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LAURELES DE LA PATRIA

C R IS T O B A L C O LO N .
LAURELES DE LA PATRIA

CRISTOBAL COLON
NARRACIOH HISTÓRICA

POR

D. ANTONIO DE SAN MARTIN.

BARCELONA

UBRERA DE D. JÜAN OLIVERES, EDITOR, IMPRESOR DE S. M,


6 7 , CALLE DE ESOUDILLERS, TíUBI. 5 7 .
AL SEÑOR DUQUE DE VERAGUAS,
MARQUÉS DE JAMAICA.

Descendiente V, del descubridor del N uevo

M undo; de aquel que dió á España tanta glo·


ria3 creo deber mió rogarle me permita que su
nombre figure al frente de este librot destinado á
referir una pequeña parte de la historia del in­
mortal Colon.
Honra grande será para mi si se digna
aceptar la dedicatoria que le ofrezco¿ en prue­
ba de la alta consideración que V. me merece.
Queda de V,. affmo. y S. S.
LAURELES DE LA. PATRIA.

NARRACION HISTÓRICA

POR

D. ANTONIO DE SAN M ARTIN.

PROSPECTO.

La obra que hoy ofrecemos al público, es la primera


de una serie de episodios interesantes, que embellecen
la historia de nuestra patria, y que nos proponemos
publicar.
Muchas personas hay, que por la escasez de su fortu­
na, no pueden adquirir la Historia de España: desean
conocer los hechos gloriosos; á los grandes hombres que
por su heroísmo, sus esclarecidas virtudes, ó su talen­
to, han embellecido las páginas del gran libro de nues­
tra cara pátria. Pero, no pueden, repetimos, adquirir
ese libro.
El objeto que nos proponemos, es entresacar de él
los hechos mas culminantes, los sucesos mas gloriosos
con que se engalana nuestra historia, y poner esta al
alcance de las mas modestas fortunas. Creemos que es
laudable nuestro propósito, y que el público nos secun­
dará en nuestra empresa.
la u r e le s de la . p a tr ia .

¡Colon, el gran Colon, es una figura ilustre, jigan-


tesca, aquel á quien España es deudora de mas gloria
y por lo tanto hemos ere ido que debia ser cí primero
que figurase al frente de los L a u r e l e s d e l a P a t r i a .
La bien cortada pluma del reputado escritor Sr. San
Martin, es una garantía para el público, y no dudamos
que este leerá con gusto el nuevo libro que hoy le ofre­
cemos.
A este libro seguirán los titulados: La córte del rey
poeta; Los bárbaros del siglo X I X ; El cardenal a s ­
n eros; Covadongay Granada, Recaredo^ y otros mu­
chos con que cuenta ya el editor de esta publicación.
No perdonaremos gasto ni fatiga alguna, para que
los L a u r e l e s d e l a P a t r i a , sean una coleccion digna
del público.

C r i s t ó b a l C o l o n forma un tomo de 1 1 2 páginas S . °


mayor, de buen papel, y esmerada impresión. Su pre­
cio, 4 reales.
Se halla de venta en Barcelona en la librería de don
Juan OUvcreSi editor de esta obra (al cual deberán di­
rigirse los pedidos), calle de Escudillers, núm. 57, y en
casa de sus corresponsales, así del reino como de Amé­
rica.

U A liC K L O N .V — Imprenlíi do I). Juan Oliveros, callo de E im dillers, 57.


PRIMERA PARTE.

i.
Dios da «1 triunfo y la victoria
A los que siguen sus caminos.

C olon.

Colon, aquel á quien muchos de sus con­


temporáneos llamaban loco y visionario, es
una de las figuras mas notables y simpáticas
■de la historia.
El visionario, el loco, cuya fama llena hoy
el mundo, fué uno de los hombres mas dig­
nos de admiración, y tan superior á su siglo,
que no hallamos otro con quien compararle.
¡Bien ingrata fué España con él!
En-tanto que esta cara patria amargaba los
últimos dias de su gloriosa vida, él engran­
decía á España; él hacia que todos los monar­
cas de Europa envidiasen nuestras riquezas y
nuestro poder; él habia abierto á la humani­
dad entera, dilatados horizontes.
¿Qué nos resta hoy, de la rica herencia que
nos legó Colon?...
1
¿Qué nos queda de aquellos vastos horizon­
tes, de aquellas tierras floridas que nos per­
tenecían?...
En nuestros dominios, jamás se ponía el sol.
¿Ay! ¡Nuestros dominios, son en la actualidad
bien limitados!
¡Los tiempos bonancibles de gloria y de ex-
plendor, han pasado'ya hace mucho tiempo
para España!
Podemos envanecernos hoy con las hazañas
de nuestros abuelos; con la gloria inmortal
que de ellos hemos heredado.
¡En cambio nuestras hazañasf nuestra gloria f
son también bien limitadas!

II.

Cristóbal Colon, descendiente de una noble


familia genovesa, era un hombre de frente
elevada y pensadora.
Famoso navegante, sábio entre todos los
sabios de su tiempo, habia ofrecido sus servi­
cios á la república dé Genova, y ésta los ha­
bia desdeñado.
No se desalentó por esto el navegante, te­
niendo presente sin duda alguna que nadie es
profeta en sutierra, y se encaminó á Portugal?
á cuyo rey: ofreció también urna gloria y 'un
-poderío, que aquel no quiso aceptar.
Cristóbal Colon se fatigaba y pero no se aba­
tía: tenia fé en su pensamiento· una voz'secré-
ta le decia que no estaba loco; que su empresa
habia de llegar á feliz término. ’ -■
Si hubiera tenido medios de fortuna, una
sola nave con que poder surcar las desconoci­
das aguas del Océano, entonces no hubiera
mendigado amparo de córte en córte, de pue­
blo en pueblo, para llevar á .cabo la empresa
mas grandiosa que cabe en la imaginación.
¡Pero carecía de recursos, y le era necesa­
ria la protección de los grandes de la tierra]...
La república de Genova y el rey de Portu­
gal, se habían burlado en cierto modo de él,,
y el pobre navegante veia dibujarse en todos .
los rostros, sonrisas de nécia incredulidad!
— ¡Dios mió! —solia esclamar,— ¿viviré equi­
vocado?... ¡No! ¡El corazon me anuncia que no-
lo estoy, y que despues de. la lucha fiera que
estoy librando, conseguiré la victoria!-

III.

' Lo que Cristóbal Colon quería, era llegar á


la India, sin doblar el Cabo de Buena-Espe-
ranza.
Mas bien que las narraciones de Marco-
Polo, inexacto y célebre marino, sus profun­
dos conocimientos le hacían creer .que tras de
los inexplorados mares había un Nuevo-Muil·-
áo\ dilatados territorios, abundantes en todo
cuanto el hombre puede apetecer.
Nadie desconocía '.las brillantes descripcio­
nes de Marco-Polo y de Mandeville (1), des­
cripciones que pintaban con los colores mas
vivos, las provincias de Cipango y de Cathay.
En ellas, según los narradores, abundaban
los mas preciosos metales, las piedras mas
preciosas.
Allí, una primavera eterna prolongaba la
vida.
Una vegetación desconocida, misteriosa, rica
de savia y esplendor; una vegetación muy se­
mejante á aquella que hermoseaba á la tierra
en las primeras épocas,, hacia de la misteriosa
tierra un verdadero paraíso.
La imaginación menos apasionada y ardiente
se llenaba de entusiasmo al leer las descrip­
ciones de Marco-Polo y de Mandeville.
Todos hallaban en ellas algo que hablase á
sus sentidos, á su avaricia, á sus pasiones.
Los que tenían ambición de gloria, pensa­
ban que podrían hallarla allí, conquistando
pueblos y reinos. Cerraban los avaros los ojos,

O) Célebres naregantes.
y veian montones de oro y de preciosas pie­
dras, y los aficionados á los placeres sensuales
soñaban también con mujeres de· maravillosa
hermosura/
¡Gipango! ¡Cathay!....
¡Hé aquí dos nombres que corrían de boca
en boca; que llenaban todas las imaginacio­
nes!
Pero» ¿qué hombre temerario se aventuraba;
en los desconocidos · mares que conduelan' á
Carthay y á Cipango?...
¡Ninguno! ,
Se referían millares de consejas espeluza
nantes.
Nadie dudaba que aquellos mares terribles
estaban poblados de monstruos horrendos, vo­
races.
¡Áy del imprudente que se aventurase en
semejantes aguas, jamas surcadas por nave
alguna!' ¡L ívida, nada menos1que la vida, po­
día costar el atrevimiento!
Entre el mundo antiguo, y el mundo nuevo
soñado por Marco-Polcr y Mándeville, se in­
terponía una barrera imposible de salvar.
Los mónstruvs, perpetuos guardadores de los
misterios dé Occidente , no1 eran los únicos
obstáculos que se· oponian á los vivos deseos
de los ambiciosos': creían éstos que era fácil
empresa poder remontar los desconocidos ma-
res, poro 'en·'cambio nadie podría volver al
lugar de la partida. : '
Eran favorables los vientos y las corrientes,
pero despues esperaban al'atrevido viajero^,
abismos sin fondo en los cuales necesariamen­
te- tenian que hundirse las naves. *.
En-fin,.tamañas cosas se decían, que nadie,
pensaba con seriedad en hacer el viaje á los
países.d¡el oro y de las mujeres hermosas.
.Así fué, que cuando Colon se ofreció á aco­
meter la empresa, no tacharon ésta de teme­
raria, sino de locura^ digna tan solo de la
compasion que inspira la demencia.

IV.

Vino á España Cristóbal Colon, esperando


hallar aquí mejor acogida.
Mas ¡ay! que también encontró pocos oyen­
tes crédulos; pocos hombres dispuestos á dis­
pensarle su amparo.
La ilustrada Isabel I, de imperecedera me­
moria, .y un pobre fraile ( I), fueron los únicos
que supieron leer en el pensamiento grandio­
so del sabio genovés.
Mas tarde, cuando ya habia vencido las
mayores dificultades, también se declararon
( f 1 Juan Pérez de Marchona
sus protectores el cardenal Mendoza y los
duques de Medinaceli y ele Medina-Sidonia.
Pero entonces, cuando sus teorías no hablan
sido discutidas en el consejo de Salamanca;
■cuando nadie creia en la realización de su
grandioso proyecto, el heroico navegante pe­
dia al cielo que el abatimiento no fuera á po­
sarse, sobre su corazon.
El fraile, su buen amigo, no podia hacer
mas que prodigarle sus bendiciones y alen­
tarle con su entusiasmo, y la reina de Casti­
lla era mas pobre que el último de los caba­
lleros que componían su córte guerrera.
Hallábanse empeñados los Reyes Católicos
en la conquista de Granada, baluarte de la
morisma en nuestra patria, y no les era po­
sible atender á la petición del navegante fa­
moso.
— ¡Rogad al Señor,—solia decirle á este Isa'
bel I;— rogadle que nos conceda el bien de
poder entrar triunfantes en Granada; vea yo
ondear sobre sus muros el estandarte de la
Cruz, y entonces os empeño mi palabra de
armar tres carabelas á mi costa, .para que des­
cubráis el paso de la India! ¡Sí, Colon! Yo os
lo prometo!
Estas palabras infundían aliento al elegido
por el cielo, para llevar á cabo el viaje mas
asombroso que registran las historias.
V.

Seis años próximamente- fue Colon en pos


de los monarcas de Castilla.;
Al cabo de este tiempo, cuando ya su al­
ma estaba cubierta de. amargura, llegó el dia
2 de Enero del año de 1492, época memora­
ble en que tuvo- lugar la rendición de Gra^
nada.
Tres cañonazos' disparados-en las· torres de
la Alhambra,·
*
anunciaron á>los cristianos tan
fausta nueva* y la obra de la reconquista, co­
menzada en Covadonga por el invicto D. Pe-
layo, terminó al cabo de largos siglos de lu­
chas sangrientas* El arrogante pendón de
Mahoma quedaba vencido, y el estandarte
cristiano ondeó al fin sobre los muros torrea-
dos de Granada.
El imperio musulmán habia terminado en
España.
Los monarcas Católicos, acompañados de-
toda la córte, entraron en la ciudad hermosa
del Darro y del Genil.
¡Cómo gimió el pobre rey moro de Granada;
cuán grande fué su abatimiento, al hacer en­
trega de· la ciudad querida!
Mientras que el ejército de la Cruz tomaba
posesion de la ciudad, el desgraciado Bóábdil d
Chico, Boadil el Zagoibi ( I):, se alejaba de ella
con la vista inclinada al suelo y húmedos los
ojos de lágrimas*;
Su madre Zoraya, al verlo llorar, en vez de
consolarle le dijo:
— ¿Desdichado!.«. ¡Haces bien en llorar co­
mo mujer, ya que no has sabido portarte como
hombre!

Existe un antiguo romance, que refiere la


entrada de los Reyes Católicos en Granada,
del cual copiamos las siguientes estrofas:

«En la ciudad de Granada


Grandes alaridos dan:
Unos llaman á Mahoma,
Otros á la Trinidad.
Por un cabo entran las cruces
Por otro sale el Alcorán;
Don dé antes se oían cuernos,
Campanas se oyen sonar.
El Té-de'um laudamus se oye
En lugar de ¡Alá! ¡Ala!
No ses veií por altas torres
Ya las lunas levantar.
Mas las armaste Castilla
’ (\ ) B t í)é s v e n tu r » d ó .
— 10 —

Y Aragón ven campear.


Entra un rey ledo en Granada,
Y otro llorando se va.
Mesando la luenga barba
Grandes alaridos dá:
¡Oh! mi ciudad de Granada!
¡Sola en el mundo, sin par! etc.

VI.

Expulsada la morisma, la noble Isabel I


pensó en cumplir la promesa hecha á Colon.
Habíale éste referido su historia, sus pena­
lidades, sus esperanzas, y estas habían logrado
inclinar el ánimo de la reina en favor del fu­
turo Almirante*
Antes de proseguir narrando la verídica
historia que nos ocupa, trazaremos á gran­
des rasgos la historia de Colon.
Era nuestro célebre personaje, de pobre,
aun cuando de noble cuna, y habia nacido en
Cogoreto, villa de escasa importancia, perte­
neciente á la república de Génova.
Muy joven aun, se dedicó en Pavía al estu­
dio, de las bellas letras.
Pero sus inclinaciones, los misteriosos des­
tinos que habían de hacer de él uno de los
hombres mas grandes del mundo, le obligaron
á abandonar estos estudios, y á; dedicarse con
ardor á los de la astronomía, la cosmografía
y las matemáticas,
Despues, y durante veinte años consecuti­
vos, se dedicó á la navegación*
Por aquel tiempo era la ciudad de Lisboa
el centro en donde solían reunirse los nave­
gantes mas afamados, y Cristóbal Colon, que
tenia gran nombradla, se trasladó á Lisboa, á
donde le impulsaba á ir su amistad con el cé­
lebre marino Toscanelli.
También por aquel tiempo empezó á germi­
nar en su mente la idea· de la existencia de
una tierra inmensa, al lado de los mares de
Occidente, y la posibilidad de ir por un cami­
no mas seguro y mas derecho, á las costas
orientales de Asia.
Sus profundos estudios, su superior talento,
le decían que la tierra era de forma esférica, y
la opinion de Tplomeo y de Plinio confirmaba
su creencia de que existían dilatados países,
los cuales colocados en opuestas direcciones al
continente conocido, hacían regular el moví-
miento de rotacion de nuestro planeta.
Asegurábanle el derrotero, el astrolabio y la
brújula.
Las profundas teorías ■de Cristóbal Colon,
expuestas con el aplomo, con la seguridad que
présta la sabiduría, hacían creer á casi todos
los que las escuchaban, que eran hijas de un
principio de demencia; parto de una exaltada
imaginación.

VII.

