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Pero, ¿cómo comenzó su trabajo profesional en el mundo editorial?

Aquí damos la vuelta y nos encontramos con el comienzo de esta charla. Creo que la gente mayor
cercana a mi familia que sabía de las revistas e imprenta de mi abuelo, de la litografía y revista de mi
padre, de mis incursiones editoriales del Alepruz, El Aguilucho, la revista de exalumnos y del trabajo que
durante los dos últimos años del colegio había hecho ayudándole a Darío Achury Valenzuela, gran
escritor y amigo, en la publicación del boletín de programas de la Radio Nacional de donde era director y
quien me enseño mucho del oficio, quizá pensaba que yo sabía más de imprentas y de diseño de
publicaciones de lo que realmente sabía.

En cualquier caso, Fabio Hencker, amigo de la casa y segundo de relaciones públicas de la Esso
Colombiana, se apareció a finales de 1966 por el apartamento donde vivía con mamá, cuando estaba en
segundo semestre de la universidad, a contarnos que la revista Lámpara, la más hermosa que se
publicaba en esa época en el país, que editaba esa empresa desde hacía 15 años, había entrado en crisis,
por algún tipo de abusos entre sus colaboradores, y que la compañía la pensaba cancelar. Que él había
propuesto que como parte de su cargo la dirigiría y que se conseguiría un muchacho externo que por
unos mínimos honorarios la diseñara, coordinara su ilustración y se hiciese cargo de dirigir todo el
proceso de producción en la imprenta. Que ese muchacho, pensaba, podría ser yo y que me pagarían
$2.000 por número, cuatro veces al año.

No me hice de rogar. Lo acompañé en todo el proceso de la que estaba en imprenta en ese momento y
que aparecería en diciembre y para marzo de 1967 ya la bandera de la nueva revista llevaba mi crédito:
diagramación y coordinación editorial Benjamín Villegas. Ahí fue el punto de quiebre de mi carrera como
arquitecto y como editor.

¿Cuántos años tenía?

Dieciocho. En ese momento la mayoría de edad era a los 21 años y todavía me ponían problema para
entrar a las películas de adultos. Pero el tema de dar trabajo a menores de edad no era asunto
censurable.

¿Cómo resultó la experiencia? ¿Cómo fue el proceso?

Maravilloso en todo sentido. La facultad de arquitectura de los Andes funcionaba en el mismo lugar que
la facultad de Bellas artes, en una edificación antigua conocida como El Campito. Al comenzar a hacer la
revista estudié las que en el pasado se habían publicado, primero bajo la diagramación de Fernando
Botero en los años 50 y luego de David Consuegra a comienzos de los 60, y visualicé, inmediatamente, un
cambio para hacer y distinguir las mías: las ilustraciones antes eran fotográficas, de grandes fotógrafos
como Hernán Díaz, Abdú Eljaiek, Nereo López, Guillermo Molano, etc. y yo estaba estudiando en la Meca
de los artistas plásticos.

Había que trabajar con ellos. Lámpara se convirtió, entonces, en revista ilustrada por artistas que
dictaban sus clases allí: Antonio Roda, Santiago y Juan Cárdenas, Luis Caballero, Umberto Giangrandi,
Augusto Rivera, Luciano Jaramillo, etc., y por sus alumnos de entonces como Ana Mercedes Hoyos, María
de la Paz Jaramillo o Alicia Viteri que con gusto colaboraban, todos ellos, ilustrando un artículo de seis
páginas, por $500 cada uno. Toda una revolución. Y una época diferente donde ni los artistas ni los
escritores se daban las ínfulas de ahora, trabajaban para el medio que les permitía mostrar su arte y su
talento, todos estábamos contentos y a todos nos servía. La revista que comenzó a salir fue todo un
éxito, me dieron libertad total de actuar y haciéndola aprendí muchas cosas.

¿Cómo qué?

A trabajar con lo que hoy en día llamarían “celebridades”, pero que entonces eran solamente personajes
talentosos con el deseo de colaborar. Y por supuesto de figurar en la revista más sobresaliente en su tipo
en ese entonces. Mi vida de editor ha sido la de una constante y siempre diferente relación con los
autores, del material gráfico y del escrito, gente importante por lo que sabe y por lo cual los busco.
Personajes de personalidades fuertes, grandes egos, cada uno con su manera propia de escribir, de
ilustrar o de fotografiar. Gente sobresaliente a quien hay que acompañar con respeto, discreción y buen
trato. Y a quienes, desde que era un mocoso, tuve que aprender a tratar, a motivar, sin que fuera tan
evidente que, al final de cuentas, era yo quien tomaría la decisión de lo que se publicaba o no se
publicaba. Un ajedrez que me ha dejado las mejores relaciones de la vida y un sinnúmero de
satisfacciones.

¿Cuánto duró esto?

Seis años. Hasta 1972 cuando decidieron clausurarla por unos años, pero su influencia en mí ya estaba
hecha y los efectos en mi carrera ya eran una realidad.

¿Cuáles efectos?

