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Antología de la Narrativa

Lambayecana Contemporánea

Rogelio Vilcherrez Chozo


Chiclayo - 2020
Presentación

Nuestra región Lambayeque siempre ha sido cuna de poetas y narradores. Cada año,
lustro o década, han surgido nuevos valores de las letras que han sabido impregnar en
sus obras no sólo el espacio geográfico, las costumbres y los sueños lambayecanos; sino
que, además, han testimoniado su interés hacia los grandes temas universales como el
amor, la amistad, el mundo rural y citadino, la justicia, los conflictos sociales, los
misterios, etc. Junto al país, nuestro departamento tiene su particular proceso literario
que se nutre de la tradición, de las condiciones sociales, económicas e históricas de cada
época y de los ideales de cada generación. Siempre hace falta, por supuesto una
exhaustiva investigación de la historia y crítica de la literatura lambayecana porque este
arte de la palabra es dinámico y cada vez hay nuevas voces literarias. Algunos esfuerzos
valiosos de la investigación literaria como los de Max Dextre, Luis Rivas Rivas Rivas,
Bernardo Tineo Tineo, Nicolás Hidrogo, Gilbert Delgado Fernández, entre otros, sientan
las bases del dinamismo cultural – literario que constantemente se gestan obras de
calidad estética en estos lares lambayecanos.
Nombres como José Eufemio Lora y Lora (Jelyl), Juan José Lora, Nicanor de la
Fuente (Nixa), Alfredo José Delgado Bravo (autor de la letra del himno a Chiclayo) son
como hitos en este largo panorama y quehacer literario. Pero hoy, nuevas voces poéticas
y narrativas se dejan oír y leer con características y temáticas tan diversas como
interesantes. Más allá de los criterios curriculares en cuanto a la enseñanza de la
literatura -que, desde hace algunos años, viene recomendado la lectura de los autores
regionales-, creemos que la educación básica debe considerar, cada vez con más atención
y decisión, la lectura de los autores lambayecanos porque son un buen recurso para
estimular el hábito lector, el conocimiento de la realidad local, la reflexión sobre el
significado de ser lambayecanos, de compartir el mismo espacio geográfico y la tradición
literaria e histórica.
Es bien sabido que, tras la concesión del Premio Nobel a Mario Vargas Llosa,
nuevos vientos soplan en la literatura peruana. El oficio de escritor ha adquirido un
nuevo status. Esta nueva realidad es buena en cuanto se viene constatando -de modo
particular, en la región Lambayeque- una gran efervescencia por la creación literaria y
una gran cantidad de publicaciones como no se había visto antes. Cierto es que la
tecnología ayuda en el trabajo y la disminución de los costos de la edición de un libro.
Pero, al mismo tiempo, esta abundancia de producción exige a lectores, docentes y
padres de familia criterios pertinentes de elección para asegurar lecturas provechosas en
los estudiantes.
Es el tiempo de valorar el trabajo creador de nuestros narradores locales.
Sabemos del gran esfuerzo que realizan no solo en la gestación de su obra; sino, además,
por todos los obstáculos que vencen hasta lograr su publicación. Nuestros escritores
lambayecanos vienen trabajando con gran dedicación y con el compromiso de ofrecer
obras literarias, cada vez, con la mayor calidad posible. En este sentido, nuestra
comunidad lambayecana debe propiciar su conocimiento y difusión. Varios de los
narradores incluidos en la presente antología tienen libros que son leídos, desde hace
varios años, en diversas instituciones educativas; como es el caso de Andrés Díaz Núñez
y su novela Rastros sangrantes. Creemos que, en los actuales tiempos, se trata de abrir
las puertas a nuevos y talentosos autores lambayecanos que vienen realizando un valioso
aporte a la literatura y cultura regional.
Por todo ello, nos proponemos realizar la investigación titulada Antología de textos
de la narrativa regional contemporánea para promover la comprensión lectora en los
estudiantes del nivel secundario. Con tal propósito, se ha elaborado la presente
ANTOLOGÍA DE LA NARRATIVA LAMBAYECANA CONTEMPORÁNEA, orientada a
fomentar la lectura de la narrativa breve (cuentos) de nuestros autores locales. La obra
de cada uno de ellos tiene un valor particular que es menester aprovechar en las aulas.
Sabemos también que este trabajo constituye un primer granito de arena. Y que
anhelamos que otros investigadores y docentes se sumen a este anhelo y amplíen y
enriquezcan esta propuesta. Hemos considerado once narradores lambayecanos
agrupados en seis ejes temáticos: Leyenda urbana, Leyenda rural, Leyenda rural
carnavalizada, Inseguridad ciudadana, A un paso de la realidad, y Realidad onírica.
Pero, sumado a la selección de textos, se ha elaborado un conjunto de actividades para
cada cuento con el propósito de lograr que los estudiantes del Quinto Año de Educación
Secundaria logren, principalmente: un significativo acercamiento cognitivo al texto, una
exploración causal de los hechos, un énfasis en el ejercicio de la actitud crítica, la
apreciación del lenguaje narrativo, la investigación de datos relevantes y el estímulo de
la creatividad a partir de cada cuento leído. Se ha evitado proponer actividades
sofisticadas y se ha optado, más bien, por preguntas directas considerando lo que el
teórico peruano Miguel Ángel Huamán Villavicencio denomina valor dialógico de la
literatura. Asimismo, se presentan notas biobliográficas, bastante breves, con los datos
suficientes para que los estudiantes tengan una rápida referencia de cada autor.
Queda a consideración de los docentes esta propuesta de antología con actividades,
esperando sea de beneficio para el trabajo de lectura crítica y creativa de textos narrativos
y para el gran objetivo de impulsar la lectura, en el nivel secundario, de las obras
narrativas de nuestra localidad.

Chiclayo, agosto del 2020.


Mgtr. Rogelio Vilcherrez Chozo
Dedicatoria
A Yolanda, amorosa madre y a José, abnegado padre;
mis queridos hermanos y sobrinos.
A mi oasis de amor, Ruth Chamba Gelacio.

A las estudiantes lourdinas pomalqueñas


Que abrigan una esperanza
En sus mentes y corazones.

A todos los estudiantes lambayecanos


Que aman las bellas costumbres
de esta hermosa región norteña.

Agradecimiento
A la Maestra: Dra. Bertila Fernández Hernández
por orientar acertadamente la Investigación Educativa,
en el Doctorado de la UCV - Chiclayo.

A mis amigos del alma:


Pedro Manay Sáenz y Gilbert Delgado Fernández
por sus valiosas orientaciones.

A los Maestros:
Dr. Miguel Ángel Huamán Villavicencio y
Dr. Nixo Martínez Cabrejos
por su apoyo en la bibliografía.

A los presentes narradores lambayecanos que han hecho posible


la publicación de esta Antología.
Índice

I. LEYENDA URBANA
Viaje nocturno de un escritor / Andrés Díaz Núñez
El hombre gato / Gilbert Delgado Fernández
La muñeca Alicia / Tomás Serquén Montehermozo

II. LEYENDA RURAL


Lupita / Teresa Menor Alarcón
El llamado de Uchima-Chikan / Marcos Coronado Terrones

III. LEYENDA RURAL CARNAVALIZADA


Marca Inri / Rully Falla Failoc
El único / Beder Bocanegra Vilcamango

IV. INSEGURIDAD CIUDADANA


Las profesiones / Pedro Manay Sáenz
El botoncito / Segundo Vásquez Tirado

V. A UN PASO DE LA REALIDAD
A esa hora del día / Nicolás Hidrogo Navarro
La cuchara de papá / Dandy Berrú Cubas

VI. LA REALIDAD ONÍRICA


¡Gracias a Dios, es viernes! / Sandro Nizama Flores
I. LEYENDA URBANA

Viaje nocturno de un escritor


Andrés Díaz Núñez
ANDRÉS DÍAZ NÚÑEZ
Escritor nacido el año 1943, en un pueblo
llamado Chames (provincia de Chota);
pero radicado en Chiclayo desde hace
muchos años. Fue Docente de Lengua y
Literatura del Centenario colegio Nacional
de San José. Luego, pasó a laborar por
largos años en la Universidad Nacional
Pedro Ruiz Gallo de Lambayeque. Cultiva
la poesía, el cuento y la novela. Ha
publicado: Piedra dura y corazón sensible,
El doctor Crúdel, Los hombres que parecen
sombras, Rastros sangrantes, Paredes de
viento. Obra inédita: Los compadres de la
noche.
Dicen que mañana me ahorcarán en el parque principal, y que habrá misa de cuerpo
presente, quema de cohetes y banda de música, para que sirva de escarmiento a mis
compañeros; pero yo confieso que soy inocente de lo que me acusan, que mi conciencia
está limpia como un diamante; se lo juro, por los huesos de mi madrastra que están en
el museo. Yo, simplemente, esa noche de lo sucedido, estuve viajando a Concochinán
para presentar el cuento Viaje nocturno de un escritor en los Juegos Florales convocado
por la Universidad Los Luceros. Estoy convencido que Viaje nocturno de un escritor es
un cuento mal agüero porque, cuando el anteaño pasado, lo envié a Francia para un
concurso literario, uno de los miembros del jurado calificador se había suicidado en
plena lectura y, dentro de un ataúd, me enviaron el cadáver. El año pasado, lo envié a
Colombia. Como respuesta, leí en un periódico que el cartero, el cual tenía por costumbre
violar la correspondencia, había sido atacado por el mal de la tartamudez. Por eso, esta
vez decidí quemar el original, aun los primeros bocetos del cuento; pero mis amigos del
Grupo Literario Pirca se opusieron rotundamente y más bien, espontáneamente,
financiaron mis pasajes para que lo trajera, personalmente, a este pueblo que sólo
conocía de nombre. A las siete de la noche, partí de Chalamar. El paisaje se dibujaba con
los rayos de la luna y el claror de las estrellas. La pista, como una cinta negra, se perdía
por el desierto. En la berma, de vez en cuando, se ponían de pie una, dos o más cruces.
El viento, golpeándose la boca en los páramos, levantaba nubes y pájaros dormidos. Por
una ventana, entraron dos lechuzas y un pelícano que, con sus graznidos y aleteos
asustados, despertaron a la mayoría de pasajeros. Algunos lanzaban carcajadas y otros
tiraban maldiciones por haberles quitado el sueño o ensuciado la ropa. El chofer
continuaba manejando el ómnibus con toda tranquilidad; él, según los comentarios,
estaba acostumbrado a presenciar estos percances y otros más, y que los contaba sólo
cuando bebía unos tragos de pisco.

Cuando estuvimos en el corazón del desierto, el ómnibus se detuvo bruscamente.


Subió una señorita. Claramente, el viento agujereaba su chompa blanca y su vestido
celeste. ¡Qué hermosa mujer! Espigada, alta, mejillas rosadas, ojos resplandecientes,
cabellos rubios, sonrisas angelicales. Mi corazón se reventaba, quería hablar. Este asiento
está desocupado, informó el controlador señalando el número siete que estaba a mi
costado izquierdo. Buenas noches, señorita. Buenas noches, caballero. Mejor, buenos
días porque ya son las tres de la mañana. Imagínese, nadie ha querido recogerme. Más
de tres horas, botada allí, en el páramo. No sé de dónde saqué valor y le dije: Quiero tocar
tus manos; deben estar frías. Eso es poco, están heladas. Su respuesta me indujo para
darle mi casaca. Ponte, amiga, con toda confianza. Como tú ves, yo estoy bien abrigado;
quedo aún con chompa y bufanda. Y dime, ¿viajas también a Concochinán? Sí, allí vivo.
¿Estudias? Enfermería, en la Universidad Los Luceros. ¡Qué bien!, me gustaría saber tu
nombre. Lesisgua Sucse, ¿Y el tuyo? Adelino Claridel, vivo en Chalamar. Estoy viajando
a Concochinán para dejar un cuento en la Universidad Los Luceros. ¡Ah!, vas a
presentarte en los juegos florales, me interrumpió. Yo también concursé hace tres años;
me gustaría leer tu creación literaria. Amablemente, le entregué el fólder con el cuento.
Después que terminó de leerlo, me miró con una sonrisa mojada y dijo: quiero que
me autorices para copiarlo mientras el ómnibus avanza su marcha; pero, como noto que
tienes cierta desconfianza, toma mi anillo, póntelo y, en este autógrafos, anota algún
verso tuyo y fírmalo. Muy bien, contesté a secas, un tanto desconcertado; pero, de
inmediato, reaccioné y le dije amablemente: Cómo voy a desconfiar de ti, niña
hechizadora. Sonrió suavemente y se reclinó en mi hombro; aproveché aquel instante
para darle un beso. Sus labios estaban gélidos como trozos de hielo.

Mientras ella copiaba el cuento, apoyada en ambas rodillas, observé el anillo, el


cual había sido de su promoción; luego, pasé la mirada al autógrafos (tenía poemas,
dedicatorias, direcciones, firmas). Mis ojos rápido viraron hacia su rostro. Mire y mire
estuve largo rato. Ella ni siquiera volteó la mirada; atentamente, proseguía anotando.
Estaba tan absorta en la escritura que ni siquiera se dio cuenta de mis bostezos y
estirones de brazos que luchaban contra el sueño. Prácticamente, dos noches
consecutivas no había cerrado los ojos; la noche anterior la hube pasado discutiendo con
mi esposa. Ella decía que soy un ocioso, haragán, que me contento con lo poco que gano
como Secretario del Concejo de Chalamar, tan sólo por dedicarme a escribir cuentos y
novelas que sirven para incrementar la basura. Por eso, ahora, mi cabeza parecía una
pelota bailando sobre un dedo; los párpados, pesadas cortinas; el sueño, un río de aguas
tibias y adormecedoras. Me quedé dormido.

Pueden bajar, señores pasajeros; ya estamos en el terminal, anunció una voz


altisonante, trasnochada. Naturalmente, yo di un sobresalto abriendo los ojos. Seguro,
habré roncado como cerdo, ¡qué vergüenza!; ¡pero Lesisgua no está! Bajó en la entrada
de Concochinán, dijo el controlador rascándose la cabeza. Se ha llevado mi casaca y el
cuento. Menos mal, aquí, en el autógrafos, está su dirección: Calle Las Amapolas N° 854,
Concochinán. Tomé un taxi. En menos de diez minutos, llegué a la dirección ansiada.
Toqué la puerta. ¿A quién busca?, preguntó una señora llorosa, bostezando. A la señorita
Lesisgua Sucse. Ella murió hace tres años en un accidente automovilístico. Mentira,
señora, no está muerta; hoy he viajado con ella desde las tres de la mañana; y, para mayor
prueba, aquí tengo su anillo y un autógrafos que me dio en el viaje. Si es así, pase
caballero; pero tiene que esperar un momento.

A la carrera, salió del interior una señorita parecida a Lesisgua. Posiblemente, era
su hermana menor, también linda flor. Y, con la misma prisa, se fue a la calle. Después
de un rato, llegó con tres policías armados. La señora, entre lágrimas, informó a los
gendarmes que en esa casa, la noche anterior, habían robado dinero, artefactos y joyas y
que, entre esos artículos robados, estaba el anillo que portaba en mi dedo el cual
pertenecía a su finada hija Lesisgua y que los malhechores habían olvidado una casaca
de cuero con una libreta electoral que responde al nombre de Adelino Claridel. ¿Y tú
cómo te llamas? Adelino Claridel, jefe. No hay nada que hacer; todo está más claro que
la luz del sol, dijo el policía gordo empuñándome del cuello. Tú eres uno de los sujetos
que han robado a estas mujeres indefensas. ¡Sube, carajo! Esposado, a patadas e insultos,
me condujeron a esta celda. Y ahora dicen que mañana me ahorcarán en el parque
principal.
VIAJE NOCTURNO DE UN ESCRITOR

ACTIVIDADES

A) ACERCAMIENTO AL TEXTO
1. Comentario acerca del título.
2. ¿Coincide el comienzo con el final del cuento?
3. Si coindice, ¿qué técnica narrativa ha empleado el autor?
4. ¿Cuántos párrafos tiene el cuento?
5. ¿Qué género literario es?
6. ¿Qué especie literaria es?

B) DATOS BÁSICOS DEL CUENTO


1. ¿Cómo se titula el cuento?
2. ¿Quién es el autor?
3. ¿Para qué viajaba Adelino Claridel a Concochinán?
4. ¿Cómo se llama la universidad organizadora de los juegos florales?
5. ¿Por qué Adelino cree que el cuento es mal agüero?
6. ¿Qué hicieron sus amigos del Grupo Pirca?
7. ¿En qué ciudad vivía el personaje?
8. ¿Qué aves entraron por una ventana del ómnibus?
9. ¿Quién subió al ómnibus en el desierto?
10. ¿Dónde estudiaba la muchacha?
11. ¿Cómo se llamaba la muchacha?
12. ¿Qué fue lo que pidió copiar la señorita?
13. ¿Qué cosas se había llevado Lesisgua?
14. ¿Cuál era la dirección de Lesisgua?
15. ¿Qué cosas increíbles le pasaron a Adelino al llegar a esa dirección?

C) EL POR QUÉ DE LAS COSAS


1. ¿Por qué Adelino era criticado por su esposa?
2. ¿Por qué Adelino se sintió atraído por Lesisgua?
3. ¿Por qué la señora de la casa llamó a la policía?
4. ¿Por qué iba a ser castigado Adelino?

D) INTERPRETAR PARA MEJOR ENTENDER


1. ¿Por qué crees que el autor llama a la universidad con el nombre de “Los Luceros”?
2. ¿Qué podrían significar los nombres Adelino Claridel y Lesisgua Sucse?
3. ¿Qué explicación le darías a los toponímicos (nombres de lugares) Concochinán y
Chalamar?
4. ¿Por qué dirías que los choferes no querían recoger a Lesisgua en el desierto?
5. ¿Cuál sería tu explicación de las manos tan frías de Lesisgua?
6. ¿Encuentras alguna razón para que la calle de Lesisgua se llame “Las Amapolas”?
7. ¿La frase “viaje nocturno” podría referirse a los oscuros momentos que le iba a tocar
vivir a Adelino? ¿Por qué?
E) EJERCIENDO UNA ACTITUD CRÍTICA
1. ¿Crees que tenía razón Adelino en considerar a su cuento como de mala suerte? ¿Por
qué?
2. ¿Hizo bien el chofer en recoger a Lesisgua? Explica.
3. ¿Hacía bien la esposa en criticar a Adelino? ¿Por qué?
4. ¿Crees que lo leído en el cuento pueda suceder en la vida real? Fundamenta.
5. ¿Consideras justo lo sucedido a Adelino Claridel? Sustenta.
6. ¿Por qué razones consideras que “Viaje Nocturno de un Escritor” es un buen cuento?

