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3/8/2020 La poesía como génesis. Musicalidad y estilo. Análisis y aplicación del lenguaje poético a otras formas narrativas.

La poesía como génesis. Musicalidad y estilo. Análisis y


aplicación del lenguaje poético a otras formas
narrativas.

Sitio: FLACSO Virtual Impreso por: JUAN MARTIN BIEDMA


Escrituras: creatividad humana y comunicación Día: lunes, 3 de agosto de 2020, 08:42
Curso:
- Cohorte 12
La poesía como génesis. Musicalidad y estilo.
Clase: Análisis y aplicación del lenguaje poético a
otras formas narrativas.

Descripción

Eduardo Parra

Tabla de contenidos

Hacia la esencia del trabajo poético


La poesía como génesis
Poesía, ritmo y música
Salida
Bibliografía

Hacia la esencia del trabajo poético

Eduardo Parra Ramírez*

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3/8/2020 La poesía como génesis. Musicalidad y estilo. Análisis y aplicación del lenguaje poético a otras formas narrativas.

Así es. La poesía no sirve para nada. La idea de que toda obra humana cumple una función utilitaria es una
desviación del uso ritual de la palabra. En el seno de todas las culturas de la humanidad siempre ha existido
una verdad antigua: el que puede ver es el que está llamado a revelar. Y en esa antigüedad, acaso más lejana
de lo que sabemos imaginar, el que veía era el individuo cuyo corazón estaba poseído por la verdad. La verdad
y la sed infundían en él la capacidad de penetrar con la mirada la dureza de las cosas y la aún más pétrea
dureza de las apariencias. Consagraba su actualidad a indagar en el misterio del mundo y luego sacrificaba sus
visiones en la palabra, es decir, revelaba el Secreto. Las prendas de semejante exploración no eran la luz y la
razón, como mucho después se habrían de consolidar en la tradición científica. El trabajo del visionario era el
sentido mágico de la realidad, la imaginación delirante y la ebriedad oracular, en suma, el desgobierno de la
sinrazón, única vía que permite el ingreso a la bóveda del enigma. La palabra entonces trascendía su estricta
función comunicativa y adquiría una naturaleza ritual, religiosa; se incorporaba al pensamiento mágico, el que
no nos explica pero nos llena de sentido. El que revela es el poeta.

Dice Robert Graves:

En la Europa antigua, mediterránea y septentrional, la poesía era un lenguaje mágico vinculado a


ceremonias religiosas populares en honor de la diosa Luna, o Musa, algunas de las cuales datan de la
época paleolítica, y que éste sigue siendo el lenguaje de la verdadera poesía, «verdadera» en el
moderno sentido nostálgico de «el original inmejorable y no un sustituto sintético». Ese lenguaje fue
corrompido al final del período minoico cuando invasores procedentes del Asia Central comenzaron a
sustituir las instituciones matrilineales por las patrilineales y remodelaron o falsificaron los mitos para
justificar los cambios sociales. Luego vinieron los primeros filósofos griegos, que se oponían
firmemente a la poesía mágica porque amenazaba a su nueva religión de la lógica, y bajo su influencia
se elaboró un lenguaje poético racional (ahora llamado clásico) en honor de su patrono Apolo, y lo
impusieron al mundo como la última palabra respecto a la iluminación espiritual. (GRAVES; 1970, 14)

Hasta nuestros días ha subsistido y proliferado una poesía apolínea, dictada por el programa de la inteligencia,
atenida a trucos retóricos, que reposa en el trono de terciopelo de la forma y que no se compromete con una
coherencia cuyo torrente desemboque en la revelación conmovedora, esa que rompe la coraza del
entendimiento y deposita en el alma del que lee un mensaje significativo y transformador.

La primera interrogante a la que se ve enfrentado quien encara la enseñanza de la literatura es una elemental
tentativa de delimitación. ¿Qué es lo literario? ¿Cómo establecer la diferencia entre la palabra artística y aquella
que no lo es? ¿Sobre qué peculiaridades se erige el discurso artístico?