Desde que apareció mi nombre en la bandera de esa revista y la estética de la misma comenzó a ser la
novedad que fue, comenzaron a llamarme para otras cosas: de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, cuya
facultad de Diseño se estaba creando, para que dictara una clase de diagramación, invitación que acepté
y a mis 19 años comencé a dictar clase a alumnos, y alumnas, de 17 y 18; del Banco de Bogotá donde su
presidente, Jorge Mejía Salazar, me propuso que le diseñara el informe anual, el primero que se publicó
con calidad en el país, en 1968; Jaime Michelsen y Eduardo Nieto Calderón para que hiciese algo
equivalente en sus bancos de Colombia y Popular, respectivamente, y en fin, otras instituciones que
fueron descubriendo que con buen diseño y calidad de impresión se podría tener una mejor imagen
institucional que es lo que desde entonces vengo pregonando que se puede lograr cuando la calidad
visual y de factura son definitivas para las publicaciones institucionales y para los libros que las empresas
patrocinan.

De la Esso me invitaron también a hacer la revista Esso Agrícola, me llamó María Carrizosa de Umaña
para diagramarle e ilustrarle la revista Presencia y, en la Tadeo, me dieron carta blanca para fundar y
publicar algunos números de una nueva revista, Mutis, que con un formato extravagante y una
orientación exquisita se publicó mientras yo estuve colaborando con la Universidad. Cabe anotar que en
1971 esta Universidad me concedió un diploma honorífico en diseño gráfico por lo que a la fecha venía
haciendo en pro del diseño gráfico, dentro y fuera de la Universidad, y en 1972 me canceló mi contrato
de profesor por hippie. Pero ese es otro tema.
Lo importante es que Lámpara me lanzó a trabajar profesionalmente en el medio editorial, que gracias a
ella monté mi oficina de diseño y publicaciones en tercer semestre de la universidad, y que me convertí
en un verdadero profesional en el oficio, al punto que en 1972, por la misma circunstancia por la que me
retiraron el respaldo en la Tadeo y una etapa de crisis que tuve, ya graduado de arquitecto y ya casado
desde entonces con Clara Lucía Salazar Villá, tuve que escoger, para seguir adelante, ejercer lo que sabía,
el diseño y las publicaciones, y no tratar de comenzar con algo que me gustaba pero que era claro para
mí que no sabía pues solo lo había estudiado y no ejercido, como lo era la arquitectura, aunque me había
graduado con honores y había estado becado durante 9 de los 10 semestres de carrera por cómputo
académico. Las publicaciones, en ese momento, y los libros después, estaban en mi destino claramente
posicionados.

Fuente: Entrevista de Isabel López Giraldo con el editor Benjamín Villegas.


https://www.elespectador.com/el-magazin-cultural/benjamin-villegas-en-mi-relacion-con-los-libros-es-
mucho-lo-que-ha-sucedido-article/

Resumen

Fabio Hencker, amigo de la casa Villegas y segundo de relaciones públicas de la Esso Colombiana
(empresa que editaba la revista desde hacía 15 años), le cuenta a finales de 1966 cuando Benjamín
Villegas estaba en segundo semestre de Arquitectura de la universidad de los Andes, que la revista
Lámpara, la más hermosa que se publicaba en esa época en el país, había entrado en crisis, por algún
tipo de abusos entre sus colaboradores, y que la compañía la pensaba cancelar, Hencker había propuesto
que como parte de su cargo la dirigiría y que se conseguiría un muchacho externo que por unos mínimos
honorarios la diseñara, coordinara su ilustración y se hiciese cargo de dirigir todo el proceso de
producción en la imprenta. Le pagarían $2.000 por número, cuatro veces al año.

Al comenzar a hacer la revista Villegas estudió las que en el pasado se habían publicado, primero bajo la
diagramación de Fernando Botero en los años 50 y luego de David Consuegra a comienzos de los 60, y
quiso implementar el cambio para hacer y distinguir las ediciones de su autoría: las ilustraciones antes
eran fotográficas, de grandes fotógrafos como Hernán Díaz, Abdú Eljaiek, Nereo López, Guillermo
Molano, etc. y Benjamín Villegas estaba literalmente estudiando en la Meca de los artistas plásticos, la
facultad de Bellas Artes de la Universidad de los Andes, Lámpara se convirtió, entonces, en revista
ilustrada por artistas que dictaban sus clases allí: Antonio Roda, Santiago y Juan Cárdenas, Luis Caballero,
Umberto Giangrandi, Augusto Rivera, Luciano Jaramillo, etc., que con gusto colaboraban, todos ellos,
ilustrando un artículo de seis páginas, por $500 cada uno. Artistas y escritores trabajaban para el medio
que les permitía mostrar su arte y su talento sin ínfulas de fama o celebridades.
Portada de la revista Lámpara N°. 19 de 1956, con ilustración de Fernando Botero. Tomado de:
Revista de Estudios Globales y Arte Contemporáneo| Vol. 5 | Núm. 1| 2017-18 | 237-274 online
http://revistes.ub.edu/index.php/REGAC/index
Portada de la revista Lámpara. N°. 1 de febrero de 1952 con fotografía de Leo Matiz. Tomado de:
Revista de Estudios Globales y Arte Contemporáneo| Vol. 5 | Núm. 1| 2017-18 | 237-274 online
http://revistes.ub.edu/index.php/REGAC/index

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