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Alois A.

“Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo


de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos.”
Jorge Luis Borges.

Los pequeños bultos que siente bajo las suelas de sus zapatillas gastadas, no le impiden
atravesar el largo patio y llegar hasta los rosales del fondo, los que están junto al tejido de
alambre. El viejo nogal emplazado hacia la derecha del terreno ha dejado caer sus frutos
después de la tormenta de la noche anterior. Están verdes y las intenta esquivar sin suerte.
La abuela se empeña en desenredar del alambre las ramas de sus rosales, a la vez que
alguna lágrima se atreve a asomarse.
Esas rosas que plantó Alois antes de irse para siempre son un portarretrato de la felicidad
de su matrimonio. Lo extraña, lo espera. Como si hubiese ido hasta la esquina y regresara
pronto.

—Acá estoy abuela.— le dice Norma, mientras levanta los pies de a uno mirando algunos
pedazos de nueces que blandas, también han sucumbido en sus plantas. La pava está
hirviendo. La abuela gira sobre sí, esforzando su equilibrio obligada por las pantuflas viejas
que hace dos años que no cambia. La toma de la mano y regresan a la casa.

Suena la reja de entrada. El típico sonido que demuestra que las trabas y picaportes
colocados en ciertos tipos de trabajos de herrería muy dedicados, a veces no cumplen su
función. En lugares donde la tranquilidad pueblerina no se corrompe, nadie cierra sus
puertas con llave, solo se abren, se ingresa y se sueltan. Y en vuelta solitaria, como si
supieran ellas cuál es su lugar, vuelven a cerrarse y convertirse en un mero adorno.
Suena la reja, suenan los pasos… suenan sus llaves… entra Alois.

—Abuelo llegaste para los mates, la abuela está preparando las cosas, traje los bizcochos
con pasas.
Alois besa su frente y luego deja en el aparador su cartera, la que lleva debajo de su brazo
derecho cada vez que sale de casa. Quién sabrá qué misterios oculta en ella, solo una vez
dejó caer ciertos papeles en los que Teresa logró ver un conjunto de garabatos que
parecían ser números telefónicos… Alois jamás abandona su cartera (quizá guarde
recuerdos a modo de precaución).
Mira la mesa y suelta un suspiro rutinario. Teresa se sienta.
—¿Lo viste a Alois?— Dice la abuela a Alois.
— Alois ya viene vieja, está haciendo un laburito en la casa de Juan.
—¿Juan?, ¿Qué Juan?.
—Juan, tu hijo vieja…
Se sienta, limpia sus lentes, refriega su rostro y toma un mate. Se hacen las cinco, tiene que
ir hasta el centro a buscar medicamentos.

La abuela sale, los mira, el ademán de su cabeza ofrece un saludo de buenas tardes como
si no los hubiera visto en el transcurso de esos pasados diez minutos entre mate y mate…

Y vuelve a las rosas.

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