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DICTADURA

Concepto inicial. Se trata de una forma de dominación política de significado un poco


ambiguo, pero que, tanto en la Ciencia política como en el lenguaje vulgar, aparece
siempre en relación dialéctica con la república o democracia. Es una negación de ésta,
mas con la particularidad decisiva de que no llega a afirmar o estructurar ninguna otra
forma de gobierno que la sustituya. En cuanto negación de la democracia: a) Es
contraria al principio de división de poderes, concentrándolos todos en un solo órgano.
b) Es contraria al principio liberal de máximo respeto a los derechos individuales.
Dictadura en este sentido.es tanto como despotismo o tiranía, ). Por otra parte, en
cuanto se manifiesta incapaz de dar a luz una forma de gobierno nueva: a) No rompe
definitivamente con la democracia, al menos, de modo formal y expreso. Se presenta
como algo transitorio, hasta el punto de que si un sistema dictatorial aspira a traer un
régimen nuevo, y en cuanto aspira a ello (principado, imperio, etc.), difícilmente encaja
en la noción corriente de d. b) No es un intento de restablecimiento de la monarquía
derribada por la república democrática. Aunque se basa en el poder personal (dictadura.
implica siempre un dictador), el dictador no pretende el título de rex. Para tener una idea
clara de ese fenómeno político es preciso remontarse a los precedentes históricos dentro
de nuestro mundo occidental.

La tiranía griega. No se trata de la «tiranía» como forma impura de la monarquía, en


el sentido aristotélico tan conocido, sino de un hecho más concreto. En las luchas entre
fuerzas oligárquicas y populares, que caracterizan la última fase de la democracia
griega, las segundas, para combatir eficazmente a las primeras, se acogían a una persona
(que ya era magistrado o que lo elegían), la cual se veía investida de plenos poderes y
con sus partidarios armados (a veces con apoyo extranjero) se instalaba en la Acrópolis
con una buena guardia, procedía al desarme general y desterraba a los oligarcas más
peligrosos. No toma el título de tirano ni el de basileus (rey), sino que casi siempre
asume el de una magistratura ordinaria. No se halla limitado por la ley, pero tampoco
trata de cambiar la constitución, respetando así la ilusión republicana. Su poder se
justifica (aparte el Derecho divino, ya poco operante en aquellos tiempos) en la
restauración de la paz, el triunfo sobre los oligarcas y en el mejoramiento de la
condición material de los humildes (reforma agraria, fiestas, obras públicas). El nombre
de tirano procede de Oriente Próximo, indicando señor o amo, y se les imputaba por los
oligarcas en sentido peyorativo; pero su descrédito se heredó por las fuerzas
democráticas tan pronto dejaron de necesitarlo. Y desde entonces fue blanco de ira de
todos los griegos y recibió su marchamo condenatorio para la posteridad (ver G. Glotz,
La Cité Grecque, París 1928, parte 1, cap. IV).

La dictadura romana. Era una magistratura extraordinaria prevista en el orden


constitucional, que surgía en momentos graves (guerra exterior, disturbios o
calamidades interiores). Entonces, uno de los cónsules nombraba un dictator con
facultades extraordinarias para salvar la dificultad sobrevenida. No podía legislar y su
duración era breve (seis meses, pudiendo renunciar antes). Se trataba, pues, de una
suspensión del orden republicano para protección del mismo, suspensión que, en el
fondo, implicaba un profundo respeto a ese orden. Por eso, cuando desde el s. tt a. C.
crece la ilegalidad, la d. carece de sentido (ya dejó de establecerse cuando las guerras de
Aníbal), y eran los magistrados, con autorización del Senado, los que actuaban como los
antiguos dictadores. Y a partir de esto va a venir una transfiguración radical de la d., de
lo que hay dos ejemplos históricos consumados y algunas tentativas. Al llegar a su
máxima crudeza las luchas civiles en el s. -i a. C., tras el triunfo de Sila sobre Mario,
una lex Valeria del a. 82 confirió al primero la dictadura ilimitada, como dictador
legibus scrubendis et rei publicae constituendae (el título no era formal). Ya no se
trataba de concesión de plenos poderes fuera de la ley, sino de la facultad de modificar
ésta, cosa vedada a los dictadores clásicos. Ahora sí que dictator era qui dictat, quien
ordena y manda. Y cesa el carácter provisional y transitorio. Concesiones análogas se
hicieron a Julio César, que incluso poco antes de morir obtuvo la d. vitalicia. Ahora es
una competencia sin límites para reorganizar el Estado, para hacer nueva Constitución
(como Licurgo y Solón).

