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8 - Sinatra, Ernesto - Las entrevistas preliminares y la entrada


en analisis (Caps. 1 y 2) (2004 )
Clínica 1 (Universidad Autónoma de Entre Ríos)

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Sinatra, Ernesto Las Entrevistas preliminares y la entrada en análisis. Cap. I

"SÓLO UNA"

Vamos a comenzar nuestro curso sobre las entrevistas preliminares la entrada en


análisis. Quiero comenzar con dos citas que de situar parte del marco con el cual
vamos a trabajar éste año primera, que corresponde a un texto de Freud, dice así:

"Si intentamos aprender en los libros, el noble juego del ajedrez, no tardaremos en
advertir que sólo las aperturas y los finales pueden ser objeto de una exposición
sistemática exhaustiva a la que se sustrae, en cambio, totalmente, la infinita variedad
de las jugadas siguientes a la apertura. Sólo el estudio de partidas celebradas entre
maestros del ajedrez puede cegar esta laguna. Pues bien: las reglas que podemos
señalar para la práctica del tratamiento psicoanalítico están sujetas a idéntica
limitación".1

La cuestión planteada por Freud es simple: como en una caja .negra, a la entrada y a
la salida podemos dar cuenta de los procedimientos que se van produciendo; mientras
que lo que acontece en el medio es muy difícil encontrarle alguna regularidad. Sólo
algunos maestros han dado cuenta de la lógica que sustenta los procesos que allí
tienen lugar -nosotros diríamos: en el consultorio, entre analista y analizante.
Intentaremos servirnos de sus enseñanzas.

La segunda cita que ha sido y es señera para mí es la siguiente:

Todos saben, muchos lo ignoran, la insistencia que pongo ante quienes me piden
consejo sobre las entrevistas preliminares en el análisis eso tiene una función, para el
analista por supuesto esencial. No hay entrada posible en análisis sin entrevistas
preliminares"2. (Hoja 11 original)

Esta frase es asertiva. Es categórica: "no hay entrada en análisis sin entrevistas
preliminares". Vamos a escribirlo así:

Ea=> Ep

He introducido un símbolo lógico, el de la implicación (⇒) para escribir que la entrada


en análisis requiere dándole allí un valor prominente de las entrevistas preliminares.
De esta forma se ubica una condición necesaria para el lanzamiento del dispositivo

1
Freud. S. “La iniciación del tratamiento” (1913), Obras completas, Tomo II, Editorial Biblioteca Nueva,
1981m pag. 1661.
2
Lacan, J.: Seminario 19, "El saber del psicoanalista", 1971.

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analítico. Esto pareciera ser una obviedad pero si ustedes conversan con
(Hoja 12 original)
colegas de otras orientaciones, constatarán que no es una verdad que vaya de suyo
que la entrada en análisis esté determinada por las entrevistas preliminares y que
sigan su lógica.

Sin embargo, desde nuestra orientación lacaniana, tenemos este enunciado asertivo
que localiza como condición de la entrada en análisis las entrevistas preliminares.
¿Qué quiere decir esto?

En primer lugar que la entrada en análisis no es un procedimiento automático que se


pueda regular anticipadamente de un modo automático, o sea: no se trata de
determinado número de entrevistas fijas que darían cuenta en su resolución, a partir
de una secuencia pre programada, de una entrada en análisis.

Es decir, que hay algo más que ha de suceder para que la entrada en análisis se
produzca, a partir de las entrevistas preliminares.

En ese algo más está el hueso, la clave, el resorte mismo de la II causa. Vamos a ver
cómo podemos ceñirla hasta localizarla.

Si digo que las entrevistas preliminares son condición de entrada y que algo más tiene
que suceder se puede desprender, lógicamente, que las entrevistas preliminares
aparecen ya como cierto dispositivo que habría de permitir la entrada. Ese dispositivo
habrá de construir las condiciones de analizabilidad. Para Jacques Lacan las
entrevistas preliminares cumplen una función absolutamente precisa: evaluar las
condiciones de posibilidad de una persona de soportar la apuesta analítica. Hay no
sólo el dispositivo, las entrevistas preliminares, sino que ellas están en relación de
subordinación respecto al dispositivo para el cual y al cual ellas habrán de servir: el
análisis.

Estoy hablando, entonces, del valor instrumental de las entrevistas preliminares. ¿A


qué nos referimos al hablar de "criterios de analizabilidad"?

Respuesta:

A la diferencia de estructura, es decir, a una cuestión diagnóstica, a una evaluación


clínica.

Respuesta:

A la posición del sujeto.

E.S.: Muy bien. Se trata de la localización subjetiva. El texto de referencia que va a


atravesar todo este curso, es un libro que pertenece a Jacques Alain Miller,
Introducción al método psicoanalítico3

Con las respuestas que ustedes me han brindado tenemos dos de los elementos
centrales para situar los "criterios de analizabilidad": la evaluación clínica y la
localización subjetiva. Faltaría uno más, que es consecuencia de los dos anteriores: la
apertura a lo inconsciente.

Intervención:

Yo había escuchado que no hay una sola entrada en análisis sino que en un análisis
hay varias entradas.

3
Miller, J. A.: Introducción al método psicoanalítico, Eolia Paidós, Buenos Aires, 1997

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Las Entrevistas preliminares y la entrada en análisis. Cap. I

Si se utiliza la palabra apertura, es porque tiene que haber un cierre: ¿cómo se


pueden relacionar "las entradas" en análisis con la apertura y los cierres del
inconsciente a lo largo de un análisis?

E. S.: Esa es una pregunta suscitada a partir del Seminario de Los cuatro conceptos
fundamentales del psicoanálisis en el que hay una manera de conceptualizar al
inconsciente especialmente en relación con la transferencia por fenómenos de
escansión, apertura y cierre, a partir de un valor secuencial y temporal; Lacan piensa
el (Hoja 13 original) in consciente como una bomba pulsátil que se abre y se cierra.

Según su apreciación, se podría decir -tomando esto a la letraque habría en un


análisis sucesivas aperturas y cierres. Y si esto fuera así, ¿tendríamos entonces que
concluir en que habría sucesivas entradas en análisis? Si así fuera -si hubieran
sucesivas entradas en análisis- esto implicaría que habrían sucesivas salidas, las que
-por la misma lógica previa- habrían sido motivadas por sucesivos cierres del
inconsciente. Pero entonces, ¿podríamos hablar con rigor de entradas en análisis, así,
en plural? Lo verificaremos en el trayecto de este curso.

Vamos a trabajar ahora -lo que voy a llamar- un intento de formalización para las
entrevistas preliminares. Partiré para ello del comentario de un enunciado de J.-A.
Miller, en el libro antes mencionado, en el que hace referencia a los estándares en el
dispositivo analítico, es decir, a las reglas normativas de la práctica; y dirá que, desde
la orientación lacaniana, no tenemos pa tterns, no tenemos patrones de conducta;
tenemos principios que debemos formalizar. A lo largo de este curso vamos a poner a
prueba nuestra formalización y verificar esta aseveración a partir de casos clínicos.

