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EL ESTATUTO DEL INDÍGENA EN LA GUINEA ESPAÑOLA:

NACIONALIDAD, CIUDADANÍA Y CAPACIDAD

Por

ANTONIO MANUEL CARRASCO GONZÁLEZ


Doctor en Derecho

antoniomanuelcarrasco@gmail.com

e-Legal History Review 12 (2011)

SUMARIO: I. El encuentro con el indígena africano. II. Los indígenas en la colonia y el Estado.
1. Estados europeos, pueblos africanos y colonización. 2. Los indígenas colonizados ignorados por
el primer derecho colonial. 3. Súbditos y ciudadanos. El rescate del término ciudadanía para
diferenciar a los nacionales. III. Estatuto jurídico del indígena guineano en la colonia. IV. Epílogo.

I. EL ENCUENTRO CON EL INDÍGENA AFRICANO

Probablemente la adquisición de las islas de Bioko y Annobón por los españoles


formaba parte de lo que pueda interpretarse como “un engaño portugués”, una añagaza
en la negociación sobre los territorios en el Río de la Plata. Y probablemente también los
españoles se dejaron engañar porque su objetivo era resolver el conflicto en lugares que
hoy pertenecen a Uruguay y Brasil. Los portugueses conocían mejor el territorio
americano que los españoles, tenían mejores cartógrafos y exploradores en las zonas
convenidas en el Tratado de El Pardo de 1778 por el que se daban a Portugal algunos
territorios en Brasil a cambio de otros que los españoles adquirían en Uruguay y en el
golfo de Guinea. Los portugueses ya habían engañado a España en la frontera oeste de
Brasil, ampliando notablemente su territorio. En Guinea ofrecieron unas islas que decían
poseer, lo que no era cierto: Las habían descubierto y tenían derecho a ellas, pero
carecían de guarnición, población, establecimientos o cualquier otro signo de uso; es
decir, no las poseían efectivamente. Además las ofrecieron como ventajosas para los
españoles porque podían servir de arribada a los barcos en su viaje a Filipinas y porque
podían servir para la obtención de esclavos. Lo primero lo impedían las corrientes
marinas que dejaban fuera de ruta a las islas; lo segundo lo impidieron los mismos
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portugueses al garantizar a los habitantes de Bioko -llamada entonces Fernando Poo-


que serían respetados en su libertad, y los españoles cumplieron.
Cuando los españoles llegaron a Fernando Poo a tomar posesión, no sabían qué
hacer con la población indígena. Desconocían absolutamente todo sobre ellos y los
esquemas americanos no servían para las poblaciones bubis que vivían en el bosque.
Intentaron imponerse y obtuvieron una respuesta agresiva. No llegó a producirse un
enfrentamiento serio porque los españoles del conde de Argelejo en 1778 tenían
bastante preocupación con sobrevivir, establecer un asentamiento que querían
permanente y comunicarse con los superiores. Según la lógica americana, no olvidemos
que la expedición partió de Montevideo, tendrían que intentar reducir a la población
indígena para someterla a la autoridad española. Pero los españoles no estaban
preparados para internarse en la selva de Bioko y enfrentarse a una población muy
superior en número. Como en la novela La guerra de los mundos de H. G. Wells, el
enemigo de los españoles eran las enfermedades que no podían combatir y que
acabaron diezmando la expedición invasora. Los españoles abandonaron las posesiones
y no volvieron hasta 1848.
La primera política indígena de los españoles fue la de evitar su contacto en masa,
aproximarse a los que estaban más cercanos a Santa Isabel y aplazar las medidas de
sometimiento. Faltaban fuerza y conocimiento para intentar otra cosa. Y se ignoraban
legalmente; tanto que el Estatuto Orgánico, que era la norma constitucional de la colonia,
de 12 de noviembre de 1868 parece que impone la igualdad entre colonos e indígenas
cuando quizás lo que ocurriera es que se estaba legislando sólo para colonos. Hasta
empezado el siglo XX no se dispuso de fuerza armada suficiente para acometer
operaciones de autoridad sobre los bubis y fue en esa misma época cuando las
expediciones y el contacto continuo con algunas poblaciones permitieron conocer mejor
el interior de la isla. Fue entonces cuando pudieron plantear una política colonial
indígena. La ideología colonial trataba de cimentar la práctica colonial partiendo de la
evidencia de que se necesitaba mano de obra para la explotación económica de la
colonia, ergo el salvaje se civiliza mediante el trabajo. Las doctrinas colonizadores del
XIX señalaban que la obra de civilización del indígena y su encasillamiento en cánones
europeos partía de la obligación de trabajar como manera de adquirir, apreciar y usar los
conceptos de la civilización. Era una etapa en el camino de civilización que los llevara
desde el salvajismo a la civilización. Por tanto, al indígena se le consideraba un ser de
cultura inferior incapaz de comprender -en su estado salvaje- las instituciones y criterios
sociales, culturales o políticos de los colonos. Pero al indígena el trabajo por cuenta
ajena a cambio de un salario, con independencia de si fuera mucho o poco, era algo que
le resultaba inútil y que -por su carácter forzoso- le podía recordar a la esclavitud. El bubi

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no necesitaba trabajar para el blanco para seguir con su modo de vida. Tenían lo
necesario para comer, habitar y desarrollarse y, al menos en esta época, no existía una
inquietud social que les llevara a mejorar las estructuras sociales conocidas. Por otra
parte el salario recibido no servía de nada, salvo comprar una dote, telas o armas,
porque el dinero europeo no compraba los bienes indígenas habituales. Y lo que
necesitaban para esas herramientas llegadas en los barcos lo podían obtener con
facilidad vendiendo aceite de palma, por ejemplo. El llevar al indígena a parámetros de
mercado europeos fue una labor lenta y tuvo más éxito cuando el bubi fue propietario y
logró el dinero vendiendo los frutos de sus fincas en vez de trabajando para patrones
europeos o fernandinos. Para los europeos, la resistencia al trabajo asalariado era
muestra de salvajismo, de atraso, de resistencia al progreso y se esforzaron en legislar
sobre condiciones laborales y castigos a los incumplidores. Y, paralelamente, fue
surgiendo la especie del carácter indolente y débil físicamente del bubi frente a otros
pueblos más aptos para el trabajo en las plantaciones. No hay que exagerar, por otra
parte, la característica racista de la imposición del trabajo al indígena. Las condiciones
de los gañanes en un cortijo andaluz, de los mineros del carbón o el cinabrio y la de
algunos obreros de manufacturas peninsulares no eran mucho mejores que las de los
recolectores de cacao.
Para la política colonial el indígena se hacía merecedor de los esfuerzos civilizadores
coloniales mediante su trabajo que redundaba en el bien común de la colonia. Cualquier
actividad colonial necesitaba de mano de obra, desde las plantaciones privadas a las
obras públicas, para el progreso general y esa fuerza laboral no llegaba emigrada desde
la metrópoli; se necesitaban, pues, brazos africanos. ¿No podían enviarse parados
peninsulares o penados que se redimieran trabajando? La mentalidad colonial no
permitía colocar al blanco al mismo rango que el negro. El europeo era propietario,
directivo, autoridad; el africano era obrero. Si se quería exportar una civilización debía
dejarse bien claro quienes eran los superiores, los que poseían el conocimiento y la llave
de la sociedad y quien era el que debía ser civilizado.
Pero este tipo de trabajo tenía otras contraindicaciones para la sociedad indígena. El
trabajo asalariado se presentaba a los jefes indígenas como una pérdida de poder
notable y se oponían a él. El cabecilla local se veía privado de sus hombres jóvenes,
necesarios para el trabajo comunal y para las milicias locales. El trabajo asalariado
provocaba la destribalización y, cuando pasaban a trabajar para la administración
colonial o para las factorías, la urbanización del africano. El africano, aún de manera
dolorosa, entraba en otra manera de vida que les resultaba más atractiva y se liberaban

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de las férreas estructuras de poder inmutable de las pequeñas aldeas . Por otra parte, el
trabajo agrario - junto al doméstico- era el más bajo en la escala colonial. Pero, con el
tiempo, otros indígenas accederían a las tropas coloniales y a los empleos en la
administración. Los pequeños burócratas locales y los religiosos constituyeron la primera
élite intelectual indígena antes de que la educación superior llegara, y siempre
2
limitadamente, a estas capas de población . Pero la práctica colonial ofrecía dificultades
que se escaparon a los doctrinarios.
El derecho colonial tiene dos fases: Una primera en la que trata a toda costa de
imponer su sistema, su orden, por encima de cualquier tradición indígena. Una segunda
de asociación, cuando ve que no puede imponerlo todo, cuando constata que algunas
costumbres indígenas no interfieren el orden público colonial y cuando ya ha impuesto
sus normas básicas. El sometimiento de las jefaturas locales, convirtiéndolas en
jefaturas coloniales subordinadas y bien remuneradas fue la fórmula que, por otra parte,
es el sistema seguido por Lord Lugard cuando se dio cuenta de que no tenía ni
funcionarios ni militares suficientes para dominar la Nigeria británica sin ayuda local y
que se conoció como dual mandate o indirect rule. Y fue la base de la llamada
penetración pacífica. Los europeos dejaban los asuntos domésticos para el orden
consuetudinario local porque entendían que no afecta al orden público colonial. Pero
imponían a los indígenas las leyes públicas más importantes. El explorador D’ Almonte
hablaba del carácter coercitivo de la imposición del derecho colonial:

“No hay que olvidar que entre aquellas gentes, dado su estado de atraso y su
especial desarrollo mental, pueden encontrarse algunos individuos en cuya
opinión las ventajas que nuestra civilización les ofrece no compensan los deberes
3
ni las cargas materiales consiguientes” .

II. LOS INDIGENAS EN LA COLONIA Y EL ESTADO

1. Estados europeos, pueblos africanos y colonización

1
André Lux, Le marché du travail en Afrique noir, Lovaina-Paris, 1962, pp. 39-40.
2
Señalaba Brunschwig que la armadura de la colonización la constituían los administradores y
jefes de servicio blancos, los jefes negros, intérpretes y policías. El desarrollo colonial fue
exigiendo que la armadura se reforzará y diversificara. Para secundar, aun mediocremente, a los
blancos del lugar, para alimentar las nacientes burocracias se llamó a personal indígena, en
principio muy elemental. Henri Brunschwig, Blancs et noirs dans l’Afrique noir française, Paris,
1983, p. 149.
3
Enrique D’ Almonte, Los naturales de la Guinea española considerados bajo el aspecto de su
condición de súbditos españoles, Madrid, 1910, p. 29.

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La toma de posesión en 1778, y el inicio de la colonización de Guinea Ecuatorial, se


produjo en el final del Antiguo Régimen, proceso que en África colonial se demoró
mucho más que en Europa. En esta etapa se produjeron importantes cambios jurídicos,
que se consolidaron con el transcurso del tiempo sin que surtieran efecto de manera
automática. En este transcurso, surgirá con toda su fuerza el Estado-nación. Si los
cambios en la península tuvieron su inicio en las Cortes de Cádiz, la llegada de los
mismos a la colonia fue más lenta y de más costosa asimilación. Primero porque desde
1779 a 1848 la isla estuvo deshabitada, excepto la escasa población autóctona y la
“peculiar” presencia inglesa, que no puede ser tratada en estas páginas; después porque
el orden público colonial no era igual al metropolitano y el estado de cosas siguió sin
renovación en Guinea. Los Estatutos Orgánicos para los Territorios del Golfo de Guinea,
norma constitucional colonial, se mantenían en la lógica del siglo XVIII por lo menos
hasta la publicación del de 1904. Cuando los españoles llegaron a Bioko, los bubis eran
de nación negra o población indígena a los que se debía someter o respetar en sus usos
y costumbres. Pero no se planteaban cuestiones como ciudadanía o nacionalidad, ni los
derechos derivados de éstas. Ni su integración jurídica en el Estado. Los ignoraban
hasta el punto de no mencionarlos en ninguna norma jurídica; al no referirse a ellos
puede parecer que los consideran iguales a los colonos -ya que no hay discriminación
legal- pero la verdad es que los convertían en invisibles, en inexistente para la ley.
Estaban al margen del ordenamiento colonial. En todo caso existía un soberano y unos
súbditos africanos con estatuto personal diferente. O vasallos, en la mejor terminología
indiana. Señalaba James Ayala que en Vattel las nociones de Estado y Nación eran
4
intercambiables, coincidentes . Las naciones eran naturalmente libres, independientes e
iguales y no se planteaba la raza como carácter definitorio. A las tribus africanas les
faltaba la conciencia de Nación, hecho determinante del Estado, pero también otras
condiciones como el dominio sobre un territorio fijo y perfectamente limitado. Muchas
veces eran nómadas o cambiaban de asentamiento cada cierto tiempo. Y tampoco
compartían con el blanco español una conciencia común de nacionalidad, un sentimiento
5
de pertenecer a la misma comunidad tal y como lo entendía Mancini en 1851 . En la
época del origen de la nacionalidad como término jurídico, el clásico nos da una
definición que no se puede aplicar a la comunidad que surgía entre colonos y
colonizados: “Sociedad natural de hombres conformados en comunidad de vida y de

4
S. James Anaya, Los pueblos indígenas en el derecho internacional, Madrid, 2005, p. 51.
5
Pasquale Stanislao Mancini, Sobre la Nacionalidad, Madrid, 1985, pp.34-35.

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conciencia social por la unidad de territorio, de origen, de costumbres y de lengua ” . A


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esta comunidad metrópoli-colonia le faltaban todos los elementos que integraban el


concepto de Mancini. Y, por la misma época, el francés Maximin Deloche llegaba a
conclusiones similares:

“Nacionalidad es la unión entre grupos humanos, que han recibido juntos la luz
de la civilización, han desarrollado sus intereses por los mismos caminos,
perfeccionado aptitudes y contraído costumbres similares y que poseen en fin
7
tradiciones, historia y, a menudo, una lengua comunes” .

Si esta era la mentalidad dominante, era imposible considerar a los africanos negros
como nacionales en comunidad con los europeos blancos. Sin olvidar el componente
racista que la idea de nación comportaba en el siglo XIX y que no encajaba en la idea
colonial. En todo caso, la idea de nacionalidad de los guineanos, el componente
espiritual de unión y solidaridad, les llevaría -si fuera respetada- no a la unión con los
europeos sino a la independencia porque rechazarían su unión con los europeos. Por
tanto, la unión colonia-metrópoli no era exactamente nacional sino de dominio europeo
sobre posesiones africanas; era una unión desigual contraria al concepto igualitario de
nación. El territorio colonial no era territorio nacional, sus habitantes no podían tener por
tanto los mismos derechos que los metropolitanos.
Estamos también en el tránsito del derecho de gentes al derecho internacional. El
cambio es radical. Los viejos conceptos del derecho de gentes caducan al tiempo que
nace una nueva regulación entre Estados. El derecho de gentes admitía la toma de
tierras, la adquisición de nuevos territorios, como algo natural cuando se daban ciertas
condiciones establecidas sistemáticamente por autores como Vitoria. En esos supuestos,
se procedía a organizar la colonia mediante un ordenamiento jurídico nuevo procedente
del derecho metropolitano. En el derecho internacional, las relaciones entre Estados no
admiten la colonización de uno por otro, pero la cuestión fundamental era que se
consideraba Estado. Admitiendo que Vattel tuviera una idea del derecho internacional
como europeo, como relaciones entre naciones civilizadas y no lo considerara para
aplicar a lo que se denominaban salvajes, su concepción de la soberanía era asumible
sólo por los estados europeos, y oponible a los pueblos africanos que carecían de una
estructura organizativa similar. Es decir, se podía colonizar los territorios salvajes
poblados por tribus que no se consideraban Estados y, en todo caso, establecer
protectorados sobre los Estados decadentes.

