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INTELIGENCIA EMOCIONAL Y

ORIENTACION VOCACIONAL
Lic. Judid Fraga
Psicólogo Asesor y Orientador

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Sin ánimo de ser negativista, iniciemos con la presentación de un problema que además
de actual, nos es propio y, por tanto, cada vez más inquietante: Más del 40% de los
jóvenes que cursan los primeros semestres en las universidades, exponen que
“escogieron mal la carrera”; de ellos el 15% aproximadamente desertan al final del
primer año.
Según los expertos, los factores ligados a este hecho, están relacionados directamente
con el proceso que debió preceder el inicio de la universidad, y que por múltiples
razones, no se llevó a cabo con la sistematicidad necesaria, ni la experticia y el tiempo
esperados para obtener éxito al reducir la deserción e insatisfacción personal que
redunda en la profesional: La Orientación Vocacional.
La Orientación Vocacional, aunque no es un concepto unívoco, puede ser entendida
como el proceso de ayuda en la elección de una profesión, la preparación para ella, el
acceso al ejercicio de la misma y la evolución y progreso posterior.
La Orientación Vocacional pretende ayudar a que la persona elabore un concepto
adecuado de sí mismo y de su papel en el trabajo. No es un proceso puntual, sino
continuo en el tiempo, que persigue como objetivo el desarrollo de la persona.
Bajo esta perspectiva, la Orientación Vocacional es un proceso complejo y continuo,
que tiene como objetivo despertar intereses vocacionales a través del conocimiento de sí
mismo, ajustar dichos intereses a la competencia laboral del sujeto y evaluarlas en
relación a las necesidades del mercado de trabajo, es decir, ubicarse luego en el contexto
social-laboral.
Si esta exposición conceptual no es suficiente para ver la relación directa entre la
Orientación Vocacional y la Inteligencia Emocional, es porque hemos perdido el
camino original, esperando que poco pero de calidad, fuese suficiente para que nuestros
adolescentes alcanzasen la meta: ser profesionales satisfechos y exitosos.
Sin embargo, debemos acercarnos más a nuestra realidad ¿en verdad a los adolescentes
les interesa verse inmersos en un programa vocacional? Investigaciones recientes en el
área concluyen que a pesar del proceso de Orientación Vocacional, la elección
vocacional definitiva depende, básicamente, de los siguientes elementos:
• que la carrera sea socialmente aceptable;
• que sea económicamente rentable;
• que, además, sea fácil y rápido el ingreso al campo laboral, sin tener en cuenta la
vocación; y,
• que si se relaciona con las materias más fáciles o las que más le gustaron en
bachillerato, mejor.
Entonces, algo está sucediendo que se escapa de nuestras buenas intenciones ¿Estamos
dejando al margen la formación personal como parte esencial de la orientación
vocacional? O ¿estamos actuando como si se tratase de dos procesos diferentes y
paralelos?.
El trabajo individual para el autoconocimiento, es la fuente inagotable de recursos para
la superación, personal, familiar, académica y, por supuesto profesional. El adolescente
tiene que conocer sus intereses, sus aptitudes, las expectativas que tiene frente al futuro,
sus temores, sus angustias; este conocimiento permite definir con mayor claridad quién
soy y quién quiero ser. Sin este primer trabajo individual, la segunda instancia del
proceso cae en saco roto: las oportunidades que le presenta la educación superior y el
conocimiento de la realidad laboral y el medio en el que está inmerso. Generalmente,
esta segunda instancia es a la que mayor peso se le da durante el proceso puntual de
Orientación Vocacional, sin tomar en consideración que su éxito depende del
autoconocimiento y madurez emocional del adolescente en cuestión.
No obstante, los números indican que son pocos los profesionales de la orientación, que
tienen la posibilidad real de abarcar la totalidad del proceso, en especial cuando es
tratado como algo puntual durante el Ciclo Diversificado. De allí la necesidad de
recurrir a otras tendencias, tecnologías, estrategias, metodologías, propuestas, que nos
permitan acercarnos más al deber ser de la Orientación Vocacional, incorporando en
nuestro quehacer la “Inteligencia Emocional” como arte y parte del proceso para la
elección de una carrera.
El filósofo Pascal escribió en cierta ocasión, hace más de 300 años, que "nada es más
poderoso que una idea cuyo tiempo ha llegado". Pues bien, la Inteligencia Emocional es
una idea cuyo tiempo ha llegado. La publicación del libro de Daniel Goleman
“Inteligencia Emocional”, se ha convertido en un gran éxito editorial, en un fenómeno
de masas. Y sin embargo, la obra de Goleman no dice nada nuevo: básicamente, que la
inteligencia medida tradicionalmente (a través del cociente intelectual) no se
correlaciona con el éxito profesional. Algo ya comentado por el periodista Walter
Lipman en los años 20 y por David McClelland en su famoso artículo de 1973, “Testing
for Competence Rather than Inteligence”.
