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Carlos Figueroa y

Margarita López,

Beatriz Rajland (eds.)


Colección Pensar América Latina Con la presentación de este libro Temas y procesos en la Historia Re- Carlos Figueroa Ibarra
ciente de América Latina el Grupo de Trabajo Historia Reciente de CLACSO
Nicolás Iñigo Carrera
La Fortaleza Americana culmina un período de seis años en los cuales ha servido como espacio para Margarita López, Carlos Figueroa y
el encuentro de científicos sociales que desde disciplinas distintas como la Graciela Iuorno
Militarización de la Política
Historia, la Sociología, la Ciencia Política, la Antropología o el Derecho, bus-
Beatriz Rajland (Editores)

TEMAS Y PROCESOS DE LA HISTORIA


en la Región Andina Juan J. Paz y Miño Cepeda
can construir conocimiento crítico sobre la historia latinoamericana más
Héctor Vega (2009)
TEMAS Y PROCESOS Raquel Sosa Elízaga

RECIENTE DE AMÉRICA LATINA


contemporánea. A lo largo de estos años, múltiples procesos sociohistóricos,
sociopolíticos y psicosociales fueron abordados con una diversidad de ins- Pilar Calveiro
Próximos Títulos

Democracia, Ciudadanía y Política


trumentos conceptuales y metodológicos por quienes compartieron la pa-
sión por comprender los complejos procesos de la región, que hoy desfilan DE LA HISTORIA RECIENTE Mauricio Archila Neira
ante nuestros ojos y afectan nuestras vidas. Dos libros de hechura colectiva Luís Carlos Castillo
en la Sociedad Neoliberal Triunfante,
Chile 1990-2010
llevamos ya en nuestro haber, que han reflejado los temas y problemas que
en su momento concentraron nuestras inquietudes, análisis y reflexiones.
DE AMÉRICA LATINA Emelio Betances
Debates sobre la historia política reciente. En este tercer volumen que hoy sale a la luz, nos centramos en dos Margarita López Maya
Juan Carlos Gómez Leyton asuntos que estuvieron planteados desde el inicio de la conformación del Luis E. Lander
grupo, pero es ahora cuando han ido decantándose y adquiriendo mejor
Carlos Moreira
foco en el intercambio de ideas y el debate continuo que han sido caracte-
rísticas de los seis años. Por una parte, el tema de cuán viable es considerar Juan Carlos Gómez Leyton
la Historia Reciente como campo temporal específico dentro de la Historia Elsio Lenardão
Contemporánea, y cómo definirla y manejar sus dificultades teórico-
metodológicas específicas. En segundo término y como siempre, hemos María Celia Cotarelo
trabajado en procesos y eventos de última y gran actualidad para la región, Orietta Favaro
buscando comprender con una mirada histórica las nuevas o viejas articula-
Beatriz Rajland
ciones de lo social con lo político que contribuyan a explicar avances, retro-
cesos o estancamientos en las luchas que llevan adelante las mayorías por su Marcelo Barrera
inclusión en los ordenes políticos en construcción. Leandro Gielis
Margarita López Maya
Carlos Figueroa Ibarra
Beatriz Rajland
1
Colección
Pensar América Latina
Doctorado en Procesos Sociales y Políticos en América Latina

Dirigida
Juan Carlos Gómez Leyton
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Santiago de Chile, julio 2010.

2
Margarita López, Carlos Figueroa y
Beatriz Rajland (Editores)

TEMAS Y PROCESOS DE
LA HISTORIA RECIENTE
DE AMÉRICA LATINA

3
4
Índice

Prefacio 9

Parte 1
Contribuciones al debate sobre el
concepto de Historia Reciente 11

Reflexiones para una definición


de Historia Reciente
Carlos Figueroa Ibarra y Nicolás Iñigo Carrera 13

A propósito de la Historia Reciente: ¿Es la interdisciplinaridad


un desafío epistémico para la Historia y las Ciencias Sociales?
Graciela Iuorno 35

Historia Inmediata: Conceptos y experiencias a partir


de la actualidad en Ecuador
Juan J. Paz-y-Miño Cepeda 51

Parte 2
Resistencias, movimientos y luchas
en la Historia Reciente de América Latina 67

Del desafuero al gobierno legítimo: episodios de la resistencia


civil en la confrontación neoliberal en México
Carlos Figueroa Ibarra y Raquel Sosa Elízaga 69

Institucionalidad y antinstitucionalidad en las resistencias.


El caso de México
Pilar Calveiro 93

Protestas, movimientos sociales y


democracia en Colombia (1975-2007)
Mauricio Archila Neira 119

5
Nuevos sujetos étnicos en Colombia. Las comunidades negras
y la lucha por sus territorios y su visibilidad en las estadísticas
Luís Carlos Castillo 147

Movimientos urbanos dominicanos y sus oportunidades


políticas en la transición democrática reciente (1978-1991)
Emelio Betances 171

Acciones colectivas beligerantes y cívicas y su aporte al proceso


democrático venezolano actual
Margarita López Maya y Luis E. Lander 195

Uruguay, cambio político y movimientos


sociales a comienzos del siglo XXI
Carlos Moreira
221
Tierra, territorio y autonomía. La lucha política del movimiento
social mapuche en la sociedad neoliberal chilena
Juan Carlos Gómez Leyton 241

Algumas razões da permanência do clientelismo político


no Brasil contemporâneo
Elsio Lenardão 269

El movimiento orgánico de la estructura


de la sociedad argentina (1975-2007)
Nicolás Iñigo Carrera 293

El proceso de reconstitución del partido del


orden en Latinoamérica actual.
El caso argentino (2002-2004)
María Celia Cotarelo 315

Experiencias de autogestión de los trabajadores en Argentina.


La recuperación de fábricas y empresas en la última década
Orietta Favaro y Graciela Iuorno 339

6
Dicotomización de lo social y lo político: Obstáculo para
la articulación de sujetos colectivos protagonistas
de cambios transformadores
Beatriz Rajland, Marcelo Barrera y Leandro Gielis 365

7
8
Prefacio

Con la presentación de este libro Temas y procesos en la Historia


Reciente de América Latina el Grupo de Trabajo Historia Reciente de
CLACSO culmina un período de seis años en los cuales ha servido como
espacio para el encuentro de científicos sociales que desde disciplinas
distintas como la Historia, la Sociología, la Ciencia Política, la Antropo-
logía o el Derecho, buscan construir conocimiento crítico sobre la histo-
ria latinoamericana más contemporánea. A lo largo de estos años, múlti-
ples procesos sociohistóricos, sociopolíticos y psicosociales fueron abor-
dados con una diversidad de instrumentos conceptuales y metodológi-
cos por quienes compartieron la pasión por comprender los complejos
procesos de la región, que hoy desfilan ante nuestros ojos y afectan nues-
tras vidas. Dos libros de hechura colectiva llevamos ya en nuestro haber,
que han reflejado los temas y problemas que en su momento concentra-
ron nuestras inquietudes, análisis y reflexiones.
En este tercer volumen que hoy sale a la luz, nos centramos en dos
asuntos que estuvieron planteados desde el inicio de la conformación
del grupo, pero es ahora cuando han ido decantándose y adquiriendo
mejor foco en el intercambio de ideas y el debate continuo que han sido
características de los seis años. Por una parte, el tema de cuán viable es
considerar la Historia Reciente como campo temporal específico dentro
de la Historia Contemporánea, y cómo definirla y manejar sus dificulta-
des teórico-metodológicas específicas. En segundo término y como siem-
pre, hemos trabajado en procesos y eventos de última y gran actualidad
para la región, buscando comprender con una mirada histórica las nue-
vas o viejas articulaciones de lo social con lo político que contribuyan a
explicar avances, retrocesos o estancamientos en las luchas que llevan
adelante las mayorías por su inclusión en los órdenes políticos en cons-
trucción. El lector encontrará aquí, con estrategias investigativas muy

9
diversas, interpretaciones del cómo y por qué, existiendo intensas y afi-
nes movilizaciones populares a lo largo y ancho de la región, los resulta-
dos pueden diferir significativamente de un país a otro o de un ámbito
de acción sociopolítica a otro muy similar en un mismo país o a lo largo
de la región. La dimensión sociopolítica y específicamente el problema
de las articulaciones de lo social y lo político hoy, resultan a nuestro
entender una manera de hacer aportes y vincular la academia a los pro-
cesos de construcción social, política e institucional en curso. Ello, den-
tro del horizonte compartido de un mundo mejor en el siglo XXI.
Este tercer volumen fue posible por la sostenida y generosa con-
tribución de nuestras instituciones académicas y de investigación, que
en estos años nos han apoyado con aportes para distintas actividades que
desarrollamos, así como de tantas otras maneras menos tangibles. Asi-
mismo, diversos encuentros regionales o nacionales, donde algunos a
título individual o como grupo hemos participado, facilitaron el enri-
quecimiento de nuestros análisis. Mención insoslayable son nuestros
familiares y amigos que nos proveyeron permanentemente de bases ma-
teriales y afectivas para el complejo proceso que significa pensar de ma-
nera crítica. También es imprescindible mencionar a nuestros entrevis-
tados en las diversas investigaciones que alimentan estos ensayos. Final-
mente a CLACSO que gracias a sus diversos Programas, y sobre todo su
personal a lo largo de estos años, nos han facilitado en múltiples ocasio-
nes toda suerte de apoyos y estímulos, que permitieron enriquecer y
ensanchar este espacio como ámbito para el intercambio de ideas y ex-
periencias. Nuestro cálido agradecimiento a todos ellos(as).

Margarita López Maya


Carlos Figueroa Ibarra
Beatriz Rajland

10
PARTE 1
Contribuciones al debate sobre
el concepto de Historia Reciente

11
12
Reflexiones para una definición
de Historia Reciente

Carlos Figueroa Ibarra* y Nicolás Iñigo Carrera**

Palabras iniciales. La demarcación del campo

Este trabajo fue inspirado por los ricos debates mantenidos en el


seno del Grupo de Trabajo de Historia Reciente del Consejo Latinoame-
ricano de Ciencias Sociales (CLACSO), en los que los dos autores en-
contraron que compartían más de un punto de vista, aunque a veces
enfatizaban aspectos diferentes y disentían en otros. Hemos tratado de
reflejar esas coincidencias, y dejado abiertas como preguntas o plantea-
das explícitamente las diferencias.
En los últimos años estamos asistiendo al nacimiento de un nuevo
campo de estudios: la Historia Reciente1. Aunque siempre hubo historia-
dores que se ocuparon de describir y analizar procesos históricos de su
tiempo, lo novedoso está en que solo en los últimos años “se constituye un
campo de estudios con problemáticas propias” (Franco y Levin 2007: 16).
En este sentido, quizás sería más apropiado considerarlo una demarcación
más que un nacimiento; un paso en el proceso de fragmentación/especia-
lización del conocimiento científico que se desarrolla desde mediados del
siglo XIX. Y, al menos en Argentina, tener presente que cuando se anali-
zan los discursos referidos a la Historia Reciente, esa demarcación presen-
ta un carácter ambiguo en el que se entrelazan la delimitación de un
nuevo campo profesional y la de un nuevo campo de conocimiento.
*
Sociólogo, profesor investigador en el Posgrado de Sociología del Instituto de Ciencias
Sociales “Alfonso Vélez Pliego”, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.
** Historiador. Investigador del Consejo de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONI-
CET). Profesor Titular de la UNCPBA. Investigador del Programa de Investigación sobre
el Movimiento de la Sociedad Argentina (PIMSA).
1
Al menos en Argentina, cuando se analizan los discursos referidos a la Historia Reciente,
cabe preguntarse en qué medida en esa demarcación se entrelazan la delimitación de un
nuevo campo profesional y la de un nuevo campo de conocimiento. En este trabajo solo nos
referiremos a este segundo aspecto.

13
Considerado como “un campo en construcción” (Franco y Levin,
2007: 55) y “epistemológicamente inestable”, toma un lugar central en
su delimitación la cercanía temporal. La cercanía, establecida por el uso
de criterios simplemente cronológicos o, más complejamente, la cerca-
nía que se expresa en la coetaneidad entre pasado y presente, por la
supervivencia de quienes protagonizaron esa historia, la existencia de
una memoria social viva sobre ese pasado o la contemporaneidad entre
el historiador y su objeto de investigación.
Cabe aquí plantear que si la Historia Reciente analiza procesos his-
tóricos inacabados, en desarrollo, como algunos de esos procesos pueden
extenderse por décadas (y aun siglos), la coetaneidad entre el pasado y
presente no se limita a los años recientes. Por tanto, el problema no se
presenta solo a quienes investigan el hoy. Pero, además, toda historia es en
cierto sentido presente, no solo por los alineamientos políticos que conlle-
va, como veremos más abajo, sino, y esto es más importante desde el
punto de vista epistemológico, por la modificación de ambas partes que se
produce en la relación objeto de conocimiento, sujeto que conoce.
El otro elemento fundamental que se utiliza en la delimitación
del campo de la Historia Reciente, es que está cruzada por “procesos
sociales traumáticos” (genocidios, terrorismo de Estado, guerras), que
interpelan a las sociedades. Pero cabría entonces preguntarse por la co-
rrespondencia entre un nombre (Historia Reciente) que involucra el
análisis de toda una época, de un período histórico, de una totalidad y
cierta reducción de su objeto a un aspecto que en el caso de nuestras
sociedades latinoamericanas son las experiencias traumáticas de “violen-
cia política”, genocidios y terrorismo de Estado desarrollados sobre todo
en las tres décadas finales del siglo XX.

Historia Reciente, subjetividades,


incomodidades e ideologías

La primera aparente dificultad con la que se encuentra aquel que


inicia una reflexión sobre la historia de los acontecimientos más recien-
tes, tiene que ver con la posibilidad de hacerla. Finalmente, una recons-
trucción analítica de acontecimientos que se observaron apenas unos
lustros atrás del momento en que se hace la reflexión, corre el peligro de
tener un sesgo notable debido a lo fresco que se encuentran todavía

14
dichos acontecimientos. La cercanía de los hechos, dicen aquellos a quienes
preocupa esta circunstancia, hace que las pasiones e intereses que rodean
a los mismos sigan vigentes y el historiador corre el riesgo de verse atra-
pado por esos impulsos o “deseos de primer orden”, las pasiones de las
cuales debería escapar el hombre virtuoso (encrático) en la perspectiva
ética clásica (Doménech, 1989). Estas pasiones o “deseos de primer or-
den”, nublarían la objetividad necesaria para hacer ciencia. El resultado
de la investigación sería una sesgada defensa o un sesgado ataque a pro-
tagonistas y acontecimientos analizados.
La preocupación anterior tiene un asidero real. Las pasiones y las
incomodidades que generan determinado tipo de acontecimientos his-
tóricos, muy relevantemente los que tienen que ver con pasados inme-
diatos de carácter traumático, ciertamente influyen de manera poderosa
en los temas de investigación y la manera de abordarlos. Un ejemplo
paradigmático de ello es el caso del nazismo, como puede apreciarse en
la periodización de las investigaciones históricas de ese hecho histórico
realizada por el historiador estadounidense Eric Johnson (Johnson, 2002);
la evolución de la investigación del terror nazi reconstruida por él, revela
que a diferencia de la interpretación surgida cuando el terrorismo nazi
era todavía muy reciente y que postulaba a una población alemana ate-
rrorizada y controlada, las investigaciones realizadas 40 o 50 años des-
pués llegaban a la estremecedora conclusión de que “… la gran mayoría
de la población alemana encontró modos de acomodarse al régimen nazi,
por muchas reservas que tuviera” (Johnson 2002: 21-50) o, peor aún,
que numerosos civiles participaron de la política genocida (Johnson,
2002: 39). En conclusión, tuvo que pasar medio siglo para que se dijera
sin ambages que en el genocidio no solamente obró un desquiciado lí-
der, un partido totalitario y una cruel policía, sino también una parte
significativa del pueblo alemán. Tuvo que pasar medio siglo para que se
aceptara que el genocidio practicado por los nazis, como todo genoci-
dio, no puede ser interpretado como obra de psicópatas con poder, so-
bre víctimas que no solamente son víctimas sino también pueden ser
rebeldes y finalmente que un genocidio no solamente es obra del Estado
que lo perpetra sino también a la sociedad que lo ayuda o que lo legiti-
ma de manera pasiva o activa (Feiernstein, 2000; Figueroa, 2006).
Entonces, el tema de investigación se vuelve incómodo porque
acaso los victimarios viven y temen que la justicia los alcance. Porque
para estos perpetradores no solamente la justicia es temida, sino tam-

15
bién la memoria y la verdad. Pero memoria y verdad no solamente
persiguen a los perpetradores, sino también a la sociedad en su con-
junto. Por ello los problemas que hemos visto con respecto a la historia
del terror nazi aparecen también en otros casos similares. La acepta-
ción del fascismo como un fenómeno con gran consenso en la sociedad
italiana, no habría de llegar sino hasta mediados de la década de los
setenta. El gaullismo en Francia hizo de la resistencia a la invasión nazi
un mito en la medida en que trató de olvidar el colaboracionismo de
una parte de la sociedad francesa (Lvovich, 2007: 103-115). En el
caso argentino, no obstante que se cuenta con una memoria fuerte so-
bre el genocidio que se padeció, durante muchos años la interpreta-
ción del terrorismo estatal de la dictadura militar fue una simple res-
ponsabilización a la dictadura vista como ejército de ocupación que
reprimía implacablemente a una población oprimida e inocente. Más
aún, al introducir a otro malévolo actor, este resultaba ser el conjunto
de organizaciones guerrilleras, por lo que la interpretación terminaba
siendo una argumentación de la teoría de los dos demonios. No fue sino
hasta años después que se abriría paso el señalamiento de la adhesión
que desde sectores de la sociedad civil tuvo la dictadura y sus acciones
genocidas (Lvovich, 2007: 116). Y es mucho lo que queda por realizar
en mostrar el involucramiento concreto, incluyendo en algunos casos
pingües negocios, de empresarios (como, por ejemplo, los de los gran-
des medios de comunicación) y de la Iglesia Católica.
En síntesis, la exposición que hemos hecho de algunos casos nos sirve
para señalar que en efecto la Historia Reciente a veces puede presentar difi-
cultades epistemológicas que tienen un sustento social. Que a veces es nece-
sario que transcurra un tiempo para que la investigación de un hecho pueda
hacerse sin temor a escándalos, anatemas y hasta demandas judiciales2. Que
en efecto, la investigación sobre hechos de reciente data, a menudo se puede
ver arrastrada por pasiones y confrontaciones políticas. O sea que la Historia
Reciente tiene dificultades epistemológicas reales por la cercanía de lo ana-
lizado, pero también dificultades políticas porque los intereses que afectan
sus interpretaciones todavía están vigentes.

2
En 1994 el historiador Raúl Dargoltz publicó el libro El santiagueñazo. Gestación y crónica
de una pueblada argentina (Dargoltz 1994). Uno de los funcionarios del gobierno provincial
nombrados en el relato de los hechos le inició un juicio por calumnias e injurias del que solo
resultó absuelto ocho años después, en 2002, después de una campaña mundial en favor de
la libertad de los historiadores para analizar hechos del presente, promovida, entre otros por
el grupo Historia a Debate, con sede en España.

16
Sin embargo, a menudo la exposición de las dificultades episte-
mológicas de la Historia Reciente, están sustentadas en una visión posi-
tivista de la historia. A la manera de Durkheim en la sociología (Dur-
kheim, 1979), incluso a la manera de Weber y su exigencia de “neutra-
lidad valorativa” (Weber, 1973), se pretende que el historiador o en
general el científico social tenga tanta objetividad que haga a un lado de
manera absoluta sus orientaciones teóricas, sus preferencias políticas e
ideológicas; y una cuestión específica debería plantearse respecto de las
preferencias afectivas. En suma, se le pide al historiador algo que no es
posible de hacer. Es esta postura epistemológica la que sustenta afirma-
ciones que rayan en lo absurdo, en el sentido de que tienen que pasar al
menos 30 años para que un hecho histórico pueda ser investigado con la
objetividad necesaria3. Abundan los ejemplos de hechos históricos que
rebasan con creces este requisito temporal y que siguen despertando
pasiones. En México, la figura de Juárez y las reformas liberales siguen
irritando a la derecha clerical y también siguen siendo usados como
referencias históricas con usos políticos de gran actualidad, como se re-
vela en el movimiento lopezobradorista (López Obrador, 2004; SCGDF,
2006). En Guatemala, el derrocamiento de Arbenz en 1954 por la de-
recha local y el imperialismo estadounidense, sigue agitando las pasio-
nes políticas y es el parteaguas más general entre las derechas y las iz-
quierdas en dicho país4. Y casi 200 años después de los acontecimien-
tos, una interpretación de Robespierre y la revolución francesa, ensaya-
da por el cineasta polaco Andrej Wajda en su película sobre Danton,
despertó una polémica tan grande en Francia que el entonces presidente
Francois Miterrand se sintió obligado a referirse al tema. En la Argenti-
na de las décadas de 1960 y 1970 las guerras civiles entre unitarios y
federales, ocurridas entre cien y ciento cincuenta años antes, dieron lu-
gar a furibundos debates escritos y verbales (y ocasionalmente a algunos
tiroteos) al ser reivindicados los segundos por las corrientes llamadas
“nacionalistas”, tanto oligárquicas como populares, frente a un régimen
político excluyente que era considerado (y en buena medida se reivindi-

3
Dicho plazo es mencionado críticamente por Franco y Levín (2007: 51) y constituyó
durante décadas el límite fijado por la historiografía académica argentina a su campo de
estudio.
4
El malestar provocado en algunos sectores de la derecha guatemalteca por el libro de Piero
Gleijeses Shatered Hope es un ejemplo de ello (Gleijeses, 1991). Tal libro es un análisis
exhaustivo del período revolucionario en Guatemala (1944-1954) y en particular del go-
bierno de Arbenz y los acontecimientos que rodearon a su derrocamiento.

17
caba a sí mismo) como heredero del liberalismo unitario; lo mismo pue-
de decirse respecto de las confrontaciones entre porteños y provincianos
desarrolladas entre 1860 y 1880, revividas en el reciente conflicto entre
productores agropecuarios y el gobierno nacional en 2008.
Como se dijo más arriba, no es que sostengamos que los alinea-
mientos sean irrelevantes. Todo lo contrario. Todos (aun los que lo nie-
gan) estamos alineados y, por acción u omisión, fortalecemos una forma
de organización social y una concepción del mundo5. Por eso, cuando se
delimita el campo de la Historia Reciente (sea como nuevo campo pro-
fesional pero sobre todo como nuevo campo de conocimiento) está pre-
sente la disputa por la lectura de la historia que se va a presentar a la
sociedad, tratando que esta lo asuma como propia. En este sentido, al
menos en Argentina, cabe plantearse la interrogante acerca de en qué
medida la delimitación del nuevo campo puede derivar en el intento de
los “profesionales” por disputar la lectura del pasado reciente a quienes
hasta ahora habían mantenido la primacía en el tema: los propios prota-
gonistas de esa historia; obviamente la lectura de los “profesionales” no
es neutra ni ajena a la lucha entre los intereses de los distintos grupos
sociales y, más específicamente a la legitimación de una u otra orienta-
ción política y/o ideológica.

Historia Reciente, memoria y testimonio

El temor al sesgo de la subjetividad y la ideología que se presen-


tan a la Historia Reciente como campo de investigación, también apare-
ce con relación a las fuentes de donde se recoge la información. Esta
historia como toda investigación histórica, se sustenta en documentos y
fuentes hemerográficas pero también en el testimonio. En relación a los
documentos las objeciones que se han hecho es que son escasas o son
abundantes o en definitiva no confiables (Franco y Levín, 2007: 53).
Esta objeción fácilmente puede ser desechada porque la escasez, abun-
dancia y confiabilidad de fuentes escritas, es un problema de investiga-

5
En Argentina, la corriente historiográfica dominante suele hacer referencia al compromiso
de algunos historiadores de las décadas del sesenta y setenta con las luchas populares, que
“deformó” su mirada sobre la realidad. Mucho menos se toma en consideración el compro-
miso, quizás no plenamente consciente, de muchos intelectuales con la ofensiva capitalista
acaudillada por la oligarquía financiera en los 80 y 90, que ayuda a explicar algunas de las
afirmaciones acerca de la inexistencia de la clase obrera antes de 1945 y después de 1975.

18
ción que presenta no solamente la historia reciente, sino también todos
los otros campos históricos. Algunos historiadores incluso sostienen que
la escasez de fuentes escritas, obliga al historiador a usar su imaginación
en el campo de la deducción, ejercicio legítimo en el campo de la cien-
cia6. Y el testimonio en tanto que constituido por la memoria individual
presenta problemas que en efecto no es posible soslayar (Carnovale, 2007:
155-181). En primer lugar es necesario descartarlo como indiscutible
criterio de verdad como producto de una “sobrelegitimación de la posi-
ción de enunciación del testigo” (Franco y Levín, 2007: 45). El hecho
de que el que emite el testimonio haya vivido directamente el hecho que
se está investigando, no necesariamente implica que sea el portador de la
verdad. Jean Piaget (Piaget, 1976) a lo largo de su libro La toma de
conciencia, ha demostrado mediante experimentos cómo el hecho de
realizar una acción no significa necesariamente saber cómo se realizó esa
acción. Enzo Traverso dice que la memoria es “eminentemente subjeti-
va” (Traverso, 2007: 73), pero cabe precisar que también es circunstan-
cial e ideológica. Todo aquel que ha recogido testimonios y ha hecho de
la entrevista un recurso de investigación sabe muy bien que una perso-
nalidad egocéntrica relatará los acontecimientos como si todo girara en
torno a la propia persona. No será lo mismo el recuerdo de un militante
de alguna organización, si ha formado parte de alguna disidencia de la
misma que si todavía se encuentra en dicha organización. Tampoco la
memoria será la misma si aquel que recuerda ha abjurado de su ideolo-
gía anterior y ahora no solamente es un hereje de dicha ideología sino
sobre todo un renegado de la misma. Pero el testimonio o la historia oral
son tan problemáticos como fuentes, como cualquier otra fuente escrita,
si partimos de la base de que la objetividad plena es imposible. El uso de
las memorias de protagonistas como fuente se convierte por ello en un
material que tiene que tomarse con mucho cuidado. El mismo cuidado
con el que habrá que leer los documentos oficiales o los documentos
subversivos u opositores. El mismo cuidado que hay que tener con las
fuentes hemerográficas como lo puede saber todo aquel que ha partici-
pado en un hecho histórico y luego se pone a leer las crónicas periodís-
ticas que lo recogen.
6
Esta afirmación fue hecha en una conferencia magistral titulada “Historia y Verdad”
dictada en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla por uno de los exponentes más
importantes en el campo de la microhistoria, Giovanni Levy en el marco del Coloquio
Internacional “Diálogos con el pensamiento historiador”. Instituto de Ciencias Sociales y
Humanidades y el Colectivo Utopía. Puebla, Puebla, 17-20 de junio de 2003.

19
El testimonio es expresión de la memoria individual que se inte-
gra en la memoria colectiva, la cual es no monolítica, plural y conflictiva
(Traverso, 2007: 78). Las sociedades recuerdan u olvidan y esto es algo
que tiene que ver con el poder que tienen las posturas políticas e ideoló-
gicas de los que recuerdan o buscan el olvido, y de las correlaciones de
fuerzas que existen entre ellas. Pero como bien dice Traverso, las socieda-
des recuerdan de manera intensa o de manera suave. Hay entonces me-
morias fuertes y memorias débiles (Traverso, 2007: 86-88). El Holocausto
pasó de ser una memoria débil a una memoria fuerte (Traverso 2007: 87)
y en esto influyó decisivamente el papel y posición de Israel en el con-
texto de la guerra fría y ahora, en el de la posguerra fría, como el más
estrecho aliado de Estados Unidos; en ese marco toma sentido la difu-
sión de la matanza de los judíos por los nazis, mientras se ignora la de
los comunistas, socialistas y otros opositores al nazismo. El genocidio de
los gitanos en el mismo Auschwitz, o el de los armenios en la Turquía a
fines del siglo XIX y luego en el transcurso de la primera guerra mun-
dial, pueden inscribirse en la memoria débil. Puede plantearse la hipóte-
sis de que esto sucedió así porque los gitanos no contaron con un Estado
que los respaldara y los armenios vieron su país fracturado entre Tur-
quía, Irán y Rusia y posteriormente en la Unión Soviética. Hoy puede
hablarse de que el genocidio en Argentina y en general las violaciones a
los derechos humanos en el Cono Sur, son parte de una memoria fuerte.
Mientras que el más grande genocidio en el continente americano, el
que se observó en Guatemala, es parte de una memoria débil. Pese a las
45 mil desapariciones forzadas y 150 mil ejecuciones extrajudiciales que
se observaron en dicho país entre 1960 y 1996 (ODHA, 1998; CEH,
1999), no es el caso guatemalteco el que surge como ejemplo de dicta-
duras militares y terroristas cuando se habla del tema en ámbitos acadé-
micos y mediáticos. Tampoco es Ríos Montt, sino que son Pinochet y
Videla los paradigmas más mencionados en lo que se refiere a dictadores
genocidas. Probablemente la causa de ello radique en que la memoria de
la infamia está más presente en las sociedades civiles de Argentina, Chi-
le y Uruguay, que en el seno de la guatemalteca. La lucha por la memo-
ria y contra el olvido expresada en movimientos de derechos humanos,
en la reflexión académica y en la producción cultural es notablemente
más vigorosa en el Cono Sur que en Guatemala. Si fuera cierto como
dicen Franco y Levín que la Historia Reciente es hija del dolor y si esto
se expresara en que en el Cono Sur sean las dictaduras militares y terro-

20
ristas “el punto de ruptura que ha promovido los estudios sobre el pasa-
do cercano” (Franco y Levin, 2007 a: 15), la ausencia de esta memoria o
su expresión como memoria débil, explicaría la ausencia del tema de la
Historia Reciente en Guatemala7.
Pero la memoria de la infamia puede ser una memoria fuerte y aun así
observar omisiones producto de la autocensura que la evidencian como una
memoria mutilada. La película de Héctor Olivera, La noche de los lápices, es
un trabajo en pro de la memoria de la infamia en Argentina. Y sin embargo
ha sido criticada por el hermano de una de las víctimas, Jorge Falcone,
porque el filme esconde o minimiza la militancia activa de los adolescentes
secuestrados y desaparecidos en septiembre de 1976. Así las cosas, Claudia
Falcone y sus compañeros de infortunio no fueron solamente víctimas sino
también rebeldes. La explicación de los realizadores ante las críticas de Jorge
Falcone de manera reveladora alude al momento en que fue realizada la
película (1986), aduciendo que los efectos del terror todavía estaban muy
presentes y la impunidad seguía siendo una significativa realidad. Esta ex-
plicación es parcial y solo vale para alguna parte de la sociedad; la presenta-
ción de víctimas asépticas (lo mismo que en la ganadora del Oscar, “La
historia oficial”) se enmarcaba también en la teoría de los dos demonios: no
eran las víctimas, “jóvenes inocentes”, los responsables de nada sino las “or-
ganizaciones armadas” y sobre todo sus dirigentes; la legitimación de la
forma política instaurada en 1983 con acuerdo de los militares, requería de
la negación de la lucha popular que precedió a la dictadura; y muchos
historiadores apostaron a esa legitimación y a la teoría de los dos demonios.
Roberto Pittaluga (2007) plantea que en la primera década que siguió al fin
de las dictaduras militares y terroristas (1984-1994) se observó un silencio
de los historiadores con respecto a lo acontecido durante dichas dictaduras,
silencio que se recrudecía todavía más en relación a las formas de militancia
en los años setenta. Si bien esta afirmación no es exacta, ya que existieron
historiadores y otros científicos sociales que no ocultaron la militancia de las
víctimas, como por ejemplo Marín (1984), Izaguirre y Aristizábal (2000) o
Izaguirre (1994)8, es verdad que quienes accedieron a los lugares desde don-

7
Un matiz a esta afirmación general es la existencia en la Universidad de San Carlos de
Guatemala de la Maestría en Psicología Social y Violencia Política que ha promovido tesis
sobre la represión en la época de las dictaduras militares así como de sus efectos psicosocia-
les. La existencia precaria de dicho programa es por lo demás revelador de la debilidad de la
memoria de la infamia en Guatemala.
8
Los trabajos de Marín y de Izaguirre y Aristizábal refieren al momento inmediatamente anterior
a la instauración del gobierno militar, pero los procesos de confrontación que investigan y los

21
de se construía el discurso dominante, los medios de difusión masiva y
también la política universitaria (historiadores incluidos), tendieron a negar
la condición de militantes de los “desaparecidos”. Durante esa primera dé-
cada, lo que más abundó fueron los testimonios con respecto a los crímenes
de la dictadura, los que hicieron énfasis en demostrar lo que las dictaduras
negaban: muertes, desapariciones, torturas y prisiones. Resulta revelador de
los parámetros en los que se movía la justicia el que Pittaluga nos diga que
“El proceso judicial, que implicaba por un lado una dimensión reparadora,
exigió, por otro lado, un tipo de testimonio en el que prevalecía el carácter
de víctimas de los testigos, colocando su pasada militancia política y social
en una zona de invisibilidad.” (Pittaluga, 2007: 127-129). La unilateraliza-
ción de la condición de víctimas de las víctimas, omitiendo el hecho de que
también fueron subversivos implica una actitud vergonzante frente al com-
promiso político del desaparecido o ejecutado. En el fondo pareciera haber
una inconsciente o consciente aceptación de las premisas del perpetrador: el
subversivo merecía una captura extrajudicial (el secuestro), un interrogatorio
extrajudicial (la tortura) y una condena extrajudicial (el asesinato). En Gua-
temala, en donde la memoria de la infamia es una memoria débil, la actitud
vergonzante ante la condición subversiva de la víctima es todavía más pro-
funda, sobre todo entre las clases medias urbanas (Figueroa, 1999: cap.5;
Figueroa, 2007). No solamente se trata de miedo a las repercusiones que
podría tener para la familia el aceptar públicamente la condición de subver-
sivo sino el hecho de que el terror ha sido exitoso en algunos medios en
equiparar al subversivo con el delincuente. Resulta pues una necesidad una
Historia Reciente que rescate del olvido no solamente la memoria de la infa-
mia sino también la memoria del heroísmo. Si la memoria es una de las fuen-
tes de la Historia Reciente, esta última también puede ser fuente de la
memoria.
Hemos afirmado que la objetividad absoluta es imposible. Sin
embargo no compartimos la afirmación de más de una vertiente del
posmodernismo, según el cual es imposible saber la verdad de un acon-
tecimiento, sino solamente las verdades de los que lo recuerdan. David
Harvey ha recogido en su libro sobre la condición de la posmodernidad,
los extremos a los cuales llegan los que postulan tal postura epistemoló-
gica. Mientras que el modernismo presuponía una relación estrecha en-

sujetos involucrados son los mismos (y también los métodos de operación clandestina e
ilegal practicados desde el régimen), como lo muestra el otro trabajo de Izaguirre que
citamos.

22
tre lo que se decía (significado) y el cómo se decía (significante), el pos-
modernismo considera que hay una disociación entre ambos. Ya Derri-
da ha mencionado que “la producción de una significación no podría ser
ni unívoca ni estable”. Por eso, para él, es necesario hacer una “decons-
trucción” de los textos que leemos porque todo lo que escribimos trans-
mite significados que no nos proponemos o que no podemos transmitir
y nuestras palabras no pueden decir lo que queremos dar a entender.
Esto sucede porque los escritores crean textos o utilizan palabras sobre la
base de los textos y palabras a los cuales han tenido acceso y los lectores
leen estos textos desde su propia historia de lecturas. Lo que escribimos
lo hacemos desde nuestra propia historia de lecturas y lo que leemos lo
hacemos también desde esa misma historia. En consecuencia vivimos
una suerte de torre de Babel que igualmente puede invadir al testimo-
nio o a cualquier otra fuente para la indagación histórica. Las conse-
cuencias de ello serían que si no podemos aspirar a una representación
unificada del mundo, puesto que las representaciones y acciones cohe-
rentes son represivas e ilusorias, tampoco podríamos comprometernos
con un proyecto global (Harvey, 1998: 68, 69). Relativismo y derrotis-
mo (Harvey, 1998: 70) que también puede derivar en una suerte de
escepticismo epistemológico. Es decir en el convencimiento de que no
solamente es imposible la objetividad plena, sino en general la objetivi-
dad, en el conocimiento que se persigue en las Ciencias Sociales. Evi-
dentemente la objetividad plena no es posible, pero sí lo es el que el
investigador o investigadora de la Historia Reciente o remota se propon-
ga como recurso metodológico, una distancia crítica con respecto a lo
que está estudiando. Esto es posible hacerlo, pese a la cercanía de los
acontecimientos que es precisamente el ámbito en el que se mueve la
Historia Reciente.

¿Cuándo y cómo comienza la Historia Reciente?


Debate inconcluso y una propuesta tentativa

Hemos visto que uno de los problemas de la Historia Reciente


radica en la cercanía de los acontecimientos que la constituyen. Más
arriba nos hemos referido a los criterios formales temporales utilizados
para delimitar el campo de la Historia Reciente. Pero hay otras pregun-
tas más que hay que resolver: ¿qué tiene de novedoso el momento histó-

23
rico del que se ocupa la “historia reciente”. ¿Se ha producido un cambio
de fisonomía y, en algún sentido o medida, de naturaleza que justifique
plantear que nos encontramos en un nuevo período histórico? ¿Cuáles
son los hechos fundacionales de un período que podría ser calificado
como “Historia Reciente”? ¿A partir de que momento podríamos hablar
de acontecimientos que pueden ser ubicados en el campo de la Historia
Reciente? Si partimos de la aseveración hecha por Franco y Levín de que
la Historia Reciente es hija del dolor entonces el hecho fundacional de
la Historia Reciente puede ser un momento traumático9.
La Gran Guerra, la Gran Depresión, la Segunda Guerra Mundial,
el Holocausto, las dictaduras militares y terroristas en América Latina (y
no solamente en el Cono Sur como apuntan las autoras) serían partea-
guas para impulsar la reflexión sobre la Historia Reciente (Franco y Le-
vín, 2007 a: 15). Diciéndonos que no hay acuerdo entre los historiado-
res al momento de establecer una cronología propia de la Historia Re-
ciente, sea en el plano mundial como nacional, agregando que la crono-
logía no es el camino más adecuado para definir las particularidades de
la Historia Reciente y constatando que la especificidad de esta historia
podría radicar en una historicidad sustentada en diversas formas de co-
etaneidad entre pasado y presente (supervivencia de protagonistas y par-
ticipantes, memoria social viva, contemporaneidad entre el historiador
y el pasado del cual se ocupa), finalmente Franco y Levin (2007 b: 33,
34) aceptan que tales criterios se encuentran articulados a acontecimientos
históricos traumáticos. Pero cabe entonces preguntarse, si al hacerlo no
se está reduciendo el objeto de investigación a uno de los rasgos de su
fisonomía, es decir, si no se está atendiendo a fenómenos parciales más
que a un período histórico como totalidad.
Una forma de pensar la Historia Reciente en el campo cultural
sería el posmodernismo, el cual parte del agotamiento de los paradig-
mas heredados de la ilustración merced a los monstruosos acontecimientos
ocurridos en el siglo XX, entre ellos Auschwitz e Hiroshima. El posmo-
dernismo propone el fin de una época y el inicio de otra en el ámbito
abstracto de lo cultural y esta periodización tiene en su perspectiva un
rango universal. Pero existen otros discursos y teorías acerca de que en

9
Es ocioso aclarar que los “hechos traumáticos” como genocidios, terrorismo y guerras no
son en absoluto exclusivos de la Historia Reciente. ¿Las guerras de religión europeas del
siglo XVI, Noche de San Bartolomé incluida, se apartan tanto de los horrores que son
presentados como el rasgo propio de la Historia Reciente?

24
las décadas de 1960/1970 se inicia un nuevo período, una nueva fase
que hoy transita la humanidad. Un breve repaso muestra, entre las más
difundidas, a Alain Touraine (2006), Manuel Castells (2003), Alberto
Melucci (1996), Claus Offe (1992) y Antonio Negri (2004) coinci-
diendo en que a partir de los setenta nos encontramos en una nueva
realidad. Touraine fecha en los sesenta el prolegómeno del nuevo perío-
do (la sociedad de la información) que se inicia en 1973, un cambio que
parte de la descomposición de lo social, la desaparición de la sociedad
como sistema integrador y portador de un sentido general con un nuevo
modo de conocimiento, decadencia del Estado nacional, nuevos actores,
nuevos conflictos, sobre la destrucción de todas las categorías sociales;
un mundo donde dominan fuerzas no sociales, donde las categorías que
organizan nuestra representación son culturales. Castells también remi-
te a los setenta, en que la revolución de la tecnología de la información y
la reestructuración del capitalismo difunde una nueva forma de socie-
dad: la sociedad red. Negri contrapone “mundo moderno” y “mundo
posmoderno” (con el fin del período de la gran industria en 1968) y un
pasaje de uno al otro en los setenta: de la soberanía del Estado nación a
las primeras formas de gobierno supranacionales, del imperialismo al
imperio, del fordismo al posfordismo (trabajo inmaterial y fin del socialis-
mo real).
Pero también desde otras perspectivas teóricas y políticas se cons-
tata un cambio cualitativo en la sociedad contemporánea. Así por ejem-
plo, John Holloway (2005), aunque señala que la constitución capita-
lista de las relaciones sociales siempre fue esencialmente global, marca
como un rasgo central del capitalismo contemporáneo la inestabilidad
financiera crónica, la posibilidad de un colapso financiero mundial; para
él, la esencia del neoliberalismo es la tendencia del capital a subordinar
cada aspecto de la vida con creciente intensidad. Otro ejemplo es el
colectivo formado por Cervantes, Gil, Regalado y Zardoya (2000), que
marcan una metamorfosis del capitalismo desde el capitalismo mono-
polista de Estado hacia el capitalismo monopolista de Estado transna-
cional (concentración monopolista transnacional del capital y el poder
político).
También existen propuestas de momentos iniciales de la Historia
Reciente en los ámbitos nacionales. El derrocamiento de Perón en 1955,
el cordobazo en 1969 o el golpe de Estado de marzo de 1976 serían para
algunos los acontecimientos que han sido señalados como inicio de la

25
Historia Reciente en Argentina. En México, el movimiento estudiantil
popular de 1968 y su trágico fin con la matanza de Tlatelolco, constitu-
yen para muchos el principio del largo fin del régimen surgido de la
revolución mexicana. Y en Guatemala, el derrocamiento de Arbenz en
1954 trazó las líneas de un período que formalmente habría terminado
con los acuerdos de paz entre gobierno e insurgencia en 1996, pero que
en los hechos continúa con los problemas irresolubles que dicho derro-
camiento dejó plantados en el país.
Y en el rumbo de la especificidad hay quien afirma que las perio-
dizaciones que marcan el inicio de la Historia Reciente dependerían
más bien de la esfera en la que se encuentra el tema que se investiga:
procesos económicos, movilizaciones sociales, proceso políticos, etc.
Como puede observarse no solamente no hay acuerdo con respecto
al momento fundacional, sino tampoco en cuanto al criterio metodológi-
co a adoptar para identificar el inicio de dicha historia. El pasado traumá-
tico como parteaguas del pasado cercano, tan recurrente en la reflexión de
la Historia Reciente, no necesariamente resulta certero. En nuestra opi-
nión esos momentos traumáticos pueden resultar significativos porque
marcan la conciencia de varias generaciones posteriores, porque resultan
temas de difícil tratamiento, pero no necesariamente inauguran nuevas
épocas que pueden calificarse como recientes. Auschwitz no fue sino la
culminación de una racionalidad capitalista expresada en el industrialis-
mo, como lo revela el campo de concentración actuando como una fábrica
de la muerte. El genocidio fue posible entre otras cosas por lo que Foucault
llamó la sociedad normalizadora y de disciplinamiento, algo construido
desde siglos atrás (Foucault, 1996). Las dictaduras del Cono Sur no sola-
mente se explican por la guerra fría, sino por la necesidad de implantar
una nueva etapa del capitalismo en el mundo entero, tan rapaz y expolia-
dora que algunos la ha calificado de “salvaje”. Por ello, en nuestra perspec-
tiva, habría que distinguir los tiempos nacionales y los tiempos universa-
les, pero al mismo tiempo habría que articularlos. ¿Es acaso ajena a la
nueva fase mundial de acumulación capitalista el surgimiento de las dic-
taduras militares en el Cono Sur? En la perspectiva de Naomi Klein y su
visualización de lo que denomina “capitalismo del desastre”, ambos he-
chos están fuertemente articulados (Klein, 2007: cap.3). Más aún, ella
retoma la interpretación de que fue en el Chile de Pinochet, pero también
en la Argentina de Videla y en el Uruguay de Bordaberry, donde se insta-
laron los grandes laboratorios del shock preparatorio para la implantación

26
del capitalismo denominado neoliberal. Varios autores, entre los que se
cuenta David Harvey (Harvey, 1998: caps.7-11) han tratado el surgi-
miento de la acumulación flexible sobre las ruinas del capitalismo keyne-
siano. En efecto, las contradicciones del Estado de Bienestar articuladas a
la crisis terminal del socialismo soviético darían gran auge a esa regresión
capitalista que nuevamente hacía a un lado al Estado y convertía al merca-
do en el sustento de lo que se veía como el arribo a la ansiada civitas dei
terrena. Tal era la perspectiva simplista pero eficaz de Francis Fukuyama
(Fukuyama, 1989; 1992).
Pero la implantación del neoliberalismo no fue solamente un pro-
ceso económico, sino fundamentalmente ideológico y político. Si bien
es cierto que el agotamiento económico del keynesianismo es funda-
mental para explicar el auge del neoliberalismo (este es el énfasis que
pone Harvey), tal proceso fue largamente complementado con la labor
ideológica en la que se destacaron Hayek y la Sociedad Mont Pélerin
(Stolowicz, 2007: 18), Milton Friedman y sus Chicago boys y finalmen-
te implantado a través de la violencia en Indonesia en los años sesenta, y
sobre todo en el Cono Sur a partir del derrocamiento de Allende por
Pinochet en 1973 (Klein, 2007: caps. 2, 3).
Podemos decir que desde la década de los sesenta pero particular-
mente desde los setenta se empezó a fraguar el fin del breve paréntesis
keynesiano propio de la “edad de oro del capitalismo”. Desde ese mo-
mento se inició una nueva fase. Una interpretación de esta nueva fase es
que se trata de la reimplantación del capitalismo, que está más regulado
por el mercado que por el Estado, versión moderna del viejo capitalismo
liberal que habría de imperar hasta la primera posguerra y la gran depre-
sión. Desde esta perspectiva, lo que hoy vivimos es una versión moder-
nizada, ampliada y profundizada de dicho capitalismo liberal. Tal es la
esencia del capitalismo actual llamado por ello con gran propiedad, neo-
liberal. Otra interpretación de esta nueva fase es que el capitalismo ac-
tual sigue regulado por el Estado (capitalismo monopolista de Estado)
solo que atendiendo a los intereses de una alianza social distinta, en un
momento distinto del desarrollo capitalista (Iñigo Carrera y Podestá 1997:
17; Iñigo Carrera en prensa).
Pero cualquiera que sea la posición respecto del capitalismo actual,
en nuestra opinión, una periodización de la Historia Reciente tiene que
tomar en cuenta el hecho universal de un cambio en el capitalismo y sus
manifestaciones nacionales: ese proceso constituye el hito central.

27
Novedades, continuidades y temas
de la Historia Reciente

Asistimos pues desde la década de los setenta, al nacimiento de


una nueva época. Aquella que aparece sustentada en la acumulación
flexible. El que esta nueva época esté marcada por un hecho que se ubica
en la esfera económica no implica, ni mucho menos, que se agote en
dicha esfera. Esta acumulación flexible ha llevado al máximo conocido la
globalización, y sus efectos se hacen sentir en todos los rincones del
planeta, hecho que abona a la perspectiva de que marca a la Historia
Reciente tanto en el ámbito local como en el global.
En este proceso se han producido transformaciones en la clase
obrera tal como esta se construyó en las fases anteriores del capitalismo.
El desarrollo tecnológico que, desde los orígenes del capitalismo reduce
las proporciones de trabajo vivo en relación al trabajo muerto, ha redu-
cido también, aunque con fuertes diferencias nacionales, el número de
obreros empleados directamente por el capital. El capitalismo actual
ubica cada vez más a más gente fuera del ámbito de la unidad producti-
va y hace crecer a la población marginal o superpoblación relativa tal
como se le quiera llamar a esa creciente masa de trabajadores desemplea-
dos o empleados en trabajos precarios e improductivos.
Los cambios en la situación objetiva de la clase obrera también se
manifiestan, en mayor o menor medida según los países y regiones, en el
terreno de la movilización social, y esto ha dado lugar a diferentes carac-
terizaciones acerca de su lugar en las relaciones de fuerzas políticas. Des-
de una perspectiva, la clase obrera propiamente dicha ha perdido la
centralidad que tuvo durante el siglo XIX y buena parte del siglo XX. A
la par del movimiento sindical, hoy existen diversos movimientos en los
que se expresan nuevos sujetos que coexisten con los viejos. Para esta
perspectiva los cambios que ha provocado la acumulación flexible son
tantos que debemos preguntarnos, como a su manera lo ha hecho el
posmodernismo, si los paradigmas teóricos de la modernidad son obso-
letos. La Historia Reciente, tal como la concebimos en este trabajo, se
caracteriza porque se han borrado fronteras para la circulación de mer-
cancías y capital, no así de fuerza de trabajo. El capital especulativo en el
ámbito financiero ha crecido en desmedro del capital industrial. Se ha
ido reduciendo al Estado y ampliando al mercado. Y aun cuando el
Estado sigue conservando el rol mínimo de guardián de los intereses

28
dominantes, aun estas tareas represivas se han empezado a subcontratar
para que las realice el capital. Los Estados nacionales se consideran reli-
quias, aun cuando en los países centrales tales Estados siguen siendo
una referencia básica en la lucha por la hegemonía mundial.
Existe otra interpretación de lo que ha ocurrido con el mundo del
trabajo en esta nueva fase del capitalismo. La clase obrera en efecto ha
sido políticamente aislada y golpeada por la ofensiva capitalista desatada
en la década de 1970, pero esto no significa que haya perdido centrali-
dad, al menos en sociedades como la Argentina. Los diversos movimien-
tos sociales desarrollados en las últimas décadas no han logrado ocupar
un lugar semejante al que la clase obrera (entendida en sentido amplio)
ha tenido y tiene. Algo semejante ocurre con el papel del Estado: aun-
que de otra manera y en directa función de los intereses de la fuerza
social que acaudilla la oligarquía financiera, la economía sigue estando
regulada desde los órganos de gobierno nacionales y transnacionales (FMI,
Banco Mundial, OMC, etc.).
El campo de intersección entre estas dos interpretaciones radica
en que los autores de este trabajo coinciden en que si hay una relativa
pérdida de fuerza de los de abajo que ha llevado a la interpretación
posmodernista de que la articulación en la clase ha perdido importan-
cia, no resulta ser de esa manera en los de arriba. Para constatar cómo los
de arriba sí actúan como clase, basta ver a las oligarquías regionales agru-
padas en el movimiento separatista en las provincias de la media luna en
Bolivia, la victoriosa ofensiva empresarial contra los impuestos a ciertas
exportaciones agrícolas en Argentina y la campaña de feroz propaganda
negra contra el entonces candidato presidencial Andrés Manuel López
Obrador en el proceso electoral de 2006 en México. La lucha de clases,
esa categoría que algunos han considerado en los últimos años tan cues-
tionable, vuelve a aparecer como elemento interpretativo para una clase
empresarial local y global que es beligerante en la defensa de sus intere-
ses y opuesta a un conjunto de movimientos que enfrentan al capital
desde la lucha contra la guerra convertida en un gigantesco negocio,
desde la lucha por el ambiente irremediablemente amenazado por la
lógica de la ganancia, desde la lucha por la tierra agobiada por el agrobu-
siness, desde la lucha contra el afán privatizador del agua y los recursos
energéticos, desde la defensa del cultivo de coca como tradición milena-
ria y sustento actual, desde la lucha contra proyectos globalizadores como
los onerosos tratados de libre comercio y planes como el de Puebla-

29
Panamá, desde la lucha contra los transgénicos como ruta hacia el con-
trol alimenticio por parte del capital, desde la rebeldía de la contracul-
tura como negación de un mundo hostil para los jóvenes, desde la lucha
por las autonomías y derechos étnicos negados por la voracidad del capi-
tal, desde la lucha de género en un mundo que niega el trabajo no
solamente a las mujeres sino también a los hombres, desde la lucha de
las empresas recuperadas que es una manera de defender el derecho al
trabajo, desde las comunas autosustentables que buscan huir de las ga-
rras del Estado y del capital. Y a la par de todas estas luchas, desde las
luchas sindicales que siguen siendo un escenario importante de la con-
frontación contra el capital. Todas estas luchas marcan la confrontación
social en la Historia Reciente de América Latina y han determinado
procesos políticos. Al contrario de lo que ha preconizado el posmoder-
nismo, se han convertido en luchas que van mucho más allá de deman-
das fragmentadas y locales, para convertirse en proyectos políticos de
escala nacional y transnacional.
La Historia Reciente tiene en todos estos acontecimientos, que
van mucho más allá de los pasados traumáticos, un campo inagotable de
estudio. Podrá decirse que estos hechos y procesos sociales escapan al
ámbito disciplinario de la historia. Pero incluso para quienes sostienen
esa posición y acaso por la cercanía de sus acontecimientos, que lleva a la
Historia Reciente a colindar con los objetos de estudio de otras discipli-
nas, ella tiene un margen alto para la interdisciplinariedad y por lo tan-
to sus temas conciernen no solo a la historia, sino también a la sociolo-
gía, a la antropología y a la ciencia política.

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Weber, Max (1973). Ensayos Sobre Metodología Sociológica. Amorrortu
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33
34
A propósito de la Historia Reciente: ¿Es la
interdisciplinaridad un desafío epistémico
para la Historia y las Ciencias Sociales?

Graciela Iuorno*

El problema: Historia Reciente y


el conocimiento de la realidad social

En el último quinquenio, desde que conformamos el grupo de


trabajo con investigadores latinoamericanos, provenientes de distintas
ciencias sociales y países de procedencia, la cuestión de nuestro nombre
o denominación Grupo de Trabajo (GT) Historia Reciente fue acercando
nuestras reflexiones en un proceso dialéctico. A un auspicioso resultado
se llegó tras la búsqueda de los tópicos comunes para una periodización
que contenga una equitativa distribución cronológica entre las proble-
máticas nacionales/regionales en examen1. Esas discusiones, con veloci-
dades diferentes en el transcurrir de los enriquecedores encuentros, de-
safiaron a nuestros esquemas, categorías, conceptos, teorías y finalmente
a nuestras propias formaciones disciplinares, ampliando el horizonte de
las miradas y de las perspectivas profesionales.
En este capítulo consideramos que no es cuestión de discutir des-
de lo epistemológico, los modelos cronológicos elaborados por la histo-
ria, como las ya conocidas propuestas temporales de los Annales2 y del

* Docente e investigadora de la Universidad Nacional del Comahue y del Centro de Estu-


dios Históricos de Estado, Política y Cultura (CEHEPyC). Neuquén, Argentina.
1
Para Michel Foucault, al investigador social que aspira a estudiar un periodo, unas institu-
ciones sociales o políticas en un periodo determinado, se le imponen dos reglas operativas
de procedimiento, por encima de otras, es decir un tratamiento exhaustivo de todo el material
y una equitativa distribución cronológica del examen. El concepto de estrategia y su utilización
podría permitir ya un encuentro.
2
Recordemos que cuando las ciencias se oponen al encierro disciplinario mantienen su
vitalidad, un ejemplo de ello lo constituye la historia de Annales que es una escuela historio-
gráfica con reconocimiento, después de haber ocupado un lugar marginal en la academia
francesa. En esta escuela opera una penetración de la perspectiva económica y sociológica
en la historia, y más tarde, en una segunda generación de historiadores, incorpora la pers-

35
materialismo histórico. Tampoco sobre la diferencia entre las prácticas
que actúan en la operación historiográfica y las categorías temporales
disciplinares. Se trata más bien de reflexionar sobre la construcción de
conocimiento de las ciencias humanas, sociales y políticas en la denomi-
nada Historia Reciente; problemática que nada tiene que ver con la no-
ción que propone cierta unidad del objeto de conocimiento histórico y
de la temporalidad. El alcance de la discusión del GT supone mucho
más que el compromiso subjetivo del historiador en la formación de la
objetividad histórica, de las fuentes, de los métodos, de la representa-
ción –acontecimiento y nombre– en el proceso que narra. Presupone el
recorrido reflexivo de académicos que dan cuenta de las realidades socio-
políticas latinoamericanas en un tiempo presente3.
En este marco, el objetivo es reflexionar sobre lo posible y necesario
de la construcción de objetos de estudio –en un espacio histórico y en el
escenario latinoamericano– a partir del diálogo entre distintas miradas aca-
démicas, más que desde las particularidades critico-teóricas del oficio del
historiador4, que nos posibiliten salir de los muros de la historia discipli-
nar. Para alcanzar este cometido es inevitable pensar en la “interdisciplina-
riedad” de los problemas concretos y en la exigencia de realizarla a través
del trabajo grupal que requiere de aportes proveniente de diferentes cien-
cias. Por otra parte, es necesario concebir una historia competitiva y concu-
rrencial con las otras disciplinas del presente; como el historiador francés
Marc Bloch, que en la década del cuarenta abogaba por no privarnos de
un campo de visión y comparación suficientemente amplio que nos posi-
bilitará una imagen global del mundo y de los procesos sociales que aun
están abiertos y provienen de acontecimientos pasados.

pectiva antropológica. La historia así fecundada no puede ser más considerada como una
disciplina stricto sensu, es una ciencia histórica multifocalizada, polidimensional y global.
3
Debemos observar que la “tribu de los historiadores o la tribu de Clío” (la institución
histórica) se organiza en todos los tiempos según jerarquías y convenciones que trazan las
fronteras entre los objetivos pertinentes y lo que no lo son en términos de Bourdieu: las
reglas que rigen el campo de la producción específicas determinan las competencias y lo que
está en juego es el monopolio del poder, es decir, decidir quién está autorizado a ser llamado
a historiador. Roger Chartier 2007 La historia o la lectura del tiempo (Barcelona, Gedisa :31).
4
Entre los años ochenta y noventa se diagnosticó la “crisis de la historia” y el “fin de la
historia” donde la cuestión principal era si la historia como disciplina de saber comparte sus
fórmulas con la escritura de imaginación, el valor de verdad de su las prácticas historiográ-
ficas.

36
Historia y ciencias sociales…
es más lo que acerca que lo que aleja

En este primer punto nos interesa iniciar las argumentaciones


recordando que la investigación cualitativa constituye una tradición par-
ticular en las ciencias sociales que depende fundamentalmente de la
observación de los actores en su propio terreno y de la interacción con
ellos en su lenguaje y sus términos. Sus diferentes expresiones incluyen
el análisis de contenido, el análisis lingüístico de textos, las entrevistas
en profundidad y cierta manipulación de archivos, por citar algunos
procedimientos metodológicos. De este modo, la historia comparte fuen-
tes y técnicas con otras disciplinas sociales. El historiador se vale de los
documentos, las fuentes de la historia que existen: huellas, testimonios,
reliquias. El académico que se dedica al presente puede construir sus
fuentes, pero solo en el marco de la historia oral. El historiador no pre-
para encuestas de opinión, ni puede “fabricar” documentación, debe
descubrirla, característica que la distingue de las otras ciencias sociales.
El tiempo calendario, el testimonio y el archivo documental no son
patrimonio de la operación historiográfica. Sin embargo, el “espacio habita-
do” y el “tiempo histórico” tienen en la historia una articulación indisocia-
ble e ineludible. El tiempo crónico consiste en una modalidad propiamente
temporal de inscripción en un sistema de fechas extrínsecas a los aconteci-
mientos sociales; distinciones que son usuales también entre economistas,
sociólogos y politólogos. Inscribiéndose todos ellos en el tiempo calendario
o crónico, en el que se dejan medir los intervalos entre acontecimientos
datados “antes de…”, “después de…” (Ricoeur, 2004: 189-200).
Con respecto al testimonio oral –historias de vida, relatos de vida,
recuerdos, relatos identitarios– su especificidad consiste en que la aser-
ción de la realidad es inseparable del acoplamiento con la autodesigna-
ción del sujeto que atestigua. La credibilidad, la fiabilidad del relato,
implica otorgar crédito del mundo social que relata el otro, vale decir,
un mundo intersubjetivamente compartido. Este compartir es el com-
ponente principal de lo que se puede llamar sentido común. La crítica de
los testimonios potencialmente divergentes introducirá el disenso mis-
mo en el recorrido del testimonio al archivo. En historia, la aceptación o
rechazo de la credibilidad de la palabra del que testimonia el hecho es
reemplazada por el ejercicio crítico a las huellas del pasado que se cons-
tituyen en documento (Chartier, 2007:35).

37
El testimonio originalmente oral es coproducido y escuchado por
el investigador, el archivo documental es leído. Mientras la historiogra-
fía y los historiadores recientes, de modo alguno rechazan entrar en el
análisis histórico de procesos muy recientes (cuya documentación pue-
de considerarse campo de investigación de otras disciplinas como “los
documentos” del antropólogo, sociólogo o politólogo), otros investiga-
dores sociales hacen uso de documentación histórica sin “visibilizar” el
nuevo estado de cosas. Ello nos coloca en un proceso de superación de
barreras tradicionales –con relación a la documentación escrita del pre-
sente– de una sola dirección (Aróstegui, 1995: 364). Estimamos y con-
jeturamos que el diálogo reflexivo de las experiencias de los académicos
no provenientes de la historia con el documento escrito tenderá vasos
comunicantes de ida y vuelta. Para ello, los historiadores debemos sor-
tear otro obstáculo proveniente de la propia tribu de Clío (comunidad
académica). Aquí el debate abierto entre estudiosos del pasado remoto e
investigadores del pasado reciente nos conduce a dos interrogantes teó-
ricos: la historia del presente es ¿una falsa aporía? o ¿implica nuevos
dilemas morales hipotéticos?
A nuestro entender y en la misma línea argumentativa, las tesis de
los historiadores que explican fenómenos sociales del pasado remoto,
expresamente documentados, no son menos discutibles que los análisis
de quien se aventura sobre el pasado inmediato. En este último, las
fuentes de estudio no se agotan y las conclusiones son provisorias, dado
que aún no se pueden analizar las consecuencias, los efectos o las in-
fluencias de los hechos concretos en el cuerpo social. Cuando tenemos
por delante nuevas experiencias históricas, el argumento de la necesaria
“objetividad científica” puede constituirse en una de las argucias del
académico para no comprometerse con los cambios y las transformacio-
nes de su tiempo. Es cierto, se podría argumentar desde las categorías
históricas cuya identidad la definen que tienen un comienzo y un fin,
pero esto no implica que no podamos analizar el presente, por supuesto,
con ciertos límites y problemas como es el de reconocer el alcance o la
importancia de determinados acontecimientos concretos, que pueden
llegar a ser importantes desde el punto de vista del análisis histórico
(Hobsbawm, 2000:14).
Frente al actual debate sobre “verdad”, sesgos y abusos del mate-
rial testimonial, Pilar Calveiro argumenta que: “la articulación que el
relato histórico logre con el material testimonial y los trabajos de la

38
memoria es clave para la recuperación de la dimensión de lo resistente y
contrainstitucional vivido por nuestras sociedades” (Calveiro, 2006: 69).
En la compleja realidad histórica latinoamericana, las dictaduras instau-
radas y ejercidas en países del Cono Sur en las décadas de 1960 y 1970,
prolongadas hasta finales de los años ochenta han sido objeto de nume-
rosos estudios, muchos de ellos muy buenos trabajos de investigación
periodística. La mayoría de los trabajos académicos son análisis políticos
y económicos, pocos son los planteos sociológicos y aun menos –sobre
todo en Argentina– los históricos5. Actualmente, el enfoque experiencial su-
braya el problema del estatus y la naturaleza del testimonio que es testigo de
la experiencia de acontecimientos extremos y traumáticos (Friedlander, 2005:
136). Aún hoy adolecemos de abordajes historiográficos que deberían
enriquecer y complejizar las producciones académicas.
Por un lado, los testimonios, las narraciones de las experiencias per-
sonales y sociales de los últimos cincuenta años, han ocupado a un núme-
ro importante de intelectuales latinoamericanos. Unos han sido vehículo
de preservación de la memoria de los sujetos, otros proponen el ejercicio
de la crítica para reconocer valor epistémico y ético del testimonio, revalo-
rizando al testimonio personal en articulación con la memoria y las prác-
ticas historiográficas. Tarea que aún está pendiente en la historia, por lo
inaugural de muchas investigaciones locales. Por otra parte, existe la pre-
ocupación entre los historiadores de las últimas décadas por la urgente
“recuperación” de las experiencias y las voces de los grupos dominados,
subordinados u oprimidos de la sociedad, que no han quedados registra-
das en los documentos e historias oficiales. No es ajeno al conocimiento
de los intelectuales que la utilización de los testimonios orales es tan anti-
gua como la historia. Sin embargo, la historia oral, concebida como una
especialidad dentro del campo historiográfico o como una técnica de in-
vestigación al servicio de las ciencias sociales y políticas es un producto del
siglo XX. La tradición oral y la historia oral sirven para reescribir la histo-
ria y combatir las injusticias del pasado (Pozzi, 2007: 56).

5
Entre los trabajos más importantes se pueden citar a Hugo Quiroga (1984), Enrique
Vázquez (1985), María de los Ángeles Yannuzzi (1996), Marcos Novaro y Vicente Palermo
(2003) en Argentina; Alfred Stepan (1974) , María Helena Moreira Alves (1984), y Thomas
Skidmore (1988) en Brasil; Genaro Arriagada (1998) y Carlos Huneuus (2000) en Chile;
Gerardo Caetano y José Rilla (1987) en Uruguay. Menos conocidazo son la larga dictadura
de Stroessner en Paraguay, al igual que las de Bolivia y Guatemala. Las acciones conjuntas
realizadas por los dictadores mediante el “Plan Cóndor” tales como los de Stella Callón
(1999 y 2001), Francisco Martorell y Alfredo Buccia Paz, et al (2002) y Ansaldi, Waldo
(2004).

39
La historia oral (HO) distingue entre hechos y relatos, entre his-
toria y memoria porque en la HO se considera que los relatos y las
memorias son hechos históricos (Portelli, 2004:26). Recordemos que la
batalla sobre la memoria no se refiere solo a las controversias entre los
historiadores, sino que constituye el terreno donde se rediscute, se re-
funda, se rearticula la identidad de nuestros países latinoamericanos y se
debate sobre nuestras ‘democracias’, resurgidas de los dramáticos mo-
mentos históricos vividos en el último siglo.

La historia, el presente y el historiador a fin de siglo

El interés por la historia vivida y el recuerdo –experiencia vivida– es


cada vez más fuerte en el mundo actual. La historia hoy se entiende como
el transcurrir de los avatares de la humanidad sin que pueda decirse que
concluya en un determinado punto del pasado. Durante el recorrido de
esta pesquisa compleja, consideramos que la cualidad fundamental de la
“materia social” es la reflexividad. Además, aceptamos que existen diferen-
cias entre el “distanciamiento” que el progreso humano consigue con rela-
ción a la visión de la naturaleza de los fenómenos y la actitud de “compro-
miso” del historiador frente a los fenómenos sociales. Para algunos cientí-
ficos, esto constituye un “obstáculo al conocimiento objetivo” (Elías,
1990:20). Sin embargo, el hecho del conocimiento científico en todos los
campos, es el producto de la consecución de un grado de objetividad y de
intersubjetividad en la comprobación de una verdad (Iuorno, 2003: 58).
La posibilidad del presente como objeto de la historia en los últimos
tiempos originó un debate interesante, pero esta incorporación no es una
absoluta novedad. Se ha dicho que la historia es siempre “historia contem-
poránea disfrazada” (Hobsbawm, 1998: 230-241) y prueba de ello lo cons-
tituye el conjunto de obras escritas al calor de los hechos. El presente es
tiempo de lo contingente, de lo incierto, del cambio de época, de la ruptura
histórica; pero también es tiempo de la perplejidad y del asombro. Esta
dimensión temporal es pensada por la mayoría de los historiadores con
parámetros móviles a la hora de delimitar una historia del presente6 y se
produce en la simultaneidad entre historia vivida e historia contada.

6
Algunos historiadores definen a la segunda postguerra como hito fundador de nuestro
presente como es el caso de la historiadora Josefina Cuesta quien publica en 1993 su libro
Historia del presente: conceptos y cualidades, en Claves de la razón práctica Nº 31realizó su

40
La renovación teórica y metodológica de la disciplina, tras una
anunciada crisis de paradigmas, tiene en los congresos académicos de
Historia a Debate un espacio de encuentro y de intercambios. Estos eventos
posibilitan la cristalización un movimiento académico en red que tuvo
su origen en 1993 7. Una década después, en el 2003, el referente y
coordinador de la red Historia a Debate HaD abrir –el historiador galle-
go Carlos Barros– acuña el concepto de Historia Inmediata, a partir de
los aportes realizados a la red por el historiador ecuatoriano Juan Paz y
Miño8. Se eligió esta titulación porque se trataba de analizar desde la
historia académica y de modo colectivo lo que le sucedía inmediatamen-
te, coetáneamente a los historiadores que intercambiaban sus pareceres.
En julio de 2004, en el III Congreso Internacional de Historia A Debate
lo inmediato –la nueva “especialidad”– ocupó por primera vez un lugar
importante en las discusiones, con enriquecedoras aportaciones histo-
riográficas sobre el tema. “Es inevitable y necesario que la Historia In-
mediata sea una historia comprometida pero plural y profesional” (Ba-
rros, 2006:193-195).
Pensamos en el tiempo actual, como un tiempo inacabado donde
el devenir vigente se escribe en medio del camino y da lugar a previsiones
y anticipaciones en la comprensión de una historia en curso. En nuestro
caso particular, nos referimos a los cambios y las transformaciones polí-
tico-sociales producidos en las últimas décadas en América Latina y el
Caribe, rompiendo con el fatalismo causal, a partir de “una interpene-
tración constante de pasado y presente, en el cual lo inacabado colorea
de improviso todo un pasado” (Rioux, 1992:54).
Algunos filósofos latinoamericanos ensayan conceptualizaciones

propuesta. Para otros profesionales, a partir de la revolución cultural del segundo lustro de
los años sesenta, el presente se manifiesta con fuerza en la historiografía, rompiendo con la
rígida división presente-pasado, instalando de pleno derecho a la actualidad en sus múltiples
formas dentro de los objetos y temas pertinentes a la investigación histórica de Aguirre
Rojas. En la misma dirección, el arquitecto y filósofo norteamericano Fredric Jameson nos
propone, desde la otredad periférica, una nueva periodización de los años sesenta. Finalmente,
están los historiadores que encuentran que en los cambios de los años noventa, se da inicio
a los cambios de época. El tiempo presente es la historia de las gentes vivas en el mundo actual
(Iuorno, 2003:59).
7
El primer congreso Internacional de Historiografía Historia a Debate celebrado en Santiago
de Compostela (Galicia, España) dio el puntapié inicial a una serie de encuentros entre
profesionales de la historia que desafiaron a la historia profesional, a su teorías, métodos y
prácticas.
8
En esta dirección la historia latinoamericana tiene importantes aportes historiográficos en
el trabajo del historiador Juan J. Paz y Miño Cepeda 2006 Deuda Histórica e Historia
Inmediata en América Latina (QuitoAbya-Yala: 27-42).

41
en torno al objeto de estudio y al conocimiento del presente desde posi-
ciones reduccionistas-subjetivistas, dado que se centran en el compo-
nente o elemento generacional, quedando fuera lo que nosotros conside-
ramos lo sustantivo: la incidencia en el presente de los efectos de aconte-
cimientos del pasado, que lo hacen objeto de nuestra interpretación/
explicación. Una de estas posiciones epistemológicas propone que “el
presente histórico está constituido por aquellas generaciones que se sola-
pan sucesivamente generando una cadena de transmisión de aconteci-
mientos que son reconocidos como ‘su’ pasado aun cuando no todos los
hayan experimentado directamente” (Mudrovcic, 1998:4). Por ello, la
historiografía que tiene por objeto acontecimientos o fenómenos socia-
les que constituyen recuerdos de al menos una de las tres generaciones
que comparten un mismo proceso histórico es historia de presente. His-
toriadores españoles señalan que el estudio de la historia presente impli-
ca considerar el factor de cambio cultural y político, habida cuenta que
es la historia de la cultura de nuestro tiempo9. Consideran necesaria una
reflexión sobre los síntomas y atisbos de la nueva época y pensar una
nueva forma de escribirla (Aróstegui, 2001: 787). No obstante, recono-
cemos que el problema excede a la simple reconstrucción y narración
histórica; se trata además de un problema político, filosófico y ético en
un contexto global.
Otra argumentación, en el mismo sentido, se relaciona con las difi-
cultades que presenta la complejidad de evaluar y discriminar cuáles son
los hechos verdaderamente históricos cuando nosotros formamos parte
del proceso mismo y cuando los efectos de esos hechos aún son impercep-
tibles por ser procesos aún inacabadados. Pero esto es solo una dificultad
suplementaria, que se suma a aquellas que enfrenta el historiador cuando
estudia cualquier época, y por lo tanto no justifica ni disculpa la evasión
del estudio del presente candente, dado que algunas modalidades incor-
poradas en relación con el tiempo expresan el “poder de las clases domi-
nantes y la impotencia de los desfavorecidos” (Iuorno, 2003: 59). De este

9
“Es preciso afirmar que la historia del presente habrá de ser ante todo una historia de la
cultura de nuestro tiempo[…] Las líneas sustanciales de la historia de nuestro presente, que
transcurre en el tránsito entre los siglos XX y XXI son, en realidad, bastante nítidas en
algunas dimensiones […] la historia actual tiene sus génesis en el conjunto de acontecimien-
tos que, en Europa y fuera de ella, se produjeron en el tránsito de los años ochenta á y a
comienzos de los años noventa del siglo XX, verdaderamente la “bisagra” entre dos épocas”.
Aróstegui, Julio y Saborido, Jorge 2005 El tiempo presente. Un mundo globalmente desordena-
do (Buenos Aires, Eudeba: 9-11).

42
modo, las diversas temporalidades no deben ser consideradas como envol-
turas objetivas de los hechos sociales, sino que son construcciones sociales
que aseguran el poder de unos –sobre el presente y/o el futuro– y llevan a
otros a la desesperanza. Más arriba hemos planteado nuestra posición con
relación al pasado que opera en el presente.
Sin lugar a dudas, hoy la construcción braudeliana de las tempora-
lidades –larga duración, coyuntura y acontecimiento– debe repensarse.
“El hecho es que la lectura de las diferentes temporalidades que hacen que
el presente sea lo que es, herencia y ruptura, invención e inercia a la vez,
sigue siendo la tarea singular de los historiadores y su responsabilidad prin-
cipal para con sus contemporáneos” (Chartier, 2007: 92-93). En este es-
tado de las cosas aspiramos a una historia que nos “sirva” –comprometida–
para basar en ella unas perspectivas cónsonas con las necesidades sociales
de nuestro tiempo. Es este un desafío de los historiadores en un contexto
global, local y, particularmente latinoamericano, en que la distancia entre
los aparatos políticos y la opinión pública, entre las ideologías y las cos-
tumbres se ha tornado tan grande que la vida social parece desarticulada
entre el ayer, hoy y mañana (Iuorno, 2004: 170).
El retorno del presente en la perspectiva temporal de la historia
forma parte de los debates actuales y desde hace al menos tres décadas se
discute sobre la entidad de la disciplina. ¿Por qué adquiere este furor en
la actualidad? Quizá para el historiador de hoy sea lícito interesarse solo
por el presente o pasado inmediato, pues este se vería incapacitado de
explicarlo sin el pasado, al igual que el oceanógrafo que se negase a le-
vantar la vista hacia los astros, so pretexto que están muy lejos del mar,
seguro se verá incapacitado de descubrir la causa de las mareas. “Por
mucho que el pasado no determine totalmente el presente, sin aquel,
este permanece ininteligible” (Bloch, 2002:150-151). El regreso del
pasado no es siempre un momento liberador del recuerdo, sino un adve-
nimiento, una captura del presente sin que por ello signifique el mono-
polio academicista decimonónico de los historiadores de profesión. La
historia controvertida y de controversias actuales se asienta en una histo-
ria plural con conciencia de que existen diversos relatos posibles y plau-
sibles de las mismas acciones y los mismos acontecimientos. Acontecer
que es redefinido como abordaje de una multiplicidad de posibilidades
de situaciones virtuales, potenciales y ya no, como lo consumado en su
fijeza temporal.

43
La creatividad nos desafía a “ser juntos”

El mundo posbélico acarreó revisiones y reflexiones en la discipli-


na histórica y sobre la construcción del conocimiento de la realidad
social, con la pretensión de “ahorrarle” a los hombres y mujeres el retor-
no a la “barbarie” que abrió 1914 con la Primera Guerra Mundial. Esta
es una época de grandes propuestas paradigmáticas en la historiografía y
en las ciencias sociales: el marxismo, Annales y el estructural-cuantitati-
vismo. En los años ochenta, con la posmodernidad mediando, se pre-
anuncia una crisis de las “formas de representación”. En este nuevo con-
texto, en las últimas décadas del siglo XX, los académicos se abocan a la
búsqueda de formas nuevas de investigación y de expresión, construyen-
do nuevos modelos historiográficos, sobre todo en el área anglófona (la
New Social History y la New Political History, por ejemplo) e italiana
(la Microhistoria), como así también con la Nueva Historia Cultural y
la Ciencia Histórico Socioestructural.
Las nuevas corrientes historiográficas mantienen un punto en co-
mún: el rechazo a la dimensión política que siguió siendo el rasgo defi-
nitorio de los Annales hasta tiempos muy recientes. No en vano, en
abierto contraste con los postulados braudelianos se configuran, sobre la
base de una revisión del papel de la política en el devenir histórico y en
torno a una reconsideración a la importancia del sujeto –individual y
colectivo–, en esa evolución histórica. Por encima de los problemas teó-
rico-metodológicos de la disciplina lo que está en juego es el tema de la
memoria, una memoria sometida a la crítica de la historia y una historia
re-situada por la memoria (Dosse, 2000: 229).
Tras los horrores del nazismo y la Segunda Guerra Mundial se pre-
senta la “voluntad” política de mejorar y comprender el funcionamiento
de las sociedades modernas a través de la proliferación de instituciones
con vocación interdisciplinar10. La discusión sobre la interdisciplinarie-
dad se reabre con Lucien Febvre y Fernand Braudel cuando deben justifi-
car, tanto ante los historiadores tradicionales como ante los especialistas
procedentes de otras ciencias sociales, la creación la nueva institución de
investigaciones denominada l’EHESS. Pero si algo está claro en Braudel es

10
Se crean instituciones como el Instituto Nacional de Estudios Demográficos (INED), el
Instituto Nacional de Estadística y Estudios Económicos (INSEE) o la sección VI del
EPHE todos ellos para el caso francés, con objetivos similares se fundan en otros países
europeos y en los Estados Unidos.

44
que el objetivo fundamental que persigue era favorecer la unificación de
las ciencias humanas/sociales bajo la égida de la historia e insistir en la
función social de la disciplina y en su unidad para la comprensión del
presente. Se argumenta que la unificación de las ciencias humanas es po-
sible porque tienen el mismo objeto y entre ellas la historia, que ocupa un
lugar de privilegio, debe hegemonizar el proceso de estudio, implicando
una “apología de la historia” como disciplina síntesis. Obviamente, la ex-
pansión creciente que tuvieron y tienen las otras ciencias no hizo viable el
proyecto de aquella voluntad hegemónica11.
Desde la década del sesenta, los términos relacionados de multi-
disciplinariedad, interdisciplinariedad y transdisciplinariedad se nos pre-
sentan nuevamente en la escena de las relaciones entre las ciencias en
general y entre las humanas y sociales en particular. En un sentido laxo
y desde una posición ya clásica, se define al primero como la mirada de
distintas disciplinas sobre un fenómeno determinado, pero sin la exis-
tencia de la influencia entre una disciplina y otra. El segundo se refiere
al diálogo que se puede establecer entre las disciplinas donde términos,
conceptos, teorías y/o prácticas comienzan a migrar entre las discipli-
nas. El tercero indica la emergencia de nuevos campos de estudio a par-
tir del diálogo de disciplinas, y también designa la rebelión de algunos
investigadores frente a ciertos paradigmas dominantes.
Desde la segunda mitad del siglo XX, intelectuales europeos se
preocupan y ocupan de dar cuenta sobre la interdisciplinariedad. Por
un lado, E.P. Thompson, célebre historiador especialista en la historia
social británica, concibe la interdisciplinariedad como una colaboración
entre especialistas, como una “traducción/transposición” al lenguaje co-
rriente de los historiadores de las innovaciones conceptuales y metodo-
lógicas procedentes de otros ámbitos del conocimiento científico. Reci-
be por ello las críticas de los filósofos althusserianos y sus seguidores,
que lo acusan de tener un sesgo empirista en la conservación del lengua-
je, cuestión que le impediría la construcción de un conocimiento verda-
deramente científico.
Por otra parte, el controvertido historiador francés Michel Foucault
conceptualizó la eventualización y con este concepto, la historia y los
historiadores se vieron compelidos a una revisión del epistéme discipli-

11
Para ampliar este punto ver Braudel Fernand 1968. La historia y las ciencias sociales (Ma-
drid, Alianza Editorial) y Ecrits sur l’ Histoire 1969 (Paris, Flammarion); además el trabajo de
Bloch, Marc 1950, Apologie pour l’ histoire ou métier d´historien (Paris, Hachette).

45
nar. La eventualización consiste en localizar las conexiones, los encuen-
tros, los apoyos, los bloques, las relaciones de fuerza, las estrategias, en-
tre otros elementos de análisis que en un determinado momento histó-
rico han formado lo que luego funcionará como evidencia, universali-
dad, necesidad. “Si tomamos las cosas de esta manera, se acaba por pro-
ceder a una especie de desmultiplicación casual, es decir, analizar el
evento según los múltiples procesos que lo constituyen (Foucault,
1982:61). Este procedimiento de análisis puede constituir un aporte de
la ciencia histórica al quehacer interdisciplinar, donde la ruptura de aque-
llas evidencias –sobre la que se apoyan nuestros saberes, nuestros con-
sentimientos, nuestras prácticas– es la primera función teórico-política,
estableciendo las diferencias de procedimiento entre el análisis de un
problema y el estudio de un período. Recordemos que en la década del
setenta, la epistemología se presenta como una disciplina capaz de pro-
curar a las ciencias sociales el lenguaje común al que aspiraban. La nueva
generación de historiadores franceses reconocía en Foucault la elabora-
ción de una nueva disciplina común denominada “arqueología” o “ge-
nealogía del saber” y quien demuestra a la vez, competencia como filó-
sofo, psicólogo e historiador.
El giro epistemológico aun no se ha alcanzado. ¿A qué se deberá el
aparente fracaso? Con relación a la historia y la sociología, Pierre Bour-
dieu señala que a nivel epistemológico no hay diferencia entre ellas. El
objeto del trabajo científico social es hacer de la historia una sociología
histórica del pasado y de la sociología una historia social del presente
(Bourdieu, 1995:108-122). El renacer de la vieja discordia entre histo-
riadores y sociólogos puede hoy zanjarse con la colaboración y comple-
mentación. “Prolongando este razonamiento, puede afirmarse que si los
sociólogos están ahí para recordarle a los historiadores que todo conoci-
miento necesita distanciarse del sentido ´común´ y de los poderes esta-
blecidos, inversamente, los historiadores están en condiciones de recor-
dar a los sociólogos que ninguna ciencia puede zafarse de los “imperati-
vos puramente sociales” (Noiriel, 1997: 168).
Roberto Follari señala en La interdisciplina revistada que esta vieja
“novedad” conceptual retorna actualmente de diversas maneras. “Esta-
blecido en el imaginario de la completitud que superaría las fraccionali-
dades propias de cada disciplina…, vuelve con la insistencia de los ar-
quetipos inconscientes… Con ropajes a medias cambiados y a medias
idénticos,… como una respuesta a las propuestas de los alumnos rebel-

46
des de mayo del 68” (Follari, 2005: 7). Entre los nuevos intentos argu-
mentativos se encuentra la propuesta de Wallerstein con la Comisión
Gulbenkian para la reestructuración de las ciencias sociales (1996), donde
se hace una asunción de la actual crisis de las ciencias sociales, y se aboga
por una superación de las distancias entre disciplinas (Follari, 2005: 9).
Wallerstein en la obra titulada Abrir las ciencias sociales plantea que “es
posible que estemos presenciando el fin de un tipo de racionalidad que
ya no es apropiada para nuestro tiempo. Pedimos que se ponga acento
en lo complejo, lo temporal y lo inestable, que corresponde hoy a un
movimiento transdisciplinario que adquiere cada vez mayor vigor” (Wa-
llerstein, 1996: 85). La noción de totalidad alcanza sentido como cate-
goría organizadora de la mirada de cada disciplina. No obstante, coinci-
dimos que la propuesta así planteada queda a medio camino entre la
reivindicación de los estudios culturales y la aceptación de las dificulta-
des que tiene cada una de las disciplinas tradicionales para dar una in-
terpretación de lo social por sí misma. Debemos consignar que lo inter
o transdisciplinar no funciona con la pretensión de captar la realidad
social, con la intermediación del ordenamiento epistémico, sin respetar
las exigencias constructivas de las teorías científicas de origen; además,
el crecimiento del conocimiento de lo social no podría ser reconducido
a un solo espacio de explicación.

Una agenda de trabajo abierta…

Dado que son complejas las cuestiones de la interdisciplinariedad


que han operado y jugado un papel fecundo en la historia de las ciencias
desde sus orígenes, debemos retener las nociones claras que están impli-
cadas en ella, es decir, la cooperación, la articulación, un objeto común
y un proyecto común. Pensar en la abolición de las disciplinas específi-
cas hacia un discurso único podría resultar quizás anacrónico y aplanaría
lo históricamente construido –siglo XVII a 1945– como las tradiciones
disciplinares. El crecimiento de conocimientos en cada área disciplinar
es actualmente tan amplio, que volver a la idea de un único espacio
explicativo podría de hecho resultar una reducción, que no es a lo que
aspiramos. Sabemos que el trabajo interdisciplinario no es fácil ni brin-
da resultados inmediatos, pero vale la pena realizar el intento. Habría
que elaborar problemas interconectados cortando transversalmente las

47
líneas tradicionales de las disciplinas y la historia debería, además, aca-
bar con la brecha que ha venido separando –como una aneja trabazón–
los ámbitos del saber humanístico y experimental sobre los problemas,
aportando propuestas interactuadas (Tielve García, 1999: 367).
Nuestras reflexiones nos dejan algunos interrogantes: ¿Qué tipo
de discurso adoptar? El narrativo, el explicativo, el interpretativo ¿cuáles
son las condiciones operativas de los criterios de legitimación del tipo de
discurso? La decisión es, seguramente, política. Las propias prácticas de
producción académica abrirán el camino. La específica elucidación de
los protocolos transformados en el punto decisivo de análisis requiere
que el planteo interdisciplinar contenga a las disciplinas de base y por
ello se torna necesaria una justificación epistemológica. A su vez, la pos-
terior reunión sintética de lo trabajado desde cada ciencia de manera
analítica resultaría necesaria, de modo que las diferentes “partes” del
entramado social encuentren su sentido en la concepción de conjunto
que resitúe dichas partes. Que cada una actúe sabiendo que su especifi-
cidad no existe y que solo responde a un recorte instrumental y analíti-
co, permitiría dejar de pretender que cuando se hace economía a secas,
se está haciendo ciencia suficientemente justificada, menos “exacta”. La
misma invalidación se aplicaría a quienes pretenden desprender el aná-
lisis político de las determinaciones económicas, o el sociológico de al-
guna de las dos anteriores.
En conclusión, para qué serviría todo nuestro saber parcelado sino
para ser confrontado y formar una nueva configuración respondiendo a:
las necesidades y demandas sociales, a nuestros propios interrogantes
cognitivos y de cierto modo, a un conocimiento en movimiento, vale
decir, a un conocimiento implicado en una nave que progresa yendo de
las partes al todo y del todo a las partes. Finalmente, a lo que es nuestra
ambición común: la inteligibilidad del mundo latinoamericano.

