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CONSTANTINOPLA, LA GRAN CIUDAD DE LA EDAD MEDIA.

En el año 324, Constantino vence a Licinio y se transforma en el Señor de Oriente, y es en ese


año donde decide su acto de gobierno más trascendente: transformar a Bizancio en la capital del
Imperio.

Plano antiguo de Constantinopla

Hizo comenzar los trabajos enseguida y para ello contrató a cerca de cuarenta mil godos, que
hicieron las veces de obreros constructores.

Las ceremonias de inauguración de la capital, cuando aún no estaba concluida en 330 (se
terminó de construir en 336) estuvieron acompañadas de ritos paganos, de lo que podemos
deducir fácilmente que no era idea de Constantino hacer de ella una ciudad cristiana, y aunque
construyó iglesias, no destruyó los templos existentes, no persiguió a los paganos y según
algunas fuentes (Zósimo), hasta habría hecho construir templos nuevos.

Es interesante saber que las grandes ciudades del Imperio fueron despojadas de sus principales
monumentos, sus obras de arte más preciadas y sus esculturas mas notables para adornar la
Nueva Roma.

Además Constantino quería atraer a las personalidades mas importantes de Roma hacia la nueva
capital, por lo que les realizó donaciones de espléndidos palacios nuevos.

Para conseguir que concurriera el pueblo instauró distribuciones gratuitas de trigo.

Al ser sede del emperador y de la administración, Constantinopla contrastaba cada día mas con
la decadente Roma, haciéndose poco a poco dueña y señora del Imperio.

Constantinopla fue construida a imagen y semejanza de Roma, sobre siete colinas, con catorce
regiones, foro, capitolio y senado, y su territorio sería considerado suelo itálico (libre de
impuestos).

Constantinopla era el centro de la vida del Imperio Romano de Oriente, era su Capital, una
ciudad que era sede del Palacio del Emperador, de la Iglesia más imponente de la época, Hagia
Sofía, del patriarca, de las unidades de elite del ejército, pero por sobre todas las cosas, del
Hipódromo; allí donde las pasiones populares se exaltaban, donde se discutía sobre el futuro del
Imperio más que en cualquier foro; allí donde convergían las dos fuerzas políticas más influ-
yentes del Imperio, los azules y los verdes, partidos supuestamente deportivos pero decisivos a
la hora de elegir un emperador, de armar una conjura, de realizar una revuelta (Justiniano fue
conocido como uno de los más fanáticos azules.)
Extraño símbolo de libre opinión en el medio de un Imperialismo Teocrático, los asistentes so-
lían insultar a los emperadores, sentados en su palco con el cetro en la mano, si no les gustaba
su administración, por ejemplo, si subían los impuestos en la capital o si se perdía una batalla.

Además de discutir y vociferar por sus carros favoritos, era muy común ver batallas sangrientas
entre azules y verdes por motivos políticos o religiosos (hubo épocas en que el partido verde te-
nía mayoría monofisita).

Otro plano antiguo de la gran ciudad, donde se aprecia la creciente importancia de Pera, del
otro lado de las aguas, barrio que en los últimos dos siglos fue ocupado casi exclusivamente
por los comerciantes de las repúblicas marinas italianas.

Muchas veces el Hipódromo fue utilizado para organizar fiestas a los generales victoriosos, para
constituir los tribunales judiciales que debatirían casos importantes, así como también las ejecu-
ciones y los suplicios a los condenados.

No fue Constantino quién construyera el famoso Hipódromo; quien lo planeó e hizo construir
fue el entonces emperador romano Septimio Severo, enérgico militar, en el año 203 dC.

Pero Constantino el Grande le dio las dimensiones que lo hicieron famoso con motivo de la
construcción de la nueva capital entre 324 y 330.

Asistir a las carreras de carro era la gran pasión de los habitantes de Constantinopla, pero no era
la única, y todo estaba centrado en ese hermoso edificio que hoy es solo una plaza en el centro
de la actual Estambul y en medio de dicha plaza se conservan aún los dos obeliscos que se
encontraban en el centro de la pista de carreras, uno de los cuales pertenecía al más grande de
los faraones egipcios de toda la historia, Tutmosis III.
Moneda de Constantino.