El modelo que nos presenta Goleman fue propuesto por primera vez en 1990 por Peter
Salovey, de la Universidad de Yale, y John Mayer, de la Universidad de New
Hamsphire, en un libro que no alcanzó tanto éxito como el de Goleman. Salovey y
Mayer consideran que hay cinco dominios de la inteligencia emocional: autoconfianza,
autocontrol, persistencia, empatía y dominio de las relaciones. En “Competence at
Work”, Lyle Spencer, siguiendo la línea de McClelland, formaba cinco competencias
muy similares en su diccionario: autocontrol, autoconfianza, orientación al logro,
comprensión interpersonal e impacto e influencia. Y, lo que es más interesante todavía,
las tres que suponen gestión de uno mismo (Gardner lo llamaría inteligencia
interpersonal), esto es, autoconfianza, autocontrol y perseverancia, están ligadas a la
motivación por el logro; las dos restantes, empatía y capacidad de ilusionar a otros
(inteligencia interpersonal, en la terminología de Gardner), son competencias ligadas a
los motivos de afiliación y poder social, respectivamente. ¿Acaso no son estas
competencias básicas para una efectiva elección vocacional? ¿Qué hacemos los
orientadores para promoverlas?
La Inteligencia Emocional es una forma de interactuar con un mundo que tiene muy en
cuenta los sentimientos y engloba habilidades como el control de los impulsos, la
autoconciencia, la motivación, el entusiasmo, la perseverancia, la empatía, la agilidad
mental, etc. Ellas configuran rasgos de carácter como la autodisciplina, la compasión o
el altruismo, que resultan indispensables para una efectiva y creativa adaptación social.
Este concepto es cada vez más valorado en el mundo entero, con una marcada
influencia en el área laboral.
Esta capacidad de vivir y manejar las emociones se aprende desde la infancia. Por ello,
la familia es la escuela en la que el niño aprende, para bien o para mal, a desarrollar su
Inteligencia Emocional. No obstante, los padres no siempre son conscientes de la
trascendencia que reviste atender, integrar y conducir las emociones infantiles. Los hijos
de familias en que se han cultivado bien las emociones, son más sociables y mejores
estudiantes, aunque su "otra" inteligencia, la lógica, no sea brillante. Si bien es cierto
que la familia y la escuela son fundamentales en el desarrollo de la Inteligencia
Emocional, nunca es tarde para efectuar correcciones y adquirir nuevas habilidades en
este terreno. Nos jugamos mucho en ello y, por muy adolescentes, jóvenes o adultos que
seamos, siempre podemos desarrollar un dominio más eficaz de las emociones. El éxito
en la toma de decisiones depende mucho de la madurez y estabilidad emocional de
quien decide.
Con la evolución de esta disciplina se han identificado varios tipos de Inteligencia
Emocional. La Inteligencia Intrapersonal, considerada como la capacidad que tiene el
individuo de poder entender e identificar sus emociones, además de saber cómo se
mueve subjetivamente en torno a ellas. Una vez que la persona conoce su dimensión
emocional, comienza a tener mejor y mayor control sobre su vida, lo que redunda en
mayor estabilidad y poder de decisión.
La otra dimensión de funcionamiento emocional es a nivel Interpersonal. Se refiere a la
capacidad que tiene el individuo de entender las emociones de las otras personas y
actuar de manera cónsona a ellas. El individuo se convierte en un potenciador de
recursos intelectuales, ya que al poder controlar su funcionamiento emocional, logra
importantes valores agregados para su desempeño a nivel de toma de decisiones y
resolución de problemas, entre otras cosas.
En este sentido, los cinco componentes del coeficiente emocional coinciden con ello,
tres son capacidades relativas a la persona (autoconocimiento, autocontrol y
automotivación) o lo que llamamos Inteligencia Intrapersonal; y los otros dos, relativos
a las otras personas (conocer las emociones de los demás y asertividad), que
denominamos Inteligencia Interpersonal.
La autoconciencia, consiste en conocer las propias emociones. El autocontrol, es la
capacidad de cambiar o frenar emociones para evitar que las situaciones de la vida sean
un problema; y la automotivación, que es la capacidad individual de estimularse ante
situaciones adversas.
Los dos componentes restantes del coeficiente emocional que se refieren a la capacidad
de conocer a las otras personas (inteligencia interpersonal), se relacionan con las
destrezas para intuir la condición emocional de los demás, las cuales proporcionan
capacidades y habilidades muy útiles a la hora de interactuar con los demás; y por
último, se encuentra la asertividad, que es la capacidad de ser oportuno ante las
situaciones, bien sea con acciones o palabras.