F. VARIEDADES
1. ¿Te hace recordar este cuento a alguna otra historia parecida, sea en cuento, leyenda,
película, etc.? Cuenta.
2. ¿Consideras que es un cuento de misterio? ¿Por qué?
3. ¿A qué se denomina “Leyenda urbana”? Investiga y responde.
4. ¿Existió, en la vida real, el Grupo Literario Pirca? De ser real, ¿quiénes lo integraron?

G. CREATIVIDAD
1. Continúa el cuento dándole un final favorable para Adelino.
2. ¿Qué le dirías a Andrés Díaz Núñez acerca de este cuento? Escribe.
3. Elabora una imagen relacionada con el momento del cuento que más te impresionó:
puede ser dibujo, pintura, collage con figuras recortadas o diseño en Paint.
4. Basándote en “Viaje Nocturno de un Escritor”, escribe tu propio cuento. Ilústralo.
El hombre gato
Gilbert Delgado Fernández
GILBERT DELGADO FERNÁNDEZ
Escritor nacido en Chiclayo el año 1969.
Docente de Lengua y Literatura. Cultiva la
poesía, el ensayo y la narrativa. Es
importante crítico literario. Ha publicado:
El gesto de la Monalisa, Los siete pecados
capitales de la educación actual, El efecto
posnóbel en la literatura lambayecana,
Las calaveras están, por ahí, escondidas.
Las experiencias que nos marcan con mayor fuerza son aquellas localizadas en el
transcurso de nuestra niñez. Particularmente, yo guardo un recuerdo que, sin duda,
contribuyó a forjar mi carácter escéptico con respecto de todo aquello relacionado con lo
sobrenatural y que me empujó a indagar siempre por una explicación racional de los
hechos.

Fue en uno de los veranos más calurosos de la década de los 70’s. La noticia más
impactante de esa época fue la relacionada con un accidente vehicular que ocasionó la
muerte de un joven cantante, Luis Manuel Ferri, a quien los amantes de las baladas
románticas más conocen como Nino Bravo. Hoy, cuando veo sus vídeos en blanco y
negro, me cuesta creer que haya transcurrido tanto tiempo. Sin embargo, al recordar la
ingenuidad de la gente de aquel entonces, arribo a la convicción que sí, efectivamente,
ha pasado mucho tiempo.

El hecho es que la otrora Cooperativa sorteó, entre sus socios, los chalets de una
moderna urbanización por estrenar. Se ubicaba fuera de la urbe tradicional, más bien
colindante con el campo y a menos de un kilómetro de un Cementerio Viejo. Un poco
más allá, se ubicaba la huaca de San Juan. Desde la ventana de nuestro segundo piso,
podíamos ver, destacando entre los matorrales, la joroba emergente y las cruces cual
mástiles de veleros en zozobra de lo que, en otro tiempo, fue un santuario pagano y,
luego, un cementerio cristiano. Hoy, una loma que provocaba inverosímiles relatos.

El proyecto no había cumplido su fecha de culminación. Faltaban las instalaciones


eléctricas y las chapas de las puertas. Aun así, se dio la orden de mudanza hacia las
nuevas viviendas.

Mi padre se encontraba entre los felices premiados. Recuerdo que llegó con un
manojo de llaves, rutilantes por lo nuevas, y nos entregó una a cada uno; por fin
tendríamos habitación independiente. Fue entonces cuando dejamos las construcciones
de adobe coronadas por planchas de Eternit y entramos a la modernidad de los
novedosos ladrillos de concreto y techos aligerados con armazón de fierro.

La expectativa no pudo ser más grande: casa nueva, nuevos amigos, parque nuevo,
habitación propia… Sin embargo, el mayor atractivo lo constituyó una acequia industrial
que se ubicaba entre lo que hoy es el camino que separa Miraflores de San Isidro y San
Borja (aunque suene capitalino, no lo es). Todos acudían a ese canal enchapado de
cemento con la intención de aplacar las sofocantes brasas del verano en sus cristalinas y
frescas aguas. A mediodía, debido a la afluencia de la gente, ese lugar se convertía en una
verdadera playa que en nada envidiaba a la de Pimentel. Pero si los días en nuestra nueva
estancia eran de lo más festivos; las noches habrían de ser espeluznantemente lúgubres.

Desde la primera medianoche, la gente se había alarmado por unos pasos que
habrían retumbado en los techos de las seis casas juntas que constituían, en hilera, una
de las manzanas. Se armó un tremendo bullicio en la calle. Todos acudieron a estrenar
sus afectos solidarios de nuevos vecinos. ¿Quién pudo haber sido? Era fácil pensar en un
ladrón, pues debido a la reciente mudanza las pertenencias habían sido hacinadas en las
salas de espera de las viviendas. Además, aún no se habían colocado las chapas de las
puertas, por lo que fueron sujetadas a la jamba o marco con soguillas o alambres. Esa
primera noche, no hallaron huella que permitiera plantear alguna hipótesis.
Al día siguiente, toda la urbanización estuvo enterada del hecho. En la acequia, la
multitud no habló de otra cosa. Pero esa noche, el terror se repitió. Nuevamente, los
pasos de un hombre correteando por los techos y ocasionando un ruido atronador debido
a lo contundente de sus pisadas, nos quitó el sueño. Los moradores ya habían preparado
sus linternas con que hurgar en la penumbra, de darse el caso. Pero este pesado tipo, en
contradicción, era tan ágil que desaparecía en el acto sin dejar rastro. Trepar y
descolgarse de un segundo piso, con tanta presteza, no era cosa fácil.

Al otro día, toda la iglesia murmuraba sobre el hecho. En su homilía, el sacerdote


incitó al arrepentimiento de los no identificados ladrones y a la calma de los vecinos.

El asunto se fue complicando. Debido a la alerta, esta vez, habían captado con más
detalle el ruido de las pisadas. El peso de un hombre, por más robusto que fuera, no
podría causar tal estrépito. Empezaron a aparecer testigos oculares. Se describía al sujeto
de los techos con una estatura que sobrepasaba a la de dos hombres juntos. Eso
justificaba el peso de sus pisadas. Con respecto de su agilidad, no estaban seguros, pero
concordaron en que su rostro no era humano… tenía la cabeza de un felino. Era un buen
dato para entender su dinamismo. Este tipo, de quien se decía no llevar camisa ─era de
esperarse debido a la estación─, daba tales zancadas que atravesaba la acequia sin
esfuerzo para dirigirse, por entre el monte, hacia el Cementerio Viejo, y más allá. Y aun,
sobre los chopes y matorrales, insistían que podían verse sus hombros y su cabeza. En la
mente colectiva, se configuró la imagen de una cosa enorme con rasgos gatunos. Se le
bautizó como El Hombre Gato. Esto, debido a la indecisión de si se trataba de un hombre
o de una bestia. Las metamorfosis como posibilidad, han sugestionado desde siempre la
imaginación popular. Esta vez, el sacerdote explicó sobre entidades espirituales en
penitencia, sombras ancestrales que vagan por los montes o, tal vez, emanaciones
malévolas provenientes del Cementerio Viejo y lo único que logró fue acrecentar el
pánico de la ya sufrida gente.

En adelante, muchos afirmarían haberlo visto y, dicho sea de paso, se granjeaban


cierta popularidad entre los nuevos vecinos puesto que todos los requerían por ser
testigos oculares. Pasada la medianoche, los pasos del Hombre Gato ponían,
nuevamente, los nervios de punta. Los haces de luz de las linternas se entrecruzaban
proyectándose, a través de las ventanas, en las paredes de las habitaciones. La confusión
y el resplandor que permitía divisar varias siluetas, evocaba escenas pueblerinas de
campesinos con antorchas tras la captura de un monstruo, tal como ha mostrado el cine.
En Frankenstein, por ejemplo, película que obsesionaba la imaginación de la época.

Cuando se llegó a la cuenta de que habían transcurrido cuatro noches sin dormir
bien, los moradores decidieron movilizarse hacia sus antiguas viviendas donde, al
menos, reinaba la paz. Anhelaban la tranquilidad entre sus paredes de adobe y bajo sus
techos de Eternit. Conocedores del hecho, debido al récord de tardanzas alcanzados por
los trabajadores de esa zona en los últimos tres días, los directivos de la excooperativa
decidieron zanjar el asunto. Enviaron a un joven empleado, estudiante de ingeniería, a
fungir de relacionista público y hacerse cargo del problema.

Una vez hubo reunido a todos en el parque, el joven estudiante empezó a recoger
las inquietudes. Lo curioso es que nadie se animaba a hablar. Uno de los vecinos, como
preparando el terreno, preguntó por la luz eléctrica. Se le informó, con documento en
mano, que en dos días empezarían las instalaciones y que, en menos de una semana, ya
todos tendrían luz en sus hogares e incluso en sus calles. El alivio fue mínimo, aún
persistía la gran preocupación. El joven notó la incomodidad. Otro asistente se animó a
abordar el tema. Lo que entre vecinos parecía tan claro y sencillo, dejaba de serlo cuando
habría de compartirse con un extraño. Aun así, le contó que la principal causa de la
decisión de abandonar los modernos chalets no era la luz eléctrica, sino la aterradora
presencia del Hombre Gato. El joven pareció no haber escuchado bien. Bastó que uno
decida empezar el relato para que todos, y atropelladamente, empezaran a hablar. El
enviado, amablemente, impuso el orden y escuchó con suma paciencia a cuantos
quisieron intervenir. Cuando todos hubieron saciado su necesidad de compartir sus
temores, el joven dio unos pasos y, como si de una clase se tratara, empezó a narrar algo
sin conexión aparente con el tema.

El año pasado, durante esta misma estación, mi hermano me contó que estaba a
punto de abandonar su trabajo porque no soportaba el espanto de fantasmas. Él se
ocupaba de la guardianía nocturna de un cine de la ciudad y, a partir de medianoche,
sostenía que era imposible conciliar el sueño debido a la presencia de entidades
invisibles, posiblemente antiguos asistentes a las funciones, quienes, después de
muertos, acudían tras sus pasos. Me suscitó tanta curiosidad el hecho, que decidí
acompañarlo en su última noche de trabajo. Nos acomodamos en las butacas. Me contó
que, al día siguiente, presentaría su carta de renuncia y, luego, buscaría otro empleo para
garantizar la subsistencia. Estuvimos leyendo Condorito y escuchando Radio Délcar,
bajito, hasta que dieron las doce de la noche. Las campanadas de la catedral, que estaba
a un costado, eran enfáticas en la hora. Y, efectivamente, empezaron a chirriar las butacas
tal como si alguien estuviese arrellanándose en ellas. En un inicio, no pude evitar que se
me erizara el cabello; pero, luego, la razón me proporcionó los argumentos para abordar
los hechos desde otro punto de vista.

En primer lugar, no había nada visible. Solamente se trataba de ruidos. Si lo


relacionamos con el caso de ustedes, ¿alguien podría afirmar con absoluta seguridad que
ha visto al injerto ése? Aun los que afirmaban haberlo visto, se quedaron callados. No,
¿verdad? Se trata, únicamente, de ruidos. Todos asintieron con la cabeza, pues todos sí
habían escuchado los ruidos. Descartamos, también, que hayan sido ladrones debido a
que no se ha perdido nada. ¿Así es? Asintieron nuevamente. Bien, ¿han notado las líneas
del tren y el espacio que se deja entre riel y riel? Otra vez dijeron sí con la cabeza, aunque
sin entablar relación alguna.

El motivo es que el metal cede al calor y se expande. Luego, al enfriarse, se contrae


y vuelve a su forma original. El mismo efecto se da con las butacas del cine, que son de
metal. Durante el día, debido a la tórrida estación, sumada la temperatura de los
asistentes, se dilatan. Bien entrada la noche, cuando se enfrían, vuelven a su estado
original ocasionando chirridos que dan la impresión de cuerpos sentándose sobre ellas.
¿Sí? Debido a la dilatación de los cuerpos, ¿verdad? Una vez más asintieron con la cabeza.
No se trató de fantasma alguno, sino de la acción del calor. Únicamente había sido una
mala interpretación de un efecto natural. ¿Cuánto habría perdido mi hermano de haber
renunciado a su trabajo solamente por no indagar en una explicación racional de los
hechos?

Ahora, volviendo a lo suyo -todos lo miraban esperando que sus palabras


proporcionen algunos elementos faltantes que confirmen la conclusión a la que ellos iban
arribando por su propia cuenta-, han de saber que estos techos aligerados, nuevos para
muchos de ustedes, contienen varillas de fierro en sus estructuras las cuales… “se dilatan
por la acción del calor” -fue interrumpido por un coro de voces-, las cuales al enfriarse
se contraen y… “vuelven a su estado original ocasionando chirridos” -completó el
mismo coro-.

Sí, al bajar la temperatura se tiemplan ocasionando esos ruidos en las espaldas de


concreto y fierro que asemejan los techos. Mismos chucaques, por decirlo así, que hemos
interpretado, erróneamente, como pasos de un gigante y, a partir de lo cual, hemos ido
configurando un personaje en atención a nuestros temores basados en el Cementerio
Viejo, a menos de un kilómetro, del cual somos aledaños.
¿Cuánto estuvimos a punto de perder por haber abandonado nuestros modernos
chalets, ahora que están a punto de contar con luz eléctrica, por el hecho de…
“interpretar erróneamente un efecto natural”? Finalizó el aplicado coro y el joven
asintió con una sonrisa. Esa fue la última vez que alguien mencionó el suceso.

En la actualidad, cuando nuestras visitas salen alborotadas de las habitaciones con


el argumento de que alguien anda sobre el techo, nos extasiamos con la explicación
académica que, poco a poco, hemos ido fortaleciendo. Lo del Hombre Gato ha quedado
como un recuerdo en blanco y negro de los días de la infancia, cada vez más próximo al
ámbito de la ingenuidad.

La actitud de aquel joven me marcó. A partir de entonces, siempre busco una


explicación racional de los hechos. Cierto deleite por ilustrar a los creyentes en lo
sobrenatural erradicando racionalmente sus temores me llevó a indagar por cualquier
acción catalogada de inexplicable puesto que, sin lugar a dudas, nada escapa a una
explicación racional. En esta búsqueda, me enteré de un hecho acaecido en Lambayeque.
Suscitó reacciones espeluznantes y una vuelta masiva a los rezos en el templo. Lo que
parecía inexplicable, no resultó siéndolo tanto.
EL HOMBRE GATO

ACTIVIDADES

A) ACERCAMIENTO AL TEXTO
1. Comentario acerca del título.
2. ¿Cuántos párrafos tiene el cuento?
3. Especifica género y especie literaria.
4. A la derecha de cada idea, escribe V o F, según sea verdadera o falsa.
a) Según el autor, las experiencias que más nos marcan corresponden a la
adolescencia. ( )
b) La cooperativa sorteó, entre sus socios, los chalets de una moderna
urbanización. ( )
c) La gente se había alarmado por unos truenos que habrían retumbado en los
techos de las seis casas. ( )
d) La principal causa de la decisión de abandonar los modernos chalets no era
la luz eléctrica, sino la aterradora presencia del Hombre Lobo. ( )
e) El motivo es que el metal cede al calor y se contrae. ( )
f) No se trató de fantasma alguno, sino de la acción del calor. ( )
g) Siempre busco una explicación racional de los hechos. ( )

B) DATOS BÁSICOS DEL CUENTO


1. ¿Cómo se titula el cuento?
2. ¿Quién es el autor?
3. ¿De qué material estaban construidas las casas de antes y las de la nueva
urbanización?
4. ¿A quién envió la cooperativa cuando los trabajadores llegaron muy tarde al trabajo?
5. ¿Qué es lo que hace que los metales se dilaten?
6. ¿Cómo llamaban al personaje que supuestamente caminaba por los techos?

C) EL POR QUÉ DE LAS COSAS


1. ¿Por qué el cuento se titula “El hombre gato”?
2. ¿Por qué las noches resultaban “espeluznantemente lúgubres”?
3. ¿Por qué las butacas del cine producían un ruido misterioso?
4. ¿Por qué el joven empleado dejó tranquilos a los vecinos de aquel lugar?

D) INTENCIONALIDAD DEL AUTOR


1. El autor, ¿está a favor de las creencias sobrenaturales o defiende la razón?
2. ¿Por qué crees que el autor convirtió estas anécdotas de niñez en un cuento?
3. ¿Cuál crees que será el propósito de Gilbert Delgado Fernández al compartir estas
historias?
4. ¿Crees que la intención del autor se ha cumplido satisfactoriamente?

E) EJERCIENDO UNA ACTITUD CRÍTICA


1. ¿Hizo bien la gente de dejarse llevar por el miedo? Explica.
2. ¿Qué lección nos deja este cuento?
3. ¿Qué opinas del rol que cumplió el joven empleado?
4. ¿Por qué razones consideras que “El hombre gato” es un buen cuento?

F. VARIEDADES
1. ¿Te hace recordar el texto leído alguna otra historia parecida, sea en cuento, leyenda,
película, etc.? Cuenta.
2. ¿Consideras que es un cuento de misterio? ¿Por qué?
3. El autor parece rechazar toda experiencia sobrenatural. ¿Compartes su punto de
vista? Explica.
4. Pregunta a tus padres si conocen de alguna experiencia similar al cuento leído.
Escribe un resumen.

G. CREATIVIDAD
1. Realiza una entrevista imaginaria al autor de este cuento.
2. Elabora una imagen relacionada con el hecho del cuento que más te impresionó:
puede ser dibujo, pintura, collage con figuras recortadas o diseño en Paint.
3. Basándote en “El hombre gato”, escribe tu propio cuento. Ilústralo.
La muñeca Alicia
Tomás Serquén Montehermozo
TOMÁS SERQUÉN MONTEHERMOZO
Escritor nacido en Tumán el año 1977.
Docente de Lengua y Literatura. Promotor
y Director de la I.E.P. Amancio Varona, del
distrito de Tumán. Ha laborado en UCV,
USS y USMP. Actualmente, trabaja como
docente en la UNPRG. Cultiva la poesía, el
ensayo y la narrativa. Ha publicado:
Narraciones líricas.
Era mi primer año de Internado como Médico Psiquiatra.
El primer día que llegué, todo era tranquilidad. Se escuchaba, apenas, el silbido del
viento como si quisiera apagar tenuemente una lámpara a querosene. Las plantas del
jardín, lentamente, danzaban al compás de las horas de un antiguo reloj colocado en
medio del largo pasadizo que terminaba en la habitación número sesenta y seis.

El hospital que me tocó se había vuelto famoso; no porque los pacientes volvieran
a la cordura; sino porque, allí, se encontraba internada la paciente de la habitación
sesenta y seis. Así la llamaban; pero yo sí llegué a conocer su nombre.

Mi Jefe de Prácticas me advirtió que la carrera que había elegido tenía sus riesgos;
pero yo estaba emocionado por querer vivenciar mi profesión. En mi mirada, estaba la
ilusión de tratar, sanar y consolar a pacientes de diferentes traumas neuronales; pero, al
ser presentado ante el personal médico del pabellón de Psiquiatría, sus miradas estaban
llenas de pasmo y aturdimiento. Todos se miraron. Una de ellas, la más delgada de todas
―parecía que la tierra la hubiera disecado―, se persignó tres veces al verme.

