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Tabla

de contenido

DÍAS EN EL JARDÍN
Poemas 4
Sinopsis 5
I 6
II 6
III 7
IV 7
V 8
VI 8
VII 8
VIII 9
IX 10
X 11
XI 12
XII 12
XIII 13
XIV 13
XV 17
XVI 18
XVII 19
XVIII 20
XIX 20
XX 21
XXI 21
¡BUENOS DÍAS PRÍNCESA! 25
I 25
II 25
III 25
IV 25
V 25
VI 25
VII 25
VIII 25
IX 26
X 26
XI 26
XII 26
XIII 26
XIV 26
XV 27
XVI 27
XVII 27
XVIII 27
XIX 28
XX 28
XXI 28
XXII 28
XXIII 28
XXIV 29
XXV 29
XXVI 29
XXVII 29
XXVIII 29
XXIX 30
XXX 30
XXXI 30
XXXII 30
XXXIII 30
XXXIV 31
XXXV 31
XXXVI 31
XXXVII 31
XXXVIII 31
XXXIX 32
XL 32

DÍAS EN EL JARDÍN

Poemas





Sinopsis
El amor es una senda a construir, que se cimienta con el esfuerzo, el
compromiso y la pasión.
Dos seres que se encuentran y están destinados a ser complementarios y a la
vez opuestos. ¿Cómo erigir un jardín donde amarse, sin que lo antagónico de
cada uno se manifieste como una sombra de desamor?





































DÍAS EN EL JARDÍN

I
Ante la ventana el cielo
testigo de soledades,
en ambiguas formas de hielo,
de dos seres sin verdades.

Noches amargas como hiel;
horas de hirientes silencios
entre tu cuerpo y mi piel,
plenas de eternos vacíos.

Inquieto vuelo de dudas,
tantas como un mar de estelas,
alejan de nuestras vidas
todo deseo de sentirlas.

En un rincón olvidado,
no por nuestros corazones,
permanece enajenado
el maná de las pasiones.

Con llantos de un gran pesar
vamos rompiendo las horas.
La vida va sin cesar;
nuestro tiempo queda atrás.

Se expande la oscuridad;
¿quién recorrerá la senda
- ¿tu? - que lleva a la unidad
a toda alma enamorada?

II
Por las sombras del mediodía
transitan dos almas en pena;
arrastran el dolor de las ilusiones
que ambos sembraron en sus corazones
y perdieron en lucha vana
jugando con el fuego de los desamores.

¡No hay dolor más sangrante
que el amor robado al horizonte!

Tesoro de dulce miel
entregado al viento de los celos,
ocultado por máscaras y velos
y goces placenteros en la piel.

Ardieron en deseos engañosos;
fue su desdicha el paso de los años.

Fuerzas jóvenes, vacías de miedos;
cuerpos rosas de dulzuras eternas;
frescura mágica de azucenas;
cuerpos esplendentes en formas y sonidos:
¡cuántos días primaverales!

Si el tiempo no pasa,
fatal destino;
la vida se cansa,
está el fin del camino:
¡llegan los duros días invernales!

III
En el umbral del invierno
entre luces oscuras y pardas;
en su corazón laten, heridas,
semillas de un ciclo eterno.

Despierta el alma en el sueño
para vagar por constelaciones,
de ínclitas y velantes pasiones,
inquiriendo al amor y a su dueño.

En lo vernal: despertar
de una vida plena de luz y oro;
toda la naturaleza a coro
talla en su cuerpo un altar.

Al amor le pone alas el alma
para jugar con las estrellas
a crear imágenes bellas
de pasiones y deseos en calma.

En un instante hiere el rayo,
con sigilosa luz inquietante,
al corazón, semilla paciente:
¡germina y florece en mayo!

Asciende la sabia en un clamor
anegando mi vida y mi ser.
¡Ay! comienza el padecer
de mi vida por tu amor

IV
No hay nada salvaje en tu mirada,
mas tus manos siguen arrancando,
impetuosamente, la flor del tiempo.
¡Oh, amor!
todo lo que separas grita su dolor;
todo queda en abrojos ahogantes.
Así crecen malezas y espinos,
como hiedras de horas y días,
envolviéndonos juntos
en un otoño eterno sin flores
a las que de color el tiempo.
Esa red indisoluble, que nos enlaza,
nos impide abrir las veredas yermas
donde unir nuestras manos jardineras.

No hay nada salvaje
en tu mirada inquietada;
tus ojos reflejan el lago
donde duermen tus lágrimas;
a su alrededor prosperan
las flores de nuestro tiempo
por tus manos (ahora heridas)
arrancadas con dolor.
¡Oh, amor!
en todo lo que miran
se refleja su color.

V
De tus ojos tristes, de tierras grises,
surge la lágrima perlada
donde se refleja la luna dorada,
como sol que ilumina tu rostro.

Mi tristeza, siguiendo su rastro,
se sumerge en esas aguas,
para renacer, como fénix dorado,
mi amor de enamorado
en el manantial de tu amor.

VI
Sin luz son noches oscuras.
Sin ti no siento el camino.
Sin flores no hay primaveras.
Sin ti son días sin destino.

Con luz surgen días de auroras.
Contigo emana la vía
que el amor llena de aromas,
donde encuentro la alegría.

VII
Con el recuerdo de la ausencia de su amada
subió el amante hasta el cerro del Destino.
Observó el valle gris de la desolación
y, por el pesar del dolor del desamor,
se abrió como una flor su amante corazón.

Surgieron lágrimas que intentaron sanar
la profunda herida y serenar el alma;
resbalaron por su mejilla perlas de agua,
brotando de ésta fuente un ancho río de plata.

Desde lo alto descendía (filigrana azul)
regando las colinas de páramos yermos
donde su doliente corazón, esparcido
en infinitas semillas de verde germen,
aguardaba las aguas vivificadoras.

