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Michelson, Constanza
Neuróticos / Constanza Michelson. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires :
Planeta, 2017.
Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga


ISBN 978-956-360-346-0

1. Neurosis. I. Título.
CDD 616.89

Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin el previo permiso escrito
del editor. Todos los derechos reservados.

© 2017, Constanza Michelson

Derechos exclusivos de edición


© 2017, Editorial Planeta Chilena S.A.
Avda. Andrés Bello 2115, 8º piso, Providencia, Santiago de Chile

1ª edición: febrero de 2017

Inscripción Nº 274.560
ISBN edición impresa: 978-956-360-226-5
ISBN edición digital: 978-956-360-346-0

Diagramación digital: ebooks Patagonia


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info@ebookspatagonia.com

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ÍNDICE

LOLLY POP O EL DISEÑO DE LA PROPIA CATÁSTROFE

PRELUDIO: NO SOY YO, ERES TÚ

I. MONTAJES HISTÉRICOS: INSATISFECHOS PERO ÚNICOS


1. LA MANZANA O EL PARAÍSO
2. UNA BESTIA NO IMPUTABLE: EL ENFERMO EXPLOTADOR
3. #QUIEROSERRARO
4. NO TODOS Y TODAS: CUANDO LA DIV ERSIDAD ES SIMULACRO
5. EL IZQUIERDISTA ESTÉTICO
6. EL PETIT LOCO O LA LOCURA AUTOGESTIONADA
7. TEORÍAS DE LA CONSPIRACIÓN: EL ENCANTO DEL FIN DE MUNDO
8. UN PADRE NARCISO, UN HIJO A POTO PELADO Y UN ESPÍRITU NO
TAN SANTO

II. MONTAJES OBSESIVOS: GUERREROS DE LO IMPOSIBLE


1. EL BOMBERO FÚTIL. EL BOMBERO FÚTIL. EL BOMBERO FÚTIL
2. EL CRIMINAL INV OLUNTARIO: EL PLAGIO Y LA ESTAFA OBSESIV A
3. A UN CENTÍMETRO DE LA GLORIA: LOS QUE FRACASAN CUANDO
TRIUNFAN
4. ¿CÓMO SER BUENO TRAS EL PECADO ORIGINAL?
5. SANZÓN A LA PELUQUERÍA
6. EL CONSERV ADOR SUCIO
7. EL RESPETO AL EXCOMBATIENTE
8. EL PADRE SEV ERO, EL HIJO EXITOSO Y EL ESPÍRITU SANTO

EPÍLOGO: ¿MÁS POLVO QUE PAJA?

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A todos con quienes hemos compartido nuestras rarezas.

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LOLLY POP O EL DISEÑO DE
LA PROPIA CATÁSTROFE

¿Por qué terminé así? Comiéndome un helado, no, haciendo como que me lo comía,
porque en realidad estaba comiendo mierda. La que de todos modos no alcanzaba a
tragar por la lágrima que aguantaba en la garganta. La psicología New Age diría que no
hay que aguantarse el llanto –en realidad propone que no hay que aguantarse casi nada–,
pero si estás cerca de los cuarenta años, la recomendación hippie de la expresión
emocional catártica puede significar presenciar el funeral de tu honor.
Hay situaciones en las que nos involucramos y cuyo final intuimos desde el comienzo.
Por alguna razón nos empujamos hasta ese punto, el del desfiladero; quizás porque nos
gusta contar las historias en clave de desafío. Ese afán inútil por el heroísmo que desde
niños escuchamos que tenía un valor.
Piénselo. Desde el jardín infantil asistimos a ese adoctrinamiento moral de la
postergación por las causas: el héroe que se sacrifica por la patria, el científico mártir de
la Inquisición. Luego no importa si nos enteramos de que nada es tan así y que hay egos,
traiciones y coincidencias en las motivaciones de la historia. No importa. Nos encantan
las valientes palabras de Galileo frente al juicio del Santo Oficio: “Y sin embargo se
mueve”, habría dicho contradiciendo la cosmovisión religiosa de la Tierra como centro
inmóvil del universo. Y aunque el conflicto no tuvo el glamour de argumento
cinematográfico, sino que se trató más bien de una diferencia política entre el científico y
la Iglesia –dicen que incluso el polémico libro de Galileo habría sido impreso en el
Vaticano, su supuesto enemigo–, preferimos quedarnos con la versión épica. Ya ven, eso
que hoy llaman posverdad –la opinión basada en la emoción antes que en los hechos– ha
existido siempre.
Supongo que algo así nos pasa con Galileo: construimos un relato grandioso ahí donde
hay una humanidad forjándose entre el ego y el recto, entre el discurso y el baño. ¿Pero
a quién no le ha pasado esto de inventarse grandes historias para justificar pasiones
menores y hasta miserables?
Y me volvió a pasar, ahora que ya creía que era grande para esas cosas. Decidí
quedarme en un trabajo intuyendo que no terminaría bien. Esto ya lo dije, pero quiero
reafirmarlo: desde que acepté supe que era un error. Me quedé posiblemente por varias
razones, ninguna que ahora me parezca sensata. Primero, me conté el cuento grandioso
épico: “Tengo que salir adelante de este atolladero”, alentando así la sed de desafío y la

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medición de mi ego consigo mismo. Segundo, sospecho que también se me apareció esa
atracción más oscura por acercarme a ese momento en que aun perdiendo, quieres
perder todavía más y caer hasta no tener nada más que perder; placer extraño que
explica por qué a veces estamos bien en el mal. Y tercero, operó también la razón
calculadora, me refiero a la fantasía de la ganancia secundaria, de que si me quedaba ahí
a pesar de mi malestar, los jefes luego podrían ofrecerme ese proyecto que sí sería
realmente el de mis sueños. Proyecto que, por supuesto, no sé qué es, y que
seguramente no existe, pero que sirve como una idea-tortura: esas que habitan en la
cabeza solamente para justificar la insatisfacción de cada día, en la creencia de que aún
no hemos llegado al lugar que merecemos en este mundo, pero que estamos en camino.
Esa tentación de pensar que la vida siempre es más allá. Onanismo mental puro y duro.
Eso sí, no vayan a creer que esta queja implica un gran dolor, más bien se trata de una
insatisfacción agradable, de esas que permiten victimizarse, luego ir por más en un nuevo
desafío, luego victimizarse otra vez…
Bien. Paremos el rodeo (asumiendo que inevitablemente esta narración estará tentada
por la gramática de la epopeya y el abuso del recurso de la epifanía; de otro modo sería
solo un recuento de hechos sin carne, como el del policía al relatar un incidente). La
escena es más o menos así: comienzo en un trabajo nuevo, un programa de televisión de
“mujeres inteligentes”: manjar para mi ego. El problema de la investidura de “mujeres
inteligentes” –no de la cualidad real de ser o no inteligente, que, por cierto, quién sabe
qué es eso– es que tal rótulo autoriza a algunas cosas distintas que a las “mujeres
bonitas”. Por ejemplo, a suponer que la inteligente porta un alma más sofisticada, por lo
tanto, no padecería del carácter histérico, envidioso y competitivo propio de la chica que
juega a objeto de deseo; porque teóricamente no estaría disputando el reconocimiento del
macho ni de nadie. Así, muchas veces la que define su identidad con la etiqueta de
“inteligente”, supone con toda desfachatez que trascendió la neurosis, algo así como si
estuviera libre del polvo y paja de los bajos afectos: si critica lo hace por causas
racionales, si es fría es por razones políticas, si es despiadada es porque el otro se lo
merece, si humilla es por la sofisticación de su humor. Básicamente, la “inteligente” se
autoriza muchas veces a la canallada –destructiva, envidiosa, competitiva– pero con
rostro de superioridad moral.
Ese era el encuadre de mi nueva escena. Una guerra fría que en nada se distinguía de
cualquier otro espacio de rivalidad –la fiesta o la oficina–, pero que contaba con algo que
permitía que la mezquindad llegara a decibeles delirantes: la cláusula perversa. Me refiero
a ese acuerdo tácito que impone que de algunas cosas no se puede hablar, porque se hace
como que no existieran. Como en cualquier lógica de abuso –psicológico o sexual– hay
una explotación, pero bajo la ley del silencio. Eso era lo que ocurría en ese equipo de
trabajo: existía un alto nivel de maltrato, pero que nadie era capaz de denunciar.

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A veces basta un día para que las personas leamos la lógica que impera en una
situación; no obstante, tal como en las películas de terror donde nos insinúan desde el
principio qué va a pasar, buscamos el placer de compartir con los actores la sensación de
expectación de lo inesperado. Confesémoslo de una vez: nos gusta entrar en el juego de
desentendernos de lo que vemos.
En este caso, el de mi nuevo trabajo, no solo era fácil detectar el tufo ambiental del
lugar, sino cuál sería mi rol en toda esta trama que me antecedía. La formación en la
cancha era la siguiente: habían despedido a la estrella del programa, la chica que lideraba
el equipo. Sus compañeras le pusieron mala cara al jefe por cinco minutos en un amague
de solidaridad, pero rápidamente fueron develando sus ansias por disputar el trono
vacante. La más débil, la etiquetada de “bonita” –insisto en que son rótulos–, luego de
haber sufrido el desprecio de las “inteligentes” durante meses, hace su movida de
supervivencia y se une a sus enemigas para descargarse con las próximas víctimas: las
nuevas que llegaban, yo entre ellas. Como en las alianzas políticas de contingencia, esas
que se arman en tiempos de crisis o de elecciones, el lugar de nosotras −las nuevas− era
servir como ese “otro”, el chivo expiatorio para unir las fuerzas de un grupo de personas
que en otro momento se despreciaban.
Pensé en salir arrancando, pero luego resolví jugar a la resistencia. Rápidamente
entendí que tenía que decidir cuál sería mi equipo y a quiénes aferrarme, ya que eso
marcaría mi destino. E intenté –con todas las contradicciones que ello implica–
acercarme a quienes desde antes de mi llegada habían decidido cerrar la puerta, a mí o a
cualquiera de las nuevas. Salvo algunas semanas de calma, el lugar que me tocaba en
este drama era irreductible. Las dinámicas de grupo tienen su fuerza.
Tras meses de desgaste, de todas formas, me despidieron. Me revolqué en ira,
absurdamente porque todo indicaba que ese sería el desenlace. Esas rabias se sienten
cuando uno sabe que se traicionó a sí mismo para agradar a otros, y aun así no funciona.
La verdad es que jugar al sometido nunca resulta, ni en el amor ni el trabajo.
¿Me fui para la casa? Pues no todavía, me quedaba un tramo más. Y es este trecho
último el que justifica este libro, ese tercer tiempo en que nos quedamos, en que
insistimos en aquello que no tiene ningún sentido más que nuestro derrumbe final. Ese
enredo, justificado en soliloquios retorcidos, en que vamos diseñando nuestra propia
catástrofe. Ese tercer tiempo que revela a tajo abierto eso que opera en otros momentos
de modo silencioso: nuestra cárcel sin barrotes llamada neurosis.
Tercer tiempo: con el sobre azul en el bolsillo y la rabia hasta el cogote, me piden que
vaya un día más. Compartir un caluroso día junto a mis poco amables excompañeras,
haciendo una mención publicitaria de helados para los programas que quedarían
grabados. Imágenes que quedarían inmortalizadas con un zombi, porque yo ya estaba
muerta ahí, pero me pedían regalarles una cara de viva y sonriente tomadora de helados.

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Aunque la respuesta desde la dignidad debió haber sido un “no” contundente, este no
salió de mi boca, sino que se expresó conductualmente –en un desagrado corporal
manifiesto– acompañando un patético “sí”. Un sí que se me volvió ominoso, me llevó a
desconocerme y hacerme sentir incómoda en mi piel, pero que no pude evitar. Y así me
volqué en esos estados de contradicción que a uno lo ponen insoportable, sobre todo
frente a la pregunta de los amigos acerca de la propia insistencia en eso que a uno
evidentemente no le conviene. Creo que mi respuesta frente a esa pregunta
probablemente tuvo que ver con la importancia de la responsabilidad, o algo ligado al
deber, un deber que, por cierto, no tenía ninguna relevancia; si me tomaba o no el helado
no era algo que fuera a cambiarle el mundo a nadie. Pero así ocurre que usamos los
deberes tantas veces para justificar nuestros deseos oscuros.
Y fui. Acompañada de mi “no” que me tironeaba solo para que todo saliera peor, pero
que no alcanzaba a sacarme de ahí. Llegué tarde, con pésima actitud, no quise
maquillarme ni peinarme, como si así dañara la imagen de alguien que no fuera yo.
Como el niño que pega combos a los grandes y no comprende que lejos de hacer daño,
se convierte en el chiste. Así me encontraba, casi a los cuarenta años, despedida, en un
lugar y con unas compañeras que no tragaba más, un director que me pedía que
cambiara la cara de culo, chupando un helado que tampoco pasaba y que además se me
derretía en la mano. Una hemorragia total de mi ego.
Siempre imaginé que el infierno, más que un espacio, se trata de una temporalidad. Un
tiempo viscoso, congelado, que fija la eternidad en un instante, robándole a uno el alivio
de la promesa de la muerte. Pasamos tanto tiempo temiéndole a la muerte que no nos
damos cuenta de que si no existiera, habitaríamos el infierno: el mundo sin tiempo, el
tiempo de los muertos vivientes. Como sea, en el quinto cambio de helado y la repetición
vacía de la frase publicitaria de doble sentido (que además me hacía sentir como una
prostituta impaga), me vi en el infierno.
Y de pronto la impresión de que ese infierno se sentía familiar. Esto ya lo había vivido.
Tercer tiempo muchos años antes: estaba en un auto en una de esas citas que son peor
que el final de una relación: los encuentros después del final. Esos sin promesas ni
proezas, sin cuidado por la caducidad del contrato, contrato que en mi caso había
finalizado unilateralmente mi contraparte. Pero él me buscó igual; siempre el que
abandona vuelve a buscar y no precisamente por amor. Eso ya lo sabía, pero no me salió
el “no” orgulloso, porque si uno está en el bando derrotado, jugar a la revancha es un
fracaso garantizado. Ahí hay que dar la lucha del todo por el todo del último juego, y
decidí superarme a mí misma en el barro. A darlo todo, horas preparando desde el calzón
hasta el discurso. Pero en esos encuentros lastimeros del final después del final, suelen
llenarse todas las grietas con conversaciones banales y sexo, para que no emerjan las
preguntas incómodas. Así que el momento de ese discurso imaginado –entero, sin

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vacilaciones–, nunca llegó. Lejos de la escena programada en mi cabeza, mi realidad era
estar haciendo una fellatio mezquina y a regañadientes a un examor, también mezquino,
en un auto incómodo en alguna calle oscura. Por cierto, con los ojos bien cerrados por
una conjuntivitis que se activó pocas horas antes del encuentro, quizás como advertencia
inconsciente de que todo lo que podía haber ahí era algo purulento.
Fue uno de esos instantes eternos que ponen en jaque toda la continuidad de la idea –
egótica, claro– que tenemos de nosotros mismos. Y vienen las preguntas. ¿Qué capricho,
qué masoquismo, qué placer opaco lo habita a uno como para enredarse en situaciones
que la razón sabe tan inconvenientes?
Si todo esto suena a tripas e infancia –descontrol, afán, envidia, búsqueda desesperada
de amor–, es porque tiene todo que ver con los tiempos constitutivos de nuestro ser. Me
explico. Voy con una escena más, porque esto ya lo había vivido aún mucho antes,
escena que solo vino a mi memoria tras mi quiebre en el momento del helado de la
humillación.
Tercer tiempo, mucho, pero mucho, tiempo antes: cerca de los cuatro años veo a mi
madre amamantar a mi hermano menor. No sé exactamente lo que veo, pero mi madre
sanciona mi mirada como celos. Me ofrece el pecho que a mi hermano le sobra y me
dice que tome leche para que no me ponga celosa. Quién sabe si así fue exactamente la
escena, pero así quedó la marca.
Quizás este fue mi primer “sí” confuso. Le hice caso, porque se supone que me estaba
haciendo caso a mí misma; según la interpretación de mi madre, yo quería eso. Pero
sentí asco. Porque el cuerpo de mi progenitora ya no era para mí un cuerpo aséptico y
nutricional sino un cuerpo sexual, uno que ya no podía tragar.
La pregunta necesaria que deja esta escena y todas las que siguen luego en la vida, en
que no sabemos bien por qué hacemos lo que hacemos, es respecto al deseo. ¿De quién
es el deseo? ¿Mío? ¿De mi madre? ¿Deseo lo que creo que mi madre desea? ¿Mi madre
desea lo que cree que yo deseo? Y un eslabón más en el trabalenguas de la existencia:
¿deseo lo que creo que mi madre cree que yo deseo?
Para desgracia al anhelo de respuestas lineales, debo decir que la explicación es la más
torcida: en palabras de Jacques Lacan, el deseo de uno es el deseo del Otro. Esta fórmula
dice al menos dos cosas. Primero, que buscamos situarnos como objeto de deseo de
otros para encontrar el reconocimiento y amor de estos. Ya sabrán del embrollo y dolor
que el juego de hacerse deseable conlleva.
Y, en segundo lugar, esta proposición también significa que deseamos desde el punto
de vista de otros, es decir, deseamos lo que suponemos que los otros buscan y en esa
coincidencia esperamos otra cuota más de aceptación. Lo que implica un lío adicional,

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porque intentamos encajar con el deseo de alguien quien, a su vez, vive su propio enredo
con sus otros, de manera que tampoco tiene claro qué desea.
Si esta fórmula escribe Otro con mayúscula es porque se refiere a un lugar simbólico
que se posará en muchos otros de carne y hueso a lo largo de nuestras vidas. Es decir,
nos perderemos infinitas veces –pensando que nos buscamos a nosotros mismos– en la
telaraña de los deseos ajenos. El deseo humano entonces está lejos de ser una posesión
individual, sino que es un producto social, está hecho de los otros. Esa es la maldición de
la condición humana: nuestro lugar más profundo e íntimo –nuestro deseo– no es nada
esencial, sino que es un intento, inconsciente la mayor parte del tiempo, por obtener,
coincidir, seducir el deseo de quienes nos importan.
La impresión de nunca estar demasiado seguros de lo que buscamos y de toparnos
cada tanto con el horror de nuestras contradicciones, se puede explicar por esta
infraestructura descentrada: el centro se nos corre a la izquierda o a la derecha de
acuerdo al movimiento del resto de las piezas del ajedrez de nuestra vida. De un
momento a otro podemos dominar el juego, seguir una dirección, pero basta un segundo
para que terminemos en un jaque mate; así nos deslizamos con una facilidad –algo
inconveniente– de buenos a malos, de seguros a inseguros, de dominantes a dominados
y, por supuesto, como muchos ya lo habrán comprobado, de progresistas a fachos o
viceversa. La idea de que nos mandamos solos es nada más que una ilusión.
Sartre resumió esta maldición en su célebre frase “El infierno son los otros”; Freud le
llamó neurosis.
Pero antes de que caigan en una desesperanza trágica, debo adelantarles que la
neurosis está lejos de ser solo una condena, ya que es al mismo tiempo nuestra salvación.
Básicamente, porque implica una dependencia de los otros que nos obliga a
autorregularnos. Si hemos logrado crear un pacto social para no cortarnos la cabeza, es
por el amor que le tenemos a ser amados. Por eso es que muchas veces nuestros
sufrimientos neuróticos –esos laberintos relacionales– son más convenientes de lo que
alcanzamos a reconocer. Y eso es lo que intentaré demostrar en este libro, que es en
cierto modo un elogio a la neurosis, un tributo a las locuras nuestras de cada día.

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PRELUDIO: NO SOY YO, ERES TÚ

“And I stare… But…


I can’t find myself
I can’t find myself
I can’t find myself
I can’t find myself
I got lost in someone else”.
(Lost, The Cure)

Seguro que alguna vez han hecho ese ejercicio moralmente incómodo de imaginar qué
harían en situaciones extremas: si vamos cuatro en un avión y quedan tres paracaídas,
¿qué hacemos?; si viene una avalancha ¿corremos o protegemos a nuestra familia?
La película sueca Fuerza mayor aborda justamente este problema; la historia arranca
con una familia ideal, de esas a las que les sale la parejita y siguen bellos aun en la etapa
más difícil de la crianza. La familia perfecta pasa unas vacaciones en un centro de ski y,
de pronto, la interrupción, ese momento que quiebra toda continuidad del relato sobre
uno mismo: una avalancha amenaza y el padre toma su smartphone, aprieta las carnes y
escapa solo. La tragedia comienza cuando el derrumbe se detiene caprichosamente, sin
hacer ningún daño, como si fuera una mala broma de la naturaleza con el despiadado fin
de develar la otra naturaleza humana, la del animal que habita en uno. ¿Cómo sigue
viviendo ese esposo y padre frente a su familia luego de tamaña cobardía?
La trampa que va revelando esta historia es la de hacernos creer que la verdad última
de ese hombre es la del instante canalla y no la del resto de su vida. ¿Qué es más
verdadero, la civilidad de este padre en sus cuarenta y tantos años de vida o su instinto
animal en aquel estado de excepción?
La pregunta por la verdad humana ¿natural o social? siempre nos ronda, aunque no
sepamos. En nuestros discursos, prácticas y en los sentidos comunes que se van
instalando se juega de modo ideológico. Y aunque parezca una cuestión irrelevante, tiene
mucha importancia preguntárselo, ya que se obtienen consecuencias radicalmente
disímiles al suponer que nuestra naturaleza es el humanismo o, por el contrario, nuestra
animalidad.

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El humanismo es una construcción cuya ley es autoconvocada y se traduce en un
pacto social siempre cuestionable y modificable, mientras que la ley de la naturaleza es
inmóvil y obliga a ciertos comportamientos estereotipados. En la ley de la selva no se
aceptan cambios, las cosas son como son: el sexo es determinado por los tiempos de
apareamiento y el más fuerte obliga sin compasión, no hay protecciones ni leyes que
defiendan a los débiles. La naturaleza se parece más a un orden fascista que a un bosque
encantando de Disney.
Puesto así, seguramente no les quepa duda de que resulta más conveniente tomar
como verdad humana al humanismo; al menos desde esta perspectiva podemos
transformar parte de cómo habitamos el mundo. Sin embargo, lo cierto es que soñamos,
no pocas veces, con tener verdades totalitarias como las de la naturaleza, para que nos
guíen, soñamos con un “las cosas como son”: nada de enredos, de entrelíneas, de
confusiones en las intenciones sexuales. Por ejemplo, cada tanto se viraliza –o sea que
tiene éxito en las redes sociales– la carta de una mujer que alega no querer jugar a
hacerse la difícil en el campo amoroso: “Nací sin el gen de hacerme la difícil”. Declara
ser de las que dicen todo lo que piensan y si les gusta alguien van directo al grano. Confía
en la linealidad: quiero “A” entonces busco “A” y le muestro sin ambages mis intenciones
a “A”. Sin embargo, la chica confiesa que nada le ha resultado ni con “A”, ni con “B”, ni
con “C”, siendo su estatus el de la bancarrota amorosa. ¿Hay que jugar entonces
inevitablemente al gato y al ratón en el amor? Quién sabe, justamente no un hay cálculo
para que las cosas funcionen, pero sin duda que el sueño de la linealidad y el control de
toda la experiencia humana tiende a fracasar. Las cosas nunca son “las cosas como son”,
porque existen varios obstáculos a la expectativa de la linealidad: las interpretaciones, las
sensibilidades y, el factor más engorroso de todos, el deseo inconsciente. Este último es
ese detallito humano que provoca que cuando decimos que buscamos “A”, terminemos
una y otra vez complicados en “Z”, inconsciente veleidoso que nos cambia la ruta del
Waze de la racionalidad.
Decía que de todos modos nos vemos tentados con frecuencia a acomodarnos en
verdades totalitarias. Estos días se han ido afirmando una serie de teorías que biologizan
la política, reduciendo el deber reflexivo y de debate que el humanismo –nuestro pacto
social– merece. Por ejemplo, la fe en que la pastilla es la que puede reducir nuestros
sufrimientos, ahorrándonos la pregunta por nuestras condiciones de existencia. O bien,
bajo un uso abusivo del concepto de apego, ha reaparecido una tendencia de maternidad
que naturaliza el lugar de las mujeres, obligándolas a ciertas pautas de crianza que se han
tornado incuestionables, incluso criminalizando a la madre que se rebela, acusándola de
arriesgar el destino del hijo. La psicoanalista y feminista Juliet Mitchell afirma que este
discurso es una ideología que va en contra de todas las luchas por desnaturalizar el rol de
la mujer en la cultura y vuelve a obligar a las mujeres a un destino. Cuestión que es de

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orden político, pero se expresa de modo tramposo, haciéndose pasar por un
descubrimiento de la ciencia de la naturaleza.
Otra versión de la búsqueda de estas verdades cerradas y totales es, por ejemplo, la
búsqueda de un gurú que nos diga quién somos y qué camino seguir hacia la felicidad.
Cuando la mayor parte del tiempo –aunque no lo sepamos– no es tras la felicidad que
andamos.
Asimismo, si nos remitimos al suceso político del último año: Donald Trump, podemos
encontrar que su estrategia también se basa en la idea de que la moral de la transparencia
–decir todo lo que se piensa– apelaría a lo más verdadero en un ser humano. Como si
fuera el discurso sin filtro, la agresión no contenida, el escupo sin recipiente lo que nos
define. Lo cierto es que si asumimos que la obscenidad de nuestros impulsos en estado
crudo es nuestra verdad, estamos destinados a replicar la ley de la selva y corromper
nuestros acuerdos de convivencia social.
Pier Paolo Pasolini decía que el sentido de una vida solo puede aparecer en la muerte,
porque mientras exista futuro para alguien, siempre habrá incógnitas. Nadie puede decir
que conoce del todo a alguien hasta que este muere. La muerte realiza un montaje donde
se seleccionan los hitos más importantes de una persona, dándoles alguna coherencia que
los conecte. Eso hacen los deudos; en el fondo, escriben un cuento sobre el cadáver. Se
hace una clausura que da sentido a la vida de quien está en la tumba.
Pero los vivos a veces también nos cavamos unas tumbas antes de tiempo, cuando
queremos cerrar anticipadamente el contrato con la vida, definiéndonos de una manera
rígida en un “yo soy así”, o aceptando la definición que otro nos da –para bien o para
mal– con un “tú eres así”. No está de más decir que en la ilusión política de algún
sistema ideal o del “fin de la historia” de Fukuyama se replica esta misma operación de
clausura, de un “las cosas como son” que suele dejar demasiados muertos en el camino.
Todas estas cuestiones que, aunque parezcan discusiones académicas, se arraigan en
un dilema filosófico y ético profundo que incide en nuestro cotidiano. Suponer que existe
La Verdad obliga a seguir determinados caminos. Pero de manera opuesta a toda esta
ideología de verdades muertas y definitivas, existe la posibilidad de entender cómo sobre
nuestra carne animal hay una capa cultural que trastoca profundamente esa condición.
Entendernos como un efecto de lenguaje, es decir, de cultura sobre lo animal, aquella
combinación, y eso es lo que nos permite ir más allá del totalitarismo de la naturaleza y
aspirar a cambiar la historia del mundo y la de nuestras vidas si es necesario.
Aunque este cruce de nuestra animalidad con la cultura trae el beneficio –y la
responsabilidad– de la autorreflexión, tiene el costo de que las cosas nunca son “las cosas
como son”, sino que suelen ser bastante más enmarañadas, porque nos movemos menos
por instintos y necesidades –que son cuestiones claras y rígidas– y más por deseos. Y ya
veíamos que el deseo humano está lejos de ser una cuestión lineal y controlada a

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voluntad. Si el hambre como necesidad se sacia con cualquier alimento, el hambre
trastocada por el deseo humano se verá enredada en qué, cuándo, cuánto y con quién
comer. El alimento humano es mucho más que comida.
¿Cómo se origina este tinglado del deseo? A diferencia de otros animales, nuestra
prolongada dependencia infantil hacia un cuidador genera que empiece a importar más el
mensajero que el alimento. Me explico. Es en la primera infancia cuando comenzamos a
entender que no somos uno solo con el pecho materno, sino que dos; luego nos
comienza a interesar todo de ese otro. ¿Qué somos para mami? ¿Qué lugar ocupamos en
su deseo? ¿Somos todo para esa madre o cuidador? ¿Nos odia? ¿Nos quiere más cuando
lloramos o cuando callamos? Desde pequeños comenzamos a tratar de leer el deseo del
otro para adecuarnos o rebelarnos, como sea, para ubicarnos de algún modo en
referencia a ese que nos importa tanto. Así, nos perdemos una y otra vez en los otros.
El dilema de la existencia es, en cierto modo, el que planteaba Lacan, de la bolsa o la
vida. Esta es una elección forzosa: solo es posible elegir la vida perdiendo la bolsa, ya
que de nada nos sirve un tesoro en la tumba. Pues la constitución humana sufre algo
similar; si entramos al mundo humano perdemos inevitablemente parte de nuestro ser
animal, aquel que está conectado directamente con sus necesidades, ese que cuando
quiere “A”, busca sin rodeos a “A”. Tal pérdida implica salir de la relación directa con las
cosas para comenzar a hablar sobre las cosas. Ocurre que nos vamos alienando en
definiciones que nos anteceden: nos ponen un nombre, nos dan un lugar en la familia,
somos hablados desde las fantasías y caprichos de nuestros progenitores. De ahí en
adelante, nunca más estaremos seguros de si es “A” lo que deseamos porque se trata de
nuestro propio deseo o estamos cruzados por anhelos ajenos. Es decir, acceder al pacto
humano implica una pérdida fundamental que se transformará en esa bolsa extraviada de
preguntas respecto de nosotros mismos. Y cada vez que intentemos responder quiénes
somos, se nos cruzarán los deseos y fantasías de los otros de nuestras vidas. Ahí donde
buscamos nuestro “yo”, encontramos a otro. Hagan la prueba.
Nuestra verdad entonces es la alienación de nuestros deseos: la neurosis. Esto puede
sonar terrible, sin embargo es lo que, por ejemplo, le permite al padre que actúa de
manera canalla frente al terror de la avalancha en la película que describí al comienzo del
capítulo, encontrar redención. Porque, aunque su lado animal sea una gallina, la historia
cuenta que su lado humano reprimió la mayor parte de su vida tal impulso, buscando ser
alguien en el deseo de quienes amaba.
Ya ven como no todo es tragedia en esta condición neurótica. Y aunque hay señales
para pensar que el espíritu de los tiempos se está cargando hacia el lado del desprestigio
de la neurosis (por ejemplo, con los llamados al “sé tú mismo, no te restrinjas, aunque
arrases con otros” de algunas orientaciones terapéuticas y, por cierto, de la “moral
Trump” de no filtrar nada) debemos confiar en que nuestro deseo de ser amados es tan

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fundamental para vivir juntos que no nos permitirá ser tan desgraciados. Podemos
fantasear con quedarnos con la bolsa, pero seguramente comprobaremos que ello implica
que varios pierdan la vida en ese tironeo.
En este elogio a la neurosis hay que decir de una vez y para siempre que esta no es
una enfermedad. Si es algo, es una religión: una fe en que si renunciamos a parte de
nuestras pulsiones encontraremos cobijo en el otro. Pero, como toda religión, es
engañosa: a veces no encontramos tal cobijo, otras, nos vemos empujados a traicionar a
quien nos ofreció amparo.

PERSONAL JESUS

Entonces le llamamos neurosis a esa respuesta que cada uno genera frente a la pregunta:
“¿Qué quiere el otro de mí?”. ¿Quiere que sea su objeto?, ¿me quiere enfermo?, ¿me
quiere potente?, ¿me quiere salvador? Todas marcas que van guiando nuestro acontecer.
Seguramente muchos de ustedes estarán pensando que estas cosas no les pasan, que
no son tan idiotas como para estar aferrados a lo que dicen los demás. Pero la operación
neurótica es sofisticada y terrible: nos ocurre, aunque creamos con toda nuestra fuerza
que no. Es más, podemos no creer en algo y hacerlo igual. Lo grafico con un ejemplo del
filósofo Slavoj Žižek . Un padre que, por supuesto, no cree en el Viejo Pascuero, hace
como que sí por su hijo, quien se supone que sí cree. El niño, por su parte, llegado un
momento –por cierto, no demasiado tarde– deja de creer y hace como que sí para recibir
más regalos, pero también por amor al padre, porque supone que este espera aún tener
un hijo pequeño creyente en el señor de barba. Es decir, nadie cree, ni padre ni hijo, y
sin embargo ambos actúan, supuestamente por el otro, como si el Sr. Claus existiera. El
resultado final es que entonces este último, aunque no sea real, existe: está en los
discursos, en las imágenes, en la presión de comprar regalos, en la ilusión de escribirle
una carta. La ideología funciona igual. Hay sistemas de ideas que se instalan más allá de
que las personas crean conscientemente en ellos. Bien, con la neurosis ocurre lo mismo:
hacemos existir realidades aunque creamos que somos totalmente autónomos en la
elección de nuestra vida. Nunca somos libres del otro. Condición base de la neurosis.
Organizamos nuestra vida en relación al otro, a quien le ofrecemos algo a cambio de su
providencia. Esta es la gran operación neurótica: la fe en que existe alguien en el mundo
que es consistente, que sabe todo y que está bien parado como para evaluarnos y tener el
don de darnos –y, por cierto, también de quitarnos– reconocimiento. Esta fantasía
implica que a veces tengamos que hacernos los tontos o inferiorizarnos para convertir a

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un semejante en Otro con mayúscula. Algo así como la resistencia a ver a nuestros
padres caídos cuando somos adultos, para seguir ubicándolos en el lugar de esos padres
omnipotentes de nuestra infancia. O bien, cuando nos convencemos de que necesitamos
la protección de una pareja, aun cuando estemos en edad suficiente de cuidarnos solos;
solemos pagar con dependencia e infantilismo para ubicar al otro en ese lugar que nos dé
garantía de que nos cuidará. También quienes al comenzar a vislumbrar que el maestro
no es tan inteligente como parecía, inconscientemente juegan a ser incapaces para darle
ese lugar de Otro al viejo caído, o bien se boicotean para no superarlo nunca. El punto es
que a ciertos otros les atribuimos un lugar de poder que nos lleva a inhibirnos, porque
suponemos que están más preocupados de evaluarnos minuciosamente que de su
almuerzo.
Para bien o para mal, para darnos lo que nos falta o para ser nuestro juez, elevamos a
otros al lugar de dioses y así repetimos nuestra performance: ser algo para el deseo de
esa persona significativa. Por eso la neurosis también es nuestro teatro personal, donde
muchas veces nos vemos involucrados en el mismo drama a lo largo de la vida –
interpretamos a la víctima, al mercenario, al voyeur, al ganador o al tonto– logrando
empujar a otros a nuestra ficción.
Si bien cada uno arma su propio drama donde incluye a un elenco que le responda,
existen dos grandes versiones melodramáticas dentro de la neurosis: histeria y obsesión.
La primera es la pasión por el deseo, aunque ello implique el dolor de lo intenso. La
segunda, por el contrario, intenta mantener a raya todo lo que la histeria ama; son los
asesinos del deseo. Ahí donde la histeria se disfraza con distintos trajes para deleitar y
encender el deseo de los otros con sus performances, el obsesivo convierte toda pasión
en trabajo y sacrificio. Si la histeria tiene mil caras, la obsesión suele tener un clóset
donde está el mismo traje repetido.

ADVERTENCIA

Esto no es un manual de diagnósticos clínicos ni un catálogo de personalidades. No


intenten diagnosticarse en casa, aunque, de todos modos, nunca ha servido demasiado
tener un diagnóstico envasado.
Esto es un bestiario de fenómenos subjetivos y sociales que se asoman en nuestra
época. Un catálogo para nada exhaustivo de criaturas que emergen a partir de las lógicas
de la neurosis. Bestias alimentadas por la locura personal y por los tiempos que vivimos.

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Cada época tiene sus malestares y nos vestimos con diversos trajes para abordar la
angustia, el desamparo, la dependencia, el amor, el egoísmo, los goces. Cada época
busca sus salidas, sus formas de administrar la vida, las que siempre tienen
consecuencias políticas.
Si algo inspira a este catálogo son las observaciones del cruce entre la subjetividad y la
cultura. Los lamentos de diván, los heroísmos de pantalla, los entusiasmos estridentes,
las sensibilidades 2.0, las revueltas y las re-vueltas políticas como señuelo de nuestros
malestares. Como si más allá de cualquier promesa de progreso existiera para nosotros un
resto ineludible, ese que Freud llamaba el malestar en la cultura. ¿Hay un nuevo
malestar? ¿O es que este va tomando otros semblantes? ¿Qué nos duele? ¿Cuáles son
nuestras trampas actuales?
Intentaré recorrer y construir a pulso –hecho de observaciones, sospechas, teorías, la
escucha dentro y fuera del diván, y, por cierto, mucha inventiva– algunos alientos y
sufrimientos contemporáneos.
Pues bien, basta de vueltas. Primero abordaré a las criaturas que gritan desde la
histeria, esas que quizás mejor representan el “espíritu de los tiempos”, como decía
Hegel, o el trending topic, como diríamos hoy. Luego, a los guerreros de la obsesión, a
quienes la vida se les está haciendo cuesta arriba, ya que están pasando de moda, pero
aun así resisten. Histéricos entran y obsesivos salen.
Los casos expuestos han sido ficcionados.

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I. MONTAJES HISTÉRICOS:
INSATISFECHOS PERO ÚNICOS

Esta es la neurosis de la decepción e insatisfacción crónica. Porque para la posición


histérica no hay otro que alcance el lugar de ese Otro soñado con mayúscula. “Todos son
iguales (de malos)”, “todos mienten”, “todos me traicionan”, son ficciones comunes del
sujeto histérico que se queja de la impotencia de los otros para comportarse como un
súper Otro.
Para la histeria, nadie está a la altura, pero para ello pone a los demás a prueba:
despierta el entusiasmo de los otros (no solo sexualmente), pero no para consentir a él,
sino que para demostrar que el otro claudica, que “es igual a todos los demás”; le pide lo
imposible, se victimiza, y con todo ello cree demostrar que el otro es un pelafustán.
Entonces, hace todo lo posible por incitar el deseo de los demás, quiere verlos deseantes,
ganosos, complicados, en falta de algo, porque debe comprobar que nadie es ese ser que
tanto anhela, el que todo lo sabe y todo lo tiene, el padre de sus sueños. En general, el
mundo le queda corto, por eso busca cosas especiales; el mundo masivo, hecho para
todos, es una gran desilusión. Fanáticos de la búsqueda por ser únicos, entusiastas de
sentirse raros.