6
Ibid, p. 37.
7
Maximin Deloche, Du principe des nationalités, Paris, 1860, p. 31.

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Del Vecchio entendía que era natural admitir el orden indígena hasta cierto punto y
que el derecho colonial tenía que respetarlo y llegar a una especie de compromiso o
colaboración legal:

“Ningún Estado, por fuerte que sea, podría escoger e imponer ex novo un
cuerpo legal, prescindiendo de relaciones ya nacidas y constituidas en forma
jurídica, rebus ipsis, dictantibus, usu exigente et humanis neccessitatibus. De otra
parte ningún Estado podría vivir sin aplicar su autoridad incluso sobre tales
relaciones preconstituidas, sea imprimiéndoles simplemente su sello, sea
8
integrándolos, con reformas más o menos radicales” .

Y, por otra parte, los pueblos indígenas admiten en ocasiones, de mejor o peor grado,
la protección colonial. Incluso llegan a firmar tratados donde lo reconocen. Renuncian
así, en la mejor doctrina de Vattel, a su soberanía. Resulta paradójico que los europeos,
que basaban la colonización en la ausencia de pueblos soberanos en África, admitan la
9
ficción de soberanía para los efectos que les eran favorables. Anaya reconoce que esta
renuncia sirvió a la Corte Suprema de Estados Unidos para no reconocer soberanía a los
indios americanos, para calificarlos de “naciones domésticas dependientes”. Expresión
que bien podría aplicarse en el derecho colonial español en Guinea. Al renunciar a su
condición nacional, se colocaban fuera del derecho de gentes, y entraban en el ámbito
del derecho interno del Estado colono. Los indígenas quedaban desprovistos de carácter
nacional y soberano y su regulación iba a limitarse sólo a su consideración individual, es
decir al estatuto jurídico diferenciado. El paso del derecho de gentes al derecho
internacional moderno excluyó aún más a los pueblos indígenas. El Estado era sólo de
los pueblos civilizados, lo no civilizados quedaban al margen del derecho internacional
según la doctrina de Westlake y, como señala Anaya: “Los derechos de los pueblos
10
indígenas simplemente no tenían un lugar en la discusión” . Las organizaciones
políticas de las tribus o pueblos africanos no se asimilaban a Estados. Los jefes tenían
una autoridad indudable y un poder coercitivo que ejercían sobre el pueblo, pero -
señalaba Burdeau- “sólo una excesiva generosidad verbal ha permitido calificar de
Estado a la organización política que existió entre los babilonios, los medos o los persas,

8
Giorgio del Vecchio, “Giurispridenza e colonie (cenni generale)”, en Estratto dalla Revista
Internazionale di Filosofia el Diritto, Anno XVII, fasc. 1, p. 5.
9
S. James Anaya, o. c., pp. 57 y ss.
10
Ibid, p. 64.

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11
o titular así el poder ejercido por un jefe de tribu en Melanesia o en el África ecuatorial” .
Porque había muchas maneras de ejercer el poder político, pero en el Estado;

“El poder se caracteriza porque su modo de arraigo en el grupo le proporciona


una originalidad, que repercute en la situación de los gobernantes; su finalidad lo
libera del arbitrio de las voluntades individuales; su ejercicio obedece a reglas que
limitan su peligrosidad. Todo ello parece suficiente para que nadie pueda confundir
el estado con una simple diferenciación entre los que mandan y los que
12
obedecen” .

No es difícil entender entonces que para los teóricos de la colonización los indígenas
quedaran sin sitio específico, sus derechos sólo eran reconocidos a través del derecho
colonial y las tierras que ocupaban más o menos permanentemente, pero que no
cultivaban, quedaban como res nullius y nunca como territorio nacional. Sin embargo, a
estos mismos pueblos indígenas los avanzados de la colonización africana les daban
una cierta consideración nacional cuando se trataba de firmar tratados que otorgara a la
nación europea que representaban una preeminencia en la colonización definitiva o, a
partir de la Conferencia de Berlín, para establecer protectorados coloniales.
Señala Carl Schmitt que la colonización africana fue el último gran acto de un derecho
13
europeo común de gentes . El gran acto final de toma de tierras por europeos,
santificado por el derecho de gentes europeo y que tuvo su instrumento capital en el
Acta final de la Conferencia de Berlín de 1884-85. A partir de aquí, siguiendo a Schmitt,
surgió un nuevo orden jurídico internacional. Jurídicamente, la colonización quedaba en
origen excluida de los ordenamientos europeos, y anclada en situaciones de hecho que
correspondían al derecho de gentes. Se prolongaba el Antiguo Régimen en el territorio
colonial, al menos en lo referente a la consideración al indígena. Esto tenía su
importancia porque, siempre siguiendo a Schmitt, el territorio colonial no era, según el
14
derecho de gentes, territorio nacional . Y, consecuentemente, los colonizados no eran
nacionales. Y, en esa evolución, el derecho de gentes europeo que servía para la toma
de la tierra pero no para su ordenación jurídica -los africanos quedaban excluidos del

11
Georges Bordieu, El Estado, Madrid, 1975, p. 17.
12
Ibid, p. 18.
13
Carl Schmitt, El nomos de la tierra en el derecho de Gentes del Jus Publicum Europeaum,
Madrid, 1979, p. 266.
14
Ibid, p. 288. Esta doctrina está presente en muchos juristas de la colonización que diferencian
claramente territorio nacional y territorio colonial (éste como propiedad del Estado). Por ejemplo:
Angiolo Mori, L’espansione coloniale moderna dal punto de vista giuridico, Roma, 1918, p. 19.
Umberto Borsi, Corso di diritto coloniale, Milan, 1932, pp. 40-41.

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15
derecho de los europeos- dio paso a un derecho de gentes africano distinto . El clásico
del derecho colonial italiano Umberto Borsi, recalcaba la importancia del derecho de
gentes en la colonización al señalar que los pueblos colonizadores y los bárbaros no
constituían una comunidad jurídica y sus relaciones estaban reguladas por el derecho de
gentes, en el sentido de justificar la posesión de la tierra africana por europeos; no para
16
colocar en igualdad en la relación a Estados europeos y tribus africanas .
Sigue diciendo Anaya que, en el esquema de Vattel, los pueblos indígenas quedaban
considerados sólo como individuos sin admitir valor jurídico a sus relaciones sociales.
“Los pueblos indígenas serían reducidos conceptualmente a sus integrantes individuales,
presumiblemente en un estado de naturaleza, sin tomar en consideración su derecho
17
colectivo a la autonomía” . Quedarían fuera de los derechos y obligaciones del derecho
de gentes. El Estado-nación jerarquizado, centralizado y con integridad territorial no se
adaptaba a las tradicionales estructuras políticas de los indígenas africanos, unidos por
lazos tribales, federaciones y un difuso control territorial de fronteras indefinidas y, a
veces, compartidas. Vattel admitía algunos Estados indígenas -Perú o México- pero en
otros casos señalaba que los pueblos americanos no habitaban las tierras sino que las
18
recorrían . Y aprovechó la tesis de Locke -tan seguida luego en la doctrina colonial,
especialmente la católica- de la obligación de cultivar las tierras, para cumplir su función
19
social universal o lo que Van der Kerken llamaba interés general de la humanidad . Los
pueblos indígenas, sus comunidades, quedaban sometidas a la tutela de los pueblos
20
civilizados . El colonizador ponía a disposición de la humanidad entera más beneficios
que los que producía la tierra en manos de sus habitantes indígenas. El europeo llega a
África dotado de unos instrumentos intelectuales aceptados por la comunidad y que
aplican a su concepto de colonización: Ausencia de Estados, tierras sin cultivar que no
pertenecen a nadie, comunidades salvajes sin ordenamiento ni estructura política que
son sometidos pero no pertenecen a la comunidad nacional, división de comunidades
con estatuto personal diferente, prolongación del Antiguo Régimen en definitiva.

2. Los indígenas colonizados ignorados por el primer derecho colonial

15
Ibid, p. 288.
16
Ibid, p. 10.
17
S. James Anaya, o. c., p. 53.
18
Ibid. p. 54.
19
G. van der Kerkem, La politique coloniale belge, Amberes, 1943, p. 29.
20
Luis Rodríguez-Piñero Royo, “Pueblos indígenas y derecho internacional”, en Laura Giraudo,
Ciudadanía y derechos indígenas en América Latina: poblaciones, estados y orden internacional,
Madrid 2007, pp. 85 y ss.

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El problema se les plantea a los españoles cuando deben considerar a los indígenas
como nacionales. Ya hemos visto que si el territorio colonial no era nacional y en un
Estado caracterizado por ser territorial el colonizado no era, en consecuencia, nacional.
El Estado con colonias era lo que algunos autores coloniales llamaban Estado imperial,
21
con diferenciación de un territorio y otro . Pero no se planteó abiertamente ni se recogió
en las normas legales, se dejó la materia sumida en un profundo silencio legal y
doctrinal, aunque se pueden incidir algunas cosas de la práctica.
Como hemos dicho, el proceso de colonización de Guinea coincidió con el final del
Antiguo Régimen. Las instituciones guineanas eran propias del tiempo anterior,
22
empezando por su gobernador . Debemos considerar que el Estado-nación surge con la
Revolución francesa y lo van adoptando todos los países progresivamente, en un
proceso que coincide cronológicamente con la colonización de África. Es la época donde
asimismo se empezaba a configurar jurídicamente el concepto y contenido de la
nacionalidad. O dicho de otra manera, con la Revolución francesa se acaba el proceso
de definición del término nacionalidad y pasa a ser entendido como lo es ahora. Por
tanto, es lógico pensar que el concepto de nacional vaya cambiando en este periodo y,
más aún, que no se tuviera clara la definición ni el contenido político del término. Se
estaba transformando el sistema de relaciones indirectas entre el individuo y el Estado
por otras directas que comprendían la igualdad de los ciudadanos, el catálogo de
derechos, la distinción legal nacionales-extranjeros, la doctrina de la soberanía nacional,
23
el vínculo entre ciudadanía y nacionalidad . Y, sobre todo, la identificación de Nación
con soberanía y Estado. Estos conceptos los aplicaban los Estados europeos a sus
territorios nacionales europeos pero no a los territorios coloniales. Señala Brubaker que
la característica del Antiguo Régimen era la falta de igualdad legal con existencia de
ciudadanos con situaciones privilegiadas, pero también con privilegios para
determinadas ciudades, villas o provincias; privilegios por el estado social o por la
24
religión . Mientras Europa evolucionaba hacia el Estado-nación, África (las colonias) se
quedaba anclada en el Antiguo Régimen.
Lo normal en el Antiguo Régimen era que los súbditos fueran de distintas categorías y
con distinto estatuto personal; a nadie extrañaba pues que, en esa escala, los indígenas
se colocaran en los puestos más bajos de la sociedad. En la colonia, los conceptos de

21
Olivier le Cour Grandmaison, De l’indigénat. Anatomie d’un monstre juridique : Le droit colonial
en Algérie et dans l’empire française, Paris, 2010, p. 23.
22
Antonio Carrasco González, “El gobernador de Fernando Poo en el cambio de régimen” en e-
Legal History Review, nº 10, junio 2010,
http://www.iustel.com/v2/revistas/detalle_revista.asp?id=15&numero=10
23
Rogers Brubaker, Citizenship and nationhood in France and Germany, Harvard, 1992, p. 35.
24
Ibid, p. 36.

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Carrasco González – El estatuto del indígena en la Guinea española: nacionalidad, ciudadanía y capacidad

ciudadanía y nacionalidad no eran iguales que en la metrópoli: sólo se aplicaban a los


colonos europeos. Los derechos constitucionales de una nación se aplicaban sólo a los
nacionales y se marginaba a los indígenas porque, en definitiva, no se les consideraba
nacionales; eran súbditos, y sólo en determinados casos y superando ciertos requisitos,
pasaban a ser considerados nacionales. El colonizado quedaba así como un siervo
feudal suavizado bajo la condición de súbdito. Pero esto debía deducirse de la cultura
jurídica preexistente nunca de la norma positiva. Siempre, como todo en la colonización,
basado en un criterio de desigualdad de civilización. Lo mismo que los extranjeros
gozaban en el Antiguo Régimen de derechos como el de aubana, los colonizados tenían
algunos derechos pero no eran los mismos que los de los ciudadanos nacionales. Pero,
¿podían ser súbditos sin ser nacionales? Este es el asunto principal que trataremos de
desentrañar.
La Constitución de Cádiz señalaba que eran españoles “todos los hombres libres
nacidos y avecindados en los dominios de las Españas, y los hijos de éstos” (artículo
5º.1); fórmula que seguiría en todas las Constituciones del siglo XIX. Pero Guinea no es
mencionada en el artículo 10 como formando parte de los territorios españoles. Estaba
claro que, constitucionalmente, Fernando Poo y Annobón no eran territorio nacional ni
sus habitantes nacionales. Incluso se podía dudar de que los indígenas americanos
fueran considerados constitucionalmente como españoles. Españoles de América eran
los criollos; los indígenas no contaban. El indígena queda excluido del sistema dado por
españoles para españoles. Señalaba Clavero que: “Son categorías tradicionales de
sometimiento constitucional que ahora pueden así servir para una exclusión
constitucional”. Y continúa: “el constitucionalismo ha concebido como sujeto primario de
derecho uno individual que no es de aplicación y que no se aplica a las culturas ajenas a
dicha misma antropología”. El constitucionalismo excluye ahora al indígena de su
catálogo de derechos, no considera al indígena sujeto de derechos constitucionales. “Ahí
se potencia de hecho un derecho, el de la parte constitucional que puede seguir así
siendo perfectamente colonial”. El colonialismo tradicional, el no constitucional, no
llegaba a ese extremo. “Su mismo juego de presunciones, como la de infancia y la de
rusticidad referidas, constituían una forma de reconocimiento de derecho ajeno, de un
derecho fuertemente subordinado, pero derecho al cabo como puede contrastar con la
25
cancelación constitucional” . El indígena no estaba en el mismo plano que el español, ni
social ni jurídicamente, y se excluía de una legislación que no estaba pensada para ellos.
El artículo 5º.2 de la misma Constitución añadía que eran también españoles “los
extranjeros que hayan obtenido de las Cortes cartas de naturaleza”. En 1843 el marino

25
Bartolomé Clavero, o. c., pp. 122 y 123.

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Juan José de Lerena, gobernador de Fernando Poo, toma posesión de la isla de Corisco
y territorios adyacente y los coloca bajo soberanía española como dependencia de
Fernando Poo. Si la nacionalidad se hubiera extendido automáticamente a sus
habitantes hubiera sido innecesario dársela al rey Bonkoro mediante carta de naturaleza,
26
es decir un medio apto para extranjeros . En 1858 otro gobernador, Carlos Chacón,
vuelve a otorgar cartas de naturaleza a los habitantes de Elobey y cabo de San Juan que
27
reconocían como territorios españoles . Estaba claro que a los guineanos no se les
consideraba nacionales porque si lo fueran por simple adquisición del territorio, no
necesitarían carta de naturaleza, que era el instrumento de naturalización de extranjeros.
La Constitución de 1837 no menciona a los territorios guineanos aunque señalaba que
las provincias de Ultramar se regirían por leyes especiales (artículo adicional 2º). Pero
Guinea no era legalmente provincia sino territorio, sin que en ninguna parte se
especificara su régimen legal, ni siquiera la diferencia entre territorio y provincia. Lo
mismo queda tras la Constitución de 1845. La de 1869, mucho más amplia en los
derechos reconocidos, no menciona los territorios guineanos en los artículos dedicados a
Ultramar español: El 108 habla de Cuba y Puerto Rico, que elegían representantes en
Cortes, y el 109 de Filipinas que no lo hacía. Guinea quedaba fuera de la Constitución,
seguía siendo regida por leyes especiales y a sus habitantes no se les mencionaba en
ningún lugar: Quedaban como colonizados sin nacionalidad. En la de 1876 se vuelve a
hablar de provincias ultramarinas, señalando expresamente a Cuba y Puerto Rico y
aludiendo indirectamente, suponemos, a Filipinas. Guinea seguía sin ser provincia y
quedaba una vez más excluida de la regulación constitucional. De sus habitantes nada
se decía en ninguna parte. Podía entenderse que, al ser territorio español, eran
españoles en virtud del artículo 1.1º que decía que eran españoles los nacidos en
territorio español. Pero el ordenamiento español era ciego y mudo y no hay mención
hacia los guineanos negros en ninguna ocasión. Seguimos sosteniendo que se les
mantenía en una ausencia de nacionalidad de hecho, sin derechos reconocidos
constitucional ni legalmente. Ni españoles ni extranjeros: colonizados. El iter
constitucional nos muestra claramente el camino de la legislación colonial: especialidad
legislativa y excepcionalidad permanente. Instituciones, en definitiva, del Antiguo
Régimen subsistentes en el territorio colonial y una Constitución, la de 1876, que se
olvidaba del territorio guineano (tal vez considerado sólo como propiedad privada del

26
Antonio Carrasco González, Derecho colonial en África y su aplicación al origen del
ordenamiento español en Guinea (1777-1858), Madrid, 2007, pp. 416 y ss.
27
Ibid, pp. 490 y ss.