Y germinaron, y crecieron dando fruto,
bañados por el manantial de su gran llanto.
Aquí: cedros, acacias, almendros y robles.
Allí: lirios, rosas, azucenas, violetas...

En lo alto del cerro, un corazón solitario
se empapa de arrebol del lago del dolor.
Son aguas puras de pasión, plenas de amor.

VIII
¿Dónde estás, amor?
Clamo con gran insistencia
desde la inmensidad de la llanura.

¿Dónde estás, amor?
Levanto mi voz al cielo
desde los escarpados y altos cerros.

¿Dónde estás, amor?
¿Tras qué sonidos te ocultas?;
¿entre qué trápalas ingentes duermes?

Te busco por las ciudades pobladas,
por pueblos deshabitados, por sendas
siempre abiertas, por cerradas veredas.

Pregunto al águila si te ha visto
saltar y jugar entre blancas nubes;
a las pléyades celestes pregunto
si, sobre cometas, estrellas bebes.

Más allá de los límites, mis ojos
con ansiedad miraban,
y en nada se posaban,
esperando encontrar tus labios rojos.

Desconsolado quedé
ciego de lo que no veía.

Entonces fue dicha la mía
sentir que dentro de mí
una amapola florecía.

Muy dentro, dentro de mí
te sentía.
Ese destelló murió
como flor de un único día;
el aroma que dejó
es mi amante compañía.

IX
“¿Me amas?”. Dudabas
y preguntabas.

Hacia ti tendí mis manos blancas
con las que sembrar en tu jardín
aromas de lirio y de jazmín.
Esperándote quedaron secas.

No encontraron las tuyas abiertas;
fueron las mías solitaria sombra
de una luz que alumbra
el eco triste de tus preguntas.

De nuevo exclamas
(eco ausente): “¿Me amas?”.

Puse mis labios en tu mejilla
sustrayendo una débil sonrisa,
rápida, de tu faz silenciosa,
efímero reflejo de estrella.

Con ella se perdió el candoroso
calor de la caricia sincera;
semilla sembrada en primavera
arrojada al eterno descanso.

Repites, “¿me amas?”,
con mil zalemas.

Te di mi corazón pasional,
quisiste que latiera a tu ritmo,
y lo engarzaste en áspero plomo
de ignoto cielo gris terrenal.

Y el corazón no vio el horizonte;
las brumas de plomiza tormenta
se acercaban con tristeza lenta
en letanías de amargo presente.


¿Le amo? Dudaba,
me preguntaba.

En un día invernal de luna clara
me aleje, buscando la respuesta,
por caminos de tierra remota,
donde el poeta cantara a la aurora.

¿Le amo? Sobre las alas del viento
cruzó mar y cielo ésta pregunta.
¡Príncipe del viento abre la puerta
de este a oeste para mi sentimiento!

Al aire lanzo
mi íntimo rezo.

Al alba, tibios rayos de sol
abren la senda hacia la fuente
donde nace el río azul del amante
y el corazón limpia su crisol.

¿Le amo? Silencio:
vacío de espacio.

Y pregunte al almendro y a su flor,
y a la vida en el valle del tiempo,
y al inefable dios silencioso...

...el otoño sembró, con dolor,
la dura almendra al fértil campo
de la mano, el corazón y el beso.

X
Me pediste una promesa
de mi amor
y por ello
me juraste amor eterno.

Puedo cantarte canciones
con mi amor,
y susurrar
en la quietud de la noche
un "te quiero"
como lucero
que alumbre más que un sol blanco.

Mas después...
solicitaste una alianza
que afianzara
nuestro amor
como bastión de unidad.

Te entregué un silencioso “te amo”
desde el corazón,
y desde mis labios
se ofreció con pasión a ti.

Mas después...
“¡por tu promesa!,
¡por tu alianza!,
si me amas
(aún lo dudabas):
¡dame tu vida!”.

Y me entregué para ser siervo
del amor amado.

XI
Amor mío: ¿cómo olvidar la dulzura
de tus pechos ardientes y floridos?;
¿por qué mis manos buscan con locura
tu cuerpo blanco, sus rincones cálidos?

Amor mío: ¿dónde está tu boca rosa
de húmedos labios, de aroma fresco?;
¿no te ofrecieron mis labios su prosa,
versos y cantos, de amor melancólico?

Amor mío no alejes de mí el frescor
de tu abrazo, ¿no está mi corazón,
límpido de reproches y rencor,
ardiendo en el crisol de la pasión?

Como náufrago de tu cuerpo amante
entrego al viento todas mis caricias;
aferrado a sus intensas delicias
persigo su fulgor resplandeciente.

Abrazo el sitio que dejas vacío;
quedó, tu ser etéreo, nacarado
por siete colores de aura dorado.
Me entregó al sueño que por ti nació.

¡Qué dulce el sueño que da vida al amor!

XII
Renace el fénix de sus cenizas.
Retoñece el árbol un día herido.
Ecos invernales de esperanzas:
suspira el corazón dolorido.

¡Ay! quienes han amado han sufrido,
mas sus almas no quedaron yertas
porque lágrimas las han regado.

¡Que no queden las vidas desiertas!

El amor, como luna creciente,
ilumine al corazón doliente.

La rosa blanca en la primavera
brota y florece.
Del sueño el amor despertará:
sana y renace.
Ecos de esperanzas invernales
serán primaveras pasionales.

:

XIII
Puedo beber de las estrellas,
saciarme con la blanca luna,
y de infinitas cosas bellas
que tú me das a libar de una en una.

Puedo ascender al alto monte,
bajar a la profunda fosa,
y no perder la cruz del norte
si me acoges en tu mano amorosa.

Puedo pintar los mil colores
sobre la noche más oscura,
y en los pájaros sus cantares,
si me regalas tu mirada pura.