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1. LA MANZANA O EL PARAÍSO

Máxima Nº 58: “Nunca somos tan felices o infelices como imaginamos”


Reflexiones o sentencias y máximas morales
Duque de La Rochefoucauld

(un adelantado en la comprensión de las neurosis)


“Lo más profundo del hombre es la piel”
Paul Valéry

A veces la felicidad se acerca demasiado y es necesario morder la manzana prohibida


para defenderse.
Cuando ya no tenía muchas esperanzas de encontrar al tan anhelado amor de la vida,
ocurrió el milagro: ese “ex” la contacta por Facebook. Nada que pareciera demasiado
comprometedor, un “me gusta” a una selfie que se tomó en sus últimas vacaciones, por
cierto, a las que otra vez fue sola. Pero en el nuevo lenguaje virtual, un pequeño dedo
para arriba en la red social puede ser el equivalente a lo que en el pasado era la visita del
amado arrepentido.
Con un solo un clic pudo verificar su sospecha: él ahora publicaba en su estado civil un
brillante “soltero”. Después de tanto esperar que se dieran vuelta las cosas, de intentar
sacárselo de la cabeza con otros hombres, con viajes y variados exorcismos, él
simplemente un día volvía. Y así, luego de varios “me gusta” para allá y para acá,
progresaron al segundo escalafón en la comunicación virtual: el chat. Bla, bla, bla, bla,
cada uno haciendo sus jugadas de ajedrez: él descuerando a su última pareja, por quien la
había dejado, y así pagar su crimen subiéndole el ego al compararlas; ella, por su lado,
mostrándose superada, zen. Ahora era una chica saludable de cuerpo y alma, dejando
atrás esa imagen de la borracha que lo llamaba a las cuatro de la mañana para maldecirlo.
Uno, dos, tres revolcones bien puestos y arman el viaje, sí, ese viaje que nunca
hicieron antes, porque excusa tras excusa, el asunto es que él nunca invirtió nada en ella.
Ahora sí, juntos al paraíso.
Día dos. Empieza el infierno, ese que suele abrirse a las tres de la mañana. La
despierta una taquicardia y la idea de que va a morir. Ni la respiración pranayama ni las
palabras de su sobrevalorado amante la calmaron. El doctor que le consigue el hotel la

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tranquiliza con el diagnóstico de crisis de pánico. Si bien entendió que no moriría, la
angustia la acompañó todo el viaje.
El paraíso se hacía trizas. No tenía ganas de hablar ni de tener sexo, su alma toda se
volcaba hacia el interior, en la expectación de la próxima crisis. Y en ese mindfulness
hipocondríaco –no siempre la atención plena es algo positivo– reconoció su fijación en
una imagen en la cabeza que la angustiaba. Una foto que vio de su retornado hombre en
uno de sus espionajes en las redes sociales. Aparecía él con su rival, la mujer por quien la
dejó, en un viaje. Exacto, el viaje que nunca quiso hacer antes con ella. Su adversaria
está mirando a la cámara, mientras él le da un beso en la mejilla con los ojos cerrados.
Él, entregado, mientras ella mostraba esa sonrisa triunfante y cómplice con la cámara,
como esas miradas sobre el hombro que da a su público la villana de la telenovela. ¿Me
está mirando a mí?, se preguntaba en su “rumiación” mental.
La foto imprimía para ella la dirección del deseo: él consumido en la mujer, mientras
ella miraba más allá de él. Esta dirección se contradecía, por supuesto, con la versión que
él le regaló al volver: él era un héroe que tras cierta iluminación habría logrado reconocer
que ella era su verdadero amor, regresando por opción propia a sus brazos.
Lo que la foto inscribía ahora en la relación eran los lugares: la rival siempre sería la
verdadera mujer, la ganadora, porque poseía el corazón de su hombre. Él, por su parte,
pasa de ser ese anhelado gran amor a un pelele que también perdió, que no fue capaz
con la verdadera mujer. ¿Y ella? Bueno, ella se lleva el peor lugar, ser la segunda opción
del perdedor. Así, la angustia daba paso no solo a la furia con el hombre, sino que
también marcaba la dirección del deseo de ella: la otra mujer.
Se obsesionó con espiarla, desde su ropa, sus gestos, hasta sus palabras, necesitaba
saber cómo esa mujer habitaba el cuerpo. Qué sabía esa mujer que ella no. Se las arregló
para encerrarse horas en el baño del lobby donde llegaba la señal de wifi, justificada en
sus crisis de angustia, para dar paso a su nueva compulsión por el espionaje online.
Si pudiéramos preguntarle a él por todo este asunto, seguramente reconocería que la
otra mujer lo abandonó y que entonces recurrió a su pasado más próximo. Cuestión que
no es ningún pecado, solemos defendernos de las heridas regresando a momentos de
nuestra vida que nos dieron refugio y satisfacción. Y desde ese punto de partida, aunque
bien poco épico, siempre es posible que se construya un nuevo amor. Como dicen, uno
sabe cómo algo comienza, pero no dónde puede terminar. Él estaba dispuesto a intentar
construir el paraíso en esta vuelta con ella, a generar las condiciones para ver si surgía el
amor, pero para ella este punto de arranque se transformó en La Verdad que le faltaba –
el saber sobre la otra mujer– que empujaba todo su deseo en una dirección, cerrando la
posibilidad de cualquier otra invención en su nuevo escenario. Así como Eva, prefirió
comerse la manzana y reprochar la debilidad de carácter de Adán.
Eso de los paraísos en realidad nunca le acomodó, aunque conscientemente pensara lo

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contrario. Nunca pudo con los hombres demasiado dispuestos a amarla y era de este tipo
de amor –siempre algo mezquino– del que quedaba colgada. El paraíso entonces para
ella, más allá de sus buenas intenciones conscientes, no era el del afiche de la agencia de
viajes, sino que uno más opaco, uno en el que ella podía quedar siempre en el lugar de
deseante, con ganas. Deseante de algo que nunca llegaría.
Y la cosa anduvo igual, quizás porque ella tuvo la habilidad de transformar la idea de
que su hombre era un pelele a la de que era un hombre insatisfecho con ella. Es decir,
accede voluntariamente a transformarse en pelele ella misma, para enaltecer otra vez al
hombre amado. Así, por más demostraciones que él diera de que estaba contento en la
relación, ella se encargaba de mostrar que siempre había otra mujer más deseable. Otras
que debían tener el rasgo de la mujer de la foto, esa que marca para siempre el punto de
fuga. Ese es su paraíso: la insatisfacción crónica.
Así como la protagonista de este cuento, para muchos el comienzo de la historia solo
sucede con la expulsión del paraíso. Solo ahí se activa el pulsar de la vida. ¿Han tenido la
impresión de inventar peleas? ¿O al momento de alcanzar algo que mucho anhelaban,
desinteresarse demasiado pronto?
El drama tiene ese fin, mover las piezas para que exista algún agujero sobre el cual
seguir escribiendo algo y buscar respuesta a las preguntas que cruzan la existencia.
¿Quién soy para los otros? ¿Qué desean los otros? ¿Qué deseo yo? Para responderlas se
despliega un montaje en diferentes escenarios: la pareja, el trabajo, la amistad. Claro que
hay dramas y dramas, y la magnitud del montaje dependerá de cada usuario de este
recurso.
Ciertamente, a nuestro bien pensar consciente poco le conviene suponer que es uno
mismo el responsable de andar construyendo esas grietas que generan malestar. De ahí
que la linealidad de nuestra primera capa de pensamiento nos diga que debemos ir a
buscar tierra para tapar el agujero, con respuestas, con otra carne, con fórmulas que
prometan la calma. Afirmamos con toda convicción que lo que buscamos en la vida es
ser felices, y el marketing lo sabe, por eso la felicidad también se puede vender envasada.
Hay para todos los gustos: felicidades en cuerpo esbelto, en un condominio con circuito
cerrado de televisión, en una playa en la que se puede correr a poto pelado, en la pastilla
que permita no sentir o en alguna meditación con nombre en inglés. El mundo trabajando
para nosotros; pero por alguna razón tanta tecnología de punta fracasa, porque el
malestar en la cultura persiste.
Desde hace algún tiempo circula la historia de Matthieu Ricard, el llamado hombre más
feliz del mundo. Se dice que algo le midieron –bajo la premisa de que la felicidad está en
alguna conexión neuronal, premisa que, por cierto, los drogos vienen defendiendo desde
siempre– que entonces lo hace merecedor de tal título. Se trata de un biólogo que se
transformó en monje budista y que se dedica a meditar y a recorrer el mundo

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promoviendo causas humanitarias y felicidad. Hace treinta años que no tiene bienes
materiales, ni pareja, ni actividad sexual; básicamente se ahorra todos los problemas de
los que sí estamos en la cancha del mundo. Freud decía respecto de quienes se entregan
al amor universal: lo hacen para evitar el atolladero de amar a una sola persona. Amar a
todos es no amar a nadie, es literalmente no poner el cuerpo.
Pero Ricard tiene un punto: la felicidad supone una cierta muerte en vida, o al menos
jugar a flotar sobre ella. El paraíso implica esa desnudez homogénea en que el cuerpo del
otro no conmueve, se trata de carnes lisas que viven en paralelo, en una tierra que vuelve
a ser plana, así nada afecta demasiado. Un mundo sin tensión es un mundo sin erotismo.
Mientras que la expulsión del paraíso implica el pudor, esa incomodidad que
paradójicamente activa a Eros y al deseo –por lo que se cubre–, activa el impulso de ir
tras lo que falta.
Y si bien algunos optan por esta felicidad de mediciones obtusas, lo cierto es que las
historias de diván revelan que muchos no desean inconscientemente lo que declaran de
forma consciente: cada vez que pueden le hacen el quite a la anhelada felicidad para
mantener el deseo vivo. Y eso es lo más profundo que tenemos, esa superficie corporal
recorrida por nuestros deseos. Administrarlos es lo difícil, mucho más que esas hazañas
de los gurús de la felicidad.
Cortázar nos lo advertía: “La gente se figura que algunas cosas son el colmo de la
dificultad y por eso aplauden a los trapecistas o a mí. […] En realidad las cosas
verdaderamente difíciles son otras tan distintas, todo lo que la gente cree poder hacer a
cada momento” (El perseguidor).
La felicidad puede convertirse también en ese discurso vacío cuando se evita la
pregunta por la misma y se vuelve un producto de mercado. La ética del tiempo en
nuestros días favorece lo rápido, las terapias exprés, que son la hamburguesa con papas
fritas de la terapéutica, quitándole toda sofisticación y espesor al pensamiento;
ahorrándonos la pregunta de qué significa la felicidad. Convirtiéndose esta última en algo
que, lejos de calmarnos, resulta una obligación. La felicidad en nuestros días ha pasado a
ser un imperativo.
¿Para qué quieres ser feliz si puedes no serlo?, dice Žižek. Lo que en estos tiempos
cuesta reconocer es que la tristeza tiene dignidad, y que la necesitamos, que buscamos
algún espacio vacío donde poder existir, donde poder desear. El artista suele saber de la
virtud de la falta, porque eso lo pone a crear.
Pero están los afanados por la felicidad que no ven que son ellos mismos los que eligen
comerse la manzana y, por ende, rechazan el paraíso. Hay quienes viven esta elección
inconsciente como una insatisfacción crónica: el mundo es injusto, nadie me quiere como
lo merezco, nunca nada es, no encuentro lo que realmente quiero. Todo se les corre un
milímetro más allá de la felicidad.

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Lo que no saben es que están evitando arder: la monja se estremece, empieza a
traspirar frío cada vez que el sacerdote la roza para darle la comunión. Debe enfrentar la
pasión que la consume. El padre le recomienda: “Es mejor no casarse, pero es mejor
casarse que arder”. Hace caso, sale del convento, encuentra a un buen hombre, tiene
cuatro hijos, todos hombres, todos con mucho cabello. FIN.
Es luego de ese punto final del cuento Mejor que arder de Clarice Lispector, que viene
una fría desazón, algo no convence de tal destino, ¿no era acaso el cura la pasión de la
monja? La protagonista optó por otro hombre, uno que representa una satisfacción
limitada, esa que es a medias, pero que al menos deja espacio para seguir respirando.
Porque la insatisfacción no solo defiende del aburrimiento del paraíso, sino que también
de las pasiones extremas, esas que nos consumen y suelen terminar mal. Cualquiera que
se haya sobregirado en algún exceso sabe que ahí el placer da paso a lo mortífero.
Algunos son conscientes de sus elecciones, pero están aquellos que no alcanzan a ver
de qué modo son responsables de escoger la manzana y no el paraíso. Esos son los que
crean esa bestia llamada insatisfacción. Y a los que el médico luego ayuda a crear una
bestia peor, haciéndolos poseedores de ese título avalado por la tiranía de la salud de
mercado: la “depresión crónica”.
El héroe de Mad Men rueda cuesta abajo las siete temporadas de la serie buscando su
verdad, algún paraíso en el cual descansar. Pero una y otra vez él mismo se encarga de
hacerlo estallar. No es sino en el último episodio cuando decide detenerse para
encontrarse a sí mismo. Y en una de sus meditaciones en una comunidad terapéutica de
los tiempos del Flower Power, cae la epifanía: una publicidad de Coca Cola se le viene a
la cabeza. Una campaña sesentera hippie que aspira a la comunión y paz entre los seres
humanos, tomando todos juntos la bebida que varias décadas después simbolizará el
corazón del neoliberalismo. Más allá de toda profundidad, de la búsqueda de una
identidad, cambiándose de nombre, inventándose familias, estaba todo ahí frente a su
nariz: si Don Draper era algo, más allá de quien soñaba ser, de sus ideales y culpas, era
simplemente eso que había hecho hasta ese momento de su vida, con aciertos y errores.
Cuesta aceptar que no somos ni más ni menos que lo que hemos decidido y logrado
hacer. Que nuestros deseos inconscientes se parezcan más a una Coca Cola que a un
aforismo griego ya es otro problema.
Es esa insoportable levedad del ser la que intentamos tapar con algún montaje más
glamoroso, pero también más dramático, uno de insatisfacción asegurada. Don Draper se
demoró noventa y dos capítulos en aceptar, con una sonrisa, que lo más profundo en él
era su piel.

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2. UNA BESTIA NO IMPUTABLE:
EL ENFERMO EXPLOTADOR

Máxima Nº 313: “La gravedad es un misterio del cuerpo, inventado para ocultar
los defectos del espíritu”
Reflexiones o sentencias y máximas morales
Duque de La Rochefoucauld

Una vez se me ocurrió que tenía un górgoro entre el cuello y el pecho. No sabía muy
bien qué era, ni si alguien más lo padecía; eso no era lo relevante, sino mi convicción de
que seguro era grave. O al menos lo suficientemente importante para comentárselo a mis
cercanos y organizar mi relación con ellos a partir de mi extraño trastorno. Durante algún
tiempo yo fui el górgoro.
Se llamaba górgoro, supongo, porque la sensación que tenía la figuraba como una
burbuja, pero lo más probable es que más bien tuviera que ver con que mi enfermedad
debía tener un nombre propio, debía ser única. Uno puede ser especial de muchas
maneras, y una de ellas son las “enfermedades especiales”, las que desafían al saber
médico, ese saber hecho para todos, que poco distingue particularidades.
Quienes se han resistido a este saber general “para todos” desde los comienzos de la
masificación de la ciencia son los llamados pacientes histéricos: a fines del siglo XIX las
histéricas, generalmente pacientes mujeres, ponían de cabeza a los médicos, quienes no
lograban encontrar en el saber sobre la anatomía humana unos síntomas muy
particulares. Estas pacientes sufrían de unas parálisis que empezaban y terminaban en
lugares del cuerpo que no coincidían con la estructura de los nervios, dolores de irrupción
caprichosa que no se podían encasillar en ningún cuadro, górgoros por aquí y por allá. A
partir de esta problemática médica es que Freud, un médico neurólogo, elabora la
hipótesis de que el cuerpo de las crisis histéricas no es el cuerpo “para todos” los de la
especie, sino que la carne que se enferma es la del esquema mental que cada histérico
tiene en la cabeza. Es decir, lo que se le paraliza, por ejemplo, no es el brazo entendido
por la medicina, definido por la estructura ósea, muscular y nerviosa, sino que es el brazo
que el histérico supone en su cabeza. Se enferma entonces un cuerpo único, el cuerpo
mental que cada uno posee, donde tener algo autonombrado como górgoro es totalmente
viable. Entonces de ahí que Freud inventa el psicoanálisis, un dispositivo en que el

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cuerpo que se tiende en la camilla-diván es ese que debe ser escuchado en su
particularidad, para que así la idea que enferma al cuerpo se elabore en un discurso. Por
eso al psicoanálisis se le llama la cura por la palabra.
Este llamado a ser escuchado de una manera especial en la enfermedad es una
resistencia a ser un caso más en el archivador médico. Sobre todo en tiempos en que la
medicina avanza con fuerza en sus investigaciones y procedimientos, pero respecto de la
atención parece cada vez más restaurante de comida rápida, poco amable y sin
sofisticación.
Hoy, tal resistencia adquiere formas más refinadas, por ejemplo, a través de los
tratamientos alternativos. Si bien estos siempre han tenido su lugar en la terapéutica, la
particularidad que adquieren en nuestros días es que son cooptados por discursos
elitistas. Por ejemplo, cuando son las celebrities –sobre todo los más apasionados por
sentirse especiales– sus mejores agentes publicitarios: nos enteramos cómo una bella
actriz chilena se comió la placenta al nacer su bebé, a quien tampoco vacunará como el
resto de los niños para que este no se “contamine”. Se dice que Steve Jobs antes de
tratar su cáncer de manera convencional intentó con budismo y dietas vegetarianas, hasta
que de todos modos debió someterse a cirugías. Gwyneth Paltrow nos presentó un
tratamiento llamado “catación”, en que se provocaba una especie de “chupones” en la
piel con tazas de cristal caliente para sacar las toxinas fuera del cuerpo. Y así,
innumerables son los casos de famosos que nos muestran cómo autorizan que su cuerpo
solo sea tratado por especialistas de verdades alternativas a la medicina oficial. Una
especie de medicina hipster, en tanto comparte el entusiasmo por lo distinto y único, así
como la fe en que lo antiguo es mejor; de ahí lo vintage en sus prácticas y estética.
No digo que no exista un saber legítimo fuera de la medicina tradicional, por cierto que
lo hay. La ciencia es solo una convención para comprender y abordar algunas cuestiones.
Y es precisamente el hecho de tratarse de una convención lo que permite que esté en
permanente discusión, en tanto no se trata de una verdad absoluta. Otra cosa es que
existan batas blancas que se crean dioses. A la ciencia se le pueden y se le deben hacer
muchas críticas, sobre todo cuando se deshumaniza a favor de los intereses del mercado,
por ejemplo, de la industria farmacéutica, y se pierde la racionalidad diagnóstica.
Así, en tanto construcción humana siempre en proceso, la ciencia puede ser rebatida
desde la ciencia misma y desde la política. Por el contrario, cuando se trata de las
medicinas alternativas, muchos de sus adeptos parecieran perder su juicio político y luego
de leer un par de artículos en internet o escuchar a alguien que les contó lo que sería el
secreto mejor guardado respecto de la buena vida, siguen a ojos cerrados su nueva
religión de salud. Se les cierra la contraintuición, es decir, esa capacidad intelectual para ir
en contra del impulso primero que a uno le tome la cabeza, y empiezan a sostener sus
prácticas con una certeza delirante, de esas a las que no les entran balas, y

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proporcionales al apocalipsis que auguran para el resto de criaturas que siguen las
prácticas masivas.
Entonces, no es en contra de la medicina alternativa lo que planteo, sino que pretendo
denunciar cuando los discursos sobre estas prácticas, aunque parezcan una resistencia
hacia los males de la modernidad, funcionan de manera contraria: solo benefician a la
superioridad moral y estética de quienes las sostienen, pero sin apelar a ningún beneficio
para la comunidad. Como ocurre con algunos activistas antivacuna, que afirman su deseo
de proteger a sus hijos de “contaminarse”, pero no se pronuncian frente a la posibilidad
de que sean sus hijos los que pudieran contaminar de algún virus a alguien
inmunodeprimido. Cuando el antivacuna no toma ningún resguardo a favor de quienes
pudiesen verse afectados por su decisión, resta suponer que entonces poco les importa lo
comunitario. Quizás no solo no quieren contaminarse de los químicos de una vacuna,
sino que tampoco de la chusma, del resto del mundo del cual son parte.
En este caso, el de las celebrities que de pronto se transforman en especialistas en
salud, podemos decir que la bestia que se forma es de un narcisismo exacerbado que
quiere sentirse especial y que exige que el resto del mundo también lo considere así. Pero
para los demás mortales ser considerado especial no necesariamente toma esta versión
glamorosa, y es ahí donde encontramos desde personas con un górgoro tan inocuo como
el mío –el cual se me pasó o se me olvidó antes de consultar a un médico– hasta otras
conversiones más dolorosas y crónicas que toman toda la existencia de alguien. Porque
hay quienes se relacionan con el mundo desde la enfermedad. “En la estrecha cavidad de
su muela se recluye su alma toda”, decía Freud acerca del poeta con dolor de muelas. La
enfermedad y el dolor otorgan un lugar de excepción en que se puede demandar a
destajo, sin estar muy atentos a lo que toca dar en el intercambio personal. El enfermo, al
ser víctima, muchas veces se permite entrar al espacio del otro por derecho propio y
exigir la incondicionalidad que otorga la desigualdad de condiciones.
Aquella renuncia al egoísmo que las personas debemos hacer para ser estimados por
otros queda en estado de excepción. Al enfermo no se le puede medir con la vara de la
bondad o maldad, así como a los niños, a las minorías oprimidas o cualquier grupo en
desventaja se les atribuye la cualidad de las almas bellas: almas asépticas de cualquier
pasión miserable.
Situarse como un cuerpo especial en el mundo implica a veces el exhibicionismo del
mismo, usándolo desde el saludo hasta la despedida de una conversación.
–Hola, ¿cómo estás?
–Mal, me duele tanto la espalda. Fui al doctor…
El “¿y tú?” de la reciprocidad comunicativa suele no llegar o hacerse presente solo al
final de la conversación.

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Ahora, cuando la enfermedad tiene más aspecto de górgoro, es decir, de enfermedad
especial que va cambiando de lugar e irrumpe acorde a la conveniencia del usuario, el
público tiende a captarlo y entonces rechazar al susodicho. Por eso, cuando la
enfermedad es notoriamente histérica suele causar aburrimiento en quienes rodean a este
sujeto. Claro que existen casos en que logran, de todos modos, retener a los demás. Por
ejemplo, la madre quejumbrosa que evita que el hijo deje el nido, o quien usa este tipo
de artimañas para mantener a una pareja que amenaza con abandonar la relación.
Otra forma de esta reivindicación del cuerpo como especial, es no someterse a las
reglas del para todos. Llegar a una institución que ha funcionado durante cien años de la
misma manera y pedir que a uno lo dejen quedarse cinco minutos más, o tomar una foto
donde no se puede. Recuerdo ir en auto con una amiga que estaba pasando por un mal
momento –cuestión que solo le permitía hablar de ello; no existía nada ni nadie más en el
mundo– y nos detiene un policía por ir a exceso de velocidad. Ella, que iba al volante, se
pone a llorar y le lanza el clásico: “¿Por qué a mí?” al oficial, como si estas cosas
debieran aplicarse solo a otros. Fue tal la convicción de su queja de que ella no podía
merecer una multa, que no se le aplicó la ley para todos. El policía le entregó esa pizca
de amor humano ante alguien que se encontraba en un estado de excepción.
De eso se trata muchas veces para las bestias que crea esta neurosis –la histeria–: de
los estados de excepción. Como ya decía, a veces con más, otras con menos glamour.
Por cierto, el dolor es una manera poco beneficiosa, le duele al histérico y aburre a los
que lo rodean.
Muchos intuyen cuando sus górgoros son eso: górgoros de la cabeza. Existe alguna
literatura rápida sobre aquello, esos libros que hacen un catálogo de los dolores y sus
significados. Si bien la sospecha de que el cuerpo se ve tomado por las ideas –por
ejemplo, cuando nos ofenden nos duele el pecho o el estómago o algo por ahí– es
correcta, este tipo de manual se equivoca justamente en lo más relevante del fenómeno:
se trata de un dolor que aspira a ser escuchado en su individualidad y no ser un caso más
de diagnósticos masivos. Pero este no es el único problema de esta intuición
transformada en manual de autoayuda. Hay muchas enfermedades que sí son del cuerpo,
del cuerpo orgánico. Y atribuirle a alguien que padece un cáncer la responsabilidad
psicológica de haberse enfermado (cosa que se hace mucho), es una canallada brutal. El
cuerpo se enferma muchas veces más allá de nuestra ansiedad o paz interior. Se enferma
en modos en que es la medicina la que debe actuar sobre él.
La enfermedad del cuerpo biológico sí nos lleva a la compasión por el otro, nos
conecta con la vulnerabilidad y puede ser muchas veces algo que nos ubica respecto de
las prioridades. Y es acá donde la cosa se pone más complicada, porque estos enfermos,
los que realmente nos recuerdan la amenaza de la pérdida, también pueden ser
explotadores (como decía Susan Sontag en la conocida entrevista a la revista Rolling

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Stone). Pero ahí la bestia de la manipulación se vuelve innombrable. Mucho más que
cuando se trata del cuerpo histérico.
Recuerdo el caso de una madre que tenía un niño con fibrosis quística de muy mal
pronóstico, sabía que no tendría una vida más allá de los veintitantos. Y no sin mucha
culpa reconocía que estaba criando a un chico insoportable, caprichoso y despiadado con
sus padres y hermanos. Luego de permitirse nombrar lo impronunciable, se dio cuenta de
que tratar a su hijo como uno más –en contra de su piedad que la empujaba a hacer
excepciones con él– era un acto de amor. Aun cuando no estaba en igualdad de
condiciones con sus otros hijos, el hecho de someterlo a las mismas reglas le regalaba al
chico la posibilidad –hoy en día tan mal ponderada– de ser común y corriente.
Las almas bellas tienen algo de sensibilidad fascista, porque exigen mucho y se
autorizan a no dar. Cuando somos cómplices de tal posición consintiendo al que
manipula, ya sea por compasión o culpa, alimentamos a la criatura que habita en el otro y
no le hacemos ningún favor, ya que tal bestia no solo genera rechazo entre los que lo
rodean, sino que también le quita la posibilidad al que padece de descansar en ser uno
más entre otros.

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3. #QUIEROSERRARO

Máxima Nº 498: “Nada impide tanto ser natural


como el deseo de parecerlo”
Reflexiones o sentencias y máximas morales
Duque de La Rochefoucauld

Mi segundo nombre es Grazia, raro para los tiempos en que yo era niña; así como
también lo era la disfuncionalidad de mi familia. Por eso vivía con el permanente temor a
que me molestaran o me encontraran bicho raro. Eso me convirtió en una niña
angustiada y tímida.
Ser normal –lo que quiera que eso signifique– era el imperativo en la década de los
ochenta. Existía una sobrevaloración por ser integrado y adaptado. El tipo de sufrimiento
que aquejaba a muchos era más la vergüenza y temor al ridículo, que tener que
reprimirse para parecer adecuado. Se estilaba mentir para ocultar lo anómalo de uno
mismo o de la familia; como el origen social, el pariente pobre o loco, los deslices
cachondos, las salidas de madre, etc. La inhibición social, la hipocresía, el sometimiento
y el servilismo estaban a la orden del día. ¿Se acuerdan de lo que nos provocaban los
argentinos? Los odiábamos por agrandados, cancheros y chantas, pero en el fondo los
envidiábamos y nos odiábamos a nosotros mismos por hablar todo en chiquitito –el
tecito, el cafecito– y porque ocupaban nuestras playas unas chicas de culos perfectos con
un descarado hilo dental, y unos tipos musculosos y desinhibidos.
Tiempos de mierda.
Pero las cosas se han movido en este mundo. Los cambios sociológicos se han
orientado en la dirección del empoderamiento individual y la horizontalidad. Las grandes
instituciones como la Iglesia, las fuerzas armadas, la política, el padre y el profesor, no

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tienen ya el valor de antes. Han dejado de constituirse como lugares de autoridad y de
producción de verdades inalienables, lo que nos permitió a muchos sentirnos más libres y
creativos, menos temerosos de la diferencia.
Si bien muchos aún padecen de fobia social, de temor al otro, de vergüenza crónica e
idealización del más poderoso, todas expresiones del fantasma de sentirse fuera de
norma, estos son montajes que insisten en la otra gran religión neurótica: los obsesivos.
De ellos hablaremos en la segunda parte de este libro. Hoy lo que se lleva y se impone
con mucha fuerza es el malestar contrario: el dolor de sentirse demasiado dentro de la
norma, demasiado común y corriente. Se ha ido instalando el deseo imperioso de ser
distinto.
Son tiempos en que sentirse normal –insisto, lo que quiera que eso signifique–
representa hoy ser ordinario y un poco tonto. Parecer alternativo se convierte cada vez
más en el mainstream. El hipster –ese sujeto que se parte la cabeza a diario para parecer
especial– es un buen ejemplo. Aunque gracias al mercado, que siempre se preocupa de
nuestras necesidades de consumo, se nos facilita el hipsterismo. Hoy se pueden
encontrar diseñadores independientes en las multitiendas, restaurantes y discotheques
que ofrecen la experiencia de sentirse diferente, cursos y seminarios para quienes sienten
una sensibilidad especial hacia algo.
Si a uno ya se le pasó el tren para creerse distinto a los demás, existe siempre la
posibilidad de que entonces sean los hijos quienes logren ese cometido. Ponerles un
nombre raro, cósmico, en algún idioma exótico, son cosas que funcionan muy bien en
estos casos.
Todo este entusiasmo por la rareza va ligado a la moral de la autenticidad. La lógica
que la sostiene es la siguiente: si no sigo las convenciones, lo que todos hacen, si no me
reprimo para gustarle a los demás, entonces soy más auténtico. Soy yo mismo. Y
también ese hijo, ese llamado Apple, Maddox, Suri o Estrella del Amanecer, lleva desde
el nacimiento la marca del nombre único, único en su especie y, por tanto, libre de la
alienación social. Y un paso más allá en la argumentación: libre de polvo y paja, libre del
pecado original. Ya se habrán dado cuenta: un alma bella. Como si llevar un nombre raro,
vestirse especial o comer distinto ubicara en la pirámide de transparencia a ese ser en un
escalafón superior.
Lo interesante es que el triunfo de Donald Trump viene a desordenar esta lógica.
Porque él también se atribuye el carácter de auténtico. Pero no para jugar al alma bella,
sino lo contrario, personificar al ángel oscuro. Quizás lejos de tratarse de una paradoja,
es una indicación de que los lugares del bien y el mal se topan en los extremos. Como la
provocadora lectura del poeta Bruno Vidal sobre los hermanos bíblicos: la realidad es que
en el lío de Caín y Abel, este último era el fascista, el consentido de Dios, culpable del
resentimiento de su hermano fratricida. Quizás no es una idea que haya que tomar como

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una sentencia final, pero sí invita a pensar en la naturaleza humana, en que el bien y el
mal son lugares dialécticos.
En fin, volvamos al problema ético y estético del afán por lo auténtico. Si hay una
plataforma privilegiada para estas demostraciones de autenticidad, esa es la de la vida
digital. Las redes sociales. Algunas aguantan varios hashtags, pero lejos la más recargada
es Instagram, donde más que utilizarse para ser parte de una conversación, sirven para
afirmar que uno es algo: soy de los que van a ciertos lugares, soy fanático de tal cosa,
soy esto, soy lo otro. Podría ser la aplicación predilecta del “yoismo”, hoy, que la
egolatría no es algo que se oculte, sino que, por el contrario, se exacerba porque parece
un bien.
#liveauthentic #setumismo #setumismoyserasunico son algunas etiquetas que portan
esa insolencia de los momentos maníacos en que nos creemos mejores que los demás y
libres de toda contradicción. Este tipo de hashtags suelen acompañar algún autorretrato
que intenta afirmar que uno es uno mismo, sin alienaciones. Como si el hecho de que
para sellar la escena sea necesario recibir unos cuantos “me gusta” de aprobación, no
interfiriera en tal autenticidad vital. Un delirio, pero que en tanto colectivo, no se nota.
Una fotógrafa anónima “cabreada” de ver gente sacando las mismas fotos, en los
mismos lugares y rotulándolas como #vidaautentica, creó una cuenta en Instagram para
una Barbie posmoderna: @socalitybarbie. Esta vez la famosa muñeca es morena –la
aspiración a la rubiedad no podría representar al buen gusto hipster– y nos invita a ser
parte de su intensa vida única: siestas en lugares recónditos, amaneceres exóticos bajo un
chal altiplánico de tela orgánica, cafés carísimos con diseños especiales. Una estética
excepcional, para una ética de la inflación de la identidad.
La parodia se transformó en un éxito y alcanzó miles de seguidores. ¿Será quizás
porque muchos nos estamos cansando de hacer tanto esfuerzo por ser nosotros mismos?
Porque la identidad es como la locura del nacionalismo: una construcción que deja varios
muertos en el camino, segrega lo que no le calza al ideal al que se aspira, crea un relato
de guerra contra enemigos que a uno le permiten la cohesión imaginada. Es decir, la
identidad requiere de adversarios para sostener su diferencia. Alguna vez leí un artículo
en el que un vegano muy preocupado por ser consecuente, hacía la pregunta a su clan
sobre si era o no adecuado follar con un no vegano. Curioso, ¿no? En una de esas, quien
escribía el artículo temía que la carne de un carnívoro lo cebara como a los perros en el
campo, que una vez que aprenden a cazar no pueden parar de matar gallinas. Quizás
intuía lo forzoso del equilibrio necesario para mantener una identidad rígida.
El enemigo lógico de #vidaauntentica debiera ser lo que huela a simulación. Sin
embargo, parece que a esta ideología no le importa tanto la tensión entre lo verdadero y
falso, ya que asume con total descaro que una imagen ultraplanificada, llena de filtros y a
la espera de aprobación está libre del polvo y la paja de la falsa consciencia. Más bien lo

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auténtico contemporáneo parece una tensión entre lo exclusivo y lo masivo: mientras
menos sean los que accedan a ciertos rincones del mundo –spots, les llama la elite– o a
las teorías de moda sobre la verdad verdadera, mejor, eso opera como si fuese lo
genuino.
El enemigo entonces de “los auténticos” es la masa, el sujeto medio. Ese que a veces
aspira a ser rubio –al menos por estas latitudes–, que suele vestirse combinado y cargado
al poliéster, que le gusta ver tele, que disfruta del acceso a una tarjeta de crédito. Estoy
haciendo una caricatura, por supuesto, pero me refiero al siempre denigrado ciudadano
de a pie. Denigración que, por cierto, tiene consecuencias políticas: muchos se han
sorprendido con esa especie de brexit generalizado que este ciudadano le ha hecho a la
elite del progresismo político, quizás a modo de revancha.
Pero vamos primero con aquellas criaturas que nacen de esta posición, los que aspiran
a ser “auténticos” y únicos.
Uno de los autoengaños de la histeria por la “vida auténtica” es suponer que se está
actuando lejos de la alienación, es decir, libre de los requerimientos de los otros y del
mundo que a uno lo descentrarían. Pero, como decía más arriba, esta criatura no tiene
mucho problema con el Photoshop vital de su ética y estética, porque la cuestión se trata
–como en toda histeria– de ser reconocidos como únicos y especiales, es decir, no son
sin los otros; toda performance requiere de un público que les devuelva su propio
mensaje: son seres de otro mundo. En ese sentido, resulta prioritario despertar el deseo
de los demás, ojalá en admiración o envidia.

Arriendo mi casa en comunidad ecológica. Se trata de una casa-taller de dos


ambientes. Se arrienda solamente a una persona sola. Ideal para artistas u oficios
creativos. Interesados enviar sus antecedentes: edad, profesión y descripción de su
motivación por ser parte de una comunidad ecológica.

Aunque este es un aviso de arriendo, el texto parece más una solicitud de


reclutamiento laboral, porque si bien lo redacta alguien que pretende que le compren lo
que ofrece, el énfasis no está puesto en las cualidades de la casa, sino en los
requerimientos para ser un candidato.
La histeria funciona así: yo quiero algo de ti, pero la escena se da vuelta y entonces
eres tú el que quiere algo desesperadamente de mí. Doy otro ejemplo de esta jugada
maestra:

Rifa de nuestro colegio xxx (un colegio de elite en una playa antes solitaria, hoy
spot de surfistas y gente “buena onda”). Los premios son:
-Un masaje de relajación en la playa xxx.

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-Una langosta.
-Una entrada doble al Club de Música xxx.
-Una obra de arte.
-Una reparación de tabla de surf.
-Un deck y leash de surf.

Esta rifa llegó a nosotros –la gente ordinaria de ciudad– de manos de gente de esta
cool comunidad. ¿Están pidiendo ayuda o nos están enrostrando su fantástico estilo de
vida? ¿Nos falta un masaje de relajación? Seguro piensan eso entre otras cosas. El último
premio en la lista es quizás la clave de la operación histérica. Nos ofrecen algo que ¡quién
chucha sabe lo que es!, pero que entonces nos deja en la estocada: debería saber y, aún
más, desear ese objeto que para esta gente tan cool es importante.
Operación de alta sofisticación. Ahí donde yo quiero algo, despierto el deseo en otro,
de manera tal que es el otro el que cree que elige. Esta es una movida crucial en la
conquista amorosa, en que el que juega a objeto de deseo hace como que no busca
(aunque esté buscando) sino que se hace buscar. Es decir, consigue su objetivo con traje
de pasividad. “No sé por qué me llama”, “¿Por qué se pasa rollos?”, dice el sujeto en
posición histérica.
Quienes han cumplido este rol en la seducción, históricamente hemos sido las mujeres.
Aunque hoy también cada vez más hombres juegan este juego; somos nosotras las que
lidiamos con esta habilidad que es tantas veces trágica. Trágica porque hacerse desear ha
implicado para muchas tener que cosificarse. Meterse cuchillo para alcanzar el ideal de
belleza impuesto por lo masculino hetero: boca, tetas y culo inflado, cintura pequeña, no
muy gritona. O bien, el ideal del masculino homosexual que impone la moda: tetas y culo
desinflado, pálida al borde de la anorexia, no muy gritona. Nos ha llevado a invertir
demasiada energía para sostener una imagen, horas y horas perdidas, en vez de ser parte
también de los que escriben la historia del mundo. En fin, el cuerpo –para las mujeres
especialmente– ha sido una plataforma de competencia para ser distintas y reconocidas
como deseables. Decirle a una mujer que es una cualquiera es una ofensa, a diferencia de
los hombres, quitándonos el derecho a descansar en poder ser una más y fortalecer la
fraternidad con el género.
Ahora, también es cierto que la habilidad de hacerse desear puede ser virtuosa cuando
se maneja el arte. Por ejemplo, hay quienes logran en una entrevista de trabajo hacer
sentir al entrevistador que es su empresa la evaluada y que el candidato es por quien hay
que pelear. Cuando eso resulta es una jugada brillante. En el fondo, es hacer el amague

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de que se posee algo muy deseable para el otro, y no saber si lo vamos a dar o no. Eso
pone al otro a correr tras la zanahoria.
Jugar a objeto de deseo cuando se trata justamente de eso, de jugar, y no suponer que
es una condición sine qua non de un grupo o clase –por ejemplo, suponer que eso son
las mujeres, un pedazo de carne– puede ser una operación muy interesante. La
seducción es una herramienta muy poderosa. La bestia más bien aparece cuando se cree
que uno ES eso: algo que debe ser siempre deseable. Ahí es cuando aparece el
autoflagelo de nunca alcanzar el ideal. Y además la trampa es que, de acuerdo a la ley del
deseo, someterse a lo que supongo que el otro desea de mí, mata cualquier pasión. El
sometimiento es inversamente proporcional al deseo porque uno desea lo que no tiene,
no aquello que se me da en bandeja. Nadie desea a alguien que se somete a mis
designios, pues lo inferiorizo. Distinto es –y esa es la operación astuta de la histeria–
crear un deseo que antes no existía en el otro. Este es el sueño de todo publicista.
Una bestia dolorosa entonces es creer que el único destino es ser deseado. Ahí viene la
desorientación y la desesperanza profunda frente a la pérdida del deseo de otro sobre
uno.
Una segunda bestia, hija de esta imperiosa necesidad por ser especial, es la
autoexclusión. Esa autoexclusión nace desde lo víctima, el “nadie me valora,” “nadie me
quiere”. Es esa que, en general, lleva a las personas a declarar tener baja autoestima
cuando, en el fondo, lo que esperan es que los otros los valoren como suponen que se lo
merecen, es decir con un gran valor. La autoexclusión construida desde el rechazo –que
muchas veces es autoprovocado, porque es uno mismo el que no hace nada amable para
incluirse– puede ser vivida con mucho dolor, pero si no se hace nada al respecto es
porque inconscientemente se está sostenido por este motor que empuja a sentirse distinto
a los demás.
En algún círculo social me presentaron a un tipo que decía ser artista. Aquella vez
contó cómo el ser rechazado desde el colegio lo había empujado a la actividad creativa.
Si bien comenzó con un relato muy seductor, había algo que no cuadraba en su historia:
¿por qué siempre lo rechazaban a pesar de parecer tan interesante? Meses después en un
minimarket lo reconozco en la fila. Particularmente ese día yo no tenía muchas ganas de
hacer vida social y tampoco me llamaba la atención hablarle a él. Hice alguna maroma
que me permitió ubicarme detrás suyo sin que lo notara y saqué mi teléfono celular para
fingir estar concentrada en algo importante. Después de un rato entendí que difícilmente
notaría mi presencia o la de cualquiera. Cuando fue su turno en la caja comenzó a hacer
un enredo cambiando los productos, tomándose un buen tiempo para decidir qué llevar y
cambiar de opinión, pagó cosas por separado, pidió empaques distintos, en fin, se
apropió del tiempo como si fuese el único del mundo. Tras él la fila empezó a crecer y
también las caras largas y esos suspiros a regañadientes que salen en señal de disgusto.