Todo estaba bien, hasta que el antiguo reloj anunció las seis de la tarde.

De pronto, la puerta de mi consultorio se cerró muy fuerte.

― No te asustes ―me dijo Manuel―. Es el viento.


― Pero, el viento no estaba de mal humor como para golpear tan fuerte la puerta
―repliqué.

Manuel sonrió y, no sé por qué, agregó la siguiente exclamación:

― ¡Provecho, cumpa! Hoy, será tu bienvenida.

Manuel también era interno y era un año mayor que yo.

Una anciana, de lerdo andar, con una mirada mezcla de ternura y de tristeza,
cabellos emblanquecidos desde la raíz y a medio pintar de la mitad hasta las puntas,
terminaba de limpiar. Ya debería estar descansando; pero esa tarde me impactó su
anhelo de limpiar tan sigilosamente y sin hacer bulla. Su mirada se resquebrajaba cuando
divisaba la última habitación de aquel desolado pabellón. Me miró de reojo con la
intención de querer contagiarme su aflicción o querer advertirme de algo. Sin embargo,
los médicos la ignoraban. ¡Qué insensibles!, me dije a mí mismo.

― Hasta mañana, doña Nachita. ¡Que Dios la bendiga!


― ¡Que la Virgen Santísima me la proteja, doña Nachita!
― Rezaré por usted, esta noche, doña Nachita.
― Hasta mañana, doña Nachita.

Así, cumplían con despedirse de ella, uno por uno.

― Frank, ven un momento, por favor.


― Sí, doctor Rivasplata ―se dirigió hacia mí.
― Sé que hoy es tu primer día en este lugar y no debería pedirte lo siguiente…
― Lo que usted mande, doctor.
― Lo que pasa es que, hoy, es cumpleaños de mi esposa y quiero darle una sorpresa;
pero estoy de turno. ¿Me podrías cubrir? Luego, lo arreglamos.
― Por supuesto, doctor. Estoy disponible y preparado para poner en práctica todo
lo que sé.
― Muy bien, campeón ―me dio una palmada en la espalda y se fue.

Yo, feliz. Era mi jefe quien me estaba pidiendo un favor en mi primer día de
interno y no podía negarme. En cualquier momento, él también me podría servir. La
idea me pareció genial; pero doña Nachita me miró nuevamente y movió la cabeza como
indicando que la decisión no fue correcta. Las diez de la noche fue anunciada por el
desafinado tintineo del reloj que me despertó de una ligera siesta. Me froté los ojos y
observé que una hermosa niña rubia, con un vestido floreado, pasó corriendo
raudamente con dirección a la habitación sesenta y seis.

Me eché agua a la cara para que se me pasara el sueño y, al dirigir mi mirada hacia
la última habitación, no logré observar nada. Solamente, el tubo de un fluorescente que
se prendía y se apagaba constantemente. Su parpadeo parecía el ojo irritado de un
tumaneño cuando la ceniza de caña de azúcar se mete osadamente en el lagrimal. El
silencio era aterrador. Me encontraba solo en la Oficina de Psiquiatría. Los pacientes
dormían por el calmante que les administraban antes del cambio de turno. De pronto, se
escucharon unos pasos muy a lo lejos... Pero, conforme avanzaban, se escuchaban más
cerca de mi oficina. Parecía el misterioso ruido de un balde de lata que fuera arrastrado
por el piso de madera. Cerré la puerta de mi oficina y empecé a rezar la oración que mi
hermano, el seminarista, me enseñó. Los pasos se alejaron por un momento; pero el
fluorescente volvió a parpadear. ¡Que no se apague, Diosito…!, ¡que no se apague! Les
pedí, también, a todos los santos que me protegieran. Cogí el denario que mi enamorada
me regaló para mi cumpleaños y continué con mis plegarias; pero los pasos se
acentuaron, cada vez, con más firmeza hasta que se escuchó el chirriar de las manijas de
la chapa de la puerta, como si alguien intentara abrirla. Fue demasiado tarde. Cerré la
puerta; pero no había presionado el seguro. La puerta se abrió muy lentamente. Yo cerré
los ojos. Mi piel parecía una gallina recién pelada; pero con agua fría. Mis piernas
estaban entrejuntadas en la silla y sujetadas con mis manos. No quería conocer a la
muerte en vida. De pronto, sentí un aire muy frío que caló mis huesos; y, cerca de mi
oreja izquierda, una ronca voz que empezó a susurrar mi nombre tenuemente:

― ¡Fraaank, abre los ooojos! No tengas mieeedo. Soy yooo, doña Nachitaaa…
― ¡Noooooo! ―grité fuertemente; pero una mano, arrugada por los años, me tapó
la boca.
― ¡Cállate, muchachito miedoso! ¡Ya, abre los ojos! Soy doña Nachita.

Me tiró un sopapo en la cabeza y mis ojos reaccionaron nuevamente.

― ¡Doña Nachita, era usted! ―exclamé―. Pensé que…


― Mejor, no digas nada, hijo. Entiendo tu temor; pero la noche recién está
empezando y tú no debes tener miedo si estás en paz con Dios.

Doña Nachita no tenía miedo ni al diablo. Más bien, él le temía.

Me contó que ella dormía y comía en el hospital y que los doctores eran muy buenos
con ella. Le regalaban hasta ropita para que se vea más hermosa de lo que ya era. Su
mirada emanaba bondad; pero, también, sufrimiento. Siempre, tenía un crucifijo de
plata en el pecho y me confesó que quiso ser monja para servir al Señor; pero la tentación
resquebrajó su fe y desertó del noviciado. Por eso, cree que todo lo que está pasando es
por la penitencia que le ha impuesto Dios.
― Esta noche, yo te acompañaré ―agregó doña Nachita.
De un termo azul, con rayas cuadriculadas, me invitó manzanilla caliente.

― Toma, hijo, te calentará. No dejes que el frío te venza.

De pronto, llegó las doce de la noche. El reloj ‒cada vez, más desafinado‒ empezó
con su fúnebre repicar anunciando que el día empezaba otra vez. El viento parecía
también despertar a esa hora porque comenzó a silbar como un chiclón de mal
agüero. Hasta que se escuchó un ensordecedor grito que despertó a todo el pabellón de
Psiquiatría.

― ¡Sáquenla de aquí! ¡Que se vaya esa muñeca! ¡Auxilio! ¡La muñeca Alicia me
quiere llevar! ¡Mamaaaaaá, ayúdame! ¡La muñeca Alicia me está molestando otra vez!

La anciana, muy nerviosa, me miró. Arrugó la frente, apuntó fijamente su mirada


hacia mí y me dijo:

― No te asustes. Es la paciente de la habitación sesenta y seis. Ya no tenía estas


crisis… Pero, dime: ¿El doctor no te ha dejado alguna indicación para ella?
― No ―le contesté.
― Tienes que inyectarle un calmante. De lo contrario, toda la noche se la pasará
gritando.

Los gritos eran perturbadores. Daba la impresión que la estaban cruelmente


maltratando. Los demás pacientes empezaron a despertar. Miraban de reojo, asustados
por aquel grito que, alguna vez, inauguró la paciente de aquella habitación. Eso
fue treinta y nueve años atrás. Y, después de mucho tratamiento, la lograron calmar.
Pero, justo hoy, en mi primer día de guardia como interno, la misteriosa crisis nerviosa
volvió a brotar como aquel viejo olmo que, el día menos pensado, ve una rama que
empieza a reverdecer por algún costado. Desde las pequeñas ventanas de sus
habitaciones, los demás pacientes seguían observando muy sigilosamente; pero nadie
quería unirse al bullicioso coro que exasperaba la piel al ser escuchado.

― Yo le cojo la cabeza. Tú le tapas los ojos. Y sacas la inyección y la colocas


rápidamente.
― Está bien, doña Nachita.

Preparé el inyectable; pero los gritos eran estrepitosos. El nosocomio era


especialmente para enfermos mentales y su bajo presupuesto estatal había reducido el
personal de atención por las noches. Doña Nachita era admirable. Caminó hacia la
habitación mientras yo la acompañaba al compás de su sombra. Ingresamos y, por
primera vez, el miedo se convirtió en una gran conmoción. La paciente se encontraba
sujetada de pies y manos, acostada sobre la camilla. Movía rápidamente su cabeza de un
lado a otro. Sus ojos, emblanquecidos totalmente. Los dedos de sus manos intentaban
liberar las ataduras de cuero anudadas a una vieja hebilla oxidada.

― Tranquila, hijita; tranquila, mi amor… Todo va a estar bien. Ya estoy aquí. Cierra
tus ojitos que te voy a hacer dormir.

Yo me quedé pasmado. Mi mano tiritaba. Su boca estaba cubierta de salivación


babosa que llegaba hasta las sábanas blancas de la cama donde la paciente se encontraba
postrada.
― Apúrate ―susurró lentamente la voz de la experiencia como para que la paciente
no sospechara del calmante; pero yo estaba paralizado.
El frío era, cada vez, más intenso. No podía moverme. Doña Nachita estiró la mano
derecha y me quitó el inyectable, ya que la otra la tenía ocupada cubriendo unos
ojos blanqueados por la ofuscación. De pronto, ella misma colocó el sedante y el efecto
fue inmediato.

― Tranquila, hija. Ya pasó, mi amor. No sabes cuánto te quiero.

Todo eso pronunció la cariñosa anciana que abrazaba fuertemente a la paciente


como si fuera su bebé recién llegado al mundo. Sus cansados ojos verdes no pudieron
contener más las lágrimas que terminaron por vencerla hasta llorar al lado de Matilde.
Esto fue lo que finalmente le dijo: “Descansa, mi dulce Mati, que yo siempre estaré a tu
lado”.

Luego, se acercó a la oficina. Sus ojos estaban hinchados e inflamados por la


tristeza que había vivenciado al lado de su hija, la paciente misteriosa del sesenta y seis
cuyo nombre es Matilde y que descubrí, hace poco, en aquel lugar. Sin que le preguntara
nada, ella me cogió fuertemente de las manos, me miró fijamente y me contó la historia
de por qué Matilde, su adorada hija, estaba internada en aquel lugar...

Era el año de 1976 cuando mi Matilde tenía seis años de edad. Fue su cumpleaños
y su padre la sorprendió llevándole una enorme caja envuelta en papel regalo. Mi Mati
corrió rápidamente y la abrió. Para sorpresa de todos, era una hermosa muñeca Alicia.
Esa muñeca era costosa debido a que recién aparecían en el mercado. El pelo era rubio y
ondulado. Su piel, rosada y sus ojos, azules como el cielo. Su vestido floreado tenía un
estilo inglés. Algo más: uno podía cogerla de la mano y, sin que tuviera batería o pilas
como todo juguete caro, la muñeca caminaba contigo. Tú dabas un paso y ella también
lo daba. Tú te sentabas y ella también lo hacía. Si la acostabas, cerraba sus ojitos. Y, si la
sentabas o parabas, los volvía a abrir.

Matilde, contenta con su muñequita, jugaba todas las tardes después de haber
terminado sus tareas del colegio. La sentaba, la hacía caminar, la peinaba, le cambiaba
de vestido… Todo era alegría hasta que, un seis de junio, cuando Matilde jugaba como
siempre, la muñeca Alicia había estado sentadita en todo el pasadizo que daba con el
cuarto de mi hija y, cuando mi niña se dirigió a traer otras muñecas para seguir jugando,
tropezó fuertemente con las piernas de la muñeca Alicia.

― Muñeca mala ―dijo Mati―; eres mala. Por tu culpa, me caí. La cogió del pelo y
la tiró contra la pared. La muñeca cayó al suelo boca abajo; pero sus ojos permanecieron
abiertos mirándola fijamente a mi Matilde. Sus ojos estaban llenos de odio. Parecían
botar candela. Era como una amenaza que, en la noche, tendría que cumplir.

― Mamaaaaaá, mira sus ojos de la muñeca ―dijo al venir corriendo de la cocina.


La muñeca yacía en el suelo con los ojos cerrados.
― ¿Qué pasó, mi amor? ¿Por qué estás asustada? ―la interrogué.

Ella me lo contó todo; pero yo no le creí. Llegó la incansable noche. Los gatos
ronroneaban en los techos con un dejo macabro. Mi esposo y yo dormíamos en el
segundo piso y mi Matilde tenía su habitación en el primero. La muñeca Alicia siempre
se quedaba sentadita en la sala de la casa; pero, esa noche, sucedió lo peor…

A las doce de la noche, las cortinas empezaron a ondearse de un lado a otro. Un


frígido viento empezó a invadir la casa y lo que se escuchó fueron unos pasos que se
arrastraban en dirección al cuarto de Matilde. De pronto, suavemente y sin hacer ruido,
golpearon la puerta del cuarto del primer piso. Mi Mati se levantó porque el frío no la
dejaba dormir. Creyendo que éramos nosotros, abrió lentamente la puerta y exclamó:
¡Mamaaaaaá, la muñeca! ¡La muñeca Alicia! ¡Mamá...!
Mi esposo y yo bajamos corriendo del segundo piso. Los felinos, en el techo,
ronroneaban cada vez más fuerte. De pronto, volteo a la derecha y observo que la muñeca
Alicia estaba sentadita como la dejábamos todas las tardes. Mi esposo no entendió lo que
estaba pasando. La arrastró hasta conducirla al cuarto de Matilde y, luego, le dijo:
¿Quieres tu muñeca? Pues, acá está tu muñeca. Duerme con ella y no hagas tanta bulla
que tu madre y yo queremos descansar. La acostó a su lado mientras mi Matilde temblaba
cubriéndose totalmente con una sábana blanca. Mi esposo me miró muy irascible y me
pidió que subiera con él y que dejemos a Mati en compañía de su dulce y encantadora
muñeca. Yo no podía dormir. A las pocas horas, bajé a ver a mi hija ‒apretó fuertemente
mi mano cuando me relataba esta parte de la historia― y, al querer intentar abrir la
puerta, ésta se atascó. No se abría.

― Matilde; abre, mi amor. Abre la puerta, hijita.

Le supliqué tanto a la Virgen que me dé fuerzas para no pensar lo peor. Cogí mi


crucifijo de plata que una monja me regaló cuando era novicia y comencé a rezar durante
las horas que faltaban para amanecer: Padre Nuestro que estás en el Cielo… Dios Te
salve, María. Llena eres de Gracia… Santa María, Madre de Dios…

Mi desesperación no debilitó mi fe y continué rezando hasta que un viento muy


fuerte golpeó la puerta del cuarto de Mati y se abrió. Ingresé y encontré a mi pequeñita
inconsciente, en la cama, babeando en exceso como si se hubiera producido una erupción
salival. La abracé y la saqué de allí. Mi esposo se asustó al verla en ese estado. La llevamos
a la posta más cercana y menos mal que un joven practicante de Medicina Humana me
la atendió. Le contamos lo que le pasó; pero no nos creyó.

Al amanecer, mi Matilde abrió sus ojos y comenzó a delirar de miedo. Su


perturbación desesperó a los médicos de turno.

― ¡La muñeca Aliciaaaaaa, mamaaaaaá…! ¡Me quiere llevar! ¡Ayúdame!

Dieron una orden para transferirla rápidamente al Hospital Psiquiátrico de la


ciudad y nos trasladaron con ella hasta este lugar. Ella tenía seis añitos y nosotros no
podíamos creer todo lo que nos estaba pasando. Mi esposo me abrazó, se despidió de las
dos con un fuerte beso en la frente y se fue ‒según él‒ a vengar a su hija. Me dijo que iba
a quemar esa maquiavélica muñeca con alcohol y, luego, le rociaría agua bendita para
que se marche el mal espíritu de la casa.

Han pasado treinta y tres años y él nunca más regresó. No sé lo que le pasó. Nunca
más, lo volví a ver. Para que no me dijeran nada los médicos, por los muchos días que me
quedaba a dormir en el hospital, una mañana, empecé a barrer todo el pasadizo. Luego,
les ordenaba sus escritorios y finalmente, por las noches, les ofrecía una tacita de
manzanilla caliente.

― Ahora, ¿ya entiendes la tristeza de mi mirada?


― Sí, doña Nachita; ya la entiendo.

La abracé fuertemente y traté de limpiarle la lágrima que empezó a deslizarse,


zigzagueando, por su marchito rostro. Cerró sus ojos y yo la seguía consolando hasta que
el cántico de un gallo nos advirtió que el astro rey estaba por despertar.
― Doña Nachita, ya amaneció. Ella se levantó, cubrió su carita de la débil luz del
Sol, anudó su encanecido cabello y se dirigió a la habitación donde se encontraba su
conmovedora hija.
El nuevo turno llegó y rápidamente ingresaron y empezaron a saludar: Buenos
días, doña Nachita. Dios me la tenga bien protegida. Ya llegué, doña Nachi; que la Virgen
me la cuide. Hola, hola, Nachita… Dios la bendiga.

Todos saludaban a doña Nachita; pero nadie sabía que ella estaba con su hija en la
habitación sesenta y seis. Luego, me saludaron y se dirigieron a inyectar los sedantes que
los pacientes recibían por las mañanas. Lo que más me llamó la atención es que no les
interesaba la paciente del sesenta y seis. Matilde, así se llama. Le reclamé a uno de ellos;
pero no me hizo caso. Se sonrió y prosiguió con sus actividades. El doctor Rivasplata llegó
a medio día. Me saludó con gratitud y, golpeándome ligeramente la espalda, me
interrogó:

― ¿Cómo te fue en tu primera noche?


― Al principio, no tan bien. Pero, luego, supe sobrellevar la noche.
― Qué bueno. Entonces, ¿todo bien?, ¿no pasó nada? ―me interrogó como quien
dudando de mis palabras.
― Bueno, si quiere que le diga que, al inicio de la media noche, tuve miedo por lo
que escuché de la habitación sesenta y seis, pues es verdad. Me entró un miedo que,
luego, supe sosegar con la dulce, tierna y conmovedora compañía de doña Nachita.

Mi jefe me miró con pasmo e invitó a todo el personal médico para que escuchen
lo que hablaba.

― ¿Y luego? ―interrogó mi jefe.

Les conté todo lo que había sucedido y, nuevamente, la Enfermera, que parecía la
reencarnación de la momia Juanita, se persignó tres veces y exclamó:

― ¡Eso no puede ser posible! La paciente del sesenta y seis ya no está acá. Murió
hace tres años, justo un día como ayer.
― ¡Qué! Eso no es verdad… Si yo la vi ayer y la atendí.
― ¿La atendiste? ¿Cómo? ―me preguntó mi superior―. ¿Llegaste a inyectarla?
― No. Tuve demasiado frío y me quedé paralizado al verla. Fue doña Nachita quien
la inyectó.
― Hijo, hijo, hijo ―el doctor Rivasplata me abrazó paternalmente―. Su madre
también murió, seis días después que su hija dejó de existir. La depresión acabó con ella.
Como era tan buena con nosotros y todos le tuvimos un gran cariño, le hicimos su misita.
Le compramos ropa nueva, la vestimos y le dimos santa sepultura.
― Pero, ustedes la saludan al ingresar y se despiden de ella. ¿Cómo me explican
eso?
― Es el respeto y el cariño que le tenemos a esa bondadosa almita.
― Bienvenido Frank. Es tu primer año de Internado en este hospital psiquiátrico.
Y solamente vas un día. Te esperan muchos más, todavía.

