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Aunque me cueste la vida

Las constelaciones familiares


en casos de enfermedades crónicas
y síntomas persistentes

Stephan Hausner

Prólogo de Joan Garriga

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Título original: Auch wenn es mich das Leben kostet!, 3ª edición revisada,
originalmente publicado en alemán, en 2014, por Carl-Auer-Systeme
Verlag und Verlagsbuchhandlung GmbH, Heidelberg (Alemania)

Primera edición en esta colección: septiembre de 2017

© Stephan Hausner, 2014


© de la traducción, Rosa María Dorotea Steudel, 2017
© del prólogo, Gunthard Weber, 2008
© del prólogo a la edición castellana, Joan Garriga, 2017
© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2017

Plataforma Editorial
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Tel.: (+34) 93 494 79 99 – Fax: (+34) 93 419 23 14
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ISBN: 978-84-17002-86-2

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diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).

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Dedicado con amor y agradecimiento a mi esposa Birgit, quien mediante una
mayor dedicación al hogar y a los hijos me posibilitó el retiro social necesario para
crear este libro.

También nuestros maravillosos hijos Simon, Janika, Sophia, Joanna, Leonie y


Gabriel perdieron por ello muchos momentos que podrían haber compartido con su
padre y con su familia. Sé que ellos sabrán comprenderlo.

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Índice

Prólogo a la edición castellana


Prólogo
Comentario preliminar

1. Introducción
1.1. Introducción abreviada a los fundamentos de las constelaciones familiares
1.1.1. La familia como comunidad de destino
1.1.2. Forma de proceder
1.2. La constelación de la enfermedad y del síntoma
1.3. La constelación del órgano enfermo
1.4. Contexto laboral y pensamientos guía
1.4.1. El marco y la actitud
1.4.2. Los pensamientos guía
1.4.2.1. El sí a la vida y el no
1.4.2.2. Mejor enfermo que solo: el amor primario del hijo
1.4.2.3. Como es adentro es afuera: la correspondencia de la sintomatología
1.4.3. Exclusión, asentimiento y sintonía
2. Relato de casos, informes posteriores y comentarios
2.1. Enfermedad y conducta vincular de los hijos
2.1.1. Enfermedad y pérdida del vínculo del hijo por separación temprana de la
madre
2.1.2. Enfermedad y pérdida del vínculo del hijo por enfermedad de uno de los
progenitores

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2.1.3. Enfermedad y pérdida del vínculo del hijo por la muerte del padre o de la
madre
2.1.4. Enfermedad e inseguridad en el vínculo del hijo debido a un trauma
2.1.5. Enfermedad y acercamiento interrumpido
2.1.6. Enfermedad e inseguridad en el vínculo del hijo por disponibilidad
emocional limitada de los padres
2.1.7. Enfermedad e inseguridad vincular del hijo por implicaciones familiares
2.2. Enfermedad y la identificación con parejas anteriores de los padres
2.3. Enfermedad y el destino de los abuelos
2.4. Enfermedad y la exclusión de personas de la familia actual
2.4.1. Hijos excluidos y no aceptados
2.4.2. Relación de pareja, enfermedad y sintomatología
2.4.3. Enfermedad y relación incestuosa
2.5. Enfermedad y la necesidad de compensación y expiación
2.5.1. Enfermedad y culpa por sobrevivir
2.5.2. Culpa y expiación por conductas propias
2.5.3. Enfermedad y culpa y expiación adoptadas
2.5.4. Enfermedad y la identificación con víctimas
2.5.5. Enfermedad y la identificación con perpetradores
2.6. Enfermedad y el encubrimiento de acontecimientos sistémicos relevantes
2.7. Miscelánea
2.7.1. Maldición y bendición
2.7.2. Cuando los muertos se adhieren
2.7.3. De cara a la despedida y la muerte
2.7.4. Donación de órganos y trasplantes
2.7.5. Enfermedades hereditarias
2.7.6. Iatrogenias e impericia médica
2.7.7. Consideraciones: ¿aparición de síntomas por constelaciones?
3. Observación final
4. Horizonte

Bibliografía

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Prólogo
a la edición castellana

Enigmático título, el de este libro: Aunque me cueste la vida. Significa que el amor que
circula en las familias y en nuestros vínculos, en algunas de sus expresiones ciegas y
sacrificiales, puede costarnos la vida o la salud, o parte de ella. Pues de qué manera tan
grande, extrema, tiránica y vehemente nos gobiernan el corazón y sus conflictos.
Un título enigmático, y también arrollador: no se anda con zarandajas. No hace
concesión alguna ante debilidades, ni suavizantes existenciales, ni manejos mentales o
ideológicos a los que solemos sumarnos con ilusión para no tener que enfrentar la ardua
tarea de poner orden en nuestros amores y desamores, afectos y fobias, alegrías y
bendiciones o en nuestros íntimos tormentos, sombras, traumas, faltas, desasosiegos y
heridas. Por eso, una vez que lo encaramos, aquello que nos puede costar la vida también
puede ser superado de manera tal que quizás nos regale vida. Lo que es grieta y tormenta
también promete luz y aliento, de modo que este libro contiene importantes enseñanzas
sobre el dolor y el crecer, proporcionándonos claves para afrontar los mayores desafíos
que nos puede exigir la vida, avizorando un poco de luz y mucho mucho oxígeno en tal
travesía: la de perder y recuperar la salud.
La hondura, la grandeza, la esencialidad, la impetuosidad de nuestros afectos y
vínculos es mucho más significativa de lo que nuestras ideas nos permiten creer. Nada
nuevo bajo el sol: Freud ya era consciente de cómo a veces el trasfondo invisible de
estos vínculos y afectos «nos cuestan la vida» o bien –suavizándolo un poco– nos
enferman –con suerte, no tan gravemente– o, en el mejor de los casos, siendo optimistas
–y, por qué no, realistas, pues tal potencial existe–, nos sanan.
El presente libro se enmarca en el contexto del trabajo de las constelaciones
familiares: una metodología práctica que, usada por manos expertas y libres de

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prejuicios, abre las puertas al magma invisible e inconsciente de nuestros vínculos y de
nuestra historia familiar, con sus tramas y complicaciones. Hablo de un método que tiene
la facultad de cuestionar profundamente nuestras ideas acerca de las cosas, nuestras
explicaciones y narrativas sobre el «destino» (a menudo interesadas, dirigidas por el yo
personal, y que no dejan de atraparnos en nuestros problemas), y que nos lleva a
adentrarnos en las corrientes subterráneas de nuestra realidad familiar, donde se revela
aquello que, secretamente, nos mueve y nos dirige, y que siempre parece inspirado y
auspiciado por el amor, con sus anhelos, temores y heridas. De tal modo que este trabajo
es capaz de ofrecernos una oportunidad para «ver y escuchar» la música oculta de
nuestro corazón y de nuestras relaciones, generando la posibilidad de danzar «otros
bailes» en nuestra vida. Bailes que, con suerte, podrán conducirnos a la salud, el
colmado respeto por la vida y la plena energía.
En otro sentido, las constelaciones son mucho más que una metodología. Su trasfondo
teórico y filosófico se sustenta en una praxis que evidencia ideas tan sencillas como
contundentes: que la aceptación nos lleva más lejos que el rechazo, que la sintonía (una
suerte de asentimiento maduro), por ejemplo, con nuestros padres (incluyendo los
hechos difíciles que nos pudieron tocar junto a ellos), nos promete más salud que
nuestras protecciones contra ellos, que el asentimiento y la afinidad con la vida tal como
se ha manifestado y se manifiesta a cada momento nos hace más libres que el intentar
oponernos a ella. Se trata, como expresa el libro, de desarrollar la afirmación de la
existencia, el «sí» que nos fortalece y libera frente al «no» que nos encadena y enferma.
Se trata, también, de desarrollar una gramática humana copulativa en lugar de
disyuntiva, que practique la inclusión en lugar de la exclusión, que abra el corazón a
todo aquello que es y ha sido, y a todos aquellos que formaron y forman parte del tejido
de nuestra familia. Parece que estamos mejor apoyados en nuestra vida, y con mayor
salud, cuando practicamos más el amor que une y reconcilia y menos el rechazo que
meramente protege identidades heridas de nuestro interior. Parece que nos sentimos más
firmes y enteros cuando integramos el pasado en lugar de negarlo o esconderlo, o de
reaccionar inconscientemente a él, ofreciéndole nuestro sufrimiento actual o nuestra
enfermedad. Resulta triste que, como reflejan estas páginas, algunas enfermedades
conciernan a sufrimientos existenciales del pasado: con los padres, con asuntos no
resueltos de los abuelos, con temas de pareja y separaciones, con abortos no integrados,
con violencias y culpas, etcétera. ¿Qué ayuda ante tales situaciones? Iluminar nuestras

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sombras, entendiendo y deshaciendo nuestras implicaciones sistémicas y familiares, y
ocupando el lugar que nos corresponde, que nos toca (como padres, como hijos, como
parejas, como hermanos, etcétera) y no otro. Ayuda, también, entrar en alianza con la
completud de nuestra alma familiar, que anhela que todos los que forman parte tengan
un buen lugar en ella.
Aunque me cueste la vida enseña que lo primordial en el trayecto de la vida son los
vínculos y que la familia es una suerte de comunidad de destino en la que se cuece lo
más relevante, y nos ata de maneras tan finas, sutiles e invisibles que afectan a nuestro
cuerpo y nuestra salud sin que nos demos cuenta. Leer el presente libro es asombrarse
ante este misterio tan sinuoso, y al mismo tiempo sentir la obviedad del asunto. Lo
inexplicable parece salir a la luz. El cuerpo, ¡qué inefable inteligencia, qué gran servidor,
qué regulador tan sabio!, vive en los vínculos; el cuerpo vive y aprende en esta
comunidad de destino, el cuerpo sigue al alma familiar, el cuerpo gestiona los
movimientos de amor y de vinculación, y lo fisiológico somático es indistinguible de lo
relacional. El cuerpo bucea en las relaciones. Y los casos que Stephan nos regala son,
todos y cada uno, magníficas mutaciones desde el cuerpo como albergue y carga del
síntoma, hasta el cuerpo como danza de vida. Son un trayecto desde las lealtades
invisibles hacia el reto de realizar el propio potencial.
Aunque me cueste la vida es el mejor trabajo que conozco sobre vínculos, amor,
emociones, cuerpo, salud y enfermedad desde el contexto de las constelaciones. Plasma
de la manera más experimentada y precisa posible la aplicación de este enfoque en
asuntos de enfermedad, a veces graves, otras crónicas, pero siempre cruciales. Tiene,
además, un gran valor testimonial, pues relata de manera minuciosa y honesta los
procesos vividos durante la constelación, así como los movimientos y resultados que se
generaron en muchos casos. Destila una sensibilidad y sutileza fuera de lo común.
Atesora una casuística rica y variada, y concreta cuáles son las dinámicas que sostienen
la enfermedad y cuáles los movimientos de comprensión, emoción, confrontación,
reestructuración, asentimiento, inclusión, etcétera, que operan como vehículos de
autosanación.
Se aleja (en mi opinión, muy afortunadamente) de los abundantes y penosamente
exitosos diccionarios que hacen lecturas simplistas y muy literales acerca del significado
de cada enfermedad. Es humilde y prudente: encontrar el camino de la salud es una
filigrana única para cada persona. No hay invención ni resorte conceptual que domine,

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sino un dejarse impactar por la propia constelación, que va revelando lo esencial para
cada persona y cada proceso único. Hay experiencia y aprendizaje fresco con cada nueva
constelación, y con cada persona. Si es cierto que hay dinámicas que se repiten en
algunas enfermedades, no es suficiente para hacer generalizaciones extremas. Tal vez ni
siquiera sea deseable. Los que hurgan en los diccionarios sobre el sentido de la
enfermedad ¿no estarán buscando caminos fáciles para el consuelo de la mente pero con
escaso potencial para la verdadera sanación?, ¿no intentan mantenerse infantiles?, ¿no
será que siguen evitando hacer luz sobre asuntos clave?, ¿de qué sirve leer que cierta
enfermedad, por ejemplo, se debe a un exceso de rabia acumulada, sea o no cierto, si
luego uno no sabe bien qué hacer con ello? Siempre es más fácil saber o «creer saber»
que saber hacer o saber qué hacer y estimular procesos útiles. Siempre es más fácil
atesorar explicaciones que generar soluciones. ¿No será que a demasiadas personas nos
seducen y consuelan los porqués, aunque no nos lleven a ninguna parte? Conllevan
menos riesgo. Ninguna explicación y teoría –por mucho poder que parezca conceder al
terapeuta– puede equipararse al arremangarse la camisa, ponerse en faena y acompañar
arduos procesos emocionales en los que nuestra alma tiembla. Como decía, este es un
libro humilde y perspicaz, no arrogante y ciego, defectos ambos que suelen ir aparejados
y que no escasean en el mundo de las terapias.
Aunque me cueste la vida, título de tintes trágicos, muestra en realidad no solo el
camino hacia la salud, sino la cara luminosa de la vida como regalo que cuidamos por
buen amor –el que nos lleva a ser plenamente quienes somos– a nuestros padres y a los
que fueron y son providenciales en nuestro viaje. Por ello, su lectura ha de importar a
pacientes ávidos de caminos de cura, pero también a terapeutas que quieran seguir
aprendiendo acerca de salud y de los nudos de nuestros entramados afectivos.
Stephan Hausner es seguramente la persona más experimentada del mundo en el
trabajo de constelaciones en el ámbito de la salud y la enfermedad desde la perspectiva
sistémica. Se pasea por todo el planeta ofreciendo seminarios en los que trabaja
acompañando a personas que encaran una enfermedad, estimula procesos de sanación,
enseña, contiene… Con los años ha ido desarrollando una presencia, finura y
sensibilidad fuera de lo común, que recuerda a ratos a la de un maestro zen que cultivara
a la vez la plena atención hacia sí, hacia el paciente y hacia la relación entre ambos.
Junto a todo ello, es notable su sencillez y cercanía.

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Cuando en el año 1999 nos tocó introducir el trabajo de constelaciones en el Institut
Gestalt de Barcelona, acudió su creador, Bert Hellinger. La primera actividad de
Hellinger, previa al taller, fue dictar una conferencia en el Colegio de Psicólogos de
Catalunya titulada, precisamente, «Del cielo que lleva a la enfermedad y de la tierra que
sana», donde expuso las principales dinámicas que en nuestros vínculos conducen a la
enfermedad y a la salud. Sin embargo, inmediatamente después de la visita de Hellinger,
invitamos a Stephan Hausner, que desde entonces nos honra con su presencia anual en
Barcelona y, una y otra vez, es manantial de enseñanzas y desarrollos sorprendentes
sobre salud sistémica. Huelga decir que, desde el principio, ha sido y es un amigo
entrañable, de esos a los que se espera, cada año, con la alegría de quien recibe a un
invitado especial. Ahora, quizás, Stephan también tenga un lugar como un invitado
especial en tu biblioteca y, por lo tanto, en tu casa, y en tu vida…
JOAN GARRIGA,
socio fundador del Institut Gestalt,
enero de 2017

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Prólogo

La constelación de sistemas sociales se ha afianzado durante la década de 1990 como


método de asesoramiento y terapia en muchos ámbitos, como, por ejemplo, en
organizaciones pedagógicas, cárceles o en el asesoramiento de organizaciones y de la
política, en numerosos países, y continúa expandiéndos e constantemente. Aunque
mientras que este enfoque se ha usado también en clínicas psicosomáticas, en el ámbito
somático-médico y psiquiátrico directo es poco reconocido, y, mucho menos, aplicado.
En estos campos, las constelaciones familiares son consideradas en todo caso uno de los
métodos de la medicina alternativa, junto con la homeopatía, la medicina tradicional
china y la acupuntura, y dentro de los tratamientos de curación alternativos el personal
médico las atribuye más bien a métodos marginales, exóticos o incluso esotéricos.
Mientras el modelo de enfermedad médico-biológico se base en la previsión médica
financiada por los seguros médicos y mientras la condición previa para hacerse cargo de
los costes derivados sigan siendo los estudios científicos controlados y basados en la
evidencia sobre la efectividad de un tratamiento terapéutico, no se producirán grandes
cambios. Por ese motivo, probablemente las constelaciones familiares con enfermos se
mantendrán durante un tiempo en el ámbito de las consultas de los psicoterapeutas y de
los naturópatas,1 y serán aplicadas solo cuando las medidas de la medicina convencional
no hayan aliviado las molestias durante un largo período de tiempo. La situación es
diferente en las clínicas psicosomáticas, en las cuales se aplican las constelaciones
familiares y los pacientes las experimentan y las desean como terapéuticas. Mientras,
hay, de hecho, cierta proporción de pacientes que, antes de decidirse por una clínica
psicosomática, preguntan si en ella se trabaja con las constelaciones familiares y luego
eligen entre aquellas que sí lo hacen.
En la década de 1980, partiendo de métodos de visualización anteriores como el
family sculpting (esculturas familiares), Bert Hellinger desarrolló las bases de este modo

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de trabajo con constelaciones, una forma condensada y dirigida a modelos y estructuras
de relación existencialmente relevantes así como sus modificaciones, y aplicó,
tempranamente, las constelaciones en ese sector. En su trabajo logró fundamentalmente
nuevos conocimientos sobre relaciones contextuales y los antecedentes de enfermedades,
a menudo transgeneracionales, y dinámicas familiares y complicaciones, situaciones que
limitan a las personas en sus posibilidades vitales y que mantienen su sintomatología.
Describió sus nuevas y altamente eficientes formas de proceder en documentos tales
como Wo Schicksal wirkt und Demut heilt [Donde actúa el destino y sana la humildad],
Was in Familien krank macht und heilt [Lo que enferma en las familias y lo que sana],
Schicksalsbindungen bei Krebs [Vínculos del destino en el cáncer], Die größere Kraft
[La mayor fuerza], Liebe am Abgrund [Amor al borde del abismo], In der Seele an die
Liebe rühren [Tocar el amor en el alma], etcétera. Estos textos fueron publicados al
comienzo del nuevo milenio como transcripciones comentadas o como videograbaciones
de cursos y la mayoría sigue estando disponible en librerías o en Internet (véase
<www.carl-auer.de>).
Desde entonces muchos otros autores han aportado importantes contribuciones al
trabajo con constelaciones en casos de enfermedad. Ilse Kutschera y Christine Schäffler
publicaron, ya en el año 2002, el estimulante libro Was ist nur los mit mir?
Krankheitssymptome und Familienstellen (Enfermedad que sana. Síntomas patológicos y
constelaciones familiares) y en las revistas Praxis der Systemaufstellung [Constelaciones
sistémicas en la práctica] y The Knowing Field [El campo que sabe] aparecieron
innumerables descripciones de casos acerca de la formación de síntomas y las
constelaciones familiares.
¿Por qué, entonces, otro libro más para esta área de las constelaciones? ¿Qué tiene de
especial este nuevo libro?
Stephan Hausner es naturópata («Heilpraktiker», véase nota 1) y, además de sus
formaciones, entre otras, en homeopatía, medicina tradicional china, terapia craneosacra
y radiestesia, ha adquirido gran experiencia y sólidos conocimientos en la aplicación de
estos enfoques de tratamiento alternativo. Sobre todo, durante este tiempo, ha pulido y
afilado su percepción y su capacidad de compenetración en el encuentro terapéutico y
con relación al estado del cuerpo y el alma de sus pacientes. Al incluir aspectos
energéticos y contextuales, estas formas de conocimiento de curación y su acceso a los

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enfermos y su mundo guardan más parecido con las constelaciones familiares que con
los tratamientos de la medicina clínica.
En innumerables seminarios, Stephan Hausner conoció y aprendió a valorar el trabajo
de Bert Hellinger, y sus orientaciones básicas, así como sus actividades profesionales,
fomentaron especialmente su interés por cómo trataba Hellinger los síntomas y las
enfermedades.
Los seminarios de constelaciones que él mismo pronto ofreció estaban dirigidos,
desde los comienzos, a ese ámbito. Entretanto, son en total cerca de 700 seminarios de
constelaciones. Aun cuando sigue atendiendo en su consultorio homeopático de forma
limitada, hoy día es uno de los pocos que pueden decir que de profesión son
«consteladores» (para no emplear esta palabra extraña también podría decirse
«naturópatas sistémico-fenomenológicos»), y mientras tanto, y con razón, en Alemania y
en el extranjero es considerado un experto en constelaciones de síntomas y
enfermedades, si no el más importante.
La orientación y la organización de Hausner con relación al trabajo con constelaciones
familiares tradicionales de Bert Hellinger siguen siendo evidentes. Al mismo tiempo, a
lo largo de los años, ha desarrollado, de manera inconfundible e independiente, nuevas
directrices, puntos clave, relaciones y procedimientos para las constelaciones familiares
con enfermos. A menudo su trabajo con los enfermos comienza, tras aclarar la consulta,
con una constelación del síntoma. Se configura, en cada caso, a un representante para la
sintomatología o enfermedad y a otro para el paciente. A través de ellos, él y los
pacientes reciben señales acerca de los posibles vínculos relevantes entre las
enfermedades y los comportamientos de los pacientes con crisis, muestras centrales de
las relaciones y las dinámicas familiares a menudo ocultas (o invisible loyalties
[lealtades invisibles], como las denominaba ya a comienzos de la década de 1970 el
terapeuta familiar húngaro-norteamericano Ivan Boszormenyi-Nagy). Luego incluye a
representantes de los padres de los pacientes y solo en contadas ocasiones designa
directamente a familiares de generaciones anteriores. Su forma de proceder apunta a
menudo a dar o a devolver a los padres, por el amor al vínculo, sentimientos adquiridos,
tareas y compasión por el destino, y a soltar los anhelos y las necesidades infantiles, así
como también a fomentar los recursos propios.
El libro renuncia, en gran medida, a las discusiones teóricas y las disputas acerca de
cómo surgió la enfermedad y el modo de proceder terapéutico o su efecto. El lema de

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Hausner parece ser: «Permitid que las constelaciones hablen por sí mismas. Observadme
en mi consultorio y formaos una imagen propia». En lugar de explicar, permite que los
lectores, cual observadores interesados, participen en un seminario de constelaciones, y
muestra, mediante muchos y conmovedores ejemplos de casos y transcripciones, cuáles
son las interacciones que surgen y qué formas de proceder demuestran ofrecer soluciones
y alivios o mitigan las molestias. Con emoción, el lector se vuelve parte de los
acontecimientos y una y otra vez compara lo que va sucediendo con sus propias
experiencias. Dado que Hausner describe lo que ocurre durante las constelaciones en un
lenguaje fácilmente comprensible y accesible, el libro también es apropiado para
personas con afecciones. Muchos de los que leyeron el manuscrito informaron de que no
podían dejar de leerlo, y también de cómo una y otra vez experimentaban paralelismos
en el propio trato con los síntomas y las experiencias relacionales vividas, de cómo
sentían el efecto de las frases de solución en sus propias reacciones anímicas y de cómo
se beneficiaban como «aprovechados».
A las muchas transcripciones literales y descripciones de constelaciones se agregan
comentarios escritos, instructivos y, en general, de confirmación, recibidos de los
pacientes. Algunos de estos comentarios fueron solicitados por Stephan Hausner, y los
recibió habiendo transcurrido diferentes lapsos de tiempo después de la constelación.
Con seguridad ofrecen información más bien deseada, y por esa razón las declaraciones
no afirman nada acerca de la eficacia general de las constelaciones en casos de
enfermedad. Sin embargo, muestran hasta qué punto y durante cuánto tiempo lo
sucedido durante la constelación conmueve a los pacientes y los tiene en vilo y que, a
menudo, asignan un papel importante a la constelación cuando le atribuyen mejoras en
las relaciones y en la sintomatología. Si de vez en cuando se aprecia el orgullo por los
éxitos logrados (algunos de sus pacientes con la enfermedad intestinal de Crohn, que en
el campo de la medicina no es considerada una enfermedad psicosomática, por ejemplo,
después de las constelaciones muestran mejorías muy difíciles de creer, pero
confirmadas por los médicos), estas declaraciones del autor jamás tienen un tinte
misionario o presuntuoso.
Stephan Hausner ha ordenado los ejemplos de manera que las interacciones y la
estructura de las enfermedades y las dolencias de los pacientes son resumidas según
determinadas complicaciones, constelaciones familiares o dinámicas, como, por ejemplo,
la combinación de síntomas, o bien enfermedades que, debido a diferentes sucesos y

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circunstancias, provocaron pérdidas de vinculación e inseguridades con el apego en los
pacientes, con dinámicas de culpa o destinos trágicos en la familia.
Las constelaciones de Hausner son completas, bonitas y sencillas, y precisamente de
esa manera se manifiestan la profundidad y la idoneidad de su trabajo y su compasión
por las personas enfermas. Es un trabajo desde el alma, en el mejor sentido, y estoy
seguro de que muchos colegas y personas afectadas lo recibirán muy bien. Cuando hablo
de «su» trabajo, al mismo tiempo soy consciente de que en el caso de las constelaciones
familiares siempre se trata de un suceso colectivo y creativo, una autoentrega a un
proceso que no puede ser predeterminado.

GUNTHARD WEBER,
director del Instituto de Soluciones Sistémicas en Wiesloch (Alemania),
mayo de 2008

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Comentario preliminar

«El motivo más elevado


de la medicación es el amor.»
PARACELSO

Durante los últimos quince años las constelaciones familiares como método de
asesoramiento y de terapia se han extendido y desplegado en muchos ámbitos de trabajo.
Además de la práctica de constelaciones en organizaciones y en la escuela, las
constelaciones sistémicas con enfermos amplían las posibilidades de lograr un efecto
sanador en el ámbito de la medicina. La mirada a implicaciones transgeneracionales y
contextos de dinámicas familiares permite que la enfermedad y la salud resplandezcan
con una nueva luz. Y las comprensiones logradas en constelaciones con enfermedades y
síntomas llevan a un enfoque holístico de los enfermos.
Un matrimonio, ambos médicos residentes de una clínica, en una conversación
mantenida tras participar en una reunión grupal de constelaciones para enfermos,
comenta: «Es impresionante con qué nitidez las constelaciones sistémicas con enfermos
pueden sacar a la luz los contextos transgeneracionales entre enfermedades, así como los
acontecimientos traumáticos sucedidos en la familia de origen de los pacientes. Aquí se
vislumbra un potencial que hay que tener en cuenta como apoyo médico y parece
evidente que a la pregunta relacionada con ese contexto no se le ha dedicado hasta el
momento suficiente importancia en el marco de la asistencia médica».
A ese potencial de posibilidades sanadoras, a ese potencial que ofrece la aplicación del
método de las constelaciones sistémicas para enfermos, está dedicado este libro.
Se dirige tanto a todos los grupos de profesionales del campo médico, como médicos,
psicoterapeutas, médicos homeopáticos (Heilpraktiker) y consteladores sistémicos, como

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también a los pacientes afectados y a personas interesadas sin conocimientos previos.
Este último grupo encontrará al comienzo del libro una introducción abreviada de los
fundamentos de las constelaciones familiares. La persona que desee introducirse más en
las constelaciones familiares y otras formas de constelaciones encontrará información en
las obras fundamentales mencionadas en la bibliografía.
El libro surgió desde la visión de experiencias y reflexiones propias. Los ejemplos
seleccionados provienen de los grupos de constelaciones para enfermos que he
coordinado durante los últimos quince años. Los diagnósticos fueron tomados según las
declaraciones de los pacientes, sabiendo muy bien que probablemente no todos
soportarían un examen clínico meticuloso. El lector no debe molestarse por la redacción
de los ejemplos en primera persona. Fue elegida para destacar que se trata tan solo de
una de las muchas formas de proceder dentro del marco de aplicación de las
constelaciones sistémicas, que no pretende erigirse como la forma correcta y
generalizada. Para guardar el anonimato de los pacientes en las terapias de grupo, lo
habitual es usar la segunda persona. Esta forma se ha mantenido en los informes de los
casos.
El objetivo del libro es ofrecer al lector una visión del potencial sanador de las
constelaciones sistémicas con enfermos. Con este enfoque se abre un campo nuevo y
amplio. Muchas áreas no son tenidas en cuenta adrede, y muchos aspectos aún no han
sido considerados ni elaborados.
Mi propósito es que los ejemplos de casos mencionados en la parte principal del libro
hablen por sí mismos. Al igual que los observadores que participan en los grupos de
constelaciones, busco que los lectores tengan así la posibilidad de compartir las historias
de los pacientes. De esa manera experimentarán las dinámicas activas en las familias que
pueden estar relacionadas con enfermedades, o, incluso, contactar con una actitud que
pueda desplegar un efecto sanador. En ese sentido, el libro también es válido como
autoayuda.
Otro propósito es permitir que los propios pacientes puedan expresarse. Cuando por
propia iniciativa me hacían llegar informes posteriores, los alentaba a registrar sus
experiencias e impresiones por escrito para averiguar si, desde su punto de vista, el
hecho de participar en un grupo de constelaciones los había ayudado, y, en caso
afirmativo, de qué manera. En la medida de lo posible he copiado estos informes
textualmente. Las posibles discrepancias entre los informes que yo he redactado sobre

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las constelaciones y las descripciones de los pacientes se entienden a través de las
percepciones, los recuerdos y las diferentes interpretaciones de los acontecimientos o sus
efectos.
Para facilitar la lectura, al hablar de descripciones generales como «el paciente» o «el
cliente», en el texto del libro se ha empleado solamente la forma en masculino. En lugar
de la descripción «representante del padre» o «representante de la madre», en los
ejemplos empleo a veces la denominación «padre» o «madre». Cuando los
representantes fueron reemplazados por otras personas o por el cliente mismo, se
menciona expresamente.

Quisiera comenzar con algunas palabras a título personal acerca de mi formación


profesional. Mi deseo profesional inicial fue estudiar Biología, pues quería trabajar en el
ámbito de la investigación de conductas o en ecología. Pero mi interés se dirigía más al
ser humano y su entorno social y finalmente consideré dedicarme a una profesión en el
campo de la medicina. Así pues, durante mi formación en enfermería decidí estudiar
Medicina. Sin embargo, dado que en el marco de la ecología ya había estado en contacto
con la autorregulación de sistemas, la medicina tradicional perdió su atractivo para mí.
Mi búsqueda por formas de proceder ecológicas me llevó a la medicina tradicional china
y, pasando por la naturopatía, encontré, finalmente, el acceso a la homeopatía.
Me fascinaba el principio básico del similium en el cual se fundamenta la homeopatía
y, sobre todo, el «fenómeno del segundo», que muestra que el cuerpo es capaz de
reestructurarse de inmediato como respuesta a un impulso sanador apropiado, y que
incluso síntomas y cuadros de enfermedad severos pueden retirarse en poco tiempo. La
capacidad del cuerpo de remitir espontáneamente marcó mis pretensiones con respecto a
los efectos sanadores, y a pesar de mi convicción de que el fenómeno de la curación va
más allá de nuestro actuar, siempre me llamó la atención la optimización de los
conceptos de tratamiento holístico.
En la homeopatía me resultó difícil establecer la medicación mediante el Repertorium
(Repertorio) y también me molestaba la dependencia de las medicaciones. A mi suegro,
K. J. Eick, le agradezco haberme puesto en contacto con la radiestesia médica. En su
consultorio aprendí tanto a testar medicaciones homeopáticas para pacientes como a
detectar zonas molestas en el cuerpo. Este camino de la compenetración sigue siendo
para mí, incluso hoy día, una base importante en el trabajo con constelaciones. Mediante

19
el aprendizaje de estos métodos de testeo comencé a comprender los procesos de
curación como fenómenos de resonancia y de campo.
Cada vez más, mi ideal era que el médico o aquel que administra el tratamiento
personalmente se transformara en la medicación en el sentido homeopático y, mediante
su presencia, disparara modificaciones en el paciente: que la persona responsable del
tratamiento (la que actúa) fuera un catalizador para la modificación sanadora del
paciente. No es ella la que sana, sino que ella es la que crea las condiciones para la
autocuración.
La búsqueda continua en pos de métodos de tratamiento eficientes me llevó a un
grupo de constelaciones de Bert Hellinger.
Vi a Bert Hellinger en su trabajo con enfermos como a alguien que, sin medicación, a
través de su comprensión, mediante su ser y su hacer, lograba poner en marcha algo
sanador en los pacientes. Tuve la sensación de haber encontrado lo que buscaba.
Gracias al estudio de los métodos sanadores de la medicina tradicional china y la
patología humoral de la antigua Grecia, en cuyos modelos de pensamiento la enfermedad
es considerada una alteración del orden, la interrelación de la salud y el orden no me era
extraña. Así pues, rápidamente entendí las comprensiones de Bert Hellinger acerca de
los «órdenes del amor» en los sistemas humanos y su posible importancia en el contexto
clínico. A través de su método de constelación con enfermos se manifestaba claramente
que no es posible aplicar la medicina holística sin incluir a la familia o el entorno social
relevante del paciente.
Hoy en día el trabajo de constelaciones con enfermos se ha convertido en mi actividad
principal en la práctica diaria. Esta forma de proceder no es un método por sí solo.
Constituye un pilar que forma parte de un concepto holístico de tratamiento o de terapia.
El «constelador» es un asistente del médico o naturópata y su objetivo no es reemplazar
sus métodos de tratamiento y asesoramiento. Sin embargo, en especial cuando las
aplicaciones normalmente efectivas no obtienen el resultado deseado o esperado, la
mirada al trasfondo familiar y transgeneracional de las enfermedades ofrece nuevas
posibilidades adicionales.

Los cimientos fundamentales del trabajo de constelaciones con enfermos, y, por lo tanto,
también de este libro, los sentó Bert Hellinger. Sin su apoyo y confianza no me habría
atrevido a aplicar directamente las comprensiones de las constelaciones familiares a la

20
práctica con pacientes. Como maestro y amigo me siento unido a él con un
agradecimiento muy especial.
Una participación fundamental en este libro la tienen los muchos pacientes que me
brindaron su confianza y permitieron que participara y aprendiera de las situaciones de
crisis vitales y de sus enfermedades. También a ellos me siento muy unido.
De los muchos amigos y colegas, mi agradecimiento especial es para el doctor
Gunthard Weber. Sin su apoyo, este libro no habría sido lo que es. El intercambio
siempre vivo creó un acuerdo, en la medida de lo posible, entre los conceptos de
pensamiento de la medicina alopática y de la naturopatía, y fue una contribución especial
para la gestación de este libro.
También fue muy enriquecedor leer las publicaciones actuales relacionadas con el
trabajo de constelaciones con enfermedades y síntomas. Pido disculpas porque estas no
siempre las he mencionado en el texto, y por ello remito a la bibliografía.
El libro no hubiera podido hacerse sin la confianza de los numerosos colegas
internacionales y el trabajo, a menudo desinteresado, de sus traductores. Casi todos los
ejemplos seleccionados provienen de los numerosos seminarios de terapia y capacitación
que cuidadosamente han preparado y compartido. Con muchos de ellos hoy día me une
un vínculo de amistad. Mi agradecimiento especial va a Carlos Bernués, Tiiu Bolzmann,
Annelies Boutellier, Michail Burnjaschew, Luis Fernando Cámara, Carola Castillo,
Vicente Cuevas, Mireia Darder, Joan Garriga, Silvia Kabelka, Sonja Kriener, Ed Lynch,
Alfonso Malpica y Angélica Olvera, Tanja Meyburgh, Silvia Miclavez, Ingala Robl,
Sheila Saunders, Dale Schusterman, Jan Jacob Stam y Bibi Schroeder, y John y Susan
Ulfelder.
Mi agradecimiento también a Margit y al doctor Michael Franz. Ellos acompañaron el
comienzo del proyecto. Wolfgang Tatzer siempre estuvo abierto a escuchar mis
preguntas y me ayudó en la traducción de las transcripciones en otros idiomas.

21
1.
Introducción

«Sé quién eres.»


F. W. J. V. SCHELLING

En psicoterapia se sabe, desde siempre, que las experiencias traumáticas personales a


largo plazo pueden desencadenar trastornos tanto del alma como del cuerpo si son
reprimidas y excluidas por sobreexigencias del presente. Es posible superar esas
molestias cuando se logra volver a tomar y a integrar aquellos aspectos que hasta ese
momento habían quedado separados.
Más allá de ello, las constelaciones familiares sacan a la luz en qué medida también
los traumas de aquellos ancestros con los cuales estamos vinculados por el destino tienen
un efecto transgeneracional e influyen en la vida de los descendientes.

El camino para el desarrollo de las constelaciones familiares lo abrieron los puntos de


vista de Bert Hellinger en el efecto de la conciencia y la pregunta de qué es lo que
implica a algunas personas, dentro y más allá de la familia, en el destino de otras, así
como también su tenaz observación y exitosa búsqueda y desarrollo de posibilidades
para resolver esas complicaciones.

22
1.1. Introducción abreviada a los fundamentos de las constelaciones
familiares

Toda persona nace en el seno de una familia. Eso crea un vínculo con todos aquellos que
pertenecen a esa familia. Un trámite inconsciente, al que Bert Hellinger denomina
«conciencia familiar», vela por las condiciones que rigen en el destino de la comunidad
familiar y a las cuales estamos expuestos y supeditados, queramos o no. Se ocupa del
vínculo en el sistema, de la compensación, tanto entre el dar y el tomar como en lo que
se refiere al destino y al orden. Parte del orden es que todos aquellos que pertenecen a
ese sistema familiar, incluso los fallecidos, tienen el mismo derecho de pertenencia.
Cuando un miembro es excluido, despreciado u olvidado, por ejemplo, un hijo nacido
muerto, esta conciencia colectiva lleva a que otro miembro, a menudo de una generación
posterior, se identifique, inconscientemente, con ese ser excluido. En esa «implicación»
se asemeja a aquel e imita aspectos de su destino, sin saber por qué y sin que pueda
defenderse.
Un segundo orden por el cual vela la conciencia colectiva es el orden jerárquico de
acuerdo con el tiempo. Así, los padres tienen prioridad ante los hijos, el primer hijo ante
el segundo, etcétera. Entre las familias rige que una familia recién creada o surgida tiene
prioridad ante la anterior. Es decir, que la familia actual está antes que la familia de
origen y la segunda familia ante la primera, incluso cuando esta se forma, por ejemplo, a
raíz de un hijo extramatrimonial. A diferencia de la conciencia personal consciente, o
sea, aquella mediante la cual percibimos de inmediato si nuestra pertenencia está en
peligro como consecuencia de nuestra conducta, la conciencia colectiva inconsciente
vela por la subsistencia y la unión de toda la familia.
Tal como lo demuestran muchos de los ejemplos citados en la parte principal del libro,
nos aferramos a muchas enfermedades y síntomas por un anhelo de estar cerca de
nuestros padres o por la necesidad de pertenecer a nuestra familia. A menudo en ese caso
actúa una necesidad de compensación inconsciente en la que nos sentimos culpables o
mantenemos viva una presunta exigencia. O bien, una enfermedad nos obliga a
detenernos momentáneamente cuando mediante nuestra actitud o nuestra conducta
estamos violando un orden.

23
1.1.1. La familia como comunidad de destino

A través de la pregunta con respecto a posibles implicaciones familiares de determinados


miembros de la familia, el trabajo con constelaciones sistémicas ha conducido a un
concepto de familia ampliado, un concepto que comprende a todos los que son incluidos
en la conciencia colectiva grupal de la familia. En ese sentido pertenecen todos los hijos,
es decir, nosotros mismos y todos nuestros hermanos y medio hermanos, también los que
nacieron muertos, los que fueron dados en adopción, los que nunca fueron mencionados
y los abortados. Pertenecen, asimismo, los padres y todos sus hermanos. Pertenecen los
abuelos y, a veces, sus hermanos, sobre todo cuando tuvieron un destino singular, y, en
ocasiones, también los bisabuelos.
Además de los parientes consanguíneos, también pertenecen todos aquellos que de
alguna manera sufrieron un perjuicio causado por la familia o por cuyo destino o muerte
la familia obtuvo un beneficio, por ejemplo, las parejas anteriores de padres o abuelos
que dejaron su lugar o que fueron obligados a liberarlo. En ese contexto también
pertenecen todos aquellos que fueron víctimas de crímenes y de violencia de los
familiares, y, por el vínculo especial que surge entre víctimas y perpetradores, también
pertenecen aquellas familias en las cuales hay víctimas de crímenes violentos y sus
asesinos. Todos ellos constituyen el destino común de la familia.

1.1.2. Forma de proceder

Para demostrar el efecto transgeneracional de la conciencia colectiva instintiva se ha


elegido el método de las constelaciones familiares. La forma más eficaz de realizar
constelaciones es en grupos a lo largo de varios días. De esa manera, cada uno tiene la
posibilidad de elegir, entre los participantes, a representantes para sí mismo y para los
miembros de su familia. Siguiendo su imagen interior de cómo se relacionan los
familiares entre sí, el paciente ubica a los representantes relacionándolos unos con otros.
El fenómeno sorprendente, y hasta ahora inexplicable, es que los representantes
configurados, una vez centrados, son afectados en una evolución y, de repente, sienten
cómo para ellos son las personas verdaderas que representan. Muestran los sentimientos
de esas personas y, a veces, despliegan síntomas físicos similares, independientemente
de estar representando personas vivas o ya fallecidas. Según la relación en la que se

24
encuentran los representantes entre sí, qué sienten, qué expresan y qué impulsos tienen,
el coordinador de la constelación y el paciente pueden reconocer qué sucesos de la
historia de la familia son relevantes y qué dinámicas actúan en esa familia y pueden
tener conexión con la enfermedad y la sintomatología del paciente.
Pero el grupo no es el marco adecuado para todos los pacientes. En especial en casos
de inestabilidad psíquica es necesario un acuerdo preliminar con su médico o terapeuta.
También es posible elaborar soluciones en la consulta individual, en la que es posible
colocar figuras o anclajes en el suelo. No me detengo en la descripción de estas
posibilidades, sino que remito al lector a la bibliografía (Franke, 2002; De Philipp,
2008).

25
1.2. La constelación de la enfermedad y del síntoma

En el trabajo de constelaciones con enfermos a menudo es útil configurar a un


representante para la enfermedad o la sintomatología del paciente. (Debido a una
orientación global y al deseo de evitar cambios en los síntomas, personalmente trabajo
poco con representantes para un síntoma en particular.)
Según las observaciones, en general los representantes de estructuras abstractas, como
enfermedades o síntomas, repercuten en personas excluidas o temas relevantes para el
sistema, pero a menudo considerados tabú por la familia.
A veces da la impresión de que el enfermo evoca con su sintomatología el recuerdo de
alguna persona excluida. Está conectado con amor allí donde otros miembros de la
familia niegan o reprimen el amor y el reconocimiento. La constelación de la
enfermedad o la sintomatología con relación al paciente o su familia es capaz de sacar a
la luz esas conexiones que a menudo son inconscientes.

Durante el proceso de aclarar la consulta del paciente se muestran su actitud frente a la


enfermedad o la sintomatología y también su disposición a afrontarlas y un posible
trasfondo. Si percibo una gran resistencia o una actitud sumamente negativa hacia la
enfermedad, comienzo la constelación, en general, solamente con representantes para la
enfermedad o la sintomatología y para el paciente mismo, y permito que los
representantes sigan sus impulsos. En general, en un próximo paso se agregan
representantes para miembros de la familia.
Otra posibilidad es comenzar con representantes para la familia actual o de origen del
paciente y agregar un representante para la enfermedad en un segundo paso.
Las señales que orientan hacia una solución de la dinámica suelen darlas, en general,
aquellas personas que responden con mayor claridad al representante de la enfermedad.
Antes de que el paciente elija a un representante para la enfermedad, por lo general le
pido que decida si prefiere a un hombre o a una mujer. De esa manera es alentado a
percibir en su interior qué es lo adecuado para él y es menos propenso a ser guiado por la
apariencia externa de los otros participantes del grupo. Muchas veces la elección del
sexo corresponde al de la persona excluida; sin embargo, el terapeuta no debería confiar
en eso.

26
Un ejemplo:

El aborto espontáneo: «Querida mamá, tengo lo más importante»


(Paciente con cáncer de mama)
En un grupo de constelaciones sistémicas con enfermos una mujer relata que padece
cáncer. Agrega que los médicos le dan buenas perspectivas de curación y que también
ella misma está convencida de que se curará: «¡Puedo hacerlo!».

En muchos enfermos de cáncer uno encuentra una actitud soberbia frente a los padres, al
destino de un miembro de la familia o a la vida en general. A menudo esto se manifiesta
a través de la ira y el odio, pero muchas veces también a través de la idea de que uno
podría proteger el destino difícil de otra persona mediante el padecimiento propio.
En la constelación de otra paciente con cáncer de mama, el representante de la
enfermedad le dijo al representante de ella, cuando esta se preparaba para una lucha
frente a él: «¿Sabes realmente lo peligroso que soy?».
Recordé esa frase cuando la paciente decía, completamente convencida: «¡Puedo
hacerlo!».

Sin formular más preguntas le pido que elija a una representante para ella misma y
otra persona más para su enfermedad. También para la enfermedad elige a una mujer
y la ubica justo detrás de su representante y mirando en la misma dirección. Para gran
asombro de la paciente, su representante, siguiendo su propio impulso, de inmediato
se deja caer hacia atrás, se apoya en la representante de la enfermedad y, feliz y
satisfecha, cierra los ojos. La representante de la enfermedad la sujeta y comenta:
«¡Para mí esto está en orden! ¡Si ella me necesita, yo estoy!».

Aparentemente, en el caso de la representante de la enfermedad se trata de la madre


de la paciente.
A mi pregunta acerca de la relación con su madre, la paciente me informa de que
siempre fue muy difícil. «Mientras, nos hemos arreglado. Yo soy la primera hija de
mis padres y debería haber sido un niño. Ya mi parto fue muy difícil, con ventosa
extractora y fórceps, y encima fui una niña. Mi madre tenía toda la canastilla en azul
celeste, como era costumbre entonces. ¡Según lo que contaba mi tía, mi madre
supuestamente lloró durante tres días después del parto!»

27
Esta respuesta de la paciente se contradice con la actitud cuidadosa de la
representante de la enfermedad, que está dispuesta a estar para la paciente. Pero, por
alguna razón, la madre no parece haber sido libre para aceptar a su hija. Esta
divergencia hace suponer que aún falta algo esencial.
Antes de seguir preguntando, pido a la paciente que configure a una representante
para la madre. La coloca a cierta distancia mirando a las personas ya ubicadas. Para
ellas dos la nueva representante tiene poca importancia. Sin embargo, la representante
de la madre muestra reacciones físicas muy fuertes. Le cuesta un gran esfuerzo mirar
a su hija y a la enfermedad, y comenta: «Veo a mi hija, pero en el instante en que
también quiero mirar a la enfermedad se me nubla la vista y ya no puedo ver nada
más con claridad». El relato de la paciente con respecto a la fijación de la madre a
tener un niño y esta reacción de la representante de la madre me llevan a preguntar a
la paciente si tal vez la madre había perdido un hijo. Responde: «Sí, antes de tenerme
a mí mi madre tuvo un aborto espontáneo. Hubiera sido un varón. ¡Creo que jamás
superó esa pérdida!».
Cuando la paciente menciona a su hermano, su representante, siguiendo una
necesidad propia, se separa de la representante de la enfermedad, se da la vuelta y la
mira a los ojos. Da la impresión de haber despertado de un ensimismamiento y de
repente pretende participar en los acontecimientos.
La representante de la madre no soporta que su hija mire a la enfermedad. Se
vuelve hacia el otro lado y, con la vista perdida, mira al suelo delante de sus pies.
Señalando a la representante de la enfermedad, me dirijo a la paciente y le
pregunto: «¿Sabes quién está allí?».
PACIENTE: ¡Mi madre!
TERAPEUTA: ¡Creo que podría ser tu hermano!
Para comprobar esta hipótesis, le pido a un participante que se recueste boca arriba
en el suelo, delante de la madre, como representante del hermano fallecido. La
representante de la madre ve a su hijo y comienza a llorar. En ese momento la
representante de la paciente suelta a la representante de la enfermedad y mira a su
madre con amor y comprensión. La representante de la enfermedad, siguiendo su
propio impulso, se retira de la constelación, sale del círculo de sillas de los
participantes y vuelve a su lugar.

28
Para concluir me dirijo directamente a la paciente y le sugiero que diga las
siguientes frases a su madre. Muy dispuesta y con el corazón abierto, repite lo que yo
le digo: «Querida mamá, ahora te doy la razón. Tengo lo más importante y ahora lo
tomo. Lo tomo y lo protejo, y lo respeto cuidándome bien».
La representante de la madre, que hasta entonces había estado mirando a su hijo
muerto, ahora se vuelve directamente hacia la paciente y la toma en sus brazos. Con
energía, también ella le dice a su hija las palabras que le sugiero: «¡Hija, vive! ¡Esto
de aquí es mío!».
En la ronda final del grupo de constelaciones la paciente expresa lo bien que le ha
hecho la constelación. De especial importancia fue la frase de su madre de que debía
vivir, pues significó un gran alivio para ella. Debió reconocer que jamás supo con
seguridad si su madre realmente deseaba eso. Ahora puede ver lo que se encuentra
entre ella y su madre, y que no tiene nada que ver con ella.

Muy pocos pacientes pueden, en principio, establecer una relación entre su enfermedad y
su familia ni tampoco reconocer la influencia que ellos mismos tienen sobre su
enfermedad. En este aspecto obtienen datos importantes de la constelación.
En este ejemplo queda poco claro qué lugar ocupaba la enfermedad, aunque tampoco
es importante. Tal vez le correspondan aspectos del alma tanto del hermano como
también de la madre. Lo esencial era la sensación de la representante de la enfermedad
de que ya no era necesaria. Eso se produjo cuando apareció en la constelación el
hermano fallecido de la paciente. En la constelación, fue la figura clave que permitió que
la paciente soltara la enfermedad. Evidentemente, la madre de la paciente no pudo
superar la muerte de su hijo. De esa forma quedó atada a él y no era libre para permitir
que fluyera el amor hacia su hija. Así pues, la relación entre la paciente y su madre
llevaba un peso desde el comienzo.
En general, los hijos buscan la causa de una relación difícil con sus padres en ellos
mismos. Como consecuencia de su incapacidad por superar los obstáculos a menudo
solo les resta retirarse, sintiendo desesperación e ira. Frecuentemente, más adelante
también les pierden el respeto a los padres. Cada una de estas actitudes perturba el
equilibrio del alma y, por ende, también el bienestar físico.

29
Al dirigir la mirada hacia el dolor de la madre por el hijo perdido, pueden volver a fluir
el amor y el respeto. De esa forma, algo puede tranquilizarse en el alma, y la paz lograda
quizá también tenga un efecto sanador en el cuerpo.

Para el transcurso y la resolución de una constelación, es determinante la decisión de qué


personas o elementos estructurales se configuran. Considero que, en ocasiones, en el
método de las constelaciones sistémicas resulta problemático que en el fondo todo puede
ser configurado y que de ello casi siempre se despliegan procesos conmovedores. Sin
embargo, la pregunta clave, sobre todo también desde el punto de vista médico, es:
¿sirve la constelación? Y cuál es el punto en el cual el paciente puede tal vez modificar
algo, un enfoque, una actitud, etcétera, para que en su alma y en su cuerpo algo pueda
comenzar a fluir, a tranquilizarse o a ordenarse.
En la fase preliminar del trabajo con constelaciones son esenciales el primer contacto
con el paciente y la aclaración de su consulta. Durante esa conversación no solo presto
atención a la palabra hablada. Ya al escuchar la consulta, el terapeuta, al igual que un
representante, se sintoniza con las personas y las estructuras mencionadas por el paciente
y, mediante la percepción representativa, intenta captar sus sensaciones o cualidades. De
esta forma, a menudo se manifiestan discrepancias entre la percepción del terapeuta
hacia una persona y lo que el paciente comenta acerca de su relación con ella. Aquí a
menudo el terapeuta obtiene importantes señales con respecto al trasfondo conflictivo de
la sintomatología (véase también el ejemplo: La muerte temprana de los padres: «¡Yo
soy vuestra hija!», pág. 48).

30
1.3. La constelación del órgano enfermo

A veces, mediante la sintonización con el órgano enfermo del paciente, se percibe como
si este no formara parte del sistema total del cuerpo. En los conceptos de tratamiento de
la medicina alternativa, sin embargo, eso constituye una condición previa fundamental
para mantener sano un órgano y para curarlo. Cuando hay una impresión muy manifiesta
de que el órgano afectado está separado de la totalidad del organismo, en la constelación
me dedico inicialmente a esa conexión interrumpida. Para ello solicito al paciente que
configure primero a representantes para sí mismo y para el órgano enfermo. Un ejemplo:

El duelo de la madre
(Paciente con afecciones recidivas de los órganos respiratorios)
En un grupo de constelaciones de pacientes con enfermedades físicas, un hombre me
pide que trabaje con él. Desde su infancia los órganos respiratorios son su punto débil.
Neumonías frecuentes lo llevaron a padecer molestias crónicas de las vías
respiratorias que hasta el presente se muestran resistentes a cualquier tipo de terapia.
En un principio esta información es suficiente y me tomo unos instantes para
sintonizar con el paciente. Al hacerlo, percibo en él una profunda tristeza como
sensación de fondo.
En la medicina tradicional china la emoción de tristeza es adjudicada al circuito
funcional del pulmón. Es decir, que una tristeza muy profunda o desbordante, aun
cuando es vivenciada por una persona cercana, lleva a una limitación del circuito
funcional del pulmón, lo que, entre otras cosas, puede manifestarse en molestias en
los órganos respiratorios. Aquí sospecho una correlación con la sensación básica de
tristeza percibida en el paciente y sus molestias. Cuando luego me sintonizo con el
pulmón del paciente y con la relación que mantiene con este órgano, no siento vínculo
alguno. El pulmón se siente cercenado de la totalidad del organismo.
Solicito al paciente que elija a dos representantes, uno para él mismo y otro para el
pulmón. Al comienzo coloca a su representante en el centro del círculo, elige a una
mujer para su pulmón y la ubica girada hacia él, detrás de su hombro derecho.
Espontáneamente, la representante del pulmón apoya la cabeza en el hombro del
representante del paciente. Es evidente que a él esto le resulta desagradable, y

31
lentamente da un paso hacia delante. La representante del pulmón mantiene los ojos
cerrados y continúa apoyada en el representante del paciente. Para lograrlo, echa todo
el peso de su cuerpo hacia delante, de manera que el representante del paciente no
pueda avanzar. Yo miro al paciente, veo que está llorando y digo: «Parece que esta
imagen te es familiar». Él asiente con la cabeza, señala a la representante del pulmón
y dice: «Ella es mi madre, así conozco a mi madre».
El peso se vuelve demasiado grande para el representante del paciente. Se libera
dando dos pasos hacia delante. La representante del pulmón, o sea, de la madre del
paciente, abre los ojos, permanece agachada y ahora mira al suelo delante de ella,
como buscando algo.
Pregunto al paciente si alguien en la familia de la madre falleció pronto y me
cuenta que su madre tuvo cinco abortos espontáneos antes de tenerlo a él. Cuando la
representante de la madre escucha eso comienza a llorar y se arrodilla en el suelo.
El paciente respira profundamente y me mira, sabiendo y asintiendo. Su respiración
ahora se ha modificado, su caja torácica se siente más libre y viva, y yo decido
finalizar aquí. Para terminar le pregunto al paciente si está bien así para él y cuando
asiente despido a los representantes.

Mediante la constelación se estableció para el paciente la conexión entre sus molestias y


un tema vital que ya conocía: el duelo y el dolor de su madre. De esa forma, en el futuro,
en caso de que las molestias vuelvan a aparecer, tendrá otra relación con sus síntomas,
pues ahora sabe con qué están vinculados y de esa forma tiene una posibilidad para
introducir alguna modificación y regulación diferentes.

Una y otra vez es conmovedor ver en las constelaciones el altruismo y la perseverancia


que tienen los hijos para, en representación de los padres, hacerse cargo del destino de
ellos y también del de otras personas de referencia cercanas cuando perciben cuánto
están sufriendo.

32
1.4. Contexto laboral y pensamientos guía

«El momento adecuado determina


la calidad del movimiento.»
LAO-TSE

El intento de comprender la enfermedad y la salud en su esencia, así como la


controversia con fenómenos sanadores, provocaron que madurara en mí la convicción de
que cuando ocurre una curación, se trata de una autocuración. Quien logra llegar a este
punto de vista se encuentra ante la pregunta de en qué puede contribuir el acompañante
de personas en crisis por enfermedad para mitigar o curar al paciente que pide ayuda.
Quizá se logren crear condiciones en las cuales las fuerzas de autocuración puedan
desplegarse de la mejor manera posible. En ese sentido, y junto con el cuidado médico
correspondiente, experimento el trabajo con las constelaciones sistémicas grupales para
enfermos como un enfoque útil, complementario y eficaz.

Desde que realizo constelaciones en el marco de mi consultorio privado, me preocupa la


cuestión de la efectividad y la eficiencia del método. ¿Qué ha sucedido cuando, después
de participar en un grupo de constelaciones, se pone en movimiento en los pacientes un
proceso sanador de enfermedades a menudo crónicas, a veces incluso sin que ellos
mismos hayan realizado una constelación?
¿Hay criterios acerca del trabajo de constelaciones con enfermos que, teniéndolos en
cuenta junto con la falta de intención del terapeuta y la forma de proceder
fenomenológica que forman parte del método, puedan respaldar el proceso de curación
de los pacientes?
En su libro Órdenes del amor, y bajo el título Epistemología científica y epistemología
fenomenológica, Bert Hellinger dice acerca de la forma de proceder fenomenológica:

Son dos los movimientos que llevan al conocimiento. Uno se extiende, pretendiendo
abarcar algo que hasta ese momento era desconocido, hasta poseerlo y poder disponer

33
de ello. De esta índole es el esfuerzo científico, y bien sabemos lo mucho que ha
contribuido a cambiar, a asegurar y a enriquecer nuestro mundo y nuestra vida.
El segundo movimiento resulta cuando, aún durante el esfuerzo de extender nuestro
pensar, nos paramos y, de algo concreto que podríamos captar, dirigimos la mirada al
conjunto. Es decir, la mirada está dispuesta a asimilar simultáneamente lo mucho que
ante ella se extiende.
Entregándonos a este movimiento, por ejemplo, ante un paisaje, una tarea o un
problema, nos damos cuenta de cómo nuestra mirada a la vez se llena y se vacía. Ya
que únicamente podemos exponernos a la plenitud y resistir su impacto prescindiendo
primero de los detalles. Para ello nos detenemos en el movimiento que se lanza,
retirándonos un poco hasta llegar a aquel vacío capaz de resistir la plenitud y la gran
variedad.
A este movimiento que se detiene y después se retira, y que nos conduce a
comprensiones diferentes de las que cabe alcanzar mediante el movimiento que se
lanza hacia el entendimiento, lo califico como fenomenológico. Ambos movimientos,
sin embargo, se complementan, ya que también en el que se extiende hacia el
entendimiento científico a veces tenemos que detenernos para dirigir nuestra mirada
de lo particular a lo general y de lo próximo a lo lejano. Por otra parte, también la
comprensión lograda mediante el procedimiento fenomenológico requiere la
comprobación en lo individual y más próximo.2

1.4.1. El marco y la actitud

Es de especial importancia crear un marco de protección dentro del cual se realizan las
constelaciones en grupo. Aquí se manifiestan la experiencia personal del coordinador del
grupo y, sobre todo, su actitud ecuánime hacia todos los participantes en general y hacia
cada uno de los destinos en particular. Cuanto más seguros se sientan los pacientes y
cuanto más claramente sientan que aquello que se muestre en la constelación no será
evaluado o enjuiciado por otros participantes del grupo, tanto más fácil les resultará
poder abrirse a las dinámicas que actúan detrás de sus enfermedades.
El coordinador de la constelación debe tener en cuenta la relación dividida que tiene,
en general, el paciente con su enfermedad. Por un lado, el paciente quisiera deshacerse
de la enfermedad, dado que por ella su vida se encuentra limitada o incluso en riesgo.

34
Por otro lado, debe reconocer que, para el paciente, la enfermedad es el mejor intento de
adaptarse a sus condiciones de vida.
Al igual que en la naturopatía, el coordinador de constelaciones no considera que la
enfermedad sea tanto un problema, sino que en ella ve más bien su función y el intento
de encontrar una solución. Desde esa actitud se dirige hacia las fuerzas y las dinámicas
que actúan detrás de la enfermedad, y el paciente logra la confianza para liberarlas
durante el proceso de la constelación hacia la solución.

1.4.2. Los pensamientos guía

Desde el punto de vista del trabajo con constelaciones y según las experiencias obtenidas
hasta el presente, al tratar las enfermedades los siguientes aspectos actúan conjuntamente
y se condicionan y refuerzan mutuamente:

la disposición del paciente hacia el sí a la vida y la responsabilidad propia que se


deriva de ello,
el amor primario del hijo hacia sus padres y el deseo de estar cerca de ellos,
la exclusión, por parte del paciente mismo o de su familia, de personas o temas
importantes para el sistema.

1.4.2.1. El sí a la vida y el no

«La salud no es una forma de sentirse,


sino una forma de estar presente.»
HANS-GEORG GADAMER

Las experiencias y los acontecimientos traumáticos sucedidos en una familia les


infunden miedo a sus miembros durante generaciones y separan a los hijos de sus padres
y a generaciones posteriores de las anteriores. Sin embargo, muchas veces lo que se
experimenta como carga y peso en el fondo esconde también una fuerza especial.
El siguiente ejemplo de una constelación demuestra cómo estamos vinculados a la
historia de nuestra familia y cómo nos es imposible sustraernos a ella. Nos pertenece, es

35
una parte de nosotros y marca nuestra personalidad con todas las fortalezas y debilidades
que tenemos.

La carga
Durante un curso de constelaciones un hombre describe su consulta con las siguientes
palabras: «Quiero deshacerme de mi carga familiar». Sin averiguar lo que había
ocurrido en la familia le pido que elija a dos representantes: uno para él mismo y uno
para la «carga». Los coloca a ambos muy distanciados entre sí, su representante dando
la espalda a la «carga». Mientras que el representante del paciente se ve asediado por
una gran intranquilidad, el representante de la «carga» se mantiene firme y tranquilo.
Con una mirada atenta y amable, observa los esfuerzos de evasión del otro. La
desesperación del representante del paciente sobre la imposibilidad de evadir la carga
va en paulatino aumento e intenta esconderse en un rincón de la sala. El representante
de la «carga» lo mira impertérrito y espera. A la pregunta acerca de qué sucede en su
interior responde: «¡Yo estoy aquí, y tengo todo el tiempo del mundo!». Cuando el
representante del paciente escucha este comentario, su intranquilidad vuelve a
acrecentarse. Cada vez se siente más incómodo, hasta que se pone de pie y, sin mirar
atrás, se dirige lentamente, como atraído por una fuerza invisible, paso a paso hacia
atrás, precisamente hacia donde se encuentra el representante de la carga, hasta que
finalmente apoya su espalda en él. Este coloca cuidadosamente las manos en los
hombros del primero y el representante del paciente comienza a llorar suavemente.
Tras un rato mira por encima de su propio hombro a los ojos del representante de la
«carga», asiente con conocimiento y ambos se abrazan. Para concluir, le sugiero al
representante del paciente que diga: «¡Sí! Ahora la tomo (a la vida), también a este
precio».

El «sí» a la vida a través de los padres y de los ancestros es para muchos un proceso
difícil. Se logra a través de la aprobación de los padres, tal como eran y como son, como
también de la historia de la familia en el seno de la cual se ha nacido. El éxito en este
proceso se da independientemente del contacto o la calidad de la relación con los padres
o los abuelos. También es posible para aquel que no conoce a sus padres ni a sus
familias, ya que en sí mismo también es una aprobación a la propia persona, al destino
personal y también a la situación vital en la cual se encuentra. Esta situación también

36
puede abarcar una enfermedad que puede afectar a alguien, de forma aguda o crónica,
incluso durante toda una vida.

Según la experiencia, el primer paso para resolver un problema o curar una enfermedad a
menudo es asumir la parte de la propia responsabilidad en este tema. Según mi
observación, la fuerza para dar este paso está relacionada con la disposición a aceptar a
los padres y a la propia familia de origen. Este «sí» a los padres y a la familia es como
un sí a la vida, y lo considero una condición previa para que yo, como terapeuta, acceda
a realizar una constelación con un paciente. Mi experiencia en el trabajo de
constelaciones con enfermos, en especial en la clínica, es que cuando un paciente no está
dispuesto a decir «sí» a su situación actual, a menudo tampoco está dispuesto o es capaz
de aceptar lo que en la constelación se mostraría como el movimiento hacia la solución.
En esas circunstancias, trabajo primero la capacidad y la disposición del paciente hacia
ese «sí».

Para ello, de vez en cuando hago un ejercicio con el paciente: ubico a representantes de
sus padres frente al paciente, que está sentado a mi lado. Primero al padre y luego a la
madre a su izquierda. La distancia la determino de manera tal que el paciente esté al
límite de su capacidad de aguantar bien la cercanía y, sin embargo, lo suficientemente
cerca para que no pueda evadirse la mirada. Si resultara necesario, ubico, detrás de los
padres, a los abuelos y también a los bisabuelos.

