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"Año del Bicentenario del Perú: 200 años de Independencia"

ESCUELA MILITAR DE CHORRILLOS


"CORONEL FRANCISCO BOLOGNESI"

TRABAJO MONOGRÁFICO:
SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

INTEGRANTES:
Vega Jorge, Antonio
Vilela Prado, Jesús
Villanueva Ayala, Wilber
Zelada Leon, Daniel

CURSO:
Historia Militar

DOCENTE:
Crl. EP Jesús Martín Alvarado Silva

AÑO:
2021
Dedicatoria:
Agradecer primero a Dios por guiarnos en
nuestros pasos cada día, a nuestros padres,
familia en general por su apoyo constante e
incondicional, así como también a nuestros
profesores que nos ayudan a lograr nuestras
metas.

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ÍNDICE

DEDICATORIA................................................................................................................2

ÍNDICE.............................................................................................................................3

INTRODUCCIÓN............................................................................................................4

SEGUNDA GUERRA MUNDIAL


I. Definición................................................................................................................5
II. Causas de la Segunda Guerra Mundial....................................................................5
III. Desarrollo de la Segunda Guerra Mundial..............................................................7
IV. La «guerra relámpago» (1939 - mayo 1941)...........................................................8
V. La «guerra total» (junio 1941 - junio 1943)............................................................12
VI. La derrota del Eje (julio 1943-1945).......................................................................15
VII. Consecuencias de la Segunda Guerra Mundial.......................................................17

CONCLUSIONES............................................................................................................20

BIBLIOGRAFÍA...............................................................................................................21

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INTRODUCCIÓN

La Segunda Guerra Mundial superó desorbitadamente a la primera, haciendo con esto


referencia a la duración y la intensidad de los combates por un lado y a los recursos
utilizados así como las pérdidas humanas por otro.

En este enfrentamiento bélico de la historia participaron 72 estados, el coste económico


aumentó en muchos miles de millones, se movilizaron 110 millones de hombres de los
cuales 40 murieron.

En el ámbito de destrucción de infraestructuras se vieron como países más afectados China


Japón y Europa.

Su nombre hace referencia a que combatió en todos los continentes exceptuando América.

Durante esta guerra las carreras armamentísticas se dispararon y se construyeron armas tan
potentes capaces de destruir a la humanidad entera.

Aparecieron las primeras unidades blindadas, submarinos, portaaviones, misiles antiaéreos,


el radar y la utilización de la aviación para transporte de tropas y bombardeos masivos.

Por último la bomba atómica de Hiroshima marcó una época en la humanidad ya que fue
el comienzo del miedo atómico, es decir el miedo a la destrucción del planeta.

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SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

I. DEFINICIÓN
La Segunda Guerra Mundial (1939-1945) fue uno de los acontecimientos
fundamentales de la historia contemporánea tanto por sus consecuencias como por su
alcance universal. Las «potencias del Eje» (los regímenes fascistas de Alemania e
Italia, a los que se unió el militarista Imperio japonés) se enfrentaron en un principio a
los países democráticos «aliados» (Francia e Inglaterra), a los que se sumaron tras la
neutralidad inicial los Estados Unidos y, pese a las divergencias ideológicas, la Unión
Soviética; sin embargo, esta lista de los principales contendientes omite multitud de
países que acabarían incorporándose a uno u otra bando. En el desarrollo de la
Segunda Guerra Mundial suelen distinguirse tres fases: la «guerra relámpago» (desde
1939 hasta mayo de 1941), la «guerra total» (1941-1943) y la derrota del Eje (desde
julio de 1943 hasta 1945). En el transcurso de la «guerra relámpago», así llamada por
la nueva y eficaz estrategia ofensiva empleada por las tropas alemanas, la Alemania de
Hitler se hizo con el control de toda Europa, incluida Francia; sólo Inglaterra resistió
el embate germánico.

En la siguiente etapa, la «guerra total» (1941-1943), el conflicto se globalizó: la


invasión alemana de Rusia y el ataque japonés a Pearl Harbour provocaron la
incorporación de la URSS y los Estados Unidos al bando aliado. Con estos nuevos
apoyos y el fracaso de los alemanes en la batalla de Stalingrado, el curso de la guerra
se invirtió, hasta culminar en la derrota del Eje (1944-1945). Italia fue la primera en
sucumbir a la contraofensiva aliada; Alemania presentó una tenaz resistencia, y Japón
sólo capituló después de que sendas bombas atómicas cayeran sobre las ciudades de
Hiroshima y Nagasaki. El miedo a la expansión del comunismo soviético había hecho
que Hitler fuese visto por las democracias occidentales como un mal menor,
suposición que sólo desmentiría el desarrollo de la contienda. La Segunda Guerra
Mundial costó la vida a sesenta millones de personas, devastó una vez más el
continente europeo y dio paso a una nueva era, la de la «Guerra Fría». Las dos nuevas
superpotencias surgidas del desenlace de la guerra, los Estados Unidos y la URSS,
lideraron dos grandes bloques militares e ideológicos, el capitalista y el comunista,
que se enfrentarían soterradamente durante casi medio siglo, hasta que la disolución de
la Unión Soviética en 1991 inició el presente orden mundial.