El diccionario de la Real Academia Española define la literatura como "el arte que emplea como medio de
expresión una lengua", mientas que a la palabra arte la define como la "manifestación de la actividad humana
mediante la cual se expresa una visión personal y desinteresada que interpreta lo real o imaginado con recursos
plásticos, lingüísticos o sonoros." Según estas orientaciones semánticas cualquier obra de representación, ya
sea producto del intelecto o la emoción, contenida en un texto, puede ser considerada literaria. A mi entender, el
asunto es mucho más complejo.

Partamos de la siguiente base. La literatura es el intento de comunicar estéticamente una experiencia espiritual
a través de la palabra escrita. Pero el espíritu, es algo inefable, algo que acaso no puede percibirse sino
imaginarse. Luego, detrás de toda poética no está la historia de las palabras sino la historia de la imaginación,
el hecho artístico. La palabra que no se resigna a nombrar reproduciendo sino que aspira a nombrar poniendo
algo nuevo, algo distinto. Ese algo que no estaba en el mundo antes de que el poeta lo descubriera y lo
sacrificara en su forma verbal definitiva. Esto es, nos queda la impresión de que vemos por primera vez algo ya
conocido, de que se nos convida a saber algo que no sabíamos que sabíamos.

La idea más radical que promueve nuestro pensamiento es que el escritor artista, más que productor de
palabras, es productor de imágenes. Imaginar es hacer presente lo ausente. El escritor artista no pretende, a
diferencia de lo que el consenso supone, generar pensamiento original. Él recibe el dictado de lo íntimo, de lo
significativo, la provocación de la creación, y traduce las imágenes que le son confiadas en la incandescencia
de la ensoñación. No hay poética que no cumpla el proceso de imaginación, del imago.

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Según Carl Gustav Jung, "hay obras, tanto en la poesía como en la prosa, que surgen enteramente de la
voluntad y de la decisión del autor de producir tal efecto y no otro. En este caso, el autor somete a la materia a
un tratamiento predeterminado y dirigido a un fin, restando y añadiendo a su antojo, subrayando este efecto,
moderando aquél otro, poniendo aquí un color y allá otro, sopesando cuidadosamente los posibles resultados y
respetando siempre las reglas de lo que se considera las formas bellas y el estilo. El autor emplea en este
trabajo su juicio más agudo y elige sus expresiones con entera libertad. La materia es para él sólo materia
sometida a su intención artística: quiere representar esto y no otra cosa. En esta actividad el poeta se identifica
enteramente con el proceso creador, sin que importe si se ha puesto voluntariamente a la cabeza del impulso
creador o si éste ha tomado posesión de él como mero instrumento hasta el punto de llegar a perder toda
conciencia de tal hecho. Él es la creación misma y se encuentra inmerso en ella con todo su ser, inconfundibles
ambos, con toda su intención y todo su saber.

"Hay otra clase de obras de arte que afluyen más o menos completas a la pluma del autor, que salen a la luz
bien armadas, como Palas Atenea de la cabeza de Zeus. Estas obras se imponen literalmente al autor, toman
posesión en cierto modo de su mano, su pluma escribe cosas que su espíritu contempla con asombro. La obra
trae consigo su forma; lo que el autor quiere añadirle es rechazado, lo que él desdeña se le impone. Su
consciencia contempla el fenómeno, atónita y vacía, mientras se ve inundada por un torrente de ideas e
imágenes que su intención jamás ha creado y que su voluntad jamás habría querido producir. Con renuencia
tendrá que reconocer que en todo ello habla de sí mismo, que su naturaleza más íntima se revela a sí misma y
proclama en alta voz lo que él jamás le habría confiado a su lengua. Sólo puede obedecer y seguir ese impulso,
aparentemente extraño a él, sintiendo que su obra es más grande que él, por lo que ejerce un dominio al que no
puede oponerse. No es idéntico con el proceso de creación artística; es consciente de que se sitúa por debajo
de su obra, o al menos a su lado, como una segunda persona que se viera abocada a girar en la órbita de una
voluntad ajena a ella.

"Es en esto donde se identifica particularmente lo que hemos llamado "el genio", pues un espíritu especialmente
dotado destaca precisamente porque, con toda la libertad y claridad de su "vivirse", se ve apremiado y
determinado por lo inconsciente, ese misterioso dios que habita en él, porque surgen en él visiones... sin que
sepa de dónde proceden, porque se ve impelido a crear y actuar, sin que conozca su fin, y porque impera en él
un impulso de llegar a ser y desarrollarse sin que sepa para qué.