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Pero él no acusaba recibo. Posiblemente esa era la historia de su vida y de su exclusión:
no había nadie más para él.
Estas dos bestias, la que sufre por sentir que es solo un objeto para despertar deseo y
la que es víctima de la autoexclusión, acarrean la desgracia conveniente del sufrimiento,
por lo tanto, pueden pedir ayuda.
Pero la bestia más temible es la que viene instalándose con los tiempos: los histéricos
de la “vida única”, la “vida auténtica”. Su entrada es alarmante porque su exclusión es
desde la dignidad, desde la superioridad moral. No tienen por tanto ninguna razón para
pedir ayuda; todo lo contrario, son los que generalmente se convierten en educadores,
profetas, terapeutas exprés, y van diseminando su palabra y haciendo sentir mal a
cualquiera que no esté a la altura de su vida con Photoshop.
Su malestar aparece cuando se vislumbran demasiado ordinarios, cuando no han sido
capaces de desarrollar ese proyecto tan especial para el que vinieron al mundo, o cuando
la vida rutinaria los asfixia, porque para ellos la monotonía es una especie de pecado
capital. O bien, la contradicción les puede asaltar cuando afecta a quienes aman, por
ejemplo, a sus hijos.
Recuerdo a una mujer de mi generación –es decir, criada en los ochenta bajo todas las
opresiones posibles– para quien la educación alternativa hubiera sido una cuestión muy
liberadora. En la adultez cae en la trampa de la libertad impostada y decide primero
educar a sus hijos en la casa, cuestión que empieza a perturbar su relación de pareja y su
vida personal; como dicen por ahí, no hay que cagar donde se come. Su vida familiar se
transformó en un espacio de caos sin límites ni intermitencias, todo de corrido. Alguna
vez una chica que había pasado por una adicción a las drogas me comentó algo así
respecto de las casas de los dealers que sirven como hogar de acogida para drogarse: son
casas sin tiempo, no rigen horarios ni espacios, una cocina nunca es una cocina, un baño
tampoco. La casa de esta mujer reproduce en algún punto ese mismo caos. En fin, luego
de esta experiencia, decide –también para recuperar su vida de pareja que colgaba de un
hilo– seguir el nuevo deseo de su marido que había entrado en una crisis de los cuarenta
de aquellas. Vivir en la playa, en el paraíso mágico de los caprichos, con otras personas
que compartían sus mismos intereses. Pero como un acto fallido de lo inconsciente, el
paraíso se empieza a quebrar por el lado de los niños. Confiando en una supuesta
naturaleza humana bondadosa y autorregulada, los adultos de esta comunidad no
intervenían en las cuestiones de sus hijos. Cuestiones que caían en el sadismo y la
exploración sexual sin límite ni orientación. Luego de varias señales vino la escena
irreversible: uno de los chicos más grandes abusa del hijo menor de esta familia, situación
que provoca la vuelta a la ciudad, el quiebre de la familia y de sus convicciones.
Regularizan la educación de sus hijos en manos de la educación masiva, como si de ello
requiriera esta familia: cuidarse de sus propios caprichos histéricos. Aquello que estos

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padres hubieran necesitado en los años ochenta, no era lo que sus hijos requerían en
estos tiempos. Los niños pedían a gritos integrarse a un grupo de pares donde ser uno
más.
Esta es una situación en que la fractura vino por donde más duele, por los hijos. Otras
veces, esta bestia no se angustia, sino que angustia a otros.
Alguna vez tuve que hacer una de esas visitas políticas a una pareja de conocidos, no
éramos amigos cercanos, pero se habían cambiado de casa y tenido un hijo hace poco;
nuestro rol entonces era ser los testigos de su felicidad. Llegamos a una hermosa casa
con olor a lavanda y una gran escultura en la entrada que tenía la inscripción de las
iniciales de sus dueños, algo así como un escudo familiar inventado. Tuvimos que
sacarnos los zapatos para acceder a este templo no contaminado del mundo exterior.
Junto a la sonrisa amable y apacible con la que nos recibían, corría paralelamente una
tensión por la presencia de mis hijas demasiado cerca de sus objetos de decoración.
Mientras la dueña de casa mecía a su bebé, miraba a su marido de reojo en un lenguaje
cómplice que suponían solo ellos comprenderían, para que él fuera moviendo los objetos
de la casa con un gesto rápido y nervioso y así evitar que estos fueran víctima de mis
niñas. Ellas, por su parte, quizás en nuestro propio lenguaje cómplice sin palabras,
parecían haber sido poseídas por un impulso irrefrenable de tocar y dar vuelta todo.
Veíamos cómo cada vez quedaban más acorraladas en esta casa-templo, donde los
anfitriones les acotaban más y más el espacio de acción. Luego del tour de rutina, hablar
sobre los materiales de la construcción, el origen de la imponente escultura de la entrada,
poner la música en los parlantes nuevos y tomar algo, también en unos vasos muy
especiales, y luego de presenciar todas sus novedades y su nueva vida, todos entendimos
que había poco más que hacer ahí. Justo antes del final, o bien lo que precipitó el final de
la visita, fue la pregunta histérica de rigor: “¿Y ustedes cuándo se van a poner en
campaña?”. Se referían a cuándo intentaríamos tener hijos, ya que éramos pareja nueva,
se trataba de mi segundo matrimonio. Y tener hijos para la gente de mi edad es un tema
de cierta sensibilidad. Ese tipo de preguntas por parte de personas que no sienten por uno
ningún tipo de estima en particular, suele ser más bien una pregunta falsa. Se trata de un
modo de histerizar, es decir, de despertar inquietud, competencia o malestar en el otro. Y
ese tipo de agresiones disimuladas bajo una pregunta suele dejarnos con una pequeña
angustia flotando y, al mismo tiempo, sin la posibilidad rápida de responderlas, porque
vienen envueltas en una sonrisa inocente. Solo atinamos a que ese era el momento de
retirarnos y volver a nuestra vida con zapatos –a veces incluso con zapatos arriba de la
cama– y con todas las bacterias exteriores que no nos perturban demasiado.
La histeria cubierta de un exceso de narcisismo es una bestia peligrosa. Al menos
Barbie hipster sabe que #loautentico también está hecho de plástico. Al menos así no se
cree esa Verdad que obliga entonces a la tiranía de ser extraordinario.

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Pensé, luego de algunos días de este encuentro con nuestros amigos de plástico, acerca
de qué escultura o representación debía poner yo a la entrada de mi casa. No se me vino
a la cabeza ningún Dios, pero sí una frase de Rabelais: “Por más alto que uno se siente,
uno siempre se sienta sobre su culo”.

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4. NO TODOS Y TODAS: CUANDO
LA DIVERSIDAD ES SIMULACRO

Máxima Nº 30: “Hacemos regularmente vanidad de las pasiones, aún de las más
criminales; pero la envidia es una pasión cobarde y vergonzosa que jamás
osamos”
Reflexiones o sentencias y máximas morales
Duque de La Rochefoucauld

Hace ya un buen tiempo que mostrarse humano, ser lo más transparente que se pueda,
se ha instalado como modalidad mainstream. Seguramente si vemos algún programa
estelar de los años ochenta, lo empaquetado de los conductores de televisión nos parezca
sumamente ridículo. El nuevo famoso dice palabras sucias, nos cuenta de sus zonas
erógenas, llora en cámara. Lo que se lleva es la tele-realidad.
En todo caso de lo que se trata es de mostrar pseudodefectos, esos que uno ya superó
o que realmente no nos importan. Hay quienes, claro, no entienden que en el fondo es
solo un juego, y se confunden, mostrando sus miserias en serio, en espectáculos de
dudoso estándar moral: la chica que va al estelar a contar su problema con las drogas,
drogada, o el famoso golpeador que va a defender su honra y se descontrola en pantalla.
En fin, hay quienes entran a la moledora de carne.
El juego contemporáneo es creerse transparente, pero inventándose un “sí mismo” que
sea conveniente al ego. Es algo así como administrar la propia fractura: puedo mostrarme
sensible, un poco tonto, mas nunca envidioso, porque hay desperfectos que uno adora y
luce, y otros que son, aun para uno mismo, poco reconocidos.
Asimismo, el discurso sobre la diversidad cae en una contradicción parecida. Si bien
estamos en tiempos en que la lucha por la inclusión ha tenido triunfos significativos, lo
cierto es que no toda divergencia es permitida. Hay una moral de la diversidad que a
veces huele demasiado a jabón. Vamos con algunos ejemplos.
La escena fue bastante ridícula. Hace no mucho ocurrió el siguiente incidente: en una
plaza de Maipú una niña pequeña atropelló a una señora con un auto de juguete. La
señora junto a otra mujer –siniestramente parecidas la una a la otra– consideraron que el
suceso ameritaba llamar a la policía. Lo absurdo de la historia dio mérito para que llegara
la prensa. Las redes sociales explotaron. No solo por el exceso en la denuncia de las

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mujeres, sino que también por su aspecto. Ambas muy parecidas y evidentemente
retocadas de un modo pueril. Si pudiera recurrir a una imagen para figurarlas, serían las
hermanas de Marge Simpson. El matonaje virtual no se hizo esperar y se las destruyó
por su aspecto y su rango etario; es decir, “vieja fea” fue el insulto basal sobre el que
escalaron otros maravillosos como “transreptilianas”. Hasta que un funcionario de la
Municipalidad de Maipú apareció advirtiendo a los matones y justicieros (que hoy
coinciden con demasiada frecuencia) de internet, que se trataba de dos funcionarias
transexuales. Y en gran medida las burlas cedieron. Por supuesto que existen quienes
gozan del odio hacia todos los frentes e insistieron en ofender, pero al menos desde cierto
progresismo parecía totalmente inaceptable insultar a un transexual, pero no a una mujer
mayor no muy agraciada. Porque la “vieja fea” no es sujeto de ninguna reivindicación,
tampoco de algún orgullo manifestante.
Otro incidente. Un diputado de la República, quien no había protagonizado ningún tipo
de escándalo y cuya conducta parlamentaria hasta este punto era irreprochable, fue
víctima de la canallada de una agencia periodística que le toma una fotografía a su
teléfono celular mientras este chateaba en el Congreso. Se develó así su homosexualidad,
la que vivía de manera privada, pero que, sin embargo, como nos enteramos después, su
esposa conocía. Esta no demoró en salir a defenderlo y contarnos que amaba mucho a su
compañero y esposo homosexual. Este acuerdo matrimonial levantó una polémica; entre
otras cosas, se les acusó de hipócritas. Curiosamente, en tiempos de reivindicación de la
diversidad, no a muchos se les ocurrió que, justamente, eso llamado diversidad significa
que existen múltiples formas de habitar el mundo y las relaciones amorosas, por cierto,
muchas más que aquellas iluminadas por el activismo progresista. Porque cuando el amor
libre lo defiende algún artista o referente de la elite del activismo, seguramente será
portada de alguna revista, de esas que fueron conservadoras y que se han reinventado en
el nuevo mundo. Pero estos señores, como el diputado y su esposa, no. Así como la
vieja fea, el ciudadano común, el que no defiende ninguna reivindicación más allá de
llevar un cotidiano invisible, no merece el cuidado de la moral de la diversidad. Lo cierto
es que no todas las vidas están incluidas en el “todos y todas” del lenguaje biempensante
posmoderno.
Aunque no cabe ninguna duda de que la reivindicación de la diversidad convenga a la
democracia, posiblemente tenga lo que todo discurso y práctica conlleva: contradicciones.
Básicamente, porque los seres humanos no somos conscientes de todo ni transparentes
con nosotros mismos. Esa es la gran enseñanza del psicoanálisis, que puede tomarse para
comprender la psicología individual como también los procesos políticos. Freud decía
que uno siempre está más a la derecha o a la izquierda de lo que cree.
El problema de la normalidad es un asunto político. La norma está establecida desde
un poder, cuestión que tiende a oprimir a ciertos grupos. Por mucho tiempo la norma ha
sido, como dice J.A. Miller, una norma macho: nor-male. Una en que el sujeto

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hegemónico es el hombre adulto, blanco, heterosexual y productivo, restando a todos los
demás –la mayoría– en eso que paradójicamente se denomina minorías: mujeres, niños,
enfermos, viejos, indígenas, queers.
Quebrar la idea de normalidad abre espacios de democracia y justicia. Un momento
fundamental de tales luchas de reivindicación es el de reafirmar y dar valor a otras
identidades que la hegemónica. La comunidad gay es un buen ejemplo del orgullo como
herramienta de búsqueda no solo de tolerancia, sino que de generar también nuevos
deseos. Así se gana un poder más profundo. No es lo mismo contratar a alguien de una
“minoría” por corrección política, que por una valoración genuina.
Entonces, el orgullo como herramienta de reafirmación y visibilización de
subjetividades que hasta cierto momento eran consideradas periféricas, es una cuestión
de alta conveniencia política. Es un momento necesario en las luchas reivindicativas para
tomar un poder que les corresponde. El problema aparece cuando el orgullo se cristaliza
en identidades rígidas, reproduciéndose otra vez el problema inicial: acotar la existencia a
una nueva norma, segregando a quienes no cumplan con ella. Con la dificultad adicional
de que cuestionar a quienes son o fueron oprimidos está algo vetado, porque
generalmente las críticas han provenido desde el poder que se resiste para conservar su
lugar. Sin embargo, las cosas no son binarias, e interrogar a estos discursos, aun cuando
se compartan, permite revisar las trampas y los vicios en los que estos caen.
Cuando la vida se coagula en esa afirmación del “yo soy eso”, una implicancia es
volver a reproducir un estereotipo, lo que obliga a ese sujeto a encorsetarse en un nuevo
ideal. En lo social ocurre parecido; cuando el discurso de la diversidad confunde el
momento político con la verdad de una identidad, aparecen las luchas absurdas, no solo
con los ajenos a la causa, sino que también internamente: ¿quiénes son los verdaderos,
los que están llevando bien el camino de la reivindicación? Existen acusaciones de las
buenas y malas feministas o de los gays correctos o incorrectos. Cada causa con su
propia policía interna. Se confunde el mapa con el territorio.
La contradicción que portan muchas veces los discursos de la diversidad es suponer
que esta está dada por una pluralidad de identidades, identidades que suelen estar
basadas en las preferencias de goce: con quién follo, qué como, si me siento más cómodo
con los humanos o los animales, etc., generándose una endogamia en los grupos de
identificación y unas defensas corporativas hacia los propios intereses. De ahí que
pueden aparecer preguntas existenciales tan peculiares, por decir lo menos, como si un
vegano puede tener sexo con un carnívoro o sitios de citas para quienes piensen igual
(pos-brexit apareció uno solo para quienes habían votado por quedarse en la Comunidad
Europea).
En todo caso, nada extraño es que la elección amorosa se haga bajo tendencias
endogámicas, porque en el “enamora-miento” uno tiende a buscar algo de sí mismo en el

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otro. La primera etapa amorosa es altamente narcisista. Cualquiera que se haya
enamorado sabrá que tal paraíso de la fantasía “es que somos iguales, somos tan afines”
tiene los días contados. No hay amor cuando no se ha pasado por la gran caída de verse
realmente las caras con el otro y luego recién en ese momento ver si es posible construir
otra cosa. Caída que es doble: encontrarse con que el otro no era eso que en principio
quise ver, pero también con que uno mismo tampoco era aquella versión mejorada que
es al comienzo de cualquier cosa. Es decir, uno se encuentra con la diversidad de veras:
nada es como afirmamos.
Si hiciéramos la analogía con el discurso sobre la diversidad –no el filosófico, sino que
el institucionalizado– hay mucho de enamoramiento y más dificultades para el amor. Es
decir, hay gran facilidad para identificarse con un grupo de interés y defender sus
derechos y, a su vez, baja tolerancia a amar las diferencias, perdiendo muchas veces
cohesión por no sobrellevar las diferencias internas.
Así como en el amor la recomendación es no casarse en el estado de enamoramiento,
por lo mentiroso y delirante del momento, supongo que deberíamos sancionar del mismo
modo ese otro enamoramiento: cuando por un impulso nos casamos con una idea
absoluta y nos convertimos en justicieros de pacotilla. Me refiero a esa fascinación por
las causas del activista de internet. Falsos héroes, agotadoramente furiosos. Que la leche,
que las cesáreas, que las vacunas, que la carne, que el agua de la llave, a veces la guerra
y, otras, la canallada contra la vieja fea. Activismo a la carta. Atrincherándose en la causa
que al usuario le suene fácil, con esa verdad que lo autoafirme en cómo quiere verse a sí
mismo. La concepción sobre la verdad hoy no tiene nada que ver con verificar los
hechos, sino con reconocerse a sí mismo en algo que a uno le acomode.
En los tiempos en que el poder estaba centralizado, los medios de comunicación tenían
el monopolio de la verdad y la resistencia consistía en investigaciones paralelas para
cuestionar esas verdades centrales. Hoy, la desconfianza hacia los medios mainstream es
automática y, por el contrario, hay una curiosa fe ciega en microverdades que parecen
convenientes para reafirmar una identidad. Es lo que se ha bautizado como “posverdad”
o aquella facilidad para defender ideas que convengan a la emoción antes que hacer un
juicio intelectual.
Así se adecua la realidad a las necesidades del “yo”. Y cada “yo”, que no se cuestiona
a sí mismo, se asimila a otros “yos”, que tampoco se critican a sí mismos, y forman así
una trinchera yoica, orgullosa y violenta con los otros. Cada oveja con su pareja.
Operación que funciona como ese servicio transparente llamado filter bubble o filtro
burbuja, el sistema que personaliza nuestras búsquedas en internet y orienta nuestra
navegación de acuerdo al perfil en que estemos encasillados. En el fondo, es un algoritmo
que nos facilita encontrarnos con verdades que nos acomoden y con otros que piensen
igual, para así enamorarnos –que como todo enamoramiento, ya lo decía, es narcisista–.

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Son tiempos privilegiados para el ego. Y así como el ego busca a sus iguales para no
caer en contradicciones, al mismo tiempo debe realizar una compleja operación:
diferenciarse también de sus pares para ser especial. Existe la diferencia fácil, la de la
agresión al que piensa distinto, pero queda aún la difícil tarea de diferenciarse de los
próximos, de los iguales, para no ser uno más. En tiempos en que prima la histeria, ser
único es vital. ¿Y cuál es esa diferencia posible en la era del filter bubble? Pues una que
en psicoanálisis llamamos “el narcisismo de las pequeñas diferencias”. Se trata de una
bestia que, cuando nos toma, es francamente insoportable.
¿Se han visto en esa situación absurda en que están en una discusión, una que empieza
a extenderse demasiado y tornarse enredada, y entonces sospechan que lo que está
ocurriendo es que en el fondo están hablando de lo mismo con su contraparte? Y
comienzan a caer en esos majaderos “Sí, pero…”. ¡¿Por qué no podemos simplemente
decir “sí” y ya, pasemos a otra cosa?! No podemos, porque a veces más que el
argumento, lo que importa es defender la diferencia vacía, sostener que uno no es igual al
otro, por un asunto de ego, cuestión que a veces lleva a las más grandes rupturas. Freud
decía que las guerras suelen estallar entre los pueblos que más se parecen. No por nada
hay quienes sostienen que el corazón de ISIS, lejos de estar hecho de rechazo a
Occidente, se trata más bien de la envidia a este; quizás de ahí que son los mejores
emuladores de Hollywood.
Respecto de estas criaturas hijas de nuestros tiempos, es necesario ser enfáticos en
este punto: no se trata en ningún caso de rechazar el discurso de la diversidad. Por el
contario, es muy auspicioso que se refuerce, pero otra cosa es que por el temor que hoy
genera la corrección política nos inhibamos de analizar las contradicciones que los nuevos
discursos van desarrollando. Tal temor abre paso a que sean las posiciones más
conservadoras y fascistas las que coopten la crítica. Cuestión que ya está ocurriendo en
distintos puntos del planeta.
Antes que ese manierismo culposo que se ha ido instalando en el lenguaje forzado de
la inclusión: todos y todas, todes, t@d@s, txdxs (pesadilla no solo para quien ame la
escritura, sino también para quienes deben exponer una opinión, temiendo siempre que la
policía de la corrección política los acuse de alguna exclusión), se trata más bien de
revisar cómo nombramos lo que nombramos, ¿estamos estereotipando o no?, o bien, si
acaso más allá de las buenas intenciones, seguimos segregando a otras subjetividades
silenciosas y más opacas, quizás como la vieja fea o el ciudadano de traje gris.
En algún seminario escuché a un chico hacer la siguiente no-pregunta; digo no-
pregunta porque no había ninguna curiosidad ni apertura al diálogo en lo que decía, sino
que se trataba de una performance egótica. Declara al auditorio lo siguiente: “Soy
poliamoroso jerárquico, mi pareja es más queer, yo más pansexual”. Luego de la
presentación lanza la falsa pregunta: “¿Cómo podemos hacerlo frente a la imposición

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heteronormativa?”. Pregunta curiosa, porque, ¿no se supone que la gracia de la
disidencia es justamente la invención, antes que la pregunta por cómo se hace para estar
en contra de la norma? Y ese es precisamente el problema que ocurre cuando una chispa
de deseo que tensiona lo establecido se momifica luego en la misma moral de la cual se
queja, es decir, se rige por los mismos códigos. En este caso precipitar la subjetividad en
una nueva identidad, una de tonos posmodernos, pero una identidad al fin y al cabo.
Entonces nada raro es que la diversidad se vaya al carajo con aquello que no coincide
con ningún imaginario emergente y se rechacen ciertas vidas, tal como lo hacían las
tiranías de los imaginarios tradicionales. Como el acuerdo amoroso del diputado
homosexual o el desprecio profundo frente al más mínimo desliz de la vieja fea.
Tampoco es nada raro que la diversidad también se vaya al carajo cuando nos
encontramos con aspectos propios que no coinciden con la imagen que queremos
sostener frente a nosotros mismos, y que ese disgusto nos lleve a correr demasiado
rápido a la farmacia o al chamán de moda para que calme a ese ser indeseado que a
veces surge de nuestro interior. Y, por último, nada raro es que utilicemos el viejo recurso
de ver la paja en el ojo ajeno, atribuyéndole a otros eso que no podemos tolerar en
nosotros. ¿Quién no ha sostenido alguna vez ser sujeto de las envidias de otros y al
mismo tiempo afirmar que uno está libre de tales bajas pasiones?
Bueno, hasta acá con esta bestia, aquella que está hecha de una suerte de histeria
colectiva que podríamos llamar “el justiciero impostor”, “el diverso ególatra”, “el diverso
endogámico” o, quizás, en términos generales, la diversidad pasada a filtro burbuja.
Elijan ustedes.

EL LADO OPACO DEL DESEO

No puedo terminar este capítulo sin traer algo de la otra diversidad, esa que está fuera de
la operación política de la inclusión, que no cabe en las arrobas forzadas ni en el
abecedario del catálogo de sexualidades. Me refiero a la diversidad que puede habitar en
cualquier vieja fea, en cualquier ciudadano medio.
Nuestros objetos del deseo están disponibles a nuestra consciencia. Podemos darnos
cuenta de qué es aquello que nos atrae, pero detrás de ese objeto de deseo existe otra
fuerza que nos resulta opaca: la llamada causa de nuestro desear. Es decir, la causa es
una operación inconsciente que pone en movimiento nuestro deseo; luego este se dirigirá
a distintos objetos.

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Por eso es que puede ocurrir que algo o alguien que nunca nos había llamado la
atención de pronto nos comience a quitar el sueño. O viceversa: en un instante nos deja
de interesar aquello que nos movía, porque ese objeto que nos atrae no es realmente el
fundamento de nuestro deseo, no es realmente lo que inició nuestro movimiento hacia él,
sino que es algo que no alcanzamos a ver: la causa fue la que abrió en nosotros una
disposición a desear.
La causa es el lado opaco del deseo, operación que el psicoanalista Jaques Lacan
nombró como “extimidad”. Se trata de un neologismo que condensa las palabras exterior
e intimidad. Porque este concepto expresa el siguiente problema: lo más íntimo en
nosotros –el fundamento de nuestro desear– puede venir desde afuera. Porque la causa
es una operación antes que un contenido y puede generarse por una contingencia: un
encuentro fortuito, una interrupción a nuestro acontecer cotidiano y cómodo es el que
nos toca en la intimidad. Algo inesperado ocurre de pronto y cambiamos para siempre. Y
ese traje llamado identidad que nos movía en cierta dirección, cae, dejando un espacio
abierto en el que nunca hay certeza hacia dónde llevará.
Otra razón más para desconfiar de la actividad llamada “buscarse a sí mismo”, pues lo
más propio en nosotros es aquello que puede activarse desde el exterior. Como dice
Lacan, lo extimo está “más en ti que tú”.
Marguerite Duras logra dar cuenta de este lugar a través de su escritura. Lejos de las
historias sensacionales –como las de grandes piruetas y hazañas fálicas: meteoritos,
bombas, héroes– o de las otras hazañas –las de maromas posmodernas: tecnologías
sexuales, enredos bi, trisexuales, en fin–, Duras habla del micromundo del suceso o del
arrebato: del instante inexplicable que rompe la continuidad de la narración sobre uno
mismo. Momento en que queda en suspenso lo por venir, porque el guion habitual
caduca y abre lugar al vacío, uno en que podrá surgir expectación, preguntas, desvarío,
silencio espeso. Como el momento en que en los sueños nos cambian el escenario y
somos automáticamente otro, sin instrucciones a seguir.
Si de algo se trata la literatura de Duras es de la ruptura con uno mismo. En El
arrebato de Lol. V. Stein, la protagonista queda arrebatada, sin palabras, saqueada de sí
misma, al presenciar a su novio cautivado con otra. ¿Muestra celos, reproches, ira? No,
ese sería el guion conocido. Más bien queda silenciosa y cambia el rumbo de su historia.
“Me gusta creer, como creo, que si Lol es silenciosa en la vida es porque ha creído,
durante la brevedad de un relámpago, que esa palabra podía existir. Carente de su
existencia, calla. Sería una palabra-ausencia, una palabra-agujero donde se enterrarían
todas las demás palabras. […] Faltando, esa palabra estropea a todas las demás por el
hecho de faltar, las contamina, es también el perro muerto en la playa en pleno mediodía,
ese agujero de carne”.

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Es este encuentro con algo de la realidad –un perro muerto en la playa– lo que puede
salirse de nuestros cálculos e interrumpir nuestra continuidad. En este sentido, el
activismo más propio es el de nuestra propia rareza.
Para mí tal encuentro fue un suceso que comenzó con angustia. Mi familia de origen
está lejos de ser tradicional. No lo digo con orgullo, pues habría preferido provenir de
una común y corriente. Una común, quizás conservadora incluso, ante la cual
seguramente hubiera hecho el ejercicio de rebelarme, sufrir por ello, al mismo tiempo que
secretamente hubiera gozado de mi personaje. Pero no. En mi familia existía el miedo de
verdad, la violencia demasiado real, el temor a la muerte que se podía respirar. Si había
algún anhelo, era de orden y de alguna normalidad, por gris y autoritaria que ella fuera.
La locura familiar, lejos de darnos alguna dignidad de resistencia a alguna norma, nos
daba terror.
El promotor de la locura era mi padre. En la adultez, no pocas veces, la
recomendación de mis conocidos ha sido que la historia que tengo que escribir es la suya.
A mí me parece una historia trágica, y hay historias trágicas muy interesantes, pero esta
es una historia trágica aburrida. Las grandes cosas, o las historias que parecen grandes,
suelen no interesarme. Lejos de esa historia extrema, me ha parecido siempre más
interesante la mía. Me parece más interesante, por ejemplo, ese momento en que quise
cambiarme el apellido dado el estigma de ser hija de mi padre quien, por cierto, no tuvo
ningún pudor en quitarnos nuestros nombres para usufructuar de ellos en su propio
beneficio. Cada vez que googleaba mi nombre aparecía el suyo en primer lugar, o bien,
el mío junto al suyo. Era ante todo una hija de alguien que no respetaba mi nombre, que
me arrasaba. Tenía que inventarme otro. Podía ir al Registro Civil y ampararme en la ley,
pero resolví otra cosa, no sé bien por qué. Busqué estar por sobre mi padre en el
buscador de internet. Crearme por fin un Nombre Propio. Fue cuando comencé a
escribir de manera pública. Algo pasó. No sé muy bien. Pero apareció otra.
No sin consecuencias. Pocos años después decidí que tenía que separarme de mi
primer marido. A quien sí amaba. Pero no podía seguir en esa historia. Punto. Yo ya me
había separado de mí misma.
A veces me angustié, aún a veces me angustio en la noche. En otros momentos le
pongo alguna narrativa. Quién sabe. Ahora escribo sobre eso.
Supongo que algo así es la diversidad del ciudadano de a pie, una interrupción.

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5. EL IZQUIERDISTA ESTÉTICO

Máxima Nº 368: “Muchos desprecian los bienes, pero pocos saben darlos”
Reflexiones o sentencias y máximas morales
Duque de La Rochefoucauld

“Es que la gente es tonta, por eso el levantamiento de Trump”, decía J.C. sentado en un
lindo bergère vintage, en su casa-taller-oficina-biblioteca de Ñuñoa mientras se tocaba
con una mano una barba frondosa, con ese gesto repetitivo de quienes tienen barba y
además se sienten inteligentes. Como si no nos diéramos cuenta de que se está
masturbando con su barba, pensaba yo mientras escuchaba su monólogo. ¿Se quedará
así de pegado también en las mañanas cuando le viene ese impulso atávico masculino de
masajearse los testículos? ¿O cuando siente ese impulso vuelve a la barba por razones
estéticas, para no sentirse un hombre tan pasado de moda? ¿Será de esas personas que
siempre siente que está en una película y actúa para su público imaginario? Yo a veces
actúo, días en que por alguna razón creo que di con el atuendo correcto o cuando el ego
me palpita por algún logro contingente; pero no actúo siempre. ¿Cómo podría actuar
siempre? Para parecer siempre demasiado digna tendría que perder esa otra relación
secreta, infantil y escatológica con mi cuerpo. No. De ninguna manera podría actuar todo
el tiempo.
No quería pensar en la pregunta más obvia de todas, pero a veces son esas preguntas
las más profundas: ¿Cómo será el cunnilingus con un barbón? ¿Tendría que estar
totalmente depilada o daría lo mismo? Seguro es tan fijado el que cuida así una barba,
seguro se compra champús caros para lavarla, que no aguantaría el diseño vaginal
noventero pre Brazilian wax. Quizás no le guste hacerle sexo oral a una mujer, quizás no
le gusten las vaginas, ni los penes, por cierto; posiblemente le guste su barba y
escucharse a sí mismo.
En fin, difícil es no distraerse con alguien que se está masturbando –desplazadamente–
frente a uno, como los que se comen las uñas, sorbetean los mocos y se tocan
compulsivamente. Esos que no salen de su cuerpo.
Con algo de esfuerzo intenté reincorporarme, para eso estábamos ahí, para hablar de
cosas importantes, y parecía que el resto del equipo estaba igualmente sumergido en la

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película manflinflera de J.C. o tal vez contando los capitonés del lindo bergère; quién
sabe, pero la cosa es que nadie dijo nada por mucho rato.
–¿No será que el votante de Trump votará por él justamente porque hay una izquierda
(como tú) que los encuentra tontos y los desprecia? –le pregunto (con cierta maldad) a
J.C.
–El problema es el neoliberalismo, crea ignorancia y otras esclavitudes. La lógica del
mercado… –respondió cualquier cosa. Ni se sintió aludido con mi comentario. Este
hueón nunca escucha.
–J.C., digo que ¿no será que estás menospreciando a eso que llamas pueblo, por el que
se supone que estás trabajando? –insistí.
–El pueblo es peligroso, ya vieron lo que pasó con el brexit, antes de ofrecer
democracia… –¿me está hueviando?, ahora cuestiona la democracia sin pudor…
Y siguió:
–La gente anda escuchando reggaeton, ¡qué quieren! La gente está cada vez más
tonta.
(Me está enfureciendo este imbécil. Debería decir algo inteligente. Quizás citar a
Simon Reynolds, el crítico de música que defiende lo masivo y además habla de posrock,
todo lo que empiece con post suena bien).
Pero él siguió:
–No es la democracia para el pueblo, sino el pueblo para la democracia –esta es la
parte que más empiezo a odiar: las dadas de vuelta de frase como signo de una
revelación teórica.
–Y el poscolonialismo –retiro lo dicho. Lo que más odio es ese lenguaje posmoderno
hecho para que nadie lo entienda. Sobre todo la palabra poscolonialismo. ¡Suéltate la
barba, ahueonao!
–Les propongo escribir algo juntos para poner a circular –¡Ni cagando!
Así fue como nació mi columna sobre Donald Trump (“Trump, zorrones y los
insoportables”), que planteaba que existe la teoría de que sus votantes serían las capas
bajas de blancos poco educados, algo así como lo que acá llamamos el facho pobre, ese
sujeto que es la víctima eterna de la falta de oportunidades, pero que da oportunidad a
todos de hacer chiste con él. Porque, paradójicamente, no está a favor de los discursos
de inclusión ni de distribución de la riqueza. La verdad es que Piketty, el hipsterismo,
rescatar perros o escribir con arrobas para no discriminar género, le importa una raja. Por
el contrario, el facho pobre es facho porque encuentra lugar en los fundamentalismos

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morales que le permiten sostener algún orgullo –anacrónico y violento– frente a su eterna
humillación1.
Más allá de la anécdota del barbón hipster, nos encontramos en una situación
complicada, porque Sr. Barba no es el único que ha alimentado esta bestia neurótica con
ropas de activista político. De político bueno, además, sintiéndose por sobre el político
tradicional –siempre algo sospechoso, por lo demás–.
A esta bestia se le puede llamar “el izquierdista estético”: zurdo que sostiene sus ideas
desde la histeria de la excepcionalidad, diferenciándose de los conservadores, pero
también del pueblo, a quien nombra solo como un fetiche de su discurso. Su esfuerzo
por la corrección política no le permite hablar de pobres, sino que se obliga a decir
“persona en situación de pobreza”, para asumir la pobreza como condición momentánea
y no como una realidad. Pero, como dice Óscar Contardo, quizás también ese gesto sirve
para no acercarse a tal realidad más que como cifras estadísticas.
Desde luego que no es posible decir que bajo todas nuestras decisiones políticas corra
una neurosis. Eso nos llevaría a no creer en nada. Pero, sin duda que bajo las más
grandes aspiraciones, argumentos solemnes y las ideologías que parecen asépticas de
cualquier irracionalidad, corre, de algún modo, el río de nuestras pasiones y desperdicios.
Freud ya lo decía cuando afirmaba que la cultura se erige sobre nuestras corrientes
pulsionales. Lo dijo también –quizás sin saberlo– un expresidente de Chile que propuso
como gran proyecto el “Mapocho navegable”, que implicaba darle glamour europeo al
río que en ese entonces aún era la gran cloaca de la ciudad. Cubrir mierda con progreso.
Freudiano total. El proyecto hasta hoy no se ha hecho; por ahora hay una propuesta
llamada “Mapocho pedaleable”. Harto menos ambicioso, pero por lo menos el río ahora
es limpio y podemos andar en bicicleta en sus laderas sin sentir la amenaza de nuestros
propios desechos.
Un amigo se ríe siempre de que las decisiones importantes que tomamos y que
defendemos con grandeza están hechas de alguna casualidad. Desde la elección
profesional a la amorosa. Elegimos a veces una profesión porque un amigo nos contó
algo sobre eso o porque seguimos a la persona que nos gustaba, o bien, porque le
quisimos llevar la contra a alguien, lo que no significa que se trate de una decisión falsa o
equivocada, ya que en el camino nos podemos enamorar de ella. O no.
Pues en la política también debiésemos considerar la participación de la condición
humana. Porque la política no es puro cálculo ni racionalidad, hay también pulsiones y
pasiones en juego. Una diputada de la República no lo pudo haber dicho mejor:
padecemos de una esquizofrenia política. Se refería al hecho de que la gente pide
cambios, se queja del escenario político que hay, pero a la hora de buscar candidatos,
suele apostar por repetirse el plato. Que vuelvan los mismos de siempre. Y, claro,

