter y sus
ideales.
En cuanto al terreno social que rodeaba a Maria Gaetana, existía una
jerarquía muy rígida. Los patricios, la clase dominante, controlaban el senado y la
administración pública, que eran los órganos de poder. También extendían su
radio de acción a la Iglesia de Milán, hasta el grado de influir en la elección del
arzobispo. Esta situación se había mantenido así incluso a pesar de que el
imperio español, en el siglo XVII, y los Austrias, en el XVIII, habían intentado
reducir el poder de las familias aristócratas.
Solo en contadas ocasiones se podía entrar a formar parte de esta
oligarquía, por ejemplo, si se había acumulado mucha riqueza durante un largo
tiempo, una condición que podía cumplir otra clase social, la de los comerciantes,
aunque no sin dificultades.
La propia familia Agnesi servirá como ejemplo a este respecto. El padre de
Gaetana, Pietro, pertenecía a una pudiente saga de comerciantes de seda. El
abuelo, Giacomo, y su hermano Antonio habían heredado una inmensa fortuna
procedente de un tío que incluía ropas de seda, casas y tierras. Al ser Pietro el
primogénito, se convirtió en un rico acaudalado. Sin embargo, no continuó con la
línea de sus antecesores. Se fijó como meta escalar posiciones en la sociedad
milanesa hasta convertirse en un patricio. Por desgracia para él, aquella sociedad
era tan rígida que se vio obligado a esforzarse de una manera extraordinaria para
lograr su objetivo. Su acción más destacada consistió en aportar una elevadísima
suma de dinero para la adquisición del feudo de Montevecchia, una localidad
situada al norte de Italia que se administraba de forma independiente. Así
alcanzaría el título nobiliario de feudatario real, otorgado a aquellas
personalidades que gobernaban un feudo. Pero el alto precio que pagó hizo que
quedara endeudado, y el proceso fue muy lento: se registró a los Agnesi en el
catálogo de feudatarios reales dieciséis años después de la muerte de Pietro.
Maria Gaetana, con el tiempo, hizo una apuesta mejor al invertir en la personas.
La estructura de clases también se trasladaba al terreno de la educación,
pues había escuelas cuyos alumnos pertenecían sobre todo a las élites. Y como la
sociedad era predominantemente cristiana, estos colegios estaban dirigidos en su
mayoría por la orden de los jesuitas.
Con todo, conviene señalar que esta jerarquización social no tenía su eco

74
en el tema del género. En la Italia del siglo XVIII, al contrario que en el resto de
países europeos, las mujeres podían acceder a las academias y universidades, lo
que facilitó la progresión, entre otras, de Gaetana.

75
2.2 Mujeres brillantes de la época de Maria Gaetana
Agnesi

Hoy en día, tanto hombres como mujeres accedemos a los estudios


superiores. En cambio, siglos atrás esto no resultaba muy frecuente.
El caso de Italia en el siglo XVIII constituye más bien una excepción. La
Ilustración católica, bajo el amparo del Papa Benedicto XIV, apoyó mucho la
causa femenina, hasta el punto de considerarse Bolonia como “el paraíso de las
mujeres” [33].
Prueba de lo anterior es que, además de Maria Gaetana Agnesi, otras
coetáneas de “la matemática de Dios” alcanzaron una presencia notoria en la
cultura europea.
La primera es Teresa Agnesi, hermana de Maria Gaetana, que solía deleitar
con su virtuosismo musical a las personas que visitaban el palacio de su padre.
Esta habilidad no era un mero entretenimiento. Inicialmente compuso una
docena de arias que envió a Viena, capital de la Música, y más tarde dedicó al
emperador su primer drama, titulado Sofonisba, que recogía la vida de la hija del
general cartaginés Asdrubal Giscón. Esta mujer cayó en manos de Masimina,
aliado de Roma, que se enamoró perdidamente de ella y deseaba tenerla por
esposa. Pero el general romano en jefe, Escipión, le ordenó que se la entregara
como esclava, ante lo que Masimina optó por ofrecerle una copa con veneno con
la que Sofonisba se suicidó. Teresa Agnesi compuso más obras de carácter
dramático y complejo, entre las que se encuentra una ópera de 1771 con motivo
de la celebración de la boda del gobernador de Milán. Esta pieza fue presentada
en el Teatro Ducale con las producciones de otros compositores, entre los que se
hallaba un tal Amadeus Mozart, que tenía veinticinco años. Lamentablemente,
solo se conserva una parte de los trabajos musicales de Teresa Agnesi, aunque la
muestra es de suficiente belleza como para poder apreciar su talento.
En la figura de la escritora Francesca Manzoni podemos descubrir a una
niña prodigio que aprendió con rapidez varios idiomas: latín, griego, francés y
español, y que estudió Filosofía Natural, como se le llamaba entonces a las
Ciencias Naturales —Física, Química y Biología especialmente—. Aun cuando
murió con solo treinta y tres años, su vida se prolongó lo suficiente como para
dejar su huella en la primera mitad del siglo XVIII. Tenía por horizonte

76
reivindicar el papel de la mujer a través del campo al que se entregó, el de las
letras. Perteneció a varias asociaciones literarias, y su obra más famosa fue una
tragedia que se tituló Esther, la heroína que da nombre a uno de los libros del
Antiguo Testamento. Durante el destierro del pueblo de Israel, esta judía se
convirtió en la esposa de rey de Asuero de Persia e intercedió por sus
compatriotas cuando el ministro Amán concibió el proyecto de aniquilar a todos
los israelitas. Esther reveló a su marido este malvado plan. Así que Amán fue
ejecutado y el pueblo judío se salvó. Francesca Manzoni dedicó esta tragedia a la
emperatriz consorte del Sacro Imperio Romano Germánico Elisabeth Christine.
Este evento no resulta casual, pues se recoge en algunos textos de Manzoni que
celebraba a la pintora Rosalba Carriera, a la poetisa Luisa Bergagli, a la física
Laura Bassi y a la propia Maria Gaetana Agnesi. Es decir, mantenía una clara red
de contactos con las mujeres más ilustres de su entorno.
Por su especial relevancia conviene resaltar la figura de Laura Bassi, quien
a la temprana edad de veintidós años consiguió, animada por sus amigos y por
apoyo del futuro Papa Benedicto XIV (entonces cardenal Lambertini), una plaza
como profesora de Anatomía en la Universidad de Bolonia. Se casó con el físico
Giuseppe Veratti y, aunque tuvo doce hijos, supo conciliar la familia con sus
investigaciones sobre la electricidad, lo que atrajo a Italia el interés por esta
ciencia, cuyo máximo exponente en Europa era el clérigo francés Nollet [38].
Digamos que se sembró la semilla para que los científicos Alessandro Volta y
Luigi Galvani se hicieran famosos una veintena de años después de su muerte.
En 1776 Laura ganó la cátedra de Física experimental nada menos que en el
Instituto de Ciencias de Bolonia.
Y para completar el listado, Anna Morandi Manzolini es otra mujer del siglo
XVIII que impartió clases en Bolonia [42]. Su campo fue el de la anatomía.
Sustituyó a su marido Giovanni Manzolini, enfermo de tuberculosis.
Incluso entre los hombres encontramos a personajes que trabajaron por la
causa femenina. El Padre Bandiera, un apadrinado del Papa Benedicto XIV,
escribió un Tratado sobre los estudios de las mujeres en el que ensalzaba las
virtudes de las jóvenes solteras de buena familia y con talento, y las animaba a
emprender cualquier tipo de estudio. Asimismo, preveía un futuro en que los
colegios y escuelas incluyeran a las féminas tras una primera generación que
hubiera sido entrenada mediante tutores en casa, de acuerdo con el método que
siguió Pietro Agnesi con su hija Maria Gaetana. También extendía esta idea de

77
formarse a las religiosas y a las viudas, en definitiva, a aquellas mujeres que no
poseyeran como responsabilidad principal una familia. Y en pleno siglo XVIII
justificaba que el acceso de las mujeres a la educación superior no haría peligrar
el orden social.
En Milán, donde vivió Agnesi, los arzobispos fueron proclives a esta
tendencia al apoyar a las Escuelas de Doctrina Cristiana y a otros centros de
aprendizaje del movimiento ilustrado católico, así como a las hermanas
ursulinas, que se dedicaron desde entonces a educar a las niñas. Para este fin
añadieron un cuarto voto, el de la formación, unido a los de pobreza, castidad y
obediencia. La compañía de Santa Úrsula fue un auténtico laboratorio sobre
educación femenina.
Por último, cuando adquirí el libro de Mazzotti descubrí en la portada, en
vez del habitual retrato de Maria Gaetana Agnesi, a una niña estudiando un libro.
Primeramente pensé que pertenecía a la matemática milanesa. Pero entre las
páginas del libro comprendí que era un cuadro de Giuseppe Antonio Petrini de la
Virgen Maria, que seguía las líneas de la Sagrada Escritura ayudada por sus
padres. Este tipo de lienzos solo se pintaron en esta etapa histórica. Hasta el arte
se contagió de la Ilustración católica y de su deseo de que las mujeres se
formaran desde la más tierna infancia para convertirse en agentes de
transformación de la sociedad, como lo fue Santa María, que dio a luz y educó al
hombre más importante de la historia de la humanidad.
En medio de toda esta sociedad, Maria Gaetana Agnesi es la punta de lanza,
el máximo exponente; no solo por sus méritos en la disciplina de las
Matemáticas, sino también por sus valores humanos y espirituales, que deberían
constituir el modelo de las mujeres de todas las épocas.
Lamentablemente, esta tendencia favorable a la incorporación de las
mujeres en la esfera cultural de la sociedad se diluyó con el paso de los años.
Todo se debió a tendencias conservadoras que abogaban por que las mujeres se
ocuparan de las labores domésticas y argumentaban en contra de su capacidad
para asumir puestos de responsabilidad.
Al menos la semilla estaba sembrada. El debate que se había abierto era
imparable y, aunque en nuestros días y en numerosas civilizaciones resulte
preciso mejorar muchos aspectos, podemos afirmar que ya se han conquistado
bastantes objetivos.
Tras haber conocido el entorno social y religioso del Milán del siglo XVIII,

78
pasaré a explicar a la auténtica protagonista de este capítulo. Desde su niñez, el
entorno privilegiado de la Ilustración católica, contribuyó al desarrollo de un
genio.

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2.3 Una niña prodigio educada de una forma
singular

El padre de Maria Gaetana vivía en el lujoso palacio Agnesi de Milán, donde


gustaba de recibir a personalidades. Conforme iba descubriendo las dotes y
capacidades de niña prodigio que poseía su hija, comenzó a invitar a
personalidades de renombre para que la conocieran. Hoy en día una familia con
ganas de ascender en la escala social o de enriquecerse la llevaría, por ejemplo, a
un concurso de televisión o publicaría algún vídeo en YouTube. Pero entonces la
mejor técnica para medrar socialmente era ofrecer un buen espectáculo al que
poder invitar a gente distinguida. Así que, después del proceso de adquisición del
feudo de Montevecchia, la segunda y muy importante pieza de la estrategia de
engrandecimiento de Pietro fue Gaetana.
De acuerdo con un soneto anónimo de 1723, con menos de cinco años ya
era capaz de dialogar en francés fluido con los invitados del Palazzo y
entretenerlos con sus ingeniosas respuestas [33]. Además, no eran personas
cualesquiera los huéspedes, sino profesores, senadores, magistrados y
eclesiásticos; lo más granado de la sociedad. De esto dan fe el director espiritual
de Gaetana, Guiseppe Maria Reina, en un libro titulado Avvertimenti Spirituali di
Sant’Andrea Avellino, Advertencias espirituales de San Andrea Avelino, y
Antonio Francesco Frisi, autor de la primera biografía de Maria Gaetana: “Nada
más salir de la infancia mostró disposición a los conocimientos intelectuales y a
la piedad. Pero todo ello venía acompañado de una serie de virtudes inigualables.
Tenía espíritu amable, fisonomía dulce, maneras educadas y honestas, corazón
noble y sincero” [34].
El padre Niccolò Gemelli, profesor de Latín de un hermano de Gaetana,
también se percató del talento de la chica al observar que repetía muchas de las
lecturas que enseñaba en sus lecciones. Sólo con oírlas mientras jugaba era capaz
de memorizarlas. Tras descubrir este asombroso proceder, Gemelli le pidió de
inmediato al padre que la educara.
Pietro aceptó de buen grado la proposición, una decisión que supuso un
completo acierto. Con tan solo nueve años, Gaetana lograba traducir del italiano
al latín. Como demostración, aprendió un texto que recitó en el jardín del palacio
de los Agnesi ante una asamblea invitada a tal efecto. Los espectadores

80
prorrumpieron en aplausos. El contenido del discurso no estaba seleccionado al
azar. Trataba sobre el derecho de la mujer a estudiar finas artes y ciencias
sublimes [33]. El éxito fue tan apoteósico que Pietro pagó por la publicación de
un librito en su honor que contenía la oración en latín de Gaetana y otras
composiciones poéticas. El escrito incluía una dedicatoria a otro amigo de la
familia, el fraile teatino Agostino Tolotta, lo que indicaba que la familia Agnesi
apoyaba a su congregación.
Como suele ocurrir, aprender el tercer idioma es más fácil que el segundo,
el cuarto más que el tercero, y así sucesivamente. Guiada por el abogado
Ludovico Voigt, profesor de Griego en la Scuole Palatine de Milán, Gaetana se
introdujo en esa lengua y en el alemán. Luego aprendió hebreo y español, con lo
que cubría los idiomas más influyentes del momento: siete nada menos [43].
A los once años traducía al latín los autores griegos y hablaba con tanta
franqueza y tan familiarmente que de ningún modo se podía averiguar cuál era
su lengua materna. Asimismo, recitaba cotidianamente en griego la oración del
“Ufficio di Maria Vergine”, una plegaria a Nuestra Señora que se atribuye a San
Buenaventura, doctor de la Iglesia del siglo XIII.
La primera aplicación de sus grandes dotes fue la traducción al griego de un
best-seller del género de los libros religiosos: Il combatimento spirituale, El
combate espiritual, del Padre Lorenzo Scopoli. Además, adaptó otros libros al
italiano, francés, alemán y griego. Entre las temáticas que le interesaban se
encontraban la poesía y la mitología, una preferencia bastante común en los
sabios.
Otro maestro muy importante de Gaetana fue el padre Girolamo
Tagliazucchi. Este utilizó un método pedagógico que marcó el carácter de la joven
Agnesi. Siendo consciente de que con la llegada del modernismo se había
producido un cierto divorcio entre ciencia y religión, pretendía que los dogmas y
los conocimientos modernos se reconciliaran. Por eso decidió combinar la sólida
base de la antropología cristiana con la filosofía de Descartes, cimentada en el
arte de razonar. Esta habilidad la aplicó en todo lo que le enseñó, especialmente
en el Álgebra y la Geometría, materias que requerían un uso más intenso de esta
facultad. También ayudó a Gaetana a profundizar en el italiano, el griego y el
latín, a la vez que la introdujo en composición poética y en retórica. En esta
última disciplina, esencial para el debate, Tagliazucchi le enseñó a buscar la
evidencia, dirigiéndose sin rodeos al descubrimiento de la verdad.

81
Con esta preparación parece lógico que, más adelante, las personalidades
que asistían al palacio Agnesi se sorprendieran de la capacidad para comunicar y
para convencer de Gaetana. Como buena alumna de Tagliazucchi, había
adquirido una valentía en el debate y unas destrezas que eran poco habituales.
“Se va a comer el mundo”, pensarían muchos. Sin embargo, no todos los
jóvenes superdotados satisfacen las expectativas que se crean en torno a ellos.
¿Cuántos se han quedado en el camino? Para que esto no suceda, se precisa
pasar por la prueba de fuego: la entrada en la edad adulta.
Para nuestra niña prodigio este periodo resultó especialmente difícil. Todo
empezó en 1730, a la edad de doce años, con una extraña enfermedad de tipo
nervioso que le provocaba convulsiones hasta el grado de tener que agarrarla
quienes la rodeaban, para evitar que se golpeara [34]. Parece la enfermedad de
Corea [33], caracterizada por que quien la padece ejecuta movimientos rápidos
irresistibles de controlar, sin ningún propósito. Trastornan la postura normal de
la persona si se encuentra en reposo, o interrumpen su desplazamiento si está en
movimiento. Los médicos decían que llevaba una vida muy intensa y sedentaria.
Gaetana era, al fin y al cabo, una niña y, para adquirir todos esos conocimientos y
defenderlos ante personalidades que le triplicaban o cuadruplicaban la edad, se la
estaba sometiendo a una gran presión.
Al mismo tiempo contribuyeron a empeorar su condición otros factores.
Por un lado, Tagliazucchi tuvo que abandonar Milán al ser elegido profesor de
Elocuencia y Retórica en la Universidad de Turín. Pero, sin duda, lo que más le
afectó fue la pérdida de su madre a la temprana edad de trece años.
Los médicos le recomendaron cabalgar y otros ejercicios. También le
aconsejaron una temporada en un lugar tranquilo, como la casa verano que
poseía la familia en Masciago, a pocos kilómetros de Milán. Tampoco esto sirvió.
Finalmente Maria Gaetana se encomendó a María Virgen y a San Gaetano
Thiene, el fundador de los teatinos. Y, tal como vino, despareció la enfermedad.
El agradecimiento debió ser grande a San Gaetano, porque la futura matemática
conservaría en su habitación un cuadro del fundador de los teatinos hasta su
muerte [34].
Después de superar su enfermedad, se produjeron grandes cambios para
Gaetana: a la segunda boda de su padre le siguió una tercera porque su nueva
esposa se murió, probablemente de tuberculosis, mientras que su familia no
paró de crecer. Con todo, no cejó la joven en acrecentar su sabiduría y sus

82
virtudes. Se mantuvo obediente a su padre, igual que hacía Jesús durante su
adolescencia bajo la tutela de San José y la Virgen María, y aceptaba los
profesores y los campos que Pietro le indicaba que explorara.
Se puede concluir que nuestra protagonista superó bien la crisis, al
contrario que otros célebres niños cantantes o actores que no han sobrevivido a
su propia fama y que de mayores ni siquiera han rozado el éxito de su infancia.

83
2.4 El debate académico

Pietro en realidad perseguía dos fines al invertir en la educación de su hija:


uno altruista y otro más egoísta. El primero era formar el intelecto de una mujer
con unas dotes extraordinarias. El segundo consistía en sacar partido de una
mente privilegiada como la de Gaetana para apoyar su estrategia de ascenso
social que había emprendido con la adquisición del feudo de Montevecchia.
De modo que situó a su hija en la conversazione, término italiano referido a
un tipo de reunión de alta sociedad que se celebraba en palacios de nobles o de
comerciantes acaudalados para charlar sobre temas diversos. Este evento poseía
una estructura similar a la de los géneros musicales o teatrales, con un ritmo y
un desarrollo marcados por la música. En el caso de los Agnesi, una de las hijas
de Pietro, Maria Teresa, cantaba y tocaba el clave (un instrumento con teclado y
cuerdas muy utilizado en el barroco) y en ocasiones la acompañaba Gaetana, que
manejaba la viola de amor [33,34].
En realidad, Pietro ya venía organizando este tipo de encuentros desde que
su hija era pequeña, pues la declamación de la famosa frase en latín a los once
años de edad ocurrió en medio de una asamblea de invitados. Lo que cambiaba
es que, al hacerse mayor, el juego que ofrecía Gaetana resultaba mucho mayor y,
gracias a sus virtudes, se podía modificar la temática de estas veladas. Si bien en
la mayoría de conversazioni se hablaba de cuestiones mundanas, divertidas o
ingeniosas, en el Palazzo Agnesi de Milán se debatía sobre temas profundos de
Filosofía Natural. Por ejemplo, Massimo Mazzotti relata cómo uno de los
maestros de Gaetana, el conde Belloni, un jurisconsulto y decurión de la ciudad
de Pavía que se había trasladado a Milán en busca de un nivel cultural más
elevado, actuaba de anfitrión y les indicaba a sus invitados que se sentaran en un
salón formando un círculo. Entonces enunciaba un tema controvertido,
pongamos por caso el origen de las mareas, y lo debatía con Gaetana. A
continuación Belloni animaba a participar a algunos de los invitados, quienes
quedaban asombrados por la sobresaliente actuación de la joven. No obstante, al
no tratarse de una charla inocente, Gaetana se sentía mal, sufría e incluso, como
disculpa, confesaba a quienes acudían por primera vez que le apenaba que su
primer encuentro sucediera en aquella forma de debate, lo que en italiano se
denominaba accademia domestica [33].

84
Qué presión tan grande para una chica recién salida de la adolescencia.
Gaetana debatía con profesores de universidad y religiosos que le superaban
ampliamente en edad y en años de formación y reflexión sobre materias de
Filosofía Natural, para las que se preparaba. Los asistentes salían impresionados,
si bien desconocían las horas y horas de estudio que se escondían detrás.
¿Cómo era ese trabajo invisible? En la adolescencia los chicos entraban en
colegios, pero ¿y las chicas? Ellas se quedaban en casa, bajo la supervisión de
tutores. Así que a la niña prodigio la guiaron los profesores que le asignaba su
padre, con el objetivo de alcanzar un nivel de excelencia similar al logrado en las
escuelas más brillantes. Uno de ellos fue el propio conde Belloni, quien se
convirtió en el sustituto de Tagalizucchi, y que prosiguió con las técnicas para el
debate de su antecesor. Además le orientaron el padre somasco Francesco
Manara, el monje celestino Serafino Brancone y el padre teatino Michele Casati.
La calidad de estos tres últimos era verdaderamente alta. El primero recibió la
cátedra de Física en Pavía, el segundo fue profesor de Filosofía en Nápoles, y el
tercero catedrático de Filosofía moral en la Universidad de Turín. Gaetana se
movía, asistida por ellos, de la elocuencia y las lenguas, a la Filosofía tradicional y
la Filosofía Natural. Concretamente conoció la espiritualidad de San Agustín, los
fundamentos filosóficos de Santo Tomás, todo ello combinado con autores
modernos como Descartes y Malebranche, de matemáticos como l’Hôpital y Keill
y de un hombre enciclopédico en conocimientos de Matemáticas y Filosofía
Natural como fue Newton. Asimismo, se introdujo en el debate sobre si los
animales tienen alma, un tema por el que también se interesó otro científico y
compatriota suyo: Alessandro Volta.
Sus notas también recogen los descubrimientos en el campo de las Ciencias
Naturales de científicos como Malpighi, Vallisneri y Leeuwenhoek.
Probablemente por influencia del último se adentró también en el campo de la
fabricación de instrumentos. Agnesi indicaba reglas para construir aparatos
como lentes, microscopios y telescopios.
También se interesaba por los debates del momento. Entonces se discutía
sobre la forma de la Tierra. En este sentido, aceptó primeramente que era un
esferoide pero luego cambió dos veces de opinión, lo que indica que se
cuestionaba las cosas [33].
En definitiva, aunque poseía una sólida base filosófica, Gaetana se
especializaba en cuestiones de ciencia, más fáciles de asimilar en la

85
conversazione.
La cima de su brillantez en el arte del debate académico la alcanzó en 1738,
cuando defendió delante de ministros, senadores y gente de letras ciento noventa
y una tesis que se recogen en su libro Propositiones Philosophicae, dedicado a su
maestro el Conde Carlo Belloni. Como prueba de la humildad de esta joven, que
tenía veinte años, atribuyó el mérito de estas reflexiones a sus mecenas [34]. Y al
igual que con la famosa frase que aprendió a recitar en latín, en esta ocasión
aprovechó el prólogo del libro para volver a reivindicar la aptitud de las mujeres
para estudiar ciencias y artes [33,43]. En Propositiones Philosophicae hablaba de
temas tan variados como el cuerpo y el alma, de Descartes, del conocimiento de
Dios, o de la Filosofía Natural de Newton. Y le daba un lugar especial a las
Matemáticas: asignaba el término ciencia solo a la Geometría y a la Aritmética.
La fama de Gaetana era tan grande que en poco tiempo recibió la visita de
dos príncipes: el de Braunschweig-Wolfenbuttel, situado en lo que hoy es
Alemania, y Fredrick Christian, el heredero de Polonia. En ambas ocasiones
debatió con el monje celestino y profesor de Telología Serafino Brancone y con el
monje olivetano —benedictino del monte Oliveto— y profesor de Filosofía Luigi
Stampa, sobre temas tan variados y difíciles como el movimiento de los planetas,
la naturaleza de los colores, las mareas o el origen del agua mineral. Con el
futuro rey de Polonia pudo cambiar tranquilamente del latín al italiano cuando
este lo solicitó, e incluso conversar en otros idiomas como el alemán, el francés y
el griego. Fredrick Christian quedó impresionado, no solo por sus conocimientos
sino también por su devoción religiosa y modestia [33].
Sin embargo, al padre le sorprendió de veras que, poco tiempo después, en
el medio de toda esta fama, Gaetana tuviera la insólita propuesta de retirarse a la
vida religiosa, porque no le agradaba el ambiente en que se movía ni ser el centro
de atención de todas las miradas [44]. El grupo que eligió fue “El Instituto de
Religiosas”, conocido como las carcanine, por su fundador, el noble Giovanni
Pietro Carcane. Pietro Agnesi lo aceptó no sin disimular su dolor. Tener otra hija
monja debía suponer una alegría para él, pero no deseaba esto precisamente para
la que le podía ayudar en su ascenso social.
Finalmente, Gaetana renunció a su propósito a cambio de tres condiciones
que le impuso al padre: vestir sencilla y humildemente (entonces los ricos
comerciantes llegaban a vestir mejor que los aristócratas), acudir a su aire a la
iglesia y dejar totalmente los divertimentos profanos como el teatro o los bailes.

86
En realidad, quería alejarse de la vida social a cambio de más acción solidaria,
cosa que canalizó ayudando al prójimo como voluntaria en el Ospedale Maggiore,
donde se hizo cargo de mujeres pobres y enfermas. Se daba el contraste de que a
poca distancia del Palazzo de su padre, había miseria, prostitución y enfermedad.
La profunda fe que vivía le empujaba a hacer lo posible por paliar estos males.
Pietro dio su visto bueno y parece que cumplió su promesa, ya que no se
sabe de la participación de Gaetana en otra conversazione. Con tranquilidad
volvió la hija a sus estudios de Álgebra y Geometría, aunque sin la ayuda de
Manara, Branconi y Casati. Era el precio a pagar por la calidad de sus profesores,
que abandonaron Milán al recibir tareas en otros centros más importantes de
Italia. Al menos siguió carteándose con ellos, lo que le permitió crear una red de
contactos que le ayudaría a progresar en sus conocimientos científicos.

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2.5 Su obra cumbre: Instituzioni Analitiche

Maria Gaetana —queda dicho— manifestaba predilección por las


Matemáticas. Por ese motivo su mayor contribución a la ciencia se produjo en
ese campo.
Primeramente, trabajó durante varios años en la investigación de la obra
póstuma del marqués de L’Hôpital, el Tratado analítico de las secciones cónicas
[34]. Tal vez la premura de la muerte del matemático francés provocó que
quedara incompleta. Así que Agnesi se dedicó a aclarar el contenido del libro
guiada por el único tutor de que disponía, Belloni, a la vez que se carteaba con su
antiguo maestro Brancone, quien la puso en contacto con otros profesores de
universidad, entre ellos uno de matemáticas de Nápoles, el padre Giuseppe
Orlando Monaco. Este sacerdote afirmó que probablemente L’Hôpital no hizo
algunas descripciones porque no las sabía. El propio Belloni destacó la dificultad
del escrito: “si el marqués tuvo placer en ese tipo de cálculos no me extraña que
muriera joven” [33]. Por desgracia, el comentario de Maria Gaetana Agnesi sobre
el tratado de L’Hôpital de las secciones cónicas, valorado como excelente por los
profesores que lo examinaron, se perdió y sigue sin publicarse [44,45]. No
obstante, la dificultad de la empresa le preparó para redactar su obra maestra.
La segunda pieza esencial para lograr su objetivo fue la creación de una red
de contactos por carta con los mejores matemáticos de la época, donde se
enriquecía de conocimiento y aportaba a sus colegas de forma notable. Las
mentes más brillantes del campo de las Ciencias Exactas la consultaban para
aclarar sus dudas. Zanotti, profesor de Filosofía de la Universidad de Bolonia le
mandó examinar sus observaciones de algunos eclipses solares. El matemático y
astrónomo milanés Paolo Frisi, sacerdote y hermano de primer biógrafo de María
Geatana, Antonio Francesco Frisi, le envió su disertación: De Figura et
magnitude Telluris, que luego conseguiría publicar con un agradecimiento
explícito a la colaboración de Gaetana. Asimismo, Beccari, presidente del
Instituto de Bolonia, puso a discernimiento de la joven milanesa las actas de su
Academia. El famoso matemático veneciano Riccati le rogó que examinara uno
de sus teoremas, que promueve el cálculo sumatorio. También Belloni dirigió y
sometió al escrutinio de Agnesi la obra titulada De vera significatione rationis
sesquiplicata qua Newtonum in Opere de Philosophiae Naturalis Principiis

88
Mathematicis reperitur.
Toda esta labor de consulta, respaldo y asesoramiento desembocó en que
Zannoti, que era secretario del Instituto de Bolonia, la agregara a dicho centro.
En 1748 le escribió una carta en la que le explicaba que por consenso todos lo
desearon así [34].
Pero la pieza definitiva con la que Maria Gaetana pudo materializar su
sueño fue la llegada en 1740 a Milán del monje olivetano Ramiro Rampinelli,
profesor de Física y de Matemáticas que había impartido clases en Roma y
Bolonia [33,36]. Era uno de los pocos capaces de enseñar el nuevo análisis de
Leibniz y Newton, noción que actualmente se denomina Cálculo infinitesimal o
Cálculo a secas, parte esencial de la Matemática moderna que tiene dos ramas
fundamentales: el Cálculo diferencial y el integral. Para aclarar la importancia del
Cálculo, todos los grados de Ingeniería y otros tan importantes como
Arquitectura o Física incluyen una o dos asignaturas donde esta materia ocupa
un lugar esencial, porque sin el Cálculo la estructura de estas titulaciones
universitarias se desmoronaría.
Gaetana estableció contacto con Rampinelli probablemente a través del
también olivetano Luigi Stampa, asiduo en los debates del Palazzo. Al convertirse
en su tutor, se produjo una revolución en las aspiraciones de la joven. Rampinelli
era el fichaje que le faltaba para aspirar a un trofeo internacional, a la Copa del
Mundo de las Matemáticas, que en el siglo XVIII fue el libro Instituzioni
Analitiche, acogido en toda Italia y el extranjero como una maravilla del género
del Cálculo. La asociación entre Agnesi y Rampinelli resultó excelente porque
existía una comunión de ideas entre ambas personas, tanto desde el punto de
vista de las Matemáticas como de la espiritualidad cristiana.
A Rampinelli le ofrecieron la cátedra de matemáticas en Pavía en 1747, pero
siete años con Agnesi fueron suficientes para que el Instituzioni Analitiche viera
la luz en 1748, ante el aplauso y reconocimiento de toda Italia y Europa.
Se trataba del primer libro donde se abordaba el Cálculo diferencial e
integral. Agnesi tomó como base los libros de los franceses Guillaume de
l’Hôpital y Charles Reyneau, y los de los italianos Guido Grandi y Gabriele
Manfredi. Eran trabajos no muy accesibles para el público general y se habían
quedado antiguos ante las últimas aportaciones de, entre otros, Newton y
Leibniz. Gaetana tenía, por tanto, dos claros objetivos. El primero era la unidad:
elaborar una obra moderna que incluyera tanto los métodos modernos como los

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antiguos. El segundo la claridad. Su contribución se dirigía al estudiante joven (el
nombre completo del libro es: Instituzioni analitiche ad uso della gioventù
italiana, Instituciones analíticas para el uso de la juventud italiana). De ahí que
pusiera un especial cuidado en explicar cada razonamiento matemático, en
describir hasta el más mínimo detalle los elementos de las ecuaciones que
desarrollaba.

Figura 8: Fragmento del libro Instituzioni Analitiche, la obra cumbre de Maria Gaetana Agnesi.

A cuántos alumnos les ha pasado que se encuentran con libros de


Matemáticas repletos de demostraciones en que apenas se explica el
procedimiento para pasar de una línea a la siguiente. No es fácil encontrar un
libro de Cálculo completo y sencillo de entender.
Gaetana eliminó lo superfluo del ámbito de las Matemáticas, mientras que
lo que estaba disperso lo reunió con la siguiente estructura: un primer volumen
sobre el análisis de cantidades finitas, que recoge los principales métodos de la
teoría de ecuaciones algebraicas y de la geometría cartesiana; y un segundo que
se centra en el análisis de infinitesimales (Cálculo diferencial, integral e
integración de ecuaciones diferenciales), una continuación natural de los
métodos geométricos del primer volumen.

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Massimo Mazzoti afirma sobre el libro de Agnesi: “Fue de poco significado
en la genealogía de las matemáticas, certificado por el hecho de que no se asocia
ninguna teoría ni avance conceptual a Agnesi, solo una curva inútil” [33]. A lo
que Gerald L. Alexanderson, matemático y profesor de Ciencias de la
Universidad de Santa Clara (California), responde que se trata un juicio muy
severo, porque aunque su libro fue una explicación del Cálculo de Newton, se
usó y fue admirado mucho en su día, y sobre la curva cualquier estudiante de
Cálculo la conoce como un ejercicio estándar [36].
Así como alabo el soberbio libro de Mazzotti, en este aspecto coincido con
Alexanderson. Pocos tratados científicos de hoy en día seguirán siendo conocidos
dentro de doscientos años (a lo sumo tres o cuatro) y el ejemplar que redactó
Maria Gaetana supone un hito en la historia de las Matemáticas. De hecho, el
propio Mazzotti aclara que el historiador Jean Étienne de Montucla lo designa
como una excelente obra de arte [33].
En cuanto a que la versiera resulta una curva inútil, cabe decir más bien
todo lo contrario. Tardó en tener aplicación, pero lo logró. Cito algunos ejemplos:
- Fenómenos de resonancia: aproxima la curva de la potencia disipada en
circuitos que transmiten un rango de frecuencias muy estrecho (sharply tuned
resonant circuits) [46], que se emplean, por ejemplo, en receptores de
radiofrecuencia o de audio para reducir el ruido y para realizar una mejor
sintonización de la señal.
- Estadística: la versiera de Agnesi equivale a la función de densidad de
probabilidad de la distribución de Cauchy [47], empleada para describir la
deformación que se produce en la región donde se origina un terremoto o las
diferencias de velocidad entre los elementos que forman un vórtice —flujo
turbulento en espiral que se presenta en los tornados— [48].
- Líneas espectrales: en 1932 se constató en la universidad de Cornell,
Estados Unidos, que la distribución de energía de las líneas espectrales de los
rayos X encajaba con “la bruja” [46,49]. Después se comprobó que es el prototipo
de curva para representar la distribución de energía de las líneas espectrales en
general [14].
- Ondas de los océanos: la famosa curva se emplea para estudiar la
generación de ondas internas [50].
- Mountain waves (ondas montañosas): son un tipo de ondas de gravedad
(ondas obtenidas al perturbar un fluido por efecto de la gravedad), que se

91
producen en la atmósfera. Estas son realmente cambios periódicos en la presión,
en la temperatura y en la altura ortométrica —distancia con respecto al nivel
medio del mar— de una corriente de aire generada por perturbaciones verticales
en la orografía (por ejemplo al soplar el viento sobre una colina). La curva de
Agnesi se asemeja a estas ondas [51].

Figura 9: La bruja de Agnesi calculada para 5 valores diferentes de la variable a: 1,2,4,6 y 8.