48
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50
Historia Inmediata:
Conceptos y experiencias a partir
de la actualidad en Ecuador

Juan J. Paz-y-Miño Cepeda1

El 21 de enero de 2000 se produjo en Ecuador un golpe de Esta-


do contra el presidente Jamil Mahuad (1998-2000), en medio de una
conjunción de situaciones que en ese momento eran difíciles de evaluar.
En los días previos al acontecimiento, se supo de la movilización
que habían emprendido las comunidades indígenas con dirección hacia
Quito, la capital de la república. Aquel 21, la tensión en la ciudad fue
evidente. Al movimiento indígena se sumaron otros movimientos socia-
les. Al anochecer todo el país estaba a la expectativa de los sucesos. Los
indios amenazaban con tomarse el edificio del Congreso y avanzar hasta
el Palacio de Carondelet, sede del gobierno.
Se habían tomado las previsiones de seguridad y el palacio del Con-
greso así como el del gobierno estaban protegidos por policías y miembros
del ejército. Los diputados habían logrado salir. Los canales de televisión
transmitían las noticias desde el lugar de los sucesos. Llamó la atención
cómo, en un momento determinado, los militares que supuestamente
custodiaban la sede del Congreso, retiraban o alzaban el cercado de alam-
bres y permitían el paso de la multitud que había permanecido gritando
consignas contra el gobierno y contra los diputados. En su mayoría eran
indígenas. La multitud penetró al palacio. A los pocos minutos se veía el
salón máximo repleto de hombres y mujeres del pueblo, que vivaban a los
militares con quienes se confundían, gritaban emocionadas consignas an-
tigubernamentales, colocaban pancartas y carteles, levantaban la bandera
tricolor y blandían palos en tono amenazante.
Algo se esperaba, pues los minutos seguían transcurriendo ante
las cámaras. En otro momento inesperado, ingresaban al salón varios
1
Doctor en Historia. Profesor de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Vicepre-
sidente de la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe (ADHILAC).
Miembro de Número de la Academia Nacional de Historia.

51
oficiales del ejército, resguardados por otros soldados. Les seguían aplausos
y vivas. Se instalaron al frente del salón, ocupando la mesa principal.
Al poco tiempo parecía estar organizada la improvisada reunión.
Habló el coronel Lucio Gutiérrez, en tono patriótico y “revolucionario”.
Le acompañaron en las palabras siguientes Antonio Vargas, máximo di-
rigente de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador
(CONAIE) y Carlos Solórzano Constantine, abogado y viejo político,
bastante conocido en el país por su trayectoria. Anunciaban el descono-
cimiento que hacía “el pueblo” al presidente Jamil Mahuad, la instaura-
ción de un Gobierno de Salvación Nacional integrado por las tres perso-
nas nombradas y los decretos que inmediatamente se dictarían.
Progresivamente el desenlace de los acontecimientos resultó ines-
perado. El triunvirato recibió el respaldo de otros sectores militares y
distintos sectores populares. Después, todos marcharon hacia el palacio
de gobierno. Se supo que Mahuad ya no se hallaba allí. También se
conoció que otros sectores militares no apoyaban el “golpe” y que inclu-
so amenazaban con avanzar sobre Quito y los rebeldes. No estaba claro
el panorama.
Una vez en Carondelet, se instaló el nuevo gobierno, pero con una
variación: en lugar del coronel Lucio Gutiérrez y a fin de que no se
rompa la jerarquía institucional de las Fuerzas Armadas, actuaría el ge-
neral Carlos Mendoza, quien contaba con el respaldo de las tres ramas:
ejército, marina y aviación. Después se sabría que hubo serios roces en-
tre la superioridad militar y los coroneles levantados, que Gutiérrez ha-
bía sido el alma del “golpe” y que a él se habían unido oficiales de pres-
tigio en su carrera y en su preparación académica, que Gutiérrez final-
mente accedió al recambio para no afectar la unidad ni la jerarquía mi-
litar y que la cúpula de las Fuerzas Armadas había urdido un plan para
mantener el régimen constitucional. El general Mendoza era el instru-
mento del mismo.
En efecto, pasada la medianoche Mendoza anunció a sus compa-
ñeros del triunvirato que él se retiraba del gobierno, que las Fuerzas
Armadas igual y que, por tanto, el efímero Gobierno de Salvación Na-
cional literalmente quedaba disuelto y sin apoyo militar.
¿Qué habrá pasado en las horas siguientes? Lo cierto es que a eso
de las 7:30 de la mañana del sábado 22, ante la cúpula militar y en el
local del Ministerio de Defensa, Gustavo Noboa Bejarano, quien hasta
entonces había sido el vicepresidente de Mahuad, anunciaba que el ti-

52
tular de la función ejecutiva había abandonado el cargo y que él asumía
el poder. Al mediodía se reunió el Congreso y solo entonces proclamó
como nuevo Presidente a Gustavo Noboa. El democristiano Jamil Ma-
huad había caído. Y en todo el país hubo un amplio regocijo por este
“derrocamiento”.
La misma noche en la que se instaló el efímero triunvirato, dirigí
un correo electrónico a Carlos Barros, historiador que tiene a su cargo la
red “Historia a Debate” (www.h-debate.com), quien inmediatamente
lo difundió. En pocas horas circularon otros correos electrónicos de aca-
démicos de diversas partes del mundo que buscaban informaciones más
amplias sobre los acontecimientos en Ecuador, pues se había regado la
idea de que los indios y los militares se tomaron el poder y una revolu-
ción estaba en marcha. Fruto de esas demandas fue el texto “El complejo
proceso de la crisis constitucional en el Ecuador. Apuntes sobre ‘Histo-
ria Inmediata’ desde Quito”. Ese texto está publicado en la página web
de Historia a Debate2.
En la primera nota que dirigí a Carlos Barros le refería sobre los
acontecimientos de la noche del 21 de enero de 2000. Los ubiqué en el
contexto histórico de la reacción nacional contra el gobierno de Ma-
huad, cuyas medidas económicas y particularmente el “salvataje” que
hiciera a la banca privada en el año 1999, incluso con un feriado banca-
rio de por medio y la congelación de los depósitos de la ciudadanía,
había despertado la acumulación de fuerzas que desembocó, inevitable-
mente, en el golpe de Estado.
Las notas posteriores y el texto explicativo sobre el derrocamiento
“constitucional” de Mahuad, pasaron a inaugurar una sección de la pá-
gina web de Historia a Debate, que Carlos Barros bautizó como “Histo-
ria Inmediata”.
En poco tiempo también estuvo preparado un libro, bajo el título:
“Golpe y contragolpe. La Rebelión de Quito del 21 de enero de 2000”,
editado por Abya Yala, una empresa dedicada al libro ecuatoriano, que ha
alcanzado un alto prestigio por las obras que difunde, lo que incluso le
mereció el Premio Eugenio Espejo del año 2008 que el gobierno nacional
entrega anualmente a personas (naturales o jurídicas) que se han destaca-
do por su obra cultural e intelectual de beneficio para el país.

2
Juan J. Paz y Miño Cepeda, El complejo proceso de la crisis constitucional en el Ecuador,
Apuntes sobre “Historia Inmediata” desde Quito, febrero de 2000, www.h-debate.com =>
Historia Inmediata (15/02/00).

53
Al tema inicial sobre la “Rebelión de Quito” siguieron otros. Hoy,
Historia a Debate ha consolidado una red mundial que trata diversas
historias inmediatas.

Superar la historia tradicional

La forma originaria en la que diversos investigadores nos acerca-


mos al tratamiento del presente proviene del aprendizaje de la historia.
Sin duda es un asunto que no se reduce a una experiencia simplemente
personal, sino que forma parte del quehacer historiográfico en toda
América Latina.
Solo en el ambiente de la universidad es posible comprender el
tratamiento que la historia “oficial” normalmente hace en la secundaria:
fechas, nombres, memorismo puro, acontecimientos fríos bajo el su-
puesto de ser verdaderos, personajes heroicos, éxitos y grandezas nacio-
nales, presidentes que hacían y deshacían del país, obras “buenas” y
obras “malas”, etc. Son los rasgos de la historia tradicional, episódica,
apologética, nacionalista, enfocada en datos y en la repetición de los
hechos consagrados, muy típica en los estudios del colegio. Historia
oficial, al fin y al cabo, que en el caso del Ecuador terminaba en la época
de la Independencia, con algo de los presidentes del siglo XIX. Nunca
llegaba al siglo XX, excepto por algún suceso de trascendencia. Y nunca
llegaba al presente y menos aún a lo “contemporáneo”.
Desde luego, en la universidad ecuatoriana se podía descubrir las
otras formas de acercarse a la historia. En la década de los setenta existía,
además, un ambiente universitario “revolucionario” que desafiaba no solo
a la comprensión del presente, sino a transformarlo. De manera que los
estudiantes unían las convicciones políticas en formación con las “teori-
zaciones” y “reflexiones” sobre el capitalismo, la situación de América
Latina y la “inevitabilidad” del socialismo en el futuro. Sin duda era la
forma romántica de percibir la historia, al mismo tiempo que una rica
época de lecturas intensas que progresivamente condujo a las nuevas
generaciones a apreciar la realidad del país cada vez con mejor perspec-
tiva racionalista y “dialéctica”, dado que la influencia del marxismo lle-
gaba con una fuerza y un atractivo poderosos.
De otra parte, aquellos años setenta y hasta los inicios de los ochenta,
eran los del boom de las ciencias sociales en América Latina. Destacaban

54
los estudios sociológicos. Y aparecían en Ecuador los primeros trabajos
historiográficos que incursionaban en temas distintos a los de la historia
tradicional y en reacción frontal contra los historiadores tradicionales y
“oficiales”.
Progresivamente se había conformado una nueva generación de in-
vestigadores ecuatorianos, que unían a su compromiso social, la dedica-
ción por las fuentes, la comunicación participante con la realidad a través
de constataciones directas y convivencias en las comunidades de base.
Nació así el núcleo de la “nueva historia”. A partir de 1983 inclu-
so comenzó la publicación de los quince tomos de la que se conocería
como “Nueva Historia del Ecuador”, una obra colectiva en la que parti-
ciparon diversos investigadores, que enfocaron la trayectoria del país desde
distintos ángulos: no solo las sucesivas épocas de la historia nacional y
sus períodos o etapas desde la época aborigen hasta el presente, sino la
evolución económica, los movimientos sociales, las luchas y resistencias
populares, la organización y conflictividad regional, los problemas in-
ternacionales, los contextos mundiales y latinoamericanos, etc. Varios
de los investigadores publicaron, además, trabajos e investigaciones in-
dependientes. Aparecieron algunas revistas especializadas. También na-
ció la Asociación de Historiadores Latinoamericanos y del Caribe
(ADHILAC) y su núcleo local, la Asociación de Historiadores del Ecua-
dor (ADHIEC, fundada en 1984) que por entonces tuvo una clara po-
sición latinoamericanista, amplia y democrática, que años después se
abandonaría, a consecuencia de los recambios directivos e instituciona-
les, que la desligaron definitivamente de ADHILAC.
Quien examine los diversos tomos de la Nueva Historia del Ecua-
dor, encontrará que allí hay metodologías distintas y marcos teóricos dife-
renciados, aunque la mayoría se identificó con un denominador común:
hacer una historia “progresista”, que no se enfoca más en las prácticas de la
historia tradicional y oficial, que descubre procesos y encuentra actores
sociales, por encima de las personalidades. Una historia más “estructural”,
concebida desde la “totalidad”, lo cual descubre las influencias persisten-
tes del marxismo, pero también de los Annales, la Escuela de Frankfort, la
historia social inglesa y otras tantas corrientes asimiladas no siempre a
fondo y en muchos casos como fruto del manejo de ciertas categorías o
conceptos impuestos por la moda científico-social de la época.
De este modo, la historia adquirió contenidos científicos y cada
vez más profesionales, pues se fundó la Escuela de Historia de la PUCE,

55
seguirían maestrías en Historia Andina en la FLACSO y mucho más
tarde los cursos y el doctorado en Historia de la Universidad Andina
Simón Bolívar. Eran los puntos referenciales del quehacer historiográfi-
co nacional y de la profesión del historiador.
Se había superado la historia tradicional y una nueva generación
incursionaba en el ámbito de las ciencias sociales. Gracias a ella también
comenzó el tratamiento del presente histórico. Pero la preferencia y el
dominio historiográfico continuaron masivamente enfocados en el pasa-
do, propiamente dicho. De manera que lo relativo a la actualidad seguía
hegemonizado por la sociología.

Los procesos de la historia contemporánea

Después de una década de dictaduras militares, en 1979 se inició


la fase constitucional más larga del Ecuador. Había esperanzas reformis-
tas, pues también se iniciaba la vigencia de la nueva Constitución apro-
bada por referéndum y se había electo, en el sistema de doble vuelta, al
“populista” Jaime Roldós (1979-1981). El ambiente político se inclina-
ba a favorecer a los trabajadores y sectores populares, a vincular al país
con los intereses latinoamericanos y a garantizar posiciones tercermun-
distas contra el “imperialismo” y las “oligarquías internas”.
Tras la muerte de Roldós en un accidente de aviación, su sucesor, el
democratacristiano Osvaldo Hurtado (1981-1984), mantuvo inicialmente
las posturas reformistas; pero hacia el final de su período había tenido que
girar hacia el aperturismo económico, debido no solo a la crisis interna,
sino al desencadenamiento de la crisis de la deuda externa en toda Latino-
américa, que obligó a los gobiernos a reorientar sus políticas.
Pero fue con la llegada al gobierno del socialcristiano León Fe-
bres Cordero (1984-1988) cuando definitivamente se dejó atrás el
modelo estatal de desarrollo construido en Ecuador durante las déca-
das de los sesenta y setenta, para edificar un modelo empresarial, basa-
do en los valores y principios de los sectores privados, las cámaras de la
producción (gremios empresariales), el mercado libre y el retiro del
Estado, en una época en la que el neoliberalismo empezó a expandirse
en el continente.
Desde esos años y a pesar del paréntesis reformista del gobierno
de Rodrigo Borja (1988-1992) y especialmente desde el gobierno de

56
Sixto Durán Ballén (1992-1996) el camino neoliberal-oligárquico del
Ecuador quedó fijado y consolidado.
Durante los pasados veinticinco años, en el país se consolidó un
sistema económico excluyente, hegemonizado por los intereses del alto
empresariado y las oligarquías internas; se construyó un Estado de par-
tidos, pues la clase política partidista pasó a dominar las instancias y
aparatos de Estado, sujetos al estilo e intereses de su quehacer político;
progresivamente fue minada la institucionalidad del propio Estado, cer-
cado por la ideología neoliberal que proclamaba la necesidad de su mo-
dernización, retiro y privatización; y el desarrollo económico nacional
pasó a sujetarse a los condicionamientos del Fondo Monetario Interna-
cional (FMI), el capital transnacional, la globalización y la hegemonía
unipolar de los Estados Unidos, tras el derrumbe del socialismo3.
Fueron los procesos más significativos en la historia contemporá-
nea del país y similares a los que experimentó América Latina bajo la era
neoliberal. Sus consecuencias fueron devastadoras para la sociedad, pues
las funciones estatales paulatinamente se descompusieron, con lo cual el
Estado fue desinstitucionalizado; se deterioraron las condiciones de vida
y trabajo de las mayorías nacionales, aumentando el desempleo, el
subempleo y la informalidad; cayeron todos los índices sociales y hasta
el gasto público dedicado a educación, salud y atención prioritaria; y
particularmente desde 1999-2000 se disparó la emigración de ecuato-
rianos al exterior, masivamente dirigida a España.
En contraste, la riqueza se concentró, volviendo al Ecuador uno
de los países más inequitativos del mundo; se generalizó el sistema tri-
butario basado en el IVA frente al impuesto a la renta; se impusieron los
criterios, valores y orientaciones de las cámaras de la producción; y se
generalizaron los conceptos sobre competitividad, mercado libre y em-
presa privada absoluta.
Desde la perspectiva de la vida política general, la corrupción
administrativa se catapultó, la democracia constitucional perdió firmeza
y en apenas una década, esto es entre 1996-2006 se sucedieron siete
gobiernos, con los únicos tres presidentes electos por votación popular
(Abdalá Bucaram 1996-1997, Jamil Mahuad 1998-2000 y Lucio Gutié-
rrez 2003-2005) pero derrocados. El grito “¡Que se vayan todos!”, co-
reado por la ciudadanía en abril de 2005, cuando se produjo la caída de

3
Confer. Juan J. Paz y Miño Cepeda, Removiendo el Presente. Latinoamericanismo e Historia
en Ecuador, Quito, THE-Editorial Abya Yala, 2007.

57
Gutiérrez, resumió el espíritu nacional contra lo que venía ocurriendo
en el Ecuador.
Lo descrito permite apreciar que durante los últimos veinticinco
años, también se fueron acumulando las fuerzas sociales y políticas con-
testatarias, adversas a la conducción económica del país, cuestionadoras
de la marcha política nacional y confrontadas contra la dominación de
una elite en el poder. Lo sucedido el 21 de enero de 2000 fue el síntoma
de una resistencia popular y ciudadana que crecía con el tiempo y que
tuvo su remate en el derrocamiento posterior del gobierno de Lucio
Gutiérrez.
Cuando en el año 2006 se organizaron las elecciones para un
nuevo período gubernamental, surgió la candidatura de Rafael Correa,
respaldada por los movimientos y organizaciones sociales y populares,
amplias capas medias y distintos actores políticos agrupados en Alianza
País. En una sociedad polarizada, como es la que se construyó en casi
treinta años, los grupos hegemónicos respaldaron la candidatura del
magnate Álvaro Noboa. Pero tanto en la primera como en la segunda
vuelta, se impuso el apoyo a Correa, quien ofreció convocar a una asam-
blea constituyente, definió sus posiciones contra la economía neoliberal
y fustigó a la “partidocracia” tradicional.
Durante las campañas electorales se alinearon en la “derecha” to-
dos los sectores beneficiarios del ciclo político abierto en 1979. Desde el
ascenso presidencial de Rafael Correa no han cesado en su combate a las
nuevas políticas de Estado. Y obraron contra la convocatoria a una asam-
blea constituyente, que triunfó con amplio apoyo nacional (el 82% se
pronunció por ella), contra la mayoría de asambleístas ligados a las tesis
del cambio social (Alianza País obtuvo 80 de los 130 puestos en la Asam-
blea) y finalmente se lanzaron contra la nueva Constitución concluida
por la Asamblea después de ocho meses de labor sistemáticamente boi-
coteada y atacada por las elites del poder tradicional. La nueva Consti-
tución fue aprobada por referendo nacional el 28 de septiembre de 2008.
En la historia contemporánea del Ecuador es evidente que se han
marcado dos ciclos políticos: el que se extiende entre 1979-2006 y el
que se inicia el año 2006. En el primero se edificó la economía empresa-
rial, el Estado de partidos y la desinstitucionalización del Estado-Na-
ción. Con el segundo, las tendencias sociales acumuladas en reacción
contra las bases del ciclo anterior, definen cambios de rumbo en la eco-
nomía, la política y el Estado.

58
De este modo, es posible apreciar que el movimiento histórico de
lo contemporáneo tiene un corte a partir de 2006. Y que cuando se
habla de historia actual o inmediata se hace presente el nuevo ciclo en
gestación, cuyo desenlace es imprevisible, aunque existan tendencias que
se alinean en torno a un cambio de rumbos, que dependerá de la corre-
lación de fuerzas en torno al poder.

Elementos para una teoría

Como en ninguna otra época del pasado, la historia del Ecuador


se aceleró desde 1979, en un marco compartido de cambios radicales
para la vida de los pueblos latinoamericanos y del mundo.
El derrumbe del socialismo, el triunfo del capitalismo, el proble-
ma de la deuda externa, las herencias de las dictaduras militares y tantos
otros fenómenos de la historia contemporánea, fueron un choque frente
a los paradigmas que habían manejado las ciencias sociales en América
Latina. La historia como ciencia fue impactada de igual modo. Era nece-
sario comprender los fenómenos y procesos contemporáneos en donde
habían fracasado las explicaciones, las dialécticas y las teleologías del
pasado.
En esas circunstancias tomó raíces la historia del presente en sus
diversas acepciones: historia actual, historia contemporánea o historia
inmediata.
En las condiciones bajo las cuales atravesaba el Ecuador esa exigen-
cia fue evidente. La investigación social crecientemente rica y variada de
los años setenta y hasta bien entrados los ochenta, también se vio afectada
por los giros teóricos y conceptuales que trajeron la economía neoliberal
en avanzada, las estructuras políticas que le acompañaron y, sobre todo, el
reflujo del movimiento obrero una vez consolidado el derrumbe del socia-
lismo en el mundo y con él la crisis del marxismo como el gran referente
de los estudios sobre el régimen capitalista en el país.
La situación de la historia fue de tal impacto en Ecuador que
muchos de los antiguos académicos dedicados a ella la abandonaron. A
su vez, las carreras universitarias de historia, que por cierto se reducían a
unas cuantas instituciones de educación superior, entraron en colapso,
pues disminuyeron dramáticamente en cuanto al número de estudian-
tes. En cambio ganaron terreno la sociología institucional, la economía

59
y los economistas de nuevo cuño, es decir, con la carga ideológica de los
principios neoliberales y, desde luego, las carreras de administración de
empresas.
Había que explicar el presente desde una perspectiva histórica. Y, al
mismo tiempo, había que librar batalla contra la nueva hegemonía que
adquirían las visiones teóricas de la “derecha”, que se presentaban como
triunfadoras en un mundo llamado a ser el del “fin de la historia” y el del
“fin de las ideologías”, según las aplicaciones locales que se hacía de las
tesis de Francis Fukuyama. La historia tradicional no servía para ello. Pero
tampoco la historia marxista, al menos en la forma tratada, que suponía la
dialéctica inevitable hacia el socialismo de origen proletario.
En ese terreno se fue preparando la historia inmediata en Ecua-
dor. En medio de la crisis 1999-2000, cuando se produjo el “salvataje”
bancario, vio la luz otro libro escrito para confrontar ese presente. Se
trató de “Revolución Juliana. Nación, Ejército y bancocracia”4. Recor-
daba en él que uno de los militares levantados contra Jamil Mahuad ese
mismo año proclamaba con entusiasmo que se iniciaba una “segunda
Revolución Juliana”, lo que había puesto los pelos de punta a los ban-
queros de la época, causantes del mayor descalabro financiero de la his-
toria nacional. Ellos se habían sentido seguros de que sus negocios y su
predominio en la economía ecuatoriana sería algo así como imbatible.
Pero la crisis bancaria de 1999 los había desmentido. Y el golpe del 21
de enero de 2000 parecía estar destinado a tomarles cuentas.
La Revolución Juliana fue un golpe de Estado ejecutado por la
joven oficialidad del Ejército el 9 de julio de 1925. A consecuencia de
ello, se conformó una Junta de Gobierno Provisional integrada por civi-
les, en la que fue decisiva la actuación de Luis Napoleón Dillon, empre-
sario quiteño y político de claras ideas socialistas. Como la Revolución
Juliana fue una reacción contra el predominio de los bancos privados (la
“plutocracia”, que fue el nombre que se empleó por entonces), la prime-
ra Junta de Gobierno Provisional presidida por Dillon fiscalizó a los
bancos, apresó a Francisco Urbina Jado, el más grande banquero del
país, dictó una serie de medidas de orden fiscal y financiero y propuso la
creación de un Banco Central. Complementariamente, nacieron las pri-
meras leyes laborales del Ecuador para protección del “hombre proleta-
rio”. Después de seis meses vino una segunda Junta que actuó apenas

4
Juan J. Paz y Miño Cepeda, Revolución Juliana. Nación, Ejército y bancocracia, Quito, Abya
Yala –THE, 2002.

60
tres meses y enseguida el gobierno del presidente-dictador Isidro Ayora
(1926-1931) con quien se concretaron los ideales julianos, pues bajo su
régimen se crearon el Banco Central, la Superintendencia de Bancos, la
Contraloría General de la Nación; se dictaron leyes sobre impuestos
(por primera vez se introdujo el impuesto sobre las rentas y sobre los
capitales); se afirmaron las incipientes leyes laborales y se crearon insti-
tuciones como la Caja de Pensiones y el Ministerio de Previsión Social y
Trabajo.
De manera que la Revolución Juliana institucionalizó en el Estado
la “cuestión social”, fue la pionera en otorgar un papel fundamental al
Estado en la conducción de la economía y culminó incluso con la expedi-
ción de la Constitución de 1929. La Revolución Juliana es la que verdade-
ramente inauguró el siglo XX-histórico del Ecuador (no el “cronológico”).
Publicar un libro sobre la Revolución Juliana sirvió, en aquellos
momentos, no solo para librar una batalla ideológica, sino para descu-
brir la trama de un pasado que se parecía al presente. Visto de otro
modo, resultaba una obra de denuncia inevitable de una actualidad que
tenía raíces en el pasado, aunque evidentemente el libro era, en esencia,
un trabajo de historia, con los fundamentos y aparatos técnicos que
exige esta ciencia. Una labor semejante continuó con artículos de pren-
sa. Allí se articuló pasado y presente.
Este tipo de escritos marcaron la distancia con respecto al trabajo
historiográfico que continuaron ejecutando otros historiadores ecuato-
rianos, cuya dedicación por el pasado más o menos “químicamente puro”
siguió predominando. La realidad del país fue que los pocos académicos
que quedaron reducidos al trabajo historiográfico no incursionaron de
lleno en la historia del presente, aunque puede encontrarse algún escrito
en esta línea.
Sobre la base de lo expuesto, creo que es posible desarrollar algu-
nos fundamentos para la comprensión de lo que hoy podemos llamar
como historia inmediata, en las diversas acepciones que hemos señalado.
1. Al hablar de historia actual, historia del presente, historia con-
temporánea o historia inmediata, no parece tratarse de una misma línea
del quehacer historiográfico. La historia contemporánea tiene un ámbi-
to temporal más amplio, la historia actual uno más reducido, la historia
del presente tiene mucho de actual y con más cercanía a los sucesos
vividos en el tiempo de lo inmediato, y la historia inmediata apunta,
con mayor dirección a los sucesos que se están produciendo “en este

61
instante”, como son los del 21 de enero de 2000 en Ecuador. En Euro-
pa este tipo de trabajos tiene mayor tiempo, como puede advertirse en
la obra “Historia del Presente. Ensayos, retratos y crónicas de la Europa
de los 90”, de Timothy Garton Ash, en el que destaca la “inmediatez” de
cada uno de los textos, sobre los acontecimientos vividos5.
Sin embargo, al mismo tiempo y en un proceso inverso, la histo-
ria inmediata pertenece a lo actual, a lo presente y, en una perspectiva
mayor, a lo contemporáneo. Es, en mucho, un campo en construcción,
como puede seguirse en los interesantes ensayos que presentan Marina
Franco y Florencia Levín6.
Vamos a utilizar el término historia actual para simplificar la vi-
sión de lo que estamos tratando, pero aclararemos los matices cada vez
que sea necesario.
2. ¿Cuál es la temporalidad para cada matiz de la historia actual?
Sin duda hay interés teórico por establecer los “límites” temporales de la
historia actual. Pero tales límites no pueden ser fijados de forma simple-
mente teórica. Desde la perspectiva tradicional, el historiador debe tra-
tar sucesos ocurridos al menos unos 50 ó 60 años atrás (allí están los
rastros de Ranke y sus seguidores). Se suponía que de esta forma se
garantizaba su “objetividad” e “imparcialidad”, porque, sobre todo, se
evitaba el “contagio” del investigador sobre los sucesos.
El propio desarrollo de la historia ha desmentido esa apreciación.
La objetividad y la imparcialidad no ocurren mientras más alejados del
presente están los hechos o los procesos a investigar. Siempre todo inves-
tigador parte de concepciones teóricas e ideológicas explícitas o implíci-
tas bajo las cuales fundamenta la búsqueda e interpretación de los datos.
Las ciencias sociales hace tiempo han demostrado que esa posición im-
plica un “partidismo” cultural, ligado a concretos intereses y relaciones
sociales, de manera que cualquier historiador proyecta sus valores, prin-
cipios y conceptos sobre el material investigado7.
Ello tampoco significa que la objetividad y la imparcialidad no
sean posibles. El marco teórico del investigador y su posición en la es-
tructura social no pueden anteponerse a la realidad, sino que es esta la

5
Timothy Garton Ash, Historia del Presente. Ensayos, retratos y crónicas de la Europa de los 90,
Barcelona, Tiempo de Memoria Tusquets editores, 2000.
6
Marina Franco y Florencia Levín (comp.), Historia Reciente. Perspectivas y desafíos para un
campo en construcción, Buenos Aires, Paidós, 2007.
7
Una síntesis sobre la historia y el trabajo del historiador, en: Antoine Prost, Doce lecciones
sobre la Historia, Madrid, Frónesis, Cátedra Universitat de Valencia, Grupo Anaya, 1996.

62
que finalmente debe imponerse ante el análisis que sobre ella se realiza.
Partiendo de estos presupuestos, la historia actual encuentra los
límites temporales en la misma realidad. Aquí es donde se muestran las
etapas, períodos, coyunturas y ciclos a los cuales el investigador debe
enfocar.
El problema de la historia actual es que resulta difícil ubicar el
momento del presente e incluso el inmediato en un proceso claramente
definible. En el caso del Ecuador, por ejemplo, fueron precisos el inicio
del proceso electoral de 2006, el triunfo de Rafael Correa, la convocato-
ria y reunión de la Asamblea Constituyente, la entrega del proyecto de
nueva Constitución y su aprobación en referéndum, para comprender
que el Ecuador había iniciado un nuevo ciclo político que cerraba aquel
nacido en 1979, basado en el desarrollo de un economía neoliberal. El
eje del nuevo ciclo político iniciado en 2006 fue precisamente el cues-
tionamiento al régimen económico anterior, a fin de iniciar otro tipo de
economía, basada en la recuperación histórica del papel del Estado en la
economía y la búsqueda de una nueva hegemonía política sustentada en
los sectores medios y populares.
3. La temporalidad no es, necesariamente, el elemento más im-
portante en la historia actual. Cierto es que al historiador le interesa el
tiempo, porque este constituye el elemento determinante de su activi-
dad. Pero a la historia actual interesa, sobre todo, la fundamentación
histórica de los acontecimientos y procesos del presente. Esto significa
que no podemos obrar con los hechos inmediatos aislándolos del con-
texto y de sus orígenes. Buscar fundamentos históricos a los aconteci-
mientos demanda un esfuerzo por comprender las raíces y el “instante”
en donde nos hallamos. Lo cual implica acudir al pasado para rastrear en
distintas fuentes y solo entonces poder ubicar la actualidad, el presente
y lo inmediato en la trayectoria del tiempo.
Los sucesos de la noche del 21 de enero de 2000 en la Rebelión
de Quito no respondieron a una motivación social inmediata, sino a un
amplio proceso de acumulación de fuerzas contra un gobierno que ahon-
daba en la construcción de un régimen político y económico cada vez
más excluyente, para beneficio de una elite de banqueros y empresarios
nacionales. El “golpe” de aquel día se lo entiende como estallido de algo
que venía perfilándose desde hace tiempo. Y esa tendencia persistió, se
acumuló y se volvió una fuerza de reacción social masiva en una nueva
revuelta que provocó el derrocamiento de Gutiérrez y continuó como

63
“revolución ciudadana” en respaldo al nuevo ciclo abierto con el gobier-
no de Rafael Correa.
4. De acuerdo con los últimos desarrollos de la ciencia, la historia
debiera entenderse como un proceso que une pasado, presente e incluso
futuro. En este sentido hay una historia del pasado, otra del presente e
incluso una del futuro. Esto no significa retornar a los principios de la
Filosofía de la Historia, que supuso un camino con destino inexorable.
Sin duda hay bases suficientes en toda investigación para tratar el pasa-
do y el presente. El futuro solo demuestra tendencias y procesos que
tienen un camino en desarrollo. En este sentido la historia comparte
cierta afinidad con la economía, pues ambas ciencias requieren de datos
concretos para sustentarse, y sobre esa base es posible definir los escena-
rios posibles. O como se diría en economía, la situación ceteris paribus
también puede aplicarse en la historia.
El desarrollo de la historia inmediata o del presente demuestra su
enorme parentesco con la sociología histórica8.
5. La historia actual tiene la ventaja de la apreciación directa, por
parte del investigador, de los sucesos y procesos que se vive. Es un testi-
monio de los tiempos. Y, a su vez, la historia del presente o inmediata
tiene otro límite que es la presencia del investigador en los sucesos, lo
cual eventualmente puede agudizar la subjetividad9.
Pese a los riesgos, la historia actual es otra forma válida del queha-
cer investigativo. Porque el propio testimonio es una ventaja aprovecha-
ble. Los Cronistas de Indias lo demostraron y sus escritos son una fuente
esencial para comprender la época colonial en América Latina.
6. La historia actual es un permanente desafío de construcción.
Los hechos y procesos están en el camino y se producen a medida que
avanza el tiempo presente. La historia actual involucra a actores indivi-
duales y sociales con mayor evidencia por sus acciones inmediatas. His-
toriar esas actuaciones, ubicarlas y darles significado desde la perspecti-
va del lugar que parecen ocupar en un tiempo proyectado desde el pasa-
do, es una tarea de investigación permanente. Ella genera inevitable-
mente compromisos sociales y toma de posiciones. Es decir, conlleva
cierto significado político también inevitable.

8 Confer. Santos Juliá, Historia social / sociología histórica, Madrid, Siglo XXI de España
Editores, S.A., 1989.
9 Una visión sobre el tema de la historia en los Estados Unidos, sobre la base de discutir la
objetividad y la subjetividad y, por tanto, el conocimiento histórico, se halla en: Oscar
Handlin, La verdad en la historia, México, Fondo de Cultura Económica, 1979.

64
Puede advertirse en otra experiencia universitaria: varios de los
trabajos, escritos y reflexiones sobre los últimos veinticinco años difun-
didos a través de la página web del Taller de Historia Económica10 de la
PUCE han despertado reacciones variadas. Por ejemplo, una investiga-
ción realizada con el apoyo de los estudiantes sobre las posiciones de las
cámaras de la producción a partir de 1979. Provocó una serie de correos
electrónicos de personas vinculadas a esos gremios que cuestionaban la
investigación o caían en los ataques de tipo personalista. Otros la salu-
daban y pasaron a utilizarla para demostrar sus razones políticas. Y, sin
embargo, la investigación simplemente describía lo que las cámaras ha-
bían sostenido a través de comunicados de prensa.
Esto no significa que la historia actual es una forma ideológica del
quehacer político, sino que su incidencia, con toda la objetividad y la
imparcialidad que puede demostrar, ocasiona reacciones políticas. Des-
de luego, el investigador debe tener muy en claro que al escribir sobre la
historia actual no está realizando un panfleto partidista, ni creando un
instrumento para la acción o la manipulación política. Tiene que cum-
plir con las mismas exigencias de cualquier trabajo historiográfico dedi-
cado al pasado “puro”. Y, por tanto, su trabajo es en mucho artesanal:
recopilar y seleccionar fuentes, confrontarlas, escribir, rodearse del apa-
rato técnico, etc.

10
THE, en: http://puce.the.pazymino.com

65
Bibliografía

Franco, Marina y Florencia Levín (comp.) (2007), Historia Reciente. Pers-


pectivas y desafíos para un campo en construcción, Buenos Aires,
Paidós.
Garton Ash, Timothy (2000), Historia del Presente. Ensayos, retratos y
crónicas de la Europa de los 90, Barcelona, Tiempo de Memoria
Tusquets editores.
Juliá, Santos (1989), Historia social/ sociología histórica, Madrid, Siglo
XXI de España Editores, S.A.
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tura Económica, 1979.
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Ejército y bancocracia, Quito, Ediciones Abya Yala - THE.
Paz y Miño Cepeda, Juan J. (2002); Golpe y contragolpe. La “Rebelión de
Quito” del 21 de enero de 2002, Quito, Taller de Historia Econó-
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Paz y Miño Cepeda, Juan J. (2007); Asamblea Constituyente y Economía.
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Paz y Miño Cepeda, Juan J. (2007); Removiendo el presente. Latinoame-
ricanismo e Historia en Ecuador, Quito, Editorial Abya Yala.
Paz y Miño Cepeda, Juan J. (2008); “El proceso constituyente desde
una perspectiva histórica”, Análisis Nueva Constitución, Quito,
ILDIS – La Tendencia.
Prost, Antoine (1996), Doce lecciones sobre la Historia, Madrid, Frónesis,
Cátedra Universitat de Valencia, Grupo Anaya.

66
Parte 2
Resistencias, movimientos y luchas en la
Historia Reciente de América Latina

67
68
Del desafuero al gobierno legítimo:
episodios de la resistencia civil en la
confrontación neoliberal en México

Carlos Figueroa Ibarra1 y Raquel Sosa Elízaga**

Introducción

En el momento en que nos acercamos al fin de la primera década


del siglo XXI, el balance de la aplicación del neoliberalismo en México no
es alentador. Grados crecientes de polarización económica, social, política
y cultural han sido la principal secuela de la política económica impuesta
desde los años ochenta. Los saldos evidentes son una economía que dejó
de crecer durante dos décadas, la mayor parte de las empresas públicas
desmanteladas, privatizadas o reducidas a su mínima expresión, una deu-
da privada convertida en pública que asciende hoy a 160 mil millones de
pesos ($16 mil millones), el saqueo y el ahogamiento fiscal de la industria
petrolera, principal industria del país, y una población que rebasa al 45%
de personas sumidas en la pobreza, de las cuales más del 15% son indi-
gentes, con un desempleo del 10% de la PEA (Zepeda Patterson, 2007;
Rodríguez y González, 2008; Auditoría Superior de la Federación, 2003,
2004, 2005, 2006; Di Constanzo, 2008). He aquí el balance de casi
treinta años de medidas que han lesionado a la que fuera la economía y el
Estado más sólido de América Latina.
A diferencia del año 2000 cuando se observó una alternancia en-
tre dos proyectos políticos que divergían en torno a la existencia de un
partido de Estado en el gobierno, pero que convergían en el proyecto

1
Sociólogo, profesor investigador en el Posgrado de Sociología del Instituto de Ciencias
Sociales “Alfonso Vélez Pliego”, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.
** Socióloga, profesora investigadora del Centro de Estudios Latinoamericanos de la Facul-
tad de Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Nacional Autónoma. Secretaria de Desa-
rrollo Social y Secretaria de Cultura del Gobierno de la ciudad de México entre 2000 y
2006. Actualmente es Secretaria de Ciencia y Cultura del gobierno legítimo encabezado por
Andrés Manuel López Obrador.

69
económico neoliberal (el PRI y el PAN), desde 2003 se ha puesto en
evidencia de manera cada vez más aguda la confrontación entre un pro-
yecto político alternativo con una amplia base de apoyo social, y las
cúpulas políticas de los partidos conservadores, política, mediática y
económicamente sustentados en la cúpula empresarial, los grandes me-
dios de comunicación y la alta jerarquía de la Iglesia Católica. (López
Obrador, 2004; Ibarra, 2004).
Dos preguntas pueden hacerse en relación a lo anterior: ¿Qué
representa el proyecto alternativo de López Obrador? ¿Por qué significa
un peligro para las élites empresariales y políticas? En relación a lo pri-
mero puede observarse el éxito de un programa de gobierno basado en
una combinación de programas sociales de tendencia universal, la con-
vocatoria a una participación ciudadana de base territorial, una eficaz
convocatoria de imagen y un discurso en el que la ética es el elemento
vertebral: austeridad republicana, lucha contra la corrupción, elimina-
ción de privilegios ilegítimos, gobierno basado en el servicio a los más
pobres. En lo que se refiere a la segunda pregunta puede decirse que,
pese a que el lópezobradorismo no expresa una intención anticapitalista,
su planteamiento ha puesto en jaque la forma tradicional de enriqueci-
miento ilícito y de acumulación patrimonial en que ha basado su poder
la gran empresa capitalista del país y sus socios en el Estado (López
Obrador, 2004).
La hipótesis que sustenta este trabajo es que, por una parte, el
capitalismo neoliberal en alianza con la cúpula política de los partidos
de la derecha y beneficiado por ella, se ha vuelto incapaz de procesar
demandas que teóricamente podría asimilar, por ejemplo el funciona-
miento normal de la democracia liberal y representativa, aún reducida a
la visión schumpeteriana. Por otra, el desarrollo de un movimiento de
masas acicateado por la evidencia de ruptura de un pacto institucional
por parte de la gran empresa y de los políticos corruptos del régimen, ha
abierto el camino a la construcción de una alternativa que rebasa no solo
los límites, sino las posibilidades objetivas de sustentación del capitalis-
mo en los términos en que lo hemos conocido hasta hoy, es decir, en sus
versiones oligárquica y neoliberal. Esto significa que la polarización cre-
ciente que caracteriza la escena política mexicana contemporánea no es,
desde nuestro punto de vista, sino la expresión de una crisis hegemóni-
ca, lo que plantea un horizonte distinto de comprensión de lo que está
en juego en México.

70
El desafuero y los prolegómenos de la guerra sucia

El sistema político mexicano fue definido hasta la década de los


noventa como un régimen autoritario, caracterizado por una interven-
ción estatal activa que limitaba el pluralismo político y la movilización
social (Garrido, 1978, 1990). Durante los períodos de crisis el régimen
hacía un uso selectivo de la represión contra grupos políticos opositores,
empleando tanto la represión abierta como la clandestina (guerra sucia),
y en algunos casos, la negociación política para conciliar los reclamos de
los grupos que protestaban. Sin embargo, dos episodios han mostrado
los límites del sistema político mexicano para cumplir lo que ofreció a
cambio de que la lucha armada dejara de estar en el imaginario de algu-
nos sectores de la oposición: los procesos electorales de 1988 y de 2006.
En las líneas que siguen recordaremos de manera apretada los
momentos más relevantes del momento más reciente de esa nueva gue-
rra sucia, la que persiguió destruir la figura de Andrés Manuel López
Obrador y con ello desarticular al movimiento social que encabeza.

Los primeros signos ominosos: el Paraje de San Juan

Desde 2003, la derecha en México decidió eliminar políticamen-


te, ante la incapacidad de hacerlo físicamente, a un contendiente que le
resultaba peligroso, o como después lo pregonó, que era “un peligro
para México”2. En aquel momento, López Obrador ya encabezaba las
encuestas de popularidad entre los políticos mexicanos y posteriormen-
te empezó a encabezar las encuestas que sondeaban la intención de voto.
La primera ofensiva mediática se dio a propósito de un fallo emitido por
un juez de distrito que condenó al Gobierno del Distrito Federal el 6 de
octubre de 2003 a pagar en el lapso de 24 horas, mil 800 millones pesos
como indemnización al supuesto propietario de un predio de 280 hec-
táreas conocido como el Paraje de San Juan. La indemnización era el
resarcimiento a una supuesta expropiación irregular del citado predio y
de haberse pagado hubiera mermado notablemente las finanzas del go-

2
Entenderemos por derecha en el momento actual en México a los grandes capitales, las
cámaras empresariales que los representan, los grandes medios de comunicación, al poder
ejecutivo y a las cúpulas del Partido Acción Nacional y el Partido Revolucionario Institucio-
nal.

71
bierno del Distrito Federal. El proceso judicial, que culminó en el en-
carcelamiento del supuesto propietario después de haberse constatado
falsificaciones para acreditar ser el dueño, fue una suerte de ensayo gene-
ral con respecto al proceso de desafuero que López Obrador sufrió en
20053. La resistencia de éste a pagar la multa sirvió para que una jueza le
extendiera en octubre de 2003 una demanda de abuso de autoridad y
desacato a una orden judicial. Finalmente el proceso terminó cuando la
Secretaría de la Reforma Agraria determinó que el Paraje de San Juan era
propiedad de la nación (Ramírez, 2003; Enciso, 2004). El incidente
del Paraje de San Juan, evidenció no solo los dos grandes argumentos
(autoritarismo y venalidad) para el descrédito, sino también lo que en el
futuro sería el arma fundamental para su eliminación: el desafuero, como
antecedente a su inhabilitación política.

La persistencia en la búsqueda de la imagen


de la venalidad: los videoescándalos

En marzo de 2004 se difundieron por el duopolio televisivo imá-


genes del entonces Secretario de Finanzas del Gobierno del Distrito Fe-
deral haciendo apuestas y gozando de un entretenimiento opulento en
alguno de los casinos de Las Vegas (Grajeda, 2004). Acto seguido, las
televisoras difundieron otros videos en los cuales aparecían dirigentes
del Partido de la Revolución Democrática (PRD), reputados como cer-
canos a López Obrador, recibiendo millonarias sumas de dinero en efec-
tivo por parte del empresario Carlos Ahumada Kuntz (El Universal, 2004;
Bolaños, 2004). Como se confirmó posteriormente, el escándalo de los
videos era producto de una confabulación en la que habrían participado
el ex presidente Carlos Salinas de Gortari, el prominente dirigente del
PAN Diego Fernández de Cevallos, funcionarios del Centro de Investi-
gaciones de la Seguridad Nacional (CISEN) (Bolaños, 2004; Torres Flo-
res, Otero, Medellín y Sánchez, 2004). Pese a los esfuerzos realizados
por desacreditar al gobierno de López Obrador, una y otra vez las en-
cuestas de opinión revelaban que la popularidad del gobernante capita-
lino llegaba hasta el 85%.

3
Referencias hemerográficas al proceso pueden consultarse en Bolaños, Castillo y Méndez,
2003; El Universal, 2003; Grajeda, 2003; Enciso, 2004 y Cedillo, 2006.

72
El proceso del desafuero: el predio de El Encino

La posición y desempeño de Andrés Manuel López Obrador como


Jefe de Gobierno de la ciudad de México, le abrieron las puertas a la
constante atención de los medios informativos nacionales entre 2000 y
2003. Como consecuencia de ello, desde el año 2003 las encuestas de
intención de voto lo colocaban en la punta de la competencia por la suce-
sión presidencial, llegando a obtener hasta 20 puntos de ventaja sobre su
más cercano competidor (Figueroa, 2008:16). En 2005, esta ventaja con-
tinuaba, pese a los ataques que hemos mencionado líneas atrás.
La derecha consideró necesario, pues, iniciar una nueva y aun más
vigorosa ofensiva para detenerlo. Desobedeciendo una orden judicial, el
jefe de gobierno capitalino supuestamente habría continuado las obras
de construcción de una vía de acceso a un hospital afectando a un predio
en manos de particulares (el predio de El Encino). Pero el objetivo final
de todo este escándalo en el segundo semestre de 2004, no radicaba
solamente en la difusión de dicha imagen, sino en inhabilitarlo política-
mente por medio del desafuero, lo cual finalmente se logró en los pri-
meros días de abril de 2005. El PRI, el PAN y el Partido Verde Ecolo-
gista se unieron para quitarse de en medio al que se consideraba ya el
rival a vencer. (López Obrador, 2005; Sosa y Gallegos, 2005). El 1 de
abril de 2005, una comisión parlamentaria de cuatro diputados resolvió
que la Cámara completa votaría seis días más tarde para retirar el fuero
constitucional a López Obrador. Esto se haría después que en compare-
cencia ante el pleno de la Cámara se escucharan sus argumentos y las
discusiones del proceso. El 7 de abril de ese año, López Obrador se
presentó ante la cámara de diputados para defender personalmente su
caso, sesión en la cual se presentaron 488 de los 500 diputados, quienes
después de una larga sesión determinaron levantar el fuero constitucio-
nal al Jefe de Gobierno por votación de 360 a favor y 127 en contra, con
dos abstenciones. La resolución de retirar el fuero buscaba impedir legal-
mente la aspiración del ex jefe de gobierno en la contienda presidencial
del año 2006, utilizando las instituciones garantes de la legalidad para
eliminar jurídicamente a un muy potente oponente político.
La campaña mediática de desprestigio al Jefe de Gobierno desafo-
rado no pudo impedir que se desatara un inmenso movimiento social de
repudio al Gobierno Federal, a la Cámara de Diputados y a las institu-
ciones judiciales que participaron en el proceso. Durante los meses de

73
marzo y abril de 2005 fueron constantes y crecientes las manifestacio-
nes contra el desafuero. Los medios reconocían que no menos de dos
millones de personas habían participado en las protestas. El lema: “To-
dos somos López”, que hacía alusión tanto a las acusaciones formuladas
contra Andrés Manuel, como a la memoria de las jornadas en defensa de
los zapatistas (“Todos somos Marcos”). Luego de dos semanas en que la
capital del país prácticamente se paralizó con el movimiento en repudio
al desafuero, el Presidente de la República y la Procuraduría General de
la República anularon el proceso ilegal contra López Obrador y le resti-
tuyeron en su cargo4.

El año en que vivimos en peligro:


delenda est López Obrador

La campaña de desprestigio mediático no podría explicarse sin


considerar que desde muy temprano la figura de López Obrador gozó
de una fuerza muy importante. A lo largo de los cinco años de su gobier-
no, los trece programas sociales incluidos en el Programa Integrado Te-
rritorial (de pensión universal para adultos mayores; atención a personas
con discapacidad; apoyo a madres solteras; crédito a la producción agra-
ria; crédito para la ampliación de vivienda; construcción de vivienda
nueva para personas con escasos recursos; crédito para la pequeña em-
presa; atención médica y medicamentos gratuitos para la población ex-
cluida de la seguridad social; desayunos y uniformes escolares; apoyo al
empleo; reconstrucción de unidades habitacionales); no sólo fueron efi-
caces para impedir que continuara el deterioro en las condiciones de
vida de la mayoría más pobre de la población, sino que favorecieron la
construcción de una cultura ciudadana y promovieron la participación
de sectores antes completamente excluidos de la escena pública. El pre-
supuesto social agregado durante el sexenio entero equivale al presu-
puesto total del primer año de gobierno de López Obrador.
Una cifra nunca imaginada siquiera para los planificadores más
audaces de la época del desarrollismo (Gobierno del Distrito Federal,
2006; Secretaría de Desarrollo Social, 2006; Ortiz Pinchetti, 2006).

4
Un recuento de las movilizaciones callejeras que se observaron en todo el país con motivo
del desafuero de López Obrador se encuentra en Romero, 2004; Avilés, 2004; González,
2004; Lastra et al., 2004.

74
La constante ventaja en los sondeos de opinión no solo no pudo
ser revertida, sino que puso al descubierto la contraparte a que se enfren-
taba López Obrador en la política mexicana: la perversa asociación entre
los responsables de la administración pública federal y los grandes em-
presarios mexicanos. A decir de la Auditoría Superior de la Federación,
en los años 2005 y 2006, las grandes empresas del país consolidaron un
pacto con el gobierno que les permitió, no solo convertir sus deudas
privadas en deudas públicas, sino dejar de pagar impuestos. Las mayo-
res empresas de México: CEMEX (productora de cemento), Coca-Cola,
Walmart, Bimbo (pan), Telmex (teléfonos), Jumex (jugos y bebidas) y
otras pagaron, cada una de ellas, el equivalente a 70 pesos mexicanos
(menos de 7 dólares) como impuesto por el conjunto de sus operaciones
anuales. De acuerdo a estas mismas fuentes, la evasión de impuestos
llegó a los 600 mil millones de pesos ($60 mil millones). Una muestra
nada despreciable de las condiciones en que se ha aplicado el pacto neo-
liberal en el país (Auditoría Superior de la Federación, 2006; Di Cons-
tanzo, 2008).
Ello explica, en buena medida, que, ante la perspectiva de un
cambio que significara una ruptura del oscuro pacto de los empresarios
con el Estado, se desatara la embestida empresarial contra el jefe de
Gobierno y seguro candidato opositor a la Presidencia, Andrés Manuel
López Obrador. El primer ataque mediático ya con miras a la elección
presidencial, se realizó durante los primeros días del mes de abril del
año 2005, de manera simultánea al proceso de desafuero. En estos días
se difundieron mensajes televisivos por parte de un grupo civil sin regis-
tro oficial llamado “México en Paz”, en donde se incriminaba la lucha de
López Obrador ante el desafuero como “temor ante la ley”: “Solo un
gobernante culpable le tiene miedo al desafuero”. Un ejemplo más de
esta campaña mediática fue un video dado a conocer por el noticiero de
CNI Canal 40, que estaba siendo impartido dentro de dependencias del
Gobierno Federal y municipios panistas, en el que se caracterizaba al
candidato de la izquierda como un “criminal” y se instaba a los funcio-
narios públicos a evitar por cualquier medio su posible llegada a la Pre-
sidencia de la República (Bolaños, Romero y Llanos, 2005)5.

5
En un principio CNI Canal 40 buscó ser una emisora independiente. Después de ser
boicoteada por la derecha empresarial, agobiada por las deudas y litigios judiciales, CNI
Canal 40 terminó siendo apropiada por TV AZTECA, uno de los dos integrantes del
duopolio televisivo mexicano.

75
Hasta el mes de marzo de 2006, el ascenso del movimiento lope-
zobradorista fue imparable. Antes de que fueran sesgadas por los grandes
poderes del país, las encuestas revelaban que López Obrador sería el
presidente de México a partir de diciembre de 20066. Según la encues-
tadora GEA-ISA en febrero de 2005, López Obrador tenía 44% de las
preferencias electorales, en marzo 49%, en agosto 43%, en noviembre
38%. En enero de 2006 empezó a observarse un declive con un 35%,
del que se recuperó en febrero con 41%, para volver a bajar en marzo
esta vez a un 34%. Era un momento crucial porque de acuerdo a la
encuestadora, fue la primera vez que el candidato de la derecha superaba
a López Obrador. En el mes de enero de 2006, la encuestadora Consulta
Mitofsky ubicaba a López Obrador con casi 39% y a Calderón con 31%,
mientras en marzo en coincidencia con otras encuestadoras, todavía
ubicaban a López Obrador con un 37,5%. Pero era evidente que ha-
ciendo caso de las encuestas, finalmente el candidato de la Coalición Por
el Bien de Todos empezaba a acusar los efectos de la campaña mediática.
Una vez fracasada la estrategia del desafuero, había entrado en escena
una multimillonaria campaña de terrorismo mediático, nutrida funda-
mentalmente por la proliferación de spots televisivos en los que abierta-
mente se le definía como “un peligro para México”. El terrorismo me-
diático se orientó a hacer blanco sobre los latentes miedos ciudadanos
de devaluación económica, endeudamiento público e inestabilidad po-
lítica, además de mostrar al futuro candidato como autoritario y procli-
ve al enfrentamiento armado.
Este tipo de spots fueron auspiciados tanto por las fracciones pa-
nistas dentro del Congreso como por empresas y asociaciones privadas.
El gobierno de Fox también participó activamente en esta campaña,
pues se estimó que alrededor de 1.500 millones de pesos fueron inverti-
dos en propaganda oficial que apoyaba de manera vergonzante al candi-
dato oficial. El Instituto Federal Electoral (IFE) jamás intervino durante
el tiempo de emisión de esta campaña, tolerando una serie de irregula-
ridades a la iniciativa privada y a personas ajenas al proceso electoral.
Esta situación quedó acreditaba por la empresa IBOPE, contratada para
monitorear los promocionales que los partidos difundieron en el proce-

6
Las encuestas pueden consultarse en las páginas electrónicas de GEA ISA http://
www.isa.org.mx/contenido/encuestas.htm ; http://olganza.com/2006/03/31/encuesta-gea-
isa-marzocalderon-supera-a-amlo-en-encuestas/ y Consulta Mitofsky http://
www.consulta.com.mx/

76
so electoral del 2006, en donde quedó establecido que en conjunto Ju-
mex, Sabritas (productora de golosinas), el Consejo Coordinador Em-
presarial (CCE) y la “Sociedad Ármate de Valor”, invirtieron cerca de
700 millones de pesos en mensajes proselitistas o difamatorios de radio
y televisión (Garduño, 2006). Así se convirtió la campaña por la Presi-
dencia de la República en un ejercicio plagado de irregularidades, ca-
rente de tolerancia en la lucha por alcanzar el poder de Estado y dejando
al descubierto faltas a los principios mínimos de la competencia proce-
dimental; se contravenía a fondo el discurso democrático oficial (Figue-
roa y Moreno, 2008).

El ingenio y la perversidad. Mecanismos


y procedimientos del fraude electoral

La recta final en el desgastante proceso de tres años que tuvo como


objetivo impedir el triunfo electoral de López Obrador en 2006, se obser-
vó en las semanas previas al 2 de julio, fecha de la contienda electoral.
Estuvieran sesgadas o no las encuestas realizadas durante marzo y junio de
aquel año, el hecho cierto es que la campaña mediática había logrado
reducir la ventaja inicial que el candidato opositor había mantenido frente
al oficial, Felipe Calderón. Aun así no era seguro el triunfo de este último.
Así las cosas, cabe pensar que se tomó la decisión de realizar un fraude
electoral. El argumentar sobre la existencia de un fraude en el proceso
electoral de 2006, ameritaría en sí mismo un trabajo aparte, por lo que
aquí se expondrán de manera resumida los elementos que han permitido
sustentar las denuncias correspondientes. Las evidencias indican que las
principales determinaciones acerca de la necesidad de aplastar mediante
dicho fraude la fuerza del movimiento encabezado por López Obrador,
fueron tomadas por el ex presidente Carlos Salinas de Gortari, el presiden-
te Vicente Fox, la cúpula empresarial del país agrupada en el Consejo
Coordinador Empresarial, y algunos influyentes políticos de la extrema
derecha, como el entonces senador Diego Fernández de Cevallos7.
Para llevar a cabo su plan, requirieron de algunos apoyos funda-
mentales: en primer lugar, la complicidad de la Suprema Corte de Justi-

7
La investigación hemerográfica en que se sustenta esta parte del trabajo fue realizado por
la estudiante Nadia Anel Juárez de la licenciatura en Ciencia Política de la Facultad de
Derecho y Ciencias Sociales de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.

77
cia y de la Procuraduría General de la República, que sistemáticamente
desecharon recursos de inconformidad sobre la iniquidad del proceso y
el uso ilegal de recursos públicos y privados en la campaña contra López
Obrador. En segundo lugar, del silencio y subordinación del Ejército,
las fuerzas de seguridad pública y todas las instituciones gubernamenta-
les dedicadas al desarrollo social del país, que permitieron impávidos
que se reorientaran cientos de millones de pesos de recursos públicos
para ponerlos al servicio de un aparato de inducción del voto a favor del
candidato oficial e intimidación de votantes opositores, a quienes se
amenazó con retirar todo apoyo público si triunfaba Andrés Manuel. Y
en tercer lugar, de la abierta complicidad y colaboración del mayor sin-
dicato del país, el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación,
cuya dirigente, Elba Esther Gordillo, amplió un procedimiento de in-
tervención directa en las casillas y en las juntas distritales de recuento de
votos, que había ensayado ya con éxito en distintos eventos electorales; y
de su aliado y socio, Luis Carlos Ugalde, Presidente del Instituto Fede-
ral Electoral, principal responsable de la alteración electrónica de resul-
tados electorales, y cómplice de la campaña mediática en contra de Ló-
pez Obrador. Estos últimos constituyeron la pinza fundamental con
que se cerró el fraude electoral del 2006. Fue evidente la premura de
Ugalde por declarar ganador de la contienda al candidato oficial (Duar-
te, 2006; Raphael, 2007; Cano y Aguirre, 2008; Urrutia, 2006 b; Vi-
llamil y Scherer, 2007).
Entre los meses de marzo y junio de 2006, el control del aparato
político y electoral que aseguraría la imposición del candidato oficial
estaba ya asegurado. Los recursos públicos de los programas sociales
habían sido certeramente dirigidos hacia las zonas más pobres, de ma-
yor presencia electoral de la oposición, y más alejadas del país. En estas
mismas zonas, los cambios de procedimientos en el Código Electoral
permitieron que fungiera como presidente de miles de casillas un maes-
tro subordinado a la dirección sindical nacional. En las zonas pobres de
las ciudades, en cambio, se aseguró la presencia de directores de escuela
y supervisores de zona controlados por la dirigente magisterial mediante
la intimidación o compra de presidentes de casilla no leales al oficialis-
mo, así como con la intervención de las casillas mediante la sustitución
de funcionarios el propio día de la elección.
Por otra parte, el cómputo electoral estuvo a cargo de la empresa
Hildebrando, propiedad del cuñado del candidato presidencial oficialis-

78
ta. Esto aseguró, luego de una breve interrupción en el suministro de la
información sobre el cómputo, que a partir de las primeras horas de la
madrugada del día siguiente a la elección, los resultados comenzaran a
favorecer al candidato del PAN. Y finalmente, la cúpula empresarial
actuó tanto en el frente de sus empresas, amenazando con cerrar y liqui-
dar a sus trabajadores en el caso de un triunfo de la oposición, como en
la inversión de miles de millones de pesos en la campaña oficialista, en
un acto de dispendio del cual posiblemente no lleguemos a tener la
dimensión exacta, pero cuya investigación ha sido rechazada sistemáti-
camente por el Instituto Federal Electoral, el Tribunal Electoral del Po-
der Judicial de la Federación, y la Suprema Corte de Justicia (IFE, 2006;
Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, 2006).
El día de la elección, los aparatos de los gobernadores priístas y
panistas, concertados por la dirigenta del magisterio Elba Esther Gordi-
llo, hicieron todos los esfuerzos por volcar sus caudales electorales a favor
de Felipe Calderón (Garduño y Becerril, 2006 c). Las denuncias de la
desaparición en las listas de empadronados de miles de votantes identi-
ficados como simpatizantes de López Obrador, la intervención directa
para asegurar un fraude hormiga que desapareció cerca de dos millones
de votos opositores, y por último la manipulación electrónica de los
resultados, fueron denunciadas por los partidarios de López Obrador
ante los tribunales y el Instituto Federal Electoral. Justo es decir que
facilitó el fraude la incapacidad de las redes ciudadanas y partidos para
ubicar funcionarios y representantes en miles de casillas.
Cuando el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación
llevó a cabo la calificación del proceso electoral, negándose a contar “voto
por voto, casilla por casilla” y anular las casillas con alteraciones, como
demandaba la oposición unida y organizada en un inmenso plantón en
las principales avenidas del centro y el zócalo de la capital del país, era
evidente que todas las instituciones habían cerrado filas para asegurar el
fraude, y que solo un gran movimiento de masas unido y organizado
podría derrotar la ignominia que se había tendido en contra del Proyecto
alternativo de nación.
Del fraude electoral se escribió extensamente. Vale la pena recor-
dar, solamente, que en más del setenta por ciento de los centros de
votación no coincidió el número de boletas recibidas con los votos emi-
tidos; que desaparecieron al menos ochocientas mil boletas de las urnas;
y que existen cuatro resultados electorales distintos hasta el día de hoy:

79
el correspondiente a las casillas, el Programa de Resultados Electorales
Preliminares; el cómputo de las juntas distritales y del Instituto Federal
Electoral y, finalmente, luego de un pequeño recuento de votos (corres-
pondiente al 8% del total) (Crespo, 2008; Hernández, 2006 c y en
Garduño y Becerril, 2006 a), el del Tribunal Federal Electoral. El dicta-
men con que pretendió cerrarse el caso quedará en la historia como uno
de los documentos más ignominiosos de que se tenga memoria (Duarte,
2006; Crespo, 2008).
Podríamos resumir los argumentos que sustentan la acusación de
fraude electoral de la siguiente manera:
a. Una descalificación de antemano de cualquier alegato de fraude
que pudiera provenir del lopezobradorismo. Esto se hizo mediante
la infiltración del sitio web de López Obrador introduciendo una
carta falsa firmada por este en donde desde antes de la elección
este decía que se observaría un fraude8.
b. La eliminación de un gran número de votantes del padrón
electoral (por ejemplo adultos mayores) con respecto a los cuales
se presumía votarían por López Obrador. Hay que recordar que la
empresa Hildebrando tenía el control del padrón electoral además
de un software con una base de datos con preferencias electorales
de los votantes (Hernández, 2006 b)9.
c. Probable adulteración del padrón electoral como lo revela que
en 101 distritos electorales (un tercio del total) las diferencias de
empadronados entre 2004 y 2006 fueran divisibles o multiplica-
bles por números exactos (Hernández, 2006 a).
d. Sustracción de miles de boletas marcadas a favor de López
Obrador, las cuales fueron encontradas parcialmente quemadas
en basureros (Garduño y Becerril, 2006 b; Hernández, 2006 c;
Martínez, 2006; Crespo, 2008).
e. Alteración en el programa de resultados preliminares (PREP)
de los resultados electorales provenientes incluso de actas de casi-
llas en las que se mostraba que López Obrador había ganado con
una diferencia de 100 votos (Crespo, 2008; Hernández, 2006 c y
en Garduño y Becerril, 2006 a).
f. La desaparición de al menos 2 millones de votos en los resulta-

8
La Jornada, Editorial. México D.F. 2 de julio de 2006.
9
El control del padrón electoral por parte de la empresa Hildebrando fue a dado a conocer
por la periodista Carmen Arístegui en su programa en CNN.

80
dos iniciales (Crespo, 2008; Hernández, 2006 c y en Garduño y
Becerril, 2006 a).
g. Duplicación de resultados en casillas que favorecían a Felipe
Calderón (se contaban dos veces). (Crespo, 2008; Hernández,
2006 c y en Garduño y Becerril, 2006 a).
h. Una mayor cantidad de votantes para senadores y diputados
que para Presidente de la República en algunas regiones del país
(Avilés, 2006).
i. Casillas a las cuales no llegaron las boletas para la elección pre-
sidencial (Avilés, 2006).
j. Colocación de boletas marcadas a favor de Felipe Calderón en
urnas electorales. En ocasión las boletas ni siquiera fueron dobla-
das (en el argot electoral mexicano a esto se le llama “embarazo de
urnas”) (Méndez, 2006).
k. Anulación de votos que eran para López Obrador (Martínez y
Urrutia, 2006). El saldo mayor de la elección fraudulenta y la
usurpación es, sin embargo, que el agravio que produjo permane-
ce hasta el día de hoy. No están lejanas las manifestaciones de
protesta y el plantón popular en las principales avenidas del Cen-
tro de la Ciudad; el fin del ceremonial que pretendía legitimar al
Presidente saliente y a quien se impuso en contra de la voluntad
del pueblo de México; pero, sobre todo, se ha vuelto cotidiano el
que Felipe Calderón se haga acompañar en todos los actos oficia-
les por numerosos contingentes militares y no ha habido una sola
ocasión en que grupos de opositores dejen de recordarle el origen
fraudulento de su régimen10.

Gobierno legítimo y resistencia civil

De las dimensiones del fraude electoral comenzó a saberse la no-


che misma del 6 de julio. La sorpresa era mayúscula, pues en la mayor
parte de las casillas contabilizadas López Obrador tenía una ventaja de
entre el 2 y el 6% sobre el candidato del PAN. Solo cuando las ventajas
se fueron acortando en las versiones televisivas del presunto conteo rápi-

10
Otras argumentaciones sobre la existencia de un fraude en la elección presidencial pueden
encontrase en Hernández, 2006 a, b, c, d; Hernández Navarro, 2006; Garduño y Becerril
2006 a, b; La Jornada, 2006; Martínez, 2006 a; Martínez y Urrutia, 2006; Urrutia, 2006 a, b.

81
do del Instituto Federal Electoral y, sobre todo, cuando a eso de las tres
de la mañana las tendencias cambiaron tan vertiginosa como inexplica-
blemente, fue que se tuvo certeza de que la alteración de los resultados
electorales había contado con un apoyo institucional, político y finan-
ciero sin precedentes (Crespo, 2008; Urrutia, 2006).
Prácticamente desde la primera concentración masiva en el zócalo
de la capital surgió la exigencia de un recuento completo de votos, que
por supuesto quedó desatendido en todos los ámbitos legales en que
podía haberse siquiera evaluado. Fue en la tercera concentración masiva
después del fraude, poco antes de que se diera a conocer el dictamen del
Tribunal Electoral Federal, que López Obrador convocó a las masas de
simpatizantes reunidos en el zócalo a iniciar un movimiento de resisten-
cia civil pacífica con un plantón que iría desde el zócalo de la capital
hasta el Auditorio Nacional en la Avenida Reforma.
“Ni un vidrio roto, ni una pared pintada” fue, desde entonces, el
lema del movimiento. El atropello no pudo evitarse y tampoco revertir-
se, pero el movimiento se mantuvo íntegro y, pese a las nuevas campañas
de difamaciones, no resultó en estallidos de violencia, como tampoco en
la paulatina disolución de la fuerza de masas a la que convocaba el lide-
razgo de López Obrador.
Esto sucedió en casi cincuenta días de plantón, y después de que las
fuerzas del movimiento impidieron que el presidente Fox rindiera su in-
forme ante el Congreso de la Unión o dirigiera la ceremonia del Grito de
Independencia en el zócalo. El 16 de septiembre de 2006, en una enorme
concentración en esa plaza principal del país, se declaró constituida la
Convención Nacional Democrática (CND), se aprobó el programa de
esta y se decidió que López Obrador no sería el “coordinador de la resis-
tencia civil” sino el “Presidente legítimo” de México (Poniatowska, 2007).
El debate sobre el destino del movimiento fue intenso y ocupó el
tiempo y la participación de todos los integrantes del movimiento asen-
tados en el plantón. El dilema que se planteaba puede sintetizarse de la
manera siguiente: constituirse solo como movimiento de resistencia ci-
vil pacífica significaría aceptar la condición de oposición y el resultado
electoral fraudulento. Constituirse, en cambio, en gobierno legítimo, sig-
nificaría establecer de inmediato una autoridad política y moral que
pusiera coto a los abusos del poder, que denunciara sistemáticamente la
ilegalidad del gobierno impuesto, y que luchara por defender los dere-
chos del pueblo de México y el patrimonio nacional, gravemente en

82
riesgo por la anunciada continuidad de la política neoliberal. Por ello se
calificó a Fernando Calderón como “espurio” en contraposición al “Pre-
sidente legítimo”, Andrés Manuel López Obrador.
Independientemente de los argumentos jurídicos, el hecho cierto
es que a la crisis de hegemonía que desde hace años sufre el neoliberalismo
en México, se le puede agregar ahora la crisis de legitimidad que sufre el
gobierno de Calderón. Es en la articulación de estas dos crisis donde se
construye el espacio en el que se mueve el gobierno legítimo, cuya función
fundamental hasta ahora no es el de actuar como un poder dual, sino en
luchar por profundizar la crisis de legitimidad del gobierno de Calderón.
Es necesario agregar que, aun quienes no simpatizan con López Obrador
reconocen, de acuerdo a innumerables encuestas, que hubo fraude el 2 de
julio de 2006. Se vive pues, la suma de una crisis hegemónica de carácter
estructural y una crisis de legitimidad de carácter coyuntural. Las dimen-
siones de esta crisis han sido tan notables, que ha sido preguntado si en
México la “doble presidencia” entraña un “doble poder”. La respuesta a
esta interrogante es negativa, porque se considera que los proyectos con-
trapuestos no tienen “intereses históricos absolutamente distintos”, y que
ambos asumen el capitalismo como un orden social adecuado (Oliver,
2007: 88, 89). Se reconoce, sin embargo, que el lopezobradorismo puede
comenzar a perfilarse como un “poder alternativo institucional en ger-
men”, lo que lo convertiría en un poder desigualmente enfrentado al he-
gemónico, más allá de un hecho simbólico. Esta correlación de fuerzas es
lo que ha permitido que el gobierno legítimo sea algo más que un hecho
simbólico. López Obrador asumió el 20 de noviembre de 2006 la “Presi-
dencia legítima” y constituyó un gabinete que consta de 12 secretarías
asumidas por 6 mujeres y 6 hombres11.
Desde el 1 de diciembre de 2006 cuando Calderón fue investido
como Presidente en un acto que apenas duró diez minutos ante un Con-
greso de la República cercado por las protestas opositoras y defendido
por el Estado mayor presidencial y el Ejército, el Gobierno Federal ha
buscado afanosamente conquistar alguna legitimidad y convertir al go-
bierno legítimo en un asunto coyuntural sin importancia. Y pese a que
tiene todo el poder del Estado para lograr su objetivo, no hay una sola
medida que le haya permitido granjearse el apoyo de masas que tiene el
gobierno legítimo. Lo que ha hecho, en cambio, es consolidar sus alian-

11
Véase http://www.gobiernolegitimo.org.mx/secretarias/

83
zas oscuras con quienes le facilitaron ocupar la silla presidencial. Esa es
no solo su mayor debilidad, sino el signo de la mayor polarización polí-
tica de la historia del México contemporáneo. No obstante, como parte
de una campaña política y de medios encaminada a desacreditar al mo-
vimiento de resistencia civil pacífica y a su dirigente, el Instituto Federal
Electoral ha prohibido a los partidos del Frente Amplio Progresista que
se refieran a López Obrador como “Presidente legítimo” (IFE, 2008).
En contraste, la decisión de constituir un gobierno legítimo, en-
cabezado por López Obrador permitió reorientar la lucha política a par-
tir del mes de noviembre de 2006, cuando fue evidente que se consu-
maría la imposición. Con el apoyo de la nueva coalición, Frente Amplio
Progresista, y de la Convención Nacional Democrática, surgidos des-
pués del fraude, López Obrador ha definido como nuevos objetivos de
la lucha política la defensa de los derechos del pueblo de México y del
patrimonio nacional. Su discurso se ha radicalizado, particularmente al
referirse a la “mafia” que robó la Presidencia y que pudrió a las institu-
ciones del país, así como a la corrupción que impera en la llamada “so-
ciedad política”, los que constituyen el impedimento fundamental para
que se realicen cambios democráticos en el país (López Obrador, 2006).
El gobierno legítimo ha dado al movimiento del lopezobradoris-
mo una naciente institucionalidad alternativa en los términos de la
negación y la proposición. La CND también ha institucionalizado un
vasto movimiento, y se ha convertido en el depositario de su soberanía
en el imaginario de los millones de personas que se sienten integrantes
del movimiento. Es el espacio idóneo para la participación. He aquí
las bondades de toda esta institucionalización. Pero el gobierno legíti-
mo enfrenta valladares y avatares que no son posibles de ignorar. En la
batalla política que se libra actualmente en el país, Calderón dispone
de poderosos aliados: de las fuerzas de seguridad pública a la cúpula
empresarial; de los órganos institucionales del ejercicio del poder pú-
blico a las alianzas internacionales conservadoras; de una mayoría par-
lamentaria y de gobernadores del PRI y del PAN, a la ejecutora por
excelencia del fraude y el terrorismo a los trabajadores al servicio del
Estado y de los maestros, Elba Ester Gordillo. El duopolio de medios
de comunicación severamente orientado a destruir la imagen de López
Obrador, constituye una pesada losa adicional que enfrenta al movi-
miento de resistencia civil pacífica.
En contraste, constituidos en brigadas en defensa del petróleo,

84
los doscientos mil integrantes activos del Movimiento Nacional en De-
fensa del Petróleo han vuelto a sumar un considerable apoyo popular, no
obstante su desventaja en el parlamento y ante los medios de comunica-
ción. Si bien ninguno de los contendientes de entonces está derrotado,
ninguno puede reclamar haber conquistado la hegemonía.

Palabras finales

Si entendemos la hegemonía como lo que sucede cuando el grupo


dominante de la sociedad logra hacer aparecer sus intereses particulares
como los intereses de toda la nación y como lo que sucede cuando el
grupo dominado asume las premisas básicas del grupo dominante, en-
tonces podríamos concluir que lo que está sucediendo con el proyecto
neoliberal en México y por ende con el Estado que lo impulsa, es una
crisis de hegemonía. Si tan solo partiéramos de las cifras oficiales que
consigna los resultados de la elección presidencial de 2006, encontraría-
mos que al menos un 35% de los electores en aquella ocasión votaron
por un candidato que esgrimió una crítica abierta contra el neoliberalis-
mo y se asumió adversario de los otros dos partidos (PAN y PRI) porque
los consideró dos variantes de una misma opción. Pero cifras electorales
aparte, lo que también se observó en dicho proceso electoral fue que la
disputa real no fue entre tres contendientes sino entre dos, los cuales
personificaron la política económica en el último cuarto de siglo (Felipe
Calderón) y la crítica abierta a la misma (López Obrador).
La disputa política y simbólica sigue siendo el signo de una transi-
ción no resuelta, así como la expresión de una tensión persistente y de
agravios duraderos en la memoria y la experiencia actual del pueblo de
México. La polarización que ha generado la crisis hegemónica del neolibe-
ralismo ha vuelto dificultosa la realización de postulados de la democracia
liberal y representativa. La democracia procedimental ha trastabillado por-
que la llamada transición democrática no pudo superar la existencia de
una candidatura presidencial antineoliberal con serias perspectivas de triun-
fo electoral (Figueroa y Moreno, 2008). Las elecciones libres fueron pues-
tas en entredicho con la pretensión de la eliminación política de dicho
candidato a través del desafuero. Las elecciones limpias se desvirtuaron
con la propaganda negra encabezada por el Gobierno Federal, las cámaras
empresariales, los grandes medios de comunicación, la cúpula del PAN y

85
diversos grupos de ultraderecha. Y posteriormente con unas elecciones
que pueden ser calificadas como fraudulentas.
El país vive entonces, una polarización creciente y una inestabili-
dad política que tiende a agravarse. Con todo, existe una conciencia
generalizada de que el costo del fraude electoral ha sido demasiado alto
y que, en contra de los pronósticos que se hacían antes de las elecciones,
la tensión no solo no ha disminuido, sino que se ha convertido en un
elemento central de la actual coyuntura del país, así como de los posi-
bles escenarios de los próximos años. El hecho de que nos aproximemos
al bicentenario de la Independencia y al centenario de la Revolución,
que indudablemente señalaron momentos críticos de la lucha contra
poderes contrarios a los intereses y la voluntad mayoritaria del pueblo
de México, agrega ingredientes simbólicos a una confrontación que solo
podrá resolverse con el estallido de una nueva crisis cuyo desenlace es,
desde luego, tan imprevisible como segura su ocurrencia.
Si la transición que no ocurrió que se convirtió en una coagulación
oligárquica, tendrá lugar en un futuro no lejano es algo de lo que no
puede tenerse certidumbre12. De lo único que podemos estar ciertos es
de que, al romperse las formas de mediación que mantuvieron cierta
estabilidad política en el pasado, y al perderse la credibilidad en que las
instituciones del país sirven a los intereses del pueblo de México, se ha
convocado a transformaciones mucho más profundas que las que hubie-
ran ocurrido simplemente mediante un proceso electoral que establecie-
ra un nuevo gobierno, del signo que fuera. Es evidente que las concesio-
nes a los poderes establecidos han resultado excesivamente onerosas y
son políticamente contrarias a cualquier reivindicación de la democracia
y la justicia, la libertad y la soberanía por la que han luchado en el
pasado y luchan hoy millones de mexicanos. Ningún agravio, y menos
uno tan grande como este puede ser duradero, y menos lograr objetivos
concertados ignorando tanto a la voluntad popular. “El triunfo de la
reacción es moralmente imposible”, decía hace cincuenta años Benito
Juárez. Impedir el curso de resolución de una crisis de la magnitud de la
actual también lo será.

12
Esta denominación ha sido acuñada por quien fuera el coordinador del Frente Amplio
Progresista, Porfirio Muñoz Ledo.

86
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91
92
Institucionalidad y antiinstitucionalidad
en las resistencias.
El caso de México

Pilar Calveiro*

En este trabajo trataré de abordar las discrepancias entre el dis-


curso del Ejército Zapatista de Liberación Nacional y el del movimiento
encabezado por Andrés Manuel López Obrador, en el caso de México,
como aproximación para analizar una contradicción más general, que se
presenta también en otras latitudes. Me refiero al conflicto que existe,
por una parte, entre la vía partidaria electoral que busca reformas del
sistema político, en el contexto de democracias capitalistas y, por otra, a
los movimientos autonomistas que cuestionan la utilidad de los parti-
dos políticos para una lucha antisistémica y anticapitalista. Creo que
ambas posturas tienen claros aciertos pero también limitaciones eviden-
tes. Es importante abordar las dos perspectivas porque, en un momento
de gran incertidumbre política, como el presente, la construcción de
nuevas estrategias de resistencia política solo puede provenir de la ense-
ñanza que ofrecen las experiencias concretas. Paso pues a una aproxima-
ción sobre el caso mexicano.
Durante el proceso electoral de 20061 fuimos testigos del ata-
que que sustentó el subcomandante Marcos (El Sup) –como “voce-
ro” del zapatismo–, contra el movimiento electoral en su conjunto,
pero especialmente contra uno de los candidatos, Andrés Manuel
López Obrador (El Peje). Ambos, identificados por sus nombres de
pila y sus respectivos apodos de “luchadores”, en este caso sociales y

* Politóloga de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla en México.


1
En el proceso electoral de 2006, las fuerzas políticas más importantes fueron tres: el
gobernante Partido de Acción Nacional (PAN) a la derecha del espectro político; el antiguo
Partido Revolucionario Institucional (PRI) que se sostuvo como partido de Estado durante
setenta años, y el Partido de la Revolución Democrática (PRD) en representación de la
izquierda institucional, con un líder de amplio reconocimiento, Andrés Manuel López
Obrador, con altas posibilidades de ganar la contienda electoral.

93
políticos, podían ostentar una cercanía incluso afectiva con la gente,
poco frecuente en la política de estos tiempos. No se trató propia-
mente de una confrontación verbal sino de un ataque unilateral de
El Sup que quedó “dando golpes al aire”, sin encontrar a su oponen-
te. El Peje siguió su ruta electoral, como si no escuchara, aunque
reiterando una y otra vez la inclusión del cumplimiento de los Acuer-
dos de San Andrés y algunas otras reivindicaciones clásicas del EZLN,
como parte de su programa.
No obstante la falta de respuesta explícita, se desarrolló una im-
pugnación desde el zapatismo que reclama ser escuchada, ya que esa pala-
bra es expresión de muchas otras voces que señalan –no solo en México–
los límites de las actuales democracias formales, fuertemente mediáticas,
controladas por las redes corporativas del capitalismo global.
Asimismo, hay una propuesta del lopezobradorismo que amerita
ser atendida y también criticada, porque ha transitado del simple esque-
ma partidario electoral al de un movimiento popular, el mayor de las
últimas décadas en México, para reclamar una renovación de la política
y las instituciones por medio de la movilización, la organización de la
sociedad civil y la resistencia civil pacífica.
Para hacer una aproximación a esta discusión me valdré princi-
palmente del análisis de los discursos respectivos, entendiendo que la
palabra no solo expresa actos sino que ella misma es acto, es parte de
las prácticas políticas y permite dilucidar el sentido con que los acto-
res arropan sus estrategias. En consecuencia, me referiré al discurso
zapatista presentado en las sucesivas Declaraciones de la Selva Lacan-
dona (DSL), en particular el de La Sexta, así como a las intervenciones
del subcomandante Marcos en el Coloquio Internacional In Memo-
riam Andrés Aubry (CA)2 de diciembre de 2007, por tratarse de mate-
rial más reciente que reafirma lo planteado durante el proceso electo-
ral. Por la otra parte, analizaré los discursos pronunciados por Andrés
Manuel López Obrador (AMLO) desde el intento de desafuero, en
abril de 2005, hasta las concentraciones de la Asamblea Nacional In-
formativa para la Defensa del Petróleo (ANIDP), celebradas en abril
de 2008. En ambos casos cruzaré el análisis de los discursos con algu-
nos de los acontecimientos más relevantes del periodo.

2
Las referencias al Coloquio Aubry se presentarán con las siglas CA, seguidas del número
que identifica la parte a la que se hace referencia y, a continuación, la página en la que
aparece la cita en cuestión.

94
Es importante aclarar, desde el principio, que este enfoque resulta
necesariamente parcial. Se refiere a un ángulo en particular, el de los
discursos como organizadores de sentido. Ambos movimientos, sus prác-
ticas políticas y organizativas, son mucho más de lo que aquí se presen-
ta. Es decir, esta mirada es una ventana que muestra “solo una pequeña
parte de la gran casa del zapatismo” –retomando la palabra de Marcos
(CA6, 2007:4)– así como del lopezobradorismo. Sin embargo creo que
es una ventana interesante, que permite asomarnos a aspectos sustanti-
vos del interior de ambos movimientos.

Las verdades del zapatismo: de Sub a Sup

El discurso zapatista se inscribe en los llamados nuevos movi-


mientos sociales que, a su vez, retoman la antigua tradición de la iz-
quierda autonomista. En términos muy generales se podría decir que,
desde su perspectiva, el capitalismo, el Estado y sus instituciones son
inseparables; el sistema de partidos y los sindicatos tradicionales son
parte de dicha institucionalidad. Cierto. Se organizan, entonces, a ima-
gen y semejanza del Estado, esto es, de manera centralizada, nacional,
jerárquica, descendente. Cierto también. De allí se continuarían ciertos
rasgos específicos de los partidos: su alto grado de institucionalización
que los hace fuertemente burocráticos y la tendencia a estar más preocu-
pados por su propia reproducción y el mantenimiento de su poder que
por la defensa de los intereses socioeconómicos que dicen representar.
Estos rasgos los hacen poco democráticos en sus dinámicas in-
ternas porque en lugar de propiciar el diálogo y la diversidad, tratan
de lograr unidad y homogeneidad interna y externamente para alcan-
zar posiciones hegemónicas, es decir, que buscan un poder con legiti-
midad y también con capacidad coercitiva. Son pues un embrión del
artefacto estatal que pretenden controlar: vanguardistas y, a la vez,
disciplinarios (Gun, 2004). Desde este planteo inicial ya aparecen dos
grandes asuntos: el poder y la toma del poder del Estado, que están
presentes en la lucha política moderna, y que el autonomismo recha-
za. Por oposición al poder como dominio, proponen la idea del poder
como creación –“poder hacer”, potencia según John Holloway– que
puede y debe desarrollarse al margen del Estado y sus instituciones,
para construir una nueva socialidad.

95
En el discurso zapatista, el anticapitalismo se presenta como anti-
neoliberalismo, desde la Primera Declaración de la Selva Lacandona, de
1994. Más tarde, en la Sexta Declaración de la Selva Lacandona (La
Sexta), del año 2005, se afirma que “la globalización neoliberal es una
guerra de conquista de todo el mundo, una guerra mundial, una guerra
que hace el capitalismo para dominar mundialmente”. Ya en el Coloquio
Aubry, refrenda su carácter de “movimiento antisistémico”, y se propo-
ne enfrentar y derrotar el capitalismo “en su núcleo central, es decir, en
la propiedad privada de los medios de producción” (CA1,2007: 1).
Por su parte, el antiestatismo se presentó inicialmente como opo-
sición al “sistema de partido de Estado”, asimilando lo estatal con lo
partidario. La crítica al sistema de partidos se centraba en el PRI, aun-
que ya se esbozaba un rechazo más general. Desde los primeros textos
zapatistas se percibe una contraposición entre la forma de organización
partidaria, siempre sospechosa de “claudicación” (Tercera), y los movi-
mientos y organizaciones de la sociedad civil. Tal contraposición alcanzó
su máxima expresión en La Sexta. Allí, los partidos se presentan como
organizaciones que tratan de “hacer acuerdos arriba para imponer abajo”
y “levantar movimientos que sean después negociados a espaldas de quie-
nes los hacen”, con actos “de templete donde unos pocos hablan y todos
los demás escuchan”. ¡Cierto! En contraposición, en el mismo docu-
mento, el movimiento zapatista se presenta a sí mismo como un movi-
miento social que pretende luchar “por los pueblos indios de México,
pero ya no solo por ellos, sino que por todos los explotados y desposeí-
dos... sin intermediarios ni mediaciones... (con) un programa claramen-
te de izquierda o sea anticapitalista o sea antineoliberal... (para) recons-
truir otra forma de hacer política, una que otra vuelta tenga el espíritu
de servir a los demás... con honestidad, que cumpla la palabra”. Esta
nueva forma de la política se caracterizaría por el “respeto recíproco a la
autonomía e independencia de organizaciones, a sus formas de lucha, a
su modo de organizarse, a sus procesos internos de toma de decisiones,
a sus representaciones legítimas, a sus aspiraciones y demandas.” (La
Sexta, 2005) ¿Cierto?3
Si bien el antipartidismo como tal se fue profundizando en el
discurso zapatista, se puede decir que estuvo presente desde los inicios.

