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Las Dudas y las Pruebas


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La mañana del día en que fue asesinada, 7 de
octubre de 2006, la gran periodista Anna
Politkóvskaya habló por teléfono con su
madre, Raisa Mazepa. Esta le leyó un
epígrafe que impresionó a Anna: “Hay años
borrachos en la historia de los pueblos. Tienes
que vivir a través de ellos, pero nunca podrás
vivir verdaderamente en ellos”.

Estuve fuera del Perú durante las elecciones


del domingo 10, pero las seguí a través de
internet. Para mí como, me imagino, para todos aquellos que lucharon
contra la dictadura de Fujimori y Montesinos, los resultados fueron
profundamente decepcionantes. Otra vez la autodestructiva embriaguez se
apodera de nuestra historia.

Las encuestas realizadas y filtradas en los días previos ya describían ese


escenario, pero cabía aún la posibilidad de un golpe de opinión que llevara
a la presencia de un candidato inequívocamente democrático en la segunda
vuelta. Al final, no hubo siquiera un tic de opinión.

En esta campaña tuvimos a un líder democrático el año dos mil que tuvo
vergüenza de hablar sobre la democracia y la corrupción el 2011, hasta que
se vio con la soga al cuello. Y aunque dicen que nada aviva tanto la
inteligencia como la sombra del cadalso, también es cierto que el público
que asiste a las ejecuciones confía poco en la sinceridad de las últimas
palabras.

Hubo también el exalcalde que encontró la elocuencia solo el día de su


derrota para proclamar conmovido los magníficos resultados que la
campaña tuvo para él como terapia familiar. Bueno, todos sabemos que las
terapias no son baratas, pero creo que ni todos los sicoanalistas juntos de
Beverly Hills hubieran costado tanto como este nuevo tipo de psicoterapia
que ya no es de grupo sino de país.

Y hubo también el tecnopolítico que comparte siglas con la pistola


Walther, estilo de risa con el guasón y asesor con Alan García. Creció a
expensas del expresidente y cuando, con el peligro a la vista, en 3D, les
pidieron unir candidaturas para salvar la democracia, ninguno estuvo
dispuesto.

Todos perdieron. Nosotros –los millones de peruanos que creemos que la


democracia es condición vital de gobierno–, también. Ellos merecen su
derrota. Nosotros, no.

Y ahora, ¿qué?

Los bribones ya celebran y veo personajes apenas dignos de un prontuario


que pronto disfrutarán de inmunidad. Los penales se preparan para
descargar parte de su contenido más séptico en los estamentos de la
influencia y el poder.

Así que, dentro de lo malo hay que evitar lo peor.

¿Cuáles son las alternativas? Hay tres: viciar el voto, votar por Humala o
votar por Fujimori.

La primera es solo una alternativa de último recurso. De manera que


primero hay que resolver la disyuntiva: ¿Votar por Humala o votar por
Fujimori?

Respondo con una frase de Steven Levitsky, el académico de Harvard que


se encuentra este año como profesor visitante en la Católica: “Se puede
tener dudas de Humala, pero de Keiko (Fujimori) tenemos pruebas”.

La Fujimori buscó presentarse como una versión gentil, democratizada y


desinfectada de su padre. Pero en los tramos finales, para galvanizar a los
suyos, se reveló tal cual. Su padre, dijo, había sido “el mejor presidente en
la historia del Perú”. Y los fujimoristas que festejaron su pase a segunda
vuelta lo entendieron perfectamente, coreando el “¡chino, chino, chino!”,
hasta cuando ella pidió aplausos para su madre, Susana Higuchi.

Debo decir que no tengo nada personal contra Keiko Fujimori. Respeto su
valor al quedarse en el Perú luego de la huida de su padre y respeto también
su devoción filial. Sé que ella influyó en él el año dos mil para que rompa
con Montesinos. Cuando se casó y mucha gente la hostigó, escribí
exigiendo que se la deje en paz y le deseé ventura en su matrimonio. Ella
respondió con una carta personal muy gentil. Ojalá las cosas hubieran
quedado ahí.
Pero ella es ahora la dirigenta formal del fujimorismo (el real es su padre) y
representa por eso a la mafia cleptócrata de los años noventa, a la que llama
“el mejor gobierno de la historia del Perú”, con la misma aparente
convicción con la que repetirá en la segunda vuelta que el kimono de esa
yakuza es igual a la toga de Pericles.