Puedo traspasar el infierno
o encontrar la puerta dorada,
atravesando el duro invierno,
si me acoges en tu alma enamorada.

Todo lo puedo, todo espero
de este universo enamorado;
fuego y agua templan como acero
mi amante corazón a ti entregado.

XIV
Errante vaga el amor
por caminos terrenales
de quimérica ilusión.
Un reflejo de luz gris
arrebata a las campiñas,
con sesgo de hoz, el color
del aire en el horizonte,
donde el trigo ya no silba
su primavera dorada.
Errante vaga el amor
Buscando, el diáfano rostro
de la vida, entre las vidas
cubiertas por silenciosa
máscara y color falaz.

Recorre los valles ingentes
por donde la humanidad
ha sembrado, en tierra blanca,
las semillas de su ciencia.
Pero lascivos amores
entre Cronos, siempre joven,
y Clío, dama intemporal,
han velado con un manto
de ilusorias alegrías
los aromas y colores
de las flores verdaderas.
Las almas rezuman pátinas,
que acortan su eternidad,
levantando vaporosas
sombras y oscuras tinieblas,
eclipsando el débil hilo
dorado de la senda áurea,
tenue fulgor que al amor
entregaba su esperanza;
pero sus ansiosos ojos,
de tanto otear y sondear
en esa oscuridad diurna,
inhábiles, se cegaron.

Errático amor, perdido
por la perpetua estación
invernal de nieves negras,
de huero mediodía sin sol,
de noches albas sin luna,
de frío gélido, de frío
hiriente, infernal, mortal.

El aire y el fuego empujaron
la promesa del Destino,
y de su mano desnuda
penetra, el amor cegado,
en la oscuridad profunda
del todo lleno de nada.
Solitarias soledades,
de tristes ángeles negros,
custodian estas umbrías.

Pasa el tiempo, minutos
como años, en un instante
los días, mientras los segundos
(Cronos engendra fantasmas)
se vuelven eternidad.
Sumida entre piedras negras
procedentes del averno,
el alma se vuelve opaca
y entre las sombras escapa
su última perla de luz.

Ésta lágrima de amor
es sueño blanco de estrellas
que conmueven al Destino
(hado de pájaro blanco,
lazarillo de esperanza)
conduciéndolo por sendas
de tierra azul al umbral
de los jardines de Deméter.

De su mano aprende
cómo nacen los colores,
de agua y luz, en el arco iris;
cómo las semillas aman
a la tierra que las ciñe;
cómo del dolor germinan
capullos que se harán flores;
cómo la tormenta y el viento
son el pensamiento inquieto
del alma del firmamento.

Le enseña, su corazón.
a escuchar el palpitar
de la vida en todo ser;
cómo las aguas del río
lloran y ríen con el mundo;
cómo el aire da su voz
a la rosa de los vientos;
cómo hablan el mar y el cielo,
entre sueños y suspiros,
de su inmensidad azul.

En el crepúsculo pálido
de vagas melancolías,
el amor, fortalecido
atraviesa la puerta única
del silencioso jardín
hacia el Valle de los Tiempos;
hogar de las ilusiones,
de candores y pasiones,
de los cantos y romances,
de las ciencias y de las artes,
de perfumes y ambrosías,
de las noches y de los días.

Pénsil ínsula de oro gris
en donde la luna, reina,
y el sol, rey, bailan la danza
permanente de la vida
entrelazando sus halos,
plata y oro: lúdica luz.

Brotó en el amor la música,
trémolo de ruiseñor,
sonata de pasión dulce
que al alma da alas livianas,
y ascendiendo en irisados
círculos resplandecientes
se une a donceles danzantes
en el coro de la regia
cadena de eternidad.

La mirada de dos almas
encuentran sus corazones;
almas gemelas de amor
resplandeciendo en sus rostros;
luz que irrumpe como el alba
en la oscuridad contrita
de sus días, de sus noches.

Y un breve impulso sin fin,
tríada de tiempos y espacios,
despierta el goce de estrellas
palpitando en las semillas
(corazones de aire y fuego)
las esencias que serán
aromas de flores rojas
en el bello ciclamor.

Es su sombra, sombra nítida
donde descansa la luz,
sonrisa y tálamo verde
para dos estrellas blancas
que unen su mirada azul
de intenso y límpido cielo.
Alba dulce de ojos claros,
manantial de donde brotan
perlas de sueño dorado;
lágrimas de alegría muda
que en el ritmo de la danza
crea ensueños nacarados,
de letanías de colores,
en un arco iris de amores,
uniendo a él, doncel de tierra,
con ella, ninfa del cielo.

Destella el nimbo celeste
desde los dos corazones,
como celestial promesa
guardián de fidelidad.

Bajo el dintel de la puerta
del luminoso jardín
la estrella del mensajero
(pájaro albo de tierra y aire,
mariposa de aire y fuego,
caballo gris de fuego y agua,
ángel blanco de agua y tierra)
insufla esperanza ardiente;
su voz, eco de la fuente,
melodía de los amantes:

“¡Volad con los vientos áureos,
caminad por las veredas,
teñidas de verdeluz,
desde las luces del alba
hasta el crepúsculo rojo.
Hollad las sendas del norte,
del sur, del este, del oeste.
Inflamad de resplandores,
de los amores que tiñen:
la primavera, de sueños;
al cálido estío, de ensueños;
al otoño quedo, de oros;
al invierno, de tesoros.
Dad de beber en el cáliz
abierto del corazón:
miel de oro y néctar de plata
de la pasión infinita
que os dona el sol y la luna!”.

XV
Todo me habla de ti
y por ti todo me habla.

Busco palabras perdidas
entre mis vagos recuerdos;
son silencios olvidados,
dulces esperanzas mudas;

son universos armónicos,
de claras voces divinas
y de verdades eternas,
los silencios y sus ecos.

