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É tica a Nic ó maco (Selecci ó n de textos)

Libro I : Sobre la felicidad

I.1.­ Introducci ó n: toda actividad humana tiene un fin

Todo arte y toda investigaci ó n e, igualmente, toda acci ó n y libre elecci ó n parecen tender a alg ú n bien; por esto se ha manifestado, con raz ó n, que el bien es aquello hacia lo que todas las cosas tienden. Sin embargo, es evidente que hay algunas diferencias entre los fines, pues unos son actividades y los otros obras aparte de las actividades.

I.2.­ La é tica forma parte de la pol ítica

Si, pues, de las cosas que hacemos hay alg ú n fin que queramos por s í mismo, y las dem á s cosas por causa de é l, y lo que elegimos no est á determinado por otra cosa ­pues as í el proceso seguirí a hasta el infinito, de suerte que el deseo ser í a vac í o y vano­, es evidente que este fin ser á lo bueno y lo mejor. ¿No es verdad, entonces, que el conocimiento de este bien tendr á un gran peso en nuestra vida y que, como aquellos que apuntan a un blanco, alcanzar í amos mejor el que debemos alcanzar? Si es as í , debemos intentar determinar, esquem á ticamente al menos, cu ál es este bvien y a cu á l de las ciencias o facultades pertenece. Parecer í a que ha de ser la suprema y directiva en grado sumo. É sta es, manifiestamente, la pol í tica.

I.3.­ Dificultad de la ciencia pol ítica

Cuando se trata de la pol ítica, el joven no es un disc í pulo apropiado, ya que no tiene experiencia de las acciones de la vida, y los razonamientos parten de ellas y versan sobre ellas; adem á s, siendo d ó cil a sus pasiones, aprenderá en vano y sin provecho, puesto que el fin de la pol í tica no es el conocimiento, sino la acci ó n. Y poco importa se es joven en edad o de cará cter juvenil; pues el defecto no radica en el tiempo, sino en vivir y procurar todas las cosas de acuerdo con la pasi ó n. Para tales personas, el conocimiento resulta in ú til, como para los incontinentes; en cambio, para los que orientan sus afanes y acciones seg ú n la raz ó n, el saber acerca de estas cosas ser á muy provechoso.

[

]

I.4.­ Principales modos de vida El vulgo y los m á s groseros identifican el bien y la felicidad con el placer, y , por eso, aman

la vida voluptuosa ­los principales modos de vida son, en efecto, tres:

la que acabamos de decir, la pol í tica y, en tercer lugar, la contemplativa­. La generalidad d ellos

hombres se muestran del todo serviles al preferir una vida de bestias [

].

En cambio, los mejor dotados y los activos creen que el bien son los honores, pues tal es

ordinariamente el fin de la vida pol ítica. Pero, sin duda, este bien es m á s superficial que lo que buscamos, ya que parece que radica m á s en los que conceden los honores que en el honrado, y

adivinamos que el bien es algo propio y dif í cil de arrebatar. [

]

El tercer modo de vida es el contemplativo, que examinaremos m á s adelante.

En cuanto a la v í a de los negocios, es algo violento, y es evidente que la riqueza no es el

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bien que buscamos, pues es ú til en orden a otro. [

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I.5.­ El bien del hombre es un fin en s í mismo, perfecto y suficiente Pero volvamos de nuevo al bien objeto de nuestra investigaci ó n e indaguemos qué es. Porque parece ser distinto en cada actividad y en cada arte: uno es, en efecto, en la medicina, otro en la estrategia, y as í sucesivamente. ¿Cu á l es, por tanto, el bien de cada una? ¿No es aquello a causa de lo cual se hacen las demá s cosas? Esto es, en la medicina, la salud; en la estrategia, la victoria; en la

arquitectura, la casa; en otros casos, otras cosas, y en toda acci ó n y decisi ó n es el fin, pues es con vistas al fin como todos hacen las demá s cosas. De suerte que, si hay alg ú n fin de todos los actos,

é ste será el bien realizable, y si hay varios, será n estos.