"En consecuencia, la vida del escritor artista está necesariamente llena de conflictos, pues en él luchan dos
fuerzas: el hombre común con sus justificadas reivindicaciones de felicidad, satisfacción y seguridad vital, por
una parte, y por otra, la pasión despiadada y creadora que puede incluso dar al traste con todos sus deseos
personales. De ahí que el destino vital personal de muchos artistas sea tan decididamente insatisfactorio, e
incluso trágico... Rara vez un ser humano creativo no tiene que pagar cara la chispa divina de su grandiosa
capacidad." (JUNG, 2002, 74)

Es en este punto de incandescencia donde inicia la experiencia de escribir. Mejor dicho: de emprender el
proceso de exploración interior que implica escribir literatura. En esta íntima encrucijada donde el autor
comprende que está comunicando algo que es previo a las palabras y por lo tanto la escritura no se reduce a un
asunto de corrección. Escribir es también la provocación y el registro de las propias perplejidades, aunque este
proceso sea incómodo y aún doloroso.

En la obra de arte se cumple una revelación esencial mediante una forma estética. Lo estético entonces no es
lo esencial sino el medio de acceso al mensaje significativo. La conciencia, siempre dispuesta a racionalizar su
percepción del mundo, está acorazada por el intelecto. La operación estética es capaz de horadar esa
armadura para que el mensaje ingrese y desove su materia transformadora. Dicho de otro modo, en el centro
de la experiencia literaria no está la forma que adquiere el lenguaje que comunica, es decir, la sustancia, sino la
revelación esencial a la que conduce ese lenguaje.

La necesidad de escribir es una pulsión por desvelar el misterio del corazón del hombre.

https://www.youtube.com/watch?v=wqC0OCIxoJQ

La obra terminada, la obra artística es una experiencia estética que espera su interlocutor; pero también es una
invocación capaz de penetrar la bóveda del alma.
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Sabemos que el arte verdadero es indagación en el Enigma y que, llevada a su feliz extremo, la escritura
literaria es una conmoción que conduce al sujeto a una revaloración de las más íntimas habitaciones de su ser.
En consecuencia, aquél que se sueña o se pretende escritor verdadero no se contenta con una enunciación
más o menos eficaz, correcta. Ambiciona –y su persecución puede durar años— parir una verdad poética, una
verdad estética, por medio de la invocación que es su obra. Debe entonces, ciertamente, pulir y calibrar
armoniosamente, las herramientas de su trabajo expresivo, desarrollar la fuerza de su decir. Eso significa
encarar el necesario adiestramiento, el sacrificio del tiempo y el cumplimiento de un ritual de paso del cual ha de
egresar sabiéndose escritor. Si la voluntad de escribir es una pulsión por revelar el Misterio, hacerlo significa
construir una serie de artefactos verbales, igualmente misteriosos y fascinantes.

Vehículo de la gesta, de la epopeya, el poema registra una relación de travesía. El mito ha sobrevivido en la
forma sanguínea del poema. Toda mitología se avoca a trazar la ruta del origen, el génesis esclarecedor que
nos orienta; se avoca asimismo a instalar las lógicas de una cosmogonía necesaria, con el impulso de un soplo
fantástico y los rigores de un cuerpo de conocimientos comprobables. Esa cosmogonía será la base sobre la
que habrá de edificarse la Ciencia. Toda mitología ofrece pautas con arreglo a las cuales el comportamiento
toma forma, se moldea. Determina los galardones del héroe y las condenas del trasgresor. Fecunda las
voluntades para el quehacer de su propio culto, se asegura de la permanencia de éste por medio de la
introyección de la sagrada idea de tradición. Pospone la indagación reflexiva de frente al misterio abismal o
recóndito, a favor del monolito de la fe. Toda mitología representa la idea unificadora en torno a la cual las
voluntades sociales, por naturaleza divergentes, se agregan.

El tema con que la mitología nos ofrece su versión de la historia es la confrontación perpetua del Bien y el Mal.
Los poemas Homéricos prodigan las acciones heroicas, rinden el testimonio del sacrificio. Notifican la voluntad
del que abdica de su individualidad a favor del beneficio colectivo. En ese sentido, la poesía ha sabido
instalarse en la conciencia colectiva, pertenecer a la historia y dar cuenta de ella.

