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Me buscan cada día.

En lo externo, la nación de Judá profesaba seguir a Jehová, pero en lo íntimo estaban lejos de él.
Se aferraban a las formas externas de la religión, pero descuidaban sus principios básicos.
Ayunaban y oraban, observaban el sábado, guardaban las fiestas sagradas, llevaban sus
ofrendas al templo, asistían a las asambleas solemnes, pero al mismo tiempo participaban en
toda suerte de iniquidades (cap. 1: 11-15). Realizaban un esfuerzo inconsecuente para servir
tanto a Dios como a Mamón (ver com. Mat. 6:24-34). Profesando amar la luz, escogieron vivir en
las tinieblas (ver com. Mat. 6:19-23). Deseaban disfrutar de todo lo que el mundo les ofrecía, y
además gozar del cielo. Querían gozar de los privilegios de la obediencia, sin cargar con las
responsabilidades de ella (ver pp. 34-36; com. Mat. 12: 28-32).
Ayunamos.
La hipocresía había saturado su vida religiosa (ver com. Mat. 6:2). Esos hipócritas creían que
podrían ser aceptados ante Dios si se sometían a diversas formas de penitencias. Pensaban que
el ayuno expiaría su iniquidad. Su mente entenebrecida no comprendía que Dios es justo y que
requiere rectitud de sus hijos. Olvidaban que la esencia de la verdadera religión es la práctica de
la justicia, la misericordia y la humildad (Miq. 6:8; ver com. Isa. 57:15).
Miq. 6:8:
Te ha declarado.
La respuesta que dio Miqueas no era una nueva revelación y no representaba
un cambio en los requerimientos divinos. El propósito del plan de salvación -a
saber, la restauración de la imagen de Dios en el alma humana- había sido
revelado claramente a Adán, y el conocimiento de este propósito había sido
transmitido a las generaciones sucesivas. Ese conocimiento fue confirmado por
el testimonio personal del Espíritu (Rom. 8: 16) y fue ampliado mediante
sucesivas revelaciones de los profetas. Los contemporáneos de Miqueas tenían
el Pentateuco en forma escrita y sin duda otras porciones de la Biblia, así como
el testimonio de los profetas de esos días, tales como Isaías y Óseas (Isa. 1: 1;
Ose. 1: 1; cf. Miq. 1: 1).
Sin embargo, el pueblo parecía haber olvidado que los ritos externos no tienen
valor sin una verdadera piedad. Una de las principales misiones de los profetas
era enseñar a la gente que una mera práctica religiosa externa no podía
sustituir al carácter y a la obediencia íntima (1 Sam. 5: 22; Sal. 51: 16-17; Isa. 1:
11-17; Ose. 6: 6; cf. Jer. 6: 20; 7: 3-7; Juan 4: 23-24). Dios no deseaba los
bienes de ellos sino su espíritu; no sólo su culto sino su voluntad; no sólo su
servicio sino su alma.
Justicia.
Heb. mishpat de la raíz shafat, "juzgar". La forma plural, mishpatim,
generalmente traducida "juicios", se usa respecto de los preceptos adicionales
que dan minuciosas instrucciones en cuanto a la forma en que debía
observarse el Decálogo (Exo. 21: 1; ver PP 379). Hacer mishpat es ordenar la
vida de acuerdo con los "juicios" de Dios.
Misericordia.
Heb. jésed, palabra que designa una amplia gama de cualidades, como lo
indican sus diversas traducciones, tales como: "bondad", "benevolencia", "favor
cariñoso", "bondad misericordioso", "misericordia". Se estudia el término jésed
en la Nota Adicional del Sal. 36.
Humillarte.
"Caminar humildemente"(BJ). Cuando los hombres caminan con Dios, (cf. Gén.
5: 22; 6: 9), ponen su vida en armonía con la voluntad divina.
La "humillación" de este pasaje proviene del Heb. tsana', que en la forma en
que aquí se halla aparece sólo una vez. Además del significado de
"humildemente", ese vocablo implica "con circunspección", "con precaución",
"cuidadosamente".
El desarrollo de una íntima relación con Dios es el propósito de la verdadera
religión: Las ceremonias externas sólo tienen valor si contribuyen a ese
desarrollo. Pero debido a que con frecuencia es más fácil practicar un culto
externo que cambiar las malas tendencias del corazón, los hombres siempre
han estado más dispuestos al culto de ceremonias que al cultivo de las gracias
del espíritu. Tal fue el caso de los escribas y fariseos a quienes reprochó Jesús.
Eran muy minuciosos para calcular su diezmo, pero descuidaban "lo más
importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe" (Mat. 23: 23).
"Hacer justicia, y amar misericordia" es proceder con rectitud y bondad. Estas
virtudes afectan nuestra relación con nuestros prójimos y resumen el propósito
de la segunda tabla del Decálogo (ver com. Mat. 22: 39-40). "Humillarte ante tu
Dios" es vivir en armonía con los principios de la primera tabla del Decálogo
(ver com. Mat. 22: 37-38). Esto atañe a nuestra relación con Dios. El amor
expresado en acción respecto a Dios y a nuestros prójimos es "bueno". Es todo
lo que Dios requiere pues "el cumplimiento de la ley es el amor" (Rom. 13: 10).