12
Carrasco González – El estatuto del indígena en la Guinea española: nacionalidad, ciudadanía y capacidad

28
Estado) aunque, de todas maneras y como señala el profesor Petit , la vida colonial
prescindía de la Constitución, ignorada como si no existiera aun en el supuesto de que
rigiera. La legislación era excepcional: No se atenía a la Constitución porque ella misma
la exceptuaba.

3. Súbditos y ciudadanos. El rescate del término ciudadanía para diferenciar a los


nacionales

Hoy resulta difícil entender que una persona carezca de nacionalidad. Con criterios
actuales, el territorio adquirido por un Estado pasa a ser territorio nacional y sus
habitantes, salvo renuncia y adquisición de otra, adquirirían inmediatamente su
29
nacionalidad. Esto no era así en la colonia . Sin embargo, considerar nacionales a todos
los colonizados daba entrada a muchos problemas. El colonizado pasaría a ser soberano
en igualdad con el metropolitano, podía decidir sobre el futuro de la Nación. Tendría los
mismos derechos de voto y capacidad para elegir representantes en igualdad de
condiciones. Podría ser funcionario y estaría obligado al servicio militar. Su capacidad
contractual y de acceso a la propiedad debería ser igual a la de los colonos. Pero estas
cuestiones eran de vital importancia para el Estado metropolitano, sobre todo cuando los
colonizados eran más que los colonos y sus decisiones podrían acabar no sólo con el
régimen colonial sino con la estructura constitucional del Estado. Las doctrinas nuevas
sobre nacionalidad, sin embargo, no permitían dejar a grandes masas de población sin
nacionalidad. Hay que recordar que Manzini publicó en 1851 su célebre libro y que, a
finales del XIX, el Instituto de Derecho Internacional establece las reglas básicas de que
cada individuo debe tener una nacionalidad. Posteriormente, el artículo 15 de la
Declaración Universal de Derechos Humanos de 10 de diciembre de 1948 señalaba que
“1. Toda persona tiene derecho a una nacionalidad. 2 A nadie se privará arbitrariamente
de su nacionalidad ni del derecho a cambiar de nacionalidad”.
Para solventar estos problemas se rescata el viejo concepto de ciudadanía, de tal
manera que se convierte en un concepto que afecta principalmente al derecho colonial,
30
como señalaba Ghersi . La ciudadanía sería una condición que sólo alcanzaban ciertos

28
Carlos Petit, “Detrimentvm rei pvblicae. Constitución de España en Guinea”, en Iñurritegui y
Portillo, Constitución en España: Orígenes y destinos, Centro de Estudios políticos y
constitucionales, Madrid 1998, pp. 446-447.
29
En las repúblicas bálticas al independizarse, por ejemplo Letonia, los ciudadanos de origen
ruso no adquirieron automáticamente la nacionalidad letona sino que se les exigía una declaración
en la que demostraban su adhesión a la nueva república. Pero tampoco eran rusos porque ni
habían nacido en Rusia, ni habían residido nunca allí. Por eso no es difícil encontrar ciudadanos
con apatridia de hecho, aunque protegidos y viajando con pasaporte letón.
30
Emanuele GHERSI, Diritto coloniale, Cetim, Milán, 1942, p. 207.

13
e-LHR 12 (2011) 1-44 Iustel

nacionales y que les permitía ejercer los derechos legales y políticos. Un antiguo
profesor español, Rafael Conde Luque, explicaba la diferencia, forzando la definición:

“Las palabras nacionalidad y ciudadanía, corresponden a las de Nación y


Estado, expresan hoy conceptos que en algo son idénticos y en algo diferentes: Lo
primero, en cuanto considera al individuo como miembro de una sociedad política
de cuya soberanía depende, y lo segundo, porque la nacionalidad se refiera al
vínculo político solamente y la ciudadanía al goce de derechos públicos y
31
privados” .

32
La nacionalidad sería una condición para alcanzar la ciudadanía , que completaría
los derechos individuales del individuo en el Estado. Había nacionales excluidos
temporalmente por razones de edad -los menores-, de sexo -las mujeres en algunas
épocas-, de raza, de origen, etc. Algunas eran transitorias como la minoría de edad. O
salvables cuando se superaban algunos requisitos legales, como el colonizado. Pero no
se definía ni regulaba jurídicamente. Otros autores preferían informalmente llamar
ciudadanos a los habitantes de repúblicas y súbditos a los de las monarquías.
La mentalidad colonial de la época quedó perfectamente reflejada y resumida en el
Tratado sobre la condición de los indígenas en derecho privado (1927) de Henry Solus.
Para este jurista francés, los indígenas eran sólo súbditos, protegidos o administrados
franceses, pero no ciudadanos franceses. Ser ciudadano francés significaba tener los
mismos derechos que los metropolitanos o, al menos, los mismos derechos que las
leyes coloniales daban a los europeos en las colonias. Esto lo consideraba peligroso por
las diferencias raciales, sociales y de civilización. Y, por otra parte, si se ponían en plano
de igual jurídica a colonos y colonizados, éstos no podían conservar sus instituciones
consuetudinarias y la tolerancia de su organización tradicional, impidiendo la acción
33
civilizadora colonial . A lo largo de la historia colonial francesa encontraremos, no
obstante, leyes que otorgaban la nacionalidad francesa a determinados grupos
colonizados (judíos argelinos, senegaleses de ciertos distritos, etc.). Luego, si se les
otorgaba la nacionalidad es porque carecían de ella. El senado-consulto francés de 1865
declaró franceses a todos los indígenas de Argelia, es decir que hasta esa fecha no eran
nacionales. ¿Qué clase de franceses? Seguían rigiéndose por la ley coránica pero
podían demandar la plena ciudadanía y la plenitud de derechos si renunciaban a su
status personal y pasaban a regirse por la ley civil francesa. Esto hizo que de 1865 a

31
Rafael Conde Luque, Oficios del derecho internacional público, Hijo de R. Álvarez editor,
Madrid 1901, p. 245.
32
Dominique Colas, Citoyenneté et nationalité, Paris, 2004, p. 12.
33
Henry Solus, Traité de la condition des indigènes en droit privé, Paris, 1927, p. 14-15.

14
Carrasco González – El estatuto del indígena en la Guinea española: nacionalidad, ciudadanía y capacidad

34
1870 sólo demandaran la naturalización 371 musulmanes argelinos . En España no
hubo nunca una norma tan clarificadora de la condición nacional de los guineanos. En
cuestiones de nacionalidad o ciudadanía el ius sanguinis se imponía frente a la
preocupación por la nacionalización en masa de personas de distinta raza, religión,
procedencia o cultura. Los indígenas estaban sometidos a la soberanía del Estado
colono, pero no eran ciudadanos del mismo.
El mantenimiento del indígena en un permanente estado de inferioridad iba contra el
principio de asimilación que los franceses propugnaban como objetivo de su política
35
colonial . Pero, como en tantas otras cuestiones, la práctica colonial chocaba contra los
principios inspiradores de la colonización. La asimilación absoluta se veía como el fin de
la colonización. Por tanto, el proceso debería demorarse eternamente. El acceso a los
derechos, es decir la vigencia real y total del ordenamiento metropolitano, estaba
sometido a una adaptación. La diferenciación se traducía en un estatuto personal distinto
para los indígenas: “Sería absolutamente temerario conferir inmediatamente a los
indígenas todos los derechos correspondientes a los ciudadanos de la metrópoli”, decía
en 1906 el doctor en Derecho y oficial de administración colonial belga Vernier de
36
Byans mostrándose contrario a la naturalización en masa de los indígenas: La
diferencia de razas y civilización aconsejaba mantener la nacionalidad de los indígenas y
no asimilarlos a los metropolitanos. ¿Por qué?, “porque la experiencia demuestra, de la
manera más absoluta, los vicios de ese sistema que tiende, en suma, a hacer a los
indígenas dueños de la situación política de su país”. La igualdad de ciudadanos era,
para este autor representativo de la doctrina colonial, propia de países homogéneos pero
no se podía extender a situaciones de grandes diferencias entre la población. Sólo
comprobando un grado de asimilación o civilización se podía naturalizar a un indígena.
Todo debía seguir un proceso lento al que envolvían de tono protector porque, para el
colono, la asimilación total y rápida no era buena para el indígena:

“No comprendían nada de esos cambios radicales sucesivos que, en menos de


una generación, del régimen de autoridad absoluta ejercido por la aristocracia
feudal de los grandes jefes, los hacían pasar a un régimen de libertad individual y
37
de libre elección, a ellos que no s explican el poder cuando viene de abajo” .

34
Denise Bouche, Histoire de la colonisation française. Tome second, 1991, p. 114.
35
Jean Runner, Les droits politiques des indigènes des colonies, Paris, 1927, pp. 9-11.
36
J. Vernier de Byans, Condition juridique et politique des indigènes dans les possessions
coloniales, Paris, 1906, p. 31.
37
Henri Drapier, La condition sociale des indigènes algeriens, Paris-Alger, 1899, p. 151.

15
e-LHR 12 (2011) 1-44 Iustel

Solus era de los que estimaba que los indígenas eran nacionales, en el sentido de
pertenencia, pero no ciudadanos. La mentalidad colonial, y la opinión jurídica en general
de aquellos años, admitía las diferencias. Conde Luque señalaba que “un individuo sin
patria es un ser humano jurídicamente imperfecto y además un elemento perturbador de
la vida internacional. Desde luego carece de los derechos políticos y de parte de los
civiles, no así de los naturales, porque éstos no se pueden negar a ningún hombre a
38
título de tal” . Pero matizaba la nacionalidad colonial que los estados otorgaban a sus
39
indígenas y que denominaba la “naturalización incompleta colonial” . Al igual que los
indios americanos, poseían lo que se entendía en 1900 como nacionalidad, pero no eran
ciudadanos. Entendemos que era difícil separar las dos cualidades ya que para ser
nacional hay que ser ciudadano, pero en esto la doctrina colonial afinó al extremo. Los
indígenas podían adquirir la condición de ciudadanos mediante la naturalización, es decir
por un medio de adquirir la nacionalidad, aunque Solus matizaba señalando que en este
caso se trataba de un medio de acceso a los derechos de ciudadano. En concreto,
señalaba que eran franceses porque tenían la misma protección diplomática que los
nacionales, en los territorios sometidos a soberanía francesa no eran considerados
extranjeros, podían mantener litigios contra franceses sin la necesidad de cautio judicatio
solvi; pero no gozaban de los derechos políticos de los ciudadanos franceses ni de todas
40
sus libertades públicas . No obstante, como en todas las legislaciones coloniales, los
indígenas franceses podían llegar a adquirir la plena ciudadanía superando las pruebas
legalmente establecidas. Esta doctrina es seguida en España por Lozano Serralta:

“(…) no se han dictado suposiciones que regulan y aluden a la nacionalidad de


los indígenas, no cabe duda que a los mismos corresponde la nacionalidad
española ya desde que de jure pertenece el país a España. Si bien dado el
nomadismo e indeterminación propio de las sociedades tribales, esta nacionalidad
se hallaría en un estado digamos informe y sin posibilidad de una clara
delimitación; por otra parte, esta nacionalidad no es en concepto de ciudadanos,
sino en el de súbditos como privados de derechos públicos y del estatuto propio
41
de los españoles ciudadanos” .

Solus y Lozano, como otros juristas, hablan de nacionalidad y ciudadanía como


conceptos distintos, y esto es muy difícil de mantener. Nacionalidad es un término
jurídico, ciudadanía es un término político o sociológico que no tiene contenido legal. La

38
Rafael Conde Luque, o. c., p. 249.
39
Ibid, p. 314.
40
Henry Solus, o. c., p. 36.
41
Manuel Lozano Serralta, La Nacionalidad en los territorios dependientes, Madrid, 1955, p. 67.

16
Carrasco González – El estatuto del indígena en la Guinea española: nacionalidad, ciudadanía y capacidad

ley define y regula la nacionalidad, pero no la ciudadanía. Hay medios legales para dar o
adquirir la nacionalidad (naturalización); no los hay para adquirir la ciudadanía, que sería
un concepto de hecho. Nacional es el que pertenece a la nación con sus derechos y
obligaciones. Nación es la asociación de los nacionales. Por contra, el extranjero es el
que no pertenece a la nación. Nacionalidad y ciudadanía debería significar lo mismo.
Ciudadano es el nacional que goza de los derechos de la nación. Ciudadanía y
nacionalidad serían términos sinónimos en un Estado-nación con igualdad de
42
ciudadanos (homogeneidad). No eran términos similares en Alemania , surgida de la
unión de diferentes estados soberanos en los que se podía tener la ciudadanía prusiana
y la nacionalidad alemana. No lo era en la Unión Soviética. Hoy se puede hablar de
naciones sin Estado y de ciudadanía europea supranacional. No lo sería tampoco en las
colonias con habitantes con distintos estatutos según la raza, la religión o el grado de
culturización.
Ciudadanía es un concepto surgido de la Revolución francesa para destacar la
igualdad de todos los nacionales frente a la existencia de privilegiados del Antiguo
Régimen, para superar el concepto de súbdito. Los revolucionarios franceses impusieron
43
la igualdad legal y sustituyeron el término privilégiés por el de citoyens . Lo tomaban
posiblemente de Grecia, donde se hablaba de ciudadanos porque no existía aún el
término nacionalidad. Lo retomaron del derecho romano. Aunque el concepto de
ciudadano no cobró toda su identidad hasta la Revolución Americana. El sistema político
surgido estaba basado en la igualdad de los nacionales, no podía haber nacionales con
distintos derechos. Por lo tanto, todos eran ciudadanos frente a los extranjeros, los
derechos eran nacionales en cada Estado. Pero los colonizados no eran extranjeros ni
nacionales. No tenían los mismos derechos que los nacionales (voto, derecho de
propiedad, protección frente al poder, etc) y carecían de Estado propio. Más aún, a los
coloniales se les podía hacer nacionales mediante la naturalización, que el
procedimiento adecuado para los extranjeros. No tenían los derechos del ciudadano -
propiedad libre, voto, participación activa en la vida política-; ni las obligaciones como el
servicio militar. No eran nacionales porque podían llegar a serlo cumpliendo ciertos
requisitos. ¿Qué eran entonces?
Volvamos a Solus y su idea de que los colonizados eran nacionales pero no
ciudadanos. Pero no nos dice que es la ciudadanía y en qué se diferencia de
nacionalidad. Parece que se trataría del contenido de la nacionalidad. Un concepto de
hecho explicaría la práctica del derecho. Pero aún más: ¿Cómo pueden existir

42
Rogers Brubaker, o. c., p. 50.
43
Ibid, p. 39. El autor recoge la formula de Sieyès de que los derechos políticos derivan de la
condición de ciudadano.

