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Anécdotas del NO-DO en el Salto de Aldeadávila.

Arribes de Salamanca

FRANQUISMO | LAS IMÁGNES Y LOS


DATOS DE UNA ÉPOCA
Ellos hicieron el no-do

http://www.elmundo.es/suplementos/magazine/2006/362/1156939488.html

Nació en 1943 del acrónimo de Noticiario y Documental y


desapareció en 1981. Aunque resultó un eficaz medio de
propaganda creado por Franco, en las 70.000 cajas de su archivo se
encuentra la esencia de la España de aquellas décadas y un
excepcional testimonio visual. Técnicos
de NO-DO como Jaime Moreno, 70 años,
redactor, o Joaquín Ramos, 71 años,
locutor, recuerdan en estas páginas
cómo el Caudillo se resistía a ser
maquillado para aparecer ante la
cámara o la autocensura a la que se
sometían. Su valioso trabajo de
entonces forma parte del coleccionable
que, desde el próximo día 10 (primer
libro y DVD gratis), podrá adquirirse
por sólo 10,90 euros con El Mundo del
domingo. El coleccionable disecciona la
historia del franquismo a través de 37
DVDs y de otros tantos libros que, con
el concurso de prestigiosos Proyeccionista personal de Franco. Jorge Palacio

historiadores y espectaculares
infografías, desmenuzan el periodo año
a año.

Por Javier Lorenzo Fotografías de


Ricardo Cases

Redactor. Jaime Moreno Director en la última etapa. Rafael Julián

La memoria cinematográfica del franquismo,


el único vestigio audiovisual de esa fase de
nuestra historia, tiene un nombre: NO-DO.
Locutor durante 10 años. Joaquín Ramos
Acrónimo de los términos Noticiario y
Documental, de esta productora se sirvió el régimen del general Francisco
Franco para moldear a su gusto la conciencia de la España de la posguerra
y, de paso, bajo el pomposo título de El mundo entero al alcance de todos
los españoles, crear la engañosa impresión de que sobre nuestro suelo
seguía sin ponerse el sol.

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–Pero no vamos a hablar de política, ¿verdad?

Jorge Palacio, 79 años, hace la pregunta como de soslayo. Y es natural. Su


padre –que trabajó para la Fox en la zona republicana– le enseñó el oficio de
proyeccionista y eso le sirvió para entrar en la plantilla de NO-DO desde el
estreno, que se remonta al 4 de enero de 1943. Nadie le pidió nunca su
filiación política, pero eso no fue óbice para que en 1945 –contaba él 18
años recién cumplidos– se convirtiera en el proyeccionista personal del
entonces llamado Generalísimo. Cada miércoles y cada domingo acudió a El
Pardo; así durante más de una década. «Y a veces las pasaba canutas para
encontrarle una película libre, no crea». Eso sí, la que siempre estaba
dispuesta era la del NO-DO. Según todas las fuentes, a Franco le encantaba
verse. Quién sabe si la famosa lucecita de El Pardo–aquella que, se decía,
velaba por el bienestar y la paz de todos los españoles– no era sino la luz
del proyector de Jorge Palacio.

Los contactos personales que mantuvo Palacio con el Caudillo fueron


lógicamente escasos, estando él en la cabina. No obstante, precisa que
Franco jamás se quejó de una película, que éstas eran vistas por toda la
familia en la sala y el palquito habilitados a tal efecto y que, en ocasiones, el
coche de la Casa Civil que lo recogía a él también recogía al marqués de
Villaverde o a Carmencita, la hija del dictador. «Así ahorraban gasolina», es
su sobria conclusión.

La anécdota de su relación con Franco, «al que nunca llegué a decir ni mu»,
oculta, sin embargo, un dato mucho más trascendental: si el archivo de NO-
DO existe se debe a su esfuerzo. Hoy dice con una humildad aplastante que
él sólo es «un guardalatas», pero sin que nadie se lo pidiera comenzó a
archivar todas las copias y textos y a elaborar fichas –cada una de un color,
dependiendo del tipo de noticiario o documental– con las que infundir orden
en el creciente caudal de ediciones.