Todos sonrieron y yo no sabía qué decir. Todos regresaron a sus lugares y yo


solamente quería regresar a mi casa.

― Hasta pronto, doña Nachita ―me despedí como todos.

Coincidentemente, el reloj repicó la una de la tarde como contestando el saludo


que mi buen corazón, alguna vez, escuchó.
LA MUÑECA ALICIA

ACTIVIDADES

A) ACERCAMIENTO AL TEXTO
1. Comentario personal acerca del título.
2. Especifica género y especie literaria.
3. Al lado de cada nombre, indica de quién se trata:
Frank:
Manuel:
Doña Nachita:
Dr. Rivasplata:
Alicia:
Matilde:
4. Ubicación espacio-temporal: ¿dónde y cuándo suceden los hechos del cuento?
5. ¿Cuál es el número de la habitación donde suceden cosas extrañas?
6. ¿Crees que el autor elige los números según cierta intención? Explica.

C) EL POR QUÉ DE LAS COSAS


1. ¿Por qué el cuento se titula “La muñeca Alicia”?
2. ¿Por qué crees que Manuel le dijo a Frank: “¡Provecho, cumpa! Hoy, será tu
bienvenida”.
3. ¿Por qué el personal médico parecía no dar importancia a la anciana que Frank veía?
4. ¿Por qué crees que vivió todas estas experiencias Frank?

D) INTENCIONALIDAD DEL AUTOR


1. El autor, ¿está a favor de las experiencias sobrenaturales o defiende la razón?
2. ¿Cuál crees que sea el propósito de Tomás Serquén Montehermozo al compartir esta
historia?
3. ¿Crees que la intención del autor se ha cumplido satisfactoriamente?

E) EJERCIENDO UNA ACTITUD CRÍTICA


1. ¿Podemos considerar como real la historia leída? ¿Por qué?
2. ¿Qué piensas de lo sucedido con Matilde?
3. ¿Qué opinas del rol que cumple el joven médico Frank?
4. ¿Qué opinas del rol que cumple doña Nachita?
5. ¿Crees que los dibujos reflejan el sentido de la historia?
6. ¿Por qué razones consideras que “La muñeca Alicia” es un buen cuento?

F. VARIEDADES
1. ¿Te hace recordar el texto leído alguna otra historia parecida, sea en cuento, leyenda,
película, etc.? Cuenta.
2. ¿Consideras que es un cuento de misterio? ¿Por qué?
3. El autor parece aceptar las experiencias sobrenaturales. ¿Compartes su punto de
vista? Explica.
4. Pregunta a tus padres si conocen de alguna historia similar al cuento leído. Escribe
un resumen.
G. CREATIVIDAD
1. Realiza una entrevista imaginaria al autor de este cuento.
2. Elabora una imagen relacionada con el hecho del cuento que más te impresionó:
puede ser dibujo, pintura, collage con figuras recortadas o diseño en Paint.
3. Basándote en “La muñeca Alicia”, escribe tu propio cuento. Ilústralo.
II. LEYENDA RURAL:

LUPITA
Teresa Liliana Menor Alarcón
TERESA MENOR ALARCÓN
Escritora nacida en Cutervo el año 1980.
Docente de Lengua y Literatura. Cultiva el
ensayo, la poesía y la narrativa. Ha
participado activamente en el movimiento
literario lambayecano. Ha publicado:
Maneras de vivir.
Mucha gente acudía a don Celedonio para ser atendida de diversos males. Curaba con
brebajes o mesadas. Después de quedar viudo, pretendió a una moza de nombre Lupita
quien, por temor al daño que pudiera sufrir su familia por una negativa suya, accedió a
tal pretensión.

“Este viejo sucio, ¡cómo no se tuerce siquiera!”, escuchó sin querer don Celedonio.
“Algo he de conjurarte, mocita. Ya verás…”, formuló éste en respuesta silenciosa.

Pasó el tiempo, no concibieron hijos; pero sí un gato que, al nacer, la profesora


Albertina y el médico de Paltarume quemarían vivo. Según el curandero, padre de dicho
animal, solamente así su esposa podría seguir viviendo.

Lupita había ido a lavar, a eso de las 6 de la tarde, a una laguna cerca de su casa,
cuando vio que algo se movía dentro del agua. Parecía un remolino que, al pasar por
debajo de sus piernas, se convirtió en un chivo que pronto desapareció. La mujer estaba
menstruando y, a los pocos meses, después de padecer retorcijones en su vientre,
acudió a la partera Albertina quien, al examinarla, palpó al nuevo ser. “Te digo que no
es un bebé; tiene prominencias en su cabecita, tiene cola”. Desde ese día, la familia
esperaba el momento en que naciera el “demonio”. Por su parte, la muchacha no paraba
de llorar. Su llanto era estrepitoso; sobre todo, cuando el “animal” se movía en sus
entrañas.

Llegaron los nueve meses y nació. De inmediato, lo introdujeron en un saco, lo


amarraron y prendieron fuego…

Lupita aún vive; pero lejos de su ex cónyuge, acompañada de don Horacio,


compadre de aquél.
LUPITA

ACTIVIDADES

A) ACERCAMIENTO AL TEXTO
1. Comentario acerca del título.
2. Al lado de cada nombre, indica quiénes son dentro del cuento.
Celedonio:
Lupita:
Albertina:
Horacio:
3. Especifica género y especie literaria.
4. ¿Podrías deducir cuándo y dónde suceden los hechos narrados?

C) EL POR QUÉ DE LAS COSAS


1. ¿Por qué Lupita aceptó al hombre llamado Celedonio?
2. ¿Por qué crees que Lupita dio a luz un gato?
3. ¿Por qué extraño suceso Lupita quedó embarazada la segunda vez?
4. ¿Por qué tomaron tan radical decisión con el segundo “animal” nacido?

D) INTENCIONALIDAD DEL AUTOR


1. La autora, ¿parece creer en las experiencias sobrenaturales o defiende la razón?
2. ¿Cuál crees que sea el propósito de Teresa Menor Alarcón al narrar esta historia?
3. ¿Crees que la intención de la autora se ha cumplido satisfactoriamente?

E) EJERCIENDO UNA ACTITUD CRÍTICA


1. ¿Podemos considerar como real la historia leída? ¿Por qué?
2. ¿Qué piensas de lo sucedido con Lupita?
3. ¿Qué opinas del rol que cumplen la profesora Albertina y el médico de Paltarume?
4. ¿Qué opinas del rol que cumple don Celedonio?
5. ¿Crees que hechos como los del cuento puedan suceder en la realidad? ¿Por qué?
6. ¿Crees que Lupita pudo evitar su infortunio? ¿Cómo?
7. ¿Por qué razones consideras que “Lupita” es un buen cuento?

F. VARIEDADES
1. ¿Te hace recordar este cuento a alguna otra historia parecida, sea en cuento, leyenda,
película, etc.? Cuenta.
2. ¿Este cuento tiene que ver con las creencias de nuestros pueblos? Averigua.
3. La autora parece aceptar las experiencias sobrenaturales. ¿Compartes su punto de
vista? Explica.
4. Pregunta a tus padres si conocen alguna historia similar. Escribe un resumen.

G. CREATIVIDAD
1. Realiza una entrevista imaginaria a la autora de este cuento.
2. Elabora una imagen relacionada con el hecho del cuento que más te impresionó:
puede ser dibujo, pintura, collage con figuras recortadas o diseño en Paint.
3. Basándote en “Lupita”, escribe tu propio cuento. Ilústralo.
El llamado de Uchima-Chikan
Marcos Coronado Terrones
MARCOS CORONADO TERRONES
Nació en Chota el año 1987. Docente de la
Especialidad de Ciencias Sociales. Cultiva
la poesía y la narrativa. Ha publicado El
último tañer de las campanas. Tiene
inéditos los libros Cuentos del Alklopuy y
Campos estacionarios (poesía).
No sé si respiraba. Lo cierto es que la sangre se me heló de repente. Y permanecí ahí
como una estatua bajo la luna. Han pasado algunas horas y es cuando me pongo a
rememorarlo para evitar el olvido, porque la memoria sometida a los excesos, a veces, se
vuelve frágil y vulnerable como los bambúes agitados de la orilla. Pero estoy segura que
los veía alejarse a contracorriente. Los veía perderse en la distancia.

Era la fiesta de San Juan, la fiesta que nos hace volver a la tierra que nos vio nacer,
y celebrar el deceso del mensajero del Cristo al ritmo del wanqara cual seres primitivos
y errantes. Eso pienso. Crecí al margen izquierdo del Huallaga; ahí, donde Sendero mató
a mis padres y los cuerpos aún cálidos y humeantes los arrojaron en una moyuna, a pocos
metros del majestuoso puente. Ésta se los tragó para siempre en su larga tráquea de
serpiente. Cada noche, imploraba a orillas de las aguas los devolviera, hecho que jamás
sucedió. También, aquellos han desaparecido. Nos dejaron una huella imborrable.
Ahora, soy estudiante de la Facultad de Letras en la Universidad de los Caballeros de
León. Fui becada por esa extraña ironía del destino. Digo extraña porque, si no fuera por
los convulsos noventas y dos mil, no hubiera tenido la oportunidad de llegar siquiera a
terminar la educación básica. Un día, un becario apareció en el recodo del río seguido
por otros hombres uniformados y, luego, me arrancaron y trasplantaron entre libros y
más libros. Estoy agradecida por ello; sin embargo, los eventos -inexplicablemente
sucedidos- no hubieran tenido lugar jamás de no haberme alejado.

Los sueños y las pesadillas me han acompañado toda la vida. Y a medida que iba
creciendo, por las noches, se iban presentando situaciones más desafiantes como si, en
los días, fuera una persona de lo más normal y tranquila y, por las noches, en los sueños,
emergía otra historia paralela en la que era habitual sortear los peligros de quedarse
atrapada para siempre. Era prisionera de aterradores espasmos catatónicos; pero debía
seguir respirando, esperar el lento amanecer y, con los primeros rayos de luz, levantarme
jadeante y húmeda. Y otra vez, la noche siguiente, volver a la zona habitual de lo onírico
donde cobraba vida lo insondable, donde la naturaleza en su conjunto cobraba vida
reclamando algo que entonces desconocía. ¿Qué quería de mí, una muchacha que apenas
empezaba a ser mujer? Tiempo después, lo comprendería.

Esta es otra de las tantas noches que he permanecido en vela. Antes de ayer, tuve
un sueño menos extraño de los que acostumbro y, por eso, me sobresalté. ¿Sería un
adagio? Pues no podría saberlo. Lo cierto es que, en la oscuridad, busqué a mi hijo. Mi
mano somnolienta y ciega recorría bajo la sábana. De repente, logré tocarlo por la
espalda y una piel fría salió a mi encuentro. Despertó de un sobresalto: él ya estaba
resfriado. Lo arropé cuanto pude para evitar alguna complicación de los bronquios (se
había vuelto muy enfermizo). Debo decir que he vivido sola con él, protegiéndolo como
es menester de cualquier madre. Sobre todo, porque un hijo es un regalo muy especial.
Su padre, un muchacho universitario, apenas convivió conmigo unos meses y, antes que
fuera a dar a luz, desapareció sin dejar rastro. De ahí, han trascurrido tres años, los
mismos que he tenido que vivir con la caridad de las gentes. Omitiré algunas cosas. Él se
fue y eso nadie puede cambiarlo. He tratado de sobrevivir haciendo los mandados en las
casas y familias de la ciudad, como dije, de los Caballeros de León de Huánuco. Mi hijo
crecía y empezaba a imitar los gemidos humanos, tratando ya de hacerse de sus primeras
palabras. No necesité de su padre -o, tal vez, sí-; pero no estuvo ahí cuando los dolores
me asediaban como si fuera a traer al mundo una criatura gigantesca y de otra dimensión
y tiempo. Todos nos sorprendimos. Era un bebé recio, al que llamaron Uchima porque
ni bien nació intentó levantarse y arrastrase en las mantas, aun siendo un bebé nacido
antes de tiempo. Pero la partera, esposa del viejo japonés que no salía de su asombro,
prefirió llamarlo Chikan. No pude oponerme ya que les debía prácticamente la vida de
ambos. Ellos eran unos ancianos de las afueras de la ciudad quienes me acogieron desde
el principio y, por tanto, podían llamarlo como quisieran.

Pero estaba en lo de la otra noche. Habíamos de volver antes de los parciales.


Recogería al niño de la pareja de ancianos que tenían un puestito de remedios
amazónicos en el mercado popular y, en la tarde, nos enrumbaríamos por la serpenteante
orilla del Huallaga. Pero Chikan enfermó y tuve que retrasar nuestro viaje porque el
cambio de clima y el tiempo atmosférico podían complicar su salud. Al menos, eso creí.
Así que, esa noche, estando al pendiente de la criatura, me sobrevino un cansancio
acumulado por las noches enteras en vigilia. De repente, estaba sentada en la ribera del
río. Ahí, donde solíamos lavar la ropa con los primos y demás familiares antes de la
revuelta. Estaba chapoteando los pies como antaño y, de pronto, se abrió una gigantesca
moyuna a distancia; luego, se elevó una enorme ola y se fue río arriba como si fuera un
huracán, dejando un sonido ensordecedor en el ambiente mientras los bambúes de la
orilla parecían romperse con la fuerza sísmica. A veces, se comportaba así, irascible y
tempestuoso. Cuando desperté, estaba toda sudorosa ya que trataba de no dejarme
arrastrar de la orilla sujetándome a lo que fuera. Mi pequeño también se había mojado
al estar durmiendo en mi costado. Fue cuando cogió el resfrío, pienso. Esperé a que se
recupere y así fue. Con unas infusiones y preparados de los ancianos, estábamos listos.
Entonces, salimos al siguiente día. Solo iríamos a pasar las fiestas y volveríamos tan
pronto como acabara. Al menos, eso creí.

Desde ese momento, supe que estaríamos nuevamente volviendo al pasado; pero
estaba dispuesta a enfrentarlo. No permitiría por nada del mundo dejarme arrebatar a
mi criatura. Sin embargo, debo contar que había episodios, en nuestras vidas, tan
extraños que, a veces, no sé si nos cuidaba o nos quería arrebatar la existencia como a las
personas que se me habían acercado. Tuve un novio a los quince años, época en que vivía
empleada en todas partes. Aquel muchacho que misteriosamente se fue o, mejor diré,
desapareció cuando jugábamos en el recodo, después de prometerme amor, decidió
probarse infantilmente el valor, a él y a los que allí estábamos. Subió a la palmera más
alta y se lanzó al río y jamás volvimos a verlo. Todos lo buscamos durante días, incluso
entre las comunidades más al norte, con la esperanza de encontrar su cadáver. Pero la
noche lo había soñado en la misma forma y circunstancia en la que aquellas aguas
calmosas, repentinamente, abrían sus fauces y luego, como una columna de agua, se
abalanzaba sobre él y lo desaparecía mientras yo pedía auxilio y nadie respondía en aquel
remanso. Años más tarde, cuando estaba en la otra ciudad, lejos de los traumas de la
infancia y la adolescencia, estando ya en la universidad, otro joven apuesto y de buenos
sentimientos decidió acercarse con el cortejo habitual de las parejas. ¡Debí alejarme,
ahora lo sé! En sueños, la voz, aquella que tenía todos los sonidos y matices del bosque
me ordenó tomar distancia porque la suerte sería la misma. No hice caso y el resultado,
ya se imaginan. Entonces, con tantas vivencias sobrecogiéndome, la anciana mujer
decidió llevarme a Pucallpa, lugar donde había aprendido el oficio de la adivinación y el
don de comunicarse con el espíritu del bosque, asegurándome que había sido encantada
o algo por el estilo. Lo cierto es que, a la vuelta de aquella experiencia ancestral, el joven
me dijo: me largo; hay algo entre nosotros que jamás nos dejará vivir juntos. Aléjate de
mí. Tú eres una mujer que ningún hombre podrá tener. Mientras se despedía en el
mercado central, un camión cargado de plátanos lo arrolló dejándolo inconsciente. Pero,
antes de desfallecer por completo, alcanzó a decirme: “eres el demonio”. Podría decir que
estaba aterrada; pero había tantas cosas extrañas ya en mi vida que perdí el temor a la
muerte y sus manifestaciones insustanciales.

Finalmente, el viaje lo iniciamos ayer. Atravesamos el túnel interregional. El


Huallaga se veía plateado a distancia y el niño descansaba en mis brazos tan tierno y
apacible, como si no fuera dueño de un terrible mal. Cuando llegábamos al recodo del
Aucayacu, promediando la hora sexta de la tarde, cuando el sol en el poniente daba sus
últimos rayos y dejaba el cielo como un roja naranja, de súbito, despertó dando gritos
guturales e incomprensibles. ¡¿A quién llamaba?! ¡¿Qué veía?! Fue un misterio. Luego,
permaneció atento a la ventana como si escuchara el llamado de la montaña. De repente,
un auto se nos atravesó en la autopista y dimos unas vueltas de campana y quedamos
todos aterrados y en silencio bajo los negruzcos helechos de la cuneta cubiertos de
cristales, de lodo y de sangre. Todo sucedió en un parpadeo. Después de sus gritos
incomprensibles, mientras intentaba esconderle los bracitos y su carita para que los
curiosos no lo vieran, creí sentir un ligero movimiento telúrico; pero nadie más confirmó
el evento. Me impacienté. La noche caía. Nos limpiaríamos las heridas y continuaríamos
nuestro viaje. Claro que la policía nos llevó de regreso a Aucayacu para curarnos y
atendernos. De los ocupantes, felizmente, nadie falleció; sin embargo, quienes salimos
casi ilesos fuimos mi hijo y yo. Un signo de sorpresa les invadió a quienes nos
acompañaron el viaje. Los heridos quedaron al cuidado de las enfermeras y yo continué,
junto a mi talismán que me acababa de salvar la vida. Tenía que continuar. Me
reencontraría con los familiares, nos reconciliaríamos y empezaríamos una vida distinta.