¿Cuál es la hipótesis de base? Una hipótesis no sólo tiene una demostración, una
tesis, sino que tiene postulados, y vamos a trabajar con esta estructura geométrica de
la lógica a partir de una hipótesis y cuatro postulados.

Para comenzar, nuestra hipótesis de base:

"Existe discontinuidad entre las entrevistas preliminares y la entrada en análisis".

Ven que están los mismos términos que he escrito previamente en la pizarra:

Ea=> Ep

Es decir, la implicancia lo es de la entrada en análisis respecto de las entrevistas


preliminares, las cuales según Lacan, son su condición.

Todo esto vamos a probarlo, no vamos a dar por válida ninguna de estas
afirmaciones, incluso más allá de que provengan de (Hoja 14 original) la máxima autoridad
epistémica para nosotros: es decir, vamos a "bombardear" las citas de autoridad, para
probar si resisten -si se corresponden efectivamente con lo que acontece en la
experiencia analítica. Ya que si no hay una eficacia práctica de los conceptos, si no
responden las formalizaciones a la experiencia, si no permiten localizar, de alguna
manera, el campo de la experiencia, no tiene ningún valor para nosotros el despliegue
conceptual. Es decir, que no tiene ningún sentido emplear términos por más floridos
que sean, o por más que tengan una dialéctica bella -o conmovedora por las
resonancias que evoca- si no se corresponden con la experiencia real. No se trata de
estética, sino de la ética de un funcionamiento de los conceptos que permitan
orientarnos en las variaciones de la experiencia psicoanalítica.

Podríamos escribir, inclusive, esta hipótesis de base colocando ahora entre


"entrevistas preliminares" y "entrada en análisis" en lugar del símbolo lógico de la
implicación -como estaba escrito una doble barra.

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Ea//Ep

Ahora escribamos la fórmula completa que dice:

"La entrada en análisis implica las entrevistas preliminares". y, agregando un punto


que indica un valor de conjunción: "la entrada en análisis implica una discontinuidad
-marcada, precisamente, por esa doble barra- con las entrevistas preliminares":

(Ea =>Ep).(Ea//Ep)

Con los cuatro postulados que siguen, vamos a comenzar a localizar hacia dónde
apunto con esta hipótesis.

Primer postulado:

La entrada en análisis constituye un umbral que debe ser franqueado desde las
entrevistas preliminares por el entrevistado.

El umbral designa el punto de atravesamiento, un objetivo por alcanzar. (Hoja 15 original)

Segundo postulado:

La discontinuidad de la secuencia de las entrevistas preliminares y entrada en análisis


es consecuencia de un corte realizado por el analista al interpretar la demanda del
propuesto analizante.

Ustedes se dan cuenta que el propuesto analizan te significa que no se es analizante


en las entrevistas preliminares. "Analizarte" es una categoría que indica una función,
pero para obtener esa función, habrá que trabajar. Curiosamente, e invirtiendo las
famosas leyes del mercado, acá, el que trabaja, paga.

Tercer postulado:

El corte efectuado -marcado en la pizarra por las dos líneas que indican la
discontinuidad-implica la puesta en juego de una categoría: la de decisión, la que
requiere de un consentimiento (o rechazo respecto 1 saber).

Por lo tanto, no sólo que este procedimiento no es algo mecánico, sino que para
traspasar el umbral hay que estar concernido por algo que hace al saber, al producido
en las entrevistas, a partir de una decisión.

Esto es lo contrario de un procedimiento automático; la decisión es el punto más alto


de implicación subjetiva.,

¿Por qué? Porque, ni más ni menos, lleva a constituir la categoría de sujeto en torno
de la responsabilidad y de la elección; dando -de esta manera- lugar al siguiente
postulado, consecuencia directa del anterior:

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Las Entrevistas preliminares y la entrada en análisis. Cap. I

Cuarto postulado:

Tal decisión produce al sujeto -ésa es, en rigor, la verdadera localización subjetiva-
coordinado al emplazamiento del saber, el que dará lugar a la efectuación del
inconsciente por la vía del síntoma.

Como sabrán apreciar, lo que este postulado plantea, en principio, es casi todo el
desarrollo de un análisis.

Pero vayamos por partes: tal decisión respecto del saber produce al sujeto, produce
un sujeto; ergo, no hay un sujeto anticipadamente (Hoja 16 original) encarnado en el
entrevistado -por más que sea una persona de 'carne y hueso la que siempre llega a
la cita. Cuando nos referimos `al sujeto, estamos indicando una operación de
suposición que se deberá poner en juego para que haya análisis.

El entrevistado habrá conquistado ese nombre (sujeto), pero para ello deberá perder
algo.

Al dar lugar al inconsciente, el que llegue sabrá que no sólo hay mucho que no sepa
de sí, sino que además sabrá que hay un saber que o era sin que él lo sepa y que ese
saber tiene consecuencias en el cuerpo, en sus. pensamientos y en su relación con
los otros. Curiosamente, este sujeto no es una operación producida por la persona
sino, más bien, a expensas de ella; y que el sujeto -cuando demuestre estar
coordinado al inconsciente, lo hará a partir de los traspiés que ha de dar el que habla
en un análisis.

Parafraseando un dicho popular, podríamos decir: la persona propone, el sujeto


dispone.

Hoy voy a intentar demostrar esta hipótesis y sus postulados, a partir de una viñeta
clínica a la que llamaré "Sólo una".

Un hombre joven solicita una entrevista por teléfono de un modo singular. En un tono
cortés y atildado, me pide que lo reciba por un problema muy específico que él
vendría a plantearme. A continuación, impone una condición: sólo aceptaría venir a
verme si yo cumplo con su exigencia. ¿Cuál es?: que sea "sólo una". Él pretende
"sólo una" entrevista.

¿Qué hacer frente a ese pedido?, ¿cómo responder de un modo satisfactorio? Por mi
parte, luego de un momento de vacilación, acepté sus condiciones y lo cité para el día
siguiente.

Debo decir que mi decisión fue una apuesta, más allá de mis propias consideraciones
acerca de lo verdadero y de lo falso; pero no menos de cierta inquietud que se
apoderó de mí al prometer algo que, si todo salía bien, sería imposible cumplir; ya que
para que el dispositivo analítico funcione se necesita, como sabemos, más de una
sesión y más de una entrevista.

Nuestro entrevistado se presentó puntualmente, expresándose con meticulosidad,


intentando que no se filtrasen dudas en sus cuidadosos razonamientos. Se esforzaba
para que no existieran j equívocos en lo que él quería decir, para ser más preciso aún,
(Hoja 17 original) en lo que él había venido a preguntarme.