Años después, su altruista labor le convertiría oficialmente en el


conservador del Archivo Histórico de la entidad, en el que pueden hallarse
desde los primeros fotogramas que se rodaron en España (en 1896) hasta,
por ejemplo, un reportaje sobre la muerte de Stalin que nunca se emitió.
«Es que NO-DO hacía intercambios con la URSS o con Rumanía durante
Franco, ¿sabe?».

Más roce humano con el entonces jefe del Estado mantuvo Jaime Moreno,
70 años y redactor desde 1955 de esas noticias plagadas de «adhesiones
inquebrantables» y de «sangre derramada por nuestros héroes». De Franco
destaca su carácter «frío». «Movía los ojos sin mover la cabeza. Se le notaba
que era gente de acción, gente peligrosa, de pistola al cinto». No obstante,
«no hacía malos gestos. A veces se enredaba leyendo, con esa voz que era
una agresión para los oídos. No se equivocaba mucho, aunque si lo hacía no
se lo podíamos decir, y entonces el ministro de Información y Turismo, que
siempre estaba presente, era quien le indicaba la conveniencia de repetir la
toma». También menciona que al principio Franco se negaba a ser
maquillado pero que, tras numerosos y convincentes argumentos, acabó por
aceptar. «Le preocupaba mucho su aspecto y hay que admitir que era hasta
cierto punto fotogénico. No hay que olvidar que fue actor de cine. Y esas
imágenes también están en NO-DO».

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Acercarse al dictador no era sencillo. «Existía un carné especial para poder
trabajar a su lado», dice Moreno, «y se renovaba todos los años». Además,
se daba la circunstancia de que Franco había elegido a un cámara de NO-
DO, Ramón Sáiz de la Hoya, para que le acompañara a todas partes (por
cierto, que Dalí hacía lo mismo con un tal Perelló cada vez que le dedicaban
un reportaje). Esa sintonía entre Franco, su régimen y el NO-DO era tal que
cuando el jueves se enviaba la primera copia a la censura, ésta la devolvía
siempre sin cambios para que se estrenara el lunes siguiente en los cines de
toda España. «Yo creo que ni la veían», apunta el veterano redactor.

«El NO-DO funcionaba como funcionaba España». Lo dice Antonio García


Valcárcel, que entró en la empresa en 1947 como «enlace» y con 13 años.
Tres años después ya era montador y, por tanto, testigo en primera línea
del proceso que culminaría en la pantalla. «Nos autocensurábamos, claro».
De modo que sabían que si había que ofrecer un concurso de misses era
necesario cortar las escenas con bañadores. O que no podían mostrar
cartillas de racionamiento o situaciones de penuria del mismo modo que
Jaime Moreno tenía que escribir productores en lugar de obreros y olvidarse
de términos como huelga y manifestación, o los cámaras buscar el perfil
más favorable del régimen en su conjunto y de quien lo encarnaba en lo
concreto.

Uno de los casos más chuscos ocurrió durante la primera visita a España de
Sofía Loren, en 1958. La actriz italiana lucía un ajustado jersey para cubrir
sus voluptuosas curvas; curvas que fueron fielmente captadas por las
cámaras de NO-DO. La airada protesta del amigo de un ministro ante
tamaña concupiscencia visual tuvo como efecto que García Valcárcel tuviera
que ir por todos los cines de Madrid, de uno en uno, cortando las escenas
más sugerentes. Aparte de eso, no hay prácticamente otros ejemplos de
censura oficial, si exceptuamos un descriptivo reportaje sobre un parto,
cuya autoría era de Jaime Moreno, y otro sobre saunas finlandesas en el que
aparecía en paños menores alguna que otra rubicunda.