Pobre, enfermo, y acompañado de su hijo


Diego, niño de corta edad, llegó Colon un dia
á las puertas del convento de la Rábida, des­
pués de haber implorado inútilmente, como
hemos dicho ya, la protección de Genova y de
Portugal.
Acogido con cariño, escuchado con atención,
animáronle en la empresa, y el navegan te: fa­
moso se presentó al rey Fernando, que no vio·
en las razones expuestas por el grande hom^
bre, un plan de seguros resultados.
Es de creer que á no haber mediado en el
asunto Isabel I, no hubiera correspondido á
España la gloria del descubrimiento del Nue­
vo Mundo*
Pero la reina de Castilla era una mujer ad­
mirable, cuyo mas ardiente deseo,, era exten­
der el cristianismo por los pueblos mas apar­
tados.
Terminada felizmente la guerra contra los
moros, pidió Colon que la junta de Salamanca,
qué habia de Juzgar su proyecto·, se reuniese
— 13 —

sin perder mas tiempo, y al cabo de largas


dilaciones la junta se reunió al fin. ,
Ya era tiempo, pues la paciencia del inmor­
tal navegante, empezaba á agotarse.
' Ante los sabios de Salamanca, y con la tuer­
za de persuasión que le prestaba el cielo, re­
batió el Genovés los textos de Epicuro, de To-
lomeo, y de varios Santos Padres de la Iglesia.
No falta quien afirme que el consejo de Sa­
lamanca rechazó unánimemente el proyecto
sometido á su informe; mas otra afirmación
de graves y profundos escritores, nos dice que
en aquel tribunal inapelable, en el que había
algunos hombres versados en las matemáticas
y en la náutica, muchos de ellos aprobaron el
proyecto colosal del futuro descubridor de las
Américas.
La reunión de los sábios tenia lugar en una
de las salas del antiguo palacio de los reyes
moros. Habíanse reunido allí las altas digni­
dades de la Iglesia, y todo cuanto había en el
clero regular ó secular, de insigne en las cien­
cias sagradas y profanas.
Colon, frente á aquel tribunal imponente, no
manifestó embarazo, Su noble porte, la chis­
pa del genio inmortal que brillaba en sus ojos,
y su acento un sí es no es conmovido, predispu­
sieron en su favor.
— Ilustres señores y reverendísimos padres,
— 14 -

^—dijo;—en nombre de la Santísima Trinidad,


los reyes de Castilla me han ordenado que so­
meta á vuestra sabiduría un proyecto que me
inspiró el Espíritu Santo mismo. Dios, por boca
de su profeta, declaró que todas las naciones
conocerían el Evangelio de Jesucristo, y que
su poderosísima vozresonará en los últimos
ámbitos de la tierra. E tin finís orbis terree verbo
eorum. Sin embargo, una vasta región de la
India, que confina con el mar Atlántico, yace
aun en las tinieblas de la idolatría, según
afirman muchos viajeros modernos.
Los tiempos están próximos á completarse.
El profeta Isaías dá.á entender claramente
que de España debe partir la luz que brillará
sobre esos pueblos, y conducirá al trono del
Altísimo naciones hasta aquí desconocidas.
Nobles señores: cuarenta años hace que re­
corro los mares frecuentados por los homr
bres; hoy, abriéndome un nuevo camino, me
propongo divulgar los misterios del Océano.
Pido á España buques para ir á las Indias
por el lado de Occidente....
Al pronunciar Colon estas últimas palabras,
los que hasta entonces le habían escuchado
silenciosos, prorumpieron en murmullos sor­
dos de reprobación, Un inquisidor arrugólas
cejas, como pudiera hacerlo á la vista de un
hereje; los teólogos se levantaron de susasien-
— 16 —

tos para protestar*-y los astrólogos y cosmógra­


fos se miraron unos á otros diciendo:
— ¡Eso no es posible! ¡Loque este hombre
pretende> no está al alcance de los humanos!
Algunos dominicos, entre ellos Diego de la
Daza (1), profesor de teología y preceptor del
príncipeD. Juan, consiguieron restablecerla
calma.
No se arredró Colon, alma grande y entu­
siasta, por aquel descalabro, jAy! estaba tan
Acostumbrado ya á ver rechazadas sus doctri­
nas, que las protestas no le causaron gran es­
trañeza.
Quiso tentar el último esfuerzo, y desenvol­
viendo sus planos prosiguió de esta manera:
— Reverendos padres: yo considero la tierra
como un globo, opinion sostenida hasta por
Aristóteles, que la cree antiquísima, fundán­
dola en que el cielo muestra á todos los países
las mismas estrellas, observación que hice en
las costas de Guinea y bajo el clima polar de lá
última Tule.
Del mismo modo que los portugueses le die­
ron vuelta de Norte á Sur, extendiendo sus
descubrimientos en la costa, de Africa,, mas allá
de cuanto conocía nuestro maestro Tolomeo,
yo digo que se puede darle vuelta de Esté á

(J1 ¿firma Calón en una de sus cartas, que D i e n o de la P e t a f u é l a c a v ­


ia de q u e S u s A l t e z a s p o s e y e s e n la s I n d i a s .
— 16

Oeste, yendo desde Cádiz por mar á las ori­


llas de Cathay.
Mil voces inciertas circulan entre los nave­
gantes, sobre la existencia de una vasta tierra
al Occidente; los habitantes de las Canarias
pretenden reconocerla en la fantástica y fa­
mosa isla de San Borondón, que la imagina­
ción les hace ver en las nubes. Esto no es mas
que el sordo rumor que precede siempre en el
mundo, á un acontecimiento notable..
Este acontecimiento es la predicación del
Evangelio entre los indios, y el comercio di­
recto de aquel país con España.

*
* #

Tal fuerza tuvieron los argumentos del ge­


no vés famoso, tanto dijo en pro de la causa
por que abogaba, que la ignorancia y el fana­
tismo, que pretendían ahogar su voz, queda­
ron vencidos.
Sin embargo, entre los sabios, hubo muchos
que repitieron la palabra imposible refirién­
dose al proyectado viaje, é informaron desfa­
vorablemente.
¡Por precisión tenia que ser de muy buen
temple el alma del genovés, para poder resistir
la fuerza de la desconfianza, de la ignorancia
— i7 —

incrédula y de la ciega superstición, confabu­


ladas en su daño!
Si Colon había arrastrado con la magia de
;su palabra y con la fuerza de sus argumentos,
á una gran parte de los sabios congregados en
Salamanca, todos aquellos que no habían que­
dado convencidos; hicieron una guerra sin
treguas á su proyectada espedicion.
Tantas contrariedades, tanto y tanto ene­
migo, exasperaron al hombre grande, que al
cabo de tanto tiempo nada había adelantado
en su empresa.
Con el alma apesarada, sombrío, medita­
bundo, vio que sus cabellos empezaban á enca­
necer, que sus mejillas se arrugaban, y que
muy pronto la vejez habia de impedirle atra­
vesar el Océano. Sus estudios, sus sacrificios
;sin cuento, el largo tiempo que habia espe­
rado para llevar á cabo su pensamiento gran­
dioso, iban á perderse para siempre, por falta
de una protección poderosa.
Otro hombre de menos fé,’ se hubiera aba­
tido bajo el peso de tamaños pesares.
Pero él no se abatió; elevó la inclinada fren-
te, cobró nuevo aliento, y decidió partir á
Francia, á donde el rey Carlos le llamaba.
Partió, y entonces sus amigos, aun los mas
tibios, hablaron enérgicamente á los reyes de
Castilla.
2
— Í8 —

¡Qüé vergüenza para España, si Francia


daba favorable acogida al proyecto de Colon!
¡Qué ignominia si las naves francesas surca­
ban el Océano, en busca de las desconocidas
tierras ofrecidas!...
El impasible Fernando permaneció frió y
mudo ante el entusiasmó de los que abogaban
por Colon/pero Isabel I cediendo á un gene*
roso arranque, esclamó:
— ¡Tomo la empresa para raí corona de·
Castilla, y empeñaré mis joyas para tener el
dinero necesario!... ¡Que vayan en busca de
Colon!... (1)_
Un correo salió á todo escape tras el futuro
Almirante de Castilla, encontrando á este &
dos leguas de Granada.
Colon apenas le dió oidos, pero el correo
habló del impaciente ardor de la reina, de su
entusiasmo, de ' su generoso desprendimiento,
y Colon no pudo permanecer sordo á la voz
del que de tal modo se expresaba. Desistió de
su partida á Francia, y volvió á la ciudad de
_Granada.
Al presentarse de nuevo en la córte, se vió
agasajado. ¡Qué extraña cosa es la opinion pú­
blica!...
'A fá lta le otros1recursos, Isabel I empeñó
sus jo y a s i lo s judíos, y á esto debe el mundo
(1) Histórico.
el descubrimiento de otro inundo mucho mas
rico y helio el¿astaentonces conocido.
¡lnmeiisa fué la alegría'qíiV'^uhoen el con-
verito de S. Carlos' de la Rábida» cuando se
supo que el viaje iba á llevarse á cabo"! KÍ que
ji\as se‘ alborozaba, el que'demostraba mayor
contentó, era el buen fray Juan Perez de Már-
ch ena, amigo el mas leal de Colon y su “ más
firme apoyo.

VIII.

Por fin, al cabo ..de tantos años invertidos


en infructuosas pretensiones, el inmortal ge-
novés vio acercarse él momento mas delicioso
de toda su vida. Llegó el 19 de Abril de 1492.
Poco mas de dos meses antes, habia tenido'lu­
gar la rendición de Granada. Entre la reina
y Cristóbal Colon, se firmaron las capitulacio­
nes siguientes:.................
«Colon tseria Almirante y virey de todo el
»mar y tierra que se descubriese; tendría de-,
»recho á proponer al .monarca tres personas
»para los cargos de gobernadores de las nuevas
»provincias', eligiendo uno' la corona; se re-
»seiJvaria.para ..sí el diezmo del oro y piedras
»preciosas''que se hallasen; seria él, único juez
»de'los litigios y 'contribuiría con" la· octava
»parte de los gastos que se hicieran en el des-
■— »ó —
»cubrimiento; pero en cambio percibiría el
»octavo de ’beneficio.»
La expedición que iba á hacerse, despertó
todas las ambiciones, atrajo todas las miradas.
De Palos de Moguer debían partir los expe­
dicionarios, y á aquella poblacion acudieron
multitud de aventureros.
Tres carabelas, cuyos nombres eran la Ni­
ña> la Pinta y la Santa María (1), se disponían
á lanzarse á los mares, en busca del Nuevo
Mundo.
La admirable constancia de Colon, habia
triunfado al fin de todos los obstáculos que la
ignorancia, la incredulidad y la falta de re­
cursos, le habian opuesto hasta aquel anhe­
lado momento.
Iba á coronar la inmortalidad, la gloria,
su nombre esclarecido, y los siglos venideros
habian de pronunciar con respeto., con admi­
ración, el nombre del Almirante.
Capitaneaba la Pinta, Martin Alonso Pin­
zón, hombre experimentado en viajes maríti­
mos. Su hermano Francisco montaba la cara­
bela Niña, y Colon tenia á su cargo la Santa
María/
Aquel puñado de valientes aventureros que
iban asurcar mares desconocidos, á correr des-

{1 Un esta última, {•nat-Iiotó Colon el pendón de Castilla,


— §4 —

conocidos peligros, se hicieron á la vela el dia


3 de Agosto del año últimamente citado de
1492 .
IX.

Confiaba Colon en Dios.


Para aquel hombre grande, no había habido
hasta entonces duda alguna de la existencia de
remotos é ignorados países, pero en el momen­
to en que con viento fresco se hizo á la mar,
asaltaron su mente algunas dudas.
¿No podia haberse equivocado?...
Como hombre ¿no estaba sujeto á padecer
errores?...
Por eso, como de costumbre, confiaba en el
cielo. Entonces, mas fervorosamente que nunca,
rogaba al Omnipotente que guiase sus naves
á través de aquel mar jamás surcado por
quilla alguna.
¡Ay de él si se había equivocado! ¡si equi­
vocaba el derrotero!
¡Entonces los Reyes Católicos, el pueblo
castellano, toda Europa, se burlaría de él y
ya nadie pondría en duda su demencia.
A él, genio superior, no le arredraban como
á la mayor parte de sus compañeros de via­
je, los peligros imaginarios que encerraban
aquellos temibles mares, que se extendían
— 22 —

ánte ellos con grandiosa inmensidad, con sor­


do murmullo. 'J \r !'■■
¿Rasgaría ó no el tupido velo que ocultaba
las ignoradas tierras, cuya existencia solo él
habia podido sospechar?
Principiaban el viaje felizmente.
Lasólas murmuradoras lamían con sordo
murmulló, los costados de las carabelas, y el
viento era suave, fresco, bonancible.
Pocos eran los que acompañaban á Colon,
qiíe á pesar de estás prósperas señales, rio se
-estremeciesen aí pensar que iban á ir más
.allá de los límites conocidos hasta entonces.
Los monstruos marinos soñados por imagi­
naciones calenturientas; aquellos monstruos á
■quien nadie habia visto, pero á quienes se
téníia tanto, abundaban, según general creen­
cia, algunas millas mas allá de las islas Cá-
iiáriás.
Si se habia de dar crédito al vulgo, algunos
.navegantes habian oido sus gritos formida­
bles, aterradores, mas formidables aun que el
ronco mugir de las olas durante la tempestad
más clesencadenadá.

X.

- Tres diás despues de haber salido del puer­


to dé Palos, la Pinta tuvo una avería dé con­
sideración, y la pequeña flota, se. vLó: obliga­
da á detenerse en Canarias^
Mal presagio era este, y los tripulantes em­
pezaron á murmurar.
Aparentaba Colon no apercibirse de aquellas
murmuraciones,
Sereno en la apariencia, daba las órdenes
necesarias para poder continuar el interrum­
pido viaje.
Emprendióse este de nuevo.
Sufría infinito Colon, observando el des­
aliento de sus tripulantes.
Encomendábanse estos en alta voz á todos
los santos del Paraíso, creyendo que ya nun­
ca volverían á pisar tierra. Recordaban no
pocos á sus mujeres y á sus hijos, á los qua?-
les ya no esperaban volver á ver mas, y se
arrepentían de su ambición, bañados en lá­
grimas los ojos.
Aumentó el universal disgusto, la desvia­
ción de la brújula, inesplicable fenómeno que
arrebataba de todos los pechos los restos últi­
mos de una remota esperanza.
Dió Cristóbal Colon una esplicacion inge­
niosa desemejante fenómeno, con lo cual con­
siguió tranquilizar algún tanto los ánimos
apocados.
Algunas aves de brillante plumaje, aves
desconocidas, contribuyeron á la tranquilidad
— 24 —

de los tripulantes, yendo á' posarse en los pa­


los de las tres embarcaciones.
Sus trinos armoniosos, parecían saludar á
los intrépidos marinos.
También empezaron á notarse algunas se­
ñales de tierra: flotaban sobre las olas ramas
de árboles, parte de una vegetación jamás
vista.
A causa de haber recogido los tripulantes,
algunos trozos de madera toscamente labrada
creyeron que iban en pos de una tierra semí-
salvaje, y no de los ricos y prósperos países
tan poética como falsamente déscritos por
Marco-Polo.
La esperanza mas brillante y el desaliento
mas grande^ se repartían los ánimos; fluctua­
ban unos y otros entre estos dos tan encon­
trados sentimientos, y entre tanto las naves
continuaban surcando el inmenso Océano.

XI.

El viento continuaba igualmente siendo fa­


vorable: soplaba incesantemente de un mismo
lado. Esta circunstancia que tanto favorecía
á los navegantes, contribuía á aumentar sus
temores, pues creían que ya no seria posible
el regreso á su patria.
— ¡Ay!— esclamaban.— ¡Dios nos castiga por
haber pretendido descubrir .los misterios de
este mar insondable, y por habernos dejado
llevar dé la ambición!... ¡Adiós, España! ¡Adiós·
para siempre!... '
Tales lamentaciones apenaban á Colon, que
en algunos momentos temia haber equivocado
el rumbo.
¡Gran responsabilidad pesaba sobre él!
Todos los tripulantes tenian familia': una
madre, una esposa, ó un hijo, que en aquellos
momentos suspiraban por los que se habían
alejado de ellos, en busca de riquezas con que
hacerles mas agradable la vida.
La infinidad de millas que habían andado,
y cuy o número exacto ignoraba la tripulación,
debían, según los cálculos del Almirante, ha­
berles hecho abordar ya á las desconocidas
tierras.
Podía haber pasado cerca de ellas sin ver-
las, y en el estado de escitacion en que se ha­
llaban los tripulantes, no conseguiría de ellos
que cambiasen de rumbo.
Ninguno confiaba ya en sus promesas; na­
die se ocultaba de él para murmurar en alta
voz, y la palabra loco ambicioso, llegaba sin
cesar á sus oidos.
— ¡Dios mío!— esclamaba en sus momentos
de mayor desaliento.— ¿Me habré equivocado
— 26 — '

hasta el punto que todos suponen?.». ¿Estaré


efectivamente loco?...
En una de las ocasiones en que se hacia á
sí mismo esta pregunta, en* el costado de la
Pinta, que iba delante, brilló un relámpago
seguido de un cañonazo, que turhó con su es­
tampido las entonces tranquilas, soledades del
Océano.
El corazon del Almirante, dio un vuelco
terrible.
Aproximábase la noche, y. nadie pudo ver
que las lágrimas corrían por su rostro, y
■que este había palidecido á impulsos de la
mas viva alegría.
Aun los apartados ecos repetían sordamen­
te el magestuoso ruido del cañonazo, cuando
en las tres embarcaciones estalló un gozoso
clamoreo.
— ¡Tierra! ¡Tierra!...— gritaban millares de
voces á la vez.
— ¡Gracias, Señor! — esclamó el Almirante
elevando los ojos al cielo, en donde empeza­
ban á centellear ya algunas estrellas.—¡Dios
■dá el triunfo y la victoria, d los que siguen sus
*caminos!,..

XII.

ünjugó Colon con ambas manos las lágri-


más que le turbaban, la vista, y dirigió uiiU
penetrante mirada frente á sí.
En efecto, se descubría tierra’.
A larga distancia, y medio perdidas' éntre
las brumas precursoras dé lá noche, sé'vis­
lumbraban uñas' colinas.
Lá alegría brillaba en todos los semblantes:
Aquellos que mas habían censurado al Al­
mirante, apenas se atrevían entonces á alzar
los ojos en su presencia.
Mas, ¡oh fiero y horrible desengaño! ¡Oh
ilusión engañosa,, desvanecida al nacer! ¡Lo
que había parecido tierra, aquellas colinas de
erguidas cumbres que aparecían á lo lejos, no
habían sido mas que un efecto de óptica.
¡G-lacial silencio sucedió á las alegres escla-
niáciones, á los gritos de gozo!
Las aguas continuaron azotando mansa­
mente los costados de las naves, y estas pro­
siguieron su tranquilo viaje por aquel mar
que tantos temores inspiraba, y al que hasta
entonces no habían visto ojos humanos.
¡Dios, únicamente Dios, que lee en todos
los corazones, sabe cuánta amargura encerra­
ba en aquel momento el alma de Colon!.,.