3
Por de pronto, este respeto recíproco no parece haberse manifestado en el caso de la
Resistencia Civil Pacífica organizada por el movimiento lopezobradorista.

96
Ya el 15 de mayo de 1994, en la recta final del proceso electoral de ese
año, el EZLN emitió un comunicado verdaderamente ofensivo para el
Partido de la Revolución Democrática (PRD), en el que afirmaba que
“el PRD tiende a repetir en su seno aquellos vicios que envenenaron
desde su nacimiento al partido en el poder” preguntándose: “¿Cuál es la
diferencia entre el PRD, el PAN y el PRI? ¿No ofrecen el mismo proyecto
económico? ¿No practican la misma democracia interna?” (EZLN,
1994:237-238). En este mismo tenor, en enero de 1995, después de la
derrota electoral del cardenismo, los zapatistas denunciaban sí “un frau-
de gigantesco”, pero sin dejar de golpear al PRD al señalar una supuesta
“claudicación”. Ya entonces, su conclusión era que “las elecciones no
son, en las condiciones actuales, el camino del cambio democrático”,
por lo que llamaban a un Movimiento de Liberación Nacional para la
“instauración de un gobierno de transición, un nuevo constituyente,
una nueva carta magna y la destrucción del sistema de partido de Esta-
do” (Tercera Declaración).
Asimismo, la Quinta Declaración, de julio de 1998, mencionaba
la existencia de “gentes y personas buenas que, en los partidos políticos,
levantaron la voz y fuerza organizada en contra de la mentira”. No obs-
tante, en la Convocatoria final para una Consulta Nacional sobre la ley
indígena se apelaba, por una parte, “a las organizaciones políticas y so-
ciales independientes” (lo que excluía de hecho a los partidos) y, por
otra, “a los diputados y senadores de la República de todos los partidos
políticos con registro y a los congresistas independientes”, colocándolos
a todos en una misma categoría. Esta asimilación de la diversidad parti-
daria en un mismo grupo llegó a su más clara expresión en La Sexta,
emitida en la coyuntura electoral de 2006, donde se afirmaba que: “El
neoliberalismo cambió a la clase política de México, o sea a los políticos,
porque los hizo como que son empleados de una tienda, que tienen que
hacer todo posible (sic) por vender todo y bien barato... los políticos
mexicanos lo (sic) quieren vender PEMEX o sea el petróleo que es de los
mexicanos, y la única diferencia es que unos dicen que se vende todo y
otros dicen que se vende una parte... Y los partidos políticos electorales
nada más no defienden, sino que primero que nadie son los que se po-
nen al servicio de los extranjeros... se encargan de engañarnos... Todos los
partidos políticos electorales que hay ahorita, no nomás uno... puras
robaderas y transas... Y todavía quieren que otra vuelta votamos (sic) por
ellos... no tienen Patria, solo cuentas bancarias”. ¿Cierto? Como corola-

97
rio, La Sexta convoca “a las organizaciones políticas y sociales de izquier-
da que no tengan registro, y a las personas que se reivindiquen de iz-
quierda que no pertenezcan a los partidos políticos con registro” a sumarse a
su campaña y mantenerse al margen del proceso electoral.
En este caso, la crítica al eje capitalismo/Estado/instituciones/
partidos deriva en un franco antipartidismo y antielectoralismo, que
produce desconfianza. En primer lugar, por el tono mismo del discurso.
El zapatismo transita de un lenguaje político sencillo y contundente
(Primera y Segunda Declaraciones) a un estilo poético-indígena de alto
impacto en la clase media que, dicho sea de paso, no tiene grandes com-
petencias para juzgar su autenticidad (Tercera, Cuarta y Quinta Declara-
ciones), para concluir en La Sexta, con una impostación de “sencillez-
ingenuidad indígena” por completo increíble y basada principalmente
en la mala construcción gramatical del español y en una suerte de tra-
ducción de lo que un ladino entiende que entendería un indígena sobre
sus lecciones de materialismo histórico, aplicadas a la coyuntura políti-
ca. Por ejemplo, cuando se lee “el capitalismo quiere decir que hay unos
pocos que tienen grandes riquezas, pero no es que se sacaron un premio,
o que encontraron un tesoro, o que heredaron de un pariente, sino que
esas riquezas las obtienen de explotar el trabajo de muchos... que quiere
decir que como que (sic) exprimen a los trabajadores y les sacan todo lo
que pueden de ganancias... al mundo, o sea al planeta Tierra, también se
le dice que es el ‘globo terráqueo’ y por eso se dice ‘globalización’ o sea
todo el mundo”, resulta de una afectación no solo increíble sino incluso
ofensiva. ¿Qué está diciendo esta voz “indígena” trucada? ¿Qué identi-
dad se desea esgrimir y por qué? ¿No se pretende, también aquí, la
representación de un sujeto ausente que legitimaría el discurso enuncia-
do, tal como se le imputa a los partidos políticos?
La sospecha sobre los “modos” echa sombra inevitablemente so-
bre los contenidos del mensaje. Tan poco convincente como el pretendi-
do lenguaje indígena es esta aparente confusión entre unos partidos y
otros, igualándolos, del todo insostenible en el contexto de una contien-
da electoral fuertemente polarizada en términos sociales y políticos. Dicha
“confusión” increíble sugiere de nuevo la “aplicación de lecciones”, en
particular de aquella que sostiene que cualquier transformación política
no revolucionaria es por completo irrelevante.
Por último, aunque tal vez en primer lugar de importancia, ¿dón-
de se coloca el poder? En La Sexta se presenta un “poder hacer” a través

98
de la experiencia de los municipios autónomos y las Juntas de Buen
Gobierno, que parecería lateral a las instituciones del Estado. Por su
parte, se le imputa a los partidos la ambición de poder como domina-
ción, en el sentido clásico de apropiarse del aparato estatal. Sin embar-
go, más allá de lo declarado explícitamente, ¿cómo entender esta prédi-
ca antipartidaria y antielectoral, precisamente en medio de elecciones,
más que como una intención de incidir en ellas, es decir, en la disputa
por el control del Estado?
Cada una de las Declaraciones ocurrió en medio de procesos elec-
torales. Las dos primeras aparecieron en 1994, cuando Cuauhtémoc
Cárdenas contendía por la Presidencia de México, después del éxito elec-
toral de 1988 que le fuera arrebatado mediante un escandaloso fraude.
En ese contexto, el zapatismo solo fue capaz de preguntarse: “¿Cuál es la
diferencia entre el PRD, el PAN y el PRI? ¿Qué democracia, libertad y
justicia nos ofrece el PRD?”, descalificándolo sin más. En la Tercera De-
claración, de enero de 1995, inmediatamente después de las elecciones,
se pronuncaba criticándolas, clausurándolas como opción de transfor-
mación y, a la vez, echando la sombra de una “claudicación” por parte de
los partidos de oposición. En 1996 y 1998 aparecieron la Cuarta y la
Quinta Declaración respectivamente, de escaso impacto, pero durante el
proceso electoral del 2000, que le dio el triunfo a la derecha panista, el
zapatismo guardó un larguísimo y sorprendente silencio. Sin embargo,
recuperó la voz y la voluntad protagónica nada menos que con La Sexta,
en 2005, en paralelo con la campaña electoral que presentaba como
posible ganador a otro candidato del PRD, para centrarse explícitamen-
te en su descalificación. Desde entonces, y a pesar de los gravísimos
acontecimientos que afectan a México, ha guardado silencio.
¿Cómo entender esta “focalización” del zapatismo en el ataque a
los candidatos de la izquierda partidaria? Ciertamente no como prescin-
dencia con respecto al eje Estado/gobierno/partidos ni mucho menos
con respecto a lo electoral; no como abstención del poder-dominio sino
como el intento de influir en él sin hacerlo explícitamente. En las co-
yunturas mencionadas, su estrategia parece haberse orientado a “reven-
tar” la posibilidad de elección de un candidato de la izquierda partida-
ria. Ello indicaría que, en el mejor de los casos, el zapatismo asumió que
un gobierno de este sector sería más peligroso para el movimiento anti-
sistémico que uno de la derecha, que la izquierda institucional partida-
ria y la posibilidad de un reformismo legitimado electoralmente serían

99
menos deseables que el continuismo de las elites neoliberales. Probable-
mente expresaba también el temor de que una izquierda institucional
pudiera “desviar” las luchas de resistencia en una dirección reformista,
arrebatándole un posible liderazgo.
En síntesis, no se trató de la prescindencia del poder-dominación
sino del claro intento de socavar un proyecto institucional que se perfi-
laba como competencia y, en este sentido como una amenaza, para el
control del espectro político de la izquierda, fuertemente reorientada,
para esas fechas, en la dirección del lopezobradorismo. ¿Mandar obede-
ciendo?
Por eso, esta focalización en el ataque al PRD y a la figura de
Andrés Manuel López Obrador, no concluyó después del proceso elec-
toral, opaco y sesgado, ni siquiera después de las jornadas de resistencia
y la celebración de las multitudinarias concentraciones de la Conven-
ción Nacional Democrática en el Zócalo de la Ciudad de México. En
diciembre de 2007, en el contexto del Coloquio Aubry, que duró cuatro
días, el subcomandante Marcos realizó siete intervenciones fuertemente
calificadoras y descalificadoras. Tal vez lo más significativo de ellas fue el
hecho de delimitar el campo de la izquierda afirmando que “la llamada
izquierda institucional no es de izquierda” (CA1, 2007: 8), identidad
exclusiva de las fuerzas antisistémicas, como el zapatismo y organizacio-
nes afines. Cabe señalar que esta voluntad de desbrozar la izquierda ver-
dadera de la que no lo es corresponde a una muy antigua tradición
dentro del espectro de la autoasignada izquierda.
De las siete intervenciones que realizó Marcos, en cuatro de ellas
se dedicó a descalificar a López Obrador, a quien acusó de soberbio
(CA3, 2007: 1), de utilizar la consigna “primero los pobres” como “coar-
tada” (CA1, 2007: 8), de estar aliado con un finquero chiapaneco de la
ultraderecha reaccionaria (CA4, 2007: 2) y de liderar un movimiento
que quiere “un mundo con pistas de hielo, playas artificiales, segundos
pisos y el glamour del primer mundo “ (CA3, 2007: 4), en cuyas filas se
encuentran “nuestros perseguidores, nuestros verdugos, nuestros asesi-
nos” (CA4, 2007: 3), “las ‘camisas pardas’ del lopezobradorismo… (cu-
yos) mandos medios (son) cretinos y cagatintas” (CA7, 2007: 2). Las
intervenciones descalificadoras no se limitaron al lopezobradorismo sino
que se extendieron a otros personajes y ámbitos:
1. la “comunidad científica” cuya “delgadez intelectual” se expre-
sa en “el decadente mundo científico”, que se presenta como una

100
“torre de cristal y sus penthouses” adonde no puede acceder “la
realidad hasta que acredite estudios de posgrado y un currículo
tan abultado como la billetera” (CA1, 2007: 5,6);
2. ciertas “autodenominadas” feministas, cuyo feminismo “viene de
arriba, del centro a la periferia”, que fueron a las comunidades “a
mandar” y que luego volvieron a sus metrópolis a escribir artículos
y a viajar “con los gastos pagados al extranjero (porque) cada quien
se consigue las vacaciones como puede” (CA2, 2007: 2);
3. cierto tipo de falsos aliados como el “usurero político, ideológi-
co, científico, moral, periodístico… (para quienes el zapatismo
es) una posibilidad de ganancia a corto, mediano o largo plazo”
(CA4, 2007: 3).
4. incluso a algunos de los escasos presentes en el coloquio se los
tacha de soberbios (CA3: 1).
5. también arremete contra ciertas prácticas como la opción elec-
toral, porque se supondría que “solo es necesario tachar una bole-
ta electoral y ¡zaz!, el país se transforma” (CA1, 2007: 6); o la
movilización callejera porque “la historia no se transforma a partir
de plazas llenas o muchedumbres indignadas” (CA1, 2007:9).
Todo esto en cuatro días.
Esta postura calificadora desacredita un amplio espectro político:
la izquierda “moderna” institucional, los que creen en el voto o la movi-
lización callejera, la mayor parte de la “comunidad científica”, las orga-
nizaciones sociales cuyo enfoque no coincide con el zapatista (como las
mencionadas feministas) o incluso los sospechosos de obtener alguna
ganancia por su apoyo al movimiento. Se crea así un gran agregado de
ellos-oponentes y se reduce considerablemente el grupo del nosotros, el
colectivo del que se forma parte.
De hecho, en el discurso zapatista el nosotros solo se enuncia en
relación a “los zapatistas del EZLN” (Sexta), o La Otra Campaña (CA3,
2007: 4), sin extenderse siquiera a “todo el espectro del movimiento
antisistémico en México” (CA6, 2007: 4). Junto a ese nosotros muy bien
delimitado, se construye la figura de los “compañeros” que abarca a “pue-
blos, organizaciones, grupos, colectivos e individuos de todo el espectro
de la oposición anticapitalista” (CA5, 2007: 3). Con ellos se pretende
conformar un movimiento amplio “con objetivos claros, diáfanos, defi-
nitivos y definitorios: la transformación radical y profunda de nuestro
país, es decir la destrucción del sistema capitalista... No nos interesan

101
los parches ni las reformas” (CA5, 2007: 3). Tal vez por ello mismo, “no
somos muchos, muchas, es cierto. Pero somos” (CA5, 2007: 3).
Hay también un ustedes, referido a los interlocutores no indíge-
nas, que a pesar de su condición dialogante, no escapan a cierto tono
admonitorio: “(A ustedes) No les pedimos humildad (aunque creo que
a más de uno no le vendría mal recibir un taller sobre el tema), sino
honestidad. La mirada de ustedes, científicos sociales, intelectuales, teó-
ricos, analistas, artistas es una ventana para que otros, otras, nos mi-
ren...” (CA6, 2007: 4).
De la agregación del ellos, la separación de ustedes y la reducción a
un nosotros bastante restrictivo se desprende el aislamiento al que se hace
referencia insistentemente en diciembre de 2007, durante el Coloquio
Aubry. “No somos muchos”... “Cuando, como ahora, somos agredidos,
no hay ni una línea, ni un pronunciamiento, ni una señal de protesta”
(CA3, 2007:5). “Nuestras comunidades están siendo agredidas... Pero
es la primera vez desde aquella madrugada de enero de 1994 que la
respuesta social, nacional e internacional, ha sido insignificante o nula... Es
la primera vez que las agresiones provienen descaradamente de gobier-
nos de supuesta izquierda... Es también la primera vez que hemos encon-
trado cerrados, a Flor y Canto, los espacios” (CA7, 2007: 2).
El tono general es recriminatorio, poco reflexivo sobre las propias
responsabilidades políticas vinculadas con ese aislamiento y... pedagógi-
co. En la reivindicación que hace Marcos de la figura de Aubry sorpren-
den afirmaciones como la siguiente: “(Aubry) Nos miraba como si los
pueblos indios fueran un severo maestro o tutor. Como si... la historia
pudiera voltearse de cabeza en cualquier momento... y fueran los indí-
genas los evangelizadores, los maestros, y frente a ellos no valieran los
doctorados en el extranjero” (CA6, 2007: 3). Se realiza una suerte de
inversión, un “voltearse de cabeza”, por el cual no se reivindica que los
pueblos indígenas puedan enseñar (además de aprender), sino el hecho
supuestamente deseable de convertirlos en un “severo maestro” y “evan-
gelizador”. ¿O será Marcos quien pretende ocupar ese lugar ocupando la
palabra?
Tratando de sintetizar, nos encontramos frente a un discurso po-
lítico que:
1. Proviene de un pequeño grupo (el zapatismo y el movimiento
antisistémico) con objetivos claros, diáfanos, definitivos y definitorios
que dice expresar las necesidades de la mayor parte de la sociedad.

102
2. Se define como resistencia antisistémica y anticapitalista, a di-
ferencia de la oposición, que solo ambiciona acceder al gobierno
para realizar una política reformista.
3. Considera todo el espectro de la política institucional como
parte de un mismo bloque, sin distinciones, ya que se mantiene
dentro de los límites del capitalismo.
4. Asume que, para alcanzar una transformación política, el refor-
mismo puede ser más peligroso que las opciones abiertamente
sistémicas.
5. Se reconoce aislado y responsabiliza de su aislamiento a la falsa
izquierda.
6. Adopta un tono calificador-pedagógico.
Todos estos elementos estarían señalando un deslizamiento del
zapatismo (que fue modelo de formas de organización y prácticas políti-
cas novedosas y alternativas) hacia una reproducción de la postura clási-
ca de las izquierdas “puras”, de elite, poco representativas, fuertemente
“principistas” y escasamente políticas, con un agravante: Si aquellas iz-
quierdas consideraron como sujeto político principal a una clase obrera
poco desarrollada en la mayor parte de las sociedades latinoamericanas,
el zapatismo se estructura en torno al sujeto indígena, de enorme rele-
vancia en todos los planos pero con un fuerte aislamiento político, social
y económico, producto de los siglos de dominación, que lo hace incluso
más vulnerable.

El señor López

Mientras el zapatismo hizo, entre 1994 y 2008, un proceso de


institucionalización alternativa y gradual –pasando de ser un movimiento
guerrillero a formar gobiernos municipales autónomos con un ejército
irregular que los protege–4, el movimiento liderado por López Obrador
realizó un recorrido en sentido inverso. AMLO pasó de ser Jefe de Go-
bierno de la ciudad más importante del país, a candidato presidencial
del PRD y, ante el fraude cometido en su contra5, a encabezar un gigan-
tesco movimiento de protesta. Es decir, transitó un recorrido –gobier-

4
Cabe señalar que se trata de una institucionalización siempre autónoma del Estado.
5
En este trabajo doy por hecho el fraude electoral, que ha sido argumentado y documentado
por otros investigadores, como Carlos Figueroa y Raquel Sosa, en este mismo volumen.

103
no-partido-movimiento– a primera vista desinstitucionalizador. Sin em-
bargo, la preocupación por lo institucional ha conservado en su discurso
y en su práctica un lugar privilegiado aunque cambiante, que vale la
pena analizar.
Partiendo del primer texto que tomamos en este trabajo –el discur-
so del desafuero pronunciado ante el pleno de la Cámara de Diputados el
7 de abril de 2005, todavía como Jefe de Gobierno–, se observa en él una
intervención fuertemente institucional. En primer lugar, AMLO estruc-
turó toda su defensa centrándose en la legalidad de su proceder, en la
falsedad de las acusaciones en su contra e increpando a sus oponentes,
ellos sí, como transgresores de la ley, preguntando “¿de cuándo acá los
más tenaces violadores de la ley, los saqueadores, quieren aparecer como
garantes del derecho?” Cierto. En segundo lugar, acusaba al “Presidente
de la República (por) actuar de manera facciosa con el propósito de degra-
dar las instituciones”, así como al Presidente de la Suprema Corte de Justi-
cia por “supeditar los altos principios de la Constitución a… intereses
creados… envileciendo las instituciones”. Así, en un primer momento, su
discurso se podría caracterizar como de rescate de lo institucional.
Ya después del fraude, López Obrador convocó primero a “lim-
piar” la elección, aferrándose a que la “ilegalidad de todo el proceso” le
permitiría apelar a las instituciones, en este caso el Tribunal Electoral y
la Suprema Corte de Justicia, para que se hiciera valer el “sufragio efecti-
vo” (8/7/2006). En este tenor, se abocó principalmente a argumentar y
documentar, de la manera más minuciosa posible, las irregularidades
que sustentaban la acusación de fraude para promover el reconocimien-
to institucional del mismo. Incluso en el discurso del 16 de julio, al
exigir el recuento de “voto por voto, casilla por casilla”, que se convirtió
en la consigna principal del movimiento de protesta, sostuvo: “¡Para
afianzar la legalidad, voto por voto, casilla por casilla! ¡Para fortalecer las
instituciones, voto por voto, casilla por casilla!” (16/7/2006). ¿Cierto?
¿Hasta qué punto AMLO creía en las instituciones y se proponía forta-
lecerlas o ya las consideraba como un obstáculo a vencer?
Desde el inicio de su campaña había propuesto “crear una nueva
legalidad, una nueva economía, una nueva política, una nueva convi-
vencia social” (7/4/2005), pero hasta ese momento el problema parecía
colocarse más bien en “los hombres que tienen en sus manos las institu-
ciones” (30/7/2006), responsables de haberlas envilecido. Pero a media-
dos de agosto de 2006, cuando la consumación del fraude parecía un

104
hecho irreversible y el recurso a las instituciones una carta perdida, se
operó una radicalización, al afirmar que “las instituciones han dejado de
representar el interés general del pueblo” ya que “una minoría rapaz
(las) ha secuestrado… para mantener y acrecentar privilegios”. AMLO
llamó entonces a “poner fin a la República simulada, (y) a construir las
bases de un verdadero Estado social democrático de Derecho” y convocó
a una Convención Nacional Democrática invocando, igual que los zapa-
tistas en la Segunda Declaración de la Selva Lacandona, la soberanía
popular y el “inalienable derecho de alterar o modificar las formas de
gobierno” (15/8/2006). Por ello, afirmaba que “si se convalida el fraude,
nuestro deber ciudadano será terminar con este sistema político basado
en la farsa democrática y en instituciones que solo sirven para legalizar el
abuso de poder”. Aquí, las instituciones ya no solo están degradadas
sino que han sido secuestradas por una minoría, y han dejado de repre-
sentar al pueblo; no se trata solo de limpiarlas sino de hacer “una reno-
vación tajante”, una “refundación” institucional (13/8/2006).
Esta tónica se profundizó con la consumación del fraude, para
pasar a un franco ataque contra la institucionalidad vigente “Ya hemos
decidido dejar a un lado a todas esas instituciones caducas, corruptas,
que no sirven para nada ni representan el interés general (culminando
con su célebre) ¡Que se vayan al diablo con sus instituciones!” (1/9/
2006)… –salvo el Ejército, naturalmente, al que afirmó respetar como
garante de la soberanía, faltaba más–. Se trata del deslinde abierto de las
instituciones políticas, que han pasado de ser instituciones secuestradas a
ser “instituciones piratas” (16/9/2006), es decir, secuestradoras de la
voluntad popular. ¿Es creíble este “desengaño” o se trataría más bien de
una estrategia que transita entre lo institucional y lo no institucional,
según los resquicios que se abren en uno u otro ámbito, dentro del más
puro estilo resistente? Es notoria la cautela con la que solo se abandona
lo político institucional cuando este es un territorio perdido, así como el
cuidado extremo en no cortar aquellos puentes que puedan subsistir y
cuya desaparición aislaría o pondría en peligro al movimiento.
Por ello, sería erróneo afirmar que el movimiento tiene un signo
antiinstitucional. Muy por el contrario, se propone “no aceptar estas
instituciones que han sido envilecidas, desmanteladas, secuestradas, que
están al servicio de las minorías”, pero para “renovarlas” (21/3/2007).
Así, se convoca nada menos que a la formación de una nueva República,
con una “una nueva legalidad donde las instituciones se apeguen al

105
mandato constitucional” (16/9/2007); se designa un Presidente legíti-
mo, identificado por sus siglas, AMLO –como solo ocurre en México
con las figuras presidenciales– en un acto formal de toma de protesta,
con banda y silla presidencial “hechizas” pero visibles; se nombra un
gabinete también legítimo, todo ello frente a una movilización popular
de apoyo. ¿Cierto? ¿Creíble? Podría pensarse como una parodia de go-
bierno, pero más que una burla parece una invención, un artificio, y es
importante establecer la diferencia entre artificio y mentira. La mentira
es una “expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se cree o se
piensa”. En cambio el artificio refiere al “ingenio o habilidad con que
está hecho algo”, al “predominio de la elaboración artística sobre la na-
turalidad”, al “disimulo, la cautela, el doblez”6. En efecto, aquí se toma
el doblez de lo legítimo contra lo que se presenta como legal para, con
cautela, habilidad e ingenio elaborar algo que no es “natural”. No se
trata de afirmar lo contrario a lo que se sabe, se cree o se piensa; más bien
se sabe que la elección ha sido fraudulenta y se recurre al artificio de
crear un gobierno legítimo, aunque la ley no lo reconozca.
Estos “gestos” constitutivos se acompañan con hechos políticos
contundentes: Se realizan la Primera, Segunda y Tercera Convención
Nacional Democrática, que alcanza 1, 700.000 representantes en julio
de 20077. Cada representante se certifica con una credencial, rubricada
por AMLO como Presidente, pero solo después de firmar, a su vez, una
carta compromiso de defensa de los derechos del pueblo y el patrimonio
de la Nación, en claro ensamblaje del gesto y la acción política.
Ciertamente no es creíble la banda presidencial, ni mucho me-
nos el sillón, ni la afirmación insostenible: “He decidido aceptar el
cargo de Presidente Legítimo que me confiere la Convención”. No
hay tal “aceptación” sino una estrategia delineada por el propio Ló-
pez Obrador y su equipo antes que por una Convención más bien
simbólica –manifestación de apoyo antes que instancia verdadera de
toma de decisiones–. Así, la Convención es más formal que real en lo
decisorio pero también es más real que formal en la capacidad de
convocatoria, de movilización, y el poder que esto representa. Resul-
ta entonces una institucionalidad, escasa, imaginaria, producto tal
vez de cierta obsesión instituyente. En este sentido, el mismo “artifi-
cio” de inventar unas instituciones inalcanzables por el momento,

6
Ambas definiciones están tomadas del Diccionario de la Real Academia Española.
7
Información de la Convención Nacional Democrática.

106
dibuja otro ángulo, de por sí interesante: la voluntad de crear el
embrión de una nueva institucionalidad.
Sin embargo, tal vez lo más novedoso de este intento es el hecho
de que un movimiento que se define por la resistencia civil pacífica,
cuyo carácter resistente lo haría básicamente no institucional, juegue
simultáneamente cartas institucionales, cartas no institucionales y car-
tas institucionalizantes, sin rechazar ninguna. Tal vez este sea uno de los
rasgos principales de las resistencias políticas: la utilización de todos los
resquicios posibles o, en palabras de Juárez-Obrador “como se pueda,
con lo que se pueda y hasta donde se pueda”. Ciertísimo. Resalta enton-
ces la amplitud del juego político que es, precisamente, lo que sus opo-
nentes tratan de restringir desde el gobierno, desde los otros partidos e
incluso desde el propio PRD. En la estrategia lopezobradorista se pue-
den distinguir tres espacios principales:
1. El movimiento se propone y concreta –aunque con grandes
altibajos– el Frente Amplio Progresista (FAP), coalición de partidos for-
mada para actuar dentro mismo de lo institucional, especialmente en las
Cámaras a través de los legisladores afines. En esta línea de acción, se
podrían mencionar la resistencia a la participación del Ejército en las
funciones represivas, la modificación parcial de una reforma penal viola-
toria de derechos y la investigación de negociados del gobierno panista,
como logros parciales, más ligados al posicionamiento del debate que a
transformaciones efectivas. En cambio, se consiguió una reforma electo-
ral que restringe el poder de los medios –posteriormente boicoteada en
su aplicación–, así como el rechazo a la aplicación del IVA en alimentos
y medicinas. Ambos logros no provienen de acciones exclusivas del FAP,
pero coinciden con sus objetivos y logran una resistencia de corte insti-
tucional. Pero la intervención más exitosa, sin duda, y cuyo mérito es
exclusivo del FAP, fue la toma de las tribunas de ambas Cámaras, que
impidió la aprobación intempestiva de una reforma energética privati-
zadora, acordada entre las cúpulas de PRI y PAN. Ello obligó a los otros
partidos a suspender la aprobación de la ley y a abrir un amplio debate
con diferentes sectores de la sociedad, que forzó a restringir los alcances
de la reforma.
2. Se proponen y se llevan a cabo reuniones periódicas de la Con-
vención Nacional Democrática (CND), con asambleas multitudinarias
en el Zócalo de la Ciudad de México. En 2008 los representantes acre-
ditados sumaban 1,700.000 personas, estructuradas en una red flexible

107
y escasamente formalizada, es decir, una instancia no institucional pero sí
institucionalizante.
Cabe preguntarse qué tan verdadera es su representación y qué
tan protagónico su papel. Es indudable que una asamblea multitudina-
ria que aprueba las propuestas de su líder a mano alzada no constituye
una instancia de decisión real. Sin embargo, la sola respuesta a la convo-
catoria, de manera reiterada, así como la realidad de un empadrona-
miento voluntario cercano a los dos millones de personas implican una
convalidación, a la vez que señalan como realidad indiscutible un tipo
de participación y cierto esfuerzo organizativo. ¿Cuál es el poder de la
gente convocada? Ninguno en lo que se refiere a la decisión inmediata
pero todo en lo que se refiere al futuro del movimiento. Todo el poder de
AMLO reside en su capacidad de convocatoria. Así pues, a medio cami-
no entre la movilización y la organización más estructurada, la CND no
ha sido una creación ficticia. Ha funcionado como foro de información,
como medio de movilización y como espacio de convocatoria para las
sucesivas etapas del movimiento.
La Tercera Asamblea, en noviembre de 2007, convocó a organizar
la resistencia civil en torno al Movimiento Nacional en Defensa del Pe-
tróleo. Este fue el espacio principal de la acción política del lopezobado-
rismo a lo largo de 2008, reactivando la movilización popular a niveles
semejantes a los de la campaña electoral, con la concentración de cientos
de miles de personas en el Zócalo de la Ciudad de México los días 13 y
27 de abril de ese año. En síntesis, se podría decir que la CND es una
instancia intermedia entre la movilización y la formación de redes flexi-
bles que pretende ampliarse hasta llegar a conformar “la organización
ciudadana más importante que se haya visto en toda nuestra historia”
(20/11/2006). ¿Posible?
3. Se propone y se realiza una movilización callejera sin preceden-
tes, como forma de lucha antiinstitucional, para protestar e impedir la
imposición de medidas antipopulares por parte de las “instituciones
piratas”. La toma de las calles del Centro Histórico por millones de
personas primero, y de manera continuada durante más de un mes a lo
largo de la lucha postelectoral, en lo que se conoció como “el plantón”,
es un hecho único en la historia de México. De la misma manera, la
imposibilidad del gobierno para realizar los rituales simbólicos del po-
der (Toma de posesión en el recinto legislativo, Informe presidencial
ante el Congreso, Grito de Independencia) obedecen en buena medida

108
a la fuerte movilización popular en su contra con acciones que, sin ser
ilegales, fueron invariablemente antiinstitucionales. En la misma sinto-
nía, el Movimiento Nacional en Defensa del Petróleo, organizado en
brigadas femeninas, recurrió a la toma de las calles aledañas al recinto
legislativo, así como a distintas formas de protesta pública insistente,
creativa y con un alto componente de humor.
Esta articulación de lo institucional con lo no institucional es
quizás el hallazgo más importante del movimiento que lidera López
Obrador y, en buena medida, razón de su fuerte arraigo en numerosos
sectores y de un “poder hacer” dentro y fuera de las instituciones –al
más puro estilo autonomista–. A su vez, la amplitud de los espacios de
lucha en los que actúa se corresponde con la amplitud de los sectores
convocados para hacerlo.
El discurso de AMLO inicia invariablemente con un “Amigas y
amigos” indefinido y “todoabarcador”. En la medida en que se despliega
va formulando un nosotros, constituido en torno a la categoría de pueblo,
como eje central y como sujeto de la acción: “la primera palabra la tendrá
siempre el pueblo” (13/4/2008). Dentro de él se precisan ciertos grupos
“los obreros, los campesinos, los indígenas, los estudiantes y las mujeres”
(13/4/2008), es decir, los pobres. “Luchar por los pobres, los humillados
y los ofendidos es nuestro propósito esencial” (27/4/2008). Pero también
se incorpora a otros más difusos como “los ciudadanos conscientes”, las
“mujeres y hombres dignos” que abre el concepto de pueblo de manera
muy incluyente y siempre protagónica. Este pueblo, en sentido amplio,
se articula estrechamente con el concepto de Nación, en el más puro estilo
de la tradición populista. “Solo el pueblo puede salvar al pueblo, solo el
pueblo puede salvar a la Nación” (13/4/2008).
En relación con ese nosotros, se dibuja muy claramente un yo:
AMLO, como líder, que propone, pregunta, informa y encabeza. Este yo
resalta su carácter dirigente frente a los convocados, y busca su confir-
mación, en un diálogo principalmente formal pero siempre presente,
también en sintonía con la tradición populista. El yo del dirigente se
mezcla con el nosotros del colectivo “Les pido que hagamos un compro-
miso” (27/4/2008), tengamos, aceptemos, actuemos, son siempre ex-
hortaciones que incluyen a quien habla dentro del colectivo del que se
asume como líder.
Por fin, ellos, los “adversarios” son los “potentados”, “los banque-
ros y especuladores financieros”, “una minoría de políticos corruptos”,

109
las cúpulas del PRI y el PAN (no el conjunto de esos partidos), “los
medios de comunicación ligados al poder económico y político” (no la
“prensa libre”), “la mayoría de los ministros de la Suprema Corte de
Justicia” (13 y 27/4/2008). Es decir, pocos y muy definidos, de quienes
siempre se enfatiza que constituyen una “minoría” de “corruptos” y “co-
diciosos” dedicados a la “rapiña” y al “pillaje”, a imponer, confundir,
violar y robar.
Es decir hay un nosotros muy incluyente, que constituye el pue-
blo; el reconocimiento de un liderazgo personal explícito, como parte de ese
colectivo, y unos adversarios bien delimitados, poderosos pero pocos, y mo-
vidos principalmente por el interés económico. Esta organización del
discurso marca diferencias importantes con lo ya analizado para el caso
del zapatismo.
Otra distinción significativa es el rechazo constante del recurso a
las armas o a cualquier forma de violencia. Desde el discurso del des-
afuero, en 2005, AMLO afirmó: “No llevaré a nadie al enfrentamiento”
(7/4/2005). Más adelante, apostó a “hacer valer la democracia solo con
las manifestaciones pacíficas” (8/7/2006), cosa que no logró. Ante la
insuficiencia de esta medida, planteó como estrategia la resistencia civil
pacífica, que “comienza cuando dejamos de pensarnos como nos piensa
el poder” (27/8/2006).
El componente pacífico se resalta una y otra vez. “Hago un llama-
do, de nuevo, amigas y amigos, para no caer en ninguna provocación.
Ni un vidrio roto ni una pedrada, solo recurren a la fuerza los que no
tienen la razón, los violentos son ellos, no nosotros” (13/4/2008).
El carácter resistente de la lucha queda claramente expresado en
las acciones que se proponen: parar, detener, frenar, defende, pero tam-
bién rebelarse, luchar, vencer. En sintonía con la visión autonomista,
“no violencia no puede significar abstención, neutralidad o, peor, cola-
boración, sino desobediencia, determinación, acción, construcción de
otra realidad” (Albertani, 2004: 112). Cierto.
La resistencia civil pacífica se define por tres aspectos: “no caer en
la violencia, no transar (negociar) y luchar con imaginación para romper
el cerco informativo” (16/9/2006).
Las acciones que emprendió el movimiento fueron parte de esta
concepción. Primero, la Asamblea permanente que consistió en la ocu-
pación pacífica del Centro Histórico durante un mes y medio sin que se
registrara un solo acto violento; después la toma de la tribuna del Con-

110
greso impidendo que el Presidente Fox rindiera su último informe y la
ocupación de la Plaza de la Constitución que lo obligó a cancelar la
ceremonia del Grito de Independencia, máxima celebración nacional;
por último la Convención Nacional Democrática que convirtió el centro
de la ciudad en una gigantesca asamblea. Ya en la administración calde-
ronista, la continuidad de la resistencia, atenuada por momentos pero
nunca acallada, orilló al Ejecutivo a la toma de protesta a medianoche y
rodeado casi exclusivamente por militares y miembros de su propio par-
tido; a su presentación ante las Cámaras casi como si se tratara de un
operativo comando, por sorpresa y entre empujones; a la presentación
de un Informe que solo pudo entregar (sin leerlo) y a la celebración del
Grito de Independencia frente a un Zócalo ocupado mayoritariamente
por la oposición. Por fin, la resistencia contra la reforma energética se
centró igualmente en la movilización masiva callejera y, una vez más, la
ocupación de las tribunas de las Cámaras. Todas estas acciones cumplie-
ron con los tres requisitos planteados: no desataron la violencia, no tran-
saron en el reconocimiento de una Presidencia tachada de ilegítima y
obligaron a los medios a darles cobertura, sesgada la mayoría de las ve-
ces, de opinión contraria, pero impidiendo el camino del silencio.
Un rasgo distintivo del discurso lopezobradorista es la apelación a
principios y a valores muy específicos, a una cierta ética basada en el
honor, la palabra empeñada, la honestidad, que lo alcanza simultánea-
mente a él como líder –nunca rechaza esa condición– y a la gente que lo
apoya (“¡No estás solo!”8). Desde el principio Andrés Manuel se identi-
ficó a sí mismo como un hombre “apegado a principios” (7/4/2005).
“No soy un ambicioso vulgar… Yo lucho por principios, por ideales,
que es lo que estimo más importante en mi vida” (30/7/2006). Ya ini-
ciada la lucha postelectoral, declaró en varias oportunidades que no trai-
cionaría la confianza de la gente, no “transaría”, porque para resistir “todo
está en mantener los principios, en no claudicar” (2/9/2006). Pero siem-
pre la reivindicación de su dignidad se planteó como correlativa con la
de la gente, con la de los diputados del FAP (3/9/2006), con la de los
otros. “Cuando se quieren pisotear la dignidad y los derechos ciudada-
nos… siempre hay mujeres y hombres con decoro, con principios, con
convicciones, que ni se cansan, ni mucho menos se rinden… toda mi
admiración y todo mi respeto para ustedes” (16/7/2006). Y también

8
Una de las consignas más usadas por el movimiento de resistencia civil pacífica.

111
“estoy muy consciente de la responsabilidad que tengo y voy a estar a la
altura de ustedes” (26/10/2006). No es casual entonces que una de las
consignas principales del movimiento fuera: “Es un honor estar con
Obrador”, que dignificaba simultáneamente a Andrés Manuel y a sus
seguidores. En ese mismo tenor, al asumir como Presidente legítimo,
Andrés Manuel respondió a la consigna diciendo: “Es un honor ser diri-
gente de hombres y mujeres libres como ustedes” (20/11/2006).
Uno de los rasgos distintivos del movimiento es la relación entre
apuesta política y esperanza, que señala la potencialidad de la política
como apertura del futuro, dignificándola. Según AMLO “La esperanza
es acción colectiva dedicada a crear lo que hace falta, lo pendiente; es la
capacidad que tenemos de hacer realidad el cambio profundo, verdadero”
(20/11/2006). Ciertísimo.
Ello explica que el lema de su gobierno fuera “México, ciudad de
la esperanza”, y ya en el movimiento de protesta afirmara: “No podemos
aceptar que la ilegalidad, el dinero, el poder y las trampas de un grupo
de privilegiados… nos cancelen el derecho a la esperanza” (5/8/2006);
“defenderemos el derecho a la esperanza” (16/9/2006). Finalmente, ante
el fraude, la resistencia misma se presentó como una forma de esperan-
za: “el estar aquí (en el Zócalo) con ustedes (es) la renovación de la
esperanza, de la alegría” (26/10/2006).
Ya en las movilizaciones en defensa del petróleo se incorporó la
idea del amor como motor de la política. “Aceptemos la afirmación del
amor como la mejor forma de hacer política. No debe caber en nosotros
el odio ni la amargura… Que nos mueva el amor a la Patria y la vocación
humanista del amor al prójimo” (27/4/2008). Un asistente a la marcha,
en un tono difícil de precisar, entre incrédulo y risueño, comentó: “Ya
empezó el sermón de Obrador”.
Honor, esperanza, amor, componentes éticos dentro del discurso
político señalarían cierta intención de resignificar la política, de recupe-
rar su credibilidad, mediante el rescate de un lenguaje expulsado, en el
mejor de los casos, hacia la esfera de lo privado.
Como en el discurso, en las formas de organización y en las prác-
ticas se observa una superposición de elementos nuevos con otros muy
antiguos. La enunciación misma de la propuesta política como “proyec-
to alternativo de nación en la globalidad” da cuenta de esta “mixtura”,
en la que el componente populista no es irrelevante. Y hay que decir
que, si el populismo no es la mala palabra que pretenden el discurso

112
liberal y neoliberal, ha topado invariablemente con sus propias limita-
ciones y con los grandes poderes nacionales y supranacionales que le
impidieron resolver los problemas sustantivos de la distribución de la
riqueza y el poder en nuestras sociedades.

A modo de cierre

Para concluir, se podría decir que la visión zapatista fija el eje en la


lucha antisistémica, es decir anticapitalista, como única vía para una pro-
puesta verdaderamente alternativa. Desde esa perspectiva ubica la contra-
posición entre el Estado, sus instituciones y todo el sistema de partidos,
por un lado, frente a la sociedad civil y los movimientos y organizaciones
no partidistas en resistencia, por el otro. Esto les ha permitido conformar
un movimiento bastante consistente –aunque también relativamente ais-
lado–, sostenido principalmente por comunidades indígenas y sectores
minoritarios de la sociedad civil, con experiencias importantes de organi-
zación autónoma a nivel principalmente municipal.
Su posicionamiento contra el sistema político en general y contra
el PRD en especial, los llevó a atacar la candidatura de López Obrador,
beneficiando de hecho a la derecha en la coyuntura electoral. En este
sentido, se podría decir que, por el temor de enfrentarse a un proyecto
de izquierda institucional que desviara la construcción de “otra forma de
hacer política”, terminó debilitando la resistencia a las políticas neolibe-
rales en una coyuntura inédita y probablemente irrepetible.
Por otra parte, cabe señalar que el sistema de partidos, incluido el
PRD, ha venido confirmando, por lo menos parcialmente, las hipótesis
del zapatismo. Los tres partidos mayoritarios parecen dispuestos a de-
fender la institucionalidad –y sus propios espacios dentro de la misma–
antes que confrontar proyectos divergentes de nación, como se presenta-
ba en la coyuntura electoral. El ascenso de Nueva Izquierda dentro del
PRD y las políticas que impulsa este sector en las Cámaras9, tratando de
limitar el juego político del FAP, permiten identificar una auténtica “clase”
política, dispuesta a proteger sus propios privilegios de elite, sin mayor

9
Acuerdos para el formato de presentación del Informe Presidencial, para la reforma fiscal,
para formas encubiertas de privatización de PEMEX, declaraciones reconociendo la Presi-
dencia de Calderón de hecho y sobre todo una toma de distancia paulatina pero clarísima
del movimiento de resistencia civil pacífica.

113
preocupación por la representación de los intereses que se jugaron du-
rante la campaña y que siguen vigentes en el movimiento de resistencia.
En este sentido se contraponen, cuestionan y debilitan de todas las ma-
neras posibles –igual que el EZLN– el movimiento liderado por López
Obrador.
Por su parte, el movimiento que encabeza AMLO piensa al país
desde la confrontación de dos proyectos: por una parte, el neoliberal,
representado en el sistema político por “las cúpulas del PRI y del PAN”
y, por otra, el que llama “un proyecto alternativo de Nación”, liderado
por él mismo, sectores de su partido y el FAP, aunque siempre hay algo
extrapartidario en su discurso y en su práctica política. La convocatoria
apela y reúne al “pueblo” en sentido amplio: un agregado de sectores de
clase, ciudadanos, funcionarios, legisladores, organizaciones sociales, sin-
dicales, políticas, partidos, muchos y muy diversos actores poco homo-
géneos. Primero se los convoca para dar la batalla electoral, pero una vez
consumado el fraude, se los llama a ser parte de una resistencia civil
pacífica, con el objeto de dificultar o impedir la consumación de la agenda
neoliberal, mediante la movilización masiva, en defensa de la nación. El
proyecto alternativo de nación evoca hallazgos –y limitaciones– de las
experiencias populistas del siglo XX. En términos organizativos, se gesta
una estructura flexible y poco formalizada, pero que ha logrado articular
vastas redes ciudadanas.
Con estos rasgos, el movimiento de López Obrador conjuga ele-
mentos de la política en términos “clásicos”, así como de los llamados
nuevos movimientos. Según la versión clásica, pretende alcanzar el go-
bierno dentro del sistema vigente; tiene una política directiva que pro-
pone programas configurados cupularmente; parte de un liderazgo uni-
personal explícito; reconoce una ambición de poder que pretende “al
servicio del pueblo”; tiene una estructura organizativa centralizada y
nacional, en el estilo de los partidos tradicionales. Pero, al mismo tiem-
po, se aproxima a muchos de los rasgos de los nuevos movimientos so-
ciales: opera con redes de tipo territorial; se organiza, actúa y crea de
manera autónoma del Estado; moviliza sectores muy diversos, con dis-
tintos niveles de organización e independientes entre sí; realiza acciones
de desobediencia civil con fuerte énfasis en la movilización y ocupación
de espacios públicos; desarrolla cierta capacidad de “veto” de las accio-
nes gubernamentales; guarda una considerable autonomía respecto de
los partidos políticos que prefieren apartarse de él (incluso amplios sec-

114
tores del PRD). Aunque la parte más visible sea la no institucional, no
se puede desconocer la enorme importancia de los apoyos instituciona-
les, como el del Gobierno del Distrito Federal para facilitar la moviliza-
ción callejera, o el de los legisladores del FAP para llevar a las Cámaras
las posturas del movimiento de resistencia e incluso bloquear la consu-
mación de los acuerdos cupulares.
Así, tanto desde los movimientos sociales como desde los propios
partidos, asistimos a la constitución de otra cosa, de formas novedosas y
también del reciclamiento de las antiguas, dando lugar a prácticas que
podríamos llamar híbridas en lo político y en lo organizativo.
La tensión entre movimientos y partidos no es nueva; se ha pensa-
do desde muchos ángulos pero hoy se podría pensar como una relación
dialógica, de opuestos que, sin dejar de serlo, no se expulsan o se supe-
ran uno a otro sino que, coexistiendo, pueden potenciarse. En otros
términos, la centralización, la institucionalización y los logros pragmá-
ticos de los partidos “topan” con una institucionalidad que es ciega,
sorda y muda si no se confronta con la descentralización, la horizontali-
dad y la participación en sentido fuerte que alcanzan los movimientos.
Por su parte, estos corren el riesgo de aislarse y perder su potencialidad
transformadora si no entran en juego con lo institucional para moverlo,
forzarlo y crear una nueva institucionalidad.
El análisis de estas dos modalidades organizativo-políticas de re-
sistencia también nos sugiere algunas consideraciones de carácter políti-
co más general:
1. Si la expresión actual del capitalismo es el neoliberalismo, cual-
quier política antineoliberal es, de hecho, anticapitalista aunque no lo
manifieste explícitamente de esa manera a nivel del discurso.
2. La posibilidad de una política reformista dentro del capitalis-
mo existe, pero encuentra un “techo” y tiende a ser reabsorbida, neutra-
lizada o eliminada por el sistema. Sin embargo, esta limitación no la
hace irrelevante, ya que obliga al sistema hegemónico a torcer el rumbo,
lo demora y, mientras tanto, pueden ensayarse nuevos caminos políticos
y económicos. Es el camino de la resistencia, diferente al de la revolu-
ción, pero no necesariamente menos eficiente.
3. La oposición o bloqueo de las políticas reformistas en aras de
un horizonte antisistémico más “puro” debilitan las resistencias y pue-
den terminar haciendo el juego del sistema hegemónico.
4. Las formas de organización y lucha antisistémicas, autonómi-

115
cas, de construcción de un poder propio son importantísimas en la arti-
culación de las resistencias –señalan un horizonte y sus caminos– pero
no se contraponen con los caminos institucionales sino que pueden co-
existir, en tensión y articulación con ellos, potenciándose mutuamente.

116
Bibliografía

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edad global (México DF: UCM)
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117
118
Protestas, movimientos sociales y
democracia en Colombia (1975-2007)

Mauricio Archila Neira*

Antes de analizar la construcción de la democracia en Colombia y


el papel que en ese proceso histórico juegan los movimientos sociales es
necesario hacer unas precisiones conceptuales. Sobre democracia existen
muchas definiciones. Por ahora baste decir que a diferencia de los grie-
gos, quienes la entendían como gobierno de las elites, los modernos la
comprenden como gobierno del pueblo. Para que gobierne el pueblo se
necesita una igualdad ciudadana que en la tradición liberal significa la
generalización de los derechos civiles y políticos, y en la socialista la
conquista de los derechos sociales y económicos (Marshall y Bottomore,
1992). En el proceso de gradual conquista de derechos en América La-
tina primero se dio una ciudadanía política limitada y excluyente en
medio de unos derechos civiles continuamente amenazados, mientras
los socioeconómicos no solo han sido precarios sino que lo poco con-
quistado se está desmontando en los últimos tiempos (Oxhorn, 2003).
Si en la reciente ola de democracia en el subcontinente se han extendido
los derechos políticos y civiles, el balance en cuanto a los socioeconómi-
cos es crítico.
Pero hoy la igualdad ciudadana exige un complemento: el respeto
por la pluralidad y las diferencias culturales. Sin ellas su búsqueda deri-
va en artificiales homogenizaciones que impiden el reconocimiento del
otro diferente. Por ello, lo que ahora se reclama es una igualdad con
respeto a la diferencia. Así el terreno de los derechos se amplía para
incluir también los culturales, de género y étnicos.
En términos procedimentales se suele distinguir entre democra-
cia representativa y participativa. En verdad se trata de los dos lados de

* Ph. D. en Historia, profesor Titular de la Universidad Nacional de Colombia, Sede


Bogotá, e investigador asociado del Centro de Investigación y Educación Popular (CINEP).

119
una misma moneda, pues la representación sin participación pierde sen-
tido y la participación debe dar paso a la representación. Sin embargo,
el balance en la práctica no es fácil de conseguir. Hoy, además, hay
nuevas representaciones más allá de la esfera electoral. Todo ello condu-
ce a una concepción de la democracia como un proceso con resultados
disputados. En realidad, como señala Armando Bartra sobre el caso
mexicano, no hay una sola democracia, “hay democracias en tránsito,
procesos de democratización” (Bartra, 2005: 329). O como dice el diri-
gente de izquierda colombiano Carlos Gaviria: “la democracia no es algo
logrado, es una utopía, es algo que no tiene lugar y muchísimo menos
en Colombia”1. Por ello en países como los nuestros, con democracias
formales de vieja data pero sin mucho contenido sustantivo, la tarea será
“democratizar la democracia”2.
Aquí es donde aparecen los movimientos sociales. Sin ellos muchos
de los elementos en tensión aquí señalados no tienen concreción real.
Por movimientos sociales entendemos aquellas acciones sociales colecti-
vas permanentes que se oponen a exclusiones, desigualdades e injusti-
cias, que tienden a ser propositivos, y se presentan en contextos socio
espaciales y temporales específicos3. Por tanto, son una expresión orga-
nizada de la sociedad civil sin que la agoten, pues en ella también están
los grupos económicos y gremios empresariales, las asociaciones religio-
sas y los individuos, entre otros. Además los movimientos sociales am-
plían los campos de conflicto de una sociedad. No se limitan a la contra-
dicción de clase; la incluyen pero la desbordan. En ese sentido encarnan
los múltiples derechos que la nueva ciudadanía reclama, lo que se sinte-
tiza en la consigna del derecho a tener derechos (Álvarez, Dagnino y
Escobar, 1998). Ellos no tienen que ser revolucionarios y menos de iz-
quierda, sino que, como dice Manuel Castells (1997), simplemente
muestran los conflictos de la sociedad en contextos espacio-temporales
determinados.
Ahora bien, para el seguimiento empírico de los movimientos
sociales nos apoyamos en la categoría protesta, que bien sabemos es una
forma de visibilidad de aquellos, mas no la única y por momentos ni

1
Frase pronunciada recién firmada la Constitución de 1991 y repetida 15 años después en
extensa entrevista para El Espectador (2006).
2
Según expresión de Boaventura de Sousa Santos, citado por Bartra (2005: 327).
3
Un tratamiento más detallado de los componentes teóricos y metodológicos de esta
definición en Archila, 2003: Introducción.

120
siquiera la principal4. Con estas precisiones en mente abordemos el tema
propuesto para lo cual dividiremos este artículo en tres partes: en la
primera hacemos un recuento de la historia reciente de la construcción
de la democracia colombiana; en la segunda realizamos un seguimiento
a la dinámica de la protesta a partir de 1975; y en la tercera elaboramos
algunas reflexiones sobre la contribución de los movimientos sociales en
dicha construcción.

La histórica precariedad democrática colombiana

Los procesos de ruptura coloniales y el advenimiento del Estado


nacional en Colombia, como en el conjunto de América Latina, signifi-
caron menos avances sustantivos en términos de democracia de lo que
las elites criollas predicaban. En realidad ellas, a pesar del ideario liberal
que las alimentaba, restringieron al máximo la universalización de los
derechos civiles y políticos. Por lo común durante el siglo XIX y hasta
bien entrado el siglo XX, el voto era restrictivo y solo lo podían ejercer
los varones blancos o mestizos, mayores de edad, padres de familia, alfa-
betizados y con recursos económicos. En consecuencia, se trató de una
una ficción ciudadana en la que no contaba el grueso de la población.
Después de una larga hegemonía del Partido Conservador desde
fines del siglo XIX, en 1930 ascienden los liberales al poder. A pesar de
la inclusión ciudadana de sectores obreros y urbanos, el liberalismo no
logra cerrar la brecha social con amplios sectores de la población, cuyo
descontento será recogido por el líder populista Jorge Eliécer Gaitán. El
marcado caudillismo de su movimiento hará que a su muerte, el 9 de
abril de 1948, después del impresionante levantamiento urbano en la
capital y las principales ciudades colombianas, no sobreviva el gaitanis-
mo, salvo en la forma de un ideario frustrado. Con su asesinato Colom-
bia perdió una oportunidad para enderezar los asuntos públicos hacia
una mayor inclusión ciudadanía, aclimatando los derechos civiles y po-
líticos, pero sobre todo socioeconómicos. Y como si fuera poco el trágico
evento acrecentó la espiral de violencia partidista que venía presentán-

4
Por protesta entendemos toda acción social colectiva de más de 10 personas que puntual-
mente expresa en espacios públicos inconformidad ante exclusiones, injusticias e inequida-
des. Esta es la categoría central de nuestra principal fuente empírica: la Base de Datos de
Luchas Sociales construida por CINEP desde 1975.

121
dose desde el retorno conservador al poder en 1946. El desborde de la
guerra civil no declarada produce una gran resistencia campesina en las
zonas liberales y comunistas que va pasando de autodefensa a guerrilla
hasta poner en jaque a las fuerzas del orden (Guzmán, Fals Borda y
Umaña, 1988).
En esas condiciones las elites recurren al arbitraje de las Fuerzas
Armadas que se expresa en el golpe militar de junio de 1953. Aunque el
dictador Gustavo Rojas Pinilla logra disminuir la confrontación arma-
da, rompe con la tutela bipartidista y eclesial, lo que provoca la unidad
de las elites en su contra hasta derrocarlo el 10 de mayo de 1957. A
partir de ese momento se inicia una coalición bipartidista que consagra
la paridad en todas las ramas del Estado por 16 años, y establece la
alternación presidencial por cuatro periodos (Hartlyn, 1993). Dicha
coalición permitió la estabilidad macroeconómica, disminuyó la violen-
cia partidista mientras subordinó a las Fuerzas Armadas que, no obstan-
te, tuvieron mucha autonomía en el manejo del orden público. La ex-
clusión de los grupos políticos distintos del bipartidismo no permitió el
libre juego de la democracia electoral y favoreció primero un disperso
bandolerismo y luego la aparición de guerrillas revolucionarias: en su
orden las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), el
Ejército de Liberación Nacional (ELN) y el Ejército Popular de Libera-
ción (EPL), las dos primeras activas hasta el momento.
En 1974 llega a su fin el pacto bipartidista y se inicia su desmon-
te formal, aunque aún la Constitución exigía la paridad en el gabinete
ministerial. De esta forma se retornaba al juego democrático competiti-
vo pero a favor del bipartidismo. Entre 1974 y 1990 hay una serie de
gobiernos que oscilan entre el reformismo y la represión; si el primero
despierta expectativas entre la población, el segundo las cierra. Así se
produce un ciclo de luchas con alta actividad al inicio y al final de esos
años. En el primer subperiodo se lanzó el Paro Cívico Nacional del 14
de septiembre de 1977, que para muchos analistas ha sido la protesta
más significativa de la segunda mitad del siglo XX en Colombia (Medi-
na, 1984: 123-186). Esta radicalización popular estuvo acompañada de
una nueva oleada guerrillera protagonizada por el Movimiento 19 de
Abril (M-19), expresión de una guerrilla más urbana y mediática.
Las medidas de excepción usadas para contener el desborde po-
pular e insurgente marca un cuatrienio altamente represivo entre 1978
y 1982 (Gallón, 1979), para dar paso luego a una apertura reformista

122
en la que se hacen diálogos de paz con la insurgencia. Fruto de estos se
produce una tímida reforma política que establece la elección popular
de alcaldes y la descentralización presupuestal. Estos pequeños logros se
vieron empañados por la “guerra sucia” que se desató contra sectores
sociales y políticos de izquierda. A ello se agregó la irrupción del narco-
tráfico que buscaba espacios políticos y militares para derrotar la extra-
dición a Estados Unidos. A finales de los noventa el país estaba literal-
mente “al filo del caos”5, cuya solución exigía un nuevo pacto social. De
esta forma en 1991 se expide una nueva Constitución que nace coja no
solo por los aires guerreristas que la acompañan, sino por ser un difícil
acuerdo entre tesis social-demócratas y neoliberales.
Lo que resta de los años noventa va a ser un reflejo de las tensiones
de la sociedad colombiana en torno a tres ejes: la creciente violencia no
solo de la insurgencia sino del paramilitarismo y el narcotráfico; la impo-
sición del modelo neoliberal; y la difícil construcción de una democracia
más plural e incluyente. La creciente intervención norteamericana en la
lucha contra las drogas ilícitas y contra la insurgencia produce que el con-
flicto armado colombiano se internacionalice. Además a finales del siglo
XX el país sufre una gran crisis económica que deteriora la calidad de vida
de los colombianos (Archila et al., 2002: 40). El pesimismo cundió en el
país ante los precarios resultados económicos y sobre todo por el balance
negativo de los diálogos con las FARC entre 1999 y 2002.
Estos serán los elementos que aprovechará el candidato disidente
liberal Álvaro Uribe Vélez (2002- ), especialmente como alternativa
militarista ante el conflicto armado. Su propuesta de Seguridad Demo-
crática representa un esfuerzo militar para lograr el control territorial
por parte del Estado, con sacrificio del ejercicio democrático. En el fue-
go cruzado entre agentes armados estatales y no estatales la población
civil es la mayor víctima, conformando una masa de desplazados que
bordea el 10% de la población total. La negativa oficial a cualquier diá-
logo con la insurgencia, hasta cerrar el intercambio humanitario, con-
trasta con la mano tendida que el actual gobierno ha mostrado con los
paramilitares. Todo ello conforma una dramática crisis humanitaria, lo
que muestra las serias limitaciones de la democracia en Colombia. Como
si fuera poco la agenda neoliberal continúa vigente durante el actual
gobierno y aunque sigue recibiendo ayuda económica y militar de los

5
Como oportunamente se tituló una obra editada por Francisco Leal y León Zamosc
(1991).

123
Estados Unidos –la mayor de Suramérica–, no ha encontrado el eco
deseado para la firma del Tratado de Libre Comercio (TLC). De esta
forma Uribe Vélez es hoy el más fiel aliado de la potencia del norte,
desestabilizando el equilibrio regional.

Dinámica de la protesta

Después del breve recuento de los avatares de la construcción de


democracia en Colombia es hora de analizar con más detalle la partici-
pación popular en este proceso. Lo haremos a partir de la información
sobre las protestas6. Vamos a comparar el periodo largo que cubre 1975-
2007 con el análisis de lo que va del gobierno de Álvaro Uribe Vélez
(2002-2007), con el fin de contrastar la tendencia histórica con la co-
yuntura reciente7.

Fuente: Base de Datos de Luchas Sociales, CINEP.

6 En esta sección nos apoyamos en la Base de Datos de Luchas Sociales del CINEP que
contiene información desde 1975 a partir de la lectura de diez periódicos y semanarios
nacionales y regionales, además de otras fuentes noticiosas escritas, habladas y visuales.
Agradezco a Martha Cecilia García su colaboración en la elaboración de los gráficos respec-
tivos.
7 Para una visión sobre el periodo largo remitimos al lector a la página institucional del
centro www.cinep.org.co en donde encontrará el sumario de las tendencias históricas, que
además ya han sido analizadas ampliamente por nosotros (Archila et al., 2002 y Archila,
2003). En estas páginas presentaremos los gráficos correspondientes a la información de los
últimos siete años.

124
En el Gráfico 1 se observa a grandes rasgos la trayectoria de la
protesta en la historia reciente colombiana. Para los 33 años contabiliza-
dos el promedio anual de luchas fue de 420, por encima de la media
observada para el periodo 1958-1974 que fue de 173 (Archila, 2003,
133)8. En contraste, los siete años de lo que va del gobierno de Uribe
Vélez muestran un promedio de casi cercano a 500, lo que parece indi-
car que a pesar del recorte de libertades democráticas, la gente sale a las
calles a manifestar su inconformidad, rompiendo de hecho con el auto-
ritarismo del actual mandatario.

Fuente: Base de Datos de Luchas Sociales, CINEP.

La lectura del Gráfico 2 arroja aspectos interesantes sobre los ac-


tores sociales, agrupados por el tipo de identidad que pregonan en las
protestas. En contraste con la tendencia histórica, los siete últimos años
muestran una variación notoria en el protagonismo de las protestas. Los
pobladores urbanos, que habían ocupado el segundo lugar en cuanto a
actores para el periodo largo desde 1975 –con 29% de las acciones–
ahora saltan a un primer plano aumentando a 37% su participación
porcentual. En cambio los asalariados ceden su primacía histórica –te-
nían el 29% en el largo periodo– para representar hoy el 19%. Más

8
Lo que cuantificamos es el número de acciones no el de participantes ni la duración de los
eventos, información que enriquecería el análisis de la protesta pero que es difícil capturar
a partir de las fuentes usadas, especialmente para acciones multitudinarias.

125
dramático es el caso de los campesinos, que habían adelantado el 12%
de las luchas entre 1975 y 2007, para ahora protestar solo el 5%.
Estos datos ilustran una primera tendencia insinuada desde los
años noventa: la pérdida de visibilidad de los actores con identidad de
clase, mientras crecen en participación aquellos multiclasistas, lo que
puede ser reflejo del impacto de las políticas neoliberales. Así, los proce-
sos de flexibilización de la fuerza de trabajo y de precarización del con-
trato salarial han debilitado el mundo del trabajo formal y el sindicalis-
mo9. Igualmente la crisis del agro de principios de los años 90, que
coincide con el declive de la economía cafetera, ha afectado a los campe-
sinos. Pero también la violencia cuenta tanto para los asalariados como
especialmente para los habitantes del campo. De hecho la mayoría de
los tres millones de desplazados por el conflicto armado provienen de
áreas rurales.
Dichos factores de orden estructural, sin embargo, no son una
fatalidad insuperable. De hecho los asalariados siguen teniendo gran
visibilidad en la protesta y son los grandes convocantes de jornadas con
impacto político como ocurrió en 2003 contra el referendo uribista para
modificar la Constitución, el TLC y la reelección del Presidente –luchas
que tuvieron desigual éxito–. A su vez, la disminución de visibilidad del
campesinado en parte es explicada por nuevas formas de identificación
–por ejemplo como poblador de pequeñas aldeas o integrado a movi-
mientos regionales–, las que a su vez hacen eco de las transformaciones
identitarias de los últimos lustros en el campo (Salgado y Prada, 2000).
La menor acción social colectiva de los campesinos es compensada
por el destacado papel de las minorías étnicas, especialmente indígenas,
en las luchas sociales. Si bien estos no representan más del 3% de la
población, por años han librado el 4% de las luchas, una proporción
nada despreciable especialmente cuando esta se concentra en ciertas re-
giones. Ello sin tocar el papel político que han jugado desde que deci-
dieron participar en la Asamblea Constituyente de 1991. Desde ese
momento han contado regularmente con parlamentarios propios e in-
cluso eligieron gobernador indígena en un departamento para el perio-
do 2001-2003. Aunque algunos críticos aducen que han sido coopta-
dos por el establecimiento, otra cosa muestran sus organizaciones y la

9
La tasa de sindicalización –afiliados a sindicatos sobre Población Económicamente Activa
(PEA)– ha descendido de 15% en los años sesenta y setenta a escasos 5% en tiempos
recientes (El Espectador, 2005).

126
capacidad de movilización en donde acuden a formas novedosas de pro-
testa como las “mingas” de 2004 y 2008, en las que salió también a
relucir la “guardia indígena”; o las recientes “recuperaciones” de la “ma-
dre” tierra desde el segundo semestre de 2005; o la convocatoria a una
masiva consulta entre las comunidades sobre el TLC a principios del
mismo año, que arrojó un rechazo casi total del mismo. Todas ellas son
expresiones de un movimiento social fuerte y visible, a pesar de las inevi-
tables tensiones internas por la diversidad cultural y política que alberga
(Laurent, 2005).
Desde otro ángulo se puede señalar que la crisis de los asalariados
y campesinos repercute en la mayor visibilidad de los pobladores urba-
nos y los trabajadores independientes, sectores que han aumentado en
los últimos años su participación en las protestas a 37% y 6% respecti-
vamente. El contingente de quienes laboran en forma “independiente”
se incrementa por el desempleo y subempleo que marca el mundo del
trabajo. A simple vista se observa, por ejemplo, el creciente número de
vendedores ambulantes: más de uno por semáforo en las grandes ciuda-
des. El rebusque se convierte así en el “otro sendero” de sobrevivencia en
una economía que arroja cada vez más pobres a las calles.
Por su parte los pobladores urbanos, antes designados “cívicos”,
son por definición multiclasistas. Recogen muchos de los sectores que
en el pasado se identificaban como asalariados o campesinos y las más
difusas capas bajas y medias urbanas. Esta categoría puede reflejar una
ambigüedad conceptual, pues sus contornos son difíciles de precisar ya
que abarca a todos los protestatarios de ciudades y aldeas, incluidos los
cada vez más numerosos desplazados por la violencia. A pesar de esa
imprecisión conceptual, o tal vez por ella, los pobladores urbanos ad-
quieren un protagonismo que también se deriva de los esfuerzos de dis-
tintos sectores sociales por realizar acciones unitarias. En parte sus lu-
chas reflejan la crisis urbana en cuanto a la precaria dotación infraestruc-
tural y social de las ciudades, pero también muestran la convergencia de
muchos actores sociales en torno a políticas nacionales y locales resul-
tantes del desarrollo desigual y combinado regional.
Los estudiantes mantienen su visibilidad en las luchas sociales cer-
cana al 13%, tanto en el periodo largo como en la reciente coyuntura.
Aunque a ellos el neoliberalismo les toca directamente –por privatización
de la educación, aumento de cobertura sin garantías de mejorar la calidad
y transformaciones curriculares guiadas por las fuerzas del mercado–, tam-

127
bién son los actores más solidarios con las demandas de otros sectores
sociales. Los estudiantes además son una gran cantera de renovación orga-
nizativa, aunque no hayan consolidado una estructura de carácter nacio-
nal una vez ella fue prohibida en los años sesenta, así como de los reperto-
rios de protesta que van desde acciones confrontacionales más clásicas has-
ta el uso de las nuevas tecnologías de comunicación.
Hay otros actores que poco protestan, por obvias razones, como
los gremios empresariales –no les conviene enfrentarse con las autorida-
des– y los reclusos –son una pequeña población, que se hace visible
cuando es menester–. El caso de las mujeres es distinto. Históricamente
ellas hacían parte del rostro de las multitudes, pero no eran visibles por
asuntos propios de su género. Recientemente han sido muy hábiles en
lograr conquistas por medios legales, políticos y simbólicos. Con ello
enseñan que para ampliar la democracia hay múltiples repertorios de
acción colectiva diferentes de la protesta. Pero en los últimos tiempos la
degradación de la violencia las ha afectado al punto de hacer presencia
pública con un nada despreciable 10%, cuando la media histórica no
llegaba al 4%. En sus luchas contra la violencia familiar, criminal y
política, o por los derechos reproductivos, ellas hacen un despliegue de
innovación discursiva –por ejemplo, resignificar su maternidad– y sim-
bólica –con atuendos llamativos o sin ellos– de gran impacto en la opi-
nión pública.

Fuente: Base de Datos de Luchas Sociales, CINEP.

128
En términos de las demandas de las luchas sociales en Colombia
hay también modificaciones recientes notorias con relación a la tenden-
cia histórica del último cuarto del siglo XX. La primera modificación
destacada es el cambio de énfasis en los once motivos cuantificados por
CINEP: de las exigencias más materiales a aquellas más políticas y cul-
turales. En efecto, entre 1975 y 2001 tenían mayor peso las reivindica-
ciones sobre tierra y vivienda, los pliegos laborales –relacionados a su vez
con salario, empleo y prestaciones sociales, entre otras peticiones sindi-
cales–, a las que se agregarían los incumplimientos de pactos y leyes –
que principalmente eran retenciones salariales–, y los servicios públicos
domiciliaros e infraestructura urbana. Por el contrario, la observación
del Gráfico 3 muestra que entre 2002 y 2007 adquieren relevancia los
temas de derechos humanos y políticos –las decisiones tomadas por el
Estado en sus distintos ámbitos–. Como hemos señalado en escritos
anteriores (Archila, et al., 2002 y Archila 2003), esta transformación en
las demandas –que ya se manifestaba desde fines de los años 80– res-
ponde tanto a factores estructurales –flexibilización del mundo laboral
y especialmente la violencia– como a decisiones de los actores. Todo ello
se traduce en lo que hemos designado como una politización creciente
de las luchas sociales por dos vías: porque los movimientos sociales tras-
cienden sus luchas particulares en pos de asuntos más universales, y
porque formulan sus demandas cada vez más en términos de derechos
exigibles al Estado, especialmente después de la Constitución de 1991.
Si lo señalado es la modificación más protuberante en cuanto a los
motivos de la protesta, la mirada en detalle de los principales temas en
disputa arroja otros rasgos importantes. El ascenso de la demanda en tor-
no a los derechos humanos civiles y políticos ya se insinuaba desde los
años 80, precisamente cuando el conflicto armado comenzó a fragmentar-
se y degradarse en forma dramática. Esta prioridad aumentó desde 1991
por la ya señalada apelación a derechos exigibles al Estado, lo que incluyó
los derechos económicos, sociales y culturales. Así la presión por el nuevo
tipo de ciudadanía que encierra este motivo pasó de 18% en la tendencia
histórica a 27% durante el mandato de Uribe Vélez10.

10
Una observación detallada de la Base de Datos de Luchas Sociales de CINEP para 2002-
2007 desglosa en esta categoría exigencias por el respeto a la vida, el cese de detenciones
arbitrarias por las fuerzas del orden y la búsqueda de la paz. También se apela a los principios
del Derecho Internacional Humanitario (DIH), especialmente para exigir a las fuerzas
irregulares la liberación de los secuestrados o la realización de un Intercambio Humanitario
con las FARC. En el terreno cultural figuran demandas en torno a los derechos reproducti-

129
El tema de la violencia vuelve a aparecer en las demandas de los
desplazados por reubicación digna o retorno a sus lugares de origen. En
este terreno las acciones de “resistencia civil”, si bien no son numerosas,
llaman la atención por la valentía de sus protagonistas al oponerse –sin
más protección que sus propios cuerpos– a los actores armados, requi-
riéndoles que no los involucren en la confrontación. En estos actos se
han distinguido de nuevo las comunidades indígenas (Peñaranda, 2006).
En algunas ocasiones han sido convocados por autoridades locales o re-
gionales, y no han faltado vagos llamados del presidente Uribe a ejercer-
la, lo que cuestiona su carácter “civil”, lo que muestra la complejidad del
conflicto colombiano. Algunos grupos campesinos han acudido tam-
bién a la modalidad de crear “comunidades de paz” con la intención de
alejar de sus territorios la guerra (García Villegas y otros, 2005).
En 2008 se vieron además multitudinarias movilizaciones contra
los actores armados irregulares, especialmente contra las FARC el 4 de
febrero. En cambio la del 6 de marzo, que denunciaba a los paramilita-
res y agentes oficiales involucrados en crímenes de Estado, no contó con
aval gubernamental ni con el despliegue mediático de la anterior. Pero el
mensaje de ambas fue contundente: ¡el rechazo de la violencia en todas
sus manifestaciones! Todo ello habla de una riqueza de repertorios para
oponerse al conflicto armado, al menos para que no se involucre a la
población civil en él, para atenuar sus efectos y, sobre todo, para buscar-
le una salida negociada. Por esta vía la llamada sociedad civil, además de
víctima, puede retomar un papel protagónico para exigir la solución
política a la guerra interna que vive Colombia.
Las demandas propiamente políticas sufrieron también un incre-
mento desde 1975 hasta nuestros días: pasaron de ser el 16% de las
causas de protesta en la tendencia histórica al 25% en los últimos siete
años. Los asuntos más ventilados en este periodo reciente han sido las
relaciones internacionales con Estados Unidos en torno al Plan Colom-
bia y la negociación del TLC. Igualmente resaltan los debates sobre
políticas internas, en particular la de Seguridad Democrática de Uribe
Vélez, el Referendo que pretendía modificar aspectos sustanciales de la
Constitución y que fue derrotado en 2003, y la reelección inmediata en
la que el presidente Uribe Vélez salió airoso en 2006. No faltaron movi-
lizaciones contra sucesivas propuestas fiscales del gobierno o contra po-

vos y de preferencia sexual en donde cobra alguna visibilidad el sector LGBT (lesbianas,
gays, bisexuales y transexuales o transgeneristas).

130
líticas sectoriales, especialmente agrarias. En el plano local llaman la
atención dos temas que mueven a la gente: las disposiciones de movili-
dad vehicular y la disputa por el espacio público, en especial alrededor
de las ventas callejeras.
El motivo que titulamos Autoridades se refiere a acciones a favor o
en contra de las personas que ocupan cargos de poder en diferentes nive-
les del Estado o de las instituciones privadas o públicas. Por tanto, com-
plementan las demandas políticas, sin que históricamente ocupen un
lugar destacado –4% en promedio histórico y en los últimos años–.
Este recorrido somero por los temas políticos enseña que los actores
sociales en Colombia se involucran crecientemente en asuntos que tras-
cienden su ámbito particular para incursionar en los más generales, e
incluso hasta globales11.
Como ya se señalaba, algunas reivindicaciones relacionadas con
dimensiones más materiales han cedido visibilidad en los últimos años.
Así la exigencia de tierra o vivienda pasó del 14% en el cuarto final de
siglo al 3% en los últimos siete años. Este era un tema que venía en
descenso después del auge de las luchas campesinas de los años 70,
tendencia que se agudizó tanto por el peso de la violencia en los campos
–que ha traído, entre otras cosas, una mayor concentración de la tierra
en manos del narcotráfico–, como por la recomposición del campesina-
do. En todo caso, este motivo no desaparece como lo ilustran las men-
cionadas “recuperaciones” de tierra por los indígenas de los últimos años.
Algo similar ocurre con los pliegos laborales que pasaron de ser el 13%
de todas las protestas entre 1975 y 2000 a un escaso 2% en los últimos
siete años estudiados. Ya se ha señalado el impacto negativo que han
tenido las políticas neoliberales en los aslariados, afectando no solo al
sindicalismo sino la negociación colectiva. Pero también habrá que decir
que no desaparecen estos temas laborales de la agenda de las luchas
sociales. Lo anterior se consolida si incluimos aquí los llamados incum-
plimientos de pactos y leyes, que corresponden esencialmente a las re-
tenciones salariales que hacen entes públicos –la mayoría de las protes-
tas en este rubro– y privados. De hecho muchas de las acciones sociales
colectivas de los trabajadores estatales desde mediados del siglo XX res-

11
Aunque no hay en el país un gran número de luchas contra la globalización neoliberal,
muchas de las que se dieron por temas internos la tocaban directa o indirectamente como
en el caso de la oposición al Plan Colombia. Incluso no faltaron protestas contra las guerras
en Afganistán y en Irak o el conflicto en el Oriente Medio.

131
pondían a este motivo que históricamente representaba el 17%. La leve
tendencia al descenso reciente –13% en los últimos siete años– se expli-
ca porque el Estado parece haberse vuelto más eficiente en el pago de sus
asalariados.
La hipótesis de que Colombia sigue siendo una nación con preca-
rias condiciones materiales de existencia, pero que, por factores estruc-
turales y de decisión de los actores, vira hacia reivindicaciones de orden
político, es ratificada por la relevancia que mantienen no solo los asun-
tos laborales y de tierras, sino los de infraestructura urbana y territorial.
Así las demandas en torno a servicios públicos domiciliarios, infraes-
tructura y transporte conservan un porcentaje levemente superior al 10%
del total de luchas en los dos periodos estudiados. Dentro de ellas se
destaca el reclamo por calidad y cobertura de acueducto y energía eléc-
trica. Salta a la vista que es un motivo propio de los pobladores urbanos,
los más visibles en tiempos recientes. Otra reivindicación relacionada
con estos actores, pero que cubre a otros como los estudiantes y los
trabajadores asalariados e independientes, es la de servicios sociales. Ellos
son, en su orden de importancia: educación, salud y seguridad ciudada-
na. El reclamo por estos servicios, que enseñan mucho sobre las condi-
ciones de vida urbana, mantiene en tiempos recientes el peso histórico
de 6%.
Los otros motivos de protestas que aparecen en el Gráfico 3 como
ambientales, conmemoraciones de eventos pasados y acciones de solida-
ridad siguen manteniendo bajos índices de visibilidad entre 2 y 3%, lo
que no significa que sean despreciables, especialmente por los valores
humanos y democráticos que encierran.

Fuente: Base de Datos de Luchas Sociales, CINEP.

132
Corresponde ahora indagar otro ángulo de las luchas sociales en
Colombia: ¿contra quién se dirigen ellas? Como se observa en el Gráfico
4, en tiempos recientes el mayor peso lo tienen los entes públicos de
carácter nacional con 27% y municipal con 19%, mientras el regional
se ubica lejos con 6% –tal vez por menor control presupuestal–, para
totalizar el 52% de los adversarios de las protestas en los últimos siete
años. Si a ello le sumamos el 10% de las empresas estatales y el 2% de
sus fuerzas armadas y de policía, nos arroja que el 64% de las luchas
recientes, casi dos terceras partes, tiene como antagonista el Estado. En
ello ha habido una cierta tendencia histórica a aumentar en detrimento
del papel jugado por los entes privados que pasan de recibir el 14% de
las protestas en el largo periodo para solo hacerse acreedoras del 8% en
los últimos años.
Llama la atención la creciente figuración de los grupos armados
irregulares –insurgencia y paramilitarismo– como destinatarios de las lu-
chas sociales, seguramente de aquellas que reivindican el respeto a los de-
rechos humanos y en especial al DIH. Si históricamente habían recibido
el 10% de los reclamos, en los años del gobierno de Uribe Vélez recogen el
19% de las protestas. Por su parte las fuerzas armadas estatales oscilan en
su participación entre el 2 y el 3%. Algunos aducirán que el “trabajo
sucio” que estas últimas adelantaban en los años setenta y ochenta, según
las denuncias de la época, hoy lo hacen los paramilitares. Pero en una
mirada más fina de la Base de Datos consultada, los grupos insurgentes y
especialmente las FARC reciben el grueso de las protestas que antagonizan
a los actores armados irregulares. Si bien ello es una muestra más de que la
población civil no quiere ser involucrada en la confrontación armada y
rechaza la violencia independientemente de quien la genere, tampoco se
puede negar el relativo éxito del gobierno actual en arrinconar política-
mente a las FARC. Si en el pasado sectores de la sociedad civil pudieron
coincidir con los programas de la insurgencia, cada vez más rechazan sus
métodos de lucha, cosa que hábilmente maneja Uribe Vélez a su favor,
como se vio en la marcha del 4 de febrero de 2008.
La última variable a considerar en este recuento de las luchas
sociales recientes en Colombia es su proyección territorial. Para el Grá-
fico 5 tomamos la unidad departamental como una aproximación a la
dimensión espacial de las protestas, a pesar de su limitación, puesto
que ella alberga dinámicas económicas y políticas subregionales muy
diferentes. Con estas precauciones en mente observemos el comporta-

133
miento espacial de las luchas sociales. Ante todo se conserva la tenden-
cia al mayor protagonismo histórico de cinco departamentos, conside-
rando a la capital del país como uno de ellos. En su orden actual son:
Bogotá, Antioquia, Valle del Cauca, Santander y Atlántico. La secuen-
cia ha cambiado en comparación con la serie histórica desde 1975
cuando Antioquia estaba sobre Bogotá, mientras Santander por mo-
mentos estuvo por encima de Valle. Según el Gráfico 5 para los años
recientes, después de los cinco departamentos señalados, hay un gru-
po con alguna conflictividad social en el que se incluyen Cauca, Bolí-
var y Magdalena, seguidos de las acciones de carácter nacional. Apa-
rentemente estas cifras no dicen mucho, pero al mirarlas con cuidado
contienen lecciones de las que se pueden extraer algunas constatacio-
nes importantes para nuestros propósitos.

Fuente: Base de Datos de Luchas Sociales, CINEP.

134
Antes de proceder al análisis de las cifras de protestas por departa-
mentos las comparamos con índices de población, una variable muy
asociada con aquellas. Según el Censo de 2005 la participación demo-
gráfica de los departamentos más conflictivos en términos sociales es:
Bogotá con el 16% de la población total, Antioquia 13,3%, Valle 9,7%,
Atlántico 5%, Santander 4,6%, Bolívar 4%, Cauca 3% y Magdalena
2,7%12. Esto quiere decir que la población explica parte de los indica-
dores de protesta pero no en su totalidad. La variable demográfica im-
pacta más claramente en Bogotá, Antioquia, Bolívar y Magdalena, pero
hay marcadas diferencias en los otros departamentos más conflictivos en
términos sociales como Valle, Santander, Atlántico y Cauca. En estos
casos hay otros factores explicativos de la protesta que exploraremos a
continuación.
En el pasado encontrábamos, aparte de la población, dos tipos de
variables asociadas con las conflictividad social (Archila, 2003, capítulo
4). De una parte la distribución de los recursos sociales y económicos
–a su vez estrechamente relacionados entre ellos– y la violencia. Hoy
sostendríamos la primera asociación y tendríamos dudas con respecto a
la segunda. Expliquémonos. Los cinco departamentos con más protestas
son los que concentran mayores recursos económicos y sociales. Según
datos oficiales para 2000 entre Bogotá, Antioquia y Valle producían casi
el 50% del PIB mientras albergaban el 39% de la población 13. Esta
situación ya se manifestaba desde la segunda mitad del siglo XX, pero
tiende a incrementarse levemente en tiempos recientes14. Históricamente
son también las áreas que menos indicadores de pobreza muestran, pero
son las más desiguales, pues las distancias entre los extremos son más
pronunciadas que en el resto del país15. Esto quiere decir que la explica-

12
Estadística oficial tomada del Departamento Administrativo Nacional de Estadística
(DANE), 2005.
13
Datos tomados de Urrutia, 2004 y del DANE, 2005. Claro que según Urrutia, cuando se
mira el PIB per capita el orden varía, pues los departamentos con yacimientos petroleros
(Arauca, Casanare, Putumayo) ocupan lugares destacados desplazando a Bogotá a un se-
gundo lugar, Santander al tercero, Antioquia al quinto, Valle al sexto y Atlántico al décimo.
14
En 1980 los tres departamentos concentraban el 46% del PIB y diez años después este
porcentaje había subido más de un punto (Departamento Nacional de Planeación, 1998:
46).
15
Los datos en este tema no son muy abundantes. En un estudio para 13 ciudades a
mediados de los ochenta Manuel Muñoz encontró que Medellín tenía el más alto coeficien-
te Gini, seguida de Bogotá y Cali (Muñoz, 1990: 188). Según algunas publicaciones recien-
tes Bogotá tenía un Gini de 0,58 en 2003, superior al nacional que era de 0,54. Medellín en
cambio se acercaba a ese promedio (Varios, 2005).

135
ción de las protestas no va tanto por el lado de las carencias materiales en
términos absolutos, sino por la percepción de una distribución inequi-
tativa e injusta de la precaria riqueza.
En cuanto a “recursos” humanos y sociales, también estos cinco
departamentos cuentan con el mayor número de sindicatos y han obte-
nido en el pasado los mayores índices de “desarrollo humano”16. Para
que la acción social colectiva se presente se requiere también de la exis-
tencia de tejido social y de formas organizativas. Aunque los recursos
económicos y sociales tienden a estar asociados, no siempre caminan por
el mismo lado. Esto explica que, por ejemplo, Cauca, teniendo bajos
indicadores económicos pero altos de organización gremial, muestre una
conflictividad social superior a su participación poblacional. Puesto que
este artículo no busca explicar estadísticamente la protesta, basta por
ahora señalar que las luchas sociales en Colombia tienden a asociarse con
mayores indicadores de concentración de riqueza económica y con la
existencia de tejido social, variables que suelen coincidir, pero no siem-
pre. En cambio la relación reciente de las protestas con la violencia es
más compleja.
En el estudio previo que hicimos de la acción social colectiva co-
lombiana en la segunda mitad del siglo XX destacábamos también di-
cha variable como una de las explicaciones de la conflictividad social
(Archila, 2003, capítulo 4). Creemos que la confrontación armada así
como suprime preciosas vidas humanas –entre ellas las de luchadores
sociales y políticos–, también genera indignación que conduce, cuando
el fuego de las armas lo permite, a valerosas protestas. Sin embargo, no
encontramos que en los últimos siete años esta variable tenga un peso
similar a las señaladas anteriormente. La variación reciente en el orden
departamental de las protestas ilustra, a nuestro juicio, que el impacto
de la violencia tiende a disminuir en las acciones sociales colectivas. Por
ello pierde primacía Antioquia, el departamento con más indicadores de
conflicto armado, ante Bogotá, que no es propiamente un remanso de
paz pero parece ser menos violenta. Igualmente la disminución de pro-
tagonismo social de un departamento muy violento como Santander de

16
Los cinco departamentos analizados, por ejemplo, concentraban el 57% de los sindicatos
del país en los años noventa (Archila, 2003: 256). Según el Programa de Naciones Unidas
para el Desarrollo Humano (PNUD), los departamentos con índices más altos de “desarro-
llo humano” en 2003 eran, en su orden: Bogotá, Valle, Santander, Atlántico y Antioquia
(PNUD, 2003: 481). Algo similar se decía para los años ochenta en términos de indicadores
del “desarrollo social y ambiental sostenible” (Sarmiento y Álvarez, 1998).