] [

Sencillamente, llamamos perfecto lo que siempre se elige por s í mismo y nunca por otra

cosa. Tal parece ser, sobre todo, la felicidad, pues la elegimos por ella misma y nunca por otra cosa, mientras que los honores, el placer, la inteligencia y toda virtud, los deseamos en verdad, por s í mismos (puesto que desear íamos todas estas cosas, aunque ninguna ventaja resultara de ellas), pero tambi é n los deseamos a causa de la felicidad, pues pensamos que gracias a ellos seremos felices. En cambio, nadie busca la felicidad por estas cosas, ni en general por ninguna otra.

] [

Consideramos suficiente lo que por s í solo hace deseable la vida y no necesita nada, y

creemos que tal es la felicidad. Es lo m á s deseable de todo, sin necesidad de a ñ adirle nada; pero es evidente que resulta m á s deseable, si se le a ñ ade el m á s peque ñ o de los bienes, pues la adici ó n origina una superabundancia de bienes, y, entre los bienes, el mayor es siempre m á s deseable. Es manifiesto, pues que la felicidad es algo perfecto y suficiente, ya que es el fin de los actos. Decir que la felicidad es lo mejor parece ser algo un á nimemente reconocido, pero, con todo, es deseable exponer a ú n con m á s claridad lo que es. Acaso se conseguirí a esto si se lograra captar la funci ó n del hombre, En efecto, como en el caso de un flautista, de un escultor y de todo artesano, y en general de los que realizan alguna funci ó n o actividad parece que lo bueno y el bien est á n en la funci ó n, as í tambi é n ocurre, sin duda en el caso del hombre, si hay alguna funci ó n que le es propia. ¿Acaso existen funciones y actividades propias del carpintero, del zapatero, pero ninguna del hombre, sino que é ste es por naturaleza inactivo? ¿O no es mejor admitir que as í como parece que hay alguna funci ó n propia del ojo y de la mano y del pie, y en general de cada uno de los miembros, as í tambi é n pertenecer ía al hombre alguna funci ó n aparte de é stas? ¿Y cu á l, precisamente, ser á esta funci ó n? El vivir, en efecto, parece tambi é n com ú n a las plantas, y aqu í buscamos lo propio. Debemos, pues dejar de lado la vida de nutrici ó n y crecimiento. Seguir í a despu é s la sensitiva, pero parece que tambi é n é sta es com ú n al caballo, al buey y a todos los animales. Resta, pues, cierta actividad propia del ente que tiene raz ó n. Pero aqu é l, por una parte, obedece a la raz ó n, y por otra, la posee y piensa. Y como esta vida racional tiene dos significados, hay que tomarla en sentido activo, pues parece que primordialmente se dice en esta acepci ó n. Si, entonces, la funci ó n propia del hombre es una actividad del alma seg ú n la raz ó n, o que implica la raz ó n, y si, por otra parte, decimos que eta funci ó n es espec í ficamente propia del hombre y del hombre bueno, como el tocar la citara es propio de un citarista y de un buen citarista, y as í en todo a ñ adi é ndose a la obra la excelencia queda la virtud (pues es propio de un citarista tocar la c ítara y del buen citarista tocarla bien), siendo esto as í , decimos que la funci ó n del hombre es una cierta vida, y é sta es una actividad del alma y unas acciones razonables, y la del hombre bueno estas mismas cosas bien y hermosamente, y cada uno se realiza bien seg ú n su propia virtud; y si esto es as í , resulta que el bien del hombre es una cierta actividad del alma de acuerdo con la virtud, y si las virtudes son varias, de acuerdo con la mejor y má s perfecta, y adem ás en una vida entera. Porque una golondrina no hace verano, ni un solo d í a, y as í tampoco ni un s ó lo d í a ni un instante bastan para hacer venturoso y feliz.

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I.6.­ La felicidad y los bienes exteriores

] [

Pero es evidente que la felicidad necesita tambi é n de los bienes exteriores, como

dijimos; pues es imposible o no es f á cil hacer el bien cuando no se cuenta con recursos. Muchas cosas, en efecto, se hacen por medio de los amigos o de la riqueza o el poder pol í tico, como si se tratase de instrumentos; pero la carencia de algunas cosas, como la nobleza de linaje, buenos hijos y belleza, empalan la dicha; pues uno que fuera de semblante fe í simo o mal nacido o solo y sin hijos, no podrí a ser feliz del todo, y quiz á menos a ú n aqu é l cuyos hijos o amigos fueran completamente malos, o, siendo buenos, hubiesen muerto. Entonces, como hemos dicho, la felicidad parece necesitar tambi é n de tal prosperidad y por esta raz ó n algunos identifican la felicidad con la buena suerte, mientras que otros la identifican con la virtud.