XIII.

Brilló la luz dél nuevo dia, brilló espíen-


— 28 —

doroso el sol, y solo mar y cielo vieron- los


navegantes.
El disgusto, á bordo de las carabelas, iba
siendo cada vez mayor.
— ¡Estamosirremisiblemente perdidos!— es­
clamaban los tripulantes mesándose los cabe­
llos.— ¡Perdidos en las inmensas soledades del
Océano!...
El gran Cristóbal Colon, bajo las mas sere­
nas apariencias, veia con teri'or que iba en
aumento, que la insurrección cobraba cada
vez mas fuerza y que iba á hacer fracasar
su empresa. Su voz apenas era escuchada,
y á. continuar de aquella manera, pronto
su autoridad seria completamente desconocida.
La insurrección aumentó, y algunas amena­
zas de muerte estallaron en la nave en donde
iba el Almirante.
Presentóse éste á los insurrectos, y los mas
audaces bajaron la írente en su presencia.
Su serenidad, su mirada de águila, impo­
nían el mayor respeto.
—¿De qué os quejáis?...—Jes preguntó.— Des­
de que hemos salido de España ha reinado un
tiempo bonancible.
Estos mares que cruzamos tan felizmente,
no están poblados, como todos creimos, de
monstruos marinos de horribles fauces y san­
guinarios instintos. Creo que no habrá uno
— 29 —

solo que se atreva á decirme que ha visto esos


tan temidos monstruos.
Además, todas las señales de tierra cercana,
que estamos viendo ácada momento, debieran
colmaros de alegría y haceros doblar la rodi­
lla, para dar gracias al Altísimo por las mer­
cedes de que nos colma.
¡Hombres pusilánimes y sin fé!
¡Indignos sois de la gloria que os ha de ca­
ber pronto, y del nombre de intrépidos nave­
gantes que os dará el mundo entero!
Dispuesto estoy á perdonaros vuestra incre­
dulidad, las oíensivas palabras que proferís
contra mí, palabras de'rebelion que otro menos
humano castigaría con la muerte.
Pero tened en cuenta que si hoy doy al ol­
vido las injurias, mañana no podré hacerlo
sin faltar á mi deber, porque no es á mí á
quien injuriáis, sino á Sus Altezas los reyes de
Castilla.
Por lo tanto, sed comedidos, tened' mas fé
en mí, y 110 os arrepentireis de haberme con­
fiado vuestras vidas, y el porvenir de vuestros
hijos.
¡Yo también tengo un hijo, yo también amo
mi vida, porque es ley de naturaleza que la
aprecie en lo que vale, y si no supiera como
sé que un éxito lisonjero ha de coronar nues­
tros esfuerzos, no me hubiera separado del
— 30 —

hijo ,do jni .alma,, ni, me hubiera expuesto ¿ser


objeto del universal desprecio.
¡ IJiios mi.osí·—añadió el Almirante dulcifi­
cando .su acento.-—;Pronto, muy pronto el cielo
benigno va á recompensar nuestros sacrificios,
que hasta ahora no son grandes!
Pisaremos en breve'.la tierra deseada, y
además de cabernos la gloria de tan importan­
te,.descubrimiento, . alcanzaremos l^s riquezas
y pon ellas la.estimación de los reyes de Cas­
tilla, de España, td;e la Europa entera.
¡Envidiable es ,el porvenir quenas aguarda!
La conquista que vamos á alcanzar, es muy
superior á las, de los guerreros cuyos nombres
pregona la fama.
Tras de nosotros no dejaremos huellas de
sangre, y el,siniestro resplandor del incendio
no alumbrará, nuestro triunfo.
De. paz. es nuestra misión, y á esos apartados
pueblos que vamos á visitar muy en breve,
llevaremos la liiz suave y dulce .de la religión
verdadera, de la religión de nuestros padres.

Estas palabras lograron calmar los ánimos


de los mas indómitos.
No convencidos aun, pero dominados por la
superioridad del Almirante; inclinaron la ca­
beza y no .replicaron ya.
— 31 —

Aquel dia continuaron viéndose señales de


tierra muy eeroana.
Pajarillos de bellísimos colores y de armo­
niosos trinos, iban á posarse sobre los' palos de
las embarcaciones. Guando se aproximó la
noche, las aves se alejaron, volando hacia
Oriente.
Esto íué de buen augurip para Colon, en
cuyo coraron animoso renacía toda entera la
esperanza.

XIV.

A medía noche las embarcaciones empeza­


ron á caminar trabajosamente.
El cielo* se había encapotado, cual si anun­
ciase próxima tempestad.
Sin embargo, el viento continuaba siendo
bonancible.
El desconocido obstáculo que impedia en
parte la marcha de las embarcaciones, fué
causa de nuevo sobresalto.
Los que creían temerario el viaje, pensaron
que navegaban sobre "bancos flotantes de are­
na, y que ya era imposible todo humano re­
medio'.
Con la luz del dia se desvaneció su temor,
pues vieron que las carabelas cruzaban por
entre juncos y algas marinas.
— n—

En cuanto alcanzaba á medir la vista, aque­


lla vegetación acuática cubría la superficie de
las aguas.
— ¡El mar de las algas! ¡El mar de las al­
gas!.;.—gritaron con suprema angustia casi
todos los descontentos.
A estos gritos, siguió un silencio tristísimo,
mas de corta duración.
De nuevo estallaron los gritos de los re­
beldes.
Quiso imponerse el Almirante; haciendo va­
ler la autoridad de que se hallaba revestido,
pero entonces su voz quedó ahogada entre el
tumulto.
Mas como los hombres superiores pocas ve­
ces dejan de imponerse á las turbas, y como la
Providencia protegía además á aquel sér ex­
traordinario, logró al fin hacerse escuchar.
Habló, pero no pudo convencer á los incré­
dulos, que ya eran muchos.
Todo lo que de ellos pudo obtener, fué que
le obedeciesen durante tres días.
Al cabo de ellos, si la ñota no lograba des­
cubrir tierra, daría la vuelta á España.
— ¡Pero, no [—añadió Colon.^¡ Antes de
plazo tan corto, con la ayuda del Señor, ha­
bremos pisado la costa oriental de Asia!
Sonrisas de burla y de desprecio y mur­
mullos de desaprobación, acogieron estas pa­
labras.
. — 33 —

Colon ahogó un suspiro de amargura, y pi­


diendo mentalmente á Dios fuerzas para poder
sobrellevar tantos sufrimientos, prosiguió en
estos términos:
— En breve, así lo espero, el rubor ha de
cubrir vuestras frentes y sentireis remordi­
mientos por haber desconocido la autoridad
de que me revistieron los señores reyes de Cas­
tilla, que son vuestros naturales señores.
Sin embargo, no creáis que os impondré el
mas leve castigo, pues desde ahora os perdono
vuestras injuriosas palabras, vuestra desobe­
diencia.
- ^ XV.

Aquel mismo dia, los navegantes dejaron á


sus espaldas el mar de las algas.
Pronto volvieron averias señales de tierra.
Mas á pesar de esta circunstancia, la sonda
no hallaba fondo.
Dos dias transcurrieron, y llegó el tercero
de los marcados por Colon.
¡Cuán grande no era la inquietud del Almi­
rante, inquietud mortal encubierta bajo la
apariencia del mas perfecto sosiego!
Pasó para él el tercer dia, con una rapidez
asombrosa.
■Puesto ya el sol, la noche se presentó hermo­
sa y serena.
3
— 34 —

Dirigió Colon una súplica fervorosa á Aquel


que lo puede todo y en cuyas manos están los
destinos de los hombres.
Sintióse al terminar su oracion mucho mas
animado.
Apoyadas ambas manos en el borde de la
nave, lanzaba miradas escudriñadoras á lo
léjos.
Iba ya á retirarse á su camarote^ cuando á
su lado una voz infantil gritó con gozoso
acento:
— ¡Hé ahí la tierra!... ¡Tierra! ¡Tierra!...
El que esto decía era un pajecillo de la rei­
na, el cual por tener gran afición á los viajes
habia obtenido permiso de su señora para
acompañar al Almirante.
Abrió Colon desmesuradamente los ojos, y
miró fijamente hacia el oscuro fondo que se
extendía en lontananza.
¿Quévió?...
Vió allá á lo léjos unas bandas sombrías
que se dibujaban confusamente.
—Señor Almirante,— le dijo el pege.— Espe­
ro que daréis testimonio ante Su Alteza mi Se­
ñora, de que he sido yo el primero que ha vis­
to tierra: deseo obtener el premio ofrecido por
la reina (1).

;i) "Veinte mil maravedís de renta.



—r¡Esoíharé, hijo -mió!—afirmó Colon tré­
mulo de. alegría.

XVI.

■Elmajestuoso estampido de un cañonazo tur­


bó* por segunda’ vez la quietud del insondable
Océano.
^ ¡L a tierra al finí—se oyó gritar en las
tres carabelas.
Dejóse caer Cristóbal Colon de rodillas, y
oró de nuevo, cruzados los brazos sobre el pe­
cho, regando la cubierta.de la nave que mon­
taba con las mas dulces lágrimas de recono­
cimiento hacia el Divino Hacedor, y creyendo
que la alegría iba á ahogarle.
Terminada la oración, gritó con voz po­
tente:
— ¡Gloria al Señor en las alturas!...
Los tripulantes entonces comenzaron á can­
tar el Tedeum laudamus, y sus conmovidos
acentos sonaron con dulcísima,armonía en me­
dio del prpfundo silencio de aquella felicísima
noche.
¡Gloria,,al Señor en las alturas, y gloria
también al nombre inmortal de Colon!
¡Oh! ¡quién tuviera la pluma de un inspi­
rado poeta, para poder cantar aquel momen­
to, que despues de tantas penalidades iba á
— 36 —

apurar el bálsamo del consuelo sobre el lacera­


do corazon del buen Almirante; de aquel hom-
Ibre sábío, prudente, justo, grande entre los
mas grandes de la tierra!...
Pero, consolémonos, porque su nombre ten­
drá entre los vivientes la duración de los si­
glos; porque tanta grandeza, tanta sabiduría,
mereció la recompensa que obtienen los hom­
bres que como él son tan superiores á los de­
más mortales.
¡Oh! Colon!-¡España debe bendecir tu glo­
riosa memoria! ...

XVII.

Nadie durmió aquella noche en las tres nár


ves, que por mandato del Almirante ciñeron
las velas, por temor de algún choque contra
los bajos de la vecina costa.
Las bandas sombrías continuaban dibuján­
dose á lo léjos, y no eran una ilusión, un
efecto de óptica, pronto á burlar las mas risue­
ñas esperanzas.
En la cercana costa brilló una luz, la cual
aparecía y volvia á desaparecer, hasta que
por último se ocultó completamente.
Quedaba descubierto el profundo misterio
del gran Océano.
El tenebroso velo que cubría aquellos mis­
— 37 —

terios, al parecer indescifrables, acababa de ser


desgarrado por la poderosa mano de Colon.
Todos los vanos temores, todas las quime­
ras vanas, se habían disipado ya.
Ni abismos traidores, ni monstruos vora­
ces, ni corrientes impetuosas habia eii los
hasta entonces desconocidos mares que habían
sm^cado las naves de Colon.

XVIII.

Mas risueños que alborada del florido Mayo


eran los pensamientos de Colon.
Yá nadie le llamaría loco\ ya iba á recojer
el fruto de sus largos afanes.
Á partir· desde entonces, ya no sorprende­
ría en los labios de aquellos que aparentaban
creer en la existencia del Nuevo Mundo, las
ofensivas sonrisas, las palabras de doble sen­
tido.
Nada habia podido contener el genio pode­
roso de Colon. Las arraigadas creencias de pe­
ligros horribles, la burla, el desprecio, el mis­
terioso temor que inspira lo grandioso y des­
conocido, todo, absolutamente todo habia sido
■avasallado por él.
, ¿ Quién se atrevería ya á llamarle visio­
nario?:..* - ■-
— 38 —

Allí estaba la tierra deseada; allí, á. muy.


poca<distancia;suya.
El Dios de cíelos y tierra había, permitido
que inmortalizase su nombre.
¡Españia acababa dé obtener un imperio po­
deroso, que iba á hacerla la mas grande de to­
das las- naciones del mundo!
También Isabel l, la reina magnánima, iba;
á recojer el fruto de. su desprendimiento: del
descubrimiento nuevo que acababa de hacer­
se; de la gloria conquistada, le correspondía
una no pequeña parte.
Entre tanto la ingrata pátria del Almiran­
te, la egoísta república de Génova, se deses­
peraría pensando en lo mucho que habia per­
dido por no haber tenido fé en sus palabras.
También Portugal tendría envidia á España,
la pátria adoptiva del Almirante.
Desde entonces el hijo de este,, á quien unos
humanitarios frailes educaban y daban alimen­
to, seria rico entre los ricos, grande entre los
grandes, porque su padre habia dado á Cas­
tilla dilatados dominios.
' El loco, el visionario, era ya un grande hom­
bre, cuyo nombre correría de boca en boca.
Las tierras descubiertas no podían menos
de ser bellas, fértiles, ricas en todo género de
producciones. Las auras de la noche, al llegar
dulces y quejumbrosas hasta el Almirante, lié-
— 39 -

y aban en sus alas miseriosas, gratos perfumes


de ñores desconocidas, de selvas jamás, pisadas
por; el calzado pié del hombre del, viejo mundo.
Allí estaba aquella tierra, de bendición, es­
perando sumisa la visita que iba á hacerle su
descubridor.
¡Oh! cuánto tardaba el dia!
¡Qué lentas pasaban entonces las horas, para
la. natural impaciencia del grande hombre!
\
XIX.

Todo tiene término en la tierra.


Murió la noche, y nació el nuevo dia, alum­
brando los rayos de la aurora la tierra que,se
estendja frente á las naves de Colon.
Con gritos de frenética alegría fuá saludada
aquella tierra, á la cual él Almirante dio el
nombre de San Salvador (1).
Elevóse el astro rey magestuosamente aca­
bando de borrar las húmedas brumas de la
noche.
Las miradas anhelantes de las gentes de Co­
lon, vieron con creciente gozo unas elevadas
colinas cubiertas de frondosidad.
Aquel florido vergel tenia una hermosura,
como nadie recordaba haber visto otra igual
en parte alguna.
(1). Guaaaliarti,
— 40 —

iCon cuánta veneración se pronunciaba en­


tonces el nombre del Almirante!*..
Cuando este apareció sobre cubierta, rica­
mente vestido conforme correspondía á su cla­
se, y empuñando con robusta mano el morado
pendón de Castilla, todos cayeron á sus plan­
tas murmurando la palabra ¡perdón!.,.
— ¡Alzaos, compañeros de mis glorias!— es­
clamó el magnánimo, el generoso descubridor
del Nuevo Mundo,-—¡Alzaos,— repitió,—y ve­
nid conmigo á tomar posesion en nombre de
los poderosos monarcas de Castilla, del ameno
vergel que nos espera!...
Dijo, y entró en una de las chalupas de su
carabela, acompañado de dos religiosos de la
orden de Santo Domingo, de un notario, y de
los caballeros que con él habían hecho el viaje-
La chalupa volaba al impulso de los remos
hacia el suelo americano-
En pos del Almirante y en otras dos peque­
ñas embarcaciones, iban Martin Alonso Pin­
zón y su hermano Francisco.
No permitió el navegante famoso que nadie
saltase antes que él en tierra, y clavando en
esta el estandarte castellano, gritó con voz
robusta:
— Tomo posesion de esta tierra, en nombre de
Dios y de los monarcas de Castilla y León!...
Dichas estas palabras, se arrodilló, y besó
la tierra.
— u —
Prorumpieron en vivas á los reyes y á Co­
lon, todos cuantos'á este acompañaban.