Finalmente, la última clave del proceso entra en juego: La toma de decisiones. A lo
largo de este planteamiento he identificado los elementos esenciales del proceso de
Orientación Vocacional: el autoconocimiento, que de ahora en adelante llamaremos
Inteligencia Emocional; la información vocacional-profesional, la que como segunda
instancia es la que mayor peso tiene en la Orientación Vocacional practicada
regularmente en bachillerato; y, no menos importante, la resultante fundamental de las
dos anteriores la toma de decisiones acertada y satisfactoria.
Las decisiones, entendidas como elección de un curso de acción determinado son
importantes porque de ellas depende el éxito de una empresa, de una carrera
profesional, el destino de una persona, de un país, etc.
Existe al menos una teoría clásica optimizante en la toma de decisiones, en la que no
ahondaremos seguros de que el orientador maneja tal información y buscar ponerla en
práctica durante el proceso de Orientación Vocacional, pero sobre la cual enumeraremos
los pasos naturales con los cuales estableceremos una relación entre los tres elementos
esenciales de la Orientación Vocacional ya mencionados. Estos pasos según Tarter
(1998), son: 1)Identificar el problema, es decir, determinar las discrepancias entre la
situación actual y los resultados deseados. 2) Diagnosticar el problema o reunir y
analizar la información que explique la naturaleza del problema. 3) Definir las
alternativas, esto es, desarrollar todas las soluciones que son potenciales soluciones. 4)
Examinar las consecuencias, ¿Qué pasaría si...?, anticipar los probables efectos de cada
alternativa. 5) Tomar la decisión. Evaluar y elegir la mejor alternativa, aquella que
maximice el logro de las metas y los objetivos. Y, 6) Hacerlo, es decir, ejecutar o poner
en práctica la decisión.
De acuerdo con el planteamiento anterior, los dos primeros pasos dentro del proceso de
toma de decisiones, involucran necesariamente la primera instancia del proceso de
Orientación Vocacional, o como hemos convenido en llamarlo, la identificación de mis
potencialidades y debilidades usando la Inteligencia Emocional como base esencial para
el autoconocimiento. El estimular los cinco elementos del cociente intelectual
emocional, son la clave para trabajar y entrenar a los alumnos en esta instancia. Recurrir
a las pruebas psicológicas estandarizadas, puede ser un recurso para ayudar al alumno a
evaluar sus aptitudes y sopesar sus intereses; todo ello será efectivo, si no olvidamos
recurrir a la reflexión, a la transferencia de esa información a la situación real del
alumno, poniendo en perspectiva estos resultados con la información que ya tiene sobre
quién es como persona y qué quiere, en relación con sí mismo y con quienes lo rodean.
Las pruebas psicológicas no son malas en sí mismas, son inadecuadas en la medida que
no hacemos uso apropiado de los resultados que arrojan.
El tercer paso, o definición de alternativas, se corresponde con el segundo elemento o
segunda instancia del proceso vocacional: la búsqueda de alternativas u oportunidades
de estudio a nivel superior. Esta instancia, como sabemos, debe incluir todo el caudal de
información vocacional-profesional-laboral disponible, y comenzar a descartar aquellas
opciones que por su naturaleza no compaginen con los resultados de la primera
instancia.
El cuarto paso natural para la toma de decisiones, examinar las consecuencias, nos pone
nuevamente frente al problema del autoconocimiento, por lo tanto la Inteligencia
Emocional vuelve aquí a tener un papel preponderante. La confianza en mí y mis
potencialidades, el autocontrol para no tomar decisiones guiadas por el impulso y la
primera impresión; así como la capacidad de persistir a pesar de no encontrar respuestas
rápidas y apropiadas, son las competencias que tendré que poner a prueba durante esta
fase del proceso.
Este cuarto paso me lleva en forma gradual al quinto, seleccionar las mejores
alternativas, para luego, en consecuencia, poner manos a la obra: prepararme para las
pruebas de admisión, revisar y actualizar documentos, realizar las respectivas pre-
inscripciones, etc. Es decir, afrontar la realidad y ejecutar las acciones que me permitan
alcanzar el éxito en lo que me propuse. Éxito que sin duda será el resultado efectivo del
largo camino recorrido.
Entre los objetivos que como Orientador debo plantearme para desarrollar destrezas
emocionales que permitan optimizar la inteligencia emocional de los alumnos (nótese
que hablo de alumnos, para no circunscribir el proceso a la adolescencia, pues es ideal
iniciarlo mucho antes), encontramos:
• Incrementar la Confianza en sí mismo. La sensación de controlar y dominar el
propio cuerpo, la propia conducta y el propio mundo. La sensación de que tiene
muchas posibilidades de éxito en lo que emprenda y que los adultos pueden
ayudarle en esa tarea.