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(Pac: paciente; M: madre; P: padre; MM: madre de la madre; PM: padre de la madre; MP: madre del padre; PP:
padre del padre; MMM: madre de la madre de la madre; PMM: padre de la madre de la madre; MPM: madre del
padre de la madre; PPM: padre del padre de la madre; MMP: madre de la madre del padre; PMP: padre de la
madre del padre; MPP: madre del padre del padre; PPP: padre del padre del padre)

Se percibe el momento en que la formación de los ancestros configurados está completa


o si aún falta alguien. Luego espero pacientemente, hasta que el paciente mira a sus
padres. Si se resiste, les pido al grupo de los representantes que se acerquen paso a paso
según lo que creo que es la cercanía máxima que el paciente tolera. Más tarde o más
temprano, cuando el paciente mira a sus antepasados y realmente los mira a los ojos,
debe reconocer que no puede seguir manteniendo el «no» hacia su familia y que no tiene
opción en lo que a su origen se refiere. A menudo, desde ese careo surge un movimiento
sanador hacia los padres y, a través de la aprobación a la familia y su historia, surge
también un «sí» hacia la vida y el propio destino. Del vínculo con la familia y los
ancestros, el paciente logra la fuerza para mirar lo pesado y también para luego mirar a
su enfermedad.

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Que el rechazo de los padres puede significar asimismo, inconscientemente, un rechazo
de la propia persona queda demostrado en el siguiente trabajo de constelación con una
paciente que sufre una enfermedad autoinmune.

La muerte temprana de los padres: «¡Yo soy vuestra hija!»


(Paciente con Pemphigus vulgaris)
La paciente, de aproximadamente 45 años, sufre de pénfigo vulgar (Pemphigus
vulgaris), una enfermedad autoinmune de las membranas que hace que estas se
vuelvan muy finas y delicadas y sangren con frecuencia.
La paciente parece estar endurecida y emana poca femineidad. Cuando se sienta a
mi lado me mira con gran reserva y escepticismo.
Espero un rato, luego sigo un impulso interno y comienzo la entrevista con la
pregunta: «¿Con quién estás enojada?». Me mira sorprendida, pero contesta de
inmediato: «¡Con mi madre!». Creo que esta respuesta explica solo una parte de su
ira, por lo que continúo preguntando: «¿Con quién más?». Y también esta respuesta
brota de inmediato: «¡Con mi padre!».
Las indagaciones por los hechos ocurridos en la familia de origen muestran que a la
edad de nueve años la paciente había perdido a su padre. Su madre murió tres años
después. La paciente nació en Argentina y desde los veinte años vive en España.
Sintonizándome con la posición de sus padres percibo un profundo amor entre ellos
y también hacia la hija. Para comprobar esta percepción le pido a la paciente que
coloque a dos representantes para sus padres. Los ubica a los dos a cierta distancia
entre ellos y mirando en direcciones diferentes. Siguiendo su propio impulso, los dos
representantes se vuelven, se sonríen y se abrazan estrechamente. Un rato después se
separan y, juntos, miran a su hija. La paciente está visiblemente emocionada y
comenta sorprendida: «¡Jamás vi a mis padres de esa manera!». Yo le digo: «Es que
tú no siempre estabas junto a ellos». Ese comentario hace que se ría.
También los representantes de los padres sonríen, se acercan lentamente y se
detienen frente a la paciente, que está sentada a mi lado. Ella se siente cada vez más
intranquila en su silla y evita mirar a los padres. Me dirijo a ella y le digo: «Míralos y
diles: “¡Yo soy vuestra hija!”». Le pido que repita esa frase varias veces hasta que
sienta que no solo está diciendo una frase vacía, sino que vibra en todo su cuerpo.
«¡Yo soy vuestra hija y vosotros sois mis padres!» Ahí ella misma hace un esfuerzo,

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se pone de pie y permite que los padres la abracen. Ellos la sostienen durante mucho
tiempo y cuando suelta el abrazo y los mira a los ojos le digo: «Míralos y diles:
“¡Sí!”». Primero mira al padre a los ojos y dice: «¡Sí!», y luego mira a los ojos a la
madre y dice: «¡Sí! Ahora estoy de acuerdo en cómo fue».
Visiblemente liberada, vuelve a tomar asiento, me mira con una sonrisa amable y
dice: «¡Gracias!».
Al día siguiente en una ronda comenta: «Todavía no puedo ni decir cómo me
siento. Me parece como si toda mi vida estuviera cambiando en estos momentos.
Nunca pude ver a mis padres con una luz positiva. Ahora, cuando pienso en ellos,
estoy llena de agradecimiento. ¡Eso me da una sensación de vida que hasta ahora
desconocía!».

Cuando nos resistimos o nos negamos a reconocer algo que nos pertenece, a veces una
enfermedad o una sintomatología nos recuerdan lo que quedó excluido. Nuestra vida y
nuestra felicidad están marcadas por la actitud que hemos adoptado hacia nuestros
padres y la historia de nuestra familia. Aquel que se siente en sintonía con su familia
puede tomar la vida en toda su plenitud y luego, tal vez, también transmitirla.

El deseo insatisfecho de tener hijos


Una joven pareja sufre hace años por el deseo insatisfecho de tener hijos. La mujer en
los últimos dos años tuvo tres abortos espontáneos, siempre entre la séptima y la
décima semana de embarazo. Los estudios clínicos realizados no dieron resultados
que pudieran explicar las pérdidas.
Mientras les formulo mis preguntas a ambos, me imagino cómo sería ser hijo suyo.
Al hacerlo siento varios escalofríos que recorren mi cuerpo. Esta percepción me lleva
a pedir al hombre que ubique, en un primer paso, a dos representantes, para él y para
su mujer, y luego agregue, en un segundo paso, un representante para un hijo. El
representante del hijo se siente mal. Tiene mucho miedo y no puede soportar ver al
padre ni tampoco resistir su cercanía. De inmediato se aleja de sus padres y se ubica
detrás del ruedo formado por las sillas de los participantes en el seminario.
La pregunta con respecto a sucesos en la familia de origen del hombre revela que
nació en Rumanía y es de descendencia alemana. Desde los siete años vive en
Alemania. Es hijo único. Cuando le pregunto si sabe dar una explicación al miedo del

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representante del hijo niega con la cabeza. Sin embargo, su mujer reacciona perpleja
y, con lágrimas en los ojos, cuenta que su marido es el único hijo vivo de su madre.
Antes de tenerlo, su madre había abortado en seis ocasiones.
Esta información hace estremecer al representante del hijo, que se retira aún más,
hasta apoyar la espalda en la pared del salón.
Ahora le pido a uno de los participantes del grupo que se ubique, como
representante de un hijo abortado, detrás del representante del hombre. Pasado un
tiempo, este apoya cuidadosamente una mano en el hombro del representante del
hombre, que se inclina hacia atrás con cautela. Este cambio despierta la curiosidad del
representante del hijo y por primera vez mira al padre. Este ha cambiado
sorprendentemente. La palidez y la tristeza que mostraba antes han desaparecido de su
rostro. El hermano configurado es evidente que le hace bien. Le pido a otro
participante del grupo que se coloque detrás de ellos dos. El representante del padre al
comienzo se retiene, pero el del hermano se alegra por el nuevo representante. El
interés del representante del hijo aumenta y emprende otro paso en dirección a su
padre.
En este momento le pregunto al paciente si él querría ubicarse personalmente en su
lugar en la constelación. Duda, pero finalmente se pone de pie y ocupa su lugar.
Cuando el representante del hijo apoya suavemente su mano en el hombro del
paciente, este empalidece, cierra los ojos y parece desmayarse. Cuando lo aliento para
que mantenga los ojos abiertos le es posible mantener la fuerza y seguir ocupando ese
lugar. Paso a paso les pido a otros cuatro participantes que se ubiquen como hijos
abortados detrás del paciente.
Se ve claramente que se exige lo máximo de él. Respira con dificultad, pero pasado
un tiempo logra mirar a su propio hijo junto con los seis representantes de sus
hermanos abortados. El gran desafío para el paciente es romper la lealtad con los
hermanos muertos y, de cara a ellos y en contacto con ellos, tomar su vida y mirar con
fuerza a la vida, a su mujer y a su hijo.
Aún les recomiendo a los dos no hablar por ahora de la constelación, y los despido
inmediatamente después con la inequívoca indicación: «¡Donde hay voluntad, hay un
camino!».

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Aproximadamente diez meses después de la constelación recibí un aviso de nacimiento
con el añadido de que eso era «el maravilloso resultado de la constelación». Cuatro años
después, la pareja me pidió un consejo con relación a la salud del niño. Aproveché la
oportunidad para pedirles que me informaran de cómo habían vivido el trabajo de la
constelación. Me enviaron lo siguiente:

Informe de la experiencia de la mujer:


Durante la constelación e inmediatamente después estaba muy aliviada y feliz por la
solución que se había encontrado. Reforzó mi amor hacia mi marido. Luego, estando
embarazada, los primeros meses realmente estaba muy preocupada y tenía miedo.
Pero una vez transcurrido el tiempo crítico, pude ir ganando más y más confianza y
tuve un embarazo muy bonito.
Tras el parto también recordé mucho a mis otros hijos y a menudo estaba triste por
no haber podido conocerlos. Pero eso ahora está mucho mejor, y cuando los recuerdo
ya no hay dolor.

Las experiencias del marido:


Al comienzo, durante la constelación de la relación de pareja estaba muy sereno.
Luego, cuando agregaste los seis hijos abortados de mi madre, rápidamente surgió en
mí una sensación de opresión.
De repente vivenciaba la constelación como un «asalto» impredecible. De ninguna
manera había contado con eso. Al principio intenté reprimir mis sensaciones. Pero
finalmente se abrieron camino. Por un rato corto me avergoncé de mi reacción
violenta, pero al final de la constelación estaba muy aliviado. De alguna manera y en
relación con eso surgió en mi vida una nueva forma de sensación de felicidad que
perdura aún hoy día.

1.4.2.2. Mejor enfermo que solo: el amor primario del hijo

De varias experiencias con constelaciones de enfermedades y sintomatología y los


comentarios posteriores de pacientes acerca de su efecto sobre el transcurso de la
enfermedad, surgió otra conclusión.

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Los representantes de elementos abstractos, como, por ejemplo, síntomas o
enfermedades en la constelación, a menudo muestran emociones y reacciones que llevan
a la conclusión de que, en general, corresponden a representantes de miembros excluidos
de la familia. Si en un próximo paso se agregan a la constelación representantes para
dichas personas, y si los pacientes les conceden un lugar y si ellos experimentan el
respeto que se merecen, los representantes de los síntomas o las enfermedades a menudo
se sienten superfluos y tienen la sensación de que ya no se los necesita. En general,
sienten la necesidad de retirarse de la constelación, pues parece que en el sistema
(familiar) han quedado reconstituidos un equilibrio y un orden. Desde ese punto de vista,
de esa manera pueden darse las condiciones para la curación del paciente.
Para muchos pacientes las comprensiones derivadas en la constelación con relación al
trasfondo de sus enfermedades y síntomas, que con frecuencia abarca varias
generaciones, es un proceso que cala muy hondo y que también es liberador.
A pesar de ello, una y otra vez vivo la experiencia de que el efecto sanador de este
proceso a menudo es menor que el esperado, o que una sintomatología, que se había
retirado prontamente tras una constelación, vuelve después de un determinado tiempo.
En cada uno de estos casos la cuestión es hasta qué punto faltaba algo liberador desde la
visión del sistema familiar o una acción por parte del paciente mismo.
La experiencia me ha enseñado que un potencial nada desdeñable se encuentra en la
propia responsabilidad y las posibilidades del paciente.

En este sentido, el ejemplo del siguiente trabajo de constelación fue para mí una
experiencia clave y me afianzó para dirigir el foco más hacia el proceso interno del
paciente.

La pretensión: «¡Aunque mueras, más no recibirás!»


(Paciente con cáncer de huesos y metástasis en el pulmón)
El paciente era médico. Por sufrir un cáncer de huesos en estado avanzado en la
pierna derecha ya había sido operado varias veces y llevaba una prótesis
completamente visible. A pesar de las quimioterapias y los rayos, hasta ese momento
no había sido posible controlar el proceso del cáncer. Recientemente habían sido
localizadas metástasis en la mitad de uno de sus pulmones y el paciente sufría de
neumonías recurrentes. Su mujer y sus dos hijos adolescentes lo acompañaban en el

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grupo. Yo no sabía que, a causa de un programa de radiación que estaba llevando a
cabo, participaría en el grupo tan solo un día.
Tras una corta entrevista introductoria en la cual menciona que sus padres aún eran
teenagers (adolescentes) cuando él nació, le pido que elija representantes para sí
mismo, para su padre y para su madre. Los ubica relacionados entre sí y agregamos
un representante más para su enfermedad. Las reacciones de los representantes
demuestran que hay un vínculo entre la enfermedad y su madre. Sin embargo, las
preguntas adicionales no añaden informaciones relevantes o que nos ayuden a
avanzar. El paciente destaca que mantiene un muy buen contacto con su madre y que
siempre lo tuvo. La constelación muestra solo pocas referencias, y además vagas,
acerca del trasfondo de la enfermedad, y la escasa disposición del paciente de abrirse
a una entrevista que pueda adelantar el proceso me lleva a interrumpir la constelación
en ese momento.
Inicialmente, la interrupción le causa enojo al paciente y al finalizar el primer día
subraya que él y su familia habían asumido un gran gasto para poder asistir al
seminario y que ahora estaba desilusionado. Yo le aseguro que continuaré con el
trabajo al día siguiente si, a través de lo vivido, para él se abren nuevos aspectos. Él
objeta que por la noche debe tomar un vuelo de regreso para respetar el turno de tan
importante tratamiento. Yo repito que tiene todas las posibilidades y que la decisión la
toma él.
Al día siguiente está presente. Su familia ha tomado el vuelo de regreso, lo que
evidentemente le hace aparecer más relajado. En general está más sereno y más
centrado. Me decido a constelar de nuevo su sistema de origen. Dado que se
integraron algunos participantes nuevos al grupo, le pido elegir solo a ellos como
representantes, dado que desconocen la constelación del día anterior. Se da una
imagen muy parecida a la del día anterior: movimientos confusos de los
representantes, un secreto alrededor de la madre y poco potencial para obtener una
solución. De manera que vuelvo a solicitarle que hable acerca de su madre y su
relación con ella. El día anterior había dicho que mantenía un buen contacto con ella.
En esta conversación nos enteramos de que su madre no sabe nada de su enfermedad.
Esa es la clave, y cuando pregunto cómo es posible responde que desde su primera
operación evita ver a su madre. Se comunican por teléfono diariamente y hablan de
todos los temas, menos de su enfermedad.

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Con esta información le pido a la representante de la madre que se ubique frente a
él y lo insto a que diga: «Mira, querida mamá, estoy muy enfermo». En lugar de la
reacción que cabría esperar de una madre que se dirige hacia su hijo enfermo, la
representante de la madre, mareada, trastabilla hacia atrás y tiene dificultades para
permanecer de pie. Su movimiento indica que es demasiado para ella y que no está en
condiciones de asistir a su hijo. Dentro de mí repentinamente resuena una frase y le
sugiero a la representante de la madre que se la diga a su hijo: «¡Querido hijo, aunque
mueras, más no recibirás!». Esta frase conmueve profundamente al paciente. Es como
si un castillo de naipes se derrumbara en su interior y es fácil darse cuenta de cómo su
cuerpo debe volver a organizarse tras esta intervención. Con esta frase la
representante de la madre se siente conforme y bien. Vuelve a sentirse fuerte,
mantiene la distancia hacia su hijo y vuelve a enfatizar que le ha dado todo lo que
puede dar, más no es posible. El paciente escucha las palabras de su madre y
comienza a llorar. Cuidadosamente coloco mi brazo alrededor de su hombro y lo
contengo un momento. Cuando en mi abrazo se tranquiliza, puede mirar a los ojos a la
madre, asentir al vínculo con ella y agradecer aquello que recibió a través de ella. Esta
aprobación y agradecimiento llevan a una profunda paz entre la madre y el hijo.
Sorprendido y, sin embargo, aliviado, el paciente regresa a su silla.

Aproximadamente medio año después de este trabajo, la organizadora de ese grupo de


constelaciones, Susan Ulfelder, recibe una tarjeta de agradecimiento. El paciente escribe:
«Sííííí, tanto la tomografía computarizada de mi pierna como también la de mi tórax no
muestran rastros. Deseo agradecer de todo corazón todo lo que han hecho por mí. B.».
Por la razón que sea, finalmente las medidas clínicas aplicadas fueron eficaces. La
posible influencia del trabajo de la constelación sigue sin estar clara.
En agosto de 2006, aproximadamente dos años después de la constelación, encontré a
Susan Ulfelder en el marco de una formación de posgrado. Me informó de que
continuaba teniendo contacto con el paciente y que estaba muy bien. Me dijo que
reestructuró su vida y que ya no practicaba su profesión de médico. Se independizó y
abrió una agencia inmobiliaria.
La constelación ilustra la fuerza sanadora que se puede encontrar en la actitud de
reconocimiento del hijo hacia los padres y sus posibilidades y sus límites. Para el
proceso de solución del paciente, la implicación de la madre no fue importante, lo

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esencial fue el cambio de actitud frente a la madre. Ocultarle la enfermedad puede verse
como una forma de desprecio, que ya se había manifestado en el primer diálogo con el
paciente, cuando describió a sus padres como adolescentes (teenagers).

ORIENTADO AL SISTEMA, ORIENTADO AL CLIENTE


Estas y otras respuestas recibidas después de las constelaciones con enfermos han
modificado mi forma de proceder en el trabajo de constelaciones sistémicas. Mientras
que al comienzo las implicaciones transgeneracionales como trasfondo de enfermedades
y su solución constituían el núcleo del trabajo, ahora mi atención durante el proceso de
una constelación está más orientada hacia el paciente y su actitud básica potencialmente
nociva, así como a sus posibilidades de modificarla.
Mi amigo Dale Schusterman dijo una vez, mientras participaba en un grupo de
constelaciones para enfermos: «Usas a la persona para cambiar el sistema, no el sistema
para cambiar a la persona». Solo puedo ratificar esas palabras. Precisamente porque
nosotros somos una parte del sistema tenemos una influencia (aunque limitada) sobre el
sistema como un todo. En uno de sus textos (1996, pág. 71 y siguiente), bajo el título
«La Respuesta», Bert Hellinger usa la expresión «margen de movimiento»:

Un discípulo se dirigió a su maestro:


–¡Dime lo que es la libertad!
–¿Qué libertad? –le preguntó el maestro–. La primera libertad es la necedad. Se
asemeja al caballo que, relinchando, derriba a su jinete. Después siente que la mano
del jinete lo retiene con más fuerza. La segunda libertad es el arrepentimiento. Se
asemeja al timonel que, en lugar de bajar al bote salvavidas, se queda en el barco que
naufragó. La tercera libertad es el entendimiento. Viene después de la necedad y
después del arrepentimiento. Se asemeja a la brizna que se balancea con el aire y,
porque cede donde es débil, se sostiene.
El discípulo preguntó:
–¿Eso es todo?
Replicó el maestro:
–Algunos piensan que son ellos mismos los que buscan la verdad de su alma. Pero
la Gran Alma piensa y busca a través de ellos. Al igual que la naturaleza, puede
permitirse muchos errores, ya que sin esfuerzo sustituye a los jugadores equivocados
por otros nuevos. Sin embargo, a quien la deja pensar le concede, a veces, algún

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margen de movimiento. Igual que el río lleva al nadador que se entrega a sus aguas,
también ella lo lleva a la orilla, y une sus fuerzas a las de él.

LIBERTAD PERSONAL Y ELECCIÓN


No tenemos opción en relación con nuestros padres y en relación con la historia de la
familia con la que estamos enlazados, y también estamos sujetos a las fuerzas del orden
de la conciencia colectiva de este sistema. Sin embargo, a través de nuestra actitud,
aquella que adoptamos frente a las personas que nos corresponden, así como también
frente a su vida y a su destino, podemos influir en la medida en que estamos atrapados y
permanecemos implicados, o bien estamos vinculados de una manera buena y, dentro del
marco de nuestras posibilidades, desvinculados y en mayor medida, autónomos.
No cabe duda de que cada uno ha recibido algo de sus padres, y también cada uno
echa de menos algo de sus padres. Depende entonces de cada uno con qué se vincula. Si
logra mirar aquello que ha recibido, se siente obsequiado y, como consecuencia, también
tiene algo que dar. Si es muy exigente y se vincula con aquello que no pudo recibir,
quizá se sienta engañado por la vida y por los padres. Le va mal, le falta algo y, como
consecuencia, a menudo no está dispuesto o no está en condiciones de dar. En esa actitud
muchas personas se deprimen.
Estar en sintonía con los padres significa tomar lo que se ha recibido y renunciar a
aquello que no se pudo recibir. Esta es una verdadera renuncia, ya que nadie puede
reemplazar a los padres. El padre no puede reemplazar a la madre, la madre no puede
reemplazar al padre, los padres adoptivos o los tutores no pueden reemplazar a los
padres biológicos. Tampoco las parejas pueden cubrir esas necesidades, y muchos niños
sufren bajo la proyección inconsciente de sus padres cuando deben representarlos
(parentificación).

También el ejemplo siguiente muestra la fuerza del amor primario del niño y el potencial
liberador contenido en el reconocimiento del propio destino. Según mis observaciones a
través del trabajo de constelaciones con enfermos, muchos pacientes, inconscientemente,
están atrapados en su enfermedad o sintomatología por un anhelo infantil y la retienen
por una profunda necesidad de pertenencia. Viven y sufren con la esperanza de recibir
más cercanía y afecto de sus padres, más de lo que los padres pueden darles.
Por lo tanto, parte del proceso de curación sería renunciar a ese anhelo de cercanía de
los padres y, a través de la sintonía con ellos y la propia toma de responsabilidades,

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poder crecer hacia la autonomía de un adulto.
La esperanza del paciente de que se cumplan esos anhelos infantiles podría ser
considerada inconscientemente una ganancia proporcionada por la enfermedad en el
sentido más amplio.

La necesidad: «¡Debes permitir que la madre parta!»


(Paciente con enfermedad de Sudeck)
Una mujer con dificultades para caminar informa de que su parto fue difícil y que
inmediatamente después de nacer fue separada de su madre y tuvo que ser ingresada
durante tres semanas en una clínica pediátrica.
La madre estaba en estado de shock por la apariencia deformada de su hija como
consecuencia del parto con ventosa y fórceps, y repetía una y otra vez lo difícil que
era para ella aceptarla.
Durante el proceso de aclaración de la consulta de la paciente, su anhelo de
cercanía y sostén es muy manifiesto. También se percibe cómo proyecta en el
terapeuta su necesidad en esta situación. Por lo tanto, le pido a la paciente que
comience configurando a dos representantes. Una mujer para ella misma y un hombre
para mí. En la constelación, la representante de la paciente se apoya de inmediato en
mi representante, apoya su cabeza en su hombro y llora. La proyección sobre mi
persona, como su padre o su madre, también es visible para la paciente. Les pido a
dos participantes del grupo que se pongan a disposición como representantes del
padre y de la madre de la paciente. Los llevo a ambos a la constelación y los ubico a
cierta distancia detrás de la representante de la paciente. A mi representante,
visiblemente aliviado, lo retiro de su posición difícil.
La representante de la madre no muestra ni interés ni sentimiento por su hija.
Resulta obvio lo difícil que esto resulta para la paciente, pero no puede demostrar su
dolor y retiene todo sentimiento. Decido interrumpir el trabajo en ese punto y, por el
momento, solo contactar a la paciente con su carencia.
A la mañana siguiente la paciente informa de que después de la constelación del día
anterior se siente físicamente cada vez peor. Que se siente abandonada y perdida en su
dolor, y que la imagen de la madre volviéndose hacia el otro lado la preocupa. Se nota
claramente su resistencia a esa imagen de su madre y yo le digo, con voz tranquila
pero firme: «Debes permitirle partir».

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La mirada de la paciente se dirige al suelo, resignada. Pasado un tiempo menea la
cabeza y con ira patea el suelo y de esa forma pone de manifiesto que no está de
acuerdo con mi manifestación. Le pido a la representante de su madre del día anterior
que se ubique frente a la paciente que se encuentra sentada a mi lado. La paciente
sigue mirando al suelo, y nuevamente la representante de la madre aparta la mirada.
Cuando la paciente comienza a llorar con suavidad, le sugiero: «¡Mira a tu madre!
¡Mírala a los ojos!». Lentamente alza la vista, pero su madre, impertérrita, sigue
mirando por la ventana. Antes de que yo pueda dar otro paso, la paciente se desliza de
su silla hacia el suelo, abraza las piernas de su madre y comienza a sollozar fuerte y
dramáticamente. A la representante de la madre eso le resulta insoportable, trata de
deshacerse de la paciente y de liberarse de esas manos que la retienen. Cuando la
representante de la madre quita las manos de la hija por la fuerza, esta grita con dolor
y rabia. La representante de la madre da dos pasos hacia atrás y deja a la paciente
recostada en el suelo, desentendiéndose de ella. Ella no quiere aceptar la reacción de
su madre y comienza a arrastrarse hacia ella. Dado que apenas si puede usar las
piernas, va avanzando, con la ayuda de las manos, centímetro a centímetro en
dirección a su madre. La representante de la madre permanece centrada, tranquila y
fuerte, mirando impertérrita por la ventana. La paciente se va moviendo con toda su
fuerza y sollozando ruidosamente en dirección a la madre. Al fin llega a ella y con las
yemas de los dedos toca los pies de la representante de la madre. Pero esta vuelve a
retroceder, y otra vez la paciente solloza desde su dolor y nuevamente trata de seguir a
la madre.
Dado que no se muestra un avance en este movimiento, todas las personas
presentes tienen claro que el trabajo debe ser interrumpido. Despido a la representante
de la madre de su posición y decido que el grupo se tome media hora de receso. La
paciente yace en el suelo, llorando. Cuando dos participantes tratan de ayudarla a
levantarse, los detengo sin que la paciente se dé cuenta. Soy consciente de que con su
ayuda interferirían en la intervención de la ruptura. Según mi percepción, el primer
paso liberador es sintonizarse con la madre tal como es. Por lo tanto, yo me comporto
igual que ella y pido al grupo que no ayude a la paciente.
Así vamos a la pausa, los participantes abandonan el recinto, tensos y
conmocionados, y pasan a la terraza al aire libre. Para sorpresa de todos nosotros, a
los veinte minutos, la paciente sale a la terraza, radiante y sin su bastón. Se dirige

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directamente hacia mí y me da las gracias. Todos nosotros vemos, impresionados,
cómo se las arregla sin bastón. Orgullosa, nos anuncia: «¡Esta es la primera vez en
años que salgo de casa sin un aparato que me ayude a caminar!».

Aproximadamente un año después de la constelación recibo de la paciente el siguiente


informe:

El invierno y la primavera de 2004 fueron una época terrible para mí. Físicamente
estaba muy mal: durante seis meses necesité medicación contra las inflamaciones y
los dolores. Dos veces estuve ingresada, pero nada me ayudó ni me alivió. A pesar de
que los médicos opinaban que estaba en el camino de la curación, tenía dolores
insoportables en las caderas, los talones y los pies. Necesitaba un trípode en el que
apoyarme para dar por lo menos algunos pocos pasos con esfuerzo y dolor. Estaba tan
desesperada que me decidí a hacer una constelación familiar.
Ya al comienzo del grupo pedí poder trabajar y fui la primera. Cuando me senté al
lado del terapeuta, me miró mucho tiempo sin hablar. La mirada tranquila y serena me
dio una paz profunda. Tras unas pocas preguntas, finalmente dijo: «Elige un
representante para ti y uno para mí, y ubícalos a los dos relacionados entre sí». Me
sorprendí, pero hice lo que se me había solicitado y ubiqué uno frente al otro. Poco
después, siguiendo su propio impulso, mi representante se acercó al representante del
terapeuta y apoyó su cabeza en el hombro de aquel, llorando. Luego, muy lentamente,
se deslizó al suelo, siguió llorando y se agarró del representante del terapeuta.
Stephan Hausner me preguntó: «¿Crees que tenemos una buena base para realizar
un trabajo terapéutico?».
Para mí resultaba claro que así no podía funcionar, de manera que contesté: «No,
parece que sea una relación entre una hija y su padre o su madre».
Stephan asintió, fue a su representante, le dio las gracias y lo despidió de su rol.
Luego eligió a un hombre y a una mujer como representantes de mis padres y los
agregó a la constelación. El representante de mi padre se dirigió amorosamente a mi
representante mientras que la representante de mi madre parecía indiferente y
finalmente se volvió hacia el otro lado. Sentí frío cuando vi la reacción de mi madre y
lo mismo sentía mi representante. Daba la sensación de estar desesperada, lloraba y
dijo: «Estoy mal, tengo frío. Tengo la sensación de estar muriéndome. Se me duermen

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todas las extremidades». Así estaba de pie, lloraba y temblaba, temblaba y lloraba.
Luego agregó: «Es demasiado, todo es demasiado». Estas frases me conmovieron
mucho, dado que toda mi vida había tenido esa sensación de que «era demasiado». En
ese momento Stephan decidió interrumpir el trabajo. Dijo: «Por el momento me
gustaría dejarlo así, y mañana seguiremos trabajando».
Al día siguiente, estaba sentada en la ronda junto con los demás participantes, e
informé de que después de lo sucedido la noche anterior no me encontraba bien, que
sentía mucha tristeza y que estaba muy conmocionada.
Stephan no dijo nada, pero hizo algo que cambió mi vida. Tomó a la representante
de mi madre, la ubicó delante de mí y dijo: «¡Mírala, mírala a los ojos!». Eso hice,
finalmente. Y ahí entonces todo sucedió como impulsado por algo que iba más allá de
mí. Caí de rodillas, olvidé todo mi dolor, abracé las rodillas de la representante de mi
madre, hundí mi cabeza en su regazo y grité: «¡Mamá! ¡Mi querida mamá! Mamá
mía, cuán hermoso es estar tan cerca de ti y poder apoyarme en ti. Mi querida mamá,
¡ay!, mi querida mamá, ¡quiero quedarme siempre contigo, junto a tu corazón, en la
calidez de tu abrazo!».
Sin embargo, repentinamente registré: «Pero… ¡tú no me abrazas, mamá! Tus
manos no tienen ternura y tus piernas… ¡Dios! Están duras como piedras. Ahora te
vuelves hacia el otro lado, te vuelves hacia el otro lado como ayer. Pero no me
importa. Tengo bastante si estoy contigo. Solo permíteme estar contigo. ¡Te necesito,
mamá! Permíteme tan solo estar contigo».
Pero sus manos, duras como garras, me toman con violencia, con rechazo, y me
separan de ella.
«¡Nooooo!» Un solo grito, grande, interminable. Y la muerte, yo tenía la sensación
de que con sus manos, esas manos que me separaban de ella, también se me iba la
vida. Luego, la nada. Ningún pensamiento, ninguna sensación. Quedé tendida en el
suelo durante mucho tiempo, un tiempo que me pareció interminable.
Después de ese fin de semana ya no era la misma. Comprendí que mi sufrimiento
también estaba condicionado por ese anhelo de estar cerca de mi madre. Mi madre
había logrado lo más grande para mí dándome la vida. Y ahora era mi tarea
agradecérselo y honrarla por ello. Ahora yo sí podía hacerlo.
Lo que a todos nos sorprendió –sobre todo a mí– fue que llegué el viernes llena de
dolores y caminando solo con mucho esfuerzo, y el domingo me fui casi sin dolores, e

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incluso me movía casi con ímpetu. Aquí quiero destacar, en especial, que eso se
mantuvo así, y que después de ese trabajo difícil, cada día estaba mejor, hasta el punto
de poder caminar sin bastón, y pasé un verano maravilloso.

En el marco del trabajo con constelaciones en un sanatorio para enfermos


psicosomáticos me encontré con otros pacientes que sufrían de la enfermedad de Sudeck.
Según lo que me confirmó un médico de allí, en la anamnesis de sus familias a menudo
se encuentra una separación temprana de los padres, en general, inmediatamente después
del parto.
También en el caso de esos pacientes, el trabajo con constelaciones estaba marcado
por una toma de contacto con las fuerzas y las posibilidades propias, hacerse cargo de la
propia responsabilidad y renunciar a una actitud de queja.

El amor ciego del hijo hacia los padres, ese amor que potencialmente es capaz de
enfermar, es autorreferente y no está orientado hacia los padres. Si el hijo enfermo
mirara a sus padres a los ojos, no podría aferrarse a la enfermedad de la misma manera.
Debería reconocer que también los padres aman y no quieren que sus hijos sufran.
Asimismo, el ejemplo que sigue muestra que los hijos, en su amor, están dispuestos a
sacrificar su vida por sus padres:

«¡Por ti! ¡Y por ti!»


(Paciente con cáncer de mama y metástasis en el pulmón, el hígado y los huesos)
En el marco de las Primeras Jornadas de Comunicación Abierta entre las Terapias
Alternativas y el Cáncer celebrada en Madrid en 2006,3 se presentó una mujer de 45
años de entre los participantes para realizar una constelación. Su enfermedad de base
es un cáncer de mama, ahora tiene metástasis en el pulmón, el hígado y los huesos. De
cara al informe clínico le digo abiertamente a la paciente que no estoy seguro de si un
trabajo de constelación es adecuado para ella. Tanto ella como yo debemos reconocer
que la muerte quizá ya se encuentre muy cerca y que tal vez yo no tenga permiso para
intervenir en un posible movimiento de su alma hacia la muerte. Lo comprende y está
de acuerdo. Con su aprobación, me declaro dispuesto a trabajar.
La paciente vive sola y no tiene hijos. En su familia de origen ella es la menor de
cuatro hermanos. Los dos primeros, un hermano y una hermana, murieron pocos días

52
después del parto. Con el hermano, ocho años mayor que ella, no tiene contacto. Sus
padres se separaron, ambos están gravemente enfermos y viven en sendos geriátricos.
Impulsado por la sensación de que aquí podría haber algo abierto entre la paciente y
sus padres que le dificulte tanto seguir viva como también morir, solicito a la paciente
que configure a representantes para su padre, su madre y para ella misma.
Al padre y a la madre los ubica muy distanciados, y a la representante de ella
aproximadamente un paso por detrás del padre y mirando en la misma dirección que
él.
La representante de la madre mira espantada al suelo delante de ella, llora y todo su
cuerpo tiembla. Es de suponer que está mirando a sus dos hijos que murieron poco
después del parto. El representante del padre se muestra indiferente. Mira fijamente a
lo lejos. La representante de la paciente respira con dificultad. Al preguntarle qué es
lo que siente ahora responde: «Tengo mucho miedo al padre. No me atrevo a
mirarlo».
Le pregunto a la paciente acerca de otros sucesos en la familia. Me informa de que
su padre abusó de ella. Antes de contraer matrimonio con la madre, el padre había
trabajado en Alemania. Allí pasó varios años en la cárcel por haber acuchillado a un
alemán durante una pelea en un bar.
Mientras, la representante de la madre, que había caído de rodillas y estaba agotada
de tanto llorar, se recuesta en el suelo. Cuidadosamente, la representante de la
paciente pasa junto al padre y se dirige hacia su madre. Cuando la ve inmóvil en el
suelo, se retira lentamente a su lugar y se vuelve. El representante del padre
permanece de pie sin cambios.
Miro a la paciente durante largo rato y, al hacerlo, una y otra vez «escucho» en mi
interior una pregunta: «¿Quién debe morir?». Cuando la formulo, la paciente pregunta
cautelosamente: «¿Yo?».
Yo respondo: «El padre, creo. ¿Y quién lo hace?». Me mira, interrogante, pero en
la profundidad de su mirada me parece ver que ella lo sabe, y expreso entonces mi
sospecha: «¡Tú! ¡Y tú lo sabes!».
Baja la vista y tras unos instantes de silencio dice: «¡No sé qué hacer!».
Yo contesto: «No sé si podemos hacer algo para tu cuerpo, pero quizá sí para tu
alma».

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En el transcurso de nuestra conversación, la representante de la paciente se
intranquiliza cada vez más. Se nota que le es difícil mantenerse de pie y entonces se
sienta en el suelo. Finalmente, con gran lentitud, se recuesta de espaldas, cierra los
ojos y cruza los brazos en su pecho. Allí está en paz, como en una tumba.
Tras un tiempo de silencio, percibo las palabras como en el alma de la paciente:
«¡Por ti!». Cuando se vuelven cada vez más «sonoras», me dirijo hacia la
representante de la madre y le pido que mire a su hija. A la paciente le digo: «Mira a
tu madre y dile: “¡Por ti!”». Ella lo dice. Y luego sugiero: «Y ahora mira a tu padre y
dile: “¡Y por ti!”». También se lo dice al padre.
Ahí la representante de la madre se pone de pie y se dirige hacia la paciente,
sentada a mi lado. Ambas se miran a los ojos profundamente durante largo rato,
comienzan a llorar y, entre lágrimas, se abrazan. Cuando el padre escucha el llanto
también las mira, se vuelve hacia ellas y abraza a su mujer y a su hija. Todos nosotros
estamos sentados inmóviles y concedemos todo el tiempo necesario al proceso de
reconciliación. Allí concluyo el trabajo.

En la pausa después de esa constelación me viene a ver un médico del público y comenta
cuán profundamente lo ha conmovido este trabajo. Ya hace muchos años que trabaja
acompañando a enfermos terminales en un hospicio para niños de la calle en Brasil. Dice
que a veces es imposible imaginarse lo que estos niños han padecido en su vida y cómo,
a veces durante muchos años, sus padres u otros miembros de la familia los hicieron
sufrir hasta su muerte. Pero, según los comentarios de ese médico, casi todos los niños,
en el instante en el que deben soltar la vida, tienen un solo anhelo: sus padres.
Aproximadamente cuatro meses después de esta constelación, me encontré con un
colega en un grupo de formación. Él había recomendado a la paciente que participara en
el congreso y se presentara para un trabajo. Me comunicó que aún estaba viva. Además
del tratamiento de la medicina alopática, él le estaba ofreciendo acompañamiento
psicoterapéutico y también recibía tratamientos de la medicina complementaria. Como
su terapeuta, vivenció el trabajo de la constelación como un paso muy útil. Después de
hacerlo, la paciente estaba mucho más tranquila y serena, lo que benefició mucho a su
trabajo terapéutico.
Otro año después me enteré de la reciente muerte de la paciente. El terapeuta la
acompañó hasta pocas semanas antes. Me dijo que a pesar de su grave enfermedad su

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último año de vida había sido bueno.

1.4.2.3. Como es adentro es afuera: la correspondencia de la sintomatología

«Como es arriba es abajo / como es adentro es afuera.»


PARACELSO

Ya durante el estudio de la naturopatía me conmovió la teoría de los símbolos.4


«Aparecen en escena» enfermedades y medicaciones y de sus apariencias externas es
posible deducir conexiones internas. También en el trabajo de constelaciones con
enfermos a menudo es posible obtener importantes datos sobre analogías y
correspondencias gracias al pensamiento circunspecto. Los contenidos que las familias
han excluido frecuentemente piden la palabra en una asombrosa concordancia y
reaparición transgeneracional de temas vitales, enfermedades y síntomas que se
mantienen durante mucho tiempo.

La hermana fallecida del padre


(Paciente con problemas dentales)
En un encuentro de constelaciones sistémicas una paciente describe los problemas con
sus dientes. Ella misma y también los dentistas se desesperan porque su gran
sensibilidad en ese aspecto ocasiona dificultades constantes. Desde hace años varios
dentistas intentan sanear los focos existentes y proveer al maxilar la prótesis dental
adecuada. Sin embargo, los rechazos del material dental sustituto e inflamaciones
recurrentes llevan a continuas complicaciones. Según declaraciones de la paciente, sus
dientes ya desde siempre fueron un problema.
En la constelación se muestra una identificación de la paciente con la hermana
mayor de su padre, que murió a la edad de casi tres años de una meningitis a
consecuencia de una complicación surgida por la supuración de un diente. Jamás se
habló de la hermana del padre. La paciente había sabido de su tía casualmente por su
madre. En la constelación nadie miraba a la niña muerta con excepción de la
representante de la paciente. La niña fue enterrada sin inscripción del nombre en la
sepultura familiar de los abuelos, y desde ese momento su existencia fue silenciada.

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Además de la similitud de la sintomatología o los órganos afectados, a veces también se
muestra una correspondencia en la dinámica. De esa forma es posible, por ejemplo, en el
caso de enfermedades autoagresivas, considerar, además de otras dinámicas familiares,
la incompatibilidad de fuerzas que en realidad deberían estar juntas, pero que no pueden
o no deben ser unidas o integradas.

La bendición negada del bisabuelo


(Paciente con lupus eritematoso)
Como ejemplo de una dinámica de una enfermedad autoinmune mencionemos aquí la
constelación de una paciente de Jujuy, una provincia del noroeste de Argentina. Sufría
de lupus eritematoso (una enfermedad autoinmune de los vasos y el tejido conjuntivo,
con el característico eritema en el rostro e inflamación de las articulaciones). En este
caso, el representante configurado para la enfermedad pudo retirarse cuando la
paciente hizo una reverencia a su abuela indígena, que se había casado con un
español. Para ese vínculo faltaba la bendición de su padre, que tras la boda expulsó a
su hija por traidora. El representante del bisabuelo de la paciente, que al principio se
mostraba amargado, se enterneció cuando en la constelación su hija le mostró a su
bisnieta. Dijo entonces que había tenido mucho miedo por su hija y también ante el
hecho de que ahora, en las sucesivas generaciones, ya no habría continuidad. A eso la
paciente, siguiendo su propio impulso, respondió que ella iba a honrarlo a él y a la
herencia de su pueblo.

Con frecuencia una incompatibilidad ideológica, religiosa o étnica de opuestos


polarizados en la familia del padre y la familia de la madre adquiere un plano físico en
las identificaciones de los nietos o bisnietos. En general, se nota que cuanto más
profundo es el trauma o el conflicto, tanto más tarde y a largo plazo se muestran los
posibles efectos en las generaciones posteriores, y cuanto más grave es el cuadro de la
enfermedad, tanto más pesados son, en general, los sucesos en la historia de la familia.
A veces la sintomatología del paciente también señala un movimiento o una actitud
que el paciente evita. Bert Hellinger señaló repetidas veces en sus cursos una relación
entre los dolores de espalda y la resistencia del paciente a realizar una reverencia ante el
padre, la madre u otro miembro de la familia que hubiera tenido un destino especial.

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En este sentido, me parece digno de mención el siguiente ejemplo de una paciente que
sufrió durante muchos años de una distonía cervical (una enfermedad neurológica que,
como consecuencia de la sobreactividad de los músculos del cuello, lleva a una posición
espástica de la cabeza).

El hijo abortado
(Paciente con distonía cervical)
En un grupo de constelaciones una mujer de aproximadamente 35 años describe su
deseo de mantener una relación de pareja feliz y estable con el objetivo de crear una
familia. Según sus propias declaraciones, una y otra vez termina con los hombres
equivocados.
Sin formular más preguntas, le pido que elija una representante para ella y un
representante para un hombre. Los ubica a cierta distancia, uno frente al otro. La
representante de la mujer siente fuertes tirones en la nuca. Debe seguir el movimiento,
y la columna vertebral del cuello se tensiona en un giro muy doloroso hacia la
derecha.
Cuando la paciente ve la posición de su representante, comenta asustada: «Durante
quince años sufrí tortícolis con una torsión a la derecha igual a esa. Una y otra vez me
trataron con toxinas botulínicas para aliviar los calambres hasta que un día las
molestias no aparecieron más».
Al preguntar al representante del hombre cómo se siente, este responde: «Me siento
inseguro, me gusta esa mujer, pero también me parece siniestra».
Esta declaración, y la imposibilidad de la representante de la paciente de defenderse
ante ese impulso de movimiento sumamente doloroso por el cual se ve obligada a
mirar al suelo detrás de ella por encima de su propio hombro, me llevan a preguntarle
si tal vez ha perdido un hijo. Contesta con un no, pero noto, inmediatamente después
de mi pregunta, que se produce una ligera irritación en la expresión de su rostro, de
manera que mantengo el contacto visual para mostrarle que no estoy seguro de su
respuesta. La paciente nota mi duda y dice: «Cuando tenía 17 años me quedé
embarazada. Mis padres estaban en contra de ese hombre y también él se sentía
agobiado con un hijo, de manera que mi madre me organizó un aborto».
Le pregunto a la paciente: «¿Qué crees que era, un niño o una niña?». (Esta
pregunta busca que internamente la madre tome contacto con el hijo.) La paciente

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contesta: «¡Un niño!». Le pido: «¡Configura a alguien para él!». Elige un
representante y lo ubica detrás de la representante de ella. Esta comienza a llorar, se
vuelve, se encarga del hijo y lo abraza. La tensión en el cuello desaparece
instantáneamente.
Aliviado, el representante del hombre pide la palabra y quiere agregar que esa
opresión que había sentido desapareció repentinamente cuando se mencionó al hijo.
Durante todo el tiempo había sentido que le faltaba algo y al final de la constelación
se sentía muy aliviado. Para terminar expresa que ahora, por su parte, ya nada se
interpone en la relación.

1.4.3. Exclusión, asentimiento y sintonía

«Se trata de que todo ha de ser vivenciado.»


RAINER MARIA RILKE

Las constelaciones sistémicas muestran claramente que muchos problemas, sobre todo
también de salud, pueden estar relacionados con la exclusión de una o varias personas o
de sucesos relevantes para la historia de la familia. El trasfondo de una exclusión
consciente o inconsciente en general es una sobrecarga emocional producida por una
experiencia traumática o una desilusión dolorosa. Al sentirse sobreexigido, la exclusión
es, en primer lugar, un paso para poder sobrevivir. A menudo ese mecanismo se
convierte luego en un patrón y se mantiene vigente en proyecciones inconscientes hacia
otros seres del entorno. Muchas de esas experiencias dolorosas primarias llevan luego a
juicios despreciativos, a reproches y exigencias. En las relaciones, todos ellos tienen
simultáneamente un efecto tanto separador como vinculante, y con frecuencia es una
enfermedad la que obliga a la persona afectada a detenerse y a buscar un cambio.
A diferencia del efecto vinculante, que enreda y limita, de las exclusiones, la
concordancia, la aprobación y el reconocimiento, a pesar de todo lo difícil, se
experimentan como liberadores y sanadores.
Solamente aquel que está en sintonía con su pasado también está libre para un futuro.
Aquel que lidia con lo pasado, ya sea que afecte la propia vida, en el sentido de una
pérdida temprana, una separación prematura de los padres o una decisión tomada, ya sea

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por algo que va más allá de lo personal y que afecta a la historia de la familia, permanece
atado.
Las constelaciones sistémicas con enfermos insinúan que la mirada a la propia vida a
menudo no es suficiente para lograr un alivio o una curación. Debe considerarse que la
enfermedad está enlazada en el contexto transgeneracional de la familia y no puede ser
reducida a un suceso personal del paciente.

59
2.
Relato de casos,
informes posteriores y comentarios

«Cuanto más se niega uno a dar cabida al mensaje y al sentido de la


patología, tanto más patológica se vuelve.»
WOLFGANG GIEGERICH

Al referirse al origen y el transcurso de una dolencia, la investigación médica y


psicosomática moderna habla de un efecto de interactuación y complementación de
factores biológicos, psicológicos y sociales. Al hacerlo niega en gran parte una
interrelación entre ciertas dinámicas familiares y cuadros específicos de enfermedades.
Según lo que muestran las experiencias y los comentarios de pacientes después de las
constelaciones, el hecho de encarar dinámicas familiares transgeneracionales dentro del
marco de las constelaciones sistémicas con enfermos puede contribuir a que las
enfermedades sean mejor sobrellevadas, a que se produzca un alivio o incluso una
curación.
En su desarrollo, cada constelación va surgiendo como un proceso individual y único
y tan solo de esa manera puede desplegar efectos útiles.
Los ejemplos que se comentan en parte y las dinámicas observadas en repetidas
ocasiones que se describen aquí sirven, sobre todo, como ilustración e introducción para
pensar que las relaciones familiares y su reciprocidad van unidas a la aparición de
enfermedades y la formación de síntomas. Aplicar estas observaciones sin tener en
cuenta la situación individual y la historia del paciente no solamente puede no ayudarlo,
sino también dañarlo.

60
La organización de los casos según temas familiares tiene como objetivo ubicar en un
primer plano de observación la polémica relación de los patrones familiares como
posibilidad para que se produzca una modificación preventiva y curativa y también una
reestructuración, y contrarrestar una idea poco útil de que existe un contexto causal
directo entre implicaciones y enfermedades específicas.

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2.1. Enfermedad y conducta vincular de los hijos

«Nunca es demasiado tarde para tener una infancia feliz.»


MILTON ERICKSON

La primera autoridad de enlace con la fuerza de los antepasados que en todas las culturas
indígenas se considera básica para una vida saludable son los padres. Tomar la vida a
través de ellos se logra mediante el respeto hacia ellos y la sintonía con ellos. Las
implicaciones sistémicas familiares y los traumas por una separación temprana llevan a
conductas de apego inseguras en el hijo y a menudo obstaculizan el éxito de esta
operación espiritual profunda.
Por esa razón para mí la reconciliación interna con los padres también es de especial
importancia en el trabajo con constelaciones.
CONDUCTA VINCULAR Y PÉRDIDA DE VÍNCULO
Desde el punto de vista de la fisiología del desarrollo, el vínculo del hijo con los padres,
en especial con la madre, sirve para asegurar la vida. La investigación del
comportamiento vincular del ser humano y su influencia sobre el desarrollo de su alma
se la debemos, en primer lugar, al psicólogo inglés John Bowlby. Sus observaciones y
comprensiones fueron teniendo mayor consideración en la psicología y en la psicoterapia
(Brisch, 2009), y también el trabajo con constelaciones muestra la importancia y la
actualidad de sus explicaciones.
Las constelaciones sistémicas con enfermos señalan, además de las consecuencias
emocionales de trastornos relacionales tempranos, los efectos en el plano corporal.

Como disparadores de disturbios en el vínculo pueden distinguirse los siguientes


sucesos:

una pérdida temprana del vínculo del hijo por enfermedad larga y grave o la muerte
de uno de los padres, así como también por entrega del niño al cuidado, a la adopción
o a un hogar;

62
una separación temprana de la madre o del padre cuya consecuencia sea un
«acercamiento interrumpido»;
una inseguridad del niño en el vínculo por una disponibilidad emocional limitada por
parte de los padres motivada por sus propias experiencias traumáticas o por
implicaciones familiares.

Sea cual fuere la razón de un trastorno temprano en la relación con los padres, en
general, como consecuencia, el niño queda atrapado entre una necesidad insatisfecha de
cercanía con sus padres y una sensación de tener que protegerse y distanciarse. Cuando
en el marco de los grupos de constelación se logra sacar a la luz el trasfondo de la
relación perturbadora y resolver el distanciamiento emocional de los pacientes afectados,
el final de esta ambivalencia se experimenta en el alma como una sensación
apaciguadora y, en repetidas ocasiones, como una curación física.

2.1.1. Enfermedad y pérdida del vínculo del hijo por separación temprana de la madre

La primera persona con la que el hijo se relaciona es la madre. Por ese motivo una
pérdida o una separación tempranas de la madre generan inseguridad en el vínculo y
tienen consecuencias más graves que la pérdida del padre o de otras personas
importantes.

La separación de los padres: «¡Querida mamá! ¡Fue muy difícil para mí!»
(Paciente con glomerulonefritis autoinmune)
Dos meses después de habérsele diagnosticado una enfermedad autoinmune del tejido
funcional de los riñones, un hombre participa en un grupo de constelación para
enfermos. Por la súbita aparición de sus síntomas severos, los médicos temen que el
transcurso de la enfermedad sea muy progresivo.
La anamnesis de la familia muestra que la madre del paciente había abandonado al
padre y a él cuando este último tenía tres años. Se había enamorado de un soldado
estadounidense destinado en su ciudad y había viajado con él a Estados Unidos
cuando llegó su orden de repatriación.
Comenzamos la constelación con dos representantes, uno para el paciente y otro
para la enfermedad. El paciente elige a una mujer para la enfermedad y la ubica a

63
cierta distancia frente al representante propio. Mi hipótesis es que podría existir un
trasfondo de la enfermedad relacionado con el rechazo de la madre y le pido al
paciente que agregue una representante más para su madre. Cuando la representante
de la madre aparece en la constelación, el representante del paciente inmediatamente
retrocede ante ella y no se da cuenta de que de esa forma se acerca a la representante
de la enfermedad. Este impulso se vuelve aún más claro cuando la representante de la
madre intenta acercarse al hijo y este vuelve a retroceder, reduciendo aún más la
distancia hacia la enfermedad. Cuando le pregunto a la representante de la
enfermedad cómo se encuentra, me responde: «¡Si él me necesita, yo estoy a su
disposición!».
Las reacciones de los representantes son suficiente confirmación. Interrumpo la
constelación y le pido a la representante de la madre que se sitúe frente al paciente,
que se encuentra sentado a mi lado. Determino la distancia para que el paciente esté al
límite de tolerancia con respecto a la cercanía de la madre.
El paciente empuja el respaldo de la silla con la espalda y lentamente la lleva contra
la pared. Se logra un movimiento hacia la madre manifestando y expresando lo que
fue difícil para él. Le sugiero entonces al paciente que le diga a su madre: «¡Querida
mamá, fue tan difícil para mí!». Es significativo que al comienzo no pueda decir las
palabras «querida mamá». Integradas en la frase completa: «¡Querida mamá, fue tan
difícil para mí!», le resulta posible. Le pido a la madre que diga: «Querido hijo, no
pude hacerlo de otra manera, en el fondo habría querido quedarme, pero por alguna
razón no pude hacerlo de otra forma». Tras esas palabras, el paciente finalmente
puede mirar a los ojos a su madre. Su resistencia se quiebra y abraza a su madre
llorando. Ambos permanecen abrazados durante un largo rato. Cuando él lentamente
vuelve a tranquilizarse, le pido a la madre que diga: «¡Mi querido hijo, aunque yo me
haya tenido que ir porque no pude hacerlo de otra manera, quédate!». Y al paciente:
«¡Sí, querida mamá, aunque tú te hayas ido, yo me quedo! Me quedo y ahora acepto
lo que fue tal como fue, y ahora lo acepto, también a este precio».
Ambos vuelven a abrazarse hasta que la representante de la madre se separa y,
lentamente, retrocede, paso a paso. El paciente la sigue con la mirada, un poco
apenado, pero amorosamente. Les pido a tres participantes del grupo que se coloquen
en el círculo como representantes de la mujer y los dos hijos del paciente. De

64
inmediato el paciente los mira con alegría y lo aliento a decir: «¡Aunque mi madre no
haya podido quedarse, yo me quedo!».
Por si acaso parte del rechazo del paciente frente a su madre tiene su raíz en una
lealtad con el padre, pido al paciente que le diga una frase a su padre: «Solo como
prevención le dices internamente a tu padre: “¡La madre que uno tiene es siempre la
mejor!”».
Él se ríe y asiente.

Un año después de la constelación, el paciente me envía el siguiente informe:

Habían transcurrido dos meses desde que me habían diagnosticado una enfermedad
autoinmune de los riñones, según declaración de los médicos, de curso drástico y
pronóstico desfavorable. Como terapeuta corporal estoy convencido del efecto de los
procesos psíquicos sobre el cuerpo, y a la inversa. Sin embargo, yo mismo no podía
reconocer de qué manera mi familia podía contribuir a que yo enfermara o cómo
podría también tener un efecto sanador.
Hoy día me es casi imposible recordar cómo llegamos de mi enfermedad a la
relación con mi madre. Recuerdo nítidamente cómo el rechazo y el desprecio que yo
sentía frente a ella se transformaron en un permiso de reconocimiento de mi anhelo de
cercanía.
Desde la constelación ya no siento el ansia de despreciar a mi madre o de
mantenerla a distancia. Ahora ya no uso ni pierdo energía en ello. Al contrario:
recuperé el contacto con ella. Una vez, durante una conversación telefónica, hubo una
fuerte explosión de sentimiento por parte de mi madre. Dijo: «¡Si insistes una vez más
en que perdone a tu padre, dejo de ser tu madre!». Por un instante me quedé como
muerto, paralizado, luego dispuesto a darle moralmente lo suyo por esta declaración,
pero de repente surgió, como un milagro, una frase de la constelación: «¡Aunque tú te
vayas, yo me quedo!».
No interrumpí la comunicación, permanecí al teléfono con ella y mientras lo hacía
me sentía tranquilo y vivo, una sensación que desconocía. Repentinamente me sentía
«inmune» frente a sus amenazas de abandonarme. Desde ese instante me siento
liberado de un miedo que hasta ahora ejercía, una y otra vez, un efecto negativo en mi
matrimonio. También mi madre reconoció, aparentemente justo por mi no reacción,

65
un patrón propio y, para mi sorpresa, se disculpó. De esa manera también para ella
algo terminó.
Mi enfermedad no desapareció, pero tengo la sensación de que, de alguna manera, a
través de esa constelación estoy más sano, más completo. Hice llegar a mis riñones el
mensaje de que se queden. Me doy cuenta de que quiero quedarme aquí fortalecido,
vivo mi deseo fortalecido también en forma de una presencia espiritual transformada.
El curso drástico de la enfermedad que me había pronosticado la medicina tradicional
felizmente no se ha dado. Según lo que muestran los resultados de laboratorio de los
controles regulares, la enfermedad ha llegado prácticamente a detenerse.
También relacionado con este trabajo terapéutico veo cómo, además, a través de la
aclaración con mi madre, el acceso a mi mujer y mis hijos se liberó, primero en la
constelación y luego incluso también en el hogar.

John Bowlby clasifica en distintas fases las reacciones emocionales del hijo con relación
a una perturbación temprana del vínculo como consecuencia de una separación, en
primer lugar de la madre, del padre o de otras personas de referencia. En un principio el
niño reacciona con miedo y pánico. Luego, con enojo e ira y, finalmente, con
desesperación y apatía.
En este proceso de resolución me parece interesante la «agravación» que el paciente
describe de sus sentimientos respecto a su madre.5 Mediante la declaración de la madre:
«¡Si insistes una vez más en que perdone a tu padre, dejo de ser tu madre!», en un
principio pasa a la apatía y luego reacciona con enojo e ira. Con la ayuda de la frase de
resolución de la constelación, «¡Aunque tú te vayas, yo me quedo!», logra superar el
enojo y liberarse también del miedo al abandono proyectado hacia la pareja. La
influencia de este proceso en el curso de la enfermedad requeriría una observación por
separado.

El «no» a la madre
(Paciente con dermatomiositis)
La dermatomiositis es una enfermedad autoinmune con alteraciones infecciosas de la
piel y la musculatura que derivan en dolores y debilidad muscular.
Al igual que su madre, la paciente es portadora del cromosoma X, que, si falta en
los hijos varones, produce hemofilia. Había perdido a su hermano por esa enfermedad

66
y era leal a su padre en el sentido de que inconscientemente él le reprochaba a la
madre la pérdida del hijo amado. Cuando la paciente se encontró frente a una
representante de su madre, no le fue posible mirar a la madre a los ojos y decirle:
«Sí». Mi impresión era que el «no» a la madre y a su enfermedad estaba tan
profundamente anclado en ella que lo dirigió con fuerza contra ella misma.

En las constelaciones sistémicas, me parece digno de mención que se observe


repetidamente un fuerte rechazo de los padres de pacientes autoinmunes.
Otro ejemplo de pérdida temprana del vínculo:

La bendición que falta: «¡Gracias!»


(Paciente con deseo insatisfecho de tener hijos, dos abortos espontáneos)
Una mujer de 35 años con la autoestima aparentemente muy alta informa acerca de su
deseo, hasta el momento insatisfecho, de tener hijos. Tiene una relación matrimonial
feliz y en el año anterior estuvo embarazada dos veces. Pero en ambos casos el niño
dejó de crecer y murió aproximadamente en la octava semana de embarazo. Esta
repetición es una carga para la paciente, aunque los médicos le aseguran que desde la
medicina todo está en orden.
Sin solicitar más información, le pido a la mujer, como un primer paso, que
configure a dos representantes, uno para ella y otro para su marido. Los coloca a
ambos relativamente cerca y encarados. Se miran brevemente, se sonríen, cada uno da
un paso hacia el otro y se abrazan. Finalmente, tomados del brazo, se ubican uno al
lado de otro, demostrando, de esta manera, su disposición conjunta a intentarlo una
tercera vez. Solicito a la paciente que agregue un representante para un hijo. Elige una
participante y la coloca frente a los dos.
Evidentemente, la representante de la hija se siente incómoda, se inclina algo hacia
atrás y amenaza con caerse, pero la representante de la paciente de inmediato está a su
lado y la sujeta. La hija permite que eso suceda, pero, sin embargo, cierra los ojos y
da la impresión de estar ausente. Pido a la paciente que agregue un representante más
para aquello que se encuentra entre ella y la hija. Elige una mujer y la ubica a gran
distancia mirando a la joven familia. Apenas posicionada, la representante se mueve
resueltamente, paso a paso, hacia la familia y, decidida, insiste en interponerse entre
la madre y la hija y le dirige una mirada severa a los ojos. Cuando el elemento

67
separador se encuentra entre la paciente y la hija, la representante de la hija abre los
ojos aliviada y vuelve a tener fuerza para mantenerse de pie por sus propios medios.
El tesón del «factor perturbador» impresiona y me lleva a preguntar a la paciente si
ella y su marido tienen la bendición de su unión. La paciente me informa de que los
padres del marido murieron relativamente pronto, pero que la relación siempre había
sido buena. Su padre había asistido a su boda, pero no su madre. Hace veinte años que
no tiene contacto con ella. Los padres se habían separado poco antes de su
nacimiento. A la edad de cinco años su madre había conocido a otro hombre. A partir
de entonces había estado cada vez más asiduamente con su abuela hasta que se quedó
a vivir con ella a la edad de siete años. A los 23 años y por iniciativa propia, vio a su
padre por primera vez. Anteriormente su madre no había permitido que establecieran
contacto.
Desde que se habla acerca de la madre de la paciente, la representante del «factor
perturbador» se retira lentamente de la familia, pero la representante de la hija la sigue
ansiosa y cautivada con su mirada. Todos los intentos de la representante de la
paciente para lograr la atención de la hija mediante contacto y caricias fracasan.
Como consecuencia de la reacción inmediata de la representante del «factor
perturbador» ante la mención de la madre de la paciente, todas las personas presentes
tienen claro que aquí existe una relación. Por eso le pido a la representante que
cambie a esta nueva representación, lo que le parece muy posible y no provoca
modificación alguna en su percepción de las sensaciones. La paciente no parece feliz
con la nueva identidad del «factor perturbador». Dice que en realidad con su madre ya
ha terminado. Para mí surge la pregunta de cuál podría ser la llave para lograr la
bendición de la madre para ella y su familia. Para esquivar la resistencia de la
paciente, aquí no trabajo con ella directamente, sino que lo hago con su representante.
Sintonizándome con la representante de la madre, sugiero a la representante de la
paciente que le dé las gracias.
La expresión del agradecimiento por parte de la representante de la paciente lleva a
una sensación cambiada de todos los representantes. La representante de la madre
queda notablemente relajada, y una dureza que hasta ese momento se había podido
observar desaparece de su rostro y ahora mira amablemente hacia su hija, su yerno y
la nieta. Esta experimenta un mayor alivio, está radiante y por primera vez mira con

68
alegría hacia su madre. Se sonríen, la hija se acerca a ella y luego permite que sus
padres la abracen.
La paciente se dirige hacia mí con escepticismo y dice: «¡Bonito! Pero ¿qué puedo
hacer yo?».
Yo respondo: «Lo que ves aquí, decir: “Gracias” a tu madre».
Enérgicamente replica: «¿Gracias? ¿Por qué? ¿Por la vida?».
Con voz tranquila le digo: «Por ejemplo, por la vida».
Dado que la paciente no está dispuesta a admitir el paso que en la constelación se
mostró como solución, decido interrumpir por ahora el trabajo en este punto.
Dos días más tarde, en el marco de la ronda final, llorando, la paciente pide una
oportunidad para expresar su agradecimiento a la participante que en la constelación
había representado a su madre. También para la representante de la madre al final de
la constelación faltaba una palabra liberadora. De inmediato se puso de pie, se dirigió
a la paciente y la abrazó.
De esa forma el movimiento amoroso hacia la madre finalmente fue posible, y la
paciente se despidió agradecida del grupo expresando que ahora se sentía realmente
bien.

2.1.2. Enfermedad y pérdida del vínculo del hijo por enfermedad de uno de los
progenitores

También se producen situaciones de separación traumáticas por enfermedades


prolongadas, físicas y del alma, o por conductas adictivas de los padres. En las
constelaciones esto se pone en evidencia cuando la enfermedad, la adicción o la psicosis
de los padres también son configuradas. A menudo así se muestra un vínculo íntimo
entre el padre o la madre y la enfermedad. Pero incluso aquí para el hijo no hay otro
camino que tomar la vida de los padres, sean como fueren o hayan sido, y con todo lo
que a ellos les pertenece.

El infarto coronario de la madre: «Querida mamá, ahora te tomo con todo lo que
te pertenece»
(Paciente con dolores de cabeza crónicos)

69
Una paciente de aproximadamente 55 años sufre, desde su infancia, de dolores de
cabeza hasta ahora resistentes a todo tipo de terapia. Estos dolores se incrementan
durante la participación en el grupo de constelaciones hasta resultar casi
insoportables. Por lo tanto, durante una pausa, la paciente me pide que trabaje con
ella, si es posible, dado que teme tener que interrumpir su participación en el grupo
por los fuertes dolores.