Todo me hala de ti
y por ti todo me habla.

Esas voces son luceros
que dirigen la mirada.
Así la vida entregada
en resplandores de aceros.

Blancos y grises, la nada
y el todo, único momento
que atraviesa el pensamiento
y dirige la mirada.

Todo me habla de ti
y por ti todo me habla.
Ven, ¡mira!:
todo se vuelve belleza.
¡Escucha!:
silencios de aérea pureza.

XVI
Prendido entre los pliegues de la noche
me entrego al sueño, con la miel del beso
dejado en mi boca, en el embeleso
del vuelo amante y anhelos sin derroche.

Mecido por ese grato dulzor
me recoge en su regazo la sombra
del genio nocturno; extiende su alfombra,
pintada por los sueños del amor,

donde vivo durmiendo (eterno ensueño)
la inmanente presencia de la amada;
siempre cercana, siempre enamorada,
paloma blanca en el jardín del sueño.

Vuelo con ella por la íntima nada
del espacio creado por la ilusión
del alma, velada por la pasión
que nos lleva por la morada increada,

y los pensamientos llenos de deseos
en los besos entregados de amantes.
Vuelo del hoy a las mañanas presentes,
hacia los jardines de eternos paseos

donde la nada se convierte en todo
plena de libertad, sin máscaras,
sin ropajes, sentidos sin armaduras;
corazón sin cadenas, poeta mudo

del gran misterio que el amor encierra
en esta clara oscuridad del sueño
de amor. Como en cornucopia de otoño
fluyen colores de aire, fuego y tierra,

río celeste de la fuente sonora
donde nos bañamos con los planetas,
nebulosas, estrellas y cometas:
pléyades cantoras de nueva aurora.

Sumergidos en la música pura
viajan los dos corazones amantes;
son canto de los éxtasis celestes
que la vía láctea llena de ternura

y embeleso, en esta noche enamorada
donde amor y sueño tienen su morada.

XVII
¡Fuerza misteriosa en el universo!:
ciclos eternos recorren los cielos;
halos interestelares, en círculos,
girando en interminable proceso.

Nebulosas, sembradas como campos
de trigos celestes, donde florecen
las almas que a su centro pertenecen.
Eternidad para todos los tiempos.

En el asombro de tanta grandeza
tu y yo, estrellas en este firmamento,
danzantes de un único pensamiento,
somos amor que al espacio los lanza.

Danzamos en la vida con locura
a través del círculo de este anillo,
entre los campos de trigo amarillo,
hacia el amor que todo lo procura.

Sufís amantes (rítmico el latir
que emana del centro resplandeciente)
recorremos las sendas con la ardiente
pasión que el anillo nos da a sentir.

Corazón con corazón, piel con piel,
despertamos a la eterna fragancia
del corazón amoroso que escancia
continua ambrosía de rosas y miel.

¡Fuerza misteriosa en el universo!:
¡mágico impulso del amor y el verso!

XVIII
¡Oh, amor amado! que en incierto juego
de besos, abrazos y anhelo vago,
me abrasas consumiéndome en tu fuego.

El crisol del amor, barro y cristal
en tu carne rosa, ígnea dea vestal,
disuelve el deseo de escoria mortal.

¡Oh, amor amante! que te has entregado
sin pedir nada de lo que has soñado
en la aurora azul del amor amado.

Dame una lágrima de tu pasión
y de mi alma brotará la canción
melancólica de amor e ilusión.

Amor amado, luz de hermosa perla;
amor amante, mar de amor sin cala:
mar y perla que el amor nos regala.

Danzan, amor amado y amor amante,
al ritmo de la vida palpitante
sus bodas de eterna luz esplendente.

XIX
En el bosque inquebrantable
de tu hermosura esplendente
estoy cautivo, buscando
en tus ojos la mirada,
rescatadora, que adoro.

Cautivo soy de su voz:
cantos de sirena al viento,
rumor del amor del mar.

Cautivo de una locura:
en invierno son tus risas
cantares de primavera.

En tu bosque impenetrable
hay un corazón de flores,
de los más bellos colores;
son dádivas redentoras:
llenan mi alma de hermosura.

XX
El hoy es el mañana de los tiempos pasados.
El hoy es para corazones enamorados.
Días y noches traen sucesos intemporales
que el amor llena de promesas pasionales.

El ahora de este tiempo presente es efímero.
Un “te quiero” es fugaz sombra
de la palabra.

El futuro es lo que siempre llega primero.
Un “te quiero “es la semilla
de una estrella.

Remando en el viento dejamos al pasado.
Un “te quiero” es llegar al cielo
de amor sin velo.

En todo tiempo el amor se siente acosado.
Un “te amo” es flor candorosa,
amor en rosa.

Tu eres estrella roja, luz de la palabra:
pasada
presente
futura
que al amor asombra.

:
XXI
Al amanecer de un día de abril, rojos
y anaranjados con verdes plateados,
se extienden ante mis ojos cansados.

Con los primeros fulgores dorados,
la tibia mañana de primavera
se engalana con los colores huidos

entre las sombras de la noche oscura.
Amanecer de un abril: alborada
que saca del sueño a toda criatura.

Camino por el plácido prado, húmedo
de rocíos: perlas que llora la luna
sobre la regia pradera alfombrada

de pequeñas flores, de las que emana
la diáfana luz, de las margaritas
y de las prímulas, que me ilumina;

alejan de mí pesares y cuitas
su fragancia dulce, su ánimo amable:
la vida manifiestan y perfuman.