La poesía como génesis

El poema es un caracol en donde resuena la música del mundo

y metro y rimas no son sino correspondencias,


ecos de la armonía universal.
Octavio Paz

Introducción

Antes de ingresar a la médula de esta clase, a un atisbo acerca de los orígenes de la palabra poética y la
música de la poesía, conviene revisar, quizá podría decir enjuiciar la idea que tenemos hoy de la naturaleza de
la poesía y su utilidad. ¿Qué es la poesía, para qué sirve?

Para hablar de poesía y del fenómeno poético quizá convenga establecer una red de diferenciaciones
semánticas que permita su mejor abordaje. Percibo que en general suele existir confusión con los siguientes
términos: la poesía, el poema y lo poético. Confusión acaso alimentada por los afanes y extravíos de la industria
editorial, que tiende a prestigiar validar como poesía obras de factura discutible. Aunque sabemos que no se
trata de un fenómeno reciente. Ya hace cuarenta años Roger Caillois denunciaba:

Se presentan como poemas tantas obras en las que es difícil encontrar otra cosa que los fraudes más
inadmisibles, tanto sentimentales como artísticos o intelectuales, que es imposible que un juicio severo
no considere a la poesía como el derecho dado a cualquiera para decir cualquier cosa, sin garantía y
sin obligación de rendir cuentas. (CAILLOIS, 1993: 14)

Si bien es cierto que el fenómeno poético puede hallarse espontáneamente manifestado en expresiones
escritas cuya intención no fue el poema, hay que precisar lo siguiente: lo poético y la poesía no son lo mismo.
Quizá debería empezar por reconocer que la poesía es un trabajo consciente que implica cuatro características
esenciales: lenguaje, ritmo, métrica e imagen. La labor de composición, sin embargo, no significa que el poema
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se cumpla en su forma estética; es preciso que la forma y su fascinación estética encaminen al lector a una
revelación conmovedora. Es decir, que la experiencia poética trascienda el placer mismo de la retórica. Dice
Octavio Paz que “no toda obra construida bajo las leyes del metro contiene poesía”. Una forma literaria
determinada puede o no alcanzar el rango de poesía, pero no lo es por el hecho de emplear una manera
consagrada. Sostiene también que “cuando la poesía se da como una condensación del azar o es una
cristalización de poderes y circunstancia ajenas a la voluntad creadora del poeta, nos enfrentamos a lo
poético… que es poesía en estado amorfo; el poema es creación, poesía erguida. Sólo en el poema la poesía
se aísla y revela plenamente. El poema no es una forma literaria sino el lugar de encuentro entre la poesía y el
hombre. Poema es un organismo verbal que contiene, emite o suscita poesía.” (PAZ, 2003: 14).

La lógica conceptual establece leyes que garantizan la concordancia, el hilván de un discurso coherente. La
poesía late en un universo paralelo, colmado de invención y regido por la forma. Antes de componerlo, el poeta
mira el poema. Se embarca en él y recala en la razón para reabastecerse de sentido. En esos desembarcos de
lucidez boceta los mapas del poema. El poema es el organismo, la cifra básica. La parte por la que el todo se
asoma. Para ser visitada, la poesía debe avanzar en el agua de su reflejo; poesía su vehículo. El tejido hace
red, la red el cuerpo. La célula básica es sustancia poética. Dentro de sus cláusulas formales el poema es
capaz de hospedar la más subversiva lesión de la lógica. No interpreta al mundo, no lo elucida. Le propone
universos paralelos compuestos de palabras.

Respecto a la segunda interrogante, ¿para qué sirve la poesía?

La respuesta es simple aunque no fácil de comprender: El acontecimiento poético tiene un sentido pero no una
utilidad. La poesía es el territorio en el que se hace posible la expresión de lo íntimo dentro de los cauces de la
invocación estética. Experiencia plácida o perturbadora, la poesía nos brinda un atisbo al asombro, a la
revelación, al acto de iluminar las cosas de adentro hacia afuera. La palabra colmada de síntesis que
desentraña lo esencial. El resultado de la obsesión por lesionar el idioma que se habita. Poesía es, podría ser,
búsqueda de nuevos cauces expresivos, de la justa revaloración de la forma, de la expansión de la conciencia
en una aventura estética. Es la muesca —la huella en el mejor de los casos— con que agredimos los rigores
estables de la historia y dejamos constancia de nuestros cuestionamientos. También es el vértigo en donde lo
insondable, envuelto en una forma feliz y aterradora, crepita y nos fascina.