17
e-LHR 12 (2011) 1-44 Iustel

nacionales sin los derechos propios de los nacionales? ¿No son todos los nacionales
iguales en el Estado-nación? ¿Podrían existir nacionales con menos derechos que los
extranjeros? Ciudadanía sería la capacidad para el ejercicio de los derechos de
nacionalidad. Es decir, el derecho a participar en la vida pública. ¿Se puede tener la
nacionalidad sin derechos ciudadanos? Puede ocurrir en las más férreas dictaduras,
aunque siempre habrá un catálogo de derechos por pequeño o retórico que sea. Y pudo
ocurrir en la colonización.
Podemos, sin embargo, admitir que en los territorios colonizados existían habitantes
sin ciudadanía que no eran extranjeros y que, en consecuencia, sólo podrían ser
nacionales. Una especie de nacionales residuales con nacionalidad latente. En las
colonias podemos diferenciar de hecho nacionalidad y ciudadanía, pero no de derecho
porque ninguna norma legal habla de ciudadanía, ni siquiera de nacionalidad de los
indígenas hasta la provincialización de Guinea. Es decir, mantener en el siglo XX el
concepto de súbdito que la Revolución francesa había excluido de la vida política y de la
legislación.
Más bien, el indígena es así como un tertium genus entre nacional y extranjero con un
estatuto personal diferenciado, que veremos luego. El indígena es nacional colonizado,
que es tanto como decir que era un sometido a la tutela estatal. Era un incapacitado
legal. Las leyes se referían a él como colonizado o indígena, nunca como español, y
procuraban -como lo hace el decreto de 29 de septiembre de 1939 que aprueba el
Estatuto del Patronato de indígenas- su adhesión a España (artículo 1º A). No puede
pedirse adhesión al que ya es español. En pura legalidad, los indígenas eran españoles
sin plena capacidad. En la práctica, su estatuto estaba tan restringido que no se
consideraban españoles sino cuando se emancipaban. Y sólo podían emanciparse
cuando el Estado lo concedía. Porque es difícil mantener la existencia de una masa de
nacionales incapacitados por nacimiento en la región ecuatorial. Pero, aunque eso fuera
así, ¿por qué no se reflejó en ninguna norma? Porque la capacidad no se adquiría
automáticamente como la mayoría de edad, sino que se la emancipación al guineano se
concedía por el poder de manera poco menos que arbitraria. Creemos que resucitar el
término súbdito y tratar de dar un concepto jurídico positivo al de ciudadanía no eran sino
intentos de explicar de algún modo la situación de hecho que se vivía. Los colonizados
franceses se encontraban, sin pedirlo, bajo la Autoridad francesa, con la obligación de
ser nacionales franceses sin ser ciudadanos franceses. Tendrían que esperar hasta el
final de la II Guerra Mundial, con el proceso de descolonización en marcha, para obtener
44
los derechos ciudadanos . Pero, ¿podía la metrópoli sostener un territorio en régimen

44
Dominique COLAS, Citoyenneté et nationalité, Paris, 2004, p. 17.

18
Carrasco González – El estatuto del indígena en la Guinea española: nacionalidad, ciudadanía y capacidad

colonial con sus habitantes convertidos en ciudadanos? Seguramente, no; tendría que
convertirla en territorio nacional, aunque tuviera un régimen especial. Ahora bien, un
Estado que mantenía a parte de sus nacionales discriminados no podía ser democrático.
Este argumento en España importó poco. Pero representaba lo que Hanna Arendt
llamaba arrogancia de los administradores que se enfrentaban a “poblaciones atrasadas

o castas inferiores”. Y la arrogancia se convertía en un modo de dominación de una

minoría de administradores que no cesaba de protestar contra la “inexperta mayoría” .


45

Mayoría que se caracterizaba por ser de distinta raza.


46 47
El indígena no ciudadano es considerado por Lozano Serralta como súbdito , algo
propio del Antiguo Régimen resistente en la colonia española. Y veía reflejos legales de
esta distinción en el artículo 22 del Código Civil y la Ley de 7 de marzo de 1952 que
hablaba del matrimonio entre español e indígena como modo de adquirir la nacionalidad.
O el artículo 5º de esa misma Ley sobre hijos naturales mestizos. Y las reglas
48
específicas de naturalización de indígenas guineanos . La Ley de extranjería de 3 de
49
julio de 1870 señalaba en su artículo 1º que eran extranjeros los nacidos en territorio
español de padre extranjero. Pero la discusión estriba en determinar si la posesión
española es territorio español, o simple propiedad privada del Estado. Además, la ley se
refiere siempre de provincias de Ultramar y Guinea no lo era. El artículo 17 del Código
Civil español de 1889 establecía que eran españoles:

“1º las personas nacidas en territorio español. 2º Los nacidos de padre o madre
españoles aunque hayan nacido fuera de España. 3º Los extranjeros que hayan
obtenido carta de naturaleza. 4º Los que, sin ella, hayan ganado vecindad en
cualquier pueblo de la Monarquía”.

Con esta redacción, podría discutirse si el territorio colonial era territorio español. Y se
podría discutir asimismo si los indígenas estaban avecindados en pueblos de la
Monarquía, lo que parece innegable. Pero el Código Civil tuvo la precaución de no ser

45
Hanna Arendt, Los orígenes del totalitarismo. II Imperialismo, Madrid, 1982, p 190.
46
Lozano Serralta, o. c.., pp. 72 y ss.
47
Esta diferenciación era la natural en la terminología colonial para eludir el tema de la
nacionalidad. Enrique D’ Almonte es el primero que se refiere a este término: “Los naturales de la
Guinea española considerados bajo el aspecto de su condición de súbditos españoles” (Madrid
1910). Ciudadanos y súbditos eran términos empleados en la legislación portuguesa, belga,
francesa o italiana. Daba a entender que todos eran nacionales, pero nunca se mencionaba ese
término. No se quería considerar nacional al indígena, sin más, como si eso fuera atribuirle
estatuto de europeo; pero no podía tampoco dejarlos como extranjeros.
48
Decreto de 29 de abril de 1931, Orden de 9 de marzo de 1939, Orden de 21 de noviembre de
1947 y la ya citada Ley de 7 de marzo de 1952.
49
Gaceta de Madrid, de 6 de julio de 1870.

19
e-LHR 12 (2011) 1-44 Iustel

directamente aplicable en Ultramar. La extensión a Cuba, Filipinas y Puerto Rico se hizo


por Real Decreto de 31 de julio de 1889, excluyendo las posesiones en África. En
Guinea se aplicó a partir de 1904 y sólo parcialmente. De la misma manera, otros
ordenamientos hacen la misma distinción y la doctrina habla sin pudor de súbditos
coloniales, como el italiano Borsi, profesor en Bolonia, que distingue entre cittadinanza y
50
sudditanza coloniale . Y así, siguiendo a Santi Romano, los ciudadanos se convertían
en subditi optimo iure y los indígenas seguían manteniendo una posición de permanente
disminución de derechos. Incluso, como continúa señalando este autor italiano, el
súbdito colonial podía llegar a perder su cualidad de nacional cuando abandonaba su
colonia y se trasladaba a otra de la misma metrópoli, como ocurría en derecho
51
británico . El colonizador reinventa el término ciudadanía para vaciar el de nacionalidad.
Y lo aplica al indígena para establecer una discriminación legal, base de la colonización.
“Los derechos de los españoles no conciernen a indígenas ni tampoco afectan
demasiado, en un ámbito salvaje tan alejado de la Península, a unos cuantos buscavidas
52
europeos” . El concepto de ciudadanía por escalas, en las que algunos nacionales
tienen que ir demostrando que se han ganado el derecho a la misma superando fases,
es también propio de los más extremos totalitarismos. Incluso se acuñó en la legislación
53
la expresión “españoles de color”, para referirse a los indígenas .
Pero, en general, podemos decir que la construcción doctrinal es una manera de dar
54
solución a una situación que no tenía regulación . El punto de conexión era la raza. El
colonizado permanecía en el territorio del estado colonial permanentemente pero no era
de la misma raza que el metropolitano; el extranjero, para Borsi, era sólo súbdito
55
temporalmente . Es fácil pensar que si los Estados colonizadores querían que sus
colonizados fueran nacionales, lo hubieran recogido en la las constituciones y las leyes.
No fue así. En la práctica, un nacional sin ciudadanía no era nacional porque carecía del
contenido jurídico de la institución. Sólo tenía un derecho no exigible a ser protegido e

50
Umberto Borsi, Principî di diritto coloniale, Cedam, Milan, 1941, p. 228.
51
Santi Romano, Corso di diritto coloniale, Athenaeum, Roma, 1928, pp. 125-126.
52
Carlos Petit, o. c., p. 447.
53
Ver, como ejemplo, el Reglamento del Patronato de indígenas de 15 de septiembre de 1953. J.
M. de la Peña Goyoaga, Legislación colonial, Madrid, 1955, pp. 414-416.
54
La tesis de diferenciar ciudadanía y nacionalidad se sigue admitiendo en las Resoluciones de
la Dirección General de Registros y del Notariado. Como ejemplo, la de 2 de noviembre de 2006
sobre consolidación de la nacionalidad española de una mujer nacida en el Sahara. En el
fundamento IV se lee: “(…) los nacidos en el territorio del Sahara cuando éste era posesión
española no eran propiamente nacionales españoles, sino sólo súbditos de España que se
beneficiaban de la nacionalidad española, por más que de algunas disposiciones anteriores al
abandono por España de ese territorio pudiera deducirse otra cosa”.
55
Umberto Borsi, Principî di diritto coloniale, o. c., p. 227.

20
Carrasco González – El estatuto del indígena en la Guinea española: nacionalidad, ciudadanía y capacidad

integrado en la civilización. Pero la construcción doctrinal de la nacionalidad colonial a


partir de Solus, que era el resumen más completo de mentalidad colonial en la materia, y
la distinción entre nacionalidad y ciudadanía solventó el problema de la condición de los
indígenas dentro del Estado. Esa tercera categoría entre nacionales y extranjeros, con la
posibilidad restringida de acceso a la plena ciudadanía que era, en definitiva, la
56
verdadera nacionalidad . El estatuto personal determinaba la aplicación de las leyes
que, en la colonia, no eran generales. La defensa de la unión de la colonia a la metrópoli,
caracterizada por la diferencia de civilización, justificaba esta vuelta al pasado. La
legislación española para Guinea siguió esta línea aunque no lo estableciera con la
claridad que hoy requerimos, sino en una difuminada doctrina legal que regulaba las
situaciones sin nombrarlas. En este asunto, como en tantos otros coloniales, la ley
colonial se inspiraba en el derecho romano y adoptaba soluciones que los franceses -
menos pudorosos- aclararon en su legislación. El pasillo para acceder a la plena
ciudadanía desde la nacionalidad colonial, un sistema de naturalización, se encontraba
57
regulado en el senado-consulto de 1865 y fue retomado por una ley de 1919 . Los
españoles tenían un mecanismo similar pero disimulado en normas secundarias y, sobre
todo, en las que regulaban el sistema de protección o curatela legal del indígena.
Sistema que, por otra parte, fue muy poco seguido bien por la poca importancia que los
indígenas daban a la ciudadanía española, bien por las cortapisas que ponía la
administración colonial.

III. ESTATUTO JURÍDICO DEL INDIGENA GUINEANO EN LA COLONIA

La diferenciación constitucional del indígena se tradujo legalmente en la creación de


un estatuto jurídico distinto que se caracterizaba por rebajar posición del negro africano
frente a la del colono nacional. Es esencial al colonialismo esta diferenciación porque, si
se trataba de exportar un modelo de civilización, era que los indígenas carecían de ella
y, como consecuencia, se hallaban en un estado social menos avanzado. Reconocer
esto implicaba someterlos a un ordenamiento que los diferenciaba para proteger sus
instituciones consuetudinarias, para protegerlos frente a los abusos de los colonos
menos escrupulosos que detentaban la fuerza y, quizás en el ánimo de los mejor
intencionados, sólo con carácter transitorio hasta que lograran acceder a los niveles de
civilización de los países coloniales. Pero en colonización, como en otros aspectos de la
vida internacional, lo temporal se convierte en perpetuo. En Guinea se creaban derechos

56
Esta teoría de tercera categoría ya la expresó Jacques Aumont-Thieville en 1906 en su obra
Du régime de l’indigénat en Algérie.
57
Dominique Colas, o. c., p. 131.