Pues, como él mismo lo dijo: "sólo se trata de una pregunta",

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De una pregunta que él venía a hacerme y que yo debía contestar en esa única
entrevista.

Su circunloquio intensificaba la intriga que había en su presentación, bordeaba el


tema, preparando la formulación de su pregunta, minuciosamente.

A todo esto, desde mi función como practicante, me encontraba -por un lado- con la
dificultad de cómo no responder puntualmente a una demanda y -por otro- inmerso en
la intriga que este hombre iba creando respecto de cuál, era la pregunta que venía a
formularme. Efectivamente, se dan cuenta de que -al menos en este punto- la barra
de la división que conviene a la posición del entrevistado, estaba más bien del lado
del psicoanalista: es decir, del mío.

Esta presentación tan meticulosa que este hombre realizaba, permitía anticipar una
evaluación clínica, perfilando la estructura que -según veo- algunos de ustedes ya
están susurrando: neurosis obsesiva.

Finalmente, se develó la incógnita: "el problema -dijo- transcurre en el campo del


amor" (la intriga se intensificaba); pero después de un prolongado silencio, agregó,
conclusivo: "ella no quiere tener sexo conmigo; ¿podría usted decirme por qué?"

Ésa era la pregunta y la causa de su presencia en mi consultorio. Como ustedes se


darán cuenta, no sólo él tenía un problema; ya que en tanto practicante del
psicoanálisis, a mi vez, no lo tenía menos. Él no sabía por qué razón su novia se
negaba a mantener relaciones sexuales con, él, y él demandaba a un analista una
respuesta.

Previamente, él ya había consultado con otro analista, de cierto renombre, que


pertenece a una institución -también muy conocida- referida a la Asociación
Psicoanalítica Internacional; en aquella oportunidad, él había obtenido una respuesta
inmediata: "bueno hombre, pero ¡usted la eligió!"..

La respuesta que obtuvo nuestro entrevistado es interesante, porque indica la


responsabilidad que el sujeto tiene respecto de aquello que lo aqueja (Hoja 18 original); es
decir, que por su intermedio se intenta cuestionar el lugar de "bella alma" que alguien
sostiene en la queja que formula.

Pero a pesar de esta consideración -podríamos decir, verdadera- la respuesta no


había servido para nada en este caso; y lo demostraremos por un detalle clínico: este
hombre no es histérico, es obsesivo; esta intervención no logró conmover el sistema
de sus conocimientos previos, de sus representaciones conscientes –es decir, que no
pudo dividirlo: situarlo n posición analizante.

Y de lo que se tratará en este curso, será de prestar átencion a los detalles, -A l9 s


pequeños ,detalles -divinos, como prefería decirlo Jacques-Alain Miller, en su curso de
la orientación lacaniana- aquellos que nos auxiliarán para situarnos, desde las
entrevistas preliminares, en pos de constituir nuestra orientación en la dirección de la
cura.

Por lo pronto, nuestro entrevistado llegó a mi consulta cargando con ese saber como
un saber muerto que así caracterizaba: "me dijo eso, sí tiene razón. Ese no es mi
problema."

A esa altura de la entrevista, el desconcierto mío tenía bastantes razones para ir en


aumento. Ustedes recuerdan los problemas que traía esta presentación: se requería
de un analista de forma inmediata -en una entrevista- que le diera como respuesta un
saber sobre una tercera persona, con la cual el entrevistado no podía tener relaciones

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sexuales; así formulado ¡es un disparate!; la formulación planteada en estos términos


es realmente delirante: a condición de entenderlo en el sentido que Freud lo hacía, sin
confundir estructuras clínicas, al referirse al delirio de la obsesión en el caso del
Hombre de las Ratas. Es decir, existen formaciones delirantes que no requieren de
una estructuras para manifestarse. Es otro elemento para tener en cuenta en
nuestras entrevistas preliminares.

Como se aprecia, en ese momento mi desconcierto estaba perfectamente situado;


había que desacomodarlo para poder intervenir. Era complicado, ya que por más que
la formulación que este hombre hacía (si lo pensamos desde un punto de vista
"técnico") era una demanda de saber dirigida al Otro (y ésta es, precisamente, una de
las condiciones de localización de la transferencia, un modo de cifrar el algoritmo del
Sujeto-supuesto-Saber 4) había algo (Hoja 19 original) más en juego. Desde cierto punto de
vista, se trataría de una simple demanda dirigida al Otro, efectuada a partir de un
sufrimiento; ahora, ¿cómo responder a esa insólita pregunta, a la encrucijada, al
atolladero, que indicaba su simple formulación?

Por otro lado, él ya me había proporcionado una clave a la que, como analista, era
necesario que recurriera: "no me diga lo que ya sé, porque no me sirve para nada,
porque eso ya me lo dijo el otro"; tal la enunciación de -lo que ahora podemos
interpretar como- su advertencia al analista.

En este ejemplo, con este detalle, se aprecia una cuestión crucial: comprueban
ustedes cómo el valor de verdad verdadero-- de un enunciado puede ser
absolutamente ineficaz, cómo puede pasar -absolutamente- de largo al formularse de
modo interpretativo. Con lo cual, ya estamos sensibilizándonos respecto del valor que
la verdad tiene en el análisis; estamos prestos a comprobar el modo en el que un
analista puede perder la brújula si se encomienda ala verdad como amo absoluto.

"Dígame, ¿por qué mi novia no quiere tener relaciones sexuales conmigo?": esta
pregunta que -como psicoanalista- me era, verdaderamente, dirigida, es una pregunta
que transportaba un verdadero sufrimiento para quien la enunciaba; clara en su
formulación, obvia por su planteo... pero a pesar de todo eso, yo no podía -ni sabía-
cómo contestarla.

Por supuesto, me imaginaba -mientras escribía esta viñeta- algo que podrían ustedes
estar pensando; por ejemplo: ¿no decía Lacan pite no hay que 'responder ala
demanda' sino 'interpretarla'? Sí, ese es el saber referencial de los libros que acude a
nuestra memoria; inclusive, puede ocurrir esta irrupción en el momento preciso que
estén analizando, y -entonces- pensar: "no, no tengo que responder a la demanda".

Planteada así, ¿cuál es el valor de esta frase? ¿Sería ella orientadora de la dirección
de la cura, permitiría organizar la táctica interpretativa por medio de aplicar la teoría al
caso; o -por el contrario- se trataría, más bien, de una exigencia superyoica que
precipitaría a la inhibición, a la parálisis, a la neutralización de la acción analítica?