Clases de dictadura. Los autores de Ciencia política suelen distinguir d.


constitucional o comisoria y d. constituyente o soberana, que tanto recuerdan las formas
romanas de la república y de fines de ésta. No obstante, a la vista de la realidad política
de nuestros tiempos, creemos que debe añadirse un tercer tipo, que llamaremos d.
extraconstitucional no constituyente o d. propiamente dicha, que está más bien
prefigurada en las tiranías helenas.

Dictadura comisoria. Las Constituciones demoliberales suelen tener previstas, para


casos de circunstancias extraordinarias, medidas que dejan en suspenso todo o parte del
orden constitucional, asignando poderes excepcionales a algún órgano. Son las diversas
formas que se estudian por el Derecho político: suspensión de garantías, estado de sitio,
ley marcial, plenos poderes. Este reforzamiento de un órgano normal y de su poder, con
carácter limitado en el tiempo y en la competencia, se da dentro del orden constitucional
sin aspirar a crear uno nuevo: re¡ publicae servandae y no rei publicae constituendae.
Salvo que no se pone en escena una magistratura nueva, se parece mucho a la d. clásica
romana. Sin embargo, de modo estricto y en el significado corrientemente admitido,
esta d. comisoria no suele llamarse dictadura.

Dictadura constituyente. Se ha intentado resucitar el caso de Sila y César para


explicar la posición de ciertos regímenes de dominación personal antidemocrática que
aspiraban a superar el orden demoliberal. Los dos grandes ejemplos son la Alemania de
Hitler y la Italia de Mussolini. Ambos «dictadores» subieron al poder democráticamente
(nombrados jefes de Gobierno por sus jefes de Estado) y verbalmente respetaron las
Constituciones vigentes (la de Weimar y el Estatuto de 1848); pero la verdad es que su
propósito era crear un orden nuevo más allá de la democracia liberal. Los partidarios de
ésta motejaron a ambos gobernantes de «dictadores»; y, sin embargo, la calificación es
discutible. Cierto que se aprecia en ellos una fuerte concentración de poder, con
suspensión de las garantías individuales; cierto también que el carácter indefinido o
ilimitado de su potestad y la duración vitalicia de la misma, así como la facultad de
crear un nuevo orden recuerdan las d. constituyentes romanas. Pero pensemos en una
cosa. A César se le conoce como el dictador, calificación que no se aplica a su sucesor
Augusto, que es princeps, imperator; y la causa de esta diferencia es bien sencilla. El
primero murió antes de dejar consolidado el nuevo régimen y sólo quedó de su recuerdo
el rasgo de. dictador omnipotente, no el de creador de una nueva Constitución. Hitler y
Mussolini cayeron, como César, antes de consolidar sus sistemas; pero si el resultado de
la II Guerra mundial hubiera sido favorable al Eje, ambos figurarían hoy como
promotores de un nuevo régimen, igual que Augusto, y parecería inadecuado hablar de
d. al referirse a su gobierno. Nos parece que la llamada d. constituyente no debe
denominarse tal. La expresión debe reservarse para toda forma transitoria de
dominación. El pensamiento antifascista recoge el sentido peyorativo del vocablo
dictador para proyectarlo sobre esos gobernantes (como sucedió con el de tirano), y, sin
embargo, no suele hacerse lo mismo con Napoleón 1 o Napoleón III, cuya significación
política no es muy dispar.