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nuestras elecciones políticas no están ajenas a esa máxima que rige nuestra vida privada:
lo que deseamos inconscientemente no es lo que decimos que queremos.
Diversos pensadores contemporáneos incorporan a la filosofía política el problema de
la condición humana, que siempre les impone un revés a los discursos perfectamente
armados. Pero desde siempre ha existido una línea de pensamiento que desconfía de las
razones completas y lineales, y considera ese pequeño detalle: la infraestructura humana.
Montaigne, por ejemplo, ya en el sigo XVI planteaba cosas como que el “yo” está hecho
de otros, suponiendo entonces que existe “tanta diferencia entre mí y yo mismo que
entre yo y otro”. Sabía de esa condición de la neurosis, la alienación fundamental. La
vida le parecía un asunto tan complejo que proponía evitar el reduccionismo de
pertenecer a un bando, cuestión que arrastra al fanatismo, y que al activista de redes
sociales de hoy, se le olvidó. Lo cierto es que la historia del pensamiento es más un
espiral que una línea que progresa hacia algún lugar, existiendo la tensión permanente
entre los defensores de las ideas cerradas en sí mismas y los que consideran la grieta
humana.
Ahora vamos a considerar la grieta para analizar a la bestia que convoca este capítulo,
esa que tiene rostro político, pero más allá de sus buenas razones y consignas, está hecha
de la vanidad de la histeria. La película del chileno Sebastián Silva, Nasty Baby, es un
ejemplo precioso de esta criatura tan insoportablemente sofisticada.
Voy con el argumento.
El trío de protagonistas tiene todos los elementos de la estética post: tres amigos que se
aman mucho, mucho más de lo que generalmente uno ama a los amigos ni qué decir a la
familia. Dos conforman una pareja homosexual y además interracial; la tercera a bordo
es la amiga fiel que quiere tener un hijo y propone que sea con alguno de ellos dos. Qué
más políticamente correcto hoy que la criatura por crear: hija de un trío de sexualidades y
razas diversas. Los elementos de la escenografía son, por supuesto, un departamento-
taller –eso de ir a la oficina es demasiado noventero–; un barrio recuperado por artistas,
esos que tienen esa belleza nostálgica de los barrios antiguos que en su decadencia fueron
ocupados por las clases populares y que luego son revitalizados con el barniz del artista
hipster, operación llamada gentrificación. Los personajes andan en scooter, porque
deben mantener neutral su huella de carbono y porque les gusta parecer niños. El
semblante de adultez es también algo demasiado noventero. Se alimentan
responsablemente, todos bellos, bla, bla, bla. Todo infernalmente perfecto. Seres sin
fractura. Seres excepcionales.
¿Pero dónde está su Mapocho, su río de pulsiones sucias? Ya decía, habitan un barrio
que barre bajo la alfombra las huellas de su pasado inmediato, pero por más que esta
toma hipster infle el mercado inmobiliario, cada tanto aparecen los zombis, los antiguos
habitantes. Y es uno de ellos, un ser del mundo prehipster del vecindario, el que viene a

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pinchar la burbuja del trío. Lo abyecto es representado por un personaje indeseado: un
hombre afroamericano pobre, de mente conservadora, racista, machista y homofóbica.
Ese ser que ya no se quiere ver. ¿Qué hacer con estos seres que no son un millonario
prepotente como Donald Trump, al que se le puede pegar combos, sino que un sujeto de
las minorías: pobre, negro y loco? Con estos personajes, algo del proyecto de la izquierda
estética tambalea. Con lo que en Chile se llamaría el facho pobre.
En la película, este personaje comienza a emerger de las tinieblas cada vez con mayor
frecuencia, desestabilizando el mundo del trío feliz. Y es un policía, un sujeto lejano a la
elite biempensante, el que les pide compasión y paciencia a los protagonistas, “es un
loco”, les recuerda. Pero la cloaca se les rebalsa y las pulsiones más oscuras toman a
estos seres de luz transformándolos en asesinos de este ser incómodo. No les quedaba
otra. Así como al progresista barbón J.C., la democracia a veces se les transforma en
algo cuestionable a los jovencitos de la película, “el pueblo” se les torna insoportable.
El film, ya en los créditos, nos regala una escena extra por si nos queda alguna duda
respecto del cinismo de los personajes: aparecen todos muy felices –a pesar del
asesinato– en un lugar muy cool, una pista de “patinaje–discotheque” para grandes,
aunque nunca se sabe si en esos cuerpos hay unos grandes; ya lo decía, la adultez les
parece una vulgaridad. O al menos esa rasquería de ser “adulto joven”, porque les gusta
la barba, la ropa y los objetos de los abuelos, y al mismo tiempo hacer como que son
niños. Entre los niños y los ancianos, cualquier cosa que suene a “medio”, sujeto medio,
clase media, es de mal gusto.
Lo genial de este film es revelar la contradicción de este ser, la neurosis tras la
enfermedad de aquello que lo políticamente correcto puede ocultar, quedando además
blindado frente a la crítica. Como si la gentrificación del barrio hipster fuera metáfora de
la moral “cupcake orgánico”: ponerle nombre sofisticado y ecofriendly al queque, pero al
mismo tiempo denigrar al bizcocho de siempre. Una moral que se supone trabaja por el
ciudadano de a pie, pero en el fondo lo odia, su estética le parece rasca y su ética una
equivocada, de la cual habría que salvarlo. Al sujeto cupcake le interesa que su queque
esté libre de la masividad del ingrediente industrial, pero suele importarle poco el destino
del vendedor de Mankeke al que desplaza.
El problema de lo políticamente correcto, que como ya decía, si bien surge desde la
necesidad de dar voz y proteger a los oprimidos, es que ha tendido a transformarse en la
discotheque de la pedantería. Cómo un discurso camaleónico puede ser utilizado para
algo muy incorrecto políticamente: segregar más. Dividir entre buenos y malos. El
izquierdista estético coopta los cambios positivos del mundo como un rasgo de su
personalidad. O sea, supone que porque tiene buenas intenciones –salvar al planeta,
respetar a las minorías– es entonces intrínsecamente bueno y, claro, cae en la
consecuente violencia de ver el mal en el otro. Es como la cara cool del conservador más

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impúdico, xenófobo a su manera: odia al extranjero (de ideas y costumbres distintas a las
de su activismo). Las redes sociales están llenas de estas bestias. Indignados, santones
furiosos. Gente de semblante 2.0, pero sin duda menos progresistas que el pensamiento
de Montaigne de hace cinco siglos.
Lo cognitivo es una cuestión independiente de la personalidad; hay locos inteligentes,
así como hay personas centradas, pero de pensamiento reducido. En el caso del
izquierdista estético no quiero decir que su neurosis lo ponga tonto, pero sí que lo lleva a
la tontería de perder los matices de la discusión. Como identifican sus causas con su
personalidad, deben hacer coincidir las cosas del exterior con su interior, aunque sea de
manera forzosa. Soportan mal las contradicciones, por eso suelen ser rígidos y seguir un
pack de medidas sin permitirse tomar posturas parciales. Por ejemplo, meten en el
mismo paquete todos los conflictos internacionales: siempre el Imperio es el culpable.
Asimismo, antes que el análisis, privilegian la moral al servicio del ego; por ejemplo,
frente a un atentando en un país rico, salen varios de estos personajes a acusar a los
otros –siempre los otros– de que no reaccionan del mismo modo frente a las tragedias en
los países pobres: “¿Por qué lloras por París y no por África?”, acusan con vehemencia
en sus muros de Facebook. Uno de los últimos atentados en París coincidió con un
ataque en Beirut. Muchos pusieron el grito en el cielo, alegando que la noticia sobre la
catástrofe en el Líbano no había aparecido en las noticias, acusando una conspiración del
Imperio. Pero sí apareció, desde el Washington Post hasta los blogs independientes lo
publicaron. De cualquier manera, el sesgo que proviene de la neurosis filtra la realidad en
la dirección acorde a los propios intereses. En este caso, ser los únicos seres justos del
planeta.
Otra de las distorsiones es ver conspiraciones políticas donde no las hay, para así darle
algo más de glamour a una situación. Alguna vez hubo un enfrentamiento entre dos
empresas, una de ellas de formato totalmente clásico y la otra, una empresa de nueva
generación y relacionada a la creatividad. Lo cierto es que, más allá de lo que cada una
vendía, ambas eran propiedad de empresarios tradicionales, gente centrada en hacer
crecer su negocio. Punto. Ambos se detestaban. No llegaron a acuerdo y la empresa del
rubro artístico salió mermada. Se armó un caso público en que el mundo progresista salió
a defender a esta última, cuestión legítima pues era un aporte a la cultura, pero el
argumento era acusar a la empresa ganadora de persecución política. Los que conocían el
caso de cerca afirmaban que nada más lejos de eso, que se trataba de un desacuerdo de
lo menos glamoroso entre empresarios. Pero sonaba mucho mejor perder por ser víctima
del salvajismo neoliberal. Como si el arte estuviese ajeno a ese mundo.
Y, por último, quizás de las distorsiones cognitivas más complicadas de esta bestia, es
la que Žižek llama el “racismo progresista”. Se refiere a la discriminación que porta el
discurso de lo políticamente correcto. Voy con su ejemplo. Unos amigos suyos
reclamaban que les incomodaba ser llamados “nativos americanos”, la expresión que se

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utiliza como forma de respeto al pueblo originario en Estados Unidos. Preferían que los
llamaran “indios”, porque al menos así podían reírse de la estupidez de los blancos
(aludiendo al equívoco de los conquistadores al llegar a América creyendo que era India).
La reflexión que hacían era que tal cortesía implicaba una cierta discriminación, sobre
todo por parte del activista New Age que los trataba como seres distintos, libres de todo
mal occidental. Como si fueran una especie de ser primitivo conectado con la
pachamama sin derecho a la maldad. Como si solo el hombre blanco estuviera autorizado
a la maldad.
Alguna vez conocí a unas mujeres que organizaron una exposición muy interesante, se
llamaba “Ojos que ven, corazón que siente”. Se trataba de fotografías de niños con
síndrome de Down, instaladas en espacios públicos. La idea era concientizar respecto de
lo que sería una verdadera integración, ya que muchas veces, como un modo de respeto
forzado, solemos correr la mirada ante quienes tienen alguna discapacidad y lo hacemos
justamente para no ofenderlas, discriminándolas de un modo cortés.
Si la discriminación directa es algo a rechazar, sin duda esta forma desplazada e
inconsciente de hacerlo es también algo a revisar. La integración pasa por tratarnos como
iguales. Žižek también aporta acá un concepto que nos sirve: la “solidaridad obscena”.
No hay nada que pueda unir más que contarse las miserias y hacer chistes obscenos para
entrar en confianza con alguien. Si uno quiere entrar en el otro y conocer su cultura,
nada más equivocado que jugar a periodista de programa de viajes y preguntarle qué
come, cuáles son sus costumbres, etc.; por el contrario, pedirle que le cuente a uno un
chiste sucio, genera la entrada en complicidad para comprender algo del mundo del otro.
Para ser justa, el izquierdista estético es una bestia bien intencionada. El problema está
en que tal proyecto no logra ver sus propias fracturas y contradicciones. Eso lo rigidiza y
le quita sentido del humor, y sí, algo de inteligencia. Su principal peligro está en que se
apropia de reivindicaciones sociales y culturales importantes para todos, y a veces peca
de alejar a quienes pudieran tener algo que decir en tales causas cuando su actitud es
vehemente e impide nuevas reflexiones por su presión al pensamiento único.
Por ejemplo, no pocos artistas e intelectuales librepensadores han sido criticados por
no adherir a un partido político o no definirse bajo todas las consignas de un movimiento.
Lo cierto es que quienes se arriesgan a salir de la comodidad de la linealidad, difícilmente
pueden encasillarse. “Yo lo relativizo todo, hasta la revolución”, dijo Nicanor Parra,
sacando ronchas en la izquierda que lo quería para sí.

¿Y LAS PALOMAS?

56
Debo reconocer que estas versiones del lado del “histericismo social” –la corrección
política, la defensa de la diversidad– se orientan a un mundo que pretende ser mejor que
la selva que quedó tras la caída del muro, un mundo entusiasmado con el individualismo
más feroz de la ambición, el mundo a la medida del macho alfa: misógino, discriminador,
arrasador con todo lo que obstaculice su paso.
El paradigma de décadas anteriores, el que llamo del casino y el gimnasio. Ambos
lugares comparten un rasgo: son territorios en que se nos nota lo ganosos: los ojos
brillantes que evidencian la codicia en el primero y la vanidad en el segundo. Ambos
tuvieron su momento de glamour, esos años en que en Chile decíamos que éramos los
jaguares de Latinoamérica. La codicia se vestía de macho zorrón, la vanidad de fitness.
Pero como a todas las construcciones, les salieron grietas: a los galanes de la economía
que nos tenían cautivados se les traslució la charlatanería, a algunos incluso lo criminal; a
la gente fit se le empezó a pudrir el plástico y literalmente muchas debieron ir a
cambiarse las siliconas en las tetas, que tras una década caducaron. Algo de ese
entusiasmo en el mundo del salvajismo del nylon y del mercado demasiado libre
comenzó a quedar en entredicho.
De la obsesión por la carrera espacial pasamos a la preocupación por el planeta.
Comenzamos a hablar de responsabilidad social y de ecología; incluso los animales
empezaron a encontrar lugar en nuestras preocupaciones. Todo parece tomar un rostro
más humano, verde y gentil.
Pero cada tanto se nos aparecen, como los zombis, ciertas realidades que suponíamos
muertas: las de las vidas no vivibles, como diría Judith Butler, esas que no se lloran
porque son impensables. Nos pasó con la imagen del pequeño Aylan, el niño sirio muerto
en una playa; nos pasó en Chile al enterarnos de las cifras macabras de las muertes en el
SENAME en la última década. Y cuando nos pasa, nos indignamos, primero con las
autoridades y después, para no sentirnos tan desfachatados, también con nosotros
mismos, “todos somos responsables” repetimos en las conversaciones. Lo podemos
reconocer, aunque sea de reojo, pero tampoco sabemos qué hacer, tal como en Europa
con el drama de los refugiados: el mundo hoy no sabe qué hacer con las vidas al margen.
Quizás el dilema radica en qué son esas vidas para el mundo: “Somos palomas […] la
gente nos mira, a veces nos tiran comida, otras nos espantan, pero la mayor parte del
tiempo pasan por nuestro lado, nos miran en menos o no existimos”, nos cuenta un chico
que vive en la calle2. Las palomas quedan fuera, siempre afuera, eran tragadas en los
tiempos del Chile Jaguar, pero tampoco parecen tener lugar en los tiempos “Eco”, no
caben en las @ del lenguaje inclusivo. Algo ocurre con nuestras buenas intenciones que
las palomas no tienen más lugar que en alguna postal, en que solo retratadas, inmóviles,
son soportables.

57
¿Será que esas aspiraciones del tiempo del Jaguar –hoy tan indecorosas como la
codicia y la vanidad– se nos cuelan, pero con disimulo? ¿Comunitarismo pasado a
individualismo? ¿Econarcisismo? Es lo que se me ocurre para nombrar ciertas
contradicciones con las que hoy nos engañamos y que nos llevan a hablar de las palomas
como si fueran canarios, quizás para blanquear nuestra propia suciedad. Pero la justicia
no es compasión, si es algo, es integración, es el derecho a que todos tengamos una vida
vivible. Y eso no se resuelve dejando de comer gluten.
Aunque el mundo esté cambiado ética y estéticamente, aparecen siempre nuevas
dificultades, las que a veces cubiertas de una moral “de bien” no permiten la reflexión. Y
este es quizás el punto en que debemos ser enfáticos: ahí donde el miedo, la moral, la
naturalización de ciertos discursos nos impiden hacernos preguntas, es justo donde hay
que poner el ojo. Y eso es lo que ocurre con discursos bien intencionados, que al
momificarse y ganar algo de poder, se tornan acríticos y beligerantes, haciéndole un flaco
favor a la causa que los motivó. Son discursos necesarios, por tanto no se trata de
desbaratarlos, pero sí de interrogarlos para cumplir con la condición fundamental del
humanismo –si acaso esto nos sigue pareciendo importante–: que este pueda refundarse
permanentemente.

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6. EL PETIT LOCO O LA LOCURA AUTOGESTIONADA

Máxima Nº 377: “Suceden a veces accidentes en la vida, que para salir bien es
preciso ser un poco locos”
Reflexiones o sentencias y máximas morales
Duque de La Rochefoucauld

“Si tuviera un tumor lo llamaría Marla”


El club de la pelea

Buscarse a uno mismo es quizás de las actividades autoeróticas que más nos excitan. Ya
sea en versiones cursis, capitalistas zen o de barroquismos intelectuales, amamos la idea
de que exista un saber sobre nosotros mismos, uno que con ilusión presuponemos de alto
interés para la humanidad. Tanto así que estamos dispuestos a pagar por ello –los más
flojitos– para que alguien nos dé una respuesta envuelta; otros más temerarios invierten
su dinero en las tecnologías que prometen llevarlos a esa iluminación.
Creerse gurú o buscar uno –dependiendo de la medida de nuestro narcisismo– son
desafortunadamente más que tentaciones ocasionales. Como ya lo he dicho a lo largo del
libro, uno de nuestros grandes problemas es que vivimos muy mal el hecho de estar
estructuralmente fracturados: hechos de fragmentos que a veces se contradicen,
afectados por la contingencia y por la necesidad de ser amados. Tomamos como defecto
de la personalidad no tener una identidad estable y libre de contradicciones. Y lo mismo
ocurre en el mundo de las ideas: esperamos que estas den respuestas totales. Así nos
decepcionamos demasiado. Y es acá donde entra toda la tecnología del “yo”, ofreciendo
verdades y cirugías plásticas del alma: dietas que a uno lo hagan sentir mejor persona,
Mc’meditaciones que ahora se venden con un nombre en inglés –creo que estas son hoy
las favoritas de los famosos–, pero también están los procedimientos tradicionales, como

59
la carta astral para las señoras o alguna droga psicodélica para los que quieren encontrar
ese sí mismo creativo que con trabajo no les resulta.
A veces esa búsqueda, más que ser un aspecto dentro del menú de cosas por hacer en
la agenda, se transforma en el “sí mismo” del usuario: hay quienes son la búsqueda. Esa
es su identidad. Intensos, porque de tanto estar pendientes de lo que sienten, sienten
más, o bien dramatizan cualquier semilla de alguna pasión incipiente. Autorreferentes,
porque son ellos su propia medida; en tanto están en búsqueda, comparan toda
experiencia con la suya propia. Extraviados, porque el pacto social es secundario a su
proceso de introspección. Habitan el mundo con un leve desplazamiento respecto del
“para todos”.
La criatura que nace de estar en permanente búsqueda de sí suele tomar la forma de
un petit loco, un loquillo que no padece ni los delirios ni paranoias ni las pérdidas de
juicio de realidad de los psicóticos, pero sí un poco todas ellas de un modo más
performático y seductor. Porque sin saberlo, al igual que todos, lo que buscan es ser
amados –en la versión de excepcionalidad de la histeria–, pero bajo la forma de ser
sujetos en proceso. Un work in progress crónico.
El proceso implica buscar experiencias y otros estados de consciencia, a veces las
drogas, el incienso, el baile trance, el beat electrónico, círculos de personas conectadas
con algo que solo ellos pueden contactar, actos psicomágicos, en fin, todo aquello fuera
del “para todos”, tocar el margen de la convención sobre el mundo.
Por cierto, esto de “perderse” es un tipo de goce. De ahí que tantos exploremos cómo
alterar nuestras consciencias a ratos; algunos más que a ratos. Perderse en la masa, el
viaje geográfico, el viaje lisérgico, como sea, solemos buscar esos instantes mágicos en
que podemos ser otro que nosotros mismos, ser nadie, fundirnos en otra cosa,
entregarnos al placer de no tener que ser consistentes con nuestros nombres y todo lo
que ello implica.
Pero extraviarse, si bien puede ser un paraíso, puede convertirse en un infierno,
generalmente cuando se sobrepasa la condición de fugacidad: esa droga que pegó mal, el
mal viaje en el trance, alejarse tanto que se pierde el camino para volver a la morada de
la identidad inventada, pero que de todos modos sirve como hogar de los pedacitos que
nos componen. Cuando la locura en serio se asoma sin control, tocamos esa verdad:
estamos hechos de fragmentos, esa es la experiencia de la angustia, que viene
acompañada del pánico a morir o a enloquecer, a no ser más ese nombre propio inscrito
en la carne y en el Registro Civil.
A veces el extravío aparece de forma involuntaria, por ejemplo, cuando llega a
nuestras vidas esta bestia: el petit loco o el loco autogestionado, y termina volviéndonos
locos. Virtud infernal de esta criatura, en tanto su juego es ser excepcional por la vía de la

60
estética de la locura, pero termina descentrando a quien tiene al lado, siendo este último
quien genuinamente termina vuelto loco. Vamos con este enredo de deseos.
Hay un estereotipo femenino que al cine le fascina, la llamada Manic pixie dream girl,
algo así como la “maníaca soñadora niña duende”. Ese personaje de la chica extraviada,
infantil y fuera de la realidad que acompaña y hace soñar al héroe de la película, que
suele ser un hombre algo convencional. Y lo invita a jugar, a “hacer cosas locas” de bajo
impacto, pero de cierta ternura estética. Empujan al protagonista a inscribirse en algún
baile exótico, a comprarse una mascota poco tradicional y un recurso archirrepetido:
hacer cosas en una azotea: gritar, llorar, reconciliarse… en fin.
Hay algunos de estos personajes que francamente son una manera machista de
denigrar a una mujer en esos roles de chicas secundarias que le aportan algo de locura a
unos hombres demasiado serios y compungidos. Pero han existido grandes chicas
extraviadas en el cine, como la inolvidable Marla Singer en El club de la pelea. Ese ser
que circula por diferentes grupos de autoayuda, por supuesto que no buscando ayuda
alguna: ella es la desestabilización, ese huracán de lo que nunca termina de instituirse.
El protagonista la define como el tumor en su cabeza. Porque el petit loco puede logra
tener todo bajo control, mientras que es su partenaire el que comienza a claudicar.
Una historia. Ella tenía grandes relatos, algunos extremos, otros envidiables, otros con
formato de trauma. Pero la angustia brillaba por su ausencia. Ella era sus historias
extremas, estas eran su carta de presentación con la que nos decía a todos que no era
como los demás. Exitosa, por cierto, la vida le sonreía, su carisma y su belleza le
permitían encontrar una y otra vez su lugar favorito: ser el centro de los otros. Como
Marla Singer, que circulaba por distintos grupos sin pertenecer a ninguno. ¿Su malestar?
Si había alguno era en el terreno amoroso. Pero sus fracasos tenían poco que ver con la
versión del mal de amor en que es uno quien sufre por alguna duda o inseguridad, sino
que, por el contrario, la grieta comenzaba a abrirse siempre por el lado de sus
compañeros. Por más que su elección amorosa apuntara a personas que tuvieran un
semblante semejante al suyo, chicos de vidas también extravagantes, ellos terminaban,
sin excepción, cayendo en esas pasiones miserables como los celos, la ansiedad y la
desesperación, propias de la incertidumbre amorosa. ¿Cómo los enloquecía? Pues
estando siempre un poco más allá de lo que su pareja localizaba como escenario para el
amor. Si él ofrecía un viaje, ella ya tenía otro, si él definía un ritmo, ella bailaba otro.
Entre el aburrimiento y la asfixia, sus héroes terminaban con el orgullo que les cuelga
entre las piernas, arrastrándose por el suelo. Básicamente, cometía el crimen de la
castración de ese que se vanagloriaba de estar muy bien parado en el mundo. Y quien
terminaba genuinamente descentrado, y digo genuinamente porque la angustia es la señal,
eran esos machos destrozados que pasaban por su vida, cuyos repertorios de seguridad
no funcionaban más.

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Así, muchas veces “el extraviado en proceso” es más una estética que repite una y otra
vez la operación de desmantelar el lugar cómodo de los otros. Esa pulga en el oído, el
tumor en la cabeza ajena para realizar la vuelta histérica de demostrar que el otro no es
“Otro” completo, consistente. Se encarga de develar la fractura de los demás.
El gesto de Mónica Lewinsky es quizás un buen ejemplo. Aunque sea ella la que juega
a ser la desquiciada que guarda el semen del amante, hace el gesto de mostrarle al mundo
el fluido genital del hombre más importante del planeta en ese momento. Ese líder
también claudica, está hecho de lo mismo que todos: tiene dos testículos que piensan más
en descargarse que en el conflicto de Medio Oriente. Ese es el mensaje que Mónica nos
regaló. Ella es el tumor de la Casablanca.
Jugar a loco tiene sus beneficios adicionales, porque uno se siente autorizado a exigir o
a liberarse de ciertas cuestiones. Si hay algo de lo que me siento ajena y con absoluta
falta de fuerza moral es para realizar trámites. He estado dispuesta a perder dinero antes
que a entrar a ese túnel burocrático de los trámites. Me viene una especie de incapacidad
mezclada con un halo de diva en psicotrópicos que me libera de esos incómodos deberes.
Alguna vez mi pareja, quien siempre termina siendo la verdadera víctima de mi invalidez,
me increpó cuestionándome el hecho de que solo yo estuviera autorizada a la locura en
nuestra relación. Históricamente, esta locura conveniente ha sido un recurso utilizado con
mayor frecuencia por las mujeres, cuestión que no es un crimen: si no hemos sido
portadoras de la fuerza y el poder, supongo que como mecanismo de supervivencia
hemos reforzado algunas conductas. Como sea, hay quienes efectivamente llevan la
licencia para la locura más que otros.
He estado del otro lado también. El incidente se llama Leyla Potente. Leyla fue el
tumor en mi cabeza durante algún tiempo, fue el nombre de una trampa y del miedo más
desproporcionado. Se trata de una colega con quien compartíamos ciertas luchas
relacionadas con las mujeres, pero desde trincheras teóricas y políticas totalmente
opuestas. No nos conocimos nunca personalmente, pero sabíamos perfectamente la una
de la otra. En varias oportunidades me pidió amistad en las redes sociales y la rechacé,
no solo porque teníamos diferencias irreconciliables, sino porque había presenciado su
intensidad en sus apariciones públicas, combinación que no me traía un buen augurio. En
alguna oportunidad, dada su curiosa insistencia, la acepté. Desde un comienzo sembró la
semilla de la histeria en mi cabeza, encendió esa chispa de la intriga, ¿qué quiere de mí?
Su amistad virtual tomó una intensidad absurda, ni siquiera mis amigos me han halagado
tanto alguna vez. Pero la trama real de nuestra película no demoró en develarse:
comenzó a hacer comentarios insidiosos en mis publicaciones, pero de manera pasiva
agresiva. Esa manera que entrampa porque en las líneas explícitas es amable, pero en las
entrelíneas es donde aparece la odiosidad. No es fácil responder a eso sin quedar en el
lugar del mal. Leyla lograba descentrarme y me obligaba a ocupar demasiada energía

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pensando en qué responder. Había perdido mi libertad editorial en esa extensión de la
cabeza llamada Facebook. Ella era mi tumor.
En algún momento ocurrió algo. Se discutía una política pública que concernía a los
temas de trabajo de las dos. Ella escribió un artículo y a mí me tocaba escribir lo mío.
Pero ya estaba en su trampa, ¿cómo podía yo escribir algo criticando su posición cuando
ella públicamente me desafiaba a ser su amiga con tanto entusiasmo? Me perdí, pero
fueron con quienes trabajo los que pusieron las cosas en contexto otra vez, mostrándome
que no podía no escribir ese artículo, no al menos por ese miedo irracional a Leyla.
Supongo que inconscientemente busqué poner las cosas en su lugar: le escribí antes de la
publicación de mi artículo, en el que había hecho mención al suyo de manera crítica.
Después de responderme con una amabilidad claramente impostada, comenzó a
descontrolarse y a increparme. Era justo eso lo que necesitaba: que estuviéramos
abiertamente peleadas. Eso develaba el manto histérico de esta amistad simulada que
funcionaba como un enredo mental. Como el llamado “doble vínculo”: esas relaciones
paradójicas, en que nos ofrecen algo solo para dejarnos contra la espada y la pared
(como ganarse un premio de “tiempos compartidos”).
Ese fue el fin de aquel encuentro que tuvo los días contados antes de comenzar.
A veces hay que pelear. Sobre todo con la bestia histérica que se propone
desestabilizar, ya sea bajo la excusa de su intensidad, extravío o de autorizarse a su
excepcionalidad. Y, por supuesto, cuando es uno quien toma la forma de esta bestia, es
bueno tener a alguien al lado que no obedezca ni se vea amedrentado por nuestras garras.
Ese es el único modo de calmar la histeria en uno: un límite.
Propongo otra versión del “extraviado en proceso”: la búsqueda del gurú. Porque si
bien esta pequeña locura busca desestabilizar a los que parecen firmes en el mundo, a
veces idealiza a Otro, con mayúscula, que también toma el lugar de excepcionalidad. Ese
sujeto que tiene una relación particular con la verdad, concretamente el que aparenta ser
la verdad: el gurú.
Lo que el gurú ofrece es un camino, una verdad, pero administrada en cuotas, de
manera que a la histeria le ofrece histeria al cuadrado. Al extraviado que está en
búsqueda de sí mismo, se le aparece alguien que le viene a decir que porta eso que tanto
quiere saber de sí, pero que no se lo dirá si no sigue una ruta propuesta por el maestro.
Una ruta que debe ser enigmática. A la manera de un sueño que deja intrigado, las
indicaciones del gurú deben ser propuestas abiertas a múltiples interpretaciones. Eso es lo
que fascina a tantos.
“Sal a la calle con la piel cubierta de tu caca” fue una de las recomendaciones del
llamado psicomago Alejandro Jodorowsky a una acongojada mujer que pedía su consejo
a través de Twitter. Curioso, ¿no? Pero, si alguien tiene el descaro de una recomendación
tal, con tanta convicción, es porque primero hay alguien que le atribuye al desfachatado

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ilusionista algo especial que el resto de los mortales no tendría. Para el fanático de las
búsquedas, hasta la caca puede convertirse entonces en medicina para el alma.
Como sea, a veces damos todo por un instante mágico o psicomágico donde
suponemos encontrar esa verdad superior que nos define. Precisamente eso es lo que
opera en la fantasía del narco análisis, un encuentro con otro estado de consciencia vía
drogas, como si esa fuera la verdad del inconsciente. Pero lo que tiende a quedar fuera
del alcance de nuestros ojos, lo inconsciente que habita en nosotros, suele ser bastante
menos glamoroso que los colores de la psicodelia o del trance. Me refiero a aquellas
bajas pasiones difíciles de reconocer, como la envidia –quizás esa sea la peor de todas–,
pero también los celos, la inferioridad, todas verdades con olor a caca a secas, no aquella
pasada por el cedazo mágico del gurú.

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7. TEORÍAS DE LA CONSPIRACIÓN:
EL ENCANTO DEL FIN DE MUNDO

Máxima Nº 25: “Fácilmente triunfa la filosofía de los males pasados y futuros,


pero los males presentes triunfan sobre la filosofía”
Reflexiones o sentencias y máximas morales
Duque de La Rochefoucauld

Hay una bestia que en su versión de salón es muy divertida. Porque crea cuentos
torcidos de manera creativa y tiene siempre una interpretación diversa respecto de las
historias oficiales. Es el fanático de las teorías de la conspiración. ¿Y qué tiene que ver
esto con la histeria? Pues que es una forma de agujerear el mundo del “para todos” con
versiones alternativas que implican siempre considerar intereses subterráneos en las
cosas.
Y que, en ese sentido, esta criatura tiene toda la razón del mundo: lo que nos mueve
son nuestras pasiones subterráneas, el río de pulsiones del que hablaba Freud. Pero lo
particular del conspirativo es que paradójicamente les quita turbiedad a esas aguas,
porque sobrevalora las capacidades humanas. Ahí donde ocurre un descalabro por
negligencia porque un operador pegó el chicle en un botón, él ve un acuerdo entre
grandes cerebros mafiosos que terminan apretando el botón.
De reales acuerdos en las sombras se ha sabido siempre, y quizás más que nunca en
nuestros tiempos, en parte por la tecnología y también por los estándares de
transparencia que las sociedades democráticas exigen. Cada tanto explota algún escándalo
en el mundo y, cuando ello ocurre, tenemos la posibilidad de enfrentar el esqueleto de la
condición humana: así como somos capaces de la generosidad y el amor, también lo
somos del egoísmo y la trampa. Pero en tales descubrimientos nos hemos llevado
sorpresas: los malos no son tan malos, los buenos tampoco.
Las conspiraciones crean héroes. Héroes oscuros, esos villanos administrando el
poder; héroes también los que están resistiendo a tal poder. Pero muchas veces llegamos
al centro de operaciones de Ciudad Gótica y al correr la cortina, tal como el mago de Oz,
encontramos que había un eco de algún humano que la distancia logra torcer para
transformarlo en la voz de un gigante.

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El escándalo de los Panama Papers para muchos representó un acto de justicia frente
a algo que todos sabíamos: existen unos millonarios de malas intenciones y risa
destemplada que en su ambición rehúyen del deber cívico de pagar impuestos en sus
países. Ahora teníamos la evidencia. Y sí, tal vicio era real, eran muchos, pero, para
nuestra sorpresa, el usuario de tal práctica no era la caricatura del malo en nuestras
cabezas. Entre estos villanos que evadían su responsabilidad social, se encontraban
figuras como el entrenador de fútbol bonachón, el político de discurso social y, si hubo
un malhechor que le dolió especialmente al mundo, fue el director de cine Pedro
Almodóvar. Su involucramiento generó desazón y una disonancia con la idea de lo que
representaba. Si enterarnos fue una puñalada, su defensa fue como si nos retorcieran el
cuchillo en la llaga. El director buscó redención culpando a su hermano de la
administración del dinero, ya que él, en tanto alma bella, no tendría contacto con esa
parte sucia del trabajo. Lejos de exculparlo, su explicación llegó como una doble
canallada. ¿Podrá seguir siendo un líder del discurso crítico? No sé, pero no dudo que
siga haciendo buen cine. Por lo demás, ¿por qué habríamos de necesitar tanto héroe?
Lo que la mente conspirativa hace es ver voluntades en mecanismos sociales sin
sujeto, como diría Pierre Bourdieu. Es decir, personalizar ciertos males, encarnándolos
en una figura a combatir, operación que muchas veces concluye en la evidencia de que lo
que existía era un fenómeno social instalado más allá de un sujeto en particular. A veces
cae un dictador, pero la lógica de esclavitud es mantenida por los mismos esclavos.
Cuestión que ocurre también en nuestras neurosis privadas. ¿Cuántas veces no insistimos
en lograr algo en contra de la voluntad de nuestros padres hasta que estos, por cansancio,
nos decían: “Haz lo que quieras”? ¿Y qué queríamos? El deseo se desdibujaba y aparecía
ese hueso duro de roer: queríamos padres con quienes pelear para sostener nuestro lugar
en el mundo.
Siempre hablamos de desidealizar a los buenos, sobre todo en el amor, para no caer
rendidos a los pies de alguien, pero poco decimos sobre lo bien que nos vendría
desidealizar a los malos, cosa que puede transformar una historia de horror en una de
acción en la cual podamos defendernos. La propuesta de este giro fue la que en cierto
momento le costó cara a la filósofa Hannah Arendt.
Una guerra intelectual fue la que se libró tras la publicación de los artículos de Arendt
sobre el juicio en Jerusalén del funcionario nazi Adolf Eichmann en los años sesenta. En
ellos acuña el término “banalidad del mal” para describir cómo un ser humano común y
corriente puede devenir en un cruel asesino. Su descripción de Eichmann como un sujeto
gris, un burócrata “temiblemente normal”, un hijo de su tiempo que se topa con una
ideología y el deseo de ser parte de algo “grandioso”, generó un escozor al punto de que
la filósofa fue acusada de ser una judía que traicionaba a su pueblo, en tanto no
confirmaba la idea que toda víctima o espectador sostenía: el nazi enjuiciado debía ser un
monstruo, un hombre de otra categoría moral.

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Pero Arendt optó por reflexionar, permitirse la contraintuición y debatir, llegando a
decir incluso que en el Holocausto pudo haber menos muertes si no hubiese sido por la
forma pusilánime en la que algunos líderes de asociaciones judías actuaron, posiblemente
para salvarse ellos mismos. Propuso una versión no lineal del problema de la existencia
del mal, una quizás aún más feroz, en la medida en que este se teje de la trivialización de
ciertas prácticas y discursos sostenidos por sujetos medios. Los tú y yo.
Hannah Arendt debió defender esta teoría con valentía. Sus palabras la ubicaron por
algún tiempo en el bando de los enemigos públicos. Moraleja: con los malos no hay que
meterse.
Otra historia. Una mujer había padecido toda su infancia a un padre violento. Violencia
que ejercía dentro y fuera de la familia: dentro, con los golpes y el autoritarismo
intemperante; fuera, desde el despotismo que su lugar social y político le permitía. Para
esta hija, su padre era un malo, un ser al que siempre temió, pero a quien consideraba
“supremamente inteligente”, rótulo que no lo exculpaba, pero que encendía cierta luz en
los ojos de esta mujer. Para ella su padre era un malo, pero un gran malo.
Los tiempos cambiaron, este hombre perdió el poder dentro y fuera de su casa, la
esposa e hijos tomaron otro camino, la impunidad social se le acabó. Tras varios pasos
por la cárcel y una adicción a las drogas se fue develando como un mequetrefe
cualquiera. La última vez que esta hija se reúne voluntariamente con su padre, lo
encuentra con un par de dientes menos y del brazo de un jovencito que decía ser su
novio. Para la mujer, la imagen del padre poderoso y malo la atormentaba, pero era
digerible, porque al menos su progenitor era un villano fálico, uno “brillante”; por el
contrario, tal hombrecito desdentado y cachondo no le fue nunca algo posible de asimilar.
Para ella, el padre había muerto, y literalmente fue el discurso que transmitió a sus hijos:
“Su abuelo era un hombre muy inteligente pero complejo, una lástima que ya murió”.
Las bestias con cabeza de conspiración levantan grandes malos; así como la hija del
padre caído, prefieren el montaje y la devoción a un Dios, aunque este sea opaco, pero
con los dientes bien puestos. Uno con quien medir al resto de los seres humanos, los que
siempre estarán más abajo, los que siempre serán unos tontos simples.
Así ha ocurrido que los héroes oscuros caen menos por su oscuridad que por su parte
rata. Como fue el caso del dictador Pinochet, a quien sus partidarios defendieron en su
parte criminal, pero no así cuando se devela su parte ladrona. Eso sí que no, dijeron sus
adeptos, una cosa es que mate subversivos y otra muy distinta es que tenga el goce sucio
del dinero mal avenido.
Hay otro tipo de bestias apasionadas con lo conspirativo, quienes derechamente se
erotizan con las catástrofes supuestamente venideras (en ello es que se basan algunas
sectas). Pero más acá de tal extremo están esos a quienes les vuelve el alma al cuerpo al
relatar que las transnacionales nos están envenenando con el agua potable o que el fin del

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mundo llegará en alguna fecha cercana del calendario maya. Tal como la protagonista del
film de Lars Von Trier, Melancolía, quien despierta de su anhedonia depresiva cuando el
fin de la Tierra se acerca. En ese momento, la libido la invade. Para algunos, la necesidad
de que nada sea tan uniforme obliga a darle tensión dramática a la vida. Bueno, lo cierto
es que hacemos eso de muchas formas en nuestro cotidiano (porque sin narrativas sobre
la vida viene la melancolía), pero la particularidad de esta versión histérica es el afán por
el simulacro de la emergencia.
Y digo simulacro, porque existe la emergencia en serio. Cuando toda esta trama del
deseo humano queda en estado de excepción y aparece la angustia. Sin duda es distinto
jugar al fin de mundo –que secretamente sabemos que no vendrá– que experimentar la
cercanía de nuestro propio fin.

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8. UN PADRE NARCISO, UN HIJO A POTO PELADO
Y UN ESPÍRITU NO TAN SANTO

Máxima Nº 42: “Más parte tiene en las advertencias que hacemos a los que
yerran el orgullo que la bondad; y no tanto los reprendemos para corregirlos,
como para persuadirles de que estamos exentos de aquellos defectos”
Reflexiones o sentencias y máximas morales
Duque de La Rochefoucauld

Érase una vez un padre que se amaba tanto a sí mismo que no le quedaba otra
que seducir a su hijo para que lo amara también. Así, padre e hijo quedarían
unidos por siempre sin la amenaza de que terceros rompieran esta diada
magnífica: un padre tan bello que solo puede engendrar un hijo especial, distinto
al resto. Vivieron envueltos ambos en un espíritu más erótico que santo, que los
elevó a una realidad suprema.
La trinidad histérica.
Amén.