136
un periodo a otro –ocupaba el tercer lugar en la tendencia histórica y
ahora desciende al cuarto puesto– obra en este sentido.
Si se superponen los mapas de algunos indicadores de violencia
–acciones bélicas o tasa de homicidio– para años recientes con los de
protestas sociales entre 2002 y 2007, casi no hay coincidencias salvo en
municipios como Buenaventura, Santa Marta y Barrancabermeja. Es
evidente que el escenario principal de la violencia son las regiones en
donde, o bien se disputan las fuentes de riqueza agropecuaria –banano,
palma africana, ganadería y sobre todo los cultivos ilícitos– o minera
–petróleo, gas, carbón, níquel y metales preciosos–, o bien en donde se
intentan consolidar “corredores estratégicos” para los grupos irregulares
que les permita la salida al exterior de sus “exportaciones” y la entrada de
armas y pertrechos militares (González, Bolívar y Vásquez, 2002). Esas
áreas por lo común no coinciden con las que generan más protesta so-
cial, especialmente las grandes ciudades. Es decir, aparentemente la mayor
violencia, que en el pasado pudo producir más indignación ciudadana,
hoy tal vez la inhibe.
Esto tiene que ver con un fenómeno diferente que ayuda a enten-
der esta tendencia: en aquellas zonas controladas por los paramilitares,
la protesta social parece ser eliminada, pues para estos –imbuidos toda-
vía en la lógica de Guerra Fría– ella es una expresión de la guerrilla
“comunista”. Dichos territorios coinciden con algunos de apertura de
nuevas fuentes de riqueza o “corredores estratégicos” de los paramilita-
res. Así lo constatamos en la región del Magdalena Medio en donde,
desde los años 80 se inició el dominio paramilitar desde el sur hasta el
norte atenazando a su centro, la ciudad petrolera de tradición rebelde,
Barrancabermeja. En un estudio colectivo observamos la transformación
territorial de las luchas sociales en esta región, que ahora se comportan
en forma inversa a la presencia paramilitar, aunque se siguieron dando
algunas en condiciones casi heroicas (Archila et al., 2006). La resultante
es que la violencia pierde capacidad explicativa en el comportamiento de
las acciones sociales colectivas en la Colombia contemporánea.
En síntesis, desde una perspectiva espacial encontramos que las
luchas sociales tienden a presentarse más en ámbitos urbanos y en don-
de se concentran los recursos sociales y económicos con altos indicado-
res de inequidad. La violencia, si bien provoca indignación, por lo que
fue un motivo fuerte de movilización en la segunda mitad del siglo XX,
en los últimos años no parece estar muy asociada con la protesta, e in-

137
cluso a veces juega un papel inhibidor de ella. El creciente control terri-
torial de los paramilitares constituye el factor explicativo de esta tenden-
cia reciente. Con todo esta presencia aplastante no anula las luchas so-
ciales. En esas zonas, la gente, a pesar de duras condiciones de hegemo-
nía armada de los grupos irregulares, no se agacha y resiste de variadas
formas a dicho control.

Contribución de los movimientos


sociales a la democracia colombiana

Es hora de retomar el argumento de la construcción de la demo-


cracia en Colombia y el aporte que en tal proceso hacen los movimientos
sociales. En términos de actores hemos visto cambios en el protagonis-
mo de las protestas. No se trata solo de la significativa disminución de
visibilidad pública de los identificados como clases –asalariados y cam-
pesinos–. Lo novedoso está en la aparición de movimientos que amplían
el campo de conflicto social a dimensiones económicas relacionadas con
la distribución y consumo –aspectos ya dinamizados desde los 80 por
los llamados movimientos “cívicos” o de pobladores urbanos–, sino a
terrenos ambientales, culturales, étnicos, de género, preferencia sexual y
directamente políticos. El fenómeno de nuevos sujetos en la lucha de-
mocrática, que no es nuevo en América Latina (Álvarez, Dagnino y Es-
cobar, 1998), se hace cada vez más visible en Colombia.
A su vez, la irrupción de nuevos actores implica la ampliación de
las demandas o motivos de su acción colectiva. Ya veíamos el creciente
peso que ocupan asuntos como los derechos humanos y las mismas po-
líticas estatales en las demandas de la gente. Además, los movimientos
sociales en Colombia, como en el resto del continente, buscan inscribir
sus exigencias en el marco de los derechos exigibles al Estado. Lo que
antes era la denuncia por la carencia de tierra o vivienda, hoy se puede
convertir en un reclamo por condiciones de vida digna, garantizada por
la Constitución de 1991. Entonces la vigencia de derechos no se limita
solo a los civiles y políticos, hoy amenazados por la coalición gobernan-
te, sino que se extiende a los económicos, sociales y culturales, que pre-
cariamente existen en nuestro medio. Así se hace realidad también en el
país la lucha por el derecho a tener derechos.
Pero el asunto no termina allí. De alguna forma estos cambios en la

138
formulación de las demandas implican nuevas relaciones con el Estado. Ya
señalábamos que este es el adversario en la mayoría de las protestas, espe-
cialmente en sus ámbitos nacional y municipal. Ese antagonismo, sin
embargo, no significa total enemistad, no al menos como para justificar la
insurrección pregonada por la insurgencia. Los movimientos sociales reco-
nocen la existencia de un Estado de Derecho en Colombia y de un funcio-
namiento democrático, imperfectos obviamente pero vigentes. En ese sen-
tido los movimientos sociales hacen uso de mecanismos de participación
que otorga la nueva Constitución. Pero además inscriben sus luchas den-
tro de procedimientos jurídicos, que muestran las dimensiones emancipa-
doras del derecho, al lado de las claramente integradoras. Así, por ejem-
plo, algunas comunidades indígenas han interpuesto acciones de cumpli-
miento inmediato o esgrimido disposiciones de la Organización Interna-
cional del Trabajo (OIT) suscritas por Colombia para preservar sus terri-
torios ante megaproyectos hidroeléctricos o la explotación petrolera por
multinacionales (Santos y García, 2004).
Aunque aparentemente estos procesos se pueden considerar como
un uso instrumental de los mecanismos participativos con que cuenta la
democracia colombiana, sin duda ha ocurrido un cambio en la forma
como los movimientos sociales ven su construcción, involucrándose cada
vez más en ella. Por ello no es extraño que en muchas de las acciones
sociales colectivas recientes se enarbole la defensa de los aspectos progre-
sistas de la Constitución de 1991. El Estado puede seguir siendo el
principal antagonista de las luchas sociales y evidentemente se busca su
transformación, pero no es el “enemigo”, en el sentido de buscar su
destrucción total.
Otra dimensión que catapulta a los movimientos sociales colombia-
nos hacia una acción decididamente política es la búsqueda de una salida
negociada del conflicto armado. Aunque el fracaso de las conversaciones con
las FARC en 2002 introdujo gran pesimismo, las acciones por la paz no han
desaparecido. Cada vez se hace más claro que para salir del callejón de la
violencia, entre otras condiciones, la sociedad civil debe superar su situación
de víctima para convertirse en un actor clave de la negociación, exigiéndola
decididamente a las partes enfrentadas. Lo anterior es nuevamente una
muestra del compromiso de los movimientos sociales con la democracia.
Esto significa que en la práctica, y cada vez más en el discurso, ellos se
distancian de los proyectos armados insurgentes o paramilitares y se apartan
de la salida guerrerista y de la prédica antiterrorista de Uribe Vélez.

139
Los cambios en los actores, escenarios, formulación de demandas
y en los mismos debates en que se inscriben las protestas sociales en
Colombia constituyen el fenómeno que hemos designado como “politi-
zación” de ellas. Falta considerar una dimensión importante en este pro-
ceso: la presencia de los movimientos sociales en escenarios públicos
diferentes de los estrictamente reivindicativos. Además de dinamizar desde
abajo la democracia participativa, que dista de ser la ideal en Colombia,
los movimientos sociales han incursionado cada vez más directamente
en la democracia representativa. Aunque perciben las limitaciones de
ambas, no las antagonizan y más bien, con un variado y complejo reper-
torio, pasan de la acción directa a la electoral y viceversa.
En este punto hubo una dificultad histórica y era la separación
entre acción social y política, que se asentaba en la clásica distinción
occidental entre Estado y sociedad civil. Para la derecha la acción reivin-
dicativa no debía desbordar los límites de la lucha económica, por lo
que, al menos hasta 1991, prohibió cualquier “politización” de ella, cuan-
do no recurrió a este argumento para satanizarla. Para la izquierda, espe-
cialmente la marxista-leninista, existía también una separación entre la
acción reivindicativa –“oscura y gris” en palabras de Lenin– y política
–la verdadera forma de acción proletaria–. Para la primera existían los
sindicatos, para la segunda el partido de vanguardia.
A pesar de esa doble exclusión, lo social y lo político han sido
muy fluidos en la historia colombiana desde comienzos del siglo XX,
En la segunda mitad del siglo pasado hubo intentos de incursión políti-
ca de actores sociales influidos por el pensamiento católico o del sindica-
lismo “independiente” promovido por la izquierda. Pero la irrupción
más clara en el terreno electoral de los actores sociales vendrá con la
reforma política del segundo lustro de los 80. En efecto, a su abrigo
algunos movimientos “cívicos” participaron en elecciones para las ins-
tancias de poder local y regional. Aunque tuvieron algún éxito este fue
efímero, debido en parte a la “guerra sucia” que aniquiló no solo a los
grupos políticos de izquierda, sino a muchos de los dirigentes de dichos
movimientos; y en parte a la inexperiencia en el manejo de la cosa públi-
ca, cuando no a fenómenos minoritarios de incapacidad administrativa
y hasta de corrupción. Por su parte los grupos indígenas, lenta pero
consistentemente comenzaron a incursionar en los terrenos electorales
desde su participación en la Asamblea Constituyente, de la que lograron
sacar también una “circunscripción especial” que les garantiza dos sena-

140
dores. Con el tiempo han generado frentes electorales amplios que supe-
ran las barreras étnicas y que los hace visibles en el concierto nacional.
Los afrodescendientes han seguido estos pasos sin tanto éxito.
El decenio de los noventa arrancó con la esperanza levantada por
una alianza entre guerrillas desmovilizadas, especialmente el M-19 y el
EPL, con movimientos políticos regionales y disidencias de la vieja iz-
quierda, en la coalición llamada Alianza Democrática (AD) M-19. Así
en las elecciones presidenciales de 1990 su candidato, Antonio Navarro,
obtuvo el 12%, más del doble de lo conseguido históricamente por la
izquierda. Incluso para la Asamblea Constituyente la AD-M19 logró la
mayor votación por un partido y se acercó al 30%, aunque la participa-
ción ciudadana en esas jornadas fue la más baja de todo el siglo XX. Pero
esta coalición se desinfló muy pronto y para 1994, con listas dispersas,
obtuvo menos del 3% y no logró elegir ningún senador. Al resto de la
izquierda no le fue mejor. La Unión Patriótica, diezmada por la violen-
cia, también desaparece del escenario electoral a mediados de los 90 e
incluso su fuerza principal, el Partido Comunista, pierde la personería
jurídica. El otro grupo de izquierda electoral histórico pero de ideología
maoísta, el Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario (Moir),
se divide a la muerte de su máximo dirigente a mediados de ese decenio.
De esta forma, salvo los representantes indígenas, uno que otro afrodes-
cendiente y algún líder sindical o cívico, la izquierda prácticamente se
ausenta de los escenarios electorales durante los 90. Ante este vacío po-
lítico comienza a cobrar fuerza la presencia directa de los movimientos
sociales en los escenarios de la democracia representativa.
Así, después de muchos ires y venires, por convocatoria de la Cen-
tral Unitaria de Trabajadores (CUT) en 1999 se gesta el Frente Social y
Político (FSP). Unos llegan a él desde un proceso de “politización” de las
luchas sociales y los otros desde la crítica a los partidos de izquierda
tradicional. También se hace más evidente en sus filas el rechazo a la
opción armada que había marcado la historia de la izquierda colombia-
na desde mediados del siglo XX. En 2002 esta convergencia de fuerzas
sociales y políticas postuló a su dirigente, Luis Eduardo (Lucho) Garzón
como candidato presidencial, obteniendo un módico pero significativo
6% de la votación.
El ascenso de Álvaro Uribe Vélez al poder produce una polariza-
ción en el país que debilita el centro político y cataliza amplias coalicio-
nes de izquierda y de derecha. Desde la oposición se han generado alian-

141
zas con organizaciones sociales y, aunque no todas las luchas fueron exi-
tosas, permitieron una mayor visibilidad de la izquierda social y políti-
ca. En 2003 Lucho Garzón, con el apoyo del centro Liberal, ganó la
alcaldía de Bogotá, el segundo cargo de la nación. La izquierda socio-
política además obtuvo algunas gobernaciones en forma directa o por
alianzas. Menos visible, pero más significativa ha sido la consolidación
de un proyecto alternativo en el sureño departamento de Nariño. Allí
sucesivos dirigentes de izquierda desde los años 90 han administrado
eficientemente la ciudad de Pasto y ahora les corresponde el reto con el
Departamento, cuya gobernación se conquistó igualmente en 2003 y se
ha repetido en 2007.
Las coaliciones y las gestiones locales se pusieron a prueba en las
elecciones de 2006 en las que la izquierda unificada en el Polo Demo-
crático Alternativo (PDA) obtuvo un 12% en las parlamentarias y el
22% en las presidenciales, logrando el segundo lugar por encima del
trajinado candidato liberal Horacio Serpa17. En las pasadas elecciones
para alcaldes y gobernadores de 2007 el PDA ratificó la alcaldía de Bo-
gotá con un candidato proveniente de las huestes populistas, Samuel
Moreno Rojas, y sostuvo también la gobernación de Nariño en manos
de Antonio Navarro Wolf, dirigente histórico del M-19. Sin ser resulta-
dos espectaculares en el contexto latinoamericano, lo obtenido por la
izquierda democrática en Colombia es importante porque la consolida
como la principal fuerza de oposición. Para que continúe su crecimiento
tiene los retos de mantener la unidad, asunto difícil dada las rivalidades
heredadas de vieja data y las diferencias ideológicas en su seno, y dotarse
de una coherencia programática que sea equidistante del dogmatismo
intransigente y del pragmatismo a ultranza. Aunque suene contradicto-
rio, la vía es la búsqueda de una utopía posible. Igualmente, dicho pro-
grama, mientras se deslinda claramente de la insurgencia, debe propug-
nar por salidas políticas al conflicto armado. En esto va a recibir diatri-
bas y abiertas provocaciones –cuando no reales amenazas contra sus di-

17
A nuestro juicio es un error suponer que el 22% de la votación por el candidato del PDA,
Carlos Gaviria, responde a votantes de izquierda. Sin embargo, es un logro –solo superado
por la votación del M-19 a la Asamblea Constituyente– que constituye un nada desprecia-
ble capital político hacia el futuro. De hecho muchos movimientos y partidos de izquierda
actualmente en el poder en América Latina comenzaron con resultados similares hasta
constituirse en reales alternativas de poder (Rodríguez, Barret y Chávez, 2004). El experi-
mento de Nariño parece ser ejemplar en este sentido, pues no solo se han conquistado
importantes cargos locales y regionales, sino que fue uno de los dos departamentos en donde
el candidato presidencial de izquierda le ganó a Uribe Vélez en 2006.

142
rigentes– desde el frente de derechas que lidera el actual Presidente. Si
no sucumbe a esos ataques o a la división interna, el PDA junto con los
frentes electorales sociales y étnicos, y la izquierda liberal pueden ade-
lantar una clara oposición al uribismo que los convierta en real alterna-
tiva de poder en un tiempo no muy lejano. Así Colombia dejará de ser la
excepción en el subcontinente –el mejor aliado de Estados Unidos y el
fiel discípulo de la Doctrina Bush– y tornará sus ojos hacia el sur, que
también debería ser nuestro norte.

143
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145
146
Nuevos sujetos étnicos en Colombia.
Las comunidades negras y la lucha por sus
territorios y su visibilidad en las estadísticas

Luis Carlos Castillo*

Etnicidad y movimientos sociales

En el surgimiento y desarrollo de un movimiento social se cons-


truyen identidades colectivas (Melucci, 1985, 1994; Olsak, 2006). No
se trata solo de recursos que se usan estratégicamente, sino de dimensio-
nes culturales involucradas en la acción colectiva. Algunos autores han
denominado a estos aspectos la cultura política y la política cultural de
los movimientos (Escobar, Álvarez y Dagnino, 1998). Esta última es
definida por Escobar como “el proceso que se establece cuando los acto-
res sociales configurados por diferentes significados y prácticas cultura-
les entran en conflicto. La noción de práctica cultural supone que los
significados y prácticas culturales, en particular los teorizados como
marginales, de oposición, minoritarios, residuales, emergentes, alterna-
tivos, disidentes, etc. todos ellos concebidos en relación con determina-
do orden cultural dominante, pueden dar lugar a procesos que se deben
aceptar como políticos” (Escobar, 1997: 203).
En el mundo actual, los movimientos sociales se relacionan cada
vez más con la cultura en tanto son formas de construcción de la iden-
tidad de sujetos subalternos. Estos movimientos al reconfigurar repre-
sentaciones compartidas en una sociedad, cuestionan y trasforman ele-

* Doctor en Sociología y Ciencias Políticas, profesor del Departamento de Ciencias Sociales


de la Universidad del Valle, miembro del grupo de investigación sobre Migración, Urbani-
zación e Identidad de las Poblaciones Afrocolombianas de la misma universidad. Agradezco
a Libia Grueso y Carlos Rosero, dirigentes del Proceso de Comunidades de Negra de
Colombia, PCN, por la información que me brindaron para la escritura de este capítulo.
Igualmente, al grupo del Proyecto de investigación Otros Saberes de LASA (Latin American
Studies Association). También fue fundamental para este capítulo el informe de investigación
del PCN titulado Evaluación del Censo 2005 y la pregunta de autorreconocimiento étnico entre
la población afrocolombiana.

147
mentos hegemónicos de la cultura y de la política y “visibilizan” a
grupos sociales no reconocidos, como ha sido el caso de las poblacio-
nes negras en Colombia. Aunque también persiguen reivindicaciones
materiales, dichos movimientos generan dinámicas transformadoras de
los imaginarios hegemónicos. En este sentido, tienen que ver con el
poder y el conflicto, y a través de la renovación cultural, propician la
“visibilización” y valorización de identidades subalternas. Por lo tanto,
los movimientos sociales a la vez que luchan por el control de recursos
materiales también desarrollan una batalla en la producción de signi-
ficados culturales y en la generación de representaciones y procesos
simbólicos.
Los movimientos sociales cuya dimensión cultural se relaciona
con lo étnico son cada vez más importantes. Las demandas del zapatismo
en México, de los indígenas bolivianos, ecuatorianos y colombianos, la
invención de sujetos étnicos negros en Colombia, Ecuador y Brasil1,
entre otras manifestaciones, desafían a los científicos sociales para que
construyan marcos interpretativos para comprender las lógicas de las
demandas basadas en la etnicidad y evidencian la importancia que ha
adquirido la movilización con base en esta identidad. En efecto, como
sostiene Olsak (2006: XIV), muchas investigaciones sobre la violencia,
el conflicto y la activación de las fronteras étnicas parten de la hipótesis
de que la identificación étnica ha provocado y sostenido los principales
conflictos desde la Segunda Guerra Mundial.
El tema de la etnicidad, como el de la nacionalidad, ha generado
una abundante literatura en las ciencias sociales, pero así como no hay
una clara definición de lo que es la nación lo mismo ha acontecido con la
etnicidad. Sin embargo, se ha llegado a cierto acuerdo de que las fronte-
ras étnicas, en el sentido de Barth (1969), son una categoría útil para
comprender qué es la identidad étnica. No obstante, el proceso median-
te el cual las fronteras étnicas se transforman para activar movimientos
sociales no ha sido identificado con precisión. La persistencia de la mo-
vilización étnica origina muchos interrogantes acerca de los mecanismos
que activan la identidad del grupo y generan movimiento social a lo
largo de líneas étnicas. Como sostiene Olzak (2006: 35), la relación
entre movimiento social y etnicidad es de reforzamiento mutuo y antes
que identificar una primera causa, parece más útil explorar cómo el

1
Para un análisis del movimiento negro en Colombia ver Agudelo (2002) y Castillo (2008);
para Ecuador, Medina y Castro (2006); para Brasil, Agier (1992).

148
movimiento social valida, reinventa y refuerza lealtades basadas en mar-
cadores étnicos y raciales.
Si los movimientos sociales son secuencias de acción política basa-
das en redes sociales internas que desarrollan la capacidad para construir
desafíos colectivos frente a oponentes poderosos (Tarrow, 2004: 23), un
movimiento social étnico o racial plantea demandas étnicas de grupos
que basan su identidad en uno o más marcadores culturales. Es decir, la
pigmentación de la piel, el lenguaje, las distinciones religiosas, las prác-
ticas culturales o la identificación territorial, regional o nacional, deli-
nean un potencial de identificación que puede o no ser activado.
Las anteriores categorías han sido producidas para comprender
los movimientos sociales que surgieron desde la década de los sesenta
del siglo pasado y que fueron catalogados, con poca rigurosidad históri-
ca, como los nuevos movimientos sociales. Precisamente, muchos auto-
res coinciden en la apreciación de que a partir de la década de los sesenta
del siglo pasado las condiciones de la política en el mundo se transfor-
man radicalmente. Por ejemplo, Wallerstein (1974, 1985, 2005) sos-
tiene que a partir de 1968 entra en crisis el sistema-mundo y cambia la
política. Arrighi (1999), en un trabajo magistral, postula que durante
los años setenta del siglo XX se inicia el fin de la hegemonía de los
Estados Unidos en el sistema capitalista mundial y la “financiarización”
del capital, lo que haría parte, desde la perspectiva “Braudeliana” de la
longue durée, de los largos ciclos de acumulación y crisis del capital.
Hardt y Negri (2002: 243-245) plantean que a finales de 1960 el siste-
ma internacional de producción capitalista entra en crisis lo que se ma-
nifiesta en la caída de la renta y la ruptura de las relaciones de mando,
como resultado de la confluencia y acumulación de los ataques proleta-
rios y anticapitalistas contra el sistema capitalista mundial. En todo
caso, la crisis encuentra solución en la mayor expansión del capital de tal
forma que este se globaliza, abarcando por primera vez en la historia
todo el planeta, es decir, es el “surgimiento” de lo que ahora conocemos
como globalización. Esta se puede conceptuar, con base en Held (1999),
como un proceso social en el que las relaciones sociales, la cultura, la
política, la economía y aspectos de la vida cotidiana se interrelacionan,
en una escala global, rápida, amplia y profunda.
En este contexto surgen en Colombia las primeras manifestacio-
nes del moderno movimiento negro como Cimarrón y posteriormente
el Proceso de Comunidades Negras (PCN), más de 100 organizaciones

149
de afrocolombianos que han puesto en práctica una moderna política
cultural (Escobar, 1997; Escobar, Grueso y Rosero, 1998) y en la actua-
lidad un proyecto de resistencia pacífica ante los impactos de la guerra
que está afectando principalmente a la población afrodescendiente.

Surgimiento de un nuevo sujeto étnico en Colombia

Antes de la Constitución de 19912 no se puede hablar en Colom-


bia de la existencia de un sujeto social que hoy se conoce como comuni-
dades negras, que usa la diferencia étnica en la lucha política, en la
confrontación con el Estado y en la defensa de la diferencia cultural de
los afrocolombianos3.
Este movimiento se origina en organizaciones de diverso orden que
surgen durante la década de los ochenta en la Costa Pacífica Colombiana.
La Asociación Campesina Integral del Atrato (ACIA) es una de las más
importantes. Es la expresión de un campesinado negro que inicia una
lucha por la defensa del territorio ante la presencia de compañías madere-
ras que, con base en concesiones dadas por el Estado y amparadas en el
criterio de que las tierras del Pacífico son baldías, explotan vastos territo-
rios que habían sido ocupados ancestralmente por la gente negra.
En el centro y sur del Pacífico colombiano, en los departamentos
de Nariño, Cauca y Valle del Cauca, durante la década de los ochenta
hay organizaciones de negros de diversa naturaleza. “Entre ellas estaban
algunas organizaciones para el progreso regional, asociaciones gremiales
(agricultores, carboneros, pescadores) y culturales e incipientes organi-
zaciones de campesinos en unos veinte municipios, algunos de ellos pro-
ducto de los trabajos de acción por parte de los programas de pastoral
social de la diócesis católica y de algunas parroquias. Se perfilaba tam-
bién un grupo de activistas de origen estudiantil que planteaba la nece-
sidad de impulsar un movimiento de amplio cubrimiento en la pobla-
ción negra del país” (Pardo, 2001:331-332). En estas agrupaciones sur-

2
Esta Constitución reconoce el carácter pluriétnico y multicultural de la sociedad colom-
biana con lo que se quiebra el proyecto de nación mestiza que durante más de un siglo había
propugnado por una nación homogénea bajo el principio de una nación, una cultura, un
pueblo, una lengua, una religión.
3
En América Latina y el Caribe desde muchos años atrás han existido organizaciones de
negros, por ejemplo, el Frente “Negra Brasileira” se funda en 1931 (Fernandes, 1969: 211)
y mucho antes, en 1908, se crea el Partido del Color en Cuba.

150
ge una especie de identidad “proto” étnica negra que es promovida por
la organización Cimarrón que desde la década de los setenta desarrolla-
ba una lucha en contra de la discriminación de los negros y que exigía,
influenciada por la lucha de los derechos civiles en los Estados Unidos,
la integración de la población negra al proyecto nacional.
El surgimiento y estructuración de un nuevo actor social que se co-
noce como comunidades negras y su lucha por el reconocimiento de la
diferencia y la defensa de los territorio ancestrales en la Costa Pacífica colom-
biana, no es comprensible sin la estructura de oportunidad política que se
creó a comienzos de la década de los noventa y que desemboca en la citación
de la Asamblea Nacional Constituyente (ANC) que aprueba la actual Cons-
titución Política de Colombia. Esta estructura de oportunidad política está
asociada con el incremento de la violencia de finales de la década de los
ochenta y comienzos de lo noventa que genera una situación de ingoberna-
bilidad en todos los órdenes. Una triple crisis, de legitimidad, de participa-
ción y de gobernabilidad, como dice Donna Van Coot (2000).
En este contexto, las organizaciones de afrodescendientes desarro-
llan acciones colectivas para participar en la ANC. El logro fundamental
del Proceso de Comunidades Negras en dicha asamblea es el Artículo
Transitorio 55, más conocido como el AT55. Pero la aprobación de este
artículo no es un camino de rosas en la Asamblea Constituyente. Por el
contrario, es una lucha cerrada en la que las comunidades negras recurren
a múltiples repertorios de acción como la toma de iglesias, las movilizacio-
nes de los negros en las grandes ciudades y el telegrama negro. En la ANC
varios constituyentes de los partidos tradicionales se oponen con el argu-
mento de que los negros no constituyen un grupo étnico, a diferencia de
los indígenas, y que reconocer territorios colectivos es un primer paso para
el desmembramiento de la nación. El AT55 se aprueba a última hora y
origina la Ley 70 o ley de negritudes, el logro más importante para los
afrocolombianos después de la abolición de la esclavitud en 1851.

Fortalecimiento del proceso de comunidades negras

En el proceso de reglamentación de la Ley 70 y en la titulación


colectiva, el PCN se fortalece como movimiento social. Sin embargo, su
accionar, durante buena parte de la década de los noventa, ha estado
condicionado por los discursos derivados de la Ley de negritudes. No

151
obstante, es en este contexto que se reversa la apropiación por parte de
sujetos privados de los territorios de negros de la Costa Pacífica colom-
biana. De una situación como la que se observa en la tabla 1, en la que
buena parte de las tierras no estaban tituladas a nombre de los afrodes-
cendientes, se pasa a la titulación de más de cinco millones de hectáreas
como territorios colectivos de las comunidades negras, en la práctica
una reforma agraria. También se crean los Consejos Comunitarios de
Comunidades Negras que son elegidos democráticamente y que tienen
por función administrar y preservar el territorio. Estos logros han sido
posibles gracias a un fuerte movimiento social que utiliza la identifica-
ción territorial y la identidad étnica negra para defender lugares ances-
trales del avance del capital transnacional.

Tabla 1
Distribución del territorio del Pacífico colombiano antes
de la promulgación de la ley 70

Territorio del Pacífico Superficie en hectáreas


Área de resguardo indígena
constituida y en trámite 2.506.251
Área de parques nacionales naturales 580.550
Área de reservas especiales
(Defensa nacional y Universidades) 346.200
Área de perímetros urbanos 140.205
Área de sustracción de la reserva forestal
y propiedad privada 1.426.844
Áreas no tituladas 4.999.950
Área total cuenca del Pacífico 10.000.000

Fuente: INCORA (2001:12)

En este contexto, se formulan los principios políticos del PCN y


su idea de lo que significa ser negro o los pilares sobre los cuales se
levanta la comunidad negra como grupo étnico.
Los avances políticos de los movimientos sociales no solo pueden
ser medidos por los logros materiales, por ejemplo, el que hayan sido
tituladas más de cinco millones de hectáreas en el Pacífico colombiano,
sino también en los aspectos culturales del conflicto político, como se
dijo antes. “Las recientes tendencias sobre la dimensión cultural de la
política de los movimientos sociales. La construcción discursiva con la

152
cual hacen reclamos, plantean reivindicaciones o buscan nuevas defini-
ciones sobre su posicionamiento en la sociedad y frente al Estado son
importantes piezas de política cultural, la cual, en muchos casos, bus-
can no solo participar en las estructuras del poder, sino replantear su
ejercicio, o sea transformar las culturas políticas prevalecientes” (Pardo,
2001: 327; Escobar, Álvarez Dagnino, 1998). Un aspecto cultural del
movimiento de comunidades negras en Colombia ha sido su contribu-
ción al surgimiento de un nuevo imaginario de la nación como una
comunidad imaginada (Anderson, 1993). El imaginario de una nación
diversa étnica y culturalmente, y el reconocimiento de la diversidad de
culturas como el fundamento de la nación, se ha ido imponiendo en
Colombia como resultado de la lucha que en el plano simbólico ha lle-
vado a cabo el movimiento de comunidades negras y el moderno movi-
miento indígena.

Guerra en el Pacífico colombiano y estrategias


de resistencia de la gente negra4

Como se dijo antes, uno de los logros más importante del Movimien-
to de Comunidades Negras en Colombia ha sido la titulación de cinco
millones de hectáreas en los territorios ancestrales en los que han vivido los
afrocolombianos desde el siglo XVII. Sin embargo, este logro comienza a
desvanecerse ante el avance de la guerra en esta región de Colombia.
Como se aprecia en la tabla 2, entre los años 1999 y 2004 en la
práctica todo el territorio de la Costa Pacífica había sido afectado por el
desplazamiento. Durante el periodo, 97.672 personas, el 10% de la
población, huían de la guerra. De un total de 46 municipios, 41 habían
tenido desplazados. Según la Consultoría para los Derechos Humanos y
el Desplazamiento (CODHES), entre los años 2004 y 2007 se mantu-
vo la misma tendencia.
Sin embargo, mientras los delitos por muertes violentas han dis-

4
El uso del término guerra para nombrar el conflicto interno colombiano comienza en el
año 1995 cuando las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) obtienen
varios éxitos militares lo que lleva a diferentes analistas a plantear que esta agrupación
armada estaba abandonando la tradicional guerra de guerrilla para pasar a la guerra de
posiciones. Después del fracaso del proceso de paz adelantado por el presidente Pastrana y
de la política de mano dura del presidente Uribe, el concepto se extiende para referirse al
conflicto colombiano (Castillo, 2006; Pécaut, 2004).

153
minuido en Colombia pasando de 28 por cada 100.000 habitantes en
al año 2001 a 17, por cada 100.000 habitantes en el año 2007, en
Buenaventura, principal puerto sobre el Pacífico colombiano, en el año
2007 se produjeron 580 muertes violentas. Esto evidencia la magnitud
del impacto de la guerra en esta región ya que de todos los territorios de
comunidades negras ha salido gente expulsada.

Tabla 2
Población desplazada en el Pacífico colombiano 1999-2004
Provincias Año
1999 2000 2001 2002 2003 2004 TOTAL
CHOCÓ 9.879 8.823 7.336 15.086 5.172 5.290 51.586
VALLE 1.829 8.606 4.023 818 5.863 4.632 25.771
CAUCA 0 0 643 1.592 767 106 3.108
NARIÑO 792 1.828 5.712 2.477 2.804 3.594 17.207
TOTAL 12.500 19.257 17.714 19.973 14.606 13.622 97.672
Fuente: Procesamiento propio a partir de la base de datos de CODHES.

Todos los actores armados involucrados en la guerra en el Pacífico,


guerrillas, paramilitares y Ejército son responsables del desplazamiento
de la gente negra. CODHES y la Asociación de Afrodescendientes Des-
plazados (AFRODES) realizaron un estudio entre diciembre de 1999 y
febrero de 2000 en localidades de Bogotá que muestra, en lo relativo a
los responsables del desplazamiento, que el 55,26% había sido despla-
zado por los paramilitares, el 19,3% por la insurgencia, el 14,0% por
desconocidos, el 3,51% por las Fuerzas Militares y el 9,0% por otros
(Rosero, 2001: 1). El desplazamiento de la gente negra ha sido califica-
do por los dirigentes del PCN como “la mayor agresión que sufren los
afrodescendientes en los últimos 150 años” (Rosero, 2001: 1).
Esta situación de conflicto en el Pacífico se explica, entre otros
factores, porque la zona posee características sociales, geográficas y geoes-
tratégicas que son fundamentales para los actores armados. Las FARC
han encontrado en esta zona un corredor estratégico para el flujo de
armas; es una zona donde las operaciones contraguerrilleras se dificul-
tan, en que hay bonanza de la coca y con población empobrecida que se
vincula a los grupos armados por convicción ideológica, por la fuerza o
por el pago de un salario. Frente a esta situación que está produciendo
muerte, desplazamiento y desterritorialización entre las comunidades

154
negras del Pacífico colombiano, dichas comunidades y el movimiento
social han puesto en práctica estrategias de resistencia glocalizadas5 para
defender la vida, el territorio y evitar la desestructuración comunitaria.

Los territorios de paz y alegría

Ante la desterritorialización, terror y muerte que está producien-


do la guerra en el Pacífico colombiano, las comunidades negras y el
movimiento social han desarrollado varias estrategias y repertorios de
acción que buscan defender la vida y el territorio. Estas estrategias se
basan en el conocimiento ancestral que la gente negra tiene de sus ríos,
en las formas de organización social y comunitaria y en el rechazo al
conflicto por parte de comunidades pacíficas que históricamente han
estado en la frontera tanto del Estado-nación como del conflicto interno
que durante más de cincuenta años ha padecido Colombia.
En efecto, luego de que se produce la masacre de El Firme, en
abril de 2001, en el río Yurumanguí, y a pesar del desplazamiento y el
terror, las comunidades negras de diferentes ríos, con el apoyo del PCN
y la presencia de delegados internacionales de ONG defensoras de los
derechos humanos, hacen una declaración de no a la guerra y exigen a
los actores armados que abandonen los territorios: “(...) Nosotros hemos
sido claros y somos claros en señalar que no aceptamos que nos represen-
ten actores armados, es decir, no reconocemos la autoridad en nuestro
territorio de los actores armados. Y esto es difícil porque ellos tienen
armas, ellos no te están preguntando, ellos o haces lo que dicen o te
matan porque ellos hablan con las armas, con las balas” (Entrevista:
Miembro del Consejo Comunitario del río Mallorquín, Costa Pacífica
Colombiana, julio 2007). En esta asamblea, el río es declarado “territo-
rio de paz y alegría”. Esta estrategia consiste en que las comunidades
definen que sus territorios son de paz y que, por lo tanto, deben ser
excluidos de la guerra y que no debe haber presencia en ellos de los
actores armados. Las comunidades negras han seguido pronunciándose

5
Robertson introduce el término glocalización, neologismo formado con las palabras globa-
lización y localización (Beck, 1999: 79). Para él lo local y lo global no se excluyen, al
contrario, lo primero debe entenderse como un aspecto de lo segundo. En este sentido, la
resistencia glocalizada se refiere a resistir desde lo local, pero con una articulación con lo
global.

155
en contra de la guerra y siguen exigiendo el respeto de los territorios y
de los consejos comunitarios.
Los territorios de paz y alegría son, por lo tanto, espacios de resis-
tencia de las comunidades negras para oponerse a la desterritorialización
que la guerra está produciendo en el Pacífico colombiano. El ejemplo se
ha ido multiplicando, aunque débilmente. Así, las comunidades de la
cuenca del Bajo Atrato, desplazadas de sus territorios, se asentaron en
Pavarandó, municipio de Mutatá, Antioquia, y se declararon como “Co-
munidades de Paz San Francisco de Asís”. Esta estrategia cuenta con
el apoyo de la Iglesia y de ONG de carácter nacional e internacional que
exigen que la población civil sea excluida del conflicto.
Sin embargo, como toda estrategia que las comunidades intentan
llevar a cabo en un territorio dominado por la guerra, la propuesta de la
construcción de los territorios de paz y alegría ha enfrentado serios obs-
táculos. El primero de ellos es la negociación que las comunidades deben
llevar a cabo con los actores armados. Como están en medio de la guerra,
si alguien establece diálogo con uno de los bandos en conflicto es califica-
do como colaborador por el otro bando. Así, por ejemplo, en la provincia
del Chocó entre 1996 y el 2002, 116 integrantes de las comunidades de
paz han sido asesinados y 19 desaparecidos (PNUD, 2003: 130).
En las estrategias de resistencia contra los actores armados comu-
nidades como las del Consejo Comunitario del río Baudó han redactado
“reglamentos de convivencia”. Estos son pintados en las casas de donde
la gente negra ha sido desplazada y estipulan reglas como no dar infor-
mación a los actores armados y no relacionarse con ellos, entre otras.
Incluso, se prohíbe a las mujeres establecer relaciones con guerrilleros y
paramilitares (Oslender, 2004:71).

Desplazamiento colectivo, no individual

Como un resultado de la experiencia traumática del desplaza-


miento, la gente ha comprendido que si huye individualmente se hace
más vulnerable. El abandono individual de los territorios origina un
“desplazamiento por goteo” en el que las personas son absorbidas anóni-
mamente en la gran ciudad en la que terminan engrosando los cinturo-
nes de miseria y se invisibilizan entre los nuevos pobladores urbanos.
Dado que con el desplazamiento individual la gente se hace más

156
vulnerable, las comunidades negras han decidido como estrategia que
en caso de ser desplazadas deben realizar una evacuación colectiva del
territorio. El desplazamiento en grupo genera un hecho social que obli-
ga a las entidades oficiales a prestar atención inmediata y le permite a las
comunidades negociar en mejores condiciones con el Estado. Y, sobre
todo, el desplazamiento colectivo abre la esperanza del retorno también
colectivo:

Preparar a la gente, que la gente no salga del río. En la peor situación,


que la gente se desplace internamente. En caso de que la gente vea que
las condiciones no están bien en el río para estar, desplazarnos masiva-
mente, un desplazamiento organizado colectivo. La gente hoy está pre-
parada que si nosotros decimos ¡no resistimos más!, entonces, ¡vámo-
nos!, pero ¡vámonos todos! Las personas que salen solas les va mal, les va
muy mal. Entonces, en caso de que nos vamos a desplazar, ¡muchachos!
vamos a desplazarnos pero todos. Todo la gente hoy está preparada,
hasta se le ha dicho a la gente mantengan debajo de su almohada su
cédula, su registro civil, su carné de salud y sus cositas, en caso de que les
toque desplazarse, pues saben que por lo menos la identificación la
tienen. (Entrevista: Miembro del Consejo Comunitario del río Yuru-
manguí, julio de 2007).

El cimarronismo contemporáneo

Las comunidades negras han desarrollado una estrategia de resis-


tencia frente a la guerra que busca defender la vida, pero sin abandonar
el territorio. A esta estrategia la hemos denominado cimarronismo con-
temporáneo, porque es parte de lo que hacían los cimarrones durante la
esclavitud, pero ahora se aplica a las condiciones de un conflicto que
posee algunos rasgos de las “nuevas guerras”.
El cimarronismo contemporáneo surge del impacto que las ma-
sacres y el desplazamiento han producido en la gente negra que se ha
visto obligada a huir de los territorios. Esto ha generado la conciencia de
que abandonar los territorios es hacerse más vulnerable porque implica
la pérdida de derechos económicos, sociales y culturales y la profundiza-
ción de la pobreza, ya que en los centros urbanos el desplazado regular-
mente es acogido por un hogar pobre que al incrementar la relación de
dependencia profundiza la pobreza.
De manera similar a los cimarrones, que se escondían en la selva,
en sitios desconocidos por los amos, donde fundaban la sociedad de
157
hombres libres, las comunidades negras, para proteger sus vidas sin aban-
donar el territorio, se internan en lugares inaccesibles, solamente cono-
cidos por ellas. Se refugian en los afluentes, en los caños y en las quebra-
das donde permanecen por semanas y cuando la situación deja de ser
crítica regresan a los lugares en que habitan. Las comunidades llaman a
estos sitios encaletados, “donde nadie nos encuentra”. Por lo tanto, para
enfrentar el desplazamiento, la estrategia consiste en no ir al poblado
sino “monte adentro”, donde tienen mayores posibilidades de mantener
la cohesión grupal. De esta manera, en un nuevo contexto, para salva-
guardar la vida y el territorio, se repiten las técnicas guerreras de los
cimarrones.
La aplicación de estas estrategias de resistencia se acompaña con
tácticas de seguridad alimentaria que garantizan la permanencia en el te-
rritorio. De esta manera, muchas comunidades han optado no solo por
sembrar sus chagras para alimentarse, sino que organizan brigadas para ir
monte adentro, a los encaletados, para “sembrar comida” en varios luga-
res. Esto ha implicado recuperar semillas tradicionales, rescatar antiguos
cultivos y buscar nuevas fuentes de proteínas. El caso paradigmático es el
de las comunidades negras del río Yurumanguí, que ante el cerco alimen-
tario a que han estado sometidas por la guerra, han vuelto a sembrar arroz,
después de treinta años, usando las semillas tradicionales.
Las anteriores estrategias de resistencia contra la guerra son for-
mas localizadas que tienen éxitos relativos porque es el enfrentamiento
de comunidades civiles desarmadas en contra de poderes armados muy
poderosos y con un Estado débil que no puede garantizar la vida de los
ciudadanos. Por esta razón, las organizaciones de comunidades y el PCN
comienzan a globalizar la resistencia. Así, usan Internet para denunciar
los crímenes, atropellos y masacre de los actores armados, comienzan a
estar presentes en organismos internacionales y en foros mundiales don-
de denuncian la guerra, solicitan el apoyo de la comunidad internacio-
nal, de las organizaciones internacionales defensoras de los derechos hu-
manos y de la Iglesia para que tengan presencia en los territorios de paz
y alegría.
Recientemente, en la estrategia de internacionalización de la re-
sistencia contra la guerra, AFRODES abrió una oficina con un represen-
tante en Washington que funciona como centro de información para los
senadores y la población norteamericana (Oslender, 2004:72). Hoy, las
comunidades negras y el movimiento social de negritudes son conscien-

158
tes de que la única manera de defender los territorios, cuya titulación
colectiva les ha costado “sangre, sudor y lágrimas”, es mediante la resis-
tencia glocalizada contra la guerra.

La lucha por la significación

El Movimiento Social de Comunidades Negras en Colombia no


solo ha desarrollado una intensa lucha por la defensa de los territorios
ancestrales ante el avance del capital transnacional y ante una guerra que
condena a muerte a las comunidades, a sus líderes y a sus organizacio-
nes, sino que también libra una lucha, en el plano simbólico, en contra
de lo que llama la “invisibilidad” estadística de la gente, es decir, de la
construcción de datos oficiales que ocultan la existencia de los afrodes-
cendientes, lo que configura otra forma de exclusión y racismo.
Los datos son construcciones sociales que tienen el poder simbó-
lico de producir realidades. En este sentido, desde el punto de vista de
las poblaciones humanas y de la formulación de las políticas públicas,
quién no está en las estadísticas estatales no existe. Sin embargo, como
sostienen Barbary y Urrea (2004: 69): “Al igual que el conjunto de las
categorías de uso estadístico, desde las más objetivas hasta las asociadas
a preguntas de percepción y opinión, clasificar y calificar estadística-
mente una población tiene fuertes implicaciones históricas y socioan-
tropológicas, además, éticas y políticas en su relación con el Estado y los
otros grupos de la sociedad”. Por ello, la invisibilidad estadística a que
fueron sometidas las poblaciones negras tiene fuertes connotaciones ideo-
lógicas y políticas.
En efecto, a lo largo del siglo XX se realizan en Colombia diez
censos6. De estos solamente dos, el de 1912 y el de 1993, introducen
mediciones de la población afrocolombiana. El de 1912 usa el criterio
de raza, que se encuentra en boga en el momento, y arroja el dato de que
de un total de 5.072.604 habitantes, el 6% de la población, es decir,
322.499 personas son negras. Por su parte, el Censo de 19937 usa una

6
Estos censos se llevaron a cabo en los años 1905, 1912, 1918, 1928, 1938, 1951, 1964,
1973, 1985 y 1993.
7
El Censo de 1993 se produce después de la Constitución de 1991. Esta reconoce impor-
tantes derechos a los pueblos indígenas, y en menor medida a las comunidades negras, que
son definidos a lo largo de la carta como grupos étnicos. Por ello, hay una diferencia
sustancial de contexto entre el Censo de 1912 y del 1993. En el contexto del primero

159
pregunta de autorreconomciento étnico que es definida a partir del sen-
tido de pertenencia a una cultura, grupo, etnia, pueblos indígenas o
comunidad negra y basada en la autodeterminación como rasgo de iden-
tidad (Bodnar, 2000: 78; DANE, 1998). Un total de 1.106.499 perso-
nas se autorreconocen como pertenecientes a una etnia, es decir, el 3,34%
de la población total: 1,6% indígena y 1,5% negra. Además 71.923
personas se declaran pertenecientes a una etnia, pero no especifican a
cuál (Bodnar, 2000: 79).
La medición de la gente negra en el Censo de 1993 se explica en
buena medida porque la Constitución que surge de la Asamblea Nacio-
nal Constituyente del año 1991 declara que la nación colombiana es
diversa étnica y culturalmente, como se mencionó antes. Esta carta in-
troduce la categoría de grupo étnico para reconocer derechos a los pue-
blos indígenas, concepto al que se asimilan las poblaciones negras. Este
censo arroja, usando la autoidentificación étnica, que solo el 1,5% de la
población es negra, menor población que la que se reconoce como indí-
gena. Varias razones explican esta baja proporción. La Conferencia Na-
cional Afrocolombiana, realizada en el año 2006, analizando los por-
qués de este bajo número de afrocolombianos, menciona las siguientes
causas: deficiente capacitación de las personas encargadas de recoger la
información, precaria campaña de divulgación entre las personas que se
buscaban captar con la pregunte étnica, débil identificación de las po-
blaciones con el concepto de etnia en que se basa la pregunta, prejuicios
raciales de los empadronadores, débil autorreconocimiento de las po-
blaciones afrocolombianas, alto grado de invisibilidad de que han sido
víctimas las poblaciones negras y ausencia de los actores afrocolombia-
nos en el proceso (PCN, 2006).
En efecto, el movimiento social de negritudes, en especial el PCN,
le atribuye poca importancia a esta primera medición de la comunidad
negra bajo un modelo de nación que a la sazón se proclamaba pluriétni-
ca y multicultural. Pero esto no obedece a que el movimiento no consi-
dere importante la producción de estadísticas étnicas, sino a que su foco
de atención se concentraba entonces en la solución de un problema
material estratégico: la titulación de los territorios colectivos mediante

predominaban las ideas racistas del siglo XIX y la noción de que la nación mestiza debía
blanquearse mediante la mezcla del indígena y del negro con el blanco europeo; por el
contrario, el segundo está precedido de las ideas del multiculturalismo que se recogen en la
Constitución de 1991.

160
la reglamentación del AT55. Precisamente, la Primera Asamblea Nacio-
nal de Comunidades Negras, que se lleva a cabo en el mes de julio de
1992 en el Pacífico Sur colombiano, define que el objetivo central del
movimiento es reglamentar el AT55 de tal forma que se formulase la ley
para las comunidades negras orientada a la titulación colectiva de los
territorios ancestrales.
Una vez que el movimiento social de negritudes obtiene uno de
sus mayores logros, la titulación de territorios colectivos, como se men-
cionó antes, dio mayor atención a la visibilidad de la gente negra a través
de la producción de las estadísticas oficiales étnicas. Un indicador de
ello es su participación activa en los encuentros internacionales Todos
contamos I, realizado en el año 2000 en la ciudad de Cartagena (Colom-
bia), en Todos contamos II, realizado en el año 2002 en la ciudad de Lima
(Perú) y en el Taller de evaluación de la pregunta de autorreconocimiento
étnico que se llevó a cabo en el año 2004 en la ciudad de Bogotá. Por lo
tanto, esto evidencia que el movimiento social coloca también su foco de
atención en la producción de significados por lo que el campo de la
producción de estadísticas públicas étnicas se convierte en un escenario
de fuerzas en el que se expresan los intereses del movimiento social y en
el que termina confrontando con el Estado.
Como ha acontecido con el reconocimiento de los derechos de las
minorías étnicas, las mayores presiones que el Estado ha recibido para que
produzca estadísticas étnicas han provenido de actores transnacionales y
de las conferencias internacionales contra el racismo. Por ejemplo, la Con-
ferencia de Santiago en Contra del Racismo solicita a los Estados que
“…reúnan, recopilen y difundan datos sobre los grupos que son víctimas
de discriminación, proporcionando información sobre su composición,
desglosada por nacionalidad, etnicidad, sexo, edad y demás factores, se-
gún proceda, entre otras cosas, para formular y evaluar políticas y progra-
mas relacionados con los derechos humanos, con especial referencia al
racismo, la discriminación racial, la xenofobia y las formas conexas de in-
tolerancia” (Declaración de la Conferencia Regional de las Américas con-
tra el Racismo, 2000: párrafo 13, citado en PCN, 2006: 8).
A pesar de la existencia de diversas interpretaciones sobre la im-
portancia del Censo 2005, la mayoría del PCN opinó en su momento
que realizarlo era muy importante porque en él se contaría nuevamente
la población afrocolombiana y que la gente negra tenía derecho a ser
reconocida en su identidad étnica. Por lo tanto, la visibilidad estadística

161
se convirtió en un elemento muy importante para la política el PCN
porque, entre otras razones, contarse y saber el peso demográfico de los
afrocolombianos se ha convertido en un elemento central de su recono-
cimiento en términos de su presencia cultural y de la política pública a
la que se le podía exigir, con cifras, acciones incluyentes y de discrimina-
ción positiva. Como un actor estratégico, el PCN consideró que la visi-
bilidad estadística de la gente negra podía lograr varios resultados, por
ejemplo, se podía impulsar una amplia campaña nacional entre la gente
negra para que se reconociese como tal. El autorreconocimiento como
afrocolombianos o de pertenencia a las comunidades negras en regiones
diferentes a la Costa Pacífica colombiana sería un primer paso para exigir
la aplicación de la Ley 70 en lugares diferentes a las zonas ribereñas de la
Costa Pacífica colombiana, la única zona de Colombia donde, contradi-
ciendo el mismo espíritu de esta Ley, se han titulado territorios ances-
trales negros como tierras colectivas de las comunidades negras. Tam-
bién, la producción futura de estadísticas étnicas, a partir de este censo,
mostraría, con toda seguridad, que el proceso histórico de exclusión de
la población afrocolombiana había sido de tal magnitud que ella tendría
los peores indicadores en todo lo que se refiere a la calidad de la vida y al
acceso a los servicios que presta el Estado.
Para el PCN también ha sido de vital importancia mostrar que los
afrocolombianos son el grupo más afectado por la guerra que padece
Colombia. No obstante, dado que no existen estadísticas étnicas, el im-
pacto de la guerra sobre la gente negra también ha sido “invisibilizado”.
Y, cuando el PCN ha pedido el apoyo solidario internacional de ONG o
de parlamentos amigos en contra de los impactos de la guerra sobre la
población afrocolombiana se han exigido cifras que demuestren esto.
El censo de la población afrocolombiana estaba asociado con com-
promisos internacionales adquiridos por el Estado como los de las con-
ferencias contra el racismo de Durban y de Santiago y la Cumbre del
Milenio de las Naciones Unidas. Además, el Estado se había compro-
metido en el Documento del Consejo Nacional de Política Económica y
Social (CONPES) Nº 3196 que concertaría con las organizaciones afro-
colombianas el proceso censal. Esta era una ocasión especial en la que no
se debían cometer los errores del censo de 1993 y una oportunidad para
la visibilidad estadística de la gente negra. Por estas razones y las consi-
deraciones anteriores de estrategia, el PCN se propuso participar en tres
campos de la realización del censo: en la pregunta que identificaría a la

162
población afrocolombiana, en una campaña de sensibilización sobre el
autorreconocimiento de la gente negra y en el dispositivo de recolección
de la información.
Como se dijo antes, dirigentes de las negritudes ya habían parti-
cipado en dos encuentros internacionales en los que el tema central eran
las estadísticas étnicas. Con estos antecedentes, en enero de 2004, par-
ticiparon con expertos nacionales e internacionales, comunidades indí-
genas, afrocolombianas y gitanas, en el Taller Técnico de Evaluación de
la Pregunta de Autorreconocimiento. En este taller, las ahora considera-
das comunidades étnicas discuten cómo garantizar que sean reconocidas
y, por lo tanto, visibilizadas en el próximo censo nacional de población.
Si el reconocimiento étnico es un derecho adquirido en la nueva Consti-
tución, la pregunta de autorreconocimiento debía ser consultada con las
comunidades étnicas para no cometer los errores del Censo de 1993 que
había continuado con la perniciosa tendencia del siglo XX de invisibili-
zar a las poblaciones afrocolombianas. Por estas razones, las organizacio-
nes afro desarrollaron una amplia consulta entre las comunidades negras
acerca de los etnónimos más utilizados en su autorreconocimiento. Los
resultados de esta consulta se presentan en el Primer Taller Nacional de
Socialización para la Población Afrocolombiana del Censo Nacional de
Población y de Vivienda que convoca el Departamento Nacional de Es-
tadísticas (DANE) en septiembre de 2004. Las organizaciones de co-
munidades negras, diferenciando categorías étnicas (basadas en la cul-
tura) y categorías raciales (basadas en el fenotipo), propusieron que la
mejor manera de captar a la población afrocolombiana sería mediante la
siguiente pregunta de autoreconocimiento: “¿Usted es? Trigueño (a),
Moreno (a), Mulato (a), Zambo (a), Afrocolombiano o afrodescendien-
te, Raizal, Palenquero, Negro, Indígena, Gitano (Rom o Li), Blanco”
(PCN, Informe Taller Censo Afrocolombiano, Bogotá, septiembre 8 y 9
de 2004, citado en PCN 2006: 13).
El DANE llegó a un acuerdo con las organizaciones de comuni-
dades negras de tal forma que se acepta que la pregunta de autorrecono-
cimiento quedaría formulada de la siguiente manera: “¿Usted es: Negro,
Moreno, Mulato, Zambo, Mestizo, Blanco, Ninguna de las anteriores”.
En este acuerdo, se excluye el etnónimo trigueño, lo que produjo un
enfrentamiento entre las organizaciones afrocolombianas y el DANE.
Mientras las primeras alegaban que esa categoría fue impuesta por años
a los descendientes de africanos, una prueba de lo cual era que muchos

163
de estos aparecían en sus cédulas de ciudadanías clasificados como tri-
gueños, el último sostenía que esta categoría estaba asociada con el cruce
entre el europeo, el indio y el negro y que no identificaba a la población
afro por lo que su uso sobre estimaría dicha población.
El término moreno también fue objeto de disputa. Para el PCN
este etnónimo también identificaba ampliamente a la población ne-
gra del interior del país y en especial a la de la Costa Caribe. Por su
parte, el DANE se resistía a incluirlo alegando que no había sido
probado en las pruebas técnicas. Sin embargo, al final, la categoría se
incluyó y además el DANE se comprometió a que las organizaciones
afrocolombianas participarían en lo que llamaron la campaña de sen-
sibilización, para que la gente negra se autorreconociera como tal y
participara en el operativo censal (PCN, 2006). Como se puede ob-
servar, desde un comienzo, está presente una tensión entre el Estado
y las organizaciones de comunidades negras. El problema en disputa
es el número de personas que el censo contaría como negras. Mien-
tras el Estado, a través del DANE, busca, supuestamente, que no se
sobreestime esta población y, por lo tanto, que no apareciese Colom-
bia con una proporción de población negra que en teoría no tendría,
para las organizaciones afrocolombianas el problema es que la pobla-
ción negra no continuase subregistrada, o invisibilizada estadística-
mente, como había acontecido desde los orígenes de la conforma-
ción de la sociedad colombiana.
Por circunstancias, que no son objeto de análisis aquí, el director
del DANE, con el que las organizaciones de comunidades negras pacta-
ron la pregunta de autoidentificación y su participación en la realización
del censo, fue destituido. En estas nuevas circunstancias, las organizacio-
nes de comunidades negras colocaron un derecho de petición para cono-
cer cómo quedaría la pregunta de autoidentificación8. A esta exigencia el
Instituto de Estadísticas Públicas respondió que dicha pregunta quedaría
formulada de la siguiente manera: “De acuerdo con su cultura o rasgos
físicos, ¿…es o se reconoce como: Indígena?, Rom?, ¿Raizal del Archipié-

8
El derecho de petición es firmado por las siguientes organizaciones: Conferencia Nacional
Afrocolombiana, CNA; Movimiento Nacional Cimarrón; Proceso de Comunidades Negras
en Colombia, PCN; Organización de Comunidades Negras, ORCONE; Asociación Muni-
cipal de Mujeres de Buenos Aires, ASOM; Palenque Regional Alto Cauca; Palenque Regio-
nal el Congal; Palenque Regional Ku Situ; Consejos Comunitarios de los Ríos Yurumanguí,
Mallorquín, Raposo, Mayor de Anchicayá y el Consejo Comunitario del Río Mira (PCN,
2006).

164
lago de San Andrés y Providencia? ¿Negro (a), Mulato (a), afrocolombiano
(a), o afrodescendiente? ¿Ninguna de las anteriores?”
Adicionalmente, informó que la cuarta opción no generaría nin-
gún tipo de omisión porque los encuestadores preguntarían leyendo
cada término con lo que la persona encuestada se autorreconocería de
forma adecuada. Además, que había sido excluida la categoría moreno
porque era utilizada en gran parte del territorio nacional, especialmente
en la zona andina, donde reside la mayoría de la población, para deter-
minar el color de piel resultado del mestizaje de indio y blanco (PCN,
2006: 15). La exclusión de este etnónimo, como se verá más adelante,
genera un subregistro de la población afrocolombiana sobre todo en la
Costa Caribe. En efecto, la fuerte carga negativa que ha tenido el térmi-
no negro en la Costa Caribe colombiana por la historia de esclavitud y
discriminación ha generado el rechazo de la gente a autoidentificarse
como negros. En los procesos de identificación este término ha sido
reemplazado, en forma eufeminística, por el de moreno.
Después de un año de recolección de la información, los primeros
datos del censo se publicaron en junio de 2006. El censo arrojó que de
un total poblacional de 41.468.384 personas, 4.261.996 colombianos,
es decir, el 10,5%, se identifican como negros. Este dato, aunque con-
trasta con las cifras del Censo de 1993, que, como anotamos antes, esti-
ma que solo el 1,5% de la población es negra, es diferente de la cifra del
26% que se introduce en el año 1998 en el Plan de Desarrollo para la
Población Afrocolombiana, estimativo que no fue avalado por DANE ni
por el Departamento Nacional de Planeación (DNP), aunque fue po-
pularizado por las organizaciones negras y citado en documentos oficia-
les por organismos de las Naciones Unidas.
Para el PCN, y otras organizaciones del movimiento social afroco-
lombiano, las cifras de población afro que arrojó el censo continúan
invisibilizando a la gente negra. Se habría presentado un subregistro
generado por la forma como se hizo la pregunta de autorreconocimiento
étnico. Para tener una idea de la magnitud del subregistro, el PCN apli-
có una encuesta a población negra en las cinco ciudades colombianas en
las que se concentra el mayor número de afrodescendientes: Bogotá,
Medellín, Cali, Cartagena y Barranquilla. La encuesta buscaba conocer
entre los afrocolombianos seleccionados si habían sido censados, si a
todos los miembros del hogar se les había aplicado el formulario básico
y si a todos se les había aplicado la pregunta de autorreconocimiento

165
étnico. La encuesta arrojó los siguientes resultados: el 97,2% fue censa-
do, solo en el 86,1% de los hogares fue aplicado el formulario a todos
los miembros del hogar y al 42,1% no se le aplicó la pregunta de auto-
reconocimiento étnico (PCN, 2006). El problema más grave se habría
presentado en la ciudad de Cartagena donde al 69,9% de los encuesta-
dos no se le aplicó la pregunta de autorreconocimiento.
La pregunta de autorreconocimiento étnico no se aplicó a todos los
miembros del hogar por múltiples razones. Los encuestadores no recibie-
ron un buen entrenamiento sobre el manejo de esta pregunta. Tenían
confusión de si era universal o muestral. Dado que se les pagaba por el
número de formularios diligenciados, algunos, por completar la cuota,
omitieron la pregunta de autorreconocimiento. Otros, por sus prenocio-
nes, no clasificaron a los entrevistados como negros si el fenotipo no coin-
cidía con el que consideran que pertenece a una persona negra. Al parecer,
en zonas caracterizadas por combinar una alta proporción de población
negra y altos niveles de violencia e inseguridad, como las del sur oriente de
la ciudad de Cali, los encuestadores diligenciaron los formularios. Por otro
lado, la campaña de sensibilización que contempló entre otras cosas, un
video titulado “Las caras lindas de mi gente… ‘negra’”, que subraya la
importancia del autorreconocimiento de los descendientes de africanos,
no se desarrolló como se planificó; además, el DANE no mostró mucho
interés en que las organizaciones de afrocolombianos participasen activa-
mente en el proceso censal y aunque muchas de estas organizaciones des-
plegaron un fuerte activismo para que la gente negra se autorreconociera
como tal no tuvieron el impacto esperado.
Los testimonios que han sido recogidos por parte del PCN, tanto
para la elaboración de la encuesta que se aplicó en las cinco ciudades de
Colombia de mayor población afrocolombiana y en talleres realizados
con población afrodescendiente evidencian todos los errores cometidos
en el diligenciamiento de la pregunta de autorreconocimiento, pero tam-
bién la relación entre un alto porcentaje de autorreconocimiento y el
activismo de las organizaciones afro.
De las diferentes organizaciones del movimiento social afroco-
lombiano, el PCN es el que ha asumido la actitud más radical frente a
los resultados del censo ya que estima que el subregistro en la aplicación
de la pregunta de autorreconocimiento étnico estuvo por el orden del
40%. Mientras otras organizaciones sostienen que los resultados que el
censo arroja sobre el número de afrocolombianos, cercano al 11% de la

166
población total, es la visibilización de la gente negra, el PCN se apresta
a demandar al Estado colombiano ante los organismo internacionales
por lo que han denominado, con una fuerte carga simbólica, “Genoci-
dio estadístico”.

Conclusiones

Este capítulo ha mostrado la lucha de las comunidades afroco-


lombianas por el reconocimiento de la diversidad étnica y cultural y su
“visibilidad” estadística. En un contexto de racismo difuso, como el co-
lombiano, esto ha contribuido a la transformación del imaginario de
nación homogénea, a la titulación de territorios colectivos y a una ma-
yor inclusión de estas poblaciones. Sin embargo, el Estado comunitario,
a través de una novísima legislación, ha comenzado a desconocer buena
parte de los logros obtenidos por las negritudes, lo que ha implicado
nuevos desafíos para un movimiento social que ha hecho un uso estraté-
gico de la identidad étnica en la lucha política.

167
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170
Movimientos urbanos dominicanos y sus
oportunidades políticas en la transición
democrática reciente (1978-1991)

Emelio Betances*

Este capítulo está dedicado al estudio de los movimientos sociales


urbanos recientes en la República Dominicana, con el fin de explicar
por qué no lograron conquistar las reivindicaciones políticas que se pro-
pusieron. Planteamos que los fracasos de los movimientos sociales se
debieron a la falta de una estructura de oportunidades políticas que
propiciara su éxito frente al Estado. La exposición está dividida en tres
partes: la primera expone el marco conceptual empleado para explicar el
desarrollo de los movimientos sociales dominicanos, la segunda se enfo-
ca en el ciclo de protestas1 que surgió entre 1979 y 1991 y la tercera se
concentra en el estudio de dos organizaciones que cobraron forma en el
marco de la apertura política que se inició con la transición democrática
de 1978. Estas organizaciones son el Comité para la Defensa de los
Derechos Barriales (COPADEBA) y Ciudad Alternativa. Nos interesa
explicar el surgimiento de ambas para identificar los factores que acotan
el éxito relativo de sus estrategias para conseguir sus reivindicaciones,
mientras que la mayoría de los otros movimientos populares no obte-
nían los suyos.

*Emelio Betances, doctor en Sociología, catedrático en Sociología y Estudios Latinoameri-


canos en Gettysburg College, Pensilvania, EE.UU.
1
Se refiere a “al aumento de conflictos y desacuerdos en todo el sistema social. Este ciclo
incluye: una difusión rápida de acción colectiva de sectores más movilizados a sectores
menos movilizados, un paso acelerado de innovación de las formas de expresar los desacuer-
dos, marcos de acción colectiva nuevos o transformados, una combinación de participación
organizada y desorganizada, y una secuencia de interacción intensificada entre actores y
autoridades que puede tener como resultado reformas, represión y, algunas veces, la revolu-
ción” (Tarrow, 1994:153).

171
Marco conceptual

En las últimas tres décadas, los movimientos sociales dominica-


nos se han dividido en tres grandes sectores: los movimientos populares
no laborales, los de profesionales y el sindical. En los años ochenta los
dirigentes de las centrales sindicales fueron invitados a una serie de diá-
logos convocados por la Iglesia Católica entre empresarios, Gobierno y
trabajadores. Estos diálogos permitieron que los sindicalistas lograran
reformas al código del trabajo que no había sido modificado desde la Era
de Trujillo, prestaciones de salud, mejoras salariales y reconocimiento
como interlocutores válidos por el Estado. Este reconocimiento llevó a
la mayoría de estos líderes a concebirse como un sector diferente dentro
de los movimientos sociales y a considerar, junto con la Iglesia, el Estado
y los empresarios, al movimiento popular barrial como parcela aparte
sin representantes reconocidos. El movimiento de profesionales no fue
invitado a estos diálogos probablemente por ser considerado contestata-
rio y por estar aliado al movimiento popular barrial en los ochenta. La
incorporación del movimiento sindical a los diálogos y el trato que reci-
bió por parte del Estado y los empresarios contribuyeron poderosamen-
te a la división del movimiento social.
La convocatoria a diálogo es parte de un modelo de dominación
que se basa en la cooptación/represión para ejercer la gobernabilidad en
una sociedad llena de conflictos sociales, donde el imperio de la ley es
realmente deficiente y los grupos dominantes se sienten amenazados
por la proliferación de movimientos de protestas. Este modelo combina
la cooptación política con la represión abierta, forzando a los movimien-
tos sociales a confrontar la cooptación de líderes para que no socaven los
proyectos del Estado y represión para todos aquellos que no estén dis-
puestos a aceptar los lineamientos trazados por las elites políticas. El
clientelismo político es el signo distintivo de la cooptación política y
todos los partidos dominantes lo emplean para atraer a líderes sociales e
involucrarlos en sus estrategias. Este aspecto de la política dominicana
ha sido muy destructivo para los movimientos sociales y ha impedido
que estos hayan podido desarrollar sólidas instituciones populares u
obtenido respuestas a sus reivindicaciones.
El modelo de dominación basado en la cooptación/represión no
varió cuando empezó la transición democrática en 1978 bajo los gobier-
nos del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), sino que continuó

172
durante los gobiernos posteriores. Lo que sí cambió fueron las aperturas
políticas que se dieron en momentos históricos determinados, pero que
por su debilidad, una gran parte de los movimientos sociales no pudo
sacar mayor provecho de ellas.
La estructura de oportunidades políticas es fundamental a la hora
de analizar el éxito o fracaso de los movimientos sociales. En sus inicios,
las grandes escuelas de pensamiento en torno a los movimientos sociales
en Europa se preguntaban por qué surgían los movimientos sociales, por
qué las sociedades y Estados contemporáneos llevaban actores de clase
media a organizarse en movimientos, entonces, denominados “nuevos
movimientos sociales,” por oposición a los viejos movimientos organiza-
dos alrededor de la clase obrera. Por su parte, los sociólogos estadouni-
denses ponían su mira en los recursos que movilizaban los actores socia-
les, es decir, cómo lograban organizar a la gente (Touraine, 1968, 1969,
1987; Melucci, 1980, 1988:329-48; Snow et al. 2005). Más reciente-
mente, Sidney Tarrow (1994:83, McAdam et al., 2001) ha señalado
que estas escuelas de pensamiento habían dejado de lado una variable
intermedia que se refiere a la estructura de las oportunidades políticas,
es decir, en qué contexto sociopolítico se forman los movimientos socia-
les. Ninguna de estas escuelas tomaba en cuenta lo que él llama la es-
tructura de la oportunidad política y por eso no podían explicar por qué
los movimientos surgían en determinados momentos y luego declina-
ban. Las victorias de los movimientos sociales están relacionadas con
ciclos de oportunidades políticas que aparecen en determinados mo-
mentos de la historia y que luego se cierran.
El concepto de estructura de la oportunidad política nos puede
ayudar a comprender por qué bajo determinadas circunstancias históri-
cas los movimientos sociales pueden tener éxitos sorprendentes, aunque
efímeros, ejercer influencia sobre las elites y las autoridades y luego, de
repente, perderla a pesar de haber hecho esfuerzos para impedirlo. La
estructura de la oportunidad política tiene cuatro características: aper-
tura de acceso a la participación, disponibilidad de aliados influyentes,
cambios en las alineaciones reinantes y conflictos dentro y entre las eli-
tes. (Tarrow, 1994:85-86). En el caso dominicano encontramos que
solo la primera de estas características está presente en el ciclo de protes-
tas de 1979-1991. Sostenemos que la inexistencia de las restantes carac-
terísticas llevó a que los movimientos no alcanzaran una gran parte de
sus reivindicaciones.

173
Movimientos sociales y oportunidades políticas

La victoria del PRD en las elecciones de 1978 abrió un nuevo


espacio que permitió el regreso de los exiliados políticos, la actividad
abierta de la izquierda y la libertad de los presos políticos. Esta apertura
permitió la reactivación del movimiento social de manera abierta, algo
que no se había podido hacer durante los tres gobiernos autoritarios de
Joaquín Balaguer (1966-1978). Asimismo, el gobierno del PRD, enca-
bezado por Silvestre Antonio Guzmán Fernández (1978-1982), ejecutó
una política económica que tenía por objeto crear empleos y, de esa
manera, “inducir la demanda” y consecuentemente el crecimiento eco-
nómico. Sin embargo, esta estrategia económica conllevó al abultamien-
to del presupuesto nacional y el gobierno se vio obligado a tomar prés-
tamos para pagar los salarios de los empleados públicos, que habían
aumentado sustancialmente. Desafortunadamente, en estas circunstan-
cias, tuvo que enfrentar el huracán Frederick en 1979, que dejó grandes
destrucciones en el país y posteriormente el aumento del precio del
petróleo en el mercado internacional. En particular, el aumento del pe-
tróleo condujo al incremento de los precios del pasaje al transporte pú-
blico, provocando en 1979 una importante huelga de choferes encabe-
zada por un sector sindical que había sido uno de los principales aliados
del PRD. Esta huelga contaba con amplio respaldo popular y el gobier-
no la reprimió brutalmente, creando una crisis en sus relaciones con el
movimiento popular.
A partir de ese momento el gobierno y su partido no pudieron
retener su hegemonía sobre el movimiento social, pues mostraron que
estaban dispuestos a emplear la fuerza represiva al igual que lo había
hecho Balaguer. Mientras el gobierno se alejaba del movimiento social,
consolidaba sus relaciones con los sectores de poder, enviándoles señales
claras de que estaba alineado con ellos y era leal. El gobierno enviaba
estas señales en busca de recuperar apoyos que habían estado ligados a
los gobiernos de Balaguer, los cuales todavía tenían dudas del PRD.
Esto quiere decir que la oportunidad política que se había abierto con la
llegada del PRD al poder era más bien estrecha y se limitaba al acceso a
la participación política con serias restricciones. El gobierno estaba dis-
puesto a seguir empleando el modelo de cooptación/represión como lo
había hecho Balaguer durante sus 12 años en el poder. La transición
democrática estaba sumamente circunscrita pues la forma autoritaria

174
del Estado no había cambiado, ni había ningún conflicto relevante en-
tre las elites dominantes y este. Tampoco había conflicto importante
que las dividiera políticamente. En breve, las oportunidades políticas
estaban restringidas para el movimiento social.
La crisis creada por la represión a la huelga de choferes de 1979,
dividió el movimiento popular entre aquellos que siguieron apoyando al
gobierno y quienes se fueron a la oposición. En realidad, sectores impor-
tantes del partido procedieron a cooptar una parte importante del mo-
vimiento popular a través del clientelismo político que incluía la oferta
de empleos y/o posiciones en el Estado. La dirección del partido proce-
dió a ejercer un mayor control de las organizaciones populares e incluso
creó las juntas de vecinos a nivel nacional con el fin de tener una presen-
cia en el seno del pueblo. César Pérez y Leopoldo Artiles (1992: 39)
señalan que “a través de estos agentes, el partido en el gobierno amplió
sus bases de sustentación, incorporando al sistema una serie de cuadros
con experiencia organizativa en las luchas antibalagueristas, ligados a las
diferentes formas de agregación para la acción social, entre las que se
destacaban los clubes culturales, que pasaron de ese modo a efectuar
labores progobiernistas abandonando su antiguo compromiso social”.
Sin embargo, hubo numerosos grupos que no aceptaron la cooptación
política y buscaron formas izquierdistas de integración política. Los
Comités de Lucha Popular (CLP) creados a inicios de los ochenta, tam-
bién utilizaron los clubes culturales y deportivos como fuentes para en-
grosar sus parcelas políticas y así poder hacerle oposición al gobierno del
PRD. Inspirados por partidos de izquierda, los CLP jugaron un papel
importante en las movilizaciones que se realizaron a principios de los
ochenta en los barrios de la zona norte.
Ni la izquierda ni la derecha pudieron impedir que Salvador Jorge
Blanco, candidato del PRD a las elecciones de 1982, ganara cómoda-
mente. Jorge Blanco (1982-1986) había anunciado en su campaña que
mantendría las libertades políticas y respondería a las reivindicaciones
de las clases medias y los sectores populares. Sin embargo, tan pronto
tomó posesión, inició negociaciones con el Fondo Monetario Interna-
cional, lo que eventualmente llevaría a la devaluación de la moneda y a
restricciones del gasto público para poder pagar la deuda externa que se
había abultado en el gobierno anterior. Sus medidas económicas fueron
anunciadas durante la Semana Santa de abril de 1984: cuando la gente
regresó de vacaciones, se encontró que los precios de los artículos de

175
primera necesidad se habían disparado. El 24 de abril de ese año se
desataron una serie de protestas en los barrios de la zona norte de la
ciudad de Santo Domingo que pronto se extendieron por todo el país.
Los noticieros de radio y televisión se encargaron de transmitir las imá-
genes de los motines y estas fueron la chispa que incendió la pradera;
una especie de mandato para que todo el mundo levantara barricadas en
campos y ciudades e impidiera el paso de la circulación vehicular. Los
enfrentamientos con las fuerzas combinadas de la policía y las fuerzas
armadas proliferaron. La magnitud de las protestas sorprendió al go-
bierno y a la clase política, que no esperaba una reacción tan fuerte a las
medidas anunciadas. El resultado de estas acciones represivas fue la
muerte de más 150 personas y el arresto de miles de personas en todo el
país. Esta respuesta gubernamental dio por terminadas las relaciones
con el movimiento social progresista y los que quedaron aliados a él
rompieron completamente con su pasado de compromiso social y polí-
tico (Cassá, 1995:80-93; 2004:179-198; Espinal, 1995:63-79, Bobea,
1999:179-208).
Las protestas contra la política económica y las negociaciones con
el Fondo continuaron durante 1985 y se intensificaron durante el nue-
vo gobierno de Joaquín Balaguer (1986-1990), quien ganó las eleccio-
nes gracias a la división política del PRD. Cuando Balaguer asumió el
poder en 1986 dijo que reiniciaría las obras públicas que los gobiernos
del PRD habían suspendido. Además, abrió un proceso judicial contra
Jorge Blanco, acusándolo de corrupción durante su gestión. No fue di-
fícil para Balaguer encontrar telas por donde cortar en un gobierno que
se caracterizó por los escándalos de corrupción. Sin embargo, Balaguer
no estaba realmente interesado en poner fin a la corrupción, sino más
bien en destruir políticamente a Jorge Blanco para que este no pudiera
presentarse como candidato a la presidencia. Balaguer tuvo éxito destru-
yendo a Jorge Blanco, pero no pudo responder a las reivindicaciones
exigidas por los movimientos populares2. Las huelgas se intensificaron

2
Estas reivindicaciones incluían la armonización de aumentos de los salarios entre el sector
público y privado, escala móvil de salario, automáticamente revaluada cada tres meses,
orientación de partes de los recursos del Estado a la agricultura, reestructuración y sanea-
miento del sistema monetario, cese de la emisión de dinero “inorgánico” (dinero emitido sin
que el Banco Central contara con los recursos de lugar) y de la política de grandes obras de
infraestructura, auditoría y control financiero de las principales empresas nacionales, aplica-
ción de la reforma agraria, alto a la privatización de la Compañía Dominicana de Electrici-
dad, reducción de los precios de la medicina y la exigencia del pago de la deuda del gobierno
con el fondo de los trabajadores de la construcción (Faxas, 2007:311).

176
durante su gestión como lo muestra el cuadro número 1. El porcentaje
de acciones de protesta subió en un 13% en 1986 a 22 en 1988 y luego
declinó, pero siempre muy por encima de los niveles que había durante
la gestión de Jorge Blanco. Balaguer tuvo que enfrentar fuertes movi-
mientos de protesta, pero estos no contaron con una oportunidad polí-
tica propicia porque el Gobierno estaba en pleno control de la situación
reinante, los empresarios lo respaldaban3, la Iglesia Católica estaba dis-
puesta a convocar diálogos, lo que ya había contribuido a la división del
movimiento. Balaguer sabía que el movimiento sindical era débil; este
solo tenía un 10 % de los trabajadores sindicalizados y entendía que un
sector de sus dirigentes estaba satisfecho con su inclusión en los diálogos
convocados por la Iglesia.
Él tenía claro que el movimiento social estaba dividido y en serias
dificultades para convocar huelgas que pudieran amenazar a su gobierno4.

Cuadro N° 1: Número de acciones


en la República Dominicana, 1979-1990
Año 1979 1980 1981 1982 1983 1984 1985 1986 1987 1988 1989 1990 Total
Número 17 52 37 65 107 127 218 294 411 505 274 239 2,346
Porcentaje 1 2 2 3 5 5 9 13 18 22 12 10 100

Fuente: Cronología del CEDEE, revisadas y cotejadas por Milton y Darío Tejada citado en Laura Faxas (2007: 237).

La situación de los movimientos sociales no mejoró en el curso de


las elecciones de 1990 cuando todo parecía indicar que se abría una
oportunidad política para encauzar sus reivindicaciones. El Partido de la
Liberación Dominicana (PLD) se había convertido en el partido de la
esperanza, pues era el único que no había ejercido el poder y, por otro
lado, el PRD estaba profundamente dividido. Aunque el PLD no se
propuso como partido populista que procuraba llenar el vacío dejado

3
Estos habían tenido conflictos con Balaguer en cuanto a la imposición de restricciones a la
tasa de cambio. En 1988, bajo su presión, el gobierno se vio obligado a unificar la tasa
cambiaria, pero siguió exigiendo que las divisas cambiadas en el Banco Central fueran usadas
por el Gobierno para pagar la deuda externa, la factura petrolera y otras necesidades básicas
(Espinal, 1995:71). Sin embargo, estos conflictos en ningún momento abrieron una brecha
significativa entre Gobierno y empresarios para crear oportunidades políticas para los mo-
vimientos sociales.
4
En 1988 había siete centrales sindicales en el país que agrupaban apenas 10% de la PEA.
Estas centrales respondían a los lineamientos de los diferentes partidos, lo cual contribuía
aun más al debilitamiento de este sector.

177
por el PRD, a los ojos de la población, era la vía más adecuada para
desalojar a Balaguer del poder. El PLD era un crítico acérrimo de la
política económica de Balaguer y atacaba la emisión de dinero inorgáni-
co para financiar la política de construcción de grandes obras públicas
por parte del gobierno. Además, la emisión de dinero inorgánico provo-
caba una inflación muy elevada, lo cual causaba resentimiento pues, el
poder adquisitivo se disminuía al tiempo que los salarios se mantenían
estáticos. Esta era una de las reivindicaciones de los movimientos popu-
lares y, por ello, el PLD tenía amplió apoyo en la población.
Cuando se celebraron los comicios, la Junta Central Electoral (JCE),
declaró a Balaguer ganador por menos de 1% de los votos emitidos. El
PLD rechazó los resultados y convocó a una revisión del proceso pues,
creía que su candidato, Juan Bosch, había ganado las elecciones. Luego
de muchas presiones políticas, la JCE electoral accedió a investigar los
alegatos de fraude del PLD, pero dos meses después emitió un boletín
donde daba a Balaguer por ganador. El candidato del PLD llamó a mo-
vilizaciones para denunciar el fraude electoral, pero eventualmente tuvo
que aceptar los resultados emitidos por la JCE.
Balaguer sabía que las elecciones habían sido controvertidas y que
ganar por menos de 1% lo ponía en una situación realmente delicada.
Eso explica por qué convocó a todas las fuerzas vivas de la nación a cele-
brar un Pacto de Solidaridad Económica para modificar la política eco-
nómica que había ejecutado durante su gestión previa (1986-1990).
Dicho pacto incluía: “liberalización de los precios y apertura económi-
ca, reforma tributaria y administrativa, política monetaria coherente,
alto definitivo a la emisión de dinero ‘inorgánico,’ tasa de cambio única
y aumento de salarios, aplicación de un sistema de pensiones y desarro-
llo de programas enfocados a los sectores más pobres de la población”
(Faxas, 2007: 304; Ceara Hatton, 1996: 33-73). Hábilmente, Balaguer
incluía algunas reivindicaciones de los movimientos sociales y esto fue
atractivo para una parte de las centrales sindicales y del movimiento
popular barrial.
Balaguer convocó a los empresarios, a las organizaciones populares,
a la Iglesia Católica y los partidos para que participaran en el pacto. Los
empresarios, la Iglesia y el PRD apoyaron el gobierno. El PLD se opuso a
firmar el pacto aludiendo que esta era una estrategia de Balaguer para
legitimar su mandato. Las organizaciones populares nuevamente se divi-
dieron en su respuesta, lo mismo que las centrales sindicales. Rafael San-

178
tos de la Asociación Dominicana de Profesores (ADP) asistió a la firma del
pacto, no lo firmó, pero su presencia en el acto hizo que muchos pensaran
que de esa manera lo legitimaba (Faxas, 2007: 302-309).
La firma del Pacto de Solidaridad muestra que el gobierno, a pesar
de haber ganado en elecciones cuestionadas por la oposición, mantenía
la gobernabilidad, tenía el respaldo de la elite empresarial, la Iglesia y
una parte significativa del movimiento social. El Pacto había sido for-
mulado en las altas esferas del gobierno y la participación del movi-
miento social había sido insignificante.
Luego de la firma del pacto, el PLD con el apoyo del movimiento
popular y sindical convocó a una huelga el 13 y 14 de agosto, conocida
como de “duelo nacional” para protestar por la toma de posesión de
Balaguer (16 de agosto de 1990) y contra las medidas anunciadas en el
Pacto. Desgraciadamente, la Guerra del Golfo en el Cercano Oriente
que estalló el 2 de agosto de 1990 creó un ambiente difícil para el país,
pues los precios del petróleo se dispararon en el mercado internacional,
teniendo un impacto negativo en la sociedad dominicana ya que los
precios del transporte y los artículos de primera necesidad aumentaron.
La Guerra cambió el panorama político nacional y las organizaciones de
los movimientos sociales se vieron en la imposibilidad de convocar a
huelgas en vista de que no podían culpar al gobierno por asuntos que
estaban fuera de su control. No obstante, los líderes populares y sindi-
cales convocaron dos huelgas nacionales en septiembre y noviembre de
1990. Las profundas divisiones al interior del movimiento sindical y
popular, el agotamiento de la huelga nacional como método de lucha y
la falta de apoyo a estas convocatorias las llevaron al fracaso. En estas
condiciones se cerró el ciclo de protestas que había iniciado en 1979.

El surgimiento de COPADEBA y Ciudad Alternativa

En esta sección final analizamos la labor del Comité para la De-


fensa de los Derechos Barriales (COPADEBA) y de Ciudad Alternativa.
Nos interesa explicar por qué estas organizaciones pudieron desarrollar
sus actividades en los barrios de la zona norte de la ciudad de Santo
Domingo y cómo lograron conseguir una parte importante de sus rei-
vindicaciones cuando la mayor parte de los movimientos sociales no
lograron doblegar al Estado para que respondiera a las demandas exigi-

179
das. ¿Cuáles fueron las circunstancias sociales y políticas en la que sur-
gen estas organizaciones y cuál fue la estrategia empleada para lograr sus
objetivos?
El ciclo de protesta que se desarrolló entre 1979 y 1991 induda-
blemente proporcionó un contexto histórico favorable para que surgieran
estas organizaciones. La historia de lucha de los barrios, lugar donde se
escenificó la labor de estas organizaciones, contribuyó de forma definitiva
su relativo éxito. Durante la revuelta de abril de 19655 una parte signifi-
cativa de los moradores de estos barrios formaron comandos de resistencia
para repeler el cruce de los tanques del Centro de Enseñanzas de las Fuer-
zas Armadas Dominicanas por el puente Juan Pablo Duarte, ubicado a un
costado de los barrios. Estas fuerzas procuraban reforzar las unidades del
gobierno que estaban a punto de ser derrotadas por los comandos que
dirigían la revuelta cívico-militar. Subsiguientemente, comandos de la zona
norte combatieron a los infantes de la Marina estadounidense quienes,
luego de la invasión del 28 de abril de 1965, procedieron a ejecutar el
plan militar Operación Limpieza, que tenía por objetivo destruir la resis-
tencia mantenida en estos barrios. La resistencia fue destruida, pero no
dejó de constituirse en un elemento clave para el desarrollo de una identi-
dad rebelde en muchos de los jóvenes de estos barrios. Posteriormente,
muchos de ellos se organizaron en clubes culturales y deportivos que evo-
lucionaron hacia organizaciones que promovían la concientización políti-
ca y social. Luego de la fracasada revuelta de abril, los clubes se convirtie-
ron en un bastión de agitación antibalaguerista y antiimperialista y en
fuente de captación de jóvenes progresistas.
Las comunidades eclesiales de base (CEB) fueron otro elemento
fundamental en el desarrollo de los barrios. Las CEB constituían una manera
especial de vivir la fe y las personas se reunían para conversar sobre distin-
tos aspectos del Evangelio y como este les ayudaba a comprender su situa-
ción. Los miembros de estas comunidades generalmente se identificaban
con los problemas de la comunidad, lo cual llevó a pensar que eran igual
que organizaciones populares. Los animadores de las CEB eran sacerdotes

5
La revuelta de abril de 1965 se inició por una pugna entre diferentes sectores de los
militares. Un grupo encabezado por el coronel Rafael Tomás Fernández Domínguez distri-
buyó armas a la población de la ciudad que estaba dispuesta a luchar contra el Gobierno que
resultó del golpe de Estado dado a Juan Bosch en 1963. Fernández dirigía uno de los grupos
en que estaban divididas las fuerzas armadas y se propuso dar un golpe de Estado para
restaurar la constitución de 1963 y a Bosch como Presidente.