Llama la atención la cantidad elevada de pacientes que durante la participación en un


grupo de constelaciones comienzan a sentir dolor de cabeza. Yo siempre lo considero
una buena señal. Demuestra su coparticipación en el proceso grupal y que al admitir las
dinámicas familiares de los demás participantes «en el alma contactan con el amor».
Para los pacientes con dolor de cabeza a menudo les resulta difícil dejar que fluya el
amor hacia uno de los padres.

Cuando la paciente tiene dos años de edad, la madre sufre un infarto. Sobrevivió, pero
a partir de ese suceso el corazón enfermo de la madre constituye el centro de atención
de la familia. Repetidamente los hijos escuchan que el padre dice la frase: «Sabéis que
vuestra madre no debe alterarse». De esa manera, cerca de la madre los hijos ya no
pueden estar relajados y comportarse como niños. Desde ese momento el movimiento
amoroso hacia la madre se interrumpe.
En la constelación se confirma la dinámica. Le pido a la paciente que configure a
representantes para ella misma, para su madre y para la enfermedad de la madre. Para
la enfermedad de la madre elige a una mujer y la ubica cerca y al lado de la
representante de la madre. De inmediato ambas se sonríen afablemente, se abrazan y
luego, juntas, miran a la representante de la hija. Esta quisiera de buena gana
aproximarse a su madre, pero no se atreve. Cuidadosamente da pasos cortos, pero
cuando mira a la representante de la enfermedad vuelve a retroceder. Está atrapada en
este movimiento y sigue dando un paso hacia delante y luego otra vez un paso hacia
atrás. La representante de la madre ve la pena de la hija, pero no se siente capacitada
para soltar la enfermedad e ir hacia ella.
En ese momento despido a la representante de la paciente y la ubico en su lugar en
la constelación. Al igual que su representante, ella no logra mirar a la representante de
la enfermedad de la madre y de esa manera el camino hacia su madre está impedido.

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La apoyo sugiriéndole que mire a la madre a los ojos y le diga: «Querida mamá, ahora
te tomo con todo lo que te pertenece».
Con esa frase se reconoce la dignidad de la enfermedad de la madre y aquello que
la enfermedad representa, y ahora la paciente logra incluir en la mirada a la
representante de la enfermedad. Con ello puede acercarse a las dos, dando pequeños
pasos. La representante de la madre extiende una mano hacia ella y en un conmovedor
proceso ambas, llorando, se abrazan. La representante de la enfermedad se alegra por
el encuentro amoroso de madre e hija. Cual fuerza protectora, extiende sus brazos
alrededor de ambas. La paciente la mira y le dice: «Ahora apruebo cómo fue, y tú
también perteneces a ello».
Cuando la paciente se separa del abrazo, un pensamiento cruza mi mente y le
pregunto: «¿Por casualidad estudiaste para ser médica?». Sorprendida, responde: «Sí
–reflexiona por unos instantes y con un rostro iluminado y repentinamente dice,
sonriendo–: Pero creo que ahora finalmente puedo hacer lo que en realidad siempre
quise hacer».
Inmediatamente después de este trabajo, los fuertes dolores de cabeza que la
estuvieron acompañando durante días desaparecen. Para terminar, le recomiendo a la
paciente escribir las palabras «¡Querida mamá!» en la caja de sus analgésicos.

La madre enferma por el alcohol: «¡Cada día una pequeña copita de scotch!»
(Paciente con cáncer basocelular)
Hace tres años, la paciente, de aproximadamente 45 años, había enfermado de un
basalioma, un tumor de piel local, pero de crecimiento destructivo. Fue operada y
recibió rayos, pero en el período de medio año el tumor volvió a crecer. Mientras, fue
operada cuatro veces y, a pesar de un tratamiento más intensivo, hasta ahora el
proceso cancerígeno no pudo ser controlado. Desde el comienzo de la enfermedad la
paciente perdió 15 kilos y la palidez de su piel lleva a la conclusión de que su estado
general es malo.

El diálogo que sigue es una transcripción literal de una grabación de audio:

TERAPEUTA: ¿Cuál es tu situación actual?


PACIENTE: Estoy divorciada, sin hijos. Mi marido es alcohólico.

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TERAPEUTA: ¿Hay alguien en tu familia que también haya bebido?
PACIENTE: Sí, mi madre. Comenzó cuando yo aún iba a la escuela. Luego, cuando yo
tenía 17 años, mi padre nos abandonó. Yo permanecí junto a mi madre y la cuidé
hasta que murió de cirrosis. En realidad, mi vida comenzó con su muerte.
TERAPEUTA (después de un tiempo): ¡Mi sensación es que estás enojada con ella!
PACIENTE: No, ella bebía porque…
TERAPEUTA: No, no, tú estás enojada con ella. Se ve. Y ese enojo es más fácil que el
dolor.
PACIENTE: ¡Yo la amaba mucho! Ella murió un año antes de que yo enfermara.
TERAPEUTA: Entonces, si hubiera curación, ¿quién curaría el cáncer?
PACIENTE: ¿Los médicos?
TERAPEUTA: ¡No!
PACIENTE: ¿Yo?
TERAPEUTA: ¡No!
PACIENTE: ¿Tú?
TERAPEUTA: ¡Por Dios, yo seguro que no!
PACIENTE: Lo temía. ¿Mi madre?
TERAPEUTA: Mi suposición es que sin la madre no funcionará.

Dado que el trabajo se realiza en el marco de un grupo de formación, por un lado me


dirijo al grupo y les comunico a todos lo que muestra el cuerpo de la paciente mientras
habla y por otro llevo también la atención de la paciente misma a su percepción corporal.

TERAPEUTA: Es posible ver la tensión en su cuerpo cuando habla de su madre. Ahora


para mí no se trata de averiguar cuál es el trasfondo de esto, pero indica que el amor
que sin duda hay entre usted y su madre no fluye. Ahora tomo esa tensión como un
indicador para el trabajo siguiente, y la confrontaré con una representante de su madre
mientras que yo seguiré centrando mi atención sobre todo en su cuerpo.
Le pregunto a la paciente cuál de los participantes del grupo podría representar a su
madre. Elige a una mujer y pido que ella se ubique de pie frente a la paciente, que está
sentada a mi lado. Cuando la representante de la madre se va acercando y se coloca, la
paciente, de inmediato, se desplaza hacia atrás con la silla. Ese pequeño movimiento
espontáneo me confirma la resistencia inconsciente de la paciente a su madre. Una

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voz en su interior dice: «¡No te acerques!». Con cuidado, sensible con respecto a la
distancia necesaria, acerco a la representante de la madre lentamente y por último
pido a la paciente que le diga a su madre: «¡Querida mamá, estoy enferma!». La
paciente dice la frase, pero le es imposible hacerlo mirando a su madre a los ojos. En
cambio, busca tomar su mano y llevársela a su mejilla. Yo impido ese rápido impulso
de la paciente, dado que no estoy seguro de si se trata realmente de un movimiento
amoroso hacia ella o más bien un rechazo oculto. En cambio, le pido a la
representante de la madre que se acerque un poco más, y otro poco más, centímetro a
centímetro, hasta que la paciente está tan cerca de la representante de la madre que
puede apoyar su cabeza en su abdomen. Ahora que descansa allí, comienza a llorar
despacio y abraza a la madre. Esta le acaricia el cabello y lentamente comienza a fluir
el amor entre ambas.
Para finalizar este movimiento amoroso hacia la madre, me dirijo nuevamente al
grupo:
TERAPEUTA: Una medicación para la paciente podría ser tomar una pequeña copa de
coñac todos los días. –Dado que la paciente de inmediato se sacude, le pregunto–:
¿Cuál era la bebida preferida de tu madre?
PACIENTE: Ginebra o whisky escocés.
TERAPEUTA: Bien –digo yo–, entonces tomemos whisky escocés.
PACIENTE: ¡Odio ese olor!
TERAPEUTA: Bien, eso sería todo. Todos los días bebes un pequeño trago. ¡Y esto no
es homeopatía! Y cuando comience a gustarte, dejas de beber. En ese momento está
bien.
PACIENTE: Podría comenzar con el coñac.
TERAPEUTA: ¡No, whisky escocés! ¡Esto ahora es una prescripción médica! ¡Y
únicamente será útil siguiéndola al pie de la letra!
PACIENTE (ríe): De acuerdo, ahora solo me queda explicárselo a mi médico. ¡Gracias!

Dos años después de este trabajo, vuelvo a encontrar a la paciente en un congreso de


constelaciones sistémicas. Me pregunta si la recuerdo, y yo debo confesar que no. «Soy
la mujer a la que recetaste tomar whisky escocés hace dos años. Quería decirte que
funcionó. Desde entonces el cáncer no ha vuelto a aparecer.»

73
En el ejemplo siguiente el miedo de la niña ante la enfermedad crónica de la madre
impide que el amor fluya entre ambas. Al solucionar este conflicto, las alergias
existentes desde hacía varios años pudieron retirarse.

«¡Debes respetar la enfermedad de tu madre!»


(Paciente con múltiples alergias)
En el marco de una formación, una mujer me pide que trabaje con ella. Cada vez tiene
más alergias. También este curso de formación fue grabado y también en este caso
transcribo el diálogo literalmente.
TERAPEUTA: ¿De qué se trata?
PACIENTE: Cada vez tengo más de alergias.
TERAPEUTA: ¿Desde cuándo existen las molestias?
PACIENTE: Aparecieron por primera vez hace 11 o 12 años.
TERAPEUTA: ¿Hubo entonces una modificación en tu vida?
PACIENTE: Estaba de vacaciones con mi familia, con mi marido y mi hija.
En ese momento no estoy seguro de poder llegar a la información esencial
siguiendo este camino y decido dirigirme a la paciente enfocando directamente el
tema de la enfermedad.
TERAPEUTA: A veces detrás de una alergia actúa una dinámica familiar. El alérgico le
dice a una persona, a la cual en realidad ama: «¡Vete!».

La paciente asiente sorprendida, baja la vista y comienza a llorar. Después de un rato


confirma: «Eso puede ser. Cuando tenía nueve años mi madre enfermó de artritis
reumatoide, una enfermedad crónica de inflamación de las articulaciones que produce
fuertes dolores, en especial en los dedos y en las articulaciones de los dedos de los
pies. A los 18 años me mudé a Moscú y me casé. Siempre que tenía tiempo viajaba a
casa. Pero ese verano pasamos las vacaciones junto al mar. Allí tuve una alergia
estival.
»Entretanto mi madre falleció, había estado enferma durante 25 años. La visité tres
días antes de su muerte. Yo no podía soportar lo mal que estaba. Todos los días
rogaba que se muriera».
TERAPEUTA: Configuremos a dos representantes, uno para ti y uno para la alergia.

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La paciente elige a dos mujeres y las ubica, a cierta distancia entre sí y mirando en
direcciones opuestas, en el centro del círculo formado por las sillas de los
participantes.
Luego de un tiempo la representante de la alergia se vuelve para mirar a la
representante de la paciente y se dirige hacia ella. Esta, inmóvil, mira al suelo frente a
ella.
Cuando la representante de la alergia se acerca lentamente y la abraza con cuidado
sigue cerrada y sin mirarla. Sin embargo, la representante de la alergia no se cansa de
acariciar con suavidad a la representante de la paciente hasta que esta última le
permite abrazarla.
Es evidente que la representante de la alergia en realidad está representando a la
madre de la paciente y estoy seguro de que la paciente también lo sabe.
Cuidadosamente le tomo la mano, despido a su representante de la constelación y
coloco a la paciente misma delante de su «madre». Ella tampoco puede mirar a los
ojos a la representante de la madre y mira, cerrada, al suelo.
Para establecer el contacto entre la paciente y su anhelo y su dolor, le sugiero que
diga: «¡Mamá!».
Ella repite: «¡Mamá!».

TERAPEUTA: ¡Querida mamá!


PACIENTE: ¡Querida mamá!
TERAPEUTA: ¡Mi querida mamá!

No puede decir estas palabras. Llora y se retira.


Con la confianza de haber insinuado un primer paso en dirección a la solución,
interrumpo el trabajo en este punto. Ese mismo día se presentaría la oportunidad para
una intervención adicional.
Sin embargo, aquí quiero dejarle la palabra a la paciente misma con su informe
detallado y conmovedor acerca de sus experiencias.

Querido Stephan:
Un grupo de formación en Moscú. Veo el trabajo con constelaciones por primera vez.
Me resulta difícil comprender lo que ocurre. Un hombre es ubicado como

75
representante en el centro de un círculo conformado por sillas y repentinamente
comienza a llorar. Jamás vi llorar a un hombre. Tengo la sensación de tener que irme,
pero mi marido me retiene.
En la próxima constelación se trata de un hombre y su relación difícil hacia su
madre. Él opina que durante toda una vida estuvo enojado con ella. Pero la
constelación muestra que se trataba de su padre, que murió muy temprano. No podía
mostrar su dolor por ese suceso. En cambio, reaccionó con rabia, y la dirigió hacia su
madre. Al final de la constelación, cuando los contextos son obvios, también este
hombre comienza a llorar y dice: «Querida mamá, lo siento, ahora también respeto tu
dolor».
De repente, sentada en el círculo como participante, también yo siento la necesidad
de llorar. No puedo detener el llanto. Jamás lloré así. Ni siquiera cuando falleció mi
madre lloré de esa forma. Durante la noche, cuando su ataúd estaba en casa, yo reía en
la cocina junto con sus amigas. Ellas recordaban anécdotas graciosas de la vida de mi
madre. Y ahora, con las palabras de este hombre, por primera vez comienzo a llorar.
Después de la muerte de mi madre intenté mirar un vídeo en el que salía ella. Fue
filmado nueve meses antes de su muerte. Era la grabación de su 55 cumpleaños. Fue
una fiesta divertida. Ella cantaba canciones y bailaba con mi padre. Se veía cuánto se
amaban. No pude ver ese vídeo. De alguna manera no podía soportarlo.

Yo tenía 9 años cuando mi madre enfermó de poliartritis. Recuerdo que todas las
mañanas lloraba por lo doloroso que era tocar algo, lo difícil que era levantarse cada
día. Yo tampoco podía acercarme tanto como hubiera querido y abrazarla. Todo
contacto le causaba dolor. Aprendí a vivir sin estar cerca de ella. Mi padre y mi madre
me dieron la posibilidad de ir a Moscú para estudiar. Siempre que tenía tiempo libre
viajaba a casa para visitar a mi madre. Pasaron cuatro años de estudio, conocí a mi
marido, me casé y tuve una hija. Todo era maravilloso.
Lo único que temíamos en nuestra familia era que alguien enfermara de poliartritis.
Quizá mi hija o yo. La hija de la prima de mi madre contrajo esa enfermedad en el
nacimiento de su segundo hijo. No pudo levantarse más de la silla de partos. Para mí
era la peor enfermedad que se podía tener. Probablemente por esa razón me casé con
un médico.

76
Al cumplir siete años de matrimonio tuvimos la oportunidad de pasar nuestras
vacaciones con nuestra hija en la playa. De esa forma, ese verano no tuvimos tiempo
para visitar a mi madre. Durante esas vacaciones tuve una alergia al sol. Mi
predisposición a las alergias fue aumentando constantemente y, como consecuencia,
yo reaccionaba a los más variados alérgenos. Tras un bufete de teatro, la reacción de
la piel se extendió a las piernas y a los brazos. Desde allí seguía extendiéndose
continuamente.
Probé todo tipo de medicaciones disponibles en Rusia. Sin éxito. Traté de evitar
alimentos que podrían ser desencadenantes.
Sin resultado. Pasé a un tratamiento homeopático. Nuevamente sin resultado. De
manera que me dije: «Dejemos esto tal como está. Estoy de acuerdo con lo que tengo.
Convivo con esta alergia. Es solo una pequeña molestia». Trabajo de forma
independiente como abogada y cuando estaba con clientes nunca estaba segura de si
las manchas rojas en el rostro o en los brazos les molestaban. Pero después de un
tiempo ni siquiera eso me afligía ya. Pasaron dos años. Entonces me enteré de un
taller con Stephan Hausner sobre el trabajo con constelaciones en naturopatía y la
posibilidad de hacer una constelación allí.
Stephan comenzó el trabajo conmigo hablando de trasfondos sistémicos familiares
de las alergias. La frase que me llegó fue: «Un alérgico le dice a una persona que en
realidad ama: “¡Vete!”». Inmediatamente se me cerró la garganta. Cuando mi madre
estaba moribunda, yo rezaba y esperaba que se muriera. Comprendí que la alergia
estaba conectada con la relación con mi madre.
«Configuremos representantes, uno para ti y uno para la alergia», dijo Stephan. Me
preguntaba por qué no mi madre. ¿Por qué la alergia? Entonces elegí a una joven para
mí y a una muchacha muy joven, que de ninguna manera se parecía a mi madre, para
la alergia. Stephan pidió a las representantes que se entregaran a sus sensaciones y, en
caso de que sintieran un impulso para cambiar, lo siguieran lentamente y centradas.
Para mi gran asombro, la representante de la alergia abrazó a mi representante como
una madre lo hace con su hija. Esa fue toda la constelación.

Stephan despidió a mi representante y pidió a la representante de mi madre que se


colocara frente a mí. Me pidió que le dijera: «¡Querida mamá!».

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Yo repetí: «¡Querida mamá!». Él prosiguió: «¡Mi querida mamá!». Eso yo no podía
decirlo. No lograba pronunciar la palabra «mi». Era muy doloroso. Mi marido y sobre
todo mi hija estaban allí. No podía mostrar mi dolor delante de ellos. Y esta joven que
ahora representaba a mi madre ya no representaba a la alergia, pero tampoco podía
verla como madre. Stephan insinuó que me acercara un poco en dirección a mi madre,
pero yo estaba como una piedra. Ella me abrazó, pero seguí como una piedra. No
podía abrazarla. «Las alergias son más fáciles», dijo Stephan. ¡Sí, por supuesto! No
son nada en comparación con este dolor en mi alma. No son nada en comparación con
la muerte de mi madre, pensaba yo, y estaba de acuerdo con él. Yo puedo convivir
con estas alergias. Pero el amor a mi madre, eso sí que es verdaderamente doloroso.
En ese punto Stephan finalizó el trabajo.

Pasaron dos constelaciones con otros pacientes. Yo tenía una pregunta en relación con
mi proceso interno: «Si yo introduzco mi razonamiento, puedo abrazar a mi madre.
Pero si no lo hago, ¿me siento separada y dura como una piedra?». Stephan parecía
haber estado esperando mi pregunta. Me miró a los ojos y, sin prestarse a mi pregunta,
solamente me dijo: «¡Debes respetar la enfermedad de tu madre!».

Querido Stephan, te agradezco profundamente esa frase. Ha sido la frase más


importante que jamás he escuchado. Comprendí que con la enfermedad de mi madre
rechazaba a mi madre como un todo. Y comprendí que un paso siguiente para mí sería
aceptar su enfermedad. Pero era tan doloroso… Durante 23 años viví con el temor de
estar cerca de ella, durante 23 años tuve miedo de que alguien más también pudiera
contraer esa enfermedad.
Pasé la noche siguiente al taller llorando durante mucho tiempo en los brazos de mi
marido.

Luego pasaron dos meses y el vídeo de la celebración de mi madre cayó en mis


manos. Pude verlo e incluso disfrutarlo. Y cuando escuché que sus hermanas decían:
«Oh, no, ya somos tan viejas…», escuché a mi madre que respondía: «No permitáis
que os entierren antes de tiempo». Era la primera vez que escuchaba ese tipo de frase
de mi madre.

78
Pasaron otros cuatro meses. Participé de un grupo de constelaciones con el doctor
Gunthard Weber. Volví a experimentar en ese campo de alma. Durante los tres días,
mis dedos se retorcían como en un estadio avanzado de poliartritis, pero sin dolor
alguno. Solamente se retorcían y yo no podía ejercer ningún tipo de influencia.
Comprendí lo que querían decirme. Es la enfermedad de mi madre. Pero ya no me
infundía miedo y pude aceptar los dedos para mí ajenos y retorcidos. Después de dos
o tres semanas pasó y desde entonces jamás volvió a repetirse. Luego,
repentinamente, me di cuenta de que habían pasado cuatro meses sin notar reacciones
alérgicas. Después fue durante medio año y ahora un año.

A veces tengo la sensación de querer volver a rascar los lugares que antes habían
estado afectados. Sin embargo, en lugar de hacerlo, en esos momentos acaricio mis
brazos y digo: «Querida mamá, mi querida mamá».
Pasé el verano pasado junto con mi marido y nuestra hija en la playa. Cuando me di
cuenta de que tenía la intención de volver a rascar mis brazos, me dije: «Mi querida
mamá, es tan hermoso esto» y me imaginaba que ella estaba pasando las vacaciones
allí junto a mí. Le dije: «Disfruta ahora conmigo lo que tú no pudiste disfrutar».

Querido Stephan, te lo agradezco mucho. Quise esperar un año para mandarte este
informe, para estar segura de que mi alergia de verdad se había acabado.
Mi vida realmente ha cambiado. Ahora me siento más mujer en todos los sentidos.
Ahora también puedo usar faldas en lugar de solamente pantalones, como antes.
Comencé a bailar tango con mi marido y disfrutamos del movimiento conjunto de
nuestros cuerpos.
No encuentro palabras para expresar mi agradecimiento, a ti y también a Bert
Hellinger. Está en mi corazón y estoy segura de que vosotros, tú y Bert, podéis
percibirlo.
Con amor desde Rusia,
S.

2.1.3. Enfermedad y pérdida del vínculo del hijo por la muerte del padre o de la madre

«Querida mamá, ahora respeto tu vida y tu muerte»

79
(Paciente con fibromialgia)

La fibromialgia es una enfermedad crónica no inflamatoria que se caracteriza por dolores


en vastas partes de la musculatura y los tendones, a menudo acompañada por trastornos
del sueño y fatiga crónica.

La paciente, de unos 30 años (casada, con una hija de dos años), configura, en el
transcurso de un taller, a dos mujeres como representantes para ella misma y para su
enfermedad. En primer lugar ubica a la representante de la enfermedad. Luego mueve
a su representante de espaldas delante de la representante de la enfermedad, hasta que
se tocan.
De inmediato la representante de la enfermedad comienza a respirar con dificultad
y a luchar por tomar aire. Cuando la representante de la paciente intenta apoyar su
espalda en ella, retrocede enérgicamente algunos pasos y gira hacia el otro lado. La
representante de la enfermedad se vuelve, mira contrariada a la enfermedad que se
aparta y pisa furiosa el suelo.
Al preguntarle si sucedió algo especial en la familia de origen de la paciente, nos
enteramos de que la mujer perdió a su madre en un accidente de coche cuando tenía
un año y medio de edad. Parece ser que la madre se durmió mientras conducía, chocó
contra un árbol y falleció en el acto como consecuencia de las heridas sufridas. Poco
después el padre contrajo matrimonio con la hermana menor de la madre y en el
transcurso de un año nacieron unas mellizas.
Le sugiero a la paciente que configure a una representante para la madre. Cuando
debido a eso la constelación parece estar congelada, le pido a la representante de la
madre que se tumbe en el suelo para manifestar que está muerta. Entonces la
representante de la paciente se vuelve hacia la madre, el enojo y la rabia desaparecen
de su rostro y paulatinamente aparece el dolor oculto. Con los ojos llenos de lágrimas
se arrodilla al lado de la madre y toma su mano.
También la paciente comienza a llorar y dice: «¡Siempre estuve enojada con ella
por haberse ido!».
Mientras tanto la representante de la enfermedad vuelve a girarse hacia lo que está
sucediendo y observa. Cuando ve el movimiento reconciliador entre la madre y la
hija, se retira, paso a paso, de la constelación.

80
Atenta a mi sugerencia, ahora la paciente toma su propio lugar en la constelación.
Se arrodilla al lado de la representante de su madre, le toma la mano y, entre lágrimas,
dice: «¡Lo siento!». La madre la abraza y la paciente llora en sus brazos. Cuando se
aparta sugiero que le diga: «Querida mamá, aunque haya sido difícil para mí, ahora
acepto lo que fue tal como fue. Ahora respeto tu vida y tu muerte».
Tras este trabajo la paciente se siente muy aliviada. Dos días después, en la ronda
final, cuenta que comienza a vislumbrar cuánta fuerza le consumía su ira. A partir de
la constelación siente una ligereza desconocida, también en la cercanía hacia su
marido.

En numerosas constelaciones con pacientes con fibromialgia, encontré repetidas veces a


la ira como uno de sus sentimientos básicos. Ya sea, como aquí, la ira de la hija por
sentirse abandonada por uno de los padres, ya sea la ira hacia una pareja después de una
fuerte desilusión o tal vez porque la pareja bebe, o bien se trataba de la ira adoptada de
una pareja anterior del padre porque este la había abandonado de mala manera.
EL SEGUIMIENTO
La pérdida temprana de uno de los padres a veces también puede llevar a otra dinámica
denominada seguimiento a la muerte. En ese caso el anhelo del hijo por la cercanía con
los padres es más fuerte que el deseo de vivir. De esa manera, detrás de muchas
enfermedades que amenazan la vida, adicciones, pero también frecuencia inexplicable de
accidentes, a menudo existe un anhelo de muerte del cual el paciente tiene mayor o
menor conciencia. Quizá ya se insinúe en la charla terapéutica con el paciente cuando
muestra, inconscientemente, una sonrisa durante la descripción de la enfermedad o
sintomatología amenazadora.
A veces una dinámica de seguimiento puede ser resuelta en el marco de una
constelación cuando el paciente puede mirar a los ojos a la persona a la cual quiere
seguir y puede aceptar su muerte. En ese contacto reconoce que la persona fallecida no
quiere la cercanía y el amor a ese precio y que la mayor felicidad para el padre o la
madre es que el hijo esté sano y vivo.
Además del seguimiento de los hijos por sus padres, también hallamos esta dinámica
entre parejas o en los padres hacia hijos muertos a corta edad. (Sin embargo, en esos
casos, en mi experiencia, la pareja o el hijo al cual el paciente quiere seguir a menudo
deben representar para él a uno de los padres.)

81
La muerte temprana: «Mi padre asumió un riesgo…»
(Paciente con síndrome de inmunodeficiencia adquirida, sida)
En un grupo de formación trabajo con un hombre homosexual de aproximadamente
30 años que ha contraído el sida. Por su cuerpo bien entrenado y bronceado se deduce
que lleva una vida saludable y en la entrevista confirma el trato consciente y
cuidadoso con la enfermedad. La pregunta con relación al contagio muestra que la
infección se produjo hace varios años y marca con bastante certeza un único contacto
sexual con una pareja mayor. Para el paciente, el encuentro con ese hombre resultaba
en el fondo desagradable, conocía el riesgo y, sin embargo, no tuvo la fuerza de seguir
sus consideraciones y retirarse.
Sin solicitar más información, le sugiero al paciente que configure su sistema de
origen. Elige representantes para su padre, su madre y para sí mismo y los ubica
relacionados entre sí. Coloca al representante del padre a una distancia insólitamente
grande con respecto a los representantes de él mismo y de la madre.
Ese representante es presa de fuertes reacciones corporales. Sus piernas tiemblan
con fuerza hasta que finalmente se entrega y cae al suelo. Sus piernas continúan
temblando y sus manos, con los puños cerrados, y sus brazos se estremecen hasta que,
exhausto, suelta y cierra los ojos después de un tiempo. Ahora yace como muerto en
el suelo. El representante del paciente mira, rígido, a su padre, en un comienzo
incapaz de moverse o de expresar ningún sentimiento.
El paciente mismo sigue los movimientos del representante de su padre con
lágrimas en los ojos. Cuando se tranquiliza un poco averiguo qué había ocurrido. «Mi
padre murió cuando yo tenía dos años. Apenas puedo recordarlo. Mi madre y yo no
pudimos despedirnos de él. Pertenecía al cuerpo de bomberos y perdió la vida durante
un servicio. Contrariando las consideraciones de sus colegas, había entrado repetidas
veces en un edificio para salvar a los habitantes que habían sido sorprendidos por el
fuego durante la noche. ¡Asumió un riesgo que no debería haber asumido!»
Esta frase lo lleva a interrumpirse y me mira, reflexivo. Yo repito: «¡Asumió un
riesgo que no debería haber asumido!». Mientras tanto el representante del paciente se
acerca, lentamente, al padre recostado en el suelo, se arrodilla a su lado y apoya la
cabeza en su pecho. A la pregunta de cómo se siente, responde: «¡Aquí, con mi padre,
estoy realmente bien!». Le doy las gracias al representante, lo despido de esa posición
y tomo al paciente de la mano y lo guío hasta el representante de su padre recostado

82
en el suelo. Con amor y respeto se arrodilla junto a él y ambos se abrazan
estrechamente. Cuando se separa, le sugiero que le diga a su padre: «Querido papá,
aunque me haces falta, me quedaré el tiempo que me sea dado; luego, también me
iré». Pronuncia las palabras tranquilo y sereno. El representante del padre sonríe,
asiente con la cabeza y dice: «¡Sí, así está bien!». Una vez más el hijo se inclina hacia
el padre y nuevamente vuelven a abrazarse durante un largo rato, hasta que es
suficiente.
El paciente desea estar solo después de este trabajo y pide retirarse del grupo, ya
que de ninguna manera había contado con ese tipo de conexión.

LA IMITACIÓN
Durante el trabajo de constelaciones, en repetidas ocasiones sale a la luz cómo los hijos,
inconscientemente, buscan cumplir con su anhelo de cercanía para con uno de sus padres
asemejándose a este en una lealtad fatal. En general eso se da en aquellas formas de
conducta y reacciones con las cuales el otro miembro de la pareja no está en sintonía y
que incluso juzga. Todos los hijos aman a sus padres y madres, independientemente de
cómo estos son o fueron.
En la constelación de una mujer con un tumor cerebral, el representante que había sido
configurado para la enfermedad se transforma en la figura de su padre, que regresó ciego
a su hogar después de una herida de guerra. Cuando sale a la luz el gran amor de la
paciente por su padre, el coordinador de la constelación le pregunta a la paciente: «¿Qué
edad tenía tu padre cuando murió?». La paciente responde: «¡50 años!», a lo que el
coordinador dice: «¿Y qué edad tienes tú ahora?». La paciente: «¡48!». Cuando
responde, recuerda que su hermano siempre tuvo miedo a no sobrepasar la edad del
padre y que ella le decía, riendo, al recibir el diagnóstico del tumor (astrocitoma):
«Ahora tú puedes estar tranquilo, yo he ido más rápido».

2.1.4. Enfermedad e inseguridad en el vínculo del hijo debido a un trauma

La guerra civil: «¡Querida mamá, el padre que uno tiene siempre es el mejor!»
(Paciente con gastritis crónica)
En un curso de formación trabajo con un hombre que, según la información que él
mismo brinda, sufre de una inflamación crónica de la mucosa gástrica del estómago.

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En sus ojos percibo tristeza y me parece que es un niño abandonado. Aquí supongo
una relación con la sintomatología, por lo cual en primer lugar pregunto por
acontecimientos especiales durante su infancia. Nació en el Congo belga. Cuando
tenía 11 años comenzó la guerra por la independencia. Justo se encontraba realizando
compras en un pequeño negocio cuando soldados armados con ametralladoras
abrieron la puerta violentamente y comenzaron a disparar a las personas que se
encontraban en el comercio. De inmediato se dejó caer al suelo y la lluvia de
proyectiles pasó por encima de él. Las dos personas que había en la fila junto a él
murieron.
Mientras el paciente relata esa experiencia traumática percibo en él un dolor
profundo, sobre todo también en forma de una sensación de abandono. Tal vez ese
acontecimiento traumático lo separó de sus padres.
De acuerdo con la consulta del paciente, comenzamos la constelación con dos
representantes, uno para él y otro para los síntomas. Su representante se tambalea y
mira como fascinado a un punto en el suelo, a unos tres metros delante de él. El
representante de los síntomas se siente sin vida, separado de todo y muy alejado. Las
sensaciones de los representantes sugieren una posible conexión con el trauma del
paciente. Por ese motivo averiguo el sexo de las personas que en aquel momento
murieron a su lado y responde: «A mi derecha había un hombre y a mi izquierda, una
mujer». Elijo a dos representantes y les pido que se tiendan en el suelo en el lugar al
que el representante del paciente está mirando.
Mirar a los muertos evidentemente constituye una sobreexigencia para él, y antes
de que el representante caiga de rodillas, ubico a dos representantes para sus padres
detrás de él. Eso le facilita un tanto mantenerse en pie. En ese momento tengo la
impresión de que sería útil ubicar al paciente mismo en la constelación. Lentamente lo
guío hasta colocarlo delante de sus padres y hago el cambio con el representante. Ver
a los muertos lleva al paciente a llorar y al final se dirige poco a poco hacia ellos y se
sienta a su lado en el suelo, toma contacto con ellos y les cierra los ojos. Permanece
allí llorando. El representante de los síntomas ahora lo observa todo atentamente.
Poco a poco la constelación se va tranquilizando.
Confío en mi percepción de que la sintomatología está relacionada con un conflicto
del paciente entre el anhelo de cercanía con sus padres y un reproche inconsciente de
haber estado solo en aquel momento, en esa situación difícil. Por eso voy hacia el

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paciente y le digo: «¡Mira a tus padres!». Se vuelve y deja de mirar a los muertos; de
inmediato el representante de los síntomas se relaja y comienza a retirarse de la
constelación lentamente. De manera que continúo con ese movimiento, le pido al
paciente que se ponga en pie y lo guío de vuelta hacia sus padres. Ellos buscan
abrazar al hijo, pero él se defiende, en especial del padre. No puede aceptar su amor y
cariño. El representante del padre agrega: «Es muy difícil para mí verte sufrir», pero
el paciente no puede aceptarlo.
Creo que aquí se necesita tiempo e interrumpo el trabajo en ese punto.
Aproximadamente tres meses después de la constelación, el paciente vuelve a
inscribirse en un grupo de constelaciones.
Me comunica que tras la última constelación había caído en una ligera depresión.
Le había resultado difícil trabajar, necesitaba dormir mucho y, dado que tenía la
posibilidad de tomarse el tiempo necesario para hacerlo, se las había arreglado bien.
«Cuando después de casi una semana me sentía mejor desde el alma, comenzaron los
cambios corporales. La presión del estómago cedió. Sentí eso como un gran alivio, ya
que tenía las molestias desde los 12 años. [¡Aproximadamente un año después del
suceso traumático de la guerra!] Sin embargo, iban apareciendo molestias intestinales.
Ahora tengo muchos gases y necesito ir al baño más a menudo. A veces pienso que tal
vez tengo la enfermedad de Crohn. Mis molestias se trasladaron del estómago al
intestino. Por esa razón decidí volver otra vez.»
Sin dar más información adicional para los demás participantes del grupo, sugiero
al paciente que configure a representantes para sí mismo, para su padre y para su
madre. Les pido a los representantes que sigan sus impulsos. Al hacerlo, la
representante de la madre, terca, se ubica entre el hijo y el padre.
Eso me lleva a preguntarle al paciente por el padre de su madre. Para mi gran
asombro, el paciente no conoce al abuelo y no hay ningún tipo de información acerca
de él.
Decido no avanzar con el problema y configurar a un representante para el abuelo,
sino más bien quedarme con el paciente mismo y buscar directamente una solución
para él. Lo llevo al lado de su padre y le sugiero que le diga a la representante de su
madre: «¡Querida mamá, el padre que uno tiene siempre es el mejor! Respeto lo que
hay entre ti y tu padre, y lo dejo con vosotros. ¡Para mí, mi padre es el correcto!».
Después de esas palabras del paciente, el representante del padre lleva su brazo

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alrededor del hijo y lo atrae hacia sí. Cuidadosamente, con la mirada en la madre, el
hijo apoya la cabeza en el hombro de su padre. La representante de la madre se alegra
por la nueva cercanía entre padre e hijo, y el paciente, relajado, cierra los ojos y
descansa en el brazo del padre.
Le pregunto al paciente si para él está bien así y él contesta afirmativamente. Para
terminar, le digo: «Tu lugar adecuado es con tu padre y debes soltar a la madre». Él
asiente en señal de afirmación y dice: «¡Lo sé!».

Al término de otros cuatro meses acompaña a su pareja a un grupo de constelaciones y le


pido que escriba un resumen de lo que se fue desarrollando para él.

El informe del paciente:


Solamente recuerdo que no fue fácil para mí apoyar mi cabeza en el hombro de mi
padre, pero finalmente logré relajarme en su brazo y mirarlo a los ojos. Esa fue una
sensación muy buena.
Después de la constelación volví a sentirme muy cansado. No tuve tantas
reacciones físicas. Los gases se fueron reduciendo y fui perdiendo peso, lento pero
seguro, sin seguir ningún régimen. Me compré ropa nueva y me llama la atención que
en general me resulta más fácil atenderme y cuidarme. Selecciono más los alimentos y
como menos descontroladamente. Cierta inquietud que me acompañaba siempre
mejoró mucho. Tras un único tratamiento con una terapeuta craneosacral, mi intestino
de distendió eficazmente. Siento un cambio significativo. Ya casi no tengo acidez y
los problemas cardíacos derivados del intestino (síndrome de Roemheld) que sufrí
durante años en estos momentos no aparecen.

TRAUMA Y TRABAJO CON CONSTELACIONES


Sería excesivo detenerse detalladamente con relación a este tema importante y extenso.
Para una mayor profundización aconsejo a Levine (1998) y St. Just (2005).
En general considero que el método de trabajo con constelaciones sistémicas no es el
adecuado para elaborar traumas personales profundos. Sin embargo, como coordinadores
de constelaciones, en especial con grupos, una y otra vez nos vemos confrontados con la
reactivación de acontecimientos traumáticos anteriores en el paciente y, quizás incluso
con más asiduidad, en otros participantes del grupo. Un procedimiento orientado en gran

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medida al desarrollo de soluciones y recursos puede contribuir a evitar repeticiones
innecesarias del trauma.
El recurso siempre presente y a veces más disponible es el tiempo. Una forma de
proceder que sintonice la velocidad y el ritmo con la capacidad del paciente para integrar
las intervenciones y los sucesos de la constelación puede prevenir una reactivación del
trauma. Cuando se manifiestan síntomas de trauma, como, por ejemplo, respiración
rápida y superficial, sudor frío y temblor muscular (Levine, 1998, pág. 129 y siguientes),
una ralentización del proceso terapéutico, así como de los acontecimientos sucedidos en
la constelación, constituye una primera medida aplicable para la regulación genética.

2.1.5. Enfermedad y acercamiento interrumpido

Hablamos de un acercamiento interrumpido temprano cuando un hijo pierde la confianza


en sus padres por una separación temprana de la madre, pero también del padre, y, por
miedo a revivir esa pérdida, ya no accede a acercarse a ellos, aun cuando estos se
ocuparan amorosamente del niño tras la separación. El hijo se defiende luego ante la
atención de los padres y reprime su verdadero deseo de protección. Intenta excluirse sin
desilusionar a la madre, y tal vez desarrolla un síntoma para solucionar ese conflicto.
Estas personas más adelante despliegan una dinámica similar también en las relaciones
con otras personas que para ellas son importantes.
Muchos trastornos por miedo, pero también cuadros de enfermedad como asma,
dolores de cabeza crónicos y alergias, pueden remontarse a traumas de separación en la
primera infancia. Pienso en casos como, por ejemplo, el parto por cesárea, la estancia en
la incubadora después del parto, el abandono en una guardería o la hospitalización del
niño o también de la madre, por ejemplo, por el nacimiento de un hermano. También
cuando los padres dejan al hijo durante un tiempo al cuidado de parientes o conocidos,
ya sea para trabajar o también para irse de viaje solos; a menudo, el niño, después de ese
período, ya no vuelve a sentir la misma confianza hacia sus padres.
Los mismos efectos pueden darse, además de en los casos de una separación física,
por una separación emocional temprana del niño y la madre. También esta situación en
algunos casos se produce en el parto. La unión entre la madre y el hijo puede ser
interrumpida cuando la vida de la madre o del niño está en peligro, o también cuando el

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parto viene acompañado por un gran miedo, como, por ejemplo, en el caso de un parto
precipitado.
También puede darse una separación emocional durante el embarazo. Por ejemplo,
cuando la madre teme por la salud o la vida de su hijo, ya sea por haber perdido otro hijo
anteriormente, pero también por un diagnóstico de un médico que dé lugar a dudas
acerca de la salud del bebé. Como consecuencia, la madre ya no está libre para dedicarse
totalmente al hijo. En ese contexto, la denominación de «embarazo de riesgo» también
puede considerarse imprudente.

Cuanto más temprano se dé la separación entre madre e hijo y cuanto más se prolongue,
tanto más difícil será para el hijo recuperar la confianza y avanzar hacia la madre, el
padre u otra persona de referencia. En general, el hijo no lo logra sin ayuda externa.

La dinámica del movimiento interrumpido puede solucionarse cuando, con el tiempo, el


niño aprende que puede encontrar apoyo y seguridad en sus padres, por lo que la
resistencia a la proximidad puede disminuir.
En el marco de un grupo de constelaciones, el terapeuta puede insinuar este cambio en
el proceso de solución y ocupar la posición de la madre del paciente afectado, llevarlo de
regreso al acontecimiento traumático y sostenerlo hasta que su resistencia se reduzca. Es
muy importante encontrar el grado de proximidad razonable para poder solucionar la
resistencia del paciente y aceptar la proximidad y los cuidados suplentes ofrecidos. De
esa manera, el movimiento anhelado tal vez llegue a la meta, en el futuro el paciente
aprende lentamente a volver a permitir la cercanía, y el amor y la fuerza vital pueden
fluir de nuevo, no solo desde los padres hacia los hijos y viceversa, sino también en la
pareja.

La separación en el parto: «¡Todo salió bien!»


(Paciente con asma)
En un grupo de constelaciones para enfermos una mujer me pide que trabaje con ella.
No estoy enterado de que sufre de asma. Se sienta a mi lado y lentamente me
sintonizo con ella y con el trabajo en común. Su mirada delata carencia y mi instinto
me dice que en este momento lo más importante es estar. Siguiendo su propio
impulso, al cabo de un rato apoya la cabeza en mi hombro. Percibo lo mucho que le

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cuesta y con cuidado la rodeo con mi brazo. De repente comienza a respirar profunda
y sonoramente y la sostengo con un poco más de fuerza. Respira con dificultad, pero,
en comparación con el fuerte movimiento del tórax, el resto de su cuerpo está firme y
rígido. Evidentemente, su cuerpo no puede acompañar el movimiento respiratorio, así
que le sugiero que exprese su respiración profunda también a través del movimiento
corporal, de manera que incluya el cuerpo en el proceso respiratorio. Comienza a
respirar contra la resistencia de mi brazo y a involucrar su cuerpo más y más. Le
brindo tan solo el suficiente espacio para que ella, lentamente, pueda pasar, como si lo
hiciera por un canal de parto, respirando, entre mis brazos. Cuando de esa manera
logra liberar su tórax de mi abrazo, le pido a una participante del grupo que reciba a la
paciente representando el abrazo de su madre. La mirada llena de miedo de la
paciente lleva a deducir un posible trauma en el parto y me viene la frase de la madre
hacia ella: «Todo está bien, mi querida hija, todo está bien. Soy muy feliz de que todo
haya terminado bien». En los brazos de la madre la paciente se tranquiliza y poco a
poco logra volver a respirar tranquila y libremente. Lo que aquí se describe en pocas
palabras en realidad se extendió durante el espacio de casi una hora.

Tres años después vuelvo a encontrar a la paciente como participante de un grupo de


constelaciones. Agradece y cuenta el efecto sanador del trabajo terapéutico de aquel
momento. Le pido que me escriba un informe sobre su experiencia que aquí transcribo
sin recortes.

Informe de la experiencia de la paciente:


Hace aproximadamente tres años que no escucho a mis bronquios silbar o rechinar
cual puerta oxidada con cada exhalación. Hace tres años que mi vida no se
desestabiliza por un ataque de asma. Hace tres años que no irrumpe en mi vida
ninguna crisis de espasmo bronquial que me lleve a la desesperación, a la asfixia, a la
impotencia, al miedo y a la sensación de muerte.
La última crisis asmática leve la tuve durante este trabajo terapéutico.
A día de hoy no recuerdo exactamente lo que sucedió, pero se mantiene viva en mi
cuerpo, en mis células, la sensación de calor y la seguridad de aquel momento.
Recuerdo haberme sentado a tu lado, Stephan, y que me mirabas muy
profundamente, como tratando de llegar al alma a través de mis ojos (al menos eso

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sentí), y recuerdo muy bien poner de mi parte la intención de abrirme de par en par,
como quien abre una compuerta que lleva directo a las profundidades de lo
desconocido.
El resto es solo nebulosa, como fragmentos de un sueño.
Después de que te mirara y posaras tu mirada en mí, apoyé la cabeza sobre tu
pecho, o tu hombro. Después entré en un espacio oscuro, sin tiempo y sin forma, en el
que mi cuerpo se movía hacia delante impulsado por la cabeza. En ese momento me
embargó una sensación de miedo, frío y desesperación. Quería salir de ese calabozo
en el que me sentía atrapada y asfixiada, escapar. Quería respirar y no podía, hasta
que el espacio por el que me desplazaba se abrió, se llenó de luz y me sentí recibida
por mi madre.
Fue un momento mágico para mí. La persona que en ese momento reemplazaba a
mi madre me abrazaba con firmeza y amor. Yo me sentía como un bebé recién
nacido. Estaba asustada, pues tenía una fuerte crisis asmática que se me había
desencadenado en el proceso terapéutico. Esa respiración difícil en los brazos de mi
madre se mezcló con una sensación agradable; con mi espalda apoyada en su vientre,
me sentí como salvada por su mirada. Sus ojos penetraban en los míos, sacándome del
naufragio en el que me sentía inmersa, trayéndome a la realidad con la frase: «Todo
va bien», «todo va bien»… Recuerdo en ese momento haberme puesto a llorar y a la
vez sentir un enorme alivio. Acompasado por el rítmico «todo va bien», me
confirmaba que estaba viva.
La mirada y la respiración tranquila de mi madre se fueron fundiendo con mi
respiración. Lentamente el ataque de asma fue cediendo, a medida que yo comenzaba
a participar de su ritmo cardíaco y respiratorio. Su pulso sereno fue calmando el mío,
por tanto, todo mi cuerpo. Cada célula se fundía con mi madre. Estuve en sus brazos
varios minutos. Era como un sueño, y a medida que iba despertando, sentí que la vida
despertaba en mí. Me sentía «viva».
Recuerdo que hiciste una pausa para que la gente saliera un poco, pero me dejaste
en los brazos de mi madre. Ella me seguía trayendo a la vida, calmando un enorme
terror que recorría todo mi cuerpo. No era miedo a algo, era solo miedo desde la
profundidad del alma. Con su mirada, su respiración y el mágico «todo va bien» me
confirmaba que yo estaba viva.

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Aun después de la pausa, bastante después, durante aproximadamente seis meses,
sentí que la constelación continuaba con su efecto en mi cuerpo. Como un eco,
reverberando en todas mis células.
Tuve la suerte, durante ese tiempo, de volver a ver a menudo a la representante de
mi madre, a la cual yo conocía. Cada vez que la veía me llenaba de alegría y se repetía
algo de aquel encuentro. A veces yo le pedía que me abrazara un ratito como en la
constelación. Para mí era como encontrarme con un manantial y yo bebía de él,
respirando dos o tres minutos contra su pecho. Con cada uno de esos valiosos
encuentros casuales, sentí que el movimiento que había nacido en la constelación se
había consolidado y anclado en mi cuerpo. Y después de un tiempo, mi sed se sació.
Desapareció la necesidad de beber del inagotable manantial.
A partir de ese trabajo me siento más fuerte y más sana en general y, sobre todo,
desde entonces ya no he sufrido ningún espasmo bronquial.
Muchas gracias.
G.

P. D.: Solo querría contarte, porque quizá tenga alguna relación con el trabajo, que
nací por cesárea, con 1.800 gramos de peso. Estuve pocas horas en incubadora, ya que
a pesar del poco peso mi salud era buena. El embarazo de mi madre fue difícil por la
enfermedad y la muerte de mi abuelo paterno. Falleció de cáncer de páncreas cuando
mi madre estaba embarazada de mí. Ella estaba muy cerca de él y sufrió mucho su
enfermedad.

El trauma en el embarazo
(Paciente con torsión de la columna vertebral)
La paciente del siguiente ejemplo, de aproximadamente 45 años, ya ha hecho muchos
años de psicoterapia y también varias constelaciones con diferentes terapeutas. Según
sus declaraciones, fue capaz de lograr buenas soluciones para muchos aspectos de su
vida, pero una y otra vez fracasó en el acercamiento con su madre que ella anhelaba
desde hacía mucho tiempo. Esa relación fue complicada durante toda la vida. Ya de
pequeña, la paciente se defendía contra la cercanía de su madre. Para ella era muy
necesario encontrar paz también en ese aspecto. Sin embargo, a pesar de su gran
anhelo no había logrado hasta ese momento que surgiera el acercamiento.

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Le sugiero que se acerque alguna vez también desde otra orientación terapéutica y
con gusto la paciente sigue mi consejo de incluir a un terapeuta craneosacral.

La osteopatía craneosacral es una terapia manual del sistema craneosacro, en el que el


líquido cerebral circula rítmicamente entre el cráneo y el coxis. Es posible percibir esa
pulsación en todo el cuerpo y, a diferencia del ritmo del pulso y de la respiración, puede
ser influenciada mediante técnicas de suaves impulsos estimulantes. Desequilibrios y
bloqueos de ese ritmo pueden llevar a disfunciones físicas, del alma o también
espirituales y, asimismo, perjudicar considerablemente la autorregulación del organismo.
Para mí, el ritmo craneosacro del paciente es un factor importante de adecuación a los
movimientos durante el trabajo de constelación. Si el ritmo del paciente se ralentiza o
llega a detenerse completamente (denominado punto de quietud), es un indicio de que el
paciente se encuentra en un proceso de integración esencial.

En la primera consulta el terapeuta constata una torsión hacia la derecha de la


columna vertebral de la paciente, a la altura del tórax. Puesto que sus esfuerzos por
compensarla no tienen éxito y que sospecha que hay una conexión de estos síntomas
con un trauma, en el siguiente encuentro trabaja con la relajación somatoemocional
(SEE, por sus siglas en alemán), una técnica que se ha desarrollado partiendo de la
osteopatía craneal y que corresponde al ámbito de las psicoterapias con orientación
corporal.
En el transcurso de este tratamiento, la paciente desarrolla una profunda tristeza. Se
le pregunta qué edad siente tener en ese dolor y responde: «¡Soy muy pequeña!». El
terapeuta continúa preguntando: «¿Antes o después del parto?». La paciente contesta:
«Posiblemente también antes del parto». Sin embargo, no sabe acerca de
complicaciones durante el embarazo de la madre.
Aproximadamente dos semanas después de ese tratamiento, la paciente consulta
con su madre sobre sucesos traumáticos durante el embarazo y ella se lo confirma: al
cursar el sexto mes de embarazo su hermano menor le gastó una broma. Ubicado
detrás de ella, le colocó un sapo sobre el hombro derecho. La madre tuvo un susto «de
muerte» e inmediatamente comenzaron las contracciones y tuvo que guardar reposo
durante dos días. Por suerte, todo volvió a tranquilizarse.

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Esta historia conmueve mucho a la paciente, ya que en el miedo que la madre sintió
por ella percibe también, por primera vez, el profundo amor de la madre por ella, una
sensación que hasta entonces desconocía. Con ello, por primera vez se abrió una
puerta hasta entonces cerrada.
Transcurren aproximadamente dos semanas hasta que vuelve a ver a su madre.
Como tantas veces durante la visita a su madre, de una nimiedad nace un conflicto en
escalada. Pero esta vez la paciente no se retira disgustada como de costumbre.
Permanece relativamente serena y puede afrontar la situación con tranquilidad.
Después de una corta declaración que vive «como un milagro» logra darle cabida al
dolor hasta entonces reprimido y «como por sí solo» el conflicto acaba en un abrazo
por parte de su madre. También para ella esto es un cambio sorprendente en una
situación habitual. De esa manera llega a la meta un movimiento anhelado durante
mucho tiempo. En una conversación concluyente la paciente menciona que muchos
amigos y conocidos desde ese momento notan un cambio positivo en ella, sin poder
describir cómo.

Considero notable cómo la columna vertebral de la paciente había adoptado y


almacenado el movimiento de su madre cuando se quedó de piedra por el susto, cuando
se interrumpió la conexión entre madre e hija.

El intercambio de sangre: «¡Gracias!»


Con cierta vacilación, una mujer de aproximadamente 30 años solicita trabajar hacia
el final de un grupo de constelaciones. Se nota, por un lado, su necesidad, pero, por
otro lado, también su miedo ante el trabajo terapéutico. Cautelosamente toma asiento
a mi lado. Su forma discreta de ponerse en contacto conmigo me lleva a considerar
una separación temprana de su madre. Para revisar de inmediato esta hipótesis, me
acerco un poco con mi silla y me vuelvo hacia ella. Reacciona rápidamente y se
reclina en su silla para mantener la distancia. Esta actitud de retirada confirma mi
suposición de que podría haber quedado interrumpido un movimiento hacia su madre
o su padre.
Después de esta información a través del contacto no verbal comienzo el diálogo
preguntando por su consulta. Ella responde: «Casi no me atrevo a expresar mi
consulta, pero siempre tengo la sensación de percibir algo ajeno en mi interior. Eso

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me da mucho miedo y hasta ahora no me he animado a consultar a un médico o a un
terapeuta».
De alguna forma se puede percibir que la preocupación de la paciente tiene
fundamento. Siente algo «ajeno» en ella, algo que es como si no perteneciera o que no
debería pertenecer, y también el miedo que le causa es perceptible. Por un lado, que le
confirme su percepción la alivia, pero, por otro, su tensión y su miedo aumentan
sensiblemente, como si perdiera la esperanza de que tal vez no sea así. Para
tranquilizarla extiendo mi brazo para rodearla y, a pesar de su resistencia, la atraigo
un poco hacia mí. La paciente comienza a llorar y apoya su cabeza en mi hombro. La
sostengo así hasta que vuelve a tranquilizarse. Cuando busca soltarse sigo un impulso
interno y extiendo también mi otro brazo y la sostengo con más firmeza. Entonces
comienza a respirar profundamente y con vehemencia trata de salirse de mi sostén.
Adecúo mi presión a su resistencia y cuando comienza a respirar cada vez con mayor
rapidez y más profundamente se pone de manifiesto que la paciente hace una
regresión a un trauma de nacimiento. Le sugiero que redireccione la respiración hacia
un movimiento de su cuerpo y se libere así de mi sujeción. Lentamente la paciente se
abre paso entre mis brazos. Mientras tanto, elijo a dos representantes para sus padres y
les indico que reciban a la paciente exhausta y la sujeten. Visiblemente aliviada, se
desliza a los brazos de sus padres. Cuando se repone un poco, le pregunto qué sucedió
en su parto. Responde: «Nací con una incompatibilidad del factor Rhesus y necesité
de inmediato una transfusión total de sangre; si no, habría muerto. Nací en una
pequeña clínica en Zermatt. Un enfermero que trabajaba allí con el grupo sanguíneo
adecuado se declaró dispuesto a donar la sangre necesaria. Eso me salvó la vida».
Elijo a un representante para el donante de sangre y le pido que se ubique detrás de
los padres, que se encuentran sentados en el suelo. La paciente lo mira cariñosamente
y, siguiendo su propio impulso, le dice: «¡Gracias!». Ahí los representantes de los
padres se vuelven hacia él y le dicen: «¡Gracias!». El enfermero coloca sus manos en
los hombros de los padres de la paciente y con alegría mira a la joven familia.

Aproximadamente un año después de esa constelación, la paciente me escribió una carta


de agradecimiento comentando que a partir de ese trabajo se siente «como recién
nacida», y que el aniversario de ese cambio lo celebra como un segundo cumpleaños,
dado que desde entonces ya no percibe esa sensación de llevar algo ajeno.

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2.1.6. Enfermedad e inseguridad en el vínculo del hijo por disponibilidad emocional
limitada de los padres

A menudo, debido a fuertes ataduras con miembros de la familia de origen, parejas


anteriores o acontecimientos traumáticos propios, los padres no están totalmente libres
para atender a sus hijos. Los hijos perciben que algo no está en orden en la relación con
sus padres. Están inseguros, tienen la sensación de no poder confiar en ellos y, en
general, buscan en sí mismos la causa que impide el vínculo.
Aquello que los hijos no se animan a tomar en las constelaciones mayormente se
muestra en que los representantes de los padres no pueden sentir cercanía con sus hijos,
no los soportan y a veces, incluso, se apartan de ellos.

La ira: «Querido papá, yo no era libre»


(Paciente con hipertensión)
Un hombre de aproximadamente 35 años sufre de hipertensión desde hace tres años.
Cuando le pregunto si hace tres años sucedió algo especial en su vida, contesta: «La
empresa en la que trabajaba repentinamente se declaró en quiebra y tuve que salir a
buscar un nuevo empleo. A pesar de que no debería haberme preocupado por tener
una buena formación, esta situación me llevó a una profunda depresión. Tenía la
sensación de que me quitaban mi medio de subsistencia».
En muchas constelaciones se ha demostrado que la forma en la que nos
enfrentamos a los temas relativos a la profesión a menudo está relacionada con la
relación con el padre. (De acuerdo con lo que se demostraría más adelante, la
expresión: «Tenía la sensación de que me quitaban mi medio de subsistencia» era una
señal de que a alguien de la familia, con quien el paciente estaba vinculado e
implicado, se le quitaba el medio de subsistencia.)
Por lo tanto, en primer lugar le pregunto al hombre cómo le va con su padre o si
ocurrió algo en la relación con su padre.
El paciente hace una mueca y dice, de mala gana: «¡Cuando yo tenía 17 años mi
padre abandonó a mi madre!».
Continúo: «¿Tú estás enfadado con él por eso?»
PACIENTE: «¡Sí, porque yo tuve que ocupar su lugar!».

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Para no seguir prestándome a la ira del paciente, decido pasar a un plano objetivo.
«En los pacientes hipertensos, las constelaciones a menudo muestran, como dinámica
familiar de fondo, un amor reprimido o que debe ser reprimido.»
Esta declaración conmueve al paciente, que contesta emocionado: «Yo siempre
quise mucho a mi padre. Sin embargo, todo el tiempo tenía la sensación de no tener el
permiso para hacerlo, dado que le había hecho mucho daño a mi madre».
En este punto le pido al paciente que configure a representantes para su padre, para
su madre y para él. El paciente ubica a su representante al lado de su madre. Al
representante del padre lo ubica algo separado de ellos dos. Cuando animo a los
representantes a seguir sus impulsos, el representante del padre se vuelve resignado
hacia el lado opuesto de su mujer y del hijo. La sensación es que no tiene oportunidad
alguna con su mujer. La representante de la madre declara que todo es demasiado para
ella y, sobre todo, que el hijo está demasiado cerca. Da un claro paso hacia atrás y con
esa distancia se siente visiblemente aliviada. Sin embargo, el representante del hijo de
inmediato la sigue. La representante de la madre vuelve a respirar con dificultad
cuando el hijo está otra vez a su lado y nuevamente toma distancia, dando varios
pasos hacia atrás. Cuando el representante del hijo hace amago de seguirla otra vez, la
representante de la madre lo mira seria poniendo de manifiesto de esa manera que no
desea eso.
Una anamnesis familiar subsiguiente muestra que la madre perdió a su padre a los
cinco años. Con esa pérdida profundamente anclada, a la madre le resulta difícil
vincularse y permitir cercanía. Tal vez el hijo deba representar también al padre de
ella y por ese motivo teme el contacto.
Sea como fuere, me dirijo al paciente y le pregunto: «¿Quién, en tu imagen, era
siempre el responsable de las dificultades en la relación de tus padres?».
Inmediatamente responde: «Mi padre». Le doy un poco de tiempo para reflexionar y
continúo preguntando: «¿Y qué se muestra en la constelación?».
PACIENTE: «¡Mi madre!».
Me dirijo al paciente. «Mira a tu padre y dile: “Querido papá, lo siento, no era
libre”». Llora cuando repite la frase. El representante del padre se vuelve
inmediatamente hacia el paciente, avanza hacia él y lo abraza. Este llora en los brazos
de su padre y coloca una mano en su corazón. Una y otra vez comenta: «¡Duele
tanto!». El representante del padre lo sostiene y lo tranquiliza con las palabras: «¡Está

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bien, todo irá bien!». Ver al hijo en los brazos de su padre alivia a la representante de
la madre. Con benevolencia los mira a ambos.
En la ronda final del curso, el hombre dice: «Por más dolor que mi corazón me
causaba estando en los brazos de mi padre, algo se liberó. Desde entonces siento una
liviandad desconocida».

Cuando una madre tiene dificultades con su padre y no está en sintonía con él y con el
destino de él ni tampoco con el propio, sus hijos a menudo renuncian a su propio padre.
Perciben el dolor de su madre y no quieren apenarla teniendo una buena relación o
cercanía con el padre.
Desde el punto de vista del trabajo con constelaciones, tienden a ser depresivas
aquellas personas a las cuales no les es posible o no tienen permiso para tomar a uno o
ambos padres en su corazón. Esto lleva al sentimiento básico que los depresivos a
menudo acusan y que es sentirse abandonados e internamente vacíos. El origen de esto
con frecuencia se remonta a un trastorno en el vínculo durante la primera infancia
(Ruppert, 2003), aun cuando la conducta depresiva, con o sin motivo aparente, se
manifiesta, en general, en una fase de la vida más avanzada.

Prisión y tortura del padre: «¡Diez años regalados!»


(Paciente con trombocitosis)
Una mujer que participa en un grupo de formación en Italia sufre, desde hace algunos
años, de trombocitosis, una enfermedad crónica progresiva de la sangre con una
producción exagerada de plaquetas y el riesgo derivado de ello de que puedan
producirse bloqueos de vasos conductores y trombosis. El recuento alto de las
plaquetas acompaña una cifra de glóbulos rojos en un porcentaje muy reducido, lo que
trae como consecuencia un cansancio crónico. El tratamiento tradicional aconseja una
toma constante de medicación quimioterapéutica.
De un primer matrimonio la paciente tiene un hijo adulto y convive con una nueva
pareja. Respondiendo a mi pregunta acerca de acontecimientos importantes en su
familia de origen informa: «Mi padre fue tomado prisionero por la SS (Schutzstaffel,
policía de seguridad en épocas del nacionalsocialismo) cuando mi madre estaba
embarazada de mí. Cuando ella quiso visitarlo en la prisión le dijeron que podía
marcharse porque había sido ejecutado. Tres meses más tarde, el 3 de abril de 1944,

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fue liberado después de sufrir severas torturas. Yo nací al día siguiente y mis padres
me dieron el nombre Grazia». (Pausa.)
TERAPEUTA: ¿Vive tu padre todavía?
PACIENTE: No, como consecuencia del mal trato recibido en la cárcel sufría una
grave enfermedad pulmonar y murió cuando yo tenía diez años. Es decir, que ¡yo soy
solo media Grazia!
Esas palabras resuenan en mi alma. Es posible percibir el dolor y también el anhelo
de la paciente por su padre, y como respuesta a su manifestación observo: «¡Diez años
regalados!». La paciente contesta rápidamente: «Sé que…». La detengo con un
movimiento de la mano y repito con voz pausada: «¡Diez años regalados!». Entonces
la paciente comienza a llorar. Para fundamentar mi intervención e interrupción, me
dirijo al grupo diciendo: «El que habla no hace falta que sienta».
Siguen minutos de silencio. La paciente cierra los ojos y de esa manera va tomando
más y más contacto con su profundo dolor. Inspira y espira profundamente. Cuando
su respiración se acelera y se vuelve más audible, le digo que abra los ojos y le pido a
un participante del grupo que se coloque delante de la paciente como representante de
su padre. Cuando la paciente percibe al hombre delante de ella grita y lo abraza.
Después de un tiempo se tranquiliza algo y le pido que mire a los ojos al representante
de su padre. A este le solicito que le diga a su hija: «¡En ti sigo estando!». Y después
de un rato: «¡Yo te cuido!». Ahí la paciente se vuelve radiante y su dolor se
transforma en lágrimas de alegría. Toma las manos del padre, las besa y las lleva a sus
mejillas. Al poco tiempo lo suelta, entrelaza sus manos delante del corazón como
expresión de agradecimiento, se inclina levemente y dice: «Gracias por todo». Le
hago repetir: «Querido papá, gracias, fue mucho y fue suficiente».
Al escuchar esas palabras de la hija, el representante del padre da un paso hacia
atrás. Con eso se pone de manifiesto lo que le costó sobrevivir y quedarse y que ahora
su verdadera necesidad es retirarse. Hay que reconocer que la paciente lo sabe y
asiente con sensatez. El representante del padre retrocede paso a paso, despacio, y se
siente visiblemente aliviado. Se percibe un lazo sanador entre padre e hija a la par que
una creciente autonomía.