Un oscuro pájaro nos ha recibido cantando desde lo alto de un pandisho. A lo lejos,


las bombardas retumban en el poblado. Después de adentrarnos en la choza de tablas
que alguien ha conservado todo este tiempo, hemos ido al río como es costumbre.
Preferimos ir en la tarde para evitar el fuerte calor amazónico. Ha sido toda una sorpresa.
Uchima-Chikan ha demostrado una enorme destreza para nadar a pesar de su corta edad.
Yo estaba impresionada. Era su primer contacto con el agua de un río torrentoso como
este y, sin embargo, buceaba como un niño de más edad. Pude notar el rechazo que
tenían, al principio, sus primos y los niños mayores que -al verlo con sus bracitos siempre
húmedos y piernitas lívidas y las orejitas puntiagudas y el cuerpito de un viejito
escamoso- pensaron que no podría nadar y se hundiría en el arroyo. Pero, en cuanto sus
piernitas temblorosas tocaron el agua, se convirtió en otro ser. Para sorpresa de todos,
terminó por nadar mejor que los adultos que pescaban en la rivera más profunda.
Estaban sorprendidos y maravillados al verlo. Hasta decían que la pesca había
aumentado y que este extraño niño era una bendición. El agua había devuelto el manjar
de sus entrañas. Dejó de temblar la tierra y los vientos, ahora, eran una suave brisa que
acariciaba el rostro. Se avenían nuevos tiempos. De eso, estaban seguros.

El niño, cuesta decirlo, desapareció en el anochecer frente a mis ojos. Se alejó


haciendo piruetas a contracorriente. A su lado, iba su verdadero padre, el cuidador de las
moyunas, montado en un gigantesco cocodrilo. Esto, probablemente, lo hubiera soñado;
pero la realidad ha superado al sueño. Y, ahora, me pregunto: ¿qué será de mí? Anoche,
vi que mis familiares lloraban alrededor de mi cadáver. Tal vez, ya es tiempo de volver a
empezar. Es luna llena y los seres nocturnos empiezan su vaivén.

____________________________________________________________

VOCABULARIO

Uchima: En japonés, significa "interior".


Chikan: En quechua, significa “único, distinto a todos”.
Wanqara: En quechua, significa “tambor”.
Moyuna: Término usado por los pobladores amazónicos que significa “remolino”.

Cuento finalista en el Concurso Nacional de Relatos: Amazonía Ancestral


(Moyobamba, 2019).
EL LLAMADO DE UCHIMA-CHIKAN

ACTIVIDADES

A) ACERCAMIENTO AL TEXTO
1. Comentario personal acerca del título.
2. ¿De qué lengua provienen y qué significan las palabras Uchima y Chikan?
3. Especifica género y especie literaria.
4. Vocabulario: Investiga y escribe el significado de los siguientes términos que aparecen
a lo largo del cuento:
- rememorarlo
- vulnerable
- Huallaga
- becario
- recodo
- espasmos catatónicos
- onírico
- insondable
- en vela
- adagio
- menester
- asediaban
- recio
- vigilia
- irascible
- tempestuoso
- recodo
- Aucayacu
- pandisho
- a contracorriente
5. Ubicación espacio-temporal: ¿dónde y cuándo suceden los hechos del cuento?
6. Elabora una lista de los hechos más sorprendentes que suceden en este cuento.

C) EL POR QUÉ DE LAS COSAS


1. ¿Por qué el cuento se titula “El llamado de Uchima-Chikan”?
2. ¿Por qué la protagonista del cuento sufría aquellas pesadillas tan extrañas?
3. ¿Por qué les pasaba algo extraño a los jóvenes que se enamoraban de ella?
4. ¿Por qué el niño tenía aquellas cualidades tan especiales?

D) INTENCIONALIDAD DEL AUTOR


1. El autor, ¿está a favor de las experiencias sobrenaturales o defiende la razón?
Explica.
2. ¿Cuál crees que sea el propósito de Marcos Coronado Terrones al escribir esta
historia?
3. ¿Crees que la intención del autor se ha cumplido satisfactoriamente? Fundamenta.

E) EJERCIENDO UNA ACTITUD CRÍTICA


1. ¿Podemos considerar como real la historia leída? ¿Por qué?
2. ¿Qué piensas de lo sucedido con la mujer del cuento?
3. ¿Qué opinas del destino final que tiene el niño?
4. ¿Qué opinas del lenguaje empleado por el escritor Coronado?
5. ¿Crees que el mundo amazónico es un mundo mágico? ¿Por qué?
6. ¿Por qué razones consideras que “El llamado de Uchima-Chikan” es un buen cuento?

F. VARIEDADES
1. ¿Te hace recordar el texto leído alguna otra historia parecida, sea en cuento, leyenda,
película, etc.? Cuenta.
2. ¿Consideras que es un cuento lleno de magia? ¿Por qué?
3. El autor parece aceptar las experiencias sobrenaturales. ¿Compartes su punto de
vista? Explica.
4. Pregunta a tus padres si conocen de alguna historia similar al cuento leído. Escribe
un resumen.
5. ¿Qué zona geográfica del Perú se ve representada en el cuento “El llamado de
Uchima-Chikan”?
6. ¿Qué rol crees que cumple el llamado “espíritu del bosque” dentro del cuento?
7. ¿Qué otros detalles te hubiera gustado que el narrador explique más?

G. CREATIVIDAD
1. Realiza una entrevista imaginaria al autor de este cuento.
2. Elabora una imagen relacionada con el hecho del cuento que más te impresionó:
puede ser dibujo, pintura, collage con figuras recortadas o diseño en Paint.
3. Basándote en “El llamado de Uchima-Chikan”, escribe tu propio cuento. Ilústralo.
III. TEXTOS CARNAVALIZADOS

MARCA INRI
Rully Falla Failoc
RULLY FALLA FAILOC
Escritor nacido en el distrito de Motupe, el
año 1941. Docente de Ciencias Naturales
en condición de cesante. Cultiva,
principalmente, la poesía y la narrativa. Ha
publicado: Dioses, hombres y duendes;
Coñuma / La pasión por la ternura; En la
yema del gusto; El rojo intenso de las
zarzamoras; El fuego de la memoria /
Renacimiento de la Cruz de Chalpón, etc.
Don Julio Pingo trabajaba de Director en un centro educativo y decidió tomar sus
vacaciones. Para esto, tuvo que hacer el inventario de bienes y enseres del colegio y
entregarlos al profesor a quien le encargaba la Dirección durante su ausencia.

Desde tempranas horas de la mañana, comenzó la tediosa actividad: 30 carpetas


en buen estado; a excepción de 10 que les falta el respaldo; una docena de sillas de pino
Oregón, faltándoles a algunas de ellas una o dos patas; un escritorio de director, con
varias fotografías de la familia del jefe bajo el vidrio de protección.

─ Bájame el reloj de cuarzo ─ordenó don Julio.

Pusieron una silla sobre otra para poderlo bajar. Luego, dirigió una profunda
mirada al Cristo de bronce que estaba colgado en la parte céntrica del aula. Se persignó
varias veces y ordenó:

─ Bájame el Cristo marca INRI.

El profesor disimuladamente soltó una sonrisa.

El cuento, como si hubiera estado a flor de labios, tocó el corazón de los niños y,
como quien desenvuelve chocolates, afloraron dulces las palabras.

Don Francisco tomó aliento, caviló y dijo:

No hay como la alegría,


buen potaje de noche y día;
es manjar que cura el alma
y nos deja descansar con calma.
MARCA INRI

ACTIVIDADES

A) ACERCAMIENTO AL TEXTO
1. Comentario acerca del título.
2. ¿Quiénes son los personajes de este cuento?
3. Especifica género y especie literaria.
4. ¿Podrías deducir cuándo y dónde suceden los hechos narrados?

C) EL POR QUÉ DE LAS COSAS


1. ¿Por qué se puso el director a hacer el inventario de bienes y enseres del colegio?
2. ¿Por qué el profesor, disimuladamente, soltó una sonrisa?
3. ¿Por qué el director diría una expresión de ese tipo? ¿Cuál podría ser la razón?
4. ¿Por qué aparece el personaje Don Francisco?

D) INTENCIONALIDAD DEL AUTOR


1. ¿Cuál crees que sea el propósito de Rully Falla Failoc al narrar este cuento?
2. ¿Crees que la intención del autor se ha cumplido satisfactoriamente? Explica.

E) EJERCIENDO UNA ACTITUD CRÍTICA


1. ¿Podemos considerar como reales los hechos leídos? ¿Por qué?
2. ¿Qué piensas de lo expresado por el director?
3. ¿El director de la historia podría ser un hombre ateo? ¿Por qué?
4. ¿Por qué razones consideras que “Marca INRI” es un buen cuento?

F. VARIEDADES
1. ¿Te hace recordar este cuento a alguna anécdota parecida? Cuenta.
2. ¿Qué otros autores podrías mencionar que gustan de escribir historias humorísticas?
3. Copia el cuarteto dicho por don Francisco y escribe tu comentario acerca de estos
versos.
4. Pide a tus padres que te cuenten una breve anécdota humorística y escríbela.

G. CREATIVIDAD
1. Realiza una entrevista imaginaria al autor de este cuento.
2. Elabora una imagen relacionada con este cuento: puede ser dibujo, pintura, collage
con figuras recortadas o diseño en Paint.
3. Basándote en “Marca INRI”, escribe tu propio cuento de humor. Ilústralo.
El único
Beder Bocanegra Vilcamango
BEDER MONTENEGRO VILCAMANGO
Escritor nacido en Ferreñafe. Docente de
Lengua y Literatura. Trabajó largos años en
el I.S.P. Monseñor francisco González
Burga, de Ferreñafe. Actualmente, es
docente en la UNPRG. Ha publicado:
Mañana, te cuento el resto; Ahora, el
resto, La decisión de Bochis.
Había pasado ya un ciclo de estudios. Hablábamos de los temas que me competen y que
a ti no te importan. Es muy simple. Primero, porque lo primero es mi trabajo. Y segundo,
porque mi curso no es importante, es muy simple, así como se habla en algún lado:
¿vistes?

Eran dos equipos de muchachos de todos los colores, tamaños, ideas, fantasías,
ironías, señoritas y no tan señoritos que se habían juntado con el fin de ser expertos en
Marketing. De ello, siempre tratamos de hablar. Ocuparme de esta palabra me obliga a
pensar en Inés Temple. Sin embargo, como lectura obligatoria, tiene sentido cuando
tratamos de comprender que una persona es un concepto de lo que su existencia así lo
demuestra.

Unos llegan tarde, otros llegan muy temprano, otros llegan a la universidad porque
en su casa no existen y, cuando llegan al salón, olvidan su vida en casa -préstame tu
lapicero, taque me oluidao-. Haciendo un gesto muy forzado, le entrega el suyo
asumiendo que, de este modo, se aprende a ser solidario o, en todo caso, se demuestra
que es medio cojo y el otro, un vivo perfecto.

Si dije de colores, tamaños y formas, hay quienes viven porque el oxígeno es


gratuito. A otros les cuesta comprender que no son dueños de nada. El otro viene vestido
con ropa de marca. El otro trae un reloj que posee alarma, cronómetro, velocímetro,
tacómetro, agua, aguja y brújula y no sabe ver la hora. Cada vez que le piden la hora,
contesta: lo tengo parao. Así es él.

Entre ellas, se encuentran unas mondongas; unas con pocas carnes; otras con un
kilo de maquillaje en el rostro; las negras, con pantalón pitillo de color negro que parece
que andan calatas; y, finalmente, la última que viene cansada. Ha dormido toda la noche
y está cansada. Tan luego se sentó, le contó:

Te cuento, manita, que ayer soñé bien feo, manita. Agarré y soñé que cruzaba un
río. Entonces, agarré y corrí. Me asusté bien feo, manita. El color del agua turbia era
bien feo, manita. Y agarré y dije que Diosito me ayude porque te cuento que agarré y
era bien feo. De pronto, sentí que el río estaba creciendo, manita. Agarré, manita, bien
feo; de verdad que bien feo. Sentí algo duro por mis piernas y mejor agarré y desperté
para no morirme ahogada. Qué chistosa. La otra, llorando, me contó que su futuro
estaba echado, que no tenía ganas de vivir, que tenía un negro porvenir.

Me asustó un poco. La hice de cura mañoso. Me sorprendí. Traté de contemplar su


tristeza. Traté de comprender lo necesario. Traté de todo y le pregunté: ¿por qué dices
que tienes un negro porvenir si eres guapa, inteligente, hacendosa, laboriosa, joven? No
entiendo. Nada, profe; es en serio. Lo que pasa es que estoy embarazada del negro
Martín. Por eso, le digo que tengo negro por venir.

Cierta mañana, desarrollaba una de las primeras sesiones con ellos. Tanto así que,
rápidamente, identifiqué a este fulano, de gran tamaño (simplemente, alto; no es para
tanto), muy bien peinado con el peinado cachetada; es decir, el cabello a un lado.

Casi siempre, llegaba tarde; casi siempre, jodía la clase, del saque, como dicen ellos;
en prima, como dicen otros. Al toque, como decimos todos, captaba la maquiavélica idea
de mi clase e interrumpía la sesión.

Casi siempre, intentaba dar en el centro de la atención. Era de mirada atenta,


callado, todo un niño. Cuando hablaba de la necesidad de redactar, les recordaba que, en
su precaria Secundaria, les han estafado con eso de Producción de Textos, no faltó en
recriminar a la profe de primaria. Sí, profe, tiene razón. Mi profe, se la pasó todo el año
con eso de los sustantivos y oraciones con sujeto tácito hasta que, un día, no llegó a clase
y mandó a decir que, tácitamente, la clase estaba desarrollada. Y encima, mi viejo pagaba
ciento cincuenta soles puntualmente. Le creí porque le escuché que tenía cinco edificios,
muchas tierras en el campo y amenazaba con adquirir un auto para llevarse a la mejor
chica del salón.

Me jodió la sesión. Ese no era mi propósito. Esa no era mi intención. Le escuché


con tanta atención que me acordé de la escuálida de mi profesora. Todos los seis años de
mi rústica y miserable Primaria, nunca me trató por mi apellido bonito. Siempre me dijo
Montenegro, como si me hubiera visto jugar encima del negro Martín.

Volví a mi sesión y traté un ejemplo de Marketing y bla, bla, ble, bli, otro bla y otra
vez la interrupción: Ya sé, profe. Lo que usted nos quiere decir es que el Marketing es
marketear lo que se puede colocar dentro de un marco y quien marketea es el merkader,
el mismo personaje de la obra El mercader de Venecia.

Lo miré asustado. No aguantaba semejante analogía, no soportaba semejante


comentario lleno de tribulaciones, confusiones, infusiones, transfusiones, comisiones,
perdiciones y estrangulaciones; todo lo que termina en iones. Ya parece una sesión de
Química. Un poco más, y empezábamos a tocar el tema de enlaces monovalentes y
enlaces polivalentes. El otro, muy preocupado, le tocó la espalda al compañero del
costado y le dijo: ¿Sabes?, creo que la ...gué. Mi chica está embarazada. Con la frescura
de siempre, lo quedó mirando como diciendo yo tengo la solución. Se quedó callado un
buen rato hasta que le dijo: ¿Y de quién sospechas?

Esas situaciones eran de siempre.

Al pasar al segundo ciclo, pensé no verlo; pero le permitieron la matrícula, bien


sentado al fondo de la sala y a la expectativa para joderme la clase.

Hubo un impase con el trabajo de ideas para el texto académico sobre un tema que
se seleccionó con fines de aprobación del curso. Mientras sus amigos trataban un tema y
eran coherentes con el texto, él simplemente abordaba otro tema, con mucha seguridad,
con mucha frialdad y con mucha tenacidad que convencía a todos de saber cohesionar
algunas ideas en el texto. Muy cerca de la fecha de presentación del trabajo, con mucha
cortesía, se me acercó y dijo puntualmente así:

Buenos días, mire, esteee, ayer lo estuve llamando porque, es que no sé cómo le
diqo. La vez pasada, lo llamé; pero no me contestó y, claro, usted debe estar muy
ocupado. Lo que pasa es queee no entiendo; bueno, sí entiendo, pero no... ¿Se acuerda
que nos dijo eso de?, eso de; ya bueno, en fin, que el trabajo que usted quiere, ¿cómo lo
hacemos, profe?... Porque yo sí entiendo; pero mis amigas no y, la verdad, no sé cómo
hacerlo y es para mañana y lo peor es que mi amiga, no sé, parece que se retira del
grupo. Disculpe, ¿me puedo cambiar de grupo?...

Terminé con traumatismo encefálico tirando para migraña.

Cuando leí el primer reporte, noté que, inteligentemente, el equipo había logrado
elaborar un texto importante: El Marketing es una herramienta que permite acercarse
al cliente para hacerlo víctima de un producto o de un servicio. Su condición de víctima
se debe al aporte de Kotler quien sostiene que el cliente nunca tiene la razón; por eso,
es la víctima del marketero.

Más abajo:

El aporte de Kotler a la empresa, como socio, es importante. Ese aporte ha


permitido victimizar al cliente cuando cree tener la razón. Muchos clientes exageran
cuando Kotler, el gerente, les cobra lo justo tanto por el producto y por su servicio. En
efecto, Kotler tiene una herramienta eficaz para hacer víctimas a sus clientes. Por eso,
nunca tienen la razón. La idea kotleriana es... (Inocente Chumioque).

Suficiente.

Cuando terminé, me arrepentí de haber leído semejante redondeo a la idea.


Algunos días después, teníamos que resolver el examen. En esta ocasión, tuve la feliz idea
de poner en práctica el diálogo a modo de dinámica en la que conversas, ríes y terminas
llorando.

Primera pregunta: contestó el de la derecha. Segunda pregunta: silencio brutal,


calladitos, nadie se atrevía a contestar. Empezó el diálogo. Cuarta pregunta: apenas,
había terminado de lanzar mi pregunta, cuando este mozalbete, atrevido, imprudente,
osado y desvergonzado, todo inocente, se puso a leer su artículo. Advertí su condición
primitiva de encarar un examen. Me estiré para despojarlo del papel y, muy fresco, me
dijo: Qué, profe, ¿no vale con papel? Entonces, ¿cómo quiere que le conteste el examen?
EL ÚNICO

ACTIVIDADES

A) ACERCAMIENTO AL TEXTO
1. Comentario acerca del título.
2. ¿Quiénes son los personajes de este cuento?
3. Especifica género y especie literaria.
4. ¿Se trata de un relato formativo o de un cuento burlesco?

C) EL POR QUÉ DE LAS COSAS


1. ¿Por qué el narrador incluye frases que corresponden a la jerga?
2. ¿Aparece aquí el profesor en una especie de parodia? Explica.
3. ¿Por qué el muchacho resultaba tan incómodo para el profesor?
4. ¿Crees que este cuento retrata o caricaturiza la vida universitaria lambayecana?
Fundamenta.

D) INTENCIONALIDAD DEL AUTOR


1. ¿Cuál crees que sea el propósito de Beder Bocanegra Vilcamango al escribir este
cuento?
2. ¿Está de acuerdo con la intención del autor? ¿Por qué?