180
identificados con los principios de la teología de la liberación y proponían
que se hiciera una crítica constructiva a las autoridades. El experimento de
las CEB en República Dominicana comenzó en los primeros años de la
década de los setenta, cuando un grupo de cinco sacerdotes jesuitas deci-
dieron trasladarse a Guachupita y, entre 1974 y 1978, sentaron las bases
para su desarrollo en los barrios. Se formaron equipos comunitarios cuya
acción pastoral se extendió más allá del “bienestarismo” y los sacramentos.
Hacia el final de la década de los setenta ya se contaba con veinte grupos
comunitarios desarrollando sus tareas, conducidos por animadores cuyo
objetivo era unir la palabra de Dios con la realidad en la que vivían (Sáez
1990, 190). En el transcurso de las décadas de 1970 y 1980, ni el gobier-
no, ni la jerarquía católica se sentían cómodos con el trabajo comunitario
de las CEB. A diferencia de lo que pasaba en Brasil, Bolivia, Ecuador y
Chile, la mayor parte de los obispos dominicanos pensaba que las CEB
estaban relacionadas con organizaciones políticas de izquierda (Betances,
2007:131-139).

COPADEBA y su labor en los barrios de la zona norte

A diferencia de las organizaciones populares y sindicales, los mora-


dores de los barrios lograron forjar alianzas sólidas con instituciones nacio-
nales e internacionales que le ayudaron a conseguir sus objetivos. Inicial-
mente, los moradores se habían empezado a organizar en los clubes y en
las CEB y, posteriormente, empezaron a crear sus propios comités de cua-
dra para luchar contra las redadas policiales, los accidentes que frecuente-
mente ocurrían en la avenida Padre Castellano en el barrio Espaillat, la
vivienda y la propiedad de terrenos. En 1979, los moradores de los barrios
de Espaillat, 27 de Febrero y los Guandules organizaron un comité prose-
máforo en la avenida Padre Castellanos. En los barrios Simón Bolívar y
Capotillo se organizó otro comité contra las máquinas traganíqueles que
se habían instalado allí. Asimismo, en Guachupita, Gualey, la Ciénega, la
Zurza, el Ensanche Luperón, Villa María y las Cañitas se crearon comités
para defender los derechos barriales. En vista de que los distintos barrios
estaban pasando por un proceso similar, pronto se vio la necesidad de
coordinar la labor de los distintos comités y así es que empezó a forjarse el
Comité para la Defensa de los Derechos Barriales (COPADEBA) (Ceba-
llo, entrevista, 2 de junio de 2007).

181
La vivienda era uno de los asuntos más apremiantes para los mora-
dores de los barrios porque la familia Vicini, una de las poderosas del país,
reclamaba que los terrenos donde estaban ubicados los populosos barrios
le pertenecían. Según dicha familia, Trujillo le había expropiado sus terre-
nos a fines de los años cincuenta y no le había pagado. Dicha familia
exigía a los moradores y al gobierno de Silvestre Antonio Guzmán (1978-
1982) que le pagaran por sus terrenos o de lo contrario usarían la fuerza
pública para desalojar a los moradores. En 1978 los pobladores formaron
el Comité Contra los Vicini para luchar contra la amenaza de desalojo.
Este comité se fue nutriendo de las diferentes organizaciones de cuadra
que se estaban formando en los barrios y el 6 de mayo de 1979 convocó a
una reunión en una iglesia en construcción en el barrio Espaillat, pues se
tenía noticia de que la familia Vicini iba a desalojar la iglesia. En medio de
una protesta para impedir el desalojo de la iglesia, llegó la prensa y esta
sirvió de vehículo para que se hiciera de público conocimiento que COPA-
DEBA ya existía (Rauber, 1995: 36).
La lucha contra los Vicini fue el reto más importante de COPA-
DEBA en sus primeros años. Sabiamente, utilizó sus vínculos con los
sacerdotes que animaban a las CEB para que le asesoraran en el proceso
de lucha contra dicha familia. Las relaciones con los sacerdotes facilita-
ron una reunión con el Centro Dominicano de Asesorías e Investigacio-
nes Legales (CEDAIL), una institución fundada en 1979 por la Confe-
rencia del Episcopado Dominicano y que tenía como objetivo cooperar
con el trabajo de pastoral social que realizaba la Iglesia a nivel nacional
(Campo, entrevista, 2004). COPADBA y CEDAIL formaron un equipo
de investigación que arrojó resultados importantísimo para sustentar las
reivindicaciones de los moradores: efectivamente, Trujillo había expro-
piado a la familia Vicini para ejecutar el Plan Trujillo de Urbanización.
Este plan contemplaba un masivo desalojo de personas y su reubi-
cación en propiedades de la familia Vicini, donde hoy están ubicados
los barrios. El Poder Ejecutivo emitió los siguientes decretos para frac-
cionar los terrenos de una finca propiedad de los Vicini: el decreto 1421
y 3210 de 1956 y 1957, los cuales declaraban el terreno de utilidad
pública. El decreto 1421 declaró de utilidad pública 46 hectáreas, 24
áreas dentro de los términos de la parcela número 206-A-5, la cual tenía
una totalidad de 356 hectáreas. El Estado ofreció pagar RD$36,996.96
por la parte expropiada, pero Franz A. Vicini Ariza rechazó el pago por
considerarlo irrisorio. Vicini Ariza apeló el caso y, finalmente, el Tribu-

182
nal de Tierras emitió una sentencia el 30 de abril de 1956 fijando la
cantidad en RD$50,000.00 dominicanos6. Esta decisión tampoco fue
aceptada por Vicini Ariza quien presentó un recurso de casación7, pero
la Corte Suprema de Justicia rechazó el recurso en marzo de 1957 a
favor del Estado, negando una mejor indemnización. En este mismo
año, el Poder Ejecutivo emitió el decreto 3210 mediante el cual expro-
pió toda la finca de la familia para ampliar las construcciones del Plan
Trujillo de Urbanización en la zona norte de la ciudad. En esta ocasión
Vicini Ariza no interpuso ninguna queja judicial, lo que indica que pro-
bablemente hubo algún tipo de negociación entre las partes8. Sin em-
bargo, seis años después de la muerte de Trujillo, en julio de 1967,
Vicini Ariza elevó dos sentencias pidiendo solo el pago por la porción
que se le había expropiado con el decreto 1421, pero no decía nada
sobre la totalidad de los terrenos que fueron expropiados por el decreto
3210. Sorprendentemente, el juez apoderado del caso ignoró las sen-
tencias anteriores y procedió a reconocer que el Estado no había pagado
los RD$50,000.00 dominicanos a Vicini Ariza y ordenó al Registrador
de Títulos del Distrito Nacional que se abstuviera de efectuar transfe-
rencias a favor del Estado. El administrador de Bienes Nacionales, insti-
tución encargada de las propiedades el Estado dominicano, interpuso
un recurso formal de apelación en 1968 y más tarde, en 1970, la Supre-
ma Corte de Justicia resolvió mantener en vigor la resolución de 1956
dictada por el Tribunal de Tierras (Santana, 2004:51-57, Freddy Báez,
entrevista, 2007).
El resultado de esta investigación fue entregado al presidente Sil-
vestre Antonio Guzmán (1978-1982) en 1979 y se le pedía que pusiera

6
En esta época un peso dominicano se cotiza a la misma tasa que el dólar estadounidense.
7
“De acuerdo a René Morel, un recurso de casación es una vía de recurso extraordinario,
abierta a las partes en ciertos casos al Ministerio Público, que tiene por objeto hacer
analizar por la Corte de Casación las sentencias dictadas en violación a la ley” (citado en
Santana, 2004:53).
8
Raymundo González, asesor histórico de COPADEBA, informó al autor que Trujillo se
cuidó las espaldas y en 1958 creó un fideicomiso donde se depositó el dinero para pagar la
indemnización a la familia Vicini. Dicha familia era dueña de este fideicomiso, pero no se
sabe si ella lo retiró. A juzgar por el proceso judicial que se llevó a cabo, el Estado valoró el
terreno y el pago, aparentemente, no fue aceptado por la familia; este era un pago forzoso
porque se hacía mediante una sentencia. González me informó que el equipo de investiga-
ción de COPADEBA y CEDAIL revisó los legajos de la Comisión de Reclamos de 1962,
una entidad creada por el Consejo de Estado para responder a las quejas de aquellos que
habían sido perjudicados de alguna manera por la dictadura de Trujillo. Sin embargo, allí no
se encontró ningún reclamo de la familia Vicini (González, entrevista, 2007).

183
en práctica los aludidos decretos. El Presidente fue muy amable con la
comisión que lo visitó para entregarle el documento, pero no hizo nada
para que el pedido se llevara a cabo. El uso más importante que se hizo
de esta información fue el programa de educación de COPADEBA. La
gente sabía que tenía problemas con unos abogados que amenazaban
con desalojarle de su casa, pero no sabía que este asunto era una cuestión
pública. En ese momento, COPADEBA entendió que era importantísi-
mo educar a la población sobre sus propios problemas y, por ello, inició
la publicación de un boletín, COPADEBA INFORMA, la organización
de talleres de educación popular y charlas que tenían como meta expli-
car a los residentes de los barrios que los terrenos donde sus casas esta-
ban ubicados pertenecían al Estado y no a la familia Vicini, se les expli-
caba su propia historia, cómo los barrios habían sido el producto de
desalojos anteriores y se les convocaba a reuniones públicas y marchas
de protestas para dar a conocer su inconformidad a las autoridades, a las
cuales le pedían que pusieran fin a las amenazas de la familia Vicini.
COPADEBA atrajo la atención de muchos moradores que asistieron a
sus múltiples reuniones y marchas de protestas frente a las oficinas de
Bienes Nacionales, el Palacio Nacional, la sindicatura de Santo Domin-
go, etc. (Guevara, entrevista, 2007). Los resultados de la investigación
también se emplearon para fundamentar las reivindicaciones de COPA-
DEBA frente a los funcionarios de Bienes Nacionales cuando se logra-
ban reunir con ellos para explicarle la situación creada por las amenazas
de desalojos de la familia Vicini.
La familia Vicini entendió que el único recurso que le quedaba era
amenazar a los moradores de los barrios con usar la fuerza pública para
desalojarles de los terrenos. Esta amenaza se sumaba a las zozobras en que
vivían unas 400.000 familias en los 12 barrios en que trabajaba COPA-
DEBA. En realidad, no parecía que los Vicini estaban interesados en des-
alojar a los moradores sino más bien en conseguir que les pagaran. Empe-
zaron consiguiendo compradores entre los comerciantes que tenían mie-
do de perder sus negocios con la amenazas de desalojos. COPADEBA
reunió cientos de cartas donde la firma de abogados invitaba a los mora-
dores de los barrios a pasar por sus oficinas a la brevedad para resolver
asuntos pendientes (González, entrevista, 2007). Ante esta situación, CO-
PADEBA promovía la organización y coordinación de comités de cuadra
que recomendaban a los pobladores de los barrios que no firmaran nada
con los Vicini porque las tierras donde vivían pertenecían al Estado.

184
La creación de Ciudad Alternativa

La colaboración de COPADEBA con CEDAIL y un grupo de


jóvenes intelectuales comprometidos con las CEB demostró que protes-
tar no era suficiente, que era necesario tener conocimiento sobre la rea-
lidad social y política de la sociedad para poder echar adelante los pro-
yectos de la organización. COPADEBA se dio cuenta de que debía tener
una propuesta técnica que le permitiera ganar terreno, definir claramen-
te lo que quería. Era necesario hacer “protestas con propuestas” y para
ello debía organizar a los profesionales que le asesoraban. De estas discu-
siones surgió la idea de crear un organismo asesor separado de COPA-
DEBA (Ceballo, entrevista, 2007). La situación se había complicado
pues para 1987 ya no solo los Vicini amenazaban con desalojos sino que
también lo hacía el gobierno de Balaguer (1986-1990) que impulsaba
una política de remodelación urbana que implicaba el desalojo masivo
de los moradores de la zona norte. Esta situación motivó una reunión en
el Arzobispado de Santo Domingo con la presencia del arzobispo, agen-
tes pastorales, cuyas parroquias se verían afectadas por los desalojos (Cam-
po, entrevista, 2004).
Los vínculos con la Iglesia Católica facilitaron el desarrollo de una
relación con MISEREOR, una fundación católica alemana, que dispuso
el envío de una comisión para evaluar la situación de los desalojos y
hacer recomendaciones. La visita de esta comisión facilitó las cosas para
que COPADEBA participara en el encuentro del Habitat International
Coalition que se realizó en Berlín en junio de 1987. La visita de la
comisión de MISEREOR concluyó con un informe que sirvió de base
para la formulación de propuestas de trabajo.
El informe de MISEREOR proponía la creación de un equipo téc-
nico que debía dedicarse de manera exclusiva a asesorar a COPADEBA
para tratar la problemática de los desalojos. Esta propuesta fue llevada a
MISEREOR en Alemania por José Ceballo de COPADEBA, Luisa Cam-
pos de CEDAIL y el padre Jorge Cela, secretario ejecutivo del equipo
técnico del proyecto. El proyecto fue aprobado por MISEREOR, que dio
fondos para que Cela, en 1988, organizara un seminario internacional. En
este seminario, COPADEBA insistió en la necesidad de formular pro-
puestas alternativas de mejoramiento urbano con la participación de los
moradores y de ahí surgío Ciudad Alternativa, una organización noguber-
namental con persona jurídica y capacitada para recibir fondos de donan-

185
tes. Además, contó con la capacidad para negociar con el gobierno y hacer
propuestas técnicas. Ciudad Alternativa se funda en 1988, pero no es
hasta 1992 que adquiere su persona jurídica con el padre Cela como di-
rector ejecutivo. Bajo su dirección, se sentaron las bases para que Ciudad
Alternativa se convirtiera en una ONG capaz de dar apoyo a las organiza-
ciones de los moradores; sin embargo, tendría que aprender a relacionarse
con las organizaciones barriales, no solo con COPADEBA, la cual le había
dado su origen (Cela, entrevista, 2007). Desde sus orígenes Ciudad Alter-
nativa tuvo que enfrentar el reto de la remodelación urbana propuesta por
Balaguer (1986-1990), lo cual implicaba el desalojo de los moradores de
los barrios de la zona norte de la ciudad.

Remodelación urbana de Balaguer, 1987-1990

La gestión de Balaguer (1986-1990) se caracterizó por las cons-


trucciones de obras de infraestructura que respondían al crecimiento
desordenado de Santo Domingo. El Presidente encargó un estudio a la
Cooperación Técnica Alemana (GTZ) en coordinación con la Oficina
Nacional de Planificación (ONAPLAN) y el Ayuntamiento del Distrito
Nacional (ADN). Este estudio se publicó en 1987 como “Plan Indica-
tivo de la Zona Norte de la Ciudad de Santo Domingo”. El plan propo-
nía la construcción de una avenida de circunvalación que implicaba la
remodelación de casi todos los barrios de la zona norte. En 1987 se
calculaba que 70% de los habitantes de Santo Domingo vivían en ba-
rrios marginados cuya densidad demográfica se situada entre 300 y 600
habitantes por hectárea. Una parte de estos barrios estaba ubicada en la
zona norte y, en particular, en la ribera del río Ozama por donde pasaría
la avenida de circunvalación. En el plan también se proponía construir
15.000 viviendas en el primer período de construcción (1987-1990) en
beneficio de 70.000 habitantes y 125.000 para 1992. En la segunda
etapa (hasta el 2000) se beneficiaría a 500.000 habitantes (Faxas,
2007:320-322). Sin embargo, durante el período de 1986-1990 solo
se invirtieron 4.000 millones de pesos en la construcción de 25.000
unidades, lo que indicaría que a ese ritmo nunca se cumplirían las pro-
mesas hechas a los moradores (Gatón, 1996: 262).
Edmundo Morel y Manuel Mejía (1996:272) calculan que duran-
te el período en cuestión el gobierno desalojó unas 30.000 familias dentro

186
del marco de la remodelación urbana y que la mayor parte de los desaloja-
dos fueron trasladados del centro de la ciudad a la periferia. Casi en todos
los casos de desalojo se empleó la represión, se intimidó y manipuló a los
pobladores con promesas de casa para que aceptaran los desalojos (Hirujo,
1991). La gente era sacada de sus casas y no sabía dónde sería llevada. Es
cierto que las casas en que vivían eran miserables, pero estaban localizadas
en barrios donde los pobladores conocían a todo el mundo y su ubicación,
a solo diez minutos del centro de la ciudad, le permitía conseguir trabajo
con relativa facilidad. Los desalojos implicaban que las personas eran lle-
vadas a la periferia de la ciudad donde no tenían acceso a los servicios
básicos como electricidad, agua potable, transporte público, etc. (Cáce-
res, entrevista, 2007). En síntesis, los desalojos rompían los lazos de soli-
daridad barrial y la identidad que se habían forjado; en las nuevas locali-
dades no tendrían familiares y amigos a quienes recurrir en momentos de
dificultades. COPADEBA y Ciudad Alternativa podían colaborar con ellos
mientras vivieran en los barrios, pero una vez reubicados ya no tendrían la
capacidad técnica para ayudarles.
El gobierno no pudo cumplir con la construcción de la avenida
de circunvalación. Las protestas de COPADEBA y de los movimientos
contra los desalojos contribuyeron a crear conciencia en los barrios sobre
los desalojos tanto en la ciudad y como en el campo, pero no pensamos
que hayan forzado al gobierno a suspender la construcción de la aveni-
da. Esto lo produjo la situación política generada por las elecciones de
1990 y la crisis económica sin precedentes que el gobierno enfrentó
motivada, en parte, por la emisión de dinero inorgánico para la cons-
trucción de obras y por el aumento de los precios del petróleo provoca-
do por la guerra del Golfo. En cierta forma, esa guerra creó una oportu-
nidad política para que el gobierno pudiera consolidarse e imponer su
nueva política económica de inspiración neoliberal.

La labor comunitaria de Ciudad Alternativa y COPADEBA

Ciudad Alternativa enfocó una gran parte de su trabajo en la ase-


soría técnica a diversos grupos que traían propuestas mientras que CO-
PADEBA seguía trabajando directamente en asuntos comunitarios. El
proyecto de Ciudad Alternativa se distinguía claramente de la remode-
lación urbana autoritaria del “Plan Indicativo.” Sus propósitos se orien-

187
taban hacia la conformación de espacios de participación democrática a
nivel local, que pudieran sentar las bases para cambios más profundos
en el orden social existente. No se trataba de una simple mediación
entre los pobladores y el Estado, sino en un enfoque integracionista de
los moradores a la vida urbana. Todo esto implicaba, entonces, “una
participación activa en todas las fases y actividades del proceso (Morel,
1991:10).
Ciudad Alternativa procedió a elaborar propuestas para recaudar
fondos en el extranjero. En todo momento se consultó con las autorida-
des del ADN para asegurarse que las obras de mejoramiento urbano no
entraran en conflicto con los proyectos del Estado. Además, el ADN fue
invitado a participar en todos los proyectos que se realizaron en los ba-
rrios de la zona norte, pero este se limitó a las consultas técnicas y los
fondos que se aportaron fueron muy limitados.
Con la ayuda financiera de MISEREOR, el Movimiento Laico
para América Latina de Italia, la Fundación Ford y la Agencia para el
Desarrollo Internacional de Estados, Ciudad Alternativa ejecutó, en los
años noventa, una serie de proyectos comunales en la Ciénega y Gualey.
Estos proyectos incluyeron un censo de las características sociodemo-
gráficas de Gualey, la Ciénega y los Guandules, en los cuales se trabajó
intensamente en la construcción de pequeños puentes, calzadas, centros
comunales; también en la entubación de una red de cañadas que se
desbordan cuando llovía intensamente causando estragos en la pobla-
ción. Además, se construyó una escuela en la Ciénega que ha ayudado
significativamente en la educación (Ruiz, 2004:11-36. Tejada, 2000,
Santana et al., 2002).
El trabajo comunitario de COPADEBA se centró en asuntos or-
ganizativos, educativos y política. Coordinaba las actividades de los co-
mités de cuadra, impartía talleres de educación y guardaba una buena
relación la jerarquía católica. Por ejemplo, José Ceballo informó al autor
que el entonces arzobispo de Santo Domingo, Nicolás de Jesús López
Rodríguez, acompañó una comisión de COPADEBA para reunirse con
el presidente Balaguer para discutir asuntos relacionados con la familia
Vicini. Por otro lado, COPADEBA, al igual que Ciudad Alternativa,
rechazó todo vínculo de dependencia con partidos políticos y el Estado
pues no quería pasar a ser dirigida por ellos. No obstante, no era apolí-
tica y consideraba que su trabajo en los barrios tenía un contenido polí-
tico; Nicolás Guevara informó a Isabel Rauber que

188
…el principio de la democracia empieza por la participación, y la parti-
cipación no solo implica estar presente en los espacios, sino también
tener poder de decisión. Y para nosotros, el poder de decisión, la parti-
cipación en sí, implica tener un pensamiento y una identidad. Nos
consideramos con derecho a plantear la solución de los problemas que
vivimos cotidianamente. ¿Qué significa esto? Que cualquier problema
que nosotros vivimos en República Dominicana, y específicamente en
nuestros barrios, puede ser analizado en la organización, en la comuni-
dad, para encontrarle una solución. Pero no planteamos la solución
para asumirla nosotros única y exclusivamente, sino para que la asuma
el gobierno junto con la comunidad y algún otro sector. (Rauber,
1995:28).

La filosofía política de COPADEBA difiere de aquella sustentada


por gran parte de los movimientos populares y sindicales que se analiza-
ron en la primera parte de este capítulo porque no asume la política
como una actividad que se limita a la protesta o simplemente socavar el
sistema político para remplazarlo con otro. COPADEBA se asume como
parte de un movimiento social que tiene reivindicaciones que exigirle al
Estado y que, conjuntamente con este, debe procurar una solución a los
problemas. Por otro lado, también asume una identidad cultural barrial
definida por los valores que parten del medio en que se vive, en los
términos de las creencias de la gente y cómo estas actúan. Así la identi-
dad está dada por el desarrollo de lazos solidarios, el estilo de conviven-
cia humana, pero también incluye asuntos sociales, políticos, territoria-
les y el sentido de la igualdad (Rauber, 1995:76-77.

Conclusiones

Iniciamos este capítulo argumentando que las oportunidades po-


líticas son fundamentales para determinar el éxito o fracaso de los movi-
mientos sociales. En una revisión del contexto histórico en que se han
desarrollado los movimientos sociales dominicanos, encontramos que
en las últimas tres décadas revela que no ha habido estructuras de opor-
tunidades políticas, donde los movimientos sociales tengan acceso a la
participación, disponibilidad de aliados influyentes, cambios en las ali-
neaciones políticas reinantes y conflictos entre las elites o entre estas y el
Estado. Encontramos que la transición democrática solo permitió acce-
so a la participación política, pero que ningunas de las otras condiciones

189
de una estructura de oportunidad política han estado presentes. Esta
situación impidió en gran medida, las posibilidades de éxitos de los
movimientos sociales dominicanos.
La debilidad institucional y la división política de las organizacio-
nes representativas de los movimientos populares y sindicales fueron
decisivas para que el gobierno se negara a satisfacer las reivindicaciones
que se levantaron. Esto explica por qué el ciclo de protestas no produjo
grandes resultados a pesar de las luchas que se libraron contra el gobier-
no. La guerra del Golfo también contribuyó para finalizar dicho ciclo.
COPADEBA y Ciudad Alternativa consiguieron sus logros a pe-
sar de no haberse dado una estructura de oportunidad política. Este
debió al contexto favorable propiciado por el ciclo de protestas, pero
también a sus lazos directo con moradores de los barrios y con la Iglesia
católica que le permitió establecer relaciones con donantes extranjeros.

190
Bibliografía

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193
194
Acciones colectivas beligerantes y
cívicas y su aporte al proceso
democrático venezolano actual

Margarita López Maya* y Luis E. Lander**

La acción colectiva en la Venezuela reciente es un instrumento


político de primer orden, que ha sido usado por los actores sociales y
políticos en persecución de sus aspiraciones e intereses. En virtud del
derrumbe de los partidos y del sistema político construido desde 1958,
la acción colectiva se levantó como el medio más disponible y/o eficiente
en la lucha social por la transformación de la sociedad, representando
desde los años ochenta una forma de articulación de lo social y político
en un contexto de pérdida de mediaciones institucionales. Las acciones
colectivas “beligerantes” –que aquí caracterizamos como disruptivas de
la vida cotidiana– han sido las más visibles, pero también los actores han
echado mano de acciones colectivas “cívicas”, menos contenciosas y de-
sarrolladas principalmente en espacios institucionales. En este artículo
exploramos las formas en que se confrontan y complementan –contra-
puntean– estas dos modalidades de acción, sus actores y sus resultados.
La información empírica disponible permite diferenciar tres eta-
pas. La primera abarca desde mediados de los años ochenta hasta el
inicio del gobierno de Hugo Chávez en 1999. En ella, la sociedad se vio
constantemente perturbada por acciones colectivas beligerantes, princi-
palmente ejercidas por sectores populares laxamente organizados, cuyos
intereses y aspiraciones eran crecientemente excluidos de los espacios
institucionales de mediación y representación en virtud del ocaso de los
partidos, la aplicación de políticas neoliberales y la crisis societal. Junto

* Margarita López Maya es historiadora con doctorado en Ciencias Sociales de la Univer-


sidad Central de Venezuela. Investigadora y docente titular del Centro de Estudios del
Desarrollo de la UCV.
** Luis E. Lander es ingeniero mecánico con estudios de doctorado en Ciencias Sociales de
la Universidad Central de Venezuela. Profesor jubilado es actualmente director de la ONG
Ojo Electoral.

195
a estas protestas se dieron, principalmente por parte de organizaciones
de clases medias, acciones colectivas cívicas propugnando demandas de
descentralización y mayor participación política directa. El fruto de los
esfuerzos en ambos tipos de actores en estos distintos ámbitos de acción
se condensará en los artículos de la nueva Constitución de 1999. La
segunda etapa cubre desde el año 1999 hasta el 2006, período del pri-
mer gobierno de Chávez. En un contexto signado por la polarización
social y política, los sectores medios y altos organizados, identificados
ahora como de oposición al gobierno –o antichavistas–, predominan
claramente acciones de carácter beligerante, para presionar por la recti-
ficación, renuncia o caída del presidente Chávez. Sus acciones llegaron a
alcanzar carácter insurreccional durante el año 2002 y 2003, cuando
apoyaron el golpe de Estado y la parálisis de PDVSA. Sectores princi-
palmente de bajos recursos, espontáneos o con distintos niveles de orga-
nización y autonomía, ejercieron también acciones beligerantes pero
principalmente para defender al gobierno, mientras este abrió para ellos
espacios para la participación cívica en la gestión de servicios públicos y
acceso a derechos, como los casos entre otros de las mesas técnicas de
agua y los comités de tierra. La tercera etapa corresponde al inicio del
segundo gobierno de Chávez en 2007 y continúa hasta hoy. En un
contexto de continuación de la polarización, desde el gobierno se pro-
mociona el concepto de Socialismo del siglo XXI, idea que remplaza al de
la democracia participativa y protagónica que había sido central en la Cons-
titución de 1999 y durante el primer gobierno. Si bien persiste la ac-
ción beligerante para las organizaciones sociales y políticas antichavis-
tas, las acciones insurreccionales parecen salir de escena, buscando dicha
acción incidir en un cambio de gobierno por vías pacíficas. Para las orga-
nizaciones chavistas, la diversidad de espacios participativos cívicos se va
debilitando por el apoyo del gobierno principalmente a la modalidad
de los consejos comunales como base de su modelo socialista. Las accio-
nes beligerantes de estos actores se usan para hacer demandas reivindi-
cativas que el gobierno no ha cumplido o derechos civiles que siguen sin
ser respetados.

196
Primera etapa: El protagonismo de la política de la calle1

Los últimos tres lustros del siglo XX venezolano se distinguieron


por la vitalidad de la movilización popular callejera urbana, especial-
mente en Caracas. Este fenómeno evidenció la activación de una política
de la calle, es decir, de una forma de relación y negociación entre diver-
sos sectores sociales y el poder más directa y sin mediación. Esta forma
de relación la identificamos como acciones colectivas beligerantes. Se-
gún la organización de derechos humanos Provea, en los diez años que
transcurrieron entre octubre de 1989 y septiembre de 1999, hubo un
promedio, incluyendo días feriados, cercano a 2 protestas diarias en
Venezuela. La etapa de mayor movilización correspondió a los años en-
tre 1993 y 1995, que fueron de crisis política, y al año 1999, cuando la
protesta se reavivó por el acceso a la presidencia de Hugo Chávez2 (Cua-
dro Nº 1). Estos datos de Provea no incluyen las decenas de paros labo-
rales realizados por los empleados públicos en estos años, una de las
formas de protesta que más se sintió en la sociedad.

Cuadro Nº 1
Total de protestas según Provea 1989-1999

AÑOS TOTAL DE PROMEDIO


PROTESTAS DIARIO
octubre 1989 a septiembre1990 675 1,8
octubre 1990 a septiembre 1991 546 1,5
octubre 1991 a septiembre 1992 873 2,4
octubre 1992 a septiembre 1993 1.047 2,9
octubre 1993 a septiembre 1994 1.096 3,0
octubre 1994 a septiembre 1995 581 1,6
octubre 1995 a septiembre 1996 534 1,5
octubre 1996 a septiembre 1997 550 1,5
octubre 1997 a septiembre 1998 385 1,1
octubre 1998 a septiembre 1999 805 2,2
TOTAL DE LA DÉCADA 7.092 1,9
Fuente: Provea, Situación de los derechos humanos. Informe anual (años respectivos).

1
Esta parte se apoya sustantivamente en López Maya, Smilde y Stephany (2002).
2
Para la comprensión del proceso sociopolítico venezolano de los noventa pueden verse
entre otros Kornblith, (1998) y López Maya (2005).

197
Siguiendo a Tarrow (1989), diferenciamos tres tipos de acciones
beligerantes: convencionales, confrontacionales y violentas. Las conven-
cionales son formas de acción rutinaria, con frecuencia legal y, si no lo
son, no despiertan en los participantes y no participantes sentimientos
de aprensión. En los años previos al Caracazo de 1989, las movilizacio-
nes en Venezuela eran principalmente de esta naturaleza. A partir de
esta masiva revuelta popular se produjo una creciente visibilidad de aque-
llas de naturaleza confrontacional y violenta3. Hillman observaba que ya
desde mediados de los ochenta venían incrementándose las protestas
estudiantiles, donde la movilización confrontacional y violenta tiende a
ser frecuente (1994). Las protestas confrontacionales se caracterizan por
generar sorpresa, tensión y sentimientos de amenaza o peligro en el ad-
versario y los no participantes sin llegar al uso de la violencia (Lander et
al., 1999). Muchas veces corresponden a formas de protesta ilícitas den-
tro de las normas venezolanas, como cierres de vías, tomas de estableci-
mientos públicos y marchas o concentraciones que no han sido informa-
das con antelación a las autoridades, pero a veces, una acción como el
desnudo público, convierte una protesta convencional en confrontacio-
nal y le da una mayor efectividad para difundir su mensaje y/o alcanzar
sus metas (Cuadros N° 2 y 3). Las protestas de naturaleza violenta, que
por su forma o resultados implican daños a bienes y/o a la integridad
física de personas, alcanzaron magnitudes cercanas a la tercera parte de
las reseñas registradas por el diario El Nacional entre 1989 y 1998, en
contraste con años previos cuando no alcanzaban la décima parte de las
reseñas (Cuadro Nº 3). La protesta violenta fue especialmente destacada
durante los años de la crisis política entre 1992 y 1994 y hasta 1996,
notándose una tendencia a la baja a finales del período del presidente
Caldera.

3
El primer informe anual sobre la Situación de los Derechos Humanos en Venezuela correspon-
dió al período octubre 1989 a septiembre 1990. Para algunos datos anteriores nos apoya-
mos en la Base de Datos El Bravo Pueblo (BDEBP, 2007).

198
Cuadro Nº 2
Visibilidad de la protesta en Venezuela según sus formas
(Reseñas aparecidas en El Nacional ) 1985 - 1999

Año Marchas Cierre de Tomas e Disturbios Quemas Saqueos


Vías invasiones
1985 12 1 16 6 3 0
1986 10 2 8 4 1 0
1987 21 3 2 27 16 6
1988 13 5 6 16 4 3
1989 24 13 18 39 11 26
1990 22 4 4 29 7 7
1991 11 3 3 29 16 4
1992 10 12 10 44 18 10
1993 21 13 10 50 26 16
1994 25 30 21 61 29 13
1995 27 15 14 42 18 9
1996 28 29 17 69 25 16
1997 21 18 7 21 12 1
1998 23 20 1 18 0 0
1999 38 56 26 49 8 5
TOTAL 305 224 163 504 194 116
Fuente: Base de Datos El Bravo Pueblo, 2000.

Cuadro Nº 3
Visibilidad de la protesta popular según su naturaleza
(Reseñas aparecidas en El Nacional )
1985 – 1999
Año Convencional Confrontacional Violenta Total
1985 206 41 15 262
1986 51 16 3 70
1987 36 15 32 83
1988 70 17 16 103
1989 75 85 53 213
1990 39 54 30 123
1991 8 36 31 75
1992 13 56 64 133
1993 52 64 58 174
1994 49 65 73 187
1995 64 62 63 189
1996 53 122 98 273
1997 81 44 50 175
1998 77 67 22 166
1999 43 239 72 354
Fuente: Base de Datos El Bravo Pueblo, 2007. 199
La naturaleza y formas específicas de la acción beligerante que se
generalizan en estos años guardan una relación estrecha con el proceso
de deslegitimación de organizaciones sindicales, gremiales y políticas
ocurrido en los ochenta como parte de los profundos desajustes sociales
producida por la crisis económica y la aplicación de programas de ajuste
de corte neoliberal (Roberts, 2001). Este proceso contribuyó a la severa
deslegitimación y desintitucionalización del sistema político. El vacío
de representación y mediación dejado por el debilitamiento de estas
instituciones, además de dar impulso a la acción colectiva beligerante,
incentivó la aparición de actores emergentes, algunos existentes pero de
bajo perfil en las décadas anteriores, otros nuevos, otros que en el pasado
habían estado sujetos a las directrices de los partidos políticos. La poca
organización y recursos de que disponían estos actores, contribuyeron a
las características de sus movilizaciones. Trancar una arteria neurálgica
del transporte capitalino, encadenarse, desnudarse, quemar neumáticos
son estrategias relativamente baratas para actores que carecen de dinero,
contactos, redes para hacer movilizaciones convencionales que tengan
suficiente impacto en las autoridades o medios. La violencia de una ac-
ción colectiva también en algunos casos se debe a la debilidad de sus
protagonistas.
Los actores de la protesta beligerante tienen diversos orígenes e
intereses, pero los unen la pobreza material de sus miembros y/o la
escasa capacidad de llegar a los espacios donde se toman las decisiones.
Sus organizaciones tienen variado grado de solidez y consolidación. Son
asiduos practicantes de la política de la calle los vendedores de la calle,
un sector en ascenso numérico en virtud de la pérdida de los puestos de
trabajo en el sector formal de la economía; jubilados y pensionados prin-
cipalmente provenientes de los empleados públicos, cuyos ingresos ba-
jan a niveles irrisorios por la devaluación monetaria; vecinos de sectores
medios o barriales de las grandes ciudades cada vez más necesitados de
servicios básicos como agua o seguridad personal; choferes del transpor-
te colectivo, agobiados por la inseguridad en las vías públicas y el enca-
recimiento de repuestos para sus vehículos; desempleados y estudiantes,
quienes sufrían una continua merma del presupuesto para la educación
y consiguientemente el deterioro de las instalaciones y de la calidad de
la enseñanza. Este último actor se distingue de los demás en que tiene
una larga experiencia en la política de la calle y una importante vocación
política.

200
Con variados grados de organización, estos actores se volcaron a la
calle en un esfuerzo por reabrir caminos para la comunicación entre
Estado y sociedad. Ellos conformaron la parte más significativa de la
sociedad civil venezolana al iniciarse el siglo XXI. Con cifras de pobreza
que en 1986 ubicaban en un 38,88% el total de familias en esa situa-
ción y que para 1997 subió hasta un 48,3% –las cifras de pobreza extre-
ma crecieron entre esos mismos años desde 17,6% a 27,6% (IESA,
2000)– las organizaciones que representan diversos sectores de esos po-
bres, trabajaban afanosamente por su inclusión social en el arreglo hege-
mónico que se disputaba4.
Esta intensa movilización popular fue conformando en sus moti-
vaciones lo que podría identificarse como una agenda de los pobres (Ló-
pez Maya y Lander, 2001), que va a ser recogida por actores políticos de
izquierda que hasta ese momento tenían poco peso en el sistema de
partidos. Demandas por la recuperación de derechos socioeconómicos
como sueldos dignos, viviendas, salud o educación pública, o derechos
civiles y políticos postergados, como el derecho a la manifestación pací-
fica sin ser reprimidos, comienzan a encontrar respuestas en gestiones
de gobiernos locales y regionales. Allí han accedido actores nuevos, al-
gunos de ellos de izquierda, en medio de la crisis de los partidos domi-
nantes y gracias a reformas políticas de descentralización y sufragio, que
permitieron, en 1989 y por primera vez en el país, la elección directa de
autoridades a esos niveles. En estos primeros gobiernos de izquierda de
algunos municipios y estados, comenzaron a plasmarse novedosas mo-
dalidades de participación de las comunidades en la gestión pública,
como asambleas y mesas técnicas de trabajo entre funcionarios y comu-
nidades organizadas, buscando hacer estos niveles más incluyentes, de-
mocráticos y eficientes en la prestación de servicios (Harnecker, 1993a y
1993b). También en gobiernos locales de actores emergentes no de iz-
quierda –como en la gobernación del Distrito Capital en manos de Con-
vergencia– se elaborarán las primeras ordenanzas que prohíben el uso de
armas contra manifestaciones pacíficas, iniciándose un proceso de des-
criminalización de la protesta que se fortalecerá en la etapa siguiente
(López Maya, 2003).
Paralelamente, tuvo lugar un proceso de acciones cívicas princi-
palmente por parte de sectores organizados de las capas medias, que

4
En trabajo anterior interpretamos la lucha que se desarrolla en Venezuela desde el Caraca-
zo de 1989 como una lucha hegemónica. Ver López Maya (2005).

201
planteaban demandas y desarrollaban luchas en espacios institucionales
como la Comisión Presidencial de Reforma del Estado (COPRE). Estos
actores propugnaban una mayor democratización del sistema político a
través de la descentralización político-administrativa del Estado, perso-
nalización del voto y reconocimiento a derechos postergados o nuevos
como la igualdad de género, el respeto al equilibrio ambiental, calidad
de vida en las áreas residenciales y otros (Gómez Calcaño, 1987; Gómez
Calcaño y López Maya, 1990).
En esta etapa se fue constituyendo una sociedad civil que fue
rechazando y compitiendo con los partidos políticos, que consideraban
obstáculo para la profundización democrática del Estado. La doctrina
del neoliberalismo ejerce fuerte influencia a través de transnacionales de
la información y agencias de financiamiento internacional, cuya desva-
lorización hacia la política y los partidos se sobrepuso a los rechazos
provenientes de condicionamientos venezolanos internos. En el país, al
igual que en otros de América Latina, se fortaleció una cultura de la
antipolítica y una romantización de nuevos movimientos sociales como
actores mejor equipados que los partidos para profundizar la democra-
cia. Las acciones colectivas cívicas de estas organizaciones contribuyeron
a la aprobación desde 1989 de un conjunto de reformas e instrumentos
legales que abrieron un proceso de descentralización político adminis-
trativo y algunos espacios para la participación directa de los ciudada-
nos. Entre estos destacaron la reforma a la Ley Orgánica de Régimen
Municipal (1989), que separó las elecciones municipales de las naciona-
les, creó la figura del alcalde electo e incluyó por primera vez la figura
del referendo para este nivel; la Ley de Elección Directa, Popular y Se-
creta de Gobernadores (1989), que sustrajo del Ejecutivo Nacional la
facultad de designar a las autoridades regionales, la Ley Orgánica del
Sufragio y la Participación Política (1998), que dejó atrás el sistema de
listas bloqueadas para los cuerpos deliberantes y lo sustituyó por un
sistema mixto que permitió que la mitad de los integrantes fuesen esco-
gidos bajo el principio de la personalización del voto y la otra mitad por
reparto proporcional de las listas presentadas por organizaciones políti-
cas (Gómez Calcaño y López Maya, 1990). La lucha del movimiento de
mujeres, por su parte, resultará en una primera Ley sobre la Violencia
contra la Mujer y la Familia (1998). También las demandas socioeconó-
micas visibilizadas en la protesta de calle se verán recogidas en propues-
tas políticas presentes en la campaña presidencial de 1998, particular-

202
mente en la plataforma política que apoya la candidatura de Hugo Chávez
y el discurso antineoliberal que lo caracteriza.

Segunda etapa: La democracia


participativa y protagónica

La victoria electoral de Chávez y del Polo Patriótico en diciembre de


1998, abrió una estructura de oportunidades políticas para que las pro-
puestas que venían desarrollándose en espacios informales como la calle, e
institucionales como la COPRE y los gobiernos locales y regionales de
nuevo cuño, se concretaran en la esfera político-nacional y se constituye-
ran en base de un nuevo proyecto sociopolítico para Venezuela. La Asam-
blea Constituyente de 1999 será el primer vehículo a través del cual diver-
sos actores emergentes impulsaron cambios profundos a los principios y
estructuras del Estado plasmadas en la Constitución de 1961 y el marco
jurídico legal derivado de esta. En diciembre de 1999 una nueva Consti-
tución fue aprobada mediante referendo popular, refundando la Repúbli-
ca sobre las bases de una democracia “participativa y protagónica”, con-
cepto articulador de la cadena de demandas sociales y políticas visibiliza-
das por las acciones colectivas tanto beligerantes como cívicas a lo largo de
las dos décadas precedentes. A partir de este nuevo contexto institucional
cambian los propósitos y actores de estas acciones.

Acciones beligerantes

Durante esta etapa, las acciones beligerantes son el escenario


principal de confrontación política, siendo esta especialmente aguda
entre 1999 y 2004, cuando se producen los cambios institucionales
más profundos y cuando la polarización política alcanza niveles extre-
mos. Las acciones beligerantes son usadas por ambas parcialidades
políticas, tanto por sectores chavistas principalmente de composición
popular, como grupos antichavistas mayoritariamente compuestos por
capas medias organizadas.
La visibilidad y protagonismo de las acciones beligerantes se expli-
ca, entre otros factores, por la continuación de la desconfianza y el rechazo
de ambos adversarios a los partidos y al sistema político del pasado. Este

203
rechazo hizo imposible recomponer espacios institucionales de mediación
y representación, quedando la confrontación directa en la calle. En estas
adversas condiciones para el ejercicio de la política, entraron como susti-
tutos de los partidos factores de poder y actores sociales, como medios de
comunicación privados, empresarios y sus organizaciones, jerarcas de la
Iglesia Católica, sindicatos, asociaciones de vecinos, organizaciones popu-
lares autónomas y otras creadas desde el mismo gobierno como los círcu-
los bolivarianos. No debe extrañar por tanto, que las acciones colectivas
beligerantes hayan aumentado en número y porcentaje durante esta etapa
con relación a la anterior, pasando el promedio diario de protestas calleje-
ras de 1,99 a 3,69 diarias (Cuadro Nº 4).

Cuadro Nº 4
Acciones pacíficas y violentas 1998-2007

Período Acciones de Promedio Pacíficas Violentas


protesta diario % %
98-99 855 2,34 805 94,15 50 5,85
99-00 1.414 3,87 1.263 89,32 151 10,68
00-01 1.312 3,59 1.169 89,10 143 10,90
01-02 1.262 3,46 1.141 90,41 121 9,59
02-03 1.543 4,23 1.243 80,56 300 19,44
03-04 1.255 3,44 1.037 82,63 218 17,37
04-05 1.534 4,20 1.417 92,37 117 7,63
05-06 1.383 3,79 1.280 92,55 103 7,45
06-07 1.576 4,32 1.521 96,51 55 3,49
07-08 1.763 4,83 1.680 95,29 83 4,71
Total 13.897 3,81 12.556 90,35 1.341 9,64
Fuente: informes anuales de Provea y cálculos propios.

Entre los años que van de 1999 a 2004 cuando de realizó el refe-
rendo revocatorio presidencial donde el Presidente resultó triunfador, se
presentan altos índices de violencia en las acciones de calle, alcanzando
este tipo de protesta porcentajes de dos dígitos. Su clímax sucedió entre
2002 y 2003 para a partir de allí comenzar un declive. La violencia por
estos años en las protestas tuvo su principal explicación en el voluntario
uso de ella por parte de actores polarizados y confrontados políticamen-
te. A diferencia de otras etapas históricas, cuando la acción colectiva
violenta era principalmente respuesta de actores ante la represión y cri-
minalización del derecho a la manifestación pacífica, en estos años, por

204
el contrario, encontramos un proceso de reconocimiento institucional al
derecho a manifestar de manera pública y sin armas, perdiendo la repre-
sión relevancia como causal de la violencia (Cuadro Nº 5).

Cuadro Nº 5
Manifestaciones pacíficas reprimidas
1989-2007

Período Manifestaciones Reprimidas Una de cada


pacíficas
89-90 3
90-91 124 46 3
91-92 654 113 6
92-93 1.047 157 7
93-94 1.099 133 8
94-95 581 55 11
95-96 534 50 11
96-97 550 43 12
97-98 385 49 8
98-99 805 33 24
99-00 1.263 54 23
00-01 1.169 42 28
01-02 1.141 41 28
02-03 1.243 35 36
03-04 1.037 31 33
04-05 1.417 18 79
05-06 1.280 58 22
06-07 1.521 98 16
07-08 1.680 83 20
Fuente: Informes anuales de Provea. Cálculos propios.

Lo agudo de la confrontación política vivida también se expresó


en las motivaciones –tipos de derechos exigidos– de las acciones colecti-
vas beligerantes. Hay un aumento de protestas motivadas políticamente
que está estrechamente correlacionado con el incremento de la violen-
cia. Entre los años 2001 y 2004 se produjo un pico en el porcentaje de
protestas políticamente motivadas, llegando a superar el tercio del total
y coincidiendo con los años de mayor violencia (Cuadros Nº 5 y 6). Fue
la calle uno de los escenarios más relevantes de la lucha hegemónica que
se libraba entre actores confrontados por propuestas de país que pare-
cían antagónicos: el propugnado como democracia participativa por el

205
gobierno, versus uno de contenidos neoliberales propugnado por acto-
res sociales y políticos de oposición.

Cuadro Nº 6
Tipos de derechos exigidos
1995-2007

Derechos Acciones Eco. Soc. y Cult. Derechos Civ. y Pol. Período


de protesta Acciones % Acciones %
95-96 591 458 77,5 133 22,5
95-96 628 583 92,8 45 7,2
96-97 632 590 93,4 42 6,6
97-98 422 374 88,6 48 11,4
98-99 855 797 93,2 58 6,8
99-00 1.414 1.271 89,9 143 10,1
00-01 1.312 1.180 89,9 132 10,1
01-02 1.262 882 69,9 380 30,1
02-03 1.543 840 54,4 703 45,6
03-04 1.255 719 57,3 536 42,7
04-05 1.534 1.209 78,8 325 21,2
05-06 1.383 1.039 75,1 344 24,9
06-07 1.576 1.088 69,0 488 31,0
07-08 1.763 1.352 76,7 411 23,3
Fuente: Informes anuales de Provea. Cálculos propios.

Los sectores medios y altos antichavistas se disputaron el protago-


nismo en la calle con los sectores populares y el movimiento estudiantil,
quienes habían sido sus tradicionales actores. Este fenómeno comenzó a
fines de 2001 en rechazo a cambios promulgados por el gobierno me-
diante ley habilitante en áreas sensibles como tierra, pesca e hidrocarbu-
ros. El 10 de diciembre de ese año los grupos opositores liderados por la
federación empresarial, Fedecámaras, produjeron un exitoso paro cívico,
logrando unificar organizaciones adversas al gobierno que hasta ese mo-
mento permanecían dispersas. A partir de allí se inició una febril activi-
dad marchista, que se extendió al 2002 y solo comenzó a ceder luego del
fracaso del paro petrolero en febrero de 2003. Entre las modalidades de
lucha beligerante usadas, principalmente por sectores de oposición, des-
tacaron, por lo tenaz, frecuente y efectivo para crear un clima de ten-
sión, los “cacerolazos”. A su vez, en los meses posteriores del golpe de
Estado, entre mayo y diciembre, cada marcha de la oposición fue res-

206
pondida por una contramarcha de simpatizantes del gobierno. Estas
frecuentes acciones beligerantes fueron caldo de cultivo para acciones
insurreccionales que buscaban poner en jaque al gobierno: el golpe de
Estado de abril de 2002, la huelga general concentrada en la industria
petrolera de 2002-2003, acciones violentas de calle conocidas como ope-
raciones “guarimba” antes del referendo revocatorio presidencial (López
Maya, 2006b). La fase insurreccional de la oposición culmina con una
victoria política de Chávez en el referendo revocatorio presidencial, de-
bilitando a partir de allí todas las expresiones organizativas que se le
oponen y abriendo la posibilidad de retomar caminos más instituciona-
les para superar la crisis política (López Maya, 2005). Ya el revocatorio
presidencial de agosto de 2004 fue una estrategia de la oposición de
tipo institucional, que fue notoriamente facilitada por la OEA y el Cen-
tro Carter, actores del ámbito internacional.

Acciones colectivas cívicas

Durante esta etapa el gobierno impulsó la creación y desarrollo


de nuevas formas de participación cívica como parte de su proyecto po-
lítico. La democracia “participativa y protagónica” de la Constitución de
1999, consagró el derecho a la participación de los ciudadanos de ma-
nera “directa, semidirecta e indirecta”, no solo del sufragio, sino tam-
bién en la “formación, ejecución y control de la gestión pública” (Expo-
sición de Motivos, 1999). El enfoque participativo como principio de la
“nueva” democracia difería del enfoque de la Constitución de 1961,
pues aunque mantuvo las formas de la democracia representativa, la par-
ticipación en sus distintas modalidades y en todos los ámbitos del Esta-
do se constituye en la práctica clave para transformar las relaciones de
poder desiguales que existen en la sociedad (artículo 62). En las Líneas
Generales del Desarrollo Económico y Social de la Nación 2001-2007,
el documento oficial orientador de las políticas públicas durante este
período, se sostuvo que la participación propiciaba el autodesarrollo,
inculcando la corresponsabilidad e impulsando el “protagonismo” de
los ciudadanos. Estos serían los soportes desde donde emergería una
sociedad igualitaria, solidaria y democrática (LGDESN, 2001).
Como ejemplos de las formas participativas creadas pueden
mencionarse las mesas técnicas de agua (MTA), promovidas por em-

207
presas hidrológicas públicas para que las comunidades organizadas co-
gestionaran el servicio de agua potable y servida. El éxito de estas expe-
riencias llevó a generalizar esta forma de acción cívica para enfrentar
problemas en otros servicios básicos, creándose después mesas técnicas
de gas y mesas técnicas de energía. Buscando regularizar el nunca re-
suelto asunto de la propiedad de la tierra en barrios populares, en febre-
ro de 2002 la Presidencia emitió el decreto 1.666, que promovió la
creación de los comités de tierra urbana (CTU) con el propósito de
organizar a las comunidades para que, con apoyo del gobierno, pudie-
ran acceder al otorgamiento formal de títulos de propiedad, individual
o colectiva. Los CTU debían levantar un censo de las familias y recons-
truir con la participación de todos sus habitantes la historia del barrio,
buscando fortalecer los lazos comunitarios. La Ley de Tierras de 2001,
promovió la creación de comités de tierra rural (CTR) con fines simila-
res, pero para la actividad agrícola. Importantes misiones sociales crea-
das en esta etapa estuvieron acompañadas de exigencias organizativas
para la comunidad. Tal es el caso de Barrio Adentro I que promovió la
constitución de Comités de Salud para facilitar las condiciones de vida
al médico comunitario en actividades de medicina preventiva y acompa-
ñarlo en la prestación del servicio. Para la rehabilitación física de barrios
se ensayaron formas participativas con enfoques distintos. Cabe mencio-
nar a las organizaciones comunitarias autogestionarias (OCAS) y, al fi-
nal de esta etapa, a los consejos comunales (CC), institucionalizados
con la Ley de Consejos Comunales de 2006 y considerados al final del
período como la base de un nuevo “poder popular”.
Propiciando la democratización de la actividad económica, el go-
bierno estimuló la acción colectiva cívica a través de cooperativas. Aun-
que el movimiento cooperativo en Venezuela tiene una larga historia, el
importante impulso que recibió se tradujo en un crecimiento sin prece-
dentes (Provea, 2007). En años previos las cooperativas atendían princi-
palmente actividades de ahorro y préstamo y prestación de servicios,
como de transporte o funerarios. En estos años se privilegió a cooperati-
vas de actividad productiva (Provea, 2004). Se abrieron también para la
acción participativa y como parte de la economía social en el campo los
fundos zamoranos y los sistemas de asociaciones rurales autoorganizadas
–Saraos–. Más tarde, bajo la idea de un proceso de desarrollo alternativo
“endógeno”, se crearon los Núcleos de Desarrollo Endógeno, tanto en el
campo como en ciudades (Vila, 2003, Parker, 2007).

208
En general estos espacios para la acción cívica implicaban la acti-
vación de asambleas de ciudadanos en las comunidades como la instan-
cia para su fundación y para la toma de las decisiones. El gobierno buscó
fomentar una dinámica de base y educar en el ejercicio de la democracia
directa. La apertura de estos espacios generó una importante dinámica
organizativa de sectores populares, que permitió acción colectiva cívica
para gestionar o resolver diversos problemas de las comunidades. Fue un
proceso que creó condiciones para la politización y el empoderamiento
de la gente, pero ha estado acompañado de limitaciones. Por una parte,
estas formas de participación difícilmente trascienden esferas microloca-
les. Están diseñadas para atender comunidades relativamente pequeñas
y carecen de mecanismos claros de agregación. Por otra parte, el proceso
de democratización en lo micro ha estado acompañado de otro de recen-
tralización y concentración de poder en el Ejecutivo Nacional y, más
específicamente, en la Presidencia de la República. Las instituciones
intermedias de mediación, como los concejos municipales, fundamen-
tales para el buen funcionamiento del sistema democrático, sufrieron
un significativo debilitamiento. Esto trajo como consecuencia asime-
trías muy pronunciadas entre la cabeza del Estado y los ciudadanos y
sus organizaciones.
Las organizaciones asociativas de los sectores medios y altos esca-
samente participaron en los espacios promovidos por el gobierno nacio-
nal, ya que tienen, en lo fundamental, sus demandas básicas satisfechas.
Su acción cívica se vio limitada en esta etapa a aquellos pocos lugares
donde la oposición política ejercía funciones de gobierno municipal o
estadal. En contraste con la reducción de su acción cívica, las organiza-
ciones de estos sectores vivieron un acelerado proceso de politización y
polarización incorporándose algunas de ellas a la Coordinadora Demo-
crática (CD) desde inicios de 2001. La CD fue una plataforma que
sirvió para agregar a las fuerzas que se confrontaron con el gobierno de
Chávez desde 2001 hasta poco después de agosto de 2004, cuando la
derrota sufrida por la oposición en el revocatorio presidencial condujo a
su desintegración (García-Guadilla, 2003). Durante los años de la más
alta confrontación política, vecinos de diversas urbanizaciones de clase
media de Caracas y otras ciudades del país impulsaron las asambleas de
ciudadanos. Fueron definidas por sus integrantes como espacios públi-
cos para interactuar con líderes políticos e intelectuales que no compar-
ten el proceso promovido por Chávez (Provea, 2004). Otras organiza-

209
ciones de estos sectores como Queremos Elegir, Asamblea Nacional de
Educación, Pro Catia, Visión Emergente, Ciudadanía Activa y el Frente
Institucional Militar, también vivieron procesos de politización forman-
do también parte de la CD (Provea, 2004).
Las experiencias organizativas para la acción colectiva cívica de
esta etapa, las Cooperativas, MTA y CTU, los círculos bolivarianos o
asambleas de ciudadanos, en general exhibieron formas y mecanismos
de funcionamiento interno democráticos. Sin embargo, los integrantes
de los círculos apoyaban todos al gobierno y los de las asambleas todos
se le oponían. La polarización política impidió que estas organizaciones
opuestas políticamente interactuaran democráticamente y pudieran con-
tribuir a la resolución de la crisis y el restablecimiento de la convivencia
pacífica. En este sentido tuvieron fuertes limitaciones para articular lo
social y político.
Durante esta etapa se institucionalizaron además cuatro modali-
dades de referendos, las iniciativas legislativas y los cabildos abiertos que
se discutieron en la Asamblea Nacional Constituyente y se incorporaron
en la Constitución (artículos 70 a 74). La más aplicada de estas modali-
dades fue el referendo revocatorio contemplado para funcionarios públi-
cos electos de distintos niveles, siendo el más notable el auspiciado por
la CD en contra del presidente Chávez en agosto de 2004 (López Maya,
2005). En la Constitución también quedó incorporada una representa-
ción de las minorías indígenas en la Asamblea Nacional gracias a la orga-
nización y movilización de este actor (Van Cott, 2002; artículo 86). Por
otra parte, se ensayaron prácticas informales de participación política,
siendo el más publicitado el llamado “parlamentarismo de calle” impul-
sado por la Asamblea Nacional desde enero de 2006, al inicio de un
nuevo período legislativo, y en virtud de haber quedado esa Asamblea
sin representación de la oposición. Según su definición, se buscaba for-
talecer el poder popular, llevando a plazas y parques públicos la discu-
sión de los proyectos de leyes (www.asamblea nacional.gov.ve, bajado en
octubre 2006). Para ello, la Asamblea desarrolló una metodología que le
permitía recoger opiniones de la ciudadanía en las plazas y parques, con
resultados mixtos. En algunos casos, como en la discusión de la Ley por
el Derecho de la Mujer a una Vida Libre de Violencia (2007), la exis-
tencia de un movimiento de mujeres diverso, plural y movilizado, que
tenía en su agenda la lucha contra la violencia a las mujeres, permitió la
creación de un diálogo fructífero entre el parlamento y sectores de la

210
sociedad civil para la aprobación de una ley de avanzada. Otras expe-
riencias no han gozado de igual fortuna. Los intentos de someter a esta
modalidad, por ejemplo, la Ley Nacional de Presupuesto en 2007, no
pasó de ser jornadas informativas con la participación de un muy redu-
cido número de ciudadanos (López Maya, 2006).
Al cerrar esta etapa, en el contexto del avasallador triunfo electoral
para su reelección por un nuevo mandato de seis años en diciembre de
2006, emergió por parte de Chávez una propuesta de reforma constitu-
cional para la implementación del “socialismo del siglo XXI”, que al
concretarse en agosto de 2007, probó contravenir importantes logros
alcanzados por la democracia venezolana.

Tercera parte: Acción colectiva en


el socialismo del siglo XXI

En el segundo gobierno de Chávez se fue acentuando la tendencia


de dejar atrás el discurso de la democracia participativa para sustituirla
por el socialismo del siglo XXI. En tres discursos claves dados poco des-
pués de la victoria electoral, el Presidente delineó la nueva estrategia
para alcanzar este fin. Planteó la necesidad de crear un instrumento
unificador de las fuerzas políticas bolivarianas, llamado el Partido Socia-
lista Unido de Venezuela (PSUV) para lo cual demandó la rápida diso-
lución de todos los partidos políticos que lo apoyaban para integrarse en
este. Anunció la renacionalización de industrias estratégicas privatizadas
por gobiernos anteriores, proclamó como lema del nuevo mandato: “Pa-
tria, socialismo o muerte” y anunció lo que llamó los “cinco motores
constituyentes” como vehículos impulsores de la estrategia para alcanzar
el modelo socialista (Chávez, 2006 y 2007).
El primer motor, constituido por una ley habilitante, le permiti-
ría a la Asamblea Nacional delegar en el Ejecutivo la facultad de legislar
(artículo 203). Chávez la consideró la “ley de leyes revolucionaria, ma-
dre de leyes” (Chávez, 2007). El segundo motor consistiría en una “in-
tegral y profunda” reforma de la Constitución para modificar artículos
que en lo económico o en lo político se evalúen como obstáculos en el
camino hacia el socialismo. Chávez consideró que estos dos motores de-
bían marchar juntos, y designó a la presidenta de la Asamblea Nacional
para presidir y coordinar la Comisión Presidencial de Reforma Consti-

211
tucional (CPRC). El tercer motor lo llamó “jornada de moral y luces”, y
comprendía una campaña de educación moral, económica, política y
social en todos los espacios de la sociedad. Chávez denominó el cuarto
motor “la geometría del poder”, donde propondría una nueva manera
de distribuir los poderes político, económico, social y militar sobre el
espacio nacional, para generar sistemas de ciudades y territorios federa-
les más cónsonos, según él, con las aspiraciones del socialismo. El quin-
to motor –y el más importante de todos– la “explosión revolucionaria
del poder comunal”, según la cual se conformaría en el Estado un sexto
poder, el poder popular, que cambiaría la naturaleza de este y lo haría
socialista. Habló de no ponerle límites a los consejos comunales, por ser
los instrumentos del poder popular constituyente. Consideró que todos
estos motores estaban interconectados entre sí, y que la explosión crea-
dora del poder comunal dependería para su desarrollo, expansión y éxi-
to, de los anteriores (en http://www.minci.gob.ve/alocuciones/4/bajado
el 26-05-07).
A continuación señalamos algunas tendencias de la acción colec-
tiva entre 2007 y 2008.

Acciones beligerantes

En 2007 y 2008 se mantuvo el uso de la política de la calle como


mecanismo para interpelar a los poderes públicos (Cuadro Nº 4). Los
sectores populares parecieran incrementar el uso de la acción beligerante
para reclamar derechos socioeconómicos prometidos pero no satisfechos.
Problemas salariales de diversa índole, ineficiencias en la gestión de servi-
cios públicos, obras inacabadas, recursos ofrecidos pero no entregados,
fueron motivos de protestas que con frecuencia se realizan frente al palacio
de gobierno (Provea, 2007 y 2008). Reclamos por una mayor seguridad
ciudadana también adquirieron mayor visibilidad, como respuesta al au-
mento de los índices de criminalidad registrados en el país. Estas acciones
no forman ya parte de la dinámica polarizada que caracterizó la etapa
anterior; ahora participan sectores que antes se inhibían por la magnitud
y naturaleza de la confrontación política entre fuerzas oficialistas y de
oposición. Ocurren, sin embargo, acciones beligerantes que siguen res-
pondiendo a la lógica de la polarización. El movimiento estudiantil, ador-
mecido por algunos años y en cuyo seno conviven estas fuerzas, resurgió a

212
propósito de la confrontación no resuelta entre el gobierno y medios de
comunicación privados. Fueron protagonistas de protestas y contrapro-
testas a partir de mayo de 2007 cuando el gobierno retiró la concesión
para acceso a banda abierta del espectro radiofónico al canal comercial
Radio Caracas Televisión (RCTV). Organizaciones de capas medias, que
en la etapa anterior habían utilizado profusamente la acción beligerante,
debilitados por las derrotas políticas sufridas en la anterior etapa, dismi-
nuyen su movilización. Sin embargo, en los últimos meses de 2007, en la
campaña del referendo de reforma constitucional volvieron a movilizarse y
adquirieron de la mano del movimiento estudiantil revitalizado nueva
capacidad de convocatoria y alguna visibilidad.
Es de resaltar algunas características de la acción beligerante en
esta etapa. Profundizando la tendencia observada desde 2004, las accio-
nes violentas continúan reduciéndose (Cuadro Nº 5). Es interesante
observar que esto sucedió en 2007 pese a la fuerte confrontación políti-
ca, pues sube el porcentaje de acciones colectivas políticamente motiva-
das a cifras cercanas a un tercio del total de protestas, un porcentaje
similar al registrado en el período 2001-2002 cuando se produjo el
golpe de Estado (Cuadro Nº 6). Ello pudiera evidenciar que los actores
polarizados han venido abandonando la violencia como medio para diri-
mir sus diferencias. Por otra parte, desde 2006 se observa un retroceso
en el respeto del Estado al derecho de los ciudadanos a la manifestación
pacífica (Cuadro Nº 5). En el período 2004-2005 se alcanzó la cifra
más baja de represión a las protestas pacíficas, reprimiéndose una de
cada 79 (Provea, 2004). Desde entonces, sin embargo, se ha retrocedi-
do a una de cada 22 (2005-2006), una de cada 16 (2006-2007) y una
cada 20 (2007-2008), con lo que se volvió a cifras de los inicios del
primer gobierno de Chávez (Provea, 2008). Más preocupante aún, el
Estado aprobó en 2005 una reforma al Código Penal donde se estable-
cen castigos con prisión o multas a quienes participan en algunas moda-
lidades de protesta como el cierre de vía y los cacerolazos (Provea, 2005).
Si bien estas modalidades suelen ser altamente confrontacionales –por
su alta potencialidad disruptiva de la vida cotidiana– por ser pacíficas
no dejan de ser legítimas y han sido recurrentemente utilizadas por
diversos actores ante la inoperancia de canales más institucionales de
mediación, representación y resolución de conflictos. Esta tendencia señala
un retroceso con relación a la creciente institucionalización y respeto
por el derecho a la manifestación pacífica que había privado en la etapa

213
previa. Junto con procesos judiciales que se han venido abriendo contra
participantes de estas modalidades de protesta, pudiera indicar una ten-
dencia hacia la criminalización de estas acciones colectivas en la etapa
que se está desarrollando.

Acción colectiva cívica. Los consejos comunales

La acción colectiva cívica siguió extendiéndose en 2007 y 2008


en la medida en que el gobierno mantuvo abiertos espacios para la par-
ticipación directa de personas y comunidades organizadas en la gestión
de servicios públicos a nivel local. Es de destacar que desde 2006 el
gobierno viene concentrando los esfuerzos de promoción de espacios de
participación directa en los consejos comunales. Otras experiencias par-
ticipativas exitosas y que habían crecido en número en la etapa anterior,
parecieran ahora debilitadas por el énfasis puesto en esta innovación
participativa. Son igualmente en esta etapa receptores casi exclusivos de
los recursos estatales. Si bien hasta ahora ha sido enriquecedora para la
sociedad la multiplicidad de concepciones y prácticas, la propuesta de
CC pareciera tender a uniformar el variopinto mundo popular, incorpo-
rando el sujeto popular al Estado.
Los CC quedaron institucionalizados en la ley de Consejos Co-
munales de abril de 2006. Según esta ley, “son instancias de participa-
ción, articulación e integración entre las diversas organizaciones comu-
nitarias, grupos sociales y los ciudadanos y ciudadanas, que permiten al
pueblo organizado ejercer directamente la gestión de las políticas públi-
cas y proyectos orientados a responder a las necesidades y aspiraciones
de una sociedad de equidad y justicia social” (artículo 2). Con estos CC
el gobierno buscó crear un espacio de articulación de las diversas otras
innovaciones participativas que venía creando, imprimiéndoles una con-
cepción de microgobierno en un nivel submunicipal, el nivel comunita-
rio. La ley estableció como límite de familias un máximo 400 en las
ciudades. No se les otorgó personalidad jurídica, pero sí muchas tareas,
que incluso han ido creciendo con el tiempo (Weffer, 2007).
La ley de 2006 norma todo en los CC. Los pasos para que sean
creados, indica cómo deben funcionar, cómo toman decisiones, el tipo
de representación, etc. Exige, para poder acceder a los recursos públicos,
que se registren ante la Comisión Local Presidencial del Poder Popular

214
de su municipio, ente del gobierno central y cuyos miembros son nom-
brados por el Presidente de la República (artículos 20 y 31). La ley creó
un Fondo Nacional de los Consejos Comunales como ente autónomo
sin personalidad jurídica, con una junta directiva nombrada por el Pre-
sidente, para financiar los proyectos comunitarios, sociales y producti-
vos (artículo 29). Las transferencias se hacen al banco del CC que fun-
ciona como cooperativa, también pautado en la ley. La ley de los CC
derogó, en disposición derogatoria única, el artículo 8 de la Ley de los
Consejos Locales de Planificación Pública de 2002, donde apareció por
primera vez la figura de los CC pero vinculada, junto a los consejos
parroquiales, a la dinámica participativa y protagónica en los munici-
pios. Por el marco jurídico-legal de la ley de 2006, los CC están concep-
tualmente pensados para ser parte del Estado, vinculada y dependiente
de la Presidencia de la República. Es una de las expresiones más claras
de la tendencia hacia la recentralización del Estado y concentración de
poderes en el Presidente que ha venido acentuándose en los años más
recientes (López Maya, 2008).
Por su parte, la tendencia de los sectores medios y altos organizados
opuestos al gobierno pareciera ser a reagruparse en partidos políticos y
movimientos sociales para frenar las que identifican como tendencias au-
toritarias del gobierno, llegando a desarrollar acciones cívicas de denuncia
contra este en instancias internacionales. Desde 2004 y con la desintegra-
ción de la CD, comenzó a hacerse visible en la oposición un mundo vario-
pinto de organizaciones sociales, donde sectores democráticos tienden a
fortalecerse ante los anteriores grupos de poder. Luego de la derrota gu-
bernamental de la propuesta de reforma constitucional en el referendo de
diciembre de 2007, estos sectores, ahora más fuertes e interrelacionados
con la parte del movimiento estudiantil que se opone al gobierno, han
concentrado esfuerzos en la construcción de plataformas unitarias para
participar en los diversos procesos comiciales. Otras organizaciones socia-
les retoman el énfasis en sus agendas, vecinales, ecológicas, de género,
bajando su intervención en la política nacional polarizada.

Consideraciones finales

En Venezuela han sido tanto las acciones colectivas beligerantes


como las cívicas impulsadores fundamentales del proceso de cambios

215
vivido, explicando algunos de los rasgos del régimen político emergente.
A lo largo de más de veinte años se ha desarrollado un contrapunteo
entre ambos tipos de acciones, distinguiéndose tres períodos donde se
han relacionado de manera distinta. Durante el período anterior al go-
bierno de Chávez, ambas acciones fueron construyendo propuestas y
aspiraciones de manera paralela y no conectadas entre sí. Sin embargo,
convergieron sus agendas en el proceso constituyente de 1999, sirvien-
do de base a la refundación de la República a través de la nueva Consti-
tución. En el texto constitucional se incorporaron tanto la agenda de los
pobres –en el claro antagonismo del modelo de Estado emergente con
las orientaciones neoliberales entonces en boga– como las demandas de
descentralización, personalización del voto y fortalecimiento de partici-
pación política directa propugnado desde la acción cívica llevada por
organizaciones de sectores sociales medios. Esta convergencia permitió
comenzar a superar la crisis societal padecida desde los años ochenta,
yendo hacia una profundización de la democracia.
En el segundo período, se privilegió, apoyó e incentivó desde el
primer gobierno de Chávez la acción cívica de los sectores populares.
Prevaleció la polarización política, impidiendo la interrelación de acto-
res que apoyan o se oponen al proyecto bolivariano. El gobierno abrió
espacios de participación novedosos provenientes de diferentes concep-
ciones sobre la participación. Destacan, las mesas técnicas de agua, las
organizaciones comunitarias autogestionarias, concebidas como asocia-
ciones comunitarias pertenecientes a la sociedad civil, en contraste con
los comités de tierra y los consejos comunales, estructuras más bien
ligadas al partido PSUV y al Estado. La acción colectiva beligerante
tendió a usarse en contra y en defensa del gobierno de Chávez, en una
lucha hegemónica que a partir de 2004 tendió a favorecer al gobierno.
Hacia finales del período, con la ley de los CC y el cambio del discurso
oficial para reemplazar la democracia participativa por el Socialismo del
siglo XXI, comenzó a hacerse clara una tensión dentro del chavismo
entre quienes propugnaban el fortalecimiento del poder popular como
estructura del Estado y quienes sostenían la necesidad de que fuese au-
tónomo y parte de la sociedad.
El tercer período comienza en 2007 con el segundo gobierno de
Chávez, quien lanzó en enero de ese año como objetivo la transición
hacia el socialismo. La polarización tendió nuevamente a acentuarse,
produciéndose un proceso de exclusión de todos los grupos o personali-

216
dades que no compartieran el modelo socialista del Presidente. En el
proyecto de reforma constitucional presentada al país en agosto ese año
por el mismo Chávez quedó plasmada la concepción del poder popular
como una nueva estructura del Estado, que se construiría a partir de los
consejos comunales, estudiantiles, de trabajadores y otros, que compon-
drían “comunas”, la base de las ciudades socialistas. El proyecto de re-
forma contemplaba un debilitamiento del proceso de descentralización
y una concentración del poder y de la administración de los recursos
públicos en el Presidente. Al ser derrotada en referendo popular esta
propuesta en diciembre, quedó interrumpida esta tendencia y se acen-
tuó una vez más la lucha hegemónica entre actores con visiones polariza-
das sobre hacia dónde debe ir el país. Hasta el momento de terminar
este ensayo, esa lucha continúa. Este análisis ilustra cómo las acciones
colectivas tanto beligerantes como cívicas han jugado un significativo
rol en el proceso de articulación de demandas sociales hacia lo político
en la Venezuela reciente. En el proceso constituyente de 1999 los acto-
res de las acciones beligerantes y cívicas de las décadas pasadas o bien
participaron con carácter de actores o bien incidieron sobre constitu-
yentes para incorporar aspectos medulares de sus agendas en los conte-
nidos de la Constitución. La fuerte legitimidad de que goza la Carta
Magna emana de ese proceso y contribuye en parte a explicar por qué en
2007 las fuerzas políticas gubernamentales que no favorecieron espacios
de convergencia entre actores y acciones colectivas diversas, fracasaron
en su iniciativa por convencer a la población de modificar los contenidos
alcanzados entonces.

217
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220
Uruguay, cambio político y movimientos
sociales a comienzos del siglo XXI

Carlos Moreira1

Introducción

El 9 de marzo de 2007, una marcha multitudinaria recorrió la


avenida 18 de Julio de la ciudad de Montevideo convocada para repu-
diar la presencia del presidente George Bush en el país. La consigna de
la movilización fue Con Artigas, por la paz, la unidad latinoamericana y
contra el imperialismo, y los concurrentes en cifra cercana a los quince
mil escucharon una proclama que evitó hacer críticas al gobierno. La
central obrera Plenario Intersindical de Trabajadores-Convención Na-
cional de Trabajadores (PIT-CNT) articuladora de la convocatoria, man-
tuvo de esta manera la posición de apoyo crítico que asumió desde la
asunción del gobierno frenteamplista el 1 de marzo de 2005, en el en-
tendido que otorgaba una carta de acción sin por ello convertirse en un
aliado incondicional del mismo.
Ese día y por la misma Avenida 18 de Julio aunque pocas cuadras
más allá, se desarrolló otra marcha, convocada por la Coordinadora An-
tiimperialista, que definió claramente su posición en la lectura de la
proclama: “este gobierno ha profundizado la política de entrega que
durante décadas impusieron la burguesía y la oligarquía criollas con el
instrumento de los partidos tradicionales y hoy nos entregan sin ningún
pudor, arrodillados, al yanqui ladrón”. Los grupos convocantes, desde
partidos integrantes del Frente Amplio (FA) hasta organizaciones socia-
les, plantearon que el gobierno del FA se prestó a la estrategia de divi-
sión de los pueblos que lleva a cabo el imperialismo, por lo que “contra

1
Director de FLACSO Uruguay. Correo electrónico: cmoreira@flacso.edu.uy. El autor
agradece a Gonzalo Garat, Sebastián Moreira Antognazza, Javier Paolillo y Santiago Vibel,
estudiantes de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República (Uruguay),
su colaboración en la realización de este trabajo.

221
este camino humillante, de genuflexión, de ruptura con los principios
más caros de la izquierda y el movimiento popular, debemos marcar
otro camino” (Proclama, 2007).
Si bien no llegó a igualar a la que participó en la marcha del PIT-
CNT, cerca de diez mil personas concurrieron a la protesta que criticó
tanto a Bush como a Tabaré Vázquez, y de esta manera, “los radicales
pelearon cuerpo a cuerpo con los “institucionales” el primer puesto en
concurrencia a las respectivas marchas” (Contreras, en Brecha 16-03-
2007). Esto demostró que si bien la importancia a nivel electoral de los
grupos convocantes a la marcha radical podría ser menos significativa, a
nivel de masas movilizadas dicho apoyo era importante, constituyéndo-
se en “la primera manifestación callejera que enfrenta el gobierno pro-
gresista, la primera manifestación pública masiva de repudio y malestar
ante sus políticas de Estado” (Sempol, en Brecha 16-03-2007).
Un mes y medio más tarde, el 29 de abril se realizó la moviliza-
ción ambientalista denominada Un abrazo al río Uruguay, que reunió a
miles de personas en el lado argentino de dicho río, y que significó que
decenas de manifestantes uruguayos y delegaciones de las localidades de
Rocha, Montevideo, Canelones, San José, Colonia, Soriano y Fray Ben-
tos se sumaran al rechazo a la instalación de la pastera Botnia, lo cual no
dejaba de ser un dato sorprendente frente al consenso mayoritario de
apoyo explícito o tácito a la instalación de la multinacional finlandesa
que existe en la sociedad y el sistema político uruguayo.
Pocos días después, y ya en el terreno sindical, el 1 de mayo se
realizaron dos actos paralelos y bajo diversas consignas con motivo de
Día de los Trabajadores. En líneas generales se repitió la dicotomía mar-
cada el 9 de marzo con las marchas de repudio a Bush: uno de los actos
fue convocado por el PIT-CNT como central obrera, el otro acto fue
organizado por la Tendencia Clasista y Combativa, conglomerado mi-
noritario de sindicatos de la misma organización. Mientras en el acto
oficial del sindicalismo se volvió a desarrollar la ya mencionada postura
de “apoyo crítico” al gobierno progresista, el segundo acto estuvo marca-
do por fuertes palabras hacia la dirigencia del PIT-CNT a quienes se
calificó como “burócratas sindicales”, al tiempo que el discurso estuvo
plagado de críticas a los lineamientos de acción del gobierno.
Esta secuencia de movilizaciones callejeras continuó en junio en
ocasión del natalicio de José Artigas. Para el 19 el gobierno anunció su
intención de convocar a la ciudadanía a la Plaza Independencia de Mon-

222
tevideo, para iniciar un proceso de reconciliación nacional bajo el lema
“nunca más uruguayos contra uruguayos”. Pocos días antes del acto, el
presidente Vázquez debió cambiar la consigna de su convocatoria por
“nunca más al terrorismo de Estado”, antes las críticas recibidas desde
diversos sectores de la izquierda uruguaya, especialmente el Partido Co-
munista del Uruguay.
Al evento concurrieron la mayoría de la dirección del FA, y la
totalidad de los dirigentes de los partidos políticos tradicionales. Sin
embargo, este arco de dirigentes oficialistas y opositores no contó con el
apoyo de las bases de la militancia frenteamplista, y solo entre tres y
cuatro mil personas se hicieron presentes para escuchar el discurso del
Presidente. Más aún, ninguna organización de derechos humanos con-
currió a la convocatoria oficial (Página 12, 20-06-2007).
Ese día y a pocas cuadras de allí, como en ocasiones anteriores, se
manifestaron los que se opusieron al acto oficialista, ahora en dos mar-
chas distintas. Por un lado, los más próximos al gobierno con su postura
de apoyo crítico, esta vez con la ausencia del PIT CNT, que se abstuvo
de concurrir a ninguno de los actos. Y por otro lado, la movilización de
la Asamblea Popular, creada a comienzos del 2006 para unir a los secto-
res de izquierda disconformes con las políticas del gobierno frenteam-
plista, y que había tenido un importante protagonismo en la menciona-
da marcha antiBush, en tanto núcleo central de la Coordinadora An-
tiimperialista. El impulso de estos sectores opositores fue tal que a partir
de este 19 de junio se inició una campaña de recolección de firmas para
reformar la constitución y convocar a otro plebiscito que permitiera de-
rogar el resultado del plebiscito de 1989 que sancionó la amnistía para
aquellos que violaron los derechos humanos durante la dictadura.
Finalmente, esta serie de manifestaciones callejeras y de utiliza-
ción del espacio público para la expresión de demandas que caracterizó
al año 2007, tuvo su culminación en los meses de noviembre y diciem-
bre cuando los vecinos de la Villa del Cerro, tradicional zona obrera de
Montevideo, se movilizaron para exponer ante las autoridades la necesi-
dad de ser consultados sobre el destino del ex Frigorífico Nacional, crea-
do en 1928 y cerrado por la dictadura militar en 1978. Ante las autori-
dades del gobierno frenteamplista, los vecinos insistieron que el Estado
tenía que comprometerse a desarrollar un proyecto productivo en el ex
Frigorífico Nacional con el consenso y la participación de las organiza-
ciones locales (Red Intersocial Oeste, 2008).

223
Estas nuevas y recientes manifestaciones de descontento social
expresadas en las calles y espacios públicos de Montevideo, similares a
otros ocurridos en el país en el último año, como tomas de tierras fisca-
les que grupos sociales autoconvocados han realizado en Bella Unión
(Departamento de Artigas) y Kiyú (Departamento de San José) para
desarrollar emprendimientos productivos, son el objeto central de aná-
lisis del presente capítulo.
¿Qué hay detrás de estos fenómenos sociales que parecen no res-
ponder a la ordenada tradición uruguaya de hacer política bajo la con-
ducción de los partidos y el Estado? ¿Expresan algún cambio o giro en la
sociedad y la política uruguaya? ¿Los partidos políticos, la central sindi-
cal, las multinacionales, el propio Estado están siendo cuestionados por
sujetos sociales que parecen moverse autónomamente?
Hasta aquí, para los académicos ha parecido suficiente caracteri-
zar la política uruguaya como siguiendo un patrón estatista y partido-
céntrico; sin embargo, la revitalización de los movimientos populares y
las a veces multitudinarias y autónomas movilizaciones callejeras convo-
cadas al margen de la voluntad de las organizaciones partidarias parecen
poner en cuestión esta creencia.
La primera reflexión que surge es que el Estado uruguayo da res-
puesta parcial a las demandas más urgentes de vastos sectores sociales, y
la dinámica de los sujetos quiere desenvolverse sin subordinarse a los
partidos políticos, especialmente respecto al Frente Amplio. Pero nues-
tra hipótesis va más allá. Aceptando que hay una crisis en el Estado y el
sistema de partidos, sostenemos que dicha crisis tiene efectos complejos
y diferenciales sobre los movimientos sociales y sus capacidades de ac-
ción. En otras palabras, la retirada del Estado y la crisis de representati-
vidad de los partidos políticos, y en especial, del FA como coalición
tradicional de la izquierda uruguaya, parece plantear a los movimientos
sociales una serie de oportunidades que facilitan a unos, y condicionan a
otros, sus posibilidades de desarrollo futuro (cfr. Tarrow, 1999).

El contexto

Durante las últimas tres décadas, coherentemente con las trans-


formaciones ocurridas en el mundo, en Uruguay diversos aspectos del
Estado social formado en las primeras décadas del siglo XX bajo el lide-

224
razgo de José Batlle y Ordóñez han tendido a desaparecer o vaciarse de
contenido: el asistencialismo sufrió recortes profundos, se fueron elimi-
nando las regulaciones, y el Estado empresario, la última trinchera bat-
llista, ha sido sometido a un asedio tal que hace difícil pronosticar su
futuro. Ha habido un encogimiento de la estructura pública estatal y
una ampliación hacia el mercado de múltiples áreas de actividad econó-
mica y social, y este proceso de retirada estatal con transferencia de fun-
ciones públicas a la órbita no estatal en manos de empresas transnacio-
nales, organismos financieros internacionales y bancos, ha sido un pro-
ceso lento, que ha significado un corte sin retorno con el Estado batllista
(Moreira, 2004).
Definido a grandes rasgos, el proceso comprendió la implementa-
ción gradual de tres tipos de reformas estructurales. En primer lugar, la
reforma del sector público a través de privatizaciones y tercerizaciones.
En los hechos esto significó que la satisfacción de las necesidades básicas
de la población se fue retirando de la órbita estatal. En segundo lugar,
las reformas del sector externo que tendieron a la liberalización de pre-
cios y la desregulación de los mercados, acompañadas del ajuste a nivel
macro de la economía nacional con el objetivo de hacerla más competi-
tiva en el concierto internacional. Esto significó abandonar todo vestigio
del modelo de sustitución de importaciones en pos de otro basado en el
comercio exterior. Por último, la implementación de una reforma del
mercado de trabajo sobre la base de la desregulación del mismo y la
suspensión de las negociaciones colectivas. Esto implicó una reestructu-
ra productiva que se reflejó en una caída del diez por ciento de la parti-
cipación del agro y la industria en el PBI y un aumento de la dependen-
cia del capital financiero (Bittencourt, 2007).
Desde el punto de vista social, la consecuencia de este ciclo refor-
mista fue que el Uruguay dejó atrás la mesocracia, para mostrar “signos
inequívocos de desigualdad creciente”, erosionándose la integración y la
cohesión social, hasta llegar “a la segregación cultural que separa más y
más a las clases populares, medias y altas” (PNUD, 1999).
Luego de la crisis económica del 2002, el PIB del Uruguay dismi-
nuyó un 19,2%, el desempleo alcanzó al 20% de la PEA, el número de
pobres se duplicó, uno de cada tres uruguayos adultos (32,6% de la
población) y dos de cada tres niños (60% de menores de 5 años) pasa-
ron a estar en situación de pobreza, se consolidaron los porcentajes de
población en pobreza estructural vulnerables a la indigencia (dos de

225
cada tres de ellos menores de treinta años) e incluso de indigencia direc-
ta (3,5% de la población), los niveles de salud y educación mostraron
un estancamiento significativo, mientras que los niveles de desigualdad
alcanzaron sus máximos históricos con una distribución del ingreso visi-
blemente más desigual que tres décadas atrás. En síntesis, el proceso de
consolidación del Uruguay neoliberal, iniciado a fines de los años sesen-
ta y comienzos de los setenta, dejó atrás definitivamente al Uruguay
batllista y mostró algunos de sus aspectos sociales más dramáticos pro-
duciéndose una latinoamericanización del Uruguay a niveles inespera-
dos e inéditos (cfr. PNU, 2008, Moreira, 2007, De Armas, 2006).
Desde el punto de vista político, la fase neoliberal posbatllista se
caracterizó por el predominio de la competencia electoral y el compro-
miso sobre el conflicto violento y global, aunque acompañado de un
proceso de decadencia del Parlamento (tradicionalmente fuerte sostén
del Uruguay batllista) y de los partidos políticos (Moreira, 2003). El
desarrollo de una conducción política autoritaria-tecnocrática del Esta-
do (dependiente de los lineamientos de los organismos internacionales)
ha exigido otra forma de hacer política, con un lugar muy limitado para
los controles representativos. Desde esta perspectiva, el posbatllismo ha
significado tanto la sustitución del mecanismo económico desarrollista
por uno centrado en el mercado y las exigencias del capital financiero,
como una inédita fragmentación de la sociedad uruguaya y el anuncio
de la aparición de novedosos diseños institucionales de lo público. Ya no
hay partidos políticos ni corporaciones que deban ser entendidos como
organizaciones omnipresentes que articulan intereses sociales y que en la
competencia ocupan el Estado para configurar las políticas públicas a la
manera del batllista, sino que la capacidad estatal, la institucionalidad
política y sus protagonistas han sufrido transformaciones propias de una
nueva época.
En estos resquicios, que los cambios y la crisis política-estatal y
social han provocado en la estructura tradicional del Uruguay, surgieron
estructuras de oportunidades (Tarrow, 1999) para que (re)tomen su lu-
gar en el escenario público antiguos y nuevos actores sociales.