–Pero de política no hablamos, ¿eh?

No se preocupe, don Jorge, porque la historia que brevemente hay que


trazar ahora es la de Joaquín Ramos Vera, 71 años, una de las pocas voces
que quedan de aquellos noticiarios. Ingresó en NO-DO en 1964 y aún hoy
declama de memoria frases enteras. Le llaman especialmente la atención
dos de ellas. La primera era la de la ceremonia de entrega de credenciales
por parte de los embajadores, los cuales, invariablemente, «pasaban a
conversar a una saleta inmediata», y la segunda era el tratamiento que se
le daba a la mujer de Franco: «La esposa del jefe del Estado, doña Carmen
Polo de Franco…». Ya entonces aquellas expresiones eran para Joaquín
Ramos «bastante redundantes; siempre se repetían las mismas frases».

Le pagaban 1.500 pesetas de la época por cada edición –«lo que tampoco
estaba muy mal»– y seguía las actividades de Franco durante sus
vacaciones, lo que le supuso varios veraneos de lo más tranquilo en San
Sebastián. Eso sí, durante los primeros años, el equivocarse al leer era una
tragedia. «Aunque fuera en la última palabra de la última frase, había que
empezar desde el principio». Y como cada edición del NO-DO era locutada
por una sola persona, eso suponía tener que volver a hablar otros 10 u 11
minutos sin un solo fallo.

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Leer al revés.

Posteriormente la técnica solucionaría ese inconveniente, pero el estar


siempre en el filo de la navaja le dio un aplomo verbal del que todavía
puede presumir. De hecho, es capaz de leer correctamente al revés e
incluso dándole la vuelta al papel. «Me acostumbré porque en la radio sólo
teníamos una copia para todos los locutores y a veces me tocaba enfrente».

La profesionalidad, la pasión por su trabajo es algo que distingue a cuantos


han trabajado en NO-DO. «No había ningún no», dice uno de ellos; y da
igual quién sea porque todos opinan lo mismo. Había cámaras –como
Ismael, el hermano de Jorge Palacio, ya fallecido– que hacían lo que fuera
por obtener el mejor plano. Lo mismo se encaramaban a la cofa más alta del
buque Juan Sebastián Elcano que se introducían en una jaula de leones o
descendían a lo más profundo de una mina en Puertollano. «Aquello era una
aventura y además los equipos pesaban lo suyo». Generalmente iban en
grupos de tres o cuatro personas: el operador, su ayudante, el técnico de
sonido y el conductor. Otras veces iban sólo dos y el asunto se complicaba
sobremanera, aunque les salvaba otra característica fundamental: la
versatilidad. «Cada uno tenía su especialidad, pero cualquiera podía hacer
el trabajo de otro; incluso el de montador o el de cámara».

Muchas personas de renombre han trabajado o colaborado para NO-DO.


Antonio Mercero, por ejemplo, trabajó allí en exclusiva entre 1968 y 1978.
Una década de la que guarda magníficos recuerdos. «Todo el mundo le
puede sacar peros al NO-DO», apunta el célebre director, «pero hizo un
servicio inestimable». Fueron muchos los reportajes que llevó a cabo,
aunque ninguno de carácter político. Desde una serie llamada Ritmos hasta
reportajes humorísticos sobre ilustradores gráficos (que se acabó cuando
pretendió incluir a Forges y a otros no muy proclives al régimen), pasando
por una misa vasca con el Orfeón Donostiarra. «Era en 1971 y toda la misa
fue en vasco. Es curioso que entonces se emitiera. No sé si se podría hacer
ahora».