Dado que en el año 2000 me enteré del efecto de este trabajo, le pedí más detalles a la
paciente. Me hizo llegar el siguiente informe:

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Querido Stephan:
A menudo recuerdo con agradecimiento aquella constelación que hiciste conmigo. El
diagnóstico de mi enfermedad a través de una biopsia de médula es trombocitosis.
Mis molestias principales eran un gran cansancio, somnolencia diurna y aumento de
peso. Según los médicos, la enfermedad debería ser tratada de por vida con el
preparado quimioterapéutico Onkocarbite. Diariamente debía tomar dos comprimidos,
lo que me hacía sufrir muchos efectos secundarios, tales como irritabilidad de la
mucosa bucal, de la lengua y el esófago, parodontosis, caída del cabello, angustias y
también depresiones.
Inmediatamente después de la constelación me sentí llena de una nueva fuerza vital
y una alegría de vivir como hacía tiempo que no experimentaba. Luego mi confianza
en la vida poco a poco volvió lentamente y me tomé el permiso de reducir la dosis de
los comprimidos de dos a uno y medio por día. Afortunadamente en esa época
también conocí a un homeópata en Pisa. Gracias a la constelación y a su terapia pude
ir reduciendo los comprimidos más y más, y ahora hace dos años que no tomo
medicación. De acuerdo con lo que muestran los estudios de control habituales, logro
mantener mis valores en sangre en un nivel que los médicos consideran tolerable.
Puedo decir que desde entonces vuelvo a vivir una vida intensa y hermosa. Eso me
hace muy feliz y todos los días agradezco haber encontrado mi camino en el trabajo
con constelaciones. Siento que la constelación fue el punto de inflexión decisivo en
mi vida con la enfermedad. Por ese motivo deseo agradecer en primer lugar a Bert
Hellinger por haber abierto esa puerta y, sobre todo, naturalmente a ti, querido
Stephan, por ese trabajo beneficioso que has hecho. Mi reconocimiento y mi
agradecimiento también a mis maestros Jakob y Sieglinde Schneider.
Con afecto y cariño y con un gran respeto ante vuestro trabajo,
G.

La muerte de la hermana
(Paciente con enfermedad de Ménière)
Tal como lo demuestra el ejemplo siguiente, un acontecimiento traumático en la
familia, como la muerte de un hijo, puede llevar a una separación emocional de la
madre. La siguiente constelación fue registrada durante un grupo de formación. Los
diálogos se transcriben literalmente.

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TERAPEUTA: ¿Qué podemos hacer por ti?
PACIENTE: Sufro de un síndrome de Ménière. Es una enfermedad del oído interno que
produce mareos y un deterioro de la audición. Al comienzo ignoré los mareos, como
si no existieran. Me dan miedo y al mismo tiempo me agradan. Quizás agradar no sea
la palabra correcta.
TERAPEUTA: Percibo esa ambivalencia simultánea entre miedo y anhelo. ¿Cuál piensas
que es tu beneficio al tener esos mareos?
PACIENTE: No lo sé, abandoné el intento de averiguarlo.
TERAPEUTA: ¿Estuviste separada de tu madre de pequeña?
PACIENTE: No, físicamente no.
TERAPEUTA: ¿Tal vez sucedió algo durante tu parto?
PACIENTE: No que yo sepa. Nací en la clínica, todos mis hermanos en casa. El
siguiente hijo nació 18 meses después que yo.

La primera toma de contacto del paciente con el terapeuta a menudo señala un patrón
básico del paciente. Inconscientemente la paciente muestra ya aquí cómo se maneja en
las relaciones con la cercanía y la distancia. Muestra confianza, está abierta y dispuesta,
o es cautelosa, reservada y cuida la distancia. En este último caso a veces se insinúa una
perturbación del vínculo a una edad temprana.

Cierta reserva de la paciente me recuerda que durante el transcurso del grupo de


constelación la había experimentado como especialmente complaciente. La sentía
exageradamente atenta para no cometer errores, no decir algo equivocado, como si
estuviera dispuesta a hacerlo todo para no perderme como su médico o terapeuta.
Aquí yo presumía una transferencia. La sospecha era que la paciente había sido
separada de su madre debido a un acontecimiento traumático en su infancia. La
sintomatología del mareo que busca ayuda podría ser una expresión inconsciente de
un anhelo por tener la cercanía, el refugio y el sostén de la madre.
Para revisar esa hipótesis decidí comenzar con la constelación sin pedir
información adicional.
TERAPEUTA: Elige representantes para ti misma y para la enfermedad y ubícalos
relacionados entre sí.

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La representante de la paciente mira a la representante de la enfermedad con
reproche.
Por eso pregunto a la paciente: «¿Estás enojada con alguien?».
PACIENTE: Lo primero que se me ocurre es conmigo misma… o con mi marido.
TERAPEUTA: ¿Por qué con tu marido?
PACIENTE: No creo que él comprenda quién soy realmente.
Debido a la sensación de no poder avanzar por este camino, pregunto por posibles
acontecimientos traumáticos en la familia de origen de la paciente que podrían haber
ocurrido durante su infancia. «¿Tus padres perdieron un hijo?»
PACIENTE: ¡Sí!
TERAPEUTA: ¡Tal vez ese suceso los haya separado! ¿La muerte del hijo fue anterior a
ti?
PACIENTE: No, después. Después de mí hubo dos hermanos, una hermana murió de
cáncer de riñón a los tres años.
TERAPEUTA: ¿Qué edad tenías tú cuando enfermó?
PACIENTE: Yo tenía alrededor de cuatro años. Con la enfermedad y la muerte de mi
hermana cambiaron muchas cosas en nuestra familia.
TERAPEUTA: Naturalmente, toda la atención iba hacia la hija enferma. Los demás hijos
no pueden comprenderlo y la reacción natural de una niña de cuatro años podría ser
enojo. Elige a dos representantes para tus padres y configúralos.
Ella lo hace.
La representante de la madre mira a un punto en el suelo, como si estuviera
hechizada.
TERAPEUTA: La madre no «sobrevivió» realmente la pérdida de la hija. Aquí puedes
verlo. De esa manera tú no solo perdiste a una hermana, sino que, en cierta forma,
también a la madre. Elige a una representante para tu hermana.
Ubica a la representante de la hermana al lado de la representante de la madre. La
representante de la hermana tiene serias dificultades para mantenerse en pie, sus
rodillas flaquean y se desliza al suelo. La representante de la madre comienza a llorar
y se agacha por encima de su hija, que yace en el suelo. Ahora la representante de la
paciente mira a su madre, va hacia ella y se recuesta con la cabeza en sus pies, al lado
de la hermana menor. Entonces la representante de la madre la percibe también a ella

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y le acaricia el cabello cariñosamente. En ese preciso momento la representante de la
enfermedad retrocede unos pasos.
PACIENTE: Mi madre se tumbaba en el suelo a menudo y lloraba. Y yo no podía
ayudarla.
Al preguntarle a la representante de la enfermedad cómo se siente, esta responde:
«Ahora querría volverme hacia el otro lado. Aquí ya no me necesitan».
La constelación confirmó la dinámica familiar que había detrás de la enfermedad,
mostró el anhelo de la paciente e ilustró claramente el beneficio de la enfermedad. En
el preciso instante en el cual la madre tocó a la representante de la paciente, la
enfermedad ya no era necesaria. Para la paciente eso significa que, si desea superar
los síntomas, debe renunciar a que se cumpla su deseo de tener el cariño de su madre
y debe soltarla.
Por lo tanto, me dirijo directamente a ella y le sugiero que le diga a la representante
de su madre: «Querida mamá, ahora respeto tu dolor». Una vez que la paciente
pronuncia esa frase, agrego: «Y ahora te dejo ir». La paciente está de acuerdo también
con esa frase y, una vez que la ha pronunciado, la representante de la madre responde
siguiendo un impulso propio: «Lo siento, pero no pude quedarme, fue demasiado para
mí». Siguiendo mi sugerencia, la paciente dice: «Querida mamá, ahora te doy la
razón».
En esta frase su voz denota aún un pequeño reproche. Se lo hago notar a la paciente
y ella repite con voz tranquila: «Querida mamá, ahora te doy la razón». Aprovecho
este cambio y guío a la paciente para que agregue las siguientes frases, que ella acepta
de buena gana: «Y ahora respeto aquello que nos une y también aquello que nos
separa. He recibido lo más importante y ahora lo tomo. Para mí fue suficiente y ahora
lo tomo al precio total que te ha costado. Lo que necesito, lo tengo. Y lo que resta
ahora lo hago yo misma».
Pasado un tiempo, la paciente observa: «¡Esto ahora está muy bien para mí!» y por
propia decisión se vuelve una vez más hacia la representante de su madre: «Gracias
por todo». Y nuevamente agrego: «Aunque tú estés allí (con la hermana) y yo aquí,
siempre serás mi madre y yo siempre seré tu hija. Lo que necesito, lo tengo, y el resto
ahora lo hago yo misma».
Finalmente, en este punto llevo a la paciente misma a formar parte de la
constelación y la ubico al lado del representante de su padre. Espontáneamente este

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coloca su brazo alrededor de sus hombros.
La paciente confirma: «Es cierto, así fue. Después de la muerte de mi hermana
nuestro padre siempre nos cuidó. ¡Era como si la madre ya no estuviera!».
Una vez más le sugiero a la paciente que diga: «Querida mamá, ahora lo apruebo.
Con amor».
Y, para terminar, no puedo evitar decir: «Y ahora dejo de molestar a mi marido».
La paciente confirma riendo: «¿Y tú cómo lo sabes?».

La discapacidad del padre


(Paciente con migrañas y sensibilidad a los cambios meteorológicos)

El ejemplo que sigue muestra de manera impresionante el fenómeno de la percepción de


los representantes en el transcurso de la constelación.

Cuando la paciente, de aproximadamente 50 años, declara su deseo de constelar sigo


un impulso interior y le pido, sin más información, que elija a una representante para
sí misma y a un representante para los dolores de cabeza. Para los dolores de cabeza
la paciente elige a un hombre y coloca a los dos representantes frente a frente a una
distancia relativamente grande.
Pido a los representantes que sigan sus impulsos y el representante de los dolores
de cabeza da un paso cauteloso hacia la representante de la paciente. Sin embargo,
esta reacciona visiblemente con miedo y de inmediato retrocede. Tras varios intentos
fallidos de acercarse a ella, al fin el representante de los dolores de cabeza gira en
dirección contraria y se sienta en el suelo con las piernas cruzadas. La representante
de la paciente lo observa atenta, con lentitud da una vuelta alrededor de él y
finalmente se acerca por detrás. Al llegar a la espalda del representante, también ella
se sienta en el suelo y apoya su espalda en la del representante. Pasado un tiempo, este
se vuelve con cautela, cuidadosamente rodea los hombros de la representante de la
paciente con su brazo y ella se acurruca junto a él y apoya la cabeza en su muslo
derecho.
Cuando la paciente lo ve, comienza a llorar repentinamente y dice: «¡Ese es mi
padre!». Se tranquiliza un tanto y comenta: «Soy la hija menor de mis padres y nací
como rezagada después de la guerra. Mi padre perdió la pierna derecha en la guerra.

103
Siempre sufría dolores fantasma y no podía superar la pérdida de la pierna. Incluso en
familia no se mostraba sin pantalón largo, y cuando una vez lo sorprendí en el cuarto
de baño sin la prótesis, se asustó mucho, me dio una tremenda bofetada y me echó.
Me quedó la sensación de haber hecho algo que ya no tenía arreglo. Lo que veo aquí
ahora es lo que de niña siempre deseaba».
Con esa información despido a la representante de la paciente de su posición y
pregunto a la paciente si quiere ir junto a su padre. Ella asiente, se le acerca
cautelosamente, se sienta en el suelo junto a él y con sumo cuidado le toca la pierna
derecha. Cuando el representante del padre sonríe, la paciente se acomoda en su
regazo. Aquí permanece el tiempo que a ella le parece bien.

Aproximadamente medio año después, recibo una felicitación navideña de la paciente.


Describe lo reconciliador que le había parecido el trabajo. Dice que salvo algunas
excepciones no ha tenido más migrañas. Que estas dependían mucho de las condiciones
meteorológicas y que después de la constelación había tomado conciencia de que tal vez
también en eso podía haber una conexión con los dolores fantasma del padre, ya que él
también se había quejado mucho de los cambios del tiempo.

2.1.7. Enfermedad e inseguridad vincular del hijo por implicaciones familiares

Cuando los hijos deben representar a los padres de sus padres, estos proyectan
sentimientos y necesidades inadecuados en sus hijos. En el hijo eso puede llevar a
irritación e inseguridad en el comportamiento vincular.
El ejemplo que sigue describe el proceso de liberación de una parentificación de una
paciente con enfermedad de Crohn.

La parentificación: «¡Lo bueno prevalece!»


(Paciente con enfermedad de Crohn)
Una paciente que hace años sufre la enfermedad de Crohn (una inflamación intestinal
crónica de génesis desconocida que va produciendo cicatrices, en el transcurso de la
cual a menudo deben ser extirpados quirúrgicamente trozos del intestino delgado) se
siente agobiada por su madre y el destino de esta, y cree haber asumido la pesada

104
situación. Partiendo de la sensación de tener que protegerse de su madre, reprime su
anhelo por ella.
En un proceso conmovedor a través de la constelación llega a los brazos de su
madre y logra permitir la cercanía y el amor.

La paciente, que debido al diagnóstico precanceroso avanzado (precanceroso significa


que el tejido ha sufrido una modificación y hay un riesgo potencial de degeneración
maligna) se encontraba bajo control médico regular, experimentó una curación duradera
sorprendente y clínicamente comprobada como resultado inmediato de la constelación.
El trabajo con la paciente, de alrededor de 35 años, en el marco de un curso de
formación en el año 2005 fue registrado y deseo transcribir los diálogos literalmente.

Cuando la paciente toma asiento a mi lado empuja su silla aproximadamente diez


centímetros hacia el costado para aumentar el espacio entre ella y yo. Yo la observo
atentamente mientras lo hace y me dirijo al grupo diciendo: «¡Muchos pacientes
manifiestan algo esencial en el primer contacto, y el coordinador del grupo no debería
desperdiciar ese instante, a menudo muy significativo!».
Un momento después me dirijo a la paciente, que se muestra algo irritada por mi
comentario, con la pregunta: «¿De qué se trata?».
Rápidamente la paciente se centra y contesta con objetividad: «Yo sufro de la
enfermedad de Crohn. Los médicos dicen que es incurable. Sin embargo, yo no quiero
aceptar eso sin más, pero de alguna manera tampoco logro cuidarme bien. El año
pasado fui operada del cuello uterino porque se detectó un papiloma precanceroso, y
sufro de vitiligo (una enfermedad de la piel también denominada enfermedad de las
manchas blancas y que lleva a alteraciones de la pigmentación de la piel). Todas estas
enfermedades tienen que ver con el sistema inmunológico; de alguna manera mis
defensas no pueden arreglárselas solas».
TERAPEUTA: ¿Cómo es tu vida?
PACIENTE: Convivo con mi pareja. No quiere casarse conmigo, y tampoco quiere
hijos.
TERAPEUTA: ¿Tú eres más bien hija de papá o hija de mamá? –pregunto
cautelosamente.
PACIENTE: ¡Hija de papá! La relación con mi madre es difícil.

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A través de su respuesta rápida y determinante, la paciente muestra cierta
resignación con respecto a la estresante relación con su madre y también indica que
no está realmente dispuesta a trabajarla. Yo no me preocupo de eso y continúo.
TERAPEUTA: ¡Ya he trabajado con varios pacientes con la enfermedad de Crohn y, sin
excepción, he visto que la solución pasa por la madre! Cuando digo que pasa por la
madre, me refiero a que pasa por un movimiento hacia la madre.
PACIENTE: Mi madre me exige demasiado. Siempre tiene necesidades y las proyecta
en mí. Nos parecemos mucho, y por si fuera poco también se viste como yo. ¡Todo
eso para mí es demasiado cercano y estrecho!
TERAPEUTA: ¿Tu padre o tu madre tuvo otra pareja anteriormente?
PACIENTE: No, seguro que no. Se casaron cuando eran muy jóvenes. Ahora están
separados.
TERAPEUTA: Bien, configura a dos representantes, uno para ti y uno para la
enfermedad.
La paciente elige a dos mujeres y las ubica una frente a la otra y a cierta distancia.
Es evidente que la representante de la enfermedad se siente mal. Siguiendo la
hipótesis de que la madre es importante para la solución, le pido a la paciente que me
dé algo más de información: «¿Puedes agregar algo más acerca de tu madre?».
PACIENTE: Mi madre está enferma, ella también sufre de molestias en el estómago y
los intestinos, tiene depresiones, y desde hace más de diez años dice que quiere
morirse.
Le pido a la paciente que elija a una representante para la madre y la ubique en la
constelación.
Inmediatamente la representante de la enfermedad está mejor. Se vuelve y, en lugar
de mirar a la representante de la paciente, ahora mira a la representante de la madre.
Aquí se muestra la verdadera conexión.
TERAPEUTA (al grupo): Esta reacción de la representante de la enfermedad muestra
que la paciente lleva la enfermedad en lugar de su madre.
PACIENTE: Pero ¡si ella no tiene la enfermedad de Crohn! –responde.
TERAPEUTA: ¡No funciona con tanta exactitud!
PACIENTE: La representante de mi madre me irrita mucho, no sé si reírme de ella o
pegarle.
TERAPEUTA: ¿Qué ocurrió en la familia de tu madre?

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PACIENTE: Mi madre perdió a sus padres muy pronto. Su padre estaba enfermo por el
alcohol. Tiene un hermano que es esquizofrénico. (Tras unos segundos.) No quiero
ver a mi madre así, no puedo soportar la expresión de sufrimiento en su rostro.
En ese momento la representante de la paciente comienza a llorar suavemente y
exclama: «¡Es tan doloroso!».
Ahora también la paciente lucha con las lágrimas y dice: «¡Me ha ocasionado tanto
daño! Fue tan difícil para mí…».
Yo contesto con voz tranquila: «¡Lo bueno prevalece!». En un principio la paciente
me mira llena de incomprensión, pero lentamente comienza a comprender, y por eso
doy un paso más y la animo a que le diga a su madre: «¡Querida mamá, me haces
falta!».
En ese momento se quiebra la resistencia, llora y finalmente puede reconocer:
«¡Querida mamá, me haces tanta falta! ¡Fue difícil para mí, pero ahora acepto lo que
fue tal como fue! ¡Gracias por todo!».
En la constelación se muestra de inmediato el efecto de esa frase. La representante
de la enfermedad se siente cada vez más débil y dice: «Ahora ya puedo retirarme,
tengo la sensación de que aquí no tengo nada más que hacer».
En ese instante le sugiero a la paciente que ocupe su lugar en la constelación. Se
dirige directamente a la representante de la madre y ambas se abrazan durante un
largo tiempo. La paciente comenta asombrada: «¡Es increíble: ahora puedo respirar!».
Se va liberando lentamente del abrazo y yo la giro para que pueda apoyar la espalda
en su madre. Tomo la mano de la madre, la extiendo hacia delante y la coloco en el
abdomen de la paciente. Esta está de pie relajada, sostiene la mano de la madre sobre
su abdomen y respira tranquila y profundamente. Finalizo el trabajo con la frase: «¡La
solución pasa por la madre!».

Pasado un año de ese trabajo terapéutico, la paciente me hizo llegar este informe
personal sobre el desarrollo de su curación.

Querido Stephan:
Para empezar ¡quiero darte las gracias! ¡Sin tu apoyo probablemente no me habría
curado! Quería contarte mi proceso de curación. Cuando llegué al grupo sufría de la
enfermedad intestinal de Crohn. En ese entonces, esta se había descontrolado. Parecía

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que si yo recibía más embates, desarrollaría inevitablemente cáncer de intestino. Eso,
al menos, es lo que decían los médicos que en esa época me atendían.
Debía tomar fuertes medicaciones y sufría mucho bajo los efectos secundarios. Así
no quería seguir. Además, los médicos no me daban mayor esperanza ni tampoco
ofrecían soluciones, más bien me advertían que debía convivir con la enfermedad.
Cuando me enteré de las constelaciones familiares supe que eso podía ser un paso
importante para mí. Me inscribí en el grupo de Montevideo con reservas y cierta
ansiedad.
Eran aproximadamente 65 participantes y yo fui la segunda en constelar.
Al hacerlo pude dejar lo pesado que había llevado por mi madre. Jamás olvidaré tu
mirada cuando me dijiste significativamente: «¡Lo bueno que has recibido de ella
cuenta más que lo pesado que ella lleva!». Eso quedó grabado para siempre en mi
memoria. En el momento en el que tomé el lugar de mi representante en la
constelación, mi intestino golpeaba como un tambor, hasta que la representante de mi
madre apoyó su mano en mi abdomen. Desde ese instante, precisamente en ese
instante, se acabó el dolor, se acabó el golpeteo, todo se tranquilizó.
Cinco días después de la constelación tuve mi revisión mensual con el equipo de
expertos que, sin lugar a dudas, me había diagnosticado la enfermedad de Crohn.
Hicieron una videocolonoscopia y los análisis de sangre necesarios. ¡No encontraron
absolutamente nada! Tampoco había tejido cicatrizal en el intestino, a pesar de lo
deteriorado que estaba, nada. Jamás volví a tener colitis y mucho menos hemorrágica.
También mis valores en sangre eran normales, los niveles de glóbulos blancos y
plaquetas estaban perfectos. Hoy día los médicos se preguntan si me diagnosticaron
correctamente. ¡Creen que se equivocaron! Y me piden disculpas. No saben qué
decirme.
Nuevamente, ¡muchas gracias por todo, te envío mucha calidez!
E.

En numerosas constelaciones con pacientes con la enfermedad de Crohn pude observar


que la madre del paciente estaba enlazada con su familia de origen, con una pareja
anterior o también con un hijo que había perdido o abortado. Ese vínculo es una carga
para la relación del paciente con su madre. Desde la visión del trabajo con
constelaciones un primer paso hacia una solución para el paciente sería reconocer ese

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vínculo de la madre, luego soltarla y también abandonar el anhelo infantil de estar cerca
de ella. De esa forma se lograría estar en sintonía con aquello que separa al hijo de su
madre, y luego el hijo también podría tomar de la madre lo que ella pudiera darle.

En un grupo de constelaciones para enfermos una mujer me pidió constelar para su hijo
de 11 años con la enfermedad de Crohn y que en esos momentos se encontraba
ingresado en una clínica, como ya había ocurrido anteriormente en repetidas ocasiones.
En la constelación con representantes para el padre, la madre, el hijo y la enfermedad del
hijo se mostró, por un lado, una conexión muy fuerte entre el hijo y su enfermedad y, por
el otro, el gran anhelo del hijo hacia su madre. En la constelación, este quedó
incumplido, ya que la representante de la madre miraba al suelo como hechizada. Estaba
inaccesible para todas las demás personas configuradas y también para su hijo. Esta
escena conmovió a la mujer hasta las lágrimas y contó que pocos meses después del
nacimiento del hijo había quedado embarazada nuevamente y que, en su desesperación,
sin pensarlo mucho, había seguido el consejo de un médico de abortar el hijo.
Siguiendo mi sugerencia, la mujer agregó un representante para el hijo abortado a la
constelación y en un proceso doloroso la representante de la paciente se dirigió a él y lo
tomó en sus brazos. El representante de su hijo observó ese proceso de cerca y
finalmente se sentó en el suelo, al lado de su hermano abortado, seguido de cerca por el
representante de su enfermedad. El representante del padre de los niños, que al comienzo
miraba en dirección a los acontecimientos que se iban mostrando, se volvió hacia el otro
lado después de que la mujer contara lo del aborto. La paciente confirmó este impulso de
su marido comentando que con el aborto «algo» en el matrimonio se había roto.
En el momento en que, en la constelación, la mujer reconoció el dolor de su marido,
su representante también pudo respetar su decisión, y el hijo pudo soltarse de la madre y
del hermano abortado.
Con las palabras que le sugerí del marido para su mujer: «Ahora respeto tu decisión
con todas las consecuencias que tiene para ti y también para mí», el representante de la
enfermedad del hijo se separó de este y, siguiendo su propio impulso, se retiró de la
constelación.

Dado que un hijo se siente unido con amor a ambos padres, el respeto mutuo entre ellos
es un prerrequisito para que el hijo pueda respetar a los padres. A través del respeto ante

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los padres, el hijo puede separarse de ellos de buena manera y transitar por su propio
camino.

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2.2. Enfermedad y la identificación con parejas anteriores de los padres

Las relaciones anteriores de los padres y los abuelos pueden tener una fuerte influencia
en la dinámica familiar. Cualquiera que haya sido la razón para la separación o el fin de
la relación, la solución requiere que la pareja anterior sea reconocida. Si las parejas
anteriores no son honradas, serán representadas por hijos en la relación posterior.
Esta identificación de los hijos se manifiesta con mayor gravedad, y también entonces
con la correspondiente tendencia a enfermar, cuando las parejas anteriores son tratadas
con desprecio o tuvieron un destino difícil, como, por ejemplo, si murieron en la guerra,
terminaron en psiquiatría o se suicidaron.

El compromiso anulado: «¡Te respeto como el primer hombre de mi madre!»


(Paciente con melanoma maligno)
Una mujer que contrajo un melanoma maligno pide trabajar en un grupo de
constelaciones para enfermos. El melanoma fue diagnosticado a tiempo antes de pasar
a metástasis y fue extirpado quirúrgicamente. Desde el punto de vista médico no hacía
falta un tratamiento adicional aparte de las revisiones de control regulares. Tal vez
para la paciente era una necesidad enterarse de algo esencial acerca de posibles
orígenes familiares o del alma. Sin mayores averiguaciones comenzamos la
constelación con un representante para ella y uno para la enfermedad. Como
representante para el cáncer de piel la paciente elige a un hombre. Los dos
representantes configurados se sienten íntimamente relacionados. Incluso hablan de
un inseparable amor mutuo.
Como siguiente paso le pido a la paciente, muy afectada por lo sucedido, que
agregue representantes para sus padres. Como consecuencia, de inmediato se modifica
la relación entre el representante del melanoma y la representante de la paciente. El
sentimiento básico del amor inseparable del representante del melanoma sigue igual,
pero ahora su amor está dirigido a la representante de la madre. A esta, el afecto le
resulta sumamente desagradable e incómodo.
La paciente cuenta que su padre no fue la primera opción de su madre. La madre,
antes del matrimonio, había estado comprometida. Ese novio fue perseguido por los
fascistas durante la guerra civil española. La cárcel y la tortura le provocaron

111
enfermedades graves y un fuerte cambio en su esencia. Cuando salió en libertad al
final de la guerra, la madre de la paciente tuvo que reconocer que no le era posible
cumplir con su promesa y casarse con él. Después del diagnóstico de una enfermedad
neurológica del hombre, el compromiso fue anulado oficialmente.
Todas las sensaciones y los comentarios del representante del melanoma
evidentemente señalan que en su caso se trata de un representante del novio de la
madre y de esa forma resulta innecesario cambiar de representantes.
El representante del padre de la paciente no es tenido en cuenta. El representante
del novio se comporta, en la constelación, como si el primero no existiera, y no
permite que surja duda alguna de que no se trata de la pareja de la madre. Sabe bien
que la representante de la paciente no es su hija, pero eso lo trae sin cuidado y se
muestra dispuesto a aceptarla como tal. Para él no hay dudas: esa es su familia.
Solo cuando la representante de la paciente hace una gran reverencia ante él se
disuelve su confusión. Se da cuenta de la situación y comienza a llorar sonoramente.
Ahora también escucha las frases que yo le sugiero a la paciente hacia él: «Te respeto
como el primer hombre de mi madre. ¡Tú también formas parte! Respeto lo que llevas
y respeto que hayas hecho un lugar para mi padre y, de esa forma, también para mí.
Reconozco que vivo porque tú pagaste». Su dolor por el amor no cumplido es
conmovedor y ahora la representante de la madre tampoco puede seguir manteniendo
la actitud de rechazo frente a él. También ella comienza a llorar y, sollozando, ambos
se abrazan. Permanecen abrazados durante largo rato y la representante de la madre
repite una y otra vez: «¡Lo siento tanto! Lo siento tanto, no pude hacerlo de otra
forma».
Con el reconocimiento de su destino, el representante del novio ahora siente la
necesidad de hacer un lugar para la nueva familia y, lentamente, con una mirada
benevolente, se retira de la constelación y vuelve a su lugar.

En varias constelaciones acerca del tema del cáncer de piel he visto que este representa
algo que pertenece, algo con lo cual se está unido desde el amor, pero que no se puede o
no se tiene el permiso de reconocer y amar. Recuerdo, por ejemplo, la constelación de un
hombre que enfermó de cáncer de piel en la cual se mostraba que el representante del
melanoma representaba a un medio hermano mayor, el cual no era reconocido como hijo
por el padre que compartían y el cual su madre adjudicaba a otro hombre.

112
El novio de la madre en el campo de trabajo: «Yo vivo porque tú has muerto»
(Paciente con poliartritis crónica progresiva)
Un hombre de unos 45 años, de profesión jardinero, sufre de una enfermedad
inflamatoria crónica y progresiva de las articulaciones. Lo más afectado son sus
manos, que, como consecuencia de los severos procesos inflamatorios, están muy
hinchadas y deformadas. Realizar los trabajos de jardinería, sobre todo cuando hay
humedad y frío, le resulta muy doloroso, pero, como dice, ama su profesión y sobre
todo el trabajo al aire libre y no puede imaginarse realizando otra actividad.
Para comenzar configuramos la familia de origen del paciente y, en un segundo
paso, agregamos a un representante para la enfermedad.
En el transcurso de la constelación se pone de manifiesto que el representante de la
enfermedad está en lugar de un novio anterior de la madre, quien años después de la
guerra murió como prisionero de los rusos en un campo de trabajo en Siberia. La
madre del paciente lo había esperado durante muchos años hasta recibir la noticia de
su muerte.
Un recuerdo para mí muy conmovedor de esta constelación es el movimiento entre
el paciente y el representante del novio de la madre. Cuando el paciente despide a su
representante y toma su lugar en la constelación, siente procedente mi sugerencia de
hacerle una reverencia al novio de la madre y la realiza diciendo: «Yo vivo porque tú
has muerto. ¡Y lo respeto!». Estas frases emocionan al representante del novio hasta
las lágrimas y mira al paciente con amor. Este se encuentra delante de él, intentando,
como de costumbre, ocultar sus manos deformes ante la mirada de las personas que lo
rodean. Sin embargo, tomo cuidadosamente sus manos y se las muestro al
representante del novio. Lleno de amor, este toma con cautela las manos del paciente
y le lanza una mirada cómplice y compasiva al paciente. Parece que esos dolores le
son familiares. Este gesto, a su vez, emociona al paciente hasta las lágrimas, y durante
un largo tiempo ambos se miran a los ojos asintiendo de vez en cuando, como
sabiendo.
En la pausa que sigue a la constelación, el paciente viene a verme. Sigue muy
emocionado y nuevamente me dice, con lágrimas en los ojos: «En el momento en el
que el representante del novio sostenía mis manos, por primera vez en veinte años mis
maños no me dolieron. Yo ya ni recordaba cómo era esa sensación».

113
Prisionero entre la vida y la muerte: «Por favor, bendíceme si vivo».
(Paciente con diabetes tipo 2 y adicción al sexo)

En el trabajo terapéutico con diabéticos cabe recordar que muchos diabéticos no podrían
vivir sin insulina. En las constelaciones con diabéticos a menudo se manifiesta un anhelo
hacia la muerte del que los pacientes no son conscientes. De esa forma, muchos
diabéticos no pueden tomar la vida que la ayuda médica les posibilita y destruyen su
salud comiendo desenfrenadamente, fumando o bebiendo, o a menudo no administran
con cuidado la dosis de insulina.
Por ese motivo es útil, en el trabajo con diabéticos, aclarar su actitud básica hacia la
vida y la muerte antes de comenzar.
El paciente, de unos 50 años, con mucho sobrepeso y enfermo de diabetes, me pide
que trabaje con él en el marco de un grupo de entrenamiento para terapeutas en Estados
Unidos.
Los diálogos de la constelación, en su mayoría, se transcriben literalmente.

TERAPEUTA: ¿Cuál sería un buen resultado del trabajo?


PACIENTE: Para mí un buen resultado sería poder seguir vivo un tiempo más y
desarrollar más autocontrol para cuidarme mejor. Como sin mesura. Mi médico me
presiona, me dice que no está dispuesto a seguir atendiéndome si no modifico mi
conducta alimenticia.
TERAPEUTA: ¡Casi suena como si estuvieras trabajando más por tu muerte que por
tu vida!
PACIENTE: En cierta forma eso es correcto, pero no del todo.
TERAPEUTA: ¿Desde cuándo eres diabético?
PACIENTE: Desde hace cinco años.
TERAPEUTA: ¿Cómo es tu vida?
PACIENTE: Estoy casado desde hace 35 años. Tenemos un hijo y un nieto. El nieto
es mi mayor alegría. Mi matrimonio está en peligro. Hace 24 años que soy adicto al
sexo y hace poco mi mujer me dijo que se iría si no reconozco que necesito ayuda.
Desde que comencé con una terapia se ha tranquilizado. Hasta qué punto la terapia me
ayudará y si mi matrimonio puede salvarse, no lo sé.
TERAPEUTA: ¿Qué ocurrió en tu familia de origen?

114
PACIENTE: En mi familia todos son músicos. Todos nosotros tenemos una
predilección por las artes. Mi madre era violinista, y mi padre, compositor y pianista.
Yo soy el tercero de seis hijos. Antes de conocer a mi padre, mi madre ya estuvo
casada. Eso sucedió durante la guerra. También hay un hijo de ese matrimonio. Su
marido fue a la guerra a Europa y volvió siendo otra persona. Mi madre se separó de
él y transformó su casa en Berkeley en una pensión. Mi padre fue uno de los primeros
huéspedes. Vino a Berkeley para estudiar música.
TERAPEUTA: Averigüé algo acerca de los artistas: uno no puede casarse con ellos.
PACIENTE (sonríe): Mi mujer no lo sabe… (Reflexiona.) Aunque no estoy seguro,
tal vez sí lo sepa.
TERAPEUTA: Mientras tanto probablemente lo haya averiguado.

Dado que este diálogo no contribuye a avanzar y que con lo dicho ya se dispone de
suficiente información, aliento al paciente: «Elige representantes para tu madre, tu
padre y para ti y ubícalos relacionados entre sí».
Dado que la constelación tiene lugar en un grupo de entrenamiento, doy al grupo
una referencia con relación a mi hipótesis: «La cuestión que me preocupa es: ¿quién
es el muerto o cuáles son los muertos con los cuales el paciente se ha identificado?».
El paciente ubica a su representante en ángulo recto muy cerca del lado derecho de
su madre. A la izquierda de la madre, a cierta distancia, se encuentra el representante
del padre. La mirada de la representante de la madre está dirigida al padre. El
representante del hijo se ha girado hacia el otro lado.

P = padre
M = madre
Pac = paciente

115
El lugar en el cual el paciente se percibe en su familia me lleva a preguntarle: «¿Eres
el preferido de tu madre?».
Sin pensarlo, responde: «¡Pues claro! Pero eso no significa que a mi padre no lo
quiera…». De esa manera queda confirmada mi suposición de que, para su madre, él
debe representar al primer marido de ella.
Al preguntar a los representantes cómo se sienten en la constelación, se obtienen las
siguientes respuestas:
REPRESENTANTE DE LA MADRE: Yo estoy bien, me gustaría sostener la mano de mi
hijo. No siento conexión hacia su padre. (Toma la mano del hijo.)
REPRESENTANTE DEL PADRE: Yo también me siento bien aquí.
REPRESENTANTE DEL PACIENTE: Tambaleo, estoy triste y tengo mucho miedo. –Al
pronunciar las palabras se libera de la mano de la madre y da unos pasos hacia
delante, donde se siente algo mejor.
Me dirijo al paciente: «Necesitamos un representante para el primer marido de tu
madre». Elige a un participante y lo posiciona al lado izquierdo de su madre, entre
esta y el padre.

1MdlM = primer marido de la madre

Al agregar al primer marido de la madre cambian las sensaciones de los


representantes en la constelación. La reacción más evidente es la del representante del
paciente. Es como si se encogiera, mira al suelo delante de él y apenas puede
mantenerse de pie.

116
Ahora les pido a tres participantes que se recuesten en el suelo delante del
representante del paciente. Son representantes de los muchos muertos que el primer
marido de la madre vio como soldado en Europa. Como tantos, tampoco él sobrevivió
en su alma a la guerra.
Cuando el paciente ve a los muertos recostados delante de su representante,
comienza a llorar. Observar a su representante en esta pelea entre la vida y la muerte
lo conmueve mucho.
Antes de que el representante del paciente caiga de rodillas le pido que cambie el
lugar con el representante del primer marido de la madre. (Para poner en evidencia la
identificación no lo llevo directamente a su lugar a la izquierda del padre.)
Inmediatamente todos se sienten mejor.
REPRESENTANTE DEL PACIENTE: Aquí estoy mucho mejor. Da la sensación de que
aquí podría estar de pie. Allí me hubiera caído al suelo.
REPRESENTANTE DE LA MADRE: Así está bien, ahora todo tiene más vida.
Ahora coloco al paciente en el lugar de su representante. Sin embargo, no lo ubico
entre los padres, sino a la izquierda de su padre.
Para terminar le sugiero a él y a los representantes que digan las siguientes frases:
PACIENTE (al primer marido de la madre): Yo vivo porque tú no pudiste sobrevivir
a la guerra en tu alma, y lo respeto. Por favor, bendíceme si vivo. –Este responde:
«Yo te libero».
PACIENTE (a la representante de la madre): Mamá, yo soy tu hijo, por favor,
mírame como a tu hijo. –La representante de la madre asiente con la cabeza y el
paciente continúa–: Lo que hubo entre tú y tu primer marido y lo que entre vosotros
continúa pendiente, ahora os lo dejo a vosotros, y lo que llevé en tu lugar lo llevé con
amor, pero ahora pasó. Mi buen lugar es con mi padre.
Y finalmente el paciente, al representante del padre: «Querido papá, yo soy tu hijo.
Por favor, ahora tómame nuevamente como a tu hijo». El representante del padre
busca abrazar al paciente, pero este aún no está libre. Mira una vez más hacia el
primer marido de la madre y los muertos. Es posible ver cuán difícil le resulta
soltarse. Lo acompaño otra vez en su movimiento y le sugiero que le diga al
representante del primer marido de la madre: «Ahora te respeto, cuidándome bien».
El representante del primer marido percibe las dudas del paciente y asegura: «¡Para
mí está bien! ¡Vive!».

117
Tras escuchar esas palabras, al paciente le es posible permitir que su padre lo
abrace.

Cuando vuelvo a encontrar al paciente un año después de ese trabajo terapéutico en un


grupo de constelaciones, declara haber perdido 18 kilos. Agradece el trabajo de un año
atrás y yo le pido que me entregue sus experiencias por escrito para poder transcribirlas
aquí.

Querido Stephan:
Me alegro mucho de poder encontrarme hoy contigo ostentando un estado de salud
notablemente mejor que hace un año. Pienso que, sin lugar a dudas, puedo decir que
la parte en la que la constelación que hicimos hace un año ha contribuido a este
cambio positivo no es nada desdeñable. Hace un año luchaba contra profundas
depresiones. Me va mucho mejor ahora que he reestablecido el contacto con mis
padres, y ese vínculo lo experimento como muy curativo.
Tal como te contaba, puedo manejar mucho mejor mi adicción al sexo. Mis
continuos autorreproches por mi incapacidad de resistirme me enfermaban y me
mantenían en el continuo círculo vicioso de la depresión. Hoy día tengo claro que mi
adicción al sexo no tiene nada que ver con la dependencia del alcohol de mi padre, y
en lugar de hacerlo responsable a él de mi debilidad veo a mis problemas en un
contexto marcadamente más grande, que abarca muchas generaciones de mi familia.
Cuando hoy día me encuentro con otras mujeres para tener sexo lo hago con una
conciencia diferente y también veo que mi mujer lleva una parte con su trasfondo
familiar. Siento que hoy tengo una elección mayor con mis necesidades de
permanecer en pareja.
Muchos de mis problemas han mejorado notablemente. Mi nivel de glucosa es
mucho más estable, y ya no tengo la sensación de querer morir o de tener que morir
en breve. Como pudiste ver, logré reducir mi sobrepeso. Dicho sea de paso, más o
menos dos meses después de la constelación mi hija me comentó que estaba menos
depresivo, y mi mujer se siente marcadamente mejor en mi presencia. (Quién sabe,
quizás incluso pueda volver a decidirse a dormir conmigo.)
Mis planes para el futuro son poder tal vez expresar en una arteterapia mis
capacidades como maestro, músico y cantante. En estos momentos asisto nuevamente

118
a la universidad y busco créditos en Psicología. Eso me da mucha alegría y pienso que
ese es mi camino para el futuro.
Fue bueno para mí poder visitar el grupo de constelaciones como participante por
segunda vez. De nuevo pude detectar contextos esenciales para mí.
Una vez más, gracias desde el corazón por tu ayuda en este tiempo que es
extremadamente difícil para mí.
K.

En la identificación con una expareja de los padres, el hijo, en un plano del alma, los
pierde a los dos, porque al estar el hijo para la madre en la posición de un amante, entra,
de esa manera, en rivalidad con su padre. La hija que representa una pareja anterior del
padre se vuelve competencia para la madre. Cuando en una familia hay únicamente hijos
o hijas también son posibles identificaciones con el sexo opuesto. Con la solución de la
identificación en general el hijo o la hija también logran el movimiento hacia los padres.

La manía: «¡Para tu madre, tú representas a Adolf Hitler!»


(Paciente con trastorno bipolar)
Instantes antes de que comenzara un grupo de constelaciones se acerca a mí un
hombre de unos 50 años y dice: «Una y otra vez sufro fases maníacas. Hace unos años
participé en un grupo de constelaciones familiares. Estando allí tuve una crisis y,
siguiendo el consejo del coordinador, el servicio médico de emergencias me llevó
finalmente a una clínica. –Saca una tarjeta de visita de su bolsillo y la coloca junto a
mis documentos diciendo–: Esta es la dirección de mi psicólogo. Hace muchos años
que me visita. Le ruego que le informe a tiempo en caso de que yo vuelva a tener una
crisis. Él me conoce bien y sabe cómo tratarme. ¡De ninguna manera quiero ir a una
clínica!». Conozco el nombre del psicólogo local y le pregunto al paciente: «¿Él sabe
que usted está aquí?», a lo que él me responde: «¡Fue él quien me aconsejó participar
en el seminario!».
En la ronda inicial el paciente cuenta que tiene cinco hijos de tres matrimonios. En
estos momentos vive solo y está pensando en emigrar. Su consulta son sus
«problemas psíquicos», por los cuales está bajo tratamiento desde hace muchos años.
Él y su psicólogo están convencidos de que sus problemas están relacionados con su
padre, que fue un «nazi convencido» y un alto oficial de las SS. Cuando me doy

119
cuenta de que va a empezar a contar una larga historia, lo interrumpo dando a
entender que lo dicho hasta ahora es suficiente. Independientemente de las
explicaciones y el diagnóstico del psicólogo que lo trata, mi impresión es que el
paciente está más bien en el círculo de influencia de su madre que en el de su padre.
En las pausas de vez en cuando lo miro. Llama la atención que solo habla con las
mujeres del grupo. Es imposible pasar por alto cómo coquetea con ellas.
A la mañana siguiente es el primero que quiere constelar. Su comportamiento
descontrolado y su descuido de la distancia, así como su mirada rígida, me hacen
temer que podría encontrarse al borde de una crisis maníaca. Por eso mi sensación es
que lo mejor será dirigirme a él de inmediato. Le pido que se siente a mi lado.
Con las piernas separadas y las manos apoyadas en las rodillas toma asiento, mira,
sin reparar en mí, a la ronda de los participantes y dice, con ojos brillantes y con voz
sonora: «Bien, este es mi show». Lo miro y le pregunto: «¿Y cuánto hace que dura?».
Dado que hasta ese momento no me había prestado atención alguna, se sienta un poco
más atrás para poder verme y me examina. Yo aprovecho el momento de su asombro
y continúo: «¿Y adónde lleva? ¿Y qué resultado se obtiene?». Cediendo, dice
finalmente: «¡Está bien, uno a cero para ti!». Evito otro intercambio de palabras y
digo: «Bien, ahora configuramos tu familia de origen. ¿Tienes hermanos?».
PACIENTE: Soy el único hijo de mis padres. Mi padre ya estuvo casado anteriormente.
De ese matrimonio hay un hijo. Pero yo no conozco a mi medio hermano. Además, es
importante: mi padre es hijo natural y no conoce a su padre. Su madre era muy joven
cuando lo tuvo y no quería o no tenía permiso para casarse con ese hombre.
TERAPEUTA: ¿Qué sabes acerca de tu abuelo?
PACIENTE: ¡Nada! Solo que tal vez era judío.
TERAPEUTA: Bien, configura a alguien para ti, alguien para tu padre y alguien para tu
madre.

120
En la constelación de su familia de origen el paciente se atribuye el primer lugar
considerando el orden en el sentido de las agujas del reloj. La representante de la
madre está orientada totalmente hacia su hijo. El representante del padre está a un
lado. Parece estar ocupado con asuntos propios y se siente bien así. De esa
observación se pone de manifiesto que el paciente debe representar a alguien para su
madre.
Sin embargo, cuando pregunto por acontecimientos en la familia o por una relación
anterior importante de la madre, el paciente no aporta datos que ayuden a avanzar. Por
ese motivo, primero pregunto cómo se sienten los representantes. El representante del
paciente dice sentirse espléndidamente bien. ¡Dice tener la sensación de poder
derribar muros! Para la representante de la madre, tal como se esperaba, solo tiene
importancia el hijo, todo lo demás no le interesa. El representante del padre opina que
aquí no tiene mucho que decir y que está ocupado con sus propios asuntos.
En ese punto prefiero comprobar, por las dudas, qué influencia tiene el abuelo
desconocido en la constelación y le pido al paciente que agregue un representante
para el padre de su padre. Lo posiciona detrás del representante del padre, cosa que
ambos sienten como agradable. La dinámica entre madre e hijo queda intacta.
Por lo tanto, me vuelvo nuevamente al paciente y le digo: «¡Aquí da la impresión
de que estás representando a alguien para tu madre!». Dado que ahora el paciente me
mira sumamente escéptico, le explico con más detalle: «Mi sospecha es que se trata
de una pareja anterior de tu madre». De inmediato objeta: «¡Mi madre tenía 17 años
cuando conoció a mi padre y 21 cuando nací yo! ¡Amaba a mi padre por encima de
todo! ¡Para ella él era el único!». La objeción aún no me convence; como sigo con mi
sospecha, le pido al paciente: «¡Por si acaso, por favor, configura a alguien!».

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La persona agregada cambia fundamentalmente la imagen de la constelación. La
representante de la madre, con alegría, se vuelve hacia el nuevo representante. El
representante del paciente, aliviado, se gira hacia su padre y su abuelo.
El representante de una pareja anterior de la madre está de pie, con las piernas
separadas y los brazos cruzados, mirando por encima de todos ellos. Al preguntarle
cómo se siente, responde con voz orgullosa: «¡Yo no soy ninguno de ellos, mi mundo
es completamente diferente!».
Esa frase tiene un efecto imposible de disimular en el paciente. Irritado y con
máxima atención, mira a la persona configurada. Necesita tiempo para orientarse. En
su desamparo aparenta más naturalidad que en cualquier instante anterior.
TERAPEUTA: ¡Para tu madre debe de haber habido un hombre en su vida que era,
para ella, más importante que tu padre!
Su mirada viaja, tensionada, de la persona configurada como la «pareja» de la
madre a la representante de la madre y de vuelta a la primera. Repentinamente su
rostro se ilumina, me mira radiante y dice: «¡Es cierto! En el fondo para mi madre
siempre hubo solo un hombre en la vida: ¡Adolf Hitler!».
TERAPEUTA: ¿Sabes a quién debes representar para tu madre? ¿Sabes con quién te
estás identificando? ¡Con Adolf Hitler!
Su alegría se congela y asiente impactado.
Le doy tiempo para que ese juicio surta efecto. La tensión en su cuerpo va
aflojando, y muestra que, lentamente, el proceso de integración va llegando a su
término. Lo tomo de la mano y lo llevo ante el representante de su padre. Lo mira
durante un largo rato, comienza a llorar y apoya la cabeza en su hombro. Permito que
permanezca el tiempo que quiera y le sugiero que le diga al representante de su padre:
«¡Querido papá! Mi lugar adecuado es junto a ti. ¡Por favor, abrázame!». Vuelven a
abrazarse durante un largo tiempo.

Cuatro semanas después de la constelación recibí una llamada de su psicólogo.


Agradeció el trabajo con el paciente y quería comunicarme que tras la constelación
estaba, en general, muy bien.

Aproximadamente tres años después de esa constelación volví a ver al paciente. Asistió a
un grupo para aclarar un tema con uno de sus hijos adultos. Después de la constelación

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se sentía mucho mejor y ya no había tenido fases maníacas.
Para él había sido un tanto complicado el movimiento hacia su padre. Lo había
despreciado durante toda la vida por su pasado como miembro de las SS. Sin embargo,
con el apoyo de su psicólogo había logrado aceptar a su padre como padre y dejar con él
su pasado de delincuente y su culpa.
A muchos hijos les resulta difícil respetar a sus padres dado que miran sus
características o sus actos. Pero la mirada a lo que los padres han hecho es focalizada y
limitada. La paternidad en sí es mucho más. Se logra el respeto mirando a los padres
como un todo y, más allá de ellos, también a su familia y a su destino. Esa actitud lleva a
un respeto y una humildad sanadores y contrarresta la necesidad siniestra de hacerse
cargo de los padres.

Partir en representación: «Me quedo y me alegro si tú también te quedas»


(Hija con anorexia)
Una familia sufre, desde hace unos cinco años, por la severa anorexia de la hija de 20
años. Con un peso actual de aproximadamente 28 kilos, debe ser sostenida, una y otra
vez, por su padre, dado que no tiene fuerzas para caminar ella sola. El padre, la madre
y la hija enferma participan en el grupo de constelaciones, siguiendo el consejo del
homeópata que los trata.
Comenzamos la constelación con representantes para el padre, la madre y la hija.
La paciente ubica al representante del padre apartado, como si estuviera orientado
hacia otro lugar. La representante de la paciente es posicionada delante de la
representante de la madre, muy cerca de ella.
Eso muestra la primera de las tres implicaciones transgeneracionales en las que está
enlazada la hija. La abuela de la paciente, la madre de su madre, murió
repentinamente de un infarto de miocardio cuando la madre tenía dos años. La hija
enferma debe representar para la madre a la madre de esta.
Cuando es configurada una representante para la abuela fallecida tempranamente,
sale a la luz el anhelo de la madre de la paciente. Le pido a la madre que ocupe su
lugar en la constelación y en un proceso conmovedor logra dar lugar al dolor
reprimido y aceptar la muerte temprana de su madre. De esa manera la representante
de su hija puede liberarse de esa proyección difícil para ella. Lo siente como un gran
alivio.

123
Gracias a la liberación de ese vínculo con la madre, la representante de la hija
logra, por primera vez en la constelación, mirar a los ojos al representante del padre.
Sin embargo, también esa relación lleva una carga. Se ve que el representante del
padre no puede sostener la mirada de la representante de su hija. Le causa miedo, y
siente rabia y también desesperación.
La hija anoréxica le recuerda a las víctimas excluidas del abuelo paterno. Era
oficial de las SS en la Segunda Guerra Mundial y durante años trabajó en diferentes
campos de prisioneros y de concentración.
Por amor hacia él y también por el anhelo de cercanía hacia él, el padre de la
paciente se hace cargo de las sensaciones de su padre y no puede soportar ver a su hija
identificada con las víctimas de los campos.
En la constelación se agregan un representante para el padre del padre y también
otros para las víctimas de las SS. La representante de la paciente se acerca a ellas de
inmediato, y allí siente que pertenece y que está bien. Al padre de la paciente le
resulta difícil ver a su propio padre con las víctimas. Le pido también a él que despida
a su representante de la constelación y que ocupe él mismo su lugar. Le cuesta mucho
esfuerzo seguir mis instrucciones y hacer una reverencia ante el representante de su
padre y decirle: «Sea lo que fuera que haya sucedido, lleves lo que lleves y tal vez
debas llevar, yo lo respeto y lo dejo contigo. Haya ocurrido lo que haya ocurrido,
sigues siendo mi padre».
Gracias a la reverencia de su hijo, gracias a la expresión de su amor, sin perjuicio
de lo ocurrido en la guerra y sin importar cuál haya sido su culpa, el representante del
abuelo en la constelación puede volverse hacia sus víctimas.
Con la reverencia de su padre ante su propio padre, la representante de la paciente
ya no se siente cómoda con las víctimas de su abuelo. Ahora tiene permiso para ser
hija y puede mostrar a su padre su anhelo infantil. También el padre ahora es libre y
puede abrazar a la representante de su hija. Profundamente conmovida por la imagen
del abrazo de su marido y la representante de la hija, ahora también la mujer, la madre
de la paciente, se vuelve hacia los dos y los padres estrechan a la representante de la
hija, ahora aliviada, en un abrazo. Permito que la imagen actúe en la paciente durante
un tiempo y finalmente la llevo también a ella a la constelación. Despide a su
representante y se desliza entre los brazos de sus padres. Como última intervención
sugiero tanto al padre como a la madre que le digan a su hija: «Yo me quedo, y me

124
alegro si tú también te quedas». Lloran y se abrazan durante largo rato. Con esas
imágenes y con la propuesta de no hablar acerca de ellas y permitir que la
constelación tenga su efecto, se dirigen a su hogar.
Una semana después de la constelación recibo una llamada telefónica de la madre.
Me cuenta que, en general, la situación está más relajada. La relación entre ella y su
hija ha mejorado notablemente. Sin embargo, esta sigue negándose a comer con la
familia. Es cierto que desde la constelación su peso ha aumentado, dado que desde ese
momento toma regularmente zumos de frutas y verduras y dice que quiere vivir.
También les promete a los padres que se ocupará de su salud, pero sigue con la
intención de renunciar a alimentos sólidos. Mientras que antes de la constelación ya
no había contacto entre padre e hija, ahora, a diario, hay peleas por la comida y las
calorías. Lo que agrava el conflicto entre padre e hija es que el padre es cocinero.
Dirige un restaurante de comida gourmet en la casa en la que viven.
La descripción de la situación actual suena absurda y le pido a la madre que acuda
junto con su hija a otra consulta individual. Allí les pregunto acerca de
acontecimientos especiales, en especial si la madre encuentra explicación acerca del
porqué la hija reacciona con tanta rabia hacia su padre. Ahí la madre recuerda que el
padre estaba comprometido cuando ella lo conoció. Había disuelto el compromiso por
ella. De esa forma se pone de manifiesto de dónde procede la rabia de la hija hacia su
padre. Cuando esta implicación con la novia del padre sale a la luz, la hija está
radiante y la dureza que hasta entonces mostraba desaparece de su rostro. Cuando le
pregunto si ahora todo quedó aclarado, la hija sonríe satisfecha y dice: «¡Creo que
sí!».

Dos semanas después de esa consulta, la madre me llama para darme las gracias. En casa
le había contado la conversación al marido. Desde ese momento él se abstuvo de entrar
en una discusión con la hija y de esa manera la pelea se calmó. Siente que ahora la hija
se está cuidando bien y está muy esperanzada. Aproximadamente tres meses después me
entero a través de la madre de que ahora la hija come con regularidad.

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2.3. Enfermedad y el destino de los abuelos

Como ya hemos mencionado, en las constelaciones observamos una y otra vez las
interrelaciones entre la exclusión de miembros relevantes del sistema y el desarrollo de
síntomas o enfermedades.
En ese contexto, los impulsos en el comportamiento y las expresiones de los
representantes de enfermedades o síntomas a menudo muestran una conexión
transgeneracional entre las enfermedades de hijos y nietos con conflictos existenciales
vividos y con traumas de abuelos y bisabuelos.

La nostalgia hacia la patria: «¡Es mía y yo la llevo!»


(Hija con neurodermatitis)
Una mujer (la clienta) me cuenta la grave neurodermatitis que padece su hija de un
año. Un estudio alergénico realizado durante una hospitalización da como resultado
una conexión con una alergia a la proteína de la leche de vaca, pero incluso un
régimen muy estricto solo contribuye a aliviar mínimamente los síntomas. La niña
debe ser vendada a diario para evitar que se rasque hasta sangrar.
La madre sufre de la enfermedad intestinal de Crohn.
Comenzamos la constelación con representantes para la hija y para la enfermedad
de la hija. La clienta elige a dos participantes del grupo como representantes y las
configura una frente a la otra. Las representantes sienten una gran atracción mutua,
casi amor, y se colocan muy cerca y se toman de la mano.
Como siguiente paso le pido a la clienta que agregue una representante para ella
misma y un representante para el padre de la niña. El representante del padre es
ubicado aparte. Siente impotencia frente a la situación e incapacidad para actuar. La
clienta coloca a su propia representante cerca de la hija y dirigida hacia ella. Al
hacerlo no se da cuenta de que ella, es decir, su propia representante, se ubica entre
padre e hija. Esta ubicación de los representantes muestra que para la mujer la hija
tiene prioridad por encima de su marido. El impulso de la representante de la madre
de hacerse cargo de la niña y de llevarla junto a ella confirma el orden familiar
alterado y la exclusión del padre. Como consecuencia, la hija no puede tomar el afecto

126
de la madre y la representante de la hija evade a la madre y se aleja algunos pasos,
seguida de muy cerca por la representante de la enfermedad.
Partiendo de estos movimientos de los representantes es posible concluir que la
clave y la fuerza para una solución no se encuentran en la generación de los padres de
la niña. La dedicación exclusiva de la clienta hacia su hija y la necesidad que emana
indican que la niña debe representar a alguien para la madre y por ese motivo
pregunto por la familia de origen de la clienta.
Es la hija mayor de sus padres. Su padre es serbio y la madre, croata. Como
séptima hija de una familia de escasos recursos, la madre de la clienta fue enviada a
Alemania a los 17 años con unos parientes. Allí conoció a su marido, el padre de la
clienta, y pronto tuvo su primer hijo.
Le pido a la clienta que configure a una representante para su madre. Elige a una
mujer y la lleva cerca de su propia representante. Sin embargo, la representante de la
abuela no se siente bien junto a su hija y se aparta de ella. La representante de la nieta
se muestra muy contenta por la aparición de la abuela y busca su cercanía,
nuevamente seguida por la representante de la enfermedad.
El hecho de que la niña y la enfermedad sigan siendo inseparables indica que la
causa de fondo aún no ha sido hallada. Eso me lleva a retroceder una generación más
y le pido a la clienta que configure a una persona para la familia de su madre. Elige a
una mujer y la ubica detrás de la representante de la abuela. Esta comienza a llorar
con suavidad, se vuelve lentamente y le dice a la persona agregada: «¡Quiero ir
contigo, por favor, sostenme!». Entonces aquella también llora y ambas se abrazan.
Con lágrimas en los ojos, la clienta dice: «¡Ya lo sé! Mi madre siempre quiso
volver».
La representante de la hija sigue el movimiento de su abuela y apoya la cabeza en
su espalda. Da la impresión de que es feliz y está conforme.
Por primera vez en el transcurso de la constelación, la representante de la hija y la
de la enfermedad se separan. El verdadero conflicto, el trauma que las ata, está en la
abuela.
En este punto la pregunta es qué puede hacer la clienta por su hija.
Me dirijo a ella y le digo: «La neurodermatitis de tu hija está relacionada con tu
enfermedad intestinal. ¡La solución para ti, y de esa manera tal vez también para tu

127
hija, está en la relación con tu madre! ¡Debes permitir que parta!». Con lágrimas en
los ojos, responde: «Lo sé, pero ¿cómo lo hago?».
Sugiero a la clienta que participe en la constelación, se ubique frente a su madre y
le haga una reverencia. Se arrodilla frente a la representante de su madre e inclina su
tórax hacia delante. A pesar de toda la disposición de la clienta, es posible sentir su
lucha interna y su tensión. Finalmente extiende las manos hacia delante, con las
palmas hacia arriba, y poco a poco sigue inclinándose hasta que su frente se apoya en
el suelo. La representante de su hija, que siguiendo su propio impulso se había
colocado junto al representante de su padre cuando la madre se agregó a la
constelación, observa atentamente y desde cierta distancia el proceso doloroso de la
madre. Tras la reverencia de su hija, la abuela se separa de su madre y se vuelve hacia
su hija. Se inclina hacia ella, la toma en los brazos y la sostiene. Entonces la
representante de su nieta respira profundamente y, aliviada, se gira por completo hacia
su padre. Cuando la clienta se sale del abrazo de su madre, la abuela le da a entender
que su lugar es junto a su marido y su hija.
Para terminar, le pregunto a la representante de la enfermedad cómo se siente.
Responde: «Ahora ya no me necesitan. Mi intención siempre fue proteger a la niña.
Cuando fue configurada la “bisabuela” (la representante para la familia de la abuela)
se interrumpió la conexión de la clienta con la hija. Cuando la clienta misma se unió a
la constelación, todavía seguía estando yo muy atenta a lo que ocurriría. Estaba en una
postura expectante. Cuando hizo la reverencia, repentinamente me sentí cada vez más
superflua, hasta que al final no sentí nada más».
A la mañana siguiente, durante la ronda inicial, la clienta cuenta: «No sé si alguien
de esta ronda sabe lo que significa tener la enfermedad de Crohn. Para mí, en general,
significa que por la mañana paso una hora en el baño con dolores. ¡Esta mañana fue
una cuestión de cinco minutos, no tenía dolores y tampoco había sangre en las
heces!».

El comentario posterior positivo de la paciente confirma la dinámica que he observado


repetidamente en casos de la enfermedad intestinal de Crohn en la relación entre el
paciente y su madre (véase pág. 124).
En esta constelación consideré que la reverencia era el ritual adecuado para lograr una
solución, tanto para la hija como para la nieta. Reconoce la dignidad del destino y el

128
dolor de la abuela y, más allá, también el destino de su familia y el dolor de todos
aquellos que están enlazados en ese destino. (Con relación a la inclinación y la
reverencia, véase también Schneider, 2006, pág. 165.)

La muerte de la bisabuela y su hijo en el parto


(Paciente con quiste en el ovario)
En un curso de formación para terapeutas una participante contó que hacía
aproximadamente tres meses le habían diagnosticado un quiste en el ovario derecho.
Los médicos de la clínica le recomendaron una intervención quirúrgica para
extirparlo. La participante había pedido un tiempo, ya que no quería aceptar la
operación de forma precipitada.
Cuando me sintonizo con la paciente, tal como lo haría un representante, y en un
segundo paso me sintonizo con el quiste, percibo al quiste como una configuración
autónoma sin relación o contacto con el cuerpo de la paciente. Siguiendo el
pensamiento de que los síntomas están relacionados con contenidos o personas
excluidos, comienzo el diálogo con la paciente con estas palabras: «Mi idea para que
el quiste tal vez pueda desaparecer es que el primer paso sería aceptarlo». La paciente
me mira sorprendida y le cuento una historia:
Hace unos años tuve una experiencia asombrosa. Mi hija, que entonces tenía
alrededor de 6 años, tuvo una verruga en la palma de la mano. Una y otra vez venía a
mí y me mostraba la verruga que continuamente aumentaba de tamaño. Al comienzo
yo no la tomaba en serio. Cuando se hizo más grande comencé a aplicar medicaciones
homeopáticas y fitoterapéuticas, pero sin éxito. Una y otra vez pensé en extirparla
quirúrgicamente, pero no me decidía a dar ese paso. Una tarde mi hija vino
nuevamente y me dijo: «¡Mira, papá, ahora sí que la verruga es grande!». Tuve que
reconocer que el momento para realizar una operación ya había pasado. La
intervención hubiera dejado una cicatriz demasiado grande. Mientras observaba la
verruga se me ocurrió una idea: quizá también aquí pedía la palabra un tema excluido
o una persona marginada. De inmediato me vino una frase y le dije a mi hija: «Puedes
decirle a la verruga: “¡Yo te amo, aunque ya no estés aquí!”». Mi hija frunció el ceño,
me sonrió con escepticismo y pronunció la frase. Incluso ese mismo día a todos nos
pareció que la verruga se iba reduciendo y, para asombro de todos, a los dos días
había desaparecido.

129
La paciente no sabía qué pensar acerca de esta historia y yo seguí hablando con el
grupo:
«Si es verdadera la declaración de Bert Hellinger de que todo lo que mueve al ser
humano en el fondo es amor, entonces el amor también rige y actúa detrás de una
sintomatología y detrás de una enfermedad. Por las constelaciones sabemos que un
movimiento del alma dirigido hacia la solución únicamente puede ocurrir cuando se
expresa el amor hacia el representante de la persona marginada o excluida. El
representante de un delincuente, por ejemplo, en una constelación solamente puede
reconciliarse con sus víctimas si no es juzgado por su familia. Los juicios negativos
excluyen y en las constelaciones obstaculizan los movimientos hacia la solución».
Después de estas exposiciones me dirijo nuevamente a la paciente y le digo:
«También el quiste únicamente puede modificarse si es amado y reconocido como
miembro. –Tras una pausa, agrego–: Una y otra vez las constelaciones indican que los
quistes en los ovarios tienen una conexión con niños muertos a edad temprana».
Estas palabras conmueven mucho a la paciente, que comienza a llorar.
Un rato después se tranquiliza y cuenta que en su familia hay muchos niños
muertos.
Sin embargo, el acontecimiento familiar que más la conmueve es la muerte de su
bisabuela materna, que murió con su hijo en el parto.
Cuando aún no ha terminado de pronunciar esas palabras, las piernas le comienzan
a temblar fuertemente. Sus intentos de controlar la reacción física fracasan. La animo
para que permita la reacción y no luche en su contra. Mi sospecha es que la reacción
de su cuerpo muestra la resolución de un trauma adoptado de la bisabuela fallecida.
Le concedo mucho tiempo, suponiendo que su cuerpo se tranquilizará si ella deja de
defenderse del movimiento. El temblor no cede, y se pone de manifiesto que aún falta
algo esencial y que son necesarios pasos adicionales. Le pido a una participante que
actúe como representante de la madre de la paciente y la llevo detrás de la paciente,
que está sentada a mi lado. Luego agrego a un representante de su abuelo, el padre de
la madre, una representante para su madre, a la bisabuela fallecida de la paciente y un
representante para el hijo fallecido de la bisabuela. Ni la paciente ni los representantes
saben a quién están representando.