226
Los movimientos sociales desde finales
de la dictadura hasta nuestros días

Del bloque democrático al bloque progresista

Desde los últimos meses de la dictadura hasta nuestros días, el


desarrollo de los movimientos sociales en Uruguay atravesó tres etapas.
En la primera, que se extendió desde los últimos meses de 1984 hasta
comienzos de los años noventa, los movimientos sociales vivieron el auge
propio de la recuperación del régimen democrático luego de años de
represión dictatorial. En la segunda, los movimientos sociales después
de la victoria en el plebiscito de 1992 que impidió las privatizaciones de
las empresas públicas, paradójicamente entraron en un largo letargo, al
mismo tiempo que la ofensiva neoliberal se manifestaba en otros campos
de la acción estatal con las denominadas tercerizaciones impulsadas por
el gobierno de Luis Alberto Lacalle. La tercera, iniciada entre 2002 y
2005 transcurre actualmente y en ella ha habido un nuevo impulso de
la actividad los movimientos sociales. Veamos con detalle cada una de
estas etapas.
En 1984 la transición a la democracia fue impulsada por un hete-
rogéneo bloque opositor a la dictadura donde convergieron partidos
políticos, sindicatos y movimientos sociales. Entre estos movimientos
sociales se encontraban los de más importancia en aquel momento, esto
es, la flamante central obrera PIT-CNT que articuló la tradición de los
años sesenta con la nueva generación de sindicalistas, la Federación Uru-
guaya de Cooperativas de Viviendas de Ayuda Mutua (FUCVAM) fun-
dada en 1970, y los movimientos de derechos humanos entre los que se
encontraba el Servicio de Paz y Justicia (SERPAJ) fundado en 1981.
Junto a ellos compartieron el espacio público otros actores socia-
les de reciente creación, como los que se movilizaron tras la demanda de
solución a la crisis de vivienda, a través de tomas de tierra y el estableci-
miento de asentamientos irregulares.
En esta primera fase, los movimientos sociales se unificaron en
torno al reclamo de verdad y justicia sobre el tema de los desaparecidos.
Esto implicó un rechazo a la Ley de Caducidad de la Pretensión Puniti-
va del Estado promulgada en diciembre de 1986 durante el primer
gobierno de Julio María Sanguinetti (1985-1990), que significaba sus-
pender definitivamente toda posibilidad de juzgar a los culpables de las

227
violaciones a los derechos humanos durante la dictadura. Los movimientos
sociales impulsaron la derogación de la Ley de Caducidad, pero el triun-
fo de la opción oficialista en el plebiscito de abril de 1989, sumado a
que los partidos políticos ya reorganizados volvieron a ocupar paulatina-
mente el centro de la escena pública, marcó el inicio de una fase decli-
nante en el papel y el accionar de los mismos.
En los años noventa, tanto FUCVAM como SERPAJ y demás
organizaciones de derechos humanos trataron sin éxito que los sucesivos
gobiernos de Lacalle (1990-1995), Sanguinetti (1995-2000) y Jorge
Batlle (2000-2005) cumplieran con el articulo 4° de la Ley de Caduci-
dad que preveía la investigación de los hechos de desaparición de perso-
nas. Al mismo tiempo, enmarcaron su estrategia subordinándose a la
del FA en su largo trayecto hacia el poder. De esta manera, el bloque
democrático opositor a la dictadura, que integraban todos los partidos
políticos y movimientos sociales, con el gobierno de los partidos tradi-
cionales Colorado y Blanco se transformó en un bloque progresista opo-
sitor al neoliberalismo.
A partir de la crisis del año 2002, los movimientos sociales cono-
cieron un nuevo auge, y con la llegada al gobierno del FA, esta revitali-
zación se desarrolló en un escenario de crisis de su alianza con la coali-
ción de izquierda.

Oficialistas y opositores

La división del bloque progresista entre oficialistas y opositores es


uno de los fenómenos que caracteriza la gestión actual del gobierno del FA.
Los oficialistas consideran que el gobierno frenteamplista ha rea-
lizado las cosas dentro del límite de lo posible, que los problemas fue-
ron enfrentados con las máximas capacidades disponibles, y que si
bien es necesario profundizar o acelerar el paso, en el rumbo general
de las políticas no es necesario introducir ningún cambio sustancial.
Los segundos, por su parte, critican el gradualismo de la gestión fren-
teamplista considerándola una traición a las máximas programáticas
que señalan la necesidad de impulsar desde un gobierno de izquierda
medidas de cambio radical. Mientras el gobierno considera adecuado
su modelo de desarrollo basado en una coyuntura favorable de precios
para los productos agroexportables, la oposición progresista, aunque
existen muchas diferencias de globalidad y énfasis que veremos más

228
adelante, considera que este modelo significa consolidar la dependen-
cia del Uruguay respecto a los países desarrollados, y que en realidad el
gobierno frenteamplista está continuando la línea de acción de sus
predecesores, los partidos tradicionales. En síntesis, el oficialismo se
considera representante de una línea moderna de la izquierda, empa-
rentada con la socialdemocracia y la tercera vía europea, mientras que
en la vereda de enfrente, los actores se reivindican representantes de la
izquierda tradicional o de una nueva izquierda radical, y denuncian al
gobierno por neoliberal.
Sobre la evolución de esta división entre oficialistas y oposito-
res también existen perspectivas divergentes. Desde el gobierno se ve
a la política en Uruguay como una política de bloques, por un lado
el bloque progresista (integrado como en los noventa por el FA, el
PIT CNT y los movimientos sociales) y por otro el bloque conserva-
dor (integrado por partidos tradicionales y las cámaras empresaria-
les) y se cree que a medida que se acerque el momento electoral las
diferencias al interior del bloque progresista se minimizarán frente a
las que se tienen en la competencia con el bloque conservador. Por su
parte, la oposición radical sostiene que en la medida que el gobierno
no cambie el rumbo, se irá generando una escisión permanente de
sus fuerzas políticas y sociales y el FA perderá su carácter de coalición
unitaria de la izquierda uruguaya (algo de ello ha comenzado a ocu-
rrir con el retiro del 26 de Marzo, grupo fundador del FA, a comien-
zos de 2008).
Esta caracterización del bloque progresista que accedió al gobier-
no con el triunfo electoral del 2005 y su paulatina escisión en oficialis-
tas y opositores, ha tenido dos grandes consecuencias para los movi-
mientos sociales. En primer lugar, la fractura interna del FA, se trasladó
a los movimientos que integran el bloque progresista. Por ejemplo, el
debate entre oficialistas y opositores atravesó gran parte de la actividad
del PIT CNT, que como tal ha decidido mantener un apoyo crítico al
gobierno, como mejor manera de sintetizar las correlaciones de fuerzas
internas levemente superiores del oficialismo. Otros movimientos han
ido ubicándose en uno u otro campo, con mayor o menor nitidez en las
definiciones, permaneciendo muchos de ellos en la inasible frontera de
las posiciones intermedias. Claramente en la medida que la tradición de
lucha en común dentro del bloque democrático primero y progresista
sobreviva y mantenga su peso, la lógica de la confrontación interna será

229
subordinada a la lucha frente al bloque conservador, y las posibilidades
para una fuga hacia la izquierda de grupos políticos y movimientos so-
ciales opositores se verán seriamente afectadas.

Sujetos en conflicto

Transcurrida ya la casi totalidad del período de gobierno del FA,


es posible identificar, entonces, tres tipos de escenarios en el mapa de los
movimientos sociales en el Uruguay actual, cada uno con sus actores y
conflictos específicos.

El gobierno frenteamplista y la Asamblea Popular

Desde su origen, el FA fue una fuerza política que albergó dos


tendencias, una moderada y otra radical: la primera, formada por socia-
listas y democratacristianos que hizo énfasis en la conciliación de clases,
y la segunda, integrada por comunistas y figuras de los partidos tradi-
cionales, que tuvo un fuerte carácter contestatario. Aunque en 1971 la
presencia de tendencias moderadas y radicales se reflejó en un programa
construido como un mosaico heterogéneo, con diversas fuentes inspira-
doras y una composición social policlasista, en la práctica y en el discur-
so frenteamplista de los orígenes se destacó siempre la unidad y el con-
senso en la toma de decisiones como uno de los valores supremos. En
esos momentos, cierta predominancia de las figuras radicales provocó
que su discurso tuviera un fuerte acento clasista y que se desarrollaran
alianzas profundas con el movimiento obrero y estudiantil de la época.
A partir del denominado proceso de actualización ideológica ini-
ciado a mediados de los noventa, el Frente Amplio pasó a considerarse
una coalición progresista y con perfil moderado. La coalición se mantu-
vo unida con el objetivo de ganar las alecciones nacionales, pero una vez
en el gobierno las diferencias internas entre radicales y moderados se
hicieron insalvables. De esta manera, nació en abril de 2006 la ya men-
cionada Asamblea Popular, un conglomerado de veinte partidos y orga-
nizaciones políticas, sociales, sindicales y estudiantiles que se presenta-
ron a sí mismo como una oposición de izquierda al carácter centrista del
gobierno de Vázquez. El papel dominante en este colectivo de organiza-
ciones lo tuvieron el 26 de Marzo y la Corriente de Izquierda. A co-

230
mienzos de 2008, el 26 de Marzo rompió formalmente los lazos que lo
unían al FA y propuso a sus aliados que la Asamblea Popular se transfor-
mara en un nuevo partido político con el objetivo de lograr lugares en el
Parlamento en las elecciones nacionales de octubre de 2009. La Co-
rriente de Izquierda, luego de una reñida votación interna decidió no
abandonar el FA, lo que determinó que un numeroso grupo de dirigen-
tes y militantes en abierto desacuerdo con la decisión adoptada pasaran
a integrarse a la Asamblea Popular. Hoy la Asamblea Popular se encuen-
tra en plena campaña electoral a la par que los otros partidos, aunque las
encuestas marcan que su caudal electoral es todavía poco significativo
(www.infolatam.com, 19-02-2009).
Desde el punto de vista ideológico, esta nueva coalición se ubica
claramente dentro de la ortodoxia marxista de la izquierda uruguaya, se
define como anticapitalista, resiste al neoliberalismo y su objetivo es el
socialismo a la manera de Marx, Engels y el marxismo clásico. Jorge
Zabalza, uno de sus líderes, ha declarado que el fracaso del gobierno
estuvo en “no poder solucionar los problemas de las mayorías populares,
pero no por falta de recursos o capacidad, sino por un compromiso con
otro modelo de desarrollo indicado por los organismos financieros inter-
nacionales, las multinacionales y las clases dominantes del Uruguay”
(Página 12, 18-11- 2007).

El Estado y los vecinos organizados

Durante los últimos años, los movimientos de vecinos organiza-


dos han navegado en el término medio entre las oportunidades que la
crisis de los partidos y el Estado les abre, y los obstáculos y condiciona-
mientos que la misma les plantea. En esta situación encontramos una
serie de movimientos autónomos de los partidos políticos y con una
importante experiencia de autogestión, vinculados a asuntos locales y
medioambientales, tanto en el medio urbano como rural.
Sabido es que en Uruguay, a pesar de existir un importante pre-
sencia de la ciudadanía en organizaciones de la sociedad civil, son casi
inexistentes las instancias de participación en las políticas públicas esta-
tales, así como en el control y la rendición de cuentas de las instancias
gubernamentales (Instituto para el Desarrollo y la Comunicación, 2006).
En estos casos, la crítica que los movimientos de vecinos organizados
hacen al accionar del Estado y el gobierno no significa que tengan un

231
modelo alternativo de políticas, sino que se concentra en un paso previo:
luchar por la construcción de espacios para la participación articulada
en la gestión pública con los actores estatales.
El surgimiento de estos nuevos sujetos sociales ha estado relacio-
nado en gran medida con la problemática de la retirada estatal de los
procesos de protección social y el aumento de la pobreza y la marginali-
dad que se ha originado con la implementación del modelo económico
neoliberal. Y por tanto sus militantes de base se reclutan en los barrios
de la periferia montevideana y ciudades del interior, entre las personas
que han caído por debajo de la línea de pobreza fundamentalmente por
una insuficiencia en el ingreso monetario. Dado que su emergencia,
entonces, está más asociada al fenómeno coyuntural del desempleo, los
vecinos organizados constituyen un grupo heterogéneo con altos niveles
de movilidad e incertidumbre, cuya situación depende de los cambios
en el ingreso, especialmente el salario (cfr. Raus, 2003).
Uno de los grupos más importantes y activos de vecinos organiza-
dos lo constituye la Red Intersocial Oeste que actúa en la zona del Ce-
rro, uno de los tradicionales barrios obreros de Montevideo, hoy conver-
tido en un cementerio de frigoríficos, fábricas y reservorio de desem-
pleados. La trayectoria de este movimiento de vecinos preocupados por
asuntos locales tiene una década. Nacieron en 1998 en oposición al
proyecto de la Secta Moon de instalar un puerto en las costas del barrio
que dan al Río de la Plata, y llega hasta hoy cuando agrupa a diferentes
organizaciones sociales como desocupados, ocupantes de tierras, vecinos
contra las drogas, entre otros. El núcleo básico sigue siendo un grupo de
vecinos que tienen como base ideológica declarada la oposición a los
modelos de desarrollo capitalista salvaje, y que en 2005 cuando el FA
ascendió al gobierno se radicalizó como respuesta a lo que temprana-
mente visualizaron como una derechización del gobierno.
En los comienzos, además de la oposición al proyecto de la Secta
Moon, los vecinos se organizaron para atender demandas concretas y
urgentes de los pobladores. En ese sentido, podríamos definirlos como
una organización de autodefensa social, y en la búsqueda de satisfacer
esas demandas comenzaron a presionar sobre los poderes públicos, como
la Policía y la Intendencia de Montevideo. Luego de esa etapa inicial se
pasó a otra, donde el carácter reactivo se complementó con propuestas
en el plano de las metodologías participativas para las políticas públicas
locales. Actualmente, como ejemplo de propuestas activas, estos movi-

232
mientos de vecinos propusieron al Estado una elaboración conjunta de
un proyecto a desarrollar en el predio del ex Frigorífico Nacional. En
esta evolución comenzaron a trascender los límites del Cerro, para pasar
al resto de la ciudad, e incluso el país, organizando encuentros con orga-
nizaciones similares en los departamentos de Artigas y Tacuarembo.
Hoy el movimiento se encuentra en plena expansión, pero la cri-
sis del modelo estatal desarrollista, así como la adopción de estrategias
continuistas de las soluciones pro mercado por parte del gobierno fren-
teamplistas, condiciona esta evolución, pues los margina de los escena-
rios de elaboración de las políticas públicas.

Las multinacionales y los ambientalistas

A nadie escapa que en Latinoamérica algunos gobiernos han per-


dido el control de sus economías, y los bancos y empresas transnaciona-
les parece haber encontrado la fórmula mágica de obtener beneficios:
“capitalismo sin trabajo, más capitalismo sin impuestos” Beck (1998).
Un caso paradigmático lo constituye la instalación de plantas de
celulosa en el Uruguay. Con el objetivo de atraer inversiones extranjeras,
se formalizan acuerdos que otorgan ventajas impositivas a las empresas y
que les permiten, por ejemplo, dar por finalizado el contrato e iniciar
acciones legales contra el Estado por los motivos más inverosímiles que
entorpezcan el funcionamiento productivo. La dependencia hacia la crea-
ción de fuentes de trabajo temporales y la fragilidad del Estado urugua-
yo, permitieron que las multinacionales tomaran para sí un papel im-
portante en la satisfacción del bienestar social de la población. Frente a
ello, la mayor parte de los actores locales aceptaron esta realidad, mien-
tras que unos pocos intentaron oponerse y transformarla (cfr. Moreira,
Constanza, 1998). En el caso de las multinacionales dedicadas a la pro-
ducción de celulosa, este papel de oposición quedó en manos de los
grupos ambientalistas nacionales.
La historia reciente del movimiento ambientalista presenta tres
etapas claramente diferenciadas. En la primera, de los orígenes a media-
dos de los años ochenta, el ambientalismo nació como movimiento de
autodefensa, basado en una visión conservacionista que se opuso a la
construcción del Canal Andreoni y su impacto en los bañados de Ro-
cha. En esta etapa fundacional los grupos ambientalistas se nuclearon
en la organización de segundo grado Red de Organizaciones No Guber-

233
namentales (Red ONGs) y concurrieron masivamente a la Cumbre de
Río en el año 2000. Los hitos más importante de esta etapa fueron la
formación en 1996 del Grupo Movimiento por la Vida, el Trabajo, y el
Desarrollo Sustentable (MOVITDES) de la localidad de Fray Bentos
que logró frenar la instalación de la planta de celulosa Transpapel (Vi-
llalba, 2007), y la activa movilización de los vecinos de Sayago para
impedir la instalación de una planta de pórtland en ese barrio de Mon-
tevideo.
La segunda etapa dio comienzo al regreso de la citada Cumbre de
Río, cuando un grupo de ambientalistas se orientó hacia la incorpora-
ción de perspectivas políticas y económicas sobre los modelos de desa-
rrollo y se relacionó con el movimiento ambiental regional internacio-
nal, logrando la creación del movimiento Eco Tacuarembó que se opuso
con éxito a la instalación de una central nuclear en la localidad de Paso
de los Toros. Como consecuencia de esta nueva estrategia, la Red ONGs
se dividió en dos sectores, uno tradicional que continuó aferrado a las
banderas conservacionistas y uno renovador que incorporó los plantea-
mientos políticos. Este último grupo fue liderado por Redes Amigos de
la Tierra y la naciente Organización Guazubirá, e integrado además por
Eco Tacuarembó y MOTVIDES, comenzando en conjunto una batalla
contra el modelo forestal impulsado por los gobiernos de los partidos
tradicionales y actualmente por el gobierno frenteamplista. Esta etapa
centrada en la oposición al modelo forestal fue nucleando nuevos aliados
como los productores y vecinos de Libertad, en el departamento de San
José, que protestaban por el funcionamiento de una planta de reciclaje
de Cromo 6.
El apogeo de movilización y legitimidad social se alcanzó en el
año 2004, cuando contando con el apoyo de los movimientos sociales y
sindicales como FUCVAM y PIT-CNT, se logró someter a referéndum
la intención gubernamental de privatizar los servicios de agua, logrando
un amplio respaldo ciudadano contra esa medida y obligando al gobier-
no a iniciar su administración ante un resultado consumado.
Al asumir el gobierno frenteamplista, se inició la tercera etapa de
la trayectoria histórica de estos movimientos, y los enemigos principales
pasaron a ser las multinacionales de fabricación de pasta de celulosa,
específicamente la Empresa Nacional de Celulosa España (ENCE) y la
finlandesa Botnia. Las organizaciones ambientalistas uruguayas dieron
el alerta a sus colegas argentinos de las asociaciones de defensa del Río

234
Uruguay, y con el recrudecimiento del conflicto a partir del funciona-
miento de Botnia en el 2007, el eje de la acción se trasladó de Uruguay
a la ciudad argentina de Gualeguaychú. Esto produjo una nueva divi-
sión entre los sectores renovadores del ambientalismo uruguayo, en un
ala moderada y otra radical.
La vertiente moderada, integrada básicamente por las organiza-
ciones ambientalistas no gubernamentales mas institucionalizadas, as-
piró a convertirse en grupo de presión, manteniéndose autónoma de los
partidos políticos. Su accionar pasó menos por la política en las calles y
más por la política en las oficinas del Estado. Sus demandas específicas
fueron incluidas en cuestionamientos globales sobre el modelo de desa-
rrollo, el Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (ALCA), o las
iniciativas gubernamentales de privatización de las empresas públicas
que controlan recursos naturales, como el agua. Tuvieron siempre una
posición crítica hacia la Asamblea Ambientalista de Gualeguaychú, a la
que cuestionaron su utilización de los cortes de puentes y rutas como
metodología de lucha. Por otra parte, creyeron que la pérdida de legiti-
midad de los temas ambiéntales, la desmovilización de la militancia
frenteamplista y el cierre de su acceso a las oficinas estatales, provocaron
un estancamiento tal en la evolución de las organizaciones ambientales,
que casi resultó fatal para sus posibilidades de convertirse en referentes
de la sociedad uruguaya. Hoy se encuentran en una situación de transi-
ción y sienten que el futuro es un gran signo de interrogación.
Por su parte, las organizaciones ambientales que conformaron la
vertiente radical, son aliados de la Asamblea Ambiental de Gualeguachú
y en conjunto se integraron en la Asamblea Ambientalista Regional que
realizó tres reuniones, a saber: la primera en Nueva Palmira, donde la
empresa Botnia tiene el puerto de salida de su producción, la segunda
en Tacuarembó en diciembre de 2007, y la tercera en Gualeguaychú en
marzo de 2008, sumándose a la misma organizaciones de Brasil y Para-
guay. Las organizaciones uruguayas que son exponentes de esta vertiente
ambientalista son los productores rurales de Cerro Alegre en Soriano y
Mercedes, el MOVITDES de Fray Bentos, el sindicato de trabajadores
de la forestación de Rivera, la Asamblea del Callejón de Montevideo, el
Movimiento 10 de septiembre de 1815 de Tacuarembó (campesinos
ocupantes de tierras en el departamento más forestado del Uruguay), y
el Grupo Sierras de Rocha, entre otros. Estas organizaciones tratan de
romper las fronteras y barreras nacionales con la apelación al acuífero

235
guaraní como la región compartida por uruguayos, argentinos, paragua-
yos y brasileños.
En términos programáticos, los ambientalistas uruguayos (tanto
moderados como radicales) consideraron que la instalación de las fábri-
cas de celulosa en Uruguay provocaron un proceso de extranjerización
de la tierra, sobre explotación de la mano de obra y contaminación, y a
diferencia de la Asamblea de Gualeguaychú que solicitó la relocalización
de las plantas de celulosa, este movimiento pretendieron que no hubiera
ninguna planta de celulosa en Uruguay, dado los efectos negativos de la
forestación sobre el agua, la tierra y el contexto social.
Sin embargo, en Uruguay los argumentos de los ambientalistas
contra el modelo de desarrollo forestal nunca fueron fruto de un debate
nacional. La instalación de Botnia fue un hecho consumado, y con el
corte desde el lado argentino, la defensa de las posiciones ambientalistas
en Uruguay se ha visto deslegitimada ante la creciente ola de nacionalis-
mo que impregna el debate sobre el tema. Las organizaciones ambienta-
listas han realizado tres pedidos de audiencia al presidente Vázquez, y
éste no les ha concedido ninguna, y entre los movimientos políticos y
sociales analizados (partidos, vecinos, ambientalistas), en este contexto
de Estados mínimos y débiles decididos a proteger las inversiones ex-
tranjeras a cualquier precio, las organizaciones ambientalistas uruguayas
son los que más se han visto afectados por la crisis de la matriz estatista
y partidocéntrica.

Conclusiones

América Latina está atravesada por un nuevo auge de las movili-


zaciones sociales donde actores de orientación contrahegemónica bus-
can expresar sus intereses, demandas y objetivos. En ese contexto, Uru-
guay ha sido siempre un caso de difícil de incorporar a los análisis,
“toda vez que se presenta como una sociedad poco proclive a la con-
frontación y la política de la calle, donde hasta el presente el papel de
organizaciones populares y movimientos sociales ha sido opacado por
el rol de los partidos políticos” (López Maya et al., 2007). Es más,
podríamos agregar que históricamente en Uruguay los grandes lide-
razgos sociales se han construido generalmente desde el Estado y los
partidos políticos, es decir, desde el ejercicio del poder y no desde la

236
oposición a él. Sin embargo, dentro de la vigencia de este esquema se
observan algunas transformaciones.
En este trabajo hemos abordado la historia reciente de los movi-
mientos sociales y populares en Uruguay en un contexto de consolida-
ción de las tendencias de cambio estructural iniciadas hace tres décadas,
esto es, el afianzamiento de la matriz agroexportadora con un crecimien-
to inédito de la desigualdad social, el retroceso de la capacidad estatal y
una crisis de representatividad de los partidos, en especial del FA como
coalición de izquierda.
Hemos visto cómo al iniciarse la transición democrática en 1984,
todos los partidos políticos y los movimientos sociales y populares estu-
vieron unidos en el bloque democrático opositor a la dictadura, y como
para la década siguiente con el desprendimiento de los partidos tradi-
cionales Colorado y Blanco que pasaron a alternarse en el gobierno, el
bloque democrático se transformó en un bloque progresista opositor al
neoliberalismo. Finalmente con la llegada del FA al poder, este bloque
progresista a su vez comenzó a transitar una nueva fase, con la escisión
entre oficialistas y opositores al gobierno frenteamplista.
En este contexto de crisis estatal y partidaria, especialmente de la
izquierda, nuestra hipótesis guía es que dicha crisis tuvo efectos comple-
jos y diferenciales sobre los movimientos sociales y sus capacidades de
acción, en tanto planteó a estos una serie de oportunidades de desarrollo
a la vez que surgieron elementos que condicionan fuertemente el mis-
mo. Por el lado de los efectos positivos el proceso de crítica y escisión de
su propia coalición de las fuerzas opositoras más radicales, constituyó en
conjunto un proceso que explica la revitalización de los movimientos
sociales en los últimos años. Por el lado negativo, la crisis del modelo
estatal desarrollista, así como la adopción de estrategias continuistas de
las soluciones pro mercado por parte del gobierno frenteamplista, con-
dicionó esta evolución pues los marginó de los escenarios de elaboración
de las políticas públicas.
Históricamente, la mayoría de los movimientos sociales trataron
de relacionarse con el sistema político y el Estado para plantear sus de-
mandas, evitando convertirse en actores disruptivos del ordenamiento
político, y apelando al uso del mecanismo de los plebiscitos y referendos
para canalizar el descontento social (cfr. Falero y Vera, 2004). Hoy esos
instrumentos constitucionales tienen pocas posibilidades de utilizarse,
porque el FA como fuerza oficialista no las apoya, y por7que en la medi-

237
da que la tradición de lucha en común dentro del bloque democrático
primero y progresista sobrevive y mantiene su peso, la lógica de la con-
frontación interna está subordinada a la lucha frente al bloque conserva-
dor, siendo por ahora escasas las posibilidades para una fuga hacia la
izquierda (con éxito) de grupos políticos y movimientos sociales oposi-
tores al gobierno frenteamplista.
En definitiva, aunque en el último quinquenio se visualizaron
movimientos sociales que comenzaron a expresar nuevas demandas, dis-
cursos, subjetividades en construcción y estrategias de tipo transforma-
dor, nuestro estudio muestra que hasta el momento la crisis del Estado
y los partidos políticos en Uruguay no generó un liderazgo capaz de
canalizar esas demandas sociales globales a través de un movimiento
social alternativo al statu quo.

238
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Entrevistas realizadas

Dr. Enrique Rubio, Director de la Oficina de Planeamiento y Presu-


puesto-Presidencia de la República, agosto, 2007.
Arq. Walter Morroni, Coordinador del Programa de Prácticas Participa-
tivas de Transformación Social de FLACSO Uruguay, setiembre
2007.
Señor Odorico Velázquez, Militante Social, integrante de la Red Inter-
social Oeste de Montevideo, febrero 2008.
Socióloga María Selva López, Coordinadora de Redes - Amigos de la
Tierra, marzo 2008.
Señor Jorge Zabalza, Militante tupamaro, junio 2008.

240
Tierra, territorio y autonomía. La lucha
política del movimiento social mapuche
en la sociedad neoliberal chilena**

Juan Carlos Gómez Leyton*

Feyti vlkantun alvkonchi wirarvn


feyti pu lalu
kiñe pin ti tapvl rimv mew
feyti weñagkvn feyti wecheche
ñi petu zugu ñi kewvn
welu ñami ñi pvllv

La poesía es el hondo
susurro de los asesinados
el rumor de hojas en el otoño
la tristeza por el muchacho
que conserva la lengua
pero ha perdido el alma
Elicura Chihuailaf***

In Memoriam de
Matías Catrileo y Jaime Mendoza Collío
mártires de la actual rebelión mapuche.

* Doctor en Ciencia Política e Historiador. Director Académico del Programa de Doctora-


do en Procesos Sociales y Políticos en América Latina, Universidad ARCIS, Santiago de
Chile.
** Agradecemos a Zulema Escalante Lara, mi asistente de investigación, su activa colabora-
ción en la recopilación de la información bibliográfica necesaria para construir este artículo.
También la valiosa cooperación de Roccio Silva encargada de levantar la cronología sobre el
conflicto social en Chile.
*** Elicura Chihuailaf. Poeta indígena de la comunidad mapuche de Chile. Ha publicado
los siguientes libros: El invierno y su imagen, 1977; En el país de la memoria, 1988; El
invierno, su imagen y otros poemas Azules, 1991; De Sueños Azules y Contrasueños,1996;
Todos los cantos, Antología, prólogo y versión en mapuzugun de poemas de Pablo Neruda,
1996; La Palabra: Sueño y Flor de América, Antología de Literatura Indígena de América,
1998. Invitado a Poetry International de Rotterdam, en 1993. Algunos de sus poemas han
sido vertidos a varios idiomas, entre ellos el italiano, alemán, francés, inglés, holandés,
sueco, croata y húngaro. En 1992 dirige la Revista de Arte y Literatura Mapuche Espíritu
Azul / Kallfvpvllv. En 1994: coorganiza el Zugutrawvn / Encuentro de Escritores Mapuche

241
Introducción

Como he sostenido en otros trabajos y estudios sobre la sociedad


chilena actual, esta se ha constituido en la principal sociedad neoliberal
del continente latinoamericano. Su conformación se remonta tanto a la
reestructuración capitalista iniciada a mediados de los años setenta del
siglo pasado por la dictadura militar del general Augusto Pinochet Ugarte
como a los gobiernos concertacionistas de los últimos 19 años (1990-
2009).
El derrocamiento del Gobierno Constitucional de Salvador Allende
(1970-1973) con la consiguiente destrucción del régimen democrático
por parte del capital nacional en coalición con el internacional, dio lu-
gar a un proceso de cambio y modificación integral de las estructuras
políticas, sociales, económicas y culturales que la modernización capita-
lista industrial sustitutiva había instalado en Chile entre 1930-1973.
Por esa razón, algunos analistas nacionales e internacionales se refieren a
dicho proceso como una verdadera “revolución capitalista” o lo califican
como la “gran transformación”, buscando con esas objetivaciones resal-
tar el profundo cambio histórico experimentado por la formación so-
cioeconómica nacional. Más allá de la certeza teórica e histórica de estas
aseveraciones lo concreto es que al cabo de más de tres décadas se ha
producido la constitución y emergencia de un nuevo tipo de sociedad
capitalista, ultramoderna e hipermercantilizada: la sociedad neoliberal
avanzada. (Moulian, 1997; Tironi 2005 y Gómez Leyton, 2006, 2008
y 2009).
Lo anterior supone, entre otras cosas, que estamos en presencia de
varias dimensiones societales y políticas nuevas como, por ejemplo, una
nueva forma de acumulación de capital, de estado, de estructuras de
poder social y económico y de la configuración de nuevos sujetos y acto-
res sociales y políticos. Estos últimos van a desarrollar un conjunto de
nuevas relaciones sociales. Lo que, a su vez, implicara la instalación de
nuevas conflictividades políticas que redefinen las históricas. Por esa ra-
zón, los viejos actores sociales y políticos tales como: las burguesías na-
cionales (industriales, financieras o mercantiles), las capas medias y los

y Chilenos, celebrado en Temuco. En 1995 integra el jurado internacional Premio Casa de


las Américas, categoría Literaturas Indígenas, en La Habana, Cuba. En 1997 es elegido
Secretario General de los Escritores en Lenguas Indígenas de América (período 1997-
2000).

242
distintos movimientos sociales de los sectores subalternos: obreros, cam-
pesinos, pobladores, indígenas y estudiantiles en otros, de fuerte prota-
gonismo político e histórico en la etapa anterior a 1973, van a cambiar
radicalmente su manera de “ser” y de “estar” en la actual sociedad. Estos
cambios modificaron de manera significativa sus formas de acción so-
cial, política e histórica y, sobre todo, la forma de ver, pensar y concebir
ideológica y culturalmente el mundo.
En la formación social chilena no solo cambiaron las estructuras
sociales sino también los sujetos históricos. Y, con ello el conflicto social
y político.
Como todo proceso histórico estas transformaciones no han sido
homogéneas ni han operado de la misma forma sobre todas las estructu-
ras sociales ni en los sujetos que conforman la sociedad chilena actual.
Por ello, Chile es un país con problemas no resueltos, uno de ellos es la
“cuestión indígena”. La relación entre el Estado nacional con los pue-
blos originarios –especialmente, con el pueblo mapuche– sigue pen-
diente y en conflicto y, por ello, requiere urgentemente de una solución
política de carácter democrática (Gómez Leyton, 2008b).
Desde fines del siglo XX hasta la actualidad la cuestión indígena ha
reemergido con fuerza en las diversas sociedades de nuestra América. Los
pueblos originarios una vez más se han puesto en movimiento, constitu-
yéndose en los “nuevos actores políticos” que encabezan la rebelión social
popular en contra de las “viejas” como de las “nuevas” dominaciones (Ben-
goa, 2007; Escárzaga, 2007-8 y Gómez Leyton 2007-8). El pueblo ma-
puche no ha sido la excepción. Su activa movilización social y política,
desde los inicios de la década de los años noventa, ha tensionado fuerte-
mente tanto al régimen político postautoritario como al Estado nacional
con sus históricas demandas y reivindicaciones (Toledo, 2007).
El pueblo mapuche ha debido confrontar desde la constitución del
Estado nacional diversas modernizaciones capitalistas que han afectado
profundamente su identidad cultural y existencia histórica. Actualmente
enfrenta y se relaciona conflictivamente con la modernización capitalista
neoliberal que ha penetrado sus territorios y comunidades poniendo en
peligro no solo su identidad cultural sino también su propia existencia
como pueblo. La defensa de sus territorios, su identidad cultural y su
propia existencia explica la actual rebelión mapuche.
Por su parte, el Estado nacional en su forma neoliberal, tanto
bajo la administración dictatorial como la democrática ha desarrollado

243
distintas políticas hacia el pueblo mapuche con el objeto de su control
e integración subordinada a la nación chilena. Durante la fase dictato-
rial, el Estado neoliberal introdujo profundos cambios al interior de
las comunidades mapuche que modificaron sustantivamente sus es-
tructuras económicas, sociales y culturales fundamentales. Destacán-
dose, por ejemplo, la introducción de la propiedad privada de la tierra
por sobre la propiedad comunitaria colectiva. Este cambio destrozó
uno de los aspectos centrales de la identidad cultural del pueblo ma-
puche. Tengamos presente que, mapuche, significa gente de la tierra.
Por consiguiente, con la introducción de la concepción jurídica, eco-
nómica y social de la propiedad privada de la tierra se dará inicio a un
proceso de descomposición cultural de la relación colectiva y comuni-
taria con ella.
La tierra, de propiedad comunitaria y colectiva, adquiere una
nueva condición y estatus: la de ser un factor económico. Se constitu-
ye en capital físico y en una mercancía transable en el mercado. Así, la
instalación de la propiedad privada va a posibilitar que el mapuche,
ahora propietarios individuales de la tierra, puedan vender, arrendar o
enajenar sus propiedades a las grandes empresas capitalistas naciona-
les o transnacionales que buscan explotar los recursos forestales u otros
que se encuentran en la región de la Araucanía, o sea, en los territorios
ancestrales del pueblo mapuche. De esta manera, la reocupación terri-
torial de la Araucanía agudiza los procesos de descomposición cultural
de los mapuche; impulsándolos a emigrar hacia los centros urbanos
del país acentuando los procesos de pauperización que los afectan des-
de hace décadas.
Los gobiernos concertacionistas de origen democrático que, des-
de los años 90, se hacen cargo de la administración del Estado neoli-
beral impulsan hacia los pueblos originarios nuevas políticas. Las cua-
les inspiradas en las nuevas tendencias y postulados en boga buscan
construir una ciudadanía para los pueblos originarios más inclusiva
que la implementada a lo largo del siglo XX. Para tal efecto, colocan
en primer lugar el reconocimiento de las diferencias y de las particula-
ridades de los pueblos indígenas que habitan el territorio nacional. Se
desarrolla la “política del nuevo trato” que implica una nueva relación
entre el Estado nacional y los pueblos originarios. Sin embargo, la
ampliación y profundización de las características esenciales de la so-
ciedad capitalista neoliberal, por parte de estos gobiernos, ha provoca-

244
do la agudización del histórico conflicto con determinados sectores
del pueblo mapuche que hoy resisten activamente la ampliación y pro-
fundización del capitalismo neoliberal en sus territorios.
Esta nueva fase de conflictividad entre el Estado nacional en for-
ma neoliberal y el pueblo mapuche a diferencia del periodo anterior
–1973-1990– se desarrolla en el marco de un régimen político que
posee un conjunto de instituciones políticas que combinan las formas
democráticas con las autoritarias.
La presente comunicación analiza la nueva fase de conflictividad
política entre el movimiento social mapuche y el Estado neoliberal en el
marco de un régimen democrático autoritario estable. Nuestro objetivo
es dar cuenta cómo el movimiento social mapuche en su rebelión actual
expresa los cambios y mutaciones provocados por la modernización neo-
liberal tanto en sus demandas y reivindicaciones históricas como en la
acción colectiva y la relación con la democracia y el Estado nacional.
Cabe señalar que este es un conflicto político abierto y en pleno desarro-
llo. Por lo tanto, las conclusiones son altamente provisorias e inciertas.
La historia reciente está en permanente movimiento. Esa es su principal
característica.

Democracia y protesta social en la sociedad neoliberal

La democracia neoliberal protegida constituye una creación polí-


tico-institucional del pensamiento autoritario-gremialista nacional que
elaboró, forjó y sostuvo el principal intelectual orgánico de la nueva
derecha chilena: Jaime Guzmán Errázurriz. Sus planteamientos ideoló-
gicos, teórico-políticos y constitucionales se materializaron en la Cons-
titución Política de 1980 promulgada por el régimen militar (Valdivia,
2008; Huneeus, 2000).
La Constitución Política de 1980, a pesar de los cambios y refor-
mas introducidas por los gobiernos concertacionistas, conserva la es-
tructura central de lo armado y construido por el pensamiento político
de Guzmán sobre lo que debía ser un régimen democrático (Cristi, 2000).
Jaime Guzmán era un ideólogo conservador de profundas convicciones
antiliberales y antidemocráticas de un calculado y racional pragmatis-
mo político que tuvo la genialidad de combinar de manera armónica y
equilibrada las concepciones autoritarias de Karl Schmitt con los princi-

245
pales elementos constitutivos de una poliarquía, elaborados por el poli-
tólogo estadounidense Robert Dahl. El resultado de esta combinación
fue un particular y específico régimen político que el propio Guzmán
denominó como democracia protegida.
Este régimen político proyectado constitucionalmente por Guz-
mán constituye, sin lugar a dudas, uno de los principales aportes del
pensamiento autoritario a la teoría política contemporánea del siglo XX,
no solo chileno sino también latinoamericano. Su establecimiento en
1990 ha permitido al Estado y a la sociedad neoliberal chilena contar
durante dos décadas con un régimen democrático, la democracia prote-
gida, consolidado, institucionalizado y estable.
Una de las principales virtudes políticas de este ha sido evitar las
crisis de gobernabilidad semejantes a las que han afectado a otros países y
sociedades de la región. Los distintos gobiernos concertacionistas han te-
nido la capacidad de absorber y tratar, aunque no necesariamente solucio-
nar o resolver, los distintos problemas y conflictos sociales, políticos y
económicos que se han presentado y agitado a la sociedad chilena desde
los años noventa hasta la fecha. Los gobiernos concertacionistas han sido
exitosos en producir gobernabilidad. Ese ha sido su principal mérito po-
lítico y, tal vez, una posible explicación de su longeva continuidad en el
gobierno. Aunque, para muchos analistas políticos, especialmente de de-
recha o centro derecha, la gobernabilidad lograda en estos últimos 19
años está vinculada más a las instituciones políticas establecidas en la Cons-
titución Política de 1980 y a la estructura institucional de la democracia
protegida que a la eficiencia y eficacia de los gobiernos concertacionistas.
Si bien la coalición gobernante aceptó la institucionalidad política de la
democracia protegida claramente diseñada para evitar las crisis de gober-
nabilidad no es menos cierto que su gestión gubernamental ha contribui-
do a evitar las crisis de gobernabilidad.
La estabilidad y gobernabilidad política, la profundización y am-
pliación del capitalismo neoliberal, la constitución de nueva ciudada-
nía: la neoliberal; la configuración de una cultura informada y desarro-
llada por neoliberalismo, en fin, la constitución de la sociedad neolibe-
ral avanzada ha provocado que en la sociedad chilena actual hayan, vir-
tualmente, desaparecido o reducido fuertemente las acciones sociales y
políticas colectivas dirigidas a la formación, constitución y desarrollo de
movimientos sociales portadores de proyectos políticos e históricos al-
ternativos.

246
Son las nuevas condiciones sociales, económicas, políticas y cul-
turales en que se desenvuelve la ciudadanía nacional y no necesariamen-
te la ausencia de demandas sociales ya sean particulares o sectoriales
–que pueden o no entrar en conflicto o en confrontación con el Estado–
lo que permite hoy al sistema político chileno poseer una profunda esta-
bilidad y una acentuada y envidiable gobernabilidad.
Por esa razón, la sociedad chilena goza hace dos décadas de una
“pax neoliberal” que sorprende a los analistas sociales y políticos vincu-
lados al pensamiento crítico. Fundamentalmente, porque no logran dar
con la perspectiva sociológica, política o histórica pertinente para expli-
carse cómo una de las sociedades latinoamericanas en donde la reestruc-
turación capitalista neoliberal fue intensa, drástica y radical no haya
provocado los niveles de descontento social y resistencia política seme-
jantes a los observados en otros países de la región. Sorprende que la
sociedad neoliberal chilena cuya principales características, entre otras
cosas, sea poseer una las mayores desigualdades sociales y flexibilidades
laborales de la región, unido a la más profunda prescindencia del Estado
en materia de protección social, etcétera; posea uno de los sistemas po-
líticos más estables y gobernables de la región. Y, a pesar que hace ya
una década, en 1998, fue detectado por el informe del desarrollo huma-
no de ese elaborado por el PNUD: que las y los chilenos no eran felices
y que tenían un gran malestar con la modernidad neoliberal sea la socie-
dad política más estable y ordenada del continente.
Tres tesis son plausibles de plantear para explicar esta aparente
contradicción. La primera apunta a señalar un rasgo psicológico vincu-
lado con el carácter social de las y los chilenos. Estos serían masoquistas,
o sea, que les gusta sufrir y vivir estresados, enfermos, castigados, idioti-
zados, enajenados en la estupidez de la entretención mediática o del
consumo. Rasgo que nos lleva a la segunda tesis: las y los chilenos son la
mayor expresión de una sociedad conformista que no se moviliza ni pro-
testa ni se enoja porque no quiere perder lo que tiene y se hace fuerte en
el patrimonio de bienes o porque culturalmente es sumisa, inquilina y
no peonal, o sea, rebelde.
La tercera apunta a señalar que no sea ni masoquista ni conformis-
ta sino que las y los chilenos han aceptado libremente ser neoliberales,
es decir que optaron por participar en una sociedad que prescinde de la
política y de la acción social para solucionar sus problemas no requieren
de las mediaciones políticas sino, fundamentalmente, de un amplio y

247
extenso mercado que provea de todos los bienes y servicios que se requie-
ren para vivir cómodamente en la sociedad neoliberal. Por esa razón, la
principal actitud política de las y los ciudadanos actuales es el conserva-
durismo y la negación del cambio político. Se trata de una ciudadanía
pasiva, conforme y sumisa.
Lo anterior no busca sostener que la protesta social y política o el
conflicto no esté presente en la sociedad neoliberal. Obviamente, estos
existen y se ha manifestado en distintos momentos durante estos últi-
mos años. Así lo prueban, por ejemplo, la movilización de los mineros
del carbón en los noventa, de los pescadores artesanales, de los trabaja-
dores forestales, los subcontratistas de CODELCO; de los profesores,
de los estudiantes secundarios y universitarios, en los últimos años han
sido los principales actores de la protesta política en Chile. Habría que
considerar también la acción de algunos grupos ambientalistas y de las
denominadas minorías sexuales. No obstante, estas acciones colectivas
de protesta social y política son insuficientes o precarias, a la hora de
generar una crisis política de gobernabilidad a la democracia protegida
(Gómez Leyton 2006b, Caputo 2006, Aravena y Núñez, 2009).
Estas acciones de protesta política y social han sido protagoniza-
das por actores sociales se desenvuelven en la sociedad civil chilena y que
hasta hoy expresan de manera fragmentada, discontinua y parcial los
malestares que les produce dinámica económica y mercantil de la socie-
dad neoliberal y especialmente, las condiciones laborales y de consumo.
Sin embargo, estas manifestaciones ciudadanas no logran aún confor-
mar un movimiento social articulado en torno a un proyecto político
alternativo que cuestione las bases de sustentación del poder neoliberal
en Chile. Especialmente, la estructura de la propiedad privada de los
medios de producción.
Podríamos sostener que en la sociedad neoliberal chilena hay pro-
testa política y social pero no existen movimientos sociales. No obstan-
te, esta afirmación habría que corregirla, señalando que su validez es
cierta solo para grupos sociales anclados en la sociedad civil chilena. De
existir en Chile un movimiento social este lo constituyen los mapuches.
Rastrear las bases de sustentación del conflicto social y político es
remontarse al siglo XVI al momento de la invasión de los conquistadores
españoles de los espacios territoriales mapuche. Nuestra intención no es
hacer ese recorrido sino acercarnos a la problemática actual a través de un
planteamiento concreto y específico que señala que la reestructuración

248
capitalista neoliberal en el espacio territorial mapuche constituye una nueva
ocupación y destrucción de su principal fuente de identidad y de existen-
cia, la tierra. Sostenemos que la actual rebelión mapuche, que ya ha cobra-
do varias vidas de comuneros a manos de la violencia política de la seguri-
dad democrática neoliberal concertacionista, se explica, entre otros facto-
res, por la introducción e instalación de la propiedad privada entre las
comunidades mapuche. De allí que la tradicional demanda por tierra hoy
los mapuche reclaman autonomía política territorial como una forma de
contener la destrucción de su identidad histórica.

De la propiedad comunal mapuche


a la propiedad privada neoliberal

La restauración de la dominación capitalista a través del patrón de


acumulación neoliberal cuyo pilar central fue el restablecimiento de la
propiedad privada de los medios de producción como eje central de la
sociedad chilena, constituye la respuesta del capital nacional e interna-
cional a la osadía popular de querer instalar democráticamente el socia-
lismo en Chile. Dicha osadía tenía un carácter revolucionario concreto y
preciso que desde la teoría política revolucionaria marxista, supone abo-
lir la propiedad privada de los medios de producción, o sea, la principal
fuente y origen de la desigualdad social, del conflicto de clases y del
Estado. La mantención de la propiedad privada capitalista minera, in-
dustrial, financiera, agraria, etcétera constituían un obstáculo para avanzar
en la construcción de la emancipación social y política de los “no pro-
pietarios” (Gómez Leyton, 2004).
Entre 1967 y 1973 la estructura de la propiedad privada capita-
lista experimentó drásticas transformaciones. Los sectores dominantes
nacionales debieron recurrir a la violencia política militar para defender
su principal fuente poder, por ello propiciaron y apoyaron el golpe de
Estado de las fuerzas armadas en 1973 en contra del Gobierno Popular
de Salvador Allende (Gómez Leyton, 2004b).
El principal objetivo de ese Golpe de Estado fue restaurar el or-
den político capitalista y restablecer la plena vigencia del derecho de
propiedad privada. Para tal efecto, la dictadura militar inició el proceso
de desarmar el área social de producción constituida por el gobierno
popular y restaurar las propiedades industriales, mineras, agrarias, fi-

249
nancieras a los antiguos dueños o entregárselo al capital privado. La
única propiedad estatal que se mantuvo hasta ahora es la de la gran
minería del cobre. En menos de una década la mayoría de la propiedad
estatal fue entregada al capital nacional como internacional. De esa for-
ma, la dictadura militar restableció la estructura de la propiedad priva-
da capitalista, trasformándose ésta en la fuente principal de poder social
de los actuales sectores dominantes nacionales y extranjeros (Gómez
Leyton, 1998).
El proceso de democratización de la propiedad a través de la re-
forma agraria tuvo importantes implicancias para el pueblo mapuche.
La Ley Nº 16. 640 de 1967 posibilitaba la expropiación de tierras que
se encontraban mal explotadas, abandonadas o que poseían más de 80
hectáreas de riego básico (Correa, Molina y Yáñez, 2005). En el caso de
los mapuche, dicha ley fue completada por la Ley 17.729 de 1972
aprobada durante el gobierno de Salvador Allende. Esta ley intentaba
frenar el proceso divisorio de las tierras mapuche; además establecía la
posibilidad de restituir tierras a los indígenas utilizando para el
mecanismo de la expropiación contemplado en la reforma agraria; y crea,
para tales efectos, el Instituto de Desarrollo Indígena a fin de promover
el progreso económico, social, cultural integral de los indígenas.
Entre 1965 y 1972 se expropian en las provincias de Arauco,
Malleco y Cautín, en territorio mapuche, 584 predios con un total de
710.816 ha. Aunque no todos fueron expropiados a favor de comunida-
des mapuche, sino que también de inquilinos y trabajadores forestales
no indígenas. La presión ejercida por el movimiento social mapuche
–así como por sectores políticos que los apoyaban– a través de la ocupa-
ción de predios colindantes a comunidades mapuche, resultó en la ex-
propiación, y posterior traspaso material a indígenas de gran cantidad
de predios sobre los cuales se tenían reivindicaciones históricas. En con-
traste con las 1.443 hectáreas que a través de las leyes indígenas serían
reconocidas a los mapuche a lo largo de la década de los sesenta, durante
1971 y 1972 habrían sido traspasados a través de la reforma agraria un
total de 70.000 ha.
Las tierras expropiadas que fueron asignadas a mapuche, y luego
incorporadas como unidades de producción del sector reformado, in-
cluían asentamientos de reforma agraria y cooperativas campesinas cons-
tituidas de acuerdo a la ley de 1967, así como Centros de Reforma
Agraria promovidos por la administración de Allende. El Estado, a tra-

250
vés de Corporación de Reforma Agraria (CORA), apoyó la tecnificación
y el desarrollo productivo de las tierras restituidas. (Aylwin, 2002)
Un problema de la reforma agraria impulsada por el gobierno de
Allende estuvo relacionado con la demora en la titulación de las tierras
expropiadas. Al momento del golpe de Estado, gran parte de las tierras
expropiadas no habían sido tituladas a nombre de los beneficiarios de la
reforma agraria, ellas serían privatizadas mediante un proceso de regula-
rización de la propiedad, también conocido como “contrarreforma agra-
ria” (Correa, Molina y Yánez 2005:243-291)1.
Pacificada militarmente la región de la Araucanía, reconstituida la
propiedad privada, despojados, marginados y violentamente castigados
los mapuche, el poder de los señores de la tierra libre de toda resistencia
se dispusieron a seguir arrasando con la identidad y existencia del pue-
blo mapuche. A través de la implantación del modelo económico neoli-
beral se liquidó la propiedad comunitaria de la tierra indígena, particu-
larmente a partir de los decretos leyes 2.568 y 2.750 de 1979 que, en la
práctica, devino en la división de la tierra. De hecho, dicha legislación
“resultó en la división en hijuelas individuales de la casi totalidad de las
comunidades reduccionales… El objetivo de esta legislación era acabar
con el estatus especial de los indígenas y de sus tierras, integrándolos al
régimen común del derecho nacional” (IEI, 2003: 162). Se estima que
aproximadamente 2 mil comunidades fueron divididas, “dando origen a
alrededor de 72 mil hijuelas individuales con un total de 463 mil hec-
táreas” ( IEI, 2003; 162).
En tan solo una década se produjo la disolución de la propiedad
colectiva de la tierra y, si bien es cierto la ley prohibía la enajenación de

1
Los investigadores citados sostienen que de los 163 predios expropiados a favor de comu-
nidades o con participación mayoritaria de mapuche, solo se parcelaron un total de 63, por
una superficie de 53.240,88 hectáreas. Del total asignado, se estima que menos de un 50%
de estas tierras le fueron entregadas a algún asentado mapuche, por tanto, la superficie
aproximada de tierra de todo el proceso de Reforma Agraria que finalmente llegó a poder de
mapuches no supera las 25 mil hectáreas, esto es el 16% de la tierras recuperadas entre 1962
y 1973. El resto de las tierras, es decir, el 84% fue devuelto a sus antiguos propietarios o se
entregó en parcelas a ex inquilinos o medieros. Finalmente… el proceso de Reforma Agraria
concluye legalmente con la promulgación de dos Decretos que ponen un final irreversible a
la Reforma Agraria y declaran fuera de la ley a las organizaciones protagonistas del proceso:
el 20 de octubre de 1978, a través del D.L. Nº 2.346 se declararon disueltas siete organiza-
ciones sindicales, entre ellas las Confederaciones Campesinas Unidad Obrero Campesina y
Ranquil; y, en diciembre de 1978, se disuelve la Corporación de la Reforma Agraria, CORA,
por el D.L. Nº 2.405, siendo sucedida transitoriamente por la Oficina de Normalización
Agraria, ODENA, de existencia efímera, entre 1 de enero 1979 y 31 de diciembre de 1979.

251
las hijuelas resultantes del mencionado proceso de división, lo concreto
es que muchas de esas tierras mapuche fueron traspasadas a no indíge-
nas mediante transacciones fraudulentas, como, por ejemplo, arriendos
por un periodo de 99 años que, en los hechos, equivalen a entregar la
tierra de por vida. Pero además de la imposición de estos decretos-leyes
que desintegraron la propiedad comunal de la tierra –componente esen-
cial de la cultura mapuche– la dictadura militar impulsó un proceso de
inversión forestal en territorio mapuche. El decreto-ley 701 de 1974
subsidió, y en la práctica financió casi totalmente, la inversión forestal
en la zona sur y fue crucial en el desarrollo acelerado de la industria
forestal. En la década del setenta las plantaciones forestales ascendían a
tan solo 320 mil hectáreas, sin embargo en la actualidad cubren una
superficie de 2,1 millones de hectáreas de pino y eucalipto, fundamen-
talmente. Durante el año 2004 las exportaciones forestales chilenas to-
talizaron US$ 3.397 millones, cifra récord en la historia de la exporta-
ción forestal lo que representa un incremento de 34,6% respecto del
valor registrado en el año 2003 y un 47,6% superior al año 2002. El
crecimiento y desarrollo de la industria forestal se ha verificado en direc-
ta relación con la ocupación y depredación del territorio mapuche, toda
vez que el proceso iniciado durante la dictadura militar ha continuado
imparable durante los gobiernos concertacionistas y no existe ningún
indicio de que esto vaya a cambiar. Por el contrario, la Corporación de la
Madera proyecta crecer a 2,6 millones de hectáreas de plantaciones fo-
restales para el año 2010. Además, los empresarios forestales han mani-
festado, a través de su presidente José Ignacio Letamendi, que “bajo
ningún motivo, bajo ninguna circunstancia entregaremos la tierra a los
mapuche, no tienen la capacidad para cultivarla” (Buendía, 1999:6,
citado por Tricot: 2007). En esta misma línea de argumentación, y res-
pondiendo a aquellos sectores mapuche que hablan de una “deuda his-
tórica” del Estado chileno para con el pueblo mapuche, Fernando Léniz,
ex ministro de la dictadura y ex presidente de la Corporación de la Ma-
dera, dueño actual del fundo Chauquen de 170 hectáreas, señaló que
con los mapuche “no existe deuda histórica, lo que se perdió, se perdió”
(Buendía, 2000: 11, citado por Tricot: 2007). Sin embargo, parece cla-
ro que –como han señalado organizaciones mapuche-lafkenche que ela-
boraron inicialmente el concepto de “Deuda histórica”– “la acción de
estas empresas forestales afectan el medio natural en que nos desarrolla-
mos como pueblo y cultura. Nuestras tierras son erosionadas y contami-

252
nadas por los diferentes tipos de tratamiento que efectúan las empresas
en estas plantaciones. Podemos asegurar que incluso nuestra propia sa-
lud se encuentra afectada y modificada por la acción que en nuestro
entorno natural efectúan estas empresas” (Tricot, 2007:45-46).
La destrucción de la propiedad comunal de la tierra, la instala-
ción de la industria forestal y la marginalidad y pobreza del pueblo
mapuche, entre otros muchos factores sociales, políticos y culturales los
impulsa –desde los años ochenta hasta hoy– a levantar un conjunto de
demandas a objeto de proteger sus derechos y existencia amenazados.
Entre los ejes centrales de esas demandas destacan el reconoci-
miento de la diversidad étnica y cultural hasta entonces negada en el
país, la participación de sus representantes en la conducción de la polí-
tica indígena del Estado, la protección legal de sus tierras y aguas, el
otorgamiento de tierras fiscales o de tierras particulares adquiridas por el
Estado a objeto de poner fin al proceso histórico de jibarización de sus
comunidades y permitir la ampliación de sus tierras, y el apoyo al desa-
rrollo económico y cultural de sus pueblos y comunidades.
La Comisión Especial de Pueblos Indígenas (CEPI) creada (en
1990) elaboró un anteproyecto de reforma legal y constitucional sobre
la materia2. En base a las propuestas de CEPI, el Ejecutivo envió tres
iniciativas al Congreso Nacional en 1991 para su estudio; un proyecto
de ley y otro de reforma constitucional relativos a los pueblos indígenas,
y un proyecto para la ratificación del Convenio No. 169 de la Organiza-
ción Internacional del Trabajo. Parte importante de las demandas indí-
genas estaban contenidas en dichas propuestas legislativas. Tales inicia-
tivas no encontraron, en los partidos de oposición representados en el
Congreso Nacional, la acogida que las organizaciones indígenas espera-
ban. El proyecto de ley indígena fue aprobado en el parlamento en
1993 (Ley No 19.253 de octubre de 1993 sobre Protección, Fomento y
Desarrollo de los Indígenas) con importantes modificaciones que debi-
litaron sus contenidos.
Los proyectos destinados a dar reconocimiento constitucional a los
pueblos indígenas, así como a la ratificación del Convenio No. 169 de la

2
CEPI estaba integrada por representantes tanto de gobierno como de los distintos pueblos
indígenas del país, incluido el pueblo mapuche. Los contenidos del anteproyecto elaborado
por esta entidad fueron luego debatidos en reuniones en comunidades indígenas y acorda-
dos en el Congreso Nacional de Pueblos Indígenas celebrado en Temuco en 1991 (ver
Comisión Especial de Pueblos Indígenas, Congreso Nacional de Pueblos Indígenas de Chile,
Editorial Interamericana, Santiago, 1991).

253
Organización Internacional del Trabajo (1989) –relativo a los derechos de
estos pueblos– tampoco encontraron acogida en el parlamento, y siguen
sin ser aprobados hasta la fecha. La aprobación del proyecto de reforma
constitucional, aunque de carácter simbólico, habría permitido reafirmar
el carácter pluriétnico y multicultural de la sociedad chilena por largo
tiempo negado. La ratificación del Convenio 169 habría permitido el for-
talecimiento de los derechos participativos y territoriales de los pueblos
indígenas en el contexto del proceso de expansión de la inversión hacia las
áreas indígenas, verificado en Chile en la última década.
Entre los elementos centrales de la ley indígena aprobada en 1993
cabe destacar el reconocimiento de los indígenas, de sus distintas etnias
y comunidades, así como del deber de la sociedad y del Estado de respe-
tar, proteger y promover el desarrollo de los indígenas y sus culturas, y
proteger sus tierras, adoptando medidas para tal efecto (Art. 1); el reco-
nocimiento de sus tierras ancestrales, su protección jurídica y el estable-
cimiento de un fondo especial –el fondo de tierras y aguas– para proveer
su ampliación (Arts. 12 a 22); la creación de un fondo de desarrollo
indígena destinado a financiar programas orientados al desarrollo de los
indígenas y de sus comunidades (Arts. 23 a 25); el establecimiento de
las “áreas de desarrollo indígena” como espacios territoriales para la fo-
calización de la acción pública a favor del “desarrollo armónico” de los
indígenas y de sus comunidades (Arts. 26-27); el reconocimiento, res-
peto y protección de las culturas e idiomas indígenas y la promoción de
programas de educación intercultural bilingüe en áreas indígenas (Arts.
28-33); la promoción de la participación indígena a través del derecho,
reconocido a sus organizaciones, a ser escuchados y considerados en su
opinión al tratarse materias que les atañen (Art. 34) y al contemplarse la
participación de representantes electos por sus comunidades y asocia-
ciones en el Consejo Nacional de la Corporación Nacional de Desarrollo
Indígena (CONADI)3, órgano encargado de la conducción de la políti-
ca indígena del Estado (Art. 38 a 42); el reconocimiento de la costum-
bre indígena hecha valer en juicio entre indígenas, siempre que no sea
incompatible con la Constitución Política, así como de un procedimiento
especial en los juicios sobre tierras en que se encuentre involucrado un
3
De acuerdo al proyecto de ley, el Consejo Nacional de CONADI estaría compuesto por
once indígenas representativos de los distintos pueblos indígenas del país. La ley aprobada
dispone que los consejeros indígenas serán ocho (al igual que los de gobierno), siendo
designados por el Presidente de la República a propuesta de las comunidades y asociaciones
indígenas (Art. 41)

254
indígena, contemplándose la conciliación como mecanismo de resolu-
ción de conflictos de tierras (Arts. 54- 57). (Aylwin, 2002)

La lucha política mapuche:


de la tierra a la autonomía territorial

Uno de los fenómenos políticos perceptibles en la última década


en el sur del país ha sido la evolución experimentada tanto en las ca-
racterísticas del movimiento social y organización mapuche como en
los contenidos de la lucha política. En opinión del antropólogo Ro-
berto Morales “cualquier análisis del movimiento mapuche en la ac-
tualidad… es su variedad de formas de organizativas que ha adquirido
y su diversidad de énfasis y tácticas de accionar político” (Morales,
2007-8:93). Esta variedad hay que atribuirla a las características de la
organización social mapuche: basada principalmente en la estructura
de parentesco, que determina una exogamia del grupo, lo que política-
mente ha significado el desarrollo de las alianzas entre los grupos de
parientes. Esta dimensión en fundamental para entender el cambio
organizativo social y político experimentado por el movimiento social
mapuche: se ha pasado de la organización mapuche de carácter nacional
a la organización territorial.
En efecto, las organizaciones mapuche de carácter nacional que
habían jugado un rol central en la defensa de los intereses de su pueblo
bajo la dictadura militar, como Ad Mapu, los Centros Culturales Ma-
puche y otras nacidas en el contexto de la recuperación democrática
(Nehuen Mapu, Lautaro Ñi Ayllarewe, Calfulican, etc.), van siendo gra-
dualmente reemplazadas por organizaciones de carácter territorial, tales
como Identidad Lafkenche en Arauco, la Coordinadora Arauco Malleco,
la Asociación Ñankucheo de Lumaco, la Asociación Comunal Pewenche
de Lonquimay, la Asociación Poyenhue de Villarrica, entre otras, que
emergen en la última década4.
A diferencia de las anteriores, cuyos vínculos con partidos políti-
cos o instituciones de la sociedad chilena eran fuertes, estas últimas or-
4
Una excepción en este sentido es el Consejo de Todas las Tierras (Aukiñ Wallmapu
Ngulam), que con un carácter nacional, mantiene su vigencia como organización mapuche
hasta la fecha. No obstante, desarrolla un trabajo a nivel de los distintos espacios territoria-
les mapuche y sus planteamientos son similares a los de las organizaciones territoriales
mapuche emergidas en los últimos años.

255
ganizaciones se articulan sobre una base territorial y se definen como
independientes del Estado y las instituciones de la sociedad chilena.
Otro cambio significativo se refiere a la demanda política. De una
demanda centrada fundamentalmente en la participación en el Estado y
en la protección y ampliación de la tierra mapuche, se ha avanzado a
fines de los noventa hacia una demanda orientada al reconocimiento de
la territorialidad mapuche. Junto a esta, emerge otra demanda estrecha-
mente relacionada, que dice relación con el derecho a un desarrollo po-
lítico, económico y cultural autónomo al interior de dichos territorios.
Ello no resulta casual, pues es consecuencia de la naturaleza de las de-
mandas territoriales de los pueblos indígenas, las que además de tener
componentes materiales como la tierra y los recursos naturales, tienen
también componentes inmateriales de carácter político y simbólico.
La nueva orientación de las demandas mapuche se manifiesta ya
en las resoluciones del Congreso Nacional del Pueblo Mapuche celebra-
do en 1997 con participación de las organizaciones territoriales emer-
gentes. Dicho Congreso incorporó el concepto de territorialidad indíge-
na hasta entonces ausente, exigiendo su reconocimiento y protección5.
En materia de desarrollo, propone que las comunidades indígenas se
constituyan en espacios de autogestión y de participación indígena, y
de protección del territorio frente a proyectos que perjudican el medio
ambiente6. El mismo Congreso propuso la autonomía como “eje de ar-
ticulación del nuevo diálogo que impulsa el pueblo mapuche en su rela-
ción con el Estado y la sociedad chilena...”7.
En una perspectiva similar, el Consejo de Todas las Tierras exige
del Estado “...el derecho a la restitución de tierras y territorios, uso y
aprovechamiento de los recursos naturales del suelo y subsuelo....”, de-
recho que debe quedar incluido en una reforma a la Constitución. Reco-
nociendo los distintos componentes de la demanda territorial, se funda-
menta el derecho al territorio y los recursos del suelo y subsuelo en dos

5
Al respecto el Congreso afirma: La tenencia de las tierras es la base del pueblo mapuche,
como asimismo el uso de las aguas de los ríos, de los lagos y del mar. Aun cuando la mitad
de la población está en zonas urbanas la referencia ideológica cultural es la tierra y el
territorio mapuche ancestral. (Aylwin, 2002)
6
Ibíd.
7
Como propuesta concreta para lograr dicha autonomía plantea la creación de una serie de
un Parlamento Mapuche, con representación de autoridades tradicionales mapuche de
distintas regiones (desde Biobío a Los lagos), de un Tribunal Mapuche, y de una Unión
Comunal de Organizaciones Mapuche. El Congreso sugirió además la constitución de un
padrón electoral mapuche con este fin. (Ibídem).

256
principios: “uno de orden cultural y el otro desde un principio que
sustenta las actividades inherentes a los Pueblos Indígenas en el marco
del desarrollo e implementación de su estrategia, en un proceso gradual
de la autodeterminación”8.
En la misma línea, la organización Identidad Mapuche Lafken-
che de Arauco en su propuesta de 1999 plantea, en base a los conceptos
de “Pueblo, Nación originaria, control territorial, desarrollo endógeno,
autonomía y libre-determinación”, la creación de los “Espacios Territo-
riales de Patrimonio Lafkenche”, entendidos como áreas de “protección
y conservación de los espacios naturales y culturales” que las comunida-
des aún poseen en las distintas comunas de la provincia, e incluyen
tanto las tierras, como “sus recursos suelo y subsuelo y espacios natura-
les, de la misma manera que los espacios ribereños y costa que posee-
mos...”. La misma entidad propone que estos espacios sean administra-
dos por una Asamblea Territorial, la que estaría integrada por un con-
junto de consejeros territoriales y presidida por un Coordinador Territo-
rial electo por sufragio universal por todas las comunidades de la provin-
cia. Finalmente, se indica la necesidad del reconocimiento de dicha ins-
titucionalidad, y de su Coordinador, como autoridad política con dere-
cho a voz y voto en las instancias de participación en el poder comunal,
provincial, regional y nacional9. Se trata posiblemente de la propuesta
más acabada hasta ahora formulada por los mapuche para hacer operati-
vo el derecho a la territorialidad y a la autonomía que reclaman.
Por otra parte, en un comunicado público emitido en 1999 la
Coordinadora Arauco-Malleco explica el sentido de su estrategia de re-
cuperación territorial al sostener:

Señalamos que el único logro político real y a largo plazo es el reconoci-


miento de la existencia de la NACIÓN MAPUCHE y la devolución de
espacios territoriales necesarios para el desarrollo de nuestro pueblo...
(Nuestra) estrategia tiene como eje central la recuperación de predios
que hoy día se encuentran en disputa principalmente con empresas
forestales y que son considerados por nuestras comunidades como es-
pacios sagrados para la sobrevivencia y la reproducción de nuestra cul-
tura (Comunicado Público, Coordinadora Mapuche de Comunida-
des en Conflicto Arauco -Malleco, Junio de 1999).

8
Consejo de Todas las Tierras (Aukiñ Wallmapu Ngulam), “Los Derechos de los Pueblos
Indígenas, Un Desafío para la Democracia” en Cámara de Diputados, 1999.
9
Identidad Mapuche Lafkenche de Arauco, 1999.

257
La Asociación Ñankucheo de Lumaco, finalmente, ha desarrolla-
do no tan solo una demanda, sino también una práctica de fortaleci-
miento territorial que incluye dimensiones económicas, políticas y cul-
turales. La importancia del territorio no solo como espacio físico sino
también como espacio político es resaltada por Alfonso Reiman, su pre-
sidente, al señalar: “Si decimos que somos un Pueblo o Nación, pienso
que todo pueblo debe conservar su territorio, y hoy lo que tenemos son
porciones de tierra, pero no control de un espacio territorial”. La di-
mensión económica del territorio, así como la necesidad de que los ma-
puche logren una autonomía en este plano en sus respectivos territorios
es uno de los énfasis de Ñankucheo.
Estos cambios en el movimiento y en la demanda mapuche en el
último decenio explica el distanciamiento que hoy existe entre las orga-
nizaciones mapuche emergentes y el Estado, especialmente con la CO-
NADI. El carácter mixto o bipartito de esta entidad –con representa-
ción del gobierno y de indígenas– que parecía tener cierta lógica al mo-
mento del debate de la ley indígena, no se compatibiliza con las deman-
das autonómicas hoy dominantes al interior del movimiento mapuche.
Explica también el porqué de la resistencia mapuche a la expansión de la
inversión hacia sus espacios ancestrales, expansión que además de provo-
car los impactos sociales y ambientales antes señalados, es visualizada
como una amenaza a la reconstrucción territorial en la que están empe-
ñadas muchas de sus organizaciones.
Según el especialista en asuntos indígenas José Aylwin hay dos
factores que explican estos cambios. El primero de ellos dice relación
con la incapacidad de la normativa vigente (Ley No 19.253 de 1993) y
de la política pública impulsada a la fecha para dar protección a los
derechos que los mapuche reivindican, en el contexto económico actual.
En efecto, la tierra por sí sola, si no va acompañada de derechos sobre los
recursos naturales, así como de derechos que aseguren grados mayores
de participación y/o control indígena de los procesos económicos socia-
les y culturales que en ellas se verifican, no asegura hoy las posibilidades
del desarrollo material y cultural que los mapuche legítimamente recla-
man para sí.
El segundo factor es el conocimiento, que gracias a los procesos de
conexión global han adquirido los mapuches y otros pueblos indígenas
de Chile, de los procesos que hoy ocurren a nivel internacional y compa-
rado, donde crecientemente se reconocen y protegen los derechos terri-

258
toriales de los indígenas, así como los derechos de participación, auto-
nomía o cogestión inherentes a ellos.
Sin desmerecer la legitimidad de la demanda mapuche por tierra,
la que encuentra su fundamento último en la propia acción del Estado
que, con la ocupación militar de la Araucanía, arrebató gran parte de sus
tierras ancestrales, y que más tarde con su legislación, legitimó la usurpa-
ción de las mismas por parte de no indígenas, cabe reflexionar en torno a
la estrategia hasta hoy desarrollada por el movimiento mapuche a la luz de
las demandas territoriales y autonómicas que hoy prevalecen en él.
En primer lugar, no existe un planteamiento claro en el movimien-
to mapuche sobre cuáles son las tierras que reclaman para su pueblo. Los
planteamientos existentes sobre la materia son diversos; para algunos la
demanda se centra en las llamadas tierras en conflicto (Congreso Nacional
Mapuche, 1997) o en disputa (Coordinadora Arauco Malleco, 1999), sin
especificar claramente cuáles son ellas10; para otros se centra en la restitu-
ción de “...las tierras que nos han usurpado a causa de leyes y políticas del
Estado, tanto aquellas declaradas fiscales, como las que han sido tomadas
por particulares y más recientemente por empresas forestales trasnaciona-
les y nacionales...” (Aukiñ Wallmapu Ngulam, 1997). El abogado mapu-
che José Lincoqueo ha esgrimido ante los tribunales los parlamentos cele-
brados por los mapuches como fundamento para la restitución de cual-
quier tierra ubicada al sur del Biobío.
La falta de precisión, en opinión de Aylwin, en la definición de las
tierras reivindicadas por los mapuche contrasta con los avances logrados
en esta materia en otros contextos, tanto en América Latina (Bolivia, Bra-
sil, Colombia, México, entre otros) como en Norteamérica (Canadá) don-
de los pueblos indígenas han desarrollado importantes trabajos histórico-
culturales y cartográficos, basados en conocimientos tradicionales y/o en
antecedentes jurídicos, destinados a identificar las tierras y territorios que
reclaman para sí, sean estos basados en ocupación ancestral, títulos colo-
niales o estatales, o en su importancia cultural o económica11.

10
La Coordinadora Arauco Malleco agrega que se trata de tierras en disputa, principalmen-
te con empresas forestales, y que son consideradas “como espacios sagrados para la sobrevi-
vencia y la reproducción de nuestra cultura” (1999).
11
Un ejemplo de estos trabajos de identificación de tierras y territorios indígenas es el
desarrollado por la Confederación de Pueblos Indígenas de Bolivia (Martínez, ed., 2000).
Otros ejemplo es el realizado por los pueblos indígenas de Columbia Británica, Canadá, en
el proceso de negociación de acuerdos territoriales llevados a cabo en los últimos años en el
marco del British Columbia Treaty Process (ver Wa y Uukw, 1989-1992).

259
Más allá de la indudable justicia de las reivindicaciones de tierra
mapuche, la definición de las tierras a restituir por parte del movimiento
resulta crucial. Ello por razones políticas, por cuanto si tales tierras no
están hoy en poder de los mapuche, se requiere negociar su restitución
con otros actores (Estado, particulares, empresas), para lo cual la certeza
de lo reivindicado parece un paso esencial. Adicionalmente se debe consi-
derar el carácter del poblamiento actual del espacio territorial en que hoy
viven los mapuche, como un espacio compartido, en que estos son una
minoría demográfica en comparación con otros sectores de la población, a
diferencia de otros espacios territoriales hoy reivindicados por los pueblos
indígenas, tales como la Amazonía en América del Sur o el Ártico en América
del Norte, donde los pueblos indígenas constituyen el porcentaje mayori-
tario de la población12. De esta manera, en un espacio con estas caracterís-
ticas, sería iluso suponer que los mapuche podrían recuperar la propiedad
total de su territorio ancestral. Este proceso resultaría complejo, no solo
desde el punto de vista político y económico, sino incluso podría ser cues-
tionable desde el punto de vista de los derechos de la población campesi-
na no indígena, también pobre, que se ha asentado en áreas rurales en
virtud de las políticas desarrolladas por el Estado a lo largo de los últimos
ciento cincuenta años.
Lo anterior deja en evidencia la necesidad de avanzar en la defini-
ción del espacio territorial reclamado, ya sea que este incluya las tierras
y recursos considerados por los mapuches como usurpados, o aquellos
que resulten claves para reforzar una territorialidad desarticulada, o los
que resulten necesarios para la sustentación material y cultural de los
mapuches como pueblo. También parece fundamental la elaboración de
propuestas en relación a la futura forma de utilización de dichas tierras
y recursos, a modo de asegurar en ellas un desarrollo cultural y ambien-
talmente sostenible, y que su traspaso no genere, como ha sucedido en
los últimos años en un contexto de depresión de la agricultura tradicio-
nal, nuevas formas de dependencia con el Estado.
Por otra parte, no obstante la importancia que han adquirido en
el movimiento mapuche las demandas por el ejercicio de derechos co-
lectivos de carácter político en los espacios territoriales en que viven sus
comunidades, son muy pocos los avances que se han logrado en este

12
En la Araucanía, que es la región con el mayor porcentaje de población indígena, los
mapuche constituyen solo una cuarta parte de la población total de acuerdo al Censo de
1992.

260
contenido inmaterial de la territorialidad indígena. Es evidente que un
sistema político y administrativo, así como una discriminación cultural,
en nada favorece el ejercicio de estos derechos por parte de los mapuches
y otros pueblos indígenas.
En el régimen político actual no hay cabida para una representa-
ción política mapuche, ni siquiera en su espacio territorial ancestral o en
los sectores en que su población es mayoritaria. Esta situación también
contrasta con aquella existente en otras latitudes, incluida América Lati-
na, donde los esfuerzos de los pueblos indígenas, además de estar dirigi-
dos hacia alcanzar la protección y ampliación territorial, han estado orien-
tados de un modo central en los últimos años en la conquista de dere-
chos políticos en los territorios en que viven. Tal como señala Iturralde,
antropólogo ecuatoriano, en un reciente análisis sobre las demandas te-
rritoriales indígenas en la región:

“los movimientos indígenas vuelven a plantear la reivindicación del


territorio, cada vez con un énfasis más claro en el sentido político y
simbólico que este ha tenido o ha adquirido para su cultura. Tal como
se puede apreciar en las demandas y movilizaciones recientes de los
pueblos indígenas de Bolivia, Chile, Ecuador y México entre otros, sus
plataformas incluyen el tema territorial como un elemento de la de-
manda de autonomía, de la misma manera que incluyen temas relacio-
nados con el ejercicio de la autoridad propia, la supremacía de los usos
y costumbres locales sobre las leyes nacionales y la posibilidad de resol-
ver sus asuntos conforme a sus propios sistemas de administración de
justicia” (Iturralde, 2001, citado por Aylwin, 2002).

La experiencia de los pueblos indígenas en países tales como Co-


lombia, Nicaragua, Panamá y México, sin mencionar Canadá y Groen-
landia (Dinamarca), donde estos ejercen grados crecientes de autono-
mía en diferentes ámbitos (político, cultural, económico, jurídico, etc.)
sin duda puede servir para la reflexión de las organizaciones mapuche en
sus esfuerzos por lograr la territorialidad que hoy exigen del Estado chi-
leno. La definición del tipo de derechos políticos a ser ejercidos por los
mapuche en sus actuales espacios territoriales, teniendo en cuenta sus
características demográficas actuales, constituye uno de los desafíos im-
portantes a ser abordado por sus organizaciones.
Por otro lado, el Estado más que seguir a la zaga de una estrategia
que es definida por el movimiento social mapuche con sus recuperacio-
nes de tierra, como actualmente ocurre, prometiendo la adquisición o

261
transferencia de tierras sin saber para qué y sin contar con los recursos
que le permitan apoyar la permanencia de las comunidades beneficiarias
en las tierras que le son asignadas, el Estado deberá elaborar una política
de tierras que identifique objetivos a alcanzar en el mediano y largo
plazo, e impulsar acciones de corto plazo que sean consistentes con tales
objetivos. El diseño de tal política supone, sin embargo, la creación de
instancias de trabajo conjunto con las organizaciones territoriales ma-
puche, a fin de determinar la propiedad que debe ser traspasada, los
recursos naturales que hay en ella y los recursos financieros que se re-
quieren para tal efecto.
No obstante las complejidades antes subrayadas, el mayor desafío
para el Estado chileno no está en su capacidad de respuesta a las deman-
das de tierra de los mapuche, sino más bien en su capacidad para com-
prender y aceptar los componentes inmateriales de la demanda territo-
rial que está asociada a la creación de espacios o instancias que permitan
la participación y/o control de sus comunidades, dependiendo de las
condiciones, en la gestión de los procesos políticos, económicos, cultu-
rales que en ellos ocurran. Dicha demanda obliga, al igual que como ha
ocurrido en otras partes de América Latina y del mundo, a introducir
importantes transformaciones jurídicas y políticas con el objeto de dar
cabida a la territorialidad indígena hasta ahora negada. Se trata de una
demanda difícil de asumir para un Estado como el chileno, cuya tradi-
ción centralista ha obstaculizado a lo largo de su historia la descentrali-
zación territorial del poder, y cuya tradición cultural, al menos la de sus
elites, le ha impedido aceptar la diversidad étnico-cultural existente en
su interior. Tal tradición explica por qué Chile, a diferencia de la mayor
parte de los países de América Latina, se mantiene sin reconocer el ca-
rácter multiétnico y multicultural de la sociedad, y se opone a la ratifi-
cación del Convenio 169 de la OIT. La misma tradición explica el re-
chazo al reconocimiento de los derechos políticos indígenas a través de
la creación de un parlamento indígena y de la representación proporcio-
nal indígena de acuerdo a su población en el Congreso Nacional, en los
consejos regionales y en los gobiernos comunales.
Para los empresarios agrícolas y forestales presentes en el territorio
mapuche, los desafíos de la territorialidad y autonomía dicen relación
con la revisión de las posturas que hasta ahora han sostenido frente a este
conflicto de larga data. No basta con esgrimir títulos de propiedad a
sabiendas que tales títulos se constituyeron en base a una historia de

262
despojo. No basta con argumentar el respeto al Estado de derecho cuan-
do los chilenos no hemos respetado a los mapuche en sus derechos más
esenciales. Si son consecuentes con su postura en favor de la globaliza-
ción, deben observar a sus pares en otras latitudes y aprender de ellos,
quienes por razones éticas y también económicas, se han abierto a nue-
vas formas de relación con pueblos indígenas pasando de la confronta-
ción a la colaboración.
Sin embargo, ni el gobierno, ni las organizaciones mapuche, ni
los sectores empresariales presentes en el espacio territorial mapuche
pueden dar solución a los problemas políticos aquí analizados si no es-
tán dispuestos a revisar los principios centrales del derecho de propie-
dad privada vigentes desde 1973 en Chile. Si no lo hacen en forma
urgente, es muy posible que la situación de conflictividad hoy existente
en el sur del país siga en aumento, con un costo social y de vidas, en
particular para los mapuches, enorme.

Conclusiones

La permanente vulneración de los derechos como de su identidad


histórico-cultural del pueblo mapuche y el desarrollo de sus procesos
reflexivos y de organización social y política le han permitido confor-
marse en el principal, tal vez, el único movimiento social que hoy se
despliega al interior de la sociedad neoliberal avanzada chilena. La ac-
tual rebelión mapuche cuestiona todo el orden social construido en Chile
en estos últimos treinta y cinco años. En efecto, sus demandas trascien-
den lo meramente económico, pues desde la década del ochenta, el
movimiento social mapuche plantea un cambio en la discusión de sus
derechos, en cuanto a presentar estrategias que privilegian la autonomía
política territorial. De la reivindicación por tierras se pasa a una deman-
da por territorios; de una participación en el Estado, hacia una que se
centra en la autonomía. Esta transformación en la demanda implica una
novedosa forma de relación con el Estado nacional que, por cierto, niega
de manera rotunda y categórica dicha posibilidad de autonomía.
Frente a este cambio y ante las acciones de los comuneros mapu-
che, los gobiernos concertacionistas han respondido con la violencia di-
recta, aplicando la Ley de Seguridad Interior del Estado o recurriendo a
legislación de la época de la dictadura militar, como la Ley antiterroris-

263
ta, para enfrentar las movilizaciones, las ocupaciones de predios, las
manifestaciones callejeras y cualquier otra expresión concreta de las rei-
vindicaciones del pueblo mapuche. En este sentido, ha existido una
clara estrategia de criminalización y judicialización del problema mapu-
che. En otras palabras, el Estado, por una parte, trata de reducir “la
cuestión mapuche” al tema económico y de subsistencia obviando el
tema de los derechos colectivos como pueblo, es decir, ignora la dimen-
sión política. Y, por otro, criminaliza y judicializa el problema al sobre-
dimensionar las acciones de reivindicación del movimiento social ma-
puche, recurriendo a la policía y al uso desproporcionado de la fuerza,
usando a los medios de comunicación para estigmatizar y descalificar a
los mapuche como terroristas y delincuentes y, finalmente, radicar el
tema en los tribunales.
La criminalización del problema mapuche ha significado que en
el último tiempo “solo en la región de la Araucanía cerca de 300 mapu-
che han sido acusados ante la justicia, a contar del año 2000, por accio-
nes vinculadas a los conflictos por tierra que involucran a sus comunida-
des. De estos al menos un 10% han sido acusados de cometer delitos
terroristas según la legislación que data de los tiempos de la dictadura,
que ha sido cuestionada desde la perspectiva de los derechos humanos
por cuanto permite el uso de testigos sin rostro que debilitan el derecho
a la defensa, posibilita largos períodos de prisión preventiva, y establece
condenas que duplican las del Código Penal.
La existencia de un régimen político democrático autoritario, de
un Estado, en su forma nacional-neoliberal, son la mejor garantía para
las clases propietarias que la mantención el orden capitalista no corre
peligro. Por esa razón, el conflicto mapuche o la cuestión mapuche se-
guirá siendo uno de los temas políticos, históricos y culturales no re-
sueltos en la sociedad chilena. Y, tal vez, en la medida que vaya estable-
ciendo alianzas con otros grupos de la sociedad que resisten y se oponen
al orden neoliberal, podrán ser fuentes de origen de una crisis política
que afecte tanto al régimen político como al Estado. Por el momento,
tan solo el pueblo mapuche se levanta en contra del orden neoliberal.

264
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267
268
Algumas razões da permanência
do clientelismo político no
Brasil contemporâneo

Elsio Lenardão*

Neste texto, nossa preocupação mais geral é levantar alguns dos


fatores que explicam a permanência relevante daquelas práticas de tipo
clientelista1 que envolvem setores das classes populares, compondo a
organização política brasileira nos anos recentes. Faremos isso a partir da
consideração de outras propostas de interpretação sobre o tema, que
serão avaliadas criticamente à luz de possíveis generalizações baseadas
em informações e depoimentos derivados de uma investigação empírica
realizada2, entre 2003 e 2005, sobre relações de clientela na cidade de
Londrina, interior do estado do Paraná, região sul do Brasil3.
Selecionamos, como parâmetro para nossa reflexão, duas outras
tentativas de explicação4 que expressam bem uma tendência recente nas
análises a respeito do fenômeno do clientelismo político na sociedade
brasileira urbana e industrializada, que é a tentativa de ir além das teo-
rizações denominadas “culturalistas” que insistem ou na idéia de “he-

* Departamento de Ciências Sociais da Universidade Estadual de Londrina/Brasil


1
O clientelismo é entendido, aqui, como aquela modalidade de prática política que visa o
controle do voto e do apoio político de parcelas do eleitorado e que é baseada na cooptação
destas por meio da oferta de “favores” (na forma de dinheiro, pagamento de contas de luz e
água, alimentos, materiais de construção, empregos, tratamento médico, medicamentos
etc.).
2
No decorrer do texto usaremos alguns depoimentos para ilustrar nossos argumentos.
3
Nossa pesquisa tratou da atuação política do Sr. Antonio Belinati, ex-deputado estadual,
ex-vereador, ex-prefeito de Londrina e figura de grande destaque na política regional há mais
de 30 anos. Teve seu mandato de prefeito cassado em 2000, sob a acusação de improbidade
administrativa. Este político conquistou e sustenta parte cativa de seu eleitorado com base
em vínculos de clientela. É um tipo de eleitorado que se mantêm fiel a ele para além dos
momentos de eleição, apoiando-o e defendendo-o em manifestações públicas como nas
situações em que o ex-prefeito era acusado de corrupção na prefeitura (piquetes em frente
à Câmara de Vereadores e ao Fórum, passeatas no calçadão da cidade). Londrina possuía, na
época da pesquisa, perto de 500 mil habitantes. Mais informações, ver Lenardão (2006),
César (2001) e Silveira (2004).
4
Ver reflexões de Farias (2000) e Souza (2000); (2003); (2003b); (2004).

269
rança cultural” ou de especificidade do “caráter e do comportamento do
homem brasileiro”.
As duas tentativas de explicação escolhidas centram-se na hipóte-
se de que a prática do clientelismo na política atual brasileira encontra-
ria sua racionalidade, referindo-se tanto à sua decadência como ao seu
estímulo, na própria lógica da sociabilidade capitalista que, ao generali-
zar seu ethos próprio, em substituição aos valores tradicionais pré-capita-
listas e ao mercantilizar toda a esfera das relações sociais, transforma
também as relações políticas. Estas ganhariam, com isso, no primeiro
caso, o da decadência, em impessoalidade (generalização dos procedi-
mentos impessoais nas relações sociais) e, no segundo caso, o do estímu-
lo, haveria a transformação do voto em mercadoria, em algo negociável.

