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Tópico de Actualidad

Año 51. Julio del 2010. N.o 990


Nota del editor:
En este número, el doctor Armando de la Torre, director de la Escuela Superior de Ciencias Sociales de
la UFM, pasa cuidadosa revista a los efectos momentáneos de la efervescencia retórica del socialismo
del siglo XXI. A continuación, con la agudeza del caso, señala los retrocesos evidentes en ese proyecto
político, “sueño que ya se soñó”. Finalmente, nos explica lo que sí buscamos en materia de derecho,
economía y desarrollo para Iberoamérica.

¿Avanzan, de veras, las ideas “socialistas” en


Iberoamérica?
Por Armando de la Torre

No lo creo. Más bien me inclino a pensar lo contrario. El acelerado crecimiento del autoritarismo “de
izquierda” durante la última década en Iberoamérica (Cuba, Venezuela, Bolivia, Nicaragua como casos
más extremos) provoca mucho ruido retórico en los medios masivos de comunicación internacionales.
Encima, el benigno coqueteo hacia ellos de algunos otros Gobiernos de la región, sedicentes
“socialdemócratas” (el de Correa en Ecuador, Lula en Brasil, Colom en Guatemala) les sirve a los
primeros de cierta caja de resonancia, para incrementar unos cuantos decibeles más sus
pronunciamientos.

Sin embargo, el tan mentado “socialismo del siglo XXI” se ha revelado en sus actos como no más que un
exangüe y superficial reciclaje de “consignas” gastadas y obsoletas, entresacadas impulsivamente de las
diversas versiones del socialismo real del siglo XX. Si nos atenemos a los hechos, no es por ahora más
que la traducción a un debilitamiento de los derechos de propiedad, y el hostigamiento gubernamental en
ciertos países a la libre expresión del pensamiento, sin haber llegado, sin embargo, todavía, excepto en el
caso de Cuba, a las violentas colectivizaciones estatizantes, cuyo símbolo más aplastante, el Muro de
Berlín, se derrumbó con estrépito en 1989, poniendo fin a más de setenta años de deshumanización
sistemática.

Si algo ha hecho también más resonante la palabrería demagógica de Hugo Chávez ha sido el soporte de
abundantes petrodólares con que la acompaña, a diferencia de la de hoy moribunda de Fidel Castro.
Incluso en Cuba ese experimento “comunista” es percibido yamundialmente como un total fracaso, hasta
por muchos de esos mismos que se manifiestan en alguna sintonía con el “socialismo del siglo XXI”. En
realidad es muy fácil discernirlo: la “izquierda” apenas hace alusiones hoy del protagonismo del Fidel
Castro de ayer.

Por otra parte, Venezuela, en cuanto Estado benefactor, se encamina ineluctablemente hacia una
condición de Estado “fallido”, y el mensaje empieza a calar hasta en las masas “chavistas” de la propia
“república bolivariana”, a través de la vivencia en carne propia de la más galopante inflación actual del
hemisferio, la escasez progresiva de los artículos de consumo de la canasta básica familiar, los índices
más altos de delincuencia callejera de toda su historia, la ausencia de inversiones del extranjero que
hubieran generado empleo, la contracción de la producción agrícola e industrial, la cada vez más aguda
polarización social, la corrupción generalizada en los procesos de la justicia civil, penal y procesal –que
golpea a todos–, la ausencia de representación en un Parlamento sin figuras opositoras, los choques
internos con la Iglesia y, en el exterior, los continuos roces diplomáticos con su vecina Colombia, lo
mismo que con los Estados Unidos, Israel, la Unión Europea, México, Perú e incluso Chile. Súmese a
todo ello una sostenida fuga masiva de capitales y una emigración cada vez más numerosa de talentos
nativos, repetición a la letra, aunque algo más lenta, de la nefasta experiencia de los cubanos en la década
de los sesenta. Pero, entretanto, nuestras progresivamente más educadas clases medias se muestran mejor
informadas de esas realidades, a todo lo largo y lo ancho de Iberoamérica.

Asimismo, los éxitos contemporáneos del libre mercado, pese a la reciente crisis financiera mundial y lo
costoso de las guerras contra el terrorismo islámico, dan impulso entre nosotros a avances paralelos hacia
la consecución o la preservación de Estados de derecho genuinos, como en Chile, Colombia, Perú,
Uruguay, Panamá o Costa Rica, que hacen resaltar para nuestros pueblos, de cara al futuro, una
válida alternativa al mendaz “socialismo del siglo XXI”.
Ni hay que olvidar, desde la Segunda Guerra Mundial, el diluvio de sucesivos milagros económicos,
partiendo de Alemania, en la década de los cincuenta, y mayormente entre las economías nacionales del
Asia (los famosos “tigres asiáticos”), con el énfasis puesto desde el inicio en la promoción de las
exportaciones, y no en su sustitución –al contrario de lo aconsejado para nosotros por los teóricos “de la
dependencia” (en torno a Raúl Prebisch y la CEPAL), que tanto influyeron a su vez en los teólogos
católicos de “la liberación”–.

Otros ejemplos más cercanos en el tiempo, como los de algunas economías resurgentes en el antiguo
bloque soviético (Estonia, Eslovenia, la República Checa), se erigen en reiterado e imponente
recordatorio para el más elemental sentido común de lo desacertado que resulta en nuestros días
cualquier enfoque colectivista. Incluso esa, cada vez más estrecha, colaboración de fachada entre los
autoproclamados “socialistas del siglo XXI” y los autócratas islámicos, asociados en la opinión pública
con el terrorismo de la “jihad”, los vuelve crecientemente repugnantes a los ojos de los amantes de la
libertad y de la paz. El sueño de las utopías colectivistas, pues, ya se soñó, pero los “socialistas del siglo
XXI” todavía no se han enterado. También se podría tomar el incidente hondureño de hace casi un año
como una prueba adicional del incipiente cambio en la marea de la opinión política iberoamericana, que
nos aleja cada vez más del “socialismo del siglo XXI”.