21
e-LHR 12 (2011) 1-44 Iustel

subjetivos y limitaciones mediante reglamentos. No había en la época ningún escrúpulo


legal, ni nadie lo reclamaba. El indígena, igual que el metropolitano, eran regulados por
normas emanadas directamente del poder ejecutivo metropolitano y, en mucha menos
medida, colonial. No hubo en España un Código del indígena, como en Argelia tuvieron
el Code de l’indigénat de 1875 que sometía a los indígenas a obligaciones, mandatos y
58
sanciones específicas , o el Estatuto dos indígenas portugueses das províncias da
Guiné, Angola e Mozambique de 1954, su estatuto hay que buscarlo en la maraña
reglamentaria. Vemos una serie de normas que delimitan el estatuto personal del
indígena en Guinea. A partir de 1904 los reglamentos coloniales van delimitando la
esfera jurídica del natural de Guinea. El entramado parcial disimula las limitaciones que
deben encontrarse buscando en el ordenamiento total, porque el legislador tuvo la
intención de no crear un texto único, general, discriminatorio del colonizado. Hasta 1904
el indígena apenas aparecía en la legislación colonial, como hemos expuesto no era
considerado nacional por los colonos y quedaba al margen salvo en su consideración de
fuerza de trabajo. El Estatuto Orgánico de 11 de julio de ese año, obra de un gobierno
conservador, parece querer acabar con los resquicios del Antiguo Régimen en Guinea y
se someten los territorios y sus habitantes a la más pura legislación colonial. Hay
muchas normas que diferencian en su aplicación al colono y al colonizado, muchas no
son sino simples usos sociales en la colonia. Pero creemos que el estatuto indígena
quedaba delimitado por tres instituciones propias del derecho colonial y común a muchas
legislaciones europeas en África: La protección legal que reducía la capacidad de obrar
del indígena, la obligación de trabajar y las limitaciones en el derecho de propiedad.
Podemos adivinar que la nacionalidad o ciudadanía y el régimen de protección legal le
podían importar poco al indígena que trataba de continuar con su vida tradicional,
siempre que el colono no interfiriera en ésta y el dominio político no se hiciera cotidiano.
Por el contrario, el trabajo obligado a cambio de un salario que no entraba en su manera
de vida, y las limitaciones a su manera de entender la relación con la tierra sí que
trastornaban su tradicional estructura social y personal. A la larga, el triunfo de los
colonizadores fue conseguir que los colonizados apreciaran el dinero y la propiedad
individual y absoluta -dentro de los límites propios del derecho civil europeo- propia del
derecho europeo.
Veamos brevemente como se configuraron las tres grandes instituciones del derecho
colonial para indígenas en la Guinea española:

a) Sometimiento personal: incapacidad legal preventiva

58
Olivier le Cour Grandmaison, o. c., pp. 80 y ss.

22
Carrasco González – El estatuto del indígena en la Guinea española: nacionalidad, ciudadanía y capacidad

La diferencia de estatuto jurídico se configura partiendo de una disminución de la


capacidad del indígena, a pesar del ser el Estado-nación igualitario por definición. El
Estado colonial separa a parte de sus nacionales convirtiéndolos en súbditos: los
colonizados que quedaban privados de su capacidad de obrar, de su libertad de relación
jurídica. Los europeos adquirían una posición social elevada no por méritos de trabajo o
éxitos empresariales, sino por el mero hecho de ser blanco. Esta posición privilegiada,
adquirida ipso facto, se constituía en una superioridad que no estaban dispuestos a
perder. Esta disminución de capacidad se traducía en el sometimiento a una curatela
gubernativa y se reflejaba en áreas como la enseñanza o la justicia, que se diferenciaban
para “respetar el estado de desarrollo de su sociedad”. Había que enseñarles no lo
mismo que a los blancos, sino una cultura adaptada que permitiera conservar las
diferencias. Y, si el colono admitía la persistencia de la costumbre indígena, se
respetaba su manera de juzgar los delitos siempre que no afectaran a blancos, es decir
siempre que respetara el orden público colonial. Se demostraba aquí el axioma de
Hanna Arendt que decía que el imperialismo descubrió dos nuevos medios para la
organización y la dominación de pueblos extranjeros, la raza y la burocracia. La raza
como explicación del blanco a lo que juzgaba incompresible y no se detenía a averiguar
porque lo consideraba asimismo inferior. Y la burocracia como cauce de la dominación,
que organizaba según criterios que en las metrópolis estaría excluidos de la vida
59
jurídica .
El indígena corría un riesgo claro de ser explotado impunemente por los coloniales. A
la colonia acudían buscadores de fortuna, gente a las que no les importaba soportar los
rigores tropicales y la falta de medios y comodidades con el objeto de lograr un
patrimonio. Entre estas personas había no pocas con pocos escrúpulos, dispuestas a
cualquier cosa para ganar dinero. Frente a éstos, el indígena se presentaba débil,
desprotegido y vulnerable. Un sistema de protección legal era, pues aconsejable. Su
extensión y funcionamiento debe ser discutido. Como en otras instituciones de derecho
colonial guineano, se pueden encontrar antecedentes en el derecho indiano. Para evitar
el abuso privado, se huyó de un modelo de encomiendas y se quiso establecer algo
60
similar al protector de indios, al menos en lo que se refiere a una tutoría general o
curaduría legal y a la procura del cumplimiento de las leyes dadas en beneficio del
61
indígena y el castigo a los transgresores .

59
Hanna Arendt, o. c ., pp. 251-252.
60
Carmelo Viñas Mey, El estatuto del obrero indígena en la colonización española, Madrid, 1929,
p. 229.
61
Antonio Rumeu de Armas, Código del trabajo del indígena americano, Madrid, 1953, p. 29.

23
e-LHR 12 (2011) 1-44 Iustel

El sistema de protección legal al indígena se plasma por primera vez en el Estatuto


62
Orgánico de 11 de julio de 1904 , norma constitucional básica en la colonia. El tema
procede de una previsión de la Ley de Presupuestos para la colonia de 1901, en la que
ya se hablaba de una necesidad de suplir jurídicamente al indígena y completar su
capacidad en las relaciones con el blanco. Aunque tuvo dos antecedentes más en lo
referente a la curatela legal del indígena: el Reglamento del servicio doméstico de la
colonia de 1863 y el Reglamento de Emancipados de 1864, dado para cubanos llevados
a Fernando Poo. Pero el Estatuto de 1904 creó la Curaduría Colonial, que no tuvo
63
desarrollo legal hasta más tarde . El ex juez y ex secretario letrado del Gobierno colonial
Iglesias de la Riva, no ve nada extraño en esta institución; la considera similar al
Padrôado de petros portugués, a la Native potrection board británica o la Comisión de
64
tutelle des indigènes francesa . Ya hemos dicho que 1904 fue la fecha de la institución
del verdadero régimen legal colonial para la Guinea española, tras un largo periodo de
busca y adaptación. El artículo 34 decía:

“Se constituirá con el auxilio de las Misiones españolas un Patronato de


indígenas, especialmente dedicado a proteger a los niños o indígenas remontados
y a los trabajadores fomentando la cultura y la moralización de los naturales del
país y su adhesión a España”.

Es toda una declaración de intenciones: Se utiliza la palabra indígenas (como


sinónimo de natural del país o extranjeros de raza negra); se concede un status especial
de agente colonizador a las misiones católicas (no a las protestantes establecidas en
Guinea); confunde al meter en el mismo saco a los niños e indígenas remontados
(debemos entender como habitantes de la selva más que como refugiados en el bosque)
y a los trabajadores sin distinción; y, por último, el objetivo no es adaptar al indígena a la
civilización sino moralizarlo y conseguir la adhesión a España porque para el colono en
eso consiste la civilización que se trata de imponer. El tema es fundamental.
El sistema se configuró sobre dos pilares: El Patronato de indígenas, órgano central
de la colonia que detentaba la curatela de todos los indígenas no emancipados y vigilaba
el cumplimiento de las obligaciones de éstos y de las obligaciones de los patronos que
los contrataban, y el curador colonial como órgano ejecutivo -como inspector del
Patronato- que contaba con delegados en toda la isla. El curador era un cargo
administrativo que estaba sometido a revisión del gobernador y del Patronato de

62
Gaceta de Madrid de 12 de julio de 1904.
63
A. Iglesias de la Riva, Política indígena en Guinea, Madrid, 1947, p. 187.
64
Ibid, p. 188.

24
Carrasco González – El estatuto del indígena en la Guinea española: nacionalidad, ciudadanía y capacidad

indígenas, que dictarían las instrucciones generales y que estaba encargado de velar por
que el curador cumpliera lo dispuesto en el reglamento. El Patronato quedó como
institución de hecho, creada en el Estatuto orgánico de 1904, hasta que se completo su
65
configuración con unos estatutos aprobados por Real Orden de 17 de julio de 1928 .
Las funciones de este órgano iban más allá de la vigilancia al curador en su función
tutelar, y se le encomendaba la creación de escuelas, bibliotecas, museos y otras
iniciativas similares en los poblados para la asimilación del indígena y su protección.
Establecía un procedimiento arbitral de conciliación para mediar entre patronos y
trabajadores que, en definitiva, trataba de imponer sus propios criterios a los
desacuerdos evitando la litigiosidad. El ejercicio de la función tutelar se explica en el
66
decreto del Gobernador de 30 de octubre de 1928 y correspondía siempre y en todo
caso al Patronato de indígenas, nadie más debía completar la capacidad del indígena. El
curador colonial desapareció en 1938 al pasar sus funciones al delegado de Trabajo.
67
“Rancia y bella institución”, en palabras de Iglesias de la Riva .
La primera reglamentación está contenida en el Reglamento de trabajo indígena de 6
68
de agosto de 1906 . Es un largo texto destinado a regular el trabajo indígena en la
colonia y que describe las funciones de la Curaduría colonial, lo que demuestra la que
preocupación principal respecto al indígena era hacerle trabajar. El curador ejercía su
protección, que el reglamento llamaba tutela, “sobre todos los residentes en la isla de
Fernando Poo que no tengan propiedad, oficio, ocupación legal y conocida o no
aparezcan domiciliados en los registros especiales que a este efecto llevarán los
Consejos de Vecinos” (artículo 24) y se les podía obligar a trabajar para el Estado o los
particulares. En un principio excluía a los bubis naturales de la isla de Fernando Poo y
sólo se aplicaba a los trabajadores legados a este territorio procedentes de otras
colonias o de Río Muni. Trataba la norma de impedir la llegada de extranjeros sin trabajo,
lo que era contradictorio con la necesidad de mano de obra. Para cumplir las funciones
de vigilancia, a la Curaduría se le dotó de un policía cuyo reglamento es de 16 de julio de
69
1912 . Además, específicamente se les obligaba a buscar trabajadores fugados, vagos
y remontados y perseguir el juego. El indígena era un niño crecido, un menor para
siempre, que debía estar sometido a una vigilancia permanente para protegerlo y para
hacer que cumpliera con las obligaciones civiles que contrajo sin querer al instaurarse la
colonia, principalmente la obligación de trabajar y el respeto absoluto al nuevo orden

65
A. Miranda Junco, Leyes coloniales, Madrid, 1945, pp. 686-692.
66
Ibid, pp. 715-716.
67
A. Iglesias de la Riva, o. c., p. 190.
68
A. Miranda Junco, o. c., pp. 205-212.
69
Ibid., pp. 367-368.

25
e-LHR 12 (2011) 1-44 Iustel

público instaurado por el gobierno colonial, con sus obligaciones y prohibiciones que,
desconocidas, tenían que aprender a la fuerza.
La II República mantuvo el régimen de protección y disminución de capacidad civil del
indígena. Incluso lo reforzó con normas como el decreto del gobernador de 28 de
70
noviembre de 1934 que anula los contratos de administración de fincas propiedad de
indígenas en los que no hubiera intervenido el Patronato. Por acuerdo de 20 de
diciembre del mismo año se estableció que este organismo redactaría los escritos que
71
los indígenas presentaran ante las oficinas públicas, y asesoraría a los mismos . La
época de Franco siguió la misma línea de continuidad. Se inicia con una ordenanza del
gobernador de 22 de agosto de 1936 en la que señalaba la necesidad de intervención
del Patronato cuando se trataba de aplicar la Ley de vagos y maleantes a indígenas. El
Patronato de Indígenas es reformado y se le dota de un nuevo estatuto por decreto de
72
29 de septiembre de 1938 . Ya se regula en un mismo texto el Patronato y la Curaduría,
y las funciones viene a ser las mimas. La acción protectora se extendía ya a todos los
indígenas naturales de la Guinea, extranjeros que trabajaban en ella o tenían
propiedades, salvo los emancipados.
El estatuto personal diferenciado dio lugar a un sistema discriminatorio o diferenciador
que iba desde los meros usos sociales (asientos diferentes en los espectáculos públicos,
acceso a determinados locales) a cuestiones más transcendentes como la separación en
determinadas áreas de enseñanza y en la aplicación de la justicia. Respecto a esto,
Olesa Muñido escribía: “Y es interesante destacar que no es en la tutela de valores
jurídicos, sino en la elaboración de los conceptos de relación entre el sujeto y los objetos
circundantes, donde residen las más profundas diferencias entre el indígena y nosotros,
”73
sin duda alguna existentes . Para este autor, el negro tenía una cultura diferente, no
latina, y querer transformarla radicalmente era contraproducente y ofrecía gran
resistencia; era más apropósito transformarla paulatinamente, contemporizando,
adaptando al indígena para que pudiera aceptar la cultura europea con el transcurso del
tiempo. Ello obligaba a especializar la ley. Con dos objetivos: primero, respetar la
costumbre indígena siempre que no se opusiera al orden público colonial y segundo,
74
adaptar la norma metropolitana . Esto se intentó plasmar en el Estatuto de Justicia
indígena de 10 de noviembre de 1938 que establecía tribunales especiales para

70
Ibid., p. 912.
71
Ibid., p. 916.
72
Ibid., pp. 1142-1147.
73
Felipe Olesa Muñido, Derecho penal aplicable a indígenas en los territorios españoles del golfo
de Guinea, Madrid, 1953, p.17.
74
Ibid, p. 129.

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Carrasco González – El estatuto del indígena en la Guinea española: nacionalidad, ciudadanía y capacidad

indígenas, un procedimiento especial y unas penas distintas. Pero el objetivo último


respondía a la ideología colonial: establecer mecanismos legales de contención de la
población indígena, abrumadoramente mayoritaria, para que la minoría colonial pudiera,
con sus escasos medios y su poca fuerza, mantener el control de los territorios, del
orden público y de su economía.
La forma de salir de la curatela, es decir, la manera de que el indígena alcanzara la
ciudadanía plena era la emancipación. Su régimen se contenía en el reglamento de 17
75
de julio de 1928 . El real decreto reconocía que existían muchos indígenas a los que el
régimen de limitación de la capacidad civil y sus restricciones en materia contractual y de
propiedad impedía el desarrollo personal ya que su grado de civilización hacía
innecesarias estas limitaciones. Para levantar este régimen personal era necesario
obtener carta de emancipación, correspondiente a la mayoría de edad de un hombre
europeo. Pero la obtención quedaba en manos de las autoridades coloniales que la
otorgaban. Se exigía a los indígenas que “revelen de un modo notorio, por el estado de
cultura intelectual y moral, hallarse en condiciones de regir por sí mismos sus personas y
bienes” (artículo 1º). El expediente se tramitaba ante el Patronato de indígenas, a
iniciativa del indígena, curador o gobernador. Debía constar informe favorable del
curador, jefe de los servicios sanitarios y el inspector de enseñanza. Y la aprobación final
de la Dirección General de Marruecos y colonias. La emancipación podía ser anulada a
instancias del juez, registrador o notario. En definitiva, al no constar objetivamente los
motivos que debían llevar a la emancipación, quedaba a la opinión de los funcionarios y
autoridades. La regulación se completa con el decreto de 10 de noviembre de 1938
76
sobre justicia indígena , que en su artículo 6º consideraba emancipados a: a) Los que
posean títulos oficiales o académicos expedidos por Centro Oficial español; b) a los
empleados durante dos años en un establecimiento agrícola o industrial con sueldo igual
o superior a 5.000 pesetas anual y c) a los que estén al servicio del Estado o Consejo de
vecinos, con categoría igual o equivalente a auxiliar indígena mayor o asimilada. El
sistema era residual, era una salida que el colono se daba a si mismo para probar su
obra de civilización que se demostraba con la aceptación de negros que habían
alcanzado niveles mínimos de asimilación.
77
Este régimen de emancipación se reforma por Ley de 30 de diciembre de 1944 , una
de las pocas leyes que se dieron para el territorio colonial gobernado por reglamentos.

75
A. Miranda Junco, o. c., pp. 692-693. Más tarde se aprobaría, por Orden del gobernador
general de 4 de mayo de 1945, el reglamento de la filial de Bata. J. M. de la Peña Goyoaga, o. c.,
pp. 25-27.
76
A. Miranda Junco, o. c., pp. 1152-1154.
77
Ibid, pp. 1384-1386.