II. CAUSAS DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL


A pesar de las controversias, los historiadores coinciden en señalar diversos factores
de especial relieve: la pervivencia de los conflictos no resueltos por la Primera Guerra
Mundial, las graves dificultades económicas en la inmediata posguerra y tras el

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«crack» de 1929 y la crisis y debilitamiento del sistema liberal; todo ello contribuyó al
desarrollo de nuevas corrientes totalitarias y a la instauración de regímenes fascistas
en Italia y Alemania, cuya agresiva política expansionista sería el detonante de la
guerra. Ya en su mera enunciación se advierte que tales causas se encuentran
fuertemente imbricadas: unos sucesos llevan a otros, hasta el punto de que la
enumeración de causas acaba convirtiéndose en un relato que viene a presentar la
Segunda Guerra Mundial como una reedición de la «Gran Guerra».

En fecha tan temprana como 1922, la «Marcha sobre Roma» de los fascistas italianos
llevó al nombramiento como primer ministro de Mussolini, quien, tras ilegalizar las
restantes fuerzas políticas en 1925, instauró su régimen fascista en Italia. Hitler, en
política activa desde 1920, hubo de esperar al «crack» de 1929 y a su nueva espiral de
bancarrota y desempleo; en 1932, el partido nazi fue la fuerza más votada en las
elecciones; en 1933 fue nombrado canciller, y a mediados de 1934, habiendo
suprimido las instituciones democráticas y toda oposición política, detentaba un poder
absoluto como «Führer» o caudillo al frente del régimen nazi.

En aplicación de su ideario, Adolf Hitler desdeñó todas las disposiciones de Versalles


y preparó a Alemania para satisfacer por la fuerza las reivindicaciones territoriales que
no fuesen atendidas: implantó el servicio militar obligatorio y ordenó un rearme
masivo que, a base de fuertes inversiones, dotó a Alemania de un formidable ejército,
reactivó la industria nacional y fortaleció sensiblemente la economía del país y su
propio liderazgo. Sin el respaldo de la opinión pública para embarcarse en una nueva
guerra, la posición de los gobiernos de Francia e Inglaterra era, por contraste,
claramente débil. En 1938, Hitler anexionó Austria a Alemania y reclamó la región
checa de los Sudetes, con numerosa población alemana. Ese mismo año, en la
Conferencia de Múnich (30 de septiembre de 1938), Hitler fingió limitar sus
ambiciones ante el primer ministro británico Neville Chamberlain y el presidente

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francés Édouard Daladier. Pero en seguida se vio que la «política de apaciguamiento»
de Inglaterra y Francia, consistente en ceder a sus demandas a cambio de la promesa
de renunciar a nuevas reivindicaciones, era completamente inútil. Vulnerando los
acuerdos de Múnich, Hitler ocupó no únicamente los Sudetes, sino toda
Checoslovaquia (marzo de 1939), invadió la región de Memel (Lituania) y puso sus
ojos en Polonia, a la que reclamaba el corredor y la ciudad libre de Danzig, territorios
que el Tratado de Versalles había arrebatado a Alemania para proporcionar a Polonia
una salida el mar.

Al mismo tiempo, y en previsión de la


inminencia de la guerra, Hitler atendió
hábilmente al flanco diplomático. Desde
años atrás había colaborado estrechamente
con el régimen hermano de Italia,
entendimiento que reforzó subscribiendo con
Mussolini el Pacto de Acero (mayo de
1939). Tres meses después, el 23 de agosto
de 1939, selló el tratado Ribbentrop-
Molotov, así llamado por sus firmantes, el
ministros de Exteriores alemán Joachim von
Ribbentrop y el ruso Vyacheslav Molotov.
Fundamentalmente, el tratado era un pacto de no agresión entre Alemania y la Unión
Soviética que incluía entre sus cláusulas secretas el reparto de Polonia, a la que
Francia y Gran Bretaña habían prometido ayuda en caso de guerra.

El pacto con la URSS garantizaba a Alemania que no habría de luchar en un doble


frente; sintiéndose seguro, Hitler ordenó la invasión de Polonia. El 1 de septiembre de
1939 se iniciaron las operaciones militares; dos días después, Francia e Inglaterra
declararon la guerra a Alemania. Comenzaba así la Segunda Guerra Mundial, que por
el exiguo número de beligerantes no parecía que hubiese de merecer ese calificativo;
dos años y medio más tarde, sin embargo, el conflicto se había extendido por todo el
planeta.

III. DESARROLLO DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL


Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, la potencia bélica de los bandos
contendientes era prácticamente equivalente, a pesar de que Francia e Inglaterra
habían comenzado más tarde su rearme. Cada uno de los aliados había desarrollado de
forma distinta sus medios bélicos. Francia mejoró y desarrolló su sistema de trincheras
(la famosa Línea Maginot, impulsada por el ministro de Guerra André Maginot),

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previendo una guerra de posiciones como en la Primera Guerra Mundial. La poderosa
marina británica no invirtió en la construcción de unidades que se convertirían en
vitales (como el portaaviones), pero el país desarrolló ampliamente su fuerza aérea.

