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Editorial 13.06.

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Ocupando nuestro hermoso segundo lugar.


Juan 1:6-12

Con cuánta frecuencia los cristianos predicamos de nosotros mismos, de nuestras iglesias,
y de nuestras actividades, antes que de la Luz que vino al mundo y no fue recibida por él. Alguno
podrá decir: “yo no soy así, las veces que predico hablo de Jesús”. Si esta es tu situación, te
felicito y animo a que sigas. Pero si no es así, ¿a qué se debe que muchas veces tenemos temor
de predicar con más frecuencia? Una respuesta sencilla a esta pregunta es que queremos ser
“santos” antes de hablar a otros por temor a que nos saquen en cara nuestros errores.

Esto se debe a que estamos enfocando mal lo que hacemos. No estamos haciendo
campaña política por nuestra iglesia, denominación, ni por nuestras actividades, ¡menos de
nosotros mismos! Predicamos la Luz verdadera.

Aprendamos del testimonio de Juan:

1. Sabía que era un hombre enviado por Dios: ¡Cuánta seguridad nace de la convicción de
que Dios mismo nos envió a hacer lo que estamos haciendo! No somos nosotros los que
hacemos las cosas por nuestro gusto y nada más: somos enviados de Dios.
2. Sabía que vino por testimonio: en el idioma original hay una diferencia entre el mensaje
(kerigma) que se predicaba y el testimonio (marturion) del que habla este pasaje. El
mensaje son las Buenas Nuevas de la salvación en Cristo. El testimonio es dar a conocer
nuestra propia experiencia con Cristo. Juan vino a hablar lo que había vivido con Dios.
Nosotros debemos hacer lo mismo.
3. Sabía que no era la Luz: creyentes antiguos afirman que en décadas anteriores la iglesia
era vista como una vitrina en donde los creyentes debían exhibirse sin mancha alguna,
muchas veces, ocultando sus errores. Actualmente, la iglesia es considerada como un
hospital donde somos sanados por Dios. No olvidemos que no somos el centro del
mensaje. Estamos para predicar la Luz. Nosotros no somos la Luz.
4. Predicó la Luz: Juan anunció que la Luz verdadera, Jesús, había venido al mundo. Anunció
que esta Luz puede alumbrar a todo hombre, y que los que le reciben y creen en él tienen
la potestad de ser hechos hijos de Dios.

Cuando prediquemos a alguien que no conoce a Dios no olvidemos estos cuatro puntos
que aprendemos de la vida de Juan y ocupemos nuestro hermoso segundo lugar. No somos los
protagonistas de nuestro mensaje. Somos solo anunciadores de la Luz verdadera.

Raúl Salazar