I.7.­ La felicidad y la vida

Hemos dicho que la felicidad es una cierta actividad del alma de acuerdo con la virtud.

De acuerdo con esto, es razonable que no llamemos feliz al buey, ni al caballo ni a ning ú n otro

] [

] [

animal, pues ninguno de ellos es capaz de participar de tal actividad. Por la misma causa, tampoco el ni ñ o es feliz, pues no es capaz todav í a de tales acciones por su edad; pero algunos de ellos son llamados felices porque se espera que lo sean en el futuro. Pues la felicidad requiere, como dijimos, una virtud perfecta y una vida entera, ya que muchos cambios y azares de todo g é nero ocurren a lo

largo de la vida, y es posible que el m á s próspero sufra grandes calamidades en su vejez [ considera feliz al que ha sido v í ctima de tales percances y ha acabado miserablemente.

] y nadie

Entonces, ¿no hemos de considerar feliz a ning ú n hombre mientras, viva, sino que ser á

necesario [

llamaremos al mismo hombre tan pronto feliz como desgraciado, representando al hombre feliz como una especie de camale ó n y sin fundamentos s ó lidos. Pero en modo alguno ser í a correcto

seguir las vicisitudes de la fortuna, porque la bondad o maldad de un hombre no dependen de ellas, aunque, como dijimos, la vida humana las necesita; pero las actividades de acuerdo con la virtud desempeñ an el papel principal en la felicidad, y las contrarias, el contrario.

]

ver el fin de su vida? [

]

Est á claro que si seguimos las vicisitudes de la fortuna,

] [

Lo que buscamos, entonces, pertenecer á al hombre feliz, y ser á feliz toda su vida; pues

siempre o preferentemente har á y contemplará lo que es conforme a la virtud y soportar á las vicisitudes de la vida lo m á s noblemente y con moderaci ó n en toda circunstancia el que es

verdaderamente bueno [

fortuna y se distinguen por su grandeza o peque ñ ez, es evidente que los de peque ñ a importancia, favorables o adversos, no tienen mucha influencia en la vida, mientras que los grandes y numerosos har á n la vida m á s venturosa (pues por su naturaleza a ñ aden orden y belleza y su eso es noble y bueno); en cambio, si acontece lo contrario, oprimen y corrompen la felicidad, porque traen penas e impiden muchas actividades. Sin embargo, tambi é n en é stos brilla la nobleza, cuando uno soporta con calma muchos y grandes infortunios, no por insensibilidad, sino por ser noble y magn á nimo. As í , si las actividades rigen la vida, como dijimos, ning ú n hombre venturoso llegar á a ser desgraciado, pues nunca har á lo que es odioso y vil. Nosotros creemos, pues, que el hombre verdaderamente bueno y prudente soporta dignamente todas las vicisitudes de la fortuna y act ú a siempre de la mejor manera posible, en cualquier circunstancia, como un buen general emplea el ej ército de que dispone lo m á s eficazmente posible para la guerra, y un buen zapatero hace el mejor calzado con el cuero que se le da, y de la misma manera que todos los otros art í fices. Y si esto es as í , el hombre feliz jam á s ser á desgraciado, aunque tampoco venturoso, si cae en desgracia.

].

Pero como hay muchos acontecimientos que ocurren por azares de

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Libro II: Naturaleza de la virtud é tica

II.1.­ La naturaleza de la virtud é tica Existen dos clases de virtud, la dianoé tica y la é tica. La diano é tica se origina y crece principalmente por la ense ñ anza, y por ello requiere experiencia y tiempo; la é tica, en cambio,

procede de la costumbre [

producen en nosotros por naturaleza, puesto que ninguna cosa que existe por naturaleza se modifica

por costumbre. As í la piedra que se mueve por naturaleza hacia abajo, no podr í a ser acostumbrada a moverse hacia arriba, aunque se intentara acostumbrarla lanz á ndola hacia arriba innumerables veces

De ah í que las virtudes no se produzcan ni por naturaleza ni contra naturaleza, sino que nuestro natural pueda recibirlas y perfeccionarlas mediante la costumbre.

