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6/9/2021 La Ilíada o el poema de la fuerza / Simone Weil (1940)

20 de sep de 2020
Revista Adynata

La Ilíada o el poema de la fuerza /


Simone Weil (1940)
(Traducción Sara María Teresa de la Selva)
El héroe verdadero, el tema verdadero, el centro de La Ilíada es la fuerza. La fuerza
empleada por el hombre, la fuerza que esclaviza al hombre, la fuerza ante la cual la carne
humana se retrae. En esta obra se exhibe en todo momento al espíritu humano, en tanto que
modificado por sus relaciones con la fuerza, en tanto que arrebatado, enceguecido por la
misma fuerza que imaginó podía manejar, en tanto que deformado por el peso de la fuerza
ante la que se somete. Para aquellos ilusos que consideran que la fuerza, gracias al
progreso, pronto será cosa del pasado, La Ilíada puede aparecer tan sólo como un
documento histórico; para otros, cuyas facultades de identificación son más agudas y que
perciben a la fuerza, hoy como ayer, en el centro verdadero de la historia humana, La Ilíada
es el más fiel y encantador de los espejos.
Para definir la fuerza —es esa x que transforma a todo el que se ve sujeto a ella en una
cosa. Ejercida hasta el límite, convierte al ser humano en una cosa en el sentido más literal
de la palabra: hace de él un cadáver. Alguien estaba aquí y al minuto siguiente aquí ya no
hay nadie; este es un espectáculo que La Ilíada nunca se cansa de mostrarnos:
...los caballos arrastraron los carros vacíos a través de la filas de la batalla, anhelando a
sus nobles aurigas. Pero ellos en el suelo yacían, más queridos por los buitres que por sus
esposas.
El héroe se convierte en una cosa arrastrada en el polvo detrás de un carro:
La negra cabellera se esparcía por el suelo; en el polvo la cabeza entera se hundía, ésa
una vez encantadora cabeza, ahora Zeus había dejado que sus enemigos la ultrajaran en
su misma patria.
Se nos ofrece la amargura de tal espectáculo sin paliativo alguno. Ninguna ficción
reconfortante interviene, ninguna perspectiva consoladora de inmortalidad, y ninguna
aureola bañada en patriotismo desciende sobre la cabeza del héroe:
su alma huyendo de sus miembros pasó al Hades, lamentando su suerte, porque dejaba su
juventud y su vigor.
Aún más punzante —tan doloroso es el contraste— es la repentina evocación, con igual
rapidez borrada, de otro mundo: el lejano, precario y conmovedor mundo de la paz, de la
familia, el mundo en el cual cada hombre cuenta más que cualquiera otra cosa para aquellos
a su alrededor:
Ordenó ella en el palacio, a sus doncellas de lustrosa cabellera, poner al fuego un gran
trípode, preparar un baño caliente para Héctor, de regreso de la batalla. ¡Tonta mujer! Lejos
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ya de los baños calientes yacía asesinado por la ojiverde Atena, quien guió el brazo de
Aquiles.
En verdad el pobre hombre estaba lejos de los baños calientes. Y no sólo él; casi toda La
Ilíada tiene lugar lejos de los baños calientes; casi toda la vida humana, entonces como
ahora, tiene lugar lejos de los baños calientes.
Vemos aquí a la fuerza en su forma más brutal y sumaria —la fuerza que mata. Cuanto más
variada en sus procesos y cuanto más sorprendente en sus efectos es esa otra fuerza, la
fuerza que no mata, es decir, aquella que todavía no mata. Seguramente matará,
posiblemente matará, o quizá tan sólo pende quieta y dispuesta sobre la cabeza de la
criatura a quien puede matar, en cualquier momento, o lo que es lo mismo en todo momento.
Bajo cualquier aspecto, su efecto es el mismo: transforma a un hombre en una piedra. De su
primera propiedad (su capacidad de transformar a un ser humano en una cosa por el simple
expediente de matarlo) fluye otra, bastante prodigiosa a su manera también, la capacidad de
transformar a un ser humano en una cosa mientras está vivo todavía. Está vivo; tiene un
alma; y, sin embargo, es una cosa. Extraordinaria entidad ésta —una cosa que tiene un
alma. Y en cuanto al alma ¡en qué extraordinaria habitación se encuentra! ¿Quién puede
decir lo que le cuesta, momento a momento, acomodarse a esta residencia? ¿Cuánta
contorsión y dobleces, pliegues y quiebres se le piden? No fue hecha para vivir dentro de
una cosa; si lo hace, bajo la presión de la necesidad, no hay un solo elemento de su
naturaleza al que no se haga violencia.
Un hombre se encuentra desarmado y desnudo frente a un arma que le apunta; esta
persona se transforma en un cadáver antes que nadie o nada lo toque. Hace un minuto
apenas, pensaba, actuaba, esperaba:
Inmóvil reflexionaba. Y Licaón se le acercó. Aterrorizado, ansioso de tocar sus rodillas,
esperando en su corazón escapar a la maligna muerte y al negro destino... Con una mano
cogió suplicante sus rodillas, mientras que, con la otra, sujetaba la aguda lanza, sin
soltarlo...
Pronto, sin embargo, capta el hecho de que el arma que le apunta no será desviada; y
ahora, todavía respirando, es simplemente materia; todavía pensando, ya no puede pensar
más:
Así habló, suplicante, el brillante hijo de Príamo. Pero fue amarga la respuesta que
escuchó... Aquiles habló. Y a él le fallaron las rodillas y el corazón. Soltando su lanza, se
arrodilló y extendió los brazos. Aquiles, sacando su filosa espada la encajó entre el cuello y
la clavícula. La espada de dos filos se hundió hasta el puño. Él, boca abajo yacía quieto, y
la sangre negra corría empapando el suelo.
Si un desconocido, imposibilitado completamente, desarmado, sin fuerzas, se arroja a la
merced de un guerrero, no está, por este solo acto, condenado a muerte; pero un momento
de impaciencia de parte del guerrero bastará para privarlo de su vida. En todo caso, su
carne ha perdido esa muy importante propiedad que en el laboratorio distingue a la carne
viva de la muerta —la respuesta galvánica. Si se aplica a la pierna de una rana una
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descarga eléctrica, se crispa. Si se confronta a un ser humano con el tacto o la vista de algo
horrible o aterrorizante, este manojo de músculos, nervios y carne se crispa igualmente.
Único entre todas las cosas vivientes, el suplicante que acabamos de describir ni se
estremece ni tiembla. Ha perdido el derecho a ello. Sus labios, al avanzar para tocar aquel
objeto que para él, de entre todas las cosas, es el más lleno de horror, no se retraen sobre
sus dientes —no pueden:
Nadie vio entrar al gran Príamo. Se detuvo. Abrazó las rodillas de Aquiles, besó sus
manos, esas terribles manos homicidas que habían dado muerte a tantos hijos suyos.
La visión de un ser humano empujado a tal extremo de sufrimiento nos congela como la
visión de un cuerpo muerto:
Como quedan atónitos los que, hallándose en la casa de un rico, ven llegar a un hombre
que tuvo la desgracia de matar en su patria a otro varón y ha emigrado a país extraño, de
igual manera Aquiles se asombró al ver al divino Príamo... los otros se sorprendieron
también y se miraron unos a otros.
Pero este sentimiento dura sólo un instante. Pronto la mera presencia de la criatura sufriente
se olvida:
...Así habló. Aquiles recordando a su padre deseaba llorar, tomó al viejo del brazo y lo alejó
de sí. Ambos lloraban afligidos por los recuerdos. Príamo pensando en Héctor, abatido a
los pies de Aquiles matador de hombres; pero éste lloraba ahora por su padre, ahora por
Patroclo, y los sollozos de ambos resonaron por toda la casa.
No era insensibilidad la que hizo que Aquiles con un solo movimiento de la mano alejara de
sí al viejo aferrado a sus rodillas; las palabras de Príamo, recordándole a su propio padre, lo
habían conmovido hasta las lágrimas. Simplemente se trataba de sentirse libre en sus
movimientos y actitudes, como si estorbando sus rodillas se encontrara no un suplicante sino
un objeto inerte. Todo el que se encuentra en nuestra cercanía ejerce sobre nosotros cierto
poder y un poder que sólo a él pertenece por el mero hecho de su presencia, esto es, el
poder de detener, de reprimir, de modificar cada movimiento que nuestro cuerpo esboce. Si
cedemos el paso a un transeúnte en el camino, no es lo mismo que hacerse a un lado para
evitar un letrero; solos, en nuestra habitación, nos levantamos, caminamos y nos volvemos a
sentar de modo muy diferente a como lo hacemos cuando tenemos una visita. Pero esta
indefinible influencia que la presencia de otro ser humano tiene sobre nosotros, no la ejercen
los hombres a quienes un momento de impaciencia puede privar de la vida, quienes pueden
morir aun antes de que el pensamiento haya tenido oportunidad de sentenciarlos. En su
presencia, la gente se mueve como si no estuvieran ahí; ellos, por su parte, bajo el riesgo de
verse reducidos a la nada en un solo instante, imitan a la nada en sus propias personas.
Empujados, caen. Caídos, yacen ahí mismo, a menos que el azar dé a algún otro la idea de
levantarlos de nuevo. Pero suponiendo que por fin se les levante, se les honre con
comentarios cordiales, no se aventuran aún a tomar en serio esta resurrección; no osan
expresar un deseo, no sea que una voz irritada los reduzca de nuevo al silencio:
...Tales fueron sus palabras. El anciano sintió temor y obedeció el mandato.
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Si acaso se escucha el ruego de un suplicante, éste vuelve a ser otra vez un ser humano,
como cualquier otro. Pero hay otras criaturas, más desafortunadas, quienes han sido
convertidas en cosas por el resto de sus vidas. Sus días no contienen pasatiempos, ni
espacios libres, ni lugar en ellos para ningún impulso propio. Y no es que sus vidas sean
más duras que las de otros hombres, ni que ocupen un lugar más bajo en la jerarquía social;
no, ellos son otra especie humana, un compromiso entre hombre y cadáver. La idea de que
una persona sea una cosa es una contradicción lógica. Sin embargo, lo imposible en lógica
se hace realidad en la vida y la contradicción, alojada dentro del alma la desgarra. Esta cosa
está aspirando constantemente a ser un hombre o una mujer, sin lograrlo nunca —en esto,
con seguridad está la muerte, pero una muerte prolongada a lo largo de toda la duración de
la vida; aquí, con seguridad hay vida, pero una vida que la muerte ha congelado antes de
abolir.
Este es el extraño destino que aguarda a la doncella, la hija del sacerdote:
...no la cederé; antes le sobrevendrá la vejez en mi casa, en Argos lejos de su patria,
trabajando en el telar y compartiendo mi lecho...
que aguarda a la joven esposa, a la joven madre, a la novia del príncipe:
Y quizás un día, en Argos, tejerás tela para otro, e irás, por más que te pese, por el agua
Meseiana o Hiperiana, cediendo ante la dura necesidad...
que aguarda al infante, heredero del cetro real:
Pronto los llevarán en las cóncavas naves, yo con ellos. Y tú, hijo mío, irás conmigo a una
tierra donde trabajarás en tareas miserables, laborando para un amo implacable...
A los ojos de la madre tal destino para su heredero es tan terrible como la muerte misma; el
marido preferiría morir antes que ver a su esposa reducida a él; y un padre invoca todas las
plagas del cielo contra el ejército que subyuga su hija a él. Sin embargo, las víctimas mismas
se encuentran más allá de todo esto. Maldiciones, sentimientos de rebelión, ponderaciones,
reflexiones sobre el futuro y el pasado han desaparecido de la mente del cautivo, y la
memoria misma apenas si persiste. La fidelidad a su ciudad y a sus muertos no es un
privilegio de esclavo.
¿Y qué se requiere para que el esclavo llore? El infortunio de su amo, de su opresor, de su
despojador, de su saqueador, del hombre que asoló su aldea y mató a sus seres queridos
ante sus propios ojos; este hombre sufre o muere y entonces surgen las lágrimas del
esclavo. ¿Y en verdad, por qué no? Ésta es para él la única ocasión en que se permiten las
lágrimas, más aún en la que son requeridas. Un esclavo llorará siempre que pueda hacerlo
impunemente —su situación le reprime las lágrimas.
Ella habló llorando, y las mujeres gimieron, usando el pretexto de Patroclo para lamentar
sus propios tormentos.