Como la mayoría de las costumbres de los primeros siglos de Bizancio, la división entre el
partido verde y el azul no era algo que se pudiera llamar típico bizantino, sino más bien una or-
ganización típicamente romana. Bajo los emperadores romanos, en Roma existían cuatro faccio-
nes: los rojos, los blancos, los azules y los verdes. La rivalidad entre los partidos estaba dada
por una competición exaltada y febril.

La misma organización en facciones deportivas tuvo cada ciudad medianamente grande en el


Imperio.

Pero llevados a Constantinopla, una vez que se convirtió en la gran capital, moderna y
cosmopolita, las rivalidades se acentuaron.

Cabe aclarar que en Constantinopla, los Azules absorbieron a los Blancos como una facción
propia, mientras que los Verdes hicieron lo propio con los Rojos.

Los miembros de las facciones llevaban una especie de chal con el color de su equipo favorito, y
de esto no se salvaba ni siquiera el emperador, quien, más veces de las que hubiera querido, se
veía insultado por el bando contrario.

Esta es una visión surrealista: imagínense a un emperador, nominado por Dios para gobernar
sobre su pueblo, con el poder absoluto en sus manos, insultado por miles de personas (en el
Hipódromo debían caber unas 50.000 por lo menos) solo porque no pertenecía a su equipo de
carros preferido.

Esto no podía deberse únicamente al fanatismo por un equipo de carreras de carros. En realidad
se trataba de una creciente politización de las facciones verde y azul; cada cual solía apoyar un
"candidato" a futuro emperador, participando activamente en revueltas y conjuras.

Actividad en el Hipódromo.
Es más, a modo de curiosidad, no se ha comprobado y siempre permanecerá en el terreno de las
conjeturas, hay autores que sostienen que estos partidos eran facciones en que se dividía la so-
ciedad, una especie de conservadores vs progresistas.

El basileus (así se le llamaba al emperador), accedía a su podio a través de los jardines de su


Palacio. Este podio estaba a una considerable altura y era inaccesible por los lados, para asegu-
rar la integridad del basileus ante la posibilidad de tumultos y matanzas entre los ya mencio-
nados partidos que lo pudiesen afectar.

En un nivel menos elevado estaban los palcos de los ministros y generales.

La emperatriz y las damas principales veían el espectáculo desde una galería contigua a los
palcos.

Es difícil saber porqué el mundo olvidó a la más famosa de las ciudades por tantos años después
de la caída ante el naciente Imperio Otomano.

Todas las crónicas hablan de la capital del Imperio como una ciudad fastuosa, sinónimo del
poder imperial, inmersa entre grandes riquezas y con gran nivel cultural en sus habitantes, los
cuales se educaban en la universidad cuando en occidente dominaba mayormente la ignorancia.

Allí residía el emperador, representante de Dios, y el Patriarca, máxima autoridad de la Iglesia.


La atracción que ejerció era tal, que era el centro económico, comercial, religioso y político del
mundo, así como la ciudad más rica sobre la tierra, motivo por el cual fue asediada cons-
tantemente durante todas las épocas, resistiendo ataques entre otros de los ávaros, los persas, los
vickingos, los búlgaros y los árabes, saliendo victoriosa una y otra vez, hasta que la cruda trai-
ción de la cuarta cruzada la demolió con su fanático y cruel saqueo toda esperanza de continuar
siendo esa gran ciudad.

Sin embargo, no todo era fastuoso y brillante en la gran capital, también había interminables
barrios de gente pobre que vivían en pequeñas casas de ladrillo, con estrechas calles donde se
amontonaba la basura, y en donde cada tanto afloraban las pestes que reducían a la población
drásticamente.

Hay autores que dicen que Constantinopla llegó a tener 1.000.000 de habitantes, lo cual parece
algo exagerado, otros dicen 400.000 o 500.000 lo que parece más acertado, pero es muy difícil
establecer una cifra con un mínimo de seguridad.

La población de la gran urbe, que era muy superior a la de cualquier ciudad del occidente en esa
época (por lo menos 400.000 habitantes), se componía de una gran masa de gente pobre
formada esencialmente por comerciantes (Constantinopla era el centro del comercio mundial, y
esto hacía que los comercios muy pequeños se multiplicaran), artesanos, obviamente soldados
(el Imperio casi siempre estaba en guerra), sirvientes, esclavos, prostitutas, y lo que nosotros
llamaríamos mendigos, los cuales en el Imperio Bizantino tenían una connotación especial, se
los respetaba y se los cuidaba con gran celo a base de caridad cristiana.