Años después, Mercero rodaría la película Espérame en el cielo, cuyo


argumento gira alrededor de la vida de un doble de Franco. Lo
sorprendente, dice Mercero, es que dos fuentes distintas le comentaron
que, efectivamente, ese doble había existido y que además había sido
técnico de NO-DO. Mercero apunta a que esto tal vez fuera una leyenda,
hipótesis que corroboran cuantos trabajadores han sido consultados. «No
había nadie en la empresa que tuviera una fisonomía siquiera parecida a la
de Franco», afirman. En todo caso, la historia no deja de tener su intríngulis.

Buenos equipos.
Otro director, Jorge Grau, también colaboró con NO-DO y coincide con
Mercero en el aprecio por los profesionales de la casa. Así, Grau pidió un
operador de NO-DO para su película Noche de verano (1962). «Necesitaba a
alguien que le diera más valor al centro que a los márgenes de la imagen:
un operador de noticias». Tal vez el encargo más señalado que Grau
acometió fue el de Imágenes del deporte, una serie que incluía a grandes
figuras como Ángel Nieto, Emiliano o Iríbar. «En el caso de Iríbar hubo
algunas reticencias, pero finalmente se vio que no se podía postergar al
portero de la selección española de fútbol». Sea como sea, la categoría de

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los técnicos de NO-DO estaba fuera de toda duda. «A todos les gustaba el
cine», señala Grau. «Eran estupendos –confirma Mercero– y tenían buenos
equipos: buenas cámaras, aparatos de trucaje; hasta hacían animación».

Lo curioso es que, a pesar de su valía, las retribuciones que percibían los


trabajadores de NO-DO eran muy escasas. Para ellos no existían las horas
extraordinarias y lo más normal era que, por ejemplo, los montadores
añadieran durante la madrugada del domingo las últimas informaciones
deportivas (recuérdese que el NO-DO se estrenaba cada lunes), o que todo
un equipo se dejara los huesos por esos andurriales que luego recibirían el
calificativo de «las cosas bonitas de España». Pero a pesar de esta entrega,
mientras un técnico de televisión cobraba 10.000 pesetas, el mismo técnico
de NO-DO cobraba 2.000, que le eran entregadas en un sempiterno sobre
amarillo. «Cuando convenía, éramos funcionarios y cuando no convenía,
entonces éramos de un organismo autónomo». No es de extrañar, por tanto,
que a la inmensa mayoría le pareciera bien que años más tarde TVE
absorbiera NO-DO.

Es en este punto donde entra Rafael Julián, que fue director de NO-DO entre
abril de 1978 y mayo de 1979. Justo la época en que este cambio de
titularidad se produjo. Para entonces, el NO-DO ya se hacía en color y desde
agosto de 1975 había perdido el monopolio del que disfrutaba (pese a lo
cual, siguieron adquiriéndolo alrededor del 80% de las salas).

Era una época difícil pues el noticiario era claramente deficitario –alquilar
una copia en 1979 costaba la ridícula cantidad de 3.800 pesetas–, tenía el
estigma del antiguo régimen –el NO-DO desaparecería en 1981– y además
la televisión era un competidor formidable. El escritor Francisco Umbral
escribió por aquellas fechas que muchos españoles esperaban a que
acabara el NO-DO para entrar en el cine. Tal vez fuera injusto, pero no por
eso era menos cierto.

El noticiario sirvió con la misma lealtad a la incipiente democracia como


antes lo había hecho con el franquismo, y su objetivo principal, cuenta
Rafael Julián, fue el de proporcionar «una educación popular para la
convivencia. La gente no sabía lo que era una democracia, ni un parlamento
ni unas elecciones y NO-DO se lo explicó. Además, te ponía en contacto con
el mundo, aunque en ocasiones se atacaba a otros países a través de sus
excentricidades». Julián comenta, por otra parte, que esta clase de
noticiarios existían en todos los países, democráticos o no, y que aún siguen
haciéndose en algunos, «como Cuba o Venezuela».