Con todo, aunque Agnesi, desde la gloria de Dios, se alegrará ahora mismo
con nosotros de que sus trabajos sean útiles a la humanidad, lo cierto es que no
perseguía una aplicación física de lo que estudiaba en el siglo XVIII. Más bien
orientaba las Matemáticas a la solución de problemas geométricos. A uno de sus
lectores, el historiador de ciencia y matemático Clifford Truesdell, le chocó que
“aprendiendo Cálculo no le importaba estudiar Mecánica racional” [52]. En
realidad Gaetana lo hizo a propósito: “No me interesaba implicarme en
cuestiones físicas, [...] quería evitar ir más allá del análisis puro y de su aplicación
a la Geometría” [53]. Todo esto se debía a su convicción de que la Matemática era
el único campo en que el intelecto humano podía alcanzar certeza derivada de la

92
evidencia, y la evidencia se podía encontrar en la percepción intelectual de las
verdades geométricas, no en la manipulación de los algoritmos algebraicos [33].
Lo anterior se sitúa en consonancia con su más importante precursor, el
matemático y filósofo Charles Reyneau, discípulo de Malebranche. Gaetana
opinaba también, al igual que él, que las Matemáticas y la espiritualidad
presentaban un punto común, que es la capacidad de atención, una cualidad
fundamental para las actividades contemplativas [54]. De manera que, además
de la belleza que puede entrañar en sí mismo el estudio de las Matemáticas, se
adquiere una habilidad que permite al creyente acercarse más a Dios.
Agnesi recibió múltiples parabienes por su libro. Por un lado las mujeres
influyentes de la época se hicieron eco de este éxito, como por ejemplo la física
Laura Bassi, que se sentía honrada por su obra.
Por otro lado, tras remitir Gaetana a la emperatriz Maria Teresa un
ejemplar del libro dedicado a ella, su majestad le agradeció por correo y le envió
una caja incrustada de diamantes [33,34,43].
Gaetana le mandó también su trabajo a la máxima autoridad religiosa, el
Papa Benedicto XIV. El Padre Santo le correspondió con una corona de piedras
preciosas atada con oro y una carta escrita por el cardenal Antonio Ruffo, en la
que reconocía: “Sabemos de la importancia del Análisis, aunque nos tenemos
que ocupar de las labores de la Providencia. El libro contribuirá a la reputación
literaria de Italia y a la Academia de Ciencias de Bolonia, a la que Agnesi
pertenece con gran alegría por nuestra parte” [34].
El Papa le otorgó el título de profesora honoraria de Matemáticas de la
célebre Universidad de Bolonia [44]. Agnesi redactó una carta de agradecimiento
pero recibió otra en la que el Sumo Pontífice aseguraba que eran ellos los que se
sentían premiados porque Agnesi perteneciera a la Universidad de Bolonia.
Asimismo, le asignaban la cátedra de Matemáticas, con la felicitación del
presidente del instituto de Bolonia y de los padres Guidice y Gravani, que le
animaban a tomar posesión de su merecida plaza.
En cuanto a los sabios distinguidos de Europa, recibió reconocimientos de
muchos de ellos. Con algunos ya se carteaba desde antes de alcanzar celebridad,
por ejemplo, con Zanotti, secretario de Bolonia, y con el matemático Riccati. Este
último confiesa que en los dos tomos del tratado pudo encontrar, explicados en
profundidad y a través de un método preciso y claro, los descubrimientos en
materia cartesiana y leibniziana que se habían logrado hasta entonces con el

93
estudio de las geometrías. Llovían felicitaciones de Italia —Brescia, Venecia,
Roma—, Viena y Alemania. Algunas se dirigían al padre de Gaetana. Incluso
escribió el padre Francesco Jacquier, profesor de Física en la Universidad de la
Sapienza y coautor de la edición comentada de la obra cumbre de Newton:
Principia [33].
También se extendió el éxito a Francia. Un matemático parisino, el Abate
Boffut, eligió la segunda parte como guía óptima y fiable para los estudiosos del
Cálculo integral y diferencial, y la tradujo al francés en 1775. Coincidiendo con
Ricatti, aseguró que Instituzioni Analitiche estaba escrito de forma clara y que
ayudaría a cuantos quisieran introducirse en la Hidrodinámica y la Mecánica. Di
Fontanieu lo distribuyó y envió a Londres. Tanto le gustó que dirigió dos cartas a
la matemática milanesa. En la primera declaraba que su labor compensa a las
ciencias por la muerte de Châtelet, una matemática y física francesa que había
contribuido a difundir las teorías de Newton. En la segunda le revela que la
Academia Real ha examinado su escrito, y que el informe dice que es el mejor
libro que ha aparecido de este género y que resulta merecedor del mérito y
elogio. Que si se hubiera admitido en la Academia a mujeres, Agnesi habría
obtenido el triunfo. Lo firmaron los científicos Jean-Jacques Dortous de Mairan
y Étienne Mignot de Montigny. Montigny le escribió en privado: “Permítame, mi
señorita, unir mi homenaje particular a los aplausos de toda la Academia […] No
conozco otra obra más clara, más metódica, más extendida, que vuestras
Instituciones de Análisis. Reúne, en métodos uniformes, conocimientos
dispersos de las obras de los geómetras”. De Fouchy, secretario perpetuo de la
Academia le mandó una copia del informe [34].
Finalmente, el libro se tradujo en Inglaterra en 1801, con el famoso error de
la “bruja de Agnesi” [55]. Hasta un poeta italiano, Goldoni Veneziano, le dedicó
unos versos a la autora.
Pero todas estas recompensas no conseguían corromper el carácter sensato
y humilde de nuestra protagonista, cualidad que queda patente en Instituzioni
Analitiche, donde agradece a Rampinelli, a quien atribuye sus progresos y el
haber sido capaz de aprovechar su pequeño talento. Además, muestra un
especial cuidado en respetar a sus colegas de profesión, ensalzando su figura.
Gaetana aclara en el segundo tomo que “el lector puede encontrar un método
completamente nuevo para los polinomios, que pertenece al célebre y nunca
suficientemente alabado Señor Conde Jacobo Ricatti, caballero de talla

94
inigualable en todas las ciencias” [34].

95
2.6 Espiritualidad y renuncia a la fama por amor a la
caridad

Si algo tiene de particular el Cristianismo es su capacidad de transformar a


las personas sin violentar su naturaleza. Frecuentando los Sacramentos
(Eucaristía, Confesión), la oración y ofreciendo su esfuerzo por formar el
intelecto a Dios, Maria Gaetana terminó por sentir una llamada a entrar en la
vida religiosa, que sucedió poco después de que el mundo escuchara su primera
gran obra: Propositiones Philosophicae. Numerosas personalidades quedaban
asombradas no solo por sus pensamientos sino también por cómo los defendía.
Sin embargo, eso no era la voluntad de Dios, sino la de su padre. De modo que se
hallaba ante un dilema: honrarle a él o a Cristo. No podía agradar a dos señores
al mismo tiempo. Así que había tomado una decisión conciliadora que
compatibilizaba el camino científico con el espiritual: cumplía con la voluntad de
su progenitor de continuar con su formación, pero con una serie de condiciones
que se resumían en un alejamiento de la vida pública, a cambio de una mayor
consagración a la caridad y de una mayor profundización en la fe que profesaba
[33,34]. A la vez que avanzaba en el conocimiento de la Filosofía Natural y las
Matemáticas, se volcó en el estudio de la Sagrada Escritura, de la Teología
dogmática y la Literatura mística.
Algunos de los escritos de Agnesi demuestran el misticismo que alcanzó.
Hablaba de compartir el sufrimiento y virtudes de Cristo, de ir ascendiendo de
etapa en etapa a la unión mística con Cristo, a la contemplación de la Santísima
Trinidad como objetivo final. Cómo recuerdan estas palabras a la espiritualidad
carmelitana de Las moradas de Santa Teresa, donde la literata describe el alma
como un castillo interior de siete estancias, por las que hay que ir pasando hasta
encontrarse en la última con el Amado. Gaetana se adelanta, asimismo, a otra
carmelita y doctora de la Iglesia, Santa Teresita de Lisieux, que decía: “Hagamos
de nuestra vida un sacrificio continuo, un martirio de amor para consolar a
Jesús. Ya que ha sufrido tanto por nosotros, la mejor respuesta es padecer con
Él”.
Gaetana, para lograr ese objetivo final de la contemplación de Dios,
potenció y purificó dos elementos de su ser: el intelecto, que se encuentra en la
cabeza y es capaz de conocer, y la voluntad, que radica en el corazón y

96
proporciona fuerzas para amar.
Toda esta base espiritual hizo posible que la matemática milanesa
participara activamente en el devenir de la Iglesia. Se sabe que ayudó a asesorar
al arzobispo en un asunto complicado como el del libro del escritor ilustrado
Giuseppe Gorini “Política, ley y religión para razonar correctamente y para
distinguir la verdad de la mentira” [33]. Maria Gaetana le avisó de que este autor,
en su afán por condenar los falsos milagros y la superstición, contradecía a los
padres de la Iglesia y al catecismo oficial tridentino. En otras palabras, Gaetana
era una reformista que sabía cuándo se rebasaban los límites admisibles por la fe.
Agnesi también enseñó doctrina: apoyó a la Congregación de las Escuelas
de la Doctrina Cristiana, encargadas de impartir catecismo para niños y niñas.
Aquella generación tuvo la suerte de contar con una catequista de lujo.
Si tenemos en cuenta todo lo que hacía en el campo de las Matemáticas, de
la enseñanza de la doctrina y de la caridad, era lógico que Gaetana se levantase
muy temprano. Para recabar fuerzas acudía a Misa a la iglesia de San Antonio,
donde se reunía con el teatino Giuseppe Reina, su director espiritual. Comulgaba
y se confesaba dos veces a la semana. Y a continuación pasaba largos ratos en el
hospital público (Ospedale Maggiore), donde ofrecía soporte material y religioso
a los internos. Hasta acogía a algunos de ellos en el Palazzo de su padre [33,34].
Primeramente Pietro se lo permitió pero, viendo que su hija introducía cada vez a
más pacientes, le puso coto. Limitó su número y comenzó a controlar quién
entraba.
Qué difícil compatibilizar dos labores tan sacrificadas: la ciencia y la fe. Así
se mantuvo durante tres años tras la publicación su exitoso libro Instituzioni
Analitiche, pero entonces se produjeron dos hechos que le hicieron decantarse
por uno de los dos caminos.
El primero fue que su salud se deterioró de nuevo debido al intenso
esfuerzo mental derivado de los problemas matemáticos que encaraba. “¡Cómo
te atrapa este mundo!”, me confesó una vez un colega al comprobar que cada vez
dedicaba más tiempo a sus trabajos. Es como el salitre: se te va pegando con el
tiempo, escuché quejarse a la mujer de otro científico. Con esto tampoco quiero
desanimar a quienes quieran empezar o seguir con la carrera investigadora. A lo
que me refiero es a que no todas las personas están capacitadas. Hace falta gozar
de una buena salud y ser capaces de decir: “Hasta aquí hemos llegado”. Las
mentes tan brillantes como la de Gaetana, con habilidades intelectuales para

97
razonar las teorías más sublimes, pueden llegar al colapso mental; tanto
apasiona la ciencia. En una carta de 1751 a Paolo Frisi, ahora en la cátedra de
Filosofía de Casale di Monserrato, Gaetana le confesaba que no se había podido
leer una obra suya porque el médico le había ordenado, debido a un intenso
dolor de cabeza, que no lo hiciera [43]. Así que se vio obligada a permanecer en
estado de reposo, aunque esto no le eximió de las demás responsabilidades:
cuidar de las tareas domésticas y de sus hermanos (nada menos que trece
vivieron juntos entre 1753 y 1764), cumplir con sus deberes religiosos, estudiar la
fe cristiana y ayudar a los necesitados. Todos conocían su trabajo ejemplar y por
eso en el palacio de su padre la servidumbre ociosa se componía al instante
cuando la joven Agnesi pasaba de improviso por las habitaciones de los criados:
“Comportamiento amigos. Esa es la filosofía”, decía [34]. Al mismo tiempo, se
encargaba de educar en las ciencias a Giuseppe, uno de sus hermanos.
El segundo hecho que marca el devenir de Gaetana, más importante aún
que sus problemas de salud, acaece en 1752. El gobernador de Milán, Pallavicini,
le informó a su padre de que las malas lenguas le acusaban de negligencia en el
collocamento (el posicionamiento social) de sus hijas, por pensar solo en su
ascenso a la clase aristocrática. El asunto se había agravado porque
recientemente Pietro había renunciado a una propuesta de matrimonio para su
hija Teresa debido a que el solicitante disponía de una fortuna mediocre.
Un padre debía velar por que sus hijas se casaran o entraran en un
convento. Lo contrario iba contra el decoro, contra la convención social. Pietro se
sintió profundamente ofendido al comprobar que el gobernador daba fe a esos
rumores, motivo por el que se produjo una grave discusión entre ambos. Dos
semanas más tarde le sobrevino a Pietro un ataque al corazón, que desembocó
en la muerte. Si supiera Pietro que al final su hija Teresa se casó con el hombre
que había rechazado [33].
En cuanto a Gaetana —dolida por la pérdida de su progenitor y a la que le
llegaron condolencias de las numerosas y distinguidas amistades de Pietro—
tendría de ahora en adelante un solo Señor aunque, eso sí, multitud de tareas.
Había tomado una decisión: se entregaría por entero a la asistencia de
enfermos y de indigentes y nunca ocuparía su merecida cátedra en la
Universidad de Bolonia [43,52].
El escritor y conde Benvenuto Robbio di San Rafael traza una descripción
de esta heroica decisión: “En la flor de la edad, con el viento en popa y el fragor

98
vivo de los aplausos, volviste la espalda al mundo. En el momento en que la
gloria venía a tu encuentro, recordaste y comprendiste que la fama se desvanece
[...] Cambiaste los honores y las glorias académicas, las preguntas de los doctos,
el conversar de los bellos ingenios, por la jerga plebeya de la indigencia, el lecho y
los alaridos de la humanidad. Fue el fruto de una divina inspiración, de un soplo
de lo Alto que primeramente secundaste con la discreción que a tan reverente
hija imponía los deseos del padre, mientras que después de su muerte abrazaste
enteramente” [34].
No le resultó sencillo a Agnesi acallar el eco de su popularidad. Muchos
hombres insignes nacionales y extranjeros expresaban por carta su deseo de
conocer o de visitar a tan admirada mujer. Gaetana alegaba, ante estos elogios,
que sus deberes le impedían recibir estos calificativos no merecidos. Otros le
escribían solicitando su ayuda. Por ejemplo, en 1762 le enviaron desde la
Universidad de Turín unos trabajos elaborados por una nueva sociedad de
jóvenes para su juicio y su posible apoyo. Entre estos emprendedores se hallaba
nada menos que Joseph-Louis Lagrange, uno de los mejores matemáticos de la
historia. Sin embargo, Gaetana declinó la oferta [45].
Se rumoreó que el cambio de vida de Agnesi se debió a la mala acogida que
dispensaron los italianos a su gran obra, y que por eso abandonó sus estudios y
se entregó a las obras de caridad, lo que no se ajusta a la realidad. El motivo por
el que en realidad huyó de ese mundo responde a que allí el orgullo se sitúa por
encima de las otras pasiones. La matemática milanesa opinaba así: “El hombre
debe siempre operar por un fin —el cristiano por la gloria de Dios—. Espero que
mis trabajos desarrollados hasta esta fecha hayan servido para honrar a Dios:
han ayudado al prójimo y a la vez ha sido un gesto de obediencia, ya que esa fue
la voluntad y genio de mi padre. Ahora, cesando esa obligación de obedecerle,
encuentro medios y modos mejores de servir a Dios y de hacer el bien a los
necesitados. A estos debo y quiero entregarme” [34].
Primero se desprendió de los bienes materiales. Renunció a sus derechos
sobre el palazzo Agnesi en favor de sus hermanos, Giacomo y Giuseppe, y se
reservó una anualidad “para las causas que ella prefiriera”, obviamente
caritativas. También vendió el anillo que le regaló la emperatriz y, cuando le
faltaban recursos económicos, los pedía de sus amistades, todo por atender a los
pobres [43].
Convirtió su vivienda en un hospital, y su cuarto de dormir en una cocina,

99
donde descansaba escasamente. Allí hacía de amiga, hospitalera, criada y
maestra de espíritu, noche y día, proveyendo a los necesitados con sus propias
manos, sin ayuda alguna de sus criados, a los que resguardaba de estos
menesteres. Acogía los ulcerosos y atendía sus llagas con sus propias manos sin
que la repugnancia la desanimara de ejercer esa tarea, como sí fue el caso de su
hermana Paola, joven piadosa y de probado talento, que se quedó afectada varios
días debido a la dureza del oficio [34].
Aunque el abandono de la ciencia había liberado un gran espacio en la
jornada laboral de Gaetana, esta se ocupó con numerosos quehaceres. Siguió con
su costumbre de acudir a la iglesia por las mañanas. Allí se ponía de rodillas lo
más cerca posible del Santísimo Sacramento del altar. Luego visitaba el hospital
público y prestaba a los pacientes, con palabras y con obras, los servicios de un
corazón lleno del amor y de la compasión de Cristo. Después atendía en sus casas
a los enfermos de la propia parroquia, a quienes suministraba apoyo en los casos
más urgentes. Siempre llevaba consigo la Eucaristía, para administrarla a
aquellos que lo desearan. Y el resto de las horas atendía en su casa a los
enfermos.
Además continuaba con su labor de enseñanza doctrinal: acudía todos los
días de precepto a catequizar a los niños y les preparaba, con dulzura y paciencia,
para recibir los Santos Sacramentos.
Más adelante, en los años sesenta, se trasladó a una vivienda parroquial
con su sirvienta y su pequeño dispensario para atender a los enfermos.
Después Gaetana se convirtió en directora del Pio Albergo Trivulzio [43],
una institución caritativa regentada por la Iglesia y el Estado, abierta en 1771 para
ayudar a los pobres y a los inválidos. El número de pacientes pasó de 100 a 460
en 1791. Por este motivo se quejó a las autoridades por las condiciones del local,
que estaba saturado [33].
Durante este periodo ocurrió una curiosa anécdota que da una muestra del
carácter de Agnesi. Era tan humilde que rehusó a que el escultor Giuseppe
Franchi cincelara un busto suyo. Así que el artista completó su obra basándose
en bocetos que trazó mientras ella se movía en su trabajo. A este curioso “robo”
de este artista le debemos agradecer que dispongamos de un recuerdo de la
matemática de Dios a sus sesenta y tres años [33,34]. Tanto en la escultura como
en uno de los bocetos, que figura como portada de la biografía de Antonio
Francesco Frisi, se aprecian las arrugas propias de una mujer de avanzada edad,

100
que no ocultan la mirada tranquila y bondadosa que ilumina su rostro. Esto
último encaja con una persona que se encuentra en paz, ese don precioso del que
gozan especialmente quienes dedican abundante tiempo a la oración. Resulta
lógico que con estas virtudes pudiera desempeñar de forma espléndida su acción
caritativa.

101
102
Figura 10: Reproducción de la escultura de Maria Gaetana Agnesi, cuyo autor es Giuseppe Franchi, en
el libro Antonio Francesco Frisi, “Elogio storico di D.a Maria Gaetana Agnesi”. Con permiso de la
Biblioteca Europea di Informazione e Cultura.

Posteriormente, en 1783, decidió mudarse al Albergo con sus escasas


pertenencias, un gesto de entrega completa a la caridad, aunque no dejó de
preocuparse por su familia, pues intervino ante las autoridades para evitar la
confiscación de las propiedades su hermano Giuseppe, que había heredado de su
padre una situación muy comprometida [33].
Años más tarde, en 1799, Gaetana murió de neumonía en el Albergo, en el
campo de batalla donde se había entregado todo su ser en favor del alma
sufriente. Coincidió con la invasión napoleónica, durante la que se había
prohibido toda ceremonia exterior, para evitar desórdenes entre las tropas y los
habitantes. Se celebró una Misa funeral en la basílica de Santo Stefano de Milán
y su cuerpo fue llevado al cementerio sin mostrar símbolos religiosos ni
presencia de un sacerdote. Cómo habían cambiado los tiempos. Durante la
segunda mitad del siglo XVIII se había producido un proceso de secularización
cuyo golpe definitivo sobrevino con la invasión francesa en 1796-1797.
Finalmente enterraron a Agnesi con otras quince mujeres en una fosa sin
ningún nombre [33]. ¡Qué cierre tan injusto para una mujer tan valiosa! Menos
mal que Antonio Francesco Frisi, aquel mismo año, le hizo justicia con una
biografía que me ha servido, junto con la de Massimo Mazzotti, para descubrir a
una mujer de mente brillante y alma de santa. También creo que deberían
estudiar su caso para una canonización.
Giuseppe, el hermano de Gateana, quiso recordar a la mujer de la que tanto
había aprendido con una lápida conmemorativa en la pared del cementerio.
Resume la intensa vida de esta mujer entregada y no vencida [34]:

Maria Caietana Agnesi


Devoción, doctrina y beneficencia
Aquí descansa
Fallecida en 1799 a la edad de 81 años

Parece que Giuseppe pensó más en la labor que desempeñó su hermana


durante sus últimos años —el amor a la Iglesia, su enseñanza de la doctrina y su
entrega a los desamparados— que en los méritos científicos, a los que no hace

103
alusión. Al fin y al cabo, para alcanzar la gloria eterna, se puede prescindir de los
últimos.

104
105
3. Alessandro Volta: “El milagro de la pila”

En el mundo de la ciencia se suele obsequiar a los más ilustres sabios


asignando sus apellidos a las unidades que denominan las magnitudes físicas.
Para la fuerza se utiliza el newton (N), para la potencia el watt (W) y para la
presión el pascal (Pa).
En el campo de la electricidad, tres unidades esenciales han sido
designadas en recuerdo a grandes científicos católicos: el voltio, la unidad de
fuerza electromotriz, en honor a Volta; el culombio, la unidad de cantidad
eléctrica, en homenaje a Charles Augustin de Coulomb, y el amperio, la unidad
de corriente o flujo eléctrico, en honor a André-Marie Ampère [56].
Entre ellos solo Volta alcanza el prestigio suficiente como para que se le
incluya a menudo en listas con los diez científicos más brillantes de la Historia.
¿Cuál es la razón? Porque inventó en 1799 la pila, también denominada como
batería.

106
Figura 11: Retrato de Alessandro Volta. Autor: Garavaglia Giovita.

Tan solo treinta años después de este acontecimiento, Tomasso Bianchi,


uno de sus primeros biógrafos, afirmaba que la pila había aportado avances a la
Física y a la Química como lo hicieron el telescopio a la Astronomía y el
microscopio a las Ciencias Naturales [57]. Y aún faltaba por gestarse el boom de
la Electrónica y de la sociedad de la información, donde las baterías constituyen
la sangre, un fluido sin el que la vida contemporánea retrocedería décadas.
¿Qué ocurriría si de repente dejase de existir este dispositivo? Por la
mañana muchos llegaríamos tarde al trabajo o al lugar de estudio (colegio,
universidad), porque nuestro despertador, alimentado por pilas, no funcionaría.
Desconcertados, nos preguntaríamos: ¿Qué hora es? Pero las agujas del reloj de
pulsera tampoco se moverían al faltarle las baterías. Algunos pensarían: “Menos
mal que tengo el smartphone. Eso solo les pasa a los tontos que confían en una
tecnología tan arcaica.” Sin embargo, todo cambiaría al descubrir que ¡Oh no!
¡Horror! ¡Mi teléfono móvil no funciona! La gravedad de la situación se

107
incrementa por momentos: ¿Cómo voy a saber qué tiempo va a hacer hoy? ¿Y mi
agenda con las reuniones para los próximos días? ¡No podré llamar por teléfono
en todo el día! Y lo que es peor, no me podré comunicar mediante mensajes con
toda mi red de contactos.
Bueno, solucionemos lo primero, acudir a mi destino. Para este caso de
urgencia en que se nos ha hecho tan tarde, lo mejor es llamar a un taxi. ¿Pero
cómo puedo telefonear si el smartphone no funciona, y el inalámbrico también
necesita baterías? Además, las horas a las que pasa el autobús las suelo consultar
en el móvil. Afortunadamente tengo la tablet. ¡Oh! Se alimenta como el teléfono
inteligente. Bueno, al menos hay una solución. Consultaré en el ordenador
portátil, que ofrece la opción de conectarse a la red eléctrica.
Tras consultar el horario y acudir a la parada, comprobaremos que el
retraso sufrido ha sido muy grande, y llegaremos a nuestro puesto
desorientados, sin mucha de la información que solemos adquirir.
En el caso de los estudiantes, que a menudo emplean en las aulas
ordenadores portátiles o tablets, se verían privados de estas herramientas porque
no siempre hay tomas de red eléctrica con que alimentar los dispositivos. Y
quienes trabajan en oficinas sufrirían también consecuencias. Cada vez hay más
dispositivos inalámbricos en los ordenadores de sobremesa: el teclado, el ratón...
Por no hablar de quienes tienen hijos: bastantes de sus juguetes funcionan con
pilas, mientras que los termómetros para saber cuándo están enfermos miden la
temperatura a mayor velocidad que los antiguos de vidrio, pero utilizan estas
preciadas fuentes de energía, sin las que estamos comprobando que no podemos
vivir.
Al terminar esta jornada de pesadilla, ya en nuestra casa, nos sentaremos
en el sofá para encender la televisión. Entonces, nos levantarnos del asiento
porque el mando a distancia se encuentra inutilizado. Y nos veremos obligados a
hacer lo mismo para controlar un DVD, o para activar el aire acondicionado, si
tenemos la suerte de disponer de instalación en nuestro hogar.
Y dentro de unos años la dependencia de las baterías será con toda
probabilidad mayor, dado el progresivo avance de los medios de transporte
eléctricos, que se alimentan de esta manera. Entre ellos destaca el coche
eléctrico, las bicicletas con batería y los drones.
¿Qué pasaría en una ciudad donde dejen de funcionar los transportes?
Todo se convertiría en un caos.

108
Reconozcamos que el prodigioso invento de Volta ha cambiado nuestras
vidas. Y ni siquiera he hablado aún de otras aplicaciones indirectas a las que ha
dado lugar, que citaré más adelante.
Con todo, esta obra maestra no apareció por casualidad. Tras la batería se
esconde un método de trabajo excepcional que fue dando frutos a través de
interesantes inventos y descubrimientos. El dominio que adquirió Volta en el
campo de la Electricidad se acrecentó mediante el debate que durante varios años
mantuvieron él y Galvani en torno a la existencia de un tipo de electricidad
animal, uno de los misterios de finales del siglo XVIII. Pero por encima, tal vez,
del talento creador, sobresalen sus valores humanos y espirituales: fue un
investigador que se caracterizó por su alegría y entusiasmo, e integró con
naturalidad la ciencia moderna con la tradición católica que recibió de su familia
y de su entorno social.
Recorramos cada uno de los aspectos que caracterizan a este sabio italiano,
para poder comprender cómo se gestó el milagro de la pila, ese tesoro tan
nuestro.

109
3.1 Comienzos difíciles para un científico vocacional

Alessandro Volta nació en 1745 en Como, una pequeña localidad de la


región de Lombardía, situada en el norte de Italia. Se cree que una posible
influencia en el devenir profesional de Volta fue el marido de la niñera que le
cuidó de pequeño [58]. Aquel hombre fabricaba barómetros y termómetros. Más
tarde, estudiando en los jesuitas, el futuro inventor de la pila atrajo la atención de
sus profesores por su rapidez en captar ideas, por su fuerza de voluntad y su
ingenio. Estas cualidades, unidas a un gran aprecio por la religión católica,
condujeron al joven Volta a cuestionarse, guiado por su profesor de Filosofía
Bonesi, su ingreso en la Compañía de Jesús.
La familia de Volta influyó negativamente, en concreto un tío que era
dominico [38]. Les parecía arriesgado que ingresara en los jesuitas, a quienes
habían expulsado de varios países europeos. Asimismo, estaba previsto que
Alessandro fuera el heredero de la familia porque, aunque era el más pequeño de
sus hermanos, estos habían seguido la carrera eclesial. Por lo tanto correspondía
al benjamín la tarea de perpetuar la saga de los Volta.
Lo cierto es que Bonesi poseía una gran habilidad para reclutar sacerdotes.
No obstante, en treinta cartas intercambiadas con Volta y en las memorias de
Gattoni, un amigo de Volta que actuó de intermediario y que luego se hizo
sacerdote, queda patente que la vocación de Alessandro era auténtica y no
coaccionada por el jesuita [58].
Esta experiencia marcó profundamente el corazón de Volta, que acudió a
Misa y rezó el rosario de forma cotidiana durante toda su vida. Al mismo tiempo
apoyó la labor evangelizadora de la Iglesia, responsabilidad que también afecta a
quienes no optan por el sacerdocio: “La tarde de un festivo se le encontraba a
Volta en medio de un grupo de niños a los que explicaba el Catecismo” [59], tarea
que cumplió en San Donino de Como hasta que se trasladó a Pavía en 1778. En
este templo figura la siguiente lápida: “Enseñando el catecismo se preparó para el
milagro de la pila”.
La formación escolar de Volta se centró por un lado en la Filosofía y por
otra en la Física moderna. En el campo de la Filosofía se interesó por los
animales. Sostenía que en ellos podía existir una espiritualidad como en las
personas, una noción con poco fundamento y contrapuesta a la doctrina

110
cristiana, pero que encaja en un adolescente con tanto interés por la
trascendencia y amor por la naturaleza que deseaba que hasta los animales
poseyeran alma [38,58].
La Física le apasionó aún más que la Filosofía, hasta el punto de querer
hacer de ella su profesión. Su familia, por el contrario, prefería que estudiara
Derecho. Sin embargo, Volta es una de esas personas con una clara vocación
profesional desde su niñez y no se le podía desviar fácilmente de esta inclinación.
Incluso en el campo de las letras, donde demostró sus dotes al componer versos
que le encargaban para bodas o para consagraciones religiosas, se conserva una
composición suya en que describe con aire desenvuelto y divertido (tal fue
siempre su carácter) los principales fenómenos de la ciencia, y sobre todo los
descubrimientos que se estaban haciendo en el campo de la Electricidad. La
figura de referencia era Benjamin Franklin, que había evidenciado que el rayo
era un fenómeno eléctrico [57].
A Volta le apasionaba el mundo que habían explorado otros compatriotas
suyos como Leonardo da Vinci o Galileo. Por eso, siguiendo sus pasos, realizaba
por su cuenta experimentos de Química y de Física [38].
A avivar estas inquietudes contribuyeron los libros a los que accedió en la
biblioteca de los jesuitas. Pudo leer a ilustres autores como Descartes, Ricatti o el
propio Galileo, y localizó un tratado sobre Electricidad de un autor no tan
célebre, Giovanni Battista Beccaria, un buen divulgador de Franklin y de otros
investigadores que se dedicaban al estudio de esta incipiente materia. Quizá por
eso le atrajo su obra. De modo que decidió cartearse con él, para convertirlo en su
maestro a distancia.
La Electricidad en tiempos de Volta era la última tecnología.
Consiguientemente, atraía a muchas personalidades de la República de las Letras
[38], un país imaginario cuyas fronteras se trazaban a partir del conjunto de
nacionalidades de la red de científicos que más influían entonces. Esta región se
puede situar actualmente en lo que ocupa Alemania, Bélgica, Holanda, Austria,
Suiza, Italia, Francia e Inglaterra, con dos capitales por excelencia: París y
Londres.
Alcanzar el nivel de quienes componían esta sociedad no resultaba fácil.
Como en toda disciplina, se necesita ganarse una reputación y asociarse con
otros; en definitiva “integrarse en la red”. Dentro de esta internet convivían dos
corrientes: los partidarios de Franklin, los franklinistas, y los del eclesiástico

111
francés Nollet o nolletistas. Para los primeros todo se explicaba mediante dos
tipos de electricidad que se oponían cualitativamente, mientras que para los
segundos existía un solo tipo, y los efectos de atracción y repulsión se debían a
fuerzas mecánicas.
Con tan solo veinte años Volta era un perfecto desconocido para la
República de las Letras. Al mismo tiempo, arrastraba el inconveniente de no
hallarse integrado en ningún grupo, lo que le obligaba a trabajar de forma
independiente y autodidacta. No obstante, poseía una clara estrategia para
introducirse en esta sociedad. Su primer paso consistió en dirigirse a una
personalidad importante como Beccaria. El segundo fue centrarse en lograr una
contribución de impacto. Algo que, como diríamos hoy, pudiera publicarse en
Nature o en Science. Así que se le ocurrió la brillante idea de obtener una ley
general para la electricidad con la que conciliar los frentes nolletista y
franklinista. En el fondo aspiraba a conseguir lo que Newton había aportardo a la
Dinámica con su ley de la gravitación universal, que permitía explicar por qué los
objetos caían al suelo o cómo los planetas giraban en torno al Sol sin alejarse
definitivamente del astro rey.
Volta comenzó por algo sencillo. Primero preparó una tabla de materiales
en la que distinguía los que se cargaban mediante frotamiento de forma positiva
de los que lo hacían de forma negativa. En medio estaban los conductores, que
dependiendo de la sustancia con que estuvieran en contacto se cargaban por
frotamiento de una de las dos maneras. Su conclusión más importante fue que,
al friccionar entre sí elementos que se encontraban más alejados en la escala,
estos se electrificaban más.
Por desgracia para Volta, la triboelectricidad, término con el que la ciencia
moderna ha denominado al fenómeno de “carga por fricción”, ya lo había
descubierto unos pocos años antes el sueco Johan Carl Wilcke. De todas formas,
todo esto le sirvió a Volta para ir adquiriendo experiencia y conocimiento de los
fundamentos básicos de la Electricidad.
Por otra parte, en estos primeros estudios se vislumbra el carácter
particular de Volta, propio de un ingeniero. Diseñó una máquina electrostática
similar a las de otros científicos, como Nollet. No obstante, Volta utilizaba
materiales diferentes y analizaba si su comportamiento era acorde con lo que
había hallado en su tabla. No consiguió que su instrumento funcionara del todo
bien, aunque al menos quedaba el intento de confirmar experimentalmente las

112
conclusiones de la tabla de materiales que había averiguado [38].
Mientras Volta avanzaba con sus trabajos, su tutor Beccaria, de un perfil
más teórico, elaboró la teoría de la electricas vindex, regeneración eléctrica [60],
que le interesó mucho a su discípulo: “Cuando dos aislantes con distinta carga se
ponen en contacto, su electricidad se vuelve nula. Luego, cuando se separan los
aislantes, la electricidad originaria se regenera” [38]. Explicado en términos
matemáticos: si un objeto posee cinco cargas positivas y otro cinco negativas, la
carga resultante de juntar ambos es: 5 - 5 = 0. Sin embargo, al separarlos, ambos
recuperan su carga original.
Beccaria ampliaba además esta explicación a la unión entre un aislante y un
metal. Pero este razonamiento no convenció a Volta, especialmente porque no
citaba el fenómeno de la atracción entre los cuerpos, que él sí consideraba para
su ley general de la electricidad con la que soñaba.
De manera que en 1769, a la edad de veinticuatro años, pensó que era el
momento de contribuir a la ciencia con su primera memoria: “De vi attractiva
ignis electrici, ac phaenomenis inde pendentibus”, “Sobre la fuerza de atracción
del fuego eléctrico y los fenómenos dependientes de ello” [58].
Para redactarla partió de sus estudios sobre fricción, donde había
comprobado que un mismo material podía recibir y enviar fluido eléctrico. De
modo que pensó en una explicación que no dependiera de las propiedades
específicas de cada sustancia, sino de las leyes generales de atracción. En esta
línea desarrolló una idea nueva y arriesgada para un neófito como Volta: la
applicatio. Con ella se refería a una situación en que la electricidad externa a un
objeto le influía por efecto de la atracción. Conjuntamente, Volta reconstruyó la
regeneración eléctrica de su maestro Beccaria. Su discípulo indicaba que se
originaba porque las fuerzas de atracción y de la electricidad se neutralizaban
temporalmente al estar cohesionados los dos elementos, aunque esto no
significaba que estas fuerzas desaparecieran, como sostenía el tutor de Volta.
La memoria la escribió en latín, la lengua científica del siglo XVIII junto
con el francés, como si fuera una carta dirigida a Beccaria. Pero lamentablemente
se produjo un choque de trenes. ¡Un joven describiendo conceptos nuevos que a
la vez contradicen a un profesional sénior! Demasiado para su tutor. Beccaria
refutó a Volta en su posterior tratado L’Elettricismo artificiale, La electricidad
artificial, y por correo postal le indicó que desistiera en su demostración de la
relación entre mecánica y electricidad. Se podía entender como un “cállese para

113
siempre, señor Volta” [38].
Quienes nos dedicamos a la investigación sabemos qué implica un rechazo
de este calibre, bien porque nos haya tocado personalmente una situación como
la de Volta, o por habérsela escuchado relatar a otros. Se asemeja a quedarse sin
padres a una edad temprana, porque un científico recién iniciado es como un
adolescente que necesita mentores, guías para su camino. Así que el edificio que
construía Volta se vino abajo por ese desafortunado suceso.
Se suele decir que cuando se cierra una puerta, Dios abre otra. Menos mal
que acudió en su ayuda Paolo Frisi, matemático y astrónomo milanés que
apareció en el capítulo de Agnesi, con el que se carteaba. Este le consoló y animó.
No estaba derrotado nuestro protagonista. Al contrario, esto reforzaría su
voluntad. Volta estaba llamado a grandes contribuciones para la ciencia.

114
3.2 Grandes inventos y descubrimientos de un
científico experimental

Aún con el apoyo de Frisi, probablemente a Volta le vendrían pensamientos


del tipo ¿hacia dónde puedo tirar? Si se me permite recurrir a mi testimonio
personal, también tras defender la tesis doctoral y con una edad muy similar a la
del batacazo de Volta, unos veintiséis años, me enfrenté a una situación
complicada. No porque sufriera un desencuentro con mi tutor. Al contrario. Le
estoy muy agradecido por toda su guía y ayuda. Pero sí que tuve en común con
Volta ese decidir qué hacer con mi futuro. No sabía hacia dónde dirigirme.
Visité un centro tecnológico de prestigio en el que me recibió un físico. De
toda la conversación que mantuvimos, recuerdo especialmente una pregunta
que me formuló:
—¿Eres teórico o experimental?
Aunque nunca me habían planteado una cuestión similar, le entendí al
momento:
—Teórico —le respondí.
Él asintió sonriendo:
—Yo también.
En el campo de las ciencias y de la ingeniería se requiere distinguir estos
dos perfiles. Un teórico es una persona a la que le gustan los cálculos
matemáticos, físicos, químicos o biológicos. Le enciende una ilusión especial por
comprender hasta el más mínimo detalle lo que ocurre. Una vez asimilados los
fundamentos, probablemente desarrollará alguna aplicación. Asimismo, puede
ser que no dé ese paso y que siga profundizando en las nociones elementales,
pues por lo general el campo de investigación de cada persona es como un pozo
sin fondo. Siempre existe algo más por estudiar. Por el contrario, a un científico
experimental no le importan tanto los porqués sino conseguir que algo funcione.
Con lo que el objeto final suele ser un instrumento. Una vez diseñado,
aprovechará para comprender mejor su estructura y, de esta manera, logrará
extraer un mejor rendimiento de su invento.
A veces hay personas que no tienen tan claro su perfil porque contienen
una mezcla (por ejemplo un 60% teórico con un 40% experimental), si bien me
atrevo a decir que cada cual podría contestar a la pregunta que me expuso aquel

115
físico.
En el caso de Volta, el propio Paolo Frisi le ayudó a descubrir qué clase de
científico era. Le sugirió que se centrara en la fabricación de aparatos, en vez de
en la teoría.
Así que Volta pensaría: “Si poseo esta virtud, voy a explotarla”. Con un
carácter muy voluntarioso, que se sobreponía a las decepciones, publicó en 1771
su segundo artículo, “Novus ac simplicissimus electricorum tentaminum
apparatus”, dedicado esta vez a Lazzaro Spallanzani [58], profesor de Ciencias
Naturales en la Universidad de Pavía, con quien mantenía desde hacía poco
relación epistolar sobre Física y Biología. El documento de Volta seguía
conservando ideas de la publicación de 1769 —el concepto de applicatio así como
la relación entre mecánica y electricidad—, a la vez que analizaba las propiedades
y el comportamiento de distintos conductores y dieléctricos [38]. Aunque la
principal novedad fue más bien que el énfasis se centraba en la explicación de
dos nuevos aparatos. Uno era la máquina electrostática, que hasta entonces se
elaboraba con vidrio, y que confeccionó con madera. Mediante el calentamiento
de este material, que tradicionalmente se comportaba como un conductor,
conseguía que actuara como un dieléctrico. El otro artilugio era el condensador
de Franklin (denominado Franklin square), para el que en lugar de vidrio
empleó madera. Con estos equipos Volta reforzaba experimentalmente la teoría
expuesta en su memoria. Digamos que su nueva estrategia fue introducir
principios que se apoyaban en aquella cualidad mediante la que superaba con
creces a sus coetáneos: el diseño y la invención.
Asimismo, se propuso reconstruir su red de contactos. Recordemos que
Volta trabajaba como autodidacta y que había centrado sus esperanzas en
Beccaria, pero este lo había rechazado. Tampoco había alcanzado a que el Abbé
Nollet, figura de referencia en el campo de la Electricidad en Francia, se
interesase por él. Su muerte en 1770 anuló toda posibilidad. De modo que abrió
un nuevo campo con Joseph Priestly [38], una autoridad en la otra gran potencia
de la República de las Letras: Inglaterra. Este científico es famoso, junto con
Lavoisier y Scheele, por aislar oxígeno gaseoso, y en el campo de la Electricidad
ayudó a enunciar la ley Coulomb de la electrostática, al indicar que la fuerza
electrostática es inversamente proporcional al cuadrado de la distancia. A través
de este contacto entabló relación con la comunidad inglesa y, junto con Paolo
Frisi, fueron sus dos grandes valedores en sus investigaciones. Le animaban a

116
que siguiera con sus máquinas.
Sin embargo Volta no podía sobrevivir solo con este oficio. Así que se
financió a través del puesto de profesor de Física experimental en las escuelas de
Como, donde acreditó su originalidad y su visión práctica. A los padres de los
alumnos les hacía demostraciones de Física y al terminar les ofrecía unos
refrescos para que la gente se juntara y charlara un rato [38].
Aunque las obligaciones de su nueva profesión le quitaban tiempo, Volta
era un torrente de energía y siguió estudiando la electricidad regenerada de
Beccaria. Volvió a la carga por la vía del desarrollo del electróforo en 1775 [60].
Este se compone en primer lugar de una base aislante en forma de disco que se
puede cargar de manera negativa mediante frotación. Cuando la base aislante
entra en contacto con un disco metálico, las cargas de este último se reordenan
por efecto de la atracción (las positivas se posicionan cerca del aislante y las
negativas lejos). Después, se pone a tierra el metal por la cara donde se hallan las
cargas negativas para extraerlas. Ya solo quedan las positivas. Ahora
levantaremos el disco metálico mediante un asa unida a él provista de aislante.
Así se evita perder las cargas positivas. La separación entre el metal y el aislante
inducirá una diferencia de potencial. Y como el metal se encuentra cargado
positivamente, cuando se le acerque un dedo atraerá las cargas negativas del
dedo y se generará un chispazo o incluso formas arbóreas similares a las de un
rayo (denominadas figuras de Lichtenberg). El metal quedará descargado. Y con
un sencillo proceso se podrá repetir el chispazo: conectar el metal otra vez al
aislante y volverlo a levantar.