130
Pac = paciente
M = madre
PM = padre de la madre
MPM = madre del padre de la madre
+H = hijo fallecido

Cuando la representante de la bisabuela apoya su mano derecha en el hombro de la


paciente, esta se tranquiliza de inmediato. Aliviada y relajada, se reclina. Un poco
después la aliento a que se gire para ver quién está detrás de ella. Le explico a quiénes
representan los representantes. Cuando ve a su madre, la abraza mientras mira con
amor al abuelo, a la bisabuela y al hijo muerto.

Aproximadamente dos meses después, recibo la siguiente carta:

Querido Stephan:
La última vez que estuviste aquí trabajamos con el quiste que tenía en el ovario
derecho y que iba a ser operado.
Quería comunicarte que después de la constelación durante algunas semanas sentí
un profundo amor y una profunda conexión con ese quiste. Incluso comencé a hablar
con él.
Te escribo brevemente para informarte de que la semana pasada volví a mi médico
para una revisión. El resultado es que mis ovarios están completamente sanos. Ya no
se ve el quiste.
Agradecida,

131
F.

La muerte de la abuela en el parto del padre: «¡Querido papá, en ti también amo


a tu madre!»
(Paciente con cáncer de ovarios)
Durante la entrevista la paciente muestra pocos sentimientos y da la impresión de ser
reprochadora y de estar amargada. Es interesante que elija a un hombre como
representante de su enfermedad. Esto podría estar relacionado con su primer marido,
que se suicidó hace ocho años.
La paciente también informa que volvió a casarse hace dos años y que desea mucho
tener un hijo. Este aspecto constituye una carga adicional para la paciente, que tiene
unos 35 años.
En la constelación de la paciente y la enfermedad, los dos representantes se sonríen,
y se sienten muy unidos y atraídos.
Para no descartar la posibilidad de una conexión con el primer marido de la
paciente, le pido que agregue un representante para él. Sin embargo, este paso no
provoca cambio alguno. El representante del primer marido está muy ocupado
consigo mismo, y la representante de la mujer no muestra ni interés ni conexión con
él.
Por tal motivo pregunto por acontecimientos en la familia de origen de la paciente.
Durante esta averiguación repentinamente recuerda que la «abu» no es la madre de su
padre. Ella murió en el parto.
Es posible que aquí se encuentre la conexión con la sintomatología. A menudo, en
las familias en las cuales una mujer murió en el parto, existe, inconscientemente, un
miedo ante la relación y el embarazo. Tal vez aquí actúe una lealtad inconsciente con
la abuela.
Le pido a la paciente que configure a un representante para su padre y, en un
segundo paso, una representante para su madre. Las reacciones de los representantes
muestran la dinámica familiar que hay detrás del proceso de la enfermedad. El
hombre que representa la enfermedad en realidad es el padre de la paciente. En el
momento en que es configurado el padre de la paciente, se interrumpe la estrecha
unión entre la representante de la paciente y el representante de la enfermedad. Sin
embargo, al representante del padre no le es posible mirar a su madre. Su mirada de

132
amor y anhelo hacia la representante de la paciente es similar a la que anteriormente
había mostrado el representante de la enfermedad. Eso indica que para él la paciente
representa a su madre.
En este punto le pido a la paciente que ocupe su propio lugar en la constelación y le
diga a su padre: «En ti también amo a tu madre». Esta frase, que libera la implicación
tanto para el padre como para la hija, conmueve al representante del padre hasta las
lágrimas, y padre e hija se abrazan durante largo tiempo, mientras la representante de
la abuela los mira a ambos con alegría.
No conozco la evolución posterior de la enfermedad de la paciente.

El suicidio del abuelo: «¡Querida mamá, ahora lo acepto!»


(Paciente con trastornos del sueño y dolencias digestivas)
Una participante se queja de trastornos del sueño y molestias estomacales e
intestinales. Informa asimismo de que a la edad de diez años un vecino abusó
sexualmente de ella. En ese momento sus padres se separaron. Jamás les contó nada
acerca del episodio.
Esta información es suficiente para formar una hipótesis e interrumpo el relato de la
paciente.
En muchas constelaciones de familias de origen con víctimas de abuso sexual se
pone de manifiesto que la violación en el fondo es un incesto transferido. En el lugar
del padre aparece un violador que no pertenece al núcleo familiar. En general, en las
constelaciones se mostraba la misma dinámica que en las familias incestuosas. Por un
vínculo de la madre con su familia de origen, con una pareja anterior o con hijos
fallecidos, su alma no es libre para relacionarse con su marido, y la hija termina en el
lugar de ella.
A menudo se encuentran trastornos digestivos asociados a una relación difícil con
la madre. Detrás del insomnio a menudo se encuentra el temor o la preocupación de
que un miembro de la familia se vaya o muera mientras uno duerme. De esa forma,
inconscientemente, se vela para que no ocurra nada grave.
La conjetura es que la madre de la paciente no estaba disponible en la medida en
que la niña la anhelaba. Tal vez aquí se encuentre la clave para la curación de la
paciente o un alivio de sus síntomas desde la visión del trabajo con constelaciones.
Para comprobarlo sugiero a la paciente que configure su familia de origen. Declara

133
estar de acuerdo y elige representantes para su padre, para su madre y para ella
misma.
La representante de la madre siente un peso en el cuerpo y ninguna conexión hacia
su marido y su hija. Se aleja de ellos y, finalmente, sale del círculo. Entonces respira
aliviada y por ahora está mejor.
Al seguir preguntando a la paciente, esta informa de que su abuelo se quitó la vida
cuando su madre tenía dos años. La madre se crio creyendo que su padrastro era su
padre. Cuando ya era adulta, se enteró de la muerte de su padre biológico.
Estas informaciones de la paciente explican los acercamientos y los sentimientos de
la representante de su madre. En el fondo, ella se siente atraída por su padre muerto.
Me dirijo a la paciente con estas palabras: «Creo que todos los síntomas tienen su raíz
en la misma dinámica. Hay una persona que debería ser incluida para la solución. –
Aquí hago una pausa, dado que la paciente se vuelve hacia el otro lado y, obstinada,
mira al suelo.– ¡Tu madre! Aquí es sanador sintonizarse con la madre y reconocer lo
que ella lleva, aceptar lo que fue tal como fue y tomarla con todo lo que le pertenece».
A eso la mujer replica enérgicamente: «Pero ¡yo no quiero!». Me sintonizo con la
declaración de la paciente y, tras una larga pausa, digo, tal como lo siento: «¡Eso no
es así! Está el nivel en el cual no quieres, también lo percibo, pero es solo una parte de
la realidad. En lo profundo de tu alma siento también un amor y un anhelo hacia tu
madre que te hace lo suficientemente fuerte para llevar todo eso por tu madre, el
insomnio, los problemas del estómago y el intestino y el abuso. Todo eso por amor a
tu madre». La paciente me escucha en silencio y tras esas palabras ambos
permanecemos sentados durante un rato largo.
Para poner a la paciente en contacto con ese amor, le pido a la representante de la
madre que se coloque frente a la paciente. Espero hasta que la paciente la mira a los
ojos y le ofrezco la frase: «Querida mamá, aunque te vayas, siempre serás mi madre.
Sea lo que fuere que a ti te ata y a nosotras nos separa, ahora lo respeto». Estas frases
conmueven mucho a la representante de la madre. Con lágrimas en los ojos, mira a su
hija y toma sus manos. Ahora la paciente puede mantener el contacto visual. También
ella llora y ambas se abrazan. La hija mira nuevamente a su madre y yo le sugiero que
diga: «¡Querida mamá, ahora lo acepto y ahora lo tomo incluso a este precio!».

EL TRATO DE LA RESISTENCIA

134
En el asesoramiento o la terapia es fundamental tener en cuenta que toda «resistencia»
del paciente tiene su justificación y cumple una función. De esa forma yo la respeto,
pero no permito que me impresione. A menudo nos encontramos con resistencia cuando
los pacientes quieren algo diferente de lo que nosotros queremos o, mejor dicho,
nosotros calificamos de resistente una conducta de nuestros pacientes con la cual
expresan que no quieren algo que nosotros consideramos correcto. Entonces sería
posible ver también la situación como que nosotros, como terapeutas, no hemos
estimado correctamente las posibilidades del paciente, o que no hemos logrado invitar a
nuestros pacientes a ensayar formas de pensar, de sentir o de comportarse nuevas y, en
nuestra opinión, más provechosas.
En este caso, trato el obstinado «Pero ¡yo no quiero!» de la paciente ofreciéndole una
interpretación inusual de su conducta, la confronto con la representante de su madre y le
sugiero frases que supongo que llegan a sus almas y que pueden posibilitar una relación
modificada entre ambas.

Los padres de crianza asesinados: «¡Si tú quieres vivir, debes permitir que tu
madre parta!»
(Paciente con molestias abdominales inespecíficas)
Un hombre de Trieste, de unos 40 años, sufre «desde que recuerda» molestias
abdominales inespecíficas. No hay un diagnóstico clínico claro, tiene intolerancia a
diversos alimentos y algunos médicos sospechan una enfermedad de Crohn. A
menudo sus molestias han sido calificadas como vegetativas o neurógenas.
Es el cuarto hijo vivo de sus padres, el «único» hijo. Antes de él la madre perdió a
un hijo en el quinto mes de gestación. Realizando la entrevista, repentinamente siento
un peso extraordinario. Me cuesta mucho mantenerme atento y tengo la sensación de
que algo me está consumiendo la fuerza vital. Le comunico mi percepción al paciente,
que dice que con relación a esto recuerda dos acontecimientos. Uno de ellos es que de
pequeño casi murió. Había encontrado, junto con algunos amigos, una granada de la
Segunda Guerra Mundial en el bosque. Cuando intentó abrirla, explotó y lo hirió,
poniendo en riesgo su vida. Pasó varias semanas hospitalizado en estado de coma. Su
amigo perdió un brazo y lo que siempre le llamó la atención es que este, más tarde, a
los 19 años, se quitó la vida. Hasta el día de hoy no había podido deshacerse de la
sensación de que el suicidio del amigo tenía que ver con ese accidente.

135
El segundo acontecimiento es que sus abuelos paternos habían tenido un bar.
Durante la guerra era frecuentado por partisanos. Un día llegaron los fascistas al bar:
habían traído a un habitante del pueblo y lo habían fusilado. En el pueblo se rumoreó
que su padre, que entonces tenía 14 años, había traicionado al ejecutado porque temía
por sus padres.
Mientras escucho al paciente, trato de percibir cuáles de estos acontecimientos me
parecen que están relacionados con su sintomatología para aclarar qué sistema de
relaciones debería ser configurado. Dado que no puedo formarme una impresión
clara, sugiero configurar a representantes para el paciente y para sus padres.
Es evidente que está asombrado por la imagen de la familia que configura
espontáneamente. Cada uno de los tres representantes mira en una dirección diferente
y parece que no haya vínculo alguno entre ellos.
El representante del paciente se siente solo, abandonado y perdido. La
representante de su madre mira al suelo y el representante de su padre está lleno de
rabia. Como primer paso le pido al paciente que agregue un representante para un
partisano. Cuando el paciente lo lleva a su lugar, cae al suelo de inmediato. Pero
ninguno de los representantes reacciona conmovido o sorprendido. Les pregunto
cómo están. El representante del padre solo dice: «Qué bien que él (indicando al
partisano) haya muerto, no es importante. ¡Todo me da rabia!». La representante de la
madre sigue mirando al suelo, como congelada, y no muestra ningún tipo de
sensación. Dado que este paso aparentemente no ayuda a avanzar, sugiero que
agregue un representante para el hermano fallecido en el quinto mes de gestación y le
pido que se recueste en el suelo delante de la madre. Esta mira como aturdida,
comienza a gritar muy fuerte y parece estar loca. El representante del padre no puede
soportar el griterío histérico, toma a su mujer de la mano y finalmente la lleva frente
al partisano muerto. La representante de la madre enmudece de inmediato y mira
horrorizada al muerto. De repente surge en ella un dolor y comienza a llorar profunda
y amargamente.
También el paciente, que está a mi lado, llora y dice: «Ahora sé lo que eso
significa. Los padres de mi madre son oriundos de Danzig. Mi madre fue enviada a
Italia con un transporte de niños. La familia italiana que se hizo cargo de mi madre
escondía y apoyaba a los partisanos. Cuando mi madre tenía cinco años, los padres
que la criaron fueron asesinados por solados alemanes».

136
Mientras el paciente relata los acontecimientos, la representante de la madre se
recuesta junto al partisano muerto. Allí se siente bien y se tranquiliza. Ahora los
demás representantes también están relajados. Únicamente en el representante del
paciente es evidente que hay algo en proceso. No sabe cómo comportarse. Por un lado
se siente atraído por su madre, pero por el otro parece sospechar lo que eso significa.
Dejo a los representantes en sus lugares y me dirijo al paciente. Lo miro
detenidamente y le digo: «¡Creo que, si quieres vivir, debes dejar partir a tu madre!».
Él lo confirma: «¡Mi madre es todo lo que tengo en la vida, si ella no existe, no sé
para qué vivo!». Sintonizado con el ritmo corporal y la respiración del paciente, repito
mis palabras con lentitud y determinación. Es posible ver cómo el paciente puede
permitir que esas palabras se hundan en su alma. Con lágrimas en los ojos, asiente.

Como última consecuencia, los hijos, si quieren vivir, deben permitir que sus padres
partan, es decir, los hijos deben liberarse de una sensación de culpa cuando renuncian a
la lealtad y la conexión infantil hacia sus padres y tal vez ya no corresponden a los
deseos de estos ni a sus ideas. Esto resulta especialmente difícil cuando los padres
proyectan necesidades en sus hijos porque sus padres no estuvieron o no están
disponibles tal como ellos desean.

La muerte de la abuela en el parto de un hijo


(Epilepsia y bipolaridad del hijo)
Una paciente de unos 65 años quiere hacer una constelación para su hijo de 43,
siguiendo el consejo del médico que lo atiende. Por sufrir de bipolaridad no le es
posible participar en el grupo. Desde los cinco meses de edad sufre de epilepsia.
Los padres están separados y desde los veinte años el hijo vive con el padre. A la
pregunta acerca de qué los había llevado a la separación, la mujer responde: «Mi
marido siempre me hacía reproches, entre otros también decía que yo era la culpable
de la epilepsia del hijo. Me separé cuando el niño tenía siete años. Después de eso su
epilepsia mejoró mucho e incluso pudimos ir reduciendo la medicación. A los 16 años
quiso, categóricamente, ir a vivir con su padre. Desde que vive con él vuelve a
necesitar medicación».
Le pido a la paciente que configure a representantes para su marido, el hijo y para
ella misma. Ubica a los tres representantes como los vértices de un triángulo

137
equilátero. Los tres representantes están mirando hacia fuera, en direcciones
diferentes. El representante del hijo se siente muy mal. Se vuelve hacia sus padres,
pero estos permanecen de pie sin cambiar de posición.
Siguiendo mi petición de elegir a alguien para la sintomatología del hijo, la
paciente elige a una mujer y la ubica a cierta distancia de los demás representantes en
dirección hacia el hijo. De inmediato este se siente peor. Su cuerpo es sacudido por
escalofríos y le cuesta un gran esfuerzo permanecer de pie. La impresión que se recibe
es que la sintomatología le quita al hijo toda la fuerza vital, ya que en apariencia es
decididamente robusta y se alegra mirando al hijo, a pesar de que es evidente que él
está mal.
Dado que el padre y la madre miran al suelo, le pregunto a la paciente si tal vez ha
perdido a un hijo. Me cuenta que su primer hijo, un niño, nació muerto en el séptimo
mes de embarazo. Cuando agrega un representante para ese hijo a la constelación, el
suyo comienza a llorar, se acerca a él y lo abraza. Sin embargo, el representante del
padre se queda paralizado. El hermano y la reacción de los padres no influyen en el
hijo y sus síntomas. La rigidez del padre indica que puede haber un trauma propio, y
le pregunto acerca de acontecimientos que hayan sucedido en su familia. Su madre
murió en el parto de su hermano cuando él tenía 18 meses.
Esta información trae algo de luz a la constelación. La suposición es que la mujer
configurada para la sintomatología en realidad es la madre del padre. Tal vez busque
en el nieto a su propio hijo.
Para corroborar esta hipótesis, le pido a la paciente que configure a una
representante para la madre del padre. Este paso cambia toda la constelación. La
sintomatología del hijo comienza a retirarse paso a paso. La representante de la
paciente mira con amor a la suegra, quien corresponde con la misma sensación, se
acerca a ella y se coloca a su lado y al de su marido. El representante del hijo está
visiblemente aliviado y mira con alegría a sus padres. Todo parece girar hacia lo
positivo, pero el representante del padre rechaza enérgicamente el interés de su madre.
En lugar de eso, se vuelve hacia su hijo. Este se estremece ante la atención del padre y
se pone rígido.
Aquí se muestra el trasfondo de la conexión simbiótica entre padre e hijo.
Aparentemente no es posible para el padre procesar la muerte de su madre.

138
La pregunta es: ¿qué puede hacer la madre ante esta situación? Para ella, lo único
que puede hacer es respetar el destino y el dolor del hombre e incluir a la madre de
este.
Le sugiero a la paciente que le diga al representante de su marido: «Querido A.,
respeto tu amor y también tu dolor. Pero no importa lo que suceda, ¡la madre que uno
tiene es siempre la mejor!».

Dado que del relato de la paciente era posible deducir que el hombre transfiere el
enojo hacia su madre a la mujer, agrego: «¡Tu madre para ti, y yo para nuestro hijo!».
Al escuchar esta frase, brotan las lágrimas en los ojos del representante del hombre,
que se vuelve y mira a su madre. Para asegurarme de que aquí no se entremezclan
sentimientos de la madre hacia el hermano menor del hombre, le pido a otro
participante que se ubique al lado de la madre como el hermano del hombre. Sin
embargo, esto no produce modificación alguna en la constelación. Le sugiero a la
madre que diga: «Mi querido hijo, lo siento tanto, no pude quedarme». El
representante del padre sonríe, su madre lo abraza y el representante del hijo se vuelve
aliviado hacia su madre.
La paciente está muy conmovida por las reacciones de los representantes y comenta
que la fuerte presión que había sentido durante muchos años en la zona del corazón va
desapareciendo.
En el preciso instante en que quiero cerrar el trabajo, la abuela libera a su hijo de su
abrazo, le indica que se vuelva hacia su mujer y su hijo y, caminando hacia atrás,
lentamente, se retira de la constelación. A cierta distancia de los acontecimientos, gira
en la otra dirección, se recuesta en el suelo y cierra los ojos.

Lamentablemente no recibí comentarios posteriores acerca del efecto de lo acontecido en


la constelación. Mis experiencias con ataques epilépticos y el trabajo con constelaciones
señalan que se trataría no tanto de un trasfondo de identificaciones de los pacientes, sino
más bien de que los ataques podrían ser una salida de una situación de dilema. También
R. G. Hamer (1987, pág. 324) describe la crisis epiléptica como una reacción resolutiva
de un «conflicto pendiente». Recuerdo a un niño de 11 años que tuvo cada vez menos
ataques, hasta ya casi no tener ninguno, después de que sus padres, en el marco de un
grupo de constelaciones, pudieron aclarar el conflicto de su relación. La situación era

139
similar a la relatada anteriormente en el sentido de que el niño sufría los ataques
epilépticos solo en presencia de su madre.

140
2.4. Enfermedad y la exclusión de personas de la familia actual

En las constelaciones relacionadas con casos de enfermedad, estas se ponen de


manifiesto, pero aparecen asimismo las exclusiones de miembros del sistema actual y las
consecuencias que se derivan de ello. El sistema actual lo forma aquí el grupo de
personas que incluye a todas las parejas relevantes de una persona y a todos los hijos de
esas relaciones, incluso los hijos propios o adoptados, junto con sus padres biológicos, y
abarca también a todos los hijos nacidos muertos y los abortados, a veces incluso los
abortos espontáneos.

2.4.1. Hijos excluidos y no aceptados

Los siguientes ejemplos muestran las interconexiones entre casos de enfermedad en las
familias y los hijos correspondientes, pero que no pueden o no deben ser aceptados, y
muestran, asimismo, sugerencias para una solución desde la visión del trabajo con
constelaciones.

La hija discapacitada
(Paciente con lupus eritematoso)
Desde hace 13 años una mujer sufre de lupus eritematoso, una enfermedad
autoinmune del tejido vascular y conjuntivo que va acompañada de una coloración
rojiza característica en el rostro y por inflamaciones de las articulaciones. El primer
episodio se mostró durante su segundo matrimonio, poco después de la adopción de
un hijo. Después de cuatro abortos espontáneos, su marido y ella decidieron dar ese
paso. La hija del primer matrimonio de la paciente había nacido con una discapacidad
severa como consecuencia de un error médico que le suministró una deficiente
cantidad de oxígeno durante el parto. Falleció a los cuatro años.
Iniciamos la constelación con dos representantes, uno para la paciente y otro para la
enfermedad. Para la enfermedad la paciente elige a una mujer y la ubica algo alejada
de su representante. La representante de la enfermedad siente la necesidad de estar
muy cerca de la representante de la paciente, la sigue en cada uno de sus movimientos

141
e intenta pegarse a ella. Sin embargo, la representante de la paciente trata de alejarla
cada vez con más vehemencia.
Le pido a la paciente que configure a una representante para su primera hija. De
inmediato rompe a llorar; finalmente, elige a una mujer joven y la ubica muy cerca de
su representante.
Para consternación de la paciente, esta se retira de inmediato. No puede soportar la
cercanía de la representante de su hija. El acercamiento que se pone en evidencia
entre madre e hija es idéntico hasta en el más mínimo detalle a aquel que se mostraba
al comienzo entre la representante de la paciente y la de su enfermedad.
Evidentemente, la representante de la enfermedad está en lugar de la primera hija de
la paciente.
En este momento le pido a la paciente que elija y configure a un representante para
su primer marido. De inmediato surge un conflicto entre los cónyuges. Se miran
fijamente y ninguno de ellos mira a la hija o a la representante de la enfermedad. Esta
ya tenía la intención de retirarse cuando fue configurada la representante de la hija,
pero ahora se vuelve a sentir más fuertemente unida a la representante de la paciente.
Me dirijo a la paciente: «Parece que la desgracia de vuestra hija os separó». La
paciente lo confirma: «¡Eso es cierto! Mi marido no sabía cómo tratarlo en absoluto.
Él es médico y durante años mantuvo un juicio con aquel médico. En el fondo, por ese
motivo estuve sola con el destino de la hija y con mi dolor. Tampoco había cercanía
entre nosotros».
Como paso siguiente, le pido a la representante de la hija que se tumbe en el suelo,
lo que indicará su muerte. Inmediatamente la representante de la paciente mira a su
hija, comienza a llorar y se sienta a su lado. El representante del marido no puede
soportar verlo y da la espalda a madre e hija.
Lo pasado solamente puede ser pasado cuando uno ya no pelea por ello. Las
experiencias de muchas constelaciones han demostrado cuán importante es la sintonía
de los vivos con el morir y con la muerte, tanto para la paz de los fallecidos como
también de los vivos. Mientras el marido de la paciente no pueda encarar el destino de
su hija, el duelo y el dolor, es difícil para la hija encontrar la paz y, en consecuencia,
también lo es para la paciente. Las posibilidades de la paciente son limitadas, y el
primer paso debe darse entre ella y su primer marido.

142
Por ese motivo le pregunto cómo se llamaba el hombre y le sugiero a la
representante de la paciente que lo mire y le diga: «¡Mi querido G., respeto tu dolor y
respeto cómo lo llevas!».
Cuando el representante del marido escucha las palabras de su mujer, se vuelve y la
mira primero a ella y luego a su hija. Las lágrimas corren por sus mejillas y se dirige
hacia ellas. En ese momento despido a la representante de la paciente de su posición y
dejo que la paciente misma ocupe su lugar junto a su hija. El representante del marido
abraza a la paciente y ambos lloran por su hija. Al marido le sugiero que le diga a ella:
«Ahora lo llevamos juntos». Y con lágrimas en los ojos, ella confirma: «Sí, por favor,
llevémoslo juntos».
Durante este proceso la representante de la enfermedad se siente más y más
innecesaria y, paso a paso, se va retirando de la constelación.

Cuando en una familia sucede un acontecimiento grave tal como la discapacidad o la


pérdida de un hijo, la relación de pareja de los padres se pone a prueba. A menudo los
miembros de la pareja no logran unirse en el dolor y hacer el duelo juntos. Cuando uno
de ellos se encierra en su dolor, la desgracia separa a la pareja. Sin embargo, si la pareja
logra llevar el dolor en común, tiene un efecto de más unión y, como consecuencia, la
relación puede crecer.
En este sentido deben tenerse en cuenta las distintas sensaciones y la forma de llevarlo
que tienen un hombre y una mujer frente a los abortos espontáneos. Las mujeres
perciben su maternidad mucho antes que los hombres y la pérdida de un hijo durante el
embarazo afecta profundamente a la futura madre. Para el hombre a menudo es difícil
compartir esa sensación, y por esa razón muchas veces la mujer se encuentra sola en su
dolor.

El aborto espontáneo: «¡Ahora lo llevamos juntos!»


(Paciente con ausencias)
Desde hace aproximadamente cinco años una mujer sufre de ausencias irregulares.
Los estudios neurológicos no indican un resultado claro, y tal vez se trate de una
forma leve de epilepsia.
Sin más información preliminar le pido a la paciente que configure a dos
representantes, una para ella y uno para la sintomatología. Para la sintomatología elige

143
a una mujer. En la constelación, esta se siente fuertemente atraída hacia la
representante de la paciente. Impertérrita, busca su cercanía y el contacto con el
cuerpo, a pesar de que la representante de la paciente vuelve a alejarla una y otra vez.
Cuando le pregunto a la representante de la sintomatología cómo se siente, me
contesta:«¡Lo que más me gustaría es introducirme en su abdomen!». Esta declaración
provoca las lágrimas de la paciente, que cuenta: «Hace seis años perdí a mi primer
hijo. Para mí esa fue una época muy difícil. Mi marido y yo vivíamos en Arabia
Saudita. Su empresa lo trasladó allí. Él tenía mucho trabajo y a menudo yo estaba
muy sola. Tenía poco contacto social. Al final del cuarto mes de embarazo mi marido
tuvo que regresar a Europa por espacio de cuatro semanas. Yo no quería correr ningún
riesgo y decidí no acompañarlo. Durante ese período tuve un aborto espontáneo».
Solicito a la paciente que configure a un representante para su marido y para la
criatura que, según su sensación, era una niña. Las representantes de la sintomatología
y de la hija se sienten como si fueran una sola y están muy juntas. La representante de
la paciente da la sensación de estar muy fría y quiere estar sola. Si bien el
representante del marido busca estar cerca de su mujer, no sabe qué hacer frente a su
rechazo.
Le sugiero que le diga a su mujer: «¡Querida K., ahora lo llevamos juntos!». Así, la
representante de la paciente puede levantar la vista y mirarlo a los ojos. Lentamente
puede permitir darles paso a los sentimientos y al fin le sonríe. Pasado un tiempo mira
a su hija y cuidadosamente toma su mano. El representante del marido se acerca y las
abraza a ambas. En ese momento la representante de la sintomatología se suelta y
comienza a retirarse paso a paso.

La situación es diferente en el caso de una interrupción del embarazo. Aquí los padres
ocupan posiciones que no son comparables, ya que, incluso estando de acuerdo acerca de
la decisión de abortar, es la mujer sola la que tiene y toma la última decisión ante el
médico. Como consecuencia, una interrupción del embarazo contiene un aspecto que
separa la relación de pareja y, si ya hay hijos anteriores, que separa a la familia. Si este
aspecto no es reconocido, muchas veces una enfermedad separa a la pareja.

El hijo abortado
(Paciente con borreliosis)

144
Desde algunos años un hombre sufre de dolores de cabeza crónicos y grandes
variaciones circulatorias que regularmente derivan en desmayos. Los estudios clínicos
muestran rastros de anticuerpos de borrelias en sangre. A pesar de haber sido tratado
con antibióticos en dos ocasiones, el estado de salud del paciente se va deteriorando
continuamente. Su estado de salud general se encuentra muy perjudicado, se siente
muy debilitado, necesita muchas horas de sueño y solo gracias a la tolerancia de su
jefe tiene un contrato laboral. Desde hace aproximadamente un año, este lo hace
figurar como trabajador a media jornada y con horario libre. En estos momentos el
paciente no está en condiciones de soportar una mayor carga laboral.
En la ronda de presentación el paciente cuenta que está casado desde hace cinco
años y que no tiene hijos. La indagación con referencia a acontecimientos especiales
en la familia de origen no arroja indicios de importancia con relación a su
sintomatología. Sugiero comenzar la constelación con dos representantes, uno para el
paciente y otro para la sintomatología.
El paciente elige a un hombre para sí mismo y a una mujer para los síntomas. Los
ubica a ambos enfrentados y a corta distancia entre sí. Cuando los representantes
siguen sus impulsos, el representante del paciente da un gran paso hacia atrás y la
representante de la sintomatología lo sigue en el acto. Dice que se entristece cuando él
se aleja y, cuando el representante del paciente da otro paso atrás, ella lo sigue
decidida. La expresión del rostro y sobre todo el comportamiento un tanto caprichoso
e infantil de la representante de los síntomas permiten suponer que tal vez esté
ocupando el lugar de un hijo del paciente. A pesar de que de la ronda inicial sé que el
paciente no tiene hijos, vuelvo a preguntar por ese tema. Cuando vuelve a negarlo,
pregunto también por hijos fallecidos o abortados en su familia y tal vez también con
parejas anteriores. A esta pregunta el paciente reacciona con fuertes síntomas físicos.
Aparecen gotas de sudor en su frente, empalidece y me explica que este es uno de
esos ataques de debilidad característicos que le suceden de imprevisto una y otra vez.
Le da tiempo de pedirme que interrumpa la constelación antes de caer desmayado de
su silla al suelo.
Con unos pocos golpecillos en las mejillas y un poco de agua fría rápidamente
recupera la consciencia. Todavía en el suelo, exclama con voz entrecortada: «¡Pido,
por favor, que no continuemos, ya no aguanto más!».

145
Al día siguiente el paciente me pide, durante una pausa, tener una conversación a
solas. Cuenta que una pareja anterior de él abortó un hijo. Respondo que aquí tal vez
exista una posible conexión, pero que yo ahora en primer lugar seguiré trabajando con
los demás participantes inscritos y que aún no habían constelado, y que luego
seguramente volverá a haber una oportunidad para él en caso de que decida seguir
trabajando. El tercer día, poco antes del final del curso, vuelve de nuevo a mí y
corrige: «El hijo abortado no es de una pareja anterior, sino ¡de mi mujer! –y de
inmediato añade–: Y de ninguna manera quiero perderla».
Después de esa pausa trabajo con otra participante del grupo. Su consulta es sobre
su relación de pareja. También ella ha abortado y desde entonces la convivencia con
su pareja resulta difícil. El paciente de la borrelosis sigue la constelación con mucha
atención. Ese día no se siente capaz de seguir trabajando.
Dos semanas después del grupo de constelaciones, el paciente me pide una cita
individual en mi consultorio. La constelación de la última paciente relacionada con el
tema del aborto y la relación le afectó mucho. Repentinamente había tomado
conciencia de que sus molestias habían comenzado poco después del aborto de su
mujer.
En el marco de la consulta individual le explico al paciente las consecuencias, a
menudo muy amplias, que puede tener la interrupción de un embarazo de acuerdo con
las experiencias que se observan una y otra vez en constelaciones.
Queda especialmente conmovido por el ejemplo de una paciente de unos 35 años
que en un grupo de constelaciones contó que en realidad «debería ser la persona más
feliz del mundo» dado que en dos meses se casaría con el «hombre de su vida». En
ese momento y sin más información le pedí a la paciente que eligiera a representantes
para ella y para su pareja. Los configuró a ambos a una distancia de alrededor de dos
metros entre sí. Llamaba la atención que cada vez que el representante del hombre
buscaba acercarse a la representante de la clienta, esta sentía dolores en todo el cuerpo
que comenzaban a amainar solo cuando el hombre volvía a retirarse.
Ellos dos ya habían sido pareja durante la época escolar. Cuando la mujer, con 17
años, se quedó embarazada, ambos estuvieron de acuerdo en que ella abortara.
Aproximadamente dos años después se separaron y cada uno siguió su camino. La
mujer convivió con varias parejas, el hombre se casó con una compañera de estudios,

146
tuvo dos hijos y abandonó a su mujer tras ocho años de matrimonio. Cuando
volvieron a encontrarse después de muchos años, renació su amor y formaron pareja.
Ante el comentario de la paciente en el sentido de que era imposible que se casara
con ese hombre, en aquella ocasión respondí: «Tal vez vuestro amor se logre
precisamente en el momento en que ambos reconozcáis con amor la distancia que tú
necesitas».

A través de esas explicaciones, el paciente se da cuenta de una proporcionalidad regular


entre la intensidad y la frecuencia de sus síntomas y el tiempo que pasa junto a su mujer.
Es precisamente durante las vacaciones cuando más a menudo aparecen los desmayos.
Hasta ese momento había pensado que quizá se debían al calor que ya no podía soportar,
pero cuando, siguiendo su deseo, habían pasado sus vacaciones de verano en el norte,
tampoco había resultado más fácil para él. Según lo que se observa en su nómina, la
mayoría de sus ausencias en el trabajo se dan los lunes, después del fin de semana. En
general, necesita el lunes para estar solo, es la mejor forma para recuperarse. Finalmente
debe reconocer que cuanto más libertad de movimiento tiene en la relación, tanto mejor
es su estado de salud.
Es posible que el paciente sienta que su mujer ya no se encuentra tan libre para la
relación por un vínculo especial con el hijo abortado. Dado que él, según sus propias
declaraciones, «de ninguna manera quiere perderla», la sintomatología tal vez sea un
intento inconsciente de vincularla a él y retenerla.
Otra posible hipótesis es que el paciente haya vivido otra pérdida temprana de un
vínculo en su familia de origen, ya sea por un trauma de separación personal o una
implicación familiar. Sin embargo, ninguna de esas razones lo libera de la
responsabilidad de respetar la decisión de su mujer. Por ese motivo me pareció
adecuado, en esa situación, dedicarme a su participación como adulto y no, en principio,
regresar a la infancia o a la familia de origen.
En la relación de pareja, reconocer lo que separa podría ser un primer paso hacia la
solución y tal vez sea un posible camino para un nuevo acercamiento de la pareja.

Es posible ver cómo estos pasos de solución pueden lograrse en el ejemplo que sigue.

El respeto mutuo

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(Enfermedad crónica de tiroides del marido)
Una pareja se inscribe para un grupo de constelaciones. Ambos tienen grandes
dificultades en el matrimonio. Desde hace aproximadamente tres años el hombre sufre
de una inflamación crónica de la tiroides. Sus molestias comenzaron alrededor de un
año después del aborto de un hijo. Para la mujer era el tercer embarazo en el plazo de
cuatro años. Su sensación era no dar abasto con otro hijo.
Con motivo de una crisis aguda, el marido tuvo que ser ingresado en una clínica un
día antes de que comenzara el grupo de trabajo y como consecuencia no pudo
participar en él. Sin embargo, la mujer quería cumplir por todos los medios con el
compromiso asumido, dado que sentía que la situación actual de la relación de pareja
era intolerable.
Comenzamos con la constelación de la familia actual y la mujer elige
representantes para su marido, para los dos hijos y para ella misma. Coloca a su
representante y al representante de su marido muy alejados entre sí, y a las
representantes de las dos hijas, una al lado de la otra a una distancia similar a la de los
padres. Los cuatro representantes dan la sensación de estar petrificados. Sus cabezas
bajas y las miradas hacia el suelo parecen estar dirigidas a un centro. A mi pregunta
acerca de hijos muertos la mujer cuenta lo del aborto del tercer hijo. Le pido que
agregue un representante para ese hijo. Elige a un hombre y lo ubica entre su
representante y el representante de su marido. Cuando al representante del hijo
abortado se le asigna su lugar en la constelación, todos los representantes ya
configurados se sienten mejor. La constelación hasta entonces congelada se torna
viva. Sin embargo, el representante del hijo abortado se siente mal. Está pálido, le
tiemblan las piernas y ya poco después ceden y cae al suelo como exhausto. Antes de
que la representante de la mujer pueda reaccionar, el representante del padre se
encuentra junto a ese hijo, lo atrae hacia él, aparentemente sin vida, lo abraza y mira a
su mujer con desaprobación.
La paciente no está sorprendida por ese impulso y lo fundamenta por el gran deseo
de su marido de tener un hijo varón.
En este momento le pido que elija y configure a un representante para la
enfermedad de su marido. Elige a un participante y lo ubica detrás del representante
de su marido, que se encuentra sentado en el suelo. Cuando le pregunto cómo se
siente al representante de la enfermedad, este dice que considera que ese lugar es el

148
correcto, unido al hombre, y que se siente fuerte y bien. El representante del marido lo
percibe, pero no está interesado en él y se aleja un poco. Al hacerlo, atrae a su hijo
aún más hacia él y ahora se dedica por completo al representante del hijo abortado. La
representante de la mujer los mira a ambos y se siente desvalida e impotente. Las hijas
están muy cerca una de la otra, se abrazan y dicen: «Qué bien que nos tenemos la una
a la otra, porque con los padres no sentimos ninguna conexión».
Me dirijo a la paciente, que está sentada a mi lado como parte del círculo formado
por las sillas, le pregunto por el nombre de su marido y la animo a que le diga:
«Querido H., respeto tu amor y tu dolor, pero yo tenía la última decisión y yo lo
asumo. ¡Yo sola!». Al escuchar las palabras de su mujer, el marido levanta la cabeza,
la mira, y yo le pido a ella que repita: «¡Querido H., respeto tu amor y tu dolor, pero
es mío. ¡Yo tenía la última decisión y yo la asumo… sola!». Cuando el representante
del marido asiente con la cabeza, le sugiero que diga: «Querida I., ahora respeto tu
decisión con todas las consecuencias que tiene para ti y para mí y también para
nuestras hijas». Mientras habla, libera un poco el abrazo del hijo. De inmediato este
abre los ojos con interés y ahora mira hacia su madre.
Le pido a la paciente que tome su lugar en la constelación y le sugiero al
representante del hijo abortado que se siente en el suelo delante de su madre, de
manera que pueda descansar su espalda en ella. Ella apoya cariñosamente las manos
en su cabeza y le acaricia el pelo.
El representante del marido se pone de pie y el representante de su enfermedad
comienza a retirarse lentamente de la constelación.
Las hijas siguen con atención el diálogo de sus padres y ahora evidentemente se
sienten mejor. A la pregunta de cómo se sienten, responden que a través del respeto
mutuo de sus padres han vuelto a encontrar el respeto propio ante ellos. Sienten un
buen contacto con la madre y con el padre, y también con su hermano abortado. Este
tiene un buen lugar junto a su madre, mientras que ahora las hijas se sienten algo más
cerca de su padre. Sin embargo, su enfermedad en el fondo aún les causa una pequeña
preocupación.
La pregunta acerca de acontecimientos en la familia de origen del marido mostró
que sus padres se separaron cuando él tenía tres años. Después de la separación ya no
tuvo contacto con su padre. Cuando de adulto salió a buscarlo, se enteró de que el
padre había fallecido pocos años antes.

149
Posiblemente el representante de su enfermedad ocupaba el lugar del padre del
hombre. Dado que él mismo no estaba presente, no seguí ahondando en esa cuestión.

Parece adecuado que la mujer lleve ella sola la responsabilidad de la decisión de


interrumpir un embarazo. El hombre debe reconocer que aquí la mujer tiene todas las
posibilidades y debe respetar su decisión, sea cual fuere.

La situación es diferente si el aborto ocurre bajo coacción o con violencia.

El aborto obligado
(Paciente con psicosis del grupo de tipo esquizofrénico)
En el marco de un curso de perfeccionamiento, un médico me presenta a una paciente
de 20 años. Pocas semanas después de interrumpir un embarazo por petición de su
madre, la joven, en ese entonces de 17 años, desarrolló, según el médico,
comportamientos psicóticos. En estos momentos la paciente está estable y medicada
correctamente. Siguiendo las recomendaciones del médico que la atiende, la paciente,
acompañada por su madre, participa durante una mañana en el curso de
entrenamiento. Tras observar dos constelaciones de otros participantes, durante una
pausa me pide que trabaje con ella. Los diálogos fueron copiados literalmente de las
anotaciones del curso.

Tras haber tomado contacto con la paciente y haberme sintonizado con ella comienzo
el diálogo.
TERAPEUTA: ¡Eres una niña buena!
PACIENTE: Gracias.
TERAPEUTA: ¡Las niñas buenas van al cielo! (Ella sonríe.) Las niñas buenas, a veces,
se sienten mal. (Asiente.) En realidad ya no eres una niña.
PACIENTE: ¡Soy adulta!
TERAPEUTA: ¡Sobre todo eres madre! (Asiente.)
PACIENTE: Estoy aquí con mi madre.
TERAPEUTA: Al concebir un hijo, una es madre, no hay vuelta atrás. (Asiente.)
PACIENTE: Me gustaría configurarme a mí y a mi hijo no nacido.
Después de una breve reflexión estoy de acuerdo con ella.
TERAPEUTA: ¿Es niño o niña?

150
PACIENTE:No lo sé, pero para mí es una niña.
TERAPEUTA: Bien, entonces elige a dos representantes y configúralos.

La paciente elige a dos mujeres y las ubica una frente a la otra y a cierta distancia.
Ambas se miran con mucho amor y se sonríen. Se observa su necesidad de acercarse,
pero hay algo que las retiene.
Solicito a la paciente que agregue a una representante para su madre a la imagen ya
existente. Elige a la representante y la posiciona con la mirada a la hija abortada,
precisamente entre su representante y la representante de la hija.
Tanto la representante de la paciente como la de la hija miran al suelo con
resignación. La representante de la madre retrocede hacia la representante de su hija
con el puño cerrado y la empuja hacia atrás lenta y decididamente. Esta permite que
proceda así hasta que la representante de la hija comienza a llorar. En ese momento la
representante de la paciente cobra valor y busca ir hacia su hija, pero la representante
de la madre interpone enérgicamente su brazo extendido hasta que la representante de
la paciente abandona y cae al suelo como muerta. En ese instante la representante de
su hija suelta un grito, llora amargamente y se gira hacia el otro lado, aturdida. La
representante de la madre se vuelve y, con frialdad, mira más allá de su hija tendida
en el suelo. Poco después la representante de la hija se vuelve de nuevo y mira,
buscando a su madre. Esta yace en el suelo, no encuentra paz y, con los ojos cerrados,
comienza a buscar algo. Con una gran desesperación mueve las manos cada vez más
rápidamente, comienza a girar alrededor de su propio eje y mueve todo el cuerpo con
violencia.
Cuando la representante de la madre ve que su hija se está volviendo loca,
retrocede paso a paso mientras que, sin demostrar sentimiento alguno, con su espalda
va empujando a la representante de la hija hasta sacarla del círculo.
Así termina el movimiento en la constelación. Me dirijo a la paciente, que está
sentada a mi lado y le digo: «Creo que lo hemos visto todo». La paciente reacciona de
inmediato y pregunta: «¿Qué sucede con mi hija?».
TERAPEUTA: ¡Tú eres su madre! ¡Y tú tienes todas las opciones!
PACIENTE: Pero ¡mi madre no me lo permite! ¿Cómo puede ella (señala a su
representante) volver a ponerse de pie?

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Sin responder, voy hacia la representante de la madre, la tomo del brazo, la llevo
fuera del círculo y vuelvo a tomar asiento junto a la paciente. Cuando estoy sentado,
la representante de la madre se gira nuevamente y me da a entender a través de una
mirada enojada que ella no quiere eso. Con determinación exhorto a la representante a
que se vuelva a girar. Cierra los puños, patalea en el suelo y, desbordada de rabia,
finalmente se gira.
Quedamos a la espera de lo que sucede. Entonces la representante de la hija
comienza a acercarse a la representante de su madre silenciosa y cautelosamente.
Como si percibiera el anhelo de su hija, esta va cobrando más y más vida, y también
ella comienza a volverse, todavía con los ojos cerrados, cada vez más hacia su hija. La
representante de la hija se arrodilla junto a su madre, que yace en el suelo, y, cuando
las dos establecen contacto, la representante de la paciente abre los ojos y abraza a su
hija. Llorando amargamente se sienta y comienza a acunar a su hija en brazos. La
paciente misma mira con alegría esa imagen apacible, cuando de repente la
representante de la madre vuelve a entrar en el círculo, de espaldas y paso a paso, y se
acerca a la representante de su hija. Esta comienza a respirar con dificultad
nuevamente y con el máximo esfuerzo gira hacia el otro lado con su hija en brazos.
Cuando la madre se vuelve y ve que su hija, con la niña en brazos, se gira hacia el
otro lado, su rabia se transforma en una profunda desesperación para consigo misma.
Sin fuerzas, cae de rodillas y se tiende en el suelo para morir. La representante de la
paciente respira profundamente y, aliviada, se dedica por completo a su hija.
Me dirijo a la paciente: «¿Quieres ir junto a tu hija?». Su rostro se ilumina por un
instante, pero responde: «¡Tengo miedo!». Miro a su madre, que ha seguido el
transcurso de la constelación asombrada, y le pregunto: «¿Tiene permiso?». Distante,
contesta: «¡Sí!». Inmediatamente la paciente dice: «¡Me gustaría mucho!». Como si se
tratara de un acto sagrado, se quita los zapatos con cuidado, va hacia su representante
y, muy cautelosamente, retira de los brazos de esta a la representante de la hija, que
entretanto aparenta estar dormida. Llorando abraza a la representante de la hija y la
acuna en sus brazos.
Ahora tomo a la madre de la paciente de la mano y la llevo también a ella a la
constelación. Su mirada alterna entre su representante tendida en el suelo y su hija,
que, con dedicación y sin levantar la vista, acaricia, con lágrimas en los ojos, a su hija
recostada en su regazo.

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Lentamente me acerco a ellas junto con la madre. Llorando abraza a su hija. Sin
embargo, esta percibe que su madre no está dispuesta a tomar también a su nieta, se
aparta del abrazo de la madre y estrecha a la representante de su hija en sus brazos.
Me dirijo a la paciente y sugiero que mire a su madre a los ojos y le diga: «¡Querida
mamá, mira, ella es mi hija, tu nieta!».
Por primera vez la madre presta atención a la representante de la hija abortada. De
esa manera su hija puede mirarla a los ojos sin miedo. Ahora le sugiero a la madre que
le diga a su hija: «Sí, ella es mi nieta, y ahora respeto tu amor por ella». Es posible
percibir que la madre no es del todo libre, pero respira profundamente y repite las
palabras. Cuando busca volver a abrazar a su hija, lo impido. En cambio, la animo a
que le diga a su hija: «Respeto tu amor y ahora me retiro». Con estas palabras la
conduzco unos pasos hacia atrás y la paciente respira aliviada.
Con esto cierro el trabajo y despido a los representantes de la constelación.

Quedé asombrado e impresionado acerca de lo presente que estuvo la paciente durante el


proceso y de la forma cercana y adecuada en la cual pudo acompañar y formar parte de
un proceso tan conmovedor, a pesar de estar medicada. Me pareció que la paciente,
durante este proceso y en un tiempo mínimo, pasó de ser una hija a ser mujer y madre.
Lamentablemente no tengo informaciones acerca de la evolución posterior de la
paciente.

El secreto que todos conocen: «¡Eres una de los nuestros!»


(Paciente con fibromialgia)
Una mujer sufre, desde hace aproximadamente cinco años, de fuertes dolores
cervicales. Dado que no es posible reconocer alteraciones orgánicas, se establece el
diagnóstico orientativo de fibromialgia. A mi pregunta acerca de un posible cambio
en su situación vital antes de que comenzaran los trastornos, la paciente responde que
sus molestias comenzaron después de que su marido la hubiera abandonado. Él había
ido a trabajar a Estados Unidos y no había regresado.
Dado que el trabajo se desarrolla en el marco del grupo de un curso de
perfeccionamiento, tomo la declaración de la mujer como motivo para señalar que, en
general, una mujer no enferma por un hombre. ¡Sucede lo mismo a la inversa!

153
Ya que los sentimientos hacia una pareja a menudo son idénticos a los sentimientos
hacia la madre, le pregunto a la paciente acerca de la relación con su madre.
Responde: «Creo que es buena».
La respuesta no suena convincente y le pregunto con franqueza: «¿Eres tal vez la
hija preferida de tu padre?». La paciente confirma la pregunta con una sonrisa, pero
de inmediato le brotan las lágrimas y dice: «¡Mi padre ya no vive! Pero ¡es cierto, yo
era su hija preferida!». Le pido a la paciente que me diga cuántos hermanos tiene y
contesta: «¡Yo soy la segunda de cinco!». A la pregunta acerca de parejas anteriores
de los padres tan solo responde que ellos ya estaban juntos a los 16 y 17 años, y que el
primer hijo nació cuando la madre tenía 18 años.

Con estas informaciones sugiero comenzar la constelación con la familia de origen.

P = padre
M = madre
Pac = paciente

La representante de la madre comienza a llorar. El representante del padre dice estar


tranquilo, pero es incapaz de moverse. La representante de la paciente siente una gran
tristeza.
Cuando les pido a los representantes que sigan sus impulsos, la representante de la
paciente se retira y la madre va hacia su marido. Él la abraza, pero ella tampoco logra
tranquilizarse.
Cuando pregunto si los padres habían perdido un hijo, la paciente dice que un
hermano nació muerto en el sexto mes de embarazo. A petición mía, ubica a un

154
representante de ese hijo al lado de la madre, pero para los representantes ya
configurados no cambia nada. Solo la representante de la paciente finalmente se ubica
delante de los padres y cierra los puños.
Evidentemente sigue habiendo un tema que no ha sido abordado y pregunto por un
secreto familiar. Ante la palabra «secreto» la representante de la paciente se retira de
sus padres como avergonzada y toma el brazo derecho de su padre. Creo que de esa
forma cubre a su padre.
La paciente confirma que existe un secreto que, no obstante, todos conocen. El
padre tiene una hija con la hermana de la madre. La hermanastra de la paciente es tres
años menor que ella.

Le pido a la paciente que configure a alguien para su hermanastra. Elige a una


participante y la ubica frente a sus padres.

MH = media hermana

La representante de la media hermana se retira de inmediato, se ubica primero al lado


de la representante de la paciente, pero tampoco logra tranquilizarse y se aleja de la
familia.
Al preguntar cómo se siente en realidad, la paciente solo dice: «Sufrió mucho».
En ese momento pido a otra participante que se agregue a la constelación como
hermana de la madre. Esto conmueve a la hermanastra de la paciente hasta las
lágrimas, pero cuando su madre se vuelve hacia el otro lado, se retira a un rincón del
recinto y llora.

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Ahora todos los representantes están de pie e inmóviles, nadie se fija en la medio
hermana que llora calladamente. Cuando la paciente ve esa imagen de su familia, a
ella también le brotan las lágrimas.
Dado que todos los representantes en la constelación están congelados y no
demuestran ningún contacto o compasión, le pido a la paciente que agregue otro
representante para su enfermedad. Elige a un hombre y lo ubica frente a los padres, en
el lugar en el que su representante había demostrado anteriormente su rabia y en el
que luego había estado ubicada la representante de la hermanastra.

E = enfermedad
MMH = madre de la media hermana

El interesante cambio producido por la aparición de la enfermedad es que la


representante de la paciente ahora puede volverse hacia su media hermana. Se libera
del abrazo de su padre y va hacia ella y las dos se abrazan.
De esa manera sale a la luz una posible relación de la enfermedad con el sistema
familiar. Podría ser una compensación de un sentimiento de culpa de la paciente, ya
que solo la aparición de la enfermedad hizo posible que ella mostrara el amor hacia su
medio hermana.
Como solución le propongo a la paciente que les diga a los representantes de sus
padres: «¡Ella forma parte de nosotros! Y yo le doy un lugar en mi corazón como mi
hermana menor».

156
Una vez que ella ha dirigido estas palabras a sus padres, le propongo que le diga
también a la medio hermana: «¡Tú formas parte de nosotros! Y yo ahora te doy un
lugar en mi corazón como mi hermana menor».
Con esas palabras ya no hay nada que retenga a la paciente. Se pone de pie, se
dirige hacia la representante de la hermanastra y ambas se abrazan durante mucho
tiempo.
Cuando se sueltan, toma a la hermanastra de la mano y la lleva ante su padre. Allí
la deja y camina hacia su madre. Ella abraza a su hija y la sujeta.
A mi pregunta acerca de cómo se siente ahora, responde: «¡Tranquila, finalmente
tranquila! Ahora me siento como una hija».

La médica que había recomendado la constelación a la paciente me informó,


aproximadamente seis meses después, de que las molestias que con anterioridad no
habían respondido a ningún tratamiento habían mejorado notablemente.
Es llamativo que el comienzo de los trastornos se produjera poco después del
abandono del marido. Esto recuerda un acontecimiento de la familia de origen de la
paciente. A través de la procreación de la hermanastra se crea un vínculo entre el padre
de la paciente y la hermana de la madre, y se constituye un nuevo sistema familiar que
tiene prioridad frente al anterior.

2.4.2. Relación de pareja, enfermedad y sintomatología

Como ya hemos insinuado, las constelaciones sistémicas con enfermos parecen indicar
que un hombre no enferma gravemente por una mujer y, a la inversa, tampoco una mujer
lo hace por un hombre.
En general, son los «hijos» los que enferman por amor a sus padres o antepasados, y
que, por una profunda necesidad de estar cerca de ellos, inconscientemente, quieren
seguirlos en la muerte, en su lugar llevan algo o incluso mueren, o que, sin darse cuenta,
se identifican con aquellas personas con las cuales los padres tienen un vínculo más
fuerte y pueden permitir una mayor cercanía.
No obstante, las enfermedades suelen desempeñar un papel significativo en las
relaciones de pareja y pueden cumplir funciones importantes. Como protección ante
demasiada cercanía o como reconocimiento de vínculos con parejas anteriores o con los

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padres, sirven para regular y calibrar necesidades con respecto a la distancia en las
relaciones.

El no a la mujer
(Paciente con síndrome nefrítico)
Un hombre de unos 55 años sufre, desde que tiene 40, de una enfermedad crónica
avanzada de los riñones con una pérdida de la función renal que va en aumento. Está
casado y no tiene hijos. A la pregunta acerca de la razón por la cual no tiene hijos
responde que conoció a su mujer actual a los 38 años. A ella le hubiera gustado
mucho tener un hijo, pero «no tenía que ser». En sus relaciones anteriores los hijos no
eran importantes ni para él ni para las mujeres.
Algo sorprendido por la indiferencia emocional que irradia el paciente al hablar
sobre su mujer y posibles hijos, sugiero comenzar con la situación actual. Elige a
representantes para sí mismo y para su mujer y los ubica como pareja uno al lado del
otro. A mi pregunta acerca de cómo se sienten ambos, el representante del marido
responde inmediatamente: «Para mí está demasiado cerca, mi corazón late de manera
acelerada y tengo sudoraciones. Urgentemente necesito más distancia». Dado que es
evidente que el representante se siente mal, le indico que siga su impulso, y el
hombre, decidido, da tres pasos hacia un lado. La representante de la mujer se encoge
de hombros sorprendida, mostrando, de esa forma, que no comprende la reacción de
su marido.
Ahora solicito al paciente que agregue a un representante para la enfermedad. Elige
a un hombre y le asigna un lugar en la constelación. Como consecuencia, el
representante del paciente modifica su posición colocándose de manera tal que la
enfermedad termina ubicada entre él y su mujer. Aquí respira aliviado, está
visiblemente relajado y manifiesta: «Ahora estoy bien». El representante de la
enfermedad comenta: «Aquí me siento como un niño».
El paciente parece perplejo ante lo que se muestra en la constelación y me da a
entender que no puede compartir las reacciones de su representante. Con respecto a su
confirmación de que ninguna de sus parejas se quedó embarazada, pregunto por
acontecimientos en su familia de origen. Es el menor de siete hijos y el único nacido
después de la guerra. Después de esta, su padre pasó más de dos años como prisionero
de los rusos. El hermano, casi veinte años mayor, en ese entonces había tenido

158
relaciones con una mujer de un campo de refugiados cercano a su pueblo natal. Se
quedó embarazada y dio a luz a un hijo. Cuando la madre se enteró del embarazo,
gritó horrorizada: «¡Si alguno vuelve a hacerme lo mismo, me mato!». Cuando nació
el hijo del hermano, este y la madre pagaron una importante suma de dinero a la
mujer con la condición de que el hermano no constara como padre y que ella y su hijo
abandonaran la región. A la pregunta acerca del estado de salud actual del hermano, el
paciente responde que este falleció siendo aún joven. No tuvo suerte con las mujeres,
vivía solo y era alcohólico.
Con esas informaciones le pido al paciente que agregue a la constelación
representantes para su hermano, la mujer del campo de refugiados y el hijo. Con la
excepción del representante del paciente, ninguna de las personas configuradas mira
al hijo. Este solamente se siente conectado con el representante de la enfermedad.
Aliento a los representantes a que sigan sus impulsos, pero ninguno de ellos se atreve
a modificar su posición. Le pido al paciente que agregue a una representante para su
madre. Cuando esta aparece, el representante del paciente se queda inmóvil. A la
pregunta de cómo se siente, responde: «En el fondo no estaba mal, tenía un buen
contacto con el representante del hijo, pero ahora lo único que puedo percibir es la
enfermedad. Ahora es mi único referente».
Después de ese comentario, me dirijo directamente al paciente, que está sentado a
mi lado, y le digo: «Mira a tu madre y dile: “Querida mamá, él es tu nieto, el hijo de
mi hermano, mi sobrino. Su madre y él también son de los nuestros y, aunque a ti te
haya resultado imposible, yo les doy un lugar en mi corazón”». Entonces el
representante del hermano irrumpe en llanto, va hacia su hijo y su madre, los abraza y
llora. El representante de la enfermedad, como consecuencia, se va retirando paso a
paso, y el representante del paciente mira por primera vez a su mujer. Todo el grupo
está muy conmovido por los múltiples efectos de esas frases «sencillas» que aparecen
en las reacciones de los representantes.

La pregunta acerca del momento en el cual surge la enfermedad o bien se muestran los
primeros síntomas a menudo ofrece conexiones esenciales para el trabajo con
constelaciones. Muchas enfermedades surgen o empeoran durante fases de transición
esenciales en el transcurso de la vida familiar (los llamados life changes, o cambios en la
vida), como, por ejemplo, en la pubertad, cuando el adolescente comienza a abandonar a

159
su familia de origen y se orienta hacia una pareja y una familia propia. Cuando en su
familia de origen debe cumplir una tarea o cuando debe representar a alguien para sus
padres, está limitado en su libertad para planear su vida y sus relaciones, y se ve en un
conflicto de lealtades entre sus padres y una posible pareja.
Otras transiciones importantes en las fases vitales de magnitud similar que afectan el
desarrollo de enfermedades o síntomas son el compromiso, el matrimonio o el
nacimiento de un hijo. Cuando en ese tipo de transiciones la sintomatología se
intensifica, a menudo es señal de una conexión entre la enfermedad y un vínculo no
resuelto con la familia de origen.
En la relación de pareja la sintomatología tiene un efecto que separa y une al mismo
tiempo.

El vínculo con la primera mujer: «¡Ahora veo lo que tú soportas!»


(Paciente con adenoma de próstata)
Un paciente de 70 años sufre de un agrandamiento benigno de la próstata. A pesar de
que hace años que tiene trastornos de sueño dado que va al baño aproximadamente
siete veces por noche, hasta el momento está firmemente decidido a no operarse.
Mencionando los riesgos clínicos, accedo a hacer una constelación y pregunto por su
situación de vida actual.
La constelación está registrada y los diálogos son reproducidos, en parte, de forma
literal.
PACIENTE: Estoy jubilado, mi mujer es mucho más joven que yo. Tiene 45 años. Del
primer matrimonio tengo seis nietos.
TERAPEUTA: ¿Desde cuándo tienes molestias?
PACIENTE: Desde hace unos siete años, aumentaron paulatinamente.
TERAPEUTA: ¿En ese momento hubo un cambio en tu vida?
PACIENTE: Hace diez años que estoy jubilado. Me casé con mi mujer actual hace ocho
años, pero nos conocemos hace veinte.
TERAPEUTA: ¿Es decir que tus molestias comenzaron aproximadamente un año
después de haber contraído matrimonio?
PACIENTE: Sí.
TERAPEUTA: ¿Tienes hijos de tu primer matrimonio?
PACIENTE: ¡Sí, tres!

160
TERAPEUTA: ¿Cómo está tu primera mujer?
PACIENTE: Bueno, también estuve casado una segunda vez, mi mujer actual es la
tercera. Cuando ya conocía a mi mujer actual me decidí por mi segunda mujer, por
razones que, visto desde ahora, me resultan incomprensibles.
TERAPEUTA: Bien, ¿hay hijos de la segunda mujer?
PACIENTE: ¡No!
TERAPEUTA: ¿Por qué te separaste de tu primera mujer?
PACIENTE: Era difícil para mí convivir con su continua insatisfacción. Yo mismo hice
muchas terapias y cambié mucho. Finalmente nos fuimos separando. Compartíamos el
derecho de custodia de los hijos y todo lo concerniente a ellos pudimos manejarlo
bien.
TERAPEUTA: Bien, comencemos con la situación actual, es decir, con representantes
para ti y para tu mujer actual.
El paciente elige a los representantes y ubica a la mujer a la izquierda del hombre.
Ambos se observan brevemente y se sonríen. Pregunto acerca de lo que sienten.
El representante del paciente me dice: «Tengo una sensación agradable de calidez
hacia mi mujer, me gusta mirarla y me siento muy bien».
La representante de la mujer confirma la sensación del hombre: «Yo me siento de
manera similar. También yo tengo una sensación de calidez. Lo veo, pero me siento
libre para mirar también hacia delante».
TERAPEUTA: ¡Esto parece muy bonito!
PACIENTE (sonríe): ¡También lo es!
TERAPEUTA: Yo aún no confío del todo en esta paz. ¡Por favor, configura a alguien
para tu primera mujer!
El paciente elige a una representante y la ubica a cierta distancia a la derecha de su
representante, mirando hacia la pareja.
TERAPEUTA: ¿Ha cambiado algo para vosotros?
El representante del paciente comenta: «A mí me gustaría acercarme un poco más a
mi primera mujer. Ahora me atrae más que la actual». Lo dice y da un paso en
dirección hacia ella, y queda separado de las dos mujeres por la misma distancia.
Me dirijo al paciente: «¿Qué dices a esto?».
PACIENTE: Esto es interesante.

161
Le pregunto a la representante de la mujer actual cómo se siente y ella responde:
«Cuando vi a la primera mujer, la cercanía hacia mi marido se hizo aún más fuerte.
Que luego él se alejara de mí no me gustó. Mi mirada sigue siendo libre, pero al mirar
a la primera mujer no me siento bien».
La representante de la primera mujer informa: «Vacilo, y algo me tira hacia abajo».
En este momento me gustaría ver cómo las personas configuradas reaccionan ante
la sintomatología del paciente, o bien si la sintomatología altera las reacciones de los
representantes. Para ello le pido al representante del hombre que vuelva a la posición
inicial junto a su mujer actual y al paciente que agregue un representante para su
sintomatología. Elige a un hombre y lo ubica frente a su propio representante.

Pac = paciente
Muj 1 = 1.ª mujer
Muj 3 = 3.ª mujer
Sint = sintomatología

TERAPEUTA: ¿Qué ha cambiado para vosotros con esto?


REPRESENTANTE DEL HOMBRE: Estoy pensando si me molesta o no. De alguna manera
es cierto que me sentía mejor cuando él no estaba, pero no veo que la sintomatología
sea una amenaza. Lo que ha cambiado es que el impulso de acercarme a mi primera
mujer ahora ya no está. Ahora vuelvo a tener esa sensación agradable de calidez hacia
mi mujer actual.