Baste un dato para comprobar la influencia que NO-DO tenía. Dice Rafael
Julián: «Este año, de El Código da Vinci se han distribuido en toda España
cerca de 300 copias. Del NO-DO se hacían 500 todas las semanas». Pese a
ese esfuerzo era inevitable que en las localidades más pequeñas se
produjeran retrasos. «Yo mismo –continúa Julián– recuerdo que en un cine
de verano de la costa mediterránea vimos la cabalgata de reyes del año
anterior». Pequeños inconvenientes que se solucionaban con temas
intemporales, caso del «perro más feo de Alemania» o «el elefante
patinador»; o bien con otros fijos –Semana Santa, sanfermines, Fallas…–,
que se redactaban de modo que pudieran corresponder a cualquier año. Por
otro lado, es singular que NO-DO prestara tanta atención a las fiestas de
Cataluña y el País Vasco. Castellers y aitzkolaris aparecían en la pantalla

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cada dos por tres. Y del mismo modo –y aun a riesgo de que nadie se lo
crea– apenas se ocupó del folclore andaluz, mostró el entusiasmo de los
españoles ante la victoria de Fidel Castro en Cuba y dedicó numerosos
reportajes a personajes nada sospechosos de connivencia con el
franquismo, caso de Pau Casals o Picasso entre muchos otros.

Con todo, uno de los reportajes más frecuentes era el de la


inauguración o incluso visitas a los pantanos. La lucha contra «la
pertinaz sequía» era uno de los mayores logros del régimen y la
cuenca del Duero era escenario habitual de estos actos. Luis Sever
–aproximadamente 1,65 de estatura, 78 años– era auscultador de
presas y director de calidad del cemento y el hormigón en 1964,
fecha en la que Franco acudió a la vertiginosa presa o salto de
Aldeadávila, y también en 1970, en que pasó lo propio con la de
Almendra, ambas en Salamanca.

De la primera es de la que guarda un recuerdo más vívido porque


también estuvo presente el presidente portugués Américo Tomás y
porque para subir hasta la estación hay una carretera
empinadísima que serpentea entre precipicios. Sabe que había
cámaras de NO-DO inmortalizando la escena pero, admite, tampoco
se fijó mucho en ellas. Primero porque le preocupaba que Franco se
asomara al mirador –«es que no llegaba a la barandilla»–; y segundo
porque toda su obsesión consistía en comprobar si el Generalísimo
era más bajo o más alto que él. «Y no era más alto… Pero tampoco
más bajo. Me sorprendió también que la escolta los dejara tan
solos. Yo estaba tan cerca que si hubiera sido otro, con un
estilete…». Cerca, una frase reza sobre la piedra: «25 años de la
paz de Franco hicieron posible la construcción de este salto». En
NO-DO seguro que lo tienen grabado.

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Plato único.
Nadie niega que NO-DO fuera un medio de propaganda. Tal como dice Jaime
Moreno, «era plato único, pero si dices algo bueno de NO-DO ya se creen
que eres de derechas». Es difícil rebatir asimismo su misoginia, su
paternalismo, su «buena orientación», su capacidad de manipulación o
incluso su rencor hacia el bando que perdió la guerra.

Sin embargo, hoy el NO-DO ya no es política, es Historia. Un «tesoro


increíble» del que se sirven televisiones de todo el mundo
(paradójicamente, TVE compró hace pocos años una serie sobre la Guerra
Civil a la cadena británica Granada TV, la cual obtuvo todos los fondos de
NO-DO). Un «patrimonio único y excepcional» que pertenece a todos los
españoles. Un «trabajo impresionante» que, por encima de cualquier matiz
político –«todo es verdad, todo es mentira…», recita Jorge Palacio–, era fruto
de un excelente equipo humano. En definitiva, y como dijo su primer
director, «una fresca emoción de periódico vivo» en el que por alguna parte,
en alguna de las más de 70.000 cajas que componen el archivo, hay una
escena de un apasionado auscultador de presas intentando medirse
disimuladamente con aquel al que llamaban el Caudillo.

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