E) EJERCIENDO UNA ACTITUD CRÍTICA


1. ¿Podemos considerar como reales los hechos leídos? ¿Por qué?
2. ¿Qué piensas del lenguaje empleado por el autor?
3. ¿Crees que lo narrado corresponde a la experiencia universitaria que los padres de
familia desean para sus hijos? ¿Por qué?
4. ¿Cuál es tu opinión acerca del cuento leído?

F. VARIEDADES
1. ¿Crees que nos da buena imagen personal utilizar la jerga? Explica.
2. ¿Cómo podemos mejorar nuestro dominio de la lengua española?
3. ¿Qué consejo le darías a los jóvenes que aparecen en el cuento?
4. Pide a tus padres que te cuenten una breve anécdota estudiantil y escríbela.

G. ASPECTO LINGÜÍSTICO
1. Copia, de este cuento, algunas expresiones propias de la lengua sub-estándar.
2. A la derecha de cada palabra o frase, escribe su equivalente según la lengua estándar.
- ¿vistes?:
- taque me olvidao:
- manita:
- bien feo:
- jodía la clase:
- profe:
3. ¿Aparecen palabras que pertenecen al llamado lenguaje soez? ¿Por qué crees que el
autor creyó necesario incluirlas?
H. CREATIVIDAD
1. Escribe una carta imaginaria al autor de este cuento.
2. Elabora una imagen relacionada con este cuento: puede ser dibujo, pintura, collage
con figuras recortadas o diseño en Paint.
3. Basándote en “El único”, escribe una anécdota humorística de tu vida estudiantil.
Ilústralo.
IV. INSEGURIDAD CIUDADANA

Profesiones
Pedro Manay Sáenz
PEDRO MANAY SÁENZ
Escritor nacido en el C.P. San Antonio,
distrito San Juan de Licupís, Chota, el año
1965. Docente de Lengua y Literatura y
corrector de textos. Cultiva la poesía, el
ensayo y la narrativa. Ha publicado: En
busca de un oasis, Para crear poemas, Al
pie de la Luna, La historia de Urano, Claro
de Luna, El canto del mirlo, La bruma y el
arco iris, Volver al Amor, El templo de
Bangú, Mosaico, La clase del adiós, etc.
A las cinco de la mañana, se levantaba Paco para acompañar a su madre al Mercado
Sureño; es decir, al puesto ambulante donde ésta vendía, diariamente, papa amarilla. El
puesto, como es de suponer, se ubicaba, junto a muchos más, en la periferia de aquel
viejo, pero concurrido y agitado centro de abastos. Sentado y cantando, iba Paco en el
añoso triciclo amarillo que, desde hacía seis años -precisamente, la edad del niño-, servía
a la viuda madre para llevar las papas desde la barriada lejana en que vivían hasta el
céntrico mercado. La madre, una mujer delgada y excesivamente tostada por el sol,
manejaba sudorosa, lo más veloz que podía, con el propósito de llegar temprano a su
lugar de venta y evitar a los maleantes, en tanto que el niño, vivaracho y risueño, le hacía
preguntas diversas.

— ¿Y el Beto, mamá? ¿Estará ya en el mercado?


— No sé, hijito. Tal vez.
— Mamá, ¿el Beto no tiene hermanitos, di?
— No, hijo, no.
— ¿Por qué?, ¿por qué, mamá?
— No sé, hijo. Y ya no me hables. ¡Anda callado!

Y Paco ya no hablaba; pero tampoco estaba tan callado. Conversaba consigo


mismo, como hacía cuando estaba solo, cuando no tenía compañía.

— Mamá... —insistió.
— ¡Te he dicho que estés callado!
— Sólo una cosita, ¿ya, mamá?
— ¿Qué cosa? —preguntó, con maternal enojo, doña Ofelia.
— ¡Cuando tenga veinte años, voy a ser un doctor con harta plata y te voy a comprar
un carro para que traigas las papas! ¡No, no! Mejor, dejarás de trabajar, ¿ya?

El Beto, un gordito pálido de siete años, había tendido ya el plástico azul en el


suelo, mientras Chana, su hermana mayor, sacaba del costal las sandalias que, después,
iba poniendo en orden sobre el ajado plástico. Eran casi las seis. Y todos los vendedores
ambulantes, soñolientos unos y activos otros, iban llegando desde distintos puntos; no
de la ciudad, sino de las poblaciones marginales (y marginadas) y se instalaban, cada
uno, en sus respectivos dos metros cuadrados de espacio cuya exacta ubicación, de
memoria, se sabían, pues no había a la vista ninguna señal o número o marca que lo
indicara.

— Hoy, va a quemar harto el sol —pronosticó Chana.


— Pero yo tengo mi gorra —dijo Beto, con el entusiasmo y la mirada brillante de un
niño pobre cuyo principal sueño del día es ver la sonrisa de satisfacción de su querida
hermana porque haya vendido unos veinte o doce pares de sandalias por lo menos. Se
puso la gorra blanca de tela y, dinámico como siempre, siguió ayudando a Chana en
colocar las sandalias por filas, según las tallas.

— ¡Beto, Betooo!
— ¡Paco! ¡Hoy día, les ganamos!
— Es que mi mamá maneja muy despacio.
— Buenos días, doña Ofelia.
— Buenos días, Chanita. ¿Cómo estás?
— Aquí, ordenando la mercadería.
— Arreglaré yo también mis cositas antes de encargar el triciclo.

Un rato después, salió el Sol, con el brillo intenso y el calor sofocante de fines de
febrero. Los clientes iban llegando: amables unos; coléricos, otros. Sin protección alguna,
los rostros de doña Ofelia y de Roxana, expuestos directamente al sol, se amorenaban
aún más y expresaban con fuerte nitidez sus arrugas precoces. Ellas lo sabían y lo
constataban diariamente. Pero, también sabían que las mujeres pobres, que las mujeres
trabajadoras de la calle, de las afueras del mercado, no tienen derecho a preocupaciones
de índole estética. ¿Cómo, en la atroz conjunción del quemante sol de verano, la
humareda de los carros y el polvo de la calle, puede hablarse de piel saludable y bella,
cuando, por la lucha de sobrevivencia, se está en contacto directo con todo ello cada día
de trabajo? "Eso de piel tersa y bonita es sólo para las mujeres con plata -decía doña
Ofelia-. Nosotras estamos feas, morenas y arrugadas".

Pero, ni los asuntos sociológicos ni estéticos pertenecían al universo infantil de


Paco y Beto. Paco sólo sabía que su madre era la más buena y la más trabajadora de todos.
Y Beto (que rezaba, cada noche, por su mamá en el cielo), sólo pensaba que Roxana era
seria, pero muy cariñosa, y que no se comprometía por cuidar de él y de su padre,
enfermo de los pulmones desde hacía tiempo.

Alguien ha dicho que los niños, aun en la más difícil pobreza, se aferran
simplemente a la vida y se empeñan por encontrar, cada día, motivos y juegos que los
hagan felices. Más tarde, en la pubertad, y mucho más en la adolescencia, comienzan a
descubrir los terribles contrastes de la sociedad peruana. Así, San Borja y La Molina por
un lado; y Lurigancho y el Cerro San Cristóbal, por otro. Un gerente de banco que gana
veinte mil soles mensuales y un vigilante del mismo banco que, no se sabe cómo,
sobrevive el mes con ochocientos cuarenta soles. Ojalá fuera posible ser niños,
nuevamente, para olvidar la economía peruana.

Volviendo a nuestro cuento, anotamos que, esa mañana, como nunca, los pequeños
trabajadores, Paco y Beto, se pusieron a filosofar (actividad que no es, como se cree,
propiedad exclusiva de los adultos) y se preguntaban por qué se debe trabajar en esta
vida, por qué hay niños que no se esfuerzan como ellos y, sin embargo, "andan bien
vestidos y en carro, nomás". En suma, se extrañaban -durante aquel repentino instante
de "inquietud filosófica y social"- de tanto contraste en la vida cotidiana, mientras
mordisqueaban sus panes de a diez céntimos cada uno al pie del algarrobo que, frente a
la larga fila de puestos ambulantes, alguna sombra fresca obsequiaba.

— Pero, yo no me aflijo —concluyó Paco.


— ¿Por qué? —interrogó Beto.
— Porque yo voy a ser un doctor con mucha plata para que mi mamá ya no trabaje.
— Y yo —no se quedó atrás Beto—, cuando sea grande, voy a ser alcalde para
regalarle un mercado a la Chana.

Sin querer, la conversación de los dos niños fue escuchada por un joven profesor
de Lengua y Literatura que esperaba, cerca del mismo algarrobo, la movilidad que lo
llevara al Colegio "Karl Weiss", su centro de labores. Y pensó: Este diálogo de chiquillos
me servirá para escribir un cuento de tema social. “Profesiones”, podría titularse.

Pasó también (cerca del mismo árbol) una mujer tapándose la nariz y
murmurando: "¡Qué mocosos tan cochinos! ¡Miren con qué manos están cogiendo el pan
que comen!". Era la esbelta contadora del Banco Hispano que se ubicaba a dos cuadras
del Mercado Sureño. Y, cosa de cuento, ahí nomás, en una reluciente camioneta de lunas
polarizadas, aparecía el alcalde Rucio Faenone, con la solemne y misántropa mirada que
suelen tener los que poder tienen, inspeccionando secretamente el área ocupada por
doscientos cuatro vendedores ambulantes (incluidas Roxana y doña Ofelia).

Dos horas más tarde, el alcalde firmaba la funesta resolución municipal que
ordenaba el desalojo implacable –a cargo de setenta policías municipales y doscientos
efectivos de la Policía Nacional- de todos los comerciantes informales de la periferia del
Mercado Sureño.
Chiclayo, 2001.
PROFESIONES

ACTIVIDADES

A) ACERCAMIENTO AL TEXTO
1. Comentario personal acerca del título.
2. ¿Qué relación encuentras entre la ilustración y el cuento?
3. Especifica género y especie literaria.
4. Describe brevemente, en lo físico y psicológico, en base a las referencias del cuento y
a tu propia imaginación, a los siguientes personajes:
- Paco
- Beto
- doña Ofelia
- Chana
- el profesor de Lengua y Literatura
- la esbelta contadora del Banco Hispano
- el alcalde Rucio Faenone
5. Ubicación espacio-temporal: ¿dónde y cuándo suceden los hechos del cuento?
6. ¿Por qué piensas que el autor eligió el nombre Rucio Faenone para el alcalde del
cuento?

C) EL POR QUÉ DE LAS COSAS


1. ¿Por qué consideras que el cuento se titula “Profesiones”?
2. Aun siendo niños muy pobres, Paco y Beto eran niños alegres. ¿Cómo explicas eso?
3. ¿Por qué crees que existen los vendedores ambulantes?
4. ¿Por qué crees que existen tantas diferencias económicas y sociales en el Perú?
5. ¿Por qué crees que mostraba tanta insensibilidad la contadora del Banco Hispano?
6. ¿Por qué piensas que el alcalde no dialogó primero con los vendedores ambulantes
antes de ordenar el desalojo por la fuerza?

D) INTENCIONALIDAD DEL AUTOR


1. El autor, ¿busca que reflexionemos sobre la desigualdad y la injusticia? Fundamenta.
2. ¿Cuál crees que ha sido el propósito de Pedro Manay S., al escribir esta historia?
3. ¿Crees que la intención del autor se ha cumplido satisfactoriamente? Explica.

E) EJERCIENDO UNA ACTITUD CRÍTICA


1. ¿Podemos considerar como real la historia leída? ¿Por qué?
2. ¿Qué opinas de la decisión del alcalde Rucio Faenone?
3. ¿Qué hubieras hecho tú si hubieras sido el alcalde?
4. ¿Qué opinas del lenguaje empleado por el escritor?
5. ¿Crees que el Estado podría resolver el problema de la pobreza? Explica.
6. ¿Te parece que “Profesiones” es un buen cuento? ¿Por qué?

F. VARIEDADES
1. ¿Te hace recordar el texto leído alguna situación parecida que haya ocurrido en
Chiclayo?
2. ¿Consideras que es un cuento realista? ¿Por qué?
3. ¿Se relaciona este cuento con otros cuentos peruanos en los que aparecen niños
pobres? ¿Con cuáles?
4. ¿En qué mercado de Chiclayo parece haber ocurrido esta historia? ¿Por qué?
5. ¿Qué soluciones propones para resolver el tema del comercio ambulatorio?
6. ¿Crees que doña Ofelia y Chana representan a las mujeres pobres de nuestra región
que luchan para salir adelante? Explica.
7. ¿Cómo te hubiera gustado que termine el cuento?

G. CREATIVIDAD
1. Escribe una carta imaginaria a Paco y a Beto.
2. Elabora una imagen relacionada con el hecho del cuento que más te impresionó:
puede ser dibujo, pintura, collage con figuras recortadas o diseño en Paint.
3. Basándote en “Profesiones”, escribe tu propio cuento. Ilústralo.
El botoncito
Segundo Vásquez Tirado
SEGUNDO VÁSQUEZ TIRADO
Escritor nacido en Cajamarca, el año 1945.
Fue fotógrafo. Como Policía Nacional del
Perú, prestó servicios en Huánuco,
Cajamarca, Lambayeque y La Libertad. Ha
publicado: Vivencias, Recuerdos, Liras,
Crónicas y Númenes.
Siendo adulto mayor, una mañana, después de desayunar y, desabotonando el bolsillo
de mi camisa -color lila oscuro- que llevaba puesta, guardé el portadocumentos
conteniendo Multired y DNI, asegurando después, con el botoncito en su ojal que uso en
estas prendas de vestir para evitar la caída de algo al momento de inclinarme por alguna
circunstancia.

Me despedí familiarmente saliendo con destino al principal Banco de la Nación


-moderno- de la urbe de Chiclayo para realizar un retiro de la cuenta de ahorros que
tengo, por la suma de doscientos nuevos soles. El local está ubicado en el crucero
formado por la Av. José Leonardo Ortiz y la calle Elías Aguirre. El trámite se efectuó
normalmente; luego, me retiré con dirección a los servicios higiénicos de la Biblioteca
Municipal, situada a cuadra y media del lugar. Cuando caminaba por el corto trayecto
del ambiente, alguien gritaba detrás, apurando los pasos -casi corriendo- para darme
alcance: “¡Oiga, oiga!”. Parecía que la llamada era para mi persona. Pero decidí no voltear
la cabeza porque la voz procedía de un desconocido. El individuo, al transitar con prisa
por mi lado, colocó una de sus manos sobre la superficie de mi reloj pulsera -que llevaba
en la muñeca de mi mano izquierda-, cogiéndolo levemente.

Ante tal situación, pregunté sonoramente: ¡¿Qué pasa?! Respondió: ¡Nada, nada!,
e ingresó al retrete de la biblioteca. Cuando yo llegué, cerrando la pequeña puerta interior
de los servicios higiénicos, pude observarlo cuando permaneció de pie: era joven, tez
blanca, de unos 20 años de edad. Se le notaba nervioso, por la mirada y movimientos
asustados.

Luego, se inclinó, desapareciendo. Se introdujo en la cabina de la necesidad


corporal mientras yo me ubicaba frente al urinario. Después de breves momentos, me
retiré del lugar para efectuar compras en las tiendas del radio urbano; sereno, ya que el
reloj no me fue sustraído. Transcurrieron cinco minutos aproximadamente cuando, en
el trayecto, encontré al amigo, colega y vecino apellidado Cardoza, saludándonos y
deteniéndonos a conversar. Me dijo: “¡Vásquez, el botón de tu camisa está colgando; se
va a caer!”. Quedé angustiado porque, con el pensamiento, recordé al incógnito -posible
delincuente-, la Multired, DNI, la guita retirada de la oficina del banco… Preocupado,
observé la prenda de vestir aludida. Era verdad; y, al tratar de coger el botoncito, rodó
por el piso de la vereda. Me incliné, lo recogí y guardé. Revisé el bolsillo de la camisa,
dudando encontrar los documentos con el dinero. Sorpresa: gracias a Dios…, estaba
conforme. Deduje que el joven delincuente observó a la víctima en el Banco de la Nación,
desde donde lo siguió hasta los servicios higiénicos de la Biblioteca Municipal, para
cometer el robo. Para engañar, distrayendo la atención, colocó su mano izquierda sobre
el reloj pulsera, mientras que, con la derecha, introdujo sus “dedos de seda” al bolsillo de
la camisa para sustraer el dinero, encontrando resistencia -el botoncito- forzando,
desprendiéndolo; pero no logrando su propósito.

Hoy, nuevamente, el botoncito ocupa su lugar correspondiente en mi camisa.


EL BOTONCITO

ACTIVIDADES

A) ACERCAMIENTO AL TEXTO
1. Comentario acerca del título.
2. ¿Quiénes son los personajes de este cuento?
3. Especifica género y especie literaria.
4. ¿Es un cuento que aborda el tema de la inseguridad ciudadana?

C) EL POR QUÉ DE LAS COSAS


1. ¿Por qué el personaje decidió poner un botón en su camisa?
2. ¿Por qué el ladrón falló en su intento de robo?
3. ¿De qué experiencia le venía la prevención al personaje?
4. ¿Por qué vale tanto ser prevenidos?

D) INTENCIONALIDAD DEL AUTOR


1. ¿Cuál crees que sea el propósito de Segundo Vásquez Tirado al narrar este cuento?
2. ¿Crees que la intención del autor se ha cumplido satisfactoriamente? Explica.

E) EJERCIENDO UNA ACTITUD CRÍTICA


1. ¿Podemos considerar como reales los hechos leídos? ¿Por qué?
2. ¿Qué piensas del lenguaje empleado por el autor?
3. ¿Crees que Vásquez debió actuar con más severidad ante el ladrón?
4. ¿Por qué razones consideras que “El botoncito” es un buen cuento?

F. VARIEDADES
1. ¿Te hace recordar este cuento alguna experiencia parecida? Cuenta.
2. ¿Es la delincuencia un serio problema en nuestra región? Explica.
3. ¿Qué acciones propondrías para prevenir y combatir la delincuencia?
4. ¿Crees que las artes y el deporte ayudarían a prevenir la delincuencia? Fundamenta.