Adem á s, de todas las disposiciones naturales, adquirimos primero la capacidad y luego ejercemos las actividades. Esto es evidente en el caso de los sentidos; pues no por ver muchas veces

u o í r muchas veces adquirimos los sentidos, sino al rev é s; los unamos porque los tenemos, no los tenemos por haberlos usado. En cambio, adquirimos las virtudes como resultado de actividades

anteriores. [

].

De este hecho resulta claro que ninguna de las virtudes é ticas se

[

].

]

As í nos hacemos constructores construyendo casas, y citaristas tocando la c í tara. De

un modo semejante, practicando la justicia nos hacemos justos; practicando la moderaci ó n, moderados, y practicando la virilidad, viriles. Esto viene confirmado por lo que ocurre en las ciudades: los legisladores hacen buenos a los ciudadanos haci é ndoles adquirir ciertos h á bitos [

pero los legisladores que no lo hacen bien yerran, y con esto se distingue el buen r é gimen del malo. Adem á s, las mismas causas y los mismos medios producen y destruyen toda virtud, lo mismo que las artes; pues tocando la c ítara se hacen tanto los buenos como los males citaristas, y de manera an áloga los constructores de casas y todo lo dem á s; pues construyendo bien ser á n buenos constructores, y construyendo mal, malos. Si no fuera as í , no habr í a necesidad de maestros, sino que todos ser í an de nacimiento buenos y malos. Y este es el caso tambi é n de las virtudes: pues por nuestra actuaci ó n en las transacciones con los dem á s hombres nos hacemos justos o injustos, y nuestra actuaci ó n en los peligros acostumbr á ndonos a tener miedo o coraje nos hace valientes o cobardes; y lo mismo ocurre con los apetitos y la ira: unos se vuelven moderados y mansos, otros licenciosos e iracundos, los unos por haberse comportado as í en estas materias, y los otros de otro modo. En una palabra, los modos de ser surgen de las operaciones semejantes. De ah í la necesidad de efectuar cierta clase de actividades, pues los modos de ser siguen las correspondientes diferencias en estas actividades. As í , el adquirir un modo de ser de tal o cual manera desde la juventud tiene no poca importancia, sino much í sima, o mejor, total.

],

II.2.­ La virtud como medio Llamo t é rmino medio de una cosa al que dista lo mismo de ambos extremos, y é ste es uno y el mismo para todos; y [llamo t é rmino medio] en relaci ó n con nosotros, al que ni excede ni se queda corte, y éste no es ni uno ni el mismo para todos. Por ejemplo, si diez es mucho y dos es poco, se toma el seis como t érmino medio en cuanto a la cosa, pues excede y es excedido en una cantidad

igual, y en esto consiste el medio seg ú n la proporci ó n aritm é tica. Pero el medio relativo a nosotros, no ha de tomarse de la misma manera, pues si para uno es mucho comer diez minas de alimentos, y poco comer dos, el entrenador no prescribir á seis minas, pues probablemente esa cantidad ser á mucho o poco para el que ha de tomarla: para Mil ó n, poco; para el que se inicia en los ejercicios corporales, mucho. As í pues, todo conocedor evita el exceso y el defecto, y busca el t érmino medio

y lo prefiere; pero no el t é rmino medio de la cosa, sino el relativo a nosotros. Entonces, si toda ciencia cumple bien su funci ó n, mirando al t é rmino medio y dirigiendo hacia é ste sus obras (de ah í procede lo que suele decirse de las obras excelentes, que no se les puede quitar ni a ñ adir nada, porque tanto el exceso como el defecto destruyen la perfecci ó n, mientras que

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el t é rmino medio la conserva, y los buenos artistas, como dec í amos, trabajan con los ojos puestos en