A “mercantilização” do voto

Para Farias (2000: 49) “[...] o fundamento das práticas clientelis-


tas encontra-se não em uma herança de relações pré-capitalistas, mas,
sim, na própria estrutura social capitalista. A cidadania política com-
porta como uma das alternativas o modelo competitivo análogo ao mer-
cado econômico [negociação/comercialização do voto]”5. Considerando
que o capitalismo e a democracia liberal conteriam variados padrões de
política que não se resumiriam ao aspecto do procedimento universalis-
ta, o autor tratará o clientelismo como “uma das formas políticas intrín-
secas a tal tipo de democracia” (idem: 49). Para esse autor a explicação

[...] mais consistente do voto de barganha [...] decorre da consideração


da estrutura social capitalista. [...] [Porque] no clientelismo o fator con-
dicionante são as relações de dependência impessoal, gestadas no âmbito
do assalariamento e suas garantias jurídicas. A maior independência
adquirida na esfera das relações de trabalho traduz-se, em termos polí-
ticos, no chamado voto livre. Ao mesmo tempo, o enquadramento na
lógica competitiva do mercado serve de modelo à conversão do voto
livre em prática clientelista (Farias, 2000:52, grifos do autor).

Ele considerará o “voto mercadoria” – aquele que se dá pela bar-


ganha envolvendo vantagens materiais entre o eleitor e o político ou o

5
Este autor não distingue clientelismo de compra e venda de voto. As implicações dessa
indistinção serão discutidas mais à frente.

270
cabo eleitoral – como “uma expressão característica do clientelismo”.
Sendo assim, a

[...] condição sócio-econômica para a proliferação do voto de barganha


é a predominância de relações de produção capitalistas, basicamente a
conversão da força de trabalho, através do assalariamento, em mercado-
ria – o que pressupõe a existência do trabalhador livre, isto é, despojado
dos meios de subsistência, em particular do vínculo à terra. Trata-se do
trabalhador que abandona a condição de dependência pessoal (o colona-
to, a moradia) frente ao dono de terras, para se submeter à dependência
impessoal (o assalariamento) relativa às coisas” (Farias, 2000: 50).

Essa dependência às leis e regras que regem as mercadorias, poderia


ser vista sob um duplo aspecto. Primeiramente significaria a dominação
do poder econômico do capitalista sobre o trabalhador. Em segundo lu-
gar, e explicando o caráter intrínseco do clientelismo à democracia de tipo
burguesa, aquela “dependência impessoal” expressaria “[...] a constituição
do trabalhador em sujeito de interesse, que, na relação política, pode conver-
ter o voto em um instrumento de barganha por vantagens materiais, isto
é, em um recurso salarial” (Farias, 2000: 50). Noutros termos, “[...] no
sistema capitalista, tudo o que tem equivalência econômica tende a trans-
formar-se em mercadoria. [...] cargos eletivos são cada vez mais suscetíveis
de proporcionar rendimento econômico. Isto faz com que, de modo cres-
cente, o voto se torne mercadoria” (Singer, 1965: 80).
É assim que a forma da representação política burguesa, baseada
em eleições, se dirige às classes sociais “[...] configuradas como eleitores,
isto é, indivíduos isolados (e normalmente em posição defensiva)”, o
que facilita e estimula a ação de agentes ou cabos eleitorais, “que propõe
ao eleitor um cálculo utilitário: aceitar um benefício imediato e certo
em troca do voto, ao invés de apostar em vantagens mais amplas, porém
incertas” (Farias, 2000: 50). Nesses moldes, em relações de barganha de
votos, a cidadania política burguesa ganha um possível contorno con-
creto que contempla “o sentimento da liberdade no exercício do direito
político – o voto livre –“, já que está presente a alternativa de o eleitor
negociá-lo, a partir de sua decisão própria (idem: 50). Dentro dessas
possibilidades o clientelismo seria um mecanismo político apropriado e
adequado à democracia burguesa.

271
O fim da dependência pessoal, mas não
da forma pessoalizada6, na relação política

Um primeiro problema que aparece na abordagem de Faria (2000:


49) é reduzir a definição de clientelismo à compra de voto. Ocorre que
o clientelismo é, antes de tudo, aquele fenômeno ligado à formação de
clientelas políticas, que permite a lideranças (ou a seus agentes) ter certo
controle político sobre elas. Busca-se o apoio político que vai para além
do momento de eleições. Ele serve para o reforço do cacife dos políticos.
Serve, por exemplo, para socorrê-los em momentos de agrura, como ilustra
o caso que estudamos, de Antonio Belinati, que durante as audiências
do processo de cassação sofrido, conseguia reunir centenas de pessoas –
sua clientela –que cercavam o Fórum e a Câmara de Vereadores em sua
defesa, demonstrando-lhe sólido apoio político.
A formação de clientelas não se dá com a simples e imediata bar-
ganha do voto. Ela requer uma aproximação mais cuidadosa e trabalha-
da junto ao eleitor-cliente, exigindo sua cooptação. Nesse processo são
usadas táticas de aproximação e contato com o eleitor e recursos de bar-
ganha, na forma de troca de favores. A compra do voto pode ajudar na
montagem de uma clientela e reforçar esporadicamente as já existentes,
mas não basta como instrumento de sustentação delas. Por isso o clien-
telismo é uma prática que não pode ser do tipo burocrática, sustentada
em procedimentos impessoais, mas exatamente o seu contrário, para o
qual o contato pessoal é indispensável.

[O Belinati] mantém contato com a gente mesmo sem ser em época de


eleição. Se fosse interesseiro não teria contato agora, né [em 2005, ano
sem eleições]?

É certo que as relações sociais gerais sob o capitalismo respondem


fortemente à lógica mercantil organizadora das relações sociais básicas
de produção, mas não é certa a hipótese de que seria desta característica
que sairia a modalidade clientelista de política. Pode-se elencar, de iní-
cio, uma diferença entre as transações de mercado e a troca clientelista:
nas de mercado, o sistema de preços oferece medidas precisas de equi-
valência, enquanto que em situações de troca clientelista os “favores” (a

6
Nesta forma, ocorre, nas relações políticas, uma ênfase na figura pessoal do político, nos
seus atributos e em seu suposto “super poder” de influência e de decisão.

272
moeda de troca nestes casos), quando não se referem, restritamente, à
compra e venda de votos, geram expectativas de reciprocidade não espe-
cificadas previamente e que podem variar bastante de aspecto nas múlti-
plas situações em que se instalam vínculos de clientela. Por exemplo, no
caso estudado, as “ajudas” e “favores” prestados pelo político chegam a
promover entre a clientela a crença de que firmaram “relações de amiza-
de” com o político/ajudante. Isso, no mínimo, acrescenta à relação de
troca, que o vínculo de clientela instala entre os elementos do par, uma
complexidade não prevista para uma relação mercantil.

Mas também não é por causa da ajuda não que eu tô falando. O favor
que eu devo é uma coisa, mas a amizade é outra coisa. Não há dinheiro
que pague a amizade de uma pessoa e nós temos com o Belinati a
amizade. A amizade, o favor .... não tem o que paga mesmo, nem que eu
votasse pra ele mil anos aí.

A pessoalização da relação política é indispensável na formação de


clientelas porque é exatamente a proximidade pessoal e o contato direto
com o eleitor, realizados pelo “cabo” eleitoral e/ou pelo próprio político,
que permitem criar e sustentar vínculos de compadrio, de compromisso
pessoal e de “amizade”, suportes para relações de clientela.
Por exemplo, para parte do controle de eleitores conseguida pelo
político que estudamos, é evidente o papel central do “elemento pes-
soal”, que põe em destaque a pessoa, tanto a do político como a do
eleitor. Este se sente “reconhecido”, “valorizado”, quando, em contatos
nos bairros, Belinati o aborda pelo nome ou em razão de ver citado seu
nome no programa de rádio que tem Belinati como locutor ou ainda,
pelo presente que recebe do ex-prefeito nas datas de aniversário, etc. Os
eleitores destacam, nas entrevistas, que essa “pessoalidade” é o elemento
mais relevante no vínculo que mantém com o referido político. É esse
elemento que explica e justifica o vínculo, segundo suas perspectivas. O
valor do vínculo estaria nesse “elemento pessoal”:

Ele [Belinati] é um político jeitoso, que vai na favela, pega no colo a


criança suja, passa a mão na cabeça de um, abraça o outro e conquista as
pessoas. Ele não precisa dar nada [ajuda]. É só a atenção.

É possível sim, sem a pessoalização do contato, instalar-se a com-


pra e venda do voto em ocasiões pontuais no tempo, como nos momen-
tos eleitorais. Ou seja, a idéia da individualização/atomização do conta-

273
to político em decorrência da constituição burguesa do “sujeito de inte-
resse” (Farias, 2000: 50) deve facilitar, em tese, a autonomia e controle
do eleitor sobre seu voto, abrindo a chance de dispor dele na forma de
uma mercadoria que ele pode negociar. Porém, pode ser também que
esta mesma “individualização” do sujeito político – o eleitor – lhe per-
mita, por certo não impede, buscar ou aceitar a aproximação, o favor e a
“proteção” de um político. Só que, agora, facilitadas também pela “li-
berdade” de ação individual e “livre” dos constrangimentos da “depen-
dência pessoal”, ele poderia optar pelas vias que envolvem o contato
pessoal, que seriam, a princípio, impróprias à impessoalidade e ao uni-
versalismo das relações sociais capitalistas ideais.
É desse modo que a mediação pessoal ou a “pessoalização” da po-
lítica se constitui num elemento indispensável ao clientelismo. Prova-
velmente, junto com o sistema de favores e ajudas, é o que o define
mesmo. O que exige que se reconsidere também a hipótese defendida
por Jessé Souza (2003), explicitada a seguir, que indica o domínio abso-
luto da marca da impessoalidade burguesa nas relações políticas moder-
nas, o que levaria ao fim da presença de qualquer relevância das relações
pessoais nesse campo.

A “impessoalização” das relações políticas

Souza (2004), por sua vez, põe em dúvida a validade de algumas


das explicações sobre a desigualdade brasileira, e, por extensão, algumas
interpretações a respeito das formas da política brasileira, que recorrem ao
destaque de aspectos “tradicionais” da nossa cultura política que seria,
segundo essas explicações, marcada pelo personalismo, pelo familismo e
pelo patrimonialismo, aos quais se refere diretamente o clientelismo. Para
este autor, tais explicações supõem uma “soberania do passado sobre o
presente”, enfatizando a força da “herança” cultural (2004: 75) e das re-
lações pessoais (2003: 23). Entre os autores que raciocinam com esse “pa-
radigma do personalismo”, no Brasil, são destacados, principalmente: Sér-
gio Buarque de Holanda, Raimundo Faoro e Roberto DaMatta.
Souza (2004: 76-77) elabora a seguinte síntese sobre as interpre-
tações que se fiam no pressuposto de que as relações sociais no Brasil
obedeceriam ao “princípio pré-moderno” do personalismo:

274
O pressuposto básico da interpretação de nossas mazelas sociais como a
continuação de padrões pré-modernos envolve uma complexa articu-
lação de argumentos que guardam um encadeamento e uma íntima
conexão entre si. De início, essa articulação supõe um padrão intersub-
jetivo de sociabilidade definido como personalista, ou seja, dominado
por uma estrutura de sociabilidade vertical, baseada no modelo familiar
de obediência/proteção. A este padrão de relações intersubjetivas co-
rresponderia uma estrutura institucional definida como patrimonial,
marcada pela confusão entre o público e o privado e pela assunção de
que a troca de favores e a corrupção aberta seriam vicissitudes tão brasi-
leiras como o samba e o futebol. Ambas as determinações, do tipo de
sociabilidade e do tipo de estrutura institucional, por sua vez, são expli-
cadas por uma suposta continuidade cultural com nossa herança ibéri-
ca, e percebidas sem uma vinculação adequada com a eficácia de insti-
tuições fundamentais.

O autor (idem, 2003: 2) propõe, então, um outro posicionamento:

A tese que pretendo desenvolver [...] parte de uma outra perspectiva.


Gostaria de tentar demonstrar como a naturalização da desigualdade
social de países periféricos de modernização recente como o Brasil pode
ser mais adequadamente percebida como conseqüência, não a partir de
uma suposta herança pré-moderna e personalista, mas precisamente do
fato contrário, ou seja, como resultante de um efetivo processo de mo-
dernização de grandes proporções que toma o país de assalto a partir de
inícios do século XIX. Nesse sentido, meu argumento implica que nossa
desigualdade e sua naturalização na vida cotidiana é [sic] moderna
posto que vinculada à eficácia de valores e instituições modernas a partir
de sua bem sucedida importação ‘de fora para dentro’. Assim, ao contrá-
rio de ser personalista, ela retira sua eficácia da ‘impessoalidade’ típica
dos valores e instituições modernas. É isso que a faz tão opaca e de tão
difícil percepção na vida cotidiana.

Os valores e instituições modernas as quais se refere Souza se ins-


crevem no movimento que ele chama de “racionalismo ocidental”. Este
que teria se estendido à periferia do sistema capitalista, em um movi-
mento de “fora para dentro”, do centro para a periferia, e se realizado
pela exportação para a periferia das duas instituições que melhor repre-
sentam e realizam essa racionalidade: o mercado capitalista e o Estado
racional moderno. Essas duas instâncias institucionais seriam respon-
sáveis pela conformação das vicissitudes e disposições, das mais públicas
às mais íntimas, dos indivíduos sob o capitalismo. E o fazem por meio

275
da difusão e consolidação do vínculo social de tipo contratual, o mais
adequado às relações interpessoais sob o capitalismo. Ou seja, a “chega-
da” dessas duas instituições significa a produção de um “processo de
socialização que permite a produção de indivíduos adequados à repro-
dução do Estado e mercado, [o que] pressupõe um processo de aprendi-
zado valorativo e moral de grandes proporções” (Souza, 2003: 11-12).
Conforme este autor, com a Côrte Portuguesa, aporta no Brasil,
em 1808: a) um razoável aparato estatal que, instalado, já podia ser
considerado um verdadeiro Estado racional com suas exigências e regu-
lamentações e, b) todas as condições e estímulos para a consolidação de
um mercado capitalista. Enfim, chegaram as duas instituições mais im-
portantes da sociedade moderna e, com elas, anuncia-se a “morte” das
“relações tradicionais”, entre elas a do personalismo (Souza, 2003: 23),
porque aquelas duas instituições se fazem acompanhar de um menu de
valores cujos tópicos centrais são o individualismo e a meritocracia, am-
bos escorados na impessoalidade. Dessa forma “a sociedade se impessoa-
liza” (idem: 25-26).
Com base em dados de uma “investigação empírica”, Souza sus-
tenta a evidência da predominância dos valores “modernos” sobre aque-
les “pré-modernos”, próprios às teses “culturalistas”. Segundo ele, o con-
junto de dados aos quais recorre,

[...] demonstra que a percepção dos indivíduos de todas as classes apon-


ta inequivocamente para um conjunto de valores e disposições de com-
portamento que nada possuem de pré-moderno ou personalista. Ao
contrário, eles apontam para uma ‘gramática valorativa’ que perfaz o alfa
e o ômega do mundo moderno [...]. Assim, para cerca de metade dos
respondentes de todos os grupos, divididos por renda e escolaridade, as
relações familiares, apesar de importantes – e elas são importantes em
qualquer sociedade moderna – , não são percebidas como o principal
aspecto definidor das chances de ascensão social (2004: 77).

O que preponderaria seriam “os valores básicos do princípio de


sociabilidade moderna, consubstanciados nos valores do desempenho
diferencial, iniciativa individual e da satisfação adiada de necessidades
[...]” (idem: 84). No que tange à estrutura organizacional da política, se
o vínculo social que seria adequado às relações interpessoais sob o capita-
lismo é aquele do tipo contratual, da mesma forma e por extensão a
democracia liberal contratual aparece como o tipo de governo também
mais adequado a esse modo de produção (Souza, 2003: 10).

276
Com a vigência da “racionalidade ocidental” a sociedade se “im-
pessoaliza” – o que “fere de morte” o personalismo como elemento es-
truturador da maior parte das relações sociais –, mas permanece “a regra
seletiva da inclusão e da exclusão” (2003: 23-26), produto de uma mo-
dernização de caráter periférico, que não consegue promover a incorpo-
ração da maioria dos indivíduos aos benefícios materiais mínimos que
articulam a anuência ideológica “inconsciente” à “nova ordem”, ou à sua
“homogeneização social mínima” (idem: 31). A modernização periféri-
ca, dessa forma, “deixa intocados os mecanismos ‘espontâneos’ que re-
produzem indivíduos e classes incluídos e excluídos da lógica do merca-
do e da proteção do Estado” (Souza, 2003: 30). Produz-se um perma-
nente “abandono das camadas populares”, firmado, então, como um
traço secular da atividade política no Brasil, com a produção de uma
“ralé estrutural” (Souza, 2003: 31).
Essa explicação difere daquela que delegava a produção da des-
igualdade no Brasil aos traços personalistas de nossas relações sociais e
sua contaminação nos aparelhos estatais e na organização política geral.
O que explicaria a produção da perversa estrutura de desigualdade que
se monta no país nos últimos 100 anos seria justamente uma moderni-
zação de tipo periférica e não o peso da “tradicão” ou de alguma “he-
rança” (Souza, 2003).
Quer dizer, a desigualdade “abismal” da sociedade brasileira “é
modernamente construída, posto que fundamentada na eficácia social
de instituições modernas a partir de sua opacidade, impessoalidade e
intransparência peculiares” (idem, 2003: 32). Em síntese, a tese de Jes-
sé Souza seria: nossa “modernização periférica” é a responsável pela “sub-
cidadania” sob a qual se encontra parte numéricamente relevante da
população e, enquanto “modernização” capitalista, que pressupõe um
ethos próprio, ela promoveria uma “lenta e quase imperceptível substi-
tuição do padrão pessoal de dominação que vigorava anteriormente” (Sou-
za, 2003: 31), minando a importância das “relações tradicionais” de
organização das relações sociais, como o personalismo, o patrimonialis-
mo e o familismo. Os brasileiros já seriam estritamente modernos em
seu comportamento social e em seu comportamento político e isso se
referiria tanto aos incluídos como aos excluídos do sistema. Das hipóte-
ses de Jessé Souza deriva a crença na extinção das formas de domínio
assentadas em aspectos “atrasados”, como as do tipo clientelista.
No entanto, também nos parece plausível supor que nossa mo-

277
dernização periférica de certa forma demonstra a peculiaridade de incor-
porar as forças políticas e os procedimentos “tradicionais” – “pré-capita-
listas” –, como o personalismo na política, para realizar o intento de
generalização do modo de produção capitalista, de modo que essa mo-
dernização se realizou contando com aquelas práticas “atrasadas”, mas
sem mirar e promover a “morte” dessas últimas, desde que lhes vêm
sendo funcionais. Daí a sobrevida dessas práticas “atrasadas”, estimula-
das e reforçadas na esfera federal e por extensão realimentadas nas esferas
regional e local.
Assim, se a condição periférica leva a um “capitalismo selvagem”
com as clivagens profundas entre incluídos e excluídos, mesmo no caso
dos requisitos básicos de cidadania, ela teria permitido a eleição/seleção
de alguns procedimentos políticos “atrasados” como recursos de implan-
tação da modernidade capitalista no Brasil, o que supôs contar com as
“forças políticas” –“velhas” e “novas” oligarquias, por exemplo – ligadas a
esses procedimentos. Daí que as formas “conciliação” e “pacto conserva-
dor” se constituem nos principais modelos de articulação dos blocos no
poder nos diferentes períodos históricos do país (Debrun, 1983).
Pode ser que o “mercado capitalista” seja o grande responsável
pela determinação de quem será incluído ou excluído socialmente no
Brasil, mas, quando se trata do papel do Estado na mesma tarefa há que
se considerar que as “forças do atraso” vêm participando dos ”pactos” de
domínio, de modo que os procedimentos “atrasados” que estas “forças”
costumam utilizar em sua atividade política “tradicional” também com-
porão o menu de procedimentos políticos e burocráticos do “Estado ra-
cional” capitalista. Dessa maneira, os procedimentos ancorados no per-
sonalismo, no familismo e no patrimonialismo – entre os quais se inclui
o clientelismo – não deixam de existir, simplesmente. Não são “conde-
nados à morte” nem extintos por completo da vida política nacional. Ao
contrário, vê-se até que recobram vigor, alargando suas dimensões em
certas conjunturas, como parece ter sido o caso dos anos 1990 (Lenar-
dão, 2006).
De fato, várias condições sócio-econômicas – urbanização, indus-
trialização, espraiamento das relações de trabalho assalariadas e ampliação
de direitos sociais – vêm atuando como forte dissolvente da “cultura do
favor”, embora com início e intensidade variadas nas diversas regiões do
país. A “cultura do favor” teria deixado de ser a coluna mestra da estru-
tura social, que passa a ser regida, principalmente, por relações de tipo

278
capitalista7. No entanto, é curioso observar como estão vivas em várias
cidades do país manifestações dessa “cultura” quando se trata de verificar
como se organiza a relação entre o morador pobre e as autoridades polí-
ticas locais. Se ela já não é a viga-mestra das relações sociais e definidora
das posições de inclusão e exclusão social, ao menos ainda desempenha
em certos contextos o papel de mediadora central na relação política, o
que, em certas situações sociais, não é pouco. O registro em jornais e em
estudos de caso dá uma idéia de como a “cultura do favor” mantém forte
presença na política brasileira, alimentando, principalmente, relações
de clientela8.
É claro que quando falamos que parte da organização política bra-
sileira se faz por meio da mediação das relações pessoais é bom anotar
que tal característica não leva, como talvez ocorresse até o primeiro quar-
to do século XX, parte daqueles brasileiros envolvidos nessa forma a ter
suas vidas completamente sujeitadas à ligação e dependência de algum
chefe político local ou regional. Pode ser que em algumas localidades
dos sertões do Nordeste e do Norte brasileiros ainda tenhamos comuni-
dades onde se encontra a figura bastante poderosa do chefe político local
que à frente do poder político local faça uso dele para controlar as prefei-
turas e seus recursos, comumente as principais fontes de renda e empre-
go nessas localidades.
Porém, em cidades como Londrina, que oferecem uma estrutura
mínima de serviços públicos de caráter universal, como rede de saúde,
escolar e de assistência social, ancorados numa burocracia estatal con-
cursada, está inscrita ao morador pobre a possibilidade de ele não ter de
se sujeitar a “favores” de algum político “protetor”. Haveria a alternativa
de procurar soluções, mesmo que precárias, oferecidas de maneira im-
pessoal pela burocracia estatal e na forma de direitos. A disposição dessa
estrutura mínima de apoio estatal, somada à forma-mercado de organi-
zação das relações de trabalho, reduz em muito, embora não a extinga, a
existência de situações sociais em que o morador é inclinado à depen-
dência de relações pessoais, que facilitariam algum tipo de atendimento
às suas carências. Nesse sentido se pode falar que a relação pessoal não é
mais a principal estruturadora da organização política nacional.

7
Essa transição é tematizada, por exemplo, por Leal (1975).
8
Por exemplo, uma consulta ao Jornal Folha de São Paulo, realizada em 2005, em busca de
notícias sobre práticas de clientelismo nos 10 anos anteriores, ofereceu o espantoso número
de 700 notícias.

279
Não obstante, mesmo em uma cidade razoavelmente grande como
Londrina, com considerável desenvolvimento econômico e suporte de
serviços públicos, ocorrem inúmeras situações sociais em que a forte re-
lação pessoal com um político protetor local se constitui em condição de
grande relevância na estruturação das histórias de vida de algumas famí-
lias e, ainda, de pequena importância ocasional na de outras. Tal rele-
vância é ilustrada pela pauta das “ajudas” que o político estudado por
nós presta às famílias ligadas à sua rede de clientela: arranjo de emprego,
ajuda em comida, facilitação para a aquisição de moradia, acesso a ser-
viços médicos etc., além da inclusão numa suposta proteção (“Belinati é
nosso protetor”) que apareceria na forma particularista da representação
política junto à prefeitura garantida por Belianti àqueles que são “pes-
soal do Belinati”.

Vínculo de clientela como mecanismo


de busca por “reconhecimento” social

Parte dos argumentos de Jessé Souza para sustentar que as “formas


tradicionais” de organização são superadas pelo ethos capitalista podem
também servir para seu contrário: explicar como se produzem bases so-
ciais para o reaparecimento e reprodução daquelas “formas tradicionais”.
O autor pode estar correto ao observar “que não é o capital social de
relações pessoais e contatos que estrutura e hierarquiza indivíduos e clas-
ses nesse tipo de sociedade [de capitalismo periférico]” (2003: 34). Po-
rém, ele não explora outra possibilidade que é a de que o próprio capita-
lismo periférico que, ao gerar e apoiar-se em uma “ralé estrutural” – não
afetada pelo “habitus primário” específico do capitalismo do mesmo modo
que o são os incluídos –9 e nas condições materiais e subjetivas de ex-
clusão que a acompanham (produtoras de dependência, desamparo, “so-
lidão” social, precariedades de vários tipos), fornece as configurações so-

9
“Em sociedades periféricas seletivamente modernizadas como o Brasil, a modernização se
dá profunda e efetivamente nas dimensões institucional e valorativa. Ela se dá, no entanto,
ao contrário do caso europeu, com a integração apenas parcial da ralé” (Souza, 2003: 34).
“[...] um enorme exército de párias que [...] aceita as regras dominantes que os exclui e
marginaliza —, [daí tem-se] uma segmentação interna na própria dimensão do hábitus primá-
rio” (idem, 2004: 106-107). “Essa é a distinção fundamental com suas enormes conseqüên-
cias sociais e políticas” (Souza, 2003: 34).

280
ciais propícias10 que facilitam e estimulam essa “ralé”, na sua luta pela
sobrevivência, a recorrer a contatos, à relações pessoais e diretas com
certas autoridades políticas e a vínculos de clientela (busca pelo político
“protetor”).
As histórias a respeito dos primeiros momentos de contato entre o
político-clientelista (Belinati) e o eleitor-cliente é sempre um momento
definido pela situação de “necessidade”, de “carência” de algo por parte
desse eleitor e pela possibilidade de conseguir “ajuda” do político. Dessa
forma, fica evidente que a presença inicial de Antonio Belinati na vida
dessas pessoas liga-se às suas carências e às situações de desamparo social
que experimentavam na época do contato com ele. Em boa parte das
falas que colhemos, os entrevistados vêem o atendimento de suas de-
mandas como atos de “doação” particular e pessoal, realizados por Beli-
nati. Não associam esse atendimento às obrigações do Estado nem aos
“direitos” sociais e nem à fonte dos recursos que garantem a maioria das
“ajudas” e que seria, em última instância e de fato, o fundo público.
Atente-se para o fato de que, na modalidade de clientelismo que
viemos acompanhando, a maioria dos favores recebidos pelos clientes
(lembrados por eles em razão da relevância que tiveram na elaboração do
vínculo de clientela) é de favores de alto significado: emprego, moradia,
comida, ajuda médica, encaminhamento de aposentadoria, etc. Não são
brindes de campanha eleitoral. Esse aspecto é importante para supor-
mos que o favor que gera a obrigação e o vínculo duradouro não é qual-
quer ajuda, mas o “grande” favor. A magnitude do compromisso cliente-
lista, neste caso, relaciona-se diretamente à razão entre grau de necessi-
dade e tipo de ajuda recebida/prestada.
Não que os pobres sejam as “vítimas fáceis” da cooptação clien-
telista por causa da pobreza e de alguma suposta “ignorância política”.
Não é mecânica a relação entre pobreza e clientelismo. Outras va-
riáveis devem interferir para configurar uma situação social favorável a
essa correlação. Mas a composição da pauta de “favores” que os clientes
solicitam e recebem parece confirmar que a condição de carência é a
principal “porta de entrada” para a instalação de algum vínculo de
clientela quando se trata de membros das classes populares. A situação
de “carente” material parece funcionar mais ainda como essa “porta”
quando ela, por circunstâncias particulares, colabora para o apareci-

10
Ver Cardoso & Faletto (1970: 20-30).

281
mento de uma outra série de “sentimentos de carência” que se situam
no âmbito da afetividade, mas de uma afetividade ligada à condição de
membro da coletividade política geral, uma espécie de “afetividade
social”. Esta seria, nesse caso, marcada por sentimentos como o de
abandono social, desproteção social, desprestígio social, solidão e não-
reconhecimento sociais.
Pode-se inferir que o motivo da privação econômica seja poten-
cializado ao ponto de criar situações sociais que facilitam e estimulam
a adoção do vínculo de clientela como modalidade de relação política,
quando combinado com exclusão política e com a presença, entre as
pessoas envolvidas, do sentimento de baixa auto-estima social, de que
são desprezadas e não-reconhecidas socialmente, de que não recebem
atenção social da figura do Estado via direitos sociais e políticos. Para
Oliveira (1990: 60), o grau acentuado de exclusão social e política que
afeta certas camadas dos pobres brasileiros permite que se os identifi-
que como aqueles “que não tem presença”.
Por certo que tal classificação só pode ser feita se referenciada a
algum parâmetro que defina a fronteira entre uma e outra situação.
No caso da exclusão social, esse parâmetro são os próprios “direitos
sociais”. Assim, a situação de exclusão social diria respeito à situação
de “carência de direitos” (Losurdo, 2005: 23). Nessas situações sociais
marcadas pela exclusão social e política, a entrada em vínculo de clien-
tela pode vir a ser compreendida, também, como um movimento de
busca por alguma forma de reconhecimento social e político. Seria
uma busca, por parte do eleitor-cliente, por ser reconhecido, ser apre-
ciado, ser visto, sentir-se valioso. Socialmente, esse reconhecimento
ocorreria quando o eleitor-cliente se sentisse identificado com o políti-
co e representado por ele. Este, mesmo agindo através da mediação
pessoal e de relações de clientela e se expressando em nome do “po-
bre”, do “carente”, em nome daquele “que não tem presença”, não
deixa de aparecer, para o eleitor cliente, como figura institucional, quer
dizer, como figura ligada ao Estado e à esfera dos direitos.
De fato, os tipos de oportunidades de reconhecimento social
derivados do vínculo de clientela não são equivalentes à modalidade de
reconhecimento social cuja concretização mais palpável seria o acesso
aos “direitos”, em suas várias expressões: nos âmbitos individual, social
e político. Esses “direitos” significam o reconhecimento social de atri-
butos que identificam e definem um cidadão e que são aceitos e assu-

282
midos coletivamente. No sentido que melhor nos serve aqui, porque
destaca as implicações intersubjetivas da privação dos direitos,

[...] podemos conceber como ‘direitos’, grosso modo, aquelas pretensões


individuais com cuja satisfação social uma pessoa pode contar de maneira
legítima, já que ela, como membro de igual valor em uma coletividade,
participa em pé de igualdade de sua ordem institucional; se agora lhe são
denegados certos direitos dessa espécie, então está implicitamente associa-
da a isto a afirmação de que não lhe é concedida imputabilidade moral na
mesma medida que aos outros membros da sociedade. Por isso, a particu-
laridade nas formas de desrespeito, como as existentes na privação de
direitos ou na exclusão social, não representa somente a limitação violenta
da autonomia pessoal, mas também sua associação com o sentimento de
não possuir o status de um parceiro da interação com igual valor, moral-
mente em pé de igualdade; para o indivíduo, a denegação de pretensões
jurídicas socialmente vigentes significa ser lesado na expectativa inster-
subjetiva de ser reconhecido como sujeito capaz de formar juízo moral;
nesse sentido, de maneira típica, vai de par com a experiência da privação
de direitos uma perda da capacidade de se referir a si mesmo como parcei-
ro em pé de igualdade na interação com todos os próximos. [...] [A dene-
gação de direitos é um] tipo de desrespeito, que lesa uma pessoa nas
possibilidades de seu auto-respeito [e] constitui-se ainda um último tipo
de rebaixamento, referindo-se negativamente ao valor social de indiví-
duos ou grupos (Honneth, 2003: 216-217).

Anote-se, ainda, que quando falamos em “direitos” devemos lem-


brar que eles pressupõem o mais elementar deles e que é base para que
um sujeito tenha “condições de agir autonomamente com discerni-
mento racional”: o de ter “um certo nível de vida”, ou, noutros termos,
o direito a “uma medida mínima de formação cultural e de segurança
econômica” (Honneth, 2003: 193). Nesses termos, pela concessão des-
ses direitos é que é possível medir se um sujeito pode perceber-se como
membro-aceito de sua coletividade. Pela concessão de direitos pode-se
“reconhecer” uma pessoa como um membro de fato da sociedade, e
seria por ela que a pessoas poderiam estar seguras do valor social de sua
identidade. Portanto, quem age amparado pelo direito age amparado
pelo reconhecimento social prévio inscrito no próprio direito. E, é
nesse sentido que não ser reconhecido significaria não ter se tornado
membro, efetivamente, integrante e eficaz da sociedade.
Falar dos sentimentos de desprezo social, de desrespeito social,
de baixa auto-estima dos excluídos, implica em prestar atenção para o

283
significado social desses sentimentos. No caso que estudamos, deve-se
olhar para a relevância que eles têm como base motivacional para a
ação política do grupo envolvido nos vínculos de clientela. De acordo
com Honneth (2003: 220), “a experiência de desrespeito social” for-
nece aos sujeitos ou aos grupos sociais a experiência psíquica, ilustrada
por “reações emocionais negativas, como as que constituem a vergonha
ou a ira, a vexação ou o desprezo”, que pode motivá-los à “luta pelo
reconhecimento” social. Ou, noutra síntese, “a experiência de desres-
peito pode tornar-se uma fonte de motivação para ações de resistência
política” (idem: 224). De nosso lado, aproveitamos suas indicações
para sustentar que essa mesma experiência de “desrespeito social” pode
servir de “base motivacional”, também para a busca por reconheci-
mento pela via do vínculo de clientela e não, necessariamente, pela via
da luta política organizada.
Isso ocorre quando o sujeito é interpelado individualmente pelo
político que lhe oferece “atenção”, “carinho” e “ajuda”. Aqui, o reconhe-
cimento mediado pela pessoa do político tem um aspecto que extrapola
a dimensão social do reconhecimento (dada pelo fato de o “reconhece-
dor” ser uma figura institucional), que é o próprio aspecto individual do
reconhecimento proposto pela abordagem pessoal. Individualmente, isso
ocorreria pela aproximação e pelo contato direto, “atencioso” e “carinho-
so”, desenvolvido pelo político. Essa forma permite atingir, então, o re-
conhecimento da dimensão individual, particular, que também reclama
respeito, valorização e inclusão. Daí a força da abordagem pessoalizada
nas relações de clientela.

Ele [Belinati] quer estar no meio deles [dos carentes] para dar um
pouquinho de carinho para aquelas pessoas. Porque aquelas pessoas
carentes, se vêm uma pessoa ‘mais ou menos’ na casa deles, já se sentem
orgulhosas por isso aí. Elas não se sentem tão diminuídas.

Acontece também que o sujeito interpreta o conjunto das práticas


de “ajuda” do político como manifestação do fato de este último repre-
sentar os “pobres” e os “carentes”. Tais sentimentos provocam no eleitor
a sensação de pertencimento a um grupo, mesmo que seja o dos “humil-
des”, dos “pobres” ou dos “carentes”. Importa é que, agora, tem quem o
reconhece e quem o inscreve na representação política, mesmo que pela
via das relações clientelistas.

284
Eu, na minha maneira de avaliar, quando eu falo de Antonio Belinati,
eu falo de povo, porque ele é o povo. (...) Ele é o povo humilde, carente.
Ele é de assentamento, ele é desse pessoal pobre, baixa renda.

Quando o político o reconhece, mesmo que por meio da relação


pessoal do vínculo clientelista, o eleitor-cliente parece crer que é a pró-
pria política que o está admitindo. Ele, agora, existiria para a política
(“Com o Belinati as portas da prefeitura estão sempre abertas”). Pode
parecer, então, a “porta de entrada” para o acesso à satisfação de alguma
demanda. De qualquer modo, a demanda por reconhecimento é posta
no formato de “necessidade”, como “carência”, e seu atendimento é ofe-
recido pelo político como “ajuda” ou “favor” e reconhecido como tais,
também, pelo eleitor-cliente.
Os vínculos de clientela que observamos em nossa pesquisa tam-
pouco são atos portadores da manifestação de alguma racionalidade prá-
tica e imediata organizadora da troca mercantil do voto, orientada pelo
“espírito comercial” capitalista. Contrariamente a essa hipótese, os clientes
de Belinati formulam a relação política que mantêm com ele em termos
de “relação de amizade” e de “compromisso com o ajudante”, visto como
“pai” e “protetor”. Apresenta-se uma “economia moral” própria, rechea-
da de normas e valores da órbita das relações privadas. Vê-se que a leal-
dade que o eleitor revela ter com Belinati não é, prioritariamente, ideo-
lógica, no sentido de adesão a uma linha teórico-política, programática
ou pragmática. Mais parece uma lealdade claramente moral, assentada
em valores ligados às relações pessoais, sem esquecer que o compromisso
foi gestado a partir de “favores” recebidos do político pelos eleitores. Dá
para notar, por exemplo, a relevância com que aparece a idéia de que
Belinati mantém com o eleitor-cliente, antes de tudo, uma “relação de
amizade”.

Belinati não é uma pessoa só política. É uma pessoa muito amiga.


Tendo o Belinati como amigo então, você está tendo com você um
irmão, um pai, um tio. Então, ele se torna, com você, uma pessoa da
família, porque ele faz parte da minha família.

A condição de “carente”, a precariedade dos serviços públicos e a


dificuldade política para fazer valer os “direitos” sociais formam combi-
nações que abrem brechas tanto para a solicitação como para a oferta de
“favores” sob a mediação de um político clientelista e também, para a

285
instalação de relações paternalistas. Nessas combinações estará em vigên-
cia o intercâmbio assimétrico, que se oculta por detrás de uma enfática
retórica de “amizade” entre cliente e patrão e que discursa também sobre
a generosidade do político. Tal retórica é, reiteradamente, expressa pela
clientela e ajuda a compor a “economia moral” do clientelismo estudado.
Por certo que a “carência” de um lado e a posição de poder e
privilégio do outro, a priori, não podem constituir base para relações
sociais simétricas de troca quando envolvem pessoas de classes sociais
diferentes. Tais características, muito provavelmente, limitam, de fato, a
instalação de “relações de amizade” entre o político clientelista e o elei-
tor-cliente a essa assimetria real. O que se tem é um simulacro de amiza-
de. A retórica que insiste na ligação de “amizade” é enfática, contudo
fragilizada por sua relação com a ligação assimétrica, entre desiguais.
Mesmo assim, vê-se que tal retórica é significativamente forte para o
eleitor, por lhe permitir a produção de auto-imagens positivas no con-
texto da inserção na política local. É assim que, a “ajuda” prestada e a
“atenção” dispensada por Belinati se apresentam como os motivos mais
presentes no conjunto de razões expostas pelos eleitores-clientes para
justificar o vínculo político mantido com o político clientelista.
Aqui, a inserção dos entrevistados no mundo da política se dá por
meio do apelo à intimidade com a autoridade política que se firma com
a atração da relação política para o espaço da vida privada (visitas domés-
ticas, por exemplo) ou, ainda, o transporte para o espaço público de
valores e práticas da vida privada, conforme bem ilustrado no tratamen-
to que Belinati oferece quando eleitores-clientes vão à prefeitura. Nessas
situações, os códigos da vida privada participam da organização de al-
guns procedimentos do espaço público.

O seu Antonio [Belinati] nunca teve as portas da prefeitura fechada.


Sempre esteve aberta pra todo mundo. Então a gente era de dentro da
prefeitura, de dentro daquela casa, que era a casa do seu Antonio, era a
casa de todos, do povo de Londrina. Podia ser pobre, branco, preto,
feio, bonito, encardido, que sempre tava ali, junto com ele.

A consideração a respeito do quadro geral que engloba a consti-


tuição dos vínculos de clientela que observamos e o conjunto dos depoi-
mentos colhidos deixam evidente que o vínculo de compromisso do elei-
tor-cliente com Belinati deriva, principalmente, dos “favores” que ele
prestou à família e a conhecidos da família do eleitor. Vale destacar,

286
também, a “ajuda” na forma de “atenção” e “carinho” dispensada pelo
político em foco. Esses elementos sugerem a seguinte ordem de roteiro
para a construção do vínculo duradouro de clientela, envolvendo setores
das classes populares: carência material e de ordem subjetiva (do eleitor)
• “ajudas”, “favores” e “atenção/carinho” (do político) • instalação de
compromissos de débito (do eleitor) • apoio político duradouro ao polí-
tico por parte do eleitor (relações de “amizade”). O depoimento que
segue é muito elucidativo por conseguir ilustrar com detalhes a inteireza
desse roteiro.

Quando nós viemos do sítio, eu precisava de uma casa pra morar, por-
que a gente não tinha. A gente morava de aluguel (...), meu marido
encontrou com ele [Belinati] lá na cervejaria, que ele [Belinati] foi fazer
uma visita lá e meu marido trabalhava lá, mas ganhava muito pouco.
Aí, ele chegou lá e deu uma força pro meu marido no serviço, arrumou
outro serviço e aí ele trabalhava de dia e de noite, pra poder pegar uma
casa. Daí, na hora de pegar uma casa era aquela burocracia, porque não
tinha estudo, não tinha profissão, então tava difícil. Ele [Belinati] fez
inscrição pra nós, dessa casa aqui, sem nóis saber. [Enquanto isso] fica-
mos morando em dois cômodos ruim, ruim ... nóis sofremo bastante
naquela época. Daí chegou o dia de sair a casa. Num tinha dinheiro pra
tirar a casa. Ele [Belinati] me pôs pra trabalhar lá no Hospital Evangé-
lico, de cima em baixo, pra mim pegar o dinheiro de pegar essa casa.
Então, desde aí, ele [Belinati] já começou me ajudando e daí pra cá nós
pegamos amizade e isso já faz mais de quarenta anos. Se eu tenho onde
morar, agradeço a ele [Belinati]. Por isso eu nunca cuspo no prato que
eu como. (...) Portanto, eu não gosto de sair na rua e se um fala mal dele
eu brigo, fico brava. E, se ele candidatar novamente, se candidatar mil
vezes, mil vezes meu voto é dele enquanto eu puder votar.

É claro que esse “reconhecimento” proposto por Belinati pela via da


valorização da relação pessoal não significa, nem pretende por ele mesmo,
inscrever o eleitor-cliente na lista daqueles cidadãos que são cidadãos de
direitos. Mas, de qualquer maneira, o elogio que o eleitor-cliente faz às
formas de tratamento que Belinati oferece, sugere uma reclamação pelo
seu desejo de reconhecimento. Reiterando, embora expressem uma forma
de reclamar por reconhecimento, tais experiências não chegam a gerar
lutas sociais por reconhecimento. Ao contrário, facilitam a disposição dos
eleitores em entrar em vínculos de clientela pela aceitação e sobrevalori-
zação da “atenção” e “respeito” oferecidos pessoalmente pelo político. Por
isso podem ser vistas como uma espécie de “alternativa” às lutas sociais.

287
É assim que o vínculo que os eleitores-clientes constróem com
Antonio Belinati não pode ser visto como simples sujeição “natural”
derivada da pobreza e das necessidades materiais que esta gera, embora
tal “carência” produza “motivos” objetivos e diretos que podem estimu-
lar a entrada em vínculos do tipo clientelista. Mesmo o eleitor dessa
camada dos pobres estando submetido formalmente à instituição estatal
moderna e à regulamentação da vida política que ela carrega, parece-nos
comprometida e deficiente a capacidade desta instituição de afetar, em
conformidade com os “supostos” procedimentos universais e impessoais
do Estado e da política burguesa, integralmente o comportamento polí-
tico, quer dizer, a expectativa de ação política daquela parte dos pobres
que se encontra rigorosamente excluída da política.
Talvez encontremos, ainda, procedimentos organizados claramente
pelo elemento pessoal (procedimentos “tradicionais”) porque a moder-
nidade burguesa, no Brasil, sustentou-se e se sustenta na exclusão polí-
tica quase absoluta de uma parte dos pobres. Tal particularidade dessa
“modernização periférica” é que gera configurações sociais que facilitam
o aparecimento da prática do clientelismo ao produzirem sentimentos
de fraqueza e de desamparo social e de incapacidade política. Estas con-
figurações podem ser identificadas como a base social do clientelismo
que envolve membros das classes populares.
Na busca por alternativas de acesso ao atendimento de demandas
que, em tese, competem ser solucionadas pelo Estado e por suas políti-
cas públicas, esses pobres recorrem àqueles procedimentos e valores “atra-
sados” que não são estranhos à história da organização política e da cul-
tura política brasileiras quando estas envolvem os homens pobres no
Brasil11. Daí que esses procedimentos e valores podem ser reaproveita-
dos com adaptações nos contextos da “moderna” exclusão política brasi-
leira dos anos recentes.
Aqueles sentimentos facilitam e estimulam a busca por um políti-
co “protetor” que garanta o acesso a bens e serviços mínimos, que deve-
riam ser oferecidos como direito, mas que acabam chegando, quando
chegam, como “favor” ou “doação” do “protetor”, conformando débitos
e compromissos políticos assentados na mediação de relações pessoais. É
assim que a cooptação do “cliente” de Belinati é conquistada por meio
da ação em cima daquilo que é carência do eleitor e não em cima do
atendimento de direitos.
11
Ver Schwarz (1991).

288
Derivados dos vínculos de clientela, os direitos básicos ligados à
moradia, à propriedade, à alimentação, ao trabalho e à saúde são direitos
que chegam à parte desses setores populares como uma “dádiva” conce-
dida/conseguida pelo político protetor. Provavelmente é por isso tam-
bém que se o voto clientelista não escapa à condição de mercadoria,
acontece como uma mercadoria de tipo especial que carrega dentro de si
o tributo, a reverência do eleitor ao político-protetor.

Conclusão

Pode-se supor, com base em algumas observações, que a importân-


cia das relações pessoais na estruturação da vida política nacional não foi
imediata e simplesmente superada pelos procedimentos da representação
política de tipo liberal. A construção do domínio burguês e sua manu-
tenção, no Brasil, não dispensaram os mecanismos de domínio mais pró-
prios às formas patrimonialistas e até patriarcalistas, assentadas nas re-
lações pessoais. Observa-se que a maneira de funcionar a relação política
sob o vínculo clientelista é uma maneira que carrega, tanto nos procedi-
mentos como nas conseqüências, muitas características da forma de domi-
nação política de tipo patrimonialista, feitas as devidas ressalvas.
Vê-se que na prática política sob o clientelismo aparece uma sub-
cultura política com as seguintes características: 1) forte centralização
na figura pessoal do líder político. Esse traço implica, por parte do elei-
tor-cliente, a opção pela ação política realizada por meio do contato
direto com a instância Executiva da administração pública, desprezando
e criticando, quase sempre, a mediação burocrática institucional e for-
mal. Aqui, o apego do eleitor ao político-líder aparece como compro-
misso pessoal, sendo irreconhecível a filiação a um corpo de idéias, a um
Partido, projeto ou programa. Assim, a administração política é incluída
na esfera das relações pessoais e é ignorada como campo da esfera públi-
ca; 2) o cargo executivo é revestido de grande poder de decisão sobre o
atendimento das demandas requeridas; 3) tanto a pauta das demandas
postas pelo eleitor-cliente como as respostas a ela, têm a marca do parti-
cularismo; 4) o trato da ação política se dá como ação entre “amigos”
numa reatualização da política como ação entre “compadres”.
No caso das classes populares, em inúmeras situações é recorren-
do e se agarrando a essas formas que membros da “ralé” tem acesso à

289
satisfação de necessidades elementares à sua sobrevivência. Para a maio-
ria das famílias que foram entrevistadas, pertencentes à clientela de Be-
linati, o vínculo pessoal com o político ou com seu agente foi ou ocasio-
nalmente relevante ou fundamental para suas trajetórias de vida.
No mínimo, pode-se alegar que o processo de socialização dos
indivíduos dessas camadas –a “ralé” –, particularmente o de socialização
política, é afetado sobremaneira pela presença de práticas próprias das
“formas tradicionais” de organização das relações sociais. Deriva da “si-
tuação de precariedade existencial” vivida pelos setores pesquisados o
comprometimento da capacidade de sua autonomia política, o apego a
uma subcultura política definida em termos de uma “economia moral”
recheada de valores e normas da esfera privada e a própria precariedade
da forma de esfera pública que esses setores vivenciam. Por isso, pode
ocorrer que parte importante das iniciativas para o atendimento de suas
necessidades se dê pela via da mediação clientelista e quando ocorre no
espaço da esfera pública também acontece na forma de uma partici-
pação mediada pelos cabos e agentes eleitorais do “chefe” político.
Se já não é pela via dos procedimentos políticos “atrasados” que se
define os termos de quem será incluído ou excluído socialmente no Bra-
sil “moderno”, não há como ignorar, por outro lado, que aqueles proce-
dimentos “atrasados” continuam sendo fundamentais para organizar a
relação política em contextos em que a “ralé estrutural” busca o acesso
aos ‘restos’, e às sobras de direitos, o que é feito, muitas vezes, por meio
de práticas de clientela, sustentadas basicamente com recursos públicos.
É provável que o recurso insistente e destacado à intimidade por
parte do eleitor-cliente na relação com o político e que aparece como
marcadamente cordial (“atenciosa”, “carinhosa”), expresse, por uma via
alternativa de inserção política, o seu descontentamento com o não-
reconhecimento social e político derivado da política institucional e seu
descontentamento com a condição daquele “que não tem presença” no
cenário social e político. Noutros termos, decepção com a condição da-
quele que é mantido à distância das benesses sociais e da esfera pública e
que é esquecido nos bairros pobres e nas ocupações urbanas. Em síntese,
o descontentamento com a condição daquele a quem são negados os
direitos básicos.

290
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292
El movimiento orgánico de la estructura
de la sociedad argentina (1975-2007)

Nicolás Iñigo Carrera*

“Es el problema de las relaciones entre estructura y superestruc-


turas el que es necesario plantear exactamente y resolver para
llegar a un análisis justo de las fuerzas que operan en la historia
de un período determinado y definir su relación”.
Antonio Gramsci

Antonio Gramsci señala que “en el estudio de una estructura es


necesario distinguir los movimientos orgánicos (relativamente perma-
nentes) de los movimientos que se pueden llamar ‘de coyuntura’ (y se
presentan como ocasionales, inmediatos, casi accidentales)”; mientras
los análisis centrados en estos últimos “dan lugar a la crítica política
mezquina, cotidiana”, “los fenómenos orgánicos dan lugar a la crítica
histórico-social, que se dirige a los grandes agrupamientos, más allá de
las personas inmediatamente responsables y del personal dirigente”
(Gramsci 1986: 67).
El trabajo que aquí presentamos apunta a realizar, más que un
estudio del contexto socioeconómico y sociopolítico en el que se desen-
vuelven los procesos de luchas sociales y políticas en Argentina, una
descripción y análisis de ese movimiento “relativamente permanente”
que ha modificado la fisonomía de la sociedad argentina, aunque no su
naturaleza capitalista ni su condición de país dependiente. Argentina es
un país dependiente en el que las relaciones capitalistas se encuentran
muy extendidas: una sociedad donde el proletariado, en el sentido am-
plio del término, es la clase social más numerosa y donde específicamen-
te el proletariado industrial ocupa un lugar central en la actividad pro-

* Historiador. Investigador del Consejo de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONI-


CET). Profesor Titular de la UNCPBA. Investigador del Programa de Investigación sobre
el Movimiento de la Sociedad Argentina (PIMSA)

293
ductiva, a la vez que la dependencia como nación se incrementó después
de la guerra de 1982 y durante la década de 1990.
Si bien este trabajo está centrado en el análisis del capitalismo en
Argentina, con su temprana imposición de las relaciones capitalistas a la
mayoría de su población, muchas de las transformaciones señaladas aquí
pueden hacerse extensivas a otras sociedades latinoamericanas.
Cabe aclarar que, en la medida en que este trabajo se ocupa del
movimiento orgánico de la estructura económica de la sociedad, las rela-
ciones políticas y formas de la conciencia, solo serán abordadas cuando
resulte imprescindible para la compresión de aquel movimiento. Esto
no significa restarles importancia sino delimitar el campo investigado.
Los fenómenos sociopolíticos tienen, obviamente, una estrecha relación
con el movimiento orgánico, tanto como manifestación de este movi-
miento, como por su incidencia sobre él. Tanto la insurrección espontá-
nea de 2001 como las políticas gubernamentales desde 2003 solo pue-
den comprenderse cabalmente poniéndolas en relación con el movimiento
que aquí describimos. Su análisis lo hemos expuesto en otros trabajos.

El período

La situación política argentina en la década del setenta se consti-


tuyó por la confrontación entre tres fuerzas sociales, en diferentes grados
de desarrollo, que se fueron formando en las dos décadas anteriores y
que dirimieron en ese momento cómo sería la sociedad argentina a par-
tir de allí.
Esas tres fuerzas sociales, que expresaban los intereses contrapues-
tos de las clases sociales fundamentales en la Argentina del período,
bregaban por imponerlos al conjunto de la sociedad, postulando tres
formas distintas de organización social. La burguesía, personificación
del capital más concentrado, devenida oligarquía financiera1, entrelaza-
da con el capital concentrado a nivel internacional, acaudillaba a una
parte de la pequeña burguesía y de la burguesía agraria, y su programa
expresaba y propugnaba el desarrollo del capitalismo; ese programa for-
maba parte de la ofensiva capitalista desarrollada en todo el mundo des-

1
El concepto de oligarquía financiera refiere a la personificación del capital más concentra-
do, fusión en condiciones monopólicas del capital industrial (cualquiera sea el ramo pro-
ductivo en que opere) y el capital bancario.

294
de comienzos de la década del setenta para contrarrestar la caída de la
tasa de ganancia y el avance de las luchas obreras, populares y de libera-
ción nacional en la década anterior; esa ofensiva buscaba imponer la
economía de mercado, la apertura al mercado mundial y el libre juego
de la competencia que refuerza el poder monopólico del capital más
concentrado2. Este programa chocaba con el interés de la burguesía menos
concentrada y su defensa del mercado interno, y se proponía reemplazar
el andamiaje de subsidios y protecciones que desde el aparato estatal le
permitían a esta subsistir, para dirigirlo en favor de la propia oligarquía
financiera3. La segunda fuerza, que detentaba el gobierno nacional des-
de 1973, soñaba, al menos en su discurso, con un retorno a la Argentina
de 1945-1955 y se presentaba, en las nuevas condiciones de desarrollo
capitalista argentino, como continuidad de la alianza social que había
tomado la forma política de peronismo (con sus banderas de “patria
socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana”);
estaba conformada por la burguesía personificación de capitales menos
concentrados (aunque también tenía lazos con capitales transnaciona-
les) y la parte mayoritaria del movimiento sindical, que constituía su
base, aunque hubiera en él fracciones que buscaban ya un lugar en la
Argentina del capital financiero; su programa era una defensa (relativa)
de su territorio productivo y, fundamentalmente, el pacto social entre el
movimiento sindical y las organizaciones empresarias. La tercera fuerza,
que propugnaba la superación del capitalismo y planteaba como meta el

2
Esta ofensiva no se limitó a incentivar el desarrollo tecnológico ni a utilizar la fuerza
material para lograr victorias políticas y sindicales como la de Thatcher frente a la huelga de
los mineros en Inglaterra, la de Reagan frente a los controladores aéreos en los EEUU, o el
uso de la fuerza armada en América Latina. En el campo intelectual se desplegó utilizando
el discurso de la desaparición de la clase obrera, o al menos de la pérdida de su centralidad en
los procesos de luchas económicas y políticas, dirigido a debilitar y aislar las luchas de los
trabajadores.
3
Un elemento fundamental del capitalismo argentino contemporáneo, que se corresponde
con la centralización de la propiedad y la riqueza, es la nueva articulación entre el capitalis-
mo de Estado, dominante como estructura económica de la sociedad, y el capitalismo de
economía privada. Lo que define al capitalismo monopolista de estado en un país capitalista
es la regulación de la actividad económica por los grupos económicos monopolistas, me-
diante políticas de gobierno. El programa de la oligarquía financiera que en la década del
noventa se presentó como desregulación no fue más que un cambio en la forma en que la
economía está regulada. La nueva regulación se realizó por medio de un plan que asignó
espacios económicos a determinados capitales en detrimento de otros, fijó el tipo de cambio
y la política impositiva con sus consiguientes efectos sobre la distribución y apropiación
entre las fracciones burguesas de la riqueza producida, sujetó los aumentos de salarios al
incremento de la productividad y modificó las condiciones de trabajo (flexibilización) en
detrimento de los asalariados.

295
socialismo, tenía su base en una parte de la clase obrera y el pueblo,
incluyendo fracciones de la pequeña burguesía.
Las tres fuerzas contaban con cuadros sindicales y políticos y, dado
el estadio por el que transcurría la lucha, militares: como en la mayoría
de los procesos históricos en que se define la naturaleza de una sociedad,
cuando se pone en juego el lugar, y aun la existencia misma, de clases y
fracciones sociales, cuando se define la forma de organización social que
ha de regir por un período más o menos largo, las fuerzas sociales utili-
zan todos sus recursos y la situación se define mediante el uso de la
fuerza armada. La confrontación armada pasó a ocupar un lugar central
en las relaciones de fuerzas en Argentina, que transitaban su momento
militar4. De allí el proceso de guerra civil, más o menos asumida, más o
menos evidente, según los momentos, que se desarrolló en esos años5.
¿Por qué señalar el momento inicial del período en 1975? En junio de
ese año, durante el gobierno de Isabel Perón, la oligarquía financiera realizó,
por medio de sus cuadros políticos, un intento por imponer la política afín a
sus intereses, necesaria para adecuar a Argentina a las nuevas condiciones que
se imponían en el mundo capitalista; fue el llamado Rodrigazo6, anulado por
una masiva movilización obrera, en la que coincidieron tanto quienes tenían
como meta el pacto social como los que postulaban el socialismo.

4
Al señalar el “conjunto de reglas prácticas de investigación” para “el estudio de cómo se
deben analizar las ‘situaciones’”, Gramsci distingue tres momentos o grados de relaciones de
fuerzas fundamentales: 1) objetiva, de fuerzas sociales estrechamente ligada a la estructura;
2) de fuerzas políticas; 3) “de las fuerzas militares, inmediatamente decisivo en cada caso”.
“El desarrollo histórico oscila continuamente entre el primer y el tercer momento, con la
mediación del segundo” (Gramsci 1986 73).
5
Cabe aclarar que si bien confrontaban tres fuerzas sociales, existían múltiples y variados
entrelazamientos: en determinados enfrentamientos tendían a aliarse transitoriamente la se-
gunda y la tercera contra la primera (por ejemplo, en las postrimerías del gobierno militar de
la llamada Revolución Argentina en 1972-73, y frente al Rodrigazo en 1975). Pero la tendencia
conducía a que la lucha se dirimiera entre dos grandes bandos: el que defendía lo fundamental
de la forma de organización social vigente (donde confluían tanto las personificaciones del
capital industrial como del capital financiero) y el que pretendía una transformación radical de
la forma de organización social. Finalmente la fuerza conducida por la oligarquía financiera se
impuso sobre las otras dos, desplazando a una del gobierno y aniquilando a la otra.
6
Cumplido el lapso del Pacto Social firmado en 1973, debían renovarse los convenios
colectivos entre las cámaras empresarias y los sindicatos. El gobierno intentó fijar topes
salariales y el ministro de Economía Rodrigo, decretó una drástica devaluación del peso,
aumentos de entre 50% y 160% en tarifas (incluyendo las del transporte público) y combus-
tibles, y comenzó a autorizar fuertes aumentos en mercaderías en general. Las huelgas y
movilizaciones obreras se extendieron en todo el país, hasta llegar a las huelgas generales con
movilización del 27 de junio y el 7 y 8 de julio. Finalmente renunciaron el ministro Rodrigo
y el hombre fuerte del gobierno José López Rega.
7
El proceso de génesis y formación de ese programa se remonta al golpe de Estado de 1955.

296
En marzo de 1976 los cuadros militares de la fuerza social acaudilla-
da por la oligarquía financiera tomaron el gobierno7 para imponer lo que el
ministro José Martínez de Hoz denominó las “bases para una Argentina
moderna”, lo que más tarde fue llamado el modelo neoliberal. Impuesta esa
forma de organización por la fuerza de las armas, los siguientes veinticinco
años, hasta los comienzos del nuevo siglo, contemplaron su desarrollo y el
intento por construir el necesario consenso, en buena medida, sobre la base
del miedo. Cuando, a partir de diciembre de 1983, los cuadros militares en
función política fueron reemplazados en el gobierno por los cuadros políti-
cos, se desarrolló el dominio de la oligarquía financiera hasta llegar a hacerse
hegemónica después de las hiperinflaciones de 1989 y 1990. La construc-
ción de esa hegemonía tuvo sus hitos en la manera en que se resolvió la
guerra por las Malvinas, el acuerdo que permitió la salida del gobierno mi-
litar y las ya citadas hiperinflaciones. Esa hegemonía quedó afectada con los
hechos que culminaron en la insurrección espontánea de diciembre de 2001,
pero, aunque se modificó la alianza social en el gobierno, no puede descar-
tarse la recomposición de esa hegemonía.

La dirección predominante en
el desarrollo del capitalismo argentino8

Ese momento fue el punto de llegada de un largo proceso históri-


co. El desarrollo del capitalismo en Argentina fue precoz si se lo compa-
ra con el de otros países latinoamericanos9. La expansión del capitalismo

8
Las mediciones fundamentales presentadas en este trabajo son realizadas sobre población,
atendiendo a las relaciones sociales establecidas en la actividad productiva. El grado de
desarrollo del capitalismo está medido por la proporción de población involucrada en
relaciones salariales. El capitalismo se desarrolla en dos direcciones, que se combinan entre
sí: en extensión, sobre espacios sociales donde predominan las relaciones no capitalistas a las
que descompone y subordina, y en profundidad, sobre espacios sociales donde ya predomi-
nan las relaciones capitalistas. Según el momento histórico, una de estas direcciones predo-
mina sobre la otra. En el campo, la expansión del capitalismo en extensión lleva aparejada
la ocupación de nuevas tierras por la producción capitalista y la expansión en términos
absolutos de la población agrícola; la expansión en profundidad conlleva la expropiación de
pequeños propietarios, la disminución de los obreros ocupados en relación al capital inver-
tido y, consiguientemente, la expulsión de la población agrícola. Por eso, se puede tomar
como indicador de la dirección predominante en el desarrollo del capitalismo argentino el
crecimiento o decrecimiento en términos absolutos y relativos de las poblaciones agrícola
(inserta en la actividad agropecuaria) y rural (que vive en el campo).
9
A fines del siglo XIX más de la mitad de la población de Argentina era proletaria y
semiproletaria (Ortiz, 1964: 224).

297
predominantemente en extensión desde entonces hasta mediados de la
década de 1950, incorporó al dominio de la relación capital-trabajo
asalariado a crecientes masas de población y tuvo su correlato, en el
campo de las relaciones políticas, en el proceso de ciudadanización de
los trabajadores que culminó con el peronismo.
Los datos de los Censos Nacionales de Población permiten obser-
var que desde 1895 hasta nuestros días, la población rural y la pobla-
ción agrícola han perdido peso, en términos relativos, respecto del total
de población y de la población económicamente activa, respectivamen-
te; la dirección del movimiento ha sido siempre la misma, correspon-
diéndose con una tendencia conocida: en el régimen capitalista de pro-
ducción la población agrícola disminuye constantemente en relación a
la no agrícola (Marx, 1973: 573-595)10.

Cuadro N° 1
Argentina. Población rural y población agrícola 1895 – 2001

1895 1914 1947 1960 1970 1980 1991 2001


Población
rural 2.475.459 3.727.867 5.961.694 5.252.198 4.874.898 4.754.554 4.179.418 3.828.180
Población
agrícola 557.333 834.461 1.622.128 1.351.869 1.309.157 1.200.992 1.364.870 910.982

Fuente: Para Población Rural Censos Nacionales de Población. Para Población agrícola 1895 a 1980: Iñigo
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contradicción entre el campo y la ciudad), Buenos Aires, Cicso, 1987. Para 1991 y 2001: Cavalleri, Stella, Donaire,
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Argentina, 1960 - 2001; Buenos Aires, Pimsa, 2005.

Si se considera, en cambio, el crecimiento o decrecimiento de esa


población en términos absolutos la situación cambia:

10
Lo mismo puede observarse para América Latina considerada en el conjunto:
Cuadro 3
América Latina. Población rural/ población total y población agrícola/ población
económicamente activa 1950-2000

1950 1960 1970 1980 1990 2000


Población rural /
Población total 58,0 50,8 42,8 34,9 29,1 24,6
Población agrícola /
Población económicamente
activa 54,4 49,3 42,4 34,5 25,6 s/d

Fuente: Para Población rural: Cepal; http://websie.eclac.cl/sisgen/ConsultaIntegradaFlashProc.asp .


Para Población agrícola: Elaboración sobre datos de la misma fuente.

298
Hasta finales de los años cuarenta, tanto la población rural como
la población agrícola crecieron en términos absolutos; pero en 1960 ya
se verifica un movimiento descendente11. Puede plantearse, entonces,
que aproximadamente en la década de 1950 el desarrollo del capitalis-
mo argentino en extensión estaba agotado y que el desarrollo de las
fuerzas productivas requería, necesariamente, su desarrollo en profundi-
dad12, sobre territorios sociales donde ya predominaban las relaciones
capitalistas, con los consiguientes procesos de expropiación que reco-
rrieron a toda la sociedad durante las décadas del sesenta y setenta13.
Es el cambio en la dirección predominante en el desarrollo del
capitalismo el movimiento que subyace al proceso de formación de las tres
fuerzas sociales, con sus distintas metas, referida más arriba. Este desarro-
llo del capitalismo y de la confrontación se resolvió en la emergencia de la
oligarquía financiera como capa burguesa dominante: desde mediados de
la década del setenta logró imponer su interés al conjunto de la sociedad.
Si se compara la situación a comienzos del siglo XXI con la exis-
tente un tercio de siglo atrás, los resultados del desarrollo del capitalis-

11
Excepción es la población agrícola en el año 1991. Probablemente este crecimiento se
debe a un incremento de la modalidad latente de la superpoblación (Rosati, 2007).
12
Otros investigaciones han mostrado la misma tendencia, aunque limitándose a observar
los cambios cualitativos en el sector industrial, en la utilización extensiva o intensiva de la
mano de obra, la organización simple o compleja del trabajo y el liderazgo de industrias
productoras de bienes de consumo o de bienes intermedios y de capital (Peralta Ramos,
1978) o en el tipo de penetración del capital transnacional (Peralta Ramos, 1978; Cimillo
et al., 1973). Los indicadores de población rural y agrícola permiten referirse al conjunto del
capitalismo argentino.
13
Los mismos indicadores para América Latina permiten observar que un cambio en la
dirección predominante de la expansión capitalista podría estar produciéndose después de
1990; la población rural crece lentamente en términos absolutos hasta ese año, y solo
después tiene una muy leve caída; la población agrícola apenas crece entre 1980 y 1990.
Esto indicaría que mientras el capitalismo argentino agotó hace medio siglo la posibilidad
de expandirse principalmente en extensión, en América Latina esa posibilidad está o estuvo
vigente hasta hace muy poco. Este hecho debería tenerse presente al intentar explicar la
imposibilidad de Argentina de mantener el lugar que ocupaba entre los países más pujantes
del continente: dada su condición de país dependiente, la expansión del capitalismo en
profundidad genera contradicciones que no pueden descargarse sobre otros países
Cuadro 4
América Latina. Población rural y población agrícola 1950 – 2000

1950 1960 1970 1980 1990 2000


Población
rural 97.084.000 111.062.000 122.178.000 126.522.000 129.007.000 128.717.000
Población
agrícola 32.104.000 35.886.000 39.811.000 44.220.000 44.310.000 s/d

Fuente: Cepal; http://websie.eclac.cl/sisgen/ConsultaIntegradaFlashProc.asp

299
mo pueden sintetizarse: para la clase obrera y el conjunto de la masa
trabajadora y explotada, en máxima jornada de trabajo con mínimo sa-
lario y pérdida de condiciones de trabajo y de vida históricamente con-
quistadas. A lo largo de esos treinta años se desarrolló un proceso de
proletarización y pauperización de la mayoría de la población, repelida
de los espacios sociales que ocupaba, que se corresponde con un incre-
mento de la riqueza de que se apropia la personificación del capital más
concentrado (tenga asiento en el país o en el extranjero) y una parte de
la pequeña burguesía acomodada.
Pero, a la vez, esta expansión del capitalismo argentino es también
su descomposición, claramente manifiesta en el crecimiento de una po-
blación sobrante para las necesidades del capital14. Una masa de pobla-
ción, encubierta en la década del setenta y primera mitad de la del
ochenta bajo diferentes formas, entre ellas el empleo estatal15, se mani-
festó como creciente desocupación abierta a partir de 1988.
Según la información oficial, la tasa máxima de desocupación abier-
ta entre 1964 y 1987 apenas superó el 6%. En 1988 rompió ese techo
histórico y nunca volvió a sus niveles anteriores. Después de un breve
intervalo en que rondó entre el 7% y el 9%, volvió a crecer hasta alcanzar
el 18,4% en 1995, triplicando así su máximo histórico. Cuando bajó
levemente al 13,2% en 1998, lo que fue presentado como un gran triunfo
por el gobierno, la tasa de desocupación abierta más que duplicaba el
máximo histórico. Desde entonces volvió a subir hasta alcanzar un nuevo
máximo oficial, en mayo de 2002, de 21,5%; pero el mismo gobierno
reconoció, a comienzos del año siguiente, que la tasa de desocupación
abierta alcanzaba a casi una cuarta parte de la población económicamente
activa. Después descendió: según las cifras oficiales, en el segundo trimes-
tre de 2005 era de 12,1% (aunque debe tenerse presente que la tasa ofi-
cial considera ocupados a quienes reciben el subsidio para Jefas y Jefes de
Hogar desocupados; si se los considera desocupados la tasa alcanzaba al
15,7% de la PEA); desde entonces siguió descendiendo hasta llegar, en el
segundo trimestre de 2007, a 8,5% (excluyendo los subsidiados) y casi el
10% si se incluye a éstos entre los desocupados.

14
Descomposición no es sinónimo de desaparición ni de caída: la descomposición de una forma
de organización social remite a la dificultad de su reproducción en las relaciones que le son
propias y puede durar siglos.
15
El gobierno militar redujo la desocupación “ya que cada desocupado era un guerrillero en
potencia” (Alemann, 1996).

300
En cualquier caso la argumentación es irrelevante cuando nos re-
ferimos a la magnitud de la población sobrante para el capital: si antes
una parte estaba encubierta bajo el empleo estatal, después apareció
como población “subsidiada”. Debe recordarse que estos subsidios, con
distintos nombres (Caja PAN, Plan Trabajar, Plan Jefas y Jefes de Hogar,
Plan Familias, Manos a la obra, Programas Nacionales de Empleo-PEC,
y muchos otros) se sucedieron desde la década de 1980, mostrando que
una importante proporción de la población argentina, expropiada de
sus condiciones materiales de existencia, tampoco puede obtener sus
medios de vida bajo la forma del salario. Es decir, que no puede repro-
ducir su vida en las relaciones sociales propias del sistema capitalista y
constituye esa capa que, sumida en el pauperismo y subsidiada, es cons-
tituida como “pauperismo oficial”.
Otra manifestación de la superpoblación relativa la constituye el
llamado subempleo o subocupación horaria16. Los índices de subocupa-
ción registran un movimiento de la población similar al de la desocupa-
ción abierta, con pequeñas variaciones en los años en que se producen las
alzas y bajas. Si a los índices de desempleo se suman los de subempleo,
puede percibirse el incremento de la parte más visible de la superpobla-
ción relativa: 7,1% del total de la fuerza laboral en 1980; 13,8% en 1990;
29,7% en 1995; 34,6 % en 2001; 34,4% en 2003. La evolución de la
tasa de desocupación (lo mismo que la de subocupación), sigue las alter-
nativas del ciclo económico: los momentos pico de la desocupación co-
rresponden a momentos de estancamiento y crisis económica (1989/90,
1995, 1998/2003). Sin embargo, si se observa el movimiento general, se
advierte que la tendencia es a la consolidación de una desocupación abier-
ta: desde fines de la década del ochenta, en los momentos en que llega a su
mínimo (1998, 2007) la proporción de población desocupada supera
ampliamente los máximos del momento anterior; y cuando llega a su
máximo (1995, 2002) los triplica o cuadruplica.
Este constituye un rasgo del capitalismo argentino que señala que
ha sufrido un cambio estructural. Una estimación gruesa (y provisoria)
de la proporción de ese volumen de población sobrante para el capital
podría alcanzar a las 2/3 partes de la población de Argentina (Iñigo
Carrera y Podestá, 1997). No se encuentra toda desocupada ni subocu-

16
Quienes, estando ocupados, trabajan “menos de treinta y cinco horas semanales y desean
trabajar más” (INDEC, Encuesta Permanente de Hogares).

301
pada. Recuérdense, a título de ejemplo, algunas de las estimaciones rea-
lizadas al respecto por cuadros del capital más concentrado: además de
la frase atribuida a Ricardo Zinn en el sentido de que la economía ar-
gentina solo podía dar cabida a algo más de diez millones de habitantes,
pueden verse trabajos como el de Livio Kühl, que en 1980 estimó el
“empleo redundante”, incluyendo en él a una parte de los empleados
públicos (Kühl et al., 1983); veinte años después, en 2001, entre las
propuestas para resolver la recesión de la economía argentina, estuvieron
la de despedir cien mil empleados públicos, que hizo durante su meteó-
rico paso por el ministerio de Economía, Ricardo López Murphy; y la
del presidente del FMI, Hoerst Koehler, que reclamó despedir a 450.000.
La repulsión de población por el capitalismo argentino puede ob-
servarse también en los procesos migratorios que transformaron a un país
históricamente receptor de población en un país expulsor. Una investiga-
ción realizada estimó en alrededor de 600.000 los argentinos emigrados
entre 1960 y 1980 (Bertoncello et al., 1985)17. Hoy la estimación oficial
del ministerio del Interior alcanza a 750.000 (Pisani, 2004)18.

Los grupos sociales fundamentales

El proceso de desarrollo capitalista al que nos hemos referido ge-


nera tres procesos que cambian la situación de los grupos sociales funda-
mentales. Se produce una centralización de la propiedad y la riqueza en
menos manos, que se corresponde con una repulsión de población de los
espacios sociales que ocupaba; este proceso de repulsión se manifiesta en
la pauperización y proletarización de grandes masas de población con
crecimiento de una miseria consolidada.
Sin embargo, no fue esa la lectura de la realidad que predominó.
Como ya se dijo la imposición de las nuevas condiciones (extensión de la
jornada de trabajo, disminución de los salarios, precarización de las con-
diciones laborales, enmascaramiento de las relaciones salariales bajo diver-
sas formas de “propietarios independientes” o “cuentapropistas”) necesa-
rias para contrarrestar la caída de la tasa de ganancia fueron acompañadas
por un discurso dirigido a debilitar y aislar las luchas de los trabajadores:

17
64,4% correspondería a emigrados entre 1976 y 1984 y el 35,6% a los 17 años anteriores.
18
Pisani atribuye erróneamente la totalidad de la emigración a la crisis de 2001.

302
la clase obrera disminuía, desaparecía. En Argentina se llegó a presentar el
crecimiento del número de trabajadores por cuenta propia como un flore-
cimiento de la clase media y la pequeña propiedad (Mora y Araujo, 1983),
apoyando esa afirmación en la disminución del porcentaje de asalariados
dentro de la PEA (72% en 1960; 73,8% en 1970; 71,5% en 1980;
64,6% en 1991); una lectura simple de la información censal, que ni
siquiera tenía en cuenta el crecimiento en términos absolutos de los asala-
riados (5,190.790; 6,380.500; 7,147327; 7,980.327), reforzaba la ima-
gen de desaparición del proletariado19. El crecimiento en la proporción
de asalariados registrado por el censo de población de 2001 destruyó in-
cluso esta lectura sobre la estructura social argentina y, poco después, los
datos de la Encuesta Permanente de Hogares que elabora el Instituto
Nacional de Estadística y Censos, mostraron también que el 80% de la
población económicamente activa urbana se encontraba ocupada y que
casi las tres cuartas partes de esa población eran registrados como asalaria-
dos. Si a ellos les sumamos la inmensa mayoría de los desocupados (por
definición expropiados de sus condiciones materiales de existencia y por
ende proletarios) y la parte de los trabajadores por cuenta propia que son
asalariados encubiertos –alrededor del 25,6% para el conjunto de los aglo-
merados urbanos (Donaire, 2004)–, podemos ver que el proletariado le-
jos está de haber desaparecido.
Una distribución de la población en Grupos Sociales Fundamen-
tales, realizada a partir de la misma información censal pero que supere
el uso simple de las categorías ocupacionales, permite observar el cam-
bio en los pesos relativos de esos Grupos, y el desarrollo de los tres
procesos (centralización, pauperización, proletarización) señalados20:

19
Esta lectura requería asimilar la categoría censal Asalariado a Clase Obrera, ocultando
que son muchos los expropiados de condiciones materiales de existencia ocultos bajo la
categoría censal Trabajador por Cuenta Propia, aunque el constante cambio de patrón les
haga aparecer su situación como independiente o su salario se registre como precio u
honorario por un servicio.
20
Las distribuciones fueron hechas tomando la información de los Censos de Población (los
cruces de las distribuciones por Categoría Ocupacional, Grupo de Ocupación y Rama de
Actividad) redistribuyendo la población económicamente activa en Grupos Sociales. Si
bien puede haber diferencias entre los censos en cuanto a la calidad de los registros y algunos
cambios en las categorías censales, los agrupamientos construidos mantienen la comparabi-
lidad. Cuando fue imposible realizar el proceso de redistribución de las categorías censales
a los grupos definidos según los criterios teóricos utilizados, manteniendo, además, la
comparabilidad, se ubicó a esa población en la categoría No clasificable. Los Grupos Sociales
Fundamentales están definidos por su posición (propiedad) y función. El desarrollo de la
metodología con que se construyeron las distribuciones está en (Iñigo Carrera y Podestá
1985).

303
Cuadro N° 2
Argentina. Los grupos sociales fundamentales (1960 - 2001)

1960 1980 1991 2001


Nº % Nº % Nº % Nº %
Gran burguesía 182.871 2,8 64.018 0,7 65.863 0,5 71.466 0,5
Pequeña burguesía
acomodada 1.162.983 17,9 1.254.174 12,9 2.444.897 18,6 2.475.828 16,5
Pequeña burguesía
pobre 715.158 11 1.573.905 16,2 2.566.921 19,5 2.103.069 14,0
Proletariado y
semiproletariado 4.447.935 68,3 6.820.040 70,2 8.100.692 61,5 10.356.575 69,0
Total distribuido 6.508.947 100 9.712.137 100 13.178.373 100 15.006.938 100
No clasificable 915.577 424.785 23.827 257.845
Total 7.424.524 10.136.922 13.202.200 15.264.783

Fuente: Para 1960 y 1980: Iñigo Carrera y Podestá (1985) Para 1991 y 2001: Donaire y Rosati (inédito). En todos los
casos se trata de elaboraciones sobre datos de los Censos Nacionales de Población.

La gran burguesía se reduce drásticamente primero (aunque en


parte por cambios en el registro censal) y después mantiene su peso
relativo. La pequeña burguesía considerada en conjunto a lo largo de
todo el período muestra una tendencia al empobrecimiento: la pequeña
burguesía acomodada, aunque disminuye drásticamente su peso relati-
vo entre 1960 y 1980, oscila posteriormente en porcentajes cercanos al
de 1960, con tendencia a disminuir. La pequeña burguesía pobre au-
menta drásticamente su peso relativo entre 1960 y 1991 (en parte por
la manera en que el Censo registró y ordenó la información), y cuando
disminuye en 2001 queda por encima de su peso relativo original. Con-
sideradas en conjunto, la gran burguesía y la pequeña burguesía acomo-
dada pierden peso relativo y consiguen apropiarse de mayor riqueza so-
cial, mientras una parte de la pequeña burguesía padece un proceso de
pauperización y/o proletarización. Debe tenerse presente que una parte
importante y creciente de la pequeña burguesía acomodada (principal-
mente docentes y profesionales) se encuentra enlazada en relaciones sa-
lariales: en 1960 el 61% de los agrupados en la pequeña burguesía aco-
modada eran “pequeños y medianos patrones”, proporción que dismi-
nuyó a 42% en 1980 y 27% en 2001, mientras que los “Intelectuales
en funciones auxiliares asalariados” crecieron desde 31% en 1960 a 41%
(1980) y 58% (2001) (Donaire, 2007).

304
El proletariado y semiproletariado, aun sin agregarle la porción de
pequeña burguesía en proceso de proletarización, es el grupo social más
numeroso y el que más crece en términos absolutos, más que duplicando
su volumen entre 1960 y 2001. Su peso relativo se mantiene más o me-
nos similar, excepto en 1991, cuando registra una fuerte caída, que puede
deberse a que el censo registró como “Trabajadores por cuenta propia” a
un volumen importante del trabajo asalariado encubierto y a un cambio
en el Clasificador de Ocupaciones, pero también puede ser manifestación
del momento de pasaje (crisis) hacia la consolidación de la nueva estruc-
tura económica de la sociedad; consumado ese pasaje las relaciones salaria-
les vuelven a manifestarse como tales, lo mismo que la superpoblación
relativa. Al peso relativo del proletariado y semiproletariado.
Como ya se dijo, a la vez que se produce ese proceso de proletari-
zación de masas de la población, un volumen creciente del proletariado
es lanzado a la situación de población sobrante para las necesidades de
fuerza de trabajo del capital. Para la parte de la clase obrera (los expro-
piados de sus condiciones materiales de existencia que solo pueden ob-
tener sus medios de vida bajo la forma del salario, los obtengan o no)
que consigue vender su fuerza de trabajo, la vida en la “Argentina mo-
derna” puede resumirse en “máxima jornada de trabajo con mínimo
salario”. A la vez, crece la parte que, imposibilitada de obtener esos me-
dios de vida, se hunde en el pauperismo, mientras aumenta la miseria
consolidada.
¿Qué cambió dentro del proletariado? Si circunscribimos la mira-
da a la fracción que constituye el proletariado industrial, veremos que en
1980 era aproximadamente el 21,4% (1,462.540) de aquel grupo so-
cial. Si observamos su movimiento desde 1960 (haciendo una aproxi-
mación menos precisa y considerando a los asalariados –no todos son
obreros– de las ramas industriales: Industria manufacturera, minas, elec-
tricidad gas y agua, transporte, almacenamiento y comunicaciones) ve-
remos que hasta la década de 1990 crecieron levemente en términos
absolutos y desde la década del noventa perdieron una cuarta parte de
su número: en 1960 eran 1.907.862, en 1980 2.065.501, en 1991
2.097.263 y en 2001 1.530.075. Observado en relación con su peso
dentro del conjunto de asalariados ocupados resulta más evidente la
caída constante (36,7%, 28,9%, 26,3% y 20%), hasta ser una quinta
parte, tendencia que se ha revertido en la actualidad: debe tenerse en
cuenta que el último registro censal se hizo en el momento en que la

305
depresión y estancamiento económico llevaban cuatro años, más nota-
bles aún en la industria. Si se los considera poniendo su número en
relación con el total de asalariados ocupados y desocupados en 2001, su
peso relativo es aún menor: 12,7%. Este último dato permite observar
que la caída en términos relativos no solo está mostrando una disminu-
ción en el número del proletariado industrial sino, más aún, el creci-
miento de otras capas de la clase obrera, en especial la superpoblación
relativa. El principal cambio se ha dado, pues, en las proporciones entre
el activo y la reserva de la clase obrera. Crece la superpoblación relativa
(sobre todo en su modalidad estancada o intermitente), con lo que tam-
bién cambian las condiciones en que se desarrolla su existencia.

La década de 1990

Las condiciones del desarrollo capitalista generadas a mediados


de la década de 1970 alcanzaron su culminación veinte años después,
cuando la Argentina fue considerada como modelo en los centros econó-
micos e intelectuales internacionales del gran capital.
En la década del noventa se profundizaron y/o extendieron (sobre
todo en las ramas más dinámicas de la producción: petroquímica, mine-
ría, automotriz, siderúrgica) las tendencias propias de la gran industria:
subordinación del factor subjetivo al factor objetivo, aumento de la fuerza
productiva del trabajo, homogeneización de la calificación del obrero y
apropiación de su saber por el capital. Tuvieron mayor desarrollo las
innovaciones en la organización del proceso de trabajo que en los me-
dios de trabajo, pero ambas confluyeron en el incremento de la intensi-
dad del trabajo (Fernández, 2001). Durante la década de 1990 aumen-
tó la productividad del trabajo, medida por trabajador ocupado, desde
un índice de 74,2 en 1990 hasta alcanzar a 99,3 en 1996, prácticamen-
te igualando la base de 1980=100, cuando esa productividad se asegu-
raba con el uso de la fuerza militar. También se extendió la jornada de
trabajo, incrementándose la sobreocupación (jornada laboral de más de
45 horas semanales): si en 1989 el 33% de la PEA se encontraba so-
breocupada, en 1998 era el 42,5%; en 2001, con tres años de recesión,
apenas había bajado al 38,5%, y en 2002, durante la más prolongada y
profunda crisis económica todavía se mantenía en 28,8%.
El crecimiento de la superpoblación relativa, al incrementar la

306
oferta de trabajadores disponibles, presionó sobre los trabajadores en
activo y mantuvo bajos los salarios, reemplazando como mecanismo eco-
nómico a la coacción extraeconómica aplicada entre 1976 y 1983, cuando
las medidas contra el movimiento obrero organizado sindicalmente (di-
solución de la CGT, intervención de sindicatos, detención de dirigen-
tes, secuestro y desaparición de militantes) fueron acompañadas por la
presencia de tropas en las fábricas y la prohibición de “paro, interrup-
ción o disminución del trabajo o su desempeño en condiciones que de
cualquier manera puedan afectar la producción” (Anales, 1976).
Si se considera a 1970=100, se observa que en 1976 el índice del
salario real alcanzaba a 126, para descender un año después a 76. Desde
entonces, los salarios permanecieron bajos: tuvieron un alza en 1984 y
un descenso en el resto de la década, que se acentuó fuertemente en el
contexto de las hiperinflaciones, para, con algunas oscilaciones, mante-
nerse aproximadamente en esos niveles o por debajo, sobre todo en la
segunda mitad de los noventa. La crisis de fines de 2001 los redujo aún
más. Los aumentos de emergencia dispuestos en 2002 no alcanzaron a
cinco millones de trabajadores (estatales, servicio doméstico, agrarios ni
excluidos de convenios laborales). Estos salarios recién comenzaron a
recomponerse a partir de 2003, pero sin salir de los bajos niveles im-
puestos desde 197621.
Buena parte de los asalariados corresponde al trabajo no registrado
o en negro, desarrollado fuera de toda protección legal, en condiciones
de inestabilidad y precariedad, que es otro rasgo que se ha incrementado
en la década considerada. En el Gran Buenos Aires creció del 26,7% en
1990 al 36% en 1998 y 40% en el 2000.
Siendo que alrededor de las tres cuartas partes de la PEA obtiene
sus medios de vida bajo la forma de salario, el crecimiento de la desocu-
pación y la subocupación y la baja en los salarios, incrementó el paupe-
rismo. Según datos oficiales, en 1974 solo el 2,6% de los hogares (5,8%
de la población) estaba por debajo de la línea de pobreza; en 1980 se
encontraba en esa situación el 7,5% de los hogares, y alcanzó el 35,3%
en el contexto de la crisis de 1989/90; descendió hasta 11,9% en 1994

21
Otra serie (1960 = 100) de índices de salario en la industria (los obreros mejor pagados)
muestra que cayó de 141 en 1974 a 85,8 en 1978. Se mantuvo debajo de 100 (con
excepción de 1980), alcanzó a 130 en 1984 y cayó desde entonces para llegar a 76,6 en 1991
y ubicarse alrededor de los 80 puntos hasta 2002, en que cayó a 62. En 2004 estaba
nuevamente en 81,8. (Iñigo Carrera 2002).

