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Licenciatura en Letras – Filosofía del Lenguaje – Profesor, Claudio Marenghi

Alumno, Maldonado Carlos Andrés – Propuesta de Trabajo de Profundización – 2021

El camino recorrido por la filosofía en relación al tema de las palabras y el lenguaje, desde sus
inicios hasta Gadamer, es rico, vertiginoso y polisémico. Detenerse en cada hito en torno a este tema,
es tarea bella y ardua a la vez, pero digamos que las palabras, el lenguaje, la significación, el mundo
ahí, las cosas, la verdad, el ser, el conocer y el entendimiento, siempre fueron, son y serán el telón de
fondo consciente o inconsciente de esta gran obra: la Filosofía.

Desde la realidad mítica expresada al inicio en forma poética, la filosofía, pronto tomará la
forma del diálogo y de la prosa expositiva. Allí, la palabra filosófica, apunta a un mundo de sentido
emancipado de las palabras, que se piensa más allá de ellas y olvidándose de las mismas y del
lenguaje, tomado solo como vía de expresión y dirigiendo la atención hacia la búsqueda de una
verdad metafísica, más allá de las palabras, que se relacionan con las ideas o con lo profundo de la
realidad. La obra de Leocata, desanda este tema y el del giro lingüístico.

Este Camino siempre llegará y pasará por Gadamer, porque desde la hermenéutica filosófica e
influenciado por su maestro, le dará un lugar importante al lenguaje en la historia del famoso giro
lingüístico; luego otros pensadores lo cuestionarán o pretenderán una superación a sus propuestas.

La filosofía clásica no toma al lenguaje como objetivo fundamental de su investigación, el


lenguaje es signo del pensamiento. Con la cristiandad, la palabra es medio para la revelación, lugar
en el que Dios muestra al hombre sus designios y lo hace partícipe de su vida, une al hombre con
Dios. El lenguaje pasa a tener una relación más íntima con la vida del espíritu. El proceso de
secularización que se inicia en la modernidad, hará que la palabra se posicione en otro lugar, pero,
antes de adentrarnos en ella, no podemos dejar de lado al nominalismo, que sentará las bases de la
negación de la metafísica: en la modernidad filosófica propiamente dicha se pone de manifiesto la
hegemonía de la razón y el desarrollo temático de la relación entre el conocimiento humano y el ser.
El nominalismo, como sabemos, relega los universales a la condición de flatus vocis, y destrona su
primacía respecto del lenguaje, la palabra pasará a designar la singularidad de cada ente creado.

En el texto de Leocata entendemos que, en esta atmosfera moderna, se ronda la convicción de


que hay una actividad del pensamiento o de la asociación de sensaciones e imágenes interior respecto
de las palabras, que son su signo externo a los fines de la comunicación entre los sujetos humanos,
cada tanto aparece el tema de una posible injerencia del lenguaje en el pensamiento pero la
representación y la expresión como líneas de pensamiento, se mantienen separadas. Lo que no se
discute, en suma, es que el entendimiento tiene un dominio sobre el reino del lenguaje, que es como
una necesidad ordenada a la comunicación externa y a la vida en sociedad. Esto último deja entrever
lo que luego de pasar por el romanticismo y Heidegger, traerá Gadamer en su filosofía.

En la modernidad filosófica el tema del lenguaje no ocupa un lugar significativo, y la


autoconciencia de la razón parece desarrollarse en la doble relación con el ser y la historia,
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olvidándose de las palabras, procediendo en un medio en el que ocupan un primer plano las ideas, las
representaciones, el pensamiento y el espíritu.

Kant, presenta una razón reflexiva sobre sí misma en función de captarse pura, sin sus
implicancias con el orden sensorial e independientemente del lenguaje, cuya finalidad es la de ser
signo externo comunicativo. El puro pensar solo puede conocerse a sí mismo, analizar sus formas a
priori y retornar sobre sí mismo, solo con la ayuda del lenguaje el cual pasa a ser algo más que lo que
propone la postura medieval, una exteriorización del pensamiento. Pero, la filosofía del lenguaje
aparece en un primer momento como una liberación respecto del imperio de la ilusoria razón pura.