Puesto que el esclavo no tiene licencia para expresar nada, excepto lo que agrada a su amo,
se sigue que la única emoción que puede conmoverlo o animarlo un poco, que puede
alcanzarlo en la desolación de su vida, es la emoción de amor por su amo. No hay otro lugar
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a dónde dirigir el don del amor; todas las otras salidas están bloqueadas, justo como al
caballo enjaezado, el freno, las varas, las riendas impiden todo camino, excepto uno. Y si por
algún milagro nace una esperanza en el pecho de un esclavo, la esperanza de volver a ser,
algún día, mediante la influencia de alguno, "alguien" otra vez, ¡cuán lejos no irán estos
cautivos en la demostración de amor y agradecimiento, aun cuando tales emociones vayan
dirigidas a los mismos hombres de quienes debieran, considerando el pasado muy reciente
todavía, tener horror!
Vi a mi marido, a quien mi padre y respetada madre me entregaron, lo vi ante los muros de
la ciudad clavado por el agudo bronce. Mis tres hermanos, hijos conmigo de una sola
madre. ¡Tan queridos por mí! Todos encontraron su día fatal. Pero cuando el ágil Aquiles
asesinó a mi marido y asoló la ciudad de Mines, no me dejaste llorar, prometiéndome que
el divino Aquiles me tomaría por su legítima esposa, que me llevaría lejos en sus naves, a
Ptía, donde nuestras bodas se celebrarían entre los mirmidones; ahora sin descanso te
lloro, a ti que siempre fuiste gentil.
Perder más de lo que un esclavo pierde es imposible, porque pierde toda su vida interior.
Todavía pudiera recuperar un fragmento de ella si ve la posibilidad de cambiar su destino,
pero esta es su única esperanza. Tal es el imperio de la fuerza. Tan extenso como el de la
naturaleza. La naturaleza también, cuando se trata de necesidades vitales, puede borrar la
totalidad de la vida interior, aun el pesar de una madre:
Pero le vino la idea de comer cuando se cansó de las lágrimas.
La fuerza, en las manos de otro, ejerce sobre el alma la misma tiranía que el hambre extrema
ejerce; porque posee, e in perpetuo, el poder de vida y muerte. Su norma, además, es tan
fría y tan dura como la de la materia inerte. El hombre que se sabe más débil que otro está
más solo en el corazón de una ciudad que un hombre perdido en el desierto.
Hay dos toneles en el umbral de Zeus que contienen los dones que dispensa, los malos en
uno, los buenos en el otro... Al hombre al que dispensa dones engañosos, lo expone al
ultraje; una espantosa necesidad lo impulsa a través de la divina tierra; es un vagabundo y
no lo respetan ni los dioses ni los hombres.
La fuerza es tan implacable para el que la posee, o cree poseerla, como lo es para sus
víctimas; a éstas las aplasta, a aquél lo intoxica. La verdad es que nadie en realidad la
posee. En La Ilíada la estirpe humana no está dividida en personas conquistadas, esclavos,
suplicantes por un lado y conquistadores y jefes por el otro. En este poema no hay un solo
hombre que alguna vez u otra no haya tenido que doblar el cuello ante la fuerza. En La
Ilíada el soldado común es libre y tiene derecho a portar armas; sin embargo, está sujeto a
la indignidad de las órdenes y del abuso:
Pero cada vez que se encontraba con un soldado raso gritando, lo golpeaba con el cetro y
le hablaba ásperamente: "¡Bueno para nada! Guarda silencio y escucha a tus superiores,
eres débil y cobarde y no eres guerrero, no sirves para nada, ni en la batalla ni en el
consejo".