Camino hasta el pie del viejo roble,
árbol y guía que la tierra y el cielo aman,
tronco rugoso de madera noble,
donde los colores pardos enraman,
donde sus hojas, de verdes oscuros,
son llamas de aire ocre que al sol reclaman

su cálido fuego de brillos claros;
árbol refugio de la voz del viento
y el hogar seguro de los mil pájaros,

donde el ruiseñor desgrana su canto,
su trinar al arrebol de la aurora.
El amanecer extiende su manto

de mañana cristalina alba y pura.
Está, el calor de la luz, despertando
a la vida, en este tiempo, en esta hora

en que se alboroza todo lo creado,
rompiendo el breve hechizo del sueño
en rítmica diacronía, desvelando

los anhelos de mi alma del ensueño.
Bajo el viejo roble espero el clarear
de la mañana, con ansias de niño.

La naturaleza es todo un cantar.
Entre tanto embeleso una ligera
brisa trae el peso exánime de un piar,

eco lastimero de ave viajera.
Todo en silencio, todo fue escuchar,
y la misma brisa que lo trajera

me lleva hasta la fuente del pesar.
Maleza de arbustos, hierbas y flores
en contienda buscando su lugar;

las pequeñas violetas, siempre alegres,
tratando están de esta lid escapar;
los jacintos de campanas azules

no sienten sus largas hojas verdear;
sin flores ni frutos, la madreselva
sigue, sin someterse, en su trepar,

parece conocer a donde va
entre secos matojos invernales;
maraña de la que nada se salva;

los tupidos y espinosos rosales
pugnan por rasgar el caos del zarzal,
mientras sus verdes capullos carnales

desean ser rosas rojas del rosal.
Todo es un suspiro de sol y de aires,
de aroma y de flor, en el matorral.

Y en este quejido de colores
afligidos, resuena con más fuerza
el lastimero piar de los pesares

de un pequeño pájaro que, en la zarza,
hilos lacerantes han atrapado;
agitándose en tal naturaleza

gime, desde su corazón cansado,
por el sol, por el cielo, por el viento
que su pecho de algodón ha perdido.

Tomo al pajarillo con mucho tiento;
quieren ser mis manos afable nido,
quieren ser el calor y el alimento

que alivien al pajarillo aterido.
Vuelvo al viejo roble. Todo es silencio;
el cielo azul a la hierba está verdeando;

en las prímulas gotas de rocío
endulzan, de perladas ambrosías
su flor. La luz está creando el espacio,

luces, sombras, para las alegrías.
Brota en mis manos un piar dulce, firme,
en el pájaro antorcha de los días,

pájaro de algodón; ya nada teme
esta avecilla de colores ígneos.
Abre sus ligeras alas mostrándome

en esplendor sus joyas de amarillos:
cola de fuego y dorso de tierra,
pecho de agua, píleo de aires y brillos

irisados que en sus alas encierra
el hálito del viento y del cielo;
nueva vida que su espíritu aferra.

De mi mano abierta levanta el vuelo;
dejó en el aire la señal de un beso
azul y ligero que rasgó el velo,

ilusorio oasis, de tanto embeleso.
Ahora está la senda, perfumada
y nítida, abierta para mi paso

por el vuelo de su estela irisada;
tras ella viaja el corazón sediento,
surcando aires de vida renovada
en el claro día lleno de su canto.





:

¡BUENOS DÍAS PRÍNCESA!

I
Deja que la realidad se desvanezca, Princesa, para hacer imperecedera
cualquier lágrima de sentimiento.
Se aleja el tiempo dejando la tristeza, de la lucha, por recordar si alguna
estrella de felicidad bajo a besar tu frente.
Haz, en esas horas, requiebros de engaño con la cautivadora hermosura de los
ojos para coronarlas de alegrías.
Suspiros secretos nombras, en la noche callada, al oído de un amor que labras
en el silencio fluido del corazón; y este suspira a los luceros, para que no
hagan sombras, y bajen a besar tu frente.
Recuerda, porque la vida olvida, que el camino no tiene memoria para dar
belleza a los sentimientos.

II
Ven, Princesa, a pasear por el jardín de las flores de amanecer. No pienses en
otros jardines y en otras flores, que la mente no se ciegue en ellas; tal vez sí en
aquella que te ha dejado el recuerdo de una alegría casual que, como una
repentina evidencia, ha iluminado, en ese instante, tu vida.
Así el jardín por donde ahora paseas: dádivas de flores sin nombre entregando,
como rayo de luz, sentimientos de alegría.
No las cojas, que se pierdan en el recuerdo. Este no es más que una simple
flor. Cuando lo necesites levantará jardines a tu paso.

III
Hay una plenitud de frutos esperando saciar tus ansias de luz. Están en el árbol
del que surgen la sombra y la claridad.
Entra, Princesa, en el huerto, siéntate bajo la frondosidad del árbol que
plantaron mis manos, y toma en tus labios la dulzura de los frutos maduros.
Y la luz rila entre las hojas, mientras mariposas de pensamientos vuelan, entre
la perfección que se desvanece, tras la oscura luz de tus ojos.

IV
Todo poema busca estar cerca del corazón; enraizar como flor en tierra
fecunda, para ser como el sueño de la flor: aroma de dulzura y luz.
Desde el corazón fluir con plenitud, como un río de otoño abandonándose a la
crecida tras una tormentosa lluvia.
Después pasa, y queda el murmullo sonoro de la voz del hontanar, recitando
los poemas del amante corazón.

V
Si se me concediera el cielo y todas las estrellas, o un tesoro con todas las
riquezas más inmensas, nada sería comparable a ésta alegría: un pequeño trozo
de tierra que me recuerde, siempre, la melodía del color afectuoso de tus ojos,
Princesa.

VI
En un día de hastío de verano siéntate a contemplar a aquellos que pasan sin
detenerse, y observa sus rostros de sonrisas y tristezas.
Por un momento detente en su recuerdo. Son flores nacidas en un instante sin
sentido, mustiándose sin dar fruto.
Así, en silencio, deja salir sonrisas y lágrimas que quedaron aplazadas, déjalas
ir tras las huellas de los que pasaron. Serán como hojas caídas de las flores de
una pesada noche.
Dejarán huecos por donde la música de la vida surgirá mostrándose simple y
evidente.