117
Figura 12: Electróforo de Volta: a) Esquema general; b) Descripción de su funcionamiento.

Esta acción se podía repetir unas cuantas veces (de ahí el nombre que le dio
Volta de electróforo perpetuo), lo que suponía un gran avance con respecto al
instrumento más popular del momento: la botella de Leyden. Con esta se podía
obtener también un chispazo o una sacudida eléctrica, pero para reutilizarla era
necesario volver a suministrarle carga.
Probablemente los ajenos a la cuestión dirán del electróforo: “Qué objeto
tan divertido”. Volta, en cambio, perseguía un fin muy diferente. Ante la negativa
de Beccaria a aceptar por la vía de los conceptos teóricos que no tenía razón en su
explicación de la electricidad regenerada, demostraba que juntando un aislante y
un metal seguía habiendo electricidad. De lo contrario no sería posible recargar el
metal al contactar con el aislante. Al mismo tiempo, la máquina ofrecía una serie
de características que buscaba Volta en sus diseños: replicación sencilla,
portabilidad y capacidad para utilizarlo de cara a la compresión de los
fundamentos de la electricidad.
Conviene aclarar que el primer electróforo lo fabricó Wilcke [60]. Sin
embargo, Volta lo refinó y volvió tan famoso que se le ha atribuido a él. Es cierto
que Wilcke le precedió en la gloria, pero el suyo era de menor energía. Volta
incrementó su potencia y lo hizo merecedor del término electróforo perpetuo

118
gracias a una serie de detalles de maestro, como curvar el borde del disco
metálico o estudiar el instrumento con discos aislantes hechos de distintos
materiales hasta descubrir uno que ofreciera un comportamiento óptimo [38].
Esta anécdota sobre la autoría guarda mucha similitud con el telescopio.
Aunque Galileo no lo inventó, le dio una perfección suprema que le otorgó
celebridad.
Se puede concluir que con el éxito del electróforo, unido a un don natural
para vender su producto, Volta se doctoró y se le reconoció como ciudadano de la
República de las Letras. El fracaso de Beccaria había quedado superado y, como
corona, logró en 1778 la cátedra de Física en la Universidad de Pavía [38,58]. Le
apenaría tener que dejar su querido Como, donde vivía su familia y donde había
compatibilizado su puesto de profesor con el de catequista admirablemente: “La
clase de doctrina de Volta era la más abarrotada y a menudo muchos no
encontraban sitio. Explicaba el Catecismo como un maestro. Sacaba
comparaciones y ejemplos, los más fáciles para la mente de sus jóvenes oyentes.
Se hacía niño entre los niños. Alegraba a sus oyentes con inocentes chistes y
bonitos cuentos que despertaban su atención. Los mismos curas querían acudir,
pero tenían que conformarse con pasar cerca de aquella aula dichosa, para
escuchar también ellos algo de la enseñanza del gran físico” [61].
A pesar de la enorme responsabilidad de su nuevo puesto como catedrático
en Pavía, Volta continuó preocupándose de ahondar sus conocimientos sobre la
fe católica:
“Solía dedicar las fiestas académicas a estudios religiosos, y usaba
constantemente libros de monasterios, especialmente los del colegio
antiguamente ocupado por los jesuitas, expulsados de Austria en 1773. Lo
llamativo es que, teniendo en cuenta los amplios conocimientos sobre estas
materias, nunca se puso a enseñar a los teólogos o a reformar la Teología en
nombre de la ciencia”. Sabía bien que la fe católica se sustenta sobre roca: “las
leyes que hemos traído para iluminar los caminos que hemos abierto no deben
generar ningún prejuicio contrario a la antigua verdad, ni deberíamos por ello
atrevernos a obstruir o desviar a los hombres del único camino trazado por
tantos pies” [59].
En el terreno científico, los centros de enseñanza superior de la península
itálica no alcanzaban el nivel de otros como los de Francia y en Inglaterra, donde
investigaban e impartían docencia auténticos equipos [38]. No obstante, el nivel

119
de los profesores de las universidades italianas del XVIII era muy alto: la propia
Universidad de Pavía contó durante varios años con el jesuita Ruder Boscovich,
gran astrónomo y precursor de la teoría atómica, mientras que en la Universidad
de Bolonia, a pocos kilómetros, surgió otro coloso: Luigi Galvani, fundador de la
Electrofisiología.
Asimismo, la adaptación de Volta al mundo universitario fue excelente. En
lo que se refiere a sus clases, poseía un estilo sencillo, alegre y animado que
conectaba con el estudiante [57]. Prueba de su popularidad es que en solo siete
años, en 1785, fue elegido por los alumnos, según la costumbre de la época,
rector de la universidad [58]. Con el paso de los años iría adquiriendo un
creciente dominio de la materia, y su visión experimental y aplicada le permitiría
explicar de forma sencilla el complicado mundo de la Electricidad. Durante sus
últimos años los alumnos escuchaban sus lecciones como oráculos. Pero no por
esto se le subía a Volta la fama a la cabeza. Al contrario, su humildad inspiraba
reverencia y confianza [57]. A la vez contribuyó a la cátedra perfeccionando las
máquinas con que contaba la universidad, aportando equipos provenientes del
extranjero, o inventando otros. Uno de ellos fue el condensatore. Era similar al
electróforo en cuanto que se basa en un disco aislante y en otro conductor. Sin
embargo, el funcionamiento difería. Se trata de que si, estando en contacto el
metal con el aislante, se acopla una carga débil al metal, cuando se separa el
metal, este queda electrificado mucho más que si no se realiza este
desplazamiento [38].
Volta indagó sobre este curioso fenómeno, que se puede explicar mediante
la ley que lleva su nombre, la ley de Volta de la capacitancia de un condensador:

C = Q/V

donde C la capacidad, Q es la carga y V el voltaje. Esta ecuación, básica en la


Electricidad, resulta de gran utilidad para comprender el condensatore, ya que
entre el metal y el aislante se crea un condensador. El aire es el dieléctrico, en la
superficie del aislante están las cargas negativas y en el lado del metal enfrentado
al aislante están las cargas positivas. Al separar el conductor del aislante la
capacidad disminuye y, como la carga es la misma, el voltaje aumenta. De
manera que el instrumento actúa como un detector de carga eléctrica mucho más
sensible que antes de separar las placas. Por eso Volta lo llamó

120
microelectroscopio, porque su objetivo era detectar electricidad.
Sobre esta idea publicó, más tarde en Inglaterra, “Of the Method of
Rendering very Sensible the Weakest Natural or Artificial Electricity”, es decir,
“Del método para hacer sensibilísima la más débil electricidad, sea natural o
artificial” [57]. En aquel artículo, de 1782, se incluía por primera vez la ley de
Volta [62].
Una aplicación importante del condensatore la obtuvo al detectar, durante
una aurora boreal del año 1780, la electricidad atmosférica [38]. Cuando el
conductor y el aislante se encontraban unidos, la carga eléctrica que captaba era
insuficiente como para el voltaje en el condensatore pudiese ser detectado con
los aparatos de la época, mientras que al separarlas, la misma carga servía para
generar un voltaje que sí se percibía.
Todos los inventos de Volta siguen una lógica. Ahora que dominaba el
condensador, se fijó en una máquina que lo utilizara. Se trataba del electrómetro,
con el que se podía calcular el voltaje. Esta parámetro indica el trabajo ejercido
por el campo eléctrico para mover una carga entre de un punto a otro. Resulta,
junto con la corriente, esencial en los campos de la Electrónica y la Electricidad.
El electrómetro se componía, hasta el que inventó Volta, de dos varillas
conectadas a un metal al que se le comunicaba la carga eléctrica. Una botella
recubría el sistema para que no influyera el viento. Cuando el conductor no
estaba cargado, las dos varillas de igual longitud se alineaban por la gravedad
verticalmente, y cuando la bola recibía electricidad, esta se distribuía de forma
equilibrada en las varillas, que se separaban más o menos en función de la carga
recibida. El ángulo de inclinación de la varilla era proporcional al voltaje. Algunos
empleaban un condensador en vez de una bola para recoger una mayor carga, en
definitiva, para incrementar la sensibilidad.

121
122
Figura 13: Electrómetro de paja.

Volta, que gracias a su condensatore comprendía bien el motivo del


incremento del límite de detección, también utilizó este tipo de diseño, si bien le
introdujo importantes mejoras. Quería hacer de este equipo su creación más
sublime, un electrómetro con el que se pudiera medir con fiabilidad.
Primero cambió el material de las varillas. Habitualmente se empleaba el
oro, pero él utilizó paja, más ligera y con una mayor superficie efectiva para la
repulsión. Así mejoraba 35 veces la sensibilidad del electrómetro de Henley, a la
vez que se abarataba el coste del dispositivo. Al mismo tiempo consiguió
incrementar el rango de grados en que el dispositivo se comportaba linealmente
(20 en el de Volta frente a 14 en el de Henley) [38].
La segunda novedad fue introducir para sus electrómetros un sistema de
calibración, a fin de que un grado fuera el mismo voltaje en cualquier dispositivo
fabricado. Para lograr este objetivo creó una balanza electrostática, similar a la

123
balanza clásica, la formada por dos platillos cuya posición se equilibra cuando la
masa del objeto que quería medir equivale a la de la pesa patrón. La diferencia
era que uno de los platillos se sustituía por dos discos metálicos enfrentados.
Uno se fijaba al suelo y el otro quedaba en suspensión. Cuando ambos
elementos se cargaban, se producía una fuerza de repulsión entre ellos. El de
abajo no podía moverse, mientras que el de arriba se separaba hasta que se
equilibraba la balanza cuando la fuerza era igual a la de la pesa del otro platillo.
La medición con esta máquina era más exacta, ya que una pesa calibrada es muy
estable en el tiempo. No obstante era más lenta y limitada a los valores de las
pesas de que se dispusiera. Por el contrario, el electrómetro de paja era más
rápido y sencillo, aunque requería de la balanza para su calibración.
Volta se estaba adelantando al modelo de la ciencia y de la ingeniería
moderna, donde los instrumentos de medición se calibran con patrones precisos.
De hecho, los resultados del electrómetro de paja se han podido reproducir más
de un siglo después: un grado equivale a 13.35 voltios [63]. Por todos estos
motivos, el nombre dado a la unidad de fuerza electromotriz es el apellido de este
gran científico italiano.
Qué cantidad de instrumentos poseía nuestro protagonista: el electróforo,
el condensatore, el electrómetro de paja...
Volta era un buen comercial, y vio una excelente oportunidad para dar a
conocer sus trabajos y sus diseños viajando. Aun cuando ya había hecho con
anterioridad una gira por Suiza y Strasburgo, su viaje con mayúsculas, donde
pudo mostrar sus aparatos y conocer a investigadores de otros centros del saber
europeo, tuvo lugar entre 1781-1784 [38]. En París impartió clases y asistió a
lecciones sobre temas relacionados con la Química. Además conoció a Lavoisier y
Laplace, columnas de la comunidad científica de París, con quienes colaboró para
dar un paso más hacia la explicación de por qué se desencadenan las tormentas.
Juntos demostraron que mediante el paso de un cuerpo en estado sólido o
líquido a gas este se puede cargar eléctricamente. Una de las pruebas
fundamentales la obtuvo Volta cuando dejó patente que el agua se puede cargar
de forma positiva o negativa al pasar a estado vapor dependiendo de si hay o no
un posterior enfriamiento [64]. Y para efectuar las medidas, los parisinos
confiaban en el electrómetro de paja de Volta, lo que indica que el italiano se
desplazaba con sus artilugios.
Volta también conoció a Coulomb en su estancia parisina, con el que no

124
congenió porque su perfil era de tipo más teórico, con un método contrario al de
Volta. Si hubieran sabido que sus nombres iban a ir tan unidos en los libros de
ciencia...
Después de París, Volta continuó en Londres. Su larga amistad con Priestly
le ayudó a abrirse camino y conoció a varias personalidades. Le nombraron
miembro de la Royal Society. Tanto le gustó el país que se trajo a Lombardía
libros ingleses y animó a sus paisanos a que los leyeran [38].
Más tarde, en 1784, completó otro viaje a Alemania, donde conoció a
Lagrange y a Lichtenberg. Este último decía de Volta que se presentaba a las 7:30
y que no interrumpía su labor hasta el mediodía. Asimismo, el italiano le trajo
infinidad de instrumentos para mostrarle, y juntos desarrollaron muchos
experimentos. El viaje fue un éxito, y su colega alemán se preparó para
concederle el título de Newton de la Electricidad [60].
Al terminar esta gira, Volta había asimilado una gran variedad de
conceptos. Al mismo tiempo, manejaba una gama de elementos tan amplia, que
ya podía lanzarse al asalto del mayor invento de su vida. Sin embargo, antes haría
su incursión en otras ciencias.

125
3.3 Un genio también en la Química y la Física de los
gases

Nuestro protagonista dedicó entre 1776 y 1791 mucho tiempo a la Química,


materia en la que desempeñó un papel relevante. A pesar de que, salvo los cursos
a los que asistió en París, casi todo lo aprendió por su cuenta, esta dificultad la
compensó con su poder de observación. Estaba en 1776 a la orilla del lago
Maggiore, cerca de Como, cuando tocó el fondo con un palo y se fijó en que salía
aire. El siguiente paso fue arreglárselas para meterlo en una botella. De ahí
publicó al año siguiente unas cartas sobre el citado gas, “Lettere sull’aria
inflamabile nativa delle paludi“, es decir “Cartas sobre el aire inflamable nativo de
los pantanos” [57]. El gas en cuestión era nuevo: el metano. Este compuesto se
encuentra en dos importantes fuentes de energía: el biogás y el gas natural. En el
segundo su presencia ronda el 75%. A su vez, el metano se utiliza en la industria
para generación de hidrógeno, metanol, ácido acético y anhídrido acético [65].
Por otra parte, Volta certificó con su descubrimiento que se podía obtener
gas inflamable natural. Hasta entonces, según afirmaban Lavoisier y Priestly,
solo se había visto el de origen metálico. De todas formas, Volta no se quedó
anonadado y satisfecho con su hallazgo. Se caracterizaba casi siempre por la
búsqueda de una aplicación. De modo que, a raíz de contemplar cómo ascendía el
metano, se le ocurrió un nuevo invento: el eudiómetro. Se lo comunicó a Priestly
en una de sus cartas: “Descripción del eudiómetro de aire inflamable que, una
vez cerrado, sirve de aparato universal para la ascensión de aires inflamables de
cualquier tipo mezclados en cualquier proporción con aire respirable más o
menos puro y para otros análisis” [57]. El aparato consiste en una probeta
graduada y cerrada por un extremo y abierta por el otro. Esta se introduce en un
líquido que penetra dentro de la mezcla de gases. En el extremo cerrado del
recipiente se colocan dos electrodos, entre los que se podrá inducir un chispazo
que desencadenará un proceso de combustión. La graduación del instrumento
permite medir la variación de volumen de gas encerrado.
Volta construyó, a partir de su invento, un mosquete y una pistola de aire
inflamable, en este último caso gracias a la violenta explosión de otro gas, el
hidrógeno [57].
El italiano también logró otra notable aportación al comprobar en 1791 la

126
linealidad en la dilatación del aire con la temperatura. Lo hizo diez años antes de
Gay-Lussac [58], aunque el propio Gay-Lussac reconoció que el francés Charles,
en un trabajo no publicado de 1787, había demostrado el mismo fenómeno [66].
Por solo cuatro años no alcanzó a llevarse el galardón. Como reconocimiento a su
esfuerzo algunos consideran a esta ley como la de Volta-Gay Lussac [67].

127
3.4 La obra maestra de Volta: la batería

Aun con su incursión en el mundo de la Química, Volta no dejó de


interesarse por la electricidad. Concretamente, en 1791, le interesa mucho un
libro publicado por el profesor de Medicina de la Universidad de Bolonia Luigi
Galvani: De Viribus Electricitatis in Motu Musculari Commentarius, Comentario
sobre las fuerzas eléctricas que se manifiestan en el movimiento muscular. En él
se mostraban sus investigaciones de más de diez años sobre la presencia de
electricidad en los animales. Especialmente estudió las ranas, porque ofrecen
una sensibilidad mayor que otros seres vivos. Su principal conclusión fue que un
fluido eléctrico circulaba por los nervios y cargaba a las fibras musculares, por
dentro, de electricidad negativa, y por fuera de positiva. Muchos científicos
apoyaron esta tesis, entre ellos el propio Volta, quien al año siguiente repitió y
confirmó esos experimentos y expresó su admiración por lo que Galvani
denominaba como un nuevo tipo de electricidad: la “electricidad animal” [38].
Con el tiempo, Volta, de acuerdo con su actitud de búsqueda de la verdad,
comenzó a dudar de Galvani. En una mente como la del genio lombardo, con una
visión global de la electricidad, no podían caber dos electricidades distintas. De
modo que se cuestionó sobre el origen del desequilibrio eléctrico que inducía la
contracción del músculo de la rana. Al contrario que Galvani, pensaba que era
externo. Lo primero que le sorprendió fue la poca carga eléctrica que se
necesitaba para la excitación del animal muerto: ¡0.0002 grados en su
electrómetro de paja! [38] ¿No sería que una pequeña cantidad de electricidad
derivada del montaje externo provocaba esta contracción?
Así que estudió el efecto del contacto entre metales como generadores de
fuerza electromotriz con su lengua. Se percibía un sabor ácido al estimular los
nervios del sentido del gusto [68]. Además estudió el efecto de la anterior prueba
sobre su ojo. Entonces aparecía un destello de luz. Con estos dos experimentos
verificaba a la vez que no era necesario el músculo para que circulara la corriente,
lo que le sirvió a Volta para elaborar la teoría de los contactos metálicos. Esta
indica que la fuerza electromotriz que se origina a través del contacto entre dos
metales depende de sus materiales.
Volta clasificó los metales por su tendencia a producir electricidad positiva
o negativa al ponerlos en contacto. Y concluyó que el músculo de la rana se

128
contraía porque los metales que se conectaban eran diferentes.
La respuesta de sus colegas no se hizo esperar. Galvani y su sobrino Aldini
constataron que con un arco monometálico se podía lograr la excitación de un
anca de rana seccionada del cuerpo del animal. Y también sin arco
monometálico: conectando con la superficie del músculo la punta del nervio
femoral seccionado [57]. De esta manera se cierra un circuito en el que, sin
presencia de metal, circula corriente.
Volta puso en acción todos sus conocimientos de electricidad: estudió de
forma minuciosa todas las situaciones con las que se obtienen contracciones en
el músculo de la rana, excitación del sentido del gusto o destellos de luz en la
visión. Clasificó los conductores en dos grupos: conductores de primera clase
(los metales) y de segunda clase (húmedos). Luego definió tres casos para la
creación de corriente: dos metales y un conductor húmedo, dos conductores
húmedos y un metal, y tres conductores húmedos [69]. Ayudado de estas leyes
argumentó, frente al último experimento de Galvani, que se encontraba en el
segundo o en el tercer caso.
Este último golpe de Volta a la tesis de su colega italiano sobre la presencia
de electricidad en los animales parecía mortal. Ni siquiera sin metal se podía
argumentar contra su afirmación.
A pesar de todo, Galvani no se rindió. Colocó, sobre dos soportes de vidrio,
dos ancas de la misma rana en las que el nervio ciático estaba seccionado. A
continuación movió uno de los soportes hasta que el nervio correspondiente a
una de las patas entrara en contacto con dos puntos diferentes del otro nervio.
Entonces se contraía la primera pata y a veces las dos, lo que evidenciaba que en
un solo tipo de material existía electricidad [68].
Este trabajo marcaba la victoria definitiva de Galvani. Por desgracia, su
descubrimiento pasó desapercibido y quedó durante muchos años la sensación
de que había ganado Volta [57]. Asimismo, Galvani padeció un doloroso final.
Las autoridades napoleónicas, que habían invadido el norte de Italia, le
despojaron de su plaza de profesor debido a que se negó a aceptar los principios
de su sistema político, porque los consideraba contrarios a su arraigada fe
católica (nunca terminaba sus clases sin exhortar a sus oyentes y guiarlos hacia
la noción de la eterna Providencia, que desarrolla, conserva y hace circular la vida
por tan diversos seres) [70]. Galvani falleció tan solo un año después de su gran
demostración [68]. El tiempo suele hacer justicia a la verdad, y con posterioridad

129
se ha reconocido que Galvani fundó una nueva ciencia: la Electrofisiología.
Este profesor también sostenía que una máquina en el interior del animal
era la responsable del desequilibrio eléctrico. Hoy sabemos que esa máquina
corresponde a la membrana celular, que con su compleja organización provoca
que haya diferentes concentraciones de iones Na+ y K+ dentro y fuera de la
célula. Estos gradientes de concentración causan una diferencia de potencial
entre el medio intracelular y el extracelular [71]. Existe electricidad dentro de los
animales... ¡Y de las personas!
Sin embargo sería injusto no reconocer el mérito de Volta: a pesar de
equivocarse al afirmar que el cuerpo humano es un elemento pasivo, sembró
dudas en las investigaciones de Galvani, y verificó que los metales e incluso los
conductores húmedos influían en el experimento. Así obligó a su compatriota a
un gran rigor mediante el que alcanzó la gloria. Por otro lado, el estudio de Volta
sobre la estimulación de nervios de la lengua y del ojo constituiría la base para
que Johannes Müller demostrara en 1833 que los efectos fisiológicos de los
nervios dependen del tipo de nervio estimulado [68].
Al mismo tiempo, todos los conocimientos adquiridos por Volta durante
este tiempo le prepararon para un descubrimiento que marcaría un hito en la
historia de la ciencia. El detonante fue un artículo del químico inglés William
Nicholson que llegó a sus manos. Este científico planteaba que se podría fabricar
un dispositivo mecánico y eléctrico que diera una sacudida como la del torpedo,
un pez capaz de desencadenar descargas de hasta 600 voltios gracias a un órgano
que, se sabía entonces, estaba formado por un apilamiento de muchas células. La
peculiaridad de este animal eléctrico era su capacidad de emitir electricidad de
forma continua. Por eso Nicholson planteaba que ese dispositivo artificial
imitador del torpedo podría funcionar durante un tiempo prolongado; meses, por
ejemplo.
Apoyándose en la conexión en cascada de muchas unidades eléctricas,
presente en este enigmático ser de los mares, y aplicando la condición de tres
conductores húmedos para generar electricidad, Volta apiló inicialmente
conjuntos de tres conductores húmedos. Pero se dio cuenta de que la durabilidad
de estos materiales era muy pequeña. Los metales, por el contrario, ofrecían una
estabilidad mayor, por lo que ensayó con diferentes uniones bimetálicas [38,57].
Clasificó las combinaciones posibles y dedujo que la mejor opción era plata
con zinc. Al conectar los extremos a las dos placas del condensador de su

130
electrómetro de paja, Volta comprobó que las dos varillas de paja se separaban de
un modo perceptible. Una unión de zinc y de plata da lugar a 0.78 voltios, con lo
que el electrómetro de paja indicaría 0.06 grados. Este valor es muy pequeño,
aunque se sabe también que poseía electrómetros con sensibilidades mayores
que 13.35 V/grado, hasta 40 V/grado [60].
—¿Qué pasa si conecto varios en serie? —se preguntaría Volta.
Efectuó diferentes pruebas y, desgraciadamente, obtuvo resultados poco
satisfactorios. No se incrementaba la sensibilidad porque la conexión en cascada
de varias uniones bimetálicas induce la misma fuerza electromotriz que la
alcanzada con una sola unión. Esto se debe a que las fuerzas electromotrices
intermedias se contrarrestan. Por ese motivo no se producía ninguna mejora,
como él mismo constató. Hay que indicar que estos conceptos fueron muy útiles
con posterioridad. Como ejemplo, la termoelectricidad toma su origen de estas
conclusiones [72].
Tras fracasar con las uniones bimetálicas, Volta regresó a sus leyes sobre la
generación de electricidad y decidió aplicar el primer caso: dos metales y un
conductor húmedo. De nuevo estudió una unión, dos, tres... Mejoraba la
sensibilidad. Y lo fundamental es que con dos uniones obtenía el doble de
sensibilidad que con una, con tres el triple, y así sucesivamente.
Conectando cincuenta uniones bimetálicas mediante copas llenas de
líquido logró transmitir una sacudida eléctrica a varias personas [57]. ¡Eureka! Se
había obrado el milagro de la pila.
Esta primera versión, denominada “corona de copas”, se empleaba para
demostraciones en un aula. Entonces se le ocurrió a Volta emplear pares de
discos metálicos y entre cada una de estas conexiones alternar un disco de papel
humedecido con agua o, preferentemente, con solución salina. De esta manera
implementaba un dispositivo de bolsillo, que pudiera ser transportado
fácilmente. Una idea rompedora, visionaria. Si nos damos cuenta, las pilas de
hoy en día se pueden llevar en el bolsillo.

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132
Figura 14: Pila de Volta: a) Corona de copas; b) Pila de bolsillo.

Volta había operado un prodigio de la ingeniería, con el mérito añadido de


que, mientras desarrollaba sus investigaciones, su querida tierra natal,
Lombardía, había sido invadida en 1796 por el ejército francés, que dañó su
laboratorio [38]. Para colmo, el mismo año en que culminó el invento, 1799, los
austriacos habían reconquistado la región del norte de Italia y habían cerrado la
Universidad de Pavía por deslealtad, a la vez que habían dejado a Volta sin plaza
de profesor.
Con todo, el genio lombardo, estimulado por la enorme alegría de haber
creado un invento histórico, redactó un artículo en dos partes en el que explicaba
las dos versiones de la batería: la corona de copas y la pila. De los dos centros más
prestigiosos del conocimiento, Londres y París, eligió el primero por dos motivos:
porque Lombardía estaba en ese momento en poder de Austria, aliado de
Inglaterra, y porque Volta se había enamorado de este país durante su viaje de

133
1782. Banks, presidente de la Royal Society de Inglaterra, fue el afortunado
primer lector de la comunicación y, como Volta era un mago de la exposición y de
la claridad, la redacción del artículo fue tan clara que en dos semanas ya
consiguieron reproducir la pila en Inglaterra. Desde allí la noticia corrió por
Europa como la pólvora.
El invento de Volta se filtró incluso antes de publicarse. Algunos científicos,
como William Nicholson y Anthony Carlisle, empezaron a experimentar con la
pila, y a obtener resultados cuya difusión retrasaron hasta que no se hizo oficial
el artículo. Estos experimentos consistieron en demostrar que el agua no era
pura, y que podía dividirse en oxígeno e hidrógeno mediante la electrolisis.
Un ilustre químico inglés, Humphry Davy, merced a la invención de la pila,
pudo separar durante la primera década del siglo XIX magnesio, bario, estroncio,
calcio, sodio, potasio y boro, y hasta descubrir que el cloro es un elemento
químico. Normal que, de tan agradecido que estaba, emprendiera un largo viaje
desde su tierra natal hasta Italia para visitar a su maestro.
Napoleón, viendo que Inglaterra agasajaba mejor a Volta, quiso apuntarse
a los honores. Le concedió a este gran inventor ser miembro extranjero del
Institut de France, le entregó una medalla de oro, y le recompensó con 6000
francos [57]. Más tarde, el propio Napoleón ordenó borrar las tres últimas letras
de una inscripción de la biblioteca del Institut en la que decía “Al gran Voltaire” y
lo dejó en “Al gran Volta”. Este último, con una gran humildad, declaró al
regresar a su tierra: “De entre las muchas cosas que deberían procurarme placer,
y que son hasta demasiado halagadoras, yo no me enorgullezco creyéndome más
de lo que soy. A la vida acomodada por una vana gloria prefiero la tranquilidad de
la vida doméstica” [58].

134
Figura 15: Alessandro Volta mostrando la pila a Napoleón (Everett Historical/Shutterstock).

Como curiosidades del invento de la batería, se consiguieron nubes de


burbujas, destellos de luz y sacudidas más potentes que la de Volta [57]. De ahí
que un científico y mago que ofrecía espectáculos en París, Étienne-Gaspard
Robert, utilizara la pila en sus representaciones [38].
El más fiel seguidor de Galvani, Aldini, también se rindió ante este gran
invento y experimentó con la batería [57].
Se le dieron muchas interpretaciones a la pila, y Volta trató de participar en
este debate para reforzar su autoría, al indicar que el mayor responsable del gran
voltaje generado era la unión bimetálica. Pero en realidad se producía un proceso
electroquímico —una transformación de energía química del electrolito en
eléctrica— en cada conjunto formado con dos metales (electrodos) y el líquido
entre ellos (electrolito) [68]. Y al poner en serie muchas unidades formadas por
los electrodos y el electrolito en serie, se sumaba la energía.
Durante buena parte del XIX la pila fue la única fuente de electricidad

135
duradera, lo que permitió potenciar el desarrollo de la industria eléctrica hasta
cuando, unos setenta años después, aparecieron, como alternativa, los primeros
diseños prácticos de dinamos.
Sin embargo, no por eso deja de tener utilidad hoy en día la batería, porque
se emplea en todo aquello que no se puede conectar permanentemente a la red
eléctrica; todos esos aparatos que forman parte de nuestra vida cotidiana.
Parece mentira que a raíz del debate entre Galvani y Volta surgieran por un
lado la Electrofisiología y por otro las pilas. Este ha sido, sin duda, uno de los
debates más fructíferos de la Historia.
Y Volta pudo ver una pequeña parte de lo que engendró su invento: lo
relacionado con la electrolisis. Si hubiera sabido para qué iba a servir hoy su
ingenio.

136
3.5 Las virtudes de Volta

Ni siquiera con los piropos de Napoleón dejó el físico italiano de


comportarse como una persona sencilla y humana. Este carácter provenía de su
vida interior.
Volta, al igual que su coetánea Maria Gaetana Agnesi [33], integraba en su
personalidad dos de sus grandes pasiones: la ciencia y la tradición católica,
porque —con la gracia de Dios— son perfectamente compatibles. El genio de la
electricidad intercalaba sus investigaciones y su ansia por conocer acudiendo a
Misa, confesándose con frecuencia y rezando a diario el rosario [58]. Su religión
ejerció una gran influencia en su carácter, en su comportamiento con los de más
y, como es lógico y coherente, en su actitud de científico.
Uno de los testimonios más valiosos que nos ayudan a perfilar un retrato
veraz de Volta es el de Tomasso Bianchi, un sacerdote joven que vivió entre 1804
y 1834. Fue vicerrector del colegio universitario Ghislieri de Pavía, autor de obras
teatrales y de poesía, además de un gran orador. Su fuente es excelente porque
conoció al Volta en vida.
Lo describe como un hombre alto, de porte grave y con un despiste propio
de la atención absorbente de la ciencia; con una frente arrugada por la reflexión
pero sin rasgos ásperos ni duros, lo que indicaba que no pecaba de soberbia,
defecto común en numerosos sabios. Su rostro reflejaba más bien lo contrario:
humanismo y dulzura.
En cuanto a sus formas, se le puede considerar como un auténtico
caballero. Ostentaba un don especial para comportarse de manera cortés en todo
momento con sus semejantes. Era queridísimo para sus amigos, piadoso con los
infelices y bendecido por los pobres [57].
Alcanzar este reconocimiento generalizado no resulta sencillo. Para
lograrlo, como buen católico, escucharía en la Misa o leería en el Evangelio que
Jesús pide a sus discípulos ser mansos y humildes de corazón (cfr. Mt 11, 29).
No cabe duda de que llevó a la práctica aquel doble mandato, pues, de entre
las muchas virtudes de Volta que cita Bianchi, se hallan tanto la mansedumbre
como la humildad, cualidades que aparecen en la descripción que trazó otro
biógrafo, el escritor italiano Cesare Cantú:
“En su larga carrera, que pasó en medio de un gremio en el que abundan

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las personalidades irascibles, entre los más de doscientos escritos suyos que
recogimos en el archivo del Estado y en la valiosa colección en el instituto
Lombardo, no encontramos nunca una palabra ofensiva, un sentimiento de
rencor ni tampoco alusiones malvadas […] Escuchándolo conversar con su
criada o charlar entre campesinos y con obreros, apenas se podía descubrir la
fama que tenía. A la vez, poseía talento para emitir comentarios divertidos. Las
mismas expresiones que manan a menudo de personas superficiales o malvadas,
de sus labios llovían sin ofender a nadie. Lo hacía como divertimento, para
recrear su espíritu tan dedicado al intenso trabajo científico” [58].
Se puede objetar que en una carta o en situaciones poco conflictivas es fácil
comportarse educadamente, aunque existen más pruebas de su autocontrol. Su
hijo Luigi relata dos encuentros con maleantes. En uno de ellos les habló con
calma y sin perder el aliento, mientras que en el segundo, después de haber sido
arrojado al suelo con violencia, se levantó y reflexionó tranquilamente sobre por
qué se había manchado de polvo en la parte opuesta a la de la caída [58].
Otra interesante anécdota ocurrió en 1796, cuando ocupaba el cargo de
rector de la Universidad de Pavía. Entonces, se le acusó de aprovechar su
posición para maniobrar a favor del traslado del centro a Milán. Otro biógrafo,
Polvani, físico y rector de la universidad de Milán de 1966 a 1969, cuenta que esas
maledicencias acarrearon que Volta fuera objeto de injurias por parte de un
grupo de exaltados, cuyo acoso afrontó impávido. A continuación, sabiendo que
hubiera sido mejor alejarse del Colegio Borromeo, donde sucedió el altercado, y
también de la ciudad de Pavía, se dirigió tranquilamente al Bottegone, una
taberna típica donde se reunían las gentes de la localidad. Y por la noche acudió
al teatro, desafiando las cóleras de los adversarios. Allá hubo quien le aconsejó
apartarse, pero Volta se comportó gallardamente y rehusó seguir esta sugerencia.
Estas anécdotas revelan que la vida de Volta era bastante divertida. Aquí
encontramos otra gran virtud suya: un sentido del humor que le permitía hacer
bromas, ya fuera escribiendo un poema, como ya he apuntado, o hablando con
sus paisanos de Lombardía, lo que le habilitaba para tomarse con temple
situaciones espinosas. En el fondo a Volta le caracterizaba la alegría: “Estén
siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres” (Flp 4, 4).
Manso, humilde y alegre. Qué difícil reunir estos tres adjetivos en una sola
persona.