En los practicantes noveles, en los jóvenes principiantes, es aún (Hoja 20 original) más
frecuente que en el resto de los practicantes el hecho de quedar sometidos a esta
presión, a la exigencia superyoica del Sujetosupuesto-Saber-de-los-textos; a esta
figura de goce del Otro que opera en algunos momentos de vacilación, en los que el
practicante no sabe qué hacer en ese preciso momento: "¿qué debo escuchar?" "¿Es
eso que acaba de decir ese analizante, a lo que se refería Lacan cuando escribía en
el Seminario 20: "Que se diga queda olvidado tras lo que se dice en lo que se
escucha?" O bien, "¿debo anotar?" "No, no hay que anotar sino escuchar a la letra,
leer lo que el analizante ha escrito".
4
A partir de aquí, SSS será apócope de Sujeto-supuesto-Saber.

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"Pero, ¿cómo hago para anotar y escuchar lo que el analizante dice al mismo
tiempo?" Y así siguen manifestándose las imposiciones del superyó epistémico del
SSS encarnado en el pensamiento.

Por eso, a veces es fácil burlarse de la técnica y de sus patrocinadores analíticos,


pero es un gran error: Lacan en algunas ocasiones lo hacía, pero nosotros no somos
Lacan (disculpen la obviedad, pero a veces, por ciertos efectos producidos, parecería
necesario recordarlo).

Lacan, si bien podía tener un estilo que -en determinado momento- parecía caer casi
despiadadamente sobre las desviaciones de los pos-freudianos (de hecho, así era),
más allá de su persona, se trataba de una cuestión de estilo. Lacan empleaba una
perspectiva barroca en sus argumentaciones y en sus alocuciones, incluso hacía uso
de la burla como una categoría de la retórica.

Él siempre estuvo atento a lo siguiente: si hay reglas que configuran un proceder, ha


de ser por algo; ergo -y, contrariamente a lo que puede ser considerado a priori- las
reglas que conforman el estándar de la IPA5 sirven para algo. Pero ahora, otra
pregunta: ¿para qué creen ustedes que sirve el estándar del tiempo fijo de cada
sesión -antiguamente de 50', aunque luego, en muchos casos, se redujo a 40' y luego
a 30'-; las entrevistas pautadas a partir de un número pre-establecido; el momento
prescrito para efectuar una interpretación, hasta reglas para interpretar?, ¿para qué
sirve todo esto?

La instauración de un encuadre da cierto grado de seguridad. El setting, nombre


anglo-sajón del encuadre -a partir de su función (Hoja 21 original) automática- puede
tranquilizar, calmar la angustia de una persona que está frente a otra sin nada que le
diga, previamente, qué es lo que tiene que hacer. Son ciertas reglas que -de alguna
manera- van pautando el tiempo y el espacio de un modo organizado, y que permiten
apaciguar -vamos a decirlo de este modo- la relación al Otro.

Rápidamente se pueden filtrar en el encuentro analítico -como en cualquier otro- dos


sentimientos que dan cuenta de la ambivalencia freudiana: el amor y el odio (en
verdad, deberíamos incorporar una tercera pasión situada por Freud: la indiferencia).
¿Cómo sé que no voy a amar a quien tengo frente a mí y recién veo por vez primera,
o que no lo voy a odiar? ¿Y si no me gusta? Esto sucede. La cuestión es cómo
responder. El encuadre tiene un valor preciso de localización, no sólo para el
analizante, sino -quizás, fundamentalmente- para el analista: situar a la "pareja"
analizante- en el encuadre para garantizar, de algún modo, el decurso del análisis.
Nuestra orientación lacaniana -que no se satisface de la seguridad del setting, del
encuadre-, en un punto tiene más problemas, ya que no goza de los parámetros, los
reaseguros, las normas y procedimientos que estarían allí más a mano, para que uno,
en última instancia "sepa qué tiene que hacer con el paciente"; y esto dicho así con
todas las comillas del caso.

Nuestro verdadero problema como practicantes del psicoanálisis, es práctico y


consiste en buscar los medios para -voy a decirlo con una frase técnica pero no de la
técnica analítica- para "tomar la ocasión por los cabellos". Ocasión, yendo a la
mitología, que por más calva que la pinten, hay que intentar tomarla por los cabellos
para realizar el acto aconsejable en cada ocasión. Del acto, una vez más, no tenemos
el confort de una garantía previa que anticipe que si hacemos "eso" o lo "otro", ha de
estar bien hecho. Entonces, ¿cuál es nuestro problema? Es, por ejemplo, ¿cómo
hacer de la más inteligente e iluminadora cita de Sigmund Freud, de jacques Lacan,
de J.-A. Miller... un saber instrumental que opere -apto para cada ocasión- respetando
la singularidad del caso? Ese es nuestro problema de base: se trata de saber hacer
ahí, en la experiencia analítica, con eso; porque con "saber" Freud, Lacan, Miller, a

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pie juntillas y de memoria, no alcanza. Lo más factible es que cuando uno (Hoja 22 original)
recuerde una cita, por el contrario, ésta aparezca como una exigencia de carácter
superyoico.

Curiosa forma de recuerdo la que estamos planteando: olvidar los textos. Esto sería
recomendable para saber hacer con ellos, sería una fórmula de un pretendido acto
logrado en el dispositivo analítico: olvidar los textos para saber hacer con ellos.
Porque si uno está pensando en "qué diría el Otro respecto de lo que tengo que hacer
ahora", esto anonada. a cualquiera. Si eso, en cambio, está implementado de un
modo preciso en el hacer, ya no es el saber sino es el "saber hacer con eso" lo que
opera. Ello implica la máxima forma de compenetración topológica entre teoría y
práctica: la teoría incorporada en el acto mismo; la práctica es la teoría en su
aplicación en el momento de establecer un corte de sesión o de entrevista, de ubicar
una interpretación o de realizar un acto, el que se reconocerá siempre por sus efectos.

"Olvidar los textos para saber qué hacer con ellos", aquí les resonará, tal vez, una
frase empleada en la última enseñanza de Lacan para dar cuenta del síntoma.

La articulación entre teoría y práctica va a atravesar todo este curso porque, en última
instancia, vamos a demostrar que es el psicoanálisis como síntoma lo que se
pretende obtener por cada practicante. "El psicoanálisis como síntoma" no se debe
leer: los síntomas del psicoanalista; no se trata de promover la angustia del
practicante confrontado, en un momento de su práctica, al recuerdo. angustiante de
las citas -en la manifestación surpeyoica del Otro, a la que antes hicimos referencia;
no es eso lo que se intenta promover. El psicoanálisis como síntoma obtenido por el
analizante al final del recorrido en su propio análisis: de eso se trata, de un saber
hacer allí -en cada dirección de la cura- como practicante del psicoanálisis, un saber
hacer allí con eso (es lo que podemos considerar: el saldo práctico de un análisis).