G. CREATIVIDAD
1. Realiza una entrevista imaginaria al protagonista de este cuento.
2. Elabora una imagen relacionada con este cuento: puede ser dibujo, pintura, collage
con figuras recortadas o diseño en Paint.
3. Basándote en “El botoncito”, escribe tu propio cuento. Ilústralo.
V. A UN PASO DE LA REALIDAD REAL

LA CUCHARA DE PAPÁ
Dandy Berrú Cubas
DANDY BERRÚ CUBAS
Escritor nacido en Chiclayo el año 1967. Es
Docente de Historia y Geografía.
Declamador, profesor de teatro, cultiva la
poesía y la narrativa. Ha ganado el Premio
Nacional Horacio (2012).Actual
Presidente de la APLIJ, filial Lambayeque.
Ha publicado: El shulca y otros cuentos;
Última decisión; La cuchara de papá; El
rojo placer de las flores; Crispín, un chico
con agallas.
“Más vale una cuchara de suerte
que una olla de sabiduría”.
Anónimo

Esta es la historia de una cuchara, la historia de la cuchara de papá. Ese utensilio


cóncavo, diseñado con fines no tan exclusivos, tal como es el caso de servirnos
para llevar los alimentos e iniciar el proceso digestivo, tan natural y necesario en
la especie humana; mejor todavía, si es para degustar algún platillo preparado
por habilidosas manos. Qué va, recuerdo que a mi abuela paterna la buscaban
casi siempre para curar el “mal de ojo” de los párvulos del barrio, requiriendo
para ello un par de cucharas cruzadas, las que pasaba por el cuerpecito enfermo
del pequeño con no sé cuántos padrenuestros y avemarías. Después de dar
señales de mejoría, compensaban su labor con una canastilla de huevos o una
buena tajada de queso fresco que se vendía en la tienda de la Concepción. Nunca
aceptaba monedas porque tenía la creencia que la enfermedad del paciente se le
“pegaba” al que santiguaba y eso era de muy mala “seña”. El tío Mosho, el último
de los hermanos de papá, que se divierte contando anécdotas de las cosas simples
de la vida hasta el clímax de la jocosidad, es muy bueno con la percusión y su
instrumento favorito era un buen par de cucharas “potonas”, como decía. Unía
sus espaldas trenzadas entre sus dedos y con la palma de su otra mano golpeteaba
de manera armónica hasta tocar con la parte delantera del muslo y, apoyándose
en su estentórea voz, nos dejaba escuchar algún conocido vals. Sus favoritos eran,
“El plebeyo” y “Tu voz”, de Gonzalo Rose, interpretado por la finadita Luchita
Reyes. Si estaba con sus copas encima, hasta lloraba.

Algunas sociedades como la árabe o ciertas comunidades nativas del África


y América prescinden, muchas veces, de su uso. Es que hay un gusto tan primitivo
y familiar como es el caso de comer con nuestra cuchara natural: la mano. Peor
aún si, de por medio, se trata de una presa huesuda y sabrosa. Acotaba la negra
Paula: “El que come con la mano, engorda”, mientras nos animaba a comprar sus
tamales sin dentro.

Las hay de tamaños y formas variadas, así como de materiales diversos:


metálicas, de plástico, madera, según el uso, gusto y ascendencia social del
personaje que la posee. Ah, que las hay aristocráticas, las hay. De alpaca, plata y
hasta de oro. Algunas de ellas pasaron a la historia poética por su fidelidad
heroica, como la del republicano Pedro Rojas, del poema de Vallejo, siempre viva
ella con sus símbolos en la chaqueta del combatiente; o las que hurtara, en un
singular acto de picardía, Jean Valjean, el victorioso personaje de Víctor Hugo, lo
que, a la postre, remordió tanto la conciencia hasta reivindicarse consigo mismo
y la novelesca historia. Bueno, esta vez, solo quiero hablarles de una cuchara
simple, tan común como no tan corriente.

En casa, todos teníamos nuestra cuchara: Pamela, Toño, yo y papá. A mamá


le iba y venía servirse con cualquiera. La de Toño era la más grande; pero más
delgada, con similares adornos que la mía. Su tamaño lo llenaba de un natural
orgullo infantil. La de Pamela era mucho más simple, aunque los bordes del
mango daban la apariencia de una hoja de laurel de acero, gloriosa como las testas
de los emperadores romanos en su cuarto de hora de apogeo hedónico. La mía,
en cambio, era la más ancha, con bordes de florecillas de color acero opaco y, por
ello, reconocible a la distancia.

A la hora de comer, al sacar cada quien su cuchara del porta-utensilios, si


por casualidad alguien tomaba la cuchara equivocada, automáticamente, se le
obligaba a enmendar el error hasta quedar cada quien con la suya. Ocurre que,
algunas veces, tomé la de papá, de manera involuntaria, y como por impulso
instintivo, se la dejaba sobre su individual, ante la mirada escrutadora de su
dueño. Eso mismo hacían mis demás hermanos si pasaba lo mismo.

La cuchara de papá carecía de adorno alguno. Era llana; pero pesada. ¡Puro
acero!, alardeaba el viejo. Su cavidad alargada con su terminación lanceolada le
daba un toque especial. Su origen, un misterio que su dueño se resistía develar.
“¡Ah, esta cuchara tiene historia!”, nos decía nada más, y nunca la contaba a pesar
que Pamela le hacía mimos y otras monerías con tal de convencerlo. “Otro día”,
repetía como siempre.

Una noche, antes de cenar, papá, inusualmente melancólico, tomó su


cuchara y no dijo nada. Mientras la contemplaba absorto entre sus manos,
acariciándola con la vista, ¡deja de mirar tanto esa cuchara y haz la oración que
se enfría la comida!, dijo cortante mamá. Al no hallar pronta respuesta, se dispuso
ella misma a echar la bendición. ¡Un momento!, sentenció papá. Antes, les
contaré algo. Y prosiguió. Anoche, la volví a soñar. Deben saber que esta cuchara,
junto al reloj Olma enchapado en oro, fue un presente del finado Eusebio, su
abuelo. Me los obsequió como algo muy especial el día de su muerte diciendo:
Cuida de ellos; sobre todo, la cuchara. Quiso seguir hablando; pero, ahí nomás,
cerró los ojos mientras el obsequio, entre su gélida mano y las mías, quedaba
enmudecida. De eso ya, treinta años han pasado y cada vez que se acerca su
cumpleaños, sueño con él, entregándome la cuchara, repitiéndome su discurso
final, pero con algo más que no me dijo ese día: ¡Cuídala! No la dejes de usar, pero
cuídala. El día que la pierdas, algo trágico ha de pasar… Y se fue conforme vino,
arrastrando sus pasos, mostrando su espalda ancha.

— Como sabrán, ésta es parte de la historia de la cuchara que yo uso. Por


ello, no está demás pedirles que lo tengan en cuenta.
— ¡Tonterías! —espetó mi madre—. ¡Cosas del diablo! ¡Aférrate a Dios y deja
de creer en eso…! ¡Bendice de una buena vez y sirvámonos…!

Lo que nos contó papá ese día nos tuvo en vilo. Ahora, entendíamos el
porqué de tanto recelo por la cuchara. Fue entonces que cada uno de nosotros nos
hicimos la firme promesa de cuidarla.

La Pascua pasada sucedió algo que nos llenó de preocupación


repentinamente. Papá cayó mal. Empezó a tener unos cólicos espantosos. Los
retortijones perecían matarlo. ¡Chucaque, chucaque!, gritaba mientras mamá
llegaba con don Severino, viejo conocido por sus curas de ojo, susto, enredos
amorosos, limpias senatorias con pajas y otros menjunjes, por lo que se ganó el
mote de “El Brujo Cheve”, aunque mamá siempre lo trataba de don Seve, con
respeto. Después de auscultarlo, pidió una media de cañazo con algo de sal. Del
bolsillo, extrajo un pomito con líquido plomizo del que vertió un par de gotitas.
Se lo dio a mi padre y éste se incorporó incómodo tomándolo de un solo trago con
un mohín de disgusto. Luego de pedirle el torso desnudo, procedió con el rito.
Retuvo un poco de aguardiente en su boca hasta quedar con la mejilla inflada y,
después, lo esparció sobre el vientre paterno. Cayeron éstas, en pequeñísimas
partículas, reducidas en su mínima expresión, mismo spray. Haría lo mismo
sobre la espalda, brazos y piernas, frotando toda la parte humedecida de manera
profusa y severa, incidiendo siempre sobre la parte del vientre. Papá dejó de
sentir su dolor a través de quejidos lastimeros.

Pensamos que eso iba a ser suficiente para mejorar su salud. Pero ocurrió
que, al anochecer, se puso peor. El dolor era intenso e insoportable. Nunca antes,
lo habíamos visto en una situación similar. Es más, casi nunca, enfermaba. Según
él, para no molestar a los doctores…; para, ahora, verlo en una lamentable
situación, con sus lágrimas cayendo en silencio; y nosotros, haciendo de tripas
corazón, sin saber qué hacer. Pamela, quien no estuvo antes, irrumpió de pronto
con una pregunta que nos rasgó como un sablazo.

— ¿Han visto la cuchara de papá?


— ¿Cómo? —nos interrogamos extrañados todos juntos.
— ¡La he buscado por todos lados y no está!

Nos miramos asustados. Toño y yo, discretamente, salimos a buscarla. En


efecto, no estaba por ningún lado. ¡Qué raro! Fue entonces cuando nos invadió el
miedo. Mientras tanto, mamá convencía a papá para ir al médico, que no le quedó
otra. Llegaron, luego, el tío Mosho con la tía Leji ayudando a llevarlo al hospital
estatal. Luego de la desesperante espera en Emergencia, terminaron
atendiéndolo. Por la ictericia detectada en sus ojos, lo pusieron de inmediato al
quirófano. Los tres médicos de turno decidieron operar previa aprobación de la
familia.

— ¡La vesícula! —dijo mamá después de hablar con el médico.


— ¡Tanto que le sobaron, terminaron inflamándola! —acotó la tía Leji—. El
doctor dijo que la tenía hinchada y quién sabe si hasta hubiera reventado. Menos
mal que lo trajimos. Aun así, la intervención es de peligro.

La Sala de Espera se volvió densa. Hubo pasado ya dos horas y aún nada.
Sólo atinábamos a mirarnos de cuando en cuando. Toño disimulaba sus nervios
llenando un crucigrama del periódico pasado; mamá, con sus ojos vidriosos a
punto de llorar, con la mirada en el cielo de esa parte del nosocomio. De manera
inesperada, llegó Pamela. Descendió del taxi, apresurada. Por las transparentes
lunas del amplio ventanal, dejaba ver su figura juvenil metida en su roído
pantalón dril y ancha polera negra. Su cabellera alborotada decía mucho de su
extrovertida personalidad.

Estando frente a nosotros, se le iluminaron los ojos y con la sonrisa radiante


nos invadió de entusiasmo.
— ¡Adivinen! —dijo exaltada; luego, zambulló su mano y sus ojos en el bolso
andino que traía consigo y, al instante, sacó algo para mostrarnos como un trofeo
que se yergue desde los escombros de una batalla casi perdida.
— ¡Buena! —gritamos Toño y yo al unísono, sin dejar de sorprenderse los
tíos que nos miraban asustados.

Una complaciente sonrisa se le dibujó a mamá en su rostro casi marchito.


De manera súbita, recobró el entusiasmo por la vida. Despertaba la esperanza. El
sol dejaba ver nuevamente su luz en la plenitud del día. Los ojos claros de mamá
seguían clavados… en la acerada imagen de la cuchara de papá.
LA CUCHARA DE PAPÁ

ACTIVIDADES

A) ACERCAMIENTO AL TEXTO
1. Comentario personal acerca del título.
2. Elabora una lista de los personajes agregando su función dentro del cuento.
3. Especifica género y especie literaria.
4. ¿Cuál era la historia de la cuchara?
5. Ubicación espacio-temporal: ¿dónde y cuándo suceden los hechos del cuento?
6. ¿Qué te parece el final del cuento?

C) EL POR QUÉ DE LAS COSAS


1. ¿Por qué consideras que el cuento se titula “La cuchara de papá”?
2. ¿Estaba justificado el tener tanto cuidado con aquella cuchara?
3. ¿Por qué se asustaron cuando la cuchara se perdió?
4. ¿Coincidió la pérdida de la cuchara con la enfermedad de su dueño?
5. ¿Hay, en verdad, una relación de causa-efecto entre pérdida de cuchara y enfermedad?
6. ¿Qué significa, al final del cuento, que Pamela haya aparecido con la cuchara perdida?

D) INTENCIONALIDAD DEL AUTOR


1. ¿Cuál crees que ha sido el propósito de Dandy Berrú Cubas al escribir esta historia?
2. ¿Crees que la intención del autor se ha cumplido satisfactoriamente? Explica.

E) EJERCIENDO UNA ACTITUD CRÍTICA


1. ¿Podemos considerar como real la historia leída? ¿Por qué?
2. ¿Crees que un objeto tan simple como una cuchara puede tener una importancia tan
grande como la que se le da en este cuento? Fundamenta.
3. ¿Este cuento está desarrollado desde la fantasía o desde la racionalidad? Explica.
4. ¿Qué opinas del lenguaje empleado por el escritor?
5. ¿Es correcto asignar un valor de ese tipo a un objeto material? ¿Por qué?
6. ¿Te parece que “La cuchara de papá” es un buen cuento? ¿Por qué?

F. VARIEDADES
1. ¿Te hace recordar el texto leído alguna historia parecida? Cuenta.
2. ¿Crees que, en este cuento, aparece el tema dela superstición? ¿Por qué?
3. ¿Se relaciona este cuento con otros cuentos en los que se asigna un valor mágico a un
objeto? ¿Con cuáles?
4. ¿El cuento alude a ciertas costumbres antiguas del Perú? ¿Cuáles son?
5. ¿Te parece una buena historia la del cuento? ¿Por qué?
6. ¿A qué poema de César Vallejo se alude en el cuento?
7. ¿Cómo continuaría el cuento para ti?