Así que, está fuera de toda duda que, de ninguna manera, bajo ninguna
circunstancia se debe votar por Fujimori. No. Y no solo eso. Hay que
hacer todo lo legalmente posible para que la mafia criminal que gobernó el
país en la década del noventa, no vuelva al poder ni ahora ni jamás.

¿Y qué hacer con Humala?

Como recordé la semana pasada, yo hice una activa campaña editorial el


2006, siendo codirector de La República, para que se vote en contra de
Humala y a favor de García. Consideré entonces que Humala era un peligro
para la democracia. Ya dije que me dejó un sabor amargo haber llamado a
votar por García, pero sigo considerando que hacerlo fue, pese a todo, una
decisión correcta.

¿Ha cambiado Humala en estos cinco años? A primera vista, sí. Ya no es el


Humala estridente, vinculado a ese extraño fascismo andino que es el
“etno-cacerismo”. La imagen que proyecta ahora no es la de Chávez ni la
de Morales sino una que está en la vertiente de Lula, Dilma, Tabaré,
Mujica.

¿Puede mentir Humala para llegar a la presidencia? Por supuesto. Fujimori


no tiene el monopolio de la mentira. ¿Puede deshacerse de la gente
respetable que lo rodea ahora unos meses después de asumir la presidencia,
como lo hizo Fujimori con quienes lo acompañaron al principio? Sí, puede.

Puede hacer eso y mucho más.

Pero ¿le conviene engañar a medio mundo y dar luego el gran salto hacia
atrás con un gobierno belicista y represivo de militares y milicias
antauristas? ¿O le conviene hacer un gobierno como el de las izquierdas
democráticas del continente sabiendo que en la coyuntura actual ese
régimen sería, casi con seguridad, exitoso y pura ganancia para él como
gobernante?

Si la lógica y el cálculo de costo/beneficio tienen algún peso, la segunda


alternativa –la izquierda democrática– debería ser su obvia opción. Pero, si
hay una convicción dogmática oculta (como la del llamado etno-
cacerismo), entonces la sinrazón atropellará la lógica, la conveniencia y el
beneficio. Y todos sufriremos, quizá terriblemente, antes de liberarnos de la
locura.

Humala sabe que sin el voto de los peruanos identificados con la


democracia, no podrá ganar. Él solo podía ganarle a Fujimori, y Fujimori
solo podía ganarle a él.

Por eso, en estas semanas ambos se proclamarán más demócratas que


Jefferson y Lincoln juntos, pero por lo menos uno de los dos mentirá. Y esa
es Fujimori.

¿Y Humala?

Dudar de él no solo es legítimo sino necesario. Pero dudar no significa


descartar.
Por lo dicho, en su caso no bastan las afirmaciones de respeto a la
democracia. Se necesita garantías.

Garantías firmes. Compromisos bajo juramento público, explícitos y


detallados, punto por punto, de respeto y fortalecimiento de la democracia
y los derechos humanos en los cinco años de gobierno, sin reelección
posible. Ese documento debería firmarse y jurarse teniendo como testigos a
algunas de las personas más ilustres y respetables del país: Mario Vargas
Llosa, Javier Pérez de Cuéllar, Fernando de Szyszlo, Julio Cotler.

Si eso ocurre, habría que votar por Ollanta Humala, para prevenir un
peligro mucho mayor. Y si aquellos que movilizamos el país en la lucha
por la democracia el año dos mil, hacemos campaña y votamos por
Humala, él ganará aunque la mayoría de los medios tradicionales le haga la
guerra.

Es verdad que incluso en ese escenario, hay riesgo. Las cosas pueden salir
bien, o no. Pero mejor eso que darle el gobierno a la yakuza y a las
versiones criollas de Capone, Luciano y Genovese.(Gustavo Gorriti)