El psicoanálisis como síntoma también toma el valor de indicar que aquél que llegó a
ese lugar desde la posición de analizante y tomó el relevo de psicoanalista (como
analizado) lleva el psicoanálisis como un resto incurable, fecundo pero incurable:. en
esta orientación es su síntoma el psicoanálisis.

Intervención:

-Aquello que me parece que hace obstáculo, además del texto, a veces son las
indicaciones en el control.

Es complicado porque uno lleva el caso y hay señalamientos. Después aparece, a


veces, en el analista la idea: "¡Uy! Tengo que estar atento a eso".

E. S.: Verdaderamente, está muy bien situado el problema: cuando el analista-control


se transforma en una figura del superyó, analizar ha de ser imposible. Ya no es
solamente la cita de los textos la que intimida, sino la palabra del supervisor que está
allí, en la oreja, o como mirada -según el valor de goce que para cada uno tenga.
Seguramente, muchas veces tiene que ver con la posición misma del supervisor, pero
también con la posición subjetiva del practicante, el que a veces toma una indicación
como ,una orden o una marcación, como un "habrás de hacer eso". Toda palabra
puede ser investida de un valor de significante amo, todo depende del lugar que el
Otro encarne para uno y la posición que uno tenga respecto del Otro; pero es cierto
que hay cierto estilo de supervisión que es interpretativo-correctivo.

Cuando el supervisor interviene marcando "esto no, tendría que haber dicho esto
otro", el "paciente" -en el que se ha transformado el supervisadollega al encuentro con
su propio paciente en la siguiente sesión y espera que vuelva a ocurrir el momento
para -ahora sí- insertar 1a interpretación y hacer lo que "debería" haber hecho. El

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Ernesto S. Sinatra

problema es que, esa ocasión, casi nunca llega. Se pueden comprobar, entonces,
forzamientos increíbles realizados para intentar volver al tema: "¿pero usted no estaba
hablando, acaso, sobre aquello que le hizo a su hermano cuando tenía cuatro años?",
"No, yo no estaba hablando de eso", dirá el entrevistado. Ciertamente el valor que
puede tomar el Otro para uno, es determinante de la relación -también transferencial-
a establecer entre el practicante y el analista control.

Pero quiero agregar que -creo- hay algo ahí que, estructuralmente, no funciona muy
bien en la supervisión (o el control). Tenemos dos palabras para ella y ninguna de las
dos nos "gusta"; no nos gusta control, no nos gusta supervisión.

El control, si uno lo saca de la persona -en el sentido de "controlar a alguien"- y lo


desplaza hacia el acto analítico, suena mejor: "control del acto analítico" está bien, ya
que el practicante controla, precisamente, a partir del lapsus de su acto -tal como
enseña Lacan.

Pero el término de "supervisión" es más problemático, ya que en la super-visión


aparece la función de la mirada indexada, de un modo tal que -podríamos agregar-
anonada. Pero más allá del "buen" término por emplear, mi hipótesis es que la
dificultad para hallar el significante apropiado para nominar la función da cuenta de
una dificultad estructural -en el control, la supervisión o como lo llamemos.

Intervención:

-Recordaba algo que escuché en las jornadas de la Escuela de Orientación Lacaniana


del año 2001. La cuestión era cómo hacer de la sorpresa -que puede llegar a producir
un analizante en el practicante- un acontecimiento. Me parece que ahí lo que queda
como operador no son ni los textos, ni el control, ni la norma sino que es el operador
deseo del analista el que puede producir esta sorpresa.

E. S.: La cuestión de cómo transformar una sorpresa en un acontecimiento es,


verdaderamente, todo el problema; es lo que uno intenta siempre. Freud lo decía
respecto de la transferencia, de un modo muy interesante. Aquello que descubrió que
era un obstáculo verdadero -porque él había tomado la dimensión imaginaria de la
función de la transferencia, al comprobar el empaste que se daba en los pacientes a
partir de la ambivalencia de sus sentimientos-, al obstáculo de los afectos, del
desplazamiento afectivo, él lo transformó en otra cosa. Freud inventó la transferencia
al tratar un obstáculo que le producía sorpresas en la dirección de las curas: _¿cómo.
hacer de ese obstáculo un instrumento? Tanto fue así que lo transformó en uno de los
pilares mismos del análisis. Ese ha sido el acontecimiento freudiano con la
transferencia: haber realizado de un problema concreto en la práctica del psicoanálisis
un concepto fundamental sobre el que pivotea el trabajo mismo del análisis. El
acontecimiento de Freud fue preparado ante cada sorpresa que tuvo cuando se
confrontó con personas que se llamaban histéricas, aquellas que contrariaban con sus
conversiones corporales (hasta de un modo absoluto) los mapas de la neurofisiología
de la época.5'

Volvamos a la viñeta clínica, porque estamos en el punto de la entrevista en el cual se


requería de una decisión del analista, frente al carácter sostenido e insistente de una
pregunta por parte del entrevistado.

Él decía que había aceptado acudir esa única vez y que no era solamente la única
sino que era la última.

5
Valga como ejemplo el "síndrome del corset", conversión que estaba delimitada en el cuerpo por lo que
sería el perímetro de tal prenda, desafiando al saber médico de la época.

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Las Entrevistas preliminares y la entrada en análisis. Cap. I

Era preciso responderle de alguna manera. Tenemos la urgencia de la prisa


establecida, no por los tiempos lógicos, sino por la urgencia del empuje de un tiempo
que se acababa para alguien que viene a la consulta. Freud tenía un recurso cuando
un análisis no funcionaba, lo improvisó con el "Hombre de los Lobos" diciéndole "en
tal fecha finalizamos el tratamiento". Pero, en este caso, esa imposición, mucho más
breve y compactada, venía del otro lado; acá es un entrevistado que dice "sólo una".
¿Cuál fue mi respuesta? Manifesté mi sorpresa, no intenté ocultarla y luego -con un
gesto de interés-, lo animé a que continuara hablando. Así lo hizo y podemos -ahora
sí- anticipar la ruptura de este enigma: finalmente, la ocasión fue propicia para el
psicoanálisis.

Todos sus padecimientos parecían girar en torno de esa novia que había devenido su
síntoma, él sólo hablaba de ella, sólo estaba preocupado por ella, ella era
verdaderamente la causa de su angustia, de su malestar, de su resentimiento, hasta
de las variaciones cotidianas de su humor (ven cómo podemos leer ahora, más
claramente, la formulación -quizás difícil de Lacan- de que una mujer puede ser el
síntoma de un hombre).

A pesar de considerarse, como él mismo lo definía, "un consagrado batallador sexual"


y de tener acceso -también es textual- a "casi todas las mujeres", ella, su propia novia,
rehusaba acostarse con él.