De las potencias que pronto intervendrían en el conflicto, la URSS contaba con sus
ingentes recursos humanos, y el otro gigante mundial, los Estados Unidos de América,
poseía mayor potencial industrial que capacidad militar efectiva; sólo tras decidir su
participación en la guerra enfocó rápidamente su industria a la fabricación de armas, y
especialmente a la construcción de aviones (cazas y bombarderos) y potentes buques
de guerra (portaaviones y acorazados).

Los términos del Tratado de Versalles habían impuesto a Alemania la


desmilitarización y la limitación de sus arsenales; tal humillante obligación tuvo sin
embargo la virtud de eliminar armamentos que hubieran resultado obsoletos en la
Segunda Guerra Mundial y de favorecer, llegado el momento, la creación desde cero
de un eficiente ejército dotado de armas de última generación. De este modo, cuando
Hitler ordenó la remilitarización y el rearme del país, orientó la industria hacia la
producción de aviones y unidades terrestres motorizadas, especialmente tanques y
carros de combate, y aunque desechó la fabricación de portaaviones y otros barcos de
superficie, construyó una potente flota de submarinos. No hay que olvidar que
Alemania contaba con un importante potencial técnico, tanto en la metalurgia como en
la industria química y eléctrica, de gran aplicación en la industria de guerra.

IV. LA «GUERRA RELÁMPAGO» (1939 - MAYO 1941)


La invasión de Polonia, que había desencadenado la Segunda Guerra Mundial, se
completó en poco más de un mes; en virtud de una cláusula secreta del tratado de no
agresión germano-soviético, los rusos facilitaron la victoria ocupando la zona oriental
de Polonia, que había pertenecido a la Rusia zarista. Después de esta primera ofensiva,
curiosamente, se entró en una fase que los periodistas bautizaron como la «guerra de

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broma»: Francia, Inglaterra y Alemania se habían declarado la guerra, pero, entre
octubre de 1939 y marzo de 1940, en ninguno de estos países se registraron combates.
Ambos bandos movilizaron y prepararon sus efectivos y defensas, pero dejaron pasar
el invierno sin tomar ninguna iniciativa. Antes de comenzar la guerra, y pensando en
los efectos que podría tener un bloqueo similar al llevado a cabo durante la Primera
Guerra Mundial, Hitler había promovido la autarquía económica, intentando llevar el
país a un nivel de autosuficiencia o de mínima dependencia del exterior. Pero aunque
lo había logrado en muchos ámbitos, Alemania carecía de algunas materias primas
imprescindibles para su industria de guerra, como el hierro: seguía dependiendo del
hierro escandinavo. Por esta razón, el primer paso de Hitler fue la ocupación de
Dinamarca y Noruega (abril de 1940); la escasa resistencia fue vencida en pocos días,
y los gobiernos de los países ocupados hubieron de trasladarse a Londres.

En mayo de 1940, Hitler lanzó una tercera


ofensiva, esta vez contra Francia, que
resultaría en una victoria tan aplastante
como las de Polonia y Escandinavia: bastó
poco más de un mes para que toda Francia
quedase bajo el control efectivo de
Alemania. Convencidos de que, al igual que
en la Primera Guerra Mundial, el conflicto
iba a dirimirse en las trincheras, los
generales franceses habían reforzado las fronteras (Línea Maginot), pero descuidaron
la región de las Ardenas, considerando que sus bosques y montañas eran intransitables
para las unidades blindadas del Reich.

Siguiendo el plan del general Erich von Manstein, el Estado Mayor escogió
precisamente las Ardenas como punto de paso hacia Francia. El 10 de mayo de 1940,
las fuerzas alemanas iniciaron los ataques sobre Holanda y Bélgica, y cuatro días más
tarde, el grueso del ejército alemán caía sobre Francia desde las Ardenas, haciendo
inútil la Línea Maginot. Con uso masivo de divisiones de tanques (Panzer) y de
unidades especializadas como las de paracaidistas y la aviación (Luftwaffe), que
destruían puntos claves, las tropas alemanas se lanzaron sin impedimentos sobre el
Canal de la Mancha, dejando embolsadas las tropas británicas y francesas en la zona
de Dunkerque. Inexplicablemente, los alemanes detuvieron durante su avance dos
días, dando tiempo a que franceses e ingleses pudiesen completar, el 4 de junio de
1940, el reembarco de sus efectivos (más de trescientos mil soldados) hacia Gran
Bretaña.

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Al día siguiente, los alemanes emprendieron el avance hacia el sur; el 14 de junio
entraron en París. El mariscal Philippe Pétain, que había asumido la presidencia, pactó
con Hitler un armisticio. Francia quedó dividida en dos: el norte ocupado, que daba a
Hitler el control de toda la fachada atlántica y de la capital, y una zona sur de
jurisdicción francesa administrada por un gobierno colaboracionista (presidido por
Pétain) que tenía su sede en Vichy. Mientras tanto, el general Charles de Gaulle, que
rechazó este acuerdo, organizó desde Londres la resistencia interior, lanzando a través
de la radio consignas que por el momento tendrían escasa repercusión; para muchos
franceses, Pétain había salvado al país de males mayores.