:

VII
Estando junto a ti, Princesa, hay veces que no tengo necesidad de pensar ni de
expresar, tan sólo sentir.
A veces eso basta para escribir una canción en el corazón y cantártela en el
silencio de las manos, o tejer una pulsera de poemas para ceñirla en tu
muñeca; o crear perlas de poesía trenzándolas en el aire de tu pelo.
A veces una mirada es la palabra necesaria para surcar las olas levantadas por
la tormenta de la vida y, como velero poderoso, llevarte hasta las aguas que
parecen dormir acunadas por un sueño silente.
A veces tus ojos alejan las sombras el mediodía, y al atardecer, sin saber de
dónde, florecen sentimentales lirios de silencio.

VIII
Princesa, tu, qué estás ahí sola con mirada siempre desconocida, ¿tienes en
ella un sitio para mí?
Observo la brisa fresca que brota de tus ojos; encuentro en ellos el color de las
nubes de lluvia.
Abandónalos al viaje en el río del sueño para, meciéndote en su barca ir, sin
detenerte, al encuentro del hogar celeste.
Allí, recogida la vela y amarrada la barca a un canto del sentimiento,
caminarás hacia el crepúsculo donde está la puerta del nuevo horizonte.

IX
Mi Princesa, tienes al alma alegre y sin embargo la vida te pesa.
¿A dónde quieres ir? ¡Qué afán por sentir!
El camino es largo, tal vez angosto, más la tierra te está esperando con sus
frutos, es amable y paciente, dispuesta a concederte el hilo de sol con el que
engalanar tu frente.
¿Qué importa que pase el día y el camino se pierda en luz que se extingue?: el
viento del mediodía ha pasado sus caricias entre tu pelo, las flores te han
susurrado secretos que anidan en sus colores, y mi pensamiento te arrulla sus
canciones de cuna.
Al anochecer reposa en tu alma. Por la mañana, como hacen los pájaros con
alborozo de un nuevo día, te despertaré para continuar el camino.

X
¿Qué nos impulsa a alejarnos del hogar siguiendo rastros invisibles de
felicidad? ¿Qué es lo que proclama nuestra mente en ese afán? ¿Dónde buscar
lo que nadie encuentra?:
la música del viento que nos hace danzar con las alegrías del cielo.

XI
Si pienso ti, el tiempo se detiene. Un susurro fugaz, un instante igual que el
retoñar de las hojas de la primavera en la cima de la montaña. Así el día
empieza o acaba.
Que la alegría nazca en el jardín junto al mar, y baile con las canciones de las
flores.
Sea poema que haga abrir al día de par en par sus ojos, para que el tiempo
muestre su dulce asombro.

XII
Hace tiempo, Princesa, abriste la puerta del sur del jardín, y el corazón salió
con júbilo a reír y danzar, perfumado por el polen de mil flores, en un
repentino estallido de gozo.
El aroma de aquel primer abril se respira en la senda que ahora son sueños;
sólo la mirada de otros deseos lo transforma en fragancia de obstinada tristeza,
y un miedo silente lo hace desaparecer.
Vuélvete a mirar en el espejo de la inocencia, busca en él la evasiva alegría, y
la brisa donde las flores del limón han dejado un silencio de concordias.

XIII
Solamente en el jardín te puedo ofrecer el vino espumante de la dulzura.
Sueño que la llevas a los labios, cierras los ojos y sonríes, mientras admiro tu
rostro apaciblemente silencioso. Arriba la luna vela los sueños del mundo.
En el alba refrescada de rocío, tu caminas por sendas que no deseas hollar. Te
dejo pasar, sentado junto a la puerta solitaria del jardín, celando la calma del
alba.

XIV
Perdona hoy mi silencio, Princesa de los días olvidados, es la lluvia quien trae
sonidos de júbilo tentando a la tierra para crear aromas de vino. Con ellos el
viento perfuma los rincones de tu cabello.
Perdóname, Princesa de los recuerdos nacientes, si mañana me oculto tras la
recta sonrisa del horizonte, estaré buscando praderas floreadas con las que
llenar de música tus ojos oscuros.

XV
¡No entristezcas al corazón, ni pienses en lo que los días te pudieron dar!
¡Alégrate por ser peregrina de las horas que ansían entregar su luz y de la voz
callada de las estrellas!
Atravesarás el corazón de la noche, y dejarás atrás el laberinto de los deseos
vanos, para encaminarte al encuentro de la paz para amar, al fuego y al agua,
al aire y a la tierra, al camino y a la huella, a la lágrima y a la sonrisa de los
ojos, a las manos vacías y a las que tienen una fuente escondida.

XVI
Cuando el viento agita la hoja del naranjo, te llamo. Y tu nombre, Princesa, es
brisa de azahar para impregnar de aroma al aire, a los árboles, y a las flores
que contemplo por pensar en ti.
Es huella dejando recuerdos por la senda que transitas. Quien por ella pasa
sonríe, y algunos se detienen para buscarte entre las flores de los naranjos.
Sólo yo sigo fiel al rastro del camino, buscándote sin tener en cuenta la
dirección del viento; ¿acaso sabe él dónde habitas?

XVII
Espero en silencio a la puerta de tu jardín. Alrededor todo es un bullir de
sonidos rondando los espacios entre la luna y los lirios.
El amanecer llega proclamando los secretos del mundo: el amor de la flor por
la luz, el enamorado baile de la mariposa por la flor, la brisa con su abrazo
amante rodea al sauce para hacerlo sonreír...
Así en silencio a la puerta de tu jardín, quiero dejar mi corazón callado, velar
los sueños que piensan en ti.
Después...el sol se irá y la luna traerá sombras de inquietud para distraer a los
árboles con los arcanos nocturnos.
Desde mi silencio reconfortaré las estancias donde descansa tu corazón.