Pero en ese momento produjo una nueva interrogación: ella lo humilla y él quiere
saber por qué lo hace; como verán, hay aquí algo nuevo, estamos avanzando en la
entrevista -aunque sea "a paso de tortuga"- respecto de la posición en juego. Ya hay,
presentándose, una interpretación realizada por el entrevistado acerca de su
padecimiento: el Otro -en este caso una mujer, su novia-, lo humilla; además él
supone que ella se satisface en ello, pero él no sabe por qué. En verdad, no está
completamente seguro de su satisfacción. Cuando lo interrogo sobre este punto dice:
"me parece que a ella le gusta humillarme, pero no podría asegurarlo".

Vemos despejarse en este punto que no hay un indicador de certeza respecto de una
pretendida suposición de goce del Otro, descartando con ello un elemento diferencial
para la psicosis. En verdad, es por eso que lo interrogué en ese punto, para descartar
que no se tratara de una convicción delirante (ella gozaría de él, humillándolo), bajo el
signo de la certeza que indicaría perplejidad. En el caso presente, él sabía que ella lo
humillaba y suponía que a ella eso le gustaba, creía que era un gusto de ella, pero de
eso no estaba seguro.

No es para nada lo mismo la suposición de saber que la certeza del goce, y en esta
diferencia transitamos la diferencia estructural clínica entre la neurosis y las psicosis.

Pregunta:

-¿Le preguntó por qué él decía que lo humillaba y a qué llamaba "humillación"?

E.S.: Por empezar es preciso resaltar que hemos avanzado respecto del momento
anterior, allí el entrevistado suelta un término más, el que condensa un preciso valor
de satisfacción: "humilla" . Más allá de que en este punto y en este momento el
entrevistado no sepa qué quiere decir con lo que dice, la localización de un
significante es muy importante, sobre todo cuando indica una condición de
satisfacción.

La función de la interrogación es esencial en las entrevistas preliminares, por eso es


preciso situar para qué sirve y en nombre =de qué se interroga.

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Ernesto S. Sinatra

Se trata de dar lugar a que la persona que habla evidencie una sensibilidad respecto a
la lengua que él habita -y, muy especial mente, a la lengua que lo habita: es decir, sin
su "intención". Desde el inicio la interrogación tiene una función de evaluación clínica,
pero además se trata de que el entrevistado vaya localizando el valor de significación
que le otorga a sus síntomas. También, mientras transcurren las entrevistas, la
interrogación va haciendo lo suyo respecto de la localización de la transferencia: sitúa
al sujeto en su función de representación, mientras se dirige al analista la suposición
del saber necesaria para dar inicio al análisis. Las buenas orientan la dirección de las
entrevistas.

Pero una advertencia: lo que se desprende del uso de la función interrogativa en las
entrevistas es que no es en nombre del gusto personal del analista por la significación
que él hace uso de ella. La importancia del lenguaje en el análisis fue desarrollada por
Lacan en los años 50 cuando efectuó el pasaje de todo el dispositivo freudiano por la
retórica y la lingüística -especialmente, a partir de Ferdinand de Saussure y de Roman
Jackobson. No es que lo hacía por erudición o por cierta inclinación por -lo que en ese
momento se daba en llamar- el estructuralismo; más allá de un gusto singular de
Lacan, él toma rigurosamente en serio que es el lenguaje el único elemento del que
disponemos para operar en el análisis.

Entonces, volvamos a la pregunta que dio origen a ubicar de la importancia de la


función de interrogación. Efectivamente: si pregunté qué era para él "humilla", a qué
se refería con eso contrariando, de ese modo, la obviedad que otorga el sentido
común; para comenzar a establecer una asimetría entre la relación analítica y el
discurso corriente; ya que ¿cómo se hace, de otro modo, cuando alguien llega al
consultorio para hacerle saber, sin explicárselo, que el análisis es otra cosa que un
dispositivo de charla en el que una persona habla y otra contesta y donde las reglas
de la cortesía están en juego?, ¿cómo se hace para hacer saber, sin explicitárselo al
entrevistado, que en el análisis se trata de otra cosa que del discurso común, el de la
calle? Ese es un problema.

Intervención:

-Para saber con qué referente se está manejando quién habla.

E.S.: El tema del referente es un problema crucial para la lingüística y no menos para
el psicoanálisis. Se trata de no dar por sentado lo que "eso" quiere decir. Uno puede
tener muchas figuraciones de un término que tiene una resonancia afectiva,
semántica tan fuerte como "humillación". Ustedes se dan cuenta de que la
sensibilidad fantasmática de cada cual, puede hacer perder a cualquiera. Ahí tenemos
entonces la función que la interrogación: en principio loca izar, quién habla y quién
escucha. El practicante del psicoanálisis es, en la función analítica, el receptor de la
demanda del Otro, y es instituido en ese lugar-Otro por aquél que nos habla.

A partir de desplegar procedimientos retóricos de la lingüística, Lacan adjudica al


analista el "poder discrecional del oyente" y comprobamos aquí una aparente
paradoja, ya que por un lado se trata de una función que el analista debe emplear y
-al mismo tiempo- Lacan subraya que se trata de un poder.

Aclarémoslo, si bien desde cierta perspectiva tal poder discrecional del oyente
consiste en la función que permite localizar al sujeto en el dispositivo, desde otra
perspectiva sería aquello de lo que el analista debería privarse, ya que, como ejercicio
de un poder el analista-oyente tendría la clave universal del sentido, y ¿qué más
"natural" que el que escucha, al determinar el valor de significación de lo emitido por
aquél que habla, intervenga desde ese poder para imponer su parecer? Pero el

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Las Entrevistas preliminares y la entrada en análisis. Cap. I

término que modula el poder del oyente es el término que le sigue: discrecional, con el
que se limita el poder, reduciéndolo a una función. Lo discreto de la escucha, pero
también la discreción analítica enmarcan la función lenguajera en el dispositivo.

Pero en la experiencia analítica el riesgo siempre está, y el sintagma empleado


recuerda el problema: ¿cómo se hace para no usar el poder del oyente instituyéndose
en el lugar del Otro? ¿Cómo hacer para no colocarse en el lugar del Otro que decide
respecto a la significación de quien habla?

El sentido común, en ese sentido, es nuestro peor consejero. Por eso la interrogación'
permite abrir la obviedad supuesta en. los enunciados formulados, y, al mismo tiempo,
conduce a estar atento ¡a los pequeños detalles que puedan dar indicadores
diagnóstico de localización fantasmática -como vamos a ver, y que están marcados en
este caso.

Pero, decíamos, se "soltó" un término. Voy a escribir algo para ubicar lo que tenemos
hasta ahora:

S1 → S2

"sólo una" "humilla"

He colocado el primer significante ("sólo una") que representa a esta persona, la que
ha devenido sujeto por esta misma función de representación

He colocado un signo (-,) y luego otro significante que se desprendió en ese momento
de la entrevista ("humilla").