27
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La novedad estribaba en crear una tercera categoría entre emancipados y tutelados,


sería una emancipación preparatoria o limitada. Los emancipados, sus esposas legítimas
e hijos bajo la patria potestad se regían por la legislación metropolitana, al igual que los
blancos. Los emancipados limitadamente podían regirse por la legislación metropolitana
pero con restricciones coloniales como lo relativo al régimen de alcoholes, tomar dinero a
préstamo o el embargo por deudas. Los no emancipados se regían por la legislación
colonial. Para los emancipados plenamente la ley establece la novedad de que no
podían ser privados de esa posición salvo cuando lo preveía la legislación metropolitana,
entendemos que el Código Civil. Señalaba Iglesias de la Riva que la función tutelar
asumida por España “queda clara y terminantemente registrada en un sentido de liberal
amparo, pero sin la excesiva prodigalidad que supone la legislación francesa colonial,
78
con un desmedido criterio de asimilación” . Quería decir que el procedimiento español
era restrictivo en lo que se refería a la adquisición de los derechos civiles por parte del
indígena. Las emancipaciones en la Guinea española se dieron con poca frecuencia. Es
cierto que la política era restrictiva en este aspecto y que los requisitos exigidos en el
expediente (alfabetización, observancia de la religión católica, etc.) hacía difícil la
obtención. Pero también es verdad que a los indígenas la emancipación les suponía
poco avance desde su visión tradicional de la vida. Como ejemplo, en la zona insular se
79
concedieron seis emancipaciones plenas y nueve limitadas en 1956 .
80
El Patronato de indígenas fue dotado de un nuevo estatuto en 1952 , sin que esto
afectara mucho al régimen de curatela ya visto. Los fines (artículo 1º) seguían siendo los
mismos: Fomentar la cultura y moralización; acordar emancipaciones; ejercer la tutela;
ejercitar en juicio y fuera de él las acciones y excepciones correspondientes al indígena;
velar por el cumplimiento de las leyes protectoras; crear instituciones de defensa y
promoción; y proponer medidas legislativas. Declara sin efectos los documentos
firmados sin la preceptiva intervención del Patronato (art. 9º). Y configuraba la
emancipación como un derecho (art. 10º) pero era necesario demostrar un “grado de
cultura suficiente para hacer innecesaria, total o parcialmente, la tutela del Patronato”
(art. 11º).

b) Sometimiento laboral: Obligación de trabajar

La segunda consecuencia del estado de inferioridad legal del indígena consistió en


una regulación específica del trabajo de éstos. En la imposición o sometimiento laboral

78
A. Iglesias de la Riva, o. c., pp. 70-71.
79
Memoria de las actividades de la Delegación de Asuntos Indígenas del distrito insular
(Fernando poo y Annobón) en 1956, Madrid, 1957, p. 29.
80
J. M. de la Peña Goyoaga, o. c., pp. 335-339.

28
Carrasco González – El estatuto del indígena en la Guinea española: nacionalidad, ciudadanía y capacidad

se mezclaban doctrinas coloniales que entendían que no era posible civilizar a los
africanos sin someterlos a un régimen de trabajo por cuenta ajena similar al europeo,
con ellos trataban de evitar la indolencia secular del negro de la que tanto hablaban los
primeros coloniales y, en definitiva, sustentaban legalmente la necesidad de brazos para
el cultivo de las fincas coloniales. Iglesias escribía: “El exponente más expresivo de toda
81
acción colonial lo constituye, sin duda alguna, la utilización del hombre indígena” . Lo
decía convencido de que el trabajo elevaba al indígena hasta categorías coloniales. El
trabajo obligatorio o forzoso -no se trataba de una pena por delitos, sino de una
imposición colonial- existió en todas las colonias en mayor o menos medida. Se
configuraba como un medio de dominación del colono sobre el originario del país y como
medida para solventar necesidades públicas o privadas. Era consecuencia de su
incapacidad civil; como señalaba Petit, como el negro se mostraba incapaz para
82
contratar, los funcionarios le obligaban a ello por medio de mecanismos legales . Los
franceses abusaban de estas medidas, llegando a desplazar a miles de indígenas de
una colonia a otra. Los gobernadores franceses disponían del trabajo de indígenas, más
o menos días según el territorio pero con capacidad de recluta extraordinaria por
necesidades. Aunque en principio se destinaban a trabajos públicos, en ocasiones se
ponían a disposición de las compañías que necesitaban braceros para la recolección del
83
caucho . En Italia, la corvée o prestación forzosa era casi siempre como cumplimiento
de penas judiciales y muy escasamente como pago en especie de tributos, como
84
algunos quisieron llamarla suavemente . El artículo 32 del Estatuto de los indígenas
portugueses, decía: “El Estado procurará que el indígena reconozca que el trabajo
constituye un elemento indispensable de progreso”. Y admitía el trabajo impuesto. Los
comentaristas Ney Ferreira y Soares da Vega insistían en la colonización como
85
transformación y perfeccionamiento . El trabajo en las colonias portuguesas estaba
considerado como un deber legal y moral. La justificación teórica es la misma en todos
los países: Vencer la pereza tradicional del africano y adaptarlos a la vida occidental. El
africano era sustraído a su modo de vida para introducirlo en otra sociedad que le tenía
reservados los trabajos más bajos.
Bajo esta imposición subyacía la acusación de esclavitud, tantas veces puesta sobre
la mesa en asuntos guineanos. Aunque el medio seguido para obligar a trabajar al

81
A. Iglesias de la Riva, o. c., p. 203.
82
Carlos Petit, o. c., pp. 461 y ss.
83
Le Cour Grandmaison, o. c., pp. 141 y ss.
84
Ernesto Cucinotta, Diritto coloniale italiano, Foro Italiano, Roma, 1933, p. 483.
85
Josè Carlos Ney Ferreira, y Vasco Soares da Veiga, Estatuto dos indígenas portugueses das
províncias da Guiné, Angola e Mozambique, Lisboa, 1957, p. 61.

29
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86
africano era una alternativa económicamente eficaz al trabajo esclavo . Los europeos
no querían caer en esa práctica ya excluida de las legislaciones occidentales, y
perseguida por la opinión pública y los organismos internacionales. Había, podemos
decirlo así, también una vigilancia diplomática de unos países a otros. La Sociedad de
Naciones autorizó este tipo de trabajo en 1922, pero con condiciones. La Oficina
Internacional del Trabajo (OIT), surgida al mismo tiempo, después de examinar toda la
legislación colonial de las diferentes naciones, no condenó drásticamente el trabajo
obligatorio sino que le impuso unas condiciones para que no se asemejara a la
esclavitud, para evitar los males que llevaba consigo y, sólo en tercer lugar, para
87
preparar su desaparición . En 1930 elabora un convenio sobre el trabajo forzoso de
indígenas y establece medidas de control y sanciones penales, aunque dejadas a la
88
soberanía nacional de cada Estado . Según esta oficina, los criterios que justificaban la
necesidad de recurrir al trabajo forzoso se condensaban en cuatro: necesidad e interés
público del trabajo, necesidad actual e inminente, la imposibilidad de procurar mano de
obra voluntaria y el examen previo por parte de la administración acerca de si ha de
resultar una carga demasiado pesada para la generación presente en lo que concierne a
89
la mano de obra voluntaria y su aptitud para emprender la obra en cuestión . Sin
embargo, el mismo documento consideraba violencia legal directa la imposición del
90
trabajo a beneficio de los particulares y lo prohibía en adelante .
El sometimiento laboral tenía dos caras: la prestación forzosa y la obligación de
trabajar por cuenta ajena, que se mezclaban y confundían en una misma obligación a los
ojos sumisos de los indígenas. En Guinea vemos esta obligación desde los primeros
tiempos legislativos. Los españoles ya tenían una larga tradición americana y sólo
necesitaron adaptar las normas en el cambio de continente. La prestación personal tenía
una larga tradición en el derecho colonial hispano en América. La mita no fue una
institución creada por los españoles, sino tomada de la tradición indígena y limitada por
las Leyes de Indias a los trabajos públicos. La práctica, como señalaba Viñas Mey,
producía multitud de vejaciones a los indígenas, descuidaba el trabajo productivo privado

86
Bartolomé Clavero, o. c., pp. 449-450.
87
El trabajo forzoso. Publicaciones de la Oficina Internacional del Trabajo, M. Aguilar editor,
Madrid, 1930, p 337.
88
Luis Rodríguez-Piñero Royo, “Pueblos indígenas y derecho internacional: una historia
incómoda”, en Laura Giraudo (ed.), Ciudadanía y derechos indígenas en América Latina:
poblaciones, estados y orden internacional, Centro de estudios políticos y constitucionales, Madrid,
2007, pp. 83 y ss.
89
El trabajo forzoso, p 339.
90
Ibid, p 379.

30
Carrasco González – El estatuto del indígena en la Guinea española: nacionalidad, ciudadanía y capacidad

91
y provocaba la huída de los trabajadores . Además, en el trabajo obligado vinculaban a
los jefes indígenas como reclutadores o suministradores de obreros, modelo que se
siguió en Guinea.
El artículo 29 del decreto de 12 de noviembre de 1868, estableció la prestación
personal forzosa que se realizaría “suministrando la dirección y el material para las
mismas el Estado y admitiéndose la sustitución voluntaria de un vecino por otro”. Esta
92
obligatoriedad era algo general en toda África . Se trataba de trabajos públicos a los que
estaban obligados todos los indígenas y que servían para abrir caminos, desmontes,
construir puentes, etc. También estaban obligados los europeos, aunque no lo
cumplieran. Faltaba la reglamentación pero con este precepto se completaba la
imposición de trabajos en beneficio de la comunidad. Era una institución netamente
93
indiana y que recibió el nombre de mita en América . En realidad, la prestación personal
no se hizo efectiva hasta entrado el siglo XX porque a los españoles les faltaban fuerzas
94
para imponerlo y sólo se practicó parcialmente en lugares señalados. En julio de 1897
el gobernador solicitó al ministro de Ultramar el reglamento vigente en Puerto Rico sobre
esta materia, con objeto de regular la actividad en Guinea. La obligación se reproduce en
el artículo 32 del Estatuto Orgánico de 1904 que autorizaba al gobernador a obligar a los
trabajos públicos, aunque no a los privados. Aunque los bubis estaban exentos, también
acudían al arreglo de trochas y caminos más o menos voluntariamente, creemos que
igualmente forzados.
Sin embargo esta prestación personal para obras públicas se fue confundiendo con la
obligación de trabajar que luego veremos y se desvirtuó la norma de 1904. En 1907 la
cosecha de cacao se presentaba muy buena pero faltaban brazos para recogerla. La
presión de los finqueros, atraídos a la colonia con promesas de fortuna que no podían
ver realizadas sin mano de obra, obliga a las autoridades coloniales y metropolitanas a
forzar el sistema . Se consideró entonces como “necesidad pública” la recolección. Este
95

calificación permitió al gobernador general Ramos Izquierdo dictar un bando el 30 de


96
agosto para obligar a todos los indígenas que no poseyeran fincas de una hectárea o

91
Viñas Mey, o. c., p. 35.
92
Existía la corvée (o fanompoana en Madagascar) en las colonias francesas. Los británicos
imponía a los indígenas unos impuestos que se podían pagar en metálico o mediante días o
meses de trabajo comunitario. También los portugueses mantenían este tipo de obligación.
93
La mita fue una manera abusiva y esclavizante de usar al indio por lo que tuvo que ser
reformada. Fue recogida en el Título XII del Libro VI de la Recopilación de Indias.
94
Nota de 29 de julio de 1897. Archivo General de la Administración, G-662.
95
Juan José Díaz Matarranz, De la trata de negros al cultivo de cacao, Ceiba ediciones, Vic,
2005, pp. 140 y ss.
96
MIRANDA JUNCO, A.: Ob. cit., pp.230 y 231.

31
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más o no estuvieran ya empleados, a acudir a las fincas más próximas a su domicilio


para ser contratados. Si acudían voluntariamente lo hacían por sueldo, y si eran
97
obligados al trabajo lo hacían gratuitamente por cuarenta días , este asomo de
esclavitud duró poco y siempre se consignaría la necesidad de pagar salario en las
normas posteriores. La prestación personal era temporal y la obligación de trabajar
permanente, aunque hubiera etapas donde no se conseguían trabajo. Sistema que
quedó en la legislación colonial, con variaciones, hasta la etapa final. Las mujeres y los
98
menores de quince años también podrían acudir voluntariamente . Esta política tuvo
99
éxito y el mismo gobernador dictó un nuevo bando el 28 de febrero de 1908 que dejaba
persistente lo que en el bando anterior parecía provisional. En definitiva, venía a
concretar la norma general de 1907, en el Reglamento de Consejo de vecinos se
establecía esta obligación y la posibilidad de redimirla en metálico. Se completaría con la
obligación de trabajar en las fincas para los bubis -inicialmente exentos- que no
estuvieran empleados o tuvieran su propia finca. Eran normas típicamente coloniales que
imponían una obligación al colonizado y otra de vigilancia al colono “la total ausencia de
libertades contractuales convierte en destinatario inmediato de estas reglas a la
100
autoridad militar” . Escribía D’ Almonte: “no insistiré en detalles sobre los
procedimientos empleados, no siempre suaves, para imponer a los bubis que no posean
más de dos hectáreas de terreno cultivado el trabajo forzado en las plantaciones de
101
cacao” . Tras esta norma subyacía la falta de dinero para la contratación de braceros,
que se intentó suplir obligando al bubi sin tierras a trabajar, lo que privaba a los bubis
propietarios y sus comunidades de trabajadores. Y dejaba al indígena sometido a
colonos de escasa cultura y preparación, predispuestos muchos de ellos al abuso. Más
tarde se fue necesario implicar también a la Guardia colonial y a los misioneros católicos
102
y protestantes . La Curaduría colonial se encargaba de vigilar que se cumplieran estos
enganches y de que se pagara el salario establecido y la ración diaria de alimentos, y
trataba de impedir la cesión de trabajadores de unos patronos a otros. Tal importancia
tenía el trabajo en las fincas que en 1914, la empresa que construía el ferrocarril
renunció al derecho a trabajadores forzosos en beneficio de los finqueros. La necesidad

97
A. Iglesias de la Riva, o. c., p 221.
98
El trabajo de las mujeres indígenas en las fincas se liberalizó a partir del decreto de 12 de
enero de 1935 es decir que se suprimió la protección de que gozaban hasta esa fecha, dejándolas
en libertad para trabajar como los hombres.
99
A. Miranda Junco, o. c., pp.245 y 246.
100
C. Petit, o. c., p. 427.
101
E. D’ Almonte, o. c., p. 8.
102
Las obligaciones las establecía un decreto del gobernador de 8 de octubre de 1914. A.
Miranda Junco, o. c., pp. 422-423.

32
Carrasco González – El estatuto del indígena en la Guinea española: nacionalidad, ciudadanía y capacidad

agraria se imponía en una colonia de plantación en un hecho casi insólito, a juicio de


103
Iglesias . El indígena quedaba condenado a la posición de bracero, las tareas de
organización y dirección estaban encomendadas al blanco. Al gobernador no le faltaba
retórica fácil y se justifica en un nuevo bando de 21 de abril de 1908 que encabezaba
con estas palabras:

“El hombre ha nacido para producir, y aquel que escriba un libro, siembre un
árbol y tenga hijos para consagrarlos y educarlos a la defensa y al
engrandecimiento de la Patria, habrá cumplido su misión; y como para producir
hay que trabajar, ya sea con la inteligencia de que Dios nos ha dotado, ya sea con
nuestros brazos, de ahí el que el hombre tenga la imperioso obligación de
104
trabajar” .