Las campañas citadas, y muy especialmente la ofensiva sobre Francia, son ejemplos
eminentes del éxito de las nuevas tácticas militares conocidas como «guerra
relámpago» (Blitzkrieg). Apoyándose en la rapidez, movilidad y perfecta coordinación
de sus unidades motorizadas (aviación, tanques, carros de combate, artillería
autopropulsada), los alemanes concentraban sus energías en puntos débiles o
estratégicos hasta forzar sorpresivas rupturas en el frente por las que penetraban las
fuerzas terrestres, que avanzaban rápidamente por la desguarnecida retaguardia hacia
sus objetivos finales, sembrando el caos y el desconcierto entre las líneas enemigas.

La guerra se convirtió así en una orgía de la velocidad: de las tropas motorizadas, de


las comunicaciones, de las órdenes, de la definición sobre la marcha de ofensivas y
objetivos. El ajedrez reposado de la Primera Guerra Mundial dio paso a una partida

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rápida que los grandes estrategas franceses perdieron por tiempo. El mismo concepto
de frente quedó finiquitado; había frente donde atacaban los alemanes, lo cual, dada su
rapidez y movilidad, era como decir que no lo había. Que la Línea Maginot se
mantuviera intacta tras la caída de París era el negro chiste que señalaba la abismal
diferencia entre la guerra antigua y la moderna, entre acumular tropas para defenderse
de nadie y exprimirlas al máximo dotándolas de un duende de dinamismo que parecía
ubicuidad. Hay que notar que este novedoso enfoque respondía también a una
necesidad estratégica profunda: Inglaterra seguía ejerciendo el dominio de los mares,
y, al igual que en la Primera Guerra Mundial, Alemania podría quedar desabastecida
de petróleo y otros productos básicos si era sometida a un prolongado bloqueo
marítimo por los británicos. De ahí la prioridad de llevar rápidamente el conflicto
hacia su desenlace.

En solamente nueve meses, Hitler se había apoderado de Europa: los países que no
habían caído bajo su dominio eran aliados suyos o neutrales. Con la claudicación de
Francia, en efecto, tan sólo quedaba Gran Bretaña, a cuyo frente se había colocado el
gobierno de coalición presidido por Winston Churchill, un político de dilatada
trayectoria destinado a convertirse en el más admirado estadista de la Segunda Guerra
Mundial. Reconociendo en su toma de posesión (10 de mayo de 1940) que no podía
ofrecer más que «sangre, sudor y lágrimas» a sus conciudadanos, el nuevo primer
ministro insufló un espíritu de lucha en el pueblo británico y, con su determinación de
resistir a toda costa, contrarió los planes de Hitler, que había supuesto que el
aislamiento empujaría a Inglaterra a negociar.

Decidido a finalizar cuanto antes la guerra, Hitler ordenó diseñar un plan de


desembarco en las islas, pero sus generales le convencieron de que, dada la
superioridad de la armada británica, tal empresa era imposible sin conseguir
previamente, al menos, el control del espacio aéreo. De este modo, la batalla de
Inglaterra (de julio a septiembre de 1940) se libró exclusivamente en el aire: cazas y
bombarderos de la Luftwaffe alemana y la Royal Air Force británica se enzarzaron en
cruentos combates y soltaron miles de bombas primero sobre objetivos militares y
luego sobre Londres y Berlín, causando terribles estragos en la población civil.
Gracias a la proximidad de los aviones ingleses a sus bases y a las vitales
informaciones sobre la aviación enemiga que aportaba el uso del radar, el resultado
fue favorable a los británicos. Hitler se vio obligado a posponer indefinidamente la
invasión de Inglaterra; la guerra comenzaba a alargarse más de lo deseado.

Entretanto, deslumbrado por las grandes victorias obtenidas por el Reich, Mussolini
decidió finalmente que Italia entrara en la guerra en apoyo de Alemania. El Duce

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esperaba con ello satisfacer sus ambiciones territoriales en los Balcanes y el norte de
África. En septiembre de 1940, Italia atacó Grecia desde Albania, pero griegos y
británicos lograron rechazarles. Hitler, que ya pensaba en la invasión de la URSS, tuvo
que desviar parte de sus tropas y medios en ayuda de su desastroso aliado. Con la
colaboración de Rumanía, Hungría y Bulgaria, que se aliaron con el Reich, los
alemanes emprendieron en abril de 1941 una nueva «guerra relámpago»: en apenas
dos semanas ocuparon Yugoslavia y la Grecia continental, forzando la rendición de los
ejércitos de estos países y la retirada de los británicos. En mayo de 1941, la arrolladora
campaña finalizó con la ocupación de Creta.