162
Me dirijo al paciente: «Parece que con la sintomatología te es más fácil vivir la
felicidad con tu mujer actual».
PACIENTE: Mi primera mujer me atrae mucho. Cuando me separé de la segunda, ella
se hizo ilusiones de que yo volvería con ella.
TERAPEUTA: A través de tu reacción corporal inmediata, cuando la mencioné en la
conversación hace un rato, pude ver que hay algo abierto entre vosotros. Las
relaciones viven del intercambio de dar y tomar. Entonces, cuando uno de los
miembros de la pareja está menos atado y por ello es más accesible que el otro, a
veces un síntoma crea la distancia necesaria. De esa manera la sintomatología tiene un
efecto estabilizador para tu tercer matrimonio y no molesta.
PACIENTE: ¡Tal vez exista otra forma de estabilización!
TERAPEUTA: Bien, veremos lo que dicen los representantes. ¿Cómo está la primera
mujer?
REPRESENTANTE DE LA PRIMERA MUJER (ríe): Para mí eso está bien. Yo estoy aliviada.
¡Yo me alegro por ello! (Señala a la sintomatología.)
TERAPEUTA: Da la impresión de que no tienes realmente la bendición para esta
felicidad con tu primera mujer. ¿Cómo se siente el representante de la sintomatología?
REPRESENTANTE DE LA SINTOMATOLOGÍA: Entretanto me sentí más atraído. ¡Si él me
necesita, yo estoy aquí!
TERAPEUTA: ¿Cómo está el representante del paciente?
REPRESENTANTE DEL PACIENTE: Veamos, en realidad la sintomatología no me molesta
en absoluto. Al contrario, ahora con mi mujer vuelvo a sentirme realmente bien. La
sensación inicial de calidez volvió a aparecer. Es cierto que en un ángulo de mi campo
visual siempre veo a mi primera mujer, pero ahora también puedo mirar hacia delante
y ella ya no me molesta.
En este momento intervengo en la constelación y pido a la representante de la
primera mujer que se cambie de lugar con el representante de la sintomatología.
De esta manera la primera mujer del paciente pasa a estar justo delante de sus ojos.
Al preguntarle cómo se siente en ese lugar, responde: «¡Estoy muy dolida!». Cuando
me dirijo al paciente, este confirma: «Ya lo sé, y hasta el día de hoy eso no se puede
cambiar».
Le propongo que ahora pase a ocupar personalmente su posición en la constelación.
Cuando lo hace, la representante de la primera mujer comienza a llorar. Cuando el

163
paciente dice: «¡Me siento desorientado!», el representante de la sintomatología
comenta: «Cuando él dice eso, vuelvo a sentir calor y quiero acercarme».
Yo lo confirmo: «¡Eso tiene sentido, ya que en el fondo eras una solución!».
Al preguntar a la representante de la primera mujer si hay algo que el hombre
podría hacer, contesta suspirando: «Ya hizo suficiente, ya no puedo mirarlo bien, me
siento sola». Aquí se manifiesta que el peso que ella lleva proviene de otro lado,
posiblemente de su familia de origen.
Por ese motivo pregunto al paciente por el nombre de ella y le sugiero que le diga:
«Querida M., ahora veo lo que soportas y ahora lo respeto». Cuando él lo dice, la
representante replica: «No lo creo».
El paciente confirma resignado: «Es cierto, no me creerá».
TERAPEUTA: Se ve que detrás de ella hay mucha carga familiar y en el fondo tienes
poco que ver con eso, pero si no lo respetas, ella no te liberará. ¿Qué sabes de su
familia?
PACIENTE: Sus padres se divorciaron cuando ella era pequeña. Su abuelo era un tipo
raro, se vio obligado a retirarse a los 38 años y pasó el resto de su vida en un pequeño
huerto. Ella siempre estuvo muy unida a él.
TERAPEUTA: Ahora no voy a continuar con ese tema. Lo esencial es que si logras
respetar lo que ella soporta, ella te mirará, y eso es lo que en este marco me parece
posible.
PACIENTE: Para mí está bien. En estos momentos desaparece una insatisfacción y un
desprecio de muchos años. ¡Que ella me mire realmente es algo nuevo!

A la mañana siguiente el paciente me informa, contento, de que había pasado una noche
tranquila después de mucho tiempo, ya que solo había necesitado levantarse tres veces
para orinar en lugar de las seis o siete veces habituales.

A diferencia de los dos ejemplos anteriores, en los cuales se trataba de síntomas en la


relación de pareja, una mujer de unos 55 años desarrolló, poco tiempo después de su
divorcio, una alergia que ya había sufrido, de forma pasajera, en su infancia. Con la
separación de su marido la paciente había vuelto a ser «libre» para representar para su
propia madre la madre que aquella había perdido en el parto. Al soltarse de esa
parentificación, se produjo una remisión duradera de las reacciones alérgicas.

164
El siguiente ejemplo muestra la disposición de los hijos a atar y retener a sus padres
mediante una enfermedad, incluso si eso les cuesta la vida. (Las citas en el informe sobre
la constelación provienen del informe clínico de la madre y de cuatro informes de
médicos en el marco de los ingresos del hijo.)

El divorcio: «¿Ahora finalmente os entendéis mejor?»


(Enfermedad de Crohn del hijo)
Una mujer, madre de tres hijos, asiste a un grupo de constelaciones para obtener
ayuda para uno de sus hijos. El chico, ya adulto, fue diagnosticado hace muchos años
de la enfermedad de Crohn y una y otra vez sufre crisis que ponen en peligro su vida.
Según el informe de la madre, el «camino de sufrimiento» del hijo, que en ese
entonces tenía 14 años, comenzó con el divorcio de los padres. El padre abandonó a la
familia para comenzar una nueva vida en pareja con una mujer joven. «Renunció a la
casa y al contacto con los hijos.»
Aproximadamente a partir de ese momento, se interrumpió el crecimiento del hijo,
que fue perdiendo cada vez más peso (30 kg) y tampoco inició la pubertad. Durante el
transcurso de varios años consultaron médicos; sin embargo, no lograron una
verdadera mejoría. Los continuos dolores de vientre no fueron incluidos en los
diagnósticos.
Después de tres años sin lograr un éxito eficaz, se le recomendó al hijo seguir un
tratamiento especial. El médico encargado suponía un absceso en la cavidad del
vientre y el hijo fue enviado a una clínica. Cuando se confirmó el diagnóstico, fue
operado de inmediato.
El diagnóstico posterior a la operación decía: «Gran absceso del psoas, desde el
hígado hasta el muslo, con origen en una enfermedad de Crohn de perforación oculta,
con fístulas intestinales y una fístula de vejiga» (primer informe médico, 1994).
A raíz de la dramática evolución del estado de salud del hijo, el padre volvió a
tomar contacto con la familia por primera vez. Las grandes tensiones existentes
anteriormente entre el padre y la madre pasaron a un segundo plano de cara a la
enfermedad del hijo.
Con la frase del hijo: «¿Ahora finalmente os comprendéis mejor?», su estado de
salud fue mejorando de manera constante. La pubertad se inició espontáneamente y su
peso se incrementó.

165
Su salud se fue estabilizando más y más durante los años siguientes. Sin embargo,
en situaciones de separación dentro de la familia, como que el padre se casara y se
mudara o que una hermana estuviera un año en el extranjero, volvieron a aparecer
pequeños abscesos en la cavidad abdominal que requirieron otra intervención
quirúrgica.
En el año 2002, después de que el hijo se separara de una relación de pareja de
muchos años, se originó nuevamente una situación dramática.
«El ingreso se da con el cuadro de un absceso del tamaño de un puño en el bajo
abdomen derecho, acompañado de cuadros de fiebre séptica. En el marco de la
revisión quirúrgica del absceso subfrénico se observa una fístula subfrénica» (segundo
informe médico, 2002).
Se logra estabilizar al paciente y tras varias semanas de permanencia en la clínica
es dado de alta para regresar a su hogar. «Después de consultas con el residente, se
decide aplicar una terapia inmunosupresora a largo plazo, acompañada con cortisona
al comienzo.»
En el año 2003 la madre se entera del método de las constelaciones sistémicas y,
como consecuencia del estado de salud débil de su hijo, decide participar en un grupo
durante un fin de semana y hacer una constelación para su hijo.
Esta constelación muestra que la madre está atada a su padre, dado que está
identificada con una pareja anterior de su padre. Por ese motivo no es verdaderamente
libre para la relación con su marido. Al reconocer esa vinculación con su padre le es
posible hacerse cargo de su parte de responsabilidad en el «fracaso» de la relación con
su marido. Ella puede reducir la predominante rabia que hasta ese momento sentía
hacia su marido y, de esa manera, consentir un acercamiento hacia él y del hijo hacia
su padre.
Le propongo que diga al representante del hijo: «Mi querido hijo, sea lo que fuere
que a mí me ata, siempre seré tu madre y tú siempre serás mi hijo». Le pido al
representante del hijo que le diga a la madre: «Querida mamá, sea lo que fuere que a ti
te ata y hacia dónde te sientas atraída, yo lo acepto».
Según el informe de la madre, el estado de salud del hijo mejoró notablemente
después de la constelación y se mostró estable durante cuatro años. Esto también es
corroborado en el informe de una revisión médica posterior, del año 2004.

166
«El paciente se siente bien en todo sentido, es un ejemplo extraordinario de la gran
influencia de un estado anímico jovial en el intestino. […] En lo que se refiere a la
enfermedad crónica de inflamación del intestino, [el paciente se] encuentra en una
remisión total y continua» (tercer informe médico, 2004).
Según los informes de la madre, en este tiempo el hijo «se ha transformado en una
persona totalmente equilibrada y alegre». El contacto madre-hijo es «cordialmente
distanciado y desenvuelto».
Después de una relación armoniosa de varios años, el hijo contrae matrimonio en la
primavera de 2006.

También el por ahora último informe médico habla de que «es satisfactorio» que el
paciente «siga encontrándose en una remisión sostenida» (cuarto informe médico, 2006).

Sin embargo, un año después de casarse, vuelve a manifestarse en él una nueva «crisis
de sentido». Habla de necesitar más espacio de movilidad y se va retirando cada vez
más de todas las personas cercanas a él.
En ese período extraordinariamente difícil para él, su estado de salud va
empeorando notablemente. De nuevo comienza a crecer un absceso y existe la gran
probabilidad de que deba ingresar en la clínica para una nueva operación.
Con una gran preocupación por la salud de su hijo y su matrimonio, en enero de
2008 la madre decide a volver a participar en un grupo de constelaciones. Sin
información para los representantes, le pido que vuelva a configurar a la familia actual
con el padre, la madre y el hijo enfermo. Se muestran contextos y pasos hacia una
solución similares a los de la constelación del año 2003.

El informe de la madre sobre el efecto posterior de la constelación habla por sí mismo.

Querido Stephan:
Es como un milagro. El absceso de mi hijo «por sí solo» se redujo. Es probable que
no necesite ir a la clínica y hoy, espontáneamente, recogió a su mujer al salir del
trabajo y la invitó a cenar. De nuevo tu ayuda ha tenido efecto.
¡Muchas gracias!
B.

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¡Lo especial en este ejemplo es notar cómo la actitud cambiada y la mirada de la madre
después de participar en un grupo de constelaciones ha llevado, reiteradamente, a que la
sintomatología de su hijo mejore sin que ella le haya comentado su trabajo a él!

2.4.3. Enfermedad y relación incestuosa

Cuando en una relación de pareja como consecuencia de otras ligazones se produce un


desequilibrio en la disponibilidad mutua de los miembros de la pareja, a veces un hijo
por esa razón incurre en una relación incestuosa que puede ocasionar un síntoma. Esto lo
demuestran los dos ejemplos que siguen y los hijos, con sus sintomatologías,
indirectamente también señalan el ámbito del tema relevante de la familia.

El anhelo de morir: «Mi querida hija, me quedo»


(Amenorrea de la hija)
Una mujer participa en un grupo de constelaciones para enfermos dado que su hija
dejó de menstruar hace cuatro años. Cuando la hija tenía tres años, la clienta se separó
de su pareja. Ella ahora vive con una nueva pareja y con este hombre tiene un hijo de
cuatro años. Este nació cuando la hija tenía 15 años. Aproximadamente dos meses
antes del nacimiento de su hermanastro, dejó de producirse su período. Ahora tiene 19
años.
En la constelación del sistema actual (mujer, los dos maridos, hija e hijo) se
manifiesta el anhelo de la madre hacia su padre, que murió cuando ella tenía cuatro
años. La representante de la clienta no percibe en la constelación ni a su primer
marido, ni al segundo ni a sus hijos. Al configurar a un representante para el padre,
revive y busca estar cerca de él.
Con este anhelo de la madre hacia su padre fallecido, la hija entra en una dinámica
de abuso con el segundo marido de la mujer. Un hijo fortalece el vínculo de la madre
hacia su nueva pareja, consolida la relación y aumenta la presión sobre la hija para
compensar en lugar de la madre. Tal vez su cuerpo interrumpe el período como
protección, para indicar que es una niña.
La representante de la hija siente un gran alivio a través de las frases de su madre a
su propio padre: «Querido papá, ahora respeto tu vida, y también tu muerte. Tengo lo
más importante y ahora lo acepto. Lo acepto y lo respeto cuidándome bien. Aunque

168
me hagas falta, ahora me quedo el tiempo que me sea dado junto a mi marido y a mis
hijos». Y a la hija: «¡Mi querida hija, me quedo!».

La promesa junto al lecho de muerte


(Paciente con inflamación de vejiga persistente)
Una dinámica similar se mostró en un trabajo de una paciente de unos 25 años que,
desde hace nueve años, sufre de una inflamación de vejiga persistente. El padre de la
paciente murió de cáncer cuando ella tenía seis años. Su grave enfermedad se
prolongó durante muchos meses, y la madre lo atendió en casa con mucho cuidado. Él
era, como ella decía, «el hombre de su vida». Junto al lecho de muerte le prometió
serle fiel. Sin embargo, ocho años después de su muerte apareció otro hombre en su
vida. Cuando la madre y la nueva pareja planeaban construir una nueva vivienda y
casarse, comenzaron los trastornos de la hija.
La constelación sacó a la luz que la madre, ahora casada otra vez, en la profundidad
de su alma no estaba libre para su segundo marido. Así, cuando él miraba a la
representante de la hija, la paciente confirmó que siempre había sido desagradable
para ella estar sola en la casa con su padrastro, a pesar de no haber razón aparente
para tener esa sensación. La representante de la sintomatología se retiró de la
constelación cuando la paciente se retiró del espacio que ocupaba entre su madre y la
nueva pareja.
En las mujeres, los trastornos crónicos de vejiga indican a veces un «no»
inconsciente hacia un hombre. Hasta qué punto la paciente de este ejemplo se hace
cargo de los síntomas en lugar de su madre, o si se protege ante la pareja de su madre
mediante la sintomatología, es insignificante para la solución. La paciente sintió un
alivio de sus molestias después de reconocer la conexión de su sintomatología con el
conflicto inconsciente de su madre. En el marco de la constelación, con una
reverencia ante su madre pudo expresarle su respeto y dejar con ella aquello que le
pertenecía.

Los dos ejemplos que siguen se refieren a molestias que aparecieron como consecuencia
directa de abusos sexuales o se incrementaron por esa razón.

La violación: «Querida mamá, fue difícil para mí»

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(Paciente con disfonía psicógena)
En un grupo de formación, una paciente me pide apoyo porque sufre de disfonía
crónica que llega hasta una pérdida total de la voz (afonía). Ella es terapeuta y
experimenta esa sintomatología, que la acompaña desde hace más de veinte años,
como una gran carga.
Sin solicitar información adicional, le pido a la paciente que configure a
representantes para ella y para la sintomatología. Estos se miran durante un rato, pero
no demuestran interés el uno por el otro. Al preguntarles cómo están dicen sentir poca
relación entre sí.
Cuando, siguiendo mis indicaciones, la paciente agrega representantes para sus
padres, los representantes de la paciente y de su sintomatología desarrollan un
creciente interés mutuo, espontáneamente se acercan y se abrazan. La representante
de la madre se vuelve para no ver a los demás y no quiere establecer contacto con
ninguna de las personas configuradas. El representante del padre mira a su hija y
comienza a acercarse a ella dando pequeños pasos. La representante de la hija mira al
padre con desconfianza. Cuanto más se aproxima, más se arrima a la sintomatología.
Cada vez más se pone de manifiesto una relación erótica incestuosa, y cuando me
refiero a eso la paciente me cuenta que a los 17 años fue violada por un vecino. Jamás
les contó el incidente a los padres. Sospecho que de aquí viene la conexión con la
sintomatología.
También esta constelación confirma que, a menudo, una violación es un incesto
transferido. Muestra la relación incestuosa entre el padre y la hija, aunque en este caso
el perpetrador es un vecino.
Si la hija relata lo ocurrido, saca a la luz esa dinámica familiar y, como
consecuencia, también debería reconocer el vínculo de su madre. Es más fácil no
hablar que exponerse a ese dolor y soltar a la madre.
Interrumpo la constelación en este punto, despido a todos los representantes salvo a
la representante de la madre y le pido que se coloque frente a su hija. Al comienzo la
paciente no puede mirar a su madre. Retraída y con la cabeza gacha, mira al suelo.
Finalmente le propongo que le diga: «Querida mamá, fue difícil para mí». Titubeante,
levanta la cabeza y repite las palabras. La representante de la madre asiente con la
cabeza, le brotan lágrimas de los ojos y, siguiendo su propio impulso, dice: «¡Lo
siento!». Le sugiero que también diga: «Ahora veo lo que tú has soportado por mí, y

170
ahora lo acepto». En ese momento la paciente comienza a llorar y la representante de
la madre la toma en sus brazos. Así sostiene a su hija durante un largo rato y puede
iniciarse un movimiento reconciliador.

Vuelvo a encontrar a la paciente medio año después y me relata con alegría que se ha
manifestado un cambio en su sintomatología. Ahora sufre solo esporádicamente del
bloqueo del habla motivado por la situación. La relación con su madre ha mejorado
mucho.
Le pido que plasme sus experiencias en un informe. Aquí algunos extractos de este:

Nunca me fue fácil hablar. Siempre me resultó difícil decir lo que quería, ya de
pequeña al hacerlo me fallaba la voz. Esta dificultad persiste, pero desde la
constelación es como si entre ese síntoma y yo ahora existiera una conexión. A través
de la constelación comprendí por qué tengo esa sintomatología. De ninguna manera
quería ser una carga para mi madre. Ahora siento que ese «no-poder-decir-algo» es
una parte de mí, que me pertenece. A través de la constelación logré establecer una
distancia y ahora puedo mirar a mi sintomatología con más separación emocional. De
esa manera voy ganando cada vez más fuerza para expresar aquello que siento. Es
nuevo para mí que cada vez pueda hablar con más frecuencia y que incluso me sienta
bien haciéndolo y que mi voz tenga el permiso para sonar y ser escuchada. ¡Estoy
muy agradecida por ello!

El abuso sexual: «¡Ahora lo dejo contigo, con amor!»


(Paciente con pesadillas)
Un hombre de unos 75 años asiste a un grupo de constelaciones siguiendo la
recomendación de su hija. En la ronda introductoria comenta que desde su infancia
tiene la misma pesadilla todas las noches. Cuando tenía nueve años, su hermano, que
entonces tenía 19 años, mató de un tiro al padre. Como consecuencia, su madre fue
ingresada y a él lo internó en un seminario. Allí, todas las noches un sacerdote
abusaba sexualmente de él. A los 16 años tuvo fuerzas para salir de la orden. En
realidad, se siente en paz con su pasado, pero todas las noches sueña con las
experiencias traumáticas del seminario.

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Tras la ronda introductoria hacemos una pausa y cuando a continuación pregunto
quién quiere trabajar, él es el primero en levantar la mano. Estoy de acuerdo en
comenzar con él y vuelvo a preguntar cuál sería para él un buen resultado del trabajo.
Responde: «Que las pesadillas no aparezcan más y que pueda dormir en paz».
Le pido que elija a tres representantes para su padre, su madre y para él. La
representante de la madre no se siente conectada ni con su marido ni con el hijo. Le
solicito que siga su impulso y poco a poco se retira del círculo formado por las sillas
de los participantes y finalmente se recuesta en el suelo.
El paciente me mira, asiente y dice, suspirando: «Sí, así es».
Le doy el tiempo suficiente para que dé espacio a su dolor y luego le digo: «Ahora
te propondré algo que en este momento probablemente no comprendas y que tampoco
tienes que comprender». Él dice: «Confío en ti».
Despido a su representante y al de su padre de la constelación, le pido a la
representante de la madre que se ponga de pie y la ubico a una distancia de
aproximadamente un metro frente a él. Le digo a él: «Mira a tu madre a los ojos y
dile: “Querida mamá, lo que he llevado por ti lo hice con amor, pero ahora pasó.
Ahora lo dejo contigo, con amor”».
Cuando el paciente expresa estas palabras cae como en un trance, llora
amargamente, se desliza de la silla quedando de rodillas y se inclina ante su madre
hasta el suelo. La representante de la madre trata de levantarlo, pero yo le doy a
entender que no interrumpa el proceso del hijo. Cuando el paciente lentamente vuelve
en sí, le hago una señal. Ella va hacia él, levanta sus manos del suelo y él se
incorpora. Ahora está de rodillas ante su madre y ella lo abraza durante un largo rato.
Evidentemente el paciente fue presa de un movimiento que no podía controlar, ya
que de repente me mira, interrogante, y dice: «No sé qué ha pasado». Le doy a
entender que no debe comprenderlo ni tampoco recordarlo.
A la mañana siguiente viene al grupo, radiante, y en la ronda matutina dice:
«Todavía no sé qué ocurrió aquí ayer, pero esta noche he dormido maravillosamente
bien. Fue la primera noche en años sin pesadillas».
Por su manera de ser, muy abierta y natural, es elegido como representante y
también se pone a disposición gustosamente. Sin embargo, durante la tarde del
segundo día rechaza la invitación de una participante del curso alegando que no
quiere estar siempre en el lugar de esos hombres «malos». Tomo su respuesta y le

172
digo: «Tal vez te piden que los representes para que logres estar en consonancia con
el hombre malo de tu familia». Estas palabras lo conmueven hasta las lágrimas.
El tercer día una de las participantes del grupo vuelve a elegirlo como su padre.
Este había rechazado a su propio padre durante toda su vida porque había participado
como oficial de las SS en el genocidio de judíos. Cuando como representante del
padre se encuentra de pie frente al padre de aquel, tiene la sensación de desmayarse.
Cada vez que cierra los ojos cae en su propia historia y se ve de pie frente al hermano
que mató al padre. Cuando hace la reverencia ante el perpetrador, siguiendo mi
sugerencia, una profunda paz se instala en su alma.
Al final del curso dijo en la ronda de cierre: «Lo que ocurre aquí para mí es un
enigma, pero me siento como recién nacido, y no creo que sea tan solo el sano sueño
que disfruto desde ayer, sino que es la profunda sensación de paz interior que siento».

Cuando en enero de 2008 la hija del paciente, en el marco de un grupo de constelaciones,


me da recuerdos de su padre, le pido que le pregunte si me podría comunicar brevemente
si para él hubo algún cambio desde la constelación. Con gusto el paciente cumplió con
ese deseo y transcribo aquí sus palabras sin alteraciones.

Querido Stephan:
Mi hija me pidió que comparta contigo mis impresiones.
En la constelación del 1 de junio de 2006 traté el tema de las experiencias pedófilas
de mi juventud con un teólogo. Lamentablemente no puedo recordar la constelación
en sí. Sin embargo, con bastante seguridad puedo decir que ¡desde entonces esos
acontecimientos han desaparecido completamente de mis pensamientos!
¡Cordiales saludos y, una vez más, muchas gracias!
H.

En el trato terapéutico del incesto y del abuso sexual debe revisarse hasta qué punto la
persona afectada ya ha encontrado suficiente distancia para encarar lo vivido. Mientras
que el afectado o la afectada sean presos de la indignación y del reproche, el movimiento
de resolución solo podrá desplegarse con muchas dificultades. En los dos casos
mencionados esa distancia existía, y de esa manera aquí fue posible trabajar con la
orientación dirigida totalmente a la solución. Eso significa que a los acontecimientos

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traumáticos en sí se les concede el menor espacio posible, y que el padre o el perpetrador
no son incluidos en el proceso de solución. Me animo a dejar abierto a discusión que es
de capital importancia reconocer el vínculo con la madre, que en general se demuestra en
la constelación de la familia de origen de este tipo de pacientes, para desarrollar una
actitud y un enfoque liberadores y sanadores al tratar estas experiencias tan difíciles de
llevar.
Cuando, como aquí, los perpetradores conscientemente no son incluidos al procesar
una solución, su calidad de perpetradores y su culpa no deben pasar inadvertidas o
incluso ser excluidas. La renuncia a incluirlos en el proceso de solución del paciente solo
está al servicio de su optimización y concentración, de manera que el amor liberador del
hijo quede en primer plano.

174
2.5. Enfermedad y la necesidad de compensación y expiación

«El sufrimiento compartido es doble sufrimiento.»


BERT HELLINGER

Además del anhelo de cercanía con sus padres y de la necesidad de pertenencia, en la


profundidad del alma impera un afán transgeneracional para lograr equidad y
compensación. En algunos procesos de enfermedades crónicas, el paciente obedece
inconscientemente a esa necesidad, ya sea por expiación o para liberarse de sensaciones
de culpa por una culpa verdadera o supuesta.
A menudo se percibe como culpa lo que en realidad forma parte del destino y no está
sujeto a influencia personal alguna, como, por ejemplo, la muerte de la madre en el parto
o, como en el ejemplo que sigue, la muerte de hermanos menores del paciente como
consecuencia de incompatibilidad del factor Rh (Rhesus).

La incompatibilidad del factor Rh: «¡Yo me quedo el tiempo que me sea dado y
luego también me iré!»
(Paciente con enfermedad por inmunodeficiencia, sida)
El paciente es un hombre de unos 45 años que hace más de veinte se infectó con el
VIH por consumo de drogas. Según sus comentarios, desde el momento en que
recibió el diagnóstico se esmera en vivir consciente y sanamente. La mayor parte del
tiempo no tiene molestias. Sin embargo, de vez en cuando surgen prolongadas crisis
de enfermedades en las cuales toma más y más conciencia de las limitaciones de su
vitalidad y de su sistema de defensas. En la actualidad, hace aproximadamente tres
meses que tiene una infección crónica de las vías respiratorias que lo debilita
sobremanera, de modo que sufre de una extensa falta de fuerzas y de un gran
cansancio. Por ese motivo puede participar en las reuniones diarias del grupo de
constelaciones tan solo unas pocas horas.
Después de aclarar el cuadro de molestias, le pido que configure a un representante
para sí mismo dentro del círculo formado por las sillas. El representante, tras ser
configurado, tiene las piernas débiles y su mirada inquieta busca en el suelo.

175
Repetidas veces fija los ojos asustado en un lugar del suelo, pero de inmediato vuelve
al movimiento de búsqueda constante. A mi comentario de que me da la impresión de
que el representante es un ser vivo que mira a varios muertos, el paciente confirma
que él es el único hijo vivo de sus padres. Después de él cuatro hermanos nacieron
muertos o fallecieron a una temprana edad por incompatibilidad del factor Rh.
Basándome en esa información, pido a cuatro representantes del grupo que se tumben
en el suelo en representación de esos niños. El rostro del representante del paciente,
hasta ese momento tensionado, se relaja, se arrodilla junto a sus hermanos en el suelo
y finalmente encuentra un lugar entre ellos. Al hacerlo, trata de acomodarse para tener
contacto físico con todos ellos. Una vez encontrada su posición, cierra los ojos
satisfecho.
El paciente está muy conmovido por ese cuadro y dice: «¡Siempre me sentí
culpable por vivir y de alguna manera también, en parte, por la muerte de mis
hermanos! Una y otra vez pensaba que si yo no existiera, mi hermano podría vivir».
Le propongo al paciente que mire a sus hermanos y diga: «Os recuerdo y os llevo
en el corazón». Al rato: «¡Ahora me quedo el tiempo que me sea dado, y luego
también me iré!».
Cuando el paciente repite las palabras, su representante abre los ojos, se sienta y
mira a su alrededor. Comenta que ahora repentinamente siente de otra manera a sus
hermanos muertos. Hasta ahora no los podía mirar realmente. Ahora se siente unido a
ellos y, sin embargo, la distancia es mayor. Finalmente se pone de pie, retrocede
algunos pasos, sale del círculo de los muertos y mira a la ronda de los participantes.
Le propongo que mire nuevamente a sus hermanos y repita la frase: «¡Ahora me
quedo el tiempo que me sea dado, y luego también me iré!».
A pesar de que el paciente logra decir esta frase bien y con fuerza, su representante
da la impresión de no estar totalmente liberado, y también el cuadro configurado
aparenta estar incompleto. Por esa razón le pido al paciente que agregue
representantes para sus padres. Para la madre el dolor es demasiado grande para mirar
a sus hijos muertos. Cuando el representante del padre le coloca el brazo sobre
hombros, tiene fuerzas para dirigir su mirada a ellos. Con lágrimas en los ojos, se
arrodilla lentamente, les acaricia el pelo y se sienta junto a ellos. El paciente
acompaña emocionado el doloroso proceso de reconciliación de su madre. Para cerrar
le propongo que diga: «Querida mamá, yo respeto lo que soportas y ahora lo dejo

176
contigo». Con estas palabras del paciente repentinamente vuelve el color al rostro de
su representante, se siente aliviado y retrocede unos pasos más, alejándose de sus
padres y sus hermanos muertos. El paciente asiente aliviado y cerramos la
constelación.

En esta situación y en otras similares no resulta fácil aceptar la vida y la felicidad de cara
a los muertos o ante el destino difícil de otros miembros de la familia. Así, a veces, en
algunos pacientes se encuentra una felicidad secreta en la desgracia, el fracaso o también
en el dolor y el sufrimiento de sus enfermedades. De vez en cuando esto se pone de
manifiesto a través de una fugaz sonrisa o un tono de voz asombrosamente relajado
mientras los pacientes hablan de sus molestias.
En un primer plano la expiación es vivida como alivio, pero ¿adónde lleva en
realidad? ¿A quién sirve esa forma de compensación? Al que ha pagado o sufre la
expiación del deudor o del que resultó beneficiado no le supone alivio alguno.
En su lugar, lo que ayuda y libera es respetar lo sucedido, es decir, reconocer la culpa
donde la haya y dirigir una mirada comprensiva a los que sufrieron daño y a los
fallecidos, así como también al dolor por ellos.

2.5.1. Enfermedad y culpa por sobrevivir

De la necesidad de compensación en el destino también son testigo las sensaciones de


culpa de supervivientes, ya sea de la guerra, de catástrofes naturales o de accidentes, por
haber sobrevivido ellos mientras que muchos otros murieron, o también porque
consideran que no han hecho lo suficiente para salvarlos.
Las consecuencias en el alma y las consecuencias psicosomáticas del llamado
«síndrome de supervivencia», tales como depresiones, angustias, trastornos de
concentración y de memoria, dolores de cabeza crónicos, insomnio, etcétera, son muy
conocidos en la medicina psicosomática.
Menor conciencia hay con relación a los vínculos de destino transgeneracionales, en
cómo influyen los cuadros de enfermedad o trastornos en la generación de los hijos o los
nietos como consecuencia de excluir acontecimientos traumáticos y las personas
fallecidas o damnificadas en ellos.

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Los compañeros caídos: «¡Querido papá, ahora veo lo que tú soportas!»
(Neurodermatitis de los hijos)
La consulta de una participante en un grupo de constelaciones está relacionada con
sus hijas de 16, 14 y 11 años. Las tres sufren de una grave neurodermatitis desde que
eran muy pequeñas. Esto, por supuesto, también lleva a pensar en una tendencia de la
constitución. La resistencia de los trastornos ante las terapias lleva a la paciente a un
grupo de constelaciones para enfermos.
En la familia de la paciente no hay señales relacionadas con sucesos
extraordinarios. Por lo tanto, comenzamos la constelación con cinco representantes
para su familia actual.
La paciente ubica a las representantes de las hijas muy apartadas, como si no
pertenecieran a la familia. Ella misma está asombrada por la imagen que construyó,
pero, tras volver a revisarla, la considera adecuada. Es llamativo que las tres
representantes de las hijas sienten, de inmediato, picazón y una de ellas incluso
verdaderos dolores en la piel. Los padres de las niñas se encuentran uno al lado del
otro, se sienten unidos y tienen poca relación con las representantes de sus hijas.
Ninguno de los representantes muestra una necesidad de modificar algo. Es cierto que
la madre extraña el contacto con sus hijas, pero también se siente bien junto a su
marido.
De esa manera la constelación no da señales de la dinámica familiar que una y otra
vez se observa en los casos de neurodermatitis, como un conflicto de pareja de los
padres en el que están involucrados los hijos o la identificación de las hijas con una
pareja anterior de los padres.
Movido por una constelación que Bert Hellinger había realizado en Glarus, Suiza,
en la cual un paciente con neurodermatitis grave recordaba a su abuela, que había
fallecido en un incendio, le pregunto a la paciente si tal vez también en su familia
alguien había fallecido en un incendio. La paciente nada sabe al respecto.
Demuestra ser de ayuda la participación casual en este seminario de un conocido
del pueblo natal de la paciente. Para mi asombro, lo conmueve mucho la pregunta que
le he hecho a la paciente sobre una desgracia relacionada con el fuego en su familia y
pide compartir algo.
La paciente está de acuerdo y él cuenta que forma parte de una banda de
instrumentos de viento junto con el padre de la paciente y que, cada vez que entonan

178
cierta marcha, el padre comienza a llorar hasta el punto de que a veces incluso debe
interrumpir su participación. El tema de la marcha son los camaradas quemados en
una tormenta de fuego. La mujer confirma que su padre estuvo en la guerra en Rusia,
pero que no habla de ello.
Con esta información le pido a la paciente que elija a un representante para su
padre. De inmediato las representantes de las tres hijas se sienten atraídas hacia su
abuelo y se ubican a su lado. Aquí se sienten claramente mejor y también al
representante del abuelo le resulta grata la cercanía de sus nietas. Ahora solicito a
otros tres participantes que se tumben en el suelo como compañeros del abuelo caídos
en la guerra. Este no puede soportar la imagen de sus compañeros muertos y se vuelve
en otra dirección. En su lugar, las representantes de las hijas miran fascinadas a los
muertos y se sienten atraídas por esos hombres. Cuando buscan seguir su movimiento,
intervengo, tomo al representante del abuelo de la mano y lo coloco entre sus nietas y
los compañeros. Durante un largo rato mira a los compañeros y, llorando, se arrodilla
junto a ellos. Acaricia el rostro de cada uno, les cierra los ojos y finalmente se tumba
junto a ellos. Con eso las representantes de las hijas se sienten liberadas y aliviadas.
Por primera vez les es posible volverse hacia los padres. Cuando la paciente ve eso, le
brotan las lágrimas y comenta: «Siempre sentí que había algo entre mis hijas y yo,
pero jamás habría pensado que podría tener algo que ver con mi padre». Le propongo
que mire al representante de su padre a los ojos y le diga: «Querido papá, ahora veo lo
que tú soportas y lo respeto. Por favor, mírame con buenos ojos a mí y también a mi
marido y a nuestras hijas». Cuando el representante del padre escucha la voz de su
hija, abre los ojos, se incorpora y le propongo que responda: «Mi querida hija, es mío
y yo lo asumo».
Después de la constelación, la representante de la hija mayor pide la palabra y dice:
«Cuando el abuelo tocaba a sus compañeros fue como si me hubiera tocado a mí. Lo
sentí como una caricia y con eso mi piel se calmó».
Aproximadamente dos meses después de la constelación, la paciente me llama por
teléfono y me informa: tras la constelación su padre había empeorado. Una tarde,
cuando la familia y los amigos estaban reunidos, ya no se pudo contener y, por
sorpresa, comenzó a llorar y a contar lo sucedido la guerra. En Rusia, durante la
retirada, fueron rodeados en un pueblo. Tres camaradas y él se habían apartado de la

179
tropa. De esa manera habían logrado huir, pero todos los demás cayeron en combate.
Desde una distancia segura tuvo que ver cómo el pueblo entero estaba en llamas.

La médica del campamento: «¡Yo respeto tu sufrimiento cuidándome mucho!»


(Paciente con migraña)
En el marco de un curso de perfeccionamiento, una médica homeopática me pide que
trabaje con ella. Ya de pequeña su vida estuvo marcada por fuertes dolores de cabeza
ocasionados por una infección de la meninge sufrida en la primera infancia. Todo lo
que había intentado desde entonces para encontrar alivio no había tenido éxito. La
paciente es la única hija de sus padres. Ellos se separaron cuando ella tenía seis años.
Comenzamos el trabajo con la constelación de su familia de origen. La
representante elige representantes para ella, su madre y su padre y los ubica
relacionados entre sí.
La reacción más fuerte es la de la representante de la madre, que siente escalofríos
por todo el cuerpo. Siente un peso plúmbeo, miedo y terror. Le pido a la paciente que
agregue a un representante para su sintomatología. Elige a una mujer y la ubica detrás
de su propia representante. La representante de la sintomatología se siente bien, en el
lugar correcto, y coloca las manos en los hombros de la representante de la paciente.
De nuevo la representante de la madre es la que muestra la reacción más clara con
respecto a la persona agregada. Su estado empeora continuamente. Respira con
dificultad y cada vez le cuesta más esfuerzo permanecer de pie. Pregunto por la
historia de su familia.
La madre de la paciente nació en 1929 y fue la segunda hija de una familia judía de
Praga. Con la evacuación del gueto, la familia (padre, madre y dos hijas) fue
deportada a un campamento. Según los datos imprecisos de la paciente, lograron huir
del campamento hacia Ucrania con la ayuda de una organización checa. Allí la familia
sobrevivió en los bosques, con la ayuda, entre otros, de partidarios rusos.
Hasta aquí la información de la paciente. Le pido que configure a representantes
para los padres de su madre y, en un segundo paso, representantes para las personas
que fueron relevantes para la supervivencia de la familia de la madre. Esto conmueve
mucho a los padres de la madre y sobre todo la representante de la madre ahora está
claramente mejor. Todos los miembros de la familia miran agradecidos a las personas

180
con cuya ayuda sobrevivieron. Solo la representante de la sintomatología sigue sin
verse afectada por ello.
La paciente misma está muy conmovida por lo que ve en la constelación y necesita
tiempo para internalizarlo. Sin embargo, dado que para la sintomatología aún no ha
cambiado nada, finalmente expreso un reparo: «Creo que aquí aún falta algo esencial.
Francamente, ¡no puedo imaginarme cómo se logró la huida del campamento sin la
ayuda de los alemanes!». La paciente en un principio me mira pensativa hasta que,
repentinamente, su rostro se ilumina y comenta: «¡Es cierto! Había una médica en el
campamento que debió de interceder». Alguna vez lo había escuchado de su tía, la
hermana mayor de su madre. Años después de la guerra, aquella trató de ponerse en
contacto con esa mujer para darle las gracias y se enteró de que la huida de su familia
fue advertida y la médica, como castigo por su cooperación, había sido muy
maltratada. Como por milagro, sobrevivió a la tortura, pero sufrió las graves
consecuencias el resto de su vida.
Le pido a la paciente que configure a una representante para esa médica. Elige a
una representante, la mira a los ojos durante largo rato, comienza a llorar y la lleva a
un lugar en la constelación. La representante de esa médica del campamento siente
fuertes dolores en la cabeza y la nuca, le pesan las piernas y le duelen las
extremidades. Esto corresponde a las sensaciones de la representante de la
sintomatología. Ahora la paciente está muy emocionada y decido seguir el trabajo con
ella. Le pido que se coloque en su lugar de la constelación y le propongo: «Mírale a
los ojos a esa mujer y dile: “Te debo mi vida y respeto lo que tuviste que sufrir por
ello. Tú también eres una de nosotros y te hago sitio en mi corazón”». Con gran pesar
repite las palabras sugeridas y la representante de la médica responde, aliviada: «¡Eso
sienta bien! Ahora puedo respirar y también estoy mucho mejor».
La paciente comenta: «Para mí es casi demasiado, no soporto verla sufrir».
Entonces la representante de la médica contesta, siguiendo su propio impulso:
«Verte con vida me causa alegría y me da una paz profunda». Con esas palabras
ambas se abrazan durante un largo rato.
En el momento en que la paciente puede encontrarse con la médica del
campamento con amor y sin lástima, la representante de la sintomatología comienza a
retirarse de la constelación.

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Hambruna: «¿Quién nutre la sangre?»
(Paciente con anemia)
Una mujer de mediana edad sufre, desde hace años, de una severa anemia y toma
comprimidos de hierro con regularidad. De vez en cuando recibe transfusiones de
sangre para compensar la falta recurrente de glóbulos rojos.
Cuando escucho el diagnóstico de la paciente, pálida y delgada, me surge
espontáneamente la pregunta: «¿Quién nutre? ¿Cuál es el principio que nutre?».
La paciente no comprende la pregunta. Repito lenta y claramente: «¿Quién nutre la
sangre?».
Dado que la paciente no puede darle un orden a la pregunta, respondo: «¡La
madre!».
Cuando digo la palabra «madre», de inmediato la paciente lucha contra las lágrimas
y dice: «Eso me entristece mucho. Y veo imágenes de la guerra y de personas
hambrientas. Yo nací en Londres poco después del final de la guerra. Fue una época
terrible, con una pobreza indescriptible. El hambre en la ciudad era tal que mis padres
me enviaron al campo, a casa de unos parientes, ya que probablemente temían que no
lo superara. Luego, con 17 años, vine a Estados Unidos como estudiante de
intercambio, y estuve un año. Con 24 años regresé y me quedé aquí».
Interrumpo el relato, elijo a una representante para su madre y la ubico frente a la
paciente. Necesita tiempo para encarar la mirada de su madre y cuando lentamente
puede permitir que se establezca la conexión, repito la pregunta: «¿Quién nutre?».
La paciente ya no puede retener las lágrimas y con gran dolor se vuelve hacia su
madre. Ambas se abrazan estrechamente durante un largo rato.
Al poco tiempo le propongo la frase: «¡Querida mamá, gracias! Gracias por todo lo
que me has dado. De ti tengo la vida. ¡Gracias!».
El acercamiento hacia su madre se había logrado, pero la representante de la madre
aún no tenía firmeza y miraba al suelo una y otra vez a un punto detrás y a la derecha
de ella. Siguiendo su mirada, pido a tres participantes que se ubiquen en el punto al
que la representante de la madre mira cada tanto, en representación de personas que
no sobrevivieron el período de hambruna en Londres.
Al ver a esos representantes, la paciente comienza a respirar con dificultad. Se
apoya aún más en su madre y finalmente le propongo que les diga a los representantes

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de los muertos: «Os llevo en mi memoria, en reconocimiento a vosotros acepto lo que
me es regalado».
De una manera sorprendente, con estas palabras la palidez desaparece del rostro de
la paciente, que adquiere color. Vuelvo a repetir una vez más la pregunta del
comienzo: «¿Quién nutre la sangre?». Ahora la paciente asiente con conocimiento, me
mira agradecida y dice: «Mi madre. ¡Y realmente siento el trabajo en mis huesos!».

Un año después de ese trabajo me reencuentro con la paciente en un grupo de


perfeccionamiento. Quiere profundizar sus experiencias con el trabajo de constelaciones.
Durante una pausa me comunica el efecto positivo de ese breve trabajo realizado un año
atrás. Gustosamente cumple con mi solicitud de comentar sus experiencias por escrito.

El motivo para inscribirme como paciente para un trabajo de constelación familiar fue
mi preocupación con respecto a la reducida cantidad de glóbulos rojos que tenía. Los
médicos hablaban de un posible indicador de una leucemia más adelante. Antes tenía
trastornos alimenticios. Primero fui anoréxica, luego tuve bulimia. Mi madre estaba
embarazada de mí cuando al final de la guerra las bombas cayeron sobre Londres, y
yo nací poco antes de que finalizara. Dieciocho meses después nació mi hermano y
casi muere por alimentación deficiente. A mí me enviaron al campo, a casa de unos
parientes, porque allí había más para comer. En esa época tuve una mala estancia en
el hospital, después de haberme desmayado sin causa aparente.
Lo que recuerdo de la constelación es que una representante de mi madre fue
ubicada frente a mí. Más adelante se agregaron representantes para las personas que
durante la guerra sufrieron hambre.
Las impresiones del trabajo terapéutico en el marco del grupo de constelaciones
que tuvieron una influencia duradera son:

1. La primera frase, que con mucha sencillez estableció la conexión entre sangre,
alimentación (nutrición) y la madre. Esa frase trajo a un primer plano mi tema
básico con mi madre.
2. Sentada delante de mi madre podía sentir claramente la resistencia en mi cuerpo y
a la vez percibía mi necesidad de estar para ella.

183
3. Al pronunciar la frase «De ti tengo la vida. ¡Gracias!», pude percibir cómo la
resistencia disminuía y cómo toda yo me enternecía.
4. El abrazo y ser sostenida.
5. La frase a las personas que durante la guerra sufrieron hambre: «Llevo vuestro
sufrimiento en mi memoria». Con esa frase pude aceptar que mis trastornos
alimenticios del pasado me pertenecían. Y tuve la sensación de «sintonizarme»
con el peso de la guerra bajo el cual tres generaciones de mi familia sufrieron
tanto. Pude reconocer una conexión entre mis continuos problemas de
alimentación y mi destino y el destino de mis antepasados.

Desde la constelación hubo cambios drásticos en mi vida. Primero los físicos: la


cantidad de mis glóbulos rojos ahora se encuentra dentro del rango normal. También
mejoró mi densidad ósea y el diagnóstico fue reducido de «osteoporosis» a
«osteopenia». También comencé a comer sin restricciones. Aumenté de peso y
muchas personas dicen ahora que me ven muy bien. Me siento fuerte y llena de
energía. También se profundizó mi relación con mi madre y se volvió más íntima, con
más cercanía por ambas partes. Sé que tengo un lugar en su corazón y ella en el mío.
Siento amor y respeto por ella. La relación con mis hijas (ahora al final de la veintena)
se volvió más cordial. Siento más conexión con ellas y al mismo tiempo puedo
manejar mejor la distancia. También la relación con mi marido se profundizó, y mi
consultorio psicoterapéutico comenzó a crecer, lo que yo veo como una señal de una
creciente vivacidad.
En los últimos tres meses mi madre pasó por una serie de resfriados. Eso la debilitó
mucho. Durante una de nuestras conversaciones me confió que nota cómo su energía
está mermando, y percibo que se está preparando para la muerte. En agosto cumple 91
años. Durante estos tres meses yo también estuve muy mal. Primero, una
gastroenterocolitis y, luego, un fuerte resfriado del que me repuse con mucha
dificultad. Una noche desperté con calambres muy dolorosos en la pierna, igual que
mi madre, que se despierta de noche con calambres porque las arterias y venas se le
van estrechando. Desde ese momento volví a pasar a la alimentación insalubre
(demasiado azúcar), a pesar de que los médicos dicen que con el avance de la edad
corro un mayor riesgo de enfermar de diabetes, dado que ya durante los embarazos
lidiaba con valores de azúcar altos. Sentí nuevamente el deseo de acercarme más a mi

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madre antes de que muera ya que resurgía enojo acerca de temas que sucedieron en
mi pubertad.
Durante este grupo de constelaciones, en el cual participé como observadora, tomé
conciencia de la coincidencia en el tiempo entre la aparición de mis enfermedades y la
preocupación por que mi madre muriera. Me di cuenta de que mi deseo de una
conexión más estrecha con mi madre y el resurgimiento del resentimiento de la
pubertad constituían una regresión a mi anhelo de la infancia. Otra vez pretendía
recibir más de mi madre de lo que ella podía darme. Las frases de la constelación de
otro paciente que me brindaron consuelo fueron: «Querida mamá, tú eres la correcta
para mí. Lo que tú me has dado es suficiente, y el resto ahora lo hago yo». Ahora veo
hasta qué punto la guerra mató y cuánta fuerza y cuánto coraje fueron necesarios para
seguir con vida en medio de toda la muerte que la rodeaba.
La constelación de hace un año me ayudó a dar el «sí» a mi madre y a agradecerle
que me haya dado la vida. Este fin de semana, durante el cual solo fui observadora
silenciosa, me ayudó a aceptarla realmente tal como es y a interiorizar que aquello
que me dio es suficiente.
Durante la última visita a mi madre le dije que para mí ella es la mejor. Eso la
conmovió mucho y después yo me sentí liberada.
Estoy profundamente agradecida. La constelación de hace un año y la participación
en este grupo han modificado mi vida de una manera sanadora en muchos aspectos.
Cordialmente,
K.

El pasado judío: «¡Os pertenezco!»


(Paciente con diabetes tipo 2)
En un grupo de formación, un médico me presenta a un hombre de unos 55 años de
edad. A los 25 años desarrolló diabetes, un año después de la muerte de su padre, que
había fallecido por las «consecuencias posteriores a la guerra».
El aspecto saludable de este paciente da la impresión de que se cuida bien. A la
pregunta acerca de su forma de vida, contesta: «En vista de la enfermedad, muy
consciente».
De modo que lo invito a configurar a representantes para su padre, para su madre y
para él.

185
En la constelación, el padre y la madre miran en direcciones diferentes. No se
sienten conectados y no demuestran interés mutuo. El representante del paciente está
ubicado entre ellos y se siente perdido. Dado que no se nota movimiento en esa
imagen configurada del paciente, le propongo que agregue un representante para su
enfermedad.
La reacción más evidente es la del padre frente a este nuevo representante. Eso
indica una posible conexión de la enfermedad del paciente con los acontecimientos en
la familia del padre. Esa familia es judía, y el padre es el único miembro que
sobrevivió a Auschwitz.
Pido a participantes que se ofrezcan como representantes de los familiares del padre
fallecidos en Auschwitz, que serían sus padres así como la abuela paterna, y los llevo
a la constelación. El representante del padre no puede soportar ver a sus padres
asesinados y se vuelve hacia el otro lado, consternado.
En ese momento le pido al paciente que ocupe su lugar en la constelación.
Cautelosamente mira hacia los antepasados asesinados. Siguiendo su propio impulso,
hace una gran reverencia ante ellos, hasta el suelo, como tal vez había visto ya en
otras constelaciones, y finalmente se tiende en el suelo boca abajo, su rostro hacia el
suelo, los brazos extendidos hacia delante con las palmas hacia arriba. En esa posición
permanece un rato, llorando. Cuando vuelve a levantar la vista le mando decir: «Yo
soy vuestro hijo. Yo también soy uno de vosotros. Yo ahora la tomo [la vida], también
a este precio». (Lo que aquí se buscaba significar es el reconocimiento de su origen
judío aprobando asimismo el destino de su pueblo. Cuando en la entrevista hablaba de
sus raíces judías, se me había manifestado claramente que ese asentimiento constituía
para él un gran desafío.)
Permanece tendido otro rato, luego se pone de pie, abraza primero a su abuela,
luego a su abuelo y finalmente también a la bisabuela.

Para muchos descendientes de supervivientes es difícil aceptar su vida en la totalidad y


se limitan porque, por una lealtad inconsciente hacia las víctimas, se sienten culpables
cuando a ellos les va bien.

Un año después de la constelación vuelvo a encontrarme con este hombre. Me cuenta


que su contenido de azúcar en sangre fue mejorando continuamente desde la

186
constelación. Después de más o menos medio año, su médico pudo cambiarle las
inyecciones de insulina por comprimidos que desde entonces también fue reduciendo,
de manera que en esos momentos había logrado una dosis mínima.

Una y otra vez a través de las constelaciones se pone de manifiesto que los enfermos de
diabetes no pueden o no tienen el permiso para aceptar a sus padres. También en este
ejemplo la aceptación de los padres estuvo interrumpida durante varias generaciones.
Muchos de los pacientes que enfermaron de diabetes tipo 2 pudieron manejarse mejor y
también atenuar el cuadro de la enfermedad mediante constelaciones.
En el trabajo de constelaciones con pacientes de ascendencia judía, el reconocimiento
de su pertenencia al judaísmo como comunidad de destino salió a la luz repetidas veces
como un tema importante, incluso cuando los pacientes no viven el origen judío como
asunto importante. En vista de los muchos muertos, el profundo asentimiento y la
identificación con la identidad judía provocan miedo y pueden llevar a un alejamiento y
exclusión inconscientes.
Recuerdo haber visto esto en el trabajo de constelación de una familia cuyo hijo, de 8
años, había enfermado de una inflamación de meninge como consecuencia de una
infección de sarampión. Hasta qué punto ese aspecto era relevante para aliviar los
síntomas queda poco claro y es insignificante.
Sea lo que fuere que ayudó, lo emocionante es el informe del padre cuatro años
después de la constelación:

Querido Stephan:
Como recordarás, mi mujer y yo participamos, en la primavera de 2004, junto con
nuestro hijo, que entonces tenía 8 años, en uno de tus grupos de constelaciones.
Estábamos extremadamente desesperados porque todos los médicos a los cuales
habíamos acudido no podían ya darnos esperanza alguna. La panencefalitis
esclerosante subaguda (PEES) le fue diagnosticada en Pascua en el Hospital Santa
Anna de Viena y fue confirmada por otras clínicas. En ese entonces, Sami comenzó
con movimientos convulsivos periódicos y su personalidad comenzó a alterarse de
manera extraña.
Cuando estuvimos en tu grupo, Sami apenas podía mantenerse en pie y pocas
semanas después se encontraba atado a una silla de ruedas. Afortunadamente, el

187
avance terrible de la enfermedad tuvo un giro positivo.
Sami ahora cumplirá 12 años. Ya puede esquiar, ir en bicicleta, asiste al curso que
le corresponde por su edad y todos los días va al colegio en metro. Si alguien no sabe
cómo era antes, no puede creer lo que sucedió. Sami recibe, como hasta ahora, una
medicación antiviral cada seis horas (Isoprinosine y Delimmun), que prácticamente
no manifiesta efectos secundarios.
Sea lo que sea, no sabemos qué produjo el cambio. Si se tiene en cuenta el
pronóstico de PEES según la literatura médica, solo se puede hablar de un milagro. Y
cada día oramos para que siga tal como está.
Saludos cordiales,
G.

2.5.2. Culpa y expiación por conductas propias

Todo trabajo terapéutico está orientado a la reconciliación y la integración de contenidos


y de personas excluidos. Por miedo a perder la pertenencia, tendemos a rechazar o a
excluir mucho en nosotros, a pesar de saber que en las profundidades del alma nos
pertenece, como, por ejemplo, una culpa de la cual somos responsables, como de
accidentes de tráfico o también de comportamientos desconsiderados y negligentes.
En el ejemplo que sigue no es relevante la conexión entre la culpa y la aparición de la
enfermedad.

El hijo muerto
(Paciente con esclerodermia)
Una paciente de unos 55 años, atractiva y vestida de manera juvenil, participa en un
grupo de constelaciones.
En la ronda inicial la paciente enfatiza que había acudido por insistencia de su
amiga, también presente. La amiga se trata conmigo con homeopatía y ya había
participado en un grupo de constelaciones. Los métodos de curación alternativos son
nuevos para ella y hasta ahora tampoco tiene experiencia alguna con la psicoterapia.
Por su evidente vacilación, le propongo que observe algunas constelaciones de otros
participantes y que me haga saber si luego siente el deseo de trabajar un tema. La

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paciente vuelve a subrayar que solo se había inscrito porque su amiga se lo había
aconsejado y también había estado dispuesta a acompañarla.
A la mañana del tercer día del curso pide hacer un trabajo terapéutico e informa que
desde hace unos 15 años sufre de esclerodermia, una enfermedad autoinmune de los
vasos y el tejido conjuntivo que lleva a un creciente endurecimiento de los tejidos y a
una consecuente inmovilidad, en especial de las manos. Si en el transcurso de la
enfermedad llega a quedar afectado el tejido conjuntivo de los órganos internos, la
fuerte restricción de su funcionalidad puede llevar a la muerte.
Considero que la aclaración de la consulta y la determinación resultante de la
posibilidad de constelar y, en caso afirmativo, de quién o qué será constelado,
constituye la primera condición previa decisiva para lograr un proceso terapéutico
intenso. Desde mi punto de vista, el método de la constelación sistémica contiene la
problemática de que fundamentalmente todo puede ser configurado y de que en la
constelación también se muestran una y otra vez conexiones nuevas y conmovedoras.
La pregunta clave es si aquello que se muestra en la constelación también le sirve al
paciente con relación a su consulta.
Trato de acceder a todas esas preguntas a través del contacto no verbal con el
paciente. Me sintonizo con el paciente tal como lo hace un representante. Me
sintonizo con la enfermedad o la sintomatología y los padres del paciente y también
me formo una imagen del posible desenlace del trabajo.
Lo curioso en la situación actual con esta paciente es una presión llamativamente
desagradable en la zona del estómago que percibo de repente durante ese proceso de
sintonización. En un comienzo no veo que esta sensación esté relacionada con la
paciente. Sin embargo, dado que la presión aumenta y se transforma en un malestar
desconocido para mí hasta ese momento, me decido a revisar la relación que tengo
con la paciente. Para ello le pido a la paciente que configure a representantes para mí
y para ella. Al comienzo la paciente se muestra poco cooperativa y subraya que en
realidad quiere configurar a su familia de origen. La tranquilizo asegurándole que con
mucho gusto podremos hacerlo a continuación, pero que para empezar para mí es
importante configurarnos primero a nosotros dos para asegurarnos de estar en una
posición desde la cual yo pueda hacer lo mejor para ella.
Elige a los representantes y los lleva al centro del círculo. Cuando le pido que lo
haga centrada y con precisión, configura primero a su representante y luego a mi

189
representante a cierta distancia a la derecha.

Pac = paciente
Te = terapeuta

Mi representante fija su vista en el suelo a los pies de la mujer, empalidece cada vez
más y se toca el estómago. Se queja de presión en la cabeza y de un severo malestar.
La representante de la paciente no se muestra impresionada de la fuerte
sintomatología del representante del terapeuta y mira con desinterés y casi divertida
por la ventana.
Evidentemente, el terapeuta está en contacto con un muerto excluido por la
paciente o por su familia. Siguiendo esa suposición, le pido a otro participante que se
tumbe en el suelo delante de la representante de la paciente. Mi representante respira
hondo, visiblemente aliviada, y pide poder retroceder algunos pasos. Estoy de acuerdo
y cuanto más se aleja él de la paciente, tanto mejor se siente. Ahora la representante
de la paciente se gira por completo y permanece incólume.
Me dirijo a la paciente y le pregunto si puede decir algo con relación a estas
reacciones de los representantes. Opina que no comprende el sentido de la
constelación y que tampoco tiene explicación alguna. Le doy a entender que tal vez
haya un muerto en su familia que no se ve y que por las fuertes reacciones de mi
representante podría deducirse que posiblemente incluso se tratase de un asesinato.
La paciente solo menea la cabeza e interrumpimos el trabajo en ese momento.
Aproximadamente cuatro semanas después de ese grupo de constelaciones, la
amiga de esa paciente cuenta, durante el tratamiento homeopático de la consulta

190
individual, que tras el fin de semana de constelaciones la paciente no pudo estar
tranquila hasta que al final le confió que la hija que había perdido posiblemente no
había fallecido por muerte natural. La niña había sido un bebé que lloraba todo el
tiempo y jamás había dormido sin el contacto físico de la madre. Una mañana, al
acostarla, no había aguantado más el continuo griterío de la pequeña cada vez que ella
se alejaba y había arropado a la pequeña entre almohadones. De esa forma la niña se
tranquilizó y ella pensó que se había dormido. Cuando después de un rato se acercó
para mirar, uno de los cojines se había desplazado completamente por encima del
rostro de la niña y la hija estaba inconsciente. Avisó de inmediato al médico de
urgencias, pero la asistencia llegó tarde. Los médicos diagnosticaron una muerte
súbita y ella jamás tuvo el valor de contar lo que había ocurrido antes.

LA CONSTELACIÓN: PACIENTE Y TERAPEUTA


Cuanto más tiempo trabajo con constelaciones sistémicas tanto más respeto, durante el
proceso terapéutico, la forma en que me siento yo y la relación terapéutica. Mientras que
antes me concentraba más en los pacientes y en sus contenidos, hoy día me centro
mucho más en los patrones de la relación terapéutica. Al inicio del trabajo me ocupo de
sopesar cómo se sentirá el paciente después del trabajo y, sobre todo, me hago la
pregunta: «¿Cómo estaré yo después de este trabajo terapéutico? ¿Cuánta fuerza me
costará, y con cuánta fuerza y atención estará dispuesto a contribuir el paciente?». De
este proceso a veces percibo y saco la conclusión de que un trabajo terapéutico no está
indicado o no ayudaría en ese momento. Sin embargo, en lugar de invitar al paciente a
que regrese a su lugar sin comprender nada y posiblemente frustrado, a menudo le pido
que configure a un representante para él y uno para mí. Eso manifiesta la forma en que el
paciente se ve en su relación conmigo, saca a la luz posibles transferencias y
contratransferencias y aclara la actitud y la disposición del paciente con referencia a la
solución y mis posibilidades como terapeuta.
En una constelación así un paciente con cáncer de próstata me daba el lugar de su
padre, que había fallecido de cáncer de próstata aproximadamente a la misma edad que
tenía él. Mi representante se sentía muy mal en la constelación. Cuando se recuperó le
pedí al paciente que configurara a un representante para su padre. La atención del
representante del paciente se dirigió inmediatamente hacia su padre y mi representante
pudo retirarse aliviado. De esa manera fue posible solucionar la transferencia y orientar

191
el foco del paciente hacia la solución. (Este caso fue publicado en DVD, véase Hausner,
2005.)

2.5.3. Enfermedad y culpa y expiación adoptadas

La culpa no reconocida y negada tiene en ocasiones efectos transgeneracionales, y


muchas enfermedades y síntomas de los descendientes están relacionados con la
negación de los destinos de víctimas o también con la culpa de los perpetradores. De
acuerdo con la exclusión por parte de la familia, en las generaciones posteriores surgen
identificaciones con las víctimas excluidas o con los perpetradores. Hijos y nietos
recuerdan, a través de sus dolencias, los sufrimientos de las víctimas o asumen, en
representación, la culpa de los perpetradores y la expían por ellos.

2.5.4. Enfermedad y la identificación con víctimas

Los judíos deportados: «El que sube aquí, no sale vivo»


(Paciente con claustrofobia)
En el marco de un grupo de constelaciones una mujer comenta el miedo a volar que
sufre desde siempre. Ya en dos ocasiones intentó visitar a su hija en Estados Unidos,
pero no le fue posible subirse al avión. En ambas ocasiones reaccionó, antes de
embarcar, con un ritmo cardíaco muy acelerado, casi colapsa, y la sensación certera
de que, en caso de subirse, no saldría del avión con vida. Animada por las
descripciones de una amiga con relación a las experiencias vividas en un grupo de
constelaciones, a la mujer le surge una sensación que, finalmente, se corroborará en su
propia constelación.
Al principio de la guerra, su padre, profesor en Viena, había sido trasladado de un
suburbio marginal de la ciudad a una escuela del centro. En el marco de ese cambio
laboral y a través de subvenciones, adquirió una gran vivienda en la ciudad que aún
hoy forma parte del patrimonio familiar.
En la constelación de la familia de origen de la paciente se muestra una conexión
de la sintomatología de la paciente con aquella familia judía a la cual había
pertenecido y que habitaba la vivienda antes de la deportación. La sensación adoptada

192
de la paciente: «El que sube aquí, ya no sale vivo» de repente adquiere su verdadero
significado en ese contexto ampliado.
El representante de la sintomatología se siente innecesario en aquel momento en
que la paciente, siguiendo la propuesta del terapeuta, hace una reverencia hasta el
suelo ante los representantes de la familia judía deportada, reconociendo su destino.

En esa constelación yo participaba como representante de un familiar judío. Recuerdo


vívidamente lo soberbia que me parecía la sintomatología de la paciente y cómo un
verdadero enojo al respecto se transformó en benevolencia cuando ella realizó la
reverencia ante mí y mi familia.

A menudo los perpetradores no pueden encarar lo acontecido. En la constelación esto se


demuestra cuando sus representantes muchas veces evitan empedernidamente incluir a la
víctima en la mirada. Solo el amor de sus familiares permite que al final se enternezcan,
que asientan a su culpa, que vuelvan a ver lo humano en ellos mismos y en los otros y
que se entreguen a los procesos de reconciliación.
Los familiares deben resistir los enjuiciamientos, deben tomar en sus corazones tanto
a las víctimas como a los perpetradores y reconocerlos como equivalentes. De ese
proceso trata el siguiente caso, que ofrecemos como ejemplo.

El padre en la guerra de guerrillas: «¡Lo que haya sido, siempre serás mi


padre!»
(Paciente con ataques de pánico)
Una mujer sufre de ataques de pánico que la acompañan desde su juventud. Es la
mayor de cuatro hermanos. Después de una breve aclaración de su situación familiar,
le pido que elija a representantes para ella y para su sintomatología y los configure.
Para la sintomatología elige a un hombre.
El representante de la sintomatología se siente fuerte y poderoso y está orientado
totalmente hacia la representante de la paciente.
Esta le teme e, impotente, busca un lugar en el que esconderse. Cuando ya no sabe
dónde meterse, se coloca en cuclillas y esconde su rostro entre las manos. El
representante de la sintomatología se le acerca dando pequeños pasos. Ella le da la
espalda y se aleja para mantener la distancia. Este movimiento se repite varias veces.