Había como en toda urbe bien organizada (de lo cual Constantinopla era casi único ejemplo en
la edad media) algo que podríamos llamar clase media, o sea funcionarios del Imperio, dueños
de amplios terrenos, comerciantes enriquecidos, banqueros, la gente relacionada con la univer-
sidad (profesores, profesionales, directores.)

Águila de oro.

Por supuesto, en lo más alto de la sociedad estaban la nobleza y la corte Imperial, que fue
justamente la que le dio a Bizancio el aura que llevó durante siglos.

La gran rivalidad entre los Palacios de los emperadores y su corte y las enormes y fastuosas
villas de la nobleza convertían a esta ciudad en algo maravilloso y único en su época.

Todo era seda, oro, arte, joyas, arquitectura de altura, en suma: lujo.
Sin embargo, para el que pueda pensar en una vida vacía y superflua de esta clase, les digo que
se equivoca: su preparación intelectual, artística y espiritual, y el convencimiento de que todo
ciudadano libre debería tener la misma formación, hacía que estudiantes de todo el Imperio (y
no siempre ricos) se beneficiaran.

Esta ciudad fue la demostración de cómo la más amplia pobreza y la mas exorbitante riqueza
siempre han convivido más cerca de lo que uno creería.

Las murallas que protegían la ciudad, construidas durante el reinado del emperador Teodosio
(408-450) eran la mejor obra de ingeniería militar de la época, de triple escalonamiento,
conformadas por murallas terrestres y marítimas.

Se destaca el hecho de la construcción de las murallas pues a ellas se debe la supervivencia de la


ciudad a través de los siglos, y asimismo ello significaba la supervivencia del mismísimo
Imperio.

Una de las inscripciones en una de las puertas de la ciudad decía: "Cristo nuestro Dios, rompe
triunfante la fuerza de los enemigos", lo que da una vívida muestra de la inquebrantable fe que
movía la voluntad del Imperio.

La idea del Imperio eterno para los habitantes de la ciudad era algo más o menos así:
Constantinopla existe como ciudad inexpugnable, entonces el Imperio también lo es, mientras
Constantinopla esté de pie, el Imperio existirá más allá de todas las vicisitudes que tenga que
pasar.

Uno se imagina entrando por una enorme puerta, atravesando la triple muralla, recorriendo la
ciudad, con sus increíblemente hermosos Palacios, las avenidas comerciales con los mejores
productos (telas de todo tipo, vestimentas, bazares, herramientas, esclavos, materiales, joyas,
adornos, etc.) de oriente y occidente, la gente corriendo por las calles para lograr una buena
ubicación en el Hipódromo, donde correrían los más famosos (e idolatrados) conductores de
carros, varios soldados charlando en una esquina, tres o cuatro monjes caminando debatiendo
sobre problemas teológicos y, de pronto, el emperador y su magnífico séquito que atraviesan en
varios carros la avenida aclamados por los sorprendidos transeúntes dirigiéndose al magnífico
puerto para abordar un barco que lo trasladará a algún punto, allí donde el Imperio lo necesite
(Tesalónica, Nicomedia, Trebisonda, Éfeso, tal vez Alejandría, Esmirna o Mileto.)

Constantinopla era una ciudad cosmopolita, con gran cantidad de visitantes de todas las tierras
que eran atraídos naturalmente por la cultura, la espiritualidad o el comercio de la urbe, que
estaba ubicada estratégicamente entre dos continentes, Asia y Europa, dominaba el estrecho del
Bósforo y el Mar de Mármara, que era lo mismo que controlar nada menos que el Mar Negro y
el Mediterráneo, fundamentalmente era un excelente puerto natural, y durante toda su existencia
fue de gran importancia la marina bizantina que con sus naves controlaban toda la zona y podían
hostigar a los ocasionales invasores que solían sitiar la ciudad.
La Virgen y el Niño acompañada del emperador (Juan II Comneno) y su esposa Irene.

Lamentablemente en tiempos de la salvaje cuarta cruzada (1204), la marina bizantina práctica-


mente no existía, debido a los recortes presupuestarios de un Imperio en apuros económi-
camente dependiente de Venecia y de Génova, lo que fue un factor decisivo en la caída de la
ciudad y del Imperio.

Rolando Castillo.