138
3.6 El matrimonio, pieza esencial en la vida de Volta

Otro aspecto crucial de un cristiano es la búsqueda de su lugar en el


mundo, lo que se conoce como vocación. Volta discernió en su adolescencia que
estaba llamado para aportar grandes ideas a la ciencia. Por otra parte, criado en
una familia religiosa, donde dos hermanas se hicieron monjas y tres hermanos
sacerdotes, optó por una vida activa dentro de la Iglesia, participando en sus
actos litúrgicos y durante algunos años enseñando el catecismo. No obstante, le
faltaba algo. Así que durante su juventud se interesó mucho por las mujeres.
Llegó a reconocerse como un cicisbeo errante. Este término italiano hace
referencia a un hombre que tiene una relación con una mujer casada cuyo
marido la tolera [33]. En la cultura española se podría asemejar a un latin-lover o
un donjuán, una característica que queda patente a través del comentario que
hizo el científico alemán Lichtenberg tras la visita de Volta en 1784: “sabe mucho
de la electricidad de las mujeres” [73].
Esta actitud resulta lógicamente incompatible con la fe que profesaba, de
modo que decidió sentar la cabeza. Por desgracia, no acertó con su primer
intento: entre 1788-1792 vivió una turbulenta historia de amor con una joven,
Marianna Paris, cantante de ópera que actuaba en los teatros del norte y centro
de Italia [58]. Quería casarse con ella pero era un matrimonio imposible por la
diferencia social. Los asuntos del amor no funcionaban como ahora. Se les
aconsejaba a los estudiantes universitarios que no se relacionaran con mujeres
del teatro. De manera que un profesor con una artista y en una pequeña ciudad
como Pavía iba a suponer un escándalo. La familia de Volta, al conocer la
cuestión, se opuso firmemente. A pesar de todo, Alessandro no se dio por
vencido. En una carta a Luigi, su hermano, le muestra su desacuerdo: “una
mente abatida y un corazón decepcionado no son compatibles con el
cristianismo, mientras que un matrimonio poco convencional con sentimiento
genuino sí” [38]. No le faltaba razón en esas palabras a Volta, quien demostraba
así su vocación a construir una familia. Tan solo había elegido una persona con la
que el enlace, debido a las circunstancias sociales, no tenía futuro.
El genio lombardo removió Roma con Santiago para casarse con Marianna.
Acudió al ministro plenipotenciario de Austria en Lombardía, Wilzeck, e incluso
al emperador Leopoldo II. Ante la censura de estos, Volta, un hombre

139
caracterizado por el acierto en las decisiones esenciales de su existencia, desistió
y, de acuerdo con su condición de caballero, hizo una donación a la familia de
Marianna en compensación por el affaire.
Dos años más tarde, Alessandro encontró a la mujer de su vida, Teresa
Peregrini, la última de las hijas del delegado real de Como. Era una mujer guapa,
virtuosa y culta [57]. Sin embargo, no se implicó en los trabajos de Volta,
probablemente porque los conocimientos de Teresa, Literatura, Geografía e
idiomas, eran más del ámbito de las letras.
El propio Volta describe muy bien lo que supuso este enlace para él: “Pasé
por un periodo de extravíos y, libre y suelto, me fui detrás de amoríos vagos.
Ahora que me he entregado a un solo amor, siento que, gracias a esta una unión
legítima, seré muy fiel y honrado” [58].
Cumplió lo que escribió. Según Bianchi el gran mérito de Volta fue llevar
bien la ciencia y el matrimonio, dos compromisos difíciles. En cuanto al segundo,
desempeñó un papel óptimo como marido y padre: diligente en la labor
doméstica y en la educación sus tres hijos: Zanino, Flaminio y Luigi [57].
Esta tarea educativa no hubiera sido posible sin un acontecimiento
destacado. Volta había alcanzado tal fama con la pila que había recibido diversos
premios: la Coppley medal —la máxima distinción de la Royal Society de Londes
—, una pensión, la corona de hierro y la legión de honor por parte del virrey de
Italia Eugenio di Beauharnais, así como el aplauso de Napoleón. Sin embargo, en
1804, tal solo cinco años después de regalar al mundo el invento de la batería,
solicitó la jubilación al emperador francés, quien accedió a condición de que
Volta continuara con algunas clases en la universidad durante unos meses más
[57].
La mayoría de científicos experimentan un gran apego al objeto de sus
investigaciones (como ejemplo revelador, un anciano Galileo trabajó casi hasta el
día de su muerte). Pero Volta se hallaba cansado [38]. Además, su matrimonio
cumplía ya diez años y sus hijos tenían seis, ocho y nueve años. Estaban en la
mejor edad para ser educados por un padre excepcional que sabía penetrar como
nadie la naturaleza y que poseía una sabiduría inigualable. Él quería regalarles
todo eso, así que se ocupó personalmente de este oficio, que para él era
importante hasta la santidad [57]. No corría ningún riesgo porque contaba con la
experiencia de haber sido director de las escuelas de Como, de haberse entregado
con éxito a la ciencia y de haber progresado de forma autodidacta.

140
Lamentablemente para Volta, Flaminio, brillante en el Cálculo, se le murió
con tan solo dieciocho años. Esta circunstancia difícil le serviría para aceptar que
la voluntad de Dios prevalece sobre nuestros deseos. Los otros dos hijos, Luigi y
Zanino, le sobrevivieron y tuvo la satisfacción de que heredaron las cualidades
humanas del padre. El pequeño, Zanino, emuló a Alessandro en cuanto a que se
dedicó a la Física, aunque no logró el éxito de su antecesor.

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3.7 Un científico evangelizador

Volta cumplió bien como cristiano al convertirse en un buen esposo y padre


de familia, y al cultivar una serie de valores con los que contribuyó positivamente
en su entorno vital. Asimismo, se interesó por los fundamentos de su religión y
apoyó directamente la labor apostólica de la Iglesia mediante el ejercicio de la
figura de catequista. Sobre este cimiento, resulta lógico que en Volta se
manifestasen algunos aspectos piadosos, tan necesarios para que otros se
acerquen a la fe y para fortalecer la de quienes ya creen, porque si la religión no
se practica se muere:
“En Corpus Christi decoraba su casa y su calle para el paso de la procesión.
Participaba en las devociones públicas ofrecidas ante el antiguo Crucifijo que se
veneraba en la Iglesia de la Anunciación, y en ellas testimoniaba su amor a la
Madre de Dios, mostrado de un modo más ardiente que el del ciudadano más
sencillo.
Tenía sobre su puerta una imagen de la Virgen, y, cuando entraba, siempre
se levantaba el sombrero como saludo. Todos los sábados (este día de la semana
lo ofrecen los católicos especialmente para venerar a Santa María), había una
lámpara alumbrándola, y si algún sirviente se olvidaba de encenderla, Volta
reparaba la omisión” [59].
No obstante, aun con todos estos detalles amorosos de fidelidad, no pudo
evitar que se levantaran rumores en contra suya. En 1815, al pasar Lombardía de
manos francesas a austriacas, se le acusó de ser partidario del jansenismo,
porque en la Universidad de Pavía no escaseaban profesores implicados en este
movimiento [38,58].
Los jansenistas se basaban solo en la gracia para la justificación ante Dios.
Al mismo tiempo se caracterizaban por dar un mayor énfasis a la fe y al espíritu
de caridad que a los rituales. De acuerdo con estos principios, abogaban por una
reducción del papel de los sacerdotes y la jerarquía eclesial, mientras que en el
caso de las órdenes monásticas incluso abogaban por su supresión. En definitiva,
sin llegar a alejarse de la fe católica como la reforma protestante, sí que
incorporaban algunas de sus líneas directrices.
Aunque se sabe que Volta se posicionó en favor de alguna de las ideas que
promovía el movimiento jansenita, como la separación entre Estado e Iglesia

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[38], por el contrario, el inventor italiano sabía distinguir entre lo que comulgaba
con el catolicismo y lo que no. Durante una visita a Lyon en 1802, de acuerdo con
su costumbre cuando salía fuera de su tierra, cumplió con la asistencia a Misa,
aunque en esta ocasión tuvo gran dificultad para encontrar sacerdotes que no
fueran apóstatas [59].
Volta también despeja, en una carta que transcribo, los rumores sobre su
alejamiento del catolicismo al aseverar que creía en la importancia de la gracia
para la salvación, pero también en la importancia de las buenas obras, lo que
contradecía el postulado jansenista de que solo la gracia divina puede salvar a los
hombres [38].
Sobre esta carta conviene explicar que se la pidió un canónigo de Como,
Giacomo Ciceri, que había intentado sin éxito convertir a un hombre que
pensaba que la religión era de personas vulgares y que la gente de ciencia no se
interesaba en la vida interior.
Volta se ofrece a ayudar a la conversión de este hombre y emula a San
Agustín mediante el arrepentimiento de su pasado, cosa propia de los que han
experimentado un proceso de conversión. Sólo aquel que se pone gafas es capaz
de atestiguar que antes veía mal:
“No comprendo cómo se puede dudar de la sinceridad y constancia en mi
adhesión a la religión que profeso, la romana, católica y apostólica, en la que nací
y fui educado, y que siempre he confesado externa e internamente.
He faltado, es cierto, en las buenas obras de cristiano católico, y soy
responsable de muchas culpas, pero por gracia especial de Dios no he faltado
nunca, en cuanto me dice la conciencia, a la fe. Si aquellas culpas y desórdenes
míos han dado lugar a sospechar de mi incredulidad, afirmo abiertamente a título
de reparación y con un buen fin que siempre estaré listo a declarar, a quien sea y
cueste lo que cueste, que he tenido siempre y tengo por única verdadera e
infalible esta Santa Religión. Agradezco eternamente al buen Dios haberme
infundido la fe en que me propongo vivir y morir, con firme esperanza de
conseguir la vida eterna.
En esta fe reconozco el don precioso de Dios, una gracia sobrenatural. Pero
no he despreciado aquellos medios humanos infalibles que confirman la fe, y
desecho las dudas que algunas veces surgen. He estudiado atentamente los
fundamentos y bases de la religión, los trabajos de apologistas y detractores, las
razones a favor y en contra, y puedo afirmar que la religión se cubre de tal grado

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de probabilidad, incluso con la sola razón natural, que todo espíritu no pervertido
por el pecado y la pasión, todo espíritu de naturaleza noble, debe amarla y
aceptarla.
Que esta confesión que se me ha pedido y que voluntariamente expongo
por escrito y firmo de mi propia mano, y autorizo a mostrarla a quien lo desee,
porque no estoy avergonzado del Evangelio, produzca algún buen fruto.”
Milán, 6 de enero de 1815 [59].
Desconozco si Volta y Ciceri lograron cambiar la opinión de aquel hombre.
Lo que sí puedo asegurar es que el inventor de la pila, aprovechando sus grandes
dotes de orador con que hacía comprender la electricidad a sus alumnos, las
empleó para la conversión del escritor italiano Silvio Pellico gracias a un diálogo
con él:
“Era prácticamente ateo y Volta le aportó tales argumentaciones que le
puso en el corazón el germen de fe que luego maduraría cuando tuvo que
permanecer en la terrible cárcel de Špilberk, en la ciudad Brno, condenado por
haber pertenecido a un movimiento revolucionario liberal contrario al Imperio
Austriaco” [58].
Los últimos días de Volta fueron un ejemplo para quienes le rodeaban.
Acercándose su muerte, tenía la conciencia tranquila, porque el testimonio para
el juicio final eran sus virtudes. Estaba lleno de paz y serenidad [57]. El 5 de
marzo de 1827 recibía los Santos Sacramentos con una serena calma y,
derramando un suspiro, expiró. Lo enterraron ante una gran multitud. Le
acompañaron los profesores del Liceo de Como y muchos amigos y ciudadanos.
No obstante, sus restos descansan en Camnago. En esta pequeña población,
situada cerca de Como, su familia poseía una casa junto a la que el científico solía
desarrollar sus experimentos y conversar, cuando descansaba, con los
agricultores de los alrededores. Allí también pasó Volta sus últimos años, y hoy
se sitúa un pequeño templo con un altar mortuorio sobre el que se alza un busto
del sabio con la pila. Dentro están sus cenizas, y en la parte superior del
monumento se encuentran otros instrumentos como el electróforo o el
condensatore.
En la tumba se lee: “Alex Volta Tanto nomini nullum par elogium”, que
significa: “Ningún elogio podrá expresar la grandeza de este hombre“.

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4. Louis Pasteur: “el padre de la
Microbiología”

Europa lloraba en 1827 la pérdida de Alessandro Volta, pero cuatro años


antes, el 27 diciembre de 1822, nacía en el viejo continente uno de los mayores
sabios de la historia y sin duda el más importante del siglo XIX: Louis Pasteur.
Este químico francés aparece siempre que se redacta una lista con los mejores
científicos de todos los tiempos y se puede afirmar que, así como Einstein es la
figura más brillante de la Física, Pasteur constituye un referente para la Medicina
y la Microbiología.
Su primera biografía, publicada en 1900 —cinco años después de su muerte
—, se tituló La vie de Pasteur, es decir, La vida de Pasteur [74]. Su autor, René
Vallery Radot, yerno del genio francés, quería divulgar la obra de su suegro al
gran público, un fin para el que contó con la colaboración del propio Louis
Pasteur. La relación entre René y Louis, más que suegro-yerno, fue padre-hijo.
Como anécdota, el día que la hija de Pasteur, Marie, se casó con René, este
último le preguntó a Marie bromeando al término de la ceremonia nupcial: ¿Te
sientes feliz de haberte casado con el yerno de Pasteur? [75]. Pasteur apreciaba
tanto a René que lo consideraba miembro de su familia mucho antes de que se
casara con su hija.
Desde aquel momento, la gran ambición de René fue vivir a la sombra de
Pasteur. Le acompañaba en sus viajes, le brindaba el apoyo necesario y se
conmovía de alegría con el brillo de la gloria del erudito francés [76].
El testimonio de René resulta excelente, pues se trata de una persona que
conocía a Pasteur como nadie. No obstante, otras obras más recientes han
permitido alcanzar un conocimiento más preciso de su figura. Maurice Vallery
Radot, descendiente de los Pasteur, ha divulgado en 1994, casi un siglo más
tarde, una obra que se titula Pasteur, basada en los siete volúmenes del legado
del químico: Œuvres de Pasteur, y en sus innumerables cartas, mientras que
Gerald L. Geison ha redactado, un año más tarde, un retrato poco amable del
científico, The Private Science of Louis Pasteur [77], que ha sido refutado por el

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Premio Nobel de Química Max F. Perutz [78].
Sobre esta base se pueden analizar tres facetas fundamentales en la vida de
Louis Pasteur: la científica, la humana, y la espiritual. La primera se recoge en las
enciclopedias y en los libros de historia: descubrió el dimorfismo molecular,
fundamento de una nueva ciencia —la Estereoquímica—, destruyó el mito de la
generación espontánea —hasta entonces se pensaba que los microorganismos
surgían de la nada—, inventó la pasteurización —una técnica con la que protegía
el vino y la cerveza de microorganismos y que actualmente se usa sobre todo para
la conservación de la leche—, pero principalmente se convirtió en el padre de una
de las disciplinas más importantes de hoy: la Microbiología. Sus conocimientos
sobre gérmenes y bacterias le permitieron resolver prácticamente todos los
problemas que acuciaban a Europa durante el siglo XIX: combatió las
enfermedades del gusano de seda, que arruinaban la industria textil europea,
desarrolló vacunas contra patologías que diezmaban los ganados —como el
cólera de los pollos, la erisipela porcina y el ántrax—, y contra otra que afectaba a
los humanos —la rabia—, mientras que sus ideas sobre esterilización
constituyeron la base para que los pacientes atendidos por los cirujanos no se
infectaran durante las operaciones.
En el aspecto humano se pueden encontrar luces y sombras. Por un lado, al
contrario que la inmensa mayoría de individuos que se dedican a la ciencia,
asignaba a la literatura un lugar eminente y la consideraba directora de nociones
generales [74], también le apasionaba la pintura, la filosofía y la religión [76], y
poseía una serie de virtudes como la generosidad, la valentía, la compasión, la
honestidad y su afán por mejorar, a través de sus inventos, la calidad de vida de
las personas que le rodeaban [78]. En este sentido Pasteur no escatimó en
emprender múltiples viajes que luego continuaron sus discípulos, un auténtico
grupo de misioneros comandados por el padre de la Microbiología. Esta iniciativa
cristalizó en la creación, durante los últimos años del sabio francés, del Institut
Pasteur, una organización sin ánimo de lucro y con vocación internacional que
actualmente se encuentra establecida en los cinco continentes a través de
numerosos países. Sus líneas de actuación son la ciencia, la medicina y la salud
pública [79].
Sin embargo, Pasteur también se comportó de manera belicosa e
intolerante en algunas disputas que sostuvo con otros científicos [77,78], a la vez
que se le acusa de que en alguna ocasión no actuó de forma ética [77].

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En lo que atañe a su espiritualidad, Pasteur experimentó a largo de su
existencia altos y bajos, lo que ha provocado un intenso debate entre sus
biógrafos. Algunos han exagerado su condición de católico con frases que no
afirmó como: “Todos mis estudios me han llevado a tener la fe de un paisano
bretón” [80], mientras que otros defienden tesis con escaso rigor como que era
panteísta —así figura en el prólogo de la traducción al inglés de La vie de Pasteur
— [81].
Si bien Pasteur no se comportó como un católico modélico en lo referente a
su práctica religiosa, René Vallery Radot señala que su vida se inspiró en las
virtudes del Evangelio y que siempre respetó la religión de sus padres. De ahí que
en sus últimos días pidiera con sencillez que le administraran los Santos
Sacramentos [74]. Un año después de la muerte de Pasteur, su mejor amigo,
Charles Chappuis, sintetizaba en una frase el mensaje de René: “ha conservado
enteras las creencias de su juventud”, en una clara alusión a la herencia cristiana
recibida a través de sus progenitores [76]. A esto contribuyó el que se casara con
una devota católica, terciaria dominica, y el entorno social, lleno de valores, que
le rodeaba.
La mezcla de ciencia, humanidad y fe, hizo posible el forjado de un genio
que lo fue gracias a su ilusión por conseguir un mundo mejor para sus
semejantes.

149
Figura 16: Fotografía de Louis Pasteur tomada en 1878 por el fotógrafo francés Félix Nadar.

150
4.1 Sus padres

Los padres de Pasteur ejercieron una fuerte influencia sobre su hijo, quien
a su vez les correspondió siempre con un gran aprecio. Cuando fallecieron se les
honró con la colocación de una placa conmemorativa en la vivienda de la
localidad francesa de Dôle, donde nació el científico francés. Entonces, el sabio
exclamó: “¡Oh! Mi padre y mi madre. ¡Oh! Mis queridos desaparecidos, que
habéis vivido tan modestamente en esta pequeña casa. A vosotros os lo debo
todo” [75]. No le faltaba razón. Su yerno describe a los padres de Louis Pasteur
como una pareja ejemplar que “se interesaba por los valores superiores y cuya
existencia estaba, más que alumbrada, iluminada por la vida moral [74]”.
Muchos psicólogos sostienen que el hombre tiende a buscar una pareja que
se asemeje a su madre y viceversa sucede en el caso de la mujer. Lo anterior se
plasma a la perfección en Pasteur. Su madre, una ferviente y devota católica al
igual que su futura esposa, murió yendo a Misa. En su única carta que se
conserva, se trasluce su generosidad: no le importaba vivir lejos de su hijo con tal
de que lograra una posición profesional que colmara sus aspiraciones. Tampoco
le pudo conceder riquezas materiales al joven Louis, pero le transmitió lo más
importante: su imaginación, entusiasmo y amor al trabajo [76].
En lo que se refiere al padre, se cumplió el principio de Edipo por el que los
hijos tienden a parecerse a su progenitor. Louis heredó muchos rasgos de Jean
Joseph Pasteur, un curtidor de pieles al que en sus ratos libres le gustaba pintar.
Esta afición también la cultivó Louis durante su adolescencia.
Por otra parte, a pesar de que Jean Joseph frecuentó poco la escuela, por
haber coincidido su infancia y juventud con el turbulento fin del siglo XVIII,
compensó esta laguna mediante una formación autodidacta. Quizá por este
motivo Louis desarrolló una prodigiosa capacidad para obtener frutos de horas y
horas de dedicación en solitario en su laboratorio (solo en los últimos años de su
vida se rodeó de un equipo de investigación) [76].
El aspecto más notable de Jean Joseph fue que alcanzó el rango de
sargento mayor de Napoleón [74]. Resulta por tanto lógico que admirara los
ideales de la República e invitara a amigos cultos con esta tendencia política a su
casa: profesores del colegio de Arbois, médicos, oficiales y comerciantes. De
modo que algunos rasgos militares y los principios republicanos de Jean Joseph

151
marcaron el carácter de Louis, quien entreveía una República generosa y
fraternal. Le bastaba escuchar las palabras bandera y patria, para conmoverse
hasta lo profundo del alma [74]. Años más tarde, durante la Revolución francesa
de 1848, que hizo abdicar al rey Luis Felipe I, al atravesar cierto día la plaza del
Panteón de París, Pasteur encontró a varias personas alrededor de una barraca
improvisada, sobre la cual se leían las palabras: “Altar de la Patria”. Alguien le
habló de las ofrendas en dinero que podían depositarse allí. Así que regresó a su
centro de trabajo, la École Normale de París, y, después de escudriñar el fondo de
su cajón, entregó cuanto poseía: ciento cincuenta francos [74,76]. Cabe aclarar
que Pasteur se adhería a la República pero no a una revolución que rompa con
las tradiciones. En este aspecto su carácter fue siempre conservador. Es decir, se
inclinaba por el progreso de la sociedad de acuerdo con las raíces sobre las que
esta se ha construido.
En cuanto a la religiosidad, el padre de Pasteur era menos devoto que su
esposa y se mantenía algo alejado de la sacristía, aunque apreciaba el
cristianismo y tenía fe a su manera [76]. Esta actitud abierta posibilitó su proceso
de conversión. Tras leer una vida ejemplar de un joven de la orden de los
cistercienses que había muerto en olor de santidad, estableció contacto con esta
comunidad de religiosos. Tanto marcó esta experiencia a Jean Joseph Pasteur,
que deseaba llevar a su hijo a conocerles [75]. Sorprendentemente, el camino
espiritual seguido por Louis mostrará bastantes similitudes con el de su padre.
Jean Joseph era además un moralista. Le apasionaban las fábulas del
francés La Fontaine, famosas por las buenas enseñanzas que transmitía, por lo
que animaba a Louis a que las leyera y le abrumaba con numerosos consejos,
hecho que se recoge en la correspondencia entre padre e hijo. De ahí extrajo el
joven Pasteur ese carácter educador, con el que trataba de corregir a sus dos
hermanas, que se comportaban de una manera más disipada que el recto y
cumplidor Louis. Se conserva esta carta que les dirigió cuando se preparaba fuera
de casa para convertirse en químico: “La voluntad abre la puerta a las carreras
brillantes y dichosas, el trabajo ayuda a atravesarla, y una vez llegado al final del
viaje, el éxito corona la obra [...] Si por casualidad os tambalearais en vuestro
viaje, una mano estaría para sosteneros, y, en su defecto, Dios, a quien lo
tendríais contento, se encargaría de culminar su labor” [75]. Para satisfacción de
Louis Pasteur, con la ayuda de sus padres, sus hermanas se recondujeron y
acabaron por convertirse en unas virtuosas mujeres.

152
4.2 Le costó destacar pero, con método, logró ser
genial

Pasteur demostraba en el colegio gran habilidad con los retratos de pintura


al pastel, pero sus calificaciones no eran brillantes, y obtenía de media un bon
ordinaire [76], una calificación que hoy se situaría entre un aprobado y un
notable. Sin embargo, el director de su colegio no se guiaba únicamente por el
aspecto académico. Su experiencia con cientos de alumnos que habían pasado
por sus aulas le permitió distinguir a un buen candidato para acceder a la École
Normale de París, el centro más prestigioso de las Grandes Écoles francesas —en
Francia la enseñanza superior se divide en Universités y Grandes Écoles—.
Esta posibilidad les parecía complicada a los Pasteur, una familia de pocos
recursos económicos y muy unida. Gracias al apoyo del capitán Barbier, un
amigo de los padres que regentaba una pensión en París, el joven Louis pudo
alojarse a un buen precio cerca del liceo Louis-le-Grand. Allí se preparó en 1838
para las pruebas de acceso.
A pesar de contar con la compañía de Jules Vercel, amigo suyo desde la
infancia, Pasteur tenía solo quince años y casi enfermó de la nostalgia que
experimentó tan lejos de su familia. Así que su padre se presentó un día en París
para recogerlo.
A su regreso Louis manifestó una rápida recuperación y se convirtió en el
mejor alumno de la clase, motivo por el que el alcalde de Arbois le otorgaba
muchos premios. Expoleado por este currículum, su querido profesor Romanet
continuaba animando a Pasteur a que se preparara para la enseñanza superior.
Pasteur reconsideró esta posibilidad y, vista la necesidad de mantenerse cerca de
su familia, optó por estudiar al año siguiente, 1839, en Besançon, la capital de la
región francesa de Franche Comté. Esta se situaba a cincuenta kilómetros de
Arbois, más cerca que París. Allí podía preparar su bachiller y el acceso a la École
Normale.
En Besançon Pasteur leía mucho y le solicitaban pintar cuadros, por cuya
confección recibía grandes alabanzas. Incluso le pidieron que retratara al
prefecto Tourangin, la máxima autoridad del Departamento Franche Comté.
Pero Pasteur lo tenía claro: “Esto no me lleva a la École Normale. Prefiero un
puesto como primero en el colegio que diez mil elogios lanzados

153
superficialmente en las conversaciones de hoy” [75].
Con dieciocho años Pasteur se sacó el bachiller en Letras y luego se preparó
para el de Matemáticas. Al mismo tiempo, le ofrecieron una plaza como profesor
suplente en Besançon, lo que le permitía costear los gastos de sus estudios y
aliviar la situación económica de su familia. Quienes le rodeaban valoraban su
calidad moral. Mostraba un carácter simple y serio. Por eso le obedecían [74].
Asimismo, contaba en una de sus cartas a sus padres que rezaba a la mañana y a
la noche con el mayor fervor [75], y manifestaba su gran humanidad en su deseo
por pagar los estudios de su hermana pequeña de su sueldo [74].
El joven Pasteur trabajó tan duro —se levantaba a las cinco y media y se
acostaba pronto— que no le quedó más remedio que abandonar la pintura,
actividad a la que regresará en 1863, más de veinte años después, en la École de
Beaux Artes de Paris, con una cátedra de Geología, Física y Química aplicada a las
bellas artes. Allí propondrá mejoras para la pintura al óleo, tales como evitar el
plomo que oscurece la pintura —con la desecación se libera hidrógeno que se
combina con el oxígeno del plomo y deja que este quede más visible y ennegrezca
el cuadro en algunos puntos— o el blanqueo, producido por el Sol.
Sin embargo, en 1842, a sus diecinueve años de edad, Louis Pasteur era un
perfecto desconocido y se enfrentaba a las temibles pruebas de acceso a la École
Normale, un centro que cuenta en su historia con varios Premios Nobel y
Medallas Fields (la máxima distinción mundial en el campo de las Matemáticas).
Pasteur ocupó el puesto quince de veintidós entre los aceptados, insuficiente
para ser becado. Pasará a la historia como anécdota que al futuro padre de la
Microbiología le pusieron un “mediocre” en Química [76].
Pero el joven no se dio por vencido con este fracaso. Decidió desplazarse a
estudiar a París para presentarse a los exámenes del siguiente año. Ya se
encontraba más maduro y no le afectaba vivir lejos de su casa. Se preparó en el
liceo de Saint Louis a la vez que acudía a clases magistrales a la Sorbona, donde
enseñaba el famoso Jean Baptiste Dumas, padre de la Química Orgánica con su
teoría de sustitución. A sus disertaciones asistían entre seiscientas y setecientas
personas, y se convertiría en uno de los grandes amigos de Pasteur.
También en París el genio de Arbois se aplicó un horario maratoniano: de
5:45 de la mañana a 10 de la noche. Asimismo, no hacía ningún tipo de ejercicio
físico [76], hecho que preocupaba a su padre, quien le pedía que cuidara más de
su salud [74]. Su amigo desde la niñez, Charles Chappuis, le buscaba para sacarlo

154
de allí porque incluso acudía los domingos. Pasteur se justificaba en muchas
ocasiones así: “Ahí hay algo que buscar” [76].
Probablemente sin esa desmesura por investigar se hubiera retrasado
bastante el invento de la pasteurización o la vacuna contra la rabia. Por lo demás,
el sabio vivía muy austeramente, hasta el punto de escribirle a su padre
lamentándose de que había gastado demasiado dinero [76]. En París, al no
ejercer como profesor, dependía completamente del soporte económico de su
familia.
Paralelamente la fe de Pasteur experimentó una regresión, influida
probablemente por la gran decepción que le había causado el escándalo del
capellán del colegio de Besançon, expulsado por esconder una gran cantidad de
deudas [75]. Así, a los veinte años llegará a confesar a sus padres que ya no reza,
que la influencia de las Matemáticas ha acabado con su sensibilidad. No
obstante, el comportamiento de Pasteur resulta frecuente en personas que han
vivido en un entorno familiar cristiano. Lo recibido durante la niñez se pone a
prueba en la adolescencia y juventud, cuando el individuo empieza a tomar sus
propias decisiones.
Y por fin llegaron los exámenes. Ahora sí que dio fruto todo su esfuerzo:
logró el cuarto puesto. La École Normale acababa de acoger en sus aulas al padre
de la Microbiología.

155
4.3 El descubridor del dimorfismo o quiralidad
molecular

Una vez en la École Normal, Pasteur trabajó con tal entusiasmo y


dedicación en el laboratorio que no disponía del tiempo suficiente para preparar
perfectamente las evaluaciones. Por consiguiente, no cosechaba tan buenas
calificaciones como algunos de sus compañeros. Sólo su buen amigo Chappuis
confiaba en el futuro de Louis: “Ya veréis que será de Pasteur” [74].
Al terminar sus estudios, el científico accedió por oposición a una plaza
pública como profesor de Física. Ambicionaba enseñar cerca de su casa, en el
colegio real de Besançon, pero por desgracia no se cumplieron sus expectativas y
le destinaron Tournon, situado a cientos de kilómetros. Entonces Balard,
descubridor del bromo y profesor suyo durante su etapa en la École Normal,
consiguió rescatarlo y ficharlo para dicho centro. Bajo su tutela redactó dos tesis:
una en Química, “Investigaciones sobre la capacidad de saturación del ácido
arsénico. Estudio de los arsenitos de potasio, sodio y amoniaco”, y la otra en
Física, donde analizó los fenómenos relativos a la polarización de los líquidos, lo
que supondría el preámbulo del gran hallazgo que cosecharía a continuación.
Tras presentar una memoria sobre el dimorfismo (materiales que
cristalizan de dos formas diferentes), aconteció uno de los grandes hitos de la
vida de Pasteur. Con tan solo veintiséis años rebatió las publicaciones sobre el
ácido tartárico y el ácido racémico del químico alemán Eilhard Misterlich.
El francés Biot había demostrado años atrás que se puede rotar el plano de
polarización de la luz cuando esta incide en un medio líquido en función del tipo
de sustancia que hay en dicho medio. Posteriormente Misterlich había observado
que el tartrato de sodio y amonio y el racemato de sodio y amonio no
presentaban otra diferencia que la propiedad de rotar el plano de polarización de
la luz. El primero de ellos lo desviaba hacia la derecha y el otro no hacía nada.
Si se trataba de materiales idénticos debían comportarse de la misma
manera. ¿Qué aspecto no encajaba en los resultados? Quizá faltaba un mayor
capacidad para penetrar la naturaleza, una aptitud sobre la que el propio Pasteur
declaraba: “en el campo de la observación, la casualidad solo favorece a los
espíritus preparados” [74].
Se puso a mirar al microscopio, su instrumento más preciado, los cristales

156
de tartrato y los del racemato. Averiguó que, si bien los cristales del primero eran
de un solo tipo, los del segundo presentaban dos variantes, imagen especular la
una de la otra. Una de estas formas coincidía con la del tartrato. Después separó
cuidadosamente los cristales en dos grupos, y apreció que el conjunto
coincidente con el tartrato cambiaba el plano de polarización de la luz en la
misma dirección que ese compuesto orgánico, mientras que el otro lo desviaba
en sentido contrario. Es decir, el racemato contenía ácido tartárico derecho o
ácido dextrotartárico y ácido tartárico izquierdo o ácido levotartárico.
—Tout est trouvé! ¡Todo está resuelto!— exclamó Pasteur cuando
comprobó que cada grupo de cristales desviaba el plano de polarización de la luz
en una dirección distinta [74]. Salió corriendo del laboratorio y se cruzó con un
preparador de Física, al que abrazó como a su mejor amigo, Chappuis. Y le
explicó lo que había conseguido evidenciar. Es la reacción lógica de quien vive la
ciencia. Sea grande o pequeño lo que haya descubierto, se siente ansioso por
compartirlo con alguien.
Luego sobrevino la muerte de la querida madre del sabio francés, lo que
paralizó durante algunas semanas su actividad investigadora. Pero Pasteur se
levantó más adelante para mostrar la descomposición del racemato en dos tipos
de cristales diferentes al propio Biot, quien quería verlo para creerlo, como Santo
Tomás. Biot le confesó a Pasteur tras observar con sus propios ojos este milagro
de la naturaleza:
“Hijo mío, he amado tanto las ciencias durante mi vida que esto me hace
latir el corazón” [74].
Desde entonces ambos colaboraron activamente y se hicieron amigos. De
hecho, cuando Pasteur consiguió más adelante una plaza de profesor en Dijon,
lejos de París, Biot se sintió muy apenado.
Pasteur continuó con ahínco indagando cómo obtener ácido racémico de
forma artificial a partir de ácido tartárico. Recorrió medio Europa visitando
fábricas y laboratorios e ideó una técnica para sintetizarlo mediante el
calentamiento de tartrato de cinconidina a temperatura elevada durante varias
horas. También concibió un método para dividirlo en ácido dextrotartárico y
levotartárico y otro para fabricar ácido tartárico inactivo o neutro. Es decir,
disponía de las cuatro combinaciones posibles: el que gira el plano de
polarización de la luz a la derecha, el que gira a la izquierda, la combinación de
los dos anteriores y el que no gira.

157
El descubrimiento de Pasteur desencadenó una revolución en el mundo de
la Química y la Cristalografía. Era la primera demostración del dimorfismo o
quiralidad en las moléculas, una característica de ciertos compuestos químicos
para presentar dos formas especulares no superponibles. Con esto nacía la
Estereoquímica, una rama de la Química que estudia la distribución espacial de
los átomos de las moléculas. Además se establecía la relación de la quiralidad con
la actividad óptica, lo que se aplicará en campos como la Química, la Biología, la
Medicina y la propia Óptica. Por ejemplo, se sabe que determinadas sustancias
poseen un valor característico de rotación del ángulo de polarización de la luz por
unidad de longitud y concentración. Si se fija la distancia recorrida por la luz y se
comparan dos disoluciones del mismo producto, aquella en que la rotación de la
luz sea mayor poseerá una mayor concentración del elemento. Así se puede
medir, entre otros, el contenido de glucosa en un líquido [82].
Normal que Pasteur se emocionara al reflexionar sobre las aplicaciones de
la disimetría. Llegó a divisar un universo disimétrico, puesto que si se colocaba
un espejo delante del sistema solar, la imagen no podía superponerse a la
original. Esta misma idea la aplicó a los polos norte y sur de un imán, o a las
electricidades positiva y negativa, que también poseen carácter disimétrico [74].