Poesía, ritmo y música

Gracias, poesía,
por ayudarme a comprender
que no estás hecha sólo de palabras.
Roque Dalton

Si logramos desprendernos de nuestra idea actual de “obra”, es posible imaginarnos un tiempo remoto en que
los sonidos aún no cedían paso a las palabras. Los ruidos y sus respectivas inflexiones, sus intenciones. El
grito, la música del grito. La casi palabra. Fue música el antecedente del nombre. Y silencio.

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El propio grito

que dé al grito su nombre

en el poema,

desbordará sus ríos caligráficos,

empujará sus tintas

hacia el morir sin mares,

hacia los medianiles del cuaderno,

limitará su texto

a las palabras entre líneas,

convertirá la pluma en ave entera.

La pausa misma,

lago de lenguas arrancadas

entre uno y otro grito,

será el poema.

Y el grito real,

el grito y su garganta

que el mapa de los versos y las comas

finge apenas,

el grito y sus moléculas,

el grito y sus medulas,

dará sus cuerdas vivas al grito del poema.

(LIZALDE; 2005, 112)

Toda experiencia comunicable es la representación de un tiempo y un espacio. La poesía, al abolir las formas
posibles de la realidad, configura una nueva realidad. Eso a lo que llamamos ritmo es el tiempo universal de la
nueva realidad creada con palabras. El ritmo produce una sensación de vida, de algo que late; asimismo,
provoca una fascinación, su música suspende el tiempo solar. La razón vive permanentemente acorazada,
enferma de racionalidad. Para aferrarse al pacto social, la psique se atrinchera detrás de una incesante muralla
de conocimientos y convencimientos. La música que hay en la palabra poética, en su cadencia, pospone, a la
manera de un mantra, las defensas intelectuales. Seduce. Hay un antiguo soplo elemental en la danza del
verso. Funciona así como el compás que, en música, es la unidad del ritmo. No puede dividirse sin lesionar la
vértebra del discurso. Partes un verso a la mitad y sangra, dice el poeta Efraín Bartolomé.

El ritmo no solamente es el elemento más antiguo y permanente en el lenguaje, sino que no es difícil que sea
anterior al habla misma. En cierto sentido puede decirse que el lenguaje nace del ritmo; o, al menos, que todo
ritmo implica o prefigura un lenguaje. Así, todas las expresiones verbales son ritmo, sin excluir las formas más
abstractas o didácticas de la prosa. El ritmo se da espontáneamente en toda forma verbal pero sólo en el
poema se manifiesta plenamente. En el fondo de toda prosa circula, más o menos adelgazada por las
exigencias del discurso, la invisible corriente rítmica.

El ritmo es un componente esencial no nada más en la composición, es decir, en el resultado final del trabajo
poético en tanto obra. También es la semilla de la creación de poema. Dichosamente alterado por la embriaguez
de ritmo, el poeta recibe el dictado de lo inconsciente a través de las libres asociaciones propiciadas por la
música, rumbo a un discurso libre de la dictadura del significado. Y así, crea un nuevo significado pariendo de
una sucesión, misteriosamente ordenada, de verdades que no son lógicas, sino estéticas.