Sera el romanticismo alemán el que siente los antecedentes de la amplia temática de lo que hoy
se identifica con el nombre de hermenéutica y nos lleve a la autoconciencia del lenguaje,
característica del giro lingüístico. Aquí el texto de Leocata, deja de nuevo entrever lo que Gadamer
desarrollará, ya que sostiene que las palabras están allí, antes que el yo individual se posesione de
ellas, embebidas de sentido y de sentimiento, arrastrando imágenes que surgen de la realidad natural
y del ensueño, transmitidas por una cultura y una tradición histórica, para darle entrada al
pensamiento reflexivo en el mundo, en el tiempo, y en el espacio.

La palabra es aquí portadora de sentido, le entrega al pensamiento un depósito de verdades


implícitas en ella, y es el elemento al cual debe recurrir la razón para explayarse en su
autoconocimiento y en su discurso. El lenguaje no se reduce a ser un signo de ideas y conceptos, sino
que es una manifestación de la vida y del sentimiento, una imagen portadora de sentido.

Interpretar, comprender, traducir en otras palabras la intuición de vida que se presenta a través
del texto examinado, muestran la íntima conexión entre lenguaje y pensamiento, de una manera que
supera la antigua concepción del lenguaje como mero signo o expresión del pensamiento: pasamos
del lenguaje como signo o expresión del pensamiento, a entender una conexión entre el lenguaje y
pensamiento.

Retomamos a Gadamer y sus reflexiones sobre la conciencia histórica y la tradición: la


hermenéutica no nos lleva a aprehender lo esencial de una cosa, persona o texto mediante un
concepto universal o mediante leyes universales, sino a intuir la manifestación singular de vida
vivida, una circunstancia histórica determinada.

Gadamer criticará la hermenéutica romántica e historicista, porque las ve sumisas al método de


las ciencias naturales, pretenden ser objetivas y descuidan la historicidad del sujeto historiográfico,
cayendo en una des-historización del proceso interpretativo: el pasado es el objeto de esta ciencia,
pero es interpretado desde un presente, y esto no es reconocido por los historicistas, que pretenden
conferir a la ciencia histórica la capacidad de transportarse a cada época.
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En Leocata, durante su explicación sobre la sensibilidad vitalista en torno al romanticismo


alemán y al tiempo de Schleiermacher, hace alusión a que el lenguaje cumplirá su rol de primer
plano, pues el autor muestra a través de él no sólo pensamientos universales sino su modo peculiar de
sentir la vida y de ver el mundo y la objetividad del texto quedará impregnada por la intuición
subjetiva del intérprete, con la nueva modulación afectiva y lingüística correspondiente, reconstruida
y revivida, tomando distancia de ella, más allá de la estructura lógico-gramatical, que es sólo la
antesala de la completa comprensión. De ese modo capta una unidad de sentido que es sucesivamente
perfectible en ulteriores aproximaciones hermenéuticas, o que de todos modos queda abierta a nuevas
modulaciones de la interpretación. La palabra, el lenguaje, es por lo tanto el vehículo de una
comunicación de vida.1

También criticará el positivismo lógico, para quien el lenguaje esta lógicamente disciplinado y
es por lo tanto la clave de acceso al conocimiento del mundo físico. Para este autor, el comprender es
irreductible al método del pensamiento científico moderno que pretende ser exacto y objetivo ajeno a
cualquier implicación existencial y a-historicista, que capta un momento de la historia, desgajado de
su contexto.

Siguiendo con las influencias miremos a Wittgenstein. Para el lenguaje pasa a tener un más
acentuado sentido vital y práctico. El juego del lenguaje es una forma de vida, y está enlazado con
términos como vivencia, sentimiento, acción. El lenguaje implica un intercambio de vida que se da
entre los interlocutores, supone un modo de vivencia o experiencia compartida dentro de un campo
espacio-temporal determinado. El lenguaje no puede concebirse ya como un sistema rigurosamente
armado que espera ser conectado con el mundo a través de la experiencia sensible, sino que es
acción, praxis.