158
4.4 Pasteur encuentra el amor de su vida y forma
una familia

Hoy en día los investigadores efectúan estancias postdoctorales fuera del


centro donde han defendido la tesis. Estas contribuyen de una manera muy
positiva a su formación. En el caso de Pasteur, la salida del entorno de París, aun
con pesar de Biot, Balard y de otros compañeros por la pérdida de un activo tan
valioso, resultó muy favorable.
En Dijon, localidad situada al este de Francia, se enfrentó a su primera
experiencia docente en la universidad. ¿Qué profesor no se ha sentido
preocupado por explicar bien la clase durante sus primeros años, a la vez que
sufre porque no le alcanza el tiempo para dedicarse a la ciencia? Así le sucede al
sabio francés, con el matiz de que, una vez más, desempeña la tarea
encomendada con brillantez. ¿Hay algo que no se le diera bien a Pasteur?
Más adelante se trasladó a Estrasburgo, localidad fronteriza con Alemania,
donde continuó ejerciendo excelentemente sus labores como docente e
investigador. Pero se sentía de nuevo lejos de su familia.
Entonces ocurrió un encuentro que cambiará su vida. No puede ser todo
ciencia. También existe el amor. Menos mal o de lo contrario personajes como
Pasteur terminarían tan absorbidos por sus estudios que enfermarían en poco
tiempo.
Llegó un nuevo rector a la universidad de Estrasburgo, Laurent Aristide
Laurent, y Pasteur quedó prendado de su familia, en la que hallaba a la suya
propia y admiraba sus valores humanos. Asimismo llenó su vida la hija de
Laurent, Marie. Por tanto, sin perder tiempo escribió cartas al padre, a la madre y
a la hija. Recojo este precioso extracto de una epístola que dirige a su futura
esposa [76]:

No tengo más que un pensamiento, y ese es a vos. Si mi afecto se mantiene


así de vivo, me sentiré incluso desgraciado hasta el día que nos unamos. Quisiera
estar cerca de vos o de Madame Laurent. Mi trabajo ya no es nada. Yo que
amaba tanto mis cristales. Yo que deseaba que la noche fuera más corta para
ponerme a trabajar antes en mis estudios.
Deseo pedir a Madame Laurent me indique exactamente los días y las

159
horas en que puedo ir a veros, para que durante el intervalo pueda estar en mi
laboratorio. Este trabajo me hace también más digno de vos.
Adiós, os agradezco de todo corazón, porque creo que no me he
equivocado.
Vuestro mejor amigo
Louis Pasteur

¿Qué mujer rechazaría a Pasteur tras esta hermosa carta que parece un
poema?
Después el genio escribió a su padre, Jean Joseph, con sus intenciones y le
invitó a conocer a Marie [76]. Con posterioridad a la presentación oficial, Jean
Joseph dirigió un curioso comentario a Vercel —el amigo que acompañó a
Pasteur en su primer viaje para estudiar en París—, en el que demostraba su
discrepancia con el criterio de su hijo Louis: “Habías dos chicas. El tonto de mi
hijo ha escogido a la más fea” [83]. Lo decía porque un científico como Pasteur,
en la Francia del siglo XIX, constituía una pieza codiciada para las mujeres.
Podría haber elegido entre muchas. Sin embargo, esto le honra, no se fijaba
solamente en el exterior. Marie gozaba de virtudes inigualables: mujer de
corazón y energía, de orden y deber, dotada de inteligencia, bondad y buen
humor [76]. El Dr. Roux, junto con el que Pasteur inventó la vacuna de la rabia,
la describe así: “Modesta pero consejera a la que se le hacía caso, heroica en la
prueba, alentadora en las horas de duda. Fue el modelo de esposa de un sabio,
entregada hasta la renuncia y la más útil de sus colaboradores” [84].
Además, en lo referente al camino espiritual y humano que siguió Louis,
fue decisivo el papel que jugó Marie. No cejó en su empeño por reconducir a su
marido hacia la práctica religiosa. Como buena cristiana sabía que culminar con
éxito esta empresa requería de una entrega amorosa. Así que escogió la mejor
manera de cumplir con este cometido: apoyar a Pasteur en sus investigaciones.
Como anécdota de la paciencia de esta mujer, el mismo día de la boda el científico
analizaba la cristalización del ácido tartárico y el racémico tan absorto que su
futura esposa envió a un amigo para avisarle de que ¡Ese mismo día se casaba en
la iglesia de Sainte-Magdeleine! [76]. Esto no constituía un hecho aislado. La
jornada laboral de Pasteur podía llegar a alcanzar las quince horas, circunstancia
que definió algunos rasgos de su carácter, como la manía por la higiene (secaba
la vajilla antes de comer para evitar los gérmenes), o rayar el pan para indagar

160
qué contenía dentro.
Por otro lado, aun caracterizándose Pasteur por una gran templanza,
manifestaba de vez en cuando accesos de ira, lo que su familia apelaba como las
santas cóleras [76] y, aunque en muchas ocasiones existiera una causa que
explicara el enfado, no siempre se justificaba el nivel de la respuesta del químico
francés. En algún caso resulta hasta gracioso describir el suceso. La siguiente
carta la dirige a su esposa, Marie, debido a un problema con la ropa que lleva en
un viaje:
“¡Ah! ¡Qué botones de camisa! ¡Todavía tengo que llevar mi camisa de
viaje!
- Camisa número 1: botón partido
- Camisa número 2: cuello desgarrado
- Camisa número 3: botón tan apretado que no lo puedo ni agarrar
Parecen las notas de un experimento. Y continúa:
“¡Oh! ¡Mujeres! ¡Qué poco sabéis de lo que conviene a vuestros maridos!”
Probablemente Pasteur requería enfadarse con más frecuencia y por eso,
cuando lo hacía, explotaba, aunque se trataba de una cólera que se iba tan pronto
como llegaba y de la que enseguida se arrepentía. Su familia ya conocía este
comportamiento. Sin embargo, no sucedía lo mismo con los científicos con los
que debatiría más adelante, lo que generó importantes desencuentros y
rivalidades.
También cabe añadir, como explicación a la última frase de la epístola de
Pasteur a su mujer, que había heredado de su padre una cierta misoginia.
No obstante, Pasteur manifestaba una serie de virtudes. Uno de sus
mayores enemigos, Ernest Renan, quien llegó a burlarse de Pasteur al afirmar
que pertenecía a un mundo devorado por la superstición y que el catolicismo es
el adversario natural de todas las libertades [85], se rendía a la vez ante la
grandeza del padre de la Microbiología cuando este fue recibido como miembro
de la Academia francesa. De su discurso y de las cartas que escribió Pasteur a lo
largo de su vida se pueden extraer sus rasgos principales: trabajador incansable,
voluntarioso, de espíritu vivo y penetrante, entusiasta, de carácter fuerte,
metódico, paciente, hombre de deber, sin modestia pero sin orgullo,
desinteresado, campeón intrépido de la verdad, a veces tímido y seguro de si
mismo [76].
Sin embargo, para obtener un retrato completo también hay que añadir la

161
opinión de su mujer, que reconoce en él a un marido bondadoso y le dedica estas
bellas palabras: “Es un padre modélico que, aun trabajando mucho, todavía
encuentra el medio de ofrecer cada día un tiempo para mecer a su recién nacido y
cuidar de su hija [75]”.
Efectivamente se preocupó mucho de los cinco hijos que tuvo, en especial
de su educación: primero les regaló su tiempo para que aprendieran a leer y más
adelante tomó decisiones importantes relacionadas con su formación cristiana
[76]. A la mayor, Jeanne, la introdujo en un convento a los siete años, lo que no
significó que la abandonara a su suerte. Durante su internado le dirigía cartas en
las que le ofrecía consejos llenos de piedad: “Amar a Dios y temerle, y rezar a
menudo por ti y por todos nosotros” [75].
En cuanto a Jean Baptiste, el único chico, lo metió en el colegio de los
jesuitas, una orden religiosa que no gozaba de una opinión favorable por parte
del padre de Louis Pasteur, pero en la que el científico confió plenamente para
encauzar bien la instrucción de un niño al que, al contrario que su progenitor, no
le emocionaba estudiar.

162
4.5 Los discursos legendarios de Pasteur

Durante la etapa de Lille (1854-1857), Pasteur disfrutó de una plaza como


profesor de Química y de un puesto como decano en la facultad de Ciencias. Al
entrar a su nuevo centro no olvidó dar gracias a Dios: “la cultura de las letras y las
artes reclama inteligencias de élite”, que deben haber recibido el don que “Dios
solo dispensa a unos pocos: la nobleza del alma” [85].
Asimismo, la posición que ocupó le permitió participar en cenas oficiales y
relacionarse más. Pasteur comenzó a soltarse y a coger confianza. Su timidez
natural se disipó y, gracias a esto, pudo practicar con gran éxito su capacidad
innata para los discursos, hasta el punto de arrancar aplausos por parte del
público. De aquella época se conserva este monólogo en el que muestra su gran
cultura y la veneración que profesa a los grandes maestros:
Sin la teoría —dijo— la práctica no es más que rutina adquirida por hábito.
Sólo la teoría puede hacer surgir y desarrollarse el espíritu de invención. Es sobre
todo a vosotros a quienes incumbe el no compartir la opinión de esas mentes
estrechas que desprecian todo aquello que en las ciencias no tiene una aplicación
inmediata. Cuando Franklin asistía a la primera demostración de un
descubrimiento puramente científico, alguien le preguntó: “¿Pero para qué sirve
eso?” Franklin respondió: “¿Para qué sirve un hijo que acaba de nacer?” Sí,
señores, para qué sirve un niño que acaba de nacer. Y sin embargo, en esta edad
de la más tierna infancia ya había en vosotros gérmenes desconocidos de los
talentos que os distinguen. En vuestros recién nacidos, en estos pequeños seres a
los que un soplo haría caer, hay magistrados, sabios, héroes tan valientes como
los que se cubren de gloria sobre los muros de Sebastopol (ciudad rusa que
habían conquistado entonces los franceses). De la misma manera, señores, un
hallazgo teórico no tiene por si mismo más que el mérito de la existencia. Él
despierta la esperanza y eso es todo. Pero dejadla cultivar, dejadla crecer, y
veréis en lo que se convierte.
¿Sabéis en qué época vio la luz por primera vez el telégrafo eléctrico, una de
las más maravillosas aplicaciones de las ciencias modernas? Fue en aquel
memorable año 1822. Oersted, físico danés, sostenía en las manos un hilo de
cobre unido en sus extremos a los dos polos de una pila de Volta. Sobre su mesa
se encontraba una aguja imantada, colocada sobre un soporte. De repente,

163
contempló que la aguja se movía y adoptaba una posición muy diferente de la
que le asigna el magnetismo terrestre. Un hilo atravesado por una corriente
eléctrica hace desviar a una aguja imantada. Y así fue, caballeros, como nació el
telégrafo actual. Todavía más en esta época, viendo una aguja moverse, el
interlocutor de Franklin no hubiera dicho: “¿Pero para qué sirve eso?” Sin
embargo, con tan solo veinte años de existencia, este descubrimiento ha dado
lugar a la aplicación, casi sobrenatural en sus efectos, del telégrafo eléctrico [74].
Palabras llenas de sabiduría y a la vez proféticas. Ahora conocemos que el
telégrafo constituyó la base de las telecomunicaciones, que actualmente
vertebran nuestra sociedad de la información.
Años más tarde, las conferencias de Pasteur ofrecerían todavía una mayor
calidad porque su yerno René se ocuparía de corregírselos, limando las asperezas
que presentaban. Pasteur era un hombre sincero, pero no siempre se deben decir
las cosas tal y como son.
Nuestro protagonista impartía clases, ejercía un puesto de responsabilidad
en la universidad, se preocupaba por llevar a los estudiantes a visitar las fábricas
de la región y les transmitía el deseo por adquirir nuevos conocimientos. Pero
aun con toda esa actividad frenética encontraba la energía y el tiempo suficientes
para proseguir con sus investigaciones, y se introdujo en el campo de la
fermentación.
Este salto desde la cristalografía, a la que se había dedicado con
anterioridad, no resulta tan brusco como parece. Biot le había enseñado a
Pasteur que el alcohol amílico, generado durante la fermentación del azúcar,
desvía el plano de polarización de la luz y posee disimetría molecular. Para Biot
este fenómeno se originaba porque el alcohol heredaba del azúcar la propiedad
óptica. En cambio Pasteur opinaba que existía una enorme diferencia entre la
constitución del azúcar y el alcohol, por lo que intuía que la causa era un tercer
agente: el fermento. Además, tanto Pasteur como Biot habían comprobado que
la disimetría siempre estaba ligada a la vida. Como consecuencia, el fermento
debía ser un agente vivo, en contra de lo que opinaban químicos tan importantes
como el alemán Liebig y el sueco Berzélius.
Los estudios de Pasteur sobre la fermentación alcohólica y la láctica le
dieron la razón. Consiguió aislar los fermentos en cultivos liberados de la
presencia de gérmenes y observó su comportamiento al microscopio: los
glóbulos redondos producen la fermentación alcohólica y los alargados en forma

164
de bastoncillos, lactobacilos, la láctica.
Sin embargo, Antoine Béchamp llegó independientemente a conclusiones
parecidas, motivo por el que se desencadenó una intensa disputa en vida de
ambos por la autoría. Pasteur se comportó de una manera poco caballeresca al
acusar de plagio en público a su colega de profesión en el Congreso Internacional
de Medicina de Londres celebrado en 1881, aduciendo que en el campo de la
fermentación solo había incorporado sus ideas en sus resultados y las había
hecho suyas. Después de estas declaraciones Pasteur abandonó la sala sin darle
la posibilidad a Béchamp de un debate [86].
De todas formas, ni Béchamp ni Pasteur llegaron a la solución final. El
asunto fue resuelto años después por el Premio Nobel Eduard Buchner, quien
demostraría que la fermentación se produce en realidad mediante enzimas
generadas por microorganismos [87].
Mientras tanto, la querida École Normale de París donde Pasteur se había
formado, atravesaba una profunda crisis. Así que tomó una decisión llena de
altruismo. Aunque gozaba de un mejor status en la Universidad de Lille, una
institución que contaba con una estupenda salud, decidió trasladarse a La École
Normale de París en 1857. Cuánto le echaron de menos en Lille.

165
4.6 Destruyendo el mito de la generación
espontánea

A pesar de las pésimas condiciones en que le tocó investigar en la École


Normale (un laboratorio apartado y sin ayudantes donde se vio obligado a
trabajar a 36 ºC [74]), Pasteur no se arredró y completó satisfactoriamente sus
análisis sobre la fermentación iniciados en Lille. Su mujer Marie, con un
inmenso cariño e implicación, le ayudaba como secretaria: le leía la
correspondencia para aliviar sus ojos cansados por horas de microscopio.
En 1859 le ocurre un suceso terrible al matrimonio Pasteur. Jeanne, la hija
mayor, fallece víctima del tifus mientras Louis asistía en París al teatro con su
hijo. El sabio no se imaginaba la gravedad del mal y tan solo llegó a Arbois para
cogerla en brazos antes de morirse. Pasteur experimenta el dolor en su máximo
grado. Aun así, reconoce el valor santificante de esta desgracia [75]. A
continuación, transcribo el comienzo de la carta que dirige Louis a Jean Baptiste,
su segundo hijo:
“Mi queridito Jean-Baptiste, la pobre Jeanne ha muerto ayer a las siete de
la tarde. Mamá y yo iremos pronto a reunirnos con vosotros y llorar por este
ángel que acaba de irse al cielo para rezar a Dios por nosotros”.
Con todo, Pasteur se crece ante las dificultades y se lanza hacia el estudio
de uno de los hitos fundamentales de la historia de la ciencia: la generación
espontánea. Los grandes científicos Biot y Dumas le desaconsejaron abordar
semejante empresa, el primero de ellos enérgicamente.
Pero Louis Pasteur no se amilanó. Recabó toda la documentación que pudo
sobre generación espontánea: desde Aristóteles y Virgilio, firmes defensores de
esta teoría, hasta sus coetáneos. El debate más importante se había establecido
un siglo antes entre dos sacerdotes católicos, el inglés John Needham y el
italiano Lazzaro Spallanzani, [88,89]. El último constató, entre otras cosas, que
la digestión es un fenómeno químico y no mecánico, y logró realizar por primera
vez la inseminación artificial. Pero su mayor aportación se produjo en el campo
de la generación espontánea, donde refutó a Needham. Este había probado a
hervir materia putrescible para matar las bacterias y, luego de introducirla en
vasos sellados con tapones de corcho, había visto que, pasado un tiempo,
aparecían microorganismos.

166
Spallanzani sospechaba que a través de los agujeros del corcho se
introducía aire con bacterias. Así que repitió la prueba con un mejor sellado,
basado en la fusión del vidrio, e hirviendo durante más tiempo: una hora [88].
Observó al microscopio que en los frascos no existían vestigios de vida. Sin
embargo, Needham se reafirmó en que una fuerza vegetal provocaba que la
materia se reorganizara y aparecieran los microorganismos, mientras que el
proceso de Spallanzani anulaba esa misteriosa energía presente en la naturaleza.
Para refutar este argumento, el italiano ofreció muchas evidencias, como
comparar, con diecinueve infusiones sometidas a diferentes tiempos de
ebullición y selladas con tapón de corcho, que aquellas muestras sometidas a un
periodo de calentamiento más prolongado eran precisamente las que más
microorganismos contenían. Esto era justo lo contrario que lo que debía ocurrir
si el calor destruía la fuerza vegetativa. En realidad lo que pasaba era que la
materia animal o vegetal se descomponía más con el calor y así los
microorganismos asimilaban más fácilmente el alimento. También probó que
aumentando el calor no se lograba evitar que se volvieran a generar nuevos
organismos [89].
Desafortunadamente los trabajos del italiano no desencadenaron un fruto
inmediato. No era fácil cambiar una mentalidad con fuerte arraigo y que afectaba
a la manera de entender la Creación. De todas formas, Spallanzani dejó el camino
preparado para que el más grande científico del siguiente siglo le diera la
estocada entre los años 1860 y 1864.
El primer experimento que efectuó Pasteur consistió en pasar aire por un
tubo donde había colocado un algodón a modo de filtro, que recogía los
gérmenes del aire, si es que existían. Pasado un tiempo extrajo el algodón, lo
mojó con agua y lo comprimió para que cayeran las gotas sobre un portaobjetos
de microscopio. Una vez secadas las gotas, observó bacterias. Es decir, el aire
transporta los seres invisibles. Para evitar dudas sobre el efecto del algodón,
repitió el análisis con un filtro de amianto, una sustancia de tipo mineral, y
extrajo los mismos resultados.
Pasteur se percató también de que le podía suceder como a Spallanzani:
que a pesar de tener razón la sociedad no se le hiciera caso. De hecho en la época
en que vivió Pasteur existían dos doctrinas filosóficas que todavía cuentan con
gran aceptación en nuestros días: el materialismo y el positivismo. Ambas,
coincidiendo con el Diccionario Universal del siglo XIX Larousse, apoyaban la

167
generación espontánea, a la vez que se situaban en las antípodas del catolicismo
y del pensamiento del genio francés. La primera afirmaba que la muerte es la
nada, lo que según el científico galo era insultar al corazón del hombre, mientras
que la segunda atribuía el carácter de certeza solo a las demostraciones
experimentales, con lo que la ciencia se introducía en ámbitos que no eran de su
incumbencia [76].
Por consiguiente, Pasteur decidió preparar un gran experimento y
presentarlo el 7 de abril de 1864 en la Sorbona ante un público nada sospechoso
de clerical, para evitar susceptibilidades. Entre los asistentes figuraban nada
menos que la princesa Mathilde Bonaparte, el ministro Victor Duruy y los
escritores Alexandre Dumas y George Sand [76].
Pasteur se sentía tan seguro de sí mismo que, tras comenzar con una
introducción histórica sobre la vieja creencia en la generación espontánea, lanzó
el siguiente desafío: “Es esa creencia la que vengo a combatir. No saldrán ustedes
de aquí sin quedarse convencidos de que la generación espontánea de seres
microscópicos es una quimera.”
Para tal fin desarrolló un experimento con un estilo que recuerda a los
espectáculos de los ilusionistas, solo que en esta ocasión no utilizaba magia sino
ciencia. Sobre una mesa proyectó células vegetales microscópicas y explicó su
reproducción. Luego iluminó, en un escenario a oscuras y con un haz de luz,
unas motas de polvo presentes en el aire, para probar a continuación la
existencia entre ellas de gérmenes vivos visibles al microscopio. Y comentó, con
el instrumental en la mano, un experimento basado en dos globos que contenían
una infusión de materia orgánica que había hecho hervir para eliminar las
bacterias. Los recipientes, al contrario que en los experimentos de Spallanzani,
no se encontraban sellados. Uno de los globos tenía el cuello recto y el otro con
forma de S. Sólo el globo con cuello retorcido conservaba el líquido sin alterar,
porque dicha geometría impedía que penetrase en su interior el polvo con
microorganismos [85].
Algunos le preguntaron: “Si todo proviene de gérmenes. ¿De dónde salió el
primer germen?” A lo que respondió Pasteur: “Es un misterio ante el que
debemos inclinarnos. Toda cuestión sobre el origen de los seres se sitúa fuera del
dominio de la investigación científica” [74].
Para los defensores de la fe era un triunfo que se cayera el mito de la
generación espontánea porque, de ser cierta, el primer ser humano podía haber

168
surgido así, lo que desmoronaba el relato de la Creación del hombre y la mujer
del Génesis.
Pasteur no perseguía realmente ese objetivo. Más bien buscaba la verdad
fuera cual fuera el resultado. Y por eso le irritaban las intromisiones de la ciencia
en la religión y viceversa. Las detestaba:
“Es indispensable que los hombres de ciencia gocen de completa
independencia. Cuando un sabio fundamenta sus estudios sobre un sistema
filosófico, abdica de su título por defender una causa. Ya no busca la verdad
mediante la pura interrogación de la naturaleza” [74].
Lo cierto es que la exposición de la Sorbona asestó un golpe mortal a la
generación espontánea, y, por ende, al positivismo y al materialismo. Aunque no
todos habían quedado plenamente convencidos con las explicaciones de Pasteur.
El naturalista francés Félix Archimède Pouchet le planteaba la siguiente duda:
“¿Cómo quiere que existan en el aire atmosférico suficientes gérmenes de seres
microscópicos como para que la más pequeña burbuja de aire encierre los
microorganismos que pueden desarrollarse en todas infusiones orgánicas?” [76].
Pasteur replicó con otro estudio donde verificó que, a diferentes alturas, el
contenido de materia orgánica de una serie de veinte globos se degrada de
manera distinta. En Arbois, localidad con altitud media de 430 metros, se
estropeó el contenido de ocho globos, en el monte Poupet, a 850 metros, el de
cinco globos, y en el mer de Glace, a 2000 metros, el de solo un globo. Más
adelante, averiguó que la sangre y la orina se conservan en una atmósfera de aire
esterilizado sin necesidad de hervirlas.
Años después se reabriría el debate merced a unos ensayos que realizó el
propio Pouchet con una infusión de heno, donde volvía a demostrar la
generación espontánea. El líquido contenía una bacteria, el bacillus subtilis,
hallado por Ferdinand Cohn, que aguanta la ebullición. Uno de los defensores de
Pasteur, el irlandés John Tyndall, daría el golpe de gracia en 1875, con un
método de esterilización llamado tindalización, más eficaz que la ebullición, que
elimina este tipo de bacterias [90].

169
4.7 El padre de la microbiología

Al mismo tiempo que desentrañaba el misterio de la generación


espontánea, Pasteur adquiría unas habilidades y unos conocimientos enormes
en el campo de los seres diminutos.
En primer lugar descubrió, entre los años 1860 y 1861, que la fermentación
butírica, la que ocurre por ejemplo en la mantequilla, se debe a unos
microorganismos que pueden vivir sin aire, denominados anaerobios. Los aisló y
los multiplicó en un cultivo adecuado. Más tarde observó que un medio como el
ácido carbónico no les afecta, pero el aire los mata.
Estas conclusiones le ayudaron a comprender mejor el proceso de
fermentación de la cerveza en cubas, a la vez que elaboraba ingeniosos
experimentos como uno que consistió en analizar qué sucede cuándo se utilizan
recipientes poco profundos. El resultado fue formidable: un kilo de fermento
descomponía en cubas normales entre 70 y 150 kilos de azúcar, mientras que tan
solo entre 5 y 6 kilos en depósitos de menor altura, porque en este último caso se
establecía un mayor contacto del fermento con el agente que lo destruye, es
decir, el aire.
Aunque a Pasteur no le influían sus ideas religiosas cuando ejecutaba las
pruebas, sí que se maravillaba al descubrir el sello del Creador en el objeto de sus
investigaciones: “Poco a poco estaré en condiciones de demostrar [...] que Dios
ha puesto en los seres más diminutos de la creación propiedades extraordinarias
que los convierten en agentes de destrucción de todo aquello que ha cesado de
vivir”, decía en una de sus cartas al coronel Favé, ayudante de campo de
Napoleón III [85].
El vaticinio se cumplió, pues Pasteur se percató de que en la putrefacción
actúan microorganismos aerobios y anaerobios. Los anaerobios, cuando
contactan con el aire, sucumben y les dejan actuar a los aerobios. Otros
investigadores como Liebig o Bouillaud consideraban absurdas estas teorías
porque creían imposible que unas pequeñas bacterias pudieran desencadenar
todo ese proceso. Pero Pasteur acertó en su análisis [76].
A continuación, en 1862, evidenció que la mycoderma aceti, un organismo
vivo de color verdoso y distinguible sin necesidad de microscopio, es el
responsable de la fermentación acética —hasta entonces Liebig pensaba que la

170
presencia de la mycoderma era meramente casual—, y permite que el vino se
convierta en vinagre al fijar el oxígeno del aire sobre el alcohol del vino.
De nuevo Pasteur no se quedó solo en el conocimiento del proceso
biológico. Enseguida pensó en un método para extraer vinagre de forma sencilla:
tomar vino y vinagre —este último en un volumen que sea un cuarto del de vino
—, mezclar y verter sobre la superficie una siembra de mycoderma aceti. Con esta
técnica redujo enormemente las cantidades de vino y de vinagre necesarias para
obtener el compuesto final, a la vez que el tiempo de fabricación de vinagre pasó
de tres meses a menos de diez días. Además, averiguó que durante el proceso se
requería evitar que se terminase el alcohol, pues en su defecto la mycoderma
aceti continúa actuando y estropea el vinagre. Asimismo, entendió que otro
organismo que vive con la mycoderma, llamado turbatrix aceti o gusano del
vinagre, le quita oxígeno a la mycoderma y no le deja actuar. Se precisaba
eliminarlo.
Más adelante, el emperador Napoleón III recurrió a Pasteur para darle
solución a un problema que afectaba a la economía francesa. El vino de este país
sufría muchas enfermedades, motivo por el que los ingleses lo importaban de
Jerez y de Oporto en vez de comprarlo a su vecino galo.
Pasteur dedujo que la raíz del mal se hallaba en la presencia de
microorganismos. En los vinos agriados existía un germen que le recordaba al de
la fermentación láctica. Por consiguiente, recomendó medidas higiénicas y de
limpieza de los utensilios utilizados para la confección del caldo, así como de las
paredes de las cubas.
Posteriormente puso en práctica un método similar al que utilizaba cuando
refutaba la generación espontánea. Este consistía en el calentamiento del vino
para eliminar gérmenes, con la peculiaridad de que lo hacía entre 55°C y 60°C
durante un minuto para garantizar que la bebida no perdiera sus propiedades.
Pasteur incluyó toda esta información en un libro que se convirtió en un clásico:
Études sur le vin. Ses maladies, causes qui les provoquent. Procédés nouveaux
pour le conserver et pour le vieillir, es decir, Estudios sobre el vino. Sus
enfermedades y causas que las provocan. Procedimientos nuevos para su
conservación y maduración. Los resultados fueron muy positivos y esta técnica
de calentado suave se conoce hoy como pasteurización; tan utilizada en el caso
de la leche y ocasionalmente para el vino. Con razón el célebre Biot dijo una vez
de su gran amigo Pasteur: “Ilumina todo lo que toca” [74]. Más adelante, el

171
propio Pasteur aplicó el mismo concepto del vino en la cerveza. Viajó a Inglaterra
para estudiar la fabricación de esta bebida y aportó valiosos consejos sobre cómo
seleccionar las levaduras en función de sus estudios sobre la fermentación.
Al regresar a Francia estudió la aplicación de la pasteurización a la cerveza,
pero la temperatura afectaba en esta ocasión a sus propiedades debido a que esta
sustancia contiene una importante carga de ácido carbónico. Así que solucionó el
problema mediante el calentamiento a menos temperatura: entre 50°C y 55°C.
Después de este proceso aconsejó enfriar las botellas al abrigo de los gérmenes.
Gracias a estas medidas, Jacob Christian Jacobsen, fundador de fábrica de
cerveza Carlsberg, aumentó la producción de 4000 a 200000 hectolitros, por lo
que ordenó erigir un busto de mármol en honor a Pasteur en el laboratorio de la
empresa. El hijo de Jacobsen imitó a su padre y encargó otra estatua de bronce
para el gran benefactor de su compañía [74].
Sorprendentemente, entre el hito de la pasteurización del vino y el de la
cerveza pasaron varios años. Todo se debió a que, en medio de esta actividad
imparable de Pasteur, un suceso de máxima importancia afectó a la industria
textil francesa: la enfermedad de los gusanos de seda. Esta patología arruinaba
uno de los motores económicos más importantes de Francia. De 1853 a 1865
cayó la producción de 26000 a 4000 toneladas de capullos al año. El propio
senador Jean Baptiste Dumas, el antiguo profesor de Pasteur en la Sorbona, le
suplicó que le ayudara, ante lo que el sabio respondió de inmediato dirigiéndose
a Alais, localidad francesa situada cerca de los campos de sericultura. Allí residió
entre 1865 y 1869 por periodos de seis meses anuales [76].
Este comportamiento generoso era frecuente en el genio francés. Como
anécdota, en un encuentro con Napoleón III y la emperatriz, Pasteur había
asombrado enormemente al matrimonio. Les mostró sus progresos sin
importarle desvelar sus secretos y sin interés en sacar un beneficio de sus
conocimientos: “Estaba convencido de que el hombre de ciencias puras que
quiere explotar sus descubrimientos se complica la vida y el orden habitual de
sus pensamientos, a la vez que corre el riesgo de paralizar su espíritu de
invención futuro” [74].
Hasta tal punto quiso Pasteur cumplir con el encargo de Dumas que rehusó
a vivir en un hotel para no perder tiempo en idas y venidas desde la casa donde
realizaba los ensayos. Prefirió quedarse de modo definitivo en una vivienda al pie
de la montaña del Hermitage, en contacto directo con las moreras. Allí le asistían

172
en sus trabajos dos colegas de la École Normale, uno de los cuales, Émile
Duclaux, describía las jornadas del Pasteur: “pasaba días enteros al microscopio”
[74].
Tras mucho esfuerzo, desarrolló una técnica para eliminar la enfermedad,
basada en el análisis de los corpúsculos que veía al microscopio en los huevos de
los gusanos. Aunque las crisálidas fueran buenas, si provenían de huevos
infectados convenía eliminar esas cepas.
Luego demostró que la dolencia se contagiaba. Por un lado percibió que,
hiriéndose mutuamente, los gusanos se transmitían la patología. Por otro,
embadurnando las hojas con excrementos de los ejemplares malos, constató que
los gusanos buenos enfermaban al ingerir las hojas manchadas.
Todo esto se refería a la pebrina. Pero halló otra enfermedad contagiosa
llamada flacherie, que se esparcía mediante esporas que había en el
microorganismo patógeno. Esas esporas podían permanecer años a la espera de
reproducirse. De manera que elaboró unas reglas para los productores: que se
sirvan de granos provenientes de mariposas de gusanos que hayan ascendido
con presteza a la morera, sin tener mortalidad por la flacherie desde hace cuatro
generaciones y sin que se detecte ningún corpúsculo de pebrina al microscopio.
También sugirió, en caso de que hubiera pebrina, quemar la hembra, sus huevos
y lo que los recubre [76].
Además, se vio obligado a combatir la increencia de muchos, entre los que
no faltaban quienes opinaban que ese tema debían abordarlo los zoólogos o los
médicos, no un químico.
Pero de nuevo los resultados certificaron las tesis de Pasteur. Si bien no se
llegó a la producción anterior a la aparición de la pebrina y la flacherie, porque la
última era más difícil de combatir [85], quienes obedecían a sus consejos
prosperaban en su negocio. Así que en Austria le premiaron con diez mil francos,
acontecimiento gracias al que se amplió el número de seguidores del científico
galo.

173
Figura 17: Retrato del laboratorio de Química de la École Normale de Paris publicado en la revista
francesa Le Magasin pittoresque en 1870 (Morphart Creation/Shutterstock).

174
4.8 Luto y dificultades que padeció Pasteur

Aun con todos los triunfos profesionales que alcanzó Pasteur, en lo


personal le tocó sufrir mucho. En 1865 murió su padre Jean Joseph —la madre
había muerto hace bastantes años, con lo que se quedaba sin sus ascendientes
directos—. Entonces afloran en Pasteur sus sentimientos y dotes como escritor
espiritual en una carta dirigida a su hija Cécile que toca lo más íntimo de la
condición humana:
“El abuelo ha muerto el día de tu primera comunión, mi querida Cécile, dos
recuerdos que no se escaparán de tu corazón, mi pobre hija. Tenía el
presentimiento de ello la misma mañana, a la hora en que fue golpeado para no
volverse a levantar. Te pedía que rezaras a Dios por el abuelo de Arbois. Tus
oraciones habrán sido agradables a Dios, y quién sabe si el abuelo mismo no las
ha oído y no se ha alegrado en el Cielo con la pobre Jeanne (la otra hija que se le
había muerto a Louis Pasteur) por los santos fervores de Cécile” [74,76].
Después fallecieron Camille y la propia Cécile. Camille padeció un tumor en
el hígado que le diagnosticaron el mismo día del funeral de Jean Joseph. Por las
noches la velaba y por las mañanas acudía al laboratorio [74]. A continuación, en
1866, le tocó el turno a Cécile, evento ante el que expresó su desesperanza: “se
morirán uno detrás del otro, nuestros queridos hijos” [76].
A sus colegas de profesión les confesó su dolor: “¡Adieux mis queridos
amigos! Rezad a Dios conmigo por mi pobre hija [75]”. Este adieux expresa una
fuerza mucho mayor que el español adiós. Se trata de una fórmula que conlleva
una confianza en el Señor y que emplean los franceses cuando se despiden para
siempre o para un largo tiempo.
El alma de Pasteur se encuentra muy tocada. Haber perdido estos tres seres
tan importantes, dos hijas y el padre, en un espacio tan breve, constituye una
gran prueba para el sabio francés y para su mujer, que comparte con él su
sufrimiento. Pasteur ofrece en recuerdo un rosario a la amiga de Cécile, Helene,
hija del ministro de la instrucción Duruy [75]. A Pasteur le quedaron, como
consuelo, su esposa Marie y sus hijos Marie-Louise y Jean Baptiste.
Tampoco se libró Pasteur del descrédito en su trabajo. A pesar de que
desempeñó una excelente labor como administrador de la École Normale, no
triunfó desde el punto de vista político. El padre de la Microbiología era un

175
hombre de comportamiento intachable, si bien a la vez exigía lo mismo de
quienes le rodeaban. Así que en 1867 no dudó en expulsar a un alumno que
había dirigido una carta de apoyo a Sainte-Beuve. Este escritor y senador había
sido llamado al orden por unas declaraciones en contra de la orden de retiro de
una serie de libros subversivos que había en las bibliotecas. Si no se hubiera dado
publicidad a la carta, no se habría causado ninguna ofensa, pero dos compañeros
del estudiante publicaron en la prensa su mensaje, que incluía una alusión
irónica al reciente intento de atentado a Napoleón III [76,77]. Pasteur, de
acuerdo con su estilo, actuó bajo el amparo de la ley. De todas formas, podía
haber aplicado un castigo menos severo.
Este asunto trascendió a la opinión pública y provocó un revuelo que
terminó con la dimisión de Pasteur y del director del centro, Nisard. El ministro
Duruy hizo todo lo posible por ayudar a su amigo. Le ofreció el puesto de
inspector general de la enseñanza superior. Con todo, el sabio renunció porque
se presentaba Balard, su antiguo director de tesis. No resultaba nada extraña esta
actitud en Pasteur, que veneraba profundamente a sus predecesores. Solía
redactar escritos ensalzándolos, como en el caso de Claude Bernard, coetáneo
suyo, o el de Lavoisier, padre de la Química moderna.
Duruy también se las arregló para ofrecer a Pasteur nada menos que la
cátedra de Química en la Sorbona y un puesto de regente de estudios en la École
Normale, aunque Pasteur renunció a este último porque dar clases y cumplir con
las obligaciones de este puesto le iba a robar el tiempo para su mayor ilusión:
proseguir con sus investigaciones. Lo que realmente le importaba era disponer
de un buen laboratorio para Química fisiológica, una solicitud que aceptaron el
emperador Napoleón III y el ministro Duruy.
Por desgracia, a menudo las palabras de los dirigentes se las lleva el viento.
Pasteur padeció la amarga experiencia que les sucede a tantos científicos que ven
frenados sus estudios por el desinterés de las autoridades en invertir en el
progreso. Mientras el gobierno archivaba el proyecto de un nuevo laboratorio
para Pasteur, se gastaron millones de francos en la Ópera de Paris, una admirable
obra de arte que podemos disfrutar cuando visitamos la ciudad del Sena, pero,
¿no era más importante la salud de los franceses o la industria de la seda, que
daba trabajo a tantos agricultores? Pasteur se quejó en Le Moniteur Universel, el
diario oficial del Imperio francés, a través de una carta crítica con la indiferencia
de los políticos ante el devenir de la ciencia [74].

176
Esta actuación surtió efecto, ya que después le concedieron un buen
presupuesto para su laboratorio. Sin embargo, las numerosos quehaceres de
Pasteur le causaron un desgaste tan grande que en 1868 le sobrevino un derrame
cerebral con una consiguiente hemiplejia [74]. Durante su convalecencia le
cuidaron su mujer y su hija Marie-Louise, una virtuosa chica de diez años que
más adelante apoyaría a su padre moralmente al instalar una pequeña empresa
de sericultura y lograr que las moreras se llenaran de capullos. Asimismo, Marie-
Louise siguió los pasos de su madre: se hizo terciaria dominica y se dedicó a
asistir a las familias pobres.
La hemiplejia acompañó a Pasteur el resto de su vida. Su mujer le hacía el
nudo de la corbata por las mañanas y le ayudaba a ponerse unas botas sin
cordones. Pasteur, con paciencia y humildad, se dejaba atender sin el más
mínimo mal humor [76]. Debió ser muy duro para él, un hombre con tanta
vitalidad. No obstante, su pasión científica no se apagó. Ya desde la cama, donde
se recuperaba, le dictaba a su mujer un método para distinguir qué huevos de los
gusanos de seda estaban predispuestos a enfermar. Y más tarde daría todavía
muchas más alegrías a su país, aunque debería esperar primero a que pasara la
guerra entre Francia y Alemania, periodo durante el que sus investigaciones se
paralizaron bastante.
Sobre este asunto Pasteur afirmó que la culpa de la derrota de Francia la
tenía el retraso con respecto a Alemania por no haber apostado por las ciencias.
De ahí que se introdujera en el campo de la política liderando un partido que no
era ni de derechas ni de izquierdas. Su programa consistía en defender la causa
de la enseñanza superior: la independencia, dignidad y pureza de la ciencia. Con
este ideario resulta lógico el estrepitoso fracaso que cosechó, del que aprendió
una lección que aplicaría más adelante. Cuando en 1884 Jules Simon, presidente
del senado, ofreció un sillón de la cámara a Pasteur a petición de su partido, este
renunció argumentando: “No hubiera sido buen senador. Me habría vuelto un
químico menos bueno” [91].