“¿Qué he hecho?”, se pregunta el protagonista de La balada de Jack and Rose al caer


en cuenta de su producto: una hija adolescente enamorada y erotizada con su padre.
¿Cómo le fue a pasar tal cosa? Pues tras su malestar con el mundo oficial, Jack junto a
una comunidad hippie deciden emigrar a su paraíso soñado en una isla a las afueras de la
ciudad. Proyecto que fracasa quizás por lo que Freud nombraba como las “aspiraciones
sexuales individuales”: aquellos deseos personales que rompen la ilusión de la cohesión
del colectivo; o quizás porque siempre se trató de una comunidad hecha más del ego que
del bien común. No sabemos, pero, en concreto, fue Jack el único que insistió en su
ideal: la vida había que vivirla a su modo, el resto del mundo estaba equivocado. Así,
cría a una niña a quien le queda como único referente en cientos de kilómetros a la
redonda, un padre que se tiene demasiada fe y amor propio. El mundo al otro lado, en su
cosmovisión, pertenecía a los alienados, seres de mal vivir. Así es como esta hija termina
siendo el resultado de un narcisismo sin cota, pero disfrazado del regalo de un padre a

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una hija, el regalo ni más ni menos que del paraíso, solo para ellos, seres únicos en el
mundo.
Si hay una fórmula en la familia de la religión histérica, es algo así: la vanidad de algún
padre o madre, que a pesar de afirmar amar al hijo por sobre todas las cosas, no alcanza
a verlo. No le da la posibilidad de habitar el mundo como alguien distinto de los
tentáculos de su ego. Y como el ego en la histeria se despliega en la forma de la
excepcionalidad, al hijo también hay que adentrarlo en esas lides. Posiblemente desde el
minuto en que hay que nombrar a ese trocito de carne que llega al mundo, el empuje es a
hacerlo con algún nombre poco común. Frente a la duda de si el hijo será víctima de la
crueldad infantil de sus pares por llevar un nombre extraño, la respuesta suele ser la
confianza en que el chico tendrá las habilidades para hacerle frente. Básicamente por el
siguiente axioma: el hijo sabrá llevar un nombre especial, porque es especial, porque
viene de padres especiales. Lo importante es que al resto de la gente le quede bien claro.
La familia histérica no se obsesiona –como la neurosis de la segunda parte de este
libro– con cuestiones como el rendimiento académico, las medallas deportivas, que el
hijo sea médico igual que el abuelo o un líder político. No. Se espera que el hijo sea feliz.
Esa es la frase que más retumba en las gargantas de los padres actuales.
Es cierto que esperar tener un hijo feliz suena bastante más amable que forzar a un
hijo a ser exitoso. ¿Pero de qué felicidad se trata? Voy a arriesgar una respuesta: una
felicidad de estética New Age, pero, paradójicamente, de ética ultraneoliberal. Algo así
como un comunismo individual, o un zen neurótico, o una bondad demasiado tironeada
por el egoísmo.
Un ejemplo rápido para ubicar a este híbrido es la moda de colgarles a los hijos un
collar de ámbar. Curiosamente, muchos se rieron cuando en las clases populares se
instaló como un objeto de deseo la llamada pulsera de los once poderes –¿eran once?–
que vendía un querido locutor de radio, Omar Gárate. Pero nadie dijo nada cuando las
capas medias y altas se plagaron de chiquilines con estos singulares colgantes en sus
cuellos. La explicación es que estos tendrían propiedades antiinflamatorias. Y aunque sea
cierto que las piedras tengan tales propiedades, ¿por qué el niño habría de convivir con
un antiinflamatorio colgando? ¿No es igual de estúpido que decidir tomárselo en cápsulas
todos los días? No sé, quizás hoy es más importante tener hijos poco inflamados que
hijos éticos. Hoy parece fundamental que los hijos “tengan experiencias”, que no se
aburran, que no se alienen en la masa, que puedan andar a poto pelado cuanto sea
posible.
¿Y que los hijos sean amables? Silencio.
Eso es complicado porque para ser amable hay que renunciar a parte de los impulsos y
del egoísmo, lo que implica ceder algo de la tan preciada diferencia para ser uno más
entre otros. Y eso al padre histérico no le gusta para nada.

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En los años noventa apareció una figura tan siútica como la que vino a sustituir: la del
niño índigo. Ese niño de sensibilidad especial que vino a tomar el lugar del superdotado.
Quizás fue la primera puntada para lo que vendría después.
La figura del superdotado –el sueño ochentero– venía cargada de un imaginario que
revelaba a los padres como unos seres demasiado ganosos de que los hijos fueran
superiores al resto: que fueran a la universidad siendo aún niños, que fueran el médico
más joven del mundo o un deportista de alto rendimiento. Este imaginario tenía
demasiado olor a proxenetismo parental, en que algunos padres abusivos no estaban
dispuestos a transar la rentabilidad del hijo por sus necesidades emocionales. Cómo
olvidar el “Me duele la guatita” de la pequeña cantante Cristell en la mitad de su
concierto, mientras que su padre la alentaba a seguir cantando.
El niño índigo vino por un tiempo a desplazar a esta figura. Ya no se trataba de niños
de alto rendimiento, sino de unos seres sobrehumanos, una especie de ángeles traídos en
úteros dignos de tal designio, por supuesto, a dar un mensaje al mundo. Los programas
de televisión sobre estos niños dejaban esa extraña sensación llamada vergüenza ajena en
el televidente.
El show del niño índigo disimulaba mal el hecho de ser un títere de unos padres que, a
su vez, eran títeres de un afán descarriado por tener notoriedad. Salía mal. Lejos de
provocar algún suspenso, o bien de lograr histerizar a otros (despertar el deseo en otros
padres de tener también una criatura índigo), despertaba un mix entre risa y lástima.
El niño índigo está prácticamente en extinción; algo de la estética de este discurso no
funcionó, quizás porque no provenía de las vanguardias ni de la elite, quedando el lugar
de la crianza histérica vacante. Lugar que se ha tomado esta versión New Age de
mercado: el niño del collar de ámbar, el niño de las mil y una experiencias, el niño a poto
pelado, el niño feliz.
Pero, así como toda liberación tiene sus propios imperativos y esclavitudes, la felicidad
como meta también puede ser una trampa. Cuando los padres dicen que quieren hijos
felices, están a su vez aspirando a varias cosas más. Una de ellas es ahorrase el residuo
irreductible de ser, justamente, un padre: ser criticado por los hijos. Es común que
prometamos en algún momento de la vida no ser nunca como nuestros padres, y nos
visualizamos como esos “amigos-cuidadores” de nuestros futuros hijos; soñamos con ser
unos padres cómplices. Prometemos que no exigiremos a nuestros niños ser una
extensión de nuestros anhelos y frustraciones. Y suele ser la tercera de las promesas la
más importante: darles libertad, permitirles ser lo que ellos quieran. Y seguro que lo
intentamos, pero hay un antagonismo estructural entre el padre y el hijo que ubica a cada
uno en un lugar. El padre debe dar: amor, contención, protección, límites, orientación. Es
decir, debe administrar los sí y los no. Y el hijo está en posición de: recibir, de demandar
cosas, de responder y acatar, pero también de rebelarse para construir su lugar en el

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mundo. Algo así como la relación entre un jefe y un empleado; por más amable que sea
el primero, en algún punto del conflicto es inevitable marcar quién tiene la autoridad. El
odio al jefe, al padre o a cualquier autoridad es una cuestión irreductible porque se trata
de un asunto de estructura, en que ambas posiciones padecen ya sea de obedecer o de
hacerse obedecer. Ahora, ese núcleo de malestar es el que permite que las cosas se
movilicen. Es lo que en algún momento de la vida, generalmente en la adolescencia, lleva
a que podamos tomar cierta distancia del deseo de nuestros padres, primero de manera
algo agresiva, pues estamos en posición de defensa, para luego poder volver al hogar en
un lugar más simétrico y amable con nuestros progenitores.
¿Pero qué ocurre cuando el deseo de los padres se llama “quiero un hijo feliz”? No
hay que suponer que ese padre no espera nada. Que, por cierto, es nefasto cuando eso
ocurre de veras: un hijo del que no se espera nada es un hijo abandonado libidinalmente,
quien seguramente luego tendrá dificultades con su amor propio. Pero volvamos al chico
del que se espera que sea feliz. Ese padre espera ser el padre no criticable y para ello
debe intentar doblegar el antagonismo estructural, por ejemplo, jugando al rol de padre
amigo y ubicando al hijo como un cliente o como una especie de proyecto personal. No
por nada, como nunca, han aparecido tantos libros sobre crianza, posiblemente para no
fallar como padres, y para garantizar que el hijo sea feliz, al modo, claro, que la ideología
de los tiempos indica que eso es.
Pero más allá de estas buenas intenciones, puede ocurrir en este afán de padres
sobrepreocupados por la crianza, que los niños queden atrapados en la vanidad de estos.
Y se vean obligados a llevar las chapitas identificatorias que sus progenitores les cuelgan
–junto al collar de ámbar– en nombre de su libertad y felicidad.
Además de que verse obligado a ser feliz ya es bastante terrible, los hijos de quienes
no acceden a ocupar el lugar de “padres criticables”, difícilmente pueden hacer la vuelta
de la rebeldía, porque quedan embaucados en el simulacro del padre amigo. Como el jefe
que se va de juerga con su subordinado y al otro día le exige el informe que no le dio el
tiempo de hacer, este es un lugar confuso, que enreda los deseos, porque este padre
bueno impone sus anhelos envueltos en un paquete de dulces.
La crianza histérica supone a veces que hacer niños felices es equivalente a la ausencia
de límites a los goces y a los roles, valorando más el exhibicionismo que la ética;
promoviendo la espontaneidad como signo de lo genuino antes que el respeto a la
convivencia con otros. Privilegiando también la espectacularidad del grito y la astucia
ante el rigor y la inteligencia.
No pocas veces en nombre de esta felicidad se deja de ver a los hijos en sus
necesidades y se los empuja por un camino de ansiedades hechas de los nuevos
imperativos.
En una reunión social los grandes comían y tomaban, los niños corrían por ahí. Menos

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uno, el niño de boina. La madre explica que a él le gustan los libros. Varios padres
quedan histerizados con el chico de gustos más elevados que los de sus hijos y analizan
su comportamiento. El resto de los niños, ya algo cansados, deciden ver una película; el
chico boina mira de reojo, se le traslucen las ganas, pero la madre se adelanta, explica
que ellos no ven televisión en casa. No explica más, pero por omisión nos dice a todos
que la televisión representa un mal para su familia. El chico boina aguanta un poco más y
comienza a llorar, sufre un dolor de estómago fulminante. Posiblemente, las palabras de
la madre y su propio deber de excluirse de los otros mocosos lo intoxicaron.
La felicidad no es cualquier cosa, es un dispositivo social. Cada época define qué es
ser feliz o miserable, y va organizando a partir de estas ideas nuestras prácticas. Si alguna
vez fue la religiosidad o el sacrificio del trabajo, hoy la felicidad se localiza en el cuerpo,
en las sensaciones corporales. Tener experiencias, amplificar los sentidos. “Conectarse”,
le llaman algunos, como si fuéramos televisores sedientos de electricidad.
La felicidad tiene una conexión con el cuerpo en su versión más silenciosa e individual:
autoprovocarse placer. Por eso, aunque se vista de reciclaje, esta felicidad se adecua
perfectamente al ideal neoliberal.
La felicidad envasada también expresa su individualismo en su empuje a evitar la
diferencia. De ahí que la crianza histérica no solo intente inmunizar a sus hijos con los
collarcitos de ámbar, sino que también busca protegerse de la chusma. La burbuja
endogámica a veces empuja a vivir y educarse junto a otros considerados –casi– tan
especiales como uno. Y cuando se hace difícil encontrar a esos pares, es preferible
reducir a cualquier profesor e indicarle al hijo que solo siga las directrices familiares,
ubicando al sistema educacional como un enemigo. Como Jack, el personaje de la
película que comento al comienzo del capítulo, hay padres que consideran que solo ellos
pueden transmitirles a sus hijos lo que es importante del mundo.
Si la estrechez de corazón es un efecto colateral de la felicidad contemporánea que no
parece suficiente para interrogarla, hay uno al que sí se le presta atención, además
porque se ha convertido en la pandemia posmoderna: la angustia. La felicidad-cuerpo
implica estar excesivamente atento a la propia carne, y cuando eso ocurre, fácilmente
aparece ese excedente corporal llamado angustia. La angustia es un estado que implica la
hiperpresencia de un cuerpo que se presenta con dolor, ahogo y taquicardia, superando
nuestras posibilidades de atajar esa afectación con las palabras. Precisamente, porque no
es la palabra o la pausa de la reflexión mental lo que más se valore hoy, sino que el sentir.
De todos modos, la sociedad terapéutica está preparada para ello y nos cuida de
cualquier dolor, nos pone un diagnóstico y nos ofrece soluciones envasadas ya sea en la
farmacia tradicional o en la farmacopea alternativa. La cuestión es que, así como al
cuerpo se le otorgan experiencias desde afuera para encontrarse con la felicidad, también
las soluciones son externas: si falta energía están las bebidas energizantes o las terapias

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con imanes, si falta deseo sexual están los químicos farmacéuticos o los afrodisíacos
orgánicos, todo dependiendo de la estética del consumidor.
Y si más allá de toda esta histeria por la felicidad –envasada– y las buenas intenciones,
seguimos masticando una y otra vez la manzana que nos expulsa de nuestros paraísos
inventados, es porque justamente el deseo humano es bastante más torcido que la
búsqueda del nirvana.

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II. MONTAJES OBSESIVOS:
GUERREROS DE LO IMPOSIBLE

Los guerreros del Otro (con mayúscula) andan detrás de seres o ideas completas y
consistentes. Buscan saberes totales que rijan el “para todos”. Son los
ultraperfeccionistas de siempre. Ahí donde la histeria acusa de impotentes a los otros que
no están a la altura de la mayúscula, el obsesivo sigue manteniendo la fe en su búsqueda
de un lugar que se le vuelve imposible: al Otro de la mayúscula no se llega jamás.
Ya sea en su versión religiosa o científica –donde buscan certezas–, no están libres de
las cábalas y rituales para frenar los temores irracionales que irrumpen en ellos al chocar
con la falta de certidumbre.
Viven obsesionados con que las cosas estén bajo control, con que todo siga el rumbo
planificado, sin accidentes en la ruta, para llegar al lugar que suponen ideal. Pero se
engañan, porque el único lugar definitivo al que se llega es la muerte. Siendo su desgracia
pasar demasiado tiempo haciéndose los muertos en la vida, paradójicamente, para no
morir.
Lo relativo al deseo y sus laberintos les incomoda, por lo mismo prefieren evitar
diversos encuentros humanos donde las cosas puedan enredarse. “Las cuentas claras
mantienen la amistad” podría ser su lema. Por eso prefieren no pedir favores, para no
tener que darlos de vuelta. En el fondo se defienden de la condición humana que nos
define: estar hechos de otros. No quieren contaminarse –algunos literalmente ven
suciedad en todas partes– ni confundirse en los dilemas que implican las relaciones. La
condición de limpieza que esperan en sus ideales, los lleva a matar algunas pasiones para
elevarlas a lo sagrado: convierten el placer en alguna medición, el amor en una certeza
aburrida.
Como lo decía anteriormente, a diferencia de las mil caras de la histeria, el ropero de la
obsesión es más uniforme. De ahí que esta parte del libro es quizás una misma bestia
vista desde distintos ángulos.

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1. EL BOMBERO FÚTIL. EL BOMBERO FÚTIL.
EL BOMBERO FÚTIL

Reflexión Nº 26: “Pocos conocen a la muerte. No la sufrimos ordinariamente por


resolución, sino por estupidez y por costumbre; y la mayor parte de los hombres
muere porque no puede dejar de morir”
Reflexiones o sentencias y máximas morales
Duque de La Rochefoucauld

Cómo explicarle al desgraciado, pero amable, que su ayuda estaba dejando más
destrozos a su paso.
Un cortocircuito, una chispa, un sillón inflamado, humo por la ventana. Ese accidente
fortuito, esas “cosas que pasan”, los imponderables… Un circuito que, para él, el vecino
de arriba, era la oportunidad para darle uso a todos sus juguetes y herramientas
preparadas para ese momento. A él la vida no le daba sorpresas porque estaba siempre
un paso adelante. Si pudiera haberse imaginado a sí mismo como un objeto, sería ese
cable que mantenía el circuito unido, aunque ello implicara que toda energía hiciera
siempre el mismo recorrido una y otra vez. Un “hombre de buenas costumbres” era lo
que alardeaba ser, pero lejos de que aquello implicara algún sacrificio especial, para él, el
sacrificio real era el goce mismo, mientras que torturar lo espontáneo para mantener la
ficción de control era su costumbre.
El humo en el departamento 104 fue el momento: ser cable, poner en práctica ese plan
por tanto tiempo urdido en su cabeza. Y, paradójicamente, a su afán por la salud, los
controles periódicos, la fobia a la sal y al azúcar, el apego a los seguros de salud, de
accidentes, de pérdidas financieras, todo ese andamiaje de seguridad queda en suspenso
por un llamado mayor: reparar el cortocircuito de la vida. Para él, frente a la vida solo
había dos opciones: ser un cobarde que la evade o un héroe cuando el llamado es
inevitable.
El humo del departamento 104 fue el llamado. Abre el clóset que tiene con llave en su
pieza personal, esa a la que su mujer nunca pudo acceder y que le criticó siempre tener
con llave.
–¿Qué me ocultas?

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–Son miiiis cosas –respondía acentuando siempre de manera insoportable la propiedad
sobre sus cachureos.
Cosas por cierto inútiles para la mayor parte de la vida. Una colección de monedas
extranjeras. Herramientas profesionales de las que no sabía todos sus usos,
desatornilladores con nombres de distintos signos culturales, formas geométricas y
lugares del mundo. Algunas fotos y cartas de amores juveniles, en especial de una mujer
que nunca le correspondió en sus años de universidad. Un poncho de huaso que usó en
un acto del jardín infantil y que, antes que recordarle su infancia, por la cual no tenía
ningún aprecio en especial, le recordaba el amor de su abnegada madre. El poncho era,
sobre todo, un símbolo de su deuda eterna al amor materno. Por último, una reserva de
marihuana, su único ansiolítico real frente a la posibilidad de que en la vida surgiera algún
cortocircuito.
Era un clóset libre de pecado, sin embargo, era imperioso que nadie entrara ahí y
cambiara su orden o botara algo al no ver el valor que cada objeto escondía bajo una
aparente inutilidad. El enloquecimiento de su mujer frente a este trozo de él no disponible
al intercambio, no lo perturbaba, por el contrario, lo fortalecía: no podía darle todo de sí
a esta mujer que lo quería estrujar. Sabía de algún modo que ese clóset era el espacio
que mantenía a su mujer deseante. Siendo precisa, mantenía deseante a la histeria de su
mujer, quien padecía el no poseer el alma toda de su hombre.
Es el día del humo en el que todo ese resguardo queda en suspenso: abre el clóset, lo
deja abierto, toma su hacha, algo más que no sabría cómo nombrar y un extintor. Había
llegado el momento: poner las cosas de la vida que se desvían en orden. Baja al
departamento 104, abre la puerta de una patada concisa y comprueba que tiene la fuerza
para tal acto. Siempre se lo había preguntado al ver en la televisión cómo en las
emergencias se abrían así las puertas, pensando, por supuesto, en su propia emergencia.
Entra con seguridad y se encuentra con los vecinos –una pareja joven– intentando apagar
la llama encendida en el sofá y parte de la alfombra con una frazada. Se detienen por
unos segundos al verlo y hacen un gesto de agradecimiento con la cabeza. Pero no es
hasta que ven la película de acción de su vecino del 204, bastante más impresionante que
la llama en su sillón, cuando detienen su gesta. El héroe improvisado toma su hacha y
comienza a arrasar con lo que pilla en su camino, lámparas, adornos, mesas, para
hacerse paso en un… ¿fueguito? Comienza a correr los muebles a patadas, quizás para
que estos no fueran alcanzados por lo que a esa altura podría llamarse una llamita. Pero
la llama estaba en su corazón, todas las películas heroicas por las que había echado
lagrimones operaban en un collage mental. Los gestos, el esfuerzo, el tesón de su
performance lo convertían por fin en uno de sus ídolos.
–¡Para, hueón! ¡Por favor, para! –dice el vecino del 104 por segunda vez, algo más
pasivo pero no menos desesperado, para no ofender, pero al mismo tiempo detener al

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bombero imprevisto, ese samaritano que se arriesgaba por ellos con la fuerza de su
neurosis obsesiva que lo llevaba a cumplir un plan más allá de los requerimientos de un
incendio que no alcanzaba a ser.
Como revisamos en el apartado anterior, el montaje de la neurosis histérica se
despliega para confirmar que el otro de carne y hueso nunca es ese Otro con mayúscula.
Demuestra que el otro siempre está agujereado en sus verdades, que oculta un deseo
sucio, que es demasiado humano para esperar algo noble de él. Vive así una decepción
permanente: “son todos iguales”, “no eras lo que pensé”, “ya no te admiro”, “son todos
ladrones”. Así, en su insatisfacción, se asegura de que en el mundo siempre quede
espacio para seguir con ganas, deseando y deseando.
El montaje en la neurosis obsesiva es su reverso: llegar a la meta es algo que emociona
profundamente a estas bestias. Las parejas de estas criaturas tienden a quejarse de que la
emoción les brota con un triunfo olímpico, mientras que son incapaces de mostrar algún
signo de latido humano en temas relacionados al amor. Porque al obsesivo le late el
corazón con la hazaña, cuando el deportista rompe su récord, cuando el héroe supera las
limitaciones humanas y cumple con demostrar que existe alguien para quien todo es
posible.
En su elogio a los actos heroicos, las metas deben corrérsele más allá, para que los
sueños no se contaminen de la imperfecta humanidad: la procrastinación y el
perfeccionismo son útiles para esta causa, así él mismo nunca se convierte en héroe. Y a
su colección de guerreros a quienes admira, los baña con cloro para que nunca parezcan
indignos.
Pero cuando el cloro no alcanza y huele algún atisbo de humanidad en sus otros
favoritos, puede no solo sentirse incómodo, sino que iracundo. Por ejemplo, con el
desorden del partenaire.
Cuando compartían el auto, él suponía que el enojo de W., su pareja, tenía sentido. A
W. no le gustaba el auto sucio. Bien, si para él era importante, respetaría su necesidad de
mantenerlo siempre aspirado, aun cuando fuera una obsesión selectiva, pues en
cuestiones relacionadas a lo doméstico –toallas y ropa por el suelo– el discurso de la
virtud y limpieza se iba al carajo. Cuando les llega un mejor pasar, compran un segundo
auto, más bien, él se compra un auto con su dinero y a su nombre. Para su sorpresa, a
W. no se le calma la furia moral que le despertaba su suciedad. Sus peleas continuaron en
la misma tecla: su desorden reflejado en el auto. Ese es el riesgo de ser demasiado
obediente con un obsesivo, que nada es suficiente. Porque detrás de sus razones tan
razonables se oculta el motor de su particular locura.
La estructura de su deseo es como la de un Kinder Sorpresa. Žižek hace una analogía
entre el chocolate-juguete y el funcionamiento de la ideología. La ansiedad con que el
chico se come el chocolate, si acaso se lo come, es llegar a un juguete que está al centro

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y cuyo valor es escaso. El juguete dura menos que el chocolate en la boca, sin embargo,
lo que entusiasma la compra es hacer el recorrido para llegar a la sorpresa. La ideología,
de un modo similar para justificar un goce banal, caprichoso o sucio (comerse el
chocolate), argumenta aludiendo a que hay un centro “bueno”, una idea que obliga a la
razón, una necesidad de primer orden que lo empuja (el juguete). Por ejemplo, cuando
un conflicto justifica el goce del odio tras argumentos que parecen nobles o urgentes.
Pues el obsesivo es un experto en cubrir su suciedad con una capa moral, con una buena
razón. Pero no solo a sus goces, sino que también a sus compulsiones les otorga un
envoltorio hecho de argumentos difíciles de refutar.
–¿Apagué el gas? ¿Apagué el gas? ¿Apagué el gas?
–¡Sí, lo apagaste!
–Es que una vez se me quedó prendido, es muy peligroso que pase algo así.
Nadie podría estar en desacuerdo con su razón, pero lo que esta oculta es la necesidad
de realizar una compulsión –un acto urgente y repetitivo– para calmar la angustia.
¿Cuándo aparece la angustia? A este héroe lo inquieta el atisbo de algún descontrol,
cuando intuye las grietas de las ideas, relaciones, o de algún orden que le acomode.
Defenderse de estas fracturas –por cierto, fracturas que son la condición para el
deseo– implica, entre otras cosas, convertirse en un burócrata infernal. Procrastinando el
momento del encuentro con el vacío, con aquello que lo descoloca, con lo que no sabe,
con lo que teme. Siempre amparado en sus buenas razones y en esa cuota de agresividad
que le permite desentenderse del otro.
La adolescencia me tocó en los noventa, en pleno auge de esa práctica llamada deporte
aventura o extremo. Nunca entendí bien por qué esto caía en el rubro del deporte, para
mí era un eufemismo de un desafío del ego: ser valiente. Pero además era la bandera de
un nuevo baile que empezaba a aparecer: el goce extremo del cuerpo. La moral del sentir.
¿Y qué sentía yo? Pues, puro miedo, y no entendía por qué sería bueno sentir eso; pero
de todos modos abrigaba esa culpa de quien se siente demasiado ordinario y temeroso
con las nuevas tendencias.
Afortunadamente para mí, el imperio del héroe de parcas de alta montaña –ese que se
tira de puentes o se pierde en parajes de naturaleza impúdica– ha declinado para
convertirse en una alternativa más. Quizás desafortunadamente, lo que sí venía para
quedarse era una moral, la de la tiranía del cuerpo, como si en él residieran la valentía y
la verdad.
En la histeria el cuerpo es la brújula de la verdad, el sentir marca el camino, mientras
que para el obsesivo el cuerpo sirve para este síntoma llamado valentía (corporal). La
vida con otros es el terreno de lo incierto, nos pueden rechazar, amar a morir –cosa que
tampoco es tan fácil de llevar– demandar, abandonar. “Los otros” es el campo de nuestra

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castración: no mandamos ni nuestras acciones ni nuestros sentimientos. No por nada al
obsesivo –aquella bestia que lucha por no saber nada de este agujero en el centro del
alma humana–, le conviene más sacarle brillo a los músculos y lanzarse en paracaídas,
aun con el riesgo de la muerte, pero al menos de una muerte heroica, antes que el riesgo
al ridículo y la desazón que puede portar el amor.
Los actos humanos –quizás los realmente heroicos–, dar una opinión, pedir un favor,
enamorarse, aquellos en que se arriesga el honor al exponerse ganoso o desesperado, son
a los que esta bestia les hace el quite. De ahí que sea común al obsesivo algún grado de
fobia social.
Estas bestias se llevan mal con sus propios deseos (los que no controlan) y con los de
los demás. Estos últimos los vive como una demanda: ahí donde el otro simplemente
manifiesta su condición de ser deseante, el obsesivo lo vive como si les estuvieran
pidiendo, o incluso, robando algo. Por ejemplo, cuando la pareja del obsesivo se siente
aburrida, con ganas de algo más, esta criatura se angustia asumiendo que es él quien debe
ser el tapón de ese deseo.
Por eso prefieren el riesgo de la aventura física que la del amor, quedándoles de perilla
la excusa de la pasión por el heroísmo y las hazañas.
Otra forma de ahorrase una posible demanda del otro es no pedir favores para que no
se los pidan de vuelta. Y en caso de que de todas formas deban dar algo, resguardan
siempre algo de sí que nunca entregarán. Ya sea en su clóset con llave, su cajita de
tesoros, su sexualidad oculta o cualquier otro resquicio de alma retenida. Cuestión que
suele enloquecer a sus parejas.
De todas las palabras nuevas que han aparecido, hay dos que me parecen un aporte
digno de ser incluido en nuestro repertorio léxico: selfie y mansplaining. El primero
porque apunta a la condensación del autorretrato y la libido narcisista, del self. El
mansplaining (neologismo que junta los conceptos de hombre y explicación), por su
parte, nombra una práctica francamente insoportable de esta bestia. La palabra alude en
términos sexistas a esa manera en que algunos hombres les responden a las mujeres
como si fueran estúpidas, en ese tono no compasivo, sino que entre aburrido y
humillante. Este mansplaining lo ampliaría más allá de la cuestión de género, aunque no
pocas veces aplica. Aunque esta forma de responder a veces es solo expresión de la
vanidad de quien sabe más, es en otras tantas ocasiones más bien un reflejo de lo que el
obsesivo siente respecto del otro: sus preguntas son una demanda que lo agobia y con las
cuales se siente asaltado en su saber. Le irrita dar algo, sobre todo cuando asume que el
otro se lo puede proveer solo: ¿Para qué me pregunta a mí si lo puede buscar en Google?
No comprendiendo que precisamente la interacción humana se basa en necesitarnos,
incluso hacer como que nos necesitamos para poder establecer contacto.
Se acercaba la hora de la presentación. Le sudaban las manos. “1, 2, 3, 4, 5, 6, 7”,

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repetía en la cabeza. “Por la mierda, ahora no”, se quejaba mentalmente y le volvía esa
cuenta a la cabeza, compulsión que tenía desde los quince años, cada vez que se ponía
nervioso. Sabía que este proyecto podría ser el trampolín a esa jefatura tan esperada o,
por el contrario, la condena a quedarse estancado en el piso de los ejecutivos junior de la
oficina, “los desde” como les decían con desdén los senior. “1, 2, 3, 4, 5, 6, 7… por la
chucha, para, para, sé que sé, está buena esta hueá, me lo trabajé todo”, pensaba el
desdichado.
Su problema no era tanto la confianza en su proyecto como el sujeto con quien
competía, el “pelotudo hipster” de su piso, piso de los junior. Ese recién llegado, pero
que sonreía demasiado y le escribía directamente mails al gerente general, incluso
whatsapps, decían algunos. Un desfachatado. “1, 2, 3, 4, 5, 6, 7. No puede ser un buen
proyecto, si este hueón carretea todos los días”. “1, 2, 3, 4, 5, 6, 7”. Y claro, si era por
cuantificar quién sabía más, quién trabajaba más, nuestro héroe contador llevaba la
delantera. El temor le vino cuando recordó la historia de rivalidad de Alain Prost y Ayrton
Senna, los corredores de autos. Prost en alguna entrevista dijo que su mayor temor a su
contrincante era que este último creía en Dios. ¿A qué se refería? Pues a que alguien que
se encomienda a una fuerza superior, descansa y accede a un plus de locura y riesgo
adicional que aquel que se entrega al control y los números de la ciencia. Y así fue; si
bien Senna tuvo una carrera más espectacular, también fue quien se encontró con su
Dios de manera prematura tras un accidente de auto. El llamado “más rápido de la
historia”, solo podía serlo gracias a ese borde abierto a una pequeña locura. “1, 2, 3, 4,
5, 6, 7. Este gil ya llegó con esa sonrisa hipócrita. ¿Cómo competir con alguien que hace
reír a los jefes? ¿Cómo competir con este trajecito a medida cuando el otro se disfraza de
payaso? ¿Cómo competir con alguien que parece no tenerles miedo a los superiores?
¿Creerá en el Dios de Senna? 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7 ¿Qué Dios es ese? Claramente no es el
de la misa de los domingos, se parece más al que las madres le hacen esas mandas
caprichosas, esas que son un insulto al Dios de la tradición cristiana. 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7”.
Así sufrió el contador el encuentro con su momento estelar, la competencia que le
dejaba en evidencia que la acumulación de saber no lo es todo, sino que también cuenta
la relación que se tenga con los dioses. Si para el “pelotudo hipster” no había más Dios
que alguno personal que lo alentaba especialmente a él, engrosando su narcisismo, para el
contador desgraciado, los jefes, el saber, el deber, se le transformaban en un Dios malo,
uno que le exigía un sacrificio infinito. Uno al que hay que entregarle la oración “1, 2, 3,
4, 5, 6, 7”, en cada intervalo entre las seguridades, es decir, en el encuentro con el vacío.
Si el obsesivo padece de algo es de inventarse padres a quienes eleva a costa de su
propia fractura. Quien busca un Dios total y consistente –llámese padre, profesor,
pareja–, debe pagar con su propia inferiorización. De otro modo, este montaje religioso
no funciona.

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Me atrevería a decir que por siglos imperó esta religión, la neurosis obsesiva, que si
están atentos notarán que coincide con el ordenamiento masculino patriarcal del mundo.
Hoy son tiempos difíciles para estas criaturas; cuadrarse tras un padre parece algo a lo
que estamos cada vez menos dispuestos. Los dioses, las ideas, los ídolos son fugaces,
tienden a caer y a generar decepción. Algunos, como el psicoanalista argentino Marcelo
Barros, hablan de que estamos en una sociedad pospaterna, donde el control ya no pasa
a través de una autoridad, sino que por regulaciones y procedimientos –muchas veces
también infernales– en que nadie quiere correr el riesgo de ocupar el lugar de saber. Por
ejemplo, los médicos se arriesgan poco en diagnósticos hechos desde su mirada clínica y
se escudan en un protocolo de exámenes a veces absurdo y extenuante para el paciente.
Los vientos corren a favor de la histeria en nuestros días. Aquella lógica femenina del
mundo, que en su insolencia con la autoridad empuja hacia la horizontalidad en las
relaciones, y a la política a cuestiones que en otro momento parecían imposibles. Pero
como toda lógica, deja también algunos restos indeseados: comparte el Dios de Senna, el
Dios personal, el del capricho, el que autoriza a esta bestia histérica a sentirse
especialmente tocada por la vida. Una vida que entonces difícilmente se orienta a la
renuncia de alguna cuota de egoísmo para mantener el pacto social y que, en su extremo,
incluso empuja a algo fuera de él, fuera del acuerdo neurótico: al narcisismo
generalizado.
Pero lo obsesivo tira sus garrotazos y se resiste a desaparecer. A veces insiste con
mayor violencia incluso, con esa que el patriarcado le autorizaba, pero sin la promesa del
padre protector. Si queda algún vestigio del patriarcado es antes su despotismo que ese
acuerdo –malo, de todas formas– de otorgar cuidado a quien se sometía, bajo la figura
del padre autoritario, pero bueno.
Como sea, son tiempos difíciles para estos héroes de pasiones inútiles. 1, 2, 3, 4, 5, 6,
7. 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7.

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2. EL CRIMINAL INVOLUNTARIO:
EL PLAGIO Y LA ESTAFA OBSESIVA

Máxima Nº 160: “Las únicas buenas copias son las que nos hacen ver lo ridículo
de los malos originales”
Reflexiones o sentencias y máximas morales
Duque de La Rochefoucauld

¿Se han preguntado por qué la estética de los moteles suele ser kitsch? Mi hipótesis es
que esto está lejos de ser una mera casualidad. Las luces de neón y texturas felinas
invitan a montar una escena. Montaje sexual que –al igual que la decoración– rinde
tributo a lo artificial. Tanto el kitsch como el sexo motelero coinciden en su relación con
lo falso. El primero, como imitación inferior de algún objeto solemne. El segundo falsea,
ya sea porque se engaña a un tercero o bien porque se trata de realizar una fantasía
sexual que no coincide con las leyes de la oficialidad diurna del comensal.
Pero no solo concuerdan en esta dimensión, sino también en la desmesura. La
saturación material del kitsch es proporcional a la dramatización de los movimientos y
gemidos que todo aquel que se haya entregado a los placeres del sexo prohibido conoce
bien.
Falsedad, desmesura. El kitsch y el motel ponen en duda el buen gusto y las buenas
costumbres, respectivamente. Pero esta antiestética de la práctica motelera implica una
ética: tensionar al statu quo.
Susan Sontag decía acerca del kitsch que se trata de una mentira que dice siempre una
verdad. Porque lo artificioso pone en cuestión al original. Como la sátira o la caricatura.
¿Qué es el humor sino una imitación de lo solemne, pero acentuando su fractura? Es una
forma de develar la humanidad de los reyes, de las autoridades. Y si tal operación es
necesaria, es porque solo a través de las grietas de lo establecido es que se puede dar
alguna revolución y su equivalente en la vida personal: el deseo.
El sexo es una práctica que requiere de cierto manto de esa mentira llamada fantasía
para que sea algo más que una mecánica de movimientos repetitivos y un poco
estúpidos. En la cama cada jugador tendrá la suya propia en la cabeza, a pesar de que a
veces se juegue a una sola en conjunto. En cualquiera de los casos, de lo que se trata es
de romper la linealidad de la vida, del ciudadano diurno, incluir esa suciedad y mal gusto

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del kitsch, ya que la vida original empuja a reproducir guiones relacionales y
comportamentales en que uno debe coincidir –dentro de lo posible– con el ideal de sí
mismo. Por eso existe la impresión de que en lo prohibido hay cierta libertad, como en
los viajes o cualquier espacio a contraluz de la vida oficial.
Los obsesivos, en su afán por las verdades totales, integran mal a su vida las grietas
que rompen lo lineal y abren la posibilidad del deseo. No aceptan que la vida tiene ese
doblez y más bien relegan el deseo al lugar de la transgresión y lo oculto. Por eso son una
bestia experta en las dobles vidas.
Por ejemplo, tienden a dividir a su objeto de amor: la persona para amar, a quien
idealizan y respetan –quizás demasiado–, y la persona con quien gozan, otro a quien
denigran y a quien jamás llevarían a conocer a sus padres al almuerzo del sagrado día
domingo.
Es el que en el viaje o en la borrachera se transforma en un exagerado loquillo. El que
vive con una intensidad sacrificial su deber, a un punto al que nadie se lo ha exigido, pero
él quiere creer que sí; y que, por otra parte, vive sus vicios sucios en alguna actividad
recreativa paralela.
El obsesivo puede transformarse en esa bestia que lleva su vida de un modo que suele
hastiarle a sí mismo, llena de deberes, y se encarga de arrastrar a quien lo acompañe en
ello. Su pareja suele no ser parte de sus goces. Porque si hay algo que le cuesta es el
goce compartido.
Una imagen clásica de una criatura que resulta de lo obsesivo es aquel que vive lleno
de reglas, restricciones, de moral apretada y que logra convencer a su pareja de ello. Sin
embargo, busca instancias para escapar: el deporte extremo, la droga, etc.; la cuestión
sigue tratándose de su pequeño cofre: ahí su pareja oficial no puede contaminarse de
estos goces, ya que esta debe ser confinada a cuestiones más inmaculadas.
Coincide, claro, con la pareja clásica del machismo: la buena mujer en la casa y el
marido exigente que va de borrachera en borrachera con los amigotes. Hoy esta figura
toma otras formas, básicamente porque las mujeres están poco dispuestas a jugar a la
Virgen María y buscan sus propias borracheras. Pero más allá de los viejos y nuevos
acuerdos, el obsesivo se las arreglará para tener su trinchera, su caja de tesoros para que
sus dos vidas no se contaminen.
Ahora, ciertamente, muchos lograron llevar esta doble vida sin mayores culpas durante
décadas. La cultura del patriarcado lo avalaba, al menos del lado del macho, justificando
que este, en tanto proveedor sacrificado, tendría todo el derecho a relajarse con sus
amantes y a la borrachera para descomprimirse de sus obligaciones. Ya lo decía, los
tiempos de los obsesivos y el patriarcado tambalean, pero, aun así, la doble vida suele

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estar justificada desde alguna racionalidad o mecanismo de negación muy eficiente para
que no genere tanto conflicto a su usuario. Eso sí, se cansan.
Un ejecutivo de una transnacional, en alguna de sus estadías prolongadas fuera de
casa, comienza una relación paralela con una mujer con quien llega a tener un hijo.
Trampa autoprovocada, ya que la amante se le vuelve también madre en su inconsciente,
y “madre” no es cualquier cosa en la cabeza obsesiva. Ahora tiene dos mujeres a quienes
cuidar y respetar, pero no desear. Decide en su responsabilidad heroica llevarse a vivir a
ambas familias a su siguiente país de traslado. Cerca, pero en barrios distintos; los hijos
en un círculo social común, pero en colegios diferentes. ¿Su conflicto? No la culpa, para
él su tipo de trabajo no le habría permitido otro destino. El modo de estructurar su
complicada situación era la siguiente: a la mujer 1, a quien definía como una más bien
poco ardiente, no la dejaba porque le debía toda la lealtad del mundo, ya que la había
conocido de joven. En su narrativa, seguir con ella era un acto de caballerosidad y
sacrificio. Debo decir que en estos casos quizás el heroísmo es preguntarse qué le pasa a
la pareja con esto de ser ubicada en el lugar de santidad, siendo víctima de esta peculiar
fórmula del obsesivo: el engaño, pero con nombre de sacrifico.
Como sea, culpa no era lo que sentía, sino que su malestar consistía en los ataques de
pánico que comienza a sufrir cuando su campo de movimiento se empieza a estrechar: en
cualquier momento se le cruzaban las dos vidas. Y, peor aún, cada vez tenía menos
tiempo para su lugar privado de goce, una tercera mujer con quien recrearse.
Si el obsesivo experimenta culpa es menos con la forma de la bestia de la doble vida
que con otras dos criaturas que nacen de estas neurosis: el fantasma del plagiador y del
estafador.
El obsesivo cree en la verdad. La busca, la estudia, sufre porque no logra nunca
acceder a todo el saber que supone necesita para decir algo nuevo. Acumula saber. Eso
los suele convertir en sujetos cultos, respetados en el mundo cultural. Pero guardan un
secreto: sienten que no son nada más que unos plagiadores, unos reproductores de la
palabra de otro. Suponen que crear significa hacerlo desde la nada. Cualquiera que tenga
una relación fluida con la creación sabe que lo que ya existe se puede tomar, darle una
vuelta, o dos o tres, cambiar el contexto, tensionar una idea, conectar cosas y, voilá, hay
creación. El creador no tiene pudor en apropiarse de lo que hay, incluso puede olvidar las
fuentes, lo que importa es poner un deseo a funcionar. Justamente eso, es el deseo
singular el que da vida a una creación. De ahí que muchas veces cautive más el cómo
alguien diga o presente una idea, es decir, cómo le da cuerpo, que la idea misma. Esta es
la gran pesadilla del obsesivo: tal falta de justicia respecto del saber. Porque el juez de
turno, profesor, jefe, etc., siempre puede quedar seducido por el más travieso antes que
por el que hizo toda la tarea.