193
La representante de la paciente intenta esconderse ante la mirada de él, pero él la
sigue, impertérrito.
En ese momento pido a la paciente que agregue representantes para sus padres.
Cuando es configurado un representante para el padre, la situación cambia. El
representante de la sintomatología pierde influencia e importancia y tiende a retirarse.
Busca un lugar desde el cual pueda observar los acontecimientos atentamente. El
miedo de la representante de la paciente sigue sin cambios, pero ahora está dirigido
hacia su padre.
A la pregunta acerca de acontecimientos importantes en su familia de origen o en la
familia de su padre, la paciente responde que su padre había estado en Italia como
soldado joven al final de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, ella no disponía
de más información, dado que su padre no hablaba de esa época. Una sola vez, en
conversaciones con amigos de la familia que habían pasado sus vacaciones en la
Toscana, el padre había dicho que él no podía viajar a allí porque había vivido
demasiadas cosas terribles en ese lugar. Así pues, ese período de su padre en Italia
constituía más bien un tabú en su familia.
Dado que en el marco de la guerra de guerrillas en Italia hubo muchas represalias
de los nacionalsocialistas frente a la población civil, elijo a cinco participantes como
representantes y con ellos hago un grupo de hombres, mujeres y niños sin manifestar
a quienes representan esas personas. De inmediato el representante del padre se
vuelve hacia el otro lado. Eso alivia visiblemente a la representante de la paciente.
Puede respirar, vuelve a incorporarse, da unos pasos hacia atrás y puede retirarse un
poco de lo que está ocurriendo. Los representantes de la población civil italiana están
muy juntos, ahora el miedo lo sienten ellos. Dos de los representantes, ubicados en la
primera fila, se encuentran cada vez peor. Tienen los rostros pálidos y parece como si
la vida estuviera abandonándolos. Lentamente caen de rodillas y adoptan una posición
similar a la que la hija había tenido anteriormente. El representante del padre se
vuelve hacia ellos con cuidado y mira impávido a la escultura que los cinco
representantes forman ante sus ojos.
La paciente observa la constelación con mucha atención y al final pide una
explicación. Le describo brevemente la situación de la guerra de guerrillas italiana y
también aclaro a quiénes representan las cinco personas de la constelación. Además,
le explico y también le comunico mi suposición de que el trasfondo de sus ataques de

194
pánico podría ser una identificación con las víctimas de su padre o de su tropa en la
guerra. Durante un largo rato me mira a los ojos, dudando. ¿Qué consecuencias puede
tener esa declaración en la relación con su padre? El conflicto es claramente
perceptible.
Un rato después rompo el silencio y le digo: «Mira a tu padre y dile: “Querido
papá, siempre lo has sido, y lo respeto. Y lo has sido siempre, tú siempre serás mi
padre”». Estas frases hacen que desaparezca la rigidez del padre y de cara a las
víctimas italianas comienza a llorar. Mira alternativamente a ellos y a su hija. Su
desesperación es evidente.
Hasta ese momento, el representante de la sintomatología lo ha observado todo
atentamente. Ahora se retira a su asiento. Yo sigo con mi atención dirigida hacia la
paciente y a la relación con su padre. Con las frases: «Querido papá, lo que he llevado
por ti lo he llevado con amor, pero ahora se acabó. Ahora respeto lo que tú soportas y
ahora lo dejo contigo» concluyo el trabajo.
Durante los primeros días después de la constelación la paciente se siente bastante
bien hasta que el fin de semana siguiente tiene un encuentro con su padre. De
inmediato nota que la relación tiene una calidad distinta. Eso la hace sentir insegura y
no sabe qué actitud adoptar frente a su padre. Para su gran asombro, el padre
comienza a hablar de la guerra. Pero con eso ella se siente completamente superada y
busca una excusa para dar por terminada la visita. Durante la noche siguiente vuelve a
tener un ataque de pánico. Durante los días y semanas siguientes intenta evitar el
contacto con su padre, pero después de algunos días debe reconocer que esa no es la
solución. Además, ahora los ataques de pánico se repiten con más frecuencia que
antes de la constelación. Asimismo, tiene la impresión de que el padre busca
especialmente el contacto con ella. Cuando ella está a solas con él, él comienza a
hablar de la guerra.
Ella se siente muy tensa con esa situación y aproximadamente cuatro semanas
después de la constelación me pide una consulta individual.
En el encuentro repasamos una vez más la constelación paso por paso. El padre de
la paciente no ha podido procesar las experiencias traumáticas de la guerra. A la hija
le vale aprobar el vínculo resultante del padre con los traumas, dejar lo difícil y la
culpa con él con amor y respeto y, no obstante, reconocerlo como padre.

195
La actitud sanadora para los hijos es respetar las vinculaciones irresueltas de los
padres. El respeto crea una mayor conexión entre los padres y sus hijos, y lo que los
separa como consecuencia de los traumas vividos es superado.
La paciente viene a tres citas más, cada cual con una frecuencia mensual, como
apoyo de su proceso de solución. Logra cada vez más establecer una distancia sana
con el padre, los ataques de pánico se van espaciando y ahora, ya que conoce y sabe el
trasfondo de pertenencia de la sintomatología, tiene menos miedo durante los ataques
de pánico y también ante ellos. El círculo vicioso está interrumpido y cada vez se las
arregla mejor con su sintomatología.

Reconocer la autoría de los padres y al mismo tiempo tomarlos como padres, amarlos y
respetarlos, requiere gran fuerza y fortaleza. Solo algunos hijos logran dar este complejo
paso. Así pues, las consecuencias de una culpa no reconocida a menudo se muestran en
la generación de los nietos.

El abuelo como supervisor en el campo de concentración


(Paciente con adicción a la heroína)
Un hombre de 20 años, adicto a la heroína, acude a mi consulta. Para la
desintoxicación se encuentra actualmente en un programa de sustitución por agonistas
y me pide un tratamiento homeopático concomitante con la esperanza de que le sirva
como apoyo. Yo conozco las constelaciones desde hace pocos meses y aún no trabajo
con ese enfoque. Sin embargo, después de participar en varios grupos de
constelaciones, han cambiado mi punto de vista sobre el paciente y la sintomatología,
pues estoy al tanto de posibles conexiones familiares. La imagen que presenta el
paciente, con el cabello rapado, un estado alimenticio llamativamente malo, ojeras y
el mismo polo a rayas azul y blanco y agujereado que viste también en el segundo
encuentro, me recuerda las imágenes de los ocupantes de los campos de
concentración. Al término de la sesión, le pregunto al paciente si me da permiso para
expresarle mi impresión. Asiente y yo le digo: «Cuando te miro, me recuerdas las
imágenes de las víctimas del Holocausto». Esta frase le cala hondo. Empalidece y
pide volver a sentarse. Un rato después dice: «En mi familia hay algo que no debe ser
mencionado. Mi abuelo era supervisor en el campo de concentración de Dachau».

196
Le digo: «Parece que estás identificado con las víctimas de Dachau y, de esa
manera, estás sacando a la luz ese secreto que guarda la familia». De pronto responde:
«Mi hermano mayor también lo hizo. Participaba apasionadamente en un grupo
klezmer, lo que disgustaba mucho a nuestro padre, ya que no toleraba escuchar la
música judía. ¡Mi hermano también era adicto a la heroína y murió hace dos años de
sobredosis!». Al hablar de su hermano, el brillo en sus ojos no puede pasar
desapercibido.
El siguiente encuentro es cancelado por su novia. Por iniciativa propia pidió ser
ingresado en una clínica e inesperadamente encontró un lugar en el programa de
desintoxicación. Manda decirme que la relación con las víctimas del abuelo lo
acompaña y, a pesar de que también lo asusta y angustia, siente en eso una fuerza para
poder manejar su vida. Y que después de la recuperación me llamaría. Sin embargo,
no supe más de él. No obstante, el recuerdo del brillo en sus ojos mientras hablaba de
su hermano fallecido me acompaña hasta hoy.

2.5.5. Enfermedad y la identificación con perpetradores

El abuelo en las SS: «¡Él lo lleva en tu lugar!»


(Hijo con tumor cerebral)
En un grupo de constelaciones para enfermos llama la atención una paciente que sigue
todos los trabajos de los demás participantes con mucha atención, pero que rechaza
consecuentemente toda solicitud de los demás participantes de ponerse a disposición
como representante. El último día, poco antes de finalizar el curso, pide realizar su
propio trabajo.
Al preguntarle por su consulta, responde: «Vine por mi hijo de 19 años. Tiene un
tumor cerebral del tamaño de una ciruela en el puente, la conexión de los dos
hemisferios cerebrales, que no puede ser operado». A mi pregunta acerca de la
opinión de los médicos, contesta: «Si el tumor sigue creciendo como hasta ahora,
tiene pocas semanas o meses de vida».
Sintonizándome con el hijo siento una profunda conexión con la paciente como «mi
madre». Reina una cercanía casi siniestra en la cual percibo cómo al hijo le falta
espacio para respirar y para vivir. Lo siento claramente: el hijo lleva algo en lugar de
su madre.

197
Después de esa sensación interviene de inmediato mi mente, que me dice: «¿A
quién le sirve que yo se lo diga a la madre? ¿Cómo sería su vida futura si el hijo
muriera y yo le hubiera dicho esa frase?». Tropiezo con mi propio pensamiento y me
asusto ante mí mismo, ya que repentinamente tomo conciencia que de esa forma ya he
desahuciado al hijo.
En los ojos de la madre reconozco su serenidad y también la disposición de hacer
todo lo posible por su hijo. Eso me da fuerzas para decir: «Creo que –no tengo nada
en contra si no es así– que él lo lleva en tu lugar». Para mi asombro, la mujer asiente
con la cabeza, mira en silencio hacia el suelo durante un tiempo, vuelve a mirarme a
los ojos y responde conmovida, pero con voz serena: «Ya lo sé. ¡Hace dos días que lo
sé!».
Siguen minutos de silencio emotivo y cuando siento que ella sabe lo más
importante y que también puede tratarlo, le pregunto: «¿Puedo dejarlo ahí?». Ella
contesta: «¡Sí!».
Le deseo: «¡Todo lo mejor!». Ella asiente y vuelve a su lugar.
Aproximadamente tres meses después de ese seminario, recibo una llamada
telefónica. Quiere participar otra vez en un grupo. Dado que recuerdo su nombre,
pregunto por su consulta. Dice: «¡Quiero configurar mi familia de origen!». Le
pregunto por su hijo. Ella no contaba con que yo recordara su situación y para mi
asombro dice: «En estos momentos está asombrosamente bien. Le siguen dando
cortisona como hasta ahora, el tumor apenas ha crecido y actualmente todos, incluso
los médicos, están satisfechos teniendo en cuenta la situación».
En el grupo comenzamos el trabajo con una constelación de su familia actual. Allí
se muestra que el hijo, enfermo de cáncer, está en el lugar del padre de la paciente y
que se decanta hacia el sacrificio en su lugar. El padre era oficial de las SS y participó
en el asesinato de judíos polacos.

Las constelaciones de descendientes de víctimas y delincuentes muestran claramente que


entre el perpetrador y su víctima se forma una conexión de destinos que supera todas las
demás vinculaciones familiares en intensidad y fuerza. A la dignidad del perpetrador
pertenece, además del respeto ante su culpa, también el reconocimiento de este vínculo
con la víctima.

198
Para la paciente eso significa que debe soltar al padre. Se le exige que abarque
también a las víctimas del padre cuando a partir de ahora mire a su padre. De esa forma
en el alma puede ponerse en marcha un proceso que, por parte de la madre, suelte al hijo
de la identificación con el padre de ella.
Lamentablemente no estoy informado acerca del transcurso posterior de la
enfermedad del hijo.

La reverencia ante la víctima


(Paciente con depresiones y visiones de violencia)

En el informe personal que sigue un paciente de 43 años describe el proceso que a él lo


liberó de una identificación con el perpetrador. El trabajo tuvo lugar en el marco de un
grupo de constelaciones que duró tres días.

Desde que yo recuerdo, mi vida estaba marcada por depresiones, alimentadas por
sensaciones de culpa, baja autoestima y dudas sobre mí mismo. También me
acompañaban recurrentes imágenes de escenarios violentos que pasaban delante de
mis ojos como recortes de una película. Dado que la violencia en general se dirigía
hacia mujeres y niños, no me sentía libre para buscar una pareja o formar una familia.
A través de una amiga me enteré de las constelaciones familiares. Eso despertó mi
interés, y, con una llamada telefónica, quise aclarar si esa forma de terapia podría ser
adecuada para mí. Sin que yo mencionara mis motivos, la conversación se dirigió a mi
consulta. El terapeuta opinaba que sería un buen trabajo preliminar de mi parte llegar
a formular con claridad y antes del trabajo grupal qué es lo que quería lograr y
mediante qué cambios en mi vida podría reconocer que el esfuerzo había valido la
pena.
Comencé entonces a reflexionar acerca de mi consulta. Orgulloso por haber podido
expresar mi necesidad en palabras, me inscribí en la constelación. Fui al grupo sin
conocimientos previos. Para mí todo era nuevo y, sin embargo, vivía las
constelaciones que se iban realizando como claras y apropiadas. Decidí esperar hasta
la noche del segundo día para elaborar mi propia constelación.
Cuando me tocó el turno me puse muy nervioso. El terapeuta me preguntó por mi
consulta y yo dije: «No quiero ser una mala persona». Sentir y formular esa frase me

199
llevó meses. Estaba en estado de shock cuando tuve que escuchar: «Eso es una
necesidad generalizada y no es una consulta personal». Que él solo trabajaba con
cuestiones personales concretas. Yo estaba indignado y me enojé. Pero antes de que
yo pudiera expresar mi indignación, él siguió hablando en tono sereno: «Pero percibo
que te lo tomas en serio. ¡Y, sobre todo, percibo también tu padecimiento! De manera
que propongo que configures a tu familia de origen. Elige a representantes para tu
padre, tu madre y para ti». Estuve de acuerdo.
Rápidamente encontré a la representante de mi madre y al representante de mi
padre y también mi representante se encontraba en su lugar con celeridad. Era un
hombre alto y robusto. Pero cuando estuvo en la constelación, cayó de rodillas y le
faltaba el aire. Cuando la madre había prácticamente abandonado el círculo que
formaban las sillas, el pobre hombre, que se encontraba en el centro, pudo volver a
respirar. El «padre» se encontraba de pie al lado, sin intervenir. Yo observaba los
acontecimientos con sorpresa, pero la sensación que tenía me resultaba conocida. Sin
embargo, no me daba cuenta de las conexiones. Cuando ocupé la posición de mi
representante y mi cuerpo se defendía ante la presión habitual que sentía en presencia
de mis padres, comprendí la situación. El terapeuta siguió trabajando conmigo, pero
lo único que recuerdo es esa situación en la cual debía hacer una reverencia ante mi
padre. Mi espalda estaba rígida y prefería quebrarse antes que inclinarse.
Yo, un niño sin madre, mi padre indiferente. Sí, yo lo conocía y me hacía bien
verlo. Finalmente pude ordenar todos mis sentimientos y me sentí liberado de
autorreproches, simplemente porque es así.
Regresé a casa y dormí tranquilo con esa confirmación de un estado que nunca me
hubiera permitido expresar.
A la mañana siguiente me vestí de manera curiosa: pantalones de cuero negros,
botas para motocicleta negras, un polo de color rojo sangre y un jersey de lana negro
con un cuello muy alto. Conduje el coche con limitado interés hacia el grupo de
constelaciones; era el último día. Yo ya había constelado y solo faltaba pasar esas
últimas horas.
Una vez que llegué y tomé asiento, escuché con sorpresa, en la ronda matutina, el
interés que había suscitado mi trabajo del día anterior. Mi constelación había
conmovido a muchos de los demás participantes. Muchos estaban asombrados porque
yo había pasado una noche tranquila. Seguro, no era fácil, pero tampoco era nuevo

200
para mí. Mi sensación más bien era que fue tal como fue y ahora estaba aquí. Lo
superé.
Comenzaron las constelaciones y le tocó el turno a un hombre de unos 75 años.
Hacía el duelo por su hermana fallecida, que había caído en manos de los rusos
durante la huida. Repentinamente me entristecí, y sentí también un creciente impulso
de llorar. De nuevo, en mis pensamientos se cruzaban imágenes sangrientas de
escenas de la guerra. Sentí calor, cada vez más calor. Me saqué las botas. El hombre
mayor lloraba, y su dolor me obligó a llorar también. Sin embargo, me di cuenta de
que cada vez hacía más ruido y de que ya no podía controlarme. Conocía las imágenes
de las misas y de las meditaciones: mujeres torturadas y violadas, niños destripados,
hombres empalados, etcétera. Pero ¿por qué los veía aquí ahora? Tampoco podía
irme. Mis pies ya no me transportaban. Todo el recinto se sumergió en mis sollozos.
Algo me tiraba hacia el suelo. Entonces la voz sonora del terapeuta llegó a mis oídos.
Tan solo pude sentir que colocaba mis manos alrededor de los pies de alguien.
Cuando los sujeté, todas las imágenes conocidas de mujeres violadas y atormentadas
y hombres y niños asesinados recorrieron mi conciencia. Yo era un faraón bárbaro, un
hijo de un soberano griego, un hombre despiadado… Yo conocía esas imágenes. Las
había visto muchas veces. En parte también en lugares históricos, como una vez que
estuve en una pequeña capilla en Grecia en la cual se representaban torturas. Yo
conocía los acontecimientos. Yo estuve allí en aquel entonces.
Un rato después esa corriente de imágenes fue cesando, y tuve la sensación de
haber sido vaciado. El hombre cuyas piernas yo estrechaba perdió el equilibrio y cayó
al suelo. El terapeuta me incorporó, me sostuvo; yo escuchaba los latidos de su
corazón. Por primera vez en mi vida podía escuchar conscientemente los latidos de un
corazón.
Mientras regresaba a casa me sentía increíblemente aliviado. De repente se me
aclararon muchas cosas. Mi sensación básica, aquella que nunca me atrevía a sentir,
pero que, sin embargo, había sido determinante durante muchos años de mi vida: soy
un asesino, un violador…, había desaparecido, o, más bien, había sido reconocida.
Después de participar en el grupo de constelaciones hace cuatro años, esas imágenes
aparecieron tan solo una vez. Anteriormente esas imágenes eran un compañero
constante en mi vida.

201
Desde esa experiencia, el motivo de desconfianza ha desaparecido de mi vida, y
desde entonces me siento mucho más seguro que antes en mi profesión de asesor de
empresas y a mis clientes les resulta más fácil confiar en mí.
Muchas gracias y cordiales saludos,
M.

Lo esencial en el trabajo con constelaciones no es solo la constelación. Algunos


pacientes piden hacerla para cumplir con eso, pero en realidad después les queda mucho
por hacer, puesto que, lo mismo que sucede en el caso de diversos enfoques
psicoterapéuticos, el trabajo con constelaciones sistémicas sirve para analizar e integrar
aspectos del alma que fueron excluidos o disociados.
En este ejemplo puede quedar sin aclarar quién fue el perpetrador en la familia del
paciente y quiénes sus víctimas. Es llamativa la concordancia de las impresiones de
violencia del paciente con el destino imaginable de la hermana del otro participante del
grupo.
Como terapeuta yo fluía con el dolor y los impulsos de movimiento del paciente. Por
propio impulso cayó de rodillas y dio un fuerte grito. Dado que la posición de su cuerpo
correspondía a una reverencia hasta el suelo, ubiqué a un representante delante de él y le
coloqué sus manos en los pies de aquel. De esa manera, él había realizado la reverencia
liberadora siguiendo su propio impulso. Permaneció en esa posición hasta que volvió a
tranquilizarse.

Probablemente existen muy pocas familias alemanas que hayan quedado preservadas de
las consecuencias de la guerra y el período nazi, ya sea porque miembros de la familia
participaron directa o indirectamente en las maldades del régimen nazi, o porque fueron
víctimas de persecución y terror, o sufrieron hambre y necesidades por actos de guerra,
expulsión, prisión, etcétera, y tienen que procesar las pérdidas de diversas maneras. Las
consecuencias de esa época vuelven a manifestarse una y otra vez hoy día en las
generaciones de los nietos y bisnietos. No solamente muchas enfermedades del alma,
como depresiones o psicosis, deben verse relacionadas con ello, sino que también, muy
probablemente, la mayoría de los trastornos físicos. Dado que hoy día domina el modelo
clínico con relación a las enfermedades, y que las actuaciones de los médicos pocas
veces incluyen los factores contextuales del origen y la persistencia de enfermedades y

202
síntomas, estas interrelaciones también son consideradas y dilucidadas solo
ocasionalmente.

El amor liberador
(Paciente con esclerosis múltiple)
A veces la culpa y la expiación adoptadas pueden acabar cuando los descendientes
logran entrar en contacto, de cara a lo acontecido, tanto con las víctimas como
también con los perpetradores, con amor y respeto, pudiendo darles a ambos un lugar
en su corazón.

El informe de la experiencia de una paciente:

Siguiendo el consejo de mi naturópata, fui a verlo a usted para una constelación en


enero de 2004. La consulta era mi enfermedad: esclerosis múltiple.
En ese momento hacía siete años que me habían dado el diagnóstico. La
enfermedad se daba en episodios. Físicamente en esa época estaba relativamente bien,
pero mi alma clamaba ayuda.
El segundo día del seminario pedí trabajar. Hablé de mí y de mi familia de origen.
Comenzamos con el trabajo y elegí a representantes para mi madre, mi padre y para
mí. Mi representante se volvió para no ver a mi madre y continuamente miraba al
suelo.
En la conversación con usted mencioné que la madre de mi madre, o sea, mi
abuela, se había ahorcado. En ese momento no podía decir por qué, ya que jamás se
hablaba de eso, ni cuando yo preguntaba.
Usted me dijo entonces que eligiera a alguien para mi abuela y que se tumbara en el
suelo. Cuando mi abuela se agregó a la constelación, mi representante de repente se
sintió muy mal. Comenzó a llorar y solo miraba a la abuela. Lentamente se fue
acercando a ella y su postura se iba encorvando. Muy cerca de ella se detuvo y dijo:
«Quiero tumbarme junto a ella».
Usted estuvo de acuerdo y me miró, dado que yo estaba sentada a su lado. Cuando
mi representante estuvo tumbada junto a mi abuela en el suelo, mi madre se acercó y
también se arrodilló junto a ella. Al mismo tiempo, yo, en la silla, comencé a temblar

203
de tal manera que usted me abrazó y me sostuvo hasta que volví a tranquilizarme.
Luego usted explicó a los demás participantes el posible significado de esa imagen.
Debía de haber pasado algo grave en la familia de origen de mi madre. Puede ser
que fuera un crimen. Sin embargo, dado que yo no sabía más y tampoco estaba en
condiciones para seguir trabajando, interrumpió la constelación en ese momento.
Usted me aconsejó que tratara de averiguar algo de mi familia para luego, tal vez,
regresar.
Los días siguientes en casa fueron muy difíciles. No podía dormir ni comer ni
trabajar. No podía salir adelante con esa constelación.
Una semana después tenía visita con mi naturópata. Le conté el trabajo y cómo me
sentía. Comenzó una suerte de terapia de conversación conmigo. Finalmente me guio
hasta el punto en el que pude proseguir y me apoyó en las investigaciones de mi
familia de origen.
En abril de 2004 volví como paciente a verlo a usted. Debo reconocer que lo hice
con sentimientos encontrados. Por un lado estaba un poco contenta, pero por otro
sentía un gran miedo.
De nuevo pedí trabajar el segundo día, pero esta vez comenzamos de manera
completamente diferente. Usted aún recordaba lo que había ocurrido la primera vez y,
para mi asombro, no me preguntó si yo había averiguado algo. No, yo debía
configurar a un representante para usted y uno para mí. Luego usted preguntó a su
representante si usted podía hacer algo por mí. Él contestó: «No, eso tiene que hacerlo
ella sola». Debo decir que estaba algo ofendida y lo miré a usted desorientada. Así
permanecimos durante un rato hasta que usted me dijo: «Tal vez podamos hacer algo
más».
Se puso de pie y eligió a dos personas. A una de ellas la colocó en el lado izquierdo
y a la otra frente a la primera, en lado derecho. Sin otra explicación, volvió a tomar
asiento junto a mí.
Los dos representantes se miraron durante largo tiempo. Cuando, después de un
rato, comenzaron a acercarse lentamente, tuve la fuerte sensación de que debía
interponerme, en caso contrario mi corazón estallaría.
Usted me impidió ponerme de pie y mi corazón se tranquilizó de inmediato cuando
los dos representantes se dieron la mano y se miraron a los ojos profundamente.

204
De repente podía respirar hondo y usted explicó que había configurado a las dos
personas como un perpetrador y una víctima de mi familia. Ambos encuentran paz
cuando se reúnen con amor.
Sin decir nada, usted me siguió mirando un rato y finalmente consideró que, si yo
quería, usted podría hacer algo más por mí, pero solo si de verdad quería. Yo accedí y
usted les pidió a los dos representantes, a la víctima y al perpetrador, que se ubicaran
frente a mí, uno al lado del otro. Los dos se rodearon con los brazos.
A pesar de que me daba algo de miedo, debía mirarlos ininterrumpidamente.
Mientras lo hacía tenía una sensación muy paradójica: por un lado me daban pena y
quería tocarlos, pero por otro sentía mucho miedo y también rabia hacia ellos.
Cuando usted me propuso que me acercara a ellos y los tocara, al principio me
resultó imposible. Solo cuando me sugirió las palabras «¡Gracias!» y «¡Respeto y
honro aquello que fue y ahora lo dejo con vosotros!» me fue posible ponerme de pie.
Cuando estuve frente a ellos, usted tomó cuidadosamente primero mi mano derecha y
la colocó sobre el corazón de uno de los representantes y luego mi mano izquierda
sobre el corazón del otro. En el instante en que logré abrirles mi corazón, el miedo y
la rabia desaparecieron. Tan solo podía llorar y abrazarlos estrechamente.
Esa fue una sensación tan hermosa y de tanto alivio que jamás la olvidaré. Vivencié
lo que significan reconciliación y sintonía.
En realidad fueron pocas las palabras que me indicaron el camino. Yo solamente
dije: «¡Gracias!» y «¡Yo respeto y honro lo que fue y ahora lo dejo con vosotros!».
Estoy segura de que así me encuentro en el buen camino porque con ese trabajo no
solamente me ayudé a mí misma, sino también a mi hija mayor. Ella ahora también
sabe dónde está su lugar. Nuestra relación ha cambiado mucho para mejor.
Para mi gran alegría también puedo decir que desde ese trabajo en abril de 2004 ya
no tengo molestias relacionadas con la esclerosis múltiple.
Nuevamente, mi cordial agradecimiento.
Marzo de 2008.
W.

¿Enfermedad como protección?: «¡Entonces mato a mi mujer!»


(Paciente con esclerosis múltiple)

205
Años antes de conocer el trabajo con constelaciones familiares, en mi consultorio
homeopático tuve una experiencia con un paciente de unos 45 años que había
enfermado de esclerosis múltiple. Estaba prácticamente inválido desde la zona
cervical hacia abajo. A pesar del avanzado estado de la enfermedad, estaba
firmemente convencido de poder curarse, aunque de que también su respiración ya
estaba muy limitada por la parálisis de la musculatura torácica. Movido por su
voluntad extraordinariamente fuerte de curación, en el marco de la primera anamnesis
me preocupaba la pregunta de qué haría él si realmente llegaba a curarse.
Me causó un gran shock que me dijera con la misma convicción: «¡Entonces mato a
mi mujer!». Solamente recuerdo el alivio que sentí cuando se fue de mi consulta. La
pregunta acerca de una próxima cita no se había planteado.
También en las constelaciones de enfermos con esclerosis múltiple se muestra una
y otra vez la identificación del paciente con un perpetrador, ya que sus representantes
a veces expresan impulsos asesinos más o menos concretos.
La parálisis resultante de la enfermedad podría ser una protección a sucumbir a un
impulso violento.
Se manifiestan dinámicas similares en constelaciones con pacientes que sufren de
dolencias reumáticas graves y progresivas o relacionadas con comportamientos
obsesivos compulsivos o tics. Estos podrían entenderse como actitudes de transición
para ocultar el impulso verdadero y la culpa familiar de fondo. En las constelaciones
tiene un efecto de solución mostrar y reconocer la culpa o el crimen, incluso sin saber
con exactitud lo que ha ocurrido.

206
2.6. Enfermedad y el encubrimiento de acontecimientos sistémicos
relevantes

En todas las familias hay secretos y temas tabú. Algunos de ellos sirven para preservar y
proteger a algunos miembros o a toda la familia.
Sin embargo, cuando sucesos sistémicos importantes, como, por ejemplo, la
concepción de un hijo, una paternidad o una muerte violenta son negados, callados u
olvidados, la exclusión de personas que pertenecen lastima el orden en ese sistema. Ese
tipo de secretos salen a la luz aun cuando son muy ocultados. Serán expresados a través
de la conducta o de una sintomatología de los hijos de esa familia, y, si no es en esa
generación, será en una de las siguientes. No obstante, según la experiencia, esas señales
a menudo no son percibidas y comprendidas ni por la familia ni por los expertos
consultados. La aclaración de ese tipo de contextos y la resolución de las implicaciones
relacionadas muchas veces solo son posibles a través de ayuda externa. Aquí las
constelaciones sistémicas pueden aportar datos esenciales para el proceso de solución.

El hijo muerto de la abuela: «¿Quién te ha contado eso?»


(Paciente con displasia cervical)
Una paciente con sospecha fundamentada por revisión clínica (colposcopia) de células
alteradas carcinomatosas en el cuello uterino configura, siguiendo mi propuesta, a una
representante para ella y a otra para la enfermedad. La paciente ubica a la mujer
configurada para la enfermedad justo detrás de su propia representante. Las dos dan la
impresión de ser madre e hija. Cuando la representante de la enfermedad apoya sus
brazos, desde atrás, en los hombros de la representante de la paciente, esta se inclina
hacia atrás relajada y permite que la acunen. La paciente aprueba muy bien esa
imagen de ella misma y de su madre y está de acuerdo en que transformemos a la
representante de la enfermedad en una representante de su madre sin elegir a otra
participante para la madre.
A pesar de que ambas se sienten medianamente bien, dan la impresión de estar
perdidas y no tener fuerzas. Dado que en el caso de la sintomatología se trata de una
dolencia femenina, le sugiero que configure a una representante para la abuela, la
madre de la madre. La paciente la ubica a una pequeña distancia de las otras dos. La

207
atención de la representante de la madre se dirige directamente hacia ella. Sin
embargo, la abuela no hace caso de su hija y mira con ojos tristes al suelo delante de
ella. A la representante de la madre no le es posible acercarse a ella. La abuela se
anticipa a cada intento apartándose más.
Le pido a otra participante que, como representante, se tumbe en el suelo delante de
la abuela. De inmediato esta comienza a llorar y se dirige a la representante tumbada,
como si fuera un niño pequeño. A eso la representante de la madre dice: «¡Ahora está
bien!» y, contenta, se vuelve hacia su hija.
En otro grupo de constelaciones, medio año después, la paciente se me acercó en
una pausa y dijo: «¿Te acuerdas de mí?». Tuve que confesar: «No». «Hace
aproximadamente medio año hicimos una constelación con relación al tejido alterado
en el cuello del útero. Por el urgente peligro de cáncer los médicos me aconsejaban
una pronta operación.
»Cuando volví a casa después del grupo de constelaciones, le pregunté a mi madre
si tal vez su madre había perdido un hijo. La reacción sorprendida de mi madre fue:
“¿Quién te lo ha contado?”.»
Una nueva revisión clínica dos meses después de la constelación mostró que de las
modificaciones del tejido en el cuello de útero no se veía nada más. Aparte del trabajo
de la constelación, la paciente no había realizado terapia ni tratamiento alguno ni
tampoco efectuado otros cambios en su vida.

La donación de semen: «¡Es tu padre!»


(Hijo con estados de angustia y depresiones)
Una familia acude al consultorio con su hijo de 12 años. Los padres ponen énfasis en
el rendimiento superior al promedio que el niño tiene en la escuela, pero que desde
hace dos meses sufre de desequilibrios depresivos. Estos estados comenzaron
espontáneamente después de un colapso anímico en la escuela. Desde ese momento
ya no le es posible salir solo de la casa de los padres. Fuera de casa sufre estados de
angustia acompañados de taquicardia y diaforesis hasta llegar al colapso. Las
depresiones van en continuo aumento y todo lo que hasta ese momento le había
producido alegría ya no significa nada para él. Los juegos de ordenador e Internet son
cada vez más lo único que da sentido a su vida. Cada vez con más frecuencia expresa
el miedo a enloquecer.

208
Dado que la ingesta de psicofármacos no logra el objetivo ansiado, los padres
preguntan acerca de las posibilidades de un tratamiento homeopático.
Yo aconsejo, además, participar en un grupo de constelaciones. Cuando el niño
escucha que en ese caso su presencia no es necesaria, se siente aliviado. Hasta ese
momento él siempre había sido el centro de la terapia y tenía la sensación de que todo
era responsabilidad suya.
Los padres están dispuestos a aceptar el grupo y comenzamos la constelación con
tres representantes: padre, madre e hijo. En primer lugar le pido a la madre que
configure, los representantes recuerdan sus posiciones, y luego dejo que configure el
padre. Las imágenes solo muestran pequeñas diferencias. En ambas configuraciones
el hijo se encuentra entre los padres y de esa forma separa a la pareja. Los
representantes forman un semicírculo en el que la madre en ambos casos se encuentra
en el primer lugar, a la izquierda, en segundo lugar, el hijo y luego el padre.
La representante de la madre se siente mal en ese lugar, no puede describir
detalladamente su sensación; el representante del hijo se siente desorientado, y el
representante del padre tiene la sensación de no pertenecer a esto, lo que curiosamente
tampoco quiere.
Con la esperanza de poder aportar mayor claridad a la constelación, le pido a la
madre que configure a un representante para la sintomatología del hijo. Elige a un
hombre y lo ubica lejos y detrás de su hijo.
El representante del hijo queda muy irritado por ello. Tiene miedo, le sudan las
manos y su mirada inquisidora se mueve perdida, cada vez más rápido, del
representante de la sintomatología al representante de su padre y de regreso al
primero. Parece que va a enloquecer. De repente su mirada viaja hacia la madre, que,
impresionada por la fuerte reacción del representante de su hijo, aún permanece en la
constelación, y con voz desesperada exclama: «¡Me has engañado en lo que respecta a
mi padre!». Luego su mirada se mueve hacia mí y, al borde del llanto, repite: «¡Ella
me ha engañado en lo que respecta a mi padre!».
Sin reaccionar a las palabras del hijo, la paciente toma asiento a mi lado y su
mirada vacía se fija en el suelo. Antes de averiguar el significado de esa extraña frase,
el hombre pide la palabra y dice: «Tal vez sea importante mencionar que yo no soy el
padre del niño. Hacía ya algunos años que estábamos casados y deseábamos un hijo.
Pero mi mujer no se quedaba embarazada. Las revisiones clínicas mostraron que yo

209
no puedo tener hijos. No queríamos renunciar a ello y por eso decidimos acudir a un
banco de semen. ¡Nuestro hijo no sabe nada de eso!».
Yo respondo con voz calma: «¡Él lo sabe! Si yo tomo en serio los movimientos de
los representantes que se muestran aquí, debo partir de la base de que él lo sabe».
El representante del hijo corrobora esa declaración diciendo: «Cuando fue
configurado el representante de la sintomatología, yo ya no sabía dónde estaba. De
repente ya no sabía cuál de ellos era mi padre y me sentía extrañamente engañado por
la madre».
A la pregunta del «padre» (en realidad, padrastro) del niño de qué es lo que pueden
hacer ahora, me dirijo hacia su representante, señalo al representante de la
sintomatología y le indico que le diga al niño: «Él es tu padre. ¡Y ella es tu madre!
¡Ella y yo, nosotros, te cuidamos! Pero ¡tu padre es él!».
El representante del hijo sonríe y dice: «Todo está bien. Puedo vivir con eso».
Por interés le pregunto al representante de la sintomatología cómo se siente y
responde: «No quiero tener nada que ver con todo esto». Al representante del hijo le
digo: «¡Es así!». Él asiente con la cabeza. A la pareja de clientes le digo, para cerrar:
«Creo que esto es lo que yo puedo hacer por vosotros».
Aproximadamente dos meses después de la constelación, recibo una llamada
telefónica del padrastro. Quería darme las gracias y contarme lo sorprendidos que
estuvieron cuando regresaron del grupo y encontraron al «hijo» en condiciones
notablemente mejores. En el plazo de pocas semanas su estado se había
«normalizado». Eso les dio fuerzas a él y a su mujer para aclarar al «hijo», en un
momento adecuado, que el supuesto padre no era el padre. El hijo reaccionó de
manera tan serena como su representante. Lo último que supe de ellos es que el niño
está bien.

Los hijos son sus padres, y reconocen a sus padres en ellos mismos. Por ese motivo no se
puede engañar a los hijos con relación a sus padres. Cuando se los mantiene a oscuras
con respecto a sus verdaderos padres o se les proporciona información falsa, se genera
división e inseguridad en el hijo. El hijo ve a sus «padres», pero, sin embargo, no se
siente como su hija o su hijo y, en general, busca la razón de esa inseguridad de sus
sentimientos primero en sí mismo. ¿Qué sucede en el interior de un hijo cuando, tal vez

210
en ocasión de su 18 cumpleaños, se entera de que el padre no es su padre o de que es
adoptado, y cuando lo hace antes a través de otras personas?

Aunque en repetidas ocasiones a través de las constelaciones se descubren secretos,


quiero advertir ante el abuso de aplicar el método de las constelaciones sistémicas para
tal fin. Si hay una sospecha fundada de duda acerca de una paternidad, la disipación real
solamente la brinda una prueba de paternidad. Mientras el padre o el hijo tengan dudas,
el amor no puede fluir libremente.

La «aventura amorosa» con consecuencias


(Paciente con sinusitis crónica)
Esta paciente alemana vive desde hace dieciocho años en Barcelona, está casada con
un español, con quien tiene un hijo de cuatro años. Desde hace un tiempo siente dudas
sobre si debería separarse y volver a Alemania. En esa situación de tensión se
desarrolla una inflamación crónica de los senos frontales y nasales resistente a toda
ingesta de antibióticos. El 2 de enero de 2005 la paciente debe ser operada, dado que
la inflamación se ha extendido a los conductos auditivos y existe el peligro agudo de
una inflamación de la meninge. La operación y la terapia endovenosa con penicilina
evitan que la enfermedad avance, pero, sin embargo, no se logra la curación. En
marzo de 2005 los síntomas vuelven a empeorar y la paciente asiste, con fuertes
dolores de cabeza y una sensibilidad a la luz en aumento, a un grupo de
constelaciones para enfermos en Barcelona.
Me decido por una constelación de la enfermedad que incluya el conflicto actual.
Dado que las molestias de la paciente disminuyen ya dos horas después de la
constelación, me hace llegar una carta de agradecimiento y le pido un informe, puesto
que ya no tengo tan presentes los detalles de la constelación:

La consulta original para la cual esperaba encontrar aclaración mediante la


constelación era saber si podía obedecer a mi creciente anhelo de regresar a Alemania
y, en caso afirmativo, cómo podría materializarse ese paso. Con motivo de una
agravación de mi enfermedad, esa cuestión para mí pasó a un segundo plano y cuando
me enteré de un grupo de constelaciones para enfermos me inscribí espontáneamente.
Durante la participación en ese grupo mi estado físico fue empeorando y mi consulta

211
se redujo al muy ansiado deseo de volver a curarme y, si fuese necesario, también
seguir en España.
Antes de constelar describí primero mi situación de vida actual y tú me preguntaste
acerca de sucesos especiales en mi familia de origen. Tengo una hermana menor y
una hermanastra solo un año mayor. Mi padre y mi madre se conocieron de muy
jóvenes, fue su primer amor. Cuando ya llevaban varios años manteniendo una
relación estable, mi padre viajó a Suecia unas Navidades con unos amigos
estadounidenses, soldados que después de la guerra estaban apostados cerca de su
pueblo. Dos de esos estadounidenses tenían parejas allí. Los soldados regresaron un
día antes que mi padre y él tuvo un único «encuentro» decisivo con una de esas
mujeres. De esa noche viene mi hermanastra.
Cuando mi padre se enteró del embarazo, desechó que él pudiera ser el padre de la
criatura. Como si fuese lo más natural, partía de la base de que debía de ser el
norteamericano con el cual la mujer estaba comprometida. Él siempre había tenido
claro que se quedaría con mi madre. La aventura siguió siendo un secreto hasta que
mi hermanastra, a los 36 años, buscó y encontró a su verdadero padre.
Desde entonces mantenemos un contacto regular y bueno, aunque no muy seguido,
ya que mi media hermana vive en Estados Unidos y nosotros en Europa.

La constelación:
Al comienzo me pediste que configurara a representantes para mí y para la
enfermedad. Las dos se movían en círculos. Mi representante mostraba claramente
que buscaba apartarse de la enfermedad y que no quería tener nada que ver con ella.
Después de un rato me pediste que agregara a representantes para España y para
Alemania. De inmediato mi representante se acercó a España y se apoyó en su
representante. Al ver eso, la representante de la enfermedad retrocedió tres pasos. Tú
no confiabas en esa retirada de la enfermedad, y debí configurar a representantes para
mi madre y para mi padre y, en un segundo paso, también a una representante para la
madre de mi hermanastra y finalmente también a otra para mi hermanastra.
La representante de mi madre no sentía relación hacia ninguna de las demás
personas configuradas. Mi madre había perdido a su padre cuando ella tenía dos años.
Su representante parecía atrapada en ese trauma temprano. El representante de mi
padre no permitía que surgiera ningún sentimiento hacia nadie y contemplaba la

212
imagen general con mirada desafiante. Mi hermanastra y su madre estaban muy
enojadas con él.
En ese momento yo debía agregarme a la constelación y me ubicaste a cierta
distancia de mi hermanastra. De inmediato irrumpí en llanto y sentía una mezcla de
alivio y alegría al verla, y también gran pena por la larga pérdida. Se agregó una
representante para mi hermana menor y tú nos giraste hacia el lado opuesto de nuestro
padre. Eso lo viví como un gran alivio. Era yo quien le había dado un lugar a mi
hermanastra y no mi padre, es decir, que había asumido una responsabilidad que él
debía admitir. Sentía que ahora debía abandonarla y entregársela a mi padre. Él debía
asumirlo solo. Me giré varias veces hacia él, y al hacerlo volvía a sentir la lealtad tan
conocida. Aunque yo sabía que estaba bien, me resultaba difícil dejarlo «solo» con
eso. Como imagen final solamente nos recuerdo a nosotras, las tres hermanas, bien
unidas a cierta distancia y de espaldas a nuestro padre. Según lo que recuerdo, al
fondo, mi madre, nuestro padre y la representante de la enfermedad formaban un
grupo aislado que observaba con interés. No recuerdo dónde estaban los
representantes de España y Alemania. Sin embargo, lo que jamás olvidaré es que tú
dijiste que tal vez yo había ido a España para salvar mi vida. Y que si tal vez ahora
abandonaba España, lo hiciera con un profundo agradecimiento.
Ese mismo día cesaron mis dolores de cabeza y comenzó a moquear mi nariz.
Goteó durante aproximadamente dos semanas y luego ya estuve totalmente sana. En
ese período tomé la decisión de regresar a Alemania con mi hijo. Con mi marido
acordamos un período de separación. Mantuvimos un contacto bueno y regular, y
comenzamos una terapia de pareja. Hoy vivimos juntos en Alemania y tenemos un
segundo hijo. Durante ese embarazo hubo una pequeña recaída de la supuración de los
senos nasales y maxilares, que, sin embargo, pudo ser controlada mediante un
tratamiento homeopático.
De ese grupo de constelaciones me marcó la comprensión de que mi relación difícil
con mi madre tenía su origen, entre otros, en mi lealtad hacia mi padre. Esta se quebró
en el instante en que me introduje en la constelación y miré a los ojos a mi
hermanastra. Viví como importante y sanador haber encontrado una buena relación
con mis hermanas sin tener mala conciencia, pudiendo dejarles lo pesado a mis
padres.

213
Dos años después de la constelación tomé conciencia de que la historia con mi
hermanastra tuvo su comienzo en España. Medio año antes de la visita a Suecia, mi
padre y sus amigos conocieron a las jóvenes suecas durante unas vacaciones de
verano en Tossa, un pueblo a apenas 80 km de Barcelona. Los dos estadounidenses
comenzaron una relación y para las Navidades del mismo año mi padre viajó a Suecia
con ellos. ¿Se encuentra tal vez aquí la raíz del anhelo por España que ya sentía de
pequeña?

«¡Mi padre contagió a mi madre de sida!»


(Hijo con trastornos del comportamiento social)
En un grupo de constelaciones una madre comenta que su hijo de 12 años tiene un
comportamiento que llama la atención. En la escuela roba a sus compañeros, a
menudo está involucrado en peleas y en las confrontaciones relacionadas con su
conducta reacciona con agresión y negación total. Dado que los episodios de violencia
van aumentando en asiduidad e intensidad, el cuerpo docente en esos momentos no ve
otra posibilidad que expulsar al niño de la escuela y derivarlo a una institución
especializada.
En la constelación de la familia actual la paciente coloca a su hijo a su derecha. El
padre del niño es ubicado a mayor distancia, a su lado izquierdo.
Observando a las personas configuradas en el sentido de las agujas del reloj, el hijo
está a la derecha de la madre, se encuentra en primer lugar y de esa manera obtiene
prioridad. Aquí el orden está alterado, pero en este caso el hijo no se siente molesto.
Está erguido, parece que se siente con fuerzas y superior a la madre. No percibe a su
padre. La representante de la paciente dice tener miedo del hijo y el representante del
padre no ve posibilidades de acción. Está, en sus palabras, «en una posición perdida».
La posición que le es adjudicada al hijo en la constelación muestra que debe
representar a alguien para su madre. Por eso le pido a la paciente que agregue a
representantes para sus padres. Los ubica, enfrentados, detrás de su hijo y de su propia
representante. La representante de la madre de la paciente no dirige ni la más mínima
mirada hacia el representante de su marido. Evidentemente aquí hay un conflicto que
pesa.
Al preguntarle si había sucedido algo entre sus padres, la paciente responde: «¡Sí,
pero eso no puedo decirlo!».

214
El efecto de esa frase se muestra de inmediato en la constelación. El representante
de su hijo da un paso hacia atrás, de manera que ahora queda entre los representantes
de los padres de su madre. Enojado, pisotea el suelo varias veces. Ante la asombrada
mirada de la paciente, le comento: «¡Aquí puedes ver cómo el secreto sigue actuando
en tu hijo mientras tú lo ocultas!». Entonces la paciente comienza a llorar y cuenta:
«¡Mi madre está enferma, mi padre la contagió de sida!». Al preguntarle cómo se
había contagiado él, contesta con desprecio: «¡Prostitutas!».
De este modo lo pesado salió a la luz. La pregunta que se presenta es: ¿qué actitud
puede adoptar la paciente frente a sus padres, en especial frente a su padre, para que
aquello que, según ella, existe entre sus padres no siga actuando en ella y en sus hijos
de manera nefasta?
El primer paso decisivo hacia la solución se encuentra en la relación de la paciente
con su padre.
Por lo tanto, detengo el proceso de la constelación en ese punto y aliento a la
paciente para que mire al representante de su padre. Le lleva un tiempo poder hacerlo,
y cuando le es posible propongo que le diga: «¡A pesar de lo que haya pasado, tú
sigues siendo mi padre!». Y tras una pausa: «¡Y lo que sucedió y lo que hay entre tú y
mamá os pertenece a vosotros y ahora lo dejo con vosotros!».
Con estas frases de la paciente, el representante del hijo vuelve a salir del campo de
tensión de sus abuelos y ahora también se gira hacia el representante de su padre. Este
le da una palmadita en la espalda con alegría. Ahora el representante del hijo está
cambiado, parece otro. Irradia la felicidad de un niño. La expresión alegre del hijo
hace que la paciente se relaje. Para finalizar le señalo: «A tu hijo podrías decirle: “¡El
padre que uno tiene siempre es el mejor!”». Algo titubeante, pero con una sonrisa,
repite la frase.

El asesinato del padre: «¡Ahora la tomo también a través de ti!»


(Paciente con tiroiditis de Hashimoto)
La tiroiditis de Hashimoto es una enfermedad autoinmune de la tiroides con la posible
consecuencia de degeneración del tejido de la tiroides. Sin utilización de hormonas de
la tiroides la enfermedad lleva a la muerte.
Una mujer de unos 20 años sufre desde hace pocos meses una forma altamente
progresiva de esta enfermedad degenerativa de la tiroides. Una y otra vez he

215
observado que en el caso de enfermedades autoinmunes de la tiroides ocurrieron
crímenes en la historia familiar. Cuando le menciono directamente esta observación a
la paciente, comenta la fuerte sospecha de que la hermana mayor de su madre
envenenara a su padre. Era farmacéutica, soltera, no tenía hijos y vivía en la casa
lindera a la de sus padres. El abuelo murió por una comida con hongos que otras
personas habían probado el día anterior. Su tía fue la última persona que lo vio con
vida. Pocos años después de la muerte del abuelo, ella se suicidó.
Comenzamos la constelación con representantes para la paciente y su enfermedad.
Ella elige a dos mujeres y ubica a la representante de su enfermedad detrás de su
propia representante. La representante de la enfermedad se siente muy poderosa, con
su brazo rodea a la representante de la paciente y dice: «¡Ella es mía!».
La representante de la paciente no tiene forma de escaparse. Todos los intentos de
liberarse del fuerte agarre de la enfermedad fracasan. Parece estar a merced de su
enfermedad. Le pido a la paciente que agregue a representantes para sus padres y
sugiero que lo haga en dos pasos para poder percibir separadamente la influencia del
padre y de la madre en lo que ocurre en la constelación. Agregar al padre no produce
modificaciones esenciales. El representante del padre tampoco tiene la sensación de
tener grandes posibilidades de influir en ella. Si bien la representante de la madre se
muestra muy afectada por la situación complicada de su hija, también tiene la
sensación de impotencia y de no poder ayudarla.
Como consecuencia le pido a la paciente, en un siguiente paso, que agregue a una
representante para la hermana mayor de la madre. Cuando es posicionada, siente una
gran intranquilidad y no se siente vinculada con ninguna de las personas ya
configuradas. Solo se tranquiliza cuando la paciente lleva a la constelación a un
representante para el abuelo, el padre de la madre. Inmediatamente él se convierte en
el punto de atracción de la tía. Entre ellos se manifiesta una mezcla de amor-odio. No
se sienten como padre e hija, sino como hombre y mujer. Al preguntar si esa tía era la
hija preferida del abuelo, la paciente lo confirma.
Por lo tanto, le pido a la paciente que configure a una representante para una
posible pareja anterior del abuelo. Su aparición modifica toda la constelación. Con la
cabeza en alto y a paso lento busca un lugar desde el cual pueda ver a todas las demás
personas configuradas. Todas ellas la observan con máxima atención y no se atreven a
moverse. La representante de la pareja anterior del abuelo irradia un poder que les

216
causa miedo a todos. Como respuesta a las miradas asustadas de los demás
representantes, dice con voz clara y arrogante: «¡Os tengo a todos dominados! ¡Sois
todos míos!».
Por un instante todos los representantes se quedan de piedra. La primera que
comienza a moverse cuidadosamente es la representante de la enfermedad. Por
primera vez suelta a la representante de la paciente y lentamente, paso a paso, se retira
de la constelación. La representante de la paciente cae al suelo agotada y su madre se
ocupa de ella sosteniendo a la hija, que parece estar sin vida. Ahí la representante de
la tía se aparta de su padre, se arrodilla junto a las dos y acaricia el cabello de su
sobrina cariñosamente. Todos estos movimientos se realizan con máximo cuidado y
todos los representantes mantienen a la pareja anterior del abuelo en su campo visual.
El conflicto que hasta ahora se desarrollaba entre la tía y el abuelo de la paciente
ahora se muestra entre el abuelo y su pareja anterior. Esta siente una rabia mortal
hacia él.
La suposición de la paciente es que el encuentro correspondiente tuvo lugar durante
la Segunda Guerra Mundial, cuando el abuelo era soldado.
Mientras, la representante de la enfermedad se ha retirado completamente de la
constelación. La representante de la paciente sigue como exánime en los brazos de su
madre. El poder sobre los acontecimientos sigue en manos de la «pareja» del abuelo.
Da la impresión de que tal vez aquí actúe una maldición.
Para conceder un espacio a aquello que tal vez podría estar faltando, le pido a un
participante del grupo que se agregue a la constelación como «aquello que quedó
abierto entre ellos dos». Le pido que siga sus sensaciones e impulsos. Cautelosamente
se acerca a la pareja del abuelo y se sienta a sus pies. Ahí la rabia de la representante
se transforma en un dolor infinito. Toda su atención está dirigida ahora hacia el
representante sentado a sus pies. Se arrodilla, lo rodea con sus brazos y lo acuna como
a un niño. El representante del abuelo sigue rígido y luego de un rato se gira en otra
dirección.
Lentamente la representante de la paciente comienza a sentirse mejor, pero aún le
faltan fuerzas para ponerse de pie.
A mí me preocupa la pregunta de cuál de las personas configuradas podría ser un
recurso para la paciente, a través de quién podría recibir la fuerza necesaria para llevar

217
a cabo el paso de retorno a la vida. ¿Esta persona está presente o tal vez aún falte
agregarla? Mi mirada recorre la constelación y cae en la hermana de la madre.
Ella se hizo cargo de la rabia asesina de la pareja anterior de su padre, esa rabia que
pende sobre la familia cual maldición, y, en representación, se vengó en él. Esa
identificación en el fondo también le costó la vida, eso debe ser mirado y honrado.
Por eso le pido a la representante de la paciente que le diga a su tía: «¡Ahora la
tomo (a la vida) también a través de ti!».
Cuando esta escucha las palabras de su sobrina, se emociona hasta las lágrimas.
Sonríe y, siguiendo su propio impulso, le dice a su sobrina: «¡Vive, hija, vive!». La
representante de la paciente está resplandeciente y yo le propongo dar más fuerza a la
decisión de estar viva: «¡Sí, ahora vivo en tu honor!». Ambas se abrazan durante un
largo rato y, al apartarse, la representante de la paciente, erguida, se aleja lentamente
de las personas configuradas. Al llegar al borde del círculo formado por las sillas, se
gira y, de esa manera, mira hacia delante, al futuro. Los representantes del padre y de
la madre se ubican a sus espaldas en señal de apoyo.
La representante de su tía los sigue con la mirada benevolente, da la impresión de
estar feliz y satisfecha, se pone de pie y se ubica al lado de su padre. Ambos se miran
durante un rato y luego se toman del brazo.
La paciente mira, algo agotada pero relajada, al cuadro final de la constelación y
comenta: «¡Siempre anhelé esta paz, ahora me la llevo! ¡Gracias!».

El hermano abortado
(Paciente con tendencia al suicidio durante el embarazo)
Una mujer de unos 30 años viene a verme al consultorio pidiendo un tratamiento
homeopático. Está felizmente casada, tiene dos hijos de cinco y tres años y está
embarazada de cuatro meses de un tercer hijo. Desde hace unas cuatro semanas sufre
depresiones con estados de mucha intranquilidad y miedo, ya no puede dormir y cada
vez con mayor frecuencia le aparece la idea de quitarse la vida.
Comienzo con el tratamiento homeopático y al mismo tiempo aconsejo a la
paciente que participe en un grupo de constelaciones. Gustosamente accede a ese
consejo, dado que los pensamientos de suicidio van tomando forma cada vez más
concreta.

218
Comenzamos la constelación con representantes para la paciente y para su
sintomatología. Dado que de esta configuración no surgen señales para poder avanzar,
le pido a la paciente que, en un segundo paso, agregue a representantes para sus
padres.
Con la aparición de la representante de la madre de la paciente, la representante de
la sintomatología de inmediato se siente atraída por ella y deshace la unión que hasta
ahora mantenía con la paciente. Sin embargo, la representante de la madre se vuelve
en dirección opuesta a la de la sintomatología. Esta la sigue y, finalmente, termina
recostándose a los pies de ella como un niño dormido. Todas mis insinuaciones en el
sentido de que tal vez la representante de la sintomatología recuerde a un hijo muerto
de la madre o de la familia de ella son negadas por la paciente con el razonamiento de
que ella mantiene una buena relación de confianza con la madre y que si fuera así, ella
estaría enterada.
Lo que la paciente puede tomar de la constelación es que la sintomatología en
realidad pertenece a su madre. Mediante una reverencia ante ella se siente liberada de
la carga y la representante de la madre también se muestra dispuesta a ocuparse de la
sintomatología.
Visiblemente relajada y optimista, la paciente se retira del grupo, pero una semana
más tarde vuelve a llamarme para informarme de que, después de una mejora de dos
días, su estado ha vuelto a empeorar.
La sugerencia de que la madre participe en un grupo de constelaciones es aceptada
de buena gana. En la constelación del sistema actual de la madre, los representantes,
sin disponer de información previa, muestran movimientos similares a los de la
constelación de la hija. La madre confiesa, entre lágrimas, el aborto de su tercer hijo.
Cuando en el marco de la constelación se hace cargo de ese hijo, la representante de
su hija puede soltar su necesidad de apoyar a la madre y, liberada, volverse hacia su
marido y sus hijos.
Después de la constelación de su madre, la paciente está algo mejor. Casi un mes
después, cuando la paciente está comenzando el séptimo mes de embarazo, el marido
me llama desesperado. Desde hace días su mujer debe permanecer constantemente
vigilada. Una cita urgente en el consultorio sería el último intento antes del camino al
psiquiatra.

219
Estoy de acuerdo. Y luego me asusta el aspecto y el estado de la paciente. Después
de una breve aclaración de la situación, rápidamente se pone de manifiesto que la
paciente necesita ayuda psiquiátrica. Sin embargo, aún me decido a llamar por
teléfono a la madre para consultarle si, ante esa situación tan complicada, me libera
del pacto de silencio. Está de acuerdo y con su permiso le comunico a la paciente lo
que sé.
La paciente está sobresaltada, pero su mirada se aclara cuando se entera del aborto
de su madre. La intranquilidad destructiva que todo lo abarcaba se transforma
espontáneamente en un silencio desconcertado. Cuando su marido la abraza con
cuidado, le brotan las lágrimas. La sostiene durante un largo rato y cuando ella se
tranquiliza emprenden el camino de regreso a su hogar. Los pensamientos de suicidio
y asesinato desde ese momento han desaparecido.
La siguiente visita de la paciente a su madre se hace difícil y decide interrumpir el
contacto con ella durante un tiempo.
Cuando su tercer hijo tiene aproximadamente tres meses, la paciente y su madre
asisten juntas a un grupo de constelaciones. Nuevamente, y sin información previa
para los demás participantes, volvemos a configurar la familia de origen de la
paciente. Una vez más se muestra su inclinación a hacerse cargo en lugar de la madre.
En el marco de esta constelación logra de buen modo dejar lo difícil con su madre,
aceptar las consecuencias de esa decisión de la madre y retomar la vida a través de su
madre reconociendo lo acontecido. Al cierre del grupo, madre e hija están de acuerdo
en no hablar más de ese tema y emprenden el camino de regreso a sus hogares unidas
de manera positiva.

Esta y otras constelaciones demostraron lo importante que puede resultar que también
los hijos abortados tengan su lugar en la familia, y cuestiona la anterior suposición
prevaleciente entre los consteladores de que un aborto es solamente asunto de los padres.
Sobre todo en el trabajo con niños con enfermedades crónicas, una y otra vez las
constelaciones de los síntomas vuelven a sacar a la luz relaciones entre las enfermedades
de los niños y hermanos o hermanastros abortados. Una interrupción de un embarazo
puede perturbar toda la estructura familiar e influenciar la relación de los hijos vivos con
los padres.

220
2.7. Miscelánea

Además de las interconexiones descritas, quiero mencionar otras influencias y ámbitos


con potencial enfermante y que a veces encontramos en el trabajo de constelaciones con
enfermos.

2.7.1. Maldición y bendición

«La maldición es el arma del derrotado.»


PROVERBIO MASÁI

La tribu de los masái distingue tres tipos diferentes de maldiciones según su aplicación y
efecto: existe la «maldición inofensiva», cuyo efecto pasa al ser pronunciado.
Correspondería más bien a una expresión impulsiva de rabia sin la intención de un efecto
dañino. Por ese motivo también es considerada «sin valor y sin fuerza».
A las «maldiciones efectivas» pertenece la «maldición justificada» y la llamada
«maldición que todo lo destruye». A estas dos variantes se les asignan fuerzas patógenas
que pueden enfermar a varias generaciones.

Recuerdo el efecto de una maldición en la constelación de un paciente que estaba muy


preocupado por él mismo y por sus hijos. En su familia, a lo largo de tres generaciones,
todos los hombres fallecieron relativamente jóvenes por paros cardíacos o por
accidentes. El bisabuelo del paciente participó como soldado del ejército en la Segunda
Guerra Mundial en Rusia.
Configuramos representantes para el paciente, para su padre, que murió joven, para
dos hermanos accidentados del padre, para el abuelo, que había fallecido por problemas
del corazón, y para el bisabuelo. Una vez que los representantes fueron alentados a
seguir sus propios impulsos se pudo ver cómo, desde una distancia segura, se orientaban
a un punto en el suelo.
Únicamente el bisabuelo permanecía inmóvil en su lugar. Los representantes
coincidían en su percepción de que en el centro del semicírculo que formaban debía

221
yacer una mujer. El paciente eligió a una participante y yo le pedí que se tumbara en el
suelo en ese lugar de la constelación. Cuando se había recostado, dijo: «¡Con toda
seguridad no estoy muerta!». Se puso de pie enérgicamente y examinó a los hombres
llena de rabia y con una mirada mala. La dureza intransigente que emanaba de la mujer
hacía que los hombres se estremecieran. Todos se sentían hechizados por ella.
Solo cuando se reconoció que aquí debían haber sucedido cosas terribles y cuando no
solo el bisabuelo, sino todos los hombres, hicieron una reverencia ante ella, cedieron la
severidad y la dureza de la representante de esa mujer. Un dolor increíble brotó de ella y,
sollozando, volvió a caer al suelo. Muy lentamente se pudo tranquilizar y al final cerró
los ojos.
El paciente siguió el doloroso proceso de la representante con la respiración retenida.
Mientras yacía en el suelo como exánime, pidió permiso para acercarse a ella. Con
lágrimas en los ojos, también él cayó de rodillas e hizo una reverencia ante ella hasta el
suelo. Cuando la representante advirtió que él se encontraba a su lado, apoyó la mano en
su cabeza bendiciéndolo y acariciando sus cabellos. Espontáneamente, el paciente se
sintió liberado de una carga que pesaba «una tonelada».
Bert Hellinger (2002, pág. 136 y ss., y 223 y ss.) describe la influencia de una
maldición y su posible acción patógena con relación a la neurodermatitis. En
constelaciones de pacientes que sufren de neurodermatitis a menudo se muestra una
correlación con la rabia de una pareja anterior de la madre o del padre. El resentimiento
persistente tiene el efecto de una maldición en la nueva relación y, en general, afecta a
los hijos en lugar de la pareja.
Puede ser sanadora la reconciliación con la pareja anterior, por ejemplo, respetando su
dolor y su amor, y pidiéndole que mire con buenos ojos al hijo enfermo, de manera que
la maldición pueda ser invalidada e incluso ser transformada en una bendición.

La brujería
(Paciente con esquizofrenia paranoide y TDAH del hijo)
Siguiendo la recomendación de un médico, una paciente de unos 45 años y su madre
asisten a un grupo de constelaciones en México. Durante la primera constelación con
otra paciente, la hija se inquieta cada vez más y comienza una pelea en voz alta con su
madre. Con vehemencia, esta pide a la hija que se tranquilice, pero en la pausa la hija
ya no puede calmarse y una y otra vez grita a la madre instándole a que desaparezca.

222
Cuando la voz de la hija se modifica y, con pánico, grita: «¡Desa- parece, abuelo!
¡Déjame en paz!» y la madre trata de dominarla, la hija se defiende con uñas y
dientes, tratando de impedir el intento de la madre de agarrarla. Esta ya no sabe cómo
tratar la creciente agresión de su hija. Por esa razón me interpongo entre las dos y
sujeto firmemente a la paciente por los brazos hasta que vuelve a calmarse.
Después de la pausa la hija está sentada en su silla como ausente. Comienzo con el
trabajo en grupo y brindo a los participantes la oportunidad de formular preguntas.
Entonces ella se desliza de la silla al suelo y, gateando, se traslada hasta el centro de
la rueda formada por las sillas. Allí realiza gestos amenazantes y resopla como un
felino salvaje. Al ver la conducta de su hija, la madre se queda de piedra.
Yo me dirijo al médico de cabecera de la paciente, interrogante. Él tan solo mueve
los hombros dando a entender que conoce a la paciente desde hace pocos días y que
también para él resulta nueva esa sintomatología de rasgos psicóticos. La paciente
acudió a él por sus estados de angustia, su insomnio y sus pesadillas.
Es necesario actuar y le pido a la madre que se siente a mi lado. Su rostro está
pálido, como en shock. Antes de que pueda comenzar con el interrogatorio, la hija se
da cuenta de que su madre está sentada a mi lado. Lentamente se acerca gateando,
hasta que se encuentra delante de la madre, resopla y comienza a gritar de nuevo con
agresión: «¡Desaparece! ¡Desaparece, abuelo! ¡Déjanos en paz!». Le pregunto a la
madre por ese abuelo, pero no está en condiciones de responder. Por lo tanto, le pido a
un participante que se coloque detrás de la madre, que está sentada a mi lado, como
representante del abuelo. La hija examina al hombre y grita con pánico salvaje: «¡Ese
es el diablo! ¡Desaparece, Satán! ¡Desaparece!». Afortunadamente, está presente mi
colega y amiga Marianne Franke-Gricksch. Le pido que se ubique detrás del abuelo
como representante del «diablo». Una clara sensación me dice que no puedo
encomendar esta representación a un mexicano. La madre, que está a mi lado, se
estremece y ahora queda completamente rígida. Sin embargo, para la hija la situación
cambia. El pánico y el susto desaparecen de su rostro y vuelve a tener rasgos
humanos, comienza a llorar y, sollozando, dice: «¡Querido abu! ¡Querido abu!».
Luego se incorpora y abraza a su madre y al representante del abuelo. Marianne la
mira a los ojos y le acomoda el cabello.
Completamente exhausta, la hija cae en la falda de la madre. Esta, todavía rígida
por el susto, reacciona mecánicamente y le acaricia el cabello sin levantar la vista.