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En el fondo de todo fenómeno verbal hay un ritmo. Las palabras se juntan y separan atendiendo a
ciertos principios rítmicos. Si el lenguaje es un continuo vaivén de frases y asociaciones verbales
regido por un ritmo secreto, la reproducción de ese ritmo nos dará poder sobre las palabras. El
dinamismo del lenguaje lleva al poeta a crear su universo verbal utilizando las mismas fuerzas de
atracción y repulsión. El poeta crea por analogía. Su modelo es el ritmo que mueve a todo idioma. El
ritmo es un imán. Al reproducirlo —por medio de metros, rimas, aliteraciones, paronomasias y otros
procedimientos— convoca las palabras. (PAZ: 2003, 53)

Cada poema cala el tiempo. El pulso poético, el ritmo adherido a la conciencia, funda la música propia en que el
poema se acabala. “Nosotros somos el tiempo y no son los años sino nosotros los que pasamos.” Así, el ritmo
en el poema registra nuestro paso por la vida. Leer un poema es presentir su muerte, la nuestra. La música
interna de un poema infunde vida, dota de sangre y ánimo a sus cauces. Pero también el tiempo es capaz de
expandirse en la experiencia poética, o sesgarse. O bien, multiplicarse o contraerse. Bifurcarse, volver sobre sí
mismo. El tiempo y el espacio invaden el espejo del otro. Se enamoran de su semejanza. En un tiempo
inmarcesible el poema hospeda la conciencia para revelarle algo probablemente inolvidable.

¿Por qué en el discurso poético el ritmo tiene un carácter de necesidad? ¿Por qué sentido y ritmo son
inseparables? La poesía se originó con música gracias a su función ritual, más que de representación, de
invocación. Poseía, y en mi opinión la auténtica poesía sigue poseyendo, atributos bastantes para ser
considerada un medio de comunicación espiritual, el que une lo humano con lo divino. Esa cualidad esencial se
ha mantenido. Escribir poesía hoy supone la consciencia de que temporalidad y musicalidad con componentes
esenciales, no sólo formales, del poema.

El ritmo ya puede no ser más una sub-categoría de la forma. Es una organización (disposición,
configuración) de un conjunto. Si el ritmo está en el lenguaje, en un discurso, es una organización
(disposición, configuración) del discurso. Y como el discurso no es separable de su sentido, el ritmo es
inseparable del sentido de ese discurso. El ritmo es organización del sentido en el discurso. Si es una
organización del sentido, ya no es un nivel distinto, yuxtapuesto. El sentido se hace en y por todos los
elementos del discurso. La jerarquía del significado no es más que una variable de él, según los
discursos, las situaciones. El ritmo en un discurso puede teer más sentido que el sentido de las
palabras u otro sentido. (MESCHONNIC; 2007, 69)

Obsérvese cómo hay poemas con una acentuación rítmica tan perfilada que no pueden leerse en voz alta sin
que la cadencia presida la enunciación:

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Canto de verano
Juan Bañuelos

Cómo entiendo la triste respuesta que dan los caminos.

Cómo escucho la hierba que crece sedienta a mi espalda.

Soy silencio al acecho, al acecho de un sol invisible.

que suture la herida que lame la sombra dejada

en el hierro candente que vibra si se hunde en el agua.

Y si yo les dijera qué tibia la sal nos agolpa

en el mudo costado del alba,

qué de encuentros brotaran sin tregua

por las calles y el árbol que ha tiempo

ve caer el abismo a sus pies.

Ah la bella palabra que se abre en la noche y florece en el canto.

como se abre la mano mojada de aurora,

como se abren los muslos

que derriten los hielos

de esta oscura tristeza.

Y si acaso pregunto qué fruta ha rozado mi sueño

¿quién entre todos diría

que la rama es la frente de un niño que puebla

de fantasmas la noche.?

Me da el viento en los ojos,

me da el eco en la sangre,

me da en la vida todo el sabor de la yedra de tu escalofrío.

Y no quiero buscarte y no quiero ceñirte a mi sombra

y no quiero sentir que es tu boca de piedra

por temor de apagar esta cima de llamas

y sentirte distante.

Ah el amor que amanece

desgarrado en la hierba.

(BAÑUELOS, 2012, 127)

Para Pound la poesía en general puede clasificarse en tres “géneros poéticos, la fanopea, que proyecta
imágenes sobre la imaginación visual, la logopea, que es la danza del intelecto entre las palabras, y la melopea,
donde las palabras poseen, más allá de su función semántica, propiedades musicales que hacen o encaminan
un sentido a partir no de su significación sino de su resonancia.