V. LA «GUERRA TOTAL» (JUNIO 1941 - JUNIO 1943)


En 1941, la invasión alemana de Rusia y el
ataque japonés a Pearl Harbour precipitaron
la globalización del conflicto. Alemania y la
URSS habían firmado un pacto de no
agresión en cuyas cláusulas secretas se
reconocía a Finlandia, los países bálticos y
Besarabia como áreas de influencia
soviética. Inmediatamente después de la
ocupación de Polonia, Stalin se había
tomado la libertad de invadir por su cuenta
las repúblicas bálticas (Estonia, Letonia y
Lituania) y de ocupar el sur de Finlandia, de
modo que la URSS había recuperado ya los
territorios perdidos en la Primera Guerra Mundial.

Estas apresuradas anexiones molestaron a Hitler. Pese a su visceral anticomunismo, el


Führer había buscado el pacto con la Unión Soviética con la pragmática finalidad de
no tener que luchar en dos frentes; pero ahora las ambiciones de los rusos chocaban
con el irrenunciable objetivo de adjudicar a Alemania un «espacio vital»,
expandiéndose hacia el este. Por esta razón, Hitler preparó concienzudamente la
«Operación Barbarroja» para conquistar la URSS y, más tarde, abatir el poderío
británico en Oriente Medio. La campaña de Rusia comenzó el 22 de junio de 1941. El
Estado Mayor alemán organizó los ejércitos en tres cuerpos que fueron enviados hacia
el norte (Leningrado), hacia el centro (Moscú) y hacia el sur (Ucrania). Los rusos
firmaron un acuerdo con los británicos y al mismo tiempo trasladaron su industria
hacia el interior para que no cayera en manos del Reich. Los generales alemanes
habían proyectado una ofensiva en diez semanas, pero, tras un impetuoso arranque que
mejoraba incluso su previsiones, el deficiente estado de las infraestructuras (en modo

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alguno comparables a las de la Europa occidental) y el rechazo de la población
retrasaron el avance de sus divisiones, que no estuvieron en disposición de atacar sus
objetivos hasta finales de septiembre.

Con las primeras lluvias de octubre, las carreteras rusas, no pavimentadas, se


convirtieron en barrizales impracticables. En noviembre, las temperaturas alcanzaron
los 32 grados bajo cero, reduciendo el material bélico a chatarra congelada y matando
miles de soldados. A principios de diciembre, el avance sobre Moscú quedó
definitivamente paralizado. Una vez más, la estepa rusa y el «general Invierno»
parecían haber derrotado al temerario occidental que osaba aventurarse por sus
inmensidades; lo mismo le había ocurrido, más de cien años antes, a Napoleón
Bonaparte. Sin embargo, pese a las múltiples penalidades y a la imposibilidad de cavar
trincheras en el suelo congelado, las tropas alemanas resistieron los contraataques
rusos y mantuvieron sus posiciones.

Con la llegada de la primavera se reiniciaron las hostilidades. En el frente sur, los


alemanes se adentraron hasta el río Don, y en septiembre de 1942 se encontraban a las
puertas de Stalingrado. Entre finales de 1942 y principios de 1943, en el interior y los
alrededores de esta ciudad tendría lugar la más dura y decisiva de las batallas de la
Segunda Guerra Mundial. Bajo el mando de Konstantín Rokossovski, las fuerzas
soviéticas rodearon el ejército del mariscal alemán Friedrich von Paulus, mientras el
general ruso Gueorgui Zhúkov dirigía la defensa de la ciudad. El 2 de febrero de 1943,
von Paulus se vio obligado a capitular; los rusos capturaron trescientos mil
prisioneros. La batalla de Stalingrado invirtió el curso de la guerra: a partir de ese
momento, la contraofensiva soviética obligaría a los alemanes a retroceder.

El segundo acontecimiento clave de la etapa 1941-1943 fue la entrada de los Estados


Unidos en la guerra a raíz del ataque japonés a Pearl Harbour (7 de diciembre de
1941). Aunque ciertamente en un primer momento quisieron mantenerse estrictamente
neutrales, los americanos, en realidad, habían ya comenzado a servir a los intereses de
los aliados. El apoyo norteamericano se hizo patente cuando, en marzo de 1941, el
presidente Franklin D. Roosevelt obtuvo del Congreso la aprobación de la ley de
Préstamo y Arriendo, que permitió a los aliados surtirse de todo tipo de materiales y
armas sin tener que pagar en el momento de la compra: se estaba ayudando con todos
los medios económicos a la lucha contra Alemania. Como aliado de Alemania e Italia,
países con los que había sellado el Pacto Tripartito de 1940, Japón había comenzado a
ocupar algunas colonias británicas, francesas y holandesas del Asia Oriental con la
ayuda, en muchos casos, de los nacionalistas nativos. El expansionismo del militarista
Imperio japonés chocaba con los intereses de los norteamericanos, que bloquearon las

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exportaciones de petróleo y acero y congelaron los activos japoneses en el país, entre
otras sanciones económicas.

La intervención de Estados Unidos parecía inminente, pero Japón se anticipó con un


ataque por sorpresa cuyo objetivo era obtener una inmediata superioridad naval: sin
previa declaración de guerra, la aviación nipona bombardeó y hundió la mayor parte
de la flota norteamericana fondeada en la base de Pearl Harbour, en las islas Hawai (7
de diciembre de 1941). Estados Unidos declaró la guerra a Japón y, poco después, a
Italia y Alemania; la Segunda Guerra Mundial ingresaba así definitivamente en su fase
de universalización.