"Sólo una ⇒ humilla". En estos dos significantes está representado el sujeto, definido
en tanto la "simple" remisión de un significante hacia otro. "Sólo una" remite a
"humilla", el que -a su vez- se hace representar por "novia". Ustedes comprobaron que
este segundo significante fue soltado luego de un momento en el cual parecía que
nada más podía decirse: "yo vengo aquí para que usted me diga por qué mi novia no
quiere acostarse conmigo... usted tiene que responderme". Ustedes aprecian que la
vertiente casi natural de la respuesta iría, más bien, del lado de: "yo nada tengo para
responderle" y cuya consecuencia -casi inevitable- sería: "entonces, me voy".

Es decir, que en el momento en que surgió este significante -el segundo: "humilla"-,
este S2 indica que se pudo atravesar un impasse. Podemos agregar que en esta
remisión se pasa de interrogarse: "¿por qué ella no quiere coger conmigo?" -vamos a
decirlo como lo decía él- a querer saber: "¿por qué a ella, sólo una, le gustaría
humillarme?"

Luego de abundantes comentarios acerca de la "hechología” -'Término de la pluma de


Arturo Jauretche- sexual (variados relatos sobre sus aventuras exitosas con todo tipo
de mujeres) surgió -de un modo imperceptible para él- un deslizamiento: pasaría de
hablar de la relación imposible con su dama para continuar haciéndolo acerca de su
padre; la contigüidad del relato permitió al analista distinguir el desplazamiento de
dama a padre con nitidez.

¿Qué pasó? Estaba quejándose de ella y pasó a quejarse de él. Imperceptiblemente,


en la metonimia discursiva, se produjo este deslizamiento. Era obvio para mí, pero no
lo era en absoluto para el entrevistado. Siguió hablando como si nada hubiera
sucedido, de un modo -como dirá más adelante"perfectamente natural". Aquí se hizo
necesaria una nueva decisión por mi parte: ¿qué hacer entonces?

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Ernesto S. Sinatra

¿Interpretar? ¿No interpretar? ¿Intervenir?

Ustedes se dan cuenta de que no hay ningún cálculo previo que me podría haber
informado de cómo responder, y -menos aúngarantizarme que la respuesta, que yo
diera sería la aceptada.

Como recordarán, la decisión es una categoría central en los postulados de nuestra


hipótesis de base. Y vemos que no solamente corresponde al entrevistado (y luego al
analizante) confrontarse con ella, sino -y fundamentalmente- es el analista quien se
halla interpelado en relación con la determinación y la realización del acto analítico, ya
que es a él al que se halla consagrado por su función. Por eso decíamos que la
decisión es lo contrario de los procedimientos automáticos: ella implica varias
opciones pero una sola vía de elección.

¿Qué hice en este caso? Esperando una situación mas propicia, decidí no intervenir;
es decir, dejar que el material reprimido estuviera más asequible para la conciencia
del sujeto, mientras se localizaban las condiciones de efectuación de la transferencia
-al menos ésa era mi apuesta. ¿Hice bien? ¿Hice mal?, en verdad -comodel deseo se
pregona-, sólo "por sus frutos lo reconoceréis", ése es el valor de aprés-coup que
tiene el acto analítico. Nunca se sabe si una intervención en sí misma es o no es un
acto analítico, solamente se sabe por los efectos producidos a posteriori; y, para eso,
hay que soportar la espera, hay que saber que en la sesión siguiente, en la
subsiguiente o en la otra, tal vez, se sabrá si la intervención realizada tuvo o no,
efecto de discurso, es decir, como se dice vulgarmente si "entró" o no lo hizo.

Ahora, ya que anticipé algo así como un interlocutor imaginario -similar a ese objetor
que tenía Freud en algunos de sus textos alguien podría decir: ¿pero Lacan no
recomendaba, acaso, interpretar para situar la transferencia y no al revés como usted
parecería decir, o sea, esperar la transferencia para interpretar? Freud decía de la
relación entre transferencia e interpretación, que hay que esperar a que se sitúe la
transferencia para interpretar. Lacan viene a decir: la interpretación, sitúa la
transferencia, pero también al revés, en otro momento de sus escritos. Y podríamos
plantear nosotros: ¿necesariamente una afirmación es verdadera y la otra es falsa?
¿Son dos maneras de decir: el huevo o la gallina?

Me parece más bien que se trata de esta última formulación. Porque Lacan llega a
decir, en sus últimas enseñanzas, que la transferencia es la interpretación. Hay una
función dialéctica de la interpretación bajo transferencia. A1 interpretar se sitúa la
transferencia y la transferencia se sitúa mediante la interpretación y el acto analítico.

¿Cómo se localiza al sujeto en las entrevistas? No es dándole alguna silla que uno lo
va a localizar. Es cierto que es preciso interpretar para situar la transferencia; es
verdad, peto no es menos cierto que debe existir un sitio -un espacio transferencial-
para producir la interpretación; por Freud sabemos hasta qué punto una interpretación
lanzada fuera de transferencia es salvaje, silvestre.

Quizás recuerden ahora -volviendo al caso- la intervención del otro analista


mencionado que había sido tan certera, como salvaje; tan precisa como fuera de
tiempo. Y acá nos estamos anoticiando del valor del tiempo como variable esencial a
tener en cuenta -en las entrevistas preliminares: si la interpretación no "entra" en el
momento adecuado es como la ocasión, pasa de largo. Y ello sucede

especialmente en el discurso protagonizado por los sujetos obsesivos en los análisis,


pero también en muchos otros casos, y sobre todo en las entrevistas preliminares. Por
momentos no hay cómo entrar en lo compacto del discurso con el que alguien se
presenta; entonces, se trata de cierta sensibilidad del practicante para lograr
instalarse en el hueco, apenas eso se muestra para intentar intervenir para

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Las Entrevistas preliminares y la entrada en análisis. Cap. I

descompletar el universo de los dichos. Pero entonces, ¿cómo se hace para


descompletar el discurso de un obsesivo? En la obsesión consolidada es muy difícil
atravesar esa coraza resistencial que se produce a partir de un yo fuerte, en el que se
atenaza y a lo que se circunscribe la personalidad del obsesivo; vamos a decir, con
todas las comillas del caso: "¿cómo horadar esa defensa con la cual él nada quiere
saber respecto del lugar que tiene en lo que dice?" Él sabe lo que dice y de eso no
hay nada para decir.

Intervención:

-"No decir" puede tener carácter de interpretación.

E.S.: Muy bien. El valor de interpretación puede estar situado muchas veces por un
silencio. En otros casos, por una palabra, o por un gesto, por un corte de sesión o de
entrevista; en otros por una frase que sea cita de lo que acaba de decir el analizante
(o el entrevistado). Es decir, que tampoco para esto hay una garantía absoluta -prét á
porter- la que daría el valor de verdad de la intervención. ¿Qué hacer cada vez?