https://www.youtube.com/watch?v=QhhSYmu-MGA

El individuo se ha formado con las nociones de verdad que la religión le aporta. Sin embargo, andar la vida es
avanzar entre una espesura de contradicciones. Hay verdades propias, insignificantes o últimas, esparcidas
como minas y detonadas por un andar que la poesía articula.
El dolor es la verdad, todo lo demás está sujeto a duda, dice Coetzee. Hay un impulso inherente a la condición
humana que consiste en localizar la verdad. El poema se ocupa de mitigar esa sed. Poesía como religión parte
de la situación humana original y quiere expresar simplemente lo que somos. En ese sentido, y en última
instancia, poesía es revelación. Al poeta le es revelada una forma, un contenido que se cumplen y se agotan en

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sí mismos. Son productos irrepetibles y discernibles en su temporalidad y su función. ¿Qué los anima? Sólo el
toque de un lector o un oyente a quien le será confiada esa verdad particular, con la singularidad de esa forma.
El ciclo se consolida, se consagra.

En manos del poeta las verdades del mundo no son necesariamente alteradas o desplazadas por medio de
operaciones retóricas. La poesía no suprime la verdad, la desborda.

Poesía
Xavier Villaurrutia

Eres la compañía con quien hablo

de pronto a solas.

Te forman las palabras

que salen del silencio

y del tanque de sueño en que me ahogo

libre hasta despertar.

Tu mano metálica

endurece la prisa de mi mano

y conduce la pluma

que traza en el papel su litoral.

Tu voz, hoz de eco,

es el rebote de mi voz en el muro,

y en tu piel de espejo

me estoy mirando mirarme por mil Argos,

por mí largos segundos.

Pero el menos ruido te ahuyenta

y te veo salir

por la puerta del libro

o por el Atlas del techo,

por el tablero del piso,

o la página del espejo,

y me dejas

sin más pulso ni voz y sin más cara,

sin máscara como un hombre desnudo

en medio de una calle de miradas.

(VILLAURRUTIA; 1991, 76)

Quien toma la pluma para escribir y no desea conformarse con una enunciación intelectual ni ser visitado por la
cursilería o la vulgaridad deberá emplear unas cuantas destrezas de manera simultánea en el proceso de
elaboración creativa:

Emoción
Raciocinio
Imaginación
Sensibilidad
Conocimiento
Es a la suma, o mejor dicho, a la aplicación coordinada de estos recursos, a lo que podríamos llamar talento.

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El discurso literario más conocido, el más abundante gracias a lo consagrado por la tradición y a lo divulgado
por la industria editorial, es el intelectual, aquél en cuyo proceso de composición ha imperado la búsqueda de
sentido. Implica una cierta tranquilidad racional que nos hace sentir que existe un sentido previo a lo que
queremos expresar que las palabras están mansamente permeadas de ese sentido y que el escritor llena
páginas y páginas con las cláusulas de un contrato firmado de antemano con el lector. Ese pacto el vulnerado
cuando, por medio de operaciones estéticas, atrevimientos formales más o menos insumisos, se lesiona la
sustancia de lo que el lector espera.

Uno de los indiscutibles valores del discurso poético lo da la sensación de novedad. El hecho de que estamos
presenciando la evolución de un discurso inusitado o bien vertido de un modo original por una consciencia que
nos pronuncia o escancia de un modo sorprendentemente expresivo una esencia reveladora. Por ello, la poesía
es el espacio por excelencia en el que la forma no está al servicio del contenido. La subjetividad del escritor se
escancia de modos misteriosos, conmovedores e irrestrictos.

Si el libro no tiene eso, inefable, milagroso, que hace que una palabra común, oída mil veces,
sorprenda y golpeé; si cada página puede pasarse sin que la mano tiemble un poco; si las palabras no
pueden sostenerse por sí mismas, sin los andamios del argumento; si la emoción sencilla, encontrada
sin buscarla, no está presente en cada línea, ¿qué es un libro? …esto que ves aquí, en este cuaderno
lleno de palabras y borrones no es más que el nulo resultado de una desesperante tiranía que viene no
sé de dónde. Todo esto y todo lo que iré escribiendo es sólo para decir nada y el resultado será, en
último caso, muchas páginas llenas y un libro vacío. (VICENS: 1986, 45)

Salida

El poeta es un fingidor.
finge tan sinceramente
que hasta siente que es dolor
}el dolor que en verdad siente.
Fernando Pessoa

Una aproximación a la poesía en el marco de la experiencia académica que nos reúne debería desembocar en
una invitación a pensarla desde el proceso creativo. ¿Hacia dónde va la poesía moderna? ¿Hacia dónde y
cómo nos lleva?