A'
Interesante en extremo era el cuadro que
formaban los descubridores del Nuevo Mundo.
Colon se había levantada y hacia ondear so­
bre su cabeza la enseña de Castilla, en tanto
que sus compañeros continuaban de rodillas en
derredor suyo.
De rato en rato, los cañones de las carabe­
las saludaban aquel acto grandioso y conmo­
vedor, haciendo estremecer con sus estampi­
dos á algunos naturales del país, quo asoma­
ban tímidamente por entre los árboles mas,
cercanos al lugar de la escena.
. Según se supo despues, los indígenas creían
que los estranjeros que acababan de arribar
á sus playas, eran seres sobrenaturales, y co­
mo á tales les daban el nombre de Hijos del sol.
Con, infantil curiosidad contemplaban á
aquellos hombres tan nuevos para ellos. Sus
trajes de brillantes colores; las bruñidas ar­
maduras de los soldados, eran objeto de una
profunda admiración por parte suya.
No se atrevían á acercarse á los Hijos del
sol, temiendo que los rayos qiie despedían sus
armas les produjesen la muerte ó que los de­
jasen ciegos.
_ 42 —
Tímidos, inocentes, curiosos, como -niños,
temían y deseaban á la vez la.proximidad de
aquellos hombres de severa faz y de vestidos,
que de momento en momento les llamaban mas
la atención.
Al escuchar el estampido de los cañonazos
se les veía temblar, dar un paso hacia su es­
palda, como queriendo huir de un peligro des­
conocido. Pero la infantil curiosidad podía mas
que el ánimo cobarde, y avanzaban de nu-eyo,
y con suplicantes miradas parecían querer de­
cir á los estranjeros:
«¡Somos inofensivos! ¡No. nosliagais danp,
pues no vacilaremos en tributaros, mayores
adoraciones que á los dioses de nuestra patria!..
¡Venid, tenemos, frutos riquísimos; tenemos
fLpridos campos; tenemos todo, cuanto podéis
ambicionar, y todo eso será para vosotros!...»
Colon contemplaba con enternecimiento á
los naturales del mundo que acababa de des­
cubrir. Aquellos hombres también nuevos pa­
ra él, estaban casi desnudos y llevaban ceñi­
da á la cabeza una especie de diadema ador­
nada con plumas de brillantes colores. La
mansedumbre^ la bondad de alma, se reflejaba
en sus rostros imberbes y morenos: en sus gran­
des ojos de dulce mirada, se leia fácilmente la
candorosa inocencia. que es peculiar al niño,
cuyo corazon no ha sido combatido aun por la
— 43 —

furiosa tempestad! de las pasiones desenfre­


nadas. ‘ .
Parecíale al noble Colon que cada uno de
aquellosindígenas era hijo^suyo. Como á tales
los miraba/como átales se proponía tratarlos^
sin'adivinar que al arribar á sus playas, hom­
bres perversos habian de tratar con el mas
cruel rigor á aquellos pobres y humildes in­
dios, de mirada tan suplicante y candorosa.
¡Dios mió! ¿Por qué ha de haber hombres
peores que las fieras?'

XX.

Á la toma de posesion siguió la mas viva


alegría.
Todos aquellos que aun el dia antes llama­
ban foco al Almirante, besaban entonces sus
vestidos con la mayor humildad, haciendo pro-
textas de ser siempre obedientes y respetuosos.
¡Cuánto habían cambiado los tiempos!
En pocas horas, el que antes era un visio­
nario despreciable y criminal, por haber ex­
puesto , la vida de tantos hombres, era un hé­
roe al cual todos estaban prontos á servir de
rodillas.
— 44 —

Lo que Colon no había reparado, lo habían


reparado ya algunos de sus compañeros de
viaje: los indios llevaban en las orejas peque­
ñas láminas de oro, que brillaban tentando la
codicia de los ambiciosos.
La fiebre de riquezas iba á causar pronto el
infortunio de los desventurados hijos del país.
¡En mal hora para ellos habían arribado ásus
hospitalarias playas los hombres del viejo
mundo! "¡Con ellos habian arribado también,
al par de lá ambición, los vicios que suelen do­
minar al hombre civilizado!
¡Pobres indios!...
jGuardad vuestras mujeres, esconded vues­
tras hijas, morenas vírgenes de enloquecedora,
mirada, pues si bien el inmortal Colon vela
por vosotros, muchos de sus compañeros, mu­
chos también de los que arribarán en pos de
él á vuestro hermoso suelo, no tendrán como
el famoso navegante gran elevación de ideas
ni un alma tan noble, tan hermosa, tan llena
de bondad como la suya!...

XXL

Pasados algunos 7dias, se dispuso Colon á dar


la vuelta á España.
Habia descubierto algunas otras tierras mas,
y dejó para su resguardo á algunos soldados,
- 45 -

los cuales habían construido una fortaleza de


madera.
Ruda tempestad sufrió la ñota al regresar.
No queriendo entonces Colon que fuese in­
fructuoso su importante descubrimiento, y es­
tando persuadido de que las carabelas iban á
irse á pique, escribió en' un pergamino los
pormenores de su viaje. Terminaba de este
modo:
«¡Las carabelas zozobran! ¡Una desencade­
n a d a tempestad amenaza sepultarnos en los
»abismos del mar, y no es justo que España
»pierda lo que legítimamente le pertenece.»
Encerrado el pergamino dentro de una bo­
tella, y á su vez esta en un coco, Colon que­
dó satisfecho de sí mismo: habia cumplido con
su deber, y esperaba sereno á la muerte.
Arrojado el coco al mar, el importante avi­
so del Almirante se creyó perdido.
No estará de mas referir de qué manera vol­
vió á encontrarse.
Hará como unos veinte años, poco mas ó me­
nos, que un buque mercante navegaba por las
costas de Africa.
Arribó el buque á una playa, precisado á
tomar en ella lastre, y los marineros empeza-
ron á llenar de arena una lancha.
Entre la arena recogida, vieron un objeto,
que en un principio creyeron que era un pe­
dazo depiedrá-pómez.
— 46 —
t

Pero observándolo mejor, pudieron conven­


cerse de que habian hallado un coco carcomi­
do por la acción -de las aguas.
Roto el cocote un hachazo,·los marineros
vieron con asombro que habia^dentro una bo­
tella.
Entonces llevaron esta alcapitan del buque,
el cual, hombre instruido, pudo apreciar el va­
lor del hallazgo, al ver que la botella contenía
el pergamino escrito por Cristóbal Colón.
. Tan curioso documento existe hoy en uno
de los museos de América, en donde se con­
serva cual si fuera una reliquia.
Dicho esto, prosigamos nuestra interrumpi­
da historia.
Quiso el cielo que se calmase la tempestad *
cuando ya no le quedaba á Colon ni el mas
remoto resto de esperanza.
Las carabelas eran unos viejos buques, en
ninguno de los cuales el mas intrépido mari­
no, de nuestros días quizá se hubiera atrevido
á hacer el mas corto viaje.
Por milagro se debe tener el que no se hu­
bieran ido á pique entonces.
Habiendo arribado felizmente á nuestras
costas, los Reyes Católicos recibieron carta de
Colon, en la cual este les participaba el éxito
feliz de su empresa.
Es imposible pintar la admiración que cau­
só una nueva semejante.
— 4-7 —

Mucho tiempo hacia que en España se creia


que los audaces aventureros habían perecido.
El nombre de Colón corrió de boca en boca,
pronunciado entonces con elogio, y llegó’ has­
ta Genova, y llegó hasta Portugal, que enton­
ces se arrepintieron de su incredulidad.
En Portugal, á donde el Almirante se vio
obligado á arribar,, tomando puerto en el Ta­
jo, fue objeto el grande hombre de la mas cor­
dial y honrosa, acogida.
Poco se detuvo Colon, porque le urgía lle­
gar á España.
Tan luego como estuvieron reparadas las
averías que habían sufrido sus naves, continuó
su viaje.
Despues de cruzar la barra de Saltes, entró
en el puerto de Palos.
Aquel día memorable era el 15 de Marzo de
1493.
Siete meses y once dias habia durado el via­
je; viaje el mas importante, el mas admirable,
el mas curioso deque hay memoria.
Los habitantes de Palos lo vieron llegar
con admiración.
¡Qué diferente era entonces á los ojos del
vulgo el grande hombre que acababa de rea­
lizar el pensamiento mas colosal que ha cabi­
do en cerebro humano!...
Desprecio antes, y entonces una especie de
— 48 —

adoracion, era lo que inspiraba su presencia.


Personas hubo que se acercaron á él y be­
saron sus ropas cual si fuera un santo»
— ¡Dios, — esclamaba todo el mundo, — ha
mirado á España con ojos piadosos! ¡Ayer la
total conquista del reino de Granada, y hoy
el descubrimiento del Nuevo Mundo!... ¡Bendi­
to sea el Señor, y bendito también el inmor­
tal Colon!...
Ya no era posible que el triunfo de este fue­
se mas completo.
Si entonces hubieran durado aun los tiem-
dos del gentilismo, es indudable que el sabio
y alentado Almirante hubiera tenido altares
y templos magníficos.
SEGUNDA PARTE

i.

¿Qué héroe^ qué hombre grande de la an­


tigüedad ni de los siglos modernos, puede
compararse á Cri stóbal Colon?.. *
Por lo. general, los hombres que mas fama
han dejado en el mundo, dejaron también
amargos y dolorosos recuerdos.
Dígalo sino la historia de los conquista­
dores.
Esos hombres esforzados y terribles, que
para conquistar un pedazo de tierra, ó por
falsas ideas de gloria, no han vacilado en sa­
crificar á infinitos de sus semejantes en aras
de una desmedida ambición, debieron en los
últimos dias de su vida experimentar atro­
ces remordimientos.
Los gritos de agonía de los moribundos, el
estruendo de las batallas debieron, á no du­
darlo, resonar en sus oidos dolorosamente, sin
que bastasen á mitigar su sufrimiento los
aplausos de los admiradores de su poco envi­
diable gloria.
4
— 50 —

Napoleon I, por ejemplo, cautivo en Santa


Elena, habrá visto pasar infinitas veces por
delante de si las sombras ensangrentadas de
todos aquellos que murieron por su causa. Los
laureles de cien y cien victorias, ceñidos á su
frente, durante sus horas de fiebre y amar­
gura, no serian suficientes á refrescar su ar­
dorosa imaginación.
¡Nada· bay tan poderoso que pueda miti­
gar las dolorosas punzadas del remordimiento!
Una voz secreta, aun para aquellos á quie­
nes las leyes; humanas no condenan, les dice
incesante menté que han sido culpables; que
como tales es necesario que' sufran un castigo
severo.
En cambio, los bienhechores de la humani­
dad, los que han expuesto la vida en pró de
los demás, experimentan un bienestar inex­
plicable; están satisfechos dé sí mismos; viven
sin que las nubes dé los dolores del alma
pisen sobre su frente.
El inmortal Colon se hallaba en este caso.
Sin derramar una sola gota de sangre; sin
que por: su causa sufriese un sér inocente,
había conquistado, no un rincón de tierra, si­
no todo un mundo; un mundo infinitamente
superior al conocido hasta entonces.
Sú genio poderoso, chispa grandiosa de un
rayo celestial, habia alumbrado el camino que
—m—
debía seguir;· par& llegar hasta aquel títutído
M i solo' por él adivinado.
Un hombre de metíos v&leí" que Colorí no
hubiera podi do resistir tantos contratiempos,
tantas’' injusticias como él había, resistido, has­
ta lograr el triunfo mas envidiable.
Y despues de logrado aquél tfiunfó* jcuán­
tos áiiiBa’boí'ós había dé causarle aun la mjüfe-
t»óia! de loshombreé; lá· envidia albergada por
pechos ruines!....
- Mas, oomo no conviene anticipar los sucesos,
prosigamos nuesto relato.

II. .

Como los habitantes· de Palos tenían á bor­


dó' do las carabelas* parientes ó amigos, reci­
bieron· .con alborozo á los navegantes que re­
gresaban á su pátria;
Cantóse en la iglesia Mayor de la pobla­
ción un solemne Te-Déum, al cual asistió el
Almirante.
Púsose este inmediatamente en camino para
visitar á los reyes. Inmenso tropel de gentes
seguían sus pasos, acompañándole también
algunos indios ataviados á la usanza de su
país^ los· cuales despertaban la curiosidad mas
viva.
Llevaba también consigo Colon vegetales
. — 52 —

preciosos, ricos en medicinales virtudes, cua­


drúpedos y aves jamás vistas en Europa, cre­
cidas sumas en oro, tanto en láminas como en
polvo, y otra infinidad de objetos preciosos
que, probaban que el Nuevo Mundo era una
inapreciable conquista para España.
Las aves de abigarrados plumajes; los cua­
drúpedos de formas estrañas, y las plantas de
hojas nunca vistas,' y de preciados aromas,
eran el asombro de los pueblos que atravesaba
Colon.
Pero lo que mas contribuía á aumeTntar el
asombro, eran los rostros bronceados^de los
indios; sus atavíos pintorescos; aquella razá
nueva de hombres, de la cual nadie hasta en­
tonces tenia ni la mas remota idea.
Salía al paso del Almirante inquieta y gri­
tadora muchedumbre, que vitoreaba frenéti­
ca al descubridor de América.

III.

Las gentes de Sevilla, por cuya ciudad pasó


Colon, adornaron ventanas y balcones con
vistosas colgaduras, y echaron á vuelo las
■campanas, cual si entrase en la ciudad un
rey poderoso. Rey hemos dicho, y verdadera­
mente que Colon se hallaba á la altura de los
monarcas. ¿No era rey de la inteligencia?...
— 53 —
Pero tanto entusiasmo, tan imponderable
delirio debía quedar muy atrás del que la
presencia del grande hombre despertó en la
populosa Barcelona, lugar en donde los Reyes
Católicos esperaban impacientes al heroico é
inmortal genovés.
Todos los caballeros y grandes dignatarios
de la córte, los prelados, las autoridades de la
ciudad,. y un pueblo numeroso, salieron á es­
perar al Almirante, acompañándole despuea
hasta la presencia de los felices reyes de Cas­
tilla, que no cabían en sí de gozo consideran­
do la gloria que Colon iba á dar á su reinado*
Bajo un dosel magnifico sembrado de cas­
tillos y leones, D. Fernando, D.a Isabel I, y
el príncipe D. Juan, palidecían de entusiasmo
y de ansiedad, sintiendo sonar á lo lejos las
aclamaciones prodigadas al Almirante.
Al presentarse éste, se levantaron de sus
blasonados sillones y tendieron hacia él sus
brazos.
IV.

Subió Colon las gradas del trono, y quiso


arrodillarse, pero los monarcas se lo impi­
dieron.
Esto, en una córte tan ceremoniosa como lo
era la córte de Castilla, no dejaba de ser. una
inestimable merced.
— 54 -

Afirma el erudito escritor (1) .que ¡tan sabia­


mente escribió la historia dé los sucesos que va­
raos narrando, que aquel momento fué el ins­
tante mas precioso dé la suprema gloria de
Colon.
Habíanle destinado á este un asiento, y h
instancias de los reyes, se sjsntó.
.Entre tanto continuaban tronando los ca­
ñones^ repicaban las campanas, y el alboro­
zado pueblo no cesaba de aclamar .al héroe del
d-ia.
;Pidi.ó el rey Fernando á Colon, que refiriese
la historia de su maravilloso viaje, ;y el Al­
mirante, en medio del m&s profundo silencio,
con voz conmovida, pero digna, dió comienzo
alirelaíto. - _
Mostró despues los ricos metales; las pie­
dras preciosas; las plantas de belleza suma;
las muestras, en fin, de la existencia de gran­
des tesoros y de una vegetación poderosísima,
en las tierras por él descubiertas.
Describió, un tanto animado por el calor del
natural entusiasmo, la fertilidad de las cam­
piñas que habia visto, los caudalosos rios que
cruzaban el país y la benignidad de su clima.
Frecuentes esclamaciones de admiración,
interrumpían su relato.

({3J ChiíUermo H , Prescott.


— 55 —

A punto ya de terminar .este, ^presentó á


los indios, que miraban silenciosos .un espec­
táculo tan asombroso para ellas. Extendióse
entonces en alfc'a^ consideraciones sobre el in­
menso campo que al celo cristianó se le ofrecía
para esparcir la luz radiante del Evangelio.
Según él,:aquella raza inocente y candorosa
no estaba subyugada por ninguna idolatría, y
su sencillez era lo mas á propósito para sem­
brar en ellalas doctrinas, adorables de Jesu­
cristo.
La sensible Isabel I lloraba al escuchar á
Colon, y hasta el impasible Fernando estaba
muy conmovido.
Cuando Colon dejó de hablar, los reyes, los
prelados, los grandes dignatarios de la córte,
el pueblo entero, cayeron de rodillas; tribu­
taban al Ser Supremo las mas humildes gra­
cias, por el -beneficio sin .ejemplo que había
concedido -á España. \
Al mismo-tiempo, la capilla Real cantaba
-el sublime Te-Deuvi.
No es necesario hacer un gran esfuerzo de
imaginación, para comprender lo grandioso
de aquel acto; la inmensa alegría que debía
sentir España.

Colon fué aposentado en el palacio de 'los ■


— 56 —

reyes, y los grandes de la córte se apresura­


ron, á imitación de los monarcas, á festejar al
Almirante: todo era entonces felicitaciones y
noble entusiasmo. La ruin envidia, monstruo
lívido de horrible faz, permanecía oculta en las
tinieblas.
La grandeza de Colon, la aureola de radian­
te gloria que le circundaba, le ponía por en­
tonces á cubierto de los tiros de la envidia.
¡Pero esta debía causarle grandes sinsabo­
res, amargando los recuerdos de su feliz descu­
brimiento!
V.