177
4.9 La ciencia de la Microbiología para salvar vidas

El hijo de Pasteur, Jean Baptiste, combatió durante la guerra franco-


alemana en el frente y sobrevivió para gran alivio de su padre. Ya se habían
terminado las malas noticias para el genio francés en el terreno familiar y hasta
su muerte disfrutó de grandes alegrías: en 1874 se casó el propio Jean Baptiste y,
cinco años después, su hija Marie-Louise. René Vallery-Radot, el esposo de
Marie-Louise, se convirtió en un tercer hijo para el sabio. Este último enlace se
celebró en la parroquia de la École Normale, Saint-Jacques-du-Haut-Pas. Lo
ofició el padre Didon, dominico y el más célebre predicador de aquel tiempo. Fue
el gran amigo del clero que tuvo Pasteur, especialmente porque Didon tenía alma
de científico. Había sido discípulo de Claude Bernard, famoso médico que
contribuyó de forma decisiva a conocer y tratar la diabetes. De ahí que Didon se
posicionara como un fiel defensor de la reconciliación entre ciencia y religión. En
una de sus cartas a Pasteur le escribía: “Es preciso que se restablezca la armonía
entre los modernos sin fe y los creyentes sin modernidad” [92].
La amistad con Didon se había estrechado un año antes de la boda de Marie
con motivo del fallecimiento de un amigo común, el propio Claude Bernard, cuyo
regreso a la fe cristiana durante los últimos días de su vida había impresionado a
Pasteur. Desde entonces Didon constituyó una figura clave en el acercamiento a
la religión de Pasteur, a quien aún le costaba frecuentar los Sacramentos. Al
padre de la Microbiología le encantaba leer los escritos de Didon y acudía a sus
predicaciones [76].
Tan contento se puso el Pasteur con la boda de su hija con René que
comentó: “Regresaré al trabajo con brío renovado. Será mi manera de rezar a
Dios y darle mil acciones de gracias por haber puesto en nuestro camino a este
querido y digno joven” [75].
Pasteur llevó a la práctica sus palabras. Con nueva energía, y sensibilizado
por las muertes que había padecido su familia, se centró en ayudar a que el
mundo no perdiera anualmente tantas personas víctimas de seres microscópicos.
Logró que lo eligieran como miembro de la Academia de Medicina en 1873,
a pesar de que bastantes médicos lo despreciaban por su condición de químico.
Pero otros doctores como Villemin (uno de los artífices a la hora de hallar que la
causa exacta de la tuberculosis era una bacteria) y Davaine (descubridor del

178
bacillus anthracis, la bacteria responsable del ántrax) iban aplicando el método
experimental de Pasteur. También Van Tieghem, antiguo alumno de la École
Normale, distinguió un fermento en los enfermos con orina amoniacal.
Aun así, la mayoría de los médicos se negaban a utilizar la metodología de
Pasteur. Ni siquiera había calado entre los miembros de la Academia la idea de
que la generación espontánea era un mito. Sostenían la poco fundamentada tesis
de que el ser humano originaba las enfermedades. Pasteur no apoyaba esa
postura pero, al contrario que sus oponentes, no le preocupaba que se pudieran
extraer de sus experimentos conclusiones que confirmaran lo que defendían sus
adversarios: “La ciencia no debe inquietarse por las consecuencias filosóficas de
sus trabajos. Si por el desarrollo de mis estudios experimentales llegara a
comprobar que la materia se puede organizar por ella misma en una célula o en
un ser vivo, vendría a proclamarlo con el orgullo legítimo de un inventor
consciente de haber realizado un descubrimiento capital, y si alguien me
provocara le diría: tanto peor para las doctrinas cuyo sistema no está de acuerdo
con la verdad de los hechos naturales” [74].
Por desgracia, esos médicos que negaban las evidencias de Pasteur
frenaban el progreso de la ciencia, esencial para poder curar las enfermedades
que afectaban a la población: la gangrena, la erisipela o la septicemia. Es más, en
la guerra entre Francia y Alemania de 1870, el mundo había presenciado un
espectáculo terrible de amputaciones y llagas entre los militares heridos. Aunque
el ejército francés solo perdió en combate a 10240 hombres de los 310000 que
tenía, lo terrible fueron las 85370 victimas más que se produjeron debido a las
heridas o a las enfermedades como el cólera, el tifus, o la fiebre tifoidea. Además,
50000 de esas 85370 muertes se debieron a operaciones, lo que da una idea de la
baja fiabilidad de la Cirugía [93].
En Inglaterra, Joseph Lister, influido por los estudios de Pasteur sobre la
generación espontánea, expuso los conceptos de asepsia y antisepsia, mediante
los que se garantizaba la ausencia de gérmenes durante una operación, y que se
usan hoy en día en los hospitales. Así redujo enormemente la mortandad: se
pasó de un 50% a un 5% en operaciones quirúrgicas, y de un 20% de muertes en
parturientas a menos de 0.1% [74]. Con menor fortuna le precedieron un par de
décadas antes los médicos Oliver Wendell Holmes e Ignaz Philipp Semmelweis.
Ambos indicaban que los cirujanos debían lavarse las manos para evitar infectar
a los pacientes, pero sufrieron la incomprensión y el descrédito por parte de sus

179
colegas de profesión [94].
Pasteur también demostró, en el campo de la urología, que se podía matar
los gérmenes mediante la inyección en la vejiga de una solución de ácido bórico
al 4%. Este método lo aplicó con éxito Guyon, un cirujano que se hizo famoso
gracias al genio francés [76].
Asimismo, el sabio francés presentó en la Academia de Medicina su teoría
de gérmenes, en la que daba indicaciones que se hicieron célebres: “Si tuviera el
honor de ser un cirujano, jamás introduciría en el cuerpo de un hombre un
instrumento sin haberlo pasado por agua hirviendo y, todavía mejor, por una
llama, y enfriado rápidamente antes de la operación” [85].
A la vez que ofrecía esos consejos combatía una por una las enfermedades
que más afectaban a la población. Para lograr este ambicioso fin, en contra de su
habitual estilo solitario de investigar, se rodeó de un equipo del que formaron
parte Émile Roux, Charles Chamberland y Louis Thuillier.
Empezó por la septicemia, enfermedad caracterizada por una inflamación
del organismo en respuesta a agentes patógenos. En 1866 se habían llegado a
alcanzar en la Maternidad de París las escandalosas cifras de 28 muertes en 103
partos.
Pasteur acudía a este centro y al hospital Cochin de París, y los trabajadores
se quedaban asombrados de que, a pesar de su salud y de que le afectaba
cualquier corte de bisturí hasta el punto de descomponerse, vencía su
repugnancia y volvía al día siguiente [74]. Tal era su amor por la ciencia y el ser
humano.
Comprobó que los causantes eran una bacteria en forma de largos rosarios,
el estreptococo, y otra en forma de granos esféricos: el estafilococo. Aconsejó
emplear, para la desinfección, soluciones diluidas de ácido bórico, como las que
utilizaba para la vejiga.
A continuación abordó en paralelo las enfermedades del cólera de las
gallinas y del ántrax —esta última conocida también como carbunco—.
Todo empezó con el hallazgo, por parte del brillante veterinario galo Jean
Joseph Henri Toussant, del microbio del cólera de las gallinas. Entonces,
conocedor de los métodos de Pasteur, intentó reproducirlo en un cultivo de orina
neutralizada para poder atenuarlo y fabricar una vacuna. Pero fracasó en sus
ensayos.
Pasteur concibió una genial idea. Cambió la orina por caldo de pollo como

180
medio para poder aislar con éxito el microorganismo y descubrió, gracias a que
su colaborador Chamberland había olvidado durante tres meses una muestra del
cocobacilo del cólera, que si la inyectaba en un pollo, éste no padecía la
enfermedad. Después Pasteur ordenó a Chamberland administrar a ese mismo
espécimen un cultivo virulento que a otros pollos sin vacunar provocaba la
muerte. Y la gran sorpresa fue que este no murió: con el tiempo el microbio que
genera una enfermedad se atenuaba, lo que permitía obtener una inmunización
frente al propio agente infeccioso. Es decir, había inventado la primera vacuna
antibacteriana [76]. Precisamente bautizó este invento como vacuna en honor a
Jenner, quien utilizó el término —variolae vaccinae—, es decir, la viruela de la
vaca, para su primera publicación sobre el efecto protector de esta enfermedad
frente a la viruela humana. Se puede sostener que Jenner halló la primera
vacuna empíricamente, mientras que Pasteur de manera experimental.
El dominio que adquiría el padre de la Microbiología sobre la materia era
tan grande que se permitió bromear con uno de sus mayores detractores en la
Academia de Medicina, el profesor Colin, de la escuela veterinaria de Alfort. Su
oposición a las afirmaciones de Pasteur se producía de modo casi sistemático
[74]. Pasteur aseguraba que las aves y en especial las gallinas no padecían el
ántrax. Así que Colin decidió negar tal aseveración, ante lo cual Pasteur repuso
que le trajera una gallina muerta por ántrax.
Pasaron semanas y el químico francés siempre le planteaba la misma
pregunta: “¿Dónde está mi gallina?” Por fin Colin se dio por vencido y reconoció
que su oponente tenía razón, a lo que Pasteur añadió, “Pues bien, querido
colega. Voy a demostrarle que se puede contagiar el carbunco a las gallinas”.
Pasteur sabía que esta enfermedad no se desencadenaba en aves porque
presentan una temperatura corporal muy alta que impide el desarrollo de la
bacteria. Administró el ántrax a una gallina y la mantuvo en un baño frío. A las
pocas horas moría y, para descartar que la causa fuera el agua, preservó a otra sin
inocular en el mismo baño. Esta última sobrevivió. Lo mismo sucedió con una
tercera gallina sin introducir en líquido que sí fue inyectada. Incluso metió en
baño frío a una cuarta a la que había suministrado el carbunco y, cuando observó
que presentaba síntomas de la patología, la retiró para ponerla a calentar con una
estufa y sanó.
Conocer la influencia de la temperatura sobre la virulencia del ántrax le
sirvió para elaborar su segunda vacuna. Esta enfermedad era el quebradero de

181
cabeza de los ganaderos, que veían diezmados sus lotes de reses y carneros,
además de que podía ocasionar la muerte por contagio a humanos.
Una vez más Jean Joseph Toussaint dio los primeros pasos. Había
vacunado carneros contra el carbunco al inyectarles sangre infectada de la misma
especie animal que había calentado previamente para eliminar el virus. La
técnica presentaba problemas: no era del todo eficaz y se requería una gran
cantidad de sangre para su realización. Por otro lado, el veterinario desconocía
que el método funcionaba satisfactoriamente porque estaba inoculando el virus
de forma atenuada, algo que sí intuyó Pasteur, que dejó de lado el resto de
investigaciones y se dedicó a estudiar el asunto de inmediato. Sobre la base de
sus experimentos con las gallias llegó a la conclusión de que la virulencia del
ántrax se reducía con altas temperaturas y en contacto con el aire. Por
consiguiente confeccionó una vacuna que aplicó a veinticinco carneros. Cuando
tres semanas después administró el virus a los animales vacunados y a otros que
no, los primeros sobrevivieron mientras que los últimos murieron. Ante
semejante éxito decidió anunciar el descubrimiento a la Academia de Ciencias el
28 de febrero de 1881.
Entonces, el veterinario Hippolyte Rossignol y el baron de La Rochette,
presidente de la Sociedad de Agricultura de Melun —territorio situado en el
departamento francés de Seine-et-Marne—, le propusieron un reto que debía
ejecutarse en la granja de Pouilly le Fort, propiedad del mismo Rossignol:
vacunar veinticuatro carneros, seis vacas y una cabra y no proteger a otros
veinticuatro carneros, cuatro vacas y otra cabra. Pasteur aceptó el envite. Sabía
que ponía en riesgo su prestigio ante un eventual fallo en el experimento. Sin
embargo, si lograba un éxito todo el mundo quedaría convencido. A pesar de su
valentía, Pasteur sufrió mucho durante la prueba porque, entre los animales
vacunados, los carneros manifestaron fiebre y una oveja se tambaleaba. Pero
luego se recuperaron y los resultados fueron espectaculares. Todos los animales
vacunados subsistieron. En cambio, entre los que no habían recibido la inyección
sanadora, los carneros y la cabra sucumbieron. Asimismo, las vacas, aunque
resistieron, sufrieron voluminosos edemas, fiebre alta e inapetencia total.
Conviene aclarar que la versión de la vacuna contra el ántrax que se utilizó
en Pouilly le Fort difería con respecto a la que Pasteur había anunciado a la
Academia de Ciencias. Esta última se basó en una atenuación por dicromato de
potasio, un método que habían desarrollado sus colaboradores Chamberland y

182
Roux. De hecho se ha conocido recientemente que Pasteur ocultó
deliberadamente este detalle, probablemente por miedo a que Toussaint se
apropiara de su éxito. Toussaint había progresado mucho y en el fondo había una
competición por cuál de los dos ganaba la contienda. Toussaint utilizaba el fenol,
un antiséptico, para atenuar el virus. Y aunque su vacuna, obtenida antes que él,
era menos eficaz, el método se parecía mucho porque utilizaba otro antiséptico
como el dicromato de potasio [77,95]. Con todo, el Premio Nobel Max F. Perutz
matiza que después se utilizó la vacuna original de Pasteur, la basada en
oxidación por contacto con aire, para vacunar tres millones y medio de ovejas. Se
pasó de un 9% de mortandad a un 1% [78,96].
Más adelante, Pasteur demostró que al suministrar el virus del ántrax
atenuado a una cobaya esta no expiraba, y que al introducir la sangre de ese
animal a otro sano este último moría en poco tiempo. Se recupera la potencia del
virus, lo que entraña un gran interés para la comprensión del origen y evolución
de las enfermedades (patogénesis) [76].
Lamentablemente, al contrario que con el cólera de los pollos, la batalla
contra el ántrax no se había terminado. El alemán Robert Koch, descubridor del
bacilo que provoca la tuberculosis, observó al microscopio células con forma de
bastones a partir de las que aparecían esporas. Después de morir el animal estas
podían permanecer enterradas durante años en el suelo e infectar a los animales
que pastan. Por tanto, Pasteur aconsejó en su país hacer pastar a los ganados en
lugares donde no había existido presencia de cadáveres de animales y donde el
terreno no permitiera la proliferación de gusanos. La participación de ambos
genios, Koch y Pasteur, en la investigación del ántrax fue fructífera para la
ciencia, pero también supuso una intensa disputa entre ambos que se prolongó
durante años [97].
Tal era el ansia de Pasteur por librar al ser humano y su entorno de las
patologías que les afectaban, que mientras se ejecutaba el experimento del ántrax
estudiaba la vacuna contra la rabia. Pero antes de descubrirla inventó también la
de la erisipela porcina, una enfermedad cuyo microbio causante atenuó mediante
el contacto con el aire. Así solucionó un problema que en la región francesa del
valle del Ródano había provocado la muerte de veinte mil cerdos [76].
La fama de Pasteur era tan grande que lo reclamaban en múltiples lugares.
Hasta en el Cabo de Buenaesperanza solicitaban sus servicios para combatir una
enfermedad que sucedía allí. Para aliviar este tipo de situaciones le asistía el buen

183
criterio su mujer, que escribía en una carta a su hija que a su marido, con
estudiar la rabia, le bastaba [74]. De modo que, ante la imposibilidad de
desplazarse, envió discípulos suyos por todo el mundo para difundir sus
doctrinas. Por ejemplo, durante una epidemia de cólera en Egipto se ofreció
Roux, del propio equipo de Pasteur. Lo mismo hicieron Straus, profesor
agregado a la Facultad de Medicina, y Nocard, profesor de la Escuela Veterinaria
de Alfort, quienes se presentaron como voluntarios.
Pasteur, el fundador de este movimiento en favor de la humanidad,
continuó con el estudio del virus de la rabia, del que consiguió una vacuna sobre
la base de los estudios del doctor Duboué y veterinario Galteir. Ellos sostenían
que se encontraba fundamentalmente en el encéfalo y la médula.
Al principio, el padre de la Microbiología experimentó con la baba de perros
rabiosos, con el riesgo que entrañaba la adquisición de muestras. Mas tarde
decidió inocular, por trepanación en la superficie del cerebro, la sustancia
cerebral pura de un perro con rabia en conejos y monos. Estos incubaban el virus
de forma garantizada y experimentaban los síntomas en unos quince días, lo que
aceleraba los estudios. Con todo, ¿por qué no cultivaba el virus, un mecanismo
más sencillo y menos doloroso para los animales? ¿No hay un microbio de la
rabia? Mirando al microscopio había observado que el virus era de un tamaño
diminuto, lo que hacía imposible su estudio con la resolución de los equipos de
entonces. Solo en 1962, casi un siglo después, el japonés Seiichi Matsumoto
pudo ver el agente patógeno de la rabia con el microscopio electrónico [98]. De
manera que Pasteur no se centró en aislar el virus sino en evitar la enfermedad.
Para lograr este fin no le quedó más remedio que sacrificar muchos monos,
conejos y perros. Alguien podía pensar que el químico francés no tenía
sensibilidad, pero era todo lo contrario: le apenaba enormemente hacer sufrir a
los seres vivos. Sin embargo, Pasteur conocía bien el mandato de Dios de usar la
naturaleza para el bien del ser humano, el centro de la Creación, una noción que
no compartían las ligas protectoras de animales, que calificaban a los laboratorios
de Fisiología como de cámaras de tortura (el propio Pasteur recibió amenazas).
Estos colectivos alcanzaron una influencia suficiente en Inglaterra como para
prohibir en este país los experimentos con animales. De modo que algunos
científicos ingleses se exiliaron a Francia, donde sí se mantuvo el apoyo a la
experimentación con seres vivos [74].
Asistido por Roux, Chamberland y Tuillier, Pasteur continuó sus estudios y

184
obtuvo más conclusiones. Si se inyectaba la sangre de un animal con rabia a otro,
y a un tercero, la incubación era más rápida hasta llegar al óptimo de siete u ocho
días: el virus en su estado puro. A continuación introducía en el enfermo médula
secada al aire de quince días después de la muerte, luego de catorce, y así
sucesivamente hasta un día. De esta manera el organismo iba preparando sus
defensas con virus de más a menos atenuado hasta quedar protegido contra la
patología.
En vista de estas conclusiones, Pasteur intuía el funcionamiento del
sistema inmunitario:
“Me inclino a creer que el supuesto virus rábico debe estar acompañado de
una materia que, cuando impregna el sistema nervioso, lo vuelve no apto al
cultivo posterior del microbio, provocando la inmunidad” [74].
Más adelante llegó la prueba de fuego: la experimentación con humanos.
Joseph Meister, un niño gravemente herido por un perro con rabia, recibió el
tratamiento del virus atenuado durante diez días. Pasteur sufría mucho con la
posibilidad de que muriera y llegaba a padecer pesadillas. Pero al final tuvo éxito.
¡La vacuna funcionaba!
Tras este excelente resultado triunfó con un adolescente, Jean Baptiste
Jupille, y con muchos otros. Aunque no pudo con Louise Pelletier, una niña que
le presentaron con una mordedura de más de treinta días de antigüedad. Era
demasiado tiempo y lo sabía. Cuando la velaba, Pasteur disimulaba sus lágrimas,
mientras que cuando salía de su habitación ya no reprimía su dolor y sollozaba.
Tanto le conmovía el sufrimiento de su enferma. El padre de la joven escribió
años después al yerno de Pasteur:
“Entre los hombres que he podido conocer en mi vida ninguno me parece
más grande. No he visto otro caso como el de nuestra querida pequeña. Fue
capaz de sacrificar sus largos años de trabajo, de poner en peligro su reputación
universal de erudito y de seguir a sabiendas de un doloroso fracaso, simplemente
por humanidad” [76].

185
Figura 18: El adolescente Jean-Baptiste Jupille recibe en octubre de 1885 la vacunación contra el virus
de la rabia administrada por un miembro del equipo de Pasteur, mientras el propio Pasteur contempla
el evento. Retrato publicado en el periódico francés L’Illustration (Everett Historical/Shutterstock).

Aunque se ha sembrado dudas sobre la eficacia y la ética con que se


preparó la vacuna de Pasteur (el historiador Gerald L. Geison indica que antes
del primer paciente no se habían efectuado todas las pruebas necesarias que
garantizaran un tratamiento seguro mientras que en otra obra de Pierre Debré se
cita el caso de Jules Royer, que murió veinticuatro días después de ser vacuando
[77,99]), Max F. Perutz refuta con numerosos argumentos [78], entre los que
cabe señalar los que ofrece el Institut Pasteur. Tras Joseph Meister se trató a 726

186
personas, de las que 688 había sido mordidas por perros y 38 por lobos. Solo 4
murieron [100]. La confianza de esta institución en la vacuna original contra la
rabia fue tan grande que se empleó hasta el año 1953 [78,100]. Asimismo, hay
que destacar el mérito de Pasteur y su equipo. La rabia era una enfermedad
temible y, aunque la vacuna se ha perfeccionado con el tiempo, se alcanzó una
eficacia asombrosa para los medios materiales con que se contaba a finales del
siglo XIX.
La anécdota más famosa fue la de los diecinueve rusos heridos por un lobo,
de los que Pasteur salvó a dieciséis, cuando la mortandad por mordedura de lobo
era de un 75%. Tras enterarse el Zar de la cura de sus súbditos, encomendó a su
hermano, el gran duque Vladimiro, que entregara a Pasteur la gran cruz de
brillantes de Santa Ana de Rusia, y donó cien mil francos para la fundación del
Institut Pasteur, la principal herencia que nos dejaría el sabio poco antes de
morir [74].

187
4.10 Su gran legado: el Institut Pasteur

Aparte de Austria y de Rusia, Pasteur recibió reconocimientos procedentes


de muchos otros países. La universidad alemana de Bonn le otorgó el doctorado
en Medicina, un diploma que el sabio devolvió después de la guerra, pues se
sentía ofendido por el ensañamiento del ejército germano con Francia [74].
Además en Italia le concedieron una mención por sus trabajos sobre el gusano de
seda. Allí brindó en la cena de gala “por la competencia pacífica de la ciencia”.
Esta frase cobra sentido si se recuerda que entonces eran frecuentes las guerras
entre países europeos.
Más tarde, en 1881, lo invitaron al Congreso Internacional de Medicina,
que se celebraba en Londres. Le hicieron subir al estrado designado a los
congresistas más ilustres ante una sonora ovación por parte de tres mil
asistentes. Pasteur se volvió hacia su hijo y su yerno: “Sin duda llega el príncipe
de Gales. Debí presentarme más temprano”. “¡Es a usted a quien están
aclamando!”, le sonrío amablemente el presidente del Congreso, sir James Paget.
Luego Escocia, vecino de Inglaterra, se apuntó al tren de los agasajos.
Aprovecharon el tricentenario de la Universidad de Edimburgo, que se celebraba
en 1884, para homenajear al inventor de la vacuna contra el ántrax.
Francia tampoco se quedó a la zaga para agasajar a su químico más
sobresaliente. En 1881 Pasteur sustituyó a Littré en la Academia Francesa,
institución encargada de regular la lengua francesa. Esto constituyó un
sorprendente azar del destino porque Littré fue uno de los grandes pensadores
del positivismo, movimiento que Pasteur rechazaba porque asignaba a la ciencia
un poder tan grande que obviaba todo lo relacionado con la trascendencia.
Pasteur en cambio afirmaba: “Dichosos aquellos que llevan dentro de sí un Dios,
un ideal de belleza y que lo obedecen: ideal del arte, ideal de la ciencia, ideal de la
patria, ideal de las virtudes del Evangelio” [101].
Sin embargo, con qué elegancia y humildad asumió su puesto: “La
convicción de mi insuficiencia se apodera nuevamente de mí, y si no me turbo al
hallarme entre vosotros es porque no olvido que debo transferir a la ciencia el
honor —por así decir— impersonal, que vosotros me habéis conferido”. En su
discurso no se enfrentó lo más mínimo con Littré. Sí que expresó que para él los
pueblos necesitaban la religión, pero se centró sobre todo en elogiar a la persona

188
de su antecesor. Dumas, su antiguo profesor, y Nisard, director de la École
Normal mientras Pasteur fue administrador, fueron los padrinos de Pasteur.
Posteriormente, la Sociedad de Agricultura de Melun, la que años atrás
había organizado la prueba sobre la eficacia de la vacuna contra el ántrax, le
otorgó otro premio: una medalla con su efigie. También le honraron en Dôle, la
localidad natal de Pasteur. Allí recordó a sus padres: “Benditos seáis, padres
míos, por haber sido lo que fuisteis, y dejad que os dedique el homenaje que hoy
se rinde ante esta casa” [74]. Asimismo, en Lille se acordaron de su periodo como
profesor y le dedicaron una calle. Por último, las autoridades francesas le
concedieron una pensión de 25000 francos anuales, reversible sobre su viuda e
hijos [76].
Pero todos estos premios son pocos para lo que Pasteur supuso para
Francia. Según el biólogo británico Thomas Henry Huxley, defensor de la teoría
de la evolución de Darwin, Pasteur ahorró 5000 millones de francos a Francia, el
tributo por la derrota en 1870 contra Alemania [102].
Pasteur se daba cuenta de que el laboratorio de la École Normale no reunía
condiciones para atender a una clientela creciente de personas afectadas por
rabia que acudían al único sitio donde se les podía curar. Así que ideó la creación
de un centro donde se pudiera acoger dignamente a estos pacientes, y que
también se ocupara de la investigación básica y de la preparación de vacunas. Al
mismo tiempo pensó en cómo evitar a sus discípulos el sufrimiento que padeció
en vida de no recibir a menudo fondos públicos. De manera que encauzó toda su
popularidad y premios cosechados hacia su testamento: el Institut Pasteur. Se
trataba de un centro basado en un modelo de financiación internacional
mediante donativos. El propio Pasteur contribuyó con su dinero y, de todas
partes del planeta (por supuesto incluyendo a Francia), le apoyaron con sumas
millonarias. Países separados por la guerra se unían en favor de un objetivo
común y altruista. El francés agradeció a los colaboradores diciendo: “Trabajan a
la vez por la ciencia, la patria y la humanidad” [76].
Pasteur fue testigo, durante sus últimos años, de cómo su discípulo Roux
descubría el suero contra la difteria y Yersin el microbio de la peste —este último
prácticamente a la vez que el japonés Kitasato Shibasaburō—. Después se fueron
fundando Institutos Pasteur por todo el mundo.

189
4.11 Sus últimos años, una preparación para la vida
eterna

Conforme se aproximaba la fecha de su muerte, la fama de sabio y su


bondad eran tan reconocidas que sus vecinos no tenían reparos en acudir a
consultarle sobre las enfermedades de los vinos. Los escuchaba con paciencia y
casi siempre les resolvía el problema. También le preguntaban sobre cuestiones
médicas aun cuando no fuera doctor, porque le creían médico [74].
Asimismo, su humanidad queda patente en su actitud con el escultor Jean
Joseph Perraud, que había elaborado una talla de Pasteur y se encontraba
enfermo. El científico galo se preocupaba de visitarlo y aliviarlo [76].
Tras la muerte de Dumas, en 1884, Pasteur presidió la Sociedad del Socorro
de los Amigos de la Ciencia, que se dedicaba a proteger a las viudas y a los hijos
indigentes de los investigadores. Y en 1886 la Sociedad Filantrópica le pidió que
apadrinara un asilo de madres pobres. Pasteur aceptó: “No se le pregunta al
desdichado: ¿De qué país o de qué religión vienes? Se le dice: tú sufres, eso
basta. Me perteneces y yo te aliviaré” [74].
Más tarde, los médicos le aconsejaron algo de reposo por sus problemas del
corazón. De modo que se mudó con su mujer, su hija, su yerno y sus dos nietos,
uno de los cuales acababa de bautizar su buen amigo el padre Didon, a
Bordighera, una preciosa localidad costera italiana. El ambiente resultaba
idóneo, aunque un terremoto trastocó los planes. Durante la catástrofe Pasteur
demostró el cariño que profesaba a sus nietos, a quienes acudió a proteger de
inmediato sin pensar en cubrirse él. A continuación regresaron a Arbois, donde
la Academia de Ciencias, una de las tres a las que pertenecía Pasteur, le pidió que
aceptara el cargo de secretario perpetuo. Este intentó delegar en favor del
químico e historiador francés Berthelot pero, ante la insistencia, se vio obligado a
acceder.
Luego Pasteur sufrió un par de ataques de parálisis, lo que provocó que su
voz perdiera su tonalidad característica y que tuviera que abandonar su nuevo
cargo [74].
Durante los últimos años de Pasteur, Francia se impregnó de un ambiente
antirreligioso —en esta época los jesuitas fueron expulsados del país—. Y en las
fiestas de Arbois, a la salida de la Misa, los bomberos de la ciudad ducharon al

190
padre de la Microbiología con una manguera, un suceso vergonzoso ante el que
el sabio se lamentó: “¡Pobre país! ¡Qué enfermo está! Todas las repúblicas de la
antigüedad han sucumbido por los celos y la envidia” [75].
Pero el mal ambiente no impidió el curso normal de su vida de cristiano.
Sus últimos días los pasó en compañía de su mujer, con visitas y con la asistencia
espiritual del padre Boulanger, otro dominico a quién había conocido unos años
antes y guía espiritual de su hija [76]. Su mujer y su hija le leían aquellos escritos
que pedía a Pasteur. Ya no apreciaba como antes a quienes ocupan la primera
plana en los libros de historia. Tras haberse deleitado con la lectura de colosales
conquistas y batallas, admiraba el ejemplo de personas entregadas a Cristo y a los
pobres como San Vicente de Paúl [74]. Pasteur también había contribuido a
construir un mundo más justo, aunque de una manera diferente, a través de una
multitud de grandes descubrimientos. Y el más importante se lo había dejado
para el final: la belleza y riqueza de la fe católica, a la que llegó tal y como dio con
la vacuna de la rabia o con la pasteurización, discerniendo la verdad mediante sus
brillantes dotes. Como Pasteur había entregado su vida al servicio de los demás,
cumplía el mandato de Cristo de amar al prójimo como a uno mismo. Por tanto
estaba en condiciones óptimas para recibir, por iniciativa propia, el Sacramento
de la Reconciliación y la Comunión durante la Pascua de 1895 [76].
Unos meses después, el 28 de septiembre del mismo año, murió con un
crucifijo en una mano y en la otra con las manos de sus hijos. En una de sus
biografías se indica que falleció con un rosario entre los dedos [103], hecho que
no concuerda con la anterior descripción. Sin embargo, el rosario termina en una
cruz y, si tenemos en cuenta que el guía espiritual, la esposa y la hija de Pasteur
pertenecían a la orden de los Dominicos, la que con más ahínco ha fomentado el
rezo de esta oración, puede que esta aparente contradicción no se trate de un
error.

191
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5. Jérôme Lejeune: “El amor a la vida”

Cuando me propuse elegir a un gran científico católico del siglo XX me


encontré con dos dificultades. Primero, escoger entre el inmenso número de
personalidades cuyas contribuciones han cambiado el devenir de nuestra
sociedad, en un periodo de la historia en que la ciencia ha alcanzado un prestigio
y una popularidad inigualables. Segundo, que no tenía noción de un gran
investigador de la talla de Pasteur o de Galileo, y que a la vez hubiera
experimentado una profunda experiencia de fe.
Entonces me acordé del médico y genetista francés Jérôme Lejeune, uno
de los grandes defensores del respeto a la vida del ser humano desde el momento
de la concepción. Su implicación en este asunto fue posiblemente el motivo por
el que no se le concedió el Premio Nobel, tal y como indican tanto sus partidarios
como sus detractores [104-106]. Así que creí interesante incluirlo en este libro.
Además, cumplía con la condición de pertenecer a la Iglesia de Roma. Sin
embargo, antes de profundizar en su persona, sospechaba que sus logros iban a
quedar por debajo de los de Volta, Pasteur o Galileo.
Qué sorpresa me llevé al leer sus dos mejores biografías, la de la escritora e
historiadora francesa Anne Bernet, de una precisión y rigor incomparables —casi
quinientas páginas con las que se obtiene una perfecta radiografía de su vida
[104] —, y la de su hija Clara Lejeune [105], una obra escrita desde el corazón y
que penetra en lo más íntimo de la familia Lejeune.
Anne Bernet lo considera como el más grande sabio francés y una de las
figuras mundiales más importantes del siglo XX. No le falta razón a su biógrafa.
En el campo de la genética llegó a la cima con el descubrimiento de la trisomía del
cromosoma veintiuno, causante del síndrome de Down. Por esto y por otras
aportaciones se le considera el padre de la Genética moderna.
En política internacional desempeñó el puesto de experto sobre los efectos
de la radiación atómica en genética humana en la ONU y fue miembro de la
Academia Pontificia de Ciencias. A través de estos dos cargos ejerció un papel
decisivo a la hora de calmar las tensiones que se produjeron durante la guerra
fría, un conflicto que enfrentó a las dos grandes potencias mundiales tras el final

193
de la guerra mundial —Estados Unidos y la Unión Soviética— y que terminó con
el desmoronamiento del comunismo entre los años 1989 y 1991. Lejeune
también lideró la defensa del niño por nacer durante los años en que se extendió
por el mundo la legalización del aborto.
Su hija, Clara Lejeune, destaca sus valores humanos. Más que un doctor
fue un padre para sus pacientes. Los miraba con asombro y atención, como
dando gracias a Dios por ellos. En lo espiritual, afirma: “El ejemplo que nos daba
fue para nosotros una lección diaria de catecismo” [105]. No resulta una
casualidad que en 2007, tan solo trece años después de su muerte, se haya
abierto la causa para su beatificación con el apoyo de la asociación “Les Amis du
Professeur Jérôme Lejeune” [107]. En 2017 se completó la Positio, un
documento de unas mil páginas en el que se demuestra cómo Jérôme Lejeune
puso en práctica las virtudes cristianas de una manera heroica.

Figura 19: Jérôme Lejeune (fotografía reproducida con permiso de la Fondation Jérôme Lejeune).

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5.1 Un difícil camino para ser médico

Jérôme Lejeune nació en 1926 en Montrouge, localidad situada en las


cercanías de París. Fue el segundo hijo de los tres que tuvieron Pierre Lejeune y
Marcelle Lermat. Los domingos, a continuación de Misa, la familia acudía a la
casa de los abuelos maternos, donde solían celebrar las festividades y los
aniversarios. Parece que el abuelo, veterinario, sembró en Jérôme el amor por la
ciencia. Al finalizar la comida hacía demostraciones experimentales que les
encantaban a sus nietos.
Pero no todo fue idílico en la infancia y adolescencia de Lejeune. Tuvo que
sufrir los convulsos años treinta, con una depresión mundial y una tensión
política terrible en Francia. Para colmo llegó la Segunda Guerra Mundial, durante
la que los Lejeune se trasladaron a Étampes, uno cincuenta kilómetros al sur de
Montrouge, lejos de los bombardeos.
Su nuevo domicilio fue utilizado por los alemanes como hospital. A esto se
unió la lectura por parte del joven Jérôme de la novela de Balzac Le medecin de
campagne, es decir, El médico rural. Su protagonista, el doctor Benassis, ejercía
la medicina para socorrer a la humanidad sufriente tanto desde el punto de vista
físico como moral, a la vez que dedicaba parte de su tiempo a la oración.
Los anteriores condicionantes confluyeron en una decisión: sería médico, a
pesar de que no le hiciera mucha gracia a su abuelo —existía una tradicional
rivalidad entre médicos y veterinarios—.
Sin embargo, el camino que debía recorrer Lejeune para hacer su sueño
realidad se volvió tortuoso. Su familia vivía antes de la guerra de una destilería
situada en Montrouge que había heredado Pierre de su padre, el abuelo de
Jérôme. Lamentablemente Pierre tuvo que venderla por varios motivos. En
primer lugar, durante la guerra se utilizó el negocio para dar de beber a las tropas,
sin que los Lejeune pudieran beneficiarse económicamente de ello. Asimismo,
Pierre no podía atender bien su empresa porque ahora vivía en Étampes, lejos de
la fábrica emplazada en Montrouge. Por último, a Pierre no le gustaba mucho su
negocio porque sabía que perjudicaba la salud de bastante gente.
Todo desembocó en la venta de la destilería, justo cuando su valor
económico era más bajo. De ahí que los Lejeune se encontraran arruinados al
terminar la guerra.

195
¿Cómo podría costear el pobre Jérôme su carrera de medicina? Menos mal
que Charlotte, la cuñada de Pierre, a quién había vendido la destilería, se ofreció
a pagar los estudios de Jérôme.
Gracias a este apoyo, y a que superó las pruebas de acceso, Jérôme entró en
una facultad de Medicina dependiente de la Universidad de la Sorbona de París, a
la que viajaba todos los días en los horribles trenes de la posguerra.
Mientras tanto Pierre hacía todo lo posible por sacar a su familia adelante.
Halló un trabajo como secretario general del Sindicato de Fabricantes de Licor.
Todos los días se desplazaba en tren a París. Después regresaba de la capital
francesa agotado, hasta el punto de padecer algún desvanecimiento.
Los hijos, cada uno de la manera que pudo, colaboraron con su padre en
sacar la familia adelante. En el caso de Jérôme, hacía guardias hospitalarias
sábados y domingos y reemplazos en verano para ganar algún dinero.
Luego, el futuro descubridor de la trisomía 21, se presentó a unas pruebas
para interno del hospital de París. Fracasó en los dos primeros intentos y, cuando
acudió a la tercera convocatoria, se le pasó la parada de metro en la que debía
detenerse. Por ese motivo no llegó a tiempo al examen. Así que renunció a ser
cirujano. Este traspiés providencial, tal y como lo definiría Lejeune años más
tarde, le permitió recalar como genetista [104].
En paralelo conoció a la mujer de su vida, Birthe Gaymard. Pero no se casó
con ella hasta completar dos tareas. La primera consistió en culminar sus
estudios de medicina con la defensa de la tesis bajo la dirección de Raymond
Turpin. Le dieron una mención “très honorable”, que se puede traducir como
sobresaliente. La segunda fue cumplir con su deber de ciudadano francés y
completar el servicio militar en la base aérea de Freiburg, al suroeste de
Alemania. Liberado de sus obligaciones, se produjo el enlace matrimonial con
Birthe, con la que se trasladó a París [104].