De este trabajo forzoso para particulares, que no excluía el salario sino sólo la libertad
de contratarse, surge de manera más general el segundo modo de trabajo indígena que
era la obligación de trabajar por cuenta ajena a los que no poseían tierras propias que
cultivar. La obligación de trabajar por cuenta ajena cercenaba el único modo verdadero
de asimilación y progreso indígenas que era el trabajo en sus propias fincas pues si
dedicaban todo su esfuerzo a los demás no podrían nunca acceder a la propiedad
productiva. Pero el acceso del África a la propiedad inmobiliaria en igualdad con el
colono no era colonizar. Su primera regulación positiva la vemos en el Reglamento del
105
trabajo indígena de 6 de agosto de 1906 que, como vimos, reglamentó la Curaduría
colonial. En su artículo 24 incluyó la obligación que tenían todos los residentes en
Fernando Poo de trabajar, salvo que tuvieran fincas, oficio, ocupación, por cuenta de
particulares o del Estado. Señala Carlos Petit: “Y es la falta de libertad para trabajar la
causa que finalmente convierte la opaca cuestión social que provoca en Guinea la falta
106
de obreros del campo en nítida cuestión militar” . Entendemos que quiso decir policial.
Quizás el problema de mano de obra podría resolver llevando obreros españoles en
situación menesterosa. Pero el sistema colonial lo impedía: el blanco no podía ser
bracero, sólo directivo o propietario. Como para tantas otras cosas, la cuestión sanitaria
servía de excusa (a medias, no necesitaban excusas). El mantenimiento del indígena
como bracero o trabajador manual contribuía al mantenimiento de la colonia sin cambios
políticos. Cuando, poco a poco, se fue educando y exigiendo mejoras en su modo de
vida, llegó la independencia como salvación al colapso colonial: Los colonos se libraban

103
A. Iglesias de la Riva, o. c., p. 222.
104
Miranda Junco, o. c., pp. 253.
105
Ibid., pp. 205 y ss.
106
C. Petit, o. c., p. 427.

33
e-LHR 12 (2011) 1-44 Iustel

de una colonia que les iba a salir muy cara (exigencias materiales) y se libraron de
considerar al indígena como igual, como nacional y no sólo súbdito.
La obligación de trabajar surgió, como decimos, de la extensión de la prestación
personal obligatoria para trabajos públicos. La necesidad de encontrar braceros para la
recolección también se trató de satisfacer mediante convenios con otras potencias para
reclutar trabajadores de Camerún, Liberia o Nigeria, pero no eran suficientes. Además, el
bubi salía por unas treinta pesetas mensuales mientras que los trabajadores de otros
107
lugares costaban entre sesenta y cien . Una circular del gobernador de 7 de julio de
108
1909 señalaba el procedimiento en la zona continental, similar al de la zona insular:
Los patronos se dirigían a la Curaduría para exponer sus necesidades de trabajadores y
el Gobierno o Subgobierno distribuía la fuerza de trabajo. La reglamentación, que fue
muy abundante en esta materia, imponía también obligaciones a los jefes de poblado. La
circular del gobernador de 9 de septiembre de 1909 prometía premios a los jefes
109
(botucos) que cumplieran con la obligación impuesta . Este sistema produjo una fuerte
oposición indígena. Los habitantes del territorio se negaban a ser llevados a las fincas,
preferían vivir en la libertad de sus poblados. La obligación impuesta a los botucos se
acentúa tras el decreto de 15 de junio de 1910, que tipificaba la falta de colaboración
110
calificándolos como reos de desobediencia , lo que demostraba que existió una plena
rebeldía entre la población indígena al sistema laboral impuesto por la administración
colonial. Pero el indígena era débil, no tenía armas para oponerse al colono y su única
posibilidad de oposición era huir. Smone Weil ironizaba sobre la cuestión de la
mansedumbre del africano en la mentalidad colonial:

“Todas esas gentes -amarillos, negros, moros- no son de la misma especie que
nosotros. No están hechos como nosotros. Ellos están acostumbrados a sufrir y a
dejarse esclavizar. Todo el mundo lo sabe. Hace tanto que se mueren de hambre
y están desprovistos de todo derecho, que se han acostumbrado a ello. La mejor
prueba es que no se quejan. Se callan, por tanto están contentos. Tienen un
111
carácter servil. Si no fuera así, se resistirían” .

107
L. Ramos-Izquierdo Vivar, Descripción geográfica y gobierno, administración y colonización de
las colonias españolas del golfo de Guinea, Madrid, 1912, p. 259.
108
A. Miranda Junco, o. c., pp. 265-266.
109
Ibid, pp. 268-269.
110
Ibid, pp. 281-282.
111
Extraído de un artículo publicado en la Feuilles libres de la Quinzaine, nº 33, 25 de marzo de
1937. S. WEIL, Escritos históricos y políticos, Trotta, Madrid, 2007, p. 484.

34
Carrasco González – El estatuto del indígena en la Guinea española: nacionalidad, ciudadanía y capacidad

Por otro lado, las autoridades quisieron conjugar la obligación con la posibilidad de
que el indígena cultivara sus propiedades y para ello establecían que la obligación no
fuera superior a un periodo determinado. Pero, si la cosecha se recogía igual en las
fincas de los blancos que en las de los negros, ¿cómo iban a trabajar en dos sitios al
tiempo?, ¿duplicando las horas?
Los abusos marcaron la relación del indígena con el colono. La vigilancia policial y de
la Curaduría debió marcar algunos límites pero, en definitiva, los funcionarios eran
europeos que se relacionaban con los europeos colonos -sus iguales- en una sociedad
muy reducida. Esta familiaridad debió relajar el régimen de control. Aunque hay poca
documentación sobre la materia, muy escasos testimonios directos, algunas normas nos
dan pistas ya que fueron dictadas para atacar situaciones extremas. Llama la atención el
112
bando del gobernador de 7 de julio de 1911 que obligaba a los finqueros a comunicar
el fallecimiento de braceros. ¿Cuántos murieron sin que constara? ¿Y porqué causas?
En 1910 hubo una revuelta en Balachá de los bubis contra los finqueros. Para evitar que
113
se repitiera, el gobernador dicta un bando el 9 de agosto de 1911 recordando la
obligación de trabajar y de hacer trabajar. Y lo justifica con la mejor doctrina colonial:

“(…) considerando que el hacer trabajar al indígena es procurar por su


civilización, haciéndole perder sus hábitos de holganza en que viven, y que en
nombre de la civilización debe obligárseles a trabajar con gran firmeza”.

El abandono en el que los finqueros dejaban a los braceros enfermos, motivó la queja
114
del director del hospital y el consiguiente decreto de 17 de julio de 1912 , que imponía
fuertes sanciones a los patronos. El mismos decreto reconocía que los braceros eran
llevados al hospital sólo en casos extremos, la mayoría de las veces en un estado tal que
era imposible salvarles, y abandonaban el cadáver; los dejaban sin consignar el nombre
del empleador, en otras ocasiones eran abandonados en la vía pública hasta que los
recogían la Policía. Situaciones que eran conocidas y difundidas en los poblados y que
exaltaban aún más las actitudes contrarias al trabajo. El mismo gobernador Ramos
izquierdo era consciente de la existencia de abusos que fomentaron el rechazo indígena
al trabajo asalariado: Respecto a la falta de braceros para la agricultura en la isla de
Fernando Poo, sin duda que contribuyó a ello la conducta abusiva de algunos
agricultores con sus braceros y algo también las deficiencias en la organización de los

112
A. Miranda Junco, o. c., p. 328.
113
Ibid, p. 329.
114
Ibid, pp. 368-370.

35
e-LHR 12 (2011) 1-44 Iustel

115
servicios públicos de la curaduría, justicia, vigilancia, etc. . Si el alto funcionario
reconocía esto por escrito, la situación debía ser realmente mala.
La parte continental, con menos plantaciones y más población, fue vista por el
gobierno colonial como lugar idóneo para contratar braceros. Y esto fue aprovechado por
determinadas personas que se dedicaban a “buscar” braceros para su contratación por
finqueros de Fernando Poo a cambio de una comisión. Surgió así otra de las fuentes de
abuso más importante de la etapa colonial, quedando en la memoria popular como un
terror hereditario. La cacería de braceros generó un abundante catálogo de engaños a
los indígenas y una fuerte competencia entre reclutadores, gente de pocos escrúpulos
que acudían a la colonia para buscar la fortuna que les negó la metrópoli. El gobernador
se vio obligado a reglamentar la recluta por medio de un decreto de 17 de julio de
116
1912 , que no la prohibía pero que trataba de someterla a reglas y controles de la
Curaduría, ya que los contratos de enganche debían firmarse ante este organismo. Para
ello hacía responsable al finquero de los abusos de su reclutador e imponiendo fuertes
multas a los reclutadores infractores. La cuestión no quedó zanjada y los reclutadores
siguieron actuando con cierta impunidad, amparados en la necesidad permanente de
braceros. El gobernador se ve obligado a actuar nuevamente con un decreto de 21 de
117
junio de 1927 , autorizando a las empresas a hacer ellas la recluta y convirtiendo a los
reclutadores en agentes de la Cámara agrícola.
Frente a este sistema, el indígena que no podía escapar a la contratación obligada
tenía otra arma que era rendir poco. Frente a esta resistencia, el gobierno colonial
trataba de imponer el castigo mediante el uso de la fuerza, imponiendo castigos incluso
corporales. Tal era el temor a la falta de rendimiento que el gobernador recordaba su
posibilidad de reprimir esas conductas, denunciadas a través de la Guardia Colonial, en
118
decretos como el del 10 de julio de 1926 que recordaba que emplearé las sanciones
más enérgicas. Años más tarde, al asumir la Delegación de Trabajo mediante la
Inspección las funciones de la Curaduría, se reguló mediante ordenanza de 15 de mayo
119
de 1944 .
120
En 1953 se aprueba un nuevo reglamento de trabajo para los indígenas , es un
texto que habla sólo del trabajo asalariado y por cuenta ajena y que excluye ya la
prestación forzosa. Pero su artículo 1º refrescaba legalmente la obligación de trabajar:

115
L. Ramos-Izquierdo Vivar, o. c., p. 256.
116
A. Miranda Junco, o. c., pp. 370-373.
117
Ibid, p. 657.
118
Ibid, p. 633.
119
Ibid, pp. 1337-1340.
120
J. M. de la Peña Goyoaga, o. c., pp. 425-453.

36
Carrasco González – El estatuto del indígena en la Guinea española: nacionalidad, ciudadanía y capacidad

“Todo residente en los Territorios Españoles del Golfo de Guinea tiene el deber social de
trabajar, cuyo cumplimiento le podrá ser exigido por la Autoridad”. Abriendo la posibilidad
de expulsión gubernativa del blanco sin trabajo.

c) Sometimiento inmobiliario: Restricciones a la propiedad

La tercera manera de sometimiento de los indígenas fue la restricción al derecho de


propiedad inmobiliaria. Con estos tres troncos, ramificados en varias situaciones más, se
cerraba el control de la población local, su sumisión al poder colonial y su discriminación
legal. Guinea era, ante todo, una colonia de plantación y más tarde de explotación
maderera. La tierra representaba la riqueza y la posesión de ella significaba la fortuna
del propietario. Si el indígena hubiera adquirido tierras en igualdad de condiciones que el
colono, no hubiera existido una competencia con los europeos ya que la producción se
exportaba. Pero cortaba la cantera de mano de obra local necesaria para el cultivo y,
después, podría colocar al negro africano en igualdad con el blanco europeo. Las
explotaciones guineanas no estaban en manos de grandes compañías que desarrollaran
un capitalismo de escala. El modelo colonial español era de pequeños agricultores y
comerciantes, más o menos prósperos, pero que nuca dispusieron de plusvalías
excesivas. Pero sí que hubo una gran diferencia: los europeos tenían posibilidad de
acceder a concesiones de extensión superior a las cien hectáreas, mientras que los
indígenas no emancipados sólo podían tener lo que necesitaban para sí y sus familias y
a la propiedad comunal de los poblados. Se seguía la tónica indiana: los europeos tenían
derecho a la fortuna y los indígenas sólo a la subsistencia.
Como casi todo en el Derecho colonial en Guinea, el punto de partida es el Estatuto
orgánico de 1904 que establece el régimen colonial definitivo, superando la etapa de
formación o transición en la que los indígenas eran ignorados incluso en su condición de
españoles. Pero las normas relativas a la propiedad son anteriores a esta fecha. El
121
Estatuto Orgánico de 13 de diciembre de 1858 no determinó claramente cual era el
régimen de propiedad en Guinea. No se hace mención ninguna al contenido del derecho
de propiedad, pensando -tal vez- que era suficiente la ley española y el código de Indias.
Sobre el papel, no distingue entre europeos e indígenas. Sin embargo, la legislación
guineana reconocerá derechos tradicionales a los indígenas que, con el tiempo, se
concretarán en cuatro hectáreas para los no emancipados -que era lo que se
consideraba suficiente para su modo de vida- y algunas formas de propiedad colectiva.
Las dudas que surgieron sobre la aplicación de estos preceptos, hizo necesaria una
solicitud de aclaración para la práctica de las concesiones. El Consejo de Estado, en un

121
Gaceta de Madrid de 15 de diciembre de 1858.

37
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122
dictamen de 8 de enero de 1864 , estableció el contenido jurídico de estas
concesiones. El dictamen versa sobre unas reglas provisionales que el gobernador
estableció y el Consejo de gobierno refrendó. En este documento hay una breve
referencia a la propiedad tradicional indígena, al señalar que se debía indemnizar a los
indígenas por parte del concesionario, con intervención del gobierno de la colonia,
cuando resultasen litigios de propiedad. En 1862 se culmina un trabajo importantísimo
para la estructura de la propiedad en Santa Isabel con el levantamiento del plano
123
catastral de la población. El oficio del gobernador de 22 de abril de 1862 , se comunica
al Ministerio de la Guerra y Ultramar la finalización de dicho plano. Una vez terminado, y
conocidos todos los datos, se procedió a la fijación de la propiedad de solares a los que
probaban su derecho, y a la entrega de títulos.
El Estatuto Orgánico de 1868 es mucho más claro en el régimen de propiedad. Con
124
respecto a la propiedad indígena, el Estatuto Orgánico de 12 de noviembre de1868
establecía un reconocimiento de la misma, limitada a casas y cultivos y con un mandato
a los funcionarios encargados del deslinde:

“Se declaran propiedad de los hijos del país las tierras que cultiven al presente
y el área de los solares que tengan ocupados con edificios dentro del casco de las
poblaciones; debiendo entenderse que al regularizar la propiedad rústica y urbana
en la forma que determine el reglamento, han de proceder siempre los
funcionarios del Gobierno en el ordenamiento por extensión, y nunca por merma
de lo que corresponde a los indígenas” (artículo 17).

Si bien quedaban excluidos de cualquier otro acceso a la propiedad por concesión o


compra. Es importante este precepto porque reconoce el derecho de propiedad
individual y limitada del indígena. Pero faltaban dos previsiones imprescindibles para un
buen régimen de propiedad: la primera el deslinde las propiedades colectivas de los
indígenas, las que pertenecían a los poblados; y dos, el señalamiento del dominio
público excluido de la acción privada.
125
El Estatuto Orgánico de 26 de noviembre de 1880 introdujo algunos cambios en el
régimen de tierras en Guinea. Se respetaría la propiedad, los derechos y legítimas
necesidades de los indígenas en los términos prevenidos en al Ley 36, título 18, libro 2°;
en la 5ª, título 12, libro 4°, y en otras de la Recopilación de Indias. En realidad, éstas
eran normas muy generales de respeto a los derechos y hacienda de los indígenas, y

122
Archivo Consejo de Estado. Ultramar. Dictamen de 8 de enero de 1864.
123
AGA, G-854.
124
Gaceta de Madrid de 13 de noviembre de 1868.
125
Gaceta de Madrid de 28 de noviembre de 1880.