XVIII
No busques promesas que engalanen al corazón. El azar tiene caprichos con
los que enturbiar los sencillos remansos donde el mundo lleva a descargar las
penas.
Mi canto es para ti. Debería bastar para darte valor en las encrucijadas de los
días. La melodía de abril realizará variaciones para sonar nueva en noviembre.
Entrégale el corazón para que baile como sufí enajenado por la sonoridad
silente del desierto.
Juramentos y promesas quedarán olvidados, y dejarás tus puertas abiertas de
par en par.

XIX
No sólo en jardines se proclaman las flores. Hay senderos que llevan a selvas
donde nacen entre arrullos de pájaros joviales; lugares escondidos donde
aguardan susurros de prímulas y violetas; rincones de luz estremecida por la
pasión del sueño de los colores.
Allí el sol y la luna regalan caricias a las flores. Allí los corazones encuentran
aromas de mayo, y el profundo mensaje de la entrega.
Allí, para ti Princesa, tiendo una silente alfombra de versos. Me siento junto a
ti y, en silencio, observamos como florecen las alegrías.

XX
¿Dónde está tu canto, Princesa de la luz nostálgica?
¿Buscando entre las dudas una palabra que reverbere en el pensamiento?, o
¿en la disputa que enfrentan al corazón y la vida?
Te ofrezco mi canto peregrino de tus ojos de aurora.
¿Dónde está tu canción, Princesa de las arpas silentes?
¿Acaso entre libros de poemas vagando por arroyos pensativos de otros?, ¿o
en las luces que besan las hojas blancas sobre la mesa?
Mi canción susurra tímidamente tu nombre.
¿Dónde está tu alegre sonoridad, Princesa?, ¿jugando a ocultarse entre los
ensueños de la luna?, ¿o rastreando sendas desconocidas por donde camina la
guitarra apagando sonidos de otoño?
Todo el afán de mi canto llena el cáliz de mis manos, con suspiros de prosas
derramadas por ti.

XXI
Como mendigo persigo, la cascada de tus felices sueños, en las noches de
cielos sin estrellas.
Ofrezco una oración desde el hontanar turbulento de la sangre; es pájaro
apagando con su canto la desesperanza de unas ilusiones perdidas. La noche
sigue el duelo de las manos vacías.
Tu risa trae el amanecer, y encuentro colores para ofrecerlos al nuevo día.

XXII
¡Siempre estás sola en la playa de la esperanza, donde van a parar, como
pequeñas olas, mis poemas!
Sólo espero que tiernamente los cojas entre las manos, y en cualquier noche de
abril, prenderte cualquiera de ellos en el mar azabache de tu pelo, y así
recorrer la playa donde la brisa oree música de nuevas ofrendas.

XXIII
Me gustan los parajes y riberas solitarias donde, entre arbustos y matojos,
nacen pequeñas florecillas.
Ahí te busco, Princesa de luz arrebatada, no en los caminos donde el tumulto
de las gentes levanta polvo de distracción, y la mirada se dispersa entre
infinitas luces artificiales.
¿Cómo escuchar los sonidos de este río de sueños que transcurre entre los dos?
Los escucho, solo, en la luz del alba; tú los escuchas con las primeras estrellas.
Oímos distintos secretos, quedando en el corazón misterios para un amanecer
de primavera.

XXIV
Desde tu ventana buscas gotas de rocío, perlas que puedan adornar tu
pensamiento de luz. Y sólo ves caminos polvorientos, y un horizonte siempre
lejano de imágenes repetitivas.
Has tenido la premonición de que en gota de luz destilará el mensaje que
anuncie, al abrirse la mañana, la palabra esplendente que sacie, para siempre, a
tu pecho con auroras de sueños sagrados.
Y abrirás la ventana para que la luz fulgente de tus lágrimas llene de rocíos las
espesuras de tu camino. Entonces sabré como encontrarte.

XXV
¿Qué pueden decir las palabras o el silencio que no digan tus ojos?
En ellos se pierde mi corazón buscando el sentimiento de lo que expresan. Si
los apartas me hundo en una profundidad sin sentido. Si no los enfrentas a mí,
estaré ante un laberinto que no sabré resolver.
¿Quién podrá decirme como es la música de las flores?

:
XXVI
La lúdica luz del amanecer halagando bosques y jardines, el despertar de la
primavera otorgando suspiros de dulzura y belleza, las sendas que las olas
purifican en las playas de la tristeza, la canción jubilosa de un arpa de lágrimas
de amor, el vuelo armonioso de mil pájaros danzando sobre la alegría del río:
¿Cómo no pensar en ti?
En la ventana del sur espero.
Al atardecer la lámpara deja sombras en las paredes el pensamiento, donde las
luces sólo están para recordarte.

XXVII
Estoy como un árbol en otoño, te he dado todo cuanto tenía. No sé si
aguardabas más de mí.
No puedo esperar al nuevo verano, ¿qué puedo ofrecerte?: estas manos vacías
mostrando la veracidad de que todo lo he entregado. Son mi última ofrenda.
Si no las coges las regaré con lágrimas de esperanza, y en días estivales volver
a encontrar en ellas, como una cesta fértil, los frutos de mis pensamientos por
ti.

XXVIII
Navegando por el hastío de la soledad del día sin ti, llegue a la playa de la
vida. Cansado, me recosté junto a la palmera de nuestro último adiós. Ante un
cielo luminoso y callado, ensoñé contigo.
Estabas junto a mí; acariciaba tu pelo, y las manos sentían armonías de arpa
acompañando los sentimientos del mar. El momento se quebró al querer salir
de mí una palabra de gratitud.
Entonces las olas trajeron la lejanía de una presencia ocultada por el velo del
horizonte.
Al silencio de las manos pregunte si tu pensamiento sueña con el mío. Sólo
por ello recuperé la alegría.