é l); y si, por otra parte, la virtud, como la naturaleza, es m á s exacta y mejor que todo arte, tendr á

que tender al t é rmino medio. Estoy hablando de la virtud é tica, pues é sta se refiere a las pasiones y

acciones, y en ellas hay exceso, defecto y t é rmino medio. Por ejemplo, cuando tenemos las pasiones de temor, osad í a, apetencia, ira, compasi ó n, y placer y dolor en general, caben el m á s y el menos, y ninguno de los dos est á bien; pero si tenemos estas pasiones cuando es debido, y por aquellas cosas y hacia aquellas personas debidas, y por el motivo y de la manera que se debe, entonces hay un

t é rmino medio y excelente;M y en ello radica, precisamente, la virtud. En las acciones hay tambi é n

exceso y defecto y t é rmino medio. Ahora, la virtud tiene que ver con pasiones y acciones, en las cuales el exceso y el defecto yerran y son censurados, mientras que el t é rmino medio es elogiado y acierta; y ambas cosas son propias de la virtud. La virtud, entonces, es un t é rmino medio, o al menos tiende al medio. Adem á s, se puede errar de muchas maneras, pero acertar s ó lo es posible de una (y por eso, una cosa es fá cil y la otra dif ícil: f á cil errar el blanco, dif í cil acetar); y a causa de esto tambi é n el exceso y el defecto pertenecen al vicio, pero el t é rmino medio, a la virtud:

Los hombres s ó lo son buenos de una manera, malos de muchas

Es, por tanto, la virtud un modo de ser selectivo, siendo un t é rmino medio relativo a nosotros, determinado por la razó n y por aquello por lo que decidir í a el hombre prudente. Es un medio entre dos vicios, uno por exceso y otro por defecto, y tambi é n por no alcanzar, en un caso, y sobrepasar, en otro, lo necesario en las pasiones y acciones, mientras que la virtud encuentra y elige el t é rmino medio. Por eso, de acuerdo con su entidad y con la definici ó n que estableces su esencia, la virtud es un t é rmino medio, pero, con respecto a lo mejor y al bien, es un extremo.

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Libro X: El placer y la felicidad

X.1.­ Contenido de la felicidad Despu é s de haber tratado acerca de las virtudes, la amistad y los placeres, nos resta una discusi ó n sumaria en torno a la felicidad, puesto que la colocamos como fin de todo lo humano. Nuestra discusi ó n ser á m á s brece, si resumimos lo que hemos dicho. Dijimos, pues, que la felicidad no es un modo de ser pues de otra manera podr í a pertenecer tambi é n al hombre que pasara la vida durmiendo o viviera como una planta, o al hombre que sufriera las mayores desgracias. Ya que esto no es satisfactorio, sino que la felicidad ha de ser

considerada, m á s bien, como hemos dicho antes, y si , de las actividades, unas son necesarias y se escogen por causa de otras, mientras que otras se escogen por s í mismas, es evidente que la felicidad se ha de colocar entre las cosas por s í mismas deseables y no por causa de otra cosa, porque la felicidad no necesita de nada, sino que se basta a s í mismas, y las actividades que se escogen por sí mismas son aquellas de las cuales no se busca nada fuera de la misma actividad. Tales parecen ser las acciones de acuerdo con la virtud. Pues el hacer lo que es noble y bueno es algo deseado por s í mismo. Asimismo, las diversiones que son agradables, ya que no se buscan por causa de otra cosa; pues los hombres son perjudicados m á s que beneficiados por ellas, al descuidar sus cuerpos y sus bienes. Sin embargo, la mayor parte de los que son considerados felices recuren a tales pasatiempos

y é sta es la raz ó n por la que los hombres ingeniosos son muy favorecidos por los tiranos, porque

ofrecen los placeres que los tiranos desean y, por eso, tienen necesidad de ellos. As í , estos pasatiempos parecen contribuir a la felicidad, porque es en ellos donde los hombres de poder pasan

a sus ocios. Pero, quiz á , la aparente felicidad de tales hombres no es se ñ al de que sean realmente