Ya que de envidias acabamos de hablar, di­


remos también que la Europa envidió á'Es­
paña su nueva conquista.
Los sabios de todos los países se apresura­
ron á acudir á Barcelona, para conocer per­
sonalmente á Colon. Dábanle todos el para­
bién, felicitándose de haber nacido en un siglo
en el cual habia tenido lugar tan grandioso
acontecimiento.
El loco, aquel á quien pocos meses antes na­
die concedía estimación alguna, honraba en­
tonces á los mas encumbrados si se dignaba
dirigirles la palabra; á gran honra se tenia
el estrechar su mano, y el escuchar de su bo­
ca el relato de sus aventuras maravillosas*
. — 57 —
Siempre que D. Fernando el Católico so
presentaba en publico,, lo, llevaba al lado suyo,
y con mucha frecuencia lo sentaba á su mesa.
A pesar de estas y de otras muchas distin­
ciones, no se envanecía el Almirante, hombre
superior y dé claro talento.
Hemos dicho ya que Colon descendía de es­
clarecida alcurnia, y los Reyes Católicos aca­
baron de ennoblecer su apellido, concedién­
dole un escudo de armas en el cual se leía
este mote:

«A Castilla y á León,
nuevo mundo dio Colon.»

Por aquel tiempo empezaron á circular cier­


tos rumores calumniosos que mortificaron al
Almirante.
Decíase que la casualidad, no el cálculo, le
habia favorecido.
No estaba acostumbrado, ni podia acostum­
brarse á la vida de cortesano, y por lo tanto
suplicó á los reyes que dieran las órdenes ne­
cesarias para que pudiese emprender su segun­
do viaje.
Con mal disimulado disgusto miraba entre
tanto la nacionportuguesa, el engrandecimien­
to de España. Sus expedicionarios recorrían las
áridas é inhospitalarias costas de Africa; sin
^ 58 —
encontrar en ellas nada que pudiera satisfacer
su ambición, y España, la feliz España, des­
pees de haber surcado el inmenso ¿piélago, ha­
bía sacado de su seno reinos desconocidos,
cuja estension se creía muy superior á toda la
íierra conocida hasta entonces; cuyas riquezas
se creían fabulosas.
El rey de Portugal, D. Juan libera un hom­
bro cuya ambición desmedida le .obligaba á
buscar pretextos para la continuación de los
descubrimientos por los españoles: quería que
estos cesasen, ó en caso contrario pedia la par­
ticipación en ellos.
¿En qué se fundaba para tan injusta preten­
sión?. ,
Fué necesario que el Papa terciase en el
asunto, publicando bulas por las cuales se Je
concedía á España el dominio absoluto sobre
las tierras descubiertas ya, y que se descubrie­
ran en el Océano Occidental.
La justa y prudente resolución del, Pontífi­
ce, obligó á D. Juan II á desistir de sus pre­
tensiones. Inclinó la frente, y acató el mandato
del Vicario de Cristo, procurando disimular
su disgusto y su envidia.

VL

Como ya se habían desvanecido los terrores


— 59 —
que causaban los imaginarios mónstruos del
Océanoj era entonces inmenso el número de
personas que-querían servir :bajo las órdenes
de Colon.
El deseo de enriquecerse, la imaginación
que suelo abultarlos bienes y los males, hacia
creer á todo el mundo que los primeros eran
ilimitados. Oro, piedras preciosas, sueños ir­
realizables, delicias sin cuento, un .mundo ma­
ravilloso, y la curiosidad que despierta en el
hombre -todo lo desconocido, traían inquietos
á los aventureros que bullían en derredor de
Colon, al cual suplicaban casi con lágrimas en
los ojos que los llevase al Nuevo Mundo.
Infinitos de los que deseaban acompañar al
Almirante, eran hidalgos y caballeros de las
mas nobles casas, á quienes el afan de ver tier­
ras y de correr aventuras, obligaba á expa7 1
triarse.
El siglo de los Reyes Católicos era el siglo
-de las conquistas, y por consiguiente de los
hombres de corazon valeroso y de puños de
hierro. Arrojados los mahometanos de Espa­
ña, la vieja Europa no ofrecía campo alguno
para luchar. En cambio, la risueña y joven
América, presentaba tentador palenque á to­
das las ambiciones; á todos los deseos. Nadie
dudaba que era necesario luchar rudamente
para conservar el dominio sobre los recientes
— 60 —
descubrimientos y sobre todos aquellos que
continuasen haciéndose. Para unos la sed de
oro, el afan de atesorar riquezas, lo era todo;
para otros la ambición de adquirir alto re­
nombre, constituía la verdadera dicha.
En mil doscientos únicamente, se fijó el nú­
mero de los nuevos expedicionarios; si no se
hubiera puesto en límite, España,, la Europa
entera hubiera quedado despoblada, ¿habitada
únicamente por las mujeres, los ancianos, los
enfermos y los niños.
Fue necesario aumentar, en vista de la im­
portunidad de los pretendientes, el número
de los expedicionarios; los cuales no fueron
ya mil doscientos, sino mil y quinientos. To­
dos ellos juraron obediencia ciega á Colon, re­
presentante de los monarcas de Castilla.
La flota que se disponía ¿ partir, se compo-
' nía de diez y siete buques.
Tres de ellos eran de cien toneladas, por­
te extraordinario para aquel tiempo.
El dia¿í5 de Setiembre del año de 1403 se
hizo Colon á la mar.
No ya audaz aventurero en busca de descono­
cidas tierras, sino revestido de un poderío in­
menso que por entonces nadie pensaba dispu­
tarle, se lanzaba en aquella ocasion al mar el
gran Almirante. Extraño era el contraste que
ofrecía su segunda expedición con la prime-
xa que habia hecho al Nuevo Mundo.
— 6! —

Hízose á. la vela la brillante flota, descen­


diendo par el Guadalquivir, el dia que deja­
mos citado. ¡Con cuánta envidia le vieron
partir todos aquellos que no habían consegui­
do plaza en sus naves! ¡Cómo abultaban las
riquezas de las Indias, tanto los que partían,
como los que quedaban!...
No nos es posible, porque carecemos de es­
pacio para ello, seguir paso á paso á Colon.
Para escribir la historia del hombre mas ilus­
tre que han producido los siglos; del bienhechor
de la humanidad, merced á cuya perseveran­
cia y esclarecido talento ensanchó Europa sus
dominios, necesitaríamos un gran volumen,
y no los reducidos límites de este libro.
El alma sé ensancha, el coraron late entu­
siasmado, cuando el labio pronuncia el nom­
bre de Colon. Porque Colon es uno de los hom­
bres mas dignos de que su memoria haya pa­
sado á la posteridad, jQuizá, si Cristóbal Colon
no hubiera existido, aun permanecería el Nue­
vo Mundo rodeado por las densas nieblas que
lo ocultaban! ¡Quién sabe!...¡Probable es que
aun no hubiera nacido un génio como Colon,
y los hombres de la caduca Europa todavía
ignorarían la existencia de las tierras fértiles,
á las cuales servia de barrera , el inmenso
Océano!
Cuando se reflexiona en esto, -cuando se
— 62 —

piensa que esto podía haber sucedido* no es


posible dejar de admirar el nombre grandioso
del· Almirante.
¡Oh, Colon!.;.
jLos· siglos se sucederán los:unos á los otros;
tendrán lugar ruidosos acontecimientos; cam­
biarán las costumbres; las mas florecientes
ciudades quedarán convertidas en ruinas* pe­
ro tu nombre no perecerá! ¡Porque tu nom­
bre está rodeado de' uña aureola de gloria,
qne nada puede eclipsar; porque tu nombre
es superior á los siglos; porque tu nombre al­
canzará el dia^ en que la .humanidad deje de
habitar nuestro esferoide!.,

VII.

Tan próspero como el· primero, fué el segun­


do viaje del Almirante.
Al desembarcar este, vió un cuadro horro­
roso, espeluznante. El fuerte de madera que
habían alzado los españoles, estaba converti­
do en ruinas, y los restos mortales de los in­
felices que habian quedado para guardarle,
se hallaban esparcidos por el suelo. ■ ' ·
Colon estaba mudo de dolor y de asombro..
Preguntábase á sí mismo qué era lo que ha­
bía pasado allí; qué catástrofe espantosa ha-
— 63 —

Ma reducido á lá; nada á los guardianes del


fuerte, y al fuerte mismo.
La mansedumbre de los indios, su dulzura,
prevenían á Colon en favor suyo, y encontra­
ba disculpa para ellos, achacando á otra cau­
sa, la dolorosa catástrofe.
Mas ¿cuál era aquella causa?...
Entre los indios que había traído á España
se contaba uno que poseía medianamente el
idioma castellano. El indio se internó en los
bosques en busca de sus hermanos, pues estos
se habían ocultado, y al fin pudo saberse la
verdad. Era esta horrorosa, terrible: los hijos
del Sol que habían quedado en la isla encar­
gados del fuerte, eran los verdaderos culpa­
bles, y á nadie se podía hacer cargos por las
desgraciáis sucedidas.
Referiremos brevemente la catástrofe:
Tan luego como Colon dió la vuelta á Espa­
ña, aquellos hombres imprudentes., ansiosos
de placeres y riquezas, abandonaron el fuerte
y se internaron en el país. La belleza de las
indias les había cautivado, y las laminitas de
oro que habían visto en las orejas y en el cue­
llo de aquellas hijas de Eva del Nuevo Mun­
do, habían tentado poderosamente stt codicia.
Forzoso es confesarlo, y creemos que no
habrá nadie que nos desmienta, que la con­
ducta de algunos de los conquistadores del
Nuevo Mundo, dejó mucho que desear.
¡Desgraciadamente, en la histoia de tan
grandiosa conquista, hay infinitos lunares!
¡La odiosa tiranía, una crueldad y una co­
dicia desmedidas, mostraron infinitas veces
su faz en los floridos vergeles del Nuevo Mundo!
Ni aun disculpa tiene para los hombres que
así empañaron su gloria, la palabra religión
con que pretendían disimular sus crueldades;
sus crímenes; sus torpes vicios.
La religión que pretendían imponer, y cu­
yas santas máximas desmentían con sus hechos
censurables, no podía de modo alguno apa­
drinarles.
Los ministros del Altísimo ensenaban á los
indios una religión que prescribía la caridad,
la pureza de costumbres, y al mismo tiempo
la soldadesca, los aventureros que se habían
alistado para probar fortuna, y que también
invocaban el nombre santo de Dios, desmen­
tían con sus hechos la religión mas dulce y
consoladora que han conocido los hombres.
¿Qué idea habían de formar los pobres in­
dios de semejante religión? ¿Cómo habían de
tener fe en los hombres, que en mal liora para
ellos habían invadido sus comarcas?...
Ahorrémonos la respuesta.
— 63 —

VIIL
Conforme íbamos diciendo, los guardianes
del fuerte habían empezado á hacer escursio-
nes por el pais, tan luego como Cristóbal Co­
lon se habia alejado.
Con asombro, sin igual, los inocentes indios
vieron que los hijos del Sol no eran lo que ellos
habían creído.
Aquellos hombres, ante quienes doblábanla
rodilla, no eran dignos de adoracion. Les
arrebataban sus hijos y sus esposas, para tra­
tarlas luego con una brutalidad y una lascivia
dignas de los mas ignorantes salvajes. A fin
de obtener oro, el oro que creían oculto en
poder de los naturales del país, martirizaban
á estos empleando en ellos tormentos bár­
baros. Y los indios morían maldiciendo á sus
verdugos, y conociendo tarde que los hijos del
Sol eran linos malvados.
Si un puñado de miserables, émulos de los
bandoleros mas malvados, hubiera podido
deshonrar á España, España hubiera quedado
deshonrada» entonces á los ojos del mundo
entero. Pero nuestra amada y noble patria,
no puede ser responsable de modo alguno de
los crímenes de aquellos hombres.
*
* *
5
— 66 —

Como el sufrimiento tiene sus limites, llego


un dia en que los indios sintieron brotar den­
tro de sus pechos un terrible deseo de ven­
ganza.
Ya no suplicaron, ya no se contentaron con
encerrar el dolor dentro de sus corazones,
sino que ensancharon estos profiriendo terri­
bles amenazas de muerte.
Durante una oscura noche, los del íuerté
despertaron despavoridos; el fuerte se hallaba
rodeado por un considerable número de indios,.
ansiosos de venganza, que atacaban con fu­
ror; que daban el asalto blandiendo sus ma­
zas endurecidas al fuego, y sus agudas fie-
chas.
Hallábanse desarmados los del fuerte, y de
su aturdimiento, de las ventajas que ofrecía
su estado indefenso, supieron aprovecharse
los que daban el asalto: ni uno tan solo de los
opresores quedó convida, y los indios despues
de terminada la matanza, pusieron íuego al
fuerte. Las llamas, avivadas por el viento, 110
tardaron en reducir á escombros el castillejo
de madera, y los indios despues de haberse
vengado, se retiraron llevando como trofeos
de su vietoria, las armas y vestidos de sus
enemigos.
Colon, alma recta y pura, culpó de semejantes
desastre álos que habia dejado en la isla, y no
— S7 -
creyó justo imponer: castigo á los vengadores..
Además, estos pertenecían á una de las tribus
belicosas q-ttehabitaban en el interior de la isla,
y no creyó prudente ir á atacarlos. Lo que con-;
venia á sus intereses, que eran también los de
España, era conquistar amigos aliados, no
enemigos que llegasen á aborrecer hasta
el nombre español,
Sin embargo, quiso escuchar la opinion de
los capitanes y hombres de buen consejo que-
iban en su compañía.
Opinaron unos que los indios habian teni­
do derecho para obrar conforme habian obra­
do, en tanto que los demás creiañ que era in­
dispensable penetrar en la isla á sangre y
fuego.
Colon siguió los impulsos de su recta con­
ciencia, y despiies de haber dispuesto que die­
sen sepultura á los restos de los que tan mal
habian ; cumplido sus órdenes, construyó so­
bre las ruinas del fuerte otro mucho mas
sólido y defendible. .

IX.

■1Apoderóse del ánimo:del Almirante ’ súma ■‘


tristeza. ;' '
Aquel· grande:hombre amaba -indios, y i
empezó á conoeer que les esperaban ;
grandes desventuras. ' : ' r !'
_ 68 —
. ¡Ay! ¡si todos aquellos qué iban al Nuevo
Mundo en busca de gloria ó de riquezas, hu­
bieran tenido sus caritativos y nobles senti­
mientos, no se hubiera derramado, como se
derramó, tanta sangre americana!
Lá ambición mayor del Almirante era po­
der esparcir por aquellas apartadas regiones
la luz de la verdadera fé. Quería además pedir
al rico suelo que había descubierto tesoros
bastantes para conquistar con ellos la Tiera
£anta y acabar con el islamismo; este era
el sueño dorado de toda su vida; su deseo
constante; el pensamiento que acariciaba en
el fondo de su alma.
Por poder llevarlo á cabo hubiera dado gus­
toso todo lo que le restaba de vida.
Soñaba dia y noche con la conquista de
Jerusalen. Ver ondear sobre sus muros el es-,
tandárte cristiano» del mismo modo que lo
Jiabia visto en Granada; orar despues ante el
Sepulcro Santo del Redentor de los hombres,
y saber que los hijos del Profeta habían reci-
Ibido el golpe de gracia,, hubiera sido para él
la felicidad suprema.
Acostumbrado á vencer grandes dificulta­
des; hombre de fé inquebrantable, como lo
habia probado ya, tenia esperanza en su em­
presa, que aun nohabia comunicado á nadie
mas que á su fiel amigo fray Juan Perez de
Marche na.
Pero no ignoraba que tenia que sostener una
ruda lucha, mas ruda todavía que la que
había sostenido con la ignorancia, que nega­
ba la existencia de un inmenso continente
mas allá del Océano. Entonces, despues de
haber vencido á su mala suerte, que se oponía
á la realización de su grandioso proyecto, la
lucha, para su ánimo jigante, había sido fácil
de sostener.
. Mas el reunir bajo una misma bandera á
la ñor y nata de los cristianos, corno en lo&
tiempos de Pedro el Ermitaño, ofrecía dificul­
tades tales, que Colon sentía oprimírsele el
alma al pensar que Jerusalen continuaría en
poder de infieles.
Para grandes empresas, son necesarios
grandes hombres. Grande era Colon, y si la
edad no se lo hubiera impedido, y si los hom­
bres le hubieran prestado su ayuda, hubiera
sabido conquistar el Sepulcro del Salvador,
del mismo modo que había conquistado á Amé­
rica, rasgando el velo tenebroso del Océano;
luchando contra los vagos terrores, contra las
quimeras que se le oponian; venciendo, en fin,
con ánimo inquebrantable, el cúmulo inmenso
de contrariedades que el destino le había
opuesto hasta entonces.
— 70 —

■X. ■

La recta severidad del Almirante, las sabias


disposiciones que tomó para evitar que loé
pobres indios fuesen víctimas . de la tiranía y
de las mas desordenadas pasiones, no merecie­
ron la aprobación de los nuevos expediciona­
rios. ‘
Habia entre estos hombres pertenecientes á
las mas nobles familias de España; hombres
•acostumbrados á mandar y á no ser manda^,
dos, y las murmuraciones contra Colon, sordas
en un principio, empezaron á tomar gran in­
cremento.
Aquellos nobles hubieran deseado poder tra­
tar á los indios como esclavos; emplear con
ellos el mayor rigor; obligarles á que busca­
sen oro y criaderos de perlas; convertir tam­
bién en esclavas de su lujuria á las hijas y
esposas de los poco venturosos naturales del
JSTuevo Mundo.
Pero Colon no podía permitir que semejan­
tes deseos se realizasen. Revestido del gran
poder que le habían concedido los monarcas de
Castilla, era á su vez monarca en los dominios
por él descubiertos.
Comprendía perfectamente la gran respon­
sabilidad que pesaba sobre él; comprendía que
m nombre habia de pasar á los siglos venide-
— 71 —
ros, y no quería que la mas pequeña mancha
empañase su brillo.
Así es, que obedeciendo á la voz de su con­
ciencia, era inexorable con los que delin­
quían, y no permitía que se menoscabase en
lo mas mínimo su autoridad soberana.
Los descontentos, algunos de los cuales te­
nían mucho favor en la córte, hicieron llegar
sus quejas hasta el rey D. Fernando. No era
este tan amigo de Colon, como su esposa la
ilustre Isabel I, y dió crédito á aquellas
quejas.
Un hombre de escaso mérito, pero de escla­
recida familia (I), fué comisionado por él para
juzgar los actos de Colon*
Partió Bobadilla predispuesto en contra del
Almirante! y revestido de un poder absoluto.
Creía que Colon habia abusado de su autori­
dad, y pensaba castigar semejante delito con
todo el rigor de la ley.
Al desembarcar fué recibido con ostentosas
ceremonias, las cuales fueron muy de su agra­
do, porque era hombre vano y amigo del
fausto.
' Hizo llamar enseguida al Almirante; acu­
dió este, y sin examen, sin fórmula alguna de
proceso, lo mandó cargar de cadenas ,y lo re -
dujo á prisión. '

fl} Don Francisco do BobadilU.