307
(es decir, entre cuatro y cinco veces más que en los setenta), y volvió a
crecer desde 1995. Según datos del INDEC, en octubre de 2001, supe-
raba el 40% de la población (61,3% en el NEA, el 51,4% en el NOA),
y en mayo de 2003 eran más de 18.720.000 personas (54,7% de la
población); el número de indigentes (que perciben un ingreso que no
permite satisfacer las necesidades alimentarias) era de 9 millones (26,3%
de la población).
Según la Consultora Equis, aunque la crisis de finales de los no-
venta alcanzó a todas las clases sociales, hubo una profundización de la
distribución regresiva del ingreso: entre 1974 y 2001, en la ciudad de
Buenos Aires, el 10% más rico de la población pasó de recibir el 37,5%
del ingreso a recibir el 52,6%, mientras el 10% más pobre pasó del
2,1% al 0,3% (Stang, 2002).

La salida de la crisis: 2003 - 2007

Una parte de la meta expresada en la insurrección espontánea de


diciembre de 2001 (y también del complot en la fracturada cúpula de
la burguesía) se manifestó en un cambio en las políticas de los gobiernos
posteriores, especialmente a partir de 2003. La devaluación implemen-
tada en 2002, el congelamiento de tarifas de los servicios públicos, la
extensión de los subsidios a los desocupados y a diversas actividades, la
renegociación del monto de la deuda pública con una fuerte quita, im-
pulsaron la actividad económica, como lo indica el crecimiento del PBI
a tasas de alrededor 9% anual durante cinco años seguidos.
En el primer trimestre de 2004 la tasa oficial de desocupación abierta
era de 14,4% (alrededor de 2,18 millones desocupados); pero si se consi-
deraba a los que recibían planes sociales por estar desocupados y que bus-
caban empleo, ascendía a 17,4%; y si se consideraba a todos los beneficia-
rios de planes sociales, buscaran o no empleo, ascendía a 19,5%. A ellos
había que sumar 2,38 millones de subocupados (Stang 2004). Tres años
después la situación aparecía drásticamente modificada: en el cuarto tri-
mestre de 2006, la tasa oficial había bajado, por primera vez en 13 años,
a un dígito: 8,7% (1,37 millones de desocupados). Pero, si se sumaba a
los beneficiarios de planes sociales la tasa de desocupación era de 10,1%
(9,3% si solo se sumaba a los que buscaban empleo). A ellos había que
sumar 1,71 millones de subocupados (10,8%). Esta tendencia descen-

308
dente se mantuvo: en el segundo trimestre de 2007 la tasa de desocupa-
ción abierta era de 8,5%, excluyendo a los beneficiarios de planes sociales,
y de 9,8% si se los incluía como desocupados. A pesar del drástico descen-
so, las tasas de desocupación se encuentran bien por encima de los máxi-
mos anteriores a mediados de la década de 1970, a los que casi duplican.
Esto es indicador, como ya dije, de un cambio cualitativo en el capitalis-
mo argentino a partir de mediados de los setenta.
A la vez, tanto el momento de expansión económica como la po-
lítica gubernamental hicieron descender el empleo no registrado, que
en 2003 había superado el 50%: en agosto de 2007, el empleo registra-
do (empleo en blanco) llevaba cincuenta y cuatro meses consecutivos de
crecimiento; pero, aún descendiendo, el empleo no registrado alcanzaba
al 41,6% de los trabajadores (diario La Nación, 2007 a).
El momento ascendente del ciclo económico también se vio refleja-
do en los salarios, tanto por aumentos fijados por decretos gubernamenta-
les como en las negociaciones paritarias entre sindicatos y cámaras empre-
sarias (que en 2004 alcanzaron a 1.100.000 trabajadores, en 2005 a
1.955.000, en 2006 a 3.260.000 y entre enero y agosto de 2007 a
3.326.000) o empresas (122.000 trabajadores en 2004, 162.000 en 2005,
240.000 en 2006 y 236.000 entre enero y agosto de 2007 (Stang, 2007
a). A la vez el gobierno realizó cambios impositivos que significaron un
incremento de los ingresos nominales para unos 800.000 asalariados (diario
La Nación, 2007 b). Según datos del Ministerio de Trabajo, el índice de
salario promedio de los trabajadores de empresas privadas, que había des-
cendido abruptamente en 2002 comenzó a recuperarse (2001: 100; 2003:
83; 2004: 91; 2005: 97; 2006: 106), pero, aunque en 2006 superaba el
de 2001 y llegaba al nivel de 1998, se mantenía en los niveles establecidos
desde mediados de la década de 1970.
El aumento del empleo y de los salarios se refleja en los índices de
pobreza: según la medición oficial (hoy muy cuestionada por las modi-
ficaciones introducidas en el registro de datos con que se elabora el índi-
ce de precios al consumidor y, por consiguiente, en la determinación del
costo de la canasta básica) la pobreza, que en 2003 alcanzaba al 47,8%
de la población urbana, cayó en el primer semestre de 2007 al 23,4%
de esa población; la indigencia cayó de 20,5% a 8,2% (Galak, 2007 y
Stang, 2007 b). Estimaciones no oficiales, con otras estimaciones de
inflación, aumentan esos índices. Recordemos que en 1974 solo era pobre
el 5,8% de la población.

309
Una nueva disposición de fuerzas objetiva22

En este trabajo hemos mostrado los cambios en la estructura so-


cial argentina a partir de mediados de la década del setenta, su culmina-
ción en la de los noventa y el aparente freno a las tendencias señaladas,
después de la crisis que tuvo su manifestación más estruendosa en 2001.
Lejos de desaparecer o disminuir la clase obrera, en el último cuarto
de siglo se ha incrementado la masa despojada de sus condiciones mate-
riales de existencia y, dentro de ella, de aquellos que tampoco pueden
obtener sus medios de vida necesarios mediante el salario: el pauperismo.
Ha habido un cambio estructural en la proporción entre la parte activa de
los trabajadores asalariados y la parte sobrante para las necesidades inme-
diatas del capital: los niveles más bajos de desocupación desde la década
del noventa casi duplican los niveles más altos hasta la del ochenta; ese
volumen de desocupados ha dejado de ser un fenómeno coyuntural.
Pero el cambio en esas proporciones no ha producido una novedosa
fragmentación de la clase obrera, que desde sus orígenes ha tenido fraccio-
nes y capas, desde la aristocracia obrera hasta el pauperismo: el proceso
desarrollado parece más bien mostrar una tendencia a la homogeneización
de la masa trabajadora (que incluye a una parte de la pequeña burguesía)
en condiciones semejantes de inestabilidad laboral, más frecuente y más
prolongada desocupación, bajos salarios, máxima jornada laboral y pérdi-
da de condiciones de trabajo socialmente consideradas dignas.
Proletarización y crecimiento del pauperismo para la mayoría de
la población, con el consiguiente crecimiento de la riqueza centralizada
en menos manos son los rasgos del capitalismo argentino desde media-
dos de la década del setenta.
¿Como denominar a esta estructura? Si de caracterizar la estructura
social se trata, no deberíamos buscar la respuesta en el ámbito de las polí-
ticas de gobierno ni en el de las ideologías sino en el mismo ámbito de lo
económico social, de las relaciones allí establecidas. Y allí lo que encontra-
mos es una profundización del capitalismo, con la consiguiente polariza-
ción, que la condición de país dependiente impide descargar sobre otros
pueblos. Cabe aclarar que no estoy diciendo capitalismo dependiente, ca-
racterización errónea en tanto el capitalismo como sistema es uno. Al ha-
blar de desarrollo del capitalismo en países dependientes debería conside-

22
Gramsci definía la situación de la estructura económica como una “disposición de fuerzas
sociales objetiva”.

310
rarse la caracterización de la fase actual del capitalismo mundial, que,
como se afirma desde distintas vertientes del pensamiento contemporá-
neo, habría entrado en aquella década en una nueva fase. En Argentina,
esta fase muestra claramente la incapacidad del capitalismo para garanti-
zar la reproducción de la vida de un volumen importante de la población,
en condiciones consideradas socialmente normales. De allí la caracteriza-
ción del momento, más allá de los intentos por frenar la tendencia y paliar
sus efectos, como de descomposición capitalista.

311
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313
314
El proceso de reconstitución del partido
del orden en Latinoamérica actual.
El caso argentino (2002-2004)

María Celia Cotarelo*

Introducción

Cada vez que las masas irrumpen tumultuosamente en la escena


política, desbordando el sistema institucional vigente y enfrentándose a
él, desde las clases dominantes se plantea la necesidad de asegurarse el
mantenimiento de las condiciones de su dominación. Ante el mínimo
atisbo de una amenaza, real o potencial, de anarquía, emerge un partido
del orden, que suele enarbolar las banderas de la propiedad, la familia, la
religión y el orden, presentadas como valores naturales del conjunto de
la sociedad, que deben ser defendidas de la acción de supuestos elemen-
tos disociadores que atentan contra su forma de vida1.
El partido del orden se constituye en primer lugar para neutralizar
o combatir amenazas de anarquía provenientes del campo del pueblo;
pero también aquellas propiciadas por disputas entre distintas fraccio-
nes de la clase propietaria sobre la base de la competencia entre capita-
les, en momentos en que tales disputas dan lugar al desarrollo de la
lucha popular. De esta manera, aparece expresando el interés general de
la clase dominante por sobre los intereses particulares de cada fracción,
de cada capa o incluso de cada capital, aunque dentro de él también se
expresen determinadas fracciones burguesas en disputa con otras. A fin
de construir su fuerza, el partido del orden delimita, constituye a su opo-
nente, a quien presenta como oponente de la sociedad, a la vez que
opera sobre el miedo que su amenaza genera.
Por supuesto que no nos referimos a un partido en sentido con-

*Historiadora, directora del Programa de Investigación sobre el Movimiento de la Sociedad


Argentina (PIMSA), de Buenos Aires, Argentina.
1
Los conceptos de partido del orden y de anarquía están utilizados en el sentido que les da
Marx en sus trabajos sobre la revolución francesa de 1848 (Marx, 1987).

315
vencional ni restringido, como expresión del interés de una fracción o de
una alianza de fracciones sociales, sino a la unión de hecho de todos
aquellos que se erigen en defensores del orden de cosas existente, el régi-
men de dominación vigente, en contra de aquellos que consideran que
lo amenazan. Este partido del orden se manifiesta en el momento actual
a través de las voces y los actos de ciertos partidos y corrientes políticas,
organizaciones empresarias de carácter corporativo, algunas organizacio-
nes no gubernamentales y, centralmente, las iglesias (sobre todo la Igle-
sia Católica) y los principales medios de comunicación. A lo largo de la
historia –reciente y no tanto– han sido innumerables las veces en que se
han constituido y reconstituido partidos del orden en los distintos paí-
ses. En lo que atañe a la Latinoamérica reciente, estos alcanzaron su
punto máximo en el proceso que llevó a la instalación de las dictaduras
cívico-militares en las décadas de 1970 y 1980. Pero en los últimos
años, como reacción a los procesos de luchas protagonizados por varios
de los pueblos de nuestra región, puede observarse una nueva reconsti-
tución, aunque con características muy diferentes, dados los cambios
producidos en las condiciones generales.
Allí donde movimientos populares lograron acceder al gobierno
del Estado, como en Venezuela y Bolivia, se han producido fuertes mo-
vilizaciones impulsadas por organizaciones de los sectores desplazados
del régimen, con un contenido abiertamente antipopular, planteándose
situaciones de potencial guerra civil. En otros países, en que se intensi-
ficó la lucha popular contra las políticas neoliberales –en algunos casos,
precipitando la caída de gobiernos–, como Ecuador, México y Argenti-
na, se han llevado a cabo manifestaciones masivas de ciudadanos que
tuvieron como eje, principalmente, el reclamo de mayor seguridad. Así,
en Guayaquil, Ecuador, decenas de miles de manifestantes vestidos de
blanco marcharon contra la inseguridad el 25 de enero de 2005, convo-
cados por el alcalde Jaime Nebot, del Partido Social Cristiano. En Méxi-
co, empresarios, estudiantes, familias, artistas, pequeños comerciantes,
empleados, deportistas, maestros y ancianos marcharon en varias ciuda-
des el 27 de junio de 2004; solo en el Distrito Federal se concentraron
250 mil personas vestidas de blanco con pancartas de repudio a los
delincuentes, en una protesta convocada por más de 80 organizaciones
civiles que promovieron la “Marcha contra la delincuencia, rescatemos a
México” para demandar a las autoridades acciones urgentes, concretas y
eficaces en el combate contra la inseguridad y la creciente modalidad

316
delictiva del secuestro, al tiempo que acusaron a los políticos de no dar
soluciones. Fue apoyada por sectores empresariales, la Iglesia Católica y
los medios de comunicación masiva. El entonces alcalde de la ciudad de
México, Andrés Manuel López Obrador, denunció que las marchas fue-
ron organizadas por la ultraderecha. En Argentina, las manifestaciones
más multitudinarias en reclamo de seguridad se produjeron en 2004
–el 30 de marzo se concentraron 150 mil personas frente al Congreso
Nacional en Buenos Aires–, convocadas en torno a la figura de Juan
Carlos Blumberg, padre de un joven secuestrado y muerto ese año.
En nuestra hipótesis, estas manifestaciones masivas constituyen
un indicador del inicio de un proceso de reconstitución de una fuerza
conservadora, que atraviesa buena parte de la región. Tras un retiro tácti-
co ante el avance de movimientos populares cuestionadores de las políti-
cas neoliberales y de fracciones dominantes que apelaron a la moviliza-
ción popular a comienzos de la década de 2000, la reconstitución de esa
fuerza tendría entre sus ejes centrales la cuestión de la seguridad y la
lucha contra la delincuencia.
Esto se da en un contexto en que, como resultado de la realización
del interés de la oligarquía financiera en la década de 1990 expresada en
la ofensiva total sobre los pueblos –en los ámbitos de las relaciones eco-
nómicas, sociales, políticas e ideológicas–, creció hasta niveles nunca
vistos antes en la región la masa de la superpoblación relativa para el
capital. Este proceso, atenuable pero no reversible en la actual fase capi-
talista, determina la existencia de una masa creciente de población des-
tinada a vegetar en las peores condiciones en el régimen social vigente,
imposibilitada de reproducir su vida solo mediante la venta de su fuerza
de trabajo. Por eso, necesita enlazarse en relaciones clientelares, conver-
tirse en pobre oficial, construir una red de relaciones productivas y cul-
turales en el barrio o acudir a la práctica de actividades ilegales, como
delito individual o, más frecuentemente, inmerso en redes delictuales
de las cuales constituye el último eslabón.
Esta enorme masa de superpoblación, producto del movimiento
mismo de la acumulación del capital, se ha convertido, por un lado, en
un elemento central para esa acumulación, en la medida en que presio-
na sobre el ejército obrero en activo y así permite mantener bajos los
salarios, precarizar las condiciones de trabajo y contribuir al disciplina-
miento de los trabajadores. Pero por otro, constituye un costo (el amo
debe mantener a su esclavo, a fuerza de subsidios) y una amenaza al

317
orden establecido, ya sea por el bajo grado de ciudadanización de buena
parte de ella, por su involucramiento en las redes del crimen organizado
o, más aun, si logra organizarse autónomamente y unirse a otras fraccio-
nes del proletariado.
De ahí, entonces, que el nuevo partido del orden delimite como
oponente, en este momento, al delincuente pobre o al rebelde pobre. En
nuestra hipótesis, la construcción de este oponente se corresponde con
un momento inicial de construcción de una fuerza conservadora, que
apela al miedo de los pequeños propietarios.
En este trabajo analizamos este momento inicial de reconstitución
de una fuerza conservadora a nivel regional, observándolo en Argentina
desde los meses posteriores a la insurrección espontánea de diciembre de
2001, aun cuando su origen se remonta a varios meses antes. Intentare-
mos mostrar cómo se va dando ese proceso, para lo cual señalamos algunos
hechos que consideramos centrales para localizarlo: la búsqueda de uni-
dad de los cuadros dirigentes, la política de contención social y la utiliza-
ción de la fuerza armada por parte del gobierno. Luego, centramos nues-
tra atención en dos momentos, signados por la convocatoria a manifesta-
ciones masivas de ciudadanos, organizadas directamente desde distintas
expresiones del régimen: las jornadas nacionales de 2002 y de 2004, con-
sideradas aquí como hitos en ese proceso. Finalmente, hacemos algunas
consideraciones generales acerca del posible desarrollo de esa fuerza hasta
el momento de escribir estas líneas (julio de 2008).

Localización de los hechos

La insurrección espontánea de diciembre de 2001 en Argentina


–que terminó de precipitar la caída del gobierno de Fernando de la Rúa-
constituyó el hecho culminante de un ciclo de rebelión iniciado con el
motín de la ciudad de Santiago del Estero en diciembre de 19932 (Co-
tarelo, 1999; Iñigo Carrera y Cotarelo, 2003). A lo largo de algo más de
una semana, miles de trabajadores, pobres y fracciones de pequeña bur-
guesía llevaron a cabo innumerables huelgas, marchas, cortes de rutas y
calles, una huelga general en todo el país, luchas callejeras, saqueos a

2
El 16 de diciembre de 1993 miles de trabajadores estatales, estudiantes y pobres saquea-
ron, destruyeron e incendiaron las sedes de los tres poderes del Estado provincial y las casas
de los principales dirigentes políticos y sindicales locales.

318
comercios, cacerolazos en los principales centros urbanos y luchas de
barricadas, con un saldo de más de 30 muertos y numerosos heridos y
detenidos en todo el territorio nacional. En el contexto de una profunda
crisis económica, social, política e ideológica y de la agudización de las
luchas al interior del bloque dominante, la movilización popular, en
particular de pequeña burguesía y de pobres, continuó con intensidad
durante los meses siguientes3 (Cotarelo, 2004).
En aquellos días el país parecía ir a la deriva; a la vez, se extendía
la indisciplina social y se evidenciaba una pérdida de respeto a la autori-
dad. Se la ponía en cuestión, se la rechazaba, se la desconocía, se la
desafiaba. Ningún dirigente político podía aparecer en un ámbito pú-
blico sin ser objeto de algún escrache4, organizado o espontáneo. Crecía
la autoorganización: asambleas barriales, empresas recuperadas, organi-
zaciones de desocupados, de cartoneros, de ahorristas estafados, clubes
de trueque. El pueblo parecía haber salido de largos años de oscuridad y
derrotas para caminar hacia una época de grandes transformaciones.
Más de seis años después de aquel tiempo lleno de acontecimien-
tos, buena parte de los participantes de ese proceso de movilización
tiene la sensación de que nada se ha transformado. A la distancia, el tan
reclamado “que se vayan todos” resuena sordamente ante la reaparición
y permanencia de viejos y reciclados cuadros políticos, la prosperidad
relativa ha adormecido los ímpetus transformadores, el individualismo
ha opacado el entusiasmo colectivo y los tan mentados nuevos movi-
mientos sociales lucen institucionalizados y fracturados, mientras el
poder parece incólume.
¿Qué pasó entonces? ¿Acaso se trató de un espejismo? ¿Acaso este
desenlace prueba que los hechos de diciembre de 2001 fueron simple-
mente producto de un complot para desalojar al gobierno de la Alianza
Unión Cívica Radical (UCR)-Frente País Solidario (Frepaso), tal como
3
En 2002, hemos registrado 3.444 hechos de protesta; la mayoría se concentró en los
primeros cinco meses del año: enero, 556; febrero, 399; marzo, 376; abril, 329; y mayo,
393. En junio y julio se redujeron a 176 y 169 respectivamente; y en los meses siguientes se
mantuvieron alrededor de ese nuevo nivel: agosto, 267; septiembre, 218; octubre, 204;
noviembre, 181; y diciembre, 176. En los años siguientes, registramos unos 200 hechos
mensuales (Fuente: Base de datos de PIMSA).
4
El escrache consiste en una manifestación de repudio a una persona, ya sea por sus
declaraciones o por su comportamiento en general, a fin de ponerlo en evidencia ante el
conjunto de la sociedad. El objeto de un escrache puede ser un funcionario, un dirigente
político o sindical, un militar, un empresario o, incluso, una persona acusada de violación,
abuso u otro delito. Durante la manifestación, suelen proferirse insultos, arrojarse huevos u
otros objetos y/o realizarse pintadas contra la persona objeto del repudio.

319
lo sostiene el mismo ex presidente De la Rúa? La respuesta no es tan
simple. Resulta innegable que su caída no fue determinada solo por la
lucha popular. Hay también indicios de que esa lucha popular, o al
menos parte de ella, fue propiciada desde sectores del mismo régimen
desde varios meses antes. En este sentido, es ilustrativa una nota publi-
cada en julio de 2001 en el conservador diario La Nación, en la que de
hecho se instaba a los ciudadanos a salir a la calle golpeando cacerolas.
También se sospecha que los saqueos masivos a comercios fueron impul-
sados deliberadamente (Bonasso, 2002). Sin embargo, la lucha popular
no puede explicarse sin tener en cuenta el ciclo de rebelión del que
forma parte, la experiencia acumulada y la constitución de los sujetos
insurrectos, que de ninguna manera se reducen a meros individuos ma-
nipulados. A la vez, la experiencia de la insurrección fue vivida como un
triunfo popular: forzó un cambio en la relación de fuerzas política y se
constituyó en un punto de inflexión en el período, que se proyecta hacia
el futuro. Lo que debemos comprender es la interrelación entre la lucha
popular y la lucha dentro del bloque dominante, una parte del cual
apeló, en esos momentos, a la movilización del pueblo.
En esta situación de crisis general y aparente anarquía, la clase
dominante tenía ante sí el desafío de asegurarse la gobernabilidad y la
conducción del proceso de resolución de la crisis. ¿A partir de qué insti-
tuciones del régimen podía hacerse esto? Ciertamente no a partir del
sistema de partidos políticos, en colapso.

Unidad de los cuadros dirigentes

Tras una reunión fracasada, convocada por el Episcopado, el 19


de diciembre de 2001 –un día antes de la caída del gobierno de De la
Rúa–, la Mesa del Diálogo Argentino, lanzada oficialmente el 14 de
enero de 2002 con el fin de “enfrentar el derrumbe” que puso a la Ar-
gentina “en el límite de la anarquía y la violencia fratricidas” (La Nación,
2002, 15 de enero), fue una iniciativa del presidente Eduardo Duhal-
de, a la cual la Conferencia Episcopal Argentina ofreció su “ámbito espi-
ritual” y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD),
su experiencia y capacidad técnica, “ante la profundidad de la crisis que
hoy vive la Argentina” y como “la última oportunidad para evitar males
aún mayores” (La Nación, 2002, 15 de enero). Estaba integrada por

320
representantes de organizaciones empresarias, sindicales (la Confedera-
ción General del Trabajo-CGT, secretarías Moyano y Daer), no guber-
namentales, sociales, religiosas, políticas y otras. Sus objetivos eran “crear
una conciencia a nivel nacional en relación a la necesidad de construir
una visión del bien común y el renunciamiento a intereses personales y/o
sectoriales; formar consensos en relación al modelo de país que quieren
los argentinos y fortalecer la capacidad de convocatoria”. Se apelaba al
diálogo para “enfrentar crisis profundas” y “sobreponer el interés general
a los intereses particulares”. Constituyó “un proceso que mediante la
amplia participación de la sociedad argentina busca contribuir, desde su
inicio, a la reconstrucción de las bases de la convivencia social frente a la
profunda crisis integral, sistémica, que sufre la República Argentina.
Pretende recoger y canalizar la demanda ciudadana por recuperar el sen-
tido del bien común, la solidaridad y la legitimidad de la instituciona-
lidad democrática” (en el documento Síntesis sobre el Diálogo Argenti-
no, presentado por Cristina Calvo, de la organización de la Iglesia Cató-
lica Caritas, en la reunión del 18 de octubre de 2002; en
www.undp.org.ar). En la primera reunión se discutieron cuatro temas:
la implementación de un plan alimentario, la flexibilización del corrali-
to bancario5, un seguro de desempleo para jefes y jefas de hogar desocu-
pados y “el desmadre de aquellos sectores que aprovechan la crisis para
realizar acciones violentas” (La Nación, 2002, 17 de enero). Su tarea se
organizó en distintas fases: en primer lugar, el diálogo con los actores,
del 14 de enero al 8 de febrero de 2002, en que un Equipo del Diálogo
hizo entrevistas a los distintos sectores: el 12% fueron con ONG, el
16% con entidades empresarias, el 6% con organizaciones de micro,
pequeños y medianos empresarios, otro 6% con organizaciones sindica-
les, el 10% con grupos emergentes –piqueteros, clubes del trueque–, el
4% con asociaciones de bancos, el 12% con entidades profesionales y
universitarias, el 12% con partidos políticos, el 4% con cultos, el 12%
con gobiernos y el 2% con mundo de la cultura. Participaron de las
deliberaciones 650 personas en representación de alrededor de 300 en-
tidades. El 30 de enero la Mesa del Diálogo Argentino emitió las Bases
para el Diálogo Argentino, que en sus considerandos destacan que: “La
crisis que afecta a la Argentina es severa y compleja; en millones de
hogares y familias reina la humillación, la confusión y la desconfianza;

5
Nombre por el que son conocidas popularmente las medidas que impiden retirar los
depósitos bancarios.

321
se encuentran desdibujados los conceptos fundamentales de Nación y
bien común; el país necesita gestos y actitudes públicas y ciudadanas
[...]; la sociedad exige justicia y el fin de la impunidad”. Las Bases pro-
piciaron también la puesta en marcha de cuatro Mesas Sectoriales de
concertación, que buscarían encontrar acuerdos, delineando medidas de
urgencia y estrategias de mediano y largo plazo, sobre una base de viabi-
lidad técnica y económica: Socio/laboral/productiva, Reforma Política y
Reforma del Estado, Educación y Salud, que se realizaron entre el 8 y el
26 de febrero de 2002. (www.msal.gov.ar). Entre los consensos alcanza-
dos, podemos mencionar: 1) construir una sociedad más equitativa, lo
que implicaba lograr equidad en los costos de la crisis, atención priorita-
ria a la emergencia social, la salud como derecho inalienable, la educa-
ción como política de Estado y la vivienda digna como ámbito de desa-
rrollo humano; 2) reconstruir un Estado al servicio de los ciudadanos y
fortalecer la democracia, que incluía la reforma del sistema político y de
representación, la reforma de la Justicia, la transformación y mejora del
sistema de seguridad, la relación entre la Nación y las provincias, la
reforma del Estado y finanzas públicas solventes y un nuevo sistema
impositivo; 3) una economía al servicio de la persona e integrada al
mundo, que implicaba un modelo de crecimiento económico equilibra-
do y armónico, estabilidad monetaria, fomento del ahorro y reconstruc-
ción del sistema financiero y la inserción de la Argentina en el mundo;
4) los instrumentos de la transición: institucionalización del diálogo,
seguimiento de las reformas, medios de comunicación veraces y renova-
ción de las instituciones (11 de julio de 2002; en
www.justiciaargentina.gov.ar). Desde octubre de 2002, pasó a llamarse
Mesa Ampliada del Diálogo Argentino, con la incorporación de la Cen-
tral de Trabajadores Argentinos (CTA), representantes de todas las co-
munidades religiosas (judía, musulmanes y distintas religiones cristia-
nas) y nuevas organizaciones sociales.
Si bien este mecanismo de diálogo comenzó a instrumentarse en
2002, esta estrategia venía diseñándose desde tiempo antes. Pero fue
solo tras el cambio de gobierno y de la alianza social y política en el
gobierno que pudo realizarse, en un contexto de comienzo de resolución
de la lucha al interior del bloque dominante y de fuerte movilización
popular, apuntando a alcanzar acuerdos generales para garantizar la go-
bernabilidad.
Quedó así trazado el plan de gobierno para los años siguientes,

322
con vistas a la superación de la crisis que estalló en 2001, lo que puso de
manifiesto que, tras la insurrección espontánea de diciembre de 2001,
la iniciativa no había pasado a manos del pueblo, aun cuando la relación
de fuerzas para el mismo resultara más favorable.

Política de contención social

Entre las propuestas consensuadas en la Mesa del Diálogo Argen-


tino, se encontraba la implementación de un programa de emergencia
social dirigido a las capas más pobres de la población. Como parte de la
emergencia económica, sanitaria y alimentaria, declarada en enero de
2002, el gobierno de Duhalde lanzó en abril el Programa Jefas y Jefes de
Hogar Desocupados, como un plan “de inclusión social” que llegó a
incluir a más de 2 millones de “beneficiarios”, destinado a jefes de hogar
desocupados con hijos menores, que cobraban un subsidio de 150 pesos
a cambio de una contraprestación de interés comunitario. Esta política
incluso logró la incorporación institucional de organizaciones de des-
ocupados a través de la distribución del manejo de un cupo de planes
para cada una de ellas (10% del total de planes para el conjunto de las
organizaciones), junto a los municipios y la Iglesia.
Esta aparece como la medida más importante en cuanto a una
política de contención social, dirigida a una parte de la población que se
venía movilizando desde meses antes con creciente intensidad y que iba
logrando cada vez mayores grados de organización bajo la forma del
movimiento de desocupados, en momentos en que la masa de pobres se
había incrementado hasta alcanzar niveles nunca vistos en Argentina
(53% –unos 20 millones de personas– de la población bajo la línea de
pobreza en mayo 2002).
Otras medidas tomadas en los primeros meses de 2002, que ten-
dieron también a descomprimir la situación de tensión social, estuvie-
ron dirigidas a resolver la cuestión planteada con el llamado corralito
bancario, dando así respuesta, aunque parcial, a los reclamos de los aho-
rristas estafados6, otro de los sectores fuertemente movilizados en aquel
momento. Las escenas de ahorristas golpeando las puertas de los bancos

6
Nombre con el cual se autoidentificaban los ahorristas cuyos depósitos, por lo general en
dólares, habían quedado atrapados en los bancos.

323
y de estos protegidos con vallas y estructuras metálicas en sus frentes
fueron gradualmente reemplazadas por colas de ahorristas que retiraban
sus ahorros en pesos devaluados –no en dólares–, aunque a un valor algo
más alto que el que regía para el resto de las transacciones.
Además, entre otras muchas medidas, el gobierno decretó el pago
de sumas fijas de aumento salarial y se estableció el pago de una doble
indemnización en caso de despidos en la actividad privada, lo que mitigó
algo el efecto de la crisis entre los trabajadores asalariados bajo convenio.
Sobre la base de estas y otras medidas de gobierno, buena parte
de las fracciones y capas del pueblo estableció una tregua explícita o
implícita en sus luchas tanto económicas como políticas.

Uso de la fuerza armada

A pesar del alto nivel de movilización popular en la primera mi-


tad de 2002, fueron relativamente pocos los hechos en que se produje-
ron choques callejeros entre manifestantes y la fuerza armada del gobier-
no. La proporción más alta se dio en enero (cuarenta hechos, 7,2%,
sobre un total de quinientos cincuenta y seis); correspondiéndose con
esto, fue el mes en que se registró el mayor número de heridos, tanto
entre los manifestantes (124) como entre los policías que intervinieron
(56). La cantidad y proporción de choques callejeros y de heridos ten-
dió a reducirse, con oscilaciones, desde marzo. El uso de la fuerza arma-
da por parte del gobierno no fue, pues, un rasgo destacado en ese mo-
mento. Precisamente esto fue motivo de crítica por parte de gobernado-
res provinciales y de banqueros, entre otros, que, a través de múltiples
declaraciones y desde medios de comunicación, como por ejemplo el
diario La Nación, reclamaron repetidamente que se aplicara una política
de mano dura contra los “violentos” y los “piqueteros” (reclamo que se
venía planteando desde por lo menos julio de 2001).
En junio, cuando esas críticas arreciaban por la supuesta pasivi-
dad del presidente Duhalde ante las protestas populares, se puso de
manifiesto una interna dentro del gobierno en relación con las medidas
a tomar para evitar eventuales desbordes sociales en los centros urbanos
y para terminar cuanto antes con las protestas diarias en calles, rutas y
puertas de los bancos. Por un lado, había quienes proponían un endure-
cimiento de la política de seguridad, unificando el Ministerio de Defen-

324
sa con la secretaría de Seguridad Interior y los que preferían seguir con
una política cautelosa, aunque con una fuerte presencia policial en las
calles (Clarín, 2002, 7 de junio). El mismo presidente Duhalde adoptó
un discurso y una actitud más dura, en particular, hacia las acciones del
movimiento de desocupados. Así, ante el anuncio de una jornada nacio-
nal de protesta piquetera para el 26 de junio, advirtió que el gobierno
no toleraría nuevos cortes masivos de los accesos a la capital: “No pue-
den pasar más, tenemos que ir poniendo orden” (Clarín, 2002, 18 de
junio). Y el secretario de Seguridad dijo que si se cortaban todos los
accesos al mismo tiempo, sería tomado por el gobierno como “una ac-
ción bélica” (Clarín, 2002, 19 de junio).
En este clima previo, se llevó a cabo la jornada piquetera del 26 de
junio, durante la cual la policía de la provincia de Buenos Aires y la
prefectura nacional atacaron a los manifestantes que cortaban el puente
Pueyrredón –uno de los accesos a la ciudad de Buenos Aires– y dos de
ellos, Maximiliano Kosteki y Darío Santillán, fueron “fusilados” (asesi-
nados con balas de plomo disparadas desde corta distancia y con alevo-
sía). Según declaraciones del presidente Duhalde días después de este
hecho, “no hubo cambio de política de gobierno, sino cambio de acti-
tud de los piqueteros, porque estos sectores siempre habían hecho pro-
testas absolutamente pacíficas, con chicos en brazos, con mujeres. Pero
ahora un reducido grupo de ellos se estaba organizando para actuar en
forma violenta [...]. No eran los de siempre [...]. No pueden 1.000 ó 5
mil personas decidir aislar a la capital. Ellos no son la autoridad y en-
tonces el gobierno tiene la obligación de ejercerla y garantizar los dere-
chos de la gente [...]. Si queremos evitar el caos y la anarquía tenemos
que aislar a los violentos. Y violentos hay en todos lados, porque es vio-
lenta la situación de la Argentina para la gente. La pobreza y la desocu-
pación son formas de violencia. Pero eso no se soluciona armando a la
gente, yendo a protestar con palos, encapuchados [...]. Desgraciada-
mente la mayoría de las veces pagan el pato jóvenes imbuidos de idealis-
mo por ideólogos, que después se van...Hay que aislar a la gente que
organiza y ordena este tipo de violencia. Y lo mismo con ese grupo de
policías que nos dieron un golpe tremendo [...]. Poner en caja a la [po-
licía] Bonaerense es muy difícil [...]” (Clarín, 2002, 30 de junio). Des-
de el pueblo, la respuesta fue inmediata y contundente: para el 27 de
junio la CTA declaró una huelga general con movilización contra la
represión, de la que participaron docentes, trabajadores estatales y de

325
empresas recuperadas, desocupados, estudiantes, asambleístas barriales,
militantes de derechos humanos y de partidos políticos de izquierda; y
el 3 de julio se realizó una nueva jornada de huelga y marchas en todo el
país, siendo la marcha a la Plaza de Mayo en Buenos Aires una de las
más numerosas de los últimos años. En este contexto, el día 2 de julio el
presidente Duhalde anunció la realización de elecciones presidenciales
anticipadas para marzo de 2003.

Convocatoria a la movilización de los ciudadanos

Tras estas breves referencias a algunos hechos centrales de aquel


momento, tendientes a ordenar la salida de la crisis, abordaremos ahora
la descripción de lo que hemos señalado como indicador del inicio de
reconstitución del partido del orden: la convocatoria a la movilización
de los ciudadanos desde instituciones del régimen en forma directa, en
dos momentos: los años 2002 y 2004. El fracaso del intento por lograr
consenso para imponer una política de mano dura con respecto a la
protesta social, en particular de los desocupados, en junio de 2002,
marcó el paso a una estrategia diferente.
Por lo general, desde el régimen se tiende a prevenir o reprimir
todo tipo de movilización masiva, o, en algunas ocasiones, dejar que se
produzca o hasta propiciarla, pero a través de organizaciones populares.
Solo en ciertos momentos lo hace en forma directa7. Este es el caso en los
dos momentos que analizamos aquí.

Año 2002

En la segunda mitad del año 2002 se realizaron cuatro jorna-


das nacionales que tuvieron como eje el repudio a la inseguridad y a
la violencia8. Dos de ellas (el 10 de septiembre –Diez minutos con-
tra la violencia– y el 10 de octubre) fueron convocadas por la Coor-
dinadora de Actividades Mercantiles Empresarias (CAME), una or-
7
No nos referimos aquí a movilizaciones convocadas en procesos revolucionarios triunfan-
tes, en los cuales el pueblo ha tomado el control del gobierno o, más aun, del Estado.
8
Los años 2002 y 2004 fueron aquellos en que la cantidad de hechos de protesta que
tuvieron como objetivo el reclamo de mayor seguridad fue más alta desde 1994 hasta la
fecha.

326
ganización que agrupa a cámaras de pequeños y medianos empresa-
rios; las otras dos (el 6 de septiembre –Tres minutos para decir bas-
ta, contra la Violencia y por la Paz– y el 18 de diciembre –Por la Paz
y Contra la Violencia y el Hambre) fueron convocadas por la organi-
zación Red Solidaria, la comunidad educativa de colegios privados
de orientación religiosa, comunidades religiosas (católicos, protes-
tantes, judíos, anglicanos e islámicos) y comedores comunitarios vin-
culados a la Iglesia Católica.
Las jornadas convocadas por la CAME contaron con la adhesión
de numerosas organizaciones empresarias del campo, de la industria,
del comercio, del transporte y de otras ramas de actividad, así como
también de organizaciones de consumidores y de profesionales. A las
otras dos adhirieron funcionarios y políticos del oficialismo y de la opo-
sición, numerosas expresiones de la Iglesia Católica, la Policía Federal,
algunas asociaciones que nucleaban a familiares de víctimas de críme-
nes, junto a sectores del campo del pueblo, como organizaciones de
derechos humanos (las Abuelas de Plaza de Mayo), sindicales (la CTA)
y de desocupados (la Corriente Clasista y Combativa –CCC– y la Fede-
ración de Tierra y Vivienda-FTV).
En todas las jornadas, los movilizados fueron principalmente
las capas más pobres de la población, organizadas por la Iglesia, y
fracciones de pequeña burguesía: pobres que comían en comedores
comunitarios a cargo de la Iglesia, habitantes de villas de emergen-
cia, la comunidad educativa de escuelas públicas y privadas, vecinos,
comerciantes, empleados públicos y oficinistas, ahorristas. Los orga-
nizadores se abstuvieron explícitamente de convocar a una manifes-
tación central masiva con el argumento de que eso podría dar lugar a
actos de violencia, privilegiando la dispersión de las acciones de pro-
testa: las jornadas consistieron en tocar bocinas, sirenas de bombe-
ros, campanas de escuelas e iglesias, cantar el Himno nacional, arro-
jar papelitos, aplaudir y rezar, en plazas, avenidas, escuelas, villas de
emergencia y oficinas de todo el país, junto con algunos actos (en la
ciudad de Buenos Aires, en el comedor Los Piletones9 y en el Obelis-
co). Esta modalidad de protesta fue destacada positivamente por dis-
tintos sectores, tal como lo señalaba la revista católica Criterio: “Lo
peculiar del signo fue que produjo una manifestación propositiva no

9
La directora de este comedor apoyó activamente al actual jefe de Gobierno de la ciudad de
Buenos Aires, el empresario derechista Mauricio Macri.

327
solo de protesta, hecha desde lo cotidiano, sin interrumpir las tareas
ordinarias ni obstaculizar la actividad de nadie”10.
El objetivo explícito de las protestas era repudiar la ola de vio-
lencia, entendiendo por esta los secuestros extorsivos, en particular
de adolescentes de escuelas privadas, que habían proliferado en esos
días, así como los robos a mano armada, el cuatrerismo y los saqueos.
El enemigo eran los delincuentes y los violentos. La convocatoria y las
adhesiones de la jornada del 6 de septiembre hacían hincapié en la
“inseguridad”, en la “incalificable progresión de la delincuencia anó-
mica que secuestra y mata” (Cámara de Diputados de la Nación), en
la “violencia”, en contraposición a la “paz” que ellos preconizaban,
interpretando el “sentir y la voluntad de todo el pueblo argentino”.
Violencia versus paz, delincuentes versus el pueblo argentino: así era
presentada la antinomia. Algunos de los convocantes explícitamente
enfatizaron que no propiciaban una política represiva. Por ejemplo,
el rabino Daniel Goldman señalaba que «hay algo que queremos de-
jar bien claro. Con esto no se está pidiendo mano dura ni mayor
seguridad. No creemos que esa sea la manera de combatir a la violen-
cia. Nuestro mensaje es de paz, y la paz la podemos construir entre
todos» (La Nación, 2002, 7 de septiembre); o según un editorial de
la revista Criterio, “el lenguaje utilizado –tanto el de la palabra como
el de los gestos– fue directo, reflexivo, solidario con el dolor de quie-
nes han sufrido, y audaz en el sentido de proponer una alternativa a
los mensajes de “más seguridad”, “pena de muerte”, “más cárceles”,
que expresan la incapacidad de una sociedad para convivir razona-
blemente en paz”.
A diferencia de esta convocatoria, la de la CAME del 10 de sep-
tiembre apeló al Estado para solucionar el problema de la “inseguri-
dad”. En palabras de su titular, Osvaldo Cornide, «acá hay responsables
de la seguridad, el Poder Ejecutivo, Legislativo y el Judicial que no dan
respuesta a este problema. No somos administradores ni legisladores:
por eso la solución tiene que venir del Estado. No pretendemos la segu-
10
Más allá de las diferencias evidentes en la situación, llama la atención la similitud entre
estas jornadas de protesta y la realizada en Colombia el 5 de julio de 2007: “Miles de
colombianos, también los que viven en el extranjero, dieron su particular ‘Basta ya’ a los
secuestros con marchas, misas, gritos, pitos, tañidos de campanas, caceroladas y pañuelos y
globos blancos, cese de actividades y minutos de silencio al mediodía. Políticos del gobierno
y la oposición, sindicalistas, estudiantes, empresarios y trabajadores, amas de casa y profe-
sionales, unieron sus voces para gritar al unísono ‘Libertad para los secuestrados, ya’”.
(Clarín, 2007, 6 de julio).

328
ridad de Suiza, pero tampoco que esto se convierta en Colombia»11. Esta
apelación implicaba reclamar medidas de mayor control y sanción por
parte del Estado, lo que llevó a que en la jornada del 10 de octubre, otra
organización de pequeños y medianos empresarios, Fedecámaras, con-
vocara a una movilización paralela. En un acto, su titular, Rubén Ma-
nusovich, acusó a Cornide de querer aplicar la mano dura contra la de-
lincuencia y dijo que “no queremos más la época del Proceso, lo que
sucede aquí no tiene nada que ver con los familiares que reclaman justi-
cia”. Como se dijo, estas tres jornadas se dieron en un clima enrarecido
por una serie de secuestros extorsivos y crímenes, en particular de jóve-
nes y adolescentes, ocurridos en julio y agosto, y movilizaciones para
reclamar justicia12. El hecho que causó más impacto en la opinión pú-
blica fue el del secuestro y muerte del adolescente Diego Peralta, cuyo
cadáver fue encontrado en una tosquera el 12 de agosto, luego de 39
días de búsqueda, degollado, sin dientes y con las huellas dactilares
borradas 13.
La última de las cuatro jornadas, la del 18 de diciembre, tuvo un
origen y un propósito distinto. Ante la ola de rumores acerca de saqueos
a comercios y otros hechos de violencia en ocasión de las movilizaciones

11
El titular de la CAME, Osvaldo Cornide, pidió a tres poderes que tomaran “las medidas
necesarias para poner límite al estado de conmoción que provoca la creciente ola de violen-
cia”. Y en el comunicado de convocatoria a la protesta, la CAME hablaba de “El imperioso
e indelegable deber de los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial de velar por las seguridad
de los habitantes de la Nación para que se pueda trabajar, estudiar y vivir sin miedo” (En
www.redcame.org.ar).
12
En julio, 4 mil personas marcharon a la quinta presidencial de Olivos, en silencio y con
velas encendidas, para reclamar justicia y seguridad, encabezadas por los padres de un joven
secuestrado y asesinado (Juan Manuel Canillas); por otra parte, cientos de personas se
concentraron en la Plaza de Mayo, convocadas por la Asociación Víctimas de la Delincuen-
cia, bajo el lema “Sin justicia, el futuro no existe” y reclamaron “seguridad, leyes severas,
aplicación de las leyes, capacitación y mejor remuneración para la policía”, al tiempo que
juntaron firmas para presentar un proyecto de ley que incluyera reclusión perpetua para
violadores y asesinos, bajar a 14 la edad de imputabilidad de los menores y reformar la ley
migratoria para mayores controles de los extranjeros. En agosto, en San Juan, 2.500 perso-
nas marcharon en silencio por el centro de la ciudad para reclamar la liberación con vida de
la mujer de un empresario.
13
Al enterarse, unos 100 jóvenes incendiaron y destruyeron la comisaría del barrio al grito
de “justicia”, ya que se sospechaba que la policía estaba involucrada en el hecho. Un grupo
llevaba un cartel, que decía: “Por Diego, justicia no. Pena de muerte, sí” (Clarín, 2002, 13
de agosto). Una mujer que participaba de la protesta dijo que “hay que liberar a todos los
presos y que los policías se mueran quemados” (Crónica, 2002, 13 de agosto). Días antes, el
gobernador de la provincia de Buenos Aires, Felipe Solá, había denunciado una campaña
política desestabilizadora, y el ministro de Seguridad provincial, Juan Pablo Cafiero, habló
de un complot.

329
populares convocadas por el primer aniversario de la insurrección es-
pontánea, la Mesa Ampliada del Diálogo Argentino14 convocó a “una
resistencia pacífica ante los males que estamos padeciendo” (Clarín, 2002,
14 de diciembre), mientras Cornide señaló que los comerciantes sentían
temor y se quejaba de que el gobierno hubiera puesto todo el esfuerzo
de seguridad en los hipermercados cuando “casi todos los saqueos de
hace un año fueron a los pequeños comercios” (Clarín, 2002, 14 de
diciembre). Aquí el eje se desplazó de la “delincuencia” y la “inseguri-
dad” a los saqueadores y la violencia política, junto con una exhortación a
construir “una sociedad equitativa y sustentable en el marco de una
democracia integrada al mundo”, recuperando “el sentido del bien co-
mún, la alimentación y la salud como derecho inalienable, la educación
como base de la igualdad de oportunidades, el trabajo como dignifica-
dor de la persona, la equidad en la distribución de la riqueza, la paz
como base de la convivencia, la transparencia y eficiencia en la gestión
de gobierno, la previsibilidad en las reglas de juego y la participación
ciudadana en los asuntos públicos” (Circular de la Mesa Ampliada del
Diálogo Argentino, en www.redcame.org.ar).

Año 2004

Meses después de la asunción del nuevo gobierno, encabezado


por el presidente Néstor Kirchner, asistimos a una nueva ola de secues-
tros extorsivos, el más resonante de los cuales fue el del joven Axel Blum-
berg, quien resultó muerto el 23 de marzo de 2004. A partir de enton-
ces, la figura de su padre, Juan Carlos Blumberg, emergió como un
intento de articulación del espacio político de derecha, en torno al eje
de la seguridad y la mano dura en la represión del delito. El énfasis en el
llamado a la paz de 2002 dejó su lugar al énfasis en el endurecimiento
del código penal. Durante el año 2004, Blumberg convocó tres mani-
festaciones –el 1 de abril frente al Congreso Nacional, el 22 de abril y el
26 de agosto frente a los Tribunales en Buenos Aires– y una más en

14
En esta nueva etapa la Mesa del Diálogo Argentino estaba integrada por las Iglesias
católica, judía, evangélicas y musulmana, por más de sesenta organizaciones no guberna-
mentales, empresariales y rurales, así como la CTA, Red Solidaria, Caritas, Abuelas de Plaza
de Mayo, Scouts, Acción Católica, Asociación Cristiana de Jóvenes, Comunidades Educa-
tivas. La FTV y la CCC se comprometieron en diciembre de 2002 a sumarse.

330
2005, el 2 de junio, nuevamente frente a los Tribunales de Buenos Ai-
res; las convocatorias tuvieron también repercusión en numerosas ciu-
dades del país, constituyendo hechos de alcance nacional y de fuerte
impacto político. La manifestación del 1 de abril de 2004 reunió a 150
mil personas frente al Congreso Nacional en Buenos Aires, la del 22 de
abril, a 50 mil y la de agosto, a 70 mil personas, por lo que fueron 3 de
las manifestaciones más masivas de los últimos años en Argentina. La
última, un año después, reunió una cantidad de manifestantes sensible-
mente menor (5 mil), lo que puso en evidencia que el intento de confor-
mar un movimiento de masas conservador encabezado por Blumberg no
había logrado realizarse.
Estas manifestaciones, y muchas otras menores y locales que se
sucedieron durante 2004 y 2005, presentaron los siguientes rasgos: una
forma teñida de elementos religiosos, a través de la presencia de sacerdo-
tes y obispos católicos, concentraciones frente a catedrales o a arzobispa-
dos en ciudades del interior, misas, rezo de oraciones y la portación de
velas encendidas. Los participantes fueron principalmente pequeños
propietarios, profesionales, estudiantes de instituciones religiosas, ofici-
nistas, es decir, fracciones de pequeña burguesía. Su convocatoria no
partió de ninguna organización político-partidaria, sino que fueron lla-
madas por una fundación formada poco tiempo antes (la Fundación
Axel) y otras organizaciones ad hoc, utilizando, entre otros, los medios
de comunicación masivos, cadenas telefónicas y de correos electrónicos.
Los organizadores pidieron expresamente, en repetidas ocasiones, que
los manifestantes no llevaran banderas partidarias, en un intento por
presentarlos como actos apartidarios, apolíticos y desideologizados (“no
hay izquierda ni derecha”); si bien se hicieron presentes dirigentes polí-
ticos de partidos de derecha, no se contaron entre los oradores. Las ma-
nifestaciones se dirigieron hacia el Poder Legislativo y el Poder Judicial,
así como hacia un Ejecutivo provincial –el de la provincia de Buenos
Aires– y, por último, hacia la llamada clase política. Los reclamos plan-
teados fueron la reforma del código penal –estableciendo penas más
severas y la baja en la edad de imputabilidad de los menores, entre otras
modificaciones– y la reforma judicial a fin de garantizar una mayor “se-
guridad”, a los que se sumó el reclamo por la reforma política (¿cuáles
eran las modificaciones que se proponían?). Finalmente, los manifestan-
tes se movilizaron en tanto ciudadanos-propietarios, indignados ante lo
que consideraban un ataque a su modo de vida por delincuentes apaña-

331
dos por jueces y políticos demagógicos y corruptos, construyendo los
enemigos a combatir: en primer lugar, los delincuentes (“Parece que los
derechos humanos son para los delincuentes y no para los ciudadanos
como ustedes”, dijo Blumberg en la manifestación del 26 de agosto),
aunque también aparecen mencionados los piqueteros15, los militantes
de partidos de izquierda y de derechos humanos. Las mayorías de las
víctimas en torno a cuyos casos se produjeron buena parte de las mani-
festaciones eran pequeños propietarios, marcándose la diferencia con víc-
timas pertenecientes a otras fracciones sociales. En este sentido, resultan
ilustrativas las palabras de Blumberg en referencia a Sebastián Bordón,
un joven muerto por policías en Mendoza: “el chico ese se drogaba; hizo
una mala actuación, agredió a un policía. La policía después actuó mal,
hizo cosas que no debía, pero tenemos que poner todo en su justa cau-
sa”; repitió que se drogaba y que “inclusive en ese tiempo tomaba alco-
hol”; cuando un periodista le indicó que en la causa contra los policías
culpables de su muerte había sentencia firme condenatoria y que en el
cadáver no había indicios de drogas ni alcohol, dijo: “Entonces, perdó-
neme, no lo sabía” (Clarín, 2004, 19 de mayo).
Resulta interesante señalar en qué momentos específicos se lleva-
ron a cabo estas movilizaciones. Las jornadas de movilización de sep-
tiembre de 2002 fueron convocadas después de la jornada nacional para
reclamar la caducidad de todos los mandatos (“que se vayan todos para
que decida y gobierne el pueblo”), realizada frente al Congreso Nacional
en Buenos Aires el 31 de agosto, convocada por el Alternativa para una
República de Iguales (ARI), Autodeterminación y Libertad y la CTA,
con la participación de intelectuales y de numerosas organizaciones po-
líticas, sindicales, sociales, de derechos humanos, de desocupados, de
pequeños y medianos empresarios, de ahorristas y asambleas barriales.

15
Cabe señalar que en la manifestación del 22 de abril participaron militantes del Movi-
miento Independiente de Jubilados y Desocupados (MIJD) y del Polo Obrero, dos organi-
zaciones de desocupados, piqueteras; según sus argumentos, fue para no dejarle a la derecha
la bandera del reclamo de seguridad. Su presencia no fue bien recibida por el resto de los
manifestantes ni por el organizador: “Si se quedan atrás y no molestan está todo bien” o“Al
final vinieron estos desgraciados”, dijeron algunos manifestantes; “A mí no me utiliza nadie.
Les pido a los piqueteros que si quieren participar del acto vengan con una vela. Sin palos
ni pancartas”; dijo Blumberg, y no descartó que “detrás de ellos haya alguien” que los esté
impulsando. Pidió a la gente que se sumara a la marcha y que “no tenga miedo a estos
exaltados” (Clarín, 2004, 22 de abril). Días después, Blumberg volvió a cargar contra los
piqueteros: “Los señores piqueteros tienen que cambiar la forma de reclamo, no cortando
las rutas, no faltando el respeto a todos los ciudadanos” (Crónica, 2004, 24 de abril).

332
La última movilización de 2002 se realizó en vísperas de las manifesta-
ciones organizadas por organizaciones de desocupados, partidos políti-
cos de izquierda, asambleas barriales, organismos de derechos humanos
y agrupaciones estudiantiles en ocasión del primer aniversario de la in-
surrección espontánea de 2001. Por su parte, en 2004, la primera mani-
festación convocada por Blumberg se realizó días después del acto frente
a la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) encabezado por el pre-
sidente Kirchner, en el que se anunció el traspaso de ese ex centro clan-
destino de detención a la Ciudad de Buenos Aires para convertirlo en un
espacio para la memoria.

Palabras finales

De la descripción de estas movilizaciones se desprende el rol cen-


tral que ha tenido la Iglesia, en particular la católica, en la articulación
de una salida ordenada de la crisis primero y luego en los inicios de la
reconstitución de una fuerza conservadora. En medio de la crisis institu-
cional, la Iglesia aparecía con mayor legitimidad que otras instituciones
del régimen, erigiéndose en su baluarte moral. En 2002 fue directa-
mente una de las convocantes principales; el reclamo fue por la paz,
contra la violencia, adoptando el discurso tradicional de la Iglesia. En
2004, en cambio, su presencia estuvo dada a partir de su adhesión a las
convocatorias y por la forma de las manifestaciones y la simbología uti-
lizada, mientras el reclamo pasó a ser explícitamente el de la seguridad y
el orden.
En torno a este eje es que desde el régimen se apeló a la moviliza-
ción de los ciudadanos-propietarios. En esta movilización los medios de
comunicación masivos jugaron un papel fundamental: desde ciertos
medios gráficos y audiovisuales se le dio amplia difusión a los secuestros
y robos producidos, amplificando la existencia de supuestas olas delicti-
vas. Se fue construyendo así la sensación de inseguridad generalizada y
la figura del delincuente pobre. De esta manera, se incentivó el miedo de
los pequeños propietarios a perder su propiedad, aun cuando esta fuera
una propiedad imaginaria. Por lo tanto, el reclamo por seguridad encu-
bre la defensa de la propiedad.
También se construyó a través de los medios de comunicación y
del discurso político la figura del rebelde pobre, el piquetero, que fue

333
presentado como sinónimo de violento, vandálico; el derecho de circu-
lar libremente fue convertido en el derecho supremo de los ciudadanos
honestos que trabajan en vez de protestar. De esta manera, desde media-
dos de 2002, se fue rompiendo la alianza entre los pobres y la pequeña
burguesía sintetizada en la consigna “piquete y cacerola, la lucha es una
sola”, surgida en los hechos de diciembre de 2001. También aquí apare-
ce la cuestión de la propiedad: los expropiados amenazan los derechos
de los propietarios
La forma en que los pequeños propietarios expresaron su indigna-
ción ante la inseguridad y la violencia y su deseo de castigo a los delin-
cuentes y piqueteros fue la del cacerolazo y la de la manifestación pací-
fica con reminiscencias de procesión religiosa. El rechazo a la presencia
de los partidos políticos en las movilizaciones y el énfasis en la apolitici-
dad de los reclamos por parte de los convocantes tendía a encubrir el
carácter fuertemente político de estos hechos.
Todas estas acciones tendientes al restablecimiento del orden
fueron posibles debido a la debilidad política de la movilización po-
pular. El carácter espontáneo de la insurrección de diciembre de 2001
es un indicador de ello. Precisamente lo que es exaltado como virtud
tanto por militantes sociales como por académicos que abrevan en las
corrientes autonomistas constituyó un fuerte obstáculo para que la
salida de la crisis pudiera tener otro carácter. De la misma manera,
suele afirmarse –y celebrarse– que los conflictos clasistas pertenecen a
la sociedad del pasado; sin embargo, el partido del orden no parece
haber tomado nota de ello.
Desde 2004 se incrementan los hechos callejeros que hacen a la
construcción de este partido del orden, principalmente en reclamo de
mayor seguridad, aunque también aparecieron otras cuestiones –las ban-
deras de la propiedad, la familia, la religión y el orden: la defensa de
“valores tradicionales” (la religión, oposición a la legalización del aborto
y a la educación sexual en las escuelas), el rechazo a la instalación de
pobres en los barrios (acusados de criminales y de desvalorizar las pro-
piedades de la zona)– y la reivindicación de la guerra antisubversiva de
la década de 1970. En particular, en torno a esta última giró parte de la
oposición al gobierno de Kirchner, a raíz de la condena de este a los
crímenes de lesa humanidad y al genocidio, que llevó a la derogación de
las leyes de obediencia debida y punto final y al comienzo de los juicios
orales a sus responsables; a esto se suma, entre otros, un aspecto de la

334
política exterior del gobierno, su acercamiento a Venezuela y, en menor
medida, a Cuba. A la vez, a través de declaraciones de integrantes de este
partido del orden, se reivindican las políticas neoliberales y se preconiza
un retorno a ellas a fin de llevar a cabo las tareas pendientes de la década
de 1990; sin embargo, no se registran movilizaciones callejeras que plan-
teen este reclamo.
Al comienzo de este trabajo señalábamos que en nuestra hipótesis
las movilizaciones masivas de 2002 y 2004 eran indicador del inicio de
la reconstitución de una fuerza conservadora en la Argentina actual, de
la cual esos hechos constituyen hitos. Algunos de los hechos aquí pre-
sentados indican a la vez que ha alcanzado cierto grado de construcción
pero que, al parecer, aún no habría podido consolidarse. El triunfo de
Kirchner en abril de 2003 –por sobre el ex presidente neoliberal Carlos
Menem, que renunció a presentarse en la segunda vuelta electoral ante
la evidencia de que perdería por una cantidad de votos abrumadora– fue
expresión de una parte de los elementos de rebelión contenidos en di-
ciembre de 2001. Asimismo, la respuesta popular al intento de aplicar
una política de mano dura contra las protestas sociales, tal como ocurrió
tras el fusilamiento de Kosteki y Santillán en junio de 2002, y más
recientemente, tras el crimen de un maestro, Carlos Fuentealba, en abril
de 2007 durante una protesta docente en Neuquén, muestra que aún
no existe consenso suficiente para ese tipo de política. Por otra parte, no
ha logrado conformar una opción electoral viable a nivel nacional; el
intento por transformar a Blumberg en la figura que pudiera encabezar
una fuerza conservadora no prosperó, tal como puede verse ya en la
disminución del número de manifestantes en la movilización de 200516;
el triunfo electoral de un partido considerado de derecha en la ciudad
de Buenos Aires en 2007 podría marcar otra tendencia; sin embargo, el
discurso adoptado en la campaña electoral no hizo hincapié en una po-
lítica represiva ni típicamente conservadora. De todas maneras, cabe
preguntarse si esa fuerza conservadora en formación no se ha ido desa-
rrollando institucionalmente en los últimos años, expresándose ya en el
terreno electoral como partido del orden.
En suma, la relativa dificultad de la fuerza conservadora para avan-
zar y consolidarse hasta el momento radicaría, por un lado, en que la
lucha de la clase obrera y el pueblo de los últimos años fue fragmentada,

16
Su prestigio quedó, además, muy menguado tras haber sido denunciado por utilizar un
título falso de ingeniero, en el marco de la campaña electoral de 2007.

335
neutralizada e institucionalizada, pero no fue derrotada; por el contra-
rio, la insurrección espontánea de 2001 constituyó un triunfo popular
en el período, y así fue vivido por sus protagonistas. Triunfo que no
significa que se haya realizado el interés del pueblo, pero sí habría logra-
do mejores condiciones para librar sus luchas. Por otro lado, en los últi-
mos años siguió desarrollándose la lucha al interior del bloque domi-
nante, lo que también abona al “desorden”.
Sin embargo, los hechos que se vienen desarrollando en el año
2008 parecen constituir un nuevo hito en la constitución de esta fuerza
conservadora del orden establecido, tanto en Argentina como a nivel
regional.
Por un lado, el ataque a un campamento de las Fuerzas Armadas
Revolucionarias de Colombia (FARC) en territorio ecuatoriano por par-
te del gobierno colombiano pone sobre el tapete la cuestión del terroris-
mo y la militarización en la región. Por otro, la intensa movilización de
los departamentos de la llamada Media Luna de Bolivia contra el go-
bierno de Evo Morales gira en torno al eje de las autonomías regionales,
cuestión también planteada en Ecuador. Y en Argentina, la protesta de
medianos y grandes propietarios rurales contra las retenciones a las ex-
portaciones de soja y girasol establecidas por el gobierno nacional cues-
tiona la legitimidad de la acción estatal en la regulación de los merca-
dos, planteándose a la vez como articuladora de los elementos más con-
servadores de la sociedad. Finalmente, cabe destacar la reactivación de la
IV Flota de los Estados Unidos patrullando la región.
Por lo tanto, el proceso al que nos referimos en este artículo se
encuentra en pleno desarrollo y cabe esperar nuevos capítulos en los
tiempos por venir.

336
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Marx, Carlos 1987; Las luchas de clases en Francia; en Obras Escogidas de
Carlos Marx y Federico Engels; Editorial Cartago, Buenos Aires.
Mesa Ampliada del Diálogo Argentino, circular en www.redcame.org.ar.
www.justiciaargentina.gov.ar

337
338
Experiencias de autogestión de los
trabajadores en Argentina. La recuperación
de fábricas y empresas en la última década

Orietta Favaro y Graciela Iuorno1

Desde los años noventa aumentó la conflictividad social en Ar-


gentina, acompañada por el surgimiento de nuevas formas de protesta y
la emergencia de nuevos/viejos actores. Se inaugura así, un fenómeno
social complejo, con experiencias de autogestión interesantes. Proceso
iniciado como consecuencia de la desindustrialización que se concreta
con la dictadura militar (1976) y completa el gobierno de Menem (1989-
1999) con la privatización de empresas de servicios y el cierre de ramales
ferroviarios.
La “toma”, la “ocupación” y la “recuperación” de fábricas, empre-
sas e instituciones, son estrategias de los trabajadores con el objetivo de
enfrentar el desempleo y la desocupación. Estos territorios en disputa se
convierten en escenarios donde las acciones de negociación y de con-
frontación toman una dimensión particular desde el 2001, cuando el
trabajador se hace cargo de empresas en quiebra, por incumplimientos
salariales o por cierre de las mismas. El nuevo fenómeno de acciones
colectivas que comenzó con cortes de rutas en la década de los noventa,
pasó a ser la estrategia de ambientalistas, vecinos, estudiantes, sindica-
listas y productos rurales. Se observa, por un lado, una declinación de
los cortes de ruta y vías públicas y con la presencia de los actores sociales
dominantes de aquellos años (piqueteros, docentes, empleados públi-
cos); por otro, el cambio de protagonistas en dichos métodos de protes-
ta, actualmente son los ruralistas.
En este estudio, entendemos por protesta social aquel acto colec-
tivo que se hace público en un determinado tiempo y espacio y que
tiene por objeto la manifestación de un determinado conflicto. A su vez,

1
Docentes e investigadoras de la Universidad Nacional del Comahue y del Centro de
Estudios Históricos de Estado, Política y Cultura. Neuquén, Argentina.

339
el conflicto es la confrontación de parte de un colectivo social con las
modalidades que asume la organización de una determinada situación.
De modo que, para que el conflicto sea una protesta se requiere de una
acción que ponga de manifiesto una insatisfacción de parte de un grupo
social, no alcanza con enunciar el conflicto, es condición necesaria para
que sea protesta la concreción de un acto colectivo que constituya la
alteración de las actividades habituales sobre las que se organiza esa rea-
lidad social.
En este contexto, nuestro objetivo es presentar algunas considera-
ciones teóricas y datos empíricos sobre la recuperación de empresas y
fábricas, como estrategia de los trabajadores frente al desempleo y la
exclusión y los resultados alcanzados en este quinquenio en Argentina.
Por ello, sin detenernos en el análisis de casos, ya que fueron tratados en
otros trabajos, solo se hará referencia a los mismos, según la dimensión
temática que se aborda en perspectiva histórica. Coincidente con la cri-
sis de representatividad del país a comienzos del siglo XXI, se produce
un ciclo de “recuperación” de establecimientos productivos, instalando
gestiones colectivas que en la actualidad viven una situación de repliegue.
En este orden, analizamos las características de estas experiencias auto-
gestionarias, dando cuenta de antecedentes históricos nacionales y lati-
noamericanos2.

Experiencias históricas latinoamericanas

La acción de tomar empresas y hacerlas producir por parte de los


trabajadores, dejando a un lado los patrones, tiene precedentes –entre
otros casos– en las ocupaciones de fábricas del norte de Italia en los años

2
En las experiencias de los trabajadores en la Argentina, nos preguntamos si el concepto de
experiencia thompsoniano es válido para el análisis de la realidad social y de los actores
colectivos en las fábricas y empresas recuperadas. La nueva condición de trabajo rompe la
relación empleado-patrón –“desigualdad naturalizada”–, en términos económicos como en
la toma de decisiones, creando los intersticios para la construcción de una nueva subjetivi-
dad. Cuando una de las partes, en este caso el patrón, decide cerrar la fábrica conmueve los
esquemas tradicionales de identificación del trabajador, que en vez de paralizarlo –en
función de una reserva simbólica adquirida históricamente– da lugar a la creación de una
forma de relación laboral basada en experiencias de normas, de conceptos críticos, de
imperativos morales que permanecen entremezclados con las necesidades económicas del
“sentido común” del poder (Thompson, 2000: 16-31). Los cambios en las relaciones socia-
les, sin patrón, son experimentados en la vida y en la cultura social a través de la toma de
decisiones autogestionarias en la fábrica.

340
1920 o en las tomas en el contexto del Mayo Francés (1968). Recorde-
mos que existen conocimientos históricos de autogestión en fábricas que
logran una trascendencia en tiempo y espacio, como el que constituyen
los casos en Yugoslavia, Chile, Bolivia y Perú, cada uno de ellos con sus
fortalezas y debilidades. La autogestión de trabajadores (AGT) fue la
decisión tomada para organizar el trabajo y la producción del régimen
socialista yugoslavo entre los años cincuenta y la desintegración de la
Federación (1991), con períodos de mayor participación de los trabaja-
dores politizados, dada la impronta del PC que acotaba la extensión de
AGT a los niveles locales o sectoriales, generó una situación particular
de relación de poder entre el Estado y las base trabajadora fabril.
En América Latina, mientras que en Chile la experiencia del siste-
ma de AGT fue breve, bajo el gobierno de Allende (1970-1973) se logra
que las fábricas sean más productivas y eficientes que las estatales con
gerenciamiento centralizado; en Bolivia la revolución popular (1952) dejó
lecciones significativas: la experiencia solo en la minería fue vulnerable y la
estatización de las fábricas controladas por los trabajadores llevó a que
estos últimos se convirtieran en pequeños burgueses tecnócratas, centrali-
zando el control en el estado y organizando la empresa pública bajo una
lógica capitalista. Finalmente, en el caso peruano (1967) la “nacionaliza-
ción desde arriba” reprodujo la estructura jerárquica del capitalismo, mar-
ginando de esta manera, el papel de los trabajadores en el sector público.
La AGT defiende a las fábricas del cierre, conservando el empleo y mejo-
rando las condiciones sociales. (Blanc, Fal et al., 2004:55-58).
Las experiencias de ocupación y recuperación en Latinoamérica
tienen sus variantes en Argentina, Brasil, Uruguay y Venezuela. Una
muestra de ello lo constituye el Primer Encuentro Latinoamericano de
Empresas Recuperadas realizado en Venezuela (2005), donde se redactó
un documento, “Compromiso de Caracas”, el que resume recomenda-
ciones a los gobiernos nacionales –poniendo en relieve las contradiccio-
nes de la “centroizquierda”– tendientes a la creación de nuevas leyes,
legislaciones y fondos especiales de recuperación y reactivación. Asimis-
mo, se hacen consideraciones sobre los marcos normativos para la expro-
piación y estatización de las empresas que se encuentran autogestiona-
das por los trabajadores. Las resoluciones se encuadran en la propuesta
del ALBA, la integración que alienta Hugo Chávez en alianza con go-
biernos latinoamericanos (Séller, 2005: 2).
La discusión fue coordinada por líderes de las organizaciones

341
convocantes: Luis Primo de la UNT (Unión Nacional de Trabajadores,
Venezuela), Eduardo Murúa de MNER (Movimiento Nacional de Em-
presas Recuperadas, Argentina) y Sergio Goulart (Fábricas Ocupadas,
Brasil); contando, además, con la participación de representantes de
otros países, entre otros, Ecuador, México, Paraguay, Perú, Haití y
Cuba. Uno de los ejes centrales fue la consideración de las “organiza-
ciones productivas autogestionadas como un germen de transforma-
ción social, señalando que se presenta una forma alternativa de organi-
zar la producción, nuevas relaciones, prácticas de solidaridad y com-
promiso con la comunidad impensado en las empresas patronales lu-
crativas”. Se planteó constituir un canal para que los productos lle-
guen a la comunidad: una red social que atraviese el mercado capita-
lista, donde los mismos tengan valor de uso –no valor social– y que
sirvan para el bienestar general (Badenes, 2005:1-2).

La lucha de los sin empleo en Argentina.


Antecedentes históricos

Las políticas de apertura llevadas a cabo por la dictadura para


favorecer sectores financieros y del capital, las acciones y alianzas
–con el advenimiento de la democracia– del gobierno radical (1983-
1989) y la redefinición del modelo de acumulación planteado en los
años noventa por Carlos Menem (1989-1999), operan en Argentina
en un proceso de desindustrialización, volcándola hacia la reprimari-
zación de su economía. Los principales efectos sociales son la apari-
ción de los sin empleo, sin alimentos, sin vivienda, sin educación,
sin salud: la exclusión social. En efecto, “si bien en los años del go-
bierno de Alfonsín aún los niveles de empleo eran altos (1988: 6,5%
y subocupados 8,9%), eran muchas las familias cuyos ingresos no
eran suficientes para cubrir una canasta básica”(...) “En la década de
los noventa la tasa de desempleo llega a niveles muy altos: en 1991,
cuando se pone en marcha el Plan de Convertibilidad, la tasa de
desocupación abierta era de 6,5% alcanzando pocos años más tarde
al 18,4% de la población”. (...) “Cuando se desencadena la crisis de
diciembre del 2001, la situación ya se hace prácticamente insosteni-
ble. En octubre del 2002, más de la mitad (54,3%) de los habitan-
tes del país eran considerados pobres” (...) “En definitiva, la pobreza

342
por ingreso casi se duplica entre 1995 y 2002 afectando a vastos
sectores de la clase media” (Golbert, 2005:2).
La aplicación de las políticas neoliberales en América Latina su-
puso la redefinición de las relaciones de dominación y consolida un
proyecto hegemónico con implicancias socioeconómicas y político-cul-
turales que transforma espacios y multiplica las acciones colectivas. Es-
tas se dieron en un repertorio complejo de reclamos, se dio por fuera de
las estructuras sindicales y partidarias y en una variedad de prácticas
articuladas. Los cambios en el mercado de trabajo y en la composición
de la clase obrera exponen a sus organizaciones frente a varios proble-
mas: nuevas condiciones de trabajo y crisis de representación política,
ambas afectan a estas corporaciones y a las estructuras partidarias. Se re-
territorializa el espacio de construcción de lazos sociales, implicando
ruptura y continuidad. La demanda es por trabajo digno; es por el ejer-
cicio de la ciudadanía social (Retamozo, 2006: 163).
Los noventa encuentran al país recorriendo los tramos finales del
proceso de ajuste. Se trata de un país distinto, que vivió por primera vez
una experiencia masiva de empobrecimiento como consecuencia de la
estructura social que se modificó significativamente. Una sociedad seg-
mentada, heterogeneizada, polarizada y en la que los problemas sociales
se agudizaron; los nuevos pobres constituyen lo distintivo de la actual
crisis social. La pobreza, la falta de una educación adecuada, la desaten-
ción de la salud, la carencia de servicios básicos son algunos de los signos
más evidentes en los nuevos tiempos (Minujin y López, 1994: 88-105).
La territorialización de la protesta –con la ocupación de empresas
y lugares públicos–, se vincula con la politización de la demanda que se
orienta a los poderes estatales. El proceso opera con escasa movilidad
social ascendente y con una percepción de la desigualdad estructural-
mente injusta. Permite, de este modo, visibilizar la existencia de rela-
ción entre pobreza y exclusión social, desigualdad y ciudadanía. En un
contexto recesivo de cierres y despidos, se produce el ajuste, la adapta-
ción de los repertorios de protesta y resistencia a la pérdida del empleo
y para el mantenimiento de la fuente de trabajo. Se produce de un
nuevo repertorio de acciones colectivas a partir de las cuales, trabajado-
res y empleados comenzaron a organizarse para tomar a su cargo la pro-
ducción, con la recuperación del trabajo.
En consecuencia, la debilidad de la demanda de empleo asala-
riado durante la mayor parte de los años noventa, colaboró no solo

343
para la disminución de la influencia sindical, sino que provocó que
los trabajadores buscaran ocupaciones por cuenta propia de baja pro-
ductividad, con la evidente generación de reducidos ingresos fami-
liares. La fragmentación del mercado de trabajo tiene al menos dos
significados: uno, el que da cuenta de la diversificación de los pues-
tos con relación a calidad del trabajo, remuneración, prestigio, iden-
tidades, y otro, remite a una diversidad de situaciones de exclusión
(Tenti Fanfani, 1993: 252-253). Ante este contexto nacional, son
otros los objetivos de la acción colectiva, a los que apelan los trabaja-
dores que se quedan en las fábricas que quiebran: la recuperación de
la producción y la conservación del trabajo.
En otras palabras, la exclusión del mercado de trabajo formal,
la inserción incompleta, las transformaciones en las formas y las re-
glas de contratación y las particulares modalidades de inserción la-
boral y las posteriores formas de recuperación con la “ocupación”,
tienen efectos importantes en la cultura social del mundo del traba-
jo, especialmente sobre la conformación de identidades y de los pro-
pios actores colectivos. Desembalar el denso contenido de estas últi-
mas experiencias ¿implica para los viejos sujetos sociales una crisis de
autorepresentación clásica de obreros-patrón y la conformación de
nuevas identidades colectivas?

Ocupación, recuperación, toma.


Decurso de la teoría y la praxis

No es posible homologar el concepto de ocupación o toma, es


decir, apropiarse de una unidad productiva, para lo cual se debe encarar
una lucha para concretar la acción. Es un proceso que el 41% de las
fábricas recuperadas han sido tomadas. La toma compromete la convi-
vencia con el empresario durante un tiempo; la ocupación implica, des-
de el comienzo, el control de la planta para evitar su vaciamiento y
conlleva, generalmente, una situación de relación de fuerza y posicio-
namiento mejor para negociar (con el empresario, gobierno o jueces)
(Rebón, 2007: 94). Esto no es óbice para que se produzcan otras formas
de lucha para las “recuperaciones”, tales como la “permanencia consen-
suada” (el trabajador permanece en la empresa en un acuerdo con el
patrón o juez y se negocia su permanencia dentro de la unidad). Ello

344
tiene bajo grado de conflictividad y representa el 35% de los casos; la
permanencia ante el abandono (11,8%); el acampe y negociación (5,9%)
y el retiro de la empresa (5,9%) (Rebón, 2007: 95).
A su vez, la recuperación es un proceso que se aleja cada vez más
de lo estrictamente laboral, ya que la lucha transita por sobrevivir y
hacer funcionar la fábrica o empresa económicamente. Esta acción tiene
que hacer frente a la tensión orientada a la obtención de una cobertura
legal que garantice seguridad para los trabajados y a las tareas que de-
manda en el mercado viabilizando el emprendimiento.
En síntesis, si bien en los ámbitos políticos, periodísticos o acadé-
micos se usan distintas denominaciones, nos parece acertado enunciarlas
como empresas y fábricas recuperadas (FyER), porque refiere más a una
etapa del proceso y no es inclusivo de la totalidad de los casos. Por defini-
ción, una empresa o fábrica en producción autogestionaria son experien-
cias cualitativamente diferente a una fábrica tomada y por último, se trata
de empresas y fábricas porque no se reduce la cuestión a lo industrial sino
de los trabajadores de empresas de todo tipo, que quiebran, son vaciadas y
recuperadas (clínicas, hospitales, colegios, hoteles, etc.).
La actitud de “resguardo” al recuperar las empresas, no significa
que se origine un nuevo sector en la producción, con una orientación de
economía social o que se pretenda desplazar al capitalismo. Por esta ra-
zón es que la mayoría apunta a definirse como autogestionarias –coope-
rativas– y son escasas, las de control obrero. Dicho de otro modo, ¿por
qué algunas adoptan unas formas y otras no? ¿Por qué la mayoría ad-
quiere la configuración de cooperativa, mientras que son mínimas las
que operan bajo control obrero? Una razón importante, no la única, es la
influencia del Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS) y el Partido
Obrero, que a través de sus militantes tienen el “control” de las unida-
des productivas.

Autogestión y control obrero en perspectiva histórica

Frente a las posiciones contradictorias en lo referente a la recupe-


ración de FyER: control obrero con estatización provincial en el marco
del sistema económico imperante, la historia aporta algunas experien-
cias sobre el control obrero. Uno de los ejemplo de autogestión a los
cuales recurrir en auxilio teórico-práctico de virtudes y falencias de las
experiencias vividas por trabajadores sin patrón, lo representa las accio-

345
nes de los obreros rusos en 1917 con el decreto del control sobre la
producción, conservación y compraventa de todos los productos y ma-
terias primas en las empresas industriales, comerciales, bancarias, agrí-
colas, etc., que cuenten por lo menos con cinco operarios y empleados.
El control sería ejercido de manera directa en las pequeñas y por medio
de sus representantes elegidos en asambleas generales. Todo ello bajo el
ideal revolucionario que los trabajadores pueden demostrar que saben,
sin los capitalistas, organizar la industria.
En los años treinta, Trotski a partir de las experiencias de coges-
tión en Alemania e Inglaterra opinaba que “si la participación de los
trabajadores en la gestión de la producción ha de ser duradera, estable y
‘normal’ deberá apoyarse en la colaboración y no en la lucha de clases”.
Desde este prisma, no se trataba de experiencias de control obrero sobre
el capital sino de la subordinación de la burocracia del trabajo al capital,
aunque la situación no podía durar mucho: dependía de la paciencia del
proletariado. Entendiendo así, las diferencias entre la cogestión clásica
–cooperación y participación– del control obrero especie de poder econó-
mico dual en la fábrica (Trotski, 1931:30).
En Argentina, luego de la ‘Revolución Libertadora’ (1955), du-
rante la resistencia peronista, la autogestión fue una práctica utilizada por
los obreros en el marco de huelgas de bancarios, textiles y metalúrgicos
en 1959. Los trabajadores ocuparon el Frigorífico Lisandro de la Torre
(Mataderos, Buenos Aires, 1958) oponiéndose a la privatización del
mismo; conflicto enmarcado “contra la entrega del patrimonio nacio-
nal”. En el caso del frigorífico, los trabajadores fueron reprimidos, se
quedaron sin trabajo y la empresa se privatizó (Salas, 1990:204-207).
Durante el gobierno de la Unión Cívica Radical del Pueblo (UCRP,
con Illia 1963-1966), se produjeron tomas de fábricas por breve tiem-
po, dentro del plan de lucha lanzado por la Confederación General del
Trabajo (CGT) y las 62 Organizaciones sindicales en defensa de la in-
dustria nacional3. En 1973, se ocuparon fábricas, escuelas, universida-

3
Durante gobierno del Gral. J. C. Onganía (Revolución Argentina, 1966-1972), el Estado
había intervenido ocho ingenios en Tucumán con vistas a su cierre, pero el clima de tensión
se tradujo en manifestaciones callejeras y ocupación de las fábricas. Uno de los ingenios –
que seguía funcionando– se comprometió al traspaso de 2.000 ha de tierra en concepto de
indemnización; allí se gestó la Cooperativa de Trabajadores Unidos de Campo de Herrera,
bajo la asesoría de técnicos de la estación experimental INTA de Famaillá, que funcionó
hasta los años ochenta (en Kindgard, Federico 1998 “21 años de éxito cooperativo: Campo
de Herrera, una asociación de trabajadores”, Buenos Aires- UBA).

346
des y hospitales, conflicto en parte sujeto por el acuerdo entre Perón, los
sindicatos y los empresarios. A la muerte de Perón –1974–, algunos
sectores se radicalizaron en el contexto de fracturas del peronismo, se
generaron experiencias, como el control obrero en la papelera Mancuso-
Rossi (Buenos Aires) y la petroquímica PASA (Rosario, Santa Fe) (Mag-
nani, 2003:35). En definitiva, entre los años 1960-70, crecieron los
experimentos de resistencia a los ritmos de producción en el fordismo.
Otro antecedente lo constituyó la experiencia del control obrero
en Gran Bretaña de los años setenta, que se desenvolvió con un movi-
miento sindical posicionado en la industria y en la sociedad. En el ima-
ginario de los obreros de lucha militante y avance del movimiento obre-
ro, la idea del control proletario se volvió propia y en las industrias
propiedad del Estado decidían las juntas de representación igualitaria
de trabajadores, sindicato y gobierno. Esto condujo a la presencia de
comités de fábricas y los sindicatos eran órganos para la colaboración de
clases (Sewell, 2005: 1-5).
En coincidencia, en nuestro país, hubo un proceso de lucha y de
organización, que influyó en la creación de coordinadoras interfabriles
tras las huelgas de 1974-75, conocidas como el “villazo”, logrando para-
lizar las fábricas de Villa Constitución (Santa Fe): Acindar, Metcon y
Marathon4, las que ocupaban un total de 6 mil operarios metalúrgicos.
Durante el gobierno de María Estela Martínez de Perón (1974-1976),
los obreros cuestionaron el Pacto Social, el congelamiento salarial, con-
fiando en sus propias fuerzas y en las que se dieran a partir de huelgas de
los trabajadores en los principales cordones industriales del Gran Bue-
nos Aires, donde se conformaron coordinadoras de solidaridad con la de
Villa Constitución. Estas acciones provocaron movilizaciones que exi-
gieron paritarias libres y la erradicación del plan de ajuste conocido
como el “Rodrigazo”. La experiencia de los obreros permitió ensayar la
autogestión de la producción en las metalúrgicas.
Lo interesante de estas experiencias, es que se trató de un sector
joven, con estabilidad laboral y altos salarios, germen del sindicalismo
clasista. En los años ochenta se produjo la ocupación de instalaciones
fabriles, sin los logros esperados. El último caso fue la ocupación de la

4
Las tres grandes fábricas protagonistas del “Villazo”: Acindar y Marathon pertenecían a la
familia Acevedo y Metcon era propiedad de la empresa Ford. Los obreros de Acindar
impusieron sus métodos de lucha: asambleas masivas, resolutivas, ocupación de fábricas con
piquetes duros y toma de rehenes del personal jerárquico.

347
Ford (Pacheco, Buenos Aires, 1985) de los obreros ante el despido de
sus compañeros; hasta que en los años 1990 operó un fenómeno que
comprende alrededor de 200 fábricas recuperadas con más de 10 mil
operarios5.
Sintetizando, se recrean nuevas formas de representación, de conce-
birse asimismo en tanto posibilidades, de captación y puesta en práctica
de habilidades antes no utilizadas ni valoradas que rompen con la forma
tradicional del trabajo y de vínculos mutuos. Esto implica la reapropia-
ción del quehacer en una nueva subjetividad a través de un trabajo de re-
historización de la ruptura de lo habitual (Neuhaus, 2006: 96-99).
Desde el punto de inflexión en la realidad argentina que significó
el año 2001 (Barbetta y Bidaseca, 2004:67-88), la situación económi-
co-social condujo a los trabajadores de fábricas en quebranto, ocupar el
lugar de trabajo y resistir, ensayando la producción bajo diferentes for-
mas de control y cogestión obrera. Es conocido que sin la nacionaliza-
ción de los sectores claves de la economía no se puede crear una admi-
nistración obrera para colocarse bajo el marco jurídico estatal sin estar
sometido a los vaivenes de los gobiernos de turno. Las fábricas en manos
de los trabajadores, la propiedad y el derecho a enajenación detentada
por los capitalistas, presenta un decurso con un horizonte optimista
para los primeros. Sin la expropiación el control por parte de los obreros
constituye una suerte de interregno económico. Por ello, nos pregunta-
mos ¿el éxito dependerá de la correlación de fuerzas políticas y de/en la
misma sociedad? La lucha por el control obrero involucra y representa
elementos de una “nueva sociedad” en el marco de la “vieja”, donde el
desafío es tomar las empresas y ponerlas en producción? Solo cuando la
propiedad de la industria es expropiada a los capitalistas es que los tra-
bajadores pueden tener genuinamente dicho control. Por lo tanto, no es
solo un proceso político, sino además, revolucionario.
El hecho de que las experiencias están “en curso”, su evolución y
destino posterior, impide que los historiadores podamos prever, prede-
cir su devenir hasta que formen parte del pasado reciente. De todas
formas, se hacen visibles algunas grandes líneas que permiten tematizar
la naturaleza compleja de los nuevos fenómenos sociales. En las expe-
riencias paradójicamente conviven dimensiones democráticas de deci-
sión con métodos y valores propios de la dinámica capitalista. Es el

5
Llama la atención que sobre 5.000 fábricas quebradas y/o en crisis en los últimos años, solo
en 200, se generaron procesos de ocupación y/o recuperación por parte de los trabajadores.

348
resultado de la decisión de conformar colectivos autónomos en medio
de una crisis profunda. Pero no es un contexto revolucionario, sino que
se decide ocupar las fábricas para evitar perder el trabajo y caer en la
pobreza.

Perfil de los trabajadores y de las empresas recuperadas

El tipo de experiencias no tiene más de tres o cuatro décadas de


funcionamiento, son pymes, establecimientos con 50 a 100 obreros,
que en las últimas década sufrió progresivamente el proceso de crisis de
la economía (se inició en