Buscáis vuestro propio gusto.


Esos hipócritas ayunaban porque pensaban que con eso ganarían la aprobación divina. No
captaban el sentido espiritual de cosas tales como el ayuno y la observancia del sábado, y creían
que con cumplir las formas de la religión quedaban libres para complacer sus pasiones y para
oprimir a los pobres y desvalidos.
Oprimís a todos vuestros trabajadores.
Ver Lev. 19:13; Sant. 5:4.

Desatar las ligaduras.


El verdadero ayuno tenía el propósito de purificar los motivos de la vida para reformarla. Pero
entre los judíos, las prácticas religiosas se habían convertido en un manto para ocultar la
opresión de los débiles, el robo a las viudas y los huérfanos, y todo tipo de cohecho, engaño e
injusticia (Isa. 1: 17, 23; Ose. 4:2; Amós 2:6; 3: 10; 4:1; 5: 11; 8:4-6; Miq. 6:11-12). El verdadero
propósito de la religión es liberar a los hombres, su carga de pecado, eliminar la intolerancia y la
opresión, y promover la justicia, la libertad y la paz. Dios deseaba que los israelitas fueran libres,
pero los dirigentes de Israel los estaban convirtiendo en esclavos y mendigos.
Que partas tu pan.
La verdadera religión es práctica. Sin lugar a dudas, incluye los ritos y las ceremonias de la
iglesia, pero la presencia o la ausencia de la verdadera religión se manifiesta en la vida que se
vive delante del prójimo. No se trata tanto de abstenerse de alimentos como de compartirlos con
los hambrientos. La piedad práctica es la única clase de religión que se reconocerá en el juicio
divino (Mat. 25:34-46).
Tu salvación se dejará ver pronto.
Mejor, “tu herida se curará rápidamente” (BJ). Lo que hacemos para promover el bienestar de
otros redunda para nuestro propio beneficio. Nuestro propio bienestar está íntimamente ligado
con el de nuestros prójimos.
Tu retaguardia.
Cf. cap. 52:12. Compárese con las vicisitudes de Israel en el desierto (Exo. 14:19-20). Cuando
andemos por los caminos que Dios ha escogido, podremos estar seguros de que su presencia
protectora nos acompañará.
Si quitares.
Mediante la crítica, la censura, los chismes y las insinuaciones, muchos profesos cristianos
hacen que las cargas de sus prójimos sean casi intolerables. Muchos nobles cristianos han sido
aplastados y enviados a la tumba, desanimados y derrotados, por haber sido objeto de las burlas
y las críticas de algún otro cristiano. Dios no puede acercarse a su pueblo mientras esté ocupado
en criticar y oprimir a sus prójimos.
Si dieres tu pan.
El hebreo dice “si pues extendieras tu alma al hambriento” (VM). Dios desea que tengamos un
interés personal en los necesitados. Si la iglesia viviera a la altura de sus oportunidades y
responsabilidades, si sus miembros fueran cristianos en espíritu y no sólo en nombre, su tarea
pronto sería completada y el Señor volvería en gloria. Una vida de servicio abnegado en favor de
otros esparce la luz de la gloria de Dios (cap. 9:2; 60:1-2).
Jehová te pastoreará.
El hebreo dice: “Te guiará Yahveh de continuo” (BJ). Dios no puede conducir a los que son
tercos, arrogantes y egoístas. Los cristianos que quieran ser guiados por Dios, en primer lugar
deberán dejar el yo a un lado, y entregarse plenamente a la obra del Maestro. Muchos hoy tienen
una experiencia cristiana fría y árida porque les falta el amor hacia sus prójimos.
En las sequías.
En tiempos de sequía espiritual, Dios promete vivificar a los que han procurado con toda
sinceridad ser una bendición par sus prójimos.
Tu voluntad.
La esencia del pecado es el egoísmo: hacer lo que a uno le place, sin tener en cuenta ni a Dios
ni al hombre. El día sábado proporciona al hombre la oportunidad de dominar el egoísmo y
cultivar el hábito de hacer lo que agrada a Dios (1 Juan 3:22) y lo que contribuye al bienestar de
otros. Bien comprendido y correctamente observado, el sábado es la clave de la felicidad del
hombre, tanto aquí como en el mundo venidero. La verdadera observancia del sábado conducirá
a la obra de reforma descrita en Isa. 58:5-12. Los que no participan del espíritu del sábado, tal
como fue ordenado por Dios, no comprenden lo que pierden. El sábado es una de las mayores
bendiciones que el amante Creador ha dispensado a los hombres.

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