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El obsesivo cree en la genialidad. Como si de pronto un genio pudiera interpretar la
caída de una manzana de un modo revolucionario. No considerando que en la historia de
las ideas muchas veces hay descubrimientos de manera paralela, es decir, se inventa lo
mismo en distintos lugares. Porque antes que tratarse de genios, se trata de un estado de
saber que avanza dejando la chispa de lo nuevo dando bote.
Pero esta bestia aspira a la genialidad y sufre porque al intentar crear se inhibe, al
suponer que debe encontrar eso realmente inédito, inventar la rueda otra vez. Y si toma
parte del reservorio de creaciones e ideas existentes, padecerá del fantasma de ser un
plagiador criminal. No comprende que al original la copia puede hacerle un tributo.
Muy amiga del plagiador existe otra criatura sufriente, una que padece el fantasma del
estafador. De los tantos malestares autodiseñados, hay uno muy recurrente en la vida
laboral: la neurosis de ser un fraude. Me refiero a esa impresión íntima de ser un
pequeño estafador no voluntario. Fantasma de estafa que puede encarnarse en diversos
cuerpos del delito. Uno predilecto es el de la duda rumiante respecto del saber, esa
paranoia de que a uno le falta el conocimiento necesario para empezar algo, para tomar
un cargo o proyecto deseado, generando un estanco directamente proporcional al deseo:
mientras el objetivo esté investido de mayor relevancia, el estafador imaginario más se
paralizará.
Disculpen lo añejo del ejemplo para ilustrar esta versión de la neurosis del farsante,
pero es altamente pedagógico. Me refiero al rechazo de nuestro Lucho Jara a la
conducción del Festival de Viña. Rechazo al quizás más importante escenario para la
carrera de un animador en Chile. Lejos de tratarse de un desaire de divo, justificó su
respuesta con esa honestidad autopunitiva del que se declara sin la suficiente experiencia.
Y claro que no podía tener la misma que su antecesor, Antonio Vodanovic, el animador
varado durante años en ese rol. Seguramente para Jara su rechazo estuvo dado bajo el
signo de la nobleza de evitar ser un farsante y tomar un cargo que consideraba le
quedaba grande. Pero su torpeza fue la de suponer que para tomar una nueva empresa se
requiere de la acumulación de saber y no de un “saber hacer” con lo que se tiene y, aún
más importante, con lo que no se tiene. Me explico. Llegó un joven Sergio Lagos, quien
en ese momento tenía un comprobable hándicap de tiempo de ejercicio en la TV
respecto de Luchito. Pero tuvo el coraje de tomar la conducción del certamen, no desde
un conocimiento, sino que, por el contrario, desde las ganas de asumir algo que
desconocía. Desde la carne, desde un deseo singular que no necesitaba la autorización de
nadie. Posiblemente, entendiendo que el saber práctico se adquiere ahí, justamente, en la
práctica.
Cuando nos ponemos Luchito, fácilmente podemos dejar pasar oportunidades, con la
convicción falsa –para justificar la cobardía– de que en algún momento estaremos listos
para poder tener nuestra fiesta de estreno en la vida. Momento que, por supuesto, bajo

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esta consigna del saber idealizado, difícilmente llegará. Quizás este es el polo extremo del
estancamiento provocado por evitar ser un timador. Esta bestia puede despertar en
nosotros, por ejemplo, cuando una vez asumido un cargo o proyecto que se nos ha
confiado, comenzamos a dudar de nosotros mismos y sentimos que efectivamente
engañamos porque no estamos a la altura de las expectativas. Y podemos empantanarnos
en el barro de las dudas, de nuestras carencias y de la envidia –disimulada o no– hacia
quienes les atribuimos más saber. Muchas veces generamos que nos den la patada no por
falta de conocimientos, sino que por andar tambaleando y reclamando producto de
nuestra inseguridad; y, paradójicamente, descuidamos la oportunidad de aprender a hacer
eso nuevo a lo que nos enfrentamos.
Ya sea bajo el fantasma del estafador o del copión, este sujeto puede quedar como una
bestia postrada en su propia cárcel sin barrotes. La fatalidad en ambos casos es frenar la
vida, por no comprender que esta nos autoriza a movernos no solo desde lo que sabemos
y manejamos, sino que también desde nuestras carencias. Hacer desde lo que no
sabemos, desde lo que no manejamos, no es un crimen, sino que es darle dignidad al
deseo que nos empuja.
Pero el Dios de esta religión no permite tamaña desfachatez. Hay que quedarse en la
cola, esperando saber lo suficiente para que un juez nos dé su beneplácito. Para que
Otro, con mayúscula, nos descubra. ¿Tuvieron alguna vez esa fantasía de ser
descubiertos?
Escuché a alguien decir que sintió que pudo empezar a vivir cuando abandonó la idea
de que los rusos descubrirían su tenacidad e inteligencia privilegiada y entonces vendrían
por él.

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3. A UN CENTÍMETRO DE LA GLORIA:
LOS QUE FRACASAN CUANDO TRIUNFAN

Máxima Nº 34: “Tenemos más fuerza que voluntad y sucede que, para
excusarnos con nosotros mismos, nos imaginamos imposibles las cosas”
Reflexiones o sentencias y máximas morales
Duque de La Rochefoucauld

A veces se nos cruza un palo. Justo ahí en el umbral de nuestros sueños. A veces el
impacto es tan significativo que marca la carne para siempre. Supongo que algo así fue lo
que le ocurrió a Pinilla, el futbolista chileno al que se le fue el penal en el mundial de
fútbol. No me pidan cosas obsesivas, no me acuerdo en qué mundial, ni contra quién
jugábamos, lo importante fue otra cosa: el tatuaje que el jugador se hizo posfracaso, “A
un centímetro de la gloria” se inscribió en la piel.
Aunque encarnado en Pinilla, tal acercamiento al éxito para quedarse finalmente con
cuello, fue significativo para muchos, marcando la pauta de las ideas de los columnistas,
de las vecinas y de quienes por esos días visitaron el diván. Todos compartían en ese
momento un terremoto común: el amague de éxito. El palo de la desgracia, el palo que se
cruza con la victoria de un país, se transformó en una metáfora de la vida misma: no por
prepararnos aplicadamente meteremos el gol.
Nos inculcan desde niños la idea de que existe una justicia divina, un orden en el
universo y el sentido de las cosas. Y aunque la adultez nos demuestra lo contrario,
volvemos a repetir tal enseñanza a nuestros hijos. Quizás en parte para domesticar a esas
criaturas que llegan al mundo, quizás también para darnos algún sentido a nosotros
mismos, a nuestros actos, a nuestros sometimientos. Creamos o no en Dios, en el de
antes con pelo blanco y enojado o en el nuevo en posición zen y fumando marihuana
orgánica, como sea, suponemos que el universo, Jehová, los chakras o la constelación de
Orión hará algo por nosotros: debe haber un juez que sancione nuestros actos y defina el
devenir.
Creemos entonces en fórmulas como: si estudiamos más nos irá bien, si hacemos lo
que se espera de nosotros recibiremos una recompensa; por el contrario, si
desobedecemos ganaremos un castigo. Bien, estas cosas pueden ser directamente
proporcionales hasta cierto punto, cuando aún vivimos en un corral más o menos

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acotado, en el hogar infantil. Nos comemos la comida, sonrisa de mamá; rompemos el
jarrón, grito de mamá. Genealogía básica de la moral. Un mapa más o menos claro de
cómo vivir. Pero a medida que crecemos la cosa se empieza a complicar.
De pronto el hermanito es quien quiebra el jarrón y vemos sonrisa de mamá, luego
nosotros nos comemos la comida y no vemos ningún brillo especial en sus ojos. “Vieja
caprichosa”, “injusta”, “tonta”, que nos obliga a buscar otra ley, una racional, “Papá,
¿eres tú más justo?”. A veces mamá, quien está demasiado entregada a sus pasiones
como para darse el trabajo de ser de justa, nos indica que es ese padre, quien también
suele estar demasiado entregado a sus pasiones, el que ejercerá esa función de justicia.
“Tu papá se va a enojar”, dice mami, aunque ni ella se lo crea. Pero es quizás su
cansancio –reconozcamos que es generalmente ella la que se hace cargo de nosotros en
tiempos en que no sabemos ni sacarnos los mocos– el que la empuja a que apunte a
padre en el rol elevado de ser el portador del libro de justicia. Operación que puede
funcionar porque padre suele estar algo más lejos, por tanto, no vemos su deficiencia en
el rol adscrito. Padre puede estar en el pool con piscola en mano, pero madre nos
amenaza con un “Le voy a decir a tu papá”. Tal guiño nos indica quién porta entonces
ese extraño poder; el enojo de padre vale más que el de madre. Si están pensando en la
diversidad familiar contemporánea, hay que aclarar que madre y padre son lugares
simbólicos antes que una anatomía determinada. Por lo tanto, estas dinámicas son
replicables en otras estructuras familiares.
Algo muy recurrente que se verifica en las historias de diván, es un recorrido, en
primer lugar, por la ambivalencia –admiración/odio– al padre. Las quejas son frente al
autoritarismo, a la humillación o desamor sufrido por una figura de tal altura, el déspota
juez familiar. Solo para que luego de varias vueltas verifiquemos que gran parte de
nuestros conflictos más feroces estaban ahí, en esa señora tan indescifrable llamada
madre: ese cuerpo amado-temido-despreciado en nuestros tiempos primordiales. Y que
padre no era más que una ficción que servía para justificar parte de nuestras inhibiciones
suponiendo que se nos imponía un camino a la fuerza. Y más allá de nuestras quejas
conscientes, lo inventábamos una y otra vez en otras figuras: el profesor, la pareja, el
jefe.
Si el obsesivo no deja de recrear al padre simbólico es porque teme el desamparo de la
existencia. Una crisis de pánico es un buen ejemplo de lo que sentimos cuando se nos
cae el padre simbólico –el padre que ordena el mundo en nuestras cabezas– y quedamos
a la deriva: el sentido del mundo declina y sentimos que cualquier cosa puede pasar,
vemos la posibilidad de la muerte o la locura demasiado cerca. De ahí que la angustia sea
la señal de que nos enfrentamos a un momento en que una página del mapa personal se
nos quedó en blanco, no hay ruta, ni siquiera una que no nos guste y contra la cual
podamos pelear. Porque pelear con algo también es una ruta.

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La caída del sentido es algo así como el desenlace de El mago de Oz, donde al final
del camino –ese lleno de esperanza, consignas libertarias, odios contra el villano frente a
quien nos aventuramos a despotricar– corremos la cortina y nos encontramos con un
megáfono acéfalo. Nunca hubo tal mago, aunque recorrimos la vida por el camino
amarillo suponiendo que estábamos obligados a ello, padeciendo tal imposición, porque
ahí había que estar para llegar a nuestro epílogo heroico: derrotar al padre de nuestras
cadenas. Pero resulta que este no era más que un hombrecito sin la fuerza de obligarnos
a nada.
Si la vida es algo para el obsesivo, es el camino amarillo, ese que dice odiar pero que
secretamente ama que exista. Cualquier mordaza trazada es mejor que la angustia de
correr ese velo y no encontrarse más que con la orfandad vital: no hay Otro con
mayúscula. El juez de nuestras vidas es finalmente un humano que tiene demasiada
hambre como para estar preocupado de nosotros. Dios también juega a los dados.
Estamos frente a una criatura muy devota que insiste en creer que la razón y cierta
justicia ordenan el mundo, dejando de leer ciertas catástrofes que la histeria huele a
kilómetros. “Te va a cagar, te tiene envidia, no hagas negocios con fulanito”, le advierte a
un obsesivo su pareja. Ante lo que él responde: “Para con el dramatismo, yo sí confío en
sus intenciones y en su experiencia, yo me quedo con lo que dice”. Y, claro, cuando la
histeria le apunta y se cumple su profecía, el obsesivo recién ahí comienza a respetar ese
saber, aunque le parece un tanto cercano a la brujería. Incluso para cooptarlo en su
territorio conocido, puede verse tentado a leer sobre “inteligencia emocional”, que es
como la versión management de lo relacional. Recomiendo a todo obsesivo que quiera
aprender más acerca de los enredos del deseo, la literatura, que suele reflejar el alma
humana mejor que cualquier manual de psicología. Y bueno, si la lectura no es lo suyo,
un reality show con un buen guion puede enseñarle algo de los circuitos de deseo.
Entonces, como ya venimos sugiriendo, se puede decir que la neurosis obsesiva es el
sostén de la estructura clásica de la religión, que, con o sin iglesia de por medio, tiene fe
en que existe un lugar de saber consistente y justicia total. Para ello requiere de una cuota
de miopía para que tal espacio guarde el halo de lo sagrado. A su Dios no se le deben
escuchar las tripas sonando a la hora de almuerzo. Para garantizar entonces el lugar
pulcro de su Dios, esta bestia hace un sacrificio. Como toda religión, esta también implica
que el hijo se sacrifique por el padre. El hijo muere, el padre entonces se vuelve más
poderoso. Insisto, para ello hay que ser neuróticamente miope. Si las cosas andan mal, si
terminamos gritando: “Padre, ¿por qué me has abandonado?”, es porque creemos que
Dios tiene un plan para nosotros. No por nada nuestra parte obsesiva ama lo difícil.
Por mucho tiempo me relacioné con el mundo de este modo; posiblemente, a falta de
orden familiar, necesitaba inventarme la religión del padre que no había. Y creía en esa
justicia divina, no en el Dios de la religión, pero sí en el saber. Suponía que debía saberlo

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todo antes de poder elaborar una opinión. Por lo tanto, no opinaba nunca. Basta con
saber un poco para darse cuenta de lo poco que uno sabe. Sufría de una obediencia
neurótica que se traducía en inhibición y timidez, porque suponía que era evaluada por
esos padres que tenían tiempo para preocuparse de analizar mi comportamiento. Y cada
cierto tiempo tenía que morir por algún padre para que su Iglesia tomará más fuerza,
momento en que tenía que afinar la puntería y, como el futbolista, quedar a un
centímetro del arco, a un centímetro de la gloria. Y así, muchas veces me sometía a
quedar a la cola, ponerme otra vez en una fila para esperar que alguna institución
decidiera cuándo era mi turno para dar una opinión; en el fondo pedía permiso para
existir.
Esta es la operación que Freud llamaba la de los que fracasan cuando triunfan. Un
autosacrificio inconsciente para hacer existir al padre de la neurosis, a uno mejor que
nosotros. Al que si superamos –de alguna forma retorcida– suponemos que matamos.
¿Han sentido alguna culpa extraña en un momento en que logran algo esperado,
cuando son protagonistas de una escena, en ese instante en que debieran estar
sumamente felices? Si lo han experimentado, seguramente se debe a esta bestia: a la
vocación de segundón que esta neurosis implica. No se puede alcanzar el deseo, porque
entonces se queda demasiado cerca del padre simbólico.
Un hombre había por fin accedido a la mujer a quien persiguió por un buen tiempo. Su
problema luego era que estaba viviendo un sueño del que sabía que tenía que despertar,
porque era demasiado ideal. “Ella parece una modelo” era su argumento para desconfiar
de que esta relación pudiera ir a algún lado. La bestia del fracaso se desató
inexorablemente y antes de poder hacer de carne y hueso a su modelo, y así ponderar la
nueva relación en su justa medida, la transformó en un imposible. Decidió que no podía
ser un canalla que dejara a su primera mujer, madre de sus hijos, a quien, aunque no
amara, le debía lealtad. Ese era su camino amarillo, un camino de insatisfacción trazado
por el deber de su religión obsesiva. En su cálculo era mejor que la gloria quedara a
varios kilómetros que asumir una libertad que lo dejaba en el desamparo de tener que
enfrentar su decisión. Ese era su sufrimiento conveniente.
Ya ven, así como la histeria elige morder la manzana en el paraíso, el obsesivo inventa
uno al que nadie –partiendo por él mismo– pueda entrar. Pero a veces no solo se
autosacrifica, sino que obliga a otros a hacerlo para sostener su ley. Boicoteando, por
ejemplo, el éxito de quien no le parece justo que lo obtenga e incluso criminalizando el
capricho como una forma de atentar contra lo establecido.
Algunos femicidios pueden ubicarse en este problema. Lo que se mata cuando se mata
a una mujer es justamente su “mujeridad”: aquello que para el obsesivo resulta
incontrolable, eso que no se limita a la mujer que la racionalidad masculina inventa a su
conveniencia.

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Lo femenino –independiente de la anatomía de quien encarne esa lógica– lo intriga,
porque no se rige por su misma ley, incluso parece ni siquiera interesarle. Lo femenino
puede convertirse para esta criatura en su Marla Singer, en el tumor en su cabeza.
Jacques Lacan lo planteaba bajo esta fórmula: la mujer es el síntoma del hombre. La
lógica histérica, tan amiga de lo femenino, se resiste al lugar totalitario “de las cosas como
son”, transformándose en la pulga en el oído de esta bestia, bestia que ya tiene suficiente
con su relación problemática con su Dios, haciéndose zancadillas para hacerlo existir, y
que además debe lidiar con los desobedientes.
Algo de esto deben sentir los políticos de la vieja guardia ante las nuevas formas de
organización política, movimientos sociales horizontales, jóvenes que se bypassean la fila
para tomarse la palabra y arman sus colectivos para enfrentar a los viejos sin el respeto
antiguo. El político tradicional, frente a estas subjetividades, no sabe bien qué ofrecer,
algunos hacen caso al pie de la letra al griterío que les entra de la calle por la ventana,
pero eso de someterse a ciegas fracasa en el amor, en el trabajo y en la política. Otros
aplican mayor represión, pero recurrir a eso hoy solo resta legitimidad.
Ya lo decía, son tiempos difíciles para la lógica de la neurosis obsesiva.

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4. ¿CÓMO SER BUENO TRAS EL PECADO ORIGINAL?

Máxima Nº 59: “Los que se creen beneméritos tienen a honor ser desgraciados
para persuadirse a sí y a los otros que son dignos de ser el blanco de la fortuna”
Reflexiones o sentencias y máximas morales
Duque de La Rochefoucauld

Sí, no, sí, no, no, sí, un sino. Cuando leí por primera vez Edipo rey y conocí la idea del
destino inexorable, creo que padecí de una obsesión por un tiempo. Si el destino estaba
escrito, todo lo que hiciera era parte de un plan, por ende, no podía hacer cualquier cosa.
Tenía que apuntarle a eso que era mi destino, entonces ¿tenía que seguir mi primer
impulso o el que venía inmediatamente? ¿Cuál era el verdadero? Si hacía lo contrario a
tal impulso ¿era desafiar al destino o era una trampa del mismo y el real designio era que
hiciera lo contrario a lo primero que se me ocurría? Me pasé en ese onanismo mental por
un tiempo. Sí, no, sí, no, no, sí. Perdí demasiado tiempo en decidir qué hacer.
La ambivalencia es otra de las bestias obsesivas, dilema interior que para algunos
puede convertirse en un infierno que los lleva a una inmovilización total.
El protagonista del famoso caso de Freud llamado “Hombre de las ratas”, choca con
una piedra en el camino. Decide retirar la piedra porque se le ocurre que su amada
pasaría horas más tarde por ahí y podría tener un accidente. Luego decide poner de
vuelta la piedra para anular lo que considera un acto absurdo. Pero el segundo acto no
anula el primero, porque volver a poner la piedra es también un acto absurdo. Lo cierto
es que el acto y el contra acto representan sentimientos contrarios. El embrollo de la
piedrita implica que sacarla es el buen acto, hecho para evitar el accidente de la amada,
pero al mismo tiempo revela que existe en él tal ocurrencia: el daño de la mujer. ¿Por qué

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se le viene la idea de la tragedia a la cabeza justo cuando se siente algo despechado por
su partida? ¿Hostilidad secreta? Volver a poner la piedra entonces es, por un lado, el acto
malo, arriesgarse a que el carruaje de la amada se vuelque, y por otra, intentar sentirse
menos estúpido, cosa imposible, porque ponerla de vuelta ya es ridículo.
Como sea, el motor de esta ambivalencia es el amor/odio hacia la amada. Cosa que no
es ningún pecado, pero que esta bestia transforma en un martirio a través de sus
represiones.
Y esta no es una lucha menor en esta neurosis: el deseo de ser bueno. No al modo del
“alma bella” de la histeria, que lo hace por la vía de la ingenuidad y la condición de
víctima, sino que por el camino del sacrificio. Uno bueno hecho de sudor y lágrimas, uno
que se golpea –literal o simbólicamente– para no sentir lo que siente. Uno que trabaja
para borrar su mancha.
No por nada el sentido común sospecha del sujeto demasiado acogotado en la moral.
Porque quien reprime en exceso parece una bomba a punto de estallar. Cada vez que
Flanders, el vecino de vida hiperhigiénica de la familia Simpson, habla en diminutivo, no
hace más que subrayar justamente su contrario: lo magnificado de su odio.
La película de los hermanos Coen, Un hombre serio, retrata a un bueno fascinante.
Un profesor honrado y decente que se desvive por atajar cualquier mancha que devele
algo de su deseo, es decir, de sus aspiraciones individuales, codicia, lujuria, competencia,
rivalidad, etc. Si vive para algo es para controlar tal huracán de su condición humana.
Pero, de algún modo, el deseo encorsetado le retorna bajo la figura de la mala fortuna.
Comienzan a sucederle una serie de cuestiones que lo contaminan involuntariamente con
pasiones de las que no quiere saber, como el odio. Va en busca de tres rabinos para que
le den una respuesta frente a lo que considera algún tipo de prueba o sentido cifrado del
destino. Lo cierto es que no recibe de sus maestros más que cuotas mayores de angustia.
Cuando ya nada podía estar peor, y las maniobras de malabarismo se intensifican para
sostener el mundo que se le cae a pedazos, el film cierra con un huracán en el horizonte.
Como reflejo del mundo interior del obsesivo, el huracán es ese cúmulo pulsional,
apretado en la aspiración de la asepsia moral, y que cada tanto los amenaza con salir,
activando entonces sus recursos de control obsesivos: manías y rituales para manejar la
angustia. Sí, no, sí, no, no, sí. ¿Qué hacer para hacer lo correcto?
Si intentar esta forma de hacer el bien –que antes que altruismo tiene que ver con la
intolerancia al propio deseo– ya es difícil, hay otra criatura que intenta expiar su suciedad
de un modo aún más duro. Me refiero a la bestia a la que Freud llamó “los que delinquen
por culpa”. Vamos con ellos.
Las caídas de los famosos son una buena forma de captar este fenómeno. Cada vez
que vemos a una celebridad cometer algún acto indigno e innecesario, por ejemplo, un
delito de poca monta, junto al morbo innegable que nos surge, aparece la pregunta: ¿por

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qué quienes tienen tanto, se arriesgan por algo que no necesitan?; ¿por qué el que tiene,
busca perder?
Hay una escena que se repite en los famosos caídos y es la que intuyo cierra el
circuito: luego de cometer el crimen, se exponen al público, avergonzados, como un
estropajo. Pienso en Britney, en Winona; por estos lados, en la chica Ballero. Luego del
crimen miserable –miserable más por pequeño que por terrible– caen en un
exhibicionismo voluntario. Declaraciones bajo los efectos de los psicofármacos que los
hacen ver aún más dañados, exposición de sus conflictos más íntimos, unas babas
blancas en las comisuras típicas de los medicados y una dignidad disfrazada de traje caro
de diseñador.
Hacen una particular performance: se entregan a su público como criminales que
esperan su turno para ser apedreados en la plaza pública. Como si debieran reconocer y
exponer su verdad ante todos. Una verdad que en todo caso corre para todos: más allá de
cualquier rango o cualquier tener –fama, dinero, belleza–, estamos hechos de una
humanidad imperfecta. Somos héroes con pies de barro en el pantano de nuestras
pulsiones. Lo particular de esta criatura es que lo despliega de un modo feroz,
autopunitivo, ofreciéndose al escarnio público.
Cual Messi renunciando a la selección de fútbol argentina, entregándose como un vil
malhechor que ha cometido un crimen contra su pueblo. ¿Era para tanto obtener un
segundo lugar en la Copa América?
Pero volvamos a la pregunta: ¿por qué a veces buscamos –inconscientemente– perder
lo que tenemos?
Detrás de toda gran fortuna hay un crimen, decía Balzac. Ocurre que a veces frente a
una racha de buena suerte comenzamos a sospechar de nosotros mismos, como si
fuéramos criminales. Salvo periodos acotados de megalomanía, donde andamos arriba de
la pelota –o a menos que uno sea derechamente un narcisista–, suelen aparecer esas
dudas sobre la veracidad de nuestras capacidades. Dudas que se expresan en ese
fantasma de ser un fraude: “No soy tan inteligente”, “Solo tuve suerte”, “¿Me querrá si
me conoce realmente?”. Tormentos que pueden desarrollar una bestia interna que
empuje a claudicar: a estropear un amor antes del abandono fantaseado, a casarse con las
drogas para arruinar una carrera, a dejar una selección nacional de fútbol cuando se es el
ídolo.
Esta es una bestia que busca entonces su castigo a través de armar un montaje. Tal
desacuerdo consigo mismo lo lleva a dramatizarlo con un elenco del mundo exterior.
Como el chico que deja la caleta de marihuana sobre la cama o quien olvida borrar el
chat que lo implica, o quien va a un estelar de televisión en su peor momento: o sea,
hacerse castigar.

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Tanto la criatura que fantasea con ser un fraude, como la que se corre a un centímetro
de la gloria y la que se las arregla para ser castigada, tienen en común la dificultad de
soportar sus momentos altos, la buena fortuna. Cuando se acercan demasiado al Otro
con mayúscula se sienten criminales o fraudulentos, porque saben que su éxito es en
parte una contingencia –más trabajo seguramente– y no porque sean el héroe que los
otros han imputado en ellos. No comprenden que se trata de jugar a ser un ídolo y que
pueden luego colgar el traje.
Si hay un clúster profesional que sufre sobremanera la confusión entre el “ser” algo y
autorizarse a ponerse el traje para jugar, y “parecer” algo, son los abogados. Por alguna
razón viven la escena del examen de grado como si debieran mostrarse como semidioses
ante unos dioses. La idea es que nada huela a humano. No por nada sufren este evento
con una angustia brutal. Angustia que se les repite en las audiencias. De acuerdo a lo que
he escuchado, da la impresión que a los abogados que mejor les va en estas situaciones,
son aquellos que entienden que se trata de una escena en la que van a jugar un rol. Los
que comprenden que ser abogado es un traje y no una piel. Los que tienen la astucia para
captar que ese lenguaje exagerado y lleno de manierismos que se usa en este rubro es
una actuación (siempre al borde del absurdo). Por el contrario, el que supone que es en
serio, el que está peleando en serio, el que cree que su Señoría es una Señoría, está
liquidado, la inhibición y los lapsus brotarán como la maleza.
Otro efecto del intento obsesivo por ser bueno por la vía del sacrificio y la represión,
es la inhibición. Acá encontramos a una criatura peligrosa: el inhibido resentido. A esta
bestia le cuesta arrancar, comenzar algo. Si a la histeria le cuesta consumar, esta criatura
más bien evita empezar. Procrastina, deja para pasado mañana lo que puede hacer
mañana, no por flojera sino porque se da vueltas en una preparación extenuante. Le
resulta mejor no hacer nada, o al menos nada en nombre propio, para no correr ningún
riesgo. Prefieren intentar apuntarle a lo que suponen que su amo de turno desea.
Sometimiento que por supuesto va generando una acumulación muy peligrosa de
resentimiento. Un sí, no, sí, no, no, sí en el que vacilan en las ideas, en los afectos y en
las conductas. De ahí que no falta el capítulo de Flanders fetichista o psicópata: ese
inhibido que de pronto explota en ira.
Si se acumula resentimiento es porque la represión duele, pero, además, tal sacrificio
suele dejar en evidencia que en su forma exagerada y en extremo, es en vano. El
chupamedias no necesariamente llegará a ser jefe, el gran adulador no necesariamente
será correspondido en su amor.
Por mucho tiempo estas conductas estuvieron avaladas socialmente. Así, la madre de
aquel hijo paralizado que no salía, apegado a ella y asexuado, era considerado un “hijo
bueno”. Hoy las cosas han cambiado y la histerización del mundo empuja al “hijo feliz”,

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ese que tiene reprimida la posibilidad de reprimirse. Cuestión que genera otras
obligaciones respecto al ser. Una en extremo complicada, sino imposible: ser genuino.
Como sea, la criatura obsesiva es como ese jabón de baño abandonado, ese que suele
tener un antiguo vello púbico y que genera la duda respecto de si es o no conveniente
tocar. Si bien se supone que su naturaleza es ser limpio, ha limpiado demasiadas
manchas, ¿es entonces limpio ese jabón? Sí, no, sí, no, no, sí. No sé. A mí al menos ya
no me importa. Ser limpia ya no es mi pregunta.
¿Que cómo se me pasó? Cuando asumí el pecado original. Por cierto, el mío, y el de
mis padres reales e inventados.

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5. SANZÓN A LA PELUQUERÍA

Máxima Nº 363: “Difícil es amar a los que no estimamos, pero no lo es menos


amar a los que estimamos mucho más que a nosotros”
Reflexiones o sentencias y máximas morales
Duque de La Rochefoucauld

Todo iba relativamente bien. Bien como una relación de pareja en sus primeros tiempos
puede ir. Antes de entrar en esa velocidad crucero que se alcanza con los años, la que,
aunque a falta de cierto entusiasmo y sorpresa, gana en estabilidad y la seguridad que
brinda la tribu. Bueno, eso en el mejor de los casos.
En las intensidades iniciales se sufre por el amor con cierto desgarro, se duda o se hace
como que se duda, se pide al otro más amor, se define cómo se va a pelear, si se reirán o
cada pelea será un drama shakesperiano. Siempre la juventud de las historias es de
pasiones álgidas; alguien de hecho reparó alguna vez en que los personajes de
Shakespeare tenían todos alrededor de veinte años. Las relaciones en sus comienzos
suelen tener la edad del infierno del dramaturgo. Alguna vez un guionista de reality show
me comentó que toda la trama de estos programas se reduce al amor y la venganza,
pasiones ancla del conflicto. Conflicto que en general la histeria adora y el obsesivo
rehúye. Por eso este último supone que se puede ir a la segura eligiendo a una “buena
persona”, que suele ser un eufemismo de persona a la que puede controlar, o al menos
eso supone.
Volvamos a nuestra pareja en cuestión. Una noche viendo televisión, bajo la excusa del
zapping y del “no hay nada que ver”, se quedan hipnotizados en ese placer culpable
llamado telerrealidad. Esa ventana indiscreta de pornografía del alma que cada vez más
parece influir en nuestra educación sentimental: el reality show refleja y nombra asuntos
que generalmente nos llevarían a sonrojarnos.
Se trataba de un programa de citas, dos hombres y dos mujeres debían tener
encuentros con las dos personas del sexo opuesto y escoger con quién quedarse. Los que
hacían match ganaban, no sé muy bien qué (¿acaso estarían obligados a salir con esa
persona?), pero se llevaban los aplausos. En el capítulo en cuestión, uno de los tipos sale
primero con una chica amable demasiado dispuesta al amor. Ella lo atiende, lo escucha,
lo trata con ternura; se muestra atraída y admirada por un tipo que no mostraba ninguna

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dote especial. Pero cuando se está enamorada del amor, se realiza ese montaje de
inferiorizarse para darle un lugar especial al otro. La mujer buena.
Segunda cita, el mismo tipo se encuentra con una chica más audaz, egocéntrica. Ella
más bien se admira a sí misma, e invita al hombre a admirarla también. Ella es el objeto
de deseo de la escena. Como un huracán, lo confunde, lo mete en su red y lo convence
de hacerse un fashion emergency. Lo acompaña a comprarse ropa, lo disfraza con un
atuendo más juvenil y le corta el pelo. Llega el momento de las definiciones, la mujer
buena lo escoge a él, convencida de que su enamoramiento voluntario bastaría para
ganar. Él por su parte escoge a la chica audaz, convencido de que su entrega bastaría
para atraparla. La chica audaz no escoge a nadie. El cuarto tipo en cuestión nunca
entendió nada, nadie lo elige.
Volvamos de este lado del televisor a nuestra pareja de carne y hueso. Ella ríe frente a
esta escena, reconociendo la estupidez del macho del juego. Él, en cambio, algo pálido,
guarda silencio. En esa disimetría frente a la escena que habían presenciado se les abre el
infierno histérico y el obsesivo. Ella nota algo y comienza el irrefrenable “¿qué te pasa?”.
Él solo puede responder con lo que tiene a mano, tiene sueño, se siente un poco mal, le
incomoda que lo jodan. Bien. Esa noche duermen en tensión. Ambos saben que un
drama comienza a abrirse.
Días después ella lo pilla volando bajo. Sabe de intrigas y de métodos con
movimientos de serpiente, pone un tema simpático de cubierta inocente pero que oculta
una cercanía a la pregunta que aún la intrigaba: ¿por qué se había descompensado su
hombre al ver el papelón del tipo del programa? Se las arregla para que por fin su
partenaire haga esa confesión esperada, la que al mismo tiempo desencadena el drama: a
mí también me cortaron el pelo una vez, le dice él compungido. Y se ve obligado a
contar la historia de su propio corte de pelo.
La historia tenía varios componentes que a su novia no le caerían para nada en gracia.
Juzguen ustedes: en un paseo con los amigos alguien invitó a una chica nueva para el
grupo. Ella era MODELO o algo así, la vio y se dijo a sí mismo que era una
PRINCESA. Quedó TONTO, se le tupía la lengua. Ella había terminado hacía poco una
relación y estaba despechada. Por la noche, después de la fiesta, ella lo intercepta camino
al baño, LO INVITA A SU CAMA porque se siente sola. Él, como si fuera un SUEÑO,
accede con el temor a despertar en cualquier momento. Se toquetean un poco, no fue
capaz de tomarla sexualmente, se sintió IMPOTENTE ante este ángel caído. Siguieron
juntos todo el fin de semana, prefirió acompañarla a hacer YOGA a la playa antes que
seguir de juerga con el resto del grupo (a su mujer nunca le había aceptado acompañarla
a esa clase, porque se sentía domesticado por ella). Y acá viene el punto más complicado
de esta historia: ella, la modelo, le recomienda cambiarse un poco el look y le ofrece
cortarle el pelo. Él LE PERMITIÓ A LA PRINCESA CORTARLE EL PELO. De vuelta

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a la ciudad decidió no llamarla, no porque creyera que ella no estaba disponible en ese
momento de su vida, sino porque aunque fuera correspondido en su cortejo, sentía que
ella podría jugar con él, pues tenía la convicción de que con ELLA PERDERÍA SU
PODER. Como Sansón, quien pone en riesgo la liberación de su pueblo por una mujer,
por Dalila. Esta fue la que descubrió el secreto del poder del héroe y corta su cabellera,
origen de su potencia fálica. Sansón, al enamorarse de Dalila, rompía la ley divina, una
que prohibía enamorarse de la mujer extranjera, una filistea. Sansón no podía ser Sansón
si claudicaba por Dalila.
El obsesivo crea una bestia anexa a él: la amada o amado imposible. Esa criatura de la
que rehuyeron en algún momento de sus vidas, porque la idealización posada sobre ella
los obligó a la cobardía. Guardando para sí, en su corazón, a la princesa en el castillo, a
una que no pudieron rescatar porque les quedaba grande.
Así como Dalila representa la amenaza de la mujer extranjera, esta criatura inventada
por el obsesivo, la amada inmortal, es extranjera para su lenguaje. Freud planteaba que lo
femenino era el continente negro en la cultura, es decir, aquello misterioso y aún no
conquistado. Porque al estar el mundo escrito desde lo masculino, a lo femenino le queda
siempre algo por escribirse, algo que no es cooptado del todo por la norma de lo macho.
De ahí la frase de que todas las mujeres somos locas, porque no estamos del todo en
regla. En el fondo, cualquier subjetividad que no quede reducida en las definiciones
patriarcales es siempre considerada un poco loca.
La extranjera, como veíamos en un capitulo anterior, puede despertar la furia del
obsesivo que intentará enjaularla, o bien transformarse en su mujer fatal, que lo volverá
loco de pasión y a quien le permitirá cortarle el pelo.
Para no correr tal riesgo, el obsesivo –por cierto, un falso héroe– tiende a preferir una
pareja “buena persona”, es decir, alguien que no se le subleve. Porque si algo preocupa a
esta bestia temerosa en el amor, es ser abandonado y humillado por su partenaire.
Lo que la chica de la historia de nuestro Sansón local comprende, es que hay una
mujer idealizada –que no es ella– en la cabeza de su novio. Ella no era ni sería nunca
quien podría cortarle el pelo. Ya podrán imaginar el incendio que esto provoca en la
pareja incipiente. Este pobre obsesivo, si bien no se dejó cortar el pelo nunca más, fue
atrapado en las fauces histéricas de su “mujer buena” y cayó en la trampa de confesar lo
que de ahí en adelante sería el caldo de cultivo del dolor en el nuevo hogar.
Lo que la chica nunca comprendió es que el lugar de la mujer fatal es un lugar
inconveniente, ya que se trata de lo imposible para la erótica obsesiva. Posiblemente, si
esa persona se hiciera carne, no sería merecedora de tal título. No calculó lo ingrato de
ser Dalila, quien debe siempre mantener una no entrega para sostener la idealización de
esta bestia desgraciada. Un bajón. Si no patético, al menos aburrido, porque amar de
veras suele ser bastante más satisfactorio.