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Tersites paga caros los comentarios perfectamente razonables que hace; comentarios no del
todo diferentes, por lo demás de los que hace Aquiles:
...con el cetro dióle un golpe en la espalda y los hombros. Se encorvó, mientras una gruesa
lágrima caía de sus ojos y un cruento cardenal aparecía en su espalda, debajo del áureo
cetro. Sentóse turbado, y dolorido se enjugó las lágrimas. Los demás, aunque afligidos,
rieron con gusto.
Aquiles mismo, el héroe orgulloso, el invencible, se nos muestra al inicio del poema llorando
de humillación y con desvalido pesar —la mujer que quería para novia le ha sido arrebatada
bajo sus narices y no ha osado oponerse:
Aquiles rompió en llanto, alejóse de los compañeros y sentóse a orillas del espumoso mar.
Lo que ha ocurrido es que Agamenón ha humillado deliberadamente a Aquiles, para
mostrarle que él es el amo:
...para que sepas cuánto más poderoso soy yo y otro tema decir que es mi igual y
compararse conmigo.
Pero pasan unos cuantos días y el supremo comandante llora a su vez. Tiene que
humillarse, tiene que rogar y, es más, sufrir la miseria adicional de que todo esto sea en
vano.
De la misma manera, no se ahorra a uno solo de los combatientes la vergonzosa experiencia
del miedo. Los héroes tiemblan como cualquier otro. Un reto de Héctor es suficiente para
arrojar a toda la fuerza griega a la consternación, excepto a Aquiles y a sus hombres, porque
no estaban presentes:
habló y todos callaron y se mantuvieron quietos, avergonzados de rehusar, temerosos de
aceptar.
Pero una vez que Ayante se adelanta y se ofrece, el miedo cambia rápidamente de bando:
un escalofrío de terror recorrió a los troyanos, debilitando sus miembros; Héctor mismo
sintió su corazón saltar en el pecho, pero ya no tenía derecho a temblar o a huir.
Dos días más tarde le toca a Ayante aterrorizarse:
Zeus, el padre altísimo, hace surgir el miedo en Ayante. Se detiene, abrumado, pone tras él
su escudo hecho de siete cueros, tiembla, mira a la multitud a su alrededor como una
bestia acorralada.
Hasta para Aquiles el momento llega; él también deberá temblar y tartamudear de miedo,
aunque sea un río el que tiene este efecto sobre él, no un hombre. Pero, con excepción de
Aquiles, todo hombre en La Ilíada prueba un momento de derrota en la batalla. La victoria es
menos un asunto de valor que de destino ciego, éste se simboliza en el poema con la
balanza dorada de Zeus:
Entonces, Zeus el padre tomó su dorada balanza, en ella puso los dos destinos de muerte
que caen sobre todos los hombres, uno para los troyanos, domadores de caballos, otro
para los aqueos de broncíneas corazas. Cogió la balanza por el centro; fue el platillo del
día fatal de Grecia el que descendió.

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Por su misma ceguera, el destino establece una clase de justicia. Ciega también es aquella
que decreta para los guerreros el castigo en la misma moneda. El que toma la espada,
perecerá por la espada. La Ilíada formuló el principio mucho antes que los Evangelios y casi
en los mismos términos:
Ares es justo y mata a los que matan.
Quizá todos los hombres, por el mero hecho de haber nacido, están destinados a sufrir
violencia; sin embargo, esta es una verdad a la que las circunstancias cierran los ojos de los
hombres. Los fuertes de hecho nunca son absolutamente fuertes, ni son los débiles
absolutamente débiles, pero ninguno se percata de esto. Tienen en común el rehusarse a
creer que ambos pertenecen a la misma especie: el débil no ve relación alguna entre él y el
fuerte y viceversa. El hombre que posee la fuerza parece caminar a través de un elemento
sin resistencia; en la sustancia humana que lo rodea nada tiene el poder de interponer, entre
el impulso y el acto, un mínimo intervalo de reflexión. En donde no hay lugar para la
reflexión, tampoco lo hay para la justicia ni para la prudencia. De ahí que veamos a los
hombres armados comportarse áspera y locamente, que veamos sus espadas enterrarse en
el pecho de un enemigo desarmado, quien se encuentra en el acto mismo de implorar
arrodillado. Que los veamos triunfar sobre un moribundo describiéndole los ultrajes que su
cadáver soportará. Que veamos a Aquiles cortar las gargantas de doce muchachos troyanos
sobre la pira funeraria de Patroclo, con tanta naturalidad como quien corta flores para una
tumba. Los hombres que empuñan el poder no imaginan que las consecuencias de sus
actos a la larga regresarán a ellos —a su vez, también inclinarán el cuello. Si puedes hacer
que un anciano permanezca silencioso, tiemble, obedezca a una sola palabra tuya, ¿por qué
se te habría de ocurrir que las maldiciones de este viejo, quien después de todo no es más
que un sacerdote, tendrán su propia importancia a los ojos de los dioses? ¿Por qué
refrenarte y no arrebatarle a Aquiles su muchacha, si sabes que ni él ni ella pueden hacer
nada sino obedecerte? Aquiles se regocija ante la vista de los griegos huyendo en miseria y
confusión. ¿Qué cosa hay que pudiera sugerirle que este camino será la causa de la muerte
de su amigo y, para tal caso, de la suya propia? Así sucede que aquellos a quienes el
destino ha concedido fuerza en préstamo se apoyan en ella demasiado y son destruidos.
Pero por el momento la propia destrucción les parece imposible. Porque no ven que la fuerza
que poseen está limitada en cantidad; ni consideran sus relaciones con los demás seres
humanos como una especie de balance entre cantidades desiguales de fuerza. Puesto que
la demás gente no impone a sus movimientos ese alto, esa pausa de vacilación, en donde
se encuentra toda nuestra consideración hacia nuestros hermanos en humanidad, concluyen
que a ellos el destino les ha concedido una licencia total y ninguna a sus inferiores. Y en
este punto exceden la medida de la fuerza que en realidad está a su disposición.
Inevitablemente la exceden, puesto que no son conscientes de que es limitada. Y ahora los
vemos de forma irremisible a merced del azar; repentinamente las cosas dejan de
obedecerlos. Algunas veces el azar es amable con ellos, otras cruel. Pero en cualquier caso