felices. En efecto, ni la virtud ni el entendimiento, de los que proceden las buenas actividades, radican en el poder, y el hecho de qu tales hombres, por no haber buscado un placer puro y libre, recurran a los placeres del cuerpo no es razó n para considerarlos preferibles, pues tambi é n los ni ñ os creen que lo que ellos estiman es lo mejor. Es l ó gico, pues, que, as í como para los ni ñ os y los hombres son diferentes las cosas valiosas, as í tambi é n para los malos y para los buenos. Por consiguiente, como hemos dicho muchas veces, las cosas valiosas y agradables son aquellas que le aparecen como tales al hombre bueno. La actividad m á s preferible para cada hombre ser á , entonces, la que est á de acuerdo con su propio modo de ser, y para el hombre bueno ser á la actividad de acuerdo con la virtud. Por tanto, la felicidad no est á en la diversi ó n, pues ser í a absurdo que el fin del hombre fuera la diversi ó n y que el hombre se afanara y padeciera toda la vida por cauda de la diversi ó n. Pues todas las cosas, por as í decir, las elegimos por causa de otra, excepto la felicidad, ya que ella misma es el fin. Ocuparse y trabajar por causa de la diversi ó n parece necio y muy pueril; en cambio, divertirse para afanarse despu é s parece, como dice Anacarsis, estar bien; porque la diversi ó n es como un descanso, y como los hombres no pueden estar trabajando continuamente, necesitan descanso. El descanso, por tanto, no es un fin, porque tienen lugar por causa de la actividad. La vida feliz, por otra parte, se considera que es la vida conforme a la virtud, y esta vida tiene lugar en el esfuerzo, no en la diversi ó n. Y decimos que son mejores las cosas serias que las que provocan risa y son divertidas, y m á s seria la actividad de la parte mejor del hombre y del mejor hombre, y la actividad del mejor es siempre superior y hace a uno m á s feliz. Y cualquier hombre, el esclavo no menos que el mejor hombre, puede disfrutar de los placeres del cuerpo; pero nadie conceder í a felicidad al esclavo, a no ser que le atribuya tambi é n a é l vida humana. porque la felicidad no est á en tales pasatiempos, sino en las actividades conforme a la virtud, como se ha dicho antes.

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X.2.­ La felicidad perfecta Si la felicidad es una actividad de acuerdo con la virtud, es razonable que sea una actividad de acuerdo con la virtud m á s excelsa, y ésta ser á una actividad de la parte mejor del hombre. Ya sea, pues, el intelecto ya otra cosa lo que, por naturaleza, parece mandar y dirigir y poseer el conocimiento de los objetos nobles y divinos, siendo esto mismo divino o la parte m á s divina que hay en nosotros, su actividad de acuerdo con la virtud propia ser á la felicidad perfecta. Y esta actividad es contemplativa, como ya hemos dicho. Esto parece estar de acuerdo con lo que hemos dicho y con la verdad. En efecto, esta actividad es la m á s excelente (pues el intelecto es lo mejor de lo que hay en nosotros y est á en relaci ó n con lo mejor de los objetos cognoscibles); tambi é n es la m á s continua, pues somos m á s capaces de contemplar continuamente que de realizar cualquier otra actividad. Y pensamos que el placer debe estar mezclado con la felicidad, y todo el mundo est á de acuerdo en que la m á s agradable de nuestras actividades virtuosas es la actividad en concordancia con la sabidur í a [

Adem á s, la dicha autarqu í a se aplicar á , sobre todo, a la actividad contemplativa [

aun estando s ó lo, puede teorizar, y cuanto m á s sabio, m á s; quiz á sea mejor para é l tener colegas,

pero, con todo, es el que m á s se basta a s í mismo. Esta actividad es la ú nica que parece ser amada por s í misma, pues nada se saca de ella

excepto la contemplaci ó n, mientras que de las actividades pr á cticas obtenemos, m á s o menos, otras cosas, adem á s de la acci ó n misma.

].

] pues el sabio,

] [

La autarqu í a, el ocio y la ausencia de fatiga, humanamente posibles, y todas las dem á s