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En alguna revista apareció un artículo que explicaba por qué era más conveniente ser
una Rachel que una Monica. Se refería a los personajes de la serie Friends. El analista
concluía que Monica era demasiado bella y perfecta para poder amarla, mientras que
Rachel lograba que el espectador se identificara, veía en ella a la chica chascarrienta que
intenta sobrellevar una vida con su neurosis a cuestas. Algo similar relata Žižek a
propósito de una encuesta que ponía a competir a Claudia Schiffer y Cindy Crawford. La
ganadora fue esta última; la explicación, el lunar. La rubia parecía demasiado perfecta
para todo público.
Lo cierto es que las personas podemos relacionarnos –más allá de que estemos
buscando ídolos cada tanto– con personas que expongan algo de su humanidad, de su
imperfección. Para poder encontrar algún lugar abierto en el otro para entrar: para que
nos escuche, para hacerle falta de algún modo. Por el contrario, cuando nos cruzamos
con algún loco de narcisismo que nos cuenta sobre sus hazañas y triunfos, difícil es tener
un lugar que no sea el de público, de ahí la frustración que una relación con ese tipo de
sujeto provoca. Mientras que cuando alguien nos comparte sus miserias y tropiezos –
siempre y cuando no se trate de una demanda que pretenda succionarnos– suele
invitarnos a la fraternidad.
Esta verdad es la que olvidan a veces estas bestias y suponen que su amor verdadero
es la criatura idealizada e intocable. Si en su vida existe Dalila es porque también cree en
la potencia de su melena; en el fondo cree que existe lo fálico. El obsesivo está anclado
en la fantasía de lo masculino fálico, potente y heroico. Su estandarte es antes lo grande
que lo diverso. Por eso intenta reducir la “otredad” de su pareja a lo conocido; encierra al
partenaire en una jaula de oro para contemplarla de manera segura. Convierte la pasión
en trabajo y en un mapa ya recorrido. Esta criatura pone el manto de la obsesión sobre el
otro. Esta es la bestia matapasiones.
Pero por mucho que esta bestia de pelo largo se dé todos los rodeos necesarios para
evitar encontrarse con el vacío, con la pérdida y el descontrol, se le aparece tarde o
temprano eso extranjero a sus códigos –lo femenino–, aquello que los hace claudicar.
Será del otro lado de la escritura obsesiva que viene alguien a sacarlos de su trinchera y
los hace hablar sobre ellos mismos –cosa que no les gusta demasiado–, hacerse
preguntas, reírse de sus fracturas antes que solo padecerlas.
Como dice un conocido: cada vez que se junta con sus amigos del club de fútbol
comienza el show de las mentiras. Mentiras siempre como metáfora de quién lo tiene
más grande. Mientras que con quien se comparte la cama se puede hablar de veras.
Como si la posición horizontal implicara el descanso del orgullo y la apertura a lo otro:
esa fractura que nos constituye como humanos y abre la posibilidad de amar. Porque
para estar disponibles al amor hay que tener alguna relación con la propia fractura, con la
idea de que no estamos completos, de que hay lugar en uno para un otro.

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6. EL CONSERVADOR SUCIO

Máxima Nº 12: “Por más que trabajemos en ocultar nuestras pasiones con las
apariencias de piedad y de honor, nunca dejan de descubrirse a través de estos
velos”
Reflexiones o sentencias y máximas morales
Duque de La Rochefoucauld

Así como hay diversas razones para situarse en la vereda del progresismo, las hay
también para el lado conservador. Algunas de ellas tienen que ver con una visión de
mundo y otras son expresiones del motor neurótico. Como veíamos en la primera parte
del libro, hay un tipo de progresismo cuyo espíritu está moldeado por la histeria, cuestión
que le trae algunas contradicciones: el izquierdista estético. Pues lo obsesivo también
puede crear a una bestia de labia política: el conservador sucio.
El conservador es empujado por el anhelo de conservar, ya sea lo que le parece
correcto o lo que le conviene; como sea, se resiste a que las cosas se muevan demasiado.
Cuando es la resistencia obsesiva –a que el río de pulsiones se desborde– lo que motiva
su posición, el nerviosismo que lo inunda puede llevarlo a racionamientos de lógica
desesperada.
“El matrimonio es entre un hombre y una mujer”, repite incansablemente esa criatura
que supone encarnar la reserva moral de Occidente. Lo repite de una forma curiosa, en
el sentido de su fijeza. La exclusividad heterosexual del matrimonio para el conservador
no es algo a discutir. Porque para él la heterosexualidad es la razón en sí misma: los
homosexuales no se podrían casar porque el matrimonio sería por esencia entre un
hombre y una mujer. Es decir, convierte lo contingente en una piedra de la verdad.
Queda atrapado en un espíritu tautológico, defendiendo unos “sí porque sí” y unos “no
porque no”. Puede sufrir de una clausura del pensamiento, porque habría cosas que
prefiere no cuestionar. Algunas por razones políticas –por ejemplo, para no perder algún
lugar de poder– pero otras tantas, no las quiere pensar por el temor a su subversión
interior. No vaya a ser que de repente vea en el reflejo de los ojos de otros sus propios
deseos infames.
Dicen que uno de los problemas de la política de derecha es que no tiene relato. Mi
hipótesis es que su dificultad tiene que ver con deber envolver en algún discurso

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presentable aquellas ideas que en la cultura tienen mala fama: las aspiraciones
individuales. Me refiero a esas pulsiones que en general disimulamos, como la pasión por
acumular, por ganarle al otro, por comernos toda la mermelada del refrigerador. Claro, a
menos que estén decoradas con alguna épica: ganar la medalla, cumplir la meta o
alcanzar un sueño, en general son difíciles de reconocer. Por el bien de nuestra
socialización, hemos conectado cualquier idea que huela a mezquindad con pecado sucio.
Por esta razón aprendimos que hablar de dinero es algo inadecuado, de mal gusto.
Desde niños nos decían que luego de tocar dinero había que lavarse las manos. Algunos
incluso generaron un síntoma obsesivo y no pueden tocar ni monedas ni billetes. Pero
más acá de ese extremo, perjudicialmente a mi juicio, son muchos los que tienen vetada
psicológicamente la posibilidad de hablar de dinero. Por ejemplo, la izquierda, la que
termina concediendo que sea la derecha la que coopte esos temas considerados vulgares.
Asimismo, las mujeres, quienes solemos hacer una cesión de poder al hombre cuando
nos desentendemos del patrimonio familiar. Aprendimos que la buena mujer no piensa en
dinero, aun cuando este signifique cosas tan importantes como la seguridad y el placer,
bajo la amenaza de que hacerlo podría ubicarnos en el lugar de la cazafortunas.
Pero el ciudadano medio también se ve tocado por esta moral y, por ejemplo, en su
entrevista de trabajo deja el tema del salario para el final, no vaya a ser que su empleador
piense que antepone la codicia a la realización personal. Finalmente, son los que tienen el
poder económico los que parecen ser los únicos que se permiten hablar de él.
¿Cómo entonces una facción política envuelve esta causa, la de la ambición individual?
Legítima, por cierto, nos guste o nos avergüence. Una forma de envolver estas
aspiraciones es a través de la racionalidad tecnocrática, estadísticas para allá y para acá
que aseguren que lo fundamental para evitar el fin del mundo es resguardar a toda costa
el crecimiento económico. Luego, el tema de la distribución, que lo resuelvan desde la
trinchera contraria.
Y, en segundo lugar, podría ser que otra forma de justificar su ideario es blanqueándolo
por el lado de la moral, específicamente desde la rigidez moral. De ahí que por tanto
tiempo derecha y conservadurismo hayan ido de la mano. En el fondo, por una cuestión
de discursos –que se cumplan o no ya es otro problema– la izquierda prescinde de las
operaciones que la obligan a inventar un relato para justificar su causa, ya que sus temas
portan una superioridad moral.
Así, es la derecha la que debe hacerse cargo de toda una gama de intereses humanos
pasados a caca. Freud planteaba que en lo inconsciente, caca y dinero operan como
equivalentes: retener, acumular, tacañería, egoísmo, tránsito lento, cagar, cagarse a otro,
parecen ponerse en una serie de asuntos relacionados metafóricamente.
Estos días las cosas se han vuelto más líquidas, ciertamente, y podemos decir que hay
liberales y conservadores en todos los frentes. Quizás lo que insista sea más bien una

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cuestión de contenidos, el conservador clásico se juega sus conflictos pulsionales aun en
materias de políticas sexuales; para él todavía no llega la liberación. El conservador de
rostro progresista, por su parte, tiende a regular el cuerpo desde higienismos sanitarios (el
tabaco, la sal de la marraqueta), o bien, desde la corrección política cuando esta se
convierte en una policía de la mente, cuando se propone expropiar ciertos deseos desde
el interior de los sujetos.
Como sea, la criatura conservadora, política o no, ve Sodoma y Gomorra en todas
partes, porque las reconoce en sí misma. Está lejos de sentirse un alma bella.
Si el conservadurismo recurre a la represión como mecanismo de control social
habitual, es porque lo inunda el miedo. Miedo al otro que, en el fondo, representa el
miedo a la condición humana que también reconoce en sí mismo. Teme que le roben
porque también se siente tentado a robar; es controlador en el amor porque pulsa en él la
infidelidad; vanagloria la maternidad en la mujer porque reconoce la locura subversiva
que la mujer porta en el orden patriarcal; regula la sexualidad de todos porque intuye en
sí mismo unos goces para nada santos.
Ahora, por supuesto que la bestia conservadora goza. Tiene sus propios montajes para
alcanzar algo de la suciedad que le gusta, pero lo asusta. Una forma es hacer una
pasadita por ciertos goces no reconocidos, mientras justifica ir en el camino hacia un bien
mayor. Por ejemplo, desplegando su sadismo en nombre de un bien formativo para el
otro. O bien, en la excesiva preocupación por la sexualidad de los demás en nombre de la
moral, permite en la ruta cierto grado de perversión.
Por ejemplo, para algunas chicas es finalmente su padre quien, en su misión de
protegerlas, termina siendo su guía en el goce. Una mujer joven decía que si llegaba tarde
luego de una reunión con sus compañeros de curso, donde el atractivo era el alcohol y la
marihuana antes que el sexo, al padre se le ocurría que se andaba revolcando con
Fulanito. Si el sillón de la casa estaba desordenado, la acusaba de estar revolcándose con
Menganito. Si aparecía un objeto desconocido en el auto, le gritaba que andaba follando
con Sotanito. Para la chica, las fantasías sexuales del padre proyectadas en ella eran
evidentes, y por un buen rato temió lo peor: el padre era quien, en primer lugar, la veía a
ella sexualmente. Durmió algún tiempo con el pestillo cerrado de su pieza. Luego se
permitió revolcarse con Fulano, Mengano y Sotano, y el temor se calmó. No sabemos si
el padre.
Otro modo de goce de esta criatura es su acercamiento a lo que considera inferior.
Ocurre a veces que el conservador de las capas sociales superiores busca distenderse en
los espacios de capas más bajas. Una práctica clásica y canalla es la del macho pudiente
que seduce a la mujer pobre porque con ella se permite un relajo sexual al que no se
autoriza con las de su clase.
Tomo a Žižek nuevamente, quien pone como ejemplo de esta vía de goce la trama de

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la película Titanic. Esta, bajo la historia de amor principal, ocultaría la versión moral en
la que los ricos usan a los pobres. Rose, la protagonista, le es infiel a su novio, elegante,
déspota y aburrido, con un joven proletario. Se permite el sexo, el baile, el alcohol, cierta
locura en las bodegas del crucero. Supongo que a estas alturas ya todos conocen el final:
chocan con el iceberg, se salvan los ricos, se ahogan los pobres, el amante de Rose
incluido. Ella seguirá rica, se casará con alguien de su clase social, pero habrá aprendido
a darle un lugar al goce en su vida. Eso muestran sus fotos al final del film para
ilustrarnos el curso que siguió su andar: arriba del caballo, haciendo deporte, sonriendo
junto a la familia. Sigue fiel a su clase, pero incorpora un poco de lo que robó en la
experiencia de la marginalidad.
Pues de estas historias de abajismos transitorios hay de sobra.
Otra forma de goce sucio de la bestia conservadora es su propia represión. Puede
ocurrir que sea su autosacrificio el que alimenta un goce sádico, vuelto hacia sí mismo.
En ciertos casos resulta rotundamente inútil convencer a esta bestia de que no es
necesario trabajar o entrenar, o lo que sea que haya convertido en un martirio. No hay
forma, porque, en el fondo, estamos ante una masturbación disimulada. Por eso puede
costar tanto ofrecerle un goce compartido, como el sexo o un paseo, cuando están
gozando consigo mismos en sus tareas. Es mejor no insistir cuando alguien ha elegido
sudar poniéndose rocas en la espalda.
Buenas o malas, al menos estas son formas en que el conservador accede a cierta
cuota de suciedad.
Aunque esta criatura elabore sus estrategias, a veces la suciedad les retorna de lo
reprimido. Se le pueden aparecer de formas benignas como a través de un lapsus: el
“marepoto” que se le escapó a un expresidente cuando quería referirse al tsunami. ¿Qué
se le cruzó por la cabeza en ese momento?
Pero también existen las versiones de descontrol más perjudiciales. Por ejemplo, los
deslices “involuntarios” bajo el efecto de algún estupefaciente. O bien, bajo la forma de
ideas intrusas: justo ahí en la iglesia se le ocurre pensar en follar con Cristo. Y mientras
más intenta no pensar en ello, más le invade la idea.
Era profesora de secundaria y luego de escuchar sobre un caso de una colega
norteamericana que había abusado de un alumno, se le ocurrió que ella también podría
hacerlo. Había una chica en especial a la que se pillaba mirando demasiado. Cada vez se
le complicaba más hacer la clase. “No la voy a mirar”, “no la voy a mirar”, “quiero
chuparle el coño”, “no la voy a mirar”, “coño jugoso quiero chuparte”. Entre
obscenidades y contra pensamientos se le iba la energía. Estas ideas comenzaron a
invadirla más allá de la sala de clases. En las reuniones con otros profesores imaginaba
que tomaba todas esas galletitas, que los demás sacan de manera discreta y pudorosa, de
forma agresiva, metiéndoselas todas a la vez en la boca y mostrando la mezcla molida en

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sus fauces a sus compañeros. La iglesia, actividad de la que debía participar en su
trabajo, pues se trataba de un colegio religioso, dejó de ser un lugar de encuentro con la
paz interior. Se le venía a la cabeza la confesión del escritor japonés Yukio Mishima
acerca de que una de sus primeras excitaciones sexuales habría sido con una imagen de
San Sebastián, esas carnes blancas y expuestas. A ella se le ocurría que el Cristo tenía
unos oblicuos marcados en la crucifixión, que la llevaban directo a la imagen de una
fellatio; Jesús acababa en su boca y luego, claro, mostraba su producto al resto de los
feligreses.
El equilibrio entre los deseos y las defensas se le fueron al carajo, encontrándose con
el máximo de los terrores: la condición perversa de la sexualidad. Me explico. El mundo
ha ido aceptando esta condición, corriendo la barrera de lo que ha sido considerado
patológicamente perverso. Se acepta la parcialidad pulsional, es decir, que gozamos con
partes del cuerpo antes que con un ser humano completo, de ahí que el sexo implique
cierta cuota de degradación del otro. En materias sexuales, el repertorio de prácticas
asumidas socialmente se ha ampliado muchísimo; diría que casi todo es permitido en la
medida en que haya consentimiento mutuo y que las partes involucradas en un encuentro
sean adultas.
Sin embargo, un tipo de criatura conservadora insiste: “El matrimonio es entre un
hombre y una mujer”. Ocurre que desconoce eso que pulsa en ciertos orificios y con los
cuales está casado a muerte, aunque no lo sepa. Si lo repite con desesperación es quizás
porque la rigidez moral funciona como último velo ante la aparición del goce que no sirve
para nada, ese que no está al servicio de mantener un orden social determinado. Y son
precisamente las problemáticas relativas al culo un signo inequívoco de la satisfacción sin
excusas reproductivas ni económicas. Es el goce a secas. Es el chocolate del Kinder
Sorpresa sin la excusa del juguete que, por cierto, ha sido prohibido en nuestro país junto
a otras cosas que se supone no sirven para nada, como el cigarrillo y la sal de la
marraqueta.
Así, desde otros frentes se intenta higienizar algo de la “suciedad” pulsional humana a
través de la demonización de este tipo de alivios individuales. Cada color político intenta
sanear neuróticamente algo de su opacidad, cada uno con sus recursos discursivos. Ahí
donde unos se empecinan en repetir “el matrimonio es entre un hombre y una mujer”
mientras aprietan las carnes para que no se les escape su mugre, a otros se les ocurrió
que el matrimonio es con el tomate orgánico y una linda mascota. Nada de andar
sintiendo cosas sucias como correr el riesgo del encuentro con otro. Otro que
precisamente, es inevitablemente otro.

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7. EL RESPETO AL EXCOMBATIENTE

Máxima Nº 117: “Gustan los viejos de dar buenos consejos para consolarse de no
estar ya en estado de dar malos ejemplos”
Reflexiones o sentencias y máximas morales
Duque de La Rochefoucauld

En Chile es típico de cierta herencia aristocrática sustituir la expresión “mi papá” por “el
papá”. Acepción que no tiene que ver con compartir al propio progenitor con todos los
hijos de la tribu, sino al contrario, generalmente es un tributo o esfuerzo por dar altura al
linaje; venir de un “el papá” de inmediato sitúa a tal sujeto bajo el manto del amparo de
una procedencia privilegiada.
Desde niña tuve una intuición: que las mujeres con mucho papá eran un poco tontas.
Por supuesto que no descarto que se tratara de una envidia profunda, porque yo nací en
el declive de una historia familiar que se caía a pedazos, de manera que no tenía ese
respaldo llamado “padre de familia”, tan importante en los ochenta. Mi hermana mayor,
en cambio, llegó al mundo en la curva ascendente de la familia, y siempre vi que
contaba, incluso en los tiempos de decadencia, con un recurso en el que descansaba en lo
social: ser la hija de un papá. ¿Qué significaba eso?, pues, mal que mal, yo también era
hija de alguien, pero no del mismo padre. Para ella, quien nos engendró era un “el papá”
que, aunque no lo nombrara así, yo sabía que lo sentía así; para mí esa misma persona
era “un papá” sin mayor altura. Eso la llevaba a relacionarse con el mundo y lo amoroso
de un modo radicalmente distinto al mío.
Las chicas que jugaban a tener un “el papá” podían no pensar demasiado, porque
suponían que este tenía todas las respuestas. Unas que desde la exogamia familiar podían
ser un absoluto bochorno; sin embargo, las niñas “con mucho papá” confían siempre a
ojos cerrados. Círculo virtuoso, porque ese señor se alimenta a su vez de la admiración
casi fetichista de esta hija. Esta relación al saber es la que probablemente me llegaba
como tontera de mis congéneres.
Alguna vez recibí de parte de una mujer una de esas cadenas vía WhatsApp que se
supone tienen un buen propósito, pero que en realidad contienen ese sadismo de generar
ansiedad: “Si no envías esto a veinte personas algo malo ocurrirá”, nos amenaza el
mensaje. Si además eres un poco obsesiva y, por lo tanto, crees que no crees en esas

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cosas, igual quedas como tomada por dentro, se activa algún tic o te quedas pensando en
que de todos modos sería mejor hacer caso a la advertencia, solo por si acaso; en fin, la
cadena bien intencionada puede joderte el día.
Como sea, no era primera vez que recibía tal cosa, pero lo particular es que esta vez
venía de parte de una mujer a la cual le tengo una consideración y estima intelectual
importante. No pude sino interpelarla, no podía creer que alguien como ella usara parte
de su tiempo en algo así. Me respondió que era su padre quien se la había enviado y que,
dada su confianza total en él, había considerado que se trataba de un mensaje digno.
Entendí algo respecto de mi intuición infantil: las mujeres con “mucho papá” no eran
tontas, sino que en la relación con estos jugaban a tontas. Posiblemente de manera
inconsciente. Así como algunos siguen peleando con sus madres como si fueran niños –
me incluyo en tal categoría–, algunos, sobre todo mujeres, actúan como estúpidas
cuando están muy cerca de sus padres.
Ya decía, sospecho que padezco de una envidia bien asentada, porque además de la
tontera, veía que las chicas con mucho papá descansaban en otro ítem: el amoroso. El
juego con un “el papá” es que este hace de guardián de la princesa, como si la flor de su
hija valiera oro. Por eso hace el ademán de mostrar los dientes al pretendiente ganoso; en
el fondo le señala que la chica no anda sola, le pertenece primero a él. De ahí que algún
candidato envalentonado podría sentir que comete un agravio frente a este tipo de mujer.
Por supuesto que la chica en cuestión puede jugar también a princesa y amenazar al
joven que la acecha con un “el papá se va enojar”.
Y aquí viene toda mi estupidez en este caso, en el que aplicaba la siguiente lógica: yo
carecía de tal guardián, por lo tanto asumía que, entonces, mi choriflay era de bajo
precio. De ahí que viví con el fantasma de “puta” –ese nombre de la distribución de las
mujeres hecha desde la erótica masculina– por un buen tiempo de mi adolescencia;
consideren, por favor, que hablo de los años noventa, cuando existía un sincretismo mal
logrado entre un destape sexual importado y los resabios del conservadurismo de las
décadas previas.
Esta idea de “el papá” es la de la histeria. Tiene que ver con el padre narciso y
seductor, que se convierte en El Hombre para las hijas, y a veces también para los hijos
varones. Es la versión del padre que de algún modo atrapa el pensamiento y el culo de
sus retoños, cada estrato a su manera, por ejemplo, provocando que los hijos consideren
que no hay pretendiente a la altura del padre y se les complique su vida amorosa.
Pero vamos con lo que aquí nos convoca. “El papá” del obsesivo debe ser una figura
más aséptica que el de la histeria, debe parecer libre de las turbulencias pulsionales. A
este ser se le atribuye cierto heroísmo o inteligencia superior al ciudadano medio. Es el
padre decorado con un mito: llegó pobre en un barco después de la guerra y luego, a
punta de esfuerzo, creó su fuente de trabajo. Luchó por la democracia, era un estudioso

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de las grandes causas, etc. Mitos hay muchos. A ese padre se lo deja hablar porque
siempre tiene algo que decir sobre la vida, sus palabras resuenan más allá de su
literalidad. Es el padre maestro. O el maestro padre. El guía.
Su amparo no es el del resguardo sexual histérico, sino que es el de la existencia. Si la
lección que da este padre es de un orden tan trascendental, todo lo relacionado al campo
de las pulsiones cobra un estatuto inferior. Por eso es que el hijo de este ídolo “seco”
(por sus grandes capacidades, pero también por la aridez de sus pasiones) vive sus
atisbos libidinales con vergüenza frente a la altura moral de tal padre. Por eso el obsesivo
suele padecer de fobias sociales, inhibiciones o un temor feroz al ridículo, es decir,
síntomas que lo empujan a huir de las escenas en que se le pueda notar algo de su
humanidad hecha carne: sus deseos, sus fracturas. Prefieren huir y mantener el honor.
Para que estos padres de la criatura obsesiva permanezcan como jueces incólumes,
como seres impolutos, deben ser protegidos por sus hijos ante algún avistamiento de
humanidad. Así es como estos hijos pueden terminar actuando como el tapón de la
cloaca paternal. Como comentaba en otra parte del libro: la religión está basada en el
sacrificio del hijo por el padre.
Cuando en Chile se destapó el escándalo de las irregularidades en el financiamiento de
las campañas políticas, apareció un fenómeno recurrente: hijos inmolados por sus padres.
Hijos que a una edad en que ya se sabe llenar un formulario de impuestos internos, se
habrían dejado utilizar por sus padres para triangular los dineros ilícitos. Hijos que
prestaron su nombre al padre, quizás porque entendían que en primer lugar eran eso:
hijos.
La operación de entregar el nombre al padre implica quedar fijado al lugar infantil en
que se cree en la omnipotencia y completud de los padres. Se le atribuye al padre el lugar
de tesoro de las respuestas fundamentales, esas que no se encuentran en Google. O
quizás cada vez más sí, y de ahí la decadencia del padre obsesivo en el mundo nuevo.
Este lugar infantil se puede actualizar en distintos momentos de la vida, aun en quienes
en otro momento ya han hecho trizas a sus progenitores; sin embargo, la criatura que es
obsesivamente hijo, buscará algún sustituto de su ancho roble.
Si hay un momento ideal para reactivar a ese “el papá”, es la vejez del progenitor. Hay
algo que los ídolos de la música o del fútbol saben: hay que retirarse antes de que las
marcas de la edad hagan estragos en la superficie lisa de los egos enaltecidos. Hay que
salir del campo de batalla para ser recordado como un héroe sin edad.
Pues cuando el padre, maestro o líder del obsesivo se saca las botas para quedar
retratado en la vitrina de los trofeos, resulta una vía espléndida para reforzar la
idealización del hijo hacia el progenitor. Nace una bestia feroz llamada el
“excombatiente”, a quien siempre se le debe respeto, porque ya luchó.

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El excombatiente, como todo retrato, es una superficie lisa, que se ahorra la
irregularidad y el hedor de la carne. Un retrato implica lo que el filósofo surcoreano
Byung-Chul Han nombra como la estética de lo pulido, tan común estos días como
identidad de lo impecable y pulcro. Desde la pantalla touch de los teléfonos celulares
hasta la depilación brasilera, el empuje es hacia una idea de belleza como superficie lisa,
libre de castración. Esta idea de belleza –sin impurezas– funciona de un modo similar al
respeto neurótico: como barrera a la llamada “falta en ser”. Esta barrera implica mirar
solo de reojo, para así bypassear las imperfecciones que el otro revela. Es por la vía de
este tipo de respeto que puede elevarse la figura del excombatiente, ese respeto al viejo,
solo por ser viejo.
Freud decía que solo había dos formas de ser feliz: ser tonto o hacerse el tonto. Y aquí
va otra definición de la neurosis: hacerse el tonto para enfrentar nuestra contingencia en
el mundo, nuestra falta total de fundamento. Pues bien, una de las formas de esta
tontería es la de enaltecer, por el bien de los hijos, a un padre todopoderoso. Operación
que requiere que esta figura idealizada esté muerta de algún modo, por ejemplo, ser un
“ex” algo.
Un ejemplo paradigmático de la figura del excombatiente es el héroe patrio, ese
estandarte que se levanta en el nombre de una nación, justamente para construir una
historia de nacionalismo. Que tal como el mártir religioso, el héroe se sacrifica siempre en
pos de algún nombre unificador, de un Dios. Tal figura alberga la esperanza del amparo,
de la tierra prometida acá o en el más allá.
En Chile ocurre algo curioso en relación a nuestro padre de la patria: Bernardo
O’Higgins, figura a la cual gustamos de acentuarle sus manchas. Que era huacho,
colorín, que caminaba como pato (dicen que tenía pie plano), que traicionó a sus aliados.
Somos un pueblo que adora “la verdadera historia”, una que nos ofrezca los pelambres
que permitan revelar las fisuras de quienes nos anteceden. Pero, así como el hijo
resentido, lejos de la libertad que podría otorgar cuestionar a los ídolos y las verdades
establecidas, inventamos a otros profetas: “Los gringos son fantásticos”, dicen unos,
“Finlandia, siempre Finlandia”, sueñan algunos, “Los pueblos originarios”, suspiran otros.
Como sea, hay una lección interesante que nos deja nuestra historia, al menos para
comprender el problema del padre, el hijo y la neurosis obsesiva.
Padre de la Patria toma para la chacota a otro héroe revolucionario,
aprovechándose de su demencia, señal de su destino: hacer siempre de la victoria un
desastre. Así comienza el capítulo “José Miguel Carrera, el bromista de Nueva York” del
libro La patria insospechada, de Rodrigo Lara. Trata sobre un incidente en que Carrera
se burla públicamente de otro patriota en tiempos que no se permitían divisiones, pues
aún quedaban luchas pendientes. Para el autor, el hecho de que muchos de los
revolucionarios de América Latina fueran jóvenes aristócratas coloniales, los hacía, como

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todo aristócrata del imperio español, demasiado malcriados para conocerse a sí mismos,
cuestión que obstaculizaría las luchas independentistas: un exceso de amor propio
provocaría zancadillas al proceso colectivo.
Por el contrario, de estos revolucionarios demasiado “hijos”, Lara repara en un dato
que quizás nos diga algo fundamental acerca del coraje necesario para convertirse en
“Padre”. Y es que tanto O’Higgins como San Martín y Bolívar fueron criados sin padre.
Justo los tres a quienes se les adjudica la paternidad en los procesos de independencia
sudamericana. Mientras que Carlos María de Alvear, el hijo legítimo del supuesto padre
de San Martín, habría tenido en la historia un rol bastante parecido al de José Miguel
Carrera, uno que lo llevaba a fracasar demasiado cerca de la victoria. Como si fuesen
solo los huérfanos los corajudos capaces de inventarse como padres.
Coincidencia o no, lo cierto es que la ruta para que una criatura obsesiva pueda ir más
allá de las cadenas de su neurosis, inevitablemente debe ir más allá del padre.
Complejidades electromagnéticas, no podría haber escogido un título más fálico que
ese para transformarlo en su libro de cabecera. Me refiero a ese libro que se suele citar
en situaciones en las que se quiere alardear, pero también ese que sirve para salir de
apuros en aquellas escenas en que uno se siente poca cosa.
Pero el libro no solo le funcionaba como ortopedia al ego siempre medio caído, sino
que también se había transformado en un fetiche para sus obsesiones; quería desentrañar
hasta el último misterio de este escrito como si fuese una especie de Biblia. Había una
ecuación que no lograba comprender, y por supuesto, como todo aquello que no
alcanzamos, esas secuencias de números se le transformaron en unas sustancias vivas
que lo interpelaban: debía saber qué decían, porque posiblemente ahí residía el último
eslabón de la verdad que le faltaba por conocer. Más por angustia que por valentía le
escribe al autor del libro pidiéndole ayuda con la ecuación en cuestión, esa que se le
escabullía y de la que al mismo tiempo esperaba que contuviera la verdad toda. El autor,
no sé si como un gesto de humillación o liberación de nuestro héroe, depende cómo se
mire, le responde con un: “La verdad es que no me acuerdo”.
Algo así como la escena en una película sobre John Lennon en la que un fan se cuela
en su cocina para decirle con admiración total que su música se había convertido en la
filosofía de su vida. Ante lo que el cantante, posiblemente horrorizado con la intrusión,
pero también con el peso de la responsabilidad que se le achacaba, responde que se trata
solo de música, de su vida, no de la de él, que no se lo tome al pie de la letra.
A veces el obsesivo tiene la suerte –aunque en su momento lo viva como una
desgracia– de que el montaje, hecho de encarnar la verdad en alguna persona o idea, se
le caiga.

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8. EL PADRE SEVERO, EL HIJO EXITOSO
Y EL ESPÍRITU SANTO

Máxima Nº 26: “Ni el sol ni la muerte pueden mirarse de hito en hito”


Reflexiones o sentencias y máximas morales
Duque de La Rochefoucauld

En el nombre del padre todopoderoso el hijo sacrifica su potencia simulando ir


tras la senda de un camino empinado. El pacto secreto es la imposibilidad de
alcanzar la meta, que si el hijo se acerca demasiado, cual sacrilegio, arriesga a
que se le quemen las alas. Pacto hecho del mayor de los amores pero que en
cuyo corazón habita a su vez el mayor de los odios. Al padre siempre se le ama y
se le odia al mismo tiempo, pero la trinidad es virtuosa y liga a padre e hijo a
través de la culpa, culpa del odio encubierto, culpa de la propia imposibilidad,
culpa que alimenta el amor y ligamento paterno-filial a muerte. ¿Qué gana el hijo?
La virtud que lo limpia del infierno que amenaza con tragarlo, infierno de los
goces primeros, del paraíso perdido de las entrañas y el abrazo lascivo de la
madre enamorada de su retoño. Mujer que ama como la gran boca de un
cocodrilo. Boca que requiere de un mondadientes que permita que esta nunca se
cierre. Por eso hay que cuidarse de los goces voraces, de la tentación de devorar
y ser devorado. No se debe amar demasiado, salvo al padre, que no tiene cuerpo,
quien no traga, solo invita a seguirlo. Es un sometimiento indigno pero seguro.
Pobre criatura llena de tentaciones que surgen de su interior y desde el exterior.
Limpiar, limpiar, limpiarse, repetirlo siete veces, el número de Dios.
Entre la pesadilla del padre y la broma de la boca de un cocodrilo que angustia,
el hijo resiste y limpia y limpia y limpia y limpia y limpia y limpia y limpia.
Amén.

Entre la pesadilla y la broma. Ese es el lugar de la criatura obsesiva. En la pesadilla de


seguir los ritos de su religión personal, a la que detesta, pero que no puede evitar para
cuidarse de la intuición de un caos que amenaza con inundarlo. Y la broma –macabra– es
que tal caos no es más que la condición humana, irreductible a cualquier limpieza
religiosa o racional. Claro que la pesadilla y la broma pueden tomar diversos nombres.

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Acá vamos con algunas de estas formaciones bestiales.
Como ya dije, hoy muchos son los padres que al preguntarles qué esperan para sus
hijos, no tardan en declarar que desean que sus cachorros sean felices, lo que quiera que
eso signifique. Es el pacto de la familia histérica: padre sonriente y seductor, e hijo
obligado a ser feliz y gozar. Un coñazo, pues no se trata tan solo de actuar feliz, sino que
de sentirlo.
Pero la respuesta del padre obsesivo, ese que tenía la primacía en la cultura hasta hace
algunas décadas, frente a la misma pregunta daba su certero veredicto: el niño debe ser
exitoso. Lo que fuera que eso signifique en el imaginario familiar. Que el niño sepa inglés,
ojalá desde muy pequeño, “es que mientras más chicos aprenden a hablar inglés más
fácil les resulta después hablarlo como nativo”, asegura el padre que no solo aspira a que
el hijo sepa otro idioma, sino que además parezca como que nació en otro país.
Estimulación temprana le llaman a ese deseo –siempre algo cursi– de tener un pequeño
genio, y la familia invierte en algo que hoy se llama “gimnasio infantil”, donde van un
grupo de padres con sus cachorros para probar que en algo pueden adelantar lo que el
libro del desarrollo propone para cada etapa, mostrarle números, aunque el niño no
entienda nada de eso, que vea los videos de “Pequeño Mozart”… En fin, cada familia
modelará en la dirección que su ego sueñe.
Pero, sin duda, este niño porta una diferencia fundamental con el chico feliz de la
posmodernidad: el éxito implica sacrificio. Sobre todo, sacrificar algo del propio deseo.
Las familias profesionales tienen muchas veces este mandato: el linaje de médicos,
abogados, panaderos, como sea, el orgullo está en continuar con el nombre familiar
estampado en la carne. El honor radica en ser capaz de resistir al deseo propio, renunciar
para cumplir el sueño de otro.
Esta configuración se repite en muchas familias y se replica a su vez en diversas
organizaciones. Un padre narciso que vende un imperio con títulos imaginarios a unos
hijos que nunca llegarán a ser emperadores. Si el narcisismo del padre de la histeria
seduce de tal modo que el hijo no pueda más que apocar a la mayoría de sus candidatos
amorosos, el narcisismo del padre del obsesivo dificulta que el hijo pueda ser el padre de
un nombre. Le dificulta ser el puntal, el creador de algo. De ahí que muchas veces en
estas familias ser exitoso signifique ser una copia –siempre un poco peor– del progenitor,
maestro, jefe, líder, es decir, el padre de turno.
Quizá lo correcto sea plantear que lo bestial en todo esto es el padre de esta criatura,
quien abusa del lugar sagrado que se le otorga. Y no pocas veces es así. Existen padres
reales o simbólicos que prometen dar su lugar, sin antes crear un lío, a varios de los hijos,
poniéndolos entonces a competir. Como se sabe, para gobernar hay que dividir.