En el segundo Wittgenstein el punto de vista adecuado es de carácter pragmatista: no se trata de


buscar las estructuras lógicas del lenguaje, sino de estudiar cómo se comportan los usuarios de un
lenguaje. El comprender es una dimensión radicalmente ligada a la temporalidad, y sólo puede darse
como aproximación hermenéutica a una realidad desde una cierta comprensión previa histórica,
anterior del sujeto. Todo esto es posible mediante el lenguaje. El cuál es la actuación temporalizada
del comprender, que por lo tanto se desenvuelve en interpretaciones sucesivas, también ellas
atravesadas de temporalidad.

Gadamer, va a reivindicar un saber histórico consciente de su propia historicidad y no sólo de


la ajena, remitiéndose en este punto a Heidegger, que confiere al comprender humano una
historicidad radical, a través de la pre-comprensión: aquello que se debe comprender es ya, de algún
modo comprendido, esa historicidad pone de manifiesto al individuo que pertenece originariamente

1
Aquí podríamos decir que Gadamer fusiona horizontes.
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al pasado, y esto lo vemos en la existencia de prejuicios y presupuestos, que no son aquello que nos
aleja de los textos, sino más bien la única vía de acceso a los mismos.

La conciencia de la determinación histórica sobre la conciencia y, a la vez, el conocimiento por


parte de la conciencia, de dicha determinación es la clave. Se trata de una conciencia que es y se
sabe, expuesta a los efectos de la historia. Gadamer nos invita a no desconocer la finitud histórica del
individuo y su razón real e histórica la cual opera en un mundo histórico-social del cual sufre una
serie de influjos. Ubica el lenguaje en el contexto de la vida, valoriza el diálogo como el lugar en que
el lenguaje se ejerce en un intercambio vital, y al mismo tiempo como el medio para que pueda darse
la comprensión y la interpretación, nunca separando comprensión y lenguaje.

El lenguaje es la apertura a un mundo, así fortalece y renueva la instancia romántica; el


lenguaje es vida, comunicación, diálogo, y es el medio en el que se realiza la fusión de horizontes del
acto con la interpretación hermenéutica.

Antes de cerrar nuestras reflxiones, diremos que el ideal de comprender al autor mejor de lo
que este se comprendió a sí mismo significa poder relacionarlo con un horizonte histórico vital, no
fijo, no extraño, poco influyente, sino lingüístico y más amplio. Nosotros, a la distancia, y habiendo
quizás visto o comprendido los efectos de los sucesos históricos del momento en el que el autor
escribió, quizás estamos en mejor posición para una mirada más rica e integral de su tiempo y de él
mismo, que lo que él hubiese podido comprender.

Hemos pasado del énfasis sobre el autor al énfasis sobre el lector y de entender que, el lector no
es el único influido; el texto y su autor también lo son por él y con mayor fuerza, a tal punto que
pueden perder su centralidad y su intención.

Para finalizar podríamos decir que la prosa de Gadamer y su barroco impecable, es de un


hermetismo que nos deja exhaustos: exige, ante todo, hacer funcionar el lenguaje en modo
metalingüístico, ¿será un recurso absolutamente ligado a los propuestos teóricos a los que nos acerca?
Llegar a comprender qué quiso decir con cada palabra, perdiendo muchas veces la visión de
conjunto, no dejó de interpelarnos y el desafío de la lectura comprensiva, en este caso, fue de
absoluto disfrute.2

2
Maravillosa conclusión en Gadamer: Las palabras… “están en juego cuando ya se hace presente la cosa en su corporeidad, en sus
variables temporales, en sus posibles variables imaginativas… hay juegos del lenguaje. En todos los niveles de nuestras vivencias, aun
las ante-predicativas y las pre-intelectivas”

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