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ahí están, expuestos, abiertos a la desgracia; ya sin la armadura de poder que inicialmente
protegía sus almas desnudas, nada, ningún escudo los separa de las lágrimas.
Esta retribución de rigor geométrico, que actúa automáticamente para castigar el abuso de la
fuerza, fue el tema principal del pensamiento griego. Es el alma de la épica. Bajo el nombre
de Némesis funciona como la fuente clave de las tragedias de Esquilo. Para los pitagóricos,
para Sócrates y Platón, fue el punto de despegue de la especulación sobre la naturaleza del
hombre y del universo. En donde quiera que el helenismo penetró, hallamos que la idea de
esto es familiar. En los países orientales empapados de budismo, es esta idea griega la que
quizás ha vivido en ellos bajo el nombre de karma. El Occidente, sin embargo, la ha perdido
y ya ni siquiera tiene una palabra para expresarla en ninguna de sus lenguas: los conceptos
de límite, medida, equilibrio, que debieran determinar la conducta de la vida, están en
Occidente restringidos a una función servil en el vocabulario de la técnica. Sólo somos
geómetras de la materia; los griegos eran ante todo geómetras en su aprendizaje de la
virtud.
El progreso de la guerra en La Ilíada es simplemente un continuo vaivén. El vencedor del
momento se siente invencible, aun cuando, sólo una pocas horas antes, haya experimentado
la derrota; olvida considerar a la victoria como una cosa transitoria. Al final del primer día de
combate descrito en La Ilíada los griegos victoriosos se hallaban en posición de obtener el
objeto de todos sus esfuerzos, esto es, Helena y sus riquezas —suponiendo, desde luego,
como lo hizo Homero, que los griegos tuvieran razón al creer que Helena estaba en Troya.
En realidad los sacerdotes egipcios, quienes deben haber sabido, afirmaron después a
Herodoto que a la sazón ella estaba en Egipto. En cualquier caso, aquella tarde los griegos
ya no se interesaron más en ella ni en sus posesiones:
"...no aceptemos por el momento las riquezas de Paris, ni a Helena; todos ven, aun el más
ignorante, que Troya se encuentra al borde de la ruina". Dijo, y todos los aqueos lo
aclamaron.
Lo que quieren es, de hecho, todo. Todas las riquezas de Troya por botín; para sus
hogueras todos los palacios, los templos, las casas; por esclavos todas las mujeres y los
niños; por cadáveres todos los hombres. Olvidan un detalle, que no todo está en su poder,
porque no están aún en Troya. Quizás estén mañana; quizá no. Héctor, el mismo día,
comete el mismo error:
Lo sé en mis entrañas y en mi corazón, un día llegará cuando la santa Troya perezca,
Príamo y la nación de Príamo el de la buena lanza. Pero pienso menos en el pesar que
aguarda a los troyanos, a Hécuba misma, al rey Príamo, y a mis hermanos, tan numerosos
y tan valerosos, quienes caerán en el polvo bajo los golpes del enemigo, que en ti ese día
cuando un griego cubierto de bronce te arrastre lejos, llorosa, y te despoje de tu libertad. En
cuanto a mí, ¡que haya muerto y me haya cubierto la tierra antes de que te oiga gritar y te
vea llevar a rastras!
¿Qué no daría en este momento para evitar esos horrores que cree inevitables? Pero en
este momento nada que él pudiera dar serviría de nada. En menos de un día, sin embargo,
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los griegos han huido miserablemente y Agamenón mismo está a favor de hacerse a la mar
de nuevo. Y ahora Héctor, haciendo muy pocas concesiones, podría haber asegurado
fácilmente la partida del enemigo; pero ahora está reacio a dejarlos ir con las manos vacías:
Encended fuegos por todas partes y dejad que su resplandor llegue a los cielos, no sea que
durante la noche los aqueos de largas cabelleras, escapando, naveguen sobre el ancho
dorso del océano... Que cada uno de ellos se lleve a su casa una herida que curar... así,
otros temerán acarrear la luctuosa guerra a los teucros domadores de caballos.
Se le concede su deseo; los griegos se quedan; y al día siguiente reducen a Héctor y a sus
hombres a una condición lamentable:
En cuanto a ellos —huyeron a través de la llanura como ganado al que el león caza ante él
en la oscuridad de la noche... Así, el poderoso Agamenón Atrida los persiguió, matando a
los rezagados; y en silencio huyeron.
En el transcurso de la tarde, Héctor recupera su ventaja, se retira de nuevo, luego pone en
fuga a los griegos, más tarde es repelido por Patroclo, quien ha llegado con tropas frescas.
Patroclo, forzando su ventaja, termina por verse él mismo expuesto, herido y sin armadura
ante la espada de Héctor. Y finalmente esa tarde Héctor, victorioso, escucha el consejo
prudente de Polidamante para rechazarlo cortantemente:
Y ahora que el hijo del artero Cronos me ha concedido alcanzar gloria junto a las naves y
acorralar contra el mar a los aqueos, no des, ¡oh necio!, tales consejos al pueblo. Ningún
troyano te obedecerá porque no lo permitiré... Así se expresó Héctor, y los teucros lo
aclamaron...
Al día siguiente Héctor está perdido. Aquiles lo ha hostigado por todo el campo y está a
punto de matarlo; de los dos siempre ha sido el más fuerte en el combate; ¿cuanto más
ahora, después de varias semanas de descanso, deseoso de venganza y de victoria, contra
un enemigo agotado? Y Héctor permanece solo al pie de las murallas de Troya,
absolutamente solo, solo en espera de la muerte y para serenar su alma frente a ella:
¡Ay de mí si traspongo las puertas y la muralla! El primero en dirigirme reproches será
Polidamante... Y ahora que por mi osadía he destruido a mi ejército, temo a los troyanos y
a las troyanas de rozagantes peplos, y que alguien menos valiente que yo exclame:
"Héctor, fiado en su pujanza perdió las tropas"... ¿Y si ahora, dejando en el suelo mi
repujado escudo y mi fuerte casco y apoyando mi pica contra la muralla, saliera al
encuentro de Aquiles?... Pero, ¿por qué tejer estas fantasías? ¿Por qué tales sueños? No,
no iré a suplicarle, que ni tendrá piedad de mí, ni me respetará. Me mataría como a una
mujer, si me presentara así desnudo...
Ni una iota del dolor y de la ignominia que se abaten sobre el desafortunado se le ahorra a
Héctor. Solo, despojado del prestigio de la fuerza, descubre que el valor que le ha impedido
buscar refugio en las murallas no es suficiente para salvarlo de la fuga:
Viéndolo, Héctor comenzó a temblar y ya no pudo permanecer allí, sino que dejó las
puertas y huyó espantado. La contienda no es por una oveja ni por una piel de buey, no por
las recompensas usuales de una carrera; es por la vida de Héctor, domador de caballos.
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Herido de muerte, realza el triunfo de su vencedor con vanas súplicas:


Te imploro, por tu alma, por tus rodillas, por tus padres...
Pero el auditorio de La Ilíada sabía que la muerte de Héctor no sería sino una dicha breve
para Aquiles, y la muerte de Aquiles no sería sino una dicha breve para los troyanos, y la
destrucción de Troya no sería sino una dicha breve para los aqueos.
Así, pues, la violencia acaba con todo aquel que siente su toque. Llega a parecer tan
externa al que la emplea como a su víctima. De aquí surge la idea de un destino ante el cual
el verdugo y la víctima son igualmente inocentes, ante el cual conquistado y conquistador
son hermanos en una misma congoja. El conquistado trae desdicha al conquistador y
viceversa:
Un hijo único le había nacido... de corta edad abandonado por mí, crece —porque lejos de
mi hogar acampo ante Troya, dañándote a ti y a tus hijos.
Un uso moderado de la fuerza, el que sólo permitiera al hombre evitar enredarse en su
maquinaria, requeriría una virtud sobrehumana, que es tan rara como la dignidad en la
debilidad. Aunque tampoco la moderación misma carece de peligros, ya que el prestigio, del
que la fuerza obtiene por lo menos tres cuartas partes de su intensidad, descansa
principalmente sobre esa increíble indiferencia que el fuerte siente hacia el débil, una
indiferencia tan contagiosa que infecta a la misma gente que es su objeto. Más bien se suele
llegar al exceso sin pasar por la prudencia o las consideraciones políticas. El hombre se
lanza a él como a una irresistible tentación. Ocasionalmente se oye la voz de la razón en
boca de los personajes de La Ilíada. Los discursos de Tersites son razonables en alto grado;
como lo son los de Aquiles enojado:
Nada vale mi vida, ni todos los bienes que dicen que la bien construida Ilión contiene... Un
hombre puede capturar novillos y gordas ovejas, pero, una vez muerto, no puede recuperar
su alma.
Sin embargo, las palabras razonables caen en el vacío. Si provienen de un inferior, se le
castiga y se calla; si de un jefe, sus actos lo desmienten. Y fallando todo lo demás, siempre
hay a la mano un dios para aconsejarle ser irrazonable. Al final la idea misma de querer
escapar al papel que el destino le ha asignado a uno —el asunto de matar y morir—
desaparece de la mente:
Nosotros a quienes Zeus ha destinado al sufrimiento desde la juventud hasta la vejez,
sufrimiento en guerras gravosas, hasta que perezcamos hasta el último hombre.
Ya estos guerreros, como los de Craonne mucho más tarde, se sienten "hombres
condenados".
Fue la más simple de las trampas la que los puso en esta situación. Al principio, al
embarcarse, sus corazones están ligeros, como siempre están los corazones cuando tienes
una gran fuerza a tu lado y nada sino el espacio se te opone. Tienen las armas en las
manos; el enemigo está ausente. A menos que tu espíritu haya sido vencido por adelantado
por la reputación del enemigo, siempre te sientes mucho más fuerte que cualquiera que no
esté ahí. Un hombre ausente no impone el yugo de la necesidad. Ninguna necesidad se
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presenta todavía a los espíritus de los que se embarcan; en consecuencia se van como a un
juego, como a una vacación del confinamiento de la vida diaria.
¿Qué es de la jactancia con que nos gloriábamos de ser valentísimos, y con la que decíais
presuntuosamente en Lemnos, hartándonos con la carne de las cornudas reses, bebiendo
de las crateras desbordantes de vino, que cada uno haría frente a cien, o doscientos
troyanos en la batalla? Ahora, uno es demasiado para nosotros.
Pero el primer contacto de guerra no destruye de inmediato la ilusión de que la guerra es un
juego. La necesidad en la guerra es terrible, de una clase totalmente diferente de la
necesidad en la paz. Tan terrible es que el espíritu humano no se somete a ella mientras le
sea posible escapar; y siempre que escapa toma refugio en largos días carentes de
necesidad, días de juego, de ensoñación, días arbitrarios e irreales. El peligro entonces se
convierte en una abstracción; las vidas que destruyes son como los juguetes que un niño
rompe y, al igual que él, incapaz de sentimiento; el heroísmo no es sino un gesto teatral y
manchado de alarde. Esto se hace doblemente verdadero si un acceso momentáneo de
vitalidad viene a reforzar la mano divina que protege de la derrota y de la muerte. Entonces
se ama la guerra burda, fácil y bajamente.
Pero, en la mayoría de los combatientes, este estado de mente no persiste. Pronto llega el
día cuando el miedo, la derrota o la muerte de los camaradas bien amados, toca el espíritu
del guerrero y éste se deshace en las manos de la necesidad. En ese momento la guerra
deja de ser un juego o un sueño; ahora, al final, el guerrero ya no puede dudar de la realidad
de su existencia. Y esta realidad que percibe es dura, demasiado dura de llevar pues
envuelve a la muerte. Una vez que reconoces que la muerte es una posibilidad real, el
pensamiento de ella se hace insoportable, excepto por instantes. Es verdad, todos los
hombres están destinados a morir; también es verdad, un soldado puede envejecer en
batallas; sin embargo, para aquellos cuyo espíritu ha sido doblegado por el yugo de la
guerra, la relación entre la muerte y el futuro es diferente de como es para los otros
hombres. Para los otros hombres la muerte aparece como un límite puesto por adelantado
en el futuro; para el soldado la muerte es el futuro, el futuro que su profesión le asigna. Y sin
embargo, la idea de que el hombre tenga a la muerte por futuro es repugnante a la
naturaleza. Una vez que la experiencia de la guerra hace visible la posibilidad de la muerte
que se encuentra encerrada en cada momento, nuestros pensamientos no pueden viajar de
un día al siguiente sin encontrar la cara de la muerte. La mente se tensa entonces hasta un
grado sólo soportable por un corto tiempo; cada nueva alba reintroduce la misma necesidad;
y los días se apilan sobre días para formar años. En cada uno de estos días el alma sufre
violencia. Como el pensamiento no puede viajar a través del tiempo sin encontrar a la muerte
en el camino, cada mañana, regularmente, el alma se castra en sus aspiraciones. Así, la
guerra borra toda concepción de propósito o meta, incluyendo sus propias "metas de
guerra". Borra hasta la noción misma de la posibilidad de terminar la guerra. Si se está fuera
de una situación tan violenta como ésta se piensa inconcebible; si se está dentro se es
incapaz de concebir su fin. Consecuentemente, nadie hace nada para acarrear tal fin. En
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presencia de un enemigo armado, ¿qué mano puede soltar el arma? La mente debiera
encontrar una salida, pero la mente ha perdido toda capacidad que le permita ni siquiera
mirar hacia afuera. La mente está completamente absorta en hacer ella misma violencia.
Siempre en la vida humana, cuando se trata de guerra o esclavitud, se siguen intolerables
sufrimientos, por así decir, por su intrínseca gravedad específica, con lo que aparecen al no
involucrado en ellas como si fueran fáciles de soportar; en realidad, continúan porque han
despojado al que los sufre de los recursos que pudieran servirle para zafarse.
Sin embargo, el alma esclavizada a la guerra clama por su liberación, pero la liberación se le
aparece bajo un aspecto extremo y trágico, el aspecto de la destrucción. Cualquiera otra
solución, más moderada, de carácter más razonable, expondría la mente a un sufrimiento tan
crudo, tan violento que no podría ser soportado, ni siquiera como recuerdo. Terror, pesar,
agotamiento, matanza, aniquilación de los camaradas — ¿es creíble que estas cosas no
habrían de desgarrar continuamente el alma, si la intoxicación de la fuerza no hubiera
intervenido para ahogarlas? La idea de que un esfuerzo ilimitado haya de acarrear sólo un
provecho limitado o ninguno es terriblemente dolorosa.
¿Qué? ¿Dejar a Príamo y a los troyanos jactarse de la argiva Helena, ella por quien tantos
griegos murieron ante Troya, lejos de su tierra nativa?... ¿Qué? ¿Quieres que dejemos la
ciudad, la Troya de anchas calles, después de haber padecido por ella tantas fatigas?
Pero, en realidad, ¿qué es Helena para Ulises? ¿Qué es, en verdad, Troya, llena de
riquezas que no lo compensarán por la ruina de Ítaca? Para los griegos, Troya y Helena son
en realidad meras fuentes de sangre y lágrimas; dominarlas es dominar espantosos
recuerdos. Si la existencia de un enemigo ha hecho al alma destruir en sí misma la cosa que
la naturaleza puso ahí, entonces el único remedio que el alma puede imaginar es la
destrucción del enemigo. Al mismo tiempo, la muerte de los muy amados camaradas levanta
un espíritu de sombría emulación, una rivalidad en la muerte:
¡Muera yo, pues, al momento! Ya que el destino no me ha permitido proteger a mi querido
amigo, quien lejos del hogar pereció anhelando que yo lo defendiera de la muerte. Así,
ahora busco al asesino de mi amigo, a Héctor. Y encontraré la muerte en el momento que
Zeus lo disponga —Zeus y los otros inmortales.
La desesperación que lo impulsa hacia la muerte por un lado es la misma que lo impulsa a la
matanza por el otro:
Lo sé bien, mi destino es perecer aquí, lejos del padre y de la muy querida madre; pero
mientras tanto, no me detendré hasta que los troyanos no se hayan hartado de la guerra.
El hombre presa de esta doble necesidad de morir y matar pertenece, mientras no se haya
convertido en algo distinto, a una raza diferente de la raza de los vivos.
¿Qué eco pueden las tímidas esperanzas de vida despertar en un corazón así? ¿Cómo
podrá oír la derrotada súplica por ver una vez más la luz del día? La vida amenazada ya ha
sido despojada de toda relevancia por una sola y simple diferencia: ahora está desarmada y
su adversario posee un arma. A más de esto, ¿cómo puede un hombre que ha arrancado de