Pero no debería preocuparnos ese pretendido “socialismo” de mentirillas –que algo molesta– tanto como
la búsqueda sistemática por identificar lo que sí queremos. Aquí entra el tópico inevitable de nuestra
obligación de educarnos y educar. Es decir, de refinar nuestros conceptos e hipótesis, en el supuesto
pascaliano de que “el esfuerzo mental por aclararnos las ideas es el fundamento de toda vida moral”.
La ética pública se ha descuidado demasiado entre nosotros durante muchos años. Tal vez el esfuerzo
obsesivo por construir Estados benefactores modernos nos ha desviado del de prestar una atención
prioritaria a la dimensión ética en nuestras opciones públicas. Y así hemos llegado a la práctica, apenas
cuestionada, de que en política, sobre todo acerca del régimen de justicia social, “el fin justifica los
medios” (Cárdenas, Vargas, Perón, Castro y demás émulos…). Por la misma razón, el éxito local y
pasajero del “chavismo” de la última década en Sudamérica no nos debe distraer de tal esfuerzo
educativo, muchísimo más importante que hallar lo que haría imposible su recurrencia: el sentido
deliberado de obligación moral, al escoger o utilizar medios para nuestros fines.

Desde el estricto punto de vista de la experiencia histórica, nuestra primera línea de defensa debería
constituirla la reafirmación vigorosa de los derechos de todos a la propiedad privada, incluida la del
subsuelo. A esto no le han dado la suficiente importancia nuestros tratadistas jurídicos iberoamericanos.
Herencia ésta, creo yo, del abrumador positivismo “científico” de August Comte (sobre el que se
construyó más tarde el jurídico de Hans Kelsen), entronizado a fines del siglo XIX, y que abrió el espacio
a las “revoluciones sociales” del XX. Olvidamos que los esclavos lo fueron en cuanto no se les reconocía
tal derecho a la propiedad, lo cual, en consecuencia, los dejaba indefensos, por no disponer de ulteriores
medios con que defender todos sus demás derechos, empezando por los derechos a la libertad y a la vida.

El caso de Cuba quizá sea el más transparente. Durante medio siglo, Fidel Castro se ha valido
astutamente en la isla de la supresión de hecho de la propiedad privada, para consolidar su férrea
dictadura totalitaria, mientras al mismo tiempo trataba de obnubilar en el exterior nuestra atención a sus
atroces atropellos de los derechos humanos de todos, mediante un virulento antiyanquismo.

Una segunda línea de defensa por nuestra parte debería ser la salvaguardia incondicionada del derecho a
la libre expresión. Sin ella, los pueblos se arrastran a ciegas hacia su propio despeñadero, en este caso el
“socialista del siglo XXI”, al estilo venezolano.

Una tercera línea de resistencia debería constituirla la voluntad solidaria de todos los hombres y mujeres
libres, para quienes vivir en sojuzgamiento a tiranos es lo único que no se puede aceptar, y ello desde el
primer gesto de despotismo. ¡No somos islas, mucho menos átomos desasociados! Tal voluntad
solidaria se acaba de concretar ejemplarmente en Honduras, donde el pueblo mayoritariamente, a través
de sus instituciones más representativas (el Congreso, la Corte Suprema, la Corte de Constitucionalidad,
el Fiscal General, la Contraloría de Cuentas, el Ministerio Público), con el apoyo moral de las Iglesias,
frenó el intento golpista de Manuel Zelaya, en la línea de lo ordenado por Hugo Chávez.
Lamentablemente, esa misma voluntad solidaria con el pueblo hondureño no se dio en la OEA entre los
embajadores de las Américas, por el entrometimiento ilegítimo de Lula Da Silva, Daniel Ortega y, una
vez más, los hermanos Fidel y Raúl Castro, del brazo de su financista Hugo Chávez.

“No hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista”, reza el viejo refrán castellano. Ya parecen
discernir los disidentes cubanos la primera luz al final del larguísimo túnel, en el que han vegetado por
más de medio siglo, mientras, paralelamente, los “socialistas del siglo XXI” perciben las sombras que
habrán de engullirlos de manera definitiva en un relativo mediano plazo. A la antipatía de los Gobiernos
de Canadá, Estados Unidos y México hacia el “socialismo del siglo XXI” se añaden las graduales
medidas restrictivas de la Unión Europea, Israel y Japón hacia el intercambio comercial con esos
regímenes, que se califican a sí mismos de pseudosocialistas.

Nos queda por delante regresar todos a un concierto panamericano, que subraye, como lo proclamó en el
siglo XIX el mexicano Benito Juárez, la obligación, tanto por parte de los Estados como de los
individuos, de tener siempre en cuenta la prioritaria divisa “el respeto al derecho ajeno es la paz”. Ello
implicaría, adicionalmente, algunas reformas profundas a nuestros códigos civil, penal y procesales, para
asegurar más efectivamente la integridad de las personas en sus vidas y en sus bienes, frente a las
agresiones de los poderosos,visibles o no.

Para ello es necesario que todos hagamos un profundo examen de conciencia sobre nuestros respectivos
contratos socialesconstitucionales. Hemos tendido repetidamente a fracasar, porque no le reconocemos
su lugar preeminente a la cláusula de la separación de poderes supremos autónomos e iguales entre sí,
la esencia de todo republicanismo, de manera que de veras contemos con “repúblicas” respetuosas de las
minorías, y no monarquías presidenciales, electas por plazos de cuatro, cinco o seis años.

(Pero este aspecto queda para otra ocasión).