Dictadura propiamente dicha. Estimando impropio el uso de la palabra d. para la


comisoria y la constituyente, creemos, empero, que queda otra situación no considerada
específicamente por la doctrina, a la que sí corresponde la expresión, sobre todo
siguiendo el uso común del lenguaje. En España, la «Dictadura» es por excelencia el
tiempo de gobierno del general Primo de Rivera. En Hispanoamérica se habla en todos
los países de «dictaduras» de diversos caudillos, cuyas características son
fundamentalmente dos de carácter negativo: contradicción de los principios
constitucionales. democráticos y ausencia de propósito de crear un nuevo régimen
antidemocrático. Son d. extraconstitucionales no constituyentes. A lo sumo, aspiran a
dar una nueva Constitución dentro del orden democrático, no más allá de él. Su
explicación (y justificación posible, según las ideologías) es doble: a) La enunciada por
Donoso Cortés en su célebre dis• curso en el Congreso el 4 en. 1849: las leyes se han
hecho para las sociedades, no a la inversa; y frente a la insurrección y el caos se precisa
una reacción no legal, pero sí necesaria, para la conservación del cuerpo social. La d. es,
en esta concepción, el estado excepcional de reacción del orden contra el desorden y por
encima de la -ley, como reacción de hecho (política), más que de Derecho. Ni se somete
a normas, como la d. comisoria, ni quiere constituir, como la soberana. b) Lo más
frecuente en la historia contemporánea es que esta nueva tiranía, tan parecida a las
griegas, se establezca en beneficio de las oligarquías y no de las fuerzas populares, a
diferencia de Grecia.

La dictadura del proletariado. ¿No es probable que sea ésta la versión actual de la
tiranía popular helena? Es posible. Lo que sí es seguro es que no se trata de ninguna d.
del proletariado. La expresión y el concepto, netamente marxistas, se expresaron por
Marx en una carta a Weidemeyer de 5 mar. 1852 y más tarde en su Crítica del Programa
de Ghota, desarrollándose luego por Lenin (sobre todo, en El Estado y la Revolución):
entre el capitalismo y la sociedad sin clases del socialismo se interpone una fase de
transición, la d. del proletariado, el cual, al erigirse en clase dominante, realiza la gran
revolución de la historia de suprimir las clases sociales y establecer la verdadera
democracia. Subyacen aquí dos notas típicas de todo régimen dictatorial: plenitud de
poderes y provisional ¡dad. Lo que sucede es que, en cualquier caso, la expresión es
inadecuada: 1) La d. implica de suyo un poder personal y una organización. El
proletariado es una categoría abstracta y colectiva, incapaz de dominar dictatorialmente.
2) La organización del mismo conduce al partido, de suerte que, todo lo más, habrá una
d. del partido comunista (como ya los spartakistas alemanes objetaron a los
bolcheviques rusos). 3) Pero la organización dentro del partido, por la inexorable Ley de
bronce de las oligarquías (v.), conduce a la d. oligárquica de los dirigentes, del Comité
Central del Partido (como ha denunciado Milovan Djilas, en su famosa obra La nueva
clase). 4) Finalmente, como todo régimen autocrático tiende al poder personal, la
supuesta e imposible d. del proletariado remata, no en la del partido ni en la de su
oligarquía rectora, sino en la de un dictador: Lenin, Stalin, Mao, Castro. 5) En cualquier
caso, es obvio que, como dice Schumpeter, no se trata de una d. del proletariado, sino de
una d. sobre el proletariado. La realidad histórica habla sobre esto con mayor elocuencia
que cualquier argumentación. 6) La única duda es la de si esa d. se ha establecido, como
la mayoría de las tiranías griegas, en beneficio de las fuerzas populares. Y en esto,
mejor dicho, en la realización de la justicia social y el bien común, está la piedra de
toque para juzgar cualquier régimen calificado, por la forma, de d. o de tiranía.