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sí mismo la noción de que es dulce de mirar la luz del día, respetar tal noción cuando
aparece en algún fútil y humilde lamento?
Abrazo tus rodillas, Aquiles. Piensa, ten piedad de mí. Aquí estoy, ¡oh hijo de Zeus!,
suplicante, para ser respetado. En tu casa fue donde probé por vez primera el pan de
Deméter, ese día me atrapaste en mi bien podada viña y me vendiste enviándome lejos de
mi padre y amigos, a la santa Lemnos; cien bueyes fue mi precio. Ahora te pagaré
trescientos por mi rescate. Después de tantos pesares este amanecer es para mí mi
doceavo día en Ilión; y otra vez el hado funesto me pone en tus manos. Zeus ciertamente
debe odiarme cuando nuevamente me entrega a ti. ¡Ay Laótoe, pobre madre mía, hija del
viejo Altes —hijo de vida corta diste a luz!
¡Qué recibimiento obtiene esta débil esperanza!
...muere amigo tú también. ¿Por qué tanto escándalo? Murió Patroclo, que tanto te
aventajaba. ¿Me ves cuán gallardo y poderoso soy yo, a quien engendró un padre ilustre y
dio a luz una diosa? Pues también yo como tú deberé encontrar mi hado cruel. Llegará en
una mañana, en una tarde o en un mediodía la hora en que un guerrero armado me quite la
vida.
Respetar la vida en otro cuando has tenido que castrarte de todo anhelo por ella demanda
de la generosidad un esfuerzo que verdaderamente rompe el corazón. Es imposible imaginar
a ninguno de los guerreros de Homero capaz de tal esfuerzo, a menos que sea ese guerrero
que habita de forma peculiar el centro del poema —quiero decir Patroclo, quien "sabía ser
dulce con todo el mundo", y quien en toda La Ilíada no comete ningún acto cruel ni brutal.
Pero, ¿cuántos hombres conocemos en los varios miles de años de historia humana que
hayan mostrado una generosidad tan divina? ¿Dos, tres? Aun esto es dudoso. Careciendo
de esta generosidad, el conquistador es como un azote de la naturaleza. Poseído por la
guerra, él, como el esclavo, se convierte en cosa, aunque su transformación es diferente —
sobre él también las palabras son impotentes como sobre la materia misma. Ambos, al
contacto de la fuerza, experimentan sus efectos inevitables: se vuelven sordos y mudos.
Tal es la naturaleza de la fuerza. Es doble en su capacidad de convertir a un hombre en una
cosa, y en su aplicación es de doble filo. Aquellos que la usan y aquellos que la sufren se
convierten en piedra en el mismo grado, aunque de modos diferentes. Esta propiedad de la
fuerza alcanza su máxima eficiencia durante el choque armado, en la batalla, cuando la
marea del día ha cambiado y todo se precipita hacia una decisión. No es el designio del
hombre, no es la estrategia, no es la acción subsecuente a la resolución tomada, lo que
gana o pierde una batalla; las batallas se dan y se deciden por hombres desprovistos de
estas facultades, hombres que han sufrido una transformación, que han caído ya sea al nivel
de la materia inerte, que es pasividad pura, o al nivel de la fuerza ciega, que es impulso
puro. Aquí es donde se encuentra el último secreto de la guerra, un secreto revelado por La
Ilíada en sus símiles, que comparan a los guerreros ya sea con el fuego, la inundación, el
viento, las bestias salvajes, o sabe Dios cuál causa ciega de desastre; o si no, con animales
asustados, árboles, agua, arena o cualquier cosa en la naturaleza puesta en movimiento por
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la violencia de fuerzas externas. Aqueos y teucros, de un día para el siguiente, en ocasiones


hasta de una hora a la siguiente, experimentan, de ida y vuelta, una u otra de estas
transformaciones:
Como cuando un león, asesino, salta sobre el ganado que por miles pasta en una vasta
llanura...Y sus flancos se alzan con terror; del mismo modo, los aqueos en pánico
dispersados ante Héctor y Zeus el magnífico padre.
Como al estallar un voraz incendio en la espesura del monte, el viento esparce las chispas y
lo propaga por todas partes, y los árboles, las raíces y las ramas arden en llamas, así
Agamenón Atrida rugiendo entre las filas de los troyanos en fuga...
El arte de la guerra es simplemente el arte de producir tales transformaciones, y su equipo y
sus procedimientos, aun las bajas que se inflingen al enemigo, son sólo medios dirigidos a
este fin —su objetivo verdadero es el alma del guerrero. Y, sin embargo, estas
transformaciones siempre son un misterio; los dioses son sus autores, ellos quienes inflaman
la imaginación de los hombres. Pero como quiera que se causen, esta cualidad petrificadora
de la fuerza, siempre en ambos sentidos, es esencial a su naturaleza; y un alma que ha
entrado al dominio de la fuerza no escapará a esto, excepto por un milagro. Tales milagros
son raros y de breve duración.
La perversidad del conquistador, que no conoce el respeto por ninguna criatura o cosa que
se encuentre a su merced o se imagine que lo está, la desesperación que impulsa al soldado
a la destrucción, la extinción del esclavo o del conquistado, el matadero al mayoreo, son
todos elementos que se combinan en La Ilíada para armar un cuadro de uniforme horror, en
el cual la fuerza es el héroe único. Resultaría de una monotonía desoladora si no fuera por
esos pocos momentos luminosos, dispersados aquí y allá por todo el poema, esos breves,
celestiales momentos en que el hombre es dueño de su alma. El alma que despierta,
entonces, para vivir por un solo instante y perderse casi al momento en el vasto reino de la
fuerza, despierta pura e íntegra, sin ambigüedades, nada complicado o turbio hay en ella; no
tiene lugar para nada sino es para el valor y el amor. Algunas veces el hombre encuentra su
alma en el curso de deliberaciones internas: la encuentra, como Héctor ante Troya, mientras
trata de enfrentar al destino en sus propios términos sin ayuda de dioses o de hombres. En
otras ocasiones, es en un momento de amor cuando los hombres descubren sus almas —y
difícilmente hay ninguna forma de amor puro conocido por la humanidad que La Ilíada no
trate. La tradición de la hospitalidad persiste, aun a través de varias generaciones, para
disipar la ceguera del combate:
Así soy para ti un amado huésped en el regazo de Argos... desviemos nuestras lanzas uno
del otro, aun en batalla.
Continuamente se describe el amor del hijo por sus padres, del padre por el hijo, de la madre
por el hijo, de una manera tan conmovedora como breve:
Respondióle Tetis derramando lágrimas: "¡Ay hijo mío! ¿Por qué te he criado si en hora
aciaga te di a luz?... ¡ya que tu vida ha de ser corta, de no larga duración!"
También el amor fraternal:
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Mis tres hermanos a quienes llevó mi madre antes que a mí, tan queridos...
El amor conyugal, condenado al pesar, es de asombrosa pureza. Imaginando las
humillaciones de la esclavitud que esperan a la esposa amada, el marido sufre la indignidad
que aun anticipadamente mancharía su ternura. ¿Qué puede ser más verdadero que las
palabras dichas por su esposa al hombre a punto de morir?
...más me valiera, al perderte, que la tierra me tragara. Ningún consuelo habrá para mí
cuando hayas encontrado tu destino cargado de muerte, sólo habrá pesar, sólo habrá dolor
para mí...
No menos conmovedoras son las palabras dirigidas a un marido muerto:
Querido esposo, moriste joven y me dejas viuda en el palacio, sumida en triste duelo. Y
nuestro hijo es aún infante, el hijo que tú y yo, unidos por el destino, engendramos.
Pienso que nunca llegará a la juventud... Porque no moriste en tu cama, sosteniendo mi
mano y diciéndome prudentes palabras que noche y día, para siempre, cuando llore,
puedan vivir en mi memoria.
La más hermosa amistad de todas, la amistad entre los compañeros de armas, es el tema
final de La Épica:
...pero Aquiles lloraba pensando en el amado camarada; el sueño que todo lo vence no le
llegaba; daba de vueltas una y otra vez.
Pero el más puro triunfo del amor, la corona de gracia de la guerra, es la amistad que fluye
de los corazones de enemigos mortales. Ante ella, un hijo asesinado o un amigo asesinado
ya no clama más venganza. Ante ella —aún más milagrosamente— la distancia entre
benefactor y suplicante, entre vencedor y vencido, se reduce a nada:
y cuando hubieron satisfecho el deseo de comer y de beber, Príamo Dardánida admiró la
estatura y el aspecto de Aquiles, pues el héroe parecía un dios; y, a su vez, Aquiles admiró
a Príamo Dardánida, observando su noble rostro y escuchando sus palabras. Y cuando se
hubieron deleitado con la contemplación uno del otro...
Estos momentos de gracia son raros en La Ilíada, pero son suficientes para hacernos sentir
con agudo pesar que es lo que la violencia ha matado y matará de nuevo.
Tal apilamiento de actos violentos tendría un efecto frígido, de no ser por la nota de
incurable amargura que continuamente se hace oír, aunque a menudo sólo una única
palabra, un mero acento del verso, o una línea inconclusa marque su presencia. Es en esto
en lo que La Ilíada es absolutamente única, en esta amargura que proviene de la ternura y
que se extiende a toda la raza humana, imparcial como la luz del sol. Nunca pierde el tono su
colorido de amargura; pero nunca cae la amargura en lamentación. Justicia y amor, que
difícilmente tienen lugar en este estudio de actos extremos y de actos injustos de violencia,
bañan, sin embargo, la obra en su luz, sin hacerse notorios por sí mismos, excepto por una
especie de acento. No se desprecia nada precioso, sea o no la muerte su destino; la
desdicha de cada uno se muestra desnuda, sin disimulo ni desdén; ningún hombre es
colocado por arriba o por abajo de la condición común a todos los hombres; todo lo que se
destruye se lamenta. Vencedores y vencidos nos son presentados con igual cercanía; a
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6/9/2021 La Ilíada o el poema de la fuerza / Simone Weil (1940)