:
XXIX
Sólo te puedo decir mi verdad mirándote a los ojos. Si no están es febril mi
búsqueda, porque los míos necesitan reflejar lo que la voz calla.
No es fácil mantenerse en la ola del tiempo, embriagado en parabienes sin
sentido. ¿Dónde tus ojos?
Encuentro el brillo del cielo en mis lágrimas, y son la veleta que orientan a mis
ojos. Y es tu aroma el céfiro que los incita: ¡Allí!

XXX
El mundo no alcanza sentido fuera de tus ojos. En el ocio, observas los
caminos: la tierra no escribe versos que la nube pronuncia, y el horizonte se
hace más lejano porque no tiene ningún horizonte cercano.
Desde dentro, observa; entre tanta monotonía siempre hay algún reflejo de tus
sueños, volando en dirección de su destino.
Y entonces el mundo será claro y luminoso; y el velo ocioso desaparecerá
dejando los ojos libres para buscar.

XXXI
En esta encrucijada de caminos peregrinos, distingo tus huellas Princesa, y sé
que estás cerca. Decido recorrer el sendero angosto, y te encuentro en una
esquina del laberinto, donde enfrentar nuestras palabras y silencios.
En cada palabra la verdad de la flor; en cada silencio el pensamiento de la
piedra. En las manos el deseo de eliminar encrucijadas.

XXXII
Mis pensamientos son de dulzura y aroma de miel de mil flores. Para ti son
Princesa, como un ramo de flores silvestres recogidas para que te den el
aliento de la primavera.
Mis palabras son de dulzura y aroma de miel, que atrapadas en un silencio
palpitante brotan, para ti Princesa, como estrellas de vía láctea para encontrar
su sueño perdido.
Los ojos que miro son de dulzura y aroma de miel; si no atienden a mis ojos
de abeja, las flores quedan mustias y las palabras sólo sirven para inflamar el
silencio.

XXXIII
¡Cuántas veces llamó a nuestra puerta el aire de la alegría y, estando buscando
sueños en el corazón del horizonte, no respondimos!
Así nos queda el quebranto de lo no logrado, como una vida derramada sobre
un campo de desilusión, para dejar veredas abandonadas por donde transitar en
soledad.
Hay que abrir puertas y ventanas: ¡que los aires entren hasta la profundidad
más recóndita del corazón! La vida tomará loa arreboles palpitantes en los
deseos de un cielo enardecido de amanecer.

XXXIV
Te vas, Princesa, por caminos por donde no ha pasado la lluvia, tras la llamada
de la aurora. Vas sola, sin la compañía de una canción que arrulle tus
pensamientos.
Te vas por la senda llana, con la mirada inmóvil en la luz que crees el final del
camino, y así no ves la sombra pesada con la que cubres las huellas.
Recojo sombras y huellas para crear una guirnalda que ofrecer al crepúsculo.
Mañana desearás llevar en tu voz la canción que te haga recordar la ilusión de
tu sueño.
¿Volverás?

XXXV
Anoche quise transitar por la alfombra del sueño que me llevara hacia ti, y
encontré la lluvia de tus pasos perdidos.
Desperté embriagado por sombras que ceñían mi nostalgia.
Desvelado por un sueño vano, busqué en las sombras la solitaria forma de tu
recuerdo.
En la noche, enajenado por una tormenta de sombras, me rendí al absurdo de
una ilusión perdida. Y se fue la noche.
El amanecer me trajo la bendición de la luz donante del ensueño que llena tu
vacío, para cantar como el pájaro de la mañana.

XXXVI
Son tus formas, Princesa, mis cadenas; en mi pensamiento juego a crear su
ornamento, orlándolas con la luz de poniente: ¡así nace la música en el
corazón!
No te canto en mis canciones, tú eres la canción, comienza con la aurora y
deja su estela hasta la postrera luz dorada del atardecer. Busco el último soneto
en la noche, y quedo dormido deseando soñar con tus formas para
engalanarlas de canción.

XXXVII
He ido como barca a la deriva, después de romper las velas siguiendo vientos
sin horizontes. En este zozobrar tus ojos han sido faro y ancla.
Ahora espero en medio de un mar en el que sólo siento la brisa de tu aroma, a
que tus manos arrullen mi ajada barca y la lleven a la orilla de tus sueños.

XXXVIII
He caminado por sendas de amaneceres que derrochaban brisas primaverales.
Fueron días en que el luminoso color de las flores incendiaba el aire, el canto
de los pájaros propalaba sinfonías mágicas, los árboles se orlaban con ingentes
frutos de alegrías, y las nubes eran parasol bendiciendo de sombras los juegos
del mediodía.
Pero he pasado por tu jardín, Princesa, y el corazón ha abandonado el vértigo
de los amaneceres para desear, ver, y sentir la pasión que florece en tu vergel
bajo un cielo de estrellas.

:
XXXIX
Detrás de mis ojos estás.
Veo lo que miras: una playa de recuerdos, donde el sol reverbera un cielo de
ilusión sobre el agua estremecida de pasión.
Y con tu mirada renuevo los misterios velándolos en el horizonte.
Si no estás, te encuentro invadiendo mis ojos de murmullos, atrapados por tu
mirada de las estrellas sin nombre.

XL
Te espero, Princesa, entre las flores que nacerán en mayo, cuando las sonrisas
son frutos de la promesa de la palabra, y el secreto de los corazones se
comparte.
Me encontrarás, al alzar la cabeza, en un ligero movimiento de tu mirada, o al
abrir tu mano.
Me encontrarás, como el sueño de la ola para brillar en la esperanza de la
playa.
Búscame para recorrer, sin ansias, la orilla que nos regala la vida.

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