Durante los primeros meses de 1942, los japoneses, que anteriormente habían suscrito
un pacto de no agresión con Rusia, campearon sin demasiadas dificultades por el
sudeste asiático, ocupando Singapur, Indonesia, las islas Salomón, Birmania y
Filipinas. Pero el 4 de junio de 1942, sus progresos quedaron bruscamente frenados en
el más decisivo de los combates navales de la Segunda Guerra Mundial: la batalla de
Midway, un archipiélago situado 1.800 kilómetros al oeste de las islas Hawai en torno
al que se enfrentaron las armadas enemigas. Japón vio hundirse sus cuatro
portaaviones, unidades que se habían revelado esenciales para la supremacía en la
moderna guerra marítima, y ya nunca podría resarcirse de su pérdida; los astilleros
estadounidenses botaron nuevos buques de guerra a toda máquina, y en adelante los
norteamericanos sólo tendrían que imponer su superioridad naval y aérea, a la que los
nipones opusieron una fanática resistencia.

El norte de África también fue escenario de combates. Desde Gibraltar hasta


Alejandría, la armada británica dominaba el Mediterráneo, pero existía un punto de
gran importancia estratégica que podía inclinar la balanza del lado alemán: el canal de
Suez. Controlado por los ingleses, este paso permitía la comunicación entre las
colonias africanas y asiáticas del Imperio británico y la metrópoli; su pérdida pondría
en graves aprietos a Inglaterra. En septiembre de 1940, Mussolini había fracasado en
su intento de atacar Egipto desde la vecina Libia, entonces colonia italiana. En febrero
de 1941, Hitler envió en su apoyo el Afrika Korps del general Erwin Rommel, cuya
pericia táctica le valdría el sobrenombre de «el zorro del desierto». En su avance hacia
el este, Rommel obtuvo sucesivas victorias, pero llegó desgastado a la ciudad egipcia
de El Alamein (julio de 1942), donde, falto de tanques y combustible, acabaría siendo
derrotado por el VIII Ejército del general británico Bernard Montgomery. Cortado
definitivamente el acceso al canal de Suez, el frente africano perdió relevancia para los
alemanes.

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VI. LA DERROTA DEL EJE (JULIO 1943-1945)
La universalización de la Segunda Guerra Mundial decantó el conflicto; con la
incorporación al bando aliado del poderío militar e industrial de la Unión Soviética y
Estados Unidos, las potencias del Eje perdieron todas sus opciones. De hecho, ya en la
etapa anterior se habían registrado combates decisivos que señalaban la inversión en el
equilibrio de fuerzas: desde las batallas de Midway (junio de 1942) y Stalingrado
(febrero de 1943), japoneses y alemanes se veían obligados a retroceder ante la
contraofensiva de los americanos y los rusos. A estos avances se añadió, en la fase
final de la guerra, la apertura de dos nuevos frentes: el de Italia (iniciado con el
desembarco aliado en Sicilia) y el de Francia (tras el desembarco de Normandía), cuyo
resultado sería, tras padecer un acoso en todas direcciones, la caída del Reich.

El desembarco aliado en Sicilia, iniciado el 10 de julio de 1943, tenía como objetivo


apoderarse de la isla y utilizarla como base para la invasión de Italia. Aun antes de
haber sido completada, la ofensiva sobre Sicilia tuvo un impacto psicológico
inesperado en la clase política: el 25 de julio, el Gran Consejo Fascista destituyó a
Mussolini, que fue encarcelado; el monarca italiano Víctor Manuel III encargó la
formación de un nuevo gobierno al general Pietro Badoglio, que firmó un armisticio
con los aliados el 3 de septiembre, fecha en que las tropas aliadas desembarcaron sin
oposición en la península Itálica. Los alemanes supieron reaccionar rápidamente:
invadieron el norte de Italia, liberaron a Mussolini en una arriesgada operación (12 de
septiembre de 1943) y lo pusieron al frente de un gobierno fascista, la República de
Salò, así llamada por el nombre de la ciudad italiana en que tenía su sede. Pese al
apoyo del gobierno y la población, los aliados no pudieron avanzar por esa Italia
partida en dos; el frente se estabilizó a unos cien kilómetros al sur de Roma. Una
importante ofensiva permitiría tomar la capital en junio de 1944, pero desde entonces
las prioridades fueron liberar Francia y caer rápidamente sobre Berlín. Ya en 1945,
ante el ataque final de los aliados, Mussolini intentó huir a Suiza, pero fue descubierto
y fusilado por miembros de la resistencia.