igual título se ve a ambos como contrapartes del poeta y del que escucha. Si hay alguna
diferencia, ésta es que las desgracias del enemigo son quizá más agudamente sentidas.
Así cayó ahí, a dormir el sueño de bronce, ¡desdichado!, lejos de su esposa, defendiendo a
su pueblo...
¡Y qué acentos hacen eco al destino del muchacho que Aquiles vendió en Lemnos!
...estuvo celebrando con sus amigos durante once días su regreso de Lemnos; mas al
duodécimo, un dios le hizo caer nuevamente en manos de Aquiles, quien debía mandarlo
al Hades sin que él lo deseara.
Y el destino de Euforbo, quien vio un solo día de guerra.
...se empaparon de sangre sus cabellos, semejantes a los de las Gracias.
Cuando se llora a Héctor:
Guardián de castas esposas y de niños pequeños.
En estas cuantas palabras aparecen la castidad manchada por la fuerza y la niñez
entregada a la espada. La fuente a las puertas de Troya se convierte en objeto de punzante
nostalgia cuando Héctor corre a su lado buscando eludir su condena:
...cerca hay unos grandes y hermosos lavaderos de piedra, donde las esposas y las bellas
hijas de los troyanos solían lavar sus magníficos vestidos en tiempos de paz, antes de que
llegaran los aqueos. Por allí pasaron, perseguido y perseguidor.
Toda La Ilíada se encuentra bajo la sombra de la más grande calamidad que la raza humana
pueda experimentar —la destrucción de una ciudad. Esta calamidad no podría desgarrar
más el corazón del poeta de haber nacido en Troya. Pero el tono no es diferente cuando los
aqueos mueren, lejos de su hogar.
En cuanto a esta otra vida, la vida de los vivos, aparece calma y plena, las breves
evocaciones del mundo de la paz se sienten como un dolor:
Rompía el alba y se levantaba el día, y ya en ambos lados volaban las flechas y caían los
hombres.
A la misma hora en que el leñador prepara su almuerzo en los valles montañosos, cuando
sus brazos están hartos de cortar los grandes árboles, y el disgusto surge en su corazón, y
el deseo por el dulce alimento se apodera de sus entrañas, a esa hora, por su valor los
dánaos rompieron las falanges teucras.
La Ilíada envuelve en poesía todo lo que no es la guerra, todo lo que la guerra destruye o
amenaza; las realidades de la guerra, nunca. Ninguna reticencia vela el paso de la vida a la
muerte:
entonces le salieron volando los dientes; de los dos lados la sangre le llegó a los ojos; la
sangre que de los labios y la nariz iba derramando, con la boca abierta; la muerte lo
envolvió como una negra nube.
La fría brutalidad de los hechos de guerra se deja sin disfraz; no se hace mofa ni del
vencedor ni del vencido y no son ni admirados, ni odiados. Casi siempre el destino y los
dioses deciden el cambio de la suerte en la batalla. Dentro de los límites fijados por el
destino, los dioses determinan con soberana autoridad la victoria y la derrota. Son ellos
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siempre quienes provocan esos ataques de locura, esas perfidias que están constantemente
bloqueando la paz; la guerra es su verdadero negocio; sus únicos motivos, el capricho y la
malicia. En cuanto a los guerreros, vencedores o vencidos, esas comparaciones que los
asemejan a bestias o cosas no pueden inspirar ni admiración ni desprecio, sino sólo pesar
de que esos hombres sean capaces de ser transformados así.
Es posible que haya, ignoradas por nosotros, otras expresiones del extraordinario sentido de
la equidad que respira a través de La Ilíada; pero ciertamente no ha sido imitado. Apenas se
da uno cuenta que el poeta es un griego y no un troyano. El tono del poema proporciona una
clave directa al origen de sus partes más antiguas; la historia quizá nunca será capaz de
decirnos más. Si uno cree con Tucídides que ochenta años después de la caída de Troya
los aqueos a su vez fueron conquistados, uno se puede preguntar si estos cantos, con sus
pocas referencias al hierro, no son los cantos de un pueblo conquistado, del cual algunos
fueron al exilio. Obligados a vivir y a morir, "muy lejos de la patria" como los griegos que
cayeron ante Troya, habiendo perdido sus ciudades como los troyanos, veían su propia
imagen tanto en los conquistadores, quienes habían sido sus padres, como en los
conquistados, cuya miseria era como la propia. Todavía podían ver la guerra de Troya
después de ese breve lapso de años a su verdadera luz, no glosada aún ni por el orgullo ni
por la vergüenza. Podían mirarla simultáneamente como conquistados y como
conquistadores, y así percibir lo que ni conquistador ni conquistado nunca vio, porque
ambos estaban cegados. Desde luego que esto es una mera imaginación; sólo se pueden
ver tiempos tan distantes con la luz de la imaginación.
En todo caso, este poema es un milagro. Su amargura es la única amargura justificable,
porque brota del avasallamiento del espíritu humano por la fuerza, esto es, en último
análisis, por la materia. Este avasallamiento es la suerte común, aunque cada espíritu lo
soporta de manera diferente, en proporción a su propia virtud. A nadie en La Ilíada se le
ahorra, al igual que a nadie sobre la tierra. Ninguno que sucumbe a él es por este hecho
mirado con desprecio. Quienquiera que en el interior de su propia alma y en las relaciones
humanas escapa al dominio de la fuerza es amado, pero amado pesarosamente por la
amenaza de destrucción que constantemente pende sobre él.
Tal es el espíritu de la única verdadera épica que el Occidente posee. La Odisea parece tan
sólo una buena imitación, a veces de La Ilíada, a veces de poemas orientales; La Eneida es
una imitación que por brillante que sea está desfigurada por la frigidez, la ostentación y el
mal gusto. Las canciones de gesta, careciendo del sentido de la equidad, no podrían
alcanzar la grandeza: en la Chanson de Roland la muerte de un enemigo no duele ni al autor
ni al lector de la misma manera que la muerte de Rolando.
La tragedia ática, o en cualquier caso la tragedia de Esquilo y de Sófocles, es la verdadera
continuación de la épica. La concepción de la justicia la ilumina sin intervenir directamente
en ella; aquí, la fuerza aparece en su frialdad y dureza, siempre acompañada de los efectos
de cuya fatalidad no escapan ni los que la usan ni los que la padecen; aquí, la vergüenza del
espíritu coercido ni se disimula, ni se envuelve en fácil piedad, ni se exhibe a nuestro
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desprecio; aquí, más de un espíritu herido y degradado por la desgracia se ofrece a nuestra
admiración. Los Evangelios son la última maravillosa expresión del genio griego, así como
La Ilíada es la primera: en ellos el espíritu griego se revela no sólo en el mandato dado a la
humanidad de buscar el amor por encima de todos los bienes, "el reino y la justicia de
nuestro Padre Celestial", sino también en el hecho de que el sufrimiento humano se expone