G. CREATIVIDAD
1. Escribe una carta imaginaria al autor.
2. Elabora una imagen relacionada con el hecho del cuento que más te impresionó:
puede ser dibujo, pintura, collage con figuras recortadas o diseño en Paint.
3. Basándote en “La cuchara de papá”, escribe tu propio cuento. Ilústralo.
A esa hora del día
Nicolás Hidrogo Navarro
NICOLÁS HIDROGO NAVARRO
Escritor nacido en Bagua Grande el año
1968. Es Docente de Lengua y Literatura.
Cultiva la poesía, el ensayo y la narrativa.
Es fundador y coordinador de
Conglomerado Cultural. Ha publicado: A
esa hora del día.
La noticia se diseminó gaseósica por todo el pueblo. Algo indecible, se agitaba la brizna
escasa, el remolinito en la esquina, la música opaca, las piedras cuarteadas por el
irreverente sol del mediodía. Nubes de polvo flotando en la Marginal. Un ambiente de
infierno ingrávido, denso, tumefacto. Hasta el respirar se tornaba dificultoso. Las calles,
silenciosas y desiertas; los papeles, perezosamente, se dejaban llevar por no sé qué fuerza
del aire inexistente a esa hora del día: cartones, plásticos, cáscaras de toronjas, hojas
muertas de girasol, periódicos viejos. En la esquina principal del pueblo, la de los
mercaderes y las escasas diversiones, el tiempo se había detenido vencido. Nadie sabía
con certitud qué hora del día era; pero todos estaban con la idea acostumbrada de ser la
hora del castigo, la hora del sol miccionador que, radiante de furor y henchido de cólera,
azonzaba a la población. Un grupito de niños jugaba silenciosamente, casi sin ánimos, en
una vereda descascarachada. Era julio, mes de fiesta del pueblo y de la patria. Una
manada de caninos garrapatosos, empolvados, famélicos y de colores terrosos perseguía
irrenunciablemente a un par de macizas y corpulentas perras que estaban en sus días
dispuestas, desatando sus perfumes concupiscentes, luciendo su abultada vulva bermeja
que llamaba lascivamente a la horda de vagabundos. Todos se empujaban y pugnaban
por estar cerca olisqueando tan apetitosas señales eróticas. Gruñidos y mordiscos se
sucedían intermitentemente. Todos mostraban sus puntiagudos dientes asesinos y su
aspecto más hosco. Un perro azabache, corpulencia de mastín, de ojos tenebrosos y faite,
dominaba la comparsa de llamativas acciones. Nadie se le acercaba, nadie lo molestaba
so pena de una revolcada de mordiscos. En todas las esquinas, se arremolinaban los
perros. ¡Qué barbaridad! —exclamaba, con escándalo púdico, doña Concepción—. Esto
es una plaga de mañosos, sucios, cochinos animales. Por donde uno se cruzara, se
encontraba con el espectáculo callejero incensurado de estos animales apareando
desfachatadamente ante la mirada curiosa e indiscreta de algunas gentes. “Zape,
animales de Satán, sinvergüenzas!", vociferaba gruñendo doña Carmen, otra beata
anciana cascarrabias, desde el balcón de su casa haciendo ademanes de alcanzar con sus
manos y hacer pedazos la escena que manchaba sus ojos y poblaba sus oídos de cosas
que nunca escuchó como lícitas.
Allí, en la esquina más concurrida, donde ocurrían todos los sucesos; pero, a esa
hora, desierta, subrepticiamente, se habían llevado a cabo unos acontecimientos
violentos: un disparo de Smith Wesson, sórdido y seco, había cegado la vida de un
soldado. Era la hora más triste para morir. Ni siquiera la noche lo era tanto peor como
algunos lo pueden creer, pues ella era un alivio para los habitantes de esos lares. La tierra
se enfriaba; pero, a esa hora del día, era un horno gigantesco. Todos caían en una
modorra y aletargamiento lánguido. Era mejor dormir. Pero dormir con tanto calor…,
¡qué locura! Mejor, ir a las orillas del Utcubamba. A esa hora del día, morían las amapolas
y sus vástagos en el parque y en los jardines. Esa hora era dos horas pasadas del
mediodía; cómo olvidarlo. No había ganas de vivir; pero, morir a esa hora… El sol
castigaba a Bagua Grande por no sé qué maldades cometidas por los primeros habitantes.
Las calaminas crujían, los árboles penosamente se marchitaban y descolorían gimiendo
de sed, el agua innecesariamente se evaporaba, la ropa lavada se secaba en media hora
hasta quemarse y el agua del cuerpo se escurría como en un baño soporífero.
A esa hora del día, a nadie se le hubiera antojado formar una gresca trapisondana;
pero, a esa hora, nadie hubiera despreciado un vaso de cerveza, en “El Bagüinito”, por
supuesto. La cerveza corría allí como, en el Utcubamba, el agua impetuosa. Las cajas
eran vaciadas como la avidez casi de la vida. Qué premio más agradable a esa hora del
día. Y eso era posible, consumir lagos de cerveza, porque las cosechas iban de bien en
mejor. Don Matapericos había cosechado 70 fanegas de arroz por hectárea y multiplicado
por 30. ¡Uf!, era un buen año; a celebrarlo en “El Bagüinito”. ¡Viva!
“El Bagüinito” estaba en su punto, atiborrado de gente; la cerveza, regada por el
suelo; los fuentones de cashcas sudadas; el tufo de tomate avinagrado de los
embriagados; los eructos agudos y sonoros por el ají rocoto; las chapas de las botellas
tapizando el piso de ocre rojizo; un vaso con cerveza residual, lleno de colillas de
cigarrillos Arizona en la primera mesa. Un borrachín, de los que viven de mesa en mesa
mendigando un vaso de licor, yacía en el suelo guturando palabras inconexas, extrañas
y despachando un hilillo cristalino semicuajado por entre las comisuras de sus labios. El
mozo de “El Bagüinito”, de lo más atento; el más vivaracho y astuto, con su mirada
telescópica y nerviosa de carisma de nariz rechoncha. Su fama era tal que retenía en la
mente la cantidad de botellas repartidas en las mesas del local, de inicio a fin. Antes que
acabara la jornada, aún antes que don Paulino, sabía el total de la venta y la ganancias.
En el fondo, rincón discreto casi para parejas, un grupo de soldados celebraba su primer
permiso con una veintena de cervezas. Sonaba chilloso en el parlante del tocadiscos “Mil
años" y todos expresaban su júbilo cuando veían aparecer las botellas con gotitas frescas
y vivificantes por el hielo que refrescaban la mano y, luego, los reductos del intestino.
Don Paulino sonreía de buena gana. Su negocio marchaba sobre ruedas. Esa fue su
ambición desde que un año plagoso acabó con sus arrozales: “El Bagüinito”. De ir como
iba en el negocio, pronto vería cristalizar su segunda ilusión: "Una casa rosadita" como
en Moyobamba. Había leído La casa verde y le fascinaba porque la obra concordaba en
muchos aspectos con su vida y la de Bagua Grande. Por ello, quería seguir adelante con
la misma idea que movió a don Anselmo. El tiempo transcurría cadenciosamente, con
una tonelada de plomo en su lomo. Un minuto era una hora allí. Del fondo, avanzaban,
líquidos y violentos, varios ¡huuuuurraaaaas! Un melenudo deambulaba de aquí por allá,
petulaba su fuerza, jactábase de su valor y fanfarronea su hombría; pero nadie le hacía
caso. Nadie quería morir a esa hora del día. Por la puerta, se divisaba el trote silencioso
y filosófico de un burro cargado de latas con agua. Iba describiendo una línea de agua a
su paso; pero la tierra, como carbón de brasero reticente, lo absorbía tan rápido como
caía. Ahora, se escuchaba afónico y revolucionado a Iván Cruz. Todos, con el rostro
embotado, lo reclamaban a viva voz y lo imitaban trotando su compás. Sudaban como
mulas fanegueras, se sacaban las camisas empapadas y pegoteadas del sudor los más
osados. Los más recatados sólo se limitaban a desabotonarse y hacerse abanico con la
camisa. Todo era permitido en “El Bagüinito”: bailar, gritar, cantar, decir palabrotas,
enamorar y tocar a la paisana tetona y meterle la mano bajo la falda cuando llegaba con
la fuente de cashas humeantes; pero menos, pelear.
El marasmo de la tarde llegó a su cenit acostumbradamente. Las calaminas
iniciaban su tableteo de desuntumación del zinc y, junto a ello, llegó abalanzada su
fatalidad. Los soldados, ya sin dinero ni crédito, pedían licor; pero don Paulino ordenó a
su solícito mozo no ofrecer ni servir nada mientras no pinten la marmaja. Y la gresca se
armó. Los alardes de poder y dinero se escuchaban en toda la alcalina e intoxicada y
polvosa sala. Luego, vino la consecuencia y los estragos de la borrachera: la destrucción
de las sillas, botellas y mesas. Don Paulino cerraba los ojos y lloraba en el alma a cada
contrasuelazo de un objeto de su propiedad. El mozo, entrenado por la experiencia de
esas familiares escenas, corrió a la Guardia Civil que distaba unos 90 metros y trajo a un
cabo lenguaraz y con los ojos inyectados en sangre. Al ver que corrían los facinerosos
satisfechos por la lavada de honor ante la afrenta de considerarlos insolventes, trató de
atrapar al más despabilado y, al no poderlo hacer con las manos, lo hizo con 50 gramos
de plomo duro al unísono del pensamiento. Le perforó y derritió el pulmón derecho y la
sangre amó caer al suelo a borbotones confundiéndose con la fangosidad del polvo
resecado de la calle. El estampido grueso y pesado, se escuchó en todo el silencioso
pueblo espantando a las tórtolas y barbullando la pereza del sueño de las gallinas en los
corrales.
A los cinco minutos, todo fue apiñamiento y espasmos de sorpresas de terror
configurado de una máscara nitrática. “Han matado al cabo Mego —gritó alguna
conocida del infortunado que veía como se le escapaba algo por entre sus cuatro costados
sin poder evitarlo—. Ahora sí, se jodieron estos tombos abusivos y maricas. Los
mataremos a todos hoy”. En ese momento, un decibelio de ochenta y dos marranos
juntos dejó helados y paralíticos a todos y hasta los más valientes sintieron un peñisco
furtivo en el corazón. Estaban sacrificando en el camal. “Pobrecitos —comentaban doña
Juanita y don Liquida de balcón a balcón—. Estos matones de los carniceros la pagarán
cuando mueran. Así tendrán que gritar. Cómo se les ocurre matar animales a esta hora.
La sangre debe estar hirviéndoles en el cuerpo”.
El lugar donde cayó el cabo se convirtió en un carnaval de sangre, cuajada y cocida
por el lejano horno galáctico del sol. Más parecía que había muerto naufragando en su
propia sangre que por ígneos proyectiles. A las seis de la tarde, obligatoriamente, el sol
dejó de castigar el cuerpo embadurnado de sangre vidriosa y polvo. El ejército llegó en
un convoy de tres carros repletos de soldados seguros para la guerra. Eran sus camaradas
de batallón al mando de cuatro oficiales que habían sido radiados sobre el suceso desde
Bagua Grande. Cuando vieron el cuerpo, inerme y acosado por curiosos y por una manta
de moscas de muerto, sus camaradas no pudieron disimular el infinito odio a la policía.
Las venas de sus brazos parecían reventar con la prensión del gatillo de sus FAL. Sentían
el aprensamiento hacia sus estómagos de un no sé qué impulso asesino y exterminador.
Fueron a la Comisaría y el oficial más soberbio, hasta unas pocas horas antes, parecía el
niño más indefenso del mundo. Mudo y con el rostro constipado, no atinaba a coger las
palabras ni hilvanarlas. Fue objeto de la más dura rechifla de la población y casi fue
bañado de escupitajos, siendo la amonestación más humillante de su vida; quizá, la
primera y la última por tener esa práctica de la ley del armado: disparar sobre cualquiera.
Eran las 7 pm., cuando se retiró el ejército con su prisionero, más resguardado que
el propio presidente de la república. La policía quiso cobrar sus bríos de otrora tratando
de esparcir a la muchedumbre que quería saciar su sed de venganza por todas las
tropelías. Las puertas de la policía se cerraron y se apertrecharon temiendo lo peor; pero
confiando en el poderío de sus armas. “Morirán como ratas allí dentro —sentenció un
paralítico en ruedas que dirigía los insultos—. La justicia del pueblo es más válida y sabia
que aquella acomodada y dada por otros que no pertenecen a ella”.
Esa noche llovió torrenciales piedras de la tierra y agua reivindicadora del cielo
sobre la comisaría que se deshacía en llamas. Los guardias huyeron como conejos
montaraces a los cerros cercanos dejando a los presos ocasionales en sus pútridas celdas
y a la merced de las lenguas impetuosas del fuego purificador. Llovió tanto, relampagueó
mucho, resplandeció tanto que, a la mañana siguiente, toda la ya excomisaría parecía un
chicle derretido en un promontorio de algarrobos calcinándose dentro del horno de pan
de don Sebastián.
A ESA HORA DEL DÍA

ACTIVIDADES

A) ACERCAMIENTO AL TEXTO
1. Comentario personal acerca del título.
2. Elabora una lista de los personajes más relevantes agregando su función dentro del
cuento.
3. Especifica género y especie literaria.
4. ¿A qué hora del día considera el autor del cuento como una hora sumamente
desfavorable y funesta?
5. Ubicación espacio-temporal: ¿dónde y cuándo suceden los hechos del cuento?
6. ¿Opinión acerca del final del cuento?

C) EL POR QUÉ DE LAS COSAS


1. ¿Por qué crees que el cuento se titula “A esa hora del día”?
2. ¿Estaba justificado el considerar a esa hora tan negativamente? Explica.
3. ¿Eran buenos los deseos de don Paulino? Fundamenta.
4. ¿Por qué se generó la violencia en “El Bagüinito”?
5. ¿Por qué el cabo disparó al más despabilado de “los facinerosos”?
6. ¿Por qué los soldados llevaron preso al policía?
6. ¿Por qué la gente atacó el puesto policial?

D) INTENCIONALIDAD DEL AUTOR


1. ¿Cuál crees que ha sido el propósito de Nicolás Hidrogo Navarro al escribir esta
historia?
2. ¿Crees que la intención del autor se ha cumplido satisfactoriamente? Explica.

E) EJERCIENDO UNA ACTITUD CRÍTICA


1. ¿Podemos considerar como real la historia leída? ¿Por qué?
2. ¿Crees que el autor intenta convencer de que hay momentos del día que favorecen
sucesos lamentables? ¿Estás de acuerdo? Explica.
3. ¿Este cuento muestra un suceso que demuestra la violencia de nuestra sociedad?
Explica.
4. Si la justicia tuviera qué actuar, ¿a quién o quiénes habría de sancionar por su
culpabilidad en los lamentables hechos sucedidos en ese lugar?
5. ¿Qué normas deberían seguir los lugares públicos donde se consume bebidas
alcohólicas?
6. ¿Cuál crees que es la posición del autor frente a los hechos narrados?
6. ¿Te parece que “A esa hora del día” es un buen cuento? ¿Por qué?

F. VARIEDADES
1. ¿Te hace recordar el cuento leído algún hecho de la realidad? Cuenta.
2. ¿Cómo pudo evitarse lo sucedido en el cuento?
3. ¿Se relaciona este cuento con otros cuentos en los que se presenta también la
violencia de la sociedad peruana? ¿Cuáles son?
4. Ilustra con dos fotografías de Bagua Grande tomadas de Internet.
5. ¿Te parece interesante la historia leída? ¿Por qué?
6. ¿Qué opinas del lenguaje empleado por el autor?
7. ¿Cómo cambiarías el desenlace del cuento? Escríbelo.

G. CREATIVIDAD
1. Escribe una entrevista imaginaria al autor.
2. Elabora una imagen relacionada con el hecho del cuento que más te impresionó:
puede ser dibujo, pintura, collage con figuras recortadas o diseño en Paint.
3. Basándote en “A esa hora del día”, escribe tu propio cuento. Ilústralo.
VI. LA REALIDAD ONÍRICA

¡Gracias a Dios, es viernes!


Sandro Nizama Flores
SANDRO NIZAMA FLORES
Docente de Lengua y Literatura. Ejerce la
docencia universitaria. Es Director del
Colegio Emblemático Cruz de Chalpón del
distrito de Motupe. Ha publicado: Diario
de un encuentrista.
Cuando Grecia despertó, muy temprano, dio los buenos días a su papá. ¡Buenos días,
papi! Sonrió como lo hacía cada viernes, día muy especial para todos los niños que cursan
el Cuarto Grado de Primaria. La sonrisa le duró muy poco porque su papi Pedro no le
contestó el saludo. ¿Qué pasó?, se preguntó; pero no se preocupó tanto. Seguramente,
papá ha de estar muy atareado. Cada vez que llega el fin de mes, aumentan sus tareas con
la presentación de sus informes y, muchas veces, se queda hasta muy tarde, pensó para
sí. Caminó raudamente al baño para su aseo personal.

Después de diez minutos, al salir del baño, anunció: ¡el baño está libre! Sus
hermanos esperaban turno para asearse también. Sin embargo, a diferencia de otras
ocasiones, ni Leonardo ni Diana se inmutaron. Ella los observó completamente distantes
como si no hubieran escuchado nada. Parece que esta mañana no está de buen humor la
familia, ensayó una excusa.

Entró al dormitorio y limpió los zapatos. Descolgó el uniforme, lo tiró sobre la cama
y, como de costumbre, colocó en la manga izquierda de la chompa el distintivo de Policía
Escolar. Se vistió más rápido que en otras oportunidades.

Ya sentada a la mesa preguntó: ¿Cuál es el mío? El silencio respondió. Sin más


demora, jaló una taza de leche y un pan con queso y empezó a desayunar. Le pareció algo
raro que Leonardo no haya encendido aún el televisor, como lo hacía cada mañana.
Terminó. Dio las gracias. No escuchó respuesta alguna. Igual, tiró de su mochila y dijo:
voy avanzando al paradero.

El domingo estaba invitada al cumpleaños de su amiga Cindy. Junto a Natalia,


habían preparado una linda sorpresa: entre ambas, sacrificaron cuatro propinas
semanales y comprometieron otras cuatro más para adquirir esa linda “Barbie” tan
soñada por la pequeña Cindy. Paradójicamente, lo que hacía soñar a la amiga les quitó el
sueño a ellas. Pero ya pasó todo y el objetivo se logró. La pequeña Cindy tendría su
muñeca.

Ya en el paradero, una larga cola de preocupados pasajeros esperaban ansiosos el


colectivo. Se ubicó sexta en la cola de los carros que iban a Bolognesi. Estoy cerca, pensó.
Parece que hoy llegaremos temprano al colegio. Así, aprovecharé para recortar y pegar
la lámina que trajo papá en la noche. Al profesor de CTA le gusta que ilustremos todos
los temas... ¡Ni modo!

Pasados cinco minutos, llegó el primer colectivo. Subieron los primeros de la cola
y el carro arrancó a toda velocidad. En el próximo colectivo, seguro que nos vamos, se
dijo. Pasaron cinco minutos más. Ni Leonardo ni Diana ni papá ni mamá se aparecían.
Frunció el ceño. Se enojó. ¡Cómo tardan, Dios! Y, ¡cómo se molestan cuando me demoro
unos minutos! ¡Grecia, apúrate! ¡Grecia, vamos! ¡Rápido, Grecia, que ya es tarde!... ¡No
es justo!
La cola de pasajeros avanzaba rápidamente. Los colectivos llegaban uno tras otro.
¡A Bolognesi! ¡Al Modelo! Grecia sintió que el pecho le dolía. Se empezó a angustiar. Otro
colectivo que llega y otro que sale. Y nadie de la familia se aparece aún. La vista fija en el
horizonte; ya vienen, ya vienen... Los vecinos la miran compasivos. ¡Pobrecita! Una
señora hace un comentario en voz baja. ¡Uhm!, parece que todos ya saben lo que está
pasando. Se molestó otra vez.

¡A Bolognesi! ¡Al Modelo! ¡A Bolognesi! ¡Al Modelo! Avanzan los pasajeros, parten
los colectivos... No, por Dios. ¿Por qué no llegan? La angustia la invade. Se desespera.
Golpea vigorosamente el piso con un pie; con el otro. Se muerde el labio inferior como
en su primera infancia cuando se sentía triste o temerosa. Las lágrimas la delatan. Ya no
puede más. Los sollozos se convierten en gritos y lamentos: ¡Mamá! ¡Papá! ¡Diana!
¡Leonardo! Grita y llora sin consuelo. ¡Paappááá! ¡Paaappááááá! ¡Paaaaappááááááááááá!

¡Grecia! ¡Grecia! ¿Qué pasó? Sus ojos, más chinitos que nunca, se llenan de luz y
observa las borrosas imágenes de toda la familia angustiada por su pesar. ¡Hija,
despierta! ¡Despierta, Grecia! ¡Despierta!...

¡Oh, por Dios! Todo había sido un sueño. Un mal sueño.


¡GRACIAS A DIOS, ES VIERNES!

ACTIVIDADES

A) ACERCAMIENTO AL TEXTO
1. Comentario acerca del título.
2. Al lado de cada nombre, indica quiénes son dentro del cuento.
Grecia:
Leonardo:
Diana:
Pedro:
Cindy:
Natalia:
3. Especifica género y especie literaria.
4. ¿Qué calles y demás lugares de Chiclayo se mencionan en este cuento?

C) EL POR QUÉ DE LAS COSAS


1. ¿Por qué se extrañó Grecia al llegar a casa?
2. ¿La conducta de su familia no era la habitual? Indica algunos ejemplos.
3. ¿Por qué se angustiaba Grecia en el paradero de colectivos?
4. Finalmente, ¿cuál era la explicación de tantas cosas raras?

D) INTENCIONALIDAD DEL AUTOR


1. ¿Cuál crees que sea el propósito de Sandro Nizama Flores al narrar esta historia?
3. ¿Crees que la intención del autor se ha cumplido satisfactoriamente?

E) EJERCIENDO UNA ACTITUD CRÍTICA


1. ¿Podemos considerar como real la historia leída? ¿Por qué?
2. ¿Qué piensas de lo sucedido con Grecia?
3. ¿Te pareció inteligente la forma como se desarrolla el cuento? ¿Por qué?
4. ¿Cres que el autor logra sorprender con el final del cuento? Explica.
5. ¿Crees que hechos como los del cuento puedan suceder en la realidad? ¿Por qué?
6. ¿Por qué crees que Grecia tuvo un sueño así?
7. ¿Por qué razones consideras que “¡Gracias a Dios, es viernes!” es un buen cuento?

F. VARIEDADES
1. ¿Te hace recordar este cuento a alguna otra historia parecida, sea en cuento, leyenda,
película, etc.? Cuenta.
2. ¿Alguna vez has tenido un sueño parecido al del texto leído? Cuenta.
3. ¿A qué se llama actividad onírica?
4. ¿Cuál podría haber sido la razón por la cual el autor escribió este cuento?

G. CREATIVIDAD
1. Realiza una entrevista imaginaria al autor de este cuento.
2. Elabora una imagen relacionada con el hecho del cuento que más te impresionó:
puede ser dibujo, pintura, collage con figuras recortadas o diseño en Paint.
3. Basándote en ““¡Gracias a Dios, es viernes!”, escribe tu propio cuento. Ilústralo.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Asociación Cultural Estación de Brujos. (Agosto de 2015). El Botoncito. (ACEDEB, Ed.) Choza de
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Berrú, D. (2013). La Cuchara de Papá. Chiclayo: Errante Muchik.

Bocanegra, B. (2013). Mañana te cuento el resto. Chiclayo: FACHSE - UNPRG.

Coronado, M. (2010). El último tañer de las campanas. Chiclayo: MACOTEX.

Delgado, G. (2013). El Efecto Posnóbel en la Literatura Lambayecana. Chiclayo: MACOTEX.

Delgado, G. (2015). Las Calaveras están por ahí, escondidas. (Segunda ed.). Chiclayo:
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Díaz, A. (2004). Paredes de Viento (Segunda ed.). Chiclayo: Pirca.

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Manay, P. (2018). Mosaico. Chiclayo: Autor - Editor.

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Rivas, L. (2002). La Literatura Lambayecana. Chiclayo: USAT.

Serquén, T. (2019). Narraciones Líricas. Tumán: Autor - Editor.

Tineo, B. (2010). Visión Critica de la Literatura. Chiclayo: CEDICALP.

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