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El desembarco de Normandía (6 de junio de 1944) es sin duda la acción más recordada
de la Segunda Guerra Mundial. La apertura de un frente occidental tenía un alto valor
estratégico por cuanto obligaba a Alemania a dividir sus fuerzas para combatir entre
dos frentes. Protegidas por un intenso bombardeo aéreo y naval, las divisiones aliadas
desembarcaron en las playas de esta región del noroeste de Francia. Tras duros
combates, se logró afianzar la cabeza de puente; el 1 de agosto, fecha en que finaliza
el célebre Diario de Ana Frank, el frente alemán se hundió; el 25 de agosto, París era
liberada. Simultáneamente, el ejército soviético emprendió en junio de 1944 una gran
ofensiva que liberó Polonia, Rumanía y Bulgaria.

Todo estaba perdido, pero Hitler, depositando todavía sus esperanzas en las potentes
armas secretas que desarrollaban los ingenieros del Reich, arrastró a Alemania a una
desesperada resistencia. A principios de 1945, un último contraataque alemán en las
Ardenas fue abortado; a partir de ese momento, la guerra se convirtió en una carrera
en que los generales rusos y occidentales se disputaron el honor de llegar los primeros
a Berlín, trofeo que se llevaron los soviéticos (2 de mayo de 1945). Dos días antes, el
Führer se había suicidado en su búnker.

En el Pacífico, desde la derrota de Midway, Japón apenas si había logrado más que
ralentizar su retirada resistiendo tenazmente las acometidas de los estadounidenses,
que diezmaron la armada nipona y reocuparon numerosos territorios. En verano de
1945, pese a la capitulación de Alemania, el Imperio japonés seguía decidido a resistir
a toda costa. Debido a las inmensas distancias y a la singular geografía del escenario
bélico, que obligaba a luchar de isla en isla, la Guerra del Pacífico se preveía
sumamente costosa en recursos humanos y materiales. Ante esta perspectiva, Harry S.
Truman, nuevo presidente norteamericano tras la súbita muerte de Roosevelt, optó por
emplear una nueva arma: la bomba atómica. El 6 y 9 de agosto de 1945, las ciudades

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japonesas de Hiroshima y Nagasaki fueron arrasadas por sendas explosiones
nucleares. El 2 de septiembre de 1945, Japón firmaba la rendición incondicional. La
Segunda Guerra Mundial había terminado.

VII.CONSECUENCIAS DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL


Las principales consecuencias históricas de la Segunda Guerra Mundial fueron el
establecimiento de un orden bipolar liderado por las dos superpotencias
ideológicamente antagónicas que salieron reforzadas del conflicto (la Norteamérica
capitalista y la URSS comunista) y la pérdida definitiva de la hegemonía mundial que
Europa había ostentado desde finales de la Edad Media, reflejada en el proceso de
descolonización que desmanteló los antiguos imperios coloniales europeos.

La aparente sintonía mostrada por el dirigente soviético Iósif Stalin, el presidente


norteamericano Franklin D. Roosevelt y el primer ministro británico Winston
Churchill en la Conferencia de Yalta (febrero de 1945), cuando la Segunda Guerra
Mundial no había llegado aún a su previsible desenlace, dio paso a las primeras
fricciones en la Conferencia de Potsdam (julio-agosto de 1945). Pese a ello, y
reconociendo la importancia de la contribución soviética al esfuerzo bélico, Estados
Unidos e Inglaterra acordaron con Stalin la división de Alemania y validaron la
anexión de las repúblicas bálticas y parte de Polonia al territorio ruso.

Desde 1941, sin embargo, todo el mundo sabía que la incorporación de la Unión
Soviética al bando aliado, forzada por la fallida invasión de Hitler, era una alianza
contra natura que el final de la guerra se encargaría de deshacer. Con su poderoso
ejército desplegado en la Europa oriental, Stalin subscribió en Yalta la propuesta de
celebrar elecciones libres en los países ocupados, y, acabada la guerra, quebrantó el

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acuerdo favoreciendo la implantación de regímenes comunistas dependientes de
Moscú. De este modo, casi todos los países del este de Europa (incluida la Alemania
oriental, en la que se estableció la República Democrática Alemana) quedaron bajo la
órbita soviética.

Se iniciaba con ello la «Guerra Fría», nueva fase geopolítica en que el antagonismo
entre las superpotencias surgidas de la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos y
la URSS, no desembocó en guerra abierta por milagro o por temor al cataclismo
nuclear que podían desencadenar los arsenales atómicos de los contendientes. Ambas
potencias se erigieron en líderes de dos bloques ideológicos (el Occidente capitalista y
el Este comunista) cuya fuerza y cohesión incrementaron mediante pactos militares (la
OTAN y el Pacto de Varsovia), planes de ayuda (el Plan Marshall) y alianzas
económicas (la Comunidad Europea y el COMECON), mientras se enzarzaban en
conflictos locales soterrados para promover o impedir la incorporación de tal o cual
región a uno u otro bloque, reduciendo la mayor parte del mundo, y también Europa, a
un tablero de ajedrez.