cosas que se atribuyen al hombre dichoso, parecen existir, evidentemente en esta actividad. É sta, entonces, ser á la perfecta felicidad del hombre, si ocupa todo el espacio de su vida, porque ninguno de los atributos de la felicidad es incompleto. Tal vida, sin embargo, ser í a superior a la de un hombre, pues el hombre vivir ía de esta manera no en cuanto hombre, sino en cuanto que hay algo divino en é l; y la actividad de esta parte divina del alma es tan superior al compuesto humano. Si, pues, la mente es divina respecto del hombre, tambi é n la vida seg ú n ella ser á divina respecto de la vida humana. Pero no hemos de seguir los consejos de algunos que dicen que, siendo hombres, debemos pensar s ó lo humanamente y, siendo mortales, ocuparnos s ó lo de las cosas mortales, sino que debemos, en la medida de lo posible, inmortalizarnos y hacer todo el esfuerzo para vivir de acuerdo con lo m á s excelente que hay en nosotros; pues, aun cuando esta parte sea peque ñ a en volumen, sobrepasa a todas las otras en poder y dignidad. Y parecer ía, tambi é n, que todo hombre es esta parte, si , en verdad, ésta es la parte dominante y la mejor; por consiguiente, ser í a absurdo que un hombre no eligiera su propia vida, sino la de otro. Y lo que dijimos antes es apropiado tambi é n ahora: lo que es propio de cada uno por naturaleza es lo mejor y lo m á s agradable para cada uno. As í , para el hombre, lo ser á la vida conforme a la mente, si, en verdad, un hombre es primariamente su mente. Y esta vida ser á tambi é n la m á s feliz.

X.3.­ Necesidad de la pr á ctica de la virtud. Transici ó n de la é tica a la pol í tica.

] [

¿Hemos de creer que concluimos lo que nos hab í amos propuesto, o, como suele decirse,

en las cosas prá cticas el fin no radica en contemplar y conocer todas las cosas, sino m á s bien en realizarlas? Entonces, con respecto a la virtud no basta con conocerla, sino que hemos de procurar tenerla y practicarla, o intentar llegar a ser buenos de alguna otra manera. Ciertamente, si los razonamientos solo fueran bastante para hacernos buenos, ser í a justo, de acuerdo con Teognis, que nos reportaran muchos y grandes beneficios, y convendr í a obtenerlo. De hecho, sin embargo, tales razonamientos parecen tener fuerza para exhortar y estimular a los j ó venes generosos, y para que los que son de carácter noble y aman verdaderamente la bondad, puedan estar pose í dos de virtud, pero, en cambio, son incapaces de excitar al vulgo a las acciones buenas y nobles, pues es natural, en é ste,

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obedecer no por pudor, sino por miedo, y abstenerse de lo que es vil, no por verg ü enza, sino por temor al castigo. Los hombres que viven una vida de pasi ó n persiguen los placeres correspondiente y los medios que a ellos conducen, pero huyen de los dolores contrarios, no teniendo ninguna idea de lo que es noble y verdaderamente agradable, ya que nunca lo han probado. ¿Qu é razonamientos, entonces, podr í an reformar a tales hombres? No es posible o no es f á cil transformar con la raz ó n un

h á bito antiguo profundamente arraigado en el car á cter. As í , cuando todos los medios a trav é s de los

cuales podemos llegar a ser buenos son asequibles, quiz á debamos darnos por satisfechos, si logramos participar de la virtud. Algunos creen que los hombres llegan a ser buenos por naturaleza, otros por el h á bito, otros por la ense ñ anza. Ahora bien, est á claro que la parte de la naturaleza no est á en nuestras manos, sino que est á presente en aquellos que son verdaderamente afortunados por alguna causa divina. El razonamiento y la ense ñ anza no tienen, quizá , fuerza en todos los casos, sino que el alma del disc í pulo, como tierra que ha de nutrir la semilla, debe primero ser cultivada por los h á bitos para deleitarse y odiar las cosas propiamente, pues el que vive seg ú n sus pasiones no escuchar á la raz ó n que intente disuadirlo ni la comprender á , y si é l est á as í dispuesto ¿c ó mo puede ser persuadido a cambiar? En general, la pasi ó n parece ceder no al argumento sino a la fuerza; as í el cará cter debe estar de alguna manera predispuesto para la virtud amando lo que es noble y teniendo aversi ó n a lo vergonzoso. Pero es dif í cil encontrar desde joven la direcci ó n recta hacia la virtud, si uno no se ha educado bajo tales leyes, porque la vida moderada y dura no le resulta agradable al vulgo, y principalmente a los j óvenes. Por esta raz ó n, la educaci ó n y las costumbres de los j óvenes deben ser reguladas por las leyes, pues cuando son habituales no se hacen penosas.

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