Eso está totalmente determinado por lo que acaezca en ese momento, bajo
transferencia, en el dispositivo analítico, y esto es lo que no se puede reglamentar.
Hay siempre un riesgo que se pone en juego en el cálculo interpretativo, por más
cálculo que se haga. El acto analítico siempre tiene un margen de error inevitable.

El silencio, en ese caso, surtió efecto. El entrevistado volvió a cambiar de referente


una y otra vez.

Continuó hablando como si nada, sustituyendo (siempre de modo imperceptible para


él) el relato de sus padecimientos con su novia por los sufridos con su padre hasta
que, finalmente, pude entrar en el hueco, descompletar sus dichos pidiéndole alguna
precisión: lo interrogué por una particularidad de su nombre, ya que cuando se había
presentado telefónicamente había utilizado uno y, al presentarse en la entrevista,
había empleado dos. Me explica que omite, en general, el primero de ellos,
haciéndose nombrar por el segundo. A continuación aclara que su primer nombre es
el que le ha puesto su padre, ése es el que omite, el que es -en verdad- el mismo de
su abuelo paterno; mientras que el utilizado por él (el segundo) ha sido el elegido por
su madre; siguió hablando inmediatamente, evitando toda fisura en su relato, dando a
entender con un gesto de malestar, que lo verdaderamente importante era lo que él
estaba a punto de contar y no lo que el otro le preguntaba: ésta es una verdadera
dificultad, especialmente en el tratamiento de la obsesión.

Se ubica de este modo un rasgo muy preciso de la obsesión que dificulta, en muchos
casos, las entrevistas preliminares. Hay que poder atravesar estos momentos, en los
cuales se compacta el discurso del entrevistado de tal forma que no hay cómo dar
lugar decir algo, a ubicar una interrogación que pudiera abrir la fijeza d ese discurso,
decir alguna palabra que pudiera cambiar la orientación de la certeza de lo que se
dice.

Pero a continuación surgiría, ahora sí, un acontecimiento imprevisto que fue producto
de un lapsus decisivo: quiere nombrar a s novia, pero en su lugar pronuncia la
primera sílaba del nombre de su padre.

Se detiene sorprendido, pretende explicarse, se altera; pero continúa, a pesar de todo


con su relato. Fue suficiente un gesto de sorpresa por parte mía para motivar su
aceleración logorreica.

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Ernesto S. Sinatra

neutralizándome antes de que yo dijera algo. Es decir, que aunque él mismo había
manifestado sorpresa, se molestó por la división subjetiva producida, carraspeó y
siguió de largo como si nada, comentando la humillación que le causaba su novia con
su negativa, pasó, nuevamente, y sin solución de continuidad, a lanzar una decidida
queja sobre las privaciones que le habría hecho sufrir, desde su niñez, su padre.

Fue entonces que relató un recuerdo que, en verdad, casi no 1 era, pues él había
convivido con ese pensamiento imborrable (aun que aislado de las demás
representaciones): su odio infantil por s padre, para manifestar, a boca de jarro -y sin
inmutarse- un desee que había reiterado desde su niñez: el de que -de una vez por
todas- su padre se muriera.

Intervine en ese punto para señalarle -ahora sí- la sustitución "novia"/ "padre". Frente
a su sorpresa por constatar lo obvio d mi intervención, descubrió una paradoja: su
amada poseía cierto rasgos que él ya sabía cumplirían con el ideal de mujer de su
padre (lo que implicaría que él habría ofrecido la dama de sus pensamientos a su
odiado padre).

En ese momento, y ante su visible emoción, le propuse finaliza la entrevista. Esperé


que se incorporara, lo hizo, y me pidió volver, a lo que accedí, ofreciéndole un nuevo
horario.

Como en otros casos de obsesión: eso siempre está ahí, frente a sus narices: la carta
robada está a su alcance pero no puede servir se de ella. Tenemos, así, un elemento
que permite establecer el valor diferencial de la represión en la histeria y en la
obsesión. Por lo dicho, en verdad en la obsesión no podemos hablar netamente de
represión, su manifestación más próxima es el aislamiento, defensa con la que el
sujeto obsesivo evita confrontarse con la consecuencia de la proximidad de dos
representaciones en su conciencia.

Las entrevistas se sucedieron en torno de las privaciones que su padre le habría


hecho atravesar, lo que justificaría el odio que le profesaba. Hasta que en una
oportunidad interrumpí una queja -que parecía querer desplegar hasta el infinito-
haciéndole notar la retórica de defensa que enmarcaba su relato (cuando su profesión
era la de abogado). De todos modos pretendió continuar con su alegato, cuando su
atildado discurso fue agujereado por un nuevo lapsus que volvió a sorprenderlo
-lapsus producido ahora en sentido inverso del anterior-: diciendo el nombre de su
dama cuando quería decir el de su padre.

Nuevamente la sorpresa, luego un silencio, para finalizar confesando -con vergüenza-


lo dichoso que sería "si al menos una vez" su padre lo abrazara. Mi intervención
interrogativa: ¿sólo una? desencadenó un llanto conmovedor.

Las dos cadenas disjuntas (padre-novia) se habían cruzado por la chispa del lapsus.
Se recubrían así dos imposibilidades que las entrevistas permitieron localizar: gozar
de su dama, ser- amado por su padre. En este punto sancioné la entrada en análisis.

Comprobamos aquí un modo de presentar la precipitación del sujeto. La localización


subjetiva es producida por el acto analítico introduciendo la dimensión del
inconsciente.

En Introducción al método..., J.-A. Miller dirá:

"Tenemos que permitir al sujeto algunos engaños y no ir a buscar, inmediatamente, al


sujeto en su fondo para decir que no es verdad, que hay una contradicción. Al
contrario, es preciso permitir, principalmente en las entrevistas preliminares, que

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Las Entrevistas preliminares y la entrada en análisis. Cap. I

continúe mintiendo un poco en sus propios dichos... La localización subjetiva


introduce al sujeto en el inconsciente".

Creo que esta viñeta clínica puede colaborar a demostrar hasta qué punto el analista
de la orientación lacaniana no está autorizado a intervenir en el nombre de la verdad
absoluta, ni en el nombre del saber referencial de ninguna teoría (por más 'puramente'
lacaniana que fuera), ni en el nombre del padre (consejo, respuesta asertiva, o
inmovilidad técnica) que le permitiría ocupar el lugar del Otro que sí sabría administrar
lo que hay que hacer cada vez. Ya bastante nuestros entrevistados padecen al Otro
desde el lugar que le adjudican desde sus fantasmas, sin saberlo.

26 de marzo de 2002

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Descargado por María Milagros Martinez Rodriguez (mariamimartinez53@gmail.com)


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