Las inmensas deudas que Inglaterra había contraído con Estados Unidos y el triste
papel de Francia en la guerra habían dejado sin voz a la devastada Europa. La
desafiante actitud de Stalin y el inicio de la «Guerra Fría» empujaron decididamente a
Estados Unidos a situar bajo su órbita la Europa occidental (incluida Grecia y los
vencidos: Italia y la nueva República Federal Alemana) y sustraerla a la influencia de
los partidos comunistas europeos y de la Unión Soviética. En 1947, el presidente
Truman aprobó el Plan Marshall, así llamado por su promotor, el secretario de Estado
George Marshall. En el fondo, el plan diseñaba una reconstrucción favorable a los
intereses de los Estados Unidos, pues preservaría la demanda europea de productos
americanos; pero aquella sabiamente administrada lluvia de millones, invertida
fundamentalmente en infraestructuras, dio un gran impulso a la economía europea, que
en sólo doce años rebasó los índices de producción de 1939. Perdido el liderazgo
político, la Europa occidental lograría, al menos, recuperar el protagonismo
económico.

La debilidad de las metrópolis europeas reactivó los movimientos independentistas en


las colonias y condujo, en las décadas siguientes, al progresivo desmantelamiento de
los imperios coloniales, proceso al que se ha dado el nombre de «descolonización». La
flagrante contradicción de enarbolar con una mano la bandera de la libertad y la
democracia y de sostener con la otra la de un imperialismo que sometía pueblos
enteros se hizo patente no sólo a los ojos de las minorías ilustradas de la colonias, sino
también a la población en general, principal víctima de la miseria a que los condenaba

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el estatus colonial. A través de revueltas violentas que Europa no estaba en
condiciones de sofocar, o bien mediante negociaciones o una combinación de ambos
medios, casi todas las colonias alcanzaron su independencia entre 1945 y 1975. La
descolonización contó con el impulso y beneplácito de las nuevas superpotencias, pues
conllevaba el afianzamiento de su hegemonía, la apertura de nuevos mercados y la
oportunidad de incorporar nuevas naciones a su ámbito de influencia.

En tanto que proceso en que se percibe una justicia intrínseca y reparadora de los
males del imperialismo, podría creerse la descolonización fue una consecuencia
positiva de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, en su realización práctica, la
descolonización no condujo sino a una nueva forma de dependencia, el
«neocolonialismo», que acabaría empeorando las condiciones de vida. Los nuevas
naciones heredaron una economía sometida a los intereses coloniales que se basaba en
la exportación de un reducido número de materias primas o productos agrícolas a las
metrópolis; las beneficios obtenidos, sin embargo, no alcanzaban para la importación
de los productos manufacturados necesarios. Tal déficit comercial sólo podía paliarse
con los créditos que los nuevos países solicitaban a las antiguas metrópolis o a las
superpotencias, creando un círculo vicioso de dependencia económica y, por ende,
política. Carentes de la capacidad decisoria y financiera que precisaban para acometer
la imprescindible diversificación de sus economías, las antiguas colonias asistieron
impotentes a la cronificación o acentuación de los desequilibrios, y pasaron a integrar
la amplia franja de subdesarrollo que hoy conocemos como Tercer Mundo.

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CONCLUSIONES

Para finalizar con el trabajo presento las principales conclusiones de la Segunda Guerra
Mundial cambiaron la política de todo el planeta, siendo esenciales para entender el mundo
tal y como lo conocemos en la actualidad. Las principales conclusiones políticas de la
Segunda Guerra Mundial son las siguientes:

 Caída del fascismo y de los regímenes totalitarios, salvo excepciones como España o
Portugal la mayoría de naciones comenzaron el camino hacia una democracia total y se
crearon organizaciones para luchar contra las dictaduras.

 La URSS anexionó a su territorio muchas naciones como Polonia o Rumania, causando


un gran aumento de su influencia en todo el planeta.

 Alemania se dividió en cuatro partes, siendo cada una propiedad de uno de los estados
Aliados. Esto era necesario para frenar la influencia nazi de forma definitiva y terminar
con la guerra.

 Japón cedió en todas sus disputas en Asia, terminando con el sufrimiento que naciones
como China llevaban años sufriendo.

 Gran parte de Europa, siendo las zonas conquistadas por Alemania y la URSS, fue
dividida entre el apoyo a EEUU y la URSS, naciendo dos zonas de influencia.

 Creación de organizaciones como ONU, OTAN o UE para impedir de cualquier forma


que puede suceder una nueva guerra mundial.

 El mundo se divide en dos grandes ideologías, la capitalista dirigida por EEUU y la


comunista dirigida por la URSS.

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BIBLIOGRAFÍA

 LIBROS DE CONSULTA:

 Beevor, A., Cavalcanti, C., & de Oliveira Brízida, J. (2012). La Segunda Guerra

Mundial. Pasado & Presente.

 Churchill, S. W., & Devoto, A. (2002). La segunda guerra mundial (No. Sirsi)

a443360). La esfera de los libros.

 Schmitt, C. (1962). El orden del mundo después de la segunda guerra mundial.

Revista de estudios políticos, (122), 19-38.

 PÁGINAS VIRTUALES:

 https://historia.nationalgeographic.com.es/temas/segunda-guerra-mundial

 https://encyclopedia.ushmm.org/content/es/article/world-war-ii-in-europe

 https://www.planetadelibros.com.pe/libros/segunda-guerra-mundial/00066/00163

 https://www.abc.es/segunda-guerra-mundial/

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