desnudo, y lo vemos en un ser quien es a la vez divino y humano. El relato de la Pasión
muestra que un espíritu divino, encarnado, es cambiado por la desgracia, tiembla ante el
sufrimiento y la muerte, se siente, en las profundidades de su agonía, separado de los
hombres y de Dios. El sentido del infortunio humano da a los Evangelios ese acento de
simplicidad que es la marca del genio griego, y que dota a la tragedia griega y a La Ilíada de
todo su valor. Ciertas frases tienen un raro eco evocador de la épica y es el muchacho
troyano despachado al Hades, aunque no quiere ir, quien viene a la mente cuando Cristo
dice a Pedro: "Otro te ceñirá y te llevará a donde tú no querías". Este acento no se puede
separar de la idea que inspira los Evangelios, porque el sentido de la miseria humana es una
precondición de la justicia y del amor. Aquel que no se da cuenta hasta qué grado la
cambiante fortuna y la necesidad mantienen en subyugación a todo espíritu humano, no
puede mirar como semejantes ni amar como se ama a sí mismo a aquellos a quienes el azar
separó de él por un abismo. La diversidad de coerciones que apremian al ser humano da
lugar a la ilusión de varias distintas especies que no pueden comunicarse. Sólo aquel que
ha medido el dominio de la fuerza, y sabe cómo no respetarla, es capaz de amor y justicia.
Las relaciones entre la fatalidad y el alma humana, el grado hasta el cual cada alma crea su
propio destino, la cuestión de cuáles elementos en el alma sufren transformación por la
implacable necesidad a medida que se ajusta el alma a los requerimientos del cambiante
hado, y por otro lado, cuáles elementos son los que se pueden preservar a través del
ejercicio de la virtud y por efecto de la gracia, toda esta cuestión está cargada de
tentaciones de falsedad, tentaciones positivamente reforzadas por la soberbia, la vergüenza,
el odio, el desprecio, la indiferencia, por la voluntad de olvidar o por la ignorancia. Aún más,
nada es tan poco frecuente como ver la desventura retratada con equidad; la tendencia es
tratar al desventurado como si la catástrofe fuera su vocación natural, o ignorar los efectos
de la desgracia en el alma, esto es, suponer que el alma puede sufrir y no quedar marcada
por ello, que puede, de hecho, no permitir ser modificada a imagen de la desgracia. Los
griegos, generalmente hablando, estaban dotados con una fuerza espiritual que les permitía
evitar el autoengaño. La recompensa de esto fue grande; descubrieron cómo lograr en todos
sus actos la máxima lucidez, pureza y simplicidad. Pero el espíritu que fue transmitido de La
Ilíada a los Evangelios vía los poetas trágicos, nunca saltó las fronteras de la civilización
griega; una vez destruida Grecia, nada quedó de su espíritu, excepto pálidos reflejos.
Ambos, los romanos y los hebreos, se creían exentos de la miseria que es la suerte humana
común. Los romanos veían a su nación como la escogida para ser la señora del mundo; con
los hebreos, era su Dios quien los exaltaba, y retenían su posición superior en tanto Lo
obedecieran. Extranjeros, enemigos, pueblos conquistados, súbditos, esclavos, eran objeto
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de desprecio para los romanos; y los romanos no tuvieron épica, ni tragedias. En Roma la
lucha gladiatoria tomó el lugar de la tragedia. Con los hebreos, la desgracia era un
indicación segura de pecado y, por tanto, objeto legítimo de desprecio; para ellos, un
enemigo era aborrecible a Dios mismo y condenado a expiar toda clase de delitos —este es
un punto de vista que hace permisible la crueldad y en realidad indispensable. Ningún texto
del Antiguo Testamento da una nota comparable a la nota que se oye en la épica griega, a
no ser ciertas partes del libro de Job. A lo largo de veinte siglos de cristianismo, los romanos
y los hebreos han sido admirados, leídos, imitados, en palabra y en obra; sus obras
maestras han proporcionado la cita pertinente cada vez que alguien quiere justificar un
crimen.
Aún más, el espíritu de los Evangelios no ha pasado en estado puro de una generación
cristiana a la siguiente. Soportar el sufrimiento y la muerte alegremente se consideró desde
el comienzo mismo como señal de la gracia en los mártires cristianos —como si la gracia
pudiera hacer más por un ser humano de lo que pudo hacer por Cristo. Aquellos que creen
que Dios mismo, una vez que se hizo hombre, no pudo enfrentar la aspereza del destino sin
un largo estremecimiento de angustia, debieran haber comprendido que el único pueblo que
puede dar la impresión de haber accedido a un plano superior, que parece superior a la
miseria humana ordinaria, es el pueblo que apela a las ayudas de la ilusión, la exaltación, el
fanatismo, para ocultar a sus propios ojos la aspereza del destino. El hombre que no usa la
armadura de la mentira no puede experimentar la fuerza sin ser alcanzado por ella hasta el
alma. La gracia puede impedir que este toque lo corrompa, pero no le puede ahorrar la
herida. Habiéndolo olvidado demasiado bien, la tradición cristiana puede sólo en raras
ocasiones recuperar esa simplicidad que hace tan dolorosa cada frase de la historia de la
Pasión. Además, la práctica de imponer la conversión por la fuerza arrojó un velo sobre los
efectos de la fuerza en las almas de aquellos que la realizaron.
Pese a la breve intoxicación provocada en la época del Renacimiento por el descubrimiento
de la literatura griega, no ha habido, en el transcurso de veinte siglos, reaparición del genio
griego. Algo de ello se ve en Villon, en Shakespeare, Cervantes, Molière y —sólo una vez—
en Racine. Los huesos del sufrimiento humano se exponen en L'école des femmes y en
Phèdre, en el contexto del amor —extraño siglo en verdad, que tomó el punto de vista
opuesto al del periodo épico, y sólo reconoce el sufrimiento humano en el contexto del amor,
mientras insiste en cubrir de gloria los efectos de la fuerza en la guerra y en la política. A la
lista de escritores dada arriba, unos cuantos nombres más se podrían añadir. Pero nada que
los pueblos de Europa hayan producido vale el primer poema conocido que apareció entre
ellos. Quizá todavía descubran el genio épico, cuando hayan aprendido que no hay refugio
que proteja del destino, aprendido a no admirar la fuerza, a no odiar al enemigo, a no
burlarse del desafortunado. Qué tan pronto ocurra esto, es otro asunto.

Fuente: http://www.uam.mx/difusion/revista/feb2001/selva.html

https://www.revistaadynata.com/post/la-ilíada-o-el-poema-de-la-fuerza-simone-weil-1940 19/21
6/9/2021 La Ilíada o el poema de la fuerza / Simone Weil (1940)

Mark Linsenmayer

https://www.revistaadynata.com/post/la-ilíada-o-el-poema-de-la-fuerza-simone-weil-1940 20/21

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