38
Carrasco González – El estatuto del indígena en la Guinea española: nacionalidad, ciudadanía y capacidad

para que tuvieran todo el descanso y alivio posible en sus trabajos para su casa y
familia. Trataban de explicarlo algunos juristas coloniales como un reflejo de derecho
126 127
natural . Y para que sean respetadas sus reclamaciones de tierras , cumpliendo así
el gobierno colonial con las reivindicaciones de los naturales del país. La práctica
consistía en que las propiedades colectivas no se deslindaron en el primer momento, los
españoles conseguían tierras en la zona costera próxima a Santa Isabel y dejaban el
interior para los bubis de manera que se eludía el conflicto que nacía de la convivencia.
Los bubis, por otra parte, se acomodaron en el interior del bosque creyendo que así
evitarían la acción colonial. Los abusos fueron descritos por algunos viajeros de la época
como Enrique D’ Almonte: “En ocasiones los peticionarios de terrenos han solicitado, y
aun obtenido, parcelas que abarcan dentro de su perímetro pequeños predios cultivados
por los bubis (…). No tengo noticias de que el bubi haya opuesto resistencia alguna a
128 129
tales expoliaciones” . El Estatuto de 17 de febrero de 1888 sancionó el régimen de
propiedad observado hasta entonces consolidando el modelo.
El Estatuto de 1904 sanciona este régimen difuso con una fórmula amplia en su
artículo 31: “Se respetará la propiedad de los indígenas en la forma que prevengan las
leyes, usos y costumbres”. Pero lo vulnerable y endeble de la construcción lo ponían de
manifiesto los mismos contemporáneos a la situación, así -por ejemplo- el secretario
letrado del gobierno y juez excedente Jesús Muñoz y Núñez de Prado escribía en 1929:

“Hasta el presente, tales usos y costumbres, poco abundantes, por nadie han
sido recogidos y resulta imposible conocerlos. En la práctica los indígenas aceptan
como justa y equitativa la legislación peninsular y en este aspecto, por lo tanto, no
130
se plantea problema jurídico alguno” .

131
La propiedad colonial se desarrolla en el real decreto de 11 de julio de 1904 . Este
132
primer decreto tiene un desarrollo mediante la real orden de 11 de enero de 1905 ,
titulada reglamento de ejecución. Esta anomalía -un reglamento que desarrolla otro- es
normal en la colonia porque el primero fue conocido siempre como ley de propiedad
entre los colonos. Es el texto legal básico en la materia y regula desde el régimen de
concesiones hasta el registro de la propiedad. Parte de una norma protectora radical:

126
A. Iglesias de la Riva, o. c., p. 240.
127
Archivo del Consejo de Estado. Dictamen 59946. U-097-008 de 15 de noviembre de 1887.
128
E. D’ Almonte, o. c., p. 8.
129
Gaceta de Madrid de 26 de febrero de 1888.
130
J. Muñoz y Núñez de Prado, La propiedad en la Guinea española, Madrid, 1929, pp. 49-50.
131
A. Miranda Junco, o. c., pp. 142-149.
132
Ibid, pp. 157-200.

39
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“La propiedad indígena será respetada en los términos que determina el


presente decreto. Nadie podrá turbar a los naturales en la quieta y pacífica
posesión de las tierras que habitualmente ocupan o de las mencionadas en el
artículo siguiente” (artículo 10).

Este nadie es tan amplio que Menéndez Hernández entiende que abarcaba también
al Estado que no podía, “por autolimitación legal, reivindicar sus terrenos frente al
poseedor, ni siquiera podrá intentar recobrar la posesión ejercitando el oportuno
133
interdicto” . La contradicción entre los términos propiedad del primer párrafo y posesión
del segundo nos hace ver que se trata de dos cosas distintas. Y que la posesión,
caracterizada por la explotación continuada de la tierra, no acababa siendo propiedad
sino por la concesión estatal. Se trataba de las tierras que el gobierno deslindara como
necesarias para los poblados, tribus o grupos familiares; cosa que haría con la
intervención de la Curaduría y con intervención del inspector de colonización, pero
siendo el gobernador el que determinaba, según la orden de desarrollo, la extensión
destinada a las necesidades de cada tribu, pueblo o grupo familiar. Eran lo que
134
Menéndez Hernández llama reservas de los poblados, propiedades excluidas del
tráfico. Este deslinde se inscribiría en el Registro de la propiedad. Y limitado por lo
dispuesto en el artículo 13, es decir que se respetaba el derecho consuetudinario
indígena siempre que las autoridades no adoptaran disposición en contrario. Se rompía
de manera arbitraria el pretendido respeto a la costumbre local. Y se trataba de proteger
al indígena frente al engaño prohibiendo las transmisiones entre éstos y los colonos sin
135
autorización judicial . El sistema tenía dos trampas: Una, que se consideraban como
res nullius la mayoría de las tierras de la colonia y, por tanto, sometidas a la acción
colonizadora mediante concesiones; dos, que los indígenas tendrían limitada la cabida
de su propiedad y la protección, que existió sin duda, se limitaba a esas pequeñas
porciones. La estrategia colonial partía de colonizar en el vacío, desconociendo las
propiedades inmemoriales sobre el territorio africano porque no se ajustaban a las
formas de propiedad occidental, individual y casi absoluta, sin dominio colectivo o
dividido y siempre en explotación permanente. Al no tener dueños las tierras, el Estado
colono se adueñaba de ella por el expediente de que todo lo no poseído era de su

133
J. Menéndez Hernández, Estudio de la legislación hipotecaria de Guinea. Su único
procedimiento inmatriculador, Madrid, 1970, p. 22.
134
Ibid, pp. 71 y ss.
135
Norma vulnerada por medio de varios artificios. Tanto es así que el gobernador se vio
obligado a dictar un decreto el 21 de junio de 1927 castigando con fuertes multas a los colonos que
evadían la prohibición y amenazando con nulidad los negocios hechos en fraude de ley. A.
Miranda Junco, o. c., pp. 656-657.

40
Carrasco González – El estatuto del indígena en la Guinea española: nacionalidad, ciudadanía y capacidad

propiedad privada, reservando sólo a los indígenas el trozo de terreno que efectivamente
ocupaba con sus viviendas o cultivaban para su sustento. Iglesias de la Riva lo decía con
claridad:

“El concepto del Estado como titular absoluto del dominio, sin deformaciones ni
interferencias, se obtiene en las colonias de un modo preciso y originario. El
estado, en este primer momento de su actuación, no comparte el poder
patrimonial. Reconoce, todo lo más, y respeta la propiedad privada indígena,
individual o familiar, no la colectiva o comunidad, en razón de un derecho
136
anterior” .

Una desamortización originaria y sin indemnización inició la colonización. Los


indígenas quedaban, en definitiva, excluidos del sistema de concesiones salvo que se
emanciparan. No podían acceder a las ventajas coloniales y, una vez más, el tan
defendido sistema de asimilación o integración quedaba en entredicho por las
diferenciaciones legales.
137
En 1907, mediante un decreto del gobernador de 23 de septiembre , se publican las
bases de la propiedad indígena en el territorio de Elobey y Río Muni. Se creaba una
comisión para deslindar los terrenos de los poblados y la adjudicación de solares para
viviendas. Pero, lo que es más importante, se establecía por primera vez la medida de
las propiedades indígenas. Se señalaba que los poblados debían estar formados por, al
menos, veinte familias. Y a cada familia de seis miembros se le otorgaría un cuarto de
hectárea en el poblado, para vivienda y huerta, y tres hectáreas más para otros cultivos
fuera de él. La medida se aumentaría o disminuiría en proporción si la familia estuviera
compuesta por más o menos de seis personas. La norma reconocía la posibilidad de que
un hombre tuviera varias mujeres, es decir varias familias a las que se les otorgaban
concesiones diferentes pero obligaba a éste a vivir con una de ellas formando el resto de
las mujeres familias separadas. Con muertes, repudios o herencias se dio la situación de
que había mujeres bubis propietarias, que eran buscadas por indígenas extranjeros para
138
contraer matrimonio y esta situación se aprobó por decreto de 23 de junio de 1919 . El
régimen de propiedad indígena era tan restrictivo que alguien tan poco sospechoso de
anticolonialista como el gobernador Ramos-Izquierdo propugnaba en 1912 por su
superación: “(…) siquiera esta legislación fuese con el tiempo aboliéndose de un modo
automático, a medida que por el avance de nuestra acción colonizadora fueran

136
A. Iglesias de la Riva, o. c., p. 239.
137
A. Miranda Junco, o. c., pp. 233-234.
138
Ibid, pp. 500-501.

41
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incorporándose aquellos naturales a la comunidad civilizadora, y por ello entrando en los


139
fueros del derecho común” .
El gobierno de la República quiso darle al asunto otra orientación. En el Estatuto
140
Orgánico de 22 de julio de 1931 , la base 12 señalaba que la materia sería objeto de
141
una nueva reglamentación. La orden ministerial de 22 de abril de 1932 revisa la
prohibición de acumulación de concesiones establecida en 1928 y reconoce a los
indígenas hasta veinte hectáreas aunque con la prohibición expresa de contratar sin
autorización judicial con blancos. Todavía, sin embargo, había diferencias con el colono
blanco en la cabida de las concesiones.
La última gran regulación de la propiedad colonial tuvo lugar mediante ordenanza de
142
23 de diciembre de 1944 . Le dedica todo el capítulo III a la propiedad indígena,
clasificándola en individual y colectiva; y añadía una propiedad familiar a mitad de
camino a favor de personas que según el Código Civil tuvieran derecho de alimentos. La
ley es pues favorable al mantenimiento de la propiedad tribal que la revolución y en
Código Civil persiguieron en Europa por no adaptarse a los nuevos criterios económicos.
En colonias, una vez más, se mantenía lo que no se quería en la metrópoli. Aunque lo
matizaba el artículo 21 estableciendo la presunción de privada de todas las no inscritas
como colectivas en el registro y que estuvieran en manos de indígenas. En esta misma
dirección, facultaba a las comunidades, con aprobación gubernativa, a parcelar y dejar la
posesión a los individuos. Ampliaba la capacidad de los indígenas para enajenar o
gravar, aunque seguía siendo imprescindible la participación del Patronato de indígenas
en casos de no emancipados. Y establecía la limitación de cuatro hectáreas para no
emancipados como límite de las concesiones, las célebres cuatro hectáreas que los
naturales de Guinea llevaron como señal de discriminación hasta el final de la colonia.
Los emancipados podían acceder a las concesiones libremente mediante subasta. Las
concesiones familiares lo eran a los no emancipados mediante concurso en el que se
valoraba la situación matrimonial (canónica o no) y el número de hijos.

139
Luis Ramos-Izquierdo Vivar, o. c., p. 266.
140
Gaceta de Madrid de 23 de julio de 1931. Más que de un nuevo Estatuto orgánico, se trataba
de las bases para preparar otro.
141
A. Miranda Junco, o. c., p. 832.
142
Ibid, pp. 1369-1384. El régimen de propiedad colonial tuvo una importante reforma en 1948
por Ley de 4 de mayo, sobre todo en el aspecto conceptual y registral, pero no afectó en
profundidad a lo que exponemos aquí. J. M. de la Peña Goyoaga, o. c., pp. 18-193.

42
Carrasco González – El estatuto del indígena en la Guinea española: nacionalidad, ciudadanía y capacidad

IV. EPÍLOGO

Hemos examinado como se configuraba el estatuto legal del indígena en Guinea


española, en una situación de inferioridad o discriminación legal con respecto a los
europeos españoles o extranjeros. Como en esta situación influyeron decisivamente las
experiencias americanas y como se estableció un régimen intermedio y un sistema de
acceso del indígena a la plena capacidad. El natural de la Guinea española estaba
sometido a una incapacidad civil, a una limitación de su capacidad de obrar que requería
una curatela oficial para actos y contratos, tenía la obligación de trabajar para beneficio
comunitario, incluso para el cultivo de fincas y no podía adquirir propiedades como los
europeos. Las normas de capacidad civil contenidas en el Código Civil español no
estuvieron vigentes en Guinea, y siempre limitadas, con respecto al indígena, por las
leyes especiales y su limitación de capacidad recuerda mucho a los siervos, colonos o
143
payeses catalanes de la Edad Media o a los indios sometidos a las encomiendas. El
trabajo obligatorio, que tenía su antecedente inmediato en la mita americana pero que
144
era habitual en el medioevo hispano , señalaba al guineano como un sujeto inferior al
blanco que no estaba obligado a lo mismo. Por último, la limitación de acceso a la
propiedad, quedando reducida en su extensión, significó una dura afrenta y una señal de
desigualdad que pesó en la etapa colonial sobre el natural de los territorios. Porque en
Guinea, regida por la legislación especial de carácter reglamentario, sin que las grandes
leyes peninsulares tuvieran aplicación hasta que se decretar su extensión al territorio
(cos que no siempre ocurría), seguía viva la legislación del Antiguo régimen. Lo único
claro es que estaban vigentes las Leyes de Indias y se suponía que la legislación antigua
castellana como supletoria. Pero no la legislación codificada. En 1894 en gobernador
pidió que se aclarara que leyes estaban vigentes en Guinea y el Gobierno de Madrid
redactó un proyecto de decreto extendiendo a Guinea el Código Civil, el Penal, algunas
normas procesales y las instituciones americanas del Juicio de residencia y el Real
Patronato de Indias. Pasado a informe del Consejo de Filipinas y posesiones del golfo de
Guinea, se desaconsejó esta medida por la diferencia de civilización entre España y su
territorio guineano (aún no era oficialmente colonia, sólo posesión). El expediente
ministerial reconoce que las leyes peninsulares no eran de aplicación en el territorio y el
145
proyecto de decreto no salió adelante por el dictamen del Consejo . El artículo 9 del

143
Eduardo de Hinojosa, El régimen señorial y la cuestión agraria en Cataluña durante la Edad
Media. Obras. Tomo II. Madrid 1955, p. 147.
144
Como ejemplo, podemos señalar la obligación de reparar las murallas de las ciudades y
muros de los castillos estudiados por Hinojosa. U otras varias servidumbres personales existentes
en los reinos españoles. Eduardo de Hinojosa, o. c., p.119.
145
Archivo General de la Administración, G- 777.

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e-LHR 12 (2011) 1-44 Iustel

Código Civil vigente señalaba las reglas de capacidad para los españoles, en España y
el extranjero, y parece que eso era lo único aplicable. Los indígenas estaban protegidos
por las referencias que los estatutos Orgánicos de 1880 y 1888 hacían a la legislación
indiana y poco más.
¿Qué normas se aplicaban a los inmuebles? ¿Las del lugar donde radicaban? ¿Y a
los testamentos y herencias? ¿Cómo se juzgaban los delitos? La existencia de un país
casi sin leyes dificultaba tanto el orden público colonial como las relaciones privadas,
favorecía la arbitrariedad y el abuso. El Código Penal de 1870 y la Ley de enjuiciamiento
civil se empezaron a aplicar en Guinea a partir de la Real Orden de 23 de julio de 1902,
que creaba el juzgado de Santa Isabel, pero sólo para europeos e indígenas convertidos
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al cristianismo , dejando unas normas específicas para los indígenas como parte de su
estatuto personal diferenciado. El derecho penal para indígenas estuvo fragmentado en
normas diferentes que sólo parcialmente regulaban la cuestión, en otras que reconocían
el derecho consuetudinario indígena y sólo en 1938 se dio una ordenanza general. Y fue
el Estatuto Orgánico de 1904 el que extendió el Código Civil en lo relativo a bienes
muebles e inmuebles, pero siguió habiendo una cierta confusión jurídica en otros
ámbitos de la esfera privada.

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A. Miranda Junco, o. c., p. 136.

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