196
5.2 El padre de la Genética moderna

Lejeune continuó, tras la tesis, en el laboratorio de su director Raymond


Turpin. Este científico había explorado, en 1930, las causas del síndrome de
Down (en honor a su descubridor Langdon Down), que en Francia y en otros
países se llamaba mongolismo. Entonces se sabía muy poco sobre este trastorno
que afecta a uno de cada mil niños. Por este motivo existía una creencia, con
escaso fundamento, de que estaba ligada a la sífilis, enfermedad de transmisión
sexual. También se les echaba la culpa a las madres, que se sentían acomplejadas
y se lamentaban por sus hijos.
Las investigaciones de Turpin sobre el síndrome de Down habían quedado
abandonadas debido a la guerra. Jérôme, que conservaba en su corazón el Doctor
Benassis de Medecin de Campagne, las retomó. Tras haber encontrado a la
pareja perfecta en su vida personal, había conseguido lo mismo en el terreno
profesional: albergaba como sueño aportar esperanza y confort a las familias de
niños con problemas. Jérôme le confesó a Birthe: “en uno o dos años sabré de
qué se trata. Habré comprendido el mecanismo” [104].
No resultaría fácil porque la posguerra pasaba factura en Francia. Se
contaba con unos medios muy inferiores a los de los Estados Unidos. Por
ejemplo, el laboratorio de Jérôme no disponía ni de secretaria ni de máquina de
escribir, lo que hoy en día equivaldría a carecer de ordenadores. Tan solo podían
analizar los dermatoglifos, que son las configuraciones de los surcos de la piel,
concretamente los de la mano. Pero Lejeune, con tan pocos instrumentos,
consiguió averiguar que las personas con síndrome de Down presentaban unas
marcas diferentes a las del resto de la población. Sobre este asunto copublicó
varios artículos, donde su director Turpin era el autor principal [108].
Este importante hallazgo reforzaba la posibilidad de un origen genético del
síndrome de Down, sugerida por el propio Turpin en 1937. Aunque el que más se
acercó a la solución final fue el pediatra norteamericano Adrien Blayer, que en el
año 1934 sugería que podía existir un número de cromosomas diferente al del
resto de los humanos; uno de más o uno de menos [109], porque los gemelos
procedentes del mismo óvulo presentaban el trastorno mientras que en caso
contrario no sucedía lo mismo [110].
Lejeune, animado por toda esta serie de resultados, comenzó a creer en la

197
posibilidad de descubrir el origen del síndrome de Down, aunque su director
Turpin se mostrara bastante escéptico porque la cadena de ADN era un
misterioso ovillo de lana indescifrable y ni siquiera los cromosomas se podían
contar de una manera fiable.
A pesar de todo Lejeune decidió formarse en este interesante campo. En
1954 obtuvo el Certificado de Genetista y en 1955 el de Bioquímica. Asimismo,
entró a formar parte de la Societé Genetique Française con el soporte de Turpin
como presidente. También pasó a ser fijo en el Centro Nacional de
Investigaciones Científicas (CNRS) y a recibir el cargo de experto sobre los
efectos de la radiación atómica en Genética Humana en la ONU.
Entonces, en 1955, se produjo un importante golpe de efecto. Los
genetistas Joe Hin Tjio y Abert Levan desarrollaron un método en la universidad
de Lund, Suecia, para ordenar los cromosomas y tomarles fotos. Así se pudo
comprobar que cada célula humana contiene en su núcleo 46 cromosomas
(organizados en 23 pares), un número diferente del de otras especies (por
ejemplo los monos tiene 48 y las ovejas 54). Su estudio fue publicado el 26 de
enero de 1956 en la revista sueca Hereditas.
Los científicos de entonces contemplaban asombrados esta firma que se
repetía una y otra vez en nuestro cuerpo. Y todavía quedaba por analizar cada
cromosoma en particular. El genoma humano, la secuencia de ADN que
contienen los 46 cromosomas, se extrajo por primera vez en el año 2003, fruto
del Human Genome Project, un proyecto en el que participaron diversas
universidades de todo el mundo.
Pero ya en 1956 se había dado un paso de gigante con la obtención del
cariotipo, que es el dibujo o foto de los cromosomas ordenados según su
morfología y tamaño. Lejeune divisaba la resolución del acertijo, porque si los
dermatoglifos de los individuos con síndrome de Down son diferentes que los del
resto de seres humanos también el cariotipo debía cambiar. Incluso barajó, al
igual que Blayer, la posibilidad de que a los niños con síndrome de Down les
faltara un cromosoma. De ahí que sufrieran deficiencias. Además, Marthe
Gautier, que se había incorporado recientemente al hospital Trousseau en la
sección de pediatría, había aprendido en Estados Unidos técnicas avanzadas de
cultivo celular y microscopía, con las que podían ponerse al nivel de Tjio y Levan.
Ante este cambio de circunstancias Turpin se convenció de la posibilidad de
estudiar los cromosomas y contactó con Marthe Gautier para que les ayudara.

198
Tras un gran trabajo colaborativo entre los tres, Jérôme por fin consiguió contar
un cromosoma de más en el cariotipo de un individuo con síndrome de Down.
Este hallazgo coronaba su carrera. Con tan solo treinta y un años había
descubierto que una mala distribución del patrimonio hereditario genera como
consecuencia un trastorno en el individuo. Las teorías de que esta enfermedad
provenía de la sífilis, o de que la culpa la tenía la madre, quedaban
definitivamente enterradas.

Figura 20: Imagen 3D del cariotipo de una mujer con síndrome de Down (Kateryna Kon/Shutterstock).

No obstante, hubo que esperar a confirmar los datos. De todos es conocido


el desprestigio y la desconfianza que provoca un estudio refutado más adelante
por otro autor. Se requería una mayor certeza.
Prácticamente cualquier persona en una situación como la de Lejeune se
preocuparía por la posibilidad de que otro se adelantara y se volviera famoso en
su lugar. Pero al genetista francés no le interesaba que su nombre quedara
impreso en las enciclopedias. Su afán era presentar esta evidencia para que la
sociedad empezase a apoyar lo antes posible las investigaciones para el

199
tratamiento.
Más adelante, otros cariotipos de niños y de niñas confirmaron lo mismo.
Lamentablemente Turpin seguía sin interesarse mucho por el tema. Pensaba que
este descubrimiento no permitiría saber nada más. Se mostraba muy escéptico
en cuanto la posibilidad de curación; una manera de pensar muy diferente a la de
Lejeune quien, a pesar de la dificultad de la empresa, que probablemente le
llevaría toda la vida, confiaba en llegar a la solución: “La encontraremos. Es
imposible que no consigamos encontrarla. Es una empresa intelectual de menor
dificultad que mandar un hombre a la Luna” [110].
Por fin Turpin cambió de opinión y se dio cuenta de que el hallazgo
demostraba el primer trastorno cromosómico del hombre, detrás del que se
encontraría otros. Se podía soñar con el Nobel de Medicina.
Así que Turpin divulgó en enero de 1959 una nota sobre el tema en la
Academia de Ciencias, para ver cómo reaccionaban los demás grupos de
investigación. Ante la acogida positiva, Turpin dio la orden a Lejeune de redactar
rápidamente “el gran artículo” que daría la vuelta al mundo. La Academia de
Ciencias lo publicó el 16 de marzo de 1959. Los autores eran Jérôme Lejeune,
Marthe Gautier, y Raymond Turpin [111]. Se analizaron células de cinco niños y
cuatro niñas con síndrome de Down. En todas las muestras de buena calidad se
contaron 47 cromosomas. Asimismo, se mostraban fotos al detalle, donde se
apreciaba el cromosoma extra al separar uno de los pares más pequeños: el 21.
Jérôme conjeturaba que podía deberse a un envejecimiento ovular de la madre,
ya que la anomalía ocurría sobre todo en mujeres mayores. En apenas tres meses
los laboratorios extranjeros descubrieron el origen genético de otras tres
enfermedades.
Sin embargo, aun con todas estas evidencias, se produjo polémica. Los
ingleses Jacobs y Court Brown publicaron en abril del mismo año otro artículo en
la revista inglesa Lancet que corroboraba las conclusiones de los franceses.
Citaban la nota de enero de los galos aunque no aludían a la de marzo, que era la
fundamental. A esto cabe añadir que un periodista inglés, de apellido Lennox,
redactó un escrito en el que cuestionaba a los franceses al afirmar que se habían
topado con la trisomía por casualidad y que no dominaban la materia. Pero con
una rectificación en Lancet del propio Lejeune el asunto quedó zanjado [104].
Más tarde Lennox y Lejeune se encontraron un congreso organizado por la CIBA
Foundation, una organización sin ánimo de lucro que promueve la investigación

200
biológica, médica y química. Lejeune le mostró a Lennox las fotos de los
cromosomas y le preguntó: ¿Es posible que mi descubrimiento sea una feliz
casualidad? A lo que Lennox respondió con un claro “no”. Se hacía tan evidente
que los franceses eran los primeros que el malentendido no llegó muy lejos.
Incluso cincuenta años después, en 2009, Marthe Gautier, que participó
como coautora en el artículo de marzo de 1959, reabrió la polémica al declarar, en
una nueva publicación, que Lejeune le había usurpado el mérito [106].
El principal argumento que muestra Gautier es que sus compañeros se
asociaron para que Lejeune fuera el primer autor y Turpin el último, el puesto
que se atribuye normalmente al director, mientras que a ella le dejaron el peor
lugar: el segundo. Lejeune se aprovechó de unas muestras de Gautier donde se
veían los cromosomas, las fotografío, se las entregó a Turpin y no se las devolvió
a Gautier.
Gautier presenta como prueba una carta de Lejeune donde este alaba sus
preparaciones para las técnicas celulares, lo que la genetista interpreta como que
se refiere a que ella ha descubierto la trisomía 21 [106]. Se trata de la palabra de
Gautier contra la de nadie, pues ninguno de los otros dos autores que firmaron el
trabajo, Lejeune y Turpin, se encuentran con vida.
Por el lado contrario, existen una serie de datos importantes publicados por
la Fundación Lejeune que apoyan a Jérôme a pesar de que no se pueda contar
hoy con su testimonio. En primer lugar se cita su trayectoria científica. Antes de
1959 ya contaba con siete publicaciones relacionadas con el síndrome de Down y
Gautier no había contribuido con ninguna. Además Lejeune lideraba la
investigación. La iniciativa de estudiar los cromosomas era suya [112]. Esto es
muy importante a la hora de decidir el orden de los autores de una publicación.
Sirva como analogía que con toda probabilidad Cristóbal Colón no fue el primero
que divisó tierra, pero nadie duda de que es el descubridor de América, porque
concibió la idea, creyó en ella y comandó la empresa, exactamente como hizo
Lejeune.
Pero quizá el dato más importante es el siguiente. La correspondencia de la
época demuestra que en octubre de 1958 Turpin tenía la intención de que
Lejeune fuera el primero, porque ya habían pasado seis meses desde la primera
vez que Lejeune contaba 47 cromosomas (mayo de 1957), mientras que Gautier
todavía no conseguía contar más que 46 cromosomas en los niños con síndrome
de Down [112]. Es decir, no solo encabezó la investigación sino que fue quien

201
primero distinguió la anomalía.
Por otra parte, Marthe Gautier también sugiere en su publicación de 2009
que el posicionamiento de Lejeune en contra del aborto provocó una división en
Francia entre los citogenetistas y que por culpa de esto no se le concedió el
Premio Nobel [106].
Este comentario resulta bastante llamativo, pues los méritos científicos se
deben juzgar con independencia de cualquier otro aspecto. ¿Qué tiene que ver
todo este asunto con la reclamación de Gautier sobre la autoría del
descubrimiento de la trisomía 21? Pues mucho. En la sección de agradecimientos
del artículo de Gautier figura Simone Gilgenkrantz, catedrática de Genética de la
Universidad de Lorraine, que estuvo al frente de la oposición contra Lejeune
durante la etapa del debate sobre el aborto en Francia [112].
La aversión de ciertos sectores de la sociedad francesa hacia Lejeune
permanece aún después de su muerte, tal y como reconoce su hija Clara. En 1994
el semanario sensacionalista francés Charlie Hebdo le dedicó, al día siguiente de
su fallecimiento, un artículo en el que, si bien se destacaban sus éxitos, se le
reconocía como a un enemigo [105]. También parece que en 2009 se ha querido
aprovechar el aniversario del descubrimiento de la trisomía 21 para intentar una
vez más deteriorar su imagen, al pretenderse mostrar al mundo que Lejeune
quiso apropiarse del hallazgo y dejar a un lado a Gautier y a Turpin. Sin embargo,
Jérôme veneraba a sus maestros como a su padre y a su madre [104]. Siempre
recordaba en sus declaraciones la contribución de su director Raymond Turpin y
de Marthe Gautier en el artículo de la trisomía 21 [112].
Al margen de polémicas, continuaré con más datos de interés sobre el
protagonista de este capítulo. Lejeune cosechó muchas otras publicaciones
aparte del que se refiere a la trisomía 21. En 1962 planteó la posibilidad de que las
malformaciones cromosómicas se oponían por contrarios: los tipos y contratipos,
pero los demás científicos no le concedían mucho crédito. No obstante, en 1963
demostró una vez más su gran habilidad y probó lo acertado de su teoría: había
niños que presentaban un cromosoma de menos, la monosomía 5 [113]. Su piel
se caracterizaba por una rigidez, justo lo contrario que los síndrome de Down,
cuya tez se asemeja más a un muñeco de trapo. Todo esto era debido a un
desequilibrio enzimático. En un caso existía sobredopaje de enzimas
relacionadas con el metabolismo y en el otro subdopaje.
La desgracia fue que en el ámbito mental eran incluso más atrasados que

202
los que tenían síndrome de Down. En cualquier caso, a pesar de que la teoría de
Lejeune no lo explicaba todo, sí tenía al menos sentido para algunas de las
características.
Por humildad, al contrario que la práctica habitual, el genetista galo no
quiso poner su apellido a este trastorno y lo llamó síndrome del maullido de gato,
aunque no pudo evitar que a menudo se le cite como enfermedad de Lejeune.
El médico francés también colaboró en el conocimiento del síndrome 18q,
una monosomía que reportó el francés Jean de Grouchy en 1964 [114], cuyo
síndrome clínico asociado describió Lejeune en 1966 [115]. Asimismo, descubrió
en 1968 el síndrome en el que un cromosoma con forma de anillo sustituye al
cromosoma 13 [116], en 1969 identificó la trisomía 8 [117], mientras que con la
ayuda de la doctora Marie Odile Rethoré, fiel colaboradora de Lejeune y miembro
de la Academia de Medicina de Francia, hizo lo propio con la trisomía 9 en 1970
[118].
Debido a todos estos logros Lejeune se convirtió en el padre de la Genética
moderna [119], y eclipsó a los otros dos autores del famoso artículo de la trisomía
21: Gautier y Turpin. Sucedió algo similar a cuando en un equipo de fútbol se
encuentra un crack. Todas las miradas se centran en él, como si los demás no
contaran. Le tocó, por tanto, recoger muchos trofeos.
En 1959 le concedieron el Premio Pellman, dotado con cien mil francos, y
luego le invitaron a Nueva York, a la asociación de psiquiatras americanos. Todo
fue un montaje para que el decano de la Universidad de Columbia le ofreciera la
cátedra de Genética, que se iba a crear al año siguiente, en 1960. El salario era
colosal. Pero Lejeune rehusó tal oferta. Amaba su país aun cuando estuviera
dotado de menos recursos.
En 1961 recibió más galardones: la medalla de plata del CNRS, el premio
Jean Toy de la Academia de Ciencias de Francia —este se lo concedieron junto
con Turpin— y el premio de la Escuela Superior de Ciencias Económicas y
Comerciales (l’ESSEC).
Y para culminar esta avalancha de condecoraciones le otorgaron en 1962 el
premio de la Fundación Kennedy, de manos del presidente de los Estados
Unidos, John Fitzgerald Kennedy.

203
Figura 21: Jérôme Lejeune recibe en 1962 el premio Kennedy de manos del presidente de los Estados
Unidos John Fitzgerald Kennedy (fotografía reproducida con permiso de la Fondation Jérôme Lejeune).

A Lejeune le concedieron 8000 dólares y a su laboratorio 25000. Se lo


daban junto con Tjio, quien descubrió que el ser humano posee 46 cromosomas.
El premio contenía en su centro una imagen del arcángel Rafael, el serafín
curador y patrón de los médicos, con un niño enfermo en sus brazos. Asistió la
hermana mayor del presidente, la socióloga y política Eunice Kennedy, a quien
acompañaba su marido. Ambos estaban implicados en causas caritativas y le
dijeron a Lejeune: “Haremos lo que sea para que no os falte nunca dinero para
vuestras investigaciones”. Se trató de una frase profética, como veremos.
Los franceses tardaron en reaccionar a la hora de premiar a su científico
más brillante del momento. Así que para no quedarse atrás le nombraron
director en el CNRS. Y en 1965 crearon para Lejeune la cátedra de genética en la
universidad de la Sorbona. Se convirtió, con tan solo treinta y ocho años, en el

204
catedrático más joven. Al mismo tiempo, le confiaron participar en un Conseil de
Sages (un comité de sabios) para asesorar al presidente francés Charles de Gaulle
en técnica y en ética.
Cuántos títulos. En una ocasión acudí a un dentista que tenía en su oficina
infinidad de diplomas pegados en la pared. Lejeune, con títulos mucho más
prestigiosos, no los ponía en su tarjeta de visita por no ostentar.

205
5.3 Un excelente embajador para Francia durante la
guerra fría

El descubrimiento de la trisomía 21 le catapultó a la fama mundial, pero


Lejeune ya había cosechado con anterioridad una posición en el panorama
internacional. Rara vez una celebridad lo es por una sola cosa. Para alcanzarlo
siguió una excelente formación. Aparte de haber obtenido el título Medicina, de
haber defendido la tesis doctoral y de lograr diplomas en Bioquímica y como
Genetista, se graduó en la Facultad de Ciencias de París. Asimismo, como suele
resultar habitual en los grandes pensadores, destacó en el aspecto autodidacta:
amplió sus conocimientos de Matemáticas y Astronomía en su propia casa y se
percató de que la mayor parte de los trabajos se publicaban en inglés. De modo
que con el popular método Assimil aprendió el idioma internacional en pocos
meses [105]. De hecho era capaz de dar charlas en esta lengua y su padre le
aconsejaba sobre cómo hablar en público.
Además del síndrome de Down estudió con su director Turpin los efectos
de la radiación nuclear, materia para la que ambos desarrollaron una aplicación
práctica de gran importancia. Entonces, en las zapaterías se medía la talla de los
clientes con rayos X, lo que acarreaba consecuencias terribles para los
empleados, pues se exponían a la radiación de manera continua. Lejeune y
Turpin publicaron evidencias en la Academia de Medicina de Francia, y el diario
parisino Le Figaro se hizo eco, lo que provocó la eliminación de este método.
Quién sabe cuántas vidas ahorró este hallazgo.
Todo esto le valió a Lejeune un puesto en la ONU como experto sobre los
efectos de la radiación atómica en genética humana. Allí desempeñó un papel
notable como mediador entre Estados Unidos y la Unión Soviética durante la
guerra fría. No era agresivo, ni altivo, ni grosero como los demás. Poseía un estilo
que agradaba a quienes asistían a esas reuniones [104]. Era uno de esos
personajes que inspiran confianza, lo que se demuestra con el hecho de que la
Dra. Arsenieva, científica soviética, aun con riesgo de sufrir represalias, le
confesó que en su país se hallaban bajo el yugo de Trofim Lysenko, un ingeniero
agrónomo que negaba la genética de Mendel e imponía una tesis con escaso
fundamento científico, según la cual los caracteres que adquirían una generación
los heredaba la siguiente. Esto encajaba con la teoría marxista, según la cual la

206
naturaleza humana se ve influida por el ambiente social. Desafortunadamente, el
Lysenkoismo contribuyó a arruinar una brillante generación de investigadores
rusos a la vez que fracasó a la hora de solucionar los problemas de
abastecimiento de alimentos en la Unión Soviética.
Lejeune también atrajo simpatías en Norteamérica, donde completó una
gira en la que visitó varios centros. En Estados Unidos, el Instituto de Tecnología
de California le ofreció un sueldo diez veces superior que el que tenía y una casa
como la de un millonario. Pero era un hombre de su tierra que no pensaba
quedarse en el extranjero. La opción de permanecer una temporada para trabajar
en genética a la vez que impartir clases le pareció mejor. Sin embargo, se marchó
pronto por orden de su director Turpin, que le quería en Francia para redactar el
artículo de su vida, el de la trisomia 21.
Tras hacerse famoso se incrementó el número de sus viajes. Todo el
mundo lo llamaba para dar conferencias: Italia, Alemania, Inglaterra, Estados
Unidos, Argentina, Perú... Aunque la visita que más recordaría sería una a
Moscú. Allí fue invitado por la Embajada Francesa. No obstante, las autoridades
locales temían que podía sublevar a los científicos rusos, al no coincidir con las
poco sólidas tesis de Lysenko. Así que cancelaron su ponencia aduciendo que el
aula magna de la Academia de Ciencias, donde daría la charla, había sido cerrada
por unas obras urgentes iniciadas la víspera.
Lejeune reaccionó rápidamente. Solicitó impartir el discurso en la propia
Embajada Francesa. Al principio solo acudieron unos pocos franceses, cuando de
repente se llenó la sala de personas con gafas negras y grandes abrigos. Comenzó
a exponer mientras comprobaba que la audiencia le escuchaba con interés. De
repente, una de las asistentes, la genetista rusa Prokofyeva-Belgovskaya, se quitó
la toca y la gabardina. Ante este súbito cambio de actitud, todos perdieron el
miedo. Se encontraban allí los soviéticos más insignes. Querían escuchar a
Lejeune aún a riesgo de ser desterrados a Siberia. Lo aplaudieron y le
presentaron a sus estudiantes. El médico francés cosechó un éxito memorable
[105].
Aunque no se puede atribuir la posterior caída de Lysenko en 1965 a este
evento, sí que Lejeune les dio un impulso a estos sabios, pues aquella exposición
les revelaba la impostura del Lysenkoismo.
Parece que Lejeune se ganó el corazón de los rusos. Pocos años después,
en 1968, recibió en Moscú el premio Znanie.

207
Pero quizás su viaje más importante a la antigua tierra de los zares sucedió
en 1981. En ese momento contaba con un título más en su tarjeta de visita, el de
miembro de la Academia Pontificia de Ciencias. Juan Pablo II convocó a una
serie de científicos pertenecientes a esta sociedad para que se trasladaran a los
países implicados entonces en un inminente conflicto nuclear: Estados Unidos,
Reino Unido, Francia, China y la Unión Soviética. Su misión era dialogar con los
diferentes jefes de estado. La tarea más difícil, la de dirigirse al presidente
soviético Leonid Brézhnev, se la encargó a Lejeune y a dos investigadores más:
Nikolay Bochkov (director del Instituto de Genética Médica de Moscú) y
Giovanni Battista Marini-Bettolo (químico italiano del equipo de investigación
del Nobel de Medicina Daniel Bovet). Cabe destacar que esta delegación vaticana
fue la primera que llegó a Moscú tras la Revolución Rusa y que el ambiente era
muy tenso. Se había declarado el estado de excepción en Polonia para evitar que
el movimiento sindical polaco y de origen cristiano, Solidarnosc, se extendiera
por los países del bloque comunista.
Durante la cena que se sirvió en los aposentos de Brézhnev, Lejeune narró
una bella historia:
“Hace mucho tiempo, tres sabios partidos de Oriente visitaron a un
poderoso príncipe. Habían observado signos en el cielo, anunciando, pensaban
ellos, una buena noticia: la paz sobre la tierra a los hombres de buena voluntad.
Aproximadamente dos mil años más tarde, científicos venidos de Occidente se
pasan por la casa de un hombre muy poderoso. Ahora la historia es diferente.
Pues nosotros sabemos que si por desgracia aparecen en el cielo signos
desencadenados por los hombres, no será ya el anuncio de una buena noticia
sino el de una masacre de inocentes” [104].
A pesar del ateísmo oficial del régimen, los anfitriones entendieron
enseguida a qué se refería, y el discurso les gustó. Los tres sabios de occidente —
se da la circunstancia de que eran genetistas— le presentaron a Brézhnev un
cúmulo de datos sobre los efectos que podría acarrear una guerra nuclear en la
población y lograron pacificar la situación internacional.

208
5.4 El papel de Lejeune durante las revueltas mayo
de 1968

Lejeune era un adolescente durante la Segunda Guerra Mundial, de ahí


que no pudiera combatir en el frente ni participar en la resistencia. Pero la batalla
que libró en los años setenta no le anda a la zaga en comparación. Contó con un
buen maestro que le preparó: su padre Pierre.
En 1936 gobernaba en Francia el Frente Popular, una coalición de partidos
de izquierda radical. Las huelgas se extendieron durante este periodo por toda
Francia. En la localidad de Montrouge, donde Pierre dirigía su negocio, todas las
empresas cerraron menos la suya, motivo por el que soportó una presión
terrible, incluso por parte de sus propios empleados. Sin embargo, Pierre no
cedió ante esta atmósfera irrespirable. Uno puede pensar que en casa hablaría de
cuestiones ideológicas y criticaría duramente a sus oponentes. En el caso de
Pierre no sucedía nada de eso. Educó a sus hijos en la templanza, la virtud que
consiste en mantenerse firme sin perder la calma.
Esa actitud perduró en otras pruebas. Cuando llegaron los alemanes, la
familia se refugió en Étampes. La población se había quedado sin alcalde porque
los comunistas habían huido. Así que, como Pierre sabía alemán, los alemanes le
“ofrecieron” ser el nuevo alcalde. Qué otra cosa podía hacer que aceptar.
Sabemos cómo se las gastaba el ejército nazi. Desempeñó una labor impecable
como mediador, mientras que soportó vejaciones por parte de los germanos,
todo por ayudar a sus paisanos. Cuando el bando aliado reconquistó Francia,
Pierre se encontró con la desagradable sorpresa de que le acusaron de
colaboracionismo con los nazis. Lo encarcelaron y le chantajearon con aceptar
los cargos y marcharse de Étampes a cambio de su libertad. Pero no claudicó.
Aguantó entre rejas hasta que se demostró su inocencia.
Contemplar día tras día a un padre heroico como el que tuvo Jérôme
Lejeune, le marcaría profundamente. Por eso, de tal palo tal astilla, en las
revueltas de 1968 en Francia, se mantuvo durante meses como el único profesor
que no perdió ni una hora de clase. Tampoco se privó de acudir a su trabajo, el
Institut de Progenèse, situado en el hospital Necker-Enfants Malades de París.
Este centro había sido fundado en 1962 por Raymond Turpin. El director de tesis
de Lejeune se había trasladado allí con su discípulo y el resto de su equipo.

209
En el Institut de Progenèse el desorden era total. Los locales de la escuela
de Medicina estaban ocupados y las entradas vigiladas por los estudiantes que se
habían sublevado.
Pero Jérôme se dirigió a la puerta de acceso y, con una voz calmada y
sonriente, les dijo que nadie le impediría llegar a su laboratorio. Cumplió con el
lema que enseñaba a sus hijos: “Escuchar, no enfadarse, pero no ceder ni un
centímetro” [105].
Asombrosamente el método funcionó. Le dejaron pasar tanto a la entrada
como a la salida. Aunque esto no evitó las pintadas y amenazas contra Lejeune,
incluso de muerte.
Un día, un grupo de estudiantes que habían cogido medicamentos de un
pillaje se los entregó a Lejeune para que los guardase en su laboratorio. No
conocían otro sitio dónde poder conservarlos. El genetista francés aceptó, pero
cuando los jóvenes regresaron al día siguiente para llevarse el botín, contra toda
lógica, Lejeune les pidió el permiso de recogida. Esto les descolocó y,
milagrosamente, los bandoleros renunciaron a su propósito. Días después, con
una manifestación de un millón de parisinos en contra del desorden que invadía
Francia aquellos días, la fiebre del 68 decayó, momento que aprovechó Jérôme
para devolver el material robado.
Con todo, los daños que provocaron estos sucesos en la universidad fueron
importantes. La revuelta de mayo del 68 consiguió, entre otras cosas, suprimir
los exámenes, una tremenda injusticia con los alumnos que habían estudiado.
Lejeune, asistido por otros doce profesores, creó un sindicato autónomo
cuya primera tarea fue hacer los exámenes en septiembre. Para ello contaron con
el apoyo del ministro de educación, Edgar Faure. La asistencia a las pruebas fue
de un 93%, un éxito total. Luego, con quinientas personas más que se unieron a
la asociación fundada por Lejeune, se seguiría trabajando para reconducir a la
universidad por el buen camino [104].

210
5.5 El gran defensor de los no nacidos

La fama acompañaba a Lejeune, ya fuera como descubridor de la trisomía


21, participando como experto en la ONU, o como pequeño héroe de mayo del
68. No obstante, el genetista francés conservaba en su corazón el espíritu del
Doctor Benassis, y no ponía reparos en dedicar su tiempo para atender en
persona a miles de jóvenes y niños con síndrome de Down, y por carta a otros
tantos. Toda esta labor la situaba por encima de sus investigaciones, que se
ralentizaban por este motivo. Para Lejeune eran los hijos amados de Dios [110] y,
por tanto, sus hijos: se sabía el nombre de todos ellos.
También tenía un trato magnífico con los padres. Le llamaban a cualquier
hora y siempre estaba disponible porque decía: “no tenemos derecho a hacerles
esperar” [105]. Les explicaba cómo era el chico y cuál su futuro. Asimismo, traía
a los hermanos del niño a la consulta para explicarles. Y los padres volvían a
sentirse como tales. Ya no veían a su hijo como a un monstruo.
Debido a su implicación en la atención de los discapacitados intelectuales, a
Lejeune le preocupaba mucho el racismo cromosómico. Las personas con
síndrome de Down recibieron el apelativo de mongólicos durante mucho tiempo
en Francia y en otros países. Curiosamente en Japón le llamaban la enfermedad
europea. Esto disgustaba al descubridor de la trisomía. Aunque casi era lo de
menos. La sociedad iba cayendo de nuevo en el error que se cometió durante
fascismo: la búsqueda selectiva de un ideal de persona o eugenesia. Algunas
familias le confesaban a Jérôme que otros médicos les invitaban a abandonar a la
criatura que arruinaría su vida. En el fondo les transmitían que esa persona no se
situaba dentro de los cánones que aceptaba la sociedad moderna.
Posteriormente, entre los muchos viajes que hizo para dar conferencias,
hubo uno que supuso un punto de inflexión. La sociedad médica israelita le
invitó a un congreso en su país, que coincidió aproximadamente con el lugar
geográfico que los cristianos conocemos como Tierra Santa, la región donde vivió
Jesús. Allí se encuentra el lago Galilea o de Tiberiades, en torno al que
acontecieron los momentos clave de los orígenes del cristianismo: el sermón de
las bienaventuranzas, la pesca milagrosa o la confirmación de Pedro como cabeza
de la Iglesia, por deseo del mismo Jesús. Los franciscanos han velado desde hace
muchos siglos por proteger la memoria de estos lugares, y fue precisamente allí,

211
en una capilla de esta orden religiosa, donde Lejeune vivió una profunda
experiencia, que llenaría de sentido el calvario por el que pasaría meses después.
Lejeune relata en una carta dirigida a su hermano, que finalmente no envió, que
cuando besó el suelo de la capilla se dio cuenta del amor misericordioso e infinito
del corazón de Dios, que hizo en su día que Francisco de Asís exclamara en
alusión al desprecio con que premiamos a menudo la gran bondad de nuestro
Señor: “¡El Amor no es amado!” [104].
Desde entonces Lejeune no se comportaría de la misma manera que antes.
Se sentía como un servidor de Cristo, presto a cumplir con lo que hiciera falta,
incluso si esto implicaba pasar por la Cruz. Eligió la misma opción que tomó
Jesús, quien logró la victoria por el camino más incomprensible para la mente
humana: el sufrimiento.
Las cosas no suceden por casualidad. Cuando alguien siente un encuentro
con Dios, como del famoso genetista en Tierra Santa, es por algo. Al año
siguiente, en 1969, la American Society of Genetics le concedió a Lejeune el
prestigioso premio William Allan Memorial Award. El destino al que debía viajar
era una vez más Estados Unidos, como cuando recibió el galardón de la
Fundación Joseph Kennedy.
Pero el país había cambiado. La sociedad gozaba de un nivel económico que
parecía no alcanzar un límite, mientras que en paralelo iba creciendo un sector
de población que defendía las tesis proabortistas, al autorizar su práctica si se
trataba de un individuo con trisomía 21. Asimismo, aunque todavía estaba
prohibido por las leyes, se practicaba de forma ilegal el aborto en muchas clínicas
y hospitales.
La sorpresa mayúscula de Lejeune fue conocer, en conversaciones previas
a la recepción del premio, que entre los asistentes, la mayoría médicos,
predominaba una postura favorable al aborto. Le premiaban porque su
descubrimiento servía, merced a una sencilla extracción de tejido del feto
llamada amniocentesis, determinar si un niño presentaba trisomía. En caso
positivo se practicaba el aborto. Era justo lo contrario del objetivo de las
investigaciones de Lejeune. A un hombre con corazón como él, que amaba a esos
niños como a sus hijos, le entró un profundo malestar en el cuerpo. ¿Desde
cuándo un médico mata a sus pacientes? ¿No está hecha la medicina para curar?
Ha llegado el momento. Cueste lo que cueste se unirá a la Cruz de Cristo. Así que
decide ofrecer un polémico discurso en el que, para que le entiendan, habla en

212
lenguaje científico: “La naturaleza del ser humano está contenida tras la
concepción en el mensaje cromosómico, lo que le diferencia de un mono o de un
pato. Ya no se añade nada. El aborto mata al feto o embrión, y ese feto o
embrión, se diga lo que se diga, es humano” [104]. Al terminar su disertación se
produce un silencio sepulcral. Sí que han comprendido, pero no ha conseguido
que sientan. Lejeune, tan acostumbrado a los aplausos, se convierte en un
apestado. Nadie se acerca a él.
Debió ser durísimo, como para cualquier otra persona. Con todo, este
desafortunado suceso no le desanimó. Semanas más tarde repitió un alegato
parecido ante la ONU. Lejeune era un gran orador y conocía bien la reacción del
público, aun cuando este no se expresase verbalmente. A continuación de su
discurso llamó por teléfono a su mujer Birthe y le manifestó: “Hoy he perdido mi
Premio Nobel de Medicina” [105,110]. Es difícil asegurar que no logró este
galardón por este motivo (lo cierto es que desde el año 1959 habían pasado varias
ocasiones para dárselo), aunque no cabe duda de que esta circunstancia pudo
influir, porque su descubrimiento de la trisomía venía acompañado de varias
notables contribuciones suyas en años posteriores. Sin embargo, Lejeune no se
movía por los premios. Lo esencial era su vocación de médico, que llenaba su
vida de alegría. Eso y dedicarse a su familia.
¡Qué rápido se extiende lo malo! Tras Estados Unidos se desencadena
velozmente la batalla de la legalización del aborto en otros países. Sólo un año
después, en 1970, el proyecto de ley de Peyret agobaba en Francia por el aborto
sobre la base del diagnóstico precoz.
Lejeune buscó apoyos científicos para oponerse al mismo, y participó en un
debate televisivo. Creyó haber actuado mal, aunque su hermano Philippe y otra
mujer en la calle le felicitaron. También vivió un emotivo encuentro en su
consulta con un niño con síndrome de Down que había visto el programa y que le
abrazó confesándole: “Quieren matarnos. Usted tiene que defendernos. Somos
muy débiles y no sabemos cómo” [105]. Ese mensaje llegaba hasta y desde los
Cielos. Por consiguiente, no dudó en convertirse en una voz para los sin voz, aún
a pesar de que pagara el alto precio de sacrificar su carrera profesional. Reunió a
su equipo investigador para decirles:
“Estoy obligado a tomar la palabra públicamente para defender a nuestros
enfermos. Si no les defiendo, les traicionaría y renunciaría a aquello en lo que me
he convertido: su abogado natural” [110].

213
Como suele suceder con los líderes que luchan por una causa justa, los
detractores se dedicaron a deteriorar la imagen de Lejeune. Le acusaron en falso
de burgués y enemigo de las clases obreras, el estereotipo que existía de un
médico y profesor de universidad. ¿Cómo iba a entender del aborto si no era más
que un vividor? Incluso se añadían absurdas acusaciones como que se
posicionaba a favor de la guerra y la bomba atómica [104].
Pese a todas estas calumnias, el paciente francés mantenía la templanza y,
a través de esta virtud, se ganaba a la gente, a la vez que hacía rabiar con ello a
sus oponentes. De modo que estos últimos optaron por otra estrategia: la
violencia.
El suceso más grave ocurrió en una conferencia de Lejeune en la
Mutualité, un centro parisino destinado a charlas, congresos y meetings
políticos. Unos asaltantes entraron con barras de hierro y agredieron a bastantes
personas, entre las que se hallaban disminuidos psíquicos y ancianos. Jérôme y
su mujer, que le acompañó aquella vez, salieron ilesos, a excepción de algunos
tomates que le tiraron al cuerpo y un trozo de carne de buey a la cara. Arrojaron
hasta menudillos al mismo tiempo que gritaban que los fetos no eran más que
trozos de carne.
Este incidente provocó un gran rechazo social. Pero no constituyó un
hecho aislado. Resultaba habitual que en sus charlas le insultaran, ante lo cual
no perdía su sentido del humor e inteligencia. En un instituto católico de París se
mezclaron entre la audiencia algunos opositores a Lejeune que organizaron una
gran algarabía. Golpeaban el suelo con los zapatos y gritaban: “¡Muera Lejeune!
¡Mueran sus pequeños monstruos!” [104]. Así que el genetista solicitó por el
micrófono a todos los asistentes a la charla que abandonaran la sala. Birthe se
sorprendió de que su marido arrojara la toalla. No era su estilo. Entonces se
percató de cuál era su objetivo. El saboteador se quedó solo en la sala con un
pequeño grupo. Puestos en evidencia, optaron por irse. Posteriormente, Jérôme
pudo continuar tranquilamente con su exposición.
Las hijas del científico se vieron afectadas por esta persecución. Cuenta
Clara Lejeune que cuando tenía doce o trece años se topó en el camino hacia la
escuela con una serie de pintadas: “Lejeune es un asesino. Muerte a Lejeune”,
“Muerte a Lejeune y a sus pequeños monstruos” o “Tiembla Lejeune, el MLAC
está observando” (MLAC son unas siglas que corresponden al Movimiento por la
Libertad del Aborto y la Contracepción) [105].