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¿Cuántos no se han enterado de que sus padres o jefes ofrecen las mismas cosas a
varios de los hijos/compañeros para echarlos a correr contra los otros? Hijos puestos a
prueba, como caballos de carrera que pierden toda visión lateral, quedando miopes ante
el emperador que toma y come en la galería mientras ellos sudan. No ven la carne del
padre, no pueden criticarlo porque están lanzados a la lucha fraterna, perdiendo la
posibilidad de esa crítica que quizás los liberaría de la carrera o al menos les abriría la
posibilidad de cambiarse de pista.
Una historia brutal. Tres hermanos, se sospechaba de un cuarto no reconocido. No
hablo de los hermanos Karamazov, aunque de todas formas su conflicto es bastante
común en el universo de esta neurosis. Los hermanos a los que me refiero eran unos que
estaban siempre en la bisagra de una elección: quién sería el gran heredero familiar.
Todos en preparación, como si la vida comenzara solo más allá del beneplácito del padre.
Todos aguardando el momento de la coronación. Uno abandonó la carrera, el mayor,
quien, aunque llevaba el apellido del padre, era hijo solo de la madre. Ese a quien tal
ilegitimidad, tan temida por la madre en vista de posibles diferencias en la crianza de sus
hijos, fue precisamente la grieta que le facilitó huir hacia una libertad posible. Algo así
como Jon Snow, el personaje de Game of Thrones, cuya situación de hijo ilegítimo lo
relega al exilio al fin del mundo, un mundo que podría llegar a ser el principio de todo.
Nuestro Jon Snow más bien se autoexilia, se casa con una mujer de otra clase social y
cambia el rumbo vocacional.
La presión entonces se comprime en los hijos número dos y tres. Dos funciona, al
menos de día, porque de noche la angustia y la cocaína lo comienzan a hundir. Número
tres intenta e intenta seguir los pasos del padre y del hermano dos, pero fracasa
académicamente una y otra vez. El rumor a voces: número dos está loco, número tres es
incapaz.
A diferencia de los hermanos de Dostoievski, no es el hermano oculto, el no
reconocido, quien le quita la vida al padre, sino que tal odio queda encapsulado en el
propio fracaso del hermano dos y tres. Es número dos quien entonces se suicida. Queda
solo tres. Pero padre no estaba dispuesto a ceder su lugar, aunque ya no tuviera que
jugar a elegir ante la realidad de quedar con solo un sucesor posible. Es bajo un amague
de humildad simulada, que ocultaba más bien el más profundo desprecio a su heredero
único, que busca a un amigo del hijo muerto para que lo sustituya.
Hasta acá es solo el hijo ilegítimo, nuestro Jon Snow, el que logra armar una vida.
Quizás también el hijo secreto –el cuarto–, eso no lo sabemos, aunque posiblemente no,
porque ser el nombre del rechazo genera otras cosas, otras que no facilitan hacer caer al
padre.
Si bien estas bestias familiares son algo anacrónicas, existen aún. Y existen incluso en
familias donde los padres son jóvenes, pero cuya religión obsesiva los lleva a suponer

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que la adultez no se renueva de manera epocal, sino que aspiran a transformarse en sus
propios padres. Vestirse como ellos en el amplio sentido de la palabra, desde la polera
con una insignia de caballo, hasta la reproducción de las ideas de una generación previa.
Replican las esperanzas y resentimientos de sueños anteriores. Suelen repetir las
elecciones paternas: sus tradiciones políticas, la educación académica y, por cierto, la
educación sentimental.
“Lo más importante es que sepa inglés”, decía un joven padre con esa certeza
inquebrantable y obcecada con la que el obsesivo se plantea con sus pares. Sabemos que
internamente vive las dudas con esa angustia que lo empuja a sus tics y rituales bizarros,
pero públicamente esta criatura habla con la autoridad de quien conoce la Verdad.
Hablaba del imperativo insoslayable de que los hijos supieran inglés, por lo mismo, sus
hijos solo podrían ir al mismo colegio que sus padres habían escogido para él años antes.
La pregunta malintencionada que surgía en quienes presenciábamos la escena era ¿por
qué supone que repetir con sus hijos lo que hicieron con él garantiza que eso sea lo
correcto? ¿Qué sería eso tan genial que hizo en esta persona su colegio inglés?
Que el hijo se llame como el progenitor, vaya al mismo colegio o empujarlo a que se
dedique a lo mismo que el padre, pueden ser una forma de decir: tienes que ser como yo,
porque yo soy lo correcto. Algo si no desfachatado, bastante mezquino con ese hijo al
que no se le reconoce una existencia propia.
Si las instituciones se sostienen de algún modo, al menos las tradicionales, es por este
rasgo obsesivo. La histeria más bien se propone buscar la excepcionalidad en la
institución, cambiar lo que se ha hecho por años solo por tratarse de su especial persona.
Esta bestia, en cambio, mantiene la esperanza de que las reglas sean claras y se apliquen
igual para todos. Pero la condición humana no puede resumirse en la religión obsesiva, y
es por ello que tantas veces deben jugar a héroes, intentando salvar al mundo de aquellas
desviaciones inevitables que los ponen muy nerviosos.
Hay algo que precisamente los pone muy nerviosos: los sujetos que se saltan la fila.
Me refiero a aquellos que crean su propio modo, los que en el fondo desafían al padre
del corazón del obsesivo: el hermano rebelde, el intelectual que se ahorra la academia, el
compañero que no quiso ser jefe y se transformó en la competencia. Básicamente al
desobediente. Frente a este sujeto puede surgir otra bestia: el obsesivo resentido, quien
intentará de alguna forma destruir a estos díscolos.
Con justa razón, el obsesivo se resiente cuando ve que después de tanto tiempo
obedeciendo, alguien se salta los pasos del camino, llegando al goce prometido mucho
antes. ¡¿Quién no ha vivido tal resentimiento?! Mucho de esto hay hoy en ese alegato de
mi generación, la llamada X, respecto de los millennials: “¡Pendejos usurpadores!”.
Mientras nosotros esperábamos la aprobación de los maestros, estos jóvenes recién
llegados a la adultez ya tenían su primer libro. Ahí donde nosotros pedíamos reunión con

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la secretaria del subjefe, ellos le envían un mail directo al gerente general y además lo
tratan de tú. Mientras nosotros le decíamos “tío” al padre de nuestros amigos, ellos les
ofrecen ser parte de sus startups.
En el escenario político esto de saltarse la fila ha sido quizás el peor enemigo de la
llamada G90, que hizo una breve aparición para esfumarse rápidamente. Esa generación
que esperaba la herencia justa que les tocaba entre cuarenta y cincuenta años, sigue
aplastada por los “grandes” y ahora también por los “chicos”, esa generación que llegó a
la política luego del movimiento estudiantil del 2011 y que enfrenta sin ningún pudor ni
códigos de respeto especial a los mayores, esos políticos acostumbrados a descansar en
la autoridad del mayorazgo.
En resumidas cuentas, quienes siguen confiando en la configuración obsesiva del
mundo se están quedando con cuello.

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EPÍLOGO: ¿MÁS POLVO QUE PAJA?

Son tiempos difíciles para la neurosis obsesiva, si bien esta es la que durante siglos rigió
la cultura a través de un pacto que suponía un tercer lugar –Dios, la ley, el padre– que
organizaba el mundo poniendo coto al capricho. Tiempos en que lo social delegaba el
poder en algunos, que a su vez obligaban a otros a someterse, ofreciendo a cambio
protección. Se trata del patriarcado, que ofrecía un orden, no necesariamente justo, pero
un orden al cual seguir o con el cual pelear. Si este modelo se va abandonando es porque
tiene demasiados inconvenientes. La distribución de género, de la normalidad y locura,
de lo bueno y lo malo, era definido desde la violencia de las grandes categorías escritas
desde un poder central.
La novedad que trae al mundo la lógica histérica es otorgarle valor y orgullo a lo
diverso, empujando a un orden más horizontal. Esta fuerza ha teñido de colores el gris
del mundo tradicional. Afortunadamente. Pero más allá de los tonos del carnaval, la
histeria se ve complicada en el detalle de su culto a la oposición infinita, solo para develar
la impotencia del padre o de cualquier relato a costa del desacuerdo permanente y su
insatisfacción eterna.
De manera que tal desestabilización de ese lugar simbólico llamado padre, que nos
organizó durante tanto tiempo, parece hoy caer de su altar, no sin consecuencias. Si el
padre tambalea, el pacto social tradicional también, y eso genera, a lo menos, inquietud.
Cuando en un colectivo cae el líder, aparece el pánico, que a su vez rompe los lazos de
los individuos de esa masa. Algo así es lo que ocurriría en la sociedad contemporánea, la
que justamente sufre la pandemia de la angustia en su forma de ataque de pánico. Que
como dice el psicoanalista Guillermo Belaga, aparece como entidad clínica cuando cae el
Estado de Bienestar.
¿Cómo nos relacionamos ahora sin que sea la culpa clásica de la neurosis y el respeto a
la autoridad lo que nos organice? Algunos claman por el retorno de los grandes relatos
colectivos, de los padres primordiales, como zarpazos desesperados de la religión
obsesiva, que ve en sus alegatos reaccionarios la respuesta a nuestros problemas: “¡Que
vuelva el orden!”, claman. De ahí tal vez las contraofensivas conservadoras que
proponen instaurar de vuelta la autoridad a la fuerza, como hemos visto en el
resurgimiento de las figuras populistas en el mundo. Mientras, otros buscan algún profeta
que calce con una verdad ad hoc a su ego y otros prefieren gozar del apocalipsis tan
esperado, el pesimista de siempre.

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Pero que estemos en tiempos confusos no significa que no exista orden alguno. Como
planteó Michel Foucault, transitamos de una sociedad disciplinar, en que el poder era
central y localizable, a una sociedad de control. Esta última se despliega de forma
desterritorializada, en palabras de Gilles Deleuze, y no obliga, sino que define el bienestar
a través del marketing, los psicofármacos, la sexología, la salud, la moral del wellness.
Como si pasáramos del imperativo del látigo paterno a la manipulación vía sonrisa
materna. Estamos en tiempos en que el control se camufla en las cosas “por nuestro
bien”, rigiendo a través de la exaltación de la emoción más que la razón. Este nuevo
control no se agencia en nadie en particular, sino que en discursos que corren junto a
otros. Desde la ciencia, por ejemplo, que bajo la ilusión de poder controlar todo lo que
hay de muerte como condición de la vida misma –la enfermedad, la locura, la gordura, la
dependencia–, intenta completar cualquier atisbo de la fractura humana.
Desde la corrección política, que se ha vuelto un operador del sentir humano,
intentando expropiarlo de toda suciedad pulsional.
Por su parte, Silicon Valley también está trabajando para liberar de lo peor de sí al
Homo sapiens, despojándolo de toda paja (la neurosis siempre ha enredado el acceso al
“polvo”). Así como también existen unos seres que se sienten eco-buenos, que sueñan
con la playa mágica, sin realmente saber que esta se rige por la ley de la selva.
Todos son intentos de transformar a la humanidad en una superficie lisa sin pliegues ni
agujeros, como plantea Byung-Chul Han. Sin el conflicto humano, es decir, sin neurosis.
Pienso que su insignia estética es la nueva vagina, la de diseño, esa bien cerrada –libre de
todo labio asomado– y totalmente depilada, de reminiscencia infantil. Una humanidad sin
agujeros. Una humanidad Brazilian wax. Un peligroso infantilismo ético.

DEL HOMBRE CONFLICTO AL HOMBRE DÉFICIT

Son tiempos difíciles para la neurosis en general. Corren vientos que están arrasando con
el “hombre en conflicto”, el de la neurosis, quien se las bate entre sus pulsiones y las
represiones que le impone el hecho de vivir con otros y su expectativa de ser amado.
Poco se quiere saber de esta subjetividad, amenazada por otra: “el hombre en déficit”, en
palabras de Guillermo Belaga. Este último se ve despojado de su singularidad para ser
explicado por la biología o alguna teoría general que homogeniza todo malestar y asume
que la falta en ser –la fractura humana– es un déficit que hay que resolver, un vacío que
habría que llenar con algo. El conflicto pierde su dignidad para pasar a ser una anomalía
a reparar y así cumplir el sueño de la autonomía. Y claro, la angustia, los enredos

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histéricos y obsesivos, son un obstáculo para tal sueño. Porque la autonomía que
prometen los discursos actuales es una que anhela a un hombre libre del infierno de los
otros: ese es nuestro lugar de pasiones, esperanzas y dolor.
Aspirar a superar la neurosis tiene buenas razones de ser, porque duele. Mientras el
obsesivo teme autorizarse a sí mismo a la vida, la histeria no sabe cómo vivirla sin la
tragedia de la insatisfacción. Pero intentar rehuirla puede generar bestias que, lejos de ir
más allá de la neurosis, quedan más acá de esta.

¿MÁS ACÁ DE LA NEUROSIS?

Aunque el mito del paraíso fracasó en el origen, siempre se puede seguir soñando. Y así
aparecen todas sus metáforas, como por ejemplo, la fe en la bondad de la naturaleza y la
búsqueda de la verdad en el paisaje agreste. Será quizás por eso que se venden con
facilidad –incluso a precios desvergonzados– los turismos que implican pasar frío o los
barrios ecológicos que suelen estar alejados del mundo masivo alienado (y, por cierto,
también de los pobres, generalmente considerados poco ecológicos). Posiblemente para
los que realmente pasan frío, el retorno a la naturaleza suene más a un insulto que a un
paraíso prometido. Quizás tampoco sea un camino que ayude a resolver los problemas
ecológicos en serio, los que implican una complejidad a nivel global, pero tienen una
buena intención. El problema son las consecuencias del discurso llevado al extremo,
cuando desprecia el pacto del humanismo, aspirando a la vida salvaje como verdad. Con
un bombazo al presidente de Codelco nos enteramos de la existencia en una agrupación
llamada “Individualistas tendiendo a lo salvaje”, quienes ven como una aberración
cualquier política de los acuerdos, demasiado sucia a su parecer. La respuesta para ellos
es derechamente la extinción de la raza humana. Sálvese quien pueda entonces. Eso sí,
no podrían haber escogido mejor su nombre, que no solo representa a estos eco-
extremistas, sino que alude al espíritu de los tiempos.
Otro paraíso en vitrina estos días es el entusiasmo de los libertarios de la represión.
Esa moral de decir todo lo que se piensa, como si fuera una virtud lanzarle a los demás la
verborrea de cuestiones que solo a uno le interesan. O de hacer todo lo que uno siente,
como si uno sintiera cuestiones muy nobles y estables. Donald Trump es quizás la
expresión máxima de esta aspiración.
Otro paraíso soñado es el del buenismo. Esa fantasía de la transparencia, donde
podríamos coincidir del todo con nuestro discurso consciente como un perro: está feliz-
mueve la cola, se enoja-muerde, tiene hambre-come. Podríamos no esconder nada, solo

121
si no tuviéramos una complejidad interna. Eva en el paraíso nos enseñó que, aunque se
muestre todo el pellejo, hay pasiones que son ocultas. Hay contradicción bajo la piel.
Pero soñar no cuesta nada. ¿Cómo sería un mundo en el que el Dios de la neurosis
muera de una vez por todas? Supongo que lo más parecido sería algo así como las series
de televisión precristianas, Vikings o Game of Thrones, o sea, no con esa gente linda y
limpia, pero sí con esa moral en la que hay más polvo que paja, transparencia pura: si me
ofendes no quedaré una semana con insomnio rumiando con pensamientos sobre qué
decirte ni sufriré de colon irritable por guardar mis sentimientos, porque antes de
neurotizarme, simplemente te cortaré la cabeza. Sin culpa, sin asco, sin caretas, sin
represión. Así como el oso que en el documental de Herzog, Grizzly Man, no tiene
ninguna tribulación a la hora de atacar al hombre que lo ama. Naturaleza pura.
Los sujetos sin los rodeos de la neurosis han existido siempre, se llaman psicópatas,
esos a quienes no los frena la culpa ni el deseo de ser amados. Pero más allá de tal
extremo, hoy el sueño de ahorrarse el lío de estar atravesados por la necesidad de estar
con otros, se ha ido instalando como una moral cultural. Lejos de una psicopatología, se
trata quizás del nacimiento de una nueva raza humana, cuya moral alienta al cinismo, a
vivir al otro como alguien que estorba. Así como la visita de Alejandro Magno a
Diógenes, en que este último, lejos de verse intimidado por la autoridad del emperador, le
pide que se corra para que no le tape el sol.
Hoy, la terapéutica –química y cósmica– apunta a librarnos de la dependencia del otro.
La pastilla para el dolor, la flor de Bach para la ansiedad, el mindfulness para la atención
plena en uno mismo, el curso de liderazgo para manejar a otros, el taller de masturbación
para gozar solo, el libro de autoayuda para autoayudarse, prescindiendo de ese café
sufrido pero amable con el amigo que escucha.

DESEXUALIZACIÓN DEL PLACER

Un rockero, que no recuerdo cuál fue, declaró: “Drogas, sexo y rock and roll”,
subvirtiendo así el orden de los factores del lema representativo de la liberación de las
ataduras represivas de una generación. Intuía quizás que la droga se convertiría en el
paradigma contemporáneo. Me refiero a la droga en su versión onanista, que permite el
cortocircuito con el otro. Esta desexualización del placer permite ahorrarse el laberinto
que implica el goce compartido: que el otro quiere, que no quiere, que me quiere mucho,
poquito, nada…

122
De acuerdo a un estudio de la Universidad de Cambridge, publicado en un artículo de
El País, en los últimos veinte años la frecuencia sexual ha disminuido en un 40%. El
investigador de dicho estudio se pregunta si acaso esta tendencia continúa, ¿el año 2030
ya no habrían más encuentros sexuales?
La disonancia entre el entusiasmo sexual del discurso de matinal y el lamento en la
privacidad del diván resopla hace tiempo; por un lado, nos in-vestimos de pornostar en
las conversaciones de salón y, por otro, se instala con fuerza el mal de los tiempos: la
falta de deseo sexual. Es decir, hoy que se prescribe sexo, faltan las ganas.
Los preocupados temen los efectos de este fenómeno en la salud de las personas.
Porque el sexo hoy está en el terreno de la OMS, organismo que lo recomienda para el
corazón, el sistema inmune, la salud mental y algunas otras cosas. El sexo Mentholatum.
De ahí que la falta del mismo generaría algo así como una crisis sanitaria. Pero es
exactamente esta versión del sexo el problema. Si la sexualidad pasó de la censura
conservadora a ser administrado por la OMS, nada extraño es entonces que nuestras
pasiones se resistan a ser domesticadas por el sexo de farmacia. Higienismo que, por
cierto, ha ido tiñendo diversos placeres: alimentarse contando cada ingrediente, el deporte
conectado a unos números de rendimiento, la maternidad convertida en disciplina, en fin,
aparece un cansancio autoprovocado.
Pero el onanismo trae otro infierno: el exceso que, a falta de límites, se vuelve
mortífero. Lo explico con un ejemplo de Walter Benjamin acerca de la asfixia que
provoca el exceso: “Quien siempre comió con moderación nunca experimentó lo que es
una comida, nunca sufrió una comida. Así, a lo sumo se conoce el placer de comer, pero
no la voracidad, el desvío desde la llana avenida del apetito hacia la selva de la gula.
Porque en la gula se juntan ambas cosas: la desmesura del deseo y la uniformidad de
aquello con que se lo sacia. Comer desaforadamente es, ante todo, comer cualquier cosa
sin distinción”.
Un exceso suele ser erróneamente medido por su aspecto cuantitativo, pero el exceso
no es tanto cuánto engullimos, sino que cómo lo hacemos: a morir. Es el modo
compulsivo, sin respiro, el que nos hace coquetear –a veces casarnos– con la pulsión de
muerte.
La compulsión es un modo antiguo en nosotros, previo a toda norma de socialización,
es el tiempo infantil de lo que llaman la libre demanda: ¡quiero todo ahora! Los padres
van intuyendo que deben comenzar a introducir los “no”, no solamente para evitar que el
chico se transforme en un pequeño tirano, sino que también para salvarlo de ese impulso
voraz que no acepta respiros. En el fondo, a los niños se les enseña el ritmo de la cultura,
intervalos de falta –por ende, de deseo– y de goce: comer cada cuatro horas, recibir
regalos en fechas determinadas del año, etc. La humanidad en ese sentido comparte esa
cualidad de la música, la que para pasar de ruido a melodía requiere del silencio.

123
Pero esa semillita de tragón insaciable sigue habitando de algún modo en nosotros y
cada tanto nos enrostra su insolente existencia. Esa es la tensión en la neurosis, el
impulso versus el filtro de la civilización. A veces lo compulsivo se nos arranca en
privado y somos los únicos testigos de ese impulso que nos atrapa; no sin cierta
conmoción nos vemos a nosotros mismos devorados en nuestro exceso, como aquel que
bebe solo o aquel que no puede parar de comer porque no soporta que quede un resto en
la olla o algo en la caja de chocolates. Otras veces compartimos nuestras compulsiones y
hacemos el ritual de reunirnos con otros para gozar. Es el lugar que tiene la fiesta en la
cultura, momento que permite levantar las inhibiciones de la socialización. Momentos de
relajo claves para mantener la neurosis el resto del tiempo. Por eso es que es sabido que
las instituciones ultrarreguladas fracasan, de ahí que la fiesta –en alguna de sus versiones,
como algún tipo de desborde o práctica prohibida– es insustituible como lugar de
descompresión social.
Pero al mismo tiempo, la metáfora de la fiesta permanente tampoco es practicable. No
por una cuestión moral, como supone el eterno rebelde en nosotros que aspira a un
mundo sin inhibiciones, sino que por una cuestión vital. Así como le enseñamos a los
niños que hay algo mortífero en el “quiero todo ahora”, entendemos que la falta de límite
nos puede consumir. La falta de intervalos, de momentos de falta, intoxica. Como el
enamoramiento extremo, que no cede al momento tranquilo del amor, porque supone que
no se puede vivir sin el otro. Tan cierto que frente a un atisbo de falta de amor puede
caer en la locura del crimen pasional. Esta es la locura de la adicción, esa certeza de que
con ese objeto puedo colmarme.
Y bueno, tras todo esto está el regulador de la culpa, ese dolor moral de la neurosis
que acompaña el dolor de cabeza. Y que intenta expiar los excesos con las dietas y
desintoxicaciones post, con la meditación o sobrecompensando con trabajo. Pero que, en
el fondo, antes que una culpa cristiana, se trata por sobre todo de vaciarse de compulsión
–esa pasión mortal por engullir– y volver a tener espacio para desear. Vaciarnos para
poder activar el motor de nuevas búsquedas; volver a respirar y vivir. Como cuando nos
libramos de una adicción o de un amor tóxico y decimos “me saqué un peso de encima”.
Volvamos a la voracidad de Benjamin. Respecto de cuando fue arrasado por la
compulsión de comer higos, dice: “Fue ante una decisión sumamente difícil. Tenía una
carta que podía despachar o destruir”. Decisión que evita, intentando ahorrársela
hundiendo todo su ser en la devoración de unos higos infames que prometían un goce a
morir, uno que garantizaba un nada más allá de ellos, ni decisiones difíciles, ni riesgos, ni
desventuras: como el entusiasmo del rockero con la desexualización de la vida. Y acá
entendamos sexo no como la actividad genital, la que, por cierto, también puede ser
compulsiva, solitaria, trivial e higiénica como tomarse una aspirina (como lo concibe la
OMS), sino que como una metáfora del interés hacia otros. La sexualidad humana es
impulsada por Eros cuando implica la búsqueda del lazo, por eso mismo –porque pasa

124
por el otro–, inevitablemente no es sin el rasgo de la neurosis: eso que hace que nos
enredemos en el deseo del otro. ¿Qué quiere el otro de mí? Pero más allá de ese detallito
–el del enredo con el otro– hay que decir que no hay mejor límite a nuestros goces
oscuros y excesivos, que esa dependencia hacia los demás que nos obliga a cierta
humildad y a versiones menos egoístas de nosotros mismos.
La pasión humana –ardor y tragedia– queda bien reflejada en la fábula de
Schopenhauer del puerco espín con frío. Este animal, al intentar buscar calor con los de
su especie, no puede sino salir herido. Tal como las relaciones humanas: el lazo siempre
tiene un costo, la mano que acaricia también aprieta, y así el desafío de la vida es buscar
la justa distancia para abrigarse sin hacerse daño.
La sociedad de control, bajo diversos mecanismos y discursos, intenta encontrar esta
justa medida que hoy tiende a balancearse hacia el lado de abrigarse solo y así ahorrase
el riesgo a “pincharse” con los de la propia especie.

LA DEPILACIÓN BRASILEÑA DEL ALMA

Rafael Gumucio, en su libro Contra la inocencia, desarrolla una serie de ensayos acerca
de las aspiraciones a la conversión humana en una superficie pura y sin grietas. Escribe
sobre cómo la belleza, la transparencia, el orgullo y la inocencia pueden ser usados
discursivamente para resumir la vida humana en una superficie lisa, aspirando a la
desnudez deserotizada, sin tensión, del paraíso mítico que tiene como efecto anular lo
pulsional y reducir todo deseo al campo animal de la necesidad, empujándonos a una
humanidad sin doblez. “[…] el sueño de un gobierno absolutamente transparente olvida
que la piel no lo es y que el cerebro es el menos transparente de nuestros órganos. Que
tampoco es transparente el lenguaje y que finalmente lo único que podemos ver en
oficinas de grandes vidrios no son más que gestos, mímicas sin palabras que pueden,
mejor que cualquier otro secreto, engañarnos. […] la transparencia es lo contrario de la
desnudez, una excita a Tánatos, la otra a Eros”.
El ideal de transparencia puede funcionar como máscara a toda fractura moral y
libidinal, es decir, antes que revelar una verdad, impone una forma de existir –vacua de
humanidad, colmada de vanidad–, trabajando entonces en contra del otro, por eso con
Tánatos.
Otro lugar donde buscar hoy la ilusión de pureza de lo humano es en ese otro paraíso
fantaseado: la infancia. Uno de los golpes a la humanidad que da Freud, junto con el
descubrimiento de lo inconsciente que pone en jaque al racionalismo y voluntarismo, es

125
la sexualidad infantil. Por un lado, reconoce el deseo infantil –cuestión central para
prevenir abusos sexuales– y, por otro, describe las emociones de los niños como unas
bastante distantes de la imagen angelical que la cultura les atribuye.
Pero ha reaparecido un discurso de rostro progresista (todo lo que se viste de
esencialismo verde parece progresismo, mas es solo una fachada), pero de argumentos
conservadores respecto a la infancia. Higienizando este lugar como si fuese el paraíso
mítico que, por cierto, nunca existió. “Los niños vienen al mundo libres de malos
sentimientos, evitemos que se ensucien con el mundo que hemos creado los adultos”
(publicado por una asociación de psicología en las redes sociales). Frase que parece para
el bronce, pero que se trata de un peligroso sofisma. Supone que los niños están limpios
de afectos indeseados: envidia, celos, competencia, agresión. ¿Qué habría que hacer
entonces con los niños? ¿Evitar que entren al mundo adulto? ¿Criarlos separados del
resto? Este tipo de afirmaciones se orientan a la desconfianza en nuestro pacto social,
intentando reducir el bien solo a nuestro pequeño corral, a nuestro linaje. Acentuando
nada más que la fragmentación social que nos deja tan solos.
Lo cierto es que en los niños también habitan pulsiones que los empujan a veces al
exceso, a veces a la crueldad. Sabemos, por ejemplo, de la necesidad de intervenir en el
matonaje escolar porque los chicos no se regulan solos por mucho tiempo. En este
sentido, los adultos tenemos el deber de orientarlos a la civilidad, para que logren
convivir con sus pares y, a su vez, ayudarlos a vaciarse de los impulsos que los exceden;
los padres estamos a cargo de ayudarlos a pasar sus pulsiones crudas por la cocina
cultural, en tiempos en que los chicos aún no pueden entrar solos a la cocina.

EL MAL MENOR

Todas estas ficciones de la salida de la neurosis, o sea, del afán por ahorrase el embrollo
de la alienación que implica estar en la cultura, portan un equívoco: suponen que tras una
liberación aparecerán unos deseos buenos y verdaderos. Pero el deseo no es un
contenido esencial que habite estático en nosotros y haya que encontrarlo. Es más bien
un motor que empuja a la vida y que se enciende solo a condición de que el ser humano
tenga la experiencia del vacío.
Si el vacío es tomado como un déficit, pues entonces buscamos llenarnos de objetos,
ideas, amores obsesivos, fármacos, que bloquean esa tensión llamada Eros. La tensión
que nos seduce a vivir en la búsqueda de otros: otros seres, otras ideas, la alteridad más
allá de nosotros mismos. No sin conflictos, claro.

126
A la depresión, Lacan la llamó cobardía moral, porque quien la padece, en el fondo,
huye de esa cancha del interés por los otros y por el mundo que siempre es engorroso y
riesgoso. Pero en esa huida se topa con algo peor: la desidia. Ese apagón feroz del deseo.
Así, al ahorrarnos el límite y el dolor que implica la vida humana en comunidad, lejos de
ir a un paraíso prometido, nos acercamos a Tánatos, ya sea en su versión exceso o en su
versión desidia, dos cuestiones que nos dejan paralizados, fijados en el borde de una
muerte.
Los más acá de la neurosis crean otras bestias, como la de la violencia de los que
prefieren cortar la cabeza –literal o simbólicamente– ante el agravio; los que se casan con
la pasión única de las adicciones; o los que prefieren perder por walkover en la cobardía
depresiva. Todos aquellos que, como Benjamin, se ahorran la deliberación dolorosa de
hacer algo con la carta que tienen en el bolsillo, quedando librados a los impulsos sin
control. No por nada Freud planteó que la neurosis es un mal menor. De ahí el elogio al
“hombre del conflicto”.
Cada uno puede inventar su propia playa mágica y soñar con reencontrarse con el
paraíso perdido más allá de toda neurosis. Pero siempre hay que ir al baño y encontrarse
con los propios desechos y, claro, decidir qué hacer con ellos: ocultarlos en la arena,
aunque lo vaya a pisar otro, aguantarse lo que más se pueda para creer que uno es un
sujeto aséptico o hacer una alcantarilla con los vecinos y compartir la idea de que todos
llevamos un poco de mierda dentro.

MÁS ALLÁ: UNA CHISPA DE DESEO.


GUIONES INÉDITOS

“No hay peor lujuria que pensar.


Es pura lascivia que se propaga cual hierbajo anemófilo
por los jardines reservados a las margaritas.

Nada hay sagrado para quienes piensan.


Con descaro llaman a las cosas por su nombre,
elaboran análisis disipados y síntesis concupiscentes,
se entregan a la salvaje y libertina persecución de la verdad desnuda,
al toqueteo libidinoso de temas delicados,
al roce de opiniones. Y se quedan tan anchos”

Unas palabras sobre la pornografía

127
Wislawa Szymborska

La pregunta puñal de Freud fue: “¿Qué tiene que ver usted con el mal del cual se
queja?”. Puñalada al neurótico quejumbroso que rehúye de su responsabilidad elevando
a otro a un Todo, a quien por amor u odio –da lo mismo, ya que son cuestiones que se
topan en la curva– se le atribuye la responsabilidad del propio destino.
¿Qué tenemos que ver con el malestar que nos aqueja?
Si se tiene coraje –que no es lo mismo que ser heroico– esta pregunta puede
interpelarnos por el lugar opaco de nuestros deseos y refugios. Coraje y no heroísmo,
porque este último juega del lado del ego. Como la admiración de un joven, del lado
obsesivo de la neurosis, por los alpinistas que subían el Everest. Imaginaba el triunfo
como llegar a la cima, ese sacrificio y riesgo físico para alcanzar el placer del logro. En su
vida personal, por otra parte, debía elegir entre seguir un matrimonio muerto o relanzarse
a las corridas de la soltería; así como Benjamin, dejaba la carta en el bolsillo. El coraje
real no era subir al Everest, tampoco suponer que su lucha era con lo que llamaba las
presiones sociales –ese Otro que supuestamente era su prisión– sino que más bien
reconocer que era él mismo quien buscaba garrote para no asumir el costo de un deseo
decidido. Cualquier decisión que tomara implicaba el vértigo del desamparo; quedarse o
irse de su vida hasta ese punto, lejos de garantizar una decisión correcta –nunca se sabe a
lo que una elección llevará– lo ubicaría a él y solo a él como responsable de su destino.
Esto es lo que hace la neurosis: deja la carta en el bolsillo, buscando que alguien o algo
nos indique o nos obligue a hacer algo con ella. O sencillamente hacer como que no
existe.
El coraje del momento del deseo decidido, que no es la ficción de la “decisión
correcta”, sino más bien el instante del ateísmo radical en que no hay Otro, Dios, ley o
saber que venga al rescate –ni como mapa, ni como garrote–, es el momento en que un
movimiento abre otro capítulo en la existencia.
Es este momento, el del acto sin garantías, el que la sociedad de control intenta borrar
a través de la regulación de la vida, con protocolos y guías de autoayuda que nos indican
cómo vivir. Intentando reducir toda tensión, pero por más que la palabra “neuróticos”
hoy se pueda escribir con una arroba (neurótic@s), sigue habitando en ella el “hombre en
conflicto”.
Hay deseos para los cuales no hay manuales ni expertos, sino que debemos ser
nosotros quien deliberemos.
Tal momento en la vida de una persona o de un pueblo existe así como una chispa de
deseo, que antes de asegurarse hacia dónde va, opera como movimiento que habilita otro

128
comienzo.
Como la protagonista del cuento Amor, de Clarice Lispector, en que la vía por la que
una dueña de casa sostiene su mundo cambia de carril tras el encuentro contingente con
un ciego en un autobús. Al volver a su hogar, este ya no era más tal: “Había atravesado
el amor y su infierno; ahora peinábase delante del espejo, por un momento sin ningún
mundo en el corazón. Antes de acostarse, como si apagara una vela, sopló la pequeña
llama del día”.
La chispa de deseo nada tiene que ver con la búsqueda de nuevas emociones, ni con
una conexión con la naturaleza ni con identificaciones a divergencias o rebeldías respecto
de la norma. Es decir, podría ocurrir en tales instancias como también en la casa o en la
oficina, pero no hay garantía de ello. Esta experiencia no se puede comprar ni buscar
activamente. Pero sí implica una disposición de la subjetividad, más cercana al “hombre
del conflicto”, que al que aspira a cubrir sus déficits.
Se requiere apagar el interruptor, no necesariamente el de la luz que supone quien se
escapa de la ciudad para encontrarse, sino que de aquel que activa sin cesar la circulación
de saberes y objetos hechos para cubrir nuestros vacíos. Tal experiencia de liberación no
es sin el claroscuro de la existencia: “Debiéramos volver a concebir la libertad como una
negociación con lo que nos ata, una travesía por nuestra patología más turbia”, como
diría Ignacio Castro Rey.
La chispa de deseo requiere de una apertura a ir más allá de los propios guiones.
Apertura hacia la extravagancia que implica un cierto momento de vagabundear sin
clausurarse en una identidad. Que hoy se valore el rótulo de locura, de disidencia o
rareza, no significa que se valore la extravagancia: “Preferimos la locura que la
extravagancia que susurra”, decía Natalia Ginzburg a propósito del “país” interior de
Emily Dickinson. Un país íntimo de “indumentaria provinciana” en el cual
probablemente nadie repararía, pero que seguramente si se pasara por el lado de la
escritora, se podría sentir una sensación espeluznante, dada la posición estrafalaria de
esta: “una afirmación de soledad voluntaria, inexorable y trágica”.
Vestirse con los trajes de la divergencia no garantiza la apertura a ese otro lugar en
nosotros. Antes que el traje, antes de lo que decimos o gritamos, está la sintaxis. Ahí está
todo, en cómo juntamos las palabras, como diría Matías Rivas.
Aunque estemos alienados inevitablemente en las palabras y en los deseos de otros, es
precisamente la sintaxis el movimiento de separación respecto de los demás: aunque
compartimos el mismo lenguaje, cada uno lo habita de manera singular. De ahí que no
sea necesario tomar las maletas hacia algún lugar recóndito para encontrar a nuestro sí
mismo perdido, está ahí, en la punta de la lengua.

129
Žižek toma una distinción de Kierkegaard acerca de la humanidad en la que la que
divide entre policías, sirvientas y limpiadores de chimenea. Policías y sirvientas
representan los lugares de las oposiciones: de poder, de género, etc. Pero el limpiador de
chimenea es ese que entra a limpiar el agujero de cada casa, el que cuestiona tales
oposiciones. ¿Es tan cierto que haya una dicotomía entre heteronormatividad y
diversidad sexual, cuando ambos lugares se cristalizan en identidades? ¿O más bien está
entre las verdades congeladas y la extravagancia del deseo? ¿Es tan cierta la oposición
entre capitalismo global y fundamentalismo, o este último es consecuencia del primero?,
se pregunta Žižek.
El lugar del limpiador de chimeneas es el tercer elemento que agujerea las verdades y
da movimiento al pensamiento. Podríamos decir que si la filosofía es algo, es este lugar
antes que un saber solidificado; es una fuerza que interroga lo que hay, aquello que
descentra.
El lugar del psicoanálisis es también el del limpiador de chimeneas, no tanto porque
quiera husmear en la intimidad como a veces se piensa, sino porque empuja la mugre
requerida para generar el vacío necesario para que corra el aire, para que un deseo
inédito pueda aparecer. Uno más allá de los guiones que repiten el circuito –tantas veces
infernal– en la neurosis. Aire necesario para que tales guiones queden en estado de
excepción: ahí donde vendría la queja de siempre, el latigazo de siempre, la insatisfacción
que nunca se colma, la impotencia que nunca se cura, a veces, solo a veces, aparece un
aire nuevo. Ahí donde se espera un beso, un llanto, una risa o una riña, a veces aparece
un silencio que da vuelta la escena.
Cuando un guion se suspende, por supuesto que puede aparecer el vértigo del
desamparo, el paréntesis de las razones conocidas y de la identidad. Porque el instante
del nombre propio tiene el peso del ateísmo radical: cae la ficción del hijo que se alberga
en el padre. Pero tal como el momento de la filosofía o del psicoanálisis en su momento
de deshollinador es una ráfaga que toca lo establecido para que se mueva un engranaje.
Luego pasa y descansamos en la maquinaria de la neurosis otra vez, pero quizás de un
modo menos sufriente, menos atado a convicciones que torturan pero que albergan la
propia cobardía.
Si algo hay más allá de la neurosis es el silbido de un deseo nuevo, que lejos de un
contenido momificado que suplante a las viejas convicciones, agujerea para que algo se
mueva. Ese vacío es el que se convierte en causa de otros deseos. Y tal vacío implica
primero separarse de sí mismo, de las ideas cerradas, de las identidades, de los goces
solitarios. El amor, el amor al saber, el amor al otro, es el deshollinador, aquello que nos
saca de la fascinación –tantas veces dolorosa– de nuestras repeticiones.
Más allá de la neurosis hay entonces el pacto con otros, pero soportando la tentación
de las mayúsculas. Así, el padecimiento se hace más soportable, siempre y cuando

130
reconozcamos que algo tenemos que ver con lo que nos pasa.
De los dramas que habitamos, la sintaxis siempre corre por nuestra cuenta.

131
1
La columna completa en www.theclinic.cl.
2
“La caleta de los ex niños SENAME”, Revista Paula, 5 de octubre de 2016.

132
Índice
Créditos 3
Índice 5
LOLLY POP O EL DISEÑO DE LA PROPIA CATÁSTROFE 8
PRELUDIO: NO SOY YO, ERES TÚ 14
I. MONTAJES HISTÉRICOS: INSATISFECHOS PERO ÚNICOS 21
1. LA MANZANA O EL PARAÍSO 22
2. UNA BESTIA NO IMPUTABLE: EL ENFERMO EXPLOTADOR 28
3. #QUIEROSERRARO 33
4. NO TODOS Y TODAS: CUANDO LA DIVERSIDAD ES SIMULACRO 42
5. EL IZQUIERDISTA ESTÉTICO 50
6. EL PETIT LOCO O LA LOCURA AUTOGESTIONADA 59
7. TEORÍAS DE LA CONSPIRACIÓN: EL ENCANTO DEL FIN DE
65
MUNDO
8. UN PADRE NARCISO, UN HIJO A POTO PELADO Y UN ESPÍRITU NO
69
TAN SANTO
II. MONTAJES OBSESIVOS: GUERREROS DE LO IMPOSIBLE 75
1. EL BOMBERO FÚTIL. EL BOMBERO FÚTIL. EL BOMBERO FÚTIL 76
2. EL CRIMINAL INVOLUNTARIO: EL PLAGIO Y LA ESTAFA OBSESIVA 83
3. A UN CENTÍMETRO DE LA GLORIA: LOS QUE FRACASAN CUANDO
88
TRIUNFAN
4. ¿CÓMO SER BUENO TRAS EL PECADO ORIGINAL? 93
5. SANZÓN A LA PELUQUERÍA 98
6. EL CONSERVADOR SUCIO 103
7. EL RESPETO AL EXCOMBATIENTE 108
8. EL PADRE SEVERO, EL HIJO EXITOSO Y EL ESPÍRITU SANTO 114
EPÍLOGO: ¿MÁS POLVO QUE PAJA? 119

133