• Incentivar la Curiosidad. Instigar a seguir en la búsqueda aunque se tenga mucha
información (personal o profesional). La sensación de que el hecho de descubrir
algo es positivo y placentero.
• Promover la Intencionalidad. Las cosas no ocurren porque lo deseamos, ocurren
porque hacemos algo para alcanzarlas. El deseo y la capacidad de lograr algo y
de actuar en consecuencia. Esta habilidad está ligada a la sensación y a la
capacidad de sentirse competente, de ser eficaz, eficiente y efectivo.
• Mejorar el Autocontrol. La capacidad de modular y controlar las propias
acciones en una forma apropiada a la edad; la sensación de control interno. Soy
dueño de mi vida.
• Estimular la reflexión a través de la Relación. La capacidad de relacionarse con
los demás, una capacidad que se basa en el hecho de comprender y de ser
comprendido, será un elemento útil para confrontar aprendizajes personales.
• Desarrollar la capacidad de comunicar. El deseo y la capacidad de intercambiar
verbalmente ideas, sentimientos y conceptos con los demás. Esta capacidad
exige la confianza en los demás y el placer de relacionarse con ellos. Ser
empático y preciso son sus ejes centrales.
• Promover la Cooperación. La capacidad de armonizar las propias necesidades
con las de los demás en las actividades grupales. Hacer del hecho vocacional un
problema común, que depende del trabajo en equipo aunque la decisión final sea
individual. Compartir información, ideas, ofrecer feedback al comportamiento
de otro, puede colocarnos en una situación de comprensión de la realidad más
favorables, pues incluye más puntos de vista.
Finalmente, en vista que la Inteligencia Emocional puede cultivarse y que está
plenamente identificada con la Orientación Vocacional, no olvide tomar en cuenta los
siguientes factores en su trabajo cotidiano con los orientados, tanto en forma individual
como un grupos:
• Trabaje la empatía, abrirse a los demás. Observe y escuche. Fíjese en sus gestos,
en su mirada, en su forma de hablar. Aprenda a sentir lo que ellos sienten.
• Cultive el autocontrol, sin suprimir las emociones. Estimule la observación y
análisis, hasta qué punto esos sentimientos son eficaces para algo. O si hacen
daño.
• Ofrezca oportunidades para que analicen sus tensiones e instintos. Sin
reprimirse, ponga orden y canalícelos.
• Rebobine. Después de una discusión o de un día triste, pregúnteles por qué. Si su
reacción fue proporcionada, si merecía la pena haberse comportado así, ...
• Busque oportunidades para reír. La risa y el buen humor nos hacen más felices.
Y, además, parece que alargan la vida.
La pregunta que rompe paradigmas ¿qué podrían hacer en su escuela, que si lo hiciera
hoy, cambiaría dramáticamente el proceso de Orientación Vocacional hacia un proceso
asertivo y favorecedor de aprendizajes? Esta es una pregunta, que cada cual debe
responder, en función de su vivencia y de su práctica en su institución, nos mueve a la
frontera de nuestro propio paradigma del ser orientador, qué es lo que actualmente no
hago, que si lo hiciera, mejoraría tremendamente mi labor; el contestar a esta pregunta,
hacerlo de forma honesta, y escribir el compromiso que como orientadores tenemos
hacia el cambio que la respuesta suponga, es un ejercicio de inteligencia emocional y
racional; el hacerlo, un reto, y el caminar en el compromiso, una realidad posible en
beneficio de todos.
BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA
• Covey S. R. (1995). Los siete hábitos de las personas altamente efectivas.
Mexico: Paidós.
• Goleman, D. (1996). La Inteligencia Emocional. Buenos Aires: Javier Vergara.
• Lane, H. y Beauchamp, M. (1985). Comprensión del Desarrollo Humano.
México: Pax.
• Meier de Ramírez, A. (2004). Reflexiones para una decisión vocacional. I
Encuentro de Orientadores “Papel del orientador en las políticas de admisión a
las instituciones de educación superior”, Universidad Central de Venezuela,
Caracas 17-02-04.
• Reig Pintado, D. (1994). Reto al cambio. México: Mc Graw Hill.
• Rodríguez E., M. y Márquez A., M. (1988). Manejo de problemas y toma de
decisiones, México: Manual Moderno.
• Shapiro, L. E. (1997). La Inteligencia Emocional de los Niños. Buenos Aires:
Javier Vergara.
• Steiner, C. (1997). La Educación Emocional. Buenos Aires: Javier Vergara.
• Tharter, J. C. (1998). Toward a contingency of decisión making, in Journal of
Educational Administration, Vol. 36, Issue 3.
• Uzcátegui, L. J. (1998). Emociones Inteligentes: El Manual de la Inteligencia
Emocional. Caracas: LithoPolar.