214
Pero así como los demás personalizaban sus ataques, el padre de la
Genética moderna dejaba claro que no combatía a las personas, sino a las ideas
falsas.
La clase política fue progresivamente claudicando y los medios de
comunicación llevaron a cabo una intensa campaña para convencer a la
población de la necesidad de la ley del aborto a través de una serie de proclamas:
la mujer tiene derecho a hacer lo que quiera con su cuerpo. Un bebé no se
convierte legalmente en persona hasta que nace. Si piensa que el aborto es una
cosa indigna, usted es libre de no practicarlo, pero no tiene que imponer su moral
a otros.
Qué poca originalidad existe hoy en día. Los que abogan por el aborto
repiten las mismas consignas. Todas ellas parten de negar que en el momento de
la concepción ya hay un ser humano, algo que los científicos saben desde hace
décadas [120].
Por el contrario, Lejeune demostró mucha más imaginación. Encontró un
gran aliado en el pensador Marcel Clement, el fundador de “l’Arche”, una
asociación en favor de los minusválidos que todavía sigue activa hoy en día.
Juntos organizaron en 1971 una peregrinación a Lourdes centrada en los
discapacitados intelectuales, aunque se produjeron duras críticas referidas a que
se deseaba mostrar a los monstruos para disfrute de la curiosidad pública. La
peregrinación a Lourdes resultó un éxito a pesar de la oposición. Acudieron doce
mil personas, de las que un tercio fueron disminuidos psíquicos.
Asimismo, Jérôme y Birthe se implicaron en acciones sociales. Contactaron
con Geneviève Poullot, fundadora de “Laissez-les vivre”, “Dejadles vivir”, que
ayudaba en persona a madres desesperadas y por teléfono les daba razones para
no recurrir al aborto. Lejeune se prestó como consejero de su fundación y
participó en otra: “Secours aux futures mères”, “Socorro a las futuras madres”.
También, promovieron las casas “Tom Pouce”, donde las mujeres con
problemas pueden hospedarse antes y después de tener su niño. Este nombre
vino de que Lejeune había relatado, en sus apariciones de los últimos meses, un
pequeño cuento basado en Pulgarcito donde explicaba que todos habíamos sido
este ser minúsculo antes de venir al mundo. Su discurso fue visionario, ya que
entonces no se disponía de todo el conocimiento que atesora la ciencia del siglo
XXI:
“La genética moderna se resume en un credo elemental que es éste: en el

215
principio hay un mensaje, este mensaje está en la vida y este mensaje es la vida.
Este credo, verdadera paráfrasis del inicio de un viejo libro que todos ustedes
conocen bien, es también el credo del médico genetista más materialista que
pueda existir. ¿Por qué? Porque conocemos con certeza que toda la información
que definirá a un individuo, que le dictará no solo su desarrollo sino también su
conducta ulterior, está escrita en la primera célula. Y lo sabemos con una certeza
que va más allá de toda duda razonable, porque si esta información no estuviera
ya completa desde el inicio, no podría tener lugar; porque ningún tipo de
información entra en un huevo tras su fecundación.
Pero habrá quien diga que al comienzo de todo, dos o tres días después de la
fecundación, solo hay un pequeño amasijo de células. ¡Qué digo! Al comienzo se
trata de una sola célula, la que proviene de la unión del óvulo y del
espermatozoide. Ciertamente, las células se multiplican activamente, pero esa
pequeña mora que anida en la pared del útero ¿es ya diferente de la de su madre?
Claro que sí, ya tiene su propia individualidad y, lo que es a duras penas creíble,
ya es capaz de dar órdenes al organismo de su madre.
Este minúsculo embrión, al sexto o séptimo día, con tan solo un milímetro
y medio de tamaño, toma inmediatamente el mando de las operaciones. Es él, y
solo él, quien detiene la menstruación de la madre y segrega una nueva sustancia
que obliga al cuerpo amarillo del ovario a ponerse en marcha.
Es este minúsculo ser humano quien, por una orden química, fuerza a su
madre a conservar su protección. Ya hace lo que quiere ¡y Dios sabe que no se
privará de ello en los años siguientes!
A los quince días del primer retraso en la regla, es decir a la edad real de un
mes, ya que la fecundación tuvo lugar quince días antes, el ser humano mide
cuatro milímetros y medio. Su minúsculo corazón late desde hace ya una
semana. Sus brazos, sus piernas, su cabeza, su cerebro, ya están formándose.
A los sesenta días, es decir a la edad de dos meses, cuando el retraso de la
regla es de mes y medio, mide, desde la cabeza hasta el trasero, unos tres
centímetros. Cabría, recogido sobre sí mismo, en una cáscara de nuez. Sería
invisible en el interior de un puño cerrado, y ese puño lo aplastaría sin querer,
sin que nos diéramos cuenta: pero, extiendan la mano, está casi terminado,
manos, pies, cabeza, órganos, cerebro... todo está en su sitio y ya no hará sino
crecer. Miren desde más cerca, podrán hasta leer las líneas de su palma y decirle
la buenaventura. Miren desde más cerca aún, con un microscopio corriente, y

216
podrán descifrar sus huellas digitales. Ya tiene todo lo necesario para poder
confeccionar su carné de identidad.
El increíble Pulgarcito, el hombre más pequeño que un pulgar, existe de
verdad. No se trata del Pulgarcito del cuento, sino del que hemos sido cada uno
de nosotros.
Sin embargo, dirán que hasta los cinco o seis meses su cerebro no está del
todo terminado. ¡Pero no, no!, en realidad, el cerebro solo estará completamente
en su sitio en el momento del nacimiento; y sus innumerables conexiones no
estarán completamente establecidas hasta que no cumpla los seis o siete años; y
su maquinaria química y eléctrica no estará completamente rodada hasta los
catorce o quince.
¿Pero a nuestro Pulgarcito de dos meses ya le funciona el sistema
nervioso? Claro que sí. Su labio superior se roza con un cabello, mueve los
brazos, el cuerpo y la cabeza en un movimiento de huida.
A los cuatro meses se mueve tanto que su madre percibe sus movimientos.
Gracias a la casi total ingravidez de su cápsula cosmonauta, da muchas
volteretas, actividad para la que necesitará años antes de volver a realizarla al
aire libre.
A los cinco meses, coge con firmeza el minúsculo bastón que le ponemos en
las manos y se chupa el dedo esperando su entrega.
Entonces, ¿para qué discutir? ¿Por qué cuestionarse si estos hombrecitos
existen de verdad? ¿Por qué racionalizar y fingir creer, como si uno fuese un
bacteriólogo ilustre, que el sistema nervioso no existe antes de los cinco meses?
Cada día, la Ciencia nos descubre un poco más las maravillas de la vida oculta,
de ese mundo bullicioso de la vida de los hombres minúsculos, aún más
asombroso que los cuentos para niños. Porque los cuentos se inventaron
partiendo de una historia verdadera; y si las aventuras de Pulgarcito han
encantado a la infancia, es porque todos los niños, todos los adultos que somos
ahora, fuimos un día un Pulgarcito en el seno de nuestras madres” [105].

Lejeune poseía una sabiduría inigualable, un talento que aprovechó para


combatir, muchas veces solo, en esa particular guerra que libraba. En los debates
les insultaban y abucheaban a menudo. No contaban con otras armas sus
detractores. Pero el médico y genetista no se inmutaba. Así conseguía posicionar
a muchos adversarios a su favor, del lado del científico pacífico y solitario.

217
Como muestra del calibre de esos debates, en uno que se organizó con
mucho público en l’Abbé de Royaumont l’Ile de France de París, cada vez que
hablaba Lejeune le abucheaban. Allí reparó en que la cuestión de fondo no era el
aborto. Una mujer dijo: “queremos destruir la civilización judeo-cristiana. Para
destruirla debemos destruir la familia. Así que tenemos que atacar en su punto
más débil, el niño que aún no ha nacido. Por tanto estamos por el aborto” [104].
Jérôme quedó hundido y asustado por la naturaleza del mal. Aunque se
recuperó. Mientras le invitaran a la tele, continuaría acudiendo. En otro debate,
el profesor y ginecólogo Jacques Milliez le dijo “usted no es ni siquiera un
médico”. Todo eso causó una ola de cartas de apoyo entre las que también se
mezclaban insultos anónimos. Lejeune respondía a todos los mensajes. Y no
cayó en la trampa de la provocación de sus enemigos.
Luego, ayudado con su mujer, consiguió dieciocho mil firmas de médicos
franceses que expresaban su respeto por la vida sobre la base del juramento de
Hipócrates, el más famoso médico de la Antigua Grecia: “Lo primero, no hacer
daño”, “Primum non nocere”. Birthe y Jérôme presentaron el conjunto de
rúbricas al Conseil de l’Ordre para que reflexionara sobre el proyecto de ley que
quería firmar la Asamblea Francesa.
Desafortunadamente no sirvió de mucho. Tras la muerte de Georges
Pompidou, partidario de respetar a los no nacidos, le sucedió en el Palacio del
Elíseo Valéry Giscard d’Estaing, con una mentalidad opuesta. El camino hacia el
aborto se allanaba y en 1975 se puso a prueba la ley Veil de interrupción
voluntaria del embarazo, que se ratificó en 1979.
Tras recibir tantos golpes, Lejeune se levantó una vez más y siguió con su
particular combate por otras naciones donde todavía no se había llegado tan lejos
como en Francia, o donde se iban planteando otros debates.
Eunice Kennedy, a quien conocía de cuando recibió el galardón de la
Fundación Joseph Kennedy, le invitó en 1981 para testificar en el congreso
americano sobre cuándo era el momento exacto en que empezaba la vida, de
modo que Lejeune aprovechó para exponer de nuevo su discurso de Tom Pouce.
También estuvo el descubridor de la trisomía 21 detrás de la decisión del
rey Balduino de Bélgica de abdicar por veinticuatro horas para no firmar la ley del
aborto en su país. Balduino se entrevistó con Lejeune antes de tomar esta
postura.
Posteriormente le llamaron de Maryville, localidad del estado

218
nortearmericano de Tennessee, por un extraño juicio en que un matrimonio se
quería divorciar y disponía de siete embriones congelados a la espera de ser
implantados en el útero de la mujer. El marido quería que los eliminaran porque
no eran seres humanos, pero ella deseaba mantenerlos con vida. El juez
norteamericano Young pidió testigos para determinar si esos embriones eran
inmuebles que se pudieran destruir o personas. Palmer, un abogado americano a
quien conocía Jérôme, le invitó.
Allí Lejeune argumentó que los mensajes genéticos del padre y de la madre
se fusionan en el momento de la concepción y que ya no cambia nada, que el
código se mantiene invariable independientemente de que la concepción se haya
hecho en el útero o fuera, o que se encuentren congelados en una “concentration
can”, “caja de concentración”. El genetista francés eligió a propósito este
apelativo sabiendo que los periodistas lo interpretarían como “concentration
camp”, “campo de concentración”. Así sus declaraciones alcanzaron un eco
mayor.
La madre lloraba por sus hijos y el juez Young, emulando a Salomón, le
otorgó la custodia, a la vez que certificaba que los embriones eran seres humanos
[121].
La osadía de encabezar la causa de los no nacidos le salió cara a Lejeune. Le
investigaron en materia de impuestos cuando todo el mundo sabía que era un
hombre intachable. Tras una intensa búsqueda por fin le sacaron una absurda
deducción indebida de gastos profesionales. Como se desplazaba a los sitios en
bicicleta no le correspondía.
Pero lo más doloroso sucedió en 1982, durante el gobierno de François
Mitterrand. Entonces el Estado francés cortó a Lejeune los créditos para
investigar. Lo único que le mantuvieron fue el salario, gracias a sus compañeros.
Estos abogaron por él y aseguraron que su presencia era indispensable. El
descubridor de la trisomía 21 perdió sus locales y, por supuesto, su equipo, pues
carecía de fondos para financiarles. Sin embargo, el sabio francés no se quejó.
Cuando se suprime el apoyo económico a un científico es porque no tiene
interés lo que estudia. No ocurría así en el caso de Lejeune. Corroboró los
resultados del profesor británico Richard Smithells sobre la relación entre la
carencia de ácido fólico durante el embarazo y el nacimiento de niños con, entre
otras anomalías, espina bífida. Por este motivo promovió la administración de
ácido fólico durante la gestación, en una época en que sus colegas de profesión

219
no confiaban en estas conclusiones. No se puede estimar los beneficios que ha
aportado este hallazgo a tantas familias [104,105].
Menos mal que salieron al rescate de Lejeune los norteamericanos —con la
Fundación Kennedy—, los neozelandeses y los ingleses. Gracias a ellos pudo
reorganizar sus trabajos en los siguientes años.
Y de esa manera se rodeó de quienes le apreciaban de verdad y que,
pudiendo acceder a puestos con un mayor beneficio económico, preferían
colaborar con él por el bien común.
Lejeune compensó con creces la inversión de estos organismos. Hasta su
muerte se dedicó especialmente al síndrome del X frágil y a la trisomía 21,
aunque también abordó otras anomalías cromosómicas. Sobre la trisomía 21
estudió su relación con la enfermedad de Alzheimer y con el cáncer, hacia el que
los individuos con síndrome de Down ofrecen una mayor predisposición. Todos
sus esfuerzos se orientaban a la curación o prevención de este tipo de trastornos
y esta línea la continúa hoy la Fundación Lejeune.
Lo cierto es que tampoco se puede condenar el comportamiento de toda la
sociedad francesa. En medio de este vacío al que se le sometió en su país,
algunos valoraban su labor. En 1982 le eligieron para la Academia de Ciencias
Morales y Políticas, en el sillón que había ocupado el médico y político francés
Jean Robert Debray, mientras que en 1983 le concedieron la espada, un símbolo
de la Academia. Además, en la edición de 1986 de la enciclopedia francesa
Larousse figuraba Lejeune como descubridor de la trisomía 21.

220
5.6 El hombre del Papa

Debido a su implicación en un tema tan polémico como la defensa del no


nacido, Lejeune se convirtió, para una buena parte de la sociedad, en un
apestado. Perdió muchas amistades aunque ganó nuevas que le querían por él
mismo, no por su fama. Incluso los organismos que le invitaban a charlas
cambiaron: más entidades católicas y menos facultades de Medicina y congresos
médicos.
Con todo, resulta llamativo que este hombre profundamente religioso halló
poco apoyo en la jerarquía de la Iglesia de Francia, que estaba preocupada por
que se dañara su imagen y entendía que este asunto debían impulsarlo los laicos.
La biógrafa Anne Bernet relata un triste desencuentro. Quiso entrevistarse con el
cardenal-arzobispo de París, François Marty, pero este delegó en uno sus
coadjutores, que le dijo a Jérôme que era un mal cristiano. En casa Lejeune lloró
amargamente.
La actitud en Roma fue distinta. El Papa Pablo VI le nombró miembro de la
Academia Pontificia de Ciencias, una sociedad que incluye científicos creyentes y
no creyentes de todo el mundo (entre sus miembros se ha contado con la
presencia de setenta Premios Nobel del siglo XX) con el objetivo de promover el
progreso de las ciencias y el estudio de cuestiones epistemológicas. Esta
asociación de carácter benéfico y donde el Vaticano corre con los gastos de
desplazamiento, encuentra su origen en la Academia de los Linces, a la que
perteneció el célebre Galileo. Lejeune se sentía tan orgulloso de este título que lo
citaba en primer lugar cuando se presentaba [105].
El genetista galo acudió a finales de 1974 a Roma para su entronización
como miembro de la Academia. Era el sexto francés en lograr formar parte de
este distinguido comité. Y entre esos seis figuraba nada menos que de Brouglie,
Premio Nobel y descubridor de la mecánica ondulatoria.
Al año siguiente, 1975, Lejeune conoció a Wanda Poltawska, una psiquiatra
polaca que había padecido el nazismo y encauzaba todas sus energías en favor de
la Medicina al servicio de la vida. Su acción había sido apoyada por el arzobispo
de Cracovia, Karol Wojtyla. Era la directora del Instituto cracoviano de la familia
y animadora del congreso que organizaba Wojtyla por las familias. Ese arzobispo
se convirtió en octubre 1978 en el Papa Juan Pablo II. Unos años más tarde,

221
Lejeune acudió con su mujer a Roma para reunirse con él. De regreso, Birthe y
Jérôme se sentían muy contentos de esa oportunidad única de conocer a Juan
Pablo II.

Figura 22: Jérôme Lejeune y su esposa Birthe Lejeune con el Papa Juan Pablo II (fotografía reproducida
con permiso de la Fondation Jérôme Lejeune).

Sin embargo, cuando se dirigían a una conferencia en una parroquia


parisina, se enteraron del atentado contra Juan Pablo II. Era 13 de mayo de 1981,
festividad de Fátima. Parece que la Virgen ayudó al pontífice romano a la hora de
superar este terrible trance. Los católicos de todo el mundo y también personas
de otras confesiones rezaban por él. Jérôme, al terminar la conferencia, se unió a
recitar el rosario junto con los demás parroquianos. Entonces, el descubridor de
la trisomía 21 comenzó a sufrir unos dolores tan agudos que le trasladaron a un
hospital. El impacto que supuso para Lejeune la desagradable noticia del
atentado provocó una acumulación de piedras en su vesícula. Lo realmente
sorprendente es que le operaron a la misma hora en que intervenían a Juan
Pablo II. Sus hijos sostienen que fue una comunión de santos: los que profesan
la misma fe se encuentran interconectados y lo que hacen unos afecta a los otros.
Era como si Jérôme cargara con parte del dolor del Papa. Una vez recuperado, el

222
Papa llamó de nuevo a Lejeune para que participara en aquel viaje a Moscú con
el que probablemente se evitó una catástrofe nuclear.
Unos años después, en 1993, Lejeune recibió una carta de esa gran amiga
del Sumo Pontífice, Wanda Potalska. Esta le explicaba que, por iniciativa de Juan
Pablo II, se iba a crear una Academia Pontificia de Medicina, consagrada a la
defensa de la vida desde el momento de la concepción y a la lucha contra la
“cultura de la muerte”. El presidente sería Lejeune. Poco tiempo pudo
permanecer el científico en su nuevo cargo, ya que al año siguiente falleció. Pero
al menos le dio el primer impulso y dejó para el recuerdo su insigne figura como
fundador de este organismo.
A Juan Pablo II le apenó profundamente la marcha de este sabio. Tanto lo
quería que dedicó un espacio de su apretada agenda durante la Jornada Mundial
de la Juventud de 1997 en París para acercarse a venerar su tumba.

223
5.7 ¿Un nuevo santo para la Iglesia Católica?

Genial investigador, mediador en la guerra fría, implicado en la defensa de


la vida, y gran amigo del Papa. ¿Es suficiente para hablar de un santo?
Vamos a retroceder en el tiempo. Regresamos al otoño de 1949, cuando
Jérôme estudiaba en la biblioteca de Sainte Geneviève para interno del hospital
de París. Sus compañeros se reían de él por su pudor y reserva con las chicas.
Para él amar a alguien era casarse. Y las mujeres, con un característico instinto,
lo notan enseguida.
Birthe Gaymard se sentó a su lado y le pidió un bolígrafo. Fue amor a
primera vista. Salieron juntos de la biblioteca y los días siguientes. Ya no se
volverían a separar. Birthe era danesa y protestante. Pero no le importó dejar su
país y su religión por este hombre. ¿Se puede hacer algo más por amor?
Birthe era una mujer inteligente. Esa renuncia tan grande se comprende
porque el hombre que elegía para pasar el resto de sus días valía mucho más que
todo eso. Fueron un matrimonio muy feliz, un ejemplo de que el amor supera las
culturas y las religiones. Fruto de este enlace nacieron cinco hijos y después
vinieron multitud de nietos.
Para compensar el vivir en París, lejos de la tierra de Birthe, Jérôme viajó
con su esposa todas las veces que pudo a Dinamarca. Al padre de la Genética
moderna no le gustaba ni la playa, ni el mar, ni el charloteo de su pareja con sus
amigos —no sabía danés y le resultaba difícil comunicarse—, aunque le
encantaba que Birthe fuera feliz. De modo que llevaba a su familia cada verano,
permanecía unos días y después regresaba a París a investigar. Al final del estío
les recogía. No obstante, ambos sufrían con la separación, así que cada noche
Jérôme le escribía a su mujer. Se cartearon toda la vida.
Lejeune no situaba sus avances médicos como lo más importante, una
tentación que evitaba con sabiduría. Comía con su familia al mediodía a pesar de
que le suponía establecer menos contactos con otros científicos. Asimismo, no se
llevaba trabajo a casa salvo en verano cuando se encontraba solo. ¡Qué pocos son
capaces de eso en una profesión que absorbe tanto!
También ayudaba a sus hijos con los deberes y, sorprendentemente, no les
contaba lo célebre que era. A Karin, una de sus hijas, le preguntaron con diez
años en el colegio si sabía que en su casa tenía a una celebridad. Ella pensó que

224
se referiría a su abuelo, pues era veterinario y había inventado un tratamiento
para las vacas.
—No hija mía —le dijo la maestra—. ¡Se trata de tu padre! [105].
En cuanto a cómo educaba a sus hijos, Lejeune no era punitivo. Para él
castigar sin entender no servía de nada. Esta forma de actuar la aplicaba también
con sus alumnos. Se comportaba como un profesor justo pero a la vez
comprensivo.
En cuanto a la vivencia de la fe, solía rezar con su familia por las noches:
compartían, intercedían y recitaban el padrenuestro y el avemaría. Los domingos
acudían a Misa y Lejeune cantaba en el coro. Además, el genetista galo solía
confeccionar rosarios en sus ratos libres, una obra que ofrecía a Dios y que
regalaba a muchas personas a cambio de que oraran por él [110].
Con estos alimentos, la oración y los Sacramentos, obtenía una serie de
cualidades que quienes le rodeaban admiraban: valentía, amabilidad y atención a
los demás.
Su inspiración fundamental era: “Todo viene de Dios” [105]. Y por ese
motivo era capaz de compatibilizar la fe en su profesión. Como ejemplo de lo
anterior recojo este extracto de una entrevista que le hicieron en 1977 para la
publicación católica mensual “La sourire de Marie”.
Afirmaba lo siguiente sobre la Madre de Jesús:
“Es la maravilla de las maravillas. La biología nos enseña que cada ser debe
su naturaleza al mensaje genético, que lo anima y le da la vida. En María todo el
mensaje genético pudo tener lugar y encarnarse por obra del Espíritu Santo.
Hacía falta que la Virgen fuera concebida a la perfección (Inmaculada) exenta de
toda imperfección hereditaria (pecado original). Y los teólogos saben todo esto
antes de que la genética fuera inventada” [104].
Y sobre la visitación de María a su prima Isabel reflexionaba:
“El más ilustre de los médicos, San Lucas, nos permite sentir en pocas
palabras la maravilla de la más tierna infancia en la lectura de la Visitación. El
profeta Juan tenía seis meses cuando María se acercó a Isabel portando al Señor.
El Evangelio dice que, tras la Anunciación, la Virgen se dirigió apresuradamente
hacia la casa de su prima. La forma humana de Jesús debería ser
extraordinariamente pequeña en el momento de la visita. San Lucas ha escrito
solo esto porque no se atreve a añadir nada más” [104].
El interés de Lejeune por cuestiones relacionadas con la fe también quedó

225
patente con motivo de una polémica que se generó en torno a autenticidad de la
Sábana Santa de Turín. En 1988, científicos de varias universidades
determinaron, mediante el método del Carbono 14, que la Sábana Santa de Turín
había sido tejida entre los años 1260-1390 [122].
El genetista francés se mostraba escéptico con estos resultados. Sabía que
la Sainte Chapelle de Chambery, Francia, donde la familia real de Saboya
guardaba entonces la reliquia, había ardido en 1532. Se consiguió salvarla
aunque la tela quedó con quemaduras. Jérôme reprodujo en su casa los agujeros
sobre una sabana suya y los comparó con la original [104]. De esta manera pudo
descubrir otras marcas distintas, cuya presencia corroboró al observar una copia
de 1516 en Lier, Bélgica. Esta réplica, en vez de incluir estos últimos orificios,
presentaba en el mismo sitio una serie de señales pintadas en rojo como si fuera
la sangre. Es decir, algunos de los agujeros databan de 1532 pero otros no. ¿A
qué época correspondían?
Después Lejeune estudió el más antiguo texto conocido escrito en
húngaro: el Codex Pray. Pertenece a la colección de manuscritos de la National
Szechenyi Library de Budapest y fue estudiado detenidamente por el jesuita
György Pray (1723-1801), del que recibió el nombre. Está fechado entre 1192-
1195.
En los años sesenta del siglo XX el historiador Ian Wilson había apreciado
varias similitudes con el lienzo de Turín en una ilustración del Codex. Lejeune,
tras una visita a la citada National Szechenyi Library, reparó en detalles cruciales
que habían pasado inadvertidos a Wilson. La imagen refleja el momento en que
envuelven a Jesús en el sudario. Al igual que en la Sábana Santa, Cristo muestra
los brazos cruzados (el derecho sobre el izquierdo), y sus manos, delgadas y
alargadas, ocultan los pulgares, una posición curiosa y característica, nunca vista
en otras representaciones [123]. Se trata de un efecto médico estudiado
modernamente. Cuando un clavo ataca el nervio, los pulgares se repliegan.
Jérôme distinguió ese detalle y que de nuevo aparecían las marcas de las
quemaduras, aproximadamente un siglo antes que la fecha estimada con el
método del Carbono 14, lo que dejó en entredicho la fiabilidad de los datos
obtenidos mediante la técnica radiométrica.
Con todo, en el día a día Lejeune se comportaba de forma discreta en
materia de fe. Como anécdota, ni siquiera su hermano conocía su profundidad
espiritual. Por otra parte, el sabio tampoco quiso influenciar en exceso a sus

226
hijos, a los que les concedió libertad. Es la actitud del que da ejemplo con su vida.
Está tranquilo porque saben que algo descubrirán sus hijos en él. Así sucedió.
Sobre su labor como médico, el profesor Lucien Israël, amigo de la infancia,
comenta que las relaciones de Lejeune con sus pacientes eran legendarias [105],
mientras que su mujer, Birthe, asegura que su marido atendía a más de ocho mil
pacientes [124].
Lamentablemente, una estrella tan brillante como Lejeune se fue
consumiendo con mayor rapidez de la normal. En 1993 empezó a sentirse
agotado. Le entraba un ahogo de vez en cuando, lo que le indujo a pensar en una
dolencia curable, como por ejemplo una insuficiencia cardiaca.
Acudió al médico y le recetó un regulador del ritmo cardiaco. No mejoró.
Entonces se dirigió a Israël, que le hizo unas placas. No cabía duda: cáncer de
pulmón en un estado tan avanzado que no se podía operar. Asimismo, le
llamaron también a Chrétien, un experto cancerólogo. El veredicto fue poco
esperanzador: solo se le podía atacar con quimioterapia y la posibilidad de
curación era de un 50%. Lejeune debía seguir ese proceso durante seis meses. Lo
más duro para él fue contárselo a su familia. Su hija Karin, embarazada, se puso
a llorar. Pero su padre sonreía. Se permitía bromear: “me ciudan Israël y
Chrétien, la Biblia de la Medicina” (Israël y Chrétien significan Israel y
Cristiano). Y mantenía la ilusión de que al menos llegaría a Pascua. Profetizó
cuando dijo: “En Pascua no puede llegar más que algo bueno” [104].
Entonces comenzó la segunda cruz para Lejeune después de la científica.
Los primeros tratamientos fueron muy dolorosos. En la habitación del hospital
había un hombre solitario que ponía la televisión a un volumen altísimo. Clara
Lejeune le dijo a su padre que iba a pedirle que bajara el volumen y cerrar la
puerta.
Jérôme no aceptó la sugerencia. Sabía que su compañero tenía sordera y
que como estaba solo dejaba la puerta abierta [105]. Qué capacidad de empatía
en medio de su sufrimiento personal.
Al principio la familia informó solamente a dos personas sobre la
enfermedad de Lejeune. La primera fue el Papa, por el tema de la Academia
Pontificia. Sin embargo, el Sumo Pontífice le dio un voto de confianza, a lo que
Jérôme respondió: “moriré en acto de servicio” [104]. La segunda fue Chaunu,
un amigo fiel en los debates del aborto, al que le tuvo que avisar para renunciar a
la presidencia de la Academia de Ciencias Sociales y Políticas. A continuación

227
Lejeune pasó con extrema debilidad la Navidad del 1993 en compañía de sus
seres más cercanos.
Luego reunió fuerzas para salir del hospital y apoyar la candidatura de su
fiel colaboradora Marie Odile Rethoré a la Academia de Ciencias, un sueño que
se haría realidad al año siguiente —la primera mujer que alcanzaba esta
distinción tras la doble Premio Nobel Marie Curie— [105].
Lejeune atendió casi hasta el final las llamadas de sus enfermos y de gente
que le consultaba. Esto era lo que más le preocupaba: “Les he dado mi vida. Y mi
vida, era todo lo que tenía”. De su mujer no se inquietaba tanto: “Ella es
extraordinaria y se dará a conocer más aún después de mi desaparición” [104].
Así fue. Birthe, con el apoyo de su familia y amigos, instauró nada menos
que la Fundación Jérôme Lejeune [125], un proyecto que persigue lograr el
sueño de su marido: la curación de trastornos mentales de tipo genético. La idea
se consolidó gracias a la apertura, por parte de Marie-Odile Rethoré, Clotilde
Mircher y Aimé Ravel, de una consulta en el Centre Médical de l’Hôpital de Notre
Dame du Bon Secours en Paris, lo que más adelante convergió en la creación del
Institut Lejeune, que continúa las líneas de investigación del descubridor de la
trisomía 21 [107,126].
En sus últimos días, Semana Santa, Lejeune le confió a un sacerdote: “No
he traicionado mi fe”. Y le dieron el Sacramento de la Unción.
A sus niños les dejó este mensaje: “Estamos en las manos de Dios. Lo he
verificado varias veces” [104].
Y lo más impresionante. Su última noche fue un sábado. Sabía que se iba a
morir, como buen médico que era. Así que no dijo nada y pidió a sus familiares
que le dejaran dormir solo. Les quería evitar lo que el vivió con su padre, que
murió ante sus propios ojos de cáncer de pulmón. Durante la madrugada sufrió
la agonía. Uno de sus colegas le acompañó y, cuando vio que se encontraba muy
mal, le informó de que iba a llamar a su mujer. Pero Lejeune le suplicó que no lo
hiciera. Unas horas más tarde, el padre de la Genética moderna le confesó: “Ve,
he hecho bien”. Y expiró [104].
Eran las siete de la mañana, la hora en que probablemente María
Magdalena halló la tumba vacía el día en que Jesús volvió a la vida. Sonaban las
campanas en la ciudad. El domingo de Resurrección de 1994 Jérôme estaba en el
cielo.
Aquel día, el de más júbilo en el calendario de la Iglesia, se podía

228
contemplar a un Papa triste por la televisión. Juan Pablo II lo apreciaba
muchísimo: “Debemos hablar de caridad, porque el profesor Lejeune utilizó
siempre su profundo conocimiento de la vida y de sus secretos para el verdadero
bien de la humanidad y el hombre, y solo para ese fin” [105].
También se acordaron de Jérôme quienes acudieron al multitudinario
entierro en Notre Dame. Bruno, uno de los síndrome de Down con los que
descubrió la trisomía 21, se acercó al micrófono de forma espontánea y expresó:
“Gracias, mi profesor. Por lo que hiciste por mi padre y mi madre. Gracias a usted
estoy orgulloso de mí mismo”.
Cada vez que recuerdo esta escena me emociono como la primera vez que
la leí, porque he tenido en mi familia a un hermano disminuido psíquico y esto
llega hasta lo más hondo de mi ser.
A ti, Jérôme, no te hizo falta eso. Gozabas de una sensibilidad innata, que
perfeccionaste durante años. Lloraste por esos pequeños cuando veías que esta
sociedad los elimina antes de que lleguen a nacer y no cesaste de luchar por su
dignidad. Eres un ejemplo para quienes, sin unos dones tan grandes como los
que te regaló Dios, apoyamos el derecho a la vida. Gracias mi profesor, por ser un
ejemplo para los científicos católicos. Usted hace que me sienta orgulloso de ser
lo que soy y creo que algún día su imagen ocupará el altar de alguna iglesia.

229
230
Conclusión

Tras conocer la historia de estos científicos sobresalientes se puede


experimentar una sensación parecida a la de un ave que contempla en el cielo a
una manada de sus hermanos volando, y agita las alas para iniciar el
acercamiento hacia ellos.
Con toda probabilidad, ni la vida de quien esté leyendo estas líneas ni la
mía llegarán a ser tan emocionantes como la de Pasteur o Galileo, con lo que el
contraste con nuestro caminar diario puede parecer un poco frustrante.
Entonces conviene descubrir que el secreto está en ser uno mismo, en
volar a la altura que uno puede, estimulado por quienes han destacado
singularmente. Seguro que en ese lugar del mundo donde nos ha tocado
desarrollar nuestra existencia contribuiremos de una manera especial al progreso
de la humanidad. Para lograrlo basta mantener siempre viva la llama de la ilusión
por aportar algo nuevo y útil para la sociedad. La Madre Teresa de Calcuta decía
que a veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el
mar sería menos si le faltara esa gota.
Aunque algunos de los personajes que acabamos de recorrer en este libro
no son santos como la Madre Teresa, sí que todos experimentaron una vida de fe
y se dejaron empapar por esa lluvia fina que proviene de Cristo, quien la llena de
sentido. La ciencia es preciosa y numerosos científicos no creyentes contribuyen
a su avance. Sin embargo, sin un trasfondo religioso ¿sabemos orientar el objeto
de nuestras investigaciones? En otras palabras. ¿Para qué trabajamos? La
diferencia entre el creyente y el no creyente es que el primero tiene una instancia
superior que le ayuda a dirigir el timón de sus decisiones. Para los cristianos esta
instancia es Cristo. Y sin Él estamos perdidos, afirma el matemático Laurent
Lafforgue, premiado en 2002 con la Fields Medal, el Premio Nobel de las
Matemáticas. Porque los seres humanos tenemos limitaciones, como las de los
sabios descritos en este libro, y muchas veces no sabemos adónde dirigirnos.
Cabe preguntarse si se puede ser católico y científico en nuestros días. La
respuesta es sí. Alessandro Volta o Jérôme Lejeune se preocupaban de encontrar
una iglesia donde celebraran Misa cuando viajaban a lugares donde este bien

231
escaseaba. Para Maria Gaetana Agnesi era casi la primera tarea del día. Y Pasteur,
a pesar de su resistencia a participar en la Eucaristía de forma asidua, supo
rodearse de una virtuosa mujer que lo acercó a la práctica sacramental. Del
mismo modo, dondequiera que nos hallemos, nuestra amistad con Dios debe
erigirse como el motor que nos impulsa. Y, siempre que nos olvidemos de ello,
correremos un mayor riesgo de buscar la fama, es decir, a nosotros mismos, la
gran tentación del científico. Para contrarrestar esta fuerza, Santo Tomás de
Aquino nos regaló esta hermosa oración que suelo rezar todos los días antes de
empezar a trabajar:

Oración de Santo Tomás de Aquino para antes de estudiar, enseñar,


escribir o predicar:

Creador inefable,
que en los tesoros de tu sabiduría
has establecido tres jerarquías de ángeles,
y las has colocado sobre el cielo empíreo
con orden admirable
y has dispuesto admirablemente
todas las partes del universo.

Tú, pues, que eres considerado verdadera fuente de la luz,


y principio eminentísimo de la sabiduría,
dígnate infundir un rayo de tu claridad
en las tinieblas de mi inteligencia,
alejando de mí las dos clases de tinieblas
con las que he nacido:
la del pecado y la de la ignorancia.

Tú, que sueltas las lenguas de los niños,


prepara mi lengua
e infunde la gracia de tu bendición
en mis labios.

Concédeme la agudeza para entender,

232
la capacidad para asimilar,
el modo y la facilidad para aprender,
la sutileza para interpretar
y la gracia abundante para hablar.

Instruye el comienzo,
dirige el desarrollo,
completa la conclusión.

Tú, que eres verdadero Dios y verdadero hombre,


y que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.

233
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[125] Fondation Lejeune - http://www.fondationlejeune.org/
[126] Institut Lejeune - http://www.institutlejeune.org/

238
Índice
Portadilla 3
Créditos 5
Índice 7
Prólogo 9
Introducción 13
1. Galileo Galilei: “el padre de la ciencia moderna” 18
1.1 Infancia y adolescencia 22
1.2 El estudiante universitario que inventó el péndulo 24
1.3 Brillante e irreverente catedrático en la Universidad de Pisa 26
1.4 Grandes inventos en Venecia: el termoscopio, la bomba de agua, el compás y
30
el telescopio
1.5 El debate sobre si la Tierra gira alrededor del Sol 37
1.6 Juicio y condena de Galileo 51
1.7 Reencuentro con su hija Celeste 56
1.8 Coronación científica de Galileo con su Diálogo sobre las dos nuevas
58
ciencias
1.9 Una ceguera que le ayudó a ver el Cielo 62
1.10 El carácter de Galileo 63
1.11 Después de la muerte de Galileo 65
2. Maria Gaetana Agnesi: “la matemática de Dios” 67
2.1 Entorno social y religioso 72
2.2 Mujeres brillantes de la época de Maria Gaetana Agnesi 76
2.3 Una niña prodigio educada de una forma singular 80
2.4 El debate académico 84
2.5 Su obra cumbre: Instituzioni Analitiche 88
2.6 Espiritualidad y renuncia a la fama por amor a la caridad 96
3. Alessandro Volta: “El milagro de la pila” 105
3.1 Comienzos difíciles para un científico vocacional 110
3.2 Grandes inventos y descubrimientos de un científico experimental 115
3.3 Un genio también en la Química y la Física de los gases 126
3.4 La obra maestra de Volta: la batería 128
3.5 Las virtudes de Volta 137

239
3.6 El matrimonio, pieza esencial en la vida de Volta 139
3.7 Un científico evangelizador 142
4. Louis Pasteur: “el padre de la Microbiología” 146
4.1 Sus padres 151
4.2 Le costó destacar pero, con método, logró ser genial 153
4.3 El descubridor del dimorfismo o quiralidad molecular 156
4.4 Pasteur encuentra el amor de su vida y forma una familia 159
4.5 Los discursos legendarios de Pasteur 163
4.6 Destruyendo el mito de la generación espontánea 166
4.7 El padre de la microbiología 170
4.8 Luto y dificultades que padeció Pasteur 175
4.9 La ciencia de la Microbiología para salvar vidas 178
4.10 Su gran legado: el Institut Pasteur 188
4.11 Sus últimos años, una preparación para la vida eterna 190
5. Jérôme Lejeune: “El amor a la vida” 192
5.1 Un difícil camino para ser médico 195
5.2 El padre de la Genética moderna 197
5.3 Un excelente embajador para Francia durante la guerra fría 206
5.4 El papel de Lejeune durante las revueltas mayo de 1968 209
5.5 El gran defensor de los no nacidos 211
5.6 El hombre del Papa 221
5.7 ¿Un nuevo santo para la Iglesia Católica? 224
Conclusión 230
Bibliografía 234

240

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