223
Cuando madre e hija se encuentran repuestas termino el trabajo, despido a los
representantes y hacemos una pausa.
Tras la pausa, Angélica Olvera, la organizadora del grupo de perfeccionamiento,
relata la siguiente historia que le confió una tía de la paciente. El abuelo, el padre de
la madre, vivía alrededor del año 1880 en un pequeño pueblo en el norte del país.
Cuando tenía 17 años en esa población fue quemada una mujer joven por bruja. En la
hoguera maldijo a toda la comunidad. Reinaba un miedo grande de que la maldición
trajera desgracia para el poblado y había rumores según los cuales el abuelo había
tenido una relación amorosa con esa mujer. Por miedo a que tal vez también se
atentara contra su vida, el abuelo abandonó la población y se dirigió a la ciudad. Su
huida fue interpretada como confirmación de que había quedado bajo el hechizo de
esa mujer y él jamás se atrevió a volver a su pueblo natal.

Una médica que participaba y que se hizo cargo del tratamiento posterior de la paciente,
medio año después de esa constelación me hizo llegar un informe cuyo contenido copio.

La paciente está muy agradecida, ya que esa constelación cambió su vida totalmente.
Ahora puede dormir mucho mejor y ya no tiene pesadillas. Las crisis psicóticas ya no
aparecieron de manera tan evidente y como consecuencia también la familia dejó de
tratarla como a una loca.
Su hijo de 19 años, que reside en Estados Unidos, también está mucho mejor
después de la constelación. Durante su época escolar había sido tratado por un
trastorno por déficit de atención. Desde la constelación de su madre sus notas en la
escuela de formación profesional mejoraron notablemente. Él mismo dice que ahora
puede concentrarse mejor y siente más alegría de la vida y de su formación
profesional.

Un año después de la constelación vuelvo a encontrarme con la paciente, que participa


en un curso en México. Con alegría se me acerca, me cuenta que ha comenzado a
trabajar y que en esos momentos está haciendo un reciclaje profesional. Comenta que en
general tiene su vida bien controlada y que se siente muy bien.
Muchos de los problemas que los niños tienen en la escuela están relacionados, entre
otras cosas, con implicaciones familiares. Cuando los hijos se hacen cargo de algo en

224
lugar de los padres, tal vez incluso deben mantenerlo vivo, o cuando están identificados
con personas que fueron excluidas por la familia, les resulta difícil poner su fuerza y
atención en ellos mismos y en sus tareas.
En numerosas constelaciones para niños que sufren de TDA, TDAH, etcétera, una y
otra vez salió a la luz la identificación de esos niños con muertos excluidos por la
familia. Los niños se tranquilizaron una vez que al fallecido se le daba su lugar en la
familia, cuando se hacía el duelo por él y se lo despedía.

2.7.2. Cuando los muertos se adhieren

«Los muertos son invisibles,


no están ausentes.»
SAN AGUSTÍN

A veces, en las constelaciones, el comportamiento de los representantes de miembros


fallecidos de las familias indica que estos siguen vivos y están adheridos a los vivos. A
menudo esas personas fallecidas dejaron la vida repentina e inesperadamente, por
ejemplo, por un accidente, en el parto de un hijo o por un paro cardíaco, de modo que no
les fue posible despedirse como es debido de aquellos que dejaron atrás.
Recuerdo la constelación de una paciente que años atrás había enfermado de un
síndrome de fatiga crónica. Las molestias aparecieron aproximadamente al mismo
tiempo en que su hijo, que entonces tenía 18 años, se mudaba a otra ciudad más cerca de
su padre. La mujer, que vivía separada de su marido, fue tratada sin éxito con
antidepresivos.
La paciente encontró algo de alivio con un tratamiento muy costoso de preparados
vitamínicos y reconstituyentes. De esa forma le fue posible estar activa aunque fuera
algunas horas al día.
Una constelación familiar estableció al fin una relación con el padre de la paciente,
que falleció repentinamente de muerte súbita cardíaca tres años antes de que comenzaran
sus molestias.
La paciente había sido la hija preferida del padre. Además, debía representar a su
madre, que había fallecido cuando el padre contaba ocho años. En la constelación, el

225
representante del padre, postrado en el suelo, bajo ningún concepto quería dejar ir a su
hija. La retenía con toda su atención, de manera que para la representante de la paciente
no era posible separarse de él. No quería tomar conciencia de que había muerto y de que
a través de su anhelo obstruía la vida de su hija.
Solo cuando le solicité a una representante que se tumbara a su lado como
representante de su madre muerta, tomó conciencia de su equivocación. Pudo reconocer
lo que había ocurrido y despedirse de su hija y de las personas vivas.
Aproximadamente tres meses después de esa constelación, la paciente pudo comenzar
a reducir paulatinamente las dosis de los preparados vitamínicos y reconstituyentes. Para
su gran alegría también cedió la tensión en la relación con su hijo. Es de suponer que
hasta entonces él debía representar al padre para ella.
Pero también, a veces, los vivos retienen a los muertos, con la consecuencia de que su
alma es perturbada en su proceso de muerte y quedan unidos a los vivos. Eso es lo que
indican las sensaciones de sus correspondientes representantes en las constelaciones y en
las despedidas que en la realidad no pudieron tener lugar, y que a menudo pueden ser
realizadas a posteriori en los conmovedores procesos de las constelaciones. De esa
manera pueden ser liberadas vinculaciones nefastas y entonces los muertos tienen el
permiso y el deber de estar muertos y los vivos, vivos.

2.7.3. De cara a la despedida y la muerte

En el trabajo con enfermos cuya vida está en riesgo a veces es indicado configurar a un
representante para la muerte. En ocasiones, este se muestra tan íntimamente unido al
paciente que es posible deducir concretamente de quién se trata; en otras, en cambio, da
la impresión de que no tiene nada que ver, es impersonal y sublime.

«Aquel que ha dejado atrás a la muerte puede vivir serenamente»


(Paciente con dilatación peligrosa de la carótida)
Según sus propias declaraciones, la paciente sufre de sacos dilatados en las dos
carótidas (aneurisma de carótida), producto de trastornos metabólicos. Muy
desesperada, pide un trabajo de constelación, ya que debe decidir si es operada o no.
El riesgo de morir durante la operación, según las declaraciones de los médicos que la
tratan, es de alrededor del 50 %.

226
La aclaración de la consulta muestra que no debo apoyarla en su decisión, como
ella esperaba.
Para esclarecérselo le cuento la historia de un médico famoso. Este había
establecido un acuerdo con la muerte: cuando un paciente muy enfermo lo llamaba,
podía ver a la muerte junto a su lecho. Si la muerte estaba a los pies de la cama, el
médico sabía que el paciente iba a sanar. Sin embargo, si la muerte se encontraba en
la cabecera de la cama, el paciente tenía las horas contadas y toda ayuda médica era
inútil. Un día el médico fue llamado para ver a una niña joven. Cuando entró en el
cuarto, vio a la muerte junto a la cabecera de la cama de la joven. Él sintió lástima por
ella y giró la cama. La joven sobrevivió, pero, esa noche, la muerte se llevó al médico
en lugar de la niña.
La paciente parece comprender lo expresado en la historia y después de sopesarlo
largamente le ofrezco elegir a un representante para ella y a uno para la muerte. Está
dispuesta a realizar este trabajo y elige a una mujer para ella y a un hombre como
representante de la muerte.

M = muerte
Pac = paciente

A la representante de la paciente le tiembla todo el cuerpo. Finalmente toma una


decisión y se vuelve. De cara a la muerte aprieta los puños y, con la cabeza en alto, da
un paso en dirección al representante de la muerte, aparentemente dispuesta a luchar.
Cuando pregunto cómo se siente al representante de la muerte, este dice: «Yo no
tengo un interés especial en ella, la observo. ¡Tampoco haré nada, pero si ella viene,

227
también la voy a tomar!».
Tras esta declaración, la representante de la paciente da otro paso hacia el
representante de la muerte.
Parece que la paciente está desesperada ante la reacción de su representante. Esta
ahora se encuentra directamente delante de la muerte y la mira a los ojos. Ante su
presencia serena e inconmovible, su disposición a la lucha cede y ella abandona.
Comienza a llorar y le golpea el pecho con los puños. Lentamente cae de rodillas, le
pega en los muslos, va más hacia abajo y ahora le pega en los pies, hasta que, víctima
del dolor, queda recostada en el suelo, exhausta.
El representante de la muerte permanece tranquilo e imperturbable y permite que
suceda. Nuevamente pregunto cómo se siente y él responde: «¡No es el momento!».
Cuando la representante de la paciente escucha eso, se incorpora lentamente, lo
mira, y yo propongo que le diga: «Ahora estoy de acuerdo». Esta frase le da fuerzas
para ponerse de pie y una vez más mira a los ojos de la muerte durante un largo rato.
Después de un tiempo se gira. Cuidadosamente, inclino su tórax hacia atrás, de
manera que ahora está apoyada de espaldas en el representante de la muerte. Este
coloca una mano en su hombro.
Al ver esta imagen final recuerdo una frase de Bert Hellinger: «El que deja a la
muerte atrás puede vivir serenamente». La representante de la paciente asiente con
una sonrisa. Con eso damos por terminado el trabajo.

Aproximadamente medio año después de este trabajo, me entero a través de la traductora


de ese curso que, tras una crisis severa, la paciente ahora está bien. Decidió no operarse.
A petición mía, me envía el siguiente informe:

Querido Stephan:
Puedo comunicarte que la constelación de septiembre de 2007 me ha ayudado mucho.
Estaba muy desesperada por la difícil decisión de si debía operarme o no. Me daba
mucho miedo, cualquiera que fuera mi decisión, tener que morir antes de tiempo. Hoy
tengo la sensación y la seguridad de que aceptaré mi muerte cuando me llegue el
momento.
Pienso que este trabajo fue el más importante que he realizado en mi vida hasta
ahora, dado que realmente me encontraba al límite. Después de hacerlo, primero caí

228
en una profunda depresión y estaba descontenta con mi vida tal como era. Caí en una
crisis existencial que finalmente me llevó a ver mi vida con otros ojos. Hoy me siento
plena y siento toda la intensidad de la vida en mí para seguir mi camino. Me cuido
bien y reconocí lo importante que es aceptarme a mí misma y a mi enfermedad con
amor y respeto.
Pasado un tiempo de la constelación visité a otros cuatro neurocirujanos y todos
estuvieron unánimemente de acuerdo en que una operación no era apropiada, dado
que ese tipo de intervención quirúrgica solo se lleva a cabo si aparecen síntomas
neurológicos que permiten deducir que hay una irrigación sanguínea insuficiente o
cuando el aneurisma sigue dilatándose. En mi caso, sin embargo, todos los valores son
estables. Según la declaración de estos médicos, en caso de realizar una operación
habría que contar con posibles secuelas, como, por ejemplo, motricidad reducida y
pérdida de la visión y de memoria. Sí, incluso podría haberme costado la vida.
Yo vivo esta búsqueda como mi salvación, y hoy día permito que me guíen más
mis sensaciones y actúo si concuerdan con lo que siento. De alguna manera me siento
muy cerca de mi alma, por lo que estoy más segura, soy más osada y creo más en mí
misma. Comencé a pasar a la acción con mis planes personales y profesionales con el
objetivo de realizarlos, en la medida de lo posible, en el presente. Por primera vez
después de varios años visité a mi madre en Yucatán, algo que ya no me atrevía a
hacer porque requiere un viaje muy largo y dificultoso en autobús. Tuvimos un
encuentro muy reconciliador. Mi relación con ella siempre había sido muy difícil.
Decidí forjar el tiempo de vida que me queda de manera tal que sea para el bien mío y
de las personas que me rodean.
Estoy muy agradecida por esta ayuda.
G.

2.7.4. Donación de órganos y trasplantes

Para muchas personas enfermas con riesgo de muerte, el trasplante de órganos es la


única posibilidad de seguir viviendo. Los avances de la medicina moderna exigen a cada
individuo encarar el tema y formarse una opinión. Una y otra vez, en los grupos de
constelaciones, nos encontramos con pacientes que de diversas maneras están afectados
por este tema.

229
«¡Querida mamá, por favor, bendíceme!»
(Paciente con cáncer de hígado)
Un hombre de unos 60 años está enfermo de cáncer de hígado y a mi pregunta de lo
que los médicos proponen, responde: «Dicen que necesito un trasplante». A lo que yo
pregunto: «¿Y qué piensas tú?».

PACIENTE: Parece que ese es el camino.


TERAPEUTA: ¿Cómo te sientes con esa idea?
PACIENTE: La acepté, pero no puedo pensar en este preciso momento.
TERAPEUTA: ¿Qué consulta me haces?
PACIENTE: Quiero estar bien preparado para el trasplante.
TERAPEUTA: Bien. ¿A quién debemos configurar para lograrlo?
PACIENTE: Al tumor y a mi madre.
TERAPEUTA: Si se tratara del cáncer y una posible relación familiar, necesitaríamos al
tumor. Sin embargo, si se trata de la cuestión del trasplante, ¡no necesitamos un
representante para el tumor!
PACIENTE: Sí, lo veo, estoy de acuerdo.
TERAPEUTA: Entonces, ¿a quién necesitamos para la constelación?
PACIENTE (llora): A mis hijos y a las personas que me aman para que me apoyen.
TERAPEUTA: ¡Los hijos no pueden hacer eso!
PACIENTE: Entonces te pido a ti que trabajes conmigo para que encuentre yo la fuerza
para decidirme y para soportar lo que deba soportar.

En su estado tan necesitado, el paciente parece un niño. Por esa razón le pregunto
acerca de su relación con su madre.
PACIENTE: Murió cuando yo tenía 12 años.
TERAPEUTA (pasado un rato): Si estás de acuerdo, comenzamos la constelación con
dos personas: un representante para ti y uno para la muerte.
PACIENTE: ¡Estoy de acuerdo!
El paciente elige a dos hombres; primero le da un lugar a su representante y luego
ubica al representante de la muerte hacia la derecha y algo detrás del primero. El
representante del paciente se estremece cuando el representante de la muerte es

230
colocado detrás de él. Trata de rehuirlo dando un paso adelante y evitando volverse
hacia atrás. Al preguntarle cómo se siente dice: «No puedo mirarlo».
El representante de la muerte comenta: «Estoy aquí muy tranquilo. Yo lo veo. Él no
me mira, pero yo estoy aquí».
Me vuelvo hacia el paciente: «Entre otras cosas, lo difícil de un trasplante es que la
persona que se decide por eso en cierta manera espera la muerte de otra persona.
Quiere seguir viviendo porque otro muere. En las constelaciones una y otra vez se ve
que existe un vínculo entre el donante del órgano y el receptor. Por lo tanto, aquel que
desea recibir un órgano debe encarar la muerte. La propia, la del donante y tú también
la de tu madre. Configura también una representante para tu madre».
El paciente elige a una participante y la ubica entre su propio representante y el de
la muerte. Su representante vuelve a estremecerse. Tampoco puede mirar a su madre y
se aleja algunos pasos de ella. Cuando el paciente ve el movimiento de su
representante lo invade un profundo dolor.
La representante de la madre se acerca lentamente hacia él (hacia el paciente
mismo, no hacia su representante), lo abraza y lo sostiene hasta que él se entrega a los
brazos de su madre. Así, finalmente, se tranquiliza.
Mientras tanto, el representante de la muerte sigue a la representante de la madre,
se ubica a su lado y mira al paciente con amor y compasión. Yo pregunto al paciente
si sabe a quién de la familia podría estar representando la muerte. Asiente y dice: «Es
mi hermano mayor. Murió poco después de nacer y mi madre me puso su nombre».
De esa forma queda clara la situación en la cual el paciente está atrapado: su madre
no podía encarar la muerte de su primer hijo, y el paciente debe representar para la
madre a su hermano mayor fallecido.
Mediante el trasplante, él debe volver a vivir porque otro murió. De esa manera no
sorprende que no pueda decidirse.
Como solución para la dinámica sistémica familiar, propongo que le diga a su
madre: «Querida mamá, lo que he soportado por ti lo he llevado por amor, pero ahora
pasó. ¡Por favor, bendíceme si ahora me cuido, me cuido únicamente a mí!».
La representante de la madre asiente en señal de conformidad y dice: «Mi querido
hijo, ahora veo lo que tú has soportado por mí y ahora lo acepto». El paciente respira
aliviado, mira a su hermano y los tres se abrazan.
Entonces terminamos con la constelación.

231
Llama la atención que, después del rechazo crónico, no tomar la medicación
inmunosupresora recetada constituya la segunda causa más común de pérdida del órgano
trasplantado (Kiss y otros, 2005).
Sean cuales fueran las razones para ello, es muy posible que también aquí a las
implicaciones familiares se les pueda atribuir un papel nada desdeñable.
Un colega que me había derivado a una paciente para una constelación, me hizo llegar
el comentario de esta aproximadamente tres años después del trasplante. La paciente
decía algo en este sentido: «Creo que si no hubiera realizado también la constelación
antes del trasplante, no habría podido retener el hígado donado».
La paciente sufría de un hígado con quistes, una malformación congénita del hígado,
en este caso heredada de la familia del padre. Esta malformación lleva inevitablemente a
la muerte por fallo hepático debido a la creciente formación de quistes, a pesar de que
permite vivir durante décadas.
Para minimizar en lo posible los efectos del funcionamiento limitado del hígado, la
paciente llevaba, conscientemente, una vida muy saludable y realizaba un tratamiento
holístico hasta que los crecientes trastornos requirieron un trasplante.
Dado que hacía años que la paciente se preocupaba por la donación de órganos y los
trasplantes, ese asunto no formó parte de su consulta en el grupo de constelaciones.
Como consulta formuló su relación, desde siempre difícil, tanto con su padre como
también con la madre.
En la constelación de su familia de origen la representante de la paciente se sentía
atraída hacia la hermana mayor de su padre, que había perdido la vida en un accidente a
la edad de dos años. Mediante una reverencia ante el representante de su padre como
también ante los representantes de los padres de él, quienes no podían superar la muerte
de la hija, la paciente logró retirarse respetuosamente del campo de la familia del padre y
ocupar un lugar al lado de su madre. Aquí sentía una alegría de vivir desconocida hasta
ese momento.

El siguiente ejemplo nos permite entrever cómo el hecho de compartir lo difícil de cara a
un destino duro puede unir a una familia, y separarla si eso no se logra.

«Querido papá, lo dejo contigo»


(Paciente con ataques de vértigo)

232
La constelación realizada en el marco de un grupo de formación fue registrada y los
diálogos se repiten aquí literalmente.
PACIENTE: Hace tres años que sufro de ataques de vértigo. A veces las crisis son tan
fuertes que solo puedo permanecer acostada y cuando me levanto, tengo la sensación
de que voy a morir.
TERAPEUTA: ¿Ocurrió algo antes?
PACIENTE: Desde que conozco las constelaciones tengo la idea de que podría tener que
ver con la muerte de mi padre. Murió hace tres años de leucemia.
TERAPEUTA: ¿Estuvo enfermo durante mucho tiempo?
PACIENTE: Durante muchos años tuvo anemia y luego apareció la leucemia.
TERAPEUTA: ¿Cuántos hijos sois?
PACIENTE: Somos tres hermanas, yo soy la del medio.
TERAPEUTA: ¡Configura a alguien para tu padre y a alguien para ti!

P = padre
Pac = paciente / 2.ª hija

TERAPEUTA: ¿En qué lugar ubicarías a tu madre?


PACIENTE: Al lado del padre.
TERAPEUTA: ¿Cómo está el padre?
REPRESENTANTE DEL PADRE: ¡No quiero ver nada!
TERAPEUTA: ¿Qué más ocurrió en tu familia de origen?
PACIENTE: Mi hermana menor tuvo una hija con agenesia de las vías biliares. Con
motivo de esa malformación en el hígado, necesitó un trasplante para poder seguir

233
viviendo. Esa fue una época muy difícil para todos nosotros. En las semanas
siguientes al trasplante mi padre desarrolló la anemia. Mi sobrina falleció a los nueve
meses: rechazó el órgano donado.
TERAPEUTA: Por favor, cuéntame algo más sobre tu padre.
PACIENTE: Era diplomático, un hombre de negocios exitoso. Un hermano suyo se
quitó la vida.
TERAPEUTA: ¿Qué ocurrió en la familia de tu madre?
PACIENTE: Esa es una familia muy complicada. Hay muchos secretos:
homosexualidad, adicción al juego, incesto.
TERAPEUTA: Configura a alguien para tu madre y también a representantes para tus
hermanas.

M = madre
1.ª H = 1.ª hija
3.ª H = 3.ª hija

TERAPEUTA: ¿Cómo está la representante de la paciente?


REPRESENTANTE DE LA PACIENTE: Mis piernas están temblando y no tengo el coraje de
mirar a mi hermanita, no puedo moverme.
TERAPEUTA: Aquí se juntan muchas cosas. Muchas cosas pueden tener importancia.
Pero lo que más me preocupa es el trasplante y me pregunto qué es lo que ocurre en el
alma de una familia en una situación como esta. Vivimos en una época con esas
posibilidades. Nosotros hemos creado esas posibilidades, pero tal vez tengan un

234
efecto en el alma, un efecto que por ahora no podemos comprender. Qué ocurre en un
trasplante: porque uno muere, otro debe y puede quizá vivir. El requisito para la vida
de uno es que otro muera. Ese es el acontecimiento más actual en la familia de origen
y la constelación aquí muestra una vinculación especial entre tu hermana menor y tu
padre. La impresión es que ella es la hija preferida de tu padre.
La paciente asiente con la cabeza y dice: «¡Eso es cierto, siempre lo fue!».
En ese momento en mi interior surge una suposición de que la paciente tal vez, por
anhelo hacia la cercanía con su padre, soporte algo en su lugar, dado que este, por su
vínculo, solamente está disponible de manera limitada. Eso queda demostrado por el
hecho de que la hija menor debe representar a alguien para el padre, quizás a su
hermano. Para revisar esta hipótesis, sigo los movimientos de los representantes con
relación al trasplante.
Le pido a la paciente que agregue a otra representante para la hija fallecida de su
hermana. Cuando esta es llevada al centro de la constelación, le fallan las piernas y
cae al suelo. Todas las personas configuradas experimentan su aparición como un
shock, y todo el sistema da la impresión de estar congelado. Cuando coloco a un
representante para el niño donante tumbado junto a la representante de la sobrina
fallecida de la paciente, toda la familia, con excepción de la representante de la
paciente, se vuelve hacia el otro lado. Está muy conmovida, se arrodilla junto a las
dos criaturas muertas y les toma las manos.
Cuando le pregunto al representante del niño donante cómo está, responde: «Estoy
bien, no me siento parte del sistema grande. Mi atención está dirigida a la niña que
está a mi lado. Aquí me siento bien».
La representante de la paciente dice: «No puedo apartar la vista del niño donante.
En realidad quiero ir con mi madre, pero no puedo».
En ese momento el representante del padre pide la palabra: «Yo ya no puedo
soportar esta carga, mis hombros se sienten muy pesados. Todo esto es una tragedia y
en mi interior se repite la frase: “¡Qué habéis hecho!”».
La paciente responde: «Para financiar el trasplante comenzamos una campaña de
donación. A mi padre eso le causó mucha vergüenza y por eso yo me hice cargo de la
organización. Reunimos el dinero en mi casa».
Con motivo de la complejidad de los posibles trasfondos, decido concentrarme en
la relación de la paciente con su padre. El anhelo por su padre con la disposición de

235
soportar algo en su lugar es evidente.
Tomo a la representante de la paciente de la mano, la separo algunos pasos de lo
que acontece en la constelación y le digo: «Tú aquí no puedes hacer nada. Si quieres
vivir, debes dejar atrás lo pasado, con respeto y amor para aquello que separa a la
familia. ¡Ese es un proceso doloroso, pero de esa manera no te interpones en el
camino de un movimiento de resolución!».
La representante de la paciente lo confirma: «Sí, eso está muy bien. En el fondo sé
que es lo correcto».
Ahora le pido al representante del padre que se coloque delante de la paciente.
Cuando le pregunto si quiere decirle algo a su hija, responde: «¡Es mío, y yo lo
soporto, yo solo!». La paciente llora y yo le hago decir: «¡Querido papá, sea lo que
sea que tú soportas, yo lo respeto, y ahora lo dejo contigo!». El padre responde:
«¡Gracias!», y agrego las frases para él: «Ahora veo lo que tú has soportado en mi
lugar, y ahora lo acepto».

Un año después de ese trabajo me entero por la paciente de que está considerablemente
mejor. Está dispuesta a redactar un informe de sus recuerdos. Aquí lo copio:

Querido Stephan:
El año pasado hice una constelación contigo. Se trataba de mis ataques de vértigo. El
diagnóstico oficial decía: «Mareo por desgaste de la columna vertebral cervical».
Quería comunicarte que estoy mucho mejor y que desde la constelación no he tenido
más ataques de vértigo graves.
La constelación había mostrado lo siguiente: todo tenía que ver con mi relación con
mi padre. La conexión más grande era un trasplante de hígado que hubo que hacer a
mi sobrina, la primera hija de mi hermana menor. El trasplante tuvo lugar hace 18
años. Los gastos elevados requerían que participara toda la familia. Decidimos
afrontarlos juntos y, además, recaudar dinero. Eso le causaba mucha vergüenza a mi
padre, pero sabía que no había otra opción. Por ese motivo me pidió que yo
organizara la tarea de la donación, y mi casa era la sede central. Estuve de acuerdo,
aunque también para mí era una situación que significaba una gran carga.
Se realizó el trasplante, pero mi sobrina no sobrevivió. El hígado donado desarrolló
una necrosis. Sabíamos que el hígado donado provenía de un niño africano. Todo fue

236
muy doloroso.
En esa época mi padre enfermó de una anemia de la cual ya no se recompondría.
Quince años más tarde la anemia pasó a ser una leucemia y mi padre murió en el
transcurso de un mes. Después de la muerte de mi padre comenzaron mis primeros
ataques de mareo.
La constelación me mostró que, además de ocuparme del dinero, yo había asumido
mucho más. Mi padre jamás pudo superar la muerte de esa nieta. En la constelación
también configuramos al niño donante; mi representante era la única de la familia que
lo miraba. Pudimos ver que mi representante tenía una actitud de cuidado hacia los
niños fallecidos. Mi madre no podía mirar y mi padre tampoco.
En ese momento interviniste alejando a mi representante de lo que estaba
sucediendo. Eso produjo algunas modificaciones en los demás representantes. Yo
misma lo experimenté como un gran alivio.
Luego colocaste al representante de mi padre frente a mí. Me estrechó la mano y yo
le dije: «Querido papá, sea lo que sea que tú soportas, yo lo respeto y ahora lo dejo
contigo». Para mi asombro, él respondió espontáneamente con un: «¡Gracias!» y nos
abrazamos.
Desde entonces no he tenido más mareos y cuando tengo la sensación de que el
síntoma aparecerá nuevamente, visualizo la imagen de mi padre y en silencio repito
esas palabras y todo se acaba. A veces, cuando me voy a dormir, siento que la cama se
mueve un poco, y permito que me acune, no me opongo y entonces también eso
vuelve a cesar.
Ahora ha pasado más de una año desde la constelación y yo estoy bien. Te lo
agradezco mucho. Jamás se me habría ocurrido relacionar los ataques de vértigo con
ese asunto. Espero que esta información sea útil para tu trabajo y el de tus colegas y
que contribuya también a ayudar a otros.
G.

2.7.5. Enfermedades hereditarias

Una y otra vez también concurren pacientes con enfermedades hereditarias a los grupos
de constelaciones. A menudo, su destino los lleva a reñir con el progenitor a través del
cual heredaron la enfermedad. Aquí el terapeuta puede ayudar colocando a

237
representantes de los padres frente al paciente. De cara a sus padres el paciente debe
reconocer que reñir con el padre o la madre significa más bien una carga, tanto para él
como también para sus padres, y que lo debilita, y que se le exige aceptar la vida
también a ese precio.

2.7.6. Iatrogenias e impericia médica

Es comprensible que los pacientes que sufren las consecuencias de la impericia médica
tiendan a hacer responsables a esos médicos de los trastornos resultantes. Sin embargo,
tal como muestra también el ejemplo de la pareja con la hija discapacitada que se
menciona en el apartado 2.4.1, pág. 158, la mirada al médico desvía la atención de la
confrontación con los temas familiares propios. Los reproches y las acusaciones traban y
obstaculizan el efecto de las fuerzas sanadoras y los recursos familiares. Lo que tiene
fuerza es resistir la necesidad de compensar y encarar la posible parte propia de la
responsabilidad en lo acontecido, a pesar del dolor.
De esa forma, al participar en un grupo de constelaciones, un hombre de 40 años se
quedó perplejo al reconocer, a través de la constelación, que su hijo de 5 años, enfermo
de diabetes, representaba para él al padre, al cual durante toda su vida había juzgado y
despreciado por sus creencias nacionalsocialistas. Por el impacto de la esquirla de una
granada, este había quedado ciego del ojo derecho tras haberse presentado como
voluntario para la lucha en el frente.
Si las implicaciones familiares tienen influencia transgeneracional en los golpes de
destino que se repiten en las familias y, en caso afirmativo, hasta qué punto, queda sin
aclarar. Sin embargo, llama la atención que el hijo perdió, por impericia médica, la
visión del ojo derecho, al igual que su abuelo. La operación del ojo izquierdo, que se
había realizado dos semanas antes, se había desarrollado sin complicación alguna.
Lo que tanto asombraba al cliente era el hecho de que en su juventud se había jurado
reiteradas veces que terminaría con su vida en caso de llegar a ser igual que su padre.

2.7.7. Consideraciones: ¿aparición de síntomas por constelaciones?

«Toda interpretación es errónea.»

238
En el marco de un taller sobre el tema de la curación y la autocuración, el doctor Serge
King, un chamán de Hawái, resumió en una frase las posibilidades de un efecto sanador
desde su punto de vista: «Either you change the focus or you change the frame» (O bien
modificas el enfoque o modificas la imagen general/el marco de referencia).
Esta declaración se refiere a la fuerza de imágenes internas y de creencias. Que estas
marquen nuestra vida y también nuestra salud no causaría problemas si fuesen correctas.
Sin embargo, la mayoría de nuestras imágenes internas son erróneas o, al menos,
incompletas.
El objetivo del trabajo terapéutico es, entre otros, corregir aquellas imágenes que
limitan la vida y la salud del paciente de manera tal que las posibilidades y el rango de
actuación del paciente se amplíen.
El siguiente ejemplo describe el efecto posterior adverso de un trabajo de
constelaciones:

«¡Es mío, y yo me encargo!»


(Paciente con pérdida de voz psicógena)
Una mujer sufre de disfonía en continuo aumento con pérdida de voz cada vez más
frecuente. La revisión clínica demuestra una inflamación crónica de la laringe, que,
sin embargo, hasta ahora se muestra resistente a todo tratamiento convencional.
Cuando le pregunto si ella sospecha algo acerca del origen de sus molestias, la
paciente contesta: «¡Hay una parte dentro de mí que no quiere hablar!». A eso le
pregunto: «Si te imaginas que estás en una situación en la cual te falla la voz, ¿a quién
dirías algo si pudieras hablar sin problemas?».
Espontáneamente responde: «¡A mi hijo!».
TERAPEUTA: ¿Qué ocurre con él?
PACIENTE: Hace ocho años se le diagnosticó una esquizofrenia paranoide.
TERAPEUTA: Tal vez aquí exista una conexión y los dos estáis conectados al mismo
acontecimiento familiar, cada uno con su propia sintomatología.
La paciente contradice: «¡No, la esquizofrenia de mi hijo proviene de la familia de
su padre! Eso se demostró en una constelación». (¡La mayoría de las veces se ve en
primer lugar aquello que se quiere ver!) «El padre del hijo, mi primer marido, ahora
también está dispuesto a trabajarlo. Hace algunas semanas se inscribió en un grupo de
constelaciones con el terapeuta correspondiente.»

239
TERAPEUTA: Volvamos un paso atrás. ¿Qué le dirías a tu hijo si pudieras hablar sin
problemas?
La paciente contesta: «Yo le diría: “¡Toma tu medicación!”». Mi sensación me dice
que con esa respuesta la paciente se evade. Por lo tanto, intento sintonizarme con una
situación de conversación con su hijo para poder sentir, tal vez, qué frase la mueve en
lo profundo, y que, sin embargo, no puede ser expresada. La frase que percibo reza:
«¡Aunque yo me vaya, quédate!».
Cuando la pronuncio, la paciente confirma de inmediato: «¡Por supuesto prefiero
irme yo a que se vaya él!».
TERAPEUTA: ¿Entonces tú estarías dispuesta a sacrificarte por él?
PACIENTE: ¡Absolutamente!
TERAPEUTA: Si la esquizofrenia está relacionada con un suceso en la familia de su
padre, esa idea de que tú puedas cambiar el destino de tu hijo sacrificándote es
contradictoria y soberbia. Por lo tanto, no es una actitud sanadora ni para ti, ni para tu
hijo ni para tu primer marido. Si estás de acuerdo, configuramos la situación.
La paciente se declara dispuesta y yo le pido algunas informaciones adicionales.
TERAPEUTA: Además de tu hijo, ¿tienes otros hijos con tu primer marido?
PACIENTE: Una hija mayor.
TERAPEUTA: Bien, comenzamos con tres representantes, para ti, para tu primer marido
y para tu hijo.
La paciente ubica a los representantes relacionados entre sí. El representante del
hijo de inmediato comienza a girar como si buscara algo. Dice que parece estar
tomado por una fuerza que es más fuerte que él y que solo puede entregarse a ella. El
representante del padre sigue los movimientos del hijo con mirada preocupada. La
representante de la madre se vuelve en dirección opuesta a la del hijo y al preguntarle
cómo se siente dice: «En realidad querría irme, pero no puedo».
Le pido a la paciente que configure a un representante para la esquizofrenia del
hijo. El hombre que elige es llevado al centro del sistema configurado y de inmediato
cae al suelo. El movimiento giratorio del representante del hijo se detiene y, como
hechizado, mira al hombre tendido en el suelo.
Ahora le pido a la paciente que agregue a un representante para su síntoma, la
pérdida de voz. Elige a una mujer y la ubica detrás del representante de la
esquizofrenia tendido en el suelo. Sin dirigir ni una mirada al hombre tendido en el

240
suelo, la representante del síntoma se lleva ambas manos a la garganta como
queriendo estrangularse, comienza a tragar continuamente y lucha por respirar.
Resulta interesante que ahora la representante de la paciente gire hacia su primer
marido y, sin que yo se lo indique, se incline ante él. Este gesto es vivido como un
gran alivio por la representante del síntoma. Ahora puede respirar, mira al
representante de la esquizofrenia en el suelo delante de ella y se recuesta junto a él.
El representante del hijo los observa a los dos y justamente quiere volverse hacia su
padre cuando la representante del síntoma vuelve a sentarse diciendo: «Me gustaría
estar recostada aquí, me siento muy unida, pero no encuentro paz». El representante
del hijo responde a eso: «Ella (la representante del síntoma) me irrita. Quiero ir con
mi padre, ahora habría ido junto a él, pero no puedo. Ella me lo impide».
La representante del síntoma comenta: «No me corresponde a mí estar aquí.
Tendría que estar otro».
A eso el representante del hijo responde: «¡Entonces voy yo!», y la representante
del síntoma dice: «¡Eso no puedo permitirlo!».
En ese momento interrumpo el diálogo entre los representantes y le pregunto al
representante de la esquizofrenia cómo se siente. Sonríe, se dirige a la representante
del síntoma y dice: «Todo el tiempo he estado pensando: “¡Dilo de una vez! ¡Tú lo
sabes!”». Yo siento el lazo más fuerte con la representante de la pérdida de voz. Yo
también quiero mi paz, pero yo tampoco la logro».
Para poner a prueba a la paciente, le digo: «Sigo preguntándome, ¿por quién lo
lleva el hijo?».
De inmediato responde: «Ya lo he dicho. ¡Por su padre!».
Yo replico: «No estoy tan seguro. ¡Y ahora haré una prueba!».
Para eso le pido a la representante de la paciente que le diga a su primer marido:
«¡Es mío! ¡Y ahora yo me encargo!».
Cuando ella pronuncia esas palabras, el representante de la esquizofrenia se relaja.
El representante del hijo se dirige hacia su padre y la representante del síntoma dice:
«¡Ahora podría volver a recostarme allí o, mejor todavía, me retiro!».
Cuando el representante del primer marido se vuelve hacia el otro lado le pregunto
qué le sucede. Responde: «¡No quiero mirar más hacia allí, siento que me culpan por
algo con lo que yo no tengo nada que ver!».

241
Le digo al grupo: «Ya al comienzo de la constelación se podía ver que la dinámica
familiar que hay detrás de la esquizofrenia proviene no solamente de la familia del
padre. El representante del padre no tenía dificultades para mirar al hijo enfermo. ¡La
que no podía hacerlo era la madre! Con eso se demuestra que hay algo que ella o su
familia no pueden ver o aceptar».
Incidentalmente le pregunto a la paciente: «¿Desde cuándo piensas tú que proviene
de la familia del hombre?».
PACIENTE: ¡Hace un año, cuando hice la constelación para mi hijo!
TERAPEUTA: ¿Y desde cuándo tienes los problemas con el habla?
PACIENTE (reflexionando): Alrededor de esa época… O sea, ¿que proviene de mi
línea?
TERAPEUTA: ¡Parece que existe una relación!
PACIENTE: ¡Todos los miembros de mi familia tienen un problema con la culpa!
No respondo a esa invitación a ocuparme de ese tema familiar y en su lugar le paso
la responsabilidad a la paciente.
TERAPEUTA: Dile a tu marido: «¡Es mío, y ahora me encargo!».
Una vez que ella ha pronunciado las palabras, el representante del primer marido se
gira hacia su hijo y lo abraza. La representante de la paciente se arrodilla junto al
representante de la esquizofrenia, llora y apoya la cabeza en su regazo. Él la rodea con
el brazo. Así permanecen ambos durante un momento, hasta que la representante de la
paciente se aparta. Ahora ambos parecen estar tranquilos y la representante de la
paciente se vuelve primero hacia su primer marido, luego hacia mí y dice: «¡Quiero
decirle a mi marido que siento haberlo culpado!».
Estoy de acuerdo, pero le pido a la paciente que se integre en la constelación.
Primero va hacia el representante de la esquizofrenia, lo mira a los ojos y lo abraza.
Cuando se tranquiliza, mira hacia su marido y su hijo y dice: «¡Me alegra verte en los
brazos de tu padre!».
Estas palabras de la madre hacen que el representante del hijo se vuelva
resplandeciente. Ahora por primera vez da la impresión de ser un niño aliviado.

Años después de la constelación encuentro a la paciente durante un congreso. Le pido


que anote brevemente cómo se desarrolló, para ella, el proceso que siguió a la
constelación.

242
Recuerdo haberte informado de que la esquizofrenia de mi hijo tiene su trasfondo en
la familia de su padre. La declaración de que también en mi familia podría haber
acontecimientos relacionados con la enfermedad de mi hijo me conmovió
profundamente. No estaba preparada para un contexto así y puedo decir que me
resistía mucho a esa suposición.
No obstante, en el transcurso de la constelación tuve que reconocer que el
representante de mi hijo estuvo visiblemente mejor cuando yo comencé a considerar
esa posibilidad y, sobre todo, cuando yo seguí los pasos hacia la solución que se
proponían.
Después de la constelación logré reconocer más y más una posible influencia en la
enfermedad de mi hijo proveniente de mi familia y asumir mi parte de
responsabilidad. Una vez más comencé con las investigaciones en mi familia y obtuve
nuevas informaciones acerca de la familia de mi madre. Su madre murió cuando ella
tenía 12 años. Con la muerte de la abuela, mi madre fue separada de sus hermanos y,
lo que quizás es lo más importante, me enteré de una posible culpa de mi abuelo por
participar en un asesinato.
Movida por la constelación, alenté y apoyé a mi hijo para que tomara más contacto
con su padre. Ahora se ven con regularidad y lo disfrutan mucho. Aparentemente eso
le hace muy bien a mi hijo, ya que en estos momentos está claramente mejor en lo que
a su enfermedad se refiere.

Es notable que en su informe la paciente no mencione ni con una sola palabra la


sintomatología que en principio la había impulsado a participar en el grupo de
constelaciones para enfermos.
En los cursos de entrenamiento en radiestesia clínica que coordino, me llamó la
atención tanto la percepción, en general correcta, de los participantes, como también la
mayormente errónea interpretación de lo percibido.
Los procesos de percepción generalmente impresionantes de los representantes en las
constelaciones seducen tanto al terapeuta como también al paciente a suposiciones
posiblemente precarias. En mi opinión aquí se requiere una gran circunspección y
reserva por parte del terapeuta, así como también prestar atención con respecto a la
manera en la cual el paciente interpreta los sucesos de la constelación y toma las
intervenciones y las manifestaciones del terapeuta.

243
3.
Observación final

«Porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia
sobre justos e injustos.»
MATEO, 5, 44

Soy consciente de que aquí se realizó una selección especial de casos en calidad de
ejemplos. Esta se basó, sobre todo, en la medida en que recibí comentarios posteriores
voluntarios por parte de los pacientes. También habría mucho para relatar acerca de otras
circunstancias con relación a enfermedades desde el punto de vista del trabajo con
constelaciones.
Para pasar a un primer plano la individualidad de los procesos de los trabajos renuncié
conscientemente a un careo de dinámicas familiares frecuentes y cuadros de
enfermedades. El objetivo de este libro es realzar las posibilidades de aplicación y en
especial el potencial del trabajo con constelaciones sistémicas para enfermos. Sin
embargo, esto solo puede desplegarse en el desarrollo individual con cada uno de los
pacientes. Aunque en el caso de muchas enfermedades o síntomas se muestren a menudo
dinámicas familiares iguales o similares, los pasos de solución son diferentes para cada
paciente. El arte del terapeuta consiste en hacer consciente para el paciente aquellas
imágenes internas, actitudes y creencias que, por un lado, lo llevan a la enfermedad o a
persistir con las enfermedades y los síntomas existentes y, por otro lado, ponerlo en
contacto, a través del proceso terapéutico, con realidades que lo conduzcan a una actitud
modificada y de esa forma, tal vez, en dirección a un alivio o también a una curación.
De una forma análoga a la homeopatía para la medicación correspondiente (el
similium), lo que aquí también vale es: aquel que no da en el blanco está errado.

244
Para mí «solución» significa: liberarse para dar un primer paso. Sin embargo, un
cambio presupone movilidad. Eso también vale para el terapeuta. Este debe evitar que
las experiencias acumuladas se transformen en teorías, en caso contrario, lo sanador de
ellas se pierde. Porque la experiencia tiene un efecto sanador a través del ser del
terapeuta, no a través de su conocimiento.
Tal como muestran los ejemplos, muchas enfermedades están relacionadas con el
destino de familiares excluidos. El sufrimiento y los dolores que causan las
enfermedades alientan a reconocer la pertenencia de esas personas o de los
acontecimientos traumáticos excluidos y volver a integrarlos.
Esta integración a menudo requiere un proceso de solución con y de los padres y
también de la familia. Exige que la conciencia reinante en la familia que diferencia lo
bueno y lo malo y que separa sea superada, significa tomar distancia de juicios y
movimientos que excluyen y reconocer que cada uno, sea como sea y haya hecho lo que
haya hecho, tiene el mismo derecho de pertenencia. Esta actitud que integra a todos es
experimentada en el alma como serena y sanadora.

245
4.
Horizonte

«… y comienza con el final.»


R. M. RILKE

Si el autor de un libro al final de este pudiera expresar un deseo, sería que la medicina,
en su contemplación de la persona enferma, tome en cuenta adecuadamente la
perspectiva multigeneracional de la terapia familiar sistémica en el origen de
enfermedades y en el sostener de los síntomas, y que al trabajo de constelaciones con
enfermos se le adjudique el lugar y el valor que en mi opinión le corresponde.
Más allá de esto tengo el deseo de que los conocimientos y las comprensiones del
trabajo de constelaciones con enfermos trasciendan y lleven a una compenetración
ampliada de la enfermedad y la salud en la sociedad.
¿Cómo sería si nuestros hijos escucharan acerca de estas interrelaciones ya en la
escuela? ¿Cómo sería si a la dietética se le volviera a otorgar su importancia original
como la enseñanza de las medidas que contribuyen a la salud física y espiritual o a la
curación?
El trabajo con constelaciones puede ser considerado un método, pero más allá de eso
es una enseñanza acerca de las relaciones humanas, una filosofía de vida, una actitud en
la vida y una forma de vivir.

246
Bibliografía

Los siguientes autores influyeron significativamente en mi comprensión de la salud y la


enfermedad. Me siento conectado a todos ellos en agradecimiento. Fueron y son para mí
importantes compañeros y maestros en este camino.

247
Obras básicas sobre las constelaciones familiares

Hellinger, B., Die Mitte fühlt sich leicht an. Vorträge und Geschichten, Múnich, Kösel,
1996 (trad. cast.: El centro se distingue por su levedad: conferencias e historias
terapéuticas, Barcelona, Herder, 2012).
— Ordnungen der Liebe. Ein Kursbuch, Heidelberg, Carl-Auer, 2000 (6.ª ed.) (trad.
cast.: Órdenes del amor: cursos seleccionados de Bert Hellinger, Barcelona, Herder,
2005).
— Der Austausch. Fortbildung für Familiensteller, Heidelberg, Carl-Auer, 2002 (trad.
cast.: El intercambio: didáctica de constelaciones familiares, Barcelona, Ridgen
Institut Gestalt, 2006).
— Ordnungen des Helfens. Ein Schulungsbuch, Heidelberg, Carl-Auer, 2003 (trad. cast.:
Los órdenes de la ayuda, Buenos Aires, Alma Lepik, 2008).
— Die Quelle braucht nicht nach dem Weg zu fragen. Ein Nachlesebuch, Heidelberg,
Carl-Auer, 2004 (trad. cast.: El manantial no tiene que preguntar por el camino,
Buenos Aires, Alma Lepik, 2007).
Hellinger, B., y G. ten Hövel, Anerkennen was ist. Gespräche über Verstrickung und
Lösung, Múnich, Kösel, 1996 (trad. cast.: Reconocer lo que es: conversaciones sobre
implicaciones y desenlaces logrados, Barcelona, Herder, 2000).
Schneider, J. R., Das Familienstellen. Grundlagen und Vorgehensweisen, Heidelberg,
Carl-Auer, 2006 (trad. cast.: Constelar familias: fundamentos y procedimientos,
Barcelona, Herder, 2009).
Weber, G. (comp.), Zweierlei Glück. Die systemische Psychotherapie Bert Hellingers,
Heidelberg, Carl-Auer, 1993 (15.ª ed., 2007) (trad. cast.: Felicidad dual: Bert
Hellinger y su psicoterapia sistémica, Barcelona, Herder, 1999).

248
Constelaciones familiares con enfermos

Alex, C., «Körpersymptome: was zeigen sie uns?», Systemische Aufstellungspraxis, 3,


2006, págs. 19-22.
Eidmann, F., «Erfahrungen mit der Nutzung der Konzepte Bert Hellingers als
Psychotherapeutin in einer Arztpraxis mit onkologischem Schwerpunkt», en: G.
Weber (comp.), Praxis des Familien-Stellens, Heidelberg, Carl-Auer, 1998, págs. 288-
293.
— «Aufstellungen von Organsystemen in der Psychoonkologie: Erfahrungen und
Hypothesen», en: G. Weber (comp.), Derselbe Wind lässt viele Drachen steigen:
Systemische Lösungen im Einklang, Heidelberg, Carl-Auer, 2001, págs. 200-216.
Essen, C., «Familien-Stellen bei Angstsymptomatik und Panikattacken», en: G. Weber
(comp.), Praxis des Familien-Stellens, Heidelberg, Carl-Auer, 1998, págs. 305-312.
Essl, B., «Therapeutic Application of Family Constellation Work for Chronic lllness»,
The Knowing Field, 7, 2006, págs. 5-9.
Fehlinger, M., y G. Gassner, «Aus der Erstarrung in die Bewegung», en: G. L. Baxa, C.
Essen y A. H. Kreszmeier (comps.), Verkörperungen. Systemische Aufstellung,
Körperarbeit und Ritual, Heidelberg, Carl-Auer, 2002.
Hausner, S., «Coincidence or Providence. A Constellation concerning Neurodermatitis»,
Systemic Solution Bulletin, 1, 2000, pág. 37.
— Krankheit und Seele, taller (grabación en directo), 5.º Congreso Internacional de
Constelaciones Sistémicas, Karlsruhe, Steinhardt, 2005.
— Heilung aus Einklang, conferencia y taller, 6.º Congreso Internacional de
Constelaciones Sistémicas, Karlsruhe, Steinhardt, 2007.
Hellinger, B., Familien-Stellen mit Kranken. Dokumentation eines Kurses für Kranke,
begleitende Psychotherapeuten und Ärzte, Heidelberg, Carl-Auer, 1995.
— Wo Schicksal wirkt und Demut heilt: ein Kurs für Kranke, Heidelberg, Carl-Auer,
1998a.
— Schicksalsbindungen bei Krebs. Ein Kurs für Betroffene, ihre Angehörigen und
Therapeuten, Heidelberg, Carl-Auer, 1998b.
— Mitte und Maß: Kurztherapien, Heidelberg, Carl-Auer, 1999.

249
— Wo Ohnmacht Frieden stiftet. Familien-Stellen mit Opfern von Trauma, Schicksal
und Schuld, Heidelberg, Carl-Auer, 2000.
— Was in Familien krank macht und heilt: ein Kurs für Betroffene, Heidelberg, Carl-
Auer, 2001.
— «Dimensions of Illness and Health. Integrating Excluded Persons and Events. Further
Thoughts of Illness», The Knowing Field, 5, 2004, págs. 4 y 44.
— «Der höchste Grund der Arznei ist die Liebe», en: B. Hellinger, W. Giegerich y H.-U.
Grimm (comps.), Heilkräfte, 7.º Simposio de la Paracelsus Akademie Villach, Villach,
Geiger & Mirtitsch, 2005a.
— «Spiritual Dimension of Illness and Death», en: J. E. Lynch y S. Tucker (comps.),
Messengers of Healing. The Family Constellations of Bert Hellinger through the Eyes
of a New Generation of Practitioners, Phoenix, Arizona, Zeig, Tucker & Theisen,
2005b, págs. 269-273.
Hellinger, B., y M. Kaden (comps.), Die größere Kraft. Bewegungen der Seele bei
Krebs, Heidelberg, Carl-Auer, 2001a.
— Liebe am Abgrund. Ein Kurs für Psychose-Patienten, Heidelberg, Carl-Auer, 2001b.
Jaruschewski, A., «Symptom-Aufstellungen. Beobachtungen „aus der Werkstatt“»,
Systemische Aufstellungspraxis, 1, 2006, págs. 28-32.
Kutschera, I., «Das Herz», Praxis der Systemaufstellung, 2, 2002, págs. 36-37.
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patológicos y constelaciones familiares, Buenos Aires, Alma Lepik, 2006).
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und Verstrickungen in Systemen, Paderborn, Junfermann, 2003, págs. 99-106.
Prekop, J., y B. Hellinger, Wenn ihr wüsstet, wie ich euch liebe, Múnich, Kösel, 1998
(trad. cast.: Si supieran cuánto los amo, Barcelona-México, Herder, 2003).
Ramos, D., y G. Weber, «Schlaflosigkeit. Eine eindrucksvolle Fallgeschichte», Praxis
der Systemaufstellung, 1, 2006, págs. 39-41.
Ruppert, F., Verwirrte Seelen. Der verborgene Sinn von Psychosen. Grundzüge einer
systemischen Psychotraumatologie, Múnich, Kösel, 2002.

250
— Depressionen: Symptome, Ursachen und Verläufe aus der Sicht einer systemischen
Psychotraumatologie, Múnich, Katholische Stiftungsfachhochschule, 2003.
Ruppert, F., y C. Freund, «Hyperaktivität und ADHS. Erkenntnisse über die Ursache der
Unruhe von Kindern aus zwei Aufstellungsseminaren», Praxis der Systemaufstellung,
2007, 1, págs. 74-82.
Schäfer, T., Wenn der Körper Signale gibt. Wege aus der Krankheit durch systemische
Aufstellungen, Múnich, Knaur, 2004.
Sölter, I., «Beispiel einer systemischen Lösung bei einer Tinnitus-Patientin», Praxis der
Systemaufstellung, 1, 2001, págs. 43-45.
Sparrer, I., «Systemische Strukturaufstellungen zu psychosomatischen Erkrankungen»,
Praxis der Systemaufstellung, 2, 1999, págs. 30-37.
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(comps.), Verkörperungen. Systemische Aufstellung, Körperarbeit und Ritual,
Heidelberg, Carl-Auer, 2002.
Walper, G. «Frau hat zum wiederholten Mal Gebärmutter-Myome», Praxis der
Systemaufstellung, 2, 1998, págs. 31-33.
Weber, G., «Der Tic: Fallbeispiel einer Symptomaufstellung», Praxis der
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251
Otros

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und Therapietheorie, Heidelberg, Carl-Auer, 2001.
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experimentos en terapia gestáltica, Santiago de Chile, Cuatro Vientos, 2003).
Tomatis, A., Klangwelt Mutterleib. Die Anfänge der Kommunikation zwischen Mutter
und Kind, Múnich, Kösel, 1994 (trad. cast.: 9 meses en el paraíso: historias de la vida
prenatal, Barcelona, Biblària, 1996).
Upledger, J. E., SomatoEmotionale Praxis in der CranioSacralen Therapie, Heidelberg,
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254
Upledger, J. E., y J. D. Vredevoogd, Lehrbuch der CranioSacralen Therapie I,
Heidelberg, Haug, 2003 (5.ª ed.) (trad. cast.: Terapia craneosacra I, Badalona,
Paidotribo, 2006).
Von Schlippe, A., y J. Schweizer, Lehrbuch der systemischen Therapie und Beratung,
Gotinga, Vandenhoeck&Ruprecht, 2003 (trad. cast.: Manual de terapia y asesoría
sistémicas, Barcelona, Herder, 2003).
Weil, A., Heilung und Selbstheilung, Weinheim-Basilea, Beltz, 1988 (trad. cast.: Elige tu
propia medicina, Barcelona, Urano, 1999).
Wickland, C., Dreißig Jahre unter den Toten, Remagen, Reichl, 1957 (trad. cast.: 30
años entre los muertos, Buenos Aires, Schapire, 1951).
Zeig, J. K., Die Weisheit des Unbewussten: Hypnotherapeutische Lektionen bei Milton
Erickson, Heidelberg, Carl-Auer, 1995.
— Meine Stimme begleitet sie überall hin, Stuttgart, Klett-Cotta, 1999.

255
Notas

1. En el texto original se habla de Heilpraktiker (en inglés: healing practitioner), que en Alemania es un título
que se otorga después de tres años de estudios a nivel terciario. Permite la práctica de métodos alternativos
de curación no prohibidos por la ley, como, por ejemplo, la naturopatía, la homeopatía y la osteopatía. (N. de
la T.)

2. Bert Hellinger, Órdenes del amor, Barcelona, Herder, 2015, pág. 14. (N. de la T.)

3. Primeras Jornadas de Comunicación Abierta entre las Terapias Alternativas y el Cáncer, 2006;
Organización: Fundación Benqi Absa.

4. La enseñanza de los símbolos es el estudio de las señales en la naturaleza que, a través de marcas en el
exterior, indican similitudes, parentescos y conexiones internas. […] Se basa […] en un pensamiento
cósmico de correspondencias y está presente en la mayoría de las enseñanzas sanadoras tradicionales en
todo el mundo (<de.wikipedia.org/wiki/Signaturenlehre>).

5. El concepto «agravación» surge de la homeopatía y se refiere a la agravación de la sintomatología en el


transcurso de la curación. La curación homeopática tiene lugar desde dentro hacia fuera, es decir, que una
enfermedad crónica solo puede ser sanada haciéndola recrudecer, lo que para el paciente significa que los
primeros síntomas de la enfermedad vuelven a aparecer como reacción sanadora.

256
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257
258
Un camino hacia el alma
Pérez Marcos, Óscar
9788417002299
178 Páginas

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Cuando era joven, el autor de "Un camino hacia el alma" no estaba satisfecho
con los éxitos y los fracasos que había cosechado a lo largo de su vida: sumido
en un espejismo, se resistía a abandonar sus ataduras. Tras un peregrinaje por el
Camino de Santiago descubrió el valor de lo que de verdad importa: ayudar a
los demás. Después de vivir en el Reino Unido, los Estados Unidos y Alemania,
el autor emprendió un nuevo itinerario: el de las ONG y los voluntariados, el de
la entrega incondicional a los otros y el descubrimiento de sí mismo. Este viaje
lo llevó a Ghana, donde fundó HOLA GHANA, y la India, Colombia y México,
países en los que también genera impacto y canaliza voluntarios y recursos para
diferentes proyectos locales. Para el autor de este extraordinario testimonio, los
libros no se escogen: cada uno llega en el momento en que más se necesita.
Conforme con esta convicción, el propósito de este libro es servir como
inspiración para ayudarnos a cambiar el curso de nuestras vidas. Un llamado de
atención destinado a escépticos y conformistas para ir más allá de nuestra zona
de confort, liberarnos de todo lo que nos limita y nos impide reinventarnos,
alcanzar nuestra mejor versión e influir positivamente en quienes nos rodean.

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259
260
El arte de vivir mejor
Ruiz, Pedro Martínez
9788416820436
165 Páginas

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En la vida sólo tenemos un billete de ida. Llegamos sin nada y nos vamos sin
nada pero aquí dejamos nuestra huella. De nosotros depende dejar la mejor. En
este libro encontrarás herramientas, conocimientos y experiencias de autor que
te ayudarán a vivir mejor. Un libro lleno de motivación e impulso para
reconocer tu propósito de vida o animarte a encontrarlo si aún no lo has
descubierto. También encontrarás propuestas para salir de tu zona cómoda y
llegar a donde deseas llegar. Obtendrás entusiasmo para acompañarte a
conseguir tus objetivos y descubrirás la importancia de las emociones e
inteligencia emocional. La importancia del sentido del humor también está
presente e igualmente fortaleza para superar miedos y creencias limitantes, en
definitiva, una completa guía que te hará descubrir El arte de vivir mejor.

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261
262
Medicina de género
Glezerman, Marek
9788417002114
330 Páginas

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A lo largo de millones de años, el cuerpo masculino y el femenino han


desarrollado diferencias fisiológicas cruciales para mejorar las posibilidades de
supervivencia de la raza humana. En Medicina de género, el doctor Marek
Glezerman, uno de los pioneros mundiales en este campo de la medicina, revela
innumerables diferencias entre sexos que a menudo se pasan por alto. En
muchos casos, con la eliminación de los roles de género tradicionales, han
quedado obsoletas, pero aun así están muy presentes, y van más allá de las
divergencias sexuales y reproductivas más evidentes. *Las mujeres son más
resistentes a las enfermedades infecciosas que los hombres, pero más
vulnerables a las autoinmunes. *A igual número de cigarrillos fumados, el
cáncer de pulmón es un 170 % más frecuente en mujeres que en hombres. *La
enfermedad de Alzheimer se expresa de formas diferentes en hombres y
mujeres. *Los fármacos para tratar las náuseas son menos efectivos en las
mujeres. *Las mujeres son más sensibles a los antihistamínicos. *La aspirina es
más efectiva en los hombres como prevención de los derrames cerebrales. Los
médicos suelen tratar a los pacientes de ambos sexos como si sus necesidades
fueran idénticas y la investigación médica sigue efectuándose
predominantemente con los hombres, para luego aplicar los resultados al
tratamiento de las mujeres. Esta situación exige un cambio de paradigma: el que
propone Medicina de género.

263
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264
265
Escapar para vivir
Park, Yeonmi
9788416820740
311 Páginas

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Yeonmi Park no soñaba con la libertad cuando escapó de Corea del Norte. Ni
siquiera sabía qué significaba ser libre. Lo único que sabía era que huía para
salvar la vida, que si su familia y ella seguían allí morirían: por el hambre, las
enfermedades o incluso ejecutados. "Escapar para vivir" es el relato de la lucha
de Park por subsistir en el país más enigmático y represivo del mundo; su
angustiosa huida hacia Corea del Sur a través del submundo de contrabandistas
y tratantes de seres humanos de China; y su transformación en una destacada
activista pro derechos humanos… todo ello antes de cumplir veintiún años. Hoy
en día, Park es una líder influyente para las generaciones más jóvenes de
disidentes coreanos y ha obtenido reconocimiento internacionalmente como
defensora de los derechos humanos en todo el mundo. En resumidas cuentas,
"Escapar para vivir" trata de la resiliencia del espíritu humano y el
extraordinario poder del amor para vencer los horrores más espantosos y las
circunstancias más desesperadas. «Tuve que aprender a amar a los demás», dice
Yeonmi Park. «Y ahora estoy dispuesta a morir por ellos.»

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266
267
Inteligencia física
Santaolalla, Javier
9788417002480
160 Páginas

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¿Te imaginas meterte por un día en el cerebro de Sheldon Cooper? ¿O ponerte


en la piel de Einstein por un rato? ¿O las gafas de Schrödinger, el traje de Dirac,
la bata de Planck o de Curie...? Sí, todos tienen algo en común, todos son
físicos. Y puedo atreverme a ir más lejos: también tienen algo en común
contigo, amigo lector; sí, tú, aunque no te lo creas, también eres físico. ¿Acaso
no te encoges cuando tienes frío? ¿No haces palanca para abrir una lata? ¿No
soplas para apagar una vela? La física nos rodea, está en todas partes, porque
somos física y, aun cuando no nos demos cuenta, la usas continuamente, más de
lo que imaginas. Este libro nos invita a aventurarnos y ponernos las gafas de la
física por un rato, a que te metas en el cerebro de un físico y veas el mundo
desde otro punto de vista. Verás ondas electromagnéticas donde antes solo
había luz; vibraciones y movimiento cuando sientes frío o calor, o tonos,
frecuencias y armónicos donde antes había música. Bucearás por los confines
del mundo cuántico, viajarás a la velocidad de la luz con la relatividad y te
teletransportarás al futuro en un mundo de once dimensiones o universos
paralelos. Todo ello con un único objetivo: entender el mundo como un físico,
pensar como un científico; una experiencia irrepetible. Inteligencia física nos
anima a comprender que, como señalaba el gran físico Richard Feynman, el
mundo es más bello cuando se observa con las gafas de la ciencia.

268
Cómpralo y empieza a leer

269
Índice
Portada 2
Créditos 3
Dedicatoria 4
Índice 5
Prólogo a la edición castellana 7
Prólogo 12
Comentario preliminar 17
1. Introducción 22
1.1. Introducción abreviada a los fundamentos de las constelaciones familiares 23
1.1.1. La familia como comunidad de destino 24
1.1.2. Forma de proceder 24
1.2. La constelación de la enfermedad y del síntoma 26
1.3. La constelación del órgano enfermo 31
1.4. Contexto laboral y pensamientos guía 33
1.4.1. El marco y la actitud 34
1.4.2. Los pensamientos guía 35
1.4.2.1. El sí a la vida y el no 35
1.4.2.2. Mejor enfermo que solo: el amor primario del hijo 42
1.4.2.3. Como es adentro es afuera: la correspondencia de la
55
sintomatología
1.4.3. Exclusión, asentimiento y sintonía 58
2. Relato de casos, informes posteriores y comentarios 60
2.1. Enfermedad y conducta vincular de los hijos 62
2.1.1. Enfermedad y pérdida del vínculo del hijo por separación temprana
63
de la madre
2.1.2. Enfermedad y pérdida del vínculo del hijo por enfermedad de uno de
69
los progenitores
2.1.3. Enfermedad y pérdida del vínculo del hijo por la muerte del padre o
79
de la madre
2.1.4. Enfermedad e inseguridad en el vínculo del hijo debido a un trauma 83
2.1.5. Enfermedad y acercamiento interrumpido 87
2.1.6. Enfermedad e inseguridad en el vínculo del hijo por disponibilidad
95
emocional limitada de los padres

270
2.1.7. Enfermedad e inseguridad vincular del hijo por implicaciones
104
familiares
2.2. Enfermedad y la identificación con parejas anteriores de los padres 111
2.3. Enfermedad y el destino de los abuelos 126
2.4. Enfermedad y la exclusión de personas de la familia actual 141
2.4.1. Hijos excluidos y no aceptados 141
2.4.2. Relación de pareja, enfermedad y sintomatología 157
2.4.3. Enfermedad y relación incestuosa 168
2.5. Enfermedad y la necesidad de compensación y expiación 175
2.5.1. Enfermedad y culpa por sobrevivir 177
2.5.2. Culpa y expiación por conductas propias 188
2.5.3. Enfermedad y culpa y expiación adoptadas 192
2.5.4. Enfermedad y la identificación con víctimas 192
2.5.5. Enfermedad y la identificación con perpetradores 197
2.6. Enfermedad y el encubrimiento de acontecimientos sistémicos relevantes 207
2.7. Miscelánea 221
2.7.1. Maldición y bendición 221
2.7.2. Cuando los muertos se adhieren 225
2.7.3. De cara a la despedida y la muerte 226
2.7.4. Donación de órganos y trasplantes 229
2.7.5. Enfermedades hereditarias 237
2.7.6. Iatrogenias e impericia médica 238
2.7.7. Consideraciones: ¿aparición de síntomas por constelaciones? 238
3. Observación final 244
4. Horizonte 246
Bibliografía 247
Notas 256
Colofón 257

271

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