Vertidas las nociones anteriores, convengamos que la poesía moderna es una forma esencial de escritura que
parte de una conciencia de los plenos poderes del lenguaje. Diríase que es el lenguaje en estado puro. Así
visto, la poesía moderna demuestra, entre otras muchas cosas, que el significado esencial de la palabra se ha
perdido. Al menos se ha ocultado en la espesura de una suma de discursos utilitarios concebidos en nombre de
la comunicación humana. Al mismo tiempo, la poesía, incluso lo poético, es una de las rutas para
reencontrarnos con la palabra esencial. “A distinguir me paro las voces de los ecos”, dice Machado.

Entonces, la grandeza de la poesía actual está en su apetito de búsqueda, su afán inaugural de nuevos cauces
expresivos en una época en la que la apuesta por el realismo, y la representación se agotan de maneras cada
vez más ostensibles. El poeta se desnuda de realidad y produce una nueva realidad, acaso improbable.
Atendiendo el antiguo precepto aristotélico, más vale un verosímil imposible, que un posible inverosímil.

Faulkner ha afirmado que el carácter inmortal del hombre, de la aventura de la especie, se debe no sólo a que
es el único entre los animales dotado de una voz inextinguible sino por el hecho de poseer un alma, un espíritu
capaz de sacrificio y de resistencia, y escribir acerca de estas cosas es el deber del poeta, del escritor.

Ofrezco una última consideración, esta vez en forma poética:


https://virtual.flacso.org.ar/mod/book/tool/print/index.php?id=1059601 10/12
3/8/2020 La poesía como génesis. Musicalidad y estilo. Análisis y aplicación del lenguaje poético a otras formas narrativas.

Escribo
No son las cicatrices de las horas

la escritura

de esta caligrafía de silencios

Qué callado paisaje

entretiene las sombras

cómo niega la forma en su espesura

En la cima del día

el horizonte pronuncia para el ojo

sin mirada

pedregales de asombro

Entre el ojo y la cosa

no hay línea recta

sino grieta que declara el desgaste

Todo es cuerpo de piedra que nos desobedece

endureciendo la memoria del mundo

Digo mi tiempo

Verbo que brota enfurecidamente

como brota la luz del estallido

Escribo descendiendo

pisando antecedentes

El dolor pone rostros en el ojo que llora

Vuelvo a mirar antes de abandonarlos

por un instante me reconozco en ellos

No basta la palabra

Un animal penetra por los ojos

y fecunda las furias sin sentido

con su sangre desnuda

Aquí está la ceniza de lo que fue palabra

y será olvido

Escribo sin idioma

para dinamitar

Bibliografía

BAÑUELOS, Juan. Vivo, eso sucede. México, Fondo de Cultura Económica, 2012.

CAILLOIS, Roger. Acercamientos a lo imaginario. México, Fondo de Cultura Económica, 1993.

ELUARD, Paul. El poeta y su sombra. Fragmentos para un arte poético. Barcelona, Icaria, 1981.

https://virtual.flacso.org.ar/mod/book/tool/print/index.php?id=1059601 11/12
3/8/2020 La poesía como génesis. Musicalidad y estilo. Análisis y aplicación del lenguaje poético a otras formas narrativas.

FAULKNER, William. “Discurso de aceptación del premio Nobel” en El placer y la zozobra. El oficio de escritor.
Varios autores. México, UNAM, 1996.

GRAVES, Robert. La diosa blanca. Historia comparada del mito poético. Buenos Aires, Losada, 1970.

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MESCHONNIC, Henri. La poética como crítica del sentido. Buenos Aires: Mármol-Izquierdo Editores, 2007.

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POUND, Ezra. El arte de la poesía. México: Joaquín Mortiz, 1970.

VICENS, Josefina. El libro vacío. México, Lecturas mexicanas, 1986.

VILLAURRUTIA, Xavier. Antología. México, Fondo de Cultura Económica, 1991.

https://virtual.flacso.org.ar/mod/book/tool/print/index.php?id=1059601 12/12