— 72 —

Esto sucedió el 23 de Agosto del año de


1500.
¡Aquel que si hubiera vivido en los antiguo? ·
tiempos de Grecia y Roma (según la elocuente
frase de un escritor de su época) se le hubieran
levantado estátuas y erigido templos> lo mismo
que si fuera un dios¿ se vió tratado del mismo
modo que si fuera un delincuente!
¡Marino ilustre, hombre sabio y bondadoso,
anciano venerable, este era el premio que de­
bía recibir en cambio del inmenso servicio
que había hecho á España; á la humanidad en­
tera!
¡Causa indignación recordar hecho tan bru­
tal, tan injusto, tan digno déla universal repro­
bación!
El noble anciano no pretextó de aquel acto
bárbaro, y sin proferir una queja, que hubie­
ra menguado su dignidad, permitió que le
pusiesen esposas en las muñecas y que lo lle­
vasen á un encierro!
Aquellos mismos que contra el tenían que­
jas, censuráronla conducta de Bobadiila, sobre
cuyo nombre ha quedado un borron qua no
desaparecerá- jamás.
¡Cargado de grillos Cristóbal Colon! ¡Encer­
rado en prisión oscura el descubridor del
Nuevo Mundo!...
El representante de los monarcas católicos
— 73 —

no se conmovió en vista de las ilustres canas


de Colon; no pensó en ia mengua «que había
de caer sobre él; no reflexionó ni un solo ins­
tante en la general reprobación que iba á pro­
ducir en el mundo sil conducta. Creia cumplir
con su deber; creia castigar á un hombre cri -
minal, y empleaba la mayor severidad po­
sible.
No faltó quien le hiciese presente que Espa­
ña entera iba á censurar su conducta, pero no
hizo el menor caso de la prudente adverten­
cia, y mandó que se le instruyese causa á
Colon. *
Acumuláronse en ella cien'frívolos pretex­
tos, cien y cien supuestas faltas, calumnias
villanas propaladas por los envidiosos de la
gloria y poderío del hombre que habia consa­
grado su existencia al bien de sus semejantes.
Cuando la causa estuvo terminada, dispuso
Bobadilla que Colon fuese trasladado á España.
En el momento en que fueron á sacar de su
prisión al Almirante, este creyó que iba á ser
conducido al suplicio, y con inquebrantable
serenidad preguntó por qué no habia entrado
también en su encierro un sacerdote.
Le contestaron que no era necesario, y car­
gado con sus cadenas, atravesó por un gentío
numeroso -y fp.é conducido á la playa, en don­
de se embarcó rodeado de hombres armados.
Muchos lloraban al verle en semejante esta­
d o /y no pocos murmuraban en altavoz del
proceder de Bobadilla.
Este habia encargado mucho que durante
el viaje de Colon vigilasen mucho á este, te­
meroso sin duda., -como dice con mucha opor­
tunidad la historia del Almirante,, que el no­
ble y tan mal pagado anciano,-pudiese volver
nadando d la isla.
Hechos tan incalificables no podían causar
ofensa alguna á Colon. Ofendían, sí, á los mis­
mos que pretendían menguar su gloria; eran
armas que se volvían contra ellos, y el mun­
do habia de protestar contra aquel acto inicuo.
Aun cuando Colon hubiera cometido gran­
des desaciertos, no podia de modo alguno ser
tratado de aquel modo.
En nadie se manifestó nías viva la indig­
nación, la sorpresa dolorosa, la lástima, que
en los reyes de Castilla. EL mundo iba á lan­
zar sobre ellos terribles cargos; la historia iba
á hacerles culpables de la conducta de Boba­
dilla.
Durante el viaje, el capitan (1) del buque
que conducía al Almirante, quiso quitarle á
este sus cadenas, pero el oíendido anciano no
lo permitió jamás, diciendo que no quería que

(1) Alonso de Yillezo.


— To­
lo despojasen de ellas hasta que Sus Altezas
los reyes de Castilla lo dispusiesen así.
— ¡ Despues, — añadió, — serán enterradas·
conmigo, cuando el Señor dispongade mi vida!
Desembarcó en Cádiz, y la indignación fue
tan grande., que se temió que estallase un
motin. ,. ■
Aquel dia obtuvo Colon un segundo triun­
fo. Las gentes se llegaban á él y besaban con
respeto sus vestidos y cadenas; lloraban á lá­
grima viva las mujeres, y los hombres, todos
aquellos que estimaban en algo las glorias,de
la pátria, ponían el grito en el cielo.
Jamás pueblo alguno se manifestó tan in­
dignado.
Los mas nobles de Cádiz se disputaban la
honra de aposentar á Colon en su casa; todos
querían agasajarle; todos procuraban de nil
modos hacerle olvidar la injuria, los malos
tratamientos de que habia sido víctima.

XI.

No tardó en recibir el ofendido anciano una


carta afectuosísima de los Reyes Católicos.
Decíanle en ella, que tan luego como le fue­
se posible se pusiera en camino para la ciu­
dad de G-ranada, en donde ála sazón residían.
Pedíanle además qu'e no les culpase por lo su-
— 76 —
cedido, y Le daban nuevas seguridades de la
alta consideración que siempre le habían te-
. nido.
Para los gastos del viaje librábanle mil
ducados, y no contentos con todo esto le envia­
ban una lucida y numerosa comitiva para que
le sirviera de escolta de honor hasta Granada.

X II.

El digno anciano se puso en camino.


Tan luego como llegó á la presencia de los
reyes, estos se conmovieron, y la sensible y
justa Isabel I no pudo contener las lágrimas:
el rostro del gran Almirante estaba cadavéri­
co; el grande hombre tenia hundidos los ojos,
y había envejecido hasta el punto de estar
desconocido, tanta era su demacración.
Pública habia sido la ofensa que se le habia
hecho, y públicos fueron asimismo los hono­
res de que le colmaron los reyes. La córte y
el pueblo granadino, vieron satisfechos la re­
paración del agravio, y el Almirante obtuvo
la solemne promesa de ser repuesto en todos
sus cargos y honores.
Un nuevo comisionado (J) partió en segui­
da para América. Iba revestido de los mas
{1 ) D , N'iuolás de Ovando, coracndaílor Je Lares, y ít le la Orden de A l-
citrtara. '-
— 77 —
amplios poderes, y tenia orden terminante de
hacer venir á España, residenciado, al vano
é imbécil Bobadilla.

XIII.

A pesar de la justicia que se le habia he­


cho, Colon estaba triste y abatido. Anciano ya,
y careciendo del generoso ardimiento que
proporciona la juventud, veia aproximárselos
últimos momentos de su vida. Habia alcanza­
do la gloria, habia sabido vencer obstáculos
casi insuperables, y á punto de emprender su
cuarto viaje á América no sentía en su alma
el entusiasmo que habia sentido anteriormen­
te. Los hombres habian amargado su vida;
cuando mas respeto y veneración debia haber
inspirado, habian amontonado sobre él torpes
acusaciones; le habian cargado de cadenas, de
aquellas cadenas de las cuales reflexión algu­
na no podia conseguir que apartase de su me­
moria ni de su vista.
Su vida entera, vida irreprochable, habia si­
do siempre una lucha titánica, que muy pocos
hombres hubieran podido sostener; una lucha
contra la ignorancia maliciosa, contra la en­
vidia mezquina, y como las fuerzas humanas
tienen cortos límites, el jigante, el hombre
superior, el héroe generoso, habia sido venci­
do al fin.
*— ¡ Cuando yo haya muerto,—solia decir
aquel mártir de las ingratitudes humanas,
hablando con su leal amigo Pérez de Márche-·
na.— ¡Cuando yo hayá muerto, los hombres
de los siglos venideros harán justicia á mi
memoria!
«Porque yo he probado ( 1 ) todo ¡o que propuse:
»la existencia de tierras en el Occidente; y he
»abierto un camino que otros pueden seguir á su
»'placer, como en efecto lo siguen}.arrogándose el
»título de descubridores, al cual· ningún derecho
»pueden tener, puesto que no hacen otra cosa que
»seguir mis huellas.»
. No envidio la mezquina gloria que á Amé-
rico Ves'pucio cubre, consintiendo que confie­
ran su nombre á ese mundo presentido por
mí; por mí únicamente. Llámese en buen ho­
ra América la tierra que he descubierto, qué
si no se llama de otro modo, siempre será el
mundo de Colon, y no de otro alguno.
Porque yo, despreciando los peligros, ,me ':
aventuró en mares no cruzados jamás por na­
ve alguna; yo hice mi primer viaje en úna
embarcación casi inútil (2), desechada p o r 1
vieja; y o ; oi resonar durante largos años' las

( 1! E s t o s pfi la b r a s s o n h is t ú r ic ii? . 1 t .;
(2) Las tres ’ a rali cía s P l n l a b N iñ a y S a n ia M a r ía , oran unas v ie jo s Imi.
í ¡ u e s ■i n a ln c o rtíUciuii ado s , ■m ni c ai a fo t« ai l o s, papá v p r o a ; ? 'c o n
CastiU os.eT i e s t a ú lt im a . í í r a n , e n fin, t u ll ís i.m aíi c o n d ic io n e s p a r » ; ¡laíier.
« n a ’ la rg fl 'n a v e g a c i ó n . "
— 79 —
palabras loco y visionario en mis oídos, siendo
así que sabia, porque el Señorío habia per­
mitido, que tenia *mi cabal razón y que no
soñaba con irrealizables quimeras..
¡Al cabo de mis dias, todos quieren dispu­
tarme la gloria de mi descubrimiento; hom­
bres obcecados me acusan de ambicioso y de
avaro, siendo así que apenas tengo lo preciso
para atender á las necesidades de mi vida!
¡Cual infame y vil criminal he sido' carga­
do ya de cadenas, y quién sabe si de nuevo
volveré á España prisionero!
¡Dicerne el monarca, según carta que con­
servo en mi poder, que me empeña su real
palabra de que se cumplirá todo cuanto se me
ha prometido; que en mis descendientes se
perpetuarán todas las prerogativas y hono­
res que creo en justicia haber ganado!... Esto
me dice, y á pesar de ello, 110 puedo arrojar
la duda de mi corazon!
¡Poderosos son mis enemigos, suspicaz el
monarca, y solo cuento con la augusta reina
que siempre fué mi amparo, pero que quizá
110 tenga poder bastante para inñuir de hoy en
adelante en favor mió!...
.— ¡Desechad tan lúgubres ideas,·—replicaba
el. padre Marchena.— ¡En tanto que el mundo
exista., se hará justicia á vuestro nombre'!
¡Leed la.historia de todos los pueblos y de to­
— 80

das las edades, y vereis que siempre los gran­


des hombres han tenido que combatir á los
envidiosos de su gloria, á todos aquellos que
no pudiendo imitarles, pretendían aminorar
su grandeza!
El mismo Hijo de Dios, el Redentor de la
humanidad, ¿no.tuvo enemigos? -
Estas palabras del buen íray Perez de Mar-
cliena, consolaban algún tanto al Almirante,

XIV.

Partió de nuevo Colon para América,


Revestido de sus antiguos poderes, mas
grande que nunca, porque las arrugas vene­
rables de su frente y sus plateados cabellos
inspiraban un profundo respeto, arribó al mun­
do por él conquistado.
Por aquel tiempo una flota que conducía á
España la suma considerable de doscientos mil
castellanos de oro, se fué á pique. El oro cor­
respondía á la corona de Castilla, y era una
pequeña parte del producto de las ya célebres
minas de Hayna.
Un solo pedazo del codiciado metal habia
pesado tres mil doscientos castellanos, y según
afirman graves historiadores habian servido
en él un cochinillo asado, al gobernador, di-
cióndole que ningún soberano de la tierra ha­
bia comido jamás en tan rico plato.
— 81 -
Solo se salvó de la flota un viejo barco que
-contenía la parte de oro correspondiente al
Almirante.
Dió esto lugar á que los enemigos de Colon
dijesen que el Almirante era nigromántico, y
que disponiendo á su antojo de las olas del
mar, Labia querido vengarse de España.
Siempre ha habido ambiciosos; siempre los
hombres superiores han sido víctimas de la
maledicencia; pero ninguno como Colon sufrió
tanto en este mísero valle de lágrimas y de
-sinsabores.
Mentira parece, pero es indudable, que has­
ta en la misma córte haitoan eco las necias
murmuraciones contra Colon.
¿Qué mas pudieran haber hecho los que así
acriminaban al Almirante, con un enemigo
de la patria?...
¡Oh! ¡La heroica corona que ceñia las sie­
nes de Colonj era mas bien la corona del mar­
tirio! ¡Sus enemigos, ya no podían arrojar so­
bre él mas cargos calumniosos!
Habían aprovechado todas las circunstan*
•cias; habían echado mano de todos les ardi­
des; pero la gloria· de Colon, la honra del
hombre sin tacha, echaba por tierra todos los
’ maquiavélicos planes y desvanecía todas las
■calumnias, tan fácilmente como el sol desva­
nece el velo oscuro de la niebla.
6
— 82 —

Isabel I se indignaba siempre que llegaban


á sus oídos: palabras injuriosas contra Colon.
Era la amiga mas sincera, el apoyo mas
grande que tenia el Almirante, y su mas en­
tusiasta admiradora.
Pero quiso la suerte que la reina pasase á
mejor vida,, y desde entonces Colon no tuvo
nadie que abogare por él con calor, delante
del político,, pero pérfido rey D. Fernando el
Católico.
Aquel monarca, para quien reservó la histo­
ria grandes elogios y grandes censuras, era
egoísta, y como tal, hombre que difícilmente se
entusiasmaba. No podían ocultársele los gran­
des servicios y merecimientos, de Colon; pero
creia muy superiores á aquellos servicios las
recompensas que se le habian concedido.
Virey Colon del Nuevo Mundo, representa­
ba en aquellas apartadas regiones su poder,
y era dueño de una no pequeña parte de los
tesoros arrancados á las tierras descubiertas.
Nunca habia sido gran amigo de Colonr
como no podía serlo de todo aquel que mer­
mase la mas pequeña parte, de su poder.
Muerta Isabel I, el descubridor de América
casi puede decirse que quedaba á merced de
sus poderosos ,enemigos, siendo blanco de
los tiros villanos de las mas torpes.calumnias.
¡Cuán cara le costaba la gloria á aquel
— 83- —

grande hombre, digno de suerte mas hala­


güeña!
Además de los males de^su espíritu, las en­
fermedades físicas, inseparables compañeras
de la vejez, le martirizaban cruelmente: entre
otras, padecía de la gota, qne le causaba gran­
des dolores, imposibilitándole durante largas
temporadas.
Entonces con santa resignación soportaba
sus padecimientos, y rogaba al cielo que pu­
siera término á ellos.
Mas que nunca, en semejantes ocasiones
era digno del respeto y admiracion.de sus con­
temporáneos.
Todos aquellos que le rodeaban, elogiaban
sus virtudes; su dulzura sin igual; su digna
humildad jamás desmentida.
Muchos no podían comprender, sin calificar
de santo á Colon, la llaneza de su carácter.
Entre sus admiradores, se contaban infinidad
de indiosy para los que el Almirante siempre
había sido un padre bondadoso.
Las demostraciones de universal aprecio >
eran un bálsamo consolador para el noble an­
ciano, cuya alma estaba tan lastimada por los
continuos sinsabores de su azarosa vida.
¡Pero aun le restaban muchos? mas sufri­
mientos! Conforme' habíamos dicho, tomó
puerto en una parte del mundo por él descu­
bierta: en la Española»
- 84. —
Prohibiéronle el bajar atierra, desconocien­
do su autoridad; sin condolerse de sus pade­
cimientos; sin respeto á sus canas, ya que no
á los títulos que tenia al universal aprecio.
— ¡Ni el mismo santo Job, —esclamaba alzan­
do al cielo los ojos,—hubiera podido ser supe­
rior á tantos pesares! ¡Mis enemigos, ni aun
tratándose de mi salvación, de la vida de mi.
hijo, de la de mi hermano (1), y de las de mis
amigos, quieren permitirme que pise la tierra
descubierta á costa de mi sangre!...
Es de advertir que se había desencadenado
nna furiosa tempestad, y ni la consideración
de que el barco que conducía á Colon podia
.zozobrar, fue bastante á que le permitieran
desembarcar. El buque era viejo y hacia aguas
por varias partes á la vez. Colon entonces ca­
yó enfermo y creyó llegada su última hora.
¿Puede concebirse mayor crueldad; un pro­
ceder mas inicuo?...
Durante sesenta dias no dejaron de soplar
los vientos desencadenados^ y la tripulación
del Almirante se vió en el último apuro. Para
colmo de desdichas, una de las heridas del ve­
nerable é ilustre anciano se abrió por aquel
tiempo, y durante ocho dias se desesperó de
poder salvarle.

(1) En aquella ocasion, el hijo y e] hermano ele! Almirante acompañaban á


■sste.
— 8 8 -
Al hacer mas tarde el relato de aquel viaje
funesto, el Almirante se expresa en estos tér­
minos: ' '
«El viento me retenia cautivo en la inhos­
pitalaria costa, en aquel mar que parecía
»de sangre y hervía como una caldera expues-
»ta á un gran fuego. ¡Jamás hahia visto cielo
»tan terrible! Durante un dia y una noche
»apareció á mis ojos como un inmenso horno
»ardiendo. Lanzaba tales y tantos rayos, que
»todos creían llegada su última hora.»

No es posible describir mas fielmente una


tempestad bajo los trópicos.

XI.

Apiadóse al cabo el cielo del infortunado


Colon, y al propio tiempo qne se calmaban los
enfurecidos elementos, sintió algún alivio en
sus dolencias.
Abandonó la funesta costa á donde no le era
permitido arribar y determinó volver á Eu­
ropa. Tenia ante sí mas de dos mil leguas de
mar, y su viejo buque amenazaba hundirse
en las aguas que tanto le habían combatido..
1Además, no tenia víveres bastantes para em­
prender un viaje tan prolongado.
Locura hubiera sido haberse aventurado en
los .mares con tan malas condiciones para na­
vegar, y por lo tanto vióse precisado á des­
embarcar en Jamaica, en donde escribió al
rey una tierna carta, cuyo final desgarra el
corazón.
«¡Era joven; dice, cuando entré al servicio
»de Vuestra Alteza! ¡Entonces mis·, cabellos
»eran negros, y ahora no tengo un solo cabello
»que no esté, blanco! Me hallo enfermo; he
»gastado cuanto me quedaba, y tanto á mí como
»álos mios, nos han quitado hasta el jubón.
»¡Aislado en mis padecímientos* enfermo, es-
»perando todos los dias la muerte, rodeado de
»un millón de salvajes crueles, nuestros ene­
migos, todo el que tiene entrañas caritativas,
»todo el que ama la verdad y la justicia, me
»compadece!»
Diego Mendez, uno dé los mas sinceros ad­
miradores de Colon, y su compañero de pena­
lidades, se encargó de remitir esta carta á
España*

XII.

El pobre y desvalido anciano, no habia


apurado aun el cáliz de las ingratitudes hu­
manas: éstas tenían que apurar en él toda su
anwgura.
— 87 —

Entre los que le acompañaban había algu­


nos que se rebelaron contra él. Los mas furio­
sos, los de alma mas perversa, prorrumpieron
en gritos de muerte, y acusándole de ser la
única causa de los males que sufrían, qúisie-
ron degollarle. Solo se pudo salvar por la in­
tervención de los pocos que continuaban sién­
dole fieles.
Y en tanto que de nuevo caía .enfermo, los
amotinados se internaban en la isla para
buscar en ella con afan oro y piedras precio­
sas.
Las atrocidades que cometían diariamente
con los naturales del país, irritaron á estos de
tal modo, que además de ponerse á la defen­
siva, dejaron de llevar víveres á Colon y álos
que con él habían quedado.
El hambre empezó á mostrar su amarillen­
ta faz, amenazando concluir pronto con aquel
puñado de séres infortunados.
En trance tan apurado» Colon convocó á-los
principales caciques de la isla y les pidió ví­
veres.
Pero los caciques prorrumpieron en quejas,
y se negaron á ello.
¿Qué hacer? ¿De qué medios valerse para
que los caciques no los dejasen morir de ham­
bre?...
Para un sabio como lo era el Amirante; pa­
~ 88 —

ra un hombre tan superior, tan ilustrado,,


nunca faltan recursos en la imaginación.
—¡Bien está!—esclamó Colon, hablando con
los irritados caciques.— ¡Por ciilpa vuestra, no
tardaremos en perecer, víctimas del hambre-
mas horrorosa! ¡Pero Dios qne castiga á los
delincuentes; Dios que sabe que no somos cul­
pables de los crímenés cometidos por aquellos
que han sido nuestros compañeros, de los cua­
les me habéis dado tan justas quejas, no dejará
impunes vuestra falta de humanitarios senti­
mientos!.., ¡Hoy mismo, empezará vuestro cas­
tigo!...
¿Quereis saber de qué modo?...
¡La luna os negará su luz!

XIII.

Sabia Colon que aquel dia habia de haber


un eclipse, y se* valió de esta circunstancia
para intimidar á los indios.
La noche se aproximaba, y estos permane­
cían en el pequeño campamento de Colon.
Mofábanse de él, porque no habían dado el
menor crédito á sus palabras; mas de pronto
palidecieron y se les vió temblar: una oscura
sombra habia aparecido en el cielo, y adelan­
tando lentamente, cubrió el disco del astro noc­
turno.
— 89 —
Entonces corren asustados, y arrojándose
á los pies del Almirante, le suplican con lágri­
mas en los ojos que aplaque Ja cólera de su
Dios.
Colon aparentó conmoverse y se recogió
durante unos breves momentos, cual si fuera
á hacer oracion Cuando vió quería luna iba
á salir del cono de sombra proyectada por
la tierra, se presentó de nuevo y aseguró á
los indios que habia conseguido aplacar á la
Divinidad".
Inmenso fué el júbilo de los aterrados na­
turales del pais, cuando de nuevo vieron bri^
llar esplendoroso el astro nocturno.
Lanzando gritos de alegría,,se arrojaron de
nuevo á los pies de Colon, al cual desde en­
tonces no le faltó lo necesario para atender á
su sustento y al de sus fieles compañeros.
Gracias á esté inocente ó ingenioso artificio,
pudieron conservar sus vidas.
No falta quien niegúelo del eclipse, preten­
diendo probar que en semejante día, ó mas
bien en semejante noche, no se eclipsó la
-luz de la luna; pero en la historia del Almi­
rante, escrita por su hijo, vemos confirmado
este hecho.
Cuando ya. no habia que temer á los horro­
res del hambre, los amotinados, á quienes los
indios habían reducido al último extremo/
— 90 -

volvieron al lugar en donde se hallaba Colon,


resueltos ¿ asesinar á este y á su hermano,
para apoderarse de las municiones que queda­
ban á bordo.
¡Necesario fué entonces venir á las manos!
Los indios, que presenciaban aquel combate
sangriento librado entre individuos de la mis­
ma raza, entre hermanos, nopodian compren­
der como hombres á quienes ereian bajados
áel cielo, se destruían los unos á los otros!
Horrorizados, mudos de asombro, eran tes­
tigos de la fratricida lucha, y solo Dios sabe
qué cúmulo de ideas brotaban entonces en su
mente; qué juicio formaban acerca délos hom­
bres blancos, especialmente de aquellos que se
habían rebelado contra Colon, y de cuya cruel­
dad tenían tembles pruebas (1). -
Concedió Dios la victoria al Almirante, el
cual logró prender y aherrojar á los rebeldes
mas obstinados, reservando el castigo de sus
delitos á la justicia del rey.

El gobernador de la Española; el hombre


inhumano que se habia negado á que Colon
saltase en tierra, exponiéndole á perecer du-

fl) L os rebeldes, al separarse de Colora j después de haberse internado en


la isla , itiTitilaron bárbaramente á infinidad d e indios.
— g i­
rante la tempestad que hemos citado, conti­
nuó dando pruebas de una inhumanidad in­
comprensible.
Sabedor de la tristísima situación dé sus
compatriotas, los dejó aun, durante nueve
meses, abandonados á sus desventuras^ Solo
cuando se persuadió de que su feroz conducta
no bastaba á hacer perecer al grande hombre,
se decidió á socorrerle.
. Quisiéramos haber podido pasar en silencio
«ste suceso abominable, aun cuando no fuera,
mas que por honor de la especie humana á
que pertenecemos.
Pero es imposible, y la indignación se apo­
dera de todo hombre honrado, de todo aquel
que admira al inmortal Colon, al considerar
las injusticias de que fue víctima; los sufri­
mientos que le hicieron pasar, muchos de
aquellos que tanto le debían, y que debieran
.haber sido los primeros en rendirle un tribu­
to de admiración y de respeto.
¡Desventurado Colon!
¡Fué el hombre mas grande de la tierra, y
también el mas desgraciado!
España le vio volver, pobre y abrumado de
males y con el ánimo abatido.
¡La mas achacosa ancianidad era el único
fruto que había recogido por sus grandes ser­
vicios!
— ya —
Seríamos injustos si no confesásemos que
España tuvo en aquella ocasion mucho por
que avergonzarse; mucho de que arrepen­
tirse.
¡Ay! ¿Qué tratamientos hubiera reservado
al inmortal Colon, si este hubiera sido un
hombre culpable?...
¿La muerte?...
¡La muerte no le hubiera hecho padecer
tanto como la perfidia de algunos hombres
sin conciencia, á quienes quizá la superiori­
dad del Almirante pesaba infinito!...
Abatido y pobre, repetimos, volvió Colon á
España.
¡Ya no había de volver á embarcarse mas!
¡Anciano y achacoso, sus dias estaban conta­
dos, y pronto iba á disfrutar del descanso de
la tumba y de las recompensas que destina el
cielo á los mártires.
Presentóse en la córte para reivindicar sus
honores, pero la muerte de la reina Isabel le
habia dejado sin apoyo, y el ingrato Fernan­
do el Católico, no pudiendo ya reportar ven­
taja alguna de aquel anciano encanecido en su
servicio, no se dignó hacerle justicia.
Un año entero (¡vergüenza causa el decir­
lo!) pasó Colon luchando con su pobreza y
reclamando en vano el justo premio de sus
nobles fatigas.
— 93 -

Perdió al cabo las esperanzas, y dejó de


pretender.
Conociendo que se acercaban sus iiltimos
instantes, y ya en su lecho de muerte, escri-
bió á Diego de la Deza, diciéndole que el rey
no juzgaba á 'propósito cumplir_.sus promesas y
las de Ja reina, y. que se encomendaba á Dios,
que siempre le habia sido propicio ( 1).
La enfermedad de Colon tocaba á su últi­
mo término: el navegante famoso, era un as­
tro que se apagaba, una inteligencia que se
extinguía. No iba á quedar mas que su nom­
bre, pero este habia de llenar el mundo todo
con su fama.
Cuando Colon exhaló el último suspiro, te­
nia sesenta y nueve años.
Su fallecimiento tuvo lugar en Valladolid,
el 20 de Mayo de 1506.
La injusticia de los hombres se detuvo ante
su tumba. Sin embargo, un aventurero oscuro,
Américo Vespucio, continuó dando nombre al
mundo que él habia sacado de entre las bru­
mas de los mares.
En atención á lo mucho que padeció, á sus
esclarecidas virtudes, se agitaba hace poco
tiempo el pensamiento de santificar su nom­
bre: el mundo es exagerado en sus afecciones.

(1] N a v a r r e te ', c o le c c io n de cartas de C olon.


— 94 —

No figura Cristóbal Colon entre los santos


del calendario, pero es indudable que Dios,
que es la justicia infinita, le lia reservado un
lugar preferente en el mundo de las eternas
bienaventuranzas.
APÉNDICE.

Las siguientes páginas completan, digámos­


lo así, la vida de Cristóbal Colon, vida que
hemos trazado á grandes rasgos.
En primer lugar, diremos que Colon al des-
\cubrir la isla de Cuba, creyó haber arribado
al reino de Cipangp. La vigorosa y sorpren­
dente vegetación de aquella isla; sus sabi’osos
frutos; sus aves de rico plumaje, que rivali­
zaban en brillantez de colores con las ñores
mas bellas, lé encantaron de tal suerte, que
esclamó:
—«¡Es la mas hermosa isla que jamás vie­
r o n ojos humanos, lléna de escelentes puer­
cos y profundos rios; no sabré salir de ella!...»
Mas tarde escribía en su diario el relato de
su arribo á América.
«Yo3 dice, porque nos tuviesen los. natura­
le s de, la isla, mucha amistad, porque cono-
— 96 —

»cí que era gente que mejor se libraría y con-


»vertiria á nuestra santa fe, con amor, que 110
»por la fuerza, les di á algunos de ellos unos
»bonetes colorados y unas cuentas de vidrio,
»que se ponian al pescuezo, y otras cosas mas,
»muchas de escaso valor, con que hubieron
»gran placer y quedaron nuestros, que era raa-
»ravilla.
»Los cuales despues venian á las barcas de
»los navios donde nos estábamos nadando, y
»nos traian papagayos ó hilo de algodon en
»ovillos, y azagayas y otras cosas muchas,
»y nos las trocaban por otras cosas que nos les
»dábamos, como cuentecillas de vidrio y cas-
»cabeles.
»Mas me pareció que era gente muy pobre
»de todo. Ellos andan todos desnudos como
»su madre les parió, y también las mujeres, ,
»aunque me videmas deiina farto moza, y to-
»dos los que yo vi eran todos mancebos, que'
»ninguno vide de edad de mas de treinta años;,
»muy bien hechos, de muy fermosos cuerpos,
»y muy buenas caras: los cabellos gruesos cuá-
»si como cerdas de cola de caballos, é cortos:
»los cabellos traen por encima de las cejas,
»salvo unos pocos detrás que traen largos, que
»jamás cortan: dallos se pintan de prieto (1)
»y ellos son de la color de los canarios, ni
(1) M uy oscuro, casi negro. {
— 97 —

»negros ni blancos y dellos se pintan de blan­


c o y dellos de colorado, y dellos de lo que
»fallan, y dellos se pintan las caras, y dellos
»todo el cuerpo, y dellos solo los ojos, y dellos
»solo el nariz.
»Ellos no traen armas ni las cognocen/ por
»que les mostré espadas y las tomaban por el
»filo, y se cortaban por ignorancia. No tienen
»fierro; sus azagayas son unas varas sin fier-
»ro, y algunas dellas tienen al cabo un dien-
»te de péce, y otras de otras cosas.
»Ellos todos á una mano son de buena esta-
»tura de grandeza, y buenos gestos, bien he-
»chos; yo vide algunos que tenían señales de
»feridas en sus cuerpos, y les liice señas qué
»era aquello, y ellos me amostraron como allí
»venia gente de otras islas, que estaban cerca
»y les querían tomar, y se defendían, y yo
»creí, ó creo, que aqui vienen de Tierra Firme
ȇ tomarlos por captivos,
»Ellos deben ser buenos servidores y de buen
»ingenio, que veo que muy pronto dicen lo
»que les decia, y creo que ligeramente se ha-
»rian cristianos, que me pareció que ninguna
»secta tenian..
»Yo, placiendo á Nuestro Señor, llevaré de
»aquí al tiempo de mi partida, seis á V. A. pá-
»ra que deprendan fablar.
»Ninguna bestia de ninguna manera vide,
7
РШЧШФ8* ei^ e^a;i.sl£i,, ШЦю у щ щ о #
щ I# дар; con almadías que son hechas del. p^é
»Й$ щ árbpí, como un barco luengo, y todo
».de un pedazo, y labrado muy á maravilla
»según la tierra, y grandes que en algunos
»venían cuarenta ó cuarenta y cinco hombres,
»y otyas ma,s pequeñas, fasta haber dellas en
»que venia un solo h.ombre.
»Remaban con una pfüa como de fornero, y
»anda, á maravilla, y si se le trastorna, luego
»se echan todos á nadar, y la enderezan y
»vacían con calabazas que ellos traen.
»Y yo que estaba atento y trabajaba de sa-
»ber si habia oro, y vide que algunos de ellos
»traían un pedazuelo colgado de un agujero
»que tienen en la nariz, y por señas pude en-
»tender que, yendo al Sur, ó volviendo á la
»isla por el· Sur, que estaba allí un rey que
»tenia grandes vasos, dello y tenia muy mucho.
»Trabajé que fuesen allá* y.despues vide
»qu¡e, no, entendían en la ida. Determiné de
»aguardar fa^ta maña;mi en la tarde y despu.es
»partir pa^a el Sudeste, que según muchos
»dpllo^, n^e enseñaron, decían que habia tier-
»ra al Sur y al Sudueste y al Norueste y ques-
4^s d$l. Npr ueste les. venían á combatir; mu­
chas, veces, y así ir al Sudoeste á,bus,car el oro
»y piedras preciosas.
»]B.st^. iSjla es b;ien glande y muy llana y de
ȇrboles mi*y vendes,. y muchas aguas, y una
»laguna, e& medio muy grande, sin ninguna
»montaña, y toda ella verde, ques^ placer de
»miradla; y esta gente farto transa, y por la
»gana de tobar de; nuestras cosas, y temiendo,
»que no se,- las han de dar sino que den algo
»y no, lo=tienen, toman lo que pueden y se echan
»luego á nadar; mas todo lo que tienen dan
»por cualquier cosa: que les den; que fasta los.
»pedazos délas escudillas, y de las tazas de v i-
»ctrio rotas, rescataban, fasta;, que vi dar diez y
»seis ovillos de algodon por tres ceotis (1) de Por-
»tugal, que es una blanca de Castilla, y en
»ellos babria mas de urna arroba de algodon
»filado,
»Esto defendiera, y non dejara tomar á na-
»die salvo que yo lo mandara tomar para
»V. A., si hobiera en cantidad. Aquí nace en
»esta isla, mas por el· poco, tiempo no pude dar
»a§í. del todo y también aquí nace el oro
»q^e traen .colgado á la. nariz; mas por no
»perder tiempo, quiero ir á ver si puedo topar
»á la isla de Cipango, que creí era esta en un
»principio.»
*
# *■

(1) Monería acuñada en Ceuta, que corría en Portugal.


— <00 —

La isla á la cual Colon llamó San Salvador,


en el idioma de los naturales del país, se lla­
maba Guanahani.
Creyó también el Almirante que aquella
isla era una de las siete mil cuatrocientas
ochenta y ocho, indicadas por Marco Polo.
Buscando siempre la deseada apango, pen­
saba llegar en diez ó doce dias á Quinsay y
despues de haber entregado al gran Kan las
cartas de sus reyes, volver con la respuesta,
lleno de gloria por haber llegado á la India
por opuesta dirección.
¡Cuán léjos estaba de pensar que era aun
infinitamente mayor la gloria que habia de
caberle!...

En todas partes, dice César Cantu, eran aco­


gidos cordialmente los españoles por los indí­
genas, y estos ayudaron á Colon á construir
una fortaleza llamada La Española, primer es­
labón de la cadena que tan cruelmente debia
sujetar á América á España.

Fernando, uno de los dos hijos de Colon,


escribió andando el tiempo la Historia del Al­
mirante, ó mas bien, la historia del autor de
sus dias.
— —

Diego, el mayor de los hijos del descubridor


de América, hubiera debido suceder á su pa­
dre, como virey;dé las Indias y en el percibo
del diezmo de las rentas; pero España, arre­
pentida de tanta prodigalidad, recogió las acu­
saciones mas fútiles inventadas contra el Al­
mirante, y sujetó los derechos de este á un
proceso, con toda la astucia de la ingratitud.
Veinte testigos declararon que Colon habíate-
nido noticia deJ Nuevo Mundo, por un libro
que habia en Roma, en la biblioteca de Ino­
cencio VIII, y por un cántico de Salomon en
que se indicaba el nuevo camino para las islas*
Quisiéramos no haber hallado en la histo­
ria de nuestra patria esta pequeña mancha,
este borron que tanto dice en contra de aque­
llos que tanto y tanto respeto debían á la me­
moria'del ilustre y famoso navegante.
Empleó Diego Colon casi toda su vida en
defender los derechos de su difunto padre,
que eran los suyos propios.
Por último, despues de haberse casado, con
una sobrina del duque de Alba, renunció á
sus justas pretensiones, por la asignación
anual de mil doblones, y los títulos de duque
de Veragua y marqués de Jamaica.
En el año de 1712 los duques de Veragua
fueron elevados á la grandeza
primera clase. .
Al perder nuestra patria la« Indias Occiden­
tales, las rentas del ducado; de Veragua que­
daron sumamente reducidas, pero el gobierno
concedió á los duques una pensión de £5,000
duros anuales.

Todos cuantos han pretendido aminorar la


gloria de Colon, han visto reducidas á la nada
sus injustas argumentaciones. Colon es gran­
de en la historia del mundo, y su nombre - no
perecerá jamás.
Mártir como lo han sido por lo general to­
dos los grandes hombres, fue necesario el
transcurso del tiempo para queel mundo le
hiciese justicia.
Hoy se envanece España con lagloriá de Co­
lon, y ayer le disputaba sus legítimos dere­
chos: ¡los hombres, sea cualquiera la época en
que vivan, no cesarán de cometer injusticias!

No falta quien ponga en duda que Colon ha­


ya predicho un eclipse de luna para atemo­
rizar á los indios que le negaban víveres.
Los que esto niegan, se fundan en lo si­
guiente:
Dicen que el Almirante no se hallaba en
— 1Ó3 —

estado de calcular los eclipses, porque en su


ííeñipó eran todavía uh cálculo dificilísimo.
Añaden además que entonces iio habia alma­
naques que predijesen los eclipses con muchos
años de anticipación. No contentos con estÓ,
dicen también:« ¿Cómo-Cristóbal Colon, que ha­
bía perdido sus bajeles y stegüráménte los
instrumentos, hallándose sin medios y' goto­
so, podía calcular con precisión un eclipse?...»
De tales dichos se ha deducido que esta debia
ser una fábula igual á la del huevo, que, se­
gún Bossi, hizo Colon tenerse de pió, en una
comida dada por el Cardenal Mendoza.
Sin embargo, Fernando, hijo del Almirante,
qué acompañó á su padre en el viaje en que
según general creencia aconteció esta aventu­
ra, la refiere largamente en una de sus obras.
No es de creer, por lo tanto, que sea una fá-
bula.
Debe tenerse en cuenta que Cristóbal Colon
era un hombre infinitamente superior á sus
contemporáneos, sin olvidar que ya en su
tiempo se calculaban bien los eclipses, pues
hacia *la mitad del siglo xnr, babia calenda­
rios en los cuales se ven las señales de estas
predicciones.
Apenas se descubrió la imprenta, en 14*74,
se imprimieron en Ñuremberg las Efemérides
de Regiomontano, desde el año de 1475 á
— J 04 —

1506; efemérides tan apreciada«, que Matías


Corvino, rey de Hungría, regaló 800 ducados
á Regiomontano.
En el año de 1482, Juan Stoffer, había pu­
blicado sus Fphetáerides ab anno 1482 ah
annum 1518. Por lo tanto, á Colon no le
faltaban libros para tener conocimiento de los
eclipses.

***

En medio de las penalidades que amarga­


ron la vida del héroe de nuestra historia, hay
algunos paréntesis, algunos rayos de luz, que
embellecieron algún tanto los dias de- aquel
grande hombre: el amor, ó mas bien dos amo­
res sinceros, desinteresados» inextinguibles,
le dieron aliento para poder llevar á cabo .sus
gigantescas empresas.
Una dama portuguesa (1), esposa suya, le hi­
zo padre de un niño, Diego Colon, con el cual
vino á España. '
Muerta su esposa, otra dama, natural de
Córdoba, tomó parte .con vivísimo interés en
todas sus aflicciones; en todas sus esperanzas
y venturas.
Llamábase la dama D.a Beatriz EnriquJez?
y era de noble estirpe y de bellísimo rostro.
(1) Felipa de Palestrello,
— <05 —
Enamorada de Colon, porque había com­
prendido toda la grandeza de alma del hom­
bre que habia Tenido á España en busca de
medios para poder llevar á cabo sus grandio­
sos descubrimientos, le hizo dueño de su cora-
zon, y también le hubiera hecho dueño de su
vida, si esta hubiera podido servir de algo al
que amaba tanto.
De D.a Beatriz Enriquez tuvo Colon á su
segundo hijo, Fernando, el cual como hemos
dicho ya, escribió la historia de su padre.
Cuando el ánimo de Colon decaia; cuando
él desaliento se apoderaba de él en vista délas
inmensas contrariedades que se oponían al
logro de sus deseos, entonces D.a Beatriz le
animaba con esa angelical dulzura que poseen
las mujeres apasionadas.
Si Colon lo hubiera consentido, D.a Beatriz
Enriquez hubiera vendido todo su patrimonio
para costear con el un buque. Pero ,1a delica­
deza de Colon, delicadeza jamás desmentida,
no podia permitir semejante sacrificio.
En los libros que hemos registrado, no cons­
ta que Colon diera su nombre á D.a Beatriz
Enriquez, ni la fecha de la muerte de esta,
que á no dudarlo tuvo lugar mucho antes que
la del Almirante.
Lo que consta, sí, es la inquebrantable ter­
nura de aquella mujer, ciegamente apasiona­
186 —
da del más grande hoñibre que han producido
los siglos.
Era merecédór Colon ‘dé tan profundo sen­
timiento, por sus nobles prendas, entre las
cuales se contaha uñ coraron compasivo j ge­
neroso, como lo prueban síiís gestiones páí^
hacer mas llevadera la mísera existencia de
los pobres indios.
Creemos haber dicho ya, que los habitantes
del mundo por él descubierto, le inspiraban
una ternura, una compasíon sin límites.
■ En una de sus cartas, hablando de los es­
clavizados indios, se lee el siguiente párrafo,
que habla muy alto en pro de los caritativos
sentimientos de su alma.
Dice así:
«¡Estos infelices indios son ahora la verda­
dera riqueza de la isla! ¡Ellos cultivan la
»tierra y preparan el pan de los cristianos;
»trabajan en las minas de oro y sufren toda
»dase de fatigas, trabajando á la vez como
»hombres y como bestias de carga! ¡Desde que
»he dejado la isla, sé qiie han muerto las cin-
»co sextas partes de los naturales, .por bárba-
»ros tratamientos ó por cruel inhumanidad,
»algunos bajo el hierro, otros á fuerza de gol-
»pes, muchos de hambre, la níayor parté en
»los montes ó en las cavernas, á donde sé há-
»bian retirado por no poder tolerar los trabá­
jaos que se les imponían.»
— 107 —

Esto decía á los monarcas católlébs, a ñ a ­


diendo que en euanto á sí, aun cuando había
enviado algunos indios á España, para que
fuesen vendidos, lo había hecho siempre con.
la idea de que se instruyesen en la religión
católica y en las artes y costumbres europeas,
á fin de que despues volviesen á la isla para
cooperar á la civilización de sus compatriotas.
Contribuía y no poco á aumentar las aflic­
ciones del Almirante, la dureza con que eran
tratados los naturales de América. El corazon
del hombre inmortal se entristecía, al ver
qué sus gestiones eran infructuosas y que no
le era posible hacer mas llevadera la existen­
cia de sus desdichados hijos (1).
Entre la multitud de aventureros que acu­
dían al Nuevo Mundo, había hombres sin en­
trañas; hombres para quienes los indios eran
de peor condicion que un perro, y que no
creían un crimen maltratar de mil modos
á los infortunados para quienes había sido una
verdadera calamidad el descubrimiento dé
América.
Por eso Colon se apesadumbraba tanto; por
eso no cesaba de implorar compasión efi favor
de los pobres salvajes.
¡Oh! ¡alma noble f generosa!... ¡Añciano,

[ 1) Nombré que acostumbraba dar Colon á lo s íníitás.


_ 108 —

pobre, agobiado por la gota, esa horrible en­


fermedad que tan crueles martirios produce,
todavía escribía al rey diciéndole los grandes
servicios que aun era capaz de hacer!
El egoísta monarca, ni aun se dignaba
contestar á aquellas cartas respetables, por­
que Colon era para él un mueble inútil; una
pesada carga de que deseaba librarse.

Retirado el noble anciano en Valladolid, y


postrado en el lecho del dolor, consideraba el
mal pago que habian tenido sus servicios; aque­
llos servicios que habian sacado de entre las
tinieblas un mundo inmenso, rico en tesoros
y en belleza.
El, hombre ilustre á quien (volvemos á re­
petirlo ) la antigüedad hubiera consagrado
altares, se veia sumido en la pobreza, olvidar
do lo mismo que el sér mas inútil y oscuro de
la tierra, sin que su respetable ancianidad y
su gloria, fuesen bastantes á librarle de los
tiros ruines de la calumnia.
Entre tanto, en la tierra por él descubierta,
ambiciosos aventureros se enriquecían, pre­
tendiendo al mismo tiempo la inmortalidad
para sus nombres.
¿i grandes fueron Cortés y Pizarro, ¿hay
; - *09 —
grandeza que pueda compararse á la de Cris­
tóbal Colon?...
Creemos que no.
Por eso al dar comienzo á esta nueva Biblio­
teca, liemos querido que él nombre de Colon
fuese el primero que figurase al frente de
Los l a u r e l e s d e l a p á t r i a . El mundo entero
le es deudor de admiración y respeto, y el
autor de estas líneas siente mucho no poseer
la pluma de los grandes poetas, para poder
llenar con ella páginas dignas de Cristóbal
Colon.
Falleció este á los sesenta y ocho años de
edad, en la ya citada ciudad de Valladolid, y
falleció sin que sus labios pronunciasen una
palabra de reproche para aquellos que tanto
se habian ensañado con él.
¡Murió tan pobre como Quevedo, como Cer­
vantes; como todos los grandes hombres que
contribuyeron á aumentar las glorias de Es­
paña!
;Parece que una especie de fatalidad es inse­
parable compañero de todos aquellos a quie­
nes el cielo ha dotado de una inteligencia su­
perior*; de esclarecido talento. Necesario es
ßue la tumba guarde sus despojos, para que
¡ps hombres reconozcan su gloria.
¡Colon murió en la indigencia, y hoy tiene
.estátuas en todas partes; hoy hasta se ha que­
rido santificar su nombre!
— ,H0 —

Bien coi^id erado,. ha. sido un mártir, y co­


mo tal digno déla beatificación.
Mártir^ sí, pues hasta sus contemporáneos
le, tachahau de avaro, sin tener en cuenta, su
estremada escasez de recursos.
Sabía esto Colon, y no murmuraba.
Contentábase con elevar sus ojos al cielo, pi­
diéndole resignación bastante para poder so­
portar tantas y tantas injusticias como llovían
sobre él.
■ Para aliviar algún tanto su oprimido cora­
ron, escribíaá su hijo Diego de este modo:
«¡Poco me han aprovechado veinte' años de
»servicios, que yo he servido con tantos traba­
dos y peligros, que hoy dia no tengo en Cas-,
»tilla una teja! ¡Sí quiero comer ó dormir no
»tengo, salvo el mesón ó la taberna, y las mas
»dé las veces me falta para pagar el escote!...»
¡Tristísimo destino el del génio!...

Báse cuestionado durante i argos Hg^yres-


pecfco á la patria de Colon.
Disputaban su cuna Genova; Cogoleto;; Bu-<
giasco; Einale; Quinto; .Nervi sobre -la; Rivera;: ,
Savona; Palutrella; Arhizoliyf cerca de Savona;·
C orría . entro MOlesimo y Careara; Val de
Oneglia; Castol d§ Cucaro entr,e Alejandría y
m — —

Casale, y Plasenoia y Pradello en e l;Placen-


tino.
Pero en el documento antéutiüo (1) en que
Cristóbal Colon funda su mayorazgo, declara
que es genovés: «De la cual ciudad de Oénova,
»dice, he salido, y en la cual he 'nacido.»
El tribunal de San Jorge, contestando en 8
de Diciembre de 1502 á una carta suya, le
llama amatisimus eoncivis, y á (xéno-va, origi­
naria patria de vostra claritudine.
También acerca de la fecha de su naoimien-
to, hubo gran discordancia, marcándose los
años siguientes: 1430, 36, 41, 45, 46, 47, 49,
y 55. Hoy se sabe que la segunda fecha es la
verdadera.

¿Qué mas podremos decir respecto á Colon?...


Este hombre admirable era muy devoto, y
en la adversidad, y mucho antes de haber
descubierto los secretos del Océano, solía decir
refiriéndose á los que le eran contrarios y le
■censuraban duramente:
«¡Bendito sea Dios que dá la victoria y el
»triunfo al que sigue sus caminos! Esto lo ha
»probado maravillosamente en mi favor. Yo
»emprenderé un viaje contra el parecer de

(i) Fechado el Os la brero de Ü9S.


— 112 —

»tantas personas, que tachan mi intento de


»quimérico. Confío en el Señor que el resulta­
ndo dará gran honor á la cristiandad.»
El resultado no pudo ser mas brillante. Los
apartados reinos del Nuevo Mundo, sm minas
casi inesplotadas, sus bosques vírgenes, todas
sus riquezas en fin, pertenecieron á España.
¡Poco nos resta hoy del mas preciado fioron
de la corona de nuestros monarcas; deesa her­
mosa América que Colon nos habia entregado!
En nuestros antiguos dominios, jamás s<;
ponía el soL
. ¡Hoy solo nos quedan los recuerdos glorio­
sos de otras épocas menos calamitosas que la
nuestra.
¡Quiera el cielo que no lleguemos á perder
también los últimos restos de la rica herencia
de Colon!
Si esto sucediera, como profetas de mal
agüero anuncian de continuo, nada podría
consolarnos.

FIN.

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