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Cuerpo, resistencia y degradación en La noche de los visones de Pedro Lemebel

Por: Federico Ayazo Vélez


La obra literaria y periodística de Pedro Lemebel es carnal y descarnada. Las locas
travestis de sus crónicas establecen una relación estrecha entre el cuerpo y las relaciones
de poder, es decir, su obra pone en evidencia los efectos de la política en el cuerpo del
sujeto y, asimismo, la construcción discursiva y consciente de sí del sujeto (su proceso de
subjetivación) frente a las relaciones de poder. Desde cierta óptica, podría pensarse que
Lemebel es un caso ejemplar de resistencia, porque apuesta por la reivindicación de los
sectores vilipendiados de la sociedad ante la dominación del patriarcado y la dictadura,
y, por supuesto, lo es, porque genera un amplio debate sobre el travestismo, la
homosexualidad, el género, el cuerpo, la literatura y la política. Pero creemos que en
repetidas ocasiones va todavía mucho más allá de la demanda y de la discriminción
positiva, porque en su proceso de nombrar, visibilizar y criticar ciertas problemáticas,
retrata también, sin eufemismos, lo real de la carne, esto es, la devastación, el proceso de
degradación de los cuerpos a causa de la enfermedad y finalmente la muerte, lo cual en
las crónicas de Loco afán se desarrolla de forma paralela y metafórica a la degradación
moral de la sociedad chilena en los tiempos de la dictadura de Pinochet.

En la crónica La noche de los visones (la última fiesta de la Unidad Popular) Lemebel
(2000) retrata una mítica fiesta de locas, una especie de “última cena” en la noche del 31
de diciembre del año 1972, presidida por La Palma, una“loca rota (…) que quiere pasar
por regia” (p.11) y está esperanzada aún por el panorama prometedor de la Unidad
Popular, esa coalición electoral de partidos de izquierda que llevó democráticamente a
Salvador Allende a la presidencia de Chile y que hizo que todo el mundo, incluso los
pobres, comiera pavo ese fin de año. A la comentada comilona asistió todo el mariposario
popular de la ciudad: las locas pobres, las de la calle, las acomodadas, Chumilou y su
pandilla travesti, las pitucas (de clase alta) del Coppelia y la Pilola Alessandri, entre otras.

A través de una fotografía borrosa y deteriorada por el tiempo, que detona la escritura, el
narrador retrata al grupo con nitidez, rememora el pasado pero vaticina a su vez el futuro
del país, próximo a la dictadura, y el de los personajes, que se pasaron gran parte de esa
noche departiendo con ironía alrededor de unos abrigos perdidos, años antes de la llegada
del sida y de su muerte. Dice la Chumilou sobre los abrigos que la Pilola llevó esa noche
a escondidas de su madre: “El blanco para despedir el 72, que ha sido una fiesta para
nosotros los maricones pobres. Y el negro para recibir el 73, que con tanto güeveo de
cacerolas se me ocurre que viene pesado” (Lemebel, 2000, p. 12). Las protestas callejeras
con cacerolas de las damas rubias y encopetadas de la alta sociedad, por el gobierno de
Allende, y el apoyo a la próxima dictadura incluso de algunas locas pudientes, empezaban
a presagiar la catástrofe y los aciagos años venideros.

No cabe duda de que la obra de Lemebel rompe con la “la pedagogía del silencio”
(Urtasun, 2006, p. 202) que durante tantos años ha primado en la historia de la literatura
e incluso en la política de los cuerpos en torno a la homosexualidad, el travestismo y el
sida. El autor chileno es consciente de la necesidad de narrar y reflexionar acerca de las
identidades de género y los estereotipos en torno a ellas, en la medida en que las élites
políticas y culturales han invisibilizado a diversos grupos sociales, como el de los
homosexuales y travestis, por asuntos de género, orientación sexual, raza y clase:“Me
apesta la injusticia/ Y sospecho de esta cueca democrática/ Pero no me hable del
proletariado/ Porque ser pobre y maricón es peor/ Hay que ser ácido para
soportarlo”(Lemebel, 2000, p.99). Si lo pensamos bien, esto es así, en gran medida, no
solo porque rebate las ideas tradicionales sobre el género y el cánon literario sino porque
a la postre también tiene incidencias en los modelos tradicionales de nación. De lo
contrario, aunque uno de los únicos recuerdos que queda es una fotografía, tenue y ajada
no saltaría a la vista “la militancia sexual del grupo” (Lemebel, 2000, p. 17) de locas
travestis, que constantemente se afirman en sus cuerpos, experiencias e identificaciones.
De no ser así, la Chumilou no hubiese encarado a los pacos, por ejemplo, sin miedo a las
consecuencias, cuando estaban pasando por su cuartel en dirección a la fiesta.

Bajo esta óptica, los cuerpos de las locas travestis de la obra de Lemebel comprueban que
“la sujeción de los cuerpos nunca llega a ser completa ni absoluta, de modo que no habría
necesidad de pensar en el cuerpo como algo inexorablemente determinado por el ejercicio
del poder” (Benavides, 2019, p. 248). La vivencia de los cuerpos extravagantes, risueños,
adornados y teatrales de La Palma, la Chumilou y la Pilola, por mencionar algunas, nos
enseña que, a pesar incluso de la relaciones de poder desiguales y coercitivas – que
Foucault (1996) prefiere llamar “estados de dominación” –, ha sido inevitable y necesario
el ejercicio de la resistencia, juego que ilumina el carácter inestable, reversible y móvil
de las relaciones de poder, de sus intentos constantes por imponer ideas fijas sobre los
cuerpos, la orientación sexual y las máximas morales, entre otros.

La chanza constante, la performatividad, la reafirmación del cuerpo homosexual,


travestido y sidoso, en los personajes de Lemebel (2000), expresa “la ironía en el veneno
de sus besos” (p. 17). A manera de parodia reconoce que las prácticas de biopoder, que
regulan la sociedad, el género y la masculinidad, no son determinantes para los cuerpos,
porque “Mi hombría es aceptarme diferente/ Ser cobarde es mucho más duro/ Yo no
pongo la otra mejilla/ Pongo el culo compañero/ Y ésa es mi venganza” (p. 102). En este
orden de ideas, Lemebel, con la experiencia del cuerpo homosexual y travestido, interroga
y critica las posibilidades reales del poder, sin caer en el maniqueísmo, las sobrecargas
morales o jurídicas. A través de la homosexualización de la vida, dilucida la prohibición
y la censura del patriarcado, pero al mismo tiempo, al ponerlas sobre la mesa, propone
otro modelo para las relaciones de poder y una concepción contrahegemónica de la
masculinidad y el cuerpo, el cual se constituye como un espacio heterotópico, un ejercicio
de resistencia propositivo y creador para los niños que nacerán con sus “alitas rotas”.

De forma paralela a la resistencia de los cuerpos, las crónicas de Loco afán deben ser
consideradas desde su vínculo con la historia y la política. Estas se desarrollan, como se
enunció al comienzo, en el marco temporal del fin de la Unidad Popular, los comienzos
de la dictadura de Pinochet y la llegada del sida a Chile. Ahora bien, esta suerte de
etnografía local de la ciudad y de lo que allí acontece a sus habitantes, en un periodo de
transición, no ocurre sobre el vacío sino desde la perspectiva de la marginalidad y el
cuerpo enfermo, degradado. De modo magistral, las historias de Loco afán se conectan
por el sida y su propagación, que fungen, como bien asegura la Chumilou, como un
“repartidor público ausente de prejuicios sociales (…) Hay para todos, no se agolpen. Que
no se va a agotar, no se preocupen. Hay pasión y calvario para rato” (Lemebel, 2000, p.
27).

El sida funciona para Lemebel como un artificio para poner en tela de juicio el lazo social
construido en los años de la dictadura. A través de los cuerpos y su enfermedad, se
evidencia la catástrofe política y social de los años siguientes a la fiesta de locas: “el tufo
mortuorio de la dictadura fue un adelanto del sida, que hizo su estreno a comienzos de los
ochenta” (Lemebel, 2000, p.17).. No es casual para Lemebel que la enfermedad llegase
por los mismos años que la dominación y el influjo del capitalismo.

El sida para expresar el costo de las relaciones fuera del orden (Rossi, 2013), de la
disparidad y la exclusión, y más si se trata de sectores sociales denigrados. Como asegura
Susan Sontag (2003) en La enfermedad y sus metáforas, algunas enfermedades
misteriosas –como la lepra en la Edad Media– se utilizan como metáforas para leer signos
de corrupción, putrefacción, contaminación y anomia. Así, en La noche de los visones el
sida se convierte en un adjetivo para describir la degradación social y moral de la
dictadura. Las masacres, la autocracia, la tortura, las desapariciones forzadas, la
discriminación política y la muerte se ven reflejados en los cuerpos ultrajados de las locas
travestis, quienes contraen el sida como “(…) el contagio de la plaga, como
recolonización a través de los fluidos corporales” (Lemebel, 2000, p.26).

De forma descarnada, Pedro Lemebel (2000) narra el infausto destino de la sociedad


chilena de la dictadura y del mariposario que va deteriorándose y muriendo de forma
progresiva, sin alcanzar a vivir la trancisión a la democracia, porque “tal vez, la foto de
la fiesta donde la Palma es quizás el único vestigio de aquella época de utopías sociales,
donde las locas entrevieron aleteos de su futura emancipación” (p.25). En este sentido,,
a pesar de ser consciente de su importante papel en el descentramiento de los discursos
hegemónicos, el escritor chileno, expresa a su vez, de manera teatral y sin ninguna clase
de eufemismo o romantización, el destino fatal de sus personajes y del país entero. Su
obra es una radiografía carnal del cuerpo, la enfermedad, la resistencia y el status quo de
su contexto.

En síntesis, no debemos reducir la lectura de Lemebel a la resistencia y reivindicación


del cuerpo, el travestismo y la homosexualidad. Si bien es cierto que algunos rótulos de
la discriminación positiva –como la literatura gay– son importantes en el proceso de
deconstrucción del género, las masculinidades hegemónicas y el canon literario, pues
permiten comprender, visibilizar e incluir la “visión de los vencidos” en el devenir de la
historia, parodiando la expresión de Miguel León Portilla (2003), en repetidas ocasiones
estas categorías reducen también el análisis de obras que, como la de Lemebel, deben
valorarse por sí mismas y su evidente potencia creadora y poética y las innumerables
líneas de análisis que nos ofrece. Cabría preguntarnos en el futuro por ejemplo hasta qué
punto su obra busque, como Sontag (2003), entender el uso de las metáforas de la
enfermedad y sus cargas semánticas, relacionadas con el mal, para liberarnos de ellas. En
todo caso, una cosa es cierta, apenas hasta ahora empezamos a despertar y la obra literaria
de Pedro Lemebel es una pieza fundamental para nuestro devenir.
Referencias

Benavides, Tulio Alexander. (2019). El cuerpo como espacio de resistencia: Foucault, las
heterotopías y el cuerpo experiencial. Co-herencia, 16 (30), 247-272.

Lemebel, Pedro. (2000). Loco afán. Crónicas de sidario. Barcelona: Editorial Anagrama.

Portilla, Miguel León. (2003). Visión de los vencidos. México D.F: Universidad Nacional
Autónoma de México.

Rossi, Alejandro. (2013). Construcción del lazo social en “La noche de los visones” y
“La Regine de Aluminios el Mono”. Catedral Tomada, 1 (2), 60-68.

Sontag, Susan. (2003). La enfermedad y sus metáforas. El sida y sus metáforas. Madrid:
Punto de Lectura.

Urtasun, Marta. (2006). Locas que importan:Crónicas de sidario de Pedro